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El Che Guevara F.C.

Publicado: 18 abril 2014 en Juan Pablo Meneses
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Está por empezar la revolución. Y todos esperan se gane. El silencio previo a la batalla se rompe cuando, finalmente, aparece el comando infantil guevarista. Son once niños con las manos en alto, camisetas rojas, zapatos de fútbol y la cara del Che en sus camisetas. Entran al campo de juego muy serios, concentrados, como si supieran que solamente la disciplina y la conciencia podrán ayudarlos a tomar por asalto al equipo rival y clavar la pelota en el arco enemigo. Sus padres y hermanos y amigos y abuelos y tíos y vecinos saludan su ingreso gritándoles “¡Vamos, Che Guevara!”, o “¡Vamos, Che, carajo!”, o “¡Hasta la victoria siempre!”, o “¡Guevaristas hasta el final!”, o “¡Aguante el Che!”.

En esta historia, el Che Guevara es un equipo de fútbol.

Como todos los fines de semana, cada partido del equipo se transforma en un acontecimiento familiar. Más allá del fútbol, dicen. Los padres montan una comida comunitaria y cargan bolsas con los alimentos y se saludan de abrazos y besos guevaristas, mientras las madres se cuentan las últimas novedades, y van cortando tomate y partiendo el queso y picando cebolla y abriendo el pan y buscando la sal.

No hay otro Che Guevara oficial en la historia del fútbol mundial. El único club inscrito con ese nombre es el de estos niños argentinos que compiten en las distintas categorías.

Antes del pitazo inicial, cuando ya está todo en orden, los familiares despliegan una gran bandera con la cara de Ernesto Guevara y por una radio suena la canción Hasta siempre, Comandante. Esa suerte de himno del Che, que compuso el cubano Carlos Puebla en 1965, y que dice en una parte que aquí se queda la clara / la entrañable transparencia / de tu querida presencia / Comandante Che Guevara.

Se inicia el partido

Es posible que de aquí, de entre estos pequeños guevaristas que ahora persiguen la pelota en una cancha de tierra, salga la nueva estrella del fútbol latinoamericano. Pero más importante, o al menos esa es la idea de la presidenta del club, es que de aquí salgan los nuevos líderes de la barriada, los nuevos agentes sociales de cambio para los pobres de la ciudad de Jesús María, en la provincia argentina de Córdoba. Más que nuevas estrellas, dicen en el Che Guevara, lo que se espera es algo más ambicioso: que salga el Hombre Nuevo.

El Che Guevara está en Jesús María

La ciudad de Jesús María está en la provincia de Córdoba, Argentina, 50 kilómetros al norte de la capital de la provincia. Para llegar, hay que tomar la Ruta Nacional 9 y atravesar campos con vacas y vaquillonas y terneros y toros, y por la carretera van camiones con animales y camionetas con gauchos y autos armados en Argentina y motos con parejas de enamorados que van cruzando en medio de la llanura pampeana por entre gigantescas publicidades de Messi afeitándose o Messi tomando una bebida que recupera energía o Messi usando una determinada marca de ropa deportiva o Messi comiendo un pan que le da fuerza.

Jesús María es conocida en el resto de Argentina porque aquí tiene su sede el Festival Nacional de la Doma y el Folclore. Un encuentro folclórico con música en vivo y hombres tratando de durar mucho tiempo sobre caballos sin domar. Ajustando las rodillas para no salir volando, apretando fuerte las manos para no terminar en el suelo con algún hueso partido.

En uno de los barrios residenciales de Jesús María está la casa de Mónica Nielsen, la presidenta del Club Social y Deportivo Che Guevara, fundado el 14 de diciembre de 2006. Mónica me recibe con un mate, mientras ponemos a helar un par de cervezas.

—Te digo algo de entrada. Nosotros no vamos a sacrificar a un chico para mantener a 200. No vamos a vender jugadores a cambio de dinero —tira directo, como frenándome. La entrevisto, porque será parte de un libro que publicaré un tiempo después, y que se llama Niños futbolistas.

En los últimos meses, después de la aparición del libro, han llegado hasta aquí a grabar un documental para Europa, la contactó un entrenador de España que los quiere ayudar y los han entrevistado en una docena de medios de diferentes partes del mundo.

—Con este proyecto vamos en contra de lo que corrompió al fútbol. Nosotros llevamos un nombre fuertísimo. Yo no me puedo poner a hacer negocio con los chicos.

La presidenta del club Che Guevara sabe que lo que viene no es fácil. Que el exitismo acecha todo el tiempo, desde todos lados. Lo sabe, dice, porque recuerda que desde que toda esta historia empezó, las cosas nunca han sido sencillas. Hoy tienen unos 120 jugadores de 6 años en adelante en siete divisiones diferentes. Todo gratis, remarca ella. Ninguno paga nada. Mónica dice que esta es su causa. Se nota entusiasmada con todo lo que ha provocado. Ya los han invitado a jugar fuera de Argentina, y en muchos lugares quieren imitar la idea. Ella sabe que una buena campaña, con triunfos y campeonatos, haría mucho por la causa. Pero también sabe que, al menos en su club, lo importante no es ganar.

—Lo primero: esto es un club social. El niño que entra en el Che Guevara sabe que, si se quiere ir a otro club, nosotros le damos el pase libre. Las puertas están abiertas. Acá nadie está secuestrado. Nosotros competimos contra clubes que tienen tomados a los pibes. Somos muy audaces al competir con equipos que tienen un poder adquisitivo superior al nuestro. Equipos que sí hacen negocios con jugadores, que cobran derechos y han vendido chicos. De este campeonato de fútbol de Jesús María han salido niños que ahora están jugando en River o en Boca. La gente lo ve como algo normal que el chico se vaya, que el club cobre, que la familia cobre y que el chico sea negocio. Como si fuera un producto más del mercado en la sociedad de consumo en que vivimos.

Hasta hace un tiempo, Mónica mantenía el club con su plata. El presupuesto mínimo que necesita mensualmente para funcionar la institución es de poco más de 3000 pesos argentinos (unos 780.000 pesos colombianos) por mes. Dice que no tiene idea, ni le interesa saber cuánta plata ha gastado de su bolsillo, pero que su satisfacción va por otro lado.

Hoy, el Che Guevara tiene personería jurídica y sus jugadores están federados a la Liga Cordobesa de Fútbol. Compiten en la Liga Regional Colón, con las categorías de primera y reserva. Desde el año pasado, también se sumaron la sub-17 y sub-12. Los entrenamientos se realizan en las canchas de clubes amigos y solidarios que les facilitan sus instalaciones.

—¿Tienes claro que el modelo del Che Guevara se contrapone a todo lo que sucede en el fútbol actual, donde la compra y venta de niños es el negocio de moda?
—Sí, sí, pero yo no me puedo poner a hacer negocio con los chicos. Si sos guevarista, vamos con el guevarismo a morir. Moriremos en el guevarismo.
—¿Y si te sale un Messi?
—Si ese chico es realmente consciente de darles una mano a sus congéneres o a los que vienen por detrás, se verá. Ese es el desafío. El pendejo sabrá si quiere darle una mano al club, si tiene la solidaridad que nosotros les estamos dando. El otro día les dije: “Chicos, ¿ustedes saben lo que es la solidaridad? Solidaridad es dar, es escuchar, es respetar”. Nosotros no le cerramos la puerta a ningún chico, ni para que entre ni para que se vaya. Y si alguien se quiere ir, bien, ya se corre la bola de que el Che Guevara no le priva el pase a ningún chico.

El Che Guevara va perdiendo

Antes de terminar el primer tiempo, van con dos goles en contra, pero eso no detiene a los pequeños jugadores ni a sus familias ni a la presidenta de un club de niños donde la idea es no venderlos.

En Francia hay un perfume llamado Che Guevara. Las zapatillas Converse sacaron una publicidad con la cara del Che Guevara. La modelo Gisele Bündchen desfiló por Nueva York con un bikini que llevaba estampadas cientos de caras del Che Guevara. Hay marcas de habano, de camisetas, de editoriales con la cara de Ernesto Guevara de la Serna. Pocos rostros, a nivel mundial, han podido conseguir esto.

Cuando le pregunté a Jon Lee Anderson, el mejor biógrafo del Che, sobre la explotación de su nombre por distintas marcas y productos, me dijo:

—El fenómeno del Che-Chic existe en los países del Primer Mundo, es decir, en los países industrializados, donde el Che representa algo ajeno a sus realidades (como lo fue estando él con vida) y donde el fetichismo y la parafernalia del Che (poleras, relojes, pósteres, etcétera) son más que todo una expresión cultural de retro-chic romántico, o exótico. Como lo sería, en menor grado, pues, Mao, o incluso figuras pop como Lennon. Coincide con el “fashion” de que Eres lo que Vistes. Pero en mucho del resto del mundo, donde hay pobreza aguda, carencia de libertad política, social y económica y del Estado de derecho, el Che sigue siendo un símbolo potente de rebelión y desafío del statu quo, un héroe que apela a la emulación.

En el club Che Guevara, la apropiación de la figura va más allá del chic mundial. Así lo ve su presidenta:

—Ya parezco Fidel Castro. Lo digo con orgullo, con honor, porque yo siempre les digo a los chicos que nosotros tenemos que formar cuadros dentro del club: “Chicos, miren hacia el futuro, una institución como esta nos sirve políticamente. El día de mañana ustedes pueden ser desde concejales hasta intendentes de este pueblo. Porque acá es la formación, acá ustedes tienen que dirigir, tienen que querer esta institución, valorarla, respetarla, contenerla, porque ella les va a dar a ustedes lo que ustedes no se imaginan lo que en el futuro les puede dar”.

En su casa tiene varias fotos de Ernesto. De distintos tamaños y colores.

En el segundo tiempo, el Che Guevara sigue perdiendo

El Che Guevara, por su parte, no fue un gran futbolista. En el deporte que más destacó fue el rugby, donde jugó bastantes años hasta que el asma le impidió hacer mayores esfuerzos. También hizo natación —llegó a participar en torneos escolares—. Y jugó ajedrez de forma competitiva.

En su libro El Che Guevara, el periodista argentino Hugo Gambini detalló la verdadera relación del comandante con el fútbol: “Leía las crónicas deportivas para informarse sobre los campeonatos profesionales de fútbol y, como la mayoría de sus amigos eran adictos a los mismos clubes (Boca o River), Ernesto quiso elegir uno distinto. Cuando descubrió la existencia de Rosario Central, un club de la ciudad donde él había nacido, adhirió fervorosamente a su divisa. A partir de ese instante le encantó que le preguntaran ‘¿De qué cuadro sos?’, porque le daba la oportunidad de responder con cierta altivez: ‘De Rosario, de Rosario Central. Yo soy rosarino’. No tenía la menor idea sobre esa ciudad ni había visto jamás a su equipo, pero él era rosarino y defendía su identidad…”.

En el libro se recuerda que Guevara jugaba de arquero, y que era de esos guardavallas muy gritones, que daba instrucciones a sus defensas.

El arquero del Che Guevara, en cambio, es un niño de menos de 12 años que en el segundo tiempo ha tenido que ir a buscar la pelota dentro del arco un par de veces, nuevamente.

El Che Guevara no es un equipo competitivo. Siempre va en los últimos lugares de la tabla.

Joaquín Rojas quiere ser futbolista y todos los fines de semana sale a la cancha vistiendo una camiseta del comandante Ernesto Che Guevara. Joaquín Rojas tiene 6 años y juega desde los 5. Es del barrio Güemes, una villa miseria vulnerable donde la pasta base de cocaína se llama paco y la venden en todas las esquinas. Joaquín obligó a su padre y a sus hermanos a que lo acompañaran al Che Guevara, porque, a su corta edad, ya tenía claro que quería jugar al fútbol.

Hay clubes que compran jugadores de solo 6 años porque les ven futuro dentro de la cancha. Mónica, con un olfato de cazatalentos políticos, dice que Joaquín, a su edad, ya es un líder social.

Para transmitirles a los niños futbolistas quién era, realmente, el comandante Guevara, la presidenta del club optó por algo práctico: les pasa las películas del Che que protagonizó Benicio del Toro y que fueron producidas por Hollywood. Los chicos se sientan alrededor de la pantalla, y siguen sus aventuras como las de un superhéroe deportivo.

Para los chicos es orgullo jugar en el equipo del protagonista de esos filmes.

También, lo han dicho, es un orgullo jugar en un club con tanta hinchada en tantos lugares del mundo. Cada vez que los noticieros muestran una marcha política o disturbios con la policía en alguna parte del mundo, donde los manifestantes levantan banderas con la cara del Che Guevara, los niños se ponen contentos porque piensan que son hinchas de su club.

El Che Guevara termina perdiendo el partido de esta tarde.

A nadie parece importarle demasiado. La revolución de este comando de niños guevaristas continuará.

El pueblo de gemelos

Publicado: 30 julio 2012 en Juan Pablo Meneses
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Hace dos ciudades que desaparecí del mapa. Estoy en un perdido pueblo campesino del sur de Brasil famoso por sus gemelos. Viajo y me alojo en hoteles donde no me piden el nombre, ni ningún tipo de identificación. Tampoco reviso mi correo electrónico, ni entro a internet. La última pista oficial, si alguien decidiera salir a buscarme, es el Aeropuerto Internacional de Porto Alegre. No hay registros del bus de toda la noche hasta la ciudad de Santa Rosa ni del taxi que me trajo hasta Cândido Godói. A 65 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, esta zona, donde se ocultaron algunos prófugos nazis, sigue siendo un buen escondite.

Josef Mengele, el médico a cargo del campo de concentración y exterminio de Auschwitz, fue uno de los que pasaron por aquí. Conocido como ‘el Ángel de la Muerte’, se encargaba de diseñar nuevas formas de muertes colectivas. Pero su interés científico no se limitaba a eliminar una raza. También se enfocaba en fomentar el crecimiento de otra: la aria. Ahí nace su obsesión con los gemelos. Si se podían controlar los nacimientos múltiples, crecería de forma más rápida la ‘raza perfecta’.

—Bienvenido a la tierra de gemelos —me dice el chofer del bus, que viste los colores del Internacional de Porto Alegre, cuando por fin llegamos a destino.

Después del fin de la guerra, el rastro de Mengele desapareció. Los informes posteriores dicen que estuvo escondido en Argentina por varios años. Luego habría trasladado su residencia a Paraguay. Los primeros testimonios sobre su presencia en la zona de Cândido Godói datan de 1963. Según dice Jorge Camarasa, autor del libro Mengele, el ángel de la muerte, hay testigos de que se movía entre los pueblos brasileños de Santo Cristo, Cerro Largo, Linha San Antonio, San Pedro de Butiá y Cândido Godói.

Hoy en día, en el puesto de salud pública, en la oficina de correos, en la entrada al edificio policial y en el departamento de cultura, se lee: “Tierra de gemelos”.

Hace unos 20 años, una noticia curiosa alertó a los estudiosos del nazismo. En un pequeño pueblo de Brasil, en el Estado de Río Grande do Sul, estaban naciendo gemelos a un porcentaje más alto que en cualquier otra parte del mundo: 1 de cada 5 embarazos era de gemelos, versus 1 de 80 del ratio normal. Tan alta era la población de hermanos idénticos, que el pueblo había decidido organizar una fiesta con todos ellos. Hubo un detalle genético que sirvió para juntar las piezas: el pueblo, como la mayoría de los caseríos vecinos, estaba habitado en más de un 80% por descendientes de alemanes. ¿Simple coincidencia? ¿Tuvo algo que ver Mengele? ¿Marketing turístico?

Cândido Godói, el pueblo que lleva el nombre de un secretario de Obras Públicas de Río Grande que dividió la zona en 28 colonias rurales de 24 hectáreas cada una, por fin aparecía en el mapa.

***

Es una mañana asoleada. Cuando uno camina por el centro de un pueblo de gemelos, todo el tiempo se está buscando gente igual. Si además, todos los habitantes son campesinos alemanes que se visten parecido, la confusión puede ser aún mayor.

Los gemelos son generalmente del mismo sexo y poseen un ADN idéntico. Alrededor de un cuarto de ellos son idénticos entre sí. Algunos son tan iguales, que solo se pueden distinguir por las huellas digitales, dientes o letra: aunque poseen personalidades individuales y caracteres diferentes.

Después de un día entero en Cândido Godói, la mayoría de los habitantes me parecen gemelos. Como si uno estar fuera del mapa también fuera estar en un pueblo fantasma donde nadie habla y toda la gente es igual. Entro a la tienda de Santa Rosa, en el centro del municipio. La chica que me atiende sonríe amable, mientras dobla unas camisetas. Tiene la piel blanca, los ojos claros y el pelo negro. Está vestida de azul. Me dice que nació aquí, y de pronto se agacha para guardar una caja. Desaparece tras el mesón. Sin embargo, como si se tratara de un acto de magia, de pronto la veo parada en otra esquina del local. Ahora está tras la máquina registradora. No puede haberse movido tan rápido. Debe ser otra.

Me acerco a la mujer tras la caja, para verla de cerca. Está vestida con el mismo peinado, los mismos colores, la misma piel blanca y ojos claros. Le pregunto si son hermanas gemelas:

—No. Claro que no —me dice, mientras sonríe.

—¿Nos encuentras parecidas? —dice la otra.

Cuando se juntan, se ven iguales, pero distintas. Miden lo mismo, hablan al mismo tiempo, pero ni siquiera son hermanas. Sin embargo, a las dos les gusta que las confunda con gemelas. A diferencia de Madagascar, donde los gemelos son símbolo de mala suerte y muchos son abandonados, en este pueblo brasileño de 7000 habitantes, son considerados buena suerte y no hay mayor fortuna que tener un clon.

Aquí, donde el eslogan de la ciudad habla de los gemelos, tener un hermano idéntico te sube de categoría: como ser sicario en Ciudad Juárez, músico en Liverpool o llevar las tetas operadas en Medellín. De alguna forma, si tienes un doble, eres más parte de la ciudad que el resto. Protagonista del lugar, en vez de actor de reparto.

La llegada de periodistas de todo el mundo ha ayudado a promover el nombre del pueblo a escala mundial. La explosión de los nacimientos de gemelos ha permitido que este perdido pueblo, uno de los 496 municipios del Estado Grande do Sul, que vive de la agricultura y la venta de la soja, destaque entre el resto: los gemelos como trampolín de fama.

La terminal de buses de Cândido Godói es pequeña. Tiene una boletería llena de mapas y advertencias, y siembre hay alguien limpiando los baños. Hay pocos asientos para esperar, y constantemente están ocupados por viejos que se sientan a ver cómo baja o sube la gente a los buses que llegan cada tres horas. Al lado hay una fuente de soda, donde los campesinos con cara de alemanes toman cerveza mientras en la televisión desfilan unas chicas en bikini desde Río de Janeiro.

La vendedora de boletos de la terminal se llama Luisa, aunque por su apariencia, debería tener un nombre alemán. Es robusta, tiene más de 50 años y sus manos, más que para contar billetes, parecen estar hechas para el boxeo. Le pregunto si tiene una hermana gemela. Antes de responder, deja de mirarme. Enfoca hacia el suelo. Baja la voz, y con un tono entre desinteresado y melancólico, me dice que no.

