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Rebelde buen corazón

Publicado: 19 septiembre 2008 en Inga Llorenti
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La monja sacó la cabeza por una de las ventanas de la camioneta policial, me miró y levantó la mano derecha abriendo los dedos en forma de “V” con el índice y el anular. Le tomé la foto en ese instante de paz y amor fáctico justo antes de que una nueva camada de manifestantes fuese introducida en la misma camioneta.

“¡Lobsang!”, le gritaron otras monjas arrestadas desde adentro del coche policial, pero ella no hizo caso y con cara de preocupación siguió mirando lo que acontecía a pocos metros.

Había centenares de manifestantes tibetanas agolpadas frente a la fachada del Instituto Nacional de Ciencias en Katmandú, y de cara a ellas un grupo de policías dispuestos a resolver a palos cualquier indicio de insubordinación.

Entre las monjas budistas manifestantes se podía distinguir un grupo de monjas jóvenes que protegían a las más viejas formando una barrera humana. La policía comenzó a golpearlas, pero ellas se mantuvieron firmes susurrando entre sí frases en tibetano que los agentes no podían entender.

La muchedumbre curiosa se apostaba en los alrededores y cada vez que la policía arrestaba a una monja silbaba como si se tratara de un partido de fútbol sin árbitro.

Cundía el caos y los uniformados parecían crisparse más con la desesperación de las manifestantes que, asustadas por los golpes, se sujetaban unas a otras. En el forcejeo, las más jóvenes gritaban histéricas “paren de matar en el Tíbet”, mientras las ancianas vestidas con las tradicionales chupas aclamaban entre sollozos por la libertad del Tíbet y el regreso del exilio de “su santidad” el Dalai Lama.

Quinientas sesenta exiliadas tibetanas en Nepal, la mayoría monjas, fueron arrestadas esa mañana en la calle Launchour en el centro de Katmandú.

Seguí en taxi a la caravana de policías para ver a dónde llevaban a las manifestantes, miraba por la ventana tratando de orientarme pero era difícil mantener el rumbo en la anárquica Katmandú.

Una bofetada de colores chillones precedía el polvo y el esmog en la capital nepalesa. A las edificaciones derruidas le seguían templos hinduistas, estupas budistas y casas cubiertas con enormes carteles publicitarios, la mayoría con fotos de celebrities indias ofreciendo algún producto importado.

El río Bagmati, que parte a la ciudad en dos, despedía un vaho inmundo, creí que se trataba de algún muerto que habían incinerado recién, pero el chofer del taxi me dijo que no, que el río olía siempre así. En la calle, la marejada de motos, bicicletas y tuk-tuk (minibuses de tres ruedas) esquivaban a las vacas sagradas, pero no tenían ningún reparo con la gente.

Pedí al taxista que redujera la velocidad justo antes de que un torso pintado de blanco y amarillo canario se estrellara contra el parabrisas. Era un sadhu–baba (un asceta hinduista) que abstraído en sus pensamientos vagaba por el lugar sujetándose el taparrabos. El golpe no lo perturbó, se dobló en dos sin siquiera mirarnos y se fue.

Me hizo gracia, pero era común para Katmandú ver gente multicolor extraviada en estado de amnesia. El chofer ni parpadeó, sonaba el claxon con una saña absurda y hablaba en nepanglish. Cada frase terminaba en un “la la la”, una manera informal de decir que sí. Ese chofer me explicó que la tolerancia en Nepal era cultural y que por eso el budismo y el hinduismo convergían sin mayores dificultades.

—Lalalala —le dije también.

No podía cuestionarle el asunto de la convergencia religiosa, ahí estaban Vishnu y Shiva compartiendo techo con todas las encarnaciones de Buda (bodhisattavas), ahí estaba el Sadhu–Baba prácticamente en cueros en plena vía pública.

Pero si se trataba de los refugiados del Tíbet era otro tema. La policía reprimía a golpes a las abuelas tibetanas y a toda la comunidad monástica con tal de mantener contento al embajador chino.

Salimos del centro de Katmandú por la avenida Kalakinsthan detrás de la última camioneta policial. El espectro de urbe cambió a un paisaje de miseria rotunda. Las chabolas y la gente emergían en los márgenes de las avenidas simultáneamente. Predominaba el color sepia, el olor a incienso y la imagen repetida de los niños nepaleses. Niños corriendo hacia la avenida, descalzos, apenas vestidos, con los cabellos revueltos y un punto de algún color en la frente que indicaba a qué casta pertenecían, todos pidiendo limosna. Había que respirar profundo para continuar.

