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Escuela en llamas

Publicado: 24 septiembre 2015 en Juan Luis Salinas
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Las llamas aún no se extinguían cuando la profesora Sandra Valenzuela supo del incendio. Era el 19 de junio de 2012. Faltaba poco para las siete de la mañana.

Sandra Valenzuela estaba en Santiago, a más de 600 kilómetros al norte del lugar donde ya todo era escombro y cenizas. Se preparaba para llevar a un grupo de alumnos de la escuela rural de Chequenco a conocer el Congreso en Valparaíso. Recién comenzaba el cuarto día de la gira de vacaciones invernales que dieciocho escolares -de quinto y octavo básico provenientes de distintas comunidades mapuches de Ercilla- estaban realizando por Santiago y la zona central. Antes de que los niños se levantaran, Óscar Eschmann, el otro profesor que la acompañaba en la gira, le contó a Sandra lo que había ocurrido en la madrugada: la escuela, el lugar donde trabajaban, donde estudiaban los niños, había sufrido un ataque incendiario por un grupo de encapuchados y se había quemado por completo.

Los dos profesores se quedaron en silencio. No se sorprendieron. Ya estaban preparados para enfrentar una noticia de este tipo. Conversaron y no quisieron arruinarles el viaje a los niños, decidieron esperar hasta la noche para darles la noticia. Camino a Valparaíso ocurrió lo inevitable. En la ruta empezaron a sonar los teléfonos celulares de los niños. Eran sus padres quienes los llamaban para contarles lo que había pasado. Fue en ese momento cuando los profesores les hablaron. Les dijeron que la escuela seguían siendo ellos, el resto de sus compañeros y profesores, los apoderados. Que lo material ya se recuperaría. Que volverían a levantarse como ya lo habían hecho con los dos incendios anteriores.

—Los niños bajaron la mirada con tristeza y resignación -recuerda Sandra Valenzuela.
—En algunos había una expresión extraña. Como si sintieran que podían culparlos de lo ocurrido -dice Óscar Eschmann.

Un silencio espeso y cortante se instaló en el bus. Los niños no se atrevieron a preguntar si la próxima semana, cuando terminaran las vacaciones de invierno, volverían a clases. Si lo hubieran hecho, los profesores no habrían sabido qué responder. Dos días después, cuando el grupo volvió a Chequenco, ya nadie hablaba del asunto.

La incertidumbre y el temor habían tiznado sus pensamientos.

En la escuela sólo quedaban los restos de la quemazón.

Los vestigios de que esta vez el conflicto mapuche los había abrasado por completo.

***

Distintas gamas de verde atraviesan las parcelas, los bosques y los montes que circundan la comunidad de Chequenco, sin embargo este sector es considerado zona roja. Uno de los lugares más conflictivos y golpeados por el conflicto mapuche. Este territorio -una franja con agrestes y serpenteantes caminos de tierra y a la sombra del cerro Chiguaigue- en los últimos años es un polvorín que, de tanto en tanto, estalla. Aquí han ocurrido fuertes enfrentamientos entre fuerzas policiales y algunos grupos de comuneros mapuches, quienes reclaman la soberanía sobre los territorios que, aseguran, les fueron arrebatados históricamente.

La comunidad de Chequenco, ubicada a unos 15 kilómetros al norponiente de Ercilla, está conformada aproximadamente por ochenta familias en su mayoría dedicadas a la agricultura o a las labores forestales. La rodean otros sectores y comunidades como Los Tolocos, Folil Mapu, Nupangue, Agua Buena, Lonco Mahuida o Requén Pillán. Todos lugares apartados y de difícil acceso, tanto por la situación de conflicto en que están insertos como por la escasez de transporte. Por sus caminos sólo pasa un microbús que sale lunes, miércoles y viernes desde Ercilla. El resto del tiempo sólo queda la bicicleta, las carretas tiradas por caballos, la amabilidad cada vez más temerosa de los conductores de los vehículos de las empresas forestales o largas caminatas hacia Pidima, la localidad más cercana, que está a siete kilómetros de Ercilla, cerca de la carretera 5 Sur.

Lo complejo, lo repetido por la prensa, es que aquí, en estas tierras, se suceden fuertes postales de lucha, ocupaciones ilegales de fundos o de terrenos de empresas forestales. Sólo este año se contabilizan más de una decena de atentados incendiarios contra camiones, vehículos, casas o establecimientos públicos. También hay detenciones de líderes de sus organizaciones y allanamientos a las comunidades mapuches supuestamente más conflictivas de las 42 que existen en Ercilla.

Estos grupos, aseguran en la Municipalidad de Ercilla, corresponderían a tres de las comunidades que desistieron sentarse en la mesa de diálogo que el Gobierno inició en junio de 2012 para crear un Área de Desarrollo Indígena (ADI) en la comuna y generar un diálogo social, territorial y político con el pueblo mapuche. Estas tres comunidades serían: Cacique José Quiñón del sector de San Ramón, la comunidad de Rankilko y la Wente Wingkul Mapu, que está inserta en Chequenco, que se inició hace unos años como una alternativa a la comunidad tradicional y hace una semana recibió a los integrantes de la Confech que se reunieron en sus terrenos.

Actualmente en las cercanías de Chequenco hay seis predios con protección policial, y continuamente transitan patrullas policiales. El temor, en ambos bandos, es constante. Es lógico. En los alrededores de Chequenco han ocurrido algunos de los enfrentamientos más cruentos. En junio pasado el sargento de las fuerzas especiales de carabineros Hugo Albornoz murió por un balazo en el cuello, durante una emboscada a la salida de la comunidad Wente Wingkul Mapu. En 2002 el weichafe (guerrero) Álex Lemún cayó muerto durante la ocupación del Fundo Santa Alicia. Y seis años después, el 12 de agosto de 2009, el comunero Jaime Mendoza Collío fue muerto por el cabo de Carabineros Patricio Jara Muñoz.

Un año después de la muerte de Mendoza Collío ocurrió el primero de los tres atentados incendiarios que terminaron por consumir la escuela rural de Chequenco. Jaime Mendoza Collío, al igual que Álex Lemún, habían sido alumnos de esta escuela, que se fundó en 1962 y que también es conocida como “Millaleiva”, una denominación formada por la unión de los nombres de legendarios caciques de esta comunidad mapuche.

El primer incendio sólo consumió la parte antigua de la escuela que siguió funcionando.

El segundo atentado, que ocurrió el 11 de septiembre de 2011, arrasó con el 50 por ciento de la construcción que había sido remodelada hace poco, pero sólo obligó a que sus alumnos se reacomodaran en las salas que se salvaron de las llamas.

Pero el tercero, que fue igual de clandestino, actuó con más ferocidad. Ese incendio se llevó lo que quedaba.

***

Es el primer martes de agosto de 2012. En Pidima pasan las diez de la mañana. El cielo está limpio. Por su única calle de tierra no se ve gente. Corre un viento helado. Frente a una antigua y derruida casona hay un bus estacionado que en su costado tiene escrito: transporte escolar Escuela G-129. El patio que antecede la construcción luce despojado: una cancha deportiva con el pavimento raspado, un par de oxidadas estructuras sostienen unos aros de básquetbol, dos arcos de fútbol, manchones de maleza alrededor, pozas de barro y altos cúmulos de arenilla.

Por entre el paisaje transitan más de cincuenta niños de pelo oscuro y zapatillas manchadas con barro. Algunos corren tras una pelota. Otros se agrupan frente a un taca-taca que se remece con cada jugada. Unas niñas pequeñas hacen rondas. Los más adolescentes buscan el sol pegados a las panderetas de una muralla que apenas se sostiene.

Esta casona hace poco era utilizada como sede comunitaria y antes fue escuela de Pidima (que se trasladó a una construcción más moderna). Desde hace dos semanas alberga provisoriamente a la Escuela rural de Chequenco. Fue la solución para que sus 130 alumnos no perdieran el año. La Municipalidad de Ercilla la remodeló contra el tiempo para adecuarla a las necesidades de estos escolares que cursan desde el jardín infantil hasta octavo básico.

En la escuela de Chequenco trabajan diez profesores, incluidos el director y la educadora de párvulos a cargo del jardín infantil. También está el chofer del microbús que lleva y trae a los niños de sus casas, varios auxiliares, dos operadoras de alimentos y una asistente por cada curso. El 98 por ciento de sus estudiantes pertenece a la etnia mapuche y, en muchos casos, tienen que hacer trayectos de hasta 30 kilómetros en el bus y otros tantos a pie para llegar a la nueva escuela.

—Si antes estaban alejados de Chequenco, ahora la distancia es doble -dice el profesor Óscar Eschmann, jefe de la Unidad Técnico Pedagógica, mientras intenta hacer funcionar un computador que se salvó de la quemazón. Su oficina ahora está en la tarima que la sede social ocupaba como escenario. Ahí también están apiladas algunas cajas con libros donados por otras escuelas. Hay de todo, pero no mucho sirve para el programa de una escuela básica rural: clásicos de literatura española, libros escolares de hace una década y hasta textos de inglés para educación media. Nada de diccionarios, nada de las materias que necesitan profundizar.

El profesor los mira.

—Teníamos una biblioteca con más de mil quinientos títulos, enciclopedias, diccionarios, pero ahora todo sirve. Hay que ser agradecidos.

La adaptación es una consigna general. Ahora los estudiantes tienen que agruparse en nueve salas de clases que fueron creadas a partir de salones divididos hasta en tres espacios. Se acomodan en muebles prestados por otras escuelas de la comuna. Almuerzan en sus salas de clases. Tampoco hay pizarras y faltan sillas. Al interior de las salas hace frío. Las estufas de leña de la antigua escuela resistieron las llamas, pero a la mayoría les faltan los tubos que actúan como chimeneas.

***

Carlos Ponce es el director de la escuela desde 2001. Llegó como profesor a Chequenco en 1985, cuando la escuela sólo tenía dos pabellones. Dice que fue testigo de su crecimiento.

—Nuestra escuela era el centro de educación básica rural más importante y mejor implementado de las localidades interiores de Ercilla. Teníamos de todo: laboratorios de computación, televisores, fotocopiadoras, impresoras… Ahora con suerte los niños tienen una pelota.

Carlos Ponce vive en Victoria, desde donde viaja todos los días. Su mujer es mapuche de segunda generación y sus hijos se reconocen de la etnia. Hace unos años el director, al igual que el jefe de la unidad técnica pedagógica y el chofer del microbús, fueron amenazados por los grupos violentistas. Ninguno de los tres quiso llevar el asunto a mayores ni pedir protección policial. Prefirieron seguir con su vida normal.

—Hubiera sido contraproducente con nuestros alumnos. Era demostrar miedo y desconfianza hacia la comunidad de donde provienen. Creo en sus demandas, pero no entiendo por qué esta lucha tiene que afectar a instituciones que ayudan a la comunidad, a los niños, a los hijos de los mismos comuneros.

Pasa el mediodía y el director está sentado en su nueva oficina: una sala en la que apenas cabe una mesa, una silla y un estante con cajas con libros que acaban de llegar. En el umbral de la puerta hay una pila de sillas algo desarticuladas que le hicieron llegar desde un colegio en Ercilla.

—Lo único que espero es que esto no afecte los progresos que habíamos logrado. En la última prueba Simce habíamos subido 60 puntos en lenguaje. Seguimos teniendo un puntaje bajo, pero este avance fue un gran logro para una escuela ubicada en una de las comunas con los peores puntajes Simce a nivel nacional.

Desde la ventana de su oficina, el director mira al patio donde los niños juegan a la pelota. El implemento deportivo es una miseria: está deforme, cubierto de una capa negra, deshilachado.

—Parece que esa pelota alguien la rescató de los escombros -dice.

Afuera la pelota nunca rebota. Sólo se arrastra por el cemento, pero a los niños parece no importarle.

***

La primera señal de que las cosas estaban cambiando, de que la inseguridad empezaba a ensombrecer la escuela, fue un repentino y violento apedreamiento. Un ataque que nadie supo explicarse. El conflicto mapuche ya se había iniciado.

La profesora Marta Ester Fierro lo recuerda. Ocurrió una mañana a comienzos del invierno de 2009. Unos meses antes del primer incendio.

—Fue muy temprano, los niños se estaban preparando para entrar a clases y había un grupo folclórico que tenía que viajar a Ercilla a un acto. Entonces sin previo aviso, de entre los árboles, apareció un grupo de encapuchados y comenzaron a arrojar piedras. Fue terrible. Tuvimos que encerrarnos dentro de la escuela.

Desde entonces la historia del colegio dejó de ser la misma. La agitación se inflamó. Entre los incendios se produjeron varios apedreamientos que obligaron a que la escuela funcionara con tablones para cubrir los ventanales rotos, ocurrieron intromisiones de grupos que roban alimentos o estropeaban los libros con huevos o les arrancaban las hojas.

—Mentiría si no reconociera que la duda y el miedo se instaló en nuestras cabezas y en algún momento pensamos en dejar todo, pero la gran mayoría de los profesores estamos comprometidos con estos niños, con estas comunidades. Sabemos que tenemos que apechugar, que es nuestra tarea.

Marta Ester Fierro Huaiquiche tiene 48 años, es de origen mapuche. Su madre murió cuando tenía dos años y creció en un hogar de menores de Ercilla. Después de estudiar educación general básica llegó a trabajar a esta escuela, donde lleva un poco más de 20 años. Durante sus primeros años, cuando la locomoción escaseaba aún más, vivió con sus hijas Waglen, Rayén y Millaray en un sector de la escuela destinado a los profesores.

—Entonces esto era la tranquilidad. No entiendo en qué momento nos convertimos en la escuela más golpeada por el conflicto mapuche.

Marta, quien fue profesora de Jaime Mendoza Collío y de Álex Lemún, dice que entiende las demandas mapuches, que ha sido un pueblo discriminado por mucho tiempo, pero no cree en la violencia.

—La forma en que están ocurriendo las cosas no es la correcta. Hay gente inocente en las comunidades que está sufriendo las consecuencias. Lo que ha sucedido en este colegio, por ejemplo, me cuesta entenderlo -dice mientras los alumnos de segundo básico en la sala vecina repiten palabras en mapudungún que les enseña Rubén Segundo Levipán, un dirigente de la comunidad Bollin Mapu, que ahora trabaja como profesor intercultural.

Marta Ester Fierro escucha las voces de los niños y comenta:

—La gente podría pensar que los estudiantes aquí viven atemorizados, pero son niños normales. Es cierto que hubo un momento en que los más chicos reproducían en juegos los combates entre carabineros y comuneros, pero fue sólo una etapa. A medida que la situación se ha ido agravando, ellos han dejado de hablar. Y cuando alguno hace un comentario es mejor no escuchar ni repetir lo que dicen.

Una opinión parecida, también tiene otra profesora que prefiere mantener en reserva su identidad. Dice que hay cosas que es mejor no cuestionarse.

—Muchos piensan que son los familiares de los mismos alumnos o, peor aún, algunos muchachos que estudiaron acá y que ahora pertenecen a grupos revolucionarios o se convirtieron en weichafes (guerreros), los que han atacado al colegio. Eso es triste. Nos hace cuestionarnos, pensar si hicimos algo mal.

La profesora agrega:

—Creo que los grupos violentos han tenido influencias de personas que no pertenecen a las comunidades y les han hecho cambiar su mentalidad. Ése es nuestro consuelo.

***

En la sala hay una treintena de apoderados que miran con una mezcla de escepticismo y conformidad. Frente a ellos está el alcalde de Ercilla, José Vilugrón Martínez, acompañado del jefe del departamento de educación del municipio y del director de la Escuela rural de Chequenco.

El alcalde parte su presentación diciendo que “la educación es la prioridad” y luego repite que “no hay que hablar del conflicto sino de solucionar la situación de la escuela”. Más tarde, comenta que en su infancia él estudió en la escuela de Chequenco y que varios de los apoderados que están en la reunión fueron sus compañeros. También dice que “en Santiago creen que el pueblo mapuche es peligroso”, pero él sabe que es “bueno. Todo este conflicto es provocado por infiltrados en las comunidades”. Después anuncia que ya se iniciaron las gestiones para contar con la escuela modular que se montó en Dichato tras el terremoto de 27 febrero. Que todo sería gestionado en un mes y que costaría 60 millones de pesos.

Los apoderados asienten, pero el escepticismo en su mirada se mantiene. Algunos opinan que ojalá se cumplan los plazos. Pero, la gran preocupación, la pregunta que más repiten, es qué medidas se tomarán para que la escuela no vuelva a ser quemada. Piden protección policial. El alcalde dice que la idea es contratar un nochero para que la vigile.

Todos comentan la idea entre murmullos. Y, de repente, se alza la voz de Juan Ñecul, el secretario del centro de padres de la escuela.

—¿Quién va a querer ir a trabajar ahí? ¿Quién va querer exponerse al peligro?

Nadie responde.

