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—No vayan a mandar ovejas a cazar al lobo, porque el lobo tiene uñas y dientes, culeros, y bien afilados, para acabar de joder –dijo el sicario a los presos que lo escuchaban del otro lado de la línea telefónica.

Los presos intentaban hablar, pero el sicario poco se los permitió. A cada frase amenazante de ellos, él respondía determinado, de inmediato, como quien ya hace mucho esperaba esa llamada, la llamada en la que le anunciarían que otros sicarios estaban tras él.

—Ya sabemos qué pedo –amenazaron los presos–, y con olor a pino vas a salir de ahí.
—Hijos de puta, si ni hacen de pino las cajas aquí, las hacen de conacaste y de mango. Ni sabés de cuál madera las hacen y ni conocés el olor a los pinos. De aquí van a salir con olor a humo, porque aquí M-16 tengo para todos ustedes, hijos de puta –mintió el sicario sobre el fusil que no tiene.

El aquí al que el sicario se refería es el solar que aún habita. En el solar hay rábanos que él cultiva, hay tierra seca que las raíces de los rábanos exprimen, hay dos plantitas de mariguana también, que él espera le rindan en la época de lluvias. De cara al solar, de espaldas a la calle de adoquines que él poco visita, está la casita, por así llamarla. Un cuartito que él habita. Cuatro paredes de bloque de concreto sin pintar, unas vigas visibles y un techo de cinc ondulado. Calor. La puerta de metal y la ventanita que dan a la calle de adoquines siempre –siempre– están cerradas. Y, lo más importante, adentro de la casita también viven su mujer -una muchacha silenciosa que aún no cumple los 18 años- y una bebé cachetona que el sicario y ella procrearon.

—Bicho culero, La Bestia… –intentaron terminar la frase los presos.
—¡La Bestia a mí no me controla, sino que yo controlo a La Bestia! –los interrumpió el sicario.

Quién sabe si el sicario cree realmente que él controla a La Bestia. A veces dice que sí, a veces que nadie la controla. Lo cierto es que La Bestia lo acecha. Al cruzar la calle de adoquines que él casi nunca patea, hay un puesto de investigadores policiales. Precario, con letrinas, con pila para lavar ropa. Calor. Sobre la mesa del investigador jefe hay un memorándum reciente y confidencial que dice que tengan precaución, pues la inteligencia policial ha detectado un plan para atacar el puesto de detectives y al sicario que ellos cuidan. Dice que el plan es atacarlo con M-16. Ametrallar el puesto y la casita.

Después de haberles dicho aquello acerca de La Bestia, el sicario recuerda que ya no le respondieron nada. Los presos se limitaron a escuchar las amenazas del que ellos pretendían amenazar.

—Ya vieron que ya intentaron mandar a alguien a pegarme. A mí no me hacen cosquillas con eso. 35 en cada cargador les esperan –volvió a recordarles el imaginario M-16.

Unos días antes del intercambio de amenazas, en la carretera principal que conecta el país con este pueblito llamado El Refugio, la Policía arrestó a un muchacho que llevaba ocultos en un bolsón un fusil M-16, cuatro cargadores, una pistola 9 milímetros con otros ocho cargadores. El detective jefe del puestecito vecino del sicario nos dijo que esas eran armas destinadas para matar al sicario.

El sicario no quiso terminar aquella diatriba telefónica sin antes recordar a los presos que él les había servido muy bien, que él fue buen mensajero de La Bestia, que él es quien es.

—Si el Barrio tiene espinas –les dijo–, yo soy la espina del Barrio; si el Barrio tiene veneno, yo soy el veneno del Barrio, hijos de puta; y la cizaña, aquí está también. Y si quieren, cáiganme.

La tarde que el sicario nos contó de aquella conversación con los presos fue la tarde que lo conocimos. Luego de conversar con el inspector jefe del puesto policial, entramos a la casita del solar a conocer al sicario con el que conversaríamos durante seis meses. Tras más de 10 años de asesinar para la Mara Salvatrucha, la que según el FBI es la pandilla más peligrosa del mundo, el sicario ahora es un testigo protegido de la Fiscalía General de la República de El Salvador. El sicario ha entregado a todo su grupo cercano, a toda su clica, la Hollywood Locos Salvatruchos. Uno a uno, ha contado sus secretos. 42 pandilleros guardan prisión y son acusados de homicidio y asociación ilícita gracias a la traición de uno de sus mejores asesinos. Los presos que le llamaron son líderes de la pandilla conocidos como El Lunático, El Riper y El Black, todos presos en la cárcel de Ciudad Barrios. Al muchacho que arrestaron con la pistola y el fusil en la carretera lo conocen como El Crimen. La taca del sicario, el apodo que se ganó a base de descuartizar, acribillar, decapitar y apuñalar, contrasta con su historial. Él, a sus 28 años, sigue presentándose como El Niño de la clica de los Hollywood.

El Niño es un producto perfecto de esta fábrica de muerte que somos como país. Su vida es una suma de circunstancias que siempre dio el mismo resultado: uno peor.

El preludio de El Niño

—Ya cuando te brincaste y mataste, entonces hiciste un pacto con el diablo, ya sos pieza del diablo, sos alma entregando alma, men. Y, al menor rato, entregar la de uno también, porque en la calle así es también, cuando te toca, te toca – nos dice El Niño sentado al cobijo de la sombra de un muro.

Es mediodía y el calor arremete furioso contra el solar. Hay en el aire un olor dulzón a fruta caída, y la gente afuera se mueve despacio, como si caminara en el fondo de una piscina. El policía que cuida a El Niño, su custodio personal, está hoy un poco más alerta y nos mira nervioso de pies a cabeza cuando entramos al solar.

El Niño, en su papel de testigo protegido, vive en una casita alquilada frente a un puesto policial en el municipio El Refugio, Ahuachapán. Intentaron llevarlo a una de las austeras casas que la Fiscalía tiene para gente como él, pero no quiso. Eso implicaba dos consecuencias. Encierro y soledad. Él no hubiera podido llevar a esa casa a su mujer, que era menor de edad cuando él traicionó a su pandilla a mediados de 2010. Aunque pensándolo bien, también implicaba una tercera consecuencia. El Niño no hubiera podido sembrar ni fumar mariguana. Y a él le encanta la mariguana.

El custodio personal es el policía de turno que se aburre a la par de la puerta de madera y enrejado que da paso al solar. Hoy está nervioso porque ayer hubo un problema con uno de los vagos de la zona que llegan a fumar –sí, El Niño fuma en su solar– o a comprar hierba de la que cultiva –sí, El Niño cultiva y vende en su solar–. El problema se resolvió con un par de machetazos, ninguno letal ni muy grave. Ambos los dio El Niño. Nos dice que vende mariguana porque la pensión que le envía la Fiscalía es muy poca y debe sostener a su hija de meses y a su mujer. Indudablemente dista mucho de la idea que se tiene en la cabeza de la vida de un testigo protegido. Otra ciudad, otra identidad, otras dificultades para verlo. No, nada de eso, misma ciudad, mismo muchacho, una verja de palo, un buenas tardes y para adentro.

El Niño se voltea de su silla y le pide a su mujer que prepare café, lo hace en jerga pandillera, volteando las sílabas de casi todas las palabras.

-rramo otro torra nepo feca rapa trosono y tocipan.

Ella le entiende y aparece con tres tazas de un café ralo y un plato de pancitos dulces tostados. Unas nubes salvadoras le plantan cara al sol por un momento y el calor se vuelve soportable durante unos minutos. Hoy que lo visitamos por segunda vez, El Niño recuerda su recorrido como sicario, cuando empezó a matar.

Hace más de 15 años, en los albores de los noventas, en las riberas de un río, en las cercanías de una ciudad llamada Atiquizaya, en el occidente de El Salvador, un grupo de niños hacían rueda y miraban absortos cómo uno de ellos le encajaba el machete en el cuello a otro. Una y otra vez. El infantil verdugo que atormentaba con su machete al otro era El Niño. Estaba colérico y no pararía hasta matarlo. Estaba ofendido por las repetidas bromas que el otro niño hacía sobre sus piernas. Decía que parecían de muchacha. El Niño estaba convencido de que matarlo era la mejor opción para terminar de una vez con la mofa. Los demás no se metieron, solo esperaron pacientes a que terminara, y para mientras cortaron unas ramas de un árbol de mulato para tapar el cadáver. Cuando el muchacho dejó por fin de respirar decidieron entre todos dejar los restos ahí, apenas ocultos por un montoncito de ramas olorosas, para que la corriente se lo llevara, y siguieron en su faena de encontrar cangrejos negros para la sopa del almuerzo. Sabían que nadie extrañaría al muerto.

Todos estos niños eran miembros de una pequeña pandilla pueblerina, una de las tantas que afloraron por esos años. Esa se llamaba Mara Gauchos Locos o MG, y por mucho que trataran de negar su origen rural, sus apodos los delataban: El Cabra, El Mosco, El Gato, El Pollo.

La guerra recién había terminado, y estas pequeñas pandillas se habían regado por todo el país. Muchas conformaban sus filas con huérfanos y con ex combatientes jóvenes. Llenaban el vacío, el hueco enorme que la guerra dejó. No hablamos de cualquier conflicto. La guerra civil dejo el país hecho añicos y el tejido social irremediablemente roto. Doce años de balas y bombas y una cifra –oficial- de 75 mil muertos, sin contar los desaparecidos, los mutilados, las violadas, los trastornados y los huérfanos, fue el oscuro saldo de nuestra guerra.

En esa región fronteriza con Guatemala, además de la Mara Gauchos Locos, existía también la Mara Meli 33, la Mara Chancleta y la Mara Valerios. Y, por supuesto, los temidos Uvas, del barrio Chalchuapita. Ninguna era muy numerosa ni muy estructurada. Se dedicaban a pequeños asaltos y hurtos, fumaban mariguana y entablaban formidables batallas campales entre ellos. Sus arenas eran las rústicas pistas de baile que se montaban en las fiestas, con pisos de tierra, luces y música desfasada. Por esos tiempos, Atiquizaya, el municipio vecino a El Refugio, era polvo, monte y sol, mucho sol. La “ciudad” eran algunas decenas de calles, algunas aún empedradas, y un centro administrativo todavía agujereado por los tiros de la guerra.

—Hacíamos tipo ir a los bailes, tirar tu pandilla. Robar, pelear. Riñas callejeras, toda la onda. Sin mortero, solo con palos, chacos, ondillas, cualquier cosa, pedazos de bate, toda la cerotera –recuerda El Niño.

A estos altercados entre pandillas, el Estado le prestaba poca o nula importancia, y la sociedad en general apenas terminaba de enterrar a sus muertos de la guerra. No había tiempo para preocuparse por este desordenado ejército de harapientos que luchaba a pedradas entre sí. La vida seguía siendo relativa, y los problemas se resolvían con machete.

La travesía de El Niño de Hollywood comenzó en una hacienda cafetalera a la que su familia llegó a vivir como colonos. Eran pequeños mundos estas haciendas. Hacía unos cuantos años incluso tenían su propia moneda, y el dueño era el equivalente de un gran padre. Decidía sobre la vida de los colonos como si fueran sus hijos. Para asegurar que todo marchara en orden, derramaba una porción de su poder en la figura del capataz, al cual dotaba de una pareja de guardias para poner en orden a cualquier colono rebelde.

En esa hacienda, el capataz hizo un trato con el papá de El Niño: los dejaba quedarse y trabajar ahí, y a cambio pedía a la hija mayor. No la quería de esposa, ya tenía una. Necesitaba una muchacha que lo complaciera después del trabajo en el monte. El hombre aceptó y durante varios meses el capataz llegaba a desfogarse con la niña menor de 15 años.

El Niño iba creciendo, y junto con su hermano mayor comenzaba a juntarse con la pandilla local, la Mara Gauchos Locos, bajo el mando de un joven ladronzuelo de la zona. El Farmacia, así le llamaban, pues te podía conseguir lo que le pidieras. Al capataz le enfurecía que el muchacho se juntara con esos pandilleros, y cada vez que iba a recostarse con la hermana de El Niño lo obligaba a largarse de su propia casa. El capataz era el amo y señor de este pequeño mundo, y El Niño ya había sentido la fuerza de su castigo en más de una ocasión.

El 24 de diciembre de 1994, El Niño no fue a las fiestas del pueblo. Se quedó escondido en unos arbustos viendo cómo el capataz se emborrachaba con su padre. Esperó a que las botellas de aguardiente se fueran terminando. Esperó a que los dos hombres cayeran en ese sueño pesado y aguanoso que produce el guaro de caña. El primero en caer, a pesar de la orden del capataz de que no lo hiciera, fue el padre. Al quedarse sin trago y sin compañía, el capataz enfiló hacia su casa. El Niño lo siguió.

En una vereda cerca de la calle de asfalto que va hacia la ciudad de Ahuachapán, la cabecera del departamento del mismo nombre, un pequeño camión que viajaba en la madrugada del 25 de diciembre se encontró a un hombre inconsciente en el suelo, con la cabeza ensangrentada, pero vivo aún. Entre el monte, se colaba una pequeña sombra fugitiva.

El hombre era el capataz. Lo habían golpeado con un palo que aún estaba ahí. Le habían dejado caer varias piedras en la cabeza y en la nuca, pero ninguna con fuerza suficiente para matarlo. Tenía la ropa hecha jirones. Hubo que llevarlo al hospital. Lo cargaron en una hamaca. Iba desmayado. El Niño, desde la maleza, observó todo.

