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Este es un país al que le encantan las madres. No porque les garantice completo acceso a oportunidades laborales o porque tenga disponibles todos los servicios de salud en todos los rincones urbanos y rurales. Este país dice adorar a las madres cada mayo, cuando las tiendas se llenan de ofertas de planchas, flores, ropa o lavadoras. Y porque lo común es que, cada vez que se puede, se le atornille a la palabra “madre” una serie de adjetivos que hablan de abnegación, sacrificio, entrega, dolor y casi todo aquello que implique algún grado de sufrimiento. Por esto, no resulta raro que cada vez que aparece alguna madre que no encaje con ese imaginario de lo que debería ser la entrega indiscriminada, se le tache, de una y sin pruebas, de “desnaturalizada”. Por esto le tocó pasar a Silvia Beatriz Jiménez hace un par de días, cuando en la edición del mediodía un noticiero presentó lo que había hecho como “horroroso”.

Y hoy, viernes 13 de julio, sentada frente al juez Francisco Castillo Borja, le toca volver a escuchar palabras similares que salen de la boca de una fiscal que pide –exige– al juez “que se siente un precedente en este crimen horrible”. Silvia calla. Y se mantendrá así durante toda la audiencia inicial que se sigue en su contra esta mañana en el Juzgado de Paz de Apaneca, Ahuachapán. Apenas ha intercambiado unas cuantas palabras con su abogado defensor, que recién acaba de conocerla, y quien intenta que el delito que se le imputa no sea el de homicidio agravado en grado de tentativa, sino el de abandono, que tiene una pena menor. A Silvia, con la cara inexpresiva y la mirada perdida, tanto término le debe sonar desconocido. Pero no dice nada ni cuando el juez le da la palabra, quizá porque en realidad no sabe qué decir.

Después de escuchar a la fiscal hacer alusión al testimonio de un hombre que asegura haber encontrado al recién nacido hijo de Silvia vivo en un cafetal y después de escuchar al abogado defensor decir que no hay un informe forense que certifique que el bebé fue enterrado, el juez Castillo Borja decide no cambiar el delito y no dar a Silvia el beneficio del arresto domiciliar. Silvia, hasta este momento, reacciona y lo hace con llanto. Llora sin reparar en que sus gemidos rompen con el ambiente tan formal e impersonal que ha reinado en la sala. Silvia tiene otro hijo de dos años al que no ve ni toca desde hace cuatro días, cuando le tuvo que soltar la mano para irse con los policías que la arrestaron a unos cuantos pasos de su casa, cuando, dicen, aún tenía las piernas ensangrentadas.

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En casa de Silvia no se explican qué le pasó por la cabeza ese lunes 9 de julio por la mañana. “A mí ni me dijo que le dolía, ni me dijo que se sentía mal. A mí no me dijo nada. Que si yo hubiera sabido algo, en algo le hubiera ayudado, pero aquí no nos dimos cuenta. Es que a ella, yo siento, le faltó madurez”, cuenta Adela de Jiménez, madre de Silvia, quien esta mañana de viernes, a unas horas de que se celebre la audiencia inicial de Silvia, apenas sale del estupor para decir que jamás le notó este segundo embarazo.

Apaneca, para muchos, existe solo el fin de semana, cuando como turistas recorren sus calles en busca de una estampa de pueblo en la que se aprecie la belleza de los cerros cuadriculados de arbustos de café. Existe porque es la ciudad del país ubicada a mayor altura. O porque entre la neblina y las bajas temperaturas, el café y los antojos típicos del festival gastronómico saben mejor. Pero Apaneca es una cruel contradicción. Por sus calles céntricas es común ver a extranjeras o a mujeres de la capital que visten shorts y buscan comprar bufandas o bisutería. Pero al avanzar unas cuantas cuadras, la vista se llena de casas de madera o bajareque que huelen a fuego de leña, un fuego que, por lo general, es avivado por mujeres jóvenes, con baja escolaridad, sin oportunidades de empleo y que, por una razón u otra, han enfrentado la maternidad a corta edad, así como Silvia.

“Aquí en la casa ella es la que me ayuda. Ella saca los oficios, porque yo estoy enferma y ya no puedo”, cuenta Adela vencida, mientras toma asiento frente a un fogón en el que se coce el maíz para las tortillas de la cena. Todo el ambiente está inundado de humo. De esta casa de piso de tierra, techo de lámina y paredes de bajareque salió Silvia el lunes 9 de julio temprano en la mañana. Le dijo a Adela que regresaba en un ratito. A nadie se le hizo raro que se internara en un cafetal que comienza a unos cuantos metros de la vivienda. “Es que tenemos letrina, pero ahorita estamos cerrando una fosa y abriendo otra”, justifica Concepción de Jiménez, cuñada de Silvia y quien se ha unido a la plática con obvias ganas de defenderla, pese a que nadie la esté atacando, al menos no aquí.

Lo que del expediente judicial se contará en la audiencia inicial es que Silvia parió en el cafetal –uno de esos que se van en las fotografías de los turistas– a un niño que pesó cinco libras y midió 46 centímetros. Después de cortar el cordón umbilical, de acuerdo con un hombre que ha decidido servir de testigo, Silvia dejó ahí al niño y él, habiendo permitido que ella se alejara, tomó al bebé, lo envolvió en una camisa y bajó hasta la calle principal del cantón San Pedro Tizapa.

De tres personas a las que se les ha tomado testimonio, una dice que el niño estaba semienterrado. Otra dice que tenía “tierra encima” y una más dice que estaba colocado sobre la hojarasca. Al margen de que es un proceso todavía abierto, en Apaneca a Silvia se le conoce como “la que enterró al hijo”. Desde el alcalde Osmín Antonio Guzmán hasta la vecina de la familia de Silvia, cada quién maneja una versión distinta del caso, pero a ninguno de los consultados al azar le suena extraño. “Yo no entiendo qué ha pasado, porque es de una familia conocida a la que desde la municipalidad le entregamos ayuda”, refiere el munícipe, por teléfono, aprovechando la pregunta para llevar agua hacia su molino. “Es que no sé cómo hay muchachas se manean con uno, si mire la de este otro lado ha tenido ocho y ahí está entera”, dice la vecina con pañuelo blanco en la cabeza.

Cuando el hombre con el bebé en brazos terminó de llegar a la calle, según el expediente, pasaba una patrulla policial. Uno de los agentes es el que dice en su informe que varias personas se reunieron para ver al bebé y, entre ellas, estaba Silvia, quien confesó que era la que lo acababa de parir. Dan cuenta algunos hasta de la sangre que llevaba entre las piernas.