***

Jaison Neculpán Ponce tiene 7 años. Está en segundo básico. Vive con su madre, su abuela y su hermana de tres años en una casa de dos habitaciones, que está ubicada en una loma en el sector de Agua Buena. Su padre trabaja en una empresa forestal y lo ve poco. Todos los días camina cuatro kilómetros para llegar al costado del camino donde toma el bus y viaja durante casi cuarenta minutos hasta la escuela. En esa ruta Jaison pasa frente a los restos del furgón escolar que fue quemado hace algunos meses cuando transportaba a unos escolares al Internado Liceo Agrícola Manzanares de Renaico; también cerca del cementerio donde está enterrado Jaime Mendoza Collío y de los vehículos policiales que vigilan el sector.

A Jaison el paisaje no le sorprende.

—No miro por la ventana. Prefiero descansar de lo que caminé para llegar al colegio o de vuelta a mi casa. Era mejor antes cuando no habían quemado la escuela.

La profesora Elena Figueroa, quien trabaja desde 1984 en la escuela, dice que los niños parecen lamentar la falta de espacio que tienen en Pidima.

—Ahora están hacinados en un pedazo de patio donde apenas pueden correr. Antes estaban en un lugar más amplio, rodeados de verde, con los cerros cerca. Pero se han adaptado. Algunos me han dicho que están tristes, pero siguen viniendo a la escuela. Es lo importante. En un momento pensamos que esto asustaría a las familias -dice la profesora.

Óscar Eschmann, jefe de la unidad técnica pedagógica, lo ratifica. Comenta que el ausentismo fue fuerte el primer día. Entonces sólo vinieron 60 niños, pero ahora el 90 por ciento está en clases. Explica que el porcentaje de inasistencia es normal. Especialmente en estas fechas, porque muchos se enferman y porque es natural que en las comunidades algunas veces los niños dejen de venir unos días para ayudar a las familias en las labores del campo.

—Aquí los niños tienen una fuerza única. Yo he visto como después de allanamientos a sus comunidades, como ocurrió hace dos meses por la muerte del carabinero, los niños llegaron al colegio como si nada hubiera pasado. Es obvio que sufren con todo lo que ocurre a su alrededor, pero quieren salir adelante. Y si nosotros nos vamos, los abandonamos.

Anoche Lucía Armijo reventó dinamita. Pasada la medianoche despertó con el sonido de los silbatos: la señal que sus vecinas hacen sonar para alertarse del peligro. En la penumbra escuchó los ladridos destemplados de los diez perros que vigilaban la minúscula construcción de adobe en la que vive. Medio minuto después sintió pasos arrastrados, carreras nerviosas y voces roncas de desconocidos alrededor de la casa. “Afuera hay rateros”, murmuró a sus hijos en la oscuridad y salió de su cama. Se abrigó apenas, encendió una lámpara de carburo, tomó un palo de madera y salió a mirar lo que sucedía. Tenía que vigilar que no robaran las bodegas de herramientas y maquinarías que tiene a su cuidado. Es su trabajo.

—Los vi en la negrura. Querían abrir la puerta de una de las casetas que están cerca de la bocamina. Eran cuatro.

Tenían cubierta la cara con unos pañuelos. Me vieron con la lámpara y me amenazaron. Me dijeron, “te vamos a pegar chola de mierda, ándate a dormir, no cuides tanto cosas que no son tuyas”.

Eso le dio rabia. Corrió a su casa a buscar unos cartuchos de dinamita, encendió uno y se lo arrojó.

—Explotó casi en sus piernas cuando arrancaban cerro abajo.

Para asegurarse de que no volvieran, Lucía tiró otro cartucho de dinamita.

Lucía Armijo trabaja de guardabocamina en “Monja uno”, una de las 600 faenas que socavan la falda del Cerro Rico en Potosí: la montaña que tiene la reserva de plata y estaño más grande de Bolivia. La que asombró a los conquistadores. La que nutrió a España y Europa con multimillonarias oleadas de plata y la que, ahora, desde los túneles que barrenan su interior, todavía fluye lo poco que queda de su hemorragia de riqueza.

Lucía es una de las 200 guardabocaminas que existen en Cerro Rico. Tiene 40 años, una sonrisa con tapaduras metálicas, las mejillas resecas por el sol y la piel cobriza. Vive con sus seis hijos y una nieta recién nacida en una caseta de seis por tres metros: un cuartucho con poca ventilación, techo de zinc oxidado, piso de tierra y una puerta con rendijas tapadas con cartones.

—No es mucho, pero tengo una llave de agua potable cerca y electricidad. Hay otras partes del cerro donde las mujeres deben caminar a una cisterna para tener agua –dice mientas masca unas hojas de coca. Está sentada en su caseta. Sus escasas pertenencias la rodean abarrotadas y mustias: dos camarotes que se reparten entre toda la familia, cajas con ropa, una mesa con las patas chuecas, una cocina y un televisor que ahora está encendido en un canal de dibujos animados para entretener a Juan Eduardo, el menor de sus hijos.

La caseta –que está decorada con guirnaldas y globos de colores por las fiestas de carnaval que acaban de terminar– es parte de su pago por vigilar la mina y cuidar las bodegas de esta empresa en la que trabajan 60 mineros.

Lucía es guardabocaminas desde hace 14 años. Llegó aquí desde Comunidad de Jesús –un sector poblacional de Potosí–, la primera vez que la abandonó su marido.

—Me dejó sin nada. Entonces me vine para acá, al Cerro Rico, porque podía trabajar en la mina sin dejar a mis hijos botados. Después volvió, pero no funcionó y nos separamos otra vez. Trabaja de chofer en la ciudad, pero no me importa. Acá tengo casa, un sueldo y la posibilidad de pichar los minerales sobrantes. Con eso me doy vueltas.

Podría ser peor.

Pichar consiste en barrer las rocas que se caen de las volquetas que sacan los mineros de la mina. Las guardabocaminas las juntan cerca de su cabina y luego las venden a pequeñas empresas compradoras de minerales que pagan lo recolectado en efectivo. De la concentración de metal con valor comercial que contenga su cargamento dependerán sus ganancias. Lucía vende lo que picha cada dos meses. Si tiene suerte puede ganar 1.500 bolivianos (213 dólares estadounidenses). Eso aumenta el sueldo de 700 bolivianos que gana mensualmente (alrededor de 100 dólares) por su trabajo de guardabocamina y el otro tanto que consigue lavando ropa de algunos mineros.

Algunas veces también “carretea”: arrastra los vagones con mineral desde el interior del socavón cuando hace falta fuerza de trabajo. La ayudan sus dos hijas mayores de 16 y 18 años.

—Cuando hay buen mineral, podemos sacar hasta 30 carros y ganar 100 bolivianos más.

Pero la principal responsabilidad de Lucía es vigilar las casetas de las herramientas y las maquinarias. Si llegaran a robarles, tendría que pagar todo de su bolsillo. Y como Lucía, al igual que las otras guardas, no tiene ahorros, le descontarían su sueldo. Se quedaría con nada.

—Conozco a muchas guardas que trabajan gratis, como si fueran esclavas. Hace unos días robaron más arriba y los dueños de la mina echaron a la guarda de su caseta, la despidieron y no tiene dónde dormir con hijos –dice y se persigna para conjurar esa posibilidad.

A Lucía han intentado robarle cuatro veces.

Por eso todas las noches duerme a medias.

Por eso guarda dinamita detrás de su puerta, al lado de los juguetes de su hijo.

Por eso anoche lanzó dos cartuchos en la oscuridad.

***

Potosí fue mucho, pero ahora es poco. La ciudad –ubicada a más de cuatro mil metros de altura al sur de La Paz– languidece en sus recuerdos. Su casco histórico de calles estrechas, monumentos imponentes como La Casa de la Moneda –la segunda construida por los españoles en el Nuevo Mundo– y caserones con escudos de nobles españoles ya desaparecidos son historia. El presente, en cambio, es duro. Según el Instituto Nacional de Estadísticas de Bolivia, ocho de cada diez habitantes del Departamento de Potosí viven en la extrema pobreza.

Ya no queda nada de la portentosa riqueza que relató el cronista Nicolás de Martínez Arzanz y Vela en el Siglo XVIII en su libro “Historia de la Villa Imperial de Potosí”. Ahí describe una ciudad “donde la plata abundaba como la arena a orillas del mar y su resplandor opacaba al de la luna llena”.

Ahora, Cerro Rico –un triángulo casi perfecto hecho una montaña de tonos rosados que marca el paisaje de la ciudad– es un montañón menoscabado. Una pirámide carcomida en su interior por 619 bocaminas y, al menos, 150 kilómetros lineales entre cuevas, galerías y pasadizos, según datos de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol). El cerro también se está hundiendo. Si en 1545, cuando se inició la explotación de su riqueza, tenía una altura de 5.183 metros, hoy los estudios geológicos comprueban que ésta se redujo en 787 metros por los trabajos mineros y la erosión.

En su época dorada, durante la Colonia, Cerro Rico nutrió con embarques de riqueza a Europa. Los historiadores más discretos hablan de 15 mil toneladas de plata pura enviadas a ultramar; los más sensacionalistas, de treinta mil.

El cronista León Pinelo sostenía en 1629 que la producción del cerro era tanta que “bastaría para un puente o camino desde Potosí a Madrid de 2.071 leguas de largo, cuatro dedos de espesor y 14 varas de ancho”.

En los registros históricos dicen que en 1630 Potosí llegó a tener 160 mil habitantes, un poco más que la población que por entonces tenían París y Londres. Mientras Potosí resplandecía con la riqueza -en sus calles se vendían perlas de Ceylán, tenía treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas, 14 escuelas de baile y en la Casa de

Moneda se acuñaron monedas para las Filipinas-, en el cerro se escribía el capítulo oscuro de su historia: miles de indios fueron esclavizados y otros tantos africanos fueron traídos por los españoles para cumplir con la ambición.

El esplendor de Potosí no duró demasiado. Su altura, las bajas temperaturas y las constantes epidemias hicieron que los españoles emplazaran una nueva ciudad: Sucre, un lugar más cómodo, menos cruento. “La nueva población, ubicada a 150 kilómetros, fue otro parásito de la riqueza del Cerro Rico. En 1650 sus vetas escasearon y la ciudad imperial comenzó a hundirse en el olvido, pero ha sobrevivido gracias al estaño y otros metales menores como el zinc y el bórax”, asegura Olivier Barras, investigador social suizo-francés radicado en Potosí y que investiga la minería boliviana.

Pero el verdadero caos llegó en 1985 cuando la Comibol –que explotaba el 75 por ciento del Cerro Rico– se desmembró por las deudas, la ineficacia y la corrupción. Se vinieron los despidos masivos: sólo mantuvieron su puesto dos mil trabajadores de los 13 mil que conformaban su plantilla. Muchos emigraron en busca de otras oportunidades, otros saquearon las instalaciones y unos cuantos esperaron una solución gubernamental. La respuesta fue que formaran sus propias cooperativas. El Estado aportaría las herramientas y la asistencia técnica y los mineros su trabajo. En el Cerro Rico todo fue alegría. Era el comienzo de una nueva era, nueva época que nunca llegó.

En menos de un mes se conformaron 50 nuevas cooperativas privadas con unos pocos socios que arrendaron un yacimiento y comenzaron a explotarlo sin medidas de seguridad, con jornadas extenuantes, fuera de los derechos laborales y con un rendimiento deprimente.

Ese es el sistema que se mantiene hasta hoy.

***

Es hora de almuerzo en Pailaviri –la principal mina de Cerro Rico y la única que pertenece al Estado boliviano– y Paulina López –66 años, viuda y de modales bruscos– está vestida con su mejor traje de chola: faldón abultado, falso de enaguas, chal tejido, medias de seda y bombín negro en la cabeza.

Unos turistas europeos, que se preparan a entrar al museo mineralógico que existe en el lugar, se quedan mirando a Paulina. A la distancia disparan sus cámaras. Ella masculla unas palabras en quechua, se cubre la cara con el manto y apura el tranco.

—Estos gringos, piensan que somos parte del museo.

Paulina está del mal humor. Hace poco llegó de Potosí. Bajó a la ciudad para visitar a su hijo menor, pero no lo encontró. Su nuera le dijo que había entrado a trabajar en una mina en el sector de Robertito, en la parte trasera del Cerro Rico, la más aislada, la más pobre.

—Me venció. Yo no quería que ninguno de mis hijos trabajara en el cerro. Quería que tuvieran una mejor vida, que no siguieran mis pasos ni los de mi esposo. Él murió por el mal de la mina, de los pulmones. Yo empecé a recolectar mineral del suelo cuando tenía 14 años, al igual que mi madre y mi abuela –dice Paulina y frunce el ceño mientras se encamina a un costado de la mina a buscar a sus compañeras palliris, que están pallando los minerales que recolectaron de las sobras de la mina.

Las palliris conforman uno de los grupos más tradicionales y enraizados entre las mujeres de la cultura minera del alto andino. Su nombre proviene de la palabra quechua Pallay que significa “escoger”. Su oficio consiste en recolectar el material que sobra de los relaves o los residuos que se concentran fuera de las bocaminas y cuentan con autorización de los dueños de las cooperativas. El proceso es simple, pero agotador: recogen las piedras de entre los restos en un delantal, las acumulan en una bolsa plástica y luego lo trasladan a un corral cuadrado de murallas de piedra. Ahí lo parten con un martillo o con las manos para extraer el material minero que queda y luego venderlo. Mensualmente ganan un promedio de 1.200 bolivianos (170 dólares).

—Ahora ganamos poco, no trabajamos tanto. Las palliris somos mujeres viejas, ya no llegamos al alba como antes. Nos duelen los huesos, nos cansamos rápido y tampoco tenemos que mantener a nuestros hijos –dice

Adelaida Jancko, una mujer de 74 años que está pallando sentada en el suelo de su corral. En sus manos callosas y con dedos como garfios sostiene un martillo con el que golpea una piedra. La examina y sólo guarda un pequeño trozo en un saco que está extendido a su lado.

Adelaida habla la mayor parte del tiempo en quechua. Lo prefiere al español, el que pronuncia con tono duro, sin ritmo. Empezó como palliri hace 35 años. Antes era dueña de casa, pero después que su marido murió en un accidente dentro de un socavón, salió a trabajar al cerro para mantener a sus nueve hijos. Conocía el oficio. Lo había visto cuando acompañaba a su madre que era “muira”: entregaba la comida y el agua que llevaba sobre una mula a las distintas bocaminas del cerro.

—Yo, en cambio, nunca quise traer a mis hijos para acá. Siempre los dejé en casa en Potosí para que estudiaran.

Me hicieron caso: cuatro son profesores y otro es pastor en una iglesia. Ellos no quieren que suba, pero en mi casa me aburro. Me acostumbré a trabajar mucho, me molesta estar en la casa sentada.

Adelaida masca coca y la escupe disimuladamente. A su lado María Vargas, una palliri un poco más joven y callada golpea una roca. La mira y la arroja para un lado.

María tiene 54 años y quedó viuda en 1999. Mientras la silicosis consumía a su marido y vio que no tenían comida en casa, se vino a pallar al cerro. Después de su muerte siguió escarbando entre los escombros, buscando entre el residuo de los metales algo que rescatar. Es la tradición de la mina. El destino que por centurias ha marcado a las viudas de Cerro Rico.

—Las cosas ya no son como antes. Quedamos pocas palliris, ahora hay más guardabocaminas. Ellas tienen más trabajo y sufren más –dice María sin dejar de golpear la roca.

—Ahora nada tiene la pureza de antes –refunfuña y martillea con fuerza una piedra hasta hacerla polvo.

***

Palliris y guardabocaminas forman parte de un perverso sistema que tiene su postal más cruel en “la montaña devora hombres”, como llaman los mineros al Cerro Rico, y que se replica en otros centros mineros de Bolivia.

Según Comibol, en todo el país alrededor de cinco mil mineros trabajan para la empresa estatal. Nueve mil lo hacen para compañías privadas. Pero existe una cifra fantasma, un número que nadie maneja, de los trabajadores de los pequeños minerales: en bocaminas sostenidas por maderos viejos, con túneles enclenques, pozos de “copajira” (agua tóxica) y gases contaminantes que los mineros combaten cubriéndose sólo con pañuelos.

Las mujeres también forman parte de esta cifra fantasma. Aunque desde 1985, cuando se reestructuró el sistema minero boliviano, las palliris fueron reconocidas como socias por las cooperativas mineras y se integraron a las asociaciones gremiales. En estas organizaciones en teoría también se deberían integrar a las guardabocaminas, pero siempre han existido diferencias entre ellas. “Las palliris sienten que tienen otro estatus en el sistema cooperativo: ellas son socias, mientras que las guardas son asalariadas, con contratos de palabras y sin protecciones legales.

Pero también existe la diferencia generacional: las guardas son más numerosas y jóvenes, mientas que las palliris son ancianas y están desapareciendo lentamente”, explica la investigadora boliviana Ingrid Tapia, autora del libro

“La herencia de la mina”.

Según Eblyn Cavero, asistente social y encargada en Potosí del programa de mujeres mineras del Centro de Promoción Minera de Bolivia, las guardabocaminas son las que están expuestas a las peores condiciones laborales.

