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Conocí a Marcos Abraham Villavicencio en el año 2006. En ese entonces él había aparecido en los diarios de Argentina, mi país, por haber vivido una epopeya. Con apenas diecisiete años, el muchacho –dominicano– se había metido de polizón en un barco en el que había resistido dos semanas sin comer ni beber agua. Él quería llegar a Estados Unidos, ubicado a pocos días de viaje desde su ciudad; pero el cálculo le había salido mal y había terminado en un puerto de Ensenada, una localidad pequeña y deslucida de la provincia de Buenos Aires.

El día de su llegada Abraham fue internado por desnutrición en un hospital local. Ahí lo vi por primera vez. Estaba escuálido y una cánula con suero le colgaba del brazo derecho. A su alrededor, entre tanto, no paraba de entrar y salir gente: Abraham era polizón, pero a esa altura del partido principalmente era noticia.

–Yo quería ir a Nueva York –explicó aquel primer día. Abraham tenía el cráneo romo y un par de ojeras inmensas, pero sobre todo tenía una historia. Una vida dura y maravillosa que yo iría conociendo a lo largo de los meses, durante un reportaje para la revista Rolling Stone que nos ubicó a los dos en esa relación ambigua que se da entre periodistas y entrevistados cuando ocurre un trato prolongado: no éramos amigos, pero cada vez nos conocíamos mejor.

Así fue pasando el tiempo –nos veíamos, hablábamos– hasta que en cierto momento el gobierno se pronunció sobre su caso, le negaron el asilo en Argentina y Abraham tuvo que volver a su país. El día de su partida fui a despedirlo al aeropuerto: su rostro perdido, flotante –estaba tomando pastillas– es lo único que recuerdo de aquel último encuentro. Después lo llamé a la isla un puñado de veces, mas después llegó el silencio, y los años corrieron hasta que unos días atrás, curiosa o aburrida, busqué su nombre en internet y leí, en una noticia breve en un periódico pequeño de San Pedro de Macorís, su ciudad, que Marcos Abraham Villavicencio había sido asesinado a la salida de un bar.

Sentí estupor y tristeza, pero sobre todo sentí una urgencia inexplicable. El muchacho había sido para mí el rostro de un éxodo que en el Caribe llevaba varias décadas y que presentaba al sueño americano en su versión más pura y atroz. ¿Qué había pasado con él? Preguntarme por su muerte era el paso previo a preguntarme por su existencia. Así que hice unos llamados, saqué un pasaje, metí una revista Rolling Stone en la maleta, y aquí estoy: es febrero de 2014 y en unos minutos viajo a la isla. Abraham –o su familia– está esperando.

***

República Dominicana es una isla del Caribe. Hacia el oeste comparte tierra con Haití, pero el resto de los puntos cardinales está lleno de agua y promesas. Puerto Rico está a 135 kilómetros, cruzando el Canal de la Mona, el estrecho tormentoso en el que se unen las aguas del mar Caribe y el océano Atlántico. Y Estados Unidos está a unos quinientos kilómetros: una distancia que, sumada a la pequeñez económica de República Dominicana –y de muchos otros países de la región–, no hace más que multiplicar los sueños de salvación.

Los registros oficiales aseguran que el 10% de la población dominicana vive fuera del país, y los académicos encargados de analizar estos datos aseguran a su vez que ese modelo migratorio no es el único en la zona. Más adelante, en Santo Domingo, la capital de República Dominicana, el sociólogo Wilfredo Lozano, director del Centro de Investigaciones y Estudios Sociales de la Universidad Iberoamericana, explicará todo este esquema –que es complejo– de una manera muy simple. Y dirá que toda el área del Caribe está signada por la transnacionalización, esto es: por un modo de abolir fronteras que está dado por el tráfico de gente y que, más allá de su legalidad, funciona con eficacia desde hace décadas. Cuba, por caso, tiene casi un 10% de su población en el exterior; Puerto Rico tiene más personas afuera (unos 5 millones) que adentro (3 millones 700 mil); Haití tiene emigrada tanto a su élite –que va a Francia o a Canadá– como a sus bases, que van a la Florida; y Jamaica repite el mismo esquema de Haití ya que las clases acomodadas van a Londres y las bajas, a Miami.

En cuanto a los dominicanos, se integraron fuertemente a este modelo tras la muerte del dictador Rafael Leónidas Trujillo, quien impuso su ley entre los años 1930 y 1961 y dejó tras de sí un país económica y socialmente diezmado. En la segunda mitad del siglo XX, hartos de la inflación y de los apagones energéticos de hasta veinte horas, varios millones de dominicanos buscaron suerte en otra parte y a cualquier precio: en su intento por irse, fueron y siguen siendo muchos los que mueren en tránsito. Algunos se lanzan en embarcaciones que no suelen resistir la fuerza del Canal de la Mona, y terminan entre tiburones. Otros se cuelan en el tren de aterrizaje de los aviones y mueren congelados o al aterrizar. Otros viajan hasta Honduras y de ahí intentan cruzar la frontera con Estados Unidos, aun a riesgo de ser encontrados y fusilados por los soldados. Y otros, como Abraham, se hacen polizones, equivocan el curso del barco y quedan expuestos a una muerte por hambre.

Abraham, de hecho, no había viajado solo aquella vez en la que llegó a Argentina. Lo había hecho junto a Andrés Toviejo, un amigo que no sobrevivió. Abraham contó la historia de ese viaje en el hospital de Ensenada en el que nos vimos por primera vez. Dijo que en la madrugada del 16 de junio de 2006, tanto él como Toviejo habían llegado a nado hasta el buque griego Kastelorizo –un petrolero que había atracado en el puerto de San Pedro de Macorís– convencidos de que el destino de ese barco era Estados Unidos. Pero el cálculo falló. Al cuarto día sin ver la tierra, Abraham y Toviejo empezaron a preocuparse. Hasta que, sin bebida y sin comida, Toviejo se desesperó y tomó agua del Atlántico. Esa fue su cruz. Horas más tarde, el muchacho empezó a vomitar y a perder líquido y fuerzas, y en algún momento no queda claro si resbaló o si se rindió: lo cierto es que Toviejo se fue al agua, donde estaba la hélice. Y que su cuerpo se hundió en un reverbero de burbujas encendidas de sangre.

Pero Abraham sobrevivió. Y dos semanas después llegó a La Plata, y allí se dio la secuencia de la que yo estaba al tanto: primero lo trasladaron al hospital; después llegaron los diarios; pronto su historia conmovió al país; luego apareció la familia, desde República Dominicana, diciendo “Dios te guarde la vida, Abraham”; semanas más tarde una mujer argentina se ofreció a adoptarlo; en algún momento Abraham se animó a hablar del futuro (“Quiero quedarme en La Plata”, “Me gustan los motores de auto: quiero ser mecánico en La Plata”) y finalmente la historia, como tantas otras, dejó de servir a los medios y pasó al olvido.

La segunda vez que vi a Abraham fue en un hospital psiquiátrico.

***

–Esta es su casa, amén. Abraham nos contó cómo lo trataron allá en Argentina; él la pasó muy bien pero también muy mal… metido en un lugar de locos malos pero también con gente buena como usted, entonces para nosotros usted es de la familia –dice Bienvenido Santos, el padre de Abraham, mientras me abraza con entusiasmo. Hace tres horas que llegué a República Dominicana y hace minutos que llegué a San Pedro de Macorís, la ciudad en la que nació y creció (y de la que escapó y a la que volvió) Marcos Abraham Villavicencio.

San Pedro de Macorís es una urbe ubicada en la costa sudeste de República Dominicana que a principios del siglo XX fue un importante puente económico para la isla y que en los últimos diez años se desplomó cuando la industria azucarera, uno de sus principales recursos, pasó a capitales extranjeros y dejó a media ciudad sin trabajo. En muy poco tiempo el índice de desocupación de San Pedro trepó al 30%, un número que, sumado a la cercanía geográfica con Estados Unidos, no hizo más que multiplicar los sueños de salvación. Buena parte de la población de San Pedro fantasea con cruzar el agua y cambiar de vida. Y todos hacen el intento una, dos, o tantas veces como haga falta. En el caso de Abraham, entre los trece y los diecisiete años trató de irse en once oportunidades. Pero la experiencia con la última, en Argentina, donde terminó en un hospital psiquiátrico, lo disuadió de seguir insistiendo.

No queda claro por qué razones el muchacho acabó en un loquero. Sí se sabe que el gobierno argentino le había negado el asilo porque no era perseguido por motivos de raza, religión, opinión política, nacionalidad o pertenencia a determinado grupo social. Y que de ahí en más, mientras se resolvía su repatriación, Abraham cayó en un limbo burocrático. Ya no dormía en el hospital sino en un hogar para niños de la calle, y algún día, aburrido de hacer nada, pidió permiso para pasear por La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires, y se perdió. Lo que ocurrió después es un misterio: según la policía, Abraham se desorganizó y tuvo un brote psicótico. Según Abraham, él se desorientó, fue visto por la policía, lo molieron a golpes por ser negro y extranjero, y en el acta se fraguó un brote psicótico para justificar la golpiza. En cualquier caso, Abraham fue derivado al hospital Alejandro Korn, más conocido como “el Melchor Romero”: uno de los psiquiátricos más lesivos que hay en Argentina.

La segunda vez que vi a Abraham, él estaba sentado en un banco desconchado, en un pasillo revestido de azulejos pálidos y cortinas viejas pero sobre todo sucias, en el pabellón de Enfermos Agudos, en el fondo de esa inmensa nave de locos que es el Melchor Romero. Era mediados de agosto. Hacía ya más de un mes que Abraham estaba allí, y aunque los médicos le habían dado el alta él no tenía adónde ir. Abraham estaba serio, o mejor dicho: drogado. Su hablar era lento y pastoso y su voz colgaba como esos jarabes que no terminan nunca de caer.

–Cuando llegó de Argentina estaba gordo fofo, una gordura de pastillas que no era su gordura natural… Él nos contó que estuvo en un lugar horrible. Un lugar donde caía granizo –dice Bienvenido ahora, mientras me hace pasar a la casa. ¿Granizo? Hago memoria y es cierto: en aquellos días de 2006 cayeron piedras en Buenos Aires, y todos padecimos aquel episodio pero Abraham directamente lo vivió como algo sobrenatural. Los polizones, dirá Wilfredo Lozano cuando lo vea en Santo Domingo, no suelen evaluar el factor climático de los lugares a los que viajan. Aún cuando esa circunstancia, más que la económica, es la que muchas veces los angustia y los hace sentir lejos de casa.

El hogar en el que creció Abraham es sencillo. Está ubicado en el México, un barrio de clase baja y calles angostas, y fue levantado sobre un terreno comprado –lo sabré después– por un miembro de la familia que logró llegar a Estados Unidos y que manda un dinero mensual para mantener al clan. Bienvenido construyó todo esto con sus propias manos; es carpintero y albañil, y enseñó el oficio a sus hijos. Abraham lo ayudaba desde los once años, y con el poco dinero que ganaba se compró un planisferio y se pagó un curso de inglés. Para ese entonces él ya quería ir a Nueva York y pasaba tardes enteras en el puerto de San Pedro a la espera de un golpe de gracia. La oportunidad llegó a los trece años. En 1999 logró subirse a un petrolero que, contra todo pronóstico, no lo dejó en Estados Unidos ni en Europa, sino en Jamaica, donde pronto fue descubierto y deportado. Su regreso a República Dominicana hizo un gran ruido mediático: al llegar lo esperaban las cámaras de Primer Impacto, un famoso noticiero sensacionalista que se refería a Abraham como “el Menor” –un apodo que le quedaría para siempre– y en el que Abraham apareció diciendo que se había fugado porque su familia era pobre y quería juntar dinero para ayudar a su madre: un relato épico que conmovió al país y que era estrictamente cierto. Tan cierto que seis meses después el chico se volvió a escapar.

De eso me habló Abraham las veces en las que nos vimos: de los infinitos viajes que hizo como polizón.

–El segundo viaje fue para Venezuela –contó en el Melchor Romero–. Ahí el barco fondeó muy lejos de tierra y me tuve que tirar al nado… y entonces me vio una lancha y me vio una mujer. Una mujer que me quiso adoptar.
–¿Y entonces?
–Y no. Yo le dije que no… porque no me quería quedar porque… Yo quería irme para Estados Unidos. Y eso era Venezuela. Y no quería estar en Venezuela. Es un país malo.
–¿Malo en qué sentido? ¿Te trataron mal?
–No, no. Venezuela tiene la economía baja.
–Y tú quieres un país pujante.
–Con una economía buena, sí.
–Y tú siempre piensas que estás yendo a Estados Unidos.
–Claro. Yo siempre voy para América.

Más tarde, luego de ser devuelto de Jamaica, de Trinidad y Tobago y de Haití, Abraham llegó, finalmente, a Estados Unidos. El barco había fondeado a quinientos metros de la tierra pero alguien lo vio segundos antes de que Abraham diera el salto hacia el agua. Lo encerraron en un camarote y lo único que supo, horas más tarde, era que había estado a quinientos metros de Miami o Nueva Orleans, aunque qué más da: para cuando se enteró de que finalmente había llegado a América, Abraham ya estaba en Haití.

–Trato de ir muy escondido, pero igual me ven… La segunda vez que llegué a Estados Unidos me denunció un remolcador. Y ahí me llevaron por tierra, esposado de pie y de mano: primero pasé por Nueva Orleán, después porLuisana, después por Miami.
–¿Qué te pareció Estados Unidos desde el auto?
–Liiindo. Graaande. Ese era el lugar en el que quería quedarme, sí… Conozco gente que ha escapado a la Florida y ahora está muy mejor.

El sueño americano terminó en la embajada de República Dominicana, donde se hicieron los trámites para que Abraham fuera, una vez más, devuelto a su país. En ese momento tenía dieciséis años. Y un resto físico y mental para seguir insistiendo. Meses más tarde, en 2005, volvió a meterse junto a dos amigos más en la grúa de un azucarero filipino. Creía que iba a Estados Unidos, pero el barco se dirigía a Holanda. Al cuarto día de viaje, cuando estaban en altamar, un filipino los descubrió y los subió a patadas a la popa. Los ataron de pies y manos, los molieron a golpes y los tiraron por la borda. Abraham fue el único sobreviviente: un barco ruso lo vio flotando y lo rescató tres días después. Desde entonces, la familia de Abraham intenta –sin suerte– llevar adelante un juicio contra los dueños del buque.

–Nosotros teníamos un abogado pero los del barco le pagaron un soborno y se cerró la causa –dice Bienvenido Santos. Está sentado en la sala de su casa: un espacio pequeño en el que hay un sillón, un par de sillas, un televisor inmenso y algún cuadro. Y gente. Aquí, me entero, viven once personas, aunque siempre parece que son más. El primero en acercarse fue Bienvenido pero ahora llega Dainés Santos Mota, la prima favorita de Abraham: una muchacha bella, joven y de ojos enormes que me acerca un refresco y se acomoda a mi lado.
–Pregunta tú –dice con delicadeza. Se hace un silencio. Todos tomamos aire. Se supone que ahora empieza una entrevista formal.
–¿Qué pasó con Abraham? –pregunto entonces.

Bienvenido mira a Dainés.

–Ella estaba –dice.

Dainés empieza a hablar. Cuenta que era diciembre de 2012 y que estaban en la casa celebrando el cumpleaños de Ana –otra prima que vive aquí– y que después ella (Dainés) y Abraham salieron en moto, ya borrachos, a seguir bebiendo por el malecón. Eran las dos de la mañana y buscaban locales abiertos donde comprar cerveza con los cinco dólares que les quedaban. Finalmente encontraron un lugar lleno de gente. Aparcaron la moto, entraron, compraron, y al salir Abraham avanzó primero y pensó que Dainés le seguía los pasos. Pero no era así. La chica tuvo un altercado entre el tumulto. Un muchacho le dio un empujón, Dainés le gritó, y en cuestión de segundos se armó una de esas peleas que siempre comienzan por motivos estúpidos. Cuando llegó a la moto y giró sobre sí mismo, Abraham vio a su prima rodeada por quince varones.

–Con mi prima no, qué pasa con la muchacha –gritó mientras quitaba el seguro a la moto. Puso un caño debajo de su ropa para hacer creer que tenía un revólver.
–Qué te pasa, mamahuevo –respondió alguien.
–Cómo así, te quieres tú comer a la chica, ¿eh? –dijo Abraham y empezó a acercarse, y en un santiamén comenzó la golpiza. Dainés se zafó y trató de pegar, pero era inútil. Eran demasiados. En algún momento llegó alguien con un cuchillo e intentó darle a Dainés, pero la chica logró echarse a un costado y el daño le llegó a Abraham, que estaba detrás. Abraham se quedó de pie, inmóvil. La primera puñalada le había quitado un pedazo de oreja. Entonces se acercó otro muchacho.
–Coño, tú no eres un hombre –le dijo a su amigo–, así es que se le da un hombre –concluyó, y apuñaló el corazón de Abraham.
–Ahí Abraham se desplomó –dice ahora Dainés–. Y yo le dije hey, Abraham, y me le tiré encima y él estaba vivo, yo sentía su latido pero lo tenía muy desgarrado eso ahí… Él llegó muerto al hospital; en el camino yo le hablaba y él abría los ojos, pero llegó muerto.

Dainés llora. Bienvenido también. La angustia de ambos es fresca, como si no hubiera pasado el tiempo o como si el tiempo hubiera perdido su compostura. Alguien, entre tanto, vocifera en una habitación contigua, separada del cuarto central por una cortina que oficia de puerta. Se trata de Bernarda Santos, la madre de Bienvenido, la abuela de Abraham. Bienvenido se seca los ojos y se pone de pie para ver qué quiere su madre, y entonces corre la cortina y se ve esto: un cúmulo de huesos finos y postrados en una cama. Bernarda tiene 96 años, una voz grave y, pronto lo sabré, una incapacidad para quedarse en silencio.

Bernarda crió a Abraham, pero aún nadie se atrevió a decirle que el muchacho está muerto. Desde hace un año que todos en la familia le dicen que simplemente no está, o que está muy atareado: un argumento verosímil pues Abraham solía estar ocupado. Para el momento de su muerte, Abraham tenía veinticuatro años, había hecho varios cursos de cocina, tenía tres hijos pequeños –con dos mujeres distintas con las que no había llegado a convivir– y estaba incursionando en la música con un proyecto de reggaetón y dembow con el que había sacado dos discos y había llegado a tocar con el Lápiz Conciente, conocido por ser el padre del rap dominicano.

–Luego de Argentina él nunca más pensó en irse –dice Bienvenido–. Él entendió que hay que estudiar, que hay que echarse p’alante, que ninguno de mis hijos tiene que tener la vida dura que yo tuve. Yo me fui en yola cinco veces para Puerto Rico y las cinco me deportaron, y la mamá de Abraham también se fue en yola varias veces, y eran viajes muy duros, la mamá de Abraham, que vive lejos de aquí, quedó mal de la cabeza de tanto viaje y yo le contaba eso a Abraham para que él no repitiera lo mal hecho. Pero el sueño de él en un comienzo era irse. Todos queremos abrirnos la mente y progresar. Entonces cada vez que la viejita –dice Bienvenido señalando a Bernarda, al otro lado de la cortina–escuchaba que sonaba la bocina de un barco ella decía “ay, se nos va Abraham”.

Teté, hermana de Bienvenido, tía de Abraham, acerca unos plátanos fritos con salami. Mientras como, Bernarda sigue voceando y Bienvenido y Dainés vuelven a llorar. Afuera, a través de las rejas –todo el barrio tiene rejas– se ve a los niños saliendo de la escuela y se ve un tronco de árbol echado sobre la acera. A veces Abraham se sentaba allí a pensar. Bienvenido siempre lo recuerda así: cavilando, hablando poco, tejiendo la trama de una historia que a todos, en un principio, se les hacía insondable. Abraham nunca dijo que soñaba con irse. Pero se empezó a ausentar de la casa y un día su abuela Bernarda le encontró una mochila con chocolates y un ancla.

–Abraham quiere irse de polizón –le dijo Bernarda a Bienvenido. No fue una frase estridente: muchos en la familia se habían ido de una u otra forma. De ahí en más, cada vez que Abraham desaparecía lo buscaban en el muelle y en general lo encontraban charlando con empleados del puerto.
–Abraham, tú le estás preguntando mucho a la gente de barco –llegó a decirle Bienvenido. Pero Abraham no respondía: solo sonreía y con esa sonrisa clausuraba cualquier pregunta nueva. Hasta que a los trece años al fin llegó el día en el que Abraham faltó definitivamente de la casa para volver al tiempo convertido, ante los ojos del país entero, en “el Menor”.
–Él se iba con poca cosa –dice Bienvenido–. Se llevaba unos chocolatitos, agua, un ancla y la Biblia. Le voy a mostrar la Biblia.

Bienvenido se pone de pie y trae la Biblia de Abraham. Está marcada. “Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere”, dice el Santiago 3, 4 que está subrayado.

–Él era un chico muy lector. Venga que aquí están sus cosas –dice Bienvenido y me lleva a su habitación. El cuarto de Bienvenido tiene una gran cama sobre la que el hombre va poniendo libros y películas. Las películas son previsibles: hay de acción, de terror, una de vudú en Haití, alguna porno. Pero los libros, no: hay varios cuadernos de inglés y hay un ensayo titulado Marx y los historiadores: ante la hacienda y la plantación esclavistas.
–¿Y esto?
–Ah, es que Abraham era un chico muy especial. Hay mucho para charlar y para mostrarle… –Bienvenido sale de su habitación, se asoma a un patio, mira hacia arriba–. Nosotros arriba tenemos un cuarto, puede quedarse acá para tener más tiempo y conversar mejor.
–¿No duerme nadie ahí arriba? –pregunto.
–Solo duerme Teté cuando viene a visitarnos.
–Pero Teté ahora está aquí. Me sirvió los plátanos.
–Ah no, esta es una Teté. Pero luego tengo otra hermana, otra Teté, la que vive en Estados Unidos.

Bienvenido cuenta entonces la historia de la otra Teté. La síntesis es que se fue en barcaza cinco veces a Puerto Rico y que en el último viaje, hace ya veintiséis años, el mismo oficial que la había devuelto en su anterior intento se hizo el distraído y la dejó pasar. Hoy Teté tiene la ciudadanía americana y, al igual que cientos de miles de dominicanos que viven afuera, manda todos los meses un dinero con el que la familia entera puede resolver apuros básicos. Unos días después, en su oficina en la universidad, Wilfredo Lozano dirá que las remesas son, luego del turismo, la segunda fuente de ingresos de República Dominicana: todos los años por esa vía entran 3,500 millones de dólares al país. Una parte imperceptible de esa cifra sale del bolsillo de Teté, a quien todos llaman –para diferenciar de la otra Teté– “Teté la grande”.

***

Llego al día siguiente con un bolso. Me recibe Teté con un abrazo y me sienta frente al televisor.

–Mira tú el noticiero, ponte cómoda –dice. Luego me acerca una olla pequeña con arroz, pollo y habichuelas–. Come.

Como el guiso acompañada por los gritos de Bernarda. Al rato termino y Teté se sienta a mi lado.

–Ahora vamos a ver la novela –dice. Nadie aquí trabaja afuera de la casa. En todo San Pedro, y en buena parte del país, la gente vive del chiripeo (los trabajos eventuales), los empleos precarios en las zonas francas, el turismo y las remesas del extranjero. Así que, bueno, todos estamos aquí mirando la novela. Un rato después, cuando ya vi dos programas distintos, se escucha la voz de Bienvenido en la sala.
–Sierva.

Parece que me habla a mí. Doy la vuelta y veo a Bienvenido: está guapísimo. Se ha bañado. Lleva pantalones negros de vestir, zapatos lustrados, y una camisa blanca que contrasta con la piel morena. Bienvenido quiere llevarme a conocer el puerto de San Pedro, el lugar al que iba a buscar a su hijo cuando desaparecía. Le digo que sí. Subimos a un mototaxi y partimos. La ciudad pasa a una velocidad cansina que permite ver detalles. Ahí están los edificios antiguos y venidos a menos; ahí están los negocios oscuros como cuevas en las que los hombres sudan un oficio. Respiro hondo: me gusta el olor del salitre en la cara.

Unos minutos después estamos en el puerto. Hay guardias escoltando la entrada a los muelles, y de modo inesperado alguien nos pide una autorización que no tenemos. Aún no lo sabemos, pero lo cierto es que nunca podremos traspasar esta entrada. Días más tarde Teddy Heinsen, presidente de la Asociación de Navieros de la República Dominicana, dirá en Santo Domingo que han tenido que intensificar los controles portuarios luego de que Estados Unidos pusiera en una lista negra a los navíos salidos de la isla.

–A Estados Unidos no le interesa tanto el inmigrante ilegal como el miedo a que llegue gente con drogas o dinero para lavado o terroristas. En la Asociación llevamos invertidos 25 millones de dólares en personal portuario, escáneres, detectores de mentiras y cámaras infrarrojas para identificar polizones que se cuelan en los barcos. Gracias a eso pudimos salir de la lista negra. Los ilegales ahora se van en yolas, pero ya no tanto en barcos.

Impedidos de entrar, entonces, con Bienvenido bordeamos a pie toda la zona de aduanas y entramos a un callejón que desemboca en el mar. La vista es bella. Recorremos el malecón y se ve la bruma, la espuma, la costura del horizonte. Días atrás, por e-mail, el poeta dominicano Frank Báez me dijo algo hermoso: “Una cosa es un pueblo de montaña y otra cosa es esto. Aquí solo puedes ver el mar. Aquí el horizonte solo te dice vámonos.”

Pienso en eso mientras miro el puerto. Se ve un buque inmenso, amarrado, tranquilo.

–¿Cree que Abraham fue un muchacho feliz?
–Bueno… –Bienvenido vacila–. Él comenzó a vivir una vida no tan desesperante a lo último… Pero antes él estaba desesperado por conocer otro mundo y no estaba feliz porque a veces uno tiene un sueño en la vida, ¿y cuándo uno es feliz? Cuando realiza ese sueño que uno tanto anheló.

Nos quedamos en la costanera hasta que cae la noche y volvemos a la casa. Subo a mi cuarto para darme un baño. En eso estoy cuando alguien toca la puerta.

–Luego sube Natalie para dormir con usted –grita Teté.

Natalie es una de las hijas de Ana y es una de las nietas de Teté. Así son las cosas. Pienso en eso y escucho los gritos de Bernarda, y empiezo a notar que esta será una noche larga. Bajo para la cena. Teté me espera con una silla frente al televisor.

–Aquí no tenemos mesa, así que comemos solos –dice Teté y me extiende un plato de arroz con frijoles–. Siéntate a ver la novela.

La novela de la noche se llama Novio de alquiler.

Detrás de su cortina, sobre la cama, postrada, Bernarda vocifera sin respiro:

–¡teté teté teté, maría maría maría, dónde está maría!
–¡María está en su casa, mamá, deja la bulla!