—Soy hija única.

Debe haber pocos hijos únicos más tristes que los nacidos en un pueblo de gemelos.

Repentinamente, recuerda algo que le vuelve la sonrisa:

—Ah, pero tengo una prima que tuvo gemelas.

Hay varios famosos padres de gemelos: Julio Iglesias, Al Pacino, Julia Roberts, Jennifer López. Aquí, sin embargo, ser padre de dos hijos iguales te convierte a ti en famoso. El departamento de la ciudad estudia dar beneficios a los procreadores de hermanos idénticos, aunque ninguna medida sirva para fomentarle un tipo de nacimientos que aún no tiene explicaciones. No hay razones concretas para que dos hijos nazcan iguales, aunque investigar aquello fue una de las obsesiones —y misiones— que tuvo el alemán Josef Mengele.

***

En la oficina de cultura hay seis escritorios, seis empleadas administrativas y ninguna tiene hermanos gemelos. La oficina de cultura tiene el piso de madera, los teléfonos celulares sobre la mesa y se toma mucho mate. Mates grandes, el doble de los argentinos y uruguayos. En Río Grande do Sul, el estado de donde nacieron las famosas brasileñas alemanas Xuxa (‘la Reina de los bajitos’, de apellido Meneguel) y la modelo Gisele Bündchen (que tiene una hermana gemela), todo el mundo toma mate. En una esquina hay una imagen que recuerda a Rómulo y Remo, los famosos gemelos romanos. Un cartel pegado en la pared nos recuerda que estamos en “Tierra de gemelos”.

Las mujeres de la oficina de cultura se atropellan para hablar. Me reconocen que la historia de los gemelos les ha traído algo de fama. Enseguida, para demostrar que ese algo es mucho más que poca cosa, saca un libro lleno de recortes de la prensa mundial con fotos de gemelos. Corresponden a la última fiesta de gemelos, que se hace en el caserío de San Pedro la segunda quincena de abril, cada dos años.

A cinco minutos está una casa de madera donde funciona el Museo de Rescate Histórico y la Casa de los Gemelos. En la puerta hay una alemana brasileña de brazos gruesos y de nombre Helga. Por la carretera pasa un bus que en su parte trasera lleva una foto gigante de dos niños idénticos, bajo la leyenda: Cândido Godói, tierra de Gemelos.

Helga me muestra el museo, que más parece una bodega de antigüedades mal conservadas. Entre los trastos viejos, un mapa con fotos de gemelos antiguos y un álbum de fotos familiares con niños iguales.

—¿Tienes gemela? —le pregunto.

Se pone seria, guarda silencio y me dice:

—No.

Y luego, como todos, me dice que vaya al caserío de San Pedro. Una comunidad agrícola vecina, cuyo nombre oficial es Linha São Pedro, y que tiene 40 parejas de gemelos en 4 km2.

La presencia nazi en la zona está comprobada. En los archivos del museo hay viejas fotos de la escuela de Cândido Godói, durante la guerra, con niños cargando la esvástica. En los años posteriores al fin de la guerra, algunos vecinos recuerdan la llegada de un médico alemán que venía con su maletín y vacunaba a las mujeres en edad de procrear. ¿Mengele?

Una de las primeras en sospechar y relacionar sus experimentos genéticos con los embarazos de gemelos fue la vieja doctora del pueblo Anencia Flores da Silva. Jorge Camarasa, el autor del libro sobre la vida oculta de Mengele en Sudamérica, dice: “Creo que Cândido Godói puede haber sido el laboratorio de Mengele, donde finalmente logró cumplir su sueño de crear una raza aria superior de cabello rubio y ojos azules”.

Camarasa asegura que hay testimonios de que asistió a las mujeres, siguió sus embarazos, las trató con los nuevos tipos de fármacos y preparados, que hablaba de la inseminación artificial de seres humanos, y que continuó trabajando con los animales, proclamando que él era capaz de lograr que las vacas puedan producir gemelos.

La teoría no se ha podido comprobar. La mayoría de los estudios genéticos la descartan. Pero, entonces, ¿por qué tantos gemelos?

Para llegar a São Pedro hay que tomar otro taxi, por calles de tierra que se abren y cierran, mientras uno se adentra en un Brasil profundo muy distinto a las playas y la cerveza y las garotas de Río de Janeiro, y totalmente inverso a los rascacielos y megaproyectos de la gigantesca São Paulo.

Entrar en São Pedro es sentir que estás aún más fuera del mundo. Que, mientras el auto avanza lanzando polvo por los caminos de tierra y cultivos de soja y de maíz, desapareciste del mapa hace muchas más que dos ciudades.

Las fotos y videos de la fiesta de gemelos en Cândido Godói son espectaculares. Media docena de parejas de idénticos, posando para la foto, sabiendo que al día siguiente será reproducida en medio mundo. Cuando dos hermanos se visten igual, aunque hayan nacido en años diferentes, parecen gemelos. Para la fiesta, los gemelos se peinan y se visten y caminan de la misma forma. Tratando de estar lo más parecido posible a ellos mismos. Lo menos individual que se pueda.

Pero llegar al pueblo de la gran fiesta mundial de los gemelos, cuando ya no es la fiesta, muestra la verdadera cara del lugar. São Pedro tiene la más alta densidad de gemelos del mundo, pero casi no tiene densidad. Hay un par de casas salpicadas, una escuela, una iglesia y un par de monumentos.

Fernanda Mollmann es rubia, descendiente de alemanes y dirige la escuela de São Pedro.

—¿Tienes gemela? —le pregunto.

Me dice que no, que lamentablemente no, que le habría encantado poder tener una hermana gemela.

Recorremos juntos São Pedro como si se tratara de la escenografía de un capítulo tétrico de los Archivos X. Uno en el que el espíritu de cientos de gemelos se mantiene vivo en un caserío donde no vive nadie. Lo único que corre es el polvo, lo único que se oye es el viento. Todos estamos muy abrigados, con ropas gruesas y bufandas, una señal más de que estamos en otro Brasil.

Fernanda, con entusiasmo, me muestra los lugares donde cada dos años se celebra la fiesta de los gemelos. Otra vez muestra la misma foto del evento que ya he visto en el centro cultural de Cândido Godói y en el Museo de la Memoria y los gemelos. Todos los dobles juntos, pero en el pasado. En la escuela hay apenas una docena de alumnos, y apenas un par de niños gemelos que no se parecen aunque son idénticos. Fernanda dice que, como todos los gemelos, son muy hermanables. Aunque la conexión de los gemelos tampoco se ha podido comprobar. Hay gemelos históricos por su dependencia entre sí, como Chang y Eng Bunker, originarios de Tailandia (ex reino de Siam), y que dieron origen al término de siameses. Unidos por el esternón, compartían sus hígados y alcanzaron la prosperidad económica en Estados Unidos. Chang cayó en el alcoholismo y en 1874 sufrió un derrame cerebral que no afectó a Eng. Después sufrió un aneurisma y murió. Ese mismo día murió Eng, pese a no verse afectado por el mal de su hermano.

A un costado de la escuela hay una gran figura que representa la fertilidad: una mujer rubia cargando un hijo en cada brazo, los dos recién nacidos iguales. Fernanda echa a correr el agua, desde una llave lateral, diciendo que se trata de un agua de la fertilidad. Dice que ahí está el secreto de tantos gemelos en Cândido Godói, y no en los experimentos de Mengele.

Luego me muestra un santuario, donde hay un altar con la imagen de dos santos idénticos. Son los únicos Santos Gemelos: San Cosme y San Damián, que fueron médicos y a quien se les pide por éxito de operaciones de transplantes.

De ahí pasamos al salón de ventas. Donde me muestra unas botellas de agua del lugar. Se vende como agua de la fertilidad para tener gemelos, y me dice que tienen pedidos de varias ciudades. Además, tiene camisetas con fotos de gemelos, y souvenirs de idénticos como recuerdos del paso por el pueblo. Está entusiasmada con el interés mundial con el caserío abandonado que habita. Los especiales de la National Geographic y la televisión alemana sobre el pueblo han despertado el interés de más visitantes.

En vista del boom por venir a conocer el pueblo, que ya se ofrece como tierra de gemelos, Fernanda despliega los planos del que parece ser su proyecto estrella: El restaurante Colonial. Un comedero gigante, donde quiere lucir todos los recuerdos y hacer un menú que evoque a los gemelos. Además, ahí se comenzarán a hacer las fiestas de gemelos y el plan, a corto plazo, es hacerlas todos los años y no cada dos.

—Hay muchas cosas por hacer —dice la directora de la escuela, con el entusiasmo que despierta una oportunidad. Finalmente, eso es lo que han sido los gemelos para este perdido pueblo del interior de Brasil.

Ya sea por los hermanos idénticos, por el agua mágica o por los improbables experimentos de Mengele, es posible que Cândido Godói termine siendo un lugar claro en el mapa. Un sitio donde uno no pierda su rastro. Donde uno es menos importante que dos. Donde nadie más se podrá esconder.

El Polaco aparece mostrando su chapluma, como le dice cariñosamente a su cuchilla. Está rodeado de cinco barristas que lo siguen como alumnos. Sin aviso previo, el Polaco deja a todos boquiabiertos con su buen manejo de navaja: en un minuto destornilla los cuatro pernos que sujetan el tablero donde va la luz de lectura y la salida de aire correspondiente a los asientos 31 y 32. Ante la mirada desconcertada (y cobarde, según él) de quienes por primera vez viajamos con la barra, el Polaco desmonta el armazón del techo hasta dejar todo a la vista. Todo, en este caso, se refiere a un conjunto de cables internos que comúnmente permanecen escondidos a los pasajeros. Ocultos y relegados, como muchos barristas dicen sentirse frente a la sociedad.

—Antes de esconderla hay que envolverla en algo… Necesitamos un gorro —dice el Polaco, y uno de sus secuaces le quita la gorra a un barrista primerizo.

—Aquí hay que ayudar, compadre —es la frase que refriegan en la cara de un muchacho que, tímidamente, ve cómo su prenda azul se pierde entre tantas manos veinteañeras.

El Polaco envuelve cuidadosamente la granada en el sombrerito que luce una «U». Sí, una granada. Un explosivo de combate. Acá adentro llevamos una bomba en miniatura. Se trata de una munición real que, según se comenta dentro del autobús, alguien robó a los milicos mientras hacía el servicio militar.

—Estas son súper fáciles de lanzar. Hay que apretar este gancho, sacarle el seguro con los dientes y lanzarla —agrega tranquilamente uno de los barristas expertos, mientras el miedo paraliza a aquellos hinchas que dejaron en Santiago a sus padres, a sus novias, a los amigos del barrio, a los hermanos menores, a la foto del equipo colgada en la pared, al banderín del último campeonato clavado en la puerta, y a la colección de entradas a los partidos en el cajón del velador. Todo en casa, en un hogar cada vez más lejano. Todo para salir por primera vez fuera del país con la hinchada de los amores. Todo por el equipo.

El Polaco amarra el gorro-explosivo dentro de los cables, lo oculta con la destreza de un aventajado carterista y vuelve a atornillar el tablero. No quedan rastros de que sobre la luz de los asientos 31 y 32 va una bomba.

—Ni cagando nos cachan en la aduana —dice, guardando la chapluma en un bolsillo oculto.

Pero la tranquilidad no tiene ganas de regresar a este vehículo de la empresa Chilebus, que ahora avanza repleto de hinchas de fútbol. Cuando todos pensamos que lo peor ha pasado, salta una pregunta que vuelve a congelar a los novatos:

—¿Quién de ustedes la va a lanzar?

La consulta, que es adrenalina pura lanzada a la cara, la suelta uno de los jefes de quienes vamos aquí arriba. Cada bus tiene sus encargados que nos dicen qué hacer y luego informan de todo a la cúpula de la barra. Y sigue:

—Ahora vamos a ver quién es el más guapo, quién es valiente de verdad, vamos a ver quién tiene los huevos para entrar la granada al estadio y lanzarla. ¿O acaso en la barra hay puras mamas?

Por suerte, la decisión de quién arrojará el explosivo militar queda inconclusa. Al primer llamado no hay voluntarios. Por ahora, la orden consiste en celebrar que la artillería liviana ha quedado bien guardada. Al grupo llega una botella de pisco que anda girando de mano en mano, y de atrás le sigue una caja de vino tinto y unas piteaditas de marihuana. En cosa de minutos todo ha vuelto a la normalidad. El autobús que nos lleva a Buenos Aires retoma su función de transporte de barristas: se entonan los gritos contra las gallinas de River Plate, las bromas por el tipo que no quiere pasar la caja de vino o por el que se pega el porro a los dedos. Casi todos terminamos gritando los cánticos de apoyo al equipo. El San Martín es uno de los jefes del bus: tose raspado, usa lentes oscuros, camina chocando hombros, tiene marcas en las manos y demasiadas joyas para las circunstancias. Él, con un tono paternal, aunque de padre golpeador, nos aclara que vamos a la guerra.

—Y si es necesario morir en Argentina por el equipo, no queda otra. Ningún huevón puede arrugar. Tenemos que estar muy unidos.

Alguien va hasta la parte delantera del bus y con el permiso del chofer pone una cinta de Rage Against The Machine, la banda estadounidense que por un momento se toma el poder dentro del Chilebus. Un barrista con la foto del Che estampada en la camiseta, comienza a mover la cabeza al ritmo del baterista yanqui. Por las ventanas del bus corre la periferia de Santiago, las canchas de tierra, los niños en las esquinas y los perros vagabundos aplastados por el sol. Adentro, la música acelera y retumba y acompaña cuando las botellas pasan, una tras otra, como si acá adentro el vino y el pisco también se multiplicaran en esta última cena. Vamos de viaje, vamos a ver un partido de fútbol, vamos rumbo a Buenos Aires con una granada a pocos centímetros de la cabeza.

El tema del explosivo es como todo trauma: a ratos se olvida, pero siempre vuelve a aparecer. JG, el fotógrafo que viene conmigo, me mira con ojos igualmente inyectados y me susurra:

—Si se enteran que andamos haciendo un reportaje nos matan.

Nuestro bus es el número tres, de los once que esta mañana salieron desde la sede de la Corporación de Fútbol de la Universidad de Chile, como se llama oficialmente la «U». No somos el vehículo de los peces gordos, de los cabecillas de la hinchada, pero tampoco estamos al final de la caravana, donde viajan los más inexpertos, los con menos historial.

Vamos a la capital argentina para alentar al equipo en su partido por las semifinales de la Copa Libertadores de América. Vamos a ganarle a las gallinas de River Plate, y en su estadio.

—¡Vamos a morir! —grita alguien que luego lanza un escupitajo al suelo del autobús.

Viajamos con Los de Abajo, la hinchada más brava del país.

***

En el partido de ida, jugado en Santiago de Chile, un pequeño y sobredimensionado incidente entre unos pocos hinchas de River Plate y la policía local encendió la mecha. La prensa deportiva ha inflado el altercado hasta convertirlo en un escándalo gigantesco, chauvinista, y digno de que intervengan ambas cancillerías. Por lo mismo es que todos los periódicos chilenos nos anuncian que en Buenos Aires, sí o sí, nos espera un infierno.

Dentro del bus vamos 38 hombres, dos mujeres y dos lápices: el de JG y el mío. Por un momento temo que aquel detalle nos deje en evidencia. Nos salva la premura de escribir las papeletas de aduana, y el asunto se pasa por alto.

—Para salir del país tienen que llenar estas papeletas de la aduana —había dicho el auxiliar del autobús, a quien todos los pasajeros hemos comenzado a llamar el Tío.

Media hora antes de llegar a Los Libertadores, el principal paso fronterizo terrestre hacia Argentina, el Tío repartió las fichas de inmigración. Llenar las cuarenta papeletas, entre bromas y consultas repetidas hasta el hartazgo y con apenas dos lápices, terminan por descontrolar al Tío. Se ve molesto, aburrido, y aunque su corbata y su gorra de la empresa Chilebus lo disfrazan de gentil auxiliar de viaje, sus modales bruscos, su mala cara y su disposición de perro son las señales físicas de una crisis interna: parece que por primera vez piensa seriamente en la idea de renunciar al trabajo de toda su vida.

Apenas llevamos tres horas de un viaje que, por lo menos, durará sesenta. El trámite en el lado chileno es rápido. Un par de turistas que viajan en automóvil se toman fotografías con los hinchas de camisetas azules. El chequeo de los once buses dura poco más de una hora y no está libre de problemas. Sólo de nuestro bus hay tres personas que no pueden seguir la travesía: uno por tener su documento de identidad vencido, otro por andar sin ninguna identificación y el San Martín, nuestro líder, por tener lo que todos llaman papeles sucios, y que en resumidas cuentas quiere decir problemas judiciales pendientes y orden de arraigo.

Cruzamos el túnel que separa ambos países. Justo cuando por la ventana pasa un cartel que dice «Bienvenido a Argentina», uno tiene la extraña sensación de estar en un viaje cuya idea de regreso es demasiado frágil.

—Nos fuimos —me dice JG, en voz baja, y antes de terminar la frase nos llega a las manos un cigarro de hierba que dura hasta que terminamos el cruce.

En el lado argentino la cosa cambia de inmediato. El trato infernal con que majaderamente nos había amenazado la prensa deportiva, se empieza a vivir de manera real.

—Los policías de allá son malos de verdad, se van a dar cuenta. Allá la dictadura mató a 30 mil argentinos, muchísimos más que Pinochet —me había advertido un amigo antes del viaje.

El trámite en la aduana trasandina ya dura cinco horas. Por lo general, en un viaje de itinerario, el chequeo rara vez supera los 30 minutos. Comienzan a correr versiones. Alguien dice que los perros sabuesos han detectado un cargamento de marihuana. Lejos de aquellos rumores, sólo pienso en la granada de mi bus (que sí vi y casi toqué) y que, afortunadamente, ya ha pasado la revisión. Eso me alivia. El Polaco no nos defraudó con su maniobra, por eso todos le palmoteamos el hombro mientras se pasea risueño pidiendo que le regalen un cigarrillo.

La orden de los gendarmes argentinos es que no se mueve ningún bus de la caravana hasta que no hayan revisado a todos los vehículos. En un momento de la detención aduanera, un grupo de barristas entona la canción nacional de Chile. En los mástiles del galpón y por las ventanillas de las oficinas sólo se ven banderas argentinas o afiches de Menem con banda presidencial. Acabamos de terminar la primera estrofa, cantada a todo pulmón como protesta al trato de los policías cuando, desde una oficina blindada, aparece un gendarme de bigote a lo Videla. Lleva una metralleta bajo el brazo.

—¡Aquí nadie grita, carajo! —grita.

***

Empieza a oscurecer y algunos transeúntes mendocinos nos saludan gentilmente levantando el dedo medio, o llevándose las manos a la entrepierna, o pasándose el dedo índice por el cuello. Hay que estar preparado para aguantar un viaje donde todo lo que nos rodea es violento. Para algunos, el rechazo general que nos recibe en cada parada es una experiencia nueva. Para otros, la mayoría, es la rutina que los sigue desde niños y la que mejor los orienta.

