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Otra vez se les juntaron a Irma y a Janet tres días sin comer. El hambre y el encierro las hacen olvidar por momentos las otras fechas, las otras formas de llevar un calendario de pesadilla que acumula rezos y plegarias para escapar de los Zetas hasta formar un rosario interminable de esperanzas y tristezas que se suceden una tras otra.

Sus días dejaron de ser números para convertirse en semanas sin bañarse, en meses de abuso sexual, en noches de infecciones y cocaína para mantenerlas despiertas y muchas madrugadas cocinando y lavando la ropa ensangrentada de los “carniceros” -sus captores y dueños- cuando regresan de ejecutar y deshacerse de los migrantes que no pagaban las extorsiones para seguir su viaje hacia el norte.

Así miden el tiempo y así llevan sus vidas las dos centroamericanas (una salvadoreña y la otra guatemalteca) que se conocieron en un vagón del tren que iba a Tabasco. Luego se reencontraron en una de las casas de seguridad que los Zetas, o una versión al servicio de ellos, tienen en Coatzacoalcos, Veracruz, protegidas por policías locales y por redes de taxistas y gente comprada o amenazada en el negocio de la trata de personas.

La segunda vez que se vieron, el día del reencuentro en una de las casas que también atendían, las dos se prometieron que nunca se volverían a separar, que pasara lo que pasara iban a estar juntas para lo que fuera.

Ese día Irma intentaba a tranquilizar a Janet diciéndole que muy pronto la virgen las iba a sacar de ahí, muy pronto.

“Que no… que va a ser Dios, va a ser Cristo el que nos saque”, le contestaba Janet y entonces comenzaba la pequeña guerra de fe entre las centroamericanas que habían salido de su tierra para venirse a trabajar a México o a los Estados Unidos, porque acá pagan mejor, les decían a los Zetas que las tuvieron cautivas durante meses en Tabasco y Veracruz, abusando de ellas, utilizándolas hasta hartarse de su presencia y perdonándoles la vida porque, de acuerdo con sus extraños códigos de conducta, con las mujeres no hay que meterse.

Esa guerra de fe tuvo momentos de derrota en los que alguna de las dos se rendía y terminaba por reclamarle indignada a Dios o a Jesucristo o a la Virgen de Guadalupe el abandono, el triste destino que les habían puesto seguramente por haberse salido de su país para buscar dinero y algo mejor para sus hijos.

Madres solteras, madres de adolescentes, madres e hijas de familias creyentes que en algún momento sintieron que las cosas andaban mal pero sin saber exactamente qué clase de infierno vivían, Irma y Janet sacaban fuerzas de la nada para aferrarse a una esperanza que iba y venía como los golpes y abusos contra ellas y decenas, cientos de migrantes secuestrados en las vías del sureste mexicano.

La única diferencia entre ellas y el resto de los migrantes detenidos y retenidos por los Zetas del sureste, es que salieron con vida de la pesadilla, aunque no sin haber vivido las amenazas, los golpes, las vejaciones, groserías, el hambre, las noches sin dormir, la tensión de no saber qué ocurriría la mañana siguiente, el dolor de ver la desesperación de los otros, el dolor de saberlos heridos, hambrientos y disminuidos una noche y tener luego la certeza de que esa había sido la última para ellos.

En esos instantes Irma le reprochaba a Cristo su abandono, el haberla olvidado y escuchar los rezos y súplicas de otros, no las de ella. La vedad es que no era necesario lanzar plegarias o llorar para ser escuchada.

Casi desde el principio de la pesadilla, allá, en su tierra, su mamá tuvo una revelación y supo que algo andaba mal con Irma. En sueños, su madre la vio en situación de dolor, de mucha pena y sufrimiento y supo que el viaje tan ansiado y planeado por su hija se había convertido en otra cosa.

Pero también en sueños Irma le hablaba y le decía para consolarla “no mami, acuérdate que dios habla en tiempo y en fuera de tiempo; a lo mejor te está hablando pero no es lo que estoy viviendo ahorita.”

No importaba, porque su madre sentía que las cosas estaban mal y formó entonces un grupo de oración para pedir por su hija que se había comunicado con ella una sola vez, a toda prisa, con voz agitada y con miedo. Tenía menos de una semana de haber sido capturada por los Zetas del sureste y solo alcanzó a decir que estaba bien.

En las siguientes semanas, los tratantes de personas, los secuestradores, siguieron con las amenazas y los abusos.

 

Kilómetro 35

Irma recuerda cómo los agarraron a ella y a otros 15 centroamericanos. El grupo era de unos 300, entre hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, todos desperdigados entre las vías cerca de un pueblo al que acaba de llegar el tren.

Janet se unió al grupo grande cuando cruzó la frontera de México con Guatemala. Con sus ahorros compró un boleto de camión. Así fue como salió de San Salvador hacia la frontera con México el 25 de octubre.

Fue en busca de dinero para mandarles a su familia, a sus hijos adolescentes y a su mamá, a quienes mantenía con muy poca fortuna trabajando como estilista en la capital de El Salvador.

El 26 de octubre cruzó por una de las fronteras técnicas para iniciar una caminata de al menos seis horas hasta alcanzar a los grupos de migrantes que se iban juntando en el camino. El tren apareció sobre la vía y los centroamericanos fueron emergiendo de la maleza para subirse como mejor pudieran por los costados del tren.

Antes habían soltado los primeros 100 dólares de cuota para los polleros que iban surgiendo en el camino y les aseguraban así un lugar en el tren. Luego, conforme avanzaran en su viaje, los maquinistas y hasta los garroteros les exigían más dinero. Otros 150 pesos por cabeza para seguir arriba del tren o si no…

El resto del dinero se les iba en comida, agua, refrescos, cigarros. Como eran centroamericanos ilegales, los mexicanos les cargaban la mano dejándoles todo más caro y atendiéndolos de mal modo. Total, ¿ante quién se podían quejar estos ilegales?, ¿ante quién los iban a acusar?

El dinero se les iba como el agua comprando alimentos a la orilla de la vía, en su ruta hacia Coatzacoalcos, hacia Tamaulipas, hacia la frontera con los Estados Unidos, hacia donde la suerte los dejara llegar.

Y a la mexicana, como siempre hablan los señores por acá, los maquinistas y polleros arreaban a los migrantes entre mentadas de madre, pendejeándolos, amenazándolos y pincheándolos todo el tiempo para que pagaran, para que se apuraran a subir y dejaran de hacerse güeyes, como si no supieran de qué se trataba la cosa por acá, como si no supieran que si querían llegar al norte, al otro lado, pos había que chingarle y aguantar o de lo contrario se lo cargaba la rrechin…

Así les hablaban desde el principio para ablandarlos y hacerles saber quién mandaba en este lado de la frontera. Cuidado se pasaran de listos o listas porque se quedaban en el camino, en tierra extraña y a la espera de lo que fuera, menos de su objetivo que era llegar a la tierra prometida.

Con menos dinero y medio asustados, los 300 subieron al tren que iba a Coatzacoalcos. Se repartieron en muchos vagones, como unos 30 o más, pero no adentro. Todos iban como viajan siempre los migrantes ilegales que vienen del sur, sobre los techos de los vagones o encima de las góndolas.

Cuando están allí, solo hay dos cosas importantes en sus vidas: no dormirse y tener cuidado de las ramas de los árboles, porque si se distraen seguramente una de ellas los tira y allá abajo los esperan las piedras, en el mejor de los caos, o los rieles y las ruedas filosas de las góndolas.

Piernas y brazos amputados o incluso cuerpos destrozados han sido durante años el precio que pagan los que se duermen allá arriba, los que acaban perdiendo la batalla contra el sueño mientras sueñan que llegan al otro lado.

Los que sí tienen dinero para pagar toda la ruta se ganan el privilegio de viajar adentro de algunos vagones. Allí es donde la gente se va conociendo a querer o no, y van soltando parte de lo que traen adentro y escuchan lo que otros les cuentan.

Que de dónde vengo, que de dónde eres, que si es la primera o la tercera o quien sabe cuántas veces se han ido, los han agarrado, los ha deportado y regresan a lo de los gringos, porque no hay de otra, acá la vida es dura, no hay dinero ni trabajo y de cualquier forma en todos lados la gente abusa de uno, aquí o allá, tu gente, mi gente los policías, los militares, los polleros, los patrones, los gringos, el que sea.

Donde quiera es igual. Si eres hombre, te madrean, te agarran a patadas, te buscan el dinero por todos, te amenazan, le llaman a tu familia, te extorsionan, te vuelven a madrear y si de plano no tienes para pagarles, se aburren, se cansan de golpearte y te dejan ir…o te matan. Así de fácil.

Si eres mujer, lo peor, porque no solo hay violencia física, no se conforman con madrearte o humillarte todo el tiempo y amenazarte y dejarte sin comer y obligarte con sustos y golpes a que le llames a tu familia en donde sea que esté, sino que además abusan de ti. Eso, solo al principio.

Te agarran de su pareja. Te violan. Te pegan. Todos te meten mano. No te dejan dormir. Si traes hijo, te lo quitan. Si vienes con novio o esposo, te lo quitan, lo golpean. Lo matan. Si vienes sola…

La aventura de los migrantes terminó en el kilómetro 35 de la vía hacia Coatzacoalcos, Veracruz, cuando la máquina se detuvo en otro pueblo que nadie conocía pero que los marcó para siempre.

En ese sitio, como en otros que ya habían pasado, le gente del lugar, los mexicanos, no ayuda. Al contrario. Janet se daba cuenta de que mientras más tiempo estuvieran detenidos en los pueblos, la gente se molestaba y llamaba a la Migración para que fuera a la vía por ellos y los detuviera.

Así que si alguien tenía hambre o sed o se le ofrecía cualquier cosa, pues mandaban a uno o dos de los migrantes, los menos jodidos, los que más parecieran mexicanos, a las tienditas a comprar comida y refrescos. Y aún así la gente los miraba con sospecha de que no eran mexicanos y los trataban mal o de plano no les vendían nada.

La vía del tren pasa en medio del pueblo, pero no te puedes quedar ahí parado, porque la gente le habla a Migración, le habla por teléfono a Migración.

Entonces empezaron a caminar. Llegaron ahí como a las 10 de la mañana y empezaron a caminar para Coatzacoalcos, porque el tramo era muy largo y porque el tren se va llenando de gente conforme sube hacia el norte.

Viene mucha gente que ya ha pasado más veces entonces. Entonces los maquinistas y les dijeron que había llegado la hora de seguir a pie, que caminaran sobre la vía del tren. Se hizo entonces la caravana, una larga fila de gente que iba sobre la vía del tren y a los lados de ésta, en la maleza, entre las piedras.

Eso fue a las 10 de la mañana. Para las ocho de la noche, casi doce horas después, llegaban por fin a Coatzacoalcos. Allí a muchos a vida les cambió por completo.

 

Coatzacoalcos, la pesadilla

Esta gente tiene todo como muy planeado, como muy estudiado. Te hacen viajar en el tren, te cobran por todo, no te ayudan, te vas quedando sin dinero y cuando ya estas cansado y con hambre, te dicen que ya no hay tren, que tienes que seguir tu camino pero caminado, sobre las vías, y acabas peor, todo agotado, rendido, le contaba a Janet uno de los hondureños que ya habían pasado por las mismas hace meses hasta que fue deportado.

Los otros, le decía, los que te reciben en el último lugar donde llega el tren, te cobran 3 mil 500 dólares por llevarte directo a la frontera de los Estados Unidos, La verdad es que también es como una trampa. Te la juegas todo el tiempo porque igual y es cierto y sí te llevan por matamoros o por Coahuila. Pero también te puede tocar la mala suerte de que no sean polleros y que en lugar de llevarte hasta el norte, te acaben dejando en alguna otra parte por ahí, al cabo que no conoces el país y no sabes ni en donde estás.

Janet escuchaba estas cosas pero estaba más atenta a saber si había manera de seguir hacia el norte o saber qué podía hacer porque ya no tenía dinero. ¿Cómo se iba a comunicar con su familia para decirles en donde estaba?

Los maquinistas y la gente de la vía en Coatzacoalcos se les acercaron. Les dijeron que ya estaban donde los habían mandado y que de allí habría gente para llevarlos a Matamoros o a Coahuila o a otro sitio para cruzar hacia los Estados Unidos. Claro, había que volverá pagar, y en dólares.

De cualquier forma solo los que habían viajado dos o tres veces y conocían la ruta sabían si estaban o no en Tabasco. La inmensa mayoría de los migrantes jamás habían hecho el viaje. Entre ellos estaban Irma y Janet.

La primera tenía planes para buscar trabajo en la ciudad de México y Janet pensaba llegar a los Estados Unidos para trabajar como afanadora, como mesera, en la siembra, en lo que fuera. La cosa era trabajar y mandar dólares a El Salvador para su gente. Ninguna tenía familia ni en México ni en Norteamérica.

El día en que las agarraron iban en grupos y tras el viaje, apeados a los lados del tren o apretados como reses en unos cuantos furgones. Era finales de octubre.

Los hondureños, que suelen ser mayoría en los grupos de migrantes ilegales que suben desde Centroamérica hacia México y luego, si la suerte y dios los acompañan, llegar a la frontera con los Estados Unidos, se separaron en grupos de 10 o 20 y hambrientos se acostaron a los lados de la vía para compartir algunas naranjas, algo de pan, lo que les iba quedando.

De entre los matorrales salieron varios hombres, unos cinco o seis, que caminaron lento junto a la vía. Iban como checando lo que había allí; la gente, cuántos eran, cómo estaban, cuántas mujeres y hombres eran y sobre dodo si alguno se veía como con recursos, si traía teléfono celular, si llevaba zapatos o ropa de mediana calidad y si había “güeritos” o “güeritas” entre los migrantes.

Los hombres siguieron su camino recorriendo la vía. Se tomaron su tiempo porque sabían muy bien que el siguiente tren llegaría en unas tres o cuatro horas. Unos treinta minutos más tarde regresaron a donde estaban Janet y los hondureños.

Al acercarse al grupo les preguntaron si viajaban para el norte. Querían saber para dónde iban y si ya tenían guía. Desconfiados, Janet y el grupo les contestaron que algunos ya tenían guía y que otros se moverían por su cuenta porque ya conocían la ruta.

Los hombres sonrieron y les dijeron que estaba bien, pero que si les hacía falta allá adelante estaban los guías y que ya sabían que llevarlos a todos a la frontera les iba a costar un dinero más, pero que sin guía nomás no iban a llegar.

Ahora que, si querían llegar más rápido al norte, les iba a costar otros 3 mil 500 dólares, pero con la pequeña gran diferencia de que ya no iban a viajar en tren, sino en camionetas. Más cómodos, más rápido, directitos hasta las garitas o hasta el otro lado.

No, pues no tenemos ya más dinero, les dijeron Janet y los otros a los señores que andaban revisando el lugar. “Ya se nos acabó todo y no hemos comido. Además, por eso venimos en el tren, porque nada más nos queda para pagar el tren.”

Uno de los tipos, con playera negra, se les acercó como medio amistoso y les preguntó si ya conocían la casa del migrante que esta por ahí cerca, que en ese lugar la madre podía atenderlos bien ya que venían en malas condiciones, con hambre y sin dinero.

Le dijeron que no, que no conocían la casa esa. Se ofreció a levarlos pero nadie se fue con él, en parte por temor, pero sobre todo porque los de la vía les acababan de decir que el siguiente tren que iba hacia el norte llegaría en un rato más.

Está bueno, les contestó el de la playera negra y se fue con los otros por la vía y luego hacia unos matorrales.

Cansados, vencidos por el hambre y el sueño, los migrantes se dividieron en grupos para dormir unas horas, esperar el tren o subirse a las camionetas de los señores como ya lo habían hecho unos cincuenta hondureños.

