Archivos de la categoría ‘Javier Quintero’

En Nacozari de García, un municipio de quince mil habitantes donde casi todos se dedican a la minería, es evidente la religiosidad. Entre las montañas de Sonora, en el noroeste de México, los pobladores dedican ofrendas a sus santos con la esperanza de recibir favores a cambio.

Esas muestras de fe están esparcidas por todas partes, incluso en los inmundos separos de la comandancia municipal, donde un joven delincuente de 23 años pasó dos semanas encerrado, con la única compañía de un lápiz, y para no pensar en la lentitud de las horas comenzó a hacer trazos en las paredes. Más tarde, como un buen artista, realzó esas formas con sombreados casi perfectos.

Los dibujos eran símbolos religiosos. Con sus dones de artista plástico, el delincuente había revelado en tonos grises una espectacular imagen de San Judas Tadeo y a su lado un ángel triste con las alas caídas; también dibujó una Virgen de Guadalupe con la misma silueta de siempre y su gesto apacible.

Para sorpresa de los policías que cuidaban las celdas, una mañana vieron que en una parte de la pared, convertida en mural, se erigía la imponente imagen de la Santa Muerte, un esqueleto de aspecto tenebroso vestido con una túnica oscura y portador de una afilada hoz. Sobre su calavera, el artista escribió “La Niña” con una preciosa caligrafía y pidió que los próximos delincuentes que ingresaran a la misma celda la llamaran así con mucho respeto.

La adoración a la Santa Muerte es cada vez más arraigada en los estados del sur y el centro de México y los creyentes afirman que les concede favores a cambio de simples ofrendas, principalmente de dinero y altares con velas; sin embargo, la fe en ella, aunque es rechazada por la Iglesia católica, se ha extendido hacia otras partes del país, como en este municipio serrano llamado Nacozari de García.

En la carretera, a veces tétrica por sus barrancos profundos, hay cruces que recuerdan la muerte de automovilistas que cayeron al fondo, pero también hay pequeños altares con veladoras e imágenes dedicadas a la Santa Muerte, en un pacto para la protección de los parientes que siguen vivos.

El pueblo está entregado a sus asuntos espirituales. En la iglesia Sagrado Corazón de Jesús, el cura, que es español, oficia misa todos los días y atiende servicios privados cuando lo solicitan. En las casas católicas las señoras rezan, pero en otras partes, entre el monte, hay personas que le dedican ofrendas de sangre a la Santa Muerte.

***

El 6 de marzo de 2012, el herrero Martín Barrón López presintió que algo malo estaba pasando en el pueblo, tras la desaparición de dos niños con los que él había tenido contacto.

El primero, de diez años, vivía a tres casas de la suya en el barrio El Asilo y se llamaba Martín Ríos Chaparro. Él desapareció en julio de 2010 y nadie lo volvió a ver. El segundo niño, llamado Octavio Martínez Yáñez, también de diez años, había ido a su casa en algunas ocasiones hasta que desapareció en los primeros días de marzo de 2012. Tampoco lo volvieron a ver.

Su lazo con estas dos desapariciones comenzó a formarse tres años atrás, cuando llevó a vivir a su casa a una joven y sucia mujer que vivía en condiciones infrahumanas en Milpas Justiniano, afuera del pueblo, en medio de la nada. Cuando la conoció, estaba embarazada, pero parece que eso no le importó al herrero, pues después le enseñaría a bañarse, a usar la lavadora, a mantenerse limpia y a cuidar juntos al bebé que venía en camino.

Ella es Georgina Barrón Meraz, que ahora tiene 20 años y era tía de Octavio, el segundo niño desaparecido. Es hija de Silvia Meraz Moreno, una mujer de aspecto descuidado que le rendía un ferviente culto a la Santa Muerte en su casa e involucraba a toda su familia en los rituales.

En su relación diaria, el herrero Martín Barrón López notaba algo extraño en la familia de su concubina. Fue un par de veces a Milpas Justiniano a recogerla y de reojo veía en el interior de la casa dos cuadros con la imagen de la Santa Muerte, alumbrados con veladoras. “Las dos veces que fui no me gustó a mí nada”, diría después.

A su casa, en la colonia El Asilo, llegaban sin avisar los familiares de Georgina a visitarla. Martín evitaba tener relación con ellos, mucho menos con Silvia Meraz Moreno y su concubino, Eduardo Sánchez Urieta, un veracruzano conocido en el pueblo como “El Chilindrino”, muy raro, siempre ensimismado. Cuando iban, a veces llevaban al niño Octavio.

***

Aunque no le consta, el comandante de la Policía Municipal de Nacozari de García, José Miguel Espinoza Osuna, cree que Silvia Meraz Moreno tomó un cuadro de la Santa Muerte que adornaba una pequeña capilla a un costado de la carretera, en memoria de algún accidentado. La precariedad en la que vivían ella y su familia seguramente no le permitía comprar una imagen, así que fue a robarla a esa parte de la sierra.

En su casa le encendía veladoras a la imagen y pensaba en que la Santa Muerte la ayudaría a encontrar dinero. Silvia, de 44 años, le pedía favores y aseguraba que hablaba con ella y que le exigía sangre nueva, producto de un sacrificio humano, a cambio de protección para su familia.