“Mire, la gente inventa, y lo que no les conviene, no lo dicen. En este rato en el que se armó la bulla, otro nieto mío fue corriendo a ver qué era lo que pasaba, y se vino para la casa diciendo que a un tierno habían hallado. En eso, yo solo vi que la Silvia ya se había lavado las canillas, agarró a este muchachito, y se fue a ver qué pasaba. Ella fue la que les dijo que el tierno era de ella. ¿Dígame si a ella lo que le falló ahí no fue la madurez? Es que no sé qué le dio para no decirme nada”. En el regazo de Adela ha venido a sentarse Eduardo, el hijo de dos años con dos meses de Silvia, al que ella le sostenía la mano cuando los policías la arrestaron.

A Eduardo le lloran los ojos y le moquea la nariz por el humo. Mira a la cámara con la boca abierta y las manitas juntas, como si fuera a rezar. Hasta ahora lleva cuatro días sin ver a su madre, y esta cuenta aumentará a semanas. Adela dice que de vez en cuando pronuncia mamá, pero nada más. Del dormitorio –una mera formalidad, porque esta casa en donde viven dos adultos y cuatro niños es solo un corredor y un cuarto– uno de los nietos de Adela saca la tarjeta de la unidad de salud en la que se da cuenta de la vacunación y el control de peso de Eduardo. Hasta el momento, Silvia logró cumplir con el esquema y a su hijo ya solo le falta una inmunización que se suministra a los cuatro años de edad.

En el suelo están aventadas unas ruedas de madera. Son los asientos de los banquitos enanos –no miden más de 25 centímetros de alto– que Silvia suele elaborar para vender en Juayúa, un municipio cercano, y en San Salvador. El mercado de Apaneca se le hizo pequeño a la familia debido a la competencia. Así que, cada fin de semana, ella se unía a su hermano y a su padre para cargar 40 o 50 banquitos de a $1 sin barniz y de a $2 con barniz.

Silvia es analfabeta. No sabe ni firmar. Concepción, la cuñada, dice que no todos tienen la misma “capacidad mental” y que a Silvia nunca le gustó ir a la escuela. En esto, el “Informe del estado mundial de las madres 2011”, realizado por Save the Children, es contundente y resulta casi una sentencia para jóvenes como Silvia: “Las mujeres con formación tienen mayores posibilidades de ganarse la vida y apoyar a sus familias. Los hijos e hijas de las mujeres con formación también tienen más probabilidades de recibir una alimentación saludable, terminar su educación y recibir atención sanitaria adecuada”.

Eduardo, que ahora parece usar la conversación como canción de cuna para conciliar el sueño, nació el 4 de mayo de 2010 en el Hospital de Ahuachapán. Midió 47 centímetros y pesó 6.4 libras. Del progenitor de este niño en esta casa se maneja una versión con pocos detalles. “Mire, a ella la agarró un hombre en Juayúa cuando andaba vendiendo orquídeas. El hombre le dijo que no dijera nada, porque si le contaba algo a la policía, él iba a venir a matarnos, porque él sabía dónde vivía ella. Así que ella no quiso andar en vueltas”. En esa etapa de embarazo, Silvia, fiel a su costumbre, casi no habló. “Yo solo la veía llorar y llorar, hasta que tuvo a este su niño”, agrega Adela mientras con los dedos le limpia la nariz a Eduardo.

En Apaneca, con el revuelo y la alarma social que se levantó en torno al caso del bebé enterrado, han salido a luz otras versiones, tan poco confirmadas como esta de la violación en Juayúa. Se dice que el padre es un familiar de Silvia, y nada más. Ninguna institución, hasta el momento ha querido romper el hermetismo de Silvia para averiguar si ha habido delito en la concepción tanto de Eduardo como del otro bebé. La figura del padre no parece formar parte ni del proceso de juzgamiento que se lleva a cabo en las calles del pueblo o en los medios de comunicación, como tampoco en el juzgado, en donde pese a que se descargó cualquier tipo de adjetivos en contra de Silvia, no se mencionó nada del progenitor o de que la forma en la que fueron concebidos ambos niños pudo haber afectado moral, emocional y psicológicamente a Silvia. Nada.

—¿Qué sabe Silvia de sexo, de la forma en la que se conciben los bebés?

La pregunta deja a Adela viendo para todos lados en un intento por encontrar una respuesta. Se acomoda a Eduardo en las piernas y mira a Concepción en busca de ayuda, quien atiende el llamado.

—Pues mire, aquí se le dijo, pero ya sabe que ahora en la televisión es que se mira todo y eso no es poco ni es mentira.

La idea de la maternidad como don, milagro o bendición está sin duda arraigada en la sociedad salvadoreña. Una encuesta realizada a finales de 2011 y publicada en enero de este año por LPG Datos apuntó que de 1,000 mujeres que habitan en el área urbana de municipios metropolitanos, el 47% consideró que ser madre es la mejor parte de ser mujer. Esto pese a que poco se ha hecho por poner al sistema a que funcione a favor de las mujeres que son madres. Por ejemplo, no avanzan iniciativas para aumentar el salario mínimo o para lograr equidad en los salarios, ya que las mujeres, según la DIGESTYC, ganan un 15.5% menos que los hombres. También hay deudas en acciones como garantizar protección efectiva en casos de violencia doméstica o evitar que las niñas sean las que engrosan las estadísticas de deserción escolar, por ejemplo, el año pasado descendió en 2.3% la tasa neta de cobertura educativa para las niñas en parvularia.

El Salvador ocupa el puesto 40 del nivel de países poco desarrollados del “Informe del estado mundial de las madres”, por debajo de Malasia o Vietnam. Está lejos, muy lejos de Noruega que, con sus 47 semanas de licencia por maternidad y sus 18 años en promedio de educación formal para las mujeres, ocupa el número 1 en el listado de los países desarrollados. En El Salvador la regla para la mayoría de mujeres sigue siendo la de tener que enfrentar cualquier cantidad de dificultades para criar a los hijos.

En casa de Silvia no conservan ni una foto de ella. Había una, una de un documento, pero se la han llevado para que sea parte de los trámites judiciales. Parece que lo único que hace constar que ella vivía en esta casa son, tiradas en el suelo de tierra, las piezas de ciprés y mondano con las que hacía los banquitos. Y Eduardo que, en todo este rato, no ha emitido ni un solo sonido, se ha limitado a apoyarse en el pecho de su abuela. Desde ahí dice adiós con la mano extendida.