Así veo la novela. Teté me mira.

–Usted sabe que Natalie solo duerme con Bernarda.
–¿Cómo?
–Que ella solo puede dormir si está en la cama con su abuela.
–¿Y por qué va a dormir conmigo?
–Para acompañarla a usted.
–Ah, pero no necesito compañía.
–¿Usted no tiene miedo de dormir sola?

Le digo que no. Le pregunto cómo hace la niña para dormir con esos gritos.

–Creció durmiendo con Bernarda –Teté se encoge de hombros–. Natalie es la única que no siente sus gritos.

Va llegando gente a la sala. Ahora están Ana, la hija de Teté; Ñoño, hijo de María y hermano de Dainés; Humberto, hijo ya no sé de quién, y en fin: todo empieza a parecerse a esos pasajes del Génesis donde los nombres de los padres y los hijos se suceden hasta que el lector pierde el conocimiento. Me estoy mareando. Solo veo que las mujeres son hembrones con el culo izado como una bandera; y que los varones tienen todos unos cuerpos titánicos. Muchos de ellos se pasean recién bañados y con la toalla envuelta a la cintura. En vez de enviarme a Natalie podrían subir a Humberto o a Ñoño, pienso. Pero me callo. Y al rato me voy a dormir.

***

Me despiertan los gallos y los gritos de Bernarda. En cierto momento junto fuerzas, bajo y tomo un café. Miro a Teté y está exhausta. Duerme en el cuarto contiguo al de Bernarda y desde hace años que no concilia el sueño de un modo decente. Le ofrezco ir a buscar a María para que la reemplace. Salgo. Camino por un callejón angosto que da algunas curvas hasta dejarme en la casa de María, que es también la de Dainés y la de Esmeliana, su niña.

La casa es un lugar muy limpio y prolijo, con cortinas de tul rosado y un retrato enmarcado con las fotos de dos de los tres hijos de Abraham. Sin embargo no es eso lo que llama la atención (la casa de Bienvenido también es limpia y prolija) sino el silencio. Aquí hay silencio.

–Abraham huyó de eso –dice Dainés–. A él no le gustaba toda esa bulla. Cuando se fue no dijo ni la dirección donde vivía. Recién al tiempo me llevó a mí a conocer y la llevó a mi mamá, que era como una madre para él.

La madre biológica de Abraham se llama Mireya y está en Bayaguana, una localidad ubicada en el norte de la isla. Abraham nunca vivió con ella. Apenas nació, Mireya se fue en yola a Puerto Rico y dejó a Abraham al cuidado de su abuela Bernarda. En Puerto Rico, Mireya conoció a un dominicano llamado Marco Villavicencio que ya tenía la ciudadanía portorriqueña. Se casó con él y lo convenció –con el apoyo de Bienvenido– de reconocer a Abraham y darle el apellido. Luego regresó, pero se fue a vivir a otra parte del país.

–A Abraham le iba a servir más tener el apellido de un hombre de allá, así algún día le iba a ser más fácil irse. Uno tiene que ser generoso, tiene que pensar en el hijo –dijo ayer Bienvenido, sentado en el malecón. Por esa razón Abraham no lleva el apellido Santos sino el Villavicencio. Por lo demás, Abraham nunca vivió con su madre y el rol materno siempre estuvo repartido entre Bernarda y María.

María ahora está mirando fotos de Abraham. Las trajo para mostrármelas. Las más antiguas lo muestran pequeño, flaquito, niño; parecido al chico que languidecía en el hospital de Ensenada. Las últimas, en cambio, lo muestran desafiante y robusto, dueño de todos los tics estéticos de un músico de reggaetón.

–Todos en San Pedro conocen a Abraham como “el Menor” –dice Bienvenido tras de mí, mientras mira el afiche. Acaba de entrar a la casa de María. Vino a buscarme para volver al puerto y ver si nos dejan entrar. Esta vez, dice Bienvenido, el salvoconducto es su abogado, un tal Fernando que a la vez es director de aduanas. Fernando es el encargado de llevar la causa contra el barco filipino que arrojó a Abraham al mar. Bienvenido cuenta la historia mientras vamos caminando hacia el puerto. Según dice, eran cuatro los polizones que estaban en el barco. A los tres primeros, los filipinos les pegaron con fierros y luego los tiraron desvanecidos al agua. Pero con Abraham pasó algo distinto.

–¿Este no es Abraham, el que nos hace los mandados allá en San Pedro? –dijo uno.
–Sí, hombre, no le pegues. Solo amárralo y tíralo al mar.

Así fue que Abraham fue arrojado en pleno océano y debió afanarse por sobrevivir. Años atrás, en el loquero, Abraham lo contó de esta forma:

–Creo que sobreviví porque todavía creo en Dios –dijo–. Muy difícil… muy difícil. Todo era mar, mar…
–¿Y cómo hiciste?
–Flotaba. Las amarras se aflojaron con el agua y yo me las quité, y luego flotaba. Y rezaba.

Hasta que por la mañana salió el sol y un barco ruso lo vio flotando. Así se salvó.

–Como los barcos con polizones deben pagar multas altas, muchas veces la tripulación mata a los muchachos que encuentran –dice ahora Bienvenido–. Eso no pasa siempre. Muchos barcos los entregan a la justicia, pero los filipinos tienen mala fama. Esa vez murieron todos menos mi hijo. Dios tenía grandes planes con Abraham.

Bienvenido avanza con paso resuelto. Arriba hay un sol furioso del que hay que cuidarse: Bienvenido se cubre con una Biblia.

–¿Si Dios tenía grandes planes, entonces por qué Abraham está muerto?
–Marcos Abraham nos dejó una historia, cumplió su función. Y ahí terminó su vida.

Bienvenido se detiene antes de llegar al puerto. Hace comentarios vacuos sobre los edificios de Aduanas –sobre la arquitectura– pero noto que está llorando.

–¿Qué función cree que cumplió Abraham?
–Amén… Nos dio a nosotros como una forma de superación, tú me entiendes. Que uno no debe quedarse “con estoy aquí”, y ya. Todavía uno está vivo, uno tiene que hacer lo que ustedes están haciendo: descubrir las cosas, luchar por esas cosas.

Bienvenido se seca la cara. En ese pañuelo hay sudor, hay lágrimas, hay más de una cosa. Luego llega al puerto y pide entrar, pero una vez más nos niegan el paso –el abogado Fernando aún no llegó a su trabajo– y debemos irnos. Bienvenido decide entonces dar una nueva vuelta por el pueblo. En el camino saluda personas y señala lugares: la maternidad donde nació Abraham, el restaurante donde comieron con Abraham, un cementerio.

–¿Aquí está enterrado Abraham? –pregunto.
–No, este es el cementerio de los ricos. Marcos está en Santa Fe, más lejos de aquí. Lo velamos en mi casa y luego los muchachos, los otros hijos míos, decidieron llevarlo con su música.

Santa Fe no queda lejos; son veinte minutos en moto y le pido a Bienvenido que vayamos hasta allá. Accede. Subimos a la moto de un muchacho llamado Robin y salimos de la ciudad en poco tiempo. Antes del mediodía estamos en el cementerio. Es un predio grande y descampado; una suerte de pueblo chico con cielo inmenso. Entramos en moto y andamos entre las tumbas hasta llegar a una zona de lápidas precarias y pastizales crecidos. Ahí bajamos. Bienvenido camina entre pequeñas cruces blancas y algunas florecillas silvestres. Voy detrás. En un montículo de cemento gris, sin nombre, sin flores, está enterrado Marcos Abraham Villavicencio. Apoyo una mano en el cemento. Hay un sol tremendo pero el cemento está frío. No practico ningún culto pero por algún motivo pido a Bienvenido que haga una oración. Él se arrodilla, baja la cabeza, cierra los ojos. Ora.

–Amén.

Terminado todo me persigno como si diera las gracias, y cuando me pongo de pie siento un puntazo hondo en un dedo. Grito. Algo grande me picó, pero levanto el pie y no veo nada.

–¿Fue una hormiga? –pregunto, mirándome el dedo.
–Fue una hormiga –opina Robin, que está con nosotros.
–Es Abraham –dice Bienvenido, y sonríe.

Entonces pienso en Abraham como una hormiga –una hormiga rabiosa– y entiendo que esa es una buena metáfora. Y sonrío también.

La vaca sagrada

Publicado: 2 julio 2012 en Josefina Licitra
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Son las diez de la mañana. Estamos con el fotógrafo en un ómnibus rumbo a Balcarce, una ciudad de 35 mil habitantes ubicada al sudeste de la provincia de Buenos Aires. Miramos por la ventana. Hay que pasar las horas. Al otro lado del vidrio hay cielo, pasto, silos, vacas, postes, camiones, cables, vacas, girasoles, vacas, soja, vacas, tractores y más vacas.

―La verdad –dice él–, nunca le saqué fotos a una vaca.
―La verdad –digo yo–, nunca escribí sobre una vaca.

Hacemos silencio. Lo demás es paisaje.

En Balcarce, en un campo del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, en un corral prolijo y en este día limpio y sin viento, una vaca –Rosita– nos está esperando.

***

La primera vez que supe de la existencia de Rosita fue el 6 de junio del año pasado, cuando dos veterinarios del Grupo de Biotecnología del INTA Balcarce –Germán Kaiser y Nicolás Mucci, ambos Magister en Producción Animal– y un doctor en Biotecnología y Biología Molecular de la Universidad Nacional de San Martín –Adrián Mutto– hablaron de la vaca durante una videoconferencia con Cristina Fernández de Kirchner. El despliegue tenía sentido: Mutto, Mucci y Kaiser habían logrado un procedimiento único en el mundo: habían clonado un bovino y –esto es lo nuevo– en un mismo evento le habían metido dos genes humanos para que, llegado el caso, el animal produjera leche maternizada.

Cuando escuchó eso, la presidenta se sintió exultante. Todos allí –y eran muchos– se sintieron exultantes.

―Esta vaca es un auténtico orgullo para los argentinos –dijo Cristina Fernández, y luego dudó–. Ahora, alguien me dijo que le iban a poner Cristina… ¿qué mujer se banca que le pongan su nombre? Sólo a un hombre se le puede ocurrir.

El animal, en realidad, ya tenía un nombre: le decían ISA, una sigla que refiere al INTA de Balcarce y a la Universidad de San Martín. Pero la Presidenta cambió el plan.

―A mí me parece muy simpático que se llame Rosita –dijo–. Rosita ISA.

Así fue como Rosita ISA se presentó en sociedad, y así fue que Cristian Alarcón –jefe supremo de Anfibia– decidió hacer algo al respecto.

―Tengo una GRAN crónica para hacer –dijo días después–. ¡Quiero que cuentes la historia de esa vaca!

Se dicen muchas cosas sobre Cristian y su habilidad de persuasión. Todas son ciertas. Dije, entonces, “sí”. Y Sebastián Miquel –el fotógrafo– también habrá dicho que sí. Y la consecuencia de todo eso es que aquí estamos: recién bajados del ómnibus en Balcarce, recién subidos a un auto en el que van Nicolás Mucci y Germán Kaiser, y a poco de llegar a la Estación Experimental Agropecuaria Balcarce2 del INTA: el lugar donde nació y vive Rosita ISA, o ISA Rosita, o en cualquier caso: la primera vaca transgénica clonada por el Estado.

―ISA –dice Mucci–. Nosotros le decimos ISA.
―Lo de Rosita es, a ver… –Kaiser elige las palabras–. Lo bajó la presidenta y bueno: también se llama Rosita.

Mucci y Kaiser conducen por adentro del predio del INTA. El lugar es un pueblo de varias miles de hectáreas, y ellos parecen ciudadanos comunes sometidos a los ritmos y los modos de los mundos tranquilos. No lucen –en síntesis– como científicos. Germán Kaiser tiene 42 años, juega al básquet, es de Mar del Plata y tiene el porte eficiente de los hombres de club. Mucci tiene 38 años, es de Balcarce, jugó carreras de motocross, y su cara –sus ojos chicos, la mirada esforzada– remite a las caras de los deportistas de disciplinas con nieve.

Ambos –Mucci y Kaiser– son dos aves raras y atléticas que ahora merodean los campos. A la izquierda y la derecha –señalan– hay grandes extensiones destinadas a la experimentación en las que el INTA de Balcarce –junto con la Universidad de Mar del Plata– hace cruces propios de la ingeniería agronómica. A los lados, junto con los campos, también van pasando algunas construcciones: una guardería, un pequeño residencial, un pabellón universitario (acá está la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Mar del Plata), un laboratorio y varios otros edificios dependientes del INTA.

Nos detenemos en uno: el Departamento de Producción Animal. Acá trabajan Mucci y Kaiser. Afuera de la construcción, cuatro mujeres los ven llegar y tratan de venderles un sándwich a veinte pesos. Mucci responde que no. Que es caro.

―¡Qué va a ser caro, si se llenaron de plata con la Rosita ustedes! –dice una, y todos ríen.

En el predio del INTA hay unas 2,000 personas circulando –entre investigadores y alumnos– y todos, desde que se hizo pública la historia de la vaca, saben quiénes son Kaiser, Mucci y Mutto (que vive y trabaja en Buenos Aires, pero viene con regularidad). En términos académicos, son los tres responsables de que hoy un rumiante tenga dos proteínas humanas e impensadas en su cuerpo. Pero, en términos más domésticos, Kaiser, Mucci y Mutto son, simplemente, tres chiflados que a lo largo de dos meses compartieron casa –y a veces lecho– con una vaca clonada.

―Vamos a verla –dice Kaiser con una llave en la mano.

Para llegar a la casa de Rosita hay que caminar quinientos metros. El lugar, de todos modos, puede verse desde lejos: en el medio de un campo lacio, lejos de cualquier otra marca humana o animal, hay una construcción sólida y de líneas rectas, secundada por un redil de tamaño moderado. Avanzamos hasta allí, y luego entramos. La casa de Rosita tiene una cocina chica, un baño, dos habitaciones y una especie de sala de estar con un revestimiento de azulejos blancos. En las paredes, con marcador grueso, alguien hizo un gráfico (una explicación elemental del proceso de clonación), alguien anotó un número de teléfono (“Por cualquier problema llamar a Adrián o Germán”) y alguien festejó un cumpleaños (“¡Feliz cumpleaños, Rosita!”). La sala, a su vez, está signada por un inmenso ventanal que da al corral. Allí, mirando con ojos bobos, está la vaca.

―Hola tetona –dice Mucci y sale de la casa, se acerca, rasca la papada de Rosita–. ¿Te vas a portar bien hoy?

Rosita es marrón. Y tiene cara de rumiante: los globos oculares gordos, y esa lentitud vacía que recuerda a las personas pasadas de diazepam. Rosita luce así, bueno, porque no hay vaca inteligente. Pero también –hay que decirlo- porque su vida es –o parece ser– aún más aburrida que lo usual. Desde que nació –el 6 de abril de 2011– la vaca no tiene contacto con otro animal que no sean Mucci, Kaiser, Mutto y Carlos Lobato, su cuidador. Y eso, a su vez, tiene sus razones.

Por normas de seguridad, Rosita vive –debe vivir– aislada de todo. Por un lado, porque su organismo hoy tiene un valor incalculable. Y, por el otro, porque la Comisión Nacional de Biotecnología Animal (Conabia) entiende que, al ser un animal genéticamente modificado, no debe tener contacto con nada de eso que se entiende como “entorno”. Nadie puede llegar a Rosita –salvo el personal autorizado–, y nada de Rosita puede llegar a nadie (todo lo que salga de la vaca –si no es utilizado– debe ser eliminado como residuo patológico).

Para que el aislamiento sea efectivo, Rosita vive en un predio aprobado por la Conabia que cuenta con medidas de seguridad estrictas. Durante el día, los investigadores y Carlos Lobato se encargan de preservarla aislada. Y, a partir de las cuatro de la tarde, la casa se transforma en el penal de Sierra Chica: hay una posta de guardias en la entrada al predio –monitorean el área una vez por hora–, en la casa se activa una alarma con código de acceso, y el perímetro del corral queda cruzado por treinta y dos sensores láser que detectan cualquier cuerpo de volumen superior al de un murciélago. Si alguien o algo entrara a la zona prohibida, se encenderían unos potentes reflectores y sonarían los teléfonos del área de seguridad, de Kaiser, de Mucci y de la Policía.

¡Ah! Y el alambre que rodea el corral tiene electricidad.

―No te asustes, ¿te hizo mal? Es como un magiclick para que la vaca no se vaya del corral y haga sonar la alarma –dice Mucci mientras Rosita se me acerca con andar pesado. No sé qué hacer. Nunca estuve cerca de una vaca.

―No te preocupes que a lo sumo te chupa –dice Kaiser–. ISA es un perro grande.

Ahora está al lado. Le acaricio el morro: parece simpática. Rosita mueve la cabeza como diciendo “sí”, hasta que luego –jamás entenderé por qué– decide jugar o aniquilarme. Rosita empieza dar topetazos. Fuertes. Una vez me chocó un auto y fue más agradable que esto. Alguien le dice “che, no juegues bruto”, pero el animal no para y termina estampándome contra un alambrado. “Turra” pienso mientras me acomodo un hueso, pero sólo digo:

―Qué juguetona estás, Rosita.

Cruzo rápido al otro lado del cerco electrificado. Si quiere tocarme, la vaca va a tener que recibir un shock. “Vení” pienso. Vení. Pero no viene. Resulta que no es tan tonta. Ahora se espanta las moscas como si viera llover.

―A veces se pone un poco cargosa –dice Mucci–. Además creemos que está empezando a ciclar. Está entrando en la pubertad, en la iniciación hormonal. No voy a decir “cómo se pone” pero… le agarra.
―Además vos pensá que, salvo en el nacimiento, no conoce otro animal más que nosotros –dice Kaiser–. Desde chiquita siempre jugábamos con ella y tiene la costumbre de ser un poco bruta con la gente.
―¿Y la madre?
―¿Cuál de todas? ISA tiene cinco mamás.

A ver. No sé qué me duele más: si el brazo o el cerebro. Rosita tiene cinco (5) madres. Otra vez: este animal es el resultado del cruce genético de cinco organismos distintos. Por un lado –me explican– se tomaron genes de dos humanos (varón o mujer: no se sabe) de un banco genético. Luego, se tomó una muestra de piel de una vaca Jersey (cuya leche es rica en grasas) y de ahí se extrajo una célula que fue transformada genéticamente, en tanto le fueron introducidos los genes humanos. Esto a su vez fue metido en el óvulo de otra vaca, y a través de un proceso de clonación se generó un embrión. Ese embrión (producto de la unión de ese óvulo más la célula transformada) fue transferido a una tercera vaca que gestó y parió el animal.

Esta suma ni siquiera tiene en cuenta a la madre número seis (una vaquillona que crió a Rosita en los primeros tiempos, porque su madre biológica –la última de ellas– la rechazaba), y tampoco incluye a los cuatro padres: Mutto, Mucci, Kaiser y Lobato.

―Somos una familia –dice Kaiser–. Al principio vivíamos todos encerrados ahí adentro.
―Yo –dice Mucci– me sentía Cristian U de Gran Hermano.

En la casa, además de las habitaciones y los azulejos blancos, están –en un cuarto mínimo– los restos de lo que alguna vez hubo: dos corralitos con pastura, una balanza, y una cánula pendiendo del techo –de una esquina a la otra– como una soga de colgar la ropa. En los tiempos difíciles, ahí estaban enganchados los sachets con medicamentos que iban –mediante un complejo sistema de catéteres– hasta el cuello de Rosita. Y allí, debajo de todo eso, al lado de la vaca, estaban los científicos.

―Los primeros meses fueron muy complicados. Estábamos las veinticuatro horas acá. Dormíamos en el piso. Todo muy medio pelo, pero hemos estado peor. La vida del veterinario no es cómoda –dice Kaiser. Y cuenta lo de las enfermedades.

En los primeros tres meses de vida, Rosita tuvo veintiocho. Eso se debió a que –más allá de los males propios de cualquier vaca– por su condición de clon Rosita tenía un ombligo muy grande –se hacían infecciones que entraban por ahí– y tenía problemas estomacales severos.

Ambos factores empezaron a hacer síntoma al día siguiente del nacimiento, pero hicieron su primer pico agudo a los quince días de vida. La vaca, en ese momento, entró en una fiebre de 41 grados que nadie lograba diagnosticar ni bajar, y que llevó a Mucci, Mutto y Kaiser a dejar a sus familias y mudarse a la casa. Las fotos de esos días los muestran durmiendo en colchones en el piso, y –en el caso de Kaiser- languideciendo sobre el mismo corral de paja del animal. Hay, además, otras imágenes: Rosita con sachets de gel helado sobre el lomo, Rosita con la cánula en el cuello, Rosita a la intemperie en la noche helada de Balcarce (y Mutto, Mucci y Kaiser envueltos en mantas, sentados en sillas, en el medio del frío), y Rosita con los ojos chicos, secos, empezando a morirse.

Una noche, a doce días del comienzo de la fiebre, luego de varios picos de 42 grados, de varias convulsiones y de alguna apnea, los investigadores dijeron basta y le dieron una bomba de tranquilizantes para que muriera tranquila. Kaiser y Mutto se fueron a dormir: estaban rotos de cansancio. Y Mucci se quedó sentado, toda la noche, llorando.

Pero algo pasó.

―Cuando fui a despertarlo a Kaiser lo primero que me dice, el muy bestia, es: “¿Ya se murió?”. Eran las ocho de la mañana. Cuando lo llevé a verla no lo podía creer. ISA estaba con el efecto de los tranquilizantes, pero mejor. Ahí los tres pensamos: si sobrevivió a esto va a ser una máquina.

Y fue. Pasados unos días, la vaca terminaría sobreviviendo a un episodio todavía peor. En la tercera semana, Rosita pasó por otro problema propio de su condición: todos los rumiantes tienen cuatro estómagos, pero cuando son chicos funciona uno solo y la leche no entra en los otros tres. Salvo en el caso de los clones: ahí la leche cae –por error– en los primeros estómagos –que están más dilatados– y termina cuajándose y provocando algo llamado “acidosis láctica”, que tiene consecuencias múltiples. Y malas.

―Al principio, cuando no sabíamos qué tenía empezamos a darle leche deslactosada –recuerda Kaiser–. La comprábamos nosotros de nuestro bolsillo. Íbamos al supermercado y lo saqueábamos. El problema era que eso también le hacía mal. Entonces suspendimos la leche y caímos en un problema mayor: ¿Con qué la alimentábamos? ¿Qué le das a un animal de 40 días, que no sabe comer? ISA era un bebé, y a los bebés no podés darles de comer un churrasco.

Hicieron, entonces, intentos. Probaron con solución glucosada: nada. Le dieron alimentos balanceados: menos. Calostro congelado: tampoco. Empezaron a alimentarla con plasma vacuno (el resultante de la sangre centrifugada) y funcionó. Hasta que se les terminó. Y Rosita empezó a perder peso: a morir otra vez.

Desesperados, Mutto, Mucci y Kaiser –que habían vuelto a vivir a la casa– hicieron todo tipo de llamados: a clínicos de la Argentina y de Estados Unidos, a neonatólogos del Hospital Italiano: a médicos de personas. Hasta que tuvieron una idea: darle nutrición parenteral; unos sachets con compuestos nutritivos que son usados para mantener con vida a los enfermos terminales –humanos- que no pueden alimentarse. El detalle es que los sachets costaban –cada uno- 1500 pesos. Y que Rosita necesitaba dos por día, durante un tiempo indefinido. No hizo falta hacer cuentas: no había dinero. Mutto buscó en Internet los datos del distribuidor argentino de esas bolsas –el laboratorio Fresenius Kabi– y levantó el teléfono. El resto fue difícil de explicar: a la recepcionista, a la gente de ventas y a todo aquel que atendiera, Mutto le contaba –sin suerte– origen, vida y valores de la vaca Rosita.

―Pará, ¿vos sos Adrián Mutto?

Hasta que en algún momento sucedió lo impensado.

―Yo soy Yanina, la amiga de Sandra, la mejor amiga de tu mujer.
―Yanina: tenés que ayudarme. Si la vaca vive ustedes van a salir en todos lados.

El laboratorio les dio inicialmente diez sachets –que luego serían más–, con los que Rosita ganó cinco días de vida.

―Apenas me dijo “vení a buscarlos”, viajé desde Balcarce y hasta Belgrano sin parar –recordará después Adrián Mutto, en una charla en la Universidad de San Martín-. Cuando llegué al laboratorio yo era una especie de hombre de Neandertal. Todos estaban de traje, con sus maletines, y yo tenía el pelo inmundo, el ambo lleno de bosta: hacía veinte días que ninguno de nosotros se bañaba. Pero ni me importó. Agarré los sachets y me fui.

Cuando Mutto llegó a Balcarce, conectaron el primer sachet a un catéter que desembocaba en la aurícula derecha de la vaca. A su vez, como debían procurar que la vaca no se quitara las vías al moverse, idearon un sistema de rieles que permitía a la vaca caminar y llevar consigo los catéteres. De a poco, la nutrición parenteral fue recomponiendo al animal. Hasta que cuarenta y siete días después empezó a sentirse mejor y llegó el último problema: la vaca, con tanto sachet y sin madre, no había aprendido a comer.

―No sabíamos cómo hacer para que comiera y no podía estar toda la vida con esos sachets que salían una fortuna –cuenta Mucci-. Hasta que un día estábamos comiendo unas papas fritas Lays y a la tipa le llamó la atención el ruidito del plástico y se acercó. Entonces le di una papafrita y se la devoró, se ve que estaba desesperada por la sal. Ahí picamos papafritas con alfalfa, y empezó todo.

Mucci se ve emocionado y satisfecho. Cada vez que habla parece decir: mi hija.

―¿Y por qué lloraban, cuando lloraban? ¿Por qué se moría la vaca, o porque se moría el proyecto?
―Es difícil transmitir lo que significa haber creado un animal a través de todas estas cosas que estamos haciendo –dice Mucci.
―La conocemos desde que es una célula –agrega Kaiser–. Nosotros fuimos los gestores de la idea, del vector, de la clonación, de la transferencia de embriones, de la cesárea. Todo lo que ves lo hicimos nosotros. Y Carlos. Pero no tuvimos apoyo de nadie más.
―Eso es lo que te conmueve: que vos estás desde lo invisible. Es como dice Mutto: la biología molecular es mezclar agüitas y seguir un protocolo, vos no ves nada ahí. La primera vez que ves algo es cuando ponés una célula adentro del óvulo. Y a partir de ahí generás una vida, y después resulta que esa vida se te está yendo de las manos, por eso te quiebra y… y no encontrábamos la forma de sacarla adelante. ¿Sabés lo que es ver un animal tan chiquito, verlo sufrir como sufría, y ver que así y todo, casi desvaneciéndose, se levantaba para ir a tomar su mamadera? ¿Cómo vas a dejar morir un bicho así…? Me voy a poner a llorar –dice Mucci y primero sonríe. Y después llora.