En diciembre de 2009, Silvia ideó una estrategia para quedar bien con la Santa Muerte y cumplir sus exigencias. Su compañera de parrandas en las cantinas locales, Cleotilde Pacheco, de 55 años, sería la primera víctima. La llevó a su casa en Milpas Justiniano, le dijo que se sentara y que recogiera veinte pesos que estaban tirados en el suelo. Cuando la diminuta Cleotilde se agachó, Silvia le dio tres hachazos en la nuca y acabó con su existencia, sin miramientos ni sentimientos de culpa. Ni siquiera pensaba que extrañaría a su amiga porque recibiría a cambio todo el apoyo de la Santa Muerte y eso le llenaría el alma y la colmaría de felicidad.

Ese fue el primer sacrificio para la Santa Muerte, pero ahora Silvia debía deshacerse del cuerpo de Cleotilde.

“Era una señora muy delgadita, muy chiquita”, recuerda Jorge Castillo, un señor que trabaja para el Ayuntamiento y que años atrás le llevaba bolsas llenas de comida a la pobre Cleotilde.

El papá de Silvia, Cipriano Meraz Aguayo, entonces de 80 años, cavó una fosa en la parte baja de una loma para echar el cuerpo de Cleotilde. Georgina, la hija de Silvia y concubina del herrero, ayudó a acomodarla y enterrarla. La familia de Silvia presenció el acto sangriento y calló por conveniencia. Ahora solo debían esperar a que la Santa Muerte cumpliera su promesa de prosperidad y bienestar.

Mientras tanto, en el pueblo inició la búsqueda de Cleotilde. Fueron colocados cartelones con su fotografía en los lugares que frecuentaba, pero al cabo de un tiempo muy breve el pueblo desistió. Algunos creyeron que se había ido lejos con otro hombre y había abandonado a su esposo, un viejo que todavía recorre las calles con una bolsa sobre su espalda, recogiendo latas de aluminio para vender.

***

Pasó el tiempo y todos se olvidaron de la frágil Cleotilde, pero en julio de 2010 el pueblo entero comenzó a preocuparse de nuevo cuando fue notoria la ausencia del niño Martín Ríos Chaparro, un feliz estudiante de cuarto grado.

Estaba desaparecido. El herrero Martín Barrón López veía en las calles los cartelones con la imagen del niño, su vecino, y también se preocupaba.

Apenas el 29 de marzo de 2012, dieron con su paradero. Hallaron sus huesos entre el monte, cerca de un río que ahora está seco. El niño fue llevado ahí por Silvia y su concubino, el veracruzano, a una casucha fabricada con cartón y cobijas viejas, donde hay perros feroces como guardianes. Lo obligaron a beber alcohol hasta que su cuerpecito de diez años no soportó más el efecto y cayó al suelo. La hija menor de Silvia, llamada Yahaira, entonces de 13 años, lo degolló y le dio treinta puñaladas, obligada por su madre, convertida en una temible lideresa. La familia de Silvia participó en el sacrificio y ofreció su sangre a la Santa Muerte, luego arrojó el cuerpo al monte y los animales carroñeros se encargaron del resto.

“Con la crecida del río el cuerpo fue arrastrado y es hora de que no encuentran su cabecita”, relata el empleado municipal Jorge Castillo. Era un segundo sacrificio humano para la Santa Muerte y Silvia no veía ningún beneficio todavía.

***

En marzo de 2012 el pueblo prácticamente volvió a sumirse bajo una ola de terror, al enterarse de la desaparición y posterior muerte del niño Octavio Martínez Yáñez.

Su abuelastro, el concubino de Silvia, lo llevó a una casucha en un paraje de la localidad conocida como Las Torres, donde se alzan imponentes las torres de conducción de electricidad, pero que paradójicamente no suministran luz a ese sector pobre de Nacozari de García. Llegar allí es complicado por cualquier medio y la vista solo alcanza los cerros resecos.

Silvia y sus hijos estaban en un cuarto, también fabricado con madera y cobijas, cuando el veracruzano emborrachó al niño. La misma táctica que la vez anterior. El pequeño Octavio cayó sobre un mugroso colchón, completamente sedado por el alcohol, y nunca sintió nada. Le dieron varios machetazos. Su sangre fue una ofrenda para la Santa Muerte, cuya imagen pendía de un madero, con las órbitas oculares dirigidas hacia el lugar del sacrificio. Octavio permaneció inerte varios minutos hasta que salió la última gota de sangre tibia de su cuerpo.

El veracruzano cavó una fosa a un costado de la casa y echó el cuerpecito sin vida. Luego lo enterró y puso una capa de cemento encima para evitar los malos olores de la descomposición. Así pasaban los días. La familia de Silvia convivía con la improvisada tumba y los niños la pisaban cuando salían del cuarto a jugar.

Al contrario del niño Martín Ríos Chaparro y de Cleotilde, nadie en el pueblo buscaba a Octavio; sin embargo, los malos presentimientos del herrero Martín Barrón López sirvieron de base para que se iniciara una investigación policiaca.

Una vez, mientras veía Discovery Channel, le llamó la atención un reportaje sobre sacrificios humanos que hacían en otras partes del mundo.

“Miré que por allá, en otro país, pasó un caso parecido y que allí mismo los echaban a un pozo. Fue un presentimiento ver cómo es que también ellos viven en la pobreza y consumen drogas y yo quería ir para que investigaran por qué se estaban perdiendo los niños. Yo tenía miedo de que me involucraran a mí porque vivía con Georgina”, asegura Martín.

