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Los bandos en guerra de Colombia firmaron un acuerdo para dar fin a la más grande guerra civil del hemisferio occidental, la cual se ha prolongado durante más de medio siglo. El saldo oficial de víctimas a la fecha es de 218,000 muertos y 45,000 desparecidos; pero hay cálculos de muchísimos más. Un número incalculable de gente ha sido herida, torturada y encarcelada, y cerca de siete millones han sido desplazados al interior (la cifra más alta alcanzada por un país en el mundo). El pacto se cerró en La Habana, Cuba, tras cuatro años de negociaciones entre el gobierno colombiano y la guerrilla armada conocida como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, o las FARC. El 2 de octubre, Colombia llevará a cabo un plebiscito para ratificar el acuerdo. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de que no pase. Tal como el mundo ha aprendido en los últimos tiempos, los referendos pueden ser propuestas riesgosas.

Desde el principio de las negociaciones con las FARC, el expresidente Álvaro Uribe ha atacado el esfuerzo pacificador del presidente Santos, su antiguo ministro de Defensa. Últimamente ha intensificado su campaña en contra del plan de paz acordada, alegando que favorece y hasta recompensa a los “terroristas” de la FARC por sus crímenes porque no impone castigos punitivos, sino un plan de justicia transicional en el que los responsables de crímenes de guerra pagarán por sus pecados con labores de rehabilitación; otro punto que enardece a Uribe y sus seguidores es la posibilidad de que exguerrilleros participen en política en el futuro. Para coincidir con el plebiscito convocado por el gobierno (a favor del Sí), Uribe montó una contracampaña (a favor del No), bajo la consigna “la paz sí, pero no así”.

El conflicto en Colombia se remonta a 1948 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, un candidato presidencial de tendencia popular que comenzó la guerra civil conocida como La Violencia; los liberales de Gaitán y sus rivales conservadores se vieron envueltos en una viciada sangría que duró una década y dejó más de 300,000 muertos. Mientras tanto, los marxistas conformaban comunidades armadas de autodefensa campesina. A principios de los sesenta, el gobierno, temeroso de la expansión de una insurgencia comunista al estilo cubano, envió a su ejército a atacarlos, dando como resultado la proliferación de guerrillas armadas. Con el paso de los años, algunas guerrillas han renunciado a la lucha en diferentes acuerdos de paz, pero las FARC y el Ejército de Liberación Nacional o eln, de menor presencia, inspirado y respaldado originalmente por Cuba, han permanecido en el campo de batalla, con alrededor de siete mil y dos mil combatientes, respectivamente. (Además, las FARC también han calculado más de diez mil miembros en su milicia.) Éstos se han expandido por todo Colombia, pero principalmente se encuentran en áreas rurales donde sobreviven del cobro de impuestos a comerciantes y a quienes cultivan coca; en los últimos años también se han visto envueltos directamente en el negocio de producción y tráfico de cocaína. Asimismo ambos grupos se han financiado a través del secuestro con recompensa y extorsión; durante años, compañías mineras y petroleras han pagado a las guerrillas para evitar el sabotaje de sus pipas. Las FARC finalmente accedieron a sentarse en la mesa de negociación después de varios golpes a sus principales líderes, el más reciente en 2011, cuando el presidente colombiano Juan Manuel Santos, entonces en su primer periodo, lanzó una operación militar en la que fue asesinado Antonio Cano, jefe máximo de las FARC.

En mis visitas a Colombia y Cuba en años recientes, me he reunido con Santos y miembros de ambos bandos de la negociación. Dado que la guerra civil continuaba su curso —con frecuentes ataques de las guerrillas a las patrullas armadas y ataques aéreos y terrestres a gran escala por parte de las fuerzas armadas colombianas— me impresionó el respeto que las partes se mostraron, y cómo parecían igualmente comprometidos en la causa por la paz.

He estado en muchas conflictos y he pasado mucho tiempo con hombres cuyas vidas se han entregado a la misión de matar a sus enemigos y, de ser necesario, de morir en la hazaña. La guerra tiene su propia lógica, y este síndrome de muerte voluntario es parte de él, y hasta que algo ocurre para desvirtuarlo, la paz ni entra en consideración en las mentes de los combatientes. Lo que pasaba con los colombianos era algo muy distinto y, para mí, refrescantemente nuevo: no importaba si estaba en el Palacio de Nariño o en un restaurante en La Habana, siempre había una sola conversación: seria, profunda, y a veces claustrofóbica —tanto con curtidos guerrilleros como con hombres del mero establecimiento colombiano— y era cómo lograr la paz. Por eso, por su singular intensidad, nunca dudé que lo lograrían.

El pasado septiembre en La Habana, pasé la tarde con el sucesor de Cano, conocido como Timochenko, con su segundo al mando, llamado Pastor Alape, y el vocero de la fuerza insurgente, Iván Márquez (quien firmó el acuerdo final por las FARC), en una cena donde celebraban con cerdo asado en el jardín de uno de sus amigos cubanos. Los guerrilleros se ufanaban de una ceremonia que había tenido lugar el día anterior: en presencia del presidente Raúl Castro, Timochenko y Santos se habían estrechado las manos y jurado firmar un acuerdo de paz en seis meses. El momento relucía con insignias de voluntad de paz: los tres hombres llevaban guayaberas blancas y su reunión inclusive había recibido la bendición pública del papa Francisco mientras terminaba una gira en la isla. (El plan de los seis meses resultó ser demasiado optimista; la fecha acordada del 31 de marzo iba y venía entre negociaciones postergadas por las garantías de seguridad para las guerrillas.)

Durante nuestra cena, Timochenko, un hombre bajo, corpulento y con barba de 57 años, reconoció que el día previo, antes de encontrarse con Santos, sintió algo así como pánico escénico, pero que pasó tan pronto llegó el momento. Mencionó su emoción al ver a Castro por vez primera, y contó cómo el líder cubano lo presionó para que estrechara la mano del presidente colombiano. Para Timochenko y sus amigos que han pasado la mayor parte de las últimas cuatro décadas en la jungla, la paz era un extraordinaria perspectiva a contemplar. Son, de alguna manera, verdaderos Rip van Winkles, que regresarían a ciudades y pueblos donde no habían podido mostrarse abiertamente desde su juventud. Cuando le pregunté a Pastor Alape, larguirucho y con gafas —y, como Timochenko, de 57 años de edad—, qué película pasaban en 1979 cuando se unió a las FARC e iba a la preparatoria, contestó con una sonrisa de oreja a oreja, Fiebre del sábado por la noche.

El verdadero nombre de Timochenko es Rodrigo Londoño Echeverri, y el de Pastor Alape, Félix Antonio Muñoz Lascarro. Márquez, el mayor de ellos, de 61 años, es Luciano Marín Arango. La cabeza de los tres tiene un precio para el Departamento de Estado de los Estados Unidos, recompensas por información para su captura que oscilan entre dos millones y medio hasta cinco millones de dólares; se les acusa de una variedad de crímenes que van desde del tráfico de cocaína coordinado por las guerrillas hasta las ejecuciones de aquellos campesinos de coca que se atrevían a vender productos a los rivales paramilitares de las FARC.

Los líderes de la guerrilla niegan haber estado directamente involucrados en el negocio de la cocaína, insisten en que los narcotraficantes colombianos son sus peores enemigos y se dicen del lado político correcto. Pero no es tan simple como esto. Como Pastor Alape explicó a mi amigo Patricio Fernández del periódico chileno The Clinic: “En un principio, las FARC tenían una política represiva contra los campesinos que sembraban mariguana o coca. Incluso desarraigaban sus plantíos. Pero esto nos acarreó muchos problemas. Después de una larga evaluación concluimos que no debíamos hacerlo pues provenía de un problema social. Así que en su lugar simplemente les pedíamos que colaboraran con una parte de su producción, una suerte de política de impuestos. Eso fue lo que hicimos. En otras palabras, cualquier capital que circulara en nuestro territorio tenía que pagarnos algo”. A medida que la guerra mengua, es más fácil para las guerrillas reconocer que dichas políticas fueron contraproducentes. El mes pasado, al visitar con otros reporteros un campamento en la jungla al sur de Colombia, un alto jefe de las FARC, Mauricio Jaramillo, aceptó que la política de tributación en las drogas había causado “un enorme daño” a los rebeldes.

Ahora los negociadores de las FARC han firmado un acuerdo en el que reconocen tácitamente su parte en el tráfico de drogas al aceptar cortar todo vínculo en el mismo. En cuanto en qué medida dicho acuerdo puede incidir en el problema de las drogas en Colombia, Santos me comentó en abril que, incluso si las FARC saliera del negocio, no se sentía muy optimista al respecto: “Con frecuencia me considero como alguien en una bicicleta fija”, me dijo. “A pesar de todo lo que hacemos por combatir el narcotráfico, Colombia sigue siendo el primer exportador mundial de cocaína.” Entonces comenzó a decir que la única manera de empezar a solucionar el problema global de la droga era despenalizarla pero, para ello, admitió, falta un largo trecho.

Santos también habló esperanzado del inminente acuerdo para la paz, pero agregó que “también hay quienes han hecho de la lucha contra las FARC una bandera, un estilo de vida, y buscan una nueva dialéctica en la cual sostenerse”. Esto parecía aludir a su predecesor Álvaro Uribe, un derechista cuyo padre murió en un fallido intento de secuestro por las FARC. Uribe ha hecho campaña contra la iniciativa de paz desde sus inicios. Con el eslogan “Paz sí, pero no así”, lanzó una instancia contra el movimiento por la paz, argumentando que el acuerdo ofrecido a las FARC “recompensaría a los terroristas” al permitirles postularse para un puesto público. De hecho, las FARC accedieron a un sistema de “justicia transicional” en el que el énfasis estaría en la confesión pública, la reconciliación y el servicio comunitario, pero aquellos que no confesaran sus actos o fueran culpables de crímenes de guerra serios estarían sujetos a penalización, incluyendo la cárcel. Sólo aquellos guerrilleros que pasen por este proceso podrán postularse para un cargo público.

Incluso si la mayoría de los colombianos vota a favor del acuerdo por la paz de Santos, otros actores violentos pueden continuar operando en las impunes trincheras colombianas. Colombia está en una tentativa de diálogo con el eln y se espera establecer rondas formales en Ecuador, pero las conversaciones iniciales han sido, según se sabe, más tensas que con las FARC. Los líderes del eln parecen más radicales ideológicamente y más recalcitrantes. También existe la sospecha de que pueden estar buscando ocupar el territorio al que las FARC ha renunciado o de donde se ha desplazado, especialmente en áreas donde los grupos han entrado en conflicto por el territorio previamente.

La derecha paramilitar colombiana también sigue siendo sumamente problemática. En principio postulados por acaudalados terratenientes, narcotraficantes y hacendados, con frecuencia bajo la protección secreta del Estado, estas bandas armadas hasta los dientes masacraron a civiles de quienes sospechaban colaborar con la guerrilla en una campaña de terror que se extendió desde los noventa a la primera década del dos mil. Para el 2002, cuando Uribe fue electo presidente, las milicias se habían convertido en poderosas organizaciones criminales, fuertemente involucradas en el negocio de la cocaína tanto como en el de secuestro, extorsión y usurpación de tierras. Uribe ofreció amnistía a los combatientes paramilitares a cambio del desarme, y decenas de miles de ellos aceptaron su oferta. A la mayoría se le permitió regresar a la vida civil sin castigo alguno. Desde entonces, miles han regresado al campo de batalla, donde operan abiertamente como narcoparamilitares y narcotraficantes organizados dentro de las filas militares. (En años recientes, docenas de oficiales y miembros originales del Congreso del partido de Uribe han sido condenados por conspirar con los paramilitares. Uno de los hermanos de Uribe actualmente se encuentra sujeto a juicio acusado de haber constituido su propio escuadrón de la muerte paramilitar.)

En abril, cuando hablé con Santos, se expresó con desprecio del más grande y poderoso de estos grupos, una amalgama de pandillas y paramilitares veteranos que se hace llamar Autodefensas Gaitanistas de Colombia, la cual, me dijo, suma aproximadamente 2,500 hombres armados. Él dice que este grupo intentaba presentarse como fuerza insurgente con la esperanza de ser legitimado con sus propios acuerdos de paz y un eventual amnistía. Santos me comentó que no iba a conceder a los autollamados Gaitanistas la legitimidad que anhelaban; en cambio, planeaba “darles duro, bien duro”.

Mientras tanto, un diplomático, que conoce bien a Colombia y sus actores, compartió conmigo su preocupación sobre el gran número de colombianos que se oponen al acuerdo de paz. “Piensan, como Uribe, que concede demasiado a las FARC. El problema de esta visión es partir de la suposición de que si se cancela el acuerdo de paz, las farc pueden ser eliminadas militarmente, y creo que eso es una pésima lectura de la realidad.”

La gran lección de la historia de Colombia siempre ha sido que se necesita violencia para ganarse un lugar en la mesa. Se requerirá no sólo una paz duradera sino un ejercicio efectivo de la ley para cambiar tal patología en los años venideros.

De la caída al colapso

Publicado: 19 noviembre 2015 en Jon Lee Anderson
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Domingo 27 de febrero de 2011 

La ciudad libia de Bengasi se encuentra a dieciséis horas de marcha si uno conduce peligrosamente desde la capital egipcia de El Cairo. Ambas están conectadas por una franja de carretera y, también, por sus respectivas y recientes “liberaciones”, obra de manifestantes antigubernamentales.1 Al viajar de una a otra, ayer, el lado egipcio de la frontera funcionaba normalmente. Es decir, había guardias fronterizos y funcionarios de inmigración que sellaron mi pasaporte y nos dijeron adiós en unas salas caóticas, repletas de cientos de refugiados que huían de Libia, en su mayoría trabajadores bangladesíes y vietnamitas. Allí acababa lo “normal”.

Cruzar Libia implicaba hacerlo a pie a través de unos ochocientos metros de tierra de nadie hasta un puesto fronterizo; una vez pasado éste, nos hallábamos abandonados a nuestra suerte en la “nueva Libia”.

Nos dio la bienvenida una banda de jóvenes entusiastas que hacían las veces de guardias y que nos ofrecieron tazas de té dulce y caliente. Nos mostraron la bandera que habían colgado en lo alto: la vieja bandera real de Libia, roja, verde y negra, y no la utilizada en la era de Muamar el Gadafi, que es una simple tela verde. Querían que les tomaran una fotografía frente a ella, como si al hacerlo validáramos de algún modo el cambio ocurrido en su país, que todavía parecía algo precario. A su alrededor, los edificios estaban abandonados y cubiertos de grafitis; más allá se extendía el desierto.

La teórica libertad de Libia parecía un espejismo. Pero, tras conducir seis horas más por tierras prácticamente despobladas —un paisaje que alternaba entre el desierto y el ondulado verdear de unas granjas—, llegamos a la vieja ciudad fenicia de Bengasi, con sus decaídos edificios de la era colonial, de estilo italianizante. Allí, en un deteriorado palacio de justicia frente al paseo marítimo, había tenido lugar la semana anterior la revolución que, después de varios días de confrontación violenta, puso al “pueblo” al mando de la Libia oriental.

Dos horas después de llegar me hallaba en el palacio de justicia, que es ahora el cuartel general de la Bengasi revolucionaria, frente al cual cientos de personas paseaban. Tres efigies de Gadafi colgaban de un mástil, y el tronante mar oleaba al otro lado de la calle.

La multitud comenzó a cantar grandes, rítmicos, estridentes cánticos que sonaban como música. Me detuve en un cuarto del piso superior y desde allí miré la escena junto a una de las nuevas líderes voluntarias de la ciudad, Iman Bugaighis, una mujer de unos cuarenta años, miembro de la facultad de Odontología en la universidad local. Le pregunté qué cantaban. Mientras me lo explicaba, la sobrecogió una súbita, inesperada emoción y comenzó a llorar. Me dijo que estaban deseando la muerte a Gadafi. Incapaz de traducir los juegos de palabras de los hombres y mujeres reunidos allá abajo en grupos separados, que cantaban en un llamamiento que resonaba, los resumió: “Lo que tratan de decir es todo lo que no pudieron decir durante cuarenta y dos años. Lo que dicen es que ya no están dispuestos a vivir con vergüenza”. “¿Qué es la vergüenza para ellos?”, le pregunté. “Gadafi”, replicó. “Él es nuestra vergüenza”.

Martes 1 de marzo de 2011.

Bengasi es una ciudad en el limbo, un lugar de rumores y —con Muamar el Gadafi todavía aferrándose al poder en Trípoli— lleno de expectativas por los dramas que están por venir. Pero la “revolución” de abogados, hombres de negocios y jóvenes que barrió el régimen de Gadafi en esta ciudad la semana pasada todavía se esfuerza por encontrar una voz coherente, todavía tiene que generar un liderazgo visible. Según Abdel Hafiz Ghoga, el juez que funge como flamante portavoz del consejo revolucionario de la ciudad y el primer miembro del nuevo Consejo Nacional de Transición de Libia, ello no se debe a una confusión, sino a las consultas que están en proceso. Mientras tanto, la fuerza militar rebelde ha intentado recuperar las armas robadas por la ciudadanía a las varias guarniciones incendiadas de Bengasi a fin de formar un ejército y “marchar sobre Trípoli”.

Más allá de la atmósfera festiva que continúa a lo largo del paseo marítimo cubierto de grafitis —donde el consejo revolucionario ha montado su cuartel—, Bengasi apenas funciona. La mayoría de las tiendas y negocios están cerrados, y hay poca gente en las calles. Sin embargo, los automóviles aceleran por todas partes y hay tiroteos ocasionales: cuando se disparan al aire las armas robadas, en una aparente celebración de la repentina libertad para hacerlo (a los libios civiles no se les permite poseer armas y mucho menos dispararlas). Es una ciudad en suspensión. Familias enteras entran y salen en automóviles de la guarnición principal, donde Gadafi tenía una villa, contemplando embobadas un lugar que antes les estaba vedado.

Sobre las paredes, la gente ha dibujado el retrato de Gadafi en una variedad de aspectos injuriantes y dado rienda suelta a toda clase de insultos en árabe e inglés: Gadafi es un perro, un traidor, un agente —en algunos casos, extrañamente, de los estadounidenses, o también de Israel—. Ayer, al anochecer, mientras paseaba con un par de amigos, encontramos a un grupo de jóvenes, de ocho a doce años, quemando un auto en un solar y haciendo un montón de ruido. No parecía algo que habrían hecho normalmente; algunos adultos los observaban sin detenerlos.

En el puerto, barcos griegos, argelinos y sirios llegaron ayer para llevarse a cientos de trabajadores indios y sirios que se habían congregado con sus pertenencias para ser transportados a algún sitio seguro, a cuenta de sus respectivos países. Es decir, todos menos los infelices bangladesíes, que parecen no tener autoridad alguna que hable por ellos. Se hallaban en una zona abierta del muelle, contemplando lánguidamente a los sirios e indios, cuya partida estaba fuera de toda duda. (Cuando la crisis concluya, posiblemente habrá una falta masiva de trabajadores en Libia: los filipinos trabajan en los campos petrolíferos y las filipinas son enfermeras en los hospitales; los bangladesíes trabajan en la construcción y como empleados no calificados; los sirios, se dice, predominan en los establecimientos de kebab y shisha).

El lunes por la tarde llegó la noticia de un ataque aéreo contra un depósito de armas a una hora al oeste de Bengasi. Como pasa con todo aquí, resultaba difícil precisar los detalles. En busca de información, algunos amigos fueron hoy hasta una base militar, donde los soldados confirmaron la historia pero señalaron en dirección al oeste y les advirtieron que no fueran hasta allí porque había “bandidos”. Regresaron a Bengasi desconcertados. Cuando intenté preguntarle a un oficial de las Fuerzas Especiales qué pensaban hacer, más allá de esperar lo desconocido en sus barracones, se puso a la defensiva y sugirió que prestara un servicio público a los libios y me fuera a “buscar la línea del frente”. También él señaló hacia el oeste.

El martes, un religioso barbudo entró en una barbería, entregó a los barberos una octavilla y les pidió que la colgaran. La leyeron en voz alta a los clientes: era una llamada a la plegaria, en la que se pedía a la gente de Bengasi que se reuniera en un estacionamiento cercano al puerto a las 3 de la madrugada del miércoles. Sugería que si iba suficiente gente, con la voluntad de Dios, el poder de las plegarias podría acelerar la salida de Gadafi y la liberación del país.

Miércoles 2 de marzo de 2011

Hoy, después de días suspendido en un vago limbo político, el territorio “liberado” de Libia oriental tuvo durante varias horas un frente occidental en una guerra real, con disparos. La tensión había ido en ascenso desde el ataque aéreo del lunes contra un depósito de armas al oeste de Bengasi, la capital de “Libia libre”. Esta mañana llegó la noticia de que un gran convoy armado de milicianos de Gadafi había invadido el pueblo petrolero de Brega, unos 250 kilómetros al sudoeste de aquí. Se decía que habían venido de Sirte, la ciudad natal de Gadafi y principal bastión gubernamental entre Bengasi y Trípoli.

Me dirigí a Brega con unos pocos acompañantes. Nos encaminamos hacia el oeste a través de un paisaje desértico cuya monotonía sólo era aliviada por unos pocos pastores con sus rebaños, unos cables eléctricos y, en algún punto, un funcional complejo residencial destinado a “la nueva Bengasi”, deprimentemente grande, que unos chinos construían en la llanura: una cuadrícula sin alma de cientos y cientos de edificios de cemento gris sin terminar. En Ajdabiya, una oscura parada a una hora de camino, descubrimos algo de actividad alrededor del hospital. Un grupo de médicos y voluntarios pululaba excitado; todos gritaban a la vez. Había lucha en Brega, dijeron; estaban enviando ambulancias. Las ambulancias rugieron hacia allá, y las seguimos.

En las afueras de Ajdabiya, bajo un doble arco de color verde y cubierto con dichos del Libro verde de Gadafi, que señala la salida de la ciudad, se desarrollaba una escena teatral. Allí habían aparcado cientos de autos y camionetas y, a cada lado del camino, la gente conducía —y aprendía a conducir— baterías antiaéreas, urgida por una muchedumbre de hombres y muchachos que blandían machetes, cuchillos de carnicero, Kalashnikovs y
revólveres, cantando, celebrando, y gritando “Dios es grande”. Más y más voluntarios comenzaron a llegar, corriendo a toda velocidad para unirse a la multitud bajo las puertas, exhibiendo sus armas. Por momentos, la multitud les arrojaba agua, aparentemente una bendición libia.

Algunos colegas de diversas nacionalidades —estadounidenses, rusos, egipcios, belgas, franceses e italianos— tomaban notas y fotografías en medio del caos. Un arma era disparada cada tanto, y se oyó un gran rugido de aprobación cuando, por fin, algunos de los tripulantes novatos de las baterías antiaéreas apuntaron y lanzaron una descarga terriblemente estruendosa y exultante hacia el cielo. Una gran detonación del otro lado de la carretera puso a decenas de hombres a correr. ¿Acaso venían? No. Alguien había disparado mal un arma y se había herido.

Después de un rato, algunos grupos de combatientes partieron hacia Brega con un rugido y los seguimos. Una hora más tarde, a un lado del camino, apareció Brega, un pueblo petrolero, que pareciera ser totalmente de color salmón, donde hay algunas residencias y una universidad, y donde la lucha tenía lugar. Ahora podíamos oírla: grandes explosiones y golpes que sonaban como morteros; y se alcanzaban a ver estallidos de humo gris en la distancia. El desierto aquí era ondulado, salpicado de arbustos parecidos a la artemisa.