“Además de no tener beneficios sociales y estar a merced de la voluntad de sus empleadores a la hora de negociar sus sueldos, deben vivir en condiciones deplorables, muchas veces sin agua y expuestas a la contaminación de los residuos tóxicos que salen de las minas. Y bueno, estar expuesta a la violencia de los asaltantes de los yacimientos a los que se enfrentan con piedras, palos o dinamita. Porque los dueños prefieren contratarlas a ellas antes que a un sereno a quien deben pagarle un sueldo legal”.

Eblyn Cavero, quien lleva cerca de cinco años recorriendo Cerro Rico de punta a falda, dice que “es imposible magnificar la realidad de las mujeres mineras. Es muy diversa, pero no es nada agradable”.

Aún así se puede bosquejar su perfil con la información que maneja Comibol: tienen sobre 40 años, en su mayoría fueron abandonadas por sus esposos o quedaron viudas. Se estima que cada trabajadora tiene al menos tres hijos.

La mayoría trabaja fuera de la mina, pero otra vez aparece la cifra no oficial que asegura que por lo menos dos mil mujeres realizan faenas al interior de los piques.

“Eso sucede especialmente con chicas jóvenes, muchas menores de edad, que trabajan fuera de la ley y con salarios de miseria en minerales más alejados de Cerro Rico y en pueblos rurales de la Provincia de Oruro, la otra gran zona minera de Bolivia”, explica el investigador Olivier Barras.

***

Anoche a Ema Mendoza –26 años, estatura baja, piel oscura, cara redondeada– le envenenaron uno de los siete perros que la ayudan a vigilar el socavón San Miguel, el mineral donde trabaja como guardabocamina desde hace tres años. Lo encontró esta mañana tirado tras la cabina en la que vive con sus dos hijas, Nayeli (10) y Carolina (5). Al animal, que no tenía nombre, lo enterraron los mineros bajo una pila de piedras.

—Querían dejarlo ahí tirado, pero como por acá no pasan recogiendo basura, les pedí que lo enterraran. A cambio tuve que lavarles la ropa –dice Ema. Son las tres de la tarde, el sol cae recto sobre Cerro Rico, pero corre un viento helado. Dentro de la casucha hace frío y suena una radio con música romántica. En una cocinilla hierve una tetera.

—Yo creo que lo mataron los mismos que trataron de robar allá abajo, en donde tiraron dinamita anoche.

Ema habla bajo, con los ojos entrecerrados y con los brazos cruzados sobre el pecho. Se vino desde Bentasus, un pequeño pueblo agrícola que está a una hora de Potosí, cuando tenía 20 años. Siguió a una amiga de infancia que trabajaba en el cerro. Su primer trabajo fue seleccionar piedras que se caían de los camiones. Ganaba 25 bolivianos al día (menos de 4 dólares). Después aceptó cuidar la mina “La Amorosa”, que está en la parte media del cerro.

—Ahí la pasé mal. No tenía agua y no me pagaban las pichas que hacía. Los mineros eran atrevidos, no podía estar tranquila. Así que me fui a otra mina, en la que trabajaba con mi mamá que también dejó el pueblo cuando enviudó, y después conseguí trabajo acá que es mejor porque tengo agua y luz.

Su madre, Victoria, se quedó en la otra mina. La mujer tiene 63 años, está enferma de la espalda y ahora está en cama inmóvil. Pero no quiere dejar el trabajo. Es su único ingreso. Ema ahora tiene que subir a cuidarla y mirar esa mina todos los días. Va tres veces: por la mañana, después del mediodía y cuando comienza a oscurecer.

Anoche, cuando sintió los silbatos de las otras guardabocaminas, pensó en subir, pero cuando escuchó la primera explosión de dinamita desistió de hacerlo.

—Mis hijas se asustaron y no quise dejarlas solas. Acá puede pasar cualquier cosa. En el cerro estamos desamparadas.

Como todo en su vida, la segunda de sus ocho mujeres le fue revelada por una señal. Por un designio divino. Sucedió una noche de verano de 1992. Jacob, el hombre que unos años antes se había convertido en profeta de su propia iglesia, predicaba frente a sus feligreses en un templo improvisado de San Joaquín, una comuna popular, de casas bajas en el centro-sur de Santiago. Hablaba de las escrituras, de la injusticia, de los caminos luminosos, de la belleza de la vida cuando, de pronto, la voz de Dios, clara y potente, le dijo:

—Tú, al igual que Abraham, Isaac, Salomón y los otros profetas, vas a tener varias esposas. No las busques. Yo las voy a llamar –escuchó, desde el cielo, aquella noche durante la prédica y lo comunicó a sus seguidores.

En el templo todo fue algarabía. Una treintena de hombres y mujeres levantaron las manos, se emocionaron, creyeron en sus palabras. Sólo Noemí –su primera mujer, la madre de sus tres hijos, con quien se había casado a los 19 años– salió corriendo. Aunque ella creía ciegamente en la voz de Dios, este designio le pareció un exceso.

Jacob contempló su huida en silencio. Vio que sus hijos, mezclados entre los feligreses, lloraban, asustados, pero no la detuvo. La voz de Dios se lo impidió. Le dijo que hablaría con ella, que volvería pronto y que lo ayudaría a cumplir con su profecía.

Unas semanas más tarde Noemí regresó al templo e irrumpió en medio del culto, arrepentida y más creyente que nunca. Dijo que Dios la había convencido, que le había enviado dos señales. Primero, una terrible tormenta eléctrica que la sorprendió en el bus, en medio del desierto de Atacama, cuando estaba a punto llegar a la casa de sus padres en Calama. Después, sueños recurrentes, en los que Dios le señalaba a una joven de la iglesia, a la que nunca había visto antes, y le decía: “ella es la otra esposa del profeta y tu deber es comunicárselo”. Noemí obedeció y la noche de su retorno se acercó a una chica de 19 años, que estaba con su padre y sus hermanas, la tomó de la mano y la entregó a Jacob. A partir de ese día, sin que su padre o sus hermanas opusieran resistencia, la chica, a la que el profeta bautizó Tamar, se fue a vivir a su casa.

Ése fue el principio de muchas cosas: luego vendrían más sueños, más revelaciones, más mujeres.

—También llegaron los adversarios, los dolores, las persecuciones y las burlas. Son las pruebas que debe soportar una persona que porta una verdad trascendental, un mensaje que cambiará el mundo –dirá el profeta, 18 años después de aquella revelación, en uno de sus tres departamentos de Santiago, rodeado por cuatro de sus 28 hijos y en compañía de Rahab Saba, la mujer de 21 años que, dos meses atrás, abandonó todo lo que tenía (una modesta casa en Puerto Montt, su hija de cuatro años, su trabajo como auxiliar en el casino de una empresa), llegó a Santiago y cambió su verdadero nombre por uno bíblico que escogió Jacob.

Rahab estaba dispuesta a ser lo que un sueño le había indicado que hiciera: ser la nueva, la octava mujer del profeta.

Antes de que Dios lo nombrara el primer profeta del confín de occidente, Jacob se llamaba Hugo Pablo Muñoz Escobar. Era el séptimo de los nueve hijos de un matrimonio de obreros católicos –devotos, pero no demasiado practicantes–; vivía en San Joaquín y trabajaba en la empresa textil Comandari, donde luego de realizar unos cursos se integró al equipo de dibujo de la revista interna de la compañía. Ganaba bien, tenía amigos y, por curiosidad, había empezado a experimentar con la marihuana. Corría 1972, la libertad hippie estaba en boga y Jacob, dice, se estaba dejando llevar por esa tentación.

La leyenda personal del profeta, que a veces parece una mezcla de parábola, biografía y relato épico, dice que a los 18 años, luego de una fiesta, se cuestionó la vida que llevaba. Entonces, siguiendo un impulso irracional, llamó a la puerta de su vecina evangélica y le pidió prestada una Biblia. La señora Matus, quien predicaba en la población y lo había invitado antes muchas veces a orar en el templo, se puso a llorar, lo bendijo y le dio el libro. Él, conla Bibliabajo el brazo, tomó un bus y se fue al Cajón del Maipo, en la precordillera de Santiago, y buscó el cerro más apartado para leer y meditar. Y no sucedió nada. No hubo revelaciones. No hubo voces.

La falta de respuestas no lo hizo cesar en su búsqueda. Sólo lo obligó a volver semana tras semana al cerro y a la soledad, hasta que todo cambió un domingo por la mañana cuando, después de orar y leer un pasaje del Antiguo Testamento, el cielo nublado se abrió y, por unos segundos, pudo ver el rostro de un ángel. En la mirada límpida, el rostro sin barba y la sonrisa de este ser celestial, Jacob marca el inicio de su renacimiento, el primer paso en su búsqueda del camino luminoso.

Entonces dejó su trabajo en la empresa textil y salió a buscar la palabra de Dios por todo Chile. Abandonó la casa paterna y se casó –casto– con Noemí, una joven que conoció durante sus viajes. Fue padre de sus tres primeros hijos –Israel, Dina y Elizabeth– y peregrinó por distintas iglesias para encontrar una que se ajustara a las visiones reveladas por la divinidad, que comenzaron a hacerse recurrentes: imágenes en las que se veía predicando frente a seguidores, frases epifánicas sobre su misión.

Un día, cuando ya había cumplido los 25 años y llevaba más de cinco casado con Noemí, la voz de Dios le dijo que terminara con la búsqueda. Que ya tenía el conocimiento universal. Que ya había crecido en luz. Que la única iglesia posible era su propia iglesia. Desde ese momento comenzó a presentarse como Jacob, el único y legítimo iluminado del cielo que no proviene del mundo hebreo.

El primer profeta del sur austral.

Es viernes, es de mañana y la ciudad está vacía por el feriado católico que recuerda ala Virgen del Carmen. Frente al condominio donde vive Elena Barahona –una asistente social que trabaja parala Corporación de Fomento, oficia como una suerte de secretaria del profeta y es una de sus feligresas más antiguas y devotas– hay un furgón blanco. Jacob –56 años, larga barba cana, crespo pelo, silueta baja y maciza, y manos pequeñas– está al volante. Acaba de llegar a Santiago desde una de las dos parcelas que tiene en Lomas del Águila, en Champa, un sector agrícola a70 kilómetros al sur de Santiago. Ahí se retiró hace una década y vive con cinco de sus mujeres y la gran mayoría de sus hijos.

Hoy se levantó cerca de las 5 de la mañana para ordenar algunas cuentas de las tres pequeñas empresas eléctricas de las que es socio, para llamar a varios de sus feligreses que están pasando por malos momentos, para venir a visitar a sus mujeres que viven en Santiago, revisar las lecturas que compartirá esta noche con sus feligreses y escuchó algunos tangos en el camino.

En el interior de la furgoneta, agazapada, está Reina Esther, su séptima esposa, con tres de sus hijos.

—No la moleste. Tiene un genio complicado. Le pedí que diera la entrevista, pero no aceptó. Es mi mujer, respeta la palabra, pero no la puedo obligar a hacer cosas que no quiere.

Jacob camina hasta el portón del condominio y toca el timbre. En el citófono se escucha la voz de una mujer.

—Shalom, hermana Elena.
—Shalom, mi señor Jacob. Suba. Lo estaba esperando.

Después de subir cuatro pisos por una escalera, Jacob saluda a la dueña de casa y se derrumba sobre uno de los sofás del living. Suda. Toma aire. Y de inmediato acepta la taza de té que ofrece la hija menor de Elena, Deborah, una niña de 16 años y anteojos redondos. El lugar tiene pocos lujos. Hay una estufa encendida, una mesita de centro con una planta plástica, un librero lleno de enciclopedias. En las murallas hay citas bíblicas enmarcadas.
Textos de Salomón, Isaías y David.

Elena Barahona, su marido y sus tres hijos, son una de las sesenta familias que conformanla Legióndel León de Judá. Todos los lunes, miércoles y viernes se reúnen en una casa en San Joaquín para escuchar las prédicas de su señor y leer las escrituras. Sus encuentros comienzan pasadas las seis de la tarde y se pueden extender hasta la medianoche. El culto siempre está rebosante de público.

—Muchos hermanos han crecido en la iglesia, no tenían proyectos ni educación y mi señor los aconsejó y salieron adelante. Hoy tienen sus negocios, empresas y son testimonios de vida –dice Elena.

El profeta se mesa la barba.

—Elenita y su familia me acompañan desde que partió esta travesía de alegrías, flores, espinas, lágrimas y esperanzas. Ellos, como tantos otros, creen que el gran León de la tribu de Judá, yo, su profeta Jacob, soy el portador de la fe que salvará al tercer milenio. Ahora la palabra viene de un mensajero hebreo nacido en el occidente del fin del mundo –dice Jacob.

Elena y su hija Deborah asienten. Suena el citófono. Es uno de los hijos del profeta. Pregunta a qué hora bajará su padre.

El profeta tiene que ir a visitar a otra de sus esposas.

La Legión del León de Judá. Así Jacob bautizó a su iglesia cuando comenzó a predicar sus enseñanzas, después de abandonar el trabajo que tenía por entonces como predicador en una Iglesia Pentecostal en la población La Victoria.

Una verdad que Jacob –como “el gran león dela Tribude Judá”– expresa en sus rugidos. Así devela los deseos del Verbo Dios, el nuevo y final nombre del altísimo, que durante distintas épocas ha sido presentado con otros nombres. Jacob también dice que parte del Verbo Dios se ha encarnado en cada una de sus ocho esposas, bautizadas cómo las mujeres de los profetas bíblicos. El profeta las llama “las lámparas de la palabra”.

En su momento de mayor esplendor, a mediados de los ’90,La Legióndel León de Judá contó con más de un centenar de familias que seguían su palabra, todas provenientes de comunas populares como San Joaquín, San Miguel y Peñalolén. Hoy no superan los 60. Muchos lo abandonaron y sólo se quedaron “los justos, los verdaderamente creyentes”.

Todos ellos asisten a las reuniones del culto, que cada vez cambia de lugar y que por lo general se realizan en espacios facilitados por alguien de la congregación. Es una de las formas en que ayudan a su profeta. Las otras son un diezmo de su sueldo que entregan religiosamente y manteniendo total discreción sobre los detalles de su fe.

El Verbo Dios, dirá siempre el profeta, es algo serio. Algo de lo que no se puede hablar ligeramente.

Degenerado. Corrupto. Animal. ¡Déjame una!

Todo eso decían los rayados que en marzo de 1995 tapizaron el frontis de la casa donde el profeta vivía por entonces, en la calle Caracas de la comuna de Peñalolén. Los ataques con piedras de los vecinos del sector contra la amplia construcción cercada por rejas metálicas negras se replicaron en la prensa y en los noticieros televisivos.

Jacob fue detenido porla Policíade Investigaciones y derivado ala Penitenciaríade Santiago después de varios reclamos anónimos y de una denuncia de Víctor Ramos, padre de Tamar, Rahab Primera, Rebeca y Agar, cuatro de las cinco mujeres que ya integraban la familia y de otras dos que llegaron después.

El profeta fue acusado de polígamo y corruptor de menores. A la semana fue sobreseído. Sólo estaba casado legalmente con la primera de sus mujeres: las otras tres vivían con él por opción propia y habían aceptado “la voluntad divina” cuando ya eran mayores de edad. Y además Víctor Ramos, el padre denunciante, seguidor de la doctrina del profeta desde sus comienzos, retiró su acusación. Desde ese momento, Jacob se convirtió en leyenda.

Fue bautizado como “El profeta de Peñalolén”. Le hicieron crónicas y entrevistas en las que le preguntaban por su vida sexual, por los métodos anticonceptivos y, en los últimos años, por el Viagra. A regañadientes contestaba, pero después dejó de hacerlo.

—Me cansé de que me trataran de pervertido sexual. Esto tiene un sentido más allá de la carne. Pero una cultura monógama, que en secreto actúa como en Sodoma y Gomorra, no lo sabe –dice el profeta en su parcela en Champa. A este sector rural –al que se llega por un camino de tierra y donde abundan los árboles frutales– Jacob se retiró después de ser perseguido en las comunas que vivió luego de Peñalolén.

Aquí ha seguido con su culto, han crecido sus hijos y han llegado sus nuevas esposas.

Rahab Saba vivía en Puerto Montt, tenía una hija de 4 años y nunca había visto a Jacob. Sólo había escuchado su voz en las grabaciones que le hacía escuchar su novio, Sadrach, que tenía por entonces, cuando aún se llamaba Rubelia Chávez.

Con la familia de Sadrach, conoció las enseñanzas dela Legióndel León de Judá. Ellos habían descubierto a Jacob en Santiago y replicaban sus palabras a quien quisiera oírlas. Rubelia desde el principio se dejó seducir por estas prédicas, y comenzó a enviar una ofrenda de 25 mil pesos. El discurso del profeta le resultó tan impactante que después de terminar su relación con Sadrach mantuvo su fe.

A fines de 2009, Rubelia –21 años, pelo oscuro y ojos color carbón– comenzó a soñar. Primero se vio en medio de un campo con un bastón en la mano y ovejas que la seguían. Luego con un hombre de barba que la abrazaba con fuerza. Y, en la más recurrente de sus visiones, rodeada de niños que la seguían como una madre.

