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Arenas de Japón

Publicado: 27 agosto 2013 en Juan Villoro
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Los aeropuertos carecen de carácter definido, cumplen funciones provisionales, huelen de modo artificial, aceleran los nervios y las pisadas. Estos defectos son sus virtudes. Sólo bajo esas bóvedas de cristal y aluminio resulta placentero que exista una arquitectura de ninguna parte.

La simbología de una terminal aérea es neutra, compresible de un modo genérico. Una gramática para nómadas, sin adverbios ni adjetivos. ¿Es posible vivir ahí como un paria de la globalización, alguien ubicable y al mismo tiempo deslocalizado?

Esta fantasía se concretó en la ciudad México. Cuando tomé el avión a Tokio un japonés llevaba un año viviendo en el Aeropuerto Benito Juárez. Ya era un icono semifamoso. La gente se retrataba con él, pero se ponía a su lado con cautela, por temor a que oliera mal, contagiara algo o estuviera loco y dispuesto a morder una oreja. El japonés del aeropuerto se había convertido en una mascota salvaje, como un hurón, que no pertenece del todo a la vida doméstica ni a un zoológico. De hecho, tenía pelo de hurón.

En marzo de 2009 viajé al país que Roland Barthes describió como “el imperio de los signos”, un territorio de mensajes elaboradamente ajenos. Mientras tanto, en mi país, un japonés hacía la operación contraria: vivía en el aeropuerto, la tierra de nadie donde todo se comprende.

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Cuando el avión de JAL despegó, los pasajeros estornudaron, como si participaran en un ritual de despedida.

Japón es el país de las alergias. Una de cada tres personas lleva cubreboca para protegerse del polen. Se dice que, al cabo de cinco años de vivir ahí, un extranjero puede volverse alérgico. Los estornudos son una seña de naturalización.

Al llegar a Tokio no le di mayor importancia al disciplinado uso de los cubrebocas. El armonioso exotismo de Japón tiene un efecto tranquilizador: todo está bien sin que entiendas nada. Rodeado de ideogramas, recorres un entorno altamente operativo. La única pieza desajustada eres tú.

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El taxista japonés es un experto que cambia a diario sus guates blancos y domina un banco de datos.

El conductor que pasó por mí al aeropuerto de Narita me informó que había un accidente en nuestra ruta. Aconsejó tener paciencia (todo esto a través de una intérprete cuyo nombre acreditaba su semblante: Rie). Pensé que tendría mi primer contacto con el Japón de Godzilla, pero el contratiempo fue decepcionante. Un coche había rozado a otro y ambos aguardaban a los inspectores del seguro. Esto frenaba un poco el tráfico. Fue mi estreno ante el gusto japonés por las minucias.

El tráfico se estudia con la misma sutileza que el follaje. No hay otra isla con tan afanosos desplazamientos. Todos son tumultuosos y todos funcionan. La “hora pico” existe, pero es una variante apenas perceptible de la norma, un trastorno que sólo altera a los microespecialistas, es decir, a todos los japoneses, capaces de distinguir si un té se prepara a 70 o 75 grados.

El contacto con tantos peritos del volante me permitió disfrutar la incompetencia de un taxista. Le pedí que fuéramos al Teatro Noh. Contra toda expectativa, se dirigió a la rampa de emergencias de un hospital. “Es tranquilizador que un taxista japonés se equivoque”, le dije a la intérprete que me acompañaba. “Ya lo reporté a su compañía”, respondió ella: “es terrible lo que hizo”.

Los taxistas mexicanos y españoles son expertos en negatividad: todo está mal y pronto estará peor. Informan de desfalcos, fraudes y rapiñas. Sus diagnósticos son deprimentes, pero resultan más llevaderos que sus soluciones. Tomar un taxi en Madrid o el DF puede ser una oportunidad de oír una defensa de la pena de muerte. Los taxistas japoneses prefieren hablar de historia. Describen las costumbres de los sogunes como si hubieran pertenecido a su corte. Uno de ellos llevaba en su teléfono móvil una foto del Templo del Pabellón Dorado antes de que se incendiara. Si acaso se refieren a la política, lo hacen para insistir en que los japoneses son apolíticos. El 60% de los votantes no se presenta a las urnas. Las pasiones nacionales son el beisbol, el sumo y el bienestar económico.

Por lo general, las primeras palabras que se aprenden en una lengua extranjera son insultos. En Japón aprendí formas de cortesía. Mi idioma de emergencia me facultaba para desesperarme con buena educación.

No encontré un taxista que tuviera mal carácter. El coche es tan educado como el piloto: su puerta se abre y se cierra sola.

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Los masajes y la meditación relajan al japonés, pero su mejor método para alcanzar la calma espiritual consiste en no dejar propina. Durante quince días fui ajeno a la disyuntiva de ser mezquino o excesivo.

En cambio, fue angustioso no llevar tarjeta de presentación. Mi nombre y mi destino caían en el vacío. El ritual de intercambiar tarjetas es la versión moderna de la ceremonia del té.

A falta de credenciales, me presenté a partir de los vínculos de mi familia con la televisión japonesa. Crecí viendo Astroboy, mi esposa creyó ser Señorita Cometa, mi hijo perteneció a la tribu de los Pokémon y mi hija al reino de Doraemon. Fue como enlistar signos del Zodiaco. Mis parientes se volvieron comprensibles. El método resultó eficaz. A fin de cuentas, ¿qué es un extranjero sino una caricatura?

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Al salir del metro en Kami-Igusa, hay una estatua de Gundam, robot que ha destruido todo lo que se puede aniquilar gracias a los efectos especiales del video. La gente le coloca monedas, como a un Buda armado.

En ese barrio de casas bajas están los estudios de Sunrise, compañía que produce al imparable Gundam. Como resulta difícil conseguir locales de gran tamaño, las oficinas y los talleres de producción se reparten en distintos edificios. Ahí trabajan doscientos cincuenta jóvenes de veinte a veinticinco años. No son los artífices de las historias ni los creadores de los diseños. Se limitan a desarrollar las escenas para formatos de dvd o PlayStation. Como en los templos sintoístas, todos están en calcetines. Me dijeron que es para evitar que el polvo de la calle estropee las computadoras, pero en Japón la comodidad sólo existe en calcetines.

Durante media hora hablé con Shinichiro Watanabe, director de uno de los proyectos más logrados de Sunrise, la serie Cowboy Bebop. Su rostro obliga a una comparación demasiado obvia: es idéntico al gato cósmico Doraemon.

Le sorprendió mi comentario sobre la obsesiva redondez de los ojos en el manga y el ánime japonés. Desde un punto de vista iconográfico, Heidi es “japonesa” en la medida en que tiene ojos circulares. “No me había dado cuenta, para mí las caricaturas deben ser así”, comentó. Los ojos redondos no son un signo de occidentalización, sino de falsificación, la garantía de que se trata de un ser imaginario.

“Lo más difícil de animar son las pisadas”, dijo Watanabe. La verosimilitud de un personaje depende de cómo se mueve. Su centro de gravedad es su alma. Astroboy caminaba con la rigidez de un robot primario. Las criaturas de Watanabe se desplazan como existencialistas en calles de mala muerte. La historia de los dibujos animados es la historia de sus pasos.

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Llegué a Japón poco antes de la primavera. Todo mundo hablaba de los cerezos en flor. Los noticieros localizaban árboles que ya habían florecido y las modificaciones del follaje se podían seguir en sitios web.

El tema omnipresente se prestaba para un test de personalidad. Los optimistas veían bastantes flores, los pesimistas casi ninguna.

La naturaleza domina la vida de Japón con poderío simbólico. Incluso los desastres naturales han beneficiado su historia. En dos ocasiones los invasores fueron repelidos por tifones. La palabra kamikaze quiere decir “viento sagrado” y alude a esas tormentas defensivas.

También la cultura es un desprendimiento del paisaje. El haiku sigue un principio botánico: la poesía como instantánea floración. Me encontré en Kioto con Aurelio Asiain, poeta que encontró en Japón el ámbito que le conviene. Fue agregado cultural de México y ahora es profesor en la Universidad de Kansai. El rostro se le ha orientalizado de modo feliz: un sogún de buen humor. En Luna en la hierba, Asiain traduce medio centenar de haikus. Ahí, Fun’ya no Yasuhide compara el indeciso lenguaje del jardín con la insistente retórica del mar:

Cambia el color
de la hierba y los árboles,
pero la flor
de las olas del mar
no conoce el otoño.

Desde José Juan Tablada, la poesía japonesa ha tenido una extraña alianza con la mexicana. Octavio Paz logró escribir poemas propios con versos traídos del Oriente. Su traducción del haiku con el que Fujiwara no Teika ganó el certamen del palacio imperial en 1216 es un ejemplo superior del arte de interiorizar paisajes:

Tarde de plomo.
En la playa te espero
y tú no llegas.
Como el agua hierve
bajo el sol –así ardo.

En el Teatro Noh presencié Ashikari, obra del siglo XV. La trama trata de un largo desencuentro. La acción es lo que no ha pasado. Tanto en el noh como el kabuki, los logros son antecedidos por un meritorio esfuerzo. El dolor asumido en plenitud es el prerrequisito del placer. No hay recompensa sin dificultad ni hedonismo que no colinde con el riesgo.

El pez globo, cuyo veneno alcanza para matar a treinta personas, es una sabrosa ruleta rusa. Un cocinero experto retira la vejiga maligna. Lo interesante es que puede fallar.

Según amigos japoneses, la mayoría de los peces globo son de criadero y carecen de peligrosidad. Esto se mantiene en secreto porque el comensal busca la posibilidad de morir.

En la rigurosa jardinería japonesa, los tallos de los crisantemos se tuercen para lograr una belleza artificial. Las plantas no sienten el dolor: lo representan. Los bonsái y los jardines donde el musgo crece en distintas tonalidades son placeres surgidos de la penuria.

Un pasaje de Ashikari: “Es más difícil cultivar el arte de la poesía que contar todos los granos de la arena. Por eso hay que cultivarlo.” Trabajar un jardín es un grato calvario. Trabajar las palabras representa un reto orgánico mayor: la poesía es la parte más difícil de la naturaleza.

Al final de Ashikari la trama se condensa en una metáfora: “la flor que padeció el invierno en primavera abre sus pétalos”. Esta sencilla descripción se carga de fuerza por dos razones: conocemos los padecimientos que llevaron a esa sanación y la recompensa es precaria y se marchitará pronto.

Incluso en la pornografía hay una estética primaveral. Las estrellas del porno japonés son casi niñas, adolescentes en flor. Un diseño de pixel cubre los genitales al modo de un origami cibernético.

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Japón es el país de las pantallas. La gente levanta la vista de los mensajes de texto para encontrar la vibrante publicidad que cubre edificios enteros.

La intensa virtualidad de la vida japonesa ha producido los hikikomori, sustantivo que viene de “apartarse” o “recluirse”. Se trata de adolescentes que se encierran en una habitación por tiempo indefinido, sin más contacto que su computadora. Enrique Vila-Matas describe así a estos renunciantes: “Sienten tristeza y apenas tienen amigos, y la gran mayoría duerme o se tumba a lo largo del día, y miran la televisión o se concentran en el ordenador durante la noche. En Japón se les llama también solteros parásitos. O sea que aquellas máquinas solteras que inventara Duchamp se han hecho realidad.”

En un país de reglas, donde el fracaso escolar puede llevar al suicidio, el hikikomori contrasta más.

¿Esta nueva variante de la melancolía proviene de la alienación postindustrial o se trata de un arte cultivado con esfuerzo, como el bonsái o el origami? ¿Qué ha llevado al 20% de los varones adolescentes a alejarse de ese modo?

En cierta forma, el hikikomori es un samurái tímido. En el pacífico Japón contemporáneo resulta difícil ejercer el oficio que durante siglos encandiló la mente de los jóvenes vernáculos. La inmensa mayoría de los hikikomori son hombres y casi todos responden a los rasgos que Yukio Mishima distinguió en el guerrero moderno. Pocos años antes de practicar su suicidio ritual, Mishima actualizó el Hagakure, prontuario samurái recogido en el siglo XVIII. Las condiciones básicas de quien asume esa existencia son el desprecio por la vida y el alejamiento de toda tentación mundana. El samurái es un carismático outsider, un romántico que ama de lejos y aguarda el momento de sacrificarse: “El Hagakure es un intento de curar el carácter pacífico de la sociedad moderna a partir de la potente medicina de la muerte”, escribe Mishima.

Antes del haraquiri, el samurái compone un poema. Su visión del mundo se condensa en cinco versos. El poeta guerrero existe al margen de sí mismo; garantiza la renovación del orden natural a través de la sangre y la belleza.

La cultura valora al samurái y recela del ciberrecluso, pero no se trata de entes tan apartados. Los hikikomori se sustraen a la banalidad de la vida moderna. En un mundo sin épica, se dan de baja. Son espectros, suicidas aplazados.

Tal vez el primer hikikomori fue el profeta de la ética samurái. El Hagakure proviene de las enseñanzas de Jocho Yamamoto, recogidas por su seguidor Tsuramoto Tashiro. Yamamoto estuvo al servicio de un sogún del siglo XVIII. De acuerdo con la tradición, debía suicidarse al morir su Señor. No lo hizo porque un edicto abolió los suicidios rituales, pero se retiró del mundo y durante veinte años perduró en calidad de hikikomori.

El Japón moderno no reconoce la fertilidad de la violencia. Como Yamamoto en el segundo acto de su vida, el samurái contemporáneo busca el alejamiento. En ocasiones falla y toma un rifle: los hikikomori se volvieron famosos cuando uno de ellos secuestró un autobús y comenzó a disparar.

¿Asistimos a la preparación de los samuráis del porvenir? ¿El enclaustramiento es el “lado B” de la violencia?, ¿la elimina o la incuba sigilosamente?

La ultratecnología provoca adicciones a los aparatos y la adopción de mascotas electrónicas, como el tamagotchi o los nintendogs a los que hay que dar raciones virtuales de sushi o de alimento canino, pero también fomenta interesantes repudios. Numerosos sensei (maestros) no usan artilugios. Ryukichi Terao, hispanista de la Universidad de Tokio, vive satisfactoriamente en la patria de Sony sin disponer de reloj, teléfono celular ni agenda. Una de sus más curiosas aficiones consiste en calcular la extinción de los japoneses. Aunque la isla está sobrepoblada, la tasa negativa de natalidad anuncia que en el año 3000 habrá veintisiete japoneses y en 3085 sólo quedará uno.

¿Cómo se comportará el último japonés sobre la Tierra? Seguramente será alguien inmóvil o acelerado. Japón emplea el tiempo en forma extrema. El paraíso de la quietud y de la prisa.

A veces los dos tiempos se combinan. En el zen, la calma es una vertiginosa actividad mental. El jardín de arena del templo Ryoanji, uno de los más visitados de Kioto, desafía la razón con quince piedras. El conjunto hace pensar en islas a la deriva, montes que sobresalen entre las nubes o animales que sacan la cabeza al cruzar un río. El jardín es visto desde una terraza de madera. Al caminar de un extremo a otro el visitante puede contar las piedras. Es fácil constatar que son quince, pero no hay un solo punto desde el que sea posible verlas todas. El templo ofrece una lección de perspectiva: la totalidad es fragmentaria.

Quien medita o contempla los movimientos del teatro noh disfruta los favores de la lentitud. Pero Japón también es la patria del shinkansen. El “tren bala” recorre la isla con disciplinado frenesí. En los andenes se indica el lugar en que deben pararse los pasajeros, según su número de asiento. No me costó trabajo entender esto, pero me subí al tren equivocado. Aguardaba el expreso a Kioto. Diez minutos antes del horario de partida llegó un tren y supuse que era el mío. Se trataba de un tren anterior. Diez minutos representan una eternidad para un transporte con apodo de proyectil (sólo en lenguas extranjeras se dice “tren bala”; la traducción literal de shinkansen es “ferrocarril troncal”; los japoneses no necesitan recordar que saldrán disparados: lo dan por supuesto).

Al bajar del tren, los viajeros se desplazan con celeridad. Tal vez porque sus pasos son muy cortos da la impresión de que se dirigen a sitios próximos. No se puede ser un corredor de fondo en un sitio repleto: en Japón siempre estás cerca de algo y siempre hay que apurarse para alcanzarlo.

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Durante quince días, lo que no fue yin fue yang. Casi todo se presentaba en dualidades. Un templo sintoísta suele tener al lado uno budista para mostrar que las religiones conviven y se complementan. Hay quienes profesan el sintoísmo en vida pero desean ser enterrados con el ritual budista, preferible para el más allá.

La dualidad aparece en los diálogos más comunes: “Voy a buscar un sitio tradicional en internet”, me dijo un funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores al invitarme a cenar.

Mezcla del artificio y la naturaleza, los restaurantes tienen guisos de plástico en las vitrinas, pero privilegian la comida de temporada. Durante mi estancia, el invierno era relevado por la primavera, lo cual significaba que había que comer anguila y hojas de cerezo.

Barthes entendió la comida japonesa como una rama de la pintura. Los platillos satisfacen la mirada y se presentan en series. En ese sistema la idea de “plato fuerte” es una vulgaridad. Hay que degustar sucesivas cosas pequeñas.

“Me he vuelto muy japonés”, dijo Aurelio Asiain cuando le sirvieron un plato y sacó la cámara para retratarlo. Estábamos en un local de Kioto que se atribuye la invención mítica del shabu-shabu. La integración de Aurelio a Japón es tan perfecta que ha adquirido alergia al polen y disfruta con orgullo los primeros síntomas. Pero luce aún más adaptado al retratar platillos concebidos como cuadros.

Si la comida ofrece la sutileza del arte efímero, los fideos que decoran las vitrinas muestran los prodigiosos brillos que puede alcanzar el plástico. Dan ganas de chupar esas delicias de juguete.

En el país del té, la hipermodernidad llega con el café. En cada esquina y cada andén hay máquinas dispensadoras de café helado, caliente, ligero, amargo o mixto.

De pronto, el viajero necesita decepcionarse. La irritación preserva el sentido de la diferencia. Me predispuse a odiar el café en lata. Para mi sorpresa, no me supo a jugo de Nintendo. Sin ser “auténtico”, tiene la gracia de no ser asquerosamente distinto.

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Los japoneses adoran los uniformes, los desfiles y las banderas. Fui a un partido de futbol en el estadio de Kioto. Se disputaba el derbi contra Osaka, pero el ambiente no era el de un hervidero de pasiones. Las tribunas se cedían el turno para entonar cánticos copiados de las barras argentinas. En la entrada, recibí un papel con reglas de comportamiento, incluida la de no abandonar el asiento en caso de lluvia.

La ordenada inocencia de la hinchada decepciona al amante del caos futbolístico. En cambio, resulta atractivo que la policía parezca un equipo deportivo. Sus uniformes y sus movimientos tienen un aire de desfile.

Japón es la nación de las mascotas y la policía es representada por Pipo, cuyo nombre proviene del sonsonete de las patrullas.

¿Qué tan violento puede ser un país donde la agresión suele ser un privilegio autodestructivo y las fuerzas del orden asumen comportamientos infantiles?

En los dominios de Pipo no hay ofensas aparentes. No descubrí cómo se molestan los japoneses. La cortesía sólo se interrumpe para iniciar un protocolo. Nadie parecía dispuesto a agraviarme. Sentí una relajación que al cabo de unos días me incomodó. Ajeno a todo ultraje, extrañé la posibilidad de agredir a alguien. Japón puso al descubierto mi identidad. Extrañaba el chile, pero también el exabrupto, la queja justificada y colérica: “¡A mí no me hacen eso!” Japón se convirtió en el sitio donde me sentía a punto de romper algo. Ante cada desajuste, el factor incómodo era yo.

¿Cómo cuestionar un entorno que no deja de ser armónico? ¿Existe una tendencia militarista en el próspero país que visité y en otro tiempo masacró a los chinos en Manchuria, sometió con crueldad a los coreanos y bombardeó Pearl Harbor sin aviso?

En Tokio, el santuario Yasukuni está destinado a los muertos de guerra, sin distinguir entre víctimas y criminales. Ahí se dan cita quienes reivindican el nacionalismo. Las ofrendas de toneles de sake en el patio exterior prueban la popularidad del templo.

A un lado, el museo Yushukan ofrece una relectura de la historia militar. Se trata de una institución privada, que no se atiene al ideario oficial. Sin proponer francas reivindicaciones militaristas, vincula la tradición samurái con la necesidad de defender un territorio frágil, amenazado por la naturaleza y sus poderosos vecinos. El periodo favorito de quienes así entienden a Japón es la época Edo (1603-1868), cuando el país estuvo cerrado al exterior. La zona de desconfianza es el periodo Meiji (1868-1912), cuando los gobernantes japoneses se abrieron al mundo y se dejaron el bigote al estilo europeo.

Kenzaburo Oé era niño cuando terminó la guerra. Una de sus mayores impresiones fue oír al emperador por radio, anunciando la capitulación de sus ejércitos. Hasta ese momento no concebía que Hirohito tuviera voz humana. El emperador dejó de ser una deidad.

El poder imperial se desacralizó en un país que se abismó en el consumo y perdió interés por la política. Para Mishima esto representó una pérdida de la dignidad. En su arenga final, desde la terraza de un cuartel del ejército, llamó a recuperar el espíritu guerrero.

¿Algún día el ejército volverá a blandir la espada samurái? Conocí a una mujer cuyo hijo siguió la carrera militar pero cambió de profesión porque no soportó las reivindicaciones de ultraderecha. Durante mi visita se hablaba mucho de las armas atómicas de Corea del Norte. Una significativa minoría piensa que Japón debe intervenir antes de ser atacado.

¿Cómo se establece el consenso en una democracia de escasa participación política? Japón es un catálogo de reglas aceptadas. ¿De qué modo se deciden esas populares formas de la coacción?

