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Detrás de la puerta cerrada está Laura Bozzo. Tiene un vestido de noche color rosa, las piernas descubiertas y zapatos dorados que brillan y se adhieren al piso con suave contundencia. Sonríe a la cámara en cuclillas. Más tarde, cuando ella observe la fotografía en una pantalla, dirá que se ve muy puta y descartará la toma («ésa no es mi imagen»), pero ahora ella es pura felicidad. Tiene un reloj de oro que resplandece por efecto de los reflectores. No se sabe si el reloj da la hora correcta pero, visto de lejos, es un bonito símbolo del tiempo, aunque también podría leerse como un recordatorio de que la estrella de televisión lleva dos años encerrada y, por lo tanto, la manecilla corta ha dado unas 17,500 vueltas desde que la detuvieron. Laura Bozzo siempre ha vivido en una burbuja que otros vigilan, pero el encierro físico pertenece a una dimensión para la que nadie está preparado. He llegado a verla a su estudio de grabación donde vive en arresto domiciliario, esa suerte de cárcel desde donde se transmite su reality show por la cadena Telemundo. Está encerrada aquí acusada de recibir tres millones de dólares de Vladimiro Montesinos, el mafioso hombre de inteligencia del ex presidente Alberto Fujimori. Estoy en la sala principal. Arriba, dominándolo todo, un letrero que dice Laura con letras doradas es un primer símbolo del imperio. Debajo del letrero, jugando con la laptop del escritorio, está Christian Suárez, el novio argentino de la diva: nariz larga, redondos ojos marrones y una expresión general de buena gente. Laura tiene cincuenta y tres, y Christian tiene veintiocho, aunque en la foto de la pareja que está junto a la computadora portátil una extraña conjunción de artificios visuales hace que se vean de la misma edad.

Laura Bozzo se mueve y sus largas extremidades se ven sueltas, elásticas, ágiles: parecen formar parte de un itinerante aparato de propaganda muscular que tiene por objetivo convencerte de que, pese al encierro, a Laura la vida no la abruma, y que camina ligera porque no tiene culpas que cargar. Luce delgada, regia. Han pasado tres años desde que se hizo la operación de aumento de busto y glúteos, y muchos más desde que se mandó a desaparecer aquel lunar de carne que refulgía, imprudente, al lado de su boca en sus primeras apariciones televisivas. Ahora saluda efusivamente al fotógrafo, un profesional fashion que suele retratar a las modelos más perfectas del Perú. En la sala contigua, hay un apretado gimnasio en donde resalta un aparato que sirve para engrosarle las piernas. Lo usa tres veces por semana, de cuatro a seis de la tarde, bajo las instrucciones de un personal trainer. Laura Bozzo cuida mucho su figura. No llega a los extremos de cuando tenía veinte años, tiempos de anorexia en que sólo comía una manzana al día, pero la sigue cuidando con dedicación. Todos los días bebe las claras de veinticinco huevos crudos. «Me ha cambiado la masa muscular», dice.

Nada de eso debería causar asombro. Verse bien es parte de su trabajo, y Laura Bozzo es, ante todo, una profesional. Hay energía en sus ojos cuando comenta lo que ha hecho para conseguir la figura que tiene. Vigor, método, tenacidad. «Si comes harina, cómela con verduras. No mezcles nunca proteína con carbohidratos, ni con dulces. La proteína en la noche hace que tu organismo queme la grasa. Cuando no comes proteína en la noche, en cambio, la grasa aumenta. La gente cree que comiendo fruta en la noche va a adelgazar y mentira: el cuerpo genera más grasa porque siente que le falta». Imagino a Laura Bozzo mientras duerme plácidamente y alguna especie de fuego interior lucha contra ciertas células. Cuando la detuvieron, en julio del 2002, y empezó el arresto domiciliario, ella mandó a colocar un colchón en el piso para dormir. Creía que la orden judicial iba a ser temporal. Al cabo de ocho meses, su novio la convenció de traer una cama. A veces, cuenta, tiene pesadillas con los casos de su programa. También suele soñar con el mar. Ha dormido más de 700 noches aquí.

***

Es media tarde del día 724 de cárcel televisiva. Laura Bozzo está mansa y silenciosa en medio de su set. No lleva zapatos, está echada y rendida sobre una alfombra, y tiene su mano entrelazada con la de su novio Christian Suárez. Ha dejado de ser peligrosa. Las tribunas de madera que corresponden a su público están vacías, y en vez de cámaras hay obreros en cuyos cascos de protección se lee una L que los identifica, y que está repetida en la pared central. Nadie grita. Nadie llora. Nadie dice yo no fui, señorita Laura, esa plegaria recurrente que se ha trasladado al imaginario cotidiano de venezolanos, colombianos, portorriqueños, mexicanos: una de esas cosas que algunos recuerdan cuando no hay nada que hacer, como cualquier tic del Chavo del Ocho. Una periodista venezolana que no se pierde un programa de Laura me dijo que cuando alguien de su grupo de amigos en Caracas llega tarde, los otros se voltean, alzan los brazos y dicen: «Que pase el desgraciado», imitando la furiosa pantomima de la conductora. También me narró de memoria un programa en que una viejita se entera de que su nieta era una pepera. Mi amiga no sabía qué quería decir pepera, pero gracias al show lo supo: una muchacha atractiva que roba a los hombres poniéndoles un somnífero (pepa: pastilla) en el vaso. Una cámara oculta mostraba a la nieta en acción en un local nocturno. Abuela y niña peleaban en el set, y más tarde irrumpía súbitamente el sujeto que había sido víctima de las pastillas. «Me encanta la música que ponen cuando entra él. Es magnífica», me dijo la venezolana.

Pero nada de eso ocurre ahora en el estudio de Laura Bozzo. Sólo hay un ruido de taladros en el plató por el que Telemundo dice haber gastado dos millones de dólares. La Bozzo está relajada mirando arriba, y su entrecejo es una planicie blanda que no pronostica tormentas. Su sonrisa, amplia, es una superposición de lecciones aprendidas e implantes. Recibe el flash del fotógrafo con la misma disposición con la que recibiría las olas del mar en la cara. Flujo continuo de bienestar. Es sábado. Vuelvo a la sala y veo que Christian Suárez pone en la laptop su nuevo disco, producido en Argentina por José La Mona Jiménez, una máquina de hacer discos considerado el cordobés más famoso del mundo. Play. «Abusaste de la vida / abusaste de esa niña / tu sed saciabas a oscuras». El novio dice que la canción está basada en casos reales de violación que aparecen en los periódicos. Cambia a otro tema. «Y si te fui infiel, me olvidé quién era / y si he sido infiel, me olvidé de ella». La música es fuerte, pegajosa. Luego viene un homenaje: «Se siente, se siente / Laura está presente / Se siente, se siente / se siente su amor / protege a los pobres y a los desamparados». Pero el clímax del disco es maravilloso. El novio ha tomado grabaciones de la voz de Laura Bozzo en pleno programa y les ha agregado una orquesta, y un coro musical que canta parodiando a los panelistas y al público. «Señorita Laura / Señorita Laura», dice el coro antes de pasar al enardecido «Como un perro, ¡fuera! / Como un perro, ¡fuera!», ese grito final que la animadora lanza después de emitir su veredicto contra un miserable (un hombre, siempre) que entonces debe largarse. En el disco, la voz de la conductora suena como un instrumento musical maligno, sí, pero que encaja gloriosamente. «¿Quién es el padre de esa criatura?, a ver habla, pues. ¡Habla!». También se escucha el llanto de una panelista. Todo sobre un ritmo festivo que no se detiene.

Christian Suárez es un cantante pop de la bailanta argentina que llegó de Buenos Aires a Lima en 1999, cuando una fiebre de intérpretes lampiños –conocidos aquí como chicheros– alborotaba adolescentes y desafinaba el dial. Su grupo se llamaba Complot. Un día, fueron invitados a una edición especial de LAURA EN AMÉRICA, que por entonces era el programa top de la televisión peruana. «Noté que nadie le hablaba y me acerqué», evoca Christian. Unas semanas después, la conductora y el cantante montaron un sketch musical humorístico disfrazados de Olivia Newton-John y John Travolta en GREASE. Semanas más tarde, salieron de Batman y Gatúbela. Cumplen años en la misma fecha. «Como Michael Douglas y Catherine Zeta Jones», dice Laura Bozzo, súbitamente incorporada a la escena. Cálculo rápido: el mismo día de invierno en que Christian cumpla treinta y cinco años, Laura cumplirá sesenta. Será viernes.

En cambio, el cumpleaños cincuenta y dos cayó sábado y fue maravilloso. El cantante Ricardo Montaner arribó hasta el estudio en vuelo directo desde Venezuela. Montaner también solía encallar su yate en la casa que la Bozzo tiene en Miami, a unos cuatro mil kilómetros de distancia del estudio donde ahora está reclusa, y en el que ya ha consumido unas 17,500 horas/mujer de su hasta entonces libérrima existencia. No es para reírse. Antes de dejarte llevar por el bizarro goce estético de ver a una estrella de televisión encerrada, detente: piensa en los dos últimos años de tu vida. Rebobina veinticuatro meses y aprieta play. Ahora imagina todo ese tiempo en una locación única. Sin salir. Laura insiste en decir que ella vive feliz porque su conciencia está tranquila y que su reclusión es un alimento para el espíritu. Sin embargo, por momentos, se le escapan ráfagas de desesperación: «¡Estoy acá jodida mientras todos los ladrones de la mafia de Montesinos están en la calle!», clama. Christian asiente. Siempre asiente. «Da bronca saber que no podés de repente salir a la calle, porque si salís empiezan a especular si la dejé o no la dejé. Eso psicológicamente a ella la afecta». No da detalles de tales lesiones psicológicas. Puede que tenga algo que ver con las visitas que le hace Fernando Maestre, un famoso psicoanalista de la radio. La Bozzo vuelve a sonreír altivamente como volteando la página. Siempre decide cuándo hay que voltear la página. Ambos están comiendo juntos, y me percato de un detalle: desde donde está sentada, a Laura Bozzo le basta ponerse de pie, caminar dos metros, abrir la puerta, bajar cinco escalones y allí está: su estudio de grabación, la ventana por la que ingresa a millones de hogares, como un consuelo al hecho de que en la vida real no pueda salir del suyo.

El ruido de taladros no cesa. Ver el set de Laura Bozzo sin gente es como ver un coliseo sin leones. Es una quietud honda, alimentada por la melancólica geometría de las cosas inútiles. Ella, sin embargo, parece sentirse muy bien acostada, tomándose fotos. «Es su altar», había especulado Cecilia Cebreros, productora de su programa entre 1995 y 1999. A Cebreros se le iluminó la cara cuando le hablé del set de televisión, cuando le dije que, así como antes, la conductora se presenta ante cámaras bajando de una enorme escalera. «Laura baja con su tremendo tamaño, un metro setenta y cinco que se convierten en un metro ochenta con tacos, y se para frente a sus humildes panelistas, quienes, por supuesto, están sentados. Esa disposición no es gratuita. Eso le da poder. Es Dios. La idea es ésta: yo bajo y te digo a ti que no sabes ni mierda, te condeno». Laura Bozzo sigue posando para las fotos en el estudio. La pegajosa canción de Christian continúa sonando en mi cabeza.

—Como un perro, ¡fuera!, ¡fuera! Como un perro, ¡fueeeeera!

De pronto un gran danés negro entra en el estudio por uno de los pasadizos destinados a la presentación de los «casos», imitando la irrupción en escena de un panelista. Es un perro negro y se llama Blacky. Los obreros, que han visto más de una vez el programa, se ríen del fortuito juego semiótico. Veo a Blacky entrando al set con la lengua rosada afuera, perrunamente despreocupado, y pienso: él no sabe que su dueña llama perros a los hombres abusivos, a los violadores, a los padres en fuga. Pero conoce algo más valioso: la libertad. Lo he visto una mañana en el parque enorme que está a dos manzanas de la casa-encierro. A un hombre le pagan por llevarlo hasta allá. Cuando los vi, ambos la pasaban bien sobre el césped. Lejos, en el estudio de TV, comenzaba el día 641.

***

En la oficina del primer piso, donde a veces me toca esperarla, hay dos hombres. Uno tiene bigotes y juega Solitario en la computadora. El otro es un tipo moreno, de escaso cabello, patillas, y una morfología craneana similar a la de un foco de luz. Se dedica a comer choclo. Lo veo luchando con la coronta y su rostro se me hace familiar. Se llama Hugo Vente. Ha sido el chofer de Laura Bozzo durante más de diez años, y ahora ha tenido que reemplazar ese trabajo imposible por el de guardia de seguridad. Echa la coronta rapada al tacho de basura y pienso en lo que alguien me ha dicho: este hombre podría escribir un libro y hacerse millonario. Vente es el leal servidor que ha convertido su humanidad en una extensión psicomotriz del sistema nervioso de su jefa. Cuántas veces aceleró. Cuántas veces frenó de golpe para socorrer a un indigente que se pegó al vidrio del vehículo. No es falsa la leyenda de una Laura Bozzo recogiendo a desahuciadas almas en pena. En 1998, en pleno apogeo de su programa en América TV, creó la ONG Solidaridad Familia, una institución dedicada en principio a atender casos de mujeres maltratadas, pero que pronto, por iniciativa de la conductora, empezó a recibir otra clase de visitantes. «Laura era capaz de recoger de la calle a una mujer que apestaba por las heridas», afirma una psicóloga que trabajó en esa institución. El local de la ONG funcionaba en el edificio donde se grababa el programa. La psicóloga recuerda: «Estábamos trabajando y, de pronto, llamaban de seguridad diciendo “Laura tiene un caso”. Bajábamos como locos, porque, si te demorabas, podía putearte. Y allá abajo estaban ella, el chofer y el caso. “No te preocupes, ellos te van a atender”, decía Laura, y juah, nos lo dejaba».

—¿Y qué pasaba después?
—Se iba, se olvidaba del tema. Buscaba a su maquillador, su teléfono, su guión, y ya. Nosotros teníamos que resolverlo.

Laura Bozzo es una máquina de prometer cosas. Trabajar con alguien así es saber que vives rodeado de diminutas bombas de tiempo. Su actual productor, el venezolano Miguel Ferro, lo confirma de algún modo. «Es increíble ver cómo es Laura con el dinero. Es un desastre. Algo puede costar cien dólares, y si lo necesita el niñito ¡hay que buscarlo pues!», dice, con calculado orgullo promocional, haciendo énfasis en el lado humano de la animadora. En cambio, los profesionales de Solidaridad Familia de la época del gobierno de Fujimori no hacen énfasis en el lado humano, y prefieren recordar los hábitos demagógico-compulsivos de su jefa. «Ella siempre dijo yo te soluciono, yo me encargo, yo lo hago. Yo, yo, yo. Tratamos de combatir eso, pero ella no entendía», dice la psicóloga. Una vez, llegó una señora con un hijo que tenía el rostro desfigurado por quemaduras. «Ofrezco tratamiento para este niño», dijo Laura en su programa. Como Solidaridad Familia no tenía recursos, la estrategia del equipo era canjear tratamientos por publicidad con hospitales y laboratorios, aprovechando la popularidad del programa. El Hospital del Niño operó al menor. A los seis meses, su madre volvió. La piel de su hijo había crecido, así que había que operar de nuevo. No había dinero, pero la mujer dijo algo que muy pronto se volvería una queja recurrente: «La doctora Laura me lo prometió». Tuberculosos. Sidosos. Pacientes en espera de un órgano vital.

—La gente empezó a pedirnos cosas en las que no podíamos ayudarles. Decían: necesito sangre para mi mamá. Necesito un ojo. Una pierna. Las colas eran largas.

Antes de subir nuevamente al segundo piso de la casa-estudio-cárcel, observo al señor Vente una vez más. Cuánta información en reposo. En 1995, cuando Laura Bozzo aún no era famosa, el auto en que Hugo Vente la llevaba a ella y a su hija atropelló a una niña de seis años. Según la manifestación policial de la madre de la atropellada, Laura Bozzo dijo, ya en el hospital: «Por tu culpa, mi hija ha sufrido un estado de shock. ¿Quién la manda a tu hija a que se cruce?». La niña murió. Sobre esto, la animadora sólo contesta: «Ése es un asunto de mi chofer; no mío». Según otra ex productora de Laura Bozzo, la diva solía telefonear a la esposa de Vente para gritarle cuando él no aparecía. Quizás por solidaridad, todos recuerdan con cariño a Vente, un tipo simple, de pueblo, leal hasta los bigotes para con su jefa, aunque no ajeno a travesuras mínimas y extravagantes. Se necesitarán estudios posteriores para saber si es posible trabajar mucho tiempo con Laura Bozzo sin sufrir trastornos. Según personas del equipo de producción de ese entonces, Vente perpetraba una fechoría recurrente. Le gustaba acercarse a alguno de ellos y preguntarle: ¿Sabes cuántos años tiene la doctora?, ¿cuántos te ha dicho que tiene, ah? ¿Quieres saber? ¿Sí? Y dicen que en un clímax de suspenso casi televisivo, el chofer-guardaespaldas mostraba ese tesoro bidimensional que era la cúspide de su aventura: el documento de identidad de la jefa. Laura Cecilia Bozzo Rotondo. Fecha de nacimiento: 19 de agosto de 1951.

—Nací Leo con ascendente Leo. Siempre fui muy jodida.