Llegamos a Maharajgunj, un campo abierto detrás del aeropuerto Tribhuvan.

La policía había destinado ese lugar para detener grupos numerosos de manifestantes desde las protestas de marzo que se habían extendido desde el Tíbet hasta Nepal. El lugar es hostil, desértico pero más que nada triste.

Pensé en Maharajgunj como el final de una marcha frustrada. Con todo, el ánimo de las monjas mejoró cuando recibieron mensajes en sus celulares enviados por otras monjas que habían esquivado el control policial y continuaban la marcha por Tamel, el mercado turístico de Katmandú.

Opté por quedarme sentada junto a ellas sin decir palabra. Centenares de mujeres se acomodaron bajo el sol inclemente del mediodía. Les tocaba esperar, pero no en silencio. A la inercia de las primeras horas, le siguió un murmullo y luego la plegaria ininterrumpida. Todas instintivamente comenzaron la puya. El rezo repetido de los mantras.

La religión sin Dios se transformó entonces en activismo espiritual.

Nunca había sentido tanta empatía como ese día en el campo de Maharaj-gunj, pero pensé escéptica que se trataba de un arrullo esotérico que tarde o temprano me devolvería al mundo real, pero el mantra de Chenrezig, la emanación femenina del Buda de la compasión hizo la paz, o por lo menos nos limpió del caos y la frustración del día.

Un zumbido humano de voces y chasquidos de dedos amasaba el aire en un eco redondo. Om mani padma hung… Ommmmm mani padma hung decía el perenne mantra y no paró más hasta que trajo la noche y por fin, la lástima de los carceleros.

—No tenemos porque temer, Buda también fue un rebelde —dijo una de las monjas al salir de Maharajgunj—. ¡Liberen al Tíbet!

Aquélla fue una jornada histórica, no sólo porque la policía nepalesa detuvo en un solo día a un número récord de manifestantes, sino también porque todas ellas eran mujeres. Pero no había sido una protesta aislada. Desde marzo pasado, los exiliados tibetanos en Nepal y otras partes del mundo se habían lanzado a las calles para protestar por la represión, en Lhasa, la capital del Tíbet, de las manifestaciones que conmemoraban la revuelta de 1959. No se sabe a ciencia cierta cuántas bajas hubo, pero se habla de decenas de muertos.

Después del triunfo de la Revolución comunista china, Mao Tse–Tung anunció la liberación del Tíbet “de los demonios imperialistas” —aunque en ese entonces sólo había seis ciudadanos del occidente en esa región—. En 1949 el Ejército Popular chino irrumpió en Lhasa con 80 mil soldados.

Cuando China invadió el Tíbet, 99 por ciento de la población practicaba el budismo y una tercera parte eran monjes o monjas. Todos los aspectos de la vida, desde la educación, la administración, la posesión de tierras y la producción, se encontraban bajo la influencia de los lamas y los monasterios.

En 1959 rompió una ola de resistencia abierta en Lhasa a la presencia china que terminó a sangre y fuego. Murieron miles de tibetanos rebeldes y el Dalai Lama y su corte se tuvieron que exiliar a la India.

Con la Revolución Cultural de los sesenta, el Gobierno chino inició la aniquilación de la cultura y la estructura social tibetana, la reducción administrativa de su territorio, de su comunidad monástica y la destrucción sistemática de seis mil monasterios.

En los hechos, el Tíbet es hoy “un Estado invadido” como sanciona el documento de la Comisión Internacional de Juristas de 1960. Una de las mayores afrentas a ese Estado, históricamente compuesto por las provincias chinas de Qinghai, Gansu y Sichuan además de la denominada Región Autónoma del Tíbet (rat), ha sido la silenciosa, pero efectiva, ocupación de la etnia china de los han, que ha llegado en masa junto con una ola de inversión impulsada por el Estado chino. La población han es próspera en el Tíbet frente a 85 por ciento de los tibetanos que subsisten con menos de un dólar al día.

El Dalai Lama ha declarado en varias ocasiones que no busca la independencia tibetana sino una real autonomía que dé el derecho al Tíbet de ocuparse de sus asuntos internos, pero China no cede en ningún tipo de negociación. Desde 1994, el Partido Comunista chino ha prohibido venerar al Dalai Lama e incluso portar una fotografía suya. En junio de 2007 en otro intento por acabar con el linaje lamaista se vetó el sistema de reencarnaciones en el Tíbet.

