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Cuando el señor Wong llegó a Todos Santos aún no se había inventado el hielo. El chino tenía entre sus maletas el diseño silencioso de un pasado propio que lo ayudaba a no sentirse tan extraño en ese oasis en medio del desierto, en el pueblo peninsular anclado entre las rocas y el océano Pacífico. Y quién sabe en qué momento se le ocurrió levantar un hotel, construir la primera gasolinera e importar el hielo hasta la nada misma. Ese será su secreto. El secreto del Hotel California es tan encriptado como el pasado del señor Wong, el oriental que se autodenominó Antonio Tabasco. Un chino empecinado en querer ser más mexicano que los mexicanos.

El brazo descarnado de la patria mexicana es ajeno al macizo continental. Los sudcalifornianos no son isleños pero padecen un castigo mayor: un abandono añejo de 1.600 kilómetros del país bodoque donde se cuecen las decisiones y las operaciones políticas. Para acceder a La Paz, la capital del Estado de Baja California Sur, es necesario navegar en el Mar de Cortés durante medio día o acceder por vía aérea.

Yo miro desde arriba las montañas y el mar esmerilado con toques turquesas, el acuario del mundo según Jacques Cousteau. Las construcciones son rectangulares y cuadradas, avenidas anchas y calles que no conducen a ninguna parte. La ciudad parece diseñada por un niño que juega con ladrillitos. La Paz pretende marcar presencia con la dureza del cemento y con una modernidad importada desde el norte. Trazar hoy el mismo recorrido del asiático tras los pasos de la canción de los Eagles es una farsa.

Caminar por el Malecón de La Paz a las doce del mediodía es invocar a la soledad. El paseo es monotemático, todas las estatuas aluden al mar: delfines, sirenas, tiburones, pescadores y hasta el mismísimo Cousteau. Encuentro un perro bajo un arbusto pequeño escondiéndose del sol, lo voy a fotografiar, el perro me mira, se vuelve a echar y se duerme.

Frente al Malecón está la estación de buses. Compro un boleto con destino a Todos Santos. La autovía rápida solo permite ver cómo pasan a 100 kilómetros por hora los cactus en los laterales. Nada queda del camino hostil, del paso obligado por el paraje que une La Paz con Los Cabos. El hiperturismo sajón plagado de Baby Boomers retirados con jubilación de privilegio es la invasión posmoderna que soportan los todosanteños. Lo que no se conquista se compra.

La fiebre del oro arrastró al chino Wong junto a miles de aventureros franceses, alemanes, italianos e ingleses hasta el sur de la península de California. La década del 20 comenzaba con una promesa en decadencia atada al brillo del metal reinventando la misma ambición de la colonización española.

La tradición bélica de los habitantes de Todos Santos aún estaba latente ante los constantes embates de conquista de los Estados Unidos y de algún que otro ataque de corsarios chilenos. Esos pueblerinos montañeses que se enteraban de las noticias del continente dos años después de cada acontecimiento estaban preparados para resistir el hostigamiento de los invasores. Pero los todosanteños esbozaron un antídoto para contrarrestar el padecimiento: la broma espontánea. A cada habitante del paraje le inventaban un apodo en un santiamén. Y siempre fueron más crueles con los foráneos.

El apodo instantáneo es respetado por el colectivo como si fuera la renovación de un bautismo pagano. Juegos de palabras, comparaciones, antagonismos o chistes situacionales son algunos ejemplos de la amplia gama del humor peninsular. ‘El torpedo’ fue un borracho muy muy torpe. A un arquitecto chaparrito, muy petiso, que llegó al pueblo le apodaron ‘El cortito’. Un señor obeso con cuello muy grueso y seis pliegues de gordura lo llamaron ‘El siete nucas’. Aunque otros sobrenombres partían de su asombro, como el que le pusieron a un maestro que regresó a trabajar a su pueblo natal en la década del 60 después de haber vivido en ciudades de clima frío.