La salida de la casa de Silvia es un pasillo de cemento flanqueado por champas en el que varios perros se han acostado. La regla es que huela a leña, que haya gallinas y pollos correteando y que en cada cerco de palos retorcidos y láminas agujereadas haya docenas de pañales, cuturinas, gorritos, mantas y calcetines de bebé secándose al sol.

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Al final de la audiencia inicial celebrada aquí en el Juzgado de Paz de Apaneca, a unas cuantas cuadras de la casa del cantón Tizapa en la que se han quedado Adela y Eduardo, Silvia deja de llorar. Escucha algo que le dice su abogado defensor mientras espera a que la trasladen hasta las bartolinas de la PNC de este municipio. Una de las agentes que la trasladará pregunta afuera si hoy no vendrán las cámaras de aquel noticiero que, al mediodía, mostró a Silvia esposada y la sentenció como culpable. Y no, no vinieron. La agente parece decepcionada.

Silvia, blusa celeste y falda oscura, sale del juzgado a paso rápido y en su camino, mientras el fotoperiodista le saca imágenes, alcanza a decir: “Basta, ya basta”. Esta será la única vez en la que le escucharemos la voz.

Una semana después de la audiencia inicial, el abogado Víctor Hugo Mata, quien ha trabajado en varios casos similares a los de Silvia, cuenta que intentó hablar con ella en las bartolinas de Apaneca para ofrecerle su asesoría gratuita. “A ella la sentí muy cohibida, muy retraída. Me dijo que su papi ya había contactado a un abogado privado para que la defendiera y ya”, dice en su oficina ubicada en San Salvador. Una contratación que no deja de llamar la atención si se considera, primero, la pobreza de esta familia y, segundo, el hecho de que una de las vías de investigación en casos de jóvenes sin un entorno social que permita una relación debería ser la de descartar si dentro de su círculo más cercano, la misma familia, hay algún agresor.

Mata sabe que el camino que está frente Silvia es complicado. Para apoyarse cita nombres como los de Karina Herrera Clímaco y Sonia Ester Tábora, ambas condenadas a 30 años de prisión por homicidio agravado en contra de sus recién nacidos. Después de pasar siete años en la cárcel, el caso de Herrera Clímaco fue revisado por el mismo tribunal que la condenó. Y en 2009 le fue levantada la condena. Ahora trabaja en una asociación de mujeres. “El lunes vamos a tener la revisión del caso del Sonia Ester Tábora”, anuncia Mata poco después de señalar que estos casos se complican por tres razones: la falta de investigación objetiva de la Fiscalía General de la República, la falta de capacidad jurídica de la defensoría pública y la falta de prudencia en los tribunales.

Mata, quien llevó el caso de Herrera Clímaco, es todavía más agudo y hace énfasis en que este es un delito por el que se procesa casi de forma exclusiva a mujeres extremadamente pobres, jóvenes, con baja escolaridad, con familias disfuncionales o con las que no tienen una relación sana y, en la mayoría de casos, desnutridas. “En estos casos no va a ver involucrada a una mujer de clase media, por esto, en parte, es que en estos casos se escucha tan poco a la mujer”.

Silvia cumplió 18 años el 28 de marzo de este año. Solo porque fue necesario para el proceso judicial es que se le está tramitando el DUI, porque no estaba en los planes de ella sacar el documento. Una lista de casos parece darle la razón a Mata en el perfil que describe. Lorena Beatriz Villalta López tenía 25 años cuando fue arrestada por intento de homicidio en contra de su hija recién nacida. Irma Liseth Morales tenía 21 años cuando en 2008 fue condenada a ocho años por lanzar a su hija a una fosa séptica. Y, entre otras historias y mujeres similares, Sonia Ester Tábora tenía 20 años cuando en 2005 fue arrestada bajo el cargo de homicidio agravado en contra de su hija recién nacida. Fue sentenciada a 30 años de cárcel de los que ya lleva siete años cumplidos. Del progenitor, en el caso de Tábora, tampoco se sabe nada más que era vigilante en la misma colonia capitalina en donde ella trabajaba como doméstica. Nunca fue parte del proceso averiguar más de él o procesarlo por abandono.

Después de dos suspensiones, por fin es lunes 30 de julio y por fin Sonia ha sido trasladada desde Ilopango hasta el Centro Judicial de Sonsonate en donde se realiza la revisión de su sentencia. Sonia ocupa una de las sillas ubicadas en el corredor frente a la sala en donde se desarrollará su proceso. Pese a sus 27 años de edad, parece una adolescente por su cuerpo escuálido y sus no más de 1.50 de estatura. Lleva las cejas perfiladas, la falda ajustada y con un hilo de voz apenas audible agradece a un oficial que le quita las esposas para que pueda comer lo que su hermana le ha llevado antes de que empiece el proceso en el tribunal.

Lo de Sonia se conoce en medios de varios países y en internet porque varias organizaciones de mujeres han hecho eco del caso. Ella parió el 19 de febrero de 2005 en un cantón de Sacacoyo, La Libertad. Jamás le dijo a su hermana o a su cuñado, con quienes residía, que estaba embarazada. Solo se alejó de la casa en la noche con una sábana en la mano, con la que se suponía iba a envolver a su hija. En medio de un cafetal tuvo a la bebé y sufrió un colapso nervioso. Su hermana mayor, Maritza, su cuñado y su padre la buscaron en el monte hasta que dieron con ella pasada la medianoche. Al verla ensangrentada, pensaron que había intentado matarse, ya que sufría de una profunda tristeza desde que unos meses antes muriera de cáncer uterino su madre, la única con la que platicaba. Sonia ha manifestado que no recuerda cómo llegó a un centro de atención en el cantón El Botoncillal, en Colón, La Libertad o el momento en que fue arrestada.

“Se propone una revisión del caso porque, prácticamente, Sonia fue condenada sin pruebas directas de que la bebé que tuvo haya nacido viva. Informes de peritos que han analizado los documentos indican que en realidad se trató de una mortinata, una niña que no respiró, nació muerta. Además, Sonia sufrió un colapso al momento del parto que la dejó inhabilitada para cuidarse ella, dar asistencia a un menor o pedir ayuda. En este caso, ella es una persona a la que no se le puede imputar un delito”, es parte de lo que Mata explica en el tribunal a las tres juezas que lo escuchan, una de ellas con un sueño tan evidente que tiene que pedir café durante la sesión de la tarde.

