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En Galápagos casi nadie es de Galápagos. La mayoría de los residentes en la isla son, por así decirlo, especies introducidas. Te subes a la embarcación que atraviesa el corto canal entre Baltra -donde está el aeropuerto- y Santa Cruz, y el hombre que te cobra el pasaje es del Guayas. Te subes a una camioneta blanca de doble cabina, en Galápagos todos los taxis son camionetas blancas de doble cabina, y mientras pasan los treinta minutos que separan al muelle en el canal de la ciudad propiamente dicha, te enteras de que el chofer es de Tungurahua, que está aquí porque cuando erupcionó el volcán, en 2006, perdió todo y se endeudó de pies a cabeza. Llegas a otro muelle, esta vez en Puerto Ayora, te paras al borde, gritas taxi y una pequeña lancha a motor te recoge y te lleva a un lujoso hotel al que sólo se puede acceder por mar. La pequeña lancha se mete por entre los yates anclados, algunos harto ostentosos, otros viejos, oxidados, listos para ser escenografía combustible en una película de piratas. El piloto que te lleva al hotel es de Esmeraldas. Dejas tus cosas en la habitación y te dispones a almorzar, la chica que pone la mesa es de Manabí y el señor que trae las bebidas es de Loja. De repente te sientes en Nueva York, donde la pregunta más frecuente es ¿de dónde eres?, donde lo raro es encontrar neoyorquinos.

El Instituto Nacional Galápagos, mejor conocido como Ingala, tiene a su cargo la calificación y control de residencia en el archipiélago. Sus cifras más recientes datan de mayo de este año, y estiman que la población comprendida por los cantones San Cristóbal, Santa Cruz e Isabela, es de aproximadamente 25.000 habitantes, de los cuales entre 3.000 y 3.500 están en situación irregular, o sea que ingresaron como turistas, consiguieron un trabajo y pasaron a formar parte de una clandestinidad tramposa. Según la Ley Especial de Galápagos, que rige desde 1998 con el propósito de controlar el ingreso de personas y así conservar la reserva natural, existen tres y sólo tres formas de ser residente permanente: que hayas nacido en Galápagos y tus padres sean residentes permanentes, que te cases con alguien que sea residente permanente, o que hayas vivido en las islas –por un periodo no menor a 5 años- antes de que la Ley Especial entrara en vigencia hace diez años, el 5 de marzo para ser exactos. Las medidas de control a la ávida migración responden a otra cláusula legal: en Galápagos, por obligación, el empleador debe pagar al empleado un 75% adicional a su sueldo en el Ecuador continental, por compensación de vida. La región insular ostenta el más alto costo de vida en el país.

Orlando Romero, jefe provincial de control de residencia, un tipo amable y calmo, me cuenta en su oficina del Ingala el proceso para conseguir un permiso de trabajo y ser residente temporal. “Primero tienes que buscar mano de obra local. Si necesitas contratar a alguien, haces un oficio dirigido al Gobernador, luego tienes que hacer comunicados radiales durante tres días, dos veces por día, en los que la comunidad se entere de la oportunidad de trabajo. Entonces esperas otros tres días a que lleguen candidatos y los entrevistas. Si pruebas que ninguno de ellos satisface tus necesidades, puedes contratar a alguien del continente que pasa a ser un residente temporal. Esto pasa sobre todo en la industria hotelera, donde por lo general buscan a gente que hable varios idiomas y tenga sus años de experiencia. A los residentes temporales se les entrega un carnet, que deben renovar una vez al año, justificando su presencia”. Además del sector hotelero, están los choferes de taxis terrestres, pues el sindicato de choferes profesionales de Galápagos cerró a principios de los noventas y ya no se producen profesionales del volante en la localidad. En hoteles, taxis y restaurantes está la mayor parte de residentes temporales de la isla, el resto vive en tela de duda. Romero dirige las redadas que por lo menos una vez al mes salen a pescar personas irregulares. “Las batidas grandes, como les llamamos, son en barras, prostíbulos y discotecas, sitios donde es normal entrar con la policía. En los barrios están los niños, a los que puedes causarles un trauma si ven cómo uno de sus familiares es detenido. Nosotros tenemos las bases de control de residencia en computadoras portátiles, sabemos quiénes son residentes permanentes, temporales o turistas transeúntes. Si alguien dice no tengo papeles, se revisa la base de datos. Si no aparece ahí, debe presentarse en el Ingala para una audiencia, y si no logra justificar su permanencia en la isla, tiene 48 horas para abandonarla, de manera voluntaria o acompañado por la fuerza pública”. El mayor porcentaje de personas irregulares, dice Romero, se ocupa en el sector de la construcción. Las carreteras que surcan Galápagos comenzaron a construirse en la década del setenta, las manos que las labraron vinieron en gran parte de la sierra central del Ecuador, de donde muchos obreros irregulares siguen llegando hasta el día de hoy. Los contratistas tienen la obligación de cerciorarse de la situación legal de sus trabajadores, pero al parecer son pocos los que se toman la molestia, de cualquier manera no hay castigo para ellos en la Ley Especial. “No hay forma de ponerle una multa al auspiciante”, se queja Romero. “Personalmente, creo que debería existir algún tipo de sanción, acá la mayoría de trabajadores indocumentados han sido explotados. Si tienen papeles, pueden cobrar entre 25 y 40 dólares diarios, si no, les pagan 12 o 15. A veces los amenazan con denunciarlos al Ingala y simplemente no les pagan”.

