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En el primer tiempo de nuestro segundo partido del año, empatando cero a cero contra un equipo de ecuatorianos amables y ceremoniosos a quienes teníamos la obligación moral de ganarles, nos dieron un córner a favor y yo, aunque cabeceo bastante mal, decidí mezclarme con la tropilla de compañeros y rivales a ver si se producía el milagro de un rebote o un descuido. Participé de la breve estampida obligatoria —¡trucu-trucu-trúm!—, vi la bola volar lejos, muy por encima de nuestras cabezas, y después, cuando la jugada parecía terminada, sentí un empujón en la espalda lo suficientemente fuerte como para creerme con derecho a enojarme. Identifiqué a mi agresor (un peladito adolescente, un poco gordo y con aspecto de aprendiz de pandillero) y nos paramos pecho con pecho, los dos bastante ridículos, esperando no se sabe qué. Después de un forcejeo torpe pero breve —creo que en un momento agité un puño amenazador—, troté solemnemente hacia el otro lado de la cancha sintiéndome orgulloso de mí mismo, porque creía haber reaccionado bien ante la provocación.

Me sorprendió entonces ver al juez de línea agitar su banderita como si hubiera habido un asesinato y al árbitro correr hacia él con la urgencia ominosa de los árbitros cuando corren hacia los jueces de línea. Cuchichearon los diez segundos reglamentarios, el banderín del juez de línea apuntó en mi dirección y, segundos después, una tarjeta roja se recortó contra el cielo límpido de Brooklyn, arruinándome una mañana hermosa de primavera. Humillado y avergonzado, caminé despacio alrededor de la cancha de McCarren Park, con las canilleras en la mano y la camiseta celeste fuera del pantalón, pensando en cómo disculparme con mis compañeros de San Martín de Brooklyn, el equipo de media docena de argentinos, cuatro o cinco gringos, dos paraguayos, un colombiano, un uruguayo y un italiano con el que jugamos los sábados de verano en la Greenpoint Soccer League. Alrededor de la cancha, unos pocos vecinos de Williamsburg o Greenpoint trotaban sobre la pista naranja de tartán; más afuera, otros miraban el partido mientras tomaban sol, recogían la caca de sus perros o desarmaban mantelitos para picnics inminentes.

La escena era extraordinaria (veintipocos grados centígrados, instalaciones públicas en buen estado: postal de un barrio feliz) pero yo no podía disfrutarla: había prometido a mis compañeros que este año iba a evitar meterme en problemas con los árbitros, y había fracasado rápido. Además, nos habíamos comprometido a dar lo mejor de cada uno para clasificarnos por primera vez para los playoffs de la liga, después de dos años bastante malos (décimo terceros de dieciséis equipos en 2008; décimo cuartos de veinte equipos en 2009). Y para eso necesitábamos ganar partidos como el de aquel día contra los ecuatorianos bondadosos de El Progreso FC, un grupo de tíos, sobrinos y cuñados inmigrados a Estados Unidos desde el mismo suburbio de Ambato, en la sierra ecuatoriana, y que el año anterior habían terminado decimoctavos.

Un par de meses antes, en el comedor sin ventanas del restaurante peruano Pío Pío, en Greenpoint, veinte capitanes y un par de curiosos habíamos participado de la reunión anual de capitanes de la Greenpoint Soccer League. Mientras comíamos pollo con arroz y plátanos fritos, cortesía de la liga, algunos capitanes se quejaron de la calidad de los árbitros, otros pidieron reembolsos para cuando se suspendiera algún partido (“¿Quién les paga el taxi a mis jugadores?”, se quejó el capitán de un equipo que a veces contrata jugadores semi-profesionales) y otros pidieron más rigor con los equipos cuyas hinchadas se emborrachaban y escupían e insultaban a los rivales. (El año anterior, la hinchada de Español Hidalgo, parada sobre la línea del lateral, me había castigado todo el partido: “¡Viejo, retirate —me gritaba uno—, deja paso a las generaciones jóvenes!”.)

Yo, en cambio, pedía una revolución tecnológica. En un momento de la noche levanté la mano y le pregunté a Gildardo Revilla, dueño y mandamás de la liga, si no podíamos crear una humilde pagina web para publicar los resultados, los horarios y la tabla de posiciones del torneo. Revilla, que me tiene aprecio y está harto de mí a partes casi iguales, bajó la vista, un poco agotado por mi insistencia, y respondió con una vaga promesa de pensarlo. Los demás capitanes fueron menos receptivos: mientras hablaba, podía oír sus “pffttt…” y las risitas que salían desde las penumbras del salón, como si la Internet fuera una cosa de señoritas o de gringos que no tiene nada que ver con el fútbol.

Revilla, un peruano bajito y astuto que maneja la liga desde hace casi veinte años, nos comunicó las novedades para este año (aumento de precio para los árbitros, “tolerancia cero” para la violencia de las hinchadas) y nos recordó las reglas del torneo: veinte equipos en una rueda todos contra todos, clasifican los primeros doce para un repechaje, después ocho pasan a los cuartos de final y después semifinales y final. El ganador de la temporada regular se lleva mil quinientos dólares en efectivo; el ganador de los playoffs, otros dos mil dólares. Asentimos todos con la cabeza, como si verdaderamente creyéramos que podíamos ganar (los candidatos son siempre los mismos cuatro o cinco), y pasamos de a uno en fila para darle a la esposa-asistente de Revilla los billetes del adelanto para sellar la inscripción. Vi a mis co-capitanes acercarse al mostrador de Revilla —casi todos latinos, casi todos inmigrantes, casi todos trabajadores— y volví a sentir la distancia que en estos años ha marcado mi relación y la de nuestro equipo con Revilla y el resto de la liga.

Por un lado, me siento y nos sentimos cercanos a ellos porque compartimos la latinidad y la enfermedad por el fútbol, dos cosas que el resto de Nueva York no tiene ni entiende ni puede aprender; pero por otro me siento y nos sentimos inevitablemente lejanos, porque sabemos que en otras cuestiones nosotros también representamos la Nueva York gringa a la que ellos miran desde lejos y con desconfianza. En estos tres años que llevamos en el torneo, esta tensión —clase media versus clase trabajadora, inmigración legal contra inmigración ilegal, inglés fluido contra inglés tartamudeado, comer en restaurantes contra trabajar en restaurantes— se ha inflamado o se ha aliviado, pero siempre ha estado ahí: algunos de nosotros a veces hemos creído que Revilla o los árbitros nos perjudicaban porque no formábamos parte del “núcleo duro” de equipos peruanos, ecuatorianos y mexicanos de la liga, y ellos quizás han creído, con algo de razón, que nosotros somos parte de la avanzada clasemediera que desde hace una década está trepando por Brooklyn desde Manhattan, transformando barrios obreros en barrios cool, con restaurantes japoneses y tiendas de diseño, destrozando o desplazando lo que encuentra a su paso.

San Martín de Brooklyn empezó la temporada con su grisura habitual: derrota mínima contra un equipo mejor, triunfo sufrido contra El Progreso FC (después de mi expulsión, mis compañeros ganaron tres a uno), un cero-cero espantoso contra una pandilla de uruguayos guerreros pero pataduras y un uno-dos que parece digno pero fue un lección de fútbol.

El quinto partido nos puso en movimiento. En el minuto tres de su primer día como titular, Claudio, un paraguayo peleón, rápido y goleador que se nos había ofrecido después de jugar contra nosotros un par de semanas antes, se fue de un marcador sobre la izquierda, perdió la pelota, la recuperó, la volvió a perder, la volvió a recuperar y tiró un centro bajo que rodó hacia la medialuna por la línea del área grande. Yo, que lo venía acompañando más como un comentarista que como un destino posible de pase, detecté la bola en los suburbios de mi botín izquierdo y le pegué casi de lleno, intentando darle una comba para que se abriera primero y se cerrara después en el primer palo; la pelota salió mucho más alta de lo que había querido pero agarró mucho efecto, eludió la manopla extendida del arquero y se metió cerca del palo opuesto. (Celebré moderadamente, como si estuviera acostumbrado a meter este tipo de golazos.) Nos empataron cerca del final del primer tiempo con un penal que no existió y volvimos a marcar nosotros casi en el último minuto con un gol desde el borde del área. Justo después del gol, mientras mis compañeros festejaban, yo grité: “¡A pesar del árbitro!”, y recibí mi única tarjeta amarilla por protestar de la temporada.

La semana siguiente, después de empatar sobre el final un partido que merecimos perder, terminó nuestra pequeña racha positiva y empezó nuestro deslizamiento habitual y un poco inevitable hacia el pantano en el que nos hundimos cada verano. Entre mediados de junio y fines de agosto ganamos dos partidos (contra los equipos que terminaron en las posiciones catorce y veinte) y perdimos todos los demás, jugando mal y metiendo pocos goles. Es difícil jugar en la cancha de McCarren Park con treinta y dos o treinta y cuatro grados, como nos tocó hacerlo varias veces, pero lo que más nos complicó el verano fue la falta de jugadores, porque nuestros compañeros estadounidenses y algunos de los latinos empezamos a preferir, por voluntad propia o presionados por nuestras familias, pasar los sábados en la playa o de vacaciones.

La Greenpoint Soccer League es tan poco gringa que se juega incluso en los fines de semana largos, desde Memorial Day en mayo hasta el Día del Trabajo en septiembre. El cuatro de julio de 2009, Día de la Independencia, jugamos de noche bajo el estruendo y la filigrana de los famosos fuegos artificiales de Nueva York, mientras nuestros jugadores estadounidenses (y el resto de la ciudad) tomaban cerveza, comían salchichas y rulaban porros en terrazas propias o ajenas. Un año después, este último verano, unos amigos nos invitaron a pasar un fin de semana a una casa en Connecticut, a tres horas de Nueva York. Le propuse a mi mujer que ella fuera con nuestros amigos el sábado por la mañana, mientras yo primero jugaba contra Los Hobos y después tomaba el tren que paraba en Connecticut a las siete de la tarde. Mi mujer, que ha aprendido a elegir sus batallas, accedió. Cuando aquel sábado llegué a McCarren Park, no se estaba jugando ningún partido.

—Me vas a tener que perdonar, Hernán —dijo Revilla abriendo los brazos— pero ha habido un malentendido con los capitanes de los equipos Real Hidalgo y Misfits y todavía no empezaron a jugar. Está todo retrasado.

Insulté a Revilla como hacía tiempo que no insultaba a nadie y me fui a la estación con mi bolsito al hombro y en el peor de los mundos: sin el fútbol de la clase trabajadora ni la vacación bucólica de la burguesía.

El catorce de agosto, con la mayoría de los titulares de vuelta de sus viajes y una carambola de resultados que nos había dejado lejos pero con posibilidades matemáticas de llegar a los playoffs, jugamos contra un equipo llamado “New York United”, que en ese momento iba séptimo. Para motivarnos durante la semana, nos intercambiamos emails llenos de lugares comunes futboleros: “Este sábado es ganar o ganar”, nos decíamos; “Desde ahora son todas finales”; “¡Es el partido del año!”.