—Nadie tuvo que decírmelo. Era el Verbo Dios, me estaba hablando, que me decía que mi destino estaba cambiando, que dejara mi pasado, porque me tenía preparado algo mejor –dirá Rubelia, quien una tarde a fines de marzo fue donde la familia de su ex novio y les habló de sus visiones. La escucharon con atención y asombro.

Cecilia, la madre de Sadrach, había soñado lo mismo y le dijo que su destino era convertirse en la nueva esposa del profeta.

Esa noche, luego de buscar en internet la fotografía de Jacob y comprobar que era el mismo hombre que veía en sus sueños, Rubelia y Cecilia llamaron al profeta y le hablaron de los sueños que habían tenido. El profeta titubeó, le dijo que esperaran un tiempo. Semanas después las llamó para decirles que esperaba su llegada.

Así fue como un día de mayo de 2010, Rubelia dejó a Trinidad Juliette, su hija de cuatro años, con sus abuelos paternos, y tomó un bus rumbo a Santiago para presentarse como su octava mujer.

Jacob la esperó en el terminal de buses, conversaron en el patio de comidas de esa estación y se mostró dubitativo. Rubelia pensó que ella no era su tipo y le dijo que sólo seguía el llamado del Verbo Dios. Jacob, resignado, aceptó: no podía rebelarse contra ese mandato superior. Rubelia Chávez fue bautizada como Rahab Saba y Jacob la llevó a sus dominios en Champa para presentarla al resto de sus mujeres.

—Para mi señor no es fácil aceptar cualquier mujer, porque implica un sacrificio enorme y sus mujeres son muy celosas.

Es sábado. Ya pasó el mediodía. Rahab Saba está sentada en un sofá color café y mira a Esperanza y Beerseba, dos de las hijas de Jacob que corretean por el balcón del departamento donde vive desde que llegó a la ciudad.

Afuera un viento frío sopla agudo en la esquina de la calle Santa Rosa con Santa Ester, zona sur de Santiago. A Rahab Saba le preocupa que las niñas estén desabrigadas y les pide que entren y hace un gesto autoritario, para que guarden silencio.

—Tengo que protegerlas como si fueran mis hijas.

Esperanza y Beerseba la miran atentas. Tienen entre diez y nueve años, llevan parkas de colores y pelo suelto.

Rahab Saba luce más compuesta: el pelo tomado en un moño, falda más abajo de las rodillas y botas de caña larga. No tiene joyas. Una ínfima capa de maquillaje cubre su cara. Habla con voz aguda y termina cada frase con una sonrisa tatuada. Esa expresión de tranquilidad se desdibuja, por unos segundos, cuando comenta que hace meses no habla con Trinidad Juliette, su hija. Dice que es mejor así, porque llamarla sólo la haría perder el rumbo de la misión del Verbo Dios.

—Son los sacrificios para conseguir una felicidad más allá de lo terrenal. Mi señor dice que en el camino luminoso no siempre hay rosas –dice como hablándose a sí misma. Y por milagro la sonrisa se le tatúa otra vez.

La poligamia proviene del griego y significa “varios matrimonios”. Hoy el número de sociedades auténticamente poligámicas es reducido, pero destacan las naciones islámicas, donde este tipo de matrimonio sólo existe si es aceptado por las mujeres. Aunque en la sociedad grecorromana –base del cristianismo– esta práctica o más correctamente, la poliginia (muchas esposas), no fue aceptada, el Antiguo Testamento dice que todos los patriarcas bíblicos fueron polígamos. La actual doctrina dela Iglesia Católica lo condena, porque es contraria al amor conyugal, que es indivisible y exclusivo.

Cae la noche sobre la calle Tesuca dela Villa Santa Olga de Lo Espejo. Una reja de madera tosca flanquea una casa de bloques de cemento sobre la que se afirman otras dos construcciones de madera de ventanas pequeñas por las que despunta una luz. Isabel Ramos –29 años, melena crespa, maquillaje marcado– abre la reja con desconfianza. Pregunta si no hay cámaras de televisión y asoma la cabeza.

—Cuando están pobres de noticias vienen a molestarnos –se excusa y sube una escalera que cruje con cada pisada. Abre la puerta que da a un pequeño living con una mesa de madera cubierta por un mantel blanco, murallas decoradas con fotografías y un niño de doce años que mira televisión.
—Él es uno de mis cuatro hijos. Los otros ahora están en Champa con su papá. El señor profeta vino a buscarlos ayer. A diferencia mía, ellos lo extrañaban.

Hasta 2009 Isabel respondía al nombre bíblico Abisac, vivía en Champa con sus hijos, no se maquillaba y sólo podía usar zapatos bajos. Después de diez años siguiendo estas reglas, abandonó al profeta.

—Todavía lo respeto. Cada quién con sus creencias, pero necesitaba recuperar la libertad.

Me cansé de que me mandaran todo el tiempo. No era una enferma mental –dice Isabel, que volvió a la casa de su padre y empezó a trabajar en lo que le ofrecieran: mesera de un restaurante, limpiando en supermercado y vendiendo en la feria.

—Él me ayuda con algo de plata para los niños y les compra todo lo que necesitan, pero quería mis propias cosas.

Isabel no fue la primera de las mujeres en abandonarlo. Antes, una de sus hermanas mayores, que también había seguido al profeta, Sonia Ramos o Rahab Primera, había regresado a Lo Espejo con su hijo. Ahora vive en una casa cercana. A diferencia de Isabel, aún cree en la palabra y no quiere hablar del profeta:

—No porque sea profeta no va a tener errores. Lo dicen las escrituras –es su lacónico comentario al teléfono.

Luego de las deserciones de Sonia e Isabel, otra de sus hermanas, Romina, lo abandonó el 15 de mayo de 2009. Dos semanas después de Isabel.

—Ella se vino detrás de mí y vive en la casa de abajo con sus tres hijos, pero no quiere hablar. Le molesta aparecer en la prensa –dice Isabel Ramos
—Sabe, el profeta no es mala persona. Cree en lo que dice, no está vendiendo un cuento. Ha sufrido mucho por esto. Siempre le digo que si tuviera menos mujeres tendría más plata y menos problemas.

Por una ventana se ve la cordillera de los Andes, iluminada por un sol que lucha contra unas nubes dispersas. En su departamento, Elena Barahona, la seguidora y secretaria del profeta, marca por tercera vez el teléfono. Nadie responde. Deja de insistir. Ofrece té y habla de sus inicios en la iglesia. Intenta, en vano, mostrar el rostro de Jacob que, asegura, se dibuja en una de las montañas nevadas. Suena el teléfono. Ella contesta. Frunce la boca. Cuelga.

—Mi señor Jacob tuvo un problema, no vendrá –dice Elena y le pide a su hija Deborah que traiga más té.

La niña baja la cabeza y obedece. Cuando vuelve con la bandeja, su madre la contempla con una expresión de orgullo.

—Tengo una exclusiva –dice Elena.

Hace años le dijeron que, a raíz de un problema médico, no podría tener más hijos. Entonces oró al Verbo Dios para que le mandara una hija. Y quedó embarazada de Deborah. Se convenció de que era una señal y, ella y su marido hicieron una promesa para agradecer el milagro:

—Deborah, mi hija adorada, cuando cumpla la mayoría de edad se convertirá en la nueva esposa de Jacob.

Deborah baja la mirada.

—Todavía faltan dos años, y que ella tome su decisión. Pero ya sabe lo que quiere –insiste Elena y mira a Deborah.

Deborah carraspea y dice, con voz dura:

—Claro que quiero. Es lo que quiere el Verbo Dios.

Afuera la cordillera se ilumina repentinamente. Elena se pone de pie y señala a la ventana, eufórica.

—Miren, miren: ahora se puede ver perfecto el rostro de nuestro señor en el monte.

Después, se cubre la boca con las manos.

La pastora acorralada

Publicado: 17 octubre 2010 en Juan Luis Salinas
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Una mujer aimara, de grueso pelo negro, ojos pequeños y oscura piel manchada, mira al vacío y escucha su sentencia. Mientras la voz del juez comienza a leer la resolución del tribunal, en su cara no se dibuja gesto alguno.
Parece congelada, como si no respirara. A sus espaldas, sus abogados defensores, los fiscales y casi una veintena de asistentes –unos cuantos periodistas, varios representantes de organizaciones indígenas, los gendarmes encargados de custodiarla– esperan con ansiedad contenida el veredicto que definirá la suerte de la mujer que ahora agacha su mirada y empuña sus manos morenas de palmas resecas.
—Se condena a Gabriela del Carmen Blas, ya individualizada, a sufrir la pena de diez años y un día de presidio mayor en su grado medio por su participación en calidad de autora del delito de abandono de un menor de tres años en un lugar solitario, establecido en el artículo 349 del Código Penal en relación al artículo 351, acaecido el 23 de julio de 2007 y del que fue acusada el 27 de marzo de 2009.
La voz del juez Guillermo Rodríguez estremece la sala dos del Tribunal Oral en lo Penal de Arica. Pasa el mediodía, el silencio es completo.
Las facciones de Gabriela Blas –27 años, vestida una blusa blanca con una mariposa de lentejuelas y pantalón rojo– se sombrean con una mueca indefinida. Un gesto que se debate entre la decepción y el aturdimiento. Gabriela mira, entonces, a sus abogados, quienes tratan de mantener la calma para reconfortarla. Y, luego, los ojos de Gabriela enfrentan a los únicos familiares que la acompañan en la sala: su hermano Cecilio, un hombre moreno de figura menuda, y su tía, Celedonia, una mujer de sesenta años. Ambos bajan la cabeza cuando se encuentran con su mirada.
Ninguno de ellos llora. Gabriela tampoco.
Más tarde, esa ausencia de lágrimas será destacada por las crónicas y por los reportajes televisivos que informarán sobre su condena. Todos hablarán de su falta de emociones. De su frialdad. Pero esa noche, antes de dormir, en la privacidad de su celda en la cárcel de Acha, al sur de Arica, Gabriela, quien se bautizó en la religión evangélica, leerá la Biblia y pedirá perdón por su error.
—Me condenaron por algo que yo no he hecho, por eso estoy triste. Sé que por mi descuido, mi hijo Domingo Eloy se perdió y se murió, pero no fue mi intención. Yo no lo dejé botado ahí en el frío, me duele que crean eso –murmurará un mes después del fallo, a trastabillones y con voz casi imperceptible.
Entonces, sólo entonces, a lo largo de ésta su única entrevista, una lágrima caerá por la cara de Gabriela. Ella la secará con el puño de su chaleco. Lo hará con un movimiento rápido.

***

La desaparición. Faltaba un mes para que Domingo Eloy Blas cumpliera cuatro años cuando desapareció en la inmensidad del altiplano, en la estancia Caicone, en la comuna de General Lagos, cerca del volcán Tacora y del límite con Perú. Fue al atardecer del 24 de julio de 2007. En la sentencia se señala que el niño volvía de pastorear junto a Gabriela. Habían salido cerca de las seis de la mañana con un ganado de llamas y alpacas por las planicies verdosas que se extienden alrededor de la estancia  –cuatro casas de adobe, un corral de piedra y un pozo de agua– a la que habían llegado cuatro días antes.

A diferencia de la mayoría de las pastoras aimaras del sector, el piño de animales no le pertenecía a Gabriela. A ella la contrató su dueño por tres mil pesos diarios. Esa vez serían diez días de trabajo y ganaría treinta mil pesos, de los que pensaba mandarle una parte a Víctor, su hijo mayor, que vive con uno de sus tíos en Arica, y compraría lo necesario para Domingo. Su hija menor Claudia, de dos años, había sido entregada a un hogar de Conin en Arica. Gabriela no podía cuidarla ni mantenerla.
Ese día fue tranquilo. El sol iluminó tibio y el viento, que acostumbra a pegar fuerte en las alturas, estuvo calmo. Gabriela dice que cargó a Domingo en su aguayo durante las casi dos horas de caminata al lugar donde pastaron los animales. Ahí almorzaron su “tostado” (maíz) y escucharon música de una emisora peruana en la radio que cargaban. Conversaron sobre plantas y antes de volver a la estancia lo retó porque se encaramaba en las piedras.
No era la primera oportunidad que Gabriela salía con Domingo a pastorear. Dice que comenzó a hacerlo desde que tenía pocos meses, pero a medida que fue creciendo trató de dejarlo al cuidado de su hermana mayor o con su madre en su casa en Fondo Huayla, un sector apartado al interior de una quebrada cordillerana. Ninguna de las dos pudo cuidarlo esta vez. Su cuñado no lo permitió y su mamá estaba enferma. Aunque sabía que el esfuerzo era doble, partió con el niño. Domingo ya pesaba mucho y era más inquieto. Llevarlo –dice– tampoco era algo extraño. Ella, al igual que sus seis hermanos, pastorearon con su madre hasta los seis años. Y luego comenzó a hacerlo en solitario o acompañada de su hermana mayor.
Gabriela cuenta que todo sucedió repentinamente, que nada fue premeditado. A las dos de la tarde, antes de que la sombra comenzara a caer, relata que cargó a Domingo y se encaminó de vuelta hacia la estancia. Durante el trayecto se vino tejiendo, arreando a los animales y descansando en algunos lugares. En su última declaración, señala que se le hacía difícil llevar todo el tiempo al niño en sus espaldas.
—Cerca de las cinco, cuando faltaba un poco más de medio kilómetro, me di cuenta de que dos animales se habían alejado del ganado. Se habían quedado en una loma. Le dije: hijito, dos llamos quedaron atrás. ¿Me vas a esperar? Y lo dejé sentado ahí en el aguayo. Le dije que no se moviera, que yo apuradamente iría a buscar al resto, a la mamá y al matón (una hembra y su llamo pequeño). Antes de irme miré que estuviera abrigado y que no hubiera algún peligro cerca. No había ningún cruce de agua, ninguna quebrada, ni tampoco animales salvajes, pensé que estaría seguro.
Por su experiencia, Gabriela dirá después en su defensa, que lo más indicado era hacerlo así. Dirá, también, que su madre así lo había hecho con ella en su infancia. Además, contará que no podía dejarlo en la casa en la estancia, porque eso era más peligroso.
—Ahí había cuchillos, estaban los perros y restos de fuego.
Pero la experiencia no es infalible. Cuando Gabriela regresó, cerca de una hora después, el niño no estaba. Sólo quedaba el aguayo tirado en el suelo. Ella cuenta que desesperada bajó a la estancia a buscarlo, porque pensó que había vuelto a la casa. No lo encontró. Dejó los animales y regresó adonde lo había dejado. En su declaración final señala que empezó a seguir su huella. Dice que lo hizo entre las seis y las nueve de la noche. Que gritó su nombre.
Que subió y bajó tantas veces hasta que cayó la noche y el frío comenzó a recrudecer y el viento a correr fuerte.
Entonces volvió a la casa, a esperar el otro día para seguir buscando. Esa noche, dice que no pudo dormir, porque sabía que Domingo no sobreviviría.

***

La cárcel. Es jueves. Un pálido sol amarillo de fines de mayo ilumina la carretera que se extiende vacía y los cerros ondulantes que enfrentan a la cárcel de Acha en Arica, el recinto penitenciario de alta seguridad que se inauguró en el sur de Arica en 2000. Ahí, según cifras de Gendarmería de Chile, hay 2.400 internos.
Gabriela Blas está retenida en este centro –conformado por construcciones que parecen enormes cajas de hormigón pintadas de colores aún más apagados que el desierto– desde hace tres años y ocupa una pequeña habitación en uno de los módulos del sector femenino, donde hay 276 mujeres. La mitad tiene nacionalidad peruana o boliviana y cargos por tráfico de drogas. Celinda, la compañera de celda de Gabriela, es una peruana de origen quechua que cumple una condena por narcotráfico. Esta mujer convirtió a Gabriela a la religión evangélica y es la mejor compradora de los bordados que hace para juntar algo de dinero. Sus trabajos no tienen nada que ver con lo que aprendió a hacer en su infancia. Ahora borda insignias de clubes deportivos como el Colo-Colo o la Universidad de Chile. Los otros, los más étnicos, no se vendían.
Su vida en la cárcel no ha sido fácil. Cuando llegó, varias de las internas comenzaron a amenazarla porque “había matado a su hijo”, pero todo quedó en palabras. Además, durante ocho meses estuvo en un módulo de aislamiento, donde prácticamente no recibió visitas. Sólo a los fiscales y a sus defensores.
—Eso la llevó a una depresión y afectó su salud. Gabriela ha pasado toda su vida en el altiplano, en espacios abiertos, y estar encerrada todo el tiempo es impensable para ella –dice Inés Flores, la interventora cultural de la Defensoría de la Región de Arica y Parinacota, la mujer que la ayudó a entender los términos legales que le resultaban ininteligibles durante los casi tres años en que se investigó su caso.
Inés Flores –profesora de castellano-aimara, madre de dos hijos universitarios y casada con un historiador– se ha convertido en una de sus amigas más cercanas y en una de sus más férreas defensoras. Ella también es aimara, creció en el altiplano y durante su infancia pastoreó con su madre.
—He conversado con mi madre y ella me ha contado que lo que hizo Gabriela es una práctica habitual en situaciones determinadas. Existen textos aimaras que dicen que en ciertas regiones era costumbre amarrar a los niños a piedras, cuando la madre debía dejarlos solos para enfrentar una emergencia con su ganado, como rescatar a un animal que cayó a un pozo en los bofedales –dice, mientras caminamos hacia el módulo donde se realizará la entrevista.
—¡Gabriela Blas, visita! –grita la gendarme que nos escolta a la sección de Gabriela.
Tras una reja pintada de negro y por la que se ve parte de una cancha de fútbol, donde algunas internas conversan y suena una canción de Américo, aparece Gabriela vestida con un suéter beige a rayas y un pantalón de buzo café. Saluda apenas. Sus ojos se achican con el brillo del sol.
—¿Por qué estás vestida con esos colores? ¿Qué pasó con tus chalecos coloridos? –le pregunta Inés.
Gabriela sonríe nerviosa.
—Es la única ropa que puedo conseguir acá –dice.