En la isla Santa Cruz, capital económica y turística del archipiélago, viven un estimado de 14.500 personas, es decir, más de la mitad de la población total de Galápagos. Entre 1.500 y 2.000 de esos habitantes son salasacas, una comunidad indígena salida del centro mismo del país continental. Salasaca, el sitio geográfico, es una parroquia del cantón Pelileo, provincia de Tungurahua, justo en la mitad del camino que va de Ambato a Baños. El pueblo salasaca habla quichua, el español es para ellos una segunda lengua que todavía les cuesta trabajo dominar por completo. Se dice que son mitimaes, producto de un sistema de deportaciones en masa, que tenía como objeto la rápida asimilación de las tierras conquistadas por los Incas, y que llegaron de Bolivia hace cientos de años. Lo cierto es que a Galápagos llegaron desde el corazón de los Andes y su presencia en la isla ha ido aumentando con el paso de los años.

El barrio se llama La Cascada y podría estar en cualquier ciudad pobre de la costa ecuatoriana. Casas amontonadas al pie de un cerro, en el que se mezclan la roca viva y el musgo verde intenso. Casas diseñadas y construidas por albañiles. Casas por las que jamás pasaron ni la mano ni los ojos de un arquitecto. Casas que parecen dibujos de primer grado: cuadrados empotrados en la tierra, un rectángulo largo por puerta y cuadrados chicos por ventanas. A cualquiera que se le pregunte, dirá que La Cascada es un barrio salasaca, una especie de Chinatown, digamos, pero sin los restaurantes. A pocas cuadras de ahí, Margarita Masaquiza, presidenta de la Asociación de Salasacas residentes en Galápagos, abre la puerta de su casa, está sonriendo. Margarita llegó a Santa Cruz en 1980, tenía dieciséis y ya estaba casada. Hace veintiocho años, en Santa Cruz no había luz eléctrica ni puertas en las casas, era todo muy silvestre y confiable, la gente apenas cubría con sábanas las entradas de sus domicilios, la delincuencia era algo impensable. “Al principio venían sólo hombres, trabajaban dos o seis meses, de ahí regresaban a nuestra tierra, la familia los esperaba allá, se gastaban todo el dinero que habían ganado y vuelta volvían acá a trabajar”, cuenta Margarita. La asociación se formó precisamente en 1998, el mismo año en que surgió la Ley Especial, para socorrer a un Salasaca caído en desgracia. Se llamaba Bernardo Caiza, vivía en Puerto Ayora, trabajaba como albañil y aunque nadie recuerda su edad, los que lo conocieron se refieren a él como “un chico joven”. Caiza regresaba de su jornada de trabajo en el balde de madera de una camioneta, junto a una vaca. El animal se exaltó tras un bache en el camino, se puso nervioso, y pateó a Caiza que salió disparado del balde y rodó varios metros sobre la ruta empedrada. El cuerpo de Caiza sufrió severos golpes que acabaron con su vida poco después de llegado al hospital. Margarita Masaquiza recuerda ese momento con angustia. “Su única familia era un hermano menor de 8 o 10 años, un niñito. Nosotros somos indígenas, aquí lejos es como si todos los salasacas fuéramos familia, como primos. No teníamos dónde velarlo porque en ese año ninguno de nosotros tenía casa, sólo alquilábamos cuartitos de cuatro por cuatro, con baño aparte. Tocamos las puertas de las autoridades pero nadie nos quiso ayudar. Fue una persona particular la que nos prestó una casa que estaba construyendo para que el cuerpo pasara la noche allí. Compramos tablas para hacer el ataúd y recogimos plata entre todos para mandarlo a Quito”.

