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Egipto, Ibn el-ra’asa es un insulto. Significa «eres un hijo de bailarina». Me lo explicó una bailarina de la danza del vientre antes de entrar a escena con un luminoso traje de lentejuelas, un velo sobre su cabeza y el seudónimo de Farha. Fuera de los escenarios, Farha es Teresa González, una chica con el pelo recogido, gafas de aumento y un promedio de nueve durante su doctorado de Química en Barcelona, la ciudad donde nació. «No es fácil para mí hacer amigos aquí», me dijo la bailarina de Egipto. Desde las ventanas del Memphis, el barco para turistas cuyo nombre en inglés corresponde al que antes tenía la antigua capital del país de las Pirámides, los pasajeros veían pasar El Cairo iluminado mientras disfrutaban del show de Farha sobre el río Nilo. En su camerino, Teresa González tenía un cubo que eventualmente le servía de retrete. «No me dejan salir ni para ir cenar —me dijo—. Me traen la comida». Una de las reglas en el barco egipcio donde presentaba su show decía: «Se prohíben los movimientos trepidantes que inciten sexualmente». Otra regla más decía: «Se prohíbe a cualquier miembro del grupo musical que acompaña a la bailarina, especialmente al encargado del ritmo, que realice movimientos o gestos durante el baile que tengan connotaciones sexuales». Su jefe, el tecladista de la orquesta que toca con ella, prefiere que la bailarina no hable con nadie. Un cantante flaco de voz gruesa la presentaría con su nombre artístico: Farha significa alegría. Ella es una optimista. También Farha, alegría, define su doble identidad.

En escena, Teresa González, la estudiante de Química, se convertía en otra mujer: sus pechos se erguían y su cintura se curvaba. Para salir a bailar en el Memphis se soltaba el cabello, alzaba el mentón y su figura de ciento sesenta y dos centímetros lucía más alta y estilizada. La primera noche que la vi bailar en el barco, se movía al ritmo de una banda de cuatro músicos y el cantante flaco de voz gruesa. Cuando a mediados del siglo XIX Gustave Flaubert visitó El Cairo, se enamoró de la bailarina Kuchuk-Hanem —pequeña dama— y la describió como una «criatura de altura». Por la misma época, el escritor estadounidense George William Curtis se encandiló con la misma mujer. «No es un retoño —escribió—. Pero aún no es una flor completamente abierta». Una bailarina puede encarnar una imagen de deshonra en el mundo musulmán. Pero en los momentos de mayor incertidumbre —entre 2011 y 2013, Egipto pasó por una revolución y un golpe de Estado—, los sitios de Internet más frecuentados en Egipto presentan clips de danza del vientre: Safinaz, una bailarina de origen armenio y pechos exuberantes, llegó a tener más de cuatro millones de visitas en un mes, según advirtió el escritor egipcio Alaa Al Aswany. Los vídeos de la bailarina libanesa Haifa Wehbe han superado las diez millones de entradas en You Tube. Sus cuerpos recuerdan la metáfora que desde hace siglos los poetas árabes usan para describir la belleza de una mujer, la de la duna y la rama: caderas anchas y cinturas estrechas y flexibles. Aunque el profeta Mahoma consideró la música como «el almuédano del demonio», el Corán no prohíbe expresamente la danza. Pero los países árabes viven la paradoja de adorar el baile y detestar en público a las bailarinas que admiran en silencio. La interpretación radical de la Sharia, la ley islámica que rige los códigos de conducta y los criterios de la moral, es la que evita que el poder llegue a manos femeninas. «El placer de bailar es más intenso que un orgasmo —me dijo la bailarina catalana en su camerino del barco—. Es un desahogo y eso se transmite». La revolución y el golpe de Estado habían causado más de cuatro mil muertos en Egipto. Ver el contoneo de una bailarina en una danza tan ligada al instinto y a la fecundidad, puede ser, más allá de los insultos, un remanso secreto en medio de tanta tragedia.

Teresa González había dejado sus estudios de Química para bailar en El Cairo cuando la Primavera Árabe comenzó con una muerte: un vendedor ambulante de frutas y verduras llamado Mohamed Bouazizi se incendió a lo bonzo en Sidi Bouzid, al sur de Túnez, en protesta por su precariedad laboral y el maltrato que recibía de la policía por ser un trabajador sin permiso legal. En 2010, su suicidio provocó la indignación en su país que se extendió en forma de revolución en otros diecisiete países de Oriente Medio y África. Ese mismo año, Teresa González había viajado a Egipto para bailar en un festival de danza del vientre, donde un cantante que la vio en escena le prometió un contrato. «Nadie me hablaba cuando llevaba gafas y el pelo recogido —recuerda ella—. Hasta que me vieron en el escenario». Mientras se agitaba el alzamiento popular de la Primavera Árabe, la estudiante de Química comenzaba una revolución personal. Hasta entonces el baile de la danza del vientre había sido para ella un pasatiempo que comenzó cuando tenía nueve años y un trabajo eventual en sus días de universitaria. Vivía con sus padres, tenía un novio y de vez en cuando bailaba en restaurantes árabes de Barcelona. Era hija única y sus padres la alentaron a viajar. Había estado antes en San Francisco, Estados Unidos, como estudiante de intercambio cultural, y luego en Sídney, Australia, para acabar sus estudios de inglés. Con el dinero necesario tuvo la seguridad de que, si las cosas no salían bien, podía volver a casa. «Mi padre siempre me ayudó y por eso uno tiene miedo de decepcionar a la gente que quiere —me dijo—. Sientes inseguridad, pero yo también sentía un dolor en el pecho. Sentía angustia». De todos los países que habían iniciado su revolución, sólo cuatro derrocaron a sus dictadores. En Egipto, tras la Primavera Árabe, el primer presidente elegido en elecciones democráticas, Mohamed Morsi, un islamista del partido Hermanos Musulmanes, fue derrocado por militares golpistas. La promesa de un contrato para bailar en El Cairo le bastó a Teresa González para romper con su novio y los tubos de ensayo. Su padre la había animado a que dejara sus estudios de Química. «Quería que su mente creciera, pero que creciera desde ella misma», me diría Felipe González, el padre de la bailarina, un empleado de banco alto y canoso quien le compraría un departamento en El Cairo. «Una bailarina no puede tener tabúes —me diría su hija—. Este baile consiste en interpretar tu vida con el cuerpo. No puedes bailar con el pecho hacia adentro». Cuando todo el mundo miraba con desconfianza hacia Oriente Medio, Teresa González veía en Egipto una gran oportunidad para bailar.

Egipto se empeña en recordarnos la imagen rígida de una gran pirámide. Para una bailarina de la danza del vientre, en cambio, Egipto es el ombligo más flexible del mundo. Un inversionista podría verlo como un lugar estratégico: un país con cerca de noventa millones de habitantes, vecino de Libia e Israel, costa en el Mediterráneo y el Mar Rojo, y con la capital más poblada de África que durante la revolución de 2011 fue para el mundo el eje y el símbolo de las nuevas democracias por venir. Un país que siempre ha bailado. Cuando una mujer egipcia se casa, recibe como regalo de parte de su marido un traje de baile, y en las bodas lo habitual es que una bailarina de danza del vientre inaugure la pista a la hora de bailar. Unos dos mil años antes de Cristo, en un tallado en piedra de la dinastía XVIII del Imperio Medio, las protagonistas son mujeres que bailan semidesnudas en posturas que reconocemos en la danza del vientre actual. Aquella pieza arqueológica, hoy en el Museo Británico de Londres, es evidencia de que Egipto fue el origen sacro de este baile que hoy es universal. Teresa González había tomado sus primeras clases de danza en una escuela de barrio en Bercelona, cercana al templo Sagrada Familia. En Oriente Medio la danza del vientre propicia insultos, pero es el centro de la cultura popular.

Un refrán egipcio reza: «Quien no sabe bailar dice que el suelo está inclinado». En la superstición local, si una mujer baila en sueños, es señal de que caerá en un escándalo. Bailar ha fascinado siempre por lo que muestra y oculta. Platón catalagó a las danzas en honestas y sospechosas: unas servían para acompañar el canto y el culto al cuerpo mientras las otras eran usadas en ritos religiosos como un pretexto para entregarse a los excesos de la fiesta. Las danzas siempre fueron sospechosas de tener un doble propósito. Una de las películas más vistas en Egipto, Shabab emraa, joven mujer, narra la historia de un muchacho de provincias que llega a vivir a El Cairo, donde su casera lo seduce hasta hacerlo olvidar de sus estudios. La protagonista es Tahia Carioca, una famosa bailarina en el mundo árabe. La historia de Mata Hari, la legendaria bailarina que los franceses ejecutaron después de la Primera Guerra Mundial luego de acusarla de espía, inspiró a inicios del siglo XX a mujeres y directores de cine. El Nobel de Literatura egipcio Naguib Mahfuz alimentó la leyenda de mujeres espías con novelas y cuentos donde las bailarinas eran amantes de militares y terratenientes poderosos, y a través de ellas narró la corrupción política del país. En la época de los califas, el sistema de gobierno de los primeros administradores del Islam después de Mahoma, lo habitual era que los sultanes recibieran de regalo a bailarinas esclavas que tenían acceso a las reuniones privadas y se dedicaban al tráfico de información. Ibn el—ra’asa es un insulto que agravia a las bailarinas, pero danza y política se han movido en Egipto al mismo ritmo.

Cuando Teresa González bailaba en el barco Memphis, en sólo siete días de julio de 2014 explotaron tres bombas en Egipto. Una de ellas en El Cairo, y dos en Sinaí, la península inhóspita que hace frontera con Israel y Franja de Gaza, un territorio fértil para los grupos yihadistas, los militantes más violentos del Islam político que libran la Guerra Santa, la Yihad, contra los «infieles», el mundo que no es musulmán. Abdelfatah Al-Sisi, el presidente actual de Egipto que comandó el golpe de Estado de 2013 y que al año siguiente fue legitimado con el voto popular, ha sido responsable de la muerte de más de tres mil manifestantes y de encarcelar al menos veinte mil ciudadanos a quienes acusó de espionaje, conspiración o terrorismo. También encarceló a medio centenar de periodistas disidentes y clausuró una docena de programas televisivos de debate político. En 2014, un canal de televisión local, propiedad del cuñado del presidente Al-Sisi, anunció un concurso para nuevos talentos de la danza del vientre. A la bailarina Teresa González no le interesaba competir. En un laboratorio de Química de la Universidad de Barcelona, Teresa González había trabajado con otros científicos para crear una síntesis orgánica que ayudaría a crear un nuevo fármaco contra el cáncer. En Egipto, en cambio, sólo buscaba entender el país donde eligió vivir.

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En el departamento de Teresa González había maletas abiertas con sujetadores de piedras brillantes, salsa de tomate en envases aluminio, velos de seda, faldas con lentejuelas, aceite de oliva embotellado, maquillaje, embutidos ibéricos. Tres años antes la bailarina había viajado a El Cairo para comprar ese departamento con la ayuda de su papá. Era el departamento de alguien que, gracias a la ayuda de su padre, no rendía cuentas a nadie. No había fotos de familiares a la vista. Todo estaba cubierto por una fina capa de polvo. Su única compañía era una chica japonesa de apellido Sunami, una bailarina de danzas árabes en la Opera House de El Cairo. Teresa González le alquilaba una habitación.

La bailarina clasifica a sus amigos en categorías: amigo, mejor amigo, amigo cercano, segundo mejor amigo, conocido, ex amigo. Esa noche en su camerino de artista del barco Memphis, había recibido un mensaje de uno de ellos. Era de Ramy Mohamed El Telbany, un chico a quien la bailarina llama Ramy, el mejor de sus amigos egipcios. Teresa González es buena con los idiomas y con los números. Pero es muy desorientada y tiene problemas de lateralidad: nunca recuerda que lado es el derecho o el izquierdo y siempre que sale a caminar se pierde. «Cuando llegué me perdía en la calle y un día en un bus me puse a llorar. No entendía nada —me dijo—. Con Ramy aprendí a caminar la calle y a hablar con la gente en las cafeterías, en los buses, aprendí a volver sola a casa». Ella era una recién llegada a Egipto y en las calles de la capital comenzaban las manifestaciones al grito de «pan, libertad y justicia social», la consigna de la revolución. Egipto se paralizó, y Ramy Mohamed El Telbany, su mejor amigo, perdió su trabajo. La revolución había caído entre ellos como una bomba de humo negro y dejaron de frecuentarse. Ramy Mohamed El Telbany era recepcionista en un hotel de El Cairo y migró a Dubai para trabajar de asistente de recepción de un hotel. Hacía tres años que no se veían y él acababa de volver a la ciudad.

Teresa González tomó clases de árabe en una academia en Barcelona. Pero dice que donde más aprendió fue en Egipto, con sus amigos y en las calles de El Cairo. Para practicar la lectura compra revistas fáciles de leer como las que traen recetas para hacer comidas rápidas, bajas en calorías, o sobre maquillaje moderno que explican como pintarse las uñas y los ojos en pocos minutos. Hoy Teresa González habla bien el árabe, aunque aún confunde algunas palabras: dice mierda cuando quiere decir picante; dice pene cuando quiere decir noticias. A los egipcios les hace gracia. Ramy Mohamed El Telbany le había enseñado sus primeras palabras en su nueva lengua: «Un té de menta, por favor». La bailarina catalana se refugió en sus amigos egipcios. «Aquí a las extranjeras los tipos nos llaman open mind porque creen que nos acostamos con cualquiera, y quieren seducirte para conseguir pasaporte europeo —me dijo—. Un vecino ya me ofreció matrimonio». El segundo mejor amigo de la bailarina se llama Mohamed Abdel Moez, y el hermano mayor de él fue asesinado por la policía durante el golpe de Estado, en 2013, en una protesta callejera. Moez trabajaba en una tienda de venta de papiros, y cada tanto quedaba con ella para tomar el té. «Siempre me dice: yo no podría estar con una bailarina o una chica que haya estado con otros hombres». Teresa González me lo contaba mientras movía hacia un sofá un cubo con agua que llevaba un motor eléctrico. Era su «mini jacuzzi personal» y, como parte de su rutina después de bailar, lo usaba para calmar el dolor de sus pies. Hundía sus pies en las burbujas con gesto de alivio, y así desinflamaba sus tobillos de bailarina cansada. Al día siguiente vería a Mohamed Moez en la cafería frente a su departamento. Esa noche me pidió que fuera delicado al hablar con él de política y religión, además de explicarme una regla que debía acatar para poder hospedarme en su casa. Si sus vecinos me preguntaban por ella, debía decir: «Trabaja con un ordenador». O: «Ella es traductora». Medir las palabras es conveniente en El Cairo. Decirle a alguien Ibn el-ra’asa no son palabras vacías: nadie quiere tener una madre ni una vecina que baile la danza del vientre. Teresa González llevaba más de tres años hablando con los vecinos de su barrio y nunca le pudo decir a nadie que se dedicaba a bailar.

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El baile y la guerra siempre hicieron buena pareja. Desde los primeros pasos en ceremonias de muerte, caza y fecundidad, la danza se alió con la política y la religión. En el antiguo Egipto, la muerte y la resurrección de Osiris era representada con una danza. A fines del siglo XIX, cuando en Egipto se inauguraba el canal de Suez que une el Mediterráneo con el mar Rojo, una bailarina cuyo nombre suena como el desgarro de un vestido, Shawq, fue la protagonista de una fiesta con invitados ilustres. Shawq también actuó como invitada especial en el estreno de la ópera Aída, de Giusepe Verdi, en la Opera House de El Cairo. Egipto era uno de los países árabes más liberales: las primeras mujeres del mundo árabe en ir al colegio, pilotar aviones o conducir coches, habían sido egipcias, y también las que llegaron a formar parte del Parlamento y del Gobierno. La activista egipcia Hoda Shaarawi fue la primera en quitarse el velo en público en una manifestación: en El Cairo de 1923 Hoda Shaarawi inauguró el movimiento feminista árabe. Ibn el—ra’asa es un insulto que agravia a las bailarinas, pero no siempre había sido así. En los años veinte, Egipto era gobernado por una monarquía y en aquella época, Badía Masabni, una bailarina de origen libanés, era propietaria de uno de los casinos más famosos de El Cairo, próximo a uno de los puentes que cruzan el río Nilo. Hoy la gente llama al puente por su nombre: Badía.

