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Las vías del tren están a pocos metros, al otro lado de la calle sombreada por árboles añosos. Detrás de pequeños muros, detrás de pequeños jardines, detrás de rejas bien pintadas, las casas se ven sólidas y limpias como si acabaran de pulirlas. Es mediodía y hay un silencio de siesta, sin autos, sin gente. Nada ha cambiado mucho en los últimos cien años. Las vías del tren ya estaban allí, algunos de estos árboles ya estaban allí. La casa también. Ocupa toda la esquina de esta calle de Olivos, un suburbio elegante de la zona norte de Buenos Aires, pero apenas se ve al otro lado de la puerta de rejas, del muro agobiado por la hiedra. El timbre emite un ruido ronco, doloroso. Por el portero eléctrico se escucha la voz de una mujer.

—¿Quién es?
—Vengo a ver a Dolly.
—Pasá.

La puerta de rejas se destraba con un zumbido y se abre a un jardín selvático, oscuro. Al otro lado espera una mujer mayor, el pelo a la altura de las orejas, las puntas peinadas hacia dentro. Es menuda, de aspecto vivaz, la piel muy blanca.

—Hola. Yo soy la cuñada.

Aquí no debería haber una cuñada. Debería haber, tan sólo, dos hermanas: una de ellas olímpica, noventa años, más de un metro setenta; la otra, tres años menor, de aspecto desconocido. Entonces: ¿cuñada de quién?

—Llegaste —dice una voz potente que proviene de la penumbra, a espaldas de la mujer menuda—. Qué puntual. ¿Tenés sangre inglesa?

La mujer olímpica, noventa años, más de un metro setenta, camina hacia la luz del recibidor. Usa un vestido estampado, azul y blanco, por encima de las rodillas.

—Pasá. ¿No tenés problemas con los gatos? Tenemos catorce.

La mujer menuda saluda y desaparece. La mujer olímpica ve el grabador y dice:

—Juan siempre decía: “Sin grabador”. A mí no me molesta. Ahora lo van a traducir al turco. Pobre Juan.
—¿Por qué “pobre”?
—Querida, ¿vos sabés turco? Una traducción así no se puede controlar.

Hay algo, en la celeridad con que empieza a hablar de Juan, que lo aclara todo. En esta casa viven, de hecho, dos hermanas. Esta mujer —Dolly, Dorotea Muhr, viuda del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, autor de La vida breve, Los adioses, El astillero, ganador del premio Cervantes, fallecido en 1994— y su hermana Nessy: la mujer menuda. Sólo que Nessy es, también, cuñada de Onetti. Y esa forma de presentarse —“soy la cuñada” (de Onetti) y no “soy la hermana” (de Dolly)— devela que él es el hombre en torno al cual ha girado siempre la peregrinación de propios y extraños hacia esta casa: en torno a los libros de Juan, el insomnio de Juan, el exilio en España de Juan, la cama de la que no salía nunca Juan. Devela que nadie ha venido aquí a preguntar por la mujer con la que Juan compartió la escritura, los libros, el insomnio y el exilio durante cuarenta años de toda una vida hasta el día de su muerte.

Dolly Muhr señala una puerta lateral que da paso al comedor diario:

—Pasá. ¿Qué vas a tomar? ¿Café, agua, Coca Cola?

Afuera hace treinta y seis grados pero el comedor se mantiene fresco. Las ventanas, cubiertas por cortinas de hilo, apenas dejan pasar la luz violenta. Dolly sale por la puerta que da a la cocina. Se mueve con rapidez pero un tanto endurecida. En junio de 2015 se cayó y se quebró la cadera mientras paseaba por Salamanca, España. Por eso, aunque pasa la mayor parte del año en Madrid, el verano de 2016 la encuentra en la casa donde nació, recuperándose a fuerza de caminatas. Cuando regresa, apoya sobre la mesa una botella de Coca Cola y dos vasos.

—Estoy más en España que acá. Si no fuera por la cadera ya estaría en Madrid. Las mujeres tenemos que estar más atentas al calcio. ¿Vos comés carne?
—Sí.
—¿Te pican los mosquitos?
—No mucho.
—¿Ves? Mi hermana tiene la teoría de que no le pican porque es vegetariana. Ella tiene cada idea sobre la dieta. Es de las pocas personas que conozco que nació y va a morir, como ella dice, en la casa donde nació. No tiró nada. Tiene todo. Hasta la bañera de cuando éramos chicas.

La mesa del comedor parece arrinconada ante el embate de muebles que llenan la habitación de tres por tres: un televisor, una cómoda sobre la que hay catorce portarretratos y cuatro arreglos florales, una estantería con libros, una cajonera, un piano vertical sobre el que hay cinco portarretratos y una lámpara, un hogar a leña sobre el que hay cinco arreglos florales, una mesa redonda sobre la que hay un equipo de música, una biblioteca repleta de libros y estatuillas de porcelana —gansos, campesinas, músicos, gatos—, un vitrinero de vajilla antigua, una mesa pequeña, una mesa más grande, un sofá, un taburete.

—Qué cantidad de objetos.
—Bueno, son cien años de vivencia.

Cien años sobre los que ella, que tiene diez menos, habla poco.

***

Cinco días atrás:

—Hola, quisiera hablar con Dorotea Muhr.
—Soy yo.

Habla en un tono paródicamente marcial, tajante, divertido. Pregunta:

—¿Vos lo leíste a Juan?
—Claro.
—Qué lindo.
—Pero quiero hablar de usted.
—Bueno. No sé qué te puedo contar.

***

A principios del siglo pasado, el padre de Dolly Muhr se fue de Austria, donde había nacido. Quería ser músico y su padre, dueño de viñedos, no lo dejaba, de modo que partió a Inglaterra. Al llegar allí se desató la Primera Guerra Mundial y, para evitar que lo llamaran al frente, pensó en cruzar el océano. Un panadero le prestó plata para un pasaje a Nueva York, pero el buque estaba repleto y terminó en Buenos Aires. Por su parte, la abuela de Dolly Muhr, inglesa, se casó con un francés y viajó a Buenos Aires. Cuando empezó la guerra el francés marchó al frente, donde lo mataron. La mujer se quedó sola, primero con tres hijos —un varón, dos mujeres—, después con dos porque una murió de meningitis. La otra, Dorotea —le decían Dodo— se hizo mujer y en 1924 conoció a un austriaco que se ganaba la vida dando clases de inglés: el padre de Dolly.

—Mi madre dice que fue un coup de foudre. Y así nací yo.

Quizás de esa mezcla de idiomas y nacionalidades —o quizás porque las hermanas hablan, entre ellas, inglés— proviene el extraño acento del español que habla, rudo, duro en las consonantes.

—Nessy nació en 1928. Mi padre hizo esta casa. Acá había un baldío. Le puso Villa Dodo por mi madre. A mí me decían Dodita. La única que me dice Dodita es mi hermana. Para el resto soy Dorotea o Dolly. Que no me gusta. Es muy cursi.

—¿Su padre cómo se llamaba?
—Hans. Juan. Como Juan. Juan y Juan. Fue viajante de comercio, trabajó en una empresa de acero. Pero sólo le interesaba la música. Tocaba el cello. Pero con la música no podía mantener a una familia. Yo empecé a tocar el piano a los siete años, pero cuando Nessy tuvo cinco me dijo: “Vos salí”. Me echó. Entonces me fui a tocar el violín con papá y ella se quedó con el piano. Pero fue perfecto, porque a mí me encantó estar en las orquestas.
Y ella es una pianista increíble. Es el genio de la familia. ¿Vos sabés música?
—Si.
—¿Qué tocás, tocás algo?
—La guitarra.

Se echa hacia atrás, fingiendo sobresalto.

—Ah: chin chin chin chin.
—No. Guitarra clásica. Bach. Esas cosas.

Su mirada se cubre, de pronto, de respeto absoluto: de total reverencia.

—¡Qué bien! ¿Y tocás?
—Hace mucho que no.

Es difícil saber, entonces, si lo que refleja su rostro es indignación o dolor. En una habitación del piso de arriba, guardado en su estuche, está el violín que ella, desde que dejó la Orquesta Sinfónica de Madrid, no ha vuelto a tocar.

***

En las entrevistas le preguntan: “¿Por qué Onetti nunca quiso regresar a Montevideo?”; “¿Cómo vivía Onetti en España?”; “¿Realmente Onetti no salía de la cama?” Nunca parece molesta por el hecho de que nadie pregunte cómo fue, para ella, dejar Montevideo, exiliarse en España, estar con un hombre que vivía en la cama.

—Siempre le preguntan por Juan.
—Obviamente. Todas las entrevistas que he tenido eran por Juan, no por mí.
—¿Eso no la incomoda?
—¡No! ¿Por qué? Me parece maravilloso.
—¿Usted siente que, de los dos, él era la figura importante?
—Qué pregunta tonta, querida. Claro. Él era único.

A veces habla en presente. Dice “Juan es de Cáncer”. O “Mientras yo salgo, él se queda leyendo”.

***

En el recibidor de entrada, además de tres sillones, una mesa, un perchero, un mueble de mimbre con vinilos, dos bibliotecas rebosantes, hay, sobre un esquinero, un aparato que permite el discado rápido a los bomberos, la ambulancia y la policía. Debajo del aparato, un cartón en el que, con lápices de colores, están listados los nombres y los años que tenían algunos de los gatos de la casa en 2013: Pussycat 4 y medio, Boy Blanche 5, Triggy 5, Belladonna 4 y medio, Kinderlein 1 y medio, Rashomon 2 y medio.

—Nosotras empezamos a estudiar música a los siete años en un conservatorio que estaba en la esquina. Un horror. Mi hermana siempre lo odió un poco a mi padre porque no se dio cuenta de que ella era un genio. Perdimos ocho años en ese conservatorio.
—¿A qué colegio iban?
—Al Northlands. Otra burrada de mis padres.

El Northlands es un colegio de gran fama, bilingüe, sólo para mujeres. Allí se educó, entre otras, Máxima Zorreguieta, reina de Holanda.

—Salimos de ahí y nos mandaron a aprender traductorado público, que también era sólo para mujeres. Yo no sabía cómo relacionarme con los chicos. Lo que pasó después fue inevitable.
—¿Qué pasó?
—Que me dediqué a enamorarme de los amigos de mi padre. Me enamoré de un director de orquesta. Yo tenía 17, 18. Fui a escucharlo a la iglesia, el Réquiem de Mozart. Ay, ay, ay. Salí de ahí enamorada. Pero no existe el amor. Es una especie de fetichismo, de brujería. Bueno, al director me lo descubrieron. Y se armó lío. Porque él era casado.
—Entonces llegaron a tener una relación.
—No, no. Yo no tuve relaciones con nadie hasta que Juan….
—No. Me refería a que tuvieron una relación. Que salían.
—Sí. Pero no más que un beso. Siempre me respetaban. Porque tuve varios hombres de edad. Pero nunca llegué a una cama. Ni siquiera a un sofá. Cuando me descubrieron, mi padre me encajó para que leyera los diez volúmenes de Jean-Christophe, la novela de Romain Rolland. ¿La leíste?
—No.
—Bueno. Trata de dos muchachos que se enamoran. Y después otros diez tomos de dos mujeres que se enamoran. Fue peor. Yo creo que la adolescencia es una trampa mortal. Esa pasión que sentís todo el tiempo. Una pasión que no es verdad, todo es delirio. Es como si estuviéramos un poco narcotizadas. Y me metí con Juan con la misma locura. Con Juan caías. Cuando llegó Juan, yo sabía que eso sí. Que eso era.
—¿Cómo supo?
—Porque me sentía absolutamente dominada y completa con él.

***

Con múltiples ventanas que dan al jardín, la sala de música que Hans Muhr construyó para su hija menor, Nessy, es la habitación más grande y mejor ubicada de la casa. Allí, en medio de sillones, sillas, taburetes, mesas, bibliotecas, vitrinas y dos pianos de cola, ella estudia y da clases a más de treinta alumnos. A un lado de la sala, bajo la escalera que lleva al piso de arriba, está la cocina pequeña, oscura. A los pies de la heladera siempre hay recipientes con comida para gatos.

***

Cuando Dolly conoció a Onetti él ya llevaba dos matrimonios (se había casado con dos de sus primas hermanas, a su vez hermanas entre sí, y había tenido un hijo, Jorge, con la primera), e inauguraba el tercero con Elizabeth María Pekelharing, una holandesa con quien compartía trabajo en la agencia de noticias Reuters. El mismo año en que se casó con ella —1945— conoció a Dolly. La leyenda dice que la vio por la calle, con el violín, y le dijo a su mujer: “Qué maravilla de criatura”. Su mujer dijo: “¿Querés que te la presente? Fuimos compañeras de colegio”.

—Yo era amiga de la mujer de Juan. Habíamos ido al colegio juntas. Juan un poco se enamoró de mí cuando me vio la primera vez. Yo no, porque estaba metida con otra persona. Él se dedicó a seducirme y ganó. Tuvimos una relación clandestina de diez años. Sufrí horrores. Pero estaba decidida a quedarme como la mujer que vive en la sombra. Íbamos a una casa de citas, un motel. Conocí todas las casas de citas de Buenos Aires. Una vez nos tocó esperar con unas parejas y se conocían los hombres. El tipo dice: “El mundo es un pañuelo”. Y Juan dice: “Sí, y bien sucio”. Genial, ¿no?
—Usted no sentía vergüenza.
—¡No! Yo estaba con el tipo más maravilloso del mundo. Desde el principio con Juan tuve relaciones porque sabía que era mi hombre. Pero yo sufría, y él tiene que haber sufrido viendo lo mal que lo pasaba yo.
—Jamás le pidió que se separara.
—No, jamás. Yo lo entendía. Los hombres son cobardes. No quieren hacer daño. Además, yo era amiga de la holandesa. Era una mujer muy divertida. A mí me encantaba. Y siempre nos veíamos, porque formábamos parte del mismo grupo.

En 1949 nació María Isabel (Litty), la segunda hija de Onetti. Un año después él publicó La vida breve, donde aparece el personaje de una violinista: “Aprovechaba las pausas para contemplar el perfil asexuado, la nariz recta, los ojos enceguecidos bajo el caso de pelo rubio y rizado; la sensualidad, escasa y trágica, le rezumaba por el ángulo de la boca”.

—Cuando la holandesa tuvo a Litty fue durísimo. Pero yo era muy pasiva con Juan. Me sentía totalmente dominada por él. No dominada en el mal sentido. Entregada, que es mejor.

Toma un trago de gaseosa con la avidez del que mastica: como si la Coca-Cola fuera un bife, una cosa sólida.

—Después que murió Juan, me analicé durante diez años. Y me di cuenta de la búsqueda de papá a través de los hombres de los que me enamoraba. Mi padre usaba chaleco, y Juan se ponía su chaleco y me decía: “Te gusta, ¿no?” Era como volver ahí. A eso. ¿Te das cuenta? Juan entendía a la gente.

En Construcción de la noche, una biografía de Onetti escrita por María Esther Gilio y Carlos María Domínguez en 1993, Onetti dice: “Cuando una mujer se siente amada totalmente, se entrega como una niña y es feliz siendo niña (…) A mí me gustan las mujeres locas. Las mujeres convencionales, burguesas, no me gustan. (Dolly) Tiene una enorme vitalidad. Parece haber sido creada para compensar mi abulia, mi descreimiento, mi escepticismo (…) me hizo feliz y me sigue haciendo feliz. Mujeres con las que podés ser feliz un rato hubo muchas; días o meses, algunas. Años, alguna. Toda la vida: Dolly”.

En 1954, él publicó Los adioses. No estaba dedicado a su hija, ni a su mujer, ni a Dolly, sino a una poeta uruguaya llamada Idea Vilariño.

***

Las fechas, bien miradas: Onetti llevaba cuatro años de matrimonio, cuatro de relación clandestina con Dolly y acababa de nacer su hija cuando, en 1949, conoció en Montevideo a la poeta uruguaya Idea Vilariño. “Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré”, escribió ella. Empezó, de inmediato, una correspondencia ardiente en ambas direcciones.

—Juan se veía con Idea. Ella estuvo mucho tiempo atrás. Estaba muy enamorada. Pero nunca se casaron, nunca se juntaron del todo. Se peleaban mucho. Por política. Idea era muy politizada. Ella era una gran escritora. Pero yo pienso que sufrió muchísimo por lo de Juan. Muchísimo. Yo la vi varias veces. Ella tenía cartas de Juan y quería publicarlas. Hablamos. Yo creo que él fue el amor de su vida, aunque ella tuvo muchos amores. Era una tipa muy sensible.

Las fechas, bien miradas: Onetti llevaba nueve años de matrimonio, casi diez de relaciones clandestinas con Dolly, cinco con Idea, cuando, en 1954, su mujer lo echó de casa.

—No me lo olvido más. Me llamó un día a la oficina donde yo trabajaba y me dijo: “La holandesa me echó”. Yo estaba sentada sobre el escritorio. No lo podía creer. Yo había juntado dinero para irme a Europa en barco, a visitar a mi tío, y me dijo: “Ahora no te vas”. Y yo le dije: “Sí, me voy igual”. Estuve tres meses. Allá me mandó Los adioses.
—La novela que le dedicó a Idea.
—Si. Tapas amarillas, hermosa. Cuando volví, Juan se había ido a trabajar a Montevideo y yo le tuve que contar a mi padre. Se lo dije en esta cocina. Le dio un puñetazo a la heladera, y me miró y me dijo: “Es demasiado tarde”. Como diciendo: “A ésta no la cambio más”. Me puso la condición de que nos casáramos. Para Juan no había nada más fácil. Siempre se casaba. Nos casamos en una gestoría, vía México. No tenía validez en la Argentina. Te llegaba un telegrama y decía: “Están casados”. Yo recién me casé legalmente con Juan cuando nos fuimos a España.
—Y su amiga, la holandesa, ¿supo que ustedes estaban juntos desde antes?
—Bueno, ella no sabía cuándo había empezado la cosa. Una vez me preguntó, porque seguimos viéndonos. Pero Juan lo pasó muy mal, porque durante muchos años no pudo ver a Litty. Yo después me hice muy amiga de Litty. Vive a pocas cuadras de acá, y tiene nietos, así que me llama para que los compartamos. Pero yo me sentía un poco con cola de paja, porque le había quitado a su padre.

Dolly llegó a Montevideo un día de 1955. Su hermana, que también es modista, le había hecho un vestido especial.

—Blanco, precioso. Lo primero que me dijo Juan fue: “Andá a comprarte un anillo”. Y así fue. Me compré un anillo pour la galerie, como quien dice, y fui aceptada como la esposa de Juan.

Así fue como empezaron los siguientes cuarenta años de la vida con Juan.

***

Es una mañana ardiente de febrero. En Pista Urbana, el bar de Mónica Lacoste en San Telmo, las sillas y las mesas están apiladas contra las paredes. Es actriz, hija de un matrimonio en cuya casa recalaba Onetti cada vez que se separaba de alguna mujer.

—Yo amaba a Juan. Bailaba para él, él me escribía poemas. Mis viejos vivían entre Montevideo y Buenos Aires, y un día llegó Juan a la casa de Montevideo, con Dolly. Yo tenía siete años. Había un patio con claraboya al que daban todas las habitaciones. Y esta joven juguetona me propuso tirar chorritos de agua desde arriba, sobre los comensales que estaban abajo. Dolly para mí fue siempre la jovencita que se animaba a jugar más que yo. En Montevideo andábamos en bicicleta y hacíamos treinta, cuarenta kilómetros. Íbamos al cine. Era de una vitalidad increíble. Hasta el día de hoy, tiene una capacidad de improvisación única. Vos la llamás un sábado a la noche y le decís: “Venite al centro que hay un concierto de tal cosa, o a escuchar poesía”, y ella se toma un colectivo y se viene.

***

En Montevideo, Dolly estudiaba violín y trabajaba como secretaria en diversas empresas, mientras Onetti trabajaba en el periódico Acción. Vivían en un departamento chico y gélido y, por no tener, no tenían ni heladera.

—Me guardaban la comida en el almacén de la esquina. Para que el salón quedara más bonito compré tiras de madera y fui revistiendo las paredes. Pero los clavos que usé no eran fuertes, y las maderas se caían. En el medio de la noche se escuchaba: “¡Pam!” Juan decía: “Se te cayó otra”. Una vez puse cortinas estilo inglés, floreadas. Él las miró y me dijo: “No importa, después me acostumbro y ni las veo”. Pero yo le dije: “No, decime qué cortinas querés”. Y me dijo: “Rojas”. Tenía insomnio. Se dormía a cualquier hora y a la mañana el sol se filtraba por las cortinas. Así que puse cortinas rojas. Pero eran años maravillosos. Juan tenía cantidad de gente amiga, escritores, íbamos a los bares. Era muy sociable. Yo además salía de una especie de ostracismo, de diez años de clandestinidad, y meterme en ese ambiente de literatura, donde todo el mundo quería a Juan y lo admiraba, fue maravilloso.

En 1957, Idea Vilariño publicó un libro titulado Poemas de amor, y lo dedicó, sin tapujos, “A Juan Carlos Onetti”.

—Esos poemas son hermosos. Ése que dice “No te veré morir” es hermoso.

El poema, llamado Ya no será, dice, hacia el final, “No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir.” En 1960 Onetti le dedicó a Dolly su libro La cara de la desgracia: “Para Dorotea Muhr, ignorado perro de la dicha”.

—A mí me gustó. A mi madre no le gustó nada. Pero él me lo explicó. Era como la sorpresa de que un perro podía dar mucha felicidad. Él adoraba a los perros. Pero mi mamá decía: “¿Qué es esto? ¡Vos no sos un perro!” A mí me preguntó si estaba de acuerdo y yo dije que sí. Lo que diga Juan. Es muy original, una muestra de amor. Es simplemente decir cuánto amor puede dar un animal.
—¿Él le decía que la quería?
—No.

Silencio.

—Eso no.

Silencio.

—Era implícito. A mí me decían: “Cómo permitís que tenga otras mujeres”. Yo sentía que Juan tenía un mundo ahí. ¿Y porque estaba casado con su señora esposa no lo iba a tener? Yo muchas veces pienso que no sólo emocionalmente, sino en la cama, tuvo cosas que no podía tener conmigo. Nunca se me ocurrió decirle que no. Creo que la mitad de las mujeres saben que los tipos salen con otras y se hacen las burras. Una sola vez tuve celos. Yo era un poco la ninfa, la niña, la pura, y había una chica que era así. No llegaron a tener nada, pero él se enloquecía con ella. Fue la única vez que le dije a una chica: “Es un hombre casado”. Como diciendo: “Buscate otro”. Porque nunca dije eso, a ninguna de ellas, jamás. Él no me mentía. Yo no quería que me mintiera. Me contaba. Me decía: “Vos sos un brazo mío”. Mientras él y yo sintiéramos que lo nuestro era para siempre, el resto no importaba. Hay un hecho ahí que es la base de nuestra vida. Eso está ahí y es inamovible.

Golpea la mesa con la palma de la mano.

—Eso no se mueve.
—Qué entrega.
—Qué amor.

Aunque hubo otras mujeres, la relación entre Onetti y Vilariño quedó grabada en mármol. En 1961, después de una pelea destemplada —habían pasado juntos varios días de encierro amoroso cuando ella fue convocada por cuestiones políticas y él exigió que se quedara, sin que ella le hiciera caso—, parece haber terminado. Idea registró en su diario que esa misma noche, después de acudir al mitin, fue a verlo. Dolly la hizo pasar, la condujo hasta donde él estaba. Al despedirse, Idea le preguntó a Dolly cómo podía tolerar a otras mujeres y Dolly, según Idea, respondió: “Yo quiero que sea feliz”.

***

Después de un tiempo, Dolly consiguió trabajo como violinista en la orquesta del sodre (Servicio Oficial de Difusión, Radiotelevisión y Espectáculos), Onetti un empleo como director de Bibliotecas Municipales, y la agente literaria Carmen Balcells llegó a Montevideo para proponerle ser autor de su agencia, de la que formaban parte García Márquez y Vargas Llosa. Todo marchaba bien, pero empezó a enrarecerse cuando, en 1973, las fuerzas armadas tomaron el poder.

—Yo estudiaba violín con un violinista tupamaro, guerrillero. En un momento se rajó a la Argentina y la mujer se quedó, embarazada y con un chico. La fui a visitar. Llego a la casa y aparece un tipo con un rifle. Yo tenía en la funda del violín unos papelitos de unas ferias que hacían ellos. Juan me había dicho: “Tiralos en el inodoro”. Vieron eso y adiós. Me metieron en el patrullero. Me acuerdo de haber tenido una sensación terrible del libertad perdida. Me metieron en una celda, me tomaron huellas digitales, me insultaron. Pasé cuatro o cinco horas horrorosas. Al final, me largaron. Mientras, la policía había ido a casa. Juan me dijo: “No, vino un viejito que miraba todos los libros, muy simpático”. Yo lo quería matar. Cuando la cosa se ponía brava entraba en una especie de irrealidad. Novelaba todo.

Poco después, cuando pasó tres meses preso, no pudo hacer ese operativo de evasión. Onetti había sido jurado en un premio literario que organizaba la revista Marcha. El premio se otorgó a un relato que la dictadura consideró pornográfico, y, entre un viernes y un lunes, todos los miembros del jurado fueron detenidos.

—Nos habíamos mudado y lo habían ido a buscar al departamento anterior. Menos mal, porque habían ido a las cuatro de la mañana y seguro se lo hubieran llevado encapuchado, y Juan no hubiera sobrevivido a eso. No estaba hecho para cosas difíciles. Todo su mundo era muy cómodo, muy arreglado. El sábado toqué con la orquesta del sodre y pensé: “Si están buscando a Juan, lo único que tienen que hacer es venir y buscarme a mí”. Esa noche toqué Brahms. Brahms siempre me traía mala suerte. El lunes vinieron. De día, gente de civil, con buenos tratos. Y Juan fue, convencido de que lo iban a llevar a declarar y volvía. Yo quise ir con él y no me dejaron. No volvió hasta tres meses después. Lo llevaron a un lugar… Tenía un colchón que era una miseria, no comía, no dormía, se quería ahorcar. Ya era conocido como escritor afuera de Uruguay, entonces hubo una gran presión internacional, así que lo trasladaron a un neuropsiquiátrico. Para otro hubiera sido una aventura, pero para él era una pesadilla.

Salió en mayo de 1974. Antes, el 15 de marzo, fue a visitarlo Idea Vilariño, que esa misma noche escribió un texto en el que describe esa visita que, según dice, comienza con Dolly dejándolos solos: “Pensé que tal vez era la última vez que lo veía. ‘Tengo sesenta y tres’, dijo. ‘Se supone que es la edad de la impotencia. Pero no estoy impotente, y me acuerdo de tu amor, de todo, de tu boca, como si hubiera estado anoche contigo’ (…) Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso después del cual debí morirme”.

—Idea fue a verlo al neuropsiquiátrico.
—No, no creo —dice, sin embargo, Dolly.

***

—Hemos tenido alguna charla en la que la he visto llorar y contarme cosas de su intimidad que le hacían mucho daño —dice Mónica Lacoste—. Pero Juan era un tipo de una gran lucidez, una gran ternura. No creo que haya sido la relación entre un egoísta y una sumisa. Y tampoco creo que haya habido mayor crueldad que la que hay en cualquier pareja. En la juventud, cuando la sexualidad está más viva, todas esas cosas son más dolorosas. Cuando uno se pone más veterano, se pone más piadoso o más resentido. La piedad te calma. Yo creo que Dolly optó por la piedad. Y yo la admiro por eso.

***

Apenas después de su liberación, Onetti viajó a Italia y luego a Buenos Aires, para trabajar en la adaptación al cine del relato El Muerto, de Borges.

—Pero cuando estábamos en Buenos Aires me dijo: “Andá a Montevideo, buscá dos valijas y nos vamos a España”. Metí lo que pude. Se quedaron los originales de El Astillero, un montón de cosas. Y nos fuimos.

Era 1975. Félix Grande, Luis Rosales y Juan Ignacio Tena le habían ofrecido ayuda en caso de que quisiera instalarse en Madrid, y se la dieron. Dolly consiguió empleo como violinista en una orquesta que viajaba por España tocando zarzuelas y buscó piso para alquilar. Dio con uno en la Avenida América. Para firmar el contrato le pidieron que fuera “el cabeza de familia”.

—El cabeza de familia estaba en el hotel, leyendo. Yo les decía: “Es que lo llamaron para una conferencia, para esto, para lo otro”. Insistieron tanto que el día que fui a firmar les llevé una foto donde se lo veía con Rosales, Félix Grande. Ellos eran unos próceres allá. Entonces aceptaron que firmara yo.
—Para usted nunca fue una carga ocuparse de todo.
—No. Me encantaba. Era un poco como la madre. Lo defendía de los periodistas. Vino un tipo, pobre, desde Francia, tres veces. Llegaba hasta ahí y Juan decía: “No, no quiero verlo”. Una vez vino Godard, el director de cine. Quería hacer una película con una novela de Juan. Juan dijo “Whisky”. “No”, dijo Godard, “agua”. Lo cual a Juan le cayó fatal. Al final se fue y nunca hicieron nada ¿Vos tenés hijos?
—No.
—Mejor. Yo quería tener. Juan me dijo: “Es justo, te toca”. Hice tratamientos, pero no pude. Menos mal. Me salvé. Hubiera sido un desastre. Hubiera durado uno o dos años más con Juan y chau. Su lema era “¿Por qué no estás conmigo?” Un chico le hubiera quitado su lugar. Él quería que estuviera en la cama leyendo con él. Ésa era su idea de felicidad. Yo no pensaba lo que significa tener un niño berreando en el comedor. Con quién lo iba a dejar cuando tuviera que ir a trabajar. Juan no hubiera cambiado un pañal. Jamás lo hizo.

