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La hija imperfecta

Publicado: 28 noviembre 2016 en Gloria Ziegler
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En la Universidad de Ciencias y Humanidades de Los Olivos, en Lima, una alumna de primer ciclo levanta la mano durante una conferencia sobre Género y Diversidad Sexual y le hace una pregunta a Verónica Ferrari, la especialista que dirige la charla:

—¿Los gays creen en Dios?
—No, la verdad, todos somos satánicos —contesta ella, y luego lanza la misma carcajada frenética que se le escapa cada vez que se siente incómoda.

Esta tarde de mayo, sin embargo, su gesto nervioso pasa desapercibido entre las risas de una centena de universitarios que ocupa los asientos del auditorio. Meses atrás, un estudiante de esta universidad abandonó la carrera cansado del acoso de sus compañeros debido a su orientación sexual. Su caso no es un hecho aislado. Ferrari, una activista que ha renunciado a tener una casa, un trabajo estable y a criar a su propia hija para liderar una lucha por los derechos de la comunidad lésbica, aguanta ahora las náuseas que siente cada vez que debe hablar en público y sigue con la conferencia.

—Hay gente que sí cree (en Dios) y hay otros que no, como yo. Pero somos personas comunes y corrientes —explica luego sin pesimismo, tras hablar durante poco más de una hora sobre identidad sexual y sobre la lucha que encabeza un grupo de hombres y mujeres en Perú contra la discriminación de la comunidad LGTBI.

Horas más tarde, en el bus de regreso a su casa dirá que ella también sabe lo que es la humillación.

—No me gusta liderar nada. Quiero estar sola, la verdad, pero no me ha quedado otra que asumir esto.

***

Verónica Ferrari creció sabiendo qué era ser una hija perfecta: todo aquello que representaba su hermana mayor; y ella, por más que se esforzara, nunca lograría. Es decir, destacar en las actuaciones escolares, ser la niña inteligente y coqueta con la cual presumir frente a los amigos de la familia, aquella con la que todos querían jugar, la dueña de una personalidad arrolladora.

—Yo era súper introvertida y por entonces era fácil ser bulleada. No recuerdo a nadie especial de esos años: a una mejor amiga o amigo. A nadie. Era la antítesis de mi familia, que era súper abierta y receptiva.

La segunda hija de Alberto Ferrari, un dirigente sindical de una empresa eléctrica, y Juana Gálvez, una joven ama de casa, nació en Chosica —una pequeña ciudad al este de Lima dividida por un río y rodeada de cerros— el 11 de junio de 1979, en medio del entusiasmo de la pareja. Pero la alegría de sus padres se desvaneció pocos días después, cuando Verónica enfermó.  Y desde entonces, dice su hermana Vanessa, todos se volcaron a ella.

—(Verónica) estaba recién nacida cuando cogió la tos convulsiva. Después de eso, sería la hijita que habían salvado de la muerte, y siempre mantendríamos esa tendencia por protegerla. De repente, sin quererlo, todos hicimos que ella se cohibiera más —cuenta con la misma cadencia en la voz de su hermana.

Verónica Ferrari creció admirando a su hermana mayor. Siguiéndola cada vez que iba al río con los chicos del barrio, escalando los cerros o adentrándose en las chacras para robar algunas frutas. Era un intento desesperado por imitarla, pero nadie —ni su madre, ni su padre— intuyó nada extraño en su comportamiento. Pensaron que era algo natural.

—Siempre me perseguía, pero cuando me animaba a hacer algo que yo sabía que era avezado incluso para mí no quería exponerla. Y ella se resentía conmigo —recuerda Vanessa.

Así fue durante varios años. Hasta que, en algún momento impreciso, aquella timidez y esa admiración se transformarían en una introversión monstruosa, en una sombra que llegaría a aislarla.

—No sé cómo empezó, pero fue antes de que me diera cuenta de que me gustaban las chicas —dice Verónica—. Imagino que me deben haber hecho pasar una vergüenza muy grande en el colegio, pero no lo recuerdo.

La fobia social comenzó sin que nadie lo notara. Ni sus padres ni sus profesores se dieron cuenta cuando comenzó a encerrarse a leer durante semanas. Ni siquiera cuando prefirió quedarse en el salón de clases durante los recreos para no cruzarse con un niño que la empujaba y le jalaba el pelo.

—Se escondía de los grupos de personas. Les tenía pánico —cuenta su hermana—. En el colegio se juntaba con las niñas que menos se hacían notar, y siempre paraba con una, nada más.

En 1986, Verónica se fijó por primera vez en una de sus compañeritas de colegio, una niña que bailaba risueña durante un recreo, y sintió ganas de besarla, pero la vergüenza la paralizó.

—Yo era un ser que se reducía para desaparecer.

***

Es una mañana de mayo y por la ventana del living se cuela una luz lánguida. Verónica Ferrari se estremece en su casa con una tos seca. Afuera, Barranco —el barrio más bohemio de Lima— comienza a despertar. Pero en el departamento modesto que comparte con Daniel Salas, un amigo que la hospeda desde hace algunos meses, solo se escuchan sus espasmos insistentes y el goteo de una canilla gastada que llega desde la cocina.

—Cuando me di cuenta de que me gustaban las chicas pensé que Dios se había equivocado de cuerpo conmigo, porque lo que veía en las novelas y leía era que solo a los hombres les gustaban las mujeres —recuerda.

A los 7 años nunca había escuchado la palabra lesbiana. La lógica —pensó entonces— era que todo fuera un error.

—Me parecía vergonzoso y, por eso, nunca le conté a nadie.

Poco después, también se sentiría atraída por otro niño del colegio. Y entonces empezó a creer que quizá no era tan distinta.

