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Morir como perros

Publicado: 15 diciembre 2013 en Juan D’Alessandro
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La madrugada del domingo 28 de abril, Evelina Zambrano, voluntaria en un refugio canino, envolvió el cadáver de su perra Lola en una bolsa de nailon y lo guardó en el freezer.

Después salió a la calle y encontró todos esos perros muertos.

—Fue tan espantoso –dice, sentada en el jardín de su casa–. En mi vida me voy a olvidar del sufrimiento que vi esa noche.

Recorrió el pueblo junto a las voluntarias del refugio y de la protectora. Asistieron a los perros que agonizaban: les dieron agua, los acariciaron. Los guantes de látex fueron poniéndose amarillos. Algunos animales se salvaron, la mayoría no.

—Esa madrugada empezaron a caer los pájaros –recuerda Gabriela Luna, directora del hogar de niños Estrella de Belén y voluntaria de la protectora de animales–. Yo iba caminando cuando una cosa me cayó en el hombro. Era un gorrión.Y en la plaza vi un montón de tordos en el suelo. Caían: parecía una película de Hitchcock.

El sereno de la plaza pasó toda la noche embolsando animales muertos. Algunos vecinos, como Emanuel Arrieta, encontraron el cadáver de su mascota en el patio.

Nadie recuerda si esa noche los perros aullaron.

La mañana siguiente, muchos dejaron salir a sus animales. No sabían de los cebos que esperaban en los jardines, entre las hojas secas, bajo los autos estacionados. El ex director del hospital de Deán Funes Javier Ocanto vio volver a su pastor alemán torcido, inestable. Tenía los ojos muy abiertos, la lengua afuera. Una sustancia blanca le empapaba el hocico y los pelos largos del cuello. De repente, el animal abrió las patas y, como si estuviera junto a un árbol, expulsó un chorro de diarrea incontenible y ya no pudo mantenerse en pie, se dejó caer en el garaje. El perro estaba muerto.

—Supe que era un veneno absolutamente tóxico porque las moscas que se apoyaban en el cuerpo del perro morían en el acto –dice Ocanto, y se pregunta qué hubiera pasado si su hijo de ocho años tocaba al perro.

En la comisaría le dijeron que antes que él veinticinco personas habían denunciado lo mismo. Apenas eran las nueve de la mañana.

Ese domingo, solo abrió una de las dos veterinarias. Cada quince minutos entraba alguien con un perro en brazos. El tratamiento consistía en ponerles suero e inyectarles atropina –un anestésico relajante, como el Valium– para aplicarles después protectores hepáticos.

Diecinueve perros llegaron al local, uno murió pese a la atropina y lo mismo le pasó a un gato. Los que sobrevivieron –dicen las veterinarias Mara Díaz y Gabriela Lijtenstent– habían conseguido vomitar el veneno.

Budy, el labrador, no pudo hacerlo.

—Se llamaba Budy, le decíamos “El piola” –Mariana Castro, dueña de un salón de fiestas infantiles, muestra una foto arrugada en la que hay un labrador dorado y una nena que ríe–Está arrugada porque mi hija la agarra, la aprieta.

Su hija, Ana Paz, tiene cuatro años y no puede caminar porque una parálisis cerebral espástica le acalambró las piernas. Los médicos dijeron que la zooterapia podía ayudarla, y así llegó Budy a la casa. La beba y el cachorro crecieron juntos; Budy dormía con ella, a los pies de la cama, y le alcanzaba los juguetes que se le caían al suelo.

Aquel domingo, temprano, Mariana Castro dejó salir al labrador.

El perro volvió temblando.

—Mi marido le metió los dedos en la boca, pero no vomitó. Lo enterramos en el campo esa misma mañana.

La cifra oficial, que ronda los doscientos perros muertos, se compone por los 120 que levantaron los bomberos de las calles y el puñado de decenas que levantaron los empleados municipales. Pero no se sabe cuántos, como Budy, fueron enterrados por sus dueños, ni cuántos callejeros se escondieron en baldíos y descampados para morir. Las proteccionistas dicen que fueron cientos.

El labrador Budy estaba siendo entrenado para asistir a Ana Paz, para servirle de apoyo.

—No solo han matado al perro de mi hija, le han matado la posibilidad de caminar –dice Mariana Castro. Y explica que no pueden reemplazar a Budy por otro labrador entrenado, que no funciona así. El perro debe criarse junto al paciente para generar confianza y un lazo emocional. Ana Paz no puede esperar otros cinco años para aprender a caminar.

—Nunca me voy a olvidar de ese perro –dice Mariana Castro en la puerta de su casa, con los ojos húmedos. Cuenta que, por la enfermedad, su nena tiene problemas para socializar con otros chicos. Que no le resulta fácil. Y que el año pasado eso cambió, por un momento:

—Era el Día del Animal. Ana Paz llevó al Budy a la guardería y fue un revuelo: todos los compañeritos se acercaron a tocarlo. Si la hubieras visto a ella con su perro ahí, jugando con todos –dice, como puede, antes del llanto–. Estaba tan contenta ese día, mi nena. Tan feliz.

Al mediodía la municipalidad decretó la emergencia sanitaria y ambiental, las clases fueron suspendidas por una semana. La matanza ya era una noticia nacional: hasta la placa roja de Crónica reiteraba, con letras blancas y mayúsculas, “Basta de matar perros en Deán Funes Córdoba”. Sin embargo, el intendente Alejandro Teijeiro no aparecía por ningún lado. Horas antes había viajado a Israel y no regresaría sino quince días más tarde porque, según sus colaboradores, “era muy costoso cambiar los vuelos”.

Durante la tarde los bomberos voluntarios rastrillaron las calles y encontraron albóndigas en cada cuadra, sobre todo en el centro y hacia el norte, en los barrios más humildes como Las Flores, Algarrobo y La Feria, donde más perros suele haber. Cebos de carne molida con pequeños fragmentos blancos en su interior. Los bomberos alzaban a las víctimas y tapaban con cal viva las manchas de sangre, vómito y excrementos, mientras la pala mecánica de la municipalidad recorría Deán Funes con su garra cargada de perros muertos y con movimientos bruscos, trabados, los dejaba caer rodando sobre una montaña de cadáveres. En cuestión de horas un contenedor para escombros estuvo repleto de animales malolientes. Susana Pozzoli, la encargada del departamento de control alimentario de la comuna, se asomó por casualidad al contenedor y vio que uno de los perros amontonados se movía. Pudo rescatarlo. Los demás, bien muertos, comenzaron a hincharse y a emanar un olor ácido, intenso, que de a poco fue mezclándose con la podredumbre. Faltaban algunas horas para el lunes 29 de abril. En Argentina, el Día del Animal.