Poco después, Dolly concursó por una vacante en la Orquesta Sinfónica de Madrid, y la consiguió.

—Fue maravilloso. Había polacos, rusos, argentinos, franceses, ingleses. Estuve 16 años en la orquesta. Viajábamos mucho. Fuimos a Escocia, Suiza, Italia, todo España. Y dejaba la bronca de Juan en casa, porque él no quería que viajara. Igual, yo siempre dejaba a alguien que se ocupara de él.

En las cuestiones domésticas —que a Dolly nunca le interesaron mucho: cuando se mudó a Montevideo ni siquiera sabía cocinar— la ayudaba una mujer española, Paquita, y ella no sólo trabajaba en la orquesta sino que, además, pasaba a máquina los manuscritos de Onetti, que escribía a mano.

—Él lo pasó fatal al principio, porque extrañaba. Yo lo asimilé tan bien que me gusta más Madrid que Buenos Aires. Pero a Juan le costó. Pasó dos años sin poder escribir.
—¿No la afectó el ostracismo de él?
—No. Cuando él escribía yo estaba feliz, porque quería decir que estaba contento. Estaba mal cuando no podía escribir.
—¿Él la admiraba?
—Admiraba mi energía, supongo. Amor no es admirar. Amor es otra cosa.
—Pero usted lo admiraba a él.
—¡Bueno! Obviamente, querida.
—Por eso le pregunto si él la admiraba.
—Me hacía chistes sobre mi violín. Yo estaba un día escuchando una grabación de Yehudi Menuhin y me dice: “Toca mejor que vos, ¿no?” Se divertía. Yo ponía frazadas para que él no me escuchara tocar y pudiera trabajar tranquilo. ¿Tu marido lee lo que vos escribís?
—A veces.
—Juan nunca fue a un concierto mío. Jamás. Había que levantarse para ir, y él no se levantaba.
—¿A usted le molestaba que no fuera?
—Bueno, me dio un poco de tristeza una vez que hicimos un cuarteto de cuerdas, que fue lo más alto que pude llegar, y dimos varios conciertos y no fue. No era nada personal, él no salía. Pero me sentía poco acompañada en mi parte, mientras yo lo acompañé completamente en lo de él.

En 1980 Onetti recibió el Premio Cervantes y el monto del premio, abultado, les permitió comprar el piso de Casa de América y dos oficinas.

—Si hubiera sido por Juan, lo guardábamos todo abajo del colchón. No tenía idea del dinero.

***

—Es fácil decir “Él estaba en cama y Dolly hacía todo” —dice Mónica Lacoste—. Juan era muy vital. Si no, no hubiera soportado a una mujer tan vital. Pero me parece que ella dejó un poco de lado su carrera como música porque sabía que, si se desarrollaba mucho, se iba a independizar de Juan y se iba a ir alejando. Entre ellos hubo un amor incondicional. Fue hasta que la muerte los separa, pero no fue políticamente correcto, y no fue hipócrita. Fue real. Con peleas, con desencuentros, con llantos, con dolor.

***

Lo de la cama, dice Dolly, fue de a poco. Si en las ocasiones en las que viajaron juntos —México, España— ella salía a recorrer mientras él prefería quedarse en el hotel, si llegó a responderle a una periodista que le preguntó qué le parecía Madrid que no tenía idea porque nunca había salido de su casa, sólo en los últimos años lo de vivir y escribir en la cama pasó a ser la única forma posible de vivir y escribir.

—Juan tuvo varias depresiones fuertes. En Madrid tuvo una y todos los días venía un enfermero y le ponía la inyección con el antidepresivo. Todos los días en el mismo lugar. Y se le empezó a hacer un absceso brutal en la pierna. Llamé a varios médicos que ni siquiera lo miraron. Al final, terminamos en ambulancia a la clínica. No me olvido más de ese viaje. Casi se muere. Lo operaron, tenía litros de pus. No sé cómo dejé que llegara a ese punto. Vino el médico y dijo “No garantizo que llegue a mañana”. Fui a mi casa. Me encerré en el dormitorio con la botella de whisky y con nuestra perra Biche. Y aullé. Aullé como un animal. Yo no podría haber aguantado la muerte de Juan entonces. Cuando murió sí, ya era otra cosa. Estaba muy mal. Pero entonces era imposible. Después se recuperó bien, lo llevamos a casa. Pero ya se quedó medio en la cama. Todo por una depresión. Tuvimos una brava en Uruguay. Pero ahí logramos, con su médico personal, llevarle de contrabando un siquiatra. Lo convenció, le dio pastillas, y con eso lo sacó.
—Cuando empezaron a pasar esas cosas ¿usted no pensó “Me metí en una muy difícil”?
—No, para nada. No. Hay un hecho ahí que es… la incondicionalidad. La base de nuestra vida.

Sin cambiar el tono de voz —decidido, enérgico, tajante—, dice “Ya vengo”. Sale del comedor. Se escuchan sus pasos subiendo la escalera y, pocos minutos después, sus pasos bajando y una conversación amortiguada que sostiene con su hermana en la cocina de la que llega una sola frase, nítida: “Ya terminamos”. Cuando vuelve al comedor dice:

—Vení, te muestro la casa.

En el baño de la primera planta, sobre la bañera, el lavatorio, el bidet, el inodoro, hay fotos de gatos de la casa, tomadas por Nessy: sobre el inodoro, la foto de un gato subido al inodoro; sobre el bidet, un gato dentro del bidet. El baño tiene una ventana. Desde allí se ve el patio selvático, repleto de gatos (Tommy, Miranda, Pepino, Baby Cat). En el patio del vecino hay una piscina donde flota lentamente una orca de plástico.

***

A las cinco de la tarde de un domingo, la mesa del patio trasero de las hermanas Muhr está dispuesta para el té: mantel de hilo, tazas de porcelana, tetera, sándwiches de jamón y queso, tostadas. Nessy come trozos de pan integral y cubos de tomate.

—Una vez vi un camión con las vacas amontonadas, pobrecitas, y dejé de comer carne.

Dolly fogonea la conversación, pidiendo que Mónica Lacoste y su marido, el arquitecto Jorge Sábato, cuenten la vez en que la dejaron en un auto sin el freno puesto y el auto empezó a irse cuesta abajo con Dolly en el asiento trasero. Se habla del bar de Mónica, de un viaje que hicieron Dolly y Onetti en tren, desde Santiago hasta Puerto Montt.

—Eran todos escritores. Iban a visitar a Neruda.
—El otro día vimos un documental que contaba cuando la mujer lo pilló con una chica más joven —dice Jorge Sábato.
—¿Con todos esos poemas que le dedicó? —dice Dolly, como si estuviera escuchando un chisme reciente.
—Sí —dice él—. Él se enamoró de una chica más joven.
—Cuándo no. Hombres —dice Dolly.
—Lo abandonaron ambas —dice Jorge.
—Pobrecito —dice Dolly—. Habrá estado fatal. Se le cae el país, la mujer. Todo.

***

—Vení, Nessy está tocando.

Son las dos de la tarde de un miércoles. Dolly nunca duerme la siesta porque se acuesta muy tarde, mirando documentales o la televisión española o leyendo, y no se despierta temprano. Desde la sala de música llega el sonido del piano, potente como un animal. Apenas escucha que se abre la puerta, Nessy se interrumpe. Dolly se instala en un sofá, como si fuera a quedarse ahí toda la tarde.

—Entrevistala a ella, que tiene una vida más interesante que la mía. Es una compositora genial —dice.
—Ella es Géminis, como te habrás dado cuenta —dice Nessy—. Le interesa la gente. Ella te entrevista a vos.
—“Onetti me aburre”, decía Juan. Cuando venían con “¿Usted por qué escribe?”, ya empezaba a preguntarles a ellos o a ellas. Sobre todo si eran bonitas.
—¿Usted cómo se llevaba con Onetti, Nessy?
—Bueno, un día me tiro un gato en la cara.

Dolly da un respingo, sorprendida:

—¿Un gato?
—Sí. No sé. Estaría de la mal humor.
—No, le gustaba hacer cosas raras, un poco surrealistas. Una vez a una sobrina le rompió un huevo crudo en el pelo. La chica lloraba y Juan le dijo “Es bueno para el pelo”.
—¿Usted extrañaba a su hermana, Nessy, cuando ella se fue a Montevideo?
—Otra pregunta tonta —dice Dolly, riéndose.
—La contestación —dice Nessy, impostando el papel de buena alumna— es “Sí, por supuesto”. Cuando se fue, la casa estaba un poco más ordenada.
—Ella es obsesivamente ordenada y yo soy lo opuesto.
—En medio del desorden no puedo concentrarme —dice Nessy—. En cambio ella, cuanto más desarreglo, mejor. Ahora puso la mesa con un mantel lindo para vos. Le digo “Ojalá la mesa estuviera así siempre”. Hasta plata tirada deja.
—¿No tocan juntas?
—No —dice Nessy—. Ya no es tiempo. Eso ya pasó.
—Ella dice que yo desafino —dice Dolly, divertida—. De chicas tocábamos con papá, hasta que ella nos echó a los dos. Vení, vamos al comedor, así dejamos tranquila a Nessy.

Mientras camina hacia el comedor, dice que dejó el violín después de irse de la orquesta.

—Violín solo no se puede. Pero ahora estoy estudiando composición. Uso eso.

“Eso” es el piano vertical que está en el comedor y que señala sin desprecio, como quien señala respetuosamente una herramienta.

—Estudiar composición para mí es como leer. Placer puro. Ahora estoy leyendo a Joyce Cary. ¿Sabés quién es?
—El irlandés.
—Sí, a Juan le encantaba. Yo aprendí literatura con Juan. Leíamos muchísimo juntos. Era como ir a la universidad. Una de las primeras conversaciones que tuvimos con Juan fue sobre la novela de Romain Rolland que te conté. Aunque en casa se leía mucho. Mis padres nos regalaban cajas de libros. Pero Juan ya había leído todo. Yo le conseguía libros. Tanto en Uruguay como en Madrid yo iba con una canasta a las librerías de segunda mano y las llenaba. Una vez en Uruguay, en plena dictadura, yo iba con una canasta llena y me paran en la calle. “¿Dónde va con esos libros?” Me revisaron todo. Había que comprarle toneladas, mantenerlo alimentado. Qué raro lo que dijo Nessy del gato.
—Bueno, a lo mejor….
—Ella es muy sensible, muy nerviosa. Como mi madre. Era histérica. Cuando murió mi abuela fue horrible, porque tenía un coágulo en el pulmón. Estuvimos casi nueve horas sentados afuera, porque al lado de ella era imposible, el ruido que hacía el pulmón al respirar era tremendo. Me acuerdo que lo llamé a Juan desde una confitería. Le dije “Se está muriendo”. Y me dijo “Sí, la gente se muere”. Mi madre se volvió loca cuando murió. Gritaba “Je ne veux pas, je ne veux pas! No quiero, no quiero”.
—¿Juan era protector con usted?
—No necesitaba. Yo no necesitaba.

Sobre la mesa hay un libro, llamado Confesiones de Santa Marta. Publicado para recordar los cien años del nacimiento de Onetti, contiene fotos, reproducciones de manuscritos. Dolly pasa las páginas mientras explica: éste es Juan peleándose con su hermanito por un caballo de madera, éste es Juan jugando con globos, éste es Juan apuntándome con una pistola de juguete. Sólo hay tres fotos suyas con Onetti: una, tomada en Xalapa en 1980; otra en la que él está de perfil y ella, detrás, de espaldas y fuera de foco, toca el violín. En la última, Onetti, con traje y cortaba, mira a cámara. A la altura de su hombro la cabeza de Dolly: el rostro suave de la juventud, los ojos de enigmáticos párpados adormecidos, la boca mórbida. Parece hipnotizada, un rostro perfecto mirando sin ver. Onetti, la mano abierta sobre la frente, le aferra la cabeza como si estuviera despegada del cuerpo, como si esa cabeza fuera suya.

—Acá está con Galeano, cuando tenía pelo. Era un churro bárbaro. Y Benedetti. Un pan, pobrecito. Y mirá a Cortázar, con el gorro. Qué guapo era. Guapísimo.

En el libro aparecen Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes. Ella no dice Mario, Juan, Gabo, sino sus nombres completos o sus apellidos, con un respeto extraño, distante, disciplinado.

—Ésta es Idea.

Posa un dedo sobre la foto de Onetti con Idea Vilariño, tomada en Madrid. En la foto, ella apoya las manos sobre los hombros de él y él mira a cámara —a Dolly— con una expresión indescifrable: pícara, excitada.

—¿La sacó usted?
—Claro. Ella fue a visitarlo en 1993, por ahí. Y otra muchacha que hacía años que estaba con él, también. Me daban pena, porque realmente Juan enganchaba para toda una vida. Supongo que tendrían esperanzas de que él me dejara. Claro. Siempre hay esperanza, ¿no? Yo la tuve.
—Idea le quitó la dedicatoria a Poemas de amor cuando volvió a editar el libro.
—No ¿Quién te dijo eso? No creo. Ella estaba muy orgullosa de su relación con Juan.

***

—Él era súper dependiente —dice Mónica Lacoste—. Yo recuerdo el grito de Juan: “¡Doollyyy!” Y Dolly salía corriendo. Era su forma de necesitarla, de celarla.
—¿Había algo de Juan que la sacara de quicio?
—Que ella lo cuidara tanto y él desbaratara ese cuidado. Era inevitable que bebiera, pero que bebiera más de la cuenta. Que prometiera que iba a comer antes de beber y que no lo hiciera. Yo creo que él vivió muchos años más gracias a sus cuidados.

***

Onetti, finalmente, murió en Madrid, en 1994. Más de veinte años atrás.

—Él tenía divertículos. Murió de eso. Tendría que haber hecho una dieta, que nunca hizo. Por ahí comía un helado de Häagen-Dazs a las cuatro de la mañana, eso le encantaba. Al final estaba que no tenía fuerzas ni para fumar.
—¿Falleció en la casa?
—Internado. Lo tuve que llevar porque estaba perdiendo sangre. Lo internaron varias veces por ese problema, y la última vez no salió.
—¿Usted estaba con él?
—Sí.

Dolly permaneció dos años más en la orquesta sinfónica, hasta que la obligaron a jubilarse por la edad.

—Fue como un segundo abandono. Lloré tanto cuando me dijeron.
—¿Y entonces?
—Y entonces empecé a ir al psicoanalista. Un tipo fantástico. Empecé a anotar los sueños, a descubrir toda una relación edípica con mi padre. Fue fabuloso.

En 2007, donó el archivo personal de Onetti a la Biblioteca Nacional de Uruguay.

—Mis amigos me decían “Lo hubieras vendido a una universidad americana y te pagaban una fortuna”. Pero Juan era anti norteamericano. ¿Por qué les iba a regalar eso? ¿Por plata? No. Después, no sé, no me acuerdo bien cómo fue, pero me vine para acá, y empecé a quedarme cada vez más tiempo. Bueno, ahora porque me caí, también. En Salamanca, una noche de verano hermosísima. Salamanca es preciosa. ¿Conocés España?
—Sí.
—Ah, qué bien. Es el país de la guitarra. Vos tendrías que volver a tocar. Buscate un profe.
—Y en un momento dejó el departamento de allá.
—Sí. En un momento también dejé el departamento de la Avenida América. Era como vivir en el pasado, pero sin Juan.

Dos argentinos, Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, la ayudaron a embalar, a comprar muebles de Ikea para reemplazar los originales que, en parte, se llevaron ellos. Ambos viven en España desde 2002 y tienen, en Madrid, algo llamado Museo del Escritor: objetos —más de 5,000— de Cortázar, Borges, Alejandra Pizarnik, Nicanor Parra, y la biblioteca completa de Onetti, sus muebles, sus anteojos.

—Los chicos son fantásticos. Se apoderaron de la biblioteca de Juan, íntegra. No tiran nada. Un día fui y les dije “Quiero ese libro para volver a leerlo”, y me dijeron “No, yo te compro uno nuevo, pero ése no lo toques”. El piso de Avenida América lo alquilé, primero temporalmente. Pero un día tuve que ir a Madrid, el piso estaba alquilado y los chicos me dijeron: “¿Por qué no venís a casa?” Me sentí cómoda y ahora, cuando voy, me quedo en casa de ellos. A Claudio le firmé un poder total. Puede venderme a mí si quiere. Ellos tienen una campana que era de Juan. Juan le había puesto una leyenda: “No contesto preguntas tontas”. La tenía siempre al lado.
—¿Para qué la usaba?
—Para llamarme a mí.

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Madre busca

Publicado: 1 noviembre 2015 en Leila Guerriero
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Un chico. Un chico de dos, de tres, de cuatro años en una calesita, comiendo un helado, abrazado a un muñeco de Garfield. Un adolescente. Un adolescente de trece, de catorce, de quince años con las palabras “punk” y “rock” escritas en los puños, sacando la lengua hasta el mentón, sonriendo con los ojos ocultos por Ray-Bans oscuros, haciendo el gesto de fuck you, vestido con una remera de Led Zeppelin, tocando la guitarra. Un hombre joven, delgado, con el pelo corto, con el pelo en enérgica copa de rulos, con bigote ralo, sin bigotes, el rostro delicadamente oval, la nariz ancha, los ojos rasgados, cantando ante un micrófono.

Una mujer. Una mujer un día de verano mercurial, su rostro de nariz pequeña, pómulos altos, rodeada de cámaras, diciendo, la voz precisa, la dicción perfecta: “Lucas no está, Lucas no aparece, ya recorrimos todos los hospitales y mi hijo no está en ninguna parte. Les pido que nos ayuden a encontrarlo”. Una mujer en la televisión, sosteniendo la foto de un hombre joven de rostro delicadamente oval, la nariz ancha, los ojos rasgados y, debajo, la leyenda, el videograph que, desde el 22 y hasta el 24 de febrero de 2012, mutó, como una bestia inversa, de la esperanza y la duda –“Una madre busca a su hijo: Lucas Menghini Rey”– a todo lo que sucedió después.

***

El 22 de febrero de 2012, a las 8.32 de la mañana, un tren de la línea General Sarmiento chocó contra el andén al entrar en la estación de Once de la ciudad de Buenos Aires. Minutos después, las primeras imágenes empezaban a llenar las portadas de los diarios y las pantallas de televisión: dos vagones encimados, un hombre con medio cuerpo fuera de una ventanilla, todo bajo un sol rampante y un cielo de serenidad perfecta.

A esa hora, en la localidad de Merlo, una profesora de geografía terminaba de tomar examen a sus alumnos de segundo año. Se había levantado a las seis de la mañana y había recorrido la distancia entre su casa en San Antonio de Padua y esa escuela del barrio Rivadavia en su Fiat Palio rojo, viejo. Tenía, como era natural en esas circunstancias, el teléfono celular sin sonido. A las 8.40, cuando terminó con el último alumno, encontró 20 llamadas perdidas, casi todas de Paolo Menghini, su ex marido y padre de su hijo Lucas, de 20 años. Llamó para preguntar qué sucedía y él la tranquilizó: “Quedate tranquila. Hay un accidente de tren en Once, y es el tren que siempre toma Lucas. No puedo comunicarme con él, pero ya estoy yendo a su trabajo para ver si llegó”. Entonces María Luján Rey, madre de Lucas Menghini Rey (que era músico, que tenía una hija de cuatro, que trabajaba desde hacía un año y medio en un call center del microcentro porteño y que tomaba el tren cada mañana para llegar hasta allí), subió a su auto y empezó a desandar el camino hacia su casa pensando, o tratando de pensar: “Seguro que Lucas se quedó dormido y no
estaba en el tren”.

***

—¡¡¡Lara, qué es ese ruido!!!

Son las dos de la tarde de un día de principios de febrero de 2014, y el patio de la casa de María Luján Rey, en San Antonio de Padua, parece asediado por un bombardeo: un ruido duro
de cosas chocando entre sí.

—Debe ser el lavarropas –dice Lara, su hija de 18 años, desde un cuarto.
—Dale, fijate, Lara.

María Luján Rey está en la cocina, sentada ante la mesa en la que hay una notebook, un teléfono celular, un cenicero y cigarrillos. Usa una remera de mangas cortas que deja ver las chimeneas que se tatuó en un brazo pero tapa la golondrina del hombro y la frase “Madera noble, roble es mi corazón” que le recorre la espalda, más arriba de los omóplatos. El espacio reducido, las cortinas a cuadros, la mesa rodeada por un banco de madera, le dan al espacio un aspecto infantil y abigarrado. Una puerta de chapa separa la cocina del patio donde están el perro –Walas, por Walas de Massacre–, el lavarropas, una pileta inflable con restos de agua enmohecida, una parrilla.

—Lari, dale, fijate.

En la puerta de la heladera hay una foto de Lucas Menghini Rey. Debajo, alguien escribió: “Lo amo”.

—Qué pesada, ma.

Lara Menghini usa el pelo teñido de rubio. Tiene tatuajes –en la pierna, la cadera, la espalda, la mano–, un piercing en el ombligo, otro en la nariz. Saluda, amable pero escueta, y abre la puerta que da al patio.

—Sí, ma, es el lavarropas. Lo apago.
—Bueno, dale, apagalo.

María Luján Rey enciende un cigarrillo. Es un día caluroso. Habla del aire acondicionado: no le gusta, cree que el cuerpo se tiene que regular de forma natural.

—Igual, con mi vicio del pucho, el aire me complicaría. Todo cerrado, con aire, no. Lucas fumaba un montón. Y Lara blanqueó el pucho cuando fue lo de Lucas, cuando fue la tragedia. Lucas fumaba desde los 14. Le decían Chimu, por chimenea. Una de sus bandas se llamaba Chimeneas. Por eso me tatué las chimeneas en el brazo.

Hable del cigarrillo, del aire acondicionado o del budismo que practica desde 2004, todo deriva en lo que pasó entre el 22 y el 24 de febrero de 2012, durante las 66 horas en las que su rostro y el de su hijo se multiplicaron en pantallas y diarios de todo el país.

—¿Vos creías que Lucas iba a aparecer?
—Sí. Lo primero que pensé, cuando salí a buscarlo, fue: “Lo encuentro en un hospital, lo agarro y me lo traigo”.

Después de recibir la noticia del choque, María Luján Rey llamó a Lara desde el auto y le pidió que fuera hasta el departamento que su ex marido –que vive en la Capital– tiene en Padua, para ver si Lucas, que había pasado la noche ahí, no se había quedado dormido.

—El día anterior había tocado con su banda, Sistemática, en los corsos de Padua. Yo lo fui a ver y se acostó a las cuatro de la mañana. Por eso pensé que se había quedado dormido. Pero cuando Lara fue al departamento de Paolo no había nadie. Así que lo llamé a mi papá y le dije que me viniera a buscar para ir a la Capital.

***

—Yo me enteré porque me llamo María Luján, Tuti, nosotros le decimos Tuti –dice Omar Rey, el padre de María Luján.

Su casa, en Merlo, es enorme y fresca, con un patio donde cría gallinas y un living con hogar a leña donde hace asados. Aquí y allá hay cañas de pescar, botas de goma. Vive con su pareja, Estela. Tiene 75 años y levantó esta casa, como casi todo lo demás, con sus propias manos. En el verano de 2013, un año después del choque del tren, estaba arreglando su canoa cuando, con la moladora, se cortó el brazo izquierdo: tendones, músculos, el hueso. María Luján llegó al hospital y armó una revolución hasta que logró que lo trasladaran a un sitio de alta complejidad.

—Tuti es brillante, inteligente. El día de lo de Once la fui a buscar. Estaba muy preocupada, pero la vi fuerte, como ella es. Muy celosa, eso sí.
—Uf –dice Estela, que llega y se sienta junto a la puerta del estudio.

***

—Primero pensé: “Se quedó dormido”. Cuando supimos que no, pensé: “No tiene por qué haber estado en ese tren”. Pero Paolo fue a buscarlo al call center, y tampoco había llegado.

La mañana del 22 de febrero, mientras Paolo marchaba a la estación de Once, María Luján, su padre y su hija Lara empezaban a recorrer los hospitales.

—Pero no estaba ni en los hospitales ni en las listas.

Cientos de familiares buscaban, como ella, a sus heridos y sus muertos. A las 13.30 del mediodía, cinco horas después del choque, la Superintendencia de Bomberos dio por finalizado el operativo de rescate. Para entonces, los medios hablaban de 50 muertos y 676 heridos, pero Lucas seguía sin aparecer.

—Dijeron que ya no quedaba nadie en el tren. Entonces empezamos a pensar: “Está en un hospital, mal registrado”. Y empezamos la recorrida otra vez.

Se habían sumado a la búsqueda dos hermanos de Paolo –Graciela y Leonardo– y primos y amigos de Lucas. Todos los canales de televisión transmitían en directo el desastre de dimensiones épicas y la historia de Lucas Menghini Rey empezaba a abrirse paso con entidad propia. En los canales de noticias, María Luján Rey repetía como un mantra oscuro, sosteniendo una foto de su hijo: “Estoy buscando a mi hijo. Salió de Padua a la mañana, tomó el tren y nunca llegó al trabajo”. En algún momento, ella y Paolo decidieron ir a la morgue.

—Pero yo sentía que Lucas no iba a estar ahí. Cuando entramos, nos mostraron las fotos y yo iba diciendo: “No, no es”. Y, mientras pensaba “qué suerte” me sentía una mierda por sentir alivio, porque esa persona que te mostraban era el padre, el hijo de alguien.

De la esperanza al horror y, de ahí, otra vez a la esperanza. Lucas quizás se había quedado dormido, pero no; Lucas quizás había llegado a su trabajo, pero no; Lucas quizás no viajaba en ese tren, pero sí; Lucas quizás estaba en los hospitales, pero no.

Lucas –músico, malhumorado, fumador, rey del carisma– se había esfumado.

El jueves 23 de febrero, en un informe de prensa, el secretario de Transporte de la Nación, Juan Pablo Schiavi, dijo que “si esto hubiera ocurrido ayer, que era un día feriado, seguramente hubiera sido una cosa mucho menor”, e hizo mención a la costumbre argentina de apiñarse en los primeros vagones para llegar más rápido a la salida (en los dos primeros, que se encimaron, se registró la mayor cantidad de muertos y heridos). María Luján, mientras tanto, había sido convocada a la morgue para revisar fotos que ya había visto. Cuando salió la esperaban los medios. Furiosa porque, como había anticipado, las fotos no eran de Lucas, dijo: “Quiero que me den una lista de todos los heridos. Mi hijo tomó el tren en Padua y no sé dónde está”.

—Y mientras, los que tenían que buscarlo me decían: “¿Usted está segura de que iba en el tren? ¿No tendrá una noviecita?”. Las preguntas te daban la pauta de que no lo estaban buscando, y pensábamos: “No lo buscan porque no nos creen”.

Sólo en dos ocasiones dejó de fumar: durante los embarazos de sus hijos. En el sexto mes del de Lara festejaban el cumpleaños de Lucas y se cortó un pulgar con un cutter. La sangre salía a chorros y se dio cuenta: se había cortado una arteria. Impávida, pidió una toalla, se envolvió y les ordenó a su madre y a su suegra: “Préndanme un pucho y llamen a una ambulancia”. En el hospital, después de coserla, el médico le recetó pastillas para el dolor pero le dijo que no tomara más de una por día, por el embarazo. Ella le contestó: “Si es peligroso, no las voy a tomar. Me la banco”.

***

María Luján Rey nació el 4 de agosto de 1969, hace 45 años. Tiene un hermano mayor –Juan Manuel– y una menor a la que le lleva cuatro años, María del Carmen. Juan Manuel, de adolescente, empezó a tocar en una banda, la contagió con sus propios gustos musicales –Spinetta, Led Zeppelin– y le dio sus primeros cigarrillos. Ella aprendió a leer a los cuatro y era una niña sensible y buena alumna a la que su familia apodaba María Sauce –por llorona– y María Limón, por malhumorada. La infancia transcurrió en el oeste del conurbano con una situación económica buena: su padre vendía bolsas de arpillera, tenían autos nuevos y casa en Piriápolis, Uruguay. Elba, su madre, era militante peronista, hija del fundador de la primera unidad básica del PJ en Padua y cuando, ya grande, empezó a estudiar Psicología, María Luján la ayudó a preparar exámenes. Más que con Elba, los hermanos se criaron con una vecina, Mamá Iole, que atendía las cosas a las que en aquella casa los adultos no daban importancia: los cumpleaños, el colegio. Cuando María Luján tenía 17, sus padres se separaron y siguió a eso un tiempo confuso. Juan Manuel se mudó con su padre; después, peleada con su madre, María Luján hizo lo mismo hasta que, peleada con su padre, volvió a casa de Elba. Salió de allí embarazada de cinco meses, casada con Paolo Menghini.

***

La voz de María del Carmen Rey, la hermana menor de María Luján, llega por teléfono desde Tierra del Fuego. Es docente, su marido es miembro retirado de la Armada, estudia la carrera de bibliotecaria, hace artesanías en madera.

—Ella tiene un idilio con mi papá, pero él siempre hizo diferencia entre los hijos. El año anterior a la tragedia nosotras volvíamos a Buenos Aires desde Tierra del Fuego. Se rompió el auto y ella quería decidir lo que había que hacer. Entonces le dije: “Es mi auto, yo sé lo que hay que hacer”. Bajamos y empezamos a los gritos. Le dije que sabía que la solución a todos sus problemas hubiera sido que yo no existiera, y ella me dijo que yo era perfecta, que papá siempre estaba pendiente de mí. Después nos dimos un abrazo, porque yo la adoro. Es incondicional. Pero cuando mis papás se separaron ella tenía 17, y mi mamá la convenció para que atestiguara en contra de él, como que no nos pasaba dinero. Y eso a mi papá le generó una enemistad terrible. Una vez él me trajo unos Kickers y a ella no le trajo nada. Después, mi hermana se peleó con la nueva señora de mi papá y cuando nació Lucas mi papá no quiso conocerlo. Cuando Lucas tenía dos meses, mi hermana fue y le dijo: “Te presento a tu nieto”. Mi papá siempre fue muy hiriente con ella. En Paolo encontró un gran compañero. Venía de relaciones tormentosas, y Paolo fue la calma.