“Posiblemente sea el último”, ha dicho el Dalai Lama en varias ocasiones, sin embargo la presencia de las túnicas en las recientes protestas en el Tíbet, la India, Nepal y el sur de China constatan que la política tibetana a pesar de la férrea postura china para su exterminio sigue desarrollándose en sus espacios tradicionales: los monasterios.

Los lamas tibetanos continúan practicando el budismo y forjando una fuerte red monástica con la India y Nepal. Resulta paradójico que esa red se mantenga con donativos de las comunidades budistas chinas de Hong Kong, Taiwán, Malasia y Singapur, pero la globalización ha dado un chance al budismo tibetano para reinventarse no sólo hacia el mundo, si no en su propia comunidad. Sus monasterios diezmados por las políticas chinas han encontrado un aire rejuvenecido fuera del Tíbet con la nueva generación de monjas y monjes, hijos del exilio, que a pesar de su aspecto frágil representan una visión progresista del budismo tibetano.

El mismo Dalai Lama ha festejado el detape de las monjas tibetanas. Ellas son ahora la cara más amable del gigantesco entramado activista y político que desde el exilio ha desencadenado una depurada forma de protesta.

“Cárcel para esos monjes revoltosos”, ha exigido el embajador chino al Gobierno nepales en Katmandú. El tono desencajado no representa más que al dragón rojo enervado que desde hace más de cuarenta años ha invertido 13 mil millones de dólares en subsidios al Tíbet pero no puede superar la empatía internacional que provoca una monja tibetana arrestada pidiendo justicia para su pueblo.

Apunté en mi libreta de anotaciones:

China no cree en dios pero Buda no es Dios.
Shave Tibet now, humor negro de dos turistas australianas
Lama tibetano, clases privadas (sic)
Tours al Tibet cancelados i-n-d-e-f-i-n-i-d-a-m-e-e-en-t-e.

Al calor de la jornada en el campo de Maharajgunj las monjas del monasterio de Swayambhunath,
aceptaron mi visita en la noche. Mi objetivo más que antes era encontrar a Lobsang y tratar de entender el espacio en el que se desarrollaba el movimiento monástico del exilio.

Las monjas tibetanas fueron una aparición grácil y tímida en Katmandú, más noble que mística. Apretaba el play de mi cámara fotográfica y ahí estaba Lobsang, la añoranza del Tíbet en forma de monja, rapada, rebelde, vestida en túnica granate y azafrán.

Para llegar al monasterio de Swayambhunath hay que cruzar el centro oeste de Katmandú. Las calles en el casco viejo son pasadizos laberínticos revestidos con telarañas de cables eléctricos. Collares de flores adornan las puertas de los santuarios hinduistas y el olor a incienso, a cilantro, menta, pescado y a arroz recién cocido se percibe al paso. La gente lleva prisa, su afán por adelantar la marcha da la sensación de que estamos a distintas revoluciones.

Dice el código budista que siempre hay que caminar en dirección a las manijas del reloj, porque si no lo haces estás contradiciendo a Buda.

Llegué tarde al templo, casi de noche. Las luces resaltaban la majestuosidad de todo el complejo religioso, pero la estupa de Swayambhunath, en particular, era un espectáculo.

Construida encima de una colina tiene la forma de un hongo gigante pintado en cal. Abajo está Katmandú, hiperkinética. La vulva de la estupa está coronada por trece escalones que representan los niveles para alcanzar el nirvana. Sobre el blanco y el oro están pendientes los ojos de Buda pintados en los cuatro flancos. No podía apartar esa mirada.

Detrás de la magnificencia de Swa-yambhunath está el convento donde pasaré la noche. Subo directo al cuarto que me han asignado en el pasillo del primer piso, todas las puertas de ese pasillo, que son de los cuartos de las ani (monjas) tienen colgada la bandera del Tíbet. Encima en el tercer piso están las habitaciones de algunas monjas indias y en la terraza hay un palco que da al barrio donde vive gran parte de las 20 mil familias tibetanas exiliadas en Nepal.