Él afirma que no interpuso ninguna denuncia, pero que sí le contó a alguien sobre los presentimientos de que quizá la familia de su concubina estuviera involucrada en algo terrible. Así fue que llegaron policías investigadores a Nacozari de García, a entrevistar a los familiares de Silvia Meraz Moreno, a Georgina, al veracruzano, a los otros hijos de la matriarca.

Todos cayeron en contradicciones y comenzaron a culparse unos a otros de la autoría material de los asesinatos. Señalaron a Silvia como la líder. Los investigadores descubrieron las mentiras y complicidades en esa familia, unas para protegerse a sí mismos y otras para señalar culpables. Había ocho involucrados. Silvia era la cabeza.

Sin más que perder, finalmente revelaron los sitios donde estaban los tres cadáveres: el de Cleotilde debajo de la loma, el de Martín en el río y el de Octavio en el patio de Las Torres.

***

La gente del pueblo, al enterarse de los tres sacrificios humanos, pasó del terror a la psicosis. En la escuela secundaria los estudiantes inventaban la presencia de una mujer de negro que se aparecía ante ellos y les arrebataba los teléfonos celulares o los asustaba en los pasillos. La describían como a la Santa Muerte.

Los maestros tuvieron que intervenir y explicarles que todo era producto de su imaginación, que no había nada malo en el pueblo y que esa serie de asesinatos era un hecho aislado.

El empresario local y padre de cuatro hijos, Víctor González, califica al pueblo como tranquilo. “Eso no prevalece en Nacozari. Fue un hecho insólito porque no se practica aquí la adoración a la Santa Muerte ni los sacrificios humanos como ofrenda. Nacozari es un pueblo tranquilo, de gente trabajadora y honesta”, asegura.

Y eso parece. Nacozari, a las cuatro de la tarde, cuando los mineros han salido de trabajar, recobra su vida en las calles empedradas, con negocios abiertos y una plaza central a la que llegan los más viejos a despedir al sol.

En el pueblo están asustados, pero quizá ese sentimiento pase pronto porque la mayoría de la gente estará refugiada en su religiosidad y habrá oraciones para el descanso de las tres víctimas durante la misa que seguramente habrá hoy o mañana o después.

Además, ni Silvia Meraz ni sus familiares están ya en el pueblo porque fueron trasladados a la cárcel en la capital de Sonora, quizá decepcionados porque hasta ese momento la Santa Muerte no les cumplió lo que le pidieron con tanta vehemencia.

Capítulo I. Hombre de mar.

Hasta este día, Juan Francisco habrá llorado tantas lágrimas que uno podría creer que no hay de dónde sacar más. Pero en un lugar recóndito, debajo de las costillas o en el fondo de la garganta, se activarán ahora mismo las ganas de hacerlo de nuevo.

Llora cada vez que recuerda. Es imposible no recordar.

Es Pancho para los amigos, y Juan Francisco Gallegos cuando tiene que presentarse. El Trejo casi no lo usa. Adora a su mamá, doña Ana, de 49 años, cabellos sueltos y rizados, limpios y brillosos, dueña de una piel morena y ojos negros que fulguran con el sol. Pero el Trejo hace más largo el nombre: Juan Francisco Gallegos Trejo.

Nació junto al mar un día esplendoroso de hace 23 años. El mundo lo recibió en Puerto Peñasco, Sonora, donde comienza la curva que da forma a la península de Baja California, en el noroeste de México, cielo azul, desierto a un lado.

Es el segundo hijo biológico de doña Ana y don Jesús Gallegos Adame, ocho años mayor que ella. Él era pescador. Ella se estrena como comerciante por una necesidad infinita de trabajar para pensar en otras cosas. También llora cada vez que recuerda.

Juan Francisco y el mar eran amigos. ¡Cuántos días alegres pasó en el mar antes de todo esto! Era muy feliz en sus olas verdosas. Bueno, no tan feliz como el día que conoció a Selene, la muchachita que se adueñó de su amor. Bueno, tal vez no tan feliz como hace cinco años cuando nació su bebé, una niña que ahora corre tras los gordinflones cachorros de una perra que quedó preñada de quién sabe qué perro en la calle, pero que en la casa todos quieren.

Llegar no es difícil. En una ciudad pequeña donde la mayoría se dedica a la pesca, es común que todos se conozcan entre ellos. El dependiente de una tienda de autoservicio sabe que Juan Francisco vive en el barrio de Nueva Esperanza, en una casa cercana a la de su cuñada, y ofrece su auto para viajar hasta allá, al extremo sur, a cinco minutos de camino por un bulevar pavimentado, rodeando calles repletas de arena, de esa arena que con cualquier viento se levanta y duele en los ojos y golpea la piel. Se puede sentir cada grano colisionar en los poros.

La mayoría sabe dónde vive este joven porque antes de que acabara octubre ya se había convertido en una prueba palpable de que los milagros sí existen.

La casa es sencilla: cuartos de ladrillos, sin pintura por afuera y un patio enorme de tierra arenosa donde crecen los cachorros. Hay un cerco de madera. La puerta principal da directo a la cocina, donde hay agua hirviendo en una olla sobre la vieja estufa. Es para el café. En la mañana, a las once, hay seis grados de temperatura ambiental.

En la cocina, una barra adornada con azulejos blancos y dos tazas y dos cucharas. Junto a la estufa, un refrigerador blanco. A unos pasos de éste, un comedor sencillo con mantel. Dos pasos después, un altar de muertos.

Capítulo II. A la memoria de papá.