—¿Le iba bien con los varones?
—Todos estaban enamorados. Era hermosa, líder, y con el que le gustaba salía. He visto a muchos llorar por ella.

***

—Elba no era la típica mamá que les prepara los útiles a los chicos –dice Omar Rey–. Cuando nos separamos, pasé de tener lancha, casa en Piriápolis, a perder todo. Mis principales clientes eran los ingenios azucareros, y cerraron y me quedé sin nada.

Empezó a fabricar toldos de lona, vivió en Uruguay, donde conoció a su segunda pareja, y regresó a Padua en plena crisis de 2001. Con el país en llamas, pensó que vender comida para pájaros podía ser un buen recurso. Así, otra vez desde cero, montó un negocio.

—María Luján sacó algo de ese espíritu kamikaze. Ella me quiere al extremo. Es muy celosa.
—Todo bien mientras estábamos de novios –dice Estela–. Ahora, cuando nos juntamos, sonamos. Pero yo digo que si no fuera por el budismo ella no estaría parada.

***

—Mi viejo te dice: “¿Qué te hiciste en la cabeza?”, y eso quiere decir que te queda lindo lo que te hiciste en el pelo.

Sobre la mesa de la casa de María Luján Rey hay una pila de volantes que dicen “Justicia por las Víctimas de Once”. El 22 de febrero de este año, 2014, habrá un acto en la Plaza de Mayo para recordar el segundo aniversario de lo que ella y 20 familias nucleadas en un grupo informal llaman tragedia, jamás accidente. La diferencia encierra un concepto: lo que sucedió en Once, sostienen, pudo haberse prevenido si el dinero para el mantenimiento de los trenes no hubiera sido desviado (hacia sus propias arcas) por funcionarios y empresarios corruptos. Eso transforma un accidente –obra de la fatalidad– en una masacre con responsables.

—Mi viejo te tiraba la carpa en el fondo y la tenías que armar 100 veces hasta que te salía. Y mientras tanto te decía: “Sos boluda”. Pero todas las cosas que tienen que ver con las manualidades, con saber usar un taladro, las aprendí de
mi viejo.

A los 17 o 18 años tuvo su primer trabajo, comenzó a militar en la Juventud Peronista y a estudiar Magisterio.

—Trabajaba en una unidad sanitaria de Merlo. Milité hasta los 20, porque la JP bancaba a Luder y, como ganó Menem, teníamos que bancar a Menem. Y me fui.
—¿Paolo militaba?
—No. Siempre fue más de izquierda, pero no militó nunca.

Paolo Menghini estudiaba, hacía música y tocaba en la misma banda en la que tocaba el hermano de María Luján, de modo que todos eran amigos. Un día propuso dar un paso más y ella sólo aceptó tres años más tarde. A los tres meses de empezar la relación quedó embarazada y se casaron. Cuatro años después –en medio de una economía precaria– nació Lara. Para entonces, María Luján trabajaba en el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, como secretaria, un puesto que mantuvo ocho años hasta que cambió el ministro y no le renovaron el contrato.

—¿Hay algo de comer? –pregunta Lara, entrando en la cocina.
—Te dije si no querías una tarta.
—No, ya fue, me hago un omelette –dice Lara, sacando una sartén.
—Yo cocino bárbaro. Pero ahora hago pocas cosas en casa. Muchas veces por la lucha de justicia de Once, y muchas
veces por acompañar a otros. A los inundados de La Plata. O a la red antimafia de Rosario. Pero tampoco soy la madre que lo deja todo para que brillen los vidrios. Si Lara tiene el cuarto despelotado, cierro la puerta y adiós.
—¿Y antes eras de cocinar?
—Sí, era –dice Lara.
—No seas guacha –dice María Luján, riéndose.

Impostan un tono de reproche, como dos actrices de comedia brillante en un guión aceitado y autoparódico: la madre que no se ocupa de su hija, la hija que se queja de que su madre no se ocupa de ella.

—No tiene horarios. Lucas era igual. Le podía entrar al dulce de leche mientras comía fideos a las cuatro de la tarde. Pero ahora estoy demasiado metida en esto. Y por ahí para Lara es un poco denso.
—Yo estoy acostumbrada –dice Lara, echando en la sartén un spray para freír.
—Sí, pero por ahí se incomoda. El otro día fuimos a comprar dulce de leche y una mujer me tuvo tres horas. “Siga luchando, mi hijo también viaja en tren.” Por un lado la entiendo y por el otro me jode. Está buenísimo que la gente no se olvide. Pero vas a comprar dulce de leche, no vas a hablar de la tragedia de Once. A nosotros no se nos terminó la vida con Lucas. Nuestra vida cambió, pero no nos quedamos sin vida. La gente te mira y dice: “Mmm, no llora”. La vez pasada un tipo puso en Twitter: “Le enseñaste a tu hijo a transgredir normas y por eso terminó muerto, bancatelá”. Yo nunca contesto. Por un comentario bueno va a haber mil que van a decir: “Esta mujer se dedica a la bebida”.

Fuma sosteniendo el cigarrillo con la punta de los dedos, manteniendo los otros recogidos hacia la palma.

—Hay gente que te dice: “Ay, qué lástima que fumás”. Y, sí, también tengo artritis reumatoidea y no tiene nada que ver con el pucho.
—¿Tenés desde hace mucho?
—Desde antes de la tragedia. Pero después dejé de darle bolilla. Me habían dado una medicación que puede afectar la vista. Tenía fecha para ir al médico en esos días y no fui. Empecé a ver menos, dije: “A ver si es la medicación”, y la dejé.
—¿Ves mejor?
—No. Veo menos porque estoy más vieja.

Fue una madre que mezclaba formas estrictas –retaba, repartía penitencias–, cuidados amorosos –preparó los souvenirs y la torta de todos los cumpleaños de sus hijos– y una comunicación que funcionaba, en temas como el sexo, la religión o la política, de manera fluida. Cuando a los 13 Lucas empezó a tocar la guitarra, a componer, a ratearse para ir a un bar de Padua llamado Frida, hacía dos años que, en 2004, Paolo Menghini y María Luján Rey se habían
separado.

—Nos llevábamos muy bien, pero yo tenía la sensación de que la vida pasaba por el costado. El es el mejor papá que le podría haber dado a mis hijos, y yo no tengo dudas de que piensa lo mismo de mí.

Durante los catorce años que vivieron juntos, compartieron las tareas de la casa pero, como su padre le había enseñado a pintar, cortar, desatascar, la maquinaria pesada corría por cuenta de ella. El día en que Lucas, de 15, llegó para contarle que había dejado embarazada a su novia Romina, de 17, María Luján estaba pintando la habitación de Lara.

—Les dije: “Cuenten conmigo, pero yo no voy a opinar si está bien, mal, si el aborto va o no va”. Era la vida de ellos.

Lucas y Romina nunca vivieron juntos y sólo fueron pareja hasta que su hija, Guadalupe Paz, cumplió seis meses, pero, aun así, Lucas tenía a la nena tres veces por semana en casa de su madre.

—Me acuerdo de escucharla llorar a Paz a la noche, y yo diciendo: “Ay, si la agarro no llora más”. Pero le decía: “Lucas, probá con tal cosa”. No era: “Damelá que la calmo”. Nunca me moví de ese rol: yo soy la abuela, no la tengo que criar. Era re buen padre. La cambiaba, la dormía. El empezó a laburar porque tenía a Paz. Hacía casi un año que trabajaba en el call center. Decía que era un laburo comecabeza. Vendía Cablevisión y Fibertel y le iba muy bien. Le pasaba la plata a la mamá de Paz, y el resto lo gastaba en la música, cigarrillos, cerveza. Decía: “La música no se vende”. Y yo le decía: “Pero tenés que comer, por qué no hacés covers y vas a un bar”. Ni loco. Era muy cabezadura. Un carácter tremendo. Cuando se enojaba, se cegaba.

***

—Con Lucas me llevaba bien –dice Omar Rey–. Pero nos veíamos poco. Lo criaron muy suelto. Cuando me dijo que iba a ser padre, yo no daba dos mangos. Dije: “Qué va a ser padre éste, si fuma como un murciélago, chupa”. Y sin embargo era un papá de la gran flauta. Tenía un carácter bravo, pero era el único de toda la familia que se llevaba bien con Elba, mi ex. Ella es kirchnerista a muerte. El 22 de febrero, el día del aniversario de lo que pasó, ella puede poner en el Twitter: “Un día como hoy se murió Humphrey Bogart”.

Llorar no es una opción para un hombre como él, de modo que no debe ser cómodo lo que le sucede ahora, inesperadamente.

—Uno piensa… me gustaría haber hablado más con mi nieto. Pero bueno… al menos no me llevaba mal. Y él era muy atento conmigo.

***

Son las nueve y media de la mañana de un día de febrero. Paolo Menghini está en una isla de edición de Canal 7, donde trabaja desde 1995 como editor de noticias. Cuando el tren chocó, él estaba en su trabajo. Fue hasta la redacción a buscar un informe, encontró un desbande y preguntó qué pasaba.

—Y me dijeron. Era el tren que tomaba Lucas. Llegué a Once en la negación total. Estaba en la estación y decía: “Uy, cuántos heridos”. En un momento dije: “Puta, ¿no habrá algún muerto acá?”. Y pasan dos policías con las bolsas negras y pensé: “Hay muertos, hay muertos”. Y se me congeló la sangre.

***

El viernes 24 de febrero de 2012, por la mañana, Lucas Menghini Rey no había aparecido. En la división Sarmiento de la Policía Federal, dentro de la estación de Once, se empezaron a revisar filmaciones de las cámaras de seguridad y Lara vio en una, correspondiente al andén de Padua, a un chico que subía por la ventanilla a una cabina destinada al guarda, entre los vagones 3 y 4. Apenas lo vio, dijo: “Ese es mi hermano”. María Luján y su cuñada Graciela estaban en el Hospital Alvear cuando las llamaron para pedirles que regresaran a la estación sin explicarles lo que sucedía. Mientras tanto, en Once, las personas encargadas del rescate se asomaban a la ventanilla de la cabina y veían en el piso, donde había permanecido desde el día 22, el cuerpo de Lucas Menghini Rey. María Luján atravesaba la ciudad en auto y no podía ver que la televisión cambiaba el videograph “¿Dónde está Lucas?” por uno que rezaba “Apareció el cuerpo de Lucas en el cuarto vagón”. En el hall de Once, cientos de usuarios empezaban a gritar: “¡Cristina dónde está!”, “¡Schiavi hijo de puta!”, “¡Que se vayan todos!”. Los trabajos para sacar el cuerpo de la cabina, reducida a 30 centímetros, ya
habían empezado.

***

—Está todo filmado –dice María Luján Rey, en la cocina de su casa–. Se suben dos cosos, miran por la ventana y uno hace: “Acá está”. Estaba en el piso, en la cabina. Por al lado pasaron los bomberos con los 50 muertos y nunca se asomaron. Cuando llegué a Once fuimos a un cuartito y un tipo dice: “Habríamos encontrado un cuerpo…”. Y yo a los gritos: “¡El cuerpo de quién!”. Y el tipo: “Tendría las características…”. Y yo: “¡Decimeló, sorete!”. Yo ya sabía, pero quería que tuviera los huevos de decir: “Encontramos a su hijo en el vagón, tres días después, porque somos unos ineptos inoperantes del orto”.

Arriba, en la estación, la gente arrojaba piedras y la policía reprimía con gases lacrimógenos mientras algunos familiares de Lucas pedían que pararan, que no sumaran más espanto. Abajo, María Luján, abrazada a su hermana que había llegado desde Tierra del Fuego, repetía: “Mi nene, mi nene”.

—Lo primero que pensé fue si Lucas había tenido sobrevida, si había muerto porque estos inoperantes no lo buscaron. Cuánto tiempo había estado ahí esperando que lo encontraran. Una hora, dos horas. Mirá si estuvo un día entero vivo y nosotros dando vueltas. Pero no. Lucas murió en el momento. Eso lo supe cuando leí la autopsia, tiempo después. Fue duro leerla, pero si Lucas había estado esperando doce horas, yo lo quería saber.

Ahora, en el atardecer de un día de verano tan bello como aquel en que encontró el cuerpo de su hijo, María Luján Rey dice:

—Y con todo el dolor del mundo, cuando Lucas aparece me duermo sabiendo que mi hijo está muerto. Cuando no sabía dónde estaba no me podía dormir porque decía: “¿Cómo me voy a ir a dormir si mi hijo puede estar necesitándome en algún lado?”.

¿Fueron –además de la laceración de aquella búsqueda– las declaraciones de Schiavi; fue el comunicado de la Presidenta de la Nación que a las diez de la noche del día del accidente expresó condolencias escuetas al tiempo que anunciaba la suspensión de los corsos en esa época de carnavales? Sea como fuere, las diferencias entre el gobierno nacional y esa familia (de militantes peronistas, de hombres que lloran escuchando a Spinetta) empezaron de inmediato.

***

—Hay imágenes que no se me van a borrar en la vida, en la vida, en la vida –dice Paolo Menghini.

En ocasiones repite varias veces la misma frase como si quisiera drenar alguna cosa, arrancarse algo pegajoso y tóxico de la memoria.

—Lo que nos han hecho. Lo que nos han hecho. A mí no sólo me destrozaron la vida de la manera más cruel. Cuando además tuviste que ver morirse gente en el andén, deambular por los hospitales, la morgue. Recibir llamados de gente enferma. El 23, cuando salgo de la morgue, recibo un mensaje de texto: “Quedate tranquilo, estoy bien”. Llamo y me atiende una chica, y se empieza a reír y me dice: “No, era una joda, jaja”. Hubo varios de ésos. En esos días de búsqueda me han generado, para con los jefes del operativo de rescate, sentimientos para los que yo no fui criado. No los voy a perdonar en mi vida. No lo buscaron. Estaba en el vagón cuatro. Ponían una escalera, miraban y lo encontraban. Y no lo hicieron. Disculpame.

Cada vez que no puede seguir hablando, abre los ojos, inspira hondo, y dice: “Disculpame”. Cuando tuvo que reconocer el cuerpo de su hijo en la morgue pidió que sólo le mostraran la mano derecha donde Lucas tenía –desde niño– la marca de una quemadura.

—No quise ver más. Lucas se fue dormido y escuchando música. Si uno tiene que elegir alguna puta manera de que haya cambiado de estado en esas circunstancias, es la mejor manera que puedo desear para él.

***

El 5 de febrero de 2014, seis bomberos murieron mientras apagaban un incendio en el barrio porteño de Barracas. De inmediato, se decretaron dos días de duelo nacional y les rindieron homenajes de héroes. A las tres de la tarde del día siguiente, 6 de febrero de 2014, María Luján Rey abre la puerta de su casa. Está hablando por teléfono, hace señas de “pasá, pasá”. Sobre el living hay un pequeño entrepiso. Allí está la biblioteca, con títulos de Rosa Montero, Saramago, García Márquez. Siempre leyó mucho, pero desde febrero de 2012 no puede permanecer alejada de las noticias sin sentir que se pierde algo importante. El altar budista está empotrado en una de las paredes del living: es un armario chico que permanece con las puertas cerradas.

—Sí, el 22 a las siete de la tarde es el acto en Plaza de Mayo –le dice a alguien al teléfono–. Sin banderías políticas. La justicia no es para el PO, La Cámpora, el MST; es para todos.

Después se sabrá que ha pasado algo extraordinario, pero para ella es otro día más: otro día de una vida en la que dejó de ser una profesora de geografía para ser una mujer que sabe qué cosa es una cámara de casación y a quién hay que pedirle el mangrullo para un acto en Plaza de Mayo.

—Bueno, dale. Mil gracias por llamar.

Un gato bebé, que ayer se metió por el jardín y fue acogido en la casa, salta entre sus piernas. Le pusieron Flan y tiene el tamaño y el color de una esponja para lavar los platos.

—Era una política de no sé qué partido –dice, colgando–. Está indignada, dice, porque dieron dos días de duelo por los bomberos. No sabés si te llaman para ponerte fichas o qué.

El 18 de marzo empezará el juicio por el choque del tren de Once, que tiene 300 testigos y 29 procesados, entre los que se cuentan el maquinista Marcos Córdoba, que conducía la formación; los ex secretarios de Transporte Ricardo Jaime y su sucesor, Juan Pablo Schiavi; el director de Trenes de Buenos Aires (la concesionaria del Sarmiento en el momento del choque) Claudio Cirigliano; el ex subsecretario de Transporte Ferroviario Antonio Luna, y los ex directores de la Comisión Nacional de Regulación de Transporte Pedro Ochoa Romero y Antonio Sícaro. La figura por la que se los procesa es administración fraudulenta y descarrilamiento con estrago culposo, pero la familia de María Luján Rey, querellante en la causa, los acusa por asociación ilícita y dolo eventual, dos figuras que implican intención y conciencia acerca de los efectos que tiene desviar fondos de los subsidios destinados al mantenimiento de un transporte público. En paralelo a esa causa, la familia Menghini Rey inició otra contra siete miembros de la Superintendencia de Bomberos de la Policía Federal, a cargo del operativo de rescate, por “violación de deberes de funcionario público”, o sea, por no haber buscado debidamente a Lucas. El 5 de febrero, cuando María Luján escuchó los nombres de los seis bomberos muertos en Barracas, le pareció reconocer el de uno de ellos. Fue a buscar la causa y vio que, en efecto, uno de los fallecidos –Leonardo Arturo Day, jefe de los Bomberos de la Policía Federal– estaba entre los procesados. De modo que se pasó el día ante el televisor, viendo cómo un hombre a quien ella considera uno de los responsables de los peores tres días de su vida era coronado de flores.

—Es una sensación de mierda, porque uno no le desea la muerte a nadie, pero el tipo en la declaración dice que no tiene nada que ver con que no lo hayan encontrado a Lucas. Que él buscaba vivos, no cadáveres. ¡Hijo de puta, cómo sabía que Lucas estaba… era un cadáver! Lo tendría que haber buscado como si estuviera vivo. Dice que estuvo tres o cuatro días sin dormir por lo que había visto. Y yo pensaba: “Yo también estuve cuatro días sin dormir, pero haciendo lo que vos no hiciste: buscando a mi hijo”.

La voz se torna un río de cólera, una furia blindada.

—Además, murió cumpliendo con su deber y la familia lo encontró a los cinco minutos. No tuvieron que dar vueltas durante 66 horas. Pero no quise salir a decir nada, porque debe haber una mina llorando a su hijo, como yo.

De pronto, tocan el timbre. Ella camina hasta la puerta, abre y dice: “¡Hola!”, con una voz que ha perdido cualquier resto de enojo. Gustavo Bustamante y su madre, Ester Bustamante, son el hermano y la madre de Federico Bustamante,
que murió en el choque, y han venido a buscar volantes del acto del 22 para repartir. Ester se apoya contra la mesada y Gustavo, bajo el marco de una puerta, llena la cocina con su presencia monumental.

—¿Viste lo de los bomberos de ayer? –pregunta María Luján, y repite, de manera más o menos exacta, lo que ha dicho antes.

—Ester la escucha, muda. Después, cuenta cómo aquella mañana ella misma pudo haber estado en ese tren, de camino a su trabajo como empleada doméstica, y María Luján –aunque debe conocer la historia– la escucha, muda.
—Ayer saqué la causa –dice María Luján–, y Lara vio la autopsia. Quiso leerla y me dijo: “Es menos de lo que yo me imaginaba, pensé que tenía la cabeza destrozada”. Le dije: “No, la cabeza la tenía intacta. El cuerpo no. Tenía una lastimadura en una pierna, el jean tiene un tajo”. Y me dice: “¿Pero vos tenés el pantalón?”. Le digo: “Tengo toda la ropa que llevaba puesta tu hermano. El pantalón, el buzo, las zapatillas, el calzoncillo”. Y Lara me dice: “Tirá todo eso”. Pero yo no lo voy a tirar. Tengo los dos encendedores, el paquete de Philip Morris vacío, la mochila. A la ropa mi vecina la lavó y me la dio. El domingo 26, cuando nos juntamos con Paolo para preparar la conferencia de prensa que hicimos el 27,  agarro el buzo de Lucas y me lo llevo. Estábamos en un departamento y de pronto empezamos a sentir un olor terrible. Hasta que me di cuenta que era del buzo. Un olor a podrido que… No es olor a podrido de cualquier cosa. Inclusive cuando decís: “Hay olor a bicho muerto”, no, ni siquiera a bicho muerto. Es un olor rarísimo.
—Es olor a sangre machucada –dice Ester.

Hay un segundo de silencio y María Luján dice:

—Lara me decía que tirara todo porque las almas no descansan. Y yo le dije: “¡Nena, con lo que descansaba tu hermano vivo, mirá que no va a descansar estando muerto!”. Se la pasaba durmiendo.

***

—Con María Luján no creo que seamos ejemplo de nada –dice Paolo Menghini–. Pelea por su hijo como lo hizo siempre, y yo también. Cuando supe que uno de estos bomberos estaba imputado en la causa, para la familia de ese tipo todos mis sentimientos. Pero no para él. No puedo. No sólo porque murió en cumplimiento de su deber, sino porque además me generó un dolor que no se me va a terminar en la vida. Lucas no está. Pero estos corruptos delincuentes hijos de puta, aunque destrocen la historia argentina, a Lucas no lo tocan. Disculpame.

***

Cuando el bar Frida Cerro, los dueños y amigos se nuclearon en una casa comunitaria de Padua –Casa Frida– donde se hacen recitales y ferias americanas, y donde Lucas pasaba mucho tiempo. Fue allí donde la familia decidió hacer lo que nunca llamaron velatorio sino despedida. El 25 de febrero dispusieron un ataúd sin cruces y lo colocaron en el patio, bajo un árbol de laurel. Paolo Menghini cantó canciones de Spinetta y de los Beatles. María Luján y Lara, que también practicó el budismo, recitaron la Ceremonia de los Muertos, y una larga caravana marchó más tarde al cementerio. Después, María Luján fue a hacer lo que tenía que hacer: buscar a Paz, su nieta, para decirle que ya no volvería a ver a su padre.

***

El día es gris y destemplado. María Luján Rey, como en medio de una escenografía inmóvil, está, otra vez, en la cocina de su casa. A lo largo de semanas contará, con mano firme, la manera en que buscó y encontró a su hijo, pero cuando recuerda el momento en que habló con su nieta parece una mujer sumida en un lugar ruinoso y desesperanzado.

—Nos sentamos en el piso. Le dije: “Bueno, Paz, hubo un accidente con el tren que lleva a la gente a trabajar”. Y empezó a decir: “Mi papá no, mi papá no”. Le dije: “Sí, tu papá iba en el tren y se lastimó mucho”. Y lloraba y decía: “Ay,
ay, mi papá no”.

Habla sin mirar a los ojos, con una pedagogía suave, como si no le estuviera contando eso a un adulto sino, una y otra vez, a su nieta de cuatro años.

—Y le dije: “Sí, Pachu, papá se murió, así que no lo vamos a volver a ver”.

Esa misma noche hubo una marcha de vecinos hacia la estación de Padua. Cuando la marcha terminó, ella les dijo a los amigos de Lucas: “¿Y la guitarra? Sin guitarra no es el Chimu”. Los amigos llevaron las guitarras y ella se quedó con ellos, cantando hasta el amanecer.

—Si a mí me hubieras dicho el 21 de febrero: “¿Qué hacés si mañana tu hijo choca con un tren, no aparece, y después de tres días aparece muerto?”, yo te decía: “Me mato”. Y bueno. No me maté. Cuando lo extraño mucho pongo su música. Por algo le pasó a él. Yo, por mi creencia, no creo en las casualidades. Lucas no terminó el secundario, era muy mal alumno. Yo lo hinchaba para que terminara. A veces digo qué bueno que no me dio pelota y se dedicó a la música. Mirá si me hubiera dado bola y se hubiera dedicado solamente a dar las materias. ¿Hoy qué me quedaba? La tarjetita del call center.

***

El domingo 26 de febrero de 2012, un día después de enterrar a su hijo, María Luján Rey fue a comprar algo para el desayuno y, al salir, levantó el diario. En la segunda página vio el titular: “Lucas viajaba en un lugar prohibido”. El día anterior, la ministra de Seguridad de la Nación, Nilda Garré, había difundido un comunicado que decía: “Se identificó que el cuerpo de Menghini se encontraba dentro de la cabina de conducción del motorman del cuarto vagón, lugar vedado a los pasajeros (…)”. El 27 de febrero, María Luján y Paolo dieron una conferencia de prensa. “Es una necesidad mía –leyó ella aquella tarde con un tono en el que ya se conjugaban la indignación marcial y el dolor sereno– (…) expresar mi más enérgico repudio al comunicado emitido por el Ministerio de Seguridad de la Nación encabezado por la doctora Nilda Garré, en el cual deja entrever la posibilidad de que Lucas tenga responsabilidad en lo sucedido (…) Tratar de convertir a la víctima en culpable es un recurso vil, bajo, bastardo y canalla (…).”

Los heridos por el choque fueron 800. Los muertos –se incluye un embarazo en gestación– 52.

***

Leonardo Menghini está sentado ante una mesa en una sala de juntas, en un despacho del microcentro. Es, además del hermano de Paolo, el abogado de la familia en el juicio contra los responsables del choque. En 1994 dejó la profesión
para dedicarse a la música hasta 1998, cuando retomó, y está convencido de que éste será su último trabajo, que después se dedicará a otra cosa.

—Nosotros somos gente de izquierda. Siempre pensé que el trabajador es el último eslabón de la cadena. La gente ve como inexorable que a los laburantes los caguen. Lo que no pueden creer, en este caso, es que no hayan buscado al pibe. Yo adhiero a muchísimas cosas de este Gobierno, pero la negativa de asumir la responsabilidad de lo que pasó deja en evidencia el desinterés real que tiene por cosas populares. Y la principal prueba de su responsabilidad es todo esto que dicen que están haciendo con los trenes: trayendo coches nuevos, arreglando vías. Si pudiste hacerlo en dos años, ¿cómo no pudiste hacerlo en diez? No quisiste. Y si no quisiste, te cagaste en el pobre.

***

En medio del caudaloso pasillo de Canal 7, de cara a un día con lluvia en vendaval, caminando hacia la salida, Paolo Menghini dice que él lleva adelante una lucha que ha sido desatendida por el partido gobernante.

—No sólo, pero sobre todo por el partido gobernante. Y trabajo en un canal estatal. Eso no me ha traído ningún conflicto. Acá sólo encontré comprensión y apoyo. Pero las diferencias que el grupo del que formo parte tiene con el gobierno nacional son las mismas que yo tengo. Suscribo a cada palabra que dice este grupo. Absolutamente.

***

Faltan pocos días para el acto del 22 de febrero de 2014 y Lara está sola en casa porque su madre fue con una amiga a repartir volantes al centro de Padua. Buena parte de su vida escolar transcurrió en un colegio privado en el que fue buena alumna y abanderada. Quiere empezar a estudiar Diseño y hoy –como casi siempre– tiene planes de tatuarse. Empezó a hacerlo hace dos años, un día después de que encontraran a su hermano, y ahora se tatúa con la naturalidad de quien va a la peluquería.

—Antes no me dejaban, pero cuando fue lo de mi hermano dije: “Ya fue”, y la misma mañana de la despedida me tatué en la espalda la tapa del disco que él no llegó a grabar.

Habla en un tono tajante, con displicencia amable y desencanto.

—No sé si lo que mantenemos es la calma. Lo que mantenemos es la cordura. A veces a un amigo le pasa algo, y uno le dice: “¿Y de eso te quejás?”. Pero no está bueno. Porque los raros somos nosotros. No podés medir las cosas por algo tan extremo que te pasó. Yo lo extraño a mi hermano, pero ya se murió, mi vida no se quedó frenada en eso. Mis papás luchan para que se haga justicia, y eso está bien, pero yo no voy a dedicar mi vida a eso.
—¿Nunca pensaste “por qué me pasa a mí”?
—No. Jamás. Porque yo creo que no me pasó a mí. Creo que le pasó a mi hermano.

La casa tiene zonas más ordenadas –la cocina–, menos ordenadas –el cuarto de baño donde, dentro de la bañera, se acumula la ropa para lavar– y plenamente desordenadas, como el cuarto de Lara y el antiguo cuarto de Lucas. El de Lara parece haber sufrido una requisa. El colchón está desnudo. Junto a la cama hay un mueble indiscernible, cubierto por ropa (cosas verdes, cosas grises, cosas floreadas). A los pies, una tabla de skate sin ruedas, sostenida por dos ladrillos huecos. El armario está abierto. Del barral cuelga una sola percha. En la puerta, una frase: “Queda prohibido llorar”.

—¿Querés ver el cuarto de mi hermano?

El cuarto de Lucas se usa para amontonar cosas pero está, en muchos aspectos, como lo dejó. Separado de la casa, se accede atravesando el patio. Hay una bicicleta, cajas, rollos de cables. Las paredes están empapeladas con hojas de diario, recorridas por dibujos, nombres de bandas –Viejas Locas–, frases –“Al carajo con Dios y la Virgen”–, siglas: EZLN. Ejército Zapatista del Pueblo.

