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“Concentrate, Lorena”, se dice a sí misma. “Concentración”, repite una y otra vez. Pero es difícil. Es difícil, incluso, mantener la cordura. Tiene un bolígrafo en la mano y treinta preguntas de un multiple choice de Matemática y Física sobre el banco. Son las ocho y media de la mañana y está rindiendo el examen de ingreso a la carrera de Medicina, en la Universidad de La Plata, bien conocido y temido por su exigencia: mil trescientos alumnos se anotan cada año, pero no llega a aprobar ni siquiera la mitad.

Lorena tiene 19 años y ya a los 15 sabía que quería ser médica, cuando, fascinada, se quedaba hasta tarde viendo documentales con ambulancias en Discovery Channel. Lorena es de Río Colorado −una pequeña ciudad perdida en la provincia de Río Negro, donde nace la Patagonia− y prefirió estudiar en La Plata, aunque estaba más cerca de Bahía Blanca, que también tiene una universidad reconocida. Parecía una ironía, pero era más fácil entrar a Medicina en La Plata que en Bahía Blanca, donde primero había que aprobar un año de otra carrera afín, como Farmacia o Bioquímica. La primera decisión de Lorena había sido anotarse en Farmacia, en Bahía Blanca, porque su padre no podía mantenerla en la capital de la provincia. Pero al día siguiente de la inscripción, cuando el viejo se dio cuenta de que ella no estaba del todo conforme, las cosas cambiaron: “Mañana nos vamos para La Plata”, le dijo él. “Pero papá, me acabo de anotar en Farmacia”, le respondió ella. El padre insistió, y ella no pudo ocultar su alegría: marcharon a La Plata, alquilaron el primer departamento que vieron (en la calle 10, no muy lejos del centro) y Lorena se puso a estudiar.

Ahora, con las treinta preguntas de Matemática y Física delante de ella, se pregunta si todo esto tiene sentido. Lorena ya rindió este examen hace un año y falló. La nueva chance no está siendo más fácil. Pero aún tiene esperanzas de romper el maleficio: ha estudiado, ha repetido de memoria las fórmulas, ha empapelado su casa con cartulinas llenas de ecuaciones. Necesita cuarenta respuestas correctas para aprobar, de las sesenta que son en total: quince de Matemática y quince de Física un día, quince de Biología y quince de Química al día siguiente. Ella prefiere las de Matemática, donde nunca se equivoca. En Química sabe que si no calcula con precisión puede llegar a un resultado errado. En Biología suele tropezar ante el sentido ambivalente de las preguntas y las nomenclaturas similares de los aminoácidos y las proteínas. Y en Física siempre es difícil plantear bien el problema.

Pero todo es más difícil para Lorena si antes de entrar a rendir el examen cree que sus compañeros la están observando, y los ojos de ellos se sienten, invariables, en su nuca. Todo es más difícil, una vez más, si el día anterior al examen, el lunes, Lorena presencia el amanecer desde las ventanas de una fiscalía, declarando. Todo es más difícil, por último, si dos noches atrás, el domingo, Lorena se va a dormir pensando en las ecuaciones y se despierta a mitad de la noche, sobresaltada, descubriendo que alguien entró a la casa para violarla.

“Lorena, concentrate”, se repite, entonces.

Entre las ecuaciones de Matemática aparecen las imágenes de aquella noche, demasiado vívidas como para ser archivadas por ahora en la categoría de recuerdos: su madre gritando (“¡Lorena, Lorena!”), forcejeando con un pibe, los dos agarrados de los brazos como si bailaran un vals horrible en la puerta del balcón, hasta que él pierde el equilibrio y se va para afuera, pasándose del otro lado de la baranda, y perdiéndose en la noche, como un batman endemoniado. Lorena lo ve todo a cierta distancia, demasiado borroso desde su miopía. Está paralizada por el pánico, sentada en la cama, sin poder moverse: para comprender, necesita sus lentes de contacto y no los tiene puestos. Al principio cree que todo es parte del sueño en el que estaba, pero ante la crudeza de los gritos de su madre se da cuenta de que está despierta, viviendo una pesadilla demasiado real. Y es entonces cuando escucha los disparos. Son tres explosiones que parecen detonar adentro de su cabeza, o muy cerca, como los truenos de una tormenta a su alrededor. Se suceden una detrás de la otra: ¡bang! ¡bang! ¡bang! Un pensamiento feo cruza la mente de Lorena, tan feo que trae un dolor punzante: alguien acaba de matar a su mamá. Entonces sí: se para y prende la luz. Su mamá aparece con el resplandor blanco y la abraza. Está viva. Y la abraza, muy fuerte.

Juntas salen al balcón, por donde se fue el que recién estaba adentro. “¿Estás bien?”, le pregunta alguien más a Lorena. Es la voz de un hombre: “¿Estás bien?”, repite. Es su vecino, un muchacho que está en el balcón de al lado, separado por una mampara de vidrio opaco, y le habla sin verla. Lorena adivina un arma en su mano. “Sí”, le responde ella. No puede decir más. El vecino desaparece. “¡Lo mató, lo mató!”, grita su madre. “¿Pero a quién mató?”, pregunta Lorena, que no entiende qué está sucediendo. Su madre tiene una sola respuesta: la abraza de nuevo, con los ojos llorosos y la respiración agitada.

Pocas horas más tarde, una chica no mucho más grande que ella le ofrece un té con bastante azúcar. “Estás pálida”, le dice. “En unos minutitos vas a hablar con el fiscal en su despacho.” Lorena no puede dejar de pensar en el examen que tiene que rendir al día siguiente, mientras toma el té. Su madre está declarando. Lorena escucha de lejos el interrogatorio: el fiscal le pregunta una y otra vez si el que entró a su casa tenía un arma. “Era el violador”, le asegura a Lorena la chica que le alcanzó el té. El violador: ella sabe que se refiere al terror anónimo que azotó a la ciudad de La Plata durante los últimos días, alguien que esperaba la noche para trepar a los balcones y entrar a los departamentos donde dormían chicas solas. Las tomaba por sorpresa y les hacía pasar la peor experiencia imaginable: las violaba y les robaba. “Era un pibito, nomás, quién lo iba a decir…”, escucha Lorena, pero siente que está en otro lugar, muy lejos de ahí. Tal vez, en un lugar llamado realidad. Porque todavía no cree que esto que está viviendo sea real. Cuando Lorena quiere saber más sobre el violador, ya es demasiado tarde: el relato ha concluido. “No te va a hacer bien hablar de esto”, le dice la chica, y cambia de tema.

Al día siguiente, lunes 24 de marzo de 2008, la noticia es tapa: “Mataron a tiros al supuesto ‘hombre araña’”, titula el diario El Día, de La Plata. Una foto del edificio donde vive Lorena ilustra el artículo. Otros medios también la difunden. Y el martes, un día después, Lorena se evade de las ecuaciones de Matemática en el aula de la facultad de Medicina pensando que muchos de los que la rodean, futuros médicos algunos, futuros bochados otros, vieron su historia en los medios y saben que ella es la última chica a la que quiso someter el temido hombre araña violador. Una vez más: “Concentrate, Lorena”.

***

Tenía en vilo a toda la ciudad. Con 48 horas de diferencia había violado a una chica e intentado abusar de otra, que eligió saltar al vacío desde su balcón, en un segundo piso, para evitar el ataque sexual aun a costas de enfrentar la muerte. Pero tuvo suerte: quedó enganchada en los barandales y amortiguó su caída, salvando la vida. Aún así, fue internada en un hospital, para luego regresar a su pueblo natal en estado de shock. El violador las había sorprendido en sus departamentos, a solas, a las cinco de la madrugada. Cuando ellas se despertaron, él ya estaba adentro. Algún tiempo atrás había cometido otros ataques sexuales y algunos robos: entraba sin hacer ruido y atrapaba a sus víctimas cuando ya no podían defenderse. Las violaba con un cuchillo en la mano, haciéndoles sentir su olor penetrante, mezcla de sudor, mugre y poxiran. Las amenazaba con una mentira: les decía que afuera tenía un cómplice y que iba a ser peor si se resistían. Y después se iba, descolgándose por la misma ventana por la que había entrado, llevándose cámaras de fotos, celulares y billeteras, y hundiendo a las chicas en el fango de un drama largo y horrible. El hombre araña solía elegir estudiantes, pero uno de sus ataques, quizás el más espeluznante, había quebrado el patrón: se había animado a someter a una anciana de 78 años con una maldad sin límites.

El diario Hoy le había dedicado la tapa del suplemento Trama Urbana, que publicaba ocho páginas de noticias policiales y judiciales. “Un peligro”, era el título, y la ilustración mostraba a un hombre trepando una pared. Al lado, la portada se completaba con otros dos títulos llamativos: “Crimen de la cajera: ‘Era un pibe callado, no parecía chorro’” y “La familia ladrona dio otro golpe”. Se ve que no eran días de calma en la ciudad. Si acaso él vio la tapa que le dedicaban los muchachos de Trama Urbana, se habrá sentido orgulloso: quizá, tanto como un rockero que alcanza la primera plana de Rolling Stone o como un futbolista que aparece en la de Olé.

La policía no sabía demasiado sobre él. Ni siquiera conocía el número exacto de ataques que había cometido. Podían ser cuatro, pero en el peor de los casos se remontaban a ocho. Y eso sin contar los que podrían no haber sido denunciados. En el Gabinete de Delitos contra la Integridad Sexual de la Dirección Departamental de Investigaciones de La Plata, la teniente primero Laura Paiva estaba desesperada por darle algún sentido a la información que le llegaba con cada nueva denuncia. Estaba acostumbrada a investigar violaciones y abusos horribles, pero la histeria colectiva que se vivía en la ciudad le metía presión, y el área de acción del joven violador, en un radio de unas veinte cuadras en la zona céntrica de la ciudad, parecía una provocación. Con la ayuda de la comisaría del barrio, había montado una estrategia de carnadas para atraer al violador: las agentes se sacaban por un rato el uniforme y hacían el papel de mujeres solas que se dejaban ver por la calle y dormían con la ventana abierta. Para completar la escena se instalaron autos con cámaras que registraban todo lo que pasaba en los callejones oscuros. Pero nada daba resultado.

Los ataques del hombre araña violador habían comenzado el 2 de febrero de 2008. El 7 hubo otro. Y el 13, uno más. En marzo recibieron denuncias dos veces más: el 17 y el 18, cuando la chica se tiró del balcón. Había tres ataques más, que podrían no corresponder al mismo sospechoso, pero tampoco eran tan diferentes como para dejarlos aparte. En el Gabinete, la teniente Paiva trabajó con otras agentes durante febrero y marzo relacionando los hechos, las características físicas y las zonas de las denuncias. “Todas las víctimas mencionaban a un chico jovencito”, me dice ahora. La teniente Paiva no parece una teniente de la Policía Bonaerense: ha pasado los treinta años, pero no hace tanto; viste de civil, informal, y lleva aros artesanales. “Eso de que fuera un chico nos sorprendía: ¡que un pibito adolescente anduviera por la calle abusando de la gente! ¿Abuso sexual, tan chiquito? No lo podíamos creer.”

El modus operandi del hombre araña desconcertaba a los investigadores: alcanzaba a subir al primer piso y al segundo; y de alguna manera, había marcado su record trepando al tercero. Al principio, la teniente Paiva no entendía cómo hacía para atacar a las chicas en sus departamentos. “Con la sucesión de ataques empezamos a observar que siempre había algún escalón o alero para subir”, dice. “Y él, con esa edad y una contextura física más bien menuda, era una gacela.” Lo que nunca sabrá es si el hombre araña elegía primero a sus víctimas o al escenario de los hechos: para ella, no ha quedado claro cuál de las dos variables tenía prioridad.

A medida que se sumaban los ataques, las víctimas ayudaron a confeccionar algunos identikits del violador. Eran retratos que mostraban a un pibe de facciones mestizas, con la nariz achatada, los labios gruesos, las orejas grandes y la tez mate. Los retratos tienen una frialdad y una quietud que difícilmente me permitan imaginar el terror que causaba ese rostro. Algunos testigos lo habían descripto con un flequillo cruzado; otros, que lo conocieron más tarde, dijeron que llevaba el pelo corto debajo de una gorra. Pero fue un remisero de 20 años, que trabajaba en el sur de La Plata, el que le permitió a la teniente Paiva identificar al pequeño violador: el remisero le entregó un nombre para esos dictados de rostro.

“En todos los hechos, el violador se robaba objetos chiquitos, fáciles de descartar, de vender y de llevar: celulares, cámaras o dinero”, cuenta la teniente Paiva. La investigación comenzó a partir de esos elementos, siguiendo el rastro de las llamadas que se hacían de los celulares robados. Una llamada fue hecha pocos minutos después de un abuso. La línea de destino pertenecía al remisero. La teniente lo citó a declarar, aunque dudaba de él: sospechaba que podía ser un cómplice, o incluso el mismo atacante. Cuando vio que el muchacho se mostraba sincero, le explicó a quién estaba buscando. El chico colaboró. Y contó que el que lo había llamado era un pibe que viajaba con él de vez en cuando, y que le decía que estaba yendo al Parque de la Costa. La teniente Paiva se sorprendió: parecía que el violador había elegido pasar un día en un parque de diversiones para celebrar el éxito de sus ataques. El hombre araña le dijo al remisero que se había subido a otro remís, y que el chofer estaba perdido. Le pedía que le indicara, por teléfono, cómo llegar al Parque. “Es una cosa de chicos eso de robar un celular y usarlo para llamar a un conocido: no hay ninguna autopreservación”, considera la teniente, satisfecha frente a la clave que le permitió desenredar el ovillo.

El remisero le dijo que el chico se llamaba Brian y tenía 16 años, y que vivía en un barrio periférico del sur de la ciudad de La Plata. La teniente Paiva comprobó que los archivos policiales lo tenían fichado: unos días atrás, el miércoles 12 de marzo, había sido detenido mientras trepaba un edificio. Por orden de un juzgado de menores, el domingo siguiente había sido alojado en una Casa de Abrigo, un centro de minoridad de régimen abierto en el que convivían chicos con causas penales y asistenciales. Algunos de los viejos y tremebundos institutos de menores estaban siendo reemplazados en la provincia de Buenos Aires por centros como este, donde los chicos debían ser estimulados a reintegrarse a su hogar en un plazo máximo de un mes. La Casa de Abrigo tenía una canchita de fútbol y una escuela. Pero para Brian estar ahí era una pérdida de tiempo: a las pocas horas se fugó.

El remisero declaró que su cliente era un pibe solitario: no tenía novia, nunca viajaba acompañado, y solía parar en cíbers o en las plazas del centro de la ciudad. Como hacía viajes largos, el remisero le había dejado su número particular para ganarse su confianza, y Brian lo llamaba desde cabinas públicas o celulares cambiantes. Lo citaba en una esquina suburbana y le decía que manejara hasta el centro de la ciudad. Nunca era el mismo origen; nunca, el mismo destino. Brian era un chico de la calle, pero no un mendigo, observó el remisero. Decía que trabajaba de albañil, pero nunca estaba sucio. Y siempre tenía a mano los veinte pesos que costaba el viaje. Parecía que andaba en algo raro. Pero al remisero no le interesaba averiguar en qué. Y cuando la unidad de Paiva había conseguido agrupar todas las causas bajo un mismo patrón e identificar a Brian, él decidió subir al departamento de Lorena.

***

El clima, el tráfico, el barrio: esas charlas son siempre aburridas. Los vecinos se preguntan cosas sin importancia, más por compromiso que por interés. Lorena y su vecina del 1º C apenas se saludaban. La vecina se llamaba Natalia y había llegado a estudiar Comunicación Social a La Plata desde la ciudad costera de General Lavalle. Tenía 26 años y hacía dos que convivía con su novio. Ninguna de ellas sabía cómo se llamaba la otra, pero Lorena fue la primera que se animó a tocar el timbre para pedir uno de esos típicos favores de vecinos. Era viernes, y durante todo el día había diluviado. La lluvia traía granizo, y había caído con tanta fuerza que las piedras habían roto uno de los ventanales del departamento de Lorena −el que daba al patio interno del edificio−. Lorena entró a su casa y descubrió los CDs en el suelo y los apuntes desparramados, en un alboroto inusual, tanto como para pensar que alguien había entrado a robar, pero el agua en el piso era una señal clara de que todo se debía a la furia de la tormenta.

El ventanal estaba roto y Lorena se asustó: ella también había escuchado sobre el misterioso hombre araña. El último ataque, en el que la chica se había arrojado desde el balcón, fue en la calle 13, esquina 57; y Lorena, que vivía en el número 1571 de la calle 10, entre 64 y 65, sintió que estaba demasiado cerca. Lo suficiente como para tratar de arreglar cuanto antes ese vidrio roto.

