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I

Faltaba poco más de medio día para que cumpliera doce años. Las tortas estaban listas y las bebidas ya se enfriaban en la nevera de la casa de su abuela. Dieguito quería una rumba inolvidable. Su familia, sus amigos y vecinos asistirían. Era un templete para él y para el barrio donde creció. El dinero para cubrir los gastos salió de su bolsillo. Sólo faltaba una cosa: las torres de cajones -cornetas y bajos- que ubicarían en los extremos de la vereda José Antonio Páez de la ruta I de Vista al Sol, en San Félix.

Eran las 10:30 de la mañana del jueves 23 de febrero de 2012 cuando su abuela Josefina lo vio vivo por última vez.

¿Pa’ donde vas Diego? -preguntó.

En su apuro por salir de la casa, Dieguito apenas respondió:

—A casa de Javier. Me va a acompañar a buscar los reales que faltan pa’ los cajones de esta noche.
—¡Carajo, ni siquiera has desayunado y ya te vas a la calle! -le reclamó la mujer que lo crio desde que tenía 8 años y medio.

Josefina, una morena corpulenta de 1,60, y cuyo rostro revela que tiene más edad de los sesenta años que confiesa, escuchó cuando la puerta principal de su casa se cerró de golpe. Segundos después oyó la reja del porche chocar contra el marco metálico. Sabía que su nieto iba a robar para pagar el alquiler de los cajones, pero cansada de aconsejarlo y regañarlo en vano sólo le quedó encomendárselo a Dios. Finalizada su plegaria levantó el rostro, como mirando al cielo, y exclamó:

—¡Tú sabes que es un niño!

Dieguito caminó a casa de Javier, quien pese a la diferencia de edad -era cinco años mayor que Diego- era su compañero de camino. El trayecto era corto ya que Javielito, como le dicen en el barrio, vivía a dos casas de la suya. A las 10:35 de la mañana salieron a la calle Santiago Mariño, subieron a una perrera -una camioneta Pick up modificada para ser utilizada como transporte público- para salir del barrio, uno de los tantos que conforman la parroquia Vista al Sol, la segunda más violenta de Ciudad Guayana, con 99 homicidios reportados en 2011.

En la avenida Manuel Piar, que comunica al extremo este de San Félix de norte a sur, los muchachos comenzaron a tramar el plan del día. Dieguito, sabiendo que pronto comenzaría la rumba de dos noches por su cumpleaños, dijo:

—Tiene que ser algo rápido marico, porque en la noche llevan los cajones y eso se paga chin chin. Pero por acá no, porque hay unos pajúos que me tienen tirria y apenas me ven llaman a los policías pa’ que me jodan.

Tras un breve silencio, agregó:

—Pero primero déjame visitar a una “perilla” (novia) que tengo en Las Batallas. De ahí voy a donde otra “perilla” en El Gallo y nos vemos en El Cruce de la 45 a las 4 y media.

Javier le respondió que iría a San José de Chirica a visitar a unos amigos y a buscar un arma. Ambos chocaron puños y cada quien agarró por su lado.
A la hora acordada Dieguito y Javielito se encontraron en el sitio indicado.

Caminaron la cuadra que separa El Cruce de la 45 de Doña Bárbara y comenzaron a atracar a todo aquel que se les cruzara en esas calles y veredas desoladas. El sol era inclemente y el calor insoportable. Ese día debían hacer unos 36º centígrados en la ciudad.

Media hora después, una de sus víctimas pidió auxilio. Varios muchachos, residentes del Bloque 7, escucharon los gritos, se envalentonaron y salieron en socorro de la estudiante. Corrieron tras Javielito y Dieguito, pero sólo alcanzaron al primero. Al muchacho le cayó una lluvia de puños, patadas, palazos y pedradas. Hombres y mujeres se unieron al linchamiento. Otro grupo de vecinos, compadecidos por la paliza, reportaron la situación al Servicio Autónomo de Emergencias Bolívar (SAEB) 1-7-1 y éstos a su vez radiaron la información a la policía.

