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La ola maldita

Publicado: 15 octubre 2011 en Juan Andrés Guzmán
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El bote pesquero Pinita estaba a 5 millas al oeste de Constitución cuando comenzó el terremoto. Su capitán José Ibarra y sus seis tripulantes habían pasado la noche preparando todo para la pesca del bacalao al día siguiente. Se acostaron tarde y se durmieron rápido, mecidos por un mar tranquilo e iluminados por la luna llena.

Entonces, el Pinita, de 50 toneladas, empezó a brincar como si fuera un bote a remos, o mejor, como si una ballena se estuviera rascando el espinazo con la quilla, según describió otro capitán que también pasó el terremoto en el mar. Los tripulantes del Pinita saltaron de sus camarotes y se asomaron por la borda.

El agua borbotaba y hacía crujir el barco. Todos estuvieron de acuerdo en que eso tenía que ser un terremoto. El capitán Ibarra llamó a su mujer por celular. Vivían en el cerro O’Higgins de Constitución y ella estaba sola y lloraba. En el barrio un edificio de tres pisos había colapsado matando a una pareja y a su guagua. Más tarde se sabría que las 16 manzanas del casco histórico de Constitución, construido enteramente de adobe, se había transformado en una trampa mortal para decenas de personas.

Mientras hablaba con su mujer, Ibarra recibió un llamado por radio de la Capitanía de Puerto de Constitución. Los marinos querían saber si veía olas yendo hacia la costa.

—Negativo— respondió.

Tras hacerlo brincar, el mar había vuelto a tener la quietud de un estanque. Y eso fue lo que informó. Los tripulantes del Pinita se quedaron especulando sobre cómo estaría su ciudad. Pero entonces, a 10 minutos del terremoto, ocurrió algo que nunca habían visto. El mar empezó a succionarlos, a llevarlos aguas adentro con tal fuerza que cortó de un tirón la soga de 10 centímetros de diámetro que los ataba al ancla.

Lo que los absorbía era una ola de 15 metros de alto que cerraba el horizonte. Estaba a 200 metros y se acercaba a toda velocidad por el costado de la nave. —¡Tsunami, tsunami! ¡Apróate!, ¡apróate!— le gritaron los tripulantes al capitán. Ibarra intentó ir hacia la ola de frente, remontarla con la proa hacia adelante, pero ella los chupó velozmente y no pudo maniobrar. La ola tapó la luna y la nave comenzó a escalar de lado esa pared oscura que rugía como si estuviera a punto de desmoronarse sobre ellos.

—Era terrorífica, negra. Era fea la hueá de ola, fea— recuerda el capitán. Ibarra tiene 30 años navegando en todo Chile y ésa es la peor ola que ha visto. En el Golfo de Penas le ha tocado cabalgar sobre masas de agua de más de 20 metros. Pero ésas son lentas y gordas e incluso con el mar embravecido los barcos las remontan con calma. Esta ola era distinta.

–Venía arqueada y chispeando. Todo el tiempo parecía que nos iba a reventar encima. El Pinita la escaló a una velocidad vertiginosa mientras su capitán la miraba por el ventanuco de la cabina y rezaba un Ave María agarrado al timón. Los marinos gritaban. El agua empezó a caer sobre la embarcación. Todos estaban seguros de que se volcarían.

Tras una eternidad el Pinita llegó a la cima y pasó al otro lado, bajando a gran velocidad.

Allá adelante una nueva montaña de agua se les acercaba.

–¡Viene otra!– gritaron todos.

Esta vez Ibarra alcanzó a “aproar” la nave y la pasaron con menos terror. Esta segunda ola tenía cerca de 8 metros de altura. Luego, el mar volvió a quedarse tan inmóvil como antes.

En esa quietud fantasmagórica, reponiéndose del susto de sus vidas, tomaron conciencia de que ahora esas montañas iban hacia su ciudad.

Durante los siguientes minutos, sólo se oyeron los gritos del capitán que trataba de comunicarse con los marinos de Constitución. Nadie le contestó.

El capitán siguió intentándolo hasta que todos entendieron que las olas ya habían llegado a la ciudad. Que ya no había nada que hacer.