Seguimos a algunos amigos que estaban más adelante por el camino que corría junto al mar —hay hermosas aguas para hacer snorkel por aquí—, y nos encontramos en una suerte de frente de batalla repentino. Cientos de combatientes corrían con armas, lanzacohetes y granadas de mano; trepaban a los médanos junto al camino para mirar y disparar sobre la universidad, donde se decía que estaba la gente de Gadafi; e iban y venían por el paseo marítimo en estrepitosos jeeps, automóviles y camionetas en las que habían montado ametralladoras pesadas. Cada vez que aparecía algún combatiente, la gente cantaba consignas y hacía el gesto de la “V”. Una camioneta rugió al pasar junto a nosotros en dirección a la ciudad, con varios muertos en la caja. Un par de aeronaves —Mirage o MIG, no podría decirlo— aparecieron sobre nosotros e hicieron algunas pasadas, echando las bombas de una vez, justo sobre los médanos. Un amigo que empezó a seguir a algunos combatientes hacia lo alto de un médano volvió un minuto después diciendo que los aviones habían disparado muy cerca del sitio por donde caminaban.

Trajeron arroz y pollo y nos ofrecieron, y después unos pequeños vasos de té caliente y dulce; los hombres se acuclillaron junto a un vehículo, bajo el sol abrasador, para almorzar.

En la verdadera línea del frente, donde un par de automóviles había recibido disparos y nadie más se había atrevido a pasar, se hallaba desparramada sobre el camino una gran cantidad de cartuchos de municiones antiaéreas. Un hombre levantó uno, vino hasta nuestro auto y dijo: “Vamos a metérselo en el culo a Gadafi”, y levantó el pulgar.

Después de un rato sobrevino una suerte de monotonía. Subsistía el golpeteo de la artillería, pero de forma esporádica, y la mayoría de los combatientes se había metido en sus vehículos y vuelto a toda prisa a la ciudad. Decían que la lucha se había desplazado hacia allá, más cerca de la universidad, donde los milicianos de Gadafi se preparaban para atacar desde horas antes. Los seguimos y, finalmente, encontramos la universidad, donde todo estaba tranquilo. Los milicianos se habían ido. Después de su jornada de destrucción, habían desistido y regresado a Sirte en su convoy, según dijo alguien. Los combatientes que los habían perseguido, por delante de nosotros, también se habían desvanecido. Salimos en su busca.

Nos detuvimos junto al mar, donde levanté una caja de municiones que tenía impresos varios números y la leyenda “D. P. R. of Korea” (República Popular Democrática de Corea). Luego regresamos hacia la carretera principal. Un gran número de hombres se había reunido bajo un enorme anuncio de Gadafi y, en una escena festiva similar a la ocurrida en las afueras de Ajdabiya, disparaban sus armas y cantaban victoria. Muchos arrancaban pedazos del cartel, en el que todavía era visible una parte del rostro del Hermano Líder.

Algunos voluntarios pasaban entre la multitud ofreciendo cartones de zumo y barras de pan cuando, de repente, un caza aulló por encima y arrojó una bomba. Aterrizó un poco más allá de los autos aparcados, a unos quince o veinte metros, y lanzó una enorme nube de humo, vidrio y polvo. Todo el mundo corrió. Yo me quedé a observar cómo explotaba la bomba. Increíblemente, nadie resultó herido. Luego, todo el mundo, horrorizado, corrió hacia sus vehículos y escapó de vuelta a Brega, Ajdabiya, Bengasi… El parabrisas de nuestro automóvil tenía una nueva telaraña de grietas, pero mis acompañantes y yo estábamos intactos. Más tarde, en Bengasi, escuchamos explosiones a lo lejos que hicieron ladrar a los perros.

En el último momento, en medio del caos y el humo, unos pocos hombres se reunieron y comenzaron a cantar triunfalmente otra vez, pero el mensaje del caza, o su error, por poco —lo que fuese—, había hecho efecto. Oí que alguien decía: “Por el culo, Gadafi. Ahora vamos a conseguir una zona de exclusión aérea”.

Sábado 5 de marzo de 2011

En los últimos días, la cambiante línea del frente en el conflicto de Libia se ha ido desplazando rápidamente hacia el oeste: de Bengasi, centro de la rebelión, hacia Trípoli, la capital. Desde mediados de esta semana, cuando los variopintos rebeldes de la “Libia libre” asentados en Bengasi rechazaron un ataque del contingente móvil de las tropas de Muamar el Gadafi contra dos pueblos petroleros —Brega y Ras Lanuf—, que constituyen su flanco occidental, la línea del frente se ha ido acercando a la ciudad costera de Sirte, que marca el punto medio entre Bengasi y Trípoli y, a excepción de la capital, es el último bastión de Gadafi.

Hoy llegué hasta Ras Lanuf, que alberga la mayor refinería de petróleo libio y está situada en una carretera de la costa. Como Brega, otro enclave industrial que visitamos el miércoles durante la batalla que tuvo lugar allí, Ras Lanuf es un pueblo montado por una compañía, con complejos residenciales que parecen sacados de un mismo molde, con su pista de aterrizaje, su hospital y sus escuelas. Entre ambas no hay casi nada más que desierto, rebaños de dromedarios y el ocasional piquete en la carretera montado por el emergente “Ejército del Este”: una colección de civiles, muchos de ellos jóvenes armados de veintitantos años. Casi ninguno es un combatiente con experiencia. Son entusiastas y de gatillo fácil, y disparan muchas veces sus armas al aire; van y vienen a todo motor en camionetas y utilitarios que han arreglado como vehículos artillados al estilo somalí, con armas pesadas y, en algunos casos, cañones antiaéreos saqueados de las armerías militares.

Una de esas armerías en Bengasi fue escenario de una tragedia ayer, cuando rebeldes inexpertos aparentemente causaron una explosión accidental. En la conflagración resultante murieron decenas de personas. Por otra parte, Peter Bouckaert, representante de Human Rights Watch, dijo que encontró en Adjabiya una reserva de misiles antiaéreos portátiles rusos buscadores de calor SA-7, así como una vasta cantidad de otras armas y municiones almacenadas en depósitos mal custodiados que ahora se hallan en manos rebeldes.

Durante gran parte de la tarde del sábado, conduje varias veces entre Brega y Ras Lanuf con un par de acompañantes, buscando algún tipo de orden —o, al menos, a alguien que pudiera explicar lo que ocurría— en la caótica y nueva “línea del frente”, sin conseguirlo. Las dificultades en las comunicaciones suponían que sólo podíamos contactar con otros colegas que andaban del mismo modo por el frente mediante mensajes de texto. Los puestos de control rebeldes en los caminos eran ruidosos y peligrosos, y estaban llenos de adrenalina y de combatientes que disparaban sus armas al azar y en todas direcciones. En uno de ellos, tres hombres se negaron a dejarnos ir hasta que consiguieron transferir con éxito una fotografía de uno de sus celulares a uno de los nuestros, vía Bluetooth; ésta mostraba a un ser humano esparcido en varios pedazos sobre una alfombra. Era como si, al poseer la imagen de esa atrocidad, de algún modo la acreditáramos. En otro, un mayor del ejército vestido de civil que intentaba ejercer algún tipo de autoridad nos dijo que le preocupaba que los combatientes estuvieran yendo más allá de Ras Lanuf: tenía información de que las tropas de Gadafi se congregaban para un contraataque; podían volver por un camino del desierto y cortarles el contacto con la retaguardia. Comenzó a ordenar a los hombres que salieran de sus vehículos y, al hacerlo, se generó un clima de urgencia y pánico que produjo un éxodo. Nos unimos a la huida que, como mucha de la actividad en el frente, conlleva conducir a velocidades peligrosas.

Cuando nos detuvimos en un control, un barbudo comenzó a gritar que atrás, cerca de Ras Lanuf, los rebeldes habían tumbado algunos cazas del gobierno. “Derribaron tres”, gritó, exultante. Todos los jóvenes empezaron a cantar triunfalmente y a gritar “¡Allahu akbar!”. El barbudo comenzó a forcejear con su AK-47, tratando de dar un par de disparos de celebración, y casi perdió el control del arma. Por fortuna, dejó de apretar el gatillo justo cuando otros llegaban para mostrarle qué hacer (dimos un brinco hacia adelante con nuestro vehículo para quedar fuera de su línea de fuego, por las dudas).

Una hora después, cuando caía el sol, estábamos de regreso en Ras Lanuf, frente a la refinería. Un combatiente que fumaba un cigarrillo tras otro nos condujo unos cuatrocientos metros hacia el desierto por un sendero, hasta el sitio en que había caído el famoso jet —al final era sólo uno—. Explicó que el avión —algunos dijeron que era un MIG y otros, que podría ser un Sukhoi—, que había estado volando por allí todo el día pero no los había bombardeado, descendió y todos abrieron fuego contra él. Increíblemente, alguien acertó. Cayó, explotó y se rompió en mil pedazos, que quedaron desparramados por el desierto. Los dos pilotos murieron. Uno, dijo el hombre, era sudanés, de acuerdo con el pasaporte encontrado entre los restos; el otro, según sus documentos, era libio.

Vi lo que quedó de los pilotos. Ambos decapitados, presumiblemente por la explosión o el impacto, pero sus cuerpos, todavía vestidos con sus monos de vuelo verdes, estaban intactos. La cara de uno de ellos fue parcialmente rebanada y yacía en el desierto, con la nariz y el labio cubierto por el bigote, como una máscara abandonada.

Domingo 6 de marzo de 2011

En la intermitente guerra civil que ha comenzado en Libia oriental, los rebeldes sufrieron hoy su primer revés a manos de las fuerzas de Muamar el Gadafi. Después de capturar Brega y Ras Lanuf —y haber derribado un jet ayer—, creían, al llegar la noche, que estaban camino de la victoria. Esta mañana avanzaron, con la intención de entrar en Ben Yauad, la siguiente población hacia el oeste.

Entraron en Ben Yauad ayer, pero la encontraron vacía y la abandonaron, dejándola indefensa. Al regresar hoy, en cambio, tropezaron con una seria resistencia y, después de un día entero de batalla que incluyó varias retiradas —puede que diez— como avances, la perdieron. Para la caída del sol, seis hombres habían muerto en el hospital de retaguardia de Ras Lanuf, en medio de escenas de profunda emoción, y unos setenta habían resultado heridos. Los médicos, voluntarios que habían venido de urgencia desde Bengasi la noche anterior, dijeron que morirían más. Dos reporteros —un francés y un estadounidense— recibieron disparos, pero sólo sufrieron heridas leves en las piernas.

Para mí y para muchos colegas, la mañana comenzó con un bombardeo aéreo en un cruce poblado de combatientes, fuera de Ras Lanuf, donde habíamos pasado la noche. Estábamos a unos cientos de metros cuando un jet se zambulló y cayó una bomba, evidentemente sin explotar, porque hubo una gran nube de polvo y tierra pero ningún fuego y, por fortuna, ninguna baja —hasta donde supimos—. Avanzamos luego en varios automóviles hacia Ben Yauad, en medio de vehículos artillados, jeeps y camionetas conducidas a gran velocidad por los rebeldes, que se incitaban unos a otros con gritos de “Allahu akbar” y señales de victoria. A unos ocho kilómetros de la ciudad apareció un helicóptero en el cielo, provocando pánico y una huida precipitada hacia la intersección de Ras Lanuf, donde los combatientes montaron sus baterías antiaéreas —allí, apuntaban con los dedos, estaba el helicóptero—. Había mantenido su distancia, sin embargo; volaba alto y parecía estar abrazando la costa, quizás a dos o tres kilómetros de distancia. No abrió fuego.

Así pasó el día, con una mezcla de bravatas y también de auténtica valentía, miedo, confusión y caos, con los rebeldes acercándose milímetro a milímetro a los bordes del pueblo. Siguiéndolos, mis colegas y yo nos refugiábamos temporalmente detrás de montecillos de tierra cuando comenzaban a gritar y correr, o cuando las cargas de la artillería, que las fuerzas del gobierno habían comenzado a disparar, explotaban en las cercanías. El bombardeo y su respuesta incrementaron su ritmo hacia la tarde. Los rebeldes que nos rodeaban disparaban sus Katiushas contra los límites del pueblo desde múltiples lanzadores, y los hombres de Gadafi respondían, aproximando cada vez más el fuego de la artillería hacia las posiciones rebeldes.

Pasaban ambulancias a gran velocidad, buscando a los heridos del frente; algunos gritaban a los combatientes por megáfonos que se abrieran en lugar de amontonarse, por si un avión venía a bombardearlos. Nadie lo hizo, pero los disparos de artillería comenzaron a caer más cerca y los amigos que estaban delante de mí volvieron varias veces durante la tarde para informar que habían sido blanco de francotiradores y proyectiles. A medida que se acababa el día y la batalla se tornaba más feroz, algunos combatientes intentaban impedir que otros huyeran, plantándose en el camino cuando éstos se marchaban a toda prisa en sus autos, gritándoles que volvieran y reconviniéndolos. A veces era suficiente para detener un éxodo completo; otras no, y casi todo el mundo huía. Nos veíamos empujados por estas fugas, a veces durante varias millas y sin poder evitarlo, para luego arrastrarnos de regreso con un chofer local que habíamos contratado el domingo por la mañana y que se mostraba prudentemente dispuesto.

En un determinado momento, cuando estábamos a un costado del camino observando la batalla de la artillería contra los Katiusha, algunos combatientes retiraron un vehículo artillado de la carretera que discurría junto a nosotros. El hombre que comandaba la pesada ametralladora apuntó su cañón hacia un grupo que se hallaba en el pedregal de una ladera, a unos trescientos metros. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, le gritaron que se detuviera: se trataba de camaradas rebeldes.

Como una hora más tarde, un amigo que estaba parado junto a mí, el fotógrafo italiano Franco Pagetti, señaló de nuevo la ladera. Apuntaba con el dedo hacia un promontorio escarpado y a algunos hombres que se encontraban encima. Sospechaba que podían ser soldados del gobierno, porque los que casi habían sido blanco de fuego amigo ya habían descendido la ladera. Los miré, era un grupo de seis u ocho, y advertí que varios parecían huir de algo que se hallaba en una grieta de la montaña. Justo entonces una explosión sacudió el pedregal, no lejos de nosotros, y se oyó la detonación de un mortero; todo el mundo comenzó a correr y a subirse a sus automóviles al tiempo que aceleraban para salir de allí. Parecía que Pagetti había estado en lo cierto y que la colina había sido tomada por los hombres de Gadafi, que acababan de dispararnos (y que, por suerte, erraron).

Tras ello, y con la batalla aparentemente sin definir —aunque no pintaba muy bien para el bando rebelde—, mis compañeros y yo cambiamos el frente por Ras Lanuf y las horrorosas escenas de su hospital, adonde eran llevados los heridos y los moribundos mientras sus amigos y hermanos pululaban alrededor, gritando, llorando y, a veces, amenazando a los demás con sus armas, en medio de su angustia y su furia.

El 11 de diciembre, Hugo Chávez Frías, el extravagante y radical presidente de Venezuela, se sometió a su cuarta cirugía contra el cáncer y desde entonces ha languidecido en un hospital de La Habana bajo una celosa guardia. Sólo familiares y allegados políticos cercanos —y, se presume, los hermanos Castro— tienen permiso para verlo. No ha habido ningún vídeo de él sonriendo desde su cama de hospital ni animando a sus seguidores. Funcionarios del gobierno reconocen que está experimentando “severas dificultades respiratorias”, a pesar de los rumores de que está bajo un coma inducido y conectado a un respirador. La presidenta de Argentina, Cristina Kirchner, visitó La Habana la semana pasada llevando una Biblia para Chávez. Y aunque no comentó si lo llegó a ver, tuiteó poco después: “Hasta siempre”. Los partidarios de Chávez insisten en que el presidente se está recuperando, y que incluso firmó un documento- una prueba de vida que se exhibió debidamente a la prensa. Pero el mensaje de Kirchner sonaba como un último adiós.

Es apropiado que Chávez haya escogido Cuba como el mejor lugar para recuperarse, ya que el país ha sido un segundo hogar para él durante mucho tiempo. En noviembre de 1999, Fidel Castro lo invitó a dar una charla magistral en la Universidad de La Habana. Chávez, un ex-paracaidista militar, se había convertido en presidente de Venezuela apenas nueve meses antes, pero ya contaba con una audiencia embelesada, incluyendo a Castro, a su hermano menor Raúl y a otros altos cargos del buró político de Cuba. El discurso de Chávez estuvo lleno de expresiones de buena voluntad hacia Cuba y elogió a Castro, a quien llamó “hermano”. Era imposible pasar por alto las implicaciones de su visita. Desde el fin del subsidio soviético, ocho años antes, Cuba luchaba por sostenerse y Venezuela era una nación rica en petróleo. Chávez había viajado con una delegación de la empresa petrolera nacional. El presidente, ya en ese entonces un orador expansivo, habló durante noventa minutos, y Castro sonrió atentamente todo ese tiempo. El hombre que estaba a mi lado susurró que nunca había visto a Fidel mostrar tanto respeto por otro líder.

Esa noche, una multitud llenó el Estadio Nacional de Béisbol de La Habana en ocasión de un partido amistoso entre jugadores veteranos de las dos naciones. El ambiente era festivo. Chávez pichó y bateó para Venezuela, jugando las nueve entradas. Castro, vestido con una chaqueta de béisbol sobre su uniforme de faena militar, fue el mánager de Cuba y aprovechó para darle a su huésped una lección en tácticas: a medida que el juego avanzaba, Castro infiltró jóvenes impostores al campo de juego, disfrazados con barbas postizas que luego se arrancaron, desencadenando aplausos y risas en la audiencia. Al final del juego Cuba ganaba cinco a cuatro pero, como declaró Chávez, “tanto Cuba como Venezuela han ganado. Esto profundizó nuestra amistad”.

Antes de que pasara mucho tiempo, Cuba empezó a recibir envíos de petróleo venezolano a menores precios, a cambio de los servicios de docentes, médicos e instructores deportivos cubanos que trabajaron en un enorme programa de alivio de la pobreza lanzado por Chávez. Desde el año 2001, decenas de miles de médicos cubanos han proporcionado tratamiento a los pobres de Venezuela, y personas con enfermedades de la vista han recibido atención médica en Cuba, en el marco de un programa que Chávez llamó, con su típica grandiosidad, Misión Milagro.

Como parte no escrita del acuerdo, Chávez también adquirió una ideología. Desde el principio él era un ferviente discípulo de Simón Bolívar, libertador de Venezuela y su máximo héroe nacional. Poco después de haber asumido el poder, Chávez cambió el nombre del país a República Bolivariana de Venezuela. Bolívar era un modelo complicado: fue un luchador carismático por la libertad, cuyas sangrientas campañas liberaron a gran parte de América del Sur de la España colonial. Pero, a pesar de ser admirador de la Revolución Americana, Bolívar era mucho más un autócrata que un demócrata. Para Chávez, Castro era el Bolívar de los tiempos modernos, el actual guardián de la lucha antiimperialista. En 2005, después de un largo período de estudio y reflexión, Chávez anunció que había decidido que el socialismo era la mejor propuesta de progreso para la región. En sólo unos pocos años, con sus miles de millones en petróleo y guiado por Castro, Chávez resucitó el discurso y el espíritu de la revolución izquierdista en América Latina. Él transformaría Venezuela en lo que llamó, en su discurso en la Universidad de La Habana, “un mar de felicidad y de verdadera justicia social y paz”. Su máximo objetivo fue elevar a los pobres. En Caracas, la capital del país, los resultados de esta irregular campaña están a la vista de todos.

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Los colonizadores españoles que fundaron Caracas en el siglo XVI lo hicieron con cuidado: situaron la ciudad en las montañas, en vez de la cercana costa del Caribe, para protegerla de piratas ingleses y de los indios que merodeaban. Actualmente, la costa ubicada a diez millas de distancia de la ciudad es accesible por una carretera escarpada entre las montañas construida por órdenes del fallecido dictador militar Marcos Pérez Jiménez, quien dominó el país durante la década de los cincuenta. De cruel carácter y ampliamente odiado en su país, Pérez Jiménez fue derrocado después de sólo seis años como Presidente, pero dejó tras de sí un impresionante legado de obras públicas: edificios gubernamentales, proyectos de vivienda pública, túneles, puentes, parques y carreteras. En las décadas siguientes, mientras las dictaduras molestaban a gran parte de América Latina, Venezuela resultó ser una democracia dinámica y generalmente estable. Siendo una de las naciones petroleras más ricas del mundo, el país tuvo una creciente clase media con un nivel increíblemente alto de vida. También fue un firme aliado de EE.UU.: los Rockefellers tenían campos petroleros en Venezuela, así como grandes ranchos donde sus familiares montaban a caballo con amigos venezolanos.

La perspectiva de una buena vida en Venezuela atrajo a cientos de miles de inmigrantes del resto de América Latina y de Europa, quienes ayudaron a darle a Caracas la reputación de ser una de las ciudades más atractivas y modernas de la región. Tenía una espléndida universidad —la Universidad Central de Venezuela—, un museo de arte moderno de primer orden, un elegante Country Club, una serie de buenos hoteles y exquisitas playas. A finales de los años setenta, cuando las mujeres venezolanas se convirtieron en perennes ganadoras del concurso de Miss Universo, la mayoría de los latinoamericanos consideraban al país como un lugar hermoso para gente hermosa. Incluso su criminal más infame, el terrorista marxista Illich Ramírez Sánchez (Carlos El Chacal), fue un todo un dandy, con un gusto por los pañuelos de seda y el whiskey Johnnie Walker. En 1983, en lo que puede haber sido la cúspide del encanto de Caracas, fue inaugurada la primera línea del Metro y el Teresa Carreño, un complejo teatral de clase mundial.

Esa ciudad apenas puede percibirse hoy. Después de décadas de abandono, pobreza, corrupción y agitación social, Caracas se ha deteriorado muchísimo. Tiene una de las tasas de homicidios más altas del mundo: el año pasado, en una ciudad de tres millones de habitantes, se estima que tres mil seiscientas personas fueron asesinadas, cifra que equivale a una muerte cada dos horas. La tasa de homicidios en Venezuela se ha triplicado desde que Chávez asumió el poder. De hecho, el crimen violento (o la amenaza de que suceda) es probablemente el carácter definitorio de Caracas, tan ineludible como el clima, que generalmente es maravilloso, y el terrible tráfico, con autos atascados durante horas en las calles día tras día. Vendedores deambulan a través del embotellamiento, vendiendo juguetes, insecticidas y DVDs piratas, mientras que los drogadictos lavan los parabrisas o hacen malabares a cambio de monedas. Se observan fachadas enteras cubiertas de graffitis y con basura amontonada en las vías. El río Guaire, su cauce a lo largo de toda la ciudad, es un torrente gris de agua maloliente. A lo largo de sus riberas viven cientos de personas sin hogar, indigentes —en su mayoría adictos a las drogas— y enfermos mentales. Los barrios más ricos de Caracas son enclaves fortificados, protegidos por muros de seguridad con alambre electrificado. En las entradas de las urbanizaciones, guardias armados permanecen en vigilia tras un vidrio oscuro.