***

Hay niños a los que les enseñan el valor de las cosas. Todo cuesta, nada es infinito, lo que haces siempre rebota en alguien, tus padres no serán eternos. Laura Bozzo no pertenece a ese montón. Cuando iba a visitar a su abuelo –recuerda– le quitaba la billetera y se iba corriendo a encerrarse en el baño. «Agárrame si puedes», decía. Vaciaba todo. Dice que jamás ha visto a otra niña manejando tal cantidad de billetes. Era un juego que a su abuelo no debía importarle mucho pues, en el momento de ir a las tiendas de ropa, le decía que se comprara todo lo que quisiera. Todo. «Mi cabecita no tenía límites», dice ahora entre las paredes de su encierro. Sospecho que dice eso porque le gusta que la vean así, que se la imaginen así. Es una confirmación del mayor capital que posee: Laura no actúa. Es la misma mujer sin escrúpulos que ven en la pantalla. «Siempre fui la misma loca de mierda», afirma. Lo que no hace explícito es que siempre hubo alguien listo para pagar los platos rotos, alguien dispuesto a apagar sus incendios.

Su mejor amiga de infancia la define como una mujer generosa. A Cecilia Merino se le viene a la mente la imagen de Laura administrando el quiosco del Sophianum, un colegio de monjas para niñas-bien. Dice que Laura Bozzo tenía una obsesión por demostrar que ella podía hacer algo distinto: no podía ser una administradora cualquiera. Les ofrecía más chocolates, más dulces. ¿Quieres uno? Toma dos. Toma tres. Toma. Toma. Toma. Por supuesto, el resultado era un descalabro financiero. A fin de mes, la madre de la niña Laura se encargaba de cubrir el déficit. En otra ocasión, la futura animadora se fue en yate con Merino y otras amigas. Manejó a toda velocidad por la costa de Ancón hasta embestir el yate donde se encontraba el presidente de la república Juan Velasco: cholo, nacionalista, organizador de una reforma agraria. «Todos lo odiábamos», dice hoy la animadora a modo de explicación. Su madre llegó a la comisaría para solucionar el problema. Sus nombres aparecieron en un periódico. Quedó terminantemente prohibido que se vendiera gasolina a la niña Laura.

Pido a Cecilia Merino un episodio que para ella grafique la ternura de su amiga. Se pone a pensar un rato y recuerda el día de su matrimonio. Laura Bozzo, invitada de honor, agarró al flamante esposo de la cabeza y le dijo:

—Como no la hagas feliz, yo te mato.

Un álbum de fotos en blanco y negro registra esos días de inocencia. En la primera imagen, Laura luce tranquila sentada al borde del mueble, dispuesta a tomar su primer pisco sour. Tiene quince años. Hay algo enigmático en su mirada, los ojos ligeramente vueltos hacia arriba en gesto de incipiente soberbia ante la cámara. Sostiene el vaso sin contundencia y es la única del grupo de chicas que no sonríe. Otra: Laura Bozzo carga en sus rodillas a un bebé cachetón que hoy tiene un programa de análisis económico en la televisión por cable. En otra foto, lleva botas negras hasta los muslos, y hace un gesto ladeado que no llega a la coquetería pero que trasciende la timidez, una expresión de esas que te dicen que lo más importante no es el momento congelado, sino lo que vendrá más tarde, dentro de un minuto o después de tres décadas. Los labios se abren ligeramente en un punto minúsculo, como si estuviera soplando algo. Son labios que dicen demasiadas cosas incluso en estado de inmovilidad, labios grandes o agigantados por una sombra perenne en el mentón, el mismo mentón que, décadas después, rellenaría con silicona. En la foto siguiente tiene unos trece años. Está cerca del mar. La brisa despeina un cabello que se acaba de teñir de rubio.

***

La había visto en persona por primera vez algunos meses atrás. Todavía era verano, y yo iba acompañando a un maquillador muy chic que tenía por misión dejarla hermosa. Laura Bozzo estaba frente a su espejo personal, uno de esos espejos rodeados por focos. Había mandado a pedir un abrigo Roberto Cavalli de cuero y se demoraban en traerlo. Gracias a Telemundo, la colección de Cavalli llega a sus manos un mes antes de que salga al mercado. Su novio Christian dice que es un privilegio sólo otorgado a súper estrellas como JLo o Madonna. Aunque Christian dice muchas cosas exageradas («estábamos en una firma de autógrafos en Chicago, se acercó una mujer con un niño autista, y de pronto al ver a Laura, el chico empezó a reaccionar»), un reportaje de THE SUNDAY MAGAZINE TELEGRAPH, de Inglaterra, confirma sus palabras. Ese día, sentada en su silla reclinable, Laura Bozzo empezaba a sufrir los efectos de la impaciencia. «¿Dónde está mi Cavalli de cuero?». En eso llegó una mujer. Laura volteó a mirarla. Fuego. Era la tarde del día 612.

—Mamita, si esto es cuero, mejor te vas tres meses de vacaciones, ¿no?

El carácter de la diva es impredecible. «Sus respuestas podían ser totalmente distintas dependiendo del momento en que le hablabas», recuerda la psicóloga de Solidaridad. Hoy ha pasado todo el día con dolor de muelas. Sólo me recibe cuando termina su sesión con un dentista delivery que vino a curarla. Por eso me habla con el cachete inflado. Carece de maquillaje. Me exige ser rápido. Sobre el escritorio, las lecciones de inglés que una profesora particular le da dos veces al día. Son ejercicios para completar espacios en blanco del tipo You shouldn’t, You must, esos verbos que en inglés sirven para decirle a alguien lo que debe hacer. Se prepara para lanzarse al mercado norteamericano. Sueña con una entrevista a Hillary Clinton. Aunque Laura suele hacer escarnio público de las mujeres humildes que soportan la infidelidad del macho («algo que jamás toleraría»), me dice que con Hillary Clinton actuaría distinto. «Hay mujeres que se regalan a un hombre poderoso para sacarle provecho», acota, repentinamente serena.

—No tiene ningún sentido que ella estalle frente a alguien inteligente. No funciona.

Ilustra su ex productora Cecilia Cebreros. La idea es simple: es muy fácil manipular las emociones de personas sin secundaria completa. La productora de TV no lo dice como una condena, sino como un mea culpa. «Todos los que hemos trabajado con ella nos hemos convertido en pequeñas Lauritas. Es que no ves gente, ves un material de trabajo». Cebreros confirma una vieja leyenda sobre el programa de Laura: en el estudio había duchas especialmente acondicionadas para que los panelistas no olieran mal. A un hombre lo bañaron cinco veces. Recuerda el anatómico problema que representaba conseguirles zapatos. «Es gente que toda su vida ha caminado en sandalias. Su talla no te dice mucho, porque los pies son más anchos de lo normal», dice. Cebreros también admite que ganó dinero con Laura. Dinero y poder. «En la época de Fujimori, yo tenía más poder que varios de los políticos que salían en la televisión». Admite que le bastaba decir que pertenecía a la producción del programa de la Bozzo. Se le abrían muchas puertas.

Laura Bozzo afirma tener ciento cincuenta y dos de coeficiente intelectual. No hay pruebas al respecto. El único indicio, además de su astucia, es su memoria prodigiosa. Lee algo y se lo aprende en minutos. «Es rapidísima, es increíble cómo se aprende todo lo que le dices», recuerda su ex productora. Imagino las lecciones de inglés siendo devoradas sin parpadear. Sigue hablándome de Hillary Clinton, pero de pronto veo que su mirada me abandona para centrarse, artera, en un punto de fuga situado detrás de mí. «Apágala», dice, y entiendo algo: una orden de Laura es como un rayo fulminante que te desarma, un proyectil áspero que no va al cerebro sino a algún escondrijo del sistema nervioso central, algo rápido e incomprensible que hace que mi dedo índice esboce un trayecto de veinte centímetros al aparato, pero con tal velocidad que presiono el botón incorrecto. Laura Bozzo sigue mirando a lo lejos. Alza la voz.

—Claaaro, ¿no? Como a una le están haciendo una entrevista, el chico se va a la calle –dice.

Christian se acerca a paso lento. Llega. Sonríe. Lleva una chaqueta negra y un gorrito blanco. Está impecablemente vestido, como quien se prepara para salir. De su cuello cuelga una cadena gruesa con una pequeña escultura de micrófono plateado. «Me estoy probando la ropa», dice. Laura lo mira: es como una madre severa en un rapto de comprensión. «Sí, ¿no? ¿Boludita soy yo?, ¿no?». Christian se sienta con nosotros. En silencio.

Los comentarios de la prensa que acusan a Christian Suárez de gigoló son maniqueos y fáciles. Sólo Dios sabe si él la ama de verdad, pero es innegable que el dinero no es el único móvil de la relación. Laura Bozzo es, en el sentido cabal del término, una fábrica de sueños. «Ella es como Maradona para mí», dice él, y ésas son palabras fuertes viniendo de un argentino. «Para mí es una fantasía, es como vivir en una burbuja». Dice que como fan siempre sintió tristeza de ver cuán inaccesibles eran sus ídolos: «Siempre hay un guardaespaldas que te dificulta las cosas», observa, y yo pienso en su contextura frágil y su andar de pantera rosa. En cambio, todo es distinto con ella. El jet set de Miami se acerca a Laura Bozzo, la saluda, la mima, le hace pensar que su trabajo es bueno. Ahora Christian abre un álbum de fotos. Es el día de la presentación de los premios Billboard del 2002. Foto con Ricky Martin. Foto con Christian Castro. Con Thalía. Con Marc Anthony. Con la fallecida Celia Cruz. «Nunca se vayan a dormir con una discusión de por medio», le recomendó Celia Cruz a la pareja. Azúcar.

—No es el caso del vivo que se enamoró de la multimillonaria conductora. Cuando la conocí, ella no era lo que es ahora. Hemos crecido juntos.

Dice el novio. Y sí, he visto ternura entre ambos. Un día, él estaba viendo en el cable una película con Meg Ryan. El peinado de la actriz le pareció perfecto. Cogió su cámara digital y capturó una fracción de la película. Imprimió la fotografía y dijo: «Esto quiero lograr con ella». El estilista de turno cogió el papel impreso. Laura Bozzo. Meg Ryan. Laura. Meg. He visto también cómo le canta canciones de amor improvisadas y dulces. «Ella sabe lo que yo soy para ella, y yo sé lo que ella es para mí. No tenemos por qué rendir cuentas a nadie. El día que, que, Dios no lo permita –y no lo va a querer–, pero el día que esto se acabe, ni ella me debe nada a mí ni yo le debo nada a ella, y está todo bien. ¿Entiendes? O sea, nadie se va a reprochar nada», dice Christian Suárez. Laura lo mira impostando confusión.

—¿A qué te refieres? –pregunta.
—No, yo decía… que mañana, hipotéticamente, cuando me vaya…
—A la mierda te vas a ir. A la tumba –interrumpe la Bozzo medio en serio y medio en broma, y suelta una risa de ecos tenebrosos.

Súbitamente, nota que yo también estoy en la mesa. Me mira. Pide disculpas.

***

Pese a las apariencias, Laura Bozzo no guarda rencores. Según Christian, una vez ella le dio una espléndida bofetada a alguien que pasaba por la calle y le dijo chibolera. Es decir, vieja verde. «Le volteó la cara», recuerda. También Laura es capaz de amenazar a una psicóloga de Solidaridad Familia con meterla a la cárcel sólo por un malentendido rutinario. O de pegarle a una monja en el colegio. Pero la ruptura definitiva, la enemistad compulsiva, es algo que no encaja en su perfil. Su lógica me recuerda a la de un dictador africano llamado Omar Bongo, quien dijo una vez que la política del perdón era su mejor venganza (no por casualidad es el tirano más longevo de África). Hace un tiempo, Laura Bozzo marcó el número de Fernando Vivas, el crítico de televisión más influyente del Perú, un hombre que la ha hecho trizas, sistemáticamente, en columnas y reportajes que retratan a la animadora como una explotadora de la miseria humana y el asistencialismo más ruin. Simplemente, cogió el teléfono. «Fernandito», le dijo. «Puedo abrazar a mi peor enemigo, al que me ha hecho cosas horribles», me explica ella. Demasiados periodistas han escrito sobre la naturaleza peligrosa de sus fuertes abrazos.

Pero Laura Bozzo es una buena madre. A pesar de la fama, mima a sus dos hijas con una atención obsesiva. Una psicóloga de Solidaridad Familia recuerda que la Bozzo tenía una asistente personal a la que le pagaba ciento cincuenta dólares mensuales de su bolsillo. Era una mujer que vivía en un barrio pobre de las afueras de Lima. Pero el canal se atrasó dos meses en los pagos del personal. La mujer, desesperada, pidió a Laura un adelanto. Error. «¡No tengo plata!, ¿acaso no sabes que no me han pagado?», le dijo, según la psicóloga. También me dice que no fue eso lo que más le chocó, total, no había plata, sino lo que sucedería minutos después: la conductora sacó de su bolsillo doscientos dólares y se los dio a su chofer para que llevara a sus hijas a un parque de diversiones llamado Daytona Park. Conozco el parque. La pasas de maravilla con veinte dólares. Laura Bozzo dice que prefiere ser amiga de sus hijas, que nunca las juzgaría. Eso sí, durante mucho tiempo las obligó a ver su programa. Es una madre franca, que les habla de la vida frontalmente. Hace unos meses su hija mayor vino a Lima a visitarla. Al ver de cuerpo entero a su madre, le dijo:

—Me traumas, mamá. No puede ser. Tú eres mi mamá, yo tengo que estar mejor que tú. ¡Pero tú estás mejor!
—No jodas, pues hija. No tragues y vas a estar mejor que yo.

Ahora Laura Bozzo come un plato a base de centollo y yo no puedo evitar pensar que esta mujer encerrada siempre tuvo lugares especialmente acondicionados para sentirse libre, para perpetrar todas sus locuras asistidas. De niña tenía el departamento de su abuelo en Ancón –un balneario de la oligarquía de esa época–, donde pasaba casi todo el verano. En invierno se la llevaban todos los fines de semana a San Bartolomé, un lugar campestre en la sierra de Lima donde el día es claro y el cielo azul, un lugar en el que una vez trepó en burro tratando de llegar a la cima del cerro (al final, el burro se detuvo a la mitad y tuvieron que llamar a sus padres). Una constatación climática me asalta: Laura Bozzo nunca tuvo que verse obligada a dejar de ver el sol. Ahora termina de almorzar al final de una gris tarde de julio. Por las ventanas se cuela una luz moribunda, blanquecina y fea, que apenas llega a definir los contornos interiores, como aquel televisor de sesenta pulgadas que descansa al lado del oscuro gimnasio. El televisor está apagado.

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La diva del campo

Publicado: 25 julio 2009 en Juan Manuel Robles
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Magaly Solier duerme. Hoy es su cumpleaños número veintitrés y durante toda la semana no ha dejado de dar entrevistas en radio y televisión: ahora el estrés la despeina y el vaivén del automóvil la adormece. La luz de la tarde en Lima hace más nítida su inmovilidad, permitiendo a un ojo fisgón detenerse en sus rasgos: la nariz espigadísima, los hoyos profundos en las mejillas, las cejas angulosas. Sus ásperas manos están cerradas con fuerza –una fuerza rara para alguien que dormita– y en el dedo índice derecho hay puesta una diminuta caja amarilla de chicles Adams, a modo de dedal. Magaly suele mascar unos siete chicles al día y esos chicles se transforman en globitos que revientan con suave insolencia en sus labios, ploc, ploc, ploc, para volver luego a su boca cerrada y al final, cuando ya no tienen dulce, terminar su vida útil en cualquier parte, en cualquier tacho o esquina o pared clandestina (Solier mira a otra parte, nerviosa), porque ella suele darse cuenta muy tarde que sigue con el chicle en la boca, cuando ya está a punto de entrar a un set de televisión o a una cabina de radio, esos recintos pequeñitos –como pabellones para cuyes– que pueblan su agenda desde que es famosa. A Magaly Solier le gustan también los chicles de fresa rojos y gruesos y unos caramelos de limón rellenos de líquido efervescente. En la calle, siempre andará surtida de chicles. Cuando está en casa, en cambio, prefiere chacchar hojas de coca frente a su Macbook.

Dice que le ayuda componer sus canciones.

Magaly Solier entonó una canción en quechua en Berlín, el 14 de febrero del 2009, luego de que la película La Teta Asustada, que ella protagonizó con una actuación espléndida, resultara ganadora del ansiado Oso de Oro en el festival alemán, uno de los más importantes del planeta. El equipo de producción del filme, encabezado por la directora Claudia Llosa, subió al estrado. Solier respiró tres veces y abrió los labios. Fue un canto trémulo y nervioso, el canto de una mujer que gana algo demasiado grande como para limitarse al simple acto de recibirlo. Su rostro feliz dio la vuelta al mundo, su jubiloso grito de «gracias» fue usado luego para una campaña comercial del banco más poderoso del Perú, y nadie olvidará, por muchos años, esos ojos llorosos quebradizos, el cerquillo lacio –natural y sofisticado–, el maquillaje tenue y, sobre todo, las palabras en quechua, un dulce idioma prehispánico que en las ciudades más desarrolladas del Perú ha ido desapareciendo por culpa de los apuros de un progreso que no admite atavismos. Los días que siguieron a la premiación, Magaly Solier contestó decenas de entrevistas en hoteles de Alemania y España y se acostumbró a ser una pequeña celebridad. Luego ganó el premio como mejor actriz en el Festival de Guadalajara, por la misma película. Aviones y más aviones. Hoteles. Un mes más tarde, volvió al Perú para presentar y promocionar el disco que había estado trabajando silenciosamente. La invitaron a Cannes por su papel en otro filme que había sido seleccionado para el festival francés. Recibió la noticia en medio de las presentaciones semanales como cantante en un impecable pub de Miraflores, el barrio donde están los locales de entretenimiento más cotizados de Lima. Voló a Francia y pisó alfombras. Vio a Penélope Cruz («tenía como seis guardaespaldas»). Descansó poco. Sonrió mucho. Atendió a demasiados periodistas.