Lo primero que hizo fue llamar a su mamá: ella iba a ir a La Plata el lunes para estar cerca de su hija el día del examen; pero como la voz de Lorena sonaba algo angustiada, le dijo que adelantaría el viaje y llegaría al día siguiente, el sábado. Después, sí, Lorena le tocó el timbre a Natalia, su vecina del 1ºC. Ella estaba en La Plata de casualidad: con su novio tenían planes de visitar a su familia en la costa, pero se amargaron cuando descubrieron que el auto no arrancaba. Lorena le contó a Natalia que tenía un vidrio roto y le pidió cinta adhesiva para taparlo con unos cartones. Mientras lo reparaban tuvieron una charla breve, la primera después de meses de hola y chau.

—¿Por qué no te vas a dormir a la casa de alguna amiga? Por ahí estás más tranquila −le sugirió Natalia.
—No, todo bien, yo me quedo acá −Lorena quería aparentar que se sentía segura en su departamento.
—Bueno, cualquier cosa yo me quedo acá al lado.

Antes de irse, Natalia se refirió al hombre araña: sus ataques eran tan comentados en las esquinas de la ciudad que ya era como hablar del clima, la típica conversación pasatista de los vecinos aburridos:

—Encima, está este loco que anda violando a las chicas acá cerca… −le dijo Natalia −. Yo también estoy un poco nerviosa, porque mi ventanal del balcón no traba y siempre estoy sola porque mi novio trabaja con horarios raros −se detuvo y luego, con la convicción de haber ideado algo importante, le propuso−: Si llegás a escuchar algo, gritá; y si yo escucho algo, grito. Y cualquiera de las dos sale a ver qué pasa.

Natalia se fue de la casa de su vecina preguntándose si ella sabría el motivo de los horarios raros de su novio. Lorena no se lo había preguntado. Quizá no le pareció importante. O tal vez ya sabía que él era policía. Nicolás, el novio de Natalia, también tenía 26 años. Todavía tenía cara de pibe, pero llevaba el pelo corto −como todos los oficiales− y eso le daba un aire serio. Era de San Clemente, una localidad cercana a General Lavalle, el pueblo en el que se había criado Natalia. Pero fue en un boliche de Santa Teresita, a mitad de camino, donde se habían conocido seis años antes. Él era un cadete de la escuela de Policía Ramón Falcón que en esos días llevaba con orgullo su primer uniforme, y parecía un chico sereno y maduro, diferente de los novios con los que ella había estado perdiendo el tiempo.

Natalia cursaba el tercer año de Comunicación en la Universidad Nacional de La Plata. Los dos tenían 21 años. Nicolás era lo que Natalia llamaba “un policía de alma”: desde chico supo que quería llevar la placa de la Policía Federal, como su abuelo. Y a diferencia de los jóvenes de General Lavalle que se metían en la fuerza porque no encontraban trabajo −y que a Natalia le daban un poco de vergüenza ajena−, y en un país donde “policía” es mala palabra para muchos pibes, Nicolás tenía una vocación marcada y no medía riesgos. Ella contaba sus anécdotas con orgullo, como esa vez que, paseando por el Obelisco, un tipo le arrebató la cámara a dos turistas yanquis y Nicolás, en su día libre, lo corrió unas cuadras hasta agarrarlo, reducirlo y entregárselo a un vigilante. El novio había hecho una carrera ejemplar, y ostentaba el rango de oficial subinspector, ejerciendo el puesto de Jefe de Guardia en una comisaría del barrio porteño de Palermo. Entraba a trabajar a las seis de la mañana y dormía en horarios extraños, pero todavía el sistema policial, esa compleja maquinaria de voluntades y hábitos que rige a la institución, no lo había contaminado. “Mi novio es un buen policía”, decía Natalia a quien quisiera escucharla en la universidad, pero sabía que en la facultad de Comunicación, la misma en la que había estudiado Miguel Bru −una de las víctimas más emblemáticas de la violencia policial, asesinado y desaparecido a los 23 años por policías de la Comisaría 9ª de La Plata−, “bueno” y “policía” sonaba a contradicción.

Nicolás también había escuchado sobre el hombre araña, pero no estaba tan preocupado como su novia y su vecina. Por eso se quedó dormido a las once de la noche, como siempre, pensando en despertarse a la tres de la mañana para tomar el micro y llegar a Buenos Aires a las seis. Y ni siquiera se despertó cuando su novia, sin poder contener sus nervios ante unos ruidos en el balcón, le susurró “Nico, hay ruidos, escuchá, escuchá”.

***

La primera ventana del 1571 de la calle 10, la de la planta baja, tenía barrotes horizontales. Eran siete, cilíndricos, tan relucientes que daba lástima poner un pie sobre ellos y ensuciarlos. Pero Brian los trepó sin perder el tiempo: eran una escalera perfecta. Era la una y media de la noche del lunes 24 de marzo de 2008. Su última semana había sido vertiginosa y atroz: el domingo 16 se había fugado de la Casa de Abrigo donde lo habían internado unos días atrás; el lunes 17 había entrado en el departamento de una estudiante de Ciencias Económicas de 25 años, la había sometido y se había marchado robándole cien pesos y un celular (desde el que había hecho la llamada a su remisero de confianza para que le diga como llegar al Parque de la Costa); y el martes 18 había atacado a una chica de 19 años que cursaba la carrera de Odontología, pero no la había podido violar: ella fue la que se tiró por el balcón. La sucesión de los hechos alarmaba a la gente, y este último caso le dio a Brian fama a nivel nacional. Sus días abominables no habían terminado: mientras trepaba por los barrotes, quién sabe, tal vez saboreara de antemano un nuevo ataque y se viera en las portadas de los diarios del día siguiente.

Adentro del departamento del 1º D, Lorena dormía un sueño químico: para descansar mejor y aplacar los nervios del examen tomaba una pastilla de Clonazepam por día, repartida en un cuarto a la mañana, otro al mediodía y la mitad a la noche. Su madre, Norma, había llegado el sábado, adelantando su viaje por el granizo. Si no hubiera sido por la lluvia, Norma no habría cambiado su pasaje original, y mientras Brian trepara los peldaños ella estaría en la ruta, viajando desde Río Colorado. Pero ahí estaba, dando vueltas en la cama sin poder dormirse. Hasta hacía un rato, había estado leyendo Inés del alma mía, la novela de Isabel Allende, acostada en la cucheta de su otro hijo, que vivía con Lorena y que esa noche estaba visitando a su novia en Bahía Blanca.

Norma, la madre de Lorena, tenía insomnio: su mente se perdía en cavilaciones que iban de aquí para allá, como las hojas de los árboles que se entreveían a través de la cortina, movidas por la brisa. La imagen hubiera sido una linda postal para quedarse dormida muy despacio. Pero algo quebró la calma de la noche. Primero, una sombra fugaz. Norma se sobresaltó y dio un brinco que la dejó sentada en la cama. Ella también había leído las noticias sobre el hombre araña. Pero no podía ser él, pensó. Volvía a acostarse cuando la sombra se acercó lentamente a la puerta ventana del balcón. Era una figura pequeña e indudablemente humana. Pronto fue tan nítida como real el miedo de Norma. Sintió que estaba viviendo todas las películas de terror juntas, y de nuevo, algo la impulsó: se paró y se lanzó hacia la ventana, al encuentro de la sombra. Corrió la cortina y descubrió que la ventana ya estaba abierta; y que Brian estaba ahí, frente a ella, mirándola fijo con sus ojos inyectados en sangre y una media sonrisa encajada en sus facciones lampiñas de muchachito.

En momentos así, la gente se transforma y se desconoce. Norma era una mujer de casi cuarenta años, y su trabajo en la cocina y en el lavadero del hospital de Río Colorado le había dejado una tendinitis en las manos, que se le dormían o se le hinchaban cada vez más seguido. La mujer medía unos centímetros más que Brian, que era petiso, pero más fuerte que ella. Y sin embargo fue Norma la que, incluso dolida por la tendinitis, le saltó encima y lo agarró de los hombros y del cuello de la campera de jean. Quedó cara a cara con él, tan cerca como para descubrir su acné de adolescente y desafiar esa mirada extraviada, por momentos furiosa, a la que se habían reducido sus ojos rojos.

Norma se dio cuenta, en el contraataque, que Brian no estaba ahí por ella, sino por Lorena, y decidió luchar hasta el final para defender a su hija: se inclinó sobre Brian y lo empujó para atrás. Fue en ese momento cuando vio que él se reía. Su media sonrisa ahora era completa y burlona, y desnudaba sus dientes grandes y cuadrados, sin borrarse ni siquiera ante las peores embestidas de Norma, que comenzó a gritar por su hija (“¡Lorena, Lorena!”) y a insultarlo hasta hacerle perder el equilibrio. Brian logró escapar, descolgándose del balcón con agilidad por los mismos barrotes por los que había subido, y todavía se reía: le resultaba ciertamente divertido ver a una señora tan alterada.

Los gritos de Norma habían despertado a su hija y a sus vecinos. Nicolás había salido al balcón, frenético, con el arma en la mano y una orden en la boca: “¡Alto, policía! ¡Alto!”. Adentro, Lorena acababa de despertarse del sueño pesado del Clonazepam y lloraba asustada, desde la cama. Su madre corrió para abrazarla y todavía no había llegado hasta ella cuando los tres disparos cortaron la brisa de la noche.

***

Nicolás mató a Brian. Fue con un tiro certero en la cabeza. Y fue casi de casualidad: Brian ya había descendido los siete metros que separaban el balcón de la calle cuando desenfundó un revólver Iver Johnson. Era un .38 corto niquelado, y era tan viejo y tan plateado que parecía uno de los que usaban los cowboys. Nicolás también había salido al balcón con un arma, la pistola Bersa Thunder 9 milímetros reglamentaria, y gatilló al ver el resplandor del revólver con el que Brian le apuntaba mientras huía, sin detenerse ante la voz de alto. Tiró sin ver, al tiempo que se escondía detrás de la baranda del balcón, convencido de que Brian iba a hacer fuego antes. La oscuridad de la calle no le permitía advertir dónde estaba el violador: Nicolás hizo tres disparos frenéticos e intuitivos. Dos balas se perdieron en la noche. Y la tercera entró por la nuca de Brian. Como si no pudiera escapar a su destino de morir esa madrugada de lunes.

Lorena y su mamá aparecieron en su balcón, y se encontraron con una certeza escalofriante en boca de Nicolás: “Creo que lo maté”, repetía. Abajo había quedado Brian, desparramado en el pavimento. “¡Es el pibe, es el pibe que anda violando a las chicas!”, gritaba Norma. Nicolás entró a su habitación. Hasta hacía un minuto, estaba durmiendo con Natalia al lado. Pero ahora estaba en problemas. Y ella lo miraba desde la cama, con sus enormes ojos negros desorbitados. “Llamá al 911”, le dijo él. “No, no, mejor dame a mí, que llamo yo”. Natalia marcó y le pasó el celular. Él habló sin demasiado detalle: “Pueden venir, por favor, que acá hay una persona herida”. Después se vistió y bajó a la calle. Natalia, en cambio, fue a ver a Lorena, que todavía lloraba. Y unos minutos después bajó con ella.

Los policías llegaron en tres patrulleros y cercaron la zona donde estaba el cuerpo. Brian los esperaba, muerto, boca arriba, con un orificio de salida de bala en la frente y algo de sangre alrededor de su cuerpo. Unos metros más allá estaba el revólver. Lo revisaron: estaba descargado. Nicolás contó lo que había pasado y quedó detenido. Encontraron su Bersa Thunder 9 milímetros sobre la cama, donde él la había dejado, con trece balas en el cargador y una en la recámara.

***

Un periodista de Canal 9 informaba desde la vereda de la calle 10, donde había ocurrido todo: “Se trataría de un chico de 16 años…”. En otro canal, el cronista de policiales Mauro Szeta también daba la noticia, con su acostumbrado tono sombrío: “Un joven oficial de la Policía Federal escuchó los gritos de sus vecinas y salió al balcón a ver qué pasaba”. Zapping: los vecinos aparecían en cámara y opinaban, pidiendo mano dura y muerte a los violadores.

Algún tiempo después, comencé mi propia investigación. Hablé con policías, abogados y periodistas. Y me di cuenta de que iba a ser difícil rastrear los pasos de Brian: era un chico que no había tenido domicilio fijo y que no había ido a la escuela. Sus pasos no habían dejado huellas. Pero yo quería encontrar una respuesta a la pregunta que quedaba detrás de la ola de ataques: ¿quién era este pibe al que toda la ciudad despreciaba, celebrando su muerte?

En los últimos años Brian se había transformado en una sombra, abandonando su casa, un hogar muy pobre, y perdiéndose entre las siluetas anónimas de la calle. Siendo todavía un bebé, había migrado desde el norte del país con su familia, que consiguió un terreno para levantar su casa al sur de La Plata. El barrio era una zona de chacras y casonas en el siglo XIX, pero cuando la familia de Brian llegó las cosas habían cambiado: el tono general era de decadencia, óxido y soledad.

El padre de Brian era operario de una fábrica y murió antes de que su hijo aprendiera a decir “papá”. La madre, Abigail, tuvo que salir a trabajar en los invernáculos de la zona cosechando tomates. Era una mujer excedida por los cinco hijos que había tenido con un par de hombres y por su pobreza. Pasaría mucho tiempo hasta que volviera a formar pareja, y su familia encontrara algún tipo de orden. Entretanto, Brian tuvo una infancia más o menos contenida, pero nunca serena. Era el menor de los hermanos, y era tan esquivo que ni siquiera jugaba a la pelota con sus amigos. Pero era travieso. Y abandonó la escuela pronto, lejos de la mirada de su madre, que trabajaba todo el día. Brian había aprendido a leer, pero casi no sabía escribir. Cuando se enteró, Abigail lo volvió a anotar, pero esta vez en la escuela complementaria de una iglesia evangelista que congregaba a los vecinos más humildes del barrio. Un año más tarde, su hijo volvió a abandonar, y ni la copa de leche ni la ropa que le conseguían pudieron retenerlo.

Para ese entonces ya era un nene de carácter fuerte, embravecido, que reaccionaba mal, especialmente ante los gritos de Abigail. Ella difícilmente podía criar cinco hijos: volvía a su casa muy cansada después de varias horas de juntar tomates para ganar algo dinero y darles de comer. Caminaba las largas hileras sembradas del invernáculo, de ida y vuelta, juntando los frutos con un canasto en la mano. Cada canasto se descargaba para llenar una jaula, que, completa, se valuaba en tres pesos. Si el día era provechoso, Abigail podía llenar cuarenta jaulas de tomates. Pero no podía estar en su casa y enseñarles buenos modales a sus hijos: ella había elegido, al menos, que tuvieran la panza llena.

Una tarde, en un inusual día de recreo, Abigail retó a Brian y le tiró de la oreja, harta de que se cruzara por delante del televisor. Él salió de la casa llorando. Tenía bronca. Odiaba a su madre, al televisor y al mundo. Entonces recogió algunas piedras embarradas y comenzó a arrojarlas a las ventanas, sin puntería. Adentro, mientras las hermanitas de Brian la miraban asustadas, Abigail seguía viendo televisión: su cabeza estallaba, su estómago hacía ruido, y las piedras repiqueteaban contra las paredes de madera. Abigail pretendió ignorarlas. Pretendió sentirse un poco más tranquila. Pretendió estar frente a un problema menor. Cuando se le acabaron las piedras y las lágrimas, Brian se fue caminando hacia cualquier lado, alejándose de la casa. Sabía que iba a terminar errando como un sonámbulo por la ciudad, y que a la noche alguien le iba a indicar cómo volver, pero no le daba miedo perderse. No era la primera vez que lo iba a hacer. A los 9 años, la posibilidad de tener una vida normal comenzaba a marchitarse.

***

¿Existía la chance de que Brian no fuera un monstruo? En la ciudad de La Plata su nombre estaba condenado a ser sinónimo de horror, pero había una sola manera de responder a ese interrogante, y era entrar a su morada. Yo sabía que era una tarea compleja y que podía encontrarme con gente molesta, capaz de echarme con insultos y amenazas. Pero había que probar: mi investigación se construía en base a intentos.

Tenía un solo dato, que había podido rescatar luego de una charla con un policía que tuvo la gentileza de revisar su archivo. Me había pasado un cruce de calles. “Una casa amarilla”, me había dicho. En realidad, el color amarillo se correspondía con la madera roída y la pintura desgastada por el sol y la humedad. Un toldo hacía las veces de puerta y un perro flaco y costilludo daba la bienvenida. Brian había pasado su infancia en esta casa, pero ya no estaba aquí. “En La Plata solamente se quedó Blanca, su hermana”, me dicen desde la puerta. Blanca no está muy lejos: se mudó a lo de su suegra, a un par de cuadras. Vive en una calle de tierra, frente a un baldío surcado por unas vías abandonadas. La casa tiene una galería de plantas y enredaderas que conduce hasta la puerta, y una ventana que hace de kiosco.

Clap-clap: golpe de palmas. Sale un hombre de pocas palabras y le explico por qué estoy ahí. “Voy a llamar a Blanca”, dice y desaparece. Pasan unos segundos. El tipo vuelve con un vaso de gaseosa: “Ya viene”. La bebida tiene color naranja y sabor indefinido. Pero en pocos lugares me han recibido con esta hospitalidad, con algo para tomar, sin suspicacias.

