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Código Rojo

Publicado: 3 marzo 2012 en Laura Castellanos
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Conocí a la periodista Lydia Cacho tres días después de que el albergue que fundó para víctimas de la violencia sexual doméstica y trata de personas en Cancún —el Centro Integral de Atención a las Mujeres (CIAM)—, fue atacado por un comando armado, al mismo tiempo que ella, que estaba fuera de sus oficinas, recibió una alerta telefónica de no ir por ayuda a la policía local, porque planeaban “levantarla” y matarla. La autora del libro Los demonios del Edén. El poder que protege a la pornografía infantil, había encontrado días antes una amenaza de muerte en su blog. Una más en siete años.

Nos encontramos para la entrevista en medio de un clima de zozobra. El CIAM, que en la actualidad alberga a 30 mujeres e infantes, estaba en Código Rojo, cerrado a visitas y periodistas, sin que los gobiernos municipal, estatal o federal asumieran la responsabilidad de salvaguardarlo. Y el encuentro con Lydia Cacho, que originalmente se haría en Cancún, se movió de forma inesperada a la ciudad de México por razones de seguridad. No era para menos. El año pasado la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), instancia autónoma de la Organización de los Estados Americanos (OEA), pidió medidas de protección en favor suyo y de las integrantes del CIAM al gobierno de Felipe Calderón. Está por cumplirse el año de tal petición, y el Estado no ha cumplido. La vida e integridad de uno de los periodistas mexicanos más reconocidos en el mundo, está en peligro.

Lydia y yo nos vimos un jueves por la tarde, en la víspera de su partida a Madrid con motivo del lanzamiento de su sexto libro, Esclavas del poder, sobre las redes internacionales de tráfico sexual. Durante su gira ella recibiría dos distinciones que, aunadas a otras más, reconocen su ejercicio periodístico y activismo en pro de los derechos humanos: la ONU la designó embajadora “Corazón azul” por su campaña contra la trata de personas, y el Instituto Internacional de Prensa (IPI), con sede en Viena, la nombró “Heroína de la libertad de prensa”. Pese a lo que implicaba su viaje, éste no era el momento más feliz para Lydia Cacho.

La cita fue a las dos de la tarde en una casa de la colonia Condesa de tres pisos, estilo minimalista, amplia y luminosa. Ahí vive su pareja, el periodista Jorge Zepeda Patterson. Llegué en compañía de los abogados de Artículo 19, Cynthia Cárdenas y Mario Patrón, que están llevando su caso ante la CIDH. El fotógrafo Zony Maya estaba presente, listo para iniciar la sesión de fotos. Todos esperábamos sentados en la sala blanca de la estancia, cuando una pisada firme sonó en la escalera de madera. Lydia Cacho apareció. Pensé que era más alta, por la fuerza que proyecta en sus fotografías. Es una mujer guapa, cuerpo torneado, ojos y melena azabaches, piel ligeramente tostada. Lucía jeans y camiseta negros, ajustados al cuerpo, y zapatos altos del mismo color. Su rostro tenía la expresión grave que le he visto en algunas imágenes, y su mirada guardaba la vigilia de los últimos días. Más bien de los últimos años. Una sonrisa cansada asomó en el saludo.

Lydia Cacho fue amenazada de muerte por primera vez en 2003, cuando a partir del testimonio de una víctima, con seudónimo Emma, escribió que el empresario libanés Jean Succar Kuri encabezaba una mafia de tráfico sexual infantil en Cancún. Más información fue difundida en medios locales, y el hombre se fugó a Estados Unidos. Meses después fue detenido y extraditado a México bajo acusaciones de pornografía infantil, corrupción de menores y violación equiparada. La periodista continuó con la investigación y en 2005 publicó Los demonios del Edén, en el que exhibió los nexos del libanés con políticos poderosos en redes de pornografía y explotación sexual infantil. La obra cimbró a la clase política. Los testimonios de víctimas involucraron a Miguel Ángel Yunes, entonces subsecretario de Seguridad Pública, ahora candidato a gobernador de Veracruz por el Partido Acción Nacional (PAN), al ex legislador Emilio Gamboa Patrón del Partido Revolucionario Institucional (PRI), así como al influyente empresario libanés Kamel Nacif Borge, entre otros. Ellos negaron las acusaciones.

Cuando el libro se difundió, comenzó la escalada de violencia en contra de la periodista. A los siete meses de su publicación, Kamel Nacif, amigo de Jean Succar Kuri, la demandó por difamación y calumnia sin que ella fuera notificada. El libanés radicaba en Puebla, y pidió ayuda a su amigo, el gobernador poblano Mario Marín. En secrecía, el gobernador movilizó su aparato policiaco y de procuración de justicia para que la periodista fuera trasladada por la fuerza de Cancún a Puebla, en un viaje de horror de 20 horas. Mientras el traslado estaba en curso, la llamada telefónica intervenida entre el empresario y el gobernador, evidenció la maquinación. “Mi góber precioso”, le dijo el libanés al poblano en agradecimiento. Según las evidencias penales del caso, se planeaba encarcelar y violar a Lydia Cacho. No obstante, cuando se le ingresó a la cárcel, sus familiares y amistades lograron rescatarla.

La periodista interpuso tres demandas penales contra quienes resulten responsables. La primera, por lo que Lydia Cacho llama “secuestro legal” de 2005. La segunda, por tentativa de homicidio en 2008, cuando, a pesar del resguardo de una escolta federal, los birlos de las llantas de su camioneta fueron limados. La tercera integra todas las amenazas y los hostigamientos en su contra durante 2009. Su infierno la convirtió en la figura más emblemática en la lucha por la libertad de expresión en México, y encarna la creciente vulnerabilidad del gremio en el país, pues según la Federación Internacional de Periodistas (FIP), éste ocupa el segundo lugar de asesinatos de comunicadores en el planeta.

El caso del mencionado “secuestro legal” llegó hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación en 2006, pero fue desechado por una mayoría de ministros que desestimó el concierto de complicidades para silenciarla. Peor aún. A la fecha, ninguna de las tres denuncias ha llegado a los tribunales. “Y no hay responsable alguno detenido”, dijo su abogada Cynthia Cárdenas, de Artículo 19. La justicia también se detuvo para Jean Succar Kuri, pues a siete años de su captura no recibe sentencia. En marzo pasado el libanés fue trasladado de un penal de máxima seguridad a la cárcel municipal de Cancún, fácilmente corruptible. Un centenar de presos se fugó de ahí hace cuatro años. La vulnerabilidad de la mujer reconocida con el premio Ginetta Sagan de Amnistía Internacional se acrecentó potencialmente. Vive sola, y tras el incidente de la camioneta, rechazó continuar con escolta. Lydia Cacho vive en Código Rojo permanente.

***

La maquillista preparaba a Lydia Cacho para la sesión de fotos en el pasillo que conecta a la estancia con la cocina, por ahí entra la luz exterior de la terraza. Zony Maya y yo esperábamos en la sala. La veíamos de espalda, sentada en una silla. Me dio sed. Caminé hacia la cocina y pedí de favor un vaso con agua. Me acerqué a las dos mujeres. “Te ves cansada”, le dije a Lydia, mientras mantenía la cabeza erguida y el maquillaje cubría sus ojeras. “Con lo que pasó no he dormido bien, y acabo de llegar del aeropuerto”.