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Deán Funes es un pueblo rodeado de campos para ganado, ubicado en el norte de la provincia de Córdoba y a unos ochocientos kilómetros al noroeste de Buenos Aires. Aunque técnicamente sea una ciudad, sus veintidós mil habitantes conservan la costumbre de dejar las puertas siempre abiertas y conocen el nombre de cada persona y de cada perro. Porque en Deán Funes los perros callejeros tienen nombre, historia, territorio. Por eso la gente se entristeció tanto con la muerte del Verde, el perro de la plaza que acompañaba al canillita a repartir los diarios y asistía a misa, religiosamente, todos los domingos. Y muchos se alegraron porque Fantasma, “el perro que aparece y desaparece”, tuvo el buen criterio de esfumarse aquella noche fúnebre del veintisiete de abril de 2013.

A mediados de semana ya eran dos los contenedores llenos de animales muertos. Quedaron en la calle, al lado del hospital, frente al corralón donde la municipalidad guarda las máquinas. La gente se asomaba para buscar a su mascota desaparecida. Pero de a poco los cadáveres empezaron a reventarse, a sangrar. Tuvieron que tapar los contenedores con un nailon negro y recién una semana después enterraron a los perros en un basural.

—Cavamos una fosa, un pozo de dos metros de profundidad. Pusimos una membrana plástica de PVC para que los fluidos de la descomposición no contaminen las napas –dice Daniel López, jefe del cuerpo de bomberos voluntarios, en una oficina del cuartel general–. Llenamos el fondo con perros y tiramos cal viva encima. Después va otra hilada de perros y más cal: es como si estuvieras haciendo una torta

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Con las albóndigas los perros tragaron metomil, un insecticida de uso agrícola para el control de un amplio espectro de plagas. Es un polvo conformado por pequeños cristales blancos que debe ser diluido en agua para su aplicación en los campos. No lo diluyeron, lo usaron en estado sólido mezclado con carne molida y grasa.

Pertenece al grupo químico de los carbamatos, que originariamente fueron creados como gases neurotóxicos para la guerra. La Organización Mundial de la Salud los clasifica como sustancias de banda roja: muy peligrosos para la vida humana. Una ley local prohíbe su uso a menos de quinientos metros de los centros urbanos, si se aplica con pulverizadores terrestres; y a menos de 1.500 metros si se aplica de forma aérea.

Para matar a un perro de diez kilos hace falta apenas un gramo de metomil.

El producto se comercializa en envases de 100 y 250 gramos.

Cotiza en dólares, como todos los agroquímicos, pero es accesible: el envase más chico puede conseguirse por once dólares en un comercio de agroquímicos de Córdoba. Aunque para comprarlo hace falta tener Cuit de productor agropecuario.

El metomil se introduce en el cuerpo por ingestión, por contacto y por inhalación, pero no hubo personas afectadas, más allá de algunos casos leves como mareos, náuseas o irritaciones. Quien armó los cebos sabía la dosis exacta que debía tener cada albóndiga para matar, a lo sumo, a un perro de treinta kilos. No más.

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A tres meses de la matanza no hay definiciones y la gente se impacienta. Los vecinos responsabilizan al fiscal Eduardo Gómez por haber “congelado la investigación”. Él argumenta que nadie colabora, ni los testigos ni los imputados. La matanza de cientos de perros puede que permanezca para siempre entre los casos inconclusos.

Seis personas están imputadas por daño y violación a la Ley de Protección Animal. Son delitos con penas bajas, excarcelables. Cinco son inspectores municipales y el sexto dejó de serlo hace algunos años, cuando existía la antigua perrera.

Nadie los vio manipulando las albóndigas.

—Las imputaciones se sustentan en indicios de presencia durante esa noche: tres inspectores estaban de turno, dando vueltas por el pueblo en una Trafic blanca, y los otros tres parece que tenían problemas con los perros. Nuestra principal hipótesis es que ellos se excedieron –dice Gómez, lento y sosegado en el modo de hablar.

Estuvieron de turno Roque Enrique Quinteros, Juan Santos Marques y Diego Oscar Allende. Si es verdad que ellos transportaron las albóndigas envenenadas en la Trafic –como sospechan los vecinos–, se expusieron a inhalar el veneno.

—Parece que esa noche la Trafic estuvo en el Hospital Romagosa porque Allende estaba descompuesto –dice el fiscal–. Pero justo llegó un patrullero y los inspectores se fueron antes de que los médicos pudieran revisarlo.

Si ellos hicieron el trabajo, la municipalidad tiene que haber dado la orden.

—¿Están investigando a algún funcionario?

—Primero vamos a tratar de confirmar las imputaciones que tenemos. Pero si se confirma esta hipótesis, sí, alguien tiene que haber dado la orden. Y no cualquiera sabe manipular este producto, hay que estar muy preparado.

—La gente dice que algunos inspectores tienen fama de maltratar a los perros.

—Los otros tres imputados son los hermanos Palomeque. Allanamos su casa y secuestramos una sustancia venenosa que no sabemos todavía si es metomil. Parece que estos hermanos se dedicaban a matar perros en la vieja perrera.

***

—Son mentiras –dice Darío Palomeque, un hombre de 31 años, alto, robusto y moreno como sus hermanos mayores, Francisco y Daniel. Está sentado en una oficina de la división de inspectores, donde se desempeña como mano derecha del director de Seguridad Ciudadana, Atanasio Solís, un ex gendarme que obliga a sus subordinados a vestir uniformes azules, gorra al tono y botas negras. De lejos, los inspectores de Deán Funes son idénticos a los policías.
—¿Recibieron la orden de envenenar a los perros de la calle?
—No. Nosotros no tenemos nada que ver. Yo creo que vino alguien de afuera; los policías dicen que no vieron nada, pero para mí dejaron el campo abierto para que alguien actúe.
—Los vecinos piensan que tus compañeros tiraron el veneno desde la Trafic.—No tiene sentido. El veneno ese es muy tóxico: no podés llevarlo en un habitáculo cerrado, inhalándolo.
—Me gustaría hablar con tus compañeros.
—Los muchachos no quieren hablar.
—¿Qué hacen tus hermanos?
—Uno de ellos trabaja acá, en la parte de maestranza; cuando había que levantar a un perro iba él. Mi otro hermano no es inspector, cobra una pensión. Él la ligó de arriba porque los tres vivimos en la misma casa, la que allanaron.
—¿Qué se llevaron en el allanamiento?
—Un frasco de K-Othrina que uso para las garrapatas de mis perros, un Raid hogar y plantas y la costeleta que me iba a comer ese día. Tuve que almorzar puré solo.

