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El escapista

Publicado: 11 febrero 2015 en Isabella Portilla
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2000. 21 de noviembre. 4:30 p. m. Londres. Justo al frente del Ritz, en Berkeley Square, un sujeto alto, guapo, vestido con un traje negro de Valentino, mira cada 20 segundos el reloj Franck Muller, de 13.000 dólares, que lleva puesto en su muñeca izquierda.

Dos cuadras atrás el detective Andy Swindells, de Scotland Yard, estaciona su automóvil frente a un autoservicio. Después de comprar cigarrillos continúa lentamente su trayecto. Con un gesto usual, mira por el retrovisor y percibe a escasos 200 metros un rostro memorable: la presa que intentaba cazar seis meses atrás.

Es causa del azar, piensa.

Entonces Andy Swindells saca su arma. Le apunta a Juan Carlos Guzmán Betancourt. En seguida lo apresa. Le rodea las muñecas con unas esposas que hacen imposible el contacto con el reloj Franck Muller, de 13.000 dólares, robado de una caja fuerte de máxima seguridad de alguno de los nueve hoteles más suntuosos de Londres. De ellos, Guzmán extrajo un año atrás 75.000 dólares en joyas, 40.000 en efectivo y numerosas tarjetas de crédito.

Dos días después, en su oficina, Andy Swindells golpea con su puño el escritorio al tiempo que revisa un documento. Uno. Dos… Al quinto golpe lleva la mano derecha a su pelo enmarañado y con la izquierda suelta furioso las hojas. Aunque Swindells sabe que Guzmán es un estafador de marca mayor, campeón de una maratónica serie de robos hoteleros, las pruebas que reúne en su contra no son suficientes para encarcelarlo.

A las pocas horas, Guzmán es puesto en libertad bajo fianza.

1993. Viernes, 4 de junio. 2:15 de la madrugada. Aeropuerto internacional de Miami. Carlos Bohórquez, un empleado de la aerolínea Arca, abre el tren de aterrizaje de un avión DC-8, proveniente de Colombia. De pronto, como un bulto congelado, exánime, un niño cae.

Bohórquez sacude el cuerpo que parece inerte. Le toma el pulso, le da respiración boca a boca. El niño está entumecido, hipotérmico. Las autoridades de inmigración lo trasladan al Hospital Panamericano. El niño es dado de alta a las 6:00 de la mañana del sábado.

La noticia empieza a propagarse. Una cadena local entrevista a Guillermo Rosales, el niño. Dice que tiene 14 años. Estudiaba en Cali, en el colegio Icet y cursaba segundo año de secundaria. Dice que sus padres murieron seis meses atrás, y que por eso se retiró del colegio y se fue a vivir a la calle. Dice que no tenía qué comer, ni dónde dormir: su casa era alquilada. Dice que no tenía hermanos, ni tíos, ni abuelos. Dice que está solo en el mundo.

Le dice al periodista, mientras pierde la mirada en el aire, que no le quedó más opción que la calle, pero no robó ni se envició. Ni consiguió compañía. Ni amigos. Ni un perro: no tenía dinero para darle de comer.

En Cali conoció a varios vendedores ambulantes, cargueros y maleteros de la terminal. Ellos le dieron pequeños trabajos. Con ese dinero comía; a veces, buscaba desperdicios en la basura. Dice que una señora de un restaurante, Nelly, le regaló un radio que lo acompañó durante las tres horas que duró el vuelo de Bogotá a Miami, mientras viajaba entre las ruedas y amortiguadores del aeroplano y se congelaba.

Dice que tomó esa decisión porque estaba harto de la pobreza; entonces pensó en una tía que vivía en Miami. Ella seguramente lo ayudaría.

Dice que pudo elegir un avión de pasajeros para viajar, pero descartó esa idea porque la gente después de verlo hubiera gritado: ¡en el avión se coló un muchacho!

Dice que no tuvo tiempo de pensarlo. Cuando vio los claveles y las rosas que traía el avión y las escasas personas que viajaban en él, se subió. No sabía dónde aterrizaría. Dice que si el avión no hubiera aterrizado en Miami, habría trabajado hasta llegar allá para encontrar a su tía.

Pero ahora está en Miami. Dice que es suerte.

1993. Lunes, 7 de junio. 8:00 a. m. Consulado de Colombia en Miami. “Hacemos un llamado a la comunidad latina en Estados Unidos para que, por medio de su generosidad y abogando por la solidaridad de los pueblos, le puedan brindar alojamiento al menor Guillermo Rosales, mientras se define su situación”, dice ante los micrófonos de los medios miamenses Andrés Talero, el cónsul colombiano. Radio Klaridad, la emisora con más audiencia de latinos en el sureste de Florida, hace eco del mensaje. Inmediatamente aparecen tres familias interesadas en ayudar al niño: Ruth Withney y su esposo, residentes en Washington DC; Mike y Lady Muñoz, de West Palm Beach; y los Lozano, de Miami.

Los Lozano: Jairo y William: colombianos, policías, reconocidos en la colonia latina en Estados Unidos por sus obras sociales, son los elegidos.

Guillermo se traslada a su nueva casa. Los Lozano se encariñan fácilmente con él. El niño llama “papá” a Jairo, y a Bertha, su esposa, le dice “mamá”. Guillermo recibe el mismo trato que los otros tres hijos del matrimonio: tiene cuarto propio, comida, ropa nueva, cariño, protección… Pero se diferencia de ellos por una sola razón: es famoso.

Un halo de heroísmo parece envolverlo. Un sábado va a comer a un McDonald’s de Coral Way con su nueva familia. Gloria Bejarano, caleña, 14 años, se abalanza sobre él. Lo abraza, lo besa muy cerca de la boca. Él se sonroja. Sus nuevos hermanos celebran. Después, como si se tratara de un acto protocolario, varios hombres se acercan a darle la mano, a pegarle palmaditas en la espalda. Están felices de conocerlo, de tenerlo al lado, como si se tratara de Ulises después de volver de Troya.

Los medios hispanos y anglófonos amplían la historia del pequeño. Reportan su día a día. Su primera hamburguesa, su primer corte de pelo, su primer paseo, etc. Pero no olvidan su historia de polizón.

Expertos en aeronáutica explican ante las cámaras y en los periódicos las incongruencias del testimonio de Guillermo. A 10.000 metros de altura, a 20 grados bajo cero y sin presurización parece imposible que un humano sobreviva siquiera media hora, dicen los técnicos. Los ingenieros de vuelo creen que si el niño hubiera estado en el tren de aterrizaje habría muerto por alguna de estas tres razones: asfixia, frío o trituramiento.

Sin embargo, Armando Socarrás, un cubano que viajó en 1969 de Cuba a Madrid en un tren de aterrizaje, igual que Guillermo, cree en la versión del muchacho. Y lo apoya. También lo hace David Iverson, abogado, 27 años, estadounidense, casado con una colombiana, quien se ofrece a representarlo sin ningún costo por solicitud de una asociación de compatriotas de su esposa.

Los latinos se sienten identificados con su historia. Lo convierten en héroe. Parece ser el símbolo de superación, la estrella que los ilumina a seguir trabajando por su sueño americano.