Casi todos los habitantes tienen teléfono celular, pero no se cuestiona la prohibición de usarlos en los trenes. ¿Cómo se adoptó esta civilizada medida? De algún modo, las necesidades gregarias se convierten en leyes. Un amigo mexicano que vive desde hace treinta años en Japón me dijo que él contribuyó a la política de respeto al prójimo. Durante meses tomó el tren para hablar por celular a voz en cuello. Los demás pasajeros lo odiaron en educado silencio hasta que se aprobó la ley que prohíbe los teléfonos. De acuerdo con mi amigo, ciertos terroristas de las costumbres (entre los que se incluye con orgullo) ayudan a que los demás se pongan de acuerdo.

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De madrugada, el barrio de Shibuya es recorrido por japoneses que caminan en zigzag después de visitar los bares de la zona. Ahí se ubica la novela Tokio Blues, de Haruki Murakami.

Mezcla del exceso y el recato, Japón es el sitio donde un ejecutivo se emborracha en público, grita hasta el estertor y hace gestos kamikazes sin que eso sea un desdoro. Hay espacios controlados para perder el control.

Los bares son del tamaño de camarotes de barco y el propio Murakami administró uno de ellos. El encierro en el que se bebe provoca que la salida sea expansiva. Una vez en la calle, el borracho japonés ve la luna y aúlla como un fantasma de Akutagawa.

El ebrio y el que mira apariciones merecen idéntico respeto.

Aunque el machismo pertenece al protocolo nipón, no hay ausencia de chicas superpoderosas. La literatura de Tanizaki explora la fuerza secreta de las mujeres. En esas delicadas recreaciones del erotismo y la crueldad, hombres aburridos se enamoran de hechiceras que los destruyen placenteramente.

Los varones beben en público con un frenesí que rara vez se observa en las mujeres. La geisha acompaña la reunión de un modo estético, como un árbol en flor o un tapiz antiguo; sirve bebidas sin compartirlas. Pero en ocasiones es posible atestiguar una juerga donde dominan las mujeres. Unos amigos me invitaron a un sitio de Kioto donde los platillos no se eligen sino que llegan como un alfabeto del gusto que parece no tener fin y donde sólo me resultó incomible un trozo de tortuga en gelatina verde. Estábamos al lado de un arroyo, donde una garza buscaba peces bajo el resplandor lunar. En la otra orilla, una maiko (aprendiz de geisha) posaba para los turistas con su traje colorido –el rostro maquillado en blanco, la boca en forma de cereza. Las geishas trabajan en casas de té donde la comida cuesta una fortuna (mil dólares por cliente es una tarifa estándar). Muchos visitantes se conforman con retratarse junto a una maiko. La estatuaria placidez de esa mujer a la otra orilla del arroyo contrastaba con el barullo que surgía del piso de arriba. El local era estrecho. En la planta baja había una barra, donde estábamos nosotros, y arriba, una tarima. Mi anfitriona era una historiadora japonesa, que esa noche vestía quimono de gala. Al oír el escándalo de arriba, me explicó que si se dibuja tres veces el ideograma “mujer” significa “ruido”.

Cuando el estruendoso grupo trastabilló hacia la salida, aparecieron dos hombres que habían permanecido en absoluto silencio. Caminaban con agradable resignación, muy distintos a los varones que son seguidos por sus mujeres a dos pasos de distancia.

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Me desperté a las cuatro de la mañana para ir a Tsukiji, el bazar de pescados y mariscos donde hay moluscos indescifrables y filetes de cetáceos superfinos. Los frigoríficos y la escarcha omnipresente crean un invierno regional.

Gracias a la Fundación Japón, conseguí permiso para recorrer la zona de los proveedores. Me registré en una oficina que parecía la caseta de una obra en construcción, y me asignaron unas botas de hule y una vistosa credencial.

El lugar de la subasta de atunes parece un hangar donde yacen los fallecidos de un accidente aéreo. Cada atún reposa sobre una tarima. Un papel informa acerca de su peso y procedencia. Se les practica una incisión para ver el color de su carne, que debe alcanzar el canónico tono cereza.

Los proveedores van vestidos como montañistas y llevan linternas para estudiar los peces.

A las 5 de la mañana, una campanada señala el inicio de la subasta. Un pregonero oferta atunes con gritos taladrantes. Los compradores se comunican con los vendedores por medio de señas, en un código semejante al del beisbol. Se puja con los dedos y el trato se cierra con un gesto.

Un negrísimo atún aleta amarilla de Nueva Zelanda pesaba 36 kilos. Su precio de salida era de 5,200 yenes por kilo (unos 52 dólares, que podían aumentar a niveles estratosféricos en la puja).

Vi peces atrapados en Vietnam, Indonesia, Australia y México. Habían llegado en complejas rutas aéreas para no perder su frescura. El atún congelado tenía un precio inicial de 1,500 yenes.

La subasta duró de 5 a 5:45 de la mañana. Todos los peces se vendieron. Los participantes no reflejaron satisfacción o desencanto. La escena se cumplió con seriedad kabuki. Sólo los pregoneros usaron la palabra, en un relato integrado por cifras.

Dentro del mercado, un selecto trozo de 600 gramos de atún costaba 4,000 yenes.

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La caligrafía japonesa convierte los ideogramas en formas casi líquidas. Para comprenderlos hace falta ser calígrafo.

En un almacén de Kioto compré una tetera de arcilla roja de la región de Ugi, historiada por un calígrafo. Pregunté el significado del mensaje y esto dio lugar a un coloquio entre las vendedoras. Ninguna era calígrafa, pero varias tenían parientes que sabían estilizar ideogramas. Reconocieron que ahí decía “mujer” y “camino del corazón”. Me pareció suficiente para comprar la tetera.

Barthes escribió El imperio de los signos para aproximarse a los lenguajes no literarios del Japón. Al no poder leer ni hablar, el visitante descansa de lo obvio y sólo entiende, o cree entender, lo excepcional; entra en un bosque hermético donde cada objeto y cada brote es o parece ser un símbolo.

Como las vendedoras que discutieron acerca de la tetera, durante quince días pude descifrar un par de ideogramas. Lo demás fueron signos en precipitación, nubes, granos en un jardín de arena, enigmas necesarios para llegar a lo que sí se entiende.

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Salí de Tokio a las 5 de la tarde y llegué a México a las 6 del mismo día. Esa hora larguísima fue un rito de paso.

El japonés del aeropuerto Benito Juárez seguía ahí, con su pelo de hurón. Durante unos días aceptó la invitación de una japonesa que vive en el df y se trasladó a un departamento. Pero la vida casera no es lo suyo. Sólo el aeropuerto le permite estar en ningún lugar.

Yo sufrí un cambio mayor en esos días. México me pareció un lugar baratísimo, que existía en lento desorden. Todo era sucio pero la gente estaba limpia. ¡Qué extraño resultaba eso para mi mirada japonesa!

El mayor asombro vino al beber agua mexicana. Probé un líquido espeso. Venía de quince días de tomar agua frágil.

Entonces la levedad de Japón gravitó con fuerza. El recuerdo del agua fue como un acertijo zen (“¿cómo suena el aplauso que produce una sola mano?”). ¿Qué decía ese líquido invisible, casi ingrávido?

Los signos de Japón proponen algo más profundo que el entendimiento. La falta de claridad no está en el entorno sino en la mirada: el viajero debe pasarse en limpio.

Corea

Publicado: 28 mayo 2012 en Juan Villoro
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Constancias de un mundo líquido

En un país movedizo resulta difícil saber cuánto durará un símbolo. El tigre Hodori, mascota de los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988, ha caído en desuso. Sin embargo, Hechi, atigrado animal fantástico que resguarda el palacio del rey Sejong, sigue teniendo adeptos.

“Todo lo sólido se desvanece en el aire”, la frase de Marx en el Manifiesto comunista define la sociedad coreana, donde el pasado se funde en el futuro. En una de las más famosas esquinas de Seúl, el ciclópeo edificio de la compañía Samsung (con pinta de robot decapitado), enfrenta una antigua puerta con techo de pagoda.

Es difícil saber lo que resistirá en un país que se transforma al modo de un programa de software pero no olvida la herencia de Confucio.

Desde mi habitación, en el piso 19 de un rascacielos, contemplé edificios sumidos en la bruma, monolitos de cristal que parecían honrar a los ídolos del porvenir. Allá abajo, el tráfico avanzaba en silencio. Un mundo misteriosamente amortiguado. Puentes, avenidas, coches, edificios en construcción. Un frenesí insonoro.

En una película, esa imagen iría acompañada de música. Los sonidos vuelven próximo un paisaje que nos excede.

Oí un grito en el pasillo. Alguien parecía sufrir un ataque. Me asomé: dos ejecutivos caminaban en calma, pero uno de ellos gritaba. Aunque no entendí nada, el impasible gesto del interlocutor me hizo saber que el estertor era normal.

Regresé a la ventana. Después de los alaridos, la ciudad me pareció una abstracción sedante.

Una computadora controlaba las luces del cuarto. En el baño, el excusado Toto, de invención japonesa, ofrecía una higiene de laboratorio con artilugios que soplan y lanzan agua en intensidades que van del chorrito elemental a las fuentes brotantes. El mando de controles semejaba la tableta de una civilización lejana, un Código Hammurabi del futuro.

Pensé que mi sensación de extrañeza dependía del espacio, el piso 19 ante los rascacielos de cristal, pero dependía del tiempo. Vivía 16 horas después que en México. Además, había envejecido nueve meses. En Corea la edad se mide a partir de la concepción. Curiosamente, me afectaba más adelantarme un día a mi familia que tener un año más.

Los coreanos se bautizan dos veces: asumen un nombre para Oriente y otro para Occidente. El oído oriental acepta que alguien se llame Keith, Pancho, Calibán o Vanessa Yadira. En cambio, Occidente se pasma ante los nombres orientales. En mi infancia, no me perdía un episodio de Hawai 5-0, la serie que comenzaba con una espectacular toma del oleaje marino y las vibrantes guitarras de Los Venturosos. Luego un locutor decía los nombres de los protagonistas hasta llegar a: “… y como Chin Ho Kelly, Kam Fong Chun”. Escuché esos créditos en 39 episodios y sus repeticiones, y sólo retuve el nombre de Kam.

En Corea conocí a Daniel, CEO y único miembro de Tradech Global, compañía de exportaciones. Por primera vez trabajaba como guía para el Ministerio de Relaciones Exteriores. Quería practicar el español que habla a la perfección (pasó la adolescencia en Chile, donde su familia emigró para hacer negocios). Su microempresa vende gorras de beisbolista. Me contó con orgullo que Corea del Sur domina más del 50% del mercado mundial de gorras, incluyendo las que se usan en la Serie Mundial. Su mayor ejemplo es Pek Song Hak, huérfano de la guerra entre las dos Coreas, que comenzó a vender sus productos en la calle. Actualmente preside la compañía Young An, que hace negocios en 55 países.

Daniel comparte oficina con otras tres empresas (cada una de un miembro). Los trámites para fundar un negocio tardan como mucho una semana. La expansión coreana se debe a transnacionales como LG, Hyundai y Samsung, pero también a la proliferación de pequeños comercios. Los megaconsorcios no han ahogado las iniciativas individuales. En ciertos ramos decisivos, como las farmacias, no hay monopolios ni grandes cadenas, y numerosos supermercados están siendo sustituidos por pequeñas tiendas de comida.

En el Museo Nacional de Arte Contemporáneo de Seúl, una fotografía de Limb Eung-sik resume los años cincuenta, cuando el país estaba sumido en la miseria. Un joven se recarga contra un muro y mira al suelo con abatimiento. Un sombrero de paja le da un aire de campesino que busca suerte en la ciudad. A sus espaldas, dos hombres se dan la mano, gesto que en Corea se usa más para cerrar un trato que para saludar; han tenido mejor destino que el protagonista de la imagen, del que pende un letrero: “Busco trabajo”. Es una cruda escena de posguerra, pero también un anuncio de lo que vendría después: no hay duda de que esa persona consiguió empleo.

Actualmente Corea del Sur tiene la máxima conectividad del planeta. El motor de búsqueda más usado es un invento local: Naver. Google es ahí una herramienta minoritaria.

Una de las aplicaciones más socorridas del navegador es el conteo regresivo del presidente Li-Myung Bak, empresario de Hyundai en el área de construcciones que despertó grandes expectativas y dilapidó su popularidad. La oposición medía el tiempo que le quedaba en el poder. El 7 de junio, a las 9.30, disponía de 591 días, 14 horas, 36 minutos y 48 segundos.

Dos amigos japoneses pueden reunirse ante un estanque sin decir palabra y despedirse satisfechos de su reunión. Los coreanos son ruidosamente sociables y viven para preservar el jong (pronunciado “yong”), inquebrantable vínculo de la colectividad.

En el siglo XV, el confucianismo llegó a Corea desde China y transformó para siempre el cielo, la conciencias y las costumbres. Uno de sus ideales es el de alcanzar la plenitud en la vida en común. En el siglo XIX, Nietzsche ofreció un improbable eco a Confucio: “Uno siempre está equivocado. La verdad empieza con dos”. El jong es la expresión popular de este principio. Lo que no se comparte no vale la pena. En un restaurante resulta ofensivo pedir platos individuales; hay que meter las cucharas en el mismo guiso.

Estar juntos ante un plato es una prioridad coreana. Pero eso no basta: hay que lograrlo con rapidez. La expresión más frecuente es “pali-pali” (rápido-rápido). El almuerzo dura media hora. Esto permite que la mesa de un restaurante tenga cuatro rotaciones de comensales. Si el primer plato tarda más de diez minutos en llegar, el servicio es pésimo (en cada mesa hay un timbre para recordar urgencias).

La voracidad coreana se explica por sus muchas guerras y el hedonismo de haberlas superado. Entre los variados guisos preferí barbacoas con salsas picantes. “Tiene apetito de posguerra”, me informó Daniel, el CEO de Tradech Global. Los más jóvenes favorecen las combinaciones de la abundancia.

La aceleración vital se extiende a la capacidad de hacer negocios: hay que ganar mientras se pueda. La vida empresarial se rige por el corto plazo. En la ansiosa Corea, la mano extendida del paciente Buda se interpreta en clave irónica: “dame dinero”.

El horizonte de innovación es tan decisivo que en 2004 la compañía LG estableció un peculiar pacto de confianza, eximiendo a su división de nuevos productos de presentar reportes de trabajo a cambio de que entregaran un invento al año. Así surgió el celular “Etiqueta Negra”, que vendió 21 millones de aparatos.

En forma lógica, un artista coreano se especializa en captar el raudo tránsito de los hombres. El fotógrafo Atta Kim hace tomas con ocho horas de exposición. En el museo Leeum cuelga su visión de Times Square: los edificios se perfilan con nitidez en la noche, entre una bruma brillante, que sugiere un polvo astral; es lo que queda del paso de la gente, la huella de una especie apresurada.

¿Es concebible que un territorio que ha sido invadido por China y Japón se dedique al lujo suntuario de hacer planes? Sí, pero todos son para hoy. “Pali-pali”: al destino se le hace tarde.

Después de la guerra con Corea del Norte, el país se sometió a un gobierno autoritario. Wang Sok-Yong, autor de la extraordinaria novela El huésped, sobre una masacre cometida por coreanos erróneamente atribuida al ejército estadounidense, y del relato “La pagoda”, sobre sus experiencias como recogedor de cadáveres durante la guerra de Vietnam, es uno de los muchos que padecieron cárcel en los años sesenta. El escritor tuvo que proseguir su obra en el exilio. No fue sino hasta 1988, con la amnistía a disidentes, que Corea del Sur transitó hacia un régimen progresivamente democrático.

Hoy las turbulencias de otros tiempos se transforman en velocidad y el pánico en gozoso apremio.

El sentido del humor, las fondas de comida exprés, la tumultuosa pasión por los deportes y el gusto por la fiesta hacen que el latinoamericano entienda Corea del Sur como un Japón “normalizado”. Además, los coches circulan del lado derecho.

Con frecuencia el aire huele a una ilocalizable descomposición. El origen del tufo es la dieta rica en ajo. América Latina no huele así, pero los rincones más entrañables de nuestras patrias suelen soltar la reveladora vaharada de algo que está rancio o se pudrió cerca o se maceró en exceso. No asociamos el progreso con esos olores contundentes; lo verdaderamente nuestro apesta un poco. En forma primitiva, Corea del Sur remite a tufos del terruño. Su alucinante desarrollo se normaliza en la nariz.

Mi primer almuerzo ocurrió en el mercado de Andong, pequeña ciudad de provincia, no muy lejos de Seúl. Los peces crudos y las serpientes marinas eran poco apetitosos. Me costó trabajo sentarme en el suelo, me golpeé con lámparas de madera y lamenté llevar zapatos de agujetas. Viajeros más curtidos me habían aconsejado usar mocasines para descalzarme sin problemas en templos y restaurantes. Pero mi espíritu depende del doble nudo. En casi todos los lugares era el único occidental. Mis maniobras se observaban con discreta piedad. Daniel me aguardaba con paciencia, comiendo su botana de nabos en vinagre. Al completar el protocolo, una mesera me entregaba un vasito de metal con agua. El gesto me hacía sentir como un peregrino que atravesó el desierto o se deshidrató por el esfuerzo de sentarse.

En la mesa, junto a los cubiertos, encontré unas tijeras, señal de que el apetito necesita atajos. En el siglo XVIII, Lichtenberg escribió que los alimentos tendrían otro sabor si los cortáramos con tijeras. Tenía razón.

El restaurante del mercado de Andong se dividía en pequeños gabinetes, como vagones de ferrocarril. En la televisión, una joven hacía el rictus inconfundible de quien sufre mucho a causa de un desgraciado. Corea del Sur es la Venezuela asiática. Sus telenovelas permiten que la llore con gusto.

En el gabinete de enfrente, un hombre de mi edad hablaba de sus experiencias en el extranjero. Decía que los peores enemigos de los coreanos son los coreanos. “Tiene razón”, comentó Daniel: “Si un policía de origen chino busca a un sospechoso en el barrio chino de San Francisco, no lo encuentra nunca; en cambio, si un policía de origen coreano busca a un coreano, lo encuentra de inmediato”. “¿Esto no contradice el jong?”, pregunté. “¡Claro que no!”, se sorprendió: “Los celos, la envidia y la competitividad son lazos que no puedes romper; forman parte del jong. Es como un matrimonio”, Daniel sorbió su último fideo.

Al salir vi una alarmante raíz de ginseng. Flotaba en una sustancia amarillenta, como un feto en formol. La incontenible energía coreana proviene en parte de esa raíz antropomorfa, que sugiere a un hermano alterado de Aquaman.

El ginseng se puede tomar en chicle, té, pastillas o caramelo. Esos derivados tienen un gusto agradable y generan un suave estímulo. Sin embargo, es difícil dejar de asociarlos con la raíz originaria, esa criatura flotante -mitad hombre, mitad nabo- que se tomó demasiado trabajo para existir.

¿Es posible sospechar tanto de una raíz? Sí, si la causa es la propia raíz. Mi recelo venía de haber bebido demasiado té de ginseng. Las ideas que provoca son suficientemente lúcidas para desconfiar de su origen.

Para mitigar de una vez por todas el aspecto del ginseng, se creó su presentación en spray. Sin embargo, esa vaporosa solución es demasiado tenue. Supongo que a medida que uno se adapta a Corea, la horrenda raíz se vuelve llevadera, del mismo modo en que en algún momento de la vida aceptamos que nuestras ideas provengan de una masa con molesto aspecto de tubérculo, el cerebro.

Breve historia de la prisa

Corea del Sur tiene la única bandera filosófica del mundo. Fue diseñada en 1883 al modo de un teoría del conocimiento. Un círculo azul y rojo representa el yin/yang, complementaria tensión de los opuestos. En las esquinas, rayas de distinto trazo aluden a la totalidad divisible en cuatro partes: los elementos, las estaciones, las direcciones del mundo.

También el escudo mexicano alude a los contrarios, pero en clave darwinista: el águila devora a la serpiente. Para nosotros la dialéctica del yin y el yang es inquietante: ¿por qué el rojo no mata al azul?

La bandera coreana representa una tensión serena que aún no se cumple en la realidad. La división del país dividido ha llevado a que Corea del Sur tenga un Ministerio de Unificación.

El 2 de junio hubo noticias alarmantes. Otra cumbre con Corea del Norte había fracasado. No se discutía por problemas de colindancia (el curso de un río que se desvía para quedarse con el agua), sino por los asuntos que preceden a una declaración de guerra: sobornos, el hundimiento de un acorazado de Corea del Sur, armas nucleares.

También se publicaba un despacho del grupo Intelectuales Norcoreanos en Solidaridad. De acuerdo con esa organización disidente, el gobierno de Corea del Norte ha mandado al mundo a tres mil ciberterroristas para que aprendan “las oscuras artes de Internet”. Esa delegación superaba en número a cualquier comitiva del país. En 2010, durante el Mundial de Sudáfrica, Corea del Norte carecía de hinchada. Los organizadores buscaron voluntarios de rasgos orientales para que se pusieran camisetas rojas y apoyaran a los huérfanos del Mundial con solidaridad de coreanos pirata.

Llama la atención que los disidentes se refieran a las “oscuras artes de Internet”. Eso sugiere que no sólo discrepan del régimen sino de la modernidad. ¿Quiénes son los Intelectuales Norcoreanos en Solidaridad? Imagino a atávicos calígrafos que escriben en papel de arroz, de barbas fluviales, aterrados tanto de la represión en su país como de los millones de teléfonos celulares que zumban al cruzar la frontera sur.