Juan Francisco es ancho y moreno. Lleva el cabello relamido hacia atrás y cojea de una pierna, la derecha. El ortopedista le ordenó unas radiografías, pero ni él ni doña Ana ni Selene le entienden a esos huesos amorfos que ven en un pedazo de plástico. Esperarán a la próxima cita. Allí les dirán qué tiene en la rodilla, que apenas puede mover. Dibuja algo parecido a un círculo con su pie suspendido unos segundos en el aire. Hace un gesto de dolor. Esa rodilla no está nada bien.

Detrás de él está el altar. Tiene velas, unas rosas marchitas que reposan sus últimas horas de vida en un vaso con agua, un rosario hecho con cuentas de madera, un bulto de San Judas Tadeo, otro de la Virgen de Guadalupe y una copa con agua. Dicen que la luz de las velas guía el camino de los difuntos. El agua les ayuda a aguantar el recorrido hacia la eternidad.

En este caso, el difunto es su papá, don Jesús Gallegos Adame, hombre recio, de surcos morenos en el rostro y una barba y bigote blancos, ojos tristes, pelo largo, sin sonrisa, en un marco dorado, en tamaño 5×7, sobre la repisa del altar.

Quien lo viera allí en la foto no imaginaría que ese hombrezote de 57 años tenía un problema en su corazón. María del Carmen, la única enfermera de la familia, le había hecho un electrocardiograma y le advirtió que se cuidara, que su corazón estaba fallando. Pero ya saben cómo son los hombres a veces cuando son el único sostén de la familia, fuente de ingresos y mano segura para el trabajo: no hay corazón enfermo que los detenga para ir por unos pesos y llevar el pan a la mesa.

Murió en el mar, como él lo habría querido, pero no como Juan Francisco lo hubiera imaginado.

Ya habían sentido miedo mar adentro. En septiembre de 2009, los dos fueron llamados a pescar camarones al puerto de Yavaros, en el sur de Sonora, cuando los agarró un vendaval en medio del Golfo de California. Era la primera vez de Juan Francisco en un barco pesquero. A sus 23 años y con una esposa y una hija que mantener, el empleo de una semana en altamar era una idea agradable, además conocería a otros pescadores y tal vez harían una buena amistad. Uno nunca sabe. Son cosas del destino.

Eran momentos terribles. Del espanto pasaban al silencio, a verse los ojos de asustados, a correr a resguardarse. El viento estaba muy fuerte y el mar no podía estar de otra forma más que alebrestado, molesto, colérico.

Cuando la tempestad pasó, les quedó la anécdota. Él la contó muchas veces porque aquello fue un acto heroico: haber permanecido en un barco, en medio de vientos huracanados, y salir vivo de eso, no cualquiera lo pasa. Tenía algo qué presumir. Pero el dinero pronto se acaba y resurgen las necesidades.

Capítulo III. A bordo.

Una segunda oportunidad. Dinero extra para ganar en una semana en altamar, claro, con muchísimo esfuerzo. A Juan Francisco le gustó aquella primera experiencia: atrapar con las redes de arrastre toneladas de simpáticos camarones que iban a dar a la cubierta del barco, robados del mar, y empacados para su próxima venta.

Le gustó el trabajo en equipo, el olor a mar y pescados impregnado en la madera del barco, en las redes verdes que entraban al agua y salían con un botín de camarones. Algunas jaibas distraídas se pegaban y pasaban directo al congelador.

La segunda ocasión que se subió a un barco para ir a pescar fue el domingo 25 de octubre, al mediodía. Lo llamaban Carranza II, un viejo navío de casco blanco, 22 metros de eslora, 450 caballos de fuerza.

Otra vez iba su papá a su lado para enseñarle los trucos del mar. También iba Alberto Medina García, el capitán, un señor gordo, cincuentón, con mucha experiencia. Es lo que llaman un viejo lobo de mar. ¡Sí que era gordo! Con ellos, “el Canitas”, Concepción Canizales Estrada, dueño y señor de la cocina; “el Claveles”, o Javier Chacón Zúñiga, otro marinero de experiencia sobrada; y José de Jesús Montes Ruelas, “el Chuy”, también cincuentón, de fácil palabra y amistad.

Zarparon del puerto. Esa vez en el muelle, sobre el asta de seis metros, no había bandera roja que anunciara peligro en el mar. Otras treinta embarcaciones levaron anclas casi al mismo tiempo.

El Carranza II llevaba las redes rotas. Había tiempo suficiente para arreglarlas con zurcidos de nylon: un cruce por aquí, una vuelta por acá y un nudo final. El mar estaba brillante esa tarde. Sólo tenían una semana para tirar las redes y sacar los pescados, antes de regresar con sus familias que habían dejado horas atrás en el muelle.

La noche fue esplendorosa. En octubre la luna brilla más en esta parte de México. En el mar en calma se reflejaba esa bola, enorme, blanca. No es cierto que tenga un conejo. Tan cerca no lo parece.

Amaneció el lunes. La isla San Felipe les dio los buenos días a los seis marineros, ya adentrados en el golfo, a las seis de la mañana. De la cabina de mando, salió el capitán y los reunió a todos en la cubierta.

–No me gusta engañar a nadie: va a haber muy mal tiempo mañana y no podremos pescar. Hay dos opciones: una, quedarnos anclados en San Felipe hasta el viernes; y la otra es que nos regresemos a Peñasco. Llegaríamos el martes por la mañana, antes de que comience el mal tiempo.