***

Algunos días más tarde, en el Instituto de Investigación Biotecnológica de la Universidad de San Martín, el doctor en Biotecnología Adrián Mutto –director del proyecto– me explicará qué significa conocer a un animal “desde lo invisible”, es decir: me contará mejor el tema de los clones. Lo hará sentado en una sala de reuniones limpia y de paredes vidriadas, ubicada a metros de un descomunal laboratorio de biología molecular –el más moderno de América Latina– recién inaugurado por la UNSAM.

―Hay un dicho –dirá Mutto–: si un científico no puede explicarle a su abuela de qué trabaja, eso significa que ni él sabe de qué está trabajando. Así que voy a explicarte. Y vas a entender.

Muto, entonces, será claro. Y dirá lo siguiente: el ADN –dirá- es un gran libro de recetas que le dice a una maquinaria –el cuerpo– cómo tiene que hacer determinadas cosas. Cada gen, dentro del ADN, es una receta distinta, y la modificación genética –la transgénesis– consiste justamente en meter en un cuerpo uno o varios genes que naturalmente están en otro cuerpo. En el caso de Rosita, tiene en su genoma dos genes humanos: la lactoferrina (que captura el hierro y lo ingresa al torrente sanguíneo, y además es antibacteriana, antitumoral y facilitadora de la odontogénesis, es decir: del crecimiento de los dientes) y la lisozima (un antibacteriano que está en altas concentraciones en la leche materna).

―El ser humano es el único animal que consume leche de otra especie –dirá Mutto–. Y, como es leche bovina, está diseñada para nutrir a los bovinos, no a los humanos. De ahí la importancia de esta leche maternizada en la nutrición infantil: permite cubrir las falencias de la leche de vaca.

¿Cómo hicieron para meter dos genes humanos en el genoma de Rosita? Primero, tomaron un tramo de piel sacado de la oreja de una vaca y extrajeron células bovinas con las que hicieron un cultivo. Luego, le metieron a una de esas células los dos genes humanos. Para eso, usaron algo que se llama “vector”: un vehículo que permite ingresar ADN extraño dentro de cualquier célula. ¿De dónde salió el vector? Durante dos años, los investigadores –que se conocían desde el 2003- estuvieron trabajando en el laboratorio de biología molecular de la UNSAM para generar uno apropiado. Y lo curioso –lo nuevo- es que en esa búsqueda superaron una marca científica: hasta entonces la ciencia generaba un vector por cada gen (es decir que, si se quería ingresar dos genes, había que producir dos vectores); pero Mutto, Mucci y Kaiser lograron –y ese fue el verdadero avance- meter más de un gen a través de un único vector. Un procedimiento que, a ojos extraños, puede resultar insignificante. Pero que a ojos de la ciencia ahorra una incalculable cantidad de trabajo, de testeos y de cuestionarios.

―El verdadero avance científico es ese –dirá Mutto–, no que haya nacido ISA. Existen otros animales bitransgénicos en el mundo, pero todos tienen dos vectores insertados por separado.

¿Cómo es que esa célula alterada genéticamente terminó adentro de una vaca? El paso siguiente –dirá Mutto- fue hacer los clones. Para eso, los investigadores fueron a buscar ovarios de vaca a un matadero. A uno de ellos –cualquiera– le extrajeron un ovocito –un óvulo–, y a ese ovocito le sacaron toda la información genética previa y le metieron la información creada en el laboratorio, o sea: la célula transgénica. Mutto lo dirá así:

―Dejamos la cocina intacta, pero sin el libro de recetas. Y ahí, dentro del ovocito vacío, metimos el libro que hicimos en el laboratorio: nuestra célula modificada. Después, a ese ovocito que ya venía bastante cagado a palos le teníamos que hacer creer que había sido fecundado. “No sé cómo pero te clavaron: sos un embrión, ovocito. Empezá a dividirte”. Eso teníamos que hacer. Y lo hicimos químicamente. Para eso, imitamos todo lo que ocurre cuando un espermatozoide entra a un óvulo: liberación de calcio, bloqueo de la polispermia –que evita que no entren varios espermatozoides al óvulo–, y por último activamos ciertos genes que hacían que el ovocito creyera que era un embrión y se empezara a dividir.

Se lo creyó. Luego de ponerle esas drogas, el ovocito pasó por siete días de cultivo embrionario –dentro de un receptáculo con las condiciones de un útero– en los que se multiplicó celularmente hasta transformarse en embrión. Llegado el momento, ese embrión resultante fue transferido a una vaca receptora. Y el embarazo siguió su curso.

Todo este último tramo –el del ovocito y el embarazo– fue realizado en el laboratorio de biotécnica reproductiva del INTA de Balcarce. El lugar donde ahora, sola y perfecta, Rosita come su pasto como una vaca cualquiera.

―Igual –resume Germán Kaiser mientras mira a Rosita– toda esta historia de los genes no tiene nada que ver con lo hincha quinotos que es la vaca.

***

Amanece. Nicolás Mucci llega al INTA sumido en el frío de una mañana radiante, y se mete pronto en su oficina, que es también la de Kaiser. Afuera las nubes parecen romperse contra el filo oscuro de las sierras. Y adentro hay una luz potente –plana- que ilumina todo lo que hay: estanterías, archivos, fotos familiares (Kaiser, Mucci y Mutto tienen una vida por afuera de la vaca) y una planta de ésas que viven con poco. Mucci toma asiento entre las cosas, ceba un mate y prende la computadora. En el fondo de pantalla aparece un embrión de dos milímetros: es su hijo. Como tiene un ecógrafo propio, cada cuatro días Mucci echa un vistazo al interior de su mujer.

―¿Y Kaiser? –Mucci se percata de que no está Kaiser, y llama al laboratorio–. ¿Laboratorio? ¿Está el doctor Kaiser? Necesito hablar con una mente brillante.

Luego corta. Ríe. Busca en su computadora, y encuentra –y muestra–, los embriones de los que salió la ternera. La imagen, a ojos inexpertos, es apenas una dispersión de círculos acuosos. Alguno de ellos –quién sabe cuál– encierra el feto de Rosita: una vaca artificial.

―¿Cómo van a hacer para remover la idea de la “vaca Frankenstein”?
―A ver –dice Kaiser recién llegado, recién sentado, con el bolso del club acomodado entre las piernas–. Sí: metimos un vector, metimos genes de una especie en otra especie…Pero genes “ajenos” comemos todos los días. Vos comés un bife y comés genes de vaca, ¿te hace mal? Cuando tomaste la leche de tu mamá, ¿te hizo mal? Esto no es distinto de lo que ya existe en la naturaleza. Si me decís que es antinatural meter genes de una especie en otra, podemos discutirlo… Pero lo cierto es que se producen permanentemente inserciones de ADN de virus, tenemos inserciones virales en todo nuestro cuerpo. Lo que nosotros hicimos fue idear un vector que meta dos virus en un mismo procedimiento. Nada más que eso.
―¿Y esto tiene relevancia internacional?¿Es un golazo para la ciencia?
―Lo que decimos –dice Kaiser– es que es una plataforma. Lo nuevo es el “saber hacerlo”. Así como se le metieron estas dos proteínas, en el futuro se pueden meter otras. Tenemos presentada una pre patente del proceso éste de haber construido una vaca bitransgénica. Pero no es que tenga gran relevancia, digamos: ahora simplemente se sabe que también está esto.
―No te hagás el humilde, Kaiser –dice Mucci–. La vaca está en Wikipedia.

Y es cierto. La vaca está en Wikipedia –dentro de la categoría “clon”– y además estuvo en una infinidad de medios de prensa. Cuando trascendió el anuncio de la presidenta, los teléfonos sonaban de tal forma que Kaiser, Mutto y Mucci parecían empleados de un call center. Hablaron con España, con el Reino Unido, con el Washington Post, con el New York Times, con el Discovery Channel, con Magdalena, con Víctor Hugo, con Fantino, y con todos los diarios y todas las revistas de alcance local y nacional, incluidas radios, asociaciones y publicaciones cristianas que manifestaron su rechazo de modos bastante explícitos: una vez, en Mar del Plata, una mujer de la Liga de Madres de Leche interceptó a Germán Kaiser agarrándose las tetas y al grito de “¿Leche humanizada??? ¡Estas!!!!”.

Pero nada fue tan grave. Junto con las notas fueron llegando los premios: los investigadores ganaron –entre otros– los galardones CITA (del Centro Internacional de Tecnología Agropecuaria), Innovar 2011 en rubro “Investigación aplicada”, y el premio La Nación Banco Galicia a la excelencia agropecuaria. Además, en el Concejo Deliberante declararon el proyecto de “interés legislativo” y todas las escuelas de la zona convocaron a Mucci y Kaiser para hablar de la vaca. A esas visitas –y a todos los otros actos– los científicos iban con una gigantografía que ahora está adentro de la casa de Rosita, y en la que se ve a la vaca de tamaño natural.

Y es que Rosita –la real– no podía ni puede ir a ninguna parte, y tampoco puede recibir visitas. Todo su mundo empieza y termina en esa casa que ahora, distante, en la mañana helada de Balcarce, parece condenada a algún vacío existencial. Cruzamos el campo –las tierras oscuras– para volver a verla. Me toco el brazo: duele. El sol salió hace un rato y hay un viento helado y Rosita está –se la ve– en su propia Siberia, comiendo de la mano de Carlos Lobato.

―Carlos es el domador –dice Mucci–. Es el único que sabe llevarla.

Carlos tiene sesenta y tres años, ropa color caqui, lentes. Todos los días –incluidos los fines de semana– llega a las siete de la mañana, desconecta el sistema de seguridad, le da de comer a la vaca, la ordeña y hace la limpieza. Es, hasta el momento, lo más parecido a un amigo que tiene Rosita. Y acaba de enojarse.

―Basta –grita Carlos–. ¡BASTA!

Rosita lo mira. Unos minutos antes la vaca se había puesto hincha: hormonal. Pero el grito acomodó las cosas. Ahora Rosita y Carlos se miran, y luego Rosita agacha la cabeza.

―Parece que entendiera –sonríe Carlos–. Pero bueno, es una vaca. Humanizada, maternizada, lo que quieras: pero tiene el entendimiento de una vaca.
―Es bruta como una vaca –digo.
―No… pobre animalito. Lo que sucede también es que los animales tienen su forma de pasar el día. Y la pobre está acá conmigo y… si estoy agachado haciendo algo capaz que viene y me cabecea. O los fines de semana cuando viene poca gente se aburre y tira cosas por el aire…
―Con ese carácter se va a quedar sola –digo. He quedado resentida.
―Sola no: siempre voy a estar yo –dice Carlos.
―Además es una vaca. Su destino es éste o un asado. Preguntale a ver qué elige –dice Mucci.

Pero yo no voy a preguntarle nada.

A ver si contesta.

Hay algo que la niña, de pronto, sabe. Está recostada en la cama de su madre, en la duermevela de la tarde, quizás un fin de semana, seguramente en Burzaco, seguramente a fines de 1960. Está ahí, la niña, durmiendo o mejor dicho: intentando dormir, intentando vaciarse de todas las palabras cuando de improviso llega eso: la certeza. Como una hiedra que trepa, como una oscuridad que le va tomando el cuerpo y recién a lo último llega a la cabeza, la certeza avanza y se transforma en pensamiento, y ese pensamiento dice: la muerte es.

La muerte, es.

Todo lo que está acá: el techo, la cama, los árboles, tu madre, vos misma, Claudia Piñeiro: todo va a morir. Todo va sumirse en un abismo eterno y no hay nada que puedas hacer al respecto.

—Mamá.

Claudia abre los ojos, llora.

—Mamá.

Su madre se acerca, escucha las angustias de su hija, explica lo que está a su alcance. Su madre –que décadas después morirá de Parkinson; que décadas después será nombrada en el honesto libro Elena sabe- dice lo único que puede decirse en estos casos:

—Pero si sos una nena, qué te vas a morir.

Claudia se le queda mirando: su madre no la entiende. No entiende que la certeza de la muerte la declara a ella, Claudia Piñeiro, muerta.

—Desde muy temprano tengo conciencia de que la vida es finita. Y eso cambia mucho a una persona.

Cuarenta años más tarde, en el bar Rond Point –donde ha escrito fragmentos de todas sus novelas- Claudia Piñeiro habla sin seriedad y sin sonrisas. Como si dijera: es.

—Pero bueno. Saber eso tiene algunas ventajas.

La muerte, es.

***

Tres hombres flotando, muertos, sobre una piscina de aguas calmas. Una anciana sentada en un banquito y esperando que le haga efecto una pastilla. Un arquitecto dibujando un edificio que jamás va a construir. Una escritora esperando en su departamento que el diario de la mañana golpee contra la puerta. Una mujer escondida atrás de un árbol, viendo cómo su marido discute con su amante y la empuja y la mata por accidente.

Cuando empieza a trabajar en un libro, Claudia Piñeiro no parte de ideas en abstracto sino de imágenes como éstas: construcciones enigmáticas que la acometen de un modo inesperado –como si fueran sueños o visiones o fenómenos de la naturaleza- y de las que Piñeiro va rielando, a lo largo de los meses, una historia mayor, una estructura, un esqueleto que permite que los muertos en el agua se transformen en Las viudas de los jueves; que la anciana de la pastilla se convierta en Elena sabe; que el arquitecto sea el personaje principal de Las grietas de Jara; que la escena del árbol y la amante de lugar a Tuya; y que la escritora sea la figura fuerte de Betibú: el último de todos los títulos; una novela de lectura fácil y estructura compleja que vuelve a instalar a Piñeiro en el lugar incógnito de una autora de best séllers.

Nadie sabe –y todos quieren saber- cómo hace para vender. Nadie sabe –y todos quieren saber- si hay una fórmula, un mapa del tesoro, una especulación secreta que la deposite en el lado próspero de las palabras.

De todo esto, Piñeiro sólo sabe algunas cosas: que hay que cuidar las estructuras del relato para que sean hilos sólidos pero a la vez invisibles. Que no importa tanto si un personaje es alto, bajo, rubio o morocho, como qué hacen esos personajes ante ciertas situaciones límite. Que los nombres de los protagonistas deben elegirse con infinito cuidado porque en el nombre –sobre todo en el apellido- yace la historia familiar del personaje. Que dentro de la historia –principalmente, si puede leerse como un policial- el lector nunca debe saber más que el narrador. Esas cosas sabe.

Pero las otras, no.

Alguna gente que la conoce y la quiere –este es un dato: mucha gente quiere a Claudia Piñeiro- tiene, sin embargo, hipótesis.

Dice Guillermo Martínez, escritor: “Un elemento que, creo, resultó inicialmente atractivo en su escritura fue el de develar un mundo relativamente oculto y hasta ese momento ‘no escrito’: la intimidad del country. Ese mundo aparece a la vez dentro de un relato policial, que tiene un público propio, fiel e interesado en nuevas variantes. La parte más abierta y saludable de la crítica valoró también que sus novelas abordan indirectamente las consecuencias sociales del menemismo, el derrumbe del 2001, etcétera, lo que les da el plus de ‘seriedad’, más allá de lo ‘meramente policial’ que parece necesitar la crítica para aceptar una novela policial”.

Dice Alberto Díaz, director editorial de Emecé, elegido Editor del Año por la Fundación el Libro: “Confieso que en el año 2005 leí Las viudas de los jueves más como curiosidad sociológica que por interés literario. Error. De su lectura descubrí que éste no era un libro más: había un lenguaje solvente y perfectamente adecuado al tema, capacidad para construir personajes y contar una historia sin fisuras, concienzudo detalle de un microcosmos que la autora logra elevar a categoría universal, y que en algunos momentos recuerda a Arthur Miller… A partir de entonces leí todos sus libros. Ya es posible hablar de una ‘obra’ y de una autora con voz propia”.

Dice Cristian Domingo, compañero de Piñeiro en un grupo de lectura y escritura al que Claudia aún hoy concurre, y uno de los primeros lectores de Betibú cuando aún estaba en proceso: “No creo que la suya sea una fórmula secreta, al estilo Coca Cola. Lo que convoca tanto es qué cuenta y cómo lo cuenta. Casi todos los lectores, a pesar de lo que creen algunos snobs literarios, abrimos un libro esperando que nos cuenten una buena historia. A su talento hay que agregarle aquello que decía Arlt: la prepotencia de trabajo. Cree en esto y lo practica rigurosamente. Además de que es sincera, humilde y generosa, algo que creo que es apreciado entre sus colegas, generando ese afecto que la aparta de las camarillas literarias”.

Dice Julia Saltzmann, a cargo de Alfaguara, la editorial de Piñeiro: “Tratándose de Claudia Piñeiro, me parece fuera de lugar hablar de fórmulas. La fórmula es una receta que cualquiera puede seguir valiéndose de determinados ingredientes y dosis, y no creo que las novelas de Claudia nazcan de este tipo de procedimientos. Si la pregunta, en cambio, es por qué sus libros son muy leídos, diría que es, además de por su indudable solvencia narrativa, sobre todo porque son cercanos: los lectores pueden encontrarse a cada paso con situaciones similares a las que han vivido y con formas de diálogo familiares. En cuanto a los temas, Claudia parece tener unas antenas poderosas para captar preocupaciones o asuntos que están en el ambiente. Y finalmente, creo que a todo esto se suma un factor que también resulta convocante, que es la crítica social que impera en sus libros, que proviene de un deseo muy genuino de manifestarse respecto de asuntos que nos afectan a todos como sociedad. Aunque muchas veces se la considere una escritora de novelas policiales, en la raíz de lo que hace Claudia está la dramaturgia, aquello que sí o sí quiere ser dicho en voz alta, no lo propio del secreto”.

Dice Rosa Montero, jurado del premio Clarín de Novela (que fue otorgado a Piñeiro por Las viudas de los jueves): “La verdad es que nunca se sabe por qué se vende un libro. Leo novelas superventas que me parecen horrendas y un tostón y luego hay libros maravillosos que de pronto no se venden nada. Pero en algunas felices ocasiones, como ésta, obras que te parecen apasionantes, maravillosamente escritas, con emoción, ritmo, humor, inteligencia y contenido, resulta que además se venden un montón. Cosas así son las que te hacen sentir confianza en el ser humano”.

Dice Claudia Piñeiro:

—No he tenido problemas por escribir libros populares. Aunque sí, a veces, hay un prejuicio de gente que dice “yo best sellers no leo, así que no leo lo que vos escribís”. Pero bueno. Cada uno tiene derecho a elegir qué leer. Yo tampoco leo todo lo que sale.

Y no sonríe. Y no está seria.

Como si dijera: es.

***

En el country La Maravillosa, en una casa con mesas de mármol y adornos de plata, sobre un sillón de terciopelo verde, hay un hombre degollado. La noticia llega pronto a las redacciones y en el diario El Tribuno deciden contratar a Nurit Iscar: una escritora de pasado exitoso y presente deslucido –su último libro recibió pésimas críticas, y desde entonces sólo trabaja de escritora fantasma- que pronto es enviada a vivir al country para escribir “desde adentro” y en clave de non fiction sobre las hipótesis del crimen.

Cuando llega a La Maravillosa, Nurit no sólo queda de cara al misterio de un asesinato (que luego derivará en varios). Debe internarse, también, en la incógnita mayor que supone vivir en un barrio cerrado. Interminables pedidos de datos en la entrada, calles despobladas, casas vacías y empleadas domésticas denunciadas por robarse un queso forman parte de un mundo que Nurit descubre con la boca abierta.

Algo parecido –pero sin muertos, y sin fracaso literario- le sucedió a Claudia Piñeiro trece años atrás, cuando se mudó al country de zona norte donde hoy vive y donde terminó escribiendo todos sus libros. Vino con su marido arquitecto –del que ya se separó- y con tres hijos que hoy tienen 13, 15 y 17 años.

—Me costó mucho adaptarme. Sentí una soledad muy grande, una abstinencia de no poder salir a la esquina y tomarme un café. Yo tenía una sensación que luego le presté a Nurit: la idea de que acá nada puede pasarte. Ni para bien ni para mal: nada. Me acuerdo que una vez iba hablando con una amiga acá adentro y le decía: “¿Pero con quién podés llegar a cruzarte acá…?”, y justo en ese momento pasó Nicolás Repetto, en la época del primer Sábado Bus, que era un éxito. Guau, dijimos. Nos pasó algo.

Es mediodía de un martes y en el living –sillones claros, ventanales, y una vista que da a un césped lacio, una pileta, árboles- Claudia Piñeiro sonríe con sus ojos azules. Su voz es plácida: fina. Todo lo demás es silencio.

—Igual no creas. Con el tiempo las cosas cambiaron. Ahora todo está tranquilo, pero acaban de irse catorce chicos que se quedaron a dormir. Hay escritores que sólo pueden trabajar de noche, cuando nada se mueve, je. Yo no.

Sin rituales, sin horarios malditos, sin botellas de ginebra, sin tormentas visibles: en este lugar con luz, Piñeiro escribió cinco novelas –además de dos obras de teatro, un ensayo histórico y dos libros para niños- que la transformaron en una de las autoras más populares de Argentina. Tuya es usada en las escuelas secundarias para iniciar a los estudiantes en la lectura. Las viudas de los jueves –ganadora del Premio Clarín- tiene cientos de miles de ejemplares vendidos y fue llevada al cine por Marcelo Piñeyro. Elena sabe está terminando de ser adaptada para teatro con dirección de Marcelo Moncartz e Inés Cuesta. Las grietas de Jara –ganadora del premio Sor Juana Inés de la Cruz- también irá a la pantalla grande, esta vez dirigida por Julia Solomonoff. Betibú no baja del ranking de los más vendidos desde el mes de su lanzamiento. Y todos los libros, en definitiva, terminaron colocándola en un pedestal que a veces no es sólo simbólico. Una tarde de Navidad, caminando con su hija por un shopping, Piñeiro llegó a una librería donde se alzaba una montaña de ejemplares que en la cima, como una estrella de Navidad, estaba coronada por el rostro de Claudia.

—Fue impactante. Con mi hija nos miramos, dimos media vuelta y nos fuimos.
—¿Por qué?
—Porque noto que mis hijos necesitan preservarse de algunas cosas. Esto lo he visto mucho con los hijos de otros dramaturgos o escritores: en la obra de sus padres hay demasiada información, y ellos raramente quieren acceder a eso.
—Tus hijos, entonces, no han leído tus libros.
—No les impongo nada. Las novelas están ahí, y si quieren pueden leerlas. Pero yo no los obligo a leer ningún libro, menos todavía si es mío. Además, me parece que la cabeza de la madre está demasiado abierta ahí, y ellos son chicos y les va a costar ver qué es fantasía y qué es verdad, y quizás empiecen a pensar: “¿A mi mamá le habrá pasado esto que dice ahí?” Si eso pasa con los lectores adultos, ¿cómo no les va a pasar a ellos?
—¿Te molesta ese equívoco?
—Es raro. Con Elena sabe se me ocurrió contar que mi mamá, al igual que la protagonista, había tenido Parkinson, y eso dio lugar a todo tipo de malos entendidos. Una vez Rosa Montero me dijo: “Nunca hay que decir que algo es autobiográfico porque la gente lo interpreta mal”. Y tenía razón. La relación entre madre e hija en el libro es mala, y tuve que aclarar mil veces que mi relación con mi mamá no era mala, a pesar de que había un montón de situaciones en el libro que tenían que ver con nosotras y de las que mi madre, que tenía muy buen humor, se habría reído.
—Igualmente, Elena sabe es un libro muy duro.
—Sí. La enfermedad es dura. Es difícil de mirar. Mientras mi mamá estaba enferma yo noté que hay mucha gente que no puede mirar a los enfermos. Y el enfermo empieza a perder la mirada del otro. Entonces, veo que Elena sabe es como un primer plano de ese cuerpo. Si querés leer la novela tenés que ver todo lo que aparece ahí, y algo te va a doler.
—A vos también te habrá dolido.
—No siempre es agradable ponerte a sacar todo eso para afuera. No todo el mundo se atreve. Cuando doy clases me pasa que hay gente que trae historias y a veces te das cuenta de que esas historias tienen algo tremendo detrás y que no logran sacarlo porque es doloroso. Y a la vez, al no poder sacarlo se quedan en la superficie de la historia. El tema es poder nombrar. El recuerdo, la escritura tienen que ver con poder nombrar. Y para poder nombrar hay que tener una cierta valentía.
—Hay que escribir desde la fisura, entonces.
—De algún modo, sí. Las fisuras que tienen los personajes no necesariamente son todas propias, pero son fantasmas que uno conoce y que finalmente te permiten construir al personaje. A mí no me interesan mucho los personajes íntegros, porque no me los creo. El ser más íntegro alguna fisura debe tener, y esa grieta a su vez es el punto de empatía con el lector, que tampoco es íntegro.
—Nurit Iscar, la protagonista de Betibú, es una escritora de best sellers que se cayó del podio. Más allá de las diferencias entre ficción y realidad, da la sensación de que ése podría ser un temor tuyo.
—Sí, claro. Lo que más le presté a Nurit son fantasmas. Temores de lo que me puede pasar en unos años, cuando mis hijos tengan 20 y ya no me necesiten tanto. Fantasmas respecto de qué pasa si alguna vez sacás un libro que no le interesa a nadie. ¿Qué hacés? ¿Seguís escribiendo? ¿No seguís escribiendo?
—A su vez, dentro del libro esas preguntas aparecen en un contexto de mucho humor negro.
—Es que ése era un objetivo. Quería reírme de algunas cosas que tenían que ver conmigo. El regreso al escenario del country también se relaciona con eso. Tengo amigos escritores que llegaron a ser encasillados en un tema y se matan por correrse de ese tema, por aclarar todo el tiempo que ése no es “su” tema y que fue sólo “ese” libro, y me dije: ¿Qué pasa si lo hacemos al revés? ¿Qué pasa si vuelvo al country pero la historia es totalmente diferente? Y eso es lo que hice: mientras que Las viudas de los jueves tiene un punto de vista endogámico, en Betibú no hay nadie “de adentro” que cuente la historia.
—¿Te leen tus vecinos del country?
—No lo sé. Hace un tiempo una persona me dijo: “Así que escribiste otra vez sobre el lugar donde vivimos”, y le contesté que era un error: todos esos lugares son parecidos. Igualmente, con Las viudas pasó que el libro se vendía muchísimo y había ganado un premio importante, y el éxito creo que en eso te protege.
—Pero ese éxito también debe tener un doble filo. Betibú es el cuarto título que publicás luego de Las viudas…, y sin embargo en las contratapas de tus libros se te sigue mencionando como “la autora de Las viudas de los jueves”.
—Sí. Ese libro me produce una sensación ambivalente. Por un lado le estoy sumamente agradecida al libro y al Premio Clarín, por lo lindo que es que te conozcan un montón de lectores. Me pasa que si voy por la calle y alguien me para y me dice “leí tu libro”, sé que es Las viudas… Pero por otro lado pensás: “Basta, ya hablemos de otro…”.
—Sobre todo porque los otros libros, en mi opinión, son incluso mejores.
—Totalmente. Las viudas… tampoco es el libro que a mí más me gusta. El periodista Vicente Muleiro, que me acompañaba a algunas charlas organizadas por el suplemento Ñ, me decía que yo quería ser la viuda de Las viudas de los jueves. Y algo de eso hay.