La sesión fotográfica comenzó y fue un pequeño tormento para Lydia. Fueron dos horas y media de fotos en la escalera, la terraza de la azotea y el patio inferior. La luz natural se alteraba en segundos por las nubes caprichosas. La periodista, en actitud estoica, hacía inspiraciones profundas, propias del yoga que ejercita, antes de voltear a la cámara. Zony Maya era el único divertido. “¡Así es!, ¡me gusta!, ¡me gusta!”.

Al terminar la sesión, Lydia Cacho me pidió posponer la entrevista para después de la comida. Así lo hicimos. La encontré más relajada, calzada con mocasines. Nos sentamos en la sala. Le pregunté de su infancia. Luego, la plática fluyó hacia su adolescencia, su incursión periodística, y cómo no ve conflicto entre ser periodista y ser militante: “Ser activista es ser ciudadana, y ser periodista es mi profesión”. Subió los pies al sillón, se veía cómoda. Así transcurrió más de hora y media. Las tazas de té quedaron vacías. Quise hacer un alto, propio al entrar a temas delicados.

—Lydia, ¿podemos parar un momento y seguir con la historia del secuestro? —deslicé.

—Ahora no quiero hablar de eso, viene en mi libro —tomó las tazas y se las llevó para servirlas de nuevo. No insistí.

Lydia Cacho nació en la ciudad de México en un hogar de clase media alta formado por una pareja de contrastes: un ingeniero con formación rígida, “hijo de un militar solitario”, y una psicóloga y sexóloga francesa, liberal y feminista, hija de madre francesa y padre portugués. Los padres de Lydia Cacho procrearon a tres hombres y tres mujeres. Ella fue la cuarta. Creció en el barrio de Mixcoac y estudió en el Colegio Madrid, fundado por exiliados españoles. La niña fue permeada por el liberalismo del colegio y el feminismo de la madre. Su padre le reprochaba a ésta: “Estás criando a unas hijas que ningún hombre va a querer en este país”. La madre también acercó a su prole al dolor ajeno, pues estableció vínculos con niños de la calle, escuchaba sus historias. Esa experiencia la marcó. La niña ganó un concurso de poesía en la secundaria. Tomó un taller literario, pero su maestro rápidamente le presagió: “Tú no sirves para poeta porque estás demasiado preocupada con la realidad, tú sirves para periodista”. Con los años el presagio se cumplió.

Lydia Cacho pronto dio muestras de independencia y aplomo. Primero, a los 17 años, trabajó en la preproducción de la película Dune (1984) de Dino de Laurentiis. Después vivió un tiempo con familiares en París para estudiar Historia del Arte. Decidió ser periodista. Pero a su regreso, un conocido le sugirió no estudiar la carrera, sino aprender por su lado historia, sociología, y técnicas de periodismo. Así lo hizo. Un día agarró sus cosas y se fue a vivir a Cancún. Ella está enamorada del mar. Tiempo después se casó. Su matrimonio duró 13 años.

La joven rápidamente se adentró en los medios locales, como en la revista Cancunísimo, y contactó a la generación de periodistas feministas más importantes en los ochenta, como Sara Lovera, fundadora del suplemento Doble Jornada de La Jornada, y Esperanza Brito, de la revista Fem. Luego conoció a otras feministas renombradas: Marcela Lagarde, Marta Lamas, Mirta Rodríguez. La joven fundó la primera revista feminista del estado, Esta boca es mía: apuntes de equidad de género, de la cual también hizo una edición televisiva. Luego se integró a la red nacional y latinoamericana de periodistas impulsada por Sara Lovera por medio de la agencia de noticias Comunicación e Información de la Mujer A.C. (CIMAC).

Lucía Lagunes, actual directora de CIMAC, conoció en esa época a Lydia Cacho, la vio desenvolverse en las reuniones de comunicadoras feministas. Me dijo: “Es amorosa, muestra entusiasmo y liderazgo sin tener que aplastar a nadie más ni ser la estrella, sabe avanzar y cobijar”. A principios de los noventa Lydia Cacho y un grupo de amigas abrieron un espacio radiofónico llamado Estas mujeres. Con llamadas de las radioescuchas constató la multitud de casos de violencia intrafamiliar. De ahí nació su idea de crear el CIAM, fundado formalmente en el año 2000. Tres años después conoció a la primera víctima del pederasta Jean Succar Kuri. Y el edén en el que ella vivía, se pobló de demonios.

***

La primera vez que Lydia Cacho se adentró al caso de Jean Succar Kuri, en noviembre de 2003, fue a días de que el pederasta se fugara a Estados Unidos por la denuncia penal que una de sus víctimas, Emma, interpuso en su contra. La joven buscó a la periodista para que recogiera su historia. Así lo hizo. Su investigación la llevó a otros casos en los que más nombres de niñas y niños surgieron. “Entre todos los nombres conté 200 de criaturas de entre seis y 13 años de edad”. Salía a la luz una red internacional de trata sexual infantil. Una buena parte de las víctimas eran hijas de madres solteras y empobrecidas, aunque también había otras de familias pudientes. En Los demonios del Edén la autora señaló que el libanés sesentón, conocido como el Johnny, de estatura baja, de personalidad hosca y seductora a la vez, públicamente era un empresario inmobiliario. Pero en realidad, era el protegido y prestanombres de Kamel Nacif, también de baja estatura, trato prepotente y dueño de un emporio textilero mundial por el que es conocido como El rey de la mezclilla.

Lydia Cacho grabó el testimonio de Emma que daba cuenta de cómo el Johnny rondaba escuelas en busca de víctimas. También la chica le contó de las fiestas que el libanés organizaba, y en las que niñas y niños eran “intercambiados” por sus invitados para ser vejados sexualmente. Según Emma, a las fiestas del Johnny acudía su paisano Kamel Nacif, así como políticos renombrados, como Miguel Ángel Yunes, que meses antes renunció al PRI para irse al PAN y fue nombrado subsecretario de Seguridad Pública. La periodista escribió del tema en la prensa y asegura que el Johnny, desde su clandestinidad, la llamó para amenazarla de muerte. Ella no se amedrentó, denunció a todos en la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO). Después vino el soborno. A Lydia Cacho le ofrecieron un millón de dólares para el CIAM. “El tipo que me buscó dijo ir de parte del legislador Emilio Gamboa, lo mandé a volar y me insultó. Me dijo: ¡Eres una pendeja! ¡No entiendes dónde te estás metiendo!”.

Finalmente, Los demonios del Edén fue publicado por Random House Mondadori. La presentación de la obra se programó para el 19 de mayo de 2005, pero en la víspera, mencionó la feminista, Miguel Ángel Yunes llamó al editor Faustino Linares para exigirle que la cancelara. El político había publicado desmentidos de las acusaciones en su contra en los diarios. Lydia se comunicó con José Luis Santiago Vasconcelos, subprocurador de la SIEDO, y le comentó la situación. Para su sorpresa, éste envió agentes federales a resguardar la Casa de Cultura Jaime Sabines, sitio de la presentación. “¿El zar antidrogas me mandaba cuidar del subsecretario de Seguridad Pública? ¿Qué era eso?”, se pregunta.