El primer oficial de Capitanía de Puerto, José Germán Islava, había estado atento de los avisos meteorológicos desde esa mañana y se los reportaba a todas las embarcaciones. A las diez de la mañana llegó el nuevo reporte: un frente frío avanzaba desde el suroeste de Estados Unidos hacia el Golfo de California.

El informe fue actualizado a las cuatro de la tarde. Era motivo de alerta para todos porque habría vientos sumamente fuertes. Así decía:

“Los pronósticos actuales indican que el frente frío localizado al sur de California se localiza en las primeras horas del miércoles sobre el norte de Baja California y para la mañana del mismo día alcanzará el norte de Baja California Sur, región central del Golfo de California, y sur de Sonora, por lo que se recomienda mantener precaución a la navegación por la intensificación de los vientos con velocidades fuertes y oleajes elevados, algunas nevadas y un marcado descenso en las temperaturas de las costas en mención, por lo que se mantiene una estrecha vigilancia. Se recomienda mantener precaución a la navegación, actividades de pesca, pesca turística y de playa en las costas occidentales del Golfo de California por la proximidad de un frente asociado a una tormenta invernal”.

El capitán Medina, a bordo del Carranza II, volvió a insistir:

–Sugiero que regresemos a Peñasco. No nos vamos a quedar aquí anclados tanto tiempo porque se van a enfadar de estarse viendo las caras todo el día.

El papá de Juan Francisco apoyó la propuesta. Por la tarde, el Carranza II surcaría el mar con destino a puerto seguro.

Capítulo IV. Con el mar en calma.

Todos los marineros saben que la calma presagia tormentas y que el mar no es de fiar. Pero también tienen una frase que todos, en Peñasco, conocen perfectamente: “Del tamaño de tu necesidad es tu valor”.

En la casa de Juan Francisco hay necesidades. Por eso se subió al barco.

Ese lunes el mar estaba en completa calma. Un camarón podía saltar sobre el agua y provocar una onda ancha, aunque no fuese el más carnosito. Sólo se escuchaba el motor del Carranza II. Ni un hilo de viento.

El capitán volvió a hablar con los marineros, decepcionados por el regreso. Estaban seguros de que sin producto, no habría pago.

–Tomando en cuenta que el mar está calmado y que el mal tiempo comenzará hasta mañana, ¿qué les parece si tiramos las redes, pescamos todo el lunes y nos regresamos mañana temprano a Peñasco?

La idea sonó excelente. Habría que regresar a la isla San Felipe porque en esa área se sabe que hay muchos peces. A las ocho de la noche estaban allí, con las redes listas en el fondo del mar. Juan Francisco esperaba una buena captura. Los otros hacían bromas en la cubierta, esperando el momento preciso.

A las once de la noche se levantó la primera carga. Una tonelada de lenguados, peces ángeles, vaquetas, otras jaibas distraídas y algunas lisas, cayó con fuerza en la cubierta.

A mitad de la noche los marineros limpiaban los pescados, uno a uno. Les abrían la barriga y sacaban las tripas y las agallas con las manos. Un pescado no puede durar más de dos horas con tripas, afuera del mar, porque comienza a apestar a azufre.

Más redes salían del mar, pesadas, cargadas de pescados que terminaban amontonados en el congelador. Tal vez fueron tres toneladas.

Toda la noche limpiaron pescados. Nadie durmió. Juan Francisco peleó contra un pez vaqueta de casi treinta kilos que lo revolcó sobre la montaña de pescados. Era un animal muy fuerte que intentó luchar, sin éxito, por regresar al agua.

Amaneció el martes, el día temido. A las siete se dio la orden de recoger las redes, subirlas a cubierta y limpiarlas muy bien. Algunas veces se han quedado peces atorados que se sulfatan a las dos horas y apestan horrible.

No es un trabajo sencillo. Una jornada de ocho horas es suficiente para dejar las redes impecables, atrincadas y listas para el siguiente viaje.

Juan Francisco vio la hora en su teléfono celular: las tres de la tarde. Estaban listos para partir. De su cartera sacó las fotos de familia. Las vio. Sonrió. Las acomodó otra vez. La regresó a la bolsa trasera de su viejo pantalón Dickie, de color negro, deslavado.

Las tres de la tarde. Apenas el tiempo alcanzaría para llegar bien al puerto. Creyeron que tenían los segundos perfectamente medidos, como relojeros, dueños de los minutos y las horas.

El viento comenzó a soplar. Esa tarde, casi al oscurecer, el mar no se sentía normal.

Capítulo V. Gritos de miedo.

Capitanía de Puerto ordenó poner la bandera roja en el asta del muelle. Era la señal de alerta. Los barcos ya deberían estar anclados allí.

Por radio les ordenaron a los capitanes que regresaran de inmediato.

–En los canales de comunicación comenzamos a escuchar que todos decían: “Se puso muy fea esta chingadera”. Nosotros les respondimos: “Ven, se los advertimos con mucho tiempo y no nos hicieron caso” -recuerda en su oficina el oficial Islava.

Después de las nueve de la noche se perdió la visibilidad en el pueblo. La arena se levantó en nubes oscuras. Estaba a merced del ventarrón y la movía a su antojo. En minutos se sintió un descenso en la temperatura y el viento agarró más fuerza.

Doña Ana, la mamá de Juan Francisco, estaba en su casa. Muy claro pudo oír los silbidos del sur, del norte, de todas partes. Le llegaban al oído como presagios de tragedia. Afuera no podía ver la casa vecina por los remolinos de arena.