***

Antes del éxito de Las viudas de los jueves, Claudia Piñeiro fue muchas cosas. Fue, en primer lugar, una niña. Una niña que escribía muy bien. Sus composiciones se leían siempre en los actos escolares, y las maestras le decían a su madre –la de Piñeiro- que guardara esos cuentos y la madre los guardó en un lavadero. Un lavadero que un día –años después- se inundó.

—Mis carpetas de Ciencias Económicas estaban en un lugar privilegiado dentro de la casa, pero mis cuentos estaban ahí. No quedó nada.

Antes del éxito de Las viudas de los jueves, Claudia Piñeiro fue una contadora eficiente –el mejor promedio de su promoción en Ciencias Económicas- que trabajaba para un estudio importante, y que solía llorar en el ascensor de la empresa.

—Eso lo conté en algunas entrevistas, y desde entonces me ha pasado de encontrarme con ex socios de ese estudio que me preguntan: “¿Fui yo el que te hizo llorar?”. Je. Todos creían que podían haber sido. En ese estudio debemos haber llorado varios.

Antes del éxito de Las viudas de los jueves, Claudia Piñeiro fue una mujer de veintinueve años y tailleur inmaculado que subió a un avión rumbo a San Pablo con el fin de hacer un inventario en una fábrica de tornillos. Para no pensar en los tornillos –para no seguir llorando- Piñeiro abrió el diario, y vio un aviso: la editorial Tusquets convocaba a un concurso de novela erótica llamado “La sonrisa vertical”. Piñeiro decidió presentarse. Pidió licencia en el trabajo para dedicarse a escribir, y escribió. Y con esa primera escritura salió finalista del premio.

—Ahí pensé: “Esto puede que funcione no sólo por placer. Acá hay algo”.

Antes del éxito de Las viudas de los jueves, Claudia Piñeiro escribió, finalmente, en el año 2005, Las viudas de los jueves: una historia que trabajó en el taller de Guillermo Saccomanno y que la terminó instalando como autora de renombre en el escenario literario argentino primero, y en el internacional después.

Ahí fue cuando Las viudas de los jueves, al menos en la vida de Piñeiro, dejó de ser un libro para transformarse en un punto de partida: Piñeiro, ante los ojos de todos, empezó a nombrar. Así llegó Tuya, un thriller de humor ácido –escrito antes de Las viudas…, pero publicado después- que se lee en una sola noche de insomnio. Llegó Elena Sabe: un relato honesto y lacerante sobre la enfermedad y la vejez. Llegó Las grietas de Jara, una metáfora sobre el desmoronamiento –familiar y social- que tiene de telón de fondo la cara oscura del boom inmobiliario. Y llegó Betibú: un policial de lenguaje llevadero y exacto, que Piñeiro construyó cruzando humor, fantasmas y varias páginas de medicina forense.

—Sí, leo libros de medicina forense. Tengo dos que se usan en la Facultad. Si el primer asesinado muere degollado, yo tengo que leer todas las posibilidades de degüello que hay: para arriba, para abajo, con un chorro de sangre en la mano, con la mano limpia… –enumera con una voz dulce, delicada: maligna.
—¿Y nunca hablaste con un forense?
—No. Lo que pasa es que no conozco a ninguno.

Los ojos de Piñeiro –azules, oscuros- se detienen en alguna observación remota.

—Pero sería bárbaro, ¿no? No podés hablar con mucha gente de cómo es un degüello.

Silencio.

—De la muerte, bah.

De la muerte. No podés, dice Piñeiro, hablar con mucha gente de la muerte.

Acá.

José Mujica, presidente de la República Oriental del Uruguay, vive acá.

En la entrada del rancho hay una cuerda donde cuelgan las ropas de un niño –pobre-; una casucha de ladrillo gris a medio hacer –pobre-; un desmadre de plantas –juncos, pastos crecidos, yuyos-; una hectárea de tierra recién surcada; y perros, muchos perros. Chuchos que circulan con el paso lerdo de los animales viejos y que cada tanto buscan esquinas de sombra allá en el fondo, pasando unos arbustos, en la casa de José Mujica.

Allá. José Mujica, presidente de la República Oriental del Uruguay, descansa allá: en cuatro ambientes de paredes desconchadas donde hay una cocina, un sillón rojo, una perra de tres patas –la mascota de Mujica es tullida- y una estufa a leña. Desde ese bajofondo austero, casi marcial, este hombre emergió infinitas veces –primero como legislador nacional, luego como candidato presidencial- a recibir a la prensa.

Y “recibir”, en el planeta de Mujica, es un verbo imperfecto.

Mujica ha recibido periodistas recién bajado del tractor, sin la dentadura puesta, con el pantalón arremangado hasta las rodillas y con una gota de sudor colgando de la nariz.

Mujica ha recibido periodistas con un afectuoso cachetazo y con esta frase:

—Cortala con el bla bla y andá a laburar, que es lo que necesita el país.

Mujica ha recibido periodistas en días preelectorales, con alpargatas pero sin dientes –bueno, ha dado conferencias de prensa enteras sin dientes-, jugando con su perra manca y haciéndose cortar el pelo por un desconocido que había ido a pedirle trabajo.

Mujica ha recibido periodistas la mañana misma de los comicios presidenciales y los ha recibido en pijama, con la barba crecida y con las encías rumiando esta única frase:

—A pesar del ruido, el mundo hoy no va a cambiar.

Era, ese entonces, la mañana del 29 de noviembre de 2009. Y aunque el mundo no cambió, ese día el Uruguay torció su propio rumbo: con el 52% de los votos –ganados a Luis Alberto Lacalle en un ballotage-, Mujica se convirtió en el presidente más impensado del Uruguay y probablemente de la tierra. No sólo por su austeridad llevada hasta el paroxismo sino por su pasado, que no es otra cosa que el origen de todo lo demás.

Mujica militó en el Movimiento de Liberación Nacional–Tupamaros (MLN-T, una guerrilla que nació y se fortaleció al calor de la revolución cubana); estuvo dos veces preso en una cárcel que hoy –maravillas de la globalización- es un shopping; huyó de ese penal en uno de los escapes más espectaculares que tiene la historia carcelaria universal; vio demasiados amigos morir y esperó demasiadas veces la muerte propia; estuvo diez años aislado en un pozo –durante la dictadura militar de 1973-, donde sobrevivió a la posibilidad de la locura; y llegada la democracia festejó esa sobrevida del único modo posible: arando y militando. Esta vez, desde un marco legal.

En 1995, Mujica devino el primer tupamaro en ocupar un puesto como diputado nacional. Luego fue senador. Después fue ministro. Y a fines de 2009 se transformó en el primer “ex guerrillero” en llegar a la presidencia del Uruguay y en completarle el sentido a una lucha ideológica por la que se inmoló buena parte de América Latina.

—El Pepe llegó, primero, porque sobrevivió –dirá días después José López Mercao, compañero de Mujica en la cárcel de Punta Carretas–. Segundo, porque el movimiento armado salió muy honrado frente a la población: siempre estuvo esa idea de que los tupamaros eran buena gente. Y por último, porque Pepe siempre fue un tipo muy humano, muy enamorado, muy zorro y muy austero.

Hoy, Mujica se traslada en un Chevrolet Corsa más bien viejo. No usa corbata. No tiene celular. No tiene tarjeta de crédito. Prohíbe a los empleados de gobierno usar Facebook o Twitter o cualquier cosa parecida. Tiene una esposa –la senadora Lucía Topolansky- tan asceta como él. Y no vive en la residencia presidencial sino en esta chacra de huesos flacos en Rincón del Cerro: un páramo rural -a veinte minutos de Montevideo- donde el campo es más un esfuerzo que un vergel.

Mujica pasa aquí sus días desde mediados de la década de 1980, cuando salió del pozo carcelario con la certeza de que –todo junto- volvería a la política y se compraría una granja. Lo acompañan Lucía Topolansky –también tupamara, y tercera en la cadena de mando de Uruguay-; Manuela –su perra de tres patas-; dos familias que, por no tener lugar mejor donde caerse muertas, fueron a hablar con Mujica y recibieron a cambio un pedazo de tierra dentro de esta misma estancia (por eso la construcción gris a medio hacer; por eso las ropas de niño colgando de una cuerda); y dos hombres uniformados que ahora se interponen en la entrada y dicen, amablemente, lo que vinieron a decir:

—Pida una entrevista en la torre presidencial.

Desde que asumió su cargo, Mujica –famoso hasta entonces por su disponibilidad mediática- dio sólo tres entrevistas y todas fueron a un único medio. La razón: sus jefes de prensa saben que Mujica habla del mismo modo en que vive -sin cortesías y con la casa en construcción- y, ahora que es un mandatario, quieren cuidarlo. Para eso ponen infinitos filtros y para eso, entre otras cosas, está esta guardia: dos tipos de pecho hundido, acompañados por un perro labrador que se tira panza arriba y recibe mis caricias.

—Esta es la casa del presidente –dice uno de ellos.
—Además el presidente no está –dice el otro.
—Ah –digo yo.

Nos miramos en silencio.

Atrás de estos dos hombres se ve la ropa gastada pendiendo de una soga, la casa a medio hacer, los juguetes de niño entre los pastizales. Pero lo que no se ve es lo otro: el inmenso cúmulo de duda que se yergue sobre este escenario de insólita simpleza.

Porque José Mujica vive acá, eso está claro.

La pregunta es cómo eso es posible. La pregunta es por qué.

***

—Yo no quería que Pepe fuera presidente.

Julio Marenales es uno de los líderes históricos del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) y es visto por Mujica como “un hermano”. Militaron juntos, juntos cayeron en el penal de Punta Carretas, juntos también se fugaron, y juntos –aunque separados en distintos establecimientos- padecieron diez años de encierro en los pozos cuartelarios. La distancia entre Marenales y Mujica llegó recién en este último tiempo: Mujica fue avanzando en el terreno político, mientras que Marenales –si bien respalda a Mujica- se quedó en la organización. Hoy representa el ala radical y se ha transformado en una suerte de guardián de la pureza ideológica del Movimiento.

—El Pepe no puede hacer una presidencia con las ideas que tenía como tupamaro. Ha tenido que adaptarse. Se amoldó al pensamiento general del Frente Amplio, que es una fuerza donde hay trabajadores pero también empresarios, y a los empresarios les gusta el sistema capitalista. Por tanto las ideas que sustentó el compañero Mujica años atrás las tiene, supongo, en el congelador. Es decir: el Pepe no va a hacer la revolución. Lo que no quita que este sea, por lejos, el mejor gobierno que tuvo este país.

Marenales sonríe: tampoco tiene demasiados dientes. Algo pasa con los tupamaros y sus dientes. Quizás sea el paso del tiempo, pero tampoco: el tiempo se ha vuelto una forma cortés de explicar las cosas. A Marenales, en cualquier caso, siempre le dijeron El Viejo. Ahora tiene ochenta y un años pero arrastra ese apodo desde que tenía treinta y tantos. En ese entonces, junto a Raúl Sendic (máximo líder de la organización, ya muerto y hoy mítico) fundó el Movimiento que luego albergó a Mujica y a buena parte de la cúpula que hoy gobierna el Uruguay.

Una historia muy breve –puerilmente breve- del MLN-T sería, más o menos, así: los tupamaros surgieron públicamente en el año 1966, en apoyo a una revuelta de cañeros de azúcar –los asalariados más pobres del Uruguay- y en un contexto de presión social fuerte: el fin de la posguerra europea había traído aparejado una mayor producción industrial en el Primer Mundo, y eso significaba que América Latina había empezado a llenarse de productos importados y a ver la debacle de su industria nacional. Hacia 1968, Uruguay dejó de ser “la Suiza de América” y se metió de lleno en el fango latinoamericano: empezó a tener despidos, problemas gremiales, militarización de los espacios de trabajo y un endurecimento del Estado que hacía flamear el fantasma de un golpe militar.

En ese contexto surgió el MLN-T: una organización armada que –alentada por el triunfo de Fidel Castro en Cuba- creía que la revolución era un destino posible y cercano, y que en cuestión de meses logró crear su propia mística. Cada vez más gente simpatizaba con el MLN-T. Esto se debe a que los tupamaros no tenían el gatillo fácil y a que empezaron a emprender maniobras delictivas que muchas veces favorecían a las clases bajas. Además de los procedimientos estándar (robo de armas, de bancos, vaciamiento de financieras, secuestro de algún embajador, etcétera) cada tanto detenían un camión de mercadería y la repartían entre los asentamientos de la zona.

Esa propaganda hizo que la organización creciera de un modo exponencial. Hacia 1971, el Movimiento –que había nacido con 200 miembros- llegó a tener 5000 integrantes activos, con un radio de influencia de 30 mil personas, y eso lo transformó en el fenómeno de más rápida acumulación de fuerzas en la historia de cualquier asociación política.

Fue ese crecimiento –y lo dicen ellos mismos- lo que los arruinó. A más gente, empezó a haber también más errores. Para el momento en que llegó la dictadura militar –que en Uruguay sucedió entre 1973 y 1985, con el golpe de estado de Juan María Bordaberry- el Movimiento estaba débil, con demasiadas muertes a cuestas –propias y ajenas- y con muchos miembros en la cárcel. La cúpula militar aprovechó esa flaqueza y le asestó el mayor golpe a la organización: identificó a los nueve cabecillas del MLN-T y los confinó durante diez años en calabozos subterráneos ubicados ya no en cárceles, sino en cuarteles. A esos hombres se los llamó “los nueve rehenes”; eran el recurso que tenían los estrategas de la dictadura para asegurarse de que el MLN-T no siguiera accionando: cualquier movimiento en falso y les mataban un líder.

Los nueve rehenes fueron Mauricio Rosencof (escritor, actual director de la división de Cultura de la Intendencia Municipal de Montevideo), Eleuterio Fernández Huidobro (hoy senador), Raúl Sendic (muerto en París en 1989), Henry Engler (experto en neurociencias), Adolfo Wassen (muerto de un cáncer de columna meses antes de que pudiera salir en libertad), Jorge Zabalza (hoy distanciado del Movimiento), Jorge Manera (también distanciado), Julio Marenales y José Mujica.

De todos ellos, se dice que Henry Engler y José Mujica fueron quienes salieron más perturbados. Engler, hoy establecido en Suecia, fue candidato al Nóbel de Medicina y protagonizó un documental –El Círculo- que cuenta su proceso de locura en el encierro. Y Mujica, bueno, él dice que llegó a hablar con ranas y hormigas.
Marenales tiene una explicación para esto:

—Si pasás doce años en un espacio de un metro cuadrado, las experiencias son tan limitadas que tenés que hacer un gran esfuerzo por distinguir si las cosas las pensaste, las viviste o las soñaste. Todo el movimiento se hace con la mente y eso es peligroso. Todo, en un punto, puede volverse ficción.

Marenales jadea cuando habla: es apenas una aspiración de más, el comienzo de una asfixia que luego se apaga. Sus manos son grandes –ha sido carpintero- pero el resto de su cuerpo se ve pequeño, delgado, incluso joven. Los años de confinamiento deben significar algo en el aspecto de este hombre: hay un tiempo muerto en el rostro de Marenales; un velo invulnerable.

La última vez que lo detuvieron –en 1972- Marenales arrojó sobre su captor una granada que no explotó. En respuesta recibió catorce tiros de metralla.

—Sobreviví de milagro –dice.

Todos, agrega, han sobrevivido de milagro.

A unos metros de distancia, un ventilador echa aire sobre una bandera de los tupamaros. La casa huele a papeles viejos. Todo acá parece más viejo que sus años. Este lugar existe desde 1986, cuando terminó la dictadura. Y ya en 1989 se decidió que el MLN-T seguiría funcionando y mantendría este local, pero se integraría al sistema político con otro nombre, el Movimiento de Participación Popular (MPP), al que Mujica pertenece. El MPP, a su vez, pasó a integrar el Frente Amplio: la coalición de partidos de izquierda que desde hace dos períodos –primero con Tabaré Vázquez y ahora con Mujica- gobierna el Uruguay.

En un rincón de la sala principal hay un cesto de basura forrado con un afiche de Mujica. Se lo ve peinado, limpio: presidenciable.

—Al Pepe lo bañaron para esa foto –bromeará después Eleuterio Fernández Huidobro.
—Al Pepe lo pusimos nosotros –dice ahora Marenales-. Siempre trabajamos como colectivo. Más allá de las características personales de cada compañero, nosotros no creemos que la historia avance sobre la base de hombres brillantes.
—¿Pero por qué eligieron a Mujica y no a otro?
Marenales se acomoda la montura de los lentes –dorados- sobre los huesos –finos-, se reclina hacia delante, habla:
—Porque el Pepe tenía una ventaja. A nosotros en el Frente Amplio no nos querían mucho. Decían que éramos unos palurdos. Pero Pepe tenía tres apoyos: el de nuestras espaldas, porque en el Movimiento lo hemos sostenido como hemos podido. El de su propia historia, porque Pepe viene de trabajar la tierra y nunca sintió la bota del patrón arriba, siempre trabajó más o menos por cuenta propia. Y el de los de abajo. Fueron ellos los que lo llevaron a la presidencia. Por eso el Pepe tiene un gran compromiso con la gente humilde. Y tenemos que ayudarlo a que lo cumpla. Porque no lo está cumpliendo.

Marenales no ha querido ocupar cargos en el gobierno. Hay quienes dicen que esta negativa responde a que está clínicamente loco -un oportuno sinónimo de “inadaptado”- pero quizás exista otra forma de verlo: para que haya un Mujica dirigiendo el país, debe haber un Marenales diciéndole al oído: no olvides.

—No olvides lo que alguna vez fuimos. No olvides el objetivo. Eso le digo. Lo que pasa es que lo veo cada vez menos.

En las casi inexistentes fotos de esa época, hay una imagen que lo tiene a Marenales de perfil. Es el año 1968, lo están llevando preso a Punta Carretas, y lo que se ve es un hombre de nariz recta, pelo renegrido, ceño fruncido y rostro hermético. El hombre sólido que Marenales fue y sigue siendo.

Un hombre planeando, en ese mismo instante, su fuga.

***

“Shopping Punta Carretas”: eso se lee en la entrada. El nombre está tallado sobre el ingreso al centro comercial, en un frontis de principios de siglo XX, en el mismo lugar donde antes decía “Cárcel de Punta Carretas”. Antes todo esto era gris, pero ahora tiene el color que la imaginación neoliberal reserva para estos casos: beige. Todas estas mierdas siempre son beige.

A la izquierda del ingreso hay un Mc Café, a la derecha un restaurante que dice Johnny Walker, y al fondo está el shopping, que es igual a todos los shopping de la tierra: pisos relucientes, bolsas con moño y el vapor de una música que no llega a ser fea: es fría.

Cuesta imaginar en qué parte de este lugar habrá estado Mujica; en qué parte estos tipos habrán tramado su fuga. ¿En el local de Lacoste? ¿En el de medias Sylvana? Ahora hay un techo de vidrio y se puede ver el cielo, ¿pero antes? ¿Qué tamaño tenía el cielo de antes? En la sede del MLN-T, a espaldas de Julio Marenales, había una maqueta de la cárcel: se veía –en corte transversal- un penal de casi cuatrocientas celdas divididas en dos planchadas de cuatro pisos cada una, separadas por un patio central.

Allí –aquí-, en 1970, llegó Mujica con el cuerpo cosido a balazos, luego de haber pasado tres meses en el Hospital Militar. El derrotero había empezado tiempo atrás en el bar La Vía, el lugar al que había acudido Mujica –junto a otros tupamaros- para planificar el robo a una familia millonaria de apellido Mailhos. Esa noche un policía reconoció a Mujica acodado en la barra y llamó para pedir refuerzos. Cuando llegaron, Mujica ayudó a escapar a sus compañeros pero no pudo zafar. Un policía lo encañonó; estaba nervioso.

—Ojo, que se te puede escapar un tiro –le dijo Mujica.

Y el tiro se escapó.

Mujica llegó al Hospital Militar con seis balas en el cuerpo. Pero vivo. Y tres meses después fue enviado a Punta Carretas: un lugar que -en comparación con lo que vendría después- se parecía bastante a una escuela de adolescentes pupilos.

Allí -¿aquí? ¿se puede seguir diciendo “aquí”?- los militantes formaban nuevos compañeros (delincuentes comunes que terminaron sumándose al Movimiento) y entrenaban su costado estoico para hacer la revolución: sus celdas estaban limpias, sus cuerpos eran atléticos, y sus cabezas, en fin, a esta altura se entiende cómo trabajaban las cabezas de estos tipos.

—Yo daba cursos de táctica y enseñaba a hacer explosivos –contó Marenales en la sede del MLN-T-. El nivel de exactitud de los dibujos era muy alto. Si en una parte había que hacer un tornillo y el compañero dibujaba un redondel, entonces yo le decía: esto no es un tornillo. Es un clavo. El tornillo tiene una ranura para el destornillador. A ese nivel de detalle. Había que ser prolijos. Con los explosivos te equivocás y es la única vez que te equivocás.

Cada vez más presos comunes empezaron a ver en los tupamaros un grupo admirable, y algunos ladrones sumaron su conocimiento a la causa: enseñaron, por caso, a hacer un boquete en la pared en apenas un minuto, trabajando ya no sobre los ladrillos sino sobre la mezcla que los une. Gracias a eso, todos los muros del penal –e incluso algunos techos- tenían su agujero y todas las celdas estaban secretamente conectadas entre sí. Esa ingeniería permitió la histórica huída del 6 de septiembre de 1971.

—Queríamos armar un plan de fuga que no sólo significara volver a la libertad, sino que fuera un duro golpe para el gobierno –dijo Marenales-. Queríamos abochornarlos.

El 13 de agosto de 1971, a las siete de la mañana, tras el primer control de presos en las celdas, los internos empezaron a cavar debajo de una cama. Metían la tierra en bolsas confeccionadas previamente con las sábanas del penal, y esas bolsas iban debajo de la cucheta. Cuando esa superficie se llenaba, se abría el boquete que conectaba las celdas y se pasaba las nuevas bolsas a la cama del cuarto de al lado. Así, en absoluto silencio, dos pisos del penal se saturaron de escombros. La requisa de pisos sucedía cada 23 días, y es por eso que los tupamaros tenían poco más de tres semanas para hacer 40 metros de túnel.

José López Mercao, celda contigua a la de Mujica, luego recordará esta anécdota:

—Una vez el Pepe agarra y dice: “¡Rápido! Tapen todo que el penado de arriba que es terrible ortiva está golpeando y dice que hay ruido acá abajo, ¡tapen que se nos cae todo!!!”. Nos pusimos locos. Metimos escombros, encajamos yeso, lo pintamos arriba, le pusimos secante y después nos quedamos esperando; nunca en mi vida hice algo tan rápido. Y cuando terminamos ese viejo hijo de puta nos dijo: “No, era pa’ver qué tiempo llevaba tapar todo nomás”.

Luego de trabajar más de quinientas horas sin parar –y de atrasarse un día-, en la noche del 6 de septiembre de 1971, 111 hombres (106 guerrilleros y 5 presos comunes) se dieron a la fuga en un operativo que ellos mismos denominaron “el abuso”.

—El abuso –dirá López Mercao- porque lo que hicimos fue un abuso.

Los uruguayos tienen ese humor.

***

—El abuso se le ocurrió a Mujica. Había varios planes de fuga, pero la más famosa nació en una idea de Pepe. Él tuvo la idea de perforar todas las paredes. Y luego esa idea era como la invención de la rueda: abría varios planes de fuga; servía para muchas cosas más.

Eleuterio Fernández Huidobro es, aparte de senador nacional, el otro tupamaro al que Mujica denomina “hermano”.

—Pepe siempre fue pragmático. Estaban los teóricos, que para hacer una cosa la complican, y estaba Pepe, que venía de trabajar la tierra. Como dice el aforismo, el Pepe piensa como Aristóteles pero habla como Juan Pueblo.

Huidobro está acodado sobre una mesa de bar. Su forma de mirar –esquiva- sumada a la gordura y el cansancio de su rostro –flojo- hacen pensar que este hombre alguna vez estuvo más entero. Hay años que duran para siempre: tal vez sea eso.

Hay años que no terminan nunca.

Al igual que Mujica, Huidobro estuvo en Punta Carretas, salió con “el abuso”, pasó por la Cárcel de Libertad (insólitamente ubicada en un pueblo llamado Libertad) y terminó en los cuarteles: sótanos con celdas de 1,80 x 0,60 donde los nueve rehenes debieron pasar diez años de su vida. Esa última etapa fue brutalmente distinta de las anteriores: los rehenes eran separados en grupos de tres –cada terna iba a un cuartel distinto-; los presos estaban completamente aislados entre sí; prácticamente no percibían comida ni bebida; no los dejaban ir al baño; y menos aún recibían cartas o visitas.

Huidobro compartió cuartel con Mauricio Rosencof y Mujica. Apenas podían comunicarse, pero a lo largo de los años lograron ponerse de acuerdo en un punto: no había que enloquecer.

Rosencof empezó a escribir mentalmente: eran poemas de versos cortos, a veces de una única palabra, para que fueran más fáciles de memorizar.

Yo
no
estoy
loco,
digo.
¿Por qué
me miras?
Yo
no
estoy
loco,
digo.
Ronda
el cuervo,
dice.
Miro
su nido.

Cosas así escribía Rosencof, quien consiguió entablar largos diálogos con su calzado y al salir del penal publicó su bello, inolvidable libro de poemas Conversaciones con la alpargata. Huidobro, por su parte, pasó años enteros imaginando que corría por la playa y meaba en cualquier lado. Y Mujica se hizo amigo de nueve ranas y comprobó que las hormigas, si se las oye de cerca, se comunican a gritos.
En Mujica, la completa biografía escrita por Miguel Ángel Campodónico, Mujica sintetiza de este modo su paso por los cuarteles:

—Yo no soy afecto a hablar de la tortura y de lo mal que lo pasé. Incluso, me da un poco de bronca porque he visto que a veces ha habido una especie de carrera medida con un torturómetro. Gente que se complace en repetir “ah, qué mal la pasé”. Y lo que yo digo es que la pasé mal por falta de velocidad, por eso me agarraron. En definitiva, la vida biológica está llena de trampas tan inconmensurables, tan trágicas, tan dolorosas, que lo que me pasó a mí fue una pavada.

Y lo dice: una pavada.

A partir del tercer año de encierro, los nueve rehenes empezaron a recibir material de lectura. No había permiso para ciencias sociales o novelas, pero daba igual: todas las palabras a esa altura eran ficción. Mujica se dedicó a las matemáticas y a la revista Chacra.