Fabián León, Gabriel Jaque y Jonathan Romero, sobrevivientesde la Isla Orrego.

Sin permiso

Al igual que miles de chilenos, apenas se detuvo el terremoto Nora Jara llamó a su hijo Jonathan Romero para saber cómo estaba. El joven de 18 años le contestó que no se preocupara, que él y sus tres amigos –René Godoy, Fabián León y Gabriel Jaque– estaban bien. No le dijo que estaban en una isla, Orrego, en la desembocadura del río Maule.

Tampoco le dijo que en ese momento el agua empezaba a subir, que la gente a su alrededor pedía ayuda y que nadie venía a rescatarlos. Le ocultó todo eso para no preocuparla y porque sus amigos no habían dicho a sus padres que irían a la playa.

Oficialmente estaban acampando cerca de casa, en San Javier, a casi 90 kilómetros, y aún tenían la esperanza de que nadie supiera la verdad. Después de la llamada, el agua siguió subiendo con velocidad, aunque sin demasiada fuerza. Las familias con niños se aferraban

lo mejor que podían a los eucaliptos para evitar que la corriente los llevara. La crecida les llegó arriba de la cintura y luego empezó a bajar. Jonathan recuerda que un hombre gritaba que se le había soltado su hija de dos años.

–Decía que la niña lo mordió porque el agua estaba helada y ahí se le cayó– relata el joven. Los cuatro amigos estaban en la isla Orrego por pura mala suerte. Ellos querían pasar ese último fin de semana de verano en Iloca, la playa que estaba de moda. Pero llegaron tarde a Constitución y no alcanzaron a tomar el bus. Buscando dónde dormir, terminaron en la ribera del río Maule y vieron esa isla boscosa, de 600 metros de largo y 200 de ancho, salpicada de carpas y fogatas. Parecía el lugar ideal. Cruzaron en el bote de Emilio Gutiérrez, a quienes todos en la zona conocen como el Gringo. El hombre iba con su nieto de 4 años, Emilito, que entregaba los salvavidas a los pasajeros para la breve travesía de 150 metros.

Eran las 21:30 hrs de la noche del viernes. Los cuatro amigos fueron los últimos en llegar a la isla. Seis horas después el botero y su nieto habían muerto. Al cierre de esta edición sólo el cuerpo del abuelo había sido encontrado varios kilómetros por el río hacia la cordillera.

El canto de los niños

Nadie sabe aún cuánta gente había esa noche en la isla Orrego. Los sobrevivientes hablan de entre 50 y 100 personas, de las cuales al menos doce eran niños. Jonathan y sus amigos, por ejemplo, repararon en ocho chicos que jugaban en la playa cuando ellos llegaron. Y durante esa noche terrible vieron a otros cuatro más. De ellos no se sabe nada, salvo de uno: Timmy, de 4 años. Él y su madre, Mariela Rojas, fueron arrastrados por el torrente y tocaron tierra varios kilómetros río arriba. Mariela no sabe cómo lograron salvarse. Timmy estaba desmayado de frío cuando salieron del agua y no reaccionó durante un buen rato. “En nuestro grupo éramos nueve. Quedamos tres vivos y hay dos cuerpos que no encontramos”, resume la mujer.

Mariela Rojas y su hijo Timmy fueron arrastrados por el torrente y tocaron tierra varios kilómetros más arriba

Tras el terremoto y antes que el mar empezara a subir, los atrapados en la isla Orrego se juntaron en torno a un kiosco que tenía generador eléctrico. –Para que sus hijos no se asustaran una madre los hizo cantar “Está linda la mar, muy linda”–, recuerda Hugo Barrera, un sobreviviente.

Los adultos empezaron a pedir ayuda a gritos. Constitución estaba a oscuras y ellos, en medio del río, eran el único punto de luz. Era imposible que nadie los viera. ¿Por qué nadie los socorría? Lo cierto es que sí los veían y sus llamados se sentían hasta en los cerros, donde se había refugiado casi toda la ciudad. Miles de personas observaron desde allí la isla iluminada, luego la llegada de las olas y, finalmente, no oyeron nada. La agonía y muerte en medio del río es un recuerdo que comparten hoy los habitantes de Constitución. Difícilmente lograrán borrarlo.