Las bailarinas egipcias habían llegado a ser parte de la vida política y un símbolo nacional. En los años setenta, tras la guerra entre Egipto e Israel, en cada una de sus visitas a El Cairo, el secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger reservaba un show privado de la bailarina Nagwa Fouad, quien también había bailado para el ex presidente francés Valéry Giscard d’Estaing y para el de los Estados Unidos Richard Nixon, y que también bailaría para el presidente Jimmy Carter. Nadie cuestionaba, al menos por ello, su moral. Hoy, en nombre de la moral pública, un policía en Egipto puede detener a una bailarina en el escenario porque su traje muestra más de lo permitido, o por bailar de manera demasiado provocativa. Abrir las piernas o tumbarse de espaldas en el suelo está prohibido. También subirse a una silla.

La bailarina egipcia Fifi Abdou fue condenada en 1991 a tres meses de cárcel por practicar «movimientos depravados». Una década después, Fifi Abdou propuso crear en Egipto la primera asociación profesional de bailarinas de la danza del vientre. Los musulmanes mas conservadores de Al Azhar, el centro del Islam oficial de Egipto, se opusieron. «Eso sería como legalizar la prostitución», dijeron. La danza del vientre siempre fue más rechazada por las religiones que por los gobiernos. «Todas quieren bailar en las fiestas que organiza el Club Militar —me dijo Teresa González sobre las fiestas de los oficiales del ejército egipcio—. Ahí bailan las mejores y es donde mejor pagan». Bailarinas y militares tienen en Egipto una relación de conveniencia, y el radicalismo islámico es su enemigo en común. En 1981, tres años después de haber ganado el premio Nobel de la Paz por ser el primer gobernante árabe que firmó la paz con Israel, el presidente militar de Egipto Anwar el-Sadat fue asesinado. La revolución iraní de 1979 no sólo había reinstaurado la república islamista en ese país, sino que la influencia de su líder el Ayatollah Khomeini se extendió hacia el resto de los Estados árabes. Con la interpretación radical de la ley islámica, la danza fue perdiendo el significado religioso heredado de la época faraónica y también las bailarinas comenzaron a ocupar el último peldaño del escalafón moral. Hoy en Egipto la danza del vientre sólo se puede practicar con autorización del gobierno. En 2014 el gobierno de Irán condenó a unos jóvenes a una pena de seis meses de cárcel y noventa y un latigazos por haber subido a YouTube un vídeo donde bailaban al ritmo de una canción soul de Pharrell Williams: Happy.

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Teresa González aún no tenía un contrato para bailar en El Cairo. Aunque la ley egipcia condena a los infractores con penas de hasta un año de cárcel, el líder de su orquesta la consentía. Ser hijo de una bailarina en Egipto es deshonroso, pero la bailarina catalana trataba a su jefe como una hija bien educada. Los años que siguieron a La Primavera Árabe, Egipto ha vivido con un alto índice de desempleo. La bailarina González debía cuidar su trabajo. Donde antes aparcaban un promedio de cuarenta buses diarios de turistas que querían ver las pirámides, sólo llegaban dos. La guerra interna entre el gobierno y sus opositores ahuyentaba a los turistas. Había escaso trabajo en El Cairo y ella suplantaba a una bailarina norteamericana de vacaciones. «Yo pensé que la revolución sería algo pasajero —me dijo la catalana—. La química me sigue gustando, pero no me arrepiento de haberla dejado. Aunque económicamente me vaya peor, soy más feliz bailando». Lo dijo cuando llegamos a su departamento en un piso del barrio Marrioteia, una zona popular de El Cairo. Desde el ventanal de su departamento se ven las cúspides de Keops, Kefren y Micerinos, las sepulturas más famosas del mundo, envueltas en una nube de arena y polución que parece bruma.

Acostumbrada a ellas, la bailarina ya no les presta atención. Desde donde vive, para llegar al centro de El Cairo, se viaja una hora en bus y en metro por autopistas elevadas sobre basureros y fachadas de edificios a medio terminar. La plaza Tahrir, que en árabe significa Plaza de la Liberación y que había concentrado las mayores movilizaciones de 2011, estaba sitiada por el ejército egipcio. Las bocas del metro estaban tapiadas con alambre de púas y en cada esquina había policías con armas largas. Junto al Museo Egipcio de El Cairo, donde se conserva en un cofre de cristal la máscara dorada de Tutankamón, descansaba entre vidrios rotos y ventanas carbonizadas la mastodóntica sede del Partido Nacional Democrático, el símbolo del partido político militar que gobernó Egipto durante treinta y tres años. Lo habían incendiado los manifestantes en 2011, un día que en la historia ha quedado como el Viernes de la Ira. El centro de El Cairo recordaba un inmenso salón de baile donde hubo una fiesta que acabó mal. En 2013, lo que había sido un símbolo de la movilización libertaria, lo tomó el Ejército de nuevo en el poder. En la plaza Tahrir había un monumento «a los mártires de las revoluciones», erigido por los mismos militares que en 2011 habían martirizado a los revolucionarios.

La bailarina catalana llegó a una ciudad que durante más de dos mil años había sido territorio romano, turco, francés y británico. El Cairo, la ciudad más poblada de África, es un territorio en disputa crónica donde las identidades se superponen como las capas de pintura en una puerta vieja. Con la revolución los egipcios vivieron la paradoja de cambiar todo para que nada cambie. En un país que nunca vivió en democracia, las dos organizaciones políticas que se impusieron eran dogmáticas. Una islámica y la otra militar. «La primavera árabe no fue una revolución —se indignaba el poeta sirio Adonis en una entrevista—. Los opositores jamás hablaron de laicidad, de liberación de la mujer, de cambiar la ley coránica. Solo querían cambiar de régimen, y cambiar de régimen no sirve de nada cuando permanece la misma mentalidad. Los árabes tienen que hacer su revolución interior». El presidente de Egipto Al-Sisi fingió virtudes democráticas: después de hacer un golpe de Estado dejó de vestir su uniforme militar. Según un informe de Human Right Watch, el gobierno de facto de Al-Sisi cometió una de las peores masacres desde la tragedia de la plaza Tianannmen en Pekín. En la mezquita Rabá Al-Audawiya y la plaza Al-Nahda, el ejército egipcio mató a más de mil seguidores de los Hermanos Musulmanes, el partido político que ganó las primeras elecciones democráticas de la historia de Egipto y que fue derrocado por los militares al año siguiente, en 2013, los que protestaban contra el régimen de Al-Sisi. Un hermano de Mohamed Moez, el segundo mejor amigo de la bailarina, fue uno de los asesinados.

Mohamed Moez es un chico alto y tímido que habla inglés y español. Había estudiado periodismo, y tenía veintiséis años, el pelo peinado con gel y una expresión de sorpresa en sus ojos redondos, como la de quien espera que le cuentes algo divertido. La bailarina lo había invitado a tomar el té en el bar que está frente a su edificio. «Él es muy religioso —me advertía su amiga—. Me saluda con la mano y más de una vez me dijo que yo soy inteligente y no debería bailar». Mohamed Moez salía de trabajar de la tienda de papiros.

—De la muerte de mi hermano prefiero no hablar —me dijo Moez con su taza de té.

Le dije que de política se habla en voz muy baja en Egipto.

—Pero al menos hablamos —respondió—. Si la revolución sirvió para algo, fue para eso: la gente antes no hablaba de política.

Mohamed Moez me mostró la foto de un amigo a quien la policía había matado en un acto de protesta. Era un fotógrafo compañero suyo en la facultad. Lo asesinaron mientras tomaba fotos en una manifestación. Tenía la imagen de su amigo en su Facebook. Se veía a un chico sonriente, con la barba crecida y ropa de colores. Lo mataron el 5 de julio de 2013. Otros dos amigos de Mohamed Moez estaban presos. El vendedor de papiros hablaba del miedo y del gobierno militar de Al-Sisi. Mohamed Moez prefiere no hablar de temas políticos con la bailarina. Ni de religión. Acaba enfadándose con ella.

—He ido a tiendas donde tenían un cartel con una mujer sin velo con una «X» encima, y al lado había otra foto con una mujer con velo y ponía «SI» —le dijo Teresa González en el bar frente a su casa—. Yo entré a esa tienda y pensé: me van a matar.
—Tu tienes un punto de vista malo —exclamó Moez—. Yo nací aquí. Aquí la religión para la gente es diferente que en Europa.

Se conocieron cuando Mohamed Moez había ayudado a llegar donde la bailarina a una extranjera que buscaba extraviada su departamento en El Cairo. Por los idiomas que hablaba, a Moez no le costaba ser amable con los extranjeros. Había conocido una chica de Bolivia y le decía que quería visitar América Latina. «A mí me gusta su pensamiento y vivir de una manera diferente —me dijo—. Y quiero que la gente de aquí piense de esa forma». Fue una extranjera que lo trasladó mentalmente a un paisaje exótico al que tal vez jamás él llegaría. Pero con su amiga, la bailarina, le sucedía otra historia: cada vez que se encontraba con la catalana se enfrentaba a una contradicción. El Islam Sunita dice sobre la mujer: «Su poder de seducción constituye un elemento potencialmente perturbador del orden social y la rectitud moral». Mohamed Moez mantenía todas las distancias con la bailarina. Le pregunté a ella sobre el día que el vendedor de papiros fue a despedirse en el rellano de su edificio.

—Él me abrazó —dijo—. Pero dejando aire de por medio.

Cuando asesinaron al hermano de Moez, éste llamó por teléfono a la bailarina. «Yo no dormía —dijo la catalana—. La gente se disparaba por las ventanas. Yo nunca había visto un muerto». En esos días, la bailarina había decidido volver a Barcelona hasta que todo se calmara, cuando Moez la interceptó. «Quiero verte antes de que te vayas —le dijo—. Cuando tú has estado en momentos difíciles, yo he estado allí. Y ahora que te necesito, te vas». La bailarina recordó que fue la única vez que Moez le ha demostrado cariño. «Quería abrazarlo, pero él no entra a mi casa y en la calle no podía». Teresa González lo hizo pasar entonces hasta el recibidor de su edificio. «No voy a su casa, no porque no tenga confianza, sino por lo que va a decir la gente. Los hombres no pueden hacer esto antes de casarse —me dijo él—. La gente piensa mal. Es algo de nacimiento». Mohamed Moez le dijo a su madre que su amiga española era profesora de castellano.

La bailarina era una especialista en incomodar a sus amigos. Mohamed Moez no es el único. «A mí me pone muy tenso ir con ella por la calle», me dijo Ali Nawar, un chico de veintitantos años y dos metros de estatura que es traductor para la agencia española de noticias EFE en El Cairo. Hijo de un militar retirado, el día que lo conocí Teresa González le había pedido que la acompañara a comprar bisutería: brazaletes, collares, pendientes. También quería unas estrellas adhesivas que ella se pone en el ombligo para resaltar aún más su vientre en los shows. La idea de caminar con su amiga por la ciudad le producía una sonrisa nerviosa a su amigo. Aunque no era la primera vez que se ocupaba de ella.

Cuando sucedió el golpe de Estado, en 2013, Alí Nawar, se acercó con sus dos metros al edificio de Teresa González para llevarle unas compras del supermercado. Era la primera vez que visitaba los suburbios de El Cairo. Vivía en el distrito El-Manial, en la isla de Roda, una zona alta de la ciudad compuesta por dos islas del río Nilo, donde las casas, heredadas de la colonia británica, son antiguas, con jardín, y los únicos centros comerciales de su barrio son un kiosco y una farmacia. Los suburbios de su propia ciudad le resultaban amenazantes a Alí Nawar. En parte por eso, nunca acudía solo cuando quedaba con su amiga bailarina. Los encuentros eran siempre de tres. Ahmed Mustafa, su amigo y compañero de trabajo, lo acompañaba cuando él quería ver a la bailarina.

Esa tarde, antes de ir a comprar bisutería, los tres habían quedado encontrarse en el bar Ahl Cairo, en el barrio Dokki, una zona residencial de la ciudad. Ahl Cairo es uno de esos bares a los que acuden extranjeros y no está mal visto que los amigos se saluden con dos besos, aunque sean egipcios. Mientras un té en el bar frente a la casa de Teresa González costaba dos libras, allí podía costar veinte libras, un precio equivalente a cualquier bar de Europa. Fuera del bar Ahl Cairo y de su barrio, Alí Nawar se siente intranquilo. «Para mí es un reto caminar con Teresa: observo la gente por si hay adolescentes en grupo que la puedan acosar. Porque tengo amigas a quienes les han pegado». Nawar rebusca sus palabras antes de hablar. Cuando dice pegado, quiso decir violado. El traductor sentía pudor para explicarse con claridad, como si evitara alarmar a alguien que acaba de conocer, sobre la vida cotidiana de las mujeres egipcias. Alí Nawar se portaba como un gigante temeroso.

En los últimos años, centenares de violaciones a mujeres suceden en las calles de El Cairo. «Son rodeadas por un grupo de entre quince y cien hombres, y aisladas de sus amigos», ha resumido Human Rights Watch. En julio de 2014, en plaza Tharir, el escenario central de la revolución, hubo cerca de doscientas agresiones sexuales en una sola semana. En las protestas de junio de 2013, habían denunciado cerca de cien violaciones en la misma plaza. Mujeres golpeadas con cadenas, palos y sillas. Mujeres cortadas con cuchillos. Atacadas en manada y por hombres jóvenes. «En Egipto el acoso sexual siempre existió —me dijo Zeinab Sabet, una activista egipcia—. Pero ahora la violación no empieza como un simple acoso sexual. Quieren apartar a la mujer de la vida pública. Aterrorizarla. Es un fenómeno político: antes eran individuales; con la revolución comenzaron las violaciones en grupo». Zeinab Sabet se educó en París y vestía con escote y el pelo descubierto. Ella y un equipo de otros treinta activistas formaron el grupo Tharir Body Girl, que rescata a mujeres que están por ser violadas. Usan chaleco y casco amarillo para identificarse. Zeinab Sabet me explicó que hasta entonces sólo habían podido intervenir en noventa casos. «Es peligroso —me dijo— porque van armados con cuchillos».

Después de los violadores, su segundo enemigo es la legislación. La ley dice que, en caso de violación, la mujer agredida debe ir a la policía con la persona que la acosó y llevar testigos. «¿Cómo una mujer que experimenta esto —me dijo Zeinab Sabet— puede tener fuerza para ir a la policía con el chico que la violó?». Desde el gobierno, Adel Afifi, un miembro del consejo legislativo, culpó a las mujeres: «Son ellas las que provocan el cien por ciento de las causas de la violación, ya que al salir a manifestarse se exponen». La bailarina creía tener el antídoto para que no le suceda nada malo. «Aquí los tipos son muy observadores —me dijo—. Te tratan según cómo caminas y, si andas con el pecho hundido, te atacan. Yo, si estoy de bajón, no salgo». A pesar de sus dos metros de estatura, Ali Nawar, el traductor gigante y temeroso, temía que le arrebataran a su amiga. Temía no poder hacer nada para impedirlo.

Salir a pasear por El Cairo con Teresa González puede verse como un deporte de riesgo por partida doble. En un talk show muy popular en Egipto, Al fin de la tarde, es habitual escuchar a su presentador, Mahmoud Saad, hablando a los jóvenes y a sus padres. «Hay jóvenes que trabajan con extranjeros para hacer bombas en contra de este país. Tomemos conciencia de esto y apoyemos a nuestro presidente», dijo Saad mirando directamente a la cámara. «Ahora hay más segregación —me insistió Alí Nawar—. Hay un tipo de separación entre la gente: están los que buscamos los derechos sociales y el resto». La segregación la produce sobre todo el rechazo a lo desconocido, o la defensa a la moral islámica. Una noche, su amigo Ahmed Mustafá se separó de él para acompañar a la bailarina a su casa. «Estaba oscuro y me despedí de ella con dos besos frente a la puerta de su edificio», recordó Ahmed Mustafa. Luego sintió que una piedra rozaba su cabeza. Un egipcio que en su país se comporta como un occidental puede entrar en la categoría de «infiel» al Corán. «Ahora están repitiendo esa vieja política del miedo —me dijo Ali Nawar—. A ustedes —los extranjeros— les llaman agentes, espías». Al sentir la piedra pasar cerca de su cabeza, Ahmed Mustafá quedó paralizado. «Yo no quería problemas y me fui», contó Mustafá. Hay casos más dramáticos. Según Mustafá, cuando en 2012 en Egipto estaban los Hermanos Musulmanes en el poder, el miedo lo sentían hacia las brigadas policiales conocidas en Egipto como «policía moral». Cuando veían un chico con una chica solos, le decían al hombre que no podía sentarte con una chica a solas si no era su esposa. «Una vez un joven ingeniero estaba con su novia, aparecieron unos hombres y le dijeron que no podía estar allí con ella. Cuando el chico quiso pelear, lo mataron —dijo Mustafá—. Ahora ya no pasa eso. Ahora te matan o meten preso por estar en contra del gobierno. Pero la gente sigue pensando igual». Alí Nawar, el traductor y gigante temeroso, temía que una tarde de compras de bisutería con su amiga bailarina pudiese convertirse en una película de terror.