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Ante la ausencia de una versión oficial surgieron dos hipótesis acerca de quién mató a los perros y por qué. En el pueblo casi todos piensan que el municipio ordenó a los inspectores controlar a la población canina, “como hicieron siempre”, con la diferencia de que esta vez –sospechan– se les fue la mano con el veneno y no supieron cómo ocultar el desastre. Otros dicen que quisieron prevenir la fiebre negra.

En Deán Funes hay una sobrepoblación de perros callejeros. Según dijo a los medios el subsecretario de Salud y Medio Ambiente del municipio, Carlos Gómez Calvillo, antes de la matanza había unos cuatro mil. Tres meses más tarde, en las calles la presencia sigue siendo notable: dos, tres, cuatro por cuadra.

La teoría se apuntala con la versión de que los Palomeque solían matar perros. Uno de los tres hermanos, Francisco, supo trabajar en la antigua perrera y de él se cuentan historias temibles, aunque nadie puede asegurar su veracidad. Francisco Palomeque estuvo internado en el neuropsiquiátrico de Santa María de Punilla en tres ocasiones, en 2003, 2004 y 2010. Su historia clínica indica que tuvo “trastornos con el consumo de alcohol”. En el imaginario su perfil encaja perfectamente: podría ser el “loco que mata perros”.

De todos modos, la mayoría de los vecinos piden que la Justicia investigue a los que dieron la orden.

—Los imputados no sacaron plata de sus bolsillos para comprar carne molida y un agroquímico. Los autores ideológicos son otros –dice el médico Javier Ocanto.

—Los inspectores son gente humilde: no van a elegir envenenar a un perro antes que darle de comer a sus hijos. Cae de maduro que, si fueron ellos, solo cumplieron órdenes –dice el cura Sergio Romero.

Cuando ocurrió la matanza el intendente de Deán Funes, Alejandro Teijeiro, estaba llegando a Israel. Había partido diez horas antes de que apareciera muerto el primer perro. Regresó quince días más tarde y a la semana dejó su cargo para convertirse en funcionario provincial. Lo reemplazó en la intendencia el secretario de gobierno, Germán Fachín.

—¿Ustedes encargaron a los inspectores ejecutar la matanza de perros?
—Eso es una locura, no existió orden de ese tipo. Es insólito –la voz de Germán Fachín suena cansada en el teléfono–. Si a mí también se me murió un gato.
—¿En qué quedó la investigación interna que iban a realizar?
—En nada de nada. Negativo. No hay nada raro con los inspectores.
—¿Quién mató a los perros?
—Nosotros no. Pensá que para la gestión municipal esto es una mancha. Estoy seguro de que es una cuestión política, nos han querido perjudicar.

Aunque algunos especulan con una inusual vendetta política por los abruptos cambios de partido de Teijeiro –radical, kirchnerista, delasotista–, la mayoría piensa que se trató de una orden que fue cumplida con una eficacia delirante. Pero si el objetivo era disminuir el número de perros en las calles, ¿por qué simplemente no los castraron? ¿Y por qué no discriminaron entre callejeros y domésticos?

Un día después de la matanza, el médico, docente y exsubsecretario de Salud de Córdoba, Medardo Ávila Vázquez, dijo:

—Para exterminar a los perros, el gobierno provincial contrata a empresas especialistas en desinfecciones que saben cómo manipular el veneno. El objetivo es prevenir la leishmaniasis, una enfermedad mortal que los perros transmiten a los humanos. No van a reconocerlo, porque la enfermedad apareció por culpa de los mismos gobiernos que permitieron el desmonte.

Varios medios de comunicación las reprodujeron. El gobierno de Córdoba lo desmintió y el tema pasó al olvido.

Ávila Vázquez es coordinador de la Red Universitaria de Ambiente y en 2009 trabajó en una campaña de fumigación contra el mosquito del dengue. El gobierno provincial había contratado a la Cámara de Control de Plagas (Coninplag), una decena de empresas pequeñas encargadas de realizar las fumigaciones. Cuando la tarea terminó, Ávila Vázquez le preguntó a un operario qué iban a hacer las empresas a partir de ese momento.

—Tenemos trabajo de sobra, ahora empezamos con los perros –le contestó.

En 2010 otro operario lo fue a ver al hospital en el que trabaja y le contó que ya habían empezado:

—Me dijo que tenían un contrato en Santiago del Estero para matar a cincuenta mil perros en un lapso de un año. Yo le pregunté cómo hacían y me explicó todo.

Le dijo que preparaban los cebos con dimetoato, un insecticida muy potente, pero que también podía ser metomil (tenía que ser un veneno que los matara rápido para que no pudieran irse a morir a otro lado). Comenzaban el trabajo a las diez de la noche y regresaban a las pocas horas para retirar los cadáveres y los cebos que habían quedado. Juntaban a los perros en un baldío y los enterraban.

—Me contó que suelen quedar algunos perros que no llegan a ver y que la gente los encuentra al otro día. Nunca son muchos, seis o siete. En esos casos la gente siempre piensa que hay un loco que los envenena.

Ávila Vázquez no hizo una denuncia formal ante la Justicia.

—No tengo pruebas concretas, solo esta información. Los operarios no van a hablar, quieren seguir teniendo estos contratos. De todos modos, el fiscal nunca me llamó a declarar.

Sobre este punto, la secretaria de Prevención y Promoción de la Salud Mónica Ingelmo dijo que no existe un plan para eliminar animales o controlar enfermedades.

—Se pueden utilizar fumigaciones, que no son nocivas ni para animales ni para plantas – dijo, en declaraciones a los medios locales.

Sin embargo, expertos de la Red de Investigación de la Leishmaniasis en Argentina dicen que “la lucha contra los vectores con insecticidas da resultados en el corto plazo, pero a la larga es de poca efectividad”.

El vector es un mosquito flebótomo, muy pequeño, peludo, jorobado, que se llama lutzomyia. Es de clima tropical y está bajando desde el norte a medida que el desmonte calienta las tierras del sur. En el norte de Córdoba ya está el flebótomo, los perros y las personas. Falta el parásito: la leishmania. Los expertos dicen que es cuestión de tiempo para que aparezca la enfermedad. Es el momento apropiado, entonces, para realizar acciones de prevención.

No es descabellado pensar el sacrificio masivo de perros como una medida para prevenir la leishmaniasis, solo hay que rastrear cuales son las acciones epidemiológicas recomendadas. Desde el ministerio de Salud de la Nación reiteran que lo mejor es controlar a la población canina mediante la castración, sin embargo, en la página web del mismo ministerio, cualquiera puede descargar un PDF titulado “Leishmaniasis visceral, guía para el equipo de salud”, en la que se indica que “al no existir instrumentos para evitar que los perros infectados transmitan la enfermedad al hombre y a otros perros, la conducta indicada es el sacrificio humanitario de perros infectados”.