Esa madrugada, El Niño no logró matar. Quizá era muy pequeño –rondaba los 10 años- y las fuerzas lo traicionaron, quizá no sabía dónde descargar la piedra, dónde asestar el palo. Lo aprendería luego. Falló en su misión, y sin embargo ganó otra cosa. Una que le cambiaría la vida para siempre. En los pantalones de aquel hombre ensangrentado y medio muerto encontró un revólver.

Después de recuperarse, el capataz buscó al personaje sin descanso. Juró que iba a matarlo si lo hallaba. Sospechaba de El Niño. Es en ese momento cuando El Niño, perseguido, con un juramento de muerte sobre sus espaldas y sin nadie a quien recurrir, decidió refugiarse de manera definitiva dentro de la Mara Gauchos Locos. Comenzó a rodar en el submundo de las pandillas salvadoreñas, que por ese entonces bullían todas en un caldo de resultados insospechados.

El Niño se la pasaba con los gauchos locos robando bicicletas a los despistados y fruta en las haciendas. Robaban gallinas en las granjas para hacer sopas en las riberas de los ríos. Estos pandilleros venían siendo aquellos retazos sobrantes de una sociedad que se confeccionó a balazos. Sin embargo, y aunque no faltaban los asaltos a punto de revólver a los borrachos y tunantes, todavía no representaban un peligro real para los pobladores de aquellas tierras. La Mara Salvatrucha 13 y el Barrio 18 eran apenas un rumor entre los pandilleros de la zona, se hablaba de ellas y de su guerra sin frontera como se habla de una tormenta venidera. Sin muchas certezas. Quienes traerían consigo esa furiosa tormenta serían los salvadoreños deportados de los Estados Unidos, los mismos que se fueron cuando niños, huyendo de la guerra o de la pobreza, y que luego regresaron convertidos en pandilleros en los vuelos federales, esposados y confundidos a un país violento que ni entendían ni los entendía. Pero de ellos, en aquellos años, apenas se hablaba.

Esto no quiere decir que ya en esos años, en la cadena alimenticia de ese submundo, no hubiera depredadores más grandes. Estaban las pequeñas bandas armadas que operaban en Atiquizaya y sus alrededores, conformadas por ex combatientes de los grupos disueltos, que en la confusión del proceso de paz habían robado armas. Buenas armas. Armas de guerra. Quizá a sabiendas de que serían sus herramientas de trabajo en el futuro caótico que se avecinaba. Estas bandas no tenían nombres fijos, se trataba de familias de cuatreros o asalta furgones. Por ejemplo, eran temidos en todos los pueblos de esa región los hermanos Víctor y Pedro Maraca, Tony y Francis Tamarindo, el peligroso asalta furgones Henry Méndez y su inseparable Nando Vulva. Y destacaba también entre todos esos bravos un joven que había pertenecido a la Policía Nacional y que ahora se paseaba prepotente en su camioneta 4×4 en medio de los murmullos de aquella maraña de criminales y pandilleros. Le llamaban Chepe Furia.

El palabrero de El Niño

—La Mara Salvatrucha ya se oía venir, ya tronaba, se oía de dos pandillas fuertes, la MS y la 18. Se oía decir que se iban a hacer una sola, men. Puta, ya cuando el bato Chepe Furia vino, ya dijo: aquí la Mara Salvatrucha es la que va a controlar – recuerda El Niño, sentado en un gran tronco en medio del solar donde vive. Calor. Se ha quitado la camisa y mira de reojo a su bebé, que viaja tranquila y recién bañada en los brazos de su madre. Arma con destreza un cigarro de mariguana, lo hace bailar con sus dedos para acomodar la hierba en el papelito, le lame una esquina para pegarla y le da la primera calada. Todavía con el humo dentro, cuenta sobre los días en que llegó a estos parajes la Mara Salvatrucha 13. Y cuenta quién la trajo desde el Norte.

Ya entrada la década de los noventa, la paz parecía haber cuajado. La guerrilla se había disuelto de manera total al igual que los cuerpos de seguridad del Estado que tuvieron el papel más sanguinario en años pasados. La nueva Policía los había sustituido y llenado sus cuarteles con nuevos reclutas que al menos tenían que tener un entrenamiento en derechos humanos.

Los deportados seguían viniendo en vuelos federales repletos y las dos grandes pandillas, la MS13 y el Barrio 18, ya eran mucho más que un rumor lejano. Decenas de clicas de ambas pandillas se habían esparcido por todo El Salvador. También su odio y su guerra.

En la región de El Niño las cosas no fueron distintas. Las pequeñas pandillas del barrio Chalchuapita, La Periquera, La Línea, todas zonas periféricas de Atiquizaya, se habían convertido en clicas del Barrio 18. Todas estaban bajo el mando de un hombre de apellido Vindel, conocido como Moncho Garrapata, y su hermano menor, Cesar Garrapata. Las otras micro pandillas, como la Mara Gauchos Locos, Meli 33 y Valerios, estaban rodeadas y peleaban en estado de unión eventual contra los recién llegados.

En esos días, regresó deportado aquel ex policía que se convirtió en bandido. Chepe Furia. Se había ido para Los Ángeles durante los ochenta, y ahí se había hecho miembro de una clica de la Mara Salvatrucha 13. Se encontró con que sus enemigos angelinos del Barrio 18 también habían sido deportados y campeaban por esa región. De inmediato reunió a sus antiguos compañeros de asalto para clonar su clica californiana en la polvorienta y calurosa ciudad de Atiquizaya. Entonces, jóvenes que jamás habían puesto pie en los Estados Unidos y que no podrían ubicar California en un mapa se volvieron miembros orgullosos de la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Comenzó un acelerado proceso de formación. Incorporó a los pequeños pandilleros, otrora ignorados por las bandas, que peleaban a muerte contra el Barrio 18. De esa forma, con esa mixtura de pandilleros y cuatreros, modeló su clica, un verdadero tanque de guerra y la embarcó en esta nueva forma del odio. En ese tanque viajaba El Niño quien por esos días era conocido dentro de la pandilla como El Payaso. Quizá por su cara socarrona, por su sonrisa amplia y sus ojos burlescos. Sus cejas finas, depiladas en V invertida.

La clica Hollywood Locos Salvatrucha de la Mara Salvatrucha 13 está regada por todo el país. Es una especie de franquicia que abre nuevas sucursales. Sin embargo, en Atiquizaya, nació como la Hollywood Locos Salvatrucha de Chepe Furia. Él la fundó, era suya. Comenzó reuniendo a los jefes –o palabreros, como les llaman–, y les explicó paciente la nueva lógica que proponía. Una a una, las pandillas de Atiquizaya se fueron anexando. También los bandidos. El primer lustro de los noventas fue uno en el que toda la fauna delictiva de la zona tuvo que tomar partido por una de las dos pandillas. O estabas con la MS13 o con el Barrio 18. Operar solo en medio de esta guerra era una opción poco inteligente.

Chepe Furia los reunía a todos y discursaba sobre el poder de la Mara Salvatrucha, sobre la necesidad de limpiar el país de los del Barrio 18, de los uno caca, de las bichonas, de los cagados, de los chavalas. Así les enseño a llamarles. Les prohibió siquiera mencionar el nombre de estos enemigos. Les llevó armas, sencillas al principio, pero armas de fuego al fin y al cabo. Se volvieron comunes los revolver 3.57, las .38 de seis tiros, las escopetas hechizas.

El mismo Chepe Furia portaba un fusil G-3, un arma poderosa y pesada que antes usaban las fuerzas de seguridad del Estado. Les enseñó al olvidarse de sus antiguas pandillas y sus antiguas rivalidades para dar paso a una identidad más estructurada, con más normas y códigos más complejos. Comenzaron las prohibiciones, las reglas irrompibles, los castigos. Hubo quienes prefirieron recular, salirse de ese proceso de inducción al monstruo. Algunos ya no se sentían representados por la MS13, quizá era demasiado grande o quizá la cosa dejó de ser divertida. Entonces Chepe Furia decidió hacer una limpieza.

En 1995 ordenó que asesinaran a El Pollo, un ex Gauchos Locos que había desertado de la MS13. Lo degollaron sus antiguos camaradas. El siguiente año asesinaron a El Cabra, otro ex Gauchos Locos que se había negado a entrar a la MS13. Luego le llegó el turno a otro muchacho conocido como El Torcido. Luego fue el turno del antiguo compañero de Chepe Furia, Pedro Maraca. Fue visto demasiadas veces robando en el parque central de Atiquizaya para comprar crack, la droga proscrita por la MS13 a sus miembros. Y siguieron más, muchos más. Así se fue limpiando la Hollywood, según Chepe Furia, de cobardes, de drogadictos perdidos y de miedosos. Quedaron solamente los más fuertes, los que tuvieron la astucia suficiente para torear la muerte. El Niño quedó.

Respeto para mí, decía. Yo soy Chepe Furia, decía. La Hollywood arriba, decía. Las reglas y la sabiduría del Norte, decía. He bajado a poner respeto aquí, decía. He bajado a ganar el terreno que los cagados están ganando, decía.

El Niño recuerda muy bien las reuniones de los días 13 de cada mes. Las recuerda como un momento ritual de los discípulos recibiendo la iluminación de su maestro.

Sin embargo, no le bastó limpiar la clica de los que él consideraba indignos. Quería más. Les impuso una nueva regla. Todo aquel que quisiera ser parte de la pandilla debía matar. Luego de esto, el pasante se ganaba el derecho de ser vapuleado por tres pandilleros, un rito común de iniciación pandilleril. Con esto sellaban un pacto con la MS13. Para siempre.

Una vez limpia, armada y organizada la clica, les ordenó matar dieciochos. Le llamo a esto “Misión Hollywood”. Consistía en limpiar el barrio Chalchuapita de enemigos. Los miembros de la clica se iban con el viejo G-3 y otras armas de puerta en puerta buscando a los dieciocho. Así mataron a los tres hermanos Palma, que les volaron la cara con la misma escopeta en dos días distintos. Así también cayó Cesar Garrapata. El Niño y otros lo rociaron con más de treinta balas afuera de su casa. Porque El Niño era uno de los abanderados de la misión. A Jairo Chacuate le atinaron con el G- 3 en la cabeza, y a una larga lista de enemigos anónimos a quienes El Niño y sus camaradas asesinaron.

Muchos de esos asesinatos derivaron en fichas policiales. Cada una con la foto del cadáver al centro de una página rodeada de óvalos con las fotos de los rostros de los asesinos. En todas, en alguna esquina, aparece un ovalo negro, sin foto, con un nombre: Código Liebre. Es el nombre del testigo protegido que participó en el homicidio y que ahora delata a los demás. Es El Niño.

El Barrio 18 no se quedaba tranquilo, luego de cada arremetida de la MS13 respondía con fuerza. Aquello se volvió un ir y venir de balas.

El Niño se convertía en un sicario preciso. Su cuenta de asesinatos rebasó la decena, y su habilidad para matar se volvió casi un don. Era paciente cuando había que serlo, esperaba a su víctima en las veredas hasta que aparecía, pasaba horas en medio del monte frente a una casa aguardando a que el dueño saliera a orinar al patio para ultimarlo. Se volvió un verdadero temerario. Se hizo pasar por pandillero del Barrio 18 para poder matar de cerca. Fue cruel y sanguinario con sus camaradas traidores. Descuartizo, mutilo, decapitó y violó a muchas personas. Todo en nombre de la Mara Salvatrucha 13. La misma que ahora lo busca para matarlo.

En el solar, le hacemos una pregunta indiscreta. Le preguntamos a cuántos ha matado. Su respuesta es simple, sin alarde. Como si todos los hombres del mundo tuviésemos un número como respuesta a esta interrogante.

—Me he quebrado… Me he quebrado 56. Como 6 mujeres y 50 hombres.

Entre los hombres incluyo los culeros (gay), porque he matado dos culeros.

Lo dice y pasa a otro tema, como quien dijo buenos días.

La guerra entre estas dos pandillas se hizo fuerte y las matanzas se multiplicaron. La clica Hollywood Locos Salvatrucha se volvió poderosa y sus miembros expertos sicarios. Hecho el trabajo –o al menos eso creía–, Chepe Furia los dejó guerreando y se fue del país. Sus otras actividades delictivas, las que hacía aprovechando la terrorífica fama que había logrado creciendo a la clica, lo habían puesto en el ojo de la Policía. Depositó el poder en un ex Meli 33, conocido en la MS13 como El Extraño.

El Payaso se convierte en El Niño

—El Barrio estaba botado en este sistema –dice El Niño.

Estamos en la misma mesa desvencijada, con las mismas tazas plásticas llenas de un café igual de ralo que el de la vez anterior. El mismo calor. Los mismos 20 metros cuadrados de solar. El Niño se vuelve a emocionar a través de sus relatos. Se escapa de la monotonía de ser una fiera encerrada. Hoy quiere hablar de los tiempos en los que la clica Hollywood Locos Salvatruchos estaba botada. Pronto ocurrirá algo que siempre ocurre cuando él gesticula sus hazañas –sus delitos-: estaremos en montes oscuros que él regó con sangre, huiremos de calles pueblerinas dejando un cadáver atrás o bajaremos de un tiro certero a un enemigo de su caballo. Cuando El Niño habla va cambiando su rostro según la historia. Nos permite ver su cara de guerra, o la cara de sorpresa de sus víctimas cuando él las mataba.