En la consola del Centro de Coordinación Policial (CCP) de Guaiparo escucharon a la operadora:

—Cerca del Bloque 7 de Doña Bárbara, en la entrada después del Iutirla, un grupo de personas apresó a un muchacho y lo están golpeando.
—Copiado control -respondió el jefe de servicios de guardia. Segundos después recibió respuesta de la patrulla 204.
—Vamos al sitio para evitar que maten al delincuente ese.

Los policías lograron rescatar a Javielito de la multitud. Estaba rasguñado, golpeado y sin camisa. Tampoco tenía zapatos. Sangraba profusamente por varias heridas que le causaron en la cabeza y el rostro.

Por el radio portátil uno de los funcionarios de la Policía del estado Bolívar (PEB) solicitó la presencia de una ambulancia para trasladar al joven al cercano Hospital de Guaiparo.

—Control… en el sitio necesitamos una ambulancia para llevar al herido al Hospital de Guaiparo.
—Copiado… ya la ambulancia va en camino.

Durante la espera, uno de los vecinos entregó a los uniformados un revólver Smith & Wesson calibre 38, cacha de madera, cañón niquelado de 2 pulgadas y sin cartuchos, que le quitaron durante la golpiza. El arma fue puesta dentro de la patrulla.

En el libro de novedades de la Brigada Hospitalaria de la PEB registraron el ingreso de Javielito a las 5:20 de la tarde del 23 de febrero. Mientras era atendido por los doctores, al muchacho le preocupaban dos cosas: la reacción de su madre al enterarse del motivo de la golpiza y la suerte de Dieguito.

Del paradero del niño se tuvieron noticias casi 13 horas después.

II

Diego Andrés, el cuarto hijo de Josefina, después de Osnel, José y Goyo, nació en el Hospital Pediátrico Menca de Leoni a las 4:00 de la madrugada del 24 de febrero del año 2000. Pesó 2,9 kg y midió 43 centímetros. “Siempre fue chiquitico”, recuerda su mamá, una vendedora informal de treinta y cinco años, piel oscura, y quien tuvo otros seis hijos después del nacimiento de Dieguito.

Hasta los 7 años la vida del pequeño fue como la de cualquier otro niño de un barrio. Vivió en una humilde barraca de zinc de 36 metros cuadrados, dos cuartos y una cocina en la calle principal del Barrio Moscú, a pocas cuadras de la casa de su abuela, con su mamá y sus seis hermanos menores. No conoció a su papá y las parejas de Josefina no duraban mucho tiempo en el seno familiar. “Seguro eso influyó en su carácter rebelde, porque se tuvo que hacer cancha solito”.

Dieguito era inquieto, tremendo y le gustaba vestir ropa Nike y Adidas, gusto que el sueldo de su m adre no podía costear. Estudió en la Unidad Educativa Vista al Sol, pero pasa a engrosar las estadísticas de deserción escolar cuando le toca repetir 2º grado de primaria porque es atropellado por un microbús y tiene que pasar dos semanas hospitalizado y tres más de reposo. Estudió en la Unidad Educativa Vista al Sol hasta que repitió segundo grado. Había sido atropellado por un autobús y tuvo que pasar dos semanas hospitalizado y tres meses convaleciente. Perdió muchas clases y muchas evaluaciones. Cuando Josefina fue a hablar con su maestra para explicar la situación, supo que el niño debía repetir el curso para que aprendiera.

Dieguito no recibió de buen modo la sugerencia y le dijo a su madre que debía conversar “algo serio” con ella. Desde ese día Josefina nunca ha podido olvidar esa escena. Su hijo tenía entonces ocho años. Josefina llegaba a su casa después de trabajar, a las 7:00 de la noche de un viernes de agosto, cuando Dieguito la llamó desde el cuarto principal del ranchito y le dijo con aplomo, como si tuviera tomada la decisión desde hacía tiempo atrás:

—Mami no quiero seguir yendo al colegio. Ahí pierdo mucho tiempo y prefiero ayudarte como hace Osnel, José y Goyo.
—¡Ay papito, pero apenas eres un bebé! ¿Qué vas a hacer para ayudarme? ¿Cuidarás a tus hermanos? -preguntó sorprendida la mujer.
—Jajajaja -rio el niño- ¡No… me pondré a trabajar! -soltó luego de manera tajante.

