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Al sur de Hollywood

Publicado: 25 abril 2010 en Héctor Pavón
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Son las dos de la tarde de un sábado luminoso y me doy cuenta de que Saladillo duerme la siesta. Me siento un extranjero caminando por sus calles desoladas. ¿Todos duermen? Me equivoco. Una puerta abierta me invita a entrar en una casa de paredes amarillas y baldosas desiguales y veo una escena teatral, un hombre sostiene una escoba que lleva en la punta un micrófono cubierto por media botella de plástico. Dos jóvenes, metidos en sus personajes, hablan a la botella; el resto de los testigos mantiene la respiración hasta que se termina el diálogo y desde una improvisada silla de director alguien dice “corten!”. Entonces me entero de que estoy presenciando la filmación de una escena de La Pandilla de Sol , la telenovela hecha por los vecinos de Saladillo. Un capítulo más del fenómeno del “Cine Vecinal”. El “técnico de sonido”, el de la escoba, se llama Ramón Mastantuono, más conocido como Masta, tiene 57 años y hoy cumple el papel de ayudante en la filmación de la telenovela. Es un hombre corpulento, de voz gruesa y caudalosa, que puede meter miedo pero que también deja escapar cierto aire ingenuo. Trabaja como zapatero, tiene su taller en una larga calle de tierra, esas que desaparecen en el horizonte campestre. Allí llegan quienes perdieron un taco o necesitan revivir sus caminadas botas. Su taller es pequeño y el olor a cuero y a betún se confunde con el aroma del café que lo acompaña cada mañana. Fuera de su oficio, actuar es su principal ocupación. Viene de protagonizar Lo bueno de los otros, la última película dirigida por Fabio Junco (34) y Julio Midú (29), los padres de este fenómeno en Saladillo, en la que encarna a un alcohólico perdido al que trata de salvar su hijo.

Todos los sábados suele sumarse a la trouppe que filma La Pandilla de Sol “ Hace veinte años que hago teatro, pero esto es muy distinto, es algo que se construye en cada encuentro, te da la sensación de participar en algo que se hace poco a poco, con mucho esfuerzo y cariño”, me dice conmovido mientras mira por el rabillo del ojo para espiar si alguien está cerca y escucha sus palabras sensibles.

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Desde hace diez años Saladillo produce su propia ficción para cine y televisión. ¿Sus actores y técnicos?: más de 300 vecinos que interpretan todos los personajes y realizan todas las tareas de apoyo. Un fenómeno sociocultural único en la Argentina que apenas ha comenzado.

Saladillo se encuentra a 180 kilómetros al sudoeste de la ciudad de Buenos Aires y allí viven más de treinta mil habitantes. Sus calles arboladas son amplias y mientras las recorría me crucé con hombres a caballo y camiones con producción agrícola. Además de casas con grandes parques, en los últimos tiempos se ven pequeños edificios de departamentos que confunden un poco el panorama llano y verde. Todavía conserva construcciones de fines del siglo XIX y principios del XX, verdaderas reliquias arquitectónicas que no siempre son museos o bares pintorescos, en la mayoría de los casos son casas comunes donde la gente vive sin reparar en la historia que ellas guardan. El cielo es azul intenso de día y pleno de estrellas por las noches, me aseguran. Aquí vivió Julio Cortázar y trabajó como maestro en una de sus escuelas antes de partir hacia París, me explica un vecino orgulloso con las manos en los bolsillos simulando que el hecho no lo conmueve. Sólo quiere impactarme para después dictarme una pequeña lista de famosos que incluye a Julio Olarticoechea, uno de los jugadores de la selección de fútbol que conquistó la Copa del Mundo de 1986 junto a Maradona y el hoy no tan conocido ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, el radical Alejandro Armendáriz.

Un panadero me confiesa que el clima de tranquilidad que se respira conquistó a muchos porteños que han comprado espaciosas chacras en sus afueras, poblando de autos lujosos y camionetas 4×4 las rutas que circundan este pueblo grande. Nadie hace mención a secuestros o asaltos violentos como los que padece Buenos Aires, salvo algún comentario sobre incursiones aisladas de bandas que entran, roban y salen a la velocidad de la luz.