—Aquí vives para los vecinos y para el portero del edificio —me había explicado Sabet, la activista—. El portero es aquí como un miembro de la familia. Tienes que cuidarte de lo que piensa de ti porque él habla con otra gente. Es la razón por la que odio vivir aquí.
—A mí tu portero me odia —le dijo Ahmed Mustafá a la bailarina.

La bailarina no se sorprendió.

—Ese odia a todos —dijo.

Los egipcios viven con toda clase de prohibiciones.

Desde formar un partido político hasta estar con un extranjero bajo el mismo techo.

La bailarina catalana no puede invitar amigos a su departamento.

Y sus amigos no se atreven a presentar a una amiga bailarina a sus padres.

Durante tres mil años, Egipto fue gobernado por potencias extranjeras.

En 1922 los británicos les concedieron la independencia.

La fobia al extranjero es atávica.

Los porteros son los guardianes de esos microestados que son los edificios de apartamentos. Frente al portero del edificio de Teresa González, cualquiera tiene prohibido decir: abogado, manager, contrato. En árabe y castellano, según la catalana, suenan igual. Temía que su portero, quien no sabe leer, dedujera que ella era bailarina.

Una revolución exige enfrentar sus propias contradicciones, y Egipto volvió de la ilusión revolucionaria a un Estado policial. En una cultura donde la familia gira en torno a la figura del padre, cuando ese padre fue educado en los rigores de un cuartel, el miedo siempre comienza en su mirada. Igual que en la familia de Ali Nawar, todos los egipcios tienen en su familia un teniente, un policía, un almirante. Es el legado de más de sesenta años de sucesivos gobiernos militares.

Alí Nawar, el traductor, insistía en el peligro de caminar con ella por la calle.

—Nos interesa conocer más extranjeros con mentalidad más abierta —me dijo su amigo Mustafá—. Yo tengo amigos hombres que salen con chicas, tienen relaciones sexuales y toman drogas. Pero cuando eligen una mujer para casarse, eligen a una conservadora.
—Eligen la mujer que viene detrás de la vaca —añadió el traductor—. Es un dicho. Las mujeres de zonas rurales son más tradicionales que las urbanas. No toman drogas ni salen.

Tres años después de la revolución egipcia, la bailarina ya no sentía esa asfixia que la había obligado a dejar su doctorado en Química en Barcelona. Los egipcios que entonces se jugaron la vida por la democracia especulan los motivos del fracaso. «La revolución no fue una revolución. Es el plan de un país como Estados Unidos que quiere que caiga el ejército para coger el petróleo de los países árabes —me dijo el señor Shaaban, dueño del bar frente al edificio de la bailarina—. Antes no había democracia pero al menos había trabajo. Ahora no tenemos trabajo ni democracia». Su opinión es una de las versiones más difundidas en los barrios populares. La revolución que creció desde la militancia de jóvenes universitarios e intelectuales no prosperó en un país donde un tercio de la población es analfabeta y donde la palabra bailarina es un insulto, pero también donde las bailarinas siguen siendo el mejor refugio ante la incertidumbre.

La canción Tópico del Amor, que da su nombre al bar del señor Shaaban donde la bailarina se sienta a tomar el té, siempre ha sido interpretada por la artista mas querida en el mundo árabe. El bar tampoco admite mujeres. Un día Teresa González se sentó allí por primera vez con cara de extranjera distraída. El dueño del bar nunca se atrevió a echarla.

La bailarina catalana aprendió a moverse en un mundo que ha acabado siendo para hombres. «Las mujeres necesitan conocer sus derechos», me dijo la activista Zeinab Sabet, quien, además de participar en el grupo Tharir Body Girl, daba clases de defensa personal. Su deseo coincide con el de Montesquieu en el siglo XVI: «Las costumbres hacen las leyes, las mujeres hacen las costumbres; las mujeres, pues, hacen las leyes». Después de la frustrada revolución que prometía cambiar las leyes en Egipto, sus mujeres, aunque no bailen, tampoco son respetadas.

—Yo vivo de noche —me dijo la bailarina catalana—. Y las mujeres egipcias no salen de noche.

De noche, en El Cairo, Teresa González siempre estaba sola. Su compañera de piso, la bailarina Kaoru Sunami, dormía o estaba bailando en la Opera House. «Es muy reservada —me dijo la japonesa—. El mundo del baile tiene sus secretos». Después de acabar de bailar, Teresa González suele detenerse en una juguería de la esquina de su departamento donde ofrecen zumos y ella elige siempre el mismo: uno de caña de azúcar, que en Egipto lo llaman asir assa. «Me gusta sentarme aquí —me dijo mientras sorbía el líquido verde y espumoso con una pajita—. Aquí me siento invisible». La gente pasaba, los hombres pasaban, y la ignoraban. Sólo la saludaban los niños. «Cuanto más te respetan, menos te miran». Giza, la población donde vive, fue construida sobre una gran meseta de arena que se acumula en los recodos de su calle. Junto a su edificio había un taller de reparación de mototaxis, una mezquita sin minarete, una despensa con unas cuantas latas, un negocio de reparación de computadoras y una tienda de ropa femenina, donde todas las prendas incluyen velo. Es un barrio de gente tradicional donde Teresa González disfrutaba siendo imperceptible. Ganar respeto en Egipto era para ella ganar invisibilidad.

En la relación con sus vecinos cairotas, Teresa González pasó del acoso al rechazo, y del rechazo a la indiferencia. La bailarina cree haber llegado a un término medio. «Si yo hablo, ellos sí que me pueden hablar. Si no, no. Así son las cosas aquí». Su única amiga mujer, Hadia Hamed, una licenciada en Geografía que estudia coreano y trabaja en una tienda de Vodafone, lo veía de una manera más piadosa: «Los hombres aquí son como niños grandes». Hadia Hamed se puso seria cuando hablaba de varones, pero el resto del tiempo tenía una sonrisa más grande que su boca. «Mi marido ha hecho siempre lo que su madre le decía —me dijo—. No lo culpo porque él no ha tenido la oportunidad de ser diferente. Más que cambiar, debe madurar. Antes hubiese sido imposible que yo estuviera aquí con ustedes. Es un choque cultural para él: mi marido nunca habla con extranjeros». Por tradición, los varones del mundo árabe no se van de la casa de sus madres hasta que se casan. Casi ninguno de los muchachos solteros que conocí en El Cairo, incluidos los amigos de la bailarina, vive fuera de la casa materna.

El mundo de las mujeres egipcias era un enigma que la bailarina sólo avistaba desde arriba del escenario. Hasta que conoció a la geógrafa Hadia Hamed. Fue a través de una red social estilo Couchsurfing, donde los extranjeros se hospedan gratuitamente en la casa de quien la ofrece, y se vieron por primera vez en un restaurante yemení. «Estaba por casarse pero ella no quería», me había contado la bailarina de la geógrafa. Los casamientos por amor en Egipto son exclusivos de jóvenes de clase alta occidentalizada, o de rebeldes dispuestos a enfrentarse a sus familias. Hadia Hamed aún no se atrevía a decirle al resto de sus amistades que su amiga española bailaba la danza del vientre. Mucho menos a su marido. Sus padres respetan la tradición árabe de concertar la boda de los hijos. Recién en 2010, en Egipto la mujer obtuvo el derecho a pedir el divorcio. Aún debe tener un permiso de su marido si quiere salir del país.

Grimilda Barbier, una cubana casada en La Habana con un egipcio, y que llevaba casi dos décadas viviendo en El Cairo donde se convirtió al Islam, podía recitar la legislación de memoria. «Aquí el matrimonio es un negocio sin precio fijo —me dijo una tarde—. Tu familia negocia la dote cuando te casas. Pero si eres mujer y pides el divorcio pierdes todos los privilegios: tu ex marido debe mantenerte sólo un año y no te deja la casa». Barbier tenía cuarenta años, dos hijos, un velo en la cabeza y un cuerpo robusto como la mayoría de las mujeres árabes. «Hace años que me hubiese vuelto a la isla, pero sin dinero ni permiso no puedes». Sólo volvería a Cuba de vacaciones. Cuando estalló la revolución, Grimilda Barbier fue con su hija a protestar a la plaza Tahrir. «Aquí con los militares nunca había fiesta popular ni hábito de reunirse como sí hay en Cuba —deslindó—. A Tahrir muchos iban por política, a pedir derechos, y otros por la novedad: a festejar». La revolución era una puerta entreabierta hacia el desahogo. «Yo no apoyé la revolución desde el principio. Tampoco apoyo el antiguo régimen. Pero creo que todo cambio es positivo —me dijo Hamed, la geógrafa—. Quiero tener hijos, pero que haya una sociedad más civilizada. El problema es la educación. O cambia este sitio, o me voy de aquí». Su vida podría ser cómoda si aceptara las convenciones. Pero Hadia Hamed ha hecho lo posible por no respetarlas del todo.

Antes de irse del restaurante yemení, Hadia Hamed me pidió que nos tomásemos una foto para mostrársela, «algún día», a su pareja. «Él aún no es tan abierto de mente —me dijo—. Lo estoy intentando porque lo quiero». Por entonces Teresa González era como su salvoconducto hacia el resto del mundo. En el siglo XXI, se repite la historia de las bailarinas esclavas del siglo I en los califatos árabes: cuando ellas dejaban de moverse para los jerarcas del palacio, bailaban para las mujeres que esperaban lejos del salón principal. En ese caso, más que la danza del vientre, lo que les ofrecían era lecciones de seducción. Las esclavas eran, paradójicamente, más libres en su cautiverio: tenían acceso a la información que sólo se comparte en fiestas privadas y así tenían más influencia sobre los hombres que las señoras de la casa. «Yo bailo siempre mirando a las mujeres —me dijo la catalana en el barco Memphis—. Ellas bailan con los ojos». Su amiga Hadia Hamed quiere dedicarse a la fotografía, pero de interiores o de paisajes, porque no podría fotografiar, por ejemplo, una boda. «Las bodas acaban tarde —me diría—. Y de noche tengo que estar en casa». Aunque días atrás la geógrafa se escapó y fue a ver bailar a su amiga secreta. A Hadia Hamed sólo le está permitido bailar para su marido. Como toda recién casada, también recibió como regalo de boda de su esposo un traje de baile, un modelo similar a los que usa su amiga en el escenario. Hadia Hamed sólo puede vestirse con él en su intimidad.

Hacía un buen tiempo que la bailarina no tenía pareja. «Si sigo viviendo aquí —me dijo ella—, algo voy a tener que hacer». Los hombres en su casa tienen prohibida la entrada, y la mayoría de los egipcios que busquen algo más que un pasaporte europeo no se casarían con una mujer que no fuera virgen. «Lleva mucho tiempo entender cómo funciona todo esto», me dijo Sara Farouk Ahmed, una mujer británica que lleva veinte años viviendo en El Cairo casada con un egipcio. Su nombre occidental es Maureen O’Farrell. La bailarina la escucha como a una maestra desde que se conocieron en el festival de danza donde ella bailó. En el Reino Unido, a Miss O’Farrell la gente la reconocía por la calle por haber interpretado un papel protagónico en la serie de televisión The Widows que la BBC emitía en los ochenta. Indignada por la participación de Gran Bretaña en la guerra del Golfo Pérsico, la actriz abandonó su país y desde entonces en El Cairo suele tapar su cabeza con un velo. «Odié a mi país —me dijo—, a los americanos y a los británicos». Por esos días, la maestra británica le corregía a su discípula española la posición de las manos y los brazos para bailar la danza del vientre. «Ella tiene un ojo y un criterio tan fino —precisó la catalana— que puede corregirme cosas que ninguna otra bailarina podría». Sara Farouk Ahmed es la representante de Randa Kamel, una de las bailarinas más famosas de Egipto, y trabaja de asistente de producción en una productora de películas. Ella animó a la catalana a que siguiera su carrera en El Cairo. En la revolución de 2011, le ayudó a encontrar el departamento donde vive.

Sara Farouk Ahmed le explicó también la posición que debía adoptar debajo del escenario. «En Egipto el concepto de público y privado es diferente que en Europa. Aquí tu nombre no debes decirlo nunca, porque el nombre es del mundo privado. Tu parte pública como mujer te la da tu familia. Debes decir soy la mujer de, la madre de o la hija de. Ese es tu nombre», le dijo. En Egipto, Teresa González no es de nadie. Su nombre real sólo lo saben sus amigos y su portero. Sara Farouk Ahmed fumaba cigarrillos rubios y bebía vino blanco en su casa, y a la vez hacía el ayuno que exigía la celebración musulmana anual del Ramadán. «A mí no me importa la religión en sí misma, sino la decencia que te puede aportar —me dijo—. Es más una decisión política que religiosa». Ella se convirtió al Islam y fuera de casa se presenta con el apellido de su marido. «A mí me gusta esa forma de pensar que tienen aquí. Se traduce en una expresión: Insha’Allah (Si dios quiere). El occidental, en cambio, siempre es rotundo: las cosas son blanco o negro. Los egipcios tienen un plan, pero si no funciona pasan a otro». La señora Farouk pondera la capacidad egipcia de improvisar. Viniendo de un país como Inglaterra, donde la puntualidad es un patrón de conducta, la ex actriz de televisión admira a quienes sobreviven en la ciudad más grande de África, donde la mayoría vive con un sueldo promedio de sesenta euros mensuales y donde el tráfico en sus calles sin semáforos es tan denso que produce uno de los doce niveles más altos de contaminación en el mundo. La bailarina japonesa Kaoru Sunami, dijo algo similar. «En Japón todo es control y estrés. Me gusta que aquí puedes dejar las cosas al azar». Sunami vivía en el confort disciplinado que la Opera House de El Cairo exige a sus bailarinas, y encontraba en Egipto una especie de refugio para el relax. Sin embargo, por esos días la policía egipcia había irrumpido en el edificio de Sara Farouk porque dos estudiantes habían entrado con una prostituta, y los vecinos los apuñalaron. Una prostituta en su edificio era un atentado a la moral religiosa. La delató el portero.

Si tuvieran que elegir entre un partido político atado a una doctrina religiosa que obliga a las mujeres a cubrirse y un gobierno militar que ve a las bailarinas como un recurso para representar al país, Sara Farouk se queda con los militares. Teresa González, lo mismo. Dominar las emociones del público es un arma política. Entre las bailarinas esclavas llegadas a Egipto durante el siglo XVI, las más influyentes eran un grupo de mujeres de la tribu Gawazi, que aumentaban su brillo con los mismos abalorios y tatuajes que las mujeres de la época faraónica. Su popularidad era tal que el gobernante de Egipto Mohamed Ali las extraditó de El Cairo por miedo de que influyeran en sus tropas, que en el siglo XIX se enfrentaban con los invasores otomanos. La historiadora británica Leona Wood documentó que la danza del vientre de entonces había tomado su esencia de fábulas poéticas y se creía que sus movimientos eran rituales mágicos. El poder político de las bailarinas provenía de la suma de sus individualidades. Eran el núcleo resistente de la danza más tradicional, y también de una ideología, la de su tradición tribal. El cuerpo de una bailarina es mucho más que un cuerpo deseado: es el cuerpo de un mensaje. En el Egipto actual, las leyes estrictas que protegen la moral pública dejan de regir cuando se censura el debate político ante cámaras y se anuncian espectáculos televisados de la danza del vientre. «Yo no sé nada de política en realidad. Y soy muy influenciable», me dijo la bailarina.