La mayoría de las monjas no pasa de los treinta. Las más viejas ayudaron a construir el convento nuevo. Eran mujeres sufridas que cruzaron los Himalayas de niñas durante la invasión china. El éxodo tibetano ha sido lento en las últimas décadas pero nunca ha cesado.

Una de las monjas que había visto en el campo de Maharajgunj me recibió en el
pasillo, su rostro lleno de arrugas se fruncía más al verme. No pude definir si estaba triste o airada. Desordenaba los recuerdos y me hablaba sin parar en tibetano. Yo asentía pero no podía entender una palabra. La grabación develó después que escapó del Tíbet cuando tenía ocho años. Su familia la encargó a un lama para que la dejara en un convento cerca del Dalai en la India, pero el hombre se enfermó de tuberculosis y murió en Nepal. Dolma tiene los ojos hundidos y su cabeza es una esfera perfecta. Mira con desesperación, quiere contar su historia para que por lo menos se quede materializada en el aire. Dolma se frota las lágrimas hacia la frente como secándose la memoria. “Escribe, por favor, que la gente se está muriendo, de frío y de hambre. Hay mucha muerte en el Tíbet”.

Al Dalai Lama le quedan mucho menos cabellos que los de la foto que exhibe la pared de cada cuarto del convento, pero su presencia es imprescindible. Las literas son dobles y cada cama tiene una frazada extra, las habitaciones están un poco deterioradas pero todas cuentan con agua y una ducha.

Abajo, en el patio principal hay un kiosco para comprar pilas, papas fritas y Coca-Cola. La higiene está al límite de lo aceptable. Hay hormigas y posiblemente cucarachas, pero un plan de exterminio o fumigación es impensable. El cartel a la entrada lo señala claramente: “No matar/No mentir/No robar/No tener conductas inapropiadas/No fumar”.

Ari Tendol, la directora de Swayambhunath me da la bienvenida más tarde.

—Namasté —me dice (soy tu humilde servidora).

Ari, nació al norte de la India y vive en el monasterio desde la adolescencia. Es pequeñísima, pero de contextura fuerte y pies grandes; su voz tiene un dejo gutural, pero es cálida. Parece un ser de otro mundo.

Arrastra la túnica con dignidad mientras me lleva de la mano a su oficina. Me cuenta que le fue muy difícil aprender el tibetano, una lengua que viene del sánscrito y que fue inventada para interpretar el budismo.

Ari me ofrece té. El té tibetano está mezclado con sal y tsampa (mantequilla de yak) y por lo tanto es un gusto adquirido. Ari sonríe sin disimular después de mi primer sorbo. El humor budista puede ser cruel. Sonrío también.

Estoy a gusto en el convento, pero a penas puedo, pregunto por la monja Lobsang. Ari me dice que es una de sus bajas y que está descansando en su habitación, que mañana podíamos conversar con ella.

—Son dos muchachas malheridas que no pueden caminar. Los policías las golpearon sin piedad —reclama.

No pude disimular mi preocupación, pero Ari me reconforta y me advierte que las monjas han adoptado una actitud contestataria por propia voluntad.

—Es muy difícil comer cuando hay hambre en el Tíbet —reflexiona—. Es la ley del dharma.
Para el budismo tibetano la ley del dharma es la ley de la verdad. Es la capacidad de distinguir las motivaciones personales de las que están comprometidas con el bien de todos y obrar de acuerdo con ello.

Ari se interrumpe así misma.

—Pero yo prefiero la puya.

La puya es una forma materializada de poesía. Las monjas pasan horas repitiendo versos de amor para aplacar la ira de los enemigos y cuando recitan los mantras mueven las manos en una coreografía sincronizada que ofrenda formas que son flores o pájaros (mutras).

Ari hace gala de su paciencia e intenta explicarme las técnicas budistas para alcanzar la iluminación, pero es aguda en sus comentarios.

—Nosotros no creemos que todos los chinos son malvados o que quieren hacer daño al Tíbet. Oramos para ablandarles el corazón.

Hasta ese momento no había escuchado ninguna alusión directa a China. Todo era indirecto, un tipo elegante de agresividad que usaba calificativos como “testarudos”, “sordos”, nada que podría extrapolarse en un sentido estrictamente político. Al principio pensé que Ari me planteaba un conflicto personal. Recitar mantras en vez de protestar. Pero lo que ella trataba de explicar era que el activismo tibetano, en los monasterios o en las calles era una reacción natural, puro instinto de supervivencia.