La historia de la gesta cinematográfica vecinal empezó con Julio Midú. Él mismo me la cuenta saboreando cierta revancha, como si fuera una cruzada. La idea empezó en 1995, cuando con 18 años terminaba la escuela secundaria y abandonaba un puesto seguro en una fábrica de zapatillas. Comenzó a trabajar en el canal 5 de Saladillo y planeó la filmación de una telenovela con voluntariosos e improvisados actores de pueblo. Al principio su propuesta fue rechazada por los dueños del canal, pero Julio no se desanimó y siguió adelante con el proyecto . Se trataba de Enamorada y la realizó con la ayuda de Franco, su hermano, que fue camarógrafo, iluminador y sonidista, y Florencia, su hermana y actriz principal.

Finalmente la telenovela llegó a la televisión y compitió con el arrollador Fútbol de primera (el programa que resume la jornada futbolística del día de Buenos Aires) los domingos en la noche. Algún memorioso asegura que la telenovela tenía más rating que el fútbol.

Luego Julio se animó a más: filmó su primera película, Vueltas de la vida, y la estrenó en la Biblioteca Pública Bartolomé Mitre de la ciudad. Dos años después conoció a Fabio Junco, por entonces locutor (actualmente es periodista de Radio Continental de Buenos Aires). De inmediato se hicieron amigos y empezaron a trabajar dentro de una sociedad en la que ambos cumplen los roles de autores, directores, guionistas productores, editores, camarógrafos, sonidistas y también actores. Actualmente viven de lunes a viernes en Buenos Aires y viajan a Saladillo cada fin de semana a filmar.

En estos años el ritmo de trabajo nunca decayó. La última producción, Lo bueno de los otros, es la número 17 y exhibe un manejo y dirección de cámaras y actuación superior al de las primeras realizaciones. “ Se nota nuestro paso por la escuela de cine del Instituto Nacional de Cinematografía, Artes Audiovisuales (INCAA)”, justifica Fabio. Fue un aporte que los profesionalizó y los obligó a ejercer mayores cuidados en el armado de sus películas. Ahora las escenas se repiten hasta que la conformidad de los directores sea total. Algunas de estas producciones se hicieron con actores ya iniciados artísticamente, pero poco a poco fue ganando la idea de trabajar con los vecinos. Los estrenos a sala llena convocan a invitados de los pueblos cercanos que vienen vestidos especialmente para la ocasión cultural del año. Y como era de esperarse, también llegó el reconocimiento oficial. Tres veces recibieron el premio Martín Fierro, en la categoría Producciones del Interior, el trofeo más preciado en el espectáculo argentino.

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Producir estas películas, aunque cueste creerlo, tiene costos ínfimos. Con sólo 150 dólares se puede llevar adelante una producción. El presupuesto no es mayor porque los gastos son acotados; cintas de video, transporte, algo de comida, luces, cables, entre otros. Nadie cobra, todos colaboran. Y cuando hace falta una ambulancia, un patrullero, una escuela, Saladillo presta todo. Si es necesario una toma aérea, desde el aeroclub se consigue una avioneta. Y si hay que filmar un exterior en altura, la grúa de la Municipalidad está disponible para cualquier favor. Se trabaja de día, aprovechando la luz del sol, no hay estudios especiales y casi no se usa iluminación salvo cuando es fundamental una toma nocturna. Las cámaras y los equipos de edición se consiguieron a través de rifas que los vecinos ayudan a vender y los directores también han recibido el apoyo del municipio para estudiar cine. En su estudio de Buenos Aires, Midú y Junco armaron una isla de edición, con fondos propios y la ayuda de Saladillo. Para juntar dinero recurrieron a los métodos más insólitos y ocurrentes, como por ejemplo el “chancho móvil”. Asaron un lechón arriba de una camioneta que recorría la ciudad, lo rifaron y fue un éxito. El intendente de esta cuidad también ha actuado y le tocó hacer de funcionario desalmado, papel que cumplió sin ningún problema.