La mayoría de los coreanos con los que hablé en mi visita están seguros de que presenciarán la reunificación de los dos países. Aunque la guerra de 1953 dejó cerca de tres millones de muertos entre los dos bandos y el paralelo 38 divide dos sistemas políticos irreconciliables, el espectacular desarrollo de Corea del Sur infunde optimismo geográfico.

En plena frontera hay una oficina donde se discute la posibilidad de un destino común. El sitio se llama Pan-mun-chom o Joint Security Area. Unas habitaciones están del lado norte, otras del lado sur. Algún día, la misma aspiradora se hará cargo de todo el polvo.

Sería interesante que una vez lograda la reconciliación, el Ministerio de Unificación siguiera en funciones. En todos los países, el Ministerio del Interior (o Gobernación) confirma la organización vertical del poder. Transferir esas funciones a un Ministerio de Unificación significaría un desplazamiento horizontal: de los políticos a los ciudadanos.

De 1910 a 1945, el país fue dominado por Japón. Después de las penurias de la segunda guerra mundial, llegó el alivio de recuperar la independencia. En 1947, la Asamblea de las Naciones Unidas convocó a elecciones para fundar la república de Corea. La iniciativa no se acató en la zona de ocupación soviética y en 1948 el país quedó dividido. Dos años más tarde, Corea del Norte invadió Corea del Sur y ocupó casi todo su territorio. La ciudad de Busan y la isla de Incheon fueron los últimos reductos de la resistencia. Desde ahí se planeó la reconquista, con decisivo apoyo del ejército norteamericano.

Hasta la fecha, la admiración por los productos de Estados Unidos roza el fetichismo. En las afueras del mercado de Busan encontré una herencia gastronómica de la guerra: ahí se revendían bolsas del ejército norteamericano impresa en letras enormes, como para ser leídas bajo pólvora: “Warfighter recommended”. El Menú 12 incluía hamburguesa vegetariana con salsa de barbacoa (también vegetariana). Esta dieta, tan considerada con el estómago y los animales, resulta casi entrañable como producto de guerra, actividad que perjudica la salud.

En los años cincuenta el capitalismo coreano fue un triunfo de la disciplina. Abundan las historias de padres que dejaron de comer o se negaron a ir al médico para que sus hijos pudieran estudiar (La crónica de Manchwidang, novela breve de Kim Moon Soo, narra esos años duros). Sin embargo el resultado no es el de un país ascético, de disciplinados robots que anhelan trabajar más. Si algo destaca en la bulliciosa vida coreana es la urgencia para pasarla bien. No hay mayor concentración planetaria de salas de masaje, spas, discotecas, fondas, juegos electrónicos y cibernéticos, hoteles de paso en forma de castillos medievales. Una dilatada tradición del dolor se supera con placeres instantáneos.

Bastión de la pintura, las videoinstalaciones, las danzas folklóricas, el taekwondo y el chamanismo, Corea del Sur parece estar demasiado ocupada para extrañar algo. Sin embargo el anhelo de unificación indica que aún no están completos. ¿Qué puede aportarles Corea del Norte?

No es posible ver los desfiles de los ejércitos norcoreanos sin sentir que se trata de una parodia. Las marchas con saltos sincopados anuncian a una tropa extrema, que sufre la tortura para poder practicarla. ¿Hay algo encomiable en esa tiranía con bombas atómicas? Luego de largas pausas y nucas rascadas, recibí una respuesta: “Ellos tienen tigres en las montañas, cerca de China”.

Nada más lógico que lo mejor de una dictadura sea un fugitivo animal de presa cuyas rayas prefiguran los barrotes de una cárcel.

Interludio intestinal

Las ciudades coreanas están saturadas de publicidad. Casi todos los letreros promueven comida. En el río que atraviesa la ciudad de Busan una barcaza estaba anclada en mitad del agua, sin más propósito que sostener una banderola. “¿Qué dice?”, le pregunté a Daniel. “Anuncia un restaurante de patas de cerdo”. En Corea, el paisaje da hambre.

Busan es sede del shopping más grande del mundo, que forma parte de la cadena Shinsigae. Fue construido con un criterio que rara vez se asocia con las turbulencias del consumo: la relajación. Incluye un spa con suficientes piscinas para satisfacer a un barrio de Hawaii y los pasillos tienen amplitud de bulevares. En torno a una pista de hielo, hay cafeterías. La librería Kiobó ocupa diez veces más espacio que Armani.

Para el visitante del tercer mundo, lo que más sorprende en los comercios de Corea del Sur, de la tienda departamental Lote a cualquier supermercado, son los baños públicos.

En An Area of Darkness, V. S. Naipaul lamenta que la India conviva de manera tan próxima con los excrementos. Al llegar al aeropuerto de Nueva Dehli tiene la primera impresión de una constante en su viaje: “Los indios defecan en todas partes; en el suelo, en los urinarios (resultado de contorsiones de yoga que no quiero imaginar). Temerosos de ser contaminados, se acuclillan sin sentarse. El resultado es que en cada cubículo de cada baño hay muestras de su mala puntería. Pero nadie parece notar esto”.

Hay algo difícil de aceptar en los desperdicios y las deyecciones. John Berger escribió un hermoso texto sobre la más desagradable tarea que realiza una vez al año en su casa del Pirineo francés: vaciar la letrina. La mierda acumulada es el saldo del año transcurrido en compañía de su familia y sus amigos. Una rabia irracional invade al escritor mientras se ocupa del proceso, agudo recordatorio de lo que, muchas veces en vano, tratamos de sublimar.

En Occidente la defecación suele ser una actividad comercial. Los sitios caros disponen de áreas aromatizadas para la tarea. Hay baños espléndidos en los museos de arte moderno o los restaurantes de diseño (en los que a veces un mozo aguarda propina por acercarte una tolla). En cambio, el baño público suele ser el cubil de los descastados.

El viajero conoce la dimensión de la lejanía cuando sufre un retortijón. En México, Graham Greene enfermó de disentería. Había llegado al país para escribir un libro contra la persecución religiosa. No es exagerado suponer que el elocuente rencor de Caminos sin ley, se debió menos a las convicciones católicas del novelista que al malestar intestinal que lo llevó a purgar una condena en inodoros de penitenciaría y despreciar en forma inolvidable el pollo hundido en salsas.

Corea del Sur ha solucionado el tema de la higiene al grado de que no es digno de mención. Pero los extranjeros existimos para hacer comparaciones. En un país con guisos tan variados, que dependen de los favores del ajo y el picante, resulta tranquilizador que la digestión no represente el desafío moral que activó las plumas de Naipaul, Berger y Greene.

Toda solución puede producir excesos de “arte por el arte”. En plan purista se puede acusar al excusado Toto, de convertir una necesidad en pasatiempo. Con sus múltiples posibilidades y botones, el participativo aparato rebasa el marco de la higiene para proponer que la defecación y la micción se conviertan en asuntos estilísticos.

Confucio tenía razón

Pasé una noche en un hotel tradicional en Hahoe, junto al río Nakdong, el más extenso de Corea. La aldea fue fundada en el siglo XVI por un estudioso de Confucio.

El hotel de cuatro habitaciones estaba a cargo de un expublicista que huyó del estrés de Seúl. Al anochecer, me invitó una cerveza en un pequeño cuarto de madera, con vista al río. Comentó que la arquitectura china privilegia la dimensión y la japonesa el detalle; la coreana se caracteriza por su armonía con el entorno.

Caminé de noche a orillas del río. Estaba lejos, en un sitio desconocido. Mis compañeros de viaje dormían en un albergue de la ciudad antigua. Sin embargo, me sentía completamente en paz. Nada podía salir mal. El activo orden de Corea del Sur te excede en tal forma que anula las sospechas. Puedes ser ingenuo sin que eso resulte grave.

Mi cuarto tenía un techo bajísimo. Me moví ahí de rodillas. Una tina de madera, con agua hipercaliente, proponía masajes.

Antes de acostarme oí el zumbido de una avispa, tan intenso que pensé que estaba en el cuarto. Abrí la puerta corrediza. Detrás de un mosquitero, la avispa golpeaba contra la malla, tratando de entrar al cuarto.

Me conecté a Twitter. Mandé mi propia avispa: Un ecologista enfrenta el Diluvio Universal: decide salvar el agua”.

Dormí en el suelo, la cabeza apoyada en una almohada que parecía un piedra de tela.

Soñé con un actor que debía oponerse a sus parlamentos. El texto era un estimulante obstáculo. El artista actuaba contra la obra; si un pasaje lo irritaba, podía olvidarlo o modificarlo. Poco a poco, se apropiaba de lo que odiaba, convirtiendo sus parlamentos en exasperación creativa.

Desperté sobresaltado. Me afectaba dormir en el suelo, o hacerlo en la casa de un traductor de Confucio. ¿Hasta qué punto las ideas dependen del escenario donde surgen?

Un pájaro carpintero repiqueteó en un árbol y el pequeño refrigerador de mi cuarto produjo una nota aguda. Un dúo perfecto. Luego volvió el silencio. Busqué el reloj, deseando que al menos fueran las cinco. Eran las cuatro.

Me sentía despejado. Como el actor de mi sueño, que mejoraba la obra al negarla. La incomodidad había sido una peculiar forma del descanso.

Un malestar crónico: el suicidio

Entré a Twitter en el teléfono de Daniel y di con un trend topic: el suicidio. El 31 de mayo, Chung Jong-kwan, futbolista del Seúl United, se había ahorcado. Tenía 30 años. Pocos días antes, Yoon Ki-won, arquero del Incheon United, de 23 años, había aparecido muerto en su coche. Chung dejó una nota en la que pedía perdón por participar en una red de sobornos. Aunque Yoon no dejó nota, su muerte parecía deberse a la misma causa.

En las estaciones del metro, los andenes están protegidos por una sólida pared de plástico translúcido para evitar que la gente se lance a las vías.

Un efecto secundario del elevado nivel educativo coreano es el suicidio de los reprobados. En la Iglesia de Cristo, a la que pertenece Daniel, el principal desafío consiste en atender a quienes pueden pasar de las malas calificaciones a la autodestrucción. Su mejor amigo en la Iglesia es el locutor del estadio de béisbol de Seúl. La poderosa voz que anuncia bateadores brinda ahí consejos para subir la autoestima.

En la Universidad de Seúl conocí al padre Ramiro, misionero de Guadalupe nacido en Guadalajara que lleva trece años en Corea del Sur y asiste a los estudiantes. Me dijo que habían llegado a tener hasta tres suicidios en un semestre. Sin embargo, al final se impone la solidaridad. La idea del grupo –el jong compartido- predomina sobre la competencia individual. En su opinión, esto viene del confucianismo y de la pragmática necesidad de sobreponerse a la amenaza japonesa.

¿Qué tan cerca se siente un sacerdote mexicano de la comunidad coreana? Ramiro me explicó que sus feligreses tienen excesivo respeto por las figuras de autoridad; se acercan al sacerdote con veneración, pero no se sinceran. Hablan de asuntos abstractos, no personales. Tiempo después confiesan el problema que tenían cuando buscaron apoyo. Para entenderlos, Ramiro ha desarrollado una larga paciencia: se entera de efectos emocionales y aguarda años para averiguar las causas. Su estrategia recuerda una máxima de Confucio: “No importa que tan despacio vayas siempre y cuando no te detengas”.

En fechas recientes había habido una ola de suicidios de actores, modelos, cantantes y presentadores de televisión. “Los coreanos somos muy emocionales”, comentó Daniel: “No fueron suicidios planeados sino arrebatos”. A pesar de su frecuencia, se hablaba de actos intempestivos.

En Seúl no hay un puente o un alto edificio que atraiga a los suicidas. La falta de un sitio emblemático sugiere que se trata de algo ajeno a la costumbre, pero el drama se reitera.

El 27 de mayo, la psicóloga Cheon Keunah habló del tema en Twitter. Daniel había guardado su mensaje. Los caracteres coreanos permiten escribir tuits que parecen novelas río. A propósito del suicidio de una celebridad, la doctora Keunah escribió: “Mis condolencias por su muerte. Por favor, tengan cuidado al hacer reportajes de casos de suicidio. Eviten los prejuicios y el sensacionalismo. En la sección de Emergencias del Hospital General de la Universidad estamos percibiendo este problema. Es importante que los medios muestren madurez. A veces es mejor no hacer reportajes”.

Este mensaje consta de 25 espacios, cuatro signos de puntuación y 59 caracteres, un total de 88. Podría ser una tercera parte más extenso.

En Occidente, habría que resumirlo en plan Confucio: “La prensa mata por segunda vez a los suicidas”.

Si se mueve, es comestible

En el mercado de pescados y mariscos Yagalchi, de Busan, encontré serpientes, crustáceos, conchillas, ostras, caracoles, peces vivos en cajones de agua (uno se le escapó al pescadero y fue acuchillado en el pasillo), ballena en trozo, tortugas, mantarrayas, cangrejos de Rusia, gusanos de mariposa, animales desconocidos, húmedos, salinos, surgidos de las profundidades, siluetas que hacían pensar en la creación del mundo o plagas del porvenir. Vi una caja con esferas rojas. Parecían granadas de mar. Ese día no hubo langostas.

Una mujer hermosa se llevaba a la boca un marisco complicado. ¿Cómo explicar la fascinación que suscitan los tentáculos en una boca delicada?

El mercado es atendido mayoritariamente por mujeres. Casi todas llevan sombreros atados con mascadas. Sus maridos se dedican a la pesca. Los escasos vendedores hombres parecen buzos cansados de contener la respiración.

Salimos a la intemperie. Olía a yodo y a mariscos. Caminamos junto al agua. A la distancia, desde unas rocas, un cuerpo se lanzaba al mar. “Una mujer buzo”, informó Daniel. “¿Cómo sabes que es mujer?” “Sólo las mujeres pescan así, además distingo sus facciones”. “¿A través del visor?” “Sí”. “No te creo”. Mi guía se exasperó: “¡Las mujeres resisten mejor el agua fría!”.

Para reconciliarse, Daniel propuso comer aguamalas. Una delicia superfresca: los tallarines de Neptuno.

En Busan visitamos un templo budista donde se suele aguardar el año nuevo. Tiene un vasto mirador para contemplar el amanecer. La gente se acerca a la estatua de Buda y le toca la panza para tener un hijo varón.

Las piedras son ofrendas. Hay que encaramar una arriba de otra. Las columnas se alzan con equilibrio inverosímil, como plegarias minerales.

Afuera del Museo de Pesca nos acercamos a un estanque con carpas acostumbradas a que les den de comer. Abrían la boca en la superficie del agua, con la parsimonia de los becarios que saben que recibirán un donativo.

Otros peces atraen por un defecto. El bok es una variante del pez globo (swellfish) y del fugu japonés. Un cocinero experto debe quitarle la vejiga tóxica. En caso de que falle, la carne queda impregnada de veneno y no hay antídoto. El pez sería menos atractivo si perdiera su condición de ruleta rusa. Un guiso para quienes piensan que la mejor mascota es una araña venenosa.

El sabor de la carne blanca, sumida en caldo, es delicado. Me llamó la atención que en el menú el mismo pez tuviera distintos precios. “El fuku viene de China: el caro es salvaje, el barato es de granja”, explicó Daniel. Nosotros comimos pez de granja, que difícilmente es venenoso. Un pez tóxico pirata.

Me decepcionó la falta de riesgo pero debíamos respetar nuestro presupuesto: 15 dólares por persona, que nos permitían comer en forma opípara, siempre y cuando prescindiéramos de veneno.

La cirugía plástica: un photoshop preventivo

En Corea, la belleza depende del rostro. Los close-ups duran lo suficiente para que hierva el agua del té.

Un efecto complementario del interés por el rostro es que nadie duda de las piernas. La minifalda es tan unánime que si una tela llega a la rodilla, parece un uniforme.

Orgullosas de sus muslos, las coreanas buscan redondear sus ojos. A la vuelta de Busan, me hospedé en un hotel casino de Seúl, situado en un promontorio que daba al mar. Abundaban los turistas chinos, apostadores fuertes que comentaban a gritos sus resultados. Otros turistas habían ido a someterse a cirugías faciales. Desayunaban con el rostro envuelto en vendas.

En el buffet conocí a un cirujano plástico. Señaló a una actriz en la televisión: “Yo la operé”. Conversamos sin que él despegara la mirada de la pantalla. El último tribunal de su trabajo era la cámara de la televisión: “Una cara debe retratar bien”. En tiempos en que hasta los teléfonos toman fotos, la cirugía plástica debe mejorar la fotogenia.

Occidente es el lugar donde se considera atractivo que una mujer convierta sus labios en una ventosa de colágeno o se inflen los senos para aludir a una pasión más intensa, el fútbol. En Corea del Sur no detecté una sola cirugía. Le pregunté al médico por los retoques de la actriz. Eran bastantes, pero resultaban imperceptibles para mí porque occidentalizaban sus facciones.

Es conocido el dictum de que Occidente se contiene por culpa y Oriente por pudor. En Seúl no abunda la gente estrafalaria. Cuesta trabajo ver piercings o tatuajes. Ciertos brotes exóticos se vuelven comunes al pertenecer a oficios definidos: los futbolistas se tiñen el pelo de rojo.

En el hotel, la posición social de los visitantes no definía sus ropas. Los millonarios chinos llevaban trajes que parecían hechos con maquinaria pesada. Por su parte, los recién operados usaban prendas de gimnasio, como si sus heridas se debieran al ejercicio.

Salí del hotel confundido por los vestuarios de los clientes. Vi a un hombre de frac y lo tomé por un mozo. Le pedí un taxi. Era un novio que llegaba a casarse en el hotel. Mi confusión divirtió enormidades al auténtico mozo. No dejó de reír hasta que el coche llegó a la entrada.

Ciudades: modelos para armar

El trazo urbano de Seúl es difícil de discernir. Junto a un rascacielos puede haber un edificio de cualquier tamaño y pocos barrios responden a un estilo uniforme. El río Han es tan ancho que no articula a la ciudad; la divide. En sus orillas, las amplias avenidas inauguradas en los Juegos Olímpicos permiten circular a velocidades de videojuego.

Sin embargo, cada sitio ofrece un microcosmos de confort. Es muy sencillo hallar un rincón con comida sabrosa, cibercafés, tiendas, una librería, alguna atracción local. El desorden de Chonju, Busan y Seúl estimula en forma extraña. En cada sitio tengo la sensación de que podría ser feliz ahí por siempre sin la necesidad de integrarme. Un bienestar con estímulos dispersos tan variados que no requiere de una comprensión de conjunto.

En Busan, el tráfico es aún peor que en Seúl. La ciudad está atravesada por montes que dificultan ir de un lado a otro. Algo cercano queda a treinta minutos en coche. Nuestro conductor era de Busan, pero hacía tiempo que no iba ahí y dependía del GPS. En un túnel perdimos la señal y fuimos a dar a un puente larguísimo.

Daniel aprovechó el regreso a la superficie, es decir, a Internet, para informarme que Asia es el continente de los puentes largos. De los 25 puentes más largos del mundo, 15 pertenecen a la República Popular China y otro a Taiwán. El puente número 26 es coreano. Mide poco más de 18 kilómetros y conecta la tierra firme con el aeropuerto de Incheon. El más largo del mundo mide casi 167 kilómetros. ¿Es posible que algo crezca tanto sin alterarse? ¿Una ópera que durara dos meses seguiría siendo una ópera? ¿Una top-model de tres metros seguiría siendo fotogénica? Un puente de 167 kilómetros no parece un vínculo entre dos puntos sino un destino. Se podría escribir una road novel sin salir de ahí.

Una de las lecciones de viajar: de pronto te interesa lo que no te interesa. La conversación sobre los puentes generó una nueva obsesión: volver al aeropuerto por los 18 kilómetros suspendidos sobre el agua.

Un insólito principio de orden en el trazo urbano tiene que ver con el valor que se concede a la educación. En los pequeños pueblos el edificio más importante es la escuela. La arquitectura es una clara metáfora de las prioridades coreanas.

La desaforada expansión urbana permitió que Corea alcanzara niveles de bienestar al costo de sacrificar la armonía urbana. Una vez consumado el milagro económico, se decidió planear una ciudad desde cero para recuperar el privilegio de las plazas y las calles que riman entre sí.

En 1989 comenzó a construirse una ciudadela contra la confusión, “en busca de la humanidad perdida”. ¿A qué propósito debía servir? Normalmente esa pulsión utópica conduce a la edificación de una nueva capital. Pero Corea del Sur no buscaba celebrar en piedra los afanes del poder, sino su herencia espiritual. Así surgió la Ciudad del Libro, cuya primera fase se terminó en 2005. Más de doscientas editoriales se trasladaron ahí.

Visité este falansterio de la razón en día festivo. A la extrañeza de encontrar edificios inspirados en un austero funcionalismo post-Bauhaus, se unió la de recorrer un lugar desierto.

Cada edificio es una pulcra variante del cubo o el rectángulo, pero el conjunto resulta incómodo. Sometidos a una idea rectora, los edificios conforman una serie, una propuesta única, inmodificable. Una curva parece ahí un acto disidente y una espiral, un delirio.

Para articular el espacio, se privó a la ciudad de usos accidentales, la espontánea participación del desorden. Del caos tonificante de Seúl se pasó a un orden aséptico, donde las señas del tiempo no dependen de los habitantes sino del óxido que tiñe los muros. El efecto es paradójico: la elegancia pensada para la escala humana produce una impresión alienante.

Entré en un hotel y contemplé un amplísimo lobby con sillones de diseño y alfombras hechas con tiras de cuero. No había nadie en la recepción. Al cabo de unos minutos llegó un hombre, vestido de negro, como un monje zen. Sostenía una taza de té, de cerámica negra. Todo era perfecto y frío.