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El pastoreo. Después de los mapuches, el pueblo aimara es el grupo étnico cultural más representativo y numeroso de Chile. Su presencia traspasa las fronteras impuestas por las naciones, abarcando parte de Perú, Bolivia, el norte grande de Chile y el noreste argentino. Además de las técnicas ancestrales de la agricultura que mantienen, también se dedican a la ganadería.
Según el académico del Instituto de Investigación Arqueológico y del Museo San Pedro de Atacama de la Universidad Católica del Norte, Hans Gundermann, en el pastoreo altoandino de camélidos domésticos y ovejas, las mujeres siempre han jugado un rol laboral destacado. También los niños cuando ya están en edad de colaborar. Aunque los hombres tampoco se sustraen de la ganadería, solían y suelen estar ocupados en viajes para trabajar. En la actualidad, con la migración a la ciudad, el pastoreo lo realizan preferentemente mujeres mayores que permanecen al cuidado de animales propios, de la restante familia y de parientes.
Aunque el antropólogo evita hablar del caso específico de Gabriela, comenta que es normal que en el pastoreo extensivo en los altos Andes del norte, algunas madres deban dejar momentáneamente solo a un niño para atender circunstancias especiales.
—Ningún aimara quiere dejar solo a un niño, pero a veces se dan situaciones en que debe hacerse para resolver algo indispensable o apremiante. En otro contexto cultural, eso también se puede observar en las madres urbanas, especialmente en aquellas con menos recursos económicos, jefas de hogar, con hijos pequeños que atender y necesitadas de generar ingresos o abastecerse de medios de vida indispensables –dice Hans Gundermann.

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Vida torcida. Hay historias que deberían ser simples, pero que extrañamente terminan siendo escritas con líneas torcidas. Algo así sucedió con Gabriela. Menor entre seis hermanos, su madre la dejó a cargo de una hermana hasta los nueve años de edad. Llegó hasta sexto básico y a los 16 años fue violada por un primo de su madre y quedó embarazada de su primer hijo. El niño, que vio la luz en Arica, nació con problemas de salud y lo dejó a cargo de su hermano mayor quien vive en un campamento en el sector del Agro en Arica. Luego trabajó un tiempo como mesera en un restaurante de Zapahuira, camino a Putre, y como temporera en el valle de Azapa. Allí conoció al padre de Domingo, un hombre que estaba casado y la dejó con el niño. Después de eso volvió a vivir con sus padres y retomó por un tiempo las labores de pastoreo que había desarrollado en su infancia. Fue entonces cuando quedó embarazada de Claudia, su tercera hija. El padre fue su hermano Cecilio, con quien desde mucho antes había iniciado una relación incestuosa, por la cual también fue procesada pero resultó sobreseída.
—No me gusta hablar de eso. Sé que no fue lo correcto, pero había cosas que por el aislamiento en que vivimos durante mucho tiempo no entendía y de las que ahora me arrepiento y pido perdón a Dios –dice Gabriela en la sala de conferencias de la cárcel de Acha. Y cierra el tema.
Afuera sigue sonando Américo.

Ella masculla una cita bíblica que deja a medias.

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La denuncia. El letrero que está en la entrada del poblado de Coronel Alcérreca dice que en aquí viven 10 personas, que hay un retén de Carabineros y está ubicado a 3 mil 985 metros de altura. Pero esta mañana de viernes no se ve ningún rastro de sus habitantes. Por las calles de Coronel Alcérreca –ubicado a 15 kilómetros de la estancia Caicone, en la comuna de General Lagos– todo es desolación. Sus casas están abandonadas y el único residente, además de los tres carabineros y un perro que corretea entre las murallas de adobe que alguna vez fueron habitaciones, es Santa Choque, una mujer de 48 años, que pastorea un rebaño de veinte ovejas.
—Todos bajaron ayer en bus a Arica –masculla Santa mientras carga un corderito en sus brazos.
El marido de Santa, que vive en Arica porque debe dializarse diariamente, es primo de Gabriela y ella era una de las pocas personas que estaban en el lugar cuando la pastora llegó el 24 de julio de 2007 a denunciar la pérdida de su hijo al retén. Las otras eran la hermana de Gabriela, su cuñado, su sobrino y el profesor de la escuela, quien también era padrino de Domingo Eloy.
Ninguno de ellos la acompañó cuando realizó la denuncia. Ninguno tampoco la fue a visitar cuando los carabineros “la invitaron” –según dice la Defensoría– a quedarse en el calabozo del lugar y le tomaron sus primeras declaraciones por la desaparición del menor.
—Estuvo casi siete días detenida con distintas policías del sector, primero en Coronel Alcérreca, luego en Tacora y en Putre, donde la interrogaron sin la presencia de un abogado defensor. Y eso terminó atemorizándola e influyendo para que realizara declaraciones contradictorias –explica Viena Ruiz Tagle, abogada de la defensa y especialista en temas de criminología feminista y derecho antidiscriminatorio.
La abogada Ruiz Tagle reconoce que, en un comienzo, Gabriela dio versiones contradictorias a las policías y que eso sustentó la teoría para que el magistrado fallara en su contra y para que la acusaran de obstruir la búsqueda del menor. El fallo consigna que la pastora declaró, primero, que su hijo se le cayó del aguayo. Luego que un camionero se lo llevó a Bolivia, y después, que ella misma lo mató con un palo. Incluso, confesó haberle dado muerte a golpes por causas sentimentales. Todas estas declaraciones fueron desechadas después de la investigación y los Carabineros que la recibieron en Alcérreca fueron sancionados por no haberla puesto en manos del tribunal en el plazo legal.
En anteriores declaraciones a “El Mercurio”, la fiscal Javiera López, quien llevó la causa y declinó hablar para este reportaje porque se encuentra pendiente la vista de un recurso de nulidad presentado por la defensa, y la sentencia todavía no está ejecutoriada, todas “las circunstancias previas, coetáneas y posteriores al extravío demuestran la intención de la mujer de deshacerse de su hijo, exponiéndolo a fríos de -20º C”.
—Lo que pasó es que me puse nerviosa, no sabía que tenía derecho a guardar silencio y sólo quería que me dejaran tranquila. Ellos decían que si no hablaba, meterían presa a toda mi familia y no los vería nunca más –dice Gabriela para explicar sus contradictorias declaraciones.

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La polémica. A Domingo Eloy lo encontró el pastor Fortunato Tapia el 2 de diciembre de 2008. Diecisiete meses después de su desaparición y luego de una infructuosa búsqueda realizada por Carabineros, el Ejército y la Municipalidad de General Lagos. El menor estaba en Palcopampa, cerca del retén de Tacora, a 13 kilómetros de la estancia Caicone. Su cuerpo estaba boca abajo, tenía parte de sus extremidades comidas por la fauna altiplánica y otras en proceso de momificación. La autopsia señaló que murió en una fecha cercana al día de su desaparición, que la causa fue el frío y que no tenía lesiones externas atribuibles a terceros.
Pero entonces Gabriela ya estaba en prisión preventiva. A medida que fue siendo investigado, su caso dividió a la opinión pública y a los organismos judiciales de Arica. El defensor Víctor Providel arguyó durante el juicio la necesidad de que el tribunal considerara el contexto cultural indígena que establece el artículo 9 del Convenio OIT, que rige desde 2009 en Chile. Todo un precedente. Ninguna defensa anterior en Chile había invocado este argumento en un caso similar.
—Desde el principio creí en su inocencia y en cada entrevista que le realizábamos nos dimos cuenta de que recordaba detalles que argumentaban nuestra postura. Y eso se reforzó con los peritajes, al estudiar la literatura de pastoras aimaras, su cultura. Gabriela actuó como lo hacen y han hecho centenares de pastoras de su comunidad. Lo ocurrido es un accidente similar a la muerte de un pequeño ahogado en la piscina de un hogar urbano –dice Víctor Providel en su oficina, mientras revisa el recurso de nulidad que tramita en la Corte Suprema.
Providel tiene fe. Pese a que el juez Guillermo Rodríguez, que presidió el tribunal, dijo al final del juicio que “Gabriela Blas tuvo una conducta anómala para una madre, independiente de su origen étnico. Las conductas aceptables que se refieren al cuidado que una madre debe dar a sus hijos en nada difieren a las de otras culturas”.
La opinión del Ministerio Público y la fiscal Javiera López concuerda. En una entrevista para “El Mercurio” después del juicio descartó que se vulneraran los derechos de la acusada en su calidad de indígena. “Los jueces examinaron su pertenencia a la cultura aimara, pero concluyeron que ello no altera su responsabilidad penal”.
La polémica aumentó cuando la defensora nacional, Paula Vial, aseguró públicamente que los jueces aplicaron cánones occidentales para examinar expresiones culturales indígenas.

***

La esperanza. El pelo color cuervo de Gabriela brilla con la luz se cuela por las cortinas. Está sentada en la tarima de la sala de reuniones y comienza a responder en forma esquiva. Inés, la interventora cultural, la anima. Le pregunta si su tía Celedonia ha venido a verla.
—No. La espero para saber de mis hijos. Ella me trae noticias. La otra vez me dijo que mi hijo mayor estuvo enfermo y que mi niña está grande en el hogar de Conin.
Gabriela mira el suelo.
—Anoche tuve un sueño –dice repentinamente–. Estaba en un pozo lleno de arañas. Salía a la luz y encontraba unos zapatos que me quedaban grandes. Mi compañera de celda dice que creer en sueños va contra Dios, pero salir de un lugar oscuro es buena suerte. ¿No es cierto?

En la radio comienzan las noticias del mediodía. Luego de tres titulares -el funeral de un niño que esperaba un trasplante de hígado, la gravedad de Mercedes Soza y algo sobre una reciente encuesta presidencial- el locutor dice “conflicto mapuche”. Melanie Urban -una mujer de figura rotunda, carácter fuerte, siempre de jeans y botas de gamuza- se levanta del sofá donde ha estado sentada durante los últimos quince minutos. Le bastan tres largas zancadas, que retumban sobre el piso de madera de su casa, para llegar a un antiguo equipo musical que suena con discreto volumen. Mueve una perilla y la voz electromagnética gana potencia en los parlantes que están en cada esquina de su living. Instintivamente esconde los mechones de su melena rubia que cubren sus orejas y se queda ahí, de pie, concentrada, escuchando el relato. A medida que la noticia avanza, toda expresión desaparece de su cara.

Su espalda, en cambio, se pone rígida. Su pierna derecha comienza moverse con ritmo inquieto.

“El informe llega desde la Novena Región… un menor de diez años fue herido en las inmediaciones del fundo La Romana… comuna de Ercilla… la zanja que René Urban cavó para proteger su terreno… el niño estaba buscando a sus animales… un balín de goma… Fuerzas Especiales de Carabineros… comprometió un ojo, pero está fuera de riesgo vital en el hospital de Victoria”.

—¿Por qué no cuentan las cosas tal como sucedieron? —pregunta Melanie con voz seca y acalorada apenas termina la noticia.

Y se responde sola.

—Las comunidades mapuches siempre se las arreglan para quedar como víctimas. Están exagerando porque los balines no pegan tan fuerte. Los carabineros son cautelosos y sólo actúan cuando los grupos de encapuchados se ponen violentos. Ayer tú viste que fueron los mapuches quienes empezaron con las piedras y los disparos. No debimos habernos venido tan temprano. Te habrías dado cuenta de que en la noche se ponen más peligrosos, los ataques son más cercanos —dice mientras vuelve al sofá y se queda en silencio. En sus facciones se dibuja una mezcla de frustración y disgusto.

En la radio continúa la revisión noticiosa, pero cuando comienza a informar sobre las declaraciones de un candidato presidencial, Melanie se levanta y apaga el aparato.

—Sólo promesas, nada de soluciones concretas —refunfuña con gesto que puede bien parecer sonrisa o resignación, y mira el reloj.

—A las cuatro de la tarde iremos nuevamente al campo. A esa hora comienzan a reunirse los encapuchados. En la mañana tiran piedras un rato y siempre hacen un receso para almorzar. Yo creo que hasta duermen siesta —anuncia con ironía y desaparece por uno de los pasillos de la casona del fundo Aguas Buenas.

En esta casa -antigua, de techos y puertas altas y que perteneció a su abuela-, Melanie y sus padres viven desde noviembre de 2002. Aquí se refugiaron luego que un grupo de comuneros mapuches quemara la casona que ocuparon durante 30 años en el fundo Montenegro. El fuego-voraz y clandestino- carbonizó una construcción que había sido levantada por sus abuelos, quemó sus recuerdos de infancia y, de paso, se llevó los regalos de matrimonio que su hermana mayor, quien se había casado unas semanas atrás, todavía guardaba ahí.

Ese fuego no sólo encendió la lucha entre Los Urban y los mapuches; también fue el inicio de una vida bajo amenazas y de la vigilancia policial constante, 24 horas del día. Fue la partida de una vida familiar sitiada.

*

Melanie tiene 32 años, es soltera y la menor de los tres hijos de René Urban, el empresario agrícola que hoy es el principal blanco de ataque de los comuneros mapuches de la provincia de Malleco. Aunque en el sector existen otros medianos y pequeños agricultores afectados por la revolución de Arauco, los ataques a los dominios del clan Urban se han convertido en la postal de furia que los medios reproducen de este conflicto.

Para los grupos más radicales de Temucuicui -la comunidad mapuche más combativa de la Araucanía- , “La Romana” y “Montenegro” (los fundos emblemáticos de esta familia) son parte de su herencia ancestral. En su defensa, el empresario agrícola -un hombre de 65 años, manchas rosadas en la cara y pelo totalmente cano- dice que todos estos predios han pertenecido a su familia desde 1903. Que estas más de 600 hectáreas conforman su patrimonio. Pero aclara que su riqueza ya no es la de antes: ningún banco se atreve a asegurarle sus siembras de avena o trigo y la mitad de los bosques de árboles nativos que había en sus campos se ha hecho cenizas. Del ganado de más de quinientas cabezas que tuvo hace diez años, hoy sólo quedan 47 vacas.

Ligeramente encorvado en su metro 96 de altura, este hombre ha sorteado setenta ataques a sus propiedades. Hace tres años terminó con quemaduras en sus manos y con un preinfarto en la Clínica Alemana de Temuco, después de repeler un atentado incendiario contra un camión que él conducía en su predio. Luego contempló con asombro cómo parte de los cerros de Montenegro quedaban carbonizados por un incendio que nadie supo cómo surgió y, al poco tiempo, ocurrió lo mismo con 35 hectáreas de trigo a punto de cosechar en su fundo Santa Melanie.

—Tanta pelea y malos ratos le han pasado la cuenta a mi papá. Ahora tiene un by pass, toma un arsenal de pastillas y, con suerte, duerme tres horas —contó Melanie ayer por la mañana cuando nos conocimos.

Ella y su hermano Héctor lo ayudan con todas las tareas: Melanie se encarga de las labores administrativas, maneja los papeleos legales que han ocasionado las revueltas de los comuneros y es la vocera oficial de la familia. Héctor -técnico agrícola y padre de una hija- es su mano derecha en los negocios y en las labores del campo.

—Yo soy joven, no me puedo dar por vencida y dejar todo lo que mi familia se ha ganado con años de trabajo. Por eso me da risa cuando me hablan de deuda histórica con el pueblo mapuche. Esa deuda tenemos que pagarla todos los chilenos, no sólo unos cuantos agricultores de Malleco —comentó también ayer en mañana, mientras revisaba los archivos que guarda en el computador de su escritorio.

En ese espacio -que está en una esquina del living, rodeado por papeles, adornado con fotos antiguas y coronado por una imagen de Pinochet sonriente- trabaja todas las mañanas anotando cada detalle de los enfrentamientos. A qué hora empezaron. Cuántos heridos hubo.

También tiene un archivo con fotos de cada asalto.

—Mira, ésta es de cuando nos mataron el ganado y lo tiraron en el camino —y en la pantalla apareció una imagen de una vaca con las vísceras al aire.

—Déjame buscar otra en la que aparece una que estaba a punto de parir y tiene su cría muerta al lado —avisó y abrió otra carpeta.

La foto no apareció.