Volvió a Lima y el famoso intérprete uruguayo Jorge Drexler la invitó a cantar con él, a dúo, en el concierto que ofreció en la capital peruana. «Magaly tiene una de las voces más lindas del mundo», dijo a la prensa, que tomó nota. Titulares. Más titulares. Drexler también pidió conversar a solas con ella después del concierto (echó a todos del backstage), algo que puso nerviosa a Solier, una mujer con una conciencia muy intransigente del espacio vital íntimo, sobre todo cuando quien invade ese espacio es un varón. Hasta hace un año, ella era sólo una buena actriz que ya había cosechado elogios y notoriedad en los herméticos escaparates de la crítica cinematográfica por la película Madeinusa (los círculos intelectuales son siempre burbujas), pero aún permanecía bajo el paraguas protector del anonimato masivo. Todo cambió después del éxito de La teta asustada. De pronto, Solier se ha visto en la situación de no poder salir a la calle sin que la detengan para un autógrafo y las semanas y los meses han transcurrido con felices sobresaltos cotidianos, y una escena que se repite: Solier contestando el móvil y enterándose de una oferta, un nuevo viaje trasatlántico, un contrato inverosímil.

Ahora duerme. En breve entrará a la casa de su hermana, que la espera para almorzar con Vladimir, el hermano menor. Nos acercamos. Solier despierta, se estira, abre las manos (adentro estaba su billetera), guarda la caja del chicle en el bolsillo. Está llegando tarde: últimamente, siempre llega tarde. Almorzará presurosamente, mimará a su sobrino de diez meses, beberá un vino y cuando menos lo piense el celular sonará otra vez: la esperan para el ensayo de la presentación en un exclusivo hotel que ella tiene que dar esta noche. Solier llegará cuando el ensayo ya haya acabado (sus músicos harán gestos). Cantará. Se equivocará cuatro veces y volverá casa molida. Llegará a la conclusión de que odia las presentaciones privadas. Dentro de tres días, dará su primer concierto masivo en un amplio parque del centro de Lima. A estas alturas, cientos de entradas ya se vendieron.

Durante los últimos tres meses, la he perseguido en muchas de sus actividades en Lima. Ni bien termine el concierto, Solier viajará a Huanta, su tierra natal. Ha aceptado que la acompañe.

–Ahí te voy a hacer conocer la chacra. ¿Comes cuy?

***

La actriz peruana de cine más fotografiada en el mundo es una mujer que se hizo adulta en el campo, trabajando la tierra, segando maíz y recolectando frutos y hierbas junto a sus padres y hermanos. Magaly Solier nació en Huanta, una pequeña provincia de Ayacucho, a dos mil quinientos sesenta metros sobre el nivel del mar y a unos quinientos cincuenta kilómetros de Lima. Ayacucho forma parte de la sierra central del Perú, esa zona caracterizada por tener un cielo azul, sombras oscuras y largas, hermosas iglesias, textilería soberbia, folclor alegre y melancólico, buen maíz, cerros gigantescos y la milenaria presencia del hambre. En el Perú, la diferencia de calidad de vida entre la sierra y la costa –donde se halla la capital– es un abismo equiparable a la distancia que hay entre sus relieves geográficos. Según cifras oficiales, Ayacucho es la tercera región (de veinticinco) más desfavorecida del país, con niveles de pobreza que afectan a más de dos tercios de la población local. A inicios de la década de 1980, este lugar del mapa vio nacer al movimiento terrorista Sendero Luminoso –y la consecuente guerra interna–. Según la Comisión de la Verdad, la provincia de Huanta fue la que más muertes y desapariciones registró entre 1981 y 1998 (más de dos mil personas, entre degollados, decapitados, incinerados). Al menos seis de cada diez pobladores huantinos fueron desplazados de su tierra por el terror. Familias enteras dejaron sus casas vacías buscando paz.

Una de esas familias fue la de los esposos Gregorio Solier y Gregoria Romero.

La madre de Gregoria Romero fue asesinada por negarse a ceder sus productos agrícolas a una camarada de Sendero Luminoso. La camarada insistió, pero ella siguió negándose. La degollaron y dejaron su cuerpo en la entrada de su propia chacra. Tenía las manos atadas con una sábana. A pesar de que le advirtieron explícitamente que no lo hiciera, doña Gregoria Romero decidió dar a su madre cristiana sepultura. En esos años, la valentía tenía un precio alto: la sentencia de muerte. Se vio obligada a viajar a Satipo, en la selva. Ya tenía cinco hijos.

Dos años después, el miércoles 11 de junio de 1986, nació Magaly Solier Romero. Por la noche, hubo una luna creciente apenas visible, flaquísima, con la forma de segadera de maíz –una hoz de chacra–. Para entonces, sus padres ya habían regresado al pueblo natal. Lo peor del fuego abierto había pasado. Sin embargo, quedaban todavía muchos años por convivir con el miedo. La guerra.

–Ya vamos a llegar. Mira, mira: esto es Huamanga –dice Magaly Solier despertando ojerosa en el bus que nos conduce a su tierra. Ha dormido abrazada a un ratón de peluche que lleva en el pecho un lazo rojo.

***

Si hay algo que todos notan la primera vez que ven a Magaly Solier, aun sin conocerla ni saber su historia, es esa atmósfera general de antiguo dolor que parece resumirse en la pequeña manchita oscura que la muchacha tiene en la parte blanca del ojo derecho. En ocasiones, la actriz lanza una mirada triste y confundida –como diciendo «¿por qué?»– y entonces el falso lunar brilla nítidamente como una redundancia que, curiosamente, no desentona ni genera melodrama. Por el contrario, esa marca en el globo es la esencia misma del carácter de la actriz: irradia dolor, pero no lástima. Parece superficial, pero tiene la profundidad de una estaca en el corazón. Deteniéndose un rato más, uno empieza a sospechar algo muy cierto. Que la mancha oscura es una herida.

Ocurrió en la chacra, cuando ella tenía doce años. Según su relato, estaba recogiendo alfalfa para sus animales y pisó un palo. El palo hizo palanca y su extremo puntiagudo fue directamente a la cara. «Empecé a llorar sangre», dice. Pensó que sus ojos se habían reventado. Mordió una rama con todas sus fuerzas porque sentía que si soltaba lágrimas iba a ser peor. La sal y la sangre no combinan, pensó. Después de unos minutos, abrió los ojos. Felizmente, seguía viendo.

Fue a casa y su madre, doña Gregoria, le lavó el ojo herido usando paños mojados con orina. «Yo me hacía la pila en un envase y eso ella me echaba al ojo», dice Solier. Mamá repitió la operación todas las mañanas por quince días. La herida bajó pero quedó un punto.

Una década más tarde, algunos sicarios del Fotoshop se han esforzado en borrar la mancha ocular de las fotos promocionales, afiches, portadas de periódicos y otras piezas en las que ella aparece como protagonista mayor. La operación es un éxito gráfico pero una traición conceptual: la Magaly Solier que queda es excesivamente dulce.

En eso pienso al entrar en la casa de los Solier, al cabo de once horas de viaje en autobús. Hemos llegado, además, con su hermana Bertha y los dos hijos de ésta. En el patio, hay un collage enmarcado con algunas de las más importantes fotos de Magaly Solier que ha publicado la prensa (en varias de ellas, el punto ha desaparecido). Al lado, hay un afiche de la película La teta asustada. La señora Gregoria y el señor Gregorio saludan a sus hijas.

Tomamos un desayuno suculento. Mañana –comentan– habrá pachamanca. Magaly Solier se ocupará de los cuyes.

***

Quedaban muchos años por convivir con el miedo en Huanta. Doña Gregoria Romero cargó en su espalda la leña y en su pecho a Magaly Solier. La colocaba allí para que pudiera lactar con facilidad. Romero avanzaba por el borde de la carretera con su hermano menor, además de trece vacas y cuatro burros. De pronto, uno de los burros desapareció. Ya era de noche. El burro llevaba herramientas valiosas, así que el hermano menor fue a buscarlo. Dobló una curva hacia arriba. Desapareció un instante. Minutos más tarde, el burro regresó solo pero el hermano seguía sin asomarse. Cuando llegó, estaba pálido y le dijo a Gregoria:

–Vienen.

Caminaron. La señora Romero vio asomarse por el camino un bulto negro que no se distinguía en medio de la noche. Cuando se acercó más, había dos cuerpos, un hombre y una mujer degollados. Magaly Solier rompió a llorar. Romero no pudo calmarla. Los animales se alborotaron. Vio a lo lejos el humo que salía de un vehículo en llamas. Eran ellos.

Le dijo a su hermano que corrieran y corrieron. Corrió con sus trece vacas, sus cuatro burros, su leña, su hija menor en el pecho. Corrió con todas sus fuerzas porque sabía que, dados los acontecimientos, desde abajo del camino ya se encontrarían los militares para hacerse cargo de la situación. Su hermano menor se cansó y ella le gritó que siguiera, que no parase. «Ahurita vienen los militares y nos llevan. Se llevan nuestras vacas», dijo.

La caravana de trece vacas avanzó velozmente –las vacas, esos tanques que dan leche, pueden correr más rápido que un atleta profesional, dice Solier– y, al cabo de media hora, doblaron por la bajada que llevaba a casa. Justo en ese instante, vieron a los uniformados subir por la carretera hacia el enfrentamiento inevitable. Suspiraron.

Cuando doña Gregoria Romero cuenta todo esto, en pleno desayuno, se toma su camiseta con los dedos y se cubre hasta encima de la nariz, para hacer un esbozo teatral de cómo lucía un terrorista. Siempre escuché que los pueblos de la sierra vivían entre dos fuegos, pero sólo imaginar la huída magna me sobrecoge. Romero hace énfasis moviendo las manos de arriba abajo, con las palmas vueltas hacia sí misma. Dice que si los militares te agarraban, «te hacían perder» y se ríe cuando le preguntó qué quiere decir «hacer perder». Sobre los terroristas –sin dejar de mover las manos–, advierte:

–Te cortaban el cuello como si fueras animal.

***

–Queda uno. ¿Quieres matarle?

Magaly Solier tiene el cuchillo en la mano (el sol de Huanta se refleja en la hoja afilada). Su voz dulce y cálida, pero también rotunda y decidida. Está sentada en un banco chato, casi de cuclillas. Hasta hace media hora, en la bolsa negra que descansa a su lado, había cinco cuyes, pero éstos fueron pasando uno a uno por el proceso aniquilador que la actriz me invita a compartir con ella en este preciso instante. Hace sol, es domingo y habrá pachamanca. Magaly Solier sostiene el último cuy con las manos, la cabeza con la derecha y los pies con la izquierda. Según me acaba de mostrar, para matar un cuy debes estirarlo bocabajo a ambos extremos y, al mismo tiempo, torcerle el pescuezo como si exprimieras algo (un calzoncillo, digamos). Parece fácil, pero el cuy se mueve y mira a todas partes. Hace un rato vi caminando a un montón de cuyes en uno los pabellones que hay en el patio de la casa: sus gemidos insistentes, como bisagras mal aceitadas. Doña Gregoria Romero dijo que en casa poseen como un centenar, que los venden, que a veces se apachurran tanto unos con otros que alguno puede morir asfixiado. Esta mañana, cinco cuyes gordos y saludables fueron puestos en un saco negro. Creo que uno de ellos me miró antes de entrar.

–¿Vas a matarle?

Cometí la imprudencia de decirle a Magaly Solier que me dejara matar un cuy, para probar qué tal se sentía. Ahora es el momento de la verdad. Magaly me cede su sitio, coge el roedor y me muestra la forma en que cada mano sostiene las extremidades. Lo hago. «No, así no, que no se te escapen las patitas», dice y en efecto, veo a las patitas moviéndose. Hago lo que me dice (las patas inmóviles, con garras que recuerdan a las de un reptil). Lo tomo de los extremos y el animal parece un trapecista en su instante más elástico. A medio metro de donde estamos, descansa una olla con agua hirviendo. La leña está encendida.

–¡Ya! Estírale.

–¿Cómo?

–Como me has visto, pues. Con fuerza.

Magaly Solier toma mis manos y las impulsa inexorablemente hacia el homicidio culposo. Cierro los ojos y hago fuerza y siento que todo el cuerpo del animal truena. Cuando miro de nuevo, ella coge al cadáver y me dice: «Esto lo tengo que hacer yo, permiso». La actriz que hace poco caminó en Cannes parpadeando por culpa de los flashes toma el cuchillo y pasa su filuda hoja por el cuello del cuy. Un chorro rojísimo baña el blanco pelaje del animal. Si esta operación no se hace bien, me explica mientras el líquido sigue manando, la sangre se queda adentro y es todo un problema a la hora de abrirlo en dos. Ahora me dice que coja el cuy de las patas traseras y lo meta en el agua hirviendo. Pero mi mente todavía está en el tronar de huesos –la fragilidad de la existencia y esas cosas– así que quedo paralizado. Solier se desespera. «Al toque», me dice, pero no reacciono. Entonces me pide que salga y no estorbe y continúa la operación ella. Mete al cuy en el agua y aprieta los dientes porque el vapor quema sus dedos. Luego lo pela con el cuchillo, una y otra vez, y lo tira en una batea.

(Sin su ropaje, el cuy es un animal muy rosado).

***

Bertha Solier es ocho años mayor que Magaly y por eso recuerda más cosas. Como cuando un tipo con un poncho y un fusil largo llegó a casa y preguntó: «¿Dónde está tu papá?». Gregorio Solier era Teniente del Comité de Riego, esa clase de organizaciones que Sendero Luminoso se propuso aniquilar de la faz de la serranía. Bertha dijo «no sé» y se metió y avisó a todos. Su padre huyó por detrás. Bertha cuenta todo eso mientras está parada en la puerta de su casa. Luego señala el cerro y muestra la parcela en la que tuvieron que vivir cuando el Ejército así lo decidió. De seis de la tarde a ocho de la mañana, nadie en todo el pueblo podía permanecer en su casa. Tenían que ir todos juntos allá arriba. Pasaban lista.

A quien no iba, lo agarraban a palazos.

Bertha Solier dice que dormían todos en un único cuarto. Magaly estaba muy chica y por eso solo recuerda, de esos días, el televisor encendido y un programa de un conductor que ofrecía dinero a quien entre le público del set tuviera rarezas imposibles. El conductor se llamaba Augusto Ferrando, una de las figuras legendarias de la televisión peruana.

El televisor encendido, en distintos momentos, contiene los únicos recuerdos audiovisuales de la niñez de la actriz. En toda Huanta no hay una sola sala de cine.

Fue la directora Claudia Llosa quien la llevó por primera vez al cine, cuando tenía diecisiete años. La historia de cómo se conocieron ambas se ha contado mil veces: Magaly Solier estaba vendiendo un plato típico llamado puka picante –guiso de maní con papas– cuando la directora la vio por primera vez, en un parque de Huanta. Pero la leyenda tiene matices: ni Magaly Solier era una vendedora ambulante (solo quería reunir dinero para el viaje de promoción del buen colegio de señoritas al que iba) ni Claudia Llosa se la llevó de inmediato para hacerla una estrella. El casting para Madeinusa, la película que cambió la vida de Solier, fue largo. Hubo quinientas niñas.

–Me impresionó su energía. Con solo mirar a la cámara te conmueve. Los grandes actores tienen eso –dice Claudia Llosa desde España.

A ella le sigue sorprendiendo que Solier consiga lo que consigue con tan poca preparación, con tan pocas tablas. La actriz recuerda aún el primer casting que le hizo la asistenta de Llosa. «No tienes miedo a la cámara», le dijo sorprendida. Solier le respondió:

–¿Acaso la cámara muerde?

***

Ahora es momento de abrir los cuyes por la mitad para sacarles las vísceras y dejarlos limpios. «Sostenlo de la manito», me pide Magaly Solier, mientras abre la piel por el pecho, hasta abajo (como una camisa). El cuy está en posición de Cristo crucificado. Las tripas salen y son colocadas en una batea. Apestan. Luego, la sonrisa del cuy es agrandada con el cuchillo (como el Guasón de la película Batman: el caballero de la noche). Magaly le limpia la boca y, por último, le corta el pene. Acá va un dato importante: todos los cuyes elegidos para el sacrificio deben ser machos.

La castración es un tema que ha inundado el día desde temprano. En el desayuno, doña Gregoria Romero contó que decidió capar a su perro pitbull por travieso: destruyó unos injertos que ella había comprado en una provincia vecina. Ahora el fotógrafo, un hombre asimilado a los ejércitos ecológicos (no carne, no enchufes, botellas de plástico aisladas), dice que verla cortándole la cosa al cuy le da cosa, le hace recordar a Lorena Bobbit, la mujer que en 1993 le cortó el pene a su esposo. Le hago a Solier un resumen del caso Bobbit. Ella escucha con atención (ceño fruncido) y pregunta:

–¿Pero él le pegaba?

–Sí, tengo entendido que le pegaba, mucho.

–Entonces, bien hecho, por pegalón. Así se queda sin su cosa.

–Mmm, me temo que se la pusieron de nuevo, Magaly.

–¿Qué?

–El pene, se lo pusieron de nuevo. Lo buscaron y lo encontraron cerca de la casa. La mujer lo tiró al jardín por la ventana, pero no muy lejos. Lo operaron.

–Qué estúpida. Yo que ella lo hubiera pasado por el water.

Los cinco cuyes descansan en el lavatorio, mojados al sol con las bocas abiertas de par en par. Para Solier, son la cosa más inofensiva del mundo: han sido destripados y ya no tienen pene.

