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Ocho balas en el cuerpo. Catorce operaciones. Una amputación. Secuestrado y extorsionado. Amenazado de muerte. Treinta años. Así de telegráfico y así de concluyente. En este relato hay una víctima y decenas de verdugos. La víctima se llama Martín Vásquez y sus verdugos son matones a sueldo, secuestradores y bandas rivales. En este relato hay cristales rotos de tanta violencia junta, miedo contenido y escenas reveladoras de una realidad mayor, la colombiana.

Como otras tantas criaturas en su país, Martín ya vino al mundo con etiquetas. La de hijo y nieto de desplazados por el conflicto armado colombiano. Lo parieron un 23 de junio de 1986 en el departamento del Valle del Cauca, más concretamente en la cafetalera ciudad de Sevilla, a caballo entre la cordillera occidental del país y el macizo andino, lo que algunos han dado en llamar “la sucursal del cielo”, pues dicen que por estas tierras se encuentran las mujeres más bellas del planeta, se baila una cuarta parte de la salsa que bulle en el cosmos y se puede convivir con uno de los climas más apacibles del continente.

Su infancia tuvo de todo, como la de cualquier otro niño de su barrio y de su edad. Hasta cumplir los 10 años. A partir de ahí la vida no le dejaría estirar ni uno más de los últimos soles de su inocencia. Lo primero fue aceptar la pérdida de su tío, al que mataron en la ciudad de Palmira, donde Martín pasaba temporadas enteras rodeado de palmerales y caña de azúcar, viendo crecer de cerca la yuca con los frijoles bajo la brisa mansa. “A decir verdad, mi tío siempre estuvo condenado”, aclara este joven que recién ha cumplido 30 años. Cuando no eran unos, eran los otros. O los de más allá. La hacienda de su tío fue base de operaciones de los “tres ejércitos” que todavía hoy siguen desplegando su violencia por hacerse con el control del país caribeño. “Y si los guerrilleros le acusaban de alojar al ejército de la República, éstos hacían lo propio señalándole por haber dado cobijo a los revolucionarios de las FARC, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. ¿Pero qué podía hacer mi tío más que bajar la cabeza y asentir ante unos y otros?, pregunta Martín con su mirada, ahora sí, encharcada por la emoción, a la vez que retira dos lágrimas de la mesa donde compartimos nuestras consumiciones.

Martín y yo nos hemos citado en un bar tres horas antes de la media noche. Apenas hechas las presentaciones y tomar asiento alejados de unas cuantas voces rotas por el futbol, Martín no ha querido dejar escapar el tiempo y se ha dado toda la prisa del mundo en comenzar con su relato, su verdad, la pesadilla que le ha traído hasta nuestro país.

Si a los diez años lograron arrancarle fantasías propias de la edad, cumplidos los 19 comenzaría su vía crucis. La fecha, un 15 de enero de 2008, a mitad de camino de una de sus rutas laborales. Martín lo tenía casi todo en la vida. Amigos, el calor de su familia, el amor de una novia, unos ingresos semanales… Su labor consistía en cobrar a domicilio préstamos de familias que venían pagando a plazos las compras del establecimiento donde él estaba empleado. “Entregar el recibió a la señora de la casa y cobrar en metálico la cuota mensual. Así de sencilla y así de complicada era mi ocupación”, cuenta Martín 11 años después.

Y hasta ese preciso momento, ni una sola señal. Ningún aviso. Nunca. Jamás. Tampoco era la primera vez que transitaba aquellas callejuelas atravesadas las unas por las otras. “De haberlo intuido habría tomado mis precauciones, pero en mi país vives el miedo de otra manera, te acostumbras pronto a todo lo que le pasa a tus vecinos. Sólo que no piensas que eso te vaya a ocurrir a ti.” subraya este joven con aparente nobleza e ingenuidad.