—Después, el Pepe me ponía al tanto de sus lecturas y me hablaba de la Pampa húmeda –dice Huidobro. Pero cuando dice “hablar” en realidad se refiere a otra cosa: con el paso del tiempo, Rosencof, Huidobro y Mujica idearon un sistema de diálogo mediante golpes en la pared. De acuerdo con este modelo, las letras del abecedario estaban divididas en grupos de cinco. El primer golpe identificaba el grupo, y el segundo golpe daba el orden de la letra dentro de ese grupo.
—Cuando le tomábamos la mano, hablábamos hasta por los codos. De eso no te olvidás más. Es como un segundo lenguaje que te queda para siempre.
—¿De qué hablaban con Mujica?
—Él generalmente me hablaba de agro, de cómo mejorar la productividad del campo. Igual, cuando tenés mucha hambre, hambre por años, no hay comunicación que no empiece o termine en comida.

Con Pepe hablábamos de boñatos, chanchos, vacas, pero en realidad estábamos hablando de chuletas.

Por falta de bebida y alimento, Mujica se enfermó gravemente de la vejiga y los riñones. No queda claro qué tenía, pero sí se sabe que necesitaba ir seguido al baño, que no lo dejaban salir de su celda y que hoy tiene un solo riñón. Para curarse debía tomar dos litros de agua por día. Pero en las buenas rachas los militares apenas le daban una taza. Con esa taza Mujica terminó haciendo lo único posible: recicló sus propias existencias. Bebió su pis. Todos allí bebieron su pis.

Años después, cuando en los cuarteles advirtieron que la situación de Mujica era clínicamente grave, los carceleros empezaron a hidratarlo con una cuchara de té y permitieron que su madre, Lucy Cordano, le llevara una pelela.

Era una pelela rosa.

Desde ese momento, Mujica llevó su pelela bajo el brazo cada vez que lo cambiaron de cuartel –eso sucedía cada seis meses-, y también lo hizo en 1983, cuando las presiones de organismos internacionales lograron que los nueve rehenes fueran trasladados al Penal de Libertad.

—Cuando después de diez años nos devolvieron a Libertad, asunto por el cual peleábamos, para nosotros fue un paraíso –dice Huidobro-. Nosotros éramos felices, a los más altos niveles de felicidad que tú te puedas imaginar, porque teníamos medio paquete de cigarros y un lugar donde ir a mear.

En Libertad había media hora de recreo por día, los reos discutían de política y hasta se jugaban partidos de fútbol. Pero Mujica no mejoraba. Nada lo sacaba de su propio encierro. Finalmente lo vio un médico y se tomó la decisión: Mujica trabajaría en el cantero floral del penal.

Algo volvió a Mujica, cuando Mujica volvió a la tierra.

—He dicho por ahí que soy casi panteísta –dijo en la biografía de Miguel Ángel Campodónico-. Y cuando digo que hablo con las plantas, por supuesto que no estoy diciendo que realmente hable con ellas, sino que trato de interpretarlas. Hay una multitud de lenguajes, de señales, que naturalmente a partir del momento que los conozco me despiertan admiración. Son todas formas organizadas por la naturaleza para mantener la lucha por la vida. Un terrón debe ser un laboratorio entero, tan complicado que el hombre no está ni en condiciones de remedarlo. Se puede ser religioso por analfabeto. Pero también se puede tener una actitud religiosa cuando se empieza a saber y se comprende que no se sabe nada.

El 14 de marzo de 1985, cuando cayó la dictadura y Luis María Sanguineti asumió la presidencia de Uruguay, los nueve rehenes fueron amnistiados y puestos en libertad.

Mujica salió del penal con la pelela en la mano, florecida de caléndulas.

***

Un hombre llega en moto Vespa al Parlamento. Tiene el pelo alborotado por el viento, un pantalón de jean, campera negra, bigote. Deja la moto estacionada en la entrada.

—¿Cuánto piensa quedarse? –le dice el guardia.
—Si no me rajan antes, cinco años –contesta el hombre.

Esto –dice una leyenda que nadie niega con mucho énfasis- habría sucedido el primer día en que José Mujica, primer tupamaro diputado, llegó al Parlamento. Era 1995 y en esa misma jornada –transmitida por cadena nacional- tomaba juramento como presidente por segunda vez Julio María Sanguinetti, por lo que el prescinto estaba lleno de embajadores, mandatarios invitados, jerarquías de la iglesia y solemnidades varias.

Pero Mujica entró así: pelos revueltos, jeans, ninguna corbata.

—Yo pensé: van a creer que es una maniobra publicitaria –dijo Huidobro en el bar, días atrás-. Ellos no saben, como yo sé, que la campera es nueva. Que el vaquero es nuevo. Que se peinó. Y que nunca más volverá a estar tan arreglado. Como le decía Sancho al Quijote: cada quien es como dios lo hizo, y aún peor muchas veces. Aún peor.

La llegada de Mujica al Congreso significó un cambio para la política uruguaya. Primero, porque se modificaron los usos y costumbres de la cámara –por ejemplo, llegó el mate a las sesiones legislativas-, y en segundo lugar porque esa formalidad arrastraba una modificación de fondo: Mujica usó su banca para recorrer el país e incorporar a sus discursos lo que ya tenía, desde chico, incorporado a su vida: la presencia de los sectores rurales.

Mujica -hijo de una floricultora y de un padre ganadero que se fundió y se murió pronto- dio su primera disertación en el Palacio Legislativo sobre el tema del pasto.

Y del pasto pasó a la vaca que se comía al pasto.

Y de la vaca pasó al país ganadero.

—Los que creían que el Pepe era un problema de comunicación pasajero, un producto efímero, erraron –dijo Huidobro-. Pepe fue uno de los mejores diputados de esa legislatura, un brillante orador. Él le ha dado voz a todo el interior uruguayo y ha tenido una especie de noviazgo entrañable con el público.

La llegada a Diputados fue sólo el comienzo. Cinco años después, Mujica fue electo senador. Y en 2004 su figura resultó clave para que la izquierda, comandada por el moderado Tabaré Vázquez, llegara por primera vez al poder. Mujica participó del gobierno de Vázquez como ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca, y emergió airoso de ese cargo. Tanto que en el 2009 ganó por paliza las internas del Frente Amplio para ser candidato presidencial, y encaró las elecciones nacionales con propuestas impensables para cualquier candidato del siglo XXI.

Mujica propuso discutir la propiedad privada de las grandes extensiones de tierra, levantar el secreto bancario, “importar” campesinos de Perú, Bolivia, Paraguay y Ecuador para que trabajen las zonas rurales “porque los montevideanos pobres acá no lo hacen” y resolver el tema de la drogadicción “agarrando a los adictos del forro del culo y metiéndolos p’adentro de una chacra”.

Propuso, en fin, tomar el toro por las astas. Lo que traía dudas operativas -¿cómo se haría?- y dilemas coyunturales. Conforme Mujica empezó a hablar, se entendió que el mayor contrincante no estaba en otro partido, ni siquiera en otro cuerpo: el mayor peligro de Mujica era, en parte, su mayor capital político: su desusada franqueza. La honestidad de Mujica llegó a su punto cúlmine en octubre -a días del ballotage que definiría la presidencia a favor suyo o del liberal Luis Alberto Lacalle- cuando salió a la venta el libro Pepe Coloquios: una extensa entrevista donde Mujica –sólo por dar un puñado de ejemplos- dice que la Argentina “no es un país de cuarta, no es una república bananera”, pero tiene “reacciones de histérico, de loco, de paranoico”; que “en Argentina tenés que ir a hablar con los delincuentes peronistas, que son los reyes”; que “los porteños tienen la manía de venir a bañarse acá y les gusta, porque es un paisito parecido al de ellos, pero más suave, más decente”; y que “los radicales son tipos muy buenos, pero son unos nabos”.

Es decir: Mujica no dijo nada que nadie piense. Pero el mundo de la política impone sus cortesías y así fue que Mujica relativizó la mayor parte de sus dichos, salió a pedir disculpas de inmediato, bajó drásticamente sus encuentros con la prensa –una medida que aún se mantiene- y logró ganar el ballotage con un 52,53% de los votos.

—Este mundo es puro maquillaje: que esto no se puede decir, aquello tampoco… ¡La libertad está hipotecada! Una de las ventajas que tiene ser viejo es decir lo que uno piensa. Pero eso parece armar un revuelo de la puta madre que lo parió.

Eso dijo Mujica días antes de la primera vuelta electoral, en una entrevista con la revista mexicana Gatopardo, cuando ya se estaba hablando del desastre del Pepe Coloquios.

Serán, entonces, las ventajas de ser viejo.

El próximo 20 de mayo, Mujica cumplirá 76 años.

***

—Cómo le va, Rosencof, estoy en Montevideo. ¿Se acuerda que habíamos quedado en vernos?
—Nena…
—…
—Vos sabés que estoy en el hospital. Se me desacomodó el marcapasos, no sé qué lío de cables hicieron estos tipos…
—…
—…
—¿Está internado entonces?
—Sí, nena, esto… estamos en la era de la ortopedia. Me estoy desintegrando.

***

Renguea. Caminando por el pasillo del Palacio Legislativo, Lucía Topolansky, sesenta y seis años, la senadora más votada del Parlamento, tercera en la línea de sucesión a la Presidencia, tupamara, compañera –ella no dice “esposa”, no dice “mujer”, dice “compañera”- de José Mujica, avanza con un moderado desacomodo en la cadera. El Parlamento está desierto; es febrero. Los pasos resuenan de otro modo.

—Entrá –dice Topolansky. La sigo. Su despacho es pequeño: nueve metros cuadrados donde hay algunas carpetas, una ventana, un escritorio. Sobre la mesa de trabajo hay papeles, una caja con té de uña de gato y una pequeña tortuga de madera verde que mueve la cabeza como diciendo “sí”. Topolansky –cabello corto, blanco, discreto- acaricia suavemente la tortuga.

—Decime –dice. Y le digo. Le hablo de la revista. De nuestras buenas intenciones. Topolansky escucha con una sonrisa que viene acompañada de algo más: de una amable escenificación de la distancia. Todo el mundo dice que esta mujer es dura. En tiempos de militancia clandestina la apodaban “la tronca” por lo macizo de su cuerpo, y probablemente no sólo del cuerpo.

Entre los años 1970 y 1985, Topolansky estuvo presa casi todo el tiempo. Cree que ese encierro fue necesario.

—El pueblo apreció mucho que los dirigentes del MLN no se exilaran, se quedaran en Uruguay jugando la suerte de su pueblo. Toda nuestra dirigencia estuvo presa y eso a la gente le cayó bien. Esos hechos generaron prestigio. Puede parecer muy sujetivo, pero son esas razones del alma que quedan grabadas en la gente.

Topolansky es hija de una familia de clase media acomodada del barrio Pocitos y estudió en el Sacre Coeur, una escuela de monjas que se hizo conocida –entre otras cosas- por su insigne caligrafía conocida como “letra Sacre Coeur”. De ahí que no quede claro por qué dice “sujetivo”. Ni por qué más adelante dirá “produto” o “adatarse”. Hay quienes dicen que podría tratarse de una pose, pero esa hipótesis anula –o deja en un segundo plano- la posibilidad de la culpa.

Lo cierto es que Topolansky -pantalón color crema, camisa de gasa blanca- dice “sujetivo” y después, a diferencia de cualquier sindicalista argentino, se aguanta vivir del modo en el que habla. Y eso sucede desde hace mucho.

Y eso, quizás, deba ser suficiente.

Topolansky se alistó en el MLN-T a los veinte años, y desde el comienzo dio muestras de un carácter. Era 1969 y en ese entonces trabajaba en Monty: una financiera que, descubrió Topolansky, llevaba la contabilidad en negro de prácticamente todo el gabinete de ministros y de los capitostes de la oligarquía uruguaya. Cuando supo la verdad, Topolansky se preguntó qué grado de complicidad tenía con eso y qué debía hacer: si irse o denunciarlos.

Tomó las dos opciones. Se enroló en el MLN-T con su información privilegiada y junto con el Movimiento logró que todas las fotocopias de los libros contables terminaran en la puerta de la casa de un juez y desataran un escándalo político que se llevó puesto a un ministro de Hacienda. Además, claro, se fue de su trabajo.

—Cuando sos una gurisa pensás las cosas con otra cabeza. De repente, a la edad que tengo ahora le hubiera puesto más reflexión al asunto. Pero pertenezco a la generación sobre la que impactó la revolución cubana y las cosas hay que verlas en ese contexto. Estábamos convencidos de que podíamos hacer la revolución. Convencidos. Y cuando tú estás motivado, obviamente el riesgo se ve de otra manera.

En esos tiempos, en alguna de las tantas reuniones clandestinas, Topolansky -dicen que era hermosa- conoció a José Mujica. Estuvieron juntos unos meses, pero luego ambos terminaron en la cárcel: ella en Punta Rieles (desde donde se fugó, aunque luego volvió a caer presa) y él en Libertad y luego en los cuarteles. Más allá de alguna carta en los primeros tiempos, el resto del noviazgo estuvo marcado por un largo, interminable silencio.

También a eso sobrevivieron.

Cuando habla de su compañera –en el libro de Campodónico- Mujica lo hace de esta forma:
—Como los dos andábamos solos terminamos juntándonos. En la formación de nuestra pareja hubo un factor de necesidad, fue una especie de mutuo refugio. Nos reencontrmaos en una época bastante particular, bien diferente a la que habíamos dejado atrás. Creo que alguna vez se lo dije en una carta: cuando uno se aproxima a los 50 años piensa que una compañera debe ser una buena cocinera. El amor tiene entonces mucho de amistad, de cosas que faciliten la convivencia. Y creo que todo eso es lo que nos ha mantenido juntos, encajamos fenómeno.

Una necesidad, un refugio: el amor para ellos era esto.

—En aquellos años en que andábamos las corridas todo era “ya” –dice Topolansky-. Era muy difícil el después. Todo era hoy, ya, porque mañana no sé si voy a estar, y toda relación humana quedaba atravesada por esa urgencia.
—¿Pero no había flechazo?

Algo se ablanda –se aclara- en el rostro de Topolansky.

—Por supuesto que existe la afinidad, el amor, el flechazo, la química o ponele el nombre que quieras.
—O sea que podía existir, entre militantes, un pensamiento como “qué lindos ojos tiene”.
—Claro. Eso es lo único que te sostiene. Te aferrás a esas cosas. La relación con Pepe pasó por tres etapas: la de los ojos lindos, luego una larga etapa de separación donde el recuerdo de eso te sirve como un oxígeno, y después una etapa que es ésta, en la que logramos reencontrarnos y reconstruir todo.

En el año 2005, Topolansky y Mujica se casaron en la cocina de su chacra. Los testigos fueron los vecinos –unos que viven en el mismo terreno, y otros que tienen un quincho en la esquina- y el evento duró poco más de una hora. Esa misma noche, el 8 de octubre, Pepe fue a un acto del MPP y mostró la libreta.

—Sí. Un día a Pepe se le ocurrió casarse y nos casamos.
—¿Pero te gustó la idea?
—Ehh… psé… en realidad en concreto no me varió en nada, ¿no? Yo siempre fui medio anarquista desde chica, veía cómo mis tías y mis primas se complicaban la vida para casarse, así que siempre tomé opciones de andar media libre. Sin ninguna atadura. Y bueno, yo no tuve ataduras de ningún tipo.
Silencio.
—No sé qué habría pasado si hubiera tenido un hijo en esa época. Pero no tuvimos.

Ni en esa época ni en ninguna otra.

Mujica y Topolansky no han tenido hijos.

Les duele.

***

Este es el quincho de la esquina. Acá celebró José Mujica cuando ganó las elecciones. Acá reunió a su gabinete de ministros. Acá trajo al venezolano Hugo Chávez cuando quiso agasajarlo, en el año 2007. Y acá, en tiempos preelectorales, montó su despacho. El lugar se llama “El quincho de Varela”, queda a cien metros de la chacra de Mujica y consiste en una construcción rectangular, con techo de paja y paredes de ladrillo, ubicada frente a un campo recién arado.

El lugar pertenece a Sergio El Gordo Varela, también apodado “el mugriento”: un comerciante mayorista de alimentos que no da declaraciones a la prensa y que durante la campaña se encargó de comunicarse con distintas empresas del Centro de Almaceneros para pedirles fondos que financiaran el acto de cambio de mando.

El interior del quincho de Varela luce así: hay un piso de layota desgastado, un techo del que cuelgan dos banderas –una del Frente Amplio, otra del Uruguay-; varias imágenes del Che, Neruda, Allende y Chávez, mesas hechas con tablones donde alguien pintó “Pepe presidente”, un puñado de perros astrosos, y juguetes de niño tirados por el suelo.

Una mujer gruesa y de ropas desteñidas se acerca, espanta los perros, se limpia el sudor de la frente y dice:

—Bueno, esto se arregla un poquito más cuando vienen ellos.

***

Los funcionarios del gobierno que pertenecen al Movimiento de Participación Popular (MPP) tienen tope salarial. Lo máximo que pueden ganar son 37 mil pesos (1900 dólares), y eso significa que la mayoría –entre ellos Huidobro, Mujica, Topolansky y el ministro Eduardo Bonomi- cobra en mano apenas el 35 por ciento de su sueldo. Los excedentes van al Fondo Raul Sendic (donde se otorgan microcréditos a proyectos –en su mayoría cooperativos-, sin tasas de interés, sin papeles firmados y sin la exigencia de pertenecer al Movimiento) y a un Fondo Solidario con el que se auxilia a los militantes del MPP que estén pasando por una urgencia económica.

En su despacho, Eduardo Bonomi, ministro del Interior, considerado la mano derecha de Mujica en el gobierno, explica el tope salarial de esta manera:

—Es muy fácil dar lo que te sobra. La cuestión es dar lo que no te sobra.
—¿Pero nunca te da ganas de comprarte un plasma?

Bonomi se masajea el labio inferior.

—Eh… Yo vivo en una cooperativa de viviendas. A esta altura terminamos de pagar la cuota entonces sólo pagamos los gastos comunes. Tenemos un auto del 94… A ver: la austeridad de Pepe es única, pero que Pepe haya llegado no es casual.
—¿Nada cambió en Mujica?
—Operativamente Pepe tiene más responsabilidad. Pero es la misma persona. Sigue levantándose y haciéndose el mate y escuchando los pajaritos. Pero casi todos somos así. Yo me levanto a las 6, escucho las noticias…
—¿Pero no hay ninguna pose por parte de Mujica?
—No, es así. Es así. Él es así. Qué pose. La vida del Pepe es muy sencilla y pasa por la tierra. Cuando uno sale de licencia y se va al monte o a la playa, Pepe se va a trabajar la tierra. Y los domingos, mientras todos descansamos, él madruga para trabajar la tierra. Si no hace eso, no descansa. La tierra es el lugar donde Pepe ordena sus ideas. Cada cual es como es.

Otra vez se toca: su labio inferior es –se ve- mullido.

—El problema es que Pepe tiene una cultura mucho más alta y grande de lo que representa su forma de hablar.

El despacho de Bonomi es ministerial pero austero: hay maderas lustrosas, muebles fuertes, sillones y cortinas de pana. Si cruzara la puerta de su oficina, Bonomi saldría a la galería del ministerio y vería un edificio igualmente fuerte y medido: apenas cuatro pisos balconeando sobre un patio central, y en el medio un obelisco con la inscripción “Homenaje a los caídos”. Dispuestas sobre el monumento, distintas placas de bronce recuerdan el nombre de los agentes policiales muertos en servicio.

Alguien tiene que haberse reído de todo esto.

Bonomi fue acusado hace veinte años de matar a un policía. El 27 de enero de 1972, el Inspector Rodolfo Leoncino, jefe de seguridad del penal de Punta Carretas, esperaba el colectivo cuando recibió un fogonazo de disparos. La orden, dicen las acusaciones, la habrían ejecutado cuatro tupamaros, entre ellos Bonomi. Pero la habrían dado, desde la cárcel, tres militantes entre los que estaba José Mujica.

—Cuando salí en libertad, amnistiado, fui a parar con unos jueces y lo primero que me preguntaron fue si tal día a tal hora había hecho tal cosa, y respondí: “Me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN”. “Pero no le estamos preguntando eso, sino si tal día a tal hora…” “Bueno: yo le estoy respondiendo que me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN”. Cinco veces preguntaron y dije lo mismo.

El labio. Vuelve a tocarse el labio.

—Y cada vez que me preguntan respondo: me siento políticamente responsable de todos los hechos realizados por el MLN.
Bonomi –saco azul, pantalón gris, corbata- tiene lentes, una barba espesa y una voz profunda: todos estos tipos tienen la voz honda, encallada en algo que debe ser el pasado y su aspereza.
—Cuando durante la campaña de Mujica se rumoreaba que, de ganar, yo sería Ministro del Interior, por acá circulaban mails acusándome de esto y de cosas nuevas también. Así que cuando asumí, en la Escuela de Policía, me tocó hablar y dije que yo sabía que habían circulado mails y que no me quería hacer el bobo y que entendía que los votos que había tenido el Frente Amplio no eran un apoyo a eso que se acusaba sino mirando el futuro con un modelo de Nación con participación de los trabajadores, los productores y los intelectuales. Y les cayó bárbaro.

Bonomi vuelve a masajearse el labio.

Treinta años atrás, un tiro le partió la mandíbula y hoy no puede abrirla demasiado.

***

Costumbres de la época: cuando José López Mercao se resistió a un arresto, los militares le metieron cinco tiros y lo remataron en el suelo con un sexto balazo que le atravesó la boca. Lo creyeron muerto pero no murió: los médicos navales lo encontraron y lo llevaron al Hospital Militar. Allí recibió cuatro litros de sangre y se enteró de la presencia de Mujica: el cuadro político del que sólo conocía el nombre.

Era mayo de 1970.

—Me acuerdo que un día vino un médico con el uniforme militar puesto y me dijo: “Qué huevos que tiene Mujica, se afirmaba en la camilla y decía ‘no me dejen morir, yo soy un combatiente’. Le dimos trece litros de sangre, que huevos tiene”.

López Mercao recuerda y sonríe: tiene un rostro macizo, oliváceo, y una sonrisa por la que asoman dos dientes levemente recortados en su vértice interno: López Mercao sonríe –cuando sonríe- como un niño. A su lado está Isabel Fernández, su compañera, y por la casa rondan sus dos hijas. Todos viven en un departamento muy austero de El Cilindro, un barrio de clase trabajadora de Montevideo. En las paredes hay reproducciones de Modigliani y Van Gogh. En los rincones hay grandes ceniceros que acunan los cigarros fumados. En el living hay muebles de caña y una computadora culona. En los aparadores hay fotos recientes tomadas con una sencilla cámara de rollo: hasta las fotos nuevas parecen viejas.

López Mercao, quien alguna vez se pensó que sería el jefe de prensa de Mujica –finalmente no fue- hace el relato de toda la historia que se cuenta en estas páginas: habla de Punta Carretas, del abuso, del Penal de Libertad, de la incertidumbre de los nueve rehenes, de la llegada al poder como un baño de sentido. Y lo cuenta con un hablar grave y pausado: el Negro –le dicen “el Negro”- tiene la voz endurecida por el humo.

—¿Y vos has soñado con todo esto? ¿Te han llegado estos recuerdos en sueños?
—No –dice-. Yo no sueño.

Afuera está oscuro y llueve; suenan los grillos. Una de las hijas se acerca y busca música en la computadora del living.

—Bueno –dice Isabel-, cada vez que él da alguna nota o se reúne con compañeros en un asado y recuerdan cosas, yo después lo noto distinto. Con los años la cosa se fue apaciguando pero yo noto que te quedás mal, Negro. Yo noto que te quedás como triste. Noto que soñás.

La hija –Evelina- pone un tema de la banda uruguaya Cuarteto de Nos. El tema se llama “El día que Artigas se emborrachó”, hace alusión al primer libertador uruguayo -mítico héroe nacional que murió exiliado en Paraguay- y termina con esta estrofa: “Se emborrachó, porque la guerra perdió / y se emborrachó, porque alguien lo traicionó / se emborrachó, y la patria se lo agradeció / ¡Whisky para los vencidos!”

En términos generales la letra es graciosa y encima aquí hay cerveza, así que todos reímos. Pero el Negro, a través de sus lentes de montura fina, con el codo en la rodilla, cavila.

—La historia uruguaya es rarísima, los héroes históricos son todos derrotados con honor –dice-. Para la historia ser un triunfador no trae réditos. Miralos a Artigas, Aparicio Saravia, Leandro Gómez, Battle Ordóñez. En general, vos vencés acá y cagaste. Pero te transformás en ídolo. Miralo al Pepe sinó. Poné la otra que me gusta a mí.

Evelina obedece y pone otra. Afuera la lluvia sigue y en algún momento el Negro se levanta, tira una colilla por la ventana y se va a buscar el auto para llevarme al hotel.

—Yo te quiero contar algo, porque él nunca lo cuenta –murmura Isabel cuando su marido se va. Y luego dice esto: que al Negro le llegó una indemnización por veinte mil dólares. A los muy heridos parece que les llega, y el Negro y su mandíbula tienen puntaje suficiente para entrar en ese club. Pensando en el futuro –en sus hijas, en las operaciones maxilares- el hombre mandó los datos. Y desde que los envió empezó a dormir mal.

Una noche, Isabel encontró a su marido diciendo “no puedo”.

—No puede aceptar ese dinero. Me dijo: si lo aceptara, si buscara una compensación, sería como arrepentirme. Y yo le dije Negro, es tu cuerpo, son tus huesos, la mandíbula rota es tuya. Yo no puedo meterme en eso. No aceptes la plata si no querés aceptar la plata. Y ahí se habrá sentido liberado, porque se puso a llorar.

Isabel tiene cuarenta y seis años, ojos celestes, cabello rubio: si cada edad iluminara con una luz propia, podría decirse que a esta mujer la alumbra una luz de veinte años. En eso pienso –en la nobleza de su rostro- cuando el Negro toca el timbre para avisar que está en la entrada, esperando en el auto.

El regreso al hotel es en silencio.

La avenida 18 de julio, el asfalto mojado, el ritmo menguante de las calles céntricas: la ciudad parece una película muda; sólo se oyen los neumáticos.

—Bueno –el Negro detiene el coche-. Lo último que puedo decir es que fueron los años más lindos de la vida nuestra. No especulamos con nada. Lo dimos todo. Y ahora vivimos en un ejercicio de interpelación periódica con aquel gurís que fuimos a los veinte años. Yo no quiero hacer a los sesenta cosas que me hubieran avergonzado a los veinte. Quiero irme de la vida sin amputar partes de mí. Quizás a los otros compañeros le pase lo mismo.

Eso es lo último que dice el Negro antes de despedirse con un ademán seco –apenas una palmada- y de dejar abierta una pregunta: si esta historia debía ser sobre José Mujica, o sobre la maravilla colectiva que permitió que exista, con sencillez absoluta, José Mujica. Este texto es, de algún modo, una larga respuesta.