Durante la detención en las afueras de Mendoza, el nuevo líder de nuestro bus pasa la gorra para «hacer unas monedas», como dice amablemente, aunque no cabe duda de que no es un pedido, sino una orden. El resto de los pasajeros estamos casi obligados a vaciar los bolsillos en la alcancía de género. Con el monto recaudado, los cabecillas del vehículo desaparecen.

Regresan 40 minutos más tarde con un cargamento de cajas de vino y cervezas para la ruta. Pasada la medianoche y con más de 14 horas de viaje, la caravana retoma la ruta a Buenos Aires.

Un grupo de patrullas policiales, con sirenas encendidas y gendarmes con medio cuerpo saliendo por la ventana, nos acompaña hasta el límite territorial de la ciudad. Adentro hay brindis, gritos, música y humo. Afuera, sólo malas caras y rifles apuntando hacia nuestras cabezas.

La noche trae la calma. Dentro del autobús, rebautizado por el grupo como la casa, se olvida el frío con chaquetas de jean, vino mendocino en caja, cervezas, marihuana, chocolates y cigarrillos. Por el televisor del Chilebus pasan Jóvenes pistoleros 1 y 2, y las protestas contra la calidad de las películas elegidas sólo se acallan cuando aparecen las escenas de peleas a cuchillo.

Algunos, los de los asientos más cercanos al chofer, ya están durmiendo. Otros han decidido ponerse los audífonos de su walkman y apoyar la cabeza en la ventana y mirar las líneas blancas de la carretera, pensando en lo que nos espera o en lo que hemos vivido hasta el momento, o en la repetida agresividad policial, o en que todos nos ven como un peligro público, o en la música que ahora retumba en los oídos, o en las estrellas gigantes que cuelgan del cielo pampino, o en el gorro de lana azul regalo de la novia, o en lo mucho que abriga la camiseta del equipo debajo de la chaqueta.

El Tío se aparece en los últimos asientos de nuestra casa con una almohada bajo el brazo, algodones en los oídos y una cara de cansancio que, fácilmente, podría pasar las semifinales de un campeonato sudamericano de caras cansadas.

De pronto, como si se tratase de un pasadizo secreto, el Tío abre una cajuela invisible al lado del baño y se mete adentro, doblado como un feto, listo para dormirse. Apenas habla y se le nota molesto. Nadie sabe si está ofuscado porque el de ahora no es su típico viaje de itinerario a Buenos Aires o, porque todo el año, da lo mismo si es invierno o verano, su lugar para dormir siempre es aquella estrecha y metálica caja fúnebre que lo mata en vida.

—Mi hermano está en Buenos Aires. Hace años que el culiao vive allá —dice el Polaco, en una pequeña tertulia que se ha formado junto al baño. Y agrega—. El culiao es ladrón internacional, cachái. Le va grosso.

Y aparece otro que suelta:

—Puta la hueá, yo tengo una tía en Buenos Aires y no traje la dirección. Creo que trabaja en la casa de unos millonarios —y se empina la botella de vino en caja.

—Mañana tenemos que ganar, culiaos —cambia de tema Jorge, un empleado de imprenta que ha pedido permiso laboral por dos días—. Primera vez que tenemos la final tan cerca.

Y aparecen los primeros pronósticos.

—Vamos a ganar dos a cero. Un gol de Marcelito Salas y otro del Huevo Valencia —dice el Citroneta, un estudiante de biología de la Universidad de Valparaíso que, de tan inocente, está acá arriba jugando al chico malo.

Jorge, el de la imprenta, tiene más de 30 años, igual que el amigo que lo acompaña. Y dice:

—Qué increíble, ahora podemos llegar a la final de la Libertadores, pero me acuerdo de los años malos de la «U». Cuando uno iba al estadio sabiendo que íbamos a perder.

Chuchatumadre, fueron años de años. Cuando bajamos a segunda división siempre se hacían viajes así. Pero no iba tanto huevonaje. Eso nunca lo van a vivir. Ahora es fácil para ustedes, porque el equipo gana.

El vehículo se bambolea suavemente de un lado a otro, pero con el vino y la marihuana todo parece moverse mucho más. El Tío se asoma de su cajuela y grita que lo dejen dormir, pero alguien le lanza un palmetazo en la cabeza sin que él descubra al autor. Somos Los de Abajo.

***

A las seis de la mañana amanece. El sol crece al final de la llanura tan lento como se mueve una pupila en sobredosis. La mayoría decide contemplar el paisaje en silencio. Los vidrios están empañados y hay que usar el brazo como limpia -parabrisas. Recién ahí, detrás de esas gotas que bajan por el cristal tiritando asustadas, aparece el famoso plano infinito de la pampa argentina. Alguien enciende el primer pito del día, aunque esta vez la hierba acompaña tranquilamente, sin estridencia, como un punteo de guitarra acústica. Despertamos camino a Buenos Aires.

Por petición general —«necesitamos mear y lavarnos la cara, tío»—, paramos en una estación de servicios Repsol YPF en plena carretera. El minimarket se ve sobrepasado por los hinchas. JG, el fotógrafo que durante el viaje ha disparado la máquina jugando a que es un estudiante que saca fotos para él, me hace una seña para que mire. Y ahí se ven, como una horda, casi todos metiendo mercancía dentro chaquetas. La parada sirve para ir al baño y mojarse la cabeza, pero, fundamentalmente, su objetivo ha sido saquear el almacén argentino.

Cuando volvemos a acelerar, El Tío y el chofer se van diciendo en voz alta, entre ellos, que por estas cosas es que sienten vergüenza de ser chilenos. Cuando dejamos el lugar se ve por la ventana del autobús a la vendedora con las manos en la cabeza, hablando por teléfono con alguien que debe ser policía y golpeando con su puño frágil el mesón recién violado.

Otra vez en la carretera, el Citroneta, universitario de pelo largo y anteojos a lo John Lennon, muestra su mercancía. Con la alegría de sentir que ahora sí será aceptado por el grupo duro de la casa, ofrece parte de su botín.

—¿Alguien quiere vinito? —y abre la caja de tinto que acaba de sacar de un escondite de su chaqueta. Otro de atrás luce lo suyo: una ginebra, un atado de lapiceros— «para que nunca más falten estas huevas» —y un perfume para su novia—, «con esto se la meto dos meses seguidos sin que me haga dramas» —dice feliz.

El Citroneta se queda mudo, boquiabierto, derrotado y ajeno. Alguien destapa una botella de whisky, mientras otro abre su caja de habanos y ofrece a los más amigos.

—Viste que Argentina está súper barato —comenta el Polaco, y le da una pitada a su puro hasta quedar con el pecho hinchado. El resto lo acompañamos con una carcajada que sabe a escocés.

La siguiente parada es en Lujan, a 66 kilómetros de Capital Federal. Ya son las once de la mañana del día del partido, aunque la hora parece tan irrelevante como la formación con que el equipo saldrá a la cancha. Nuevamente nos rodea un cordón policial. Un sargento, como broma, apunta su revólver hacia el grupo donde estoy parado y hace el ademán de lanzar un tiro y se ríe cuando todos nos tiramos al suelo. Aparece una pelota de fútbol y un gordo del bus siete describe, como un relator radial con lengua traposa, el gol que esta noche hará Marcelo Salas y que nos llevará a la final de la Libertadores.

— ¡Arriba del bus, huevones, que nos vamos! — grita el Polaco, parado en la puerta del vehículo y luciendo todo orgulloso los anteojos de sol que también robó del minimarket.

— Te quebrái con esas cagadas falsificadas, culiao — le dice Jorge, el empleado de la imprenta.

— Estái loco. Son Bollé originales. Acá dice clarito Bollé, o si no, ni cagando me las robo — contesta el Polaco, y se los quita para que lean la marca.

***

Los relojes de Buenos Aires marcan las tres de la tarde. La columna de buses con banderas azules y chilenas entra a la ciudad. En pocas horas será el partido y los insultos nacionalistas van y vienen entre Los de Abajo y los peatones bonaerenses.

Al cruzar la avenida General Paz, la Policía General Argentina nos detiene. Una completa brigada antimotines nos espera con tanta complicidad como un detector de metales. Por la ventana se ven dos tanquetas azules, un microbús blindado y tres patrulleros; todos con las sirenas encendidas. Un equipo de televisión con la insignia de la P.F.A. y bototos militares toma imágenes de cada uno de los coches, paseando las cámaras y las gorras por fuera de nuestras ventanas. La ceremonia dura más de una hora y, como la orden es mantener lodos los vidrios cerrados, dentro de los buses el calor, la falta de aire y los restos de todos los restos nos asfixia. Mientras esperamos la orden para seguir, el Polaco amaga un par de vives con abrir una ventana trasera y disparar una botella vacía de cerveza a la cámara.

—Así es como provocan, ahuevonado. No hay que pescar —dice el Citroneta, quien, como muchos, se ha quitado la camiseta para secarse el sudor.

El Tío, sentado en la cabina junto al chofer y de impecable corbata, mueve la cabeza de un lado a otro, maldiciendo el día en que su jefe le ordenó viajar con Los de Abajo a Buenos Aires. Y peor aún, maldiciendo toda su vida. Maldiciendo su trabajo y su futuro.

La orden de partir da inicio a un extraño city tour por Buenos Aires. Nuestros guías son carros antimotines con doble blindaje. Muchos de los barristas por primera vez salen de Chile y con sus caras pegadas a los vidrios aprovechan de conocer la ciudad donde han nacido las más legendarias y violentas barras bravas del continente, inspiradas, como tantas cosas argentinas, en los ingleses. Recorremos la capital de un país donde al año mueren 9,5 hinchas por violencia en el fútbol. Un país donde la mayoría de los líderes de las barras bravas dependen directamente de políticos de peso que los utilizan en marchas, en golpizas, pegando lienzos y alentando al equipo los domingos en la cancha. Pero la ciudad más importante de este lado del mundo, con esa simpática pretensión europea de sus habitantes, sólo la podemos ver desde arriba del Chilebus: por mandato superior, no podemos bajarnos.

Según ordenan desde el bus dos, donde va toda la directiva de Los de Abajo, la única parada permitida será en el barrio de La Boca. La idea es juntarse con la gente de La 12, la barra brava de Boca Juniors, quienes nos van a «prestar ropa», vale decir, nos ayudarán a pelear contra sus eternos rivales de River Plate.

Nos bajamos de los buses en el puerto. La comunicación oficial dice que nos juntaremos media hora más tarde, en el mismo lugar. Pero en la caminata masiva por la calle Caminito, con banderas azules y gritos de la «U», algunos miembros de la barra rayan las clásicas paredes coloridas con gráfica de Los de Abajo. Ahí comienzan los líos, los miembros de La 12 que deambulan por La Boca se sienten agredidos, se organizan rápido y las supuestas barras hermanas con un enemigo en común se trenzan en una gresca que termina con heridos, robos de camisetas, asaltos, banderas rajadas y detenidos. Varios han perdido sus billeteras y a un tipo del bus cinco le han quitado la camisa, el reloj, los cigarros y su propia cuchilla. La policía actúa como juez de boxeo, aunque sólo sujeta a los hinchas chilenos.

—Los de Boca no tienen amigos —comenta entre dientes, el sargento que lleva esposado a uno del bus cuatro.

Se arma un pequeño alboroto en La Boca, con mujeres gordas y viejas pidiendo cárcel a los chilenos y niños pobres vestidos con camisetas de Maradona escupiendo insultos.

—¡El bus es nuestra familia! —nos grita el líder, parado al lado del chofer, cuando otra vez estamos todos arriba—. Miren cómo quedamos peleando con diez hijos de puta de Boca. Esta noche vamos a tener al frente a 70.000 gallinas de River. No se separen. ¡El bus es la familia!

Jorge, el empleado de la imprenta que había aprovechado la detención para comprar souvenirs para sus colegas de trabajo, regresa al autobús con la cabeza rota y la cara ensangrentada. Le han dado una paliza por andar lejos del grupo, está tirado en su butaca y maldice la hora en que pidió permiso en la oficina. El Polaco le ofrece su camiseta para que se limpie la sangre y Jorge se la pone como turbante. Por la cara de muchos de los pasajeros, la amenaza del infierno en Buenos Aires ya se ha concretado. Y aquí vamos otra vez, los once buses. Dejamos atrás La Boca y enfilamos al estadio, con un tipo con la cabeza rota y ensangrentada, otros asaltados o i orlados con cuchillas, un par detenidos —que luego serán liberados— y la policía rodeándonos como los moscardones a la mierda. Aquí vamos otra vez a la cancha, y no me olvido que en el bus llevamos una granada de mano.

***

La última detención antes de irnos a la cancha es en la avenida Figueroa Alcorta, frente a Aeroparque. La caravana se estaciona a un lado de la pista y algunos barristas se lanzan sobre el pasto para descansar, otros se revisan las heridas, fuman la última marihuana o se empinan lo que queda de cerveza. Walter, el jefe supremo de la barra, el capo de la hinchada, la abeja reina, se muestra por primera vez en público.

En apariencia, Walter es el más formal de toda la delegación. Más que jefe de una barra brava, parece un empleado del mes de McDonald’s, o un profesor súper-buena-onda de un instituto de computación, o un guitarrista de parroquia de barrio. Está bien peinado, la camisa dentro del pantalón y unas zapatillas tan blancas que de seguro nunca han pateado una pelota de fútbol. Posiblemente, Walter nunca soñó ser jugador de fútbol: da la idea que su felicidad habría sido ser dirigente del club, presidente o tesorero, quién sabe, lo único concreto es que terminó siendo el líder de los barristas más bravos. Sólo como cabecilla de los hinchas pudo llegar a reunirse con los directivos del club y acercarse, de cierta manera, a sus anhelos.

Walter se pasea por entre la muchachada pidiendo calma, diciendo que las entradas están por llegar, recomendando tener cuidado y estar más atentos a las provocaciones.

—La idea es que un dirigente del club, que hace tres horas salió de Santiago en avión, venga hasta acá con las entradas —dice él.

En promedio, los que estamos en el viaje hemos pagado unos 70 dólares por persona: incluye pasaje y entrada al partido.

—Pero eso lo pagan los nuevos nomás —me dice el Polaco, y agrega que él viaja gratis porque pasó los tarros de la colecta durante dos meses en los partidos jugados en Santiago.

Los dirigentes de la barra tampoco pagan, y los miembros de menor jerarquía pagan la mitad o lo que puedan. Por Figueroa Alcorta pasan los primeros autos con banderas de River Píate.

Van al estadio y nos lanzan insultos y tocan la bocinas y nos gritan chilenos muertos de hambre, pero ya no están las ganas de responder los ataques. El imprentero, con la camiseta del Polaco en su cabeza, le relata su mala experiencia a un grupo del bus seis. Uno de la máquina ocho muestra los tajos de cuchilla que se ganó en el antebrazo derecho. Un pesimista asustado comenta en voz alta que una horda de 70.000 gallinas se nos va a venir encima, y al comentario lo sigue un interminable silencio. JG ha guardado la máquina de fotos y se tiende en el suelo a vivir sin más registro que su miedo este momento histórico.

Walter, el gran jefe, desaparece por la avenida arriba de un taxi y regresa a la media hora con el alto de pases. Parece feliz por haber estado reunido con los dirigentes del club en el hotel cinco estrellas donde se hospedan y, a la vez, se le nota un poco triste de tener que regresar a su rebaño de hinchas despeinados.

Reparte las entradas una a una, pidiendo calma y tranquilizando a la barra. El Pelluco, el Krammer, el Taitor, el Jhonny y el Mono, otros históricos dentro de la hinchada, lo acompañan en la repartición. Llega la hora de irnos al estadio. Los focos del Monumental de River, perfectamente encendidos, nos guían como a las miles de polillas que revolotean alrededor.

En pocos minutos estaremos ahí adentro, esperando que la «U» por fin llegue a su primera final de Copa Libertadores de América, dispuestos a entregar la vida si es necesario con la gran ilusión de poder ganar por una puta vez un partido importante a los argentinos.

A medida que la caravana de buses se acerca al Monumental, por las ventanas va creciendo la marea de hinchas de River. Cada metro que avanzamos la muchedumbre exterior crece y crece, y el recorrido se torna lento, como una babosa cuesta arriba. El Tío decide apagar las luces interiores del bus. Desde afuera los gritos antichilenos se escuchan fuerte, muy fuerte. Nos movemos cada vez más despacio, surcando el mar de camisetas con la raya roja.

Zigzagueando entre hinchas argentinos que comienzan a mover los buses tratando de voltearlos. Porque afuera ya son miles, y nuestro líder grita que cierren las cortinas y que hay que meterse debajo de los asientos y las ventanas de la casa estallan, una tras otra, y algunas piedras ya están adentro y rebotan en el pasillo y estamos esparcidos en el suelo, con los vidrios rotos cerca de la cara y los gritos de las gallinas se escuchan como el cercano rugido de un león frente a su presa. Y el Polaco respira hondo y toma aire y abre una ventana y grita ¡argentinos conchasdesumadre! y lanza dos botellas de cerveza de litro hacia fuera. Y vuelve ¡argentinos culiaos!, y dispara dos botellas más. Una piedra le estalla cerca de la cara, pero alcanza a agacharse. Los insultos se escuchan cerca, tan cerca como las espuelas de esos caballos de la policía que, finalmente, nos escoltan hasta la cancha.

Quedan pocos minutos para el partido.

El estadio está repleto y los gendarmes nos tienen retenidos en las escalerillas que dan a las tribunas Centenario y Bel-grano del Monumental de River. Debemos esperar una orden superior que tarda, pero finalmente llega. Entonces los policías nos empujan con golpes de palos para que entremos al estadio. Y aparecemos en la mitad de la gradería, somos un punto insignificante ante los 70.000 hinchas que no nos dan mayor importancia. La policía sigue acarreándonos a golpes, mientras espontáneamente Los de Abajo empiezan a gritar, a todo pulmón, con la rabia adentro, ¡argentinos, maricones, les quitaron Las Malvinas por huevones!

Cuando la «U» sale a la cancha los 11 jugadores corren hacia donde nosotros y levantan las manos. Respondemos el gesto con gritos que, paradójicamente, son todos similares a los de la hinchada riverplatense. En el pasto ya están los 22 jugadores, 22 futbolistas sudamericanos con sueldos millonarios, casi todos salidos de los mismos barrios pobres de los barristas.

Lo del partido es un vacío gigantesco. La mayoría de los 70.000 espectadores mira el encuentro sin moverse de los asientos y, por momentos, uno tiene la idea de poder escuchar cómo los jugadores se insultan dentro de la cancha.

—¡Estos huevones no gritan nada! —comenta el Citroneta, descolocado, engañado. Como si todos los años que estuvo escuchando la furia de las barras bravas de acá hubiera sido uno más de los famosos chamullos argentinos.

Pero hemos venido a pelear con gritos y los cabecillas de Los de Abajo no se amilanan y piden, con ganas, vamos, gritemos, dejemos callado al estadio. Un Monumental de River que sigue el partido enmudecido, sin darnos un segundo de importancia y que, eso es lo peor de todo, sólo sacan el habla cuando el partido finaliza con el triunfo de ellos.