Blanca, la hermana de Brian, llega desde el fondo de la casa. Tiene 21 años y antes de que se presente ya se la adivina tímida. Sus ojos brillan con una luz particular: hay simpleza, candidez y algo de ingenuidad en esa mirada. Brian había mostrado furia y extravío en su última noche, algo muy diferente de lo que proponía ahora su hermana. Blanca trae en brazos a su bebé de dos meses. Desde adentro de la casa la observan sus otros hijos, de dos y tres años: los sobrinos de Brian.

Ningún periodista vino a tocar la puerta luego de la muerte de Brian: nadie quiso sacarle la careta al hombre araña. Acaso a la opinión pública le alcanzaba con el tiro en la nuca y el fin de los ataques. Blanca acepta charlar conmigo como si me hubiera estado esperando desde aquel fatídico 24 de marzo en que su hermano fue muerto. Es curioso: yo estaba listo para enfrentarme a una situación tensa, e incluso había anotado una lista de buenos argumentos para insistir y ganar unos minutos de charla, pero no fue necesario nada de eso. Blanca, en cambio, me invita a tomar asiento en unos troncos desparramados a la sombra.

“Brian me contaba a mí sus cosas”, arranca, con un vaso de esa gaseosa indefinida en su mano, y su bebé en el pecho. Los recuerdos pasan con palabras escuetas y anécdotas breves. Dice que fue a los once años cuando Brian comenzó a meterse en problemas, cada vez más alejado de su hogar. “Le gustaba callejear”, cuenta. Su hermano salía a la mañana y volvía después de la medianoche, solo o acompañado por la policía. A veces pasaba la noche fuera de casa. Su madre lo retaba, le preguntaba por dónde andaba, le pedía que no se perdiera más. Pero a Brian no le importaba el castigo: a la mañana siguiente volvía a salir.

Pronto cayó preso por primera vez. Otra de sus hermanas, Belén ­−un año menor que Blanca−, se acostumbraría a ir a buscarlo a la comisaría. Brian ya había aprendido a arrebatar billeteras, carteras y celulares como si fueran golosinas: se lo habían enseñado sus amigos de la calle, pibes tan desamparados como él, o aún más, que dormían en las plazas del centro de La Plata y vivían en un mundo violento y sin adultos. A veces, cuando pasaba la noche fuera de casa, Brian se sumaba a las ranchadas y dormía con ellos, que se abrigaban con cartones y compartían los botines y las limosnas. Para Abigail, enterarse de eso fue suficiente: ella misma decidió internar a su hijo en un hogar asistencial de menores.

Todavía hoy, Blanca no entiende por qué Brian se rebelaba y elegía esa vida. Ella vive con la familia del padre de sus hijos, que trabaja en los invernáculos, como muchos de sus vecinos. Blanca y su pareja se conocieron en la iglesia evangelista −la misma a la que fue su hermano− y no han perdido su fe. Ella terminó la escuela primaria, pero nunca inició la secundaria porque tuvo que meterse a trabajar juntando tomates con su madre. El trabajo en el invernáculo era duro y Blanca, que ahora se dedica a criar a sus tres hijos, aún lo recuerda con desagrado. Pero sabe que, por algún motivo, su suerte fue mejor que la de Brian.

***

El Che Guevara custodiaba el futuro de los niños. Lo hacía desde un mural colorido, en el patio del hogar asistencial en el que Brian pasaría algún tiempo. Había llegado hasta ahí derivado por una causa asistencial: llevaba un año en la calle pidiendo monedas para comer e ir a jugar a los videojuegos y hacía tiempo que no pisaba la escuela. Abigail no podía dejar su rutina sacrificada en el invernáculo y sólo los hermanos mayores cuidaban de Brian. Algún tiempo atrás, un juzgado de menores había tomado parte en el asunto. La madre, como derrotada, había planteado la posibilidad de la internación de sus hijos más pequeños.

“Brian era uno más, no tenía ninguna particularidad”, me cuenta Susana, la directora del hogar, que trata de recordar algún signo que pudiera haberle llamado la atención, pero no lo consigue. Me sorprendo y quiero recomendarle alguna pastilla para la memoria. Pero más tarde descubriré que la directora no es la única persona que habla de un Brian opaco. Como él, muchos de los chicos que buscan refugio en el hogar sufren la ausencia del padre. “La madre hace todo lo posible por ocupar un rol que no puede ejercer”, considera Susana. “Pero lo que necesita el pibe es el límite del padre. Y como no encuentra a nadie que tenga el derecho a ponérselo, hace lo que quiere. Muchos de los fracasos que tenemos tienen que ver con eso: es difícil rescatar a los pibes criados por mamás solas a las que no les dan bolilla.”

Brian tuvo dos etapas en este hogar, que trabaja con objetivos a largo plazo, a diferencia de la Casa de Abrigo adonde estuvo unos días antes de su muerte. La primera fue cuando el juzgado lo derivó al hogar convivencial; y más adelante llegó la segunda, algunos meses antes del desenlace, cuando fue enviado al centro de día. En el primer período, Brian convivió con otros niños, al sumarse a una unidad familiar de ocho, encabezada por una madre sustituta −que tampoco recuerda especialmente al pequeño hombre araña−. La rutina en ese hogar convivencial era de escuela y granja. Pero Brian estaba cerca de su casa, y dos meses después decidió irse. Más adelante, el centro de día le ofreció por un tiempo más tareas escolares complementarias, con talleres de música, teatro, artesanías y oficios. Desde el mural, el Che Guevara no sólo amparaba el porvenir de los niños, sino también los sueños de los fundadores del hogar: en la década del 1970, a los 17 años −casi la misma edad que tenía Brian cuando murió−, Susana había comenzado a restarle tiempo a sus estudios de Derecho para hacer trabajo social y apoyo escolar en los barrios pobres; y en los años ochenta inició el hogar junto a otros militantes.

“Cuando nos enteramos de lo que pasó con Brian, nos extrañó”, sigue ahora la directora. “Todo el tiempo trabajamos con chicos amenazados por el camino de los robos o la droga, pero no por el de las violaciones, eso jamás lo hubiéramos imaginado.” Susana sabe que, a veces, la exclusión gana la pulseada y no hay fuerza suficiente para oponerse: algunos de los chicos que pasaron por el hogar terminaron rindiéndose ante la adversidad a la que parecían estar condenados. “Cuando pasa algo así nos desanimamos bastante. Pero muchas veces que un pibe termine bien o mal tiene que ver con su propia decisión.” Susana se amarga: “Brian pasó por acá dos veces. Lo importante era estar el tiempo suficiente, pero lamentablemente no se quedó”.

***

Cuando Abigail, harta de la vida en La Plata, decidió abandonar la ciudad y volver al norte del país, Brian, que tenía 15 años, comenzó a vivir su propia crónica de niño solo. “Lo que pasa es que, viste cómo es el destino: cada cual tiene el suyo. Yo pienso que él terminó de esa manera por el abandono. Una mamá no puede irse así”, considera Regina, la suegra de Blanca. Ella conoció a Brian siendo un niño, y asegura que el exilio de Abigail empeoró las cosas y disgregó el hogar: los hermanos mayores, que vivían en La Plata, comenzaron a pasar más tiempo con sus parejas y Brian se quedó solo.

La calle parecía ser su única alternativa. Y los arrebatos, su modo de vida. A veces volvía a la casa de madera roída, donde lo esperaban Blanca y sus sobrinos. Brian les compraba galletitas y se quedaba mirando televisión y charlando. Le gustaban los dibujitos: hacía zapping entre Dragon Ball Z, Pokemon y Los Simpson. Le decía a Blanca que le preocupaba cómo estaban, pero al rato se iba, y no importaba si ella quería retenerlo. En una de esas visitas, Brian vio por televisión un comercial del Parque de la Costa y le preguntó a su hermana si quería acompañarlo, pero ella le dijo que no. Algún tiempo después se daría el gusto, yendo luego de uno de sus últimos abusos, y una llamada por celular a su remisero para pedirle las coordenadas del Parque sería la pista que la teniente Paiva tomaría para desenredar el ovillo e identificarlo. Y aunque faltaba mucho para que eso ocurriera, Blanca no necesitaba preguntarle nada para darse cuenta de que su vida estaba descontrolada: “Cuidate, no hagas desastres”, le decía ante su aspecto maltrecho. Brian le juraba que le iba a hacer caso, pero andaba más en Plaza Moreno y en el cíber que en su casa.

A los 15 años, su independencia era total. Brian vivía su día a día sin saber a dónde iba a terminar cuando cayera el sol. Su hermana cuenta del día en que él se subió al tren y se fue a Mar del Plata. Era verano y quería conocer la playa. Blanca, que había ido de excursión con el colegio, le había contado lo lindas que eran la arena y las olas. Brian lo comprobó en su propia piel: pisó los caracoles, se entremezcló con la multitud de la playa Bristol y se dejó llevar por el mar. Y desde ahí llamó a su hermana para contárselo. “Viajaba mucho”, dice ella. “A veces se iba para Buenos Aires, en tren hasta Constitución, porque le gustaba, decía que era re lindo y que había muchas cosas para ver.” Mientras lo cuenta, Blanca lo imagina, encantada: ella, que sólo vive a sesenta kilómetros de la capital del país, no la conoce.

Pero su tono cambia cuando confiesa que la vida de Brian se oscureció con drogas, armas, dinero sucio y peleas: poco a poco, descubrió que su hermano ya no era el mismo que antes. Sus travesuras habían desembocado en algo serio y él, que no se daba cuenta de los riesgos, se enorgullecía. “Mirá lo que tengo acá”, le dijo una vez, levantándose la remera y mostrándole un revólver en la cintura. Blanca se alarmó, pero él le dijo que no pasaba nada, que el revólver estaba descargado. “Tené cuidado con eso”, le pidió ella. Y es difícil dejar de pensar que Brian encontró su final con un revólver descargado en las manos, acaso el mismo.

Blanca ocupaba un lugar que la superaba: tenía que mantener a raya a su hermano, pero el tiempo que lo veía era tan breve que apenas podía decirle que se cuidara y abrazarlo. Brian sabía que ella nunca había abandonado la fe: era una creyente persistente y convencida. Y, como no admitía el robo, él nunca le mostró sus botines. Como sea, quería ayudarla. Y la única manera que tenía era compartiendo algo de su dinero sucio. En una de esas visitas a la casa, sacó de sus dos bolsillos unos cuantos billetes doblados. Más de mil pesos. Blanca nunca había visto tanta plata junta. Se miraron en silencio. Blanca estaba incómoda: “No quiero nada de eso”, le dijo, contundente. Al lado estaba Belén, la hermana menor de Blanca, la misma que solía ir a buscar a Brian a las comisarías. “¿Vos querés plata? Yo te presto”, la tentó Brian. Ella sí aceptó, pero él se la entregó a solas, en un rincón. No se animaba a hacerlo delante de Blanca.

Sin embargo, no todo era dinero fácil e independencia en la vida de Brian. Más de una vez apareció golpeado, lleno de moretones. “Él no sabía pegar ni defenderse. Buscaba roña pero después no se la aguantaba”, cuenta Blanca. Ella le preguntaba qué le había pasado, quiénes le habían dado la paliza. Pero él negaba todo y decía que se había caído. “Ojo con lo que hacés”, le recriminaba ella de nuevo. “Siempre te estoy diciendo que te portes bien y no hagas cosas de las que después te tengas que arrepentir.”

Brian dejó de escucharla el día que apareció con la nariz quemada, negra, de tanto aspirar pegamento. No podía ocultar que andaba “de bolsita”: sus compañeros de la ranchada lo habían iniciado hacía un tiempo y él ya no podía dejar el poxiran. Cuando quería mostrarse un poco más “careta” se ponía una curita en la nariz para tapar la zona morada. Hasta que Blanca descubrió que tenía una de esas bolsitas apestosas en el bolsillo y ató cabos: “¿Qué andarás haciendo vos?”, lo reprendió por vez número mil. Él hizo silencio. Se lo notaba angustiado. La visitó dos veces más, y luego pasó un tiempo sin aparecer. No tuvieron despedida: Blanca se enteró de su muerte con la noticia del último y fatal ataque del hombre araña, descubriendo recién entonces que se trataba de su hermano.

La historia de la familia era ya demasiado dura. Pero le esperaba algo peor: quince días antes de que Brian trepara al departamento de Lorena y encontrara su final, falleció la mayor de los cinco hermanos. Estaba embarazada una vez más y ya no podía alimentar tantas bocas. Había tenido su primera hija a los 15 años y sentía que no iba a poder luchar para seguir criando hijos. Decidió hacerse un aborto ella misma, pero la herida se le infectó, y poco tiempo después la llevó a la muerte. Tenía 30 años. El padre de sus hijos había fallecido algún tiempo atrás, cuando un colectivo lo arrolló. Más que nunca, Blanca tuvo que tomar las riendas de la familia. Por eso creyó que rescatar a Brian era un compromiso personal y familiar. Pero pronto se dio cuenta de que no iba a poder vencer la voluntad de su hermano, que le decía, con aire fanfarrón, “Yo hago lo que quiero y me llevan preso, pero me sueltan. Así que lo voy a volver a hacer”. Una sola vez Brian se quedó sin respuesta y bajó la mirada: fue cuando Blanca le preguntó si había pensado que le podía pasar algo grave.

***

Un cartel sobre el monitor de la computadora advierte: “AVISO SOBRE JUEGOS CON CARACTER VIOLENTO. La utilizacion del presente, por sus contenidos violentos, puede alterar la formacion y educacion del usuario (Ley 12.855, Art. 2)”. Al leerlo me asombro y me pregunto si Brian lo habrá visto alguna vez. Estoy sentado en la máquina número 15 del cíber al que iba Brian. Desde aquí, sólo hay que caminar tres cuadras para llegar a la casa de Lorena, escenario de su último ataque. Es posible que Brian haya estado frente a la máquina número 15 antes de trepar por esos barrotes. El cíber está en una casona reciclada, con la pintura de un dragón en la fachada. ¿Brian se habrá sentado alguna vez en esta misma computadora? ¿Habrá leído el aviso? ¿Le habrá dado risa? Al lado mío se mezclan pibes cantina y nenes del barrio. Ya es hora de reemplazar la máquina número 15: el teclado tiene cuatro quemaduras de cigarrillo y las teclas tipean con un clac-clac desvencijado. Con interés tanteo la carpeta de juegos: está repleta y no falta el Counter Strike, el popular juego en red en el que hay que matar o morir con un rifle en las manos, en primera persona.

El encargado del local es un muchacho con la cara llena de granos, y dice que no conoció a Brian. Explica que en marzo el empleado a cargo era un chico paraguayo, pero que se volvió a su país. Y agrega que las cosas cambiaron en este cíber: “El dueño es un chino que se hartó de un grupo de pibes medio vagabundos que se quedaban a dormir acá, y los echó a todos”. Pienso: seguro que Brian estaba entre ellos.

En la plaza Moreno, en el centro de la ciudad, charlo con un grupo de chicos que limpian los parabrisas de los autos que frenan con el semáforo rojo. Ellos conocen a Brian, y mencionan sus fechorías con cierto cholulismo: él es el único que ganó cierta fama, aunque para alcanzarla haya tenido que entregar su vida y arruinar la de los demás. Pero ninguno de estos chicos habló en persona con él ni sabe dónde están sus compañeros de ranchada. Dicen que, después de la muerte de Brian, aquellos se diseminaron por el conurbano bonaerense, para cambiar de aire y exorcizar la mala suerte de su colega.

***

Para el fiscal Marcelo Romero, la del 24 de marzo fue una semana complicada. A pesar de ser el titular de la Fiscalía Número 6, se encontraba en la Número 7, apoyando al fiscal titular, que era joven y nuevo en la tarea. En esos días agitados, un dirigente sindical llevó a su tropa a ocupar una destilería y, ante la detención que se le iba a imponer, redobló la apuesta con la amenaza de volarla. Por si fuera poco, en esos días la Fiscalía Número 7 recibió las denuncias de los tres últimos ataques del hombre araña, incluido el de su hora final, que llegaba con carátula de homicidio.

Los dos fiscales se dirigieron al lugar del hecho y encontraron el cerco policial alrededor del cuerpo de Brian, a quien, en la morgue, tres de sus víctimas identificarían como el hombre araña. “Al autor del disparo se lo aprehendió preventivamente y se le imputó el delito de homicidio, que es lo que corresponde en estos casos”, explica ahora Romero. Es un fiscal formal y preciso, que habla por delante de una bandera de la provincia de Buenos Aires que engalana su despacho. “Nunca habíamos sufrido tantos ataques por Internet.

Los lectores opinaban de a miles y siempre en contra”, dice Romero. La reacción popular que se veía en los medios con la detención del joven policía lo había tomado por sorpresa.
“El disparo mortal ingresó por la nuca, mientras la persona aparentemente escapaba”, continúa Romero. Y agrega: “Los peritos consideraron que era posible, pero para la fiscalía no estaba tan claro, porque podía tratarse de un exceso en la legítima defensa. Es decir, no fue que dos fiscales se ensañaron con un policía, sino que de verdad teníamos dudas”. Pero la gente que opinaba en los sitios web los diarios no se manejaba con la misma frialdad que la Justicia: “En algunos comentarios incluso pedían la pena de muerte para nosotros”, se sorprende aún el fiscal.