Un mes después del lanzamiento del libro, Kamel Nacif denunció a la periodista por difamación y calumnia ante las autoridades de Puebla, ubicada a 1 500 kilómetros de distancia de Cancún. Lo que parecía un disparate, era la confabulación entre los gobiernos de Puebla y Quintana Roo contra la periodista. El golpe se materializó seis meses después. El 16 de diciembre al mediodía, en la víspera de las vacaciones decembrinas, Lydia Cacho llegó a las instalaciones del CIAM, fue abordada por tres policías judiciales que evadieron a su escolta federal y la obligaron a subir a un automóvil. Se la llevaron. Las evidencias del caso probaron que detrás, en una camioneta, iba Kamel Nacif. Primero condujeron a la periodista a la Procuraduría General de Justicia del estado de Quintana Roo. Integrantes del CIAM fueron infructuosamente en su búsqueda. Luego, para evitar que la vieran, la sacaron por la puerta trasera de la dependencia con destino a Puebla.

En Memorias de una infamia Lydia Cacho detalló la serie de ultrajes a los que los policías José Montaño Quiroz y Jesús Pérez Vargas la sometieron en 22 horas de camino: le negaron medicinas, a pesar de que aún no se recuperaba de una neumonía por la que estuvo hospitalizada; impidieron que llevara abrigo; en la noche simularon una tentativa de ejecución en la playa; uno de ellos introdujo su pistola en la boca de la activista de forma lasciva, luego la recorrió por su cuerpo, al que también manoseó; la intimidaron verbalmente; le dieron sólo un alimento y algo de bebida, le negaron hacer llamadas telefónicas.

El equipo del CIAM llamó con urgencia a la red de contactos de su directora. Periodistas, feministas, familiares, diplomáticos, funcionarias, se movilizaron. Una de las primeras llamadas fue al periodista Jorge Zepeda Patterson, que ya era pareja sentimental de Lydia Cacho. “Recibí la llamada con mucha preocupación”, dijo en entrevista en su oficina de El Universal en el centro de la capital mexicana. El periodista contactó a otros colegas, la información se difundió y, desconociendo la conspiración, buscó por distintos medios que el gobernador poblano fuera notificado del asunto.

En Memorias de una infamia la autora explicó cómo a su llegada a Puebla todo estaba planeado para ingresarla de inmediato a prisión, donde sería violada. Sin embargo, la senadora Lucero Saldaña, Alicia Pérez Duarte, entonces fiscal especial para la Atención de Delitos Relacionados con Actos de Violencia contra las Mujeres de la PGR, y sus seres queridos, hicieron presencia y lograron excarcelarla. “Lydia iba en estado de shock”, dijo la ex fiscal en entrevista en un restaurante de la Plaza San Jacinto en la capital mexicana.

La historia no paró ahí. Empezó un tormentoso proceso jurídico en su contra, plagado de atropellos. No obstante, dos meses después, el 14 de febrero de 2006, fueron difundidas 12 conversaciones telefónicas intervenidas que mostraron el concierto de complicidades de Kamel Nacif con el gobernador Mario Marín, entre otros personajes. Las grabaciones, hechas del 16 al 24 de diciembre de 2005, fueron filtradas a las periodistas Blanche Petrich de La Jornada y Carmen Aristegui, entonces conductora del noticiario de W Radio. Fue un escándalo mayúsculo. En una de las grabaciones, se escuchó la charla entre Kamel Nacif y el gobernador Mario Marín:

KN: “Mi góber precioso”.

MM: “Mi héroe, chingao”.

KN: “No, tú eres el héroe de esta película, papá”.

MM: “Pues ya le acabé de dar un pinche coscorrón a esa vieja cabrona […]”.

Días después, 40 mil personas marchaban en Puebla exigiendo la renuncia de Mario Marín. Apenas comenzaba marzo cuando la fiscal, recién encargada formalmente del caso de Lydia Cacho, hizo revelaciones que merecieron los titulares de La Jornada: Jean Succar Kuri era sólo una pieza en una red de redes de pederastia, turismo sexual y trata de personas en la capital mexicana, Estado de México, Baja California, Puebla, Chiapas, Veracruz y Quintana Roo, con nexos internacionales. También confirmó que Miguel Ángel Yunes era mencionado por las víctimas. La ex fiscal refirió que a partir de entonces su línea telefónica fue intervenida y “vino la obstaculización” a su investigación por instancias internas de la Procuraduría General de la República (PGR).

La resonancia del caso hizo que en abril el Congreso de la Unión solicitara a la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) investigar si había elementos para hacer juicio político al gobernador poblano. Poco después la periodista fue contactada por José Nemesio Lugo Félix, secretario técnico de la Comisión Interinstitucional para Prevenir y Sancionar Trata de Personas del gobierno federal. En su libro Esclavas del poder, la autora narró que en un encuentro anterior el funcionario le dijo que investigaba a funcionarios y a algunos familiares de los gobiernos de Nuevo León y Baja California Norte por el tráfico sexual de personas. Quedaron de verse más adelante. Ya no fue posible. El 8 de mayo la periodista sufrió el atentado de su camioneta. Una semana después, el funcionario “fue asesinado de ocho tiros a escasos metros de su oficina”.

En septiembre, la SCJN amplió la indagatoria hacia la violación de derechos humanos contra la periodista. La comisión especial de la SCJN, a cargo del ministro Juan N. Silva Meza, resolvió finalmente, en noviembre de 2007, casi dos años después de los hechos en Puebla, que sí hubo acciones concertadas de Mario Marín que vulneraron las garantías individuales de Lydia Cacho. No obstante, en la votación, una mayoría de seis ministros contra cuatro, se negó la acreditación de los supuestos. “Si a miles de personas las torturan en este país, ¿de qué se queja la señora? ¿Qué la hace diferente o más importante para distraer a la Corte en un caso individual?”, reprochó el ministro Salvador Aguirre Anguiano. Sobre la resolución de la Corte, Jorge Zepeda Patterson concluyó: “Mario Marín se sostuvo porque el PRI juzgó que si caía, se irían sobre Emilio Gamboa Patrón, el operador del partido en la Cámara”.

Tras la resolución de la Corte, la fiscal Alicia Pérez Duarte dejó su cargo. “Renuncié por vergüenza de pertenecer a un sistema de procuración de justicia tan inútil y corrupto como el que constaté desde dentro”, precisó. Ella volvió a la academia. Pero el hostigamiento prosiguió. Hace un año fue víctima de vigilancia y, al igual que Lydia Cacho, sufrió un atentado en su automóvil que casi le cuesta un accidente. “Los cuatro birlos de las cuatro llantas fueron aflojados”. No denunció. “¿Para qué?”. Por su lado, los ministros disidentes, Genaro Góngora Pimentel, José Ramón Cossío Díaz, José de Jesús Gudiño Pelayo y Juan N. Silva Meza, publicaron en 2009 sus posiciones en el libro Las costumbres del poder: el caso Lydia Cacho. Al respecto, Góngora escribió: “¿Cuántos periodistas se abstendrán de publicar libros por temor a una represalia como la que sufrió la citada periodista, máxime al observar que a más de dos años de los sucesos los responsables siguen impunes? Es algo que nunca sabremos, y por eso es una tragedia para la libertad de expresión”.