—Estaba en el drama de pensar que era medio anormal y medio normal —dice y se ríe.

Una tarde de 1997, mientras paseaba por la feria de libros usados del bulevar Quilca, en el centro histórico de Lima, Verónica se fijó en uno de sus compañeros de la academia preuniversitaria. No pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a salir.

A los dos les fascinaba el cine y la literatura y eso, quizás, fue lo que más acercó a la estudiante de Derecho y Ciencias Políticas que luego se convertiría en Lingüista y al aspirante de Medicina que con el tiempo se dedicaría a la Literatura. Así, durante seis años, se quisieron sin sobresaltos. Y nada cambió —o eso creyeron— el 22 de agosto de 2003, cuando nació su hija.

—Estábamos contentos —dice Verónica y sonríe sin nervios—. Nos queríamos.

***

Al principio, la futura activista de 24 años y su hija compartían la casa de Chosica con sus padres, y su pareja hacía lo propio en San Juan de Lurigancho. Por lo demás eran —según lo que les habían enseñado— una familia normal: se entusiasmaban con las primeras sonrisas de su niña, almorzaban los domingos con la familia y compartían los gastos de los pañales y la leche maternizada. Pero tres meses después del nacimiento de su nieta, Alberto —el padre de Verónica y sostén económico de los Ferrari— murió. Entonces ella no encontró más opción que mudarse con su hija a casa de sus suegros.

—Al principio, a pesar de las dificultades económicas, todo era normal. Pero, luego hubo cierta tensión con mi padre —escribe su ex pareja por correo electrónico.

Verónica Ferrari, en cambio, dice que los problemas empezaron porque él no lograba escapar de los mandatos que había heredado de una familia tradicional:

—No me sentía mal con mi vida. Él es un buen hombre y yo tenía a mi hija. Pero me sentía insatisfecha como feminista por su falta de coraje, porque sus papás se metían en nuestras vidas y querían que fuera una buena esposa, esa ama de casa correcta que vive para su familia; y eso era algo que yo no estaba dispuesta a cumplir.

Verónica aguantó aquella tensión durante cuatro años, mientras estudiaba Lingüística y seguía un tratamiento con un psiquiatra para lidiar con su fobia social. Pero entonces el suelo que pisaba se tambaleó de nuevo.

—Mis dudas volvieron cuando la relación estaba completamente desgastada —recuerda.

De a poco, comenzó a pensar que ser bisexual o lesbiana tal vez no era una condena. Y una mañana de 2007, después de dejar a su hija de tres años en la guardería, llegó a la casa del Movimiento Homosexual de Lima con el estómago revuelto por los nervios.

***

En De amores y luchas, una columna que escribió en 2012 para Diario 16, Ferrari habló sobre aquel primer acercamiento:

A los 18 años fui al Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) y no me atreví a tocar la puerta. Di varias vueltas alrededor de esta casa que se veía tan común como cualquier otra de Jesús María. Hasta pensé que una casa así no podría ser del MHOL. La casa del MHOL, según lo que imaginé, tenía que tener mil colores, y lo que yo veía era de un color inocuo y aburrido.

No toqué ­—la puerta— y regresé a mi vida “normal”. Esa vida que luego abandonaría para cumplir esos sueños que a veces me despertaban por las noches.  Freud siempre tuvo razón. Esos sueños representaban lo que yo realmente quería y me negaba a vivir. Así que diez años después volví a esta casa, que aún mantenía sus colores aburridos, y toqué la puerta, entré y mi vida nunca fue la misma. Salí como una mujer nueva o, mejor dicho, -como- una lesbiana nueva.

***

Son las nueve de la mañana, pero por el gris del cielo podría estar anocheciendo en Lima. Ha pasado una semana desde que Verónica Ferrari regresó de un encuentro de activistas LGBT en Cusco. Su gripe —como la luz débil que llega hasta la sala del departamento de Barranco— permanece intacta. Y ella recuerda su primer encuentro con los integrantes del MHOL.

Aquel día se vio reflejada en la mirada asustada de un puñado de chicas que también estaba allí por primera vez y escuchó la orden seca de una coordinadora que les decía: “A ver, lesbianas, párense”.

Ferrari no se intimidó.

—Yo había llegado pensando que era bisexual y esa era una inducción al lesbianismo muy intensa —dice—, pero me gustó y volví.

Durante varias semanas, le dijo a su pareja que estaba haciendo una investigación sobre el feminismo en el movimiento. Luego, acabó por sincerarse: le habló de su cansancio, de sus dudas; y en 2009 se separaron. Su hija aún no cumplía seis años y, sin embargo, sería una de las primeras personas en conocer los motivos de la ruptura.

Ahora, en Barranco, mientras calienta agua en la hornilla de la cocina para hacerse una infusión y corta una porción de budín para el desayuno, Ferrari dice que explicárselo a ella fue sencillo.

—Cuando le conté que ya no íbamos a vivir con su papá, me preguntó si me iba a casar con otro hombre y le dije que no, pero que tal vez, en algún momento, lo haría con una chica —cuenta mientras camina de regreso a la sala con el desayuno—. Me acuerdo que me preguntó si eso se podía, y le expliqué que no, pero que quizás, en algunos años.

Así, sin aspavientos, le habló a su hija. Con la agudeza que nunca habían tenido con ella.

Dos años después, una tarde de 2011, un grupo de 15 lesbianas, gays y transexuales del Movimiento Homosexual de Lima llegó a la Plaza de Armas de la ciudad para replicar la acción mundial “Besos contra la Homofobia”.

Faltaban pocos minutos para las seis y, aunque el sol ya no se veía desde aquel punto del centro histórico, caía una luz que parecía anunciar algo fatídico.

