Archivos de la categoría ‘Javier Sancho Más’

No a todo el mundo se le otorga vivir dos vidas de vértigo. A él sí. En una de ellas, Sergio Ramírez fue protagonista de la revolución en Nicaragua. Vivió su triunfo por las armas y su derrota por las urnas. Llegó a ser vicepresidente, uno de los pocos civiles en un gobierno plagado de comandantes del Frente Sandinista que se hizo con el poder. Hoy está alejado de la política y de quien fuera su compañero, el actual presidente Daniel Ortega.

En otra de sus vidas, Sergio Ramírez fue y es el escritor que se imaginó una ciudad, León, y un país, Nicaragua, como territorio literario, el autor de unos cincuenta libros, entre ensayos, cuentos y novelas como Castigo divino (Mondadori, 1988) y Margarita está linda la mar, con la que obtuvo el premio Alfaguara en 1998. En 2 014 fue el flamante ganador del premio Carlos Fuentes, dotado con 250 mil dólares —que en su primera edición ganó Mario Vargas Llosa— y su nombre suena ya para el premio Cervantes. Es uno de los autores vivos más significativos de la generación post-boom (o boomerang, como la catalogó Carlos Fuentes), donde figuran autores como Tomás Eloy Martínez, Nélida Piñón, Roberto Bolaño y Antonio Skármeta, entre otros. Con menos éxito de ventas que sus antecesores del boom —con García Márquez a la cabeza— han mantenido, sin embargo, el prestigio de la literatura latinoamericana. Hay dos cosas que no soportaría que le hubiesen sucedido: haberse perdido la revolución y no dejar una obra literaria a su país.

Hoy hemos quedado en encontrarnos por la mañana. Cuando estamos los dos en Managua solemos hablar por la tarde, a partir de las cuatro, cuando la ciudad deja de ser un infierno y la brisa firma una tregua. Pero hoy tiene que ir a ver a Ernesto Cardenal, el poeta, su vecino, convaleciente de una neumonía. Si uno llama por la mañana, Monchita (la empleada de la casa donde viven él y su mujer, Tulita) contesta: “El doctor está escribiendo”. Sergio Ramírez fue el número uno de su promoción en la facultad de Derecho de León, pero nunca ejerció como tal. En Nicaragua, sin embargo, aún lo llaman “el doctor”. La frase de Monchita es el primer filtro para que el que llama desista si no es nada urgente, porque las mañanas son para escribir.

Su atuendo de trabajo apenas varía: camisa polo de manga corta y pantalones ligeros de color beige (a veces, shorts); zapatos Crocs de estar en casa, o mocasines sin calcetín. Por lo demás, impoluto, el pelo aún recio y partido a la derecha, a pesar de que en un tiempo luchaba para domarlo. Hasta no hace mucho, sin canas. Nunca lo he visto sudar. Los que viven en Managua, una olla a presión, tienen una habilidad natural para no sudar. Antes solía caminar por las mañanas, pero un problema de rodilla se lo impide, lo que lo hace criar una gordura que baja a base de dietas.

Cuando entro en su estudio lo encuentro sentado frente a la pantalla, la mano izquierda en el mentón, y revisando su agenda, una especie de Google Calendar. Casi todo lleno de cursos, conferencias, viajes, ahora casi siempre por motivos literarios o por reuniones de la Fundación Nuevo Periodismo, que fundó Gabriel García Márquez en Cartagena de Indias y de la que él forma parte desde sus inicios. A veces lo invitan a mesas redondas de temas políticos, pero sólo acepta si coincide con una presentación literaria.

En apenas tres meses, el presidente de México le dio el Carlos Fuentes; el embajador de España, la orden Isabel la Católica, y acaba de presentar Sara, su última novela. Pero pertenece a una generación para la que la literatura y el compromiso iban de la mano.

—Parece una agenda de ministro, le digo.
—O de vicepresidente —bromea, aunque no le gusta que en las etiquetas de sus libros digan que fue vicepresidente—. Yo jamás compraría una novela cuyo autor se venda con esa etiqueta.

***

Las mañanas son para escribir desde las ocho y media hasta la hora del almuerzo. Se lo toma como un oficio de gobierno, o la misma disciplina que se impuso para recuperar el tiempo perdido a la literatura cuando a mediados de los ochenta se percató que llevaba una década sin escribir.

Entonces habían transcurrido ya seis años desde aquella mañana de julio de 1979 en que los sandinistas llegaron a Managua y se hicieron con el poder, apoyados por todos los sectores de la sociedad nicaragüense y de la comunidad internacional. Después de que el último de la dinastía dictatorial de los Somoza huyera del país, Sergio Ramírez entró triunfal en la plaza, en lo alto de un camión de bomberos, junto a otros miembros de una Junta de Gobierno, incluido el que sería presidente, el comandante Daniel Ortega.

Sergio no había disparado un solo tiro. Su labor en la clandestinidad y el exilio —en Costa Rica— fue intelectual y diplomática, tanto para conseguir apoyo político y financiero para la compra de armas, como para crear una corriente dentro del Frente Sandinista que acabaría imponiéndose sobre las demás. La mayoría de los que integraban aquel primer gobierno apenas rebasaban los treinta años, y su gesta impresionó al mundo. Si en los ochenta se hablaba de utopía, se hablaba de Nicaragua. La última oportunidad para el sueño de un mundo nuevo.

El gobierno sandinista impulsó cambios drásticos para equilibrar las grandes desigualdades alimentadas por una dictadura que había durado cuarenta años. Se intentó una suerte de economía mixta, se inició una campaña de alfabetización, dirigida por el sacerdote Fernando Cardenal, hermano del célebre poeta, hubo grandes logros en el ámbito de la salud y se emprendió una reforma agraria.

Pero la revolución sandinista se hizo con el poder gracias a la unión de sectores muy diversos que, en circunstancias normales, hubieran estado enfrentados. Algunos temieron una deriva autoritaria y el alejamiento de los principios éticos de la revolución. Violeta Chamorro, por ejemplo, viuda de un destacado periodista asesinado años antes por la dictadura, abandonó muy pronto la Junta de Gobierno sandinista. Diez años después, en 1990, ganaría las elecciones encabezando una alianza opositora que sepultó a la revolución.

Desde el exterior, el gobierno de Ronald Reagan, temiendo una segunda Cuba en la región, armó una guerrilla contrarrevolucionaria que ingresó al país por la frontera norte de Honduras. Era la “Contra”. La reacción del gobierno de Daniel Ortega y Sergio Ramírez fue una medida impopular que se tomó para nutrir las tropas del ejército sandinista: el servicio militar obligatorio. Con una economía precaria, Nicaragua dependía de la ayuda externa, principalmente de la antigua Unión Soviética, con lo cual el país entró en el juego geoestratégico del final de la Guerra Fría. En medio de ese escenario, Sergio Ramírez, un vicepresidente con mucho poder, añoraba, sobre todo, contar con algunas horas para volver a escribir.

***

Él llama “cápsula espacial” a su apacible estudio. Está revestido de madera, con vista al jardín de la casa, y allí es difícil encontrar recuerdos o fotos de su pasado político o alusiones a la revolución. Nada más entrar, cuando los ojos se adaptan al cambio brusco de la luz a la sombra, uno se topa con una barra de bar y, a la izquierda, una biblioteca de dos niveles. En el ala derecha, el despacho: una mesita pequeña, cargada con libros de pintura o fotografía que a veces sirven de posavasos. Hay un sofá para dos y un par de sillones de color café claro, cada vez más desleídos por el sol que entra por las ventanas. No hay mucho espacio. Sergio Ramírez escribe entre dos mesas. A sus espaldas, una larga que ocupa el centro del despacho, repleta de libros. Son los que está leyendo y los que está por leer, muchos de autores jóvenes, algunos manuscritos aún no publicados que él apunta y corrige a conciencia.

Escribe contra una ventana alargada, oscurecida para apaciguar el sol. Siempre en una PC. En los viajes lleva tableta y Kindle. A un lado, colgando junto a la ventana, un enorme retrato de Tulita (ya casi nadie la conoce por Gertrudis, su nombre real), luciendo el pelo negro y largo, sonriendo con los ojos. Lo pintó Dieter Masuhr, un artista alemán amigo suyo, de los muchos que se enamoraron de aquella Nicaragua en revolución, junto a autores como Julio Cortázar, que escribió un libro cuyo título define la vida cotidiana de aquellos años de entusiasmo y dolor: 
Nicaragua tan violentamente dulce.

Pero pronto las madres empezaron a cansarse de ver a sus hijos huir a otros países para no entrar al servicio militar o volver lisiados o muertos de los frentes de combate. Y Violeta Chamorro, una madre cuyos hijos estaban enfrentados ideológicamente a un lado y otro, recogió las frustraciones de gran parte de la población y se hizo con la victoria en el 90, tras una campaña en la que nunca cambió su vestido blanco y con una pierna enyesada a causa de un accidente. Un par de meses antes había caído el muro de Berlín. El mundo se olvidó del país centroamericano que con apenas cinco millones de personas había padecido la muerte de más de 50 000, decenas de miles de heridos, y cientos de miles que buscaron refugio en otros países, además de una deuda económica impagable y problemas que lastrarían el desarrollo futuro como las demandas por expropiaciones indebidas.