Caracas es una ciudad fallida y la Torre de David es quizás el símbolo más importante de ese fracaso. La torre es un zigurat de espejos de vidrio coronado por un gran eje vertical, que se eleva a cuarenta y cinco pisos por encima de la ciudad. La principal característica del complejo de rascacielos de Confinanzas, que incluye otra torre de dieciocho pisos y un estacionamiento elevado, es su visibilidad desde cualquier punto de Caracas, que sigue siendo mayormente una ciudad de edificios modestos. El vecindario que rodea al edificio es típico: una ladera cuadriculada de casas y comercios de uno o dos pisos que se disipan a pocas cuadras de las faldas del cerro El Ávila, un montaña selvática que forma un dramático muro verde entre Caracas y el Mar Caribe.

La torre ha sido nombrada en honor a David Brillembourg, un banquero que hizo fortuna durante el boom petrolero de Venezuela en los años setenta. En 1990, Brillembourg se lanzó a la construcción de un complejo que esperaba convertirse en la respuesta venezolana a Wall Street. Sin embargo, Brillembourg murió en 1993, mientras el complejo seguía en construcción, y poco después de su muerte una crisis bancaria acabó con un tercio de la instituciones financieras del país. La construcción, completada en un sesenta por ciento, se detuvo y nunca fue reanudada.

Vista desde la distancia, la Torre no da indicio alguno de sus problemas. De cerca, sin embargo, las irregularidades en su fachada son claramente evidentes. Hay partes donde los paneles de vidrio se han perdido y los agujeros han sido rellenados; en otras partes de la fachada, las antenas parabólicas y satelitales se asoman como hongos. En los costados no hay paneles de vidrio en absoluto. El complejo es un coloso de hormigón sin terminar —en el que habitan personas. Casas de ladrillo mal ensambladas, similares a las que cubren los cerros alrededor de Caracas como costras, han llenado los espacios vacíos dentro de muchos de los pisos. Sólo las plantas superiores están abiertas al cielo, como plataformas de un gran pastel de bodas. El decano de Arquitectura de la Universidad Central, Guillermo Barrios, me dijo: “Todo régimen tiene su impronta arquitectónica, su icono, y no tengo duda de que la imagen arquitectónica de este régimen es la Torre de David. Encarna la política urbana de este régimen, que puede definirse por la confiscación y expropiación, por la incapacidad gubernamental y el uso de la violencia”. La Torre, construida como una muestra de la eminencia del país, se ha convertido en el barrio alto del mundo.

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Cuando Chávez asumió el poder en 1999, el centro de la ciudad ya estaba descuidado y en franca decadencia, y la torre había caído bajo custodia del Fondo de Garantías de Depósitos. Cuando el gobierno trató de venderla mediante subasta pública en el 2001 nadie ofertó y el plan que existía para convertirla en la nueva sede de la Alcaldía fue abandonado. Finalmente, una noche de octubre del 2007, varios cientos de hombres, mujeres y niños, dirigidos por un grupo de duros y decididos exconvictos, invadieron la torre y acamparon allí. Una mujer que fue parte de la invasión me dijo: “Entramos como si fuera una cueva. Parecíamos cochinos, todos ahí juntos. Abrimos la puerta y desde ese día hemos estado viviendo aquí”. Estaba asustada, pero sentía que no tenía otra opción. “Todos buscaban un techo sobre sus cabezas porque nadie tenía donde vivir. Y era una solución”. Muchos más los siguieron. Los líderes de la invasión comenzaron a vender el derecho de entrada a los recién llegados, en su mayoría personas pobres de las barriadas de Caracas que deseaban cambiar las laderas fangosas por el centro citadino.

Hoy en día, la torre es el emblema de una tendencia de la era Chávez: la “invasión” organizada de edificios desocupados por grupos grandes de ocupantes ilegales. Cientos de edificios han sido invadidos desde que el fenómeno se inició en 2003: bloques de apartamentos, torres de oficinas, almacenes, centros comerciales. Cerca de ciento cincuenta edificios en Caracas están ocupados por invasores. La Torre de David alberga un estimado de tres mil personas, llenando la torre más pequeña por completo y la más alta hasta el piso veintiocho. Jóvenes motociclistas operan una línea de “mototaxistas” para los residentes de los pisos más altos, llevándolos desde la planta baja hasta el décimo piso del estacionamiento adjunto, desde donde pueden ascender por unas rudimentarias escaleras de concreto. Para quienes viven por encima del décimo piso, es un largo camino hasta el tope.

En un reciente viaje a Caracas, le pedí a un taxista que me dejara en frente de la Torre de David y me contestó con una mirada de asombro. “No vas a entrar allí, ¿verdad? “, dijo, “¡De ahí sale todo el mal de esta ciudad!”. La Torre se ha ganado el dudoso honor de ser un centro criminal, alimentado por los relatos de la prensa que presenta al lugar como un refugio para delincuentes, asesinos y secuestradores. Para muchos caraqueños, la Torre es sinónimo de todo lo que está mal en su sociedad: una comunidad de invasores que habitan en medio de la ciudad, controlada por pandilleros armados con el consentimiento tácito del gobierno de Chávez.

El jefe de la Torre es un excriminal convertido en pastor evangélico, llamado Alexánder “El Niño” Daza. Un ardiente partidario de Chávez que aceptó reunirse conmigo sólo después de que un intermediario le aseguró que era políticamente aceptable. Cuando llegué a la entrada principal de la Torre había mujeres dentro de una cabina de seguridad que operaban una puerta controlada electrónicamente. Me pidieron una identificación y que firmara un registro, permitiéndome pasar sólo porque era un invitado de Daza. Daza me esperaba en el atrio, un espacio de concreto al aire libre entre los dos edificios principales. Una música ensordecedora salía de un par de altavoces grandes justo en la puerta de entrada a la “iglesia” de Daza, una habitación ubicada en la planta baja donde predica los domingos. Según contaba, se había convertido o “renacido” estando en prisión. De baja estatura, cuerpo fornido y cara de niño, tiene treinta y ocho años pero luce mucho más joven.

Nos sentamos en un muro pequeño para hablar pero, con los altavoces a todo volumen, Daza era prácticamente inaudible. No habló de la Torre, su comunidad ni de su papel como una figura de autoridad. En su lugar, haciendo eco del lenguaje de los funcionarios del gobierno, se quejó de que los “medios de comunicación privados” siempre buscaban la manera de distorsionar la verdad, hacer daño a “la causa de la gente” y de “dañar a Chávez”. Durante mi experiencia reportando sobre Chávez, he llegado a pasar una buena cantidad de tiempo con él, y cuando le dije esto a Daza me miró con cautelosa impresión. Después de un rato, se relajó considerablemente, señalándome a su esposa, una bonita joven llamada Gina, mientras caminaba junto a nosotros con un niño.

Gran parte de la vida comunitaria de la Torre estaba fuera de nuestra vista, por encima de nosotros, pero algunos de los apartamentos de los niveles más bajo estaban al pie del atrio. Había ropa tendida en balcones por terminar y en algunas antenas. También pueden verse signos de la lealtad política imperante. En las últimas elecciones, Daza hizo todo lo posible para que la Torre de David fuese una base de apoyo para Chávez y colgó una pancarta grande y roja en su honor.

Daza protestó por las historias sobre la Torre que la denunciaban como centro de crimen y a él como un criminal. Él y su gente se hicieron cargo de algo que estaba “muerto” y “le dimos vida”, dijo: “La rescatamos con la visión de vivir aquí en armonía”. Ésta fue una opinión minoritaria. Guillermo Barrios, el Decano de Arquitectura, me dijo: “La Torre de David no era un bello ejemplo de la autodeterminación de una comunidad sino una invasión violenta”. Describió a Daza como un malandro, como el tipo de oportunista matón que ha llegado a tipificar la vida urbana en Venezuela, con la apariencia de un pastor. “Es el líder de un grupo de invasores que vende la entrada al edificio, un ejemplo del más salvaje capitalismo”, dijo. “Se arropa en la religiosidad, pero hay un grupo violento detrás de él que le permite llevar a cabo sus acciones”.

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Chávez ganó la reelección en octubre, y en las semanas siguientes la ciudad tenía una atmósfera de incertidumbre. El presidente de cincuenta y ocho años había estado recibiendo tratamiento para el cáncer desde junio ​​del 2011, pero se declaró a sí mismo lo suficientemente sano como para competir para gobernar otros seis años más. Libró una dura campaña en contra de su oponente Henrique Capriles Radonski, un atlético abogado de cuarenta años que representó la centro derecha y ganó por un respetable margen de once puntos. Sin embargo, desde su discurso de victoria, no había aparecido en público.

En noviembre, uno de los funcionarios de Chávez me dijo: “El Presidente se está recuperando de una agotadora campaña”. Un par de semanas más tarde, Chávez viajó a Cuba para un chequeo médico y poco después regresó a Caracas y anunció que sus médicos le habían detectado nuevas células cancerígenas. Sentado junto a su vicepresidente, Nicolás Maduro, dijo: “Si algo me llegara a suceder… elijan a Nicolás Maduro”.

Chávez me dijo una vez que Castro le había advertido públicamente que debía mejorar su seguridad, diciendo: “Sin este hombre, esta revolución se acabará de inmediato”. A los ojos de Chávez, esto ponía demasiada importancia en él. Pero en la medida en que su revolución ha avanzado, lo ha hecho arrastrada por su personalidad: el lograba que las cosas pasaran cuando estaba físicamente presente pero, apartando esto, su administración era caótica y desordenada.

Chávez consolidó su educación ideológica estando en prisión. Fue encarcelado en 1992, por liderar un fallido Golpe de Estado Militar contra el entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Mientras cumplía su condena, llamó a Jorge Giordani (un profesor marxista de economía y planificación social de la Universidad Central) para que le diera clases. “El plan era que Chávez escribiera una tesis sobre cómo convertir su movimiento bolivariano en un gobierno”, me dijo Giordani en el 2001, cuando servía como Ministro de Planificación de Chávez. Se echó a reír: “Nunca terminó la tesis. Cada vez que le pregunto por eso, sólo me dice: ‘Eso es lo que estamos haciendo ahora: llevar la teoría a la práctica’”.

Giordani me mostró los planes de uno de sus proyectos revolucionarios. “Queremos deshacernos de las favelas y repoblar el campo”, dijo. Por lo que Chávez y él habían mandado al ejército al centro no desarrollado del país para comenzar a construir “comunidades agroindustriales autosostenibles” o SARAOs, que a su juicio se convertirían en pequeñas ciudades. Reconoció que era una idea utópica, “pero en la planificación social uno debe moverse entre la utopía y la realidad”. Al final, los SARAOs fueron engavetados y los barrios crecieron en su lugar. Era típico del gobierno ad hoc de Chávez. Una vez en el set de “Aló Presidente” (su programa de televisión exento de forma), lo vi lanzar un importante programa de expropiaciones de grandes fincas que serían entregadas a los campesinos. Hizo el anuncio con gran cordialidad, a lo cual le siguió un comentario, jugada por jugada, de un partido de voleibol.

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Cuando llegué a Caracas en noviembre tenía casi cuatro años sin volver, y la ciudad se veía más inmunda y desgastada que nunca, aunque se mantenía llena de carteles y pancartas en las que el gobierno se felicitaba a sí mismo por diversos logros. Se mostraba a Chávez en gigantescas vallas abrazando con cariño a ancianas y niños. Por todas partes había carteles sobrantes de la última campaña electoral, en las paredes, en postes de electricidad, puentes y carreteras. Había grafitis políticos de ambos bandos y salpicones de pintura en los lugares donde un partido había tratado de sabotear la propaganda del otro.

La polarización es lo que ha definido la era chavista. Son raras las cuestiones de la vida pública que no sean batalladas y discutidas amargamente. Esto se extiende a la Torre de David: todas las personas que conocí tenían una opinión al respecto. Un amigo periodista, Boris Muñoz, me dijo que el edificio está manejado por el “lumpen empoderado” que controlaba la vida de los residentes con el mismo sistema violento que rige la vida dentro de las cárceles venezolanas. Guillermo Barrios respondabiliza de las invasiones al gobierno y a su política negligente sobre la ciudad, incluyendo al propio Chávez. “El lenguaje político que ha justificado las invasiones y el robo absoluto proviene de los discursos de Chávez “, dijo. En el año 2011, Chávez dio un discurso exhortando a los indigentes de Caracas a tomar almacenes abandonados y galpones bajo su poder. “Invito al pueblo”, dijo, “a que busquen su propio galpón y me digan dónde está. Cada quién que busque sus galpones. ¡Vamos a buscarnos un galpón! Hay mil, dos mil galpones abandonados en Caracas. ¡Vamos para allá! Que Chávez los expropiará y los pondrá al servicio del pueblo”.

Las ocupaciones ilegales de todo tipo de edificios se habían disparado. Después de que una inundación desastrosa en diciembre del 2010 dejó a cien mil personas más sin hogar —la mayoría desalojados de los barrios pobres ubicados en los cerros— Chávez obligó a hoteles, un club de campo y hasta un centro comercial a alojarlos. Durante meses, varios miles de damnificados vivieron en parques de la ciudad y en una tienda de campaña levantada frente al Palacio Presidencial de Miraflores. Algunos fueron alojados dentro del palacio. La situación era claramente urgente y Chávez, en típico estilo cuasi militar, declaró una nueva “misión”: la Gran Misión Vivienda Venezuela.

En Caracas, buena parte de la carga de la Gran Misión Vivienda Venezuela recayó en manos de Jorge Rodríguez. Rodríguez fue vicepresidente bajo el mandato de Chávez y es el alcalde del municipio Libertador, el centro de la ciudad, desde el año 2008. Fui a verlo una mañana a su oficina ubicada en un hermoso edificio colonial, con balcones y un patio interior lleno de árboles. Es un hombre delgado y amistoso con la cabeza rapada, vestido a la manera informal de muchos de los ministros de Chávez: una pulcra guayabera blanca sobre jeans negros y zapatos deportivos. Sobre su oficina se alzaba un enorme óleo de Simón Bolívar y la ventana daba a una preciosa plaza con el nombre de Bolívar, decorada con una gran estatua de El Libertador.

Rodríguez no había absorbido el grado de deterioro de la ciudad hasta que llegó a ser alcalde. “En mi primer día de trabajo, miré por la ventana y vi a un borracho orinando sobre la estatua de Bolívar. Me dije a mí mismo, ‘si así son las cosas aquí, ¿cómo será en el resto de la ciudad?’”. Rodríguez dijo que fue a ver a Chávez para discutir la situación. “Decidimos que íbamos a arreglar la ciudad, desde el centro hacia afuera. Teníamos que empezar en alguna parte”.

Rodríguez culpó a los gobernantes anteriores por los problemas de Caracas. Desde que los españoles fundaron la ciudad su crecimiento no ha sido planificado, excepto durante la dictadura de Pérez Jiménez. “Él tenía un plan, pero luego fue derrocado”, según Rodríguez. El alcalde describe el preámbulo a la emergencia actual como un “lento terremoto”. Los pobres habían vivido en barrancos y laderas de las montañas para luego trasladarse a la ciudad por mera necesidad. El adinerado sector privado dejó de invertir en la ciudad y la inundación de 2010 había tornado la situación en una crisis.

Rodríguez dijo que en todo el país la déficit de viviendas era de tres millones, y la meta para el año era de doscientas setenta mil unidades nuevas. Barrios me había dicho que durante la mayor parte del mandato de Chávez el gobierno había construido un promedio de veinticinco mil unidades al año. El gobierno había atendido un porcentaje menor de las necesidades de vivienda que cualquier administración desde 1959. Pero Rodríguez me aseguró de que estaba en buen ritmo para alcanzar su meta, diciendo: “Estamos construyendo donde sea que podamos”. Admitió que todavía tenían un largo camino por recorrer. “Apenas descanso, ¡y estoy de pie todo el día!”, dijo, riéndose y señalando sus zapatos deportivos.

Rodríguez señaló a la plaza y me preguntó si notaba alguna diferencia respecto a mi visita anterior. Me di cuenta de que la plaza estaba vacía. No estaba ninguno de los vendedores ambulantes que obstruían el paso peatonal de las calles del centro histórico. “Nos deshicimos de cincuenta y siete mil de ellos”, dijo Rodríguez. Los trasladaron a un nuevo mercado cubierto en el borde del centro de Caracas. Con el respaldo del Presidente, Rodríguez también decretó que las invasiones a edificios ya no serían toleradas, pero que tampoco habría expulsiones arbitrarias. “Todavía hay uno o dos intentos semanales de adueñarse de un edificio, pero los detenemos”.

Al parecer, el gobierno no aprobó oficialmente ninguna invasión de la Torre de David, pero no ha hecho ningún intento para cerrarla. ¿Hubo un acuerdo tácito en dejar las cosas como estaban? Rodríguez se mostró incómodo y dijo: “La situación de la Torre de David debe corregirse y será tratado por el gobierno a su debido tiempo”.

En los alrededores de la ciudad había indicios de que Chávez había comenzado a enfrentar los problemas relacionados con la insuficiencia de vivienda pública y transporte. Rodríguez me llevó a un sitio en la Avenida Libertador donde varios edificios de apartamentos eran derribados, incluyendo construcciones espontáneas de ladrillo y acero de más de cinco pisos. Junto a éstos, en el borde de la carretera, se demolían barriadas cuyos habitantes eran reubicados. A los lados de varias autopistas se veían torres de alta tensión para un nuevo tren de pasajeros elevado (comprado en China), parte de un ambicioso plan para aliviar el tráfico de la ciudad y aliviar la presión sobre su abrumado sistema de Metro. Se ha instalado un costoso teleférico para transportar a pasajeros hasta el tope del cerro que aloja a San Agustín, uno de los barrios marginales más antiguos de la ciudad. Los vagones parten de una reluciente estación y se mueven silenciosamente en el aire, impulsados por enormes poleas austríacas. Todos están pintados del color predilecto de Chávez, el rojo Bolivariano, y en cada uno reza: Soberanía, Sacrificio, Moral Socialista… Debajo, puede verse la basura rodando entre pendientes fangosas, un laberinto de ranchos y callejones mugrientos. Me dijeron que no me bajase en la cima, para evitar el riesgo de ser asaltado.

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Una mañana, Daza se reunió conmigo en un terreno baldío cubierto de maleza detrás la torre más pequeña. Estaba supervisando un grupo de trabajo de cuatro adolescentes y un hombre mayor que mezclaban cemento en una carretilla y lo untaban sobre una extensión de hormigón, barro, hierba y escombros. Daza lucía jeans, zapatos de gamuza y una camisa de cuadros. El aire apestaba a cloaca. Daza explicó que quería hacer un pequeño parque, donde las familias con niños puedan tener un lugar seguro para jugar y organizar piñatas y fiestas de cumpleaños.

Los adolescentes del grupo bromeaban y evitaban trabajar, mientras que Daza gritaba órdenes de vez en cuando, pero en general los observaba con tolerancia. Él me dijo que eran jóvenes en riesgo de caer en la delincuencia, recomendados por sus propios padres. En el trabajo podían ser supervisados​​ y, ganando un salario de aproximadamente cien dólares al mes, podrían colaborar con un poco de dinero para sus familias. Los supervisaba personalmente, explicó, porque el último encargado resultó ser irresponsable. “Todo lo que hacía era pasear en su moto, armando desorden”, me dijo.

Daza tenía planes ambiciosos para la Torre. Me mostró el estacionamiento en planta baja, un espacio enorme y vacío excepto por algunos autobuses dañados y explicó que era una fuente importante de ingresos: el garaje se alquila a los conductores de autobús. Más tarde estaría lleno. Cerca de la entrada, donde un par de muchachos descansaban en sucios sofás, Daza planificaba instalar una puerta de seguridad y construir una caseta de vigilancia. A un lado del edificio, cerca de una hilera de frondosos árboles de mango, Daza señaló un espacio no utilizado donde quería construir una guardería para los niños de las madres trabajadoras. Cerca de la puerta principal esperaba abrir una cafetería, “donde pueda venderse comida Bolivariana a precios socialistas”.

A medida que caminábamos Daza me explicaba cómo funciona el edificio. Tenía una manera rítmica y enfática de hablar, como un predicador. “No hay ningún régimen carcelario impuesto aquí”, dijo. “Lo que hay aquí es orden. Y no hay celdas, sino hogares. Nadie está obligado a colaborar aquí. Aquí nadie es un inquilino: todos son habitantes”. Cada habitante tiene que pagar una cuota mensual de ciento cincuenta bolívares (alrededor de ocho dólares al tipo de cambio del mercado negro) para ayudar a cubrir los gastos básicos de mantenimiento, como los salarios de la brigada de limpieza y de construcción. A las personas que no pudieron permitirse el lujo de construir sus viviendas se les ofreció ayuda financiera. Todos los residentes están registrados y cada piso tiene su propio delegado encargado de resolver cualquier problema. Si los problemas no podían resolverse en el piso, son llevados a una reunión del consejo de la Torre, que Daza convocaba dos veces por semana. Un problema común, dijo con un poco de amargura, era que los residentes no pagaran su cuota mensual, y era difícil disuadir a los inquilinos de arrojar basura en el patio. A los transgresores “se les da una advertencia apelando a sus conciencias”. Hay una junta disciplinaria que tiene la capacidad de expulsar de la construcción a los peores infractores, pero siempre hay quienes se toman libertades.

La versión de Daza del sistema de justicia de la torre contrastaba crudamente con las historias que había escuchado de ejecuciones al estilo carcelario, de personas mutiladas y partes corporales volando desde los pisos superiores. Este era el castigo habitual para ladrones y soplones en las cárceles de Venezuela, y la costumbre se ha colado entre los criminales de los barrios de Caracas. Cuando le pregunté acerca de estas historias, Daza apretó los labios, un gesto común de reproche entre los venezolanos. “Lo que queremos es seguir viviendo aquí “, dijo. “Tenemos una buena vida. No oímos tiroteos todo el tiempo. No hay matones con pistolas en sus manos. Lo que hay aquí es trabajo. Lo que hay aquí es gente buena, gente trabajadora”. Cuando le pregunté a Daza cómo se había convertido en el jefe o líder de la Torre frunció nuevamente los labios, y finalmente dijo: “Al principio, todo el mundo quería ser el jefe, pero Dios se deshizo de los que quería deshacerse y dejó a aquellos que él quería que se quedaran”.

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Muchos de los residentes de la Torre han llevado vidas complicadas, afectados por la confluencia en el país de la pobreza y la delincuencia. En un almacén habilitado cerca de la iglesia de Daza vive Gregorio Laya, un compañero de Daza de los tiempos de la prisión. Laya trabajaba como cocinero en la cocina presidencial del Palacio de Miraflores, pero en los viejos tiempos formaba parte de una banda de roleros o ladrones de relojes caros. Hizo una lista de sus favoritos: Rolex, Patek Philippe, Audemars Piguet. Por lo general, él y sus hombres esperaban fuera del Teatro Teresa Carreño a los asistentes de conciertos. Pero un día decidió robar al dueño de un spa “cerca de aquí, a pocas cuadras de distancia”, señalando más allá de la Torre. Consiguió el reloj pero, al salir, el hombre sacó un arma y comenzó a dispararle. No tuvo “más remedio” que responder, dijo, y disparó contra el propietario varias veces hasta matarlo. Laya fue herido también y la policía lo acorraló a sólo unas cuadras de distancia. Lo condenaron a once años en prisión.