Y lo ocurrido tuvo la misma violencia que rapidez. Al muchacho lo interceptaron cuatro matones para hacerse con la recaudación que llevaba encima. Cuatro adolescentes acostumbrados a soportar el rigor de la calle y que esta vez habían cambiado los juguetes de toda la vida por armas. A la postre, cuatro aspirantes a sicarios que le acabarían metiendo 7 balas en el cuerpo sin dar cabida a las respuestas. Los cuatro sacaron sus armas y dispararon a quemarropa. A plena luz del día. Los cuatro tomaron el botín y se fueron por donde vinieron. Sin más. “Todo sucedió muy rápido”, recuerda. “Al principio no sentí dolor, sólo dificultades para respirar. Luego ya perdí el sentido por la munición. Y ya”, abrevia Martín.

Horas más tarde, Martín Vásquez se reencontraría con la vida en el Hospital Departamental de Cali. Allí pasó tres meses y allí sufrió 14 intervenciones quirúrgicas. Las primeras para sacar el plomo del cuerpo; las siguientes, para reconstruir órganos vitales que se interpusieron en la trayectoria de la balacera. La última, para amputar su pierna izquierda, por encima de la rodilla, muy cerca de la cadera.

Martín no maquilla sus cicatrices ni las silencia. Tampoco siente vergüenza de exhibir las que no lleva a la vista. Vive con ellas. Las muestra. Hay escenas de guerra por todo el cuerpo. Sólo el abdomen tiene un área de unos 33 centímetros cuadrados plegados y cosidos a mano, su vejiga le condena a encontrar un cuarto de baño cada 25 minutos, y su pierna derecha le exige realizar esfuerzos poco habituales. Lo único que no puede mostrar es la bala que todavía esconde a la altura del bazo. No obstante, la señala.

Seguimos sentados. Conversando. Colocando fechas a los acontecimientos que cambiaron los días de este joven colombiano y su regreso al mundo de los mortales. Pero nada más abandonar su estancia en el Hospital Departamental los miedos y la violencia irían in crescendo. Tan solo las dos horas y media de traslado que mediaron entre el centro médico y su domicilio conciliarían toda su convalecencia.

A la vuelta de la esquina esperaba la realidad colombiana más aciaga. En uno de sus escasos paseos por el barrio, Martín era secuestrado a plena luz del día. Sus captores reclamaban 75 millones de pesos colombianos; el equivalente a unos 32 mil euros que el joven había cobrado cuatro semanas atrás de su seguro de vida y accidentes. Y los consiguieron. Para ello se lo llevaron a un piso franco, le quitaron la venda de sus ojos y le sentaron frente a unos tipos de aspecto duro y cara descubierta. Jóvenes cuyas vidas no iban más allá de una larga lista de compras que incluyera los tenis de marca, la ropa interior de marca, los jeans de marca y una gafas de sol de marca. Todo aquello que la sociedad ofrece a casi todos los colombianos y niega a la mayoría.

Después de recordarle el mundo que acababa de dejar atrás y amenazarle con el tiro de gracia a cada uno de sus familiares allí donde los miércoles de ceniza ponen la santa cruz, Martín fue incapaz de negarse a ninguna de sus exigencias. Sobraron los detalles. Los 8 días de cautiverio se convirtieron en otras tantas visitas a la sucursal número 23 del Banco de Bogotá para ir retirando el dinero. Fraccionado, para no levantar sospechas, en fajos de entre 4 y 8 millones de pesos.

Amenazado en todo momento y sin apenas espacio para dominar sus silencios, su puesta en libertad llegaría un lunes, a última hora de la tarde, nada más descolgarse la luz del día. No hubo ninguna formalidad, más allá de las advertencias propias de quienes necesitan seguir delinquiendo y los 5.000 pesos que le metieron en los bolsillos para el taxi de vuelta a casa; dos euros y medio con los que volver a acariciar la libertad.

Y nunca mejor dicho, sólo acariciarla. Martín tuvo que regresar al hospital Departamental para paliar la falta de medicación que sufrió durante los días de secuestro. Allí se encontraría con los mismos pasillos. La misma luz pobre encargada de borrar lo poco que había que ver. Los únicos cambios, sus nuevos vecinos de habitación y una visita inesperada. Hasta los pies de su cama llegaron dos sicarios para recordarle que pecar de alcahuete se pagaba con la vida. Tirando de arrestos y oficio, allí mismo le metieron una bala en el pie que le quedaba. Y como entraron, se fueron, sin que nada ni nadie alterase sus estados. Ni si quiera el Cristo del Sagrado Corazón que presidía la “sala de torturas”, santo y patrono que comparten la mayoría de las familias del país.