Hasta donde se sabe, sólo el pescador Mario Quiroz Leal se lanzó al río desde la isla Orrego. Estaba de vacaciones con su pareja Mariela –embarazada de 4 meses– y sus dos hijos de 4 y 9 años. Quiroz sabía que tenían que escapar.

–Le dije a mi mujer: “Agarra a los cabros chicos, no los soltís, yo voy a buscar un bote y vuelvo”– recuerda.

Apenas llegó a la orilla corrió a la Capitanía de Puerto a pedir ayuda. Dice que los marinos no le hicieron caso, que le dijeron que no había posibilidad de un tsunami. Quiroz los mandó a la cresta y volvió a la costa a buscar botes. Entonces empezó a subir el agua y él retrocedió por la calles esperando que la marea descendiera. Cuando lo hizo y pudo volver a la ribera, ya no habían embarcaciones.

El agua volvió a subir. Esta vez la corriente fue más fuerte y Quiroz corrió a los cerros para evitar ser arrastrado.

–Todavía me acuerdo de cómo la gente gritaba en la isla. Ahí estaba mi familia. Todos murieron– dice–. Nadie nos avisó, nadie nos ayudó.

Testigos afirman que los marinos evacuaron la Capitanía durante esa segunda subida. Cuentan que iban en su camioneta, con el agua llegándoles hasta la ventanilla y que la misma corriente los empujaba por la ciudad.

En la isla las familias flotaban con sus hijos y se aferraban a lo que fuera. Algunos se habían encaramado en los árboles, pero a los que tenían niños les fue imposible hacer eso.

El río siguió llevándose gente. A un hombre la corriente lo arrastró hasta otra isla, llamada Cancún, donde una veintena de personas también trataba de sobrevivir. Cristofer Espinoza, estudiante de periodismo, estaba en esa isla y dijo que el hombre gritaba sin control. La gente empezó a asustarse con él.

-Le tuve que pegar para que se calmara- relata el joven.

El agua duró unos minutos arriba y bajó por segunda vez. En Orrego todos estaban mojados y entumidos.

Jonathan y dos amigos treparon a los árboles. Abajo quedó Gabriel Jaque, que no logró subir. Jonathan decidió que tenía que avisarle a su madre y decirle la verdad. Nora no lo podía creer. Su hijo, que minutos antes estaba sano y salvo, ahora figuraba atrapado en una isla inundada.

Ella estaba en San Javier. Ni siquiera se atrevió a retarlo. Muerta de miedo se contactó con los padres de los otros jóvenes y también llamó a un familiar en Constitución para lograr que Carabineros fuera a la isla.

Para entonces ya había pasado media hora del sismo. En todo Chile los servicios de emergencia intentaban restablecer las comunicaciones. El fantasma del maremoto rondaba la mente de muchos chilenos. A las 4:07 hrs, el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (SHOA) trajo calma. Por fax informaron que, aunque el terremoto podía producir un tsunami, éste no había ocurrido aún. Ellos avisarían oportunamente si esto pasaba.

Minutos más tarde, a las 4:20 hrs, el contralmirante Roberto Macchiavello aseguró al intendente de Concepción, Jaime Tohá, que el tsunami estaba descartado. Tohá repitió ese anuncio por la radio Biobío, la única emisora que tenía señal en la zona. El intendente de la región más afectada por el maremoto dijo que las personas podían volver a sus hogares. Es probable que 20 minutos antes de esa declaración la gran ola haya entrado en Constitución.

La ola

Hugo Barrera la vio venir, encaramado en un eucalipto a unos siete metros de altura. Dice que era una masa café, furiosa, veloz, que arrastraba todo a su paso. Una masa que se extendía por todo el horizonte, que avanzaba en silencio y que cuando tocó la isla empezó a hacer un ruido ensordecedor, un “pac, pac, pac” siniestro e imparable que era provocado por cientos de árboles partidos como fósforos o arrancados de raíz.

La ola azotó el árbol en el que Hugo estaba, lo zarandeó un rato, como si el destino aún no decidiera qué hacer con él y finalmente lo lanzó al agua. Hugo cayó a ese furioso torrente sabiendo que moriría.