***

Más de una vez, Magaly Solier ha sido acusada de odiar a los hombres. «Me parece una andrófoba lista para el psiquiatra», escribió el director de un tabloide de derecha en su muy leída columna editorial. Las palabras son exageradas y ofensivas, pero hay algo de cierto en el asunto. En los conciertos nocturnos que dio durante dos meses en Miraflores, siempre pedía al público dos cosas: un aplauso para las mujeres y un aplauso para los hombres que saben valorar a las mujeres. En el universo interior de Magaly Solier, el hombre siempre está bajo sospecha. Es un ser proclive a los vicios, a la ociosidad, al abuso físico, al alcoholismo destemplado. Un mañoso en potencia, que simula ser un tipo decente mientras mira jovencitas por el rabillo del ojo. Ella dice que creció viendo hombres que golpeaban a sus mujeres y abusaban de sus hijas. Lo veía todos los días. La violencia era el destino inexorable de aquello que comenzaba como un sonso coqueteo, un coqueteo que consistía en tirar piedritas desde lejos. Solier nunca confió en ellos.

Es más. Siempre quiso defenderse.

A los catorce años, entró a clases de kung fu con un profesor que había llegado a la ciudad. Ya había aprendido artes marciales gracias a un amigo que ensayaba técnicas muy cerca de donde ella lavaba ropa, en la pubertad, a pocos minutos de la chacra de su familia. Para practicar en casa, cortó un pantalón jean y confeccionó un saco de arena (su madre casi la mata). Lo colgó del árbol de la chirimoya y se puso a golpear. Aprovechaba cualquier rato de descanso para ensayar golpes. No se cansaba hasta hacer huecos en el jean.

El kung fu dio resultados sorprendentes. Magaly aprendió ciertas llaves necesarias para defender ese templo sagrado que era su cuerpo. Hasta ahora le sirve, confiesa. La primera vez que fui a visitarla a su casa en Lima, ella me hizo una pequeña demostración de sus técnicas, sus perfectos golpes al aire, sus codazos paralizantes, sus patadas milimétricas que silban cortando el viento. «Alguien que se para así –dijo con la pierna izquierda firme, haciendo de apoyo y la derecha levemente flexionada– es alguien que sabe pelear. Hay que tenerle cuidado». «El hombre tiene puntos débiles. Acá [se señaló el cuello] en la tráquea, el estómago y en la parte íntima, el pene. Allí lo golpeas y queda». «También lesionar el coxis funciona. Algunos hombres tienen mucho músculo en los abdominales y en esos casos un golpe al estómago no sirve».

–He pegado de todas las formas. Lo único que jamás he hecho es jalar del cabello. Yo no peleo así.

Echemos pues un vistazo al prontuario de Magaly Solier (foto de frente y de perfil). Aún adolescente, un profesor de su colegio quiso acercarse más de lo debido en una fiesta con exceso de cervezas. Ella le dio una cachetada. El profesor la acorraló y le pidió que le diera otra más. Ella lo hizo. El pidió otra más y Solier le dio una rodillazo entre las piernas. Fue suficiente. Más grande, cuando grababa Madeinusa en la ciudad de Huaraz, un chico le tocó el trasero a la actriz mientras se cambiaba de pantalón. Fue un error grave. Solier sintió la dirección de la mano por el viento (su oído es un radar ultrasónico modelo 2045) y adivinó exactamente el lugar por donde el infeliz quería escaparse. Le agarró el brazo. Si Magaly Solier te agarra el brazo cuando intentas agredirla, ya no hay escapatoria. Lo que vendrá será feo.

Durante su estadía en Huanta, Solier se encontrará con su sobrina, la hija de su hermano mayor. Conversarán sobre los estudios. La niña le mostrará su libreta y Solier verá que en la portada aparece ella misma, en tiempos de colegiala, junto al escudo de la escuela, una foto de Magaly Solier en plan de ejemplo-a-seguir. Solier reirá. Luego preguntará por los profesores que siguen allí y verá que aún dicta clases el hombre al que ella le dio su merecido. Le contará con lujo de detalles la calaña de tipo que él es a su sobrina, una adolescente bonita. Hará una reconstrucción de los golpes que ella le dio. Le advertirá que se cuide de ese mañoso.

En una ocasión, recuerda Solier, a un adolescente se le ocurrió tumbarla al piso para besarla. La había venido molestando mucho y ese día decidió dar el «paso siguiente». Solier lo cuenta así: «le agarré su pene y cerré la mano, con toda mi fuerza». También entonces recurrió a las artes marciales. Tocar a un hombre no es algo que deba hacerse sin técnica. Solier hace la mímica en el aire, como si reventara algo con los dedos. El fotógrafo ecologista y yo guardamos unánime silencio. Nos alejamos un poco.

Como consecuencia de esta vida callejera street fighter, Magaly tiene pequeñas cicatrices en algunos de sus nudillos (brillan a la luz del sol en su epidermis). También tiene marcas en la testa, justo en el límite entre la frente y el cuero cabelludo, porque durante mucho tiempo su primera estrategia de defensa era dar cabezazos demoledores. La única de sus cicatrices que ella no provocó atacando a alguien, es la marca que tiene justo debajo de la rodilla. Fue un perro malo.

Ella se pone un poco más seria, dice que no es su culpa: es sólo la reacción de su cuerpo. Cuando empezó sus clases de canto en Lima, su profesor cometió la imprudencia de colocarle la mano en el hombro, cerca del cuello. Solier, sin mirar, cogió la mano y torció los dedos (técnica para paralizar). El profesor nunca volvió a hablarle a más de dos metros de distancia. Peor suerte tuvo una amiga suya con la que quedó para encontrarse cuando llevaba poco tiempo viviendo en Lima. En buena parte del mundo urbano, existe la costumbre adolescente de tapar los ojos con las manos, para que el sorprendido adivine de quién se trata. La amiga de Solier hizo eso. La actriz la tomó de los brazos, flexionó las rodillas («una pierna atrás y una adelante, para dar soporte») y la tiró al piso. La amiga terminó fracturada. Lloró.

Nada de esto es acción pura con la que adornar las viñetas de un cómic, por supuesto. Hay siempre dolor en cada hinchazón de los músculos del cuello, en cada codazo, en cada ataque, en la precisa consciencia de que el radio es el hueso más destructivo de las extremidades superiores. «No sé, es que me transformo», dice Magaly Solier como cierto hombre verde. Por momentos, es como si ella no quisiera saber todo eso, tener esas armas, ese don. Darle su merecido a un tipejo que le falta el respeto significa hacer justicia (y, eventualmente, que una muchedumbre de mujeres la aplaudan). Pero también le da dolor de cabeza. Y ahora que las cámaras la acechan, ha aprendido a contenerse

Cuando volvió a Huanta después del estreno de Madeinusa (una película que le permitió conocer Europa y dormir en hoteles finos en los que alguna vez vio desayunando a un tal Ronaldiño), tomó un mototaxi y reconoció al chofer: era el hombre que años atrás la tumbó para tratar de besarla. El chico de los huevos revueltos. Mientras avanzaban, Solier se dio cuenta de que él también la había reconocido y que por eso evitaba mirarla. Así, sin verla, extendió la mano para pedirle el pasaje cuando llegaron a destino. El pasaje costaba un sol.

Solier sonrió y le dejó una moneda de diez centavos. El chico no se atrevió a voltear.

***

Doña Gregoria Romero, a quien Solier llama Licucha, aparece por la puerta del patio y examina los cuyes muertos, capados y sonrientes. Levanta uno del pescuezo. Se ríe, es una risa vivaz y burlona. Mira a su hija.

–¿Quién lo ha pelao así a este?

Solier le responde que ha sido ella. Intercambian palabras en quechua (como no comprendo, visto la escena con el ruido de la leña quemándose). Doña Licucha se sigue matando de risa, y coloca el cuy más arriba para que todos veamos, nítidos contra el cielo azul de Huanta, los bigotes largos del cuy. La señora Romero se los quita y mira a su niña con cierta complacencia. Solier siempre fue la chica que prefirió el trabajo duro a en la chacra al paciente trabajo de la cocina. La niña que una vez, le dijo: «cómo no nací hombre, para pasar todo el día en la chacra». La chiquilla revoltosa a la que le escondía las tijeras para que no se cortara el pelo lacio (Magaly rompía botellas de vidrio y se cortaba las mechas con eso). Cuando le dije que su hija me había cocinado en Lima una deliciosa puka picante, no creyó que le hubiera salido bien. Se carcajeó de nuevo, mientras le arrancaba los bigotes al cuy.

Hoy la relación madre hija es armoniosa: Magaly Solier le da palmadas en el trasero a su mamá y se mata de risa. También chacchan coca juntas y trabajan la tierra como un equipo eficiente. Ven pasar la tarde conversando. Pero en otros tiempos Gregoria Romero fue una madre excesivamente estricta: le echaba un baldazo de agua fría cuando su hija se portaba mal, o la esperaba con el garrote de la vaca cuando la niña se quedaba en el colegio hasta muy tarde, en sus clases de danza.

–Magalycha. ¡Dónde has estado, ah! Danza, danza ¿Danza te va a dar de comer? ¡Veste!

El celular suena. Magaly contesta y sale corriendo. Un conocido director la está llamando desde España. Quiere saber cómo le va con el guión.

***

Magaly Solier es una mujer exitosa a punto de alzar el vuelo mayor. Pero también es una serrana que vive en una sociedad que discrimina a quienes tienen fresco, en la piel y la voz, el estigma de la vida en los Andes. Marginados durante centurias por la metrópoli que fundó por la fuerza la colonia española, los habitantes de distintos pueblos de la sierra tuvieron que aprender a adaptarse a Lima recién en el siglo XX. Generalmente, los que llegaban hacían el sacrificio inicial: perder sus costumbres y vestidos y parte de su relación con la tierra para hacer vida en la ciudad. Recién la segunda generación podía aspirar al progreso siendo un habitante local, un limeño: chicos y chicas que se vestían ya como seres urbanos y estudiaban en los colegios, en las universidades metropolitanas. El primer requisito para este periplo era perder el idioma de origen, el quechua.

Se llama «sustitución lingüística». A pesar de que en Lima hay más de un millón de quechua hablantes, los estudios presumen que la descendencia no aprenderá ese idioma porque los padres no les enseñarán. ¿Para qué hacerlo? El quechua deja un rastro gramatical muy particular, que en la ciudad se llama «mote». El orden en las oraciones es distinto. Suena chistoso.

–Cuando yo fui a Lima –dice Solier–, vi Star Wars y me di cuenta que yo hablaba como Yoda.

En Miraflores y Barranco, los barrios económicamente más importantes de Lima, el quechua llega a un sorprendente siete por ciento. Parece una incidencia importante, pero la estadística es cruel y engañosa. Ese porcentaje se debe a la altísima cantidad de empleadas domésticas que allí trabajan, cama adentro, para las familias acomodadas. El quechua es eso, el idioma de la servidumbre. Tener apariencia andina y hablar quechua en la gran metrópoli es una redundancia fatal nada recomendable. El lingüista Rodolfo Cerrón Palomino lo dice más bonito: «El quechua es una rémora».

Cuando Magaly Solier llegó por primera vez a Lima a vivir con su tía limeña, a los diez años, sus primas la hicieron trabajar de empleada. «Querían que les lave sus calzones», dice. Huyó corriendo. Después de Madeinusa, Solier se instaló nuevamente en la capital y postuló a la universidad Católica –la institución educativa privada más importante del país– para estudiar artes escénicas. El día del examen, llegó temprano. Llevaba puesta una sudadera y tenía un lápiz en el bolsillo. En eso, una de las chicas que también postulaba la vio y le preguntó: «¿Ya podemos pasar?». Solier, que entonces tenía menos de veinte años, respondió. «No sé, yo también voy a dar el examen». Acababan de confundirla con el personal de limpieza.

–Las brutas no ingresaron –se ríe Magaly ahora. Ella sí logró ingresar, a pesar de nunca haber sido muy buena en matemáticas, según su profesora de secundaria Andrea Dávila.

En Lima, y en parte de Sudamérica, hay una palabra que define al hombre de ciudad con rasgos indígenas. El término es cholo. Los límites de la choledad –dónde comienza y dónde termina– podrían dar para varios tomos sociológicos, pero lo cierto es que la palabra suele ser usada como un proyectil racista y artero. Se dice que estamos en el siglo XXI y que eso ya no existe, que por suerte hay mucha mezcla y mestizaje. Sin embargo, hay que ver las cosas que le dicen a Magaly Solier. «Chola de mierda, si sigues jodiendo te vamos a matar», le escribieron en su página web en marzo del 2009. Es sólo una muestra.

El ascenso de Solier es mítico, entre otros motivos, porque es la excepción de una regla ineludible: la sierra quechua hablante no progresa sin pagar antes el altísimo peaje de la pérdida de identidad. La cantante se aferra a su idioma con uñas y dientes. De hecho, su disco Warmi está cantado en quechua a un ochenta por ciento. La suya es una especia de cruzada, de lucha. Los tres hermanos suyos que viven en Lima hablan el idioma cada vez menos. Cuando conversan, se nota que ella los fuerza a hablar en la lengua de mamá.

–En el colegio, mis amigas se hacían las que no sabían quechua. Entendían, pero no querían hablarlo.

***

Magaly Solier sonríe con el teléfono en la oreja, como una adolescente ilusionada. El director le ha confiado quién será su compañero en el papel protagónico de la película que en breve rodará en Europa. Es un actor que ha salido en producciones de Hollywood. Un famoso. Solier está feliz, no puede evitarlo. Está sentada en la entrada de su casa. Su pelo está suelto, es lacio, largo y hermoso. No soy el primero en notarlo: una corporación transnacional le ha ofrecido una atractiva suma para salir en un comercial de champús.

Pero el entusiasmo se pasa rápido en ella. Porque así, rápido, vienen las dudas.

Solier sabe que su imagen va en ascenso y que pronto tendrá que vivir el destino inexorable de la diva: todo el mundo querrá un pedazo suyo. Y a veces, no sabe cómo manejar la situación. La desconfianza la abruma. Discute largamente sin saber qué está bien y qué está mal, dejando únicamente al olfato la respuesta de quién se aprovecha de ella y quién quiere ayudarla. Solier tiene mucha fuerza, una rabia acumulada capaz de mover cerros, pero no siempre sabe donde está el enemigo. Entonces discute y vocifera y quiere que la respeten y que «nadie se aproveche de mí». Pero toda la fuerza de sus músculos no puede hacerle cosquillas a un mundo que siempre ha sido injusto, por naturaleza. Su abuela frunció el ceño y vinieron a matarla. Su madre alzó la voz y tuvo que irse corriendo a vivir con miedo (las culebras de día y el recuerdo de Sendero, de noche). ¿Adónde la llevará el coraje a ella? Y entonces Solier se apaga y tiene miedo y se siente sola y sube al techo para mirar el cielo nocturno de Huanta: la nítida constelación de Escorpio con su cola hecha de blanquísimas estrellas. Alguien llamó a todo eso vía láctea. Será la leche del dolor.

Quizá hay algo incompatible en todo esto y ella lo nota. Segar maíz en la chacra y volar a los escenarios del mundo. Degollar cuyes y grabar un nuevo disco en Europa. La hoz de metal y el oso de oro. Bertha, su hermana, le ha dicho a mamá Gregoria que venda la chacra y vaya a vivir a Lima. Magaly Solier se niega rabiosamente. Se aferra a la tierra con vehemencia. Luego de la pachamanca –los cuyes ya están cocinándose–, pasará dos semanas trabajando en la chacra, sudando y tensando los músculos. Su madre le ha dicho que una actriz no debería malograrse las manos. A ella le importa un pepino. En unos días, le comprará a doña Gregoria un cerdo y una vaca nueva. La vaca le costará cuatrocientos dólares.

A veces pienso que para Magaly todo esto es una especie de retorno imposible. Un psicoanálisis vivencial.

–Magalycha. ¡Dónde has estado! Veste…

Ahora Magaly se mira al espejo de cuerpo entero mientras se maquilla cuidadosamente. Lleva puesta una falda larga que, abierta, tiene un diámetro de tres metros, una blusa de manga murciélago y una faja huantina bordada a mano. Afuera, miles de personas esperan por ella. Quieren oír su voz. Los músicos ya están en el escenario. Magaly sale del backstage calmadamente y sube las escaleras. Antes de seguir, le dice a su manager que siente nervios. «El día que dejes de sentirlos, mejor deja de cantar», le responde él. Entonces Magaly Solier termina de subir las gradas. Los aplausos truenan. Desde abajo, las fuertes luces de los reflectores hacen que la perdamos de vista.

La hija patria

Publicado: 20 diciembre 2008 en Juan Manuel Robles
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Desde que ascendió al estatus de hija del presidente, Zaraí Toledo tiene a su disposición una camioneta 4 x 4 con dos guardaespaldas y un chofer. Todo el día. Toda la noche. Esta mañana viste un pulóver blanco que tiene estampado a un bicho de la Warner BROS. llamado Taz. Acaba de volver de Colombia, adonde viajó para promover la paternidad responsable con su ONG Zaraí Justicia. En la televisión de ese país contó cómo es que el actual presidente del Perú, Alejandro Toledo, había negado ser su padre durante casi 15 años hasta admitir que ella era su hija. Es la última semana que le queda de vacaciones del colegio y ahora Zaraí está en los asientos traseros de la camioneta oficial. La muchacha coge su teléfono celular y marca el número de su amiga más íntima: “Te estoy yendo a visitar, no me importa si estás en bata, Chata”, le dice como una traviesa amenaza. Veo su teléfono móvil y recuerdo el correo de voz que casi me quitó las ganas de hacerle alguna entrevista: “Hola, habla Zaraí. Posiblemente no esté, o simplemente no te quiero contestar. Deja tu mensaje”. Ahora la venganza de Zaraí contra los periodistas que la acusaron de haber sido una marioneta inventada por Vladimiro Montesinos es como una dictadura infantil: ella los maneja como títeres de su propio teatro con esa manipulación natural de la que sólo es capaz una quinceañera veleidosa. No vale lo tramposo ni amable que seas: Zaraí se esfuerza en repetirte que ella tiene el control, que nunca le ha dicho a ningún periodista más de lo que le ha dado la gana de decirle, que si ella quisiera ya te habría avisado que te vayas, que tú no vas a ser la excepción.