Tiene eufemismos para todo. Si mató a alguien y lo lanzó a un pozo, es que lo mandó a tomar agua; si los enterró, vivos o muertos, en algún potrero, es que los puso a contar estrellas; si les disparó en una misión relámpago, es que los hizo detonados. Lo que para nosotros es simplemente la muerte, para alguien como él tiene varias formas. Hace como los esquimales Inuit, que de ver tanta nieve han aprendido a diferenciarla, y la nombran con distingos. Además, cuando en sus historias El Niño dispara, hace un par de sonidos huecos y fuertes con sus labios. Poke, poke.

Antes de que comiencen a sonar los tiros y caer los muertos, le pedimos un segundo para hacer una llamada.

Hoy, martes 3 de abril, Israel Ticas está feliz, porque cree que conseguirá sacar varios cadáveres de un pozo. A unos cinco kilómetros de este solar hay un municipio llamado Turín. En ese municipio hay unas vías de tren en desuso, rodeadas de breña. Siguiendo las vías y la breña se llega a una callecita de tierra. Cruzando a la izquierda en esa callecita de tierra se pasa por unos maizales. Pasando los maizales se llega a una explanada de tierra. Esa explanada de tierra está coronada por un pozo seco, de cemento. El pozo seco tiene un agujero de un metro de diámetro. El agujero es la boca de una caída de 55 metros de profundidad. Por ese agujero, El Niño, los miembros de su clica y de al menos otras tres clicas de la MS13 tiraban cadáveres. Israel Ticas es el único antropólogo forense de la Fiscalía, e intenta sacar esos cadáveres antes de que a mediados de agosto llegue el juicio contra los asesinos y no haya calaveras con las que acusar a algunos de ellos de homicidio.

Unos cinco pandilleros delatados por El Niño saldrán libres si el invierno y sus deslaves o el Gobierno y su incapacidad de darle máquinas a Ticas impiden que se llegue a los 55 metros bajo tierra. Ticas está contento porque esta semana que le han prestado las retroexcavadoras y camiones de volteo ha logrado llegar a 15 metros. El pozo – tumba es conocido como el pozo de Turín. Hay que ponerles nombre, porque hay muchos pozos – tumba en el país.

El Niño escuchó algo de la plática con Ticas, y retoma la conversación explicándonos por qué la pila de cemento que está a unos metros de la boca del pozo es ideal para torturar traidores. Pero esos detalles se quedarán en el solar.

Los primeros años de este siglo fueron duros para la clica Hollywood. El grupo sufrió su primer operativo. La PNC realizó una serie de allanamientos entre 2000 y 2001 dirigidos a los cabecillas salvatruchos de esa zona. El Niño –que entonces todavía era El Payaso- recuerda que tras el golpe, solo quedaron cinco miembros libres. Él entre ellos. Ninguno con armas. Y su fundador, Chepe Furia, huido en Estados Unidos. La clica se extinguía.

El Niño fue astuto y prefirió esconderse en las faldas de su perseguidor. Se enlistó en el Ejército. Con 18 años se reportó en la unidad militar de Ahuachapán, y el sicario consiguió que el Estado mismo lo entrenara como un militar del comando de transmisiones. Lo que más le sirvió no fue aprender técnicas de radiocomunicación. Tampoco fue aprender estrategias de tiro, pues seguro él ya había matado más que todos los principiantes de su comando juntos. Lo que más le sirvió fue que los arsenales militares estaban poco protegidos, y él, durante un año, hizo una operación hormiga de robo de municiones de M-16 que mucho después le serían útiles a su clica. En las antípodas de la rehabilitación, lo que El Niño obtuvo del Estado fueron municiones y entrenamiento militar.

En 2003, luego de dos años, El Niño se dio de baja en la unidad. Entonces fue cuando se encontró “una clica botada”. Todo lo logrado con la Misión Hollywood se había ido al traste.

—Las bichas putas caminando bien al suave en el centro de Atiquizaya, en el cementerio, pintando hasta en la calle que iba hasta San Lorenzo –recuerda El Niño aquellos tiempos donde El Barrio 18 campeó ante la decadencia de la MS13.

En ese entonces, El Niño agarró –ese verbo utiliza- una casa en el cantón Terrón Blanco de Atiquizaya. Muchos pandilleros no alquilan o compran una vivienda, la agarran. Hay zonas donde la población ha sido ahuyentada por las estrictas reglas de extorsión y de violencia de las pandillas, y deciden irse, dejando abandonadas sus casas. La que El Niño –que, recordemos, entonces todavía era El Payaso- agarró le parecía buenísima. Estaba en un alto, así que tenía excelente vista –requisito importante para un pandillero-, tenía un palo de mango y varios otros de frutas que rodeaban la casita de ladrillo y adobe. Además, había un pozo. Este sí, lleno de agua.

Hacía viajes hacia un cantón guatemalteco llamado Canoa, donde compraba cinco o seis libras de mariguana que dispensaba desde su casita en Terrón Blanco.

El Niño tenía una pistola 9 milímetros. La tenía desde los buenos tiempos de la clica, fue un premio con el que Chepe Furia le incentivó su gran destreza como sicario durante la Misión Hollywood. Pero la vida en la pandilla es una vida de recelos. El buen pandillero, primero averigua, sondea, evalúa, y hasta después confía. Y El Niño siempre fue un buen pandillero. Su arma la portaba él y no dejó que nadie lo supiera por un buen tiempo.

El Niño reunió a cerca de tres jovencitos menores de edad de la pandilla. Adolescentes que nunca vivieron los tiempos de gloria de la Hollywood, que jamás vieron como el Barrio 18 sufría atentado tras atentado en Chalchuapita, el corazón de sus dominios. Eran adolescentes que nunca habían matado, y para El Niño –y para El Payaso que era en aquel entonces- un pandillero que no tuviera gente en el otro potrero no era un pandillero. El sicario enseñó haciendo.

El Niño los llevó a matar a un adolescente que había entrado a robar en casa de su madre. Como le pareció un blanco fácil, no mostró su 9 milímetros, sino que armó un trabuco para esa misión. Un trabuco es un sistema de tubos y pólvora que al golpearlo con fuerza dispara un proyectil que puede ser letal. Esa vez, el trabuco se le encasquetó ante el hombre que se había tirado al suelo con el reflejo de cubrirse el rostro con las manos. El Niño con un arma es como un campesino con su cuma: le sacará el máximo provecho. El Niño se lanzó encima de la víctima y le destrozó el cráneo con los tubos del trabuco. Los adolescentes pandilleros no soportaron la barbarie y gritaron y huyeron. El maestro entendió que tenía que dar a sus alumnos un papel en la clase, y entonces planificó otro asesinato. Esta vez se trató de un hombre cercano, miembro o amigo del Barrio 18, no lo tenían claro. Su agravio: llegar en su caballo a comprar mariguana a la zona de control de la MS13. El jinete estaba acostumbrado a una MS13 de adolescentes sin armas. No sabía de El Niño –no sabía de El Payaso-.

—Ajá, bichas – saludó el jinete con el inusual irrespeto a los adolescentes.

La respuesta: de entre ellos, apareció El Niño develando su 9 milímetros. Poke, poke. Disparos en el cuerpo. Y entonces, los alumnos: El Niño les había comprado un machete a cada uno. El Niño les había dicho: úsenlos cuando yo baje al tipo del caballo. No hay que agregar más.

El Niño consiguió en esos años que la clica de la Hollywood recuperara respeto en la zona. Con solo su 9 milímetros echando humo, El Niño y sus muchachos ejecutaron de nuevo la guerra contra el Barrio 18 y cumplieron con los asesinatos que les fueron ordenados desde la cárcel por los líderes fundadores de su clica.

—A veces, hasta tres pegadas semanales nos echábamos–, recuerda El Niño en su solar.

Recuperado el respeto, El Niño consiguió que su clica se hermanara con la de los Parvis de Turín, una clica que en ese entonces consistía en unos siete pandilleros veinteañeros, todos asesinos. Parvis es una clica de la MS13 cuyo nombre original es Park View. Esta fue de las primeras en fundarse en Los Ángeles, California, y se corresponde con una calle con el mismo nombre, la que está frente al Macarthur Park. Con el tiempo, la palabra se salvadoreñizó, y son pocos los que la pronuncian o escriben correctamente.

La amistad entre clicas la consolidaron en 2004 con un asesinato ritual, un traidor al que caminaron hacia su muerte. Se trataba de El Caballo, un imprudente muchacho de la edad de El Niño, que había jugado con el diablo y con el diablo. En su pecho tenía tatuadas las dos letras: MS; en cada muslo, un número: 1 y 8. Desde hacía meses pretendía engañar a ambas pandillas haciéndoles pensar que se había ganado la confianza de los otros para exterminarlos desde dentro. El Niño en ese momento llevaba la palabra en su clica, y al que entonces se hacía llamar El Payaso nunca le gustó que alguien se creyera más listo que él.

Lo planificó todo. Caminó a El Caballo. Le aseguró que irían al monte a hacer una pegada de honor, a matar a dos chavalas que pasarían por una vereda, y que eso les valdría muchos puntos ante los líderes presos. Le entregó un revólver sin balas, le aseguró que otros homeboy que los alcanzarían en el monte las llevarían. Eran los Parvis.

—Coc, coc, coc– gruñó El Niño en el monte.

Una rueda de pandilleros rodeó a El Caballo.

—Nos vamos a unir a la fiesta– dijeron.

El Niño se dirigió a El Caballo.

—Deme el cuete, que no tiene balas– dijo, mientras todos blandían sus machetes.

El Caballo entendió que la pegada era él. Y El Niño, el que era El Payaso de Hollywood, dio la luz verde para que iniciara el ritual que terminaría cambiando su seudónimo.

—Hay que arrancarle las orejas primero, para que vaya diciendo a cuántos homeboy más les ha pegado.

El Caballo tenía la boca tapada por siete vueltas de cinta aislante. Volteaba los ojos ante cada corte de machete. Le bajaron el pantalón, le cercenaron los números. Le subieron la camisa, le desfiguraron las letras que según ellos no merecía. Luego los testículos. Luego un brazo. Luego el otro. Luego una pierna. Luego la otra. A eso, los pandilleros le llaman un corte de chaleco.

Al parecer, matar no es fácil. Los cuerpos se aferran a la vida. El Caballo, así como lo habían dejado, aún murmuraba, aún pensaba en su futuro. Una voz que se extinguía, pidió:

—Ya, homeboy, deme un bombazo en la cabeza.
—¿Y a vos quién te ha dicho que nosotros somos tus homeboy? Te vas a morir como La Bestia manda – respondió El Niño.

Es increíble lo que un cuerpo puede soportar. Es increíble lo sádicos que pueden llegar a ser unos muchachos. A ese chaleco de carne viva, a El Caballo, que para entonces ya solo mostraba la vida en unos ronquidos, ojos fijos y abiertos, lo siguieron torturando algunos minutos con precisión de cirujanos. Le hicieron, ya sin ímpetu, con delicadeza, torturas finas que nadie quiere escuchar.

Cuando todo terminó, El Payaso tenía en su mano el corazón de El Caballo. El Payaso, en la cúspide de su poder pandilleril, declaró alzando un corazón ajeno:

—Así nacen y así mueren. Le he hecho una operación como las que hacen para sacar un niño. Así que de ahora en adelante ya no soy El Payaso, aquí nace El Niño de Hollywood.

La Bestia contra El Niño

—Va, la historia mía es bien paloma. Va, vos sabes que en el barrio hay reglas, y la más cabrona que tenés es que si tu homeboy va a perder, que pierda a la par tuya. O regresan los dos a casa, men, o perdés junto con él. Puta, men, y yo he estado en casos que… Puta, tenés que arriesgarte. Porque o es tu vida o la de tu homeboy, porque si te lleva caminando… ¡Tópalo! Porque, ahuevo, él te va topar, y por la espalda – dice El Niño de Hollywood en su solar, como justificándose por haber derramado tanta sangre de homeboy, por haber matado a tantos camaradas de su pandilla. En definitiva, por haber hecho sangrar a La Bestia.

En la pantalla de un teléfono celular, un pandillero le enseñó una vez a El Niño la foto de un cadáver lleno de balazos. Tirado en una calle. A veces, El Niño no recuerda con exactitud si el año fue tal o cual. Esto, recuerda, pasó a mediados de la primera década de este siglo.

—Que maniaco quedó este maje. ¿Quién era? – preguntó El Niño, aunque ya sabía la respuesta.
—Ha, ya ves, así pegamos los Parvis. Era una bicha.

El muchacho se refería a que la víctima era o bien un enemigo o un traidor. Una escoria. Alguien que no valía nada, o que a lo sumo valía como una mujer. Una simple bicha.

Pero el muerto de la foto era en realidad el hermano de El Niño. El Cheje le decían. Así se le llama a los pájaros carpinteros por acá. El Cheje también era de la MS13, pero se había brincado a la clica Parvis de Ahuachapán, a unos 15 kilómetros del solar donde ahora vive El Niño. Nunca fue de la Hollywood de Atiquizaya.

Ese día, El Niño no dijo nada, se guardó la información y el dolor. Este último era agudo. Aún hoy cuando nos lo cuenta los ojos se le ponen brillantes y se le dibuja en la cara la indignación en un gesto de labios oprimidos.