De regreso a una nueva y fugaz convalecencia, Martín seguiría recibiendo amenazas de todas las edades. Incluido anónimos bajo la puerta que le intimidaban con “darle plomo y acostarle” en el panteón familiar. Salir otra vez a la calle se tornó en una nueva pesadilla. Martín llevaba puesto el miedo, como un envoltorio. Le hacía mirar a todas partes. Dudar de todo y de todos. Y cada vez que los agentes policiales se acercaban por su domicilio para recabar información sobre su secuestro, sus captores hacían lo propio elevando el tono de las amenazas.

Rasgar una y otra vez el aire ingrato del barrio le obligaría a mudarse definitivamente. Con la ayuda de unos familiares y los préstamos de la Sra. Milagros, su antigua jefa, la que meses antes había pedido a todas las vírgenes juntas por su vida, Martín pudo poner un pequeño locutorio telefónico en la localidad que le vio dar sus primeros pasos y echar lo primeros dientes de leche.

Pero nadie dijo que se lo iban a poner fácil. Al contrario. Dos bandas rivales de la zona se apresuraron en chantajearlo para que pagase por su “seguridad”. De nuevo las amenazas y los sobresaltos. De nuevo su vida al límite de lo soportable. Y fue ese miedo el que lo deportó de manera imprevista y definitiva. A Martín le encontraron una oportunidad de traerlo para España y se subió a ella. No lo hizo como tantos otros compatriotas suyos que llegaron para ganarse la vida en la construcción o la hostelería. No. Martín lo hizo por temor. Por pánico a un escarmiento mayor. A nuestro país llegó sin maletas. Con lo puesto. Con el jadeo del que tiene que salir corriendo como alma agredida.

Martín Vásquez y yo hacemos un alto en la conversación. Tomamos un respiro. No es fácil inhalar tanta violencia de una sola vez. Y tras la pausa surge la pregunta. La de cuánto odio suele separar a la víctima de sus verdugos. La del rencor de años y sus secuelas. Pero no, el muchacho que ahora exporta todo su júbilo atrasado no rumia venganza. Apenas se advierte la sombra de una rabia contenida de tanta pregunta por responder. “No podría vivir con ese resentimiento todos los días. Eso me haría infeliz”, sentencia este joven capaz de mirar al futuro de tú a tú con la que ha caído.

Martín no señala a nadie. Insinúa que sería incapaz de juzgar a sus verdugos. Es consciente de que el destino pudo haberle puesto al él del otro lado de la línea, lo mismo que a sus esbirros. A ciertas edades el sentimiento de pertenencia a una pandilla provoca reputación y notoriedad. Y ya luego pasar de pandillero a sicario es un santiamén que se produce con demasiada frecuencia en su tierra. “Casi nadie está a salvo”, asegura.

Muchos de esos jóvenes a los que hemos venido desaprobando son muchachos de su misma generación. Hijos de familias rotas a los que ya sólo les queda el consumo como única pertenencia a la sociedad. Todos ansiosos de reconocimiento social. Y para ello no dudan en robar, secuestrar o matar. Lo que les encarguen. Incluso en competir por matar. Si, competir, porque las muertes reclaman más muertes. Y para ello empiezan disfrazando su realidad. Unos fumando cocaína, otros atragantándose del pegamento que se utiliza para soldar las suelas de los zapatos y la mayoría escuchando las letras y la música estridente de sus ídolos. Sólo ver el frío en sus miradas les delata; sus oficios quedan a la intemperie. Y mientras los sociólogos siguen apuntando a la desestructuración de las familias y la falta de oportunidades como el verdadero polvorín en la gestación de estos submundos, los sicarios más jóvenes acuden en procesión a rezarle a la Virgen del Carmen para pedirle coraje en el preciso instante de matar a su siguiente víctima.