Él estaba en Orrego por trabajo. Era el encargado de instalar y operar los fuegos artificiales con los que la municipalidad de Constitución planeaba cerrar el verano 2010. En la tarde, mientras montaba el equipo, vio a muchos niños que correteaban por la isla y se bañaban en el Maule. Quedó tan impresionado por la belleza del lugar que hizo varias fotos.

Hoy, esas imágenes, captadas pocas horas antes de la destrucción, producen escalofríos. Se ven los cerros que encajonan el Maule cubiertos de pinos; cientos de pelícanos y aves descansan junto a la isla; el río y el mar se funden con tanta calma que sólo evocan sentimientos de armonía. ¿Cómo es posible que toda esa belleza guardara algo tan feroz,

tan demencial? Esa noche Hugo la pasó con una familia de Talca. Ellos eran una docena de personas y ocupaban 5 carpas. Veraneaban y trabajaban. En la mañana los hombres salían a estacionar autos a Constitución y las mujeres vendían dulces. El grupo andaba con cuatro niños. “Una chica de unos 12 años, crespa; una guagua y dos niños de unos 5 y 7 años”, recuerda Hugo. Cree que todos murieron. “Esperaron la ola abrazados a los árboles y vi que la ola se los llevó”, dice.

La ola no pudo con los árboles donde estaban Jonathan y sus dos amigos. Pero a Gabriel Jaque, que esperaba abajo, se lo tragó. Los jóvenes oyeron su grito desesperado llamando a Jonathan por su apellido: “Romerooooo”. Y luego el rugido de la montaña de agua que arrastraba casas enteras, árboles y cuerpos. Ellos gritaban “Gabrieeeeel”, y siguieron gritando y sollozando mientras el agua destruía la ciudad. Pero debajo de ellos ya no se oyó otro ruido humano fuera de sus lamentos y los de otras cuatro personas también aferradas a las copas de los árboles. Después de esa ola, en la isla no se escucharon más cantos de niños ni gritos de padres. Hasta el amanecer, cuando los siete sobrevivientes se animaron a bajar, en esa isla no se oyó nada.

Un bote y un botero

En el Maule hay un segundo islote que los habitantes de la zona conocen como Cancún. Está a dos kilómetros de Orrego, río arriba. Allí veranea una familia numerosa en la que predominan los apellidos Gómez, González y Calderón. La madrugada del sábado había 60 personas ahí. Para salvarse el destino les dio sólo un bote: El “Abuelita Humilde”, bautizado así en honor a una de las fundadoras de tan extenso y unido clan. También les dio un botero, el pescador Osvaldo Gonzales, (46) a quien muchos de ellos hoy deben la vida.

Apenas paró el terremoto, Osvaldo empezó a llevara a sus familiares y amigos a tierra firme. En cada ida y venida demoraba 10 minutos. Él surcaba el río con la angustia del que sabe que viene algo peor. Pero en la isla estaba su gente, no podía dejarlos. Alcanzó a hacer tres viajes llevando en cada uno a una docena de personas. Producto de la crecida, el bote se golpeó con rocas y árboles. El último cruce lo hizo con la quilla rota.

Cristofer Espinoza, el estudiante de periodismo, cuenta que él determinó quién se iría en ese viaje, que sin duda era él último. Echó arriba a su polola, a sus tíos y a cuatro sobrinos y empujó el bote hacia el río.

-No cabía nadie más. En la isla nos quedamos 20 personas- dice.

Mirza es de los que se quedó abajo, junto a su marido y sus dos hijas: Daniela y Carla. La primera estaba embarazada y la subieron a un eucaliptus. Como Mirza no pudo encaramarse, su marido y su hija Carla se quedaron con ella abajo. Mirza dice que nadie peleó por subir al bote, que aunque pensaban que había que salir pronto, todos estaban en calma.

En la orilla Osvaldo intentó iniciar el cuarto viaje. Pero entonces el Maule retrocedió como si un gigante lo hubiera absorbido. El bote quedó atrapado en el barro y las piedras. Segundos después el río regresó convertido en una ola de 10 metros. Osvaldo corrió, cerro arriba, desesperado.

De las 20 personas que estaban atrapadas sólo ocho resistieron arriba de los árboles hasta que una brigada de la forestal Mininco los rescató descolgando cuerdas dese el puente que pasa sobre la isla. Las otras doce fueron arrastradas por el río.