La danza del vientre es un baile solista y anárquico. Pero las escuelas de danza han codificado uno que otro paso: un shimi de cadera es hacer vibrar la cintura, un contra camello es arquear la espalda hasta que el cuerpo queda como un signo de interrogación. «Yo no pienso en nada de eso cuando bailo. Lo importante es escuchar las canciones y traducirlo con el cuerpo —me había explicado mientras ensayaba—. Aprendí árabe porque el secreto de la danza está en la interpretación de las letras». El vestido y los accesorios que lleva una bailarina han sido siempre algo más que adornos o ropas flexibles que faciliten el movimiento del cuerpo. Teresa González compraba su vestuario en el taller de costura y confección de Eman Zaki, una ex bailarina que hoy es la mayor exportadora de trajes artesanales de danza árabe del mundo. Su lugar es como esos parques de atracciones de pueblo, repleto de luces de colores, telas con remiendos y operarios con caras cansadas. Es un punto de encuentro de mujeres de apariencia convencional que pueden lucir extraordinarias con esos trajes. La rutina de la bailarina catalana era siempre la misma: calentar sus músculos y encender su reproductor MP4. Su canción favorita, Tópico del amor, dice: «La gente que ama es desafortunada». Durante su ensayo, la bailarina hundía el vientre con dramatismo, como si le doliera, mientras cantaba en voz baja.

La ex estudiante de Química se fotografía cada noche con los turistas que abordan el barco Memphis en un atracadero de Maadi, un barrio costero del sur de El Cairo. Muchos de ellos son hombres, pero la mayoría son familias con niños, abuelos, esposas y grupos de amigas que andan de viaje. Todos esperan ver la danza exótica que tuvo su época de glamour en las primeras décadas del siglo XX. Del esplendor de antaño sólo queda en el centro de El Cairo el vetusto cabaret Scheherazade, que significa «hija de la ciudad» y es el nombre de la protagonista de Las mil y una noches. Hoy las molduras pintadas de oro de su techo alto están descascaradas. «Si quieres trabajar allí te tienes que prostituir», me dijo Teresa González. Hoy, entre la decrepitud del viejo cabaret y el souvenir fotográfico del barco, como si fuese una foto velada, se diluye el reconocimiento que las bailarinas tuvieron antes en el mundo árabe. En el barco Memphis no sólo es importante saber bailar. Teresa González debía hacerlo una y otra vez, noche tras noche, sin perder técnica ni intensidad. Igual que la Scheherazade en el libro Las mil y una noches, la catalana sobrevive en su trabajo gracias a su talento y oficio para contar bien una historia. Scheherazade lo hacía con palabras; Teresa González con el cuerpo.

Un show de la danza del vientre para turistas siempre será la versión reducida de una obra concebida para hipnotizar. La última vez que la vi bailando, esa noche al ritmo de los tambores y el teclado, la ex científica bailó apenas cinco minutos de una canción que suele extenderse por una hora y media. Pero en los ensayos, en la habitación de su apartamento, ella bailaba la canción completa mientras se repetía en voz baja la letra que ella comprendía hasta memorizarla. Mientras en El Cairo yo escuchaba relatos con lamentos de una revolución popular fracasada, Teresa González, en cambio, celebraba con su trabajo de cada noche el triunfo de su revolución personal: dejar las fórmulas exactas para vivir de la improvisación. A diferencia de sus amigos egipcios más queridos, la bailarina catalana no estaba a favor de la revolución. Todas las bailarinas de mitad del siglo XX que ella admiraba, desde Samia Gamal a Fifi Abdou, crecieron con gobiernos militares y fuera de Egipto. «Yo creo que deben pasar unos cien años para que la gente cambie la mentalidad y tengamos una democracia en serio», me dijo Mohamed Moez, el empleado en la tienda de papiros que perdió a su hermano en la revolución. En un país como Egipto, el núcleo inicial y minoritario de la revolución fueron jóvenes universitarios. En la cultura del Insha-Alah —dios quiera—, aparte de Ramy Mohamed El-Telbany que se marchó a Dubai, todos los amigos de Teresa González se atrevieron a luchar por una revolución que no perduró. Pero, a diferencia de la bailarina española, ninguno de ellos se fue de la casa de sus padres y ninguno se siente en libertad de presentar a su familia a su amiga bailarina. Ninguno hizo su revolución personal. Ramy Mohamed El-Telbany era el único de sus amigos varones que no vivía con su mamá.

Cuando él se encontró con su amiga catalana después de tres años de trabajar en un hotel de Dubai, ambos se abrazaron en medio de una calle penumbrosa de El Cairo. «Es una mezcla entre una bailarina y una persona que quiere aprender mucho —me dijo él—. Las chicas por esta zona no son así. Una chica que quiere hablar y tiene el corazón para viajar a un país del que no sabe nada es única». Cuando Egipto era para ella un mundo por descifrar, Ramy Mohamed El-Telbany le enseñó esa forma simplificada de escribir su idioma, que es el franco árabe, reemplazando fonemas que no existen en inglés con números. También la invitó a conocer a su familia: el padre, la madre y sus tres hermanos. Su amiga era entonces una chica sonriente que escuchaba hablar árabe sin entenderlo. «Soy el provocador de todo esto —insistiría después Felipe González, el padre de la bailarina—. Yo le digo: decide lo que creas que es mas importante. En la vida, lo peor es no decidir». Gracias al apoyo de su padre la bailarina dejó sus estudios de Química. No muchas mujeres deciden aterrizar en un país cuyo futuro se discute en medio de un terremoto social.

Desde el departamento de la bailarina de la danza del vientre, la pirámide de Keops se ve tan gigante que uno tiene la sensación de poder tocarla al sacar la mano por su ventana. Desde las pirámides, en cambio, El Cairo se extiende como una ciudad enorme, plana, confusa y gris. A los pies de los templos funerarios permanecen incólumes las plataformas de piedra donde las ceremonias religiosas eran celebradas con música y baile. En el centro de El Cairo, la plaza Tharir, símbolo de la revolución popular que logró derrocar una dictadura, sigue siendo un territorio gris y en disputa. Las bailarinas, un objeto de injuria. La revolución de los jóvenes egipcios le quitó protagonismo a las viejas pirámides cuando la gente comenzó a clamar por democracia. También separó a los amigos. Esa noche, antes de despedirse, Teresa González me dijo que viajaría con Ramy Mohamed El-Telbany hasta la ciudad de Mansoura, a ciento veinte kilómetros al norte de El Cairo, donde vive la familia de él. Le pidió a su amigo volver a su casa materna, y él aceptó: Teresa González aprendió el árabe y quería hablar con su madre. En el país donde la palabra bailarina es un insulto, un joven egipcio cometió un acto revolucionario: llevar a una amiga bailarina a conversar con su mamá.

[I]

Muna Alialal, una niña saharaui que vestía una camiseta con el dibujo de un corazón, me llevó una tarde a ver un juego de béisbol en el desierto. En el sudoeste de Argelia, donde estábamos, las carreras de camello siguen siendo el deporte tradicional, el calor asciende sin freno a los 50 grados y los espejismos son parte de la ficción natural del día. Ver un partido de béisbol en el Sahara parece una ilusión óptica, solo que el bateador estaba realmente allí: llevaba un turbante en lugar de casco y había siete jugadores que corrían descalzos por la arena. El campo de juego era la planicie de piedras y arena conocida como hammada, una palabra árabe que nombra a la porción más árida del páramo más gigante del mundo. La pasión por pegar a la pelota con un bate había llegado hasta donde uno puede morir deshidratado solo por caminar rápido. Muna Alialal había nacido allí: en un campamento de tiendas de lona y casas de adobe cerca de las fronteras de Marruecos y del Sahara Occidental, la tierra de la cual toda su familia había sido desplazada. No tienen trabajo ni moneda propia. Hoy viven más de 150.000 saharauis refugiados en este rincón de Argelia. También los beisbolistas del Sahara.

—Vamo’, mi yunta —alentaba un hombre de turbante.

Los saharauis que bateaban una pelota revestida en cuero parecían los protagonistas de una película mal doblada al español. El hassania, un dialecto árabe, lleva siglos de ser su lengua materna. Frente a Muna Alialal, en el desierto, un beisbolista en segunda base calzaba una gorra de los New York Yankees y gritaba con acento cubano. No es raro que un saharaui hable castellano; el Sahara Occidental había sido colonia de España durante medio siglo, pero los beisbolistas saharauis hablaban con un inconfundible acento caribeño. Se decían “socio” entre ellos y por ratos deslizaban un “chévere” cantarín. Los padres de Muna Alialal huyeron hasta esta parte del desierto a mediados de la década del setenta, cuando Marruecos invadió su país bombardeándolo con napalm. El béisbol había nacido en Europa en la Edad Media —los alemanes inventaron las primeras reglas— y, en el siglo XVIII, los colonos ingleses lo introdujeron en el norte de América. La afición por el bate y la pelota había cruzado el océano, y esa tarde los beisbolistas saltaban con languidez el abismo que separa a los caribeños de los musulmanes. En el Sahara los llaman cubarauis.

Bajo el sol de la hammada argelina, Muna Alialal miraba más allá de los beisbolistas para saludar con la mano a unos adolescentes que, como ella, veían el partido como un pretexto para encontrarse con amigos, una excusa para salir de casa. El juego de pelota nunca ha sido una afición popular en África.

A unos 10.000 kilómetros del Caribe, donde el béisbol es el deporte rey, explicar el origen de los saharauis que juegan al béisbol es narrar la historia de las últimas cuatro décadas del Sahara Occidental. Para sobrevivir en la guerra contra Marruecos, más que a la ONU, más que armas y comida, necesitaban educación. Los saharauis pidieron ayuda a países aliados. Conocieron el béisbol cuando sus primeros refugiados viajaron a Cuba. Por más de 30 años, el Gobierno de Fidel Castro becó a unos 5,000 saharauis para que estudiaran en las universidades de su país. Llegaban a La Habana cuando eran adolescentes y volvían al Sahara graduados de ingenieros, médicos y arquitectos. Pasaban más de diez años en la isla, pero de Cuba solo traían sus diplomas universitarios. Los saharauis viven de los donativos de la comunidad internacional y de los altruistas voluntarios. Los bates y las pelotas de béisbol llegarían al desierto desde República Dominicana. Un beisbolista amateur de Santo Domingo se los llevaría.

—Yo tenía deseos de conocer —me dijo un día Irving Flete desde su pantalla de Skype—, y me lancé a la aventura.

Hoy los cubarauis juegan al béisbol todos los lunes. En su ciudad, Santo Domingo, Irving Flete había jugado de catcher en ligas juveniles de béisbol, y pensó que sería una gran idea llevar este juego al desierto. Un golpe de una bola rápida había lesionado su brazo izquierdo, y Fleteya no pudo volver a competir. Los que esta tarde juegan béisbol entre piedras y arena, si se rompieran un hueso, tendrían que atravesar caminos sinuosos durante horas para hacerse una simple radiografía. Los campamentos de refugiados son un paisaje hecho de retazos de ayuda humanitaria. Hay dispensarios con unos cuantos medicamentos que a veces llegan desde Europa en mal estado, y jóvenes vestidos con ropa de la tienda española Zara. La niña que me guía usa jeans. Muna Alialal miraba el juego como una chica saharaui mira el sol: como una presencia que se mueve sin despertar curiosidad. Irving Flete, en cambio, habla del béisbol en el desierto como la empresa de su vida.

[II]

Irving Flete decidió llevar el béisbol al Sahara un día en que, en una clase de su universidad, una profesora buscaba voluntarios para viajar al norte de África. Por entonces estudiaba Contabilidad, y viajar a países exóticos como cooperante voluntario era simple. En la lógica de las rutinas turísticas, ser filántropo de ocasión en los países más empobrecidos del mundo es posible entre un trekking en las montañas y una excursión de rafting. La guía Lonely Planet para viajeros incluye excursiones a los rincones más miserables del mundo. En su edición de India, por ejemplo, recomienda a la agencia Reality Tours & Travel para cooperar en el municipio de Dharavi, la villa miseria más grande de Asia. Irving Flete se fue de República Dominicana como tantos jóvenes que quieren sentirse útiles en sus días de vacaciones. “Una profesora nos propuso unas vacaciones diferentes”, recuerda. Llevar el béisbol a los saharauis era una forma alegre de devolver lo que el destino le había negado por su lesión en el brazo. Meses después de recibir esa clase en la Universidad de Santo Domingo, un estudiante de Contabilidad cruzó el Atlántico para llevar sus guantes de béisbol al desierto.

—Llegué al Sahara y sentí que no podía respirar.

Irving Flete lo narra con el tono heroico de un aventurero que sobrevivió en una película real. La filantropía, cuyo estilo siempre fuela discreción, se puede narrar hoy como una gran película hecha por anónimos como Flete o famosas como Angelina Jolie. Ella puso sus curvas y labios frondosos a favor de los derechos humanos en Sudán, y Bono, de U2, se volvió la aguda voz cantante de los africanos abandonados a su suerte. Hoy, el misionero que hace de la generosidad una forma de vida convive con el turista solidario.

Cuando Flete marchó al Sahara por primera vez, lo acompañaban diez personas —entre ellos un odontólogo, maestros y un veterinario—. En su equipaje cargó sacos de ropa, medicamentos, útiles escolares, balones de fútbol y todos los elementos para organizar un partido de béisbol. Cuando el estudiante de Contabilidad llegó allí, los saharauis acababan de cumplir 30 años de exilio en sus campamentos de refugio. Su país, el Sahara Occidental, era para Flete apenas una porción de tierra en un planisferio con costa en el océano Atlántico. En una caja con un cartel de “frágil”, el dominicano llevaba un nebulizador. Los trastornos respiratorios son frecuentes en el desierto y la arena empujada por el viento es insidiosa.

La ONU dice que en el mundo existen tantos refugiados como habitantes tiene Colombia. Más de 40 millones de personas han sido desplazadas de sus países y refugiadas en países vecinos por obra de sequías, hambrunas y guerras. En el mapa de las desgracias, los refugiados saharauis son una minoría desplazada y en lucha por el ideal político de recuperar su territorio. Durante 17 años, los saharauis le declararon a Marruecos una guerra de resistencia en el desierto. Marruecos sembró minas antipersonales y construyó para ellos un muro a lo largo de toda la frontera. Luego vino el pleito en los tribunales. Como una bola de béisbol que no acaba de caer en su lugar, la ocupación del Sahara Occidental es un golpe fuera de regla. Hoy, los saharauis son un pueblo cuya historia aparece como paradigma en los manuales del derecho internacional. Desde República Dominicana, Irving Flete iba de camino a un territorio en guerra: una colonia española que en lugar de recibir la soberanía fue entregada a Marruecos. Iba a conocer el pueblo que hoy es el único país de África que no se libra de su colonizador. ¿Qué utilidad tenía meter en su equipaje unos bates y guantes de béisbol parallevarlos al desierto? Flete aún no lo sabía.

—Yo confío en Dios por encima de todo —me dijo.

El exestudiante de Contabilidad es un protestante evangélico que extendió sus vacaciones solidarias lejos de los barrios donde había crecido. Fue bautizado en una iglesia de Santo Domingo, de donde partió hacia el Sahara por primera vez en 2005. Hizo una escala en Madrid y al cabo de más de 20 horas de vuelo aterrizó en un aeropuerto sin cinta transportadora de equipaje. Tindouf, la ciudad argelina más próxima a los campos de refugiados, el mismo sitio al que llegué un año después que Flete a ver un partido de béisbol y donde conocí a Muna Alialal. Era medianoche y el frío del desierto cubría la arena de esa ruta incierta y sin señales. Dos horas de viaje separan el aeropuerto de los campamentos de refugiados. La madre de la niña me esperaba.

[III]

Mi anfitriona había preparado pinchos de carne de camello para cenar. La señora Fatata, risueña y con un velo rosado sobre su cabeza, había tendido un colchón en el suelo para que durmiese allí. Quien visita el desierto comparte las casas de adobe y las tiendas de lona con las familias saharauis. Fatata, madre de Muna Alialal, me ofreció la suya. Vivía allí con seis hijos y un marido a quien nunca vi. En los campamentos de refugiados no hay tuberías de agua ni tendidos de electricidad. Una vela encendida iluminaba el suelo de cemento cubierto de alfombras de colores. Había una tetera encendida en un rincón, un radiograbador, una TV y un teléfono celular con su pantalla rayada por la arena. Olía a tierra. El camello estaba frío —como esa noche de diez grados— y sabía a cartón con arena.