La situación de los salasacas en la región insular ha mejorado desde ese penoso incidente. Además de la asociación, existen la Comunidad de Salasacas Residentes en Galápagos, una sucursal de la cooperativa de crédito Mushun Ñan (camino nuevo), cuya oficina matriz está en Salasaca, y la escuela primaria Runa Cunapac Yachac (indígenas que aprenden), fundada hace dos años, donde 96 niños, vengan de donde vengan, reciben educación general y clases de quichua. Sin embargo, la comunidad aún no se termina de integrar. Caminando por las estrechas –algunas adoquinadas y otras de tierra- calles del barrio La Cascada, tratando de encontrar otros testimonios, preguntando a ratos al azar, uno se da cuenta de que los salasacas aún desconfían del hombre blanco. Además, está el agravante del idioma, entre ellos, hablan exclusivamente en quichua. Aún existe un dificultoso trecho entre las ideas de los salasacas y su expresión verbal en castellano. José María Caizabanda, presidente de la Comunidad de salasacas residentes en Galápagos, dice: “Nosotros salasacas hemos venido a servir, a trabajar humildemente, me duele cuando la gente dice que es de acá, que son dueños de Galápagos, esta tierra también es el Ecuador, es de todos”. José María llegó hace 15 años, subcontratado por “una persona de Otavalo” dedicada a traer mano de obra a la isla. Fue uno de esos que comenzó viniendo por temporadas de cuatro meses, alquilando cuartos apretados, y de a poco fue trayendo a su familia, que esperaba paciente en el continente. José María trabaja en una construcción durante la semana y los sábados maneja una camioneta blanca de doble cabina. Ahora tiene su casa propia, de dos plantas, en la última hilera de viviendas de La Cascada, casi trepada en el cerro. José María, su esposa y su hija adolescente habitan la planta baja. En la planta alta tienen inquilinos que pagan $250,00 mensuales por el departamento. Alquilar casas, divididas en cuartos o en departamentos, es un negocio prominente para los salasacas, sobre todo para los que han vuelto a la tierra que los vio nacer y reciben rentas desde el archipiélago. Una vecina de José María, robusta y mal encarada, está lavando tripas de cerdo en una lavacara, me pregunta qué hago por esos lares, se lo cuento y ella, sin desviar la mirada de las vísceras sanguinolentas, dice “aquí hay mucho salasaca”.

La señora lleva falda larga de paño, alpargatas, una camiseta fina y en la cabeza, a manera de turbante, lo que parece un chal con bordados indígenas. Con una pala recoge tierra amontonada en la calle que deposita en un tacho de plástico. Le pregunto algunas cosas pero me dice “yo no español mucho”, y sigue en lo suyo. Una vez que el tacho está lleno, usando una cuerda, lo ata a su espalda, se agacha, haciendo un esfuerzo se lo echa en la espalda y camina inclinada hacia el interior de un edificio de tres pisos. La sigo por un corredor oscuro que lleva al patio de lo que parece una vecindad, atravesado por finos cordeles de los que cuelgan prendas de vestir y cobijas con motivos de la selva, tigres y leones. Junto a dos bloques de cemento que sirven para lavar ropa, están sentadas varias mujeres, mujeres jóvenes con niños pequeños jugando alrededor, en sus manos cortos palos de madera, uno de ellos lleno de lana de oveja. Hilan la lana para luego hacer fachalinas que venderán a los turistas cuando estén de vuelta en su tierra. En esta vecindad viven nueve familias salasacas, los cuartos son de cuatro por cuatro y en su interior se acomodan como mejor pueden cama, televisor, equipo de sonido, ropa, hornillas eléctricas, platos, vasos y tasas. Los baños están aparte, pocos metros frente a los cuartos, uno para mujeres y otro para hombres. Antes de conversar, se miran entre ellas, se dicen cosas en quichua y sueltan risas cómplices. Jeaneth llegó hace pocos meses, acompañado a su marido, que trabaja poniendo losas en una construcción. Ella me cuenta que prefiere Salasaca a Galápagos, que en su tierra las legumbres salen de la tierra, no hay que comprarlas, pero “allá no hay trabajo, vuelta acá pegan mejor, aunque todo sea más caro”. Jeaneth no sabe cuándo volverá ni quiere hablar de “eso de los papeles”. En esta vecindad, el Ingala es el equivalente a la Migra gringa que persigue migrantes en el desierto tejano.