Cristofer fue uno de ellos. Recuerda que la ola lo llevó bajo el agua por lo menos tres o cuatro minutos en los cuales el hizo intentos infructuosos por salir. Dice que para entonces ya se había entregado, que sin desesperarse asumió que se moriría. Pero entonces, un árbol que se enganchó con el fondo se levanto del agua, lo tomó del brazo y lo sacó a la superficie. El joven vomitó barro y aferrado a ese madero se dejó llevar por la corriente. Estuvo dos horas en el agua y durante ese el largo trayecto habló gritos con su tía Mirzay la animó.

Mirza, en tanto, relata una experiencia aún más terrorífica. Ella tiene 51 años y recuerda que con su marido Ignacio Calderón y su hija Carla estaban abrazados cuando la primera ola los sacó volando. Mientras flotaba aferrada a lo que fuera, pensaba que no podía ni desesperarse ni rendirse. Dice que flotaba en medio de los palos, las casas, los arboles y que una de sus preocupaciones era que esos escombros no la aplastaran. En algún momento sintió las voces de su hija Carla y de Cristofer. El joven le decía que se dejara llevar, que no se resistiera. La ola perdió fuerza y empezó la resaca. Llegaron cerca de Cancún y entonces vino una segunda ola. Por un milagro logró juntarse con su hija Carla y permanecieron flotando agarradas al mismo tronco. Vino una nueva resaca y el rió las acercó a un lanchón varado. Se aferraron a una cuerda y Carla subió.

-Mi cuerpo estaba helado y no me respondía. No pude subir. Entonces vino otra ola gigante y me sacó volando.

Mientras era arrastrada pensaba en su hija y se decía que ella fuerte y tenía que haber sobrevivido. El rio finalmente se cansó de jugar con Mirza y la dejó en la orilla después de 4 horas. A duras penas logró ponerse de pie. El agua empezaba a crecer de nuevo y con lo que le quedaba de fuerza atinó a ir cerro arriba.

No tenía idea de donde había llegado. Todo lo que veía estaba destruido, todo era un basural y filas de árboles rotos. Entonces vio la isla Cancún, lo que quedaba de ella. Le dio un escalofrío y se dio cuenta de que estaba frente a Constitución, que ese montón de escombros que veía al otro lado del río era su ciudad.

A sus espalda a su hija le grito: “mamita, te salvaste, te salvaste”. Más tarde se encontraron con su esposo y la hija que había resistido en el árbol y se abrazaron y dieron gracias a Dios.

La gran familia que veraneaba en Cancún corrió el riesgo de ser diezmada. Al final de la jornada, de los 60 había en la isla, sólo dos personas murieron: Juan Francisco Villalobos y su esposa Fanny. Ella no pudo subir a un árbol y su esposo se quedó junto a ella abajo. Lograron sí subir a su nieto, Tomás, de 8 años. A él la ola lo arrastró y quien sabe cómo logró sobrevivir. El cuerpo de Fanny aún no ha sido encontrado.

A esas víctimas hay que agregar tres hombres que fallecieron tratando de rescatar a los atrapados en Cancún. El primero fue Pedro Muñoz que llegó con su ahijado a la isla, pero la corriente y los hizo volcar. El segundo fue Osvaldo Gómez de 37 años. Su madre, alcanzó a hablar por última vez con él.

-Me preguntó ‘mamá, ¿queda gente allá?’ Yo le dije que sí y arranqué para el cerro; y no volví a ver a mi Osvaldo”, se lamenta Olga González de 65 años.

Todos presumen que murió intentando cruzar en su bote.

No hay lugar para los débiles

Cerca de las 5:30 hrs la Presidenta Bachelet dijo a los medios que no había habido ni habría un tsunami en nuestras costas. Se basó en la información entregada por la Armada, institución que aún a esa hora continuaba afirmando que en el litoral chileno sólo se registraban aumentos de caudal de 10 ó 20 centímetros. A partir de esas declaraciones, que se repitieron hasta bien entrada la mañana, el 18 de marzo pasado se presentó una querella por la muerte de dos hermanas en la playa de Dichato, al norte de Concepción. Ambas huyeron a los cerros tras el terremoto y bajaron cuando las autoridades insistieron a través de la radio en que no había peligro. Las mujeres volvieron a Dichato justo cuando entraba la ola.