El maestro, por las mañanas, usaba bufanda, una prenda casi desconocida en el desierto. Como muchos pobladores pensaban que era una toalla pequeña lo bautizaron ‘El entoallado’. ‘El manos de tortilla de harina’ fue otro maestro, pero este padecía vitíligo, la enfermedad degenerativa de la piel a causa de la muerte de las células responsables de la pigmentación. Con Wong no fueron originales, él sólo fue ‘El Chino’.

Dos horas de viaje desde La Paz hasta Todos Santos sobre el Trópico de Cáncer. El Pacífico está a tres kilómetros. La vegetación cambia, se hace más tupida y la temperatura baja, son tres grados menos a causa de una brisa que llega desde la costa. El Hotel California está a dos cuadras de la terminal. Llego veinte años antes, pienso, cuando veo a Debbie Stewart, la hermosa canadiense propietaria de hotel boutique. Ella está rodeada de revistas de moda mientras desliza su índice en un iPad.

Me presento como «periodista argentino que quiere contar algo de la historia del hotel y sus mitos». Le doy la mano. Me sonríe y con la boca feliz atropellando el castellano me sugiere que hable con Monserrat, una mexicana corpulenta que está en la recepción. «Ella te va a llevar a recorrer el hotel», me dice la mujer de mis sueños para mis 60.

Hay una sola pregunta que quiero hacer: ¿The Eagles se hospedaron aquí para componer esa canción alucinógena de fantasmas, campanas y desiertos? Pero un reportero no debe ser tan bruto, tan explícito, nosotros no hacemos pornoperiodismo. Entonces me dedico a escuchar. Que el hotel tiene 16 habitaciones, que la pieza número 13 no existe, que lo construyó un tal Antonio Tabasco, que se inauguró en 1950 luego de tres intensos años de trabajo, que originalmente funcionaba en la planta baja un almacén de ramos generales que se llamó La Popular; mientras, entramos en la habitación número 5 en el primer piso del hotel, el sitio donde Tabasco tenía su oficina. La suite tiene dos pisos. Por lo bajo, un modesto escritorio. En el piso superior hay una cama de dos plazas cubierta con una colcha blanca, el mismo color para un atrapasueños gigante que cuelga del techo color ladrillo. Frente a la escalera hay un cuadro de una mujer sin nombre en blanco y negro. Tomo varias fotos, presumo que esa será la única habitación que voy a conocer.

–¿Monserrat, puedo grabar la entrevista?
–Prefiero que no la grabe. Lo que tengo para contar ya lo dije.
–¿Qué hay de cierto que la canción Hotel California está inspirada en este lugar?

Ahora estamos en una pequeña terraza de la suite. Monserrat, la joven que hace doce años que trabaja con la bella mujer canadiense, no quiere que su voz quede registrada. Desde allí se divisa la cúpula de la iglesia Misión del Pilar. Ella tampoco desea hablar de los espectros y de los ruidos extraños que azotan por las noches aunque confiesa que hace algún tiempo un hombre se presentó como ex trabajador del hotel y le habló de un crimen que conmovió al pueblo. Ese podría ser el motivo de la aparición de un alma en pena. Miramos a la iglesia y responde: «No hay registro oficial para saber si ellos estuvieron alguna vez en el hotel. Pero son muchas las similitudes que hay entre la letra de la canción con la geografía del lugar, el desierto, la ruta y las campanadas de la misión». Las palabras de la recepcionista son solo conjeturas. Yo regreso a La Paz con más dudas que certezas.

Jesús Chavez Jiménez es un periodista que se considera un eterno aprendiz. De niño se especializó en la táctica y estrategia de vender diarios en la calle mientras escribía breves crónicas a mano siendo un corresponsal prematuro de El Sudcaliforniano, el diario con mayor trayectoria en la península, hasta llegar a ser muchos años después su director.