***

Un par de meses más tarde, fui a McCarren Park a ver los partidos de vuelta de los cuartos de final. Era una noche bastante fría de principios de octubre y la cancha estaba hermosa, iluminada como un escenario desde las líneas para adentro y en penumbra desde las líneas para afuera, donde cientos de personas mirábamos los partidos de pie, con los manos en los bolsillos y dando pequeños saltitos para sacudirnos el frío sorprendente del principio del otoño. Adentro de la cancha jugaban dos de los pocos equipos multinacionales del torneo. Dream Team, usando una vieja camiseta suplente del Inter de Milán, combinaba una vieja base ecuatoriana apuntalada (y casi reemplazada) con refuerzos de todos lados: dos de sus mejores jugadores eran un húngaro flaquito y elegante a quien llamaban “Eli” y un delantero centro afroamericano a quien le decían “Winsy” y llevaba metidos más de treinta goles. El otro equipo en la cancha era New York United, donde había algunos latinos pero no los suficientes como para romper la barrera idiomática: se pedían la pelota (“¡Switch!”, “¡Drop!”), se felicitaban (“Good ball”) y se daban órdenes (“¡Back, back!”, “¡Pressure!”) en inglés.

Encontré a Revilla bastante rápido, parado cerca de la mitad de la cancha, con su gorrita blanca bien hundida hasta los orejas, y conversando con el juez de línea. Cuando me vio, se me acercó sonriendo y me dijo: “Te quiero escribir una carta, para explicarte algunas cosas que dijiste sobre mí en la Internet”. Yo sabía bien de qué me estaba hablando: en junio y julio yo había escrito un diario del Mundial de Sudáfrica y le había dedicado un puñado de párrafos. No había sido agresivo con Revilla, pero sí moderadamente sarcástico, especialmente con su rocambolesco sistema para fijar los horarios de los partidos, que no admite negociaciones ni excepciones. Quienes más nos quejamos del sistema somos los equipos clasemedieros, que por su culpa no podemos “planificar” nuestros fines de semana y acomodar el fútbol en nuestro (supuestamente) variado menú de opciones. Hasta los martes a la noche, cuando los capitanes llaman al celular de Revilla, ningún equipo sabe a qué hora va a jugar el sábado siguiente (el primer partido es a las once de la mañana; el último, a las diez de la noche). Revilla está tan enamorado de su sistema (asigna los horarios según una misteriosa escala que toma en cuenta la posición de los equipos en la tabla) que ni siquiera durante el Mundial de Sudáfrica aceptó acomodar los equipos con argentinos, uruguayos, gringos o mexicanos a los horarios de los partidos de sus selecciones.

—Te quejas del calor, de los horarios, de todas esas cosas que ya hablamos mil veces —me dijo Revilla aquella noche—. Pero tú no sabes lo difícil que es organizar esto, la cantidad de reclamos que hay, la cantidad de demandas que tengo.

Le expliqué a Revilla que entendía perfectamente su situación y que en esa columna había dicho exactamente eso, pero no me quiso escuchar. Enseguida me di cuenta de que estaba jugando conmigo, más halagado que ofendido, y dispuesto a cobrarse una victoria psicológica. Juntó las manos y agitó los dedos, tipeando en un teclado invisible, y me dijo, al borde de la carcajada:

—¿Pensaste que no me iba a meter a la Internet? Jaja, te descubrí.

Me quedé en silencio, sonriendo, un poco emocionado de ver que un tipo tan de otro siglo como Revilla también había caído presa del auto-googleo y se había buscado a sí mismo, como hemos hecho todos, en la red de redes. (La Greenpoint Soccer League es un torneo tan analógico que casi no ha dejado rastros en Internet: es “ingoogleable”. La búsqueda “Greenpoint Soccer League” devuelve un puñado de resultados, pero ninguno relacionado con la liga.)

Después del partido se acercó un amigo de Revilla y nos pusimos a hablar de cómo se puede adivinar de dónde es un jugador solo por la forma de caminar por la cancha. “Al argentino, al uruguayo, al peruano lo ves parado en la cancha, antes de que toque la pelota, y ya sabes que es un futbolista”, decía Revilla. ¿Y los gringos? Revilla resopló, porque no le gusta hablar mal del país del que también es ciudadano, pero admitió: “No, no, los blancos no. Los blancos no”. Los blancos. Una hora antes le había preguntado a Revilla de dónde eran los de New York United y me había contestado algo parecido: “No sé, creo que son blancos”. Pero los del United, que jugaban con la camiseta de la Real Sociedad y tenían, en efecto, un promedio de piel más clara que la de los equipos ecuatorianos o mexicanos, eran de países que difícilmente podrían calificarse de “blancos”: había puertorriqueños, rumanos, chilenos e incluso había también un par de ecuatorianos.

—Los mexicanos son toscos —dijo Revilla después—. Pero ponen mucha garra. Uno les mete un gol, dos goles y les tiene que meter un tres-cero o un cuatro-cero para ganarles, porque con solo dos goles van al frente y te lo empatan.
—¿Y los peruanos?
—Los peruanos tenemos calidad —dijo Revilla con una mezcla de orgullo y resignación—. El problema es que somos indisciplinados.

Su descripción de los equipos peruanos se parecía bastante a lo que habíamos notado nosotros en la cancha (equipos como la selección de Perú: talentosos pero inofensivos, que tocan bien pero ante el primer problema se deshacen inexplicablemente). Mucho menos se parecía nuestra experiencia a su descripción de los mexicanos, que no nos habían parecido nada toscos, pero sí (también) bastante parecidos a su selección: defensores rápidos pero poco confiables, mediocampistas centrales lentos pero señoriales y dos parejas de alfiles por las puntas que corrían todo el tiempo y eran capaces de poner en peligro a cualquiera.

Un patrón habitual en McCarren Park, en estos equipos mexicanos o ecuatorianos con muchos jugadores bajitos y algunos gorditos, era ver que sus únicos jugadores altos eran dos negros gringos o jamaicanos o senegaleses que se paraban de zaguero central y centrodelantero. Estos tipos —algunos, becados universitarios de vacaciones; otros, veteranos de mil batallas del fútbol urbano en los parques de Randall Island o Flushing Meadows— reciben entre cuarenta y ochenta dólares por partido y juegan cuatro o cinco partidos por fin de semana en ligas de toda la ciudad. Como sus compañeros hispanohablantes no los conocen bien o no se aprenden sus nombres, les piden la pelota con sonoros “¡Negro, negro!”, que en este patio fronterizo apenas sacuden el barómetro de la corrección política. En los años que llevamos jugando en la Greenpoint Soccer League, uno de los mejores delanteros del torneo ha sido siempre un petiso punzante y endiablado a quien sus compañeros mexicanos nunca aprendieron a llamar por el nombre: “¡Árabe, árabe!”, le gritaban y el petiso, igualito a Diego Buonanotte, se daba vuelta y sonreía.

***

El partido más importante de nuestras vidas, contra New York United, duró media hora. Después no hubo partido sino exhibición (de ellos) o tortura (para nosotros). Nos metieron el primer gol en el minuto doce o trece; el segundo, en el veinticinco o veintiséis; el tercero, justo antes del final del primer tiempo. Entramos a la cancha eufóricos pero mareados, ya antes de recibir el primer puñetazo, y después nos fuimos cayendo lentamente, como si nos soplaran, hacia la lona. Volvimos malhumorados y en silencio al arbolito donde nos esperaban nuestras mujeres, que nos preguntaron, con la mejor intención y el peor tacto: “¿Ganaron?”. A algunos de nosotros se nos escaparon unas carcajadas socarronas, casi diabólicas, que reflejaban la vergüenza y la indignación de perder cinco a cero el único partido que teníamos que ganar.

El martes siguiente analizamos la hoja manuscrita y fotocopiada con la tabla de posiciones, lo llamamos a Revilla para preguntarle los resultados de los otros partidos —a veces se los acuerda, a veces duda: “Creo que ganó Guadalupe…”—e hicimos un poco de aritmética: la única posibilidad que nos quedaba de meternos entre los primeros doce era ganando los cuatro partidos que nos quedaban.

La noche del veintiuno de agosto jugamos contra Universidad Católica, un equipo de peruanos y mexicanos que iba sexto en la tabla. Nosotros estábamos decimocuartos y nunca le habíamos ganado a ningún equipo que estuviera por encima de nosotros. Metí el uno-cero en el primer tiempo, tocando en el primer palo un muy buen centro bajo de John, uno de nuestros gringos, y Claudio metió el segundo un rato más tarde, definiendo de zurda un pase mío de los que hace años daba miles pero que ahora, con la edad y la falta de confianza, cada vez doy menos.

El sábado siguiente jugamos contra Real Hidalgo, los campeones del año anterior. Fingimos estar condenados, como personajes de una tragedia griega, y el truco funcionó: se lo creyeron ellos y, sobre todo, nos lo creímos nosotros, que jugamos sin presión y con confianza, incapaces de creernos nuestro empaque y nuestra energía hasta que Pietro, nuestro delantero italiano, metió un gol de penal y después tiró un centro que Claudio cabeceó en el segundo palo. En el entretiempo nos pellizcábamos en silencio, como si no quisiéramos despertarnos. Después quisieron atropellarnos y lo consiguieron: se pusieron dos a uno y por un momento pareció inevitable que San Martín recuperara su habitual talante apedreado y dubitativo. Cuando faltaban dos minutos, Matías, que se había pasado la temporada persiguiendo rivales en la mitad de la cancha, metió un derechazo al ángulo y lo gritó tan fuerte que todo el mundo en el parque se dio vuelta para mirarlo. El partido siguiente lo ganamos por decreto (Honduras FC se había retirado del torneo) y el último lo ganamos cuatro a cero, como si siempre hubiéramos sabido cómo meter goles. Cuando terminó el partido, nos miramos y no lo podíamos creer: a pesar de habernos saboteado durante semanas y semanas, habíamos terminado el torneo undécimos, con veintinueve puntos en diecinueve partidos y autorización para bailar aunque sea un ratito con la aristocracia futbolística de la Greenpoint Soccer League.

Hasta hace no mucho, varios equipos de la liga usaban los sábados como ocasión deportiva pero también social: se quedaban en el parque, comiendo fruta y sándwiches, escuchando música y tomando cerveza hasta después de la medianoche. Cuando tenían que hacer pis, lo hacían contra las paredes de las fábricas vacías. Ahora que esas fábricas han sido reemplazadas por departamentos, Revilla les ha tenido que pedir por favor que dejaran de orinar cerca de los edificios. “¿Y entonces dónde?”, habían protestado algunos en la reunión de capitanes en Pío Pío. “Háganlo del otro lado del parque, contra las canchas de béisbol”, les había recomendado el presidente de la liga.

Un sábado fui a visitar a Revilla y lo encontré caminando alrededor de la cancha con un bastón en una mano y una bolsa en la otra, recogiendo la basura —botellas vacías de Gatorade, bolsas de plástico, restos de comida— que habían dejado los espectadores de los partidos del día. Le pregunté cuánto había cambiado el barrio en los casi veinte años que llevaba organizando el torneo. Revilla frenó, se dio vuelta y, mirando a los edificios de departamentos construidos en el boom inmobiliario pinchado en 2008, dijo: “Esto era todo factoría”. Levantó los brazos y señaló hacia el Este y hacia el Sur. “Todo factoría. No había ni un solo edificio.”

