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En medio de la tempestad más potente que descalabró a Medellín durante el 2002 –según los registros meteorológicos- se escuchó de pronto un crujido en el Parque de Bolívar. Eran las 3:08 p.m. del viernes 24 de mayo, y las personas que nos guarecíamos de la atronadora cascada de agua en los locales circundantes vimos al gigante girar sobre su tronco, sacudirse como muñeco de retrovisor con vientos que arrastraban sombrillas y pedazos de cosas, y tras un ruido de madera rasgada venirse abajo: la cosa viva más grande que muchos hayamos visto caer al suelo. Después de más de un siglo de estar parado en el mismo sitio, uno de los viejos y descomunales árboles de caucho del costado sur del Parque de Bolívar se acostó en el pavimento.

Desde la esquina de Junín con Caracas, al otro lado de la Basílica Metropolitana, el paisaje era vertiginoso minutos antes del desplome. Chorros de agua caían en diagonal, granizo traqueteaba sobre los carros, y los techos de las casetas de los emboladores se arqueaban. El Ideam registró esa tarde del viernes 24 de mayo vientos huracanados de hasta 120 kilómetros por hora.

El agua rebosaba el paseo Junín, con oleadas cafés que se metían hasta los locales comerciales mojando los zapatos de la gente. Sobre un cielo gris chispeante de relámpagos, las ramas de los árboles ondulaban imitando brazos de locos eufóricos. Una sonora rasgadura hizo girar montones de cabezas, y cuando la mole vegetal se dejó ir de costado, como gigante desmayado, muchas bocas soltaron un amplio “¡Aaah!”. “¡Ay jueputa!, ¡ese palote como llevaba de años ahí!”, gritó un tusito enfundado bajo su capucha, y luego dijo conmovido: “Cien años fueron nada para ese hermoso palo”. Junto a él, un hombrecito con cara de conejo temblaba espantado: Guelmar de Jesús Marín, alias “Cocolín”, se salvó de ser aplastado cuando el techo metálico de su puesto de embolador detuvo uno de los brazos del gigante:“Quedé en estado de coma. Yo pensé que era una bomba”.

El árbol derribado recibió sobre su follaje despelucado y su tronco de ballena media hora más de aguacero, pero para él apenas comenzaba el “aguacero de palabras” con el que los medellinenses lo habrían de cubrir durante los ocho días que transcurrieron antes de que en su lugar no quedara más que un círculo de tierra decorado con basura y nubes de mosquitos.

Cuando dejó de llover, el árbol comenzó a irradiar magnetismo. De todas las calles que desembocan al Parque llegaba gente atraída por el caído, y en cuestión de minutos estaba tan rodeado como cualquiera de los hombres que se desploman en las calles de “Medallo”. “¿Ese árbol se cayó?”, preguntó una niña con la respuesta al frente, “No, se está refrescando las raíces y ahorita se vuelve a parar”, le respondió un vendedor de chicles.

Un gamín llegó corriendo y anunció: “¡Se ha caído el primer nido de ratas del Parque, y el meadero municipal!”, con lo que generó una alborotada cadena de conversaciones sobre la planta: “Esas raíces son un guardadero de chuzos”, “y de drogas”; “ahí debajo se metían los sordos a tomar trago y manosearse”; “ahí vivía mucho pajarito”, y la lista seguía. Mientras tanto, una savia blanca y pegajosa comenzaba a gotear entre las ramas fracturadas del caucho.

Cuando la Policía llegó, a las 4:03 p.m., la escena que encontró era la de un siniestro en proceso de saqueo. Una multitud de curiosos removía los restos de la tragedia. Un grupo de niños reptaba por el ramaje; una señora y su hijo picoteaban por el reguero de semillas; una anciana vestida de negro hacía un ramillete con sus hojas; y un hombre barbado salía de la fronda con una carcasa de aluminio, “¡Hey, no se lleve eso!”, gritó alguien. “¡Quién se lo va a llevar, si eso es robo al Estado!”, dijo el barbado, poniendo la cabeza de una lámpara de alumbrado público en una jardinera: porque, vencido como un palillo de dientes, un poste había quedado retorcido bajo el caucho. Los policías observaron el cuadro, se miraron, y abandonaron el lugar. “Les dio pereza levantar este cadáver”, escupió un muchacho recostado en un poste.