Todo está a su favor. Pero, de repente, una mujer llama a una emisora colombiana. Se presenta como la tía del polizón. Dice que el muchacho no tiene 13 años, sino 17; que sus papás están vivos y que no se llama Guillermo, sino Juan Carlos.

1993. Lunes, 14 de junio, Colombia. El Departamento Administrativo de Seguridad descubre la verdadera identidad del polizón: Juan Carlos Guzmán Betancourt, 17 años, nacido en Roldadillo, Valle del Cauca. No es huérfano. Es hijo de Yolanda Betancourt, empleada doméstica, y Óscar Guzmán Tobar, agricultor, a quien nunca conoció. De su casa huyó, no porque estuviera solo en el mundo; huyó de las golpizas propinadas por Harold Velasco, su padrastro.

A raíz del escándalo, crece su fama. La historia de Juan Carlos resulta más conmovedora que la de Guillermo. Los estadounidenses quieren ayudarlo. Una mujer texana, adinerada, 80 años, le ofrece una gran suma de dinero.

Dos familias sin hijos, una de Nueva York y otra de Illinois, quieren adoptarlo.

Pero Juan Carlos Guzmán no puede permanecer en el país norteamericano. Walter Cadman, el director del Servicio de Inmigración, decide suspender el permiso de estadía del joven.

Guzmán es trasladado al sur del condado de Dade, a la casa de una pariente lejana, Luzmila Marín. Su permanencia allí es sólo una cuestión de procedimiento. Pero Juan Carlos se siente aprisionado. Huye. Un policía de Miami lo atrapa cuando lo ve merodear por la casa de los Lozano. Lo llevan a dos estaciones de Policía. Finalmente, a una cárcel. Es la primera vez que está en un lugar como ese. De allí lo trasladan al aeropuerto.

Camina pausado, cabizbajo, sus grandes ojos marrones parecen agigantados cuando ve que un grupo de periodistas se lanzan a interrogarlo con micrófono en mano. Juan Carlos no responde ninguna pregunta. Se echa a llorar.

De regreso a Colombia viaja con Arca. En uno de los aviones de esta compañía aérea se camufló como un tornillo hasta Miami. Ahora está muy lejos del tren de aterrizaje. Viaja en compañía de un funcionario de inmigración que sólo le quita las esposas cuando sobrevuelan Jamaica.

En el aeropuerto internacional El Dorado de Bogotá hay al menos una docena de periodistas a la espera del muchacho. A esa misma hora llega Faustino Asprilla, jugador de fútbol. A su arribo, “El Tino” agrede físicamente a un reportero. Entonces el manojo de periodistas presentes se divide en dos. Los que están pendientes de la llegada de Guzmán ven llegar al joven envuelto en un traje de paño nuevo; tiene clavados los audífonos de un walkman en las orejas y está estrenando reloj.

Reconoce que no es huérfano de madre. Dice que aunque sabe dónde vive, no la va a buscar. Dice que ella lo echó de la casa hace tres años. No soportaba a su padrastro ni la pobreza que tuvo que vivir. Dice que mintió, sí. Que falseó su nombre y su edad. Pero dice que lo hizo para que no lo deportaran el mismo día que llegó a Miami. Dice que el cónsul colombiano lo trató de narcotraficante, drogadicto y homosexual, pero que todos —menos él— le brindaron el apoyo que buscaba.

Sin mirarlos a los ojos, el joven les dice a sus interrogadores que se siente triste y aburrido. Dice que no le queda otro camino que volver a su antigua vida: la de callejero, la de gamín. Dice que en Colombia no tiene ninguna oportunidad de progresar. Dice que quiere volver a Estados Unidos, esta vez por lo legal: allá tiene dos casas para vivir, 5.000 dólares, un yate. Y futuro.

1993. Sábado, 26 de junio. 6:45 a. m. Isugú, una vereda de Roldanillo, Valle del Cauca, Colombia. Yolanda Betancourt sirve café en dos pocillos viejos, escarapelados. Le da uno a Aurelia Carmona, su mamá. Las señoras, sentadas en la entrada de la casa de adobe, hablan del clima, de la crecida del río Cauca, del bochorno de la mañana.

A la conversación se une María del Pilar, hija de Aurelia y hermana de Yolanda. Al parecer, la tía de Juan Carlos es la única que tiene presente la fecha de su cumpleaños o, por lo menos, es la única que se atreve a hablar del tema.

¿Dónde estará Juan?”, pregunta la muchacha mientras moja un pedazo de pan en el café. Yolanda y Aurelia se miran espantadas, como si acabaran de oír un terrible pecado.

Pero en seguida las tres echan de menos al hijo menor de Yolanda. Entre llanto y risas recuerdan la primera vez que Juan Carlos se escapó de la casa. Era 12 de septiembre de 1986. El niño tenía diez años. Iba todos los días a un circo venezolano estacionado en Roldanillo. Se hizo amigo de los payasos, y el día que el circo se fue Juan Carlos partió con ellos.

Pasaron 168 días hasta que Yolanda lo volvió a ver. Estaba angustiada, sumida en el terror de la desaparición de su hijo. Una mujer del circo la llamó desde Cúcuta, le avisó que el niño estaba bien, con vida, pero tenía problemas con sus documentos. Esa fue la primera vez que lo deportaron: estaba en Caracas.

Su mamá no lo juzga. Mientras juega con el pocillo vacío en sus manos, dice que el muchacho estaba huyendo de la pobreza. Culpa a la miseria, a su destino, al abandono de su esposo, a la vida.

Yolanda nunca fue al colegio. Aurelia le enseñó a cocinar, a lavar, a planchar. Eso es lo único que sabe hacer. Hace tiempo conoció a un hombre; tuvo tres hijos: Alexander, Edwin y Juan Carlos. Cuando quedó embarazada de Juan, a los 23 años, faltando un mes para que el niño naciera, el hombre la abandonó.

Vivió con los niños y su mamá. Construyeron un cambuche, en Guayabal, un caserío a orillas del río Cauca. Ella y Aurelia trabajaban todo el día como empleadas del servicio. De eso vivían. Los niños crecieron solos. Sin afecto, ni protección. Entre el barro y la escasez.

Pasaron seis años. Yolanda viajó a Cali. Buscó trabajo como empleada doméstica. No la recibieron en ninguna casa con sus hijos. Alquiló un cuarto en Puerta del Sol, en el Distrito de Aguablanca, uno de los lugares más poblados, violentos y marginales de Cali, donde la pavimentación de vías y la construcción de vivienda no son realizadas por el Estado, sino por los desplazados.

Los niños estudiaban. Ella, Yolanda, trabajaba doce horas diarias. Seis días a la semana. El domingo descansaba. No tenía tiempo de darles un abrazo ni un beso a sus hijos. Los trataba con dureza, con sequedad.

Poco después conoció a Harold Velasco. Vivieron todos juntos. La situación empeoró para los niños: no toleraban a Harold. Él nunca los quiso.

Juan Carlos se cansó de los maltratos y los regaños de su mamá y luego de los de su padrastro. Se fue de la casa después de una fuerte discusión con Yolanda. Esa fue la última vez que la mujer lo vio.