Una mujer ya les había gritado inmorales a dos chicas que se besaban. Algunas personas se reían, otras les miraban con repugnancia. Y cuando llegó la policía para desalojarles recibieron bastonazos, patadas y gas pimienta.

Esas imágenes llegarían a la televisión nacional un día después, de la mano de uno de los programas de reportajes periodísticos de los domingos por la noche. Y algunos peruanos se indignaron.

Vanessa Ferrari no sería uno de ellos.  Ella no vería nada hasta el día siguiente, cuando regresó del trabajo y encontró a su hija y a su sobrina mirando la grabación de un programa de noticias en su casa.

Aquella tarde de verano, mientras se sucedían las tomas de la policía reprimiendo, se reconocería en los ojos levemente achinados, en el pelo negro y los pómulos redondeados de una de las activistas que recibía una patada. Y entonces comenzó a entender lo que ocurría.

—La verdad no es que yo sea homofóbica —aclara.

Han pasado cuatro años desde que vio a su hermana golpeada, y ahora Vanessa está sentada en una cafetería de San Isidro, uno de los distritos más acomodados de Lima.

—Yo me burlo, hago chacota de todo, no solo de la comunidad gay —dice—. Pero eso, a algunas personas les resulto ofensiva. Y creo que mi hermana no me dijo nada por miedo a que la juzgue. Pero enterarme así, por la televisión, al comienzo fue chocante.

Esa tarde de 2011, Vanessa se encerró en su cuarto sin decir palabra y pensó lo obvio: en ella, en cómo fastidiarían a su excuñado y sobre todo, en su sobrina. Horas después, cuando Verónica llegó al departamento, la encontró con esa cara rígida que confirmaba lo inevitable.

—He visto el reportaje —le dijo Vanessa—. Y quiero que sepas que estoy orgullosa. Debe ser un reto para ti asumirlo y decirlo libremente, pero no quiero que involucres a la familia, y sobre todo a tu hija, que está muy chiquita.

Verónica asintió con los ojos desencajados. Y, por un tiempo, no habló más de aquello con su hermana. Después de su separación había comenzado a compartir aquel departamento con ella, pero no tardaría en sentirse obligada a dejar la casa —y a su hija— con Vanessa.

***

Tres años más tarde, el actor y activista Gabriel de la Cruz Soler se cruzó con Verónica después de consultar a un vidente sobre su futuro. Faltaban pocos días para el lanzamiento de “No tengo miedo” —un colectivo que promueve la justicia social y el acceso equitativo a los recursos para la población LGTBIQ (lesbianas, gays, trans, bisexuales, intersexuales y queer)— y quería saber qué suerte le pronosticarían las cartas. Aquel adivino ya le había hablado de una mujer que lo ayudaría a sacar adelante la iniciativa. Y, desde el primer momento, sospechó que se había referido a ella.

Se conocieron durante el estreno de una obra de teatro que marcaría la salida del closet del actor peruano. Verónica ya se había convertido en presidenta del Movimiento Homosexual de Lima —después de una vertiginosa carrera que había empezado con la acción “Besos contra la homofobia” y que la transformó en referente lésbico en los medios de comunicación y en las redes sociales—. Y en 2014, cuando nadie lo esperaba, renunció al MOHL con una denuncia pública que hacía énfasis en la necesidad de un recambio generacional (dentro del movimiento) que no fuera bloqueado por otros dirigentes.

Tras la renuncia, tal y como habían pronosticado las cartas, la lingüista se sumó a “No tengo miedo” durante algunos meses; y luego, volvió a alejarse para formar activistas de manera independiente.

—Quiero incentivar a la gente y fortalecer a las organizaciones, pero no para que me sigan, sino para que se hagan libres —explica otro día en su casa, con una seriedad que no suele mostrar cuando habla de sí misma.

***

Es 11 de junio de 2015. Verónica Ferrari cumple 36 años y, de nuevo, se ha quedado sin techo. Hace unos días Daniel Salas le dijo que debía abandonar el departamento de Barranco y hoy pasará la noche en la casa de una amiga. Sus ingresos como columnista de un diario ya no le alcanzan para pagar un cuarto y no sabe qué hará en los próximos días.

— Le da más importancia a sus actividades que a buscar un trabajo estable. Ha puesto el activismo en primer lugar y ha descuidado la relación con su hija, aunque no quiera aceptarlo —decía el padre de su hija, días atrás.

Desde hace unos meses, la preadolescente volvió a vivir con él, después de varios años en la casa de la hermana mayor de la activista, y Verónica la ve los fines de semana. A veces van al cine y otras, se pasan la tarde conversando, como si fueran dos amigas con la urgencia de ponerse al día.

Ahora, desde la casa donde se quedará por unos días, Verónica habla de ella:

—Me jode estar lejos, pero no quiero que sea como yo. Y no me voy a culpar por eso.

Verónica Ferrari, la mujer que se convirtió en activista para pelear por una sociedad más justa para su hija, confía en que ella entenderá. Con que no herede sus miedos le alcanza.

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En el vestuario se pasean una decena de hombres musculosos. Se miran. Hablan con sus entrenadores y se mueven inquietos. Están nerviosos. Entrenaron todo el año 2000, hicieron dieta durante meses, tomaron suplementos, licuados y pastillas esperando este día. El de la competencia. Siempre es así. Todos, en este momento, se miran y se comparan. Todos, en este momento, se ven más chicos que su adversario.

Luis Gigena es el único que está sentado en una esquina. Espera, callado, su turno para subir al escenario. Es el único que no parece nervioso. El único que no puede ver a sus rivales. Es el fisicoculturista ciego.