Con el bullicio de un día laboral la sensación debe de ser distinta. Sorprende que la ciudad pueda vaciarse en forma tan completa. El descanso rigurosamente coordinado le otorga una condición fantasma. En domingo, la ciudad cesa.

Regresé a Seúl y entré en contacto con una vivificante disfunción urbana, gente con deficiencias mentales provocadas por el aislamiento ante la computadora. En un jardín a orillas del río Han, un grupo de eremitas electrónicos trataba de volver al mundo en 3D.

En los campamentos, los autistas digitales regresan a la realidad a través de una convivencia donde aprenden a untar panes con mayonesa.

También las familias acampan ahí. El río Han es suficientemente ancho para generar una ilusión de naturaleza. En la otra orilla hay edificios, pero se difuminan en la bruma, como los palacios que decoran las tazas de porcelana.

En el parque encontré una muestra de ultramodernidad ecológica: un taller de robots en miniatura, alimentados por energía solar.

Al salir de ahí di con una atracción que buscaba sin saberlo: una casa rodante ofrecía cambio de moneda. Era un banco móvil, que abre en domingo en los espacios públicos.

Quienes venimos de países atrasados siempre esperamos algo más de la tecnología. En el tráiler repleto de computadoras, intuí funciones de telefonía satelital, espionaje, absorción de datos. No entender los sistemas operativos permite imaginar sus efectos. El instantáneo trámite bancario parecía demasiado simple para ese sitio. ¿Eso revelaba que nací en una sociedad conspiratoria o que la excesiva tecnología produce un dopaje paranoico?

Diálogo al final del día:

–Aún tenemos que ir al spa.
–Estoy muerto.
–El spa es para descansar.
–Estoy demasiado cansado para descansar.
–Descansar descansa.
–No me gusta relajarme. Quiero tomar notas.
–Está agotado: necesita relajarse.
–El descanso me quita fuerzas.
–Usted ya no tiene fuerzas.
–No tengo fuerzas para ir al spa, tengo fuerzas para tomar notas.
–El que no quiere descansar está cansado.

El país de los 24 signos

La figura fundacional de Corea del Sur es el rey Sejong, creador de la escritura. Su monumento en una extensa explanada de Seúl incluye un museo de sus aficiones: la astronomía, la caligrafía, la filología.

En 1446, Sejong entregó la primera versión de lo que sería el Hangeul, el alfabeto coreano. De los mandarines a la academia actual, los productores de conocimiento se han fortalecido al dominar saberes vedados a los legos. Los asesores del rey ilustrado se opusieron a la sustitución de los complejos ideogramas chinos por signos que pudieran ser comprendidos por todo el mundo. Mientras menos lee un país, más relevancia tienen quienes dominan de la escritura. Sejong rompió este privilegiado acceso al poder: “Un sabio aprende este alfabeto antes de que acabe la mañana y un idiota lo aprende en diez días”. Fue el primer paso para consolidar una nación que hoy tiene una alfabetización absoluta.

La reforma tomó en cuenta que también los sonidos transmiten significados. Esto llevó a una consideración estética: las vocales debían equilibrarse, siguiendo la dinámica del yin y el yang. Las catorce consonantes y las diez vocales de Hangul permiten pronunciar los sonidos de casi cualquier lengua, lo cual facilita el aprendizaje de idiomas.

Durante su reinado de 1418 a 1450, Sejong se sirvió de la escritura para recibir noticias de sus súbditos y los escribas no firmaban los documentos para garantizar su sinceridad. Los Anales de Sejong dejaron un modelo de transparencia que hoy sólo se obtiene con las filtraciones de Wikileaks.

En el palacio de rey predomina una arquitectura austera. Al fondo, despunta una montaña. Entre el palacio y la ladera verde está la Casa Azul, sede del gobierno. Es una de las pocas construcciones bajas que no están asediadas por edificios. La amplitud que la circunda no remite al espacio sino al tiempo: la Casa Azul parece alzarse en el pasado.

Hay lotos en los estanques del palacio que se empezó a construir en 1395, antes del reinado de Sejong. El sitio ardió durante una de las invasiones japonesas y fue restaurado en 1865. Un texto de ese año informaba que, a partir de entonces, el palacio sería protegido por un dragón de oro en el fondo de un estanque. Durante décadas se pensó que se trataba de una leyenda. Sin embargo, los rumores ganaban precisión: era un animal mágico, de inspiración china, con el cuerpo ondulado como una serpiente.

Hay que desconfiar de muchas cosas, pero no de los mitos coreanos. En 1997 el estanque tuvo que ser limpiado. Al fondo, húmedo y brillante, estaba el dragón.

Sejong es el protagonista del billete de diez mil won. En México, para entrar a la cartera, los héroes tienen que haber pasado por el campo de batalla (Sor Juana es la excepción que confirma la regla). Corea del Sur prefiere personajes de la cultura:

cincuenta mil won: Shin Samdang, pintora del siglo XVII

cinco mil won: Yulgok, calígrafo conocido como Yi I

mil won: I-Hwang, erudito del siglo XVI, experto en Confucio.

Después del reinado de Sejong la aplicación del alfabeto coreano fue errática. A fines del siglo XIX se usó para imprimir documentos oficiales, pero fue proscrito por la ocupación japonesa de 1910. La gramática definitiva del Hangeul no se fijó sino hasta los años cincuenta del siglo XX. Curiosamente, mientras las dos Coreas se enfrascaban en la guerra, ambas adoptaban el alfabeto de Sejong.

Corea cifró su identidad y su destino en 24 caracteres. Los incendios y las invasiones no erradicaron esos tenues instrumentos.

Trepidantes diversiones

En el país del ácido kimchi, asuntos no siempre espectaculares, como cortarse el pelo, se transforman en rituales hedonistas. Los coreanos tienen prisa para todo, pero no para salir de la peluquería, donde el 10% del tiempo se destina a ocuparse del cabello y el resto a un elaborado masaje de manos y pies.

Corea del Sur es bastión del comercio televisivo de llorar a plazos, pero también del K-Pop, corriente musical dominada por adolescentes de minifalda escocesa que perturban al hombre provisto de hormonas. Los varones se visten como delgadísimos mafiosos y se mueven como electrocutados rítmicos. El inconmensurable mercado chino ya se agita a ese compás y Francia se ha rendido a la sombra de las coreanas en flor.

Algunos de los grupos más conocidos son Shinee, Girls Generation, F (X), DBSK (siglas de Dong Ban Shin Ki, “Espíritu de Oriente”, y que en China asume el nombre de TVXQ, Tong Van Xin Qi), 2NE1 (pronunciado “tweeny one”), y 2 p. m., que rivaliza con 2 a. m.

Después de proporcionarme esta lista, Daniel reflexionó sobre la palabra shin: “Quiere decir Dios o fantasma”. La traducción inicial había sido perfecta: “espíritu”, equidistante de “Dios” y “fantasma”.

En playas, discotecas y centros comerciales vi a los ubicuos representantes del K-Pop. Las reguladas coreografías revelan que la espontaneidad está proscrita (incluida la de enamorarse mientras dura el contrato). Esos clones sonoros tienen contradictorio encanto. La sincronía de los bailes, la intensidad de la música y la irrealidad de las escenografías hacen pensar en descaradas discotecas del espacio exterior. Sometidos a una severidad de monjes tecno, los músicos anuncian una sensualidad a la que no tienen derecho.

La industria del sentimentalismo no podía desperdiciar el encuentro del K-Pop con la telenovela. Durante mi visita, las respiraciones se suspendían a las 10 de la noche del paralelo 38 a la isla de Incheon para ver El mejor amor, romance entre un galán del melodrama y una cantante.

Los efectos del ginseng se comprueban en los tambores. El país es una potencia que percute, congregando a hombres y mujeres armados de mazos que aporrean pieles con atlética acrobacia.

El pansori combina el teatro con las danzas populares y la música tradicional. Cerca de Andong presencié una función con disfraces y máscaras, donde sólo actuaban hombres. Las tramas dependían de la comicidad de lo grotesco. Un noble buscaba recuperar su testículo y encontraba el de un buey; con la típica codicia de la aristocracia, decidía usarlo, convirtiéndose en motivo de burla. Otra obra trataba de una anciana que había estado casada tres días y contaba su larguísima viudez. Otra más de un monje expulsado de un convento que se enamoraba de una mujer a la que veía orinar.

En Seúl fui a una sala de pansori situada sobre un club de natación. El vestíbulo olía a cloro. Los socios que llegaban a nadar se mezclaban con los espectadores que hablaban del gayangeum, instrumento horizontal de doce cuerdas, y el piri, pequeña trompeta de bambú.

La naturalidad con que la música tradicional se inserta en la vida moderna me pareció extraordinaria hasta que escuché en un restaurante dos catedrales de la cursilería: “Love is Blue” y “Eres tú”, interpretadas por instrumentos vernáculos y órgano eléctrico. El kitsch es la expresión cultural mejor globalizada: en todas partes resulta igualmente horrenda.

En cualquier rato libre los coreanos aprovechan para continuar los juegos de computadora que tienen pendientes. Uno de los más populares es Paladog, protagonizado por un caballero andante del futuro que lucha contra momias. Este protagonista multicultural utiliza armas medievales para despedazar enemigos en vistosos asteriscos. Sus escuderos pertenecen al reino animal (ratones, osos, un pingüino y una tortuga).

En el metro, la gente tiene la cabeza levemente inclinada hacia abajo, no por cortesía oriental, sino porque consulta su celular. En los primeros días pensé que consumían infinitos mensajes de texto. Luego supe que trataban de aniquilar momias en el Paladog.

El control mental de las palizas

Aunque el taekwondo es el arte marcial más importante de Corea, los campeones no se enriquecen, ni son sex symbols, ni rivalizan con los astros de telenovela.

Tomé una clase en el Centro Keumkang. Pensé que mi edad sería una limitante, pero me informaron que el noveno dan sólo se alcanza después de los sesenta años. En todo el país no hay más de cien personas en ese estado de gracia.

Las cinco condiciones esenciales del taekwondo son el respeto, la paciencia, el control, la dignidad y la capacidad de pelear cien veces sin rendirse. Lo más importante es contener la violencia, tentación considerable en una actividad que enseña 2,500 tipos de patadas.

Consignas del teaekwondo:

-Los huesos crecen. La lesión más común es la del empeine (casi siempre se produce por golpear un codo). Mi instructor tenía una cicatriz en los nudillos porque se fracturó al bloquear una patada. Pero los golpes también ayudan: los huesos de la mano se desarrollan con los impactos. Las manos de mi rival parecían pertenecer a una persona veinte centímetros más alta.

-El enemigo vive en el espejo. El combatiente entrena ante sí mismo, anticipando los movimientos del adversario hasta incorporarlos en su propio cuerpo.

-La debilidad del enemigo tiene puntos precisos. El instructor me tomó del antebrazo y presionó un sitio estratégico. Estuve a punto de desplomarme.

-Gritar equilibra. No se lanzan alaridos por furia sino para mantener el ritmo en la respiración.

Concluí la sesión de taekwondo quebrando una madera con un mensaje sobre el orden cósmico. Después de esta espiritualidad full contact, busqué la forma más conocida de entretenimiento en el planeta.

El estadio de Chonju es de triste memoria para los mexicanos. Ahí Estados Unidos nos eliminó en el Mundial del 2002.

Ahora la selección de Corea del Sur jugaba contra Ghana, sorpresa del Mundial de 2010.

El sonido local es el más estruendoso que he escuchado en un estadio. Cuando un coreano remataba a la portería, el locutor gritaba su nombre con frenesí pulmonar. En respuesta, la multitud dejaba de comer pescado seco para exclamar: “¡Te-han-mingu!” (“país de la gente del gran han”).

Los Diablos Rojos de Corea del Sur atacaron con la verticalidad de un equipo que no ha descubierto la pausa. Incluso cuando tenían el balón, se destacaban más por perseguirlo que por controlarlo. El vendaval ofensivo bastó para vencer a Ghana 2-1, con un emocionante gol de último minuto.

En ocasiones el futbol importa por sus pifias. En 2010, en el Mundial de Sudáfrica, Asamoah Gian pudo hacer que su equipo avanzara a la semifinal. En la última jugada del partido cobró un pénalti con el que Ghana podía vencer a Uruguay. El tiro dio en el larguero. Poco después, durante la serie de desempate, Asamoah recobró la entereza y anotó en forma impecable. En cierto modo, esta destreza lo incriminó: ¿si podía chutar tan bien por qué no lo hizo cuando era decisivo?

Como al destino le gusta el morbo, también en Chonju el dramático Asamoah tuvo oportunidad de cobrar una pena máxima. Para un jugador trabajado por la tragedia, fallar puede ser un gesto épico. Asamoah no nos decepcionó: su tiró no entró en la portería.

La isla color menta

El golf y las excursiones a las fértiles colinas de Jeju forman parte de las ilusiones coreanas. Cada media hora, aviones jumbo parten a la isla.

Desde lo alto, ya cerca del aeropuerto, contemplamos islotes iluminados. Eran bases para pescar calamar.

El paisaje y las esculturas de piedra de Jeju hacen pensar en la Isla de Pascua. Hay volcanes, grutas y campos de té donde se puede comer un sofisticado menú que, de la sopa al postre, sólo consta de hojas aromáticas.

Una de las atracciones locales es la Calle Misteriosa, trazada en declive, pero donde los objetos ruedan hacia arriba. Hicimos la prueba con una lata y varias botellas. A pesar de la inclinación, los vimos ascender.

El camino se construyó en 1975 y el fenómeno fue descubierto cinco años después por un taxista. En ese viaje llevaba a unos recién casados. Por alguna razón, apagó el motor y el coche ascendió por cuenta propia. ¿Una metáfora para que los pasajeros comprendiera que la vida conyugal sucede cuesta arriba?

En la isla de Jeju hay 18 mil dioses registrados. No es extraño que uno de ellos haga subir objetos por un declive. Otro debe amparar las aficiones raras, como el Museo del Teddy Bear, espacio cilíndrico que muestra tableau vivants donde osos de peluche representan el desembarco en Normandía, el alunizaje del Apollo, la filmación de una película y otros excesos humanos. Según el folleto informativo, se trata del único museo coreano que tienen ganancias. Una quinta parte de las entradas viene de la taquilla y cuatro quintas partes de la venta de peluches.

Las grutas y los volcanes de Jeju crean una orografía temperamental, suavizada por la vegetación. Todo es verde, húmedo y parece recién hecho. Para el turista occidental representa una arcadia del tercer día, cuando Yahvé inventó la menta.

Una belleza busca marido

En Corea del Sur el chamanismo equivale al culto guadalupano en México. Es profesado por gente de diversas religiones que lo asume como último recurso en las desgracias. Su influencia abarca numerosas zonas de la cutura. Hwang Sok-Yong estructuró su célebre novela El huésped a partir de los doce pasos del ritual chamánico.

Asistí a una sesión en la que una chica deseaba librarse de sus males. Hong Teahan, profesor especializado en tradiciones coreanas, nos citó en la Universidad Kookmin, en las afueras de Seúl. Lo aguardamos en una cancha de fútbol y de ahí caminamos rumbo a una colina.

Subimos por una senda donde las construcciones se volvían más escasas. Entramos a un sitio arbolado, de tierra apisonada, rodeado de pequeños cuartos. A la derecha había una caseta con un baño. Un perro reposaba, atado a una estaca.

Antes de iniciar la sesión, vimos a un chamán parado sobre un cuchillo. Según explicó Teahan, esa suerte de faquir está en extinción.

El chamán que nos atendió tenía voz de mujer y manos de hombre. La amplia vestimenta de colores, mezcla de túnica y kimono, era definitivamente unisex. Cuando lo vi fumar con enjundia de cowboy, confirmé que se trataba de un hombre. Antes del rito, habló por celular, mientras caminaba por el patio. Llevaba zapatos crocks. Se los quitó para pasar a la pequeña sala presidida por una rubicunda deidad que confundí con Buda. Se trataba de un dios de reparto, uno de los 273 que dominan el imaginario coreano. Un tapiz con el tema de un congreso divino mostraba lo sobrepoblado que está el cielo en esa parte del mundo.

En el altar (decorado con flores de papel en tonos encendidos), había nabos y lechugas, un pulpo entero, guisos para la cena. Una vez más, sobraría comida.

Había prisa para iniciar el procedimiento. El aire de los trajines era mundano. El único detalle que me hizo sentir en un lugar sagrado (es decir, donde estoy en falta) fue el siguiente: me pidieron que por respeto me abrochara el último botón de la camisa.

Luego me indicaron mi sitio en el suelo. Ahorraron otros protocolos y comenzaron a servir platillos de variada abundancia en una mesa al centro del cuarto.

La cliente que nos permitiría ver su rito tenía 33 años (como suele pasar en Corea, parecía de 22). Para eliminar los malos espíritus, pasaron sobre ella una bola de arroz recubierta de 33 frijoles dulces.

La chica era zurda, muy hermosa y lucía deshecha. Mi cuchara chocó con la suya en el caldo común. La sensación de intromisión hubiera sido absoluta de no ser por los músicos, que comían con desparpajo y por el chamán de labios pintados y cara blanca por el maquillaje, que salía a cada rato a hablar por teléfono.

Tal vez porque estábamos en las afueras, rodeados de vegetación, había más mosquitos que en el centro de Seúl. En el patio, dos tableros atraían a los insectos con la luz neón y los achicharraban. Cada tanto nos llegaba el chisporroteo sacrificial de los mosquitos.

La premura tenía que ver con la comida. Después de la cena, las pausas fueron lentísimas, el chamán se cambió quince veces de ropa, danzó y descansó mientras la música prefiguraba la eternidad.

El rito chamánico sigue un guión inflexible: purificación, saludo a los diversos dioses, petición a los ancestros, reflexiones sobre la comunidad.

Se reparten papeles de colores que simbolizan destinos, animales, elementos constitutivos de la Tierra, direcciones del cosmos.

Hay un episodio en el que intervienen galletas purificadoras, otro en el que se usan cascabeles, salmodias que tienen o no que ver con los problemas del solicitante. Según nos enteramos por confesiones dichas entre sollozos, la chica que nos permitió ver su rito se sentía abandonada. Era pobre y demasiado vieja para conseguir marido.

En los muchos descansos, el chamán restaba importancia al acto, saliendo a conversar o a fumar. Su actitud era del todo ajena al de la solicitante, que permanecía sumida en el dolor, más allá de todo alivio. Creía en el rito con más fe que los organizadores.

Cuando la ceremonia llevaba dos horas, los músicos me pidieron contactos para hacer una gira por México. Se veían a sí mismos como artistas folklóricos, no como oficiantes de una religión.

El flautista, de 56 años, había aprendido a tocar a los 14. Provenía de una familia de chamanes y no fue al colegio. Desde el principio fue destinado a ese trabajo.

Durante la ocupación japonesa el chamanismo estuvo prohibido. El profesor Teahan explicó que el rito aún es objeto de una persecución silenciosa. Agregó que no hay estadísticas sobre cuántos surcoreanos practican el chamanismo porque se teme que sean casi todos.

Después de enumerar las bondades del rito, el proselitismo pasó a una zona más convincente: los peligros que corren los adeptos. El profesor realzó la fuerza chamánica alertando sobre el excesivo impacto que puede tener. En dos ocasiones había visto a personas enloquecer durante el baile.

Cuando me despedí, cuatro horas después de haber llegado, el ambiente era el de una fiesta que languidece. Los músicos pasaban a los gestos habituales de quienes acaban de tocar: contar billetes y compartir bromas.

La chica lloraba en un rincón.

Definir lo que no existe

Un texto mío, sobre la violencia en México, se tradujo al coreano y una palabra resultó desconcertante. “¿Está bien traducida?”, me preguntaban. Se trataba de “impunidad”.

La noción de “delito” era comprensible; lo mismo que “ mafia” o “corrupción”. Pero algo no encajaba en la posibilidad de violar la ley dentro de la “ley”. Ese esquivo concepto obligaba a poner comillas en cualquier parte de la explicación.

Comenté que no se trataba de un error de traducción, pero me costó mucho trabajo aclarar el término. A medida que luchaba por darme a entender, crecía mi admiración por la cultura donde eso no tenía sentido.

Viaje al centro de la tierra de nadie

El paralelo 38 está ocupado por la Zona Desmilitarizada (DMZ).

Una locomotora teñida de herrumbre se conserva como un monumento a la época en que el tránsito era posible. Desde los miradores, Corea del Norte parece una reserva natural. No hay otras señales de vida que el ocasional movimiento del follaje, movido por algún venado.

En una reja, los niños colocan mensajes sobre la reunificación y los deseos de jugar con sus vecinos del norte.

Recorrí los 265 metros que se pueden visitar de un túnel de kilómetro y medio que los norcoreanos usaron en su invasión. La temperatura es agobiante. La humedad escurre de las piedras. Falta oxígeno. Un esforzada tumba, una necrópolis vacía. Parece inverosímil que alguien se haya sometido a la tortura de cavar esa fosa subterránea.

Al salir, la gente compra un souvenir, una postal, una gorra, una bolsa de té. La guerra, las uñas que rascaron la tierra y la sangre se convierten en un pretexto para vender camisetas. El turismo vuelve a ser un drama del que se trae un llavero.

Rumbo al día anterior

Recorrí el puente de 18 kilómetros que lleva a Incheon. Poco antes de abordar el vuelo de regreso, fui testigo de otro contraste. Unos actores recorrían los pasillos del aeropuerto, con barbas y bigotes honestamente postizos, disfrazados como el rey Sejon y su séquito. Lograron llamar la atención, pero no tanto como un grupo de K-Pop que regresaba de gira. Rodeados de guardaespaldas dos veces más altos que ellos, los esquivos adolescentes de anteojos oscuros provocaron alaridos de admiración y el safari de la fotografía celular.