El inminente cierre del cine Marconi, el único de Saladillo, en los años noventa, fue el gran incentivo de los directores a la hora de lanzar este proyecto. Las sucesivas crisis económicas habían terminado con los cines espaciosos, especialmente en el interior del país. Mientras en Buenos Aires las salas se subdividían, en las afueras y en el interior se convertían en templos evangelistas o ferias de mercachifles. En Saladillo, el Marconi, agonizaba. Filmar con los propios espectadores generó funciones con resultados impensados. En cada estreno el cine se transformó en un espejo: los vecinos iban a verse así mismos y el cine de Saladillo revivió gracias a esta convocatoria al mejor estilo de “Cinema Paradiso”.

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La casa – estudio – sala de ensayo de paredes amarillas donde se hace La Pandilla de Sol es de la familia de Julio Midú y se ha convertido en un escenario “natural” para las películas de la productora. En la cocina ví hombres y mujeres, mayores y adolescentes, que sueñan con ser otros por unas horas, leyendo un libreto que acaba de escribir a mano Julio en un cuaderno azul. Se maquillan, toman mate, cambian el vestuario y ensayan las líneas para empezar una nueva sesión de filmación de la telenovela. Son sólo algunos de los 300 vecinos que han trabajado en las películas de Julio y Fabio, cineastas antes improvisados, ahora profesionales, al frente de esta “armada Brancaleone”, como ellos la bautizaron, y directores de la productora Fatam. Así construyen sus historias mínimas con cámaras de video hogareñas y actores sin costumbres de divas,

De esta forma, en la pantalla empezaron a destacarse el carnicero, la enfermera, la empleada de la heladería, el panadero, las maestras del jardín de infantes, los adolescentes de la Escuela Media de este pueblo chico. Muchos de ellos les hicieron saber a los directores sus ganas de actuar a través de un mensaje escrito en un papelito arrugado alcanzado a la salida de un estreno, deslizado en el buzón de sus casas, enviado por medio de sus familiares. Ninguno de esos nombres se perdió en el camino, por el contrario, Julio y Fabio pensaron en historias con imágenes a partir de sus caras, de sus personalidades, de su forma de hablar. Así fueron armando sus elencos. Son los vecinos con su autenticidad a cuestas los que determinan la existencia de los personajes y sus historias, y no al revés.

El fondo de la casa ha cambiado abruptamente, me indica Julio con la mirada mientras busca donde recargar la batería de la videocámara. Chapas, puertas, cartones y maderas clavadas por él y su padre, dan vida a una geografía de la pobreza: una típica villa miseria argentina, el escenario donde transcurre La Pandilla de Sol, una telenovela juvenil de 100 capítulos que sólo se emite en Saladillo. El personaje principal se llama Sol, una chica que cree haber perdido toda su familia años atrás en un accidente de auto. Es buena y solidaria y lleva adelante un comedor comunitario en la villa. Lo que no sabe es que tiene una hermana gemela, Lara, que es su opuesto exacto: rica, egoísta, coqueta y mala. Pero la que sí lo sabe es Florencia Midú (21) porque está interpretando ambos papeles. Un simple cambio de vestuario y Florencia ya es Lara.

La simulación del accidente que se vio en el primer capítulo fue un evento inolvidable que movilizó a toda la ciudad hasta el escenario natural donde lo filmaron. No sólo hubo un camión que arroyó a un auto destartalado sino que también, como en las mejores series policiales, se vio la explosión mediante efectos especiales espectaculares provistos por un técnico amigo. Segundos antes se vio escapar a una de las gemelas todavía niña.

Comenzaba el drama “Corazón, corazón / atiende a tus sentimientos / La Pandilla de Sol / es música en movimiento / recorriendo tus venas /Y te hace vivir / inolvidables momentos” cantan todos los actores adolescentes en la apertura diaria de la telenovela La Pandilla … El resultado es más que aceptable. Aunque no cuenta con presupuesto como para impresionar en factura técnica, compensa con el sabor de las historias cotidianas y un trabajo pleno de señas particulares del lugar. “Es una telenovela sobre las relaciones humanas y los sentimientos”, me dice muy serio Julio, el padre de la criatura.