—Lucas defendía a este Gobierno. Mi papá era re kirchnerista. Por eso le costó, después. Porque defendía algo que lo perjudicó más que a cualquiera.

***

María Luján y su amiga Mariela acaban de llegar del centro de Padua y están sentadas en el piso del living, recortando cartones para que la cera de las velas no se escurra de las botellas donde irán insertas durante el acto de Plaza de Mayo. Podrían ser dos maestras haciendo cualquier manualidad.

—Nadie te enseña a estar expuesta –dice María Luján–. Vos enterrás a tu hijo, pero el resto opina si lloraste poco, si estás empastillada. Tenés que fumarte a la que viene y te dice que no podía quedar embarazada y le pidió a Lucas y quedó, o la que no podía caminar y se le apareció Lucas en la copa de un árbol y caminó.

Se ríe, mordiéndose el labio inferior. Lara baja del entrepiso cargando un álbum de fotos. Está repleto de imágenes de Lucas y de Lara, de Paolo, de los hermanos de Paolo, pero no hay ninguna foto de la madre de María Luján.

—Vive en Mar del Plata. No tengo una relación fluida. Es ultrakirchnerista. Para mi vieja es el bajón de haber perdido a su nieto, y listo. No entiende que su nieto murió por la corrupción de estos hijos de puta. Porque no los ve como
hijos de puta.
—¿Eso te enoja?
—No. Cada uno lidia con esto como puede.

Lara, sentada en el alféizar de la ventana, hace un gesto de hastío y dice:

—Me voy a tatuar.
—Nena, tenés hormigas en el traste, como tu hermano.

Si Paolo Menghini habla de su hijo como de un talento perdido (“Para mí es un legado que se conozca la obra de Lucas”), su madre habla de él como de alguien desordenado, buen padre, cariñoso, simpatiquísimo, de pésimo carácter, que se vestía en ferias americanas y se cortaba el pelo solo. Hacia el final de la tarde, María Luján y su amiga volverán al centro de Padua, a repartir volantes. Como si un día sin hacer nada fuera –entonces sí– un día sin Lucas.

***

Poco después del choque, el ministro de Planificación Julio De Vido anunció que el Gobierno pediría ser querellante en el proceso judicial, pero la Cámara Federal lo rechazó por estar el Gobierno en la línea de responsables. Cinco días después del choque, en un acto público en Rosario, la Presidenta pidió que las pericias de lo que había sucedido en Once no tardaran más de quince días, porque “los 40 millones y las víctimas necesitan saber quién es el responsable”. Dos semanas después del choque, Schiavi renunció a su cargo y la administración del transporte pasó al ala del Ministerio del Interior conducido por Florencio Randazzo.

***

—Sí, dos temas de Pity y después nosotros. No sé si habló con Axel.

Faltan pocos días para el acto del 22 y María Luján habla por teléfono con Paolo, mencionando nombres de músicos y bandas. Cuando cuelga, dice que están intentando que algún grupo los acompañe en el acto.

—En esta época hay mucha gente de gira. Por otra parte, el Gobierno se ha encargado de instalar que nosotros somos la oposición, entonces un tipo dice: “Voy, canto por la justicia y me pierdo un show en Tecnópolis”, y los re entiendo.
—¿Tuviste pareja después de Paolo?
—Siete años de convivencia catastrófica. Fernando. El Chino. Logré que terminara el secundario, que consiguiera trabajo, que se internara por su adicción a las drogas. Yo lo conocía desde chico, pero cuando lo volví a encontrar decía que había dejado de consumir. Fue chamuyo. Me banqué el año de internación, el año de reinserción social. Para haberme enganchado con una persona enferma tendría algún punto enfermo yo. A los dos meses de lo de Lucas, estábamos por ir a un cumpleaños y me dijo: “Yo no voy”. “¿Por?”. “Estoy esperando el momento menos doloroso.” “¿Para qué?” “Para irme.” Y le dije: “Es éste. Agarrá todo y andate”.

Durante los siete años de convivencia con Fernando, María Luján trabajó haciendo duendes de arcilla que vendía en las ferias de las plazas mientras estudiaba el profesorado de geografía. Desde que se recibió, trabaja como suplente en la secundaria 22 de Merlo, en la 26 de Padua, en la media 17 de Merlo centro, en la media 10 de Merlo.

—Me gusta generar en los pibes una semillita de curiosidad. Pero últimamente me interesa más que entiendan que una persona boliviana es un igual, y que salir a afanar estéreos no es laburo.

A lo largo de la tarde, ella y Paolo seguirán intentando contactar a un grupo que pueda tocar el 22. Finalmente, no conseguirán a nadie.

***

El edificio donde funciona Radio La Colectiva, en Buenos Aires, era una sucursal del Banco Mayo. Ahora, en esos tres o cuatro pisos, hay viviendas, cooperativas, la radio. Es sábado, y María Luján y su sobrina Lucila, prima de Lucas, están siendo entrevistadas en un programa del mediodía. Cuando van a un corte, la conductora pregunta:

—¿Existió alguna posibilidad de que Lucas estuviera vivo?
—No –dice María Luján, seca.
—Muere en el momento.
—Sí.
—Mirá vos. Mirá vos.

María Luján no dice nada pero hace un gesto imperceptible: lo contrario de la amabilidad y la paciencia. Después, ya en la calle, enciende un cigarrillo y mientras camina dejando volantes en los parabrisas de los autos dice:

—¿Se nota que me caliento mal? El morbo de la gente siempre quiere más. Quiere que encima estuvo vivo y que encima pasaron todas esas horas. Como no es la sangre de ellos, ni las tripas de ellos…

***

A dos días del acto en plaza de Mayo, el living de la casa está atiborrado de bolsas que contienen las botellas que se usarán como candelabros. María Luján está en la cocina, organizando equipos: un equipo de gente para las velas, otro para estampar remeras.

El 25 de febrero del año 2013, cuando se cumplió un año de la despedida de Lucas en Casa Frida, ella escribió una carta abierta donde insistía en que la ministra Garré no se hacía responsable “de la ineficacia de las personas que están a su cargo”.

—Me tocaron el timbre a las ocho de la noche y era un tipo con un sobre: “Se lo manda la ministra”. Yo me quedé helada, no lo quería abrir.
—¿Por qué, qué pensaste que había?
—Fotos. Pensé que me había mandado fotos del lugar en el que estaba Lucas para decir: “¿Ve que era difícil de encontrar?”. Yo nunca quise ver esas fotos. Pero no. Eran cinco carillas, en las que decía que yo había malinterpretado sus dichos, que la habíamos dejado como un monstruo. Creo que todos los funcionarios se han manejado con el prejuicio de pensar que por el hecho de vivir en el conurbano y usar el tren éramos gente que iba a poder silenciarse. Y justo les tocaron dos que encabezan, que protestan. Yo nunca los voté a los Kirchner, pero Lucas apoyaba este proyecto.

Un auto se detiene en la calle y llega Lara. Saluda, parca.

—¿Te tatuaste el otro día?
—No, voy mañana.
—Te dieron el primer permiso y no paraste –dice María Luján–. Tu hermano era obediente. Le dijimos que no y nunca se hizo. Murió a los 20 sin un solo tatuaje. Ella es arisca. Esta se va a morir y…

Una breve pausa.

—…se va a morir a los 87 siendo arisca. Pero ahora le toca todo doble, todo el amor va para ella, ¿no?

María Luján Rey fue, por pedido de su hija y de sus compañeros de colegio, la única madre acompañante en el viaje de egresados a Bariloche en 2013. Usa, sin que suenen impostadas, frases como “se escabió la vida, la pendeja”.

***

El 22 de febrero de 2014 es –una vez más– un día espléndido. A las siete de la tarde, la Plaza de Mayo está repleta. A las siete y media hablan Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo de la Línea Fundadora; el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel; el director de cine Juan José Campanella (“No somos golpistas ni destituyentes. Que digan eso de nosotros es el peor insulto que se nos puede hacer. Sólo estamos pidiendo justicia”). Entre una cosa y otra, Gabriela Radice y Sebastián Wainraich leen adhesiones al acto: Frente de Izquierda, Kevin Johansen, la juventud socialista del MST, el líder de la comunidad Qom Félix Díaz. Alrededor de las ocho, María Luján Rey y Paolo Menghini suben al escenario para leer el discurso central, y tras ellos sube una nena rubia con una remera negra en la que se ve, estampado, el rostro de su padre: Lucas.

—Al Gobierno le exigimos desde el primer día lo que merecíamos –lee Paolo–: que nos dieran una ayuda integral, un seguimiento de las lesiones físicas y psíquicas, y nunca lo hicieron.
—Señalamos como principal responsable de ese abandono –lee María Luján– a la señora presidente Cristina Fernández de Kirchner. Es responsable porque nunca instruyó a sus ministros y secretarios para que se ocuparan de todos nosotros y de las consecuencias del desastre al que nos arrastraron.
—No habrá tenido tiempo –dice Paolo, con sorna–. Pero sí tuvo tiempo para lapidar a quienes opinan diferente. Un gobierno que se ufana de estar del lado de los más necesitados nos abandonó a nuestra suerte.

A lo largo del discurso, se menciona a Florencio Randazzo, a Julio De Vido, a Cirigliano, a Schiavi. Cada vez, la gente silba y algunos, pocos, gritan: “¡Asesino!”. Cuando ambos terminan de leer, los familiares suben al escenario y Paolo, con la guitarra colgada, anuncia:

—Vamos a cantar una canción de lucha, de lucha y de más lucha.

Suenan los primeros acordes de un clásico de multitudes –“Pronto venceremos”– y los familiares empiezan a cantar, tímidamente, hasta que la voz decidida de María Luján Rey los arrasa como una fuerza imperante, como una voluntad
o como un puño, y todos la siguen.

***

—Estoy contenta, porque fue mucha gente. Pero no hubiéramos hecho el acto si tuviera a mi hijo durmiendo en casa.

Han pasado pocos días desde el 22 de febrero y la cocina está otra vez repleta de carteles –“Por los que se fueron, por los que estamos, por los que vendrán”– que planean colocar en las puertas de Comodoro Py cuando comience el juicio. Aunque la bautizaron en la iglesia católica, María Luján Rey nunca fue religiosa hasta que empezó a ir en 2004 a las reuniones de la organización budista japonesa Soka Gakkai.

—En el budismo uno debe hacerse cargo de ser quien dirige su vida. De ahí la idea del karma. Que mi sufrimiento no sea sólo sufrir, que se transforme en algo más. A veces pienso que empecé a practicar el budismo ocho años antes de lo que pasó sólo para prepararme para lo que tenía que vivir.
—¿En algún momento te pareció que no lo ibas a aguantar?
—No. Pero hay momentos donde decís: “Estoy triste y parece que todo lo que me falta va a ser igual”.

Después, alza la vista, que ha mantenido baja y concentrada en un papel que dobla sobre sí mismo, y pregunta:

—¿Querés que vayamos a Casa Frida?

Por el camino, en el auto, dice que empezó a escribir un libro que narra el primer año de su vida después del choque.

—Es raro escribir todo eso. Ahora estoy por llegar a enero de 2013, y a veces le tengo que preguntar cosas a los otros, porque hay cosas que borré o no registré.

(El libro, finalmente publicado el mes pasado por Planeta, bajo el título Desde mis zapatos, decía, en su versión original: “Veía periodistas por todos lados. Cámaras, móviles, micrófonos (…) y yo sólo quería encontrar a mi hijo (…) No pensaba en esos momentos en que alguien me vería en un noticiero (…) Era como si fuera una autómata, quería encontrar a mi hijo y lo único que pensaba era que cuantas más personas supieran de nuestra búsqueda más pronto lo íbamos a encontrar”.)

Casa Frida no queda lejos. Es añosa y descuidada, pero de estructura noble. En el porche, descalzos, están Federico y Fernando, amigos de Lucas. Cuando ven bajar del auto a María Luján, se acercan a abrazarla.

—¡Ey, Tuti! Hay que ir a buscarte para que vengas.
—¿Y ustedes? Hace mil que no van para allá. ¿Todo tranca?

Atrás, en el patio, el laurel bajo el que colocaron el cuerpo de Lucas es gigante: ramas de un verde casi negro que superan la altura de la casa. María Luján lo mira con admiración y dice:

—¿Me puedo llevar un poco? Para el guiso. Cuando haga los invito.

***

El martes 18 de marzo de 2014 comenzó el juicio oral y público. Por la mañana se supo que un grupo de familiares había llegado a un acuerdo extrajudicial, aceptando una suma de dinero a cambio de desistir de toda imputación. Paolo Menghini, consultado por los medios, dijo: “Son víctimas y merecen todo nuestro respeto. Las personas que accedieron a ese acuerdo no forman parte del grupo de lucha que ha sostenido el pedido de justicia. Nosotros lo hicimos por todos, pero respetando las decisiones personales”. A las once y media de la mañana, cuando el juicio ya había comenzado, él y María Luján sostenían contra el vidrio de la sala –que separa al público de los testigos y los jueces– un cartel que decía “Justicia”. Miraban al frente con la vista fija, como si quisieran morder.

***

Es 29 de julio de 2014, día gris, invierno. María Luján Rey apaga el cigarrillo apenas antes de empujar la puerta de la confitería Imperio, de Scalabrini Ortiz y Corrientes. Saluda, se sienta, dice que tiene un nuevo tatuaje: tres estrellas en el tobillo.

—Me las hizo Lara. No sabés cómo me dolió.
—¿Lara sabe tatuar?
—Se compró la máquina y practicó con piel de chancho y una calabaza. Y conmigo.

Desde que empezó el juicio, va todos los lunes y martes a Comodoro Py, sin perderse una audiencia. Con memoria implacable, como si no exponer cada segmento de un relato significara faltar a la verdad, recuerda la declaración de un guarda que terminó imputado por falso testimonio, la de la médica que atendió al maquinista Marcos Córdoba y, claro, el episodio con Schiavi.

—Era el segundo día del juicio. Estábamos en la vereda y cuando levanto la vista lo veo a Schiavi. Venía para donde estábamos nosotros, con Paolo y Leo. Entonces agarro el cartel de Justicia y lo levanto. El tipo viene como para abrazarme y Leonardo le pone la mano acá, y Schiavi le dice: “No la voy a tocar”. Y yo digo: “No, no me va a tocar”. Y me empieza a decir que hacía tanto que quería decirme que me entendía y que le daba mucha bronca cuando escuchaba que decían que Lucas había muerto por viajar en un lugar indebido, que Lucas en realidad había viajado donde había podido, que él había llorado mucho. Yo lo miraba. Con el cartel acá. Hasta que Leonardo le dijo: “Bueno, listo”. Y se fue. Bajé el cartel, y después de eso estuve un día en cama. Parecía que me habían cagado a palos. Una bronca. Yo le tenía que tener pena a él por lo mal que se había sentido.
—¿Sentiste pena en algún momento?
—No.
—¿Qué sentiste?
—Asombro. Lo que me ayudó a contener mis reacciones fue pensar: “No le voy a dar lo que quiere”.
—¿Y qué quería?
—Cualquier cosa que yo le hubiera dado. Llorar, pegarle, insultarlo. Cualquier demostración hubiera sido una victoria para él. Yo no quiero ganar nada, pero no quiero que se lleven lo que quieren de mí.

En el mes de julio de 2014 comenzaron a correr en el ramal Sarmiento algunas de las formaciones nuevas que anunció el ministro Florencio Randazzo. El 21 de ese mes la presidenta Cristina Fernández de Kirchner las inauguró diciendo: “¿Todos ubicaditos? (…) Tenemos que hacer rápido porque si no viene la próxima formación y nos lleva puestos”, y “(…) El tren no arranca si las puertas no están herméticamente cerradas (…) Para mí que he visto tantas veces viajar a la gente colgada del tren (…) Por una cuestión de que les gustaba tomar aire, la verdad que me parece un salto cualitativo”. María Luján retweeteó las declaraciones con un comentario –“Puaj”– que terminó en la portada del diario Perfil.

—Cualquier cosa que hagan con el tren está cimentada en 800 heridos y 52 cadáveres de los que nunca hablan.
—¿Podés viajar en el tren sin sentir aprensión?
—Sí. Una sola vez me sentí mal. Viajaba sentada en el piso y empecé a pensar: “Si el tren choca, ¿por dónde me van a entrar las chapas?”. La llamé a Mariela, mi amiga, y me dijo: “Bajate ya”. Y yo pensé: “No, si mi cabeza hace esto,
mi cabeza acomoda”.
—Y te quedaste.
—Y me quedé ahí. Sentada.

El amigo chino

Publicado: 4 febrero 2015 en Leila Guerriero
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El cartel flota en la noche de Buenos Aires como el ala de una mariposa seca: Supermercado Express, letras rojas sobre fondo verde. En la vereda, una pizarra anuncia que se aceptan tarjetas de crédito y débito. Tomates y naranjas brillan lustrosos frente a los carritos de metal que se usan para llevar pedidos a domicilio. Desde adentro, detrás de su pequeño mostrador, Ale, el dueño del supermercado, me ve y me saluda con un gesto. No lo dice, pero es como si lo dijera. Durante dos meses, en cada uno de nuestros encuentros, cada vez que lo llamaba por su nombre, Ale se daba vuelta y decía, decepcionado: «Ah, Leila».

Ale es chino, y sabe muchas cosas de mí. Cuando estoy en casa, cuando salgo de viaje, cuándo se termina mi dinero y cuándo no hay más comida en mi heladera. Técnicamente, y desde hace cinco años, Ale es el hombre que me alimenta. Lo veo más que a cualquiera de mis amigos, hablo con él dos o tres veces por semana, sabe que me gusta el queso estacionado y que no como nada que tenga ajo. Cuando hago un pedido por teléfono y olvido algo —pan, leche— me lo recuerda:

—¿Hoy no pan, hoy no leche?

Si le pido cuatrocientos gramos de jamón crudo se alarma:

—Muy caro. ¿Tanto quiere?

Conoce mi nombre, mi número de documento, mi profesión, el nombre del periódico donde trabajo, la dirección exacta de mi casa y la cantidad de gaseosa y pasta dental que consumo por semana.

En cambio yo (después de entrevistarlo una docena de veces, de citarlo en bares y hablar a hurtadillas en su lugar de trabajo para responder una pregunta simple: por qué vino de su China milenaria a estas jóvenes pampas del sur) todavía no sé —nunca sabré— nada de él.

***

La primera vez que lo vi fuera del supermercado fue en una confitería, luces dicroicas, plantas colgantes. El mozo trajo un jugo de naranja y nos miró con sorna, pero Ale, que desconoce el idioma mudo del desprecio, agradeció.

—Mucha gracia.

Después, dibujó la China sobre una servilleta de papel.

—Acá provincia Guandong. Acá provincia Fujian, mi provincia. Antes viene más gente de Guandong. Ahora viene más gente de Fujian, paisano mío.

Hace cinco años, Ale no se llamaba Ale sino Huang, pero dejó ese nombre con todas las cosas que dejó en la República Popular China, en su aldea de Fujian, ciento veinte mil kilómetros cuadrados —la mitad de la superficie de la provincia de Buenos Aires— donde se agolpan treinta y cinco millones de habitantes —el equivalente a los de toda la Argentina. Ale nació muy budista en aquel país donde se festejan el Festival de la Primavera y la Fiesta de las Linternas, donde la edad da prestigio y el tiempo se cuenta por ciclos lunares regulados por la naturaleza, y se mudó en el año 2000 a Buenos Aires, Argentina, donde los viejos son resaca, el tiempo se paga caro y la mayor fiesta del año es el nacimiento de un dios improbable en el que él no cree. A cambio, es el joven dueño de un supermercado que permanece abierto de lunes a sábado de 9 a 22, domingos de 9 a 13 y de 17 a 22, sin feriados nacionales ni días de guardar.

—¿Por qué viniste, Ale?
—Para conocer mundo –dijo Ale, cuando le pregunté.
—¿Conocés otras partes de China?
—Una vez fui Pekín, con abelo. Vi palacio, y eso de paredes largas… cómo dice…
—La muralla china.
—Sí. Mú rá yá. Mucho año, mil y pico, era de rey. Lindo Pekín, pero ciudad grande. Mi ciudad, chica, entre campo y ciudad. A veces mejor vive campo, otra mejor vive ciudad. Depende carácter.
—¿Y cuando vivías en China qué hacías?
—Primero, secundaria. Después aprende tres años como técnico, y después aprende dibujar dibujo. Y cocinero. Después, mi paisano está acá y yo viene. Pero dos años antes de llegar a Argentina, mi mamá fue Bolivia, a trabajar en negocio de venta de pollo parrilla. Yo tiene 18 año cuando mamá fue Bolivia.
—¿Por qué se fue tu mamá a Bolivia?
—Tiene pariente allá. Allá tiene mucho paisano que dicen que afuera de mi país es lindo, tiene mucha cosa, y yo dije voy a salir para ver, yo también quiere salir de país para conocer mundo. Y ahí me fui, salí a mundo.

Algo azul destella sobre la mesa: el celular. Ale atiende y habla en chino. Después pregunta:

—¿Puede ser basta por hoy? Llama mamá, dice que vino señor que debe plata.

Mientras caminamos de regreso me dice que tiene una hermana menor, que en la China los hijos obedecen a sus padres y los padres a los abuelos y todos obedecen al que tenga más edad. Y que tiene un hijo de dos meses que se llama Sergio.

—No tiene nombre chino, toravía.

Yo ni siquiera sabía que Ale tuviera una mujer.

***

La China es un país desmesurado.

Nueve millones y medio de kilómetros cuadrados, mil trecientos millones de habitantes, dieciocho mil kilómetros de costa, cinco mil cuatrocientas islas y cuatro milenios de civilización que alcanzaron para que brotaran el papel, la imprenta, la brújula, la pólvora, Mao, la Revolución Cultural, Tian’anmen y el tren que llega del aeropuerto de Shangai hasta el centro —treinta y cinco kilómetros— en siete minutos. Cincuenta mil hijos de esa China viven en Buenos Aires donde llegaron en mayor número hace diez años, muchos para abrir supermercados alrededor de los que se tejieron las peores famas: competencia desleal, explotación de los empleados, suciedad.

El supermercado de Ale es luminoso, tiene unos seis metros de ancho por catorce de fondo con los habituales sectores de té y fideos, aceites y conservas, vinos, lácteos, fiambrería, carnicería, productos de limpieza y una verdulería al frente. En este negocio, que era de una de sus primas, Ale empezó atendiendo las cajas registradoras, tomó pedidos por teléfono, acomodó mercadería, y finalmente lo compró. Ahora se prepara para un futuro de esplendor: sabe que es buen negociante.

Es martes, casi de noche, y este hijo de la China está en su negocio floreciente, escribiendo carteles que ofertan galletas a tres por uno.

—Hola, Ale.
—Ah, Leila —se decepciona—. Diculpa, ahora no puede habla, tiene mucho trabajo.
—¿Y no querés que hablemos acá, mientras trabajás?
—Bueno, no hay probrema.

Su única hermana —una muchacha con una margarita azul dibujada en cada uña— mira con sorna desde la caja registradora. En la otra caja hay un primo recién llegado: Xin. Un chico frágil que casi no habla español, con el aspecto de un pájaro lastimado y el pelo como una lluvia de pesadumbre. Parece inanimado, recién salido de una bañera de agua tibia. Le recuerdo a Ale la primera vez que me habló: fue hace cuatro años. Ale atendía la caja, me estaba dando el vuelto, y de pronto dijo en un español de manual:

—¿Ushté toma-rá vá-cá-rá-ció-nés?

En aquel momento le dije que sí, que en abril, pero él no entendió. Sólo le habían enseñado a preguntar.

—Ah, sí, sí. Yo tomaba clase con profesora cateyano. Ahora no puede, no tiene tiempo, trabaja, puro trabaja.
—¿No extrañás la China?
—Cuando primero venir Argentina, sí, extraño China. Ahora, extraño meno. Pero extraño mi abela, mi abelo. A mí me gusta acá. No pone triste que China lejos. Pone triste a veces por pelear con pariente, pelea con papá, mamá, este cosa medio triste. Otro no. Problema de trabajo, pero eso no pone triste. Ahora, hace do mese, vino papá. Técnico elétrico papá, todavía no trabaja porque no sabe idioma.
—¿Tu papá no pudo venir antes?
—No, porque tiene mi abelo enfermo. Año pasado abelo murió y yo no puede volver. Eso feo. Mi abela vive ahora con uno otro tío.
—¿Y vos vas a volver a China?
—Algún día me vuelvo por mi país. Ahora no. Pero mejor vivir acá. Acá persona muy amable. Más educados que campo. Yo en China, vivo en campo. Acá ciudad, gente más educada.
—Pero la gente dice cosas horribles de los chinos acá.
—No sé. Puede ser porque antes vino chino todo de edad grande. Y chino antiguo habla muy fuerte y acá gente habla muy suave, habla muy chiquito. Y alguno paisano no sabe eso, y la gente acá piensa que chino está enojado o trata mal, pero no, es manera hablar. Acá gente cree que chino come cualquiera cosa. Un vez taxista me dice: «Salió en diario que chino come gato».
—¿Y qué hiciste?
—Nada. Dije: «Yo no como gato, pero en todo mundo hay gente epeshial».
—¿Esto era como lo imaginabas?
—No. Es ciudá, y cuando yo viene acá imagina que Argentina era… así, como caballo caminando… este ariba. Cómo se llama este… caballo caminando…
Se pone pálido, aprieta la boca en un coágulo rosa, preso en su idioma, yo en el mío.
—¿Te imaginabas que acá había caballos?
—No, no. Como caballo, como caminando caballo ariba…
—¿Gaucho?
—No, no. Dibuja una línea ondulada.
—Este, camina ariba.
—¿Montañas? —le pregunto, modulando cada sílaba como si Ale en vez de un hombre que cruzó el océano, que maneja un comercio y es padre de una persona pequeña—, fuera sordo. O un poco idiota.
—¿Pampa?
—No.

Al fin, el dice: «Verde» y yo grito: «¡Pasto!». Ale imaginaba un país cubierto de pasto: lo que pisan los caballos.

—Esto es más famoso de Argentina: pato. Perdona mi cateyano. Hay cosa que yo sé, pero no sabe cómo se habla. ¿Cómo se llama eto? ¿Oreja?
—No, ceja.
—Ah, ceja. ¿Ve? Si no habla, olvida.

Finalmente Ale dice que ese fin de semana no podremos encontrarnos porque viajará a la ciudad de Rosario, para visitar a la familia de su mujer, Clarita. De modo que hago cuentas: a su aldea, Pekín y Buenos Aires hay que sumar Rosario. Ale, que se fue de China para conocer el mundo, conoce cuatro ciudades del globo.

No entiendo.

Entonces llamo al señor Han.

***

En una de las zonas caras del barrio de Belgrano está la residencia del cónsul chino. Allí funciona la oficina del agregado cultural, el señor Han Mengtang, un hombre que hace diez años vive en distintos países de Sudamérica como funcionario chino.

—Claro, no se entiende porque es diferente, usted lo ve como occidental —me había explicado por teléfono—. En Occidente, aunque no tenga dinero, la gente viaja. En Oriente, la gente primero echa una buena base económica, y entonces viaja. A los cincuenta, cuando ya los hijos están grandes, dejan supermercados y se van de viaje.
En el consulado no hay banderas ni escudos, pero los números del portero eléctrico están en chino, sin traducción. Toco uno cualquiera y alguien dice algo y suena una chicharra. La puerta se abre. Tres segundos —literales— después el señor Han sale del ascensor trajeado, sonriente, y me invita a sentarme en ese hall desangelado.

—Oriente es muy distinto de Occidente. El budismo chino piensa que la vida es un círculo, viene aquí y luego en el futuro tiene otra vida. El occidental piensa en el presente, no en el futuro. Para el chino, en el presente tiene que hacer bien, porque si uno hace maldades en esta vida, en el futuro tiene que pagar. Pasar bien el presente es importante, pero el objetivo es tener mejor vida en el futuro. En Occidente, lo más importante es el individuo. En China el Confusionismo dice: primero Cielo, sigue Tierra, después el Rey, después los padres y los maestros, y el individuo al final. Individuo es lo último.

Transcurrida una exacta media hora, y varias explicaciones después, el señor Han echa una mirada a su reloj, me regala un libro —China 2004— y se despide, todo sonrisas, no sin antes recomendarme que vaya a la China cuanto antes.

***

Es sábado por la tarde y Ale trabaja. El supermercado está vacío y suena música china tradicional. Las latas de porotos y el papel higiénico flotan en ese lamento melifluo y sopranísimo. Cuando hay clientes, Ale pone cumbia.

—Gente no gusta música china. Asusta. Si pone fuerte, entra poco gente.

Se ha despertado de la siesta hace una hora. Hay pocas cosas que le gusten tanto como dormir: se acuesta a las diez y media de la noche y se despierta a las nueve y media de la mañana, pero no sale de su cama hasta mediodía: desde allí atiende a los proveedores por teléfono.

—Acá aire mejor. Porque se llama Buenos Aire. En mi país, no tan bueno el aire, mucho auto. Antes no, antes meno auto. Antes, cuando yo chico, dormía al aire en una silla, y puedo ver estrella a la noche, muy claro. Ahora no. Y Argentina, cuando vino, veía bien estrella. Ahora, poco poco. Cielo me parece más sucio que ante.

Una puerta comunica el supermercado con la vivienda, que está en el primer piso. En esa casa viven él, su mujer y su hijo, su hermana menor, su madre, su padre y tres primos. Ser muchos bajo un mismo techo es gran orgullo para las familias chinas, signo de prosperidad. En China hay calles que se llaman así: Cinco generaciones bajo un mismo techo.