En el estudio, las mesas, los cojines del sofá y hasta las vitrinas tienen rayones, rozaduras, pero es muy acogedor sentarse allí a conversar, o a estar en silencio. Allí suelen hacerse también las reuniones de trabajo, casi siempre repletas de jóvenes. Hay fotos en las que se les ve, a Tulita y él, junto a Saramago y Pilar del Río, o junto a Carlos Fuentes; una bolsa de avión con una dedicatoria de Cortázar. En la esquina opuesta hay una puerta que conduce al baño y a la parte trasera de la casa, otras dependencias donde trabaja Betty, su secretaria. El baño, austero, tiene una mesita pequeña frente al lavabo, donde a veces he visto El Quijote y otras la Biblia Latinoamericana, con una libretita y un lápiz.

Le traigo un recorte de prensa con una foto que guardo porque refleja una incógnita que marca su vida. Se trata de un acto durante uno de los primeros aniversarios de la revolución. Él, el segundo por la izquierda, se vuelve hacia el lado opuesto sonriendo a Tomás Borge, comandante de la vieja guardia del Frente y uno de sus fundadores. Junto a él, Daniel Ortega, con sus grandes lentes de entonces, sonríe. Los acompañan otros comandantes. Salvo Borge, todos ellos son jóvenes de melena al viento y lucen el uniforme verde olivo de manga corta. Sergio Ramírez, en cambio, lleva una camisa clara. La pregunta es ¿qué hacía él ahí? Un intelectual, un demócrata, un escritor, un civil en un gobierno plagado de comandantes.

—Ésos eran unos trajes safari. Me los hizo un sastre enviado por Fidel Castro a la casa de El Laguito, donde me hospedaba cuando iba a Cuba. Yo los usaba en ceremonias oficiales. Pero cuando viajaba por asuntos de Estado y debía verme con primeros ministros o cancilleres, usaba unos trajes que compraba en la calle Serrano de Madrid. Eran caros, porque debía ir ‘bien presentado’ como decía mi madre.
—En todas esas fotos, ya sea cuando estás entrando en Managua el día del triunfo de la revolución en el 79, o cuando dejas la política en el 96, tienes el mismo semblante: sereno, pero como distanciado.
—Ser ‘el otro’ es algo que he tratado de desentrañar en mis escritos. Sentirse el extraño o marginado. Me viene de chico. Por dos cosas: el estrabismo de mi ojo izquierdo —yo era el único que tenía lentes en la escuela, por lo que también me zaherían—, y por ser muy alto. A los doce años casi tenía la estatura que tengo ahora, más de uno ochenta y tres. Era flaco y desgarbado y no podía bailar. Eso provocaba un ensimismamiento, ésa es la palabra exacta: ensimismarse. Pero ayuda bastante a meterse en la literatura de alguna manera. Además, por mi altura, me uní a muchachos mayores que yo. Por tanto, aprendí cosas que los niños de mi edad no aprendían. Te hablo de experiencias sexuales, tragos, etc., ajenos a mi edad.

Cuando habla, suele frotarse el ojo izquierdo, que se le desvía y le da la apariencia de estar dormido o ausente.

A veces, por la tarde, vienen al estudio Tulita, y los hijos de ambos, Sergio, María y Dorel, todos nacidos cuando la pareja vivía en Costa Rica durante los años sesenta y principios de los setenta. Hoy viven en Managua, cerca unos de otros, y los hijos suelen venir con los nietos. También se acerca Antonina, viuda de Rogelio Ramírez, el hermano pequeño de Sergio que murió hace años durante un viaje diplomático a Corea. Cierta vez estaba lloviendo y el estudio estaba repleto de familiares. Sergio hijo le preguntó a Sergio padre por qué había fumado tanto durante sus años de gobierno si nunca antes había probado un cigarrillo.

—No sé —contestó él evasivamente—. Entonces todo mundo fumaba.

Pero él no tragaba el humo, y al final se percató de que no era un fumador, así que lo dejó sin más. Sergio contó que la revolución lo estaba absorbiendo tanto que su esposa, Tulita, acabó pidiendo una cita en la Casa de Gobierno para tratar con él asuntos domésticos pendientes. Tulita lo confirmaba con una media sonrisa y con la entonación afónica y cálida: “Sí, olía a humo por todas partes en aquel despacho” dijo, extendiendo los dedos hacia su marido y acariciándolo suavemente. Él tenía la actitud del niño obediente que se deja regañar.

***

Nacido en Masatepe, en un país que está bajo la sombra de Rubén Darío, donde se dice que “todo el mundo es poeta o hijo de pueta”, su primer contacto con la literatura fueron los cómics y el cine del pueblo, propiedad de su tío, a quien le ayudaba a proyectar las películas.

—Echando la vista atrás, siempre practiqué oficios muy solitarios. Por ejemplo el de proyeccionista de cine. Te encierras en la cabina, a la que subes por una escalera vertical, del tamaño de un palomar. Es un cuarto de fantasmas enrollados en el celuloide, casi a oscuras y encima del público.

Su padre, Pedro Ramírez, era un comerciante que, a diferencia de su madre, apenas leía y no provenía de una familia con dinero. Los hermanos y primos paternos componían una orquesta, Los Ramírez, y solían sentarse en la acera de la casa a hacer chistes. Ese ambiente jocoso y pueblerino aparece en varias de sus obras. El periodista Juan Cruz, editor de Alfaguara durante los noventa, ayudó a darlo a conocer con la novela Un baile de máscaras, 1995, en la que Sergio Ramírez recrea su propia infancia entre la década de los cuarenta y cincuenta en su natal Masatepe.

Su padre, que paradójicamente era simpatizante del partido liberal de Somoza y llegó a ser alcalde de Masatepe, lo envió a estudiar Derecho en León, aún sin tener muchos recursos y aún cuando el joven Sergio no tenía vocación.

—Yo creo que mi padre quería educarme en el poder, sólo que él se imaginaba un poder cercano al dictador.

León, una vieja ciudad colonial de 60 mil habitantes, era una metrópoli en comparación con Masatepe. El año en que entró en la universidad fue el mismo año del triunfo de la revolución cubana, y se notaba ya la efervescencia que produjo en movimientos estudiantiles de todo el continente. El día clave fue el 23 de julio de 1959. Ese día los estudiantes universitarios, Sergio Ramírez entre ellos, marcharon en una manifestación con camisas blancas y corbatas negras, en señal de duelo por los caídos de una frustrada intentona guerrillera contra el segundo de los Somoza que gobernaba el país. Tres años antes, también en la ciudad de León, un joven poeta había acabado con la vida del padre de la dinastía, Anastasio Somoza García, por lo que su hijo Luis Somoza asumió de inmediato el poder. El hijo menor, Anastasio (Tacho), estaba al mando de la Guardia Nacional a la espera de ser el siguiente en subir a la presidencia.

En la manifestación de julio, la Guardia Nacional reprimió a los estudiantes y dejó a cuatro muertos y más de sesenta heridos. Sergio Ramírez corrió a refugiarse en el interior de un restaurante. En una de las entrevistas que le concedió a la periodista mexicana Silvia Cherem, para un libro en el que se recoge buena parte de su vida, (Una vida por la palabra, Fondo de Cultura Económica, 2004), reconoció que “al llegar a la universidad no tenía conciencia política… pero ese día cambió mi vida para siempre”. Desde entonces, para él estuvo claro que la dictadura tenía que desaparecer.

Siguió estudiando sin vocación pero con una característica que lo acompañaría siempre: hacer como si le gustaran las cosas que no le gustan. De hecho, se convirtió en el mejor alumno de su promoción y ocupó cargos de confianza junto al rector de la universidad, Mariano Fiallos, un humanista que fue su mentor. También publicó su primer libro de cuentos, titulado Cuentos, en 1963.

Ya por entonces, su novia era Tulita: una muchacha leonesa que vendió ese libro de Sergio, casa por casa, pese a la timidez congénita. Tulita nunca ha dado ni dará una entrevista, pero se la puede ver en la primera fila de todas las conferencias de su marido. Antes de que estuviesen juntos, Sergio tuvo que disputársela a un ingeniero que se había aliado con un cura español para casarla casi a la fuerza. Con varios amigos y sus futuros suegros se presentaron en la sacristía para rescatarla y enfrentar al cura. “Parece una historia de Pérez Galdós, pero es cierta. ¿Y sabes qué? Ese mismo cura nos casó el 16 de julio de 1964 en la misma catedral. Yo tenía veintiún años, ella dieciocho”, le dijo Ramírez a Cherem.

Gracias a la influencia del rector Fiallos, Sergio Ramírez fue elegido secretario del Consejo Superior de Universidades Centroamericanas, que tenía su sede en Costa Rica. Tulita y él vivieron allí más de una década, durante la cual nacieron sus tres hijos. En 1973 tenía en una mano la oferta de una beca de la Fundación Ford para estudiar Administración Pública en Stanford, lo que le garantizaba un buen porvenir; en la otra, una humilde beca de escritor en Berlín, gracias a la gestión del crítico y traductor Peter Schütze-Kraft. Hasta entonces sólo había publicado un libro de cuentos y una novela,Tiempo de fulgor (1970), todo con escaso éxito. Pero no lo dudó. Se embarcó con toda la familia hacia Berlín y aparcó su vida de futuro político.

Durante los dos años que permaneció en Berlín escribió la novela Te dio miedo la sangre—publicada después en Caracas, en 1977—, donde desarrolla el tema de la conspiración política contra el poder y la violencia.