Después de ensayar dos, tres veces y siguiendo atentamente las indicaciones de Julio, su hermana Florencia está consolando a Emanuel Chidichimo (15), Nacho en la ficción, que tiene más de cinco años de experiencia cinematográfica. El es un “vecino – actor” que interpreta su papel guiado por la confianza que le brinda Julio y una vocación improvisada pero experimentada: ya ha participado en otras producciones de cine y piensa en estudiar medicina y actuación, sin saber qué terminará privilegiando. Es un adolescente tímido al que su abuela impulsó a entrar en la actuación. Cinco años atrás, ella se enteró de que “los locos del cine” buscaban a un chico de esa edad. Lo anotó en la selección, lo llevó y no le dio tiempo a cambiarse sus jeans ya deshilachados. Cuando llegaron al lugar, todos los chicos estaban vestidos casi de gala, impecables. Emanuel me dice que en ese entonces tuvo vergüenza pero no se echó atrás. Dio la prueba de canto y baile y dos semanas después era convocado para trabajar en una película.

Hay caras de situación dramática en el “estudio a cielo abierto”: ha muerto la madre de Nacho, y Florencia ahora es Sol (la gemela solidaria y dulce). Nacho está triste, el abrazo de Sol lo contiene pero él le pide estar solo en ese momento devastador y, como buenos profesionales, no se dan por enterados de mi presencia ni de María, la fotógrafa. La cara de Florencia, con pelo rubio o castaño, corto o largo, lacio u ondulado, ocupó siempre un papel en varias de las producciones de su hermano. Sabe bailar y cantar y ha estudiado teatro vocacional en Buenos Aires, pero no le interesó seguir mas allá en la formación. Con sus herramientas básicas se lanzó a la carrera actoral vecinal. “Yo escuché que los que actúan necesitan concentrarse, pero para mí eso no es necesario: actúo, grabo y listo”, dice, tratando de impresionarme mientras se pasa un lápiz labial frente al espejo manchado del baño de su casa. En parte lo logra.

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Uno de los orgullos arquitectónicos locales es la cúpula de la iglesia Nuestra Señora de la Asunción de Saladillo. Fue perseguida por las cámaras de Fatam persiguiendo a Luna, la protagonista de la película del mismo nombre, que elige ese santuario para aprender a volar. Fue la primera vez que una cámara entró en el corazón de esa iglesia. La protagonista de la película es Paula Trucchi, esposa de Fabio y madre de Teo y de Luna que heredó el nombre de su madre en la ficción. La película nos muestra a una chica que vive sola con su madre desde la muerte de su padre y desde entonces deambula en un mundo de fantasía donde no existe el mal, Conoce a Simón, un titiritero que quiere vivir de sus espectáculos infantiles. Al principio la madre de Luna se enamora de Simón, pero él le confiesa el amor por su hija, y su madre, herida se resigna ante lo que considera una situación injusta. Pero Luna solo tiene un deseo que es superior al amor que siente por Simón: quiere volar. Y este deseo la lleva a un viaje sin retorno.

Pasiones Ocultas, en cambio, me pareció una arriesgada incursión en el género de suspenso. Amor, engaño, muerte, ritos satánicos preceden a un giro inesperado de la película que termina introduciendo una tortuosa relación de amor gay. Los directores asistieron al estreno pensando que iban a ser cuestionados por tratar un tema espinoso en una sociedad pequeña, pero fueron sorprendidos por los elogios de la gente que aplaudía la resolución de la película. El oso muestra el drama de un abuelo que quiere conocer a su nieto, quien, a su vez, cree ser adoptado. En este último caso se plantea la búsqueda de las raíces, el origen, la familia … Un tema visitado infinidad de veces en la telenovela latinoamericana que no podía faltar en estas producciones saladillenses.

Puestas en una línea de tiempo, las películas me permiten apreciar una evolución notable: se superan progresivamente en la técnica de filmación y actuación. Aún cuando algunas actuaciones rocen la ingenuidad están ubicados en el contexto de una producción limitada que a la vez expone escenarios reales. Muchas veces los actores montan un almuerzo en la mesa donde lo hacen habitualmente o simulan dormir en la cama, que horas después volverá a ser su lugar de descanso.