Irving Flete había llevado el béisbol a donde la ayuda humanitaria resulta un parche en el desierto. Las calles por donde me guiaba Muna Alialal forman un laberinto de arena donde es simple perderse. El diseño urbano es parte de una estrategia de supervivencia de los refugiados saharauis: para evitar que los bombardeos produzcan matanzas masivas, se han dividido en cuatro ciudades a las que llaman wilayas, construidas a un promedio de 30 kilómetros entre sí. Cada wilaya tiene un hospital con servicios básicos y escuelas para los niños, donde el castellano se aprende como segunda lengua. Muna había aprendido castellano en el colegio. Su casa queda en la wilaya más poblada: El Aiún. Flete había entrenado a sus beisbolistas cerca de allí.

El aislamiento geográfico ayuda a sobrevivir a los saharauis. Pero la distancia con el resto del mundo también significa la muerte cuando la supervivencia depende de la ayuda que llega de países lejanos. “Aquí hay muchas infecciones intestinales por el exceso de moscas —me dijo un día un médico en El Aiún—, pero sobre todo por beber leche en mal estado”. El médico Mohamed Lauhia también sabía jugar al béisbol. Había estudiado en las universidades de Camagüey y Holguín. Era uno de los seis médicos que atendían a los 43.000 habitantes de El Aiún: su hospital no tiene quirófano y es una de las contadas construcciones de cemento junto a los colegios donde Muna Alialal había estudiado.

La niña nació en una época en que tener hijos no era opcional para las mujeres saharauis, sino una obligación. Para suplir las bajas de la guerra en los campamentos, se dispuso que cada mujer debía tener al menos cinco hijos. Todos crecieron con la dieta básica que ofrece la ayuda internacional: tres kilos de harina, un kilo de arroz, un kilo de lentejas, medio litro de aceite y un puñado de levadura. Son las raciones que el Programa Mundial de Alimentos de la ONU entrega a cada persona por mes. El jabón, los útiles escolares y los colchones los provee un comisionado de Naciones Unidas para los refugiados. La Agencia de la Unión Europea, Echo y la Cruz Roja donan las tiendas, la medicina y brindan médicos. Muna Alialal se puede considerar afortunada. Solo en El Aiún hay más de 150 niños ciegos y 400 discapacitados o con malformaciones. El napalm, las bombas de fragmentación y la hambruna habían causado daño.

—Yo conozco el mar —me dijo la niña esa tarde, mientras caminábamos hacia el partido de béisbol por las calles arenosas de los campamentos.

Muna, la mayor de sus cinco hermanos, había conocido el mar en España.

—El mar me relaja —agregó, con el tono de una mujer adulta que sepermite un placer exclusivo.

Había viajado dos veces a Santander, la capital de la comunidad autónoma española de Cantabria. Algunas familias adoptan niños saharauis para que pasen con ellos los meses de verano. Por unos meses se olvidan de la guerra.

Los bates y las pelotas de béisbol que Irving Flete había traído desde República Dominicana no son el mayor entretenimiento en esta parte del Sahara.

Muna Alialal no solo había conocido el mar de Cantabria. Había perfeccionado el castellano que aprendió en la escuela. Los niños saharauis que viajan a España siempre esperan recibir, además de cuidados, dinero de las familias que los adoptan por un verano. Vivir más de 30 años en esta parte del desierto, solo con raciones de subsistencia y equipamiento básico, es andar directo a la extinción. En casi 40 años de exilio, los saharauis han hecho de los campamentos una ciudad donde no existe la moneda propia, pero donde el dinero es imprescindible. En El Aiún hay una calle que lleva el nombre de la mayor tienda de España, El Corte Inglés, donde venden desde artesanía hecha con piel de camello hasta teléfonos móviles. Unos nueve mil niños y niñas menores de catorce años son acogidos en España cada verano, y las donaciones que reciben son la principal fuente de ingreso de las familias saharauis. Los refugiados necesitan más que alimentos para mantener la dignidad. Un bate de béisbol es un juguete más en el desierto. Los niños matan el tiempo con juguetes que llegan desde España. Ver un partido de béisbol es un plan que solo apetece a un extranjero.

[IV]

La arena y el sol destruyen todo en el Sahara. Junto a Muna Alialal miraba de cerca el juego de béisbol de los saharauis. El guante del catcher parece haber pasado por una picadora. Al bate ya no le queda su empuñadura de goma. La bola tiene las costuras sueltas. “Las bolas que caen lejos a veces no las podemos encontrar y ahí se quedan”, me dijo un hombre mientras observaba el juego con un turbante y una carpeta negra. Su nombre es Mohamed Blal y es el entrenador de uno de los equipos. Estudió Educación Física en Cuba y, para no olvidar lo que aprendió en la isla, organiza partidos de béisbol cada lunes.

—El problema que tenemos los cubanos —me dijo Blal— es que los conocimientos se van perdiendo. Aquí uno siente que de nada sirve haber estudiado.

Hay ingenieros y geógrafos en el Sahara. Si tuviesen el equipamiento, sus conocimientos podrían ser útiles para buscar agua en el desierto. También hay buzos tácticos que llevan años sin ver el mar, porque Marruecos controla la costa del Sahara Occidental en el Atlántico. Fueron educados para servir en una tierra que tiene minas de fosfato y buena pesca. La espera para recuperar su país se dilata, y la utilidad del conocimiento se desvanece. Maima Mahamud, una saharaui de cara redonda y sonrisa nerviosa, estudió Telecomunicaciones en La Habana. Trabajaba con tarjetas para programar computadoras, y con diodos, unos conductores de electricidad. Ya no recuerda para qué sirve un diodo.

—No importaba qué estudiasen —me dijo Bucharaya Bayún, un exministro de Cooperación de los refugiados que hoy vive en Madrid—. Lo importante era que estudiaran.

Mohamed Salem Selima, un saharaui que estudió Biblioteconomía en La Habana, no ha vuelto a tocar un bate ni una pelota. En el desierto no hay bibliotecas. El título cubano le alcanzó para conseguir una beca y mudarse a España. Los cubarauis se marchan allí y envían dinero a sus familias. Pero el desempleo ha aumentado en Europa, y algunos han pensado en volver. Mohamed Salem dice que regresará a los campamentos, donde piensa trabajar de carpintero. Solo en tiempos de escasez es posible saber si donamos lo que nos sobra o si compartimos lo que tenemos. En 2011 llegaron diez aviones menos de los 30 que aterrizaban cada año en los campamentos. Tres mil niños que solían vacacionar con familias españolas se quedaron a pasar el verano en el desierto. La vida en los campamentos depende de esa luz intermitente que es la generosidad ajena, y ante la crisis del euro los saharauis ahora miran hacia América Latina. A unos 30 kilómetros de la casa de Muna Alialal, en la wilaya Smara, hay una escuela que se llama Simón Bolívar.

—Oye, socio —me dijo uno de los beisbolistas cubarauis cuando le hablé de política—, no me desvíes la pelota.

Solo querían hablar de béisbol y de una fiesta que organizaban para esa misma noche después del partido.

Cuando acabaron el juego, en el galpón donde guardaban bates y guantes, vi una bandera de República Dominicana.

Era de Irving Flete.

Después de su primera vez en el Sahara pensó que no volvería.

Regresó al año siguiente.

—Quería motivar a los niños —me dijo por Skype.

El estudiante de Contabilidad dejó la universidad para dedicarse a la ayuda humanitaria.

Inauguró una escuela de béisbol en el desierto.

El equipo infantil de Irving Flete tiene un uniforme deportivo en blanco y rojo. Las casacas llevan estampadas las banderas de República Dominicana y de la República Árabe Saharaui en la pechera. Lo llamó Dream Team.

Los saharauis conservan la ilusión de la independencia. Flete cumplió la de vivir una aventura. Dice haber viajado 14 veces desde República Dominicana en 5 años. Sirvió de enlace entre los saharauis que vivían en Cuba y sus familiares de los campamentos. Convirtió sus vacaciones en una forma de vida: consigue los bates, las pelotas y los guantes de la World Baseball Outreach, una asociación norteamericana sin fines de lucro. Ser un miembro de la Asociación de Ayuda al Saharaui le permitía entrar en los campamentos de refugiados cada vez que los visitaban. Desde República Dominicana recaudó fondos y equipamiento. Era el intermediario entre los donantes y los refugiados. Flete no tenía seguro médico ni jubilación: solo a los benefactores de los saharauis.

Esa tarde, frente a Muna Alialal, los saharauis jugaban béisbol con pelotas gastadas, y seguirían bateando hasta que la última se perdiera. Desde 2010, Irving Flete no ha regresado al desierto. Se casó y es maestro de escuela en Santo Domingo. Hoy presta ayuda en Jarabacoa, un pueblo de República Dominicana a dos horas y media de la capital. Se siente agradecido de todo lo que la ayuda humanitaria le ha dado. A su esposa la conoció trabajando en la cooperación internacional. Ella colaboraba dando clases de inglés. “Dios me dio esta posibilidad —me dijo Flete—. Se puede vivir de este trabajo, me pude casar, tener una familia”. Hay personas que pagan para que otros ayuden al prójimo. Con sus ahorros, Flete compró una casa en su ciudad por el valor de 30.000 euros. Dice que no le preocupa el futuro porque confía en la solidaridad.

—Cuando viene la época de vacas flacas —me dijo—, tengo un as en la manga.

El as en la manga son sus ahorros de cooperante.

En el desierto, en cambio, nadie quería hablar del futuro. Después del partido de béisbol, el juego consiste en deshacerse de la arena que se adhiere en el cuerpo. El baño de la familia de Muna Alialal es una casilla de cemento con una puerta de lata y un hueco en el suelo. El agua se escurre, el jabón no hace espuma y el calor cae como una sopa caliente desde el techo de latón. La fiesta de los beisbolistas comenzaría en un par de horas. Pero la guerra de los saharauis continuaba en silencio. Esa noche, en el Sahara, montamos en los viejos Land Rover y prendimos fuego con leña del desierto. Muna, habituada a asumir responsabilidades de adultos, no pudo estar en la fiesta: su mamá no la dejó salir de casa. Frente al fuego, la música sonaba desde un radiocasete alimentado con las baterías de los motores. A veces, la generosidad cobra formas insospechadas. Reunirse cada lunes para hacer volar una pelota de béisbol sigue siendo por ahora la costumbre de una minoría en el desierto. Un partido de béisbol, como una fiesta, detiene el paso del tiempo. Para los saharauis, perder la paciencia significa perderlo todo. Esa noche, los beisbolistas saharauis parecían haberse olvidado por un momento del hastío de la espera.

En el radiocasete sonaba una salsa.

La redención de las pandillas

Publicado: 21 octubre 2010 en Leonardo Faccio
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Cinco años antes de caer preso en Barcelona acusado de asesinato, José Antonio Méndez Méndez, el Che, reparaba coches en un taller mecánico de Santo Domingo, la capital de República Dominicana. “Venir a España fue el error. Ahí, estuvo la falla”, me dirá, en la monotonía de la cárcel donde ahora cumple una condena casi tan larga como su vida: fue arrestado a los 21 años y sentenciado a 17 de prisión por una pelea que terminó con una puñalada frente a un colegio secundario.

La historia comenzó en 2003, pero el Che la recuerda como si fuera hoy. Eran las cinco de la tarde del 28 de octubre en Barcelona cuando sonó el timbre que anunciaba la salida del instituto Sant Josep de Calassanç. Él y cuatro de sus amigos esperaban en la acera de enfrente. “Ese de pelo largo” dijo uno, y todos fueron tras él.

Después hubo patadas, insultos, y una puñalada que fue a dar al pecho de Ronny Tapias, de 17 años, nativo de la ciudad colombiana de Bucaramanga, que minutos más tarde estaba muerto en el Pasaje Catalunya, un callejón oscuro y alejado del centro de la ciudad.

Una semana después la policía detuvo al Che y sus compañeros. Dos de ellos, Jeury y Pavel, resultaron ser menores de edad. Otros cuatro latinoamericanos fueron detenidos como presuntos colaboradores. El Che y sus amigos más cercanos, Sandy Benítez Piantini, alias Bolón, y Yohan Smith Calderón Rivas, recibieron idéntica condena en 2005, acusados de matar a Ronny Tapias. Los tres habían llegado desde República Dominicana y ninguno tenía antecedentes penales.

La foto de Ronny apareció durante días en la portada de los periódicos españoles. Era la primera vez que el asesinato de un latinoamericano recibía tanta atención. La puñalada a sangre fría que acabó con su vida develaba una forma de justicia que sorprendió a todo el país, y el asesinato confirmó en muchos la sospecha que los medios habían sembrado: las bandas latinoamericanas, importadas de sus países de origen, crecían en Madrid y Barcelona, donde, además, estaban en guerra.

“El miedo a Las bandas ya es una realidad”, fue el titular del diario La Vanguardia. “Barcelona se está convirtiendo en una ciudad insegura para sus ciudadanos”, escribió el periódico de distribución gratuita “20 Minutos”. Se hablaba, sobre todo, de dos de ellas: los Ñetas, que habían surgido en la década del ochenta en Puerto Rico, y los Latin Kings que brotaron en los barrios pobres de Chicago a mediados de los cuarenta. Según los primeros partes policiales, Ronny Tapias habría sido miembro de los Latin Kings y víctima de una venganza a mano de los Ñetas.

Pero según el Che, el asesinato fue la inesperada consecuencia de una pelea que había comenzado una noche cerca de Caribe Caliente, la discoteca latinoamericana más famosa de la ciudad.

***

Entre la montaña y el Mediterráneo, Barcelona concentra a más de dos millones de habitantes que durante el verano se multiplican con los turistas que pasean despreocupados por las calles estrechas del casco antiguo, lejos de las poblaciones obreras que en los primeros años del siglo XXI saltaron a las páginas de los periódicos como escenarios de violencia callejera.

Antes de la muerte de Ronny Tapias, en septiembre de 2003, siete jóvenes latinoamericanos acabaron en la comisaría después de una pelea con navajas en la  estación de metro Rocafort. En octubre del mismo año, treinta fueron detenidos en el barrio Clot por participar en una pelea que terminó con cinco heridos por armas blancas. En marzo de 2004, nueve jóvenes ecuatorianos mataron a puñaladas a uno marroquí.

El enfrentamiento no sólo sucedía en Barcelona: en Madrid hubo cuarenta y un arrestos en 2006 de jóvenes latinoamericanos acusados de “pandilleros”, y en enero de 2007 estalló una pelea en la localidad de Alcorcón en la que participaron más de 50 jóvenes de entre 16 y 24 años: hubo tres heridos y nueve detenidos. Todos eran  sudamericanos. Las primeras versiones policiales dijeron que el motivo de la pelea había sido la agresión a un miembro de los Latin King. Unas horas después comenzó a circular una convocatoria por Internet: «Alcorcón unido contra los Latin King. Es nuestro barrio. Esto es la guerra». El resultado fue una concentración de más de quinientas personas en la que se corearon consignas como “Latin Kings fuera” y “Vamos a por ellos, vamos a matarlos”.

Los motivos de estos y otros enfrentamientos adjudicados a “bandas latinas” no se conocen con exactitud, salvo en algunos casos, como el de una menor de edad llamada Jennifer que en 2004 dijo haber sido violada en Barcelona durante un rito iniciático Latin King. Los acusados eran dos y tenían 18 años. Un año antes, también en Barcelona, un chico ecuatoriano llamado Alex había sido detenido acusado de apuñalamiento. Alex declaró ser Ñeta y dijo que sus jefes le habían ordenado “hacer una caída”, lo que significa matar o herir a una persona elegida con anterioridad.

La violencia entre bandas no es una novedad en España; en los ochenta los enfrentamientos callejeros eran comunes entre punks y skindhead, pero jamás los había protagonizado la comunidad latinoamericana, que en los últimos tiempos creció como nunca en el país. Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) entre 2000 y 2005 la población “latina” se triplicó en las ciudades españolas más grandes. Sólo en Barcelona hay más 50 mil latinoamericanos con edades que fluctúan entre los 15 y los 25 años, la mayoría de Ecuador, Colombia y República Dominicana.