En esta sala, se pueden identificar acciones que hacen pensar en que quizá pocos son los que en realidad prestan atención a que en este momento se están definiendo los siguientes 23 años de la vida de una mujer joven a la que siendo una niña no se le dio la oportunidad de estudiar para ampliar su abanico de oportunidades; a la que tampoco se brindó seguridad, porque fue violada a los 16 años por un motorista de microbús que evitó el proceso judicial porque ella –aunque denunció– no encontró el apoyo para continuar; y a la que tampoco se le pusieron al alcance los servicios médicos oportunos, porque un día antes de dar a luz intentó ir al hospital más cercano, pero perdió el bus. Y aquí en la sala en donde se ventila la revisión de condena, una representante de la Procuraduría General de República, que en teoría está aquí para velar por los intereses de la hija que tuvo Sonia, no ha dejado de mandar mensajes en el chat de su BlackBerry, por ejemplo.

Pese a que ya son las 4 de la tarde y la diligencia se ha tomado ya por lo menos cinco horas, Sonia tendrá que regresar hoy a Cárcel de Mujeres, en Ilopango, porque el fallo de las tres juezas con respecto a la revisión de su sentencia se dará a conocer hasta el 14 de agosto. Antes de levantar la sesión, las juezas le dan a Sonia la palabra y lo único que sale de ese cuerpo flaco y corcovado es el mismo hilo de voz que a un metro de distancia solo hace entendible la palabra “oportunidad”.

Lo que Mata, de hecho, con su experiencia en estos casos sostiene es que a la sociedad de nada le sirve mantener a mujeres como Sonia, o como Silvia encerradas en la cárcel, al menos no sin antes hacer una investigación acerca de qué es lo que las llevó a comportarse como se comportaron ante sus hijos. “Es sumamente difícil que una mujer atente contra el niño que da a luz, solamente pasa en condiciones extremas y raras. Por naturaleza, las mujeres no atentan contra sus hijos. En la abrumadora mayoría de casos hay factores que llevan a las mujeres a este extremo. Entonces antes de acusar, hay que investigar qué es lo que ha pasado con esta señora, antes de decir que horroso, terrible o tremendo”.

Esto es algo a lo que también apela el abogado defensor de Silvia, Edson Morán Conrado: “A estos casos se les debería dar un tratamiento diferente. Ya se debió hacer una evaluación psicológica, porque no sabemos cómo fue la concepción del niño, no sabemos que circunstancias atravesó Silvia Jiménez en su embarazo. No sabemos las condiciones del parto. Nadie sabe nada. La película comienza desde que al menor lo encontraron en el cafetal”. En casos como los de Karina Herrera Clímaco y Sonia Ester Tábora esta evaluación psicológica se hizo, pero no en el momento en que fueron arrestadas, cuando recién habían dado a luz. Así el sistema judicial perdió la oportunidad de tener una fotografía del estado en el que se encontraban al momento de supuestamente haber cometido el ilícito del que se les acusa. A Silvia, tampoco le hicieron esa evaluación. Solo la detuvieron.

El bebé que tuvo Silvia el 9 de julio está ahora bajo la protección del Instituto Salvadoreño de la Niñez y la Adolescencia (ISNA). Desde ese momento en que fue encontrado en el cafetal, se ha cuestionado de muchas formas el instinto y las intenciones de Silvia. Pero entre las cosas de las que no muchos conocen es que poco después de que las cámaras la grabaran esposada, Silvia fue llevada al Hospital Francisco Menéndez, de Ahuachapán, para que le fuera extraída la placenta. Ahí también fue ingresado el bebé. Y durante por lo menos tres noches, los dos estuvieron juntos. Ella lo amamantó. Un acto que parece no cuadrar en una historia en la que los personajes se dividan en buenos y malos, víctimas o victimarios, a menos que se tome en cuenta que el de la maternidad es un concepto complicado que no acepta uniformes. Silvia es madre.

“Necesito amigos, mi teléfono es el 7993-85…”. “A la berga, Nacionales 100%”. “Alacrán, aunque les duela”. “Chicas, llámenme 2220-30…”. “Bicho Culero”. “Bichos estúpidos, busquen a Dios, es mejor”. El azulejo a un lado de la entrada está plagado de mensajes. Adentro hay 10 retretes, pero solo dos funcionan. Las paredes interiores de estos baños tampoco escapan al fenómeno literario. No hay papel higiénico ni espejos. La manecilla para evacuar el agua apenas funciona. Aquí, entre declaraciones de amor, coqueteos y exaltaciones del espíritu de pertenencia escolar, es fácil olvidar que en el piso superior descansa la colección de libros antiguos más valiosa del país, que en el sótano están guardados todos los periódicos editados en El Salvador desde 1820, que en la primera planta hay una colección de libros internacionales multidisciplinaria y que a unos veinte pasos de esos sanitarios de la segunda planta están las tesis de los egresados de todas las universidades salvadoreñas.

Es la Biblioteca Nacional Francisco Gavidia. Aquí uno puede detenerse tras un mostrador a observar a usuarios, como este adolescente de camisa negra ajustada y jeans que hace un esfuerzo por explicar que busca el nombre del inventor de las medidas de tiempo. Cuando se suceden más solicitudes parecidas, es fácil olvidar que los libros de la escritora salvadoreña más laureada de los últimos tiempos, Claudia Hernández, no aparecen en la base de datos, a pesar de que los tienen. Y los de Jorge Galán, premio Adonáis de Poesía 2006 y jefe editorial de la Dirección de Publicaciones e Impresos, no están disponibles.

También es fácil pasar por alto que no hay un solo texto de Doris Lessing, la británica de origen iraní ganadora del Nobel de Literatura 2007. Tampoco hay ningún ejemplar de los siete libros de la saga que ha movido masas y que algunos ven como el que hizo volver las miradas infantiles hacia la lectura.

—Harry Potter, ¿cómo dice que se escribe?

El que pregunta es Miguel Ángel Cubías Flores, bibliotecario, empírico, quien en 1978 encontró en este lugar el primer y único trabajo de su vida.

—No, no está, y no lo vienen a buscar.

La Biblioteca, entre sus sanitarios tapizados de plumón, sus libros de más de 200 años y sus deudas con la literatura contemporánea, es una paradoja de grandes tesoros y grandes carencias.

***

El tiempo se estancó. Se quedó en la época en la que las gradas eléctricas eran una maravilla que tenía que ser exhibida de entrada. No pasó de la etapa de las computadoras con pantallas negras y letras anaranjadas. No es que la Biblioteca Nacional huela a viejo. Huele a pasado, un pasado que sigue siendo presente.