A las 5:35 p.m. más de 130 curiosos observaban el desplomado. Con el desprendimiento del árbol no se abrió en la tierra un profundo boquete, como se supondría: lo que había en el sitio en el que por décadas se aferró al suelo, era un redondel de tierra de menos de metro y medio de diámetro. Llovían hipótesis: “Estaba pegado de nada, no tenía ni raíces”, dijo un viejito que miraba la base plana del árbol. “Estaba pegado con pega-loca”, le contestaron.

Un par de botas grulla se detuvieron frente al árbol. El ingeniero Pascual Guerrero dio el “parte forense”. Nombre común: Caucho. Nombre científico: Fycus Lyrata. Familia: Morácea. Peso aproximado: veinte mil kilos de madera, savia, semillas y hojas. Móvil del desplome: precipitaciones y vientos huracanados equivalentes a los de un vendaval en la selva chocoana. Y con su índice apuntando hacia la base enunció la causa de su baja: “sus raíces están sanas. En teoría tenía cómo sostenerse, pero hace muchos años se le cortó su crecimiento a punta de cemento”.

Mientras estuvo en pie, menos de la mitad de la base del árbol lograba conectarse con la tierra. El resto se apretaba contra el empedrado con que se le rodeó en una vieja remodelación del Parque, y que se convirtió en una guillotina de roca que impidió a las raíces nuevas alcanzar la tierra. “Qué bueno poder escuchar el llanto de los árboles”, dijo un crespo. Y en esas llegaron las cuchillas.

Una cuadrilla de hombres-sierra bajó de una volqueta de las Empresas Varias. Rodearon el tronco, y con sonido de motosierras comenzaron su trabajo. El árbol sería despedazado. Cada corte formaba un círculo de savia lechosa que empezaba a gotear. La carne roja del tronco, la corteza rizada, el tapete de aserrín naranja que se formaba, las raíces curvas… todo era mirado, tocado, cogido, llevado a otro lugar. Una mujer se agachó, agarró un tronco mediano, lo envolvió en tela y se fue. Un hombre de pantalón desteñido arrancó una hoja, y comenzó a raspar la savia que salía de un corte lateral: una bolita de caucho creció con el movimiento de sus dedos. Ángel Rojo García, un veterano manchado de sol, recolectaba ramas y semillas para sembrarlas en Amagá.

Durante los ocho días que siguieron a la caída del árbol, cuadrillas de hasta quince aserradores lucharon a machete y sierra por reducirlo a pedacitos. Y la gente no cesó de apoderarse de sus restos.

La señora Alba Luz Arango cogió dos pedazos de raíz ondulada y los llevó a su apartamento. Los chinos del restaurante Chung-Wah obtuvieron dos docenas de rodajas de árbol para picar en ellas todo aquello que los chinos pican. Ana Caballero detuvo un taxi, y llevó tres troncos a su granero del barrio Castilla. Un embolador llamado César hizo dos recorridos de diez cuadras con pedazos de tronco al hombro, y los descargó en el consultorio de un médico que pensaba tallarlos. Y en el puesto de trabajo de ese mismo embolador los clientes comenzaron a posar los zapatos sobre un rectángulo de madera.

El resto del árbol fue llevado al basurero. O casi todo, porque Hugo, el conductor de la volqueta de las EEVV que realizaba el trayecto Parque de Bolívar-Curva de Rodas se detuvo en un taller del Barrio Miranda. Dos de sus amigos treparon al volco, escogieron, y se surtieron de butacos. Durante los tres primeros días de descuartizamiento del árbol la volqueta ingresó tres veces al relleno sanitario con el portador lleno, y en el viaje más pesado la báscula marcó 9.970 kilos de caucho, Fycus Lyrata, descargados cerca de una pila de ataúdes destrozados, y que junto a los demás cargamentos de madera reposa ya bajo un lodazal custodiado por multitudes de gallinazos.

***

El árbol de caucho se fue del Parque de Bolívar hace más de un año, y aún sigue por ahí, ejerciendo variedad de oficios. Lo han tratado como un mueble, un trasto, un perro, un estorbo, y hasta lo han tratado con amor.