Son las cinco y media de la tarde, dentro de los cuartos suenan las voces de otra vecindad, la del Chavo del Ocho. Los hombres de esta célula salasaca empiezan a llegar montados sobre sus bicicletas, sus cuerpos cubiertos por una capa de tierra blanca. Franklin, el joven esposo de la joven Jeaneth, dice lo mismo que sus coterráneos cuando le pregunto por qué vino. “Por trabajo, pues. Imagínese, allá en continente, de oficial gano 45 y de maestro máximo 60, vuelta aquí gano 160 a la semana”. Franklin trabaja de lunes a viernes, de siete de la mañana a doce del día, tiene una hora para almorzar y vuelve a su puesto, hasta las cinco de la tarde. Tiene que salir de la isla cada tres meses y volver a entrar, como turista, casi enseguida para no perder su empleo. Los sábados, Franklin y Jeaneth pasan el día en la playa de la fundación Charles Darwin, por la noche vuelven a la casa, a ver televisión, dicen que con lo que gana Franklin no les alcanza para diversiones y que es mejor guardarse porque durante las noches ronda el Ingala. Aunque Franklin puede estar en la isla como cualquier otro turista, no tiene permiso para trabajar. Están casados sólo por lo civil; algún día, dicen, harán el eclesiástico en Salasaca. “Allá en mi tierra es mejor, creo yo, allá los matrimonios empiezan los domingos y la fiesta dura hasta el miércoles. Trago, música, comida, todo. Acá nos mirarían raro si hacemos eso”, cuenta Jeaneth antes de liberar una carcajada. Subimos a la terraza del edificio para ver el atardecer, Franklin pone música en su teléfono Nokia para amenizar. Las lámparas en los postes de La Cascada se encienden iluminando cientos de casas. Un niño acostado en una patineta se desliza gritando de contento por la calle, las ruedas traquetean sobre las piedras. Desde aquí no se ve el mar.

Había estado bebiendo desde las diez de la mañana. Llevaba años en Hoboken, Nueva Jersey, donde nació Frank Sinatra. Mientras un mecánico salvadoreño cambiaba las bujías a su auto, él tomaba cervezas de litro. Para equilibrar, le entró al perico y al perico para atrás. Jaló, fumó y pasó al whisky para no quedarse tieso. El día se hizo tarde y el salvadoreño despachó el carro cuando él llevaba rato encendido. Manejando, pensó que lo mejor era comprar algo de comer y hacer una siesta antes de salir a trabajar. Llegó a su apartamento con un pollo entero guardado en una funda de plástico. El pollo estaba frío. Se había enfriado en el camino o se lo habían vendido frío y él no se había dado cuenta. Fue a la cocina, encendió el horno y puso el pollo dentro. Algo noqueado, caminó hasta su cuarto y se desmoronó sobre el colchón, a esperar. Despertó mojado. Un tipo que sostenía un hacha le hablaba en inglés, su cueva estaba inundada y ahumada. El pollo se fue de largo, sonó la alarma, llegaron los bomberos. Firmó unos papeles, escuchó recomendaciones baja la frente y decidió que ya no tenía hambre. Se metió a la ducha, se sacudió, se arregló y salió del lugar, las suelas de sus zapatos levantando gotas del suelo. Esa noche tocó las congas y cantó lo que siempre cantaba, las canciones del otro. Subió al escenario del Golden Palace, cerca de Queensborough Plaza, con el Combo Caliente de Isidro Infante. El público la gozó y volvieron a decirle lo mucho que se parecía a ese que nadie sabía dónde andaba y que siempre llegaba tarde. Entrada la madrugada, fue al bautizo del hijo de un primo. Se amaneció. Las diez de la mañana del día siguiente, domingo, lo sorprendieron manejando solo, bebiendo y jalando, de vuelta en Nueva Jersey. Aquí lo inevitable: se durmió al volante. Clavó el mentón en el pecho, centímetros más arriba del pico de la botella, que descansaba entre sus piernas. El estruendo metálico lo levantó, tenía un vidrio clavado en la frente y no sabía contra qué había chocado. Días después, en la cama de un hospital, le contaron que tenía un alfiler de silicón uniéndole la cabeza y que se había estrellado en una escuela de judíos. Fue a la corte y tuvo que escoger entre la cárcel y la tierra de donde había llegado. Volvió a Guayaquil y en la aduana le preguntaron si era Héctor Lavoe. Freddy Barberán respondió que no, pero vio una oportunidad y la tomó. Las gafas y la chaqueta rosa se las había regalado el mismo Héctor Juan Pérez Martínez. El disfraz de Chaplin tuvo que comprarlo. Así engendró al Héctor Lavoe ecuatoriano. Era 1990.