En el muelle, los barcos rechinaban. Las olas se abrieron paso hacia la dársena de maniobras. En 35 años de marinero, el oficial Islava nunca había visto algo así. Con sus manos viejas y rechonchas había levantado cuerpos vivos y muertos, unos completos, otros destrozados; pero nunca había visto al mar intentando llegar hasta las calles con esa fuerza. Se asustó. Volvió a tomar el radio y ordenó a todos regresar cuanto antes.

El Independiente I le contestó que había tenido contacto con el Carranza II y que iban a toda máquina hacia el puerto, sorteando las altísimas olas que comenzaron a formarse con el vendaval.

Avanzaban juntos el Carranza II, el Cazamar y el Independiente I, con mucha marejada y mucho viento. Otros corrieron a la isla San Jorge, que les ofrece un refugio y que está a 24 millas náuticas, unos 35 kilómetros de Puerto Peñasco.

En el radio de comunicación se escuchaban gritos de miedo. El amigo mar se había enfurecido con los pescadores. Juan Francisco sintió esa furia cuando, de forma abrupta, el Carranza II se detuvo a mitad del camino.

Capítulo VI. Un S.O.S.

El estruendo fue ensordecedor, como petardos estallando en sincronía con el agua. Vino debajo del barco. Una parte del equipo de pesca había golpeado la propela y la paró en seco, con ese ruido intenso que dejó en los oídos sordos un tintineo tan agudo que dolía. Cimbraron la cubierta y los pequeños camarotes.

Las irascibles olas ladearon todo el barco hacia su costado derecho. Todos sintieron eso.

Don Jesús Gallegos, el papá de Juan Francisco, estaba encargado de las máquinas. Malditas máquinas. ¿Por qué fallaban ahora en el momento más inoportuno?

Además de su problema cardiaco, don Jesús tenía una varilla en la pierna. Alguna intervención quirúrgica. Debía actuar con rapidez para echar a andar nuevamente al Carranza II.

Le pidió ayuda a su hijo. Desde la cubierta se lanzó a la parte inferior del barco, en el cuarto de máquinas. Dos metros de altura. No hubo varilla en la pierna que importara más. Conectó dos cables. Una chispita. Prum. El motor del Carranza II volvió a prender.

El capitán Medina tomó el timón en la caseta de arriba para controlar la nave. Estaban todos desesperados y asustados. Volteaban a verse con esa mirada suplicante que se distingue cuando se teme a la muerte.

Juan Francisco vio el mar subir a la cubierta, sin invitación ni permiso.

–El capitán logró enderezar el barco, pero la popa, que es la parte de atrás, estaba ya adentro del agua. Luego escuchamos un zumbido. El agua llegaba a la cubierta porque el viento empezó más recio y las olas más altas. Quisimos mover todo el producto para que nivelara el peso, pero el barco se volvió a ladear y comenzó a hundirse.

Medina lanzó la señal de alerta. Un S.O.S. que sólo pudo captar el Independiente I.

Al mismo tiempo que pasaba las coordenadas a los tripulantes de ese barco, gritó con mucha fuerza:

–¡Chuy, que todos se pongan los chalecos!

La orden era para José de Jesús Montes Ruelas, el marinero que le enseñó algunas artes de pesca al novato Juan Francisco. Desesperado, el capitán volvió a gritar:

–¡Que todos se pongan los chalecos porque esto ya valió madre! ¡Esto se va a hundir!

Capítulo VII. El barco se fue a pique.

El Independiente I captó el S.O.S. a las 10:52 de la noche, según el Centro Satelital para Monitoreo de Embarcaciones Pesqueras de Mazatlán, en el vecino estado de Sinaloa, localizado a cientos de kilómetros de distancia.

–El Independiente I gira y se dirige al Carranza II, ya con las coordenadas. No lo encuentra. Permanece en el área y da unas vueltas. Finalmente se vuelve a puerto porque estaba muy feo el mar –recuerda el viejo Islava, amigo entrañable de los marineros.

Juan Francisco tomó su chaleco salvavidas, de color naranja fluorescente, liviano, con cuadrados plateados al frente. Cualquier luz en la oscuridad los habría hecho brillar como focos. Luego corrió al camarote de su papá y tomó otro chaleco.

–Cuando llegué con mi papá, con el chaleco para ponérselo, él estaba en la cubierta a un lado de la caseta. Atrás de mí salió “el Chuy”. Yo miré a mi papá fatigado y le dije: “Vamos, homie, póngase su chaleco”. Él me dijo: “No puedo, homie, se me durmió el brazo”. Allí se me perdió el miedo y me empecé a preocupar por él. Tenía miedo de que cayéramos al agua y él no pudiera mover su brazo. Se le paralizaba medio cuerpo.

Con esfuerzo, Juan Francisco le puso el chaleco a su papá. Lo amarró muy fuerte. Don Jesús estaba realmente muy mal. Tenía el brazo doblado. Estaba inmóvil, a punto del infarto.

En el barco ya había más agua. El muchacho, a sus 23 años, sacó fuerzas para colocarse su chaleco salvavidas. Estaba a punto de abrocharlo cuando el barco volvió a cimbrarse.

–El barco se pegó un jalón muy fuerte. Mi papá me dijo: “Homie, nunca pensé que se fuera a hundir el barco”.

Era un lamento claro, una mezcla de preocupación con impotencia que don Jesús no escondió en su rostro, en aquella negrura espectral.

Juan lo tomó del brazo. El señor agarró al Chuy. Los tres cayeron al agua. La borda del barco golpeó el agua a medio metro de ellos y provocó una ola que los aventó.