Y entonces el destino nuevamente lo puso a prueba. Tenía una oferta para ser guionista en el Centro Pompidou de París, que se iba a inaugurar. Pero en 1974 un noticiero alemán mencionó el nombre de Nicaragua (hasta entonces casi inexistente en los medios internacionales), relacionado con la palabra “sandinista”. Él había tenido contacto en Costa Rica con varios miembros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), incluido su fundador, Carlos Fonseca, pero hasta entonces se trataba de una iniciativa minoritaria y de tinte radical a la que él era ajeno. Conocía muy bien la legendaria figura de Sandino, el héroe en quien se inspiró el Frente, el hombre que se había rebelado contra las invasiones yanquis en Nicaragua hasta que el primero de los Somoza lo asesinó. En el noticiero se contaba del exitoso operativo de un comando sandinista en Managua. Entonces vislumbró que la posibilidad de derrocar a la dictadura estaba cerca, e hizo la maniobra contraria a la que había hecho antes: aparcó su futuro como escritor y se volvió con toda la familia a Centroamérica.

Ingresó en las filas del FSLN en 1975 desde Costa Rica, y se dedicó a lo que había aprendido en sus años de dirigente universitario: hacer gestiones para conseguir financiación y apoyos políticos. Era un intelectual al servicio de la revolución.

—¿Renunciaste conscientemente a la idea de ser escritor por la revolución?
—Es que no podía perdérmela. Era una revolución. El papel que yo debía desempeñar era el del intelectual, el de la propaganda, la diplomacia, ya que carecía de entrenamiento o de intenciones militares.

Fue entonces cuando entró en contacto con García Márquez para que, a través suyo, el presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, proveyera las armas necesarias para un operativo contra Somoza. Ocurrió en 1977 y, para que sucediera, Sergio Ramírez engañó a Gabo. A la pregunta de “¿Y cuántos son ustedes?”, le contestó que eran más de 1 300 combatientes, cuando en realidad no eran más que unas pocas decenas. No tardó en recibir por vía telefónica la constatación de la ayuda, en lenguaje cifrado: “el editor acepta publicar el libro, y firmará el contrato apenas esté escrito el primer capítulo”. El operativo sin embargo no fue tan significativo como se esperaba. Apenas se pudo tomar un solo cuartel de la Guardia Nacional, cerca de la frontera con Costa Rica.

Durante esos años en Costa Rica, el viejo Volvo que conducían Tulita o él servía para llevar armas, dinero, medicinas y vituallas desde San José a la frontera nicaragüense. La casa donde vivían, en el Barrio de Los Yoses, se convirtió en una base de operaciones. Allí se guardaba parte del dinero para la revolución —que provenía de donaciones de todas partes del mundo— en una maleta oculta en el lavabo. “En algún momento”, recordó Sergio en sus memorias de la revolución, Adiós muchachos (Aguilar, 1999), “llegó a haber un millón de dólares en la maleta”.

Con el triunfo de la revolución el 19 de julio de 1979, y establecido ya en Managua, Sergio comenzó su tarea en la Junta de Gobierno, asumiendo después la vicepresidencia tras unas cuestionadas elecciones que, en 1984, el Frente Sandinista convocó para obtener legitimidad ante el mundo. Tulita y sus hijos apoyaron al escritor metido a revolucionario. Todos colaboraron en tareas campesinas y de alfabetización, como la inmensa mayoría de las familias nicaragüenses. Y Sergio hijo, sin que su padre lo supiese, se alistó como voluntario en uno de los batallones de combate.

—¿No hiciste nada para sacarlo de allí?
—Mi hijo quiso irse a la guerra porque no quería que yo quedara mal. Y esta es la parte más dramática de todo, ¿no? Yo era un dirigente de la revolución. Y él no quería que dijeran que tenía una protección especial y que yo era lo suficientemente cobarde como para no mandarlo al frente de batalla. Entonces yo no busqué cómo salvarlo. Yo no dije: ‘No, de ningún modo, mi hijo tú no vas a la guerra, qué vas a hacer, mejor andate a Cuba’. En ese momento, lo vi como un acto de honestidad por mi parte. Pero me despertaba por las noches, sobresaltado, pensando que podían matar a mi hijo, que era perfectamente posible.

En su última novela, Sara, publicada por Alfaguara en 2015, reescribe el relato bíblico de Abraham. Un hombre y una mujer vagando solos por el desierto. Él sólo obedece los dictados de un “Mago” que impone arbitrariamente el destino de la pareja. A pesar de no entender por qué Abraham continúa obedeciendo los dictados de un destino incierto, ella lo sigue siempre, tratando de resistir con lo que a él le falta: sentido común. El momento crucial es cuando Abraham va a sacrificar al único hijo de la pareja. Según la Biblia, Dios detiene finalmente la mano del padre que va a ejecutar a su hijo tras haber comprobado su ilimitada fe. Según esta reescritura es Sara, la mujer, quien detiene al marido con el cuchillo alzado.

—¿Cómo vivió Tulita que tu hijo se fuera voluntario a la guerra?
—Ella, como ser humano, creo que es mucho mejor que yo, ¿no? Ella es extraordinaria. Echó para adelante. Pero jamás me dijo: ‘o me traes a mi hijo, o me voy de la casa’. Lo que hacía era irse con el resto de madres a los centros de entrenamiento, hasta Mulukukú (en el interior de Nicaragua, cerca del frente de combate), en medio de las balaceras, a visitarlos. Una guerra en la que las mujeres iban a visitar y a llevar comida a sus hijos. Mi hijo participó en muchos combates. Vio caer a sus hermanos de lucha. Después, por un problema en la rodilla, lo destinaron a la retaguardia y una vez licenciado se fue para Alemania Oriental a estudiar ingeniería.

En 1985, con la guerra en pleno auge gracias a la financiación del gobierno de Reagan a la Contra en su empeño por mermar a los sandinistas, mientras era vicepresidente, Sergio Ramírez decidió robarle dos o tres horas al sueño cada madrugada, antes de emprender las obligaciones del gobierno, para volver a escribir. Era la historia de un famoso envenenador, Oliverio Castañeda, cuyos asesinatos fueron célebres en el León de los años treinta, un thriller titulado Castigo divino, que bebe mucho de las crónicas rojas de la época. Se publicó en 1988 y obtuvo el premio Dashiell Hammett a la mejor novela policíaca en español dos años después. De ella dijo Carlos Fuentes que Sergio había escrito ‘la gran novela de Centroamérica, la que hacía falta para acercarse a la intimidad de sus gentes’.

—¿Cuántas horas dormías mientras escribías Castigo divino?
—Casi nada, porque, a ver… Me levantaba sobre las cuatro, me iba a escribir, luego desayunaba algo, me duchaba, y me iba a la casa de gobierno hasta el mediodía. Hacíafooting durante una hora y media. Comía y entraba al turno de la tarde que a veces se extendía hasta las diez u once la noche. Hace poco me encontré a uno de mis antiguos escoltas. Ellos tenían una cancha de deportes aquí, en el despacho donde estamos ahora. Me contó que, entonces, cuando se levantaban para entrenarse, se decían: ‘No hagan ruido, muchachos, que el doctor está escribiendo’.

Esta era la casa de sus escoltas. Cuando era vicepresidente vivía al lado, en otra mucho más lujosa. En una pared, junto a la puerta del estudio, hay un mueble alto con puertas de vidrio. Guarda sus obras traducidas y la bibliografía crítica, además de otros tesoros, como una Biblia evangélica que le dejó su abuela. De padre católico y madre evangélica, es un agnóstico que cree sin embargo en el destino a la manera de Jung o de los griegos antiguos. El carácter retraído lo heredó de su madre, una mujer muy seria y reservada, gran lectora de los clásicos españoles. Entre los libros hay un reproductor de cd con música de todo tipo, desde flamenco hasta baladas o corridos mexicanos.

—Daniel (Ortega) me contagió el gusto por los Tigres del Norte cuando andábamos en la campaña electoral del 90.

Compañeros de fórmula durante los ochenta, Daniel y Sergio, como les llamaba el pueblo (sólo los enemigos como Reagan decían Ortega y Ramírez), parecían inseparables. Si bien Sergio se caracterizaba por una visión más socialdemócrata, el conflicto con Estados Unidos le llevó a radicalizar algunas de sus posturas y fue leal a las directrices del partido y a Ortega. Al menos hasta la derrota en las elecciones del 25 de febrero de 1990, que provocó que las diferencias entre ellos emergieran rápidamente. Pese a haber llenado las plazas de seguidores en aquella campaña electoral, el Frente Sandinista perdió tras obtener 41% de los votos frente a 54% de la alianza opositora encabezada por Violeta Chamorro. Sergio Ramírez fue quien llamó por teléfono desde la casa de campaña a Ortega para comunicarle que los primeros sondeos no iban como esperaban.

Tres años después de la derrota, junto a otros militantes históricos, llamó a una renovación interna del Frente Sandinista y apoyó una reforma constitucional que no era del agrado de su ex compañero. Tanto Daniel Ortega como otros dirigentes consiguieron arrinconarlo para quitarle influencias. Las diferencias internas se envenenaron y a través de la Radio Ya, propiedad del Frente, al igual que desde del diario Barricada, que pasó a dirigir Tomás Borge, ex Ministro del Interior, se lanzó una campaña de difamación contra Sergio. Para estos medios, era un “traidor” y se hablaba de una de sus hijas como “lesbiana”, una palabra que por entonces, y en un país machista como Nicaragua, resultaba devastadora. Todo ello forzó su salida definitiva del FSLN en enero de 1995. En una rueda de prensa, acompañado por toda su familia, anunció: “Renuncio de manera pública e irrevocable… El Frente Sandinista al que yo me incorporé hace veinte años ya no existe”.