***

El CIAM en Cancún es como una pequeña fortaleza. La casa de tres pisos, color amarillo pálido, está erigida en una colonia popular, lejos de las playas de la zona hotelera. Ahí todo es cemento. La casa tiene videocámaras de vigilancia, alambrado eléctrico, portón y herrería con ventanas reducidas. Todo para hacer frente a las reacciones de agresores de las víctimas albergadas. Me costó mucho trabajo conseguir la entrevista con su directora, la psicóloga Lourdes Castro. Es que a una semana del incidente de seguridad, el CIAM proseguía en Código Rojo, sin recibir a nadie. Lydia Cacho me advirtió durante nuestro encuentro que ahora la psicóloga estaba al frente y ella no podía forzarla a recibirme. Lourdes Castro asumió como directora hace nueve meses y Lydia Cacho quedó como presidenta del consejo del CIAM. Hice varias llamadas a la psicóloga solicitando la charla. Me decía que lo consultaría con la periodista por internet, pues seguía en Madrid. Que no. Que quizá. Que me avisaba. Nada. Finalmente, llegué a un acuerdo: no cámaras, no grabadora, sólo una hora de charla, y ella decidía qué respondía.

La cita fue un lunes a las dos de la tarde. Hacía calor, pero no abrasante. Toqué el interfón y respondió una voz femenina que me abrió el portón. En la cochera conversaban dos mujeres, sentadas en sillas de plástico. La recepcionista salió y me hizo firmar un libro de registro. “En un momento la atienden”, dijo. Luego regresó y me pidió una identificación oficial. Se la llevó.

Al esperar releí el boletín que Lydia Cacho subió a su blog con motivo del ataque del 31 de mayo. Informaba cómo el marido de una de las víctimas asiladas, un motopatrullero violento, llegó al mediodía del lunes 31 de mayo acompañado de seis patrulleros, todos vestidos de negro, con armas largas. Patearon la puerta para exigir a gritos la entrega de la mujer. La víctima, una joven de 29 años, buscó auxilio en el CIAM luego de que el hombre, en la última golpiza, le fracturara la nariz con una plancha metálica, e intentara ahorcarla. Ella tenía cinco días de haber parido a una niña. De hecho, la cargaba en brazos al momento de la agresión, mientras sus otras dos niñas, de uno y tres años, atestiguaban la escena. Los hombres profirieron amenazas de muerte contra el equipo del CIAM. El centro llamó a las policías municipal y estatal, que no acudieron en su auxilio. Lo que no decía el boletín, y que Lydia Cacho mencionó en una entrevista televisiva con Carmen Aristegui en CNN, es que uno de los policías gritó que iban por ella. Tampoco que cuando se dirigía veloz a las oficinas locales de Seguridad Pública en busca de ayuda, un policía le llamó y alertó: “No se venga para acá, la quieren atraer para levantarla y matarla”.

La recepcionista regresó. Lourdes Castro me recibió en su oficina. Es una mujer de mediana estatura, rasgos y cuerpo recios, cabello lacio y castaño. Vestía blusa azul cielo y pantalón de mezclilla. Hablamos del CIAM, que es una institución modelo y gratuita en México. Lydia Cacho viajó a Nueva York y a España para desarrollar el proyecto: no sólo es un hogar temporal para víctimas de violencia extrema y trata sexual, también ofrece defensa jurídica, atención psicológica y capacitación laboral. El albergue temporal tiene cupo para 60 personas. No todas las víctimas piden refugio, y quienes dejan el lugar tienen consultas de seguimiento. El equipo del CIAM lo integran 33 personas. En el transcurso del año llevan cerca de siete mil atenciones diversas a mujeres e infantes. Sin embargo, en una década de servicio, cambió el perfil de las víctimas. “Hace 10 años, los casos eran de violencia conyugal, y ahora afloran los del crimen organizado”, dijo la psicóloga.

Lourdes Castro conoció desde hace cinco años a Lydia Cacho. Prácticamente desde el lanzamiento de Los demonios del Edén. Ella, como el resto del equipo, recibe atención terapéutica por estar en alerta constante ante posibles ataques de parejas agresoras: llamadas telefónicas, gritos, amenazas, intentos de incursión a las instalaciones. Eso sucede en cualquier refugio de este tipo. No obstante, Lourdes Castro sabe que para el CIAM el peligro se incrementa por el caso de Jean Succar Kuri. Sobre todo cuando se les informó del reciente traslado del libanés a la cárcel municipal de Cancún. “Por eso hemos hecho mucho trabajo de sanación al interior del equipo”, dijo. Sin embargo, la psicóloga considera que, aunque el CIAM no está libre de riesgos, las agresiones del pederasta están focalizadas en la periodista. La psicóloga no se atrevió a asegurar que el motociclista agresor tuviera relación con el libanés.

Lourdes Castro está consciente de que la vida de Lydia Cacho está en riesgo. Pero piensa que nadie tiene la vida asegurada. Admira de la periodista su “fuerza espiritual” para enfrentar su tensión cotidiana. “Lydia es la congruencia entre lo que piensa, dice, siente y hace”, así la definió. Le comento que algunas feministas en privado critican a Lydia Cacho por lucrar y hacerse fama del amedrentamiento en su contra. La psicóloga sonrió y recargó su cabeza en su mano. Niega que el motor de la periodista sea el económico. El compromiso de la comunicadora para con su oficio periodístico y el CIAM es visible, dijo. Puntualizó: “Hay mucha gente que se hace de fama y dinero sin trascender. Lydia ya trascendió”.

***

Lydia Cacho regresó con las segundas tazas de té humeante. Oscurecía en la casa de la Condesa. El tiempo apremiaba, y el agotamiento la vencía. Le pregunté sobre el lanzamiento de su nuevo libro, Esclavas del poder. Antes de empezar, me saltó una duda. Le pregunté por qué si su integridad estaba en vilo, ella seguía escribiendo del tema.

—Una vez que, como periodista, conoces a las víctimas, no puedes decir: “Ya las entrevisté, que las maten”. Claro que no. Uno establece un vínculo, y el contenido de mis libros es real.

En Esclavas del poder, documentó el funcionamiento de redes de prostitución y trata de personas en diversos países como Turquía, Israel y Palestina, Camboya, Japón, Myanmar y México, entre otros. Para hacerlo, la periodista recurrió a las técnicas de Günter Wallraff, maestro alemán del disfraz en el periodismo de investigación. Así pudo compartir mesa con una tratante filipina en Camboya, ingresar a los centros de prostitución japoneses, platicar con bailarinas exóticas sudamericanas, o introducirse, vestida de novicia, a las zonas sórdidas del barrio de la Merced en la capital mexicana.