McCarren Park, el parque municipal donde se juegan los torneos de Revilla, está en el borde oriental de Williamsburg, un barrio que en la última década y media pasó de rincón semi-feo, semi-polaco y semi-vacío a refugio de artistas y rockeros y, en una segunda transición asociada a la primera, en barrio cool y caro con boutiques alternativas y mueblerías de estilo escandinavo. Lo que pasó en Williamsburg pasó en toda la ciudad: a medida que los yuppies y otros jóvenes se cansaron de los suburbios y retornaron a los centros de las ciudades, desplazaron a los bohemios o lúmpenes creativos que vivían casi gratis en barrios dilapidados como el Soho o el East Village. Estos bohemios (artistas, músicos, diseñadores) encontraron refugio en Brooklyn, del otro lado del East River, donde pusieron galerías de arte y pequeños restaurantes bonitos que lentamente fueron Desplazando a las familias negras y dominicanas que llevaban treinta años allí. La tendencia —que algunos en castellano llaman “gentrificación”, traduciendo fonéticamente desde el inglés— se ha desacelerado pero persiste, alcanzando territorios cada vez más alejados de Brooklyn y el norte de Manhattan.

Para Revilla, que vive cerca del parque pero en la otra dirección, todavía a salvo de los salones de yoga y el café orgánico, el beneficio principal de la gentrificación de Williamsburg ha sido la renovación de McCarren Park: hasta 2005, la Greenpoint Soccer League se jugó en un erial traicionero de yuyos y escombros; desde 2006, en una cancha extraordinaria con luz artificial y césped sintético de última generación. Para algunos de los latinoamericanos que participan de la liga, este parque es uno de los beneficios más valiosos que reciben del Estado gringo, que no les da permisos de trabajo pero al menos los deja jugar al fútbol en una cancha a la cual casi ninguno de ellos tendría acceso en América latina.

Revilla y otros peruanos empezaron a jugar en McCarren Park a principios de los noventa, cuando en los alrededores había solo “factorías”, depósitos agrietados y unos pocos bares y carnicerías polacos derramados desde el vecino barrio de Greenpoint. Una tarde llegó un comisionado del Departamento de Parques, les advirtió que no podían usar el campo sin permiso y les dejó una tarjeta. Revilla lo llamó, fue a varias reuniones y seminarios y en 1992 fundó la Greenpoint Soccer League, que en su primera edición tuvo ocho equipos, casi todos peruanos. Con los años, la liga fue creciendo y también se fue “desperuanizando”, imitando las tendencias migratorias de la ciudad. Hace quince años había pocos mexicanos en Nueva York y pocos mexicanos en el torneo de Revilla; hoy hay muchos mexicanos más, en las cocinas y obras en construcción de la ciudad y en las canchas de Brooklyn. “Los equipos peruanos ya no dominan”, dijo Revilla. “Se fueron quedando viejos, no ha habido recambio”.

Después conversamos sobre su historia personal. Me contó, con algo de la morriña habitual de los inmigrantes, que lleva treinta años en Estados Unidos, que primero vino solo y que solo más tarde pudo traer a su mujer. Lo más doloroso, me dijo después, fue dejar en Perú a su hijo, a quien durante casi tres años cuidaron su hermana y su cuñada. En una entrevista que le dio a un periodista del sitio Peru21.pe (a quien conoció gracias a mí), Revilla contó aquellos años con más detalle:

—Acabo de estar en Lima y mi hermana me entregó las tarjetas que yo le enviaba a mi hijo —muestra una serie de tarjetas amarillentas fechadas desde el setenta y nueve—. Fue muy emocionante. Son cosas que pasan. Se luchó tres años, regularizamos nuestra situación migratoria y pudimos pedir a mi hijo. Pero una de las cosas más difíciles de estar aquí —hace una pausa— es que ya no pude ver a mi padre. Cuando regresé, me dijeron que ya había fallecido. Este país te da cosas buenas, pero también te las cobra.

Cuando leo párrafos como éste, me arrepiento un poco de mi relación con Revilla, con quien me peleé muchas veces más de las necesarias. Sigo sin entender por qué necesita ser tan inflexible y arbitrario con su calendario de partidos y por qué se resiste (por convicción o indiferencia, a esta altura da casi lo mismo) a crear una sencilla página web donde todo el mundo pueda ver la tabla de posiciones, los resultados de los rivales y los horarios de los próximos partidos. Estos años, nuestro único contacto matemático con el resto del torneo ha sido una hoja escrita a mano y fotocopiada que nos entrega Revilla cada sábado antes de los partidos. Es una tabla que usa tecnología de 1970, más una reliquia que un instrumento, pero contra la que cada vez tengo menos ganas o argumentos para protestar.

***

Nuestro baile en la élite de la Greenpoint Soccer League fue corto y brutal. Perdimos tres a cero, sometidos y colonizados desde el primero hasta el último minuto, contra Filco, mi equipo favorito de la liga, un grupo multilatino, toqueteador y agresivo que usa la camiseta rosa fosforescente del Barcelona. Mientras ellos jugaban al fútbol, nosotros parecíamos tener vergüenza de interrumpirlos. Tardábamos cinco minutos en recuperar la pelota y diez segundos en perderla; subía la bola al cielo y saltaban tres fosforescentes contra uno solo celeste; cuando quisimos frenar el partido, hacer una pausa (¡pedir una tregua!), ni se enteraron: nos pasaron por encima. “Por lo menos cumplimos nuestro objetivo de la temporada”, dijo uno de los nuestros, sin consolar a casi nadie.

Un mes después se jugó la final. Ahí estaba Filco, con sus bailarines fosforescentes, después de ganar todas sus eliminatorias por goleada; y también estaba Dream Team, el Chelsea de la liga, el equipo con más jugadores contratados. Le pregunté una vez al técnico y manager de Dream Team, un ecuatoriano con bigotito y pelo corto, de dónde sacaba sus jugadores y me dijo que recorría las ligas de toda la ciudad: “Miramos jugadores en todos lados y los que más nos gustan, los mejores de los mejores, los traemos para acá”, me respondió. Yo hinchaba por Filco, entonces, no solo porque tenía menos jugadores contratados (y me parece una posición moral defendible preferir a los equipos con más espíritu amateur), sino también porque nos habían eliminado a nosotros, y perder contra el campeón siempre es un truco útil para subir o salvar la autoestima futbolística.

En la cancha había clima de final. A un costado, Revilla había parado una mesa de jardín con los trofeos, bañados en (o disfrazados de) mármol y oro. Unas dos mil personas mirábamos el partido parados sobre la raya, al borde de la invasión, obligando a los jueces de línea a meterse dentro de la cancha y generando pequeños tumultos y confusiones en cada lateral. En el público había latinos con sus familias (sentados en sillitas de playa, tomando cafés de Dunkin’ Donuts, compartiendo bolsas de comida) pero también personajes típicos del barrio (guitarristas barbudos de bandas indie, blogueros freelance con camisas ajustadas, chicas pálidas con vestidos de flores y tatuajes en los hombros), probablemente atraídos por la electricidad del momento. El partido era parejo y bastante bien jugado. Eli, el húngaro de Dream Team, manejaba el tempo desde su guarida en el centro de la cancha, pero Filco se las ingeniaba para generar peligro. En el segundo tiempo, con el partido uno a uno, el técnico de Dream Team hizo entrar a un negro panameño panzón y culón y la tribuna lo recibió con risas y burlas. Yo, que lo había visto jugar, me alegré cuando el panameño culón enhebró un pase finísimo para Winsy, que metió su gol treinta y ocho o treinta y nueve (Revilla perdió la cuenta). Filco, más veterano pero con más mística, se fue para adelante, metió el partido en un pantano y así consiguió el empate, después de cien pelotazos y noventa y nueve rebotes, en el último minuto.

El público celebró el gol como si fuera propio, porque extendía el drama hasta la definición por penales. El árbitro, un peruano flaco y alto con poco sentido del humor, quiso mantener al público fuera de la cancha, pero nadie le hizo caso. Cuando el lateral izquierdo de Filco tomó carrera para patear el primer penal, la multitud ya se había abroquelado en los bordes del área grande, rodeando por completo el arco y los pateadores, dándole a la definición una atmósfera de tensa calma, a mitad de camino entre la congregación religiosa y la amenaza de linchamiento. Antes de cada penal, el público se callaba por completo, como en el teatro, y con cada gol se derramaba en grititos de alegría o decepción. Cuando el arquero mexicano de Dream Team, el mejor del torneo, atajó el único penal mal pateado de la noche, se oyeron los “¡ahhhh!” y “¡ohhhh!” de la multitud gringa, que quizás no sabe mucho de fútbol pero sí sabe identificar un buen espectáculo.

Mientras unos festejaban, otros se lamentaban y otros miles se iban para sus casas o donde tuvieran que ir, Revilla me llamó a un costado y me pidió que le hiciera de traductor en la entrega de premios. Primero vino el técnico de Filco, que además es el jefe de la mayoría de sus jugadores en una empresa de reciclado de basura, y se llevó un trofeo alto y dorado grabado con la entrañable “Sub-Champion 2010”. Después se acercaron los jugadores de Dream Team. “Las medallas las va a poner acá el señor Hernán, del equipo San Martín”, dijo Revilla, y los campeones pasaron en fila a mi lado mientras yo, un poco halagado y otro poco incómodo, pasaba las medallas alrededor de sus cabezas transpiradas y las soltaba sobre sus nucas. Revilla tomó un trofeo de la mesa y dijo: “¡El premio al goleador!” Después me miró: “¡Traduce!” Tartamudeé: “The award for the top scorer…”, pero ya no era necesario, porque sus compañeros habían empujado al frente a Winsy, que levantaba su copita tímido y contento. “¡El mejor jugador!”, dijo Revilla después. “The best player…”, repetí yo, en voz bajita. Revilla, que no sabía cómo se llamaba, apuntó hacia el húngaro Eli y el húngaro, que tiene modales y aspecto de otra época, como escapado de una película en blanco y negro, sacudió su trofeo con la misma timidez. Después Revilla se dio vuelta, tomó un sobre que le pasó su mujer y se lo dio al ecuatoriano del bigotito: “Cuéntalo”, le dijo. El técnico de Dream Team abrió el sobre y contó: había, en efecto, dos mil dólares.

Cuando nos quedamos solos, felicité a Revilla por el éxito de la final, que había tenido buen fútbol, buen público y una definición dramática. “Sí, ha estado bien”, me respondió, cansado o melancólico. Después, como para terminar de componer nuestra relación, lo felicité por la liga, le dije que admiraba su dedicación y le aclaré que, aunque todavía estuviéramos en desacuerdo con algunas cosas, jugar en la Greenpoint Soccer League me parecía una experiencia fascinante, la mejor parte de mi verano. Revilla me agradeció, pero después apuntó a los edificios de departamentos de alrededor, donde algunas ventanas en ámbar sugerían el calor de hogares de clase media. “A esta liga le quedan tres o cuatro años, cinco como mucho”, me dijo. Un poco sorprendido, le pregunté por qué pensaba eso. “Claro, hermano. Nos están empujando. Esta cancha está demasiado bonita como para que la sigamos usando nosotros. En algún momento nos la van a quitar.” Me quedé callado, analizando si realmente Revilla tenía motivos para ser tan pesimista, y no supe qué responder. Después me pregunté si, llegado el improbable caso de que hubiera que tomar una decisión, de qué lado creía Revilla que estábamos nosotros. Tampoco quise contestarme. “Se vienen los blancos, Hernán”, dijo Revilla después, quizás dándome una respuesta. “Se vienen los blancos.”