Meses atrás le dieron la noticia de que su hermano se había perdido. Suponían que los dieciochos se lo habían llevado para matarlo. El Niño viajaba casi a diario a las colonias de ellos, se apuntaba a todas las pegadas de su clica. Mató a varios enemigos e hirió a otros tantos con la convicción de que estaba vengando a su hermano mayor. Por eso lo que había dentro de ese teléfono le dolió tanto. Ellos lo sabían, ellos lo mataron, y aun así dejaron que él arriesgara su vida enfrentándose a enemigos feroces. Lo felicitaban, lo empujaban a ir, lo acompañaban. Les encantaba ese ímpetu asesino que la muerte de El Cheje le había dado. Nunca imaginó que su propia pandilla, sus propios hermanos, sus homeboy, La Bestia, se hubieran llevado a su hermano.

El Niño tomó una decisión. Su sangre sería vengada.

En la pandilla hay muchas maneras de morir. Se puede violar una regla. Se puede fumar algo prohibido. Se puede decir una palabra fuera de lugar. Se puede uno acostar con quien no debía o llegando tarde a algún lugar…

El Cheje hizo algo más serio. Asesinó a otro MS13 y a la madre de este. Lo hizo junto a su hermano menor, El Niño, aunque nadie se enterara de la participación de este último. El Cheje se llevó todo el rencor de La Bestia.

La pandilla es un pequeño mercadillo en donde las hazañas vuelan de boca en boca. Quien le enseño la foto a El Niño no tardó en enterarse de que había cometido un error. Se había jactado con un homeboy mostrándole el cadáver de su hermano. Pero en la pandilla este tipo de errores tienen solución, se resuelven con la muerte. El hecho podía costarle a los Parvis una guerra con la Hollywood. Era mejor prevenir y asesinar al ofendido. Eran cuatro los matadores. El Zarco, El Chato y El Coco. Los tres de la Parvis, más un cuarto, un ex compañero de El Niño en los Gauchos Locos 13, un amigo de infancia. El Mosco de Hollywood.

—Hey, vamos a ir a pegarle a unas bichas. Venga, súbase a la pegada, pero deje los cuetes de su clica aquí. Allá le vamos a dar su cuete –dijo el Chato a El Niño.

El Niño no se negó. De hecho, mostró las pistolas de su clica y se fue desarmado. O al menos eso creía El Chato. En el cinto, El Niño llevaba su propia arma cargada y a punto. Su 9 milímetros. Comenzaron a caminar por unas calles controladas por el Barrio 18.

—Aquí perdió la bicha Cheje. Los que le deben a La Bestia no salen vivos de aquí –le dijo El Chato, quizá anunciándole la muerte, quizá confesando la muerte de El Cheje. Quizá El Chato tenía en la cabeza repetir la treta: dejar un cadáver MS en zona del Barrio 18. Caso resuelto.

El Niño le respondió con esa sabiduría pandillera tan enigmática.

—No, si los que se lleva La Bestia ella los adora, todavía los tiene en sus brazos. Y al que no, no; porque cuando le toca, aunque se esconda; y cuando no le toca, aunque se ponga.
—Órale, homeboy –dijo El Chato a modo de amén. Siguieron caminando. Luego, El Chato hizo una llamada.
—Hey, prepará la olla y le pones la misma cantidad de agua, porque ya llevo un pollo caminando.

Poke, poke.

El Niño le asestó dos tiros en la cara. Uno le entró por la ceja, justo en la colita de una S gótica que el Chato de Parvis tenía tatuada en la cara. Poke, poke. Otros dos de remate y a correr.

El Niño subió a un bus.

—Vaya, no hay parada hasta que yo me baje. Y dame cinco dólares –dijo El Niño al conductor aún con la 9 milímetros en la mano.

En esa ocasión, El Niño reportó a El Chato como asesinado por el Barrio 18 durante una emboscada. La coartada de El Chato sirvió para El Niño. Regresó con la Hollywood y al día siguiente se apuntó para otra pegada a los dieciocho, para vengar a El Chato. Una coartada debe llevarse hasta las últimas consecuencias.

A los días le tocó el turno a El Mosco. El único miembro de la Hollywood que participó del asesinato del hermano de El Niño.

El Mosco intentaba alejarse de la pandilla. Se había convertido en vigilante privado, uno más de ese ejército de hombres armados con escopetas 12 que cuidan casi cada negocio de este país. Eran las cinco de la mañana, y El Mosco estaba abordando un bus al final de otra jornada laboral.

—Hey, homeboy –escuchó una voz El Mosco. Se volvió.

Poke, poke.

Como a El Chato, fueron dos en la cara. Como ellos le pegaron también a su hermano. Esta vez, El Niño lo hizo con una 45. Un calibre alto cuando de pistolas se trata. A quemarropa.

De los cuatro que mataron a su hermano, a El Cheje, solo anda vivo el Coco. Según El Niño esto no durará mucho. A pesar de estar custodiado en su solar, tiene planes para el futuro. Los demás cayeron de la misma manera, a manos de un sicario experto que sabía esperar, seguir y ejecutar.

Así empezaron los problemas de El Niño con la Mara Salvatrucha 13. Aunque esos homicidios los hizo en secreto, no faltó quien atara cabos, quien comenzara a murmurar.

De aquí hacia adelante las cosas empezaron a cambiar. El recelo, la cizaña. La Bestia que El Niño cabalgó, empezó a perseguirlo.

La tercera palabra de El Niño

—De 2007 a 2008 me hago evangiloco. Me salgo en 2009 del evangelio y otra vez empiezo la reventazón – recuerda El Niño uno de sus demenciales ciclos de vida.

Hacerse evangélico. Dejar de matar y meterse cada noche a alguna casita de pueblo a escuchar los gritos de un pastor que interpreta la biblia. Dejar de descuartizar y a la siguiente noche sentarse al lado de las mujeres pueblerinas que se cubren la cabeza con un velo blanco. Dejar de sacar corazones a la gente y ponerse una camisa blanca, de botones, manga larga, metérsela en el pantalón, apretarse el cinturón y sentarse a esperar el turno para gritar aleluya. Dejar el poke poke e ir al culto.

Esa es una de las opciones clásicas, aunque cada vez menos aceptadas por los cabecillas, para dejar ciertas actividades de la pandilla. El pandillero que se convierte –así le dicen-, puede obtener el pase para calmarse, para dejar de ir a misiones y ser una pieza durmiente. Pero esa no era la opción de El Niño. Él, ahí sentado frente al predicador todas las noches, a la par de las mujeres de velo que rezan con los ojos cerrados, con su camisa de botones manga larga, seguía siendo un emisario de La Bestia.

Por aquellos años, la delegación policial del departamento de Ahuachapán, al que pertenece Atiquizaya, ya había puesto los ojos sobre esa clica de la MS13 que lo devoraba todo. Al Barrio 18, a los traidores y a las demás clicas vecinas de la MS13. La Hollywood Locos Salvatruchos de Atiquizaya, esa clica que la Policía creía haber desarticulado con los operativos de 2000 y 2001, vivía. Mataba.

El Niño había logrado convertir a unos muchachos temerosos en asesinos despiadados, y a la clica de los Parvis de Turín en fieles aliados. Todo con solo una 9 milímetros.

Era hora de enfriarse, de calmarse, de bajarle. El Niño seguía ordenando a los miembros de la clica, coordinando con los líderes del penal, solo que dejó de participar directamente en los homicidios y cantaba alabanzas luego de coordinar telefónicamente asesinatos.

Tras su período de aparente calma, en 2009, coincidieron en Atiquizaya tres pandilleros que darían otro golpe de timón a la Hollywood. Chepe Furia, el deportado que creó la clica, volvió de alguna parte, seguramente de Guatemala, donde por esas fechas construyó sociedad con algunas bandas de roba carros, según informes policiales y el testimonio de El Niño. Sus registros migratorios dan fe de que Chepe Furia rondaba El Salvador desde mucho antes de volver a aparecer en Atiquizaya. El 11 de septiembre de 2006 aterrizó en el país en un vuelo federal, deportado de Estados Unidos. También regresó El Extraño, el palabrero que regía la clica bajo los consejos de Chepe Furia antes de caer preso. Salió tras cumplir una condena de dos años por lesiones agravadas. Se trata de José Guillermo Solito Escobar, un pandillero de 30 años que entró a la MS13 en los mismos años en que lo hizo El Niño. Y llegó un nuevo miembro, Jorge Alberto González Navarrete, que tomaría gracias a su veteranía la segunda palabra de la clica. Su taca es Liro Joker, un fornido pandillero que lleva en su cuerpo varias calaveras tatuadas. Fue deportado de Estados Unidos por el delito de lesiones graves en junio de 2009, y según su ficha de deportación allá pertenecía a otra clica de la MS en la ciudad de Los Ángeles, y era conocido como Baby Yorker. Sobre él, El Niño dice: “Un hijueputa pesado. Sicario”.

El Niño se quedó con la tercera palabra como premio por haber levantado una clica botada, abandonada.

De ahí en adelante, Chepe Furia, que vivía más metido en sus negocios de carros robados, se encargó de construir una clica monstruosa que terminaría con más de 50 miembros. Todos asesinos. Chepe Furia se aseguraba de eso. Nadie podía considerarse un miembro de la clica, un pandillero de la Hollywood, si no cometía antes un asesinato encargado por sus jefes. 11 asesinatos fueron cometidos ese año. Al menos 11 que las autoridades, años después, pudieron relacionar con la clica. Las tardes de café y pan dulce en el solar de El Niño dicen que fueron más, muchos más. De cualquier forma, esos 11 cuerpos, al verlos en las fotografías de los expedientes policiales, hablan de sicarios certeros, la mayoría tiene un agujero de bala en la cabeza.

Un ejército de asesinos se tomó un municipio de El Salvador. Desde adolescentes de 16 años hasta pandilleros veteranos como Chepe Furia, que con 44 años comandaba a sus sicarios, monopolizaron el crimen en la zona. El Niño era siempre el elegido por Chepe Furia para realizar las misiones más importantes, e incluso algunas que no tenían que ver con rencillas entre pandillas o traiciones de homeboys, sino que directamente eran asesinatos por encargo, o amedrentamiento de deudores al mejor estilo de la mafia italiana. Como aquella vez cuando El Niño quemó una camioneta del año de un reconocido miembro de una banda de asaltantes que no entregó a tiempo la parte que le debía a Chepe Furia por un jugoso atraco.

Sus tiempos de evangélico se habían terminado. El Niño era el jefe de sicarios, y el mejor de ellos.

Furia consiguió incluso contratos de recolección de basura con la Alcaldía de Atiquizaya, la clica infiltró a uno de sus altos mandos, a su tesorero, como empleado de promoción social de la Alcaldía. Fredy Salvador Crespín, un hombre delgado y blanco de 38 años ante el que nadie se cambiaría de acera, es también el Maniático de la Hollywood. Según la Policía y la Fiscalía, utilizaba su cargo municipal para reclutar nuevos miembros y para dar carnés de ayudantes de la Alcaldía a los pandilleros como El Niño, que con eso como coartada lograban salvarse de muchas detenciones.

Los tiempos de machete quedaron atrás. La clica en ese entonces tenía un fusil G-3, un M-16, una subametralladora SAF policial que había sido reportada como robada por un subinspector, y varios revólveres magnum 3.57. La clica que El Niño revivió vivía su esplendor. No solo tenían la Alcaldía infiltrada, sino que también la Policía. A finales de este 2012, el ex cabo José Wilfredo Tejada Castaneda de la delegación de Atiquizaya y el ex jefe antidrogas de todo el departamento, Walter Misael Hernández Hernández, esperan juicio acusados de haber entregado en noviembre de 2009 a un testigo protegido para que Chepe Furia, El Extraño y Liro Joker lo asesinaran con lujo de barbarie. Los ex policías están acusados de entregar a Rambito, un pandillero de 23 años que colaboraba con la Policía. Además, la Hollywood contaba entre sus filas con un temible pandillero, el Loco 13, acusado de violaciones, asesinatos, resistencia al arresto y lesiones culposas. Cuando era policía en el departamento en Sonsonate era conocido como el agente Edgardo Geovanni Morán.

La delegación departamental de la Policía tomó medidas. En junio de 2010 decidieron crear una oficina de investigadores. Reunieron a un grupo reducido de policías, agentes de diferente rango con experiencia en unidades de inteligencia. Al mando de esa unidad eligieron al inspector P (guardaremos su nombre por su seguridad), un policía con amplia experiencia que fue parte del Centro de Inteligencia Policial y de la Inteligencia Penitenciaria. Para alejarlos de la corrupta delegación de Atiquizaya, decidieron ubicar al grupo en un pequeño municipio vecino. Entre pastizales y casas con techo de teja, los investigadores montaron su base en una casita de El Refugio. Ese mes empezó la investigación que cambiaría por completo la vida de El Niño de Hollywood.

La traición de El Niño

—Todo empezó porque viene mi clica y camina a una morrita que se llamaba Wendy– dice El Niño en su solar, mientras aspira aire con la boca para recuperar el humo de mariguana que ha dejado salir hace un instante –. El pedo es que la bicha se fue a dormir con un chavala… Un bichito cachorro. Y llegó diciendo a donde nosotros que mejor nos tatuáramos el pupú (18) en el pecho, que la caca podía más que la MS. Yo no hice nada, porque sabía que era bicha loca. Era la prima de mi mujer. El caso es que en esos días le habíamos dado el pase para que volviera a la pandilla a un bato que se había borrado las letras, pero tenía que matar. Y la moja (mata) el hijueputa. El caso es que a mí me cayó el clavo, porque los investigadores pensaron que fui yo.