Josefina se quedó sin palabras, pero aceptó a regañadientes porque sabía que no tenía cómo vigilar al muchacho. Ya recuperado comenzó a embolsar las compras de los clientes del Supermercado Santa María ubicado en la avenida Manuel Piar. Dieguito maduró rápidamente y sin que se lo pidieran asumió la responsabilidad de mantener a sus seis hermanitos menores. “Era el hombrecito de la casa”, recuerda Josefina. Se convirtió en su mano derecha para todo, más que sus hermanos mayores.

Dieguito no duró mucho tiempo embolsando en el mercado. No le era rentable para costear sus gustos y mantener a sus 6 hermanos. “Si ganaba 50 bolívares diarios, me daba 40 a mí. Si hacía 40, 30 me los daba para los niños, pero él quería más, él quería para sus camisas, sus zapatos, sus pantalones”.

Josefina no conoce cuándo ni cómo su “hombrecito” comenzó a robar, quién lo acompañaba y mucho menos a quiénes robaba. Pronto Dieguito empezó a darle más dinero del que podía colectar en dos semanas de su trabajo anterior. “Hasta 600 bolívares me podía dar en un día”. También comienza a vestir ropa de marca.

Sin embargo, Osnel, el mayor de los 10 hermanos, sabía que Dieguito había conocido a Gordo Bayón y Capitán -actualmente detenidos e imputados por un triple homicidio ocurrido el 29 de febrero del 2012 en el barrio Vista Alegre, en San Félix, y de quienes se sospecha su participación en por lo menos 20 asesinatos ocurridos en Ciudad Guayana desde 2009, así como en venta de drogas, armas y municiones- en una fiesta en la calle principal de la ruta I de Vista al Sol en diciembre de 2008.

Esa noche Osnel fue a la rumba en su moto nueva. Cuando se disponía a partir, Diego, ya vestido con un Levi´s azul oscuro, una camisa roja con blanco y botines Nike negros con rojo, le dijo que quería acompañarlo. El niño bailó reggaetón y salsa toda la noche con varias muchachas -todas mayores que él- que asistieron al templete. Su cara de pícaro y sus ojos achinados le ayudaron a irse a su casa con varios números telefónicos.

—¡Carajito, tráeme una curda ahí pues! -le ordenó un hombre moreno, delgado y cabello corto, que estaba sentado con un grupo de jóvenes que han “prosperado” en el barrio.

Dieguito, que caminaba hacia donde estaba su hermano para irse, se devolvió para cumplir el mandado. Al entregar la cerveza recibió 100 bolívares de propina. Sorprendido, dio las gracias y se devolvió hasta la esquina donde Osnel lo esperaba.

—¡Maricooooooo… me dieron 100 lucas por llevar una curda! -exclamó al subirse como parrillero en la Empire Horse de su hermano. Luego, invadido por la curiosidad, le preguntó a Osnel la identidad del generoso hombre.
—Ese es Gordo Bayón. El blanco chiquitico que estaba a su derecha era Capitán y el de la izquierda, el flaco con cara e’ bobo, era Ronny Matón.
—¿Esos son con los que trabajaba el primo Franklin?
—Sí, pero no repitas eso en la calle porque recuerda que el primo es policía y lo puedes meter en peos.
—Ok… te acordarás de mí… ya verás.

Sólo Diego sabe qué hizo para ganarse la confianza de estos sujetos y, en cuestión de cuatro meses, convertirse en el pupilo de Capitán y Gordo Bayón. Es en ese período misterioso cuando comenzaron las malas andanzas del niño-hombre de Josefina: atracos y hurtos a transeúntes, casas en barrios vecinos y comercios de la avenida Manuel Piar. De vez en cuando Gordo Bayón y Capitán le encomendaban movilizar droga, armas y municiones dentro del barrio. Ganaba muy buen dinero para su edad.