–¿Cómo están los demás? –le pregunta a su entrenador.
–Están bien pero vos estás mejor. Quedate tranquilo –le dice Alberto Rivera.

Y él se queda en silencio de nuevo.

Los culturistas lo miran pero solo algunos se acercan a saludarlo, le dan la mano, y enseguida se van.

–La tranquilidad de él los asusta –dirá Rivera años después- Lo ven y se ponen nerviosos. Y eso a él no le pasa porque no los puede ver.

Gigena llegó hace varias horas, acompañado por Laura Sosa, su esposa, y su entrenador. Solo entonces, al momento de inscribirse y hacer el pesaje reglamentario, se enteró de que tendría un solo rival. En su categoría, los que superan los 100 kilos, siempre son pocos. Pero hoy son solo ellos dos.

En el baño, Gigena empieza a desvestirse. Se saca –despacio- las zapatillas, la remera y el pantalón para empezar a pintarse con una crema tonalizadora. Es un ritual que todos cumplen antes de subir a competir. Algunos culturistas, como Gigena, lo hacen el mismo día. Otros, aquellos a los que les cuesta broncearse, empezaron hace una semana.

Rivera lo ayuda pasarse la crema en la espalda. Y luego, cuando terminan, saca dos pesas y bandas de un bolso. Gigena empieza a precalentar. Hace ejercicios con los brazos y hombros.

–Es para que el musculo se congestione y se hinche –dice– Pero antes de subir no ejercitas las piernas ni los abdominales, porque se llenan de agua.

Si eso pasa, o si están nerviosos a la hora de competir, es improbable que ganen. Y acá quedar segundo no sirve de nada. Acá todos quieren ganar.

–Yo subo tranquilo. Lo que hice, lo hice al tope y arriba se ven los pingos. Bah, ellos me ven a mí. Yo no los veo –dice y suelta una carcajada.

Esta tarde sube al escenario de Flores, acompañado por un asistente que lo ubica en el centro, frente a los jueces, y se aleja. Entonces empieza su coreografía. Durante el minuto reglamentario muestra los músculos del pecho y los brazos. Gira sobre su eje y enseña la espalda. Se mueve hacia un lado y hacia el otro, mostrando sus piernas con una decena de poses.

Así, sin intimidarse, se convertirá en el Campeón Argentino de Culturismo por la WABBA. El primero de los ocho campeonatos que conseguirá. Así también se convertirá en el primer campeón ciego del Mister Universo y será el primer argentino en ganar la medalla de oro en el torneo Arnold Classic, las dos competencias de culturismo más importantes del mundo.

Diarios de una bicicleta

Una tarde de verano de 1984 Luis Gigena pedaleaba detrás de Carlos Torres –un amigo de su madre- rumbo al arroyo Correa, en las afueras de la ciudad de La Plata. Tenía 13 años y probaba la bicicleta que había armado él mismo. Había pintado un viejo cuadro inglés de su abuelo. Durante tres años ahorró el dinero que le regalaban su abuela y su madre. Así, compró pieza por pieza.

Oscurecía y Gigena avanzaba rápido detrás del otro ciclista. Las bicicletas estaban unidas por una soga que se mantenía floja y a su lado pasaban cientos de autos, que parecían a punto de rozarlos.

En un momento, antes de llegar al arroyo, Torres le sugirió volver.

–Se está haciendo de noche y estamos lejos –gritó desde adelante, aflojando el ritmo.
–Por mí sigamos –le contestó Gigena- Si cuando salimos para mí también era casi de noche.

Habían salido de su casa temprano, cuando el sol todavía estaba alto y quemaba en la espalda. Gigena se estaba quedando ciego. Y lo sabía. Pero entonces, mientras pedaleaba, el viento le golpeaba la cara y se sentía libre. Poderoso.

Y eso no le sucedía muy a menudo.

Creció jugando con sus hermanos Analía y Adrian. Ellos y sus primos eran los únicos que jugaban con él. Los que no se reían si intentaba patear la pelota y le erraba. Los únicos que no se burlaban.

Cuando Luis Gigena nació los médicos se dieron cuenta de que algo no estaba bien en su vista, pero confiaron que con el tiempo se corregiría. Gigena empezó a caminar y se chocaba contra las cosas. Los médicos entonces pensaron que tenía estrabismo, una desviación en el alineamiento de los ojos que dificulta la coordinación. Dijeron, de nuevo, que había que esperar que terminara de desarrollarse para operarlo. Pero el tiempo pasó y él seguía llevándose las cosas por delante, buscaba sus juguetes y no podía encontrarlos, aunque estuvieran al alcance de su mano, y otras veces, mientras caminaba, se desviaba hacia un lado. Así, años tras año, fue perdiendo progresivamente la vista. Entre 1971 y 1977 lo sometieron a numerosos estudios en hospitales de La Plata y la Ciudad de Buenos Aires pero nadie parecía dar con el diagnóstico correcto. Hasta que un médico sospechó que el problema no estaba en sus ojos y ordenó una serie de análisis de sangre que, hasta entonces, no le habían hecho. Así, descubrieron que tenía toxoplasmosis congénita.

–Pero ya era tarde. La enfermedad estaba tan avanzada que me estaba quedando ciego y no había vuelta atrás –recuerda Gigena treinta y cuatro años después.

Sus padres, Stella Grecco y Carlos Gigena, se habían separado antes de que él naciera. Fue el niño mimado de su abuela Ester. Era su primer nieto, su bebé. Vivían en su casa, una vivienda humilde, construida con chapa y forrada en cartón. Y ella era quien lo cuidaba cuando su mamá se iba a trabajar. Tiempo después nació su hermana. Cuando Luis Gigena estaba por cumplir 5 años Stella Grecco conoció a su tercer hombre. Se casó y poco después nació Adrian. Ellos –sus hermanos- y sus primos fueron sus amigos de la infancia.