A la par de El Niño está la prima de la difunta Wendy, su mujer, la muchacha silenciosa. Da pecho a su hija y ni siquiera voltea a ver cuando su compañero cuenta cómo asesinaron a su pariente. Porque ella sabe, y nosotros sabríamos luego, que su marido ayudó a asesinar a Wendy. No la degolló, pero vigiló para quien lo hizo. Así es esto, si eres la mujer de un sicario, habrá gente muerta alrededor. Gente cercana, gente lejana. La guerra de las pandillas cruza los árboles genealógicos salvadoreños. Primos, hermanos, padres e hijos de diferentes pandillas enfrentados a muerte.

Desde su instalación en El Refugio, el equipo de investigadores tenía un objetivo puntual: conseguir traidores de la Hollywood Locos Salvatruchos. La estratagema pasaba por conocer vida y obra de cada uno de los pandilleros de esa clica. Novias, familias, errores del pasado, vicios, lugares frecuentados. Y, si la estratagema fallaba, mutaba: era necesario conocerlos bien para poder meter cizaña, revolver el río. Y, a río revuelto, pescar.

—Yo puedo hacer y deshacer si nadie me conoce ni sabe dónde vivo. Hace falta control social, saber quién es quién. Crear desconfianza, porque la desconfianza causa muertes. Ellos mismos piensan: ¿será que aquel está tirando rata? Mejor matémoslo. La mayoría de homicidios vinculados a pandillas se dan entre miembros de la misma pandilla –nos explicó el inspector P un día en el puesto de El Refugio. Es un hombre sacado de las entrañas de la inteligencia Estatal de este país. Esa inteligencia de país tropical que permite tanto hacer una escucha telefónica para interceptar la conversación de un líder preso como sentarse por las tardes a hablar campechanamente con la madre de un adolescente de la pandilla. Pero las interminables andanzas del inspector P merecen una crónica aparte.

Los hombres del inspector realizaron decenas de allanamientos a las casas de los pandilleros reconocidos y de sus familias. De ahí sacaron fotografías, listas de cobros de extorsión y documentos de identidad que les permitieron ponerle rostros a la red de la Hollywood. Ya con el mapa armado, desplegaron la estrategia. Consiguieron que algunos de los más jóvenes hablaran gracias a que los amedrentaron asegurándoles que filtrarían a la pandilla la información de que ellos eran soplones. A veces, los asustaban con amenazas de que los dejarían en la zona del Barrio 18 para comprobar si realmente no eran de la MS13. Les quitaban sus teléfonos móviles y marcaban a algún otro pandillero identificándose como policías. Sembraban cizaña y recogían testigos protegidos. Pero no era suficiente. La estructura de mando, la cúspide a la que pertenecía El Niño, seguía intacta. Las decisiones importantes las tomaban en privado. Los peces que pescaron al inicio apenas tenían información de quién había sido el pistolero en este o aquel homicidio, y podían entregar si acaso a otro adolescente sin rango como ellos. Furia, El Extraño, El Maniático y Liro Joker seguían tranquilos y se les veía pasear por el parque central de Atiquizaya. El Niño también, continuaba con su próspero negocio de venta de mariguana, e incluso había juntado a un grupito de consumidores a los que no había brincado a la pandilla. Los consideraba su escolta personal. Su conserva de sicarios en ciernes. Una previsión en caso de retiro.

No hay que olvidar –jamás en esta historia hay que olvidarlo- que El Niño ya no era un soldado fiel, sino más bien un asesino resentido. El hermano de un asesino asesinado. El asesino de dos asesinos de su propia clica.

Los investigadores no sabían la letanía completa, pero sí su esencia. Ellos sabían que El Niño era el hermano de un homeboy muerto a manos de otros homeboys. La hipótesis de que El Niño era el homicida de Wendy fue solo un aliciente para, por primera vez, lanzar el anzuelo a un pez gordo.

El primero de los investigadores en intentarlo fue un cabo. Dejó el pick up que utilizaba su equipo –porque a esas alturas no había pandillero que no lo conociera– y fue en su motocicleta hasta la casa donde El Niño despachaba mariguana. Nunca intentó sonsacarlo con las técnicas que le aplicaban a un principiante. El cabo fue directo. Llegó a la puerta de El Niño. El Niño echó mano a la 3.57 que tenía en su cintura. El cabo le dijo que se tranquilizara, que estaba desarmado y que solo quería hablar. El delito de portación ilegal de arma era demasiado risible como para llevar preso a un prominente sicario de la MS13. El cabo repitió que solo quería hablar. El Niño le dijo que quizá en alguna ocasión. El cabo le dijo que volvería pronto. El cabo se fue. El Niño abandonó la casa a la que llegó el cabo. El cabo pasó cerca de un mes sin volver a ver a El Niño.

Un día, se dio una escena enredada. La vida de un pandillero es enredada. Los sicarios no siempre matan. Eso sería sencillo. A veces comen, duermen, tienen novias, hermanos muertos o amenizan fiestas como payasos. Sí, como payasos. Ese día, El Niño iba a eso, a ganar unos dólares amenizando una fiesta. Pretendía vestirse de La Tenchis, un personaje famoso en El Salvador que imita a una mujer del pueblo, dicharachera, descuidada, vulgar y gorda. Más que por los miserables dólares, El Niño lo hacía para aparentar tener una vida de la que vivir, para hacer creer a los sabuesos del inspector que él no era quien era.

En la parada de bus lo detuvieron siete militares y dos policías. Él pensó que se trataba del acoso normal. Pero lo tuvieron detenido por 20 minutos, hasta que apareció el cabo.

—¿Venís a torcerme o no? Porque arma no cargo hoy –retó El Niño al cabo, que por primera vez dialogó, aunque omitió mencionar el asesinato de su hermano, no quiso develar todas sus cartas. Tuvieron una larga conversación sobre el homicidio de Wendy, pero El Niño se mantuvo firme en defender que lo único que él había hecho era ser su amigo y regalarle toques de mariguana.

La mente de los pandilleros con clecha, con sabiduría dada por la experiencia, es ágil. Viven en un mundo donde una palabra mal puesta, la pronunciación del número dieciocho, la enunciación en masculino del nombre de un pandillero rival –siempre deben referirse a la bicha tal o la bicha cual– puede costarles una paliza o en caso extremo la muerte a manos de sus homeboys. Como me dijo en una ocasión un pandillero de la MS13 que huía de la MS13 a través de México: sí, se trata de una familia, pero compuesta exclusivamente por padres golpeadores.

Jugaron un ajedrez verbal, y el cabo puso en jaque a El Niño.

—¿Y si me contás cómo la mataste, pero clavamos a otros pandilleros conocidos que yo tengo en la mira y vos salís libre? –ofreció el cabo.
—¡Huevos! ¿Qué tal que no agarran a los otros y me cae todo el clavo a mí? –respondió El Niño, que ante testigos militares y policiales, de una forma sutil, acababa de confesar que tomó parte en el asesinato y que si quería, podía contarlo.

El Niño –el sicario resentido– sabía que la próxima jugada era la final. El nuevo ofrecimiento del cabo se veía venir: o ellos o vos. O ellos cargan sus homicidios y los tuyos o vos los cargarás. Le tocaba a El Niño mover.

—Va, pues, órale, si querés ayudarme, ayudame. Si no, ahorita me podés torcer o hacer lo que querrás… Eso si no deseás saber de los clavos de Eliú, del asesinato de la puta, del asesinato del policía en el salón, de quién se bajó a Wilman del segundo piso de la casa, de los mototaxistas que han aparecido con el repollo destapado, de la mujer de Moncho Garrapata…

El Niño destapó sus cartas. El cabo las acepto. Le pidió que fueran a hablar con el inspector P. El Niño quiso esperar. Le dijo que luego, que primero se vieran en un lugar discreto solo ellos dos.

A la hora indicada del día indicado, junto al poste eléctrico indicado, en territorio de nadie, El Niño no tuvo ni cinco minutos de paciencia. El cabo se atrasó por las razones por las que se atrasa un policía en estos lares lejanos a cualquier serie de televisión. La única patrulla estaba averiada. El Niño dejó una nota trabada en un aro metálico del poste. En ella, un número suyo que nadie en la pandilla conocía, y unas palabras: Llamame a este número si me querés hallar. Llovió al rato, a la hora quizá, y el papel fue papel mojado. Y la patrulla siguió averiada.

En la mente de El Niño, cizaña. Trampa. Mentira.

A la semana, El Niño estaba fumando su quinta piedra de crack de la tarde en la nueva casa que había agarrado. Atrás de él escuchó el clac del seguro de una pistola. Supo que era el cabo. Sin voltear, encajó cinco dedos en una pistola .40 que tenía en un muslo. Otros cinco dedos en una 3.57 que tenía en el otro muslo. Clac, clac.

Y conversaron: ey, calmate, ya te vi que estás armado, dijo el cabo. Y fumado, dijo El Niño. Solo hablar quiero. Pues bien prendido en piedra estoy. Hijueputa. Bien fumado. ¿Y creés que podemos hablar?

El Niño se volteó y avanzó hacia el pick up con un arma en cada mano. Se subió a la cama del vehículo y entonces el cabo se la jugó. Se sentó como piloto y condujo lentamente por calles poco transitadas con rumbo a El Refugio y con un sicario armado atrás.

En el solar de El Niño

Ha empezado el invierno y sobre el solar de El Niño ha llovido bastante. La hierba creció mucho desde la última visita, su hija también. Ha pasado de ser un bultito inseparable de su madre, casi una extensión de ella misma, a ser una criatura traviesa y curiosa que gatea por el solar y husmea debajo de los muebles. Ya dice, casi claramente, la palabra papá. Su madre nos ha perdido un poco la vergüenza e incluso se atreve a hablar frente a nosotros. Siempre son monosílabos o risitas. De lo contrario habla con señas o en susurros con El Niño. Ella aún es menor de edad. No importa, la Fiscalía sabe que debe cuidar a este testigo para poder tener un caso contra toda la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Por eso le dejan pasar tantas cosas. Por eso se hacen del ojo pacho cuando El Niño fuma y vende mariguana en su solar a metros de la subdelegación policial de El Refugio. Por eso hicieron que se perdiera la denuncia de agresión aquella vez que El Niño le enterró un machetazo a un hombre, uno que por cierto había llegado a comprar mariguana. Esa ves, de hecho, solo le recomendaron: medí la mano, cabrón.

De vez en cuando, El Niño sale de su solar. Se va por los tejados y camina por las veredas en las madrugadas. Visita su antigua casa, en donde hace varios años armó aquel pequeño grupo de fumadores de hierba al que llama: mis bichos ganyeros. Es una práctica común en pandilleros con trayectoria. Se trata de fundar su propia clica. Sin embargo, El Niño jamás llegó a brincarlos a la pandilla, ni a hablar de ello. Quizá ya sabía que si los anexaba a la MS13 no podría recurrir a ellos en tiempos difíciles. Quizá de haberlo hecho, sus bichos ganyeros querrían asesinarlo ahora mismo. El Niño les llama seguido y los visita de vez en cuando. Los protege de que ningún MS13, y por supuesto ningún dieciocho, llegue a anexarlos a su pandilla. Los aconseja.

El último que lo intentó fue un MS13 que llegó cuando El Niño ya habitaba el solar. La misión del visitante era matar a un traidor llamado El Niño de Hollywood. Al no encontrarlo en su casa se quedó ahí y decidió plantarse en el lugar y anexar a estos jovencitos a la MS13. Ahora flota descompuesto en uno de tantos pozos olvidados del occidente de El Salvador. Eso es lo que cuenta El Niño. Flota en un pozo, eso es todo lo que dice.

A veces, a El Niño lo visitan personajes extraños.

Una vez nos encontramos a El Topo de la clica Victorias. En realidad llevaba diez años alejado de la MS13. Admira a El Niño y lo visita con frecuencia, pues El Niño se ganó fama de místico y de “leer las candelas”. En general, pasan buenos ratos fumando hierba y hablando de días pasados. Sin embargo, la pandilla se enteró de esta amistad y buscaron a El Topo y le exigieron que entregara al traidor, que lo sacara del solar con alguna mentira y que se los entregara para matarlo. El Niño descubrió el plan gracias a que lo intuía, y usó el rito de las candelas como una especie de polígrafo místico que puso nervioso a El Topo que terminó delatándo todo. El Niño dijo a su camarada que le perdonaba la vida, pero que de ahora en adelante él sería su contra espía en los intestinos mismos de la Bestia.

Al solar también llegan de cuando en cuando rumores extraños. Por medio de un informante, El Niño se enteró de otro plan para matarlo. Esta vez eran los Parvis. Han convencido a una tía de El Niño para que lo saque de su solar. Una vez afuera sería El Burro, un jovencito ex aprendiz de El Niño, quien dispararía. Ese jovencito aún no ha sido brincado a la MS13. Todavía es un “chequeo”. El Burro, con esa pegada, se brincaría con balón de oro, como dice El Niño entre risas.

—Puta, una sola oveja quieren mandar a cazar al lobo –dice también. Ya no con risas.