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Matías se sienta en una mesa del café donde quedamos en encontrarnos y una de las primeras cosas que dice, antes de que le pregunte nada, es: “A mí me van a echar”. Lo miro unos segundos y después le pregunto si está hablando en serio. “Bueno, todavía no nos dijeron nada. Pero estoy seguro de que nos van a echar, a mí y a los que trabajan conmigo. Mi jefa ya nos recomendó que habláramos con nuestros abogados para ver nuestra situación por el tema de la visa”. Matías –que no se llama Matías pero me rogó, como los otros cuatro argentinos de Wall Street con los que hablé para escribir esta nota, que por favor no dijera su nombre ni diera demasiadas pistas sobre su laburo– está buscando trabajo en Buenos Aires: no sabe bien dónde, porque el tamaño del mercado laboral financiero de Buenos Aires es mínimo, pero sabe que su experiencia neoyorquina, menos de tres años después de iniciada, está a punto de terminar. Matías trabaja en el área de mercados emergentes de uno de los cinco grandes bancos de inversión que había en Wall Street hasta septiembre (de los que ahora quedan, y en no muy buenas condiciones, dos). Su objetivo inmediato es, como el de todos sus colegas con miedo de quedar en la calle, llegar con trabajo al 8 de noviembre, el día a partir del cual los bancos están obligados a pagarles entero el bono de fin de año, cuyo monto se decide entre noviembre y diciembre y se paga de un saque en enero. Para alguien que trabaja en Wall Street, el bono, o bonus (algunos lo dicen en castellano, otros en inglés), puede ser hasta cinco o seis veces más grande que su sueldo. “Vivir con el sueldo, ahorrar el bono”, dicen siempre los banqueros, pero en los últimos años muchos de ellos no han obedecido su propio consejo y han usado los bonos de 2005, 2006 y 2007, jugosos, gorditos, para meterse en gastos –autos, hipotecas, departamentos en Buenos Aires– que ahora quizás tengan problemas para mantener.

Después de cinco años de borrachera –de plata fácil y crédito para todo el mundo–, Wall Street está lista para la resaca. Ya se mareó, ya cantó y ya exaltó su amistad con el mundo; ya se quedó dormida boca abajo en el sillón y vomitó hipotecas podridas en un balde de plástico. Ahora le duele la cabeza y siente un poco de vergüenza, porque ha venido papá, el Estado, a rescatarla y recordarle sus pecados recientes. Pase lo que pase en los próximos meses –nadie sabe: quien pronostica, estafa–, esta crisis de septiembre-octubre será abrochada en los calendarios como la más profunda y la más intensa desde el crack de 1929: nombres históricos como Lehman Brothers y Bear Stearns han dejado de existir y otros, como Merrill Lynch, han tenido que fusionarse dentro de mamuts mayores. Ya no habrá más bancos de inversión, la columna vertebral y el cerebro de Wall Street. Más de 50.000 personas perderán sus empleos financieros en Nueva York, donde el aire huele inequívocamente a fin de época. Fue raro y electrizante y odioso mientras duró: una ciudad burbujeante de velocidad y vértigo, optimista pero impiadosa, próspera pero exhibicionista.

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Los argentinos de Wall Street no son muy optimistas con sus bonos de este año. (Losbonos se calculan con una mezcla del rendimiento personal, del área donde trabajan y del banco en general.) Matías cree que el suyo, si finalmente se lo dan, será al menos un 50% inferior al del año pasado, que ya había sido más bajo que el de 2006. Otro argentino me dijo, mientras tomábamos una cerveza en un restaurante francés del distrito financiero, que estaría contento si su bono de este año es la mitad que el del año pasado, y que no protestaría mucho si su bono fuera, directamente, de cero dólares. En J.P. Morgan, el banco que mejor resistió la crisis y donde trabajan decenas de argentinos –es difícil calcular cuántos argentinos hay en el mercado: una encuesta informal entre algunos de ellos pone el número entre 300 y 500–, está enviando señales a sus muchachos latinoamericanos de que sus regalos de Navidad serán entre un 30% y un 50% inferiores a los de 2007. (De todas maneras, estamos hablando de ingresos anuales, incluyendo el bono, de entre 250.000 dólares y 750.000 dólares para el pelotón más o menos exitoso. Las rock stars, los que llegan a managing directors de los bancos, que es como ser general del ejército, o los que manejan las inversiones de grandes fondos de inversiones, pueden llevarse uno, dos, cinco y hasta diez millones de dólares al año. Por encima hay otra casta más, con ingresos anuales de nueve dígitos, pero ahí ya no llegan los argentinos, o por lo menos no por ahora.)

No está claro todavía con cuánta violencia va a afectar el terremoto financiero en la vida de los banqueros y operadores argentinos que trabajan en los bancos y los fondos de inversión de Nueva York. Hasta principios de octubre, todos admitían estar sorprendidos por la persistencia y la virulencia de la crisis, pero decían que a ellos, más allá del posible descenso del bono, no los había afectado ni los iba a afectar. “Lo que más pasa es que no tengo nada para hacer”, me explicó, a las tres y media de la tarde en un bar del downtown, un argentino cuyo trabajo es emitir bonos de gobiernos de América Latina. “Está todo parado. Y entonces nos pasamos todo el puto día mirando la pantalla de Bloomberg, viendo las flechitas yendo para abajo y los números titilando como locos”. Otro decía: “Todavía no hay consecuencias directas de la crisis, son más bien silenciosas”. Todos conocían casos de otros argentinos en problemas, pero aun creían que el piso debajo de sus escritorios estaba firme.

Unos días más tarde, a medida que se profundizaba la crisis –los bancos se negaban a prestarse plata, rodaban cuesta abajo las bolsas de todo el mundo, la máquina de rumores se volvía cada día más loca–, el tono de sus respuestas había cambiado. “Lo más importante, hoy por hoy, es mantener el laburo”, me dijo uno de ellos. “Esto es un desastre, esto puede no terminar nunca, no hay nadie a salvo”, protestaba otro. “La sensación general es de colapso”. Dos de ellos me dijeron que conocen gente que está sacando su plata de bancos de Estados Unidos y mandándola de vuelta para Buenos Aires, aceptando perder el 3% de comisión que les cobran las cuevas financieras para esquivar los controles del Banco Central. “Por primera vez hay gente que está empezando a pensar en un Plan B o un Plan C”, me dijo uno de ellos.

Para muchos de estos pibes, que llegaron a Wall Street frescos de las escuelas de negocios, con la promesa de carreras más o menos rectas hacia el estrellato y la casa de verano en los Hamptons o Punta del Este, la crisis pone un signo de pregunta en un relato al que ellos sólo tenían planeado puntuar con signos de exclamación. Muchos todavía deben parte de lo que costaron sus másters, o se compraron casas con precios de siete dígitos, o pagan alquileres de 4.000 y 5.000 dólares por mes: no son vidas fáciles de aguantar sin trabajo. La sorpresa del cataclismo los ha dejado turulatos y a algunos los ha puesto a pensar, quizás no tanto como para intentar una autocrítica sobre su contribución al bienestar del planeta –un sentimiento infrecuente no sólo entre los argentinos sino en general en el mercado financiero–, pero sí quizás para replantearse si todo esto vale la pena. Lo mejor de trabajar en Wall Street es la guita. Si la guita empieza a no ser tanta, empieza a valer menos la pena, por ejemplo, el esfuerzo de tomarte todos los días el tren de los 5:20 de la mañana desde Greenwich (Connecticut) hacia Manhattan, como hace un amigo mío, trabajar hasta las ocho de la noche, ver a tus hijos una hora por día y desmayarte en la cama, como si te hubieran disparado, no mucho después de las 10 de la noche.

Los argentinos empezaron a llegar a Wall Street a mediados de los ’80. Venían de la salvaje city porteña, donde se habían curtido durante años de inflación y planes económicos sorpresivos. Cuando estos pibes –de veintilargos o treinta y pocos años; algunos, hijos de familias acomodadas; otros, guerreros de clase media entradores y rápidos para los números– llegaron a Wall Street, ocuparon oficinas chiquitas y oscuras y se pusieron a comprar y vender títulos de la deuda en default de los países de América Latina. Eran los 80 de Gordon Gekko (el personaje de Michael Douglas en el fim de Oliver Stone) y Pat Bateman (el de American Psycho) y nadie les prestó mucha atención –los papeles que manejaban valían chirolas– hasta que, desde 1990, los países entraron en el Plan Brady, que perdonaba parte de sus deuda externa y transformaba aquellos viejos papeles inservibles en deuda nuevita y mucho más atractiva para comerciar. En los equipos de los bancos, había operadores de todos los países, pero sobre todo había argentinos. En parte porque ya tenían el entrenamiento de la Buenos Aires financiera de los ’70 y en parte porque eran cínicos y desconfiados, dos virtudes que no compartían sus colegas brasileños o mexicanos y que en esos primeros años de confusión eran imprescindibles para sobrevivir. Después del Plan Brady, el mercado de deuda latinoamericana se puso saco y corbata: todo empezó a ser más transparente y los bancos contrataron desde entonces a generaciones de economistas y administradores de  empresas, muchos de ellos con másters en el extranjero, para intensificar y endulzar su relación con América Latina.

Desde entonces ha habido básicamente tres tipos de trabajo para los argentinos que aterrizaban en Wall Street: están los banqueros, los traders y los analistas. Los banqueros son los más rubios y bilingües y con más tendencia a tener un origen de clase alta. Sus clientes no son los gobiernos sino las empresas: en largos almuerzos con vino y cigarros convencen a sus ejecutivos para sacar acciones a bolsa o emitir bonos o los ayudan a comprar una empresa rival. Los traders –así les dicen todos en el mercado y no tiene una buena traducción al castellano: se dice tréiders– son los que compran y venden papelitos en nombre de su banco o de los clientes de su banco. El secreto es comprar barato y vender caro. En los años de bonanza, cuando todo sube, como en 2003‐2007, es un trabajo maravilloso, porque es casi imposible perder guita, te pagan millones y uno enseguida se siente Maradona. Son los que más guita ganaron en los años de la burbuja. Hay algunos chetos entre ellos, pero también muchos pibes de clase media, casi todos porteños, muchos egresados de la UBA, que se tuvieron fe y salieron a jugar a La Bombonera de las finanzas. Después están los economistas‐analistas, los que menos ganan de los tres grupos y cuyo trabajo es investigar y recomendar títulos de países o empresas. Son los únicos que a veces aparecen citados en los diarios u opinando en programas de radio sobre qué deben hacer los gobiernos de América Latina. Tienen un perfil más claro de clase media; muchos de ellos son hijos de profesionales. Los banqueros y muchos traders están obsesionados con el golf y con mudarse a los suburbios. Los economistas, más urbanos, prefieren decir que van a la ópera y que tienen intereses intelectuales más amplios que los de sus colegas. Están convencidos de que son muy distintos unos de otros.