Perdemos por un gol a cero. Un penal brutal contra Valencia, que no se cobra, y un gol vergonzosamente farreado por Silvani, un delantero argentino que juega para la «U», nos dejan fuera de la Copa Libertadores, se llevan la ilusión y nos ponen a ver cómo el inmenso mar de hinchas argentinos vuelve a celebrar otro triunfo sobre un equipo chileno.

Apenas termina el partido se anuncia por los parlantes que la gente debe quedarse en sus asientos porque primero saldrá la hinchada visitante. No pasan cuatro minutos, ni siquiera cuatro minutos para tragar la derrota, cuando un comando de policías sin provocación alguna comienza a barrernos a golpes de bastón. Es una lluvia de palos que no se detiene ante nada ni nadie. Aparecen policías de civil y algunos de pelo largo, de la inteligencia policial argentina, que patean en el suelo a algunos heridos. Los fierros van y vienen. Cuando te dan un palo en el codo el brazo se te paraliza, pero no tienes tiempo de acariciarlo porque debes seguir arrancando. Si te caes, tratas de que no te pisen la cara y puedes ver, como veo, que se llevan a un policía algo inconsciente. ¡Tiren la granada!, escucho que grita alguien. Bajo las graderías, en la zona de los baños, la paliza es brutal. Pero si lanzan la granada, nos matarán vivos cuando nos metan a la cárcel de Buenos Aires. Tengo miedo. Estamos metidos en un caos de palos y gritos y empujones y garabatos y alaridos y tironeos y patadas por la espalda y ladridos de perros y rugidos de hinchas de River desde el otro lado de la reja y cascos y se entiende poco y mejor agachar la cabeza y empujar hacia arriba, hacia donde sea, hasta que todo se acabe rápido, que todo termine de una vez.

La calma llega cuando los gendarmes argentinos se dan cuenta que de llegan las cámaras de televisión. Resultado final: cuatro hinchas con la cabeza cortada, uno con el ojo partido, un policía con la nariz trizada y dos detenidos que son liberados cuando se enfrían los ánimos.

***

Como siempre, un fuerte contingente de policías nos saca de Buenos Aires. El tropel cruza la pampa de noche; esta vez todos los autobuses llevan las ventanas rotas. El frío pampino, inhumano sin vidrios, al menos se lleva el olor a encierro y, en cierta forma, es más llevadero que la violencia.

De vuelta al paso fronterizo Los Libertadores, el cielo de la cordillera de los Andes se ha escondido detrás de una espesa nube negra. Los gendarmes de la policía argentina ni siquiera suben a pedirnos los papeles y nos expulsan rápido de su país. Al cruzar el túnel internacional estallan los aplausos. El Tío toca la bocina. Estamos en Chile. El personal de inmigraciones nos saluda como a héroes y nos levantan el pulgar. Dos policías chilenos nos agitan las manos desde su patrulla. Todo el país sabe de la brutal golpiza en el estadio y ahora regresamos victoriosos. Sin importar la derrota, somos ganadores. Tres canales de televisión, varias radios y un fuerte aplauso por parte del personal de la Aduana levantan la autoestima de Los de Abajo. Somos la gran noticia del día.

—Oigan, cabros…, ¿me puedo tomar una foto con ustedes? —nos pide El Tío, que ha reclamado durante todo el viaje y ahora, sorpresivamente, nos habla gentilmente con una cámara fotográfica en la mano.

Después, cuando ya ha sacado la foto, dice que éste ha sido un viaje memorable. La mayoría se ríe, pensando que exagera. Nadie sospecha, ni de cerca, que en pocos meses más al jefe máximo de la barra, Walter, se le detectará una grave enfermedad a causa de los golpes que recibió en la cabeza. Ni mucho me-nos, que morirá pocos años más tarde. Tampoco se piensa que será el Krammer quien asumirá el control de la barra y que al poco tiempo ya tendrá al grupo dividido y se le acusará de aprovecharse económicamente de Los de Abajo y se le arrestará por pegarle a la dueña de un almacén en una golpiza televisada por las cámaras de seguridad y que después, otra vez, será detenido por desfigurarle el rostro a un compañero de hinchada hasta que, finalmente, será esposado y encarcelado por liderar una banda de asaltantes en un barrio periférico de Santiago. Nadie sospecha que luego de este viaje a Buenos Aires, el equipo de Universidad de Chile nunca volverá a pasar de la primera ronda en una Copa Libertadores. Ni que éste será recordado como el viaje más memorable de la hinchada.

Arriba del bus el futuro no existe. Sólo importa el ahora, l’or eso las risas al escuchar que el Tío vuelve a repetir:

—Ha sido un viaje histórico, chiquillos.

Aunque suenan ridículas, las palabras sacan aplausos. En realidad, en todo Chile nos aplauden. Y como nunca, todos los que vamos arriba del bus nos sentimos orgullosos, felices, valientes, héroes.

Al bajarnos del Chilebus, ya en Santiago, el Polaco por primera vez se ve triste y nos pide números de teléfono a todos y dice que nos volvamos a ver al día siguiente y le pide a JG que le saque una foto, como si hubiera sabido de siempre que andábamos haciendo un reportaje con ellos, de ellos. Y el bus parte, y todos nos abrazamos por la hazaña y porque ya se ha acabado. Cuando no queda nadie arriba de «la casa», el chofer acelera aliviado y se va respirando la tranquilidad de volver a viajar sin los hinchas. De seguro no sospecha, ni él ni el Tío, que dentro de su bus llevan una granada que ninguno de los barristas quiso lanzar en el estadio de River Plate. Un explosivo militar que puede explotar en cualquier momento.

Fabiana, la encargada de prensa del equipo Minardi, queda muda unos segundos. Hablando en lenguaje de chat, su cara se transforma en ese emoticon con la boca llena de curvas. Cuando sale de la sorpresa me devuelve la pregunta:

-¿Quieres entrevistar a Robert Doornbos?

Aunque en realidad, por su forma de preguntarlo, la traducción más exacta sería: ¿De verdad quieres entrevistar al perdedor de Robert Doornbos?

Hoy es viernes en los suburbios de São Paulo. Dentro del Autódromo José Carlos Pace, en honor del ex piloto brasileño y conocido popularmente con su antiguo nombre de Interlagos, es el día de pruebas para la carrera del domingo. Por la zona de paddock, donde se pasean mecánicos y periodistas y modelos y gerentes de las empresas auspiciantes, hay tensión. Fernando Alonso pasa corriendo, arrancando de los micrófonos que lo esperan a la salida del baño. Juan Pablo Montoya camina inflando el pecho y negándose a dar entrevistas. Michael Schumacher, pese a la mala campaña, recibe una lluvia de flashes cada vez que se le ocurre caminar desde el garage de Ferrari a su camarín. Kimi Raikkonen habla de la puesta a punto mientras su mánager le cuelga la gorra de la McLaren. Niki Lauda despacha sus comentarios en directo para Alemania. En ese entorno, triunfalista y competitivo como pocos, hay corredores que se mueven sin recibir casi ninguna atención. Y hay un piloto, el holandés Robert Doornbos, el peor corredor de la temporada, al que le hacen tan pocas entrevistas que su propia encargada de prensa te pregunta si es cierto que quieres hablar con él.

-Bueno, si quieres vuelve en media hora -dice Fabiana, y la frase la balbucea en un italiano-español que saca a flote al enterarse de que la entrevista es para SoHo, para Colombia.

Dentro de la zona restringida del autódromo lo único que se habla es que Fernando Alonso puede salir campeón pasado mañana, aunque todo depende del accionar de los pilotos McLaren. El escenario, el autódromo de Interlagos, tampoco es un circuito cualquiera: aquí se corrió el primer Gran Premio de Brasil, que ganó Emerson Fittipaldi en 1973. Luego han triunfado en esta pista emblemas de la categoría, como Niki Lauda, Alain Prost, Ayrton Senna y Michael Schumacher. El año pasado fue Juan Pablo Montoya. La de este año será la primera carrera de Doornbos en Brasil.

A la media hora vuelvo al boxes de Minardi, una escudería chica que debutó hace exactamente 20 años aquí mismo, en Brasil, y que este año corre su última temporada: hace unos meses, Paul Stoddart, director de la italiana Minardi, anunció que la escudería desaparecerá el próximo año tras ser vendida en casi 100 millones de dólares a Red Bull Racing.

-Hola, soy Juan Pablo Meneses, estoy escribiendo un reportaje para Colombia y quería entrevistarte.

Doornbos sonríe. Casi siempre está riendo, mucho más que Alonso y Montoya y Kimi y Schumacher, todos juntos. El piloto de la Minardi es flaco y sorprendentemente alto para una categoría donde, al igual que en las carreras de caballos, el peso y la destreza es fundamental. Un piloto de carreras muy alto es tan raro como encontrar un tenista profesional obeso. Doornbos es flaco y tiene cuerpo de tenista. Doornbos fue tenista.

-Hice toda la carrera de junior como tenista y fui jugador semiprofesional en Holanda. Competí en varios torneos europeos. Tenía puntos en el ATP y auspiciadores. Iba camino a ser tenista, cuando se me cruzaron los autos- suelta casi de entrada, sin dejar de sonreír.

Desorientado. Nadie que llegue a ser el peor en algo tuvo siempre las cosas claras. Mientras Alonso, Montoya y Schumacher estaban a los 6 años arriba del karting, amarrados al asiento por sus propios padres, Doornbos durmió toda su adolescencia soñando ganar un Grand Slam. Cientos de noches imaginándote la bolea ganadora en la final de Wimbledon, irremediablemente te convertirán en un mal piloto de carreras.

-Hasta que un día, a los 17 años, me invitaron del equipo Williams a ver el Grand Prix de Bélgica. Acepté, porque siempre me habían gustado los autos. Después de ese fin de semana llamé a Jacques Villeneuve, que era piloto de Williams, y le dije que quería ser piloto de autos.

Dejó la raqueta colgada y, de la noche a la mañana, se largó en su aventura de ser corredor de autos. Aprendió que las curvas las debes tomar abiertas, que en el centro de la curva debes ir lo más cerca posible del pianito, que en las rectas debes buscar la parte del asfalto más limpia para agarrar más velocidad, que ojalá siempre vayas con el acelerador a fondo, que le metas, que le metas con todo salvo en contadas ocasiones donde debes bajar la velocidad. Y se largó.

Arrojo. El que no arriesga jamás llega a ser el peor de todos. Sin su ambición desmedida, Ed Wood jamás podría haber llegado a ser quien fue. Si eres cobarde, nunca serás el peor.

* * *

Hoy es sábado, el día de las clasificaciones. En el equipo de Minardi no logran entender que quiero hablar con Doornbos los tres días de carrera. Cuando me ve aparecer en los boxes, Fabiana, la encargada de prensa, me mira como se mira a los groupies psicópatas. Cada vez que me cruzo con Alejandro Burger, el periodista que transmite la Fórmula Uno en Venezuela, y le digo que sigo tras los pasos del piloto de la Minardi, otra vez me hacen sentir ese fanático obsesivo que se hace pasar por reportero para estar cerca de su ídolo. Como si nadie normal, en una actividad donde la competencia se mide hasta en microcentésimas de segundo y el ganador destapa una botella frente a tres mil millones de habitantes del planeta, pudiera seguir todo un fin de semana al peor.

-Doornbos no hizo karting de niño, y eso se nota mucho en la Fórmula Uno. Pasa que su familia es una de las más ricas de Holanda, y aquí eso influye mucho. El dinero. Pero como piloto, es bastante deficiente-, me dice Burger, antes de salir disparado tratando de entrevistar a Alonso.

Fabiana me dice que media hora después de las clasificaciones finales podré hablar con Robert.

Dentro de la pista no hay sorpresas. Alonso se queda con la Pole, segundo Montoya, último Doornbos.

El peor de la Fórmula Uno llega a la entrevista junto a su novia, Kim, una holandesa de melena rubia y anteojos de sol y escote juvenil. Los dos se ríen. No logro saber si están contentos por estar juntos, por estar dentro de la Fórmula Uno o porque alguien los esté entrevistando. Pero su alegría me contagia y, por un segundo, me doy cuenta de que en ese paddock nervioso, hipertecnologizado, con los millones de dólares paseando en las camisetas de mecánicos y pilotos, solo hay tres personas que sonríen: Doornbos, Kim y yo.

-¿Qué pasó en las clasificaciones de hoy, Robert?

-El auto no anda del todo bien, aunque anduvimos dentro del tiempo esperado. Recuerda que esto es Minardi, y no podemos competir con los equipos de avanzada. Nuestra realidad es otra.

Y la realidad de los números, fría pero certera, dice que en los 30 años de competencia la Minardi nunca obtuvo un gran premio. No solo eso, en tres décadas ni siquiera consiguieron un solo podio. Robert sí. En 1999, compitiendo en la Fórmula Opel de Inglaterra tuvo cuatro victorias. En el 2000, en la Fórmula Ford europea obtuvo un segundo lugar. En el 2002 estuvo en la Fórmula 3 alemana, donde tuvo cuatro podios. El 2003 en la Fórmula 3 europea logró siete podios. Y el 2004 corriendo en la Fórmula 3000, logró cuatro podios y pasó a ser piloto de pruebas de la Jordan. De ahí, hasta julio de este año, donde debutó como piloto de Fórmula Uno en el Gran Premio de Alemania. Ha largado en todas las carreras, aunque ha abandonado en dos de seis.

-Muy diferente el circuito del tenis al de la Fórmula Uno.

-En algunas cosas se parecen, como que hay muchos viajes y que te vuelves a encontrar siempre con la misma gente. Pero hay cosas muy diferentes. En los viajes del tenis yo andaba solo, en cambio acá estoy con 40 personas que forman el equipo. Dependo de los mecánicos, de los ingenieros, somos todos un gran equipo.

-¿Y en dinero?

-En dinero, se gana mucho más que en el tenis. Yo no, claro. Pero los pilotos de más arriba ganan mucho más que los tensitas. A mí, de todas formas, no me motiva eso.

Desinteresados. Nadie que quiera llegar a ser el peor puede pensar en el dinero como meta, ni siquiera como gran logro. El objetivo monetario es algo demasiado popular y masivo y aceptado, como para que te permitan ser el peor de todos.

Robert Doornbos nació el 23 de septiembre de 1981 en Rotterdam, Holanda, aunque ahora vive en Mónaco. En su vida diaria en las calles de Montecarlo maneja un Audi y suele jugar Fórmula Uno en la PlayStation.

-¿Cómo te sientes al quedar último en la largada?

-Bien, muy bien. Es parte de lo que esperaba. Tengo que pensar en hacer una buena carrera mañana, ya no puedo seguir pensando en mi clasificación. Además, logramos clasificar. Eso ya es un avance.

Optimismo. nunca olvidar que para el puesto del peor hay una sola vacante. Y que si te hechas a morir, puede irse de tus manos esa posibilidad. Ningún pesimista llega a ser completamente el peor.

* * *

El día final el autódromo está a tope. Varios espectadores llevan el casco más emblemático que ha tenido la Fórmula Uno, el “verde-amarelo” de Ayrton Senna: el más grande ídolo deportivo automovilístico de Brasil que tras perder el control de su Williams en la curva de Tamburello, en el autródromo de Imola, murió al estrellarse contra un muro de cemento el 10 de mayo de 1994.

Los momentos previos a la carrera los pilotos se pasean nerviosos por el paddock, seguramente pensando en mejorar sus tiempos, en lograr una buena ubicación y, es posible, sabiendo que cualquier mala maniobra por sobre los 250 kilómetros por hora les puede costar la vida.

-Nunca pienso en la muerte -me dice Robert Doornbos, minutos antes de salir.

Un periodista de Tele5 de Madrid, que lleva en directo para todo España la carrera, transmite las últimas declaraciones de Fernando Alonso antes de la largada: “No solo quiero ganar el campeonato, sino que también quiero ganar la carrera de hoy”. Al momento de la largada el ruido de los motores te aturde los tímpanos. Medio São Paulo, la ciudad de los 20 millones de habitantes y los cuatro mil rascacielos y los 600 helicópteros privados que van de un lado a otro, está atenta a lo que sucede.

Juan Pablo Montoya gana la carrera seguido de Kimi Raikkonen. Gracias a su tercer lugar, sale campeón de la temporada 2005 el español Fernando Alonso. Es el piloto más joven de la historia en conseguir el titulo. Robert Doornbos, el peor piloto de la temporada, quema el motor faltando 32 vueltas. Las imágenes muestran su boxes con humo, y Robert adentro recibiendo el gas de extintores. Y seguramente sonriendo.

Por la noche, en la discoteca Lotus del Word Trade Center de São Paulo, donde está el Hilton, hay una fiesta privada para celebrar el titulo. Los mecánicos son los que más celebran, y Fernando Alonso bromea y sonríe y se toma fotos con todos y la música va subiendo de volumen y al rato todos están en la pista, pero en la pista de baile. Afuera media São Paulo duerme, porque mañana es lunes. Algunos fotógrafos esperan afuera de la fiesta, a ver si consiguen alguna imagen. ¡Viva Alonso! Gritan en mal castellano los alemanes, los franceses, los ingleses, los brasileños. Primera vez que un campeón viene de España.

-¿Cuál es tu sueño en la Fórmula Uno?- le pregunté a Robert tras la carrera, mientras en las pantallas del paddock mostraban a Montoya y la bandera colombiana flameando al compás de su himno.

-Llegar a ser campeón. Alonso también partió en Minardi. Yo creo que si tuviera un buen auto, podría estar mucho más arriba y pelear el título. Esperemos que el próximo año, ahora que se acaba Minardi, pueda fichar por un buen equipo.

Soñador. Sin sueños, nunca serás el peor. Y para llegar a ser el peor de la Fórmula, Doornbos primero cumplió su sueño de ser piloto. En la fiesta final, donde Alonso abraza a sus mecánicos, y los mecánicos a unas promotoras, Robert Doornbos no se aparece. Y nadie lo extraña. Seguramente el holandés está con Kim, celebrando que ha vuelto a correr una carrera. O que sigue vivo. O tal vez, lo más seguro, planificando su segundo sueño: ser el mejor.

Las piernas de Kenia

Publicado: 15 septiembre 2009 en Juan Pablo Meneses
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Al final de esta historia alguien muere. Es una muerte inesperada. Pero eso sucede al final de esta historia, porque ahora estoy arriba de un Boeing de South African Airways sobrevolando Nairobi. La pista se ve cerca, ridículamente delgada y gris en medio de un mar de tierra tan seca como una cucharada de arena. Arriba del avión va John Hesler, un keniano blanco que casi vomitó cuando el piloto de la nave giró alrededor del Kilimanjaro para que pudiéramos fotografiar el monte más famoso del este de África. Hesler subió al avión en Johannesburgo, adonde había ido a cerrar un gran negocio de importación de televisores. Estudió en Europa, reparte su vida entre Londres y Nairobi, y piensa que la mejor empresa de su vida sería la representación de maratonistas de Kenia.