Había que tomar precauciones. Un atractivo fotógrafo que la había visitado antes de que el presidente la admitiera como su hija –y que después ha seguido intercambiando e-mails con la chica- me lo había advertido así: “Zaraí es superdura. Su inteligencia radica en la lucidez que tiene para saber lo que quiere. No la puedes florear. Cuando imaginas que se está creyendo tu cuento, te das cuenta de que se ha estado burlando de ti. No va a tener misericordia contigo. Cuídate.” Después de unos días cerca de ella, la advertencia del fotógrafo es una caricatura, parte de la imagen que ella quiere que te tragues. Cuando desde Lima llamé a la casa de Zaraí, mi intención era conversar primero con su madre. Lo lógico era explicarle por qué quería escribir un perfil sobre su hija, pedirle su aprobación para comprar el primer boleto y viajar a Piura. No se me había pasado por la mente la posibilidad de que la propia Zaraí me contestaría el teléfono.

-Con mi mamá hemos llegado a un acuerdo. Ella decide sobre sus entrevistas y yo sobre las mías.

Zaraí tiene 15 años, pero parece que tuviera menos. Cuando me abrió la puerta de su casa en Piura, una ciudad a mil kilómetros al norte de Lima, me sorprendí al ver lo menuda y delgada que es la chica que puso en jaque al gobierno de su padre. La casa no parece tener vecinos, salvo a los de la sede de la Embajada de Ecuador. Hay un jardín antes de llegar a la puerta principal. Cuando llegas a su sala, te abruma la sensación de estar en el mismo sofá donde antes se han acomodado cientos de reporteros, casi todos preguntando lo mismo sin conseguir novedades de ella. Algunas miniaturas dominan la escena de la sala y el comedor: un elefante flanqueado por dos cisnes de metal, perros de mármol, más cisnes en un estante de vidrio. En las paredes, hay cuadros de un paisaje bucólico y el infaltable Corazón de Jesús, un espejo grande con una suerte de barniz sepia y un tumi de oro que no es de oro. Hay rosas de verdad en la mesa de centro, una lámpara negra en una esquina. Pero lo que seduce más es un cuadro homenaje a la batalla legal para ser reconocida como hija. En el lienzo aparece el rostro de Zaraí flotando en el aire, y están también, volando ingrávidas, las caras de su papá presidente y de Eliane Karp, la primera dama. El artista, un hombre sencillo que incluyó brochazos de expresionismo frenético, me dijo que sus intenciones fueron dos: 1- Hacer un homenaje a la epopeya Zaraí. 2. Pintar bonita a Zaraí.

Me dice que en hebreo su nombre significa princesa. Lo he buscado: un diccionario de la Biblia no lo consigna, Zaraí son unas ruinas en Argelia, un banco en Pakistán, una cantante francesa. Le pregunto si es verdad que sabe leer desde muy niña. Responde: “Diría yo que a los meses de nacida. Creo que al tercer mes de gestación de mi madre”. Siempre se está burlando de la imagen de niña prodigio que el Perú se ha tragado de ella. En el acto de burlarse, se esfuerza en modular una voz risueña, caricaturesca, sarcástica. Zaraí se ríe, sobre todo, del poder. Su padre biológico hizo del histrionismo una herramienta para conquistar a las masas, a la prensa y llegar al poder. Ella, en cambio, se exhibe histriónica para reírse de las masas, de los periodistas y del poder. Una noche la invitaron al programa de César Hildebrandt, tal vez el más influyente periodista del Perú. Allí Zaraí se tropezó en el set con Fernando Rospigliosi, un ex asesor de su padre cuando era candidato y en ese entonces ministro de gobierno de Toledo. Rospigliosi había sido uno de los más obstinados defensores de que el tema de la paternidad de Zaraí era un invento de Vladimiro Montesinos, el mandamás del Servicio de Inteligencia Nacional. Se había burlado de Lucrecia Orozco y de su hija de un modo despectivo y cruel. Cuando Rospigliosi la vio entrar en el set de TV, se sacó el micrófono de la solapa.

-Hola, Zaraí -dijo el ministro.
-¿Por qué me saluda si no existo? ¿Cómo va a saludar a un invento fujimontesinista?

Hildebrandt se rió. El ministro quedó mudo.

Esa parece ser Zaraí. La que enfatiza cada sílaba de su discurso pro paterno infantil. La que no parpadea. La implacable. “No va a tener misericordia contigo”, me había dicho ese fotógrafo tan pero tan lindo.

***

Todos hacen siesta en Piura. Para qué estar despierto si con ese sol el cerebro no funciona y entra en un stand by de luz amarilla. Cuando Zaraí hace siesta en la tarde, tiene un sueño recurrente: los accidentes de su abuela. La atropella, se mata, se cae. Nunca llega a ver el cadáver. Eso la sobresalta, y le ha quitado las ganas de dormir a esas horas. “Es una advertencia para que estudies”, le dijo, impávida, su madre. Lucrecia confiesa haber soñado algunas veces con un tremendo caimán saliendo de un lago. Dice que es un signo favorable. Me perturba que Lucrecia gesticule tanto al hablar, lo acelerada que es, y esas ideas que te suelta sobre Zaraí como la ametralladora de un ejecutor con Parkinson. Cuando la conocí, me dijo que entre sus planes estaba hacer una galería museo que evocara la epopeya de pedirle al presidente el reconocimiento de que “su” hija era también su hija. Un templo de los derechos del niño abierto al público, en el que se reunieran fotografías, artículos periodísticos, videos, planillones con firmas a favor de su causa y el lienzo de la sala. Se atropella al pensar en eso. Se emociona. Se regocija. Zaraí la mira con un gesto de sardónica resignación. “No te la creas. Eso se le ocurre un día y después se le olvida”, me dirá luego. Sí, de esas ha habido una serie. Como la tarde iluminada en que mamá llegó a casa con un invento comercial que mandaría a la Barbie a un rosado ataúd: la muñeca Zaraí.

Zaraí le dice a su mamá Lucrecia. Cuando quiere molestarla la llama Armida (su segundo nombre), o Tremebunda (la suegra de Condorito). A veces, llega a decirle Eliane (la esposa de su papá, el presidente). La mayoría del tiempo Lucrecia parece su hermana, y no precisamente su hermana mayor. Ahora, en la sala de su casa, la madre se queja de que la niña nunca va al mercado. La hija se defiende recordando un trauma de infancia: Lucrecia y ella caminan por un mercado de Piura, pasa un ladrón y le roba la cartera a su mamá. El ladrón ni siquiera corre. Se va caminando, pero mamá se queda paralizada, nerviosa y sin atinar a hacer nada.

-¿Eso bajó la imagen que tenías de ella?
-No, ya estaba baja hace tiempo –me corrige.

Bajo un retrato de Zaraí sin dientes, hay un artefacto por el que ella muere: su computadora.

Lucrecia la acaba de llamar desde su cuarto y, mientras su hija va a su encuentro, me ha quedado en la pantalla su archivo de fotografías digitales. No las veo: las imágenes suelen ser estafas, pero los títulos no: Con expresión de tonta.jpg, Cansadas de lo mismo.jpg, ¡ADN Ya!.jpg (luego me diría que esta es su foto más difundida, y que no le gusta nadita porque en ella tiene cara de estar pidiendo pan). En otra carpeta, hay unos archivos de textos que llaman mi atención: Informe sobre ADN.doc, Etimología de Toledo.doc, Sí existo.doc. Entre ellos, hay uno cuyo contenido sí puedo adivinar: Cholómetro.doc, un test en clave de sátira para medir tu grado de choledad (dícese de la condición del indio urbano sin buen gusto), con preguntas crueles como: ¿Usas sayonaras con medias cuando estás en casa? ¿Llevas un peine en el bolsillo trasero del pantalón? A la mitad de su mandato, los asesores de Toledo siguen diciendo públicamente que la baja popularidad del presidente se debe en gran parte al racismo. El cholómetro, visto superficialmente, es una inmundicia racista. Pero el hecho de que en el Perú nadie –nadie- pueda contestar el test sin que, aunque sea por un punto su choledad salga a flote, hace que finalmente el cuestionario sea un ejercicio de lúdica confraternidad. Otra pregunta del cholómetro se me viene a la memoria: ¿Aplaudes cuando aterrizas en avión?

La computadora de Zaraí contiene también un juego de video en que Alejandro Toledo y el ex presidente Alan García se enfrentan en un combate cuerpo a cuerpo. Zaraí dice que le encanta.

-¿Y quién eres tú en el juego?
-Depende. Cuando juego con mi primo, hacemos yan-kem-po. El que pierde es Toledo.

***

La hora de la siesta ha terminado. Mamá Lucrecia ingresa en la sala donde estoy entrevistando a Zaraí por segundo día consecutivo. A pesar de que ha visto esa escena al menos cien veces durante este año, siento que no puede evitar aún una mansa expresión de orgullo: otro periodista en casa de los vencedores. Un amigo que trabajaba en un tabloide de Lima me contó que como regalo por sus 15 años le había obsequiado a Zaraí el libro Mujeres sobre mujeres, de Share Hite. La autora es la misma que escribió el ya célebre The Hite Report, que causó revuelo hace unas décadas y desnudó la sexualidad de damas de toda condición en Estados Unidos. En ese libro, hay de todo: mujeres que se masturban por primera vez al borde de los 30 años y las que no recuerdan cuándo empezaron, mujeres que pueden vivir sin sexo y otras desesperadas por él. Mujeres fieles, mujeres promiscuas. Casos de la vida real. “Me pareció muy interesante cómo lograr un orgasmo mediante una masturbación entre cuatro mujeres”, me dice Zaraí. “Mujeres sobre mujeres es un título literal, pues”, me diría luego entre risas. La obra educativa le fue decomisada por su madre siguiendo el consejo de unos bienintencionados amigos. Ahora le he traído a Zaraí el último número de Etiqueta Negra. Instrucciones para ser sexy. Tapa roja, letras doradas. Raro espécimen editorial. Lucrecia coge la revista y la hojea con un gesto a medio camino entre una disimulada extrañeza y la más franca preocupación. Su pelo rojo se enciende por efecto de la tarde.

-Pero dime, ¿esta revista no tendrá nada que ver con el Johnnie Walker?

Johnnie Walker. El whisky preferido de ese hombre que pasó casi 15 años sin reconocer a su hija. La historia judicial es engorrosa y larga, pero la de amor fue simple y corta. En 1986, Lucrecia Orozco conoció a Alejandro Toledo en un bar de Miraflores, Lima. En marzo del año siguiente ella le dijo que estaba embarazada. Dos años después, Lucrecia le entabló el primer juicio. Perdió. En 1995, la primera vez que Toledo se presentó a las elecciones, una prueba sanguínea dijo que era el padre de Zaraí en un 97 por ciento. Faltaba la prueba de ADN. El 2000, cuando Toledo ya era una amenaza contra el tercer gobierno de Fujimori, Lucrecia acudió al programa de Laura Bozzo, esa animadora de reality-shows preferida por la dictadura, y que por esos días había mostrado cómo sus invitados lamían axilas por 20 dólares. Laura Bozzo, que hoy cumple arresto domiciliario, es la amada y odiada Laura en América. El programa en el que apareció Lucrecia se llamó Padres que no reconocen a sus hijos. Esa tarde de marzo alguien ordenó recoger a Lucrecia en un avión del Ejército, y el Perú vio por primera vez a Zaraí Toledo en una fotografía que su madre había llevado al estudio de grabación. Entonces, la niña tenía 12 años.

-Si esta pobre señora no sabe con quién se acuesta es su problema.

Esa fue la respuesta de Eliane Karp, la esposa del entonces candidato Toledo. El oportunismo del destape hizo que todo pareciera un montaje, una trampa de Vladimiro Montesinos para derribar su candidatura. Igual Fujimori ganó con fraude. Un video terminó por delatar la corrupción de su gobierno y Fujimori huyó del país. Meses después, durante el gobierno de transición que convocó a nuevas elecciones en 2001, el caso Zaraí parecía cerrado. Hasta que Jaime Bayly, el niño terrible de la televisión del Perú, hizo resucitar a quien para Toledo era sin duda su niña terrible. Pese a todo, ese año una jueza lo exculpaba de la obligación de hacerse la prueba de ADN. Fue la última vez que Zaraí recuerda haber llorado por su padre.

El día en que Alejandro Toledo ganó las elecciones presidenciales, Zaraí se imaginó frente al televisor una grúa llegando a demoler su casa. Recuerda haberse preguntado: “Si antes de ser presidente no le habíamos hecho ni cosquillas, ¿cómo sería ahora?”. Algunos recomendaron a su madre renunciar a todo e irse del país. En Lima, ella recolectó firmas y lavó pañales frente al Palacio de Gobierno. El resto es historia conocida: meses de pelea mediática obligaron al presidente a admitir la paternidad de Zaraí. Obvio: más que un acto de paternidad responsable fue una inevitable respuesta política.

De la ceremonia en la que fue reconocida como hija, Zaraí recuerda sobre todo los zapatos del presidente. Unos zapatos negros con truco: “Eran chéveres, porque, como él es bien chato, la plataforma lo hace crecer sutilmente. Interesantes sus zapatos”. Comentarios de diseño Zaraí. Detalles como estos le suelen llegar de golpe: iglesia Virgen de Fátima de Miraflores, el mismo barrio donde Toledo y Lucrecia se habían conocido. Zaraí se recuerda mirando un cuadro de la Virgen y a monseñor Luis Bambarén llamándola a su lado. Zaraí voltea y por fin queda frente a frente con su padre. Entonces el señor presidente le abre los brazos como cuando estaba en campaña y Zaraí solo le extiende su diestra. Le dice hola. Monseñor Bambarén la reprende. Le dice, cómo puedes ser tan fría, Zaraí.

-Si le contestaba, tal vez hasta le faltaba el respeto. Podía respetar a mi progenitor pero no podía mentirme a mí misma -me advierte.

Una de las cualidades que más me sorprende de la hija del presidente es su capacidad para la interpretación simbólica de todos los sucesos de su vida. Absolutamente todos. No es natural, pero es explicable. Sobre todo si tu papá es el presidente de un país y nunca quiso verte, y si tu mamá te ha exigido tener conciencia de adulta durante toda tu vida, aunque apenas hayas cumplido 15 años. La primera imagen que la hija de Alejandro Toledo tiene de su madre la sitúa en una casa vieja de Piura que quedaba en una esquina vieja de Piura: Lucrecia Orozco grita y cuando Zaraí llega corriendo a la cocina ve dos cosas: una rata negra y a su mamá subida en una silla. Una rata en la vida de ambas. La madre gritando. La hija con los pies en la tierra. Es una virtud darles sentido a las escenas. Zaraí cree que en la ceremonia de reconocimiento su padre abrió los brazos como cuando alguien se dirige a la divinidad para expiar sus culpas.

-Me encantó cuando firmó el papel. Creo que eso ha sido lo más espectacular que he visto de él.

Zaraí me dice que ese día Lucrecia estaba muda y extremadamente nerviosa. Se ríe cuando recuerda la forma en que su mamá temblaba durante toda la ceremonia. Meses después de ésta, un famoso periodista de televisión daría pistas para interpretar este extraño nerviosismo en un día que se suponía de fiesta por el reconocimiento de su hija. Según el periodista, dos días antes de esta ceremonia, la madre de Zaraí se había enterado de que, en una entrevista que iba a ser exhibida en la TV, la animadora de reality-shows Laura Bozzo la había acusado de haber recibido en los años de la dictadura un sobre con dinero enviado por un cómplice de Vladimiro Montesinos a cambio de reclamar públicamente la paternidad de quien por ese entonces era el candidato Toledo. El video de esta entrevista había llegado días antes de la ceremonia hasta el ya elegido presidente, quien había pretendido usar esta grabación para echar por la borda el reconocimiento de su hija y acabar de una vez por todas con la credibilidad de Lucrecia. Sin embargo, nadie llegó a emitir la grabación del testimonio de la Bozzo antes de aquel día. Y quién sabe si el recuerdo de Zaraí del nerviosismo de su madre pueda explicarse como la incertidumbre de Lucrecia a que esta denuncia se divulgase y echase a perder años de batalla.

Ella estaba nerviosa, y la ceremonia estaba a punto de empezar. Ya todos estaban reunidos en la iglesia. Había una notaria al pie del lado del escritorio, y al frente estaba Alejandro Toledo, a quien Zaraí recuerda sentado con bolígrafo sobre la mesa. “Era un lapicero bonito que casi nos cegaba”, me cuenta, cubriéndose la cara con ambas manos. Más tarde, cuando se reunió en privado con su padre, dice que éste le increpó, a modo de justificación por haberla negado tanto, el haber ido al programa de Laura Bozzo.

-Pero nunca he salido en ese programa.

-Yo te vi –insistió el presidente.

-No es verdad. Yo jamás he salido ahí. ¿Quién va a saber más? ¿Tú o yo?

-Tú saliste ahí con tu madre.

Par de tercos y orgullosos, aunque ninguno de los dos lo admita. Pese a que es cierto que nunca fue al programa, Zaraí recuerda no haber conseguido que su padre le creyera. Los días siguientes, en la casa de Piura, evocaba otras escenas más risueñas. Ella las recuerda todas. Una fue la del pequeño presidente saludando a la para él altísima mamá de su hija recién reconocida. Fue chistosa la forma en que él tuvo que mirar al cielo. Una reportera que suele acompañarlo en sus actividades presidenciales me dijo que Toledo bromeaba a menudo sobre el caso Zaraí. Luego de haber firmado el reconocimiento de su paternidad, su primera aparición en público fue acudir a resolver una inundación en Puente Piedra, un distrito al norte de Lima. La reportera recuerda que ese día hubo bastantes mujeres con niños que se le acercaron. Querían que Toledo les cargara los bebés. “Ya me quieren clavar más Zaraís”, les decía él, riéndose. No le quedaba de otra, pero es parte de su reputación de hombre bonachón.