* * *

Son las siete de la tarde de un lunes de octubre, está a punto de hacerse de noche y en la planta baja vidriada de este rascacielos sobre Park Avenue, en Manhattan, una docena de pibitos de restaurantes mexicanos y tailandeses esperan que sus clientes bajen 30 o 40 pisos en ascensores ultrarrápidos para buscar sus enchiladas y su pad thai. Ninguno de los que trabaja acá arriba se va a ir temprano a casa hoy, después de un día en el que la Bolsa de Nueva York cayó más del 7% y las arterias del crédito global se cerraron hasta bloquearse por completo. Habrá que trabajar, como muchos de estos últimos días, hasta bien tarde.

En una de las paredes, la lista de inquilinos muestra sucursales de bancos extranjeros –el sueco Skandinaviska Enskilda Banken, piso 42º; el holandés Rabobank, piso 16º– y decenas de fondos desconocidos con nombres como Pritchard Capital Partners (piso 32º) y Blackacre Advisors (piso 39º). Casi todos estos fondos son hedge funds, los fondos desregulados y privados que han sido las estrellas de Wall Street en la última década: generalmente están compuestos por tres o cuatro amigos o ex compañeros de laburo en algún banco de Wall Street que ponen su propio boliche y empiezan a recibir inversiones de otras personas –familias ricas, fondos de pensiones, fondos que invierten en otros fondos–, a quienes les cobran la fabulosa combinación de comisiones conocida como “dos veinte”: 2% del monto invertido, 20% de las ganancias. En uno de los pisos más altos del edificio me espera, solo, sin corbata y con cara de cansado, Ariel, un argentino de treintilargos que, después de trabajar varios años en bancos como J.P. Morgan, en 2005 se abrió por su cuenta y ahora tiene un “pequeño”, según él, fondo de inversión, que no acepta inversiones por abajo de los cinco millones de dólares. Desde su oficina se puede ver, al sur, los puentes que cosen a Manhattan con Brooklyn y, hacia el oeste, el resplandor del aeropuerto de LaGuardia.

Charlamos un rato sobre la crisis. “Nosotros estamos bien, estamos ganando guita”, dice. “Pero los que se quedan sin laburo ahora son boleta. Si laburabas en algo relacionado con hipotecas, ponete una verdulería”. Le digo que lo noto de buen humor, haciendo chistes, exactamente igual a las tres o cuatro reuniones sociales en las que coincidimos en los últimos años. (Ariel es un gran personaje, con una historia fascinante, pero no se llama Ariel: otra vez, sólo accedió a dejarme visitarlo si omitía su nombre y sus señas personales. Al principio había dicho que sí, pero después de leerse a sí mismo en una entrevista que le había hecho dos días antes un medio argentino, había cambiado de opinión.) La pregunta lo ofende un poco y lo pone más serio. “No, no. No es así. Estoy muy preocupado”.

En parte está preocupado porque, aunque el saldo de su fondo en 2008 todavía es positivo –o era positivo hasta el 7 de octubre, el día que hablamos–, desde septiembre haestad o perdiendo plata. Además, en el caos actual cada vez le resulta más difícil aplicar sus métodos cuantitativos‐matemáticos, que no sólo son los favoritos de Ariel sino que son lo que él y sus socios publicitan como su especialidad. Los cuantitativos, o quants, como se los conoce en el mercado, son la última generación de genios inversores de Wall Street; físicos, matemáticos e ingenieros informáticos capaces de aplicar su capacidad de abstracción a obtener ganancias de los movimientos de precio más mínimos. En temporadas normales, de cambios graduales, los matemáticos sacan petróleo de las piedras: ganan la guita centavo por centavo, buscando oportunidades que otro prefieren no pueden ver. En el mercado salvaje y arbitrario de las últimas semanas, estas armas no sirven. Ariel también está preocupado porque de a poco se ha dado cuenta de que, aun sintiéndose superior a sus rivales, un huracán que se lleve puesto al 80% de los hedge funds también podría llevárselo puesto a él y a sus socios (no argentinos). “Hace un año apostamos, correctamente, que este año al mundo le iba a ir mal”, explica. “Pero no apostamos a que iba a ser tan malo. Esto de ahora es un desastre”. El temor más grande es perder la mina de oro del “dos veinte”: para qué te voy a pagar tanto a vos, niño maravilla, si me llevo lo mismo, o más, poniendo la guita en fondos comunes y silvestres que puedo manejar por Internet. Ariel dice que sí con la cabeza, con un gesto de resignación.

* * *

Una mañana de principios de octubre, Arturo Poiré iba en el subte al trabajo, revisando los emails en la Blackberry, cuando un empleado de la MTA, la empresa municipal que maneja el subte de Nueva York, le preguntó si el Congreso iba finalmente a aprobar esa noche el plan de rescate para los bancos. “Ojalá que sí”, respondió Poiré, quien, después de una década en uno de los principales bancos de Wall Street, ahora trabaja para una consultora. No es banquero: es sociólogo, experto en organizaciones y en las personas que las hacen funcionar. Cuando trabajaba en Wall Street, su especialidad era reorganizar equipos y departamentos después de que su banco compraba a otro. Por eso, aunque no lo ha sido, conoce de cerca qué se siente ser un banquero de Wall Street. En parte porque muchos de sus amigos lo son.

El trabajador del subte meneó la cabeza, indignado, y dijo: “Es una barbaridad. Odio que el gobierno esté haciendo esto”. Poiré se quedó mirándolo y comprendió que lo que más jodía a su interlocutor era la certeza de saber que si el gobierno no salvaba a los bancos, se caía el país. El hombre inició entonces una invectiva bíblica, casi a los gritos: “Ya nos encontraremos los banqueros y nosotros en el cielo. ¡Dios y la vida eterna nos igualan a todos!” Poiré, a quien su paso por Sociales de la UBA todavía le prende una lamparita cada vez que ve de cerca un episodio simbólico de lucha de clases, se quedó pensando en la ambigua relación de Wall Street con la gente de Nueva York con Wall Street y, en general, con todos los que estamos en el más allá, esos extraños seres humanos que no pertenecemos al mundo de las finanzas.

La curiosidad sociológica le permite a Poiré hablar sobre estos temas con una paleta conceptual más amplia que la de muchos de sus amigos en el mercado. Igual, cuando tiene que atribuir culpas sobre qué pasó, por qué estalló en mil pedacitos el luminoso edificio de las finanzas, la suya es la misma explicación que la de sus ex colegas: fuimos todos. “¿Quién se quedó con la plata?”, se preguntó Poiré la noche en la que hablamos por teléfono. “El tipo del fondo de inversión que ganó fortunas, es cierto, se llevó buena parte de la plata. Pero también tiene culpa Main Street [lo opuesto de Wall Street: la economía real], endeudándose con sus tarjetas de crédito y consumiéndose por encima de sus posibilidades. Todos hablan de lo que hacen los fat cats de Wall Street, pero no de lo que hace Doña Rosa”. Ése es básicamente el argumento de los que trabajan en finanzas: nosotros les dimos el caramelo, pero ustedes se empacharon solos.

Entre el mal humor general que provoca la crisis en Nueva York, una pequeña válvula de escape en estos días ha sido, para mucha gente, criticar y burlarse de los banqueros de Wall Street, esos supuestos genios de las finanzas que no sólo hundieron a la economía global sino que ni siquiera pudieron salvarse a sí mismos. Sus bancos han desaparecido o están tecleando y el pánico los tiene petrificados frente a sus pantallas, vendiendo sin parar cosas que compraron mucho más caras hace no tanto tiempo. Sin embargo, y esto es lo que alimentaba la bronca del empleado que se desahogaba frente a Poiré, nadie va a ir a pedirles a los tipos de Wall Street los millones que ganaron en el lustro glorioso de 2003‐2007. Hay quien ha dicho que esta crisis representa el final de los Masters of the Universe, el nombre que les puso Tom Wolfe en La hoguera de las vanidades en 1987: que estos tipos, tras probar que a fin de cuentas no son más que una manga de timberos con computadoras y modelos matemáticos, ya no podrán sentirse los reyes de Nueva York ni los tipos más talentosos o inteligentes del mundo.

Les pregunto a los argentinos de Wall Street si esta crisis ha sido de alguna manera un golpe a su autoestima, si esto ha puesto en duda algunas de las cosas que creían seguras hasta hace un par de meses y si tienen alguna autocrítica a punto de asomar de entre sus labios. Las respuestas son bastante uniformes: todos nos, o casi nos. Ninguno de ellos cree que éste es el fin de los Masters of the Universe o que la crisis trae escrita una lección moral. “Eso es paja”, dice Ariel, con las mangas de su camisa turquesa arremangadas por encima del codo y hamacándose levemente en una de las doce sillas Aeron de la sala de conferencias. “A la gente le encanta decir esas cosas. Hablan del pendejo que gana 500 veces más guita que vos y es un pelotudo. Todo eso es verdad. Siempre es lindo ver caer a un pibe exitoso”. Ariel, de todas maneras, predice que, en los próximos años, el pibe promedio de Wall Street ganará menos que hasta ahora y que, además, ellos mismos serán menos. Ya no habrá laburo para tanta gente. (Algunos cálculos predicen que Nueva York perderá con la crisis 50.000 de sus 200.000 empleos financieros.) Uno de los costados positivos del sacudón es, según alguna gente, que los chicas y los pibes egresados de las escuelas de negocios ya no van a estar tan desesperados por trabajar en Wall Street y que van a desparramar su talento en áreas de la economía a las que hasta ahora nadie quería ir.

Poiré, que hace dos años publicó The Latino Advantage in the Workplace, un libro en inglés sobre las ventajas de los latinos para triunfar en las empresas de EE.UU., se consuela con una explicación barrial‐cinematográfica: “En el barrio, el que jugaba mejor al fútbol se llevaba a la mejor minita. A los que jugábamos mal, un poco de bronca nos daba, pero a nadie le parecía injusto o ilegal. Ahora, es la revancha de los que éramos buenos alumnos y nos gustaba estudiar. Yo no jugaba bien al fútbol, y acá estoy. Es nuestra versión de la venganza de los nerds”.

* * *

Matías está sentado frente a mí en el café de una de las sucursales neoyorquinas de la cadena de librerías Borders. Él no toma nada; yo tomo té helado de una botella. Él está nervioso, no del todo cómodo con las opciones que le esperan en los próximos meses. Lo peor de volver a Buenos Aires no es Buenos Aires, sino irse de Nueva York, un proceso que siempre se afronta como una derrota. “Lo que me jode es que tomen la decisión por mí. No me siento un loser, porque no me echan por mi culpa sino porque trabajo en un área que la van a limpiar entera, pero igual me jodería”, dice Matías. “El problema, para los pibes como yo, que tenemos entre 25 y 30 años, es que todavía no ahorramos tanta guita. En parte porque todavía estamos pagando los préstamos para estudiantes y en parte porque nunca habíamos vivido una crisis así. Muchos gastaban, o gastábamos, más de lo recomendable”. Otro argentino cuenta la historia de una compañera suya a la que un día acompañó a la casa, en Chelsea, y parecía un hotel cinco estrellas: tenía sauna, jacuzzi, valet parking, tipos que te hacen las compras en el supermercado por vos. “¿Acá vivís?”, le preguntó Matías, hace un par de meses, y se dio cuenta de que a muchos como él se les estaba yendo la mano.