Y así, divididos, tirados al lado de la vía, le venció el cansancio y después, el miedo. Eran como las once de la noche cuando sintieron las patadas en las piernas y los culatazos en el cuerpo.

¡Órale cabrones, párense… órale, muévanse ya hijos de la chingada…arriba ya! Les gritaban los mismos tipos que minutos antes caminaban tranquilos sobre la vía revisando a la gente, contando a los migrantes, checando cuántos podrían caer.

Pero esta vez iban armados con pistolas y rifles, golpeando y despertando a los que apenas acababan de cerrar los ojos o a los que tenían rato dormidos. Los únicos que no hacían ruido y a los que no golpeaban eran unos 15 o 20 que venían en el tren desde la frontera. Con esos nos se metían los señores armados. Eran de su grupo, porque cuando comenzaron a subir a la gente en las camionetas que traían, ellos los ayudaban y decían quienes iban en qué carro.

A los que trataban de escapar los alcanzaban y en la hierba los golpeaban durísimo, con palos y con rifles y ahí les quitaba su dinero y los arrastraban y los subían de todos modos. A uno o dos les disparaban y Janet y los migrantes no sabían qué había sucedido don ellos, pero lo imaginaban porque no los volvían a ver.

Entre el escándalo de la persecución a los migrantes, el grupo de Janet se dio cuenta de que había más camionetas con gente detenida, con migrantes levantados a la mala por los de la camiseta negra.

Ellos se quedaron ahí, y los subieron a las camionetas. Era una camioneta cerrada, una negra, y la otra era abierta tipo pick up. Allí la subieron y los acostaron en la cama del carro y les decían que no fueran a levantar la cabeza porque les iba a ir mal.

Cuando ya iban en un camino de terracería, los de las playeras negras les revisaron las bolsas, las mochilas, todo lo que traían mientras los seguían pateando y encañonado con las pistolas.

A las mujeres las revisaron y también les metían mano en todas partes para encontrarles el dinero. Lo hallaron y se los quitaron de inmediato. Janet era una de las pocas migrantes que traía consigo su cédula de identificación de El Salvador, el Documento Único de Identificación (DUI)

Pensaron que era dinero pero cuando vieron que era otra cosa se lo dejaron. Así estaban las cosas cuando vieron sobre la carretera, en dirección a ellos, las luces de dos patrullas. Entonces se sintieron seguros, al menos con esperanza.

Uno de los jóvenes que había sido subido a la camioneta se armó de valor y alcanzó a levantarse para hacerle señas a los policías. “Ahí vienen, ahí vienen”, les decía a los que estaban acostados.

Los de la playera negra se dieron cuenta de lo que ocurría y simplemente se inclinó para decirle “ni te alegres…estos están con nosotros”.

Cuando les decía estas cosas, una de las patrullas se acercó a la pick up y sus ocupantes echaron un vistazo al cargamento. Saludaron a los de negro y siguieron por la carreta como iban. No pasó nada. La alegría de ver a luz de la torreta duró unos instantes. Las pick up siguieron su marcha con los migrantes encañonados y tirados en el piso de la camioneta.

 

“Ay güerita, qué vamos a hacer contigo”

Cerca de la medianoche, Janet y el grupo con el que la habían detenido los plagiarios llegaron a la primera de las casas de seguridad de Coatzacoalcos, controladas por células de criminales pagadas por los Zetas.

Los llevaron a la casa en donde había dos mujeres más que ya tenían tiempo con los de las playeras negras. Las mujeres ya sabían lo que tenían que hacer. Les ordenaron a los migrantes que dejaran en el piso las maletas, las mochilas y las bolsas, todo lo que traían consigo y que se juntaran y se sentaran todos en uno de los cuartos de la casa.

Mientras se acomodaban, las mujeres les vaciaron todo en una nueva búsqueda de dinero, de cosas de valor y referencias para comenzar a extorsionar a las familias de los ilegales.

Ordenaron que las maletas las pusieran en un solo lugar, porque no podíamos tenerlas cerca. Entonces comenzaron a interrogarlos y a golpearlos de nuevo porque ya había llegado la hora de que dieran sus números de teléfono, de que soltaran alguna referencia en su país o en México en los Estados Unidos para comenzar a sacarle dinero a sus parientes.

Janet estaba cerca de una de las paredes de lo que era la sala de la casa de seguridad. Desde ahí veía entrar y salir a los de negro con sus armas y con palos. Entraban para amenazar primero a los migrantes, y luego, conforme se negaban a dar sus números de teléfono o alguna referencia familiar para la extorsión, para golpearlos.

A algunos de plano los sacaban al frente de la casa para seguir con los golpes, pero terminaban por llevárselos a otro lado porque luego ya no se les volvía a ver. Esa fue la parte de la pesadilla que Janet conoció después por boca de uno de los “carniceros” de los Zetas.

A ella todavía no le tocaba el castigo, pero mientras veía lo que sucedía y trataba de entender a donde habían caído, vinieron a su mente los recuerdos y los planes que ella y su familia se habían trazado hace meses.

El plan era de que se me quedara trabajando en la frontera un tiempo mientras se reunía el dinero para pasara al otro lado. Ella sabía que su familia no tendría cómo responder si esta gente les llamaba y les exigía dinero, sobre todo en dólares.

Entonces le llegó su turno. Uno de ellos se le acercó. “A ver güerita, tú, ¿de dónde eres?, ¿a qué número le hablamos a tu familia?”

Entre el miedo y la confusión, porque mientras les preguntaban a unos iban golpeando a otros, Janet hizo como que no entendía de qué se trataba y no les decía nada. Antes de recibir los primeros golpes fue insultada de todas las formas posibles. “O nos dan los números por las buenas o nos los van a dar por las malas”, les decían los secuestradores.

Para meterles más miedo les gritaban en la cara y les mostraban sus armas: “¡Ustedes escojan cómo le va a hacer para darnos los chingados números, porque aquí nosotros somos los dueños, somos los que mandan en la tierra… Nosotros y fuimos y venimos del infierno y sabemos cómo hacer las cosas… No le tenemos miedo a nada ni a nadie…Ustedes no saben quiénes somos, cabrones!”

Poco a poco, los que tenían número a dónde comunicarse en sus países comenzaron a darlos y ellos a decirles cómo tenían que hablar y qué debían decirle a sus familiares.

Para los que soltaban primero la información no había tanto golpe, pero los que se tardaban y luego acababan por reconocer que sí tenían quién respondiera por ellos, la pasaban muy mal. Con ellos se ensañaban porque se habían querido pasar de listos. ¿Creen que somos sus pendejos?, les gritaban mientras marcaban a sus casas y les daban golpes para que no se fueran a equivocar a la hora de hablar.

Janet aguantó largo rato. Uno de los que venía en el grupo le dijo como hacerle, porque él y había pasado por eso antes. Hazte la dormida y cuando se acerquen a ti, no te despiertes y se van a seguir con los otros. Aguántate así lo más que puedas y la vas a librar, le decía el muchacho y eso hizo ella.

Aguantó lo más que pudo. Se hizo la dormida. Medio se despertaba cuando la sacudían pero con tanta suerte que cuando iba como abriendo los ojos, otro u otra daban señas de que finalmente sí soltarían sus números.

Así se estuvo mucho tiempo hasta que la suerte se le acabó. Y otra vez, a ver tú, güerita, a ver, danos tu número de tu gente, de tu familia, ándale, párate. Ya no pudo aguantarse más porque sabía lo que le pasaba a los que no cooperaban. Los nervios le ganaron. Trataba de acordarse de algún número, sí se lo sabía pero nomas no le llegaba a la mente.

“Órale güerita, no te hagas pendeja y ya danos el número… Alguno tienes que traer, de alguno te debes de acordar, ándale ya”, le decían. Luego de un rato regresaron con ella porque estaban con la otra gente, checando sus llamadas y amenazando a la familia y diciéndoles que si no pagaban su pariente iba a sufrir más.

“A ver, ora sí güerita, ¿ya te acordaste? A ver…” Janet les dio el numero de un teléfono celular que tuvo hace tiempo pero que le habían robado en El Salvador. Les dio ese número porque sabía que nadie iba a contestar, porque no quería darle angustias a su familia y además estaba sola, no iban a poner el peligro a sus hijos o a su mamá.

Los de negro se llevaron el número y llamaron varias veces. Como a la hora regresaron con ella para regañarla: “hay güerita, qué vamos a hacer contigo, porque nadie contesta, nadie responde”. Ella nada más se les quedaba viendo, como diciéndoles ¿qué quieren que haga?.. (no les voy a dar nada).

Les contestó que ese era el único número que tenía, que era el de su mamá y no había otra forma de comunicarse allá. El tipo la miró y tranquilo, hasta sonriente, le dijo que estuviera lista, que intentarían la llamada más tarde. Otros dos de negro entraron al cuarto para vigilar a la gente que todavía no daba sus números.

Así pasó más de un día y medio, con los migrantes sin comer, sin bañarse, sin poder tocar sus maletas para cambiarse de ropa o buscar una comida. No los dejaban hacer nada pero las amenazas, los insultos y los golpes no paraban.

Fueron horas de miedo y de llanto constante. Al otro día, el mismo tipo que le había dicho sonriendo que repetirían las llamadas fue a verla y le dijo lo mismo. “¿Qué vamos a hacer contigo?, nadie contesta ese teléfono.

–Solo tengo ese, le volvió a decir ella.

–Me dicen que tu ibas a trabajar a los Estados Unidos, pero ¿cómo, si no tienes a nadie allá?

–Pues yo no tengo familia en Estados Unidos, por eso me iba a quedar primero acá, en México.

El tipo se irguió, la miró un instante y con sus palabras le volvió a cambiar la suerte y la vida a la mujer…para bien y para mal.

“Mira, se nos acaba de ir la cocinera, entonces te propongo que trabajes de 22 días a un mes con nosotros y te dejo libre o te dejo en la frontera”, le dijo el hombre.

No había de otra. Era eso o… nada. Janet le dijo que sí, que estaba bien. Bueno, le dijo él, agarra tus cosas y te vas a otro lado donde ya te están esperando.

 

¿Tú sabes quiénes somos?

Salió de ahí a la media noche en una de las camionetas, con varios de los de negro armados y muchos migrantes amontonados en la caja de las pick up, algunos ya conocidos porque se había venido con ellos en el tren.

Cuando llegaron a la casa los bajaron luego luego de la camioneta y a ella la mandaron de inmediato a la cocina para que comenzada a atender a los secuestradores, que esa noche andaban muy atareados y trabajando mucho. Andan de “carniceros”.

Ya en la cocina la llamaron y le dijeron, te vamos a decir cuáles son las reglas aquí; que tenía que preparar dos comidas al día, una a las 10 de la mañana y otra a las 8 de la noche; que estaba prohibido hablar con los demás migrantes; que no estaba permitido prohibido llorar; que a gente secuestrada ahí no tenía que darse cuenta de su acento; que tenía que tratar de simularlo y parecer mexicana del sur.

El que mandaba allí llamó al que estaba en la cocina y se lo presentó a Janet. Ella se va a hacer cargo de todo, le dijeron a él. Luego, el que era el jefe de esa casa le dijo que se subiera a la recámara y se acostara con cuidado en a cama para que descansara un rato.

Subió y en la penumbra sintió la cama muy rica y se acomodó rápido pero entonces descubrió que había otra mujer dormida de espaldas a ella. Era la novia o la compañera del jefe de esa casa. El sueño la venció y durante tres horas el cuerpo se le fue mientras el movimiento de migrantes y secuestradores continuaba en el lugar.

Cuando más profundo dormía, el jefe subió para despertarla y decirle que se bajara a la sala porque ya se había desocupado un sillón y la cama era de su mujer, la que estaba de espaldas a Janet. La salvadoreña no pudo dormirse otra vez. Al ratito amanecía y con la luz clara vio los rostros de los migrantes y los reconoció porque venían con ella en el último tren que habían alcanzado.

Con uno de ellos platicó tantito y él le preguntó que qué hacía allí, que por qué la habían dejado dormir arriba y luego en el sillón. Janet le explicó rápido que así era como ella tenía que pagarles a los tipos esos, cocinando y lavando, porque no tenía dinero y porque ellos le exigían mil dólares para dejarla libre.

Entraron por ella para decirle que se bañara y se arreglara porque iba a salir con ellos de compras para abastecer la cocina. Un taxi, de los muchos que trabajan para ellos, los llevó al súper mercado Chedraui. En el camino le recordaron a Janet las reglas del lugar y le agregaron más cosas; prohibido platicar con la gente en la tienda, prohibido separarse de ellos y sobre todo, que actuara lo más normal posible.

El miedo comenzó a apoderarse de ella porque se dio cuenta de que no conocía las cosas que le pedían en la lista. No sabía qué cosa era un chayote (en El Salvador les laman huisquil) y otras verduras y frutas. Le entró más miedo porque no le habían dejado dinero y además, por unos instantes, los había perdido de vista.

Me van a dejar aquí sin dinero o me van a acusar con la policía de que me ando robando las cosas, pensó, pero cuando estaba cerca de las cajas, se le aparecieron al momento de avanzar y quedar sola ante la despachadora.

Poco a poco Janet se les fue haciendo indispensable a los de esa casa de seguridad. Preparaba los alimentos, les arreglaba la ropa y le daba de comer a los migrantes que le ordenaban atender. También, cuando había reuniones de los jefes de las otras casas, ella les preparaba la comida y la bebida y se las llevaba a donde estaban.

Anduvo en varias casas apoyando a los jefes cuando era necesario. Así fue como conoció a Irma en una de las casa, y así también descendió más a la pesadilla cuando uno de los jefes la quiso para él en una de las casas.

Dos lazos fuertes pero muy distintos surgieron de su paso por esa casa; la amistad a prueba de todo con Irma, y el inicio de la degradación, el horror y la paranoia a manos del “carnicero”, el Zeta que disponía de la vida y la muerte cuando le daba la gana.

Al “carnicero” se le fue la mujer al poco tiempo de que Janet había llegado a la casa de seguridad. Sin compañera en la cocina y en la cama, tomó de inmediato a la salvadoreña y en los primeros días la violó mientras la amenazaba y golpeaba para que no le ocurriera escapar.

Poco a poco fue sometida a toda clase de vejaciones sexuales mientras los hombres de las otras casas de seguridad usaban esa para reunirse y preparar los “operativos” nocturnos en busca de migrantes o deshaciéndose de ellos.

Una noche de mucho movimiento, de ir y venir de los de negro con sus armas y camionetas, Janet supo exactamente en qué consistían los operativos.

La gente de la casa se iba ya organizada en grupos, en las camionetas, hacia sitios lejanos, porque regresaban hasta la madrugada del otro día cansados, con mucha hambre pero sobre todo con la ropa toda manchada de sangre y oliendo a gasolina.

A ella le tocaba lavar esa ropa y en varias ocasiones descubrió partes de la tela que estaban quemadas y otras con lo que parecían ser pedazos de carne quemada.

Al jefe se le había ido la mujer y como veía que Janet era callada y no hablaba ni se metía con nadie, comenzó a tenerle confianza y a acercarse para decirle cosas.

Una tarde, cuando ella acababa de limpiarle el cuarto, él la llamó. “Güerita, ven, acércate, quiero hablar contigo”, le dijo mientras ponía una canción en un aparato de sonido. Era un corrido sobre los Zetas. El tipo tomaba todo el día, todos los días. Era raro verlo sobrio. Además, se metía cocaína cuando salía de operativo.

Le pidió a Janet que escuchara con atención el corrido que hablaba de los Zetas. Cuando la canción estaba terminando, él la miró y le dijo, ahora sabes quienes somos, ¿no?

“Ya es hora de que vayas sabiendo quiénes somos y qué hacemos, por qué la ropa que lavas está manchada de sangre…”

–No, yo no sé.

–Yo soy un carnicero…

–¿Si?, ¿y a qué horas trabajas?

