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UNO

Muchos años después, frente a una taza de café en un hotel de Segovia, el fotógrafo Daniel Mordzinski había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el circo. Cada asistente recibía en la entrada un número de papel con el cual participaría en una rifa: el padre de Daniel dobló los dos papelitos, el suyo y el de su hijo, y los guardó en algún bolsillo; y tanto Daniel como su padre se olvidaron de ambos papelitos hasta el intermedio, cuando un payaso ocupó el centro de la pista, hizo el sorteo, sacó el número ganador y lo anunció: era el catorce.

–Nosotros lo tenemos –le dijo Daniel a su padre–. Ganamos, papá.

Su padre buscó el número, revisó cada bolsillo y cada pliegue de la ropa, pero solo encontró el trece. “El otro está por ahí”, le dijo Daniel, y el padre buscó, pero sin éxito: lo había perdido. Daniel, sin amilanarse y con el número trece en la mano, se acercó a la pista. “Soy yo”, le dijo al payaso, “pero el número lo perdimos”. Le debió de parecer inverosímil que el payaso no le creyera, ni siquiera cuando Daniel le hizo notar que ellos dos tenían el trece, que nadie más tenía el catorce, y que si ellos tenían el trece, era evidente que ellos habían tenido el catorce. El payaso repitió el procedimiento, otro número salió, y este número, esta vez, sí tenía dueño. Daniel, que por entonces tendría unos seis o siete años, no recuerda quién fue el ganador, pero sí recuerda –recuerda perfectamente– cuál fue el premio: una cámara Kodak Fiesta instamatic. Se fue de la rifa llorando y no dejó de llorar en toda la tarde. Y muchos años después, frente a una taza de café en un hotel de Segovia, Daniel dice: “Toda la vida. Toda la vida vengándome de esa cámara que me quitaron. Yo sé que es una interpretación muy psicoanalítica de mi oficio, muy argentina. Pero es que me la quitaron, ¿sabés? Era mía y me la quitaron”.

DOS

La revancha, todo hay que decirlo, le ha salido bastante bien: Daniel Mordzinski, ese niño argentino, es hoy uno de los grandes fotógrafos de escritores del mundo, y todo lector asiduo ha visto alguna vez (aunque no la haya reconocido, aunque no sepa quién es Daniel Mordzinski) una de sus fotos. Hasta su fecha de nacimiento es excepcional: 29 de febrero del año bisiesto de 1960. Haber nacido en un día que no existe todos los años lo ha afectado de maneras más o menos ocultas, pero Daniel dice, por ejemplo, que a eso debe su hiperactividad: todos los años tienen para él un día menos de lo debido, y claro, hay que aprovecharlos al máximo.

Ahora pido disculpas y me pongo levemente autobiográfico. Conocí el trabajo de Mordzinski en 1996, después de que un tío, que se había enterado de que me iba a París, sospechara con buen ojo que las razones tenían que ver con la literatura. En la feria del libro de Bogotá se encontró un libro grande, negro y muy bien editado por Norma, donde un fotógrafo de apellido judío fotografiaba a cuanto escritor latinoamericano hubiera pasado por París. El libro se llamaba La ciudad de las palabras, y el fotógrafo, bueno, ya saben ustedes quién era.

El asunto es que poco después, antes de que terminara ese año, conocí a Mordzinski. Fue en la Maison de l’Amérique Latine de París, y una de las primeras cosas que hizo Daniel fue mostrarme a una mujer y decirme: “Es Ugné Karvelis, la ex de Cortázar. ¿Quieres conocerla?”. Y todavía más que el hecho mismo de aceptar que nos presentara (que a mí me emocionó de la manera un poco ridícula en que se emocionan las groupies cuando consiguen, no sé, un mechón de pelo de John Lennon), recuerdo la soltura de Daniel, su simpatía instantánea, su generosidad. Llevo ya doce años viéndolo sacar fotos en varias ciudades, y a todo eso se ha añadido la admiración, no solo por su trabajo, sino por la manera en que hace su trabajo. Hace poco leí un texto de Enrique Vila-Matas que retrata a Daniel de cuerpo entero:

Dice John Banville que en cualquier parte todos los escritores son iguales: obsesivos, resentidos, celosos hasta la enfermedad y siempre pobres. Pero Mordzinski hace caso omiso de esto. Parece uno de sus secretos. Otro es más sutil: los halaga mucho y al mismo tiempo –nadie aún sabe cómo– los maltrata.