Son pocas las cosas que no se pueden calificar como antigüedad. Los ficheros son un ejemplo de tenacidad. Estas tarjetas con la información de la clasificación, autor y título de los libros siguen engavetadas en estantes ubicados en la entrada, a la par de las ahora inservibles primeras gradas eléctricas que hubo en El Salvador. Son solo restos de lo que en su momento fueron cartulinas. A algunos ya hasta la tinta de letras mecanografiadas se les fue. Pero lo que los vuelve obsoletos no es eso, sino que llevan más de 15 años sin actualizarse.

Quizá por eso Cubías empieza el día con un “shhh, shhh, ¿qué es lo que busca?” La pregunta la dirige a cualquiera que hurgue los ficheros o que se siente frente a las dos computadoras –a las que los empleados llaman base de datos– ubicadas frente a los gaveteros. Cubías es serio, firme y cuenta que a veces le han dicho que hasta grosero. Pero así debe ser en su trabajo. Es el encargado de la base de datos de la primera planta. Si él no está presente, nadie toca las computadoras, nadie puede tener acceso a las clasificaciones de los libros. Es el cancerbero.

Tan necesario siempre y molesto en ocasiones, Cubías es el resultado de un sistema que el usuario promedio no acaba de entender. Y de un temor de la Biblioteca a dejarse tocar por esa misma masa de visitantes que varias veces manchó o rompió las instrucciones que se habían pegado a un lado de las computadoras, hasta que no se volvieron a colocar. Por eso, por los ficheros obsoletos y por las múltiples ocasiones en que algún usuario sentado frente a la pantalla negra bloqueó el sistema es que Cubías no deja que nadie se acerque solo a su base de datos. Dice que podría dejarlos buscar en paz, pero solo a quienes saben cómo funciona el sistema. Y como tampoco es negocio estar enseñándoles a todos, casi nadie sabe, y todos lo necesitan.

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La Biblioteca Nacional no funciona con estante abierto. No se puede llegar a tocar los libros mientras se toma la decisión de cuál es el que interesa. No se pueden apreciar las tapas a ver si alguna portada o título llama la atención. No se puede pasear entre los estantes llenos de libros y polvo. Las búsquedas se hacen desde las dos computadoras que custodia Cubías y que contienen la colección internacional, o en las de la segunda planta, donde se archivan las colecciones de libros nacionales y de tesis. Los criterios de búsqueda son autor, título y materia. Así que lo mejor, según Cubías, es que el usuario llegue con una idea clara de qué es lo que busca. Y eso casi nunca pasa.

—Venimos a ver si hay algo de profesiones médicas –dice una de las dos estudiantes de enfermería paradas junto a las computadoras.

—Sí, pero ¿qué de eso? –pregunta Cubías.

—Todo.

—No, ¿qué buscan? –insiste más firme.

—No sé, algo como qué hace un proctólogo, un oncólogo y un dermatólogo, cuánto ganan, dónde trabajan, o sea, todo, pero queremos ver qué hay.

El bibliotecario entonces corta por lo sano. Las manda a lo básico. Ni siquiera necesita consultar la base de datos para decirles que pidan a los despachadores que les den un diccionario médico.

Así llega también el señor que pregunta por la democracia en la antigua Grecia. No dice más, porque solo eso le mandaron en un mensaje de texto al celular. En esa nebulosa llegan padre e hija cuando dicen ante el mostrador de la colección nacional que buscan los hechos relevantes de la historia de El Salvador. Un universitario pide material sobre liderazgo; así, a secas. Llega la que buscaba información del ADN y el que pide saber todo acerca del VIH/sida.

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Es media mañana y se pueden contar entre 12 y 15 personas en cada sala. Se trata de una afluencia inusual, por su elevado número. Justo en este momento, en su despacho, Manlio Argueta se acorrala en una realidad que no puede ni debe evadir. Con resignación admite que el título de Biblioteca Nacional le queda grande a ese edificio gris de la plaza Gerardo Barrios, vecino del Palacio Nacional y de la Catedral Metropolitana, en el corazón del ruidoso Centro Histórico de la capital.

Manlio Argueta funge como director desde el año 2000, cuando solicitó el puesto inspirado en otros escritores que ocuparon cargos similares como Francisco Gavidia y Arturo Ambrogi en El Salvador; Jorge Luis Borges en Argentina; o José Vasconcelos en México. Llegó sin proyecto definido, pero con ganas. Poco tardó en notar que además de las ganas hacían falta recursos.

La Biblioteca no tiene un presupuesto asignado. Sus gastos son administrados por CONCULTURA, que a su vez está adscrita al Ministerio de Educación. Así, lo que Manlio Argueta más claro tiene es que al año cuentan con unos $40,000 para compra de libros, una cantidad que equivale a lo que la Presidencia de la República habría regalado a la selección nacional de fútbol si hubiera metido cuatro goles en el partido contra Trinidad y Tobago. Y ese dinero sirve también para comprar material para las otras 14 bibliotecas públicas del país. Se adquieren textos escolares porque es lo que más buscan.

Y ahí es en donde Manlio Argueta se acorrala. Y se resigna. Una Biblioteca Nacional debería enfocarse en dos misiones: en la conservación del patrimonio nacional y en ofrecer herramientas para la investigación. Pero en El Salvador el grueso de los que visitan la Biblioteca no buscan investigar, sino salir del paso con alguna tarea. A eso está acostumbrado Cubías. Eso hace a media mañana de un día en que afuera, en el Centro Histórico, suenan a todo volumen las canciones de Ana Gabriel y se cuelan hasta el lugar donde están las computadoras.

***

“Leer es arte, sabiduría, cultura, poder, pasión, perseverancia, ciencia, cultura, sabiduría.” Está escrito en uno de los carteles que adornan la Biblioteca. Cerca también están los afiches conmemorativos de la Semana de la Lectura desde el año 2003. “La lectura es la base del conocimiento”, pregona otra exaltación a este hábito.

La dinámica dentro de las salas de la Biblioteca, sin embargo, habla de una realidad menos idealista. Seis estudiantes en faldas azules y blusas blancas se reúnen alrededor de una mesa que, como todas las de las salas, tiene en medio un rótulo que pide “No colocar los codos en los libros”. Los niveles son básicos. Y las advertencias escritas, a veces, no bastan.

Además, los empleados tienen que estar pendientes de los mutiladores.