Es un gran negocio llevarlos a los circuitos internacionales. Pero hay demasiadas compañías europeas en el tema y estos atletas no son disciplinados –dice John Hesler, quien por ahora prefiere seguir negociando televisores.

Basta aterrizar en el aeropuerto Jomo Kenyatta de Nairobi, la capital de Kenia, para comprobar que África sigue siendo un misterio para los occidentales. Por mi camino se cruzan musulmanes de manos tatuadas y sonrisa cubierta, indios de turbante almidonado y maletín, una reina kikuyu con el rostro decorado por quemaduras, además de varios turistas blancos, la mayoría portando un sombrero de safari. Los safaris, palabra que en lengua swahili significa “viaje”, nacieron hace un siglo y medio como peligrosas jornadas de cacería de multimillonarios y miembros de la realeza europea. Hoy los safaris se han transformado en hordas de aventureros extranjeros –en su mayoría europeos, norteamericanos y japoneses– que han cambiado escopetas por cámaras digitales y cintas de video y, de paso, han convertido al turismo en una de las contadas empresas florecientes en este lado del planeta. Con utilidades de miles de millones de dólares administrados, en su mayoría, por empresas europeas.

Se podría decir que en África los cuatro puntos cardinales del mapa social son el hambre, la pobreza, el sida y el analfabetismo. Que en muchas esquinas hay niños aspirando bolsas de pegamento, y que se te acercan a pedir dinero. Que muchas de las kenianas que visten ropas europeas y están en los bares de extranjeros son prostitutas. Que la dominación inglesa duró hasta 1963 y fue brutal, y que incluso los escritores que se vinieron en esos años a instalar a Kenia –con Ernest Hemingway a la cabeza– vivieron atendidos por una corte de africanos. Que el país ha sido arrasado por plagas terribles de fiebre amarilla y malaria, que el terrorismo musulmán ha explotado varias veces en forma de camiones bomba, con cientos de muertos civiles y la consecuencia de un bajón turístico. Sin embargo, el motivo de esta historia es otro.

He viajado a Nairobi para hablar de éxitos y victorias. De triunfos. Estoy aquí para entender y ver correr a los atletas de Kenia, esos hombres y mujeres flacos como palos, sencillos y modestos, que ganan las más largas carreras del planeta. Africanos exitosos por quienes los grandes clubes deportivos del Primer Mundo, principalmente europeos, llevan varios años de cacería.

Trotar, trotar

Son las siete de la mañana y sobre la berma de la carretera Moi, una de las más importantes de esta ciudad de tres millones de habitantes, miles de kenianos trotan hacia sus trabajos o escuelas. Los automovilistas, en cambio, son de todo el mundo: hombres con turbante, negros de anteojos dorados, blancos en lujosos 4×4. No por nada la capital de Kenia es la ciudad más poderosa del este africano: acá están instaladas las oficinas centrales para Africa de todas las multinacionales, las universidades más prestigiosas de la región y los organismos internacionales de ayuda contra el hambre continental. Pero al lado del asfalto, por esa ancha vereda de tierra al borde del camino, los ciudadanos comunes y corrientes se transportan en dos pies, trotando alegremente.

Un keniano promedio corre entre cuatro y seis kilómetros diarios, y por la orilla de la carretera Moi trota gente de todas las edades. Hombres solos y en equipo. Niños con sus cuadernos y ancianos sin pelo. Grupos de amigos y familias completas. Muchos acompañan las zancadas cantando, como si realmente fueran felices, como si correr todos los días a las siete de la mañana para ir al trabajo fuera una bendición más que una tortura.

Así se vive acá y así se van formando los atletas –dice Karl Vain, mientras me lleva por la carretera en su jeep. Tiene barba, calva, ojos claros, dos hijos, esposa flaca, colección de artesanía africana y un empleo en el gigantesco edificio de Habitat, la oficina mundial de las Naciones Unidas para la vivienda.

En un país donde las industrias más importantes son el turismo, las flores y el café, los corredores de Kenia se han convertido en su exportación más prestigiosa. Karl Vain me suelta estadísticas. Las pasadas siete maratones de Boston, cuatro de las últimas cinco de Nueva York, además de las de Rotterdam y Roma fueron ganadas por kenianos. A eso hay que sumar cinco récords mundiales en junior y tres en mujeres, todos en competencias de fondo. Sin olvidar la supremacía absoluta en el cross country ni la sorprendente trayectoria de Wilson Kipketer.

Kipketer es un símbolo de la nueva Kenia. No aparece en ningún billete ni tiene monumentos, como el presidente Daniel Arap Moi ni como el prócer Jomo Kenyatta, pero todos hablan de él. Para algunos se trata simplemente de un bastardo. Otros, en cambio, ven en él un buen ejemplo de progreso. Por eso Karl se entusiasma tanto en contar su historia. Y aunque vamos en la carretera Moi arriba de un jeep de la ONU, camino al estadio para las prácticas matutinas, por un minuto su relato se apodera de la conversación y uno se lo imagina todo claramente: por la mañana Wilson Kipketer sale de su departamento lujoso en un buen barrio de Copenhague, Dinamarca. Hace frío; por eso el atleta lleva abrigo largo y se apura en subirse al automóvil deportivo y calefaccionado. Va de la mano de su novia europea, y antes de los entrenamientos pasa por la Universidad de Dinamarca, donde está matriculado en ingeniería eléctrica. Su representante lo llama al celular para decirle que le acaba de cerrar tres carreras para el próximo mes. Pese a sus largas horas de entrenamiento, las piernas que lo han hecho millonario siguen flacas. Flacas como escopetas. Flacas como un keniano.

Correr tras un sueño

Las oxidadas rejas del Nyayo Stadium están a medio abrir. No hay guardias de seguridad ni cámaras de control, ni nada que impida que uno entre sin preguntar ni decir nada. El estadio, donde se entrenan varios de los mejores corredores jóvenes, podría ser el campo deportivo de un equipo de fútbol de medianía de la tabla en la primera división sudamericana: con la diferencia de que aquí, el pasto de la cancha está seco como una toalla amarilla y casi toda la actividad se concentra fuera del rectángulo, en la pista atlética. Al centro del estadio, un grupo de atletas dobla sus piernas como si fueran de goma. Otros, en la pista, giran en tandas de media hora. Estoy en el corazón del atletismo competitivo de Kenia.

Philip Mosima, quien entrena hoy, es el dueño del récord mundial juvenil de los cinco mil metros, que ganó en Roma. Tiene unos 20 años, acaba de dejar el ejército y trae sus gastadas zapatillas con clavos en una bolsa de nailon que parece ser su equipaje de mano. Es bajo y flaco. Su cuerpo no da cuenta de un atleta de nivel mundial, de un fondista que espera firmar luego por algún club atlético de Inglaterra, Alemania o Dinamarca.

Mosima tiene las piernas tan delgadas como sus dedos. Parece tímido, aunque su cara se transforma y se le dibuja una larga sonrisa cuando le pregunto cuáles son sus sueños de atleta.

Tengo ganas de salir de acá y correr en Europa. Me gustaría estar en todos los Grand Prix –dice, sentado sobre el pasto muerto mientras se amarra las zapatillas.
¿Quieres ser como Kipketer?

Al escuchar la palabra Kipketer automáticamente los ojos le brillan. Una luz que se desvanece pronto, porque una reciente lesión en su rodilla derecha espantó automáticamente a los representantes europeos en busca de promesas.

Sí, me gustaría seguir sus pasos –responde, mientras estira sus piernas.
¿Pero él dejó de ser keniano?
Nunca dejará de serlo, pero sólo que ahora corre por otro país y ha asegurado su futuro económico para siempre.
¿Y qué te falta para seguir sus pasos?
Tengo que mejorar, y así volver a mi nivel de marcas. Es la única manera de salir. Afuera están las mejores competencias, con los mejores premios.

Otro de los que esta mañana practican en el Nyayo Stadium es John Kosgei, que es otra historia. Viste un buzo azul, una cadena de oro en el cuello y una picadura enorme en su pómulo derecho. Especialista en tres mil metros y sin récord mundial por ahora, se conforma con salir lo justo del país, sin estar mucho tiempo lejos de su barrio de Nairobi, ese donde es el chico más popular y tiene novia, y todos lo quieren porque esto de ser atleta en Africa es tanto o más que ser futbolista en Sudamérica.

No me gusta estar fuera de mi país mucho tiempo. Sí me gustan las competencias, los campeonatos, pero no quiero hacer mi vida afuera como imaginan otros –dice, tranquilamente, y agrega que sueña con tener una carrera deportiva como la de su ídolo Kipchoge Keino: el keniano que más medallas olímpicas ganó para el país y quien, a diferencia de Kipketer, prefirió quedarse en Kenia con una vida sencilla.

Edwin es un joven sin pergaminos, pero lleno de ganas, que aún no logra decidirse entre la fuga al éxito o la dura pelea en casa.

¿Cómo te ves en unos años? –le pregunto cuando hablamos de las carreras deportivas de sus compañeros.
No lo sé. Por ahora sólo quiero mejorar mis marcas. Eso es lo que más me preocupa.

Con la singular hermosura de su trote, los atletas de Kenia no se detienen; siguen, sin parar, sudando como si fueran esclavos, pero felices, porque en sus condiciones naturales pueden sacar ventaja mundial.

Me siento en las graderías de este inesperado laboratorio a verlos correr en tandas redondas. A mi lado está Karl Vain, el alemán que trabaja para la ONU y que me acompañó hasta aquí. Es el único rubio de todo el estadio y mientras me habla, algunos atletas de la pista lo miran de reojo. Como si pensaran que Karl, en vez de trabajar por la vivienda mundial en su oficina de Habitat, fuera aquel representante que los va a colocar en alguna universidad europea con hambre de medallas. Afuera del Nyayo Stadium, un grupo de niños con hambre de comida pide monedas.

Kenia es un país de tribus que siguen luchando por la conquista de territorios y rebaños. Los más conocidos en Occidente son los masai, pero la totalidad de los atletas kenianos pertenece a la comunidad de los nandi. A fines del siglo diecinueve, esta tribu llegó a ser la más poderosa del país, y es la misma a la que pertenece Daniel Arap Moi, el presidente de la nación por quinto período consecutivo.

–Los nandi son un pueblo de pastores que se ubica en la zona del Rift Valley. Viven en los cerros. Por lo menos, corren media maratón al día –dice Peter Njenga, periodista deportivo de Nairobi–. La falta de oxígeno, por la altura, les ha llevado a tener pulmones más grandes y eso ayuda mucho en la resistencia física.

Njenga es un experto en el tema de los atletas y cronista estrella del National Newspaper, el diario de mayor circulación en Kenia y uno de los más influyentes en todo Africa. Sus oficinas están en el centro de Nairobi y, como en cualquier edificio del país, las fotos del presidente Daniel Arap Moi están en cada pared. Es la ley, la que se debe respetar en los hoteles, discotecas, restaurantes y cualquier lugar público.

Vencer con nada

Peter Njenga me cuenta que en las últimas olimpíadas los kenianos siguieron las carreras por televisión a las cuatro de la mañana. Parece insólito: un país muy pobre desvelado toda la noche para ver un maratón. Cuando los atletas volvieron a Nairobi, una turba llegó hasta el aeropuerto a recibir a sus héroes.

Pero a pesar de toda la popularidad, en Kenia no hay mercadeo para esta práctica. No se venden camisetas de los maratonistas, no hay zapatillas autografiadas ni empresas que paguen para que su marca aparezca en la panza de los fondistas. Y sin embargo, contrariando las leyes del deporte de mercado, pese a la virginidad del merchandising, los corredores siguen triunfando en todo el mundo. Venciendo con nada.

La única explotación económica es a ellos –dice Njenga, y no se equivoca. En una carrera de segundo orden a nivel mundial, como el maratón brasileño de San Silvestre, se les llega a pagar diez mil dólares sólo por participar.
El problema es que se les sobreexplota y se queman muy temprano. Sus carreras duran tres o cuatro años –dice Njenga.

A los atletas de elite que se quedan en el país el gobierno de Moi les ha dado trabajo en el ejército. Las tres cuartas partes de los deportistas destacados son militares, lo que les permite dedicarse casi exclusivamente a correr, recibir un sueldo y ordenar sus horarios. Todo este ambiente de verdaderos aficionados, casi amateur, antiprofesional, hace que la mayoría de los atletas no puedan sobrevivir fuera de Kenia. Los expertos internacionales suelen acusar a los atletas kenianos de tener una fe ciega en sus condiciones naturales y de no preocuparse por el largo plazo de sus carreras como deportistas. Ni de su porvenir económico.

Mosima, el corredor que alguna vez quiso ser artesano, está seguro de que él sí triunfaría en el extranjero. Para eso está trabajando, en espera de recuperarse de su lesión. Ni siquiera sale con amigos y por ahora prefiere no tener novia. Edwin, en cambio, el de los brazos que siempre están doblados, tiene un futuro más incierto. Ni sus grandes condiciones naturales le han facilitado resolver su gran dilema: competir ferozmente en el extranjero o seguir con las incertidumbres en Nairobi.

Anoche tuve un sueño insólito. Estaba trotando por la calle Biashara, en el centro de Nairobi, junto a cinco kenianos: una mujer que parecía prostituta y llevaba tacos altos, un niño desnutrido, un anciano de sombrero inglés y manos de esclavo, y dos atletas de Kenia con camisetas de clubes europeos. Corríamos tranquilamente y la calle estaba repleta de animales: jirafas, elefantes, leones y rinocerontes, todos sentados, como conversando entre sí. Corríamos rápido, y yo era el único que me cansaba. Yo hacía un triple esfuerzo por alcanzarlos, pero se me iban, cada vez más, hasta que terminé por caerme. Ahí me quedaba, con la cara en el suelo, cuando se detenía frente a mí una camioneta de las Naciones Unidas. Por la ventana de la 4×4 diplomática se asomaba un gringo, con sombrero de safari y protector solar en la nariz, que se ofrecía para llevarme. Justo en ese momento desperté.

Desperté en mi cama del Inter-Continental de Nairobi, unas horas antes de una recepción de la Embajada de Chile. Y ahora estoy en la recepción, rodeado de altos ejecutivos europeos, embajadores y cónsules de medio mundo y personalidades de la política local. He caído en un círculo cerrado donde se habla de atletas. Y aquí me quedo, escuchando una charla que parece que fuera de caballos. Un tal Chris, que se dice general manager de una firma llamada Colsult, tiene todos los tics de ser un buscador de atletas exportables.

Los corredores de acá se están adaptando maravillosamente a Europa –dice él–. La clave es llevarlos en grupo. Y hay que inscribirlos en los campeonatos de primavera y verano; rinden mejor en estadios al aire libre que indoor.

Aquí adentro, el techo es alto y de él cuelgan unas grandes lámparas que nos alumbran a todos. En la calle, al aire libre, la noche de Nairobi está fresca y según algunos, muy peligrosa.

En su memoria

Hoy el National Newspaper publica cuatro páginas, a todo color, con cuerpos mutilados. La noticia del día es una batalla entre tribus rivales, en un barrio de la periferia de Nairobi. El enfrentamiento terminó con 25 muertos a piedrazos y palos.

Nada nuevo, parece decirme el taxista, levantando los hombros. La noche anterior, en uno de los bares del centro de la capital, entre gringos de organismos internacionales y kenianas de cartera roja y zapatos de charol, me enteré de que esa tarde también había muerto uno de los corredores que conocí en el Nyayo Stadium. Me lo dijo una española que conoce bien a Karl Vain, el alemán que me llevó a los entrenamientos.

Nadie sabe quién es. Murió atropellado por un jeep, camino a su casa.

Edwin era un atleta sin pergaminos y no sabía si salir de Kenia o quedarse acá.Vivía con los brazos doblados, como si siempre hubiera estado en carrera contra el tiempo. Todo le pasó tan rápido que ni siquiera alcanzó a decidir su futuro. Usando el frío punto de vista de los negociadores de atletas, la muerte de este corredor indeciso y sin títulos se trataría de una pérdida intrascendente.

Acabo de tomar un taxi y al rato, mirando por la ventana, he perdido la cuenta de los adolescentes que van trotando a sus casas. Por la memoria de Edwin, atropellado por un jeep, creo que celebraré cada vez que un atleta de Kenia gane una prueba internacional. Da lo mismo que sea un “bastardo” que corre por un club italiano, francés, danés o keniano, o un “héroe” que sigue defendiendo los colores de su país, apostando por una vida sencilla. Sólo importa que sea uno de estos nairobianos que ahora dan pasos de zancudo por el lado de mi ventana, la mayoría de ellos cantando, como si realmente fueran felices.

Al final de esta historia alguien muere. Es una muerte inesperada. Pero eso sucede al final de esta historia, porque ahora estoy arriba de un Boeing de South African Airways sobrevolando Nairobi. La pista se ve cerca, ridículamente delgada y gris en medio de un mar de tierra tan seca como una cucharada de arena. Arriba del avión va John Hesler, un keniano blanco que casi vomitó cuando el piloto de la nave giró alrededor del Kilimanjaro para que pudiéramos fotografiar el monte más famoso del este de Africa. Hesler subió al avión en Johannesburgo, adonde había ido a cerrar un gran negocio de importación de televisores. Estudió en Europa, reparte su vida entre Londres y Nairobi, y piensa que la mejor empresa de su vida sería la representación de maratonistas de Kenia.
–Es un gran negocio llevarlos a los circuitos internacionales. Pero hay demasiadas compañías europeas en el tema y estos atletas no son disciplinados –dice John Hesler, quien por ahora prefiere seguir negociando televisores.
Basta aterrizar en el aeropuerto Jomo Kenyatta de Nairobi, la capital de Kenia, para comprobar que Africa sigue siendo un misterio para los occidentales. Por mi camino se cruzan musulmanes de manos tatuadas y sonrisa cubierta, indios de turbante almidonado y maletín, una reina kikuyu con el rostro decorado por quemaduras, además de varios turistas blancos, la mayoría portando un sombrero de safari. Los safaris, palabra que en lengua swahili significa “viaje”, nacieron hace un siglo y medio como peligrosas jornadas de cacería de multimillonarios y miembros de la realeza europea. Hoy los safaris se han transformado en hordas de aventureros extranjeros –en su mayoría europeos, norteamericanos y japoneses– que han cambiado escopetas por cámaras digitales y cintas de video y, de paso, han convertido al turismo en una de las contadas empresas florecientes en este lado del planeta. Con utilidades de miles de millones de dólares administrados, en su mayoría, por empresas europeas.
Se podría decir que en Africa los cuatro puntos cardinales del mapa social son el hambre, la pobreza, el sida y el analfabetismo. Que en muchas esquinas hay niños aspirando bolsas de pegamento, y que se te acercan a pedir dinero. Que muchas de las kenianas que visten ropas europeas y están en los bares de extranjeros son prostitutas. Que la dominación inglesa duró hasta 1963 y fue brutal, y que incluso los escritores que se vinieron en esos años a instalar a Kenia –con Ernest Hemingway a la cabeza– vivieron atendidos por una corte de africanos. Que el país ha sido arrasado por plagas terribles de fiebre amarilla y malaria, que el terrorismo musulmán ha explotado varias veces en forma de camiones bomba, con cientos de muertos civiles y la consecuencia de un bajón turístico. Sin embargo, el motivo de esta historia es otro.
He viajado a Nairobi para hablar de éxitos y victorias. De triunfos. Estoy aquí para entender y ver correr a los atletas de Kenia, esos hombres y mujeres flacos como palos, sencillos y modestos, que ganan las más largas carreras del planeta. Africanos exitosos por quienes los grandes clubes deportivos del Primer Mundo, principalmente europeos, llevan varios años de cacería.