La señora Alba Luz Arango recuerda sorprendida el día del diluvio. Llovía como nunca y las ventanas de su apartamento del piso 19 cimbraban con los coletazos del temporal. Su panorámica del centro de Medellín desaparecía, y cuando el diluvio se aplacó vio derrumbado a su viejo vecino vegetal. Durante tres días visitó el árbol, embelesada con los colores y las formas. Llevó a su apartamento dos trozos de raíz, y los puso junto a la misma ventana desde la que lo vio erguido. Las raíces hicieron parte de su pesebre navideño, sirviendo de leña para un leñadorcito. Y con ellas en la mano dice que con su hija les encuentra formas secretas: desde cierto ángulo es un sapo. Y desde otro lado, asegura, es un perro.

Ese día aparecieron dos hombres menudos de ojos rasgados, caminando entre los trozos del árbol derribado como seleccionando pescado. Rato después entregaron seis cajas de alimento chino y cuatro litros de gaseosa negra a los hombres-sierra, y más tarde, en la cocina del restaurante “Chung Wah” reposaba una docena de tablas bien cortadas que en adelante se usarían para picar los ingredientes del Wan Tun o del Chaw Pat Chin. Un año después, bajo una medialuz roja y junto a la caja registradora, Juan Pablo Cheng resume en una frase el destino de las tablas: “madera no buena pa’ tabras”. Al secarse, se comenzaron a rajar y casi todas fueron desechadas. Ahora, sólo una cumple su labor en las preparaciones del “Vieja China”, a cuya cocina –dice Cheng- un peatón cualquiera “no puede entrar, patrón no gusta”.

Ana Caballero encontró lavado el centro de Medellín. Llegó al Parque de Bolívar y se topó con el caucho desplomado. Detuvo un taxi, y en la maleta le pusieron tres troncos. Los butacos del granero La Amistad ya son célebres en una de las lomas de Castilla. “!Cinco mil pesos por traer esos pedazos en taxi!”, se rió la barra de la esquina cuando Ana llegó con ellos. Pero con el paso de los días y las partidas de póker, parqués y dominó, los troncos se hicieron indispensables. Cuando juegan microfútbol cierran la calle con ellos, y si hay rumba en otro lado allá van los troncos, que siempre regresan. Duermen a la intemperie, fuera del granero, y ni así se van. “Es porque están mal recortados, y nadie se quiere encartar”, asegura don Silverio. “Y porque lo que es con ellos es con nosotros”, dice Hércules, y estallan risas.

La mañana brilla en el Parque de Bolívar y César está mal de trabajo: pocos se hacen lustrar. “¿El médico al que le llevé los troncos? Claro que sí.” Seis cuadras más allá, cerca al Parque San Antonio, el médico Joaquín Aviar asoma la cabeza tras las rejas de su consultorio en el edificio Nuevo Mundo, y de medio lado cuenta el destino de sus troncos. Hace un año pasó por el Parque cuando troceaban un caucho. Tiene el vicio de tallar madera, y le puso el ojo a un tronco. Le pagó tres mil pesos a un lustrabotas, que lo llevó hasta el consultorio y regresó al Parque con la espalda adolorida. Al rato apareció el médico con otro antojo, César se le midió de nuevo a la misión y transportó el segundo tronco. Volvió al Parque y, dice, se aplicó un Voltarén para el dolor.

Aviar hace una mueca y dice que hace ocho días se deshizo de ellos. Aplazó tanto su talla que le comenzaron a estorbar, ordenó tirarlos a la basura y no supo nada más. Pero el portero del edifico sabe que fueron sacados a la calle, los trabajadores de EEVV se negaron a llevarse uno y lo dejaron tirado en el andén. Ese pedazo de tronco ocupa ahora un rincón oscuro en el sótano del “Nuevo Mundo”, junto a un arrume de icopor, rondado por un gato arisco.

¿Y el tronquito rectangular en el que ponían los pies los clientes de César? Se lo robaron. Desapareció.

Hoy poco queda del árbol en el Parque de Bolívar, pero quien quiera puede pararse sobre un círculo de tierra en el que se comienzan a asomar mechones de hierba, y, si quiere, puede imaginarse como un viejo árbol de caucho, gigante y erguido, en pleno corazón de Medellín.

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