–Al barco le empezó a salir aire de todas partes, hasta del fondo. Cuando volteé vi que ya se estaba hundiendo. Le dije a mi papá: “Homie, hay que nadar porque el barco nos va a jalar al fondo”. Pero él me contestó: “Homie, no puedo. Me duele mucho mi brazo, carnalito”.

Juan Francisco hizo un gran esfuerzo para jalar del chaleco a su papá y alejarse de la succión del barco. “El Chuy” lo ayudó. Vieron hasta el último mástil hundirse en la tenebrosidad del agua.

Los tres permanecieron juntos, flotando, con medio cuerpo debajo del agua, sin pisar nada. Don Jesús debió quitarse el pantalón Levi’s para mantenerse a flote. Se quedó en calzoncillos blancos y su camiseta negra tipo polo. El único accesorio que tenía era un dije de la Santa Muerte, pendiendo de su cuello en una piola negra de seda.

–Desde una parte, escuchamos una voz que nos gritó: “¡Ey, ¿dónde están? ¿Cuántos son?!”. Yo le contesté que éramos tres. Después vimos que era el capitán que nadó hacia nosotros con su chaleco puesto.

Faltaban dos. “El Claveles” y “el Canitas” no aparecieron por ninguna parte. Tal vez se fueron junto con el barco.

Juan Francisco se aferró a su papá. Que no se le soltara ni un instante.

–Se me hace que no pasó ni media hora cuando yo volteé a ver a mi papá. Se estaba desabrochando su chaleco con una mano. Él ya presentía que le iba a pegar el infarto.

Yo me le aferré con las piernas y me empecé a quitar mi chaleco también y le dije: “Suéltese y yo me suelto. Los dos venimos juntos y si se lo quita usted yo también me lo quito y los dos nos vamos a ir al fondo”. Me dijo: “Usted aférrese, homie, está muy feo el clima y aquí nadie se va a aferrar por usted, usted sálvese”.

Era su papá, su adoración, dejándose vencer por el mar, donde vivió los últimos treinta años de su vida.

Los cuatro juntos, inmóviles, esperaban la llegada del Independiente I. La espera era eterna. Ese barco ya estaba más cerca del puerto que de ellos.

Lo peor siguió a continuación. Una ola, la más grande que Juan Francisco hubiese visto, los golpeó con la fuerza de un barco. Medía siete metros. En esas circunstancias qué importaba ya la longitud, si la fuerza del golpe fue portentosa.

El impacto los separó a los cuatro. Las piernas de Juan Francisco, aferradas al cuerpo de su papá, se separaron instantáneamente.

–Prácticamente las olas me quitaron a mi papá de las manos y me quedé solo toda la noche del martes, en medio de la nada.

Ya no volvieron a encontrarse.

Capítulo VIII. El hombre de blanco.

Las malas condiciones prevalecieron toda esa noche. Los vientos fuertes, helados por el frente frío que empujaba una tormenta invernal, se sentían como cuchilladas en la piel curtida por la sal.

Sin su papá, Juan Francisco se aferró a vivir.

En el puerto y en la isla, la treintena de barcos ya estaba anclada. Todos pudieron llegar, excepto el Carranza II.

Al amanecer del miércoles, con todo el frío en contra, Juan Francisco vio al capitán Medina flotando con su chaleco, sobre un corcho a merced de las olas. También vio un cerro a lo lejos. Tierra firme y segura.

El experimentado Medina le dijo que no intentara nadar hasta allá. Era muy riesgoso y podría ahogarse. Pero su sugerencia no fue escuchada. En este joven había muchas ganas de vivir.

–Yo me aferré hacia el cerro. Le nadé desde que me separé del capitán. Seguí nadando y nadando. Me empezó a oscurecer el miércoles por la noche. Se miraba el cerro entero pero estaba muy lejos. La corriente me siguió arrastrando otra vez hacia el mar. Yo le pedía a mi padre Dios que me ayudara, a mi Virgen de Guadalupe, a Jesucristo, a San Judas.

Había pasado veinticuatro horas solo en el mar, sin dormir ni comer ni beber agua dulce, colgado de un chaleco relleno de esponja. El frío calaba horrible en los huesos. El ventarrón que pegaba en la cara se sentía en las piernas temblorosas.

Este fue el encuentro íntimo con sus creencias, con su devoción, con su Dios, que no lo dejó solo en el mar.

–Un rato después de estarles suplicando tanto a ellos, llegó una panga blanca y un señor todo de blanco, con un perrito. Le decía que me ayudara porque estaba muy cansado: “Ya no aguanto. Tengo mucho frío. Estoy bien cansado”. El señor me dijo que sí me iba a ayudar, pero cuando nadé para tratar de alcanzar la panga, ya no estaba.

Juan Francisco lo vio bien claro. El hombre vestía de blanco y habló con él. Pero desapareció. Prefirió seguir nadando hacia donde había visto el cerro de día.

–Yo seguía pidiendo ayuda. De repente me empezó a salir la torre de un faro desde el agua. Volteé hacia arriba y se miró la imagen de la virgen, grande, en la punta. Yo supe que me estaban ayudando, pero cuando llegué al faro se comenzó a desaparecer de abajo hacia arriba. ¡Era una virgen tan bonita! Seguí nadando y más adelante vi otra torre igual que salía del mar. A lo alto estaba el Cristo. Quise hacer lo mismo, agarrarme de la torre, pero se desapareció. Todo eso me tranquilizó porque pensaba que sí me estaban ayudando, que me estaban guiando y alumbrando el camino.