Si todavía no ha habido mucho movimiento de banqueros de un banco a otro –las finanzas son una industria con alta rotación: los mejores operadores reciben ofertas y son fichados casi como si fueran jugadores de fútbol–, es porque nadie está contratando a nadie y porque los propios banqueros están tomándose las cosas con cuidado: ya estamos a octubre, razonan muchos, si me voy ahora pierdo el bono de casi todo el año. Para muchos de estos argentinos, enero será el mes clave: volverán de Punta del Este después de Navidad y Año Nuevo, cobrarán el bonus y, si todavía hay mercado financiero y todavía hay Wall Street, ofrecerán sus talentos en la plaza pública. Si las dificultades persisten, aparecen las opciones más imaginativas. Uno de los argentinos con los que hablé tiene un amigo que trabaja en un banco y que está pensando en pedir un año sabático, sin goce de sueldo. “Como total el bono va a ser cero, o casi cero, y el sueldo no es mucha guita, por ahí vale la pena perder el sueldo y no laburar, irme unos meses a la playa o adonde se me cante la gana a oxigenarme y limpiar la cabeza”, argumenta el implicado. Matías entiende perfectamente la sensación: “Conozco pibes de mi edad que se están preguntando si realmente esto es lo que quieren hacer con sus vidas”.

Este verano, en julio y agosto, los argentinos de Manhattan no habían acusado aún el golpe: las casas cerca de la playa que alquilan unos con otros, de a cuatro o cinco parejas, siguieron alquiladas; sus partidos de fútbol y sus asados con carne uruguaya y malbec mantuvieron el mismo ritmo. El verano que viene se verán, si las hay, las primeras bajas. Los que queden seguirán buscando consuelo en las pocas buenas noticias que vienen con la crisis. La favorita de muchos es el descalabro de Brasil, un tanque financiero de última generación que parece haberse quedado sin nafta. “Venían diciendo que la crisis no los afectaba y bla, bla, bla”, me dijo uno. “Los brasucas se creían los capos del mundo. Qué lindo es verlos caer, es como meterles cuatro en el Maracaná”.

De lo que nadie tiene dudas es de que estamos viendo el fin de una era. Todavía no está del todo claro cuánto sobrevivirá y por cuánto tiempo, pero la fiesta acaba de terminar y los banqueros ya sienten nostalgia. Durante varios años fue imposible para ellos no ganar guita. Su laburo era casi como ver qué número salía en la ruleta y recién después tirar las fichas sobre la felpa. Ahora empieza lo más difícil: jugar sin cartas, ganar guita con el cuatro de copas y un ancho falso. Con el ancho de espadas y el siete de oros todos somos ases de las finanzas. Poiré interrumpe mis metáforas de casino: “Tampoco para tanto. ¿Cómo vas a decir que nunca más se va a ganar plata en Wall Street?”, me pregunta. Se responde él mismo: “Eso es falso. Siempre aparece una forma”. Como no agrego nada, vuelve a hablar, y me doy cuenta de que tiene razón, de que muchas veces las épocas no terminan sino que sólo cambian de nombre o aspecto: “De eso no tengas la menor duda”, me dice. “El juego va a seguir funcionando”.

El mes pasado, Cyntia Salazar y su familia viajaban desde Nuevo Laredo a las playas de Tamaulipas, bordeando hacia el este la frontera con Estados Unidos, cuando se encontraron en la carretera con un retén del Ejército mexicano. Salazar redujo la velocidad de su troca —viajaban con ella su marido, sus cinco hijos, su hermana embarazada, una sobrina de tres meses y un sobrino de ocho años— y luego, como para despejar cualquier duda, bajó la ventanilla y saludó a los soldados. Pocos segundos después, sin embargo, Salazar y su familia oyeron la tos metálica de las ametralladoras militares y el zumbido del enjambre de balas volando en su dirección y descendiendo con ferocidad sobre la camioneta. Corrieron hacia el monte, intentando protegerse de la balacera; cuando se dio la vuelta, Cyntia vio que sus dos hijos varones (Martín, de nueve años, y Bryan, de cinco) habían quedado atrapados.

Seis días más tarde, Cyntia está sentada en una habitación de hospital en Nuevo Laredo, donde su marido se recupera de un tiro en un brazo. Están los dos frente a una cámara de Univision, la principal cadena de televisión en español de Estados Unidos, asintiendo a las indicaciones que les da Jorge Ramos desde un estudio de televisión en Miami. “Cyntia, quiero que me explique bien lo que ocurrió el 10 de abril”, le pide Ramos, antes de empezar la entrevista. “Y después me gustaría que me cuente qué quiere que ocurra de aquí en más, ¿le parece bien?” Salazar, una mujer bajita y de aspecto decidido, dice que sí. Ramos hace una última aclaración: “Sólo tengo siete u ocho minutos para darle, así que si pudiera mantener las respuestas lo más breves posible, mucho mejor”.

Salazar le da a Ramos una gran entrevista. Cuando el periodista le recuerda que la Secretaría de Gobernación de México ha dicho que ella y su familia quedaron atrapados en medio de un tiroteo entre soldados y sicarios, Cyntia niega con la cabeza, sonriendo con amargura, y responde: “No había ningunos sicarios. Éramos solamente nosotros y los soldados, en plena luz del día”. Ramos —ojos azules, pelo gris, pómulos salientes: un cráneo perfecto para la tv, tan perfecto que parece diseñado a propósito— le pregunta entonces a Cyntia si cree que el gobierno está mintiendo. Ella vuelve a mostrar la misma sonrisa desencantada: “Es imposible que ellos no vieran tanta corredera de niños y aun así seguían disparando, todavía en el monte… Cuando quise bajar a buscar a mi hijo, el de cinco años, me lo mataron en mis brazos. Yo le gritaba a mi esposo: ‘Martín, me mataron a Bryan’. Todavía quise salvar a mi otro hijo, el que se me quedó en la troca, pero en el momento que abrí la cajuela me aventaron una granada”.

Desde Miami, Ramos, vestido con traje azul, corbata amarilla y camisa celeste, escucha a Salazar con el gesto serio pero comprensivo del periodista profesional que sabe ponerse del lado de las víctimas. (“Concibo el periodismo como una misión”, dirá dentro de un par de horas, en su carro, camino a un restaurante.) Inclinado apenas hacia adelante, con un bloc de hojas blancas atrapado entre las manos, el tono de voz de Ramos es firme pero no brusco, y sus preguntas son más periodísticas que sentimentales. El periodista hispano más famoso de Estados Unidos quiere que Salazar le cuente qué ocurrió aquel sábado por la tarde y qué le ofreció Margarita Zavala, la esposa del presidente Felipe Calderón, cuando la llamó por teléfono. Su tono de voz y su lenguaje corporal indican a la audiencia de Al Punto, su programa dominical de entrevistas, que él tampoco confía en la versión de la Secretaría de Gobernación y que, si tuviera que elegir un bando, elegiría el de Salazar y su familia. No lo dice así, con estas palabras, pero tampoco hace falta.

En los últimos años, la figura del mexicano Ramos en Estados Unidos ha crecido hasta convertirse en una referencia moral, mucho más amplia y potente que la de su trabajo como presentador del noticiero nocturno de Univision: en el mosaico de testimonios y organizaciones que llevan una década pidiendo una reforma de las leyes de inmigración y dar una mayor relevancia a los asuntos hispanos en la política estadounidense, la voz de Ramos ha sonado más clara y más fuerte que casi ninguna otra. “Jorge es la personalidad hispana más respetada en los Estados Unidos”, explica Sergio Bendixen, consultor político de origen peruano y residente en ese país desde 1961. Agrega Bendixen, que hace dos años diseñó la estrategia electoral latina de Barack Obama: “Su imagen no es la de un locutor de televisión común y corriente. La credibilidad de Jorge es la de un luchador por los intereses y los derechos de los inmigrantes latinoamericanos en este país”.

Hasta hace no mucho, la figura de Ramos era universal y apreciada entre los hispanohablantes de Estados Unidos pero perfectamente desconocida para quienes no hablaban en español. A partir de 2008, sin embargo, la imagen y las ideas de Ramos comenzaron a gotear hacia el mainstream de los medios y la política gringos. A medida que se calentaba la campaña electoral para las elecciones de noviembre, que ganaría Obama, y aumentaba el valor que los políticos de ambos partidos le daban al voto latino —Ramos lo llama “el síndrome de Cristóbal Colón”: cada cuatro años, demócratas y republicanos vuelven a descubrir a los latinoamericanos—, la voz y la cara de Ramos saltaron de Univision, una cadena que los estadounidenses identifican con los culebrones y los comediantes disfrazados de niños, hacia sectores más respetables de la grilla de programación. Ramos participó como moderador en tres de los debates electorales de aquel año: dos en Univision (una para los precandidatos republicanos y otro para los precandidatos demócratas) y uno en CNN. Según un informe de Media Matters, un centro de estudios sobre política y medios de comunicación, Ramos y su colega de Univision, María Elena Salinas (nacida en California de padres mexicanos) hicieron las preguntas más “significativas” y “sustantivas” de toda la campaña de debates.

Aquellas apariciones en el centro de la escena política de Estados Unidos tuvieron su recompensa. Stephen Colbert, el comediante que cada noche hace una parodia de los locutores conservadores, invitó a Ramos a su programa y fingió estar en contra de la inmigración. Ramos vendió con convicción (pero poco sentido del humor) su proclama principal: Estados Unidos debe abandonar su posición de resistencia al mundo latino, cuyo ascenso no sólo es inevitable sino también positivo para el país en su conjunto. La confirmación de su salto a la fama llegó poco después, en Saturday Night Live, el programa humorístico que lleva 35 temporadas marcando el pulso cultural de Estados Unidos. Allí, un actor interpretaba a un Jorge Ramos que babeaba por el actor que interpretaba a Obama. Para Ramos, podría haber sido un poco humillante que la imagen suya retenida por Estados Unidos hubiera sido la de su admiración y su apoyo por el candidato demócrata. Cuando le menciono el incidente, prefiere concentrarse en su aspecto positivo: “Ese día dormí tranquilo, porque no hay nada más mainstream que Saturday Night Live —dice—. De todas maneras, lo más maravilloso del sketch fue que me imitaron sin acento. Se inventaron un Jorge Ramos sin acento, y eso fue sin dudas un logro muy importante”.

A pesar de todo, Jorge Ramos sigue siendo un desconocido en México, el país donde vivió casi la mitad de su vida, donde siempre quiso triunfar y donde, según él mismo explica con un dejo de tristeza, no le dieron las oportunidades que sí le darían después en Estados Unidos. En México es más conocido por su relación sentimental con la actriz Ana de la Reguera que por sus logros profesionales. (Cuando le pregunté por su relación con De la Reguera, Ramos, que siempre ha mantenido su vida privada lo más privada posible, me respondió por e-mail: “Lo básico es lo siguiente: ella vive en Los Ángeles, yo en Miami; ni ella se puede mudar ni yo tampoco. Llevamos cinco años juntos, vivimos en los aviones, y queremos seguir las cosas tal y como están. No hay más plan que estar juntos lo más posible”.)

Comemos juntos un viernes al mediodía en un restaurante uruguayo del oeste desabrido y chato de Miami. Le pregunto entonces por su relación con la élite mexicana, si se siente valorado o ignorado por sus compatriotas. “Vivo totalmente distanciado de la élite en México”, responde Ramos, que ha pedido agua mineral con gas y un filete de pez espada. “No sé ni siquiera si me sienten parte de ella. Es más, estoy casi seguro que me ven casi como un extranjero. Mi vida siempre ha sido así: cuando voy a México soy el que se fue. Y cuando estoy en Estados Unidos, soy el mexicano”. Suelto una pequeña risita, sin saber bien por qué.