Trotar, trotar
Son las siete de la mañana y sobre la berma de la carretera Moi, una de las más importantes de esta ciudad de tres millones de habitantes, miles de kenianos trotan hacia sus trabajos o escuelas. Los automovilistas, en cambio, son de todo el mundo: hombres con turbante, negros de anteojos dorados, blancos en lujosos 4×4. No por nada la capital de Kenia es la ciudad más poderosa del este africano: acá están instaladas las oficinas centrales para Africa de todas las multinacionales, las universidades más prestigiosas de la región y los organismos internacionales de ayuda contra el hambre continental. Pero al lado del asfalto, por esa ancha vereda de tierra al borde del camino, los ciudadanos comunes y corrientes se transportan en dos pies, trotando alegremente.
Un keniano promedio corre entre cuatro y seis kilómetros diarios, y por la orilla de la carretera Moi trota gente de todas las edades. Hombres solos y en equipo. Niños con sus cuadernos y ancianos sin pelo. Grupos de amigos y familias completas. Muchos acompañan las zancadas cantando, como si realmente fueran felices, como si correr todos los días a las siete de la mañana para ir al trabajo fuera una bendición más que una tortura.
–Así se vive acá y así se van formando los atletas –dice Karl Vain, mientras me lleva por la carretera en su jeep. Tiene barba, calva, ojos claros, dos hijos, esposa flaca, colección de artesanía africana y un empleo en el gigantesco edificio de Habitat, la oficina mundial de las Naciones Unidas para la vivienda.
En un país donde las industrias más importantes son el turismo, las flores y el café, los corredores de Kenia se han convertido en su exportación más prestigiosa. Karl Vain me suelta estadísticas. Las pasadas siete maratones de Boston, cuatro de las últimas cinco de Nueva York, además de las de Rotterdam y Roma fueron ganadas por kenianos. A eso hay que sumar cinco récords mundiales en junior y tres en mujeres, todos en competencias de fondo. Sin olvidar la supremacía absoluta en el cross country ni la sorprendente trayectoria de Wilson Kipketer.
Kipketer es un símbolo de la nueva Kenia. No aparece en ningún billete ni tiene monumentos, como el presidente Daniel Arap Moi ni como el prócer Jomo Kenyatta, pero todos hablan de él. Para algunos se trata simplemente de un bastardo. Otros, en cambio, ven en él un buen ejemplo de progreso. Por eso Karl se entusiasma tanto en contar su historia. Y aunque vamos en la carretera Moi arriba de un jeep de la ONU, camino al estadio para las prácticas matutinas, por un minuto su relato se apodera de la conversación y uno se lo imagina todo claramente: por la mañana Wilson Kipketer sale de su departamento lujoso en un buen barrio de Copenhague, Dinamarca. Hace frío; por eso el atleta lleva abrigo largo y se apura en subirse al automóvil deportivo y calefaccionado. Va de la mano de su novia europea, y antes de los entrenamientos pasa por la Universidad de Dinamarca, donde está matriculado en ingeniería eléctrica. Su representante lo llama al celular para decirle que le acaba de cerrar tres carreras para el próximo mes. (…) Pese a sus largas horas de entrenamiento, las piernas que lo han hecho millonario siguen flacas. Flacas como escopetas. Flacas como un keniano.
Correr tras un sueño
Las oxidadas rejas del Nyayo Stadium están a medio abrir. No hay guardias de seguridad ni cámaras de control, ni nada que impida que uno entre sin preguntar ni decir nada. El estadio, donde se entrenan varios de los mejores corredores jóvenes, podría ser el campo deportivo de un equipo de fútbol de medianía de la tabla en la primera división sudamericana: con la diferencia de que aquí, el pasto de la cancha está seco como una toalla amarilla y casi toda la actividad se concentra fuera del rectángulo, en la pista atlética.(…) Al centro del estadio, un grupo de atletas dobla sus piernas como si fueran de goma. Otros, en la pista, giran en tandas de media hora. Estoy en el corazón del atletismo competitivo de Kenia. (…)
Philip Mosima, quien entrena hoy, es el dueño del récord mundial juvenil de los cinco mil metros, que ganó en Roma. Tiene unos 20 años, acaba de dejar el ejército y trae sus gastadas zapatillas con clavos en una bolsa de nailon que parece ser su equipaje de mano. Es bajo y flaco. Su cuerpo no da cuenta de un atleta de nivel mundial, de un fondista que espera firmar luego por algún club atlético de Inglaterra, Alemania o Dinamarca.Mosima tiene las piernas tan delgadas como sus dedos. (…) Parece tímido, aunque su cara se transforma y se le dibuja una larga sonrisa cuando le pregunto cuáles son sus sueños de atleta.
–Tengo ganas de salir de acá y correr en Europa. Me gustaría estar en todos los Grand Prix –dice, sentado sobre el pasto muerto mientras se amarra las zapatillas.
–¿Quieres ser como Kipketer?
Al escuchar la palabra Kipketer automáticamente los ojos le brillan. Una luz que se desvanece pronto, porque una reciente lesión en su rodilla derecha espantó automáticamente a los representantes europeos en busca de promesas.
–Sí, me gustaría seguir sus pasos –responde, mientras estira sus piernas.
–¿Pero él dejó de ser keniano?
–Nunca dejará de serlo, pero sólo que ahora corre por otro país y ha asegurado su futuro económico para siempre.
–¿Y qué te falta para seguir sus pasos?
–Tengo que mejorar, y así volver a mi nivel de marcas. Es la única manera de salir. Afuera están las mejores competencias, con los mejores premios.

(…) Otro de los que esta mañana practican en el Nyayo Stadium es John Kosgei, que es otra historia. Viste un buzo azul, una cadena de oro en el cuello y una picadura enorme en su pómulo derecho. Especialista en tres mil metros y sin récord mundial por ahora, se conforma con salir lo justo del país, sin estar mucho tiempo lejos de su barrio de Nairobi, ese donde es el chico más popular y tiene novia, y todos lo quieren porque esto de ser atleta en Africa es tanto o más que ser futbolista en Sudamérica. (…)
–No me gusta estar fuera de mi país mucho tiempo. Sí me gustan las competencias, los campeonatos, pero no quiero hacer mi vida afuera como imaginan otros –dice, tranquilamente, y agrega que sueña con tener una carrera deportiva como la de su ídolo Kipchoge Keino: el keniano que más medallas olímpicas ganó para el país y quien, a diferencia de Kipketer, prefirió quedarse en Kenia con una vida sencilla. (…)
Edwin es un joven sin pergaminos, pero lleno de ganas, que aún no logra decidirse entre la fuga al éxito o la dura pelea en casa. (…)
–¿Cómo te ves en unos años? –le pregunto cuando hablamos de las carreras deportivas de sus compañeros.
–No lo sé. Por ahora sólo quiero mejorar mis marcas. Eso es lo que más me preocupa. (…)
Con la singular hermosura de su trote, los atletas de Kenia no se detienen; siguen, sin parar, sudando como si fueran esclavos, pero felices, porque en sus condiciones naturales pueden sacar ventaja mundial (…)
Me siento en las graderías de este inesperado laboratorio a verlos correr en tandas redondas. A mi lado está Karl Vain, el alemán que trabaja para la ONU y que me acompañó hasta aquí. Es el único rubio de todo el estadio y mientras me habla, algunos atletas de la pista lo miran de reojo. Como si pensaran que Karl, en vez de trabajar por la vivienda mundial en su oficina de Habitat, fuera aquel representante que los va a colocar en alguna universidad europea con hambre de medallas. Afuera del Nyayo Stadium, un grupo de niños con hambre de comida pide monedas.
Kenia es un país de tribus que siguen luchando por la conquista de territorios y rebaños. Los más conocidos en Occidente son los masai, pero la totalidad de los atletas kenianos pertenece a la comunidad de los nandi. A fines del siglo diecinueve, esta tribu llegó a ser la más poderosa del país, y es la misma a la que pertenece Daniel Arap Moi, el presidente de la nación por quinto período consecutivo.
–Los nandi son un pueblo de pastores que se ubica en la zona del Rift Valley. Viven en los cerros. Por lo menos, corren media maratón al día –dice Peter Njenga, periodista deportivo de Nairobi–. La falta de oxígeno, por la altura, les ha llevado a tener pulmones más grandes y eso ayuda mucho en la resistencia física.
Njenga es un experto en el tema de los atletas y cronista estrella del National Newspaper, el diario de mayor circulación en Kenia y uno de los más influyentes en todo Africa. Sus oficinas están en el centro de Nairobi y, como en cualquier edificio del país, las fotos del presidente Daniel Arap Moi están en cada pared. Es la ley, la que se debe respetar en los hoteles, discotecas, restaurantes y cualquier lugar público.

Vencer con nada
Peter Njenga me cuenta que en las últimas olimpíadas los kenianos siguieron las carreras por televisión a las cuatro de la mañana. Parece insólito: un país muy pobre desvelado toda la noche para ver un maratón. Cuando los atletas volvieron a Nairobi, una turba llegó hasta el aeropuerto a recibir a sus héroes.
Pero a pesar de toda la popularidad, en Kenia no hay mercadeo para esta práctica. No se venden camisetas de los maratonistas, no hay zapatillas autografiadas ni empresas que paguen para que su marca aparezca en la panza de los fondistas. Y sin embargo, contrariando las leyes del deporte de mercado, pese a la virginidad del merchandising, los corredores siguen triunfando en todo el mundo. Venciendo con nada.
–La única explotación económica es a ellos –dice Njenga, y no se equivoca. En una carrera de segundo orden a nivel mundial, como el maratón brasileño de San Silvestre, se les llega a pagar diez mil dólares sólo por participar.
–El problema es que se les sobreexplota y se queman muy temprano. Sus carreras duran tres o cuatro años –dice Njenga.

A los atletas de elite que se quedan en el país el gobierno de Moi les ha dado trabajo en el ejército. Las tres cuartas partes de los deportistas destacados son militares, lo que les permite dedicarse casi exclusivamente a correr, recibir un sueldo y ordenar sus horarios. Todo este ambiente de verdaderos aficionados, casi amateur, antiprofesional, hace que la mayoría de los atletas no puedan sobrevivir fuera de Kenia. Los expertos internacionales suelen acusar a los atletas kenianos de tener una fe ciega en sus condiciones naturales y de no preocuparse por el largo plazo de sus carreras como deportistas. Ni de su porvenir económico.
Mosima, el corredor que alguna vez quiso ser artesano, está seguro de que él sí triunfaría en el extranjero. Para eso está trabajando, en espera de recuperarse de su lesión. Ni siquiera sale con amigos y por ahora prefiere no tener novia. Edwin, en cambio, el de los brazos que siempre están doblados, tiene un futuro más incierto. Ni sus grandes condiciones naturales le han facilitado resolver su gran dilema: competir ferozmente en el extranjero o seguir con las incertidumbres en Nairobi.
Anoche tuve un sueño insólito. Estaba trotando por la calle Biashara, en el centro de Nairobi, junto a cinco kenianos: una mujer que parecía prostituta y llevaba tacos altos, un niño desnutrido, un anciano de sombrero inglés y manos de esclavo, y dos atletas de Kenia con camisetas de clubes europeos. Corríamos tranquilamente y la calle estaba repleta de animales: jirafas, elefantes, leones y rinocerontes, todos sentados, como conversando entre sí. Corríamos rápido, y yo era el único que me cansaba (…) yo hacía un triple esfuerzo por alcanzarlos, pero se me iban, cada vez más, hasta que terminé por caerme. Ahí me quedaba, con la cara en el suelo, cuando se detenía frente a mí una camioneta de las Naciones Unidas. Por la ventana de la 4×4 diplomática se asomaba un gringo, con sombrero de safari y protector solar en la nariz, que se ofrecía para llevarme. Justo en ese momento desperté.
Desperté en mi cama del Inter-Continental de Nairobi, unas horas antes de una recepción de la Embajada de Chile. Y ahora estoy en la recepción, rodeado de altos ejecutivos europeos, embajadores y cónsules de medio mundo y personalidades de la política local.(…) He caído en un círculo cerrado donde se habla de atletas. Y aquí me quedo, escuchando una charla que parece que fuera de caballos. Un tal Chris, que se dice general manager de una firma llamada Colsult, tiene todos los tics de ser un buscador de atletas exportables. (…)
–Los corredores de acá se están adaptando maravillosamente a Europa –dice él–. La clave es llevarlos en grupo. Y hay que inscribirlos en los campeonatos de primavera y verano; rinden mejor en estadios al aire libre que indoor.
Aquí adentro, el techo es alto y de él cuelgan unas grandes lámparas que nos alumbran a todos. En la calle, al aire libre, la noche de Nairobi está fresca y según algunos, muy peligrosa.

En su memoria
Hoy el National Newspaper publica cuatro páginas, a todo color, con cuerpos mutilados. La noticia del día es una batalla entre tribus rivales, en un barrio de la periferia de Nairobi. El enfrentamiento terminó con 25 muertos a piedrazos y palos.
Nada nuevo, parece decirme el taxista, levantando los hombros. La noche anterior, en uno de los bares del centro de la capital, entre gringos de organismos internacionales y kenianas de cartera roja y zapatos de charol, me enteré de que esa tarde también había muerto uno de los corredores que conocí en el Nyayo Stadium. Me lo dijo una española que conoce bien a Karl Vain, el alemán que me llevó a los entrenamientos.

–Nadie sabe quién es. Murió atropellado por un jeep, camino a su casa.
Edwin era un atleta sin pergaminos y no sabía si salir de Kenia o quedarse acá.Vivía con los brazos doblados, como si siempre hubiera estado en carrera contra el tiempo. Todo le pasó tan rápido que ni siquiera alcanzó a decidir su futuro. Usando el frío punto de vista de los negociadores de atletas, la muerte de este corredor indeciso y sin títulos se trataría de una pérdida intrascendente.
Acabo de tomar un taxi y al rato, mirando por la ventana, he perdido la cuenta de los adolescentes que van trotando a sus casas. Por la memoria de Edwin, atropellado por un jeep, creo que celebraré cada vez que un atleta de Kenia gane una prueba internacional. Da lo mismo que sea un “bastardo” que corre por un club italiano, francés, danés o keniano, o un “héroe” que sigue defendiendo los colores de su país, apostando por una vida sencilla. Sólo importa que sea uno de estos nairobianos que ahora dan pasos de zancudo por el lado de mi ventana, la mayoría de ellos cantando, como si realmente fueran felices.

Es de noche. Llueve. Los teléfonos celulares ya perdieron cobertura. La radio portátil no atrapa señales. Muchos de los tripulantes permanecen en sus camarotes, intentando sortear dignamente este vaivén que mantiene nuestros estómagos bailando. El vómito, acá arriba, no es exclusividad de borrachos, intoxicados o mujeres embarazadas. Según las cartas de navegación, el Arctic Sunrise navega sobre el grado 50 del Pacífico Sur.

Dicen que así se mueve el piso cuando a uno le bombardean la ciudad. Nadie sabe si llegaremos a destino.

Llevamos tres días mar adentro. Tres días desde el zarpe en Valparaíso, donde el barco de Greenpeace permaneció una semana y recibió más de tres mil visitas, en su mayoría jóvenes y niños con padres ecológicos. Más de setenta horas mar adentro que sirven para enterarse de lo básico: navegamos en el Arctic Sunrise, uno de los cuatro navíos emblemas de Greenpeace junto al SV Rainbow Warrior II, el MV Sirius y el MV Greenpeace. El Arctic es un rompehielos: casi no tiene quilla, navega dando tumbos y tiene poco más de cincuenta metros de largo. Vamos rumbo al estrecho de Magallanes, luego a los puertos de Buenos Aires y Salvador de Bahía, en una gira latinoamericana que terminará en Nueva Orleáns. El objetivo de la travesía parece simple: demostrar (con cifras científicas en la mano, conferencias de prensa en cada puerto, despachos diarios al sitio web de la organización y manifestaciones “comandos” en las ciudades de atraque) el alto contenido tóxico de los vertidos industriales de la región. Según los datos de Greenpeace, solo en Brasil las fábricas lanzan al mar cerca de dos mil litros de líquidos venenosos al día.

Estas primeras jornadas también ayudan para familiarizarse con el grupo. La tripulación tiene varias particularidades. Por ejemplo, un alto porcentaje de mujeres: siete de veinte. La mitad de quienes vienen acá arriba son funcionarios contratados por Greenpeace (mecánicos, encargados de comunicaciones, personal de salud) y el resto son voluntarios. Los hay de casi todos los continentes, menos de África. Ricardo, un chileno de barba y estudios de construcción, es uno de los cinco voluntarios que realizan su primer viaje. Ricardo es Ricardo, sin apellido. Igual que en los reality show, acá adentro casi nadie apellida a las personas. Alguien me dice que puede ser por seguridad, como ocurre en las organizaciones paramilitares. Ricardo camina por cubierta y sus ojos, cuando habla de la organización, adquieren el brillo de quien ha descubierto su fe:

—Queremos conseguir que el mundo tenga cero contaminación. Un planeta libre, puro, donde no se maten ballenas ni se ensucie el ecosistema. Esa es nuestra meta y no vamos a descansar hasta conseguirlo.

Nuevo día y en la mañana se distribuyen las tareas. Marleen barniza con pintura antióxido la zona del helipuerto. Marleen es una voluntaria belga, de Lovaina, tiene 29 años y pertenece a Greenpeace desde hace cinco. Marleen tiene el pelo corto, la voz ronca, los ojos claros, un mostachito sobre el labio superior, las uñas con grasa, los dientes perfectos, olor a aceite y una sonrisa contagiosa que, cada tanto, adorna torpemente con un cigarrillo de tabaco negro armado por ella.

—Soy la encargada de las acciones de Greenpeace Holanda —dice Marleen, seca y tierna a la vez.

Ser encargado de acciones en este ambiente, significa planificar las manifestaciones callejeras, el despliegue de lienzos gigantes, el abordaje a barcos balleneros, los tortazos a políticos y las marchas. Es decir, todas las acciones que han hecho mundialmente famosa a la agrupación.

—Es una manera de llamar la atención del planeta y mostrar lo que está pasando, lo que le están haciendo a la Tierra —dice con una vehemencia que esconde ternura.

Marleen luce un traje de mecánico azul, con la palabra Greenpeace estampada en la espalda. Casi todos están vestidos iguales, muy uniformados, como ocurre en los ejércitos o en los monasterios.