–Ay güerita, en serio que eres bien inocente.

–En mi país un carnicero es la persona que trabaja para la carnicería, la que corta la carne de res, la que te vende carne de puerco…

–Mira güerita, te explico…

Y el hombre le dice que ella ya vio a la gente que tienen esposada en las casas de seguridad, a la gente que está más golpeada y amarrada.

Mi trabajo, le dijo, “es hacerlos pedacitos, meterlos en un barril metálico y echarles gasolina para desaparecerlos. Eso hago, eso hace acá un carnicero.

Janet lo escuchaba y le venían a la mente as caras y las voces de los migrantes que ella había conocido en el tren y que luego vio en las dos primeras casas de seguridad en Coatzacoalcos y comenzó a llorar al oír lo que los jefes hacían en los operativos esas noches.

–No vayas a creer que es fácil tener un puesto así…se tienen que pasar muchas pruebas para que el jefe te vaya viendo y te dé la oportunidad…las pruebas consisten en saber darle el tiro de gracia a tal número de personas; hay violar a tantas mujeres y tener como cierta capacidad para aguantar droga y poder trabajar drogado, sin perder la compostura.

El hombre le dice que además todo esto hay que hacerlo delante del jefe para que vea que es cierto y lo tome en cuenta, porque lo importante es que se vea que hay sangre fría para hacer las cosas.

Pero tú no te preocupes, a ti no te voy a hacer daño. A los otros sí, porque de eso se trata, de que sepan quién manda aquí, le dijo por último a Janet.

De poco sirvieron su protección y sus promesas. Cuando no estaba, dos de los soldados que se quedaban a cuidar la casa, se turnaban para violarla cuantas veces les daba la gana. Por eso duraron poco en ese sitio.

En la siguiente casa las cosas cambiaron de nuevo. Ahora los operativos eran más seguido y para que Janet aguantara el paso y estuviera siempre lista y atenta para servirlos cuando se necesitara, la obligaban a consumir cocaína y mariguana.

Ella les preparaba la comida y les subía las cervezas en las reuniones. Se fue enterando de cada paso y de la forma de trabajar del grupo. Conoció casi todas las casas de seguridad de Coatzacoalcos y de otros sitios cercanos porque se ha ganado la confianza de ellos y unos la piden para que se quede unos días a cuidar y cocinar.

En una de las casas conoce a Irma, la muchacha guatemalteca con al que se identifica y hace contacto a través de la religión y de la esperanza de que algún día dios o la virgen de Guadalupe o Jesucristo las escuche y les retire el castigo que las tiene en esa situación sin saber por qué.

También se encuentra con “Pajarito”, un carnicero de otra casa que estaba esposado y muy golpeado en uno de los cuartos de arriba. ¿Qué te pasó pajarito? ¿Qué hiciste?, le pregunta Janet cuando lo reconoce al llevarle un plato de comida.

“Hice algo mal, algo que salió mal y el jefe me castigó”, le dijo a la salvadoreña mientras trataba de acomodarse en el piso con las esposas en las muñecas y la cara golpeada.

En los siguientes días un de los migrantes es el que se muestra más inquieto y decidido a escaparse de allí. Ella lo conoce porque ha estado en otras casas y además la escuchó hablar y descubrió que no es mexicana, que ya lleva tiempo sirviéndole a los Zetas y que seguramente conoce la maneta de huir de ahí.

Janet se daba cuenta de la situación y se ponía muy nerviosa, porque el muchacho la buscaba, trataba de hablar con ella y le pedía que lo ayudara a escapar y ella se negaba y le decía que no podía hacer eso.

Una tarde en que otra muchacha había sido llevada a la misma casa para ayudarle a Janet a lavar platos y hacer comida, el migrante esposado se decidió a escapar. Esperó a que la muchacha saliera al patio a lavar la ropa y entonces la atacó golpeándola con las esposas. La derribó y como pudo se brincó la barda del patio y cayó del otro lado de la calle.

Los vecinos de la casa de seguridad vieron lo que pasaba, vieron a un hombre brincarse la barda, mal vestido, sucio, golpeado y con las manos esposadas y llamaron a la policía. En minutos los patrulleros llegaron al lugar y atraparon al migrante. Pero las cosas no quedaron ahí.

El centroamericano les dijo que en tal casa había gente secuestrada, que eran migrantes pero que sus secuestradores eran Zetas. Un amplio operativo policiaco cayó sobre esa y otras casas de seguridad, pero para cuando la policía se estaba acercando a los domicilios, los carniceros, los soldados y los migrantes ya habían huido hacia una bodega para evitar la captura.

En ese sitio vuelve a encontrarse con Irma, de quien no se separaría ya más.

 

Rosas y espinas.

En diciembre de 2008 Janet e Irma seguían en la misma bodega a la que habían llegado tras el desmantelamiento de las casas de seguridad.

El 12 de ese mes, el Día de la Virgen de Guadalupe, los jefes les avisaron que todas las mujeres debían estar arregladas porque iban a acompañarlos a una fiesta. Para Janet se trataba solamente de exhibirlas como sus trofeos, de sacarlas para lucirse con la gente del lugar.

El lugar de la fiesta tiene un gran cuadro de a Virgen y hay que pasar enfrente de ella y a dejarle una rosa. Parte de la ceremonia cosiste en dejarle encendida una veladora, pidiéndole un milagro.

Pero Janet, que es cristiana, se niega a pasar a dejar la veladora y recibe una cantidad de groserías por rehusarse a seguir el rito. “Yo no voy a pasar porque yo no creo en eso”, les repetía y ellos y ellas se enojaban más por el desaire.

Le dicen que ella escoge que es lo que va a pasar, y que ellos saben que pueden hacerle a ella. Entonces, le dicen, tú eliges ir o negarte. Ya sabes lo que se te espera, le advierten.

Una de las muchachas le dice que tiene que pasar y dejarle la rosa a la Virgen, pero Janet insiste en defender sus creencias y negarse porque ella es cristiana. La presión la hace llorar y entonces uno de los jefes la agarra de la cintura y abrazándola le dice “vente”, y pasa con ella delante de la Virgen de Guadalupe.

Toma una rosa del florero grande que estaba ahí y se la pone en la mano a ella al tiempo en que le aprieta la mano para quelas espinas se le claven. “¿Ves?, eso te pasa por rebelde”, la dice el jefe. Luego le pide que cierre los ojos y pida un deseo, y ella le dice que no va a hacerlo, pero él insiste y le dice que él va a pedir el deseo por ella: “ojalá que la güerita sea mi esposa”, suelta en voz alta.

La noche de la mañanitas a la Virgen de Guadalupe terminó mal para todos. El jefe les había ordenado a los “carniceros” que no se retiraran antes de las seis de la mañana. Cosas de él, ideas que luego le entraban. Pero solo unos obedecieron la orden y la cosa acabó en pleito porque se empezaron a ir con las mujeres.

Días después, el jefe y otros del grupo llegaron a la bodega y le ordenaron a Janet que se arreglara porque iban a salir a un sitio. No le dijeron a dónde ni por qué. Todas las imágenes de los migrantes golpeados, humillados, disminuidos a nada y subidos a las camionetas de los denegro se le vinieron a la mente de inmediato, porque lo que seguía eran las madrigadas de operativos en rancherías, en carreteras, en las montañas cercanas a las vías del tren.

Lo que seguía eran los cuerpos descuartizados, “cortados en pedacitos”, y luego apretujados en tambos de metal a los que llenaban de gasolina y les prendían fuego para que no quedara rastro de nada. ¿Para qué se le llevaban los jefes? ¿A dónde iban que no le querían decir nada?, pero lo más curioso, ¿por qué tenía que ir arreglada?

No tenía opción. Se arregló como pudo y subió a la camioneta, llena de miedo, tensa, sin prestar atención a la música de banda de la radio o a los chistes de los de negro. Unos minutos después, la camioneta se detuvo en una zona habitacional y el jefe volteó a verla para preguntarle ¿a ver güerita, ¿Qué te parece?, mientras le señalaba con la mano una casa grande con letrero de Se Vende.

“Pues, ¿qué me puede parecer?”, le contestó. El jefe comenzó a reír y le dijo que el dueño de la casa estaba por llegar en unos días y que era muy importante, porque la iban alquilar y la casa quedaría a su nombre, a nombre de ella. Y así fue. En menos de una semana se hizo el trato.

Janet dio apellidos falsos y uno de los de negro le dijo al dueño que ella era su esposa, que se acababan de casar y necesitaban la casa para empezar sus vidas con la familia de él. La verdad es que así se fueron haciendo de nuevas casas de seguridad, con nombres y datos falsos, rentándolas para familias que no existían.

La casa se quedó como oficina y punto de reunión de los jefes Zetas. A ella la llevaban ahí de vez en cuando para que atendiera a los que manejaban las otras casas.

Pero desde la captura del migrante aquel que estaba esposado, desde el desmantelamiento de las otras casas de seguridad, las cosas se descompusieron.

Los jefes se juntaban en la casa nueva pero las reuniones eran cada vez más desordenadas, no hacían acuerdos o cosas como antes. Janet e Irma se daban cuenta de que los pleitos eran constantes y algo más: al final, ninguno de los carniceros, si acaso dos o tres, hacían lo que se les ordenaba.

Cada quien jalaba por su lado y los policías ya no los protegían como antes, porque la autoridad estaba sobre ellos también, investigando quiénes eran los que tenían vínculos con los de negro, con los Zetas del sur.

Por si fuera poco, al jefe de todos ellos lo sacaron de Coatzacoalcos luego luego, cuando cayeron algunos de los carniceros después de que el muchacho se brinco la barda. Entonces no había nadie que los coordinara a todos, que se impusiera y metiera el orden.

 

¡Agarren sus cosas!

Los migrantes eran trasladados de casa en casa, sin mucho control, a cualquier hora, no como antes que todo se hacía en la noche, en la madrugada.

La vida les dio un vuelco de nuevo una noche, la última, nublada y fría, en que ese grupo de carniceros salió de operativo llevándose a 25 centroamericanos quien sabe a dónde. Entre los migrantes solo había cuatro mujeres y un hombre que estaba amarrado y golpeado.

Cerca de las 10 de la noche los de negro llegaron a la casa y subieron a una parte de los migrantes a las camionetas. El primero en perderse entre las sombras de la lona en la pick up fue el que estaba amarrado y golpeado. Entonces se fueron en las camionetas. La cosa iba para largo. Janet se dio cuenta de que era noche de carniceros.

En la casa se quedaron varios carniceros y en el cuarto grande dejaron a un soldado para cuidarlos a todos, un vigilante que acaba de entrar a la organización como guardia. Pero resulta que éste venía de otras dos noches de operativo y estaba tronadísimo, muy cansado, y se quedó dormido tan pronto se fueron los de las camionetas.

Esos eran los instantes en que Janet e Irma podían aprovechar para bañarse, para estar un poco más tranquilas. Ya habían acabado de arreglarse. Irma se recostó y se quedó dormida. Janet escuchó algo en una de las ventanas.

Una mujer, una señora que vivía cerca de allí estaba tirando piedritas al vidrio en donde se alcanzaba a ver un poquito de luz, ya que todas las ventanas estaban forradas con periódico o papel aluminio para que no se viera hacia adentro y nadie supiera si había alguien ahí.

–Irma, despierta…despierta…algo está pasando.

–¿Qué?

–Una señora está tirando piedras a la ventana…mira…ven

–¿Cómo?, ¿a poco?

Las mujeres se asoman apenas por un huequito de la ventana forrada y alcanzan a ver a la señora lanzando piedritas y haciendo señas. Janet alza un poco más la mirada y ve las luces de la policía. Irma se acerca y le dice ¿ya oíste?..las sirenas. Sí, te digo que algo pasa, le repite Janet mientras la señora sigue con la piedritas y se mira como muy apurada.

Será por el miedo, por la costumbre de estar con ellos día y noche, semanas y meses, pero la reacción de Janet fue a despertar a uno de los carniceros que estaba dormido en la casa para decirle que algo estaba pasando afuera.

Pero él esta mas dormido que despierto, y amodorrado le dijo “tranquila no pasa nada”. Ella le volvió a decir que algo estaba sucediendo afuera…”afuera está la policía”, pero ni así hizo caso.

El ruido aumentaba y las sirenas sonaban más cerca. Janet salió al patio y atravesó hasta llega a la bodega donde estaban dormidos los migrantes. Tocó el portón y uno de los migrantes le abrió asustado.

–¿Dónde están los que te cuidan?

–Ahí está, nada más es uno y está dormido.

Janet y el migrante se dieron cuenta de que las sirenas estaban ya a unas casas de ahí. La salvadoreña se armó de valor y se acercó a despertar al soldado para avisarle, pero pasó lo mismo que con los carniceros.

Se regresó a la casa y cuando subía las escaleras para buscar de nuevo a los carniceros, estos bajaban a toda prisa juntando papeles y las listas con los números telefónicos de los migrantes, los pagos hechos, los pagos pendientes, la ubicación de las otras casas y el rol de pagos y los nombres de los Zetas del sur.

Al ajar el jefe de esa casa le dijo “güerita, agarra tus cosas porque nos vamos ya…apúrate.” Le dijo también que Irma tenía que ayudarle a echar en una maleta las libretas con la información, porque no podían dejar nada ahí, nada que los delatara.

El alboroto era enorme en la casa. El ir y venir de los carniceros y de los migrantes hizo más confusión. Nadie se ponía de acuerdo sobre quiénes se iban con quién en las camionetas que estaban afuera.

En esa discusión estaban cuando el jefe y los carniceros agarraron la primera camioneta en la que ya habían echado los papeles, y se fueron a toda velocidad. Sólo quedaba uno de los cocineros y éste discutía con Janet.

–No te voy a llevar, no te puedo llevar porque tú sabes mucho, has visto muchas cosas y si hablas, tu lengua te va a matar y nos vas a meter en problemas…

–No me puede dejar aquí…no me deje, -le dice Janet, que se quiebra del llanto y le insiste-.

–Nos vas a meter en problemas si hablas…

–No voy a decir nada, me voy a quedar callada, nunca he dicho nada…nunca voy a decir lo que vi ni lo que pasó…

El hombre jaló del brazo a Janet y le ordenó a Irma quedarse en algún lugar de la casa. Salieron por el portón y caminaron hacia el pueblo, que estaba a unos cincuenta metros de ahí. Comenzó entonces una lluvia maciza, con rachas de viento frío que calaban la piel.

Caminaron a toda prisa y hasta la tienda que estaba en un callejón. Se detuvieron y escucharon más ruido, vieron las luces de las patrullas y alcanzaron a oír golpes en la puerta grande. Él se metió a la tienda y pidió dos cervezas. Se tomó una como si fuera agua y fue a donde estaba Janet. Los dos vieron desde la entrada a los migrantes salirse de la casa brincando las bardas, corriendo hacia las sombras en medio de la lluvia.

No había nada que el carnicero pueda hacer. Estaba solo. Vieron correr a los migrantes por todas partes y a la policía acercarse a la casa. Se metieron a la tienda y le ordenó de nuevo a Janet que se tomara la cerveza.

En la otra esquina de la callecita un taxista observaba todo lo que ocurría pero no se atrevía a acercarse. Era de los que trabajan haciéndole coberturas a los Zetas en Coatzacoalcos. El carnicero lo reconoció y lo llamó para que le hiciera un servicio largo. El tipo dudó un instante pero no tuvo salida. Se lo estaba ordenando un carnicero y sabía bien de lo que eran capaces.

El carnicero y el taxista hablaban en cortito para que ellas no se enteraran. Luego hizo varias llamadas desde su celular y después le dijo a Janet que se subiera al taxi.

El resto de la noche, se convirtió en otra pesadilla o en una extensión de la misma en la que Janet no imaginó que se podía caer más bajo y vivir minuto a minuto con el miedo en los huesos, en cada exhalación, mientras el cuerpo y la mente se hundían a cada minuto que pasaba.