El lunes 24 de marzo −el mismo día en que ocurrió el último ataque− los investigadores decidieron hacer la reconstrucción del hecho. Fue poco antes de la medianoche: peritos, policías y fiscales invadieron el edificio de la puerta 1571 y sacaron sus propias conclusiones, trabajando hasta la madrugada. Con esos informes, la Fiscalía Número 7 solicitó la elevación a juicio para Nicolás, pero el juez de garantías −que es quien pone límites a las acusaciones de los fiscales mientras dura una investigación− entendió que Nicolás no había cometido un exceso en la legítima defensa. Es decir, que no había sido un caso de gatillo fácil. Que a los 26 años, él había logrado esquivar la mala fama de la Fuerza: no era un maldito policía.

La fiscalía no apeló la medida y archivó el expediente, y Nicolás fue sobreseído.

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Lorena falló en el examen. Obtuvo 35 puntos sobre 60, pero necesitaba 40 para aprobar. Las últimas horas habían tenido de todo, menos la paz que necesita un estudiante para llegar a un examen. Sin embargo, no quería dejar escapar su ilusión tan fácil, y una semana más tarde probó suerte en el recuperatorio. Esos siete días también fueron difíciles: su madre no quería que Lorena estuviera en el departamento de la calle 10 y se la pasaban yendo y viniendo a la casa de una tía en Avellaneda. Su padre y sus hermanos también aparecieron en La Plata, para ayudar con la mudanza, que la familia había decidido como una tarea inmediata. Lorena estaba cansada y apenas podía estudiar en los ratos libres. En el recuperatorio arañó el ingreso: obtuvo 37 puntos. Y luego de dos años de esperanza, entendió que no iba a estudiar Medicina. Eligió entonces anotarse en la carrera de Técnico en Cardiología: ahora aprende todo sobre holters, electrocardiogramas y ergometrías.

Además del aplazo en los exámenes, el ataque le dejó otras consecuencias: “Estar sola a la noche es lo peor que me puede pasar”, confiesa. Aunque sigue viviendo con su hermano, Lorena dice que cualquier ruido la pone nerviosa y que la oscuridad le molesta. Pero asegura que nunca se le pasó por la cabeza dejar la ciudad: “Un loco no va a arruinar mi vida”. Durante un tiempo, volvió a vivir en su mente el trauma de aquella noche. Soñaba seguido con Brian, incluso cuando se acostaba media hora a dormir la siesta. En esos sueños, Lorena miraba desde arriba todo lo que pasaba, viéndose a sí misma en la cama y a Brian en el balcón. A veces la historia cambiaba, y le tocaba ir a reconocerlo a la morgue. Pero ella, que nunca vio su rostro, tampoco lo descubría en el sueño. “Ahora ya volvió todo a la normalidad”, dice, serena. “Pero me fijo si me siguen o no, tal vez un poco perseguida, porque pienso que él podía llegar a saber que había una chica sola ahí arriba o a lo mejor me había seguido para ver a dónde vivía.”

Mientras Lorena rendía su primer examen, Nicolás pasaba el peor momento de su vida, preso en la delegación de la Policía Federal en La Plata. La culpa por haberle quitado la vida a Brian y el miedo a pagar con una larga condena eran insoportables. El lunes a la madrugada, luego del ataque y del llamado al 911, los policías se lo habían llevado detenido. Natalia, su novia, declaró hasta las siete y media de la mañana. Él lo haría al mediodía, primero ante los inspectores y después ante los fiscales, frente a quienes no podría contener el llanto. A las once de la noche comenzaría la reconstrucción del hecho, en los balcones de Lorena y de Natalia, para determinar si Nicolás contaba la verdad o si había disparado cuando Brian estaba de espaldas, ya escapando. Algunos vecinos comenzaron a organizar una marcha de protesta por la detención de Nicolás, pero él fue liberado antes de que pudieran concretarla. Se reencontró con su novia a las seis de la tarde del día martes.

“Nadie está preparado para pasar por algo así”, dice Natalia, y acepta que se indignó más de la cuenta con el fiscal. “Yo sé que son los pasos preestablecidos de la Justicia, pero estaba en duda el accionar de Nicolás sin importar que Brian hubiera ido a violar a una chica.” Hasta que el juez de garantías dictó el sobreseimiento, Nicolás creía que iba a ir a juicio y temía pasar una temporada a la sombra. “Yo no buscaba matarlo”, le decía a su novia, como queriendo alejar al fantasma de Brian. “Nico estaba acobardado, porque él hizo lo que tenía que hacer. ¿Y si no hubiera hecho nada?”, se pregunta Natalia. “Eso hubiera sido peor: que violaran a otra chica y en el departamento de al lado hubiera un policía que no hacía nada.”

Un mes más tarde, Natalia y Nicolás también abandonaron su departamento de la calle 10. Nunca charlaron demasiado sobre el tema. Él prefiere evitarlo. Cuando logré contactarlo, el joven policía me dijo que tal vez su novia aceptara contarme algo. Ella, para terminar la historia y el café que comparte conmigo, se encoje de hombros: “Nico ni siquiera fue a un psicólogo a hablar de esto, pero creo que le haría bien porque todavía es un chico”.

***

Y Blanca.

Ella fue la que tuvo que darle la noticia de la muerte de Brian a su madre, Abigail. Fue en una charla por teléfono. Abigail volvió a quebrarse, y lloró como había hecho quince días antes por su otra hija. En ese momento, Abigail había vuelto a La Plata para velarla. Cuando se enteró de la muerte de Brian le prometió a Blanca que iba a volver, pero ya no lo hizo.

Blanca suspira: “A Brian se le podría haber ido toda esa maldad yendo a la iglesia y rezando. Yo oraba por él y todavía hoy oro por su alma”. La hermana cree que Brian no quiso evitar su destino. El pastor de la iglesia le dio muchas oportunidades, le habló, lo quiso cambiar más de una vez. Pero a él no le interesaba. Cuando le daban consejos, él se reía con la misma risa que tanto aterraría a Norma, la mamá de Lorena, luchando cuerpo a cuerpo en el balcón, en una noche fatídica de otoño.

A Brian nadie lo pudo encaminar. Ni su madre, ni el hogar asistencial, ni la iglesia. Y Blanca cree que su alma no descansa en paz: “Por las cosas que hizo acá en la Tierra, los pastores ya me dijeron que debe estar en el Infierno”, se estremece. Regina, su suegra, agrega que cuando la gente hablaba del famoso hombre araña en la iglesia evangelista, en aquellos días de fines de marzo en que fue muerto, ella no se podía contener y se sinceraba: “Oren por mi nuera, porque él era su hermano, que Dios le dé fuerza para seguir su camino”, proponía.

El cuerpo de Brian tampoco encontró un reposo en paz. Cuando murió, Blanca estaba en el tramo final del embarazo del bebé de dos meses que ahora amamanta. Y ya venía de pasar el luto por su hermana. Estaba demasiado cansada para hacerse cargo sola. En la morgue tardaron unos días en entregarle el cadáver, y en el cementerio le pedían una serie de papeles difíciles de conseguir. Blanca y su suegro, el marido de Regina, juntaron algunos documentos y los llevaron, creyendo que el día del entierro había llegado. Iba a ser una sepultura íntima: ellos dos frente al ataúd de Brian, una flor, un cura y unos tipos que lo hundieran en el pozo. Pero en la administración les dijeron que todavía faltaban papeles. Blanca se dio por vencida: ya no podía seguir adelante. Ahora se amarga: “No sé qué fue de él, si está enterrado o no, o dónde está”.

Y en esa casa de suburbio, donde la fe en Dios es lo único que permite continuar a pesar de todas las tragedias y sacrificios que aparecen como si la vida fuera una carrera de obstáculos, Blanca elige recordar a un Brian alegre, distinto del monstruo de los ataques repugnantes que le arruinó la vida de aquellas chicas, y que generó una ola de miedo en la ciudad. Lo de recordar a un Brian alegre no es un lugar común. Es que lo único que le queda a Blanca de su hermano −lo único: el único objeto− es una foto vieja y doblada, en la que él se está riendo en un cumpleaños con algunos niños. Brian está vestido de fiesta, con una camisa, y muestra una sonrisa enorme de dientes de leche. Es la misma mueca risueña que lo acompañará para siempre, aun en su última hora. Blanca prefiere quedarse con la certeza de que Brian alguna vez fue un niño alegre. Un niño que reía.

Las siete de la mañana del veintisiete de noviembre de 2011, un muchacho llamado Facundo González abrió la puerta de su casa –iba a trabajar– y quedó de cara a un pasillo lleno de huellas rojizas. El corredor unía los cinco PH que formaban parte del condominio de departamentos, y las pisadas –oscuras, salpicadas, confusas– salían de la puerta contigua, la de sus vecinas del timbre 5. Era domingo y el silencio en la ciudad de La Plata era total.

—Che, papá… Mirá lo que hay acá… –le dijo Facundo a su viejo.

El hombretón apareció por detrás. Se llamaba Rubén, y lucía ojeroso y despeinado. Había dormido mal. En el medio de la noche se había despertado escuchando gritos y lamentos, y se había desvelado pensando en el origen del ruido. Había dos explicaciones. Podían ser las nenas del vecino: dos chiquillas que lloraban por cualquier cosa y que se peleaban entre ellas todo el tiempo. O podían ser las ratas: en los últimos tiempos habían aparecido algunas en el condominio y los vecinos les habían declarado la guerra. El mismo Rubén había cazado dos adentro de su casa. Las había tenido que acorralar detrás de un mueble; no había sido fácil. Eran bichos veloces, incluso astutos, y era probable –había pensado Rubén aquella noche– que los golpes y los sollozos respondieran a una cacería doméstica.

A la mañana siguiente, sin embargo, la hipótesis cambió. O se confirmó.

Rubén se asomó por detrás de su hijo, siguió con la mirada las huellas del pasillo y se detuvo en la entrada de sus vecinas, a un metro de su propia nariz. La puerta estaba entreabierta. Y permitía ver un charco de sangre en el descanso del ingreso al departamento. No había nada más. O mejor dicho: Rubén no quiso ver nada más. En cambio entró a su casa y levantó el teléfono. Discó 911.

—Señorita, acá hay algo raro… –le dijo a la operadora de la policía.

Era raro, por cierto. Y atroz: sus vecinas estaban muertas y faltaba poco para que los agentes llegaran y descubrieran los cuerpos.

Susana de Bartole, de sesenta y tres años, yacía en la cocina –el ambiente contiguo al descanso de entrada– sobre un gran charco de sangre. Los peritos advirtieron que había sido golpeada en la cabeza con un elemento voluminoso y pesado, tal vez un palo de amasar o un pisapapeles. También notaron que había recibido algunas trompadas y varias puñaladas en el cuello, en el tórax y en uno de sus brazos –con dos cuchillos diferentes y con un destornillador–. Y que debajo de sus uñas había restos de piel arrancada en un rasguño: «ADN perfil NN1», en el léxico desangelado de los forenses. En el comedor, siguiendo el recorrido de la casa, apareció el cadáver de Bárbara Santos, de veintinueve años: la única hija de Susana. Podía suponerse que para ella el horror había comenzado en el baño. Allí había sido sorprendida, después de la ducha y justo antes de lavarse los dientes –el cepillo había quedado con la pasta en el lavatorio–. Bárbara había corrido unos metros, pero no había tenido suerte: fue la más castigada de las víctimas. En las manos –con las que había intentado defenderse– y en la cabeza –donde asomaba el hueso del cráneo– había recibido varios golpes con un palo de amasar que fue hallado por los forenses sobre una mesita de la sala, al lado de unas estatuillas de porcelana y de unos retratos familiares. Había más: un relámpago de puño le había desprendido un diente; al caer sobre una mesa de vidrio –o ser golpeada contra ella a propósito– se había cortado la cara; y el filo del puñal había pasado setenta y seis veces por su cara, su cuello, su torso, su abdomen, los brazos y una de sus piernas. El agresor –podía deducirse– había iniciado el ataque de frente y lo había continuado por detrás: el reguero de sangre con el que Bárbara había salpicado la pared –una estampa de microgotas en spray– daba cuenta de que la mujer se había inclinado o se estaba cayendo cuando llegó una cuchillada mortal al cuello. Después el asesino continuó apuñalándola en el piso. Ocho veces más.

La masacre siguió.

Micaela, la hija de Bárbara, de once años, había sido alcanzada en una de las habitaciones: la policía encontró su cuerpo recostado sobre la cama matrimonial, frente al televisor. La nena había sido golpeada y apuñalada dieciséis veces en el tórax y en los brazos. Por debajo de ella quedaba un celular con el que había discado 9111: había querido llamar a la policía, pero había discado un número de más. La llamada, que no se concretó, quedó registrada a las 00:07 del domingo. La niña fue la única víctima que no fue pasada a degüello.

La última en morir, Marisol Pereyra, recibió el mismo tratamiento que el resto de las víctimas adultas: puñaladas y cortes en todo el cuerpo, el cuello incluido. Marisol era una amiga joven de Susana de Bartole y su presencia en la casa a la medianoche era difícil de explicar. Quizás había llegado de visita, por casualidad y mientras ocurrían los asesinatos, y luego de haber sido recibida por el homicida había sido liquidada. Como fuera, Marisol estaba echada en la cocina, con su cabeza sobre el zócalo de la heladera. Uno de sus pómulos había sido fracturado con una trompada y tenía la marca de ocho puñaladas –la salpicadura roció el techo y dos paredes–, y así y todo en el medio del ataque había alcanzado a defenderse y a rasguñar a quien tenía enfrente: debajo de sus uñas también se hallaron restos de piel.

Había, entonces, rastros. Y no solo en las uñas de las víctimas.

En la cocina fue hallado uno de los cuchillos utilizados para la masacre –la punta estaba manchada de sangre y el resto de la hoja había sido lavada– y también había pisadas. En un intento por ordenar la escena del crimen, el asesino había dejado sus propias huellas apresuradas y confusas cerca de los dormitorios y del baño, como si hubiera estado meditando qué hacer. O como si hubiera estado buscando algo –un teléfono quizás: el de Marisol Pereyra nunca fue hallado–. Había también un guante en el comedor, señalado por los forenses con el patrón genético «ADN perfil NN1», y estaban también las últimas pisadas del homicida, esas que iban por el pasillo y que llegaban a la vereda, hasta desaparecer en el cordón. Allí, estimaron los peritos, el homicida se había subido a un auto.

La casa lucía, al final, como una gran ciénaga. Era el feroz escenario del «cuádruple crimen de La Plata»: uno de los casos más escandalosos y enigmáticos de los últimos años en la criminología argentina.

***

El mismo domingo, poco después del hallazgo de Facundo y Rubén González, un muchacho llamado Osvaldo Martínez amanecía en su casa de Melchor Romero, una localidad ubicada a veinte kilómetros del centro de la plata. Su noche –diría después– había sido tranquila, casi desangelada: había visto una película (Agente Salt, con Angelina Jolie) y con un mensaje de texto le había reprochado a su novia su desapego: «otro sábado que me dejaste solo, me voy a acostar, ya no me vas a mandar mensaje».

Su novia era Bárbara Santos, una de las mujeres muertas.

Después de tres años, Bárbara se había convertido en la primera chica que Martínez tomaba por novia formal. Sin embargo, la relación tenía ya sus altibajos. Bárbara se quejaba de los celos de Martínez y a él le molestaba que ella no lo tuviera en cuenta. Pero aun así seguían juntos. Dos días atrás, el viernes veinticinco de noviembre de 2011, él le había regalado un ramo de flores y una caja de bombones para su cumpleaños, y habían pasado toda la tarde jugando con Micaela –la niña de ella– al Reto Mental, un juego de dados y preguntas. Pero el sábado veintiséis todo se había vuelto opaco: de noche, ella no había llamado y Martínez había vivido ese silencio como un abandono.

A pesar de esa distancia, al día siguiente Martínez organizó la jornada pensando en Bárbara. Después diría que había querido hacer un plan con ella. Por eso, a media mañana del domingo veintisiete se subió a su Fiat Uno para buscar a su novia y llevarla a una fiesta familiar, al cumpleaños de su sobrina. Pero el plan no se concretó: cuando conducía por la calle Treinta y dos, una camioneta repleta de policías le cerró el paso. Martínez pensó que había un error, hasta que uno de los vigilantes le abrió la puerta del auto y le ordenó bajar.

—¿Vos sos Martínez, Osvaldo? ¡Asesinaron a tu novia! –le dijo, mientras lo hacía subir a la camioneta y le pedía que indicara el camino a su casa, que muy pronto sería allanada.