El primer recuerdo que tiene Freddy Barberán es estar sentado en el patio terroso de su casa —un suburbio de Guayaquil, por la trece y Ayacucho—, en la segunda mitad de los cincuenta, haciendo un show. Terminado el almuerzo, hundía palitos de madera en el suelo y sobre ellos ponía las ollas de su madre. Golpeaba los peroles, cantaba cosas que no recuerda y los niños vecinos le hacían la ronda. Su segundo recuerdo es tocar las cacerolas dentro de casa para poder cobrar. Cree que cobraba un real por espectador cuando diez reales eran un sucre. Creció lavando carros, vendiendo caramelos, lustrando zapatos, robando limosnas de las iglesias y robando el dinero que su abuelo, peluquero de profesión, ganaba vendiendo brillantina líquida y sólida. Ante las reincidencias del angelito y habiendo suministrado mil palizas, el barbero optó por darle una fuente de ingresos dentro de su local. Colgó un cordel en un rincón de la peluquería y sobre él varias revistas que el nieto se encargaba de alquilar. El cuadro era tierno, pero la ternura no alcanzaba. Al poco tiempo, el querubín cambió las revistas que le había dado su abuelo por revistas pornográficas y subió el precio del alquiler.

A los quince probó marihuana. A sus vecinos no les gustaba fumar con él porque aguantaba más que el resto y, cuando los otros se dormían, les robaba la hierba y la poma de vino La Parra con que la acompañaban. A los dieciséis, en una clase de agropecuaria, un profesor le contó, en tono de broma, que el estiércol de vaca se podía fumar. Barberán dijo hable serio profesor y esa misma tarde hizo el experimento. Puso la freza en una olla de barro, le echó vino y aguardiente, la dejó tostar al sol unas horas y luego la enterró. Dice que el concentrado salía sancochado del suelo, fácil de enrollar. Se la mandó. Comprobó que podía volar y empezó a comercializar su creación entre sus compañeros del colegio Vicente Rocafuerte. Los cigarrillos FB se conocieron vulgarmente como cowboys y pegaron duro. El problema fue que la competencia surgió de inmediato, el monopolio se desvaneció en un parpadeo y Barberán tuvo que buscar otro empleo. Cumplió los diecisiete siendo corredor de películas. Su labor consistía en transportar, de un cine a otro, rollos de 35 mm. Los amarraba a la parrilla de una bicicleta que no era suya sino de su hermana. Montar una bici de niña no le molestaba demasiado, igual, iba quemando todo el camino. Y se quemó. Un día confundió los rollos, confundió los cines, confundió todo y lo despidieron. Cree que la película eran Los diez mandamientos y que dejó cinco por ahí y cinco por allá.

Cansado de oficios poco glamorosos y mal remunerados, Barberán penetró en la 18, la calle donde está la acción. Empezó desde abajo, siendo “aguatero de las putas”. Jabón en mano, limpiaba las lavacaras donde las obreras de la noche enjuagaban la herramienta. No era el mejor trabajo del mundo ni mucho menos, era solo una etapa. En sus pausas, Barberán observaba a un conguero golpear el cuero mientras alguna mujer se desnudaba. Su favorita era Nancy, que tenía una cicatriz en la cara, del costado derecho, desde la oreja hasta la barbilla. Inspirado por esa belleza partida, Freddy se adentró en los caminos de las congas y, en breve, fue él quien marcó el compás con el que ella se quitaba la ropa. Un compás que extravió varias veces, por baboso. Al final, un final pasajero, Nancy, de treinta y cinco, se lo llevó a vivir a él, de diecisiete, y lo mantuvo. Fueron felices o lo creyeron. Ella cambió la 18 por La Puerta de Fierro, un cabaret en Portete y Guerrero Valenzuela. Él cayó preso en una redada. Tenía tanto material en sus bolsillos, que los policías lo catalogaron como expendedor. Dice que no vendía, que solo le gustaba almacenar, tener siempre “de a bastante”. Tras las rejas, se unió a Fogata Combo, un grupo de salsa que había caído en pleno, hasta el utilero estaba preso por esconder marihuana en los estuches de los instrumentos. Los conciertos eran en la penitenciaría, para los presos y los vigilantes. Pasó de la celda al servicio militar, en la infantería de marina. Dice que es buzo, comando, paracaidista y que allí formaba parte de Los Bucaneros, una orquesta de marinos que amenizaba bailes oficiales y civiles. Dice que la pasó bien y eso que faltaba lo mejor.