“De verdad, no te rías —responde Ramos—. No soy de ningún lado”.

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A Ramos lo jalaron al mundo por la nariz. Su madre tuvo complicaciones durante el parto y los médicos debieron sacarlo con fórceps, como si tuvieran que convencerlo de entrar al mundo. Ramos ha tenido desde entonces una relación muy especial con su nariz, que nació rota, se rompió otra vez durante una pelea en un partido de básquetbol y volvió a romperse años más tarde durante un partido de futbol. “Me han tenido que operar tres veces la nariz y en cada una de ellas he perdido olfato —dice—. Hay momentos en los que no huelo casi nada”.

Ramos nació y creció en Bosques de Echegaray, una colonia de clase media vecina al Distrito Federal, en una calle donde los padres eran severos y las madres, amas de casa. En Atravesando fronteras, el libro de memorias que escribió cuando tenía 44 años, Ramos recuerda su infancia con cariño, en la que lo único duro o inalcanzable era la figura de su padre, a quien pinta como un personaje bastante infeliz, arquitecto de profesión (y no muy exitoso), pero mago por vocación (y muy bueno), “acostumbrado a una autoridad vertical e incuestionable”. Hay dos historias muy interesantes de Ramos sobre su padre. La primera cuenta cómo, una tarde en la casa de su abuelo materno, Ramos (que vivía obsesionado por el futbol y al parecer jugaba muy bien: en el colegio lo llamaban Borjita Ramos, en honor a Enrique Borja) le pidió a su padre que pateara el balón. “Pero él no le dio al balón”, escribe Ramos en su autobiografía. “Su zapato negro pasó a unos centímetros del balón, fallando garrafalmente. Tengo la secuencia perfectamente grabada en mi mente”. El niño Ramos, para quien la humanidad se dividía entre quienes jugaban bien al futbol y el resto, pasó el resto de la tarde llorando, sorprendido y avergonzado de que su padre no fuera perfecto.

La otra historia comienza ese mismo día. Después de darse cuenta de que su padre no era Superman, Ramos fue un paso más allá y decidió que aquel hombre siempre ocupado, obsesionado por sus carros y la música instrumental norteamericana, ni siquiera era un modelo a seguir. “Lo que más aprendí de mi padre fue, precisamente, a no ser cómo él”, dice ahora, 40 años después. “Tuvimos muchos conflictos y antes de morir pudimos hacer las paces. Ésa es la lección que aprendí en estos 52 años: tienes que hacer lo que más te gusta. Vas a ser muy miserable si no haces lo que te gusta en la vida”.

Ramos, que se ve a sí mismo como un rebelde —“el periodismo es una forma de ser adolescente y un poco rebelde toda la vida”, explica—, cree que puede rastrear sus primeros recuerdos de resistencia a la autoridad en aquellos años, cuando las autoridades eran su padre y los sacerdotes benedictinos del Colegio Tepeyac (hoy, Centro Escolar del Lago) en el Estado de México. En el colegio, los sacerdotes golpeaban a Ramos y a sus compañeros con las suelas de sus zapatos, los jalaban de los pelos y los sometían a los castigos más arbitrarios. Y luego los obligaban a confesarse cada viernes. “Las primeras personas que odié en mi vida fueron el padre William, el padre Rafael y el padre Hildebrando”, me escribió Ramos por e-mail cuando le pregunté por los curas del colegio. Después agregó: “Mi actual posición de rebeldía y cuestionamiento frente a la Iglesia y frente a cualquier figura de poder tiene su origen en aquellos años”.

En sus años como universitario, viajaba casi dos horas de ida y otras dos horas de regreso —autobús, metro y autobús de ida; autobús, metro y autobús de regreso— para llegar a sus clases en la Universidad Iberoamericana. Trabajó durante toda la carrera: primero en una agencia de viajes, después en una estación de radio. Cuando se graduó fue aceptado para hacer un curso de posgrado en la London School of Economics, pero no pudo conseguir el dinero para pagarlo. “Todavía hoy sigo teniendo ese terrible temor de que en cualquier momento lo puedo perder todo —cuenta Ramos—. Todavía hoy. Soy muy ahorrativo y muy conservador en cuestiones monetarias”.

En 1982, poco después de terminar la universidad, Ramos consiguió un muy codiciado puesto en los servicios informativos de Televisa. No duraría mucho. Su segundo reportaje como redactor del programa 60 Minutos se llamaba “La identidad del mexicano” e incluía entrevistas con Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska. Sus jefes le dijeron que Monsiváis y Poniatowska no podían salir en el programa (“No son gente para Televisa”, argumentaron). Quitaron sus testimonios y, según Ramos, muchos de los datos sobre presidencialismo y autoritarismo incluidos en el reportaje. “Renuncié”, dice Ramos con una media sonrisa. Creyendo que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y su alianza con Televisa durarían para siempre, dejó todo: vendió su bochito rojo, dejó a su novia de ocho años, reunió cerca de 2.000  dólares y viajó a Los Ángeles, donde se inscribió en un curso de periodismo en televisión de la Universidad de California.

Aunque ya pasaron casi tres décadas, Ramos todavía se exige a sí mismo explicar aquella decisión con la mayor precisión posible. “México me ahogaba, y yo sabía que en aquel entonces no podía ser un periodista libre”. Después, como si todavía sintiera un poco de culpa, aclara: “No tuve el valor o la fuerza para quedarme a pelear por esa libertad de expresión en México. Otros se quedaron, como mi hermana [Lourdes Ramos, conductora del noticiero A las Tr3s]. Podía quedarme 20 o 30 años y esperar a que llegara la libertad de expresión a México. Pero yo no podía esperar tanto tiempo”.

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En el estudio principal de TeleFutura, una de las cadenas del grupo Univision, hace bastante frío. Ramos me pasea por las instalaciones, me lleva al control central, donde los productores y los técnicos —casi todos cubanos— se dan órdenes en inglés o en español con la misma naturalidad —“No, todavía no, guárdatelo. Bring it back in a minute!”—, y me lleva de vuelta al estudio, donde me ofrece una silla mientras él termina de grabar el último segmento de Al Punto, que se realiza hoy viernes pero se emitirá el domingo. En la penumbra del estudio, media docena de camarógrafos y utileros cubanos descansan o sestean mientras esperan la orden para volver al trabajo. Conversan en voz baja: “¿Quién pitchea hoy para los Phillies?”, pregunta uno. “Tony Edwards”, responde otro. En un momento, uno de estos tipos sencillos, panzones y anticomunistas, se me acerca al oído y me dice, apuntando con el mentón hacia Ramos. “Este tipo es un top de Univision. Por talento y como persona. El más querido, lejos, de todo el canal”. Se nos acerca uno de los camarógrafos, vestido con ropa de gimnasia y tenis blancos de basquetbolista, y agrega: “Es exactamente así. Yo llevo 30 años aquí y nunca nadie ha sido tan popular en esta casa como Jorge Ramos”.

Ramos está ahora entrevistando al pintor cubano-americano Arturo Rodríguez, que ha traído algunos de sus cuadros y los ha colgado en distintos lugares del estudio. Son escenas tristes, casi en blanco y negro, de familias o personas solas en aeropuertos o estaciones, quietas, que no se comunican entre sí, como si esperaran algo pero no saben qué. Ramos parece especialmente conmovido por las pinturas de Rodríguez, y le pregunta qué relación tienen con su carácter de exiliado: “El exilio es terrible —responde Rodríguez—. Pero te da otra perspectiva. Al final no te sientes parte de ninguna cosa”. Esta identidad descentrada, este no sentirse parte de ninguna cosa, es uno de los temas favoritos de Ramos, quien en todos estos años se ha preguntado mil veces qué papel tenía su mexicanidad en su nueva vida y qué efecto tenían sobre su nacionalidad mexicana las progresivas décadas de residencia en Estados Unidos. Atravesando fronteras comienza con un epígrafe tomado de La Ilíada, de Homero: “…deseo y anhelo continuamente irme a mi casa”.

En 2002, en otro de sus libros, Ramos escribió: “Me falta un lugar al cual pertenecer. Llevo 20 años en Estados Unidos y me siento un inmigrante”. ¿Sigue siendo así? ¿Todavía busca Jorge Ramos un lugar al cual pertenecer? Deja los cubiertos sobre la mesa, piensa unos segundos y después dice: “No, en ese sentido me sigo sintiendo sin casa, me sigo sintiendo un inmigrante y me sigo sintiendo casi de paso”. Bebe un poco de agua con gas, mira el paisaje ralo y gris —el borde industrial de Miami: más cerca de los cocodrilos que de la playa— y aclara un poco lo que acaba de decir: “Me siento todavía de paso aquí en Miami. Sé que no es así, pero me sigo sintiendo de paso. La única casa que he tenido es en la que viví en la ciudad de México de niño, en la calle de Piedras Negras número 10”. Me mira y sonríe: “Y mi teléfono sigue siendo el cinco sesenta, cincuenta y uno veinte”.

Durante 20 años, Ramos debatió consigo mismo sobre la necesidad o la conveniencia de convertirse en ciudadano estadounidense. Siempre se había sentido muy mexicano, pero al mismo tiempo también sabía que Estados Unidos le había dado las oportunidades que su país de origen le había negado. Un día, conversando con la escritora chilena Isabel Allende, que también tiene la doble ciudadanía, se dio cuenta de que no tenía que escoger entre México y Estados Unidos, que podía ser de los dos países. A mediados de 2008, Ramos juró la constitución estadounidense.

“Pero ésa no fue la única razón —explica—. Aquel año fue fundamental para mí. Estábamos viviendo una terrible crisis económica, estábamos involucrados en dos guerras y yo sentía la obligación de participar, de decir: ‘No quiero más de lo que estamos viviendo’ y buscar un verdadero cambio. La única manera de hacerlo era hacerme ciudadano y votar en Estados Unidos”. Le pregunto si aquella búsqueda de cambio incluía votar por Obama, pero prefiere no responder. Regresa a su meditación sobre la fragilidad de la doble nacionalidad: “Ya no tengo ese conflicto. Vivo en paz con la idea de que soy de los dos países, de México y de Estados Unidos”.

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En septiembre de 1986, cuatro años después de dejar bocho, carrera y novia en México, Ramos volvió a enfrentarse con el fantasma de Televisa. Una mañana, Univision anunció que su nuevo director de noticias iba a ser Jacobo Zabludovsky, el legendario conductor del noticiero 24 Horas de Televisa y representante del tipo de periodismo (solemne, oficial y siempre en línea directa con el gobierno) del que Ramos creía haber escapado. “Eso sí que era tener mala pata”, ha escrito Ramos, que en aquel momento acababa de llegar a Miami para conducir en Univision un programa matutino llamado Mundo Latino. La designación de Zabludovsky provocó el rechazo inmediato del grupo de periodistas cubanos y latinoamericanos que trabajaban en el noticiero nocturno, para quienes Zabludovsky y Televisa habían tenido un papel fundamental en la censura que durante décadas había impuesto el sistema político mexicano. El conflicto escaló hasta provocar la renuncia de casi todos los periodistas y productores de la redacción de noticias de la cadena, y el retiro de la candidatura de Zabludovsky, quien regresaría a México para conducir 24 Horas por otros 12 años.