Pocas horas después, el novio salió de su hogar encapuchado y detenido, en el marco de una operación ordenada por el fiscal Álvaro Garganta. El funcionario dijo más tarde que Martínez mentía cuando decía que la noche anterior se había quedado mirando una película y durmiendo. Y que, en cambio, había estado manipulando un cuchillo y abriendo canales de sangre. La hipótesis del fiscal –que apuntó a Martínez como el principal acusado– decía que los celos enfermizos sobre Bárbara se desataron cuando Martínez se había enterado de que su novia se iría a bailar con sus amigas, y que ese rapto de furia lo había llevado a matarla –y a acuchillar a todas las demás mujeres para no dejar testigos–.

Esa versión tenía, en un principio, algún sostén: los vecinos de Bárbara se preguntaban por la ausencia de Martínez la noche del sábado –«Qué raro que no estuviera ayer; siempre dormía con ella», decían– y eso llevó al fiscal Garganta a hacer foco en el novio. Después Garganta armó un esquema de femicidio que apuntaló primero con algunos mensajes de texto de Martínez (más reproches hacia Bárbara), con las palabras del chofer de remís Marcelo Tagliaferro (un testigo que juró haber visto al acusado en la escena del crimen), y con un informe que señalaba la personalidad tenaz y prolija de su acusado. A través de una pericia telefónica, y a lo largo del tiempo, el fiscal también intentó demostrar que Martínez había estado en movimiento –y no en su casa– durante la medianoche de los crímenes, y que el nivel de agresión que había sufrido Bárbara –quien tenía el doble de puñaladas que las demás víctimas– convertía a la mujer en el eje de la masacre. Para Garganta, se trataba de una verdadera historia de amor con final trágico.

***

La hipótesis –que mostraría varias fisuras con el paso del tiempo– sorprendió a todos los que conocían a Martínez. A los veintisiete años, no encajaba con el arquetipo de un asesino múltiple. Había sido criado en el seno de una familia de clase media trabajadora del suburbio de Berisso –una localidad cercana a La Plata– y había alternado el estudio –cursaba la carrera de Ingeniería Electromecánica en la Universidad de la Plata– con el trabajo –en la petroquímica Repsol YPF– y con el deporte: había practicado karate durante diez años en los que había forjado dos brazos largos y duros, y un temple moldeado por los preceptos del arte marcial. El apodo tampoco calzaba con el perfil de un homicida: lo llamaban «Alito», un sobrenombre que venía de «Ale», un nombre árabe que la madre de Martínez había querido ponerle de acuerdo a sus tradiciones y que no había sido aceptado en el registro civil.

En cualquier caso, el asunto del apodo resultó una transformación simbólica para Martínez en el momento de ser detenido. Y es que apenas se lo acusó de la masacre, «Alito» pasó a ser una contraseña para los íntimos; el resto de la sociedad lo conoció desde entonces como «el Karateka», un alias hoy célebre en La Plata, donde Martínez es visto por algunos como un temible exterminador de mujeres; y por otros como una víctima del Poder Judicial de la provincia de Buenos Aires, que lo detuvo dos veces y dos veces lo liberó por falta de pruebas.

Si el Karateka fue o no el autor de la masacre es una pregunta que quizá nunca encuentre respuesta. Como sea, la guerra de versiones comenzó en la hora cero. El fiscal y el juez apoyan la hipótesis de que fue un crimen pasional. Pero también están todas las otras versiones: muchas de ellas hacen foco en la figura de Susana de Bartole, la madre de Bárbara. De ella se han dicho principalmente dos cosas: que su trabajo como secretaria de un juez la podría haber expuesto a cierta información inconveniente. Y que su afición al juego le podría haber dejado un dineral –ganado en el bingo– atractivo para los asesinos.

—Yo estoy convencido de que todo gira en torno a mi suegra –dice Osvaldo Martínez. Es septiembre de 2012 y está sentado en la mesa de un bar de La Plata, luego de haber salido de la cárcel. Martínez tiene ya veintinueve años, y sin embargo viene a la entrevista acompañado por su madre. La señora se llama Herminia López, es empleada de un hospital y es sobre todo una mujer fuerte. Ella fue la principal opositora al fiscal Garganta y al juez que confirmó los cargos contra su hijo.

—A mí me investigaron por completo y si estoy acá, libre, es porque soy inocente –sigue Martínez–. Este no es un crimen pasional y yo quiero conocer la verdad. Todos nos merecemos conocerla. También las chicas.

«Las chicas», dice Martínez. Su madre –ojos negros, rulos morenos– asiente con la cabeza.

***

A Susana de Bartole le gustaba mantener el orden. Apenas llegaba del trabajo se quitaba la ropa cara con la que ingresaba a Tribunales, agarraba un plumero viejo y se ponía a repasar. Recién al terminar se permitía un descanso. cuando caía la tarde solía cruzarse a uno de los departamentos de adelante, donde vivía Silvia Matsunaga, una vecina más joven a la que conocía desde que había llegado al condominio, dieciséis años atrás, y que se había convertido con el tiempo en una amiga íntima. En esos primeros días, Susana ya estaba separada del padre de Bárbara –un policía que se había marchado a Mar del Plata– y la soledad la había llevado a tender lazos. Pronto nació una costumbre: Susana aparecía cada noche con sus cigarrillos Le Mans en la casa de la vecina y fumaba con ella en la ventana.

Mientras hablaban, Susana solía contarle a Silvia sobre su agujero económico. El tema era recurrente en los últimos tiempos: una de las hermanas de Susana había quedado a la intemperie con la muerte de su marido y ella la había ayudado, pero después ella misma había caído en desgracia. El dinero no le alcanzaba. No había terminado de pagar su departamento; la herencia recibida de sus padres –y compartida con las dos hermanas– no había sido suficiente y además un amigo la había traicionado pidiendo un crédito a su nombre y dejando cuotas sin pagar. Por todas estas razones Susana tenía retenida una parte de su sueldo y estaba embarcada en una vida que se había vuelto angosta. Al final había tenido que renunciar a los paseos de compras, a la ropa nueva y a las tragamonedas del bingo al que tanto le gustaba ir.

Así y todo, seguía encontrando formas de divertirse.

—Susana era una mujer moderna y sin compromisos, y estaba muy bien para la edad que tenía –dice Silvia Matsunaga, una mujer de ascendencia japonesa y sonrisa generosa–. Hemos salido juntas y vi cómo se divertía y cómo conocía gente. Pero le conocí pocos novios formales. La mayoría quedaba fuera de casa porque no quería compromisos: su prioridad era su nieta, Micaela.

Después del crimen, sin embargo, la vida íntima de Susana de Bartole perdió toda reserva: en el expediente judicial del caso, un abultado papelerío que roza los dos metros lineales, hay toda clase de historias y de rumores –difíciles de probar– sobre su vida íntima.

Que practicaba el culto Umbanda y gustaba del ocultismo, se dijo. Que pedía créditos sin parar y que estaba gravemente endeudada con una docena de acreedores. Que se jugaba lo poco que le quedaba en el bingo. Que era ludópata. Que el sexo casual era uno de sus grandes placeres. Que el sexo pago era uno de sus grandes recursos. Que el juez Blas Billordo –su jefe– era su amante. Que el suicidio del juez –con un balazo en la cabeza, apenas un día antes del cuádruple crimen– no tenía que ver con el cáncer que lo estaba carcomiendo sino con algún asunto caliente que pasó por sus manos y por las de su secretaria Susana, y que podría haber derivado también en la masacre de las cuatro mujeres. Que el albañil Javier Quiroga –que había hecho varias tareas de refacción en la casa y que el día del crimen había trabajado allí– también era su amante. Y que el albañil Javier Quiroga había sido, además y por último, su asesino.

***

Es un hombre pequeño y moreno, el albañil. Una médica forense anotó un año atrás que medía un metro con sesenta y cinco centímetros y que pesaba setenta y dos kilos, pero hoy Javier Quiroga parece más delgado. Y su rostro ajado –primero por el sol de las provincias del Norte, después por el trabajo fatigoso del obrero, finalmente por el drama policial– desmiente los treinta y cinco años que lleva en su documento.

—Me causa dolor hablar de esto… es algo que quiero olvidar hasta el día de hoy… –vacila Javier Quiroga en esta, la primera entrevista que concede a la prensa después de un largo silencio.

Por el parecido que tenía con el boxeador Rodrigo Barrios cuando se rapó el cabello, una vez y hace tiempo, a Quiroga todavía le dicen «Hiena». Sin embargo, su aspecto –doblegado– hoy no parece estar a la altura de su apodo. En una sala de la cárcel de Magdalena, a unos cincuenta kilómetros de La Plata, Quiroga fuma y habla de olvidar. Pero después recuerda. E intenta explicar la suma de –dice él– las injusticias que lo llevan a ser el único detenido por el cuádruple crimen, y que lo dejaron entre rejas el dos de mayo de 2012.

Quiroga fue capturado a seis meses del asesinato, cuando el resultado de las pericias sobre el «ADN perfil NN1» lo señaló culpable. La piel que había debajo de las uñas de Susana y Marisol era la del albañil, y también eran suyos los dieciocho rastros de sangre que habían sido recolectados adentro de la casa de La Plata. Quiroga, sin embargo, tenía una explicación. Y la dio la misma noche en la que lo capturaron. El albañil dijo que era inocente y acusó a Martínez –el Karateka– de haber orquestado la masacre. Su testimonio, que resultó clave en la investigación, derivó en la detención del Karateka –que ya había sido apresado y liberado una vez por falta de pruebas–, pero no salvó al propio albañil del encierro: acusaron a la Hiena de ser coautor del múltiple homicidio. Al principio, Quiroga estuvo cautivo en el pabellón psiquiátrico del penal de Melchor Romero –donde comenzó a limpiarse de la adicción al alcohol y a las drogas en la que había caído por la depresión de un divorcio y el horror de la masacre–, después en el de Olmos y finalmente aquí, en Magdalena.

Su temporada a la sombra no fue fácil: cargar con la muerte de una niña no es la mejor credencial para entrar a una cárcel, dice Quiroga y se limpia las lágrimas. Tiene las manos esposadas. Hace unos minutos dos guardias lo trajeron sin delicadezas a esta oficina –retirándolo de las tareas de carpintería que hace en el penal–, y le dieron un rato para hablar. Esta es su versión de la masacre, contada por primera vez ante un grabador y un periodista.

—Era sábado a la tarde –comienza–. Martínez vino a mi casa a eso de las cuatro y me encontró soldando rejas para un trabajo que estaba haciendo. Llegó caminando y se presentó, porque yo al principio no sabía quién era.

«Soy el novio de Bárbara» dice que le dijo. Quiroga apenas lo recordaba: lo había visto una sola vez, durante un trabajo previo en la casa de Bárbara y de Susana, pero en aquella oportunidad Martínez ni siquiera lo había saludado. Esta segunda vez fue distinta: el novio le habló con una confianza amistosa y hasta le encargó una nueva tarea. Martínez –dice Quiroga– le propuso juntarse ese mismo sábado, a las ocho y media de la noche, para convenir un arreglo en los cielorrasos de la casa. Le dijo que había prisa, que quería empezar ese mismo lunes.

Mientras charlaban, Quiroga –formoseño y proveniente de una familia de albañiles– notó que la cerveza que había estado bebiendo durante el trabajo ya se había acabado, y decidió ir a comprar otra. Martínez lo acompañó. En el camino hablaron de sus mujeres: los dos estaban en la cuerda floja. «Yo ando medio peleado, voy a ver si con esto arreglo un poquito mi situación», le dijo el novio de Bárbara.

«Sí, te entiendo, yo también ando en la misma: tengo un pie afuera y otro adentro», respondió Quiroga, según su versión. Luego se despidieron frente al kiosco.

—Pero antes de irse me regaló una rodaja de merca –sigue el albañil, y se muestra sorprendido–. No sé si él sabía que yo consumía, pero en un momento me dijo: «¿Vos tomás?». Y yo no sabía para qué lado lo quería llevar, porque hay gente sana que le dice «tomás» a tomar alcohol, y hay otra gente que sabe que «tomar» es tomar cocaína. Él me dijo que él no tomaba y que le habían regalado esa rodaja. ¿Un regalo de esos en la calle? ¡Era raro! Yo creía que me quería sobornar por el trabajo, para que le cobrara menos, y me causaba gracia… Después pasé a saludar a un amigo que cumplía años y le comenté lo que me había pasado. Él se rio y me dijo que tenía suerte.

Un rato más tarde Quiroga llegó en su bicicleta hasta la casa de Bárbara y tocó el timbre, según cuenta. Salió Susana, la madre, y se mostró sorprendida: no sabía nada de los arreglos en el techo.

—Pero la señora confiaba en mí y me hizo pasar; siempre prefería pagar un poquito más y tener alguien de confianza en la casa –sigue el albañil–. Nos quedamos un rato tomando mate y charlando, y después apareció Bárbara. Mientras esperaba que llegara Martínez me puse a arreglar unos cajones por pedido de Susana y… en eso llegó él… y… pasó lo que pasó.

Martínez –dice Quiroga– ni siquiera lo saludó: siguió de largo y se puso a discutir en voz baja con su novia. Cuando terminó con el arreglo, Quiroga se quedó esperando a que el otro le dijera qué hacer con el techo, y aprovechó el rato para llamar a su mujer y avisarle que iba a llegar tarde. Un instante después Bárbara se metió en el baño a tomar una ducha y recién entonces apareció Martínez para preguntarle a Quiroga si ya había comenzado a trabajar. El albañil le dijo que no y fue a buscar una silla para subirse a ver el techo.

—Ahí fue que escuché un golpe; ahí empezó todo.

En la declaración ante el fiscal, Quiroga contó que después de escuchar ese golpe Martínez apareció sorpresivamente con el rostro desencajado, calzando guantes y con un arma en una mano y un cuchillo en la otra.

Martínez se había convertido en «el Karateka».

«¡Corréte para allá, hijo de puta!» le habría ordenado entonces al albañil, para luego meterse en el baño a buscar a Bárbara.

La masacre había comenzado.

Y mientras ocurría a su alrededor, Quiroga se asustó de tal forma que –lo jura– no supo qué hacer. No pudo hablar ni moverse. Durante unos minutos estuvo de pie, pero después se le vencieron las piernas y se quedó arrodillado detrás de una mesa, mirando y a la vez tratando de no mirar. Quiroga sentía un terror primario que –dice–contrastaba con la frialdad del Karateka, que iba de un lado a otro de la casa, ejecutando su plan sin abrir la boca.

—Sólo vi uno de los homicidios. El de Bárbara –dice Quiroga.

Los demás ocurrieron en otros ambientes, asegura, aunque podía escuchar los ruidos y algunos –pocos– gritos.

Entonces sonó el timbre. Era Marisol, una enfermera de treinta y cinco años: la última de las víctimas.

Marisol tenía pocas razones para estar allí. Se había acordado de su amiga Susana de Bartole apenas un rato antes, cuando el remís en el que viajaba había pasado por delante del edificio de los Tribunales en el que trabajaba la señora. El chofer, Marcelo Tagliaferro, tiempo atrás –antes de la entrevista en el penal de Magdalena– recordó la escena de esta manera:

—Pensó en Susana y en Bárbara, y quiso ir a la casa. Intentó por teléfono: llamó dos veces y le cortaron, pero decidió ir igual. ¡Un capricho, el destino de la vida!

Luego de la masacre, Tagliaferro se transformó en un testigo fundamental. Según contó, Marisol se había bajado sin pagar –pensando que tal vez nadie la iba a recibir y que iba a tener que seguir viaje– y él se había quedado estacionado y esperando el dinero. Así fue que, aseguró, vio dos veces al Karateka en la casa: una, cuando el acusado salió a abrirle a Marisol. Y otra, cuando se acercó a su coche y le dijo «Flaco, andate que la chica se queda y después pido otro remís». Este testimonio convirtió a Tagliaferro –manos rudas, ojos claros– en un personaje de alto perfil, halagado por el fiscal, impugnado por los abogados defensores del Karateka, festejado por sus seguidores de Facebook y –dada su locuacidad, a veces excesiva– mimado por el periodista y animador televisivo Mauro Viale.

Sin embargo, la declaración parece tener fallas: Tagliaferro sólo vio la cara del tipo de noche y reflejada en el espejo lateral izquierdo, y recién asoció el rostro con el del Karateka cuando vio una foto de Martínez en el diario. Por este tipo de cosas, ahora Tagliaferro está siendo investigado por falso testimonio. Y sólo se puede afirmar lo evidente: que Marisol bajó de su auto y que entró en la casa de La Plata.

Adentro de la vivienda, la masacre estaba llegando a su fin cuando el timbre –dice Quiroga– los sorprendió a él y al Karateka, que se miraron extrañados entre los cadáveres.

«¡Correla de los pies, hijo de puta!» dijo uno.

Era el Karateka. Según Quiroga, le ordenaba mover a su novia moribunda para dejar el paso libre.

Después el Karateka abrió la puerta principal.