Como todo adolescente era reservado para hablar de su vida privada con su familia. Todos sospechaban lo que hacía. Todos escuchaban los rumores. Todos regaron el chisme y nació la historia del niño-azote, pero nadie se atrevía a confrontarlo. Su mamá sabía que iba por mal camino y lo envió a vivir con su abuela.

En año y medio el niño desarrolló una pasión inentendible por las motos. “Robaba y hacía sus cosas y ahorraba el dinero. Cuando reunía para la moto, le daba el dinero a un amigo para que se la comprara. Les decía “tráeme tal moto, que la venden en tal sitio”, recuerda Josefina, la abuela.

Para 2011, el muchacho ya había comprado tres motos, valoradas cada una en más de 15 mil bolívares. Funcionarios de la policía estadal le quitaron dos y otra un guardia nacional, en todos los casos por no poseer documentos ni la edad necesaria para manejarlas. “Ellos sabían quién era él. Ya tenía fama y por eso le tenían el ojo montado”, agrega Josefina.

III

La primera detención de Diego fue reseñada el 6 de mayo del 2011 en el diario Correo del Caroní. En la fotografía se ve al niño, vestido con una franela azul con escudos estampados en la espalda, esposado junto a otro adolescente que usa una franelilla blanca, mientras bajaban de los puestos traseros de una patrulla del CCP de Cachamay. Un policía estadal los vigila de cerca.

Un día antes habían sido sorprendidos en la avenida Guayana de Puerto Ordaz, cerca del Orinokia Mall Center y muy lejos de su casa, mientras intentaban despojar a un hombre de una moto New Jaguar. Cerca del sitio de su detención hallaron un arma de fuego que -según el relato de la víctima- Diego usó para amenazarlo y amedrentarlo diciéndole: “Te salvas porque la pistola quedó sin balas”, y que lanzó al monte al ver que la patrulla se acercaba.

Emilio García, director de la comisaría que practicó su primera captura, recuerda a Dieguito como “un carajito tranquilo. Lo agarramos robando, pero era un niño. En ningún momento fue agresivo, por el contrario, era muy sumiso”.
La detención fue notificada a la Fiscalía Novena del Ministerio Público y por su condición de niño ante la Ley Orgánica de Protección al Niño y Adolescente (Lopna), porque era menor de 12 años, Diego recibió una medida de protección y fue puesto a la orden del Consejo de Protección. Éstos, a su vez, sugirieron que fuese tratado en un centro para atender a niños con conductas pre-delictuales, “pero resulta -lamenta Gustavo González, consejero del Consejo de Protección del municipio Caroní- que en Ciudad Guayana sólo hay dos centros de este tipo y son privados”.

Con ayuda de un tío abogado, el 1 de junio de 2011 Dieguito fue llevado a la Fundación del Niño en El Callao, al sur del estado Bolívar, donde recibió 25 días en tratamiento. Extrañaba tanto a su familia y a sus amigos que se fugó.

—¡Abuela… me devolví! -la sorprendió Diego un día mientras preparaba el almuerzo.
—¿Cómo carajo te viniste Diego Andrés?
—En cola… Huele a caraotas ¿Usted como que sabía que venía y me preparo mi comida favorita? -le dijo como queriendo cambiar el tema en camino hacia el baño principal.

Dieguito siguió delinquiendo, o cometiendo faltas, según la Lopna. Fue extorsionado, amenazado y hasta golpeado por la PEB y la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). Por presión familiar el muchacho se internó nuevamente en un centro de ayuda. En agosto lo llevaron al Instituto de Derechos del Niño, Niña y Adolescentes (Idena) en Ciudad Bolívar. Tampoco duró el mes. Se fastidió y volvió a su casa.