—En China todo mundo vivir junto. Viven papá, mamá, hijos, primos. Acá no, acá parece que si tiene 18 años ya salió de la casa.
—¿Y a vos cómo te gusta más?
—Vivir todo junto. Porque tiene más tiempo para hacer otra cosa. Yo, después de trabajo, muy cansado. Y volver a casa y si mamá hace cocina, no es tan cansado para vos. A mí me gusta esto. Porque mi señora lava, mi mamá cocina, yo trabajo. Pero acá en Argentina todo mundo vive con su señora, su señor.
—¿Y vos no te irías a vivir solo, con tu mujer y tu hijo?
—No, no. Mejor todo mundo junto. Igual en China diferente ahora. En ciudad grande, Shangai, gente más libre, igual que acá: quiere salir de casa y vivir junto con novia, novio. Pero para mí mejor este mejor.

Entonces la madre de Ale, a quien llaman Marta, aparece desde alguna parte, chasquea la lengua, cambia la música y grita: «¡Juaaanshhhiiitooo!», llamando a uno de los tres empleados peruanos que trabajan aquí desde hace años y que se refieren a la señora Marta y su familia como «los chinos». Juan (cito) aparece sin apuro y escucha lo que la señora tiene para decir, que es más bien poco: apenas unos gestos que indican que limpie el piso donde se ha volcado algo. Ale me mira y sonríe. Me explica que ella no grita porque esté enojada sino porque viene de una provincia china donde todo el mundo grita, pero los gritos de la señora Marta son espeluznantes y por primera vez me pregunto si Ale no me está mintiendo.

***

Ni Ale, ni la familia de Ale —ni sus primos ni su hermana, ni su madre— se dejan ver por el barrio. Trabajan casi todo el día y sus salidas son pueblerinas: visitan a otros parientes, van a restaurantes chinos de la zona.

La vida de Ale no tiene sobresaltos, aunque en el invierno de 2003 estuvieron a punto de matarlo. Era noche de martes y estaba con su madre cuando escucharon ruidos en la escalera. Antes de poder asustarse, dos tipos se les tiraron encima. Les pegaron, los amordazaron, los amenazaron con armas y les robaron todo: televisor, plata, ropa. Lo hicieron con saña: rompieron una mesa a golpes, mataron el gato al grito de «chino comegato». Al día siguiente, ni Ale ni su madre aparecieron, pero el supermercado abrió en tiempo y forma. Después de ese episodio sellaron la casa por el frente con una plancha de hierro de color morado.

—Reja, yo no miro, no pienso —dice Ale, mientras recorre las estanterías tomando notas de los productos que faltan—. Yo no tiene miedo. Mamá tiene. Tiempo tiene que pasar. Hasta que mamá olvida.

De pronto su hermana se acerca, dice algo, me lanza una mirada torcida y vuelve a la caja.

—Perdón —dice Ale— mejor cambia horario, ahora mucho trabajo.

Miro alrededor: el supermercado está vacío.

Entiendo que, cuando esto termine, Ale volverá a ser el hombre que me vende la comida. Que está esperando con ansias el momento en que eso suceda.

***

—Dame mi bolsa, chino de mierda, dame mi bolsa, la puta que te parió.

El tipo está borracho y muy explícito. Son las tres de la tarde, y bajo esa camisa floreada puede haber cualquier cosa: un arma, o nada. Estoy acurrucada entre los canastos de plástico rojo con el logo de Coca-Cola. Mi grabador rueda y Ale mira al fulano, impasible.

—Te dejé acá una bolsa con mercadería antes de entrar a tu supermercado, chino de mierda, dame la bolsa.

El tipo tiene olor agrio. Cebolla, sudor, cigarros. Grita. No hay bolsa. El tipo lo sabe, yo lo sé, hasta los guardias de seguridad del supermercado —dos rusos que no hablan una palabra de español— lo saben. Pero nadie hace nada. El tipo huele como huelen las peores cosas. Ale tiene cara de haber visto esto muchas veces.

—¿Qué borsa, amigo?–le pregunta.
—La bolsa, hijo de puta, la bolsa que te dejé acá llena de mercadería, no me vas a estafar, chino de mierda.
—No dejó borsa, amigo.

Todo el supermercado está quieto, mirando al tipo y a Ale, que lo mira impávido. No ha interrumpido lo que estaba haciendo: pasando la tarjeta de débito de una clienta por la máquina correspondiente.

—La bolsa que te dejé antes de entrar, llena de mercadería, chino poronga.
—Qué borsa, amigo. No dejó borsa.

El ruso de seguridad se acerca por detrás y el hombre se harta. Se va. La clienta guarda su tarjeta y sale del supermercado: corriendo.

—¿No te da miedo que pueda pasar algo?
—No. No hay problema. Tiene policía, tiene guardia.
—¿Y tu mujer qué dice?
—Mi mujer no tiene miedo, pero queja mucho, porque yo no tiene tiempo para ella.

Me pregunto qué será de mí —de nosotros— después de esto: después de esta intromisión en la vida del hombre que me alimenta.

***

Un periodista argentino que vive en Brasil y estudia chino me envía un mail con curiosidades varias: “Algunas monedas chinas son redondas por fuera y tienen un cuadrado hueco por dentro. Esto es un principio taoista: ser rígido en lo moral, y flexible, redondo —sin puntas— para recibir lo que viene de afuera”. En el mismo mail me explica cómo decir “amigo chino”. Repito la frase hasta aprenderla. Es fin de semana y corro al supermercado. Veo a Ale lidiando con unas cajas. Lo llamo. Se da vuelta y dice, hastiado: «Ah, Leila». Yo digo algo que suena así:

—Chúnguo panguió.

Me mira desconcertado. Probablemente, he dicho una barbaridad. Hay idiomas así, en los que la entonación transforma un saludo en insulto, y por lo que sé el chino es uno de ellos: el sonido i, por ejemplo, quiere decir uno o varios cientos, dependiendo del tono y la intención.

—¿Cómo? –dice Ale, acercándose, y me apuro a explicarle que quise decir “amigo chino” en chino. Se diga como se diga.

Ale toma un papel, un lápiz, y dice: «no, no chúnguo».

—Escribe así: Zhong Guo Peng You.

Nos reímos. Después, porque le toca apilar cajas, le pregunto si no se aburre.

—¿Te aburrís?
—¿Qué é eso?

Intento explicarle, pero lo hago mal, y desde aquel día Ale cree que aburrirse es estar apurado. Ahora, cada vez que lo llamo por teléfono y tiene mucho trabajo, me dice: «Ahora no, diculpa, aburido, aburido».

***

Clarita es dos años mayor que Ale.

Se casaron hace un año, y ella lo cela con ahínco, con dedicación. Desaprueba hondamente nuestros encuentros, aunque suceden a la vista de todos, entre desodorantes, pasta dental y cebollas. Clarita es china y vivía en Rosario hasta que conoció a Ale y se casaron en una ceremonia rara: Ale dice que fue en un restaurante.

A fines de 2004 Clarita parió a Sergio, el primogénito y, como después del parto las mujeres chinas permanecen un mes en cama recuperando energías, ella era, para mí, una incógnita. Hasta que un día la puerta que comunica el supermercado con la casa se abrió, y un aroma a menta y leche cuajada expulsó a una mujer suave como un fantasma con un bebé en los brazos. Usaba un pijama, una conjunto de blusa cerrada hasta el cuello y babuchas atadas debajo de la rodilla: ropa de nena. No me miró; fue directo hasta donde estaba su cuñada. El bebé, en sus brazos, crujía como una rama de chocolate pálido, con el pelo disparado hacia el techo con la ferocidad involuntaria de las ramas de los árboles. Se dijeron algo al oído, Clarita se volvió, me miró, después atravesó la puerta que lleva hasta su casa y se desvaneció. Escuché el gemido del bebé —el hijo del hombre chino— y el olor a menta y leche desapareció con él.

Supe que tenía que irme. Supe, también, que a Ale y a mí nos quedaba poco tiempo.

***

—Pase, pase, asienta toma por favor.

El señor Xu Ao Feng, de 55 años, es chino, vino de Shangai a los 34 y es presidente de la Fundación de Ciencias y Cultura China, donde desde 1991 se enseña feng shui, Tai Chi Chuan, acupuntura, medicina china e idioma chino. El señor Feng tiene una forma de hablar admirable para un profesor de idiomas: enredada.

—Oriente y Occidente son cultura muy diferentes que van por caminar muy diferentes, y muy dificil de integlar. Entonces con tanto mil año de historia cada Occidente, cada Oriente, todo con su camina caminando, todo tiene resultado. Su amigo chino tiene una mente difelente. Por ejemplo, la lógicamente de un chino muy difelente. Occidente le gusta ciencia. Siempre las cosas tiene números: usted va a médico, manda examen, y dice cuánto tiene de esto, cuánto tiene de otro. Chino no. Chino trabaja energía, meridiano de cuerpo. Occidental pregunta: «¿Energía? Eso no existe». Jajaja. Jajaja.

Pero eso existe. Su amigo chino viene de plovincia que hay mucha gente y ese plovincia tiene histolia que le gusta vivir afuera. No solo en Argentina, en todo mundo hay gente de Fujian. Es gente que trabaja en mar, en barco, entonces más posibilidad para irse a correr el mundo.

—Pero, señor Feng, cruzar el planeta en avión y establecerse en otro lugar no es conocer mundo.
—Ah, sí, jaja. Jaja. Cierto. No conoce. Jajaja. Jajaja. Pero si usted va afuera y ve algo mejor que su tierra, se queda afuera, ¿no? Su amigo viene por eso, porque acá mejor que su tierra, ¿viste? Y ese provincia Fujian son muy trabajadores, son de campo, entonces trabaja mucho. Eso por un lado bueno, y por otro lado no tanto. Porque nadie puede competir, ellos son muy forte y nadie puede competir. Negocio de ellos se tiene más horas abierto. Por cuatro botellas de agua ya van y lleva a domicilio. ¿Qué negocio puede así? Ellos pueden. La cosas tienen lado bueno y malo. Para otro supermercado, sentir mal, porque no puede competencia. Por otro lado, muy bueno servicio para pueblo argentino. Las cosas no es perfeto. Ello ponen supermercado porque paisano de ello tiene supermercado. Y ello no sabe idioma. Idioma importante. Usted sabe idioma, sabe mucho de cultura. Por ejemplo, argentino habla con mucho verbo. Habla muy largo. Chino habla corto. Chino no dice: «hoy hablo», «mañana voy hablar». No. Chino dice: «hoy hablar, ayer hablar, mañana hablar». No hay tiempo, no hay persona. Pero muy complicado ser chino, porque tiene que saber dos cultura: Oriente y Occidente.

Después el señor Feng me lleva a visitar su enorme y silente salón de té. Le pregunto por qué a los chinos les gusta tanto el karaoke (Ale adora el karaoke) y me dice:

—¿Y usted no le gusta baile? Lo mimo.

Me despide en la escalera, divertido, como si estuviera guardándose el mejor de los secretos.

***

Ale tiene 25 años. Su cuerpo es fibroso, pálido, como de harina y luna, y tiene olor a almizcle. El pelo negro, los labios apretados —rosas—, las uñas largas que le dan a sus manos un aspecto anfibio. Los dedos ahusados, la piel delicada. No tiene cicatrices. Usa lentes y cuando no entiende algo mira sobre los vidrios, alzando la cabeza, y pregunta: «¿Cómo dice?». Es muy alto y camina rápido, con un gesto entre alerta y divertido.

La última vez que hablé con él era martes. Estaba en su mostrador, detrás de los canastos de plástico, y susurró que había ido al médico por un resfrío.

—Médico chino, bario chino. Médico acá no gusta. Muy fuerte.

En el barrio chino de Belgrano, en Buenos Aires, hay médicos chinos y supermercados que venden todo lo que los chinos no venden en sus supermercados para occidentales porque nadie lo compraría: fideos de veinte grosores distintos, anguilas vivas, pescado seco.

—Acá Argentina comida menos variada. En China tiene mercado. Acá no tiene mercado. Sólo tiene súper-mercado. Mercado mejor, más fresco, más variedá. A mí me gusta trabajo súper-mercado. Sale bien. Quiero ser mayorista.
—¿Y después?
—Y después no sabe. Cuando soy más grande, 50, 60 años, entonces me voy de viaje. O que mi hijo me cuiden bien, no sé cuál de las dos mejor. Quiero ir a Japón, Corea. Pero ahora no puede salir, porque mamá no sabe idioma y papá tampoco, y no sabe hacer negocio. Si yo me voy, mamá tiene que cerrar negocio porque no sabe maneja. Y ahora tengo mujer, hijo.
—¿En tu infancia querías viajar?
—¿Qué es infancia?
—Cuando sos chico. Primero viene la infancia hasta los 12 años más o menos, después una cosa que se llama adolescencia, hasta los 17 o 18, y después sos adulto. Algo así.
—Ah, sí. Infancia. Sí. Mucho amigo chiquito. Juntábamo y cantábamo canción. Yo infancia campo, cerca de río, abelo, abela. Mucho juega.
—Tenés buenos recuerdos.
—¿Qué es recuerdo?
—Una imagen que te queda… guardada. En la memoria.
—¿Cómo buen día, buenas noches?
—No. Por ejemplo cuando me contás «Cuando yo era chico, estaba con mis amigos y fuimos al río…».
—Ah, sí, sí, eso, recuerdo: tengo guardado mi abelo que me llevó a Pekín y día que vimos palacio grande. Tengo guardado a mi abela. Tengo guardado una vez que salí para mi cumpleaños con amigos a la playa, y quedamos ahí, charlando, cantando.
—Un buen recuerdo.
—Sí. Muy buen guardado. Bueno. Diculpa. Tengo que trabajar.
Ale se perdió entre las góndolas. Su madre y su hermana hicieron una reverencia respetuosa, seca, pura dignidad.
Después llamé al señor Han.

***

El señor Han me atendió por teléfono, enérgico y amable. Hablamos sobre historia china, sobre la guerra del opio, sobre Mao, y de pronto me dijo que la provincia de Fujian formaba parte de la vía marítima de la ruta de la Seda. Que en la región de la que vino Ale estaban los puertos de esa ruta que comunicaba la China con Europa, transitada por aventureros y comerciantes desde el siglo III antes de Cristo hasta el siglo XVI después del ídem, y que Ale era hijo de ese pueblo de inquietos, de personas con marcada tendencia a la aventura.

—El viaje forma parte de la vida de esa gente —dijo el señor Han— porque están separados del resto de la China por cadenas montañosas, y en cambio tienen el mar, y salir a negociar por el mar es fácil. Esa gente siempre se va.

Me despidió amable y volvió a rogarme que fuera a la China, pronto.

Colgué el teléfono. Por un momento Ale dejó de parecerme un padre de familia preocupado por la subsistencia de su mujer y de su hijo —de su hermana y de sus primos— y fue un bucanero loco, alguien esperando pacientemente la oportunidad para aferrarse a la cintura blanca de su Clarita y llevarla, ahora sí, a ver el mundo.

Me asomé al balcón. El cartel del supermercado latía como una inmensa branquia. Los tomates titilaban como linternas rojas y Ale —inmerso en su mundo de tres ciudades— volvía a ser, como siempre, un desconocido. El hombre que me vende la comida.

—Pasá, pasá, es chiquito, es el típico departamento de portero, pero me encanta. No vivo acá, vivo en otro departamento de la planta baja, éste lo alquilo porque tiene luz, balcón, lugar para los perros y los gatos. ¿Vos tomás té? Tengo uno riquísimo, japonés, que lo compré en Japón. Estuve en Japón hace poco, cantando “María de Buenos Aires”, primera vez que la canto en décadas. Ay, mirá vos, esta perra. Ni la mires porque te va a volver loca. Sentate mientras yo hago el té. Mirá la gata: ya te fichó. ¿Vos tomás con azúcar? Hoy ha sido una locura. Estaba con una alumna, porque doy clases de interpretación, y me llamó el productor de Notorius, el lugar donde voy a hacer el espectáculo de canciones de Astor y Vinícius, y me volvieron loca a llamados. Mirá esta pobre perra, está con displasia, pero no le duele. En cuanto vea que sufre, la pongo a dormir. Eso sí, no escucha nada, sorda como tapia. ¿Cuántos años tenés vos? Ah, una piba. Yo tengo 73. Y tomo sol y no me pasa nada. Es genético. Me pongo el coso, la cosa, la pantalla solar de sesenta en la cara, y me voy a tomar sol. Fumar ya no fumo, fumaba hasta hace diecisiete años, pero no hay que fumar. Yo no fumo y no tomo café.
—¿No te gusta el café?
—Me gusta, pero lo tengo que preparar y me da pereza. Sentate. Mirá, esos son caramelos de café. Agarrá, llevate. Ah, pero sos una piba. Por no decir una pendeja, porque no nos tenemos confianza. A ver, a ver, dónde está el té, dónde está el té. Ay, perra, salí. ¿Vos tomás con azúcar?

La luz del sol entra serena a la sala de este departamento de Barrio Norte, Buenos Aires. Hay una mesa de madera rústica, dos bancos largos, un sofá, tres gatos, tres perros, un televisor, una biblioteca, un escritorio.

—No sabés lo que fue hoy. Me llamaba todo el mundo. Sin azúcar me dijiste. Por eso sos flaca. Yo también soy flaca, pero vos más.

En una de las paredes hay una hoja de papel amarillenta, enmarcada, en la que se lee la letra de un tango escrita a máquina y con algunos tachones en lápiz: “Por las noches cara sucia/ de angelito con bluyín/ vende rosas en las mesas/ del boliche de Bachín”.

—¿Ésa es la letra de “Chiquilín de Bachín”?
—Sí, es. Ésa es la caligrafía de Ferrer.

“Chiquilín de Bachín” es un tango compuesto por Astor Piazzolla y el poeta Horacio Ferrer en 1969, un clásico automático que interpretó por primera vez una mujer llamada Amelita Baltar que ahora, tres y media de la tarde de un día de abril del año en curso, con una camisa gris sobre pantalones blancos, el pelo rubio ceniza que le cae sobre la frente en un mechón que aparta con el pulgar y el índice, como una reina importunada por una mosca, sirve té japonés en el departamento en cuyas paredes repletas de fotos hay apenas dos de Astor Piazzolla, bandoneonista, compositor, argentino, uno de los mejores músicos del siglo XX y el hombre que fue su pareja durante seis —tormentosos, magníficos— años.

—Después me odió, me odió. Me hizo la vendetta, no me perdonó nunca. Pero nadie te odia durante veinte años si no te ama.

***

María Amelia Baltar nació el 24 de septiembre de 1940. Es hija de María Amelia Oviedo Olmos, que a los 21 años se casó con un dandy principesco: Pichón Baltar. Los dos vivían en Junín, una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires, y provenían de familias con posiciones económicas razonablemente buenas. Amelita Baltar —María Amelia, Amelia, Amelie, Amelita— fue única hija de ese matrimonio y, cuando cumplió un año, su padre compró una chacra en las afueras. Se crió rodeada de patos, perros, gallinas y cabras, cantando canciones en francés que le enseñaba su madre, hasta que se mudaron a Buenos Aires y ella empezó a ir al colegio. Cancelado aquel vergel bucólico, dos barrios elegantes de la capital —Recoleta y Barrio Norte— se transformaron en su centro de operaciones y en el paisaje del resto de su vida.

—Por suerte, mis viejos vinieron a este barrio, porque imaginate, vivir en Morón, en San Antonio de Padua, en Devoto. Qué horror. Yo, más allá de avenida Córdoba, no sé qué hay.

Barrio Norte y Recoleta son la columna en torno a la cual se organiza todo: los almuerzos en el restaurante del Museo de Arte Decorativo, la caminata por los lagos de Palermo y la avenida del Libertador, su modisto que atiende a la vuelta del hotel Alvear. Todo lo demás —todo lo que está más allá de la avenida Córdoba— es un territorio que rehúye, pero que debe recorrer cada domingo para ir a la iglesia bautista a la que pertenece desde hace diecisiete años, y que queda en el corazón del popularísimo barrio del Abasto, repleto de vendedores callejeros, inquilinatos.

—Cuando voy a la iglesia me tomo el colectivo y llego al Abasto. Y caminar esas tres cuadras escuchando los gritos: “¡Comidita calientita!”, te dicen los cosos. Todos los guisachos los sacan de una olla y los sirven. De todo venden. Falta que vendan gente. Mmm, qué rico. Mojar las galletitas en el té, algo que no se debe hacer.

En Buenos Aires, vivió con sus padres en la casa de la abuela paterna, en la calle Ayacucho, un escenario de prosapia para años que no fueron buenos.

—Vivíamos de la plata de mi abuela. A mi papá, cuando se gastó la fortuna de la familia, no le quedó nada. Trabajar no sabía. Y le tocó la época de Perón, que para trabajar había que afiliarse al partido peronista, y nosotros somos radicales. Para mí, el líder, Perón, fue la desgracia de la Argentina, porque después vino Isabel Perón y llegó la triple A, y después la dictadura. Ay, un cuete de perro, un pedo de perro, menos mal que es suavecito. Disculpame, nunca hacen esto, no sé qué les pasa.

Abajo de la mesa, un perro se agita. Puede llamarse Nina, o Arena, o Blue Blue. Los perros y gatos son tantos que no se sabe quién es quién, cuál es cuál.

—Mi padre falleció a los 54 años, era alcohólico. No de estar borracho del día a la noche, pero a veces pasaba tres días tomando. Yo no podía decirle a una amiga “Vení a estudiar a casa”, porque no sabía qué día mi papá iba a tomar. Cuando él estaba bien, nos quedábamos a la noche, yo leyendo un libro, mamá cosiendo, y él agarraba una lapicera y le escribía en el borde del diario una cuarteta a mamá, y se la mostraba, y ella decía “Ay, Pichón”.

Mientras iba al colegio secundario empezó a estudiar guitarra, aunque no quería ser música ni cantante sino actriz, y se pasó buena parte de aquellos años improvisando representaciones frente al espejo de una cómoda.

***

—Lo primero que me viene a la mente es su capacidad de trabajo —dice Nora Raffo, una de sus amigas más antiguas—. Íbamos juntas al colegio y su familia no tenía grandes recursos económicos, entonces empezó a dar clases de guitarra. Siempre supo sacar partido de su físico. Tenía una actitud de modelo. Era muy cautivante. Nosotras ya estamos en edad de retirarnos, viste. Pero ella no. Sigue, como si tuviera 40 años. Es muy generosa, pero no le pidas que te escuche, porque no escucha, y habla mal de todo el mundo. Éste es un hijo de puta, éste es aquello otro. Es muy mal hablada. Es una señora de Barrio Norte, elegante, pero rea.

***

La sala está limpia y ordenada, pero aquí y allá se ven almohadones llenos de pelo, sillas deshilachadas por garras felinas, fundas que ya perdieron la batalla contra los arañazos de los gatos y los perros que, a lo largo de años, ella ha encontrado en las calles, y ha entrenado en el arte de orinar en areneros y comer como se debe.

—Les hiervo carcasas de pollo que me vende un carnicero. A veces vienen con tanta carne que salen unas ensaladas y unos sánguches fantásticos.

En 1962, empezó a cantar, como si siempre lo hubiera hecho, en un grupo de folklore llamado Quinteto Sombras.

—Yo nunca decidí que me iba a dedicar a cantar. Un día vino un amigo y me dijo “Che, hay un conjunto de chicos”. Se les había ido la que cantaba y empecé. Después, cuando me casé con Alfredo, dejé un año, para cuidar a Mariano, mi hijo más grande.

Tiene dos hijos, Mariano y Patricio, de dos parejas diferentes. El primero nació en 1964, cuando hacía poco que ella se había casado con Alfredo Garrido, un productor que por entonces era periodista.

—Nos conocimos en una fiesta juvenil —dice Alfredo Garrido, por teléfono—. Estábamos ahí, y de pronto dijeron: “Ahora va a cantar a Amelita”, y cantó ella y pensé: “Uy, no puedo bailar más”. Y ahí empezamos a noviar. Cuando nos casamos, se ocupó muchísimo de Mariano. Dejó su carrera para ocuparse de él. Yo la quiero mucho. Imagínese: fue mi primer amor.

***

—Alfredo es un tipazo. Bien nacido, bien criado. Pero yo me casé para irme de casa. No estaba súper enamorada. Nos separamos tres años después.

En una pequeña sala que funciona como recibidor hay un piano vertical, un mueble repleto de CDs: Jacques Brel, Roberta Flack.

—Tango yo no escucho. Soy más del rock, de la canción francesa. Yo ni bailar el tango sé. La vez pasada…

Encadena las frases con verborragia bulímica, como si sus palabras hicieran un esfuerzo descomunal por ir detrás de un pensamiento que salta de una cosa a la otra sin hacer pie.

—¿Habías tenido novios antes de Alfredo?
—Pero sí. Igual, yo perdí la virginidad a los 18 muy bien cumplidos, porque no se usaba perderla antes. Fue casi una violación. Un tipo mucho más grande. Yo estaba de vacaciones, y estuve histeriqueándole todo el verano. Un día me dijo: “Vení que te acompaño a tu casa”. Y me llevó al río y pum, tum, zac. Yo tenia 18, el tipo 32 y me encantaba. Después me llevó a casa, me dio un beso y me dijo: “Bueno, chau”. Como quien dice: “Espero que no me jodas más”. Pero no me dejó trauma. Lo estuve histeriqueando tanto que medio me lo busqué.
—Bueno, eso no…
—Y a los tres meses conocí a un tipo y me puse de novia, y nunca creyó que nunca me había acostado con un tipo. De lo bien que yo hacía el amor. Algo innato que me salía.
—¿Dónde habías aprendido, leyendo?
—Nada. Me enseñaba la calentura, qué sé yo. Yo siempre hice vida de hombre. Hacía lo que quería. Yo creo que con papá le perdí el respeto al hombre. El hombre, mientras yo lo quería, bien. Pero después, chau.

En abril dio una serie de conciertos en una disquería–bar llamada Notorius, un sitio prestigioso dentro del circuito del jazz, y emprendió otra serie en una gran sala, Tango Porteño. Aunque siempre trabaja, la economía parece estar al límite, y en la conversación se reitera la idea del ahorro: las segundas marcas de detergentes que son igual de buenas que las primeras; las camisetas compradas en oferta.

—En Tango Porteño pagan muy bien, entonces voy a comprar dólares y un lavarropas. El que tengo tiene 19 años, anda estupendo, pero un día, viste, se rompe y chau, entonces lo regalo a la iglesia y me compro otro. Ahora tuve un gasto enorme, porque mi hijo Mariano, que siempre fue modelo, vive en Sudáfrica y está buscando trabajo allá, para tener la residencia. Cumple 50 y le mandé el pasaje para que viniera a festejar acá. Lo pagué yo, él no está bien económicamente.
—¿Cuántos años tiene tu otro hijo, Patricio?
—Treinta y tres.
—¿Qué hace?
—Vive en casa. Hace pelotudeces. Hace las compras del supermercado. Saca los perros. Tuvo un problema con un socio, hace tres años, y quedó con una depre. Desde entonces no hace nada.
—¿Cómo te arreglabas con los chicos y una vida de actuaciones, de viajes?
—Mi mamá. Ella se ocupó mucho.

Se levanta, va hasta la sala donde está el piano, toma un portarretratos, vuelve.

—Mi mamá. Una divinura. Murió hace nueve años, a los 88. Yo sueño una vez a la semana con mamá joven. ¿Sabés lo que es haber soñado con tu madre joven, con esa divinura? Una discreción, una fineza. Mirá la piel, los pómulos, los labios. Yo no heredé nada de ella, nada más que la artrosis. ¡Ay, artrosis! Me tengo que ir al kinesiólogo.

Es delgada, pechos altos, piernas largas. Sentada o de pie, permanece con la espalda recta y gira en bloque, con una media vuelta dramática y teatral. Ahora se pone los anteojos de sol, abre la puerta, cierra la puerta, llama el ascensor, abre el ascensor, sube al ascensor, dice que la chica que la ayuda a limpiar gasta demasiado detergente para lavar los platos, baja del ascensor, abre la puerta de calle y, en la vereda, grita:

—¡Ahhh, mirá! ¡Lo que pusieron ahí enfrente!

Enfrente pusieron —hace un par de horas— un contenedor para deshechos reciclables. Amelita Baltar recoge un envase de gaseosa vacío que alguien arrojó en la vereda, cruza la calle, lo mete en el contenedor, regresa y dice:

—Lo inauguré. Nos vemos la semana que viene, vuelo, me voy a tener que tomar un taxi.

De modo que allá va, camino al kinesiólogo —¡artrosis, artrosis!—, la mujer que le puso voz y rostro a la banda de sonido de una época.

***

En 2013, después de doce años sin sacar un disco, lanzó El nuevo rumbo, producido por un músico joven llamado Sebastián Barbui, con invitados como Luis Alberto Spinetta, Fito Páez y nombres de alto prestigio: Luis Salinas, Raúl Carnota. El disco, editado por Random, incluye folklore, jazz, tango, canción brasileña, y tres temas escritos por ella. La crítica lo puso por las nubes y el disco ganó el premio Gardel —el máximo galardón de la industria discográfica local— al mejor álbum de tango en voz femenina. En el suplemento Radar del diario argentino Página/12, en enero de 2013, el periodista Mariano del Mazo se refería al “notable disco que acaba de sacar la Jane Birkin del tango (…) El disco es un triunfo de una buena idea, una idea audaz y fragmentaria basada en invitados imprevistos, la presentación en sociedad de tres letras de la propia Baltar y un regreso al pasado más lejano de su trayectoria: el folklore argentino (…) Amelita Baltar pertenece más a la sofisticación urbana de los años sesenta que a la densa y endogámica cultura del tango (…) Cuando Piazzolla descubrió a Amelita Baltar en una peña folklórica porteña, debe haber sentido que encontraba a su Brigitte Bardot”.