Hace unos días, durante una de sus escapadas, se encontró en la calle, muy cerca de su solar, con El Burro y su tía. Se quedaron rígidos unos segundos. El Niño se acercó.

—¡Hey, bicho hijueputa, La Bestia! Mirá, andá deciles a los homeboys lo que tengo para ellos –les dijo, y les enseñó una granada M-67. Porque El Niño tiene una granada M-67. Poco a poco uno descubre que siempre ha sido como un ratón. Esconde parte de lo que consigue, y luego lo desentierra cuando lo necesita. Algunas de sus escapadas eran para recuperar armamento que había ido enterrando como verdaderos tesoros ocultos.

El Burro y la vieja se fueron agitados y no se han vuelto a acercar.

Es segunda vez que muestra su granada. Esa misma fue la que le enseñó a un policía que lo quiso sacar de su solar, supuestamente para contratarlo como sicario y llevarlo a un monte lejano y solitario. Le dijo que una vez en el lugar le daría una pistola. Ese policía es amigo de los dos que están presos por haber entregado a El Rambito para que Chepe Furia, Liro Jocker y El Extraño lo asesinaran. El Niño es testigo de ese caso, pues vio cómo ellos tres se fueron en un pick up con El Rambito y con los lazos con los que luego apareció su cadáver atado.

—Vaya, está bien, solo me voy a llevar esta chimbomba por si es mentira –respondió El Niño, jugando con la espoleta de la granada frente al policía que lo quiso caminar. No ha tratado nunca más de sacar a El Niño de su solar.

La tercera vez que saca su granada es esta tarde. La baja de una viga del cuartito donde duerme y nos la muestra envuelta en cinta aislante para evitar cualquier accidente que pueda provenir de una espoleta vieja y oxidada. El Niño y su familia duermen a la vera de una granada M-67.

Otro contacto le contó hace unas semanas que dentro del penal se habían organizado grandes reuniones -o miring, como les llaman-. Le contaron que hay siete sicarios, de varias clicas, dispuestos a terminar con él. Es una pieza codiciada dentro de la pandilla. Si muere, más de 40 pandilleros, importantes algunos de ellos, saldrán libres por falta de testigo.

Hace poco le llamó uno de los pocos Hollywood de la zona que aún quedan libres. Quién sabe a cambio de qué, o porqué extraña lealtad, le contó que unos homeboys están planeando asesinarlo justo el día del juicio, el 20 de agosto. Quieren matarlo mientras viaje en la patrulla policial rumbo a los juzgados.

El Niño, a pesar de andar la muerte a cuestas, luce tranquilo. Nos muestra contento el avance de sus plantas de mariguana y juega con su niña. Se ha hecho amigo del tipo que vive en la otra parte del mismo solar. El Caballo le dicen. Es un campesino joven e ingenuo, muy ingenuo. El Niño le da hierba y fuman juntos. Siempre que llegamos están haciendo alguna tontería o discutiendo sobre el origen satánico de las cabras, o sobre brujería, tema en el que El Niño es muy versado. El Caballo le tiene cierta admiración, escucha embelesado sus historias, se ríe con sus bromas, casi todas a costillas suyas, y en general le hace compañía a ese hombre tan exótico que llego a vivir al otro lado de su solar.

A El Niño le alegran nuestras visitas. No solo porque tiene oportunidad de hablar con alguien nuevo, sino porque le llevamos comida, o ropa, o leche para su bebé. O quizá porque tenemos cigarrillos ilimitados que a veces con malicia apaga y guarda para después. Este testigo protegido de la Fiscalía vive en pobreza. La canasta que le manda la Unidad Técnica del Sector Justicia, para que viva él y su familia, consiste en: dos sopas en polvo, dos salsitas de tomate, una bolsa de fideos, un cepillo, una pasta de dientes, dos rollos de papel higiénico, dos refrescos, un par de libras de arroz, otro par de azúcar y sal. Con esto tienen que vivir él y su familia por un mes. Son algunos policías del puesto, los mismos investigadores que lo cooptaron y lo volvieron un soplón, los mismos con sueldos miserables y turnos de 24 horas, quienes sacan de su bolsa para apuntalarle la economía al ex sicario de la MS13.

Le preguntamos a El Niño que piensa hacer cuando todo esto termine y deba volver a la vida –entre enormes comillas– normal. Dice que planea juntarse a la banda de asaltantes a la que pertenece El Topo, el ex pandillero que no quiso entregarlo. Dice también que quisiera hacer un gran atraco, uno que le dejara mucho dinero y poder entonces montar una panadería con la niña que tiene como mujer. Dice también que no le da miedo la pandilla, que sabe como torearlos. Ya son muchas veces las que ha pasado por las barbas de sus homeboys.

En la última visita, ya con la grabadora apagada y las tazas vacías de esa infusión de café que nos da su mujer, le preguntamos si podemos tomarnos una foto con él. Accede. Posa primero con mi hermano, luego conmigo, luego con ambos. Ninguno sonríe. Él más bien pone cara de malo, de sicario, de pandillero. Es un tipo pequeño, de ojos achinados y cara lampiña. Tiene las manos toscas de los campesinos, aunque él nunca lo fue, y la piel del color de la tierra.

El 20 de agosto, en 12 días, este hombre declarará contra 42 pandilleros de la Mara Salvatrucha 13. La mayoría acusados de homicidio. Lo más probable es que todos pasarán el resto, o buena parte, de sus vidas en penales infrahumanos, en celdas pestilentes diseñadas para 20 hombres en donde se apiñan a veces más de 60. Si llega vivo al juicio, este hombre habrá acabado con la clica de los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya, y con un buen pedazo de la clica Parvis Locos Salvatrucha de Ahuachapán. Si esto pasa, le habrá dado un duro golpe a la pandilla a la que sirvió durante toda su vida.

Nos despedimos de El Niño y nos vamos de su solar. Es tarde y el sol dora las hojas de los árboles. Son bonitos los ocasos de Atiquizaya, pero no por lo que hay, sino por lo que ya no hay. En este caso, ya no hay un fuerte sol. El Niño se queda atizando el fuego de su cocina de leña con un palo. Tranquilo, con su hija en brazos.

Tiene la convicción de haber enfurecido a La Bestia que ahora lo busca para llevárselo. Aún así, está decidido a intentar cabalgarla de nuevo.

Epílogo

Chepe Furia, Liro Jocker y El Extraño fueron condenados en diciembre de 2012 por el asesinato de Rambito. Chepe Furia cumple 20 años de prisión en el penal de Gotera. Los policías acusados de ayudar a Chepe Furia a asesinar al informante Rambito fueron absueltos este año, gracias a que El Niño, en pleno juicio, dijo no recordar nada. Más de 30 pandilleros de la clica de los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya también fueron condenados por delitos que van desde asociación ilícita hasta homicidio. El Niño aún vive bajo el amparo del Estado, a la espera de declarar en contra los homicidas del Pozo de Turín. Ellos, 11 pandilleros, estuvieron capturados dos años, pero el Estado no logró abrir el pozo en ese tiempo. Cuando lo abrieron, en abril de 2013, encontraron cuatro osamentas, pero los pandilleros ya habían salido de prisión por sobreseimiento provisional. Si quieren juzgarlos de nuevo, deben volver a capturarlos.

 

 

 

La soledad de El Camino

Publicado: 13 mayo 2011 en Juan Martínez
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Del grupo de vagos que toman guaro de caña bajo una farola y juegan a los dados se levanta un hombre, se coloca frente a una pared y cuando comienza a ponerse en posición de orinar, en coro los demás le gritan que no lo haga. No hace caso y un chorro de orina caliente cae sobre el muro ante las miradas absortas de sus amigos. Los mira divertido y se ríe.

–¿Qué putas les pasa? –les pregunta.

Es entonces cuando lo descubre él mismo. Levanta los ojos y frente a su cara se encuentra con dos enormes letras góticas de color negro: MS. Anuncian quiénes son los amos de este lugar. El borracho trata de regresar a su sitio con la esperanza de que no lo hayan visto quienes puedan sentirse agraviados. Pero lo que esas dos letras representan tiene ojos por todos lados. De pronto, el hombre está rodeado por una jauría de sombras furiosas que se lanzan en un solo movimiento sobre él. Están a punto de matarlo a patadas y garrotazos cuando alguien interrumpe.

–Ya estuvo, perros –les ordena este hombre de 30 años con ese timbre casi metálico que sale de su garganta.

Su autoridad es irrebatible y la jauría se aleja, dejando al ebrio medio vivo al pie de las dos letras, como una ofrenda de perdón a un dios de pintura agraviado por los orines.

El Camino vive en la cima de una colina, donde termina una calle angosta que serpentea por entre un amasijo de comunidades marginales y quebradas malolientes. En el centro del dominio incuestionable de la Mara Salvatrucha 13. Dominio que confirman las paredes, manchadas con las dos letras que ya casi tienen vida propia, y que ratifican decenas de cuerpos marcados para siempre con el mismo código. Ahí, en una casa con techo de lata que se queja furioso en las noches de lluvia y asa a los habitantes en los días de sol, El Camino se levanta todos los días a construir con sus manos el pan que vende en las tiendas de la zona y que le permite subsistir.

En medio de la harina, los rodillos y el olor de la jalea de piña que llevan por encima los pichardines y las enrejadas, El Camino cuenta su historia, habla de sus días de gloria en la Mara Salvatrucha, cuando era el monarca de estas latitudes. De esos días solo le han quedado el recuerdo, algunas cicatrices, testimonios suturados de viejas batallas contra el Barrio 18, la reverencia de los más jóvenes y un cuerpo cubierto de tatuajes. Testigos de tinta que confirman sus palabras. Luego de haber fundado la clica de la zona y luego de haber sido el líder de esta por mucho tiempo, El Camino pasó a una especie de retiro para transfigurarse en una suerte de consejero de los nuevos pandilleros.

Como el anciano de una tribu, les contaba a los más jóvenes cómo nació la Mara, cómo esta se abrió campo en medio de tantas pandillas en la selva violenta de Los Ángeles, en California. Les hablaba de las luchas épicas contra los chavalas del Barrio 18 y rememoraba a los grandes héroes de la pandilla. Les hablaba de El Casper, su amigo de infancia; de El Drogo, su compañero de celda en Apanteos; de El Gato, su primer jefe, y cada vez que mencionaba sus nombres ponía un dedo en los tatuajes en forma de tumba que decoran su piel. Ahora El Camino vive solo, su clica lo ha abandonado, pues la frenética lucha contra la Barrio 18 no les deja tiempo para ocuparse de los retirados. La guerra la hacen ahora otros más jóvenes que ven a El Camino como una pieza de museo, valiosa pero obsoleta, a la que ellos deben cuidar.

***

Esta comunidad, que gobierna desde la punta de una colina, se ilumina con los primeros rayos de sol que se abren paso entre las nubes grises que aun se resisten a irse a las 7 de la mañana. El calor del sol va espantando poco a poco el frío de la noche. El viento sopla fuerte y hace bailar a los árboles en una fiesta verde que se celebra en los cerros que la rodean. La gente comienza a moverse por la única calle que llega hasta acá. Algunos con la premura de los asalariados que van tarde, otros con los pasos conformes y extraviados de los que buscan trabajo. De las casas de la colina contigua a la de la esta comunidad aún salen, tímidos, los últimos hilitos del humo de la leña que cocinó el desayuno. Parece un campamento apache.

Adentro de la panadería-casa de El Camino suena una canción, suave y boba, de Shakira, que compite con el zum zum de los árboles hamacados por el viento. El volumen está alto. Él no escucha bien desde cuando un balazo le destrozó parte del oído derecho. Prepara la masa y los otros ingredientes: plátano y pan viejo para el budín, azúcar y manteca para los pichardines y las picudas. Con los rodillos comienza a atormentar la masa y a medida que esta va adquiriendo una consistencia más estable, El Camino comienza a repasar su vida, desde que la recuerda. El relato, como un aviso de lo que viene, comienza con la muerte.

El primer muerto que El Camino vio, humeaba medio quemado en un basurero de Mejicanos. El Camino apenas era un niño de nueve años y huía con su abuela y sus hermanos pequeños hacia un albergue de refugiados cerca de la iglesia Don Rúa. Huían de las balas y las granadas con las que la guerrilla y el ejército se atacaban en Mejicanos, y de las bombas que la fuerza armada había amenazado con dejar caer para cocinar a los guerrilleros que se apostaban ahí en noviembre de 1989. El cadáver tenia la mitad del rostro quemado y en donde normalmente está el estómago, un enorme agujero. El Camino recuerda haber metido su brazo despacio, enhebrando el cadáver.

–Quería ver si de verdad lo podía traspasar –dice, con una risa de niño travieso.

Fue por esos días cuando conoció la calle. El albergue de la iglesia Don Rúa propició el encuentro con otros niños y juntos comenzaron a vagar por las calles del centro de San Salvador.

***

El Camino saca de algún lugar en su cuarto una foto vieja. Está quemada de un lado y lo amarillo de la imagen refleja que ya tiene sus años. En ella se puede ver a una mujer joven, morena, con unos enormes ojos oscuros y mirada profunda y seria. Viste jeans y camisa roja. Lleva una pañoleta roja atada al cuello. Era guerrillera y se llamaba Fátima. A su lado izquierdo se ve a medias el cuerpo de un niño. Apenas se distingue, pues el fuego se comió la imagen. Es un niño de unos 4 años que se aferra a la mano de la guerrillera. Es rubio y viste de blanco, lleva una gorra de marinero que le queda grande.