El apartamento de Laya era de una sola habitación, equipado con elementos esenciales de la vida diaria, similar a un camarote de marinero o una celda de prisión. Había una cama grande y una TV pantalla plana, un armario, una silla y un tendedero en una esquina con ropa. Laya declaró estar contento. Tuvo la suerte de conseguir un trabajo y agradece a Daza por haberle encontrado un lugar en la Torre. Todos los días camina frente al spa en su trayecto al trabajo y piensa en lo diferente que era su vida.

Daza contó su propia historia de redención en términos similares. Un día me mostró su iglesia, un almacén antiguo y grande pintado de verde, con sillas de plástico apiladas y un atril de predicador. Letras recortadas de papel dorado pintaban en la pared las palabras “Casa de Dios” y “Puerta del Cielo”. Daza dispuso de dos sillas y me invitó a sentarme.

Daza me dijo que era oriundo de Catia, uno de los barrios más famosos de Caracas. Su familia era muy pobre. Era el más joven de varios niños y sus hermanos eran mucho mayores. Se mantuvo alejado de los problemas hasta cumplir los ocho años, cuando unos muchachos mayores robaron su bicicleta y le dieron una humillante paliza. Los describió como malandros que aterrorizaban su barrio. “Recuerdo que miraba como perseguían a mis hermanos mayores”, dijo Daza. “Ellos tenían armas y mis hermanos corrían cuando los perseguían y les disparaban”.

“No me importaba si mataban a mis hermanos”, prosiguió. “Me molestaba la forma en que llegaban a casa y se comportaban frente a mi mamá. Ellos la maltrataban, fumaban drogas y hablaban mal delante de ella. Yo les decía que eran unos cobardes, porque lo único que hacían era traer a sus enemigos al barrio para luego huir cuando llegaban”.

Daza formó su propia banda de niños delincuentes. “Nos adueñamos de algunas pistolas y luego, cuando tenía quince años, hicimos nuestro primer trabajo, que fue esperar a que el líder de esos mismos malandros subiera y…” -simulando disparar con su mano- dijo, “acabamos con él”. Después de eso, Daza se convirtió en el jefe de todo el barrio.

Daza ha cumplido dos sentencias en la cárcel, una de cinco años y otra de dos. Durante su segundo encarcelamiento, por un cargo de porte ilegal de armas, un policía que también ejercía de pastor llegó a la cárcel y lo convirtió. Él resurgió “con el Evangelio” y ha tratado de llevar una vida mejor desde entonces.

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Para Daza, como para muchos otros residentes de Caracas, la perspectiva de una vida mejor es tanto material como espiritual. La administración de Chávez ha tenido efectos volubles sobre la economía de la nación. Mientras que su retórica anticapitalista ha inducido a algunas empresas a abandonar el país, otras han aprendido a trabajar con el gobierno y han obtenido muy buenos resultados. Las regulaciones son sorprendentemente abundantes (el mero hecho de pagar la cena en un restaurante requiere mostrar una identificación) pero, de forma perversa, esto ha fomentado el emprendimiento en el mercado negro. Muchos médicos e ingenieros han huido del país, mientras que otros profesionales han prosperado. La única constante es el flujo de dinero petrolero, que brinda una gran riqueza a ciertas personas y es compatible con un creciente sector público. Los venezolanos más pobres están ligeramente mejor en la actualidad. Y, sin embargo, a pesar de que Chávez apela a la solidaridad socialista, su gente ansía seguridad y objetos de la buena vida tanto como una sociedad más equitativa.

Una noche, Daza insistió en llevarme de regreso a mi hotel. Él, Gina y yo esperamos fuera de la torre cuando una reluciente Ford Explorer verde se detuvo frente a nosotros y un conductor se bajó y le entregó las llaves a Daza. Entré al asiento trasero y nos pusimos en marcha. Mientras conducía, Daza me dijo: “Dios me bendijo con el carro el diciembre pasado”. Aparentemente un hombre le debía dinero y, cuando éste fue incapaz de devolvérselo, le dio el auto a cambio. Era un modelo del 2005, según Daza, lo cual estaba bien. Pero ahora quería el del 2008 (idealmente de color blanco). Por casualidad pasamos al lado de una Explorer blanca 2005 en la vía. Daza murmuró su apreciación del vehículo, admirando el cromo brillante en la rejilla del espejo retrovisor. Más tarde pasamos frente a un concesionario Ford, donde una Explorer 2012 descansaba en una sala de exposición iluminada. “Quién sabe lo que costará ésa, ¡tal vez medio millón de bolívares!”, exclamó.

En la autopista, Daza me preguntó dónde quedaba el hotel y parecía inseguro cuando le dije que era en el sector de Los Palos Grandes. ¿Había estado allí? “Sí, por supuesto”, me dijo, aunque tuve que señalarle la salida y dirigirlo a partir de allí. A medida que nos acercábamos al hotel, pasando edificios de apartamentos enrejados y exclusivos restaurantes, él y Gina miraban asombrados por la ventana. “La gente aquí es muy rica, ¿verdad?”, dijo Daza. Detuvo el coche en medio de la calle frente al hotel y lo observó paralizado, mientras que el resto de los autos tocaban la corneta y nos adelantaban.

Pero en muchas partes de la ciudad no son los ricos, sino los malandros, quienes están en ascenso. Caracas es uno de los lugares del mundo dónde es más fácil ser secuestrado. Miles de secuestros se producen cada año. En noviembre del 2011 fue secuestrado el cónsul chileno por hombres armados, que lo golpearon y le dispararon antes de liberarlo. Ese mismo mes, el cátcher venezolano de los Nacionales de Washington, Wilson Ramos, fue secuestrado en la puerta de la casa de sus padres y estuvo capturado por dos días antes de ser rescatado. En abril, un diplomático costarricense fue secuestrado. Al día siguiente la policía hizo una redada en la Torre de David en su búsqueda, pero sólo encontraron algunas armas.

En una cena, en Caracas, escuché a dos parejas intercambiar historias sobre unas llamadas que recibieron de criminales que aseguraban haber secuestrado a sus hijos. En ambos casos salían del teléfono voces infantiles muy similares a las de los suyos, llorando y pidiendo ayuda. Las llamadas eran falsas y fueron realizadas por secuestradores fraudulentos, pero el episodio, junto a las noticias cada vez más sangrientas en la prensa, los dejó preocupados por el futuro. Uno de los crímenes más comentados mientras estuve en Caracas involucró el asesinato de un taxista, que fue golpeado, cortado en la cara y le dispararon varias veces. Sus asesinos le pasaron por encima con su propio carro, sólo por diversión, antes de escapar.

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Daza aparentemente nunca salía de la planta baja de la Torre y tampoco parecía querer que yo pasara de allí. Cada vez que le propuse subir, tomaba una actitud evasiva y respondía con excusas cuando le preguntaba si podía asistir a una sesión de sus reuniones con los delegados. Si en verdad exigía una cuota de inscripción a cada nuevo residente, como me habían informado, es algo que no quiso admitir. Pero parecía probable que se ganase la vida del edificio, posiblemente de los ingresos del garaje de autobuses. En cierta forma, es capaz de permitirse algunos lujos: aunque vive encima de su iglesia, mantiene un apartamento en otra zona de la ciudad y sus hijos de relaciones anteriores pueden visitarlo allí con seguridad.

En un par de ocasiones me las arreglé para subir a la Torre y dar un vistazo. En el décimo piso, los miembros del equipo de seguridad del edificio siempre exigían que me identificase y les dijese a donde iba. Cuando mencioné a Daza me dejaron ir, pero reaparecían cada cierto tiempo, manteniendo un ojo vigilante sobre mí. Los residentes de la Torre eran cuidadosos y hablaban muy poco al pasar. En las escaleras, muchos tenían cargas propias que llevar, y se movían como montañistas, con las expresiones faciales propias de un grupo que está participando en una prueba de resistencia.

Los pasillos estaban en un ángulo que les permitía recibir luz de las ventanas ubicadas en las paredes de cada extremo de la construcción, pero aún así la iluminación era tenue. En los pisos que no estaban terminados se habían construido pequeñas casas de bloques pintados y de yeso. Muchos mantienen sus puertas abiertas para dejar entrar la brisa y para socializar y pude verlos ocupados con sus tareas cotidianas: cocinar, limpiar, llevar cubos de agua, bañarse. Se escuchaba música aquí y allá. Daza montó una bomba de agua que funcionaba por un generador y cada piso tenía su tanque, aunque el suministro de agua corría a través de tuberías impredecibles y mangueras de caucho.

La Torre cuenta con varias bodegas, una peluquería y un par de guarderías. Visité una pequeña bodega en el noveno piso donde Zaida Gómez, una mujer peliblanca y locuaz de unos sesenta años, vivía con su madre de noventa y cuatro años. Ella me mostró el cubículo al lado de la tienda donde había instalado a su madre, una pequeña mujer que me parecía un pájaro dormido, justo en una cama al lado de uno de los ventanales. Gómez mantiene un ventilador prendido a toda hora, ya que el calor que emana la ventana volvía la habitación en un horno.

Gómez es una pionera en la Torre y me dijo que al principio las cosas eran terribles allí. La Torre estaba gobernada por malandros —dijo sacudiendo la cabeza— y se habían producido palizas, tiroteos y asesinatos. Pero ahora podía dejar la puerta de su tienda abierta, algo que nunca fue capaz de hacer en Petare, el barrio donde vivía antes. Su tienda vendía de todo, desde jabón hasta refrescos y verduras. Y para reabastecerse de suministros tenía que subir y bajar las nueve plantas de la Torre varias veces al día. Era agotador, pero dijo que no podía darse el lujo de pagar un mototaxi que cobraba quince bolívares (alrededor de ochenta centavos de dólar) por cada viaje. Tiene una hija que la asiste y un nieto.

Gómez tenía miedo de verse obligada a mudarse de la Torre. “Este edificio es demasiado caro para que gente como nosotros esté aquí “, dijo. Vendrá el día en que las autoridades lo quieran de vuelta. Esperaba que el gobierno, que estaba construyendo viviendas para los pobres en la adyacente Avenida Libertador, se acercase a la Torre también y los reubicase a todos. “Todo lo que quiero es mi casa propia y un pequeño pedazo de tierra para cultivar. Algo que pueda llamar mío”.

Albinson Linares, un periodista venezolano que ha escrito sobre la Torre, me describió a sus residentes como “refugiados de un estado subdesarrollado que viven en una estructura del Primer Mundo”. Contiene una muestra de trabajadores caraqueños: enfermeras, guardias de seguridad, conductores de autobuses, comerciantes y estudiantes. Hay personas desempleadas también y el círculo de exconvinctos evangélicos de Daza. Cada piso tenía su propia sociología. Los pisos más bajos son reservados en gran parte para las personas mayores, quienes no pueden subir hasta los niveles más altos. Algunos pisos están dominados por familias y otros están ocupados principalmente por hombres jóvenes de peligroso aspecto. Un día, un fotógrafo con quien viajaba fue jalado hacia un apartamento por un par de hombres que lo interrogaron con suspicacia. Cuando mencionó el nombre de Daza lo dejaron ir, pero a regañadientes. En la escalera vimos un grafiti que decía “El Niño Sapo”. Parecía que Daza tenía enemigos dentro de la Torre.

Que hubiese conflicto parecía inevitable. Entre los derechos de admisión, los cargos de mantenimiento y el alquiler del garaje, hay una buena cantidad de dinero disponible para los invasores. Una tarde Daza me llevó a un restaurante en la calle de la Torre, un lugar pequeño y caluroso con una cocina abierta. Poco después de sentarnos, tres hombres entraron a rondar amenazadoramente por nuestra mesa, parados justo detrás de nuestras sillas. Daza arqueó las cejas y dejó de hablar, hasta que después de un par de largos y tensos minutos los hombres salieron y se sentaron en la acera. Más tarde, Daza me dijo que aquellos hombres se ganaban la vida organizando invasiones. “Son profesionales”, dijo. “Es lo que hacen”. Le pregunté si eran enemigos. Me dijo que no exactamente y luego murmuró que había muy poca gente en la vida en quienes se pueda confiar.

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A media hora en carro desde la Torre de David está otra invasión: El Milagro. Fue fundada unos años antes por José Argenis, otro ex convicto convertido en pastor que se unió a ex reclusos y sus familias para invadir una parcela de terreno al lado del río en las afueras de Caracas. Era una zona cubierta de matorrales y desperdicios, pero cuenta con una excelente ubicación: justo al lado de la carretera principal, al lado de una estación de autobuses y cerca de un puente angosto que le permite a los residentes cruzar el río a pie o en moto. El Milagro es ahora una comunidad de casi diez mil personas y sigue creciendo.

Argenis, un hombre negro con carisma y una atronadora voz, dirige un centro de rehabilitación en El Milagro para ex prisioneros que van a pedirle ayuda para hacer una mejor transición al mundo exterior. Las cárceles de Venezuela tal vez sean las peores de América Latina: las treinta instalaciones del país fueron diseñadas para mantener unos quince mil internos, pero realmente alojan tres veces esa cantidad. Se compran y venden narcóticos abiertamente, y los reclusos tienen acceso a armas automáticas y granadas. En muchas prisiones los guardias han cedido el control a las bandas armadas dirigidas por jefes delincuentes llamados “pranes”, llamados así por el sonido que hace un machete al golpear concreto. Los pranes lideran la creciente comunidad criminal que se extiende dentro y fuera de las prisiones. Frente a una deplorable fuerza policial y judicial, caracterizadas por la ineficiencia y la corrupción, los pranes brindan una estructura donde no existe ninguna.

Los pranes se han vuelto suficientemente poderosos como para tratar directamente con el gobierno. Argenis trabajó como asesor de Iris Varela, la recién nombrada por Chávez Ministra de Servicios Penitenciarios, a quien ayudaba a negociar con los pranes. Explicó que era un trabajo no remunerado “hasta el momento”, pero que le interesaba trabajar con ella. Argenis espera que su modelo de rehabilitación obtenga financiamiento gubernamental, y que pueda construir otras instalaciones a lo largo del país.

Argenis cumplió una condena de nueve años por homicidio, en los que conoció a Daza. Después de salir de prisión se mantuvieron en contacto. “Cuando invadieron la Torre, El Niño todavía estaba involucrado en ese mundo, el de los bajos fondos”, dijo. “Y había quienes querían desorden, pero él impuso orden… a la antigua”. Me regaló una mirada resabiada. Hubo un momento en el que Daza acudió a él en busca de ayuda. “Estuvo aquí por seis meses. Permanecía como el líder oficial de la Torre, pero se quedó aquí”. Según Argenis, Daza había “salido de la cárcel con problemas. Había gente que quería matarlo y lo protegimos”. Dejó abierta la posibilidad de que Daza volviera a la vida criminal. “Creo que ya colgó los guantes”, dice Argenis, sonriendo irónicamente. “Pero siempre puede volver a caer en tentación, porque tenemos que cuidar de nosotros mismos, ¿sabes?”

Argenis mantenía enemigos también. “He matado a hombres. He dejado a otros en silla de ruedas. Dejé a algunos estériles. Sólo imagínalo: me van a odiar por el resto de sus vidas”. Cuando le pregunté cómo la cultura del malandro había cobrado tanta fuerza, me respondió que se debía a las cárceles. Me explicó que los hombres internados ni siquiera trataban de escapar, porque “tienen todo lo que necesitan allí y viven tan bien o mejor que en las calles”. La economía penitenciaria estaba en auge, con miles de millones de bolívares generados a través del control del tráfico de drogas. “Las cárceles son muy fuertes, y han llegado a ser mucho más fuertes en los últimos siete u ocho años”.

Argenis cumplió su condena en una prisión llamada Yare, situada en medio de colinas a una hora del sur de Caracas. Yo visité la cárcel en el 2001 y un funcionario de la prisión me condujo por un camino de tierra alrededor del perímetro de la verja que cercaba el edificio. Nos detuvimos y vi dos bloques de celdas con decenas de agujeros de bala en sus fachadas. Había agujeros donde debían estar las ventanas y un grupo grande de hombres rudos sin camisa bajaba la mirada hacia nosotros. Una línea gruesa y negra de excremento humano recorría la pared exterior y el patio de abajo era un mar de lodo y basura de varios pies de profundidad. “No podemos quedarnos por aquí”, me dijo el funcionario. “Si nos quedamos demasiado tiempo, puede que nos disparen”. A medida que nos alejábamos, me explicó que sólo había seis guardias a la vez dentro de la prisión. Los internos permitían a un guardia elegido por ellos para acercarse hasta una puerta determinada y recuperar los cadáveres dejados allí.

Chávez estuvo preso en Yare durante dos años después de su intento de golpe de Estado. A pesar de que se mantuvo en un área segura para presos políticos, supuestamente escuchó con impotencia cómo un grupo violaba a otro recluso, le cortaban la garganta y luego era apuñalado hasta morir. Chávez fue perdonado en 1994 y al comienzo de su presidencia se comprometió a contribuir con la reforma del sistema carcelario. Pero, mientras nuevas causas y crisis emergían, las prisiones fueron olvidadas: de las veinticuatro prisiones que prometió construir, sólo se construyeron cuatro. El año pasado hubo más de quinientas muertes violentas en el sistema. En agosto, dos pandillas de Yare se involucraron en un tiroteo de cuatro horas en el que murieron veinticinco reclusos y un visitante. Se publicaron fotografías de Geomar y El Trompiz, los jefes pandilleros responsables de la masacre, posando desafiantes con sus armas. El Trompiz fue asesinado el pasado enero, al parecer por sus propios hombres.

Después de que Chávez fue reelecto, declaró un estado de emergencia en el sistema penitenciario del país, y prometió una completa transformación. Sin embargo, Argenis sugiere que el daño ya estaba hecho. “Este gobierno ha sido más permisivo: los gobiernos anteriores eran más represivos”, dijo. “Y así, la cultura malandra ha crecido y ha migrado de las cárceles hacia las escuelas, las universidades y las calles. Se ha convertido en una cultura nacional”.

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Lo primero que un visitante ve al llegar desde el Aeropuerto Internacional a Caracas es un barrio, quizás el más famoso de la ciudad: el 23 de Enero. “El 23″, como se le conoce, fue construido en los años cincuenta como un proyecto de vivienda pública diseñado por uno de los más grandes arquitectos del país: Carlos Raúl Villanueva. Es un complejo de ochenta edificios que ocupa verticalmente un enorme pedazo de tierra en la entrada norte de la ciudad. Fue concebido como un enorme suburbio, dividido entre edificios de cuatro plantas y torres de quince pisos, entrelazados por jardines y caminerías.

Hoy en día, los espacios verdes están sobrecargados de invasores. El 23 es una favela donde viven unas cien mil personas, apretadas entre los bloques de apartamentos de Villanueva. La zona es un volátil mosaico de colectivos independientes que abarcan desde aquellos con pretensiones izquierdistas hasta criminales puros y duros. Muchos están armados.

Uno de las figuras emblemáticas del 23 fue Lina Ron, una activista militante de pelo rubio teñido y carácter grandilocuente. Antes de morir el año pasado de un infarto, Ron organizó ruidosas protestas antiimperialistas que con frecuencia se tornaban violentas. Chávez toleraba a Ron y sus agresivos seguidores porque era una apasionada defensora de sus políticas y solía aparecer a su lado en marchas y eventos. En 2001, Chávez me insinuó que había aceptado a la extrema izquierda como una forma de impedir un golpe de Estado como el que lo puso en el cargo. “La verdad es que necesitamos una revolución aquí y si no lo logramos ahora vendrá después, con otra cara”, dijo. “Tal vez de la misma manera que comenzó, una medianoche con pistolas”.

Probablemente no haya hoy en día otro chavista más abiertamente radical que Juan Barreto. Profesor de cincuenta años de la Universidad Central, Barreto es un marxista rotundo, brillante y locuaz. Fue Alcalde Mayor de Caracas, supervisando todos los distritos de la ciudad desde el 2004 hasta 2008, cuando ocurrieron muchas de las invasiones, incluyendo la ocupación de la Torre de David. Pasé algún tiempo con él a inicios del 2008 y me quedó claro que era visto como un protector por algunos ocupantes ilegales del centro de la ciudad. Barreto siempre ha dicho que no apoya las invasiones, pero consiente las expropiaciones de propiedades abandonadas en la ciudad para aliviar la crisis habitacional. En una acción típica de su mandato, Barreto enfureció a la fracción adinerada de la ciudad al amenazar con la confiscación del Country Club de Caracas, rodeado de suntuosas villas y jardines que circundan un campo de golf de dieciocho hoyos, para darle el espacio al pueblo. Al final, el plan fue abandonado, al parecer, por órdenes de Chávez.

La franqueza de Barreto le ha ganado numerosos enemigos e incluso muchos jefes chavistas lo ven como un fanático desbocado, con una tendencia de hablar públicamente acerca de “armar al pueblo” para defender la revolución. Siendo alcalde, claramente le encantaba ser el enfant terrible de la revolución de Chávez. Organizó una tripulación de motorizados guardaespaldas que viajaban con él. Entre sus allegados estaba un ex sicario adolescente llamado Cristian, que estaba siendo rehabilitado por Barreto. Al presentármelo le preguntó: “Cristian, ¿a cuántas personas has matado?” El chico murmuró “Unas sesenta, creo…” y Barreto se rió con deleite.

Cuando Barreto dejó el cargo, entró en un limbo político que terminó el año pasado durante la campaña de reelección de Chávez, en la que volvió al entorno presidencial. Fue el líder de un grupo informal de colectivos radicales de barrios con los que formó una nueva organización, REDES, que se unió a la campaña del presidente. Caracas fue abarrotada de pósters de REDES que muestran a un Chávez hinchado, debido a tratamientos con esteroides, unido por un abrazo varonil con el aún más corpulento Barreto.

Me encontré con Barreto en su casa situada en el sector de El Cementerio, llamado así por el gran cementerio que alberga y en el que malandros celebran rituales en honor a sus camaradas caídos. Las colinas cercanas están cubiertas por ranchos. El frente de la casa de Barreto es una enorme puerta doble de hierro, resguardada por un par de vigilantes armados con pastores alemanes cerca. Después de haberme identificado me condujeron a través del garaje, donde había dos camionetas blindadas estacionadas. Dentro había un claustro repleto de arte moderno y esculturas, además de un gran acuario. Barreto estaba en la parte de arriba, en una cocina de último modelo preparando tamales. A un lado de la cocina estaba la sala de estar, donde un grupo de hombres jóvenes, miembros de su séquito, estaban sentados en una mesa con laptops. La habitación estaba decorada con una pintura erótica hecha por Barreto —una mujer sin camisa, con la mano de un hombre dejando caer una fresa en su boca— junto a una botella de Johnnie Walker Platinum (“regalo de un amigo”) y una figura de Marlon Brando como Don Corleone.

Barreto explicó que él y sus compañeros estaban trabajando para convertir a REDES en un partido político. Chávez había mostrado un reciente plan para el “socialismo del siglo veintiuno”, en el cual la sociedad venezolana sería reestructurada en comunas. Nadie entendía exactamente lo que el término significaba o cómo se aplicaría, excepto tal vez el propio Chávez, y había un acalorado debate al respecto. Barreto dijo que él y sus seguidores estaban preocupados pues, sin la presión de grupos como REDES, el plan se utilizaría para “meter en una camisa de fuerza” a las verdaderas fuerzas revolucionarias.