–Mi padrastro se hizo el bueno mientras mi abuela vivió porque ella me protegía. Pero no me quería y cuando mi abuela murió la empezó a volver loca a mi mamá porque no me soportaba –cuenta ahora Gigena.

Aquella tarde de marzo, mientras probaba su bicicleta, intentaba no pensar. Su abuela había muerto dos años antes y las cosas, en su casa, ya no iban bien. Pero entonces, mientras pedaleaba, sintió el viento tibio en la cara y, después de mucho tiempo, estaba feliz.

Aún no sabía que no habría más paseos como ese. Luego, en un exceso de confianza, intentó salir solo, pero antes de avanzar media cuadra un auto lo embistió. Esa carrera, la primera después de tres años de trabajo, fue –también- la última. Semanas después estaba completamente ciego y la bicicleta quedó olvidada, hasta hoy, en un viejo galpón.

¿Cómo ser un metrosexual aunque no puedas verte en el espejo?

Es una mañana fría de junio y Luis Gigena precalienta, antes de empezar su rutina de ejercicios en el Gimnasio Mab, de Villa Elisa. Se mueve confiado entre los aparatos, siguiendo un recorrido que ya parece conocer de memoria. A su lado está Sergio Schenone, uno de los instructores. Le prepara las barras y lo mira, mientras Gigena repite los ejercicios. Su trabajo se limita a eso. El fisicoculturista no parece necesitar más ayuda.

Hoy, Gigena se levantó a las cuatro de la mañana, se preparó un licuado proteico y tomo sus aminoácidos: creatina y glutamina. Limpió la licuadora y se volvió a acostar. Cuatro horas después volvió a desayunar con su esposa café con tostadas integrales y vino a entrenar. Cuando termine tomará otro batido, los aminoácidos y otro suplemento químico, almorzará pescado con arroz y, luego, volverá a los licuados, las tostadas integrales, el licuado, los aminoácidos, la carne magra, el licuado, los aminoácidos. Así durante todo el día. Así durante todos los días.

Ahora, en el gimnasio, levanta una barra en un banco inclinado. Y entre repetición y repetición cuenta su historia.

–¿Por qué empezaste a venir al gimnasio?
–Era muy flaquito y cuando tenía 17 años mis amigos habían empezado el gimnasio. Entonces yo también quería ponerme una remera ajustada y tener algo de músculos para conquistar a las chicas –dice y suelta una carcajada.

Hace una repetición y sigue:

–Después con el tiempo me motive solo porque me di cuenta que este era un deporte en el que todo dependía de mí. En el colegio de ciegos ya había hecho atletismo y tiro, pero no quería competir con personas que tenían una discapacidad como yo. Quería hacer otra cosa, demostrar que podía hacer algo de igual a igual con cualquier persona.

Su vida, sin embargo, no es la de cualquier atleta que se aferró al deporte para superar una discapacidad.

Luis Gigena se broncea en una cama solar tres veces por semana, se compra ropa en tiendas de marcas prestigiosas, usa cremas, ordena su ropero por colores, su mujer ya no sabe donde guardar las zapatillas y tiene tantos perfumes como para usar uno diferente cada día del mes. Un amigo, un gran amigo, le facilita el dinero para los viajes y las estadías para competir. Otro amigo, que vende productos para fanáticos del gimansio, le regala los suplementos vitamínicos.

–Cada vez que paso por el freeshop me traigo tres o cuatro –cuenta entre risas- Me gusta elegirme mis cosas solo. Lo mismo con la ropa. Antes de ir a comprar ya tengo en la cabeza lo que quiero, cómo quiero que sea y qué color.
–Es más coqueto que yo –dirá más tarde Laura Sosa- Aparte no va a usar cualquier cosa. Le gusta la ropa de marca y sabe qué colores le quedan bien.

Días después, su hermano Adrian contará algo más.

–Siempre le preocupó la imagen. Fue así toda la vida. Siempre tiene el pelo corto y la camisa planchada. Nunca está desalineado. Es un obsesivo con eso desde que era chico.

¿Cómo caminar por el mundo con los ojos cerrados?

Luis Gigena camina sobre la pasarela con su bastón blanco. Es una noche de junio de 1998 y el diseñador Roberto Piazza presenta su colección La vida y la muerte, con un desfile en el hotel Panamericano.

El fisicoculturista es el encargado de cerrar el show de moda. Tiene un slip blanco y unas alas de gasa que le tapan la espalda y caen, suaves, a cada lado de su cuerpo. Es el ángel que cierra el ciclo de génesis y reencarnación que preparó el modisto.

Camina junto a una novia, que sostiene a un bebé pequeño. Gigena sigue hasta el borde del escenario y vuelve sobre sus pasos, tal como antes lo hicieron los demás modelos. Ya trabajó como modelo publicitario pero este es su primer desfile. Sin embargo, tiene la misma tranquilidad con la que se mueve por su casa. La misma gracia con la que camina por las calles de La Plata, adivinando dónde está la calle que busca, o un café, o en qué esquinas están los semáforos. Como si tuviera un pequeño mapa mental, un registro del territorio, que le da independencia. Algo que aprendió hace mucho tiempo.

A los 13 años, cuando perdió definitivamente la vista, siguió con sus estudios secundarios y, por la tarde, mientras sus amigos miraban televisión, él iba al colegio de ciegos. Allí, en menos de dos meses le enseñaron a escribir en braille y, sobre todo, a desplazarse.

Una de las primeras cosas que aprendió fue a viajar en ómnibus hasta la escuela. Y lo aprendió solo. No necesitó que un perro lazarillo lo guié.