Martín conoce bien la problemática de su país y su procedencia. La mayor parte de malandros y sicarios que se han venido cruzando en su camino salieron de unos barrios marginales repletos de desplazados por el conflicto armado y que hoy ya asedian las grandes urbes colombianas. Las partes de atrás de una nación, que diría el poeta. Barriadas enteras donde las casuchas de chapa y cartón se amontonan las unas con las otras, se vive de prestado y es fácil reconocer los orígenes y las muchas condiciones sociales con sólo cruzar las miradas. Allí en las que las palabras se cosen a puñaladas, las drogas se adueñan de casi todo y la violencia llegó para instalarse. Allí donde es casi seguro que Dios y Estado no asomen jamás.

Ya en España, Martín trabajó durante un tiempo en una fábrica de quesos que más tarde la crisis se encargaría de llevar por delante. Luego ha venido ganándose el pan a ratos sin hacerle ascos a oficios humildes, costosos o poco afortunados. Sus servicios han estado allí donde surgían las oportunidades. También se ha ocupado de pinchar discos, repartir publicidad, remachar calzado o reparar equipos informáticos a gente de pocos posibles… Ahora estudia un módulo profesional. Apenas le quedan tres meses para recibir el certificado en Redes, Microinformática y Diseño de Páginas Web; los mismos días que le restan para agotar la prestación por desempleo que recibe de 425 euros y con los que se viene organizando para compartir con dos bocas más, su compañera y el hijo de ésta.

Y como la necesidad primero aprieta y luego ahoga, Martín se viene ahorrando una comida de lunes a viernes en la Cocina Económica de Santander. Hasta allí acude cada día a la hora del almuerzo entre el trajín de su par de muletas y la esperanza de no tener que volver al día siguiente; de encontrar trabajo a dentelladas para ganarse el sustento de todos los días.

Seguimos sentados frente por frente. Conversando. Y Martín se emociona de nuevo. Las lágrimas vuelven a bordear sus ojos. Éstos quedan nuevamente humedecidos entre muecas propias de la edad y un par de gestos humildes. Ahora hablamos de su familia. De lo que han sufrido por él. Hay adoración por cada uno de ellos… Su mirada se inunda nuevamente mientras se atropella con palabras de admiración. Parece sentir y querer decir tanto a la vez que acaba borrando las preguntas con respuestas.

Esta es la primera vez que Martín abre las puertas al pasado, quizá para que la historia no quede en los archivos de la indiferencia y seamos conocedores de un conflicto que cumple ahora 50 años. Del sufrimiento de los 6 millones de personas desplazadas que hay en su patria obligadas a huir de las zonas rurales por la violencia, las amenazas y la confrontación armada. Y curiosamente Martín lo ha ido contando de espaldas a la entrada del establecimiento en el que estamos acomodados. Desde el primer instante. Tres horas de espaldas a una puerta, sí, algo impensable durante los últimos años en su Colombia natal. Si algo le ha dado nuestro país es seguridad. En Santander ha encontrado el sosiego que necesitaba. Aquí ha dejado de ir guardando su dorso a cada momento. Hoy por hoy, Martín es dueño de unas ganas de vivir envidiables. Traslada todo su entusiasmo y contagia una energía sin fronteras. Nadie diría que este joven haya podido cruzarse con tantas toneladas de violencia en su trayectoria vital. “Hasta no hace mucho los días sólo tenían ayer”, certifica este joven de rostro afable y sonrisa pegada al rostro. Ahora casi todos parecen tener mañana y comenzar mucho antes.

Hace rato que las voces y los ánimos en el establecimiento se han ido apagando. Es media noche y apenas quedan tres comensales en la barra del bar pegados a otras tantas copas de vino tinto. Ponemos fin a nuestra conversación y fijamos la fecha de una nueva cita. Ahora sí, nos despedimos. En el momento de estrechar nuestras manos, Martín Vásquez añade una frase muy parroquial: “Mañana será otro día, Javier”. Y se levanta. Con la pierna de siempre, la derecha, la que le queda.