Esta fuerte oleada migratoria se produjo cuando España mantenía abierta la frontera a latinoamericanos con visa de turista, mientras Estados Unidos endurecía sus leyes de inmigración tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Madrid y Barcelona se transformaron en la principal vía de escape de inmigrantes que llegaban buscando una salida a la inestabilidad económica de sus países y se quedaban trabajando en el mercado negro y enviando dinero a sus familias.

Muchos de ellos se convirtieron en sospechosos después del asesinato de Ronny Tapias, cuando los diarios comenzaron a publicar dibujos de pandilleros para “prevenir a la población”. Las ilustraciones mostraban a jóvenes de piel oscura, pelo negro y rasgos andinos vestidos con gorra de beisbolista, camisetas de los Lakers y pantalones anchos y caídos. Algunos llevaban una daga en la mano.

***

Un motor chirriante abre el portón de acero de la Prisión de Jóvenes de Barcelona, donde pasa sus días el Che. Es un edificio de dos plantas que, salvo por las rejas, parece una escuela: el sol se filtra tibio por las ventanas y el olor del desinfectante de pino se mezcla con el de la leche hervida. Son las nueve de la mañana y Jaime, el funcionario que me conduce hacia el patio central, dice que aquí casi la mitad de “los chavales” son extranjeros que llegaron con sus padres y cuyas condenas duplican o triplican el tiempo de libertad que vivieron en España. Aquí, la población de jóvenes latinoamericanos se quintuplicó en menos de cinco años: hoy representan el 20% de la población de  350 internos.

En el patio central, el Che lanza balones a un aro de básquet, mientras sus amigos, Yohan Smith Calderón Rivas y Sandy Benítez Piantini, alias Bolón, recogen los rebotes. “Échanos una fotito a los compañeros de causa”, dice Yohan. Después, el único que acepta hablar es el Che. Conversamos en el segundo piso, donde funciona la escuela, dentro del aula 105. El salón es pequeño, apenas caben cuatro mesas con sus sillas.

El Che llegó a España a los 15 años, pero sus padres migraron cinco antes, mientras él y una de sus hermanas quedaban al cuidado de su abuela en República Dominicana.

“Yo no quería venir a Barcelona”, dice. “En Santo Domingo estaba bien: iba al colegio y vendía bolsitas de agua en la gasolinera. Y una vez trabajé haciendo velas. Después me metí en la mecánica y ya iba dejando el colegio cuando me trajeron”.

El domingo 26 de octubre de 2003 el Che y dos amigos estaban en el Parque La Marquesa, a dos cuadras de la disco Caribe Caliente, donde habían ido a bailar. Hacía frío y llovía.

“Estábamos con mis amigos Pavel y Charly fumando en una caseta del parque”, dice el Che. “Entonces vinieron unos Latin King. Eran como quince o veinte  y acusaban a Pavel de Ñeta. Entonces como vi que eran muchos me metí”.

-¿Y Pavel era Ñeta?

– Creo que Pavel había estado en la Ñeta y quería salirse. Pero nosotros, los dominicanos, no tenemos banda. Igual querían cortarle el cuello. Si no fuera por mí a Pavel lo matan.

Después escaparon hacia una boca de metro, y al día siguiente planificaron la venganza. Según el Che, Pavel dijo saber dónde estudiaba uno de los Latin King. El 28 de octubre 2003 llamaron a otros para que sirvieran de apoyo y fueron a la puerta del colegio. El Che, Sandy Benítez Piantinialias Bolón, Yohan Smith Calderón Rivas, Pavel y Jeury, esperaron hasta que Ronny Tapias salió acompañado por Luis, su amigo brasileño.

“Pavel reconoció a uno de pelo largo y dijo: Es ese”.

Ronny y su amigo llegaron hasta la puerta de un kiosco cuando los cinco que lo esperaban los rodearon.

“Yo no iba a matar a nadie. Fui a defender a Pavel, nada más. Pero Jeuri se puso nervioso y le pegó al Ronny, que salió corriendo. Yo, Yohan y el Bolón nos quedamos peleando con el brasilero. Atrás de Ronny salieron Jeury y Pavel. Después no los vi más. Me enteré por la tele que el Ronny estaba muerto”.

Cinco días después la policía tenía dos detenidos: un chico colombiano, menor de edad, de nombre Juan Felipe García Ordóñez, y un ecuatoriano de 23 años, Carlos Chistofer Vergara, alias Droopy.Los acusaban de haber servido de apoyo en el crimen. El Che no menciona a ninguno de los dos en su relato, pero Droopy fue, durante un tiempo, el principal sospechoso de haber organizado el ataque a Ronny Tapias, y el primer miembro de una banda latina en presentarse a cara descubierta.

“Soy Ñeta hasta la muerte”, dijo Droopy frente a una cámara de televisión cuando lo detuvieron, y eso bastó para que los diarios y la televisión estuvieran seguros de que la muerte del adolescente se debía a un ajuste de cuentas entre Ñetas y Latin Kings. La policía interrogó a Droopy durante tres días y él acabó firmando una declaración que lo involucraba como cómplice del asesinato, pero en el juicio se demostró que no había estado ni en la pelea previa, ni en la puerta del colegio aquella tarde. El menor, Juan Felipe García Ordóñez, fue en cambio considerado coautor del crimen, igual que otros dos jóvenes ecuatorianos que después admitieron haber  participado en la organización de la emboscada: Daniel Bolivar Espinoza Barragán y Rigoberto Reynaldo Romo Once, ambos nacidos en Guayaquil.

Los condenados a prisión por la muerte de Ronny Tapias fueron, al final, ocho.

Esta mañana, en el penal, el Che dice que se siente inocente, y después calla. Sabe que quien apuñaló a Ronny Tapias fue uno de sus amigos menores de edad -Jeury Domingo Torres o Leonel “Pavel” Reyes Valdés- que ahora purgan una pena de ocho años de internamiento y cuatro de libertad vigilada. Pero el Che prefiere guardar silencio.

***

La muerte de Ronny Tapias fue la punta visible de un conflicto que empezó  en los primeros años del nuevo siglo y que empeoró con el tiempo. Al principio los Latin Kings y los Ñetas eran, para la policía española, delincuentes que ajustaban cuentas a puñaladas en peleas callejeras. Pero esta visión se hizo más compleja cuando detuvieron en Madrid, en 2003, a quien se reconoció como el fundador los Latin Kings en España: el joven ecuatoriano Eric Javier Velastegui, también conocido como King Eric Wolverine, El Padrino o El Inca, que luego fue condenado a 21 años de prisión por robar a una pareja y violar a la mujer. Cuando la policía allanó su casa incautó un cofre con dinero y la fotocopia de un manuscrito que llevaba como encabezado las siglas A.L.K.Q.N (Almighty Latin King & Queen Nation / Todapoderosa Nación de Reyes y Reinas Latinos) Sagrada Tribu América España. En ese libro figuraban las normas morales de los Latin King y su lema máximo: “Nuestro objetivo es proteger y asegurar la existencia cultural del pueblo latino y de nuestros antepasados”.

Entonces quedó claro que los Latin King no eran rateros comunes, sino una organización con códigos estrictos y leyes internas.

“Estos chicos  llegaron  traídos por sus padres a un país al que no querían venir y donde no estaban preparados para recibirlos”, dice el sacerdote anglicano y profesor de Psicología Forense de la Universidad de Nueva York, Luis Barrios. “Son producto de las necesidades que genera el neoliberalismo: desigualdad, pobreza, inmigración. Las bandas son un lugar de resistencia ante el resto de la sociedad. Pero también reproducen entre ellos las mismas violencias que reciben”.

Barrios es mulato, portorriqueño, tiene 54 años y lleva más de 20 estudiando bandas latinoamericanas en Estados Unidos y su país. El Ayuntamiento de Barcelona lo convocó para oficiar de mediador a fines de 2005, cuando se temía que las bandas se organizaran dentro de las cárceles, como ya había sucedido en otros sitios. De hecho, Ñetas y Lating King sentaron sus bases ideológicas dentro de las prisiones. La llamada Asociación Ñeta nació en la prisión Oso Blanco de Puerto Rico en 1979, fundada por el puertorriqueño Carlos “La Sombra” Torres Iriarte, y su objetivo inicial fue luchar contra la organización Los Insectos, que dominaba la cárcel. Las bases actuales de los Latin King fueron escritas en 1986 en la prisión de Collins, Nueva York, por el líder cubano King Blood. A mediados de los ‘90, los Ñetas y los Latin King se reprodujeron en Ecuador, y llegaron a España montados en la ola migratoria de fines de esa década. Sobre las causas que enfrentan a los dos bandos hay distintas versiones. Unas dicen que las peleas empezaron en Barcelona por disputas de territorio. Otras, que son producto de un conflicto que cruzó el Atlántico traído por miembros de ambos grupos. De todos modos, en 2005 y para terminar con el enfrentamiento, el gobierno de Cataluña propuso que los Ñetas y los Latin King  iniciaran trámites para convertir sus organizaciones en asociaciones culturales, con la condición de abandonar la violencia. La tarea de Luis Barrios fue convencerlos de que salir de la clandestinidad es conveniente, ya que ser asociaciones culturales les permite pedir subvenciones al gobierno y tener espacios donde hacer actividades. Los Latin King aceptaron la propuesta, y cambiaron su nombre por el de Asociación de Reyes y Reinas Latinos de Catalunya. Los Ñetas se resistieron a cambiar el nombre de su asociación, pero tenían que hacerlo si querían seguir el camino de la pacificación, de modo que ahora figuran en el registro de la Direcció General de Dret i Entitats Jurídiques de la Generalitat de Catalunya como Asociación Sociocultural y Deportiva Prointegración Ñetas.

Ambas organizaciones se mostraron ante los periódicos y la televisión a fines de 2005. El líder Ñeta se presentó como David, y el de los Latin Kings como Marco Antonio. Hasta ese momento eran enemigos, pero jamás se habían visto las caras.

***

A Marco Antonio también lo llaman King Manaba, pero nunca me dirá su verdadero nombre. Detrás de sus seudónimos se oculta un rey, el jefe Latin King en España. Es bajo, moreno, de cuello ancho y pelo largo. Nació en Ecuador, tiene 28 años. Vivió un tiempo en Madrid y ahora ocupa el lugar que antes tenía King Eric Wolverine, el líder sentenciado a 21 años de cárcel. Formalmente, es el Inca, la máxima autoridad del grupo. Su pasaporte lo identifica con el nombre de César Augusto Andrade, pero como nació en la provincia ecuatoriana de Manabí para sus subordinados es King Manaba.

“Ese es mi nombre de coronación”, me dijo.

Sólo en Cataluña, King Manaba tiene a más de 300 jóvenes bajo su responsabilidad.

Estamos en un bar de las afueras de Barcelona, cerca de la estación de metro Vía Julia. Salvo por sus rasgos andinos, King Manaba no se parece en nada a los identikits de pandilleros que publicaban los periódicos. Usa jeans clásicos, zapatos negros, suéter y una chaqueta de tela negra. Llegó a España “a probar suerte” hace cuatro años y vive con su pareja, Erika Jaramillo, que también es Latin King y lleva el nombre de Queen Melody. Tienen dos hijos que están en su país al cuidado de los abuelos, pero esperan traerlos pronto. Queen Melody y él se conocieron en Ecuador, en un grupo Latin King al que Manaba ingresó hace ya once años. Desde entonces practican juntos los valores de la organización.

“Los Latin King tenemos 360 mandamientos porque somos universales, porque el mundo representa un círculo. Donde nosotros podamos caminar en este mundo, vamos a seguir siendo reyes”, dice.

Se llaman entre ellos hermano o hermanito y los colores de la organización son el dorado y el negro: el negro representa a los difuntos y el dorado al sol, que da brillo a su corona. La corona en realidad no es tal, sino collares de 360 cuentas amarillas y negras intercaladas de cinco en cinco, porque cinco es el número simbólico Latin King: cinco son los mandamientos fundamentales (respeto, honestidad, unidad, conocimiento y amor), cinco las piedras que dan jerarquía a cada uno de los lideres que tiene cada capítulo, como se llama a una zona o barrio: el onix es el presidente, la perla blanca el vicepresidente, la esmeralda el ministro de defensa, el rubí el tesorero y el ámbar dorado el administrador, porque la Nación se sostiene económicamente gracias a los cinco euros que cada uno de los hermanitos aporta mes a mes.

“Nosotros no somos una pandilla, somos una organización, una Nación. Y tenemos que luchar contra la opresión, los racistas, los políticos, tenemos que demostrar que nosotros, los latinos, podemos estar arriba, igual que ellos pueden”, dice  King Manaba, y explica que él entró a la Nación luego de una serie de desilusiones. “Yo quería ser médico, pero en mi casa  no había dinero. Apenas pude terminar el bachillerato. Y también quise ser futbolista. Pero como era menor y mi madre no me quiso firmar el permiso para entrar a un equipo, perdí la oportunidad”. Entonces se acercó a la Nación Latin King y empezó a crecer bajo su ley.

Según un estudio antropológico subvencionado por el Ayuntamiento de Barcelona (Jóvenes “latinos” espacio público y cultura urbana. Edit. Ajuntament de Barcelona, Anthropos, Consorci Institut d’ infancia i Mon Urba. Barcelona 2006) la normativa Latin King exige a las mujeres tener relaciones sexuales con un rey para ser reina. Los varones para ser coronados (formar parte de la Nación) deben pasar por una golpiza propinada por sus hermanitos y demostrar valentía robando o peleando en la calle.

Pero King Manaba asegura que ahora que son una asociación cultural la violencia desapareció.

“Desde Ecuador, mis líderes me ordenaron que viniera de Madrid a Barcelona a poner orden”, continua King Manaba. “Porque antes la gente se estaba comportando como pandilla y esto no es una pandilla. Nosotros somos creadores de paz y armonía, y tenemos que ser seguidores de un dios, en este caso Dios Todopoderoso y su hijo Jesucristo. Yo tomo el ejemplo del hijo de Dios. Si dando mi vida puedo hacer que haya paz total entre los grupos o bandas rivales, o como se llamen, lo haría. El problema es que antes  tuvimos un mal gobierno y los hermanitos cometieron errores. Y ahora están las consecuencias”.

Una las consecuencias fue la muerte de Ronny Tapias, pero King Manaba dice que, de eso, no sabe nada. Que en esa época él aún vivía en Madrid.

***

Tres años después de la muerte de su hijo, Reinaldo Tapias me recibe en su casa. El departamento está en un tercer piso en el barrio obrero del Clot. Tiene tres habitaciones, una cocina, un baño, un living con un balcón que asoma hacia una calle angosta. Sobre una biblioteca donde junta polvo una bandera colombiana hay tres portarretratos desde los que Ronny sonríe. Es la misma imagen que apareció primero en los diarios y después en las paredes del pasaje Catalunya, en el que sus compañeros de escuela levantaron un altar con flores, velas y cartas.

“A mi hijo lo confundieron. Murió por error”, dice Reinaldo, un hombre alto, de piel oscura y bigote entrecano, que fue corredor de bicicleta y ahora es mecánico. Vive con su esposa Rosa Elvira Peña. El día que murió, Ronny repetía cuarto año de la secundaria. “Porque aquí las clases se dictan en catalán y al Ronny le costó adaptarse”. Después, asegura que su hijo no estuvo en aquella pelea a la salida de la disco de Caribe Caliente la noche del 26 de octubre de 2003.“Recuerdo que Ronny salió de casa ese domingo, pero a montar en bici. Llovía y no se demoró ni una hora en la calle, porque quedó empapado. Dos días después lo mataron”.

Rosa, la madre de Ronny, está convencida de que su hijo murió  por error: “Para mi estos chicos andaban haciendo un rito de iniciación a bandas y tenían que matar a uno, y a mi hijo le fue a tocar, que nada tenía que ver”. Como sea, la muerte sacudió a la familia cuando recién lograba instalarse en Barcelona. Reinaldo había llegado solo en el año 2000 y había compartido piso durante un año y medio con dos senegaleses y tres ecuatorianos. Más tarde trajo a su esposa y a tres de sus cuatro hijos. Ronny fue el último en llegar. Cuando murió, hacía un año y medio que vivía en España. Como le sucedió al Che, y a muchos otros, el sueño de prosperidad se transformó en pesadilla.