A fin de cuentas, su hija dice que Alejandro Toledo será siempre un hombre capaz de sorprenderla. Admite que el presidente a veces lo consigue. Pero es una sorpresa que al final se embroma, que tiene un detalle que lo estropea todo, como cuando un presidente regala computadoras en un pueblo donde no hay luz eléctrica, y el peso de la realidad agua la fiesta. Zaraí recuerda que cuando salían de la capilla de la Virgen de Fátima, Toledo la cogió del brazo. “Ya vas a ver, yo te voy a visitar. ¿No me crees? Lo voy a hacer”, insistió en decirle.

-Me gustó oírlo –dice Zaraí-. No esperaba que me dijera eso.

-¿Y lo hizo? –le pregunté, iluso.

-Nunca lo hizo. Pero igual me sorprendió que lo dijera.

***

Revisando los archivos me di cuenta de que Zaraí ha calificado a su padre de sinvergüenza, mentiroso y de nada valiente. La pregunta es por qué quería tenerlo cerca y ser su hija reconocida. Zaraí dice que su exigencia fue estrictamente jurídica y no afectiva. Pero me es difícil creerle. Sobre todo por la forma cómo Zaraí habla de su padre, por las veces que ha repetido que esperaría sentada a que él se acercara a ella, por el modo en que insiste que él tiene que ganarse su cariño, por su resentida negación a visitarlo en Palacio de Gobierno. No, no creo que ésta sea una cuestión de derechos. Como todos, Zaraí también ha escrito poemas. Tenía cinco años cuando escribió el primero. Y dice así: “Padre, aunque tú no me quieres, yo te amo, basta mi amor, sobra para amarte como te amo yo”. Había pasado casi toda su vida pensando que su padre era el hermano de su mamá, su tío Luis, quien cumplía todas las funciones de un padre. Pero papá Luis se casó y tuvo que mudarse de casa. Fue entonces cuando ella sintió curiosidad. No sólo preguntó a su madre quién era su padre, sino que le exigió que le mostrara una fotografía suya. Lucrecia le respondió que si lo hacía nunca más volviera a decirle “papá” a su tío. Entonces Zaraí dijo que no la quería.

-¿Sabes que cuando tenía seis años pensé que los dos se peleaban por mi custodia? –me dice-. Siempre me dio vergüenza contarlo.

La hipótesis es tristemente disparatada. Años después, Zaraí descubriría en el cajón de su mamá una foto de Toledo y Lucrecia en Catacaos, un distrito de Piura. El futuro presidente le cargaba las bolsas a su chica. “Toledo aparecía más joven y mi mamá más simpática”, recuerda ella. La fotografía ha desaparecido. Después la volvió a ver en la televisión en su primera campaña presidencial contra Fujimori. Recuerda que su mamá se reía cuando lo vio postular esa vez a la presidencia. A la hija, según se acuerda, le daba vergüenza ajena. En esos comicios, Alejandro Toledo no obtuvo ni el diez por ciento de los votos. Por aquellos días, Zaraí tenía seis años. Llevaba rulitos. Había publicado un libro de poemas. Tenía ilusiones. A su pare lo habían citado varias veces para someterse a la prueba de histocompatibilidad. Si no acudía esta vez, los jueces iban a dictar una orden de captura en su contra. Zaraí perdía clases en la escuela porque el juicio la obligaba a ir a Lima. Al fin Toledo acudió y ella pudo conocerlo. La escena de esa primera vez la persigue hasta hoy. Alguien le dijo a su padre: “Mira, Zaraí es una poeta”. Le dio el poemario que la niña había escrito. “Yo tenía curiosidad de mirar a mi padre”, me dice años después Zaraí. Nostalgia extraviada. Era la primera vez y estuvo a punto de acercarse a su padre. Nunca olvidará esa escena. Dice que cuando él la vio se cubrió la cara con el libro de poemas. Maldita poesía.

Ahora es ella quien se cubre el rostro frente a mí. La hija que ya reconoció Toledo está leyendo La Razón, el diario que más ataca al gobierno de su padre. Zaraí está en su casa, echada en el sofá, sosteniendo el periódico. No se la ve mientras lee en voz alta. Parece haberme olvidado. Pero no.

-72 por ciento lo desaprueba.76 por ciento cree que no terminará su mandato.

Un espasmo de risa la interrumpe.

-Adivina adivinador –me dice-. ¿Quién será?

No contesto. Zaraí sigue hojeando el periódico con despreocupación. Hace años, su padre hizo lo inverso: se refirió a ella en términos estadísticos. Cuando el examen de sangre dio por resultado un 97 por ciento de probabilidades de que Alejandro Toledo fuera su padre, él dijo: “Como profesor de estadística, sostengo que tres por ciento es un margen muy alto para tomar cualquier decisión”. De repente Zaraí rompe a reír, y me acerco para ver qué es lo que le causa tanta gracia. Y allí, al pie de una página de chismes políticos llamada Carnecitas, el presidente aparece con una de esas expresiones en la que se acumula la fealdad de todo lo vivido. La fotoleyenda es un puñal de tinta.

-Con esta cara, cómo no va a ser impopular.

Zaraí acaba de leer en voz alta la fotoleyenda y yo me quedo mirándola. No puedo evitar reírme pero tampoco debería reírme. Algo anda mal.

-Se exceden con tu viejo.

-Eso sí no te lo permito

-¿Qué?

-Que lo llames “mi viejo”.

-Okey, disculpa. Pero lo tratan muy mal.

-Bueno, él ha demostrado que funciona a empujoncitos.

***

-¿Qué tanto escribes? –indaga Zaraí.

La camioneta oficial sigue su ruta a la casa de su amiga del alma, la Chata. Estamos apretados atrás y mira con extrañeza mis apuntes. Me arrancha la libreta y consigue leer un garabato: “Monjas”.

-¿Qué quiere decir eso?

-Nada, es una libreta personal. Se supone que deberías verla.

-Dime qué quiere decir.

-No

-Voy a usar una táctica que no me gusta.

Cualquiera de los apacibles transeúntes que caminan a esta hora por Piura puede ver un cuadro de chantaje adolescente: la hija del presidente saca por la ventana de su vehículo oficial mi libreta de apuntes anaranjada (está demostrado científicamente que el naranja es uno de los colores que más se queda en la memoria de los hombres y mujeres de 0 a 42 años. Véase The Orange Report). Algunos saludan a Zaraí desde la calle.

-Si tú no me lo dices, boto tu libreta.

Su advertencia va en serio. Su guardaespaldas, una mujer de mediana edad que está a mi lado, no hace el menor gesto. Mira al frente. Del hombre que está adelante sólo puedo ver el delgado cañón de un arma larga. Nadie dice nada. Por la ventana, la lenta Piura pasa rapidísima.

Zaraí es una chica experta en hacer transacciones. Alguien me contó que una vez le pidió a todas sus amigas que escribieran en un cuaderno lo que pensaban de los chicos de la clase. Cuando recolectó el material, se los vendió a cada uno de ellos. En algunos casos, Zaraí ensayó una variante perversa: rompía las hojas escritas y cobraba por pedazo de papel. Ahora, en la camioneta, pienso en eso y creo que no me queda otra opción.

-Bien. Quiere decir que estuviste en un colegio de monjas hasta primero de media y que luego te fuiste Punto.

Libreta devuelta.

El colegio de monjas se llama Santa María. Zaraí estudió allí hasta primero de secundaria. Luego decidió irse. “Es un trauma mío que no me gusta contar”, me diría más tarde. “Amé ese colegio de monjas, lo adoré, daba todo por mi colegio. Pero una vez una monja me dijo algo que me destruyó, y yo dije, mama, por favor, sácame de allí. Se me cayó toda la imagen católica. Hasta ahora sueño con esa monja”. No quiere decirme qué fue eso horrible que le dijo la monja. Pero por su modo de hablar intuyo que el problema tuvo que ver con su condición de hija no reconocida. Algunos en Piura creen que ese colegio religioso admitió recibir a la entonces niña sin padre debido al aporte económico que podía significar la próspera familia Orozco. Dos tiendas de muebles en Piura. No estaba mal. Zaraí se fue del Santa María con una mezcla de dolor y pena. Según propia confesión, cuando llegó a su nuevo colegio, que lleva el extraño nombre de Proyecto, obtuvo el primer puesto en primer bimestre sólo por vengarse de las monjas. Fue entonces cuando conoció a la Chata Cinthia.

La Chata Cinthia sale con el pelo mojado de su casa. No está en bata. La verdad, va bastante más arreglada que Zaraí, quien por costumbre sólo se viste de azul, blanco y negro. Nos tardamos media hora buscando una librería porque Zaraí confunde la calle Pesebre con la calle Arrecife. Pasamos por el Night Club El Relax. “Éste es nuestro orgullo de Piura”, dice y se mata de la risa. Las invito a tomar helados a El Chalán, una de las mejores heladerías del país. Nos sentamos en una mesa cerca de la salida. Mi grabadora está en el bolsillo, y un micrófono de cable largo sobre la mesa. Cuchichean. Zaraí le muestra a su amiga los mensajes de texto que ha recibido. Daría cualquier cosa por saber qué dicen. Parece que se trata de un muchacho. Zaraí le cuenta algo al oído de su amiga. Lo hace casi en susurros porque tiene miedo de que replete mi libreta con puros secretos de quinceañera.

-Zaraí es alguien en quien puedes confiar. Me aconseja bien –dice Cinthia mientras se toma su cremolada.

La grabadora me molesta en el bolsillo y la coloco encima de mesa. Sigo comiéndome un helado con manchitas oscuras.

-¿No quieres ponerte un letrero que diga “periodista”? –se queja.

No me queda más que guardarla. Zaraí aprovecha para coger otra vez mi libreta de apuntes. Forcejeamos. Mientras la aprieto con los dedos pienso que lo más difícil de ser maestro de secundaria debe ser contener la tentación a recurrir a la fuerza bruta. Algunas mesas vecinas nos miran. La guardaespaldas está parada bajo el umbral de la entrada de la heladería. Siempre lista.

Me pregunto cómo han llegado a ser tan amigas. Indago. Pregunto si Zaraí es dominante con sus amigas y su amiga me responde que con algunos lo es. También comenta que, durante lo día en que su pelea judicial parecía estar perdida, Zaraí se quedaba pensativa en clases y que por momentos se la veía muy nerviosa. Dice que la hija del presidente es a veces muy aniñada y que no tiene tolerancia con las bromas. Incluso puede responderte con un manazo. “Prefiero dar un manazo que insultar”, se defiende Zaraí. Ya no me quieren contar más. Hay un juego de miradas entre ambas. “Ella es la única amiga de mi grupo con la que no me he peleado”, me dice Zaraí.

Y parece que en verdad no bromea.

***

-No creo que lo que le hice haya sido tan grave.

Una de las compañeras de clase de Zaraí me cuenta que están peleadas y que la hija del presidente ya no le habla. Me pide no ser identificada. No quiere decirme el motivo del entuerto, aunque me suelta unos cuantos datos que me apresuro en apuntar. Dice que le es imposible imaginarla desahogándose con alguien. Me cuenta que a Zaraí Toledo le encanta salir y comprarse ropa, pero nunca en Piura. Que es muy selectiva con sus amigas, que conversa con todas pero que casi ninguna llega a entrar en su casa. No se imagina a ex amiga con un enamorado. “Es demasiado independiente y no le da explicaciones a nadie. Como todas en el colegio, tiene pajaritos en la cabeza”, me comenta. Quien sabe. Tal vez a la hija del presidente le guste que la prensa crea que tiene amores sencillamente porque no tiene ninguno. Sabe que la duda la hace más misteriosa. La ex amiga está muy molesta con Zaraí. No le interesa volver a buscarla. Y ahora me avisa que tiene que irse.

-Una pregunta más, ¿Zaraí es muy orgullosa, no?

-Yo le enseñé a ser orgullosa –me dijo, casi reclamando su copyright.

Todos saben que los niños pueden ser muy malvados. Días antes Zaraí se había definido ante mí como alguien cruel e hiriente, de las que te sueltan las verdades sin contemplaciones, de las que te dicen sin rodeos que estás hablando estupideces, de las que te echan de su casa cuando ya no te quieren. “Pero a mí no me gusta que me hagan eso”, me había confiado Zaraí esa vez. Se llama engreimiento y altanería, le comenté. “Ah, quizá lo heredé de mi madrastra”, me respondió, aludiendo a Eliane Karp. La primera dama.

Pasa algún tiempo antes de que uno se de cuenta de que lo más revelador de Zaraí no son sus respuestas sino sus preguntas. Parece que la idea de no tener una respuesta justa la aterra y que se ha vuelto la actriz que interpreta su propio ideal de no ser sorprendida sin una respuesta contundente. En ese sentido, ha hecho de su breve vida un ensayo general de lo que vendrá. Ese es el verdadero enigma: ¿en qué se habrá convertido cuando sea adulta? Al final de nuestra tercera tarde juntos, Zaraí me pidió que le hiciera un diagnóstico sobre su personalidad. “De todo lo que has escrito y oído debes haber sacado algo”, me dijo con una curiosidad entre el suspenso y el ego.

Parece necesitarlo, o por lo menos quererlo. Dice que el único psicólogo que la ha atendido en su vida es nada menos Mario Poggi, que en ese entonces –hace cinco años- actuaba en comerciales de promoción para las tiendas de muebles de su familia materna. Vale la pena resumir su prontuario: un ex psicólogo de la policía que consiguió la celebridad por haber asesinado a un reo sospechoso de ser un asesino en serie. Zaraí recuerda que, cuando la examinó, le pidió que dibujara un árbol. Pero la hija del presidente no me cuenta más de ese episodio de sus expedientes X. Renuncia a sus respuestas ingeniosas.

Ahora prefiere sorprenderme con preguntas que cambiaban abruptamente el curso de la conversación, preguntas trascendentes y oceánicas como: ¿cuál es tu sueño? O ¿no es deprimente para los periodistas ser protagonistas de una historia sin aparecer? O ¿qué pasaría si me vuelvo una drogadicta alcohólica? Pero la que más me desconcertó fue la que me hizo la tarde de la víspera del cumpleaños de su padre.

-¿Eres homofóbico?

-No, ¿por qué?

-Por nada. ¿Pero tienes amigos gays?

-Sí. ¿Y tú tienes amigas lesbianas?

-Sí. Pero si te lo digo mi mamáme mata.

-¿Cómo sabes? Tal vez tu mamá también las tenía.

-Mi mamá era una nerd.

Me hace un gesto acusándome de ingenuo.

-¿Qué te hace pensar eso?

-Toda su vida

-Y dime, ¿te parece que parte de esa conducta nerd la llevó a…?

Zaraí toma una tijera con la que estaba forrando su cuaderno del colegio, y me la enrostra.

-Ten cuidado con lo que vas a decir –me advierte.

La tijera brilla y ciega la vista como el lapicero de su papá en la ceremonia.

-Quiero decir, ¿esa conducta quizá la llevó a involucrarse con un tipo como tu padre?

-No, una cosa es que sea nerd y otra cosa es que sea estúpida. Fue un error y punto.

Durante su infancia su mamá prefería comprarle libros en lugar de juguetes. Libros de gente que llegó lejos. Hombres ejemplares. Zaraí no recuerda a ninguno, pero sí a los tres personajes de la televisión que en ese entonces definían su visión del mundo: el Narrador de Cuentos, la Nana y Freddy Krueger. Un anciano bonachón que cuenta historias encantadas, una solterona carismática que cuida niños y el más célebre habitante de las pesadillas del siglo XX. Esa fue su niñez. Zaraí Toledo aún no sabe manejar bicicleta.

***

Zaraí está aburrida de mí y yo también un poco de ella. Qué hacer. La quinceañera se estira para coger mi teléfono. Otro asalto infantil de esta hija del presidente. Revisa mi directorio en la memoria telefónica. Batalla perdida. Suelta algún comentario cuando ve uno de esos codiciados números que este trabajo le permite a uno tener. Se queda con el de Diego Bertie, el galán de la telenovela Vale todo.

-¿Quieres su número?

-No, sería muy bajo. Lo puedo conseguir por mis propios medios.

-Pero estos son tus propios medios. Tú cogiste mi celular.

-Sí, supongo. En fin, ya me lo memoricé.

Zaraí está aburrida de mí y persiste en curiosear en la memoria de mi teléfono. Parece ser muy hábil con los teléfonos.

-¡Pero mira que dice aquí!: “Un beso”.

-Basta, no puedes leer eso. Te estás metiendo en mi vida privada.

-Uy, qué roche.

-Dame el teléfono.

-Mi celular es más bonito.

-¿Ah sí? ¿Y tiene mensajes de ese tipo también?

-No, los míos son más contundentes.

Zaraí Justicia. Ella y su madre crearon esta ONG que ayuda a las mujeres cuyos hijos han sido víctimas del abandono de un padre. La hija mayor del presidente fue siempre reconocida. Ahora vive en Francia. Su nombre es Chantal Toledo Karp. Informes de la prensa dicen que sus padres le traspasaron una casa valorizada en medio millón de dólares. Se lo cuento a la hija menor. “Yo tengo una casa de ciento veinte mil dólares y no me la regaló nadie”, me dice Zaraí. Y ahora, no sé por qué, presiento que va a confesarme algo contundente. “Claro que no se compara en nada con su casota. En mis planes está tener todo eso por mis propios medios. Llámalo envidia o piconería, pero yo soy tan feliz así”, admite. No. No es una cuestión de derechos. Nunca lo fue.

Coda

-Una amiga me dijo que le habías preguntado sobre mí, y que le habías dicho: “Zaraí se va a molestar si no declaras”. Qué vil truco.