Héctor Lavoe llegó al aeropuerto internacional Simón Bolívar en 1984. Tenía contratos en varias salsotecas del puerto, un gran concierto en el coliseo Volter Paladines Polo y una corta gira por ciudades de la Costa. Barberán, que conocía al dueño del William’s Exclusive Club, donde Lavoe tenía pactada una presentación, dice que estuvo ahí para recibirlo y que conectó con él de una. La noche destinada al coliseo, Lavoe estaba ebrio, pegado al techo, y se negaba a salir a escena. Según Barberán, entre fanáticos y empresarios tumbaron la puerta del camerino y lo empujaron hasta el escenario. Enfrente de miles de personas, con la orquesta tocando de fondo, El Cantante abrió la boca para insultar al público y adornar su berrinche con lo que los agentes del orden llaman gestos obscenos. La autoridad lo metió al bote en el acto. Lavoe estuvo en la cárcel una noche. Su orquesta, que no le vio futuro al asunto, se devolvió para Nueva York. Hubo que armar un ensamble salsero local para que El Cantante pudiera enmendar con los fanáticos ecuatorianos. Freddy Barberán estuvo en ese ensamble. Los músicos criollos ensayaban y ensayaban el repertorio de hits, mientras Lavoe hacía de las suyas. Barberán dice que la única vez que lo vio en un ensayo fue fugaz: llegó, escuchó los primeros minutos de Periódico de ayer, dio el visto bueno y se abrió. Dicen que cuando lo fueron a buscar para la primera función, Lavoe saltó del balcón de su cuarto en el hotel La Moneda, cayó en un toldo y luego corrió hasta, no se sabe cómo, llegar al Yatch Club. Allí se instaló en una mesa con la caspa de Atahualpa en una funda y continuó su peregrinación.

Barberán cierra los ojos, arruga la frente y dice: “Hicimos horrores y barbaridades”, dice que gastaron varios días en el sur de Guayaquil, en Las Malvinas, fundiendo y cambiándose de casa cada vez que algún empresario quería hacer trabajar a Lavoe. A la gente, su gente, le encantaba albergarlo, oírlo hablar de Puerto Rico y brindarle golosinas agridulces. Pero el asunto es que Lavoe y Barberán tocaron juntos varias veces, una de ellas en Las Vegas, algo parecido a un recinto ferial que existió en Portoviejo y donde, dicen, Lavoe pronunció por primera vez una de sus recordadas máximas. Cantaba Juanito Alimaña cuando se acercó al público para aceptar un trago de Caña Manabita. Se inclinó, su cadena de oro quedó flotando y una mano quiso arrancarla. Lavoe reaccionó, se enderezó y sentenció un “¡¿A papá?!” ,que es, hasta hoy, parte integral de ser portovejense. Esa noche Barberán tocó con él, dice que a Lavoe sí le robaron la cadena, pero varios de los que estuvieron en ese concierto lo niegan. En todo caso, Barberán también estuvo en el after party. Unos cuantos músicos acompañaron a Lavoe en un cuarto del hotel Cabrera, en el centro de la capital de los manabitas. Ahí, dice Freddy, le dieron al whisky y al polvo, la droga local, mientras dos fanáticas que los siguieron desde Las Vegas bailaban desnudas para ellos. Cuando se acabó el dinero, Lavoe se sacó uno de sus anillos y lo puso a disposición de los comensales. Barberán asegura que fue él quien llevó el aro hasta el barrio San Pablo y lo cambió por “una funda gigante de base de cocaína”.