Eran las diez de la noche y Ari me acompaña hasta la puerta del dormitorio, me despide hasta la mañana siguiente con una última frase, quizá la más importante de nuestra conversación:

—Defender la cultura tibetana significa preservar la filosofía budista, porque lo uno es consecuencia de lo otro y viceversa.

Nadie dormía, las monjas niñas de siete u ocho años de edad, revolotean de un piso a otro cargando sus libros de estudio. El resto de las monjas buscaban un espacio en el patio para doblarse como una silla desplegable y empezar a memorizar sus mantras. Murmuran hasta el amanecer.

A la mañana siguiente el gong comienza a sonar a las cuatro. Las monjas acarrean sus túnicas al vuelo camino al santuario. Al ingresar al re-
cinto se tienden al piso una y otra vez en acto de adoración. Recitan mantras usando tonos graves y agudos según la oración. Cada quince minutos tocan unas trompetas seguidas de conchas marinas y platillos que replican a la orden de un gong. La ceremonia de la puya matutina dura cuatro horas e incluye el desayuno de té rancio, Bak lep (pan tibetano) y una salsa picante para acompañarlos.

En el altar está otra vez Chenrezig, la Tara de la compasión, está también una foto del Dalai Lama a la derecha y a la izquierda la única foto exhibida del niño Gedhun Choekyi Nyima, la undécima reencarnación del Panchen Lama.

Gedhun Choekyi Nyima es el único mártir vivo de la causa tibetana. En 1995 fue presentado por el Dalai Lama como una reencarnación del Panchen Lama y por ende segundo en la jerarquía tibetana. Gedhum era apenas un crío, pero por determinación del Partido Comunista chino fue puesto en custodia desde 1996 y nadie lo ha vuelto a ver. Para colmo, los chinos decidieron elegir a otro Panchen Lama por bolillo y ningún monasterio lo ha reconocido como tal. Algunos tibetanos bromean al respecto y lo llaman el “Panchen fake”.

Ari me adelanta que Lobsang me está esperando, pero me pregunta el porqué de mi interés por esa monja en particular.

Le digo lo primero que se me viene a la cabeza. Karma. Se ríe y me dice: “A ustedes les gusta mucho esa palabra”.

En uno de sus discursos Buda dijo que si quieres saber el tipo de vida que has tenido en el pasado tienes que mirar cómo es tu vida ahora y si quieres saber qué clase de futuro tendrás tienes que preguntarte qué estás haciendo ahora. La ley del karma es la ley de la causalidad universal. Recibes lo que das.

Entramos en el cuarto. En la cama está una monja recostada y adolorida. Tiene la cara roja y el pie vendado desde la rodilla, moretones en el brazo y otras marcas en el cuerpo.

No es Lobsang. Hay un centenar de monjas en el convento y sólo una tiene ese nombre, pero no es la monja que estoy buscando.

Me siento en la orilla de la cama mientras Ari la reconforta. Está lastimada y no tiene muchas ganas de hablar. Me cuenta que durante la protesta frente a la Embajada china tres policías nepaleses la rodearon y la empezaron a golpear con una varilla.

—No pude protegerme. Me habían dicho que si no me retiraba me golpearían en las piernas, pero tropecé y caí y entonces los policías se abalanzaron sobre mí.

Antes de despedirme le pregunté si volverá a ir a las marchas.

—Claro que sí. No tengo miedo —me contesta.

A la salida de Swayambhunath me detengo para conversar con un grupo de monjas tibetanas que se dirigen al ayuno voluntario organizado por la comunidad exiliada en el ala oeste del templo.

Son adolescentes y me responden con candidez: “Estamos en ayuno por los quinientos tibetanos que están en las cárceles en el Tíbet y no tienen alimento ni abrigo”. “Libertad para nuestros monjes”. “Tenemos derecho a ser budistas”.

Ninguna de estas muchachas sabe de la existencia de la cárcel en la ciudad china de Shigatse utilizada específicamente para encarcelar disidentes tibetanos desde Nepal o la India. Prefiero quedarme callada, aunque tengo el temor de que la represión policial ejercida en Nepal contra los tibetanos disidentes se recrudecerá con el reciente ascenso de los maoístas al poder.