Pauto un encuentro con él y dos conocedores de historias de la región: el periodista Jorge Romero Zumaya y el psicólogo Alejandrino de la Rosa Hirales. El Cayuco es el sitio de la reunión, un restorán de mariscos. Mientras comemos abulones, camarones y pulpos los relatos trascienden la cronología del hotel. La duda eterna de saber si la canción que le valió a The Eagles el premio al Mejor Disco del Año en el Grammy de 1977 y de ocupar el puesto 37 en la lista de los 500 mejores discos de todos los tiempos según la revista Rolling Stone lleva al trío de la sabiduría a indagar en lo profundo de la historia.

«Hay algo curioso que es innegable. En California, Estados Unidos, no hay ningún hotel que se llame Hotel California», afirma Jesús. «No necesariamente tienes que estar en el lugar para escribir sobre él», agrega el psicólogo. Y reafirma su tesis con un ejemplo: «El cantante mexicano Agustín Lara escribió la canciónGranada sin haber conocido Granada. La canción se transformó en un himno. Si escuchas una historia y luego la mezclas con tu psicodelia puedes hacer una amalgama. Y eso puede haber ocurrido con la canción del hotel». Alejandrino marca el ritmo con el tenedor y entona:

Granada,
tierra ensangrentada
en tardes de toros.
mujer que conserva el embrujo
de los ojos moros…

Chavez Jiménez interrumpe el cántico. Se remonta al 1700 y a los viajes de las misiones de los jesuitas. Cita la obra del Padre Miguel Del Barco: Historia natural y crónica de la antigua California. El misionero, a partir de los reportes de su gente, redactó 16 tomos abordando la flora, la fauna. Describe también detalles como las características del pez rodaballo y cita a la damiana, una planta típica que se puede beber como té o licor y es afrodisíaca. Jesús, el reportero, reafirma la hipótesis de Alejandrino, se puede describir un lugar sin conocerlo en profundidad. El jesuita fue una especie de cronista por correspondencia. The Eagles pueden haber compuesto la canción sin haber estado jamás en este peñón ajeno al continente.

«Para entender la historia del lugar debes leer a Fernando Jordán Juárez. La revista Impacto lo envió a Baja California en la década del 50 y él se quedó a vivir aquí y aquí se suicidó», me sugiere el periodista Jorge Romero Zumaya. Jordán Juárez es reconocido como el primer cronista del siglo XX que narró el devenir de la península a la que denominó ‘El Otro México’. Varios años antes de que Jordán escribiera su obra y de que ‘El Chino’ comprara el terreno en Todos Santos para transformarlo en un moderno centro comercial con hotel, tienda y gasolinera, Tabasco conoció a su futura esposa en el antiguo pueblo minero de El Triunfo. Una joven mujer analfabeta oriunda de un paraje que hoy existe en la cartografía gracias a Google Maps y que –según el buscador– solo tiene dos habitantes: Rancho Boca del Saucito.

La adolescente Trinidad Castillo Ruiz había quedado huérfana y vivía junto a sus tías en El Triunfo mientras la temperatura de la fiebre del oro se iba enfriando. Como la mujer de 16 no sabía leer ni escribir las tías comenzaron a enviarle cartas al oriental en su nombre. De ese intercambio epistolar triangulado nació un amor que duró hasta 1974 cuando Tabasco murió. ‘El Chino’ fue a buscar oro y se encontró una esposa.

«Mi papá era apático, es que era chino. Con mis hermanas pensábamos que cuando él estuviera viejito nos va a platicar sobre su familia, cómo vivió, cómo llegó aquí. Pero en media hora se murió y no platicó nada. Él hablaba muy bien el inglés, pero no pronunciaba bien el español. A mí me decía Oga, no podía decir Olga».

–Olga, usted no tiene rasgos asiáticos.
–Yo no, pero mi hermana mayor sí. Se llama Carmen y tiene 81 años.