Temporada de polo

Publicado: 15 diciembre 2010 en Josefina Licitra
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Las buenas yeguas no olvidan. Una vez que aprenden todo (a andar con el pie derecho, a frenar a tiempo, a ser bravas pero obedientes, a dejarse montar con elegancia) pueden pasar los años y ellas sólo sabrán hacer lo correcto. Por eso, en el universo del polo, las buenas yeguas son sagradas. Literalmente sagradas. Las cuidan y las peinan como a una cortesana pero no las dejan aparearse ni por equivocación. Todos los meses, con puntualidad biológica, un grupo de expertos les hace un lavaje y les extrae un óvulo que se fecunda in Vitro con los espermatozoides de un padrillo. Ese embrión, a su vez, no vuelve a ellas sino que es implantado en un vientre sustituto que llevará adelante el embarazo (valor del embrión: 50 mil dólares). Gracias a esta técnica de laboratorio -que alcanza niveles de excelencia en la Argentina- una buena yegua puede tener hasta diez hijos por año sin perder su línea, sin dejar de jugar un solo día y sin saber que alguna vez los tuvo.

Las buenas yeguas saben todo, menos que son madres. Y menos aún que, gracias a los sistemas de transplante embrionario, muchas veces comparten campo de juego con sus propias hijas, dando lugar a una lógica reproductiva que habla más del universo del polo que del animal. Todo, en el mundo del alto handicap, queda en familia. Pero lo más curioso es que esta asociación (la de las yeguas y su reproducción eugenésica, con los clanes de polistas) no la hace un Luis D’Elía cualquiera sino la voz en off dePolo Real, uno de los videos que ven los extranjeros cuando vienen a aprender a jugar este deporte a la Argentina.

“El polo es un deporte de reyes, sultanes y millonarios del mundo entero. Por eso los caballos de máximo nivel están emparentados entre sí, consanguinidad que también se da entre los polistas” subraya una voz en off en el video y deja en claro, sin rodeos, qué busca buena parte de los miles de extranjeros que todos los años vienen a probar una tajada del campo argentino: no les atrae bailar tango o conocer el Obelisco. Ni siquiera los desvela aprender a cabalgar con elegancia. Sólo quieren comprar algo que en teoría no se vende (el estatus) y con ese fin juegan al polo en “el país del polo” -así se ve a la Argentina desde el 2001-, compran caballos de calidad premium y dejan una montaña de dólares -entre 2100 y 4500 semanales por persona- en el bolsillo de un grupo social -criadores, estancieros y jugadores- que durante los ’90 había visto en sus campos un gran dolor de cabeza.

¿Pero qué significa “estatus” en el polo? ¿Dónde se ve? ¿Cómo se vende? Un recorrido por las páginas web de algunas de las 150 estancias que ofrecen clínicas en la Argentina da como resultado una sobreabundancia de frases y palabras como “adrenalina”, “adicción”, “tradición”, “sentir”, “estar adonde hay que estar” y “no hay vuelta atrás”. Buena parte de esas haciendas está emplazada en Pilar, autoproclamada la “capital internacional del polo”; una localidad que -más allá de las áreas altamente urbanizadas- habla en un lenguaje de exportación. Las afueras de Pilar son fáciles de describir: hay mucho pasto, muchos caballos, muchos árboles, muchos boxes de ladrillo y algarrobo, y muchos carteles con la leyenda “lots for sale”.

Allí, rodeado de estancias que quizás se le parezcan -entre ellas La Ellerstina, dueña de uno de los equipos de polo más importantes del mundo- está Don Augusto Campo & Polo, un club que funciona todo el año (aunque la temporada alta, como en todo el país, se da de septiembre a marzo) y que tiene su epicentro en un inmenso campo de verde incandescente. En el borde de la cancha hay un árbol con una campana quieta y lo que puede verse es la postal minimalista de aquellos que todos quisiéramos creer que es el campo: pasto lacio, árboles al fondo, un caballo de crines luminosas y un disimulado olor a bosta.

En el medio de todo eso están Eric Wright (un “polo manager” -así se los llama- que juega profesionalmente en San Francisco y que vino al país para comprarle unas yeguas a su patrón) y Abby, una morocha que salta del caballo con la levedad de una paloma y dice que no quiere fotos ni apellidos. Abby tiene una cicatriz en el labio superior y esa marca le da al rostro una belleza distante, alerta. Cuando rondan los cuarenta, las mujeres del polo suelen parecerse a ella: tienen el rostro fuerte, marcado y generalmente intervenido por algún colágeno que borra o estira las arrugas que les hizo el tiempo, pero sobre todo el sol. Abby también es polo manager y está buscando tres tipos de yegua: una grande, lenta y sencilla de manejar. Otra mediana y rápida. Y una tercera pequeña y fácil de llevar. Para elegirlas las monta y las lleva a taquear por el campo. Evalúa su boca (es decir, su capacidad de freno), su aplomo, su relación con el taco (es fundamental que los caballos no le tengan miedo), sus ojos (deben estar sin “nube”), su coordinación de movimientos y su cuerpo sin cicatrices.

-Los extranjeros no saben mucho de caballos y piensan que con cicatriz no sirve -explica Abby-. Es como los que no entienden de autos y, en vez de fijarse en el motor, se fijan en el capot.

Según datos de la Aduana Argentina, se exportan cerca de 4 mil animales por año a un precio que va desde los 5 mil hasta los 15 mil dólares (aunque también están los que se venden por 30 y hasta 200 mil). Esto implica que al país ingresan anualmente, en concepto de caballos, un mínimo de 20 millones de dólares. ¿Adónde van estos bichos? A cualquier parte, incluida -por ejemplo- la Guardia Real de Marruecos, que le compró a la familia del polista Clemente Zavatela (marido de una trilliza de oro) veintiséis animales que fueron facturados al 25 por ciento de su valor real (una diferencia que originó una denuncia por evasión contra la empresa de Zavatela).

Cuando se mira una yegua, sin embargo, todas las chanchadas comerciales quedan lejos. La belleza tiene ese poder anestesiante y estos bichos, como todo lo que es bello, se sobreponen a la inmundicia ajena y a la propia con rozagante hidalguía. Las yeguas son refinadas hasta cuando cagan: lo hacen con el pecho afuera, las ancas dignas y el gesto de estar escuchando la mejor música del mundo. A metros de una yegua en trance, un holandés llamado Paul Van Oostveen -programador de páginas web- dice que estos animales son una adicción. Hace dos años que Paul vive en Argentina y desde hace uno que juega en el club Don Augusto. Viene todos los días y ya compró seis yeguas.

-¿Por qué tantas?

-Porque nunca es suficiente.

Los extranjeros que vienen a jugar al polo se dividen en dos grandes grupos. Por un lado están los europeos, solamente interesados en comer bien y pasarse el día a caballo. Y por otro están los estadounidenses, que hacen de las clínicas de polo un proyecto “all inclusive”: quieren amortizar el dinero que pagaron y no dejan un segundo librado al azar. Cuando bajan del caballo salen a ver tango, hacer shopping, pasear por La Boca y dejar fortunas en las talabarterías. En general, ninguno de estos dos grupos habla de “inseguridad”. Según Gonzalo Palacios Hardy, manager de Don Augusto, se trata de gente “de mundo” que ya recorrió Asia y África y que no cree que la Argentina sea un país más duro que Zimbabwe.

¿Por qué vienen acá, y no a Zimbabwe? Todos los motivos pueden resumirse en uno: en Argentina hay caballos mejores y más baratos que en cualquier otro lugar del mundo. Esta sería la explicación económica, mientras que la psicológica la da Bautista Heguy en el video Polo Real: “Para muchos el polo es una pasión, pero para otros también es un capricho, es esnobismo, es la posibilidad de acceder a un deporte elitista que les permite codearse con la realeza”.

El príncipe Harry de Inglaterra vino un par de veces a la estancia El Remanso, en Lobos, para mejorar su taqueo de la mano del polista Eduardo Heguy. E incluso el actor Tommy Lee Jones -perteneciente a la realeza de Hollywood- se hizo habitué de la estancia La Mariana y hasta devino el padrino de su equipo de polo. “Pensar que, en un principio, sólo vine a la Argentina a aprender un poco a jugar al polo, a comprar unos caballos y a comer buens asados -dijo-. Ahora vengo una o dos veces por año para no perder mis prácticas. Aunque sigo sosteniendo que, al lado del polo, trabajar en películas de cine es muy fácil”.

Claludio Uras, 31 años, petisero de Don Augusto, advierte que -si sólo se quiere estatus- es más fácil comprar un palo de golf y una pelota. Con el golf no es necesario tener tanto estado físico, es casi imposible romperse un hueso y es definitivamente menos riesgoso en términos económicos.

-Trabajar con caballos es como trabajar con alhajas, con la diferencia de que un collar no se te retoba -dice Claudio-. Una vez, en la estancia anterior donde trabajaba, se escapó un caballo de casi treinta mil dólares. Se fue a un campo vecino, comió mucho, se empachó y le agarró un cólico. Cuando el cólico es fuerte el caballo se hincha y ya no sirve más para polo. Por suerte este zafó, pero quedó un poco tonto, perdía el equilibrio. Casi me mato.

Claudio tiene 32 años, una mujer, dos hijos y media vida al servicio del polo. Nació en Pehuajó y, ya en la adolescencia, lo contrataron en una estancia para preparar caballos. Tenía que amansarlos, adelgazarlos, acostumbrarlos al taco y someterlos a un trabajo de ablande no sólo físico sino también sentimental. A diferencia de otros petiseros, Claudio tuvo la posibilidad de aprender a jugar. Ahora participa de las prácticas con extranjeros, aunque su principal tarea está a los pies del caballo: les hace la cama (con aserrín o viruta), los cepilla, les trenza la cola, los afeita y los alimenta.

“Los petiseros son el 50 por ciento del éxito de un equipo” dice Bautista Heguy en el video Polo Real. “Un buen petisero es como un buen contador o un buen abogado: hace al éxito de tu empresa” agrega Juan Ignacio Merlos, de la estancia La Dolfina.

Claudio, responsable entonces del 50 por ciento de esta historia, vive con su familia en la estancia Don Augusto. Su casa consiste en dos ambientes pequeños que antes tenían cocina compartida, y ahora es individual.

***

El polo tiene su origen en el llamado Sagol Kangjei, un deporte que se jugaba en la India unos 300 años antes de Cristo. Muchos siglos después, el colonialismo inglés se apropió de esta práctica y finalmente la trajo a la Argentina en el siglo XIX. El polo se fue transformando, en este país, en un deporte de confraternización entre inmigrantes sajones. Hasta que el 30 de agosto de 1875 se jugó el primer partido oficial. Aunque la mayoría de los jugadores era inglesa, el polo se empezó a difundir entre los argentinos. El motivo de esa adopción lo dio una crónica periodística de la época: “El polo resulta particularmente adaptable a un país de centauros como la Argentina, donde los campos son tan lisos como tableros de ajedrez y los caballos denotan admirables condiciones y entrenamiento para la lucha”.

En 1895, la primera delegación de polistas criollos jugó en Londres -le fue muy bien- y desde entonces el polo argentino mantuvo el primer lugar dentro de los equipos internacionales. El mejor ejemplo de que el polo local es superior al del resto del mundo lo da la inscripción al Campeonato Abierto de Polo de Palermo (el mayor evento deportivo del rubro a nivel internacional): para anotarse, es requisito básico que los jugadores tengan un handicap superior a los 28 puntos. Pero hay pocos equipos extranjeros que cumplan con este requisito.

-Existen torneos altamente prestigiosos, pero no existe el mundial de polo -explica Gonzalo Palacios Hardy-. La razón, justamente, es que si hubiera un mundial siempre ganaría la Argentina, y así no tiene gracia.

El polo se maneja por temporadas. La más alta va desde septiembre hasta principios de diciembre, y en ese lapso de tiempo se concentran todos los torneos y campeonatos de alto nivel. La baja, en cambio, arranca en otoño, cuando la lluvia llena los campos y vuelve todo más difícil.

-No estoy acostumbrado a los inviernos.

El que habla es Emiliano Blanco, 32 años, polista, él dice que mediocre. Lo conocí seis meses atrás, cuando de polo entendía menos que ahora y quise hacer esta crónica suponiendo que el polo era una fiesta todo el año. Esa tarde Emiliano estaba solo, callado, padeciendo el invierno, fumando Philip Morris con boquilla transparente y dejando que el sol frío le pegara en el cabello rubio con un golpe distante, como en una escena del Gran Gatsby.

-Cuando llueve todavía es peor: directamente no sé qué hacer.

Emiliano jugó en Santa Fe, Nuevo México (Estados Unidos) durante una década, y de allí se trajo varios clientes gringos. Ahora es reconocido por sus pares como uno de los que mejor maneja el negocio de los extranjeros y el polo. A su estancia -llamada Don Manuel y ubicada en Cañuelas- llegan profesionales que quieren ponerse en forma para la temporada europea, estudiantes de universidades inglesas que tienen un convenio con la estancia, y también turistas que aprovechan la devaluación para comprar, a precio moderado, la pertenencia a una casta a la que pertenecen pocos.

La tarea de Emiliano es grata, dice, pero no es rentable. Una cosa es ser un polista 10 de handicap, que cobra un mínimo de 300 mil dólares por jugar la temporada inglesa (y luego usa ese dinero para solventar la temporada en Argentina). Y otra cosa es ser como Emiliano.

-Si sos mediocre como yo, el tema de las temporadas y la llamada “vida de polo” te termina cansando, porque vivís de viaje, no formás nada en tu país, y el dinero que ganás afuera ni siquiera sirve para armarte acá un buen futuro. En un momento empezás a ver que la vida se va rápido y entonces muchos chicos como yo piensan que una forma de seguir viviendo del polo, pero en Argentina, es traer extranjeros. Quieren aprovechar porque piensan que es fácil. Que el extranjero es un tipo al que le vas a sacar dólares así nomás: dándoles asado y haciéndolos jugar con petiseros. Pero yo no hago eso, y así estoy: extenuado.

El campo de Emiliano -una infinidad de hectáreas con facilidades cinco estrellas- es el resultado del patrimonio familiar, al que Emiliano sumó sus doce años de trabajo en Estados Unidos. Emiliano nunca, en las últimas dos décadas, se tomó vacaciones. Cada vez que cerraba una temporada de polo volvía a Cañuelas para comprar ladrillos.

-Y está bien porque el lugar es mío y el día de mañana haré un negocio inmobiliario. Pero para hacerlo como negocio para turistas no es rentable. Sólo cierra si sos como el dueño de El Metejón: un extranjero que vio el negocio inmobiliario y entonces usa el polo para captar extranjeros para que le cmpren la tierra. Pero yo no hago eso. Entonces muchos amigos me dicen “quiero vender polo en Pilar, me compré unas hectáreas” y yo trato de explicarles, sin tirarlos abajo, cuáles son los problemas.

-¿Y cuál sería el problema?

-Que dejás la vida acá. Que no sé lo que es ir al cine. Por algo estoy soltero.

-¿Entonces por qué te metiste en esto?

-Porque a la vez amo los caballos, y porque mi papá vive acá. Mi papá es un tipo que vino muy de abajo. Y yo quiero que mi viejo viva en el mejor lugar.

Emiliano es uno de los pocos personajes dedicados al polo que no tienen origen patricio. Su padre trabajó en el rubro de la carne hasta que dos enfermedades contraídas en el trabajo -una broncoestasis y una tuberculosis- le hicieron pasar demasiados años en cama. Mientras su padre trabajaba, Emiliano iba a la escuela y jugaba al pato. Pero jugando se quebró las dos piernas y, tiempo después, un amigo de la familia directamente se mató. Cuando supo la noticia, su padre fue claro:

-Hacé lo que quieras con caballos -dijo-, pero olvidate del pato.

Así empezó Emiliano con el polo. A los dieciséis años viajó como petisero a Australia, y algunos años después hizo su base de trabajo fuerte en Estados Unidos.

A veces, cuando tiene tiempo de pensar en algo, Emiliano piensa en lo que él podría haber sido.

-Acá están los mejores polistas del mundo por el mismo motivo por el que tenemos los mejores caballos. Por un lado, el costo de hacerte jugador de polo, si tu familia juega al polo, es barato. Y por otro, hay un tema cultural: en Estados Unidos o Inglaterra, cumplís diecisiete años y tu viejo, por más que sea millonario, te obliga a ir a la facultad, a trabajar para pagarte los estudios, y recién cuando terminás con todo eso podés dedicarte al polo. Es decir que llegás grande y sin una cultura del caballo. A mí me han llegado adolescentes de Inglaterra; los padres los mandaban pero me decían: “No lo hagas jugar todo el tiempo: que aprenda a barrer, a lavar: que trabaje”. Es otra mentalidad. En cambio, en Argentina, si terminás el secundario y tenés familia con dinero ellos te pagan todo.

-¿Y eso te parece bueno o malo?

-La verdad… el estilo sajón me parece una pérdida de tiempo. Mi papá me hizo empezar a trabajar a los doce años. Y si me comparo con los chicos que empezaron conmigo con el polo, llegaron a más que yo porque tuvieron el tiempo y la cabeza más libres para pensar en eso. Yo a los diecisiete manejaba un matadero de vacas, iba a la facultad de noche y además jugaba al polo.

-Creés que si hubieras sido más consentido te habría ido mejor como polista.

-Sí.

Aunque no es un gran polista, Emiliano es una referencia ineludible para las clínicas de polo que se hacen para extranjeros. Por ese motivo ahora, en septiembre, llegaron hasta él Aaron y Marcus, dos estadounidenses de treinta y tantos años que en este momento montan un caballo fijo -una especie de animal de Troya en miniatura-, miran a un frontón, y empiezan a taquear para mejorar la técnica y precalentar el cuerpo para un partido que se jugará dentro de media hora.

Aaron se apellida Ball y tiene 37 años, pantalón blanco, botas de caña alta y un castellano correcto. Trabaja como abogado de una petrolera en Houston -a la que pertenece Marcus- y vino a esta estancia recomendado por el Club de Polo de Houston, del que es miembro desde hace un mes.

Un mes es poco. Ayer Aaron se cayó del caballo, aunque mantiene el optimismo.

-Emi tiene reputación muy buena en Estados Unidos -dice-. El polo se está haciendo popular entre personas entre 30 y 40 años. Ahora todos quieren venir a Argentina. Es el único lugar en el que piensas para hacer polo. No hay sitio en el mundo como éste.

-¿Y la política? ¿Sabe algo del país?

-Prestamos atención a la política, sí. Por ejemplo, el problema entre el campo y el resto. Y también hay interés en desarrollar acá los recursos petroleros. Argentina es más europeo que latino. Los creemos más parecidos a nosotros. Por eso nos gusta. Y porque es más barato que Europa. Hace dos meses tuve un casamiento en Inglaterra y es 2.2 pound el dólar. ¡Qué caro!

A su lado, montado sobre el caballo fijo, Marcus parece estar en otro mundo. Viste jeans -y no pantalón blanco, como se acostumbra en polo- y asiste a las indicaciones de Emiliano con la expresividad de una hoja en blanco. Marcus es la clase de personas que parecen no entender el idioma ni siquiera en su propio país. En la mayor parte de los casos, uno diría que eso significa “ser tonto”; pero en el caso de Marcus -ejecutivo de una petrolera- eso suele llamarse “estrategia”.

-Aaron tiene una facilidad natural, quiere hacer las cosas mejor -dice Emiliano-. Pero Marcus no. Marcus no le pone ganas.

-No lo digas en voz alta que te va a escuchar.

-No, no: yo se lo digo en la cara. Le digo “Marcus, poné ganas”.

-¿Y él qué hace?

-Nada.

Como mínimo, son necesarias cinco clases para aprender las posturas básicas del polo. En cualquier clínica para principiantes, lo primero que se enseña es a dominar un caballo, luego a mover el cuerpo y finalmente a pegar a la pelota lo mejor posible. Luego están las prácticas en la cancha. En este caso, Emiliano convocó a otros polistas amigos para que jueguen con Aaron y Marcus, a cambio de permitirles promocionar sus caballos para la venta. Por eso ahora, en el establo, a minutos nomás de jugar un partido, ocho personas se suben a sus yeguas de un salto.

-Che -interrumpe un polista desde las alturas-, decile al fotógrafo que me haga todos los planos que quiera, pero que me saque al caballo sin culo.

El que habla es Carlos Sciutto, jugador y hacedor de caballos que vino a hacer las prácticas con los estadounidenses. Sciutto está muy preocupado por la cola de su yegua: está despeinada.

-Este es un deporte de caballeros, por ende es un deporte elegante y todo debe estar perfecto, ¿entendés? El caballo debe estar descolado, bien tuzado, sin pelo en las patas, las orejas, en fin. Estos son caballos nuevos que van a hacer la temporada ahora, entonces esto es una guerra contra los pelos, ¿entendés? ¿Vos te depilás?

-Sobre todo en temporada.

-Bueno, ellas también.

El culo de las yeguas es sensual. La cola trenzada, la carne dura y las ancas tan abiertas recuerdan bastante a la hondura existencial que proponen las portadas de revistas para hombres. Las yeguas, además, están mejor peinadas que yo: llevan las colas trenzadas y en rodete, y a su vez ese rodete es de una tirantez tan perfecta que podría concursar en un certamen de peinados penitenciarios. Sobre una de esas yeguas, entrando al campo de juego, está Aaron. La novedad es que lleva puesto un casco extraño. A diferencia de las gorras de los demás jugadores, Aaron usa un accesorio que podría protegerlo de una guerra mundial.

-Para los gringos toda protección es poca -aclara Sciutto.

En rigor, toda protección es poca ya no para los gringos, sino para el polo en general. No existe profesional que conserve su osamenta sana. Ignacio Figueras -considerado el Brad Pitt del polo y convocado para sus campañas por la firma Ralph Laurent- tiene una cicatriz cerca del ojo y la nariz rota. Horacio Heguy perdió un ojo de un tacazo en 1995, y una década después se cayó del caballo y terminó en terapia intensiva, con tres costillas rotas y un pulmón perforado. En cuanto a Emiliano, llegó de su reciente temporada en el extranjero -estuvo dos meses dando clínicas en Inglaterra y Estados Unidos- con la tibia y el peroné hechos puré.

Los partidos de polo duran seis chukkers o chacras: lapsos de siete minutos cada uno, que es el tiempo que un caballo puede correr sin parar y sin deshidratarse. En un partido de alta competencia puede llegar a haber treinta goles. Pero en la práctica en Cañuelas, más que goles -hubo dos- se escucharon frases coom “Go! Go! Go!” y “Come on, Marcus, score!!!” (¡Marcus, hacé un punto!). Después, más allá de las palabras, estuvieron los famosos “hechos”. Aaron se cayó dos veces. Y el segundo episodio fue casi dramático.

Un rato después, con Aaron completamente entero y en manos de una masajista, Marianela Castagnola -una de las mejores polistas mujeres del país, invitada a jugar este partido- diría que Aaron cayó “como una bolsa de papas porque no sabe montar”. Pero en el momento exacto del desplome, lejos de cualquier hipótesis, lo que pudo verse fue una yegua frenando maliciosamente, y un pobre tipo hecho estampilla contra el suelo.

Aaron quedó sobre el pasto, boca arriba, con el casco puesto y los brazos en cruz.

-Aaron… are you okay?

-Ouch.

Detrás de Aaron, a cincuenta metros, la yegua se veía cada vez más chica, cada vez más lejos, galopando con la desesperación de los que necesitan mantener algo a salvo, quizás la elegancia.

En Casilda, provincia de Santa Fe, todos hablan de la misma foto. Fue tomada veinte años atrás y muestra a un par de chacareros jóvenes, parados sobre una montaña de granos, brindando con dos copas de champagne llenas de soja. Era fines de los ’80 y la revista Gente había usado esta imagen para ilustrar lo que ellos entendían como un estado de euforia agropecuaria: el boom de la soja revitalizaba al campo y a Gente, que siempre le gustaron las fiestas, se le había ocurrido hacer otra portada feliz. En Casilda no hay un solo personaje vinculado al agro que, dos décadas después, omita esta anécdota. Porque Casilda fue tapa de un medio nacional. Pero, principalmente, porque el epílogo de esa foto fue amargo: cuando vio la imagen, el padre de los chacareros se refirió a sus propios hijos con palabras como “par de pelotudos”. Y meses más tarde, cuando el valor de la soja se desplomó, los productores –cumpliendo de algún modo con la profecía paterna– quedaron fundidos para siempre.

Nadie sabe, en Casilda, qué se hizo de esos hombres. Pero en el pueblo –de 32 mil habitantes– quedó el rastro de un fracaso y una enseñanza imborrable: no hay que brindar en público. Aún cuando hoy, veinte años después, otra vez haya motivos para estar eufórico.

—La están levantando con pala, pero ninguno lo admite. Se la pasan llorando con los impuestos que pagan, pero ojalá yo pudiera… A mí no me alcanza la vida para ganar la mitad de lo que ganan ellos con una sola cosecha.

Carlos Albinoli es médico y está sentado en una mesa del Sarmiento, el bar tradicional de Casilda. Son las diez de la noche del sábado y una hilera de coches llamativamente limpios avanza por la calle a paso de hombre. Alfa Romeos, BMW, Camionetas 4×4, Audis y Peugeots 407 –el más barato de esta lista cuesta 50 mil dólares– circulan por el centro con la elegancia impostada de una modelo en tanga. Algunos vecinos, sobre todo los domingos a la tarde, salen a la vereda con mate y reposeras para ver la caravana. Pero otros, como Albinoli, la ven pasar desde el bar.

—Si querés ver cómo le va a Casilda –dice– mirá sus autos.

Casilda, como buena parte de las localidades agrícolas del interior argentino, nunca vivió un momento más próspero. La devaluación del peso –que favorece las exportaciones– más el valor alto de las commodities (fundamentalmente la soja) en el mercado internacional, hicieron que los chacareros se transformaran en la más impensada clase terrateniente. No tienen doble apellido. No viven de rentas. No tienen delirios de clase. No tienen latifundios. Y –por sobre todas las cosas– no tienen ganas de contar lo que sí tienen. Pero un cálculo elemental hace sospechar que tienen bastante: tierras que valen millones (una hectárea en Casilda no baja de los 18 mil dólares, y casi ningún productor posee menos de cien), maquinarias modernas (una cosechadora puede salir 300 mil dólares) y una liquidez monetaria que de un modo silencioso, sin copas en alto, está activando la economía de todo el país. Sólo en Casilda, en los últimos cinco años una de las principales concesionarias de autos aumentó las ventas de coches de alta gama en un mil por ciento. Y Rosario, donde van los productores cuando quieren gastar su dinero en grande, se está transformando en el nuevo polo de consumo de lujo de la Argentina.

—El país vive de nosotros, porque inyectamos dinero y porque el gobierno siempre nos mete la mano para sacar plata fácil –se ufana y se queja, todo junto, Cristian Villarreal, 38 años, productor agropecuario–. Del interior salen subsidios para peajes, planes trabajar, dinero para movimientos como el Teresa Rodríguez, la guita que le dan a Moyano para que no joda… El gran problema de la Argentina son, primero, los gobernantes. Y segundo, Buenos Aires. Yo creo que el país se tiene que deshacer de Buenos Aires.