Pero los maltrata con infinito cariño. Y yo suscribo lo que dice Vila-Matas: no sé cómo lo hace. En Porto, en octubre de 1998, poco después de que se anunciara el premio Nobel a José Saramago, lo vi pedirle al escritor que trotara delante de un grupo de sus colegas. En la foto (en las tres fotos: es una secuencia) aparece un premio Nobel encorbatado hasta las narices y dando zancadas largas como un niño que se acabara de robar un libro en la esquina. No lo vi, en cambio, con el mismo poder de convicción, lograr que Javier Cercas se metiera vestido en una piscina de plástico, que Juan Marsé jugara al hockey sobre hierba con su nieto, que Enrique de Hériz lo llevara a un faro del Mediterráneo y allí se dejara fotografiar en vestido de baño, que Quim Monzó se parara en mitad de un parqueadero subterráneo y levantara las manos al cielo como un idólatra en trance. Por alguna razón, cuando Mordzinski pide algo, los escritores acceden. Y sobre eso pueden hacerse muchas teorías, pero yo tengo para mí que la cosa es muy simple: Mordzinski es un tipo que siente un interés genuino por los libros y por (casi todos) los que los hacen. Así como los perros huelen el miedo, los escritores detectan a los lectores de verdad, y secretamente les agradecen su existencia. Y la consecuencia es una colección de retratos que abarca todo el ámbito hispánico: un verdadero inventario gráfico de la literatura en nuestro idioma.

Cada lector que conozca a Mordzinski tiene sus fotos consentidas. Las fotografías de Borges y de Cortázar son valiosas como reliquias, porque fueron tomadas cuando el fotógrafo contaba menos de veinte años; pero el retrato de Vargas Llosa con la cara entre las manos, o el de García Márquez con un faro al fondo, tomado desde abajo a lo Orson Welles, son ya verdaderos clásicos. A mí, por razones personales, me gustan las fotos de Ricardo Piglia en un café de París y de Cabrera Infante sentado sobre una pila de libros. Pero las que más me gustan son aquellas en que he sido contratado como extra. Resulta que Daniel prefiere que en sus fotos no se sepa a primera vista quién es el escritor; y a veces, cuando el escenario es un lugar poco concurrido (por ejemplo, un hotel de aeropuerto a medianoche), la gente no suele abundar; y, para que el retrato del escritor (por ejemplo, Héctor Abad) salga bien, algunos hemos debido aceptar la curiosa tarea de figurar en el fondo (por ejemplo, mi esposa y yo). Y todo eso para cumplir con el capricho del fotógrafo. Que no es capricho, por supuesto, sino la forma que tiene sobre el escenario la intuición compositiva de Daniel Mordzinski.

Desde que me fui de París lo he visto en varios lugares, le he servido de extra en varias fotos, y muchas veces he sostenido el telón de terciopelo negro detrás del fotografiado. Esos encuentros suelen suceder menos de lo que ambos quisiéramos, en parte porque su trabajo consiste en salir de su casa, y el mío, justamente, en quedarme en la mía, y en parte por el simple ajetreo de esa vida que él ha escogido para vengarse de una cámara que le quitaron de niño: Daniel se pasa el día cruzando París en moto, siempre vestido de negro, para fotografiarlo todo y a todos; y en los últimos años su reputación lo ha llevado a viajar más de lo que incluso él, viajero impenitente, suele hacer. En marzo pasado expuso en el Salón del Libro de París, al mismo tiempo que Gallimard publicaba sus retratos de escritores israelíes: Terre d’écritures. Enseguida estuvo en Bolzano, donde se hizo un homenaje a su gran amigo Luis Sepúlveda, y Daniel contribuyó con un recuento fotográfico de sus últimos veinte años. Siguieron el Hay Festival de Granada, una exposición en Matosinhos, Portugal, y una participación en la muestra colectiva que se organizó en España tras la entrega del premio Cervantes a Juan Gelman. De julio a septiembre, la Casa de América de Madrid organizó la retrospectiva más importante que se haya hecho hasta ahora sobre su trabajo, y el resultado fue un libro: Fotógrafo entre escritores. 30 años. Otro libro se presentó en Segovia, apenas unas semanas más tarde: Crónica de un festival, editado por la Fundación Mapfre. En noviembre fue invitado al I Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires, filba, a mostrar su trabajo en el Museo Malba. Mucha agua ha pasado bajo el puente –quiero decir: mucho líquido revelador sobre los negativos– desde que Mordzinski tomó su primera foto oficial, su primera foto reconocida. Es de justicia poética que el fotografiado haya sido el padre de toda la literatura latinoamericana viva: Jorge Luis Borges.