—Entonces Bárbara me mira como pidiéndome auxilio… –vacila Quiroga en la cárcel–, y yo… trato de tocarla, porque ni siquiera la moví, y en eso escucho que él entra y vuelvo de nuevo a mi lugar, escondido… No la moví… pero ella se movió para tratar de agarrarme a mí. Parecía que me decía «me estoy muriendo, hacé algo, hacé algo»… y yo en ese momento no podía hacer nada ni siquiera por mí…

Cuando Marisol entró y vio la escena ya era demasiado tarde: el Karateka la empujó, la golpeó y se la llevó a rastras hasta la cocina. Allí la apuñaló y la dejó echada en el suelo. O al menos eso dice Quiroga, en el marco de una versión que se choca contra los peritajes. Y es que el «ADN perfil NN1» que se encontró debajo de las uñas de las mujeres no es del Karateka Martínez, sino del propio albañil: un dato que de todas formas no excluye al Karateka. El fiscal de la causa sostiene en sus alegatos que Quiroga formó parte en un múltiple homicidio que no podría haber sido cometido por menos de dos autores.

—No sé… no tengo idea. No me acuerdo –dice Quiroga en la cárcel y en voz baja.

Sí recuerda lo otro: sostiene que adentro de la casa, y con la masacre consumada, el Karateka se le acercó con el cuchillo, como si fuera a matarlo, pero en cambio tomó su mano y forcejeó con él hasta que le abrió un tajo profundo en uno de sus nudillos. Quiroga ahora deja ver su cicatriz. Dice que el Karateka lo obligó a punta de pistola a dejar su sangre en el cuchillo, el palo de amasar y buena parte de la casa. Y que regando todo con la sangre de otro, el Karateka estaba haciendo una fabulosa puesta en escena para los peritos.

—Antes de irse me amenazó para que no hable… –sigue Quiroga–. Me dijo que si yo abría la boca me iba a matar a mí y a mi familia. No supe qué hacer… No sabía si irme o quedarme. Y me quedé, no sé, veinte o treinta minutos… No tengo noción del tiempo. Esperaba que viniera la policía y no venía, no venía… Y con lo que él me había dicho y además teniendo en cuenta que hacía pocas horas que había estado en mi casa, esa misma tarde, cuando me vino a buscar para el trabajo del techo… lo consideré. Le creí. Y al final, por miedo, decidí irme y quedarme callado.

Hay, eso sí, otras versiones.

Un preso que compartió una celda en la cárcel de olmos con Quiroga pidió declarar en la causa. Fue en enero de 2013, en el medio de la modorra judicial. Daniel Oscar Peña Devito –tal era su nombre– dijo que guardaba una verdad incontenible: que la Hiena le había revelado que el cuádruple homicidio era obra propia y exclusiva, y que el Karateka nunca había participado. Pero el fiscal Álvaro Garganta, alegando que la investigación que él había conducido ya estaba cerrada, no lo quiso escuchar y les dejó la tarea a los miembros del tribunal que algún día juzgará a los acusados.

Por este tipo de cosas, la defensa de Martínez se lleva muy mal con el fiscal Garganta. Lo acusan de perder pericias que beneficiaban al Karateka y de descartar versiones que podrían liberarlo de culpas. La madre de Martínez llegó a denunciar al fiscal por hostigar a Quiroga para que involucrara al Karateka y se pregunta, además, si el remisero Marcelo Tagliaferro no es en verdad un testigo falso e incluso un cómplice de la Hiena Quiroga. En otras palabras, si Tagliaferro podría haber llevado en su coche a Quiroga para apuñalar a las mujeres y, una vez cometida la masacre, retirarlo él mismo de la zona.

En este nuevo escenario los celos no existen. Hay, por el contrario, otros móviles muy diferentes: asuntos de drogas, asuntos de prostitución, asuntos de la corporación judicial. Asuntos de la plata grande que Susana de Bartole habría ganado alguna vez en el bingo. Según esta hipótesis, Marisol Pereyra, la cuarta víctima, incluso podría ocupar el lugar de entregadora. ¿Había conocido a Susana de Bartole en el bingo? ¿Fue ella misma –aunque después traicionada y asesinada– parte de la banda? ¿Qué lugar ocuparía Tagliaferro en esta trama? El remisero también iba seguido al bingo. Había llegado a jugar cinco días por semana y había ganado el pozo en dos ocasiones. a la larga, sin embargo, se había endeudado, había perdido, había fracasado. Y quizás necesitara recuperar algo del dinero.

—No sé porque el fiscal me apunta, pero cuando se responda esa pregunta se resolverá este enigma –decía Martínez en septiembre de 2012 en aquel bar, a poco de haber recuperado su libertad por segunda vez–. En la casa no hay rastros míos, ¿cómo puede ser que el fiscal tome en cuenta las palabras de Javier Quiroga, un adicto, y que margine la palabra de la ciencia? No hay dudas de que acá la punta de lanza es Quiroga, pero no sé todavía en dónde encasillar al fiscal. Porque en esta causa yo fui el que estuvo más tiempo preso y el que ha sido más investigado, y lo único que puede decir de mí el fiscal es que soy celoso y que practiqué karate.

Como si fuera una prueba, Herminia López –la madre del Karateka– abrió su cuaderno de anotaciones y sacó una foto. La colocó al lado del pocillo de café y entre los demás papeles que había desplegado en la mesa del bar.

—Este es el Alito de antes –dijo finalmente, mientras miraba el retrato. En él se veía a Martínez sonriendo y con varios años menos–. Mi hijo tenía una vida casi perfecta. Tenía una casa, un auto, una moto, una novia, una hija de afecto, un trabajo, una carrera universitaria, una mamá, un papá, tres hermanos… se reía, era cariñoso. Pero ahora mi hijo es un chico triste; está tratando de juntar sus pedazos. Y todo gracias a un fiscal que uno no sabe si es un ingenuo manipulado o si es alguien a quien la verdad lo perjudica.

***

Aunque la causa está en manos del juez de garantías Guillermo Atencio –cuya función es velar por los derechos de los acusados– y del fiscal Álvaro Garganta, no fueron ellos los más requeridos por la prensa. El más buscado es un abogado penalista que no participó demasiado del proceso, pero que tiene influencia suficiente para asumir el centro mediático.

Ahora que el sol cae sobre el horizonte recortado por los suntuosos rascacielos de puerto Madero, ese abogado está cansado. En su coqueta oficina se acomoda el cabello, se plancha con las manos la camisa ajustadísima que deja adivinar sus pectorales trabajados en el gimnasio, se echa hacia atrás en el sillón ergonómico y le pide a su secretaria que nadie lo moleste al teléfono.

—Sí, señor Burlando –obedece la mujer.

En los círculos políticos se dice que Fernando Burlando –un comprador compulsivo y un deportista que se jacta de dar todo en el polo, en el fútbol y en el kitesurf– entra a los grandes casos de la mano del ministro de Justicia y Seguridad de la provincia de Buenos Aires, Ricardo Casal. La fábula cuenta que Casal le paga millonadas y le exige a cambio que la policía de la provincia quede siempre bien parada. La misma fábula termina con una moraleja: «Dime de qué lado está Burlando y te diré de qué lado está la verdad». Él se ríe al escuchar esto. Su sonrisa es radiante.

—Aparezco para resolver, y para comunicar fácil y velozmente los casos intrincados –dice–. De todas maneras, es cierto que tengo vinculaciones políticas. la forma de ir a fondo y de llegar al éxito concreto en todo es, precisamente, con este tipo de vinculaciones.

Burlando entró al juego del cuádruple crimen cuando lo convocaron Daniel Galle –el padre de Micaela– y la familia de Marisol Pereyra. Y siempre sostuvo la versión del crimen pasional a manos del Karateka. También se lo vio cerca del remisero Marcelo Tagliaferro, que en su condición de testigo no necesitaba un abogado, pero así y todo había aceptado la representación de Burlando.

—El Estado lo dejó solo en el medio de la selva y decidí ayudarlo –dice él.

Además de abogado, Burlando es un distinguido malabarista de periodistas. Y lo sabe. Para él, la contienda de intereses políticos que sacude a la industria periodística argentina tomó y trituró el caso del cuádruple crimen: los medios oficialistas y los opositores libraron su batalla cotidiana en torno a la masacre, a las víctimas y a los acusados teniendo en cuenta factores partidarios e intereses económicos.

—Algunos le creyeron al Karateka y otros, en guerra, descreyeron de su palabra –agrega.

Burlando se refiere a una puja entre medios nacionales y locales, y que podría ejemplificarse con este caso: en la ciudad de La Plata, el diario El Día –cercano al Poder Judicial– miró sin demasiada simpatía al Karateka. Y, en la vereda de enfrente, el diario Hoy lo trató con algo más de compasión y estuvo abierto a plantear hipótesis alternativas (una de ellas, que las muertes podrían estar relacionadas con información judicial que Susana de Bartole, secretaria de un juez, tenía consigo).

Burlando suspira; de repente se muestra apesadumbrado por el asunto.

—Yo ya tenía un interés por las cuestiones relacionadas con la mujer. Una buena forma de buscar justicia es estando presente en los hechos en los que las víctimas son mujeres y son atacadas indiscriminadamente –Burlando respira hondo y luego suelta el aire: sus pectorales bajan–. Y ni hablar en el caso específico de la nena, Micaela. Fue horrible.

***

Selena Gómez, la cantante de Disney y novia del popstar Justin Bieber, era la ídola de Micaela: cuando Selena entonaba Shake it up, el tema de la serie A todo ritmo, Micaela –la hija de Bárbara– cantaba y bailaba frente al televisor. Ese era uno de sus rituales favoritos de criatura de once años.

Otras costumbres, en cambio, se estaban yendo. Así lo recuerda Laura –en esta historia, se llamará «Laura»–, su mejor amiga, a su vez hija de Silvia Matsunaga, la vecina de Bárbara y de Susana. Laura tenía la misma edad de Micaela y –por la proximidad de las casas y la amistad de las familias– se había criado con ella como si fueran hermanas. Pero un día antes de la muerte, una novedad había abierto una pequeña grieta entre ambas. El veinticinco de noviembre Laura fue a buscar a Micaela para jugar al Reto Mental y se encontró con que esa tarde Micaela no tenía ganas. Su mueca decía que algo había cambiado. Que a Micaela le parecía que ya no podía seguir jugando a lo mismo de siempre.

—En realidad, ella ya era señorita –dice Laura y sonríe. Tiene dos grandes paletas y a ambos lados está el hueco dejado por los dientes de leche recién caídos. Laura acaba de llegar de la escuela y todavía tiene puesto el uniforme. Parece liviana. Mientras su madre, Silvia, evoca a Susana y a Bárbara, Laura busca y trae unas fotos con la naturalidad de quien hizo del crimen un asunto ordinario.

En una de las imágenes aparecen ella y Micaela, abrazadas y sonrientes; en otra ambas están mezcladas entre un grupo de chicas o haciendo morisquetas a cámara.

—Estas eran nuestras amigas –dice la niña, con una frescura que no remite a la muerte, sino más bien al apremio por llegar a un olvido.

Todos, en realidad, necesitan olvidar. Hace algunos días Rubén González –el vecino del timbre 4– colocó dos plantas altas al lado de la puerta de la casa de Susana, intentando neutralizar la energía mortuoria que mana de ahí al fondo. Pero no es fácil. Los vecinos intuyen que el papel, el cartón, la tela, la ropa y las frazadas –y, acaso, la comida que haya en la heladera cerrada– se consumen y generan la putrefacción que atrae a los roedores, que a su vez entran y salen por los agujeros de la puerta de metal.

Los vecinos ya capturaron, con espanto, varias ratas. Como Rubén González, trataron de arrinconarlas y de matarlas a golpes.

Rápido furioso muerto

Publicado: 11 septiembre 2015 en Javier Sinay
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Arriba de una Honda CG Titan negra, el lunes 25 de febrero de 2013, poco antes de las nueve de la noche, Axel Lucero y un amigo dejaron atras el barrio El Carmen, en La Plata. Habian salido en una sola moto, pero estaban dispuestos a volver en dos: la otra, la que todavia no tenian, la iba a conseguir Lucero con el arma que llevaba en el bolsillo de su campera.

Lucero era un pibe flaco, de sonrisa amplia, mirada pícara y rasgos armónicos: un adolescente que cursaba, lejos de la asistencia perfecta, el octavo grado en el turno nocturno de la Escuela No 84. Por el tono cobrizo que barnizaba su tez, su familia y sus amigos le decían “el Negrito”.

Ese mismo 25 de febrero, poco antes de las nueve de la noche, Jorge Caballero, un sargento de 25 años de la Policía Buenos Aires 2 –una fuerza dedicada al patrullaje en el Gran Buenos Aires y La Plata–, salía para el gimnasio en su Honda Twister. En el camino la aceleró con ganas: había sido la primera gran inversión de su vida. Con sus primeros ahorros como policía (18.500 pesos en efectivo), se había dado el gusto de tener esta máquina negra, sólida, poderosa.

Manejó por la calle 6 hasta la 90, pasó el supermercado y el kiosco de revistas que se viene abajo; dobló por la 7, pasó frente al club donde había practicado boxeo algunos años atrás y siguió hasta que en la esquina de la calle 80 vio que el semáforo estaba en rojo. Había estado pensando en ir al gimnasio a la mañana, pero de algún modo se había hecho el mediodía y luego, la tarde, y todavía no había salido de su casa. Era su día de franco y las horas pasaron rápido: al anochecer se preparó un batido con un polvo para ganar peso con el ejercicio y lo tomó mientras miraba videos de reggaetón y de pop de los 80 en YouTube. Se puso una musculosa y se vendó el tobillo. Cuando el vaso estuvo vacío, miró la hora. Eran poco más de las ocho de la noche. Era tarde. Fue a la cocina, dejó el vaso, se lavó los dientes y agarró un bolso con algo de ropa.

Mientras piloteaba, bajo su campera sentía el frío de la 9 milímetros, el arma reglamentaria que no era extraño que llevara encima, aun cuando no estuviera en servicio.

El semáforo en rojo del cruce de las calles 7 y 80 le dio tiempo para avanzar entre los autos con su moto y ponerse justo antes de la senda peatonal. Cuando el Negrito y su amigo Nazareno Alamo, un pibe cuatro años mayor, aparecieron con la CG, Caballero ya estaba pensando en lo que iba a cenar después de entrenar a pleno un par de horas en el gimnasio.

Ninguno de ellos estaba listo para la balacera. Y el Negrito no estaba listo para morir. ¿Quién lo está a los 16 años?

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“Hay que dar la discusión sobre el uso del arma por parte de policías fuera de servicio”, dice el abogado Julián Axat en su oficina de los tribunales platenses, donde hay pilas de expedientes sobre todas las superficies y un cuadro de Banksy en una pared. Axat, de 37 años, hace de su tarea judicial una militancia política: defiende a niños y adolescentes en conflicto con la ley, y ha tenido varios enfrentamientos con distintos sectores corporativos de la policía y de la justicia. En mayo del año pasado, presentó ante la Corte Suprema de la provincia de Buenos Aires una lista de seis homicidios ocurridos en un lapso de once meses que, atando cabos, descubrió que tenían un gran punto en común: todos eran casos de presuntos “pibes chorros” que salían a robar –en la mayoría de los casos, motos– y terminaban ajusticiados por policías –algunos de ellos, dueños de esas motos– de civil, en homicidios como consecuencia de un exceso de legítima defensa. El caso del Negrito estaba en su lista.

La portación y el uso del arma reglamentaria en policías fuera de servicio, que se ampara en la Ley 13.982 de la provincia de Buenos Aires (reformada en 2009 por el actual gobernador Daniel Scioli), muchas veces se convierte en un problema de consecuencias mortales. En el último informe del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), se detalla que entre 2003 y 2013 murieron 1286 civiles en hechos en los que participaron integrantes de las fuerzas de seguridad. El 35,4% de las víctimas (455 personas) recibió disparos de policías que estaban fuera de servicio al momento de gatillar. A la vez, un 76% de los policías fallecidos en ese período (332) también estaba fuera de servicio: el 47%, de franco; el 22,9%, retirado. En ese período de diez años, policías de la Federal mataron a 195 personas en la ciudad de Buenos Aires. Pero hubo otras 304 víctimas en la provincia: muchas de ellas fueron ultimadas por efectivos que viven en el Conurbano y que tomaron parte en el conflicto al salir de su casa o al regresar. En el caso de la Policía Bonaerense, la responsabilidad del personal de franco o retirados en la muerte de civiles representa cerca del 30% de los casos que ocurrieron durante la última década. (Hay uno emblemático: el caso de Lautaro Bugatto, el jugador de Banfield asesinado el 6 de mayo de 2012, cuando quedó atrapado en medio de un tiroteo entre David Ramón Benítez, un policía de civil que disparó siete veces, y dos ladrones que intentaron robarle una moto. Ahora Benítez espera el juicio, acusado por un exceso en la legítima defensa.)

Actual coordinador del Programa de Acceso Comunitario a la Justicia y, hasta hace pocas semanas, titular de la Defensoría Oficial de Menores número 16 de La Plata, Axat además es poeta  y en 2013 publicó el libro Musulmán o biopoética (editado por su propio sello, Los Detectives Salvajes), donde hay poesías sobre algunos de los chicos de los casos de su lista.