Cubías recuerda que hace años, cuando la Biblioteca estaba en un edificio en la calle Arce, junto a la iglesia Sagrado Corazón, tuvo un altercado con un grupo de universitarios: “Ellos habían pedido un libro de fotografía, fue suerte que justo un rato después de que lo devolvieron, alguien más lo pidió y yo lo revisé. Le faltaban como 20 páginas”. Lo que siguió fue una discusión de esas que casi terminan en los puños. Los universitarios devolvieron las páginas y hubo que reparar el libro.

Cada empleado tiene su anécdota con los mutiladores. Uno cuenta que tuvo que ir hasta un colegio en busca de un joven que se había llevado varias páginas. Otra dice que tuvo que decomisar cuchillas a alguien que en plena sala se dedicaba a destazar. Y no faltan los famosos, esos que se han llevado tantas páginas que se han ganado un espacio con foto en las paredes y una prohibición de ingreso.

A cada rato, alguien pasa frente al área de las computadoras de la primera planta, dobla a la izquierda y atraviesa una puerta de vidrio para perderse gradas abajo. Es lunes y el reloj no pasa aún de las 10 de la mañana. Van al sótano. La mayoría son hombres y muchos de ellos comparten un objetivo. Son los desempleados que llegan a la hemeroteca a ver en los diarios los suplementos de empleo.

La hemeroteca es una de las áreas más visitadas por los mutiladores. Es el lugar en el que se resguardan los periódicos editados en el país desde el año 1975. En este sótano oscuro y un poco húmedo han tenido que tomar medidas especiales para contener a los que recortan fotografías en las que aparecieron. También los hay fanáticos: permanece colgada en una pared la foto de un joven declarado como visita no grata porque se llevaba recortes de artistas como Britney Spears en poses sensuales.

Por eso, y por los codos puestos en las recopilaciones empastadas, por las manos sucias y por los dedos llenos de saliva para pasar las páginas es que decidieron que los periódicos desde 1820 a 1974 fueran guardados en otra sala, un sitio al que solo tiene acceso aquel que presenta una carta de solicitud de ingreso y una sinopsis del tipo de investigación que hace.

Porfirio Merino, delgado, moreno, de un metro y medio de altura, de hablar pausado y voz suave, es uno de los dos encargados de atender la hemeroteca. Dice que existen temas por los que los usuarios más preguntan y entre ellos está el conflicto armado que vivió El Salvador. El asesinato de Monseñor Óscar Arnulfo Romero es de las búsquedas más recurrentes. Pero es la afluencia de cada lunes, sin embargo, la que hace que se limite el tiempo de lectura de un diario a 40 minutos por persona.

La Biblioteca tiene sus mecanismos de defensa. Pero también ha reconocido la necesidad de los usuarios y les permite sacar fotocopias y fotografías de los libros. Por eso es que ni Cubías ni Merino, por separado, encuentran una explicación al proceder de los mutiladores. Ambos concluyen, tan resignados como el director Manlio Argueta, que se trata de falta de cultura. Falta de cultura en la Biblioteca Nacional. Afuera es casi mediodía de un día de febrero de 2009; adentro, la luz siempre tenue hace pensar que es cualquier hora de un día de hace varias décadas.

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El año pasado, estudiantes de la Universidad Doctor José Matías Delgado realizaron una encuesta para esbozar los hábitos de lectura de los estudiantes de bachillerato del Área Metropolitana de San Salvador. La muestra fue de 1,308 jóvenes.

En la encuesta, hay resultados que invitan al optimismo. Por ejemplo, el 99% de los futuros bachilleres dijo que es importante leer. Pero a la vuelta de unas pocas páginas, la fantasía se desinfla: el 89% dedica menos de tres horas por semana a esa actividad que identificaron como tan importante.

Algo similar pasa cuando se advierte que 854 estudiantes contestaron que leen por iniciativa propia y que solo 363 dijeron que lo hacen por obligación. Lo curioso es que entre esos que afirmaron leer porque les gusta, los preferidos fueron “La Ilíada” de Homero, con 54 menciones, y el “Popol-Vuh”, con 31. Después vienen los más leídos por obligación. Y casualidad es la palabra que menos ronda por la cabeza cuando se advierte que solo hay una inversión de puestos. El “Popol-Vuh” es el primero con 94, y “La Ilíada”, con 87, se queda en el segundo puesto.

Ese síndrome de la poca lectura es bien conocido. Y el mismo Cubías, un poco desencajado con la pregunta, cuenta que como bibliotecario él tampoco tiene que haberse leído todos los libros, sino que sus índices nomás, para saber dónde buscar. No se acuerda del último que leyó entero y su favorito tarda un buen rato en llegar hasta su memoria. “Es un buen hábito”, es lo que dice de la lectura, pero, como dicen los estudiantes de la encuesta, Cubías tampoco encuentra suficiente tiempo para ejercerlo.

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En la oficina de Manlio Argueta hay un afiche que hace referencia al Bibliobús, que no es más que una unidad de transporte público rellena con libros. “El trabajo que tenemos que hacer es con los niños. No deberíamos, pero tenemos un bibliobús con el que vamos adonde tengamos que ir para empezar a plantar la semilla”, dice, consciente de que esa tarea está alejada del propósito que en realidad le corresponde a una biblioteca que se precie de ser nacional, que son los investigadores y la conservación, según decreto de la UNESCO.

Manlio Argueta –autor de “Un día en la vida” y el escritor salvadoreño más traducido– es fiel seguidor de la teoría de que la lectura es un gran apoyo para evitar la violencia, y este país, en donde en la actualidad el promedio diario de asesinatos es 12, es caldo de cultivo idóneo para esa clase de experimentos; sin embargo, la idea no cuaja. Como si fuera una caja de resonancia del problema, la docena de estudiantes que hoy ocupan las salas de la Biblioteca están afanados en buscar las poblaciones de los países centroamericanos, los inicios de la teoría heliocéntrica u operaciones matemáticas con fracciones. Puras tareas.

El director Argueta plantea la diferencia entre una biblioteca pública y una nacional. Las nacionales que él ha conocido en el primer mundo, dice, ni siquiera son para todo público. El carácter de lugares que conservan tesoros invaluables de conocimiento e historia las obliga a dejar entrar solo a mayores de 18 años que buscan información para una investigación en específico.

La Biblioteca de aquí no cierra a mediodía. Aunque algunos empleados han dejado sus puestos para ir a comer al lugar en donde se dejan los bolsones y las carteras, las salas no se quedan vacías. A esa hora una niña de tres años corre entre las mesas de la segunda planta. Acompaña a su mamá que ha llegado con una hoja tamaño carta en la que se detalla una serie de temas que debe buscar. Hay de Matemática, Ciencias Sociales, Naturales y Lenguaje.