TRES

Alguna vez le pedí que me contara cómo había sido ese momento. “Tenía 18 años, estudiaba cine en Buenos Aires, no era nadie y no había hecho nada”, me dijo Daniel. “Pero un buen día el director argentino Ricardo Wullicher confió en mí y me dejó hacer un meritorio, era el rodaje del film Borges para millones”. Meritorio: en argentino, dícese de joven asistente (de dirección, en este caso). Así es: antes que la fotografía, la pasión de Mordzinski era el cine, y trabajar con Wullicher, el autor de Quebracho –una película sobre la explotación maderera que Daniel recuerda con fascinación–, era una oportunidad irremplazable. Daniel la persiguió como pudo, poniéndose en el pecho un cartel ficticio del festival de Cannes para entrar adonde estaba prohibido, cambiando ese cartel por otro de Marketing si era necesario, viajando dos días en tren y quedándose dos noches en el hotel de Wullicher. Ya era el Mordzinski que sería después: el hombre capaz de arreglárselas en cualquier situación, el buscavidas por excelencia, un personaje de clara estirpe picaresca.

Borges para millones era un caso especial: la única vez que Borges aceptó ser actor. Wullicher metió sus cámaras a la Biblioteca Nacional, y durante siete horas se dedicó a seguir a un Borges ya completamente ciego, con la intención de hacerle una entrevista después, por aparte, y al final unir los dos resultados (las imágenes de un ciego por un lado; sus palabras por el otro) en el mismo producto. Pero las imágenes no fueron suficientes, y Wullicher le pidió a Borges un segundo encuentro. Borges accedió. “Rodábamos en el barrio porteño de San Telmo, en lo que creo era una antigua pensión”, me dijo Daniel. “Y también allí me acompaño la vieja Nikormat que mi papá me prestaba. Y mirá, será humor negro, pero hice esa foto sintiendo que la ceguera de Borges me daba a mí cierta ventaja”. Daniel se quedó pensando y luego dijo: “Claro, la foto está tomada de lejos. Eso es señal de timidez”.

Una vez le pregunté, por correo electrónico, si ya había decidido una carrera de fotógrafo. Esto fue lo que me contestó:

Ahora es fácil decir que sí, que siempre lo supe. Pero la verdad es que eran tres pasiones las que luchaban por mi corazón: la fotografía, el cine y la literatura. Leía, miraba y soñaba a tiempo completo. Pero es cierto que lo que sí me hubiera gustado hacer es cine. La fotografía fue, digamos, el fruto de una noche de amor entre el azar y la necesidad. En el fondo todo forma parte de lo mismo: de una búsqueda de la verdad invisible, de la maravilla de la narración. Y ese secreto está codificado con palabras/imágenes que igual sirven para hacer películas, fotografías o cartas de amor.

Mordzinski siempre ha dicho que sus influencias no están solo en el mundo de la fotografía. Otra vez le pregunté de dónde salía su idea del retrato, y me dijo: “Si digo Cartier-Bresson no puedo evitar decir Goya, y al mismo tiempo Martial Solal al piano”, dijo él. “Hay tantos… Eso es como elegir un pintor o un músico favorito. A cierta hora del día querés escuchar jazz y en algunos momentos necesitás tararear a Mozart”.

Yo le había oído decir que retrataba con los oídos. Tal vez de eso se trataba, le dije. De la influencia de la música en su trabajo. Daniel me corrigió: “Se trata de otra cosa. No solo de ver en papel el rostro de un escritor sino de oírlo, imaginarlo, captar cierto imaginario compartido. Sí, en cierto modo es oír, o al menos tener la actitud de escuchar”.

CUATRO

Daniel Mordzinski se fue de Argentina, como tantos otros, en plena dictadura militar. Pero nunca –y esto lo ha subrayado con frecuencia– militó en política. Alguna vez me dio su razón, que me pareció tan simple y honesta como válida: no tenía el valor para hacerlo. Cuando se fue, sin saber que no iba a volver nunca, su vida no corría peligro como la de tantos jóvenes en esa época. “Me dan pena los que reivindican un pasado heroico que no tuvieron”, me dijo una vez (él, amigo de muchos expulsados de la dictadura de su país y también de la chilena, está plenamente autorizado para opinarlo). Sea como fuere, Argentina era para él un país donde todo estaba prohibido y donde se vivía bajo el terror, así que la decisión de salir no fue difícil. Pero estaba el asunto práctico: qué hacer y dónde.