—Yo era amigo de Daniel Ortega. Trabajábamos juntos, íntimamente, nos 
llevábamos muy bien. Nunca tuvimos diferencias profundas durante la revolución. Diferencias de trabajo sí había muchas. Las discutíamos. A veces chocábamos por decisiones, lo que era normal. Pero yo nunca le tuve ningún desafecto. Había viajes que hacíamos juntos por horas, él manejando y yo al lado, conversando de todo. Él se explayaba conmigo, con mucho humor. Nos burlábamos de muchas cosas que después teníamos que defender de manera formal.
—¿De qué se burlaban?
—De la arrogancia de algunas personas, de las falsedades de la política… Pero una cosa es el afecto personal y otra las diferencias políticas.
—¿No hubo nunca un acercamiento entre Daniel y tú, antes o después de tu partida?
—Creo que nunca nos sentamos a hablar. Una vez recuerdo que vino Jimmy Carter y se acercó a mí. ‘Mira, en qué puedo ayudar yo para que Daniel y tú se acerquen’. Ya estaban empezando las diferencias. ‘Presidente, no hay ninguna necesidad. El día que yo necesite hablar con Daniel Ortega, lo voy a hacer directamente’. Nunca lo hicimos. Pero yo creo que si hoy me volviese a encontrar con Daniel Ortega, tantos años después, nos saludaríamos con el mismo afecto. Yo no se lo he perdido. Creo que estas cosas es bueno entenderlas, porque en la política todo se llega a confundir.

Su salida de las filas sandinistas no significó la salida definitiva de la política. En 1995, Ramírez fundó el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS), para presentarse a las elecciones del año siguiente. Casi sin apoyo económico, y contra toda esperanza, el resultado fue catastrófico: apenas lograron un diputado.

—Siempre has dicho que en un país normal nunca hubieras sido político. Es difícil entender por qué te presentaste a esas otras elecciones del 96 cuyo desenlace se sabía de antemano. Además, ¿no era que querías dedicarte a la literatura?
—Para mí era parte de lo mismo. Yo pensé que después del 90, la revolución estaba terminando de hundirse, con un giro autoritario que contradecía los ideales iniciales. Sentía que la revolución debía tener una continuidad democrática. Y…

Interrumpe una llamada telefónica de Antonina, su cuñada, preguntando por Cardenal. “Es terco”, contesta Sergio, “sabe que no puede viajar pero se fue a Alemania y ahora con neumonía… Luego te llamo”.

—Te decía que yo siempre creí que el progreso social y económico no tenía que contradecir el sentido de la libertad. Eso no se podía expresar así en los ochenta porque significaba traición. Después de la derrota, eso afloró y nos comenzamos a identificar decenas de compañeros en el Frente, no porque hubiésemos cambiado, sino porque creíamos en eso desde el principio. Publicamos un manifiesto por un sandinismo democrático, firmado por la crema y nata del Frente, los pensantes. A Daniel Ortega le cayó como una patada de mula y en un congreso extraordinario consiguió desplazarme.

Daniel Ortega volvió al poder en enero de 2006, tras 16 años de ser oposición, y fue reelegido en 2011 tras reformar los impedimentos constitucionales que existían contra las reelecciones a la presidencia. Aunque existe un vicepresidente, la auténtica mano derecha de Ortega es desde hace unos años su esposa, Rosario Murillo. El Frente Sandinista de hoy tampoco tiene nada que ver con el
de entonces. El gobierno de Ortega depende en gran medida de la ayuda venezolana y de los países del ALBA, y de proyectos faraónicos como la posible construcción de un canal interoceánico con capital chino. Sin embargo, aunque la política ya no es parte de su vida, Sergio Ramírez tiene algunos privilegios de aquel antiguo mundo.

—Viajas con pasaporte diplomático y percibes una pensión del Estado.
—La pensión me la siguen dando porque está en la ley. Bueno, es una pensión alta, porque la ley dice que debo recibir lo mismo que el actual vicepresidente como salario neto. Ahora, a los que me critican eso, aunque nadie me lo ha dicho de frente, cualquier día les puedo explicar en qué ocupo ese dinero. Porque tengo una fundación en Masatepe que cuesta mucha plata sostener, con una biblioteca de seis mil ejemplares. Ahora estamos remodelando una nueva casa para la sede de la fundación. En eso he invertido yo mis premios literarios y derechos de autor. La verdad es que no necesito mucho dinero para vivir.
—¿Ningún arrepentimiento?
—No creo en los arrepentimientos falsos. No puedo decir que el Sergio del pasado haría una cosa diferente.
—¿Alguna vez te has sentido responsable de muertes causadas por decisiones en las que participaste durante la revolución?
—Pues sí, claro, claro. Yo creo que ésa es una de las grandes tragedias en mi vida. Haber sido responsable de que tanta gente haya entregado su vida en sacrificio, incluyendo el riesgo de que mi propio hijo hubiese podido caer en combate. Pero yo creo que eso lo puedo decir ahora que, quizá, la lava se ha enfriado. Siempre pasan por mi mente las imágenes de los primeros que cayeron. Me embargaba un sentimiento de desmoralización. Cuento en Adiós muchachos el caso del Chato Medrano, al que acababan de operar del intestino grueso. Aún tenía el ano artificial y una bolsa donde descargaba los excrementos. Así se fue al combate y así lo mataron. Más que mi propia culpa o arrepentimiento, yo lo que pongo por delante es la disposición al sacrificio de esta gente, que fue capaz de entregar su vida sin esperar nada a cambio. Y es la única manera en que las revoluciones se llevan adelante.

La derrota electoral de 1996 supuso su vuelta definitiva a la literatura, y por la puerta grande. En 1998 presentó una novela al premio Alfaguara. Margarita está linda la marcuenta dos episodios de la historia de Nicaragua, ocurridos en la ciudad de León: el regreso de Rubén Darío a su patria en 1916, y el asesinato del primero de los Somoza por un joven poeta en 1956. Dotó a su texto con una particularidad: la recreación del lenguaje modernista de la época de Darío, apoyado en multitud de lecturas y fichas con las que suele documentar sus novelas. Al final hay una disputa pueril por saber quién se queda con el cerebro extirpado al cuerpo de Rubén Darío. Acabará expuesto en un prostíbulo: “Al fondo de la sala desnuda, la urna reposaba en una palangana de baños de asiento sobre el mueble más preciado del burdel, un canapé de talladuras fúnebres que semejaban una góndola. Los ci-
rios ponían en el cristal de la urna los reflejos violeta del permanganato que teñía la palangana, como si más allá del boscaje de ramas de madroño, corozos y resedas que enfloraba el altar, la medusa se agitara en las profundidades de una caverna submarina”.

En una antología de estudios críticos acerca de las novelas de Sergio Ramírez, editadas por José Juan Colín en marzo de 2013, el profesor Fernando Valerio-
Holguín, de la universidad de Colorado, compara a Ramírez con el Vargas Llosa de La Fiesta del Chivo, al entretejer elementos ficticios con hechos históricos, además de la intercalación de planos temporales y diálogos. Califica las novelas de Sergio como neorrealistas.

La fascinación de Sergio Ramírez por el poder va acompañada de burla. En Sombras nada más (2002), su novela sobre los albores de la revolución, aparece nuevamente el dictador que, debido a su incontinencia, defeca en una piscina rodeado de colaboradores sin que nadie se atreva a decir nada ni salir del agua.

El jurado del premio no lo tuvo fácil porque las opiniones estaban divididas entreMargarita y otra novela del cubano Eliseo Alberto, Caracol Beach. Al final Carlos Fuentes, el ángel literario de Ramírez, propuso, no ya que se dividiese el premio entre las dos novelas, sino que se otorguen excepcionalmente dos primeros premios, cada uno valorado en 175 mil dólares.

—Me puse muy contento porque con el premio Alfaguara pude pagar hasta el último centavo que debía de la campaña electoral del 96. Me dejó arruinado con 300 mil dólares de deuda, y eso que la mitad la pagó de su bolsillo un gran amigo, Will Graham. Me daba mucha vergüenza cuando salía a caminar por las mañanas en Managua, porque Raúl Obregón, a quien encargamos las encuestas, mi último acreedor, me cobraba en la calle. ‘Doctor, acuérdese: la deuda’, me decía. ‘Sí hooombre’, le contestaba yo, ‘no te preocupés. Yo te voy a pagar, aunque tenga que vender mi casa o lo que sea’. Yo sólo recordaba a mis padres, que le tenían horror a las deudas. Por fin le pagué a Raúl.

Alejado de las obligaciones de la política, ha vivido durante la última década su etapa más prolífica a nivel literario. Desde que cumplió 60 años, ha escrito cinco novelas, cinco libros de relatos; y una serie de antologías y ensayos que atesoran una obra cuantiosa y consolidada.

En los artículos de opinión que publica con frecuencia en El País de España y en medios latinoamericanos suele ser bastante crítico con el gobierno actual, y algunos editores aún cuelgan en su firma el cartel de “El autor de este artículo fue vicepresidente de Nicaragua”. Pero la mayor parte de las horas de un día de trabajo se centran en la actividad cultural. Dirige desde 2004 una de las revistas electrónicas de referencia en América Latina, http://www.caratula.net, y desde hace tres años, el festival de narrativa Centroamérica Cuenta que suele reunir a los autores regionales e internacionales más prestigiosos.

—En los noventa, Juan Cruz me dijo que sería difícil quitarme la camisa pública de político y ponerme la de escritor, pero que valía la pena intentarlo.