Para ayudar a crear una comuna auténtica, Barreto trabaja estrechamente con Alexis Vive, uno de los colectivos armados mejor organizados del 23. Barreto sugirió subir a verlos. A medida que entramos en una de sus camionetas —que, según él, Chávez le había prestado—, un guardaespaldas sacó una ametralladora, una P90 belga. “Hermosa, ¿verdad?”, dijo Barreto, sonriendo. “Dispara cincuenta y siete balas”. Explicó que armas como estas son necesarias para defenderse. “No es que estemos en contra del gobierno. Es que no encuentro la manera de apoyarlo totalmente”. Se echó a reír. “Es como cuando tienes una mujer hermosa, pero te has desenamorado de ella. Es difícil. La quieres un momento y al siguiente no, ¿me entiendes?”

En la sede del colectivo Alexis Vive hay murales de Marx, Mao, Castro y el Che Guevara pero, aparte de algunos hombres armados merodeando al borde de unos edificios cercanos, los soldados se mantenían discretamente fuera de la vista. Uno de los líderes del grupo, un joven estudiante de Sociología llamado Salvador, me explicó que el colectivo controlaba unas cincuenta acres que alojaban cerca de diez mil habitantes, con quienes trataban de formar en un colectivo marxista autosustentable. El grupo estaba armado sólo para defenderse, dijo. Policías corruptos y miembros de la Guardia Nacional venezolana estaban trabajando con grupos de malandros del 23, a veces en zonas que bordeaban su propio territorio. Barreto sostuvo que el contingente armado estaba protegiendo a su pueblo de oficiales delincuentes. “No han sido capaces de llegar aquí desde 2008″, dijo entre risas. “Hemos estado en tiroteos con ellos”.

La corrupción en las fuerzas de seguridad es un problema profundamente arraigado —y según Barreto—es la verdadera fuente de la cultura criminal del país. Dijo haber luchado contra el problema durante su período como Alcalde, sustituyendo gran parte de la fuerza policial con miembros de los Tupamaros, un grupo armado del 23 de Enero. Salvador dice que la situación surge de la incapacidad de Chávez para enfrentarse a los verdaderos criminales: “Chávez no ha perseguido a los malandros porque cree que pueden volverse en su contra”.

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Un domingo, cincuenta sillas de plástico fueron alineadas para la misa dominical en la iglesia de Daza, pero sólo una docena de personas se presentaron, casi todas mujeres y niños. Daza no se veía molesto. Llevaba una corbata, pantalones y zapatos negros. Probó el micrófono cantando “Gloria” y “Aleluya”, mientras que un par de hombres acomodaban el equipo musical: una batería, un órgano eléctrico y enormes altavoces. Llegaron un par de mujeres más y se arrodillaron a orar antes de unirse a la congregación. Apareció Gina, la compañera de Daza, con sus hijos, y sacó una Biblia forrada en una cubierta de rosado chillón.

Mientras los músicos tocaban, Daza cantaba desde un lado de la tarima (cantaba mal pero sin complejos) y tocaba unos bongos. Finalmente tomó el micrófono y comenzó a gritar, en un rítmico gruñido ronco, sobre el bien y el mal. Dijo: “Hay guerras en el mundo, en las que a la gente no les importa si los niños mueren, si las mujeres mueren, si los viejos mueren: lo único que les importa son las riquezas. Pero la Biblia dice que sólo hay una vida y es ésta. El Señor conoce la vida eterna, pero sólo él la conoce y entonces debemos vivir ésta. Tenemos que vivir esta vida y ser buenos con Dios”.

El servicio duró tres horas. Las mujeres se balanceaban y movían sus pies con los ojos cerrados. La voz de Daza se volvió un fascinante muro sonoro. Hubo un momento en el que se levantó a testificar un joven predicador invitado llamado Juan Miguel. Dijo ser de un barrio pobre y que su padre estaba loco. Había estado en la cárcel, y su casa había sido arrasada por las inundaciones de 2010. Vivía con miles de otros damnificados en el interior de un centro comercial expropiado por Chávez. “Hemos tenido vidas difíciles, vidas duras, pero Dios nos ha llamado a predicar su palabra”. Sus ojos brillaban cuando le dijo a Daza: “Dios nos ha escogido. Dios ha escogido a Venezuela para llevar el Evangelio al Mundo”.

Un día Daza me llevó a Miranda, un estado vecino, a ver el barrio donde vivió con su ex esposa y donde ésta aún vivía. A lo largo del camino habló, como siempre, de cómo Dios lo había salvado. Dejó la escuela cuando tenía trece años y a los catorce ya estaba en la vida pandillera. Aprendió a leer durante su segunda estadía en prisión y la Biblia fue su primer libro. “Yo no tengo preparación universitaria, pero me he educado mucho sobre Dios. Solía ​​hablarle a la gente de manera ofensiva, con groserías. Me salía la inmundicia. Pero leí en alguna parte de la Biblia, no recuerdo dónde, que el lenguaje grosero corrompe las buenas costumbres. Y cuando leí eso me dije: ‘Ay, Dios me está hablando’”.

Llegamos a una pequeña casa de bloques en la loma de un cerro empinado que se alzaba sobre otras colinas boscosas, marcadas por nuevas invasiones. La hija de la ex esposa de Daza estaba allí, una mujer joven y rolliza de unos veinte años. Parecía feliz de ver a Daza. Nos sentamos en una pequeña sala de estar y Daza comenzó a recordar la vida con su ex esposa. Aunque entonces era todavía un criminal, la relación había sido formativa para él. Ella era mayor que él y Daza sintió que ella lo ayudó a moldearlo como hombre. Ella también lo malcriaba, dijo riendo, ya que le cocinaba, limpiaba y hasta le planchaba su ropa.

Daza se veía con otras mujeres. “Yo solía cambiar de novias como tú te cambias de ropa”, me dijo, y dejó a varias embarazadas. Él y su ex esposa peleaban mucho. Se puso de pie y representó una pelea particularmente dramática, en la que Daza inmovilizó a su esposa contra la pared, sacó su pistola, y disparó justo al lado de su cabeza. “Era sólo para asustarla “, dijo sonriendo. Pero ella sostenía un cuchillo y, cuando Daza disparó (“quizás ella pensó que realmente iba a dispararle… o tal vez fue sólo su reacción instintiva”), le había clavado el cuchillo en el pecho. Salió tambaleándose de la casa y se internó en una clínica. Tuvo suerte: el cuchillo falló en darle al corazón o a otros órganos vitales. La joven asintió con la cabeza y se rió al recordar el incidente. “Después volvimos a estar juntos”, dijo Daza.

En el carro, le pregunté a Daza si se arrepentía de algo

—No… —dijo.
—¿Qué hay de los hombres que has matado?
—¿Como quién?
—Como el malandro que mataste cuando tenías quince años.

Daza se quedó callado. Después de un minuto, dijo: “Yo era un ignorante y ahora me he transformado. Me siento como un hombre nuevo, una nueva persona. Ésas son cosas que se viven en la vida y que, bueno, Dios permitió, pero ahora creo que soy diferente”.

Daza volvió a guardar silencio y luego dijo: “En esta vida, cuando te conviertes en un líder, tu vida corre riesgo porque te ganas enemigos. A veces la gente piensa que estás involucrado con mafias y cosas extrañas, gracias a tu pasado. Los enemigos siempre van a tratar de desacreditarte. El Diablo tratará de garantizar que continúes siendo miserable para utilizarte para su beneficio”.

Al final era difícil saber si El Niño Daza era un malandro, un genuino defensor de los pobres o ambas cosas. Lo qué parecía claro es que estaba perfectamente adaptado a la vida en la Venezuela de Hugo Chávez, capaz de obtener ventajas por todos los medios: aprovechando los vacíos dejados por el gobierno, manejando su propia empresa capitalista y negociando con el mundo del hampa cuando era necesario. Al salir de su antiguo barrio, la calle estaba llena por un pequeño mitin político. Henrique Capriles, quien compitió contra Chávez en las elecciones presidenciales, es el gobernador de Miranda y las elecciones gubernamentales se avecinaban en pocas semanas. Voluntarios de la campaña repartían cerveza y carteles desde una camioneta. Daza se encogió de hombros. Esperaba que el candidato de Chávez ganara.

Daza comentó que estaba considerando meterse en la política. Siendo el jefe de la Torre de David, Daza ha logrado conocer a algunas autoridades de Caracas, incluyendo a funcionarios de Chávez, y estos le han pedido que considere la posibilidad de postularse para un puesto de concejal en la ciudad. Con los cambios propuestos por el gobierno y la creación de las comunas, Daza espera que la Torre de David pueda adquirir estatus legal. Ha comenzado a hacer sondeos en el edificio. “La gente me sigue diciendo que debería lanzarme y que tengo una buena oportunidad”, me dijo. “Así que lo estoy pensando”.

***

En el centro de Caracas, a una milla de la Torre de David, un nuevo y espléndido mausoleo está a punto de ser terminado. Chávez ordenó su construcción hace dos años para proporcionar un nuevo lugar de descanso a los huesos de Simón Bolívar. Chávez ya había ordenado anteriormente exhumar y examinar los restos de Bolívar, persiguiendo la hipótesis de que había sido envenenado por sus enemigos, pero la autopsia no llegó a ninguna conclusión. Después ordenó levantar la nueva tumba.

El edificio es una cuña blanca y delgada que se eleva ciento setenta pies como un mástil hacia el cielo. La construcción ha costado ciento cincuenta millones de dólares según reportajes y, como todo lo que ha hecho Chávez, es controversial. La construcción se llevó a cabo con mucha reserva y el mausoleo, que planeaba abrir sus puertas el pasado 17 de diciembre después de múltiples retrasos, aún no se ha inaugurado. En el momento en que se complete se convertirá en la pieza central de un decadente rincón de la ciudad, junto a una vieja fortaleza militar (donde Chávez estuvo brevemente encarcelado después de su intento de golpe) y al Panteón Nacional, una iglesia del siglo XIX donde los restos de Bolívar son vigilados por guardias floridamente uniformados. Hay rumores persistentes de que cuando Chávez muera será enterrado en el mausoleo, al lado de Bolívar.

Por supuesto, Chávez y sus seguidores tienen la esperanza de que su lucha no sea sepultada con él. En 2001, Chávez me dijo que era su más ferviente deseo llevar a cabo una “verdadera revolución” en Venezuela. Sin embargo, unos años más tarde su viejo maestro Jorge Giordani parecía preocupado de que su protegido no estuviera construyendo una revolución permanente. “Yo también soy un Quijote”, dijo. “Pero hay que tener los pies firmemente plantados en la tierra. Si todavía tenemos petróleo, vamos a tener un país de verdad en unos veinte años, pero tenemos mucho que hacer entre hoy y ese entonces”, dijo Giordani. Y recitó un proverbio venezolano: “Muerto el perro, se acabó la rabia…”

Ahora, mientras Chávez yace gravemente enfermo, los hombres que se denominan chavistas transmiten sus supuestos deseos a los ciudadanos. Durante los pasados meses, los venezolanos han tenido muy poca información confiable acerca de sus intenciones o del verdadero estado de su salud y, por lo tanto, tienen poco que decir acerca de su propio futuro. Para ellos, la muerte de Chávez representa el final de una larga y fascinante actuación. Le dieron el poder elección tras elección: son víctimas de su afecto por un hombre carismático al que le permitieron convertirse en el personaje central del escenario venezolano, a expensas de todo lo demás. Después de casi una generación, Chávez deja a sus compatriotas con muchas preguntas sin respuestas y sólo una certeza: la revolución que trató de llevar a cabo nunca sucedió. Comenzó con Chávez, y lo más probable, es que con él termine.

Una tarde fui a conocer al dictador más malvado del mundo. Su nombre es Charles Taylor, gobernaba Liberia y era un asesino en serie con el disfraz de un presidente. Había ido a entrevistarlo a su residencia de Monrovia, la capital de ese país, en los días que había ordenado exorcizar su palacio presidencial. No era un megalómano como Saddam Hussein, quien se creía la reencarnación del rey Nabucodonosor de Babilonia, y ejercía su poder de una manera tan absoluta y brutal como otro de sus héroes favoritos, Stalin. Tampoco era como el disparatado de Kim Jong II, el sol Radiante de Corea del Norte, cuyos caprichos llegaban hasta raptar a directores de cine para que rodaran películas bajo su dirección, y era hijo de su fallecido papá Kim Il Sung de quien había heredado su poder dinástico y, gracias a ese curioso sincretismo de estalinismo y confucionismo, también su estatus de dios viviente. Tampoco encajaba en la estirpe de dictadores fundamentalistas como Pinochet, quien desde una lógica nazi y anticomunista de la Guerra Fría, creía que todos sus crímenes eran por el bien de su pueblo.

No es ninguna novedad decir que los dictadores son malvados, pero siempre será un desafío entender el origen y el método de su maldad. El presidente de Liberia había asesinado a más de medio millón de inocentes. La explicación es tan simple que hasta podría parecer la de una madre a su niño: Charles Taylor mataba porque quería más riqueza, más poder y, al parecer, mataba también porque le daba la gana.

Pero mi fascinación por Taylor no había nacido sólo al enterarme de las terribles noticias sobre él, sino también porque yo había vivido en Liberia, cuando era un adolescente. Entonces me había internado en su selva más hostil y visitado varias veces el caserío Balama, donde vivía gente de la etnia Bpelle. La primera vez que bailé en mi vida fue con ellos y sus habitantes me bautizaron con un nombre honorífico: Saki. Significaba, según me dijeron, “el chico que llegó por sorpresa”. Durante años llevé con orgullo ese nombre, y desde entonces soñaba siempre con volver a Liberia. La oportunidad fue cuando me enteré de que Charles Taylor había aparecido monte adentro, como líder de unos guerrilleros.

Liberia deriva, es obvio, de libertad. La tradición decía que el poder quedaría en manos de los libero-americanos, es decir, de los descendientes de los esclavos norteamericanos devueltos a África, quienes a mediados del siglo XIX fundaron el país de Liberia, la primera democracia de África. Todo iba como de costumbre –harta corrupción sin una violencia descarada–, hasta que en 1980, un sargento de la etnia Krahn, Samuel K. Doe, dio un golpe de estado. Para comenzar, Doe y sus amigos destriparon al entonces presidente William Tolbert en su cama. La primera dama fue violada y luego desnudada y humillada en público.

Doe invitó a la prensa internacional a Monrovia para que fuesen testigos de una serie de ejecuciones en una playa cerca de la capital. Allí sus soldados mataron a balazos a los principales ministros del gobierno del ex presidente Tolbert. Fue el fin de una era, la del poder de los libero-americanos. Fue el principio del poder de los de monte adentro y también de una guerra tribal sangrienta.

Uno de los primeros aliados de Doe fue Charles Taylor, hijo de un maestro bautista, quien se había puesto a sus órdenes al día siguiente de su golpe de estado. Entonces Taylor era un activista estudiantil que acababa de volver de Massachussets, donde había estudiando administración de empresas en un college. De inmediato se lució al lado del analfabeto Doe. Llegó a ser el ministro de la Agencia de Servicios Generales, que vigilaba todas las compras del gobierno y aprovechó al máximo su tarea: acusado de un desfalco de un millón de dólares, Taylor se esfumó de Liberia y volvió a aparecer en Boston, su antigua morada, cuando estaba a punto de ser arrestado (y quién sabe si asesinado por Doe). A insistencia de éste, fue capturado por la policía de los Estados Unidos y encarcelado, en espera de su extradición. Dos años después, Taylor escapó de la cárcel y se volvió un misterio.

La Nochebuena de 1989, el hombre más buscado de Liberia apareció en la selva fronteriza de este país encabezando un grupo armado, el Frente Patriótico Nacional. Se sabe que antes había estado en Libia, recibiendo armas y entrenamiento de Muammar Kaddafi para su gesta libertadora. Y Taylor empezó la guerra. A los seis meses, sus guerrilleros habían avanzado hasta las afueras de Monrovia. Lo único que los frenaba era la intervención de tropas de los países vecinos, sobre todo de Nigeria. En medio del caos, uno de sus principales lugartenientes, Prince Johnson, rompió con Taylor, lideró su propia facción, y frente a las narices de las tropas extranjeras capturó al presidente Doe. Después, en una noche de cerveza, videos y sangre, lo torturó hasta la muerte filmándolo todo.

Me fui acostumbrado así a las noticias de Liberia. La televisión exhibía, como un macabro carrusel, las imágenes de sus guerreros adolescentes, vestidos con batas de ama de casa, pelucas y máscaras tipo Viernes 13, envueltos en una orgía de sangre que iba a exterminar a por lo menos doscientos mil liberianos en los siguientes siete años. Taylor se había hecho invencible en un pueblo del interior –próximo a Balama, ese caserío selvático de mi adolescencia–, donde vivía custodiado por sus incondicionales soldados que vigilaban los puntos de entrada a su refugio y que adornaban sus retenes con calaveras y vísceras humanas. Cuando veían mujeres embarazadas, los guerreros de Taylor hacían apuestas jugando a adivinar el sexo de los fetos. Para averiguar quién era el ganador, abrían los vientres de las mujeres con bayonetas y machetes. Les gustaba bautizarse con nombres tipo General Fuck Me Quick, Babykiller y Dead Body Bones. A ojos de todos, arrancaban los corazones de personas vivas y se los comían crudos en plena calle, con el doble propósito de intimidar a los transeúntes y, según las viejas creencias tribales, adquirir el poder de los fallecidos.

No fue suficiente quedarse a jugar a ser el diablo en Liberia. Otro de sus lugartenientes, Fondoy Sankoh, volvió a Sierra Leona, su país natal fértil en diamantes y vecino del infierno de Taylor. Entre su séquito, el nombre en clave de Sierra Leona era Kuwait. Allá, en su patria, Sankoh fabricó una guerra civil y más muertes con su fúnebre ejército de guerreros arrancalenguas y cortabrazos. Desde sierra Leona, Sankoh enviaba a Taylor los diamantes de las minas conquistadas para que éste los vendiera a su antojo. En 1997, dueño de las tres cuartas partes del territorio de Liberia, Taylor accedió a presiones internacionales para participar en elecciones democráticas, a sabiendas de que las iba a ganar. Su escalofriante eslogan de campaña era “Better the Devil you know than the Angel you don’t”. Más vale demonio conocido que ángel por conocer. Taylor ganó. Setenta y cinco por ciento de los votantes eligieron al diablo conocido. Sabían que, si no votaban por él, el diablo continuaría su guerra.

Volví a Liberia un año después de la llegada al poder de Taylor, quien entonces ya era el presidente legítimo de Liberia. Monrovia era casi una ruina, sin luz eléctrica ni agua potable. Taylor se había mandado a construir una villa despampanante en un suburbio, Congotown, muy cerca de un campamento de desplazados de la guerra. Aquella residencia estaba amurallada y adentro tenía una capilla privada, una cancha de tenis y otra de baloncesto, una piscina y una flota de Mercedes Benz. Vivía ahí con su mujer y una cuarentena de huérfanos de guerra a quienes trataba como si fueran sus hijos. Cada mañana, Taylor salía de su residencia escoltado hacia sus oficinas de la Mansión Presidencial en un convoy de unos treinta vehículos manejados a alta velocidad por sus niños asesinos –los llamaba su Special Security Service–, quienes apuntaban sus Kalashnikov y cohetes antitanques RP-7 a todo civil que aparecía a su paso por la calle. De vez en cuando, mataban a alguien.

Afuera de esa mansión hubo una estatua conmemorativa del soldado desconocido. Había estado allí hasta unas semanas antes de mi llegada a Liberia, cuando el dictador ordenó su destrucción a través de un “ritual de purificación” de ese palacete. Fue el propio consejero religioso del presidente, el obispo Alfred Reeves, quien me explicó que era una operación urgente y necesaria: había rumores de que, como un ritual de sacrificio, el ex presidente Doe había enterrado vivo a un niño bajo ese monumento. El obispo en persona se encargó de esa ceremonia de purificación, que, además de la demolición de la estatua, involucró la “consagración” de cada habitación de la Mansión Presidencial. Setenta clérigos se dividieron en siete y siete, y se pasaron siete días trasladándose de una sala a otra, orando y en ayunas. “El número siete –me recordó el obispo– es el número de suerte del presidente”. A pesar de estos rituales, según el consejero, era posible que la purificación no hubiera funcionado del todo. En los últimos días se había detectado un gato negro husmeando por el palacio. No era un gato cualquiera: “Es un brujo transformado en gato”, me dijo el obispo. “Y esto es muy peligroso”, advirtió.

Un día, mientras visitaba la Mansión Presidencial, vi que estaban talando los árboles del jardín. Un soldado me dijo que los estaban cortando porque habían visto un búho. Y era obvio: los búhos no eran búhos, sino brujos. La brujería, el Juju, ha sido siempre fundamental en la política de Liberia, y en algunas de sus prácticas como el canibalismo y los sacrificios humanos. La ceremonia de consagración de La Mansión era un indicio de que Taylor era creyente del Juju. Los rumores que circulaban en Monrovia durante mi visita decían que Taylor tenía un balde de sangre fresca humana al lado de su cama, y que cada día se bañaba en él. Pero también que él era culpable de la serie de asesinatos rituales cometidos por esos días por los cazadores furtivos de corazones humanos, llamados “hombres-corazón”, quienes proveían de órganos vitales a gente con ambiciones políticas, o a políticos que deseaban aún más poder. Así mataban a civiles incautos, les arrancaban el corazón y se los daban a los candidatos, quienes se lo comían con la convicción de que iban a acrecentar su poder.

Algún tiempo antes, Charles Taylor se había añadido el título Dakhpannah al de presidente, que, entre las doce tribus de Liberia, significa “Zo Supremo”, o Gran Jefe de todas las tribus del país. Existen dentro de ellas unos seres llamados “Diablos del Monte”, quienes ejercitan su poder en complicidad con los jefes tribales de la estrategia del terror. Son hombres de verdad, shamanes que viven escondidos en la selva y que sólo aparecen de noche, disfrazados de máscaras y disfraces espantosos para ejecutar rituales, sermonear a las tribus y castigar con maldiciones de Juju a los pecadores. Taylor se había hecho no sólo con el poder político de Liberia, sino también con ese poder folclórico, el del terror de los diablos del monte. No era un presidente cualquiera, sino el Supremo.

Aquella tarde que fui a visitar a Taylor a su residencia en Monrovia, el dictador me recibió en la cochera de su casa, frente a la fila de sus Mercedes Benz. Era un hombre bajo, atlético, con barbita y cara de luna. Vestía un camisón y pantalones sueltos de color marfil, calzaba unas pantuflas de piel de pitón con adornos de oro, un reloj de oro incrustado de diamantes y anteojos negros con mangos de oro. Se protegía del sol con una gorra de béisbol negra adornada, en hilo dorado, con unas letras que decían: “President Taylor”. Sus manos descansaban sobre un palo color sangre de buey. Me dijo que ese palo provenía de un árbol sagrado de la selva cuya virtud era causar la muerte de todo animal que se acercaba. A primera vista, Taylor parecía el espectro de un rey de la Edad Media.

Sentí que me estaba confirmando todo lo que sospechaba de él: con su respuesta sobre el palo, me estaba diciendo que tenía poder sobre la muerte y que le gustaba conservarla siempre cerca. Sentía una profunda repugnancia, pero también una extraña fascinación hacia él. Quería saber hasta dónde estaría dispuesto a revelar su verdad, saber si aún podía existir una gota de conciencia en ese hombre. Le pregunté si sentía alguna responsabilidad moral por todas las atrocidades cometidas en su país durante la guerra. “Yo ya me he disculpado con la gente de Liberia. He pedido su perdón”, me dijo. “Y también los he perdonado”. Lo interrogué también sobre los rituales Juju de su ceremonia de consagración. “¿Fue un exorcismo?”, pregunté. “Ay, no, mi querido, yo no diría que fue un exorcismo”, me dijo, riéndose a carcajadas. “A través de los años de guerra en Liberia, hemos rezado y ayunado. Somos un pueblo muy, muy, muy religioso. Somos gente que reza, como en los Estados Unidos. Quiero decir, allí está nuestra fuerza y en Dios confiamos”, me dijo.