–Era algo impresionante porque sabía dónde se tenía que bajar, sin preguntarle al chofer. Ni los profesores entendían cómo se manejaba el tipo –recordará su hermano Adrian.

En su casa, en cambio, la relación con su padrastro era cada vez más áspera.

–El marido de mi vieja me maltrataba –dice Gigena- Por ahí me mandaba a buscar una tenaza y si yo no la encontraba iba a buscarla él y cuando volvía me decía «Acá está» y me pegaba con la herramienta por la cabeza. Y yo no veía. Era algo incomprensible.

Un día, después de una discusión, su madre le pidió que se fuera de la casa. Tenía 16 años. Fue a casa de unos amigos y, luego, viajó a la Ciudad de Buenos Aires. Allí, después de estar unos días en la calle, rompió un vidrio y lo llevaron preso. No tenía su documento y los policías no creían que fuera menor de edad. Lo tuvieron encerrado en el calabozo tres días: hasta que fue a buscarlo Stella Grecco. Entonces volvió a su casa. Las discusiones seguían y, cuando consiguió trabajo, su madre le volvió a pedir que se fuera. Entonces, fue a la casa de un amigo, luego a una parroquia, a la casa de otro amigo y de otro. Hasta que conoció a su primera esposa, una mujer que vivía cerca de la casa de uno de sus compañeros de trabajo.

–A los 21 años me case pero duramos poco –dice Gigena sonriendo -Tres años después ya estábamos divorciados.

Pero antes, Gigena había hecho algo: dejó de ser un hombre que iba al gimnasio en sus tiempos libres y empezó a entrenar para competir en los torneos locales. Todas las tardes, después de salir del trabajo, viajaba en tren hasta un gimnasio de Berazategui, una ciudad del conurbano bonaerense a unos 34 kilómetros de La Plata, y regresaba a su casa cerca de la medianoche.

En uno de esos viajes, cuando la relación con su primera esposa ya estaba deteriorada, conoció a Laura Sosa. Viajaba con tres amigas a la casa de su padre, en Villa Elisa. Días atrás, Gigena se había presentado en el programa de televisión de Susana Giménez y las chicas lo reconocieron. Se acercaron a saludarlo y siguieron hablando durante el viaje. Antes de bajar le contaron que era el cumpleaños de Laura y lo invitaron a su fiesta en la noche. Horas después, cuando volvía de entrenar, fue al cumpleaños. Esa noche, su mujer aún lo esperó hasta la madrugada. Sin embargo, tiempo después el fisicoculturista se casó con aquella chica que conoció en el tren.

Durante siete años siguió viajando solo hasta el mismo gimnasio de Berazategui. Entrenaba día, tras día.

Maciste, el personaje de Roberto Bolaño en Una novelita lumpen, fue un culturista que recorrió el mundo, se consagró campeón y, cuando quedo ciego, se encerró en su casa. Gigena, en cambio, se quedó ciego y salió al mundo.

–No entiendo cómo hace. El tipo tocó fondo y salió disparado –dice su amigo Carlos Metzler- Es impresionante lo que hizo con el deporte y cómo se maneja. En La Plata sabe donde está cada cosa, como si las estuviera viendo, y cuando tiene que ir al exterior el tipo se manda. No se queda pensando. Toma la decisión y le da para adelante.

Así viajó a Sudáfrica en el 2007. Solo y sin hablar inglés.

–Mi ex entrenador, Ramón Puig, iba a ir conmigo pero cinco días antes se echó para atrás. Yo ya tenía el pasaje y el hotel pago así que fui igual.

Gigena llegó a Johannesburgo tres días antes que los demás atletas. Quería estar tranquilo al momento de competir. Para eso, Laura Sosa le había reservado una habitación en un hospedaje y cubrió de antemano todos los gastos, incluso la comida. Cuando el fisicoculturista se encontró con el representante de la federación sudafricana en el aeropuerto le dio el itinerario que había preparado su esposa. Allí explicaba que estaría los primeros días en un hospedaje y luego se trasladaría con el resto de la reserva. Sin embargo, aquella misma noche lo llevaron directamente al hotel donde se quedarían todos los culturistas.

–No me di cuenta del error de hotel porque nadie me dijo nada–recuerda años después.
–Yo estaba desesperada porque lo llamaba al hotel donde había hecho la reserva y me decían que no estaba –cuenta Laura Sosa- Y encima él no se comunicaba.

El día que llegaron los demás atletas se dieron cuenta de que los pagos de Gigena no cubrían los días anteriores, ni la comida que había consumido hasta entonces. Él ya había gastado 600 dólares en pescado, ensaladas y desayunos, y no tenía dinero para cubrir esa deuda. Entonces los directivos del hotel tuvieron una idea: Habían visto que durante esos días la gente se acercaba a Gigena para saludarlo y sacarse fotos con él y le propusieron ser su sponsor en el campeonato. Así saldó la deuda que había generado durante esos días.

–El siempre dice que es un perro de la calle y que los perros de la calle se la rebuscan –recuerda su amigo Metzler.

Aprenda a posar usando las manos

Luis Gigena puede recordar episodios completos del Increíble Hulk. Cuando era chico –y aún podía ver algo con ayuda de unos anteojos– no había forma de sacarlo del televisor cada vez que trasmitían la serie del hombre verde.

Diez años después, cuando empezó a ir al gimnasio para conquistar chicas, todavía fantaseaba con los músculos de aquel superhéroe. Era la primera vez que iba un gimnasio y sin embargo pronto empezaría a entrenar como culturista.