“Ni siquiera está resuelto el tema del policía en su barrio, en su vida de civil, fuera del horario de trabajo: por eso la lleva siempre”, dice Axat. “Este panorama legal resulta una suerte de autorización para los policías, que optan por naturalizar la portación de las armas y se mantienen en estado de alerta permanente. Al no existir un hiato entre intervención en servicio y fuera de servicio, el arma reglamentaria se convierte en un riesgo las 24 horas.”

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El corazón del barrio El Carmen es su plaza, cuyo paisaje se asemeja mucho a la luna en un sueño decadente. Está sobre un manto de césped carcomido como el lomo de un perro con sarna; un techo de cielo gris envuelve a los árboles sin hojas y una pasarela de cemento que se enrula como una serpiente. Ubicada sobre la calle 128, ésta es “la plaza del fondo”: una cuadra más allá se acaba todo. Sólo hay dos o tres kilómetros de campo antes de que el río bañe la orilla terrosa de la provincia de Buenos Aires.

El Negrito llegó a El Carmen sólo cuatro meses antes de cruzarse en el semáforo con el sargento Caballero. Y en esas 16 semanas su vida cambió totalmente. Hijo de un mecánico y de un ama de casa, fue criado como el menor de tres hermanos en un hogar de clase trabajadora. En su casa funciona el taller de su padre, Rubén, un hombre de rasgos rústicos y palabras mínimas. El primer acelerador que el Negrito pisó fue el de un karting de chasis Vara, que llevaba el número 29 y que Marcela, su madre, cree que debe estar en un cuartito del fondo de esta casa.

Mientras Rubén se mueve sigiloso por el taller, Marcela ceba mates, fuma sin parar y recuerda cuánto le gustaban las motos a su hijo, que cuando no estaba en la escuela trabajaba con su padre acá, ayudándolo y aprendiendo un poco: lo suficiente para saber de motores y modelos. El Negrito se hacía y deshacía de sus motos preferidas con escandalosa facilidad. Tuvo, enumera Marcela, una Honda CG, una Wave, una Twister, una Tornado. También una Zanella RX y una Suzuki X100 dos tiempos a la que sus amigos le decían “la paraguaya”, por un ruido raro que hacía. “Los chicos las compran y las venden entre ellos”, dice su madre con la voz cansada. Sabe que algunos de los amigos del Negrito solían conseguir las motos a punta de pistola y se amarga cuando piensa que su propio hijo pudo haber robado algunas. Pero prefiere negarlo. “Hay pibes que son mala influencia”, dice. “No son ningunos nenes de mamá: son chicos que van de caño y que se drogan. Viven para eso.”

El Negrito entró en El Carmen en la primavera del año 2012 junto a Fernando, su primo, que vivía allí, y en poco tiempo se hizo amigo de varios. Maduró rápido en ese pedazo de tierra olvidado por el mundo: con sus nuevos amigos probó la órbita mental en la que lo pusieron algunas drogas, el vértigo de ciertos planes ilegales, el sabor de los besos robados y la grasa de las motos que aparecían y desaparecían, y que él siempre quería montar y acelerar con entusiasmo fogoso.

Llegaba hasta allí piloteando a través de la Avenida 122, una vía de doble mano poblada de camiones y adornada con carteles toscos que recordaban a Huguillo, acaso el mejor piloto de la periferia Este de La Plata, que se convirtió en leyenda cuando murió con menos de 20 años el día en que –manejando la moto acostado– se dio de lleno contra un coche. El Carmen estaba a la izquierda de la ruta. Era un barrio pequeño y pobre, pero no era exactamente una villa. Tenía dos escuelas, una sala sanitaria, un club social con mesas de billar y una comisaría con patrulleros destartalados, pero la penetración de la asistencia social, y aun la del entramado político informal, era casi nula. Ni siquiera el comercio narco, en manos de dos o tres transas, era tan espectacular. Todo el territorio parecía en estado de espera. Y, a medida que las calles se alejaban de la Avenida 122, la escena se opacaba: había caballos que tiraban de carros cargados de basura, había bandadas de nenes descalzos, había arroyuelos sucios, había casas de madera frágil y otras que parecían cajas de cemento.

El Negrito, que era de Villa Elvira –una zona de casas bajas y ordenadas–, no tenía amigos tan temerarios, que portaran armas y que robaran, penetrando la zona delictiva en las mismas motos que a él le volaban la cabeza. En El Carmen, en cambio, Pablo Alegre, apodado “Ratón”, un chico de 17 años con fama de demonio, que solía pasearse con una pistola 9 milímetros o con un revólver calibre .38 en cuya empuñadura había tallado su apodo, le había declarado la guerra a un transa del barrio de El Palihue, un barrio de características similares al otro lado de la Avenida 122, y cada tanto intercambiaba disparos con él y con su gente. Nazareno Alamo, que firmaba como Naza Reloco en su cuenta de Facebook, había conocido de calabozos y calibres. Maximiliano de León, “Juguito”, había empezado a fumar marihuana a los 13 años y unos meses después ya mezclaba cocaína, calmantes y alcohol, y era incontrolable. Y el propio primo de Axel, su anfitrión en esas calles, también tenía la cárcel en su destino: unos meses después de introducir al Negrito en el barrio, él mismo terminó preso, acusado de robar una carnicería. Muchos de esos pibes habían hecho de la comisaría una rutina.

Como sea, Ratón, Naza Reloco y Juguito se convirtieron en buenos amigos del Negrito. Con ellos el tiempo pasaba diferente y, en El Carmen, sentía que todo estaba permitido.

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Sentado en el cordon de una calle silenciosa, a la vuelta de la casa de la familia Lucero, Johnny Lezcano, un pibe de rulos y corte al ras que tiene un tatuaje del Gauchito Gil, habla del Negrito: “Piloteaba la moto como si fuera un sueño: eran él y la moto, y era como si no existiera nada más”. El sol pega fuerte; cada tanto pasa un auto. Johnny, que no ha cumplido 20 años todavía, claro que se acuerda de todas las motos que tuvo su amigo y asegura que el Negrito no las había robado. “La primera la laburó. Empezó a juntar plata y después la cambió por otra y… ¡Pum!”, dice. “Creció, la vendió, compró otra, vendió, compró otra mejor y así. Todo legal. Lo que él andaba, siempre tenía papeles.”

Si antes el sueño del pibe en los barrios de la periferia de Buenos Aires era jugar al fútbol en primera división, ser boxeador o ídolo de cumbia, hoy ese sueño se reduce a tener una moto. En barrios como estos, la moto es salida laboral y objeto de lujo y distinción; motivo de ostentación y, también, herramienta para el delito.

“Tenía mujeres de sobra el guacho. Tenía facha, tenía ropa, tenía zapatillas, tenía chamuyo. Pero igual con la moto ya era suficiente”, agrega Johnny. “A las mujeres les regustan las motos. Pasás al lado de una y le pegás una acelerada… ¿Sabés cómo se suben? Y si sabés hacer willy, no se bajan más.” Los jueves a la noche, o a veces los sábados o los domingos, el Negrito iba al Bosque, un parque gigantesco y tradicional de La Plata donde los fanáticos de las dos ruedas se juntan en reuniones multitudinarias para desafiarse en carreras o jactarse de sus trucos. “El Negrito iba a demostrar lo que sabía”, dice Johnny como si se tratara de una escena de Rápidos y furiosos. “Se hacía ver, la colgaba levantando la rueda delantera o hacía cortes, moviendo la llave para que la moto hiciera ruido: ¡Pá-pá-pá!”

En El Carmen, él y sus amigos echaban mano a los motores: todo el tiempo alguien necesitaba tunear su máquina, todo el tiempo aparecían nuevas motos. Y, en general, se sobreentendía de dónde venían. (En la periferia platense, una Honda Wave robada puede conseguirse por 500 pesos, menos del 10% de su valor legal.) El circuito clandestino está alimentado por los que consiguen las motos, a los que llaman “los cortatruchos”, y las llevan a los desarmaderos de los “transas” de motores y de partes. La complicidad policial también se sobreentiende. En Argentina hay alrededor de cinco millones y medio de motos patentadas: en los últimos tres años, la cifra creció a una tasa del 21% (una moto cada ocho habitantes). En el barrio, el producto final de esa cadena –una moto ilegal de registro adulterado– es casi siempre más respetado que una moto con los papeles en regla.

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El negrito completó su conversión y cortó definitivamente amarras con su pasado cuando conoció esquina de la escuela a la que iba, sobre el cruce a Araceli Ibarra. Era una tarde de calor de noviembre de 2012, en la esquina de la escuela a la que iba, sobre el cruce de la avenida 7 con la calle 76. Ahí charlaron por primera vez cuando una amiga en común los presentó y, algún tiempo después, cerca de esa misma esquina, pero por la noche, el Negrito le pidió un beso. Ella estaba de nuevo con su amiga; él había llegado en moto y había frenado cuando las había visto. Le quedaba bien la moto, comentaron entre ellas. Eso les gustaba.

El Negrito buscó y consiguió ese primer beso y antes de acelerar de nuevo alcanzó a agendar en su teléfono el número de Araceli. Partió después, y todavía con cierta electricidad en los labios, como un gentil jinete teenager.

Ya tenía una novia, Evelyn, una chica de carita angelical que había sido su primer amor. (Tras su muerte, ella le pintó un grafiti en una de las calles de Villa Elvira: el nombre de los dos adentro de una lengua stone.) Pero al Negrito había empezado a gustarle esta princesita de El Carmen, que además hacía box y tenía una actitud diferente de la de todas las chicas que había conocido.

El próximo encuentro fue en la plaza Matheu, un bosquecito hexagonal donde confluyen seis calles, que de repente era de ellos: debajo de un árbol, con Ratón y una amiga de Araceli, comieron unas hamburguesas y tomaron gaseosa, y charlaron hasta que las palabras se agotaron. A las dos y media de la madrugada, Ratón se subió a su moto y se fue con las dos chicas para El Carmen, y el Negrito partió para la casa de sus padres. Cruzó las calles en su moto con una sonrisa que resplandecía y cortaba el viento que le pegaba en la cara: había vuelto a besar a Araceli. Mientras las calles pasaban, el Negrito supo que habría nuevas citas, nuevas noches, nuevos besos y nuevas palabras, y que él le preguntaría por fin a Araceli qué esperaba de todo eso.

“¿Querés estar de novia conmigo o qué?” Así recuerda Araceli que el Negrito la encaró. “El Negrito me gustaba”, dice ella ahora, sentada en una escalera, al costado del gimnasio del Club Chacarita Platense, en el Sur de la ciudad. El lugar es una cancha porosa de básquet donde una docena de pibes y una chica (ella) tiraban guantes, saltaban la soga y hacían abdominales hasta hace unos minutos. Araceli, que todavía tiene puestos sus guantes rosas, está bañada en transpiración adentro de un pantalón y una camiseta de fútbol: a los 18 años, se perfila como una boxeadora dura que persigue el sueño de subirse a un ring como profesional. Se saca los guantes y las vendas, y debajo de todo eso tiene las uñas pintadas de rojo. “Más allá de que el Negrito hacía muchas cagadas, conmigo era bueno”, continúa. “Y yo le dije que sí, que quería estar de novia, pero sólo si se iba a portar bien.”

A poco de empezar la relación, Araceli lo metió en su casa. Estuvieron conviviendo ahí un mes. El Negrito había pensado que iba a ser mejor estar en El Carmen, porque la policía lo buscaba en el domicilio de sus padres para que declarara: un amigo suyo le había disparado a otro pibe que les había querido robar una Honda Wave.

En una casa de una habitación, donde también vivían el hermano de Araceli y su novia, el Negrito dormía a veces hasta las cuatro de la tarde y, cuando se despertaba, encontraba a una Araceli que ya había salido a trotar a la mañana y que había estado haciendo guantes en la bolsa del gimnasio. “El ya tenía el sueño cambiado por-
que andaba despierto a la noche”, dice ella sobre la nueva vida del Negrito en El Carmen. El igual era educado, la ayudaba a limpiar y a cocinar, y cuando caía el sol se quedaban mirando películas de terror o dibujitos. “Era compañero conmigo”, agrega, “pero cuando salía se daba vuelta”.

“Allá el Negrito era el destacado, el más facha, el picante”, recuerda Nicolás, otro de sus amigos de Villa Elvira. “Pero esos pibes lo llevaban por mal camino y lo vivían. Y él, para demostrar cómo era, les decía que sí a todo. Y así un día cambió, empezó a ir más para allá, más para allá, más para allá y ya a no volver. Y nunca nadie entendió por qué.”

Así fue como, en apenas cuatro meses, el nene bueno se volvió un nene malo. “Todo lo que no hacía acá, lo hacía allá”, dice su madre, “y pensaba que estaba bien”. En la cocina de la casa de los Lucero, la señora intenta ahora encontrarle una explicación a la transformación que experimentó su hijo y que lo llevó a la muerte. “Allá tenía una personalidad y acá, otra”, dice. “Como él decía que no le tenía miedo a nada, los pibes de allá lo usaban. Y para demostrarles, él iba con ellos a robar.”

En la mesa de la cocina, Nahuel Giménez, un chico silencioso de 17 años que la madre del Negrito señala no sólo como el mejor amigo de su hijo, sino también como el que más se le parece en los rasgos físicos, agrega con un hilito de voz: “Me dijo que robar no era fácil y que tampoco le gustaba”. Marcela le apoya la mano en el brazo y trata de consolarlo. “Pero cuando estás drogado no sabés lo que hacés. Cuando venía de El Carmen no era él: venía todo jalado, venía bobo, con los ojos dados vuelta.”

El Negrito le decía a su madre: “¡Mami! No me va a pasar nada”, dice Marcela. “«Las cosas que dicen de mí no son ciertas: yo no hago nada, yo me porto bien, vos quedate tranquila», me decía.”

La madre y el amigo se quedan callados. “Yo no me daba cuenta si había fumado o jalado”, dice ella después. “Para mí siempre tenía la misma cara. Lo disimulaba muy bien. Recién ahora me estoy enterando de esas cosas.”

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El semáforo de 7 y 80 seguía en  rojo. “Yo estaba pensando en cualquier boludez”, dice Caballero. A su izquierda pasó en ese momento una moto sobre la que iban dos tipos, que frenaron también en el semáforo: estaban vestidos con equipos deportivos, los dos llevaban gorras y tenían las capuchas de sus camperas puestas. El de adelante miraba a sus lados; el otro miraba hacia atrás, inquieto. Caballero, que no los había visto llegar porque iba con casco, se preguntó qué estaba pasando. “Cuando el de atrás metió su mano en la campera, me di cuenta de que yo había perdido.”

Entonces el Negrito sacó la mano de su bolsillo empuñando un arma y el tiempo se detuvo. Saltó de la moto y, en dos pasos, se le paró enfrente, cargando el arma en la cara del policía y le gritó arrastrando las palabras: “¡Dale, bajate!”.

Detrás de una gorra Nike, la capucha de una campera deportiva adornada con el escudo de River Plate y una bufanda enroscada alrededor, Caballero sólo vio dos ojos frenéticos. “¡Dale! ¡Dale! ¡Bajate! ¡Bajate!”, le repetía.

“Pensé que si me movía, me tiraba”, recuerda Caballero, que además es hijo de un policía aún en actividad. Como no reaccionaba, el Negrito lo golpeó dos veces en el casco y otra en el pecho con el arma, hasta que el policía, de civil, terminó de entender lo que estaba ocurriendo y, poniendo la patita para que su moto no se cayera, la dejó en punto muerto y se bajó. Pero el Negrito no estaba listo para treparse a la Twister: antes necesitaba que Caballero se alejara un poco más, para evitar un contraataque.

Alrededor, varios testigos parecían congelados: estaban esperando el colectivo, saliendo del supermercado, caminando de regreso a sus hogares y, de pronto, ya no hacían otra cosa que permanecer quietos a la espera de las balas.

“Yo le di la espalda porque no quería que me revisara”, dice Caballero. “Si buscaba mi billetera y mi celular, quizá me manoteaba el fierro y yo no sabía cómo podía terminar eso. Como yo le digo «¡Listo, listo, listo! ¡Llevátela!», en un momento el loco se sube y me da la espalda. Y ahí saco yo mi arma y la martillo.”

Cuando Caballero apuntó, el amigo del Negrito lo vio. “¡Tirale!”, le dijo. O quizás: “¡Dale!”. Caballero no puede recordar ese detalle con claridad. Cuando se dio vuelta, ya estaba en la mira de Caballero, que le gritó: “¡Policía! ¡Policía! ¡Bajate!”. Pero igual el Negrito levantó su arma. “El me apuntó y le tiré”, dice Caballero. “Fue un segundo: ¡Plup! ¡plup! ¡plup! ¡plup! Cuando vuelvo a mirar, su fierro cae y él también.”

