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Ocurrió el domingo 27 de marzo.Corría el minuto 71 del encuentro entre el Deportivo Cúcuta y el Envigado. De repente, en medio del aburrimiento que significaba para los hinchas la derrota parcial del equipo cucuteño en su propio campo, un hecho hizo que cientos de asistentes se olvidaran de lo que sucedía en la cancha y dirigieran sus miradas a la tribuna sur del estadio General Santander. Lo que sus ojos vieron era imposible de creer. Un grupo de fanáticos saltando, gritando y llorando, cargaba sobre sus hombros un ataúd en el que reposaba el cuerpo sin vida de Cristofer Alexander Jácome, asesinado dos días antes del partido, en horas de la noche, en una cáscarita en el barrio Bellavista.

I

“¿Dice que me llama de México y que un periodista colombiano le dio mi número? ¿Qué quiere saber? La noche de aquel viernes nos reunimos como todos los fines de semana para jugar futbol en la pequeña cancha del barrio. Esa noche Alexander llegó de cambio y estuvo parado observando el juego unos 10 minutos. Antes de entrar al partido se agachó para abrocharse los zapatos. Fue la última vez que lo vi con vida, seguí jugando y de pronto se escucharon los balazos. Lo único que hicimos fue correr y correr.

Le digo que el muchacho murió inocentemente. ¿Cómo se dice? Estaba en el lugar equivocado a la hora equivocada. Escuchamos que se retiraron unos pelaos en moto y fue cuando nos dimos cuenta que Alexander y otro amigo estaban en el piso. A Cristofer Alexander le dieron nueve balazos y murió al instante. Al otro se lo llevaron a un hospital.

Yo me llamo Johan y soy uno de los líderes de La Banda del Indio, la barra más grande el Deportivo Cúcuta. Me dicen La Migra por pertenecer a un distrito cercano a la frontera con Venezuela. Yo era el jefe de la Iguana, como le decíamos a Alexander por un corte de cabello que se hizo hace unos meses. Pero ya no quiero contestar el teléfono porque tengo miedo de que aquellos pelaos en moto regresen al barrio. De hecho, siento que nos vamos a dejar de reunir en la cancha por un tiempo.

Fue algo extraño. Esos tipos no se habían aparecido por acá, en el barrio Bellavista. Lo de la Iguana ocurrió como a las ocho de la noche y el cuerpo quedó tendido un par de horas. Alguien corrió a avisarle a su mamá, doña Yamilé Jácome.

Alexander era menor de edad, tenía 17 años y por eso no lo aceptaban en ningún trabajo. Por eso se la pasaba todo el tiempo con los de la barra, hablando de futbol y acompañando a los rojinegros donde quiera que jugaran. Era cosa de pedir unas monedas por aquí y allá.

El domingo por la tarde fuimos al funeral. A veces, los de la barra que llegan a morir son paseados afuera del estadio del General antes de ser enterrados. Lo que pasó con Alexander fue que un amigo pidió que le diéramos el último paseo justo cuando el Deportivo Cúcuta estaba en acción y cuando pasamos por una de las puertas doña Yamilé pidió que nos metiéramos con el cadáver. Que a la Iguana le gustaría despedirse del equipo de sus amores.

Éramos como 200 hinchas, las puertas estaban abiertas, los policías se quedaron callados y dejaron pasar a la barra con todo y ataúd. Usted puede ver las fotos en los diarios. Lo asombroso es que duramos unos 10 minutos en las tribunas y en ese tiempo los rojinegros lograron el gol del empate. Creo que la Iguana les trajo suerte. ¿Alexander?, era un parce tranquilo. Le digo que estuvo en el lugar equivocado”.

II

“Jhon Jairo Jácome, periodista de La Opinión de Cúcuta para servirle. Primero le platico que en Colombia existen seis niveles de estratos sociales, seis para los de hasta arriba y uno para los más amolados. El barrio del que hablamos es del nivel uno, sin pavimentación y muchas veces sin electricidad.

¿Sabe lo que son los comandos de limpieza? Son grupos armados que cobran por limpiar las calles de grupos no deseables. Lo que ocurre en el barrio es que se reúnen jóvenes a fumar marihuana y crear pleitos y por eso se asomó el comando. La misma gente de la comunidad paga por su protección.

Aquí nadie habla al respecto. Nadie se atreve a señalar a dichos grupos, que no son paramilitares. Simplemente, de pronto se asoman, realizan ‘la limpia’ y desaparecen.

La señora Yamilé Jácome, mamá de Alexander, me dijo que su hijo no tenía enemigos. Que era muy tranquilo. Tenía novia, se llama Karen. La verdad es que todo el barrio se reunió afuera de la casa de la Iguana para cantar, rezar, llorar y dar saltitos. La casa es muy pobre, por lo que tuvieron que pasar la cajita y juntar algunas monedas para el entierro.

Alexander era de La Banda del Indio, barra brava que tiene seis meses de castigo sin acceso al estadio por apedrear el autobús del Tolima. Hubiera visto el escándalo que se armó ahora que estos hinchas se metieron al estadio con todo y el muertito.

Los de la policía dicen que eran tantos fanáticos con el ataúd que no pusieron resistencia y los encargados del estadio se lavan las manos. Quieren abrir una investigación, pero ¿a quién van a castigar si esa hinchada está suspendida?

Le voy a mandar unas fotos del diario y a pasar el teléfono de uno de los líderes de la barra. Aunque aquí pocos quieren hablar al respecto”.

III

Karen es la novia de la Iguana. Lo mira por las tardes en el barrio antes de que Alexander se reúna con los amigos en la pequeña cancha de futbol. Alexander le habla de los rojinegros del Deportivo Cúcuta, de lo mal que les ha ido en esta temporada y de que a un equipo como el cucuteño se le acompaña a toda cancha ajena. Por eso la Iguana pide monedas y viste la playera del equipo.

Karen comenta que su novio quería entrar al bachillerato en el Colegio Pablo Correa León, en el barrio de La Libertad. Que amaba las cumbias, sobre todo aquella que dice: “sólo le pido a Dios que cuando me lleve al cielo, me lo deje pintar de rojo y negro” por aquello de los colores cucuteños.

Aunque la canción que siempre tarareaba era aquella de Arcángel titulada ‘Tratado de paz’.

‘Si quieren paz, hay trato

si no, yo no doy liga.

Yo la quito. Mato’.

Aquella tarde de viernes, La Iguana platicó con su novia. Futbol y música. Del próximo juego contra el Envigado, la posible alineación y la manera de colarse al estadio del General para mirar a su equipo, aún tratándose de pertenecer a una barra que no tiene permiso.

Y de la novia al partidito de futbol con la hinchada del barrio. Cuando La Iguana llega a la canchita, el juego ha iniciado. Espera unos minutos de pie y pide entrar de cambio. Cristofer se agacha para abrocharse las agujetas y unirse a la cáscara. Unos pelaos en moto se acercan.

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