 

“Si quieres, aquí mismo te mato.”

El taxi recorrió sin luces las calles del pueblito y llegó al otro extremo, para luego ir sobre un tramo de carretera y dejar al carnicero y a Janet en un bar que también era punto de venta de cocaína y mariguana, un prostíbulo de ficha en el que el hombre le dijo a la salvadoreña que como no traía mucho dinero y él tenía sed, ella tendría que ofrecérsele a alguno de los que iban a tomar para pagar la cuenta.

Ya todo estaba arreglado. Le dijo que fuera a hablar con una de las muchachas que estaban ahí para que le explicara en qué consistía la ficha, para saber cuánto y cómo se cobraba. La explicación duró menos de cinco minutos. Janet le dijo que entendía todo y la muchacha la llevó con un cliente para que empezara a fichar, mientras el carnicero se sentaba y pedía la primera ronda de cervezas.

Janet se quedó en la mesa con el señor, que ya estaba bastante borracho y algo le decía a ella con insistencia y hasta usando señas, pero nada, el tipo no quiere nada. Como no se veía que hubiera acción, el carnicero se acercó para ver qué pasaba. Nada, le dijo Janet, este señor no quiere nada, no llegamos a nada.

Entonces el Zeta se enojó bastante y comenzó a insultarla y a amenazarla. Le dijo que si el dinero que llevaba no le alcanzaba para pagar la bebida, ella se tendría que quedar para pagar la cuenta. Al final, el carnicero pudo pagar las cervezas, pero ya estaba muy molesto y harto de andar jalando de allá para acá con Janet. Llamó al mismo taxista para que los recogiera y los llevara a una de las casas de seguridad.

En el camino, encabronado, el carnicero comenzó a manosearla y a querer abusar de ella, pero Janet se negaba. La golpeó y la amenazó hasta que le dijo al taxista que se detuviera. “Mira, yo te dije que tu lengua te iba a matar, ¿quieres que sea hoy y aquí?”. Janet le contestó que no quería morir y ya no se resistió. La violó en el coche además de obligarla a inhalar cocaína y a beber.

En la casa, en donde estaba la mujer del carnicero, Janet encontró a otra migrante a la que le platicó como pudo lo que había ocurrido. Recuerda que la otra chica le dio consejos y hasta le anotó en la mano y en un papelito el nombre y el teléfono de su tío.

Búscalo y seguro que te va a ayudar a conseguir trabajo o si tienes problemas, le decía pero como estaba drogada, golpeada y con dos cervezas encima, no entendió nada. Para ayudarla más, la chica le dio 30 pesos que de algo le iban a servir. Como pudo se acomodó en uno de los sillones y se quedó dormida.

Al otro día, el carnicero las llevó a la otra asa de seguridad en la que se había quedado Irma. El reencuentro fue emotivo. Janet le contó todo por lo que habían pasado en los tres días. Irma la abrazó y le juró que nunca volverían a separarse.

Pero las cosas ahí fueron más difíciles, porque los dos Zetas que estaban en esa casa tenían sus mujeres, casi no salían y cuando lo hacían se las llevaban y a ellas las dejaban encerradas. No había cocina ni refrigerador. No tenían nada que comer sino hasta que los carniceros llegaran con la despensa.

Vinieron entonces las reglas en esa casa; prohibido platicar entre ellas porque los vecinos podrían escuchar sus voces o los ruidos en la casa en la que se supone no había nadie más; prohibido ver la televisión, prohibido cantar o salir al patio de a casa; prohibido reírse o hacer ruidos que llamaran la atención.

Así pasaron tres semanas, encerradas, casi sin comida, aisladas de todo y amenazadas de muerte si rompían algunas de las reglas.

Pero había dos ventajas reales en toda esa situación: siempre estaban solas, sin nadie que las vigilara, y… cerca de ahí estaba Dios.

Lo sabían por los cantos y la música de un templo cristiano que estaba más o menos cerca de la casa. Eran los tiempos en que la madre de Janet presentía o sabía en El Salvador algo que se le revelaba en sueños y luego se le convertía en visiones y en angustia.

Por eso juntó a la gente de la congregación y les pidió al apoyo para hacer oración por su hija, que la estaba pasando muy mal en donde estuviera. Esas eran las revelaciones de Dios y no podían ser falsas.

Janet recuerda esos días como de esperanza y fe, pero también como los de la duda, la derrota y los reproches a Cristo por ábrela abandonado y por haberla sometido a tan duras pruebas, cuando todo lo que ella quería era salir a conseguir un mejor trabajo y más dinero para sus hijos.

“Como ya pasábamos solas yo cantaba mucho, yo alababa mucho a Dios y le enseñaba las alabanzas a Irma y le contaba las historias de la Biblia, como si fueran en un cuento, como que le estaba contando a un cuento a un niño porque Irma es muy católica.

“Entonces sí era como una lucha muy grande, porque ella era de decir que la Virgen nos iba a sacar, y yo no…no es la Virgen…Nos va a sacar Dios, y era una lucha constante y era una situación muy dura porque yo escuchaba las alabanzas y era como estar alabando a Dios, pero realmente mi corazón no lo creía, porque sentía como que se había olvidado de mi.

“Era todos los días estarle reprochando; ¿porque te olvidaste?, soy tu hija, y era bien irónica la situación porque era estar hablando con Irma y decirle mi Cristo es así,…No te preocupes, porque en los momentos más duros es cuando Dios está ahí, yo se lo decía pero no era lo que yo sentía en mi corazón porque yo sentía que realmente iba a morir.”

 

“Si te vemos de nuevo por aquí…”

El encierro les dio cierta fortaleza y comenzaron a pensar en cómo escaparse. Trazaron planes, platicaban muy bajito y acordaban qué día iban a escapar. El problema era que cuando una estaba decidida y segura que era el mejor momento, la otra amanecía con miedo y decía que no era el día. Luego ocurría al revés, así que la fuga se posponía a cada instante.

Pero las cosas estaban escritas y el día que habían elegido por fin para escapar, porque los carniceros habían llegado borrachos y ya se iban a dormir, otro de ellos, completamente sobrio, llegó como a la medianoche. Se les apareció en la sala y les ordenó que se arreglaran, que juntaran sus cosas porque…”ya se van”.

¿A dónde a estas horas?, se preguntaron las dos.

–¿Qué sigue, a dónde nos llevan?

–Arréglate y no preguntes.

Luego les ordenó, “traigan sus cosas y súbanse al taxi”. El coche las esperaba afuera. Janet subió primero y de inmediato le entró la desconfianza, porque conocía a todos los taxistas que trabajaban para los Zetas de Coatzacoalcos pero a ese nunca lo había visto y además venía acompañado de otra muchacha sentada junto a él.

El quinto pasajero del coche fue el carnicero que acababa de darles órdenes. Enfilaron hacia Coatzacoalcos. En el camino pasaron por una tienda Oxxo y ahí se bajó el carnicero para ir por refrescos y algo más.

En esos instantes, el taxista volteó a verlas y les dijo “Dios está con ustedes, porque este no era el propósito para con ustedes, y no tengan miedo, vivan la vida, como que esto no ha pasado; ustedes no nos conocen, nosotros no las conocemos, pero si ustedes vuelven a pasar por Coatzacoalcos, no lo vuelven a contar…”

Janet e Irma no sabían aún si aquello era verdad o mentira, si era una trampa o una prueba que les estaban haciendo los Zetas para darles confianza y luego volverlas a secuestrar o acusarlas de algo. No confiaban en nada ni en nadie.

El carnicero regresó al taxi y les dio refrescos a todos. También sacó un paquete de cigarros y les ofreció. Janet tomó uno y el carnicero le dijo “no te preocupes Janet, sin rencores.”

El auto reinició la marcha. Minutos más tarde el taxista se detuvo en un lugar oscuro, lejano de la ciudad. Bájense, les dijo, “ya se pueden ir”. Obedecieron. Cuando ya estaban afuera se les acercó ya cada una le dio 25 pesos y nuevas instrucciones para caminar, tomar otro taxi y llegar a un sitio que ya les había indicado.

El taxista encendió de nuevo el motor del coche…y se fue.

Entre el frio, el hambre y el asombro, Janet e Irma sólo atinaron a caminar y caminar por el lugar porque ningún taxista de los que pararon quiso llevarlas al lugar que les habían dicho. Entonces decidieron que era más el miedo y la duda de que las estuvieran vigilando desde algún punto y ya no se movieron de ahí.

Se quedaron debajo de un puente a esperar que amaneciera. Con la luz de la mañana se animaron a caminar siguiendo la vía del tren, hasta que llegaron a una casa a pedir agua porque no traían suficiente para comprar algo.

La mujer que las recibió les dijo que por el momento sólo tenía tortillas con sal para ofrecerles. Aceptaron y aquellas tortillas fueron las más deliciosas que hubieran probado en sus vidas. Con los pocos pesos que les quedaban consiguieron en donde hablar por teléfono a larga distancia a sus familias en El Salvador y en Guatemala.

–“Mami… ¡Estoy libre!… ¡Sí mami!.. Estaba secuestrada y estoy libre! La madre de Janet llora mucho. Le dice “yo sabía que algo pasaba, mi Cristo a mi no me engaña.”

Regrésate, le decía su mamá a Janet, pero hacerlo implicaba pasar de nuevo por Coatzacoalcos, la única ruta que las dos conocían yen donde ya le habían advertido al dejarla libre que si la veían de nuevo por allá, la iban a matar.

“No mamá, ahorita no me puedo regresar porque es peligroso para mí. Voy a juntar dinero y luego le hablo para decirle cuándo me regreso, voy a estar por acá un tiempo más pero esté tranquila, yo ya estoy bien”, le dijo Janet para tranquilizarla.

La buena fortuna siguió acompañando a Irma y a Janet. La mujer que les había dado de comer tortillas tenía a su esposo trabajando en una obra en construcción en la que estaban instalando malla ciclónica para un futuro centro comercial.

El jefe de la obra estaba buscando a alguien que se hiciera cargo del conteo y control de los materiales que entraban al patio de obras. Las dos fueron a verlo, pero mientras Irma lo esperaba en su oficina, Janet se daba vueltas por la obra y al momento de la contratación, la única que estaba y la única para la que había trabajo era Irma.

Cuando Janet se apareció, el jefe de la obra se dio cuenta de que no eran mexicanas y les dijo que eso iba a ser un problema para él, que no se podía. Irma y Janet le dijeron que ellas nunca se separaban y que si le daba trabajo a las dos, aceptarían el sueldo de una, la cosa era trabajar, tener un dinero y comer y un lugar donde estar. El ingeniero aceptó pero les dijo que tuvieran mucho cuidado y no hablar con mucha gente.

Duraron menos de dos meses en ese lugar. Con el dinero que juntaron volvieron a subirse al tren pero se habían prometido no volver a pisar ninguna casa del migrante en el camino, porque ya conocían como estaba la cosa, sabían que gente como los Zetas tenían espías allí, tenían a otros dizque migrantes sin bañarse, mal vestidos, sucios como perdidos, pero en realidad eran gente que iba a ver a quien enganchaba, por las buenas o por las malas.

Las vías las llevaron a San Luis Potosí, en donde Janet escuchó que había una casa de atención a migrantes, ero que era manejada y administrada por la fundación cristiana Caritas. No dudó en ir a ese sitio con Irma, porque cuando era niña su familia recibía ayuda de ese organismo y eran gente confiable.

Se quedaron en la casa de Caritas, cuyos directivos ya tenían bien armados los expedientes de Janet e Irma y sabían de dónde venían, en dónde habían estado y lo que habían vivido.

Los casos fueron boletinados a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), así como a otras organizaciones y también a la Procuraduría General de la República (PGR), que acababa de poner en marcha una nueva instancia, la Fiscalía Especializada en Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas (FEVIMTRA).

Sin embargo, Janet e Irma durarían menos de un mes en la casa de Caritas. Un día, una migrante se presentó en el lugar para pedir refugio. Su ropa, su manera de hablar y comportarse y la forma en que se relacionaba con las mujeres y trataba de saber cosas, las pusieron en alerta.

Algo está mal otra vez, le dijo Janet a Irma. Algo no anda bien con esa muchacha que acaba de llegar, le insistía para luego decirle: esa es Zeta, es de ellos, estoy segura, esa es Zeta y nos anda buscando.

Irma no lo podía creer. O era cierto o era ya demasiada imaginación y miedo y nervios que les habían quedado de todo lo vivido en Coatzacoalcos. No aguantaron mucho tiempo allí, sobre todo cuando ella comenzaba a hacerles la plática y a querer saber de dónde venían y para dónde iban.

Asustadas, se pusieron de acuerdo para contarle cada una por su lado cosas distintas y decirle juntas que se dirigían a sus países de origen. No le dijeron cuándo pensaban irse, pero dos días después, cuando ella no estaba, se salieron de Caritas y agarraron de nuevo la vía para ir a parar a Saltillo, Coahuila, para quedarse en otro centro de atención a migrantes que les habían platicado en Caritas de San Luis Potosí.

Iban con esa confianza de que de donde venían era un lugar seguro, pero no podían olvidar que la muchacha Zeta había logrado llegar allí y hacerse pasar por migrante. En estos pensamientos estaba cuando les dijeron que un grupo de funcionarios de la CNDH estaba de visita documentando casos de abusos sufridos por migrantes centroamericanos a manos de policías, de polleros y de bandas criminales y que querían entrevistarlas.

“Nosotros no somos conejitos de indias para que anden averiguando”, les respondieron a los de la casa del migrante que las habían recibido. Estaban nerviosas, sumamente desconfiadas y no querían decirle nada a nadie.

Janet sudaba de nervios cuando recordaba las palabras del carnicero aquel que le perdonó la vida una madrugada diciéndole que su lengua la iba a meter en problemas, que había visto demasiadas cosas y que sabía demasiado.

“Hay güerita, ¿qué vamos a hacer contigo?” eran las palabras que se le agolpaban en la cabeza cuando le insistían en que tenía que hablar con la gente de los derechos humanos. Tanta insistencia y la seguridad de que se trataba de documentar ciertos hechos y no de investigarlas a ellas, las animó a hablar.

Además, cuando llegaron a Saltillo las infecciones vaginales y otros padecimientos adquiridos durante los días de cautiverio y explotación sexual habían disminuido su salud. También les dijeron que ahí mismo, en Saltillo, las podían ayudar para que regresaran a sus países arreglándoles lo de la Forma Migratoria FM3.

Pero para estar segura una vez más de que las cosas son reales, de que puede confiaren la gente de Saltillo, Janet llamó por teléfono a los de Caritas en San Luis Potosí para decirles que estaba bien, que ella e Irma estaban en Saltillo pero que había gente que quería entrevistarla y hacerle preguntas de cosas que ella no quería recordar.

Les dijo a los de Caritas que si conocían a las tres personas que estaban en Saltillo. Les dio sus nombres y las descripciones y le dijeron que no había problema, que sí los conocían, que eran gente honesta y estaban haciendo esa investigación. Además, el casi de ustedes ya se difundió en varias partes, no sólo en México, les dijeron.

Entonces aceptaron hablar con la gente de los derechos humanos y con la gente de la FEVIMTRA, que iba a abrirles un expediente para investigar el caso. Después de la primera entrevista en Saltillo, Janet e Irma fueron trasladadas a la ciudad de México para firmar los papeles y declaraciones en las oficinas de la fiscalía.

La tarde en que dejaron la fiscalía era luminosa. El pegaba de lleno, pero cálido y suave sobre los cristales de decenas de edificios de oficinas en la colonia Cuauhtémoc. Leves rachas de viento movían los árboles sobre la avenida Reforma cuando la camioneta de la PGR en que había llegado a la FEVIMTRA abandonada el estacionamiento del edificio.