¿Y cómo se puede saber si un perro está infectado? Porque no siempre presentan síntomas. Hay que realizarle pruebas serológicas o un examen parasitológico, es decir: estudios de laboratorio. Y es complicado realizar análisis clínicos a cada perro que deambula por la zona de riesgo, porque la zona de riesgo abarca a las provincias de Salta, Jujuy, Formosa, Chaco, Santiago del Estero, Tucumán, Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires, por nombrar a aquellas provincias en las que hubo casos recientes de leishmaniasis, según el último Boletín Integrado de Vigilancia del ministerio de Salud de la Nación, que da cuenta, en total, de 164 casos confirmados en Argentina entre 2012 y lo que va de 2013.

La leishmaniasis es una enfermedad antigua. Su tipo más peligroso, la visceral, también es conocida como Kala Azar o fiebre negra. Hay quienes aseguran que en el antiguo testamento aparece como la sexta plaga de Egipto: “Y vendrá a ser polvo sobre la tierra de Egipto y producirá sarpullido con úlceras en los hombres y en las bestias”. Hoy se la considera una enfermedad reemergente.

Los especialistas dicen que es lo que se viene a nivel epidemiológico. Que en cinco años va a ser muy común. Que hay que aceptar que de la mano del calentamiento global la enfermedad avanza, lenta pero inexorable.

Existen tres tipos de leishmaniasis: cutánea, mucosa y visceral. Las dos primeras provocan ulceras, mutilaciones y discapacidad. La última es la forma más grave: afecta órganos internos y sin el tratamiento adecuado es letal en el noventa por ciento de los casos.

¿Tiene sentido que los gobiernos ordenen matar a los perros para frenar su avance?

El especialista en enfermedades tropicales Hugo Pizzi dice que en general se mata a los perros, que son un eslabón importante de la cadena epidemiológica. Que antes las perreras lo hacían sin problemas, pero que ahora se hace de manera más velada porque es muy criticable.

En 2008, cuando se conocieron los primeros casos de leishmaniasis visceral en Misiones, la municipalidad de Posadas ordenó el sacrificio de 1.500 perros. Organizaciones proteccionistas se manifestaron y, según denuncias, las matanzas continuaron de manera solapada. Después, en 2010, quinientos perros fueron sacrificados por la municipalidad de Santo Tomé, Corrientes; y en 2012 doscientos perros callejeros aparecieron envenenados con agroquímicos en Paysandú, Uruguay. Y este año hubo, además, asesinatos no tan masivos: treinta perros en Tanti, doce perros en Bell Ville, ocho en Jesús María; veinte en Rosario; diez en Luján. Y la lista sigue.

—Cuando nos enteramos de la matanza de Deán Funes inmediatamente lo relacionamos con la leishmaniasis, porque desde 2010 sabemos que la lutzomyia está en el norte de Córdoba, justamente, en la zona de Deán Funes –dice, por teléfono, el jefe del servicio dermatológico del Hospital Pediátrico de Córdoba, David Dib.

6

La de abril no fue la primera matanza de perros en Deán Funes.

Tres meses atrás había ocurrido lo mismo, pero con una diferencia: esa vez, casi doscientos desaparecieron de las calles. Solo que antes pudieron ser fotografiados, uno a uno, por Gabriela Luna, de la protectora de animales.

—Fue el 9 de febrero, también un sábado a la noche. Veíamos a un perro muerto, volvíamos unos minutos después y ya no estaba. Alguien los iba levantando, pero no sabíamos quién. Por eso comenzamos a sacarles fotos.

Luna contó 189 cadáveres. Al día siguiente, los inspectores municipales dijeron que solo habían encontrado a diez. Luna y Zambrano salieron entonces a buscar los cuerpos desaparecidos y los encontraron, chamuscados y a medio quemar, en un terreno cercano al predio donde la municipalidad entierra la basura.

—Eran los que yo tenía en las fotos –Gabriela Luna va mostrando en su celular decenas y decenas de animales ennegrecidos por el fuego. Algunos estaban envueltos en las bolsas celestes de la municipalidad.

—Esa es la prueba –dice Gabriela Luna. Los policías del pueblo aceptaron las fotos, pero cuando fueron al descampado, un día más tarde, los perros ya no estaban. El fiscal admitió que no hubo investigación y prometió agregar este hecho a la causa.

—Nadie nos creía. Después vino la matanza de abril. Hablaron de doscientos animales muertos, pero fueron muchísimos más: setecientos por lo menos.

—En el pueblo dicen que nosotras somos “señoras bien” que nos pasamos el día entero leyendo revistas y, como no tenemos nada que hacer, ayudamos a los perros –dice Zambrano, sentada en el jardín de su casa, en el que hay césped bien cuidado, una palmera, un bebedero para pájaros y una enorme bolsa con veintidós kilos de alimento balanceado. Los ladridos resuenan dentro de la casa, perros de todos los tamaños saltan y se asoman por las ventanas.

En febrero murieron tres –Lili, La Pipa y Fido– después de comer cebos envenenados. Zambrano ofreció una recompensa de cinco mil pesos a cambio de que alguien le dijera quién había matado a los animales, pero no consiguió nada.

Hasta la municipalidad negó que estuviera pasando algo raro.

—Nos tomaban como loquitas, no nos creían.

Por eso en abril, cuando volvió a ocurrir, Zambrano envolvió el cadáver de Lola en una bolsa y lo guardó en el freezer para esperar la autopsia. Para que nadie pudiera decir, esta vez, que a los perros no los habían matado.

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13 abril, 2013

El padre Nicolás Alessio ya no vive detrás de la capilla en la que dio misa por veintiséis años. Estoy parado frente a su nuevo hogar: una casa blanca, de tejas rojas, con una verja de madera que separa la calle de un jardín sin flores. Hace diez minutos que toqué el timbre, pero oscurece y nadie atiende. Hay luz dentro de la casa, y alguien se mueve. Cruzo la verja y espío por una ventana: desparramados por el piso del living, hay muchos juguetes.

Juguetes de colores.

Tengo que disimular cuando por una puerta que no había notado antes sale un hombre bajo que me encuentra adentro de su propiedad, abre los brazos y dice hola, pasá, bienvenido. Me deja entrar en una cocina pequeña y luminosa donde hay una mesa, seis sillas y una olla calentándose sobre una hornalla. Viste jeans gastados, zapatillas marrones y una chomba celeste de mangas cortas, que se arremanga por sobre los hombros mientras dice que me siente, que va a cocinar, si no me molesta, porque está por venir Mariela. Dice Mariela y sus ojos negros resplandecen como los de un adolescente, aunque tiene cincuenta y tres años y el cabello totalmente gris, lacio, con mechones que caen sobre los ojos negros mientras se lava las manos y las seca con un repasador inmaculado.