Mordzinski había pasado ya por el FotoClub Buenos Aires y por la Escuela Panamericana de Arte, y acabaría llegando a la ESEC, la École Supérieure Libre d’Études Cinématographiques de París. En esos lugares y en esos años recibió todo su aprendizaje teórico. “Todo lo que he estudiado, y ahora, cada día, actualizándome –o intentándolo al menos– a medida que avanza la tecnología, me resulta imprescindible y secundario al mismo tiempo. No desprecio la técnica, que es básica y un buen aliado para un fotógrafo, pero me resisto a darle más importancia que a la mirada, la intuición, la memoria o la pasión”. Y es que había, además, otros aprendizajes por hacer, y por otros caminos.

“Llega un momento”, me dijo hace poco en Segovia, “en que a los fantasmas –ya sean sentimentales, familiares, religiosos o políticos– hay que plantarles cara. Probablemente en Israel estaban muchos de los míos, y los fui a visitar”.

Le pedí que me hablara de eso.

“Durante siete años conviví con utopías y amores esenciales en mi formación”, me dijo. “En la Facultad de Tel Aviv estudié literatura y conocí a Vivi, el amor de mi vida”. La fotografía, la literatura y Viviana Azar, música de profesión y madre de Jonás y Anaël: no por nada Mord zinski se siente tan atado a esas tierras. Las utopías a que se refiere tienen que ver con su amistad con Miki Kratsman, un fotógrafo argentino-israelí que se ha dedicado durante años a traernos imágenes de los territorios palestinos. En 1982 Daniel comenzó su carrera de fotógrafo profesional como corresponsal de Media Images y Sipa Press, y durante los años que siguieron solía agarrar su cámara y acompañar a Kratsman, cada semana, a los territorios ocupados. “No sabía por qué lo hacía”, me dijo Daniel. “Era igual que coleccionar escritores, una cosa un poco irracional. Quería fotografiar la Intifada, pero no solo las cosas que suceden, sino por qué suceden. Ver un cuarto palestino con cuatro colchones en el suelo te hace entender más que ver a un niño tirando una piedra”. Daniel siempre ha preferido a esos fotógrafos viajeros: “Los que tienen una idea road movie de la fotografía, ¿sabés? La cámara como pasaporte, como medio para conocer al otro”. Israel hizo parte de esa ética. Conocer, entender, fueron palabras que repitió con frecuencia en esa época. Y uno siente que sí: que ha conocido, que ha entendido. “De las mil maneras que hay de ser judío”, dice, “yo siempre he preferido la que me vincula con una tradición intelectual, con esa condición moral del exiliado que tiene algo de hidalgo medieval y prefiere pasar hambre antes que agredir a un hermano”.

Me di cuenta de que nunca habíamos hablado de esos años. A pesar de mi interés por el tema, nunca le había hecho a Daniel preguntas sobre su judaísmo, ni sobre la religiosidad de su familia, ni sobre su relación con Israel. Me había quedado sorprendido, eso sí, después de oírle casualmente hablar en hebreo perfecto con los asistentes a una conferencia literaria; pero tampoco entonces le había preguntado todo lo que me hubiera gustado saber (siempre me han interesado las personas divididas, que llevan más de una religión o lengua o nacionalidad a cuestas, y Mordzinski es una de ellas). Pero Daniel no habla demasiado de sí mismo, quizás por las mismas razones que lo hacen vestir siempre de negro y negarse a ser él mismo fotografiado. Si hay una foto suya, tenga por seguro el lector que le ha sido tomada a la fuerza, o por lo menos con chantajes más o menos cariñosos. A Daniel no le gusta, nunca le ha gustado, ser el protagonista.