En su cara se dibujó un gesto similar a la desilusión.

*

Ercilla es un pueblo opaco, de calles tristes y gente silenciosa. Aunque tiene 3 mil 500 habitantes, durante el día luce vacío. Las hospederías y los locales de venta de productos artesanales -queso, tortillas, adornos de mimbre- ya casi no funcionan. Antes abundaban en la carretera, a la entrada del pueblo. Hoy los camiones y los automovilistas no paran por temor a un repentino ataque mapuche.

En las cuadras centrales del pueblo la vida también es mustia. Por sus calles —que tienen nombres de líderes mapuches históricos como Lautaro, Caupolicán, Galvarino— se ven pocos transeúntes. Por la tarde, aunque pega el sol, nadie toma sombra bajo los frondosos y enmarañados árboles de la plaza. Lo único que rompe esa calma son las risas de unos cuantos niños con uniforme escolar que se agrupan frente al colegio básico que manejan las monjas del sector. En esta escuela, al igual que en el liceo, se mezclan niños mapuches con niños “huincas”.

—Aquí en Ercilla no pasa mucho. Antes había hasta un Festival de la Cereza y para los 18 se hacían ramadas, pero ahora por la inseguridad no se hace nada de eso —dice Juana Astete, la madre del clan Urban.

Es hora de almuerzo en la casa y ella preparó una cazuela. En la mesa de la cocina, Melanie y René Urban conversan de lo que han dicho las noticias y los diarios sobre la fosa que cavaron ayer para evitar el ingreso al predio “La Romana” de los mapuches. Juana casi no interviene.

Juana —pelo oscuro, cara sin maquillaje y mirada apagada— prácticamente no se mueve de su casa. Algunas veces acompaña a su marido a Temuco para ver al doctor y los fines de semana visita la casa de su hija mayor, Patricia, en las afuera de Ercilla. Su principal preocupación es mantener ordenada la casona. Se nota. En el living los trofeos de básquetbol y de rodeo —los principales pasatiempos de René y Melanie, quien es la presidenta de asociación comunal de corredores— lucen brillantes. La preocupación también la delatan los reflejos desempolvados de los vidrios de cuadros antiguos que cuelgan en las paredes; los gigantes helechos que adornan la ventana y los floreros llenos con ramas de ciruelo en flor.

La otra preocupación, la más fuerte, la que intranquiliza, es conocer el paradero de su marido y de sus hijos cuando cae la tarde. Especialmente en los días conflictivos. Apenas comienza a oscurecer y se da cuenta de que ni René ni Melanie ni Héctor han llegado, Juana comienza a llamarlos por teléfono.

Pese a las indicaciones de Carabineros, Melanie y Héctor se han resistido a dejar de visitar sus terrenos cuando los ataques se hacen más violentos. Incluso han participado en operativos más peligrosos como ingresar al sector de Alaska -dos mil hectáreas que la maderera Mininco vendió a la Conadi y que luego ésta traspasó a Temucuicui- para recuperar parte del ganado que habían robado unos cuatreros mapuches.

—Vivo con miedo. Especialmente por la Mela. Sé que mi hija es fuerte, que tiene carácter, que se sabe cuidar, pero eso no sirve para nada afuera en el campo, en medio de los ataques —dice y se levanta para pasarle las pastillas que René tiene que tomar después de almuerzo.

Padre e hija, siguen conversando.

*

Hace siete años Melanie Urban no tenía grandes preocupaciones. Su futuro parecía simple. Vivía en Santiago. Recién había terminado sus estudios de Turismo y Hotelería en un instituto de Temuco y luego de hacer su práctica profesional fue contratada por el hotel Leonardo da Vinci de Las Condes. Arrendaba un departamento en Plaza Italia y una vez al mes viajaba a visitar a sus padres a Ercilla. Entonces, la idea de radicarse en ese pueblo de casas antiguas y horizonte verde claro no tenía espacio en su cabeza.

La madrugada del 19 de agosto de 2002 recibió una llamada de su padre para decirle que habían quemado la casa donde ella y sus hermanos habían crecido. Al día siguiente fue al hotel y pidió permiso para viajar. Nunca más volvió a su trabajo. Quería rearmar lo perdido.

—Ahora sé que eso no sucederá. Con el tiempo, los daños y los ataques siguen aumentando. Mucha gente debe pensar que sería más sencillo vender todo y empezar en otro lugar, pero eso sería darle la tarea fácil al gobierno y a las comunidades mapuches. Es como un cuento que no tiene final, un problema que nadie quiere resolver —dice Melanie, mientras conduce su jeep por el mal cuidado camino de tierra a “Montenegro” y “La Romana”.

En el asiento del lado la acompaña Evelyn, una escolta PPI (Protección a Persona Importante) que lleva un casco y chaleco antibalas doblado en el regazo. Melanie cuenta con esta medida de protección desde hace casi dos años, al igual que el resto de su familia. Su padre fue el primero en tenerla, cuando hace ocho años las amenazas de atentados se hicieron tan numerosas como intimidantes.

Actualmente la familia Urban y sus dominios cuentan con un personal de 18 carabineros destinados a su protección. La mayoría se reparte en las tierras que quieren tomarse las comunidades mapuches, otros hacen guardia en su casa de Ercilla y el resto acompaña al agricultor y a sus hijos.

Melanie dice que ya se acostumbró a vivir vigilada. También a ver cómo los rayados en contra de su padre se multiplican por las murallas de su pueblo. Lo que sí le complica es tener que explicarles a sus sobrinos —los hijos de su hermana mayor y de su hermano— que su abuelo René no es un asesino. Que las consignas pintadas con spray frente a los juegos infantiles de la principal y única avenida de Ercilla están equivocadas.

—Hubo un momento en que la fiscalía nos mandó a todos, adultos y niños, al psicólogo a Temuco porque estábamos al borde del colapso. Ahora ya no voy, supongo que estoy acostumbrada a esta vida anormal —cuenta Melanie sin quitar la vista del camino.

Prefiere ser cauta, estar atenta. Los caminos internos, en Ercilla, a veces son ásperos y pedregosos.

*

El cielo de las 6 de la tarde está surcado por alargados nubarrones de un gris anaranjado, corre un viento frío y vuelan unos queltehues. Para la decena de carabineros que custodian el fundo “La Romana” -un terreno de 60 hectáreas que desde 2002 es custodiado día y noche por fuerzas especiales- empiezan las horas críticas del quinto día de una semana agitada. Aunque durante los últimos años y con distintos grados de violencia los atentados se han repetido insistentemente, el lunes el panorama empezó a complicarse. En los días siguientes los ánimos se enrarecieron. Y este viernes 2 de octubre de 2009, se cuentan víctimas a ambos lados de la colina que separa al predio de Urban de la comunidad mapuche.

En la planicie verdosa del fundo sembrado con avena, seis carabineros muestran heridas de perdigones de escopeta en distintas partes de su cuerpo. En las tierras más agrestes y resecas de Temucuicui, sus voceros han reportado un niño lesionado en un ojo por un balín de goma y otros cinco jóvenes heridos por el ataque policial.

—Sólo este año se han registrado casi treinta enfrentamientos. Empezaron el 6 de enero, se intensificaron en agosto, septiembre se detuvieron un rato, pero esta semana ha sido la más dura y, creo, se pondrá peor —advierte Melanie después de conversar largamente con los policías que están en la destartalada garita de guardia.

Los problemas partieron cuando un grupo de comuneros mapuches montó una carpa en medio del terreno para marcar su dominio. No pasó mucho tiempo antes de que fueran desalojados por los carros lanzagases. Al día siguiente los Urban contrataron una máquina excavadora para hacer una profunda zanja que reemplazara al alambrado y contrarrestara los nuevos intentos de toma del predio. Esa misma noche, los comuneros mapuches se atrincheraron en la loma y comenzaron insultar a los carabineros. Luego del sonido de un kull-kull (cuerno de vacuno utilizado por los mapuches como señal de alerta), prendieron fogatas y se abalanzaron con piedras sobre la caseta de vigilancia de carabineros. La casucha de latas oxidadas donde hay un equipo de radio, una estufa hecha con un tambor y una mesa que amenaza con derrumbarse con cada remezón, soportó estoica el ataque que llegó por todos los flancos y se extendió por varias horas. Al día siguiente se repitió la misma dinámica y uno de los automóviles policíacos exhibió más de 700 impactos tanto de escopetas como de balas de calibre 22.

Esta tarde la jornada se anuncia igual de turbulenta. La noticia del niño mapuche herido ya encendió los ánimos. Los comuneros se aburrieron de tratar de cubrir la zanja con tierra, palos y ramas que sacaron del bosque cercano. Ahora tomaron sus boleadoras y juegan a acertar sobre los escudos protectores de los carabineros. El humo de las bombas lacrimógenas para dispersar a los atacantes se esparce por toda la parte baja de La Romana y se cuela por entre el escuálido bosque de pinos que rodean a Temucuicui.

—Mira allá hay uno con una escopeta, está apuntado para acá —le dice Melanie repentinamente a un carabinero y le indica con la mano a un muchacho encapuchado de negro y con parka azul que se escabulle por el bosque, a unos 300 metros de distancia de la caseta de vigilancia.

Ya pasaron las ocho de la tarde. El teléfono de Melanie no ha parado de sonar, pero no contesta. Sabe que es su mamá. Agazapada contra los latones de la caseta de vigilancia, dice que cuando vuelva a sonar el teléfono nos iremos. Se escuchan disparos. La lluvia de piedras cae como un ruido seco sobre los brotes de avena que con la oscuridad se ven azules.

Ludvic y Marco bajan la mirada, sonríen nerviosos y se sumergen en el agua. Su piel oscura se hunde en un turbio canal de regadío. Arriba de sus cabezas, el sol del mediodía ya parece brasa. Cae violento sobre el camino que conecta los bateyes ocho y nueve, que forman parte de la veintena de campamentos agrícolas del Ingenio Barahona, la principal factoría azucarera del sureste de República Dominicana. Mientras ellos se bañan, también lavan su ropa -unos pantalones gastados, unas raídas camisetas- en esta corriente de agua café que está a la orilla de la polvorienta ruta. Los cañaverales se mueven ligeros con el viento y sus ramas parecen silbar. Aprovechan sus últimas semanas de verdor. En diciembre, un ejército de hombres las cortará a machetazos, las amarrará en atados y las cargará sobre los oxidados carros del tren que las llevará a la planta de molienda. Será el tiempo de la cosecha, de la zafra 2009-2010. Cinco meses de amargo trabajo para conseguir minúsculos granos de dulzura.

Para Ludvic y Marco, ésta será su primera zafra . La esperan ansiosos. Son hermanos -dicen que su apellido es Pierre- y sus figuras adolescentes no se condicen con los 19 y 20 años que declaran tener. Hace una semana llegaron desde Haití. Su viaje fue una travesía. Caminaron durante dos días desde Cap Rouge, un pueblo agrícola, cercano a la ciudad de Jacmel, en la costa sur de su país para cruzar la frontera. Con ellos sólo cargaron dos mochilas, la ropa que llevaban puesta y unas zapatillas deportivas que apenas protegieron sus pies. Pese al cansancio llegaron convencidos de que la caña les daría dinero. Así les contó y aún les cuenta su primo Robinson, quien ya ha participado dos veces en estas faenas y con quien comparten una estrecha barraca de techo de paja, piso de tierra y camastros metálicos sin colchón en el Batey Nueve.

Robinson -22 años, pecho hundido, corto pelo rizado y jeans sujetos con un cordel- es quien habla por ellos. Lo hace en un rudimentario español que mezcla con creole, el otro idioma oficial de Haití además del francés. Con esta casi incomprensible forma de hablar y un tono algo desconfiado, Robinson dice que él mismo los acompañó en su paso ilegal a República Dominicana. Que evitó que cayeran en manos de los “buscones” que trafican trabajadores para la zafra y que cobran entre 200 y 400 dólares por cada “pasajero”. También cuenta que ahora él los mantiene con el dinero que gana limpiando los cañaverales, pero que con su primer sueldo ellos le devolverán la ayuda. Y luego de repetir cuatro veces que sus primos son mayores de edad, en un arranque de confianza, reconoce que tienen 16 y 17 años. Pero, a modo de disculpa, comenta que son fuertes.

-Están acostumbrados al trabajo -dice con el mentón altivo.

Sus primos lo escuchan y bajan la vista. Confían ciegamente en él. Tienen que hacerlo. En Haití dejaron una madre y tres hermanos que se quedaron cultivando el reseco pedazo de tierra que heredaron de su padre muerto hace dos años. Entonces su exigua vida comenzó a bordear la miseria y se ilusionaron por los tres dólares diarios que les comentaron recibirán por cada día de trabajo.

Fue así como Ludvic y Marco fueron seducidos por el susurro de prosperidad de la caña que ahora ondula inocente a sus espaldas.

NEGOCIO AMARGO. Aunque hoy la fantasía del Caribe, las playas de arena blanca y los resorts de lujo son la principal fuente de ingresos de República Dominicana, durante más de un siglo el dulce jugo de la caña fue la base de su economía.

Pero el poder del cañaveral persiste. Todavía se sigue entrelazando con la memoria histórica del país y de su gente, en un relato donde la conquista, la fortuna, la pesadumbre y el sacrificio se diluyen en un sabor extraño.

Partió cuando Cristóbal Colón llevó desde las Islas Canarias la primera semilla de caña y la sembró en La Hispaniola -como entonces se conocía al territorio que hoy comparten dominicanos y haitianos-. Esa planta -que germinó en Puerto Plata, en el litoral norte de la isla- se propagó tan rápido, que a mediados del siglo XVI se trajeron más de 35 mil esclavos africanos -en su mayoría adolescentes- para que trabajaran en los cañaverales. Las razones fueron tan prácticas como crueles: los tainos -el pueblo originario de la isla- no soportaron las arduas faenas.

La búsqueda de dulzura ya tenía toques de acidez.

El auge azucarero colonial español no duró mucho, entró en crisis y disminuyó hasta desaparecer por completo. Los ingenios y los cañaverales sólo renacieron en el mapa de la economía dominicana en las últimas décadas de siglo XIX con capitales extranjeros. En esa época, las principales instalaciones azucareras no eran dominicanas: cinco pertenecían a italianos, cuatro a estadounidenses, otras dos las manejaban cubanos, y una estaba en manos de un grupo británico.

Pero el verdadero apogeo del negocio de la caña dominicana se desarrolló desde los años 20 hasta mediados de los ’80. Fue el dictador Rafael Leonidas Trujillo (1930-1961) quien en la última década de su mandato -antes de ser asesinado- logró la propiedad de la mayoría de los ingenios del país con maniobras como las drásticas subidas de impuestos. De su dominio sólo escaparon dos empresas privadas: Central Romana (entonces de la South Porto Rico Sugar Company) y Consorcio Vicini (perteneciente hasta hoy a una poderosa familia de origen italiano).

Entonces el monocultivo azucarero dominaba más del 90 por ciento de las exportaciones. Era la gran fuente de divisas para el país. Pero en los campos la prosperidad no se replicaba. Los bateyes aumentaban alrededor de los cañaverales y la zafra siguió teniendo piel oscura: la mayoría de los braceros -cortadores o picadores de caña- que participaban en estas labores eran inmigrantes traídos ilegalmente de Haití.

El periodista, político y escritor dominicano Ramón Marrero Aristy consignó esta situación en “Over”, la novela que publicó en 1939. “Diciembre corre con sus brisas frías. Los cañaverales florecidos de espigas, inmensos como un mar, serán abatidos desde mañana por la tromba humana que llegó de Haití y de las islas inglesas. Todos vinieron este año, como siempre, encerrados en las hediondas bodegas de vapores de carga, de lentas goletas, o en camiones, apretujados como mercancías” escribió, dejando en claro el tráfico humano que sucedía en los ingenios azucareros.

En 1952, Rafael Leonidas Trujillo “reguló” este sistema que existía desde principios del siglo XIX. La fórmula del dictador consistía en que el Estado dominicano compraba los braceros al gobierno haitiano y luego los realquilaba a los ingenios del país. La mayoría eran jóvenes, muchos apenas sobrepasaban los quince años.Aunque el sistema ideado por Trujillo desapareció, y a mediados de los años 80 el negocio del azúcar entró en una crisis que culminó en 2000 con la privatización de sus azucareras, la práctica del tráfico de personas desde Haití aún se mantiene en la clandestinidad. Los buscones intensifican sus labores cuando viene la cosecha.

NIÑOS QUE SIEMBRAN. En el camino de entrada al Batey Cinco del Ingenio Barahona, Jesús Pérez Alonso monta una ruidosa motocicleta. En el asiento trasero lo acompaña su primo Daniel, quien mueve los brazos y asusta a las gallinas que se interponen en su camino.

Jesús tiene quince años, la cabeza rapada y una frente café que reluce con el sol de la siete de la tarde. Es uno de los cinco hijos de un matrimonio de dominicanos descendientes de haitianos. Su padre momentáneamente trabaja en un conuco -parcela de tierra dedicada a la agricultura- mientras espera el inicio de la zafra. El hombre -que hace poco volvió del campo con una penca de plátanos verdes- dice, convencido de que el niño está haciéndose hombre. Por eso le prestó su motocicleta. Quiere que aprenda a conducirla.