El San Pablo es un barrio legendario, regado en un cerro al norte de Portoviejo, cerca del mercado #2, del cementerio general y de un colegio jesuita llamado Cristo Rey. Si Ciudad de Dios hubiese sido hecha en Portoviejo, hubiese sido filmada en el San Pablo. Me gradué de bachiller en el Cristo Rey y puedo dar fe de que el San Pablo es uno de esos lugares a los que simplemente no vas: zona roja. Aunque muchos de sus moradores no tienen nada que ver con el crimen organizado, el San Pablo sigue siendo el distrito del terror. Es muy posible que Freddy Barberán haya llegado hasta allí con el anillo de Lavoe si lo que buscaba era cambiarlo por drogas. Para esas diligencias, el San Pablo es the place to be. Sin embargo, ninguno de los vecinos dispuestos a colaborar con esta crónica recuerda el hecho o quién pudo haber recibido el anillo como pago. Ahora bien, el rumor existe, sobre todo entre quienes no vivimos en el San Pablo. Es uno de los mitos con los que me crie. Tal vez el anillo está ahí y no me lo quisieron mostrar. Alguien me dijo que si el anillo aún existe, no se lo van a enseñar a un periodista. Por lo pronto, es otra de esas historias que giran en torno a los días que pasó Héctor Lavoe en el Ecuador. Muchos la creen porque así Portoviejo es un mejor lugar para vivir, un lugar del que se puede hablar con orgullo. Freddy Barberán cree la historia del anillo y se cree el protagonista. La de Freddy también es una vida que parece inventada.

En la autobiografía oral de Freddy, él y Lavoe viajan de Guayaquil a Nueva York, en el mismo avión, el 30 de agosto de 1984. Aterrizan en el John F. Kennedy, el boricua le da su número telefónico y le pide que lo busque. Pasan unos meses y Freddy Barberán es miembro de la orquesta de Lavoe. La primera vez que se juntan, en EE. UU., lo hacen en un club llamado El Corso, Lavoe pregunta si hay ecuatorianos presentes, se levantan un par de manos y él dice: a pesar de que en la tierra de ustedes me tuvieron a pan y agua, yo no les guardo rencor, aquí hay alguien que va a sacar la cara por ustedes. Suena La fama, Lavoe le cede la voz principal a Barberán y aprovecha para meter la nariz en el camafeo que tiene por anillo. Barberán es un éxito. Los shows se repiten, siempre a punto de no suceder. Freddy es uno de los que tienen que ir rastreando a Lavoe. A veces lo encuentra doblado, tiene que arrastrarlo a la ducha y prepararle café. A veces lo encuentra puyándose en un baño, tratando de balancear la heroína, el coñac y la coca. A veces no lo encuentra, el show no puede continuar, no le pagan. Como precaución, Barberán consigue un trabajo a medio tiempo pintando oficinas. La otra mitad de su jornada la dedica a seguirle el ritmo a Lavoe. Dice que fueron a Montreal y, como Lavoe era un bulto en el avión, volvieron a confundirlos y el ecuatoriano gozó de todas las licencias de El Cantante. Tomó todo lo que quiso y hasta le permitieron entrar a la cabina a fumar un porrito. Dice que fueron a Cali y que, luego del concierto, los llevaron a un laboratorio y que Lavoe se puso como un niño en una juguetería. Dice que a la entrada de una disco se le acercó un policía, lo puso contra la pared, le dijo que tenía derecho a guardar silencio y a un abogado. Buscaban al otro. Lavoe se había metido con una menor de edad y el padre de la chica lo estaba cazando por todos los clubes de salsa. El asunto termina cuando llega la limosina de La Voz, los policías sueltan a Barberán y se llevan al verídico.

En septiembre del 86 muere Héctor Lavoe Jr., de diecisiete años, a quien su padre había anunciado como el futuro de la salsa. El Cantante se hunde y jamás vuelve a flotar. Barberán decide abandonarlo durante una jornada de heroína. Se da cuenta de que Lavoe se pincha con la aguja de cualquiera y concluye que eso es demasiado. Aun así, se pega el de despedida. La punta de la aguja se rompe en su brazo y le trepa por la sangre. Se pone morado, el cuerpo se quema por dentro y el corazón le aporrea el pecho a toda velocidad. Lo llevan a un hospital. Se salva. El médico le dice que abandone el licor y las drogas. Barberán no le hace caso, pero se hace caso a sí mismo y no vuelve a ver a Héctor Lavoe. Sigue en los excesos. Una noche despierta en medio de una lesbiana y un homosexual. Les propone matrimonio a los dos, pero ninguno acepta. Sigue cantando. Canta con Cheo Feliciano y Daniel Santos. Acepta un trabajo como coyotero para conseguir el dinero suficiente y armar su propia orquesta. La operación falla y él va preso por un año. Lavoe se desvanece. Barberán canta Lavoe, imita a Lavoe sobre y abajo del escenario. Un día empieza a beber a las diez de la mañana. Veinticuatro horas después estrella su auto en una escuela de judíos.