En marzo de este año, el Salón del Libro de París se dedicó a la literatura escrita en lengua hebrea. En el marco de ese salón se organizó una exposición de Mord zinski: eran retratos de escritores israelíes que Daniel había tomado unas semanas atrás, dieciocho años después de haber dejado su vida en Israel, y que se acababan de publicar en Terre d’écritures. Ya he hablado en otra parte de la dificultad que tuvo Daniel para escoger la portada del libro: las imágenes que más le gustaban eran las más políticas, y no le interesaba reducir al problema político la imagen de unos escritores que se han esforzado siempre por trascenderlo. Pero siempre se puede contar con la realidad política, o con la estupidez que impregna la realidad, para echar abajo cualquier intento de sutileza o aun de tolerancia. Y así sucedió que un grupo de fanáticos decidió aprovechar el Salón del Libro para montar, con el apoyo de algunos escritores y editores árabes, un boicot de la literatura hebrea. “¿Te imaginas boicotear a Grossman, Oz, y a todos esos escritores que son los protagonistas del diálogo, que apoyan la creación de un Estado palestino?”, me escribió Daniel por esos días. “El boicot es un auto de fe y solo beneficia a los extremistas”.

El domingo anterior a este intercambio, con el Salón lleno de familias con hijos pequeños, había sido necesario evacuar las instalaciones tras una llamada anónima y amenazante. Se suspendieron todas las conferencias de la tarde. Entre ellas había una que le interesaba a Daniel particularmente: Abraham B. Yehoshua, un gran escritor israelí que Daniel había fotografiado en su propia casa, iba a hablar de la paz.

CINCO

En1988 hubo un nuevo cambio de vida. “Sentí que París volvía a llamarme y se me impacientaba”, suele decir Mordzinski. “Así que regresamos”. Y ya no se ha movido de allí.

París es un gran tema con Daniel: como tantos latinoamericanos de su generación y de las siguientes, la conoció primero en las páginas de Rayuela; irse a vivir allí fue, entre muchas otras cosas, un acto literario. París le obsesiona: no por nada es el escenario de La ciudad de las palabras, 31 retratos de escritores latinoamericanos en esa ciudad que ha sido un fetiche, un desencanto, un milagro, un conflicto. “El más latinoamericano de los franceses y el más francés de los latinoamericanos”, lo ha llamado José Manuel Fajardo.

Allí, en París, nos encontramos en octubre pasado. Yo había comenzado ya a escribir este texto, y le pedí que nos viéramos para hablar. Daniel llegó a las nueve de una mañana lluviosa (y perdón por hacer literatura) a mi hotel de la Avenue d’Italie, muy cerca del apartamento donde pasó siete años, donde nacieron sus dos hijos y al cual iba yo a visitarlo cuando vivía en París. En el sótano inhóspito, mientras yo desayunaba una taza de café y un par de frutas sin gracia, hablamos de todo y de nada, sin grabadora ni libreta de apuntes. Le pregunté algo que –increíblemente– nunca le había preguntado: si la vida le ha salido como la había querido. “El precio que se paga por hacer lo que te gusta es el de la precariedad y la inseguridad”, me dijo Daniel. “Llevo treinta años haciéndolo y aún me asaltan las dudas de si no debería sentar cabeza y buscar un empleo fijo en un periódico. Pero al mismo tiempo siempre he sabido –sí, desde el principio– que esto era lo mío”.

Esto, dice Daniel Mordzinski. Esto era lo mío. ¿Pero qué era esto? ¿Fotografiar escritores? La especialización es, cuando menos, poco usual, y en todo caso paradójica: ¿no es cierto que lo importante de un escritor es todo lo que no es su imagen?

“Imagino que soy un letraherido, simplemente”, dijo Daniel. “Al fin y al cabo hago lo que me gusta. Me he salido con la mía: fotografío –y conozco y frecuento y quiero– a los autores que me hacen soñar, llorar o reír cuando leo. Digamos que, en cierto modo, he llevado la fantasía del lector cortazariano al extremo”.

(Vila-Matas estaría de acuerdo. En ese texto suyo que he recordado antes se lee: “Mordzinski es el cortazariano más consciente de ser cortazariano que he conocido”.)

“Pero lo tuyo es una obsesión”, le dije. Es lo que le hubiera dicho cualquiera al verlo perseguir como un cazador a una de sus víctimas: yo, por lo menos, lo he visto colgarse de escaleras en espiral, o darse cuenta de algo y en un instante lanzarse a un sprint olímpico para llegar a algún sitio antes que el potencial fotografiado. “¿Cómo nació? ¿Con un libro, con un autor, con un incidente?”.