***

—Amelita todavía no llegó, pero llamó para avisar que la espere —dice una chica joven que abre la puerta del departamento y que, después, desaparece.

Son las cuatro de la tarde. En el departamento del último piso están los tres perros, los tres gatos, y todo a merced: casilla de mails abierta, cajones, cartas, agenda. En la biblioteca hay libros de Pablo Neruda, Mario Benedetti, Orhan Pamuk, Ibsen, Pirandello, un par de biografías de Astor Piazzolla. Sobre el escritorio, una lista: “dermatólogo, pasaje Gardel, carcasas pollo, churrascos”. En una estantería, el Premio Gardel. Como una tromba, ardiendo de indignación, diez minutos más tarde llega Amelita Baltar.

—Ayyy, llegué. Qué terrible. Tenía que cobrar un cheque y me fui a la jefatura de gobierno, y me dicen: “No, es en otra parte”. Y fui a ese lugar, y me dicen, no, debe ser en tal lado, y tampoco. ¿A vos te gustaba el té, o el café? Mirá, esta perra se está haciendo pis.

Viste una camiseta rosa, un chaleco gris, pantalones oscuros, los anteojos sobre el pelo rubio. Desaparece en la cocina, desde donde llega ruido de agua.

—Disculpame, tengo que pasar con una caca del gato —dice, atravesando la sala con un bollo de papel en la mano.

Abre la puerta del baño, arroja el papel al inodoro.

—Muy bien, muy bien, vamos a hacer el té. El té, el té.

Vuelve a desaparecer en la cocina. Se escucha su voz diciendo: “Muy bien, muy bien”, como si quisiera convencerse de alguna cosa.

—¿Hiciste algo en el pasaje Carlos Gardel?
—Sí, ni me hables. Una cosa al aire libre. Había una nenita de cuatro años que se metía todo el tiempo en el escenario. Y yo dije: “Herodes no vino hoy, ¿no?”.

Lleva hasta la mesa de la sala una tetera de cerámica, dos tazas de té, galletas. Se sienta, sirve.

—¿Vos te creés que la gente que estaba ahí le dijo al padre: “¿Podés agarrar a tu hija que está molestando a la artista?”. Encima, ayer me dejó colgada una alumna. Dos horas antes me mandó un mail diciendo que no venía.

En las paredes hay muchas fotos —ella de vacaciones con amigas, ella con otras cantantes—, pero hay sólo dos en las que está con Piazzolla. Son fotos de un hombre y una mujer sonrientes, sin nada que parezca unirlos.

—Bueno, hablemos del maestro.

La noche en que Piazzolla la vio por primera vez, ella cantaba con el Quinteto Sombras en un café concert llamado 676.

—Astor ya estaba divorciado de Dedé, su primera mujer, y tenía dos hijos. Fue a escuchar a un pianista amigo, que tocaba en ese lugar. Fue con un matrimonio y yo estaba saliendo con el hijo de ese matrimonio. Yo estaba divina. Mi minifalda, mis zapatitos.

Astor Piazzolla ya era un compositor al que los tangueros tradicionales atacaban, acusándolo de estar asesinando el género. Horacio Ferrer escribía las letras de sus tangos y entre ambos habían creado la ópera María de Buenos Aires, que durante un tiempo —pero ya no— había cantado Egle Martin, una mujer casada con la que Piazzolla se había enredado sentimentalmente. El día en que Piazzolla escuchó cantar a Amelita Baltar era, además de un hombre atraído por una mujer bella, un compositor revolucionario que necesitaba una voz femenina para grabar su ópera. Y Amelita Baltar era una tormenta. Una cantante de folklore bella y pop, que entendía la moda de la época —largos vestidos a rayas, botas altas, minifaldas, pantalones Oxford—, y que varias noches a la semana se sumergía en las boites porteñas —Afrika, Snob—, donde, apenas el DJ la veía entrar, ponía una canción de Iva Zanicchi que funcionaba como código para avisar a sus amigos que ella había llegado. De modo que Piazzolla vio dos piernas infinitas sostenidas por una voz ronca que le gustó mucho. Ella vio a un hombre mayor.

—Un señor gordito, con entradas en el pelo. Yo estaba saliendo con un bombón de mi edad. Astor estaba con los padres de ese bombón, que me dijo: “Están mis padres con Piazzolla, y te quiere conocer”. Fui. Él me dijo: “Tenés linda voz”. Y yo pensé: “¿Qué le pasa a este señor?”. Yo no sabía de qué hablar. Era un tipo del que me sonaba el nombre y nada más. Yo vivía en el mundo del folklore. Pero pasaron los días y me dijo de grabar María de Buenos Aires, y empezamos a ensayar. Yo me puse a estudiar sociología del tango, letras. Cada tanto él me decía: “Me invitaron al teatro, ¿venís?”. Como vivíamos cerca, me dejaba en mi casa y después seguía hasta la suya. Y me decía: “¿No querés tomar un cafecito en casa?”. Y yo no, no, y me bajaba y me bajaba. Y me bajé cualquier cantidad de tiempo, hasta que un día me habré tomado dos whiskies de más, fuimos y pum. Hicimos el amor y me enganchó. Hasta que volvimos a hacer el amor pasó un tiempo. Pero tuve como un click. Me atrajo el gordito. Pero no me gustaba. Vestía mal. Se ponía un traje con pantalones escoceses, un saco a cuadros, camisa rayada. Usaba guayaberas con florcitas. Era bruto, terminaba de comer y dejaba los cubiertos al costado del plato, y decía: “¿Por qué no me llevan el plato, si no tengo más comida?”.
—¿Y qué te atrajo?
—No sé si me enamoré, pero me gustó. Le enseñé a hacer el amor un poco mejor. Tenía… cualidades importantes, pero era muy rústico. Un tipo rudimentario en todo. Un poco después pasamos la noche juntos y al otro día nos pasaron a buscar para el almuerzo. Yo me estaba duchando y él ya había terminado, porque todo lo hacía en tres minutos, todo a lo bestia. Bueno, ese día escucho el piano, desde la planta baja, porque él vivía en un dúplex. Bajo la escalera, le digo: “¿Qué es eso?”. Y me dijo: “Es lo que me inspiró esta noche que pasé con vos”. Eso fue la Milonga en ay menor.

Un año después estaban viviendo juntos y la marca Piazzolla–Baltar, y su versión Piazzolla–Baltar–Ferrer, empezó a dejar huella. Ella era la muchacha joven que, con una voz personalísima —capaz de brillar en el risco de las notas altas y descender a las honduras opacas de los tangos—, interpretaba las letras kilométricas que un poeta barroco y surrealista —Horacio Ferrer— escribía para un compositor que demolía las formas conocidas. Eran el corazón de la vanguardia, y ella la musa grácil de aquel toro bestial a quien sus músicos, por exigente, llamaban “el Coronel”.

—Astor era muy hincha. No me dejaba cantar con la partitura, y las letras de Ferrer eran eternas. Y me obligaba a cantar en un registro más alto. Así me arruinó la voz.

Su primer disco es del año 1968. En la portada hay una foto suya, el pelo castaño, un cigarrillo sostenido en la mano derecha que se apoya en la frente. El álbum, de canciones folklóricas, llamado Para usted, ganó el Premio Revelación del Festival Nacional del Disco de ese año. Su segundo trabajo fue María de Buenos Aires, grabado con Astor Piazzolla en 1969. Ese año, Piazzola y Ferrer habían compuesto un tango extraño, que tenía aires de vals y una letra surrealista, y decidieron presentarlo a concurso en el Primer Festival Iberoamericano de la Danza y la Canción, que se hizo en el estadio Luna Park. Se llamaba “Balada para un loco” y empezaba, inolvidablemente, con aquel recitado: “Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, viste. Salgo de casa por Arenales, lo de siempre, en la calle y en mí, cuando de repente, de atrás de ese árbol, se aparece. Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus”. La noche del 16 de octubre de 1969, Amelita Baltar salió a cantarlo en el Luna Park y, con la voz desmayada, recitó: “Las tardecitas de Buenos Aires…”. No había llegado al minuto cuando empezaron los gritos: yegua, puta, la puta que te parió.

—Yegua, hija de puta. Nos tiraron monedazos. Era un tango atípico, y los más tradicionalistas estallaron. Yo casi no podía respirar.

El jurado, integrado por Vinicius de Moraes y Chabuca Granda, entre otros, declaró a la canción finalista en la categoría “tango”, y las furias fueron peores.

—La tuve que volver a cantar, y volvieron a chiflar. Fue una cosa muy fea, y el concurso lo ganó otro tango. Pero el lunes salió el disco a la venta, con “Balada para un loco” de un lado y “Chiquilín de Bachín” del otro. Para el viernes había vendido doscientas mil placas. Empezamos a hacer la balada en vivo, y la gente nos tiraba flores. Entonces aquella noche nefasta se desdibujó.

“Balada para un loco” es uno de los tangos más emblemáticos de Piazzolla, y aquello de “ya sé que estoy piantao, piantao, piantao” dio la vuelta al mundo en la voz de Baltar.

La vida con Piazzolla empezó a ser una cabalgata rutilante. Viajaban, se codeaban con Milton Nascimento, Iva Zanicchi, Charles Aznavour, se presentaban en el teatro Olympia de París. A veces iban a la bahía de San Blas, sobre el océano Atlántico, en la Argentina, donde Piazzolla pescaba.

—Él tenía una cosa de competitividad, y yo le decía: “Pero Astor, ponele que yo sea un rosal lindo, pero un rosal. ¡Vos sos un ombú, sos un genio!”. Y era muy celoso. Entrábamos a un cóctel y decía: “Ya me di cuenta de que lo miraste”. Yo no sabía de quién hablaba, pero cuando te meten la espinita empezás a mirar, y decís: “Uy, seguro que es ése”.
—¿Te iba bien con los hombres?
—No se me escapaba nadie. Por un día o por diez o por tres meses. Estuviera yo en el estado civil en que estuviera. Y volvía a mi casa y disfrutaba sin culpas. Era un modo de vivir muy masculino. Pero era muy discreta. Nos encontrábamos en un hotelito, entre las dos y las cuatro de la tarde. Yo decía que me iba a buscar a Mariano a la escuela, y salía un rato antes: “Voy a comprar zapatos”. Pero ahora ya está. Yo soy muy creyente, y como el Señor perdona todo, ya tengo todo perdonado. Desde que estoy convertida, nunca más me acosté con un tipo casado.
—¿Y cuando estabas con Astor también pasaban esas cosas?
—Eh… bueeeno… Era nada más que sexo y chau.

En 1973 se fueron a vivir a Roma, y Mariano, el hijo de Amelita, quedó en Buenos Aires.

—Estuvimos en Roma un año y medio. Y yo un día me compré el pasaje a la Argentina, y me vine. Saqué pasaje para el 27 de mayo, porque el 28 Mariano cumplía 10 años. El chico me extrañaba muchísimo, pero Astor, que sin una mujer no sabía ni limpiarse los mocos, me decía: “No vayas, me voy a quedar solo”. Y yo le decía: “Astor, el chico tiene diez años y vos 55”. Así que me vine.
—Pero algo habría pasado para que te fueras así.
—Y sí, había cosas de un poquito antes. Me había hecho abortar un chico de él.

***

Entre 1968 y 1974, ella fue —en los discos, en el escenario—, la muchacha que ponía la voz a tangos como “Balada para un loco”, “Memoria en ay menor”, “Preludio para el año 3001”. Con 28, 29, 30 años, navegaba sin dificultad por versos difíciles, arrancando chispas de luminosa oscuridad a tangos que decían cosas como las que dice “Balada para mi muerte”: “Moriré en Buenos Aires. Será de madrugada. Guardaré, mansamente, las cosas de vivir. (…) Mi penúltimo whisky quedará sin beber. Llegará tangamente mi muerte enamorada, yo estaré muerto, en punto, cuando sean las seis”

***

—Me había quedado embarazada cuidándome a lo loco. Me habré sacado el diafragma un poco antes, no sé. Él había estado de gira por Europa. El día que llegó estábamos en su departamento. Llegaba de Londres y me había traído un mameluco de jean, y me lo probé. Le dije: “Es medio justito y no sé qué va a pasar dentro de poco, porque estoy esperando un bebé”. Se puso como loco. “¡Cómo, si nos cuidamos!”. Y de ahí en más, fue una tortura mental. “¡Ya tenés un hijo, andate de acá y ponele Baltar, Piazzolla no le vas a poner a eso!”. A la mañana, a la tarde y a la noche. Y yo lloraba. Le decía: “Pero vino sin querer”. Estuvo quince, veinte días así. Ahí supe lo que era la crueldad mental. “Ponele Baltar, yo no quiero hijos”. Ahí se me vino abajo el tipo. Y nunca levantó. Al final dije: “Por favor, llamá a un médico, esto no lo aguanto más”. Ese menosprecio, esa subestimación. Él me dijo: “Bueno, media hora, te anestesian, te lo sacan y ya está”. Yo ya le había contado a Mariano que iba a tener un hermanito, porque qué iba a pensar yo que Astor… Bueno, el día que volví a las siete y media de la tarde a casa, que volví del horror, Mariano abrió la puerta. Le dije: “Hola, mi amor, el hermanito que estaba ahí adentro se murió y tuve que ir a que me lo sacaran”. Y me miró y me dijo, era zetudo: “Loz grandez no zirven para nada”. Y se puso a llorar. Y yo me puse a llorar y me fui a mi cuarto. Entonces vino Astor y me dijo: “Bueno, no te pongas así, vamos a programarlo con tiempo, y vamos a tener uno”. Y yo le dije, textuales palabras…

Hace una pausa, toma aire y, con la voz cargada de ira volcánica, dice:

—“Salí de este cuarto y andate a la remil puta madre que te remil parió, y no entres hasta que yo te llame”. Eso le dije. Y se fue. Y ahí se rompió todo. Yo creo que sentí hasta asco, porque cómo ese hombre, la persona que yo amaba tanto…

Era 1972 y la relación duró, todavía, dos años más. Ella hizo, junto a otras dos cantantes, Susana Rinaldi y Marikena Monti, un espectáculo llamado Tres mujeres para el show, un éxito estruendoso.

—Después nos fuimos a Roma, y ahí lo dejé. Astor estuvo sin llamarme quince días y después empezó a llamar. Me decía: “Hice todo mal, no te valoré, sin vos no puedo vivir”. Y al cabo de dos meses vino a Buenos Aires, y empecé a aflojar. Se iba a Brasil, y me dijo: “Cuando vuelva, volvemos a estar juntos”. Entonces conocí a Ronnie Scally, en un asado. Un modelo que era un sol. Hicimos el amor y me encantó, y cuando a los veinticinco días llegó Astor, le dije: “Conocí a otra persona”. Yo creí no sólo que se moría, sino que me mataba. No me perdonó nunca. Y nunca más lo vi. Después él empezó a salir con la tercera viuda.

—¿La tercera viuda?
—La tercera mujer. Me odia. Porque yo fui el gran amor de Piazzolla. Él me odió durante años. Cuando le preguntaban por mí, decía: “El amor es ciego. Y sordo”. Pero vos no odiás durante veinte años a alguien a quien no amaste.

En 1990, en París, Piazzolla sufrió un ataque que lo dejó semiparalizado y, en 1992, falleció en Buenos Aires.

—Yo fui al velatorio. Fui hasta el cajón y le dije “Viste. ¿Para qué tanto odio?”.

En el libro Astor Piazzolla, a manera de memoria, de Natalio Gorin, el autor pregunta si la separación de Baltar fue conflictiva, y Piazzolla responde: “Sufrí mucho y me hizo daño (…) Los seis años que vivimos juntos fue como estar adentro de un volcán. Dios quiso que el final fuera así, violento, que se fuera de Italia (…) y nunca más se supo. Después me enteré de cosas peores. Gracias a dios, se rompió todo”.

—¿Tenés recuerdos lindos?

Se hace un silencio largo. Entrecierra los ojos.

—Era lindo meter cuatro cosas en un bolso e ir a visitar a su mamá a Mar del Plata. Era lindo ir a pescar con Mariano. Pero la vida linda pasa… y pasa. Te acordás de los momentos feos. Ahora ya soy grande, y está bien que el mundo se entere de cosas que yo pasé.

***

Después de su separación de Piazzolla, pasó cuatro años sin sacar un disco y su producción se volvió más espaciada: si en 1970 había grabado Amelita Baltar con Piazzolla y Ferrer; en 1971, La bicicleta blanca; en 1972, Piazzolla, Baltar, Ferrer; en 1973, Cantándole a mi tierra, recién en 1978 editó Nostalgias y pasaron casi diez años para Como nunca, un disco de 1989. Durante buena parte de todos esos años, su pareja de entonces, Ronnie Scally (que falleció en julio pasado), fue su manager.

—Pero no sabía hacerlo, y me hundió la carrera. Fueron épocas malísimas. Y encima yo tenía las cuerdas vocales destruidas, porque Astor me había hecho cantar en una tesitura más alta.

En 1982, cuando el hijo de ambos, Patricio, tenía un año, se separaron.

—Patricio tiene mala relación conmigo. Yo preparo algo de comer y lo dejo ahí y se lo lleva al cuarto. Si yo entro a su cuarto, se encierra con llave. Lloré mucho. Ahora me da mucha pena el tiempo que pierde ese chico de tener una relación así con la madre. Yo lo adoro.

Desde el recibidor llega el sonido del teléfono fijo.

—Debe ser él.

Se levanta, atiende.

—Hola.

Silencio.

—¿En mi billetera no está?

Silencio.

—Me están haciendo una nota. Bueno, ahí voy.

Cuelga el teléfono, se disculpa:

—Voy a bajar a buscar la tarjeta que necesita Patricio para tomar el colectivo.

Abre la puerta, cierra la puerta. El departamento queda otra vez solo, a merced.

***

Desde el lanzamiento de Como nunca luchó contra una voz mortificada, afónica. Recorrió médicos, fonoaudiólogos, alergistas. Al final, todo se arregló con un milagro cuando, en 1993, empezó a ir a la iglesia bautista. Volvió a cantar en vivo, editó dos discos en 1999, Leyendas y Referencias; Amelita de todos los tangos en 2001 y, doce años después, en 2013, El nuevo rumbo, que presentó en diversos shows. Pero eso, una vez más, es historia antigua.

***

La puerta del departamento se abre, y llega, agitada, desde la planta baja.

—Ya le mostré dónde estaba. No puedo más. Hace rato que no puedo ir a la iglesia, y la iglesia para mí es muy importante. Yo oré, y la voz empezó a mejorar. Fue un milagro, porque tengo las cuerdas vocales ensanchadas, por culpa de Astor, pero canto cada vez mejor.
—¿Seguís presentando el disco nuevo?
—No, porque el grupo me largó en septiembre de 2013. Sebastián, el productor, me vino a ver y me dijo: “Queremos seguir solos, estoy muy estresado por los llamados que me hacen porque vos no sos kirchnerista”. Así que estoy sola. ¿Querés que vayamos abajo?

Es el final de la tarde, y el departamento de la planta baja está oscuro. En el recibidor se amontonan las correas de los perros. En su habitación, la cama ocupa todo el espacio. En el comedor hay sofás cubiertos por telas, para que no los rompan los animales. El sitio donde duerme Patricio es un espacio triangular, separado de la sala por puertas de hierro repujado. Huele a cigarrillo y la luz de la tarde, mortecina, entra por una claraboya.

***

Es martes por la tarde, y ha dormido muy poco, a pesar de haber tomado medio Alplax y medio Valium.

—Desde que me desperté no puedo parar.

Sobre la mesa de la sala hay una caja con artículos y fotos: diarios de Argentina, Brasil, España, Francia, con títulos como “Le superbe tango d’Amelita Baltar”, “La passion Argentine”, “Amelita de todos os tangos”, “Una musa inspiradora”.

—¿Piazzolla te respetaba como artista?
—Yo creo que… él me amaba muchísimo, pero si no le hubiera gustado cómo yo cantaba, no me hubiera tenido en un escenario. La gente se moría cuando me escuchaba. El pudo llegar a ser el amor de mi vida. Pero no llegó a ser. Si no hubiera hecho eso, hubiera sido el amor de mi vida y yo tendría un hijo de 43 años. O una hija.

La puerta del departamento se abre y ella se sobresalta.

—Ay… eh… hola… eh…

Un hombre alto, de barba, entra cargando bolsas de supermercado y, sin saludar, se mete en la cocina.

—Hola, hola —dice ella, como si en vez de hola estuviera diciendo: “Quiero hacerte notar que no has saludado”.

El hombre dice algo que puede ser “hola” o “no me jodas”.

—Ella es… Leila. Está haciendo una nota para una… revista de… de… México.
—Hola —dice el hombre, y se va.
—Chau, chau —dice ella, con un temor que parece más bien una imitación del temor.

Después susurra, como si el hombre pudiera escucharla:

—Ése es Patricio. Tiene unos ojos así y una piel que es un angelito. Yo le pido al Señor: “Por favor, hacé como hiciste con Pablo”.
—¿Quién es Pablo?
—El apóstol Pablo, el único que no conoció a Jesús. Entregaba a los cristianos a los romanos para que los mataran, hasta que un día se desmayó y vino el Señor y le dijo: “Por qué me perseguís así”. Por eso le pido al Señor, que un día este chico se caiga en la calle y necesite ayuda y me diga qué pasa, mamá, te necesito. Vení, vamos a ver qué me trajo.

Sobre la mesada de la cocina hay tres bolsas de supermercado.

—Zapallitos, naranjas. A veces me dice: “¡Quién sos vos, quién sos!”. Y yo le digo “¡La que paga lo que comés, pedazo de pelotudo!”. Es como estar durmiendo con el enemigo. Pero mirá, me trajo naranjas. Me quiere.

Es verano. Es 1934. El chico tiene ocho años, está solo en su casa, en un pueblo patagónico llamado Puerto Santa Cruz, un puñado de habitantes a 270 kilómetros de Río Gallegos. Mira el vaso de agua fresca que ha puesto en la mesa, frente a sí, y piensa: “Todavía no”. Ha pasado la tarde andando a caballo, jugando con sus mascotas que, en esas latitudes, no son extravagantes (un guanaco, un ñandú, dos pollos) y suda copiosamente mientras ve cómo el vaso de agua chorrea sobre la mesa. Y vuelve a pensar: “Todavía no”. Pasarán aún nueve minutos antes que vacíe el vaso de unos cuantos tragos golosos con los que aplacará la sed que le pega la lengua al paladar.

—Era un ejercicio de la voluntad, como si dijeras “No voy a respirar hasta que sea la asfixia”.

Casi ocho décadas después de aquellos días, el poeta, dibujante, escritor y crítico de vinos Miguel Brascó pega el mentón al torso y, con una voz que resulta a la vez hastiada y jocosa, agrega: “Eso es algo que yo hago bastante”.

En el estudio donde trabaja, un departamento antiguo de Barrio Norte, en Buenos Aires, hay una mesa redonda cubierta de lápices, blocks, cortapapeles; otra, más pequeña, con una computadora; un televisor enorme; un sillón de cuero para las visitas y una silla en la que está sentado él, pantalón claro y campera de lana beige.

—Yo soy ordenado y controlado por naturaleza. Escribo un mail y lo corrijo. Cambio los puntos, pongo diferentes tipos de letras, bastardillas.

A espaldas del sillón para las visitas hay una biblioteca, pilas de libros atados con piolín (T. S. Eliot, Anthony Burgess, Shakespeare, los hermanos Marx, poesía, casi todo en inglés), fotos -García Lorca, su madre, y su mujer actual, la periodista y poeta Patricia Delmar-, rollos de cintas para embalar. Miguel Brascó tiene 85 años y una vida que no parece la de un hombre controlado sino la de alguien cuya marca es el exceso: vivió en Puerto Santa Cruz, en Santa Fe, en Buenos Aires, en Lima, en Madrid, en Holanda; tuvo seis matrimonios, tres hijos (Nicolás, de 60; Irene, fallecida a los 31; Milagros, de 13); es abogado, escribió crónicas de viajes, crítica de vinos, letras de canciones (“La vuelta de Obligado”, que cantó Alfredo Zitarrosa), poemas, cuentos, novelas; es dibujante, fundó revistas como Cuisine&Vins y Status; creó tres clubes privados para hombres (The Twelve Fishermen, The Fork Club, Epicure); escribió libros que fueron best-sellers (Anuario Brascó 2006 de los vinos argentinos), dirigió programas de televisión (Chateau Brascó, Beber y beber, Dos de copas) y tiene dos vinos propios, uno de Finca La Anita, otro de Bodegas López.

—Al principio, hacer tantas cosas me parecía divertido. Después me di cuenta de que era un hándicap. El conjunto es curioso, pero llega un punto en que parás y pensás: “Si yo tuviera que escribir mi necrológica, ¿qué pongo?”.

—¿Y qué pondría?

A veces, cuando se le hace una pregunta, responde con un silencio falsamente hosco, como si hubiera estado a punto de entender algo del orden de lo divino y acabara de ser interceptado, en ese entendimiento, por el balbuceo torpe de la humanidad.

—Yo sé lo que soy, pero la imagen que doy no es clara. La poesía es una de las cosas que más me expresan. Pero la gente me identifica como el experto en vinos. Yo siempre tengo la sensación de que no cumplí las metas que debía cumplir, por mala administración de mis tiempos o de mi trayectoria.

Y, con un tono bruñido por ocho décadas de buena educación, dice: “Te tendría que invitar con un té, pero eso me llevaría un esfuerzo tremendo”.

Las circunstancias del nacimiento son confusas: en la solapa de su primera novela, Quejido huacho (Tusquets, 1999, la historia de un ingeniero que viaja al interior del país y termina enredado en peripecias delirantes), se lee que nació en Puerto Santa Cruz, en 1936, pero en verdad nació en 1926 y, al parecer, en Sastre, Santa Fe, donde tenía familia, aunque se crió en la Patagonia, solo, solísimo porque su padre, Jaime Brascó, era único médico en un radio de 400 kilómetros y porque su madre, Rosa Barreiro, pasaba meses en Buenos Aires acompañando a dos hijos mayores que estudiaban allí.

—Fue una experiencia difícil. Yo era como huérfano.

Baja el mentón, suspira. Después, dice exactamente lo contrario:

—Fue una experiencia buenísima. Yo tenía mar, tenía montaña, tenía nieve, caballos, casa. O sea que la soledad no la vivía como abandono. Y aparte era un pueblo chico. Todos eran tus padres. Leía mucho. Después, mi padre se trasladó a Santa Fe y ahí terminé el secundario. Pero los vi poco a mis padres. Hubo temporadas en que estuve en contacto con mi madre. Ella murió a los 104 años ¿A qué iba esto…?

—Hablaba de su infancia.

—No puedo estar demasiado tiempo ¿Qué tipo de ración querés? Porque como soy polifacético, perverso polimórfico, puedo elegir cualquiera de las polimorfias y.

—Prefiero que hablemos de todo.

—Esa temática rebalsa cualquier reportaje. La otra idea es tomar un aspecto, nada más, y eso en general no se hace. Porque es más fácil contar la vida. Porque la vida mía está llena de anécdotas. Por ejemplo, aprendí a escribir con Onetti. Lo conocí en un café, escribía cuentos y se los mandaba. Me dijo que yo no estaba capacitado para escribir una novela y tenía razón, porque la escribí ya grande y con gran dominio de la técnica narrativa. Te aburro.

—No. ¿Tenía una relación con su padre o no lo veía nunca?

—Hay una relación con mi hija Milagros, que vive en otra casa, que es mayor a la que yo tenía con mi padre viviendo en la misma casa. Ahora sí me pasé de tiempo. Hablémonos el sábado.

En el pasillo que conecta su estudio con el living hay estantes donde guarda botellas de vino, puertas que se abren a un cuarto, a la cocina. “Patrice”, llama, pronunciando “Pátris”.

Patricia Delmar, poeta y periodista, 35 años más joven que él, su mujer desde 2005, recibe por estos días un tratamiento de quimioterapia y eso ha alterado el ritmo de la casa, pero ella sonríe, radiante: “Ya pasará”. Brascó cruza las manos detrás de la espalda y murmura: “Mmm”. Después, en el vano de la puerta, como si fuera una acusación, dice: “Vos sos muy alta”.

***

Miguel Brascó y Patricia Delmar se conocieron en octubre de 2005. Ella fue a entrevistarlo para la revista Nueva y, cuando él leyó lo que ella había escrito, la invitó a la presentación de un libro. De allí se fueron al bar del hotel Plaza y, de allí, a cenar.

—En todas partes lo saludaban. Era como estar con Michael Bublé -cuenta Patricia Delmar-. Surgió un flechazo inimaginable. Me pareció una persona con humor, de gran inteligencia, gran ternura. Claro que había otras cosas que no eran tan fáciles. Tantos matrimonios… Yo soy el número seis. Imaginate. Si con uno es difícil.

***

Cuando se habla de Brascó se habla de su humor, de sus neologismos, de sus arcaísmos, de que es capaz de escribir con la misma soltura péndex, comme il faut y verija; de sus moñitos, de su gran nariz, de sus ojos intensos y, usualmente, se le piden fórmulas para combatir la resaca o se lo incita a hablar mal de los sommeliers, a quienes llama bobetas cada vez que puede, burlándose de los que encuentran en los vinos aromas a flores blancas, arándanos, grosellas. Pero él -él- preferiría hablar de una novela que está escribiendo, Los leopardos son cosa del atardecer, o de su próximo libro de poemas. Preferiría que alguien, un lector, lo recordara no por sus comentarios sobre el cabernet sino por sus dibujos de trazos finos o sus versos que dicen, por ejemplo: “Ella, mi amor, por cuyos ojos miré”.