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La jornada de filmación avanza. Con el termo de agua a la temperatura ideal y un paquete de yerba, Ana Pacheco va de una punta a la otra del “set de filmación”. Tiene 64 años y cumple múltiples tareas: ceba mate, presta su casa para filmar, aporta elementos de escenografía como un florero o una olla y, por supuesto, actúa, sea de escuela, o de enfermera, su verdadera profesión durante cuarenta años, “Todo lo que hago por Julio y Fabio; quiero que Julio llegue a mucho más de donde está hoy. Es una buena persona, lo quiero, es parte de mi familia”, dice, con el orgullo de quien siente que pertenece al mundo del espectáculo local, mientras me sirve un mate dulce. Ana vive sola en uno de esos nuevos departamentos de Saladillo. Abandonó la comodidad de una casa por un motivo muy preciso: “Me cansé de barrer polvo todo el día”. Ahora apenas tiene que repasar sus impecables azulejos y cerámicos que brillan todo el día. Allí no entra tierra.

“Actuar es más barato que ir al psicólogo”, resume Myriam Junco, 42 años, hermana de Fabio, actriz polifacética y poeta de la ciudad que ha interpretado papeles diversos como el de una mujer pobrísima y conventillera o el de una amiga fiel y consejera. Es la animadora del grupo, la que mantiene vivo el espíritu alegre, la que saca entusiasmo para no cansarse y seguir filmando todo un sábado entero. “Esto no es un trabajo, nadie me está apurando. Muy al contrario, es un relax, dejé todos mis problemas en mi casa y me vine a la filmación. Esto de actuar es algo muy energizante”, trata de convencerme y me convence.

Este equipo a generado una versión pampeana del Dogma 95, del danés Lars von Trier, con escasos recursos técnicos para filmar, pero con muchas herramientas inesperadas para resolver situaciones y cumplir con el objetivo. Sin embargo cabe preguntar: ¿alguna vez han pensado hasta dónde van a llegar, cuál es el límite a estas aspiraciones que dejaron de ser modestas?

Creía que no, pero piensan en la siguiente película. El horizonte está muy lejos.

La senda de Midú y Junco ha continuado y se ha extendido por varias provincias y ciudades del país. Cineastas, grupos independientes, municipalidades los convocan para escuchar sus experiencias y recibir el envión que necesitan para realizar sus propias películas. La movida se dispersó de forma tan rápida que generó la Primera Muestra Nacional de Cine con Vecinos de Saladillo en octubre de 2004. Allí se han presentado trabajos hechos con el mismo modo de producción que llegaron desde todos los rincones del país. Y las temáticas no dejan de sorprender recreaciones de hechos policiales, invasiones extraterrestres, dramas humanos, misticismos, comedias. Todas llevan el mismo sello, es decir, el del aporte de los vecinos. La muestra reunió a mas de tres mil personas y la película Juan urbano, de San Miguel, se llevó los premios de mejor película, director y actor. Para octubre de este año está planeada la segunda muestra.

Un documentalista argentino radicado en Francia, retrató a este grupo de hacedores en su documental Los de Saladillo, que se exhibió en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires.

Ya en Buenos Aires, Julio y Fabio, distendidos, me confiesan sus ilusiones y proyectos. Seguir filmando con los vecinos de Saladillo y organizar la próxima muestra son las prioridades. También están planeando su primera película con actores profesionales en la que trabajará la actriz Mimí Ardú, premiada por su actuación en la película El Bonaerense. Y por otro, desean hacer de Saladillo un centro de producción para cine y televisión convocando a las productoras que buscan escenarios para realizar sus exteriores. “Aquí tenemos paisajes, hotelería, y por sobre todas las cosas actores y extras experimentados con la actuación”, me explica Fabio, seguro de que todo lo imposible puede volverse película. Pero para hacer posible una película hay que afrontar imprevistos. Esta es una lección que aprendieron los directores a lo largo de estos años. Renée Regina ó Xuxa, como la conocen cariñosamente, tiene 66 años y fue, una de las “estrellas” de la última película. Es una mujer delgadísima, con una personalidad avasallante y muy convincente en sus actuaciones, “Yo no acepto cobrar, esto lo hago porque me gusta, si me ofrecieran dinero por actuar, no aceptaría”, repite a quien quiera oírla. Renée es una diva de pueblo, pero como tal se hace respetar: dice que no filma escenas tristes y se niega a entrar en un cementerio. Y precisamente en esta última producción, una escena transcurre en el cementerio local. Para salvar la filmación los directores la suplantaron con una “doble” que usó su misma ropa y actuó con la cara semitapada por un pañuelo para no ser reconocida. El show debe continuar y Renée, mantener sus convicciones.