Hace más de una década, en la frontera con Costa Rica, una vivandera lo reconoció por la calle, como le sucede aún con mucha gente. Pero la mujer, en vez de llamarlo “vicepresidente”, le dijo: “Hombre, Sergio Ramírez, el escritor, ¿no?”.

—Entonces lo supe.

Anuncios

Eres Vargas Llosa. Estás en Andalucía. Una mañana de agosto de 2008. Hace calor. Esta noche actúas en una obra de teatro de la que además eres autor, una versión que te has sacado de la manga de Las mil y una noches. Sales del hotel. La mayoría de la gente te saluda, la atiendes. Pero un fantasma te ronda la cabeza y no te deja tranquilo. El de un tipo de esos que viven para que alguien los escriba en una novela. Se llama Roger Casement, un diplomático activista de origen irlandés que, a principios del siglo XX, denunció los abusos del rey belga Leopoldo II en el Congo, y los de las empresas caucheras en la Amazonia del Perú. Algo que casi nadie sabía. Lo descubriste leyendo una biografía de Conrad, que fue su amigo. Un tipo controvertido con un trágico final. Y no lo sabes, pero pronto estarás allí en busca de su fantasma, en el corazón de las tinieblas.

Hace tiempo que no publicas ficción. Ahora ya tienes el título de tu próxima novela: El sueño del celta. Suena bien. Te preguntas cómo escribir el resto de la historia. ¿Irás a todos los lugares en los que estuvo el protagonista de tu historia? ¿La Amazonia peruana? Quizás. ¿Irlanda? Seguramente. ¿La República Democrática del Congo? Eso está muy lejos, en todos los sentidos. Aun así, es tentador. Y te dices que eres Mario Vargas Llosa, que tienes más de setenta años, que no necesitas perseguir fantasmas hasta lo más remoto del África. Para eso tienes la biblioteca del British Museum, internet, etc. Pero te contradices pensando que quizá lo que ahora importa es probar de qué madera estás hecho y qué tipo de historias quieres contar: las que huelen a polvo de biblioteca y sillón, o las que llevan el olor a gente viva y a tierra que se ha pisado. Y no te olvidas de que, además de escritor de novelas, eres periodista. Así que marcas un número de teléfono, el de alguien que hace poco te hizo llegar una invitación para ir al Congo con Médicos sin Fronteras (MSF). “Hola, le saluda Mario Vargas Llosa. Llamo por su propuesta de viajar al Congo”, anuncias con voz festiva. Y quizá todavía no sepas lo que has dicho.

Antes hubo otras llamadas

Muchas. El País Semanal aceptó publicar una serie de reportajes en la que escritores y periodistas viajarían con MSF a países que sufrían de crisis humanitarias olvidadas. Me encargaron la coordinación de la serie y el acompañamiento del autor o autora, junto al fotógrafo Juan Carlos Tomasi. Sería un total de ocho países y ocho escritores en viajes que durarían entre diez y quince días a realizarse entre finales de 2008 y principios de 2010. Primero llamé a los autores que suponía más aventureros, comprometidos. Las primeras negativas eran inesperadas, pero razonables. Al fin y al cabo si llamas a alguien y le dices “Hola, soy Javier Sancho, no me conoces de nada, ¿pero te vendrías conmigo y los amigos de MSF a Zimbabwe, o al Congo?”, es natural que la primera reacción sea un “no” antes de colgar cuanto antes el teléfono.

A finales de julio, desde la agencia literaria de Carmen Balcells, en Barcelona, me habían soplado que Vargas Llosa estaba planeando una novela relacionada con el Congo, y que tal vez mi propuesta podría interesarle. Le envié un mail con todo el entusiasmo, pero sin mucha fe, comentándole que teníamos una amiga en común, la poeta nicaragüense Claribel Alegría, que acababa de cumplir ochenta años. Ella y Mario se conocían desde los tiempos de París, cuando él estaba escribiendo La ciudad y los perros. Creo que este dato le confundió un poco, porque a principios de agosto, cuando recibí su llamada, empezó a hablarme de usted, en el tono que se emplea con alguien muy mayor: “Vea, es que hace tiempo que quiero ir al Congo. Me gustaría documentarme para una novela sobre Roger Casement, un cónsul británico que reveló las atrocidades del rey Leopoldo. Quiero ir concretamente a las ciudades de Boma y Matadi, que es donde él estuvo principalmente… Y para el reportaje de El País, ¿dónde habría que ir?”.

Primera dificultad. Mario necesitaba ir al oeste, en el curso de la desembocadura del río Congo, donde se encuentran Boma y Matadi, y nosotros queríamos que él se dirigiese al extremo opuesto, a la región de los Kivus, en la frontera con Ruanda, donde varios grupos armados provocaban desplazamientos masivos de la población.

“Ningún problema —contestó Mario—. Nos vamos de un lado a otro”.

Pero cruzar de lado a lado el tercer país más grande de África y uno de los más conflictivos no sólo suponía grandes inconvenientes, sino algunos riesgos de seguridad, como los encontronazos con grupos armados o los problemas de transporte fiable. Además, Mario era un hombre entusiasta, animoso, pero había cumplido 72 años. Aun así, como no puso ninguna objeción, acordamos que el viaje tendría una duración de dos semanas. Por motivos logísticos, lo dividimos en dos etapas. La primera semana recorreríamos el oeste del país, donde él tomaría notas para su nueva novela. La segunda, la dedicaríamos a hacer el reportaje sobre los desplazados de la frontera con Ruanda, país desde donde tomaríamos el vuelo de vuelta. Partiríamos el sábado 18 de octubre de 2008.

Durante los dos meses previos al viaje tuvimos varios encuentros en Madrid y Barcelona. El primero de ellos, una tarde de agosto, quedamos de vernos en su casa madrileña, cercana al convento de las Descalzas Reales. Ese día, un amigo me hizo caer en la cuenta de algo. “Pero tú sabes quién es Vargas Llosa, ¿verdad?”, me cuestionó. Y entendí de inmediato lo que quería decir. Yo le podía perdonar todo después de haber leído Conversación en la catedral, pero estábamos hablando de presentarnos con un hombre que comentaba sin tapujos que había tenido amistad con tipos tan “simpáticos” como Aznar o Uribe. Esa carta de presentación en el mundillo del periodismo humanitario (en el que a todos se nos supone de izquierdas, y no sueles confesar sin pudor que te gusta leer a Vargas Llosa) no era para hacer amigos. Pero Mario tenía también amigos a la izquierda de la izquierda. Si había escrito un reportaje sobre Irak desde el bando de los aliados, no había tenido inconveniente en hacer lo propio más tarde desde el lado de los palestinos sobre el terreno. O era un tipo con amigos en todo el mundo, o un ser humano que se sentía muy libre.

De camino a su casa, cerca de la Puerta del Sol, me acordé de algo. En una de las librerías de viejo que encontré cerca de la Plaza Mayor compré una de las primeras ediciones de Conversación en la catedral, en dos tomos, de Seix Barral. Antes de irme le pediría una dedicatoria al autor. Para acceder al apartamento de los Llosa en Madrid hay una medida de seguridad muy eficaz. El ascensor no dispone del botón para subir al piso más alto, donde ellos viven. Es necesario que alguien, desde arriba, lo pulse. Una vez que hacen subir a la visita, es el propio Mario, sonriente, con la espalda esforzadamente recta, impecablemente vestido, quien te abre la puerta sin darte mucho tiempo a introducciones.

Entramos al salón, recorrimos su biblioteca, revisamos una parte de su colección de hipopótamos en miniatura. Una enorme marioneta que representaba al poeta portugués Fernando Pessoa, colgaba frente a las estanterías. A los cinco minutos estábamos revisando mapas, rutas, documentos. Estábamos en el Congo, al menos sobre el papel. Al final de ese primer encuentro, saqué los tomos de Conversación. Él se sorprendió al ver la edición. “Ya no se pueden conseguir fácilmente”, me dijo. Yo le salí con que eran de la biblioteca de mi padre, que había sido un gran admirador suyo. Lo segundo sí era verdad, pero no sé por qué sentí vergüenza y preferí mentirle sobre lo fácil que me había sido conseguirlos.

Durante los dos meses de estudio y documentación, para la preparación del viaje, volvimos a encontrarnos en varias ocasiones. Cada vez que alguien pasaba cerca o nos interrumpía, él le contaba entusiasmado nuestro proyecto y también la historia de su próxima novela sobre Roger Casement. Descubrí que suele hablar mucho de sus proyectos porque es una manera de pensar en voz alta, de ir elaborando la historia a fuerza de repetirla. Entonces me pareció lo más normal, pero luego traté de recordar si hubo algún momento en el que Mario impusiera alguna condición de seguridad, de transporte, de lo que fuese. Nada. Lo dejaba todo en nuestras manos.

En uno de los últimos encuentros fuimos a cenar con Patricia, su esposa, y varios amigos, entre ellos Fiorella (secretaria de los Vargas Llosa). Como éramos muchos, pedimos dos taxis. El conductor del taxi en el que íbamos Mario y yo resultó ser un boliviano joven que lo reconoció de inmediato, y le dijo que era de Cochabamba, donde él había pasado su infancia. Me sorprendió la pregunta de Mario al taxista: “¿Pero usted sabe quién soy yo?”. Y hasta que el taxista no le dijo su nombre completo y apellidos, no se convenció.