-Así me llevará al trabajo cuando esté cansado -dice.

El vehículo -de relucientes manubrios acerados, ruedas delgadas y marca japonesa- es la gran posesión de la familia. Más que su choza de barro áspero, de tres habitaciones y techumbre de ramas secas. Más que los dos cerdos que dormitan a la sombra y que vigila Altagracia, la abuela del clan.Altagracia es la única que se asombra cuando Jesús acelera la velocidad y sus amigos -Vladimir y Joseph- corren entusiasmados tras él. Cuando pasan por su lado, se tapa la boca y luego refunfuña. Cree que pueden hacerse daño.

-Más lento; cuidado con las gallinas -grita y levanta una taza de latón por la que revolotean unas moscas.La cara de Altagracia -quien no sabe si tiene 60 o 66 años- está subyugada por las penurias del batey: las arrugas fracturan su piel morena, el mentón cae desinflado en su cuello, la mirada está enmarcada con ojeras pardas y en su boca reseca hay un gesto de alegría vacía. Lleva un vestido de algodón raído que le queda grande, su cabeza está cubierta por un pañuelo del que se asoman unos mechones blancos y en sus pies descalzos hay manchones de tierra.

La abuela es la única de la familia que se atreve a contar que su nieto dejó la escuela y que durante el tiempo muerto -los meses posteriores a la zafra, cuando los cañaverales se han cortado- se dedica a cultivar caña. Igual que los otros niños del batey, quienes trabajan unas horas -antes o después de escuela- y ganan siete pesos (20 centavos de dólar) por cada surco que siembran.

-Ahora Jesús quiere ver si lo aceptan en la zafra. Quiere ganar más dinero -insiste la abuela y las mujeres que la miran desde las otras casuchas empiezan a murmurar. Dicen, entre un barullo de voces, que la abuela está equivocada. Que está vieja.

La reacción no es extraña. Se repetirá más tarde entre las mujeres del Batey Cuchilla, que asegurarán que todos los niños de ahí asisten a la escuela. Luego, en Concho Primo -el sector rural del Batey Seis del Ingenio Barahona-, la mamá de Santa -14 años, flaca como espiga y largo pelo trenzado- retará a la niña cuando ella diga que este año sembró en los cañaverales donde trabaja su hermano.

Pero los escasos estudios sobre los bateyes -realizados por organismos internacionales- evidencian lo que sus habitantes prefieren ocultar. En septiembre de 2009 un informe del Departamento de Estado estadounidense denunció el trabajo infantil “forzoso” en los campos de azúcar de República Dominicana, así como en otras áreas agrícolas donde se cultiva café, arroz y tomate.

El documento fue rechazado por el Ministerio de Trabajo dominicano que aseguró: “La posición de la Cancillería estadounidense no refleja la situación real del trabajo infantil en el país, cuyas leyes prohíben la contratación de niños por parte de las empresas que operan en el sector azucarero”. El ministerio también entregó sus propias cifras: En República Dominicana en 2000 trabajaban alrededor de 436.000 niños y adolescentes, pero la cifra se redujo a 157.000 en 2007.

Estos datos fueron apoyados por los industriales del azúcar. En un documento, los representantes del Grupo Vicini, Central Romana e Ingenio Barahona -las tres principales industrias de área- aseguraron que el informe de Estados Unidos no especifica lugar alguno del país donde se practique el trabajo infantil. También destacaron que en sus plantaciones funcionan más de 60 escuelas donde se educan a los hijos de sus trabajadores.

Es cierto. Santa -la niña de Concho Primo- jamás dejó de ir a la escuela. Ella sembró caña un par de horas por la tarde, después de sacarse su uniforme escolar. Por la noche, cansada, se sentó a hacer sus tareas.

VIDA SIN PAPELES. El Ingenio Barahona es uno de los principales y más legendarios centros de producción azucarera de República Dominicana. Fue fundado en 1920 y está conformado por 19 bateyes que se extienden mustios y opacos entre las provincias de Independencia, Barahona y Bahoruco. En el sureste. Ahí viven más de 25 mil personas que sólo en la última década han empezado a contar con servicios de ayuda como consultorios médicos, escuelas, centros de reunión y llaves de agua potable comunitarias. La mayoría de estos campamentos están nombrados con números, pero hay otros que tienen nombres como el Batey Central, Cuchilla, Algodón o Los Robles.

Originalmente el término batey era utilizado por los aborígenes taínos para designar las plazas donde se efectuaban los juegos de pelota, las actividades sociales y ceremoniales. Los conquistadores mantuvieron el término y luego los empresarios del azúcar lo adoptaron para nombrar el entorno social donde habitan los trabajadores de los ingenios azucareros con sus familias.

Hoy los bateyes, con sus casas de barro, sus caminos de tierra y sus trabajadores mal pagados, son las postales miserables de la tierra que ahora se vende como un paraíso.

Andre Jean -75 años, 7 hijos y 12 nietos- nació en Fond Verettes, un pueblo en la frontera sur de República Dominicana y Haití, pero a los 14 años se vino con su padre a buscar suerte en la zafra. Al poco tiempo su madre les siguió los pasos y se instalaron en un batey de Barahona.

Andre y su familia jamás volvieron  a pensar en la tierra haitiana.

A los quince, asegura André, nadie en su cuadrilla le competía en el manejo del machete. A los 18 ya tenía mujer y esperaba su primer hijo. Ahora es un sobreviviente. Es uno de los pocos braceros ilegales de la época dorada del imperio azucarero que no ha muerto. De sus antecesores y contemporáneos haitianos sólo quedan sus descendientes. Hombres y mujeres que viven abatidos en una tierra que parece resistirse a aceptarlos.

-Aquí la vida no ha sido buena, pero nunca había sido tan mala como ahora. Antes, cuando era joven y los norteamericanos estaban a cargo del ingenio, se podía ganar hasta diez pesos al mes y eso era mucho mejor que los cien pesos que pagan diariamente ahora. En las zafras hoy se trabaja más duro, aunque para el pobre cualquier cosa es mejor que nada -dice este hombre, que ya no trabaja en el campo, pero todavía carga su mocha (machete) afilada, vive de la ayuda de sus hijos, maldice en creole y nunca se mueve de su choza en Concho Primo.

Tras la caña no hay espacio para ilusiones.

-Todos esperamos la zafra, pero en el fondo sabemos que es uno de los momentos más duros. Algunas veces hay que trabajar más de doce horas, aguantar el sol, la vigilancia de los jefes que no nos dan tiempo para ir al baño y volver al barracón con los brazos adoloridos por el peso del machete. Y todo para ganar 130 pesos por tonelada cortada (un poco más de tres dólares) -dice Frenel Elius. Su padre, Jacques, llegó desde Hinche -una ciudad ubicada en el centro de Haití a escasos kilómetros de la frontera- hace 40 años.Frenel vive en el Batey Siete en una casa húmeda y acalorada con Deliemen, su mujer. Ninguno de los dos tiene sus papeles en regla. Legalmente no existen; tampoco sus dos hijos, quienes también nacieron en tierra dominicana. Podrían pedirlos, tienen derecho, pero no se atreven. Como muchos habitantes de los bateyes no existen ni a un lado ni al otro de esta isla caribeña.

Bridget Wooding -socióloga inglesa especialista en migración e investigadora asociada de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales de República Dominicana- está convencida de que la invisibilidad ha crecido junto con la caña.

-Es bastante común que existan inmigrantes que lleven aquí más de 50 años y no tengan su papeles en regla y sus hijos o nietos no tengan certificado de nacimiento, que es la prueba de la nacionalidad para los niños que nacen en el país y les da acceso a otros derechos y ayudas, como la protección contra la trata de personas, trabajo infantil o el matrimonio precoz. Pero eso hay que contextualizarlo en un país donde nunca ha existido un real proceso de regularización de este problema. Y eso es muy grave en una isla con dos países divididos por una frontera muy porosa -dice la especialista desde su oficina en Santo Domingo.

Bridget Wooding sabe de lo que habla; lleva 20 años estudiando el problema. Ya no recuerda cuántas veces ha cruzado la frontera entre República Dominicana y Haití.

MISIÓN EN EL INFIERNO. Los funcionarios de Plataforma Vida -una ONG que ayuda a los pobladores del Ingenio Barahona y que fue creada por el sacerdote belga Pedro Ruquoy- conocen bien los bateyes del sector y la mayoría de sus problemas. Su actual director es Eusebio Peña, un ex reportero radial que hace más de una década comenzó a colaborar con el trabajo pastoral del padre Ruquoy.

Este hombre -que vive en Batey Tres, tiene dos hijos y un auto del año 80 que a duras penas atraviesa los caminos internos de los cañaverales- es respetado por los trabajadores. Apenas lo ven entrar a sus campamentos los niños lo saludan, las mujeres le comentan sus problemas y los hombres buscan alguna descolorida silla plástica para que se siente. Él sabe cómo tratarlos, sabe que hay que escucharlos, sabe que muchas veces esconden cosas por temor.

Ahora, de vuelta de Batey Cuchilla a las oficinas centrales de la asociación, en el Batey Seis, dice que los tres adolescentes que caminan por la orilla de la línea del tren, al costado de los cañaverales, van a pescar tilapia -un pez de agua dulce- a los drenajes, y que ya están inscritos para trabajar en la cosecha. También cuenta que Luis, un viejo bracero de 70 años y pocos dientes, pronto deberá dejar su choza porque se la pedirán para albergar a los nuevos trabajadores que llegarán de Haití. Y que Octavia -la anciana que limpiaba habichuelas en Batey Algodón sentada en la tierra y vestida con una enagua sucia- apenas vive gracias a la ayuda de sus nietos.

Estas historias, dice Eusebio, palidecen frente a lo que podría contar el padre Ruquoy. Este cura trabajó durante dos décadas con los inmigrantes del sector y fue uno de los primeros en denunciar públicamente los abusos que se cometían en las zafras. Su atrevimiento tuvo un costo: hace cuatro años tuvo que abandonar el país acosado por las amenazas y atentados contra su vida. Hoy está en Mulungushi Agro, un lugar perdido de la provincia central de Zambia, África, donde trabaja con 30 huérfanos cuyos padres murieron de sida.

-Esto es otra realidad dura. Aquí la esperanza de vida es de sólo 37 años y casi el 20 por ciento de la población tiene VIH. Pero es diferente a la de los bateyes, porque acá no hay culpables directos, no hay abuso por empresas que quieran enriquecerse con el abuso y la explotación de gente que no sabe defenderse, de gente que sólo quiere surgir. Eso es algo totalmente opuesto al evangelio. Desgraciadamente, allá en la isla, nada ha cambiado y las autoridades siguen ciegas frente a la situación de los trabajadores de la caña. Todavía tengo en la memoria la primera imagen que vi cuando entré a un cañaveral y encontré a un grupo de picadores de caña caminando encadenados con dos guardias a caballo -dice desde su parroquia en la sabana africana.

El padre Ruquoy no fue el único sacerdote que acusó estos abusos. En su parroquia en San José de los Llanos -en la provincia de San Pedro de Macorís, al otro lado de la isla, en la región sureste-, el misionero español Christopher Hartley Sartorius también se enfrentó contra los empresarios azucareros y también hace tres años tuvo que abandonar el país bajo amenazas de muerte. Ahora vive en una región fronteriza de Etiopía y trabaja con pueblos trashumantes somalíes. Tribus donde el hambre ataca hasta la muerte.

La falta que cometió este cura en tierras dominicanas fue decir públicamente que la vida en los bateyes era “la antesala del infierno” y combatir los intereses del grupo Vicini, una de los clanes empresariales más poderosos del país. Aunque desde el principio tuvo prohibida la entrada a los bateyes de su región, Hartley se las arregló para enseñarles sus derechos a los trabajadores, iniciar una lucha por regular el contrato de los picadores de caña que todavía está en tribunales, y facilitar la ayuda para que la prensa extranjera rompiera el silencio del cañaveral. También escribió un diario personal con historias escalofriantes como la de Marta, una inmigrante haitiana que murió sola en su choza y la encontraron devorada por las ratas, o la de viejos picadores que tuvieron que ser enterrados en ataúdes armados con las maderas de sus casas.

Gracias a su gestión, una avalancha de información salió de la isla: el periódico El Mundo escribió un reportaje denuncia titulado “Un cura en el infierno”; lo mismo hizo el Pulitzer Gerardo Reyes para el Nuevo Herald de Miami. Luego vinieron los documentales como el italiano “Inferno di zucchero” y “The price of sugar”, que siguió sus pasos como misionero mientras la voz de Paul Newman relataba los horrores de los bateyes. Después de eso lo acusaron de antidominicano, de buscador de protagonismo con el sufrimiento ajeno.

-Yo sólo dije lo que todos sabían desde hace tiempo, hice público algo por lo que el padre Ruquoy luchaba desde mucho antes. En los campos de azúcar siempre ha existido abuso a los trabajadores, trabajo infantil clandestino y gente muerta de miedo. Me atrevo a decir que la ignorancia y el miedo han sido, y siguen siendo, el pegamento que mantiene a flote la industria azucarera -habla el padre Hartley desde Etiopía.

En esa parte de África son las once de la noche y sus compañeros de misión duermen. Antes de colgar su celular, se queda en silencio y dice con voz baja.

-Lo triste es que allá en el Caribe como acá en África, las cosas no cambian. La gente sigue sufriendo. Los niños siguen creciendo en la miseria.

LA DULZURA COTIDIANA. Dos hermanos juegan con una pistola de plástico frente a su casucha, cerca de los cañaverales, en la parte más empobrecida de Concho Primo. Se llaman Antonio y René, no pasan los diez años, tienen los pies descalzos, la piel brillante por la humedad  y dicen que les gustaría ser policías para mandar en el batey.

Son las cinco de tarde.  El calor de la tarde pega inclemente, los viejos se refugian bajo la sombra y hablan en creole. Los hombres llegan en motos y bicicletas de vuelta del campo. Otros niños corren rápido por un sendero de barro y basura que los lleva a una rigola, como llaman a los canales de regadío, de turbia y cálida agua oscura, en los que se bañan. Sin pudor se sacan la ropa y tiran al agua. A la sombra de un árbol una niña con moños y chapes redondos de colores fuertes mira como su hermano menor se zambulle en la poza.  Ella está empapada, pero no quiere seguir jugando. Tiene hambre y limpia  una caña con un cuchillo oscuro y de hoja gastada. Luego de pelarla con dos movimientos fuerte, se lleva la rama a la boca. Se ríe. Sus ojos brillan, estira la mano y amistosamente ofrece  la caña que se sacó de  la boca. Se vuelve a reír y comenta que es dulce.

Los niños no mienten, sólo son inocentes.

El pasaje uno de la calle Juan Soler es un lugar solitario. Esta calle -ubicada en el sector sur de Chaitén y cerca del río- sólo es tierra húmeda y pozas de aguas grisáceas que las últimas lluvias han dejado como recuerdo. No hay veredas, tampoco árboles. Por los alambres de los postes -unos palos algo ladeados, pero firmes- no circula electricidad y sus focos no se encienden desde hace meses. En las casas no hay señales de vida: están desiertas. Sus puertas y ventanas están tapiadas con maderas, plásticos oscuros o latones. Casi todas tienen banderas chilenas que flamean a ratos: algunas desteñidas y apagadas; otras, nuevas y vivas.

En el centro del pasaje, frente a la poza de agua más grande, está la casa de Mireya Velásquez -viuda, tres hijas, de contextura maciza y mirada caída-. Es la única que no tiene bandera. Esta pequeña construcción de madera, techo de dos aguas, ventanas sin cortinas y un patio lleno de cordeles con ropa tendida al sol, al igual que Mireya, sobrevive humilde y silenciosa.

-Aquí todos se fueron, dejaron todo botado. Sólo volvieron para sacar algunas de sus cosas y en los feriados para ver cómo estaba todo. Ahí pusieron las banderas, para hacer patria -dice Mireya mientras mira el fuego de su cocina sobre la que hierven dos ollas tan brillantes como la madera de su piso.

Son más de las cuatro de la tarde. Hay sol, pero hace frío. El clima está raro, caprichoso. Hace unos minutos granizó, pero el cielo sólo se encapotó por unos minutos.

Desde la ventana -que en su borde tiene figuritas de loza y monitos de plástico – se ve la fumarola, ahora blanca como nube, del volcán Chaitén. Con desgano, comenta que nunca lo mira, que no le tiene miedo y, mascullando, insiste con lo de la bandera.

-Una bandera no sirve para hacer patria. Eso se hace quedándose acá y hay que ser valiente -refunfuña.

Mireya tiene razón: esta tierra no es lugar para débiles.

***

Naturaleza extrema. El letrero que está en la entrada de la ciudad ya lo anunciaba. Entre las dos tablas que dicen “Bienvenidos a Chaitén”, con letra más pequeña está escrito: “Naturaleza extrema”. Una frase turística que presagió el futuro de este pueblo de postal. Una advertencia de lo que sucedió el 2 de mayo de 2008, cuando el más dormido – y más ignorado- de los tres volcanes que lo rodean -Michimahuida, Corcovado y Chaitén- oscureció su destino.