Durante los nueve meses de cada uno de sus seis embarazos, Yeny Mieres (40) nunca dejó de lado la actuación. Con la panza más chica o más grande, náuseas o a punto de parir, participó en media docena de películas. Tiene seis hijos de entre uno y veintiún años, conduce un programa en una radio local llamado Mis queridos viejos y ha colaborado en el proyecto cinematográfico desde su génesis. Estar embarazada, un estado casi permanente en ella, no le impidió interpretar papeles en los que sólo debía hablar o subirse a una grúa para simular ser una bruja voladora, “Lo que más me gusta es que en estas películas, una puede ser mucho más de lo que es en la vida real, hay una gran libertad para expresarse y verse como otra persona”, explica con una chispita en los ojos Yeny con su hijo Octavio, el más chico, en sus brazos. Sus otros hijos no dejan de mirar mi libreta de apuntes, intrigados me preguntan si van a salir en la tele. Los desilusiono cuando les contesto que he olvidado la cámara …

“después cuando sea vieja y vea mi panza en las películas no me voy a acordar de que hijo era cada una”, dice y se ríe en el fondo de su casa donde los otros cinco hijos corren alrededor de la parrilla. Su marido, que vigila los últimos retazos de un asado criollo, sentencia: “Está loca”. Sobre una tabla me invitan aprobar una carne que está en su punto justo, tal como estuvo la bienvenida.

Durante la filmación de una escena de Prisioneros una chica era asesinada en la calle. Fue tan verosímil la representación que los que pasaban por allí se asustaron de verdad. Sobre la vereda yacía el cuerpo de una joven y Yeny, su madre en la ficción lloraba con tanta pasión que algunos se acercaron a consolarla. Hasta que no descubrieron las cámaras de video y vieron “resucitar” a la muerta, y que la sangre no era sangre sino ketchup, los vecinos no creyeron que se trataba de una dramatización. La ficción superó a la realidad.

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Trabajar dentro de las reglas del amateurismo puede traer consecuencias en la “continuidad”, por ejemplo, me contaron que en una película que estaba finalizando una actriz se enamoró, en la vida real, y se cambió el color del pelo. Cuando llegó a la filmación los directores no lo podían creer. También ocurrió que una mujer que aparecía subiendo una escalera con el pelo largo la bajaba con el pelo corto … En ambas emergencias hubo que adaptarse a las circunstancias y seguir como si nada hubiera pasado.

La última película Lo bueno de los otros, fue estrenada fuera de concurso en la muestra de octubre y se exhibió en el Encuentro de Cine Latinoamericano de Toulouse, Francia, y en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Una vez más vecinos y directores de cine concluyen un trabajo artístico. Pero la productora no se detiene, ya está analizando proyectos y buscando nuevos actores, salidos de la casa de enfrente, la panadería de la plaza, la mueblería de un conocido, y también de su círculo familiar y de amigos, ya acostumbrados a actuar. La cámara no se enfría.

Cuando dejé Saladillo pasé por el cine Marconi. Vi cómo, a diferencia de muchas ciudades del interior, el cine resiste y late. Es un cine donde caben mil personas, un espacio concebido para la fiesta del espectáculo, para reuniones masivas. A punto de pasar al olvido, la movida artística vecinal logró volver a tener sus paredes pintadas, las puertas de madera lustrosas y los pisos brillantes. Aunque no abre todos los días, el cine volvió a ser un lugar de encuentro social. Y sobre sus carteleras no faltan los afiches que anuncian alguna película filmada en Saladillo. Mientras María lidiaba con sus cámaras fotográficas y la luz que se esfumaba para retratar este templo artístico, dos periodistas de Saladillo nos fotografiaban y reporteaban. De repente fuimos la noticia del día, nuestra presencia había sido advertida. Se invirtieron los papeles.

Miré por última vez la marquesina del cine que anunciaba el festival y me di cuenta de que el fenómeno del cine vecinal era real. No es un pasatiempo ni una terapia. Es una práctica, una realidad visible. Los vecinos, guiados por Midú y Junco, no han esperado a que otros les solucionaran el problema de la falta de arte. Tomaron el cine en sus manos y se transformaron en protagonistas de su propia película.

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