Toma un cuchillo con el que pela, corta, pica unas cebollas y va contando que hace un mes está como en trance. El aceite crepita. Nació mi hijo y desde entonces no sé qué me pasa, es la alegría total, estoy en trance, dice, mientras inclina la tabla y con el cuchillo barre la cebolla hasta que los daditos caen en el aceite hirviendo. Se agacha con solemnidad, apoya una rodilla en el suelo y cierra los ojos un instante, hasta que recuerda dónde está lo que busca: abre una puertita, revuelve objetos bajo la mesada y emerge con una botella de vino, y yo lo miro revolver la salsa y –quizá porque está todo vestido de celeste o por la parsimonia con la que derrama el vino tinto en la olla– sigo viendo a un cura, a un hombre que habla de su hijo pero que sigue siendo cura, aunque la Iglesia católica lo haya expulsado de sus filas por decir que el matrimonio entre homosexuales estaba bien, muy bien.

***

El pasado 11 de abril de 2013, el Arzobispado de Córdoba difundió un documento en el que se daba a conocer que “el señor José Nicolás Alessio ha sido penado con la dimisión del estado clerical. Por ello ha perdido automáticamente los derechos propios del estado clerical y permanece excluido de todo el ejercicio del sagrado ministerio”

“Más de 30 años al servicio del pueblo de Dios no ha significado nada para la Iglesia católica. Bastó que opinara distinto al Arzobispado para me echaran. En lo personal no me afecta en nada, porque seguiré compartiendo los sacramentos como hasta ahora. A los fieles no les importan estas decisiones oficiales”, dijo en declaraciones al diario cordobés La Voz del Interior. Fiel a su estilo, anunció: “Si hago un bautismo o un casamiento me lo tendrán que reconocer, porque no pueden borrar lo que soy: un sacerdote. Por más que a un médico lo despiden, sigue siendo médico”.

Dante Simón, vicario judicial del Arzobispado, le dijo al mismo medio que Alessio fue penado por “impartir el sacramento del matrimonio en forma contraria a lo que dice la doctrina católica. Concretamente, por haber casado a parejas del mismo sexo o divorciadas”.

***

Fotos.

Un casamiento con dos novias y ningún novio, y, detrás del altar, un cura católico apostólico romano.

El mismo cura católico apostólico romano, ya de cabello gris, en otra foto, uniendo a dos hombres en sagrado matrimonio.

Otra vez el cura, pero 15 años más joven, siendo arrastrado por dos policías durante una enardecida manifestación de trabajadores.

El cura a la intemperie, con barba, abrigado con un poncho rojo y una boina de lana, parado sobre la caja de un camioncito en el que improvisaron un altar, dando misa en una plaza llena de gente.

El cura en un escenario, sosteniendo un micrófono frente a una multitud de gays, lesbianas y travestis.

Sonriendo.

***

Durante veintiséis años, Alessio organizó una procesión que llegó a ser la más convocante de la ciudad de Córdoba: cada siete de agosto, por el día de San Cayetano –el patrono de su capilla–, las calles de Altamira, una barriada humilde del sudeste cordobés, se inundaban de gente que pedía paz, pan y trabajo. La procesión desembocaba en la plaza del barrio, frente a la capilla, donde se improvisaba un altar en la caja de un camioncito: parado ahí, el cura barbudo, abrigado a veces con un poncho y una boina de lana, celebraba la misa.

Así lo vi por primera vez, el siete de agosto de 2009, cuando tuve que cubrir la celebración para el diario en el que trabajo. El sol de la tarde caía oblicuo sobre la plaza, tiñendo de anaranjado a los ocho mil fieles que rodeaban el camioncito. Con los brazos abiertos, mirando al cielo, el padre Alessio propuso:

—Viva San Cayetano.

—¡Viva! –respondió la multitud que colmaba la plaza.

—¡Viva el mártir Enrique Angelelli!

—¡Viva!

—¡VIVA LA DIGNIDAD DE LOS TRABAJADORES! –gritó, y los vecinos contestaron con el puño en alto y voz quebrada, y a mi lado un viejo con la piel curtida y la ropa gastada no pudo contener el llanto.

Es sus sermones, Alessio criticaba al Vaticano y honraba a Enrique Angelelli, obispo asesinado por la última dictadura militar, el cuatro de agosto de 1976. Eran misas distintas a las que se escuchan en la mayoría de las iglesias de Córdoba.

—¡Escandalizás a los más pobres cuando decís estas cosas contra el Papa, contra la Iglesia! –le enrostró una vez el hombre que comanda hoy el Arzobispado de Córdoba. Pero Alessio, en realidad, escandalizaba a los católicos más encopetados. Y lo hizo de nuevo en junio de 2010, cuando fue invitado a la marcha por la Igualdad Jurídica y Social, que desembocó en la Plaza de la Intendencia, situada en el centro de Córdoba. Ahí, parado en un escenario, sosteniendo un micrófono frente a una multitud de gays, lesbianas y travestis, el padre Alessio pidió perdón.

—Quiero pedir perdón porque pertenezco a una institución que no termina de convertirse al evangelio de Jesús. A un Jesús que jamás condenó la homosexualidad, jamás condenó el matrimonio homosexual y que, por el contrario, condenó a los soberbios, a los poderosos y a los que discriminaban. Quiero pedir perdón por esta institución que es muy dura para juzgar a los que están fuera y muy hipócrita para juzgar a los que están dentro.

Al anochecer, en el instante en que el cura dijo “hipócrita”, se alzó entre el tumulto de la Plaza una ovación muy diferente al rugido de las hinchadas de fútbol: fue un alarido agudo, como el ulular de una autobomba –gritaron “wuuuuu” y aplaudieron.

El discurso puede verse en Youtube bajo el título “Patético: sacerdote católico defiende matrimonio homosexual defiende matrimonio homosexual”.

Detrás de Alessio, un grupo de activistas aplaude y entre ellos, Martín Apaz, un estudiante de sociología que con 26 años se convirtió en el referente de la lucha por los derechos igualitarios en Córdoba.

—Reclamábamos una cuestión de derechos cívicos –cuenta Apaz–, pero entendimos que la cuestión religiosa se iba a colar y por eso lo invitamos. Dio un discurso muy emocionante, dijo que la homosexualidad es un don de Dios. Eso es lo mismo que decirnos que éramos parte de la riqueza de la humanidad, no parte de lo malo. Él pensaba diferente y era un estorbo. Vamos a estar siempre agradecidos con Alessio, por su solidaridad en una lucha histórica, por tomar un posicionamiento tan fuerte y tan público.