Durante quince días había estado al día siguiente de mi propia vida, siempre atrás de lo que debía entender. El personal de tierra de Korean Airlines hizo movimientos de tabla gimnástica para anunciar que el vuelo estaba listo. Nuestro destino era el pasado.

Cada 31 de diciembre los coreanos contemplan la luz más nueva del mundo. No se equivocaron al poblar las playas donde amanece antes. Para nosotros, están en el futuro.

El sabor de la muerte

Publicado: 23 febrero 2012 en Juan Villoro
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El terremoto de magnitud 8,8 que devastó a Chile el 27 de febrero fue tan potente que modificó el eje de rotación de la Tierra. El día se redujo en 1,26 microsegundos. Desde la Estación Espacial Internacional, el astronauta japonés Soichi Noguchi fotografió la tragedia y mandó un mensaje: “Rezamos por ustedes”.

Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el DF. Si una lámpara se mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición sirvió de poco el 27 de febrero. A las 3.34 de la madrugada, una sacudida me despertó en Santiago. Dormía en un séptimo piso; traté de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde desperté. Hasta ese momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos.

Durante dos minutos eternos el temblor tiró botellas, libros y la televisión. El edificio se cimbró y pude oír las grietas en las paredes. Pensé que nos desplomaríamos. Alguien gritó el nombre de su pareja ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana. Otros hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia, pero también que mi familia dormía, con felicidad merecida. Me iba del mundo en una cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.

Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades tendríamos de salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso. Una naranja rodó como animada por energía propia.

Cuando el movimiento cesó, sobrevino una sensación de irrealidad. Me puse de pie, con el mareo de un marinero en tierra. No era normal estar vivo. El alma no regresaba al cuerpo. Los gritos que el edificio había sofocado con sus crujidos se volvieron audibles. Abrí la puerta y vi una nube espesa. Pensé que se trataba de humo y que el edificio se incendiaba. Era polvo. Sentí un ardor en la garganta. Volví al cuarto, abrí la caja fuerte donde estaban mis documentos, tomé mi computadora y perdí un tiempo precioso atándome los zapatos con doble nudo. Los obsesivos morimos así.

En la escalera se compartían exclamaciones de asombro y espanto. Ya abajo, una conducta tribal nos hizo reunirnos por países. Los mexicanos repasamos cataclismos y supusimos que la ciudad estaría devastada. La acera de enfrente era un bloque de sombras, escuchamos ladridos distantes, los coches de los trasnochadores tocaban la bocina, había cristales en el suelo, pero la fachada de nuestro edificio permanecía intacta.

En la explanada frente al hotel se alzaba la réplica de una estatua de la Isla de Pascua. Es la efigie de un Moai, jerarca que durante su mandato habrá visto maremotos. Se convirtió en nuestra figura tutelar. Supimos esto cuando se fue la luz y dejamos de verlo. Por suerte, el apagón duró poco. La piedra donde los ojos parecen hechos por el tiempo regresó de las sombras. No estábamos solos.

Otra señal de tranquilidad vino del reino animal. Un perro se echó a dormir en medio de nosotros. Mientras no despertara, todo estaría bien.

Alguien quiso regresar al edificio por sus “pantalones de la suerte”. La superstición era la ciencia del momento. Nuestras ideas, si se las puede llamar así, no seguían un curso común. El editor Daniel Goldin, que estaba en muletas por un accidente previo, me propuso recorrer el edificio para ver si había daños estructurales. “¡Tú estás cojo y yo soy tonto!”, exclamé. De nada servía que buscáramos lo que no podíamos encontrar, como un ciego y un sordo dibujados por Goya.

Poco a poco, la realidad recuperó nitidez. Me sorprendió que tanta gente usara pijama. Pensaba que se trataba de una prenda en desuso. Un grupo de voluntarios volvimos al hotel por pantuflas. No podíamos revisar la estructura, pero podíamos evitar que se enfriaran los pies.

La arquitectura chilena es una forma del milagro. Sólo esto explica que en Santiago los daños hayan sido menores. Aunque algunos edificios fueron desalojados y otros tendrán que ser demolidos (inmuebles posteriores a 1990, cuando las leyes de supervisión se hicieron menos estrictas), lo cierto es que la resistencia del paisaje urbano fue asombrosa. Un terremoto es una radiografía de la honestidad arquitectónica. En 1985, el terremoto de la Ciudad de México demostró que la especulación inmobiliaria y la amañada construcción de edificios eran más dañinas que los grados de Richter. “Con usura no hay casa de buena piedra”, escribió Ezra Pound.

Llama la atención que en un país con tanta sapiencia antisísmica el aeropuerto padeciera graves lastimaduras. El cierre de vuelos contribuyó al aftershock . Nuestra vida se había detenido y no sabíamos cuándo comenzaría nuestra sobrevida. Estábamos en el limbo o en un episodio de la serie Lost .

Pillaje y rating

El discurso de los noticieros se caracterizó por el tremendismo y la dispersión: desgracias aisladas, sin articulación de conjunto. Las imágenes de derrumbes eran relevadas por escenas de pillaje. No había evaluaciones ni sentido de la consecuencia. Unos tipos fueron sorprendidos robando un televisor de pantalla plana extragrande. Obviamente no se trataba de un objeto de primera necesidad. ¿Era un caso solitario? ¿El crimen organizado se apoderaba de electrodomésticos? Los rumores sustituyeron a las noticias. Se mencionó a un pueblo que temía ser invadido por otro. El relato fragmentario de los medios mostraba rencillas de tribus y repetía las declaraciones de una gobernadora que pedía que el ejército usara sus armas.

Algunos amigos chilenos creen que además de la morbosa búsqueda de rating, los noticieros pretenden crear un clima de confrontación antes de que Michelle Bachelet abandone el poder. El sismo llegó como un último desafío para la presidenta que tiene el 80% de aprobación y como una amarga encomienda para su sucesor, el empresario Sebastián Piñera, que había prometido expansión y desarrollo al estilo Disney World y ahora tendrá que proceder con el cuidado de los restauradores y anticuarios. Si el ejército comete un error en los días de toque de queda, o si se produce una confrontación, la sucesión presidencial sería menos tersa, se podrían hacer acusaciones sobre el origen de la violencia y se regresaría al divisionismo y la crispación que durante años dominaron la sociedad chilena. Las réplicas más fuertes del sismo ocurrirán en la política chilena.

En Santiago, la suspensión de vuelos y la ocasional falta de teléfonos, Internet, suministro de electricidad y agua fueron las señas visibles de la catástrofe. Esto nos dejó la sensación de estar en un reality show al revés. Nuestra vida parecía transcurrir en la realidad controlada de un estudio de televisión, mientras las cámaras retrataban una realidad salvaje al sur de Chile. Los supermercados asaltados eran el rostro dramático de un país donde la gente tenía hambre y las filas para cargar gasolina en los barrios ricos de Santiago eran su rostro hipocondríaco.

El terremoto ha sido el segundo más fuerte en la historia de Chile. La isla Robinson Crusoe naufragó como el personaje que le dio su nombre. El tsunami dejó miles de desaparecidos y sepultados en el lodo. Los rescatistas chilenos que estuvieron en Haití comentan que será mucho más difícil sacar cuerpos de construcciones de concreto, encapsulados en el lodo endurecido después del tsunami.

Aún hay mucha gente atrapada en la zona de Concepción. Como tantas veces, los periodistas han llegado al desastre antes que las personas que deben aliviarlo, y como siempre, los más afectados son los que habían padecido antes el cataclismo de la pobreza.

Dos días después del terremoto fui a una casa en las afueras de Santiago, con piscina y jardines, uno de esos espacios latinoamericanos que muestran que Miami puede estar donde sea. Había que hacer un esfuerzo para recordar que el escenario pertenecía al país arrasado por el terremoto.

En su duplicidad, la cifra 8,8 adquiere carga simbólica: los gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que somos y lo que podemos dejar de ser. Una falla invisible decide el juego, nuestra residencia en la Tierra.

Después de una juventud de tiras cómicas y una primera madurez de dibujos animados, Mickey Mouse encontró su vocación como emblema corporativo. En tiempos heráldicos, sólo las bestias mitológicas o las fieras rampantes aspiraban a decorar escudos de armas. En el siglo de las caricaturas no es extraño que el Reino de la Fantasía tenga por logotipo a un roedor de manos enguantadas. Como la estrella de Mercedes o el doble arco de McDonald’s, Mickey es una marca registrada. A estas alturas de su consolidación empresarial, sería un pavoroso error de reparto incluirlo en una película. El anfitrión del emporio Disney no puede rebajarse a tener historias: es el talismán que convalida las transacciones de un territorio donde sólo hay transacciones. Cuando una tormenta tropical se abate sobre Disney World, los visitantes compran impermeables amarillos. “Nunca me había sentido tan ridículo”, comenta un padre que parecería un bombero errante de no ser por el ratón tutelar adherido a su espalda. “¿¡Le dices ridículo a Mickey!?”, protesta un hijo que conoce el valor de los mitos.

Umberto Eco advirtió que cada atracción Disney World desemboca en “un supermercado disfrazado donde compras obsesivamente, creyendo que todavía estás jugando”. El consumo es el principio rector y el fin último del lugar, pero se confunde con la diversión. Incluso el dinero adquiere otra dimensión simbólica. En Disney World puedes pagar en dólares o en la moneda local, que parece acuñada por un banco de dibujos animados. Aunque la equivalencia es de uno a uno, los disneydólares representan algo más que una divisa: el ingreso a otra realidad. Ahí el dinero se somete a la lógica de la fantasía, es un artículo desplazado que reclama una imaginativa manera de pertenecer a ese entorno, como los soldados de la guerra civil que recorren la Calle Principal, o los coches color malvavisco que hacen las veces de taxis. El dinero se vuelve un juguete, aunque sirva para lo mismo que en el olvidado mundo de fuera. Y no sólo eso: también cumple las funciones de souvenir, lo cual redondea sus méritos comerciales. Para tener un recuerdo adicional, numerosos visitantes prefieren “no gastar” sus últimos disneydólares, olvidando que ya los han gastado.

A diferencia de las ferias donde el hijo puede subir a aparatos de vértigo sin que el padre lo acompañe, Disney World exige otro nivel de participación. Después de todo, la familia ha viajado desde lejos para llegar ahí y busca una experiencia en común muy superior a la que provocan las ferias de cualquier domingo. Una vez pagada la entrada, los juegos son para todos y los padres se ven obligados a mostrar una excepcional tolerancia ante la caída libre y el mareo. Esto suele llevar a una división sexual de la diversión forzada: el padre asume la participación en los transportes suicidas, mientras la madre contempla con paciencia budista el no siempre agitado carnaval de las hadas y los peluches. Confieso que pasé por todas estas fases del lugar común y subí con mi hijo a un vagón remotamente vaquero que subió y bajó rieles en espiral hasta demostrarnos que la verdadera emoción consistía en recorrer de espaldas una rueda de 360 grados. Mientras apretaba los dientes en lo alto, también me apretaba el pecho para que no se me cayeran las tarjetas de crédito. La imagen revela algo más que los miedos del ciudadano capitalista ante el desplazamiento inmoderado: Disney World te sacude como muñeco de caricaturas hasta sacarte el último centavo. “Mickey es un ratón limpio”, explicó Walt Disney, lo cual no significa que esté dispuesto a lavarse las orejas. Es impoluto porque no necesita la mancha de una personalidad. La repetición de su imagen cancela cualquier argumento ajeno a la estadística. Su éxito es el de lo que se reitera sin freno conocido: Mickey sonríe desde el cielo provisional de millones de camisetas.

La utopía tiene el defecto de no existir, y en 1955 Disney ideó la segunda mejor opción del utopista: levantar un falangsterio superior a la realidad. El impacto de Disneylandia en Californa fue tan grande que Nikita Krushov lamentó que abstrusas razones de seguridad le impidieran ir ahí durante su visita oficial a Estados Unidos. El custodio de la aurora socialista deseaba atestiguar la arcadia de plástico y los cocodrilos motorizados de sus rivales. La heterotopia del ratón limpio se pone en escena en un presente eterno, que incorpora el pasado y el futuro como espectáculos en miniatura y reordena la geografía con caprichosa voluntad. No es casual que Disneylandia haya sido la primera ciudad que surgió respaldada por un programa de televisión. Los parques temáticos de Disney se articulan al modo de un montaje visual que prefigura el zapping: un parpadeo permite pasar del Lejano Oeste a la Mansión Encantada, un baluarte pirata, un afluente del Amazonas o los cohetes del porvenir.

Walt Disney murió en 1966 y un rumor rodeó su deceso: el creador de Mickey había pedido que lo congelaran. Aunque los voceros de la empresa desmintieron esta pretensión de eternizarse en frío, la idea resultaba lógica para alguien que vivió para reunir épocas dispares en una actualidad donde nada sucede por primera vez porque todo es una reiteración. Lo que ves ahora pasó en forma idéntica hace unos minutos. En Disney World, los hechos siguen una secuencia que no concluye (sólo se rebobina). Con el mismo impulso con que los trenes del parque regresan al punto de partida, los continuadores de la empresa Disney prolongaron el sueño del patriarca como otra variante de la congelación: Disney World y Disneyland París conservan el código original de diversión sin posibilidad de sorpresa. Cada tanto tiempo, un estreno cinematográfico agrega un rincón a la ciudadela, pero su funcionamiento es tan similar al del conjunto que nunca trae un cambio de estilo. La villa del ratón se conserva en estado de pulcritud extrema. Su irrealidad o, como prefiere Eco, su hiperrealidad, depende de que todo esté nuevo. No hay opciones para el deterioro o el uso inmoderado, entre otras cosas porque nadie vive ahí. El control del espacio es absoluto, lo cual no impide que algún transeúnte se robe algo.

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Mi familia y yo salimos de prisa del show del Rey León y olvidamos la cámara en el asiento. Volvimos dos minutos después y ya no estaba ahí. Me aconsejaron ir al día siguiente a la oficina de Objetos Perdidos (que en inglés recibe un nombre más optimista: Lost & Found). Tomé un autobús entre prados y estanques hasta una zona apartada. Creí sustraerme a la lógica del parque de atracciones, sin saber que me incorporaba a su núcleo duro. Cuando describí mi cámara, una de esas empleadas que parecen conocer las respuestas antes de oír las preguntas me vio como si yo fuera el informante de una tribu preverbal. No bastaba con saber la marca y el modelo. Disney World es visitada por millones, sí, millones de cámaras. Cada una tiene una especificidad. Por desgracia, yo no pude ser más específico. “¿Cuántas fotos había tomado?”, preguntó la mujer. Naturalmente, yo no lo recordaba. Habíamos llegado a un punto de inflexión kafkiano: la cámara perdida sólo podía ser en verdad mía si yo cumplía con el requisito paranoico de saber el número de fotos tomadas que albergaba. La mujer repitió su pregunta. Entonces demostré que provengo de una cultura convencida de que la lotería es el principal remedio contra la adversidad. Cerré los ojos y dije un número. La empleada fue a ver. No, mi cámara no estaba ahí. Aunque esto pudiera ser cierto, mi mente supersticiosa asociará para siempre la pérdida de la cámara a mi incapacidad de decir el número correcto.

Pero no era ése el sitio para tratar al destino como algo que se improvisa. La pregunta de la responsable de Objetos Perdidos revelaba el mecanismo contable del lugar. Disney World ha desterrado la posibilidad de azar. En Semana Santa, cien mil personas recorren Disney World; cada una de ellas recibe pasaporte de ciudadanía y cada una está de paso. En esta metrópoli que odia lo sedentario, incluso la noción de “visitante” es exagerada. Sólo hay pasajeros: el espectáculo y el traslado son una y la misma cosa.

Las dos experiencias más sorprendentes que tuvimos ocurrieron en nuestra llegada y nuestra salida. Dos sobresaltos vinculados con el tiempo y el espacio, del todo ajenos a la seguridad glacial que promete Disney World. El primero ocurrió al desempacar en el hotel. La maleta de nuestro hijo contenía un objeto que no habíamos puesto ahí. Junto a su fiel peluche Coco, había un despertador, uno de esos artefactos redondos, con manecillas juguetonas, coronado por dos campanillas, que en las caricaturas suenan tanto que no sólo despiertan a Pluto sino que lo lanzan hasta el techo. ¿Por qué estaba ahí? Esto ocurrió algunos años antes del 11-S, pero aun así no costaba trabajo asociar un despertador con una bomba terrorista.

Fue uno de los momentos del viaje en que actué con mayor infantilismo. Evacué a la familia del cuarto, tomé la maleta (juzgando que si no había explotado para llegar ahí tampoco lo haría para ir al estacionamiento), saqué el reloj con dos dedos de la mano izquierda (juzgando que la explosión sólo me amputaría esos apéndices que en ese momento me parecieron prescindibles) y lo deposité en un bote de basura (juzgando que por el hecho de quedar ahí pasaría de ser amenazante a ser reciclable). Cuando me volví para dirigirme al cuarto, vi a mi hijo y a mi mujer parapetados tras un coche a dos metros de distancia. Sus ojos brillaban como si yo regresara de Vietnam. Una mano benévola o el distraído azar colocaron ese absurdo despertador en la maleta para crear ese juego alternativo, el único en verdad divertido de Disney World. Bueno, el único no. También la salida tuvo lo suyo. Más información más adelante.

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Volvamos ahora a la urbe obsesionada por el desplazamiento. Disney World sigue el principio de las excursiones infantiles, donde nada es tan divertido como el viaje en autobús. “Aunque la meta sea el paraíso, lo que más les gusta es el camión”, comenta la mayor experta en niños que conozco. Disney World industrializa esta idea. Moverse no es un camino a la diversión, es la diversión. En este sentido supera a Disneylandia, pues su territorio es muy superior (el doble de Manhattan, el mismo de San Francisco). Sus tres grandes hoteles están enlazados por un monorriel: el vértigo mecánico comienza en el lobby. Lejos, muy lejos, quedan los automóviles. El visitante mexicano suele llegar en avión. Si acaso lo hace en coche, el estacionamiento, última instancia de la sociedad motriz anterior a Disney World, le parecerá un predio del tamaño de Chihuahua.

En un sitio donde lo más interesante es moverse, la tensión deriva de la espera. Los sociólogos del deterioro calculan que, en un día promedio, una visita de ocho horas puede estar compuesta por cinco horas de colas. Por eso, la mayor innovación arquitectónica de los parques con el sello Disney son los tendajones anexos a cada uno de los juegos, diseñados para ocultar las colas. Al estar bajo techo, tienes la sensación de que te encuentras “dentro”. El sinuoso recorrido de la fila hace que no puedas ver el punto de llegada, y la música, los carteles y hasta los olores generan la impresión de que eso ya es parte del show. Aunque un letrero anuncia el tiempo estimado de espera, el visitante no ve tanta gente, y se queda ahí. Después de una hora de serpentear en un espacio inverosímil, está al borde del ataque de nervios pero sabe que no hay marcha atrás: ya invirtió demasiado en en ese recinto que, sin estar despejado, no parecía tan lleno.

Las colas son el principal escenario del psicodrama. Como las familias se sienten obligadas a ser felices el día entero, sufren severas crisis emocionales en el largo preludio al juego que durará unos minutos. Purgatorios de la frustración en un sitio que pide ser recorrido, las colas producen monstruos. En esa encrucijada, la madre recuerda que ella había sugerido otra opción, seguramente despejada, y le reclama al padre con una acritud que parece incluir a todas las rubias que le han gustado. Un momento de ruptura en que los niños descubren que un berrinche puede ser tan eficaz como los instrumentos del doctor Mengele. Las colas son la oportunidad de que alguien vomite, un obeso de ciento cincuenta kilos te unte sudor y mantequilla de palomitas, y una argentina exclame con potencia impía: “¡Vení, nene, vení!”. En ese trance de sudor, lagrimas dignas de mejores teledramas y manitas desconocidas que embarran pulpas dulces en el calcetín, los padres que conservan un mínimo de compostura pueden sentirse héroes de la voluntad. Han hecho todo eso por sus hijos, son capaces de sufrir en silencio junto al vástago que sufre en estéreo y que después de la caída libre querrá volver a hacer la misma cola. Esta sumisa entrega preconciliar amerita un más allá compensatorio. Después de cinco días en Orlando, los padres merecerían una moratoria moral: mamá podría pasar un fin de semana con Kevin Costner, y papá con Sharon Stone sin que eso calificara como infidelidad.

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En mi calidad de reincidente en la procreación, también lo he sido en la disneymanía. Nuestra hija oyó los relatos de su hermano sobre el Mundo Disney como Isabel de Castilla los de sus cronistas de Indias, hasta que decidimos que también ella merecía su dosis de hiperrealidad. Esta vez fuimos a Disneyland París. El parque fracasó con el nombre de Euro-Disney, pues se trataba de un oxímoron y de un error antropológico: la tribu del ratón promete un esencialismo ajeno al mestizaje.

A pesar del cambio de nomenclatura, Disneyland París es un sucedáneo más o menos pálido de Disney World. Para empezar, los franceses no saben producir sonrisas ajenas a la conciencia, y, en todo parque que aspire a ser gringo, el trato humano depende de la sonrisa que certifica que ese instante debe ser vivido como un éxito (aunque tu habitación sólo esté disponible dentro de dos horas). No, los franceses no saben reír así ni disponen de ortodoncistas que convierten la dentadura en seña de identidad nacional. Tampoco saben hacer colas. La Ilustración no fue en vano. Aunque esto es bueno para la Francia que rodea a Disneyland, crea problemas en un terreno donde las colas deben responder a un ritmo de campo de exterminio. Esclarecidos por el siglo de las luces y alertados acerca de su responsabilidad individual por el existencialismo, los franceses (incluso los que no fuman Gaulois) rompen las reglas y se meten a codazos. Estamos en el único sitio donde la cultura de la libertad fomenta el vandalismo.