Alberto Rivera, el entrenador que lo acompañó en su tercer campeonato argentino, el primero en que se consagró campeón, fue también quien le enseñó a posar:

–Era algo muy difícil porque las poses se enseñan frente al espejo, mirando y replicando. Y con él no podíamos hacer eso. Entonces me paraba delante de él, hacia las poses y él me tocaba para registrarlas y después las hacía.

Así practicaban todos los días. Un movimiento tras otro.

–Tiene una memoria increíble. Yo puse mi granito de arena pero el logro es de él, porque hay que acordarse los 30 o 40 movimientos que hay que hacer arriba del escenario sin ver nada –dice.

Es una mañana de julio de 2012 y Luis Gigena se mueve entre las máquinas del gimnasio con la misma habilidad que tenía cuando iba a la cancha de Estudiantes o al estadio Obras, para ver algún concierto de rock.

En el verano lo operaron de una hernia en el ombligo pero ya está entrenando para competir el próximo año en los torneos sudamericanos.

–¿Qué significó para vos ser el primer fisicoculturista ciego en ganar el Míster Universo?
–Fue un logró increíble. Por suerte fui el primer fisicoculturista ciego –dice mientras ejercita el pecho.
–¿Por suerte?
–Sí, porque atrás mío me entere que también hay un chico que compitió en Inglaterra, hay otro que está empezando acá, en Argentina, y de a poquito van apareciendo más. Siempre hay una persona que empieza y espero que detrás de mí, cuando me retire el año que viene, haya muchos más.
–¿Te retirás?
–Sí, estoy muy cansado. No del deporte sino todo lo que hay detrás. Es muy costoso, y si vas a pedir apoyo, te tratan como un mendigo y te cierran la puerta en la cara, y sos un deportista. Yo ya soy grande, tengo 40 años, y la verdad que me cansé.

Después de una hora y media de entrenamiento Gigena aún repite ejercicios en el trapecio. Y por la tarde volverá, para su segunda rutina diaria.

–¿Y del entrenamiento, cuál es la parte más tediosa?
–La dieta. Levantar peso me gusta. Hablo con los chicos, me divierto. Pero la dieta de los últimos meses antes de competir es terrible. Es más, una vez me acuerdo que volví del gimnasio y mi señora estaba comiendo unos sándwich de salame y queso y se lo tire por la ventana del departamento…Después me arrepentí pero ya me la había mandado.
–¿Cómo te examinas el cuerpo para ver donde hay que trabajar?
–Antes preguntaba pero ahora ya no. Con el tiempo aprendí a examinarme con las manos y me doy cuenta solo donde tengo el corte del musculo o cuando me falta para que se profundice.

Minutos después Gigena termina la quinta serie y busca su mochila. Camina entre las máquinas, rumbo a la calle. Esta mañana no lleva el bastón desplegable que tenía en el desfile. Y en sus pasos no se nota la diferencia.

Enero de 2010. Cerca del mediodía. Villa Urquiza, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Una morocha delgada, de ojos grises y poco más de un metro cincuenta, camina por la calle Álvarez Thomas con sus dos hijas de 12 y 15 años. Trae unas calzas con vivos fucsias y verdes, zapatillas deportivas de moda y remera negra al cuerpo. Al verla nadie podría pensar que es una actriz porno. Pero lo es. Y no una cualquiera. Ana Touche es una de las preferidas del director XXX Víctor Maytland para las escenas más escandalosas, esas bien fuertes que llaman hardcore.

Se ganó su lugar de chica mimada del porno argentino pisando los 30, cuando la mayoría, a esa altura, ya tiene varías películas rodadas y busca otra salida económica. Antes estudió teatro y diseño, fue empleada de servicio doméstico, vendedora y llegó a trabajar en un taller mecánico, donde armaba a mano bobinas para motos. Pero llegó al porno para marcar la diferencia. “Es una de las más osadas a la hora de grabar, disfruta del sexo y de los desafíos que se plantean en el set y eso se nota muchísimo en sus películas”, asegura Maytland, su descubridor y gurú del ambiente.

Ana Touche, en realidad, se llama Anabela. Tiene 32 años y vive con sus hijas y su marido, Alberto -más parecido a un doble de Mick Jagger que a un visitador médico- en un modesto departamento alquilado.

Además de actriz porno, Ana es ama de casa, y aunque un par de veces al mes una señora la ayuda en la limpieza general, aquí mismo se la puede ver fregando un piso o planchando camisas. Le gusta hacer todas las tareas hogareñas, excepto una: cocinar. Para eso está su marido.

Ahora Alberto prepara el mate en la cocina. Pone el agua en el termo y sirve unas galletitas de chocolate en un plato. Mientras tanto Ana recuerda que para los 14, cuando la mayoría de las chicas se entretenían pensando en algún novio, ella hojeaba a escondidas las revistas de desnudos que compraban sus dos hermanos mayores, y fantaseaba con ser una pornostar.

-No entendía mucho pero lo miraba igual porque me gustaba.

Sin embargo, durante casi 30 años, lo más cerca que estuvo del cine condicionado fue el video club que manejaba con su pareja.

– Cuando vine de Uruguay para Buenos Aires y me fui a vivir con Alberto, empecé a trabajar con él en el local y ahí miraba películas XXX constantemente porque tenía que revisar las cintas -dice mientras toma un mate amargo-. Me gustaban y me imaginaba todo, dónde estaba el director, cómo estaba armado. Para mí el porno es arte, con sexo, pero arte. Y ahí fue donde tomó fuerza la fantasía de ser actriz porno.

Febrero de 2006. Pasada la medianoche. Flores, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Ana baila sola en el caño al estilo pole dance. Sólo trae una diminuta tanga y tiene una sola cosa en la cabeza: divertirse.