Después de tres meses, un día, cuando Yolanda entró a comprar una panela a una tienda, lo reconoció. Juan Carlos apareció en un programa de televisión.

1993. Sábado, 11 de diciembre. Nueva York. Juan Carlos Guzmán se baja de un avión de American Airlines. No lleva tiquete; tampoco pasaporte. Pasa por inmigración. Le piden sus documentos. “Una prima tiene mi pasaporte, pero se adelantó”, responde con encanto. Lo dejan seguir. Antes de pasar por la aduana se sube a los conductos del aire acondicionado. Guzmán duerme esa noche en el aeropuerto John F. Kennedy. Al día siguiente se oye caer una rendija y en seguida el hombre cae de pie. Nadie lo ve.

Es invierno en Nueva York. Guzmán camina por las calles del Bronx; tiene puesto sólo una camiseta y unos jeans. Se encuentra con un sacerdote; este lo lleva a un hogar de caridad. Le dan comida, abrigo, techo. El joven les pide dinero para comprarse un boleto de tren.

El 29 de diciembre Juan Carlos Guzmán viaja en Silver Meteor disfrazado de monje para evitar ser sorprendido por las autoridades fronterizas. Llega a Miami, llama a los Lozano, vuelve a hospedarse en casa de los policías. Contacta a Iverson, su antiguo abogado, y acuerdan ofrecer una rueda de prensa en el restaurante Monserrate.

Iverson descarta hallar en la adopción una salvación para el muchacho; para este procedimiento el trámite tendría que haberse hecho antes de su cumpleaños número 16. En cambio, el abogado cree en la posibilidad de conseguir una visa humanitaria, pues hasta el 26 de junio, día en que Juan Carlos cumple 18 años, es todavía menor de edad.

Apenas empieza la pelea legal por la estadía de Guzmán en Estados Unidos. No importa que sea un mentiroso. El inmigrante ilegal, colombiano, menor de edad, es apoyado espiritual y económicamente por una gran cantidad de personas, como Arturo López, el dueño del restaurante Monserrate, quien se pronuncia frente a la prensa: “Creo en él. Ojalá todos pudiéramos ayudarlo para que deje de ser un gamín, estudie medicina —como quiere— y sea alguien en la vida”.

1994. Miércoles, 20 de abril. 9:00 a. m. Aeropuerto de Fort Lauderdale, Condado de Broward, Florida. Juan Carlos Guzmán se dirige a los mostradores de la aerolínea Continental. Solicita un tiquete de ida y regreso a Nueva York. Saca una tarjeta de crédito de una billetera de aspecto infantil, la pasa por el datáfono. Clave errada. Otro intento. Vuelve a fallar.

Decide cambiar de aerolínea, se dirige ahora a los mostrdores de Delta, pide sólo el boleto de ida. Un policía husmea la conversación que Guzmán mantiene con la vendedora. Las tarjetas de crédito que ahora tiene en sus manos han sido reportadas como robadas tan sólo unas cuantas horas atrás en Miami Beach. Juan Carlos Guzmán es apresado, lo trasladan al centro de detención de Krome e inician su proceso de deportación.

Hace una semana, Iverson, su abogado, lo salvó cuando lo sorprendieron robando en una habitación del Fontainebleau Hilton, en Miami. El hotel decidió no presentar cargos, y quedó libre.

Ahora los medios registran el arresto. No tiene aliados y empiezan a crecer sus detractores. En las notas de prensa se repite constantemente su país de origen. La colonia está furiosa porque Juan Carlos vigoriza la fama de tramposos y mentirosos de los latinoamericanos. Rolando Pérez, un colombiano que vive en Miami, se ofrece a recoger firmas para que envíen a Guzmán a la cárcel, sin contemplaciones.

2004. Lunes, 20 de diciembre. 7:40 p. m. Londres. Andy Swindells está fuera de servicio. Ríe, habla, fuma y tararea canciones sentado en un bar de West End, rodeado de seis amigos. Media hora más tarde recibe una llamada telefónica de la comisaría de Marylebone; le piden que se haga cargo de un arresto. Swindells está cerca del lugar. Se despide de sus compañeros de noche y camina hacia la oficina.

Hace frío. Llovizna. Es una de las noches más oscuras del año en Londres. Andy Swindells luce pálido, desgastado; no le han sentado bien los tragos. Se sumerge entre la apabullante muchedumbre que camina por Oxford Street. A lo lejos aparece poco a poco una cara familiar, una frente memorizada, anteriormente examinada, un lunar azulado y plano entre ceja y ceja, único en el mundo. Los ojos del detective miran con zoom de amplio alcance. Los oídos se agudizan. Swindells oye, entre los murmullos de los cientos de transeúntes, una sola voz que habla español, con acento colombiano. Lo sabe. Es él, el culpable de su insomnio, a quien capturó y pese a su voluntad tuvo que dejar en libertad cuatro años atrás.

Después de aquella vez, con una tarjeta de crédito robada, Guzmán viajó rumbo a Francia. Se hospedó en un lujoso hotel parisino. Pidió champaña, caviar de beluga y durmió durante dos días. A la tercera noche bajó al bar. Iba vestido con un traje Armani azul marino, sus zapatos lucían impecablemente brillantes. Tomó whisky durante toda la noche; por lo menos eso hizo creer. Entrada la madrugada, le pidió a un empleado que lo llevara a su habitación. Al tocarse los bolsillos, dijo haber perdido la llave, así que mandó a buscar una copia a la recepción. El empleado abrió la puerta contra la que reposaba el cuerpo aparentemente ebrio. Lo dejó postrado en una cama y se fue. A los quince minutos, Guzmán salió de ese cuarto con tres maletas llenas de ropa, joyas y dinero. Esa misma noche pensaba partir de allí, de no haber sido por calcular mal la hora de llegada de Robert Miran, el huésped del hotel que lo sorprendió en el ascensor cuando intentaba huir con sus pertenencias.

Guzmán fue arrestado por la Policía de París. Ese intento de robo lo llevó a la cárcel, pero después de once meses fue dejado de nuevo en libertad. Entonces robaría en otra veintena de hoteles alrededor del mundo usando más de diez alias y dos pasaportes falsos: uno ruso y otro español.

Ahora Swindells actúa sigiloso. Ve a través de las farolas que iluminan la calle. Guzmán, de chaqueta negra, Armani, de cuero, está acompañado. Un hombre más bajo que él casi grita al hablarle. De repente, los dos entran a una tienda de Sainsbury’s; mientras tanto el detective llama refuerzos y en tres minutos la Policía acordona la calle.

No tiene que pasar mucho tiempo para que Guzmán y su acompañante salgan con las manos en la cabeza.

Swindells no puede creer que haya capturado de nuevo al tipo que ha venido buscando durante tanto tiempo. Esta vez el detective tiene un notable gesto de satisfacción. “I see you again, I see you again”, repite mientras se escucha la sirena de una patrulla en el centro de Londres.

2004. Miércoles, 22 de diciembre. 10:00 a. m. Londres. Andy Swindells revisa un cuarto de hotel en Lisson Grove; el cuarto que había ocupado hasta hace un par de días uno de los más expertos ladrones del mundo.