Janet e Irma iban bien resguardadas, tomadas de la mano y mirando por las ventanas hacia la calle. La salvadoreña pensaba en sus hijos, en su madre y en dios. Miraba de reojo a Irma mientras la camioneta avanzaba hacia el Circuito Interior y enfilaba hacia el norte.

Irma no supo por qué le apretaba la mano, pero dentro de sí, Janet recordaba las tardes sin esperanza, las madrugadas de pesadillas, rezos y lamentos de los migrantes y la guerra de fe que alguna vez tuvo con su amiga acerca de quién y cómo las salvaría.

Janet miraba la luz de la tarde y el trafico de la ciudad y recordaba aquellos días de batalla entre su fe y el horror del cautiverio en Coatzacoalcos, y le venían a la mente sus propios rezos: “Señor, si tú me mandaste a este lugar tan horrible solamente porque yo le hablara a una persona de ti, pues me duele mucho y ni modo, así va hacer… pero demuéstrame que estás ahí”.

Varias horas después iniciaba en otro sitio una nueva vida que comenzó con tratamientos médicos y psicológicos para sanarle en parte las heridas del abuso y el miedo hacia la gente , el miedo a la vida más allá de las bardas de una casa clandestina en la que nadie vale nada.

“De las otras heridas, de las del alma, las que me hacen sentir sucia y con miedo de todo, se va a encargar mi dios”, dijo Janet mientras miraba la libreta sobre la mesa en su nueva casa y la grabadora registraba su última frase: “esa es mi historia”.

 

San Mateo Ixtatan. Guatemala.- Ya entra la madrugada. En el piso frío de la casa de madera y lámina, las manitas de las niñas van y vienen en silencio, navegando entre lo que les queda del último llanto y el chapaleo del líquido que sienten tibio y espeso, irreal, saliendo calladito y lento del cráneo de su madre.

Lo juntan como pueden. Que no se vaya, que se quede, y una va por un trapo y otra le arregla el cabello mientras le acaricia la cabeza que es como algo pesado y sin forma, pero que huele a ella.

Los ángeles lo ven todo. Están allí y se acomodan tristes y azorados, callados, a una distancia prudente de Chabelita que ya los vio pero no tiene ánimo para hablarles ni escucharlos porque el dolor y la pesadilla son más grandes que el portento de sus presencias.

Esa noche de mayo, los escasos siete años de vida se le convierten a la pequeña en una losa que nada ni nadie le va a quitar de la piel. Los recuerdos y los sueños aún hoy, en la habitación más segura de todas, se transforman en gusanos que se mueven debajo de su cama sobre granos de arroz blanco, igualito al que había en el piso de tierra, regado entre platos y sillas rotas cuando veían a su mamá con la mirada en el techo, jadeando rápido y luego lento lento hasta que ya no respiró más.

Su otra hermana, cuatro años mayor que la Chabelita, le habla al oído para decirle que es bonita, que no tenga más miedo, que ya pasó todo, que todo está bien, que eso no se va a quedar así, que esa grosería del padre se va a castigar pero que ya no va a sufrir más.

La hermana más pequeña, de apenas tres años, solloza y las mira desde la cama desordenada y sucia.

Unas horas antes, los gritos y la angustia desbocada de la mujer se terminaban de tajo frente a sus hijas. Cuatro, cinco golpes secos, cortos y envainados, cargados de maldiciones, bastaban para terminar con la discusión que en principio se parecía a las que todas las mañanas tenían papá y mamá cuando empezaba el día.

Pero ese primero de mayo, como lo recuerda muy bien Chabelita, fue distinto a los demás.

Faltaba poco para la media noche y la bestia, movida por hilos de odio y locura, de los celos y alcohol, batía sus brazos y manos como el aire a los árboles hasta arrancarlos de la tierra y lanzarlos desmadejados, como bultos, hacia un rincón del cuartucho.

El brazo derecho de la mujer y su rostro, levemente inclinado a la derecha, quedaron apuntando hacia el fondo de la pieza en donde Chabelita y sus hermanas eran también como ángeles ocultos que lo ven todo, que lo saben todo pero no dicen nada, no hacen ruido porque la brutalidad las dejó mudas o porque los ángeles les taparon la boca para que su paso por este mundo no fuera así de efímero y terrible.

El hombre buscó unos quetzales revolviendo todo lo que encontraba a su paso. Removió con el machete húmedo lo que había sobre la mesa de madera en busca de algo. Comida, monedas, un vaso con agua o cerveza.

Buscaba en las latas algo del dinero que Chabelita y su hermana ganaban en las calles de Huehuetenango, pidiendo limosna a la gente.

Ella tenía apenas siete años y su hermana casi diez. Entre las dos cuidaban a la más pequeñita de la familia. A Chabelita le tocaba lavarle los pañales de tela y cuando se acababan, la mandaban a la calle a pedir dinero para comprar de los desechables, la mandaban a conseguir dinero para comprar algo de comida y por supuesto, cervezas, alcohol para su padre.

El tipo maldijo al aire, a la noche y al cuerpo de la mujer que le dio tres niñas y entre el ladrido de los perros alebrestados por los gritos salían de la vivienda se perdió en lo oscuro, macheteando a sus propios fantasmas y cortando de tajo el frío de la madrugada que intentaba cerrarle el paso para que no huyera.

Con él se fueron los ladridos y el murmullo de los vecinos que no se atrevieron a acercarse al cuartucho para descubrir lo que imaginan. Alguno de ellos venció el miedo y se fue por la vereda a buscar a la abuela de las niñas en otra comunidad para que fuera a ver lo que había pasado y se llevara a sus nietas de ahí.

Los ojos de la mujer miraban al vacío, entrecerrados y negros, sin brillo, ya sin alma. Del otro lado del cuartucho, entre las sombras, Chabelita y su hermana creían mirar otra golpiza más de las tantas que él le propinaba a su mamá y que luego de unos instantes ella se levantaría entre llantos y quejidos.

Pero esa fue la última discusión de todas. Unas eran por el dinero que no había, otras por la ropa mal planchada o por la comida fría y sin sabor, o por la casa que estaba sucia. A veces los golpes eran porque no había cervezas o porque ella no podía más y le reclamaba el maltrato, el alcohol, la brutalidad.

Todo eso se acabó a filo de machete. Tal vez los ángeles, que luego vienen a platicar con la niña, lo sabían pero de todos modos nada pudieron hacer en esas horas.

Arrodilladas, Chabelita y su hermana limpiaron el cuerpo de su mamá, trozado a golpes, empujones y fierrazos, mientras el hombre enfilaba hacia la frontera con México.

***

“No es cuento, es verdá…”

La de Chabelita es una historia que se rearma paso a paso, reuniendo la pedacería que han dejado en su mente y en su cuerpo el maltrato, las carencias, los abusos, la muerte, la violencia sexual y la traición de sus familiares.

En este rompecabezas que muestra los fragmentos de una vida que no rebasa los ocho años de edad, surge en esporádicos chispazos una niña-mujer con destellos de lucidez forjada por la desgracia y el sufrimiento.

Chabelita se viste de color rosa, lleva pantalones de mezclilla y zapatillas bajitas, como de princesa de cuento o de bailarina.

A veces usa tenis de colores y listones en su cabello negro y lacio. La mirada de indígena morena, de niña chuj del norte de Guatemala, se le endurece. Pese al dolor, sus ojos delatan permiten adivinar un mundo interior vivo, revuelto, intenso, en apariencia confuso pero también decidido a ir separando lo grotesco de lo sensato, lo triste de lo esperanzador, lo oscuro de lo luminoso.

Va contando su vida en saltos que mezclan su voz aguda con fraseos rasposos, acompañados de gestos y pequeños arrebatos contra enemigos invisibles que la atosigan y obligan a crecer, a dejar por momentos de ser una niña de ocho años.

Son los fantasmas de carne y hueso que la hacen transformarse en rabiosa mujer que lanza piedras de tamaño de su cabeza contra los pies de un gringo negro para hacerlo sangrar y poder escapar antes de ser ultrajada en una casucha a las afueras de la ciudad, sobre la tierra caliente de algún lugar de Quintana Roo, tal vez cerca de Chetumal o de Cancún o de otro sitio que no puede precisar y del que jamás sabrá el nombre.

Entonces, el recuerdo de esa odisea -quizá la única de la que salió victoriosa- le hincha la voz y la memoria le engrosa la garganta y se yergue en la silla mientras abraza a sus muñecas rubias y las protege y con la otra mano abofetea el aire y lo empuja y le dice que “no; ¡ándele usted!, ¡no!, ¡a mí me respeta, a mí me deja en paz y no me toca!, ¿qué se cree? …Usted, ¡tenga, tenga más!..¡Tenga!

Luego, la niña-tormenta vuelve a la calma en un nuevo giro, una acrobacia del tiempo y del alma que la regresan a estos días en los que abraza contra su pecho a tres Barbies a las que cuida para que no les suceda lo mismo.

Chabelita mira a los ojos de quien la ve, pero no por mucho tiempo. La imperiosa necesidad de seguir siendo niña la lleva de nuevo a hurgar  en sí misma y reinicia el diálogo con sus muñecas. Las peina y las despeina, les canta, les sonríe, algo les enseña y las lleva de allá para acá. No las deja ni un instante.

Sólo si le pregunta menciona a sus hermanas. Una, tres años mayor que ella y la otra que apenas comenzaba a caminar. Las tres, separadas por las tías, por los abuelos tras la muerte trágica de su mamá.

–Mira Chabelita, ven, siéntate y platicamos aquí, como jugando, sobre tu vida y…

–No, no es juego, es de verdá…, -dice la niña y antes de permitir el acceso a su vida te dice que primero va a hablar de los ángeles, porque los ángeles la han cuidado y la han ayudado y viene a decirle cosas de las que se entera antes que la gente las sepa.

“Este es una historia de navideño; primero el ángel Gabriel visitó a María y dijo óyelo bien, tú vas a tener un hijo muy especial María, y llegó María para dar las buenas noticias a José y José… ¿cómo vas a tener un hijo si no nos habíanos casado…Tu mamá y tu papá tiene hijos ¿y tú?

No te creo nada, dijo José y después en la noche envió un ángel Dios a José y dijo, no te preocupes José, el hijo que va a tener María, él va a salvar todas las vidas, dijo el ángel y ese día no se preocupó mucho José.

Y después hubo un orden de César, dijo, tú pueden regresar a la ciudad donde habían nacido, y después llegaron a la ciudad y ya no había lugar para quedar José con María y viajaron a Belén y dijo un hombre, tú pueden dormir a mi establo y se iban a dormir a su terreno pero ya no pudo porque está todo ocupado y viajaron a Belén y esa noche, al establo, nació el Niño Jesús”.

Y después de todo eso, “el Dios dijo, van a vivir muy felices, porque el Dios está con tu hijo”. Chabelita repite de memoria el pasaje del Antiguo Testamento que le han enseñado en el DIF (Desarrollo Integral de la Familia, creado en la década de los setentas), y en la casa segura en la que vive con otras niñas y jovencitas víctimas de situaciones similares.

Allí fue a parar la niña desde la muerte de su madre, desde los regaños de sus parientes y la codicia que luego se convirtió en negocio, porque comenzaron a ofrecerla como juguete sexual a extranjeros en el puerto turístico de Cancún, Quintana Roo.

***

“Los hombres no nos cuidan…”

Aquella batalla contra un “gringo negro” fue seguramente la única que Chabelita ganó. El resto de su breve historia en tierras mexicanas es tan confusa como dolorosa.

La niña asegura que después de lanzarle la piedra al tipo, salió corriendo de donde estaba (una calle de Cancún) y antes de que la buscaran ya se había escondido entre los botes de basura de una calle cercana a al sitio en el que su papá la acababa de ofrecer.

En su versión, Chabelita dice que pasó mucho tiempo luego de haber aventado la piedra y que después, agachándose y ocultándose en varios lugares pudo llegar hasta el centro. Después, con la ayuda de un policía al que le contó lo que le estaba pasando, llegó al DIF de Cancún.

Ahí fue admitida y se le abrió un expediente que poco a poco fue derivando en una investigación por abuso sexual, violencia física y más tarde por tráfico de personas y abuso de menores.

Esta última parte es imprecisa y al mismo tiempo fundamental, porque la niña describe cómo fue sacada de Guatemala hacia Belice y luego hacia México, muy probablemente sedada, con los ojos vendados y envuelta en cobijas para cruzar la frontera clandestinamente.

Cuando narra esta parte de su vida regresan los gestos, el asombro y las palabras extraídas de todos lados para tratar de explicarse la realidad y sobre todo para encontrar en cada recuerdo la respuesta a una pregunta que ronda todo el tiempo en su relato: “¿por qué yo?, ¿por qué me hacen esto?”

El expediente de Chabelita llegó al instituto Nacional de Migración (INM) y a la Procuraduría General de la República (PGR), en donde el caso de Chabelita ha seguido su curso mientras las instancias federales deciden la situación migratoria de la niña.

La indagatoria para reconstruir la vida de Chabelita es complicada y tiene visos muy especiales, porque de su reato se van desprendiendo aspectos cada vez más delicados que no solo explican lo que le sucedió, sino que también van dando una imagen sobre las personas y las situaciones en torno suyo que fueron conformando parte de una incipiente estructura de trata y prostitución de menores, en un punto del país caracterizado por la agudeza de esta problemática.

Chabelita se incomoda y parece confundirse seriamente si se le preguntan más detalles sobre aquellos días de Quintana Roo.

–¿Quién te llevó a Cancún?, ¿Cómo llegaste hasta allá?

–Mmm…es muy largo, que decir…primero me quitaron de mis tías, porque luego de que se murió mi mamá, de que la mataron a mi mamá, uno su hermano que ella tenía le dio mucha tristeza y se puso mal y se dio cuenta. Se desmayó, dicen.

–¿Se enfermó cuando supo que tu mamá habían muerto?

–Sí. Se puso mal y se desmayó y se murió.

–¡Uy!, no me digas, y entonces tu abuelita, la que dices que no veía nada, ya se quedó sin hijos.

–Sí, ya no tiene hijo ninguno. Se quedó sin hijo y sin su hija.

Chabelita se resiste a escarbar en esos recuerdos, pero la indignación se le va volviendo coraje y en las respuestas se desliza más y más en la zona de los días pesados y violentos que su gente pareciera llevar en la sangre.

Y es que Huehuetenango, el Departamento en donde se halla San Mateo Ixtatan, es uno de los 15 puntos del mapa guatemalteco que registra los índices más elevados de violencia hacia las mujeres.

Los bajos niveles educativos, el desempleo, el alcoholismo, la drogadicción, la ausencia de una infraestructura básica para una población expulsada del campo hacia las ciudades o hacia la migración al norte del continente, forjaron una cultura de violencia y machismo hacia las mujeres.

Las huellas de esta tragedia quedan plasmadas en estridentes notas periodísticas que dan cuenta de abusos, vejaciones y crímenes en aumento.

En mayo de 2008 las autoridades de Guatemala reportaban 255 asesinatos de mujeres, la mayoría por arma de fuego, en un periodo que al final arrojó un saldo de 672 víctimas. Una de ellas fue la mamá de Chabelita, asesinada, según recuerda la pequeña, el primero de mayo.

Las autoridades guatemaltecas indicaban en 2008 que el perfil de las víctimas era el de “jóvenes, trabajadoras, amas de casa y adolescentes, en situación de vulnerabilidad, debido a la pobreza y extrema pobreza”.

De poco o nada sirvió la creación, en abril de 2008, de la Ley Contra el Feminicidio. El promedio de asesinatos contra las mujeres se incrementó tras la entrada en vigor de esa legislación y alcanzó la escandalosa cifra de 70 víctimas por mes.

Para el 2009 las cosas no mejoraron en lo absoluto, y tanto los asesinatos como las violaciones y abusos sexuales, la trata de menores y la expansión de la pornografía infantil marcaron la pauta en la situación de la violencia constante hacia las mujeres guatemaltecas.