En el restaurante Viridiana, rodeados de fotografías de películas en las que el chef había participado como actor de reparto, el tema de conversación, como cada día de los últimos meses, fue el Congo de hoy y el Congo de los tiempos de Roger Casement. Mario se había documentado mucho, incluso antes había prologado una obra que ya es parte de la bibliografía básica para quienes se interesan por el África colonial y por los asuntos humanitarios: El fantasma del rey Leopoldo (1998), del periodista estadounidense Adam Hochschild. En ese prólogo, se quejaba de la injusticia histórica que suponía no recordar a Leopoldo en el mismo escalafón de los Hitler o Stalin (el de los grandes asesinos). Algunas fuentes hablan de seis, de ocho y hasta de diez millones de congoleses muertos entre 1885 y 1906 a causa de los desmanes de aquel monarca belga (hermano de la princesa Carlota, emperatriz de México, por esas truculencias de la historia).

Durante la cena hice notar que faltaban muy pocos días para que anunciasen el Premio Nobel de Literatura 2008. Su nombre figuraba en todas las apuestas desde hacía muchos años. Y tuve un extraño presentimiento. Ya habíamos cerrado el plan para salir el 18.

—Si el 7 de octubre, cuando la Academia sueca lo comunica oficialmente cada año, te dan el Nobel, ¿no nos dejarás plantados, verdad? —le pregunté para comprometerlo.

De entrada, sólo miró a Patricia, sin contestarme, mostrando sólo una parte de sus paletas sobre el labio superior. Al fin, me dijo:

—No te preocupes por eso. Ya he movido todos los hilos que tenía que mover para garantizar que no me lo vayan a dar ni ahora ni nunca —y después soltó un amago de risa que acostumbra al final de algunas expresiones cuando quiere ser amable o cambiar de tema dulcemente, una especie de “je je” que casi no se oye, pero que también podría sonar a ironía o burla.

Antes de despedirnos para encontrarnos en el aeropuerto el día del viaje, Patricia Llosa me llamó aparte un momento en la puerta del restaurante. Hasta entonces no había intervenido mucho en las conversaciones sobre el Congo. Me miró fijamente y, con un tono cariñoso, me advirtió: “No he querido decírtelo hasta ahora, pero confío en que me lo cuiden, eh”. Y tragué saliva.

Al Congo sin el Nobel

Por suerte para el proyecto, el día 7 pasó y no le dieron el Nobel. Esa vez le tocaba a un francés, Le Clézio. La mañana del 18, el entonces eterno candidato a un premio que estaba ¿seguro? que no se lo iban a dar, se presentó en el aeropuerto Charles de Gaulle. Estaba en París desde hacía una semana, y nosotros, el fotógrafo y yo, volamos desde Barcelona. Allí nos reuniríamos para tomar el vuelo de Air France hacia Kinshasa. Mario traía unas ojeras enormes, ataviado con una chaqueta negra para la lluvia que contrastaba con su pelo cano, peinado como siempre con un partido perfecto que no ha variado desde las fotos de cuando era joven y usaba bigote. Llevaba un maletín pequeño donde sólo cabían un libro y una libreta. El resto del equipaje, una bolsa deportiva grande, lo había facturado. Mantenía la espalda con ese esfuerzo que aparenta siempre. Parecía un hombre que lleva entre manos un negocio importante. Pero no era el tipo feliz de nuestros encuentros, ni siquiera el de las ironías. Sufría una bronquitis, y unos dolores agudos le maltrataban el hombro. Tenía que operarse a su regreso del Congo. Pero no era eso lo que más le afectaba, sino la experiencia de haber estado retenido durante media hora en un bus del aeropuerto por la policía francesa. Buscaban algún sospechoso y, según Mario, trataron muy mal a los pasajeros. Revisaron cada equipaje de mano como si todos fueran terroristas.

Durante las ocho horas del vuelo París-Kinshasa, Mario se pasó el tiempo estornudando, dando cabezadas, chupando caramelos de menta, bebiendo zumos y leyendo un libro en inglés sobre la vida de Casement, el fantasma al que íbamos a perseguir la primera semana de nuestra estancia.

A nuestra llegada al aeropuerto N’Djili de Kinshasa, noche cerrada, los trámites migratorios fueron de los más rápidos que habíamos hecho en nuestra vida, gracias a las gestiones del embajador de España que, avisado de nuestra llegada, esperaba a Mario. Entonces nos dimos cuenta de que algunas cosas se facilitan si acompañas al señor Vargas Llosa. El mismo embajador nos hizo de cicerone a la mañana siguiente por la capital del Congo, “Kinshasa la belle, Kinshasa la poubelle (cubo de basura)”, como la llaman sus pobladores.

La primera noche, después de un viaje como ése, no suele ser muy buena. Ninguno de los tres pudo dormir bien. Pero a primera hora de una mañana gris estábamos vistiéndonos para la primera visita que sería al museo. Esperamos a Mario en la puerta de la residencia del embajador. Se presentó ataviado con un chaleco sin mangas, color caqui, que le había regalado la Agencia de Cooperación Española en Irak, y de remate un sombrero de color verde olivo. El embajador también llevaba sombrero, pero éste era blanco ¿Acaso íbamos de safari? El fotógrafo, con mucha experiencia en zonas de conflicto, y que hasta ese momento no había dicho una palabra, encuadró con la mano a Mario, como hacen los cineastas:

—Así no podremos ir al este, donde está el conflicto. Si yo fuera un guerrillero, te dispararía al verte de lejos.

—Porque parezco un mercenario, ¿no es verdad? —contestó Mario.

—Tú lo has dicho.

—Bueno, espero que sólo me dispares con la cámara.

A pesar de los consejos del fotógrafo, no se quitó el sombrero durante todo el viaje, pero sí se cambió de chaleco. Aun así, en Kinshasa no estaba el peligro, sino en la región de los Kivus, al este, en el lugar al que, si todo iba bien, iríamos para hacer el reportaje durante la segunda semana de viaje. Allí, desde 1994, tras el genocidio en Ruanda, la población local convivía con los refugiados de la etnia hutu, muchos de los cuales habían perpetrado la matanza en Ruanda contra los tutsi. Algunos se volvieron a reagrupar, esta vez en el Congo, y provocaron la respuesta de una guerrilla tutsi congolesa que ahora prevalece sobre los hutus y sobre el ejército regular. Los lidera el general Laurent Nkunda, temido por sus seguidores y por sus adversarios debido a su disciplina y a la violencia que sus tropas emplean en la región montañosa de los Kivus, la más rica del país, con los mayores yacimientos del mundo de coltán, un mineral utilizado en la telefonía celular. Desde la independencia del Congo de la colonia belga, en los años sesenta, el país no había dejado de sufrir tiranías como la de Mobutu, durante treinta años, y conflictos como el que se denominó “Tercera Guerra Mundial Africana”, a raíz de la entrada masiva de los hutus ruandeses tras el genocidio y la oposición armada de un líder local, Kabila, padre del actual presidente del país, contra Mobutu. Varios países del África subsahariana intervinieron en ese nuevo conflicto que acabó oficialmente en 2003, tras la firma de los acuerdos de Petroria. Sin embargo, ni los grupos armados se fueron, ni las armas han dejado de llegar. Actualmente, son milicias más diseminadas que luchan entre sí por el control de las tierras del coltán, provocando incontables sufrimientos a la población que habita el este del Congo.

En el museo de Kinshasa (sin luz, lleno de polvo, con una de las mayores colecciones de tambores en el mundo), le mostraron a Mario la estatua ecuestre de Leopoldo II y la de Henry Morton Stanley. Yacían allí, oxidadas. Las autoridades las habían rescatado de la calle por miedo a que la población, exacerbada por el nacionalismo en los tiempos del régimen de Mobutu, cuando el Congo cambió su nombre al de Zaire, las arrancara de cuajo. A veces, Mario se alejaba y se ponía a escribir solo, ajeno a todo, al calor, a nuestras conversaciones, con una capacidad de concentración envidiable, bajo las ancas del caballo de Leopoldo o junto a la estatua caída del aventurero del siglo XIX, Stanley. Incluso, en medio de los sobresaltos de la lancha que el embajador nos había dispuesto para remontar el río Congo tras la visita al museo, Mario no dejó de anotar lo que le contaban y lo que veía en una libreta llamativa —con una bota campera estampada en la cubierta, que había comprado en Italia, según nos dijo—, y escribía con esmero, como si tuviera que leerlo otro.

¿Un fantasma pervertido?

En el embarcadero tomamos la lancha dispuesta por el embajador para que remontásemos algunos de los más de cuatro mil kilómetros de ese río que se encuentra entre los diez más grandes del mundo. Allí, el fantasma de Casement apareció de nuevo. Mario explicó la controversia que había surgido cuando el personaje estaba en prisión en espera de ser ejecutado. Después de haber denunciado las injusticias coloniales en el Congo y Perú, se había aliado con la causa independentista irlandesa, lo que le trajo la desgracia. Entonces, se hallaron unos diarios donde Casement, con un lenguaje extremadamente vulgar y aberrante, describía relaciones sexuales con hombres jóvenes. “Y eso que en la vida cotidiana era un señor de buenas maneras, muy fino a la hora de hablar. Hay quienes dicen que esos diarios no fueron escritos por él. Otros dicen que todas las experiencias que cuenta fueron reales”.

—¿Y tú qué crees, cuál será tu apuesta en la novela? —le pregunté.

—La apuesta de un novelista. Creo que él escribió aquellos diarios para vivirlos en la imaginación, como si leyese una novela, pero que nunca experimentó lo que contaba.