Su modo de evadirme y la falta de sinceridad eran evidentes. Hablaba sin convicción alguna, sus ojos vagaban a los lados y no dejaba de acomodarse en su tronito. Taylor seguía explicándome en un tono altanero y pedagógico. “Tú sabes, en algunas partes de África hay todavía gente que cree en los sacrificios humanos. Todas esas cosas son pura vanidad”. Taylor dejaba todas las sospechas sobre él flotando en el aire. Y era lógico: en la duda está el terror. Y en el terror está su poder. “Así que, después de la guerra, y cuando llegué a ser presidente –continuó– creímos esencial consagrar esta Mansión Presidencial. La purificación era para rezar y agradecer a Dios por traer un presidente a este edificio”. Y me dio una sonrisa complaciente.

He conocido en persona a varios dictadores, pero nunca a alguien tan malo como Taylor. A su lado, Fidel Castro es un santo caribeño digno de beatificación. El propio Pinochet, con quien conversé varias veces antes de que lo detuvieran en Londres, estaba consciente de que era responsable de unos tres mil muertos, pero el tono de sus evasivas me hizo comprender que sabía muy bien que había cometido esos crímenes y que temía ser juzgado y castigado. Dentro de él, había, muy escondida, una conciencia moral que él mismo había violentado. Pinochet fue cobarde y criminal, pero no me pareció un hombre intrínsecamente malo. También había ido a Irak a investigar a Saddam Hussein, y llegué a conversar con amigos muy cercanos de él. Su cirujano plástico de cabecera me lo definió como un hombre muy práctico, algo paranoico y brutal: “Es muy bueno con su amigos”, me dijo, “pero implacable con sus enemigos”. Su caso es comprensible, en su tradición regional, donde el ejercicio del poder ha sido de lo más paranoico y sangriento.

Saddam Hussein quizás estaba loco, pero con cálculo: mataba y tenía delirios de grandeza, pero hacía obras sociales. Taylor, en cambio, parecía ejercer mal como un destino en sí, y existir incluso al margen de sus deberes públicos de presidente: se quejaba conmigo de que la gente le molestara demasiado con sus súplicas, pidiéndole ayuda siempre. En un año de gobierno, no había hecho ninguna construcción, excepto la de su propia mansión. Puede entenderse que haya hombres que se corrompen con el poder, incluso que los seres humanos más normales y anodinos sean capaces de crueldad en situaciones extremas de guerra y de miedo. Pero Charles Taylor ejercía esa maldad perversa de los asesinos en serie, que se deleitan con hacer sufrir a sus víctimas prolongando su agonía, esa crueldad espantosa que uno se pregunta si puede provenir de un ser humano.

La maldad de Taylor era tan insólita que él era un extravagante del mal. Si hacemos matemáticas –entre Liberia, Sierra Leona y Guinea, otro país vecino adonde ha llegado el efecto Taylor– más o menos medio millón de personas ha muerto por él, un promedio de cincuenta mil vidas al año y de modos tan atroces que no me atrevería a contar. ¿Cuántos más iban a morir por él mientras viviera? Había que entender que Taylor era como Nosferatu: necesitaba sangre fresca para mantenerse poderoso y con vida. Si alguien puede tomarse la molestia y hacer el favor de fulminarlo de una vez, se salvarán miles de vidas humanas.

¿Cómo termina? El dictador muere, marchito y demente, en su cama; huye de los rebeldes en un avión privado; es atrapado escondiéndose en un puesto de montaña, en una cloaca, en el hueco de una araña. Es enjuiciado. No es enjuiciado. Es arrastrado, sangrando, alucinado, a través de las calles; luego, es ejecutado. La humillación llega en una miríada de formas, pero lo que se revela es siempre lo mismo: las tecnologías de la paranoia, las historias de matanza y miedo, las bóvedas, las economías nacionales utilizadas como propiedad personal, las mascotas absurdas, las prostitutas, los arreglos dorados.

Instintivamente, cuando los dictadores son derribados, invadimos sus castillos y exponemos sus vanidades y lujos –los zapatos de Imelda, las joyas del Sha. Saqueamos y profanamos, para poder, al fin, inútilmente, reducir su estatura. Después de la caída de Bagdad, visité el más chillón palacio de Saddam, examiné sus obras de arte de mal gusto, sus cigarros cubanos, sus lagos privados con sus peces gigantes especialmente criados, las efigies de bronce de autoadoración. Vi treinta años de cuerpos en tumbas secretas, junto con los de iraquíes atados y fusilados apenas horas antes de la liberación. En Afganistán, el Mullah Omar, un déspota de gustos más simples, dejó detrás poco más que flores de plástico, algunos Land Cruisers con CDs de música islámica, y un jardín descuidado donde había pasado horas mimando a su vaca favorita. Durante el largo levantamiento en Libia, recorrí las ruinas de los cuarenta y dos años de Muammar Gadafi en el poder. Estaban los usuales oropeles de la autoridad solipcista –los armamentos y los ornamentos–, pero sobre todo había un vacío, la sensación de que su manía no había dejado espacio en el país para ninguna otra cosa. Gadafi no era el peor de los dictadores del mundo moderno; la pequeñez de la población libia no le proveyó el adecuado lienzo humano para competir con Saddam o Stalin. Pero pocos fueron tan vanos y caprichosos, y en tiempos recientes sólo Fidel Castro –quien pasó casi medio siglo como Jefe Máximo de Cuba—reinó durante más tiempo. ¿Cuál es el momento correcto para irse? Nicolae Ceausescu no comprendió que era odiado hasta que una noche de 1989 una multitud de sus ciudadanos comenzó súbitamente a abuchearlo; cuatro días más tarde, él y su mujer enfrentaban un pelotón de fusilamiento. Del mismo modo, Gadafi esperó hasta que era demasiado tarde, y continuó desafiando y pronunciado discursos rimbombantes mucho después de que su gente lo había rechazado. En una entrevista en las primeras semanas de la revuelta, desestimó la sugerencia de la periodista Christiane Amanpour de que podría ser impopular. Ella no entendía a los libios, dijo: “Toda mi gente me ama”. Para Gadafi, el fin llegó en etapas: primero, los levantamientos en el Este, las sucesivas luchas a lo largo de la carretera de la costa, los bombardeos de la OTAN, los sitios de Misrata y Zawiyah; luego, la caída de Trípoli y, finalmente, el sangriento final de juego en la ciudad mediterránea de Sirte, su lugar de nacimiento. En los días que siguieron a la toma de Trípoli, este agosto, la ciudad era un sitio irreal y nervioso. Los rebeldes dramatizaban su triunfo removiendo los símbolos visibles del poder de Gadafi donde fuera que los encontraban. Profanaban los ubicuos retratos del Hermano Líder y colgaban caricaturas en las que lo retrataban con el cuerpo de una rata. Reemplazaron sus banderas verdes con la verde, roja y negra anterior a él. Arrastraron fuera alfombras que llevaban su imagen –una vista común en los edificios oficiales—para que fueran pisadas en umbrales o arruinadas por el tráfico. En uno de los muchos Centros para el Estudio e Investigación del Libro Verde, una gran pirámide de cemento verde y blanca, la puerta de vidrio estaba en pedazos, el interior destrozado. Adentro, encontré una docena de copias del Libro Verde —el depósito de las excéntricas ideas de Gadafi— flotando en una fuente. Los rebeldes tomaron cautelosamente el pulso de la ciudad, investigando áreas selladas y cazando a enemigos escondidos. Algunos buscaban los cuerpos de amigos caídos; otros querían castigar a los que creían responsables de los crímenes de guerra. A medida que su victoria se tornaba más segura, los ciudadanos comunes comenzaron a aventurarse y a explorar los lugares desde los que Gadafi los había gobernado por décadas. Con todo, una inquietud existencial prevalecía. Era imposible imaginar la vida sin Gadafi. El 1 de septiembre de 1969, el día en que él y un grupo de sus camaradas, oficiales inferiores del ejército, arrebataron el poder al monarca libio, Rey Idris, Richard Nixon tenía siete meses en la Presidencia; el festival de Woodstock había tenido lugar dos semanas antes. En África, pese a una década de dramática descolonización, diez países languidecían bajo el dominio colonial o de la minoría blanca. Gadafi tenía apenas veintisiete años, era carismático e innegablemente apuesto. Nada sugería la figura payasesca y despotricante de años posteriores. A medida que la población libia más que triplicó su número, de menos de dos millones a más de seis, Gadafi se convirtió en un dictador tan completo como la región había visto: viéndolo todo, controlándolo todo, megalómano. Para el mundo exterior, era el Michael Jackson de la política global, una figura desquiciada cuya vasta riqueza compró repetidas indulgencias a su comportamiento indecente. Dentro de Libia, su imagen era definida por los mecanismos y la profundidad de su control. Aunque Gadafi era ampliamente despreciado, era admirado hasta la reverencia por su astucia —tanto que aún después de que abandonó Trípoli a los rebeldes muchos libios temían que fuera todavía capaz de superar a sus enemigos y volver al poder. Un ex alto funcionario de gobierno me dijo: “Me siento como un hombre que está en un agujero oscuro, que ha llegado a la luz y está nublado… ¿Qué ocurrirá ahora?”. Gadafi lo inquietaba. “Es un genio”, dijo. “Es como un zorro. Es un hombre muy peligroso y todavía tiene trucos bajo la manga. No podré convencerme de que se fue hasta que lo vea muerto”. En el otoño de este año, Regeb Misellati, el ex director del banco central de Libia, me recibió en su elegante casa en Trípoli. Como muchos ex funcionarios del régimen, Misellati se definía como un outsider, incluso una víctima. “Nos hemos librado de Gadafi, pero ¿qué vamos a hacer ahora, luchar entre nosotros?”, preguntó. “Los libios estamos como detenidos en 1969 –incluso intelectualmente, estamos retardados. Aquellos de nosotros que viajamos pudimos descubrir el resto del mundo, otras ideas. Pero para la mayoría de la gente no hay nada que aprender excepto las enseñanzas del Libro Verde y las consignas –muchas consignas. No había instituciones civiles, ni sociedad civil. Gadafi no dejó nada excepto la destrucción material y cultural”.

***

Bab al-Aziziya, el complejo de Gadafi en Trípoli, no era el tipo de residencia presidencial que permite tours de escolares. Muros de cementos, ranuras para armas y torretas de guardias separaban a Gadafi y su círculo íntimo de la vida en la capital. Dentro de los muros había un extendido entramado de complejos que se intersectaban. En el camino de entrada, un par de viejos carteles rezaban: “Abajo, Abajo EE.UU” y “Amamos a Nuestro Líder Muammar Por Siempre”. La más llamativa estructura de la propiedad era la icónica Casa de la Resistencia, donde Gadafi y su familia vivieron hasta que en 1986 fue bombardeada por aviones norteamericanos; la administración Reagan atacó el complejo después de determinar que Libia estaba detrás del atentado con bomba contra La Bella, la discoteca de Berlín frecuentada por soldados norteamericanos. La incursión norteamericana, que golpeó en blancos de Trípoli y Benghazi, mató a treinta y nueve libios, y Gadafi afirmó que su pequeña hija adoptada, Hana, estaba entre ellos. La casa en ruinas fue preservada como símbolo de la victimización de Libia por los “grandes poderes”, y Gadafi la utilizó como escenografía cada vez que recibía a dignatarios extranjeros y jefes de Estado. Fue aquí, también que hizo algunos de sus discursos legendarios. En febrero último, apareció vestido con una túnica y un turbante de exuberante marrón, y juró perseguir a los rebeldes “pulgada a pulgada” y “callejón por callejón”. Alguien creó un video de esta actuación, le agregó música y un burlón remix, y, mostrando a una bella chica bailando sugestivamente al ritmo, se convirtió en un suceso viral. Después de la caída de Trípoli, me uní a la multitud de libios curiosos que entraban a torrentes en el complejo, que se había convertido en destino de excursiones familiares. Venían chicos con chicas de pañuelos en la cabeza, como si fuera una cita, y posaban para la foto junto a los edificios despedazados, asombrados de estar parados donde Gadafi había estado. Pasaban música y bailaban. Un hombre que llevaba una videocámara de mano me dijo, como mareado: “En cuarenta años, ningún libio pudo jamás soñar con venir aquí”. Alrededor de la Casa de la Resistencia se hallaban los restos quemados de varias de las elaboradas tiendas de Gadafi –equipadas con unidades de aire acondicionado, candelabros y alfombras verdes—donde mantuvo reuniones con jefes de Estado y entrevistas con los medios. Cerca, un sedán negro BMW 7-Series era el centro de alguna atención: a través de sus puertas, abiertas de par en par, se veían asientos de cuero con revestimiento de nogal, ventanas con vidrio blindado de cuatro pulgadas. Cerca, otro automóvil, totalmente quemado, todavía ardía. Los hombres cargaban colchones de una casa de guaridas a una pickup. Por todas partes, sembrados en el terreno, yacían pedazos de cartón plateado de aire festivo: cajas descartadas de munición para pistolas Beretta. Unos caminos llevaban a través de jardines hasta un montículo artificial, donde una casa con forma de disco –la residencia de Gadafi—estaba construida bien adentro de la tierra, como un ovni semienterrado. Los libios vagaban alrededor con caras de shock. Muchos de ellos, aparentemente, habían crecido las repetidas afirmaciones de Gadafi de que recibía un modesto salario y llevaba una austera vida de beduino. En cambio, vieron un gimnasio privado, una piscina interior, un salón de peluquería. Exploraron una red de túneles a prueba de bombas, construido por una compañía alemana en los ‘80s y ‘90s. Bajé una escalera bajo un casquete cubierto de césped, a quinientos pies de la Casa de la Resistencia y diez minutos después, me hallaba adentro de la casa de Gadafi. La casa ya había sido saqueada y parcialmente quemada. Había arrancados pósters de Gadafi en el piso; cualquier cosa con su imagen en ella había sido destrozada. Di con una colección de videos, la mayoría caseros y etiquetados a mano. Entre ellos divisé “Revancha”, una película de acción y romance de 1990 protagonizada por Kevin Costner; una película de artes marciales con subtítulos en árabe; un video de mujeres libias bailando y moviendo sus cabelleras sensualmente al son de música tradicional. Otro cuarto contenía álbumes familiares y retratos: Gadafi con sus hijos cuando eran jóvenes, con Nikita Kruschev, con Condoleezza Rice. Un certificado enmarcado lo honraba con una membresía de la Comisión Internacional para la Prevención del Alcoholismo. Los rebeldes habían registrado los placares y pilas de ropas yacían en el suelo. Vi a un hombre emerger de un cuarto en una bata de seda negra y declarar: “¡Soy Gadafi, Rey de África!”. En verdad, los trofeos del viejo orden se pusieron de moda en Trípoli. Una noche, vi a un soldado rebelde que controlaba un bloqueo de calles con una Kalashnikov de placas doradas, una de varias armas similares halladas en la residencia de Gadafi. Durante un acto en la Plaza Verde, centro de protestas de Trípoli, un combatiente bailaba junto a mí, vestido con piel de leopardo y satén verde. Dijo que había salido del ropero de Gadafi, y supuso que había sido un regalo de un médico brujo que lo visitó. Era un artículo de fe entre los rebeldes que Gadafi usaba magia regularmente para sostener su largo reinado. ¿Qué otra explicación podía existir?

***

Fotografías de los ’60, cuando Muammar Gadafi era un oficial uniformado de veinte años, muestran a un joven delgado de aire orgulloso y erguido (Su sobrenombre entonces era Al Jamil –el apuesto. Para la época de su muerte, había cambiado a Abu Shafshufa, o Viejo Ruludo). Gadafi había nacido en 1942, en la tribu al-Qadhadhfa, y pasó su primera infancia en una tienda del desierto beduino fuera de Sirte. Libia estaba apenas emergiendo de una larga lucha contra el dominio colonial. Italia había invadido en 1911, y por veinte años los libios resistieron. Los italianos respondieron con una red de campos de concentración y trabajos forzados que mataron a casi un tercio de la población; la revuelta fracasó y los italianos se quedaron hasta que los británicos los expulsaron. Pero la resistencia siguió siendo una fuente de orgullo nacional. El padre de Gadafi le hablaba a menudo de la lucha en la que había sido herido y el abuelo había muerto. La familia vivía como nómade, y Gadafi no tuvo educación formal hasta los diez años, cuando su familia lo envió a la escuela en Sirte. No podían pagar un cuarto para él, así que dormía en una mezquita y hacía dedo a casa los fines de semana, adonde a veces volvía en camello o burro. Fue a la escuela secundaria en la ciudad sahariana de Sabha, donde desarrolló una admiración que duraría toda su vida por el líder egipcio Gamal Abdel Nasser. Nasser, un oficial del ejército y panarabista, trabajó con un grupo revolucionario llamado “Los Oficiales Libres” para derrocar al monarca, Rey Faruk, en 1952. Como presidente, indignó a Occidente al nacionalizar el Canal de Suez. Gadafi también desarrolló fuertes sentimientos por la causa palestina y una antipatía hacia los extranjeros, especialmente los británicos, que habían asumido la administración militar de Libia durante la Segunda Guerra Mundial; aunque Libia adquirió formalmente su independencia en 1951, bajo el Rey Idris, al que respaldaban los británicos, siguió siendo un virtual protectorado. Gadafi se metió en problemas al levantar en forma desafiante la imagen de Nasser en clase y fue finalmente expulsado por organizar protestas. En 1963, entró en la academia militar libia, en Benghazi. Barney Howell, un sargento mayor de regimiento de los British Coldstream Guards y alto oficial de la academia, lo recordaba como un agitador de la chusma. Gadafi escupía a Howell cada vez que éste se atrevía a corregirlo durante el entrenamiento. “Una o dos veces, cuando terminó en mi ropa, lo informé, y fue separado y severamente castigado”, recordó Howell. “Esto, sin duda, no contribuyó a su amor por el mundo occidental, pero ¿qué podía hacer?”. En abril de 1966, cuando Gadafi tenía 23 años, dejó Libia por primera vez. Con un grupo de jóvenes oficiales, fue enviado a la academia militar en Beaconsfield, Inglaterra, a un curso de entrenamiento para el cuerpo de señales. Su primer encuentro con un oficial británico terminó mal; Gadafi describió más tarde al hombre como un “colonialista británico típicamente horrible” que “odiaba a los árabes”. Para evitar toda interacción con él, Gadafi fingió que no entendía inglés. Después de varios días de “opresión e insultos”, él y sus compañeros de clase libios fueron enviados a otro instituto, donde, según contó él mismo, “nos encontramos con algunos hermanos árabes de Yemen, Arabia Saudita e Irak, y formamos un grupo sólido”. Allí Gadafi se separó aún más de su entorno, al colgar la foto de una tienda beduina en la pared de su cuarto. En su primer viaje a Londres, lució un jird blanco, una túnica tradicional libia, en Piccadilly Circus. En una fotografía del momento, un Gadafi resuelto avanza en ropa nativa, el mentón alzado. “Me movía un sentimiento de desafío y el deseo de reafirmarme”, recordó. “Nos volvimos introvertidos de cara a la civilización occidental, que entraba en conflicto con nuestros valores”. El “Swinging London” debe haber sido un shock para el prolijo y joven oficial del desierto libio. Después de su única salida, no se aventuró de nuevo por la ciudad. Como contó impávidamente a un entrevistador algunos años más tarde, “no exploré la vida cultural de Londres”, y prefirió pasar su tiempo libre en el campo. Cuando el curso terminó, se apresuró a volver a casa. Había visto poco que lo impresionara, y mucho que no. Regresó, dijo, “más confiado y orgulloso de nuestros valores, ideales, herencia y carácter social”. De vuelta en Libia, organizó un grupo nacionalista clandestino, de inspiración nasserista. El movimiento, también llamado Oficiales Libres, progresó lentamente al principio –realizaba encuentros, desarrollaba “procedimientos organizacionales”, distribuía un periódico revolucionario. En pocos años, los oficiales comprendieron que las circunstancias estaban en su favor. Idris estaba viejo, enfermo y aparentemente desinteresado en gobernar. En 1969, mientras estaba fuera del país, los Oficiales Libres tomaron el control. El mayor héroe histórico de Libia fue Omar Mukhtar, quien fue colgado por liderar la resistencia contra los italianos. Gadafi, en el espíritu tanto de Mukhtar como de Nasser, exigió la salida de los británicos de su base naval de Tobruk y de los norteamericanos de una base aérea en las afueras de Trípoli. Veinte mil inmigrantes italianos, restos de lo que fuera una colonia cuantiosa, fueron expulsados y sus posesiones confiscadas; aún los huesos de los italianos enterrados allí fueron desenterrados y embarcados rumbo al exterior. Idris había dejado una próspera industria petrolera y Gadafi, viendo una oportunidad para aumentar la “soberanía económica” de Libia, se puso a negociar términos más favorables con las compañías petroleras occidentales. Henry Schuler, el norteamericano que representó a Hunt Oil en las negociaciones, me contó recientemente: “Al final, Gadafi ganó, lo que le llevó a la conclusión de que si presionaba lo suficiente obtendría lo que quisiera”. Al hacerlo, Gadafi cuadruplicó, de hecho, los ingresos petrolíferos de Libia y se estableció como un héroe nacionalista. Estas fáciles victorias le permitieron cimentar su autoridad y establecieron un patrón de conducta que jamás cambió. “Gadafi aprendió que todo hombre tenía su precio”, dijo Schuler, “y eso es lo que le permitió permanecer en el poder por tanto tiempo”.