Es una guía que dan para estudiar con el programa Edúcame, un proyecto con el que el Ministerio de Educación busca atenuar el problema de la sobreedad escolar. Consiste en realizar pruebas a las personas que interrumpieron sus estudios para indicarles en qué nivel deben retomarlos. Margarita, madre de la niña de tres años, realiza la búsqueda por su esposo, para que saque el noveno grado.

“Yo siempre he dicho que esta es una gran biblioteca pública”, dice Argueta. Y reconoce que, aunque quisiera, la institución no se puede negar a ser lo que los usuarios han hecho de ella. Este es un país con poca tradición de lectura y en donde las universidades dedican menos del 1% de sus presupuestos a la investigación. Así que lo que hay es una Biblioteca Nacional que se fundó por decreto del Ministerio de Relaciones Exteriores el 5 de julio de 1870 para conservar una ya entonces valiosa colección de volúmenes que perteneció al cardenal Lambruschini, pero que hoy está casi encasillada en ser un lugar de consulta estudiantil.

Los empleados han terminado de comer. Los de la primera planta se disponen a partir una fruta –melón, sandía, papaya– para compartirla entre ellos. Los estantes, los ficheros, las gradas eléctricas, los libros y las computadoras no son lo único antiguo. La mayoría de empleados tiene más de una década de trabajar en el lugar. La más veterana lleva 33 años de labor sin interrupción. Cubías tiene 31.

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Una biblioteca pública se dedica a atender las necesidades escolares, es fuente de consultas académicas y literarias. Una nacional, como ya se dijo, debería ser para investigadores y para conservar el patrimonio bibliográfico de un país. Esta última tarea es de los retos más grandes en El Salvador.

La colección Lambruschini, que fue la adquisición de libros con la que se inauguró la Biblioteca, constaba de 6,000 volúmenes en latín, italiano, francés y algunos en español. Fue comprada al crédito por el Gobierno de El Salvador al general mexicano Federico Larrainzar en 1868, según una investigación que la bibliotecaria Mélida Arteaga presentó en el V Congreso Centroamericano de Historia en el año 2000.

Lo que queda de esos libros es lo que ha sobrevivido a los terremotos de 1917, 1965, 1986 y 2001. Está en la segunda planta del edificio de la Biblioteca. Ana Martha Ramírez, subdirectora de la Biblioteca, accede a mostrar la colección. Ya dentro de la sala oscura cuenta de forma casual que hace unos meses tuvieron un problema con unas palomas que revoloteaban alrededor de un aire acondicionado y no distinguían entre dejar sus gracias en el suelo o sobre libros de 200, 300 o 500 años de antigüedad. El asunto se solventó, dice la subdirectora.

A ojo de buen cubero, ella calcula que son 4,000 libros de esa colección los que se aún se pueden rescatar. En esta habitación, sin embargo, aún hay polvo, y la humedad no está controlada. La colección ni siquiera cuenta con un seguro por daños. Bajo estas circunstancias, entre lo poco que le da esperanzas a Martha está el diagnóstico que dejó una experta cubana que dijo que los ejemplares se conservaban en condiciones básicas. Quiere decir que el conjunto de libros antiguos más valioso del país está resistiendo el paso del tiempo con el mínimo posible.

Lo que hay en la colección Lambruschini es igual de incierto. Se conoce de un facsímil de la primera edición de “El ingenioso Hidalgo Don Qvixote de la Mancha” de Miguel de Cervantes. Y también está otro facsímil de la segunda parte de esta obra. El estudio de la bibliotecaria Mélida Arteaga también da cuenta de “Cassianus jo heremita”, 1491; “Platea”, 1477; Thesaurus “Antiquitatum Romanorum” de Juan G. Grevio; y los libros de historia de Herodoto, Cantón y Quine, además de otros. La mayoría de libros, no obstante, no han podido ser catalogados. Eso lo dice Martha después de mostrar los Quijotes y un libro de por acá y otro de por allá, sin saber con exactitud cuál es cuál y dónde está qué.

El próximo año la Biblioteca cumplirá 140 años desde su fundación. Y en ese tiempo, la Lambruschini se ha mantenido casi como un misterio. Ha sido hasta esta época en la que internet se ha masificado que se desarrolló un proyecto de catalogación de estos libros antiguos. Descubrieron, dice Martha, ejemplares de los que hasta ese momento solo tenía registro la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Además, la identificación de esas obras también se ha topado con una barrera idiomática. Han tenido problemas para traducir los textos, les falta gente preparada para esta tarea. Y también les falta un programa de computadora que acepte signos propios del latín, del francés y del italiano, se lamenta Martha.

Al margen de la identificación y catalogación, el valor de la colección Lambruschini no se pone en duda. Y por eso debería conservarse. Debería. Pero de nuevo, la Biblioteca tropieza con esa disyuntiva entre ser nacional o pública.

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Esta tarde se ha levantado ventisca. Corina de Rendón, la jefa de la Unidad de Conservación y Restauración, y su equipo trabajan en el rescate de unos libros. Ella y otras tres mujeres más se encargan, una vez al año, de limpiar los ejemplares antiguos. También elaboran las cajas especiales que sirven para protegerlos y realizan todo lo que tenga que ver con prevención del deterioro. Lo hacen cuando pueden.

Pero ahora los escritorios con retazos de papel y tijeras no están llenos de los ejemplares de la colección Lambruschini ni otros antiguos. Tampoco se trata de los periódicos de finales del siglo antepasado. Los que están aquí, como pacientes en camilla, son textos al estilo de la “Ley de Reforma del Orden Democrático” o como “Los gobernantes de El Salvador”.

Llegan rotos, doblados, manchados, mutilados. Llegan por los reportes que cada cierto tiempo hacen Cubías y sus colegas. “Es la falta de educación del usuario, no ven que un libro nos sirve a todos, es un gran problema y es difícil de erradicar porque la gente se las ingenia cuando quiere hacer daño”, dice Cubías, para quien el problema tiene que ver con el usuario y no con que la institución que dirige ha tenido que degradar su papel y, en lugar de investigadores, atiende a algunos usuarios que prefieren esconder una cuchilla que pagar tres centavos por una fotocopia de tamaño carta o cuatro por una tamaño oficio.