–Vaya, ¿quién iba a decir que ese niño se iba a hacer de la pandilla más peligrosa del mundo, vea? –dice El Camino, mientras se ve a sí mismo en la foto, aferrado a su madre.

Tiene razón, parecería imposible que ese niño de la foto fuera la misma persona que este hombre, del que apenas se distingue su cara tras los tatuajes. El Camino está a punto de relatar cómo su vida se fue convirtiendo en una serie de tatuajes cuando de pronto unas piedrecitas caen sobre el techo. Es señal de que hay que abrir la puerta. Llega Hugo, un niño de 12 años que orbita alrededor de los pandilleros de la comunidad y especialmente de El Camino. Jazmín, su madre, vende horchata frente a la casa comunal, su hermana Karla es pandillera y es una de las parejas de Little Man, el líder de la clica de la comunidad. A su padre lo mataron un 5 de junio mientras asaltaba un camión. Hugo ha dejado de ir a la escuela y se pasa el día con El Camino. Se sienta a verlo hacer pan y a escuchar sus historias. El Camino le da un pedazo de pan.

–Vaya, perro, comé –le dice, con tono paternal.

El niño toma el pan y hace alarde de su talante.

–¡Eso es verga, cerota! –le dice, a modo de agradecimiento por el pan. Luego se dirige a mí y se jacta, mientras me cierra uno de los ojos–. ¡Bien entrenada tengo a esta hijeputa!

El Camino lo mira orgulloso y me dice, como quien hace una premonición:

–Este lleva el camino de la Mara.

El pandillero cuenta que vivió con su madre pocos años, en El Paisnal, que entonces era un pueblo más de los que la guerra atormentó. Salieron de ahí y se fueron a vivir donde Pamela, la madre de Fátima en Mejicanos. Fátima salía con frecuencia, tardaba a veces meses en regresar. El Camino la recuerda como una mujer violenta, siempre con su pistola al cinto y su pañoleta roja. Unos días antes de la ofensiva final lanzada por la guerrilla, Fátima se fue para no volver más. Al cabo de unos días su abuela, al ver que su hija no regresaba, decidió dejar al niño en las calles de Mejicanos.

***

Es mediodía y una turba de niños inunda la calle, escoltados por una patrulla de la policía. Hace unas semanas acribillaron a balazos a dos niños a menos de 20 metros de la escuela. Les dispararon desde un carro. La gente sospecha de la Mara Salvatrucha, pero nadie sabe por qué los mataron. Hace hambre y es la hora de preparar lo de siempre: sopas instantáneas, aguacate y un racimo de tortillas.

Una pregunta sencilla basta para que El Camino comience a repasar su vida. ¿Qué se siente al matar? Echa un escupitajo en el patio, se acomoda en su silla plástica, como preparándose para recordar, para contar algo que pasó hace mucho mucho tiempo, durante sus primeros años dentro de la Mara Salvatrucha 13.

En esos tiempos la Mara no era lo que es ahora. Los primeros pandilleros deportados comenzaron a organizar sus clicas con niños de la calle, vagabundos y drogadictos. El Camino era uno de esos. Erraba sin rumbo por las calles de Mejicanos. Ahí conoció a El Gato, de la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Este lo inició y ha sido su única figura paterna. Hoy, luego de que lo mataron, vive en forma de tatuaje en el cuerpo de El Camino. Fue uno de los primeros deportados y la Hollywood una de las primeras clicas de la Mara en el país. El Camino buscó a este pandillero luego de que un chavala del Barrio 18 le diera dos patadas en las costillas.

Un día, otro niño lo llevó a una casa, en Mejicanos, donde vivía un hombre viejo. Un grupo de niños de la calle lo visitaban porque les regalaba dulces y dinero. A cambio, el viejo los violaba. Les pedía que llevaran más niños a su casa para que pudiera darles más dinero y más dulces. El Camino, quien en esa época era conocido como El Pega, de la Hollywood, comenzó a llegar con frecuencia. Pasó a ser el favorito del pederasta. Este se sentaba en un suntuoso sofá con El Camino delante y hacía que el chico le introdujera el pene en la garganta hasta hacerlo eyacular. Mientras tanto, el viejo se masturbaba. Cuando El Gato se enteró, ordenó a El Camino, severo, como un padre enojado.

–Me llevás ahora mismo donde ese viejo culero. Usted es de la Mara Salvatrucha y tiene que darse a respetar.

Juntos fueron hasta la casa del pedófilo y una vez dentro y con la puerta cerrada El Gato comenzó a coquetearle. El viejo, fiel a su método, se sentó en el sofá con El Gato delante y comenzó con su ritual. Minutos después, El Gato eyaculaba en la garganta del hombre. El Camino vio cuando su líder sacó el revólver de un bolsillo y le quitó el seguro. Cuando el pederasta retiraba su boca del miembro húmedo, El Gato le pegó un tiro en la cara. El hombre se retorcía en el lujoso sofá y El Gato alargó la mano con el revólver hacia el muchacho. Botaba por la boca un hilo de sangre, saliva y semen cuando El Camino le dio el último balazo en la cabeza. La muerte del pederasta se convirtió en un EMESE de tinta, un tatuaje que los pandilleros solo pueden hacerse luego de haber matado. El Camino se había ganado las letras. Ahora esa marca se apretuja entre tumbas, mujeres desnudas y demonios de tinta en su cuerpo.

La historia se interrumpe cuando un olor raro llega a su nariz y lo devuelve al presente. Corre hacia el horno. No hay nada que hacer: el budín se quemó por completo.

***

Una llovizna de piedrecitas cae nuevamente en el techo. Esta vez se trata de Trompa. Es un joven de una clica vecina que por alguna razón está viviendo en la comunidad. Me saluda desconfiado y se le acerca al oído a El Camino. Hablan un rato en voz baja, en un lenguaje incomprensible y se despiden chocando las manos en forma de garra, la señal de la Mara Salvatrucha. El Camino se queda callado un rato. Rescatamos con una cuchara lo que no se quemó del budín. Da pesar ver los pedacitos de plátano convertidos en carbón y el caramelo, que debería tener un color caoba y un sabor amielado, convertido en una superficie negra y tostada. Hugo devora goloso los pedazos comestibles y se ríe de nosotros.

–Pobrecitas mis putas, ja, ja, ja… –se ríe, y la carcajada le hace cerrar un ojo y mostrar los colmillos.

El Camino no dice nada. Lo que vino a decirle Trompa debió haber sido malo. Solo se escucha el sonido de nuestras cucharas raspando los recipientes. De vez en cuando Hugo rompe el silencio para preguntar, con la boca llena de budín quemado, por algún pandillero muerto. El Camino sin mirarlo posa su dedo en algún tatuaje. Cada vez Hugo lo mira achinando los ojos y continúa engullendo el budín. De pronto me cuenta, sin preámbulos, que la policía ha atrapado a dos pandilleros de la zona. Venían en una moto, fueron a matar a alguien. La policía los interceptó. Los detuvieron a fuerza de balas y luego los contraminaron con la patrulla contra un muro. Ambos están vivos aún. Esperan un juicio, esposados a unas camillas del hospital Zacamil.

Hay un tema que a El Camino le apasiona más que ningún otro: mujeres. Silvana es su novia. Es una niña de 14 años y de una belleza abrumadora. Frunce la cara y revela que han cortado. Ella quería un hombre poderoso, respetado y no un veterano como él. Es entonces cuando El Camino cuenta la otra parte de su vida, la que le pertenece a otra Fátima, la madre de sus tres hijos. La mujer que le rompió el corazón.

Vierte un poco de jalea sobre una concha de masa que ha fabricado con el rodillo. Pesa un poco de manteca, pone un poco de vainilla en un recipiente y lo mezcla todo.

Fátima y El Camino se conocieron en la calle. Él se la ganó a otro pandillero de la Mara en una justa a puños y desde entonces comenzaron a vagar juntos por las calles de San Salvador. Poco a poco El Camino, a fuerza de combates, fue adquiriendo estatus dentro de la pandilla. Vio morir entre sus manos a varios chavalas del Barrio 18. Participó en el exterminio de las pandillas ochenteras como La Máquina, la Mara Gallo, la Mara Chancleta. Sobrevivió a batallas épicas en donde murieron grandes guerreros de la pandilla como el Finado Sky, El Finado Casper, entre otros. Estos pasaron a tupir su cuerpo en forma de lápidas marcadas para siempre en la piel. Abandonó la clica que lo vio convertirse en pandillero, la Hollywood Locos Salvatrucha, para fundar y dirigir la clica de esta zona.

El Camino se recuerda a sí mismo caminando por el centro de San Salvador con su primer hijo, Isaías, en los brazos. Y a su lado Fátima cargando una pañalera. Cuenta cómo tuvo que pelear con tres enemigos usando la pañalera como escudo contra las cuchilladas. Dice que vio cómo un diente voló luego de asestarle un puñetazo al chavala que insultaba a su mujer. De ese episodio, de esos días, solo quedaron los surcos que dejaron las cuchillas y que ahora muestra con orgullo. Mientras habla de esos días, los ojos se le pierden en el techo de lata que a estas horas hierve. Son las 2 de la tarde y la comunidad se ha sumido en su letargo de siempre. Nada se mueve a estas horas. Solo el loco de la casa de enfrente se asoma por un balcón y da alaridos al cielo, mientras pone los ojos en blanco. Se cubre la cara con sus antebrazos, como esperando una avalancha imaginaria, y vuelve a gritar.

El Camino tuvo tres hijos con Fátima. Isaías es el mayor y a sus 12 años más que su hijo parece su pequeño clon. Es un niño alegre y despierto. Nunca he visto a los otros dos. Están en un orfanato del Estado. La abuela de los niños, la madre de Fátima, ya no podía cuidarlos, y además vive en un territorio controlado por el Barrio 18.

Una noche, de esas largas que El Camino pasó encerrado en una celda del penal de Ciudad Barrios, otros pandilleros se le acercaron.

–Tino, te tenemos que decir algo, perro… ¡puta, la onda es que tu jaina anda con otro bato, de la Mara!

Él no respondió nada. Los pandilleros se fueron como vinieron, despacio, como en marcha fúnebre. Fátima, su Fátima, lo había traicionado. La madre de sus hijos le acababa de romper el corazón y sin embargo algo más atormentaba sus pensamientos. Algo más siniestro. En el mundo de las pandillas los errores se cometen una vez. Su obligación como pandillero era matarla.

–Con las dos letras no se juega, la bestia se respeta –le había dicho El Gato, de los Hollywood.

Debía matarla. Solo tenía que dar su visto bueno para que el carro de la guerra de la Mara Salvatrucha arrollara para siempre a Fátima. Era la madre de sus hijos. Era el amor de su vida.

–Pruebas, ¡quiero pruebas! –les gritó El Camino al siguiente día, esperando con fe que estas no existieran. Pero la prueba definitiva para el último juicio de Fátima llegó en forma de vídeo dentro de un celular. La suerte estaba echada. El Camino dio el OK. El Carro de la guerra comenzó a moverse.

Emocionados, otros líderes de la pandilla lo buscaron para ofrecerle “apoyo”. Uno le dijo que si quería descuartizarla su clica podía encargarse, pues eran especialistas. Otro le ofreció un M-16, por si quería “rafaguearla”. Otros, más sensatos, le dijeron que no se preocupara, que su clica se encargaría de todo, sólo tenía que dar su aprobación y desentenderse del asunto.

El Camino sabía lo que le pasaría a Fátima. Había visto tantas veces a sus homeboys ensañarse con el cuerpo de una mujer. Los había visto golosos, robándoles los pezones con un cuchillo mientras les invadían el cuerpo. Fue un amigo quien le dio la fuerza para echarse atrás.

–Mirá, si no la querés matar, ahí dejala, pensá en tus hijos, perro.

Era lo que El Camino necesitaba. Se comunicó con su clica y les ordenó detener la acción. De no haber tenido el poder que ostentaba entonces habría sido imposible detener la marcha de la bestia.

Tiempos oscuros y tristes fueron aquellos para El Camino. Los otros pandilleros lo excluían, lo tenían por débil, decían que El Camino estaba envejeciendo, que había perdido el brillo, que no era el mismo.

***

El Camino saca del horno la primera tanda de pan dulce, lo pone sobre la mesa y lo cubre con una manta. El horno, al abrirse, vomita una bocanada de vapor que lo hace apartar la cara. Prepara las otras bandejas y las mete dentro de esta caja metálica.

El Camino retrocede unos años, a la primera vez que estuvo tras las rejas, antes de estar en Ciudad Barrios, antes de que Fátima le rompiera el corazón.

Sin mencionar bajo qué cargos, recuerda que entró con su amigo de infancia, El Casper, por la noche. La oscuridad lo llenaba todo en aquella celda del centro penal de Apanteos. Al entrar, una sombra los increpó desde lo alto de un camarote:

–Ajá, perros, aquí somos MS. ¿Y ustedes qué barrio rifan?

–Nosotros la Mara Salvatrucha, perro –respondieron ambos, al unísono.

Pero la sombra quería pruebas. Les dijo que se lo demostraran. El Casper estaba furioso, pero se levantó la camisa lentamente y mostró con resignación el enorme MS que llevaba en su pecho.