La cama está tendida. Hay dos mesas de luz a lado y lado. En el costado izquierdo reposa un armario de madera de seis cajones. Cualquiera diría que Guzmán visitó un casino y se sacó el premio mayor; en el interior del mueble hay cientos y cientos de monedas. Más abajo, en otros cajones, hay recibos, tiquetes de compras de distintos almacenes. Bolsas. Facturas. Chequeras. Una etiqueta de equipaje de San Petersburgo. Un pasaje de avión a Estambul y un tiquete de compra de un reloj Jaeger-LeCoultre por 20.700 libras.

En el fondo de uno de los cajones, entre un par de toallas, Swindells encuentra un tesoro: dos pasaportes: uno ruso y otro español. Ambos, sesudamente falsificados, tienen la foto de Guzmán. El español pertenece a David Iglesias Vieito; Guzmán lo robó un año atrás, en uno de sus tantos logros en un hotel de las islas Canarias.

La habitación grande y clara está alquilada a nombre de un amigo del ladrón, un francés que conoció dos semanas atrás. Swindells le cuenta lo sucedido; el francés no sale de su asombro: “pensé que era un hombre de negocios; siempre lo he llamado ‘David de España’”.

Una hora más tarde Swindells es trasladado a una pequeña cárcel. Allí, en una cama, con la mirada suspendida en el techo, reposa Guzmán. Los dos hombres se ven cara a cara. El detective no puede dejar de examinar el lunar azulado que el ladrón tiene justo arriba de la nariz. Swindells le pregunta por cada uno de sus robos: cuatro en Londres en 2001 y cuatro en 2004, que incluían el del Mandarín Oriental (de donde Guzmán sustrajo 40.000 libras en joyas y efectivo) y el de Dorchester (en donde robó cerca de 36.000 libras). Al escuchar al detective, Guzmán asiente con la cabeza, simula una leve y taimada sonrisa. Le gusta lo que oye. Al final de la intervención confiesa su responsabilidad en cada uno de esos robos y le cuenta a Swindells, paso a paso, con cinismo y gusto, orgulloso de sí mismo, la forma en que los ejecutó.

Después de unos cuantos pero largos segundos de silencio, Swindells le pregunta por qué siendo un hombre tan brillante se ha dedicado a robar. Guzmán, con los ojos perdidos en algún lugar del recinto oscuro, le responde: “usted no lo entendería”.

2005. Lunes, 6 de junio. Prisión de Standforfd Hill, Kent, Inglaterra. Juan Carlos Guzmán se despierta a las seis de la mañana. Se baña y toma su desayuno junto a los otros reclusos. Luego se dispone a asistir a una clase, como ha venido ocurriendo en los últimos 71 días de su vida, desde que un juez inglés le dictó una sentencia de tres años y medio por los delitos cometidos en los hoteles más lujosos de Londres.

Standford Hill es una cárcel clavada en la isla de Sheppey, de categoría D, lo que la hace una prisión abierta; en ella están recluidos los presos que cumplen condenas menores a cinco años, de baja peligrosidad y de poca probabilidad de fuga.

Son las tres de la tarde. Es un día soleado en Sheppey. Guzmán manda a llamar a uno de los guardias hasta su reja. Se queja de dolor de muela. Le dice que necesita ir al dentista. El dolor parece insoportable. Los guardias le abren las puertas de la prisión y lo dejan salir solo, como se permite en una cárcel abierta.

Tiene quince alias, dos pasaportes falsos, ha robado en más de cuarenta hoteles del mundo. ¿Tenían que instalarlo en una cárcel de categoría D?”, se preguntaba retóricamente, una y otra vez, el detective Swindells, después de conocer el dictamen de Michael Peart, el juez que atendió el caso. Ahora Swindells sabe que algo saldrá mal; las noticias no tardarán en llegar al departamento de investigaciones de Scotland Yard.

Apenas da un paso afuera del inmenso presidio, Guzmán oculta sus ojos detrás de unas gafas Cartier. Va al dentista, pero jamás vuelve a la cárcel de Standford Hill. Huye por el único camino posible: un puente en la parte continental de Kent. Logra salir de Inglaterra solo, sin dinero, sin tarjetas de crédito, sin amparo. Sólo Dios sabe cómo logra instalarse en Dublín.

2005. Jueves, 16 de junio. 2:30 p. m. Irlanda. La catedral de San Patricio luce empapada. Llueve en el centro de Dublín. Juan Carlos Guzmán, guarnecido bajo un paraguas negro, camina despacio por una calle peatonal. Entra al hotel Merrion. El conserje lo saluda, le abre la puerta y recibe su paraguas; cada acto se reviste de una esmerada atención cortesana.

Guzmán dirige la vista hacia la chimenea situada al frente del recibidor; se acomoda en una fina silla de cedro, del color de la natilla; todo allí tiene una envoltura ceremonial: el espejo ancho acomodado encima de la chimenea, las tenues lucecillas que sobresalen a lado y lado del mármol, las flores largas y de colores opacos y las lámparas vestidas con cristal de roca del siglo XVII que cuelgan del techo, repletas de pequeñas velas.

La noche anterior estuvo en el bar. Bebió un poco de cerveza mientras estudiaba a su víctima. Cuando el sujeto partió en compañía de una mujer, Guzmán recogió una copia del recibo en donde aparecía su nombre y su número de habitación.

Ahora, en la sala del lujoso Merrion, Guzmán pide té. Mira con reserva las estampillas irlandesas de una de las paredes. Se deleita con el calor del fuego y cruza una o dos líneas con algún huésped. Minutos más tarde se dirige al lobby. Saluda amablemente a los empleados. Habla del clima en un perfecto inglés. Cambia unas cuantas divisas. Dilata su charla unos minutos más, ríe, bromea. Se asegura de que los empleados reconozcan su cara después.

Al día siguiente Juan Carlos Guzmán, quien lleva puesta una camiseta con un mensaje que dice: “Ahorra agua, bebe cerveza”, hace una llamada desde el vestíbulo del hotel.

Minutos más tarde sube hasta el último piso. Desde allí, a las 9:30 de la mañana, todos los días, las aseadoras llevan sábanas y cobijas limpias a los cuartos. Aborda a una de ellas. “Extravié mi llave”, le dice. Necesita que lo ayude a abrir su habitación. La aseadora le responde que no puede. Pero él, de antemano, conoce su respuesta. Sigue hablándole. Dice que no sabe dónde pudo perderla. Poco a poco se muestra encantador. Le hace preguntas, después le suelta un halago. Ríen. Congenian. Guzmán quiere conocer detalles sobre sus víctimas. La aseadora cae en la trampa; de repente, ésta dispara: “No hay de qué preocuparse, señor. Seguramente todo estará solucionado para cuando yo recoja a sus hijos y los lleve a la guardería”.

Guzmán se dirige nuevamente al lobby. Kirk, el recepcionista, lo reconoce, lo saluda agradablemente. Guzmán le pide una nueva llave para su habitación. “Perdí estúpidamente mis llaves”, le explica. Antes de intercambiar cualquier tipo de información, el astuto hombre le dice que quiere confirmar el servicio de guardería para esa noche. No da lugar a dudas. Ni a sospechas. Al fin y al cabo: el cliente tiene siempre la razón.