“Los gobernantes de El Salvador” llega con las páginas hechas flecos. En la mesa, Corina tiene otro lisiado, un libro de texto de Lenguaje en el que alguien ha escrito “Charly y Óscar se aman con locura hasta que la muerte los separe, viviremos felices hasta el fin del mundo”. Cuando los libros llegan cortados, las restauradoras les colocan un tipo de papel transparente para unir los pedazos. El de los flecos, según Corina, es prioridad. “Ahí tenemos que interrumpir lo que hagamos y arreglarlo porque ¿cómo dejamos al usuario sin un libro que ocupa bastante?”, se pregunta aun cuando la respuesta está más que clara.

Si los libros llegan con machas de lápiz, una de las señoras del equipo puede pasar horas frotando con un borrador de goma cada página. Si las manchas son con lapicero, como en el caso de la declaración amorosa entre Charly y Óscar, el proceso es mucho más complicado.

“Los metemos en agua con alcohol, eso ayuda a sacarle la acidez y a matar hongos. Depende de cómo venga, así ponemos cada página en pedazos de tela especial, para que aún mojado lo podamos manipular. Lo remojamos por unos cinco minutos y le quitamos con pinceles y herramientas adecuadas los restos de lo que traiga, tirro, tinta, pedazos engomados, etcétera”, dice Corina. Un libro no se limpia en un día, pueden terminar el proceso con unas cinco páginas diarias como máximo. Y son cuatro mujeres, ocho manos y una cantidad de libros dañados que siempre está creciendo. “Algunos, que vemos que todavía se pueden usar los dejamos ir así”, dice, también contagiada por la resignación.

La Unidad de Conservación está en el mismo nivel que la hemeroteca, es decir, en el sótano. Es una sala en donde se acumula toda clase de papeles, pinceles, borradores, telas e insectos. De uno de los escritorios, Corina saca unas pequeñas bolsas de plástico en donde a simple vista apenas se advierten motas de color blanco o café. Con la ayuda de una lupa, a esos puntos se les ven patas y antenas. Son las plagas que, con la humedad y la suciedad como cómplices, se han devorado ya varios libros. En eso, asegura Corina, es que debería enfocarse el trabajo de prevención, pero en las circunstancias presentes, resulta casi imposible.

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“Una función básica de la Biblioteca Nacional es conservar el patrimonio bibliográfico de la nación. Por eso es que el departamento más importante se supone que es el de Conservación, aunque lo tenemos olvidadito.” La frase es de Argueta y la dice en su oficina, hasta donde llegó no solo un poco de humedad. Como si se tratara de una cicatriz de guerra, recuerda que ese juego de muebles de sala que tiene enfrente quedó con los colchones inflados desde que hace unos pocos años se filtró el agua lluvia por la infinidad de goteras que tenía el techo. Los libros no se libraron del caos.

Las goteras fueron inundación en 2003. Y en 2005, con la llegada de las lluvias que generó el huracán Stan, todo empeoró. Conservación tuvo más trabajo. Hubo que secar, rescatar y desahuciar. Tanto trauma literario solo es comparado entre los empleados más antiguos con el terremoto de 1986. En ese año, la Biblioteca estaba en un edificio frente al mercado Ex cuartel, entre la 1.ª calle oriente y la 8.ª avenida sur. Con el sismo, la estructura colapsó. Cubías, sentado en un escritorio frente a sus computadoras de la primera planta, se acomoda y asegura, con la firmeza que lo caracteriza, que desde entonces hay menos libros.

—Es que los metimos como pudimos en camiones de soldados. Aquí siempre ha habido más mujeres que hombres, entonces eran los soldados los que nos ayudaban a meterlos y ellos como no sabían el valor de los libros, los agarraban y los aventaban. Claro, todavía estaba temblando.

Ese edificio que se hizo añicos con el terremoto ha sido el único construido de forma expresa para albergar una biblioteca. Antes, estuvo en la Universidad de El Salvador, en el Teatro Nacional y en una casona de la 8.ª avenida norte. El que colapsó en 1986 tenía nueve pisos, fue terminado en 1963 y, según la investigación de Mélida Arteaga, costó 2.5 millones de colones de la época.

La mudanza con soldados de la que habla Cubías dejó libros embodegados en ocho locales. Así estuvieron las colecciones hasta 1996, cuando el Gobierno hizo gestiones para entregar a la institución el edificio que el Banco Hipotecario había abandonado porque quedó inservible tras el terremoto de 1986. Y como si no hubiera sido difícil salir de todo el caos que dejó un edificio tumbado por el sismo, los libros fueron depositados en ese lugar que, aun cuando fue restaurado, conserva lesiones.

Son cerca de las 3 de la tarde, y Cubías sube a la segunda planta para realizar una gestión. Lo que lleva son hojas de papel y no corre ni salta ni coloca con fuerza los pies sobre el piso. Aún así, todo vibra: las mesas, las sillas y los anaqueles que exhiben las novedades. Uno que otro usuario se asusta con la primera o la segunda vez que experimenta la sensación. Al final, con el paso de unas cuatro o cinco personas más, se acostumbran, como se han acostumbrado los empleados a trabajar en esas condiciones.

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Se acerca la hora del cierre. Faltan 10 minutos. Adentro, todavía queda una estudiante de octavo grado en el horario nocturno de la Escuela General Manuel Beltrán, de Santo Tomás. Tiene 21 años y ha pasado la tarde buscando información acerca del VIH/sida. En su centro escolar no hay biblioteca. También está un aspirante a ser pastor. Estudia en el Instituto Teológico El Sembrador, de San Jacinto. Tiene 43 años. Con otros tres compañeros de grupo busca información acerca de la homosexualidad. Dice que han hecho hallazgos, pero todos los libros encontrados son de antes de los noventa. No hay material más nuevo. Aún así, dice que ese lugar en el que está ha sido la mejor opción para realizar el trabajo. Y como ellos hay otra joven de 22 años que aprovecha hasta el último minuto para recopilar material de Ciencias Naturales y de Matemática. Prepara su examen con el programa Edúcame. Desea pasarlo para quedar en segundo año de bachillerato. Vive en Ciudad Futura, Cuscatancingo, y en la búsqueda de libros la ha acompañado su madre.

Manlio Argueta se refiere a ellos cuando dice que no les puede cerrar las puertas para darse a la tarea de hacer que la biblioteca que dirige sea realmente nacional. Y cuando Cubías dice que protege los libros de los mutiladores y resguarda las computadoras para que los que en verdad necesitan la información puedan encontrarla también lo hace pensando en gente como ellos. Son las 4. Las luces se apagan y todos se retiran. Finaliza un día más en la Biblioteca Nacional de El Salvador Francisco Gavidia.