Al final del 2009 la cifra de homicidios ascendió a más de 730 casos, pese a la vigencia de la ley para castigar incluso con la pena de muerte a asesinos de mujeres. Las cifras al respecto son abrumadoras y siguen creciendo.

Entre 2002 y 2008 se registraron poco más de 4,300 muertes violentas de mujeres guatemaltecas. A esa cifra se han sumado los datos de 2009 y los que se acumulan cada día del 2010, en el que hasta el pasado 15 de febrero habían sido asesinadas otras 87 mujeres.

No en balde la Organización de Estados Americanos (OEA) ubica a Guatemala como el país con el nada honroso primer lugar en el continente en feminicidios. Le siguen en esa lista negra El Salvador y Honduras.

Pero al final, en este mar de datos y estadísticas, impera una ley inamovible: la de la impunidad, apuntalada por el menosprecio y la discriminación, por la sinrazón de la violencia de género.

Chabelita lo sabe muy bien porque lo ha visto y lo ha vivido hasta la médula, sin entender por qué a ella, para qué a ella.

Otro fragmento de su tragedia surge de su boca cuando recuerda que al pasar ilegalmente a Belice y luego en Chetumal, su tía Elsa le dijo que de ahora en adelante a su papá le tenía que decir “tío”, porque así tenía que ser, que no le dijera papá, que eso ya no existía.

Entonces, al llegar a Cancún, lo descubrió. No pudo llegar a los Estados Unidos. Se había quedado en Quintana Roo porque ahí ya tenía novia; una mujer muy joven y bajita que de inmediato tuvo roces y enfrentamientos verbales y físicos con Chabelita.

“Y ahí estaba esta chaparra condenada, que a ver para qué sirve, si no sirve para nada…Porque mi mamá no era chaparrita y esta chaparra, ay, si yo le decía, ¡A ver tú, chaparra, que haces si ni haces nada y ahí estas y nada más ordenan y no saben hacer nada y mi mamá sí sabía hacer cosas y tú no”, le gritaba Chabelita y su “tío” se enojaba y venían las groserías y los golpes y las cachetadas de la novia y de las tías.

Mira tú, “nos sabes cocinar, ni sabes lavar su calzón (del papá); mi mamá está más alta que tú…A ver, ¿para qué sirves”, le reventaba la niña en la cara a la nueva mujer de su papá y terminaba la escena poniéndose un par de zapatos de tacón que le dejaron rescatar de entre las cosas de su madre.

Trepada en ellos la volvía a enfrentar: “¿Ves?, estoy más alta que tú.”

Para acabar con el pleito, el papá la amenazaba con llamar a la policía para que se la llevaran porque era muy grosera y esta sin control. “Que me lleven, que vengan”, respondía Chabelita a gritos.

Indignada, la niña levanta la mirada. En su cuello y en la mejilla izquierda conserva marcas de golpes. Aprieta la mandíbula y mientras su pensamiento viene de regreso a este tiempo, alcanza a decir: “ya ves, los hombres no nos cuidan; las mujeres creen que nos pueden dar órdenes y nos ponen a lavar trastes…”

***

¿Sabes por qué estoy acá?

La noche del primero de mayo, cuando murió su mamá, Chabelita vio a los ángeles cerca de ella pero no les hizo mucho caso, porque era más importante atenderla a ella, sacar el martillo, los clavos, desarmar los tablones de la litera y hacerle una camita, una cosa a su mamá para acomodarla y que estuviera bien.

Las horas de la noche que ella y su hermana emplearon en buscar los tablones, bajar cobijas y ropa para envolver a su mamá fueron vigiladas por los ángeles, dice ella. Desde entonces vienen a verla en secreto cada quince días. Le tocan la ventana o la puerta y le hablan bajito para que sepa que son ellos.

Pero la condición es que no le ande diciendo a la gente que vienen a verla, que no le cuente a los otros que la van a cuidar para que nunca más le vuelvan a pasar cosas feas, como en San Mateo.

Los ángeles se quedaron cerca de ellas mientras limpiaban y arreglaban a su mamá tirada en el piso. Vieron a las niñas clavar tablones y proteger con cobijas a la mujer y todos estuvieron con Chabelita hasta que al amanecer llegó la abuela materna, ayudada por otros parientes porque estaba prácticamente ciega.

Al día siguiente la abuela se encargó de llamarle a su otro hijo que vivía en los Estados Unidos para decirle lo que había sucedido, pero la noticia fue devastadora. Murió de un infarto al saber que su hermana había asesinada a machetazos y golpes delante de las niñas.

Con ese doble dolor a cuestas, la abuela y las niñas sepultaron a su hija en el cementerio de San Mateo. Consiguieron un nicho y colocaron el ataúd ahí. Consiguieron bloques de tabique para tapiar el nicho y la gente cooperó para comprar unos botes de pintura. Chabelita recuerda que el día en que arreglaron el nicho “mi mamá estaba rete feliz, rete contenta.”

–¿Cómo lo supiste?

–Porque ella me dijo, ¡qué bonito se ve que están quedando los colores!

Unos días antes de que sus familiares la llevaran ilegalmente a Belice, Chabelita fue visitada de nuevo por los ángeles. Esa vez la visita fue más importante, porque traían un mensaje para ella.

“¿Sabes por qué estoy aquí?” – le preguntó uno de los ángeles a la niña –.

“¿No sabes? Yo estoy aquí porque te estoy protegiendo y te estoy cuidando, porque tu mami y su hermano están muy felices, porque están con Dios”, le dijo ese ángel.

Chabelita escuchaba con atención el secreto y la condición que el ángel le ponía para seguir viéndola y hablando con ella.

“Tú no le vas a decir a ninguna gente que venimos a hablarte, si no te van a llevar al infierno”, le dijo el ángel. Y entonces, “me desmayé”, recuerda Chabelita.

Pasó mucho tiempo para que los ángeles regresaran a verla. Tal vez estaba ya en Cancún cuando tocaron en la puerta de la casa y en una de las ventanas. Supo que eran ellos y que esta vez no venían solos. Su mamá los acompañaba y se veía feliz, recuerda la niña.

“Vino a verme y me vio que estaba y jugando, vino a ver cómo estaba yo y me dijo, mira esto es un secreto y no le puedes decir nada a nadie de que vine a verte, de que anduve por acá”.

No sabe cuánto duró la visita de su mamá y de los ángeles, pero conserva el secreto y solo lo revela cuando algo le dice que puede confiar, que no hay problema.

Los ángeles también la visitan cuando las cosas se ponen mal, cuando la gente vuelve a abusar de ella o le ha hecho muchas groserías. Dice que ya estando acá en México, en la casa donde las cuidan a ella y a otras jovencitas, tuvo un problema fuerte con Rocío -una adolescente que tiene más tiempo de haber sido rescatada de la trata de personas- y le dio una cachetada.

Lloró mucho y le dio coraje, porque Rocío es mayor que ella y lo que hizo fue un abuso. Pero de todo esto se enteraron los ángeles y regresaron una tarde a visitarla. De nuevo le pidieron que no le contara a nadie que la estaban visitando y le dijeron que ya sabían lo que le había hecho Rocío.

Quien te pegó, va a pagar más que el doble por lo que hizo, y tú vas a vivir y vas a visitar a la gente y vas a ir a muchos lugares, pero no vayas a decir nada de esto; tú sabes que las niñas son bonitas pero no deben ser caprichosas”, le dijo uno de ellos y sin saber cómo, se le desapareció esa tarde.

***

Sin perdón.

Chabelita está bajo protección de autoridades federales, pero la investigación sobre lo que le sucedió, al menos en suelo mexicano, no ha avanzado gran cosa. Hay huecos en su historia que ni la niña ni las autoridades que la atienden logran llenar.

Sin embargo, en otras cosas es muy clara y los detalles de su vida van perfilando un universo que es común no solo a las mujeres guatemaltecas, victimas de todos los tipos de violencia imaginable, sino también a un sector cuyas características siguen apuntalando y recreando las peores condiciones de vida que terminan por reproducir y agigantar las agresiones como un rasgo distintivo, una subcultura de la que casi nadie escapa.

Cuando Chabelita dice que esa parte de su historia es difícil de narrar, no exagera. El tema “es muy largo”, insiste, pero en realidad quiere decir que al asunto es más bien doloroso. Los pasajes se le borran de la memoria o comienzan a aparecer confusos.

Aún así sigue con el relato y dice que los malos tratos ya los sufría su abuela, que el abuelo nada mas tomaba y comenzaba a decirles cosas feas, puras groserías y acaba dándole golpes a su esposa.

El abuelo robaba. Se llevaba el dinero de la familia, el de la abuela y de la gente que iba conociendo y cuando tenía mucho o suficiente para emborracharse, les decía “mataré con este dinero…mataré con este dinero”, y se perdía varios días. Regresaba maltrecho y a buscar más dinero o a dormirse muchas horas y a despertarse para exigir que le dieran de comer.

Así era casi todos los días, y cuando la abuela le reclamaba venían los golpes, venía la vida como una calca de otras vidas y otros abuelos y abuelas; golpeadores y golpeadas, vidas que se repiten una y otra vez, un espejo sin fin que se le quebró en pedazos a Chabelita una noche de mayo.

De las tías -las hermanas de su papá- dos eran buenas personas o al menos así las conserva la niña en la memoria.MaryElizabeth no la trataban mal y jugaban con ella cuando tenían tiempo, quizá porque eran jovencitas, unos ocho o diez años mayores que ella.

Pero Elsa, la tercera tía, esa sí era mala con Chabelita, no solo porque la cacheteaba y le decía cosas y la amenazaba. Era mala persona porque la quería matar, porque la hacía trabajar como si la niña fuera gente grande. De sus agresiones quedan varias cicatrices en el cuerpo de Chabelita. Marcas en el rostro, en los brazos y la espalda.

Pero lo peor, cuenta Chabelita, es que Elsa quería robarle sus secretos y le recordaba todo el tiempo que su mamá estaba muerta, que no la iba a ver más.

Cuenta la niña que Elsa ganaba mucho dinero porque se dedicaba a limpiar casas en la ciudad de Chetumal. Cuando tuvo a su alcance a Chabelita, la tía la enseñó a limpiar y se la llevaba a trabajar, pero se quedaba con el dinero que le daban a la pequeñita.

La lastimaba y la amarraba con una cuerda para que no saliera a jugar, para que no se le escapara de la casa y para tenerla dispuesta a lavar la ropa, los platos, lo que Elsa le ordenara.

Un día Chabelita se hartó de lo que le hacía Elsa y le dijo que ya estaba cansada de los malos tratos, que ya no quería vivir con ella. Fue cuando la mujer le anunció que se iban de Guatemala y que su destino sería Chetumal o Cancún, en México. La niña se negó también a acompañarla. “No tienes opción, te vienes conmigo y ya”, le dijo Elsa. Después de esa discusión, la tía comenzó a castigarla dejándola sin comer varios días.

Eso fue cuando todavía estaban en Guatemala. Para entonces las tías de Chabelita, en particular Elsa, ya habían establecido contacto son su hermano en Cancún y tenían preparado el andamiaje para sacar a la niña de su tierra natal y llevarla con él. Lo que sucediera en tierras mexicanas era asunto distinto y que seguramente nadie imaginaba.

Una tarde, Chabelita fue a donde la llamaba su tía Elsa y ésta le dijo que iban a salir pero que para eso necesitaba taparle y la vendó. La niña no recuerda mayores detalles. Es muy probable que la hayan sedado para sacarla de Guatemala y llevarla sin contratiempos al país vecino.

“¡No manches, ya estábamos en Belice!”, alcanza a decir Chabelita en una frase copiada de las jovencitas con las que comparte espacio, cuidados y atención en México, en instalaciones de la PGR.

Después de pasar a Belice, lugar del que no recuerda nada, fue llevada a Chetumal. Ahí encontró la única distracción y alegría de esos días de pesadilla. Conoció el mar. Mientras se establecían y localizaban a su papá, la llevaron a la playa. La experiencia fue única. Dice orgullosa que ahí aprendió a nadar muy rápido porque se sumergía mucho, se metía muy adentro del agua.

De Chetumal pasaron rápidamente a Cancún y Chabelita pudo ir a la playa una vez más, hasta que por fin sus tías dieron con su hermano y el sueño se terminó. Volvieron los malos tratos y en especial la explotación.

De Cancún hay más recuerdos, casi todos malos. La vida diaria era muy dura y a Chabelita la obligaban a trabajar de lo que fuera, a pedir dinero en las calles, a juntar latas de aluminio para venderlas en depósitos de basura, a recolectar envases de plástico y en chatarra para venderla en tiraderos del puerto donde están las zonas marginadas.

Recuerda que en una ocasión ella y Elsa o alguna otra de las tías, tuvieron que vender la televisión que tenían, una videocasetera y un DVD. Envolvieron todo con cobijas y lo llevaron en una bicicleta hasta el lugar donde les compraban la chatarra. Les dieron unos cuantos pesos por lo que llevaban, una cantidad que a Chabelita le pareció importante, porque también acabaron vendiendo la bicicleta en la que cargaban las cosas.

A otra cosa que recuerda con agrado es la cama de la tía Elsa. Aunque ella era “mala y tonta, su cama estaba rica, suavecita”. Fue Elsa quien localizó al papá de Chabelita y finalmente la dejó con él, advirtiéndole que de ahí en adelante no le podría decir de nuevo “papá”, que tenía que llamarlo “tío”, nada más.

De todos modos, cuando se enteró de que iban a ver a su papá y de que se iba a quedar con él, el coraje se le había venido encima otra vez porque se acordaba de aquel primero de mayo, de la noche en la que su mamá fue asesinada delante de ella y de sus hermanas.

“Yo ya le tenía un gran coraje y no le iba a decir papá otra vez, por lo que hizo, por lo que le había hecho a mi mamá”, repite.

El hombre no había logrado pasar más allá de Cancún en su huida de Guatemala. Quizá descubrió que además de mantenerse impune podría también dedicarse a otras actividades, tener otra mujer y continuar con su vida abusiva.

Viviendo con ellos, con el papá y su novia –a la que refiere como muy jovencita- Chabelita le decía a él algunas cosas que le había enseñado su madre y le insistía en que la Biblia mencionaba lo malo que era decir groserías porque iba en contra de Dios y lastimaba a los ángeles, pero él no entendía y seguía agrediéndola física y verbalmente.

Las cosas empeoraron porque el papá y ella chocaban con el tema de la Biblia. El tipo le pagaba cada vez que ella intentaba corregirlos a él y a su pareja citando un pasaje o una idea del texto religioso.

–Oye Chabelita, ¿perdonarías a tu papá por lo que hizo?

–Sí lo perdonaría. Sí sería su única oportunidad de perdonarlo pero sólo si estuviera viva mi mamá. Solo así se perdonaría, pero ya no lo quiero por lo que hizo.

***

Y me llevaron con los hombres.

En esos días de abusos y de hartazgo, Chabelita se dio el lujo del desquite, de la revancha infantil con la que se cobró algunas de las cosas que le hacían su papá, su novia y la tía Elsa.

Esa suerte de venganza fue contra su papá y su pareja. La risa le ilumina el rostro moreno y le llena los ojos oscuros y profundos cuando recuerda que consiguió la llave del candado del cuarto o la casa en la que vivían y se las ingenió para dejarlos encerrados mucho tiempo, tanto que cuando regresó a abrirles tenían mucha hambre.

Desde el otro lado de la puerta de la casa, Chabelita brincaba y con las llaves en la mano brincaba y le gritaba a la novia de su papá “loser (perdedora), loser…eres una loser”, y se reía como nunca. Mientras el papá y la novia la cocían a maldiciones para que les abriera, Chabelita dio media vuelta y se fue hacia la ciudad, al fin que ya conocía los caminos, porque la mandaban a cada rato a buscar cosas para vender, a comprar comida o simplemente a pedir limosna en las calles.