Las largas filas de expiación contribuyen a prestigiar el movimiento. El hombre detenido mira los funiculares y los vagones que lo circundan como fugitivas formas del edén. En Disney World —ese bazar urbano integrado por una castillo bávaro, una montaña espacial y dumbos voladores— lo único local es la mecánica, la ciudad transporte, sin otro destino que ella misma. Los veintiséis mil empleados no califican como lugareños: en primer lugar, porque juegan a estar ahí (los hombres de camisa guinda son espectadores de los espectadores), y en segundo, porque casi todos trabajan de noche, aspirando palomitas o supervisando rayos láser para que el sitio amanezca en perpetuo estado de presente. En los estudios MGM, una cafetería de los años cincuenta incluye meseros que ponen en escena la dudosa psicología de entonces: si un niño se niega a comer, lo amarran a la mesa y le embarran cucharadas. La realidad se transforma en un programa de televisión: nadie puede culpar de crueldad al mesero porque está actuando, es emisario de una época cuya mayor virtud es que ya no existe. Al ver esto, mi hijo, que nunca comerá las verduras que deseamos (y que yo tampoco como), me dijo: “Qué bueno que tu mundo ya se fue”, frase lógica en la galaxia Disney.

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¿Por qué las familias van y regresan a ese enclave que cumple con ser distinto pero no siempre hace sentir bien? En Variatons on a Theme Park, Michael Sorkin argumenta que el éxito de Disney World depende, en buena medida, de su deliberada inautenticidad. No puede decepcionar porque no promete ser otra cosa que una imitación artificial, sin un modelo preciso que le sirva de referencia. “Lo que se falsifica”, comenta Eco, “es nuestro deseo de consumir”. En este sentido, nuestra conducta es más falaz que las honestas simulaciones del parque, condicionadas por la idea de que la tecnología aporta más dosis de realidad que la naturaleza.

El ingobernable reino de lo auténtico puede ser decepcionante. Entras a la jungla en pos de monos araña y después de seis horas no has visto ninguno y ya fuiste presa de los mosquitos; vas a cazar un crepúsculo a un peñasco arriesgado y las nubes te tapan la vista; llegas a la playa de las bellezas en tanga, y encuentras una convención de esperpentos desinhibidos. En un planeta inestable, Disney World ofrece las virtudes de lo previsible y la superioridad de la imitación: “Se parece al mundo, pero en mejor”, escribe Sorkin.

Disney World es el primer enclave urbano con copyright: su paisaje está patentado. Aunque vive de la imitación de escenarios y personajes célebres (el lejano Oeste, el castillo de Ludwig, Pinocho, La guerra de las galaxias), otorga una nueva significación a la copia. Ahí el Hotel Polynesian cumple el doble propósito de evocar los palafitos en los que se inspira y ser un edificio de Lego. Estamos en una segunda realidad: las lianas de plástico evidente demuestran que jugamos a atravesar la selva. Los parques temáticos de Disney son sitios detrás de la aventura, no porque ahí se conozcan los trucos de la tramoya, sino porque ingresamos a un entorno precodificado por los cuentos de hadas, el kindergarten, la televisión, los estrenos de los últimos sesenta veranos: Goofy nos da un abrazo de fieltro mientras Indiana Jones se acerca a proximidad ideal para oler su épico sudor.

La singularidad que encuentran los viajeros es la de constatar, ya dentro del Reino de la Fantasía, que el lugar sigue siendo imaginario. De ahí la importancia de los vistosos tornillos de plástico en el palacio de Cenicienta, el ronroneo mecánico en las piraguas primitivas, la cortesía de las cascadas que caen cuando ya no pueden salpicarnos, la robótica amabilidad del personal. El mundo se reproduce con honesto artificio. La misión de los hombres consiste en imitar el gozo pánico de Porky y compañía. En parajes garantizadamente falsos, sentimos la perturbadora fascinación de ser ficticios, copias de las copias. Los amantes de la veracidad pueden bajar los escalones de la Tumba 7 de Monte Albán o despreciar El caballero del casco dorado, el espléndido óleo que por desgracia no es de Rembrandt. Disneylandia es el emporio de la mentira: vale la pena describir sus contrabandos culturales, pero sirve de poco lamentar que las lágrimas de Blanca Nieves sean de glicerina: su efecto depende de su descarada irrealidad.

Como los parques de atracciones se proponen replegar las calles tristemente verídicas, la periferia no suele ser tomada en cuenta. La disneificación del espacio oculta lo que queda fuera, el entorno más allá de la Ciudad Alterna. Pero en forma oscura, el parque se rodea de una Ciudad Parásita (en sus primeros diez años, Disneylandia ganó doscientos setenta y tres millones de dólares; y su abusiva periferia, quinientos cincuenta y cinco millones). Por ello la segunda heterotopia se propuso absorber en su propio territorio todos los negocios paralelos. Disney World se alza entre suficientes lagunas y pantanos para estar garantizadamente aparte. Su tamaño enfatiza la importancia del transporte: el día es una canastilla que sólo se detiene con los fuegos artificiales de la noche.

La sensación de pertenecer a un ecosistema dominado por los vehículos comienza en el aeropuerto de Orlando, donde un tren une las dos terminales y los anuncios prometen que muy pronto nuestros mejores amigos serán de plástico. De hecho, el aeropuerto ofrece la posibilidad de un juego adicional. Llegamos al otro sobresalto que nos hizo desafiar el tiempo y el espacio. Para ese momento, mi familia ya se había convertido en el reparto de una obra teatral. Nos habíamos representado tanto a nosotros mismos que nos veíamos en tercera persona. Esta es la última escena de un grupo que ya no distingue entre ser protagonista o espectador. El día del regreso, el padre se presenta en el mostrador del aeropuerto, la cabeza decorada por su hijo con las emblemáticas orejas negras. El encargado de American revisa el boleto y descubre que la familia ha llegado una hora tarde a la cita. Estamos ante uno de los grandes momentos en la ronda de las generaciones: papá cometió una pendejada. Ya no hay tiempo para registrar el equipaje. La familia debe romper un récord paraolímpico, entre carritos de maletas y monjas con zapatos de Peter Pan.

En el control de metales, se dispara un ruido atronador. Un comando descubre que el hijo lleva un revólver en la maleta, junto a su cocodrilo de peluche. No importa que el arma sea una estafa comprada en el galerón donde actúan los dobles de Indiana Jones: un niño empistolado califica como aeropirata. Hay que decir adiós a las armas, y correr rumbo al tren sin dejar de gritarle al huérfano de armamento: “¡En México podemos comprar una AK-47!”. Luego viene la carrera por el túnel de plástico que conduce al avión, el check-in de pánico, el sprint a empellones hasta los asientos. “¡Lo logramos!”, dice el equívoco jerarca de la tribu. “¡Este juego sí estuvo genial!”, comenta el hijo, después de experimentar la única emoción real que permite Disney World: el inesperado escape.

El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke, portero de la selección alemana de fútbol, hizo su última salida al campo. Le dijo a su esposa que iba a entrenar, subió a su Mercedes 4×4 y se dirigió a un pequeño poblado cuyo nombre quizá le pareció significativo: Himmelreich, Reino del Cielo. Cerca de allí hay un descampado por el que corren las vías del tren. El guardameta dejó su cartera y sus llaves en el asiento del vehículo y no se molestó en cerrar la puerta. Caminó a la intemperie, como tantas veces lo había hecho para defender el arco del CZ Jena, el Borussia Mönchengladbach, el Benfica, el Barcelona, el Fenerbahçe, el Tenerife o el Hannover 96.

A doscientos metros de ahí, como a unas dos canchas de distancia, estaba enterrada su hija Lara, muerta a los dos años.

Un portero ejemplar, Albert Camus, dejó los terregales de Argelia para dedicarse a la literatura. Acostumbrado a ser fusilado en los penaltis, escribió un encendido ensayo contra la pena de muerte. Su primer aprendizaje moral ocurrió jugando al fútbol. Años después, escribiría: «No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio». Morir a plazos es la especialidad de los porteros. Sin embargo, muy pocos pasan de la muerte simbólica que representa un gol a la aniquilación de la propia vida. Enke fue más lejos que la mayoría de sus colegas. Su muerte, de por sí dolorosa, llegó con un enigma adicional: estaba en plenitud de su carrera y podía defender la portería de su país en el Mundial de Sudáfrica.

El número 1 de Alemania suele ejercer un inflexible liderazgo. Sepp Maier, Harald Schumacher, Oliver Kahn y Jens Lehmann se han ubicado entre los tres palos con seguridad de decanos de la custodia. Los porteros alemanes envejecen como si la jubilación no existiera y los años brindaran energías. A los treinta y dos años, Enke pasaba por un buen momento deportivo. Sin embargo, carecía de la condición esencial de los grandes porteros alemanes. Era un hombre de la retaguardia, que rehuía la publicidad, hablaba muy poco de sí mismo y atesoraba secretos que casi nadie conocía.

Tal vez la posibilidad de éxito contribuyó a su tensión nerviosa. El puesto definitivo parecía al alcance y comportaba nuevos retos. En la extraña ruleta interior a la que se sometía Enke, un fracaso habría sido preferible. Odiaba la presión, pero desde los ocho años, cuando entró a las fuerzas inferiores del CZ Jena, sólo pensaba en atajar balones. Casi siempre, los niños desean ser goleadores. Corresponde a los gordos, los muy altos, los lentos o los raros resignarse al puesto que obliga a tirarse y maltratar la ropa en el patio del colegio. El número 1 es el último en un equipo. El recurso final.

Sólo en sitios que valoran mucho la resistencia se convierte en favorito. En Alemania, incluso la academia ha tenido que ver con las heridas. Max Weber ostentaba con orgullo la cicatriz que le había dejado un duelo con un miembro de una fraternidad estudiantil enemiga. El niño que opta por ser guardameta tiene las rodillas raspadas y se ensucia con el lodo del sacrificio. En el país donde Sepp Maier fabricaba guantes blancos para enfrentar un destino oscuro, Enke quiso ser portero.

El fútbol profesional puede invadir un organismo en forma absoluta. Para los que crecen en ese entorno, la realidad es lo que se recorre en autobús entre un partido y otro. En su mente no hay otra cosa que pasto, balones, lances fugitivos. Se concede poca importancia a algo decisivo: la forma en que un sujeto se vacía de todo lo demás para convertirse en futbolista integral. La paradoja es que los jugadores más completos son los que conservan otras aficiones, ya sean los tallarines que preparan sus mamás, los números privados de las top models o el gusto por el rock o la samba.

Enke era un fundamentalista del fútbol, un puritano que no pensaba en nada más y prefería vestirse de negro, como los porteros de antes, que cada domingo emulaban a los sacerdotes. Defender el destino de Alemania en el Mundial de 2010 podía llevarlo a la gloria. Sin esa oportunidad decisiva, Enke habría estado más sereno.

Sus verdaderos problemas profesionales habían ocurrido tiempo atrás. Debutó con el CZ Jena en 1995, donde sólo estuvo una temporada. Después de varios años de regularidad con el Borussia Mönchengladbach, dio el anhelado salto a un club grande de Europa, el Benfica de Portugal. Aunque cautivó a la afición, llegó en una época turbulenta; tuvo tres entrenadores en un año y decidió aceptar un puesto más tentador, sin saber que sería el peor de su vida: «Ninguna posición en el fútbol es tan exigente como la de portero del Barcelona», diría después. En la sufrida era del tiránico Louis van Gaal, Enke fue el frágil defensor de la portería barcelonista. Aún se le culpa de la eliminación ante una escuadra de tercera división en un partido de la Copa del Rey.

Barcelona consagra o aniquila. Fue ahí donde Maradona se entregó a la cocaína; fue ahí donde Ronaldinho triunfó y quiso superar las presiones del éxito con la variante brasileña del psicoanálisis: las discotecas. Fue ahí donde Enke padeció sus más severas depresiones. Con resignación, el emigrado alemán aceptó defender la puerta del Fenerbahçe, en Turquía, y de ahí pasó a una discreta isla europea: fue guardameta del Tenerife, en segunda división. Cuando el borrador de su biografía trazaba un fracaso, recibió la oportunidad de regresar a Alemania con el Hannover 96. La experiencia es la gran aliada de los porteros y Robert Enke demostró que merecía un segundo acto. La revista Kicker lo nombró mejor guardameta de Alemania. Ciertos jugadores sólo se enteran de que no están hechos para salir de su país cuando una cancha extranjera se mueve bajo sus pies. Enke necesitaba el suelo de Alemania. De vuelta en su ambiente, recuperó la regularidad y los ánimos.

Entonces, la vida privada le presentó severos desafíos: su hija de dos años, Lara, murió a causa de una deficiencia cardíaca. Su mujer y él adoptaron a otra niña, Leila. La seguridad del portero había aumentado, pero su paranoia encontró otra salida: temía que se conociera su estado depresivo y le quitaran la custodia de su hija. Obviamente se trataba de una fantasía autodestructiva.

El pecado de estar triste

Con frecuencia, el número 1 había sufrido depresiones. No le faltaba apoyo. Su mujer se había convertido en una mezcla de enfermera y orientadora sentimental, y su padre, Dirk Enke, es psicoterapeuta. El Dr. Enke trató de rebajar la importancia que su hijo concedía al fútbol. Continuamente le enviaba mensajes de texto para preguntarle por su estado y le repetía que el bienestar personal es más importante que el triunfo deportivo. Pero ya era tarde para una pedagogía paterna. La auténtica educación de Robert Enke había ocurrido en las canchas. El fútbol de alto rendimiento está sometido a una exigencia extrema. En ese entorno, cuando alguien se siente mal, se informa que no podrá jugar porque lo atacó un «virus». No se habla de asuntos personales: sólo los débiles los padecen.

Es posible que Alemania haya inventado la Aspirina como una paradoja para recordar que nada es tan importante como soportar el dolor. En el Colegio Alemán, uno de mis maestros iba al dentista y se hacía atender sin anestesia. Nos lo contaba como si se tratara de un triunfo ético.

A siete partidos de su retiro, Harald Schumacher, ex guardameta de la selección alemana, un hombre con pinta de mosquetero que adquirió triste celebridad por despojar de varios dientes al francés Battiston en el Mundial de España, dio una entrevista a André Müller para el semanario Die Zeit. El resultado fue una confesión digna de un monólogo teatral. Para entonces, el portero jugaba en Turquía y había sido expulsado de la selección por sus declaraciones sobre la corrupción y el uso de drogas en la Bundesliga. En su último lamento como cancerbero, dijo: «La gente cree que soy frío porque soporto el dolor. Una vez le pedí a mi esposa que me apagara un cigarrillo en el antebrazo y sufrí tanto como ella. Todavía tengo la cicatriz. Quería demostrar que uno puede soportar lo que se propone. No soy un bloque de mármol. Soy vulnerable como cualquier otro. Sólo soy brutal conmigo mismo. No soy un genio como Beckenbauer. No he heredado nada. Estamos en el purgatorio. Cuando deje de sentir dolor, estaré muerto». El área chica de Alemania es un purgatorio al aire libre.

En 1897, Émile Durkheim publicó su monumental investigación sociológica El suicidio. Una de sus aportaciones fue vincular la tendencia de ciertas personas a quitarse la vida con la anomia que padece la sociedad entera. El malestar colectivo influye en forma difusa pero decisiva en la reiteración de tragedias individuales. En otras palabras: las causas del suicidio siempre son particulares, pero al final del año se cumple una cuota fijada por la sociedad. ¿Qué país tiene más tendencia al suicidio? «De todos los pueblos germánicos, sólo hay uno que esté de una manera general fuertemente inclinado al suicidio: los alemanes», responde Durkheim.

Sería simplista pensar en Enke como parte de una tendencia nacional, pero sin duda vivió en un entorno de severa exigencia donde las excusas no podían tener lugar. No cumplió con un código de honor samurái, que pudiera ser celebrado por los suyos. En la ceremonia luctuosa que tuvo lugar en el estadio del Hannover 96, el sufrimiento embargó a todo el fútbol alemán y acaso se convirtió en estímulo para futuros triunfos. Convertir el calvario en éxito ha sido una especialidad alemana en los mundiales.

Portento de la entrega y la disciplina, la nación que ha conquistado tres veces la Copa del Mundo y ha sido cuatro veces subcampeona suele estar integrada por neuróticos que no se hablan en el vestuario pero son aliados inquebrantables en el césped. «El portero de la selección nacional es el símbolo de la fortaleza física», escribió Der Spiegel a propósito de Enke: «Debe ser impecable. Controlado. Seguro de sí mismo. No hay empleo más duro en el fútbol, y Enke lo había obtenido». Su círculo más próximo de amigos y familiares estaba al tanto de la severidad con que se juzgaba y la fragilidad con que reaccionaba. «No podía gozar nada», ha dicho su padre, el terapeuta Enke. No hay forma de sanar el alma de un portero. De nada sirve saber que estás bien: la pifia decisiva puede ocurrir el próximo domingo.

Cuando el último hombre del equipo pierde la concentración, sella su destino. Moacyr Barbosa fue el primer portero negro de la selección brasileña y tuvo una carrera admirable, pero todo mundo lo recordará por su error en la final de Maracaná, en 1950, impidiendo que Brasil alzara la Copa Jules Rimet. La responsabilidad del portero es absoluta. Hay rematadores que necesitan diez oportunidades para acertar y salen orgullosos del campo. El hombre de los guantes no puede distraerse. Su puesto se define por el error posible. «Quisiera ser una máquina», dice Schumacher. «Me odio cuando cometo errores. ¿Cómo podría combatir si me importara un carajo el resultado? Vivimos en una enorme fábrica. Cuando no funcionas, el siguiente te reemplaza. Supongo que sólo la muerte cura las depresiones». Estas declaraciones de Schumacher prefiguran el exigente destino que uno de sus sucesores tendría casi veinte años después.

El portero es el jugador que tiene más tiempo para reflexionar. No es casual que se trate de alguien muy preocupado. Algunos guardametas tratan de aliviar los nervios con supersticiones (escupen en la línea de cal, colocan a su mascota de la suerte junto a las redes, rezan de rodillas, usan los guantes raídos que les dio una novia que no se casó con ellos pero les trajo suerte). Otros buscan vencer la preocupación con altanería, considerando que un gol en contra no vale nada. Pero es raro que no tengan un alma en crisis. Schumacher convirtió esa tensión en dramaturgia: «A veces me concentro con el odio y provoco al público. No sólo juego contra los otros once. Soy más fuerte rodeado de enemigos. Cuando la mierda me llega hasta arriba, sé que puedo resistir. Un atleta no se hace creativo con amor sino con odio». Enke nunca tuvo esta claridad para revertir en méritos emociones negativas, pero heredó la cabaña de Schumacher y sus redes tensadas por la furia.

Cada posición futbolística determina una psicología. El portero es el hombre amenazado. En ningún otro oficio la paranoia resulta tan útil. El número 1 es un profesional del recelo y la desconfianza: en todo momento el balón puede avanzar en su contra. La gran paradoja de este atleta crispado es que debe tranquilizar a los demás. En su ensayo Una vida entre tres palos y tres líneas, escribe Andoni Zubizarreta: «Cuando me preguntan cuál debe ser la mayor virtud del portero, contesto sin dudarlo que la de generar confianza en el resto de los jugadores». El equipo debe ir hacia delante, sin pensar en quién le cuida la espalda. «Claro está que, para no transmitir dudas, es fundamental no tenerlas», añade Zubizarreta: «El portero no puede ser de carácter inseguro». Inquilino del desconcierto, el guardameta vive para no aparentarlo. Es el pararrayos, el fusible que se calcina para impedir daños mayores.

Peter Handke narró una trama existencial con un título que alude al hombre fusilado: El miedo del portero al penalty. La novela no trata de fútbol sino de los predicamentos sufridos por alguien que lo practicó. La situación límite del portero es el penalti. En ese sentido, el título de Handke es exacto; sin embargo, la verdadera angustia del último hombre no viene de ahí. El disparo a once metros es un ajusticiamiento con exiguas opciones de supervivencia. Si el arquero impide el gol, se trata de un milagro. Schumacher comenta al respecto: «Ante un penal sólo puedo ganar. Es el tirador quien tiene miedo. Porque cada penalti es un gol al cien por ciento. Matemáticamente, el portero no tiene chance. Si el balón entra, no tengo nada que reprocharme. Si lo atrapo, soy el rey».

Algunos custodios han sido maravillosamente irresponsables, bufones capaces de convertir el peligro en un placer extraño. El argentino Hugo Orlando Gatti y el colombiano René Higuita transformaron su imprudencia en diversión. A ambos les gustaba salir del área y enfrentar oponentes en un solitario mano a mano. Gatti nunca era tan feliz como cuando hacía «el Cristo» ante un delantero que trataba de sortearlo. Higuita se atrevió a despejar un tiro en la línea de gol usando sus pies como el aguijón de un alacrán. Esta cabriola de fantasía no ocurrió en un entrenamiento sino en el estadio de Wembley, santuario del balompié.

Los porteros alemanes no son de ese tipo. Se trata de hombres que sólo dejan de ser excéntricos cuando de plano están locos, pero analizan la cancha como la Crítica de la razón pura. Esto no los lleva a la sobriedad sino al sacrificio. El romanticismo alemán tiene que ver menos con declarar amor que con beber arsénico por amor. Otra vez Schumacher: «Cuando me arrojo a los pies del contrario, no pienso que pueda sacarme un ojo de una patada. He jugado con los dedos rotos, con el tabique roto, con las costillas rotas, con los riñones deshechos. Tengo desgarrados los ligamentos. Me extirparon los meniscos. Tengo una artrosis terrible. Me acuesto con dolores y me levanto con dolores». ¿Se trata de una queja? Por supuesto que no. Con la misma felicidad con que Heinrich von Kleist compartió el pacto suicida con su amada y se voló la tapa de los sesos después de dispararle a ella en el corazón, Schumacher explica que todo eso ha valido la pena: «Para llegar a la cima hay que ser fanático. Tal vez la tortura me sirva de distracción. Para no preocuparme voy al gimnasio y le pego a un costal de arena hasta que me sangran las manos».