A las 8 de la noche Todos Santos quedaba a oscuras. Solo en la tienda La Popular la electricidad extendía el jolgorio dos horas más. La pequeña Olga tenía seis años y acompañaba a su padre a la oficina para escuchar los resultados de la lotería mientras él revisaba la correspondencia. La tienda fue el epicentro del pueblo durante más de dos décadas, durante los años donde los rancheros que bajaban de las montañas se espantaban con el invento del hielo. Jamás habían probado la cerveza Pacífico bien helada. Olga Tabasco, una de las siete hijas del matrimonio fundador del hotel, es la pieza clave en este viaje de acordes sin rumbo, donde los actores que aún viven pugnan contra el olvido.

–¡Véngase a complal a La Popular! ¡Flijoles y celveza flía!

Micrófono en mano, el chino también inventó una especie de radio parlante. Pero si Tabasco hablaba hacia el afuera, quien mantenía la tensión dramática puertas adentro era su madre. Trinidad, durante la noche, narraba «espantos» y algunas de las historias ocurrían en el mismo escenario en donde estaban. A Olga no le gusta mentir por eso relata una sola experiencia sobrenatural que ella vivió, las canicas que caían desde las escaleras cuando el hotel estaba a oscuras.

«Mi madre contaba que se oía en la escalera del hotel el ruido de una canica cayendo. Pasaron los años, y yo ya de 15 iba subiendo las escaleras del hotel y las escuché. Pero no grité ni nada, porque me iban a descubrir». Olga iba a oscuras a visitar a un torero que se alojaba en el hotel, Heber Alarcón López, quien luego fuera su esposo. El casamiento entre Olga y el torero tuvo una matriz escandalosa. Cuando Tabasco descubrió el amorío los increpó. El Chino tenía la costumbre de usar un silbato para llamar a la policía. «Lo voy a denuncial y a ti te voy a encelal con un candad».

«¡Que se lo lleven a la cárcel y que me encierren! Pero el día que salga me voy a ir con él y nunca más me van a volver a ver», contestó Olga a su padre. «Deja que se vaya, pero que se vaya casada», dijo la madre. El episodio ocurrió a la madrugada y a la 1 de la tarde del otro día se casaron. Heber y Olga se conocieron un 12 de octubre y un 4 de diciembre se casaron, matrimonio que duró 51 años hasta la muerte de Heber, el torero que luego fue peluquero y que bautizó Ole a su negocio.

–¿Olga, qué piensa de la canción Hotel California?
–La letra no me ha llamado la atención. Ni el CD tengo. Nunca lo he tenido
–¿Es cierto que cantantes famosos llegaban al hotel?
–Recuerdo que se hospedó Fernando Fernández, el de acá, de Guanajuato. Y también José Alfredo Jiménez.
–¿Se acuerda de algún gringo?
–Yo tuve el libro de registros del hotel, pero tontamente me deshice de él.

Olga saca un álbum con fotos y recortes que su esposo el torero coleccionaba. Hay algunas que son antiquísimas: Tabasco, cuando aún era el señor Wong; Carmen de bebé –la primera hija del matrimonio– y sobre el final de la improvisada carpeta de cartulina verde hay una copia de un fax. El fax está firmando por el mismísimo Don Henley, el líder de la banda estadounidense, dirigido a Joe Cummings, un escritor gurú con casi cuarenta libros publicados sobre destinos turísticos. Es que Joe, luego de alojarse en el hotel, tuvo la misma incógnita. Una vez en Estados Unidos le escribió a la banda. La respuesta fue inmediata.

«Ni yo ni nadie de los Eagles nunca hemos tenido cualquier forma de asociación, ya sea por negocios o por placer con el Hotel California de Todos Santos». La negativa es contundente a pesar de las similitudes entre la letra, el espíritu y la perfecta descripción del espacio creado por el El Chino Tabasco. El fax puede ser el comienzo del final de un mito que se repite a voces entre los vecinos sudcalifornianos. O puede ser el final de una crónica que quisiera escribir algún día: la historia de un viaje en un oscuro camino del desierto, donde el viento golpee en mi cabeza, las luces trémulas, las campanas de la misión y las presencias indescifrables me digan: «Bienvenido al Hotel California, un lugar tan adorable del que nunca puedes irte».

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