Ahora, llave en mano, se dirige al cuarto, a la suite de sus víctimas. Sabe que el matrimonio de Beverly Hills llegó a Dublín en un viaje de placer, así que tardarán en volver al hotel. Ya instalado en el cuarto, calculando cada detalle, llama al operador del Merrion. “Mis hijos estuvieron jugando con las claves de las cajas fuertes y me es imposible abrirlas”, le dice a un empleado con su magnífico y creíble acento gringo. Minutos después un conserje lo saca del apuro: abre las cajas.

Guzmán baja, como si nada. Se despide con la gentileza que lo ha caracterizado durante su estadía. En la entrada del Merrion un chofer de Bentley lo espera en un lujoso automóvil. Guzmán sale del hotel. Lleva consigo casi 4.000 dólares, un anillo de rubí, una tarjeta de crédito empresarial American Express y los pasaportes de la pareja.

Mas tarde, después de dejar sus nuevas pertenencias en el cuarto de un hostal, entra a Weir & Sons, la joyería más grande de Dublín. Con la American Express compra un reloj rolex Daytona de oro blanco y dos mil dólares más en joyas. Luego va rumbo a Brown Thomas, la tienda de moda más lujosa de Irlanda; se mide alrededor de diez trajes de diseñador y gasta otros 700 dólares más.

En la noche, cuando la pareja de estadounidenses llega al hotel se percatan de la calamidad. Un huracán llamado Juan Carlos Guzmán se ha llevado todo.

2005. Viernes, 17 de Junio. Irlanda. Hace nueve horas Juan Carlos Guzmán protagonizó uno de sus mejores robos. Ahora decide cambiar de hotel. Esta vez se hospeda en un hostal modesto. Después de descansar durante medio día echado en una cama, sale a caminar por las calles de Dublín; se dirige a Hmv, la famosa megatienda musical. Compra cerca de mil dólares en música y paga con la ya maltratada y muy dadivosa American Express.

Por descuido no se percata de un pequeño detalle: la pareja de estadounidenses ya denunció el robo de la tarjeta.

Después de pagar, el dueño del almacén le ordena que lo acompañe a su oficina. Allí, quince minutos más tarde, Bryan McGlinn, detective de la Policía irlandesa, le presenta una orden de detención. Guzmán se defiende, esta vez en un spanglish desconcertante. Les dice —al dueño de la tienda y al detective— que acaba de encontrarse la tarjeta en la calle camino a la tienda, por eso había decidido entrar y comprar algo de música. En seguida presenta sus documentos: un pasaporte español a nombre de Alejandro Cuenca, 25 años, procedente de Cádiz, España. Dice ser huérfano de una familia gitana al sur del país ibérico. Al juzgar por su dialecto y sus facciones, los dos hombres terminan convencidos de su identidad. No les queda duda cuando descubren un tatuaje de la bandera española en su brazo. El detective le pide disculpas, le dice que buscan a un sujeto de origen colombiano, pero no se da cuenta de que está en frente del genio encantador, el mismo a quien Swindells describió como el que es capaz de vender cubos de hielo en el Ártico.

Se va. Parte con las manos repletas de bolsas con discos. Camina lento, esta vez más que de costumbre. En su mente se posan varios recuerdos: cuando lo detuvieron por vez primera en Londres, hacia 1998, después de robar en el hotel Le Méridien y emplear una tarjeta de crédito robada. No sabía exactamente qué hacer, ni qué decir. Pero de repente, de su boca salió un acento español que pronunció: “Pero si yo no soy el que buscan. Yo me llamo Gonzalo Zapater Vivas”, y lo comprobó cuando sacó de su bolsillo el pasaporte que confirmaba esa identidad; entonces lo dejaron ir.

Y cuando lo arrestaron en el aeropuerto de Heathrow. Acababa de hacer unas compras en Dixons; usó una tarjeta de crédito robada en una habitación de un hotel de Tokio. Entonces dijo que se llamaba César Vera Ortigosa. Fue declarado culpable, pero pagó su fianza: 800 dólares; los pagó en efectivo; sacó un fajo de billetes de su bolsillo y lo dejaron libre.

Si la Policía hubiera contado con un sistema de huellas digitales, su suerte habría sido otra; pues no tardarían en darse cuenta de que Cuenca, Zapater Vivas y Ortigosa Vera eran una misma persona; pero la suerte, esa dama caprichosa, por ahora, era su amante, le pertenecía. Al fin y al cabo, parecía el personaje de la canción de M.I.A.: volaba como el papel, se elevaba como los aviones y si lo atrapaban en la frontera, tenía visados a su nombre.

2009. Lunes, 21 de septiembre. 11:45 a. m. Vermont. Frontera entre Canadá y Estados Unidos. Hace calor, Juan Carlos Guzmán no soporta los rayos de sol que caen en su cara. Hace veinte minutos está en una carretera, camina solo con un tarro vacío en sus manos. Busca una estación de gasolina. Alza los brazos en busca de ayuda. Nadie para.

De repente, ve que una patrulla de la Policía se estaciona en la orilla de la calzada. De ella se baja un hombre calvo, enjuto, de unos 50 años. Es un agente de la Policía fronteriza. Camina hacia él fijamente, con las manos en la cintura.

Los dos hombres se saludan. Guzmán le pide ayuda: su auto, estacionado unos metros atrás, está averiado; no tiene gasolina y su teléfono celular se quedó sin batería. El policía nota algo raro en él. Es el tono de su voz. Parece acelerado, pronuncia una gran cantidad de palabras por minuto, más de lo normal. También suda en exceso. El calor insoportable de la zona y el estado de su auto explicarían su comportamiento; sin embargo, el policía no suele equivocarse con esas cosas. Algo anda mal.

A lo mejor no se dio cuenta, pero usted acaba de pasar la línea fronteriza”, dice el policía. En seguida le pide su identificación.

Guzmán camina otra vez hacia su auto, saca de él un pasaporte español a nombre de Jordi Ejarque Rodríguez. El sargento mira los numerosos sellos: Turquía, Egipto, Londres, Jordania, España, Omán…

Al sargento algo le huele mal. Después de ver el pasaporte, el sujeto le parece aún más raro.

Cuando decide confirmar su identidad por medio de una lectura electrónica de sus huellas digitales, la luz roja, señal de alerta, se enciende. Es cuando lo comprueba: tiene razón, algo anda mal. Acaba de dar con uno de los estafadores más perseguidos en todo el mundo.

Juan Carlos Guzmán Betancourt: vinculado a trece casos por hurto y estafa en hoteles de Londres, Francia, Irlanda y España. Prófugo de una cárcel de Inglaterra. Capturado en el aeropuerto de Heathrow de Londres con una tarjeta de crédito robada en Japón. Procesado en Dublín por robo. Ladrón. Políglota. Mentiroso. Genio. Una especie de Frank Abagnale Jr., a quien Spilberg dio vida en Catch me if you can. El supuesto hijo de un diplomático. Un ficticio príncipe alemán. El jeque árabe. El carismático. El fingido descendiente de una familia de gitanos. El hipnotizador. El magnífico corredor de bolsa catalán. El huérfano. El estafador internacional más buscado en el mundo. Gonzalo Zapater Vives. Khalid al-Sharif. Jordi Ejarque. David Iglesias Vieito. César Ortigosa Vera. Todos. Él. Está ahora mismo recluido en una cárcel de Estados Unidos, al recibir una condena de un juez del estado de Vermont por treinta años. Mientras tanto, en su mente brillante planea como siempre un escape.