Villarreal está sentado en el patio fresco de una casa rosa, antigua, elegante. La construcción fue levantada en 1903 y está rodeada por sesenta hectáreas que pertenecieron siempre a su familia. Villarreal empezó a trabajarlas a los dieciocho años y siempre secundó a su padre. Pero hace un mes el hombre murió de un infarto y Cristian quedó repentinamente a cargo de esta tierra: un suelo privilegiado en el que se cultiva soja y maíz de un modo experimental, y donde algunas empresas vienen a probar semillas, variedades, herbicidas, fertilizantes y distancias de siembra. El campo de Villarreal es casi una boutique: están los cultivos perfectos, las glicinas, las lavandas, el olor de la última lluvia rielando de las plantas. Pero años atrás la situación era distinta.

—Distinta no: tremenda –corrige–. Vengan que les muestro el chiquero.

Villarreal tiene anteojos en vincha, remera Polo y esa forma de andar que sólo se articula en los varones con buena vida: los hombros relajados, los brazos flojos y el tronco sosteniendo el cuerpo desde las alturas. Villarreal se detiene en un rincón del campo que parece en ruinas. Hay charcos, barro, el esqueleto metálico de algo que alguna vez fue otra cosa.

—Acá, por ejemplo, una vez criamos cerdos –señala–. Pero fracasamos. En tiempos de convertibilidad se importaba cerdo de Brasil con un truco: se lo hacía pasar como “grasa de cerdo”, que no paga impuestos. Y era imposible competir con ese precio. También en el uno a uno compramos una máquina para hacer leche de soja, pero no funcionó. Hubo gente que fracasó tanto que les remataron el campo, fue un desastre. Entonces, sí, ahora ganamos dinero. Pero porque durante años nos pelamos el culo trabajando y el Estado no se acordó de nosotros. Se acuerda ahora, cuando necesita plata fácil con las retenciones.

—Pero sin retenciones algunos productos se volverían inalcanzables para los argentinos.

—¿Cómo cuáles?

—El trigo sería carísimo, no podríamos comer pan.

—Y bueno, ¡no se comerá pan! Brasil no tiene pan. Aumentá los salarios o buscáte otra forma. Escocia es productora de whisky y los escoceses toman el peor whisky de todos. Si no podemos pagar el pan, entonces comamos lenteja.

El segundo tema común a todos los productores –además de la foto de los chacareros brindando– es el de las retenciones a la exportación. Las retenciones, por definición, son un mecanismo fiscal puesto para capturar las ganancias extraordinarias que una devaluación le otorga a un puñado reducido de grupos empresarios. Dicho de otro modo, si un productor –favorecido por el cambio– quiere vender fuera del país, debe tributar al Estado un canon: 35 por ciento en el caso de la soja, 25 por ciento si se trata de maíz y 28 por ciento si es trigo. Ese dinero –que este año le asegurará al fisco un ingreso de por lo menos 400 millones de dólares– teóricamente luego es redistribuido y usado en políticas que achiquen la brecha entre ricos y pobres.

La queja del agro es doble: dicen que las retenciones se usan para cualquier cosa, menos para hacer políticas sociales. Y subrayan que ellos no son un “grupo empresario”, sino gente de campo que está pasando por una buena racha. Traducido a términos partidarios, no existe un solo productor kirchnerista y ese descontento se canalizó votando al socialista Hermes Binner en las últimas elecciones provinciales. Así y todo, y a pesar de los descuentos, los chacareros viven su momento de gloria. Cien hectáreas en zona pampeana significan, hoy, una liquidez neta que ronda los 150 mil dólares al año.

Al médico Albinoli, en el bar Sarmiento, hacer este tipo de cuentas lo pone todavía más enérgico.

—Eso significa entre 10 y 15 mil dólares mensuales, sin contar la maquinaria y sin contar que cien hectáreas significan casi 2 millones de dólares en tierra –masculla–. Con ese dinero, acá en Casilda, sos Gardel. Pero ellos lloran. Quieren que les llueva 40 milímetros, les llueve 42 y es mucho. Les llueve 38 y es poco. Los gringos siempre se quejan, son unos miserables.

Comparada con el ingreso de los pools de siembra o las grandes industrias, la liquidez que manejan los productores no es, en verdad, demasiado alta. Estos números sólo permiten ver cuál es el caudal económico con el que se manejan los actuales dueños de la tierra: chacareros que –en los números y en el manejo de capitales simbólicos– tienen muy poco que ver con el arquetipo histórico de “terrateniente argentino”. Para Guillermo González Taboada, director de González Taboada-Guevara, una agencia especializada en publicidad dirigida a la población agropecuaria, se está gestando “una segunda revolución de las pampas”. Y la novedad es, justamente, el perfil de sus protagonistas: casi no existe el doble apellido. Y eso se debe, por sobre todas las cosas, a que los clanes tradicionales sucumbieron ante su propia moral: siempre fueron familias con muchos hijos y eso significó que a lo largo de las décadas, conforme iban pasando las herencias, los latifundios terminaran diezmados por la propia prole. “Al campo le ocurrió lo que pasa en cualquier sociedad cuando trabajan los herederos: los hijos a lo mejor disfrutan, consumen y no producen –explica González Taboada–. Entonces fueron ellos los que produjeron, a su pesar, la reforma agraria. Por supuesto que hoy hay grandes empresas que tienen grandes cantidades de campo, pero el grueso de los dueños son productores medianos y chicos, con campos de entre cien y mil hectáreas. Son ellos los que produjeron el boom”.

¿En qué gasta su dinero un chacarero? La respuesta siempre es la misma: en más campo, en renovar la maquinaria, en departamentos para los hijos y en autos último modelo. No hay un solo productor que ponga su capital en la bolsa, en bonos o en cualquier otra abstracción por el estilo. Tampoco gastan plata en delirios étnicos. Adriano, el único restaurante gourmet de Casilda –abierto seis meses atrás– rema contra el gusto de una población que es conservadora incluso, o principalmente, con el paladar: les gusta el vino y el asado. “Un productor agrícola, aunque tenga la plata, no come sushi ni se compra una Ferrari para mostrar en Punta del Este –subraya González Taboada–. Esta gente sabe que este año le fue bien, pero si el año que viene no llueve o cae piedra están en problemas. Hoy vas a lugares como San Antonio de Areco, donde hay mucha agricultura, y si ves las casas donde viven jamás imaginarías cuánto dinero manejan. Son chalets sencillos, y capaz que los dueños tienen tres millones de dólares en máquinas”.

La casa de los Olivieri está en una esquina de veredas calientes, a cinco cuadras del centro de Casilda. Afuera la luz rebota en las calles, los techos, las chapas de los autos. Adentro, en un living de tamaño moderado y de espaldas a un jardín con hamaca paraguaya, Hugo Olivieri y su mujer rubia, sonriente, hermosa, toman agua con hielo y hacen números.

—Tenemos, entre propias y arrendadas, mil cien hectáreas –puntualiza Olivieri y para qué pedir detalles: les va bien. Les va muy bien. Podrían hacer lo que quisieran, ir adonde quisieran, comprar lo que quisieran, ponerse –si quisieran– una fábrica de hamacas paraguayas. Pero a Olivieri no le alcanza el tiempo.

—Podría vivir de rentas, pero quiero transmitirles a mis hijos mi pasión por el campo. La carga emocional es fuerte, manejar esta superficie me absorbe. A un pool de siembra no le importa si el trabajador pasa calor. Pero si yo me manejo mal, las cuatro familias a las que les doy de comer me vienen a buscar a mi casa.

Olivieri bebe y fuma: tiene la voz áspera. Todos los hombres de campo tienen la voz áspera y la ropa ahumada.

—¿Quieren ver el campo que está más cerca? –pregunta.

Olivieri mira a su mujer y ella confirma la invitación con la cabeza. Luego llaman a las hijas: dos bellezas tranquilas.

—Vengan, nenas –les dicen– vamos en la chata al campo.

“La chata” es una nave espacial Toyota Hilux valor 60 mil dólares a precio contado. Por la ruta, a los costados del camino, hay un único paisaje: soja, soja y más soja. Una eternidad verde que hace línea con el horizonte y que confirma que la soja es, por lejos, el cultivo más rentable. No sólo porque es una planta de evolución sencilla (exige menos tecnología que, por caso, el maíz) sino también, o antes que nada, porque en los últimos diez meses su valor internacional subió más de un 50 por ciento. La soja se cultiva hasta en las banquinas. Y los terrenos, en los últimos años, aumentaron su valor escandalosamente. Una década atrás, la hectárea en Casilda estaba a 2 mil dólares. Ahora no baja de los 18 mil, una disparada que no sucede sólo en este pueblo. En la pampa húmeda y las zonas agrícolas extra pampeanas, la Compañía Argentina de Tierras registró en el último año un aumento del 35 por ciento en el valor del suelo.

—¿Ves todo este campo? –señala Olivieri–. De los siete kilómetros que hicimos hasta ahora, el Estado se queda con cuatro.

Olivieri nació en el campo, cerca de Casilda. Es hijo de Juan Domingo Olivieri y –cosas del peronismo– Juana Dominga Maralli. Juan Domingo era colono, es decir que trabajaba un campo ajeno. Hasta que lo desalojaron del campo y, al no tener dónde ir, la dueña decidió venderle una parcela de diecinueve hectáreas. El acuerdo se hizo un sábado, pero el lunes –cuando había que firmar– estalló el Rodrigazo y a la dueña le agarró tal susto que quedó hemipléjica, o al menos eso es lo que dijo. Cuando se recuperó por completo, una semana después, la tierra ya valía el doble. Para poder comprarla, Juan Domingo sacó un crédito en el Banco Nación. El plan era devolver el préstamo con los rindes de la tierra, pero al campo lo agarró el granizo y Juan Domingo tuvo que pedir plata en un banco provincial para pagar la deuda con el nacional. Mientras tanto, sembró girasol para pagar el segundo crédito. Pero las langostas se comieron todo y terminó siendo Augusto Olivieri, el padre de Juan Domingo, quien financió a su hijo para que cosechara maíz y empezara a saldar el tren de deudas. Juan Domingo y Juana Dominga trabajaron el maíz día y noche, turnándose, con un único tractor. Habrá sido entre turnos: décadas después tuvieron un hijo, Hugo.

Hugo Olivieri terminó heredando 150 hectáreas.

—Entonces muchos dicen “ah, el campo, el campo” –Olivieri mira por la ventanilla–. ¿Y sabés qué es el campo? Para vos es un paisaje. Para mí es algo que se sufre.

Se sufre y se disfruta. Olivieri dice que en estos años se han dado gustos. España, Cancún, Puerto Madero.

—La cultura, Direct TV, Internet, Puerto Madero son para todos –opina Olivieri mientras maneja.

—Pero es difícil hacer grandes gastos –agrega su mujer, Silvia Batistielli–. En Casilda no hay mucha ropa. Soda Stéreo da recitales en todos lados menos en Rosario. Tampoco hay exposiciones de arte. El problema es que en Rosario no hay mucha cultura para consumir.

En Rosario, en realidad, está casi todo. La ciudad es un puerto de salida de granos y eso –sumado al boom del campo– transformó a la capital en el principal polo de consumo de artículos de lujo del país. La compra de yates y veleros, amarrados sobre el río Paraná, el último año creció un 5 por ciento. La venta de vinos caros se activó tanto que Rosario ya es la segunda ciudad –después de Buenos Aires– con mayor cantidad de vinotecas por número de habitantes. Como los productores también invierten en inmuebles, la construcción creció a tal punto que, durante el año pasado, el sesenta por ciento de los nuevos puestos de trabajo perteneció a la construcción. A su vez, esa construcción tuvo su derrame sobre la venta de muebles y electrodomésticos: dos rubros que ampliaron su oferta gracias a la llegada de dos shopping, que significaron 413 nuevos locales de venta, entre ellos algunos de marcas exclusivas. Los autos de alta gama, por último, iniciaron un idilio que parece no tener techo: durante el 2007 abrió la primera concesionaria Porsche (el año pasado vendieron 18 unidades), abrió un concesionario Mini Cooper, se patentó la primera Ferrari comprada en el interior del país, Audi vendió 238 coches, BMW entregó 162, Alfa Romeo 9, y Volvo 150.

—Cuando vienen a comprar, los chacareros no hacen el cálculo en dólares sino en quintales de soja –asegura Luis Cattena, titular de la concesionaria Autosud, con sede en Casilda–. Los tipos pagan directamente con el cheque del cerealista. Para ellos, los bienes son el reflejo del trabajo. Y como a la casa no se la puede sacar a pasear, se saca el coche.

Todos los que tienen auto quieren parecerse a José Mattievich: el dueño de la empresa faenadora más importante del país; un casildense que empezó como chofer de un matarife y terminó, dos décadas después, con diez plantas procesadoras de carne y más dinero del que se pueda gastar en siete vidas. El auto de Mattievich es la meta aspiracional no sólo de Casilda, sino de toda la región. En Los Molinos, por caso, una localidad cercana de cinco mil habitantes, los chacareros se cansaron de su propio pueblo y ahora van a circular en auto por Casilda.

—En Los Molinos los tipos se ven todos los días las mismas caras, entran al club a la misma hora, hablan siempre las mismas boludeces, y para ellos mostrar el coche es lo único que tiene sentido –cuenta Hugo Racca, 54 años, presiente del Centro Económico de Casilda–. Pero como el pueblo es chico ya se conocen los autos entre todos, y encima nunca falta el que termina diciendo que sos trolo, que tu mujer te gorrea, y entonces descubrieron Casilda: vienen a dar la vuelta al perro, a mostrar el auto y a ver qué se compró Mattievich. A la biblioteca, que es espectacular, no va nadie. Y ni siquiera viajan. El productor, aunque hay excepciones, tiene plata pero es bastante bruto. Una vez uno viajó a Cuba, volvió, y en el bar le preguntaron cómo se había arreglado con el idioma.

Algunos viajan, pero no lo cuentan a cualquiera. Saben que la ostentación es un capricho que –si se muestra ante los medios– tarde o temprano se paga, sobre todo con la llegada de la AFIP. Sentado en un despacho oscuro, al fondo de un pasillo, rodeado de montones de papeles que multiplican la sensación de encierro, un contador que trabaja con productores y empresas acopiadoras –pero que no quiere dar el nombre – dice que gracias al campo pudo darse los gustos que le debía la vida: sólo el año pasado compró cuatro autos último modelo, gastó 50 mil pesos en viajes y ahorró para comprar tierras.

—Yo antes no tenía un mango y la de la plata dulce la vi pasar, pero esta vez yo también entro –dice el contador con esa voz oleosa, argentina, que tienen algunos cuando por fin salen del hoyo–. Esto es un solcito sojero, pero esta película ya la vimos. Mientras esto aguante yo aprovecho y le rezo todos los días a San Duhalde. En el campo no sé por qué se quejan. Vos vas a una protesta del agro y la chata más vieja es del 2007.

Seis años atrás, Casilda se hizo famosa por una protesta hecha a pie. Una manifestación de chacareros contra el sistema financiero terminó con el destrozo de cinco bancos, la sede de la AFIP y una buena cantidad de comercios. En los medios nacionales se habló de Casildazo, una pueblada que rompió con el mito del interior tranquilo. Hugo Racca recuerda esos días del desastre: la soja no valía nada. Los bancos remataban campos. Las fábricas se fundían. Los obreros industriales vivían tocando el bombo y tirando bombas. Y el clima, en el pueblo y en todo el país, era casi de guerra civil. Hasta que llegó –como ellos dicen– San Duhalde. Y algunas cosas cambiaron. Antes de la devaluación, por ejemplo, Racca tenía un terreno: 135 hectáreas heredadas, que en tiempos de convertibilidad no le compraba nadie. Cuando se agudizó la crisis, Racca fue a ver a los tres principales corredores de campos, pidió 110 mil dólares y no recibió una sola oferta. Pero llegada la devaluación, y con el boom de la soja, logró vender el campo a 360 mil dólares, un monto que le permitió iniciar el proyecto inmobiliario más ambicioso de Casilda: el primer hotel cuatro estrellas del pueblo, que será inaugurado parcialmente dentro de un mes.

—¿Vamos a verlo? –invita.

Racca tiene el cuerpo menudo, el pelo blanco y la confianza intacta: camina  por la calle sin mirar atrás, saluda a los autos que lo pasan rozando y mientras sobrevive (sin saberlo) a infinidad de accidentes, levanta el brazo y señala: fijáte el ancho de esta calle, qué perfecto. Fijáte esa plaza, qué amplitud. Fijáte el hotel, qué barbaridad.

Las cosas hay que verlas en contexto. Y el hotel de Racca, en Casilda, es como la Torre Dubai en cualquier otro lugar del mundo. La construcción tiene cuatro pisos, ventanales inmensos y hasta hidromasajes con ventana al dormitorio, para ver la televisión mientras uno se baña. Acá –explica Racca y sube, baja, señala, enciende– también habrá un gimnasio, un spa, tres salas de reuniones, un centro comercial, un bar moderno y demás facilidades que hasta ahora no existían en Casilda.

—Los cuatro estrellas de Rosario son, al lado de esto, un poroto –se jacta.

Racca levantó el edificio con el dinero del campo, con los rindes de otro hotel modesto que tiene en Casilda, y con esfuerzo familiar: su sobrino hizo la instalación eléctrica, su hermano la herrería y Racca hace todo lo que puede, incluso pintar los cuadros que irán como decoración. Racca quiere convertir el hotel en el centro de operaciones de las grandes empresas cerealistas y agroquímicas.

Pero también quiere otra cosa.

—Cuando termine –adelanta– te aseguro que toda la región va a venir acá a mostrar sus autos.

La sonrisa de Racca es corta y delgada. Un hilo de Gioconda que se pierde entre los ventanales, las calles, las vidas contentas.

Era el 16 de abril de 2003 en el hospital Guillermo Patterson de San Pedro, Jujuy, y la vida transcurría sin que nadie fuera capaz de imaginarse nada. Los enfermos dormían, el suelo apestaba a lavandina, y diez embarazadas hacían fila para que la doctora Mónica Torres de Pilili las atendiera de una vez. Ventanas afuera, San Pedro amanecía como de costumbre: con una luz diáfana y ciega, que les da a las montanas una nitidez que luego se pierde en el transcurso del día. A las ocho de la manana, entonces, a la hora en la que todo parece más claro que lo habitual, una enfermera se acercó a Torres de Pilili casi sin aire.

– Llegó una bebé toda con sangre, doctora. Toda, toda, recién le salió a la chica y está muy pequeñita, como que le salió antes de tiempo.

Estaba envuelta en una toalla y la traían dos mujeres con la cara rota por el susto. Decían que acababa de nacer. Que la madre había parido en el inodoro de la casa y que aún seguía en el baño, enajenada, como si alguien la hubiese abierto y embalsamado allí mismo.

– No sabíamos que tenía a la bebé adentro. ¡Si no se le notaba! Nunca dijo nada, mi Dios, no sabíamos nada y ahora la Romina sigue allá, está como idiota, como ida, llena de sangre.

Dijo la madre de Romina, que se llama las cosas de la vida Elvira Baño.

Elvira jamás supo que su hija estaba encinta. Tampoco lo supo Florentino Tejerina, el padre, ni Mirta, la hermana veinte años mayor. Casi nadie en San Pedro sabía de este tema. La única que estaba al tanto era Erica, la hermana más cercana en edad (Erica tenía 22, Romina 18), pero había callado todo con una fidelidad de acero.

– Si decís algo a los papás, me mato.

Le había dicho Romina. Y Erica no habló.

Durante siete meses, Romina se envolvió con una faja y logró disimular su panza. No había mucho que esconder, de todos modos. Pesaba 46 kilos y las tabletas de laxantes que tomaba a diario la ayudaban a perder en líquido lo que ganaba en carnes. El 15 de abril a la noche, acompañada por su hermana confidente, tomó una tableta entera y se dejó llevar. A las siete de la mañana se sentó en la taza sin saber que iba a parir.

Más adelante, Romina contará que no recuerda ese momento. Que no sabe cómo se cortó el cordón umbilical, ni cómo es que la beba pasó del inodoro a un toallón blanco. Romina mira hacia atrás y esa mañana es nada. O casi nada.

– Sólo me acuerdo del llanto del bebé. Eso, nomás.

La primera imagen que aparece, casi en sueños, es la del hospital: Romina veía todo rojo.

– Qué te hacés la nerviosa, la mosquita muerta – le dijo la doctora Torres de Pilili-. Mirá lo que hiciste, loca.

La sangre no era sólo del parto: después de una breve inspección, Torres de Pilili supo que la beba había sido acuchillada.

René Reyes, un policía del hospital y amigo de la familia Tejerina, se agarró la cabeza. Empezó a llorar y a invocar a Dios.

– Virgen santa, qué hiciste, Romi, Dios mío, Dios mío, pónganle un nombre al menos, pónganle Milagros del Socorro.

Dijo.

Todos le hicieron caso. Milagros del Socorro murió dos días más tarde.

***

La noticia recorrio San Pedro no tanto porque fuera grave –suelen pasar cosas así en la zona– sino porque San Pedro es chica. La ciudad, en rigor, tiene 70 mil habitantes, pero no queda claro dónde está toda esa gente. Aun en la zona céntrica –cinco cuadras llenas de autos y comercios– los sonidos llegan desde lejos, como si no tuvieran suficiente masa donde rebotar. Y no es sólo una cuestión sonora: en San Pedro la vida entera parece aminorar el paso. En el pueblo hay tiempos lerdos, animales dormidos, una iglesia, un hospital, una intendencia, algunas radios, una plaza principal. Hay también dos boliches, Pacha y Metrópoli, que le dieron al lugar una fama en todo Jujuy: se dice que en San Pedro, a 63 kilómetros de la capital, la noche se mueve más que cualquier otra en la provincia.

Los boliches no son gran cosa. Vistos de afuera, Metrópoli parece un cine porno y Pacha –con acento en la primera “a”– podría pasar por un galpón clausurado. Justamente en Pacha, detrás de un portón sucio de óxido y afiches rotos, solía bailar Romina. Y dicen que bailaba bien.

Cuando iban las bandas tropicales, hasta la subían al escenario para que ella bailara dirá después Mirta Tejerina, docente, militante gremial y hermana mayor de Romina. Y yo admito que le daba permiso para bailar. Mamá me dijo después: “¿Por qué le dabas, Mirta, por qué?”, como si eso hubiera sido la culpa de todo.

“Todo” es que el 1º de agosto de 2002, Mirta autorizó a Romina y a Erica para ir a Pacha. Erica salió primera y, horas más tarde, Romina fue a buscarla al portón, pero no la encontró. En ese instante, y en circunstancias que aún no quedan claras, Romina habría sido arrastrada por un hombre hasta un Renault 9 color rojo, habría sido amenazada, y habría sido violada poco después.

El hombre habría sido Eduardo Pocho Vargas, un tipo veinte años mayor que ella que vivía medianera de por medio con Romina. Ante la Justicia, Vargas diría, catorce meses después, que Romina entró en el auto y se dejó avanzar con gusto. Pero Ro- mina no recuerda el gusto: dice que Vargas le tapó la boca, que la violó, y que amenazó con matar a toda su familia si ella se animaba a gritar.

Romina no gritó.

Volvió a su casa en silencio.

La familia supo todo siete meses más tarde, cuando Romina parió en forma prematura y protagonizó una escena digna de Hitchcock. En un brote psicótico, vio en el bebé la cara del violador, tomó un cuchillo Tramontina estaba allí para raspar el verdín de los azulejos y le dio diecisiete puñaladas.

Desde entonces, romina esta presa en la Unidad 3 de San Salvador de Jujuy, a la espera de un juicio oral en el que probablemente le den 25 años de prisión bajo el cargo de homicidio agravado por el vínculo. Su supuesto violador, en cambio, estuvo veintitrés días demorado y le acaban de confirmar el sobreseimiento. Por esta paradoja, el caso Tejerina cuenta con un respaldo inédito en la Argentina. Más de cincuenta organizaciones no guberna- mentales, nacionales e internacionales, pidieron su liberación, y hasta la Corriente Clasista y Combativa de Carlos “El Perro” Santillán hizo causa común con Tejerina, a tal punto que le puso la abogada.

Se entiende ese interés: detrás de Romina asoma una polémica en torno del infanticidio, una figura jurídica que estaba contemplada hasta 1994, y que disminuía la condena para las mujeres que mataran a su hijo durante el parto o inmediatamente después si lo hacían “para ocultar su deshonra”. En caso de infanticidio, la pena era de 1 a 6 años de prisión. Pero, en 1994, el Congreso derogó esta figura con el argumento de que “ni la honra ni el honor se comprometen hoy en el parto”, y el mismo hecho pasó a ser un homicidio agravado por el vínculo, al que le cabe la máxima sanción que prevé el Código Penal.

La defensa –encabezada por la abogada Mariana Vargas– pide la liberación de Romina; argumenta que la violación le ocasionó una negación del embarazo, y que esa crisis generó en la chica un episodio psicótico que desembocó en homicidio. El juez Argentino Juárez, en cambio, procesó a Romina sosteniendo que no es inimputable porque “tuvo intención homicida para con su hija antes del hecho, cuando quiso abortar en reiteradas oportunidades y también al momento del parto”.

Jujuy lidera el ranking nacional de mujeres con –diría Juárez– “intención homicida”. La forma que tiene el Estado para medir esta práctica es el índice de mortalidad materna, que en la provincia trepa al 2 por mil, una cifra que duplica y triplica los números del Centro y el Sur del país. Y esto no es porque las mujeres mueran al parir: mueren complicadas en intentos de aborto. El derecho de pernada de padres, padrastros y patrones hizo que en el Norte los hijos no sean, necesariamente, fruto del amor y las buenas costumbres que defienden los jueces. En muchas zonas de Jujuy, las madres y los hijos nacen y mueren del mismo modo que nacen y mueren las llamas y los perros: sin mucho espamento.

Los diarios de San Pedro siempre cuentan esas historias: está la del padre que vivía en el ingenio La Esperanza, que dejó embarazada a su hija, y que zafó de la cárcel porque su mujer –mamá de la criatura– fue llorando a la comisaría pidiendo que lo suelten, porque el hombre era sostén del hogar. Uno de los últimos chismes es el del barrio Albornoz: hace poco una chica se abrazó a un poste, parió a su hijo como quien escupe, y después se fue andando, como si nada, mientras que al cuerpito se lo comieron los perros. Por este tipo de casos, en San Pedro ya es famosa la pregunta que Elsa Colque, maestra y militante de la Corriente Clasista y Combativa, hizo durante un discurso en defensa de Romina: “¿Ustedes saben?”, quiso saber. “¿Ustedes saben cuántos fetos hay enterrados en los fondos de las casas?”