***

Los hermanitos que dirige King Manaba son muy jóvenes. Los veo por primera vez durante una ceremonia Kingism a la que King Manaba me invita y que se lleva a cabo en el Monasterio de Montserrat, el mayor templo católico de Cataluña, dirigido por monjes benedictinos. La base moral de Ñetas y Lating Kings es la religión. La tradición religiosa de los Ñetas es evangélica, mientras los Latin Kings practican un sincretismo que llaman Kingism, donde unen liturgia judía, afroamericana y andina.

“Para los Latin King su rey y dios es Yahve”, dijo el cura Barrios. “Se consideran la Tribu Latinoamericana de Yahve, un concepto que proviene de las 12 tribus del judaísmo y se une con la cosmología andina. Por eso a sus líderes los llaman Incas”.

El Monasterio de Montserrat está en lo alto de las montañas, un poco oculto, y por eso siempre fue un refugio para los perseguidos. Durante la dictadura de Franco los catalanes se juntaban aquí para hablar de política en su propia lengua, prohibida en esa época. Siguiendo la tradición, los monjes aceptaron recibir a los Latin King  cuando salieron de la clandestinidad.

Son las doce del día y en un salón donde los monjes suelen impartir catequesis la ceremonia está por comenzar. Hay pupitres de caño y fórmica y las sillas son de plástico. Los varones arrastran sus pantalones anchos y usan camisetas grandes con coronas de cinco puntas estampadas. Las chicas llevan camisetas amarillas ajustadas al cuerpo, y jeans. Casi todos son ecuatorianos (aunque también hay españoles y un ruso: King Mir) y piwis, como se llama a los menores de 18 años. Hoy varios recibirán sus coronas de reyes y se ajustarán a la ley Latin King, que no acepta homosexuales y prohíbe las drogas (cosa que se respeta, al menos mientras los líderes están presentes).

En la jerarquía, por debajo del Inca están los Caciques y los Coronas, jefes de los capítulos que tienen, a su vez y bajo sus ordenes, a reyes, reinas y piwis. Pero también hay fases: quienes todavía no entraron a la Nación, están siendo observados y esperan el momento de la coronación, cuando serán bautizados con un nuevo nombre. Todos deben concurrir a una reunión general el primer domingo de cada mes y nunca deben faltar el 6 de enero, cuando se celebra La Universal, una fiesta en la que participan los Latin Kings de todo el país. Además, cada semana deben reportarse: asistir a las reuniones dominicales para conversar sobre “los problemas de los hermanitos”, organizar partidos de fútbol o conciertos de hip hop. Casi todos los piwis que hoy están en el Monasterio conocieron a la Nación en el colegio.

“El problema en el colegio es que se habla todo en catalán y uno no entiende nada”, dice uno de los piwis con tono de hombre adulto, aunque tiene 17 años. “Y uno ahí busca a ‘la gente’, porque a un Latin King se le respeta, se le tiene miedo. Y uno cuando es joven le gusta que le tengan miedo”.

“El problema son los dominicanos”, dice otro. “En mi colegio tenían un patio al que no se podía entrar. Y me agarré a piñazos. Ahí un hermanito me cogió y me puso una pauta de conducta. Y maduré gracias a la Nación. Esta es mi verdadera familia”.

Dice un tercero: “En la Nación tu tienes un espejo: una persona que dices ‘yo querría ser como él. Mi espejo es un hermano que está en la cárcel ahorita. Pero el man fue mi maestro. Me enseñó la base: lo que la Nación te pide es amor. Con amor hay respeto, hay honestidad, hay unidad y hay conocimiento”.

Después, cuentan que los tres dejaron el colegio. El primero espera un hijo y trabaja. Al segundo lo echaron. El tercero se puso a trabajar para independizarse de sus padres.

King Mir, el ruso, es mayor de 18 y pide que no escriba sus verdaderos nombres: los padres de lospiwis no saben que sus hijos están en la Nación y ellos, los mayores, no quieren que se sepa que son Lating King en sus empleos, ya que allí nadie se viste “de ancho” –con ropa rapera- ni muestra los mismos tatuajes que esta tarde exhiben con orgullo.

“Van a decir que somos pandilleros que andamos matando”, dice King Mir. “Entonces por eso. Lo que hay que esperar es que vaya cambiando la imagen”.

Hoy King Manaba usa una pañoleta elástica negra que le cubre la cabeza, lleva su collar con cuentas doradas y negras, camiseta amarilla sobre un pantalón ancho y un par de zapatillas Nike blancas que resplandecen bajo la luz. La liturgia Latin King  comienza con un minuto de silencio por “los hermanitos que murieron para hacer respetar a la Nación”. De pie, hermanitos y hermanitas forman una corona con los dedos, juntan las manos sobre el pecho y cierran los ojos, hasta que rompen el silencio gritando un estruendoso “Amor de rey”.

“¿Cómo así?”, cuestiona King Manaba. “Un poco de respeto, hermanitos. Con fuerza”. Y todos repiten “Amor de rey”, eufóricos.

Sobre una mesa está La Biblia Latin King. Queen Melody, la mujer de King Manaba, lee: “Doy mi amor de rey y reina a todos los hermanos y hermanas que se encuentran haciendo tiempo en prisión, ya que gracias a su sacrificio la Nación es respetada y gracias a todos esos hermanos hoy podemos decir que nuestra Nación se encuentra encaminada por la vía del progreso”.

El encargado de entregar las coronas -los collares con cuentas amarillas y negras que están sobre la mesa- es King Teen, un catalán de 17 años que habla con acento ecuatoriano. Los hermanitos se arrodillan frente a él, que les susurra que respeten y defiendan con su vida la corona que les entrega.

“Estos son hermanitos que han perdido la corona o se las ha sacado su madre, porque muchas veces las familias no están de acuerdo, porque no conocen”, me explica, con el tono amigable y comprensivo de un predicador, King Manaba.

Pero cuando le pregunto si puedo hablar con algún hermanito me dice que no, que por hoy es suficiente, y ninguno hablará conmigo hasta que King Manaba les dé permiso. Respetar el código de silencio es una de las normas fundamentales de los Latin King y tiene un nombre: rosa negra. La fecha y la hora de las reuniones son rosa negra. Los nombres de los que participaron en una caída son rosa negra. La muerte de Ronny Tapias es una rosa negra.

Pero entonces, sorpresivamente, King Manaba me llama aparte y me da el número de teléfono del que hasta hace poco fue su enemigo: David Segarra, el líder Ñeta. Y me habla de la lista. Dice que anota, en una lista prolija, con fecha de nacimiento, teléfono y edad, los nombres de los cientos de adolescentes que dirige. Y asegura que, en esa lista, no está Ronny Tapias. Que Ronny Tapias nunca  perteneció a esta familia de reyes y de reinas.

***

El barrio Barcelonés El Born es un laberinto de pasajes tan angostos que en algunos tramos apenas puede pasar una moto. Es parte del casco antiguo de la ciudad y allí vive David Segarra, el líder Ñeta, que levanta la mano cuando me ve. Es alto, moreno, de pelo largo y lacio, ancho de hombros, y lleva una casaca de beisbolista blanca y roja. Su casa está en la cuarta planta de un edificio sin ascensor y escaleras estrechas. Se mudó aquí hace poco y comparte piso con una mujer y un joven de 18 años, los dos ecuatorianos. Desde el comedor se ve su habitación, con el picaporte de la puerta arrancado, la cama desecha y una toalla colgando de un armario. Nació en Guayaquil, Ecuador, tiene 27 años y un hijo que vive con su ex pareja. “Se llama Josua. Significa Dios es mi salvación”.

En Guayaquil estudiaba administración de empresas, y dice que aunque tiene “buena familia” –asegura que su madre es abogada- él siempre fue la oveja negra y entró en la Ñeta después de caer preso por un robo.

“En Ecuador había gente que me quería matar y ya con un hijo mi padre me dijo ‘mejor vete’”, dice David. “Mi plan era  hacer plata para volver a mi país y poner un negocito. Pero acá es jodido. Y cuando llegué vi que la gente estaba en lo mismo que allá: movía la droga, el robo, todo. La gente ya no buscaba el sueño de venir a España, de trabajar bien. Mejor vendiendo droga en la calle o robando en el Corte Inglés. Ya no tenías miedo a que la policía te tenga dos años. Te tenían tres días y te soltaban, entonces la gente empezó a perderle el miedo a ese tipo de cosas. Eso es lo que pasó”.

Los Ñetas también se llaman hermanitos entre sí, y David dice que, entre 2000 y 2005, muchoshermanitos cayeron presos, entre ellos Carlos Chistofer Vergara: Droopy. Aquel a quien acusaron de organizar el ataque a Ronny Tapias. Pero David asegura que la Ñeta no tuvo nada que ver. “Tuvimos muchos problemas por ese caso, nos complicó la vida, pero fue todo una confusión”.

Hace cinco años que vive en España. En Almería trabajó recogiendo fruta y en Barcelona como empleado en una tienda “de todo a 100” (pesetas). Nunca volvió a Ecuador porque está indocumentado y, si sale del país, no podría regresar.

“Nosotros, Los Ñetas, luchamos por los derechos de los confinados. Pero no poder trabajar por no tener papeles y que nos llamen sudaca, eso también es una prisión”, dice, y explica que su función es difundir los principios de la Ñeta. “Tenemos reglas, orden, jerarquía. No somos una pandilla. Acá todos tenemos que pasar un tiempo en observación, hay que demostrar lo que uno vale: participar en guerra, cumplir ordenes de caídas, convertirse en un man arrecho, bravo”.

El ingreso al grupo se produce con un juramento sobre la bandera de Puerto Rico.  El saludo Ñeta se realiza encimando el dedo anular sobre el índice, y significa que el hermano mayor cuida al menor. Como los Latin King, los Ñetas deben asistir a reuniones semanales y nunca faltar a la ceremonia más importante que llaman el grito,

porque se celebra gritando “Ñeta” tres veces, con los puños dirigidos al cielo, el día 30 de cada mes, fecha en la que murió el fundador Carlos La Sombra Torres Iriarte. Los símbolos de la Ñeta son un corazón y una cruz. El nombre, según el sacerdote Luis Barrios,  proviene de la cultura caribe taina y significa “nueva vida”. Sus principios básicos son: lucha, comparte, progresa, vive en paz y armonía.

“La paz y la armonía, nunca las viví”, dice David. “Porque se hizo costumbre tomar venganzas personales. Porque yo digo, Jesucristo no murió por gusto, murió para que hagamos algo bueno. Pero cuando matan a un hermanito Ñeta, hay que matar a diez reyes”.

Diez reyes, aclara, son diez Latin King.

“Y cumplir órdenes es fácil. Uno dice: ‘es una orden’. Lo difícil es dar ordenes, mandar a hacer una caída. Ahí uno ya empieza a tener cargo de conciencia y todo”.

Pero David, igual que King Manaba, se comprometió por escrito a frenar la violencia y, si no cumple, además de cargo de conciencia podría tener un prontuario policial y acabar en la cárcel.

***

Nadie recuerda exactamente por qué comenzó en Barcelona la pelea entre Latin Kings y Ñetas. King Manaba, el líder Latin King, dice que el origen de la guerra fue en Ecuador, por una mujer.

“Fue por una pelada”, dice King Manaba. “Ella primero estaba con un hermanito, después con un Ñeta y entonces ahí comenzó todo. Fue en el 96 o así, porque antes de eso todos nos tratábamos de primos”.

Los Ñetas coinciden en que la guerra de Barcelona es la continuación de las peleas que habían empezado en Guayaquil. Pero además de los conflictos territoriales y de mujeres, dicen que existe una diferencia moral –de códigos- que distancia a ambos grupos.

“Cuando llegué a Barcelona, los Latin Kings ya estaban viniendo. Y los Latin Kings son abusadores. Los Ñetas robaban pero no abusando, se robaba a gente que tiene dinero”, me dice una noche Carlos Chistofer Vergara, Droopy, el chico ecuatoriano que había sido sospechoso de haber organizado el ataque a Ronny Tapias.

Droopy es alto, con una cabeza que parece demasiado pequeña para su cuerpo ancho. Tiene 25 años y el pelo cortado al ras. Tomamos cerveza con hielo en un bar cercano a la estación Sagrera, una boca de metro alejada del centro de la ciudad.

“En el año 2002 los Latin Kings vinieron a decirnos ‘únanse a nosotros en la lucha contra el racismo’ y nosotros dijimos “Vale, muerte a los Nazis, a los skinhead”. Pero los Latin decían que teníamos que correr bajo sus leyes. Entonces nosotros empezamos a hacer el movimiento para que nos respeten: íbamos a las discotecas a buscar gente, -a conseguir seguidores Ñetas- y empezamos abriendo  un capítulo que se llama La Pegaso, por  una plaza que hay ahí. Esa es la cuna Ñeta”.

Droopy menciona cada discoteca, plaza o boca de metro que considera territorio Ñeta con gesto de satisfacción y orgullo. Pero cuando le pregunto sobre la muerte de Ronny Tapias vuelve a ponerse serio, y dice lo que tiene que decir: “La Ñeta, en eso, no tuvo nada que ver”.

***

El mapa de Barcelona tiene una división imaginaria que sólo Ñetas y Latin Kings conocen: la mayoría de los parques del norte son, para los Ñetas, su territorio. Las mismas áreas, pero del sur, son puntos de encuentro de los Latin King. Entre estos últimos están las canchas públicas de fútbol de Sant Feliú de Llobregat, donde los Latin Kings disputan su propio campeonato: la Copa del Rey, cuya tercera edición se jugó en 2006, cada domingo desde las 11 de la mañana.

Uno de esos domingos, King Manaba apareció en las canchas con cara de dormido, pantalones cortos y dos teléfonos celulares colgados del cuello.  “Uno es para llamadas personales y el otro es para la policía. Por si hay algún problema con los hermanitos y puedo pararlo a tiempo. Ellos -los policías- me dijeron:  ‘Aquí solamente se da una oportunidad, si tu quieres escoger el camino del mal ahí está la puerta”.

El campo es de césped sintético, los arcos tienen las redes puestas y son nueve los capítulos que participan. Al menos 150 hermanitos verán o jugarán fútbol durante tres meses. Oficialmente, las canchas están cerradas y por eso hay que entrar por un hueco abierto en el alambrado perimetral.Por allí pasan las reinas cargando niños, sombrillas y bolsas con comida: arroz con pollo, cerveza, hielo. Los hermanitos se sacan la gorra para saludarse entre sí y unen sus manos derechas formando una corona de cinco puntas con los dedos. Después cierran el puño, lo apoyan contra el pecho y dicen “Amor de rey”.

El primer partido está por comenzar cuando aparecen unos rezagados que Manaba intercepta.

“¿Que hubo brother? Un poco de respeto hacia los hermanitos. Llegan tarde ¿Cómo así? ”, les reprocha, y después les ordena “purificarse”. El castigo son dos vueltas corriendo alrededor del campo y una tanda de flexiones de brazos, que los otros cumplen sin protestar.

En lo alto del alambre, detrás los arcos, tres hacen equilibrio para colgar la primera de las nueve banderas que flamearán esta tarde: sobre la tela negra hay leones y coronas bordados con hilo dorado, y en prolijas letras góticas se lee “Chapter Clot”. Como en cualquier equipo, cada capítulo tiene hinchada propia.

“A mi un poco de disciplina sí que me gusta. Las cosas como tienen que ser: recto – dice uno, mientras se ata sus botines rojos a un costado de la cancha -. Uno acá es como un soldado. Hay rangos y leyes como en la policía. Me gusta que haya respeto y estar con mucha gente latina”.

Se llama King Mix y su voz se mezcla con los gritos de la hinchada y el repiqueteo de una salsa que sale un radiograbador a pilas. El primer partido de la mañana está por comenzar: “Los piwis” juegan contra el seleccionado de Cornellá llamado “Cuna de reyes”.  Un chico flaco como un alambre apoya el balón en el centro del campo y el referí ordena de un pitazo el puntapié inicial. King Mix dice que en su país, Ecuador, estudiaba en la escuela para policías cuando su madre lo trajo a vivir a España.

“Aquí entré a la Nación más que nada por rabia, porque teníamos problemas en el barrio, con los marroquíes. La gente se empezó a cansar y ahí buscamos a la Nación y nos organizamos”.