Por supuesto que las cosas no se quedaron así. El papá y la mujer aumentaron los abusos contra Chabelita y ella les respondía de la única manera en que sabía hacerlo; diciéndole a ella que era una chaparra, que no servía para nada. A él le recordaba que en San Mateo su mamá de ella le decía a cada rato que era un bueno para nada, que ya hiciera algo, que buscara trabajo.

Y a los dos terminaba por decirles que ojalá y se los llevaran al infierno de una vez por todas.

Chabelita no puede dar más detalles sobre cómo fue iniciada en el comercio sexual infantil en Cancún.

Para los especialistas que comenzaron a atenderla en Quintana Roo, queda claro que esa parte de su vida es borrosa e incompleta y que por eso la recuerda en forma limitada, bajo ciertos parámetros, porque para ella implicaría enfrentarse a las imágenes y a la memoria de los tocamientos, de abusos sexuales y otro tipo de agresiones que prefiere dejar atrás.

Pero no es fácil, porque quienes la han atendido calculan que durante mes y medio o quizá dos meses fue abusada sexualmente, aunque ella asegura que “solo una vez me llevaron con los hombres.”

–¿Y para qué te llevaban con los hombres?

–Pues para que me violaran y eso.

–¿Quién te llevaba con los hombres?

–Mi papá y su novia.

–¿Cuántas veces te llevaron con los hombres?

–Una vez nada más.

–¿Y entonces dices que te violaron?

–No, no me violaron, porque no me dejaba.

Chabelita se pasea entre las sillas negras del auditorio en el que cientos de cristianos se funden en abrazos, en plegarias y lágrimas conforme escuchan a su Pastor alabando al Señor, invitando a la gente a abrirse a la palabra divina mientras un grupo musical y el coro concluyen la celebración.

En unos meses más su situación migratoria y su vida entera cambiarán. Es casi un hecho que va quedarse en México y que será adoptada por una familia que será seleccionada cuidadosamente por el DIF.

La ayudarán a recomenzar su vida apenas a los ocho años de edad. Chabelita se sienta en una silla y luego en otra. Abraza a sus tres muñecas, les habla y las acomoda o las carga un momento y las deja junto a ella mientras busca en su bolsita plateada un peine o un espejo para arreglarlas.

Luego voltea y atiende las últimas preguntas mientras el día va clareando y el sol enciende en verde esmeralda el pasto detrás de los enormes ventanales, justo frente a la puerta del auditorio en un centro de convenciones que los domingos es el centro de reunión de este grupo de crisitanos.

–Chabelita, ¿qué quieres ser cuando crezcas?, ¿Qué te gustaría?

–Ah, pues quiero ser presidenta…

–Qué bien, que maravilla. ¿Presidente de Guatemala?, ¿de tu país?

–No, de Guatemala no. Ahí ya no quiero regresar.

–¿Entonces?

–Presidenta de México, si se puede.

Ya iba para afuera, cortando cartucho y brincando entre muebles, entre barandales de madera y sillas rústicas de hierro, gritándole a Irán (Quiñónez Gastelum), su escolta, para ubicarlo, para ordenarle que salieran por atrás, pero el hombre encargado de la seguridad personal de “Nacho” Coronel ya tenía a media docena de militares encima apuntándole a la cara.

Eran poco más de las 13:00 horas cuando el grito de los oficiales se escuchó en la entrada principal de la casa. “¡Ejército Mexicano…quieto, no se mueva!…Quieto”, le decían los militares a Quiñónez mientras su jefe era, Ignacio Coronel Villarreal, era buscado por cinco elementos de tropa en la estancia de la casa de Colinas de San Javier, sobre la calle de Paseos del Parque.

Sobre la herradura que forman las calles de Madrigal y Paseos del Parque, en la exclusiva zona residencial del municipio de Zapopan, los dos helicópteros Bell de la Fuerza Aérea Mexicana (FAM) seguían volando bajo, en círculos cerrados y con una dotación de francotiradores listos para disparar en caso de que alguno de los buscados hubiera logrado escapar.

No ocurrió así. Ni Ignacio Coronel ni su escolta, Irán Quiñónez, pudieron salir de la casa. El sicario y protector del capo fue sometido rápidamente por los soldados. Nacho Coronel llevó la peor parte.

Momentos antes, el capo le había disparado a la cara al Teniente de Infantería que iba al frente del grupo de asalto para capturarlo. Murió al instante. Nacho Coronel siguió disparando su pistola automática y alcanzó a darle a un Sargento que cayó herido.

Pensó que con eso podía ganar metros, terreno, piso a los militares que creyó haber dejado atrás, pero se equivocó.

El Teniente al que había asesinado y el Sargento herido estaban casi a la entrada de la casa, pasando la cochera, atravesando el primer patio. Por eso creyó que podría huir si salía por una de las habitaciones del fondo, la que daba a otro patio más pequeño y luego a una cancha de tenis. Después lo esperaba un jardín y de inmediato la calle de Madrigal, a la que nunca llegó.

Se topó de frente con un segundo grupo de militares ya iniciada la balacera. La orden superior era la de detenerlo vivo, pero sobre la orden imperaron la situación real y la doctrina castrense. Más que un narcotraficante o un delincuente armado, Ignacio Coronel se convirtió en un enemigo y como tal se le abatió.

Quiso enfrentar a los militares para escapar por la calle trasera y fue acribillado de frente por tres de ellos. Intentó disparar pero frente a él ya estaban cinco militares apuntándole. Tres de ellos abrieron fuego. Las ráfagas atravesaron a Coronel.

Su cuerpo quedó a medio escalón entre dos barandales de madera que asemejaban los límites de un potrero, con sus sillas y bancos de madera y hierro, con una mesa de cristal ocupada con vasos de unicel, latas de refresco y cerveza.

Nacho Coronel quedó a medio camino entre una cantina hecha de ladrillos rojos, un par de amplificadores negros y el desnivel que separa una parte de la sala y la estancia que lleva a las habitaciones del ala izquierda de la casa.

Fueron 10, quizá 12 minutos y todo terminó. Las siguientes cuatro horas fueron de cateo, de levantamiento de pruebas y recolección de objetos e información sobre el cartel de Sinaloa y sus operaciones en el Occidente del país.

Ojos en el cielo

Los mandos de inteligencia militar y naval sabían que desde hace poco más de un año el narcotraficante Ignacio Coronel Villarreal, conocido como “Nacho” Coronel, vivía en Zapopan, Jalisco, municipio del que entraba y salía a placer, protegido por policías de diversas corporaciones.

Esto no era nuevo. Desde 2006 un grupo de operadores y sicarios del cartel de los hermanos Beltrán Leyva se había trasladado al municipio de Zapopan para unirse estratégicamente a esa parte del cartel de Sinaloa que controlaba el paso de dinero, drogas, armas, personas, precursores químicos, vehículos y combustible.

En ese mismo año fueron detenidos cuatro familiares de los Beltrán Leyva en zonas residenciales de Zapopan. El propio Ignacio Coronel vivió más de tres años en la exclusiva zona de Puerta de Hierro, a escasos cinco kilómetros de la Base Aérea Militar Número Cinco, en ese municipio, en donde se localiza también el Colegio del Aire.

De ahí se mudó a Colinas de San Javier, ocupando con su gente cuatro casas ubicadas en sitios estratégicos que le garantizaran el control de accesos y salidas en casi de urgencia.

De acuerdo con la Defensa Nacional, Ignacio Coronel controlaba los intereses del cartel de Sinaloa en los estados de Jalisco, Colima, Nayarit, Michoacán, Durango, Zacatecas y Coahuila. La guerra entre cárteles se agudizó y obligó a Coronel a moverse constantemente para evitar el acoso de sus enemigos.

Al hacerlo entraba y salía de Jalisco esporádicamente hasta que su gente tomó el control de la plaza y le aseguró una permanencia menos turbulenta. Sin embargo, la detención en el norte del país de varios operadores de cárteles rivales que contaban con datos sobre la posible ubicación de Coronel, sirvió para aportar datos cada vez más precisos sobre el paradero del narcotraficante.

A todo esto se sumaron las escuchas telefónicas, las intervenciones de internet y la infiltración de militares encubiertos que hacían patrullajes esporádicos para ubicar las casas, fotografiarlas y llevar un seguimiento que permitiera un operativo casi perfecto.

Y así fue.

A los militares les tomó al menos una semana preparar con todo detalle el operativo para detener a Nacho Coronel luego de vigilar sus movimientos y los de tres grupos de sicarios que viván en dos casas más localizadas en Colinas de San Javier.

Los especialistas de las Secciones Séptima (Operaciones Contra el Narcotráfico), Segunda (Inteligencia Militar) y del Centro de Inteligencia Antinarcóticos (CIAN) del Estado Mayor de la Defensa Nacional (EMADEN), utilizaron el software de Google Earth para ubicarlo a la perfección y conocer sus posibles salidas y rutas de escape y prevenir contingencias que involucraran a otros vecinos de la exclusiva zona de Colinas de San Javier.

Con imágenes captadas por el sistema Google Earth en 2009, definieron la parte final del plan de operaciones para rodear desde tres puntos la casa del tercer hombre en importancia en el cartel de Sinaloa.

Los equipos especiales sabían muy bien que Nacho Coronel sólo podía escapar de la casa de Paseos del Parque hacia cuatro puntos y usando únicamente dos vías inmediatas de huída: la calle de Madrigal, a espaldas de su casa, en donde tenía una cancha de tenis y junto a esta, un jardín de unos 200 metros cuadrados, y la propia Paseos del Parque, insegura y atestada como seguramente estaría de militares y policías si alguna vez llegaban a dar con su paradero.

Una vez alcanzando la calle de Madrigal, el siguiente objetivo sería llegar a la avenida Juan Palomar Arias, que podía conducirlo hacia el municipio de Guadalajara.

Esas eran las opciones de escape que Google Earth le reveló a los mandos de la Sedena al momento de diseñar el operativo de captura del narco y de sus más cercanos operadores y sicarios.

Los posibles puntos de escape estaban cubiertos pero no fue necesario extender el movimiento militar hacia las avenidas y calles de la zona residencial.

Minutos antes de ingresar a las casas de Ignacio Coronel, los militares detuvieron a los primeros dos sicarios sobre los que había un seguimiento constante y que conocían los movimientos y los horarios de su jefe.

Los detenidos sabían que Coronel estaba en la casa, acompañado únicamente por Irán Quiñónez Gastelum, y que no tenía planes para salir en las horas siguientes.

Al sobrevuelo de los helicópteros le siguieron el cierre gradual de las calles Paseo de los Parques, Avenida Patria, Juan Palomar Arias, Madrigal, Paseo de la Noria y Villa de la Colina.

Luego, el arribo de tres grupos especiales de 50 elementos cada uno, pertenecientes a la V Región Militar y finalmente los cortes de energía eléctrica y hasta de la señal de internet.

En cuestión de minutos, Ignacio Coronel y su gente quedaron aislados. Sin contacto entre ellos, sin el apoyo del resto de sus sicarios, el capo quedó inutilizado mientras las palas de los helicópteros sonaban más cercanas a los techos de las casas aledañas.

La intervención militar fue precisa. La reacción de Ignacio Coronel, imprevista. Los militares que diseñaron el operativo estaban seguros de que al verse rodeado, superado en número y poder de fuego, Nacho Coronel se entregaría. El cálculo fue erróneo.

Una hora más tarde, con la situación bajo control, el presidente Felipe Calderón y su comitiva arribaban a Guadalajara para sostener un encuentro con empresarios y luego inaugurar el nuevo estadio de las Chivas, en un evento de carácter privado.

Por la noche, la Sedena citó a los medios de comunicación para ofrecer una supuesta conferencia de prensa en la que se ofrecerían datos sobre la operación para detener a Nacho Coronel y las circunstancias en las que murió.

No hubo tal conferencia. El General Edgar Luis Villegas, Subjefe Operativo de la Defensa Nacional, solo leyó el comunicado de dos cuartillas y se retiró rápidamente del auditorio de la Sedena.

El texto de la Sedena indicaba en su parte final, que “Nacho Coronel dirigía las actividades delictivas para su organización en el occidente de la República, que comprende los estados de Jalisco, Colima, Nayarit y parte de Michoacán, controlando el tráfico de Cocaína a través de la denominada Ruta del Pacífico”.

El Departamento de Estado de los Estados Unidos, la Oficina de Asuntos Internacionales de Narcóticos y el Orden Públicos y el F.B.I. ofrecían una recompensa de 5 millones de dólares por información que llevará a su captura, añadía el comunicado.

“A ver, cabrón, ahorita sigues tú”, le dijeron los policías judiciales militares al teniente de Caballería Roberto García Ramírez en uno de los pasillos de la zona de detención del Campo Militar Número 1 mientras en un cuarto se torturaba a otra persona.

Sudoroso, semidesnudo, con los ojos vendados, esposado y con la barba un poco crecida, el teniente escuchaba los gritos del detenido, “Sergio N”, que al parecer no estaba resistiendo el tormento, al punto de que un judicial militar se asomó para exclamar: “¡Médico, médico… se nos va!”.

A Roberto se le aceleró el corazón y empezó a sudar más profusamente. Ya sentado, se preguntaba por qué procedían contra él si apenas tres días antes, el 23 de marzo de 2009, acababa de realizar, en una casa de Culiacán, el segundo aseguramiento de dólares estadunidenses más cuantioso en la historia de las operaciones antidrogas en Sinaloa: poco más de 5 millones 100 mil dólares.

Eso justamente recordaba cuando un judicial del Ejército lo tomó del brazo para ponerlo de pie y, sin más, le dijo que se bañara, se rasurara y se cambiara de ropa para que le diera tiempo de alcanzar el vuelo de regreso a Culiacán.

Roberto no dijo nada pero su silencio fue como una pregunta para los militares. “Sergio ya cantó, tú te puedes ir… te vamos a llevar al aeropuerto”, añadieron.

Nunca vio cara a cara al tal Sergio “N”, pero tres meses después, cuando lo detuvieron por segunda ocasión, dedujo que el hombre torturado –”Sergio N” o “Teniente Sergio”– se llamaba en realidad Sergio Armando Martínez Fajardo, que en 2003 había desertado del Ejército –cuando era teniente de Infantería adscrito a la 7ª Compañía No Encuadrada en Culiacán– y que a él se atribuía un testimonio que, rendido en abril de 2009, lo involucró con el narco y motivó su reaprehensión.

Fue en esta última etapa cuando dice haberse enterado también de que el “Teniente Sergio” estaba al servicio del cártel del Chapo Guzmán, que era un operador, un reclutador de militares y policías federales y que, tras las probables torturas que siguieron a aquella de marzo, lo había señalado a él y a otros ocho oficiales, suboficiales y elementos de tropa como cómplices e integrantes de una supuesta célula al servicio del narco en esa entidad.

Recibió igualmente información en el sentido de que, luego de haber referido hechos, nombres y cifras ante autoridades militares y agentes de la SIEDO, el “Teniente Sergio” se había “esfumado” y nunca ratificó sus dichos ni ofreció pruebas contundentes de las acusaciones contra él y los demás detenidos, como la consistente en que pagaba a Roberto García 7 mil 500 dólares quincenales para que diariamente le reportara los movimientos del Ejército en Sinaloa.

Casi un héroe…

Todas estas cosas estallaban en la cabeza del Teniente Roberto García la tarde del pasado 12 de junio, dos días después de haber sido felicitado y de haber recibido un reconocimiento “su destacada actuación en la aplicación de la Directiva para el Combate al Narcotráfico, 2007-2012” por parte del alto mando por sus méritos en la lucha contra el narcotráfico.

El documento llevaba la firma del General Secretario de la Defensa Nacional, Guillermo Galván Galván, con número de matrícula 4749031, y la fecha que el teniente nunca olvidará: 10 de junio de 2009.