La obra señala que la trata de personas existe en 175 países, por las que cada año 1.39 millones de personas, la mayoría infantes y mujeres, son sometidas a esclavitud sexual. Lydia Cacho enfatiza que el comercio sexual de infantes no se limita a un asunto de hombres solitarios y perversos, sino que es un fenómeno globalizado de mafias vinculadas al narcotráfico e incrustadas en círculos de poder político y económico. Así puede entenderse, escribió, que en esa larga cadena del crimen organizado participen “mafiosos, políticos, empresarios, industriales, líderes religiosos, banqueros, policías, jueces, sicarios y hombres comunes”.

En su libro Lydia Cacho sugiere la abolición de la prostitución en su conjunto, aun de los grupos de trabajadoras sexuales organizadas, por considerar que facilita la esclavitud sexual. Ella piensa que las mafias de prostitución, pornografía y trata de personas están vinculadas, y que entre éstas coexisten con más frecuencia mujeres y niñas de edades cada vez más pequeñas. En el feminismo se le conoce a su posición como “abolicionista”, lo que difiere de otra posición que defienden el trabajo organizado de trabajadoras sexuales independientes. Marta Lamas, en entrevista vía telefónica, por ejemplo, opina que el trabajo sexual ha existido siempre y no desaparecerá sólo con impedirlo, por lo que es mejor reglamentarlo para otorgar mayores garantías a quienes lo hacen por razones económicas. “Yo me resisto a hacer una condena, así en bloque, a todo el comercio sexual, ni creo que entrar al comercio sexual abra la puerta a todos los males”. En referencia a esa tesis, Lydia Cacho escribió: “La gran pregunta ante esa postura de defensa del trabajo sexual es si los tratantes, las mafias y los clientes, con su perspectiva sexista y misógina, están dispuestos a respetar las reglas de las mujeres”.

Lydia Cacho me escribió un mail desde Madrid, cuando hacía su gira de promoción de Esclavas del poder. “Estoy en friega, muy cansada, estuve en Madrid y Sevilla, sin embargo estoy emocionada y un poco sorprendida del recibimiento de mi libro”. Me dio mucho gusto por ella. Y deseé de corazón que ese estado de ánimo permanezca a su regreso. Sin embargo, no pude evitar recordar las últimas líneas de su libro Memorias de una infamia: “Borrarme de los medios sí pueden, eliminarme físicamente también. Lo que no podrán es negar la existencia de esta historia, arrebatarme la voz y la palabra. Mientras viva seguiré escribiendo, y con lo escrito, seguiré viviendo”.

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Cronista de otro planeta

Publicado: 15 noviembre 2008 en Laura Castellanos
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Los ojos extraterrestres en forma de semilla me observan fijamente desde un estante. Son de un ser gris y cabezón que está acompañado por un desfile liliputiense propio de la película “La guerra de las galaxias”; muñequitos de cabeza grande y cuerpo escuálido, otros de aspecto extravagante y platillos voladores de formas curiosas. El estante enmarca el escritorio frente al que está sentado Jaime Maussan. Estamos en su centro de operaciones del fenómeno OVNI. En el primero de cuatro pisos del edificio angosto y moderno que alberga las oficinas y el estudio de Jaime Maussan Producciones. Es una tarde nublada en Polanco, zona exclusiva colindante con el Bosque de Chapultepec. La vista de su oficina no es panorámica, propia para divisar naves en el cielo. Sólo se ve un árbol y las construcciones que están al cruzar la calle. Viste casual: camisa a rayas, pantalón oscuro. Tras escucharme hablar sobre cómo la gente lo tacha de charlatán, abre los ojos, alza la voz y una mano. “¡Fíjate nada más! ¡Si fuera el siglo XVII me queman en la hoguera!”, dice y la deja caer de un golpe en su escritorio.

Maussan siempre ha sabido que está parado sobre un territorio ridiculizado y sumido en el desprestigio: el de la creencia de que somos visitados por seres de otros planetas. En México nadie es indiferente a su persona. La sola mención de su nombre provoca reacciones de euforia o denuestos iracundos. Mientras un amigo lo ve como el apóstol de una causa incomprendida, otro lo mira como el líder de una secta de fanáticos. Es que en México todas las pasiones de la discusión extraterrestre se hacen nudo en el hombre de mirada somnolienta y hablar enfático. Yo lo llegué a ver como invitado en algún programa de televisión y aguantaba con estoicismo las burlas en su contra. Pero parece que ya le colmaron la paciencia.

El periodista, que comenzó su carrera al lado de Jacobo Zabludovsky —uno de los más famosos presentadores de la televisión mexicana—, y que más tarde hizo la versión local del programa 60 minutos, tiene más de 15 años de difundir testimonios, videos y fotografías de seres extraños y objetos voladores insólitos. Parte del material es realmente excéntrico, como el video de un caballo que parece galopar en el aire, el de los hombrecitos voladores vestidos de negro, o el de un humanoide que, escondido detrás de un poste, jala del brazo a un muchacho. Su cobertura le ha permitido erigir Jaime Maussan Producciones, su empresa próspera que lo convierte en el único investigador del país que produce de forma independiente su programa de televisión, Los grandes misterios del tercer milenio. Lo hace desde su propio edificio, con la tecnología más moderna y un equipo de una treintena de personas. Publica además su revista del mismo nombre. Sus seguidores abarrotan las conferencias de paga que el periodista presenta dentro y fuera del país, y adquieren sus artículos a través de su página en internet: libros, videos, pulseras, telescopios, binoculares, así como medallones y relojes con los diseños de los célebres círculos de los campos de trigo de Inglaterra. Recientemente incursionó además en otro giro, abrió el restaurante El asadero de Maussan, decorado con fotografías de su colección particular. “Arracheras de otro mundo”, reza su promoción. Las arracheras son un corte de carne local.

Su buena fortuna empresarial no le ha dado, sin embargo, la dicha completa al periodista, pues se dice un hombre incomprendido por sus detractores. Por un lado le reprochan comercializar con el fenómeno ovni. “Vende todo”, dice Germán Saavedra, un creyente de la vida intergaláctica. Maussan argumenta que, con los años, abandonó su visión “romántica” de la profesión y descubrió su vena empresarial, lo que le ha permitido que su proyecto se expanda con éxito. No obstante, dice que no está guiado por un mero interés económico. “Una de las cosas que más me dan coraje es que digan que yo hago esto por dinero, la verdad es que no. Si yo quisiera hacer dinero, me hubiera dedicado a otras cosas”.

Pero lo que en realidad le enoja al periodista es que se ponga en duda su seriedad profesional. El caso que puso de manifiesto la animadversión en su contra ocurrió cuando la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) le entregó en exclusiva el video de un presunto avistamiento de ovnis por parte de pilotos militares en 2004. La comunidad científica enardeció. “Se dedica a difundir información sin base”, dice Mario Méndez, presidente de la Sociedad Mexicana para la Investigación Escéptica. “No tiene formación científica”, apunta Rafael Navarro, el único investigador latinoamericano que colabora con la National Aeronautics and Space Administration (nasa) en la misión de exploración en Marte, y que en su momento aseguró que las luces del filme eran centellas. Astrónomos circularon un manifiesto denostándolo, otros lo integraron a una lista de indeseables en la que hay cazafantasmas y astrólogas con línea telefónica, y la Sociedad Astronómica Julieta Fierro Grossman de San Luis Potosí hizo escarnio de su persona rompiendo una piñata con su figura en la Navidad de 2006. Para Julieta Fierro, la astrónoma más reconocida en México, el periodista “es un charlatán” que bien podría ser denunciado por fraude en la Procuraduría del Consumidor. “¿Sabes por qué me odian los científicos?”, me pregunta Maussan y estalla contra sus oponentes: “¡Porque la gente me reconoce más que a ellos!, ¡eso no lo soportan! ¡Yo hago más difusión científica que ellos! ¡Les guste o no! ¡Hicieron una piñata de mi persona para darle palos! ¡Fíjate nada más! ¡La anticiencia! ¡El anticristo!”.