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Una tarde, mientras caminaba en una zona de las afueras de Trípoli conocida como “la granja de Gadafi”, tres hombres llegaron por el camino. Cuando les pregunté quién había vivido en las villas desperdigadas en la propiedad, se encogieron de hombros vagamente y dijeron: “Todo era del Líder”. Cerca, visité un complejo conocido como el Club de Caballos, que también había pertenecido a Gadafi. El club contenía un pequeño hipódromo y, más allá, establos. Como muchas de las propiedades de Gadafi, tenía la atmósfera de una instalación de seguridad, protegida por muros y un portón, ahora abandonada. Entre los paddocks y el césped había un edificio de oficinas con un cartel que portaba un título gubernamental, y pedí a mi amigo Suliman Ali Zway, un contratista de materiales de construcción que me ayudaba como traductor, que me dijera qué decía. Lo miró por largo rato y finalmente me dijo: “Dice algo así como ‘Comité Temporario de la Facultad de Defensa del Comandante en Jefe’”. Pregunté qué significaba eso, y Suliman me miró perplejo. “Esa era una de las cosas de vivir bajo Gadafi”, replicó. “Estaba basado en la confusión. No sabíamos qué eran estos comités. Nunca supimos. Todos tenían largos nombres, como este, que no tenían sentido alguno para nosotros”. La confusión deliberada es una táctica común de los autócratas. Fidel Castro estuvo en el poder durante cuarenta años antes de que su entorno recibiera el permiso de divulgar el nombre de su esposa, Dalia. También existía el misterio de dónde vivía; cierta gente de La Habana sabía que su casa estaba en el terreno del ex country club, pero aquellos que la visitaban nunca hablaban de lo que habían visto. Muchos cubanos creían que Fidel usaba túneles subterráneos que conducían fuera de su propiedad escondida, lo que le permitía aparecer como de la nada en las principales calles de La Habana. Saddam Hussein también cultivó un intenso secreto. Entre su derrota en la primera Guerra del Golfo, en 1991, y su salida del poder, en 2003, apareció en público sólo un par de veces, y en ceremonias no anunciadas y altamente custodiadas. Construyó gran cantidad de palacios de piedra y mármol en todo el país, y se movía furtivamente entre ellos, como en un juego de ¿dónde está la bolita? Cada vez que uno de los guías del régimen me conducían junto a uno de ellos, les preguntaba qué era ese edificio gigantesco; se quedaban callados, con miedo, y luego susurraban: “una casa de huéspedes”. Los libios habían aprendido similares hábitos de voluntaria ignorancia. En las semanas posteriores a que Gadafi huyera de Trípoli, nadie, aparentemente, quería aparecer como demasiado conocedor de los mecanismos del viejo régimen, so pena de ser acusado de haber sido parte de él. En cualquier caso, Gadafi, un maestro de la confusión y la conspiración, había dejado pocas respuestas claras a las preguntas más básicas. ¿Dónde vivía? ¿Qué pasaba en el interior de esos edificios de títulos tan abstrusos? ¿Qué pasaba con todo el dinero del petróleo? ¿Y cómo era posible que el régimen hubiera masacrado a tantos prisioneros políticos —incluyendo a 1.200 detenidos en un solo día, en la prisión de Abu Salim, en 1996— y lo hubiera mantenido en secreto por años? Nadie sabía nada con certeza, aparentemente, en Libia. Gadafi había creado un estado de no saber y eso, también, legó.

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En noviembre de 1979, la periodista italiana Oriana Fallaci entrevistó a Gadafi en Trípoli. Para entonces, el Hermano Líder había estado consolidando su poder durante diez años y trabajaba para reemplazar el sistema previo de ley libia con sus escritos del Libro Verde. El libro, un volumen delgado de cuatro pulgadas por seis, contenía la guía completa de Gadafi para rehacer la sociedad; junto con guías para el gobierno y la economía, incluía reflexiones sobre educación, los negros, el deporte, la equitación y la técnica teatral. Fallaci, famosa por su estilo confrontativo, trató el libro con poco respeto. Era “tan pequeño”, dijo, que lo había terminado en quince minutos. “Mi polvera es más grande”. Impertérrito, Gadafi objeto que escribir el Libro Verde le había costado años y que había llegado a sus conclusiones en un estado de sabiduría oracular. Obviamente, ella no lo había leído con atención, dijo, o habría captado su mensaje central, Jamahiriya —una palabra de su invención, que traducía como “el Estado de las masas” En un capítulo sobre organización política, proclamaba que “el parlamento es una falsa representación del pueblo” y que el sistema de partidos es una “forma de dictadura contemporánea”. Abolió ambos en Libia y los reemplazó con un conjunto de comités locales del pueblo, en los cuales, hipotéticamente, todo el mundo participaba. Estos pequeños cuerpos transmitían la voluntad del pueblo al Congreso General del Pueblo. Para reafirmar que el pueblo tenía el control, Gadafi achicó su larga lista de títulos oficiales a sólo dos: Hermano Líder y Guía de la Revolución. Dijo a Fallaci que había creado un Estado en el que “no hay gobierno, no hay parlamento, no hay representación, no hay huelgas y todo es Jamahiriya”. Cuando ella se mofó, él replicó: “oh, qué tradicionalistas son ustedes los occidentales. Sólo entienden la democracia, la república, cosas viejas como esas… Ahora la humanidad ha pasado a otro estadio y creó Jamahiriya, que es la solución final”. El Libro Verde rechazaba el comunismo y el capitalismo, afirmando que ambos sistemas daban a los ciudadanos una oportunidad insuficiente de compartir la riqueza del país. Como parte de su amplia reforma económica, Gadafi abolió la propiedad personal y, en 1978, anunció que todas las fábricas eran entregadas a los trabajadores. Regeb Misellati, el ex director del banco central, me contó: “Cambiaron la gerencia, destituyendo a todos los gerentes y reemplazándolos con comités revolucionarios; también lo hicieron en las escuelas y los hospitales. Esto significa que, en algunos casos, los ordenanzas fueron nombrados gerentes”. Gadafi usó tácticas igualmente rupturistas en política, dividiendo a Libia en diez distritos administrativas, luego en 55, 48, 28 –cada vez con una purga completa del personal, de modo que nadie, excepto él, pudiera mantener la autoridad por mucho tiempo. La más sucinta afirmación del Libro Verde sobre el gobierno en Libia llegó como una advertencia acerca de los peligros del gobierno por las masas: “En Teoría, esa es una democracia genuina, pero en la realidad el más fuerte siempre gobierna”. Husni Bey, uno de los más prominentes hombres de negocios de Libia, me contó que Gadafi desarrolló un elaborado sistema para ejercer el poder mientras minimizaba la responsabilidad directa. “Gadafi nunca dejaba nada por escrito”, dijo. “Dictaba órdenes a secretarios, pasando por encima de sus ministros. Los secretarios a los que ordenaba formaban un grupo llamado El Qalam, en el que tenía un representante para todo; había uno para el petróleo, uno para las tribus, uno para seguridad, y así siguiendo. Esa gente, a su vez, no escribía nada, sino que llamaba al ministro en cuestión y éste obedecía, sabiendo que la orden había venido de Muammar Gadafi. De este modo funcionaba el sistema, un sistema sin responsabilidad última respecto de nada”. A poco de estar en el poder, Gadafi había puesto claro que su régimen abrazaba el panarabismo nasserista, apoyaba a Palestina y era hostil a Israel y a los “poderes imperialistas” de Gran Bretaña y los Estados Unidos. Para principios de los ’70, los Estados Unidos habían retirado a su embajador. Gadafi, habiéndose separado de Occidente, comenzó a comprar armas a Moscú. A medida que construía su ejército, compró cientos de cazas y tanques; a través de un par de agentes renegados de la CIA, adquirió toneladas de explosivos plásticos. Parecía decidido a provocar indignación, en especial con su modo de apoyar a la causa palestina. En 1972, aplaudió los ataques terroristas en las Olimpíadas de Munich, en los que once israelíes fueron asesinados; en verdad, se creyó que él era el patrocinador de Septiembre Negro, el grupo palestino que ejecutó los ataques. Proclamó a Libia santuario de cualquiera que quisiera entrenarse para combatir en nombre de los palestinos. Muchos fueron, incluyendo al notorio terrorista Abu Nidal. Gadafi también dio apoyo financiero al IRA Provisional, a las Brigadas Rojas italianas, al asesino venezolano Íllich Ramírez Sánchez (más conocido como Carlos el Chacal) y a grupos guerrilleros en África, América latina, incluso Filipinas. En los ’70, envió ayuda a los sandinistas en Nicaragua. Cuando el renegado sandinista Edén Pastora, conocido como Comandante Cero, cayó en desgracia ante sus camaradas, se fue a Libia a pedir a Gadafi que respaldara una contrarrevolución. Pastora me contó luego que el líder libio lo escuchó pero no se interesó por sus planes. En cambio, le ofreció cinco millones de dólares para difundir la causa revolucionaria en Guatemala. Para algunas causas impopulares, Gadafi ofrecía un último recurso. Meses antes de que llegara Fallaci, intervino en Uganda para proteger al dictador Idi Amin de las invasoras tropas de Tanzania y, más tarde, lo hizo esfumarse y reaparecer en una casa cerca de Trípoli. En la entrevista, Gadafi defendió a Amin. Aunque concedía que podían no gustarle las “políticas internas” del déspota de Uganda –que incluían la tortura y el asesinato masivo–, era un musulmán y se oponía a Israel, y eso era todo lo que importaba.

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La periodista británica Kate Dourian, que viajó a Libia frecuentemente durante los ’80, me contó que Gadafi parecía despegarse cada vez más de la realidad. Era efecto de su poder sin control, sugirió, amplificado por la atención mediática que recibía. “Invariablemente, era descripto como ‘notablemente apuesto’ en el primer párrafo de cada artículo escrito sobre él, y probablemente se le subió a la cabeza”, dijo. “Nos llevaba en avión al desierto a ver el Gran Río Hecho por el Hombre”, su proyecto de miles de millones de dólares para canalizar el agua de un acuífero del Sahara a las ciudades de la costa. “Luego, nos dejaba ahí –periodistas, diplomáticos, funcionarios—hasta que el sol estaba en el punto justo, de modo que pudiera aparecer en su caballo con la luz en el ángulo correcto”. El ethos de Jamahiriya era pretendidamente feminista, pero Gadafi tenía actitudes peculiares hacia las mujeres. En el Libro Verde, escribió sobre ellas desde una distancia casi zoológica: “Las mujeres, como los hombres, son seres humanos. Esta es una verdad incontestable… De acuerdo con ginecólogas, a diferencia de los hombres, menstrúan cada mes”. Aunque abolió las restricciones para que las mujeres tuvieran licencias de conducir, explicó luego que la ley era redundante, porque los padres y maridos de las mujeres podían tomar la decisión por ellas. Era atendido por enfermeras que trajo de Ucrania, y durante años mantuvo un escuadrón de mujeres guardaespaldas, las Enfermeras Revolucionarias. Gadafi afirmaba que emplear guardianas demostraba su devoción por el feminismo. Otros decían que creía que los hombres árabes no dispararían a las mujeres. Después de la bomba en la discoteca de Berlín, en 1986, Dourian asistió a una conferencia de prensa en Trípoli, y recuerda que Gadafi pasó la mayor parte de ella mirando a las mujeres de la audiencia. “Tenía una mirada altanera, que nos examinaba, y luego bajaba los ojos y tomaba notas”, recordó. “Más tarde comprendimos que estaba eligiendo las mujeres que le gustaban y describiéndolas a sus asistentes para que pudieran identificarnos”. Después de la conferencia, ella se fue en un autobús con otros periodistas. “El autobús fue detenido, alguien subió y dijo que debía ir con él”. Fue llevada a Bab al-Aziziya, donde Gadafi estaba esperando con otras mujeres occidentales que había seleccionado. “Levantó los ojos y dijo, en árabe: ‘He aquí la que quiero’. Luego señaló a otra mujer” —una morocha, como Dourian— “y dijo: ‘Parece beduina. No puedo decidir cuál me gusta’”. Gadafi hablaba sobre libros y música occidentales que admiraba: “La Cabaña del Tío Tom”, “El Extranjero”, las sinfonías de Beethoven. En algún punto, pidió a la otra morocha que lo acompañara a un cuarto adyacente. Más tarde, la mujer contó a Dourian que la agarró y le declaró su amor y su deseo de casarse con ella. Una semana más tarde, Dourian y la otra mujer encontraron a Gadafi en una reunión familiar, en una tienda. Él vestía una larga capa flotando con tocado color salmón. Su esposa, Safia, estaba allí con los niños. “Eventualmente, despachó a su familia y nos dijo: ‘Vamos a tomar el té’”, relató Dourian. Regresaron a Bab al-Aziziya, donde desapareció por un rato y regresó con un atuendo distinto. “Era la cosa más extraordinaria, un enterito après-ski, de azul pálido, acolchado”, contó. “Me miró y dijo: ‘Vení’. Me tomó la mano y fuimos a un cuarto sin luz. Había una cama doble y la TV estaba encendida. Recuerdo que él mismo estaba en la TV; había un solo canal y todo lo que pasaba era él mismo. Se tiró en la cama y dijo: ‘Vení y sentate’. Trató de atraerme gentilmente hacia él, y yo me retiré. Preguntó: ‘¿Sos una chica o una mujer?’ Trataba de saber si era virgen. Dije era que una chica y que no toda mujer occidental era promiscua”. Dourian trató de distraer a Gadafi hablándole de su herencia armenia, de política –cualquier cosa que no fuera el tema en cuestión. “Me preguntó sobre Ronald Reagan, con quien parecía obsesionado, y quería saber si era realmente popular”, dijo ella. “No era muy viajado en esa época; sentía que tenía que explicarle las cosas como a un niño. Se había rodeado de ese pequeño mundo de fantasía, pero había cierta ingenuidad respecto de lo que se hallaba fuera de él”. Finalmente, Dourian pidió marcharse, diciendo que sus amigos estarían preguntándose qué había pasado. Mientras se paraban para irse, Gadafi sugirió que no debía estar avergonzada. “Me plantó un beso en la frente y dijo, con una carcajada, ‘La resistencia armenia –muy fuerte’”.

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Durante las primeras décadas de gobierno de Gadafi, la Jamahiriya fue, en ciertos aspectos, una mejora para muchos libios. En un país donde más del 80 por ciento de la población era analfabeta, un programa de educación gratis hasta el nivel universitario ayudó a subir el nivel de alfabetismo por encima del 50 por ciento. La atención sanitaria, aún si rudimentaria para los estándares norteamericanos, era gratis. El salario anual promedio, que había sido de 2.000 dólares bajo el Rey Idris, subió a 10.000 dólares. Todos estos programas fueron sustentados por la crecientemente rica economía petrolera. La crisis mundial de 1973 lanzó hacia arriba los precios y Libia hizo una fortuna. Gadafi repartió dinero y empleos a sus ciudadanos mediante el patronazgo, los proyectos de infraestructura y un sector público que en determinado momento empleaba a tres cuartos de la población económicamente activa. Pero la prohibición de la empresa privada creó mucha escasez de comida y mercancías; las bananas, por ejemplo, se convirtieron en un lujo. David Sullivan, un investigador privado de San Francisco, trabajó para un contratista en Libia montando sistemas de telecomunicaciones en todo el país. “Casi todo el trabajo era realizado por extranjeros”, dijo. “Los empleos eran clasificados de acuerdo con la nacionalidad, con los africanos negros al fondo de todo. Vivían en containers de carga a lo largo de la costa. Los libios pasaban sus días perdiendo el tiempo en las casas de té con nada que hacer, todos ellos en el desempleo. Gadafi decidió un día que los hombres que holgazaneaban en las casas de té daban la impresión de que los libios eran haraganes, así que decretó que fueran cerradas. Estaba comprando un té el día en que la orden fue ejecutada –sin previo aviso, por supuesto. Aparecieron camiones con soldados que comenzaron a golpear a todo el mundo y destrozaron las mesas y la vajilla”. Sullivan se convenció de que Gadafi era un loco que había convertido a Libia en un manicomio. “Un día, conduciendo por Trípoli, vi camellos muertos por todas partes”, recordó. “Gadafi había decidido que tener camellos dentro de los límites de la ciudad hacía que Trípoli pareciera un lugar retrasado. Como intentaba convertirse en jefe de la Organización para la Unidad Africana, no era algo bueno, así que hizo que todos los camellos en camino a la ciudad fueran ejecutados”. Esa mezcla de paternalismo y violencia era típica. Como un ex diplomático libio me contó, “la ideología del régimen no era para nada convincente, pero el terror era muy efectivo”. La policía secreta de Gadafi y los comités revolucionarios alimentaban una amplia red de informantes, montada con la ayuda de los alemanes del Este. Un ex oficial de inteligencia describió el proceso: “Nos daban el nombre de unos civiles. Movíamos gente para vigilar a la persona y también usábamos vigilancia técnica –grabaciones y cosas así. Para cuando el expediente llegaba al director, había suficiente información sobre la persona como para convertirse en su mejor amigo”. Estudiantes recalcitrantes y disidentes políticos eran señalados, torturados, sometidos a juicios ejemplificadores y enviados a prisión o colgados. Los ahorcamientos tenían lugar a menudo en los terrenos de las universidades, con otros estudiantes y los padres obligados a mirar. Una ejecución especialmente vívida y ejemplar ocurrió en 1984, cuando un joven llamado Sadiq Hamed Shwehdil fue juzgado en el estadio de basketball de Benghasi por cargos de terrorismo. Cientos de escolares fueron enviados en autobús para asistir, y el juicio fue transmitido en vivo por la televisión nacional. Shwehdi, de rodillas, lloró mientras confesaba que se había unido a “perros de la calle” —término de Gadafi para sus opositores exiliados— mientras estudiaba en los Estados Unidos. Un panel de jueces revolucionario lo sentenció a muerte y fue conducido al patíbulo que lo esperaba. Shwehdi colgó de la cuerda, que lo estrangulaba lentamente, cuando súbitamente una joven en uniforme verde olive, una “voluntaria” llamada Huda Ben Amer, se adelantó y tiró violentamente de sus piernas. Gadafi recompensó a Ben Amer por su celo revolucionario y más tarde ella completó dos períodos como alcalde de Benghazi. En Trípoli, conocí este verano a Mohamed El Lagi, un hombre rimbombante y cincuentón que había sido un alto oficial de asuntos internos en el ejército antes de cambiar de bando en secreto. Mientras todavía trabajaba para el régimen, comenzó a cooperar con la Brigada Omar Mukhtar, una fuerza rebelde con base en Benghazi. En un complejo amurallado en las afueras de la ciudad, El Lagi ayudaba a operar una suerte de casa de altas para desertores. Entraba un torrente de hombres, algunos de los cuales habían sido capturados o se habían rendido, y algunos que habían sido convocados por El Lagi. En los cuartos traseros, eran interrogados y luego presionados para traer a otros ex miembros del régimen. El Lagi fumaba Marlboro Reds sin parar, y estaba ansioso y sin afeitar. Cuando nos encontramos, no había dormido durante días. Todavía temeroso del antiguo régimen, me contó que bajo Gadafi había ayudado a compilar informes de inteligencia sobre el Ejército libio. “No había interés real en el estado del Ejército mismo”, dijo El Lagi, “pero si informaba sobre alguien crítico de Muammar Gadafi se desataba el infierno”. Un par de grandes cajas de cartón, llenas de grabaciones de cinta de carreta, se hallaban sobre el suelo. El Lagi dijo que eran grabaciones secretas de las reuniones de Gadafi. “Esta es una cinta de vigilancia de líderes africanos de visita”, indicó, levantando una, “y esta, de 2009, fue hecha adentro del palacio del Presidente en Chad”. Se rió y exclamó: “¡Esto era Gadafi! ¡Tenía inteligencia en todas partes!”. Los libios ocasionalmente luchaban contra esta represión y, a lo largo de los años, Gadafi sobrevivió a al menos ochos planes serios de golpe de Estado y una cantidad de intentos de asesinato. Una noche de agosto pasado, en un acto por la victoria en la Vieja Ciudad de Trípoli, una mujer mayor en una abaya negra vino hasta mí sosteniendo una fotografía en blanco y negro de un oficial. Se presentó como Fatma Abu Sabah y dijo que la fotografía era de su difunto marido, que había sido miembro del antiguo grupo revolucionario de Gadafi, los Oficiales Libres. En 1975, explicó, un grupo de oficiales, incluyendo a su marido, planeó un golpe. “Creían que Gadafi se había desviado de los principios de la revolución”, dijo. Antes de que pudieran ejecutar el plan, fueron traicionados por un camarada, general en el régimen de Gadafi, y puestos bajo custodia militar. Hubo dos juicios, indicó Fatma. En el primero, los oficiales condenados recibieron condena perpetua. Cuando apelaron, fueron sentenciados a muerte y veintidós de ellos –incluyendo a su marido—fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento. Me contó: “No sabemos dónde está enterrado y se nos prohibió tener un período de duelo”. Fue desalojado de su casa con sus hijas, de uno y tres años de edad. “Pusieron cera roja en la puerta para sellarla para que nadie más pudiera entrar”.

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Hasta donde los libios podían imaginar un futuro más allá de Gadafi, a menudo se preguntaban quién lo reemplazaría cuando muriera. En buena parte del Norte de África y del Medio Oriente, el poder es dinástico y es costumbre esperar que el líder entregue el poder a su hijo; en Siria, Bashar al-Assad sucedió a su padre y en Egipto se contaba con que Gamal Mubarak sucediera al suyo. En Libia, el cálculo era complicado: Gadafi tenía nueve hijos vivos y todos, excepto una, eran varones. Mohamed, el mayor, nació en1970, de la primera mujer de Gadafi, Fatiha. Poco después, Gadafi se divorció de Fatiha y se casó con Safia, una enfermera, con quien tuvo seis varones y una niña: Seif al-Islam, Saadi, Aníbal, Aisha, Muatassim, Seif al-Arab y Khamis. Adoptaron un séptimo varón, Milad. La mayoría de la cría de Gadafi disfrutó de lucrativas sinecuras en las agencias que dominaban las telecomunicaciones, la energía, los bienes raíces, la construcción, la provisión de armamento y las inversiones en el extranjero de Libia. Varios de los hijos tenían roles de consejeros que estaban vagamente definidos pero les daban poderes vastamente más grandes que los que poseían los ministros de gobierno. Khamis comandaba el cuerpo de élite militar de Libia, la Brigada Khamis, que condujo un sitio de cuatro meses en la ciudad de Misrata que mató a más de mil civiles. Mohamed manejaba la Compañía de Correo Central y Telecomunicaciones, que poseía el monopolio de los servicios de teléfonos satelitales y celulares. Aníbal tenía un alto cargo en la Compañía de Transporte Marítimo libio, que manejaba los embarques de petróleo. Libia era menos una nación que un próspero negocio familiar. Con todo, Gadafi a menudo parecía más interesado en poner a sus hijos uno contra otro que en desarrollar un legítimo sucesor. No es que tuviera muchas buenas opciones. Saadi, el tercer hijo, tenía la reputación de ser un fiestero bisexual y un entrepreneur diletante. Su padre, angustiado por su estilo de vida, le dio el control de una brigada militar, pero él no estaba interesado. En cambio, jugó brevemente en un equipo de fútbol italiano –hasta que fue suspendido bajo sospecha de dóping—y luego formó una compañía de producción de películas llamada World Navigator Entertainment, que reunió unos cien millones de dólares, según se informó, para financiar proyectos de películas en Hollywood. Laura Bickford, una productora de películas norteamericana, me contó que la compañía de Saadi le había ofrecido un financiamiento que eventualmente ella declinó. “Cuando sos una productora de películas independientes en busca de capital, te podés encontrar hablando con el hijo de un dictador”, dijo. “Pero tomar dinero del hijo del hombre que ordenó el atentado de Lockerbie era demasiado”. Muatassim, alto y de pelo largo a la moda, competía con Saadi en hedonismo y con Seif al-Islam, el segundo hijo, por la confianza de su padre como consejero de seguridad. En 2009, Muatassim lanzó una fiesta de vísperas de Año Nuevo en St. Bart’s y contrató a Beyoncé y a Usher para actuar para sus amigos. Después de que comenzó el levantamiento libio, el publicista de Beyoncé anunció que ella había donado su caché, un millón de dólares, para las víctimas del terremoto de Haití. Hacia el fin de la década, se tornó claro que Seif al-Islam —“espada del Islam”— sería el heredero de su padre. Por años había vivido en Londres, donde parrandeaba en los más elegantes clubes de Mayfair y adquirió un entorno de facilitadores en todos los sectores de la sociedad británica. En 2008, obtuvo un doctorado en filosofía política en la London School of Economics (LSE); poco después, se comprometió a dar a la escuela 2,2 millones de dólares a través de una fundación de caridad que controlaba. Seif se presentaba como un “reformador”, abierto a las ideas y la inversión de Occidente –una suerte de balance racional a la imagen lunática de su padre. Jugó un papel clave en las negociaciones con Occidente, patrocinó una apertura política para los opositores domésticos de su padre y arregló una amnistía para los disidentes presos. Montó una fundación para promover sus ideas, arregló viajes pagos de la prensa extranjera a Libia y argumentó en favor de la modernización y la apertura; a veces criticaba a su padre y luego se peleaba con él, ostensiblemente por no iniciar reformas lo suficientemente rápido. Pero si Seif estaba genuinamente interesado en la liberalización, su padre no. Ashour Gargoum, un ex diplomático libio, trabajó en una comisión de derechos humanos creada por Seif. Después de que la masacre de Abu Salim saliera a la luz, dijo, Seif lo envió con una delegación a Londres para reunirse con Amnesty International, que estaba reclamando una investigación de las muertes. “Muammar Gadafi quería un informe mío sobre eso”, dijo. “Hablé con él cara a cara, usando palabras que sabía que aceptaría. Lo formulé como ‘el problema Abu Salim’ y dije: ‘Necesitamos resolverlo’, ese tipo de lenguaje. Él dijo: ‘Pero no tenemos presos políticos’. Yo dije: ‘Sí, tenemos.’ Él dijo: ‘Pero son herejes’” —lo que quería decir: islamistas radicales. “‘Ellos no tienen derechos’”. Al final, la ecuanimidad reformista de Seif pareció abandonarlo. Poco después de que comenzara el levantamiento, apareció en un video agitando un arma enfrente de una banda aullante de simpatizantes. Prometiendo defender el régimen hasta la muerte, predijo que “ríos de sangre” correrían en Libia. El L.S.E. está investigando denuncias de que la disertación doctoral de Seif fue redactada por un escritor fantasma; el decano renunció. La universidad dijo que distribuiría la porción de la donación de Seif que ya había sido pagado, alrededor de medio millón de dólares, mediante un fondo de becas para estudiantes del Norte de África y que rechazaría el resto. Para junio, Seif, junto con su padre, había sido acusado por crímenes de guerra por la Corte Penal Internacional.