“Me cogieron Joe Mayorga y Los Hechiceros. Con el parecido a Lavoe, los contratos llovían. Hasta que entre el 95 y el 96 vinieron los DJ”. De ahí en adelante, Barberán trabajó con pistas, en solitario. Cuando el dinero escaseaba, se prostituía con lo que él llama “maricones bien”. Si no le hacían falta los hombres, se dedicaba a las mujeres. Como Lavoe, les pedía a sus acompañantes de turno que firmaran sus contratos por él. Como a Lavoe, los empresarios lo estafaban a menudo. No ganaba mucho, pero tomaba harto y no le faltaba compañía. Le gustaba andar siempre con dos. Con una se metía en la cama y a la otra la tenía de azafata, preparando los tragos, las líneas y, de vez en cuando, pidiendo un pollo frito a domicilio. Su último amor de cabaret se llamaba Lorena y trabajaba en La Isla del Tesoro, uno de los night clubs más populares de Guayaquil. Con ella lo perdió todo. Una noche fue a buscarla vestido de blanco, como Lavoe, se tambaleó entre las mesas, tumbó varios vasos, la gente le reclamó, pero él no hizo caso. Llegó al borde de la pista. Su chica estaba bailando, hilo dental y taco alto. La agarró del tobillo y se la quiso llevar. La gente gritaba “que se desnude Lavoe”. Barberán no tuvo fuerzas para bajar a Lorena del tubo. Lo sacaron del local sin estropearlo y él se quedó afuera, bebiendo junto a la caseta del guardia de seguridad, esperando a que la chica terminara su acto y complaciera a un cliente que le había puesto el ojo antes de que Barberán apareciera. Esa noche, como solía hacerlo, se fue con ella a su departamento de La Garzota. Hicieron el amor, tomaron y jalaron hasta el amanecer. Barberán despertó seco y se levantó agitado. A medio camino entre el cuarto y la cocina se desplomó. Sobredosis. La chica se fue, como el borracho de Pedro Navaja, esquivando el cuerpo. Horas más tarde tocaron la puerta. Era el casero, a quien Barberán le debía dinero de la renta. El señor olvidó la deuda por un momento y llamó a una ambulancia. Pasada la crisis, Freddy Barberán resolvió internarse en una clínica de rehabilitación.

Lleva más de un año sobrio. Se lo ve ansioso, siempre tomando algo: jugo, cola, agua; chupando caramelos y fumando cigarrillos. Esta precirrótico, a lo que se refiere como “la antesala de la muerte”. Habla de sus fondos en libertad, como parte de la terapia para no recaer. Dice que de lo que más se arrepiente es de haber golpeado a una de sus novias cuando estaba embarazada. Había estado fumando pistolas todo el día y le pidió a la mujer que le trajera un par de cervezas, ella se demoró y él la golpeó tan fuerte que interrumpió el embarazo. Tiene dos hijas, ambas mayores de edad, no las ve nunca o casi nunca, pero ahora que las dos son madres, la una quiere saber de la otra. Barberán sigue cantando las canciones del otro. En noviembre de 2000, escribió, dirigió y protagonizó la obra teatral El vuelo de Lavoe. Planea estrenar una versión extendida, corregida y mejorada en julio de este año, para las fiestas de Guayaquil. Otro de sus shows teatreros, cena incluida, se llama Máscaras: la tragicómica vida del cantante de los cantantes. La última puesta en escena de Máscaras fue el pasado diciembre. Freddy Barberán está vivo, feliz de estar vivo y trabajando con disciplina. Los fines de semana se lo puede encontrar en el club Cabo Rojeño o en la salsoteca Carlos Alberto, guaridas de los salseros de cepa en el puerto. Antes de salir a escena, el Lavoe ecuatoriano mira al cielo y dice “Perdóname, Señor, por ir a la tentación, pero este es mi trabajo”. Dice que cuando canta El Cantante le dan ganas de llorar, pero no lo hace, o por lo menos no frente al público. Lavoe no volverá. Barberán todavía no se ha ido y está en paz, siente que lo peor ya pasó.