No obstante, Maussan también tiene como adversarios a otros especialistas del tema. En internet circulan señalamientos en su contra por monopolizar o falsear material. “Es un estafador”, así lo tacha el ufólogo pionero de México, Pedro Ferriz Santacruz, en una entrevista con el diario La Crónica. Y otro de sus oponentes, el capitán de aviación Alejandro Franz, que encabeza el Centro de Estudios Paranormales y Aeroespaciales Anómalos en México (Alcione), lo acusó en su página de cometer 34 timos. “¡Las palabras de Jaime Maussan son un insulto a la inteligencia de los mexicanos! Aquí le presentamos algunos de los múltiples fraudes que ha creado y promovido el deshonesto”, dice la introducción de la lista. Maussan reconoce que quizá en alguna ocasión haya sido engañado o se haya equivocado, pero eso es diferente a mentir. Se enciende: “Me molesta mucho cuando alguien me da el calificativo de ‘otro fraude de Maussan’. ¿Otro? ¿Pues cuál fue el primero? ¡Nunca he hecho un fraude en mi vida! ¡Y escríbelo! para que si alguien sabe algo, ¡pues que lo diga! ¡No tengo miedo de nada!”.

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Cómo un periodista convencional se involucró en un tema tan polémico se explica con la historia misma del fenómeno ovni. Todo comenzó cuando el piloto estadounidense Kenneth Arnold aseguró ver naves con forma de platos en junio de 1947, de ahí el nombre de platillos voladores. Luego en la aeronáutica anglosajona se acuñó el término ufo (unidentified flying object), cuya traducción es objeto volador no identificado (ovni). No sólo denominan a los platillos voladores, sino también a todo aquello que vuele y no se reconozca como avión, helicóptero, globo metereológico o comercial. Maussan nació en la capital mexicana en 1953, en el marco conocido como la primera gran oleada de ovnis en el país y en la víspera de que ésta inspirara el chachacha “Los marcianos llegaron ya”. También nació en el año fatal del calendario ufológico. Es decir, cuando inicia su labor el comité Robertson Panel, que para Fernando Correa, colaborador de Maussan, fue creado “como estrategia de la cia” (Central Intelligence Agency) para ridiculizar el asunto. Según esta versión, el Gobierno de Estados Unidos temió que los múltiples testimonios de contactos extraterrestres generaran histeria y confusión, porque esto podría ser utilizado por la Unión Soviética. Estaban en la Guerra Fría. Tenían presente el pánico que en 1938 detonó la dramatización radial de La guerra de los mundos, de la novela homónima de Herbert G. Wells, en la voz de Orson Wells. Cerca de dos millones de estadounidenses se perturbaron entonces al creer que la narración de una invasión alienígena era real. A partir de 1953, el comité de la cia desecharía más de dos mil testimonios de avistamientos y, en opinión de Correa, definiría la estrategia mediática que impera hasta la actualidad: la de reducir el fenómeno a un cuento de hombrecitos verdes platicado por gente que fantasea o quiere notoriedad.

Maussan tenía 12 años de edad cuando sucedió la que es nombrada como la mayor oleada de ovnis en México. Fue en 1965 y prácticamente cubrió el país. Carlos Guzmán, director del Centro Investigador de Fenómenos Extraterrestres, Espaciales y Extraordinarios (cifeeeac) hizo en años posteriores una búsqueda hemerográfica notable. Posee más de 800 notas periodísticas que cubren de abril a noviembre de 1965. “Hay gran diversidad de reportes de aterrizajes, observación de humanoides, avistamientos y dos casos de contactados”, explica Guzmán. Entonces a los platillos voladores los llamaban “platívolos”. Diarios de Sinaloa, Guerrero, Oaxaca, Aguascalientes, publicaron información. Últimas noticias de Excélsior recogió en una nota el clima de miedo en la capital mexicana. “La psicosis plativólica cunde en el DF”, decía su titular. Estaba acompañada de la foto de un grupo de transeúntes que miraban al cielo horrorizados. Maussan escuchaba a sus compañeros de escuela compartir sus experiencias. Él se subía a la azotea de su casa y peinaba el cielo. Nunca vio nada.

Tres oleadas menores fueron registradas en los tres siguientes años. A mediados de 1969 en México se estrenaba el primer espacio dedicado a la materia, el programa televisivo Un mundo nos vigila, de Pedro Ferriz Santacruz. Maussan tenía entonces 15 años y era su telespectador. Luego le siguió el programa Juicio a los ovnis de Ramiro Garza. Ya en los años setenta salieron dos publicaciones que se hicieron clásicas: Duda, famosa por narrar sus historias en cómic, y su hija, Contactos Extraterrestres. Guzmán, en su libro Testimonios ovni, escribe que en la década de los años ochenta sucedió “el declive de las observaciones”. Es, paradójicamente, cuando Maussan se acerca periodísticamente al asunto. En 1984, él había rebasado los 30 años y era reportero de 60 minutos, conducido por Juan Ruiz Healy, programa que impuso un estilo en el periodismo de investigación. Aunque sus coberturas versaban sobre temas sociales y del medio ambiente, Maussan propuso hacer un programa sobre el caso de Billy Meier, un suizo que afirmaba tener contacto con seres de las pléyades. Maussan reúne fotografías y filmes con imágenes desconcertantes, como la de un artefacto que oscila a lo lejos sobre un valle boscoso. Sube, baja en altura y genera sonidos electrónicos chillantes. “El programa tuvo un gran éxito y de alguna manera marcó mi vida”, recuerda.

Es hasta el eclipse total de Sol del 11 de julio de 1991 que de nuevo cobran auge los testimonios de avistamientos en México, y Maussan surge como su portavoz principal. El eclipse causó grandes expectativas, cientos de personas se hicieron de cámaras de video para grabarlo. Fueron seis minutos y 54 segundos de oscuridad. En la capital mexicana algunas lentes captaron una esfera brillante. Los escépticos dijeron que se trataba de Venus. El debate se abrió en los medios de comunicación. Uno de los ufólogos pioneros en México, Luis Ramírez, era también director de prensa de Televisa. La televisora transmitía entonces un popular programa llamado Y usted… ¿Qué opina?, conducido por Nino Canún los viernes en la noche. Los invitados de posturas contrarias tocaba asuntos polémicos. La duración del programa dependía de las llamadas del público. Canún las leía al aire y el debate arreciaba. Ramírez persuadió a Canún de organizar una discusión sobre ovnis. Luego invitó a Maussan. Éste se negó. “Yo pensaba que, como periodista, no era bueno que me involucrara”, dice. Ramírez también lo convenció. El primer programa fue realizado con creyentes y escépticos una semana después del eclipse. Fue un éxito. Duró de 11 de la noche a siete de la mañana. Ramírez persuadió de nuevo a Canún de hacer otro programa, pero ahora sin escépticos. Canún pensaba que sin controversia no habría rating. Se equivocó. Maussan asistió de nuevo y presentó el material que telespectadores le habían enviado. Y usted… ¿Qué opina? rompió récord. Ramírez tuvo que cortar el programa porque ya no tenían casetes para continuar grabándolo. Rememora: “Duró 11 horas con 10 minutos, fue histórico”.