La conducta de Diego parecía no tener reparo. Cada día eran más comunes los rumores sobre las fechorías que cometía. A oídos de su abuela llegó uno en el que lo acusaban de darle muerte a un joven que tenía problemas con Capitán y Gordo Bayón.

—¡Te permito que robes… pero no que andes matando gente! -le increpó en el porche de la casa, blanca con columnas fucsia, cuando él llegó después de pasar la tarde paseando en su moto.
—Yo ni pistola cargo, vieja. Eso sí que no lo hago yo. Te lo juro, vieja, por Dios que me está mirando en este momento.
—Prométeme que dejarás ese mundo mi negrito. Prométeme que andarás por buen camino.
—Haré el intento vieja, trataré -dijo el muchacho mientras cruzaba el pasillo principal de la vivienda y hacia su cuarto, el segundo a la derecha.

Diego cumplió su palabra. El 1º de enero del 2012 su padrino putativo, un turco que lo conocía desde que embolsaba en el mercado, lo invitó a trabajar con él vendiendo muebles y ropa en los sectores mineros de Las Claritas y Kilómetro 88, en el municipio Sifontes. Regresó a San Félix el 26 de enero. Parecía otro. Llegó con dos mil bolívares para su mamá y con un diente de oro, a lo Pedro Navaja.

Ese mismo día, mientras se cortaba el cabello, unos militares se lo llevaron detenido. “Nos pidieron diez mil bolívares para soltarlo, sin él haber hecho nada. Se los tuvimos que dar para que no lo jodieran”, recuerda su abuela con amargura. Sin embargo, en la Carpa Bicentenaria del Dibise aseguran que lo agarraron, con ayuda de la PEB, mientras robaba equipos electrodomésticos en una casa de la ruta III de Vista al Sol.

“Era desafiante y agresivo. Sabía que por ser menor de 12 años iría para la calle en cuestión de horas”, describe Jhonny Rodríguez, director del CCP Ramón Eduardo Vizcaíno.

De nuevo la presión familiar hizo que Dieguito buscara ayuda en el Idena de Ciudad Bolívar. El 2 de febrero, a 22 días de su cumpleaños, se trasladó a la capital bolivarense. Quince días después, el 7 de febrero, regresó de sorpresa en la casa. Dijo que había salido por la puerta principal, que tomó un taxi al terminal y se montó en un carrito por puesto que lo trajo hasta el terminal de San Félix.
Faltaba menos de una semana para que cumpliera doce años y Dieguito sólo pensaba en la fiesta inolvidable que ofrecería en el barrio. su abuela preguntó entonces:

—¿Y qué harás para pagarla Diego Andrés?
—Lo de siempre abuela… lo de siempre.

Josefina, su abuela, sabía que de nada valdrían los regaños. El tema no se discutió más y Dieguito retomó su antigua costumbre. Así, robando, logró reunir parte del dinero para las dos tortas y las bebidas. Se compró otra moto y la ropa que usaría el día de la rumba: una gorra negra de los Leones del Caracas, una chemise rosada y un blue jean Levi’s.

Josefina dice que su nieto tenía los días contados. Podía presentirlo en las historias que le contaba Dieguito. Tres días antes de su cumpleaños un policía lo agarró en la calle y le dijo que se cuidara. Al día siguiente volvieron a encontrarse. Esta vez le dijo:

—Faltan dos. Ya estás listo.

Diego creía que eran simples amenazas.

—Eso es pura paja abuela. Es pa’ asustarme nada más.
—Mijo cuídate, deja de andar en malos pasos. El que no coge consejo no llega a viejo. Esa gente son malandros con uniforme y hacen lo que se les antoje sin que nadie les haga nada.
—Vieja, es pura paja. Ellos saben que estoy bien con Gordo Bayón y Capitán y que no me pueden poner un dedo encima. Además, el primo Franklin se meterá si ellos me hacen algo.

Faltaba un día para su cumpleaños y aún no había conseguido el dinero para el alquiler del sonido.