He vuelto a Lima y la hija del presidente está al otro lado del teléfono. La he llamado para preguntarle sobre una noticia de último minuto que la ha devuelto a los titulares. Se ha difundido un video en el que la animadora de TV Laura Bozzo declara que Lucrecia Orozco recibió un sobre de parte de José Francisco Crousillat, uno de los propietarios de América Televisión en la época del destape del caso Zaraí, y uno de los hombres que Vladimiro Montesinos compró para controlar la televisión. Antes de decirle nada, Zaraí Toledo me sorprende acosándome de haber metido mis narices donde no debía. Buscar a sus amigas, qué vil truco. El reportaje sobre el video acusador ha sido exhibido hace unos minutos. Ahora mismo recuerdo que, semanas atrás, ella me había mostrado una fotografía en la que aparecía sonriendo con Laura Bozzo, cuando ambas, madre e hija, la visitaron en el arresto domiciliario que cumple internada en un set de TV en Lima. Zaraí acaba de telefonear, ella misma, al director del programa donde se ha difundido la existencia de ese video que acusa a u madre de haberse beneficiado de la mafia Fujimori-Montesinos. Quería preguntarle sobre este asunto. Pero es domingo por la noche, y la hija de presidente se queja porque hace rato está intentando aprenderse unas fórmulas de física. Y tiene que hacerlo sin un padre que la ayude. Y está aburrida, porque sabe que, al día siguiente, tendrá que interpretar de nuevo el papel de Zaraí la dura, la que no parpadea, la implacable. Todo el mundo se tragará esa imagen. Y esa imagen también será una estafa.

El protagonista de esta historia me jodió la tarde. Él no lo recuerda, fue hace tiempo. La única vez que lo visité en la céntrica prisión en la que lo encerraron, Cromwell Gálvez huyó de mí y se apresuró a decir que no hablaba con la prensa. Le habían quitado la libertad pero la fama insistía en quedársele, no podía sacársela de encima ni dentro de los cuatro muros de una celda. Cromwell, el hombre que había robado un banco durante años sólo para poder acostarse con las vedettes más deseables de Lima, estaba finalmente preso y las carátulas de los diarios populares seguían poniendo su fotografía junto a letras grandes multicolores. Yo había dado su nombre en la entrada del penal diciendo que era su amigo, arriesgándome a lo que a veces nos arriesgamos los reporteros: a que la persona que buscas te reciba mal.

Había guardado la esperanza de que adentro podría manejar la situación portándome cortés, pero Cromwell Gálvez se mostró nerviosamente hostil y me dijo que sólo recibía a familiares. No fue lo único que hizo. Se quejó ante los guardias del penal y ellos le hicieron caso: me detuvieron y me castigaron dejándome cuatro horas encerrado por gracioso. No hay nada que moleste más a un uniformado que un periodista que se hace pasar por otra cosa. Mientras un efectivo de traje plomo tomaba mis declaraciones en la comisaría del penal, pude ver, a través de la abertura de la puerta, la imagen del interno Cromwell Gálvez hablándole a otro oficial. Asomaban sus ademanes de queja, los ojos molestos, cierta indignación bajo el pelo grasiento. ¿Es que cualquier periodista entra aquí como si nada? El oficial hacía gesto de mea culpa. Era fácil entender que el interno tenía cierta clase de cercanía con él, cierta llegada o conexión que atenuaba la frontera típica que hay entre un preso y su celador. Años más tarde entendería que el motivo de tanta amabilidad era inocente: esos oficiales eran los mismos que, un día, le habían pedido al nuevo y simpático recluso Cromwell Gálvez que les contara eso. Eso de las vedettes.

Y Cromwell, sonriente, les había empezado a contar la historia que lo ha hecho famoso. La de las chicas. De cómo robar un banco durante cinco años sin que nadie se dé cuenta con el único móvil de inaugurar una nueva modalidad criminal: robo por fantasía. Disparar billetes como ráfagas y así preparar orgías suculentas. Un día eres un correcto empleado bancario y al día siguiente una sorpresa electrónica de cinco cifras en la pantalla de la computadora cambia tu vida. Luego tienes dinero. Lo gastas, lo prestas, ayudas a la gente, eres bueno, te quieren. Te acuestas con ellas, con todas las que imaginaste. Te diviertes como un chancho. Luego te descubren, todo se va a la mierda y sales en la prensa. En primera plana. Una historia suficientemente poderosa como para tener de qué hablar de por vida, o, al menos, para hacer nuevos amigos en cualquier parte, incluso en la cárcel donde te encierran y donde un periodista faltoso te busca en pleno domingo familiar. Cromwell le dio la mano al uniformado y subió a su celda. Los oficiales me dejaron salir del centro penitenciario recién a las nueve de la noche, dándome la cariñosa recomendación de no regresar por allí. Un fuerte ruido, el ruido universal del portón de hierro de una prisión cerrándose, fue la señal de que ya estaba en la calle. Anoté en la libreta una frase que entonces se me hizo urgente: “Mientras escribo esta historia, Cromwell Gálvez se acostumbra a la cárcel”. Pasarían años antes de volver a verlo.

***

Sobre la mesa, dos manos hacen la mímica de contar con los dedos un fajo imaginario de billetes. Los dedos anular y medio de cada mano se mueven como acariciando el aire, tan rápido que parecen las alas de un colibrí: la carne no es carne sino un holograma traslúcido. ¿Cuántos billetes por segundo puede contar un cajero? Cromwell Gálvez descansa las manos para pensar un momento. No está seguro de la respuesta, pero me dice que todo es cuestión de práctica. También dice que los dedos índices se usan para verificar al vuelo que cada billete sea genuino. Vuelve a hacer el movimiento otra vez y me indica la forma correcta de conseguirlo. El ex funcionario del banco lleva una camisa blanca.Luce flaco y, si el lector levanta la mirada –y deja que las manos sigan jugando a contar billetes invisibles–, verá que en sus ojos se adivina cierta paz, la paz nostálgica usual en los que empiezan de nuevo tras una catástrofe. Cromwell Gálvez está libre. Cumplió su reclusión por hurto agravado y apropiación ilícita. Ahora lo visito en el estudio de su abogado defensor, el lugar donde le han dado un trabajo temporal digitando escritos en una pantalla. Pasé todo el día pensando en la posibilidad de que él tuviera algún resentimiento contra mí por violar su privacidad, hace tres años. Pero ya no me recuerda. Al menos, no con nitidez.

—No sé de dónde te he visto antes, flaco –me dijo al entrar en la sala, tratando de hacer memoria achicando sus intrigados ojos como quien enfoca algo. Salí al paso:
—¿A mí?, lo dudo. Bueno, pero yo sí sé de donde te he visto.

Para él es difícil hacer memoria. Para mí no. He visto a este hombre desnudo y él lo sabe. El 29 de julio de 2003, un día después de las Fiestas Patrias peruanas, el ex funcionario bancario Cromwell Gálvez llegó al clímax de la popularidad mediática. Esa noche, un programa de televisión difundió en vivo y en directo un video casero en el que Cromwell aparecía en la cama con Eva María Abad, una pulposa vedette de moda a quien él había beneficiado con 10 mil dólares en una cuenta bancaria. El hombre se había quitado la ropa y ahora desnudaba a la mujer. Un tercer sujeto, apodado Coyote, completaba el trío. Todos la pasaban bien. El material fílmico probaba lo que ya era un secreto a voces: que las mujeres que habían recibido abonos ilícitos en sus cuentas bancarias correspondieron la generosidad de Cromwell con sexo. Semanas más tarde, el ex cajero se entregó finalmente a la policía y engrosó aún más la larga lista de portadas que los tabloides habían publicado en su honor.

Cromwell Gálvez no es un hombre guapo. Sus ojos caídos evidencian cierta inseguridad antigua y el hecho de que su labio superior sobresalga cuando cierra la boca –como el personaje de Ungenio de Condorito– contribuye a darle un aspecto carente de audacia y seguridad, acentuado por esa raya al costado que usó desde tiempos inmemoriales. De ahí que la prensa haya vendido fácilmente la imagen del feo sin talento que desfalcó un banco para resolver con plata sus problemas de seducción. Pero la cosa es más compleja. Hay algo sinceramente atractivo en la forma de ser de Cromwell: un tipo campechano, ameno, transparente, sin poses ni ínfulas, que ama a las mujeres como quien ama el mar, o sea, de forma natural y embelesada, sin detenerse a pensar en los riesgos de los oleajes tormentosos. Se trata de un hombre que irradia vibraciones positivas, de esos con los que te dan ganas de ir pronto a beber alcohol o a jugar un partido de fútbol. No es broma. Bastan pocos días para darte cuenta de que Cromwell Gálvez se lleva bien con todo el mundo, que nunca dejó de ser el punto medio entre el nerd y el vivo de un salón de clases. El perfil del hombre generoso con la casi extinta cualidad de lograr que cada favor parezca desinteresado y sincero, inofensivo. El amigo perfecto.

Pero volvamos a la oficina donde ha decidido mostrarme la minuciosa artesanía de contar billetes. Cromwell confiesa tener mucho tiempo libre. La calle es dura cuando dejas la prisión, así que se ha propuesto capitalizar la experiencia vivida. Negocia con una productora los derechos de una serie de televisión sobre su vida. Está en conversaciones con un director de cine para llevar a la pantalla ese cúmulo de noches locas y excesos que ha sido la fracción de su existencia que nos compete. Evalúa propuestas de editores para la publicación su libro biográfico. Recién salido de prisión, un amigo suyo sacó un diario tabloide llamado El Mañanero de Cromwell. En cada edición, el ex presidiario contaba los detalles de sus relaciones íntimas con vedettes: historias edificantes para el hombre de a pie. A estas alturas, él conoce bien los atractivos de su historia, siempre sabe cómo endulzar el relato y es consciente también de la regla de todo narrador de cuentos: guardarse un capítulo para después. No importa todo lo que escuches, él siempre habrá callado algo. Al ex funcionario le gustan los relatos. En la cárcel, acostumbraba ver películas en DVD. Recuerda con especial afecto Una mente brillante, la del matemático que se vuelve esquizofrénico y ve apariciones. Le pregunto qué libros leyó en tanto tiempo de encierro.

—No, la verdad no soy mucho de libros. Siempre me gustaron más los números.

***

El juego se llamaba TODI y al funcionario del Banco Continental le encantaba encerrarse con los amigos y las chicas a jugarlo. Siempre tuvo una afición por los dados, esos cubitos–ruleta que ofrecían las mismas probabilidades que el tambor de un revólver. Toma, obliga, derecha, izquierda: TODI. El juego consistía en lanzar el dado y, según la correspondencia numérica, hacer que los otros tomaran. Si te salía °, tomabas tú; si te salía ° °, obligabas a tomar quien quisieras. Si te tocaba el ° ° °, el que estaba a tu derecha debía coger el vaso. Cromwell debía estar bien abastecido de cerveza en tales ocasiones. Y para eso estaba Jorge Córdova, su leal sirviente, a quien había apodado Coyote por la afanosa celeridad con la que recorría hasta la punta de cualquier cerro para cumplir una encomienda. Jugar TODI sólo tenía gracia cuando había chicas ahí. Era un entremés, una distracción antes del momento de rendirse a los instintos. Él y sus amigos se reunían en un departamento cercano a la agencia bancaria, un piso que él le pagaba a Jorge con la condición de poder convertirlo, cuando le diera la gana, en su cuchitril orgiástico. Había un dormitorio, y en él dormitorio una cama, y en la cama una frazada de leopardos tejidos. En ese cuarto –recuerda nuestro hombre– se vivieron sesiones inolvidables con las vedettes. Cuando saltó el escándalo, todas negaron haber estado allí. Pero Eva María Abad tuvo mala suerte: un video casero la desmintió a nivel nacional.

Las chicas que Cromwell recuerda en esa habitación eran populares. Podías encontrar fotografías de sus traseros en cualquier kiosco, dando una ilusión de volumen y 3D a las planas portadas de los tabloides. Estaban de moda, salían en la tele. En la página web de Eva María Abad aparecía, luminosa, una promesa feliz: “En cuestión de minutos transformo toda la noche en una bomba de gran diversión”.

***

Al estudiante de ingeniería Cromwell Gálvez siempre le gustaron los números. Ingresó a trabajar en el Banco Continental de Lima el lunes 27 de junio de 1988. Tenía veintiún años. Había sorteado satisfactoriamente un riguroso proceso de selección: de cien postulantes quedaron cuarenta; de cuarenta, veinte; de veinte, tres. Dos afuera, él adentro. No fue una sorpresa. Cromwell no era un chico disperso en clases ni trajo nunca mayores complicaciones a casa. Estuvo entre los seis mejores alumnos de su promoción de colegio, y siempre dedicó su tiempo libre a los deportes: preselección de fútbol, selección de básquet. Dice que sólo abordaba a una chica si tenía la seguridad de que ella iba a corresponderle: la coartada típica de los tímidos. El banco buscaba un tipo de ese perfil, y encontró en Cromwell un chico empeñoso y con ambición, vocación de trabajo y disposición a aprender. Las cosas le fueron bien desde el comienzo. Los tejedores de imágenes suelen hacernos ver la función de un empleado bancario como una de las cosas más aburridas y mecánicas que existen. Pero Cromwell dice que nunca hizo nada que lo divirtiera tanto.

—Para mí era un juego trabajar en caja.Trataba de pasarla bien. Era el cajero que más encargos hacía dentro de la oficina.
—¿Encargos?
—Me refiero a tareas adicionales a atender la ventanilla. No todos tienen la capacidad de hacer encargos. Cualquiera se raya. O cierran la ventanilla para recién atender un encargo. Yo no.

Cromwell Gálvez describe su cerebro como una máquina compleja capaz de concentrarse en tres cosas al mismo tiempo. Mueve los dedos de la mano derecha y recuerda el tablero numérico en el que acostumbraba a hacer sumas y restas mientras su cabeza miraba a otro lado. No tiene ninguna duda de que sus destrezas lo iban a llevar lejos en el banco. Su carrera iba en ascenso. En 1993, fue transferido a la oficina del aeropuerto. Empezar a trabajar allí era visto en el banco como una promoción, un privilegio reservado a los mejores empleados. En 1996, fue ascendido a Cajero Back. Un año más tarde, pasa a ser Jefe de Atención al Cliente y en 1998 asume como Jefe de Gestión Operativa. Todo iba bien, hasta el día en que Cromwell recuerda haber recibido una sorpresa de cinco dígitos destinada a embarrar para siempre el herrumbroso túnel de su biografía.

Fue una tarde de verano. Al cerrar las cuentas de la agencia, aparecieron 30 mil dólares de más en la pantalla. Cromwell se extraña. Hace llamadas, le dicen que eso es imposible, que todo ha sido cuadrado normalmente. Duda. Deja pasar los días. Vuelve a dudar. Y entonces ocurre: decide coger los 30 mil dólares y para camuflarlos hace un abono en una cuenta bancaria de su madre, doña Rebeca Florián. Piensa que tomará sólo mil dólares. Pero pensar eso es como cuando le dices a un amigo que sólo tomarán un par de cervezas. En cuestión de meses, Cromwell se ha gastado todo el dinero. Un año después de que la extraña cifra llegase para perturbarle la vida, le informan lo que se temía, que hay un saldo negativo de 30 mil dólares en la central. Ooops. Para evitarse problemas, el funcionario extrae 30 mil dólares de la caja y los envía a la persona que lo está molestando. ¿Listo? No, ahora hay un forado virtual de 30 mil dólares en Caja. Cromwell trata de calmarse. Ha trabajado diez años en el banco, es jefe de Gestión Operativa, y es experto en resolver problemas con números que no encajan. Así que decide actuar. Se pone a jugar con los casilleros virtuales. En todo banco hay una cuenta virtual llamada Caja, pero además hay otros casilleros virtuales internos. Uno se llama Teleproceso y el otro, Remesas Interoficinas. Estas dos últimas cuentas suelen estar en movimiento permanente, pues corresponden a transacciones diversas y constantes de montos virtuales. Cromwell Gálvez pensó: “¿Qué pasa si saco 30 mil dólares de Teleproceso y los abono en Caja?”. Así lo hizo. Como por arte de magia, la caja estaba nuevamente en orden: los 30 mil dólares habían vuelto. Ahora el hueco estaba en Teleproceso. No podía dejar pasar demasiado tiempo. Decidió entonces sacar 30 mil dólares de Remesas Interoficinas para cubrir el forado de Teleproceso. ¿Qué hacía ahora con el hueco de Remesas Interoficinas?, ¿es que iba a buscar otra cuenta interna de donde sacar 30 mil dólares y luego otra y otra y así hasta el infinito? No.

—Lo que pasa es que Teleprocesos es una cuenta “bachera”.
—…
—Es decir, una cuenta que se refleja al día siguiente, a diferencia de Remesas Interoficina.
—¿O sea?

O sea que cuando vinieran a hacer el control verían la información del día anterior de Teleprocesos. No importaba lo que hiciese, la cuenta aparentaría estar saldada. ¿Y Remesas Interoficinas? ¿No había quedado un hueco allí? Sí, pero Cromwell Gálvez se levantaría muy temprano, y llenaría el hueco de Remesas Interoficinas dejando un forado en Teleproceso. Y no importaba hacer un forado en Teleprocesos, porque el reporte que se vería en pantalla correspondería al día anterior: era una cuenta “bachera”. En cambio, Remesas Interoficina mostraba su reporte en línea. Esta diferencia de un día en el reporte de ambas fue fundamental. El resultado: Caja, Remesas Interoficina y Teleprocesos aparecían sin irregularidades. Naturalmente, por la noche Cromwell debía volver a cubrir el hueco que había dejado en Teleproceso por la mañana, para que el reporte del día siguiente muestre la cuenta en orden. Y la mañana siguiente tendría, otra vez, que hacer un forado en Teleproceso para cubrir Remesas Interoficina.Y así sucesivamente. Cromwell debió pensar más que nunca que trabajar en un banco era un juego.