Robert Enke tenía una extraña sed de serenidad. No quería asumir la postura de artista del dolor del inimitable Schumacher. Pero, como su padre señala con agudeza, «no fue suficientemente fuerte para aceptar sus debilidades». Prefirió ocultarse, negar su sufrimiento, como un alumno del colegio que teme ser castigado.

Los ángeles caídos se levantan

En sus años de Cambridge, Vladimir Nabokov destacó como portero. Además de los placeres de detener balones, disfrutaba el prestigio donjuanesco que entre los latinos y los eslavos tiene el puesto de guardameta. En ciertos países, el número 1 representa la estética en el césped y liga más que los centrodelanteros.

Lev Yashin, la Araña Negra, fue perfecto emblema del portero ruso: elegante, de una seguridad casi mística, insondable, de policía secreto o pope de la Iglesia Ortodoxa. Sus equivalentes latinos podrían ser Dino Zoff o Gianluigi Buffon, atletas poco afectos a moverse, que practican una eficaz vigilancia de capos de mafia, supervisando el trabajo duro de los demás y limitándose a proteger la rendija esencial. Al arquetipo latino también pertenece el portero que se ve de maravilla cuando le anotan. El portugués Vítor Baía perfeccionó el arte de la caída carismática.

El portero alemán es un comandante en jefe de la defensa. «Grito sin parar», dijo Schumacher: «El grito es mi manera de estar al cien por ciento en el partido. Debo mantenerme en tensión. En un principio me programaba; pensaba: “tengo que gritar, tengo que hacer algo para no dormirme”. Ahora lo llevo en la sangre. Te puedes entrenar para esto como te entrenas para un disparo difícil». El controlado Sepp Maier solía bajar la vista a sus manos durante las charlas en el vestidor, como si quisiera perfeccionar los guantes que vendía en el mundo entero. Pero en los raros momentos en que alzaba la vista, era el único capaz de oponerse al líder de opinión, Franz Beckenbauer. La tendencia al alejamiento de los guardametas convirtió a Jens Lehmann en un ermitaño. El portero del Bayern Múnich vive en una aldea y todos los días viaja en helicóptero para entrenar. Es más fácil que se lesione con una turbulencia que con una patada. Oliver Kahn sólo hablaba para elogiarse y sólo usaba los oídos para escuchar rock ultrapesado. Toni Schumacher fue el «héroe de la retirada», como llama Hans Magnus Enzensberger a los líderes que claudican y desmontan todo lo que han hecho: en su libro Anpfiff (Silbatazo inicial), Schumacher denunció suficientes lacras del fútbol para ser expulsado de la selección.

No hay gente común en la puerta de Alemania. Sin embargo, esos célebres hombres raros comparten un credo: no pueden fallar. Han sido entrenados para una resistencia que no conoce los pretextos. «Si me atendiera en una clínica psiquiátrica, tendría que abandonar el fútbol», dijo Enke unos días antes de morir. La tristeza no puede decir su nombre en un estadio.

En Cultura y melancolía, Roger Bartra explica que durante siglos la melancolía fue vista como una dolencia judía, «un mal de frontera, de pueblos desplazados, de migrantes, asociada a la vida frágil, de gente que ha sufrido conversiones forzadas y ha enfrentado la amenaza de grandes reformas y mutaciones de los principios religiosos y morales que los orientaban». En términos futbolísticos, el portero es el hombre fronterizo, condenado a una situación limítrofe, el que no debe abandonar su área, el raro que usa las manos. Si el dios del fútbol es el balón, el arquero es el apóstata que busca detenerlo.

El cuadro más célebre del arte alemán es el retrato secreto de un portero derrotado. En Melancolía I, Durero dibuja a un ángel en la actitud de meditar bajo el nefasto influjo de Saturno. Después de un gol, todo portero es el ángel de la melancolía. Sentado en el césped, con las manos sobre las rodillas o la cabeza apoyada en un puño, el cancerbero vencido simboliza el fin de los tiempos, la sinrazón, la pura nada.

La última jugada

¿Qué hacen los alemanes ante la depresión? «Las mujeres buscan ayuda, los hombres mueren», responde el Dr. Georg Fiedler, quien dirige el Centro de Terapia para Tendencias Suicidas de la Clínica Universitaria de Eppendorf, en Hamburgo. Para él, Enke pertenece a una clara tendencia social. Aunque el diagnóstico de depresión es dos veces más alto en las mujeres, la tasa de suicidios es tres veces más alta en los hombres.

La prueba más ardua que padeció Enke fue la muerte de su hija Lara. Él dormía a su lado en el hospital. Después de un entrenamiento estaba tan agotado que no se despertó cuando las enfermeras luchaban por mantener a su hija con vida. Enke no se perdonó que ella muriera mientras él dormía. Aunque no podía hacer nada, el guardameta había nacido para la responsabilidad y la culpa.

Seis días más tarde, defendió la portería de su equipo. «Alemania admiró a este Robert Enke», escribió Der Spiegel: «Admiró la calma. La claridad de todo lo que decía, y más aún de lo que hacía. Era infalible». La obligación de actuar sin faltas fue el castigo y la pasión del extraño Enke. No podía dejar aquello que lo tiranizaba. Sin duda, esto tiene que ver con una disciplina que privilegia la obtención de resultados sobre el placer de obtenerlos, y que es incapaz de ofrecer una formación integral, más allá de los deberes en la cancha.

El mundo del fútbol parece ser demasiado importante y poderoso como para que los destinos individuales cuenten. El joven Werther se mató por una decepción amorosa del mismo modo en que el poeta Kleist se mató por el cumplimiento de su amor. Enke ofreció otra muerte ejemplar en la atribulada Alemania. Si todo portero es un suicida tímido, que enfrenta la metralla lanzándose al aire, él dio un paso más.

El 10 de noviembre de 2009, Robert Enke caminó por la hierba crecida, bajo un cielo encapotado. En su tipología del suicidio, Durkheim no incluyó a los que se lanzan bajo las vías del tren. Ese acabamiento se reserva a Ana Karenina y al portero de Alemania. A las seis de la tarde con diecisiete minutos, el exprés 4427, que hacía la ruta Hannover-Bremen, pasó con acostumbrada puntualidad. El torturado Enke se lanzó ante la locomotora con la certeza de quien, por vez primera, no tiene nada que detener.

De acuerdo con el axioma de Andy Warhol, en el futuro todo mundo será célebre durante 15 minutos. Esta utopía de la dicha tiene sentido en una sociedad del espectáculo. La cultura política mexicana prestigia la felicidad del modo opuesto: lo importante no es lo que se ve, sino lo que se oculta. Un destino logrado no desemboca en la celebridad; se cumple en secreto. La utopía mexicana ha consistido en disponer de 15 minutos de impunidad. Durante 71 años (1929-2000), el PRI gobernó sin perder ni ganar elecciones democráticas. Se perpetuó a través de una rotación de camarillas que confundían lo público y lo privado, y renovaban esperanzas similares a las de los concursos de feria: “Si ahora no te fue bien, el próximo gobierno de la Revolución te hará justicia”.

Ajeno a la transparencia y la rendición de cuentas, el modo mexicano de gobernar transformó el lenguaje con una gramática de sombra. La política se rebautizó como la “tenebra” y los arreglos importantes se hicieron en lo “oscurito”. La llegada de la luz resultaba peligrosa; el conspirador debía actuar al cobijo de la nocturnidad y “madrugar” a su adversario. En su novela La sombra del caudillo (impecable retrato de los generales revolucionarios convertidos en políticos en los años veinte), escribió Martín Luis Guzmán: “El que primero dispara, primero mata. Pues bien, la política de México, política de pistola, sólo conjuga un verbo: madrugar”. Oficio de tinieblas, el ejercicio del poder dependió durante casi un siglo del valor político de lo inescrutable.

Terminado el monopolio del PRI, los códigos de la impunidad se disolvieron sin ser sustituidos por otros. ¡Bienvenidos a la década del caos! A ocho años de la alternancia democrática, México es un país de sangre y plomo. El predominio de la violencia ha disuelto formas de relación y protocolos asentados desde hacía mucho tiempo. Los medios de comunicación ampliaron su margen de libertad, pero trabajan en un entorno donde decir la verdad es progresivamente peligroso. De acuerdo con Reporteros sin Fronteras, México ha superado a Irak en número de secuestros y asesinatos de periodistas. En este nuevo escenario, los sucesos se confunden con simulacros. Un ambiente de naufragio donde la ausencia de principios se disfraza de pragmatismo o medida de emergencia. Los trueques son los de una mascarada: el clero apoya al PAN en Jalisco y recibe a cambio una limosna inmoderada; el sindicato de trabajadores de la educación (el más grande de América Latina) ofrece más de un millón de votos a Felipe Calderón y obtiene puestos en áreas de gobierno tan decisivas como la seguridad nacional; los monopolios hacen una guerra sucia en los medios durante la campaña presidencial de 2006, presentando al candidato de la izquierda como “un peligro para México”, y reciben un trato que elimina la competencia. Al modo de los Cuatro Fantásticos, los Poderes Fácticos gobiernan en la sombra. La impunidad no desapareció cuando el PRI perdió la presidencia; se dispersó en medio del desconcierto. Esto ha traído una extraña nostalgia del autoritarismo del Partido Oficial, que “al menos sabía robar”.

En la hermética tradición de la política mexicana, los protagonistas salían de escena y morían sin hacer revelaciones ni dejar diarios comprometedores. Nada tenía mayor peso que el secreto ni mayor jerarquía que los gestos. La misión del periodista consistía en descifrar signos esotéricos. Cada ademán era estudiado como un lance taurino o una pose de teatro kabuki: si el presidente estaba de buen humor, pedía huevos rancheros en su desayuno del lunes; si llegaba a los frijoles refritos sin dirigirle la palabra a su secretario de Gobernación, el cambio de gabinete era inminente. La gastronomía política sigue hoy un curso muy distinto. Estamos ante un bufet donde todos se arrebatan los platos, gritan a la vez y se llevan las sobras en un tupper-ware.

La crisis de gobernabilidad tiene como correlato una crisis de los mensajes. El Ejecutivo es ya incapaz de determinar la agenda de la información. Si durante siete décadas declarar fue más importante que gobernar (el bienestar como promesa que no admitía refutación), ahora el presidente aparece en las noticias durante unos segundos entre dos asesinatos, un parpadeo oficial en medio de la metralla. En este contexto, el crimen organizado ofrece la nueva simbología dominante. El narcotráfico suele golpear dos veces: en el mundo de los hechos y en las noticias donde rara vez encuentra un discurso oponente. La televisión acrecienta el horror al difundir en close-up y cámara lenta crímenes con diseño “de autor”. Es posible distinguir las “firmas” de los cárteles: unos decapitan, otros cortan la lengua, otros dejan a los muertos en el maletero del automóvil, otros los envuelven en mantas. A veces, los criminales graban sus ejecuciones y envían videos a los medios o los suben a YouTube después de someterlos a una cuidadosa posproducción. La mediósfera es el duty-free del narco, la zona donde el ultraje cometido en la realidad se convierte en un “infomertial” del terror.

Los cárteles aplican la legislación de la sangre descrita por Kafka en “La colonia penitenciaria”. La víctima ignora su sentencia: “Sería absurdo hacérsela saber puesto que va a aprenderla sobre su cuerpo”. El narco se apoya en el discurso de la crueldad (cruor: “sangre que corre”) donde las heridas trazan una condena para la víctima y una amenaza para los testigos. El jus sangui del narco depende de una inversión kafkiana de los episodios legales; la sentencia no es el fin sino el comienzo de un proceso; el anuncio de que otros podrán ser llamados a “juicio”. “Si no haces correr la sangre, la ley no es descifrable”, escribe Lyotard a propósito de “La colonia penitenciaria”. Tal es el lema implícito del crimen organizado. Su discurso es perfectamente descifrable. En cambio, la otra ley, la “nuestra”, se ha difuminado.

La narcocultura amplió su radio de influencia a través de los narcocorridos, muchas veces pagados por los propios protagonistas. En la confusión ambiente, los trovadores vinculados al crimen gozan del dudoso prestigio de lo ilegal que reclama un carisma a contrapelo y se somete a la “moral del pueblo”. Aunque suene curioso o divertido o folclórico cantar las peripecias de quienes llevan “hierba mala” al otro lado, los narcocorridos pertenecen a un sector que mueve el 10% de la economía (lo mismo que el petróleo) y causa decenas de asesinatos al día. Tomados como documentos del hampa, son reveladores. Lo extraño es que han ganado espacio en las estaciones que transmiten música popular y aun en las antologías de literatura. En nombre de un incierto multiculturalismo, hace un par de años un grupo de escritores protestó porque dos narcocorridos fueron suprimidos de un libro de texto. En su queja pasaron por alto que esas letras no se estudiaban en una clase sobre problemas de México, sino sobre literatura, sustituyendo a Amado Nervo o Ramón López Velarde. El narco ha contado con la anuencia de las estaciones de radio a las que amenaza o subvenciona (términos rigurosamente intercambiables) y con la empatía antropológica de quienes sobreinterpretan el delito como una forma de la tradición.

De acuerdo con J. G. Ballard, “El ”hecho” capital del siglo XX es la aparición del concepto de posibilidad ilimitada. Este predicado de la ciencia y la tecnología implica la noción de una moratoria del pasado (el pasado ya no es pertinente, y tal vez esté muerto) y las ilimitadas posibilidades accesibles en el presente”. La técnica permite una gratificación instantánea de los deseos y altera las costumbres. Las redes de distribución del consumo y los inventos progresivamente baratos hicieron que el siglo XX desembocara en la impulsividad recreativa, donde la satisfacción es tan inmediata que resulta irónico que los Rolling Stones canten “I can get no satisfaction”. En la época de los placeres programados, la insatisfacción es una queja malévola o el peculiar anhelo del dandy.

La descarada tendencia de la época a la satisfacción exprés se ha aliado en México con la impunidad. El mundo narco, la supremacía del presente se cumple a través de un ménage à trois del dinero rápido, la alta tecnología delictiva y el dominio del secreto. El pasado y el futuro, los valores de la tradición y las esperanzas planeadas, carecen de sentido en ese territorio. Sólo existe el aquí y el ahora: la ocasión propicia, el emporio del capricho donde puedes tener cinco esposas, comprar a un sicario por mil dólares y a un juez por el doble, vivir al margen del gusto y de la norma, entre el colorido horror de las camisas de Versace, jirafas de oro macizo, un reloj que da la hora por 300 mil dólares, botas de avestruz azul turquesa. La gratificación de lo ilimitado a la que aspiran los nuevos modos de comportamiento adquiere en el relato del crimen el amparo de lo oscuro: 15 minutos de impunidad para cualquiera.

Como han documentado Luis Astorga y Renato González Valdés, el narcotráfico era hace cincuenta años un tema regional ubicable en el noroeste de México. Hoy en día involucra los flujos del dinero planetario. La reacción psicológica ante una amenaza que crece y riega dinero ha sido darle la espalda, relegarla al espacio sin luz donde sólo existe el presente. El narcotráfico ha ganado batallas culturales e informativas en una sociedad que se ha protegido del problema con el recurso de la negación: “los sicarios se matan entre sí”. Más que una rutina aceptada o una indiferente banalización del mal, las noticias del hampa han producido un efecto de distanciamiento. Siempre se trata de desconocidos, gente lejana o rara, que sabrá por qué la degüellan. Cada mañana los periódicos publican un rojo marcador: los 12 decapitados de ayer en Yucatán son relevados por los 24 ejecutados de hoy en el parque nacional de La Marquesa. Sin embargo, el instinto de supervivencia ha llevado a aislar mentalmente las zonas de violencia. Mientras los que se aniquilen sean “ellos”, estaremos a salvo.

El narco ha sido durante demasiado tiempo el “expediente equis”, la realidad paralela, la dimensión desconocida, el hoyo negro. Julio Scherer García, decano del periodismo independiente en México, acaba de publicar un libro revelador: La reina del Pacífico. Durante meses, Scherer visitó a Sandra Avila en el penal donde se encuentra desde el 28 de setiembre de 2007. Presentada ante los medios como si fuese “La Reina del Sur”, el personaje de Arturo Pérez Reverte, Avila tiene todo lo necesario para cautivar al ojo público. Es una mujer hermosa, fuerte, desafiante, capturada por un mandatario débil, que se fracturó al caer de una bicicleta (un accidente de kindergarten), disminuido por los uniformes que le gusta lucir (en su cuerpo, todos parecen talla XL). La Reina llegó como una presa irresistible para un presidente de pie pequeño. Su exhibición forma parte de una estrategia de propaganda que no logra mitigar los duros impactos del narcotráfico.

De acuerdo con lo que le dice a Scherer, la participación de Avila en el delito ha sido menos directa y en cierta forma más alarmante de lo que sugieren sus captores. A sus 44 años, no ha conocido otra vida que el narcotráfico. Habla de ese medio como Sofía Coppola podría hablar del cine. Ha frecuentado a todos los capos de interés, fue secuestrada por un novio delincuente, contrajo dos matrimonios con narcos (uno de ellos era un comandante corrompido), padeció el secuestro de su hijo adolescente, ha visto morir gente a sus pies, ha tenido todas las fiestas, todas las alhajas, todos los coches, todas las mansiones que sólo se habitan por un par de semanas, todo exceso adquirible en riguroso efectivo. Durante 44 años vivió en una región aparte, como los participantes del proyecto Biósfera 2000.

Javier Marías, ha comentado que la serie Los Soprano depende de mostrar la vida privada de los gángsters y permitir un acceso insólito –un pase hacia dentro sin riesgo de muerte– a la zona donde los mafiosos son como nosotros y tienen problemas con la escuela de sus hijos. Desde su propia perspectiva, el narco depende de eliminar el afuera y asimilar todo a su vida privada: comprar el fraccionamiento entero, el country, el estadio de fútbol, la delegación de policía, la burbuja que puede habitar Sandra Avila. En este Second Life de la vida real no hay que fingir ni que ocultarse porque los espectadores ya han sido comprados.

La Reina del Pacífico no parece la estratega del mal que le urge al presidente, sino algo más común y terrible: la consorte del ultraje. Ha vivido una vida plena y completa sin pasar un momento por la legalidad. Lo más asombroso no es su jerarquía en el delito, sino que haya cumplido con “normalidad” todos los protocolos de la subcultura en que nació (su única queja es no haber sido hombre para tener mayor protagonismo). De niña a viuda, ha tenido una trayectoria que se lee como un camino de superación personal que hace años era exclusivo de Sinaloa, sede del cártel del Pacífico, y ahora pertenece al país entero, una lógica donde ningún derroche es desperdiciable. Si alguien considera que un artificio llamado Rolex Oyster Perpetual Date tiene suficientes nombres para satisfacer a la Reina, se equivoca. Sandra Avila tenía 179 joyas de ese tipo. Estos excesos de caja fuerte se complementan con el dispendio de armamento. Después de un crimen, los sicarios abandonan 15 ó 17 ametralladoras AK-47, muestra de que su arsenal no tiene fondo.

La teatralidad del narco depende de las balas y la tortura, pero también del desperdicio de armamento y del disfraz, que permite ser miembro transitorio de cualquier cuerpo policíaco. Los cárteles se han infiltrado de tal modo en el poder judicial que no sorprende que cuenten con todo tipo de uniformes reglamentarios. Lo raro es que la policía, cómplice del delito, lleve uniforme.

Ajeno a la noción de frontera, el narcotráfico pasa con fluidez de la vida privada a las regiones, cada vez más remotas, de la vida civil que aún no ha comprado. En su inserción en el dominio público, el capo no requiere de más pasaporte que un apodo; puede asumir un sobrenombre de teodicea (el Señor de los Cielos), ranchería (Don Neto) o dibujos animados (el Azul). Los más temibles son los que insinúan una coquetería femenina que los hechos refutan con fiereza: la Barbie, el Ceja Güera. Como los superhéroes, los narcos carecen de currículum; sólo tienen leyenda. Desconocemos a sus pares en los Estados Unidos. En México son ubicuos e intangibles. Lo mismo da que se encuentren en un presidio de máxima seguridad o en una mansión con jacuzzi, pues no dejan de operar. La negación de la violencia ha dado paso a un temor muy informado. Para certificar que los capos son los “otros”, seres casi extraterrestres, memorizamos sus exóticos alias e inventariamos sus dietas de corazón de jaguar con pólvora y cocaína. Sin embargo, el rango de operación del narco creció en tal forma que cada vez cuesta más concebirlo como una remota extravagancia nacional. Los Soprano es ya el reality show que ofrecen los vecinos.

El paisaje ha cambiado con las inversiones del dinero ilícito. Cualquier ciudad mexicana dispone de suficientes locaciones para filmar la muerte de un capo o de un comandante. Ahí está el restaurante ideal, un château de plástico y neón donde meseras en minifalda sirven costillas de brontosaurio, junto a una concesionaria de Mercedes Benz y un hotel que semeja una mezquita con cúpulas de plexiglas. En ciudades como Torreón o Mérida, que tenían fama de tranquilas porque se presumía que los narcos tenían ahí su residencia y no las usaban para “trabajar”, también hubo ajusticiamientos. En la nueva atmósfera del miedo, diez mil empresas ofrecen servicios de seguridad y tres mil personas se han injertado un chip bajo la piel para ser detectados por radar en caso de secuestro.