Se volvió swinger hace dos años y desde entonces sale a bailar con su marido entre dos y tres veces por semana. Esta noche eligieron el Star New, uno de los boliches de intercambio de parejas más conocidos de Buenos Aires.

Ya tomó varias copas de champagne -una de sus bebidas preferidas- y entre movimientos atrevidos acapara la atención de los hombres que la rodean. Sin embargo, todavía no sabe que esa noche es la de su porno dream. Eso llegará más tarde, cuando el dueño del boliche le presente a Víctor Maytland, el director local símbolo del cine condicionado.

-La había visto bailar y enseguida me llamó la atención porque me pareció súper desinhibida-, recuerda Maytland cuatro años después.

-En ese momento estaba preparando Gozando por un Sueño, una versión XXX que parodiaba a Bailando por un Sueño – el concurso más famoso de la televisión argentina- así que la invité para que fuera una de las soñadoras de esa especie de reality porno.

Cuatro años más tarde, en su departamento, Ana también recuerda aquella noche:

-Yo estaba contentísima. No lo podía creer. Era mi sueño hecho realidad pero estaba mi familia, mis hijas. Así que le pedí que me diera un mes para pensarlo y hablarlo con ellos. Me dijo que no había problema y al final, al mes siguiente, probé. Podría haber quedado en eso, probar una vez y ya está. Pero me encantó.

Maytland también quedó satisfecho con su trabajo. Y cómo no estarlo si en el debut Ana ya prometía para el XXX extremo.

-En mi primera filmación estuve con Canú, un senegalés de dos metros de altura; y nadie lo podía creer porque yo era la más chiquita y flaquita de todas. Había más de 50 personas detrás de cámara mirándonos porque llamábamos mucho la atención. Yo, encima, estaba nerviosa, con toda la adrenalina que se siente la primera vez y con miedo de hacer todo mal. Pero al final salió bárbaro-, cuenta mientras toma mate y come una cañoncito relleno de dulce de leche.

Después vendrían, entre otras 30 y tantas, Club Atlético XXX – donde filmó con siete chicos-, La puta de mi madre 2, donde una Ana aburrida en medio de una escena juega con unas bolas de pool dentro de su vagina, o la escena del trío más excéntrica imaginada hasta el momento: un chico gay, una travestí y ella.

Ana se anima a hacer casi cualquier cosa dentro del porno. Eso parece marcar la diferencia con las demás chicas de la escena local. Pero no. No es eso. La relación entre su trabajo y su familia la hacen diferente.

Junio de 2010. 16 horas. Villa Urquiza, Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Ana y Mick toman mate en la cama, sobre una frazada atigrada mientras hacen zapping en la televisión de su cuarto. La habitación es sobria, sin adornos extravagantes a la vista. Un colchón quedó apoyado en la pared junto a una repisa casi vacía, donde se destaca un retrato de Ana. En el otro extremo, al lado del placard y junto a la ventana, descansan sobre un perchero las distintas prendas que ella usa en las fiestas temáticas de los boliches.

Aquí mismo, y mientras las chicas están en la escuela y Ana en el gimnasio -donde pasa gran parte del día-, Alberto mira las películas condicionadas que tienen a su esposa como centro de placer.

-Me gusta mucho mirarlas, siempre lo hago solo porque a ella no le gusta. Igual nunca le hago críticas ni nada de eso, porque ella es la que sabe-, cuenta antes de salir de la habitación.

-En casa todos somos grandes y tenemos la mente muy abierta -dice mientras apaga el televisor-. Hablar de sexo en la mesa es normal. A las chicas no les digo ‘Mamá se va a ir a hacer una filmación XXX’ pero saben que filmo, me saco fotos y demás.

Sin embargo, siempre se sintió más cómoda separando su vida íntima de la laboral, y hoy esa división se convirtió en su marca personal. Su marido recién este año pudo acompañarla al set, y como fotógrafo improvisado. Antes sólo se limitaba a acompañarla en las horas previas, ayudándola con la alimentación y los preparativos. Durante la grabación ya todo quedaba a cargo de un asistente.

Tienen una relación particular. Ana asegura que antes era una celosa empedernida pero todo cambio cuando se volvieron swingers.

-Él nunca me hizo una escena de celos. Al contrario, me dio todas las posibilidades de ser quien soy hoy. Yo fui la insoportable -dice sonriendo- pero ahora no. De hecho, si quiere hacer una travesura con alguna amiga, o lo que sea, viene y me lo dice. Pero ya no siento inseguridad porque vivimos muchas cosas juntos y nos une otra cosa que va más allá del sexo. Aparte, yo estoy constantemente con hombres y es obvio que él tiene que estar con otras mujeres. Para nosotros quedan las cenas románticas, los besos, y hacer cucharita toda la noche, que es lo más lindo que hay-, cuenta Ana.

Las cosas tampoco son tan fáciles. Siempre hay que conceder algo, por ejemplo en la relación con sus hijas.

-En el colegio y demás no me muestro mucho con ellas, trato de ser perfil bajo. Ellas saben a qué me dedico pero no me puedo mostrar con ellas, porque a esa edad los chicos pueden ser malos y no me gustaría que les digan: ‘Tu mamá es una prostituta’.

Ese es uno de sus motivos que la ponen a pensar en la idea de plantearse un cambio. Además quiere convertirse en productora de cine porno. Su primera película, que lleva el nombre de Y viciosa, ya viene en camino. Todo ello hace parte de sus planes a futuro.

– Si sale todo bien me voy a dedicar a eso, pero de todas formas al ambiente no lo voy a dejar nunca, participando o estando detrás de cámara. Y si mis hijas más adelante lo quieren seguir, está todo bien. Me gustaría que ellas puedan decir que soy una artista.