Las páginas centrales del Informe del Centro Tibetano por los Derechos Humanos y la Democracia informan: setecientas tibetanas están en la cárcel, la mayoría monjas /delito/ panfletería/ castigo/ esterilización forzosa y/o tortura física. Disidentes encarcelados/ 5 200. El promedio de penas para los religiosos, en la Región Autónoma del Tíbet, por guardar una foto del Dalai Lama y/o una bandera tibetana/seis años. Construcción de monasterios desde 1950 entiéndase postocupación china/cero.

En el camino a la carpa de los huelguistas, las monjas con las que había estado conversando me entregan un panfleto. Recibí tantos que estuve apunto de desecharlo, pero me intrigó que el titular tuviese que ver con una monja. Leo a continuación: La historia de Kelsang Namtso. La oficina de Derechos Humanos de Nepal informó a finales del año pasado que Kelsang tenía 17 años cuando se recibió como monja en una remota provincia tibetana, Nygntry. Su sueño era ingresar al convento de Dolma Ling en Dharamasala, la India, y además quería conocer al Dalai Lama. Con su amiga de infancia Dola Paltkyi ahorraron 1 400 dólares para cruzar la frontera hasta Nagpa, Nepal. La gente que lo había intentado le dijo que lo conseguirían en dos días, que debían llevar tsampa y agua, no mucha porque con el frío sentaba mal. El mismo día el montañista esloveno Pavle Kozjek estaba tomando fotos cerca de un campamento al Everest cuando escuchó los primeros disparos, luego fotografió la trágica muerte de Kelsang. La monja recibió un tiro en la espalda. Una hora más tarde los guardias chinos de la frontera volvieron para recoger su cadáver.

El fotógrafo, dijo después que los guardias fronterizos la habían cazado como a un perro.

En la carpa de huelguistas había más de doscientas personas reunidas orando en la puya o girando el mani dhung ko (la rueda de la oración). Era el trigésimo día del ayuno voluntario pidiendo paz para el Tíbet.

Llegué justo antes de que un grupo de monjes y monjas emprendiera el camino de vuelta a pie hacia la comunidad monástica de Kopan. Mientras intercambian números de teléfonos, direcciones y panfletos me presenté ante ellos con la foto de Lobsang.

Una de las monjas me dijo que la conocía, que Lobsang estudiaba en el convento Khachoe Ghakyil Ling de Kopan. Le pregunté si podía acompañar al grupo hasta el lugar. Me dijo que había que caminar una hora.

Tomamos un atajo empinado que nos condujo hasta un parque de diversiones budista. Dos budas de cinco metros de altura nos recibieron en la entrada. Pedimos deseos, prendimos velas, rodamos las gigantes ruedas de la oración y salimos rumbo a Kopan. Parecíamos una pandilla de amigos de toda la vida hasta que una de las monjas, la más tímida de todas se animó a decirme que Lobsang no estaba en el convento.

La monja me contó que el día anterior Lobsang había abandonado intempestivamente una clase de filosofía para dar encuentro a su madre que estaba camino a la sala de emergencias. La salud de la mujer se había quebrado luego de recibir noticias contradictorias sobre la situación de su familia en el Tíbet.

Presión alta, diagnosticó el doctor.

Postrada en cama, la madre le había rogado a la hija por su familia: “¡Tienes que hacer algo, tienes que hacer algo!”.

Pero Lobsang ya había hecho demasiado. En el último mes participó en cuatro manifestaciones en Katmandú.

La arrestaron todas las veces y, seguramente, estaba fichada. Eso significaba que su expediente podría perjudicar a su familia en el Tíbet y que podían acusar a sus abuelos de conspirar contra China.

Pero Lobsang había dicho a sus amigas más de una vez, que haría lo que tuviese que hacer.

El enclave budista asentado en el valle de Katmandú, Kopan, fue fundado por uno de los oradores más emblemáticos de la lucha por el Tíbet, el Lama Yeshe y aunque parece un remanso campestre, con cielo azul y terrazas naturales de césped y flores es uno de los centros de estudios budista tibetano más completos del mundo.

Los campesinos que viven alrededor del monasterio están encantados con la presencia de los lamas tibetanos. Cuando llegas desde la ciudad la gente te saluda con la sonrisa estampada en la cara. El monasterio representa para un tibetano en el exilio, el hogar que perdió, por eso se aferran a sus monjes, los protegen y son leales a ellos hasta las últimas consecuencias. En Kopan todos hablan bajito, para no hacer ruido “porque los lamas están orando”.