***

José Nicolás Alessio nació en 1958, en Córdoba, y vivió su infancia en Argüello, al noroeste de la ciudad. Sus padres –José Alessio, músico, y Silvia Vaca, ama de casa y reina de su jardín– eran católicos conservadores y así criaron a sus once hijos. La fe, la música y la política iban a marcar sus vidas: los tres mayores –José Raimundo, José Nicolás y José Mario– entraron al seminario: Mario dejó a los pocos meses para estudiar sociología, Raimundo abandonó los hábitos de grande y Nicolás, finalmente, fue expulsado. Otro hermano, José Luis, también dedicó su vida a la fe, pero en otra Iglesia: es pastor evangelista. Dos hermanas, Silvia y Cecilia, son cantantes líricas. José Emilio es definido por Nicolás como “el enojado”; furibundo con él por diferencias políticas, Emilio no pierde oportunidad para defenestrar a su hermano y acusarlo de “abandonar sus convicciones a cambio de un sueldito”. Faltan cuatro: Juan José Pablo, “en el cielo”; Filomena, abogada; Francisco, “el benjamín”. Y por último, Ángela Alessio, “la Gela”: comunicadora social y docente, lesbiana y madre por inseminación artificial, compinche de Nicolás: la mujer que a fuerza de cotidianeidad lo ayudó a entender que los homosexuales son personas como todos, con los mismos valores, las mismas necesidades y los mismos sufrimientos.

—La “Gela” me obligó a dar una respuesta teórica a este tema –reconoce Nicolás Alessio–. La experiencia de Gela me demostraba, contra toda biblioteca, que eso (la homosexualidad) era absolutamente natural. Llamalo extraño, diferente, es otra cosa: pero es natural. Si son personas que pueden amar ¡y lo que necesita un pibe para crecer es amor.

—A los pobres se los quiere, se los trata bien –le repetía mamá Silvia a Nicolás, cuando él tenía la edad de los niños, y él encuentra en las palabras de su madre el origen de su camino y el resumen perfecto de la Iglesia tercermundista. A su padre, dice, le debe las pasiones que iban a marcarlo: la religión y la política. Católico ferviente y militante de la resistencia peronista, José Alessio conoció la cárcel cuando en Argentina no se podía pronunciar el nombre de Perón.

Alessio no habla mucho acerca de sus padres. Quiere protegerlos, porque son muy mayores y las vidas de sus hijos –él, expulsado de la Iglesia; y Gela, lesbiana y madre por inseminación artificial– les afecta.

—Mis viejos son conservadores desde lo ideológico, sí. Pero han tenido la capacidad de entender, para ellos, lo que es la “limitación humana”. Dicen “bueno, nuestros hijos son un desastre, pero el amor es el bien más grande y en algún momento nos irá a perdonar porque ellos se van a arrepentir”, entonces ese discurso les permite vivir una relación de afecto con los hijos, en donde lo ideológico no jode tanto.

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De La Inmaculada, su colegio secundario, Nicolás recuerda cuando subió a una de las habitaciones de los religiosos más jóvenes: desorden, libros abiertos, mate preparado; fotos del Che, de Mahatma Gandhi, de Martin Luther King.

Promediaba la década del setenta cuando comenzó a sentir que su vocación política se podría encauzar con más fuerza en la vocación religiosa. Entonces, el tío Luis –tan católica era la familia que hasta tenía un representante en el Vaticano: Luis Alessio, el tío Luis, colaborador del Papa Pablo VI– le presentó a Carlos Ñáñez.

A los dieciocho años, Alessio estaba enamorado de una chica y no sabía qué hacer. Se preguntaba cuál sería “la voluntad de Dios”. Para responder esa pregunta existen los directores espirituales.

—Ellos te ayudan a ver, sentir, descubrir, imaginar la voluntad de Dios. Y eso fue así con Ñáñez. Me decía que “Dios quiere más a los que elige para el sacerdocio, porque los ve como a su hijo Jesús”. ¿Cómo no sentirme ungido, dispuesto a todo, con semejante afirmación? Terminó de convencerme.

El seminario duró seis años, Alessio se ordenó sacerdote a fines de 1981. Ñáñez respaldó a Nicolás cada vez que su vocación flaqueaba, cada vez que el sentimiento hacia una mujer le hacía dudar. Y, según Alessio, lo mantuvo alejado de los documentos que hablaban de justicia social, pueblo, liberación. Sobre todo, le advirtió que no debía tener contacto con los curas “peligrosos”, los que se reunían a confabular en el grupo Enrique Angelelli.

Treinta y cinco años más tarde, en marzo de 2011, como arzobispo de Córdoba, Náñez firmó la sanción at divinis que expulsó a Nicolás de la institución. Él lo hizo entrar, él lo echó.

A través de su secretario personal, el arzobispo declinó un pedido de audiencia para conversar sobre Alessio.

Cuando se enteró de que había sido sancionado, en marzo de 2011, el padre Nicolás Alessio me dijo:

—Me importa tres rábanos.

Estaba atrincherado en su capilla de siempre, en Altamira, y desde ahí disparaba titulares para los diarios nacionales e internacionales: “Es evidente que en esta Iglesia disentir es pecado” (Clarín); “Ellos no tienen atado a Dios” (Página 12); “La Iglesia tolera a los violadores en sus filas, pero no a quien piense diferente” (El Mundo de España). En boca de un cura, frases que circulan en forma corriente se volvían singulares, extrañas, y causaban –según quién lo oyera– admiración, indignación o pasmo.

Tres meses antes de que Argentina se convirtiera en el primer país de América Latina en legalizar el matrimonio igualitario, en julio de 2010, difundió un documento redactado por él y firmado por un grupo de quince curas rebeldes: decían que la unión civil entre personas del mismo sexo “no tendría que ofender a nadie, y por el contrario, debería ser motivo de alegría que esas personas tradicionalmente discriminadas, ofendidas, estigmatizadas y obligadas a vivir ocultando sus más profundos sentimientos puedan sentirse amparadas por una ley que les reconozca su derecho al amor y a la familia”.

No tendría que ofender a nadie, dijo, pero ofendieron el documento y las innumerables veces que lo ratificó en diarios y programas de tele y de radio del país y del mundo.