En su desesperación, Juan Francisco clamó ayuda. De la misma forma que el señor de blanco, la Virgen de Guadalupe y el Cristo de brazos abiertos, apareció San Judas.

–Yo le pedía a gritos que no me dejara solo, que ayudara a mi papá que estaba enfermo. Entonces volvió a llegar el señor en la panga: “Oiga, yo le pedí hace rato que me ayudara”. “Sí, yo te voy a ayudar”, me dijo. Pero cuando le tiré el agarrón a la panga, se desapareció.

Capítulo IX. Salen a buscarlos.

Comenzó a amanecer el jueves 29 de octubre. En la ciudad, doña Ana fue informada del accidente. Ella y las esposas de los otros marineros pidieron más detalles en Capitanía de Puerto, pero no había mucho qué contarles.

Les explicaron que el miércoles no pudieron salir a buscarlos por la intensidad del viento y el oleaje.

Según el oficial José Germán Islava, ese día hubo intensiones de buscarlos por aire, pero desde el aeródromo se impidió la salida de cualquier avioneta. Tampoco la Armada de México permitió salidas de embarcaciones.

El jueves, con mejores condiciones atmosféricas, salieron cinco aviones, dos helicópteros, veinte lanchas pesqueras, tres yates pequeños y doce barcos pesqueros. Pero no encontraron a nadie.

Peinaron toda el área desde el lugar del naufragio hasta cerca del área de El Desemboque, muy lejos de Puerto Peñasco. Hubo aviones que volaron hasta cerca de la Isla del Ángel, en medio golfo. Pero cualquier esfuerzo de búsqueda era inútil.

Juan Francisco, con su devoción reforzada, escuchó las aspas de un helicóptero. Lo vio aproximarse… y lo vio alejarse.

–Le empecé a hacer señas, comencé a gritar y nada. Se fue de largo. Pensé que mi padre Dios no quiso que me ayudaran. Entonces vi que el helicóptero se regresó y opté por quitarme el chaleco y lo extendí frente a mí por los cuadritos que parecen espejos y reflejan el sol. Pero nadie me vio.

Desanimado, intentó ponerse de nuevo el chaleco, pero se le escapó. Una ola igual de grande que la noche del accidente lo golpeó con furia y lo zambulló. Tragó agua a litros. Pataleó hacia la superficie y alcanzó a asomar la cabeza. Un ligero respiro de aire salado y otra ola igual de fuerte. Hasta el fondo. Agua turbia en los ojos. Todo gris. Y más agua a la panza.

Salió a flote. Vio su chaleco y lo alcanzó con las piernas. Metió una al agujero de los brazos y así se mantuvo. Luego, otra ola. El mar estaba enojado con él, pero había una mano amiga que lo ayudó siempre.

La ola lo elevó varios metros. Lo dejó suspendido unos segundos. A lo lejos, muy lejos, divisó dos barcos, uno azul y otro blanco. Luego, al fondo otra vez. Debajo del agua creyó que era una ilusión, que al salir ya no estarían los barcos.

Al asomar la cabeza tragó con desesperación una gran bocanada de aire. Allá estaban todavía, tan lejos, pero tan reales. Sacó renovadas fuerzas. No supo de dónde. Comenzó a nadar. Los vio alejarse en la misma dirección que braceaba. Estaban demasiado lejos.

El mar, embravecido, le mandó otra ola descomunal y lo volvió a zambullir. Lo sacudió abajo y lo sacó a la superficie.

–Estaba resignado a morir porque no había alcanzado a agarrar suficiente oxígeno. Volví a tragar mucha agua. Cuando salí, no sé cómo, el barco estaba cerquita de mí. Yo salí enfrente del barco blanco, el Mister I, un tiburonero. Salí a escasos veinte metros y vi a dos muchachos volteando para todas partes.

Capítulo X. Sobre piso firme.

Con la última esperanza, soltó un grito hueco, desde sus pulmones acuosos. Agitó los brazos ardidos, llenos de ampollas y llagas. Comenzó a sentir el ardor en las axilas, el cuello, la espalda, la ingle.

El barco era real y la gente también. Le lanzaron una cuerda. Se enroscó con fuerza y lo jalaron hacia la cubierta.

Juan Francisco había pasado casi tres días en el mar, con el único abrazo de un chaleco salvavidas, sin comer ni beber agua dulce, sin dormir, aferrándose a vivir, recordando a su papá, acompañado de su devoción y un deseo de volver a ver a su esposa, a su hija, a su mamá, a sus hermanos.

Con la boca destrozada por la sal no podía siquiera balbucear su nombre. Los hombres que lo sacaron del mar encontraron su identificación en su cartera, en la bolsa trasera del pantalón. Fue el único sobreviviente que hallaron.

El 22 de noviembre, veinticuatro días después de su rescate, volvió a encontrarse con su papá. Don Jesús murió en el mar, como siempre quiso. Hallaron su cuerpo a cientos de kilómetros del lugar del naufragio, en condiciones tristes. Juan Francisco lo identificó en la morgue, en Hermosillo, la capital de Sonora, hasta donde viajó con su mamá en un automóvil prestado porque no tenía dinero para el autobús.

Del capitán Medina, del Canitas, del Chuy y del Claveles no se supo nada. Los marineros que pescan en el golfo voltean de vez en vez, pero no encuentran más que agua. El mar ya está en calma.