Tardé en llegar al convento que está cerca del monasterio de Kopan. Apenas ingresé en el edificio pedí que me indicaran dónde estaba la monja que había estado buscando hace tanto tiempo. En el camino por el patio, todas las monjas empezaron a apuntar hacia ella y a llamarla por su nombre una y otra vez.

Al verme desde lejos la monja levantó la túnica y la acomodó en el hombro derecho —un código budista que significa respeto y madurez mental—. Lobsang me observó entonces tratando de descifrar mi curiosidad hacia ella.

—Por qué me buscas —me dice.

Le muestro la foto.

Se relaja un poco, sonríe. “La protesta en la calle Launchour”, comenta.

Por fin la tengo frente a mí. Es etérea en el sentido estricto de la palabra. Sutil y vaporosa. Su rostro está lleno de pequeños lunares que la hacen ver más joven, tiene los ojos profundos, los dedos largos y lleva zapatillas deportivas del color de su túnica. Me pide ver la foto de nuevo y se ríe entrañablemente mientras iniciamos un paseo por el complejo.

Su voz es cálida, habla desde el corazón en un sentido físico. Tíbet es una palabra recurrente. Camina alrededor de esa palabra. Sus abuelos están en el Tíbet, y eso la mortifica. Su madre está enferma de preocupación por el Tíbet, y eso la abstrae. Su convento apoya a la causa del Tíbet, y eso la fortalece.

En tibetano Lobsang significa buen corazón.

Lobsang Tsering es una de las 95 monjas del convento Khachoe Ghakyil Ling de Kopan. Nació en Nepal hace 25 años y escapó de la muerte cuando tenía ocho. Una epidemia de escarlatina se llevó a muchos niños de su generación en Katmandú. Sus padres, ambos refugiados tibetanos, vendían algunas semillas y especias en la plaza Durban en el centro de la ciudad. Tuvieron cinco hijos. A la más inteligente, Lobsang, le preguntaron qué quería de la vida y ella les dijo que quería ir a la escuela. Como no podían costeársela la llevaron al convento.

Ante la mirada atónita de las monjas superiores Lobsang pasó parte de su infancia vestida en túnica y jugando a las cartas y al sho (dados tibetanos). Si había problemas ahí estaba ella.

Lobsang fue novicia hasta los 15. La primera vez que le cortaron el cabello tenía 12 años, pero se lo raparon completamente el día que se hizo monja a los 16. Raparse fue un voto de humildad y un adiós silencioso a su padre que murió cuando era adolescente.

En Kopan destacó primero por su memoria privilegiada. Si le pedían que memorizara un texto por día, ella memorizaba dos y hasta tres. Los lamas decidieron entonces que la niña prodigio estaba lista para iniciar sus estudios y su entrenamiento para el debate.

Hace diez años que estudia Filosofía y ya se ha graduado como monja superior, es una de las más jóvenes del convento con ese rango. Tiene a su cargo a diez alumnas, casi de la misma edad que ella y las instruye en la ley del dharma.

El papel de los maestros en el budismo tibetano es esencial. El papel escrito, dicen, es algo inerte, en cambio un maestro es un libro húmedo. Por eso los lamas son exquisitos a la hora de escoger nuevos maestros, ellos tienen la misión de convertir la enseñanza en un ser vivo, que cuestiona y crece en la experiencia.

La paranoia china con la comunidad monástica tiene que ver con ese ser vivo, el maestro —o en este caso la maestra— es la fuerza motriz del budismo. La causa de la persecución a los monjes y la destrucción de los monasterios en el Tíbet están detrás de esa premisa. Los monasterios abren las puertas al conocimiento, pero los chinos las cierran porque dicen que la religión es un veneno. Pero la palabra religión es, en este caso, un eufemismo. El budismo es una filosofía de vida.

Lobsang me cuenta que lleva más de un año estudiando uno de los fundamentos del budismo: el sentido de lo permanente y lo efímero:
—Vivimos en el samsara que es la ilusión de la realidad. Todo esto es una ilusión —me explica.
—¿Yo soy una ilusión? —le pregunto.

—La mayoría de las religiones creen en la eternidad del alma, pero para el budismo eso no está bien. Tú no eres la misma que eras hace un segundo, tienes conciencia y pensamientos, pero no eres permanente. No tienes alma, sólo conciencia, eres efímera.

Trago saliva, mientras ella se disculpa por no encontrar las palabras para describir lo que quiere decir.