La explicación del modus operandi es complicada, así que aquí va la versión preescolar. Tienes dos casilleros. En cada uno guardas un fajo de mil dólares que no es tuyo. Cada día, viene un inspector a abrir los casilleros y verificar que el dinero esté allí. Dos mil dólares en total ¿Pero qué pasa si el inspector decide un día que ya no revisará los casilleros al mismo tiempo sino que a las 10 a.m. revisará uno y las 6 p.m. el otro? Si eres honesto, no pasa nada. Pero también puedes hacer esto: coges mil dólares, te los tiras, y luego rotas el fajo de mil dólares de uno a otro casillero, todos los días, religiosamente, sin falta. ¿Es posible pasar mucho tiempo así? Cromwell Gálvez vivió en ese plan cinco años de su vida. En todo ese lapso, sus vacaciones eran raras: los compañeros lo veían visitar la oficina, brevemente, por la mañana y por la noche.

El descubrimiento fue maravilloso para él. Si podía camuflar electrónicamente un hueco de 30 mil dólares, nada le impedía hacer lo mismo con una cifra más elevada. Lo único que había que hacer era teclear los números que se le antojasen. Tenía el método, de ahí en adelante, el cielo era el límite.

***

El hombre que traga un sándwich de chorizo delante de mí sustrajo unos dos millones de dólares del banco en el que trabajaba. Lo hizo durante cinco años, sin que nadie se diera cuenta, mediante transferencias ilícitas ejecutadas con destreza y precisión. El dinero le servía para gustos mundanos: nigth clubs costosos, un equipo de fútbol amateur propio, una orquesta, karaokes, ternos, pero sobre todas las cosas, para llevar a la cama a las vedettes más cotizadas, jugar a disfrutarlas, hacer que bailaran y movieran los tacos al sudoroso ritmo de un buen fajo de billetes, ensayar con ellas muchas posiciones y grabarlas con una cámara de video, por si algún día, de viejo, en esa ciénaga temblorosa que –lo intuía– iba a ser el futuro, le daban ganas de recordarlas.

—El banco me preparó muy bien, eso no lo puedo negar. Hay gente que no aprovecha los momentos que el banco te da para que aprendas. Yo sí lo hice.

Eso dice Cromwell con la boca llena, y con una mirada parsimoniosa recorre en dos segundos los casi siete años que han pasado desde la fecha en que el expediente policial registra su primera transacción ilícita, la primera de 376. Es la tercera vez que me encuentro con él y mi libreta de apuntes se ha llenado de dibujitos para entender bien sus transacciones. Hemos decidido venir al Prince Pub Karaoke, un lugar que le trae muchos recuerdos de sus días de gloria. Él no había vuelto aquí desde antes de entrar a la cárcel, a pesar de que el local se halla a pocas cuadras de su domicilio. Este barrio no queda muy lejos de aeropuerto. Es aquí donde Gálvez creció, un sitio de clase media que, visto desde el cielo, es dominado por la presencia elefantiásica de los campos verdes de una universidad y del parque zoológico. A comienzos de los años noventa, la caótica liberalización económica y el shock de inversiones comenzaron a verse, quizá más que en ningún otro lugar de Lima, en esta zona. La avenida principal, La Marina, empezó a poblarse de centros comerciales, KFC, McDonald’s, pollos a la brasa, casinos luminosos, discotecas, y karaokes, night clubs y los consiguientes hostales de paso. Todo un culto al goce efímero, a la paz recobrada, al libre mercado, porque el libre mercado en América Latina siempre viene en forma de neón.

—Esto está gigantesco. ¿No quieres la mitad?

Cromwell es un hombre solidario, desprendido, servicial. Una vez que supo cómo sacar dinero, comenzó a prestarlo. Transfirió su generosidad natural al ámbito de la actividad delictiva. Durante los primeros dos años, creyó con sinceridad que todo estaba bajo control. Su idea era utilizar sus nuevas facultades para hacer préstamos y cobrar comisiones por ello. Algún día –pensaba– iría saldando el monto debido y podría olvidarse de todo, voltear la página y seguir su carrera ascendente, pues incluso hoy, mientras come la mitad de un sándwich, está convencido de que él iba a llegar lejos. Muy lejos.

El empleado bancario no era bueno. Era magnífico. ¿Tenías un problema?, ¿necesitabas ayuda? Cromwell Gálvez hacía un depósito en tu cuenta en menos de 24 horas, sin firmar papeles ni atar tu preciado cuello a las fauces de ese monstruo que es el sistema bancario. No te preocupes, yo te voy a poner la plata. Págame cuando puedas, hermano. Para eso estamos. Si eras chica, mucho mejor. Su fama fue creciendo. Su atractivo con las mujeres llegó a niveles inéditos. Un coreógrafo del mundo de las vedettes dice que hubo quienes ofrecían dinero sólo por que les presentaran al misterioso Cholo Cromwell, ángel benefactor en mangas de camisa. Tuvo poder. Cumplió sus deseos de diversión. Las mujeres no eran mujeres, eran moscas atraídas por los dólares-azúcar. Él era el rey. El Romeo de Chollywood. Podían ser las tres de la mañana, pero si él las llamaba por el celular, las chicas tenían que ir. “Cuando tú tienes un poder y te rodeas de gente guapa, te sientes el rey del mundo”, dice. Todas llegaban: sabían que si no le hacían caso, perdían sus privilegios y quedaban fuera. Y era en el mismo karaoke donde ahora tomamos una cerveza –el sándwich de chorizo procesándose en nuestros estómagos– donde solían reunirse todos para cantar y ponerse alegres. Ellas hacían la vida más ligera. Ellas eran el mejor deporte, el único capaz de acabar con la afición de jugar futbol los fines de semana.

Pero ellas también fueron su perdición.

***

El banco en el que trabajaba Cromwell Gálvez trajo a Lima a Claudia Schiffer. Fue para promocionar la tarjeta de crédito Visa Oro.Poner a una top model como la imagen de la campaña publicitaria de un dispositivo creado para el consumo hiperbólico es un tanto irresponsable. Científicos de la Universidad de Windsor hicieron el siguiente experimento. Mostraron a un grupo de hombres fotografías de mujeres. Al otro grupo, no. Luego les ofrecieron a ambos grupos elegir entre recibir inmediatamente 50 dólares o recibir una cantidad mayor en el futuro. Los hombres que habían sido expuestos a las fotografías de chicas eligieron los 50 dólares inmediatos en abrumadora mayoría. O sea, los hombres adoptamos conductas irracionales cuando nos vemos expuestos a la imagen de una mujer. Qué novedad. No pensamos en el futuro. Cromwell Gálvez no recuerda la llegada de la modelo alemana, pero sí recuerda el anuncio publicitario en que la Schiffer promocionaba la tarjeta. Lo recuerda muy bien porque un día, de la nada, le ofreció la tarjeta dorada a Martha Chuquipiondo, una amiga a quien había conocido poco tiempo atrás: una mujer menuda, la frente ancha, de pelo largo y negro, que en el ambiente era conocida como La Mujer Boa: una bailarina que se subía al escenario con el cuerpo semidesnudo y una culebra rodeándola. Era muy liberal y ambiciosa. Al parecer, tenía muchas ganas de una tarjeta de crédito.

—Ella se emocionó mucho. Me dijo que si le conseguía la tarjeta, se acostaba conmigo. Así de simple, imagínate. Pensé que estaba bromeando. Para mí no era difícil darle una, por ser empleado del banco. Pero ella hizo la oferta.

Cromwell dice que La Mujer Boa siempre le pareció una chica extremadamente abierta, y que por eso no le sorprendió el ofrecimiento. Decidió aprovechar. Su versión: le dio la tarjeta un martes y a los dos días ya estaban en un hotel. Se hicieron amigos cariñosos, y se acercaron más cuando Martha sobrevivió a un accidente de avión que le dejó cicatrices que luego serían descritas en el expediente policial. Cuando Cromwell empezó a hacer movidas para el desfalco, Martha comenzó a pedirle préstamos. Fue la que más dinero recibió: 224 mil dólares. Construyó una casa en una zona campestre, compró una camioneta nueva y se hizo una operación de aumento de busto. Hubo un factor determinante en que la amistad con Martha haya sido tan sólida y fructífera: las amigas que ella tenía. La Mujer Boa estaba en el ambiente, conocía a muchas vedettes. Se convirtió en el contacto de Cromwell con esas mujeres, es decir, se hizo indispensable. Ella sabía bien cuál era la debilidad de aquel hombre de billetera gorda. Y un día le presentó a una atractiva y delgada vedette llamada Maribel Velarde.

Maribel decidió darme la entrevista en un parque solitario. Llevaba gafas oscuras, un jean que le sentaba maravillosamente bien, tacos aguja y un polo que dejaba ver su espalda descubierta. Tenía expresión inofensiva, una mirada infantil que contrastaba con el cuerpo, un cuerpo trabajosamente contenido en el breve espacio de su vestimenta. Una imagen que era fácil revestir con la otra imagen del mismo cuerpo, semidesnudo en ciertas galerías de internet. Cuando nos encontramos, Cromwell estaba a punto de entregarse, pero aún permanecía prófugo. Maribel negó haber tenido encuentros sexuales con el ex cajero, sólo admitió que Cromwell y ella eran amigos.

—¿Coqueteaba contigo?
—Como cualquier hombre. Todos tenemos algo de coquetos. Hombres y mujeres. Yo tengo algo de coqueta. Tú tienes algo de coqueto…

Traté de no perder la compostura. Años después Cromwell me diría: “Estas chicas saben hacer sus cosas, son muy hábiles”. A Maribel, la tarde soleada le sentaba bien. Las líneas negras de dos pegasos en celestial cabalgata definían sus trazos oscuros en la piel clara de la espalda. En el expediente policial me enteraría de que ése era sólo uno de los siete tatuajes. Le molestaba hablar de Cromwell. Apenas alcanzó a decir que el ex empleado bancario parecía un poco tímido, pero eso era sólo hasta que entraba en confianza. Se encontraron 32 mil dólares en su cuenta bancaria. Ella dijo que eran por presentaciones privadas, y que no tenía los recibos correspondientes.

—¿En qué consistían las presentaciones?
—Hago jugar al público, coreografías, juegos.

Maribel Velarde nunca pudo justificar el dinero de su cuenta bancaria. Durante el tiempo en que había recibido los abonos, ella se compró un auto y un terreno de 200 metros cuadrados en una zona exclusiva de Lima. Después de haber negado a los cuatro vientos algún contacto físico con Cromwell, en el juicio se vio obligada a decir que sí había tenido encuentros sexuales con el ex empleado. Tuvo que admitirlo pues era lo que más convenía para justificar el dinero recibido. Al fin y al cabo, no es delito recibir abonos a cambio de servicios íntimos. No es delito vender tu cuerpo. Aun así, Maribel fue encontrada culpable, pero su pena fue demasiado leve como para ir a la cárcel.

***

El futuro llegó sin avisar, como un tsunami que se camufla en la borrosa quietud del horizonte: parpadeas y mueres. Cromwell podía olerlo. Objetivamente, no había ningún contratiempo: las transferencias seguían su silenciosa rutina, dos empleados habían detectado las irregularidades pero prefirieron ser cómplices: permanecían con la boca callada a cambio de obtener sus propios beneficios. Cromwell dice con orgullo que ellos jamás se enteraron de cómo hacía él para llevar a cabo su jugarreta electrónica. Sólo sabían que sacaba dinero, pero no la forma. Todo parecía en calma. Pero fue en la segunda mitad de 2002 cuando el funcionario se dio cuenta de que había prestado demasiado dinero. Según Jorge Córdova, La Mujer Boa lo presionaba para que él le hiciera depósitos. Había perdido el control: ya no era él quien ponía las condiciones. Eran ellas. Sus reuniones con las chicas ya no eran tanto de placer: eran más bien un escape, una forma de olvidar la gigantesca bomba que cada mañana tenía que desactivar, como un súbito MacGyver latino. No importaba que se quedara bebiendo hasta las cuatro de la mañana, al día siguiente debía levantarse a la seis y hacer girar la máquina invisible. En las reuniones, Cromwell se deprimía con las chicas y les decía que todo iba a acabarse. Una vez –cuenta– estuvo con Maribel hablando de eso.

—Chola, creo que mi reinado se va al diablo.
—¿Qué dices?, ¿por qué hablas así?
—Porque ustedes no me van a devolver la plata. Y vas a ver como mañana más tarde me voy a quedar solo.
—Mentira. Vas a ver cómo tus amigos van a estar ahí. Yo voy a estar ahí.

Pero nadie estuvo, naturalmente. En febrero de 2003, un error de rutina comienza a desmoronar el castillo de naipes. Cromwell Gálvez recibe un cheque de Telefónica, traído por quien supuestamente era un empleado de la empresa. Siguiendo una práctica común, deja cobrar el cheque sin pedir los requisitos reglamentarios. Es uno de los tantos favores que se hacen en la agencia para no complicarse la vida. Pero el hombre es un estafador. Desaparece del mapa y Telefónica acusa al banco de negligente. Cromwell Gálvez pierde su trabajo por la falta cometida. Pero sabe que se viene lo peor.

Y así, al cabo de cinco años, el banco detectó el desfalco sistemáticamente perpetrado en su agencia bancaria del aeropuerto. Antes de iniciar acciones penales, llaman a Cromwell Gálvez y le dan la oportunidad de devolver el dinero robado. Cromwell Gálvez toma su celular y empieza a hacer llamadas. Es hora de que sus amigas y amigos respondan por la deuda adquirida, por el dinero que él no dudó en obsequiarles.

Nadie le contestó.

***

El ex empleado bancario se lamenta del mal que hizo mientras bebe un sorbo de cerveza. La vanidad con la que ha estado hablando de sus habilidades bancarias se ha ido apagando poco a poco, como un fluorescente antiguo que comienza a parpadear por el uso. Ahora recuerda la cárcel. Fueron tres años que le enseñaron a controlarse y estar tranquilo. Una vez que llegó al penal, todos lo respetaron de inmediato, no sólo debido a su imagen mediática y a la fama de la que venía precedido, sino también a su habilidad para jugar pelota.

También era rápido con las manos. Ganó un campeonato de futbolín de mesa. La cárcel tenía una organización política interna y a Cromwell le tocó estar en la cima.Fue Delegado de Fiscalización, Delegado de Economía y Delegado General de su pabellón. Prohibió las apuestas en los deportes, porque eso desvirtuaba el espíritu de competencia sana. “La gente se quería matar por una moneda”. Conoció a peces gordos del Grupo Colina –los asesinos paramilitares de la época de Fujimori–, a los hombres de Montesinos y a timadores, y se refiere a todos como gente de la que guarda el mejor recuerdo. Conoció también a un colombiano que estafaba a incautos haciendo depósitos de mentira en cuentas bancarias: eran préstamos artificiales que aparecían en una pantalla pero que nunca llegaban físicamente. El hombre cobraba su comisión y se hacía humo. Cromwell habla de él con un inocultable respeto, aunque apunta que una cosa es trabajar con el respaldo de una mafia internacional y otra muy distinta es hacer las cosas solo. En la cárcel donde un día fui a verlo arriesgándome a que me recibiera mal, Cromwell soportó el adiós de su novia, recibió la noticia de la muerte de su abuelo, obtuvo su sentencia y recibió la visita de Maribel para la celebración del día del padre. Ella lo sacó a bailar y le quitó la camisa mientras los otros presos alentaban el número preparado por la vedette.

A Cromwell Gálvez siempre le gustaron los números.

En el Prince Pub Karaoke, una mujer prueba el micrófono y canta muy mal. Cromwell Gálvez dice que el lugar está igualito, aunque la última vez que yo vine, hace tres años, alguien había escrito en el baño algo muy feo sobre La Mujer Boa, y eso ya no está. Una nueva bebida energizante va a entrar al mercado y le han ofrecido un trabajo de promoción en ventas. Ningún banco le permite abrir una cuenta de ahorros, aunque Cromwell cree que los bancos no deberían cerrarle las puertas pues él podría serles útil para detectar las cochinadas internas de sus empleados. Tiene mucho tiempo libre. Por las tardes entra a internet para conocer gente. Su página de Hi5 dice: “SOY UNA PERSONA ALEGRE, EMPRENDEDORA, A LA QUE SIEMPRE LE GUSTA LLEGAR A SUS METAS, ME GUSTA LA MUSICA, EL CINE, PRACTICO EL DEPORTE, FUTBOL, BÁSQUETBOL, MO ME GUSTA LA NEGATIVIDAD… ME ENCANTAN LAS MUJERES”. Suele conectarse al MSN con el nick “El trabajo dignifica al hombre”. Aunque ahora es eso precisamente lo que anda buscando, porque lo que ha hecho hasta ahora es confeccionar joyas y eso no da para comer: collares, pulseras, aretes. Son joyas de fantasía.

Las cosas han cambiado en estos años. Eva María Abad está prófuga y vive en Estados Unidos. Maribel Velarde fue condenada a libertad condicional, y ha debutado como actriz en el teatro, mostrando más que tatuajes en la obra Baño de damas. Después de haber pasado casi tres años huyendo de la justicia, Martha Chuquipiondo se entregó y está en la cárcel de mujeres del distrito costeño de Chorrillos. Su salud no es buena. Pesa 47 kilos y vomita lo que come. Desde la prisión, ha llamado por teléfono a su ex amante Cromwell Gálvez. Quería decirle “Feliz Navidad”.

Ahora pido la cuenta. Pago con dólares y me entregan un billete de 20 de vuelto. El local está oscuro, no veo bien, y en esta ciudad hay que ser desconfiado con los dólares. Sobre todo en esta zona de casinos y neón. Le doy el billete a Cromwell. “¿Está bueno?”. Cromwell hace una caricia fugaz con las yemas de los dedos. Sonríe.

—Está perfecto.