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Los hijos de Gadafi poseían villas en la ciudad, casas en la playa y retiros en el campo, y a medida que esas casas fueron allanadas los saqueadores encontraron una decadencia inimaginable: gimnasios de última generación, jacuzzis, autos exóticos, zoológicos privados. Aunque el patriarca de la familia prohibió el alcohol en 1969, muchos de los hijos de Gadafi tenían gabinetes de licor bien provistos. La casa de Aisha en Trípoli tenía un conjunto de sofá en una escultura dorada de una sirena diseñada para parecérsele. La casa de Seif tenía jaulas para sus tigres blancos. Había bolsas de compras laqueadas de Versace, Hermès, Rado, Louis Vuitton, Cartier, La Perla. Las casas de los hijos, como las de su padre, tenían redes de túneles, con clínicas, cuartos amueblados y oficinas, todos pulcramente limpios, esperando la retirada final. La mansión de Saadi, unas pocas millas afuera de la ciudad, era, quizás, la más indulgente. Se hallaba en unos diez acres de olivares y naranjales, rodeada de paredes de piedra que se deslizaban sobre rieles eléctricos, que permitían que la casa se cerrara como una fortaleza. La casa principal estaba montada como una V alrededor de una vasta piscina con una isla central ligada a la casa mediante un puente levadizo hidráulico. Cuando lo visité, este otoño, una rosa de tallo largo yacía en la piscina vacía, junto con el contenedor de cartón de una botella de champagne rosado Laurent Perrier. A pocos minutos de caminata estaba la casa de fiestas que contaba con una esfera de vidrio a prueba de balas de cuarenta pies culminada en una corona dorada y turquesa. Un libio, que también recorría la propiedad, observó con disgusto: “Así que esto era propiedad de un hombre que recibía un salario de 175 dinares”. En la puerta vecina, en una curiosa yuxtaposición, había una instalación llamada Centro Africano para la Investigación y el Control de las Enfermedades Infecciosas. Los combatientes tenían un control de ruta allí y unos pocos de ellos saltaron a un auto y me urgieron a seguirlos. A cinco minutos de allí, en un área boscosa fuera de la carretera principal, me mostraron varios misiles crucero contra barcos de la era soviética de veinte pies que habían sido escondidos entre los árboles. Los combatientes estaban ansiosos por los misiles, porque no estaban bajo custodia. Creyendo que el hombre que los había descartado era capaz de cualquier cosa, les preocupaba que pudieran ser armas químicas. Las bien conocidas escapadas de los hijos de Gadafi incluían vivir a full en el Festival de Cine de Cannes y pagar estupendamente para ser entretenidos por estrellas de pop extranjeras. Pero al menos uno de ellos, Aníbal, mostró una inclinación por el sadismo que recordaba al de Uday, el psicótico hijo mayor de Saddam Hussein. Durante una visita reciente a Trípoli, fui al Hospital de Cirugía Plastica y Quemaduras para encontrarme con una etíope de treinta años llamada Shweyga Mullah. Por un año, fue la niñera de los hijos de Aníbal y ahora se estaba curando de las quemaduras de cuarto grado infligidas por la esposa de Aníbal, Alina, una ex modelo libanesa. Un médico me llevó hasta el cuarto de Shweyga, en el que se hallaba en cama, con una vía insertada en uno de sus brazos. Había olor a carne quemada. El médico me contó que había sido llevada por un guardia de seguridad de Gadafi, que les ordenó que la registrara como Anónima. “Está quemada en todas partes”, dijo el doctor. Shweyga estaba frágil, pero consciente. Con voz tímida, me contó que, antes de trabajar para los Gadafi, había vivido con sus padres en Addis Abeba. No se había casado y su padre a menudo estaba fuera, empleado como trabajador de granja. La embajada libia estaba buscando empleadas domésticas, así que se presentó y fue contratada para ir a Libia y trabajar para los Gadafi. Ella no lo sabía, pero ambos tenían una reputación de violencia. En 2008, fueron arrestados por la policía suiza después de que empleados del Hotel Presidente Wilson de Ginebra informaran que Aníbal y Alina los habían golpeado con perchas. Los Gadafi fueron rápidamente liberados bajo fianza, pero, en represalia, Muammar Gadafi detuvo a dos hombres de negocios suizos por más de un año, retiró miles de millones de dólares de los bancos suizos y suspendió embarques de petróleo a Suiza. El presidente suizo, Hans-Rudolf Merz, fue finalmente forzado a volar a Trípoli y emitir una disculpa pública por los “arrestos injustificados”. Cuando Shweyga llegó primero a la casa de los Gadafi, contó, “tenía miedo, porque ví a la esposa de Aníbal abofeteando gente”. La cabeza del personal doméstico, sin embargo, le dijo que no se preocupara —Alina no la lastimaría. Fue puesta a cargo de los dos hijos de los Gadafi, un niño de seis y una niña de tres. Alina, dijo, llevaba una vida de niña mimada —“leía revistas, miraba televisión” — y no le gustaba ser molestada. “Me golpeaba si los niños lloraban”, indicó. Pensó en huir, dijo, “pero no había escape”. Una mañana, dijo, “estaba reuniendo las ropas de su hijo, pero no lo hice apropiadamente. Así que durante los siguientes tres días me hizo quedarme parada en el jardín. No me permitía comer ni dormir”. Cuando Alina autorizó que Shweyga volviera a entrar, ésta fue a la cocina, sedienta, y bebió algo de jugo. “La esposa vino y dijo: ‘¿Qué estás haciendo aquí?’ Me acusó de comer un manjar turco. Insistí en que no lo había hecho. Me llamó mentirosa”. A la mañana siguiente, Alina indicó a los otros sirvientes que ataran a Shweyga y que pusieran agua a hervir. “Ataron mis piernas y mis manos detrás de la espalda. Fui llevada al baño y puesta en la bañera, y ella comenzó a echarme el agua hirviente encima, sobre la cabeza. Tenía la boca tapada, así que no podía gritar”. Aníbal estaba allí, dijo, pero no hizo nada. Shweyga fue dejada en el baño, atada, hasta el día siguiente. “Era demasiado dolor”, recordó. Después de unos diez días, el guardia de seguridad la llevó en secreto al hospital, pero Alina lo descubrió. “Dijo que si no me llevaba de regreso lo enviaría a prisión, así que me llevó de regreso. Sólo después de que Alina huyó de Trípoli, Shweyga fue llevada de vuelta al hospital. Estaba allí desde entonces. Fuera del cuarto, el médico me dijo que probablemente sobreviviría, pero necesitaría cirugía plástica continua. “Su vida está arruinada”, concluyó. Furioso por la crueldad de Alina, dijo: “Deberían hacerle lo que le hizo a Shweyga”. Alina está ahora en el exilio en Argelia, como Aníbal. En verdad, la mayoría de los hijos de Gadafi han huido para salvarse. Se dijo que Seif al-Arab y Khamis habían muerto en el levantamiento. El 20 de octubre, Muatassim fue ejecutado con su padre.

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Si la revolución se transformó en dictadura, Gadafi no abandonó jamás la esperanza de Nasser de un Estado árabe unificado. A lo largo de los años, intentó unir a Libia con algunos de sus vecinos –Túnez, Egipto, Siria–, pero estas “uniones árabes” eran, invariablemente, de corta vida. Frustrado, fustigó a los otros líderes árabes por no hacer lo suficiente para ayudar a los palestinos y por tratar de ganarse el favor de Occidente. Después de que la OLP asistiera a las conversaciones de paz en Oslo con Israel, expulsó a treinta mil inmigrantes palestinos de Libia. Si los estados árabes no podían ser unificados, existía al menos el prospecto de una hegemonía en África. Gadafi entregó vastas cantidades de dinero y armas a una desconcertante lista de causas revolucionarias en el África subsahariana. También apoyó la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. En 1997, Nelson Mandela apareció en Trípoli para proclamar que “el apoyo desinteresado y práctico (de Libia) ayudó a asegurar una victoria que fue tanto suya como nuestra”. A mitad de los ’70, Libia y Chad comenzaron un largo conflicto por un pedazo de frontera rico en uranio llamada la Franja de Aouzou. En 1987, las fuerzas de Gadafi fueron finalmente superadas por los soldados locales respaldados por Francia y los Estados Unidos. Perdió 7.500 hombres –un décimo de la fuerza total—y 1.500 millones de dólares de equipo militar. Ashour Gargoum, el ex diplomático libio, me dijo que el episodio de Chad fue “un desastre para Gadafi”. Habiéndose fijado ambiciones de unificación regional, se había demostrado incapaz de manejar incluso a sus vecinos más débiles. Después de esto, dijo Gargoum, se volvió “paranoico y distanciado de la realidad”. En los ’80, Gadafi era un patrocinador significativo del terrorismo en Occidente. Libia estuvo vinculada a una serie de ataques: el secuestro del crucero Achille Lauro; las bombas en los aeropuertos de Roma y Viena; el ataque a la discoteca de Berlín. El presidente Reagan, que llamó públicamente a Gadafi un “perro rabioso”, envió a los militares norteamericanos a Libia, primero derribando a dos cazas fuera de la costa de Trípoli y más tarde lanzando el ataque aéreo que destrozó la Casa de la Resistencia. Justo antes de la Navidad de 1988, un jet de Pan Am que volaba de Londres a Nueva York estaba pasando sobre la pequeña ciudad de Lockerbie, Escocia, cuando una bomba escondida en el compartimento del equipaje explotó. Los doscientos cincuenta y nueve pasajeros a bordo, en su mayoría norteamericanos, murieron, así como once personas en tierra. En la investigación subsiguiente, dos agentes libios fueron acusados. Gadafi calificó las acusaciones como “risibles” y se rehusó a extraditar a los sospechosos. Libia se convirtió en un Estado paria. Tomó algún tiempo, pero las Naciones Unidas y los Estados Unidos aprobaron una serie de sanciones crecientes, que detuvieron el comercio internacional de Libia, congelaron las cuentas bancarias del país e impidieron que los libios viajaran al exterior. Si bien las sanciones fracasaron en echar a Gadafi del poder, la economía se detuvo y su sistema de patronazgo se volvió débil. El Lagi, el ex oficial de asuntos internos del Ejército, me contó que comenzó a cuestionar al régimen cuando algunas mujeres, desesperadas, empezaron a trabajar como prostitutas. “¡En Trípoli, podías levantar mujeres libias por diez dinares!”, exclamó. “La diferencia entre la familia cercana de Gadafi y su clan, y el resto de nosotros era enorme. Tenían villas, seguro de salud extranjero, educación extranjera, todo pagado por el gobierno. Pero un veterano de la guerra de Chad no conseguía nada comparable”. El Libro Verde, comprendió, era “una teoría fallida”. En 1999, Gadafin accedió finalmente a entregar a los sospechosos de Lockerbie para que fueran juzgados en Holanda bajo la ley escocesa. Uno de los dos sospechosos fue hallado inocente; el otro, Abdel Basset al-Megrahi, fue condenado y eventualmente sentenciado a un mínimo de veinte años en una prisión escocesa. Muchos observadores legales argumentaron que el caso de la fiscalía tenía fallas y que el juicio fue influido indebidamente por la política. Pero, perversamente, el caso jugó un rol en la reconciliación de Gadafi con Occidente. Después del juicio, anunció que Libia no apoyaría más a organizaciones terroristas. Y cuando los Estados Unidos invadieron Irak, en 2003, vio la oportunidad. Reveló sus propias instalaciones de armas químicas y programa de obtención de armas nucleares, y ofreció desmantelarlos a cambio del fin de las sanciones. Aceptando “responsabilidad”, si no culpa, por su involucramiento en el terrorismo, acordó reparar lo de Lockerbie y pagó en silencio casi tres mil millones de dólares en daños a las familias de las víctimas. Enemigo de larga data de los islamistas radicales en Libia, Gadafi también comenzó a colaborar con Occidente contra los extremistas musulmanes. Documentos de inteligencia que vi en Trípoli este verano revelaban una cómoda relación entre los servicios de inteligencia de Gadafi y la CIA y el MI6, que permitieron “entregas extraordinarias” de sospechosos libios. En una carta de 2004, el jefe de contraterrorismo británico, Mark Allen, escribió en confianza a su contraparte libio, Moussa Koussa, acerca de la reciente entrega de un combatiente islamista conocido como Abu Abdallah: “Gracioso, recibimos un pedido de los norteamericanos de canalizar los pedidos de información para Abu Abdallah a través de los norteamericanos. No tengo intención alguna de hacer tal cosa. . . . Siento que tengo el derecho a tratar con usted directamente en esto y estoy muy agradecido por la ayuda que nos están brindando”. Allen —ahora Sir Mark— ha dejado el gobierno y trabaja como consejero para British Petroleum. Abu Abdallah, cuyo nombre real es Abdel Hakim Belhaj, pasó siete años en prisión y es ahora el comandante militar de Trípoli por el Consejo Nacional Transitorio de los rebeldes.

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Para 2004, las sanciones habían sido levantadas. Las embajadas reabrieron; los acuerdos de negocios se firmaron; el petróleo fluyó. Tony Blair y Nicolas Sarkozy llegaron de visita. Silvio Berlusconi acordó pagar reparaciones de cinco mil millones de dólares por el daño que su país había infligido a Libia; en una reunión de la Liga Árabe en Sirte, besó las manos de Gadafi. Los norteamericanos, también, comenzaron a reconcebir al “perro rabioso” como un aliado. En abril de 2009, Hillary Clinton recibió al hijo de Gadafi, Muatassim, en el Departamento de Estado y se declaró “encantada” por la visita. Pocos meses antes, una delegación del Congreso liderada por el senador John McCain visitó Libia y prometió, según se informó, ayudar con sus necesidades en materia de seguridad. Después de un encuentro a última hora de la noche en la tienda de Gadafi, McCain tuiteó: “Interesante encuentro con un hombre interesante”. En Washington, Gadafi contrató al Livingston Group, una prominente compañía de lobby para trabajar por sus intereses. Un informe confidencial de agosto de 2008 delineaba un plan para, entre otras cosas, “comenzar el proceso de aligerar las restricciones a las exportaciones de los Estados Unidos en materia militar y de materiales de uso dual”. Ese mismo año, después de negociaciones controvertidas, Megrahi, el condenado por Lockerbie, que tenía cáncer de próstata, fue liberado por “razones de compasión” y voló a Trípoli en el jet de Gadafi. Tuvo una bienvenida de héroe en Libia, donde todavía vive. A principios de este mes, hablé con un rico hombre de negocios occidental que estuvo cerca de los Gadafi. Cuando llegué a su casa palaciega en Inglaterra, estaba tomando una llamada de un amigo árabe. “Kareem, ¿cómo estás?”, exclamó. Dijo al que llamaba que tenía un visitante y que le hablaría más tarde, pero quería que entendiera que estaba ahora “firmemente con mis amigos en el Consejo Nacional Transitorio”. Me dijo que esperaba que el nuevo orden le diera espacio para operar. Pero, en su experiencia, explicó, la Libia de Gadafi no había estado tan mal. “La peor cosa que Gadafi hizo realmente fue eso de Abu Salim”, apuntó, refiriéndose a la masacre de 1996. “Quiero decir, matar a un montón de prisioneros en el sótano de una prisión no es lindo, pero, sabe, estas cosas pueden ocurrir. Basta con que alguien malinterprete una orden –¿entiende lo que quiero decir? Sí, los estudiantes fueron colgados en los ’70, y estuvo lo de Abu Salim, pero no hay mucho más. La policía secreta estaba, pero no era demasiado entrometida. Si uno era metido en prisión, le permitían a la familia visitarlo y llevarle cuscús”. En septiembre de 2009, Gadafi hizo su primera aparición en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Divagó y despotricó por noventa y seis minutos, demoliendo a los Estados Unidos por su historia de intervención en el extranjero, reclamando nuevas investigaciones sobre los asesinatos de J.F. Kennedy y Martin Luther King, Jr., y especulando con que la gripe porcina había sido desarrollada como un arma química. En el camino, rompió una Carta de la ONU y agitó sus copiosas notas salvajemente en el aire. Fue un comportamiento vergonzoso, pero, dada la reputación de excéntrico de Gadafi —y su percibida utilidad como un aliado contra los extremistas musulmanes— le hizo poco daño a su imagen internacional, y el gobierno norteamericano no hizo comentario alguno. En casa, su control sobre el poder parecía seguro. El Lagi me dijo: “Con todo el debido respeto por los norteamericanos, son mentirosos… Los norteamericanos van hablando sobre los derechos humanos, pero lo alojaron –no lo arrestaron. ¡Montó su tienda en la tierra de Donald Trump! Los norteamericanos recibieron a Seif y a Muatassim y los alojaron por tres semanas en los Estados Unidos como amigos”. Gadafi, mientras tanto, usaba cada oportunidad disponible para burlarse de Occidente, a menudo de modos que los observadores occidentales no entendían. El Lagi apuntó: “En las Naciones Unidas, él escribió sobre un pedazo de papel en blanco de modo que las cámaras de televisión lo tomaran ‘Estamos aquí’. Esto fue para los libios. Y cuando Tony Blair vino, Gadafi le mostró la suela de su zapato; esta era una señal de falta de respeto y fue mostrada por YouTube en toda Libia. Cuando Condi Rice vino, él se rehusó a estrechar su mano y, más tarde, durante su charla, le entregó una guitarra libia, como para decirle que cantara. Ella debería haberse marchado en el momento en que él se rehusó a estrechar su mano, pero no lo hizo. Los intereses de las compañías norteamericanas prevalecieron. Todos estos gestos fueron profundamente decepcionantes para los libios, porque sabíamos que significaban que podía comprar a cualquiera”.

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Gadafi siempre insistió en que combatiría y moriría en Libia, y fue fiel a su palabra. Después de que Trípoli cayera, desapareció, y existió la especulación de que había escapado al Sahara y estaba siendo protegido por las tribus Tuareg. Pero el 20 de octubre, en el borde occidental de su ciudad natal de Sirte, él y las últimas fuerzas que le quedaban, una guardia de más o menos cien hombres, fueron rodeados finalmente por combatientes del CNT. Viajando rápido, en un convoy de varias decenas de vehículos de combate, escaparon hacia una rotonda dos millas afuera de Sirte, y allí se encontraron bajo fuego. Cuando se volvieron para luchar, en un campo cubierto de basura, un avión francés y un avión no tripulado Predator norteamericano volaron por encima y los bombardearon donde estaban; veintiún vehículos fueron incinerados y al menos 95 hombres murieron. Gadafi y unos pocos leales lograron llegar a un par de desagües enterrados en la berma de tierra de un camino. Fueron rastreados por un grupo de combatientes de la unidad de Misrata. Después de un tiroteo, uno de los hombres de Gadafi emergió del conducto para suplicar ayuda: “Mi amo está aquí, mi amo está aquí. Muammar Gadafi está aquí y está herido”. Salim Bakir, uno de los combatientes de Misrata, contó a un reportero luego que se aproximó al desagüe y quedó estupefacto al ver a Muammar Gadafi allí. Mientras los rebeldes lo arrastraban fuera del caño, contaron, parecía confundido y repetía continuamente: “¿Qué anda mal, qué está pasando?”. Otros combatientes llegaron corriendo a ver al Líder capturado, una muchedumbre de hombres gritó “¡Muammar!”. Varios tenían teléfonos con cámaras y su filmación a las sacudidas compone un relato escalofriante de lo que ocurrió luego. Gadafi, con el pelo enredado, sangrando de una herida en el lado izquierdo de su cabeza, es subido a empujones por el terraplén. En el camino, un combatiente viene por atrás y parece empujar violentamente una barra de metal en su ano. En el camino, los rebeldes sujetan a Gadafi sobre la capota de una camioneta Toyota. Una horda de hombres aullantes clama por verlo, insultarlo, herirlo. Uno lo golpea con sus zapatos, diciendo: “Esto es por Misrata, perro”. Gadafi es puesto de pie, sangra más fuerte e intenta débilmente defenderse mientras los rebeldes se acercan para golpearlo. El video recae en el caos: alguien dice “Mantenganlo vivo”, una mano sostiene una pistola, un grito sostenido de “¡Allahu akbar” (Dios es Grande). Le tiran de los cabellos. Escuchamos el disparo de un arma. En el siguiente momento que vemos a Gadafi, yace en el piso, la cabeza colgando hacia atrás, los ojos medio abiertos pero sin ver. Sus torturadores están tirando de su camisa, dándolo vuelta para desnudarlo. En otra imagen, vemos claramente que alguien le ha disparado en la sien izquierda. Esa fue la causa oficial de muerte dada por el médico examinador en Misrata, donde el cuerpo de Gadafi yació a la vista durante días en un armario refrigerado, ante el que miles de personas desfilaron tomando fotografías. Los líderes del CNT anunciaron que Gadafi murió por sus heridas “en un fuego cruzado” mientras estaba siendo transportado al hospital; uno de ellos incluso sugirió que la propia gente de Gadafi le había disparado. Nadie lo cree. Las imágenes están alli y cuentan una historia distinta. Más adecuada, quizás, es la versión relatada por el joven comandante de la fuerza de Misrata que halló y mató a Gadafi. En el desagüe, el Rey de Reyes se reveló como un anciano herido y confundido, sin siquiera el confort de su gorra beduina para ocultar su pelada. Pero, observó el comandante con cierta clase de gruñón respeto, hasta el mismo final Gadafi siguió creyendo que era el Presidente de Libia.