–¿Y vos, pendejo, no pensás enseñarme nada? –le ladró la sombra a El Camino, desde lo alto.

El Camino no dijo una palabra. En cambio, se movió hacia la sombra lentamente, centímetro a centímetro, y mientras la sombra esperaba una respuesta, ante sus ojos fue apareciendo, poco a poco, la figura de un demonio. Era el demonio que separa la M de la S en la frente de El Camino.

La sombra guardó silencio pero hizo su propio movimiento: tomó sus cosas y las acomodó en el suelo. Aquella primera noche en Apanteos, El Camino y El Casper durmieron en la cima de un camarote.

***

Eran tiempos difíciles en el penal de Apanteos. Las pandillas aún no estaban separadas y tenían que convivir juntas dentro de los muros. La Mara debía estar unida para poder sobrevivir. Mientras El Camino dormía, El Casper velaba su sueño con un machete, y viceversa. La misma fórmula a la hora de ir al baño, en la ducha. Las reglas eran claras: ningún pandillero podía ofender a la pandilla rival. Simplemente no tenían que dirigirse la palabra. Quien rompiera una regla lo castigaría su pandilla, jamás la otra. La cárcel era una bomba de tiempo y a los meses de que El Camino entrara reventó el motín que pasó a ser conocido como “la molleja de Apanteos”.

Un día, a los pandilleros del sector de El Camino los despertó un barullo. Un ruido que iba subiendo como la corriente de un río en tormenta. Primero solo fueron algunos gritos y nadie se asustó mucho. Era normal dentro de Apanteos escuchar gritos de vez en cuando. De pronto los gritos fueron subiendo más y más y se acercaban. Ya eran claros los lamentos, insultos, golpes en las paredes y gritos de victoria.

–¡Que viva el big Barrio 18 mierdas hijos de la gran puta! –escuchó, con claridad, El Camino.

El Barrio 18 estaba lanzando una ofensiva contra la Mara Salvatrucha. La cárcel entera había reventado y adentro se libraban luchas al estilo medieval. El Camino pensó en El Casper y se preocupó. En la celda de El Camino había unos 40 MS y todos se lanzaron de los camarotes y salieron en busca de sus armas: machetes, punzones, cadenas, cuerdas, ángulos afilados, sacatripas y tridentes. Pero justo cuando iban a salir de su celda para unirse a la locura de la lucha cuerpo a cuerpo con los Barrio 18, la última patrulla de custodios, que aún no había huido, alcanzó a cerrarles la puerta metálica de su celda. A pesar de que El Orco saltó desde lo alto de su camarote con un patada, no pudo detenerlos. La puerta de salida quedó bloqueada. Se quedaron como simples espectadores de la molleja.

Pasaron varias horas escuchando los gritos de sus homeboy. Alaridos de muerte, súplicas e insultos. El Camino y los demás se pegaban a la pared para escuchar si sus homeboys seguían vivos. Campeaba el caos. Cada quien le gritaba a los homeboys de sus clicas. Él estaba preocupado por El Casper porque este ya no estaba en la misma celda. Lo habían separado días atrás, y aunque El Camino sabía que su amigo de infancia era tigre para el combate, también sabía que los habían agarrado desprevenidos. Quizá ni siquiera habían alcanzado a armarse.

Los gritos y el humo se prolongaron toda la madrugada. Comenzó a amanecer y los primeros rayos de sol dejaban un panorama nada alentador. Pequeños ríos de sangre corrían por las gradas de la prisión. Celdas carbonizadas. Algún grito suelto producto de algún combate rezagado. El Camino y los demás de su celda miraban por entre los barrotes. Habían intentado romper el candado toda la noche sin resultado. Comenzaron a gritar los nombres de sus homeboy:

–Casper, ¿estás vivo? Contestame, perro, por favor…

–Maligno, ¿cómo estás?

–Triste, hablame, perro, contestame…

Nada. No había respuestas.

De pronto se comenzó a escuchar un coro de pasos que se acercaba cada vez más. Eran los chavalas del sector 4 que iban por ellos. Venían chocando los machetes contra el piso y bañados en sangre. Venían intoxicados, borrachos de violencia. Con ganas de matar. Eran liderados por El Burro, del Barrio 18.

El Camino y sus perros es taban rabiosos, querían pelear. Pero unos candados se los impedían. Los chavalas no se animaban a acercarse mucho. Sabían que de abrirse la celda, ellos llevaban las de perder, pues estaban heridos y cansados. Habían matado toda la noche.

De pronto sonaron las sirenas de la Policía. Los helicópteros sobrevolando la cárcel y golpes de las botas de los primeros miembros de las fuerzas especiales que ya estaban intentando entrar al penal. Los chavalas se retiraron despacio, sin darles la espalda. Dejando en su partida un charco de sangre.

El Camino se sirve un vaso del agua contaminada que bebe siempre y a cuyas bacterias ya les ha pillado el gusto. Se recuesta en una mesa. Abre el horno para mover el pan y sonríe sabiendo que hay sed de escuchar el final de la historia. Camina hacia el patio y lanza un enorme escupitajo. Se queda callado y continúa caminando despacio, sereno, viendo hacia los cientos de casitas que tupen el cerro.

El Camino regresa a Apanteos. Los demás pandilleros de la celda, que a esas alturas ya lo reconocían como líder, se daban golpes contra las paredes. Aquellos hombres lloraban a gritos. Sabían que la Mara Salvatrucha no les perdonaría no haber participado y haber dejado morir a sus homeboy. Dentro de la Mara esto significa la muerte o vivir como parias, perder todos los privilegios y perder el respeto que se han ganado durante toda una vida.

–Viejo, vos sabés que yo no soy culero, viejo, vos lo sabés. ¡Puta, puta, qué voy a hacer! –le decía un homeboy a El Camino, y este lo tranquilizaba diciéndole, sin mirarlo, que tenía un plan.

Si el homeboy hubiese dejado de llorar y hubiera seguido los ojos de su líder se habría dado cuenta de qué se trataba. El Camino miraba hacia una celda, a unos 30 metros de distancia de la suya.

Los escuadrones especiales de la Policía entraron y se llevaron a todos los pandilleros que habían participado en el motín. Solo dejaron a El Camino y a sus compañeros de celda, pues ni siquiera habían salido de la mazmorra. Pero lo que El Camino había visto era a dos ocupantes de aquella celda a 30 metros de distancia a quienes la policía no se llevó porque no estaban tatuados. Pero El Camino sabía que eran dos B18. Los B18 rezagados ni siquiera se habían dado cuenta de que había una celda entera llena de enemigos.

El plan no era muy complejo. Drogo y El Camino comandarían al grupo de asesinos para entrar a la celda. Una vez dentro se dividirían en parejas y unos ocho pandilleros atacarían a cada chavala. Los demás tratarían de controlar a los reos comunes. No les convenía atacar a estos últimos pues eso significaba una declaración de guerra contra todas las bandas de la prisión que siempre se unían contra los pandilleros.

Si la operación salía con éxito, no perderían respeto dentro de la Mara. De hecho, incluso podrían ganar algunos puntos, pues se consideraría como una venganza legítima contra el Barrio 18.

Solo dos cosas frenaban a este escuadrón de la MS. Si ellos mataban a estos tipos, las fuerzas especiales entrarían de nuevo a la prisión y eso significaba una golpiza de horas. Los saldos de estas incursiones podían incluso llegar a la muerte. Por otro lado, los otros 38 reos de la celda de los B18 al verlos llegar armados podrían malinterpretar el ataque y combatirlos y eso podía significar otra batalla campal como la de la noche anterior. Solo que esta vez serían cuarenta pandilleros contra al menos 300 reos comunes.

Era la hora de almuerzo y las celdas estaban abiertas. Como cosa rara, ese día habían servido pollo con arroz. Un manjar en la cárcel. Todos los pandilleros de El Camino cayeron sobre el pollo como animales. Este los miró fijamente, dio una sola mordida a su pollo y se levantó. Los demás se quedaron con pedazos de pollo en la boca, como perros regañados. El Camino explica que cuando se va a ejecutar una masacre no hay que comer mucho, porque esto lo pone a uno perezoso y resta agilidad a la hora del combate. Uno a uno los homeboys fueron dejando los platos a medio comer y se fueron a la zona de celdas a prepararse.

En la puerta de la celda ya El Camino tocaba con las yemas de los dedos la parte plana de su machete. A su vera, Drogo temblaba y hablaba consigo mismo, como para inyectarse ánimos.

–Órale, perro, órale, vamos a hacer mierda a esos malditos chavalas… óraleee, órale, perrooo…

Cuando decía eso, de vez en cuando miraba a El Camino y con un hilito de voz le decía:

–Vas a venir conmigo, ¿veá, perro? No me vas a dejar perder, ¿va, perro?

El Camino estaba calmado. Eran los días en que no le importaba morir. De pronto dio la voz de mando. No salieron corriendo. Era más parecido a una marcha fúnebre, tratando de no hacer ruido. Cada uno llevaba las armas básicas para una batalla: un machete, una cubeta a modo de escudo, un pedazo de colchón enrollado alrededor del estómago como armadura y una toalla alrededor del brazo.

Cuando entraron a la celda de los chavalas los encontraron totalmente desprevenidos. Uno comía su pollo tranquilamente sentado en una cama. Al verlos entrar, no se movió, sólo cerró los ojos quizá esperando que no lo vieran. Pero El Camino lo vio. Mientras los demás corrían en tropel hacia el otro chavala, se le acercó y le metió la enorme hoja metálica en el estómago lo más hondo que pudo. Al sacarlo, un intenso olor a mierda invadió la celda. Le había perforado los intestinos.

El moribundo pandillero agarró con la mano el machete con tanta fuerza que casi se corta sus propios dedos. Y, El Camino, por más que lo golpeaba, no lograba quitárselo. Lo movía de arriba abajo para cortarle la mano, pero el chavala lo cogía con más fuerza, mientras un caudal de sangre bajaba por el antebrazo de ambos.

El Camino, entonces, sintió pequeñas chispas tibias que caían en su cara. Era como un rocío caliente. Eran gotitas de sangre. Drogo había llegado por atrás del moribundo y le estaba asestando cuantas puñaladas podía en la nuca y los costados, usando un cuchillo con sierra. Y aun así, el tipo seguía sin soltar el machete de El Camino.

Poco a poco fueron llegando más pandilleros y fueron formando un círculo.

–Parecían perros hambrientos… solo les faltaba morderlo.

En el otro extremo, El Orco estaba de pie sobre una cama y con las dos manos hundía el machete en el colchón. Más abajo, en el piso, bajo la cama, el otro chavala rodaba por el suelo en un charco de su propia sangre, tratando de esquivar las cuchilladas sin mucho éxito. El Orco se divertía con el juego. A los dos lados de la cama otros homeboys le daban cuchilladas cada vez que podían. El chavala rodaba en un charco cada vez más grande hasta que poco a poco las cuchilladas de El Orco empezaron a ser más certeras y los movimientos del chavala fueron cesando…

***

El Camino se mueve por todo el cuarto. En un segundo convierte el rodillo en un M-16 y una bolsita de sal en una granada. Él mismo pasa rápidamente de ser El Camino a ser un chavala muriendo a balazos. Para cada historia tiene un tatuaje, una quemadura o una cicatriz que confirma sus palabras. Las va mostrando mientras habla como leyendo un mapa.

El Camino comienza con otra nueva historia de sus días de gloria en la Mara Salvatrucha. Cuenta de sus hazañas, de los homeboys que esta guerra frenética se llevó. Habla de El Sky, su segundo palabrero, de la vez que este le pegó tanto en castigo por oler pegamento que le salía sangre de los oídos. Cuenta con nostalgia cómo a él lo respetaban en la pandilla.

Relata cómo en la escuela de la cárcel se enamoró de su profesora de inglés, de las cartas de amor que se mandaban, de las ganas de lamerse los sexos que tuvieron que reprimir. Cuenta que nunca llegaron siquiera a besarse.

El Camino no se mueve de su silla plástica. Se queda viendo con nostalgia una foto vieja en la cual aparece él en la cárcel junto con otros dos pandilleros completamente tatuados. Eran otros tiempos. Hugo se queda sentado a su lado viendo al piso, esperando que las horas pasen.

Cerca de la casa aparece Jazmín, la madre de Hugo. La mujer ha tomado la decisión de irse de esta comunidad para siempre. Teme que Little Man, el actual monarca de este lugar, cumpla con su promesa de matarla si sigue interfiriendo con la incursión de Hugo a la Mara. Hay resabios de llanto en sus ojos de almendra y se dirige a la casa de El Camino a traer a su hijo.

La clica que El Camino fundó le ha dado a este la espalda porque tienen ahora cosas más importantes en qué ocuparse. El Camino saca del horno la última bandeja con pan. Pronto será de noche y él se dormirá esperando que el sol del siguiente día lo despierte para volver a hacer el pan de cada día. Para contar otra historia de cuando era el rey de este lugar o de cuando, a la edad de Hugo, inició su carrera pandilleril. “Este lleva el camino de la Mara”, dice El Camino, refiriéndose, orgulloso, a Hugo.

Jazmín sale de la casa y se pierde en un pequeño pasaje con pasos cortos y decididos, con los ojos llorosos, empujando a un hijo-piedra que cada vez rueda con más fuerza en ese camino hacia abajo.

Por razones de seguridad se ha utilizado nombres ficticios para identificar en esta historia a El Camino, Hugo y Jazmín.