King Mix fue uno de los nueve detenidos acusados de matar a un marroquí  a cuchilladas en marzo de 2004: la segunda muerte, después de la de Ronny Tapias, que la policía adjudicó a una pelea entre bandas. Pero en aquel entonces era menor y lo internaron en un correccional. Después quedó bajo libertad vigilada.

“Yo nunca tuve el sentido así, de matar, sino de quitarme toda la rabia, nada más. Si yo quería ser subteniente de policía”, se lamenta King Mix. “Seguro que tienen un buen sueldo”.

Ahora, en el estadio, todo parece una fiesta. Tres hermanitos escuchan un reguetón que sale distorsionado por los parlantes de sus teléfonos móviles último modelo. Sobre una mesa plegable reluce la copa dorada que se llevarán los ganadores. Las reinas venden cervezas heladas a un euro la lata y el sol cae a plomo sobre siete jugadores que calientan los músculos pateando un balón flamante, quizás comprado con los cinco euros que cada uno paga por mes.

De pronto, un hermanito se me acerca, sigiloso, y susurra que tiene algo para decirme.

“Pero no escribas mi nombre. Ponme una letra. La N. Porque si nos ven unos brother hablando de esto y me chivatean, me sacan la madre”.

Es muy joven. Lleva un pañuelo amarillo atado en forma de vincha y los ojos ocultos tras un par de lentes espejados. Dice que esa noche, cuando empezó la pelea, él estaba en Caribe Caliente.

“Pero al Ronny lo confundieron con aquel”.

N. señala con un discreto cabeceo a uno de pelo largo, más bajo, más gordo pero muy parecido a Ronny Tapias, que se ríe mientras empina una cerveza fría.

“Esa noche, ese que está ahí se robó una chaqueta. El Che y sus amigos se la fueron a reclamar. Pero no se la devolvió y ahí empezó la pelea. Y a los dos días fueron al colegio donde estudiaba ese, para vengarse, pero ahí también estudiaba Ronny. Y  se equivocaron”.

En el campo de juego, el equipo de King Manaba -Golden Crown- ya está  en acción. Manaba es el capitán, y corre, ataca, suda: parece –es- el jugador de primera que soñó ser, que nunca pudo.

El de anteojos, a mi lado, me mira, como esperando respuesta. Incrédulo, sin saber que decir, le pregunto:

-¿Todo esto por una chaqueta?

– Todo por una chaqueta, brother.

Y, como quien acaba de cumplir una misión difícil, se va. Se mezcla presuroso con la multitud, desaparece en los brazos de esa familia que prometió no abandonarlo nunca, que lo convirtió en un rey. Un rey de España.

Lionel Messi acaba de volver de unas vacaciones en Disney World y aparece arrastrando sus chancletas con esa falta de glamour propia de los deportistas en reposo. Está en la Ciudad Deportiva, una dependencia del FC Barcelona que funciona sobre un valle apartado de la zona residencial, un luminoso laboratorio de cemento y cristales donde los entrenadores convierten a futbolistas talentosos en auténticas máquinas de precisión. Messi es un jugador sin manual de instrucciones y la Ciudad Deportiva su incubadora. Esta vez ha aceptado conceder quince minutos de entrevista y se le ve contento.

Luego de una gira con su club por Estados Unidos, estuvo en Disney con sus padres, hermanos, primos, tíos y sobrinos. Mickey Mouse había visto en Messi al personaje perfecto para promocionar su mundo de ilusiones, y su familia completa tuvo acceso a todos los juegos a cambio de que él se dejara filmar en los jardines que rodean este imperio de dibujos animados. Hoy en YouTube vemos a Messi haciendo malabares con un balón delante de toda esa arquitectura de fantasía.

—Lo pasamos espectacular —me dice Messi, con más entusiasmo que intención publicitaria—. Por fin se dio.

—¿Qué es lo que más te gustó de Disney?

—Los juegos de agua, los parques, las atracciones. Todo. Más que nada fui por mis sobrinitos, mis primitos y mi hermana. Pero de chico yo siempre quise ir ahí.

—¿Era como un sueño?

—Sí, creo que sí, ¿no? Al menos para los chicos de quince años para abajo, sí. Pero si tenés un poquito más, también, ¿no?

En la Ciudad Deportiva, sentados solos y frente a frente, Messi muerde cada una de sus palabras antes de que salgan de su boca. Es como si de tanto en tanto necesitara confirmar que lo hemos entendido, como si pidiera permiso para hablar. De niño padecía una especie de enanismo, un trastorno en la hormona del crecimiento, y desde entonces su pequeñez hizo que siempre posáramos una lupa sobre su estatura futbolística. Visto de cerca Messi tiene ese aspecto contradictorio de los niños gimnastas: unas piernas con músculos a punto de explotar debajo de unos ojos tímidos que no renuncian al fisgoneo. Es un guerrero con mirada infantil. Pero por ratos es inevitable sentir que uno ha venido a entrevistar a Superman y que te atiende uno de esos héroes distraídos y vulnerables de Disney.

—¿Cuál es tu personaje preferido de Disney?

—Ninguno en especial. Porque de chico yo no miraba mucho dibujos animados, la verdad —sonríe—. Y después ya me vine a jugar al fútbol para acá.

Cuando dice fútbol, a Messi se le borra la sonrisa de la cara y se pone tan serio como cuando va a patear un penal. Es esa mirada circunspecta que estamos acostumbrados a verle por la TV. Messi nunca se ríe cuando juega. El negocio del fútbol es demasiado serio: sólo veinticinco países del mundo producen un PBI mayor que la industria futbolística. Es el más popular de los deportes y Messi el principal protagonista del show del balompié. En los meses siguientes de su visita a Disney World, llegaría más lejos que ningún otro futbolista de su edad. Ganaría seis títulos consecutivos con el FC Barcelona, sería el máximo goleador de la Liga de Europa, lo elegirían el mejor futbolista del mundo, se consagraría como el jugador más joven en marcar cien goles en la historia de su club y se convertiría en el crack mejor pagado con un contrato anual de diez millones y medio de euros, unas diez veces más de lo que ganaba Maradona cuando jugaba en el Barça. Mañana mismo Messi volará al principado de Mónaco para recibir, con un traje italiano hecho a medida, el trofeo al mejor jugador de Europa. Pero esta tarde lleva el flequillo peinado al medio, una sonrisa chueca y la camiseta alterna amarillo fluorescente del Barça por fuera de unos pantalones cortos de entrenamiento. Es uno de los principales animadores de la rueda de la fortuna del fútbol, pero hoy luce como un chico desaliñado que viene a mirar el show.

Después de dominar el balón en Disney World, a Messi le quedaban aún unas semanas de vacaciones. Pudo haberlas continuado en el Caribe o en las islas Seychelles, pero decidió volver con su familia a la ciudad donde nació. Rosario queda al norte de Buenos Aires, en la provincia de Santa Fe. Es la tercera ciudad de Argentina y la tierra del Che Guevara. El último genio del fútbol repartía sus horas entre sus encuentros con amigos de la infancia y su estancia en la casa de sus padres en el barrio de Las Heras. Pero una semana antes de que acabasen sus vacaciones hizo sus maletas y regresó a Barcelona, donde siempre lo recibe Facha, su perro bóxer. Vive solo con esta mascota, y por temporadas viajan a acompañarlo la madre, el padre, la hermana. La prensa se preguntó por qué un futbolista superestrella interrumpía sus días de descanso, siempre tan escasos. Messi dijo que volvía a entrenar para estar bien. Por esos días jugaba en la selección argentina las eliminatorias para el Mundial de Sudáfrica. Maradona era su entrenador y Messi sabía que podía ser su primer mundial como número diez titular. Quería regresar a Barcelona para continuar con el show, pero a la vez porque sentía que se estaba aburriendo allí.

—Cuando voy a Rosario me encanta. Porque tengo mi casa, mi gente, todo. Pero me cansa porque no hago nada —dice como quien levanta los hombros—. Estaba todo el día al pedo y también aburre estar así.

—¿No mirás televisión?

—Empecé a ver Lost y Prison Break. Pero me terminó por cansar.

—¿Y por qué las dejaste?

—Porque siempre pasaba algo nuevo, una historia nueva y aparte siempre otro te la contaba.

Messi se aburre con Lost.

Messi es zurdo.

Pero a primera vista parece que su fetiche es su pierna derecha: la acaricia como si de rato en rato tuviera que calmarla. Luego uno se da cuenta de que el objeto de sus caricias no es su pierna hiperactiva sino un BlackBerry que lleva en el bolsillo. Los futbolistas fuera de serie tienen hábitos que los acercan al resto de los mortales y eso parece que humanizara su genialidad. De Johan Cruyff se decía que fumaba en el vestuario minutos antes de entrar a la cancha. Maradona hizo de la cocaína su cómplice y enemigo. Hasta en la intachable vida social de Pelé no faltó quien lo acusara de disfrutar de la compañía de jóvenes menores de edad. La mayoría de futbolistas exitosos compran todo el tiempo cosas que sirven más para ostentar los beneficios del presente que para asegurar el porvenir. Nuevos coches deportivos, ropa vistosa, relojes aparatosos. Mientras Ronaldinho rentaba su casa en Castelldefels, Messi compraba la suya a tres calles de él: una edificación de dos plantas ubicada en la cima de una colina y con vista al Mediterráneo. A despecho de la caricatura de estrella con Rolex de oro, enormes gafas Gucci y modelo rubia del brazo, el genio que se aburre de las historias nuevas de la TV es adicto a los perfumes de moda. En su familia saben que una fragancia envuelta para regalo le arranca una sonrisa. El único objeto de su vanidad es tan efímero como invisible.

—¿Y cómo es uno de tus días normales, después de entrenar?

—Me gusta dormir la siesta. Y a la noche, no sé, voy a lo de mi hermano a cenar.

Para llegar a esta entrevista, Lionel Messi se había privado de un ritual que mantiene desde niño. Todos los días, después de las prácticas en el club, almuerza y se va a dormir. Dos o tres horas después, despierta. En general nunca interrumpe su rutina. Messi lo explica con su voz apagada en una de las canchas donde entrena. La siesta es para él una ceremonia cuya utilidad ha ido cambiando con el tiempo. De niño el reposo del sueño, además de la medicación, le ayudaba a regenerar sus células. Messi dormía para poder crecer. Hoy dice que tiene otras razones para dormir por las tardes. Siempre lo hace de la misma manera. No usa la cama doble que tiene en su cuarto: se tumba con la ropa puesta en el sofá de su sala. Le da igual quedarse allí dormido mientras alguien friega los platos en su cocina o retumba una puerta que se cierra. Hoy Messi ya no necesita crecer: hace la siesta porque no le apetece hacer otra cosa después de apartarse de la pelota. La lista de entretenimientos que podría comprar acaba tarde o temprano por cansarlo. La siesta parece ser un antídoto. Nadie se aburre cuando duerme.

Hay algo misterioso en los genios y es normal que queramos desvelarlo. Los fans hacen lo imposible por tocar a sus ídolos. Es una forma de comprobar que son reales. Los periodistas, en cambio, les hacen preguntas para saber si su mundo privado se parece al de los mortales.

«¿Es verdad que es adicto a los videojuegos?», le preguntó un periodista de El Periódico de Cataluña.

«Antes estaba enganchado. Ahora juego muy poco».

«¿Mira fútbol por televisión?», quiso saber un cronista de El País.

«No, no miro fútbol. Yo no soy de mirar».

Antes de esta tarde a solas con Messi cientos de periodistas quisieron entrevistarlo.

Uno de ellos arriesgó su vida en el intento.

Messi no parecía darse cuenta. Una noche, acabado un partido por la Copa del Rey, un hombre amenazado de muerte lo esperaba en los túneles que conducen a los vestuarios del estadio del FC Barcelona. Era el escritor Roberto Saviano. Lo había buscado para conocerlo sabiendo que allí también lo podían matar. Desde que desnudó a la mafia de Nápoles en su libro Gomorra, ha vivido sin paradero conocido y con una custodia de más de diez guardaespaldas que lo acompañan a donde vaya las veinticuatro horas del día. Esa noche le buscaron una butaca donde no pudiese ser alcanzado por un francotirador. Quería conocerlo en persona, darle la mano, pedirle un autógrafo, hacerle unas preguntas. Buscaba encontrarlo a solas, pero los guardaespaldas se negaron a despegarse de él. Decían que cumplían órdenes. Ellos también se morían por ver al futbolista que soñaba con conocer Disney World.

Uno espera nueve meses para que le concedan quince minutos con él.

A Saviano, que había arriesgado su vida para ir a darle las gracias, Messi le dijo que en Nápoles se sentiría como en casa.

Le dijo una veintena de palabras.

No más.

Hoy, en la Ciudad Deportiva, después de contarme sus vacaciones en Disney, Messi me arquea las cejas como un actor del cine mudo que espera más preguntas. Es como un mimo sonriente, alguien que cambia de cara todo el tiempo. La electricidad de su cuerpo en los campos del fútbol hace que se le compare con un muñequito de PlayStation. Lionel Messi exige metáforas menos eléctricas y más surrealistas. El chico que nos divierte a millones no encuentra por las tardes nada más entretenido que tumbarse a dormir.

Leo Messi no acostumbra a hablar con extraños de otra cosa más que fútbol. Una de las excepciones es cuando pide comida a domicilio. Un día el carnicero de Messi estaciona su camión de reparto frente a la casa de su cliente más famoso, y con el gesto de un guía turístico, me indica que, sobre el muro de su fachada, hay unas cámaras de vigilancia. Son las tres de la tarde y es probable que a esta hora La Pulga esté durmiendo. Nadie trepa la cuesta llena de curvas de Castelldefels para llegar hasta aquí a contemplar el Mediterráneo. Pero cuando se le antoja hacer un asado, Messi llama al carnicero y él se acerca con el pedido de bifes, achuras y chorizos. El carnicero, un argentino a quien sus amigos llaman El Gallego, se ha ofrecido a guiarme. La Pampa, el restaurante donde trabaja, sirve asado cocido a las brasas y vende carne argentina a domicilio. La casa de Messi está en la cima de una colina, al final de una calle angosta y rodeada de un bosque de pinos. Aquí no llega el transporte público. Es un sitio ideal para estar callado.

Hablar con él es un privilegio de gente como el entrenador, su papá y el carnicero. Aunque a veces ni del entrenador: Maradona, quien lo dirige en la selección argentina, dijo que conseguir que Messi le contestara el teléfono es más difícil que entrevistar a Dios. Jugar al detective que lo persigue hace que los informantes se dividan entre quienes se jactan de conocer en persona al famoso y los que recuerdan haberlo conocido antes de que la fama los apartara de su mundo.

Mónica Dómina fue la maestra de Messi de primero a cuarto grado en el colegio Las Heras. Una noche conversamos por teléfono de los años en que La Pulga ocupaba el primer pupitre de la clase.

—¿Usted le enseñó a leer y a escribir?

—Sí, pero no le gustaba nada la escuela. Lo hacía por obligación.

La voz de Dómina tiene el tono maternal de una maestra y la solemnidad de quien declara un testamento.

—Era muy tímido —me dice—. Tuve un grave problema para poder comunicarme con él.

—¿Y cómo hacía para incentivarlo a hablar?

—Tenía una amiga que se sentaba al lado suyo y me transmitía a mí todo lo que él quería decir.

—¿Era como su intérprete?

—Sí. Ella hasta le compraba la merienda. Actuaba como la mamá con el nene. Y él se dejaba que ella le dirigiera todo.

A la edad en que todos los niños preguntan, Leo Messi se comunicaba con su maestra a través de una ventrílocua de seis años. Hoy, como a los genios auténticos, no se le reconocen maestros. «Da la sensación de que Messi todavía no se trata a sí mismo de usted», dice Jorge Valdano. «Alcanzar esos niveles de celebridad sin confundirse es imposible, salvo que uno sea un superdotado o un autista». A Lionel Messi se lo acusa de vivir dentro de una burbuja.

—¿Necesitaba un psicopedagogo?

—Yo recomendé a la mamá que lo llevara a la psicóloga —insiste la maestra—. Tenía que salir de su timidez y reforzar su autoestima. La tenía muy baja.

El carnicero de Messi tiene hoy la autoestima muy alta. En el restaurante donde trabaja han hecho del nombre de su