“Chesrow no murió inmediatamente sino una o tal vez dos horas después. Esa cuota adicional de existencia debemos suponer que de nada le sirvió. Se mantuvo inconsciente hasta que la vida lo dejó de lado para siempre”, escribió en su novela Quejido huacho. “‘Mencione tres pescados del río’, pide uno a señora frente a góndola de supermercado. ‘Sapo cancionero, surubí, dorado’, contesta la interpelada erudita y sin vacilaciones”, escribió en la columna semanal sobre vinos y cuestiones gourmet que publica en LNR desde 2007. Esa diversidad de registros que es, a un tiempo, su habilidad, su némesis.

***

Es martes, apenas pasadas las once de la mañana. El estudio está lleno de luz, aunque por las tardes es un sitio oscuro. A Brascó este departamento no le gusta, pero vivir con Patricia Delmar en el sitio lleno de recuerdos donde él vivió tres décadas no era una opción. De modo que aquí están, rodeados de jardines en los que ella cultiva sus plantas mientras él no se decide a desembalar la biblioteca.

—Yo siempre estuve con mujeres más jóvenes que yo. Ése fue el gran error de mi vida. Las mujeres jóvenes tienen el don, eventual y fugitivo, de tener lindas piernas. Eso rápidamente desaparece. Hace unos años, después de mi última pareja, la madre de Milagros, dije: “Nunca más llevo una relación con alguien joven, porque es antinatural”. Entonces a unas amigas se les ocurrió que era candidato para una mujer grande y me empezaron a presentar a sus madres, que eran prejuiciosas y antiguas. Yo necesitaba una mujer joven, con más años. Y eso fue Patricia. Yo estaba en la etapa en que buscaba una viejita. El hecho de que tuviera 50 me pareció muy atractivo.

En una de las paredes del estudio hay un dibujo del rostro de Franz Kafka. Sobre la biblioteca donde están sus diccionarios (habla inglés, lee en francés, italiano, portugués y alemán), hay una foto suya, tomada cuando tenía dos años.

—Bajo el brazo llevo papeles con cosas que dibujaba.¿Querés un mate?

—Bueno.

Cuando él era adolescente, la familia se trasladó a Santa Fe, donde Brascó hizo el colegio secundario, fundó un teatro de títeres, estudió pintura. A los 17, para olvidar un amor, se emborrachó con caña y ésa, dice, fue una de las pocas veces que se emborrachó.

—Ella no me daba bola. Prefería a otros. Si te rechaza, vos decís “Será lesbiana”, te tranquilizás. Pero si es selectivo, no.

Siempre cuenta que tuvo tres novias lesbianas y, con un estilo que consiste en decir barbaridades bajo la pátina de una civilizada convicción, explica: “Hay lesbianas pasivas y activas. La lesbiana pasiva es doblemente sumisa, por mujer y por lesbiana. Entonces son amantes deliciosas”. En su libro de relatos de 1968, Criaturas triviales, hay un cuento llamado “Hebe por una pipa”.

-Yo las historias de mis novias lesbianas las he escrito todas. “Hebe por una pipa” es, de hecho, la historia de un tipo que tiene una novia lesbiana. Ese tipo tiene un amigo que está seducido por ella, pero que no sabe que es lesbiana. Y a su vez al protagonista le gusta la novia de su amigo. Entonces arman un trueque. El protagonista dice: “Bueno, te la cambio, pero mi novia es una mujer muy llamativa y tu novia es medio pava, así que yo te cambio a mi novia por la tuya, más una pipa que vos tenés, de cerezo”. Eso me pasó tal cual a mí. Entonces el tipo me dio la pipa, hicimos el trueque y él se fue con mi novia lesbiana, y yo me quedé con la suya. Hasta que él descubrió que la que había sido mi novia era lesbiana. Eso le pareció terrible y me vino a reclamar.

—¿Qué le reclamó?

—La pipa.

***

A los 17 años quiso estudiar letras, pero su padre le dijo: “Vas a ser toda tu vida un empleado del Estado”.

—Él no pensaba que yo podía ser Borges. O sea, tenía razón. Entonces negocié y estudié abogacía y, paralelamente, letras. Me recibí en 1952 y me fui a Buenos Aires, huyendo de Santa Fe.

—Usted se había casado.

—Sí. Estaba divorciado.

—¿A qué edad se había casado?

—Veinte años.

—Con una mujer más grande.

—Sí. Ocho años. Entonces, volviendo al tema, en Buenos Aires conseguí trabajo en un estudio donde estaba César Fernández Moreno, el hijo de Baldomero.

Miguel Brascó se había casado, en Santa Fe, con una mujer llamada Blanca Goetzinger, actriz. Cuando se fue a Buenos Aires dejó con ella al hijo de ambos, un chico llamado Nicolás al que no volvería a ver en treinta años.

—Te doy otro mate.

—No, gracias.

—No te gusta el mate. Yo me habría tomado por lo menos dos.

***

—Creo que él no estaba acostumbrado a tener debates -dice Patricia Delmar-. Estaba acostumbrado a que le aplaudieran sus aseveraciones. Yo defiendo muchas cuestiones sociales, pero él tiene una forma un poco más individual. Y me parece que ya no tiene curiosidad por conocer otras culturas. Conoce determinados países de una manera y ya no quiere conocer nada más. Y es un obsesivo del trabajo. No hay vacaciones, no hay tiempo libre. Yo pensaba que tenía un perfil más osado. Pero es muy tradicional. En temas gastronómicos, por ejemplo, hay cosas que deben ser así. Tal cosa debe tener 20 minutos de cocción y no pueden ser 25. Y yo que cocino a ojito, pobre…

***

En 1955, Brascó pidió una licencia en el estudio de abogacía donde trabajaba y se fue a Bolivia, acompañando al músico Ariel Ramírez a quien había conocido en Santa Fe y que era su amigo. De Bolivia se fue a Lima donde, vendiendo dibujos, trabajando para el diario El Comercio, se quedó un año.

—En 1956 me fui a Madrid a estudiar el posgrado de derecho en la Complutense. Me vinculé con el decano de Letras, que era Vicente Aleixandre, el poeta, y me permitió hacer también el posgrado en Letras.

De España viajó a Holanda, donde vivió hasta 1961 trabajando como traductor de inglés para la empresa Phillips, en un pueblo llamado Eindhoven.

—Antes pasé unos meses trabajando como obrero en una fábrica de etiquetas de cigarros. Quería tener la experiencia. Yo manejaba una máquina, una plancha que imprimía por presión. Vos ponías la página y después decías “Pasóp”, que quiere decir “Attenti”, y bajabas la máquina. Decías “Pasóp” porque había un tipo que, cuando vos levantabas, ponía el papel con la mano, entonces tenías que tratar de no aplastarlo. Pasóp, chin, pasóp, chin. Por ocho horas. No es tan inhumano. Una vez que uno entra en ritmo, se siente parte de algo que funciona.

—¿Vivía solo?

—No, con la poetisa peruana Lola Thorne, que por entonces trabajaba en la embajada de Perú. Con ella tuve una hija. Esa hija murió en un accidente de automóvil. Murió de una manera muy rara.

Se levanta y camina hasta un mueble donde hay varios portarretratos. Regresa con la foto de una chica sonriente, con el pelo oscuro, rulos.

—Tenía 31 años, más o menos. Venía caminando por Figueroa Alcorta. Un auto subió a la vereda y la mató. Se llamaba Irene. Yo tengo un libro de poemas, Otros poemas e Irene, pero no tiene nada que ver con eso.

Otros poemas e Irene fue su primer libro y salió publicado en 1953. Allí, en “Retrato de damas y denuncia”, escribía poemas que no tenían nada que ver con eso: “Todo ocurrió en la medida en que ella y yo lo habíamos imaginado previamente./ Ocurrió en trenes, hoteles de poca categoría, en habitaciones del suburbio,/ en litorales arenosos, en salas correctas con alfombras, en momentos de euforia […]”.

A principios de los años 60 decidió regresar a la Argentina y se empleó en el mismo estudio de abogacía que había dejado cinco años antes.

—Mi mujer fue trasladada a Perú, después a Río de Janeiro. Ese matrimonio se fue debilitando. Mi hija Irene vivió conmigo. Habíamos puesto casa con Ariel Ramírez, en Colegiales. Era una casa open, llena de músicos y escritores. Irene tenía una colección de madres ahí. Ariel Ramírez estaba componiendo la Misa criolla y me pidió que le escribiera villancicos para la cara B del disco. Pero no se me ocurría nada. Él me decía: “Pero es una pavada, los villancicos son muy elementales”. Y yo, nada. Entonces se los dio a Félix Luna, que rápidamente hizo las letras y ganó muchísimo dinero y yo perdí una fortuna.

Por esos años empezó a publicar en una revista llamada Usted. Esos textos llamaron la atención de los editores de Claudia, una revista para mujeres que era, por entonces, una de las más vendidas. Al poco tiempo escribía allí una sección llamada “La vida bella”.

—Ahí empezó lo de los vinos y la comida. Simplemente sucedió. Yo di con una especialidad periodística que, para desarrollarla bien, hay que haber ejercido el oficio de la poesía. Cuando uno ha aprendido a buscar la palabra justa para describir la diferencia que hay entre la tristeza que siente porque está lejos de su patria o porque una mujer lo ha dejado o porque ha descubierto que la existencia carece de sentido, puede escribir de vinos. Y yo escribo sobre vinos con la misma técnica con que escribo una crónica de viaje.

En 1961 publicó su segundo libro de poemas, Tribulaciones del amor. Tres años después el tercero, La máquina del mundo. Escribía en Claudia, hacía una sección de humor en el suplemento “Gregorio”, de la revista Leoplán, y mantuvo esa promiscuidad entre el periodismo, los poemas y la abogacía hasta 1964, cuando supo que estaban buscando un redactor para el departamento de publicaciones de Ducilo, una empresa norteamericana que hacía fibras. Llamó al jefe del departamento, Carlos Duelo, ex director de Leoplán, y le anunció: “Tengo al mejor”. Duelo le preguntó quién era y Brascó le respondió: “Yo”.

—Pero no fue fácil, porque los norteamericanos te investigan el prontuario.

Y cuando investigaron el prontuario, los americanos descubrieron que Brascó había militado, en la universidad, en un partido de centroizquierda. Eso fue un obstáculo hasta que recordó un artículo que sobre él había escrito Raúl González Tuñón, poeta comunista que había tenido acceso a una carta en la que Brascó criticaba las revoluciones -todas: de la francesa en adelante- diciendo que eran inútiles. En su artículo, Tuñón describía a Brascó como un reaccionario.

-Entonces lo llamé. Él estaba avergonzado, porque habíamos sido más o menos amigos, y yo le dije “Pero Raúl, por Dios, qué importancia puede tener, si yo además soy efectivamente muy reaccionario. Lo que necesitaría es un ejemplar de la revista”. Me lo consiguió, se lo mandé a Duelo, Duelo se lo dio a su superior y así entré a trabajar en Ducilo. Al día siguiente lo llamé a Raúl y le dije: “Te llamo para agradecerte tantísimo, no sólo el ejemplar, sino que hayas escrito eso, porque entré en una empresa norteamericana y me pagan fantástico”.

—¿Y él que le dijo?

—”Te felicito”.

Así devino editor del house organ de Ducilo y, en una performance que repetiría en la década del 80 editando la revista de la tarjeta Diners, convirtió esa publicación burocrática, que a nadie le interesaba leer, en algo que se esperaba con ansiedad.

—La leían porque era entretenida. Lo hice muy bien.

Cuatro años después, cuando logró que sus colaboraciones en medios como Claudia, Tía Vicenta y Primera Plana aumentaran en cantidad y buena paga, renunció.

—Cuando logré que mi trabajo periodístico fuera muy fuerte, renuncié. Yo siempre he trabajado mucho. El ocio no es lo mío.

Brascó hace un gesto discreto y mira el reloj.

—¿Quiere que sigamos otro día?

—Sí. Perdón. Tengo que ejercer mis funciones de enfermero. Es duro.

***

—Tiene tantos talentos -comenta Manuel Mas, propietario de la bodega Finca La Anita y uno de sus mejores amigos-. Creo que él querría que lo reconocieran más como escritor, pero trabaja tanto que no tiene tiempo. El otro día fuimos a un restaurante chino y le dije: “Miguel, lo vas a volver loco al chino”. Le traía un vino y Miguel protestaba: “No, ésta no es la cosecha que yo quiero”. Traía otro y tampoco. Entonces propone: “Vamos a tomar champagne”.

Y llega el chino con un balde con dos copas. Miguel le dice: “Esta copa no”. Y el chino: “¿Ésta no copa champagne?”. Miguel le explica: “No me entra la nariz”. Y el chino pregunta: “¿Tomar nariz?”. Hasta que el chino entendió que quería una copa ancha. En un momento le dije: “Pará, Miguel, porque lo vas a volver loco”. Pero él pone piñón fijo y le da, sin fijarse a quién. Si le dan un box, quiere una mesa con sillas, y si le dan una mesa con sillas, quiere un box. Mañerea.

***

Es jueves, casi noche. En el estudio de Brascó suena el teléfono. Atiende y, cuando cuelga, dice:

—Este hombre tiene esa disponibilidad que tiene la gente rica, que es tan linda. Le porponés: “Me estoy yendo a Río Cuarto. ¿No querés venir?”. “Sí”, te contesta, y va con vos.

—¿Tiene muchos amigos?

—No. Uno de los más antiguos es Landrú. Lo conocí en Tía Vicenta. En los años 60, Citizen había organizado un concurso en la revista Claudia cuyo premio era un viaje con Brascó y Landrú a Zimbabwe. Fuimos. Pasamos por Sudáfrica y viajamos hasta Durban en auto. En una encrucijada de caminos, Landrú me pide: “Doblá acá”. Así que yo doblé. Llegamos a un pueblo que se llama Umptata. Con gran influencia de arquitectura africana.

—¿Y cómo es eso?

—Chozas cónicas. Había una especie de drugstore. Entonces Landrú repite: “Pará acá”. Y yo paré. Él quería comprar grabaciones de música africana genuina y suponía que las iba a encontrar en esos lugares. Entramos al drugstore y lo primero que vemos es a un médico brujo, con cuernos y una piel como de leopardo. Yo me quedé paralizado de admiración. Landrú, en cambio, se enganchó con una señora gorda que efectivamente vendía discos de pasta. La teoría de Landrú es que es inútil hablar otro idioma que el propio. Él no habla más que castellano. Y afirma: “Uno tiene que hablar el castellano con convicción, articulando bien, mirando al otro a los ojos, y el otro te entiende”. Entonces en un momento me di vuelta y él estaba con la negra, probando discos, y le decía: “Poné-la-banda-cuatro”. Y la otra ponía la banda cuatro. Te juro. En un momento noté que había una cosa amenazante. Y le digo: “Tenemos que irnos”. Salimos y estábamos rodeados de chicos, entre 12 y 17 años, que son los más peligrosos, y nos decían una sola palabra en un idioma que ni siquiera Landrú podía entender. Rápidamente nos metimos en el coche y nos fuimos, seguidos por los chicos que nos gritaban cosas. Según Landrú, nos pedían plata.

En 1974, cuando fundó la revista para hombres Status, ya era un crítico reconocido, capaz de escribir que un vino era caro al cuete o de argumentar, sin metáforas pretenciosas, por qué tal otro resultaba excepcional. En los años 80, fundó Cuisine & Vins, una publicación de cultura gastronómica que hizo junto a quien era su mujer, la periodista Lucila Goto.

—Pero Lucila se enfermó y murió a los 40 años, en 1992. Fue muy duro para mí, habíamos estado catorce años juntos.

Por esos días lo entrevistaron en Clarín y Brascó confesó que sentía que sólo iba a vivir tres años más.

—Era verdad. Sentía eso.

Entonces, en Santa Fe, un hombre llamado Nicolás leyó ese artículo y le escribió una carta donde le contaba que él era su hijo y que, ya que iba a morirse, quería conocerlo.

—Yo no había tenido ningún contacto con él. Desde el día que me fui de Santa Fe no la vi más a mi mujer. Ella se murió y yo no la volví a ver.

—Pero su hijo sabía que usted era su padre.

—Él sabía todo. Pero yo no era una criatura bien aceptada por mi ex mujer.

Se inclina hacia adelante, une las manos entre las rodillas.

—Yo procedí como un chancho. Me fui. Era un capítulo negro en mi vida. Lo abandoné totalmente. Ahora tenemos buena relación. Él tiene 60 años, una empresa que produce cosas vinculadas con la gastronomía. Es un gran tipo.

Después de la muerte de Lucila Goto, un enredo económico hizo que tuviera que deshacerse de Cuisine Vins, pero siguió escribiendo en varios medios, organizando ferias de productos gourmet y, a fines de los años 90, formó pareja con la chef Luisa González, con la que tuvo a su hija Milagros.

Son más de las ocho de la noche cuando suena el bramido ronco del portero eléctrico. Brascó se levanta, pregunta quién es. Cuelga sin responder.

—Una de las infinitas amigas de Patricia. Yo tengo pocos amigos, pero Patricia tiene infinidad. ¿Qué decíamos? Tengo la sensación de que hemos hablado mucho.

***

—Creo que él tiene la fuerza de un rinoceronte -dice Emilio Garip, amigo de Brascó y dueño del restaurante Oviedo-. Por otra parte, piensa que va a ser eterno, y eso es genial. Habla como si tuviera 40. Pero creo que tiene una disconformidad consigo mismo, porque hace demasiadas cosas. Él me comentó una vez: “Yo tendría que haber sido sólo pintor, sólo escritor”.

***

“Van doce poemas. En principio nos reuniremos el martes y el miércoles de 19 a 21 horas. Confirmar, por favor, cada vez por la mañana. Afectos de Brascó”. Eso decía el mail pero la entrevista, finalmente, se hace un domingo a las siete de la tarde. A las siete menos dos minutos el timbre suena en el departamento de Brascó, pero nadie atiende. A las siete menos un minuto el timbre vuelve a sonar y, otra vez, nadie atiende. Finalmente, a las siete y diecinueve segundos, el timbre vuelve a sonar y, entonces sí, la voz de Brascó pregunta:

—¿Quién es?

Arriba, en el primer piso, abre la puerta de su departamento.

—Con ese tapado deberías usar una bufanda -dice-. Te queda muy bien. Pasá.

Cuando se le pregunta cuál es el rasgo que predomina en su carácter, Brascó responde: “El orden”.

***

—Yo me quedé deslumbrada -recuerda Patricia Delmar- cuando vi el placar con los suéters y las camisas en fundas de nylon. Cuando viaja, para preparar el equipaje, lo dibuja: un cinturón, dos calcetines, zapatos. Pero después hay otras cosas. Cuando salís a comer, los sommeliers le temen. Viene una sommelier y él le pregunta dónde estudió y la chica contesta: “En tal lugar”, y Miguel dice: “Ah, con razón”. Hemos tenido situaciones en que de golpe nos dejan de atender. Todo por esa exigencia. Y siento también que a pesar del perfil renacentista que tiene, de golpe le hubiera gustado explotar más lo literario. Como que no le dedicó la intensidad de ocho décadas, y que le hubiera gustado.

***

El departamento está embebido en el aroma de un arroz a la peruana con el que Brascó estuvo fantaseando durante días y que preparó hoy, aprovechando un oasis en el tratamiento de su mujer. Su estudio se aprieta en torno a la luz ambarina de una lámpara. En la computadora hay un documento abierto en el que escribe su próxima columna para LNR, poco más de una página que le toma dos días. Patricia Delmar está arrebujada, mirando una película en la sala.

—No miramos mucho cine juntos porque yo creo que el cine es entretenimiento. Si no hay una explosión anaranjada o una historia de la CIA, difícilmente aguante una película. Con Bergman he hecho intentos desde chico, pero nunca entendí nada. Aún hoy.

Sobre una mesa hay una botella de vino sin etiqueta, un plato con papas fritas.

—Es una de las botellas que me mandan las bodegas, para que las evalúe. Vamos a probar.

Sirve, se sirve. Dice que hay que hacer un buche antes de tragar y lo hace con elegancia, de modo que no parece un enjuague bucal.

—No tiene mucho aroma, pero tiene una vuelta, que se llama retrogusto, particularmente interesante. ¿Qué me habías preguntado?

—¿Hay alguna persona imprescindible para usted?

—La persona con la cual has elegido vivir siempre es imprescindible.

Hace un silencio. Cada vez que se queda callado se produce, a su alrededor, una suerte de agobio.

-La palabra “imprescindible” hace difícil contestar, porque la experiencia te indica que no existe la imprescindibilidad. Existen largos períodos en los cuales uno tiene una sensación de extrañeza por el hecho de que esa persona no esté.

Después pregunta:

—¿Querés más vino?

—No, gracias.

—No te gustó. Le voy a decir a la bodega que no te gustó.

Una historia sencilla

Publicado: 23 noviembre 2013 en Leila Guerriero
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Ésta es la historia de un hombre que participó en una competencia de baile.

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La ciudad de Laborde, en el sudeste de la provincia de Córdoba, Argentina, a quinientos kilómetros de Buenos Aires, fue fundada en 1903 con el nombre de Las Liebres. Tiene seis mil habitantes y está en un área que, colonizada por inmigrantes italianos a principios del siglo pasado, es un vergel de trigo, maíz y derivados –harina, molinos, trabajo para centenares–, con una prosperidad, ahora sostenida por el cultivo de la soja, que se refleja en pueblos que parecen salidos de la imaginación de un niño ordenado o psicótico: pequeños centros urbanos con su iglesia, su plaza principal, su municipio, sus casas con jardín al frente, la camioneta último modelo Toyota Hilux cuatro por cuatro brillante brillosa estacionada en la puerta, a veces dos. La ruta provincial número 11 atraviesa muchos pueblos así: Monte Maíz, Escalante, Pascanas. Entre Escalante y Pascanas está Laborde, una ciudad con su iglesia, su plaza principal, su municipio, sus casas con jardín al frente, la camioneta, etcétera. Es una más de miles de ciudades del interior cuyo nombre no resulta familiar al resto de los habitantes del país. Una ciudad como hay tantas, en una zona agrícola como hay otras. Pero, para algunas personas con un interés muy específico, Laborde es una ciudad importante. De hecho, para esas personas –con ese interés específico– no hay en el mundo una ciudad más importante que Laborde.

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El lunes 5 de enero del año 2009 el suplemento de espectáculos del diario argentino La Nación publicaba un artículo firmado por el periodista Gabriel Plaza. Se titulaba «Los atletas del folklore ya están listos», ocupaba dos columnas escasas en la portada y dos medias columnas en el interior, e incluía estas líneas: «Considerados un cuerpo de elite dentro de las danzas folklóricas, los campeones caminan por las calles de Laborde con el respeto que despertaban los héroes deportivos de la antigua Grecia.» Guardé el artículo durante semanas, durante meses, durante dos largos años. Nunca había escuchado hablar de Laborde, pero desde que leí ese magma dramático que formaban las palabras cuerpo de elite, campeones, héroes deportivos en torno a una danza folklórica y un ignoto pueblo de la pampa no pude dejar de pensar. ¿En qué? En ir a ver, supongo.

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Gaucho es, según la definición del Diccionario folklórico argentino de Félix Coluccio y Susana Coluccio, «la palabra que se usó en las regiones del Plata, Argentina, Uruguay (…) para designar a los jinetes de la llanura o la pampa, dedicados a la ganadería. (…) Habituales jinetes y criadores de ganado, se caracterizaron por su destreza física, su altivez y su carácter reservado y melancólico. Casi todas las faenas eran realizadas a caballo, animal que constituyó su mejor compañero y toda su riqueza». El lugar común –el prejuicio– le otorga al gaucho características precisas: se lo supone valiente, leal, fuerte, indómito, austero, curtido, taciturno, arrogante, solitario, arisco y nómade.

Malambo es, según el folklorista y escritor argentino del siglo XIX Ventura Lynch, «una justa de hombres que zapatean por turno al ritmo de la música». Un baile que, con el acompañamiento de una guitarra y un bombo, era un desafío entre gauchos que intentaban superarse en resistencia y destreza.

Cuando Gabriel Plaza hablaba de «un cuerpo de elite dentro de las danzas folklóricas» se refería a eso: a esa danza y a quienes la bailan.

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El malambo (cuyos orígenes son confusos, aunque existe consenso acerca de que es probable que se trate de una danza llegada a la Argentina desde el Perú) se compone de una serie de figuras o mudanzas de zapateo, «una combinación de movimientos y golpes rítmicos que se efectúan con los pies. Cada conjunto de movimientos y golpes ordenados dentro de una determinada métrica musical se denomina figura o mudanza (…)», escribe Héctor Aricó, argentino y especialista en danzas folklóricas, en el libro Danzas tradicionales argentinas.

Las mudanzas, a su vez, son figuras compuestas por golpes de planta, golpes de punta, golpes de taco, saltos, apoyos de media punta, flexiones (torsiones impensables) de tobillos. Un malambo profesional incluye más de veinte mudanzas, separadas unas de otras por repiqueteos, una serie de golpes –ocho en un segundo y medio– que requieren, de los músculos, una enorme capacidad de respuesta. Cada vez que una mudanza se ejecuta con un pie debe ser ejecutada después, exactamente igual, con el pie contrario, lo que significa que un malambista necesita ser preciso, fuerte, veloz y elegante con el pie derecho, y preciso, fuerte, veloz y elegante con el izquierdo también. El malambo tiene dos estilos: sureño –o sur–, que proviene de las provincias del centro y sur, y norteño –o norte–, de las provincias del norte. El sur tiene movimientos más suaves y se acompaña con guitarra. El norte es mas explosivo y se acompaña con guitarra y bombo. Los atuendos son diferentes en cada caso. En el estilo sur, el gaucho usa sombrero bombín o galera; camisa blanca; corbatín; chaleco; chaqueta corta; un cribo –un pantalón blanco amplio, terminado en bordados y flecos– sobre el que se coloca un poncho con guardas –chiripá–, ajustado a la cintura por una faja de tela; una rastra –un cinturón ancho con adornos de metal o plata–; y botas de potro, una suerte de funda de cuero muy delgada que se ajusta a la pantorrilla con tientos y sólo cubre la parte trasera de los pies, que impactan casi desnudos sobre el piso. En el estilo norte, el gaucho usa camisa, pañuelo al cuello, chaqueta, bombachas –pantalones muy amplios y plisados–, y botas de cuero de caña alta.

Este baile estrictamente masculino, que comenzó siendo un desafío rústico, llegó al siglo XX transformado en una danza coreografiada cuya ejecución toma entre dos y cinco minutos. Si su forma más conocida es la de los espectáculos for export en los que se lo baila revoleando cuchillos o saltando entre velas encendidas, en algunos festivales folklóricos del país se lo puede ver en versiones más apegadas a su esencia. Pero es en Laborde, ese pueblo de la pampa lisa, donde el malambo conserva su forma más pura: allí se lleva a cabo, desde 1966, una competencia de baile prestigiosa y temible que dura seis días, requiere de quienes participan un entrenamiento feroz, y termina con un ganador que, como los toros, como los animales de una raza pura, recibe el título de Campeón.

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Impulsado por una asociación llamada Amigos del Arte, el Festival Nacional de Malambo de Laborde se llevó a cabo por primera vez en el año 1966 en las instalaciones de un club local. En 1973 la comisión organizadora –vecinos entre los que, hasta hoy, se cuentan manicuras y fonoaudiólogas, maestros y empresarios, panaderos y amas de casa– compró el predio de mil metros cuadrados de la antigua Asociación Española y construyó allí un escenario. Ese año recibieron a dos mil personas. Ahora acuden más de seis mil y los rubros en competencia, aunque con preponderancia del malambo, incluyen algunos de canto, música y otras danzas tradicionales, en categorías como solista de canto, conjunto instrumental, pareja de danzas o cuadro costumbrista regional. Fuera de competencia, en horario central, se presentan músicos y conjuntos folklóricos de mucho prestigio (como el Chango Spasiuk, Peteco Carabajal o La Callejera). Cada año, las delegaciones de bailarines llegan desde todo el país y del extranjero –Bolivia, Chile y Paraguay– y suman dos mil personas a la población estable de Laborde, donde algunos de los habitantes abandonan temporalmente sus casas para ofrecerlas en alquiler y las escuelas municipales se transforman en albergues para la multitud que rebosa. La participación en el festival no es espontánea: meses antes se realiza, en todo el país, una selección previa, de modo que, a Laborde, sólo llega lo mejor de cada casa de la mano de un delegado provincial.