A nuestra vuelta, el río se había puesto como el cielo, de un gris ceniciento, extrañamente calmo a veces y otras revolviéndose y echando espuma blanca, casi maciza, sobre sí mismo. Había mucha humedad sobre Kinshasa. Acercándonos al muelle resurgían algunos edificios altos del gobierno y a lo lejos el estadio, que en 1974, Mobutu y el agente de boxeo Don King, entonces en sus comienzos, convirtieron en un ring para el “combate del siglo”: Muhammad Ali contra George Foreman. Mobutu quería promocionar el Zaire tras su independencia. Pagó más de diez millones de dólares para que aquellos dos tipos se pegaran allí.

Supimos que algunos intelectuales congoleses creían que Mario iba a escribir su próximo libro sobre la independencia del Congo. Era un grupo de profesores, periodistas, poetas, dramaturgos y algún sacerdote, que se reunían en el Colegio de San Agustín, en un sector pobre en las afueras de Kinshasa. Nos citamos con ellos en un aula del colegio. El calor era tan sofocante que nadie dejaba de sudar. Mario, aún con la bronquitis, con el rostro enrojecido, trataba de disimular su incomodidad. Le agasajaron con un acróstico hecho con las iniciales de su nombre. Invitaron a una televisión local para que emitiera el encuentro con el famoso écrivain que venía a documentarse sobre la historia del país. Un hombre de baja estatura, y de la etnia de los pigmeos, ataviado con una chaqueta vieja y enorme, unos pantalones cortos y una pajarita, le saludó irguiéndose con una enorme dignidad y presentándose como “Monsieur le poète del Congo”. Pero ninguno de los presentes parecía saber bien quién los visitaba.

Mucho menos haberlo leído alguna vez.

Cuando Mario comenzó a contar para qué había venido, hubo un murmullo. Se miraban entre sí. Alguno se levantó y le increpó: “Usted viene a hacer lo mismo de siempre: un europeo a hablar de los europeos en el Congo”. Mario, algo contrariado, argumentó que él no era historiador, que su investigación tenía como fin una novela sobre Roger Casement.

Nuevamente murmullos. Se miraban unos a otros. “Stanley”, “Leopoldo”, a ésos sí los conocían, pero a Roger… ¿cómo? Entonces, Mario, en un francés pausado, insistió, creyendo que se había explicado mal: “Casement, irlandés, que trabajó para el servicio diplomático de Gran Bretaña a principios del siglo XX; que fue amigo de Joseph Conrad con quien compartió habitación en la ciudad de Matadi cuando ambos coincidieron aquí, en el Congo. Casement, quien constató las injusticias que el rey Leopoldo hizo, cuando el Congo era su propiedad privada, entre 1885 y 1906. ¿Su nombre no les resulta familiar?”. En su rostro Mario reflejaba la misma estupefacción que el de los demás. Cómo era posible. Casement, otra vez un fantasma. “Publicó su informe en 1904, en Inglaterra, y abrió los ojos a los europeos sobre las barbaridades de Leopoldo II. El impacto fue tan grande, que las potencias europeas obligaron a Leopoldo a devolver el Congo al Estado belga. El autor de Sherlock Holmes, Conan Doyle, publicó un libro apasionado sobre los crímenes de Leopoldo y vendió miles de ejemplares en tan sólo una semana. El célebre escritor calificó la explotación del Congo como “el mayor crimen jamás cometido en la historia del mundo. Pero él no estuvo aquí, sólo tenía la información vertida por el informe Casement, quien sí estuvo durante tres años visitando las aldeas en los que la población había sido diezmada, o torturada (se les cortaban las manos a los trabajadores forzados porque no entregaban la cuota señalada de caucho o marfil). Casement siguió trabajando como diplomático de la Foreign Affairs Office británica y pronto fue enviado a América Latina, concretamente a Perú, a la región de Putumayo, en el Amazonas, para realizar con la misma minuciosidad que en el Congo, un informe sobre la situación de la población indígena en las plantaciones de caucho. Lo que publicó hizo que las empresas caucheras quebraran”.

Nada. Los intelectuales le miraban como a quien está contando una historia de ficción. Y en cierta forma, lo parecía. “La última etapa de su vida fue trágica. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial creyó que era posible algo que había soñado: la independencia de Irlanda. Se vinculó a los sectores más radicales del nacionalismo de su tierra natal. Pero los ingleses lo apresaron tras haberse embarcado en un buque alemán que llevaba armas para la causa irlandesa. Una avalancha de cartas y firmas de celebridades como Bernard Shaw o Conan Doyle, llovieron sobre las autoridades británicas pidiendo que no se enviara a Casement al patíbulo. Había sido acusado de Alta Traición. Entre aquellas firmas, sin embargo, una ausencia llamativa: su viejo amigo del Congo: ni más ni menos que Joseph Conrad. Díganme si no les parece un tipo fascinante. Yo he investigado mucho sobre él desde que lo descubrí. Por eso estoy aquí”.

Casement había sido la obsesión de Mario durante los dos últimos años y lo seguiría siendo hasta completar su novela. Como no hablaba de otra cosa, Patricia, en una ocasión, al oír en Madrid, cómo Mario narraba la muerte de su personaje, exclamó aliviada: “¡Ya era hora! ¡Me parece muy bien que lo mataras!”. Pero aquí, en el Congo, muy pocos conocían a uno de los escasos europeos que, en los tiempos de la Colonia, hicieron algo bueno por este país. Así que al ver que el debate no iba hacia ningún lado, Mario cambió de tema, y les preguntó algo que parecían estar esperando: “¿Qué opinión tienen de la colonización belga y de las consecuencias hoy en día?”. Y fue como si destapara el tarro de los discursos y las reflexiones. Cada uno de los que allí estaban se levantó y se explayó cuanto quiso. Mario tomó algunas notas, pero al cabo de dos horas, abrumados de palabras y calor, y con la cara aún más enrojecida de Mario, no veíamos todavía como dar fin al encuentro. Habíamos acordado previamente una contraseña. Cuando Mario necesitara descansar, nos diría la frase “quiero una Coca-Cola”. Pero como no la decía, fuimos nosotros los que le preguntamos si le apetecía una Coca-Cola. Sin dudarlo, contestó que no le vendría mal una. Fuimos cortando lo más educadamente la posibilidad de más intervenciones alegando el cansancio del viaje y las horas que aún nos quedaban por delante. Al día siguiente partiríamos por tierra hacia las lejanas ciudades de Boma y Matadi, al oeste, los lugares que Mario quería visitar para documentarse sobre Casement, ver con sus propios ojos el paisaje, el curso del río y los restos de la colonia belga. A perseguir su fantasma.

Historias a punto de matarnos

En un vehículo de MSF recorrimos una de las poquísimas carreteras asfaltadas del país, y también la más peligrosa. El trayecto suponía diez horas de viaje, a base de agua y cortezas de plátano frito. Sólo nos deteníamos para orinar en cualquier lado del camino. Pero aprovechamos bien a nuestro acompañante y le preguntamos de todo y por todos los que alguna vez él había conocido y nosotros habíamos leído. Neruda, Borges, Cortázar, Sartre, Onetti, Roa Bastos, García Márquez. Mario, sentado junto al conductor, al principio se mostraba algo reacio a contar anécdotas, pero después no tuvo más remedio. La carretera era demasiado larga y el viaje demasiado pesado para hacerlo en silencio.

Se despachó a gusto exhibiendo dotes de buen narrador oral (venía de actuar en su obra de teatro). En una de aquellas historias, la de la asombrosa detención tragicómica de la plana mayor de Sendero Luminoso en Lima, pasamos cerca de un camión accidentado. Un muerto sobre el volante, y varios más en el asfalto. El camión había dejado un reguero de aceite y al pasar por encima, nuestro vehículo derrapó lanzándose hacia la derecha contra la pared rocosa de una montaña. Dimos una vuelta completa. Nos agarramos fuertemente a nuestros asientos. Volví a mirar la cabeza de Mario, y en ese momento recordé la voz de Patricia: “Me lo cuidan”. Y tragué saliva. Por suerte, un socavón entre la montaña y la carretera nos detuvo. Y para nuestra sorpresa, Mario no sólo no parecía asustado, sino que se bajó con tranquilidad y mientras el chofer trataba de secar los neumáticos, él se puso el sombrero y caminamos un trecho, oyendo el final de la historia de Sendero Luminoso. De la política pasábamos a la literatura, sin tregua. Jugamos a recordar principios de cuentos y novelas. De atrevido, yo le reté con el comienzo de La condición humana, de Malraux: “¿Levantaría Chen el mosquitero?”. Y Mario continuó varios párrafos en francés. Entonces surgió Borges, y su devoción por él. Nos recitó de memoria, con el dedo apuntando hacia lo alto (el chofer, que no entendía español, lo miraba tratando de adivinar qué era lo que iba mal): “Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles…”. Era el principio del cuento Los teólogos. Y lamentó que el escritor argentino le retirase la palabra después de una entrevista en la que Mario, alabando su austeridad, se refiriera a una mancha de humedad en el techo de su apartamento en Buenos Aires. “Eso le sentó fatal, porque además de austero, era muy reservado. No quiso saber nada de mí”. Lo había entrevistado para la televisión peruana a comienzos de los ochenta, ya Borges muy anciano, ya muy ciego. Mario, le decía “¿Sabe Borges?, yo también escribo novelas”, pero Borges no las había leído.