El Negrito quedó en el suelo, con la Twister encima, estirándose para zafarse o quizá para recuperar el arma (una Bersa con la numeración limada que alguna vez había sido de un policía). Caballero corrió hacia el Negrito y llegó primero al arma, mientras el amigo del Negrito aceleraba y se daba a la fuga. El Negrito estaba herido con cuatro tiros y esos manotazos eran también un último intento de aferrarse al asfalto bonaerense, a la vida que se desprende demasiado rápido. En un instante estuvo muerto.

Caballero quería saber quién había querido robarle la moto. “Quise saber quién era y le destapé la cara”, dice. El rostro lampiño del Negrito acababa de soltar el último aliento. “Y cuando lo vi, pensé: «¡Uh! ¡Es un guacho!»” De costado sobre el asfalto, el motor de la Honda Twister todavía ronroneaba.

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El homicidio de Axel Lucero puede parecer uno más entre las historias trágicas que Buenos Aires narra todos los días: un ladronzuelo muerto, un policía con las manos manchadas de sangre y pólvora, un botín exiguo. Fin. Pero no. En sus múltiples capas de interpretación, el cruce del Negrito con Caballero esconde más de un sentido.

Meses después del crimen del Negrito, Axat presentó ante la Corte Suprema de la provincia de Buenos Aires su caso, en una lista en la que estaba junto a otros cinco adolescentes asesinados por policías platenses de civil en un lapso de once meses: Rodrigo Simonetti, de 11 años (muerto el 6 de junio de 2012); Franco Quintana, de 16 (el 27 de diciembre de 2012); Omar Cigarán, de 17 (el 14 de febrero de 2013), quien, según la versión oficial, intentó robarle la moto a un policía de civil; Bladimir Garay, de 16 (el 19 de mayo de 2013) y Maximiliano de León, de 14 años y con 22 entradas a comisarías (el 1 de agosto de 2012). De León, conocido en El Carmen como Juguito, era amigo de Ratón y del Negrito.

“En cinco años de trabajo como defensor, yo nunca había visto una seguidilla así”, dice Axat, que desde que presentó esta serie ha detectado otros seis casos nuevos. No habla de un escuadrón de la muerte; en cambio, su hipótesis es que la serie de asesinatos sin castigo genera un clima de repetición. “Es un copycat”, continúa, “son crímenes copiados de otros crímenes, que surgen de una articulación de imaginarios y prácticas que funcionan al dedillo en cuanto a la persecución y al hostigamiento de estos pibes que ya vienen prontuariados de antemano, porque tienen caídas en la policía y seguimientos en los barrios.”

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La provincia de Buenos Aires no tiene un sistema de estadística pública que muestre los casos de muerte a consecuencia de violencia institucional. Y aunque existe un banco de datos que registra apremios y torturas, no es confiable porque los defensores públicos no siempre cargan sus denuncias. La procuración bonaerense, en su sistema web, registra la tasa de investigaciones penales iniciadas cada año, pero no especifica quiénes son las víctimas y los victimarios, ni tampoco las modalidades. “Es una cifra inútil”, explica Axat, que sospecha que si en La Plata hubo seis casos en once meses, en otros departamentos judiciales más violentos (como La Matanza, San Martín o Morón) debe haber más. El asunto lo desvela: “La cifra real existe”, asegura. El Sistema Integrado del Ministerio Público de la provincia, dice él, obliga a los funcionarios a volcar toda la actuación realizada, que luego es recibida por la Dirección de Estadística, que utiliza los datos para hacer control de gestión interna, pero no para darlos a conocer.

Axat dice que una fuente suya le filtró parte de la estadística y que, hasta ahora, ha logrado descubrir algunas cosas: “Es grave. Sólo en La Plata, donde hay un nivel de conflictividad medio, tengo una tasa de alrededor de 130 pibes muertos en los últimos ocho años, pero no tengo la modalidad. No sé si se mataron entre ellos, si ocurrió cuando le fueron a robar a un policía o en legítima defensa. Deberíamos, como sociedad, poder saberlo”.

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En El Carmen, la muerte del Negrito no pasó desapercibida: el barrio lo lloró. Y aunque su madre se encargó de que ninguno de sus nuevos amigos estuviera en el entierro, ellos lo santificaron en Facebook, donde los flyers con su rostro comenzaron a circular, diseñados por quienes lo habían conocido, junto con las fotografías que lo mostraban caminando por esas calles o haciendo willy, “colgando” alguna moto a toda velocidad. “Lo recuerdamos por la ima-
gen que dejaron de pibes bien chorros, companieros y unos amigos impresionante… los amamos mucho”, se lee en una de esas imágenes: allí el Negrito comparte cartel con Ratón, que para entonces ya había sido ejecutado con varios tiros por la espalda por un dealer de El Palihue.

Un día después del homicidio de Axel Lucero, su amigo Nazareno Alamo, Naza Reloco, que había logrado escapar, agregó un comentario en una foto del Negrito que él mismo había subido a Facebook tiempo atrás. “Te quiero amigo se te re estraña negro, alto compañero”, escribió.

Cuatro días después, la misma foto recibió dos  comentarios que lo inquietaron: “Lo dejaste re morir Naza al pibe, no podés hacer eso. Te van hacer maldades, gato”, puso uno. Y otro: “Re gil el pibe, ¿cómo lo va a dejar tirado? Le tiene que kaer la maldad”. Naza Reloco se defendió desaforadamente: “Cierren el orto, giles. Diganmelon en la cara si son tan piolas”, escribió. “Yo hice lo posible pero estaba re jalado y yo no lo llevé a él, lo vi cuando estaba tirado.” Uno de los que había posteado antes volvió a aparecer: “No sé amigo, todos los pibes dijeron q andaba con vos”.

El 31 de diciembre de 2013, diez meses después del homicidio, Naza le dejó un rosario al Gauchito Gil en memoria del Negrito, en un santuario que él mismo había ayudado a construir en la plaza de El Carmen. “El estaba mal porque todos lo acusaban de que había ido a robar con el Negrito ese día, porque siempre andaban juntos”, dice Maira Verón, la novia de Naza, que en su Facebook firma como La Morocha de Ningún Gato. En su casa, un departamento en un monoblock enano llamado Monasterio, no muy lejos de El Carmen, no hay casi nada: apenas una mesa, algunas sillas, una heladera y muy pocas cosas más. Maira insiste con que su novio trabajaba como albañil desde las siete de la mañana y con que ya no robaba, y por lo tanto para ella no hay forma de que haya abandonado al Negrito. (La investigación judicial sobre el homicidio de Axel Lucero es ambigua en ese sentido: la presencia de Nazareno Alamo en el incidente no ha sido probada ni tampoco descartada. Pero la sospecha de que fue él quien estuvo allí existe.)

“Ese día, Naza vino a mi casa a las ocho de la noche y después nos fuimos a dormir, y a la una de la madrugada vinieron unos chicos a avisarnos que le habían dado un tiro al Negrito”, sigue Maira. Fue ella quien se subió a una motito Honda Wave y comprobó la historia. Cuando volvió con la noticia, encontró a Alamo pidiéndole por la vida de su amigo al Gauchito Gil, con una vela encendida. “No lo pudo aguantar”, dice. “Se puso a llorar.”

Casi un año después del homicidio del Negrito, el miércoles 22 de enero de 2014, Araceli, que está a punto de dar las coordenadas para una nueva entrevista para este artículo, avisa que no podrá llegar: otro amigo acaba de morir. Es Alamo, que quiso ayudar a un vecino a recuperar una moto y terminó con un disparo en la frente.

En la medianoche del viernes 24 de enero, una pequeña multitud llega desde El Carmen a una funeraria de la calle 72, la última del diseño racional de La Plata, antes de que el suburbio amorfo lo muerda todo. Son sus amigos de la plaza del fondo: pibes de mirada dura, algunos todavía con cachetes aniñados, que lloran con dolor y piden venganza a los gritos. Nazareno Alamo, Naza Reloco, está adentro con los ojos cerrados en un cajón abierto adornado con una bandera de Gimnasia y Esgrima de La Plata. Es una noche fría en el medio del verano, y en la funeraria se comenta que el asesino fue un tipo al que le dicen “Chino” y que es de la barra brava de Estudiantes. Pero hay quienes comentan que algunos amigos del Negrito podrían haber vengado su abandono.

Ya es de mañana cuando el velorio termina, y una caravana de motos sigue bajo el sol al coche fúnebre cuando pasea al cajón frente a la casa de los Alamo, en El Carmen. Después pasan por el santuario del Gauchito Gil en la plaza, donde truenan dos disparos, y frente a la vivienda de uno de los amigos del supuesto asesino. La recorrida termina en el cementerio municipal, acelerando las motos en punto muerto.

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A Caballero, que se quedo de pie un instante al lado del cuerpo de Axel Lucero, se le amontonan los recuerdos: la cara seca del chico, los autos que ya pasaban el semáforo en rojo, las bocinas, las luces, los gritos de la gente, los que creían que el propio Caballero era un ladrón que acababa de matar a alguien y al que le gritaban “¡Hijo de puta!”, “¡Asesino!”, y los que habían visto la secuencia y confrontaban con los primeros. Asustado, desconcertado, Caballero guardó su propia arma y sostuvo la del Negrito, que revisó y encontró cargada y lista. Después, alguien le alcanzó un diario para envolverla.

En diez minutos, el cruce de las calles 7 y 80 se plagó de policías. Con la zona cercada dispusieron que Caballero espere a un costado, pero le permitieron conservar el arma de Lucero, que luego le entregó a la fiscal Virginia Bravo cuando ésta llegó. Caballero quiso llamar a su padre, pero el teléfono se le escapó de las manos y el chip y la batería se desparramaron en el suelo: sus nervios eran incontenibles.

Después de levantar rastros, huellas y balas, la fiscal y su secretario le preguntaron a Caballero qué había pasado. Con dos testigos, los peritos sacaron los cartuchos del arma del policía: de las 17 balas, cuatro habían sido disparadas. El arma del Negrito tenía tres en el cargador y una en la recámara. Sacaron fotos, hicieron un croquis de la escena del crimen. Levantaron la moto y dieron vuelta el cuerpo. Lo revisaron: no encontraron nada en los bolsillos. Le levantaron entonces el buzo, le limpiaron la espalda y vieron los disparos en el hombro, en el omóplato y en la costilla, siempre del lado de la espalda. Le bajaron los pantalones y le quitaron la gorrita, y de ahí cayó un casquillo: era la cuarta bala, que había ingresado y salido por el cráneo.

“¡Era un reguachín!”, dice Caballero ahora. “Si lo veías con la ropa inflada parecía más grande, pero tenía el cuerpo de un nene. Ni pelos en la cara tenía.”

Dos horas después de los disparos, levantaron el cadáver y lo enviaron a la morgue. Caballero fue llevado a la comisaría octava, donde los amigos del Negrito también fueron concentrándose. A las dos de la madrugada, era un prisionero que quemaba: el comisario se lo sacó de encima y lo envió al destacamento policial del barrio de Abasto, en el sudoeste de la periferia platense. En un calabozo hediondo (el colchón estaba meado y todavía húmedo, y las cucarachas caminaban por todas partes), Caballero quedó por fin solo. “Rebobinaba la cinta a morir”, dice. “Estaba shockeado. Seis horas atrás había estado en mi casa preparándome para ir al gimnasio y ahora estaba en un hoyo y en una encrucijada.”

Apenas clareó, un camión de traslado lo pasó a buscar para llevarlo ante la fiscal Bravo. El que conducía era un conocido suyo y no entendía qué pasaba. En el camino, compró el diario y lo vieron juntos. La fiscal decidió que Caballero sería el último en hablar: una testigo había contado que el policía había rematado en el suelo al Negrito y Bravo quería escuchar más testimonios antes de conocer su versión. A las diez de la mañana, un abogado visitó a Caballero en los tribunales, donde seguía esperando su turno. “No te voy a mentir, estás mal”, le dijo el hombre. “Con la declaración de esa mujer, te comés de 8 a 25 años.” Mientras la fiscal escuchaba nuevas versiones, Caballero fue devuelto a la comisaría. Su madre lo visitó allí brevemente. Lloraron juntos. “Yo me dormía y me despertaba cada media hora. Lo único que hacía era dormir y llorar”, recuerda. “No lo podía creer. Pensaba que era todo un sueño. Y quebraba.”

Al día siguiente, volvió a los tribunales y declaró una hora ante la fiscal. Detalle por detalle. Luego lo llevaron a los calabozos del subsuelo. Hubo algunos trámites y una primera sentencia: como no había más lugar en la comisaría, Caballero debía ser trasladado al penal de Olmos, una torre de Babel que, habitada por más de 3.000 presos, es la cárcel más grande y peligrosa de Argentina. “Se me puso la piel de gallina”, dice.

El siguiente traslado no se hizo esperar. Caballero viajó en el camión sentado adelante, separado de los presos que iban atrás, encadenados, y que preguntaban por él: “¿Qué onda el loco ese que está ahí?”. “Pensaban que yo era violín”, explica, con la jerga que usan los presos para marcar a los violadores. “El viaje fue interminable: yo miraba el campo y las vaquitas, y me agarraba calor, frío, ganas de llorar… Pensaba que ésa era la última vez que iba a ver una vaquita.”

Cuando llegaron lo recibió la jefa de la unidad. Le dijo que conocía su historia y que consideraba que él no era un corrupto ni un abusador, sino policía que se había defendido. Lo dejó durante ese día en un calabozo separado, con una cama y una letrina, un lugar un poco menos desagradable que el de la comisaría. Caballero sabía que en menos de 24 horas iba a ser uno más en el pabellón de los policías presos. Pero entonces, ya sobre el final del día, llamó la fiscal Bravo: la autopsia indicaba que las balas habían penetrado en un cuerpo sentado y en rotación, de modo dinámico, lo que para ella corroboraba, junto a varios testimonios (que a su vez contradecían al de la mujer que había dicho que el Negrito había sido rematado en el suelo), la versión del policía.

“El testimonio es una prueba endeble: dos personas frente al mismo hecho pueden contar dos cosas diferentes”, dice la fiscal para justificar su decisión de dejarlo en libertad y no acusarlo por un exceso en la legítima defensa. “Por eso, la prueba fundamental y objetiva en este caso es la autopsia.”

El joven sargento Caballero fue liberado el mismo día en que llegó a la cárcel de Olmos. Atravesó la puerta del penal después de la medianoche. Afuera lo esperaba su padre. Cuando volvían pasaron por la comisaría octava: había sido apedreada por los amigos de Lucero.

“Yo llevaba el arma porque me sentía seguro y uno tiene que estar seguro para usarla”, dice Caballero. “Si no, no la llevés. No podés dudar. Es igual que para el malandra: él agarra el fierro y tiene la misma responsabilidad que uno. Matar o morir. Agarrás un fierro y agarrás tu destino.”

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La madre del Negrito llega a su casa agotada. “Vengo de la fiscalía. Fui a ver si había avanzado la causa y me dicen que no, que no hay nada que amerite a favor del nene”, se amarga. Ya pasaron varios meses del homicidio. “Todo está a favor del policía ése, que declaró que se asustó porque mi hijo le estaba robando. Pero le pegó cuatro tiros: creo que esto pasa más por otro lado.” Aunque no hay pruebas, Marcela dice que escuchó algo sobre una chica que compartían víctima y victimario. Está convencida de que Caballero ejecutó adrede a su hijo. Que le disparó en la cabeza de cerca. Que no le dio chance de vivir. “Yo tengo un montón de versiones”, dice. “Y cada día me entero de algo nuevo.”

En el lugar que dejó el Negrito en su casa ahora hay vacío. Su cuarto permanece intacto y sobre su cama hay una bandera que hicieron sus amigos del barrio y que le dieron una noche a Tito, el cantante de La Liga, el grupo de cumbia preferido del Negrito, para que la sacudiera mientras cantaba “Yo tengo un ángel”.

En la sala de la casa, una foto gigante cuelga de la pared: el Negrito sonríe, con lentes de sol y gorrita. “Lavaba sus viseras con cepillo, a la noche…”, dice su madre mirando la foto.

***

Un año después del homicidio del Negrito, Araceli está en el gimnasio del Centro Paraguayo de Los Hornos. Siguiendo a su entrenador, la boxeadora se acostumbró a viajar a esa barriada del sur de La Plata para darle a la bolsa, a los abdominales, a la soga, a los guantes. “Si yo no estuviera entrenando, estaría en el barrio con las juntas”, dice. “Pero el boxeo y mi mamá me salvaron.”

Araceli evoca al Negrito Axel Lucero, a Nazareno Alamo, al Ratón Pablo Alegre; a Maximiliano de León, Juguito. Y a su primo, Brian Perego: otro pibe que acaba de morir sobre una moto. Iba en su Honda Biz C125 cuando lo embistió una camioneta Ford EcoSport. Ahora sus parientes quieren saber si fue un accidente o un atentado: Brian tenía sus enemigos, explica Araceli. “Ya hay muchos chicos muertos”, dice, apesadumbrada. “No se puede hacer nada. La junta te lleva, pero el camino es de cada uno: vos tomás tus decisiones y no le podés echar la culpa a nadie.”

Entonces se pone los guantes: hay que seguir entrenando.