La comisión organizadora se autofinancia y se niega a entrar en la dinámica de los grandes festivales folklóricos nacionales (Cosquín, Jesús María), tsunamis de la tradición televisados para todo el país, porque cree que, para lograrlo, debería transformar el festival en algo simplemente vistoso. Y ni la duración de las jornadas –desde las siete de la tarde hasta las seis de la mañana– ni lo que en ellas se ve es apto para ojos que buscan digestión fácil: no hay, en Laborde, gauchos zapateando sobre velas ni trajes con brillantina ni zapatos con strass. Si el de Laborde se llama a sí mismo «el más argentino de los festivales» es porque allí se consume tradición pura y dura. El reglamento expulsa cualquier vanguardia y lo que espera ver el jurado –que forman campeones de años anteriores y especialistas en danzas tradicionales– es folklore sin remix: vestidos y zapatos que respeten el aire de modestia o de lujo que los gauchos y las paisanas (como se llama a las mujeres de campo) usaban en su época; instrumentos acústicos; pasos de baile que se correspondan con la zona a la que representan. Sobre el escenario no deben verse ni piercings, ni anillos, ni relojes, ni tatuajes, ni escotes exagerados. «Las botas duras o fuertes deberán ser con media suela y freno, como máximo, sin puntera metálica, y de colores tradicionales. La bota de potro deberá ser de formato auténtico, lo cual no implica la obligación de que sea del material con que se confeccionaban antiguamente (cuero de potro, cuero de tigre). No se permitirá el uso de puñales, boleadoras, lanzas, espuelas, ni otro tipo de elemento ajeno al baile (…) El acompañamiento musical debe ser tradicional y respetarse en todas sus formas; constará de hasta dos instrumentos de los cuales uno de ellos será obligatoriamente una guitarra (…) La presentación (…) no deberá transformarse en efectista», establecen algunos artículos del reglamento. Ese espíritu refractario a las concesiones y apegado a la tradición es, probablemente, el que lo ha transformado en el festival más secreto de la Argentina. En febrero de 2007, la periodista del diario Clarín Laura Falcoff, que acude al festival desde hace años, escribía: «En enero pasado cumplió cuarenta años el Festival Nacional del Malambo de Laborde, provincia de Córdoba, un encuentro prácticamente secreto si se mide por su reducido eco en los grandes medios de difusión. Para los malambistas de todo el país, en cambio, Laborde es una verdadera meca, el punto geográfico donde se concentran una vez por año sus expectativas más altas.» El Festival Nacional de Malambo de Laborde casi nunca es mencionado cuando se publican artículos sobre la multitud de festividades folklóricas que pueblan el verano argentino, aunque se realiza en la primera quincena de enero, entre un martes y un lunes a la madrugada.

El rubro malambo se divide en dos categorías: cuartetos (cuatro hombres zapateando en sincronización perfecta) y solistas. A su vez, esas dos categorías se dividen en subcategorías –infantil, menor, juvenil, juvenil especial, veterano–, dependiendo de la edad de los participantes. Pero la joya de la corona es la categoría solista de malambo mayor, en la que compiten hombres –solos– a partir de los veinte años. Los competidores –a quienes se llama «aspirantes»– se presentan en un número que no supera los cinco por día. En una primera aparición, que hacen en torno a la una de la mañana, cada uno de ellos baila el malambo «fuerte», que corresponde a la provincia de la que vienen: norte, si son de la zona norte; sur, si son de la zona sur. Después, en torno a las tres de la mañana, interpretan la «devolución», el malambo de estilo contrario al que bailaron en la primera ronda: los que bailaron norte bailan sur, y viceversa. El domingo a mediodía el jurado delibera, establece los nombres de los que pasan a la final y lo comunica a los delegados de cada provincia que, a su vez, lo comunican a los aspirantes. En la madrugada del lunes los seleccionados –entre tres y cinco– bailan su estilo «fuerte» en una final de apoteosis. Alrededor de las cinco y media de la mañana, con el día clareando y el predio aún repleto, se conocen los resultados en todas las categorías. El último en darse a conocer es el nombre del campeón. Un hombre que, en el mismo momento en que recibe su corona, es aniquilado.

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La ruta provincial número 11 es una cinta de asfalto angosta, con unos cuantos puentes oxidados por los que pasa una vía por la que ya no pasa el tren. Si se la recorre en el verano austral –enero, febrero–, se verá, a un lado y otro, la postal perfecta de la pampa húmeda: campos reventando de un verde como trigo verde, verde brillante, verde maíz. Es el jueves 13 de enero de 2011 y la entrada a Laborde no podría ser más obvia: hay una bandera argentina pintada –celeste, blanco– y la leyenda que dice: Laborde Capital Nacional del Malambo. El pueblo es uno de esos lugares con límites claros: siete cuadras de largo y catorce de ancho. Eso es todo y, como es tan poco, la gente casi no conoce los nombres de las calles y se guía por indicaciones como «enfrente de la casa de López» o «al lado de la heladería». Así, el predio donde se lleva a cabo el Festival Nacional de Malambo es, simplemente, «el predio». A las cuatro de la tarde, bajo una luminosidad seca como un casco de yeso, las únicas cosas que se mueven en Laborde están en ese lugar. Todo lo demás permanece cerrado: las casas, los kioscos, las tiendas de ropa, las verdulerías, los supermercados, los restaurantes, los cibercafés, los almacenes, las rotiserías, la iglesia, la municipalidad, los centros vecinales, los edificios de la policía y los bomberos. Laborde parece un pueblo sometido a un proceso de parálisis o de momificación y lo primero que pienso cuando veo esas casas bajas con su banco de cemento al frente, las bicicletas sin candado apoyadas contra los árboles, los autos abiertos con las ventanillas bajas, es que ya vi cientos de pueblos como éste y que, a simple vista, éste no tiene nada de particular.

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Si existen en la Argentina otros festivales en los que el malambo es uno de los rubros en competencia –el festival de Cosquín, el de la Sierra–, Laborde –donde este baile es protagonista excluyente– tiene un reglamento que lo hace único: establece, para la categoría de malambo mayor, un máximo de cinco minutos. En los demás festivales, el tiempo aceptable es de dos y medio o tres.

Cinco minutos son poca cosa. Una ínfima parte de un viaje en avión de doce horas, un soplo en una maratón de tres días. Pero todo cambia si se establecen las comparaciones correctas. Los corredores de cien metros libres más rápidos del mundo tienen sus marcas por debajo de los diez segundos. La de Usain Bolt es de nueve segundos cincuenta y ocho centésimas. Un malambista alcanza una velocidad que demanda una exigencia parecida a la de un corredor de cien metros, pero debe sostenerla no durante nueve segundos sino durante cinco minutos. Eso quiere decir que los malambistas que se preparan para Laborde no sólo reciben durante el año previo al festival el entrenamiento artístico de un bailarín, sino también la preparación física y psicológica de un atleta. No fuman, no beben, no trasnochan, corren, van al gimnasio, ejercitan la concentración, la actitud, la seguridad y la autoestima. Aunque hay quienes se entrenan solos, casi todos tienen un preparador que suele ser un campeón de años anteriores y a quien deben pagarle las clases y el viaje hasta la ciudad en la que viven. A eso hay que sumar cuotas de gimnasio, consultas con nutricionistas y deportólogos, comida de buena calidad, el atuendo (3.000 o 4.000 pesos –600 u 800 dólares– por cada uno de los estilos: sólo las botas del malambo norte cuestan 700 pesos –140 dólares– y hay que cambiarlas cada cuatro o seis meses, porque se destruyen), y la estadía en Laborde, que suele prolongarse por quince días ya que los aspirantes prefieren llegar antes del comienzo del festival. Casi todos, además, son hijos de familias muy humildes formadas por amas de casa, empleados municipales, trabajadores metalúrgicos, policías. Los más afortunados trabajan dando clases de danza en escuelas e institutos pero hay, también, electricistas, ayudantes de albañilería, mecánicos. Algunos se presentan por primera vez y ganan, pero casi todos deben insistir.

El premio, por su parte, no consiste en dinero, ni en un viaje, ni en una casa, ni en un auto, sino en una copa sencilla firmada por un artesano local. Pero el verdadero premio de Laborde –el premio en el que piensan todos– es todo lo que no se ve: el prestigio y la reverencia, la consagración y el respeto, el realce y la honra de ser uno de los mejores entre los pocos capaces de bailar esa danza asesina. En el pequeño círculo áulico de los bailarines folklóricos, un campeón de Laborde es un eterno semidiós.

Pero hay algo más.

Para preservar el prestigio del festival, y reafirmar su carácter de competencia máxima, los campeones de Laborde mantienen, desde el año 1966, un pacto tácito que dice que, aunque pueden hacerlo en otros rubros, jamás volverán a competir, ni en ese ni en otros festivales, en una categoría de malambo solista. Un quebrantamiento de esa regla no escrita –hubo dos o tres excepciones– se paga con el repudio de los pares. Así, el malambo con el que un hombre gana es, también, uno de los últimos malambos de su vida: ser campeón de Laborde es, al mismo tiempo, la cúspide y el fin. En el mes de enero de 2011 fui a ese pueblo con la idea –simple– de contar la historia del festival y tratar de entender por qué esa gente quería hacer tamaña cosa: alzarse para sucumbir.

***

En las calles de tierra que circundan el predio hay decenas de toldos de color naranja que cobijan puestos en los que, durante la noche, se venden artesanías, camisetas, cedés y que, a esta hora de la tarde, reverberan bajo el sol y lanzan destellos gelatinosos y calientes. El predio está rodeado por un alambre olímpico y, apenas se entra, a la derecha, está la Galería de Campeones, un sitio donde se exhiben las fotos de quienes ganaron desde 1966, y puestos de comida, ahora cerrados, que venden empanadas, pizza, locro (un guiso tradicional), asado y pollo a la parrilla. Al otro lado están los baños y la sala de prensa, una construcción cuadrada, amplia, con sillas, computadoras, y una pared cubierta por un espejo corrido. Al fondo, el escenario.

Conozco historias sobre ese escenario: se dice que, por el respeto que impone, muchos aspirantes renunciaron minutos antes de subir; que un leve declive hacia adelante lo vuelve temible y peligroso; que está tan plagado de fantasmas de grandes malambistas que resulta sobrecogedor. Lo que veo es un telón azul y, a los costados y arriba, los carteles de los auspiciantes: Corredores de cereales Finpro, El cartucho SA transportes, Casa Rolandi, artículos para el hogar. Debajo de las tablas hay micrófonos que amplifican el sonido de cada pisada con precisión maléfica. Frente al escenario, centenares de sillas de plástico, blancas, vacías. A las cuatro y media de la tarde cuesta imaginar que, en algún momento, habrá aquí algo más que esto: nada, y esa isla de plástico de la que asciende una onda de calor ululante.

Estoy mirando la copa de unos eucaliptus, que no alcanzan para detener las garras del sol, cuando lo escucho. Un galope tendido o el traqueteo de un arma bien cargada. Me doy vuelta y veo a un hombre sobre el escenario. Tiene barba, galera, chaleco rojo, chaqueta azul, un cribo blanquísimo, un chiripá de tonos beige, y ensaya el malambo que bailará esta noche. Al principio el movimiento de las piernas no es lento pero es humano: una velocidad que se puede seguir. Después el ritmo sube, y vuelve a subir, y sigue subiendo hasta que el hombre clava un pie en el piso, se queda extático mirando el horizonte, agacha la cabeza y empieza a respirar como un pez luchando por oxígeno.

–Buena –dice el que, a su lado, toca la guitarra.

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Este es el primer capítulo de ‘Una historia sencilla’ (Anagrama, 2013), un libro de Leila Guerriero.

Vengo a decir lo que quizás no deba decirse. Vengo a decir que no he leído lo que escribieron, acerca de Gustave Flaubert y de sus criaturas literarias, autores como Jean-Paul Sartre, Guy de Maupassant, Charles Baudelaire, Marcel Proust, Émile Zola, Julio Ramón Ribeyro, Roland Barthes o Harold Bloom. Quizás sería más justo decir que he leído, pero que he olvidado, y que, en todo caso, no he vuelto a leer.

Sea como fuere, eso no tiene importancia.

En su ensayo de 1974, llamado La orgía perpetua, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, hablando de Madame Bovary, la novela que Flaubert publicó a mediados del siglo XIX, dice: “Un libro se convierte en parte de la vida de una persona por una suma de razones que tienen que ver simultáneamente con el libro y la persona”.

De eso, entonces, vengo a hablar: de la suma de razones, y de la vida y la muerte de María Luisa Castillo.

Todo lo demás no tiene la menor importancia.

***

Era abril de 2012 y yo estaba en la Ciudad de México, hospedada en un barrio vagamente peligroso, en un hotel situado sobre una avenida por la que, me habían advertido, no debía caminar sola bajo ninguna circunstancia. Pero ahí estaba yo, que había caminado por la avenida – sola bajo toda circunstancia–, sentada sobre el muro de una gasolinera, esperando a una persona a la que iba a entrevistar. Era uno de esos atardeceres gélidos y tropicales de la Ciudad de México, con las bocinas raspando el cemento, y la luz del sol, enrojecida por la contaminación, reptando por las paredes de los edificios, cuando pensé: “Aquí estoy, una vez más lejos de casa, esperando a alguien que no conozco en una esquina que no volveré a ver jamás. Y esta es exactamente la vida que quiero tener”.

Y porque sí, o porque ya nunca pienso en ella, o porque empezaba a pergeñar esto que leo, recordé, como del rayo, el rostro rubicundo, los dientes enormes, los aros de vieja, el pelo lacio, el aroma a pan y a perfume barato de María Luisa Castillo, que fue mi amiga y que, durante mucho tiempo, tuvo tres años más que yo.

Entonces saqué un papel del bolso y empecé a tomar estas notas.

***

Sé, de Flaubert, lo que sabemos todos: cuarto nacido vivo después de tres que nacieron muertos, hijo de un médico y de una madre glacial, autor de Madame Bovary, padre de la novela moderna, gladiador del estilo indirecto libre, etcétera, etcétera, etcétera. No tengo nada que decir acerca de todas esas cosas. Pero si es cierto que Oscar Wilde, hablando del personaje de Balzac, dijo que “la muerte de Lucien de Rubempré es el gran drama de mi vida”, salvando las insalvabilísimas distancias yo podría decir que la vida y la muerte de Emma Bovary forman parte de lo que soy. O, para no parecer tan rimbombante, podría decir que me dejaron huella.

***

No era ni el mejor ni el peor de los tiempos. No era ni la mejor ni la peor de las ciudades. Eran los años setenta, era la infancia, era Junín, donde nací, 20.000 habitantes en una zona rica, agrícola, ganadera, a 250 kilómetros de Buenos Aires. Yo era hija de un ingeniero químico y de una maestra, y María Luisa Castillo era la hermana menor de un amigo de mi padre, un mecánico de automóviles llamado Carlos. El día en que la conocí yo tenía ocho años, ella once, y me pareció fea. Tenía la cara grande, alargada, las mejillas enrojecidas por un arrebol que yo asociaba con la gente pobre, y una ortodoncia brutal. Me dijo que no se llamaba Luisa, sino María Luisa, y yo pensé que ese era un nombre de persona vieja.

Luisa era discreta, tímida, pacífica. Vivía en un barrio alejado, en una casa con piso de tierra, sin agua corriente ni cloacas. Dormía, con un hermano mayor y con sus padres, en un dormitorio separado del comedor y la cocina por un trozo de tela. A mí nunca me impresionó que fuera pobre, pero sí que sus padres fueran viejos. Los míos, que no llegaban a los treinta, me parecían arcaicos. De modo que la madre de Luisa, que tendría 55 y tres dientes, y su padre, un albañil ínfimo de más de 60, debieron impresionarme como dos seres al borde de la muerte.

No sé en qué se iban las horas cuando estábamos juntas, pero sé que éramos inseparables. Yo tenía nueve años cuando le ofrecí mi juego de mesa favorito a cambio de que me enseñara cómo se hacían los bebés. Dijo que sí y, en el asiento trasero del auto de mis padres, la acosé a preguntas acerca de la rigidez y de la forma y de los agujeros, hasta que sollozó de vergüenza. Cuando terminamos, no le di nada: ni mi juego ni, me imagino, las gracias. No sé por qué era mi amiga. No sé qué le dejé. Qué di.

Un resumen muy torpe –y muy injusto– diría que Madame Bovary cuenta la historia de Emma, una mujer casada con Charles Bovary y madre de la pequeña Berthe, que se enreda en amores con un hombre llamado Rodolphe, con otro llamado Léon y que, finalmente, envuelta en deudas y a punto de perderlo todo, se suicida tragando polvo de arsénico.

Yo leí Madame Bovary a los quince y durante mucho tiempo creí que había entendido mal. Porque la tal Emma no resultó ser el gran personaje literario que esperaba, sino una mujer tan tonta como las chicas de mi pueblo, que construían castillos en el aire solo para ver cómo se estrellaban contra la catástrofe del primer embarazo o del segundo empleo miserable. Emma Bovary era una pájara ciclotímica que se dedicaba a arruinarse y arruinarle la vida a todos en pos de un ideal que, además, no quedaba claro. Porque ¿qué cuernos quería Emma Bovary? ¿Ser monja, ser virgen, ser swinger, ser millonaria, ser madre ejemplar? No me importaba que hubiera sido infiel (de hecho, esa me parecía la mejor parte del asunto), pero la cursilería rampante de sus ensoñaciones me sacaba de quicio. Emma fantaseaba con Rodolphe en el mismo grado de delirio con que mis compañeras y yo fantaseábamos con John Travolta, solo que, allí donde mis compañeras y yo sabíamos que John Travolta era un póster, ella ni siquiera era capaz de darse cuenta de lo obvio: que Rodolphe no era un hombre para enamorarse sino uno de esos patéticos galanes de pueblo que tragaban mujeres y escupían huesitos (y de los que, a decir verdad, Junín estaba repleto). La demanda devoradora con que se arrojaba sobre Léon –pidiéndole que le escribiera poemas, que se vistiera de negro, que se dejara la barba– no me producía emoción sino vergüenza ajena, y los arrebatos que la hacían fluctuar de madre amorosa a madre indiferente, de esposa amantísima a mujer desamorada, me resultaban agotadores. Trasvasados a la vida real, todos esos rasgos daban como resultado una mujer insoportable.

Pero, así como me molestaba el estado de humillante desnudez emocional en el que Emma Bovary se entregaba a sus amantes, me parecía muy auténtico que su hija Berthe no le hubiera reblandecido el corazón y muy razonable que tuviera sexo, fuera de su matrimonio, no con uno sino con dos hombres. Y su suicidio, coronado con la muerte del marido y la orfandad desamparada de su hija, era de un egoísmo tan sublime, tan salvaje, que resultaba deliciosamente real.

Pero entonces, a fin de cuentas, ¿Emma Bovary era buena, era mala, era cobarde, era valiente, era mediocre? ¿Por qué no me daban unas ganas locas de ser ella, así como me habían dado ganas locas de ser Tom Sawyer o Holden Caulfield o la Maga?

Ahora, después de todos estos años, resulta sencillo saber qué pasó. Y lo que pasó fue que Emma Bovary me insufló enormes dosis de confusión, en una época en la que yo ya tenía confusión en dosis monumentales.

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Cuando Luisa cumplió catorce años, sus padres –que a pesar de todos mis pronósticos no se habían muerto– le dieron permiso para salir de noche, usar maquillaje y ponerse tacos altos. Aunque me desilusionó descubrir que se maquillaba poco y usaba tacos discretos, su incursión en la vida nocturna me permitió entender los usos y costumbres de las discotecas, saber cuándo era prudente responder con entusiasmo a un beso de lengua o cuán abajo era “demasiado abajo” para la mano de un varón. Cuando salíamos a caminar por el centro, yo me enrollaba la falda en la cintura para que hiciera efecto mini y Luisa me prestaba su pintalabios con sabor a fresa. De todas las cosas que la evocan, nada me empuja tan agresivamente hacia ella como el recuerdo de esa sustancia pegajosa que me untaba en los labios y que me hacía sentir la más temible, las más brutal de todas las potrancas. Pero, por todo lo demás, no podríamos haber sido más diferentes. A mí me gustaba leer y a ella no, a mí me gustaba escribir y a ella no, a mí me gustaba el cine y a ella no, yo era vulgar y ella no, yo era huidiza, ladina, oscura, difícil, taimada, arisca, bruta, brutal, furiosa, feroz, arbitraria, y ella no.

Hay una foto en la que estamos juntas: yo llevo el pelo corto, shorts rojos y una camiseta de pordiosera manchada de chocolate; Luisa lleva medias hasta la rodilla, falda con flores y camisa blanca cerrada hasta el cuello. Era una niña prolija; yo, un demonio unisex. Sin que ella me hubiera hecho jamás el menor daño, yo podía repetir durante mucho rato la palabra “paja”, solo para verla enrojecer.

No sé por qué era mi amiga. No sé qué le dejé. Qué di.

Es la primera vez que cuento esta historia, demasiado llena de realidades ajenas. Cada vez que me falla la memoria o creo resbalar entre recuerdos falsos, llamo a mi padre y le pregunto, aun cuando sé que las cosas de la muerte le hacen mal. En julio de este año, mi padre y su amigo Carlos, el hermano mayor de mi amiga Luisa, pasaron un domingo pescando. Una semana después, Carlos se murió de cáncer. Pero, aunque sé que las cosas de la muerte le hacen mal, cada vez que me falla la memoria, o creo resbalar entre recuerdos falsos, llamo a mi padre y le pregunto por la hermana muerta de su amigo que recién murió. Y lo hago porque de eso vivo –de preguntar para contar historias– y porque esa es la vida que quiero tener. Con todos y cada uno de sus muchos, de sus muchísimos daños colaterales.

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Escribí siempre, desde muy chica. En cuadernos, en el reverso de las etiquetas, en blocs, en hojas sueltas, en mi cuarto, en el auto, en el escritorio, en la cocina, en el campo, en el patio, en el jardín. Mi vocación, supongo, estaba clara: yo era alguien que quería escribir. Pero, si la escritura se abría paso con éxito en ese espacio doméstico –el jardín, el patio, el cuarto, el escritorio, la cocina, etcétera–, no tenía idea de cómo hacer para, literalmente, sacarla de allí: de cómo hacer para, literalmente, ganarme la vida con eso. ¿Estudiando letras, ofreciendo mi trabajo en las editoriales, empleándome en una hamburguesería y escribiendo en los ratos libres? Si durante mucho tiempo esa incertidumbre permaneció agazapada, cuando cumplí quince años, y tuve que pensar en el futuro, los diques se rompieron y pasó lo que tenía que pasar: angustia y confusión cubrieron todo. Y, en medio del desastre, me aferré a dos abstracciones peligrosas: mi optimismo oscuro y la certeza de que, entre la espada y la pared, siempre podría elegir la espada.

Fue en esos años confusos cuando llegué a Madame Bovary. Y, ya saben, pasó lo que pasó.

Luisa, mientras tanto, terminó el colegio secundario, empezó a trabajar como secretaria de mi padre y, paralelamente, ingresó a un profesorado de biología en Junín. Eso le permitiría ahorrar algún dinero y tener una profesión para marcharse después a estudiar, más y mejor, a un prestigioso instituto de biología en Buenos Aires.

Quiero decir que Luisa tenía un plan. Y que yo, en cambio, no tenía nada.

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Es 7 de agosto y, mientras escribo, me topo con un texto llamado “Contra Flaubert”, del escritor chileno Rafael Gumucio, que dice que Madame Bovary es, para Flaubert, “una venganza contra su padre, contra sus tíos, contra toda la ciudad de Rouen y sus alrededores pero, más ampliamente aún, es una novela contra la gente que trabaja y tiene hijos, contra las mujeres infieles, pero también contra los hombres fieles, contra los libros, contra las monjas, contra los republicanos, contra las carretas de bueyes, los jueces, los boticarios y contra la ley de gravedad”. Y, mientras leo, pienso que hace falta la mitad de la vida para entender cosas que suceden en minutos.

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Tenía diecisiete años cuando dejé Junín para irme a Buenos Aires y estudiar una carrera que me importaba poco pero me permitiría vivir sola, hacerme adulta, tener algo parecido a un plan.

Luisa se quedó en Junín, estudiando su profesorado, trabajando con mi padre, y empezó a noviar con un chico que, como ella, tenía nombre de viejo: Rogelio. Poco después, quedó embarazada y se casó.

No recuerdo haber ido al casamiento pero sí que, dos años más tarde, durante una de mis visitas a Junín, nos encontramos y me contó que iba a renunciar al empleo y a dejar por un tiempo los estudios para mudarse a un pueblo de 900 habitantes llamado Germania, donde su marido había comprado una farmacia. Recibí la noticia como si algo terrible fuera a sucederme a mí, pero Luisa parecía feliz y se reía, y yo pensé que a lo mejor no la había conocido nunca.

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Pienso ahora que Madame Bovary es, quizás, una novela contra los hijos, contra el futuro, contra las ilusiones, contra la intensidad, contra el pasado, contra el porvenir, contra las ferias, contra los carruajes y contra los ramitos de violetas: una novela contra sí misma cuyo milagro mayor reside en la eficacia con que inocula en sus lectores la incondicionalidad fulminante que solo producen personajes como Emma o como, digamos, Hannibal Lecter: una incondicionalidad incómoda, generada por todos los motivos equivocados, pero absolutamente radical. Para decirlo simple: aunque yo nunca la querré, le seguiría los pasos hasta el más mísero confín.

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Luisa se mudó a Germania a fines de los años ochenta. El pueblo, a unos 100 kilómetros de Junín, estaba por entonces unido al mundo por un camino de tierra que se volvía intransitable con la lluvia. Ella hacía de madre y atendía la farmacia de su esposo mientras yo, en Buenos Aires, seguía desorientada pero ardía eufórica, rodeada de nuevos amigos que tenían hábitos dignos de jinetes del apocalipsis.

Y, en algún momento, supongo que simplemente la olvidé.

No sé dónde ni cómo escuché por primera vez la palabra “bovarismo”. Una definición a mano alzada permitiría repetir con Wikipedia que el bovarismo es “el estado de insatisfacción de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y la realidad, que suele frustrarlas”. Hoy, mientras escribo, pienso que Luisa ya no está entre los vivos, pero que Emma Bovary, con sus volcánicas contradicciones, con sus arrebatos, con su desmesurado bovarismo, sigue viva. Para mi infinito deleite, para mi profunda indignación.

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Cada tanto llegaban, desde Germania, noticias tristes: el camino de tierra se hacía a menudo intransitable; la farmacia no marchaba bien y tenía deudas, y Luisa, otra vez embarazada, había abandonado los estudios.

En Buenos Aires yo había terminado una carrera que jamás ejercí y, confiada en mi optimismo oscuro y en mi teoría de la espada y la pared, había dejado un relato en el diario Página/12, donde el director lo había publicado y, sin saber nada de mí, me había ofrecido empleo. Así, de un día para otro, en 1991, me hice periodista y entendí que eso era lo que siempre había querido ser y ya nunca quise ser otra cosa.

Entonces, un día de un mes de un año que no sé precisar, mientras regresaba del periódico o me apuraba para llegar al cine o cocinaba arroz o quién sabe, la mejor amiga de mi infancia caminó hasta la trastienda de la farmacia de su marido, hundió la mano en un pote de arsénico y comió, comió, comió.

Fue mi padre el que llamó para avisarme.

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Del velorio, que se hizo en Junín, recuerdo poco. Sé que la toqué, porque tocarla me parecía respetuoso: era una forma de decir “No me das asco”. Luisa tenía los labios unidos con pegamento y una tela de broderie blanca, en torno al cuello, que me enfureció porque la hacía parecer idiota. Después, alguien me dijo que era para cubrir las manchas. En algún momento escuché un grito que llegaba desde la calle: “¡Asesino hijo de puta”. Cuando me asomé a la puerta vi que los parientes, los amigos, los vecinos, se agolpaban en torno a Rogelio, el marido de Luisa, que trataba de bajar de un auto. Se decía que le había sido infiel y la conclusión de todos era obvia: Luisa se había matado por su culpa porque, de otro modo, las chicas como Luisa no se matan.

Pero yo hacía rato sabía que sí.

Que bastan un error y un cruce de caminos.

No recuerdo haber ido al cementerio pero dice mi padre que fui y que, incluso, ayudé a cargar el ataúd.

Después supe que, antes de morir, Luisa rogó con desesperación que la salvaran, pero no pudieron llevarla a un hospital porque los caminos estaban anegados.

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Y ese, así, fue el final de todo.

No hay conclusión, no hay fuegos de artificio. No hay epifanía. No se sabe, en fin, qué pensar.

Yo, la chica oscura con la cabeza intoxicada por fantasías descomunales, tuve la vida que quería tener. Luisa, la chica buena y sencilla que al fin solo quería casarse y tener hijos, está muerta. Fin de la historia.

¿Conclusiones? De tan obvias, dan asco: que la más potencialmente bovarista de las dos terminó siendo la menos bovariana del asunto. Y que la menos bovariana de las dos resultó una bovarista literal.

¿Hace falta decir, también, lo evidente?

Luisa se murió en un mundo en el que no había internet ni doctor Google. Y fue por la divina gracia de Emma Bovary como supe, por entonces, que durante mucho rato después de tragar el arsénico mi amiga no tuvo más síntoma que un desagradable sabor a tinta, y que más tarde llegaron, en este orden, las náuseas, los vómitos, el frío glacial, el dolor en el abdomen, los vómitos de sangre, los calambres, la asfixia.

Los años pasaron y, en algún momento, Madame Bovary dejó de ser para mí un libro sobre gente mediocre que se cree especial y empezó a ser un comentario implacable sobre la humillación y el amor, una advertencia feroz sobre la importancia de nuestras decisiones y sobre el peligro de estar vivos.

Yo casi no pienso en Luisa. No veo a sus hijos. No he vuelto a ver a su marido. Pero Madame Bovary forma parte de lo que soy. O, para no parecer tan rimbombante, digamos que me dejó huella. O, para parecer todavía menos rimbombante, digamos que es probable que mi lema anarcoburgués –hacer lo que me da la gana sin joderle la vida a ningún prójimo– sea una reacción a aquellas primeras lecturas en las que Emma Bovary me parecía un mecanismo, desorientado y caníbal, que lo devoraba todo en pos de una ensoñación confusa, sin detenerse a pensar en los daños, en los temibles daños, en los inevitables daños colaterales.

Han pasado muchos meses desde la tarde de abril en que empecé a tomar estas notas, y años desde que era una adolescente con angustia y sin un plan. Y, otra vez, no hay conclusión, ni epifanías. Hay evidencias: Luisa está muerta, y Madame Bovary, como una máquina de atravesar los siglos, me sigue susurrando su mensaje voltaico, su terrible canción: cuidado, cuidado. Cuidado.