IV

—Aquí Control. Reportan a una persona tirada en el suelo a 60 metros de la entrada a Acapulco, cerca de las bases del puente -comunica por radio un operador del SAEB 171 a la consola del CCP de Guaiparo a las 4:55 de la madrugada del 24 de febrero.
—Copiado Control, vamos al sitio -responde, con voz somnolienta, el conductor de la patrulla 205.

La unidad se enrumbó hacia la avenida Angosturita y tomó el desvío hacia el sector Acapulco, barriada ubicada en el margen este del río Caroní. Eran las 5:00 de la madrugada y la tenue luz solar era insuficiente para detallar el camino entre la neblina y el humo de Ferrominera del Orinoco. El conductor enciende las luces altas y retoma la marcha.

Cuatro carros desvalijados y quemados obstaculizaban la vía. La patrulla zigzagueó y continuó su recorrido. La carretera era de tierra y estaba tan deteriorada que la patrulla tuvo que maniobrar en espacios que no llegaban a 2 metros de ancho. Huecos y zanjones abundaban por doquier.

Al lado izquierdo de la vía había un talud de tierra que supera los 5 metros de altura. Al lado derecho, donde pareciera que pudieran maniobrar la 205, había una sabana de desechos en los que se divisaban -hasta llegar a una laguna cubierta de bora- lo que parecen pequeños mecheros, pero que realmente son pilas de cauchos que algunos chatarreros e indigentes queman para extraer el metal de su interior.

Llegaron al sitio, casi a orillas del río Caroní, cerca del único pilote en tierra del Puente Angosturita. Buscaron cerca de un lote de maquinaria pesada abandonado en el lugar y hallaron un cuerpo delgado de no más de un metro 55 de estatura, piel morena. La víctima vestía un pantalón deportivo negro y una camisa del F.C. Barcelona. No tenía zapatos.

—Control, es positivo el fallecido en la entrada de Acapulco. Tiene varios disparos y parece que es un menor de edad. Avisen del procedimiento al Cicpc -notificó el policía.
—Copiado -respondió el operador.

Mientras el cadáver estaba en el Instituto de Ciencias Forenses del Cicpc, la familia de Dieguito preguntaba por él en comisarías, centros médicos y en casa de sus amigos. Desde la noche del jueves esperaban su llegada para comenzar la fiesta. Josefina, la madre, estaba desesperada y le pidió a Osnel que la llevara cerca de la sede de la Universidad de Oriente, por Doña Bárbara. Josefina, la madre, soñaba con ese lugar desde hacía tres días. Al llegar sintió como si le hubieran dado un golpe fuerte en la cabeza. Podía sentir, dice, incluso cómo se desvanecía, pero lo disimuló con éxito. Fue en ese momento cuando presintió que a su “hombrecito” lo habían matado. Eran las 3:00 de la madrugada.

Luego de las 6:00 de la mañana, y agotadas todas las opciones donde buscar al cumpleañero, su familia se trasladó al Cicpc. Allí les notificaron que minutos antes había ingresado un niño que murió baleado. Madre e hija se armaron de valor y pidieron verlo

—¡Mamá es mi bebé… Ese es Dieguito… No dejaron que llegara a los 12 mamá! -gritó desesperada Josefina, mientras golpeaba con sus puños la bandeja donde yacía su hijo.
—Sé fuerte hija… ¡Seamos fuertes! Sabíamos que esto pasaría más temprano que tarde. Sabíamos que ese era el destino del negrito -dijo Josefina, la abuela, mientras abrazaba la ropa, ahora ensangrentada y llena de tierra, con la que vio a su nieto salir de su casa la mañana del jueves.

El cuerpo fue llevado a la Funeraria La Providencia acomodado para el velatorio, que se haría en la casa de su abuela. Luego de escuchar el testimonio de Javielito, la familia denunció en los medios de comunicación y ante la Fiscalía de Derechos Fundamentales, que Dieguito había sido interceptado por policías del CCP de Guaiparo cuando huía de Doña Bárbara, torturado y ejecutado con dos tiros de escopeta.