Hugo Barrera salió del río más o menos cuando la Presidenta negaba el maremoto. Notó desesperado que la resaca lo llevaba hacia el mar y nadó con toda sus fuerzas para no terminar en el océano. Alcanzó la orilla con su último aliento y temblando de frío y de miedo, caminó por lo que quedaba de la costanera de Constitución buscando una edificación alta, pues estaba convencido de que la tragedia no había terminado. Descubrió una casa de dos pisos donde protegerse. Se metió en ella gritando “¡Aló!” y subió al segundo piso. Encontró ahí a una señora que con toda calma esperaba lo que el destino le ofreciera. Se llamaba Blanca. Tenía unos 70 años y necesitaba muletas para moverse. No intentó huir. Estoicamente resistió el sismo y luego sintió el mar entrando en su casa y escarbando en el piso de abajo.

Blanca vivía sola y había aceptado morir sola. Otros ancianos, en cambio, vieron cómo sus familias escapaban y los dejaban botados. El sargento de la Armada, Cristián Valladares, se encontró con uno de ellos cuando intentaba llegar a la Capitanía de Puerto para ayudar. Eran las seis de la mañana, ya estaba clareando. Mientras se acercaba a la costa oyó los gritos de la isla Orrego y se preguntó si habría un bote con qué ir a buscar a la gente. Entonces vio cómo el río se recogía y se formaba otra ola gigantesca. Mientras huía vio que esa ola tapaba los árboles, por lo que calcula que tendría unos 10 metros. Debe haber sido la tercera o cuarta gran ola que azotó Constitución.

En su retirada, el sargento Valladares vio que una mujer pedía ayuda. Al entrar en la casa medio derrumbada, encontró a un anciano en silla de ruedas que los miraba con angustia. Sus familiares estaban en los cerros. La señora que pedía auxilio era la mujer que lo cuidaba. Ella vivía en otro lugar y corrió a ver al anciano y lo encontró solo. Estaba mojado y gemía de miedo. El sargento lo sacó de ahí y lo llevó a la casa de la mujer.

El saqueo

No es difícil imaginar la angustia de ese anciano abandonado. Tampoco es incomprensible el miedo que deben haber sentido sus parientes. El terremoto y el tsunami sometieron a los chilenos a pruebas difíciles y radicales: rescatar a otros o salvarse; acompañar o huir; resistir la marejada o rendirse. Pero esas disyuntivas no acabaron cuando se detuvieron las olas. Cuando la naturaleza nos dejó en paz, las ciudades devastadas y abandonadas ofrecieron otra bifurcación: ayudar o robar. Y, mientras los sobrevivientes de la isla Orrego aún pedían auxilio y los arrastrados por el río emergían como espectros, desnudos y golpeados, y cruzaban la ciudad sin entender qué les había ocurrido, personas que no habían sufrido daño se transformaban en una nueva ola, en un terremoto humano, como lo llamó el alcalde de Lota, dedicado a robar y destruir lo que quedaba en pie.

El dueño de un supermercado que prefiere mantenerse anónimo cuenta que a él lo saquearon personas con dinero que venían en grandes camionetas. “Les pagaban a los pelusas para que les cargaran el vehículo. Para abrirse paso, aceleraban y se iban gritando

‘¡Tsunami!, ¡tsunami!’, y tocando la bocina. Así se llevaron todo”.

Es probable que ése sea el motivo por el cual mucha gente en Constitución recuerde que hubo decenas de olas ese día. Nora llegó a Constitución a las diez de la mañana, cuando los saqueos estaban en su apogeo. Venía acompañada de la madre de Gabriel. Durante la noche Jonathan, llorando, le había dicho que a Gabriel se lo había llevado la ola y Nora se lo transmitió a la madre. Pero ella no perdía la esperanza.

Fueron a la comisaría en busca de ayuda. Carabineros estaban superados. Les dijeron que no podían hacer nada. Y les insistían que en la isla Orrego no había quedado nadie, que se fueran para el cerro porque podía venir otra ola. Nora lloraba y rogaba. Tenían que sacar a su hijo de ahí, sobre todo si es que creían que venía otro tsunami.