La estrategia defensiva de no mirar o de asumir que los atracos ocurren lejos, en un parque temático del ajuste de cuentas para el que por suerte no tenemos entradas, se ha venido abajo. El 15 de setiembre, día de la fiesta de Independencia, dos granadas fueron lanzadas contra una indefensa multitud en la plaza de Morelia. El atentado coincidió con otro, virtual: los habitantes de Villahermosa recibieron correos electrónicos que los señalaban como candidatos al secuestro.

El presidente Calderón pasó por elecciones muy impugnadas que dividieron al país. Para realzar su fuerza, ordenó que el ejército patrullara el país. Este anuncio de que la confrontación era posible, provocó que los cárteles combatieran entre sí y ejecutaran policías. Mientras los cadáveres aparecían en carreteras y cañadas, no se investigaron redes de financiamiento ni se detuvo a cómplices del crimen en el gobierno. El último alto funcionario arrestado por tratos con las mafias fue Mario Villanueva, gobernador de Quintana Roo, investigado en tiempos de Ernesto Zedillo, último presidente del PRI. Los dos gobiernos de la alternancia democrática han sido incapaces de investigarse a sí mismos y detectar los pactos que permiten que prospere el narcotráfico.

Hemos llegado a una nueva gramática del espanto: enfrentamos una guerra difusa, deslocalizada, sin nociones de “frente” y “retaguardia”, donde ni siquiera podemos definir los bandos. Resulta imposible determinar quién pertenece a la policía y quién es un infiltrado.El trato con el crimen ha derivado en un decisivo desplazamiento simbólico. Si durante décadas nos protegimos de la violencia pensándola como algo ajeno, ahora su influjo es cada vez más próximo.

Desde el arte, la instaladora Rosa María Robles anticipó esta resignificación del miedo. Su exposición Navajas, exhibida en Culiacán en 2007, incluyó la pieza “Alfombra roja”, que no se refería a la pasarela donde los ricos y famosos desfilan rumbo a la utopía de Andy Warhol, sino a las mantas de los “encobijados”, teñidas con sangre de las víctimas, la “colonia penitenciaria” que entre enero y octubre de 2008 cobró cerca de tres mil víctimas. El momento irrepetible del crimen y las posibilidades ilimitadas del narcotráfico adquieren en esta pieza otro sentido. La sangre pasa al tiempo lineal, al suelo común donde la vida es tocada por el crimen. Robles logró hacerse de ocho mantas en una bodega de la policía. Con ellas creó su “Alfombra roja”. Llevadas a una galería, se convirtieron en un dramático ready-made. Duchamp pactaba con James Ellroy: el “objeto hallado” como prueba del delito. Robles puso en escena la impunidad por partida doble: mostró un crimen no resuelto y comprobó lo fácil que es penetrar en el sistema judicial y apropiarse de objetos que deberían estar vigilados.

Navajas dio lugar a una polémica sobre la pertinencia de reciclar objetos periciales. Sin embargo, el verdadero impacto de la obra fue otro: en la galería, las mantas brindaban una prueba muy superior a la que brindaron en la morgue. Después de algunas discusiones, “Alfombra roja” fue retirada. Entonces Rosa María Robles tiñó una cobija con su propia sangre. El gesto define con acucioso dramatismo la hora mexicana. Todos tenemos méritos para pisar esa alfombra. De manera simultánea, el terror se ha vuelto más difuso y más próximo. Antes podíamos pensar que la sangre derramada era de “ellos”. Ahora es nuestra.

Los superclásicos son la Navidad del fútbol. El anhelo casi siempre  supera al resultado. Durante meses, los hinchas imaginan goles con la  desmesura de los niños que piden una PlaySyation a Santa Claus a cambio de galletas para los renos que llegarán cansados.

El Boca-River del 4 de mayo de 2008 comenzó para mí con años de anticipación. En 1974 estuve en el Monumental para ver un River-Boca, pero no había ido la Bombonera, la excepción que Canetti no estudió en Masa y poder.

La espera cargó a la cita de tanta emoción que casi parecía una vulgaridad que se cumpliera. Amigos de México y España estaban atentos al 4 de mayo. El derby argentino interesa no sólo a quienes duermen con una camiseta que promueve la cerveza Quilmes, sino a la tribu planetaria interesada en las leyendas.

Como el Everest o la Gioconda, el campo de Boca tiene la fama de lo que es insuperable en su género: el espacio único donde se retratan japoneses. ¿En verdad representa el pináculo de la pasión futbolística?

“Nosotros nos odiamos más”, me dijo el chofer que me recogió en el aeropuerto de Ezeiza. Se refería al encono entre Newells y Rosario. En el trayecto, habló de la capacidad de ira de los suyos y la desgracia de la tía Teresita, apóstata de la familia que se negaba a apoyar al equipo canalla. El eje de su discurso era el rencor: en los grandes días el fútbol es asunto de desprecio y nadie odia como un canalla. Por desgracia, los medios inflan repudios menores, como Boca-River. El piloto remató su argumento en plan teológico: “Dios está en todas partes pero despacha en Buenos Aires”.

No te preocupes: lo que tiembla es el mundo.

El 16 de abril, Daniel Samper Pizano organizó en Madrid una cena para preparar el clásico. Ese día se jugaba la final de la Copa del Rey, entre Valencia y Getafe, pero no quisimos verla. Preferimos hablar de fútbol futuro, es decir, del 4 de mayo. El otro invitado justificaba que la palabra interesara más que el balón. Jorge Valdano contó su debut como visitante en la cancha de Boca. Mientras se ataba los botines, sintió que todo se movía. Uno de los veteranos se acercó a decirle: “no sos vos, pibe, es la cancha”. Jugar en la Bombonera significa sobreponerse a un estadio a punto de venirse abajo por méritos pasionales. Ningún otro campo impone de ese modo en el ánimo del visitante.

En su estupendo libro Boquita, Martín Caparrós recuerda que fue en Argentina donde se bautizó al público como “jugador número 12”.

Acostumbrados a la adversidad, los mexicanos consideramos que el marcador es una sugerencia que podemos ignorar. En cambio, el hincha argentino desea mejorar el resultado con tres recursos básicos: contener la respiración, putear a los contrarios y entonar canciones de amor lírico. No es casual que una de las barras más conspicuas se llame “la 12”. Sus integrantes no están ahí para ver un partido, sino para jugarlo con sus gritos.

El realismo mágico desapareció de la literatura para refugiarse en la aviación. Volar por América Latina es una saga de rodeos, posposiciones y horarios raros, que te hacen sentir en una realidad paralela. Tal vez los satélites se alquilan más barato en las madrugadas y eso determina las rutas del continente. El caso es que recibí el 4 de mayo en algún lugar del cielo entre Bogotá y Buenos Aires. Quien tenga los poderes de meditación de un yogui puede aprovechar esa noche de cuatro horas. Los demás llegamos como zombis. La asociación de fútbol y aviación no es ociosa: la Copa Libertadores sólo será competitiva cuando se modifiquen los calendarios de juego y las rutas aéreas del continente. Los remedios de mi infancia solían decir: “agítese antes de usarse”. La exigua noche en el avión me hizo llegar agitado al clásico.

Entrar al estadio fue otro deporte extremo. Tuve la suerte de ir en compañía de mi amigo Leo, hincha de River que había jurado no pisar la Bombonera.

Leo está convencido de que el argentino vive para el antagonismo, se separa con facilidad de la regla, impugna en forma mecánica y sólo se justifica a sí mismo por negatividad, discrepando de lo que no acepta. Después de exponer esta teoría, la puso en práctica. Cuando encomié los cantos de Boca, comentó: “en el fondo, esa alegría es amarga”.
Estar con Leo era lo contrario a estar con un escudo humano.

Caminamos por un yermo donde se alzaban los tonificantes humos del choripán. El baldío se convirtió poco a poco en un embudo. Había verjas a los lados, respaldadas por policías. Seguimos de frente hasta que alguien –el invisible líder que iba en punta– cometió una torpeza. Fuimos repelidos por balas de salva. Retrocedimos hasta una patrulla, donde preguntamos por la tribuna de prensa. Un teniente hizo un ademán similar a un pase hipnótico.

“Entendimos” que debíamos ir al otro extremo de un círculo. Preferimos tomar el primer callejón a nuestro alcance. De nuevo nos hundimos en la multitud y de nuevo fuimos repelidos por tiros de salva. Corrimos en tropel hasta una barda donde la policía montada permitía el acceso a un pasillo improvisado con rejas. Aquello no parecía una ruta de entrada sino de detención. Supongo que para los habituales del estadio, los dilemas de ingreso generan una deliciosa adrenalina común. Nosotros no estábamos en condiciones de pasar por ese hacinamiento. Sobre todo, no estábamos en condiciones de que Leo expusiera ahí su teoría del antagonismo.

Caminamos por un baldío donde alguien me entregó un volante de propaganda que leí como un texto sagrado:

Hinchas lesionados¼.! Tenés derechos y muchos $$$ que reclamar. Cualquier lesión que sufriste dentro de un estadio de fútbol, o cerca de él, podés reclamarla.

La propaganda estaba firmada por el Estudio Posca, ubicado en Uruguay 385, Of. 902. Su lema de 2008 era: “¡¡¡32 años junto al hincha!!!” El despacho se presentaba como especialista en “accidentes de tránsito y en estadios de fútbol”. Me llamó la atención que las canchas hubieran generado una subespecialidad jurídico. También me sorprendió que el perímetro de las reclamaciones incluyera las afueras del estadio. Leo y yo ya estábamos en la zona en la que convenía tener el teléfono del Estudio Posca. Entre otras cosas alarmantes, la publicidad decía:

No aceptes Personas que dicen ser Abogados, y que se presentan en tu domicilio, en el Hospital o en la comisaría.

¿Tenía caso asistir a un espectáculo para acabar en un camastro donde me buscaría una Persona que decía ser Abogado? Aunque tuviera “muchos $$$” que reclamar, era poco halagüeño pasar por los requisitos para conseguirlo. El volante era explícito al respecto:

Avalanchas; balas de goma y plomo; fracturas; esguinces; bengalas; peleas; piedras, etc.

En caso de padecer algunas de estas situaciones futbolísticas, se aconsejaban tres acciones:

Conservá tu entrada. Hacete atender en la enfermería del club en el Hospital más cercano al estadio. Llamanos.

Guardé la publicidad como un salvoconducto para la supervivencia. Lo más alarmante era su tono a fin de cuentas neutro, la naturalidad con que asumía que en ese territorio los huesos se quiebran. Hay gente que no visita al médico porque teme que la enfermedad, que hasta entonces no tenía, se produzca en su presencia. El Estudio Posca procedía al revés: ya estábamos heridos pero aún no descubríamos nuestra sangre.

La diversidad de los temperamentos es tan grande que tal vez algunos se excitaban ante esa prueba jurídica de que se encontraban en territorio de agresiones. Tal vez otros calculaban qué tan bueno sería el negocio de esa tarde: ¿cuántos “$$$” se podrían reclamar por un peroné fracturado? ¿Valdría la pena sacrificar también una costilla? Si hay gente que sobrevive vendiendo su sangre o su semen, ¿habrá víctimas profesionales con un largo historial de fracturas en su haber?

Recorrimos calles que parecían conducir al estadio pero llevaban a una desviación. Ante la desconfianza de mi amigo por cualquier informante de Boca, pedimos señas a los policías. En todos los países, quienes custodian los estadios vienen de lejos, detestan estar ahí e ignoran cómo se llega a los asientos. “No vamos a entrar”, dijo Leo, con rara satisfacción.

Me distraje con las banderas que colgaban de los balcones, los graffitis, las mujeres que se habían puesto delantales auriazules para vender empanadas. Pocos equipos conservan el temple urbano de Boca, la capacidad de que el fútbol sea un barrio. El equipo de Maradona no ha perdido el contacto con las calles, el problema es saber cuál lleva a tu entrada.

El rodeo nos alejó hacia una calle donde todo mundo se asomaba a las ventanas. El ambiente festivo fue relevado por un grito: “Puuuuuuuuuutos!”

Una motocicleta rugió a lo lejos. Vimos la bestia blanca: el autobús de River. Habíamos llegado al corredor del ultraje, donde los que no asisten al estadio hacen su juego. Al día siguiente escuché al Beto Alonso, emblemático jugador de River, hablar por la radio de los objetos que había sentido caer en el techo del autobús. Hay quienes congelan hielos para la ocasión y quienes sacrifican ahí sus más sólidos candados. El autobús avanzaba, lento, escupido, injuriado.

Desconfío de los cantantes que visitan un país, se vuelven hinchas instantáneos de un equipo y ofrecen un encore enfundados en su camiseta. Sin embargo, en el callejón del oprobio estuve a punto de volverme hincha de River. No lo hice para no estimular a Leo.

Cuando no quiere hallar culpables, la policía mexicana habla de “suicidio asistido”. Mi repentina simpatía por los ultrajados y las teorías de mi amigo podían convertirnos en suicidas en busca de asistencia.

Mi percepción era forzosamente extraterritorial. En 1974, cuando fui al estadio de River, un señor oyó mi acento y me preguntó si era cierto que en México el hincha de un equipo como River podía sentarse al lado de un hincha equivalente a un bostero. Le dije que sí. “¿Y no se matan?”, preguntó con interés. Le expliqué que, al menos para eso, éramos pacíficos. Su respuesta fue fulminante: “¡Pero qué degenerados!”

Nunca olvidaré a mi padre en el estadio de Ciudad Universitaria, levantando a una fila aficionados para que aplaudieran a los visitantes: “¡Son nuestros invitados!”. Formado en una escuela donde la derrota es una variante de la hospitalidad, el hincha mexicano pasa trabajos para entender el ánimo de la barra brava, que parece forjado en la batalla de las Termópilas, o al menos en la película 300.

En un diálogo sobre fútbol y literatura que sostuvimos en la Feria del Libro de Buenos Aires, Caparrós advirtió que el mexicano dice “le voy al Guadalajara” mientras el argentino dice “soy de Boca”. El grado de pertenencia es muy distinto. Nuestra pasión es algo que seguimos, un horizonte inalcanzable, no un ingrediente del ADN.

En la calle donde el autobús de River se sometía al vendaval de los insultos, la identidad no podía ser más precisa. El que no lanzaba una piedra, no era de ahí.

Un efecto secundario: el partido.

Sobrevino uno de esos momentos en que los mexicanos mostramos grandeza en la frustración. Me resigné a no entrar al estadio y comer el choripán de los seres pacíficos. En eso, avistamos a un policía de pelo blanco que daba órdenes con firmeza de director de orquesta. Él y sólo él podía saber dónde estaba nuestra entrada. “Es muy sencillo”, habló con voz profética: “Sigan las vías del tren”.

Avanzamos entre los rieles oxidados de una vía muerta. Por ahí se iba al estadio en los tiempos en que se jugaba con gorra. Recorrimos ese trecho oloroso a pasado hasta llegar a otra confluencia de peligro. A nuestra derecha había un muro azul, metálico, con pequeños orificios. Por ahí entraban los hinchas de River. No podíamos verlos, pero percibimos su avance, como un rebaño de sombras. Sólo había una prueba de que eran ellos: los insultos que recibían. Estuve tentado a darles una muda seña de solidaridad: deslizar bajo el muro metálico el volante del Estudio Posca.

La intensidad de este rincón contrastaba con una escena en la acera de enfrente. Tres chicas en leotardos amarillos y azules posaban a favor de un candidato a la dirigencia de Boca.

Al fin subimos la torre elegida. Arriba, comprobé el efecto óptico descrito por el cronista colombiano David Leonardo Quitán en Fútbol sin barrera: el de Boca es el único estadio en el que no te alejas de la cancha a medida que asciendes. La verticalidad de la construcción crea una mareante cercanía. “Hay que tomar lecciones de abismo”, dicen los protagonistas de Viaje al centro de la Tierra. Buen consejo para la Bombonera.

Cuando Hugo Orlando Gatti, el portero más querido y extravagante de la historia boquense dijo “voy al encuentro del abismo”, se refería a su capacidad para complicar las jugadas y quizá también al público a punto de desplomarse en la cancha.

La Bombonera es un estadio impar, y lo es de forma fanática: en sus gradas caben 57.395 espectadores. Ni un solo número de la cifra mágica es par.

Para el público, no hay mejor entrenamiento que la anticipación.

Potenciada por la espera, “la Popular” definió el superclásico. Quien deseara ver un derby con encomiables argentinos podía sintonizar ese mismo día el Inter-Milan. El partido en Italia fue un oleaje de ida y vuelta; nada que ver con el marasmo en la Bombonera. El equipo local ganó desde la defensa y administró las pausas con lentitud de teatro kabuki. A River le faltó la contundencia que le sobraba a su técnico, el Cholo Simeone, y sólo trianguló cuando eso importaba poco. Pero el sol bañaba las gradas como un regalo y la gente gritaba con la felicidad elemental de quien tiene muchos huevos para matar muchas gallinas.

Difícilmente, quienes estábamos ahí hubiéramos cambiado ese partido por la eminencia del Inter-Milan. El superclásico era lo que debía ser: un pretexto eficaz, un trámite menos decisivo que las pasiones de la gente. No se va ahí a descubrir el fútbol sino a confirmar una constancia emocional.

Hay una defraudación implícita en la gesta: nunca sucederá el enfrentamiento ideal que condense la tradición, el choque de ídolos de distintas eras, donde Labruna, Pedernera y Sívori jueguen contra Rattín, Pernía y Batistuta. Esa imposibilidad -la suma fantasmal de lo que ahí se ha disputado- otorga atractivo a cada nueva cita de los enemigos íntimos. Un lance de cuchilleros donde las heridas nunca son tan profundas como el rencor que las anima.

Hay, por supuesto, días de excepción en que un derby asemeja una propaganda de la pasión: en el minuto 90 llega el empate a 3 y en los segundos de prórroga hay una voltereta. Pero el domingo señalado el desconcierto en la hierba fue superclásico. El esplendor estaba en las tribunas.

Si los héroes del cómic suelen ser criaturas bipolares, que alternan la deprimente existencia de Clark Kent con los brotes maniacos de Superman, los fanáticos del fútbol van de la invectiva al cariño sin nada en medio. La entrega de una hinchada se mide por su bipolaridad y la de Boca califica muy alto: “No me importan lo que digan/ lo que digan los demás/ yo te sigo a todas partes/  cada día te quiero más” cantan los románticos varones que minutos antes invitaban a asesinar hinchas de River.

Cuando Battaglia anotó el golazo de cabeza que definiría el 1-0, el edificio se cimbró conforme a su leyenda. Como vengo de un país de terremotos, durante varios días hablé de ese entusiasmo, medible en la escala de Richter. Un escritor, un mesero y un policía me corrigieron con la misma frase, surgida del ventrículo más azucarado del bipolar corazón bostero: “El estadio de Boca no tiembla: late”.

La pasión también se define por la forma en que convoca a los ausentes. La barra auriazul recordó a la Raulito, hincha de fuste a quien la muerte no impedía estar ahí, y a los grandes que alguna vez jugaron en ese sitio en el que se dura poco. Muy lejos quedan las gestas de caballería de Ernesto Lizzati, que pasó por el fútbol sin ser expulsado una sola vez y vistió los colores de Boca sin pensar que hacía antesala para viajar a Europa. Hoy los argentinos son los grandes nómadas del fútbol. “Si fueran buenos no jugarían aquí: Verón regresó porque es viejo y Riquelme porque es raro”, me comentó un taxista. Recordé una escena de Alemania 2006. Coincidí con Carlos Bianchi como comentarista en las transmisiones de la televisión mexicana. Durante una pausa, el entrenador que logró todo para Boca recibió una llamada. Dijo más o menos lo siguiente: “No puedo hacer más, vos ya tenés otro padre”. Luego comentó “era Riquelme” con la satisfacción con que Homero hubiese dicho “llamó Aquiles”. El 10 argentino necesita sentirse querido para rendir. Durante las concentraciones de Alemania 2006 buscaba el apoyo emocional que Bianchi le supo dar en Boca. Ante la Bombonera en pleno hervor, se entiende que Riquelme no haya triunfado en el Camp Nou de Barcelona, donde hay un ambiente de conocedores de ópera. Por virtud, es el último de los sedentarios. Palermo lo es por déficit. Fallar dos pénaltis en un juego es mala suerte. Fallar dos pénaltis, pedir la pelota para tirar un tercero y volver a errar es literatura. Fue lo que el trágico Martín logró en la Copa América ante Colombia. Su altura depende de reconvertir tanta torpeza en motivos para ganar. No destacará nunca en el firmamento del fútbol, pero los balones rebotan en su cara generosa para que anote Boca.

Salvo excepciones, los cracks argentinos tramitan con sus lances el boarding pass que los llevará lejos.

Lo único sedentario es la hinchada. Tal vez su entrega tenga que ver con ese desacuerdo insalvable. La pasión futbolística se alimenta de dolor; cada público encuentra la forma de superar males específicos. En Argentina los milagros son posibles pero duran poco; en México se posponen para siempre y la gloria debe imaginarse. El cronista del Estadio Azteca narra jugadas que necesitan adjetivos para valer la pena. El cronista de la Bombonera no está ante algo que deba ser validado por las palabras (“lo único que quiero es que gane Boca”, me dijo en la tribuna de prensa Juan José Becerra, el imprescindible autor de Grasa, que narraba la temporada de su equipo para el diario Crítica).

¿Qué encuentra un profesional de la posposición en el territorio de los impacientes? En la Bombonera, el hincha mexicano pasa de la ficción (la zona de los golazos imposibles) a una realidad acrecentada. El estadio vibra como una naturaleza radical: no reclama interpretaciones sino métodos de supervivencia.

Hundido en la marea, el cronista que viene de lejos tiene 90 minutos para adquirir un hábito que no asociaba con el fútbol: el vértigo.