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Maussan se ve abrumado. Hace unos días regresó de Brasil y tiene que dejar grabados varios programas, porque se ausentaría de nuevo para tomar vacaciones. “Me iré con unos amigos a una casa flotante en un lago”, me dice. Nos veremos en dos ocasiones más, previo a su viaje a Inglaterra en busca de los diseños complejos que cada agosto aparecen en campos de trigo. Observo la cabellera blanca. “Tanto pelo no es posible, te aseguro que usa peluquín”, me había dicho una tía. La charla se realiza con breves interrupciones, porque de pronto llama a alguno de sus colaboradores para que ahonde cierta información.

—No voy a hablar de mi vida personal —me advierte. Lo cumple a medias.

Me cuenta de sus raíces paternas sirio-libanesas. De cómo sus abuelos llegaron a México con una máquina de coser y un ropero. Su padre fue un encumbrado ganadero y apoderado taurino, Abraham Ortega fue su seudónimo. Su apellido materno es Flota, de origen yucateco, y su madre es maestra universitaria de literatura. Maussan tuvo un hermano y dos hermanas. Se inició profesionalmente con la crónica taurina, pero cuando tenía 24 años su padre falleció, lo que le provocó el mayor dolor de su vida y que lo marginaran del mundo de la “fiesta brava”. Terminó volcándose al periodismo de investigación. Se formó con Zabludovsky, uno de los periodistas legendarios de México, quien le consiguió una beca para que hiciera estudios de periodismo en la Universidad de Miami, campus Ohio. Luego se incorporó a 60 minutos, donde realizó trabajo reporteril, editorial y de dirección a lo largo de 17 años. El programa pretendía despertar “la conciencia social” en temas rezagados del país. Maussan cubrió reportajes sobre el tráfico de sangre, la destrucción de la capa de ozono, la explosión demográfica, y el riesgo inminente de un terremoto en la capital mexicana. Dice que este último trabajo nunca salió a la luz porque quedó bajo los escombros del terremoto de 1985. Sus reportajes lo hicieron acreedor del Premio Nacional de Periodismo y también fue reconocido por el National Population Council por su trabajo sobre el crecimiento poblacional. La distinción se la entregaron en el Capitolio, en Washington DC. Me enseña la foto, es de 1982. Muestra a un Maussan flaco, barbón, cejudo, con una melena negra, abultada. “Parezco fadayin”, dice. Me pide que charlemos un poco más y continuemos al día siguiente porque tiene que ir al estilista.

—¿Le crece mucho el pelo? —no me aguanto la indiscreción.
—De forma pasmosa.

Maussan cree que fueron las circunstancias las que lo arrojaron al mundo extraterrestre. Él mismo asegura haber sido testigo del avistamiento de un ovni en 1992, y de dos seres extraños en una cañada de La Rumorosa, en Baja California, en la que hubo reportes de un aterrizaje. Pero le resta importancia a sus experiencias porque considera que su tarea debe ser de investigación y divulgación. Primero dio a conocer la historia del suizo Billy Meier, que le dio notoriedad sobre el tema. Luego, tras los programas de Canún de 1991, lo buscaron jóvenes que querían colaborar con él. “Fue abrumador, abrumador”, dice. Se le ocurrió entonces crear un grupo: Los vigilantes, que tiene como tarea el subir a las azoteas y grabar cualquier objeto volador no convencional. Luego vinieron más programas con Canún y ahí presentó el material de Los vigilantes y el interés creció. “Nino me dijo: ‘¿Por qué no haces conferencias?’”. Maussan tenía un relativo pánico para presentarse en público, pero al final lo hizo. Primero acudía gratuitamente a universidades, la gente atestaba los auditorios. Luego una universidad del norte del país le pagó los gastos. Maussan estaba mal económicamente y aceptó, por un tiempo sus conferencias se convirtieron en su principal ingreso. En 1994 se casó y en 1997 inició la primera fase de su programa de televisión Tercer milenio, “que tuvo mucho éxito porque se produjo un año y se repitió cinco más”. Maussan estuvo fuera de la televisión por seis años. El programa volvió a producirse a partir de junio de 2004.

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Ser vigilante es una tarea cansada y generalmente ingrata. Tienen que estar por horas en la azotea, de pie, a la intemperie, respirando el aire contaminado de la capital, con la mirada hacia el horizonte, ahora hacia arriba, volteando detrás, la mano lista para activar la cámara de video o de fotografía. Y todo para que si logran registrar algo se vea generalmente como un puntito lejano, borroso, que a pocos convence. Deben enfrentar además la burla y las presiones de propios y extraños. Así le pasó a Demetrio Feria, el pionero de Los vigilantes, pues su esposa se enojaba porque él podía pasarse desde la mañana hasta el oscurecer de un sábado en el techo de su casa, sin siquiera bajar a comer. La situación ameritó que su cuñado hablara con ella: “Qué prefieres —le dijo—, tenerlo aquí grabando sus ovnis o que se vaya a una cantina”. El pleito terminó. Feria es uno de los vigilantes surgidos tras el eclipse de 1991 y quizás el hombre que más registros ha hecho en el país: dice haber grabado 500 videos de ovnis. No sería para menos, pues según los ufólogos locales ésta es la ciudad más visitada por naves interestelares en el mundo. El grupo de Los vigilantes de Ciudad de México oscila actualmente entre cinco y 10 personas: trabajadores varios, desempleados y jubilados.

Me doy a la tarea de vivir brevemente la experiencia de ser vigía de las alturas. Acompaño a Arturo Robles Gil, que dejó la fotografía de arquitectura por la de los platillos voladores, y contra quien circula una acusación de fraude fotográfico en internet por parte de los adversarios de Maussan. Él lo niega. En la primera jornada de observación no ocurrió nada. Duró sólo un par de horas, por lo que debo intentarlo otra vez. Es una mañana nublada, algo fría. Son las 9:00 am de un domingo y estamos en la azotea del edificio de cinco pisos donde vive Robles Gil, en la colonia Del Valle, en medio de la gran ciudad. El vigilante sube dos veces al día con su cámara digital Canon a hacer su labor. Primero, como otros, empezó a hacerlo por entretenimiento, pero ahora, como Feria y Carlos Clemente Alonso, también se ha integrado al equipo de Maussan. La primera jornada de observación siempre la realiza de nueve a 11 de la mañana, porque dice que es cuando hay más posibilidad de grabar avistamientos, particularmente los domingos porque el cielo está más despejado de esmog y tráfico aéreo. Luego de su turno dominical Robles Gil, como buen católico, acostumbra ir a misa.