Faltaba un día para que todos supieran que era un engaño. Cinco hombres la cargaban en una silla gigante. Se abanicaba desde las alturas para aminorar el calor, y usaba el mismo abanico para esquivar a los periodistas que intentaban embestirla antes de su llegada al hospital. Nueva Colombia estaba alborotada gracias a Liliana Cáceres, por esos días la mujer más famosa del país.

Sus vecinos se turnaban para llevar en manos propias los cien kilogramos que pesaba. Niños de torsos desnudos, contagiados por la algarabía, se sumergían en la procesión aumentando la bulla mañanera. Las matronas del barrio eran más reservadas, pero no por eso menos atentas: asomaban sus caras pardas entre las rejas de las puertas y estiraban sus cuellos con tal de atisbar el espectáculo.

Un embarazo jamás se celebró en este suburbio barranquillero de negros descalzos. Eso de que alguien tan cercano esperara seis críos nunca había ocurrido en el barrio, ni en ningún rincón de Colombia.

Antes del mediodía Liliana Cáceres llegó al Hospital Universitario. Georgina Altahona, su acomedida suegra, la acompañaba. Detrás de las dos mujeres se agolpaban numerosos reporteros desmedidos en su persecución, pero, valiéndose de su viveza, la joven se les escabullía con la habilidad de una mojarra resbaladiza.

Cuando el gerente del hospital, Miguel Patiño Díazgranados, quiso calmar la sed de la jauría informativa anunció la preñez más célebre de la historia de Colombia: “Liliana Cáceres tiene una impresión diagnóstica de embarazo múltiple de más o menos treinta semanas de gestación. Un equipo interdisciplinario de nuestra institución se está haciendo cargo del caso. La paciente está estable. El grupo de científicos que la atiende tiene la situación controlada”.

Pero el médico pecó de ingenuo. Patiño Díazgranados no alcanzó a comprender que a la joven de 16 años internada en su hospital nadie le tocó la barriga. Nadie. Ni su novio, ni su suegra y mucho menos el grupo de especialistas que diagnosticó el supuesto embarazo múltiple.

Sin embargo, la noticia rodó desde Punta Gallinas hasta Leticia. Los periódicos anunciaron el hecho como un respiro alegre que distrajo a Colombia, durante un par de días, de la hecatombe política que puso a tambalear el gobierno de Ernesto Samper, cuando se supo que su campaña había recibido seis millones de dólares en contribuciones del Cartel de Cali.

No hubo emisora radial, de onda corta ni de frecuencia modulada, que no registrara el embarazo. En la radio comparaban el suceso con el de Kenny y Bobby McCaughey: el matrimonio de Alabama que estrenaba septillizos. Los locutores machacaban el tema con habladurías sobre la virilidad y la potencia sexual de Alejandro Férrans, el papá de las criaturas, a quien sus vecinos apodaban en un sincero homenaje Macho Man.

CM&, el noticiero con más rating de la franja estelar, montó una miniteletón para apoyar la causa. Bajo la dirección de Yamid Amat, Viena Ruiz pedía ayuda a los televidentes con apoyo en escenas lastimeras de la embarazada. Verla era un espectáculo: acostada, acaparaba la cama doble en la que dormía, de tal manera que ni su novio podía acompañarla en las noches insomnes. Sentada, casi no cabía en una mecedora de mimbre que su suegro, Andrés Férrans, le acondicionó. Parada, no resistía el peso de su cuerpo y, como si fuera poco, al caminar tenía que hacer malabares para no rozar su bandullo con las paredes de la casa.

Ante el dantesco despliegue mediático los colombianos se condolieron. Familias enteras aprontaron donaciones de dinero y alimentos. Empresas de productos infantiles prometieron pañales para los muchachitos. La leche estaba garantizada de manos de una prestigiosa compañía de lácteos. Hasta Férrans recibió una oferta de empleo por parte del gobernador del Atlántico.

Pero mientras los ricos le quitaban el pelo a su gato y los pobres sacaban de donde no tenían para ayudar a las criaturas, en el séptimo piso del hospital de Barranquilla se libraba una lucha.

Los médicos insistían en practicarle una ecografía a la mujer; ella, como una heroína envalentonada, se rehusaba. Oponía resistencia desde la silla que había ocupado todo el día. Amenazaba con tirarse por la ventana si la tocaban. Berreaba. Movía las piernas con vehemencia y le pegaba puntapiés al baldosín mientras gritaba con un salvajismo tal, que lograba intimidar al cuerpo hospitalario.

Después de varias pataletas se calmaba; ocultaba su cara en las palmas de sus manos sin tener otro contacto con el mundo más que un huequito por el que respiraba entre lágrimas y jadeos. Pensaba que si llegaba siquiera a musitar palabra, sus familiares irían a pasar vergüenzas, perdería para siempre a Alejandro y sería motivo de burla entre sus conocidos.

La situación, además de sospechosa, resultaba incontrolable, hasta que a Georgina Altahona se le ocurrió una solución. Después de apaciguar a la muchacha, la vieja le pidió que se acostara en la camilla, pues no era aconsejable para la salud de los bebés mantenerse en una misma posición durante tanto tiempo. Resignada, y ante el cansancio que la vencía, Liliana aceptó.

Cuando estaba profunda dos enfermeras se situaron a lado y lado de la cama. Georgina a sus pies, y el médico Jaime Rodríguez, junto a su vientre. Todos intentaban sujetarla mientras el doctor develaba la razón de su reticencia.

Apenas sintió el tacto, la muchacha despertó. Estaba inmóvil, maniatada por cuatro personas mientras decenas y decenas de trapos salían de su barriga. Los ojos de los presentes vieron volar camisas, pantalones, toallas y hasta un bolo de juguete que hacía las veces de ombligo. Cada una de las prendas estaba perfectamente acomodada dentro de una tela de lycra en la que Liliana había camuflado la ropa seis meses atrás.

El pasmo invadió la sala del hospital. Apenas vio salir tiras del cuerpo de su nuera, Georgina Altahona creyó que el pellejo se le había podrido. Cuando se percató de la realidad quiso que la tierra se la tragara. Ni hablar de la muchacha, quien se escondió debajo de la camilla cuando ya no quedaba ni un solo trapo en su barriga. “Ya no resisto más. Me quiero morir”, gritaba estruendosamente mientras el médico Rodríguez y las enfermeras se miraban anonadados bajo un perturbador dilema: no sabían si reír o llorar.

El nombre de la barranquillera volvía a retumbar en los oídos de los colombianos, esta vez acompañado de la palabra “escándalo”. Liliana Cáceres había sumido en la desconfianza a un país que horas antes se disponía a ayudar a una humilde mujer bendecida con un embarazo de sextillizos.