“Recemos por el padre Alessio, para que salga de esta ruta que lo va a llevar directo al Infierno”, pedían los católicos más conservadores desde Página Católica, Panorama Católico y Argentinos Alerta, algunos de los tantos portales que santifican la web, en los que el cordobés aparece como “el cura homosexual” o simplemente como “ese cura miserable”. La presión del ala dura del catolicismo no dejó de aumentar y, al fin, Ñáñez inició un juicio canónico contra Alessio, que acabó en su condena en marzo de 2011 por “desobediencia y rechazo pertinaz de la doctrina”. Aunque la sanción que le aplicaron no se denomine expulsión y tenga un nombre más bondadoso –at divinis–, lo dejaron sin su sueldo de cura y con la terminante prohibición de dar misa, oír confesiones o celebrar casamientos.

—Lo voy a seguir haciendo, porque el ministerio es un don para la gente y no algo que controlen los obispos. Si alguien me pide que lo case lo voy a hacer.

Iba a enterarme que usaba la palabra “alguien” en su acepción primera: “persona existente sin indicación de género”. Porque inmediatamente agregó:

—Es la cuarta boda gay que bendigo. No está ni permitido ni nada, está fuera de ese círculo cerrado que es la institución. Pero es correcto. Me llaman y voy.

Caminábamos por el interior de la capilla San Cayetano, Alessio respondía pausado mientras iba mostrándome el altar de madera, los bancos oscuros y los pasillos de la pequeña capilla en la que dio misa durante un cuarto de siglo.

La que tenía que abandonar.

***

El arzobispo no quiso recibirme, pero sí lo hizo el Vicario General de la provincia, Horacio Álvarez, la mano derecha de Ñáñez, el hombre que le ayuda en el gobierno de la diócesis. Su oficina –un escritorio de madera oscura, tres puertas, una biblioteca– es tan sobria y prolija como él: sweater azul marino, camisa celeste y clergyman, el típico cuellito blanco. Álvarez hizo el seminario con Alessio; jugaron al fútbol, estudiaron y compartieron techo durante seis años. Fueron amigos, pero las inclinaciones personales los distanciaron.

—Si Nicolás manifestaba efervescencia combativa en el seminario, yo no me di cuenta. En barrio Altamira, una barriada popular con un montón de realidades durísimas, el Nico hizo una opción muy clara de meterse y trabajar con ellos. Acompañando a la gente estuvo en escenarios conflictivos, pero yo no me animo a decir que el Nico fuera conflictivo.

—¿Y qué pasó?

—Siempre fue un sacerdote un poco personalista en sus opciones. Presumo que fue tomando decisiones que tenían que ver con su proyecto de vida, y me parece que en estos últimos años sentía que esto no es para él.

—¿Qué le parece la defensa que hizo del matrimonio igualitario?

El vicario piensa bien antes de responder, es un hombre cauto.

—Yo creo que el Nico mira la cuestión del matrimonio igualitario más o menos como lo expresó, creo que es una mirada convencida la de él. Ahora, todo el armado de largarlo públicamente, con las cosas que dijo sobre el obispo, me da la impresión que fue para armar capital político aprovechando el escenario de los medios.

—Pegarle al obispo suma.

—Debe sumar capital y debe restar capital. Lo veremos un tiempo después. Yo no estoy tan seguro que haya sumado tanto.

Al finalizar el seminario, Nicolás se hizo amigo de un profesor, Victor Acha, quien lo llevó a conocer a los miembros del temido grupo Angelelli, o como les decían en el seminario: los curas peligrosos, tercermundistas, los mensajeros del Demonio. Entre ellos, Guillermo “Quito” Mariani, quien en 2004 iba a publicar Sin Tapujos, libro en el que narra sus amoríos juveniles, las frustraciones que le provocaba el celibato y hasta un fugaz encuentro homosexual.

“El Quito es mi maestro”, repite Alessio, seguro de que Mariani hablará maravillas de él.

—Nico dice que yo soy su maestro, pero la verdad es que durante mucho tiempo pidió que respaldáramos a Ñáñez. Siempre le tuvo afecto y guardó una relación amistosa con él. Hasta ahora –dice Mariani sentado en un sillón en su casa, en Argüello. Por encima de sus palabras se escucha el canto –el griterío– de una docena de pájaros que desde el living no se ven, pero que deben cantar en jaulitas tan prolijas como todo lo demás en esta casa. Mariani tiene ochenta y cinco años, es un sacerdote jubilado de sonrisa franca y ojos celestes, acuosos, quien no hace mucho, en una entrevista con Clarín, se definió como un “león herbívoro”.

—Ñáñez no mira a los ojos. Se tiene miedo a sí mismo y tiene miedo a perder el poder. La derecha lo condena, los obispos lo tienen calificado como un izquierdoso –explica Mariani, que ve amenazado por el arzobispo su último grupo de pertenencia, el grupo Angelelli, porque la jerarquía de Córdoba viene reemplazando en las parroquias a los curas tercermundistas por sacerdotes ortodoxos.

—Ahora somos ocho los miembros del grupo Angelelli, pero tenemos como quince simpatizantes –dice, con los ojos bien abiertos, expandiendo los brazos, y se ríe. Pero se pone serio de golpe al recordar que Alessio, uno de los miembros más combativos, pidió un año sabático para dedicarse a la política. En ese momento estaba trabajando en la campaña de Luis Juez, senador nacional por Córdoba y exintendente de la capital provincial, quien en 2011 perdió la elección para gobernador. Alessio, en ese momento y ahora, vive de lo que gana como asesor del bloque de legisladores nacionales del Frente Cívico.

—Lo siento como una pérdida. Ya lo he palpado en algunas posiciones que él tenía muy claras y que ya no están claras, porque la política exige ceder. La sinceridad de Nico puede verse envuelta con todo eso que se le va exigiendo. Yo creo que el poder, despacito, despacito, siempre corrompe.

Mariani, por primera vez durante la entrevista, baja la cabeza y mira hacia el suelo. Dice que formó a Nicolás en la defensa de los derechos humanos, y dice también que juntos padecieron “la anormalidad que la Iglesia provoca con sus decretos referidos a la sexualidad”. Sufrieron por las exclusiones de sacerdotes y teólogos destacados, y por los embates de la jerarquía contra la Teología de la Liberación.

—Lo veo poco. Sigue siendo mi gran amigo, pero no quiero enterarme mucho de lo que está haciendo en política. Y además, tengo miedo de que vayamos a ser utilizados por el Nico, usados como grupo de pertenencia y como cómplices en esta campaña política.

—¿A qué se refiere?

—Vos viniste a verme porque él te dijo que yo soy su maestro, ¿no? La semana pasada vinieron unos chicos de Canal Encuentro, están haciendo un documental sobre su vida, y la entrevista había sido provocada porque Nico les dijo que yo era su maestro. ¿Entendés?

Está empezando a pensar como político.