Aunque llevamos varios días juntos, comiendo en el mismo casino, duchándonos en el mismo baño, viendo películas en la misma sala de esparcimiento, caminando por la misma cubierta, ella sabe —y me lo hace entender muy sutilmente— que no soy uno de la organización. Más bien, soy un potencial enemigo. Todos sabemos que para estas organizaciones, la prensa es un factor clave en la difusión de su discurso.

—Una vez me detuvieron en Japón. Quince días entre presas comunes en una cárcel japonesa —es la respuesta-desvío cuando le pregunto por sus viajes a Oriente. Su tono de relato no es de víctima, ni de arrepentida: es de convicción. Y entonces los dos nos vamos a su historia nipona. Nos transportamos a ese día.

Todo ocurre un año antes. La idea parece pacífica: colgar un lienzo frente a una fábrica contaminante de Tokio. Pero Marleen y sus tres amigos de la organización olvidan un detalle: en Japón, el principal país cazador de ballenas junto a Noruega con un promedio de 650 por año, Greenpeace es considerada una agrupación terrorista. No por nada, el negocio de la pesca mueve hasta doce millones de dólares a la semana. No por nada, la Policía tarda pocos minutos en llegar a ver lo que ocurre con estos europeos vestidos con el uniforme de Greenpeace. Las sirenas y la decena de carros policiales anuncian el escándalo. Los policías japoneses la bajan con fuerza, sin preguntas, mientras otro miembro de la organización filma toda la escena desde tierra. La descuelgan a golpes, a empujones, insultándola en un idioma que ella no entiende pero deduce. Dentro del carro policial, sentada junto a sus amigos de comando, se pregunta por las imágenes. ¿Habrán logrado grabar todo? Ojalá no hayan confiscado el material. Eso sería una tragedia. La celda en la cárcel de las afueras de Tokio es incómoda. La mayoría de las otras presas solo habla japonés. Durante dos semanas espera que el poderoso grupo de abogados de Greenpeace los libere. Eso ocurre el día 14, cuando el comando completo es expulsado del país. Aunque mañana se retire de la organización, Marleen nunca más podrá volver a entrar a Japón.

El lienzo que causó todo el alboroto decía: “Detengan la contaminación”.

Marleen no se complica. Mientras recuerda, son muy raros los momentos en que su voz se tiñe con algo de orgullo o resentimiento. Marleen, quien para algunos calzaría perfecto con el cliché de la feminista más combativa, sigue tranquila en su batalla. Ahora está aquí, en los mares de la Patagonia:

—Terminado el tour me iré a Bélgica a descansar. Pasaré todo el tiempo en mi casa en Lovaina, donde vivo sola —dice. Marleen, como la mayoría de quienes vamos a bordo, es soltera y sin hijos.

El policía del barco. Así se autodefine el argentino Daniel Rizzotti, 35 años y segundo oficial a bordo. Rizzotti, uno de los pocos que dan su apellido sin problemas, ya está jugado por completo con la agrupación. Marinero de profesión, tiene el pelo corto, la cara afeitada y un tono marcial. Antes trabajó arriba de buques químicos y lleva cinco años en Greenpeace.

Ha navegado en el Rainbow Warrior, en el MV Greenpeace y en el Arctic Sunrise.

—Todos nuestros barcos son distintos. Cada uno tiene su encanto —dice, y agrega una explicación técnica de la que se concluye: el primero de los tres es el emblemático, hermoso y de madera; el segundo es el más moderno y tecnológico; el tercero es el fuerte y estratégico en la lucha contra la matanza de ballenas en la Antártica.

—De nosotros se dicen muchas cosas malas —dice una noche, muy tarde, en que me lo encuentro en la cocina. Él anda de guardia y yo de insomnio—. Se dice que somos hippies, que somos negativos, que nos oponemos al avance científico, que estamos apoyados por partidos políticos. Todo falso. Se nos inventan muchas cosas y queremos que se nos tome en serio. Somos, quizás, la ONG más grande del mundo y eso tenemos que cuidarlo. Tenemos muchos enemigos.

Cuando el policía habla no me mira a los ojos. Anda con una linterna y una radio. Mientras mete una rodaja de salami en medio de un pan, le digo que Greenpeace también tiene muchos seguidores. Le cuento que hablar mal de ellos públicamente tiene sus riesgos, porque Greenpeace suele presentarse como una institución muy correcta políticamente, idealista, soñadora. Le digo que no tienen a todos en contra, ni mucho menos. Le explico que hay innumerables personalidades del mundo de la cultura que salen en la televisión pidiendo dinero para ellos, y que hay largas listas de jóvenes que han firmado para darles apoyo fiel, además de una cuota mensual en efectivo.

—Pero hay mucha gente que quiere hacernos daño. En nuestra lucha hay muchos intereses en juego.

La historia de la organización se inicia en 1971, cuando el gobierno de Estados Unidos anuncia una prueba nuclear en la isla de Amchitka, en Alaska. Entonces los canadienses Jim Bohlen e Irving Stowe, dos amigos hippies, deciden navegar hacia la zona para tratar de frustrar el experimento. A ellos se les une Paul Cote, y los tres crean un grupo que poco después toma el nombre de Paz Verde y que se basa en la navegación por los mares del planeta denunciando acciones contra el ecosistema.

Hoy, Greenpeace tiene oficinas en 43 países y más de tres millones de inscritos en todo el mundo que ayudan económicamente. Todavía y pese a los varios y grandes escándalos financieros en Europa, la organización es considerada todo un ejemplo de trabajo para otras ONG. El auge mundial de Greenpeace vino de la mano con el primer golpe fuerte contra la organización: en 1987, la Policía secreta de Francia hundió el Rainbow Warrior, que se encontraba reclamando por los ejercicios nucleares en Mururoa. Rápidamente el atentado se transformó en noticia mundial, el nombre de la organización se hizo famoso en todo el orbe y en las sedes de Greenpeace se armaron colas enormes de personas que querían inscribirse para ayudarlos económicamente.

Si bien uno de los grandes mitos dice que Greenpeace es una organización hippie, las cosas acá adentro transcurren con una precisión ejecutiva. Hay rondas nocturnas, pero nunca ocurre (o no parece ocurrir) algo que las justifique.

Hay cerveza, mucha, pero nada diferente a cualquier barco y es muy raro que alguien se exceda. No se ve marihuana ni se huele, aunque a veces alguien haga una broma al respecto y todos la celebren de manera cómplice. Pese a la apariencia física de muchos pelilargos y barbudos, aquí adentro hay un terror a ser hippie. También les interesa negar que son una cofradía gay, mote que les han colgado algunas voces reaccionarias europeas y que se basaría en que su tripulación está formada por mujeres muy masculinas y hombres especialmente sensibles.

Como ocurre siempre que se navega largo, los días comienzan a repetirse. A las siete y media, desayuno y ducha hasta las ocho. Trabajo duro hasta las doce. Almuerzo hasta la una. Trabajo duro hasta las cinco. Comida a las seis. Resto del día libre: ver una película, fumar en los lugares permitidos y beber cerveza. Por la noche a dormir, a no ser que a uno le toque el turno de rondas.

Por esto mismo, las novedades a bordo corren por cuenta del estado de ánimo de cada uno. Si uno despierta sin energía, aburrido, desconfiado, lo más seguro es que uno imagine estar encerrado junto a una secta fanática de autómatas cuyos cerebros están tan lavados como los suicidas davidianos de Waco, o en mitad de una pandilla de funcionarios mal pagados de un gran y macabro negocio manejado desde un escritorio en Ámsterdam y dirigido a millones de corazones blandos repartidos por el mundo. Por el contrario, si uno amanece optimista, lleno de ganas, feliz de la vida, es fácil poder admirar a los activistas de Greenpeace. Deslumbrarse con este heterogéneo grupo de personas que luchan y se entregan por completo a un ideal. Después de todo, vamos arriba de un barco incómodo, en mitad de un fuerte oleaje, sin ningún tipo de lujos y ellos van felices, gastando la vida en limpiar una embarcación que servirá para mostrarle al mundo lo malo que es matar ballenas y la perversión a la que puede llegar la especie humana buscando un buen negocio.

Deb es linda. Divertida. Cuando bebe cerveza y fuma Marlboro dan ganas de abrazarla. Nació en Australia hace treinta años y lleva seis en la organización. Tiene un arete en la nariz, otro en la lengua y la foto de una ballena en su dormitorio. Deb tiene una voz que parece un susurro y su mirada, dulce como he visto pocas, da cuenta de una mujer en extremo tímida. Por eso mismo sorprende cuando Daniel, el policía, apunta a la televisión y grita:

—¡Esa es Deb! ¡Esa es Deb!

Es de noche, acabamos de comer y la mitad de la tripulación está pegada al televisor. Por la pantalla del Sony de 36 pulgadas pasan un video de las arriesgadas acciones de Greenpeace contra la caza de ballenas. Las escenas son de la campaña de principios de año, en los mares de Australia.

Deb se sonroja, muy tímida. Como si le diera pudor mirar en acción a su otra personalidad. La Deb de la pantalla está liderando uno de los botes. Tiene agallas. Está en el mar australiano, vestida aparatosamente, arriesgándose por completo. De pronto, trata de enganchar su zódiac al mismo cable con que acaban de arponear un nuevo cetáceo. Todo es adrenalina y velocidad, todo es mar adentro, con fuerte oleaje y gritos de un lado a otro. Uff, el cable metálico del arpón se agarra al cuello de Deb, el mar se mueve, los japoneses del buque factoría le lanzan chorros de agua a la cabeza. Deb corre peligro, traga saliva y siente el piercing de su lengua en el paladar. Deb cuelga de un hilo, y el disparo de agua casi la desarma. Deb se salva por poco. Corte brusco. El video está mal editado.

Según la organización, solo en 1960, noruegos y japoneses cazaron unos sesenta mil cetáceos. Hoy la cifra es cien veces menor, pero la lucha continúa. Como se ve en pantalla, los empleados de las grandes industrias balleneras y los activistas de Greenpeace pasaron la última Navidad mar adentro. Peleando juntos.

Dicen que una imagen de televisión vale más que mil libros. Dicho axioma parece ser la máxima de Greenpeace.

—Gracias a eso podemos mostrar al mundo lo que hacemos. Somos una organización de denuncia y por eso le damos un valor tan grande a las imágenes —dice Luis Vásquez, un colombiano que lleva cinco años aquí adentro.

Luis fue uno de los primeros latinoamericanos en ser contratado como navegante, por eso no teme dar su apellido. Antes trabajó como mecánico en buques mercantes que recorrían el mundo. Se rapa el pelo, aunque eso no le disimula la calva. Usa un reloj grueso y sumergible, habla lento, le gusta la tecnología, se rasca la barba con las dos manos y usa mucha ropa de lana:

—Es increíble, pero uno termina acostumbrándose a esta vida. Claro que Greenpeace es muy distinto a los otros barcos, porque acá hay mujeres y la jerarquía no es tan rígida. Al principio cuesta acostumbrarse a algunas cosas. No hay que olvidar que venimos de países latinoamericanos, de países machistas, donde cuesta ver a mujeres lindas que no se quitan los pelos de las piernas ni de las axilas. Que levantan los brazos y ufff, eso cuesta. Pero te acostumbras. Y es muy bueno que te acostumbres, porque una de las principales cosas de Greenpeace es que todos somos iguales.

El colombiano está en su camarote: un estrecho lugar donde apenas entran dos literas, un breve escritorio, su computador portátil, un lavamanos y una colección de libros de origami, su entretención a bordo. Y dice:

—Un día por esa ventanilla veo el puente de Londres, después veo el puerto de Los Ángeles y la otra semana Buenos Aires o Ámsterdam. Te acostumbras a que la gente te reciba como un activista de Greenpeace. Y eso es muy peligroso, porque en muchos países la gente nos considera héroes, no personas. Ellos te ven a ti como a Greenpeace, y cómo les voy a decir “¡Hey!, debajo de esta camiseta de Greenpeace estoy yo, Luis Fernando, el bogotano de Colombia que no ve a su familia hace meses”.

Al rato, Luis abre su computador y comienza a mostrar fotos digitales de algunas acciones en las que le ha tocado participar. Destaca los recortes escaneados de los periódicos de Los Ángeles, California, cuando fue arrestado por encadenarse al muelle.

Y me habla con el entusiasmo propio y genuino de quien reconoce su cara en la portada de Los Ángeles Times. Mientras vemos la imagen digitalizada del periódico, donde apenas se distingue su rostro con tan grueso salvavidas, me explica, un poco frenético, que cada acción se planifica el día anterior. Se juntan y revisan varias veces cada detalle de lo que harán. Hacen planos en una pizarra y la noche previa se acuestan temprano, como un equipo de fútbol en una concentración. La idea es estar descansados y sin interferencias externas a la hora de la verdad.

Punta Arenas está al final del horizonte. Luego de varios días mar adentro, un collar de lucecitas sobre el horizonte indica que por primera vez navegamos cerca de tierra. Me entretengo pensando en alguno de los tripulantes del Arctic Sunrise que, lo más seguro, nunca volveré a ver. Pienso en Kevin, un tipo que lleva más de veinte años arriba de barcos, que navegó arriba del primer Rainbow Warrior, que pasa todo el día haciendo bromas infantiles y que, muy probablemente, debe tener serias dificultades para vivir en tierra.

Y en Amanda, la australiana encargada de la cocina, que le gusta escuchar a Bob Dylan y Bob Marley, que disfruta de la comida contundente, que lava la carne antes de cocinarla, que hasta hace poco estuvo de novia con el colombiano del barco y que no le agrada hablar de su familia. Y de Paul y Micky y Danny, todos flacos de pelo largo y más viejos y más callados y más solos que la mayoría y que juntos, los tres, ganarían cualquier concurso de dobles de Supertramp, y que parecen hechos para fumar marihuana y alguno ha dicho que tiene su familia en Ohio y otro que parece que hace años vivió seis meses en tierra firme, en Nueva Orleáns.

El puerto de Punta Arenas se ve cada vez más cerca y significa lo mismo que llegar a cualquier puerto: uno siente que en el trayecto ganó algo, pero que también perdió una cosa importante. De seguro eso mismo le pasará a Greenpeace si logra ganar su gigantesca, descomunal y desorbitante lucha. Si finalmente, y de una buena vez, terminan llegando a destino. Aquel día tendremos un mundo mejor, un planeta Tierra con cero contaminación, aguas limpias y ballenas felices. Pero ellos, este grupo de personas, estos tripulantes que ahora mismo van al comedor mientras afuera llueve, perderán quizás lo más valioso que han encontrado aquí. Algo que algunos se atreven a llamar familia.

Desde que llegué a Salamanca, varios me han advertido acerca de Benjamín Franklin y sus inventos. Su nombre completo es Benjamín Franklin Silva Donoso y vive en esta pequeña ciudad al norte de Chile. Tiene treinta y cuatro años, es soltero, no está de novio y vive con sus padres. Su piel es más clara que la del promedio de habitantes de este pueblo andino y, por eso, se protege del sol con anteojos y gorra. Cuando nos conocemos, en la plaza central de Salamanca, llena de árboles, Benjamín Franklin llega vestido con una gorra azul de visera larga, anteojos oscuros y jeans.

—Hola, soy Benjamín –me estira su mano con timidez.

Logré contactarlo por intermedio de una secretaria de la municipalidad. Por estos días, llegar a Salamanca como periodista te convierte casi en un extranjero ilustre: las autoridades se ponen a tu disposición y las secretarias de cualquier jefe oficial pasan a ser tus propias asistentes. Todo, creo, gracias a internet.

Salamanca es el primer poblado de Latinoamérica con internet gratis, inalámbrico, y, según lo que me han dicho, absolutamente democrático: para todos.

En sus manos, Benjamín Franklin trae su último invento: una antena artesanal que sirve para conectarse mejor a la señal inalámbrica de internet. Un tubo con cables que, conectado a la computadora, mejoraría la captura de la señal. Por casi veinte dólares, el precio al que vende su invento, promete a los habitantes de Salamanca una significativa mejora en la conexión a la red. En tres meses ha vendido más de diez de sus antenas y, con el dinero que ha ganado (en dólares serían dos billetes con la cara del Benjamín Franklin original), le ha bastado para vivir exclusivamente de su idea. Todavía no tiene pensado patentarla. Por ahora, el tiempo se le va en pensar cómo mejorar su antena.

Cuenta que en los últimos meses lo han entrevistado en varios canales de televisión, en un par de radios locales y en diarios de circulación nacional. Está orgulloso. No sólo eso, el 12 de octubre del 2006 apareció en la portada de La Voz del Choapa, un pequeño diario que circula por Illapel, la ciudad grande vecina a Salamanca. Internet ha traído cambios a su vida, y no únicamente tecnológicos. Casi le digo que lo entiendo, porque gracias a internet he podido sobrevivir escribiendo historias desde diferentes lugares, pero al final me limito a escucharlo.

Benjamín Franklin dice que siempre le han gustado los inventos. Su hablar es pausado. Recuerda que muchos años atrás, antes que internet fuera inalámbrico, antes aun que apareciera internet, Salamanca era una ciudad aun más plana y aislada del resto del país, y él diseñó su primera antena. Empezaban los años noventa y hablar de una red mundial de comunicación, en Salamanca, todavía era como pensar en ciencia ficción: las computadoras sólo eran robots gigantes propios de ciudades ahogadas entre rascacielos. Era una época donde todavía tenía una importancia gravitante la radio. Las primeras antenas de Benjamín Franklin fueron precisamente para eso, para captar ondas de radios de Santiago, la capital del país.

La vida en Salamanca es apacible, tranquila, con familias en bicicleta, niños que van caminando a la escuela, policías que saludan a los vecinos, perros que se pasean sin sus dueños y automóviles estacionados con las ventanas abiertas. Aquí se ven muy pocos taxis, casi no hay semáforos y los bomberos hace varias semanas que no van a apagar un incendio. Para entretenerse hay una piscina municipal, un estadio, un gimnasio y dos discotecas que abren sólo los fines de semana. Una vieja camioneta amarilla, con parlantes a todo volumen, se pasea anunciando un festival de música ranchera. Un grupo de jóvenes toca guitarra en la plaza. El centro tiene pocas calles. De los dos cajeros automáticos de Salamanca, uno está en una gasolinera y otro en la única sucursal bancaria de la ciudad. La mayor parte del tiempo uno tiene la sensación de estar en una ciudad desenchufada. Totalmente acústica.

Sentado en la plaza de Salamanca, rodeado de niños que persiguen pelotas de fútbol y de jubilados que ya no persiguen nada, Benjamín Franklin me dice que en la ciudad la gente escucha música campesina, cumbias y rancheras:

—No desmerezco ese tipo de música, pero a mí me gusta mucho más lo que es el anglo. Me gustan los clásicos, los Beatles, los Creedence Clearwater Revival, entonces fue por esa necesidad que comencé a inventar las primeras antenas.

Así recuerda, buscando en el pasado una consecuencia lógica para su actual trabajo de inventor de antenas para internet.