Los medios resaltaban su actuación con elogios irónicos, propios de un drama burlesco de la vida real. “De cómo Liliana Cáceres subió a los cielos y bajó a los infiernos por cuenta de un embarazo ficticio”, decía la entradilla de un artículo de la revista Semana, titulado “Trapitos al sol”.De manera satírica, en una entretenida columna, Ernesto McCausland, periodista de la desaparecida revista Cambio, llegó a proponerla como personaje del año.

Los psicólogos se rompían la cabeza tratando de diagnosticar el caso. Pedro Gómez Méndez, psiquiatra y director del hospital mental de Barranquilla, adonde Liliana fue a parar horas después de conocerse el episodio, concluyó que la paciente tenía “un comportamiento ingenuo con una estructura mental infantil”.

La realidad de la imaginativa mujer quedó al descubierto por un pueblo que interpretó como temeraria su hazaña. Sin embargo, ningún medio de comunicación se interesó en conocer el origen de su mentira. Nadie más que ella sabía la razón por la que engañó a su novio, a los médicos y al país entero.

El preludio de la farsa

La tramoya comenzó a principios de agosto de 1997, cuando un rumor contaminado de saña llegó a oídos de Liliana: Lorena Peña, su mejor amiga, esperaba un hijo de Alejandro.

Movida por los celos, y encolerizada ante su esterilidad, la muchacha le robó un certificado de embarazo del hospital de La Manga a una de sus vecinas. A su novio lo atolondró con la novedad de que iba a ser padre. Alejandro Férrans, sin profesar el mismo amor que sintió por ella alguna vez, se desentendió del compromiso.

Pero una tarde, cuando el sol barranquillero comenzaba a ocultarse entre los caracolíes de Nueva Colombia, la mamá de Liliana lo visitó en su casa. La vieja vendedora de cocadas —que había sufrido las vicisitudes de una vida sin marido— le entregó a su hija con todo y ropa. Desde ese día la astuta muchacha se consagró como novia oficial de Alejandro, y alcanzó el propósito de vivir en la residencia de los Férrans Altahona.

Apenas consiguió ser parte de la familia trató de comer y de beber hasta henchirse con el propósito de abultar su abdomen. Esa situación ya provocaba angustia entre los parientes de Alejandro porque Liliana acababa con la comida de los ocho habitantes de la casa. Pero por más que tragaba su barriga no parecía la de una embarazada. Cuando notó la desconfianza de Sandra Férrans, la hermana de su novio, a quien le faltaba un mes para parir, se vio obligada a actuar de otra manera.

Un día, a solas en su pieza, amarró meticulosamente una faja de lycra a su estómago. Luego empezó a rellenarla. Lo primero que le echó fue un par de overoles viejos, después, un vestido de flores de su suegra. Cada seis o siete días alguna prenda de los Férrans era sacrificada para engrosar la que se convirtió en una colosal bola de trapos.

Poco a poco, su estómago adquirió dimensiones sobrenaturales, por lo que inventó que no iba a tener un niño, sino seis. La idea que maquinó gracias al descomunal relleno resultaba perfecta. Con seis niños no solamente conseguía alejar a Lorena de Alejandro; las criaturas representaban también una fórmula infalible para retener a su novio. Ya no se quedaría sola en el mundo; la penosa hambre aguantada durante su infancia no volvería a asaltarla; tampoco le faltaría amor, pues a su lado tendría a un guardián que la haría feliz hasta el final de sus días. “Sería un diablo el hombre que abandone a su mujer después de hacerle seis hijos de una sola camada”, pensaba mientras planeaba la picardía más importante de su escasa edad.

Liliana Cáceres poseía una habilidad extraordinaria para el engaño. No sólo había fabricado su propia barriga; también actuaba como si estuviera embarazada. Cuando Georgina le servía huevos al desayuno fingía marearse con el olor; le imprimía verosimilitud a la escena cuando se paraba de la mesa y salía a vomitar. Justificada en el mal de antojos que sufren las hembras preñadas, comía varias veces al día. Pero no comía cualquier cosa: exigía carne o pollo, por lo que el bolsillo de su suegro se veía seriamente afectado. Sin embargo, en la vieja casa de paredes de tapia jamás rondó tanta felicidad. Todos esperaban ansiosos los bebés que partirían la historia de la familia en dos. Georgina no dudó ni un sólo minuto en gastar los 80.000 pesos que había ahorrado durante todo el año para ser la primera en hacerle un obsequio a sus nietos. Don Andrés animaba a su mujer en el cuidado esmerado hacia la muchacha para que la gente no tuviera de qué garlar. Con la futura madre se mostraba cariñoso y guardaba la ilusión de que los niños nacieran completitos y rebosantes de salud. Cada vez que la barriga aumentaba de tamaño, el longevo celador le compraba a Liliana una batola más grande que la que desechaba, pero le terminó comprando tantas que un día se vio en la obligación de hacerle una advertencia: “Mijita, los niños no pueden seguir creciendo porque ya no va a haber bata que te quede buena”.

La huida de la “barriga’e trapo”

A Liliana no le importaba avivar ensoñaciones ajenas con tal de apoderarse de su novio picaflor. Lo que nunca se le pasó por la cabeza fue ser dueña de la popularidad que consiguió. Había planeado el embarazo con la idea de irse a Cartagena cuando su invento apenas acariciara el séptimo mes. En la mitad del camino se bajaría del bus y se quitaría el relleno de su barriga abandonando los trapos en el monte. Luego visitaría a sus familiares en La Heroica, y cuando estuviera de vuelta en Barranquilla diría que había perdido a sus niños. Entonces pondría fin a su mascarada, pues ya habría recuperado el ansiado amor de Alejandro.

Pero la Providencia no le ayudó. Un lunes de noviembre, Manuel Pérez —periodista judicial del diario La Libertad—vio contornearse a la morena con una gigantesca barriga por el hospital universitario. Asombrado, el reportero pensó que detrás del bulto había un hecho informativo. Sin embargo, por razones que hoy él mismo desconoce, no abordó a la dueña del exótico vientre.

Al llegar a las oficinas del diario, el periodista les contó a sus colegas que había visto “la barriga más grande del mundo”. Admirado por la historia, Carlos Peláez —también reportero judicial— decidió buscar a Liliana por toda la ciudad. Luego de contactarla, y de hacer pública su historia, el invento de la joven adquirió un cariz noticioso cuyo desenlace cambió su vida para siempre.

Tras cometer su más grave pecado de amor y quedar al descubierto, la muchacha padeció en carne propia el costo de una fama mal ganada. El mundo ya no la distinguía como Liliana Cáceres; en cambio la envilecía bajo el remoquete de “la barriga’e trapo”. Alejandro Férrans también pagó las consecuencias del terrible yerro. Sus supuestos poderes seminales fueron el hazmerreír de medio mundo, pues pasó de ser el Macho Man de Nueva Colombia a un triste Macho’e Trapo de por vida.

Sin darle la cara al desvalorizado hombre, Liliana decidió huir de su natal Barranquilla. No había permanecido siquiera una semana en casa de su tío Raúl Cáceres, cuando un grupo de jóvenes del barrio cartagenero La Candelaria trataba de romper a pedradas el techo eternit de la vivienda. “Loca, salga pa’ lincharla”, le decían a gritos, con el ánimo de desafiarla. Tras la agresión, que sólo se calmó cuando se hizo presente la Policía, la joven tuvo que partir hacia otro lugar.