—Y eso me duele. Pero yo lo quiero mucho, es como un hijo. Nico no miente, no hace esto porque no tenga otro trabajo: está convencido de que el compromiso con los partidos políticos significa una colaboración para el mejoramiento social. Pero creo que se va a decepcionar dentro de una Legislatura llena de buitres. La militancia del Nico fuera de los partidos políticos sería mucho mejor.

***

—¿Te molesta que haga la comida mientras hablamos? Está por venir Mariela.

Me recibe a mediados de mayo de 2011 en su nuevo hogar: una casa con jardín que comparte con la mujer que ama en un barrio de clase media, en la zona sudoeste de la ciudad, lejos de la parroquia de Altamira. El hombre que fue cura lleva una chomba azul gastada, jeans sueltos, ceñidos en la cintura con un cinto de cuero blanco, y zapatillas marrones. Mientras habla, en la cocina, comienza a pelar unas cebollas sobre una tabla de madera.

—Mirá, el salto a la trinchera política conlleva todos esos riesgos que señala El Quito y muchos más: ambigüedades, quedás salpicado, es jodido. Vos estás acá –con el dedo señala una circunferencia en el piso, a su alrededor– siendo cura y tenés un ochenta por ciento de opinión a favor; te pusiste acá –da un saltito hacia la izquierda– y tenés un ochenta por ciento de opinión en contra, o dudando. Eso es porque la política está desprestigiada. Vos te parás en el terreno político y de entrada piensan que tenés algún interés sucio, mezquino, económico, o lo que fuere. O sea, entrás perdiendo.

Alessio pica la cebolla sin mirar lo que hace el cuchillo, pensando en lo que dice. Vivía solo en la capilla: está cocinando de memoria. No toca el ajo, lo clava en la tabla con el tenedor y lo pela con el cuchillo mientras dice:

—Es mucho más cómodo estar fuera de la política, porque desde ahí juzgás a todos. Es un poco como la actitud que tiene la Iglesia, se para en el cielo incontaminada, impoluta, y desde ahí juzga. Pero las transformaciones más eficaces se hacen con leyes y con decisiones políticas. —Se sube las mangas cortas de su chomba hasta dejarlas arriba de sus hombros y agrega–: Yo pasé muchos años diciendo cómo tendrían que ser las cosas, ahora me siento convocado a hacerlas.

—¿Y por qué con Luis Juez?

Descorcha un vino tinto. Creo que va a invitarme una copa, pero tira un chorro del vino en la olla y vuelve a poner el corcho. Me sirve un vaso de agua.

—Yo no soy personalista, no digo Juez es lo máximo, Juez es Dios, no, no. Luis tiene sus virtudes y sus limitaciones. Tiene astucia política, es pícaro y es honesto, es honesto en serio, no es macana. Bueno, es ambiguo ideológicamente viste, que sé yo…

—Bastante ambiguo.

—Yo apuesto a su proyecto: una fuerza nueva que pudiera tomar lo mejor del peronismo, lo mejor de los radicales, de los socialistas, lo mejor de la izquierda y vamos para adelante; entonces, en ese sentido, deseo profundamente que gane.

Alessio confiesa que Juez le pidió que lo acompañara en su eventual gobierno, pero no le dijo el cargo que iba a ocupar.

Juez perdió las elecciones. Alessio continúa con la militancia en el Proyecto Sur.

En la capilla, de noche, se imaginaba viejo y solo, rodeado quizá de alguno de sus hermanos en un asilo de curas.

—Era una imagen muy fea. Una vez conocí un asilo para curas, tiene mucho de inhumanidad. Esta locura del celibato es una aberración que no se sostiene más. Te hace vivir con los fantasmas de la culpa, de no poder ser nunca natural, no poder dejar aflorar tus sentimientos como corresponde. Se te escapan por otro lado y no sabés qué hacer.

En la capilla, de noche, cuando todos fieles se iban, él quedaba solo. Y pensaba qué lindo sería compartir la vida.

—Yo me acuerdo que disfrutaba de un paisaje, de un campamento o de un viaje y decía: “Cómo no compartir esto con alguien, más íntimamente”. Esa cuestión si me quemaba la cabeza.

En su juventud, siendo el flamante párroco de Altamira, le tocó coordinar un campamento espiritual con los fieles de su comunidad. No se acuerda bien dónde fue ni cuántos años tenía entonces. Pero nunca va a olvidarse de esto: atardecía y se había quedado dormido sobre el pasto mientras una chica del grupo juvenil lo consolaba por una pelea reciente. Los labios temblorosos de la adolescente lo despertaron.

—Mocosa de mierda, pensé. Una nena era, 14 años. ¡Qué atrevida!

Alessio se seca las manos con un repasador, mira hacia arriba, sonríe, se muerde los labios. Hasta que acepta:

—Fue re-loco, re-loco. Fue fantástico.

El beso quedó como una anécdota. Por varios años fueron solo párroco y chica de grupo juvenil. Después, iniciaron una larga relación secreta. Pero Altamira era chico y ya había que contarlo.

—Lo empezamos a blanquear con la familia de ella, y la madre no entendía cómo, por qué. Pero había mucho afecto, mucho respeto. Y los padres se convencen cuando ven que los hijos están bien. “Estos jóvenes son tan modernos”, decía mi suegra.

—¿Ñáñez lo sabía?

—Ñáñez sabía, porque yo creo que estas cosas siempre se saben. Por eso cuando me quiso apurar con el tema, le dije que el ochenta por ciento de los curas de Córdoba tienen pareja. “A mí no me consta”, respondió. Bueno, entonces te doy nombres, le dije. “No, no, dejá”. No quería ni hablar del tema. Pero es así.

La vida de Alessio está polarizada entre la religión y la política, pasiones que lo arrastran, muchas veces, en direcciones contrapuestas. O al menos eso le ocurría antes de que entrara en trance.

—Todavía no termino de caer, es como que entré en trance. Mariela había perdido varios embarazos, espontáneamente. Pero a los meses que yo le dije chau a la estructura, cuando empezó esto del juicio canónico, ella me dijo “creo que estoy embarazada”. Fue todo junto: la ruptura con el clero, el embarazo y la vocación política.

Si era nena, el bebé se iba a llamar Cielo. Si era varón, él quería ponerle Nicolás, como el padre, “por tradición”. Pero las mujeres de la familia le impidieron “ese anacronismo”.

Cuando nació su primogénito, por primera vez en su vida, el padre Nicolás Alessio encontró la perfecta confluencia de sus dos pasiones:

—De pronto se me ocurrió el nombre Simón y me gustó. En el ambiente de la política decimos que es por Simón Bolivar. Y en los ambientes religiosos decimos que es por Simón Pedro, el padre de la Iglesia: y así, mi viejo está muy contento.