“Imagino que nació cuando cobré conciencia de que esos escribientes, esa gente que para mí era importante, a la que había dedicado muchas horas de lectura, eran seres de carne y hueso”, dijo Daniel.

“De carne y hueso”, dije yo.

“Gente normal con sentimientos y dudas”, dijo Daniel, “y no cómplices de un producto prefabricado. Supongo que eso se debe a que leía a Cortázar o a Juarroz en lugar del Reader’s Digest”.

“Pero es que no son gente normal”, le dije. “Justamente”.

“Ha habido de todo”, dijo él, “y cada caso es distinto. Yo he encontrado grandes amigos y sorpresas desagradables, pero éstas son las menos. He aprendido que una cosa es el escritor y otra lo que escribe, y también que no hay ninguna relación entre la calidad literaria y la fluidez en el retrato. Y además hay días buenos y días malos, para los escritores y para mí. No hay normas. Lo grande es que el balance es positivo y creo que voy consiguiendo algo que a la gente le interesa y le gusta y, mejor aún, resulta útil, en ocasiones, a quienes se acercan al mundo de las letras o quieren conocer mejor a un escritor. Lo mejor es que tengo muchos y grandes amigos entre los escritores que he retratado. Tal vez porque la amistad flota en todo este proceso con un peso muy específico”.

Amistad es una palabra grande en el diccionario de Daniel. Después de unos años con él, a cualquiera le gustaría aplicarle aquella frase de García Márquez sobre Cortázar: “El argentino que se hizo querer de todos”. Daniel está inmerso en un nuevo proyecto: una serie de fotografías de escritores en cuartos de hotel. “¿Qué escritor no ha escrito una página o tenido una idea en un hotel? El hotel como metáfora de la vida: un lugar de paso”. Después de despedirnos me quedé pensando en hoteles. El hotel como escenario de ficción: el Hotel Savoy de Joseph Roth, el Hotel New Hamsphire de Irving, el Hotel Majestic de Simenon. Pensé también en una de las primeras cosas que hice al llegar a París en 1996: recorrer la ciudad en plan descaradamente fetichista, buscando los hoteles donde habían vivido algunos de los escritores que me gustaban. El Hotel d’Alsace, en la rue des Beaux-Arts, era uno de mis favoritos: ahí murió Oscar Wilde, ahí se hospedaron Borges y Cioran. En el Hotel de l’Élysée se encontraron una vez Joyce, Eliot y Wyndham Lewis. En la tarde, al llegar a mi casa de Barcelona, le puse un email a Daniel con estas informaciones, pensando que tal vez podrían servirle, porque Daniel también tiene su lado fetichista, porque también él llegó a París con un libro en la mano. Me contestó al día siguiente:

Lo que quiero con este libro es desmitificar el acto de la escritura y mostrar algo tan simple (pero tan difícil de atrapar) como el recogimiento del autor. Ese momento en que está en el cuarto de escritura. La pieza de hotel, la ventana que da al patio, el espejo ajeno donde se mira antes de poner manos a la obra. O donde se acaba por escribir una obra maestra, quién sabe. En realidad, es todo muy sencillo: hay un momento del día, del mes o del año, en que el escritor mira a su alrededor y se ve rodeado por un papel pintado que no puede ser de verdad y bajo unas goteras que quizá nunca vuelva a ver, y decide escribir. Y nosotros, lectores, leemos y soñamos esas palabras durante el resto de nuestras vidas.

Ahora Daniel Mordzinski está en Cartagena, dándole un nuevo peldaño a esa relación, que ya es de una complicidad envidiable, entre sus fotos y el Hay Festival. “Los del Festival, la gente de Mapfre, han cambiado la relación que hay entre la cultura literaria y la gente”, dice. “No me cabe la menor duda. Yo nunca he visto en ninguna otra parte del mundo esa relación entre los autores y su público. Y para mí ha sido un honor ser fotógrafo de ese evento en marcha”. Pues bien: allí, en Cartagena, prepara una exposición de sus fotos donde los lectores podrán ver con sus propios ojos todo lo que digo: que Mordzinski maltrata a los escritores, que a los escritores les gusta, que el resultado del tierno maltrato es un trabajo extraordinario, y que los parecidos entre un fotógrafo y un escritor son más de los que suelen aparecer a primera vista. No es por nada que Daniel suela ir por ahí recordándole a la gente el significado de la palabra fotógrafo, que quiere decir “el que escribe con la luz”.