Fue a parar a una pensión del centro, en donde trabajó como mucama. Cambió su nombre por el de Carmen y se quitó el pelo sintético que tuvo durante el embarazo ficticio. Pensó que de esa manera pasaría inadvertida. Pero un día, cuando salió a la plaza de mercado de Bazurto a comprar sayas y calzado, la gente la reconoció. Entonces se vio ultrajada como nunca antes. “¡Barriga’e trapo! ¡Mentirosa!”, vociferaba la muchedumbre enardecida, mientras le tiraban pedazos de frutas y verduras. Pero eso le pareció poco comparado con la llamarada de candela que descendía por su cuerpo: una mulata alta y rolliza que atendía un puesto de comidas le había tirado un caldo de pescado hirviendo por la cabeza.

La cólera y la humillación la condujeron hasta una minúscula vereda ya desaparecida del departamento de Bolívar. Para su pesar, su fama había aumentado a raíz del alto número de barrigones disfrazados en su honor en el carnaval de Barranquilla. Ahí viene la marimonda, la danza del congo grande, viene la barriga’e trapo, ya la rumba está que arde, nos vamos a emparranda’, nos vamos a emborracha’.

Las canciones compuestas a su farsa la convertían en una especie de leyenda popular, así que eran muchos los que llegaban hasta su casa todos los días con el ánimo de conocerla en persona. La acosaban tanto que ella misma terminaba espantándolos desde una ventana a punta de baldados de agua fría. Pero llegó el día en el que se cansó de luchar contra la fama y su gallardía devino en agotamiento.

Volvió a partir. Esta vez se fue a vivir a una loma, cerca de los Montes de María. Consiguió trabajo en casa de unos amigos de su tío como empleada doméstica, y trabajó allí varios meses confiando en que el tiempo borraría su historia del mapa.

En un encuentro con su prima Josefina Cáceres, quien años atrás le presentó a Alejandro, Liliana se enteró de que su antiguo amor vivía al lado de Lorena Peña. La pareja tenía dos hijos; Alejandro había abandonado su trabajo de repartidor de gaseosas Postobón para convertirse en uno de los tantos mototaxistas que vagaban por las calles barranquilleras y, al parecer, eran felices.

Las novedades acrecentaban el odio de Liliana hacia su suerte. Pensaba que si no hubiera engañado a su novio, podría ser ella quien ocupara el lugar de su mayor enemiga. Pero ya nada concerniente a su pasado tenía solución. Fue en ese momento cuando entendió que ni los trapos ni los hijos eran excusas suficientes para retener a un hombre, porque para padecer el abandono de un amante sólo era necesario tenerlo al lado.

Cierto día una sorpresa irrumpió en su presente. Acababa de cumplir 21 años cuando conoció a Diógenes Parra, un joven pescador de buen talante que la enamoró en poco tiempo. Juntos se devolvieron a Cartagena. Allí vivieron en una pequeña casa de madera que el muchacho construyó. El lotecito de seis por seis lo obtuvieron gracias a la misericordia del programa social “El Minuto de Dios”, dirigido por el cura más televisado en Colombia: el padre Rafael García Herreros. Pronto tuvieron un hijo; entonces Liliana sintió por fin, desde el dolor de sus entrañas, lo que significaba parir de verdad. “Ese también debe ser de trapo”, le decían sus vecinos cada vez que salía a la calle. Pero cuando el niño nació todos comprobaron la verdad que encerraba esa barriga.

Después de Yoger, Liliana y Diógenes tuvieron otros dos niños. Aunque sobrevivían entre alcores de pobreza, a la familia nunca le faltaron dos raciones diarias de comida ni la fe en una vida mejor. Pero en medio de la escasez, la maldición coqueteó con el daño. Diógenes le anunció a su mujer un viaje que venía rondando en su cabeza tiempo atrás: se iría a la isla Margarita, por un periodo corto, con la ilusión de no seguir repartiendo un solo pescado entre una familia de cinco. Pese al dolor que implicaba tenerlo lejos, y confiada en el gran amor que los unía, Liliana aceptó. Pero hoy, dos años y siete meses después, no ha recibido ni una sola llamada del papá de sus hijos.

El presente de Liliana Cáceres

Escoge un gajo de pelo y lo divide en tres. Los dedos índice y pulgar se mueven entre tirón y tirón, adueñándose de cada mecha. Demora treinta segundos en acabar la trenza. Agarra un hilo rojo de una bolsa de plástico y ata las horquillas del cabello. La gringa del nuevo peinado afro, hospedada en el Hotel Dorado, le paga con un billete de 20.000 pesos.

Camina desde la playa hacia la carretera. El oleaje lento de su barriga apretujada denota cansancio. Liliana Cáceres está embaraza por cuarta vez. Mañana cumple seis meses. Todavía es esquiva a las ecografías, por lo que no sabe el sexo del bebé. Está segura de que si es niña se llamará Lindis, y si es niño, Junior, como su equipo de fútbol favorito.

Ya no les teme a las enfermeras, ni a los médicos, ni a su ex suegra. Les teme a los periodistas. Gracias a ellos su mentira fue un escándalo nacional y con el paso de los años se encargaron de supurar una llaga aún fétida. Acomodaron su vida, la discriminaron e hicieron caso omiso a sus denuncias: las burlas de otros medios, la exclusión que padeció y los motivos que la llevaron —con tan sólo 16 años— a engañar a medio mundo.

Ahora se dirige a su barrio, ese Minuto de Dios clavado en La Heroica, el caserío africano heredado por los oriundos de San Basilio de Palenque, quienes subsisten gracias al dinero que los extranjeros les dejan por sus trabajos informales en las playas cartageneras. Desde allí Liliana espera, como la paciente Penélope, el retorno de Diógenes o, tal vez, el de Ramón Cubillos, el vecino de quien fue novia durante tres meses y el papá de la criatura que ahora tiene en su barriga.

En sus ojos se adivina cierto desasosiego, el desasosiego usual que experimenta una mujer tras el abandono de su amante. Las pocas veces que ríe deja ver una sonrisa opaca, modesta, como los pardos abalorios que cuelgan de una cadena de hilo atada a menudo alrededor de su cuello.

Entra a su casa y un hedor a humedad no deja dudas sobre la contundente pobreza. Sus hijos la saludan batiéndole el vestido rosado que lleva puesto. Se dispone a prepararles el almuerzo y camina con parsimonia hacia el rincón izquierdo de su casa rectangular. Abre la nevera que compró gracias al dinero regalado por Juan Manuel Correal, “Papuchis”, cuando la entrevistó en noviembre de 2007 para el programa radial El Cocuyo. El frigorífico todavía está envuelto en el plástico con el que salió del almacén. Sin embargo, está prendido. En su interior no hay más que un par de naranjas y tres tomates a punto de fenecer. No saca nada, cierra la nevera de un golpazo, y en esas manda a pasar a la periodista que espera en la puerta.

En seguida le expone las razones por las que no quiere darle la entrevista.