Él se ha especializado en videofilmar unos objetos extraños a los que Maussan les ha dado el nombre de ebanis: entidades biológicas anómalas no indentificadas. En pantalla, Robles Gil me muestra diversos videos de una especie de tubos flexibles, rojos, amarillos, blancos, negros, de apariencia acordonada, que parecen volar con suaves movimientos serpenteantes. Su cámara se abre para buscar alguna referencia orográfica o urbana y luego se cierra, a través de su zoom, sobre su objetivo. Sin el zoom tales cosas serían apenas perceptibles a simple vista. Dice que por la altura deben medir de cien a 300 metros de longitud. Esto nada tiene que ver con la imagen tradicional de las naves de la película Encuentros cercanos del tercer tipo de Steven Spielberg. Sus videos —una decena— son perturbadores, pues en alguno se observa a los tales ebanis contraerse por un extremo para arrojar unas esferas transparentes sobre Ciudad de México. ¿Qué son? Lo ignoro, pero sus filmes pueden verse en la página de Youtube.

Esta mañana estamos pues a la caza de algún ebani. Soy escéptica. “¿Cómo pueden ser reales esas cosas?”, me pregunto, pero también me mueve el morbo —y el miedo— de que una de ellas aparezca. El cielo se ha ido despejando, pasan los minutos. Nada. Al acercarse las 11 de la mañana yo tengo hambre y quiero ir al baño. Estoy por desertar de la misión cuando Robles Gil exclama: “¡Ahí hay algo!”, al tiempo que enciende su videograbadora. No es un ebani, me aclara. “No se mueve como globo, no tiene hilo, no tiene bamboleo —repite—. Más bien es un ovni”, concluye. Yo sólo veo en la lejanía un puntito plateado, por momentos luminoso, que se desplaza de derecha a izquierda, o como diría un vigilante, del noroeste al suroeste de la ciudad. En un momento hace un zigzag y vira su dirección en un ángulo de 45 grados para ascender en línea recta. “Parece que viene para acá”, expresa Robles Gil con asombrosa tranquilidad. Lo repite en tres ocasiones. “No, no creo”, respondo algo asustada. El puntito desaparece entre las nubes. En el video de cuatro minutos se aprecia una esferita metálica con los polos oscuros que realiza movimientos giratorios. ¿Qué era? ¡No lo sé! Pero no mereció ser incluida en Tercer milenio.

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En enero de este año Maussan tuvo una confrontación televisiva cuyas escenas circularon en Youtube, para diversión de algunos y enojo de otros. Asistió al programa de espectáculos Ellas con las estrellas para hablar de una formación con apariencia humana que captó en Marte el vehículo explorador Spirit de la nasa y que presentó en Tercer milenio. La prensa la bautizó como “La sirena de Marte”. Una de las conductoras, Elsa Burgos, puso en duda la hipótesis de Maussan de que podría tratarse de un ser vivo y no lo dejaba hablar. Él se exasperó. Trataba de interrumpirla, como no podía, silbó por un momento. La mujer le dijo: “¡Es la persona más grosera que conozco!”. El periodista le respondió: “¿Ah sí? ¡Qué barbaridad!”. Tuvo que intervenir otra conductora para mediar el asunto. “La suspendieron varios días”, dice Maussan de Burgos.

El periodista considera que en contraste a los denuestos el apoyo de su público va en crecimiento. Dice que prueba de ello es su programa Tercer milenio, hecho en sociedad con Televisa, pues su rating ha subido gradualmente, llega a cuatro puntos y tiene picos de seis o siete. Tercer milenio dura dos horas y aborda segmentos con novedades de información científica, astronómica y ecología. Maussan además entrevista en el estudio a sus patrocinadores y transmite reportajes de sus servicios: empresas de calentadores solares y de impermeabilizantes para techos elaborados con llantas recicladas, clínicas nutricionales, de operación de los ojos y otra de atención a la columna vertebral. También destina un espacio a su Asociación Niños de Oro, por medio de la cual consigue apoyos materiales para infantes de clases populares que tienen calificaciones de excelencia. Pero reconoce que la gente lo ve por el tema de los ovnis. A sus oficinas llega cotidianamente un alud de material de presuntos avistamientos que la gente envía gratuitamente al programa. Clemente Alonso dice que cada semana recibe por lo menos cien correos cibernéticos con imágenes, muchas de ellas lejanas o fuera de foco. “Noventa por ciento pueden ser estrellas, globos, aviones y hacérselo saber a la gente es más difícil que decir públicamente que uno tiene un caso de un ovni”, expresa. De todo el material sólo 10 por ciento será mostrado en el programa o la revista. “Es que Maussan ya no quiere puntitos, si no cosas espectaculares”, apunta Feria, responsable también de monitorear el canal de televisión de la nasa. Maussan no tiene idea de qué cantidad de fotos y filmes ha reunido en 15 años pero ahora trabaja en su digitalización.

Maussan considera que en la medida en que el tema ovni se ventile, la balanza se irá inclinando hacia su lado. De hecho en México así parece estar ocurriendo, porque él se está poniendo de moda. Maussan aparece en un capítulo de la popular serie televisiva Los simuladores y en dos películas mexicanas por estrenarse este fin de año: Navidad SA y Seres: Génesis (2008). El periodista afirma que en febrero pasado la Organización de las Naciones Unidas (onu) tuvo una reunión a la que acudieron representantes de los gobiernos más poderosos y de El Vaticano para discutir sobre la urgencia de abrir el tema por el aumento de avistamientos en el mundo. Cree que el famoso conductor Larry King de CNN sería “la punta de lanza” de la estrategia, pues ha dedicado cinco programas al asunto en el primer semestre de 2008. Asegura que otras grandes cadenas televisivas como la CBS y Fox ya incluyen con frecuencia noticias de ovnis, y que History Channel y Discovery Channel, han transmitido recientemente programas de análisis del fenómeno. Otra prueba para él de dicha estrategia es que en mayo pasado El Vaticano reconoció en su periódico L’Osservatore la existencia de la vida extraterrestre. El director del Observatorio Astronómico del Vaticano, José Gabriel Funes, declaró entonces: “Al igual que existen multiplicidad de criaturas en la Tierra, también podría haber otros seres inteligentes creados por Dios”. Una prueba más para el periodista es que ex astronautas como Edgar Mitchell, tripulante del Apollo 14, por vez primera han hecho revelaciones. En julio pasado Mitchell declaró en la radio que desde hace 60 años el Gobierno de Estados Unidos tiene contacto extraterrestre y que la nasa lo ha ocultado.

Maussan piensa que las evidencias de la presencia extraterrestre en el planeta terminarán acallando a sus detractores. “¿Cómo pueden decir que tanta gente miente? ¿Tantos pilotos, investigadores? ¿Tantos videos y fotografías?”. Está convencido de que la mencionada estrategia de la onu preparará a la humanidad para el contacto con seres intergalácticos en un futuro cercano. Suena a película de Steven Spielberg. “El tiempo nos dará la razón”, advierte Maussan en cada programa de Tercer milenio.