Por si fuera poco, la distinción al militar era otorgada por el Alto Mando en reconocimiento a su destacada labor en al menos 29 aseguramientos relevantes efectuados como oficial del 24 Regimiento de Caballería Motorizado dentro de la Operación Conjunta Culiacán-Navolato.

Los aseguramientos, de los que el Teniente dio parte a la PGR, se realizaron entre el 25 de octubre de 2008 y el 7 de abril de este año.

El reconocimiento oficial a la labor del Teniente se produjo luego del aseguramiento del 23 de marzo en Culiacán, Sinaloa, en donde fueron localizados $5,107,744 en una casa localizada en el boulevard Montecarlo y calle Mito, en el fraccionamiento Montecarlo, en la salida norte de Culiacán.

En la incursión –en la que no hubo detenidos– se aseguraron además siete armas largas y tres armas cortas, 1,500 cartuchos y tres vehículos.

Como ocurre en cada operativo, el aseguramiento del 23 de marzo fue acreditado al jefe de la unidad militar participante y en el acta de Puesta a Disposición firmaron el TENIENTE DE CABALLERÍA, ROBERTO GARCÍA RAMÍREZ, el SARGENTO SEGUNDO ANTONIO LÓPEZ CANDELERO y el CABO ROBERTO GALÁN BELLO, todos pertenecientes al 24 Regimiento de Caballería Motorizado.

En todos los operativos antidroga efectuados por el 24 Batallón en los que participaba el Teniente Roberto García, él era el encargado de firmar las Puestas a Disposición ante la PGR.

Durante su paso por el 24 Regimiento Motorizado, el Teniente García efectuó 29 aseguramientos. Entre ellos hubo tres de especial relevancia, porque se trató de la incautación de fuertes sumas de dólares americanos para pagar nóminas de policías y funcionarios corruptos, de informantes, de infiltrados en corporaciones de seguridad y de algunos militares comprados por el narco.

Además del dinero, los militares aseguraron lotes de joyas y relojes finos, así como armas de alto poder y cartuchos útiles.

El reporte de la Puesta a Disposición del 23 de marzo de 2009 indicaba que también habían sido asegurados un lote armas largas, dos camionetas, droga y chalecos tácticos con insignias de la Policía Judicial del Estado de Sinaloa.

Casi dos semanas después, la Sección (alrededor de 32 elementos) que encabezaba el Teniente Roberto García encabezó un operativo en la colonia Desarrollo Urbano Tres Ríos, en Culiacán, Sinaloa, en donde se efectuaron cateos en al menos tres domicilios.

En dos de ellos los militares aseguraron de nuevo fuertes sumas de dólares americanos, así como un cuantioso lote de joyas y relojes finos, armas, droga y vehículos.

En una de las casas fueron hallados 252 mil 982 dólares y un lote de 164 relojes finos, de las marcas Cartier, Rolex y Bvlgary, entre otros. También se encontraron 17 esclavas de oro, 5 cadenas de oro, 4 crucifijos con incrustaciones de piedras preciosas, 2 amillos, 5 cadenas con incrustaciones de pedrería fina y una caja fuerte abierta y vacía.

El tercer cateo volvió a quedar en la Hoja de Actuación del Teniente García, porque los elementos bajo sus órdenes hallaron un lote de 61 paquetes en los que había $2,805,635, 15 relojes finos y una caja fuerte.

También se hallaron 18 pistolas, cuatro  fusiles de asalto, una ametralladora y decenas de cargadores y cartuchos útiles.

Este numerario bastó para que él y varios de sus compañeros de unidad fueran tomados en cuenta por el alto mando para recibir reconocimientos, premios e incentivos por su “destacada actuación” en la aplicación de la directiva de lucha contra el narcotráfico.

Acompañado de su esposa y de su hijo, un pequeño que sufre problemas de salud muy especiales, el Teniente Roberto García y otros militares fueron premiados el 10 de junio en las instalaciones del Campo Militar Número Uno.

Roberto pensó que con la entrega del Reconocimiento firmado por el General Secretario Galván quedaban saldados los difíciles episodios vividos en marzo, cuando se le detuvo en Culiacán, se le trasladó al Distrito Federal vendado, esposado e incomunicado para ser sometido a todo tipo de presiones antes de decidir que con él no había problema, porque otro más ya había cantado.

Quizá en la entrega del Reconocimiento había una especie de mea culpa, algo que indicara que con él se había cometido un exceso, dos errores, tres injusticias.

En total, el Teniente García y sus soldados lograron asegurar -entre el 25 de octubre de 2008 y el 7 de abril de este año- $8,211,588, 57 vehículos, 20 paquetes de droga y 130 armas de fuego de diversos calibres.

Por eso tras recibir el reconocimiento y haber aguantado el arresto del 26 de marzo, el Teniente Roberto tomó la decisión de solicitar su baja definitiva del Ejército.

Sus jefes le dijeron que debía esperarla en Culiacán, pero él pidió regresar a su tierra, a Cerro Blanco, Veracruz, con su esposa y su hijo enfermo.

En eso estaba, cuando…

…todo un narco

El 9 de abril de 2009, el Teniente de Intendencia (prófugo) Sergio Armando Martínez Fajardo se presentó en las instalaciones de la Policía Judicial Federal Militar para ofrecer una declaración ante autoridades castrenses referente a su participación, desde 2003, en las filas del narcotráfico al servicio del cartel de Sinaloa.

La confesión del ex Teniente Sergio era inusitada pero no gratuita; si estaba ahí, si se había atrevido a regresar a la SEDENA era porque su vida corría peligro y dado su nivel de involucramiento con el crimen organizado no tenía otra opción más que presentarse a las instalaciones militares, soltar la lengua y ofrecerse como testigo protegido para salvar el pellejo por lo menos ante el Ejército Mexicano.

De hecho eso fue lo primero que deseó asentar en su declaración; que acudía ante autoridades militares porque no confiaba en la gente de la SIEDO ya que era muy corrupta y estaba infiltrada por muchos espías, no solo del cartel de Sinaloa sino también de otras organizaciones criminales.

Soltó entonces un primer nombre, el de otro ex militar (un Subteniente de Infantería) que ya había estado preso en la cárcel del Ejército en Mazatlán, Sinaloa, y aún así logró ser aceptado en un área sensible de la PGR desde la que informaba sobre movimientos, operaciones y planeamiento para capturas importantes.

El ex militar comenzó un viaje declarativo que lo llevó a explicar por qué había traicionado al Ejército y se había sumado a las filas del cartel de Sinaloa tras desertar de la 7° Compañía No Encuadrada que opera en Culiacán, Sinaloa, el 19 de marzo de 2003.

Justificó su decisión por las presiones que sobre él y su familia habían hecho los operadores y sicarios de Sinaloa, buscándolo, hostigándolo, amenazándolo de muerte a él y a su familia para que dejara al Ejército y se fuera con el cartel.

El ex Teniente Sergio cedió a las presiones y en septiembre de 2003 desertó de la 7° Compañía No Encuadrada. Según su relato a los mandos militares, sus dotes de organizador y su sangre fría le valieron ascender muy rápido en el cartel de Sinaloa y en menos de seis años ya era encargado de la logística y de la seguridad de Vicente Zambada Niebla, “el Vicentillo”, hijo del Ismael Mayo Zambada García, uno de los líderes históricos del grupo criminal.

Sin embargo, explicó, el ascenso le acarreó más responsabilidades y una de ellas era la de revisar la logística y movimientos del “Vicentillo”. La captura del hijo del Mayo fue el principio del fin para el Teniente.

El 19 de marzo de 2009, el día en que Vicente Zambada fue detenido en el Pedregal, en la Ciudad de México, los operadores y lugartenientes del cartel buscaron de inmediato al Teniente Sergio para reclamarle por la detención “del hijo del patrón”.

Está cabrón -le dijeron-, la gente te está buscando para que les expliques que pasó, cómo es que lo ubicaron, le decían.

Que te muevas para la capital, para el Distrito Federal porque te van a ver allá. Que esperes en el lugar para que te ubiquen y te digan a donde vayas, fue lo último que le dijeron en Culiacán.

Sergio entendió que iban por él, que estaba en la mira “porque me estaban echando la culpa de la captura del hijo del jefe”. No había nada qué hacer. Lo iban a cazar. Por eso se ocultó en varios puntos de Sinaloa y luego en ciudades cada vez más cercanas a la capital del país, ganando tiempo mientras el cartel se recomponía tras la captura del “Vicentillo”.

Antes de presentarse en las instalaciones de la SEDENA para soltar lo que traía y negociar con la SIEDO protección para él y su familia, el Teniente Sergio trató de arreglar las cosas con la gente de Sinaloa pero sus esfuerzos fueron nulos.

El 9 de abril por fin declaró ante los militares y no solo implicó al Teniente Roberto García Ramírez, sino a otros ocho militares y a varios civiles y agentes de la PGR que formaban parte de una red de apoyo al cartel creada aparentemente desde 2007.

En su declaración sobre el Teniente Roberto García Ramírez, el ex militar detallaba que éste pertenecía al 24 Regimiento de Caballería Motorizado.

“A Bobby lo conocí en un puesto de control en Navolato, Sinaloa; presentándome primero como informante, diciéndole primero como informante. Diciéndole que había sido militar y que tenía información de narcotráfico, para que agarrara confianza, inclusive le puse unas casas de narcomenudeo y después lo invité a trabajar para la organización, y aceptó la invitación por lo que a partir de ahí me entregaba todas las mañanas un informe con las actividades de su Regimiento, el cual tenía su base en la ciudad de Tehuacán, Puebla, pero se encontraba de apoyo en la Operación Culiacán-Navolato, Guamúchil, Sinaloa, pagándole a través de depósitos a un número de cuenta que en este momento no recuerdo, y por dicha información se le pagaban $7,500.00 dólares quincenales, y para que contactara más militares…”

Luego siguieron las declaraciones en las que el Teniente Sergio explicaba cómo había conocido o contactado a los ocho oficiales restantes y cuál sería su supuesto nivel de involucramiento con las operaciones del cartel en Culiacán, Navolato y en otros puntos de Sinaloa en donde la gente de Joaquín Guzmán y de Ismael Zambada tenían intereses.

El Teniente Sergio amplió su declaración dos días más tarde ante autoridades de la SIEDO. Para el 12 de junio, cuando el Ejército realizó las primeras detenciones y traslados del personal militar al Distrito Federal, algunos de los abogados defensores pudieron acceder al expediente para saber quién los acusaba, de qué delitos y cuáles eran los elementos de prueba firmes que se habían exhibido para proceder contra ellos.

Aparecieron de inmediato el nombre y los datos del Teniente Sergio Armando Martínez Fajardo y su odisea como desertor, operador y jefe de seguridad de Vicente Zambada Niebla y la debacle personal del ex militar tras la captura del hijo del “Mayo”.

Apareció también el argumento de la SIEDO en el expediente acerca de la naturaleza del testigo Sergio Armando Martínez Fajardo y la confusa explicación de la subprocuraduría acerca de que el ex militar, dada su condición y su situación al conocer información delicada, necesitaba protección especial.

Sin embargo, la SIEDO se negó llamarlo o reconocerlo en el expediente de la averiguación previa PGR/UEDICS/143/2009, como “testigo protegido”.

El viernes 12 de junio de 2009, la SEDENA emitió un boletín de prensa sin número en el que informaba haber detectado “que un grupo de diez oficiales subalternos filtraban información a integrantes de la organización delictiva “GUZMÁN LOERA (sic)”.

La secretaría añadía en el escueto comunicado –en el que no se mencionaron nombres ni grados– que “El día de hoy dichos militares fueron puestos a disposición de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada para los efectos de su competencia”.

El domingo 14 de junio, la PGR emitía su comunicado de prensa 652/09, en el que precisaba los nombres y grados de nueve militares entre los que no figuraba el Teniente de Intendencia Sergio Armando Martínez Fajardo. La PGR anunciaba que desde ese día comenzaba al arraigo de los detenidos para “agotar las investigaciones en torno a su probable responsabilidad en la comisión de los delitos de delincuencia organizada y fomento a las actividades de narcotráfico de la organización criminal liderada por Ismael Zambada García (a) “El Mayo Zambada” (sic).

Aguanta tantito… Ya mero te vas

Seis días antes de que se cumpliera la ampliación de segundo arraigo por 40 días en contra de los 9 militares, el Juez Primero de Distrito de Nayarit, con sede en Tepic, en la causa penal 234/2009, obsequió la orden de aprehensión para enviar a los militares arraigados y a los tres ex agentes de la SIEDO al Centro Regional de Readaptación Social de Chilpancingo, Guerrero.

De acuerdo con los abogados del Teniente Roberto García Ramírez, EL Ministerio Público Federal adscrito a la SIEDO no aceptó en principio las pruebas ofrecidas tras la detención del oficial.

Por eso se interpuso el Juicio de Amparo 693/2009-7, con el que se buscaba obligar al MP federal a aceptar las pruebas y sobre todo a llamar a 24 testigos pertenecientes al 24 Regimiento de Caballería Motorizado.

La defensa del Teniente Roberto había solicitado como primer testigo de calidad en el desahogo de pruebas al General Secretario de la Defensa Nacional, General Guillermo Galván Galván, para que respondiera algunas preguntas en su oficina sobre el Reconocimiento que se le había entregado al militar dos días antes de su detención.

Los abogados del Teniente pensaban preguntarle si tenía conocimiento o no acerca del historial y a hoja de servicios y de actuación que amparaba el comportamiento del detenido en el combate al narcotráfico; si el detenido estaba sujeto a algún tipo de investigación por supuestos nexos con el narcotráfico; si la SEDENA y él en particular acostumbraban entregar reconocimientos y luego detener a los militares que se habían hecho acreedores a ellos; saber cuáles eran los mecanismos con los que la SEDENA se alegaba información de su personal encargado de combatir a los cárteles de la droga y cuándo le era entregada al General Secretario.

Ya no hubo tiempo para las preguntas al titular de la SEDENA y mucho menos para que los 24 testigos del Regimiento citados por la defensa rindieran también sus testimonios, porque los abogados habían ganado el juicio de garantías el 14 de agosto para hacer que el MP admitiera las pruebas y llamara a los testigos de la parte acusada.

El segundo testigo de importancia era el Teniente Sergio Armando Martínez Fajardo, a quien se le exigirían detalles precisos sobre desde cuándo habría supuestamente reclutado al Teniente Roberto, cuánto dinero le había entregado en total, en que cuenta y sucursal bancaria, así como elementos contundentes tales como fotos, grabaciones, videos u otros que fortalecieran las acusaciones y no sólo vagos señalamientos.

El Amparo 693/2009-7 concedido por el Juez Cuarto de Distrito de Amparo en Materia Penal en el Distrito Federal, Francisco Javier Sarabia Ascencio, le daba al Teniente la protección de la ley y obligaba al MP a citar a los testigos. Las diligencias nunca se llevaron a cabo.

Los nueve militares y los tres agentes de la SIEDO fueron consignados al penal de Chilpancingo, Guerrero, el pasado 28 de agosto bajo la acusación de presumiblemente “proporcionar información de las indagatorias que integraba la SIEDO contra miembros de esas estructuras delictivas” (Boletín de Prensa de PGR, 1062/09).

La consignación se hizo con base en los testimonios y pruebas aportadas por el Teniente Sergio Armando Martínez Fajardo, a quien la SIEDO le habría dado el nombre clave de “María Elena” para seguir aportando datos en otras averiguaciones.

De estas cosas platicaba el Teniente Roberto García durante su arraigo, cuando recordaba las palabras de sus compañeros en el Regimiento.

Los Oficiales que estaban al tanto de su situación, de la detención y traslado al Distrito Federal en marzo, y que conocían su decisión de darse de baja por todo lo ocurrido, le aconsejaban “aguanta tantito, ya mero te vas”.