La historia de por qué este poblador de Salamanca se llama Benjamín Franklin empieza en la década de 1900, cuando su abuelo, Pedro Silva Contreras, sale a recorrer el mundo como marino de la Esmeralda, el buque escuela de la Armada de Chile. En uno de esos viajes, de hace cien años, el barco llegó a Nueva York.

—Mi abuelo recorrió cuatro veces la vuelta al mundo, pero le gustó Estados Unidos. Siempre hablaba de Nueva York y nos contaba que se subió a la Estatua de la Libertad.

Tanto le gustó a su abuelo Estados Unidos que bautizó a sus hijos con los nombres Washington, Edison, «y a mi papá le puso Franklin». Y, para seguir la tradición familiar, su padre lo bautizó Benjamín Franklin, como el inventor.

En un momento y en silencio, como una sombra entrada en años, se suma a la conversación el papá de Benjamín Franklin. Canoso, de ojos claros y pocos dientes, parece que no ha querido faltar a la cita que su hijo tenía con un periodista. Los dos padres del inventor de antenas son artesanos en madera, y venden sus trabajos en la plaza central de Salamanca. Hasta antes que llegara internet a la ciudad, el hijo los acompañaba en el trabajo y en la venta. Ahora, como los viejos buscadores de oro, abandonó todo por la tecnología.

—Siempre fue inventor mi hijo, igual que el otro Benjamín Franklin –dice su padre, Franklin Silva-. Yo no entiendo de internet, no sé nada, pero veo que lo que hace mi hijo es algo muy importante y que puede estar conectado con todo el mundo. Mi padre dio la vuelta al mundo cuatro veces, en barco, y ahora mi hijo lo hace por internet. Desde la casa.

Mientras el padre interrumpe con sus opiniones, el hijo, el inventor, Benjamín Franklin Silva Donoso, mira hacia los cerros de la cordillera de los Andes, tal vez pensando en un nuevo experimento. Tal vez pensando en su abuelo marino. Tal vez sorprendido por el orgullo público que le demuestra su padre: con sus antenas, la precaria señal llega mejor a los hogares de Salamanca.

***

Los últimos kilómetros antes de llegar a Salamanca son una interminable seguidilla de curvas y contracurvas, subidas y bajadas empinadas por una zona de valles precordilleranos estrechos y peligrosos. Son más de trescientos kilómetros al norte de Santiago. Tengo la sensación de estar ingresando a una zona aislada y escondida, a un territorio al que podría caerle una bomba radioactiva y el resto del país tal vez ni se entere. El bus entra a Salamanca a baja velocidad y con el motor aún forzado. La mayoría de los pasajeros son obreros de Los Pelambres, un yacimiento de cobre, moderno y privado, en el país que es el principal productor de cobre del mundo. Paradójicamente, la sostenida alza del cobre en los últimos años se debe al auge mundial del cableado de cobre, negocio que se vendría abajo en un mundo inalámbrico.

Antes de saltar a los medios de comunicación como la primera ciudad iluminada con wifi (abreviatura de wireless, es decir, sin cables), Salamanca era conocida por la leyenda de ser una zona de brujas. Basta llegar a la ciudad para ver dibujos de brujas volando en escobas pintadas en las paredes, en las tiendas, en los anuncios de restaurantes, en las publicidades locales.

—Siempre se dice que acá hay brujas, pero nunca vi una –dice Roxana Pizarro, una joven nacida en Salamanca que trabaja para la municipalidad y que ahora escucha radios de Santiago por internet–. De todas maneras, es lo que identifica a la ciudad en el resto del país. Mejor dicho, lo que lo identificaba, porque ahora somos conocidos por el wifi.

El proyecto de internet gratuito para esta aislada localidad chilena se llamó «Salamanca sale al mundo», y el slogan fue acompañado de una bruja montada en una escoba.

Si bien los veinticinco mil habitantes del lugar sabían que la llegada de la tecnología podía traer cambios, tras la instalación de las once antenas que distribuyen la señal sin cables, Salamanca siguió con su vida cansina, con una economía dividida entre el trabajo en la minería y la agricultura. Pero la noticia del experimento corrió rápido, y no tardó en salir de Chile. Varios recuerdan que a los pocos días de inaugurada oficialmente la señal libre, el 4 de septiembre del 2006, la información estaba siendo trasmitida por CNN en español para toda América Latina y Estados Unidos. Desde los estudios instalados en Atlanta, la periodista Carolina Escobar abría el informativo con entusiasmo: uno, dos, tres, ¡al aire! «Una pequeña ciudad en Chile es la primera en Latinoamérica que cuenta con conexión inalámbrica gratuita a internet de banda ancha. El experimento busca potenciar las capacidades de los ciudadanos, con las ventajas de internet: contenidos gratuitos, alfabetización digital, capacidad de subir contenidos, entre otros».

De ser una perdida ciudad cordillerana del norte de Chile, estaban saliendo al mundo como los primeros de Latinoamérica. Y no había pasado siquiera un mes de conexión.

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La municipalidad de Salamanca está frente a la Plaza de Armas de la ciudad y, para llegar a la oficina del alcalde, hay que atravesar un pasillo oscuro donde se ven varios escritorios con funcionarios que te saludan moviendo las cejas. Fundada en 1844, en sus habitantes se ve la mezcla del pasado prehispánico marcado por los incas y los indios Diaguitas. Hoy, todas las computadoras de la municipalidad están conectadas a internet y, sobre el escritorio del alcalde, hay una poderosa laptop inalámbrica.

El despacho de la máxima autoridad de la ciudad es simple, y además de su escritorio repleto de papeles y de algunas sillas, hay una pequeña mesa de reuniones donde están repartidos los planos de lo que será la plaza central después de la remodelación que se tiene planeada. Pese a ser de día, están las luces prendidas. El alcalde se llama Gerardo Rojas, es abogado y nació en Salamanca hace cuarenta y tres años. Es calvo, tiene voz aguda y está recién divorciado.

El alcalde de Salamanca se muestra entusiasmado con el proyecto. Y casi no es necesario hacerle preguntas para que se largue con entusiasmo a hablar de la experiencia.

Así cuenta que el proyecto comenzó cuando estaba leyendo una entrevista, en un diario de circulación nacional, al senador Fernando Flores. El senador hablaba de los blogs. En la entrevista, Flores planteaba que las comunas que estaban dispuestas a hacer algo en tecnología, podían llamarle. La idea quedó dando vueltas en la cabeza del alcalde de Salamanca. Algunos días despertaba con ganas de llamarlo, otras veces pensaba que para qué si no le darían mucha ayuda. Así pasaron como dos meses. Hasta que un día…

—Un día dije, voy a llamar. Lo hice pensando a ver si quedaba algún cupo por ahí. Lo llamé y parece que no lo había llamado nadie. Nadie.

Con entusiasmo, el alcalde Gerardo Rojas cuenta que el senador los puso en contacto con su fundación, llamada Mercator. A los pocos días llegaba a Salamanca la primera comitiva de técnicos de Mercator y en la primera reunión, sin muchas demoras, lo primero que se conversó fue de iluminar la comuna con wifi. Cuatro antenas lanzando la señal inalámbrica de internet por sobre todo el pueblo. Eso sucedía en junio del 2006. Tres meses después, la presidenta de Chile estaba inaugurando la señal libre para que lo viera todo el país.

El propio alcalde de Salamanca dice que su ciudad está de moda. Jura «por Dios» que el proyecto nunca fue pensado como una competencia y que ser los primeros de Latinoamérica los sorprendió a todos: le ha subido la autoestima a toda la comuna.

En Chile es común –asunto de gran orgullo nacional– las noticias internacionales que ponen al país primero en diferentes rankings de Latinoamérica. Atrás, muy atrás, parecen haber quedado los traumáticos años donde viajar con pasaporte chileno, en plena dictadura militar, equivalía a pasar horas extras en cualquier aeropuerto del mundo. En menos de veinte años, de un país culposo por las violaciones a los derechos humanos, los chilenos han asumido el rol continental del orgullo. De un orgullo basado en la economía.

Ahora aparecen en los titulares de todos los medios nacionales, noticias que confirman esta tendencia. «Chile sigue liderando a Latinoamérica en ranking de competitividad», dice el informe anual del Foro Económico Mundial. «Chile sigue liderando a Latinoamérica en clima de inversión», según un informe del Banco Mundial. «Chile lidera ranking de apertura en Latinoamérica», dice un informe de Federal Express (FedEx). «Chile es líder en la lucha contra la corrupción en Latinoamérica», según Transparencia Internacional. Un orgullo para el país que hace rato viene generando una enemistad regional.

—Ya somos los primeros en Latinoamérica, eso no lo puede negar nadie -dice el alcalde de Salamanca, Gerardo Rojas, mientras nos tomamos un café a media tarde. Buena parte de la ciudad, a esta misma hora, está durmiendo la siesta.

Sin embargo, en un momento de la charla, el alcalde reconoce que hay que perfeccionar la conexión. Y que el asunto tiene «tres patitas». Una, la instalación de las antenas. Dos, la capacitación de la gente. Tres, la creación de un blog municipal.

De un cajón de su escritorio saca unas fotocopias, donde me lee que en enero del 2007 hicieron un curso de alfabetización básica para casi cinco mil personas, «para la gente que no tiene idea de nada». La capacitación fue con voluntarios venidos de Santiago y se realizó en el liceo de Salamanca, que tiene treinta y cuatro computadoras, las que se distribuían en tres turnos. Benjamín Franklin fue a una de las capacitaciones y dice que aprendió bastante, aunque quisiera aprender más.

—Y estamos haciendo un convenio con la Embajada de Estados Unidos por el asunto del inglés –remata orgulloso el alcalde.

Cuando le pregunto al alcalde por un beneficio concreto que traerá la red a Salamanca, pienso en los cambios que la red ha traído en mi propia vida: paso la mayor parte de mis días pegado a internet, desde el punto que sea, mi oficina portátil es mi correo electrónico. Para el alcalde, en cambio, las transformaciones han sido diferentes. Dice que hoy Salamanca existe y ese lado ha sido bueno. Cuenta que hace unos días, en un noticiero nacional, estaban hablando de que Shanghái se iba a iluminar completamente con wifi. Y uno de los conductores dijo: «Ah, sí, pero nosotros ya tenemos a Salamanca».

—¿Pero habrá libertad absoluta para internet, señor alcalde?
—Hay restricciones para el sexo y la música. Nada más.

Dice que es por un asunto técnico, que descargar esos materiales haría muy pesado el tráfico. Aunque a los pocos minutos confiesa que, por ahora, los filtros no se han puesto a funcionar. Y vuelve a remarcar que el objetivo es educar, que la comunidad agilice los trámites, que Salamanca salga al mundo. A ese mundo donde lo que más se descarga, justamente, es música y pornografía.

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—Antes que en París, Nueva York o Buenos Aires, Salamanca vuela con internet.

La periodista Scarleth Cardenas, de Televisión Nacional de Chile, inició así su despacho en directo al resto del país. Fue el 4 de septiembre del 2006, el día que la presidenta Michelle Bachelet inauguró oficialmente el internet sin cables para todo Salamanca.

El riesgo asumido por Salamanca era alto. Un año antes, otra ciudad chilena, Puerto Montt, había hecho el mismo anuncio. Pero había fracasado. Aunque nadie lo decía públicamente, el día de la inauguración muchos recordaban una ceremonia similar ocurrida el 2005. El protagonista era el anterior presidente, Ricardo Lagos, de la misma coalición de la actual presidenta, quien inauguraba la primera ciudad iluminada por wifi del país: Puerto Montt. El portal de la BBC lo anunciaba al mundo.

Sin embargo, aquella carrera por ser primeros terminó estrellada contra interminables fallas técnicas. Puerto Montt tuvo que abortar su plan de liderazgo. Y esa posta del número uno, en un país obsesionado por los rankings, la tomó Salamanca. Aunque también con problemas.

En la municipalidad de Salamanca recuerdan que al principio hubo fallas porque pusieron las antenas que no eran las adecuadas. Y que hasta el día de hoy no son capaces de cubrir toda la ciudad. Si bien las autoridades están asustadas por los problemas que presenta el proyecto, hay una persona en esta historia que está feliz con las dificultades. Él le ha encontrado una solución a los desperfectos. Esa persona se llama Benjamín Franklin Silva Donoso.

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Si uno no tiene computadora, la hora de internet en un cibercafé de Salamanca cuesta un dólar. Frente a la plaza central hay dos, donde la mayoría son niños que juegan en línea a dispararse y acuchillarse con los vecinos de asiento. El resto lo usa para mandar o leer correos electrónicos, y para chatear. Rara vez se pasa de ahí. Uno de los que chatea me dice que habla con un compañero de colegio que está a dos cuadras y que se están poniendo de acuerdo para un trabajo. Al lado hay una mujer mayor, que le está mandando un mail a su hermana en Santiago, y dice que sólo lee los correos y que para informarse prefiere la radio, que una sola vez leyó un diario de Santiago, y que nunca entró a un website de un periódico extranjero.

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Estos días en Salamanca me quedo en el hotel My House, de avenida Infante 451 y donde generalmente se alojan ingenieros que vienen a la mina Los Pelambres. Cuando me registro, la recepcionista me pregunta si vengo por la minera. Quizá deba sentirme orgulloso: los que trabajan en la mina son los más respetados de Salamanca.

En la recepción del hotel hay internet, pero no funciona con wifi, sino que con banda ancha. En los días que me quedo en My House, los que más utilizan la red son los hijos de la dueña, para hacer las tareas. El hotel es nuevo, tiene cortinas de flores, un baño amplio y esta frente al estadio de la ciudad. Cada vez que conecto la maquina, ésta capta la señal de dos antenas. Desde la ventana se ven las antenas, que están cerca, y no hay interferencia ni árboles. En otras palabras, no es tan difícil que capte internet en el hotel.

Según las autoridades, los problemas son los árboles, que interfieren la señal. En realidad, dice el alcalde, acá debería instalarse wi max, que es más avanzado, pero aún no está del todo desarrollado.

La dueña del hotel sabe que estoy escribiendo esta historia y siempre que puede me habla del alcalde:

—La verdad es que es mucho ruido todo, pero no ha cambiado tanto internet –dice–. Es más la publicidad que lo importante.

Pese a los problemas, la fiebre continúa.

En realidad, en todo Chile persiste esta fiebre por querer ser los líderes en adoptar la tecnología para ser «los primeros en Latinoamérica». En octubre del 2006, dos diputados del Partido por la Democracia, en esa época el mismo partido del alcalde de Salamanca, propusieron una reforma a la Constitución del país para que el acceso a internet sea incluido entre los derechos fundamentales de los ciudadanos. «La conectividad digital debe ser considerada, al igual que el acceso al agua potable o a la luz eléctrica, un derecho humano que acorte las brechas sociales en Chile», afirmó el día del lanzamiento de la propuesta uno de los gestores de la iniciativa.

—Tengo como meta, para septiembre del 2008, tener cobertura en todo el sector rural de la comuna –se atreve a pronosticar el alcalde de Salamanca, pero sabe que en muchos sitios la señal no llega.

Golpeo en la puerta de madera de la casa de Benjamín Franklin, donde hay un anuncio que dice «antenas artesanales para wifi». Son las tres de la tarde y me abre cansado. Lo desperté de la siesta.

Esta nueva visita ya no tiene la formalidad de la primera vez que nos vimos en la plaza central, y si bien Benjamín está sin la camisa puesta, es amable. A los pocos minutos me trae una silla y pela una naranja que compartimos durante la charla.

El tema de internet le gusta y cualquier anécdota tecnológica la escucha atento. Le cuento que durante varios años escribí casi todo mi trabajo de periodista en cibercafé de distintos países, sin oficina fija, y que me bastaba entrar a un ciber para estar conectado a las redacciones donde ofrecía mi trabajo de cronista free lance. Cuando le cuento que a ese tipo de periodismo lo llamé periodismo portátil, repite «periodismo portátil», como si estuviera registrándolo en su propia memoria o pensando en algo nuevo para su antena.

—La verdad es que el wifi es intramuros, por eso no funciona bien. Pero con mi antena queda perfecto –dice Benjamín Franklin, mientras me muestra su taller, donde corta las cañerías de plástico y coloca en un extremo de ellas una placa dorada con conexiones interiores: de allí cuelgan cables que se conectan a las computadoras.

Benjamín Franklin me dice que le gusta internet, pero también que le gustaría tener una novia aunque es muy difícil, porque las mujeres de Salamanca se van en los autos de los trabajadores de la mina. También me cuenta que chatea con una mujer de Santiago, pero que todavía no se encuentran. Dice que tiene muchas depresiones, que le duele la cabeza y que a veces está varios días sin salir de casa.

Al rato aparecen sus padres, que siempre están cerca. Mientras ellos hablan al mismo tiempo, sobre Benjamín Franklin, su hijo, él se da vuelta buscando alambres que muestra como un inventor que revela sus secretos. Al rato me hace pasar al cuarto donde tiene su computadora, pegada a una cama sin hacer, y donde se ven tres direcciones de sitios para adultos escritos en la pared.

—Ya hay varias zonas donde no se puede escuchar radios, ni bajar música. Ya cortaron eso en algunos lugares -se queja con el fastidio de quien escucha a los Beatles en una ciudad dominada por las rancheras.

Semanas después de esa visita, en un correo electrónico, Benjamín Franklin me diría que ya casi ni se dedica al negocio. «Las redes sirven muy poco. Es que fue un trabajo muy mal hecho, en principio todo anduvo bien, pero a medida que fueron ingresando más usuarios se fue empeorando la cosa. Ahora es muy difícil conectarse porque después de Navidad aparecieron unos cientos o mil usuarios más y además los estudiantes están de vacaciones». Como si lo importante, más que dar un buen servicio, fuera promocionar un servicio que se vendió al mundo como el primero de Latinoamérica.

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El bus sale de Salamanca, la primera ciudad con internet de toda Latinoamérica, y la mayoría de ocupantes son obreros de la mina Los Pelambres, que vuelven de estar varios días encerrados en el yacimiento. En mi mochila llevo una laptop, diferente a aquella que me compré hace casi siete años, cuando me fui de Chile a vivir del periodismo gracias a que las revistas, los diarios, los bancos, los pasajes de avión y los hoteles ahora están conectados a internet. En siete años muchas cosas pueden cambiar. Finalmente, no le conté a Benjamín Franklin que internet a mí también me transformó la vida, pero supongo que lo pensó cuando me dio un papel con su dirección de e-mail para conectarse al messenger.

Mientras dejamos atrás la ciudad, los caminos son de tierra, y al paso del bus vamos levantando polvo que no deja ver hacia fuera. Pero aunque no se vea, afuera del bus está Salamanca, una pequeña ciudad de un país en veloz carrera, y donde los índices de desigualdad se disparan tan rápido como las buenas cifras económicas. Un país orgulloso, que a veces parece esclavo, por ser el mejor en términos económicos de la región. El primero de Latinoamérica que tiene tratados de libre comercio firmados con Estados Unidos, con la Unión Europea, con Japón y con China. Y recuerdo el «Antes que Nueva York, París y Buenos Aires, Salamanca sale al mundo», y aunque trato de mirar por la ventana, sólo se ve una nube de polvo.