El volcán -que antes llamaban inocentemente cerro Chaitén- remeció la tierra por días, levantó una nube tóxica que podía verse a miles de kilómetros, cubrió de cenizas y provocó el mayor desplazamiento de personas que se ha realizado en Chile en más de un siglo. Y días después -cuando ya no había habitantes- un aluvión de barro bajó por el río y sepultó una ciudad que se dibujada como un paraíso a la entrada de la Patagonia chilena: bosques profundos, un borde costero limpio y un pueblo que se jactaba, según cifras gubernamentales, de ser una de las comunas con mayor índice de desarrollo humano de la Décima Región.

En ese Chaitén, que todos recuerdan, vivían más de cuatro mil habitantes, había más de mil 200 viviendas y estaba conformado por una población joven: el 35,7 por ciento no superaba los veinte años, mientras el 10 por ciento había cumplido más de 60.

Entonces había futuro. Hoy Chaitén (que en mapudungún significa “colar en chaivas”, una especie de canasto) es un pueblo fantasma por el que todavía transitan y viven más de un centenar de personas que le dan respiro. Muchos de ellos son carabineros y militares que están ahí por razones estratégicas; otros son profesionales que trabajan en las obras de reconstrucción del nuevo Chaitén (que estará en Santa Bárbara, 12 kilómetros al norte) y, la gran mayoría, son antiguos habitantes que volvieron y se niegan a la idea de verlo morir.

Los llaman los rebeldes, los porfiados, los ilusos.

Ellos insisten: están haciendo patria. Aunque nadie maneja cifras exactas, los porfiados son más de un centenar. Casi la mitad son mujeres. La gran mayoría sobre 40 años y acompañadas de sus maridos. Ellas volvieron desilusionadas de los lugares donde las reubicaron (Puerto Montt, Ancud, Castro).

No quieren vivir en otro lugar que no sea éste.

Su tierra.

***

Trabajo de mujeres. Dos jotes vuelan por el cielo de la tarde. Con sus alas abiertas planean suavemente sobre la avenida Ignacio Carrera Pinto, la principal de Chaitén. La tenebrosidad de sus sombras contrasta con la limpieza que tiene la misma calle que en los peores días de la erupción inspiraba lástima y temor. Ahora en su asfalto no hay rastro de cenizas, tampoco queda barro en sus bermas, en el bandejón central crece algo de pasto y por las veredas se puede caminar.

-Todo lo limpiaron mujeres. El trabajo lo inició Fidelina Paiyacar y luego se le unió Mireya Velásquez. Lo hicieron con palas, carretillas y baldes, y ahora parece que fuera obra de máquinas -dice Bernardo Riquelme, concejal y conocido como el locutor de radio que hasta el último momento transmitió desde Chaitén.

-La Fidelina vive lejos del pueblo, con sus hermanas, cerca del embarcadero- el locutor apunta al norte, hacia unos cerros verdes, y se ofrece de guía para una caminata de media hora.

Fidelina Paiyacar juega con Chocolate -un perro de tres patas al que trata como hijo- en el huerto de su casa. Tiene 56 años. Su cara parece esculpida por el viento del sur: redonda, rasgos marcados, cejas tupidas, mejillas sonrosadas y mirada mustia. Vive en una casa de tejuela plomiza. Está emplazada en una loma que enfrenta el mar; rodeada de árboles y vegetación. A su lado están las casas de sus hermanas Olga y Ana -de 69 y 71 años- quienes hablan rápido y se ríen a destiempo. Las tres ni siquiera se preocupan del volcán.

-A ése ni lo miramos. No le tenemos miedo- dice Fidelina con la boca engurruñada. Sus hermanas asienten. Las tres visten faldas estampadas, camisas de colores fuertes cerradas hasta el último botón y gruesas calcetas de lana.

A las hermanas Paiyacar les gusta decir que se criaron entre el monte y el mar.

Su papá era pescador. Ellas, al igual que sus otros seis hermanos -unos muertos, otros desperdigados por el sur- nacieron en una cabaña abajo en la caleta. Ahí crecieron y vivieron por más de cinco décadas, hasta que hace siete años el municipio las trasladó a esta colina para que estuvieran más seguras. La idea al principio no les gustó, pero se movieron obedientes. Armaron sus nuevos hogares, plantaron árboles, hicieron un invernadero donde cultivaban verduras que vendían en el pueblo y criaron a sus perros.

Pero rugió el volcán.

-Mis dos hermanas se fueron en la barcaza, pero yo me quedé acá hasta que me obligaron a salir. Me fui con una hija a Villa Santa Lucía, que está al interior -cuenta Fidelina quien a los dos meses comenzó a acercarse disimuladamente a Chaitén. Primero se vino a la zona de La Gruta -al noroeste de la ciudad- y en septiembre bajó a su casa para empezar a limpiar las calles, contratada por el municipio.

Luego se vinieron sus hermanas, con quienes en febrero participó en una protesta contra el gobierno y su delegada presidencial para la Provincia de Palena, Paula Narváez, quien insistía en desalojar el sector por la posibilidad de una nueva explosión. Una advertencia que se materializó la tarde del 24 de ese mes cuando el volcán hizo una segunda explosión.

-Esa tampoco nos dio susto, nosotras vivíamos a la orilla de la playa para el terremoto del ’60 y tampoco tuvimos miedo-dice Fidelina, quien no se movió y al día siguiente sólo barrió el polvillo del suelo donde ahora planea plantar grosellas.

Luz y sombra: Las autoridades dicen que Chaitén es un lugar inhabitable. Una frase que siguen repitiendo para convencer de su error a quienes volvieron o están volviendo a la ciudad.

Pero a los rebeldes, la advertencia les da lo mismo. No les importa que no haya agua potable, ni alumbrado público. Que sólo existan un par de negocios donde conseguir mercadería. Que el combustible sea clandestino y tengan que comprarlo en poblados cercanos o incluso en Argentina. Desde ahí traen tambores que luego venden en bidones de 10 litros a ocho mil pesos. Con ese combustible hacen andar los generadores con los que, por unas horas, cuando oscurece, alumbran sus casas.

-Es más caro que la electricidad. Pero esto no es extraño. Crecí sin luz y con agua que teníamos que ir a buscar a vertientes, ahora incluso es cómodo porque la reparte un camión municipal todas las semanas -dice Ruth Paranchiguay, quien antes del la erupción del Chaitén trabajaba en el asilo de ancianos de la ciudad y vivía en una casa que fue arrastrada por la corriente de barro en que se transformó el río.

-Cuando me di cuenta de que sólo había un peladero lloré cuatro horas. Ni fotos rescatamos cuando pudimos volver a buscar nuestras cosas -se lamenta. Mira a su marido, Hernán Guanchalaquén, un pescador que perdió su bote con la marejada de barro. Ahora la ayuda a vender el pan que ella amasa.

Ruth y Hernán parecen hermanos. Caminan con el mismo paso de resignación. Ella tiene 53 y él 57, pero lucen mayores.

Llegaron en septiembre desde Castro donde habían sido reubicados. Primero al poblado de Amarillo y en diciembre se instalaron en la casa de una de sus tres hijas, quien prefirió quedarse en Puerto Montt. Es una construcción modesta, con paredes de madera prensada sin pintar. En su living no hay demasiado: un sofá, una mesa, un refrigerador que nunca hacen funcionar; un estante de madera vacío y un cuadro sobre el que han puesto -como improvisado collage- fotos de recuerdos nuevos: una de sus nietas jugando y celebraciones recientes que no parecen muy alegres.

-Hace rato que no somos felices, pero acá en Chaitén estamos tranquilos -habla Ruth y abraza a su marido, quien lleva un raído polerón azul con una frase en inglés. Dice: “This old house” (esta casa vieja). Una ironía.

Afuera oscurece. Hernán dice que es tiempo de encender el motor.

Durante dos horas la luz artificial combatirá la sombra de la noche.

***

La vida afuera. Roselia Nahuelcar escucha una radio de Chiloé que toca música romántica mientras atiende su negocio: un comedor donde vende colaciones a los trabajadores de las distintas obras de la zona, a la gente que va en tránsito a otras comunas y a los escasos turistas que aún visitan el pueblo. Ya pasó el mediodía. Hoy tuvo un cliente especial: el senador Carlos Kuschel, quien está recorriendo el sector para apoyar a los chaiteninos: él no habla de rebeldes.

Su comedor-restaurante se llama “La Roca”, por la pescadería que antes tenía en la avenida Corcovado, la costanera del pueblo. Su nuevo local dista del lujo: un living implementado con tres mesas vestidas con manteles de color y alcuzas. Atrás hay un sofá arrinconado, un refrigerador y varios jarrones con flores de plástico. En una de las paredes cuelga un calendario de cartón con un fotomontaje de unas casas y el volcán tirando su kilométrica nube tóxica. “Porque vivimos abrazados a las inclemencias, porque conocemos el lenguaje de la naturaleza… Feliz 2009”, es un extracto de la larga leyenda que lo acompaña.

Después de vivir en Puerto Montt -en una casa que la sofocaba y a la que nunca le tuvo cariño- Roselia volvió a fines del año pasado con su marido, una hija y dos nietos: una niña que se llama Sofía que se arrastra en un andador entre las mesas y Marcelo, un niño de 12 años que dejó su octavo básico porque no aguantó el colegio de la ciudad.

-Si la alcadesa de Viña del Mar no terminó la básica, yo podría ser el próximo alcalde de Chaitén -murmura el niño. Sabe que lo escuchan.

-Pero alcalde de este Chaitén, no de esa fantasía que quieren construir -replica Roselia y celebra su ocurrencia con una risotada.

Roselia vive en una casa arrendada que está al otro lado del río, a orillas del camino a Futaleufú y tiene un cerco de pinos. La casa anterior está al lado de la playa y de su antiguo local, pero no está en buenas condiciones y no le sirve para su negocio.

-Estoy decidida a quedarme en Chaitén. Incluso ya limpié el espacio que tengo en el cementerio al lado de mi padre para que me entierren acá. Cuando estaba viviendo lejos, todo era un caldo de cabeza. Me sentía inútil. Aquí soy feliz y siento que estoy aportando algo para hacer que esto renazca -explica Roselia y se queda pensativa. –

Aquí no tenemos servicios de luz y agua y somos muy pocos, pero me da rabia que afuera piensen que esto no tiene vuelta. Los que dicen eso son los verdaderos porfiados -dice y recoge de un mantel unas migas de pan.

Algo parecido dirá más tarde, al atardecer, Hortensia Muñoz, la esposa de El Turco, uno de los pescadores más conocidos del sector. Uno de los rebeldes más icónicos.

Volvieron a Chaitén el 25 de enero. Como perdieron todo -casa, camioneta, barco y redes- se quedaron en la casa que les prestó una amiga para que la cuidaran y encendieran la estufa para secar la humedad. Hortensia, quien era ayudante de pastelería en el Café Nelly´s, se puso a hacer pan. Los días buenos puede ganar hasta 8 mil pesos. Fue el negocio que se le ocurrió hacer en el que llaman “pueblo cero”: cero agua, cero luz, cero futuro.

-Vivir afuera no es lo mismo. Extrañaba mi pueblo, mis costumbres. Aquí la vida es más fácil y nunca falta nada: hay leña, mariscos, pescados. Aquí estamos los chaiteninos de corazón, los valientes, los que queremos a nuestro pueblo en las buenas y en las malas -dice Hortensia. Su marido la interrumpe, y mientras toma un té, comenta que pese a lo que anuncien, Chaitén sobrevivirá.

-Los que están afuera volverán cuando se les acabe la fantasía del bono, la plata que les da el gobierno, cuando tengan que vivir en la realidad y la ciudad les coma su dinero.

Ruth tiembla con el frío de la tarde y asiente, desganada, con la cabeza. En silencio le echa más leña al fuego.

***

Dos muertes. La Hostal Pudú está en la avenida Corcovado y frente al edificio donde estaban la cocinería artesanal, uno de los lugares más visitados por los turistas en los tiempos buenos. El hospedaje está conformado por cinco cabañas, un pequeño departamento interior y la casa de su dueño, Juan Santana -un antiguo carabinero que llegó hace veinte años para quedarse en Chaitén-. La encargada de atender a los pasajeros es su esposa Ana María Risco, una mujer menuda, de melena y anteojos que se afirman en su pequeña nariz.

El matrimonio volvió en agosto del año pasado y en el verano su hospedaje apenas dio abasto para los chaiteninos que regresaron a visitar su pueblo y los turistas que querían ver el volcán.

-Esto va a ser un boom este verano. Incluso ahora creemos que los chaiteninos empezarán a volver de a poco. Si ya somos casi un centenar, a fines de septiembre habrá más de doscientos -dice Ana María y revisa uno de los rosales -sólo ramas, sin flores- en un antejardín que parece una pista de patinaje opaca.

Son las ocho de la mañana. Ana María entra al comedor del hostal y enciende una radio. La sintoniza en un noticiario regional.

-Cuando hablan de Chaitén, las noticias nunca son buenas. La culpa es de las autoridades -comenta y pone su mano bajo el mentón.

-A Chaitén lo han asesinado dos veces.

La primera fue días antes de la pasada Navidad cuando el ministro Pérez Yoma dijo que Chaitén estaba muerto. Estaba con mis dos hijas armando el arbolito cuando lo escuchamos. Me puse a llorar, pero apareció mi marido y me dijo que lo decían porque no veían cómo realmente estaban las cosas.

La segunda acta de defunción de Chaitén fue en febrero, luego de la protesta. Entonces Ana María no lloró, tenía mucho trabajo atendiendo sus cabañas.

***

Una barbaridad. En Chaitén se comentan muchas cosas. Anuncios, promesas y muchos cuentos. Dicen que sigue temblando por las mañanas y por las noches; que la nieve que se ve cerca de la cima del volcán es señal de que se está enfriando; que uno de estos días, sin aviso, uno de sus domos se desprenderá y sepultará la ciudad en menos de 20 minutos. Ahora todos comentan el más ocurrente: en la fumarola que sale del cráter se dibuja un ángel.

-Ojalá que no sea el del juicio final -dice María José Peña mientras conduce su auto camino a Santa Bárbara, donde se está construyendo el nuevo Chaitén.

-Ese es un cuento más increible que el ángel de humo -habla subiendo la voz. Maneja con música fuerte. Ahora suena un reggaetón.

María José -visos rubios, anteojos, parka blanca cerrada y apretada- se devolvió a Chaitén para cuidar las cabañas del complejo turístico Brisas del Mar que manejaba su familia. Sus padres y su hermano de 12 años se quedaron en Esquel, una ciudad del noroeste de la provincia del Chubut, en Argentina, que se encuentra cerca de Futaleufú. A ella no le gustó esa ciudad. Tampoco se acostumbró a Puerto Montt, donde intentó rearmar el negocio de artesanía que tenía en Chaitén.

En el viaje la acompañan Rita Gutiérrez y Ana Gallegos, las rebeldes más polémicas y sus grandes amigas.

Todas pasan la noche en la residencial de Rita -rubia, separada y madre de dos hijos que deja en Puerto Montt-, quien con sus hermanas Noemí y Marieta encabezan las protestas. Ahora ellas salieron de Chaitén para hacerse “unos chequeos de salud”, se excusa.

El auto avanza. El espejo retrovisor se satura de verde. Se llena de vegetación.

-Queremos nuestra tierra y nuestras raíces, pero tenemos que estar sanas para luchar-, la apoya Ana Gallegos, quien volvió a la ciudad hace nueves meses para desenterrar Mega (su pub-discoteca), su almacén y un bus turístico de las cenizas. Dice que perdió casi todo y se le sumaron diez años a los 45 que confiesa. Pero no se rinde. Ahora reabrirá su negocio en una casa que arrendó cerca de la plaza.

Ana está en Chaitén con su marido. Sus dos hijos -un adolescente y un universitario- viven con una de sus hermanas en Puerto Montt.

-Sacrificios que hay que hacer -dice y se queda con la mirada fija en el camino

Diez minutos más tarde el auto se estaciona frente al portón de entrada a Santa Bárbara. Está cerrado y ellas exigen que les abran porque son chaiteninas y quieren ver donde estará su nuevo pueblo. Lo consiguen y lo que encuentran las desiluciona: dos grandes casas de latón en las que estarán la municipalidad y los carabineros. A un costado, unos trabajadores aplanan el terreno de una futura pista de aterrizaje.

-Dicen que será una ciudad autosustentable y ecológica -comentan con gestos de incredulidad. No lo dicen, no necesitan hacerlo: desprecian este proyecto.

-Se ahorrarían más plata si limpiaran nuestro Chaitén en vez de seguir con el cuento de “Santa Barbaridad” que está igual de cerca del volcán -dice Rita Gutiérrez ya de vuelta.

Atardece. Corre viento. La fumarola del volcán apenas se mueve. Las banderas flamean iluminadas por un sol naranja. Un velo ocre cae sobre las calles vacías de un Chaitén que se niega a morir.