Descubrimos que si había algún santo literario para Mario, ése era Neruda: “¿Saben?, la primera vez que me lo presentaron, como yo le tenía tanta admiración, no pude hablarle. Me quedé mudo”. Como creíamos que era una metáfora, insistió abriendo los ojos y alzando la voz. “¡Sí, mudo, literalmente mudo! Era el mayor escritor vivo para mí. Y además en esos tiempos comunista cumplido y riguroso. Asistía con puntualidad a las reuniones del partido. Pero también se regalaba grandes comilonas. Le disgustaba terriblemente que alguien dejase comida sobre el plato. Yo no sé imitar bien su voz, pero más o menos así llamaba a su mujer cuando recogía la mesa”. Y entonces Mario trató de imitar la voz afectada de Neruda:

—¡Matilde, no dejes que esas presas se te escapen y captúralas al instante!

En ningún momento parecía notar que habíamos escapado de un buen susto. Si hubiésemos ido a diez kilómetros más de velocidad, no lo habríamos contado. Sanos y salvos, llegamos a Matadi, el puerto más importante del país, una ciudad construida sobre colinas de piedra. Si en tiempos de la Colonia tuvo un cierto florecimiento, hoy sólo comparte la geografía de la pobreza en toda su dimensión, suburbios de casas maltrechas, zinc, cables pegados, piso de tierra, niños desnudos, vegetales podridos en el suelo, mal olor, perros enclenques y el calor aplastando el mediodía. Encontramos un hotelito decente donde dormir las dos primeras noches. Luego, nos desplazaríamos a Boma, ya cerca de la desembocadura del Congo, una ciudad que había sido capital del país hasta los años veinte. Sin embargo, en ninguna de aquellas dos ciudades en las que más tiempo permaneció Casement encontramos información sobre él. En cada lugar, delante de cada persona que visitábamos, Mario se presentaba y contaba lo que estaba haciendo. Sonriente, festivo siempre ante los porteros de los edificios antiguos, o ante los jefes de estación, ante los policías y ante algún historiador local, como el archivista de Boma, un hombre que guardaba en unos cuadernos escolares la memoria de la ciudad. Todos ellos le prestaban ayuda encantados, sin saber de quién les estaba hablando. Ni siquiera el archivista de Boma, monsieur Placide (“buen título para un cuento de Borges, ¿no es cierto?”, dijo Mario al conocerlo) pudo darle datos del paso de Casement por ese lugar. “¿Usted viene a documentarse sobre Stanley?”, le preguntó Placide. “No. Sobre Roger Casement, uno que estuvo después de Stanley…”. Y comenzaba otra vez la historia, como si la contase por primera vez. Pero el archivista no sabía casi nada de Casement. El nombre le sonaba, pero nada más.

Había más información sobre Casement en todos los libros que había estudiado antes de llegar al Congo que en esas ciudades. Pero él caminaba por sus calles encantado de encontrarse allí, de respirar el aire que subía desde el río y se maravillaba ante las ruinas de las casas coloniales hechas de hierro, muchas aún en pie. “No sabes lo que significa para mí estar aquí”, me dijo rodeado de niños en un suburbio muy alto de Matadi. “Sólo con ver esto, me ahorro muchos meses de trabajo a la hora de recrear el ambiente de la época de Casement”. Los niños gritaban algo que no comprendíamos. Le pedí al conductor que nos tradujera. “Chinos. Los llaman chinos”. Mario recibió la noticia con la boca abierta. Como en los últimos tiempos los únicos extranjeros eran comerciantes chinos, los niños no veían ninguna diferencia entre ellos y nosotros. Simplemente no éramos de color, así que chinos. Mario se rio comentando la ironía de que a estas alturas de su vida le llamaran también a él “chino”, apodo que se usaba en Perú para su adversario político en las elecciones de 1990, Alberto Fujimori.

Toda la atmósfera de Matadi y Boma tenía algo de irrealidad. Un cementerio de europeos de los tiempos de la colonia podía surgir detrás de las casas. Todo navegaba en un ambiente algo fantasmagórico, parecido a la Santa María de Onetti. Estuvimos en estaciones de ferrocarril con personal, pero sin trenes; bibliotecas con bibliotecarias, pero sin libros (en espera de donaciones prometidas desde hace años), y así a cada trecho. De pie, sobre las lápidas de los cementerios, Mario escribía protegiéndose del sol bajo el sombrero. Dentro de las iglesias, junto al baobab de Stanley, un árbol enorme y hueco, donde según la leyenda durmió el aventurero una noche. En todos los lugares, anotaba sin parecer darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Y eso que es imposible que tres extranjeros caminen por las calles de Boma y Matadi sin que se arme algún revuelo.

Establecimos un horario de trabajo y visitas que tratábamos de cumplir. Desayunábamos juntos. La mañana es la mejor hora para estar con Mario. Se levantaba exultante, y volvía a ser el hombre feliz de energía contagiosa. No rehuía de ninguna conversación por espinosa que fuera. Al mediodía tratábamos de comer algo ligero, y descansar un rato en cualquier sombra para seguir caminando, visitando lugares por los que alguna vez había pasado Roger Casement. De noche, tras una ducha fría, cenábamos juntos donde podíamos y a veces, con suerte, hasta conseguíamos una botella de vino. El fantasma de Casement por un momento se disipaba, y hablábamos de otras pasiones, como América Latina o la literatura. Cuando captábamos alguna señal de CNN, Mario no perdía detalle sobre el desplome de las bolsas (tema que manejaba muy bien), o sobre las encuestas que daban como triunfador a Obama, y sobre la alarmante noticia de que la guerrilla tutsi del este del Congo se aproximaba a la ciudad de Goma, a donde nosotros iríamos más tarde.

A la vuelta hacia Kinshasa, tras el mismo viaje eterno en sentido contrario, todos estábamos exhaustos. Pero no teníamos mucho tiempo. Al día siguiente, cogeríamos un pequeño avión con el que cruzaríamos el Congo hacia Goma, la capital de la región de los Kivus. La segunda etapa de nuestro viaje donde Mario escribiría un reportaje sobre la violencia contra la población desplazada por el conflicto (más de 300000 personas en aquel momento). Esa segunda semana se vio interrumpida abruptamente por la escalada de los combates en la zona, cuando la guerrilla tutsi llegó a las puertas de Goma, la ciudad en la que nos encontrábamos esos días. Para entonces, Mario se puso el chaleco blanco de Médicos sin Fronteras, y el de periodista. En la misma libreta sobre la que había escrito acerca de Casement, tenía que traducir los testimonios de mujeres violadas y de decenas de desplazados por un conflicto que no termina nunca. En los Kivus pasaríamos una de las noches más terribles, sin saber si la ciudad de Goma sería tomada por las tropas tutsi con nosotros dentro. Nos dijeron que durmiésemos vestidos y con el equipaje hecho, por si debíamos huir en medio de la noche, pero más tarde nos llamaron para avisarnos que nos vendrían a buscar al amanecer para sacarnos de allí. Fui a avisar a Mario a su habitación y, al abrir la puerta, vi su equipaje perfectamente hecho, pero a él vestido con un pijama de pantalón corto blanco impoluto. “Mario, a la guerra no se viene vestido así”, bromeé. El sugirió que nos encontrásemos para beber una botella de vino y esperar que amaneciese. Eso hicimos, mientras veíamos cómo el ejército congolés huía con tanques y todo de la guerrilla tutsi. La botella de vino era un regalo que, en el campamento de los cascos azules uruguayos que habíamos visitado en Goma, le habían hecho. Allí una oficial le mostró a Mario un proyecto de varios cientos de páginas, que había remitido a la ONU, para evitar abusos sexuales de soldados de la ONU a la población local. Le dijo que se había inspirado en su obra: se llamaba “Proyecto Pantaleón”. Mario creía estar soñando.

Finalmente, pudimos salir por tierra hacia Ruanda antes de lo previsto y desde allí, tomar el avión de vuelta a Europa. Ese reportaje se publicó en enero de 2009 y abrió la serie titulada Testigos del horror, que El País Semanal publicó hasta mediados de 2010. Pero eso es otra historia.

Mario continuó su persecución del fantasma de Casement por Bruselas, Dublín, Londres, la Amazonia peruana. Y hoy, dos años después, esa novela, El sueño del celta, será probablemente la más leída de todas las de Mario, porque está coronada inesperadamente por el premio que “estaba seguro de que no le iban a dar”: el Premio Nobel que recibió en octubre de este año, mientras dictaba clases sobre Borges (siempre Borges) en la Universidad de Princeton.

Durante el viaje de vuelta desde Kigali (Ruanda) a París, Mario no pudo dormir. Una señora, con “enormes posaderas”, le tocó en el asiento de al lado, y apenas le dejó espacio donde reclinarse. Muertos de cansancio, nos despedimos en el aeropuerto Charles de Gaulle. Era la primera hora de la mañana en la que, a pesar del desvelo, describió paso a paso lo que haría al salir de allí: “Primero iré a darme un baño de agua caliente con espuma. Desayunaré los mejores croissants de París, en la panadería Gérard Mulot, y después de descansar empezaré a escribir. Es mejor así, en caliente. Es la manera de explicarme el horror que he visto. Tal vez eso ayude. Es lo que yo puedo hacer, ¿no es verdad?”.

El Casement histórico, el personaje real, pocos días antes de ser ahorcado, escribió una carta en la que confesó: “He cometido terribles errores y he fracasado en muchas cosas, pero lo mejor ha sido el Congo”. Sabía que iba a ser recordado por sus informes de aquel país y no por todo lo demás. Aquel país, sin embargo, ya no lo recordaba, y ninguno de los horrores que él denunciara en 1904 han dejado de cometerse.