La casa donde vivia romina queda en el barrio Santa Rosa de Lima, y es una construcción blanca, de tres ambientes y paredes despintadas, ubicada en el cruce de dos calles en las que abundan el polvo y los perros. Hoy vive allí una mujer ajena a la familia: su mayor preocupación consiste en juntar dinero para cambiar el inodoro.

– Nos mudamos con lo justo y no puedo ni mirar ahí. Me da asco. Yo acabo de tener una bebé y ya le dije a mi marido: “El inodoro se va de esta casa”.

Explica. Y no explica más nada.

Desde marzo de 2001 y hasta el 16 de abril de 2003, vivieron allí las tres hermanas Tejerina. Esa casa era la síntesis de una emancipación familiar: a los 39 años, Mirta Tejerina había decidido abandonar el nido paterno. Llegó a la casa nueva en calidad de cuidadora, y pocos días después sus dos hermanas, Erica y Romina, se fueron con ella.

Yo las llevé conmigo porque quería otra vida para las chicas. No hablo de libertinaje, pero yo tuve una juventud tan… Mi papi está por cumplir los 70 el mes que viene, mi mami tiene 64. La diferencia generacional es grande Yo no quería lo mismo para ellas.

¿Qué es “lo mismo”?

– Hoy, a mis 42 años, estoy sola. En la casa de mis papis el sexo era eso sucio, eso peligroso, eso horrible, eso pecaminoso. Ellos decían que si un día nosotras nos aparecíamos embarazadas a mi papi le iba a dar un derrame cerebral. Eso decían. Por eso la Romi nunca contó nada, porque… ¿y si el papi se nos moría? Y además estaba el miedo a los golpes de la mami. Mi mami me pegaba a mí de chica, lo pegaba a mi hermano Julio César, que ahora tiene 35, lo pegaba con la sartén. Y también las pegaba a mis hermanas. Y yo pensé que si ellas venían conmigo iban a tener una juventud mejor.

Nadie puede imaginar que Mirta tiene 42 años. Aun vista de cerca parece una muñeca joven y herida: tiene flequillo castaño, uñas pintadas de rosado, y unos ojos que se abren y cierran como si tuvieran párpados de pez: nunca parecen cerrarse de verdad. Mirta pestañea y hace esfuerzos para no llorar, mientras ceba mate en la cocina de su nueva casa. El 14 de noviembre de 2003 se mudó con Erica a San Salvador de Jujuy, a un lugar pequeño y de aires tranquilos al que Mirta llama “nuestro refugio”. Mirta quiso irse cuando la vida en San Pedro se le volvió insoportable.

– A mi hermana la juzgan en San Pedro porque no era una ignorante absoluta, ¿no? Y a mí me da tanta bronca. Yo siento que mucha gente disculparía a Romina si tuviera puesta la pollera de siete colores. Y cuando ven que no, que es una adolescente común que sufrió una tragedia, entonces se ponen con la moral y el dedito. Me acuerdo de una charla con un diputado de San Pedro: “Es que estas chicas salen de noche”, me decía. “Y esas polleras cortas, y esa música que bailan, y estos jóvenes que consumen alcohol.” Sí, mami. ¡Decía eso! Decía lo mismo que el intendente de San Pedro. ¿Sabés lo que nos dijo el Julio Moisés en una charla, a la abogada y a mí? Que las mujeres violadas no existen. Que todas quieren. Si yo me pongo a hablar de los funcionarios de acá… El día del hospital, cuando a mi hermana la detienen, estuvimos todo el día buscando al juez de turno, el Argentino Juárez, para que nos permitiera ver a Romina. Horas estuvimos dando vueltas por San Pedro. ¿Sabés dónde lo encontramos? En el casino. Porque la única forma de encontrarlo es ahí.

El caso de Romina está dividido en dos causas, que son tratadas por dos jueces distintos de San Pedro. El homicidio cayó en el juzgado de Argentino Juárez, y la violación en el de Jorge Samman, un juez que, antes de absolver a Eduardo Vargas, preguntó a los testigos cuáles eran los hábitos de Romina: si tomaba alcohol, si vestía polleras cortas y si actuaba con los hombres de un modo provocativo.

A los Tejerina, este procedimiento no los sorprendió. Samman ya es famoso en San Pedro por el “caso la Verón”: la historia de una chica, Olga Verón, que era violada y golpeada por su padre policía desde la más tierna infancia. Verón lo denunció varias veces, pero nadie le llevó el apunte. Una tarde, luego de una golpiza que las dejó violetas a ella y a su madre, Verón hizo una denuncia por intento de homicidio. El juez Samman la citó.

– Ya no quiero vivir con él – dijo entonces la Verón.

– Vuelva a su casa -contestó el juez.-Y respete a su papá, que la cuida y la quiere.

Un par de meses más tarde, luego de un manoseo seguido de golpes y amenazas, la Verón decidió solucionarlo todo. Esperó a que su padre durmiera, agarró la pistola, le habló para ver si el sueño era profundo, y le dio un balazo en la cabeza. Ahora tiene 16 años y carga con prisión perpetua. Es la mejor amiga de Romina.

Romina y “la Verón” todo San Pedro la llama así están presas en la Unidad 3 del Servicio Penitenciario de Jujuy, alias “La Granja”: un predio de dos hectáreas cubierto por un pasto desganado, y cruzado al medio por una calle de tierra. Al final de la calle están las construcciones del penal: una serie de edificios distribuidos todos en una sola planta, y separados entre sí por callejuelas de polvo reseco por el sol. Cuando llueve, el espectáculo es francamente triste: las paredes chorrean mugre, el suelo se hunde, y las celadoras corren por callejones vacíos como si fueran una curiosa versión de los chasquis: en “La Granja” hay un solo teléfono y la comunicación entre sectores se hace a los trotes.

Los días de sol, en cambio, es el lugar menos peor para estar preso. Los perros se rascan bajo las copas de los árboles, las trenzas de las celadoras brillan casi con alegría, y la luz cruza las ventanas como si fuera la mismísima libertad que entra en el penal. En el cuarto de visitas al que Romina llegará en unos minutos hay una cortina sucia y estampada con gatitos cariñosos, una cruz torcida, un espejo, un sillón semicircular y un televisor que ya no debe servir para nada.

A través de la ventana se ve estacionar un móvil penitenciario. Bajan de allí cinco mujeres morrudas y cuadradas, que parecen formar parte de algún club de fans de La Raulito. Detrás de las chicas desciende Romina, distinta. Tiene tacos, un jean ceñido al cuerpo, y un modo de andar que recuerda ese hartazgo existencial que muestran las modelos cada vez que caminan. Acaba de llegar de una visita a su psicóloga, y ahora se está acercando al cuartito. Bordada sobre la remera, a la altura del pecho, tiene una mariposa de lentejuelas plateadas: Romina titila cuando avanza. Se sienta. Mira con ojos vacíos, como si hubiese despertado de una siesta.

Antes de pisar este lugar, ella pensaba que “La Granja” era un camping.

– Sí eso pensaba yo. De chica mi papá me amenazaba, a mí y a mis hermanas. Cualquier cosa que nosotras hacíamos, nos decía: “Van a terminar en «La Granja»”. Así decía. Ni idea tenía yo de este lugar inmundo.

Romina llegó a “La Granja” el 9 de mayo, después de pasar veintitrés días en un calabozo de San Pedro. La trajeron a la cárcel sus propios padres en el auto familiar, porque el servicio penitenciario no tenía coches disponibles.

– Por fin nos traen carne fresca.

Dijo la Verón apenas la vio entrar. A Romina le bajó la presión del susto. Tuvieron que llevarla a enfermería. Mientras la curaban, otra interna le susurró al oído: “No vayas al comedor porque te van a pegar como a un sapo”.

– Eso me dijo la Claudia. A la Claudia la pegaron así, en el comedor, y ninguna celadora movió un dedo. La Claudia está adentro porque mató a su nena después de que el marido se la violara. Cinco años tenía la nenita. Y acá le gritaban todo lo que me gritaron a mí: “asesina”, “ahí va la guasa”. Porque acá les dicen guasa a las que matan a sus hijos.

– ¿Y a vos te pegaron?

– Casi, pero no. Tenían pensado pegarme en el comedor, que ahí las celadoras ni se meten. Me iban a pegar a la mañana, cuando fuera a hacerme el té. Pero esa mañana no fui. No les voy a dar el gusto, pensé. Y después, más tarde, cuando se calmaron un poquito, les conté por qué yo estaba ahí. Que me habían violado. Y entendieron. Y nunca me pegaron y me respetan. Porque acá me hostigan todo el tiempo. Todo. Pero yo no les doy bolilla y se quedan tranquilas. Una chica que ya se fue me dijo: “Vos a todas las has matado con la indiferencia, Romi. Las has dejado como hablándoles a las paredes”.

Romina tiene esa forma tan jujeña de decir las cosas: habla como en lamentos, como si cada palabra subiera trabajosamente una montaña antes de sonar. Cada tanto se olvida de qué está hablando, o quizá se aburre, o quizá no entiende, y entonces mira por la ventana. La luz del sol le hace brillar las lentejuelas.

– Es linda tu remera.

– Esta me la trajo la Erica. Cuando me llevan a la psicóloga o al médico voy mirando ropa desde el móvil, por esa ventanita con barrotes, ¿viste? Me miro todo. Recién vi una camisita de media manga, blanca, de Yenny, ¿viste Yenny? Es talle 2, porque el de antes ya no me va, estoy más gorda de comer tanta porquería acá. Si podés contale a la Erica: esa me va bien porque me hace juego con un pantalón negro que tengo, negro con rayitas blancas.

– Sos una loca por la ropa.

– ¡Sí! Cuando me van a sacar, desde la noche anterior pienso: “¿Y qué me pongo? ¿Hará frío?”. Igual estoy tratando de no ser tan pavota.

– Tan frívola, querés decir.

– No, pavota porque yo prestaba toda la ropa a las chicas. Lo mismo que hacía con mis amigas cuando yo estaba afuera. Y resulta que acá yo prestaba a las chicas y me quemaban todo.

– ¿Te lo prendían fuego?

–¡No! ¡Me lo quemaban! Después, cuando me la ponía yo, ya estaba como muy vista, ¿no? Después me dicen que soy la nariz parada de acá. Por la ropa y lo de la planchita, también.

–¿Qué planchita?

–La del pelo. De todo me hice en el pelo. Porque este no es mi pelo natural. Yo tengo ondulado, pasa que me hago la planchita. Al principio venía la Erica con la plancha, yo me alisaba el pelo y ella después se llevaba la plancha. Hasta que le insistí tanto al director: “Déjeme traer una plancha, déjeme, déjeme”. Y al final se cansó de mí y me la dejó traer. Al principio tuvieron la plancha secuestrada no sé cuántos días en un cuartito, porque en este lugar son así de tontos, ¿no? Pero ya me la dieron.

–¿Y no te da miedo de que te peguen por caprichosa?

–Pegarme no me pegan. Malcriada, me dicen. Pero no me tocan. Es que yo siempre fui así. Por ejemplo, yo nunca lavé ni una olla y mañana tengo que hacer la fajina y me toca la cocina. Y yo ya le dije a la sargento que la cocina no la hago porque yo no como la comida del penal. Me da asco. Es fea. Las cocineras no se lavan las manos, encontrás pelos en la comida. Yo eso no como, y me dicen malcriada. Pero y qué. Prefiero comer papafritas del kiosco y la comida que me trae mi familia, que me la guardo abajo del colchón. Acá dan porotos, arroz con salsa, comida tumbera. Si hasta para agredirte te dicen “vos sos mondonguera”, porque la comida es como una mala palabra acá, ¿no? Al juez le llegan todos los informes míos que dicen “no come, no come, no come”. Y no como ni toco la comida de acá. Hoy le dije a la sargento que la cocina no la lavo sola, que me pongan una ayudante. Y ya me dijeron que me la van a poner.

–¿Y qué te dicen tus amigas de acá adentro sobre estos planteos?

–No tengo amigas.

–¿Y la Verón?

–No, ya no… Es que ella… es como que se confundió. Ella es lesbiana, ¿viste? Acá son todas así. Y yo ya le dije mil veces que a mí me gustan los hombres. Porque acá adentro, si hay algo que me quedó claro es eso: que me gustan los hombres. Y yo le dije a la Verón, pero es como que ella no entendió, o no sé… Yo ya no quiero saber más nada.

–¿Y te quedan amigas de las de antes?

–No. Esas ni volvieron a aparecer. Viste cómo es eso de que en las buenas están todas, ¿no? Pero yo sé que cuando salga van a estar toditas pasando por casa.

Lo dice con el resentimiento leve, casi aburrido, que tienen las chicas a los 20 años en San Pedro. Romina entorna los párpados, se mira las uñas con desdén, y de no ser por este cuarto inmundo podría pensarse que está en su cama, un sábado a la tarde, contándole a su hermana las últimas peleas del pueblo. Antes de entrar en “La Granja”, Romina se juntaba con amigas, se peleaba, se amigaba, tomaba sol, preparaba la ropa una y diez veces, y hablaba de su novio, el policía, uno que animaba los bailes en Pacha y que ahora dice que Romina era una puta.

Además de Erica, sólo una amiga sabía del embarazo.

–Una noche en el baile, esta chica me dice: “Pero Romina, vos estás más gorda”. Porque a mí no se me notaba la panza, pero la espalda sí la tenía como más ancha. Y ahí le conté. Ella me dijo metéte una sonda, metéte perejil, tomá agua con laurel, pegáte la panza, y yo le decía ni loca, me da miedo. Y fui a varios médicos para que me sacaran la bebé. Yo les contaba que me habían violado, pero todos me querían cobrar 300 pesos. Así que yo me ponía la faja y hacía la vida así, como normal, ¿no? Y no se me notaba, porque yo pesaba como 46 kilos.

–¿Qué es lo que más te aterraba? ¿Ser mamá tan joven, o que fuera un hijo no querido?

–Todo me aterraba. Tenía momentos de llorar sola y me ponía como loca. La pegaba a mi hermana, lo pegaba al novio de mi hermana, la pegaba a mi amiga, pero también me iba al baile y me iba al gimnasio. ¡Todo junto! ¡Si levantaba más peso que la Mirta en el gimnasio!

–¿Y recordás algo del parto?

–No. Me acuerdo del llanto de la bebé y después lo seguido que me acuerdo es el hospital y una mancha roja. Y ahora también otra cosa. Cuando escucho los gatos en celo se me viene a la cabeza la bebé, ese llanto. Me hace daño eso.

–Y antes, ¿qué pensabas de las chicas que se quedaban embarazadas?

–”Eso para mí, nunca.” Eso pensaba. Yo tenía compañeras en el colegio o conocía chicas del baile que se habían quedado y… y lo primero que yo les preguntaba era: “¿Y no te dijo nada tu mamá?”.

elvira baño y florentino tejerina se conocieron hace medio siglo en el lote Barro Negro del ingenio Río Grande. Ambas familias trabajaban en los cañaverales, y Elvira y Florentino terminaron juntos porque en esos casos siempre se termina así. Años después, el ingenio pasó a manos privadas y el hombre se quedó sin trabajo. La pareja se mudó al centro de San Pedro y en el hotel Vélez Sarsfield Florentino consiguió un puesto de conserje. Décadas después se jubiló, y ahora –a los 70 años, sin estudios primarios– otra vez está haciendo reemplazos en el hotel. Con ese dinero le paga a Romina la ropa y las tarjetas telefónicas.

–En el hotel lo quieren mucho a mi marido, y la gente misma aquí nos conoce qué clase de gente somos nosotros. Somos buenos vecinos y… y yo soy una persona servicial para todos, para mis tres hijas, soy una persona que cuando los vecinos me necesitan, hágame esto, hágame lo otro, cuídeme la casa, cuídeme al enfermo, yo estoy ahí. Entonces, ¿cómo me puede tocar esto?

Elvira llora y Florentino escucha con el gesto inmóvil. Están sentados en el living de su casa: un inmueble austero y fresco ubicado en el Roberto Sancho, un barrio obrero delimitado por un largo bulevar lleno de pasto reseco. La casa tiene dos dormitorios y un living con un sillón bordó, en el que descansan dos muñecas de ojos siempre abiertos. Son las muñecas de Mirta, que ya no juega con ellas. Entre ambas, sentado, está Florentino: no queda claro quién está más vivo en el sillón.

–Y encima justo a la Romi le viene a pasar. Ella era la rezadora del barrio, ¿usté sabe? ¡Justo a la rezadora le viene a pasar! Por eso yo le pido a Dios… Yo a veces tengo ganas de empeñar algo y conseguir un revólver y buscarlo al tipo. Se lo juro que es así. Pero a veces uno se contiene.

–Uno a veces tiene malos pensamientos –Florentino se mira las palmas de las manos–. Y yo, como le digo a Romina: “Yo quisiera estar vivo todavía para cuando vos estés afuera”. Yo le digo siempre: “Vos portate bien, hacé buena conducta”, porque ella tiene buena conducta. Pero ahí dentro están… una cosa bravísima.

–¿Bravísima en qué sentido?

–Ahí, ahí… parece que existieran… Cómo se dice estas mujeres… las lesbianas.

–¡Ah, sí! –Elvira se ríe, muestra una perfecta hilera de dientes postizos– ¡Sí! Si hasta a mí me tocaban en las requisas, jijiji. Si son así, muy brutas, muy torpes son. Y nosotros le decimos: “Romi, que no te pase a vos también”. Porque ella tiene tan buena conducta, ¿no? Y yo siempre espero que no se junte mucho con las chicas. Además, porque son bravas las chicas. ¡Se cortan todas! Después les dan pastillas para que se calmen y andan como borrachas por los pasillos. Menos mal, le digo a Romina, que vos vas a la psicóloga y no te dan pastillas. Porque las otras… usté sabe que cuando se cortan, las celadoras las atan y las llevan a un lugar que le dicen “el chancho”, y las tiran ahí, las tienen atadas en el piso. “El chancho” le dicen, será porque tienen que estar como chanchos tiradas, digo yo. Pero no las curan cuando se cortan. Las tiran, las pegan. Les tiran un tarro de esos descartables para que tomen agua así, del piso, atada. ¿Y atada cómo van a tomar? Eso le hicieron a la más amiga de Romina, la Verón. Ella vive cortándose y cortándose, tiene todas las manos hechas pomada, no sé para qué. Y yo le digo a la Romina vos nunca te cortes, hija. No vayas a quedar libre y salir de ahí toda cortada.

Romina es la hija menor de cuatro hermanos. A los cuatro años de matrimonio, los Tejerina tuvieron a su primera hija, Mirta, y seis años después nació Julio César, que no vive en Jujuy. Pasaron doce años hasta el nuevo embarazo.

–Serán los nervios –dijo Elvira una tarde, viendo que la menstruación se retrasaba.

Meses después nació Erica, que recibió el apodo “Nervios” a modo de extraña ironía familiar. Cuando llegó el cuarto embarazo, el de Romina, Elvira descartó los nervios.

–Será la menopausia –dijo. Y a Romina la apodaron Menopausia.

Elvira cuenta la anécdota entre risotadas tristes. Habla de Romina como “mi chinita” o “mi negra”, mientras Florentino mira hacia algún punto fuera de este mundo.

–¿Cómo era Romina de chica?

–Cuando iba a la escuela le costaba integrarse a los compañeritos porque muy tímida era. Por ejemplo nosotros la llevábamos al gabinete… ¿cómo se llama? lo de la psicóloga, porque con decir que a veces no quería ni pedir permiso para ir al baño y se hacía la pis ahí mismo, sobre el banquito. Ella era tímida y a veces, claro, por vergüenza se orinaba ella, y a veces yo la pegaba a ella, vos tenés que avisar, le decía. Siempre me acuerdo yo de estar volviendo de la escuela, ella con sus zapatitos con pis y yo pegándola… ¡Y se quedaba de grado siempre! Creo que en primer grado se ha quedado, después creo que ya ha ido a la secundaria y también. Y después yo no niego: a ella le gustaba salir, bailar, y bueno. Y la gente decía Romina baila lindo, qué bien que baila Romina. Y yo a veces las pegaba para que no se vayan al baile, porque siempre he sido una madre que… yo las pegaba, las pegaba, las pegaba porque yo vivo aquí y pasan por la ventana de la casa las chicas pero borrachas, usté viera. ¡Y yo era enemiga de todo eso! Y quizás el temor le hizo a Romina no contarme lo que le pasaba. Porque bueno. El mal de ella es que ha callado. Aunque la familia del violador diga que ella estaba de acuerdo, es todo mentira. El gran problema de Romina son esos silencios que ella tiene.

Vistas de lejos, la madre de Romina y la de Eduardo Vargas se parecen. Son mujeres retaconas, de andar lento y cuerpo cuadrado, que en vez de usar las palabras se hicieron entender a los golpes. Por lo demás, parecen buenas señoras: ambas hicieron de su vida vecinal un mundo, y ese mundo las trata con respeto.

Irma de Vargas cuenta que los días en los que su hijo estuvo preso verdaderamente se sintió morir.

–No me pasó nada porque no era mi hora.

Recuerda. Y asoma en su boca una mueca de horror.

Está parada en el frente de su casa: una construcción idéntica a la de las hermanas Tejerina, donde viven también su marido y sus dos hijos, uno de ellos Eduardo, alias Pocho: un tipo de cuerpo macizo y lentes oscuros que ahora llega en bicicleta de un paseo por San Pedro. Antes tenía un auto –un Renault 9 rojo–, pero tuvo que venderlo para pagarle el honorario a su abogado.

Hace veintidós años que Vargas vive acá. Dice que tenía novia y todo, y que el caso Tejerina lo dejó solo.

– El año pasado tuve una hija, pero estoy distanciado por todo esto. Esa Romina Tejerina me arruinó la vida a mí. Perdí mi prometida, perdí mi trabajo en Salta. Ella es una mentirosa, farsante. Ella y su hermana mayor, esa Mirta. Y su mamá también. Si ahora mi abogado las está denunciando porque pensamos que entre todas la mataron a ese pobre angelito.

– ¿Pero vos nunca tuviste relaciones con Romina?

– Yo no niego que tuve relación casual con ella. Pero era muy de ocasión, porque aparte ellas vivían al lado. Igual, no son de primera vez esas chicas. Han querido tapar lo que han hecho, una estrategia mal planteada. Pero ella no era virgen, que no se haga la mosquita muerta.

Vargas habla con la voz tranquila y sinuosa. Su madre cuenta, con la voz quebrada, que la libertad de Pocho se festejó con familia, vecinos, música y comida. No era para menos: el primer abogado de Pocho Vargas había dicho que su cliente admitía haber tenido relaciones con Romina cerca del 1º de agosto, pero que había sido con consentimiento. Cuando a Vargas lo detuvieron por veintitrés días –producto de esta afirmación– la familia cambió de abogado. El nuevo defensor, Miguel Angel Míguez Agras, cambió la estrategia y dijo que el tiempo de gestación que llevaba el feto no coincidía con el 1º de agosto. Como prueba, presentó una tabla gestacional. La abogada de Romina pidió entonces un examen de ADN. Al principio, Vargas se negó. Pero días después, cuando finalmente aceptó hacérselo, el juez Samman consideró que la tabla gestacional era prueba suficiente, y sobreseyó a Vargas sin hacerle el análisis. Romina recuerda ese día y dice que lloró durante horas, y se llenó de odio. El modo en que lo dice es raro y lejano, como si el odio y el llanto le hubieran ocurrido a otra persona.

–Yo me desesperé cuando me dijeron que lo habían dejado en libertad, porque encima él se burlaba de mí y de mis hermanas. Si después de violarme yo me lo cruzaba y él me miraba y se reía. Así son en ese barrio y en ese pueblo. Y hasta inventaron que mi mamá me ayudaba a saltar la tapia para verlo a él, cualquier cosa… Ese gordo horrible. A mí el violador me arruinó mi cena blanca. Yo soñaba con la cena blanca.

–¿Qué es eso?

–Es la cena que hacés cuando terminás la secundaria. Te hacés todo un vestido de fiesta… Yo ya tenía pensado todo. Había pensado un vestido distinto a todos los demás. De dos piezas, con plumas. ¡Si las vecinas de mi mamá se reían! “Vamos a empezar a juntar desde ahora las plumas de pavo y de gallina para la Romina”, decían. Pero el violador me dejó todo en nada.

–¿Por qué no lo denunciaste?

–Porque el gordo ese me decía que iba a matar a mi papá si yo decía algo. Y tenía miedo de que me echen de mi casa, que me peguen, que me digan cosas. Acá adentro también es así. Yo tengo que aguantar lo que me dicen las guardias. El otro día me estaban trasladando a la psicóloga y en la camioneta estaban escuchando cumbia, y una de las guardias dice: “Ah, escuchan esto, se visten así, y después dicen que las violan”. Es todo el tiempo así.

–Las debés odiar.

–A todas no… Si igual yo quería ser policía, de chica. No sé… creo que me gusta mandar. Soy mandona, yo. A la Erica siempre la tuve de acá para allá, y eso que yo era la menor. Pero ella siempre me seguía y yo la llamaba “mi sirvienta”, jijiji. Era mala, yo. Ella siempre fue pegada a mí. Cuando quedé embarazada, le hice jurar que no iba a decir nada, y no dijo. Y ahora está remal. Yo le digo: “Tenés que despegarte de mí, tenés que tener tu personalidad”. Y de a poco está haciendo sus cosas. De a poco la Erica está siendo como era yo cuando estaba afuera, una chica independiente.

Erica tiene una belleza de ojos grandes y rasgados, y sabe moverse con demoledora dulzura. Está sentada en la cocina de su casa en San Salvador –“nuestro refugio”– y recuerda la noche en que su hermana dio a luz.

–Teníamos una cama cucheta. Ella estaba arriba, sentada por los dolores. Y yo abajo. Yo le decía: “Vayamos a bailar, así te relajás un poco”. Pero ella no tenía ganas. Así que nos pedimos una pizza. Ella casi no comió. Durante horas, Romina repitió el mismo itinerario: bajaba de la cama, iba a la cocina, se sentaba un rato, miraba televisión, abría la heladera, volvía a su colchón.

–Como que ella no sabía qué hacer. Tenía la panza dura. Después me explicaron que eran las contracciones, y que además tenía más duro de lo normal por tanta faja que se había puesto. Pero nosotras creíamos que era otra cosa, ¿no? La Mirta dormía. Llamamos un taxi y nos fuimos a la farmacia a comprar laxantes.

Eran las seis de la mañana. Una hora después, mientras Erica intentaba relajarse en su cuarto, Romina fue al baño y parió con dolor. Mirta se despertó al escuchar el llanto, vio a la bebé, llamó a su madre. Mirta y Elvira llevaron el cuerpo envuelto al hospital; minutos después volvió Mirta para llevar a Romina. Mientras Erica limpiaba el baño, Romina empezó a ver todo rojo.

–Mirá lo que hiciste, loca –escuchó que le decían.

La recibió Torres de Pilili. Y después sigue todo lo demás.