La noche del funeral, Capitán y Gordo Bayón alquilaron los cajones para darle a Diego la fiesta que quería. La urna estaba en plena vereda, justo frente a la casa de su abuela, y a cada costado se instaló una torre de bajos y cornetas. Las bebidas fueron distribuidas entre los presentes, le cantaron cumpleaños y hasta le picaron una de las dos tortas que había encargado. A Diego le hicieron su fiesta.

Lo vistieron con la chemise rosada y el blue jean Levi’s que compró para la rumba, además le pusieron sus zapatos Nike. Diego Andrés fue velado a urna abierta. Quienes se asomaban a través del cristal protector sólo podían ver su frente. El resto de su cara estaba cubierta por un vendaje. Uno de los dos disparos que recibió le desfiguró el rostro desde el mentón hasta debajo de las cejas.

A las 10:00 de la mañana del sábado 25 de febrero, el padre Mario Pérez, vicario parroquial de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, ofició las exequias de Dieguito. Su sermón estuvo dirigido a la no violencia y al respeto de la vida. Leyó el capítulo 2, versículos del 7 al 17, de la 1ra Carta de San Juan y el Salmo 23.

El padre sabía quién había fallecido. la calle estaba llena de malandros, drogas y licores. cerca de la urna, recuerda el padre, había más de 30 casquillos de balas. josefina, la madre, estaba desconsolada y le manifestó al sacerdote que temía que sus seis hijos menores siguieran el ejemplo de Dieguito, a quien muchos consideraban el terror del barrio.

El padre Mario bendijo el féretro del muchacho y se retiró. El cortejo fúnebre partió desde la vereda José Antonio Páez a las 11:00 de la mañana. En el cruce de la avenida Libertador y la vía Angosturita, cerca del INAM y del Cicpc, se detuvieron y lo bailaron al son de la canción Punto y Aparte de Tego Calderón.

Más de 70 vehículos: camionetas último modelo, carros del año y motos de todo tipo, formaban parte del cortejo. El conductor y el copiloto de una Chevrolet Captiva hacían disparos al aire en plena avenida Angosturita. Los tiros eran respondidos por una veintena de jóvenes que iban como parrilleros en las motos. Las detonaciones apenas opacaban el reggaetón, la salsa y la changa que sonaban a todo volumen en el Ford Fiesta, en el Volkswagen Gol y en la Ford Explorer que encabezaban la caravana que llevaba a Dieguito al camposanto.

La mayoría de los carros tenían escritas, en letras blancas, consignas como: “Policías asesinos”, “Diego, pana por siempre”, “Justicia para Diego”. Delante del cortejo fúnebre iba un camión 350 con la urna del niño del diente de oro en la plataforma.

Llegaron al cementerio, el más caro de la ciudad. El féretro de Dieguito fue cargado en hombros y llevado hasta el toldo donde le darían el último adiós. Unos tomaban ron, otros fumaban marihuana. Todos lloraban la muerte del niño del diente de oro.

—¡Mi niño no está muerto! ¡Mi niño no está muerto! -repetía sollozante su madre mientras abrazaba a uno de sus hijos.

Una lluvia de rosas y claveles cayó sobre el ataúd del niño. Osnel -asesinado tres meses y medio después- tomó la pala y lanzó la primera capa de tierra sobre la urna marrón con detalles dorados de su hermano. Esa primera paleada sirvió para que los pistoleros, que aguardaban impacientes, lanzaran al cielo un sinfín de proyectiles en honor al caído. El ruido de las detonaciones competía con la música a todo volumen que aún sonaba en los carros que guiaron al cortejo fúnebre hasta Jardines del Orinoco.

Dos entierros que se realizaban en simultáneo tuvieron que ser detenidos momentáneamente. Familias y empleados del cementerio se resguardaban de los disparos que despedían a Dieguito por todo lo alto, como la rumba que planeaba hacer para celebrar su cumpleaños el día que fue ejecutado.