—El budismo es un constante cuestionamiento y ejercicio de la mente, para que la mente pueda encontrarse, concluye.

Lobsang ha ganado torneos de debate por dos años consecutivos en la India. Me dice que quiere ser la primera monja que obtenga el gheshe que es una maestría en Filosofía budista. Gheshe es un título con el que el Dalai Lama honra sólo a unos cuantos monjes. El título es parte de una preparación intensiva y Lobsang deberá competir con las mejores candidatas del convento Dolma Ling de la India.

Cuando está apunto de ofrecerme un té tibetano, me salva la campana del convento.

—Prepárate, es hora del debate —me advierte.

A las cuatro de la tarde, las monjas de Kopan comienzan a debatir.

—Somos muy competitivas —me dice Lobsang.

El debate a simple vista parece una coreografía atlética. Una frente a la otra. Una de pie y la otra sentada. Una defiende la tesis y la otra se encargada de rebatirla a partir de preguntas asertivas e incluso irónicas.

Las discusiones son acaloradas, hay gritos y el lenguaje del cuerpo es invasivo. Cada vez, que la defensora articula una tesis valedera estira los brazos y aplaude una vez, si su oponente no puede rebatir la posición, la defensora golpea enérgicamente el reverso de la mano con el anverso de la otra.

La sesión dura 15 minutos por cada compañera y luego continúa con la siguiente. Los maestros lamas dan vueltas por el patio del convento escuchando los debates. Cuando el defensor se atrasa, el interlocutor golpea tres veces la palma de la mano exigiendo una respuesta rápida. Si el defensor se retrasa demasiado significa que los conocimientos de uno han prevalecido sobre los del otro.

—La mente tiene que estar despierta, tienes que ser veloz y precisa —dice Lobsang, que no intuye que detrás del ejercicio cotidiano del debate hay una descarga constante de adrenalina. Sus manos empuñan entonces un argumento que parece imbatible: el rechazo absoluto a la ignorancia.

Cuando veo a esa monja apacible pelear por sus ideas con ferocidad me es más fácil imaginarla en las protestas frente a la Embajada china. Me cuesta creer que no existe un poco de rencor en el corazón de los que han sufrido tanto.

Me pregunto si es inevitable el momento en el que el rencor corroe la causa y la rebeldía se convierte en odio. Me pregunto si a pesar de la paz cultivada por siglos por los monjes tibetanos, al final son lo que son: seres humanos.

El 10 de marzo después de un acalorado debate filosófico, trescientos monjes del monasterio de Deprung en la ciudad de Lhasa, en el Tíbet, iniciaron una marcha pacífica pidiendo la libertad de unos monjes apresados por festejar una condecoración al Dalai Lama en Washington. Esa marcha desencadenaría el levantamiento popular que costó la vida a por lo menos ochenta personas entre chinos y tibetanos, el arresto y persecución de miles de ciudadanos tibetanos y el cierre de las fronteras de ese país.

El punto más violento del levantamiento se produjo cuando algunos ciudadanos presenciaron la golpiza despiadada propinada por la policía civil china a un grupo de monjes. Furiosos, fueron esos mismos testigos los que busca-ron revancha con el primer símbolo del opresor que tenían a la mano: los inmigrantes han. La cultura pacífica que el mundo había admirado por siglos se desfiguró el 14 de marzo, cuando la agonía de los ciudadanos chinos quemados vivos en el centro de Lhasa fue difundida por la red.

Otra vez escucho el clap-clap de las palmas de las monjas del convento de Khachoe Ghakyil Ling de Kopan y recuerdo la historia que me contaron los viejos pobladores de Lhasa cuando recibieron el paso de los soldados chinos con sonoros aplausos y gritos después de la invasión de 1949: “Los chinos creían que era por admiración y respeto, pero no entendían que lo que decíamos y hacíamos en realidad era el ritual de la dogpa, la negación del mal. Aplaudíamos y maldecíamos una y otra vez para alejar a los tendra, los enemigos de nuestra fe”.

Lobsang también espanta sus miedos más íntimos cuando golpea las palmas de sus manos en el debate, pero al contrario de los viejos tibetanos, no veo en ella a un pueblo derrotado. La monja etérea que me hace una “V” con los dedos en la distancia para despedirse es más que nunca la añoranza por el Tíbet que está dejando de ser y que, sin embargo, es como nunca fue.