Semanas más tarde, con la redacción vacía y su estrategia de asociación con Televisa abortada, Univision le entregó la conducción de su noticiero de la noche, el programa más influyente de la comunidad hispana en Estados Unidos, a un jovencito mexicano de 28 años absolutamente desconocido para el gran público. Era un momento de excitación y catástrofe en América Latina: guerras y represión (con ayuda estadounidense) en Centroamérica, amnistías para inmigrantes en Estados Unidos, democracias jóvenes surgiendo por primera vez en décadas. El inexperto Ramos tuvo que aprender rápido, y así convertirse en lo que siempre había querido ser: un periodista con plataforma continental y vocación de intervenir en los lugares donde le ha tocado actuar. Ramos dice que nunca nadie en Univision le ha dicho qué tiene que decir o qué callar sobre un asunto o un gobierno; insiste en que las decisiones sobre qué noticias llevar primero o después en su programa se toman de forma “democrática” entre los miembros de su equipo; y que el profesionalismo y la credibilidad son los valores más importantes que puede tener un presentador de noticias.

Pero él nunca se ha sentido conforme con las noticias. Por eso comenzó a escribir su columna semanal, que se publica en una treintena de diarios latinoamericanos, y a escribir sus libros: ya lleva 10, desde las colecciones de entrevistas hasta el más reciente, Tierra de todos, un manifiesto a favor de la inmigración y el multiculturalismo. Cuando le pregunto por qué eligió ejercer el periodismo en televisión y no en radio o diarios o revistas, me responde que su objetivo principal ha sido tener el mayor impacto posible. “Yo vengo de esa vieja escuela en la que uno tiene que aportar algo y que tiene que intentar dejar esto un poquito mejor que cuando llegó —dice—. Yo comencé en radio y enseguida vi que no era suficiente para lo que quería hacer. Ahora me doy cuenta de que no fue consciente, pero claramente estaba buscando el medio de mayor impacto”.

Ramos es de la vieja escuela no sólo por su acercamiento ético al periodismo. Muchas de las cosas que hace y dice parecen pertenecer a una especie en extinción, la del súper prestigioso e infalible conductor de noticiero (o anchorman en la tradición norteamericana, en el modelo de Walter Cronkite), acosado en la última década por la fragmentación de los discursos periodísticos y los columnistas y bloggers para quienes la opinión y la interpretación son la parte más importante de su trabajo. De frente a las cámaras, cada tarde, los conductores de los telediarios de las grandes cadenas ya no son los definidores del talante y el sabor de las noticias: son sólo una voz más en el bombardeo. En ese sentido, la influencia de Ramos en el ecosistema de noticias y opinión del mundo latino de Estados Unidos es todavía muy superior a la que tienen, por ejemplo, Katie Couric (CBS) o Brian Williams (NBC), en parte porque el mercado hispano está menos desarrollado y en parte porque Ramos opina poco durante las noticias, pero todo el mundo sabe que es un profeta y un apóstol de la causa de los inmigrantes latinos; una figura moral mucho más parecida a Cronkite que a sus colegas angloparlantes actuales.

José Simián, periodista chileno residente en Nueva York y columnista sobre medios hispanos para el sitio especializado Mediaite.com, dice que Ramos puede conseguir algo que ni Couric ni Williams podrán nunca: “Ramos es un ideólogo de su público, casi un intelectual del pueblo —dice Simián—. Sólo así se explican los libros sobre asuntos latinos, en los que Ramos proclama cosas como que el primer presidente latino de Estados Unidos ya respira, o que su escritura puede ‘hacer visibles a los invisibles y darles voz a los que no tienen voz’”.

Todo esto Ramos lo ha logrado con el cada vez más extraño mérito de no poder ser identificado fácilmente con ninguna ideología en particular. Su entusiasmo por Obama en 2008 quedó bastante claro, para los latinos y para los gringos en general, pero Ramos también es muy duro con los regímenes de Fidel Castro en Cuba y Hugo Chávez en Venezuela. Cuando le pregunto por el diseño de su ideología pública, si ha sido espontánea o planificada, Ramos menciona Los de abajo, la novela de 1915 de Mariano Azuela. “Creo que esa perspectiva de los de abajo es la que siempre he estado buscando. Creo que la principal función social de nosotros los periodistas es evitar el abuso de los que tienen el poder, cuestionarlos y denunciarlos cuando sea posible”.

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Veinticinco años después de haber salido de México, lo primero que hace Ramos todas las mañanas después de levantarse es abrir la página web del diario Reforma. Después lee los otros diarios mexicanos y las noticias sobre México en el servicio de noticias de Univision. Sólo después, dice, empieza a interesarse por lo que ocurre o lo que ha ocurrido en el resto del mundo. Le pregunto entonces por su balance de los 10 años después de la victoria electoral de Vicente Fox, que se cumplen en julio. Comienza su respuesta con una aclaración, mostrando las palmas de las manos: “Por un lado, es extraordinario que México tenga una democracia. Yo creí que me iba a morir con el PRI, y no va a ser así. El año 2000 fue fundamental para México. Había que terminar con el PRI, que era un partido corrupto, criminal, basado en asesinatos y mentiras. Es mucho mejor lo que estamos viviendo ahora que los 71 años del PRI. Punto. No queda la menor duda”.

Después de tantos años en la televisión, Ramos ha aprendido a dividir sus razonamientos en bocados pequeños y sintácticamente sencillos, que pronuncia con claridad y sin apenas interrumpirse o corregirse: usa este método frente a las cámaras de Univision y también en sus conversaciones privadas, como la que tenemos en este momento y en la cual, cuando estoy a punto de hacerle otra pregunta, él retoma la iniciativa e inicia la segunda parte de su razonamiento: “Vicente Fox fue mucho mejor candidato que presidente. Recuerdo estar en el Paseo de la Reforma la noche que ganó, y a la gente que le gritaba: ‘No-nos-fa-lles’. Pero Fox falló. Fue un presidente que claramente no pudo completar las enormes expectativas que había sobre él”.

¿Y Calderón? “Después de Fox empezamos a vivir en México un periodo de enorme ingobernabilidad. A pesar de lo que diga Felipe Calderón, él no controla México. El gobierno no controla México. No puede ser que en una ciudad como Juárez haya habido el año pasado más muertos que en Irak o Afganistán. No puede ser”.

Le pregunto entonces cómo ve el combate contra el narco. Le pregunto si está de acuerdo con la gente que cree que, por más doloroso que sea, ha llegado la hora de reducir la intensidad del conflicto del Estado con las bandas de narcotraficantes, aunque sólo sea para reducir la violencia y la cantidad de muertos. Ramos medita su respuesta un segundo. Después dice: “Michelle Obama dijo esta semana [durante su visita a México de mediados de abril] algo muy exacto: ‘No los podemos dejar ganar’. Entiendo que no se les puede entregar el país a los narcos. Pero Calderón inició la lucha con una policía, un ejército y un Estado absolutamente incompetentes. La incompetencia y la ineficiencia del Estado mexicano es extraordinaria. Y los priistas no se pueden hacer a un lado ahora, porque los narcos han podido entrar al Estado gracias al viejo fenómeno de la corrupción, engendrado y alimentado en las siete décadas del pri. Creo que hay que luchar contra los narcos, pero no como lo está haciendo el presidente Calderón. México no estaba preparado para esto”.

Así y todo, Ramos es optimista sobre el futuro de México. No con la clase política actual. “Tenemos una clase política deleznable e incompetente”, dice, ni con el modelo de país dominante —le gustaría que México se pareciera un poco más a Costa Rica o Chile—, pero sí con el estado de alerta de la población: “Hay millones de mexicanos a punto de decir basta —pronostica—. México está muy cerca del cambio”.

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Una mañana perfecta de 2005, de ésas en las que el sur de la Florida parece el mejor lugar del mundo, Ramos iba en su carro al dentista cuando de pronto notó que, del otro lado de la autopista, una camioneta negra y enorme, a la que se le había ponchado un neumático, estaba fuera de control. Había cruzado el césped central de la carretera y se acercaba directamente hacia él. Ramos creyó que iba a morir: vio su mente partirse en dos, como en una pantalla dividida, de un lado sus recuerdos más importantes y, del otro, en cámara lenta, la imagen del conductor de la camioneta a medida que se acercaba. Ramos lo vio bien: todavía puede describir la camisa que llevaba el tipo, su cara de desesperación, los números de la placa del vehículo.

El golpe era inminente: iban los dos a 70 kilómetros por hora, avanzando en la misma dirección, a encontrarse y estrellarse, como dos bolas de boliche. Ramos se relajó y esperó el final, pero, en una pirueta geométrica que todavía no ha logrado comprender, la siguiente imagen que tiene en la mente es la del mismo chofer, pasando a su lado, apenas rozándolo, sin producirle el menor rasguño. Como si no hubiera ocurrido nada, siguió su camino hacia el dentista.

Ramos dice que, en los días siguientes, el casi-accidente empezó a afectarlo. Intentó convencerse de que era una tontería sentirse mal —se repetía a sí mismo que había estado en cinco guerras, que había vivido un montón de situaciones difíciles, que no podía dejar que un no-evento lo afectara de esa manera—, pero finalmente tuvo que aceptar que algo había cambiado. “Ésa fue la experiencia que acabó por romperme”, dice, mientras viajamos en su BMW desde el restaurante uruguayo hacia la sede central de Univision. “Toda la tensión que llevaba de años, todo el estrés de los cataclismos, de hacerme el fuerte, de no expresar mi opinión, de guardarme mis sentimientos… Al final, me rompí. Ese incidente me rompió”.

Cambió todo. Decidió divorciarse, escribió unas cartas a sus hijos, Paola y Nicolás, que en 2007 fueron publicadas en forma de libro, cambió su actitud sobre qué era importante. “Empecé a viajar más y a escoger qué quería hacer y qué no quería hacer. Ahora vivo muchísimo mejor, mucho más relajado. Me atrevo a hacer entrevistas como ésta, que antes no hubiera hecho, a llorar y a reírme con mis amigos, a expresar mis sentimientos. Me cambió, y creo me cambió para bien”.

A pesar de todo su éxito en Estados Unidos, la fama y el prestigio, la novia joven y hermosa, los millones de espectadores cada noche, no puedo evitar la sensación, mientras nos acercamos al final de nuestro recorrido, de que Ramos habría cambiado todo eso en un instante por tener el mismo éxito en México. Le pregunto por ello, y su respuesta es un poco amarga. Primero parafrasea una cita del ensayista francés Alexis de Tocqueville, que en el siglo XIX escribió el mejor libro que se ha escrito nunca sobre Estados Unidos. “Tocqueville tiene una frase fulminante. ‘Los ricos no emigran’, dice. ‘Los ricos y exitosos no emigran’”, cita Ramos y se queda en silencio por un segundo. “Por supuesto que me habría encantado quedarme en México y desde luego que me habría encantado la idea de hacer periodismo libre en México, y desde luego que me habría fascinado trabajar allí y que México fuera mi plataforma hacia el mundo”. Antes de bajarse del auto, resume todo con un encogimiento de hombros y un gesto resignado: “Pero no lo era”.