Ricardo Fuentes oyó los ruegos de Nora y se ofreció a ayudarla. En realidad era el único que podía hacerlo. Ricardo es radioaficionado local. Durante la madrugada, con sus equipos, captó el mensaje desesperado que el capitán Ibarra enviaba a la Capitanía.

Según Fuentes, los marinos se quedaron sin comunicación y evacuaron hacia los cerros. Por ello le tocó a él dar aviso a los bomberos de que dos olas gigantes se acercaban a la costa. Según afirma gente de la zona, con esta advertencia se salvaron decenas de personas que viven en la zona costera de la ciudad.

Con sus equipos, Fuentes contactó a Celulosa Arauco y avisó de posibles sobrevivientes en la isla. A los pocos minutos se escuchó el helicóptero de la empresa volar rumbo a la isla. Las madres llegaron a la orilla del Maule justo para ver cómo el helicóptero se llevaba los siete sobrevivientes. Eran las 11 de la mañana del 27 de febrero y el piloto Víctor González los transportó al único lugar donde se podía aterrizar: el estadio de Constitución. Al lado, en el gimnasio, se había montado la morgue.

En ese lugar la madre de Gabriel asumió que estaba desaparecido. –Ése fue el momento más terrible– sintetiza Jonathan.

Los jóvenes decidieron ver si, por alguna casualidad, su amigo había llegado al hospital. La mujer, derrumbada, los esperó en la morgue, donde a mediodía se habían juntado unos 60 cuerpos.

Los jóvenes entraron al hospital sin esperanza. Era un caos de heridos y muertos. No creían que nadie pudiera sobrevivir a la ola que habían visto, pero en la lista de ingresados, el nombre de Gabriel les saltó en la cara.

Jonathan entró a la carrera a la zona de los pacientes y recorrió las camillas hasta que lo encontró. Le pegó tres garabatos y lo abrazó. Gabriel sólo tenía heridas en los pies. Tuvo la fortuna de que la ola lo llevara directo a la orilla.

Cuando los jóvenes y sus madres abandonaron Constitución, la ciudad estaba siendo saqueada sin piedad. Hoy, varias semanas después de la tragedia, los cuatro jóvenes pueden reírse de la aventura secreta que terminó con rescate en helicóptero. Dicen que sus padres todavía los están retando.

El capitán regresa

Recién el domingo a mediodía el capitán Ibarra pudo traer al Pinita de regreso a Constitución. Mientras navegaba por el Maule no podía creer lo que veía. La destrucción era tan completa y enloquecida que los únicos referentes para describirla eran de películas

de guerra. Había dejado una ciudad alegre, que disfrutaba los últimos momentos del verano. Ahora volvía a un lugar donde la muerte se había revolcado. –Me va a creer que yo me vine a Constitución el año 85, porque el terremoto de ese año nos pilló en San Antonio y mi familia quedó espantada… –cuenta Ibarra–. Bueno, así es Chile.

La ola no pudo con los árboles de la isla Orrego donde estaban subidos Jonathan y sus dos amigos. Pero al cuarto amigo, Gabriel Jaque, quien esperaba abajo, se lo tragó. Los jóvenes oyeron su grito desesperado llamando a Jonathan por su apellido: “Romerooooo”.

A medida que avanzaban por la costa, se le caían las lágrimas mirando la ciudad. Un tripulante gritó que había un cuerpo en el río. Era una mujer.

Todos entendieron que el río estaba sembrado de muertos. Ah, Dios mío. Los hombres del Pinita subieron a la mujer y descubrieron que estaba embarazada. Era la pareja de Mario Quiroz, el pescador que cruzó a nado el Maule intentando conseguir un bote para rescatar a su familia. Quiroz e Ibarra son vecinos y amigos, pero no se habían visto desde antes de la tragedia. Quiroz lo abrazó y le agradeció haber encontrado a su mujer.

–¿Ah, era tu mujer?– le preguntó. Al capitán ya nada lo sorprendía. Hasta el cierre de esta edición los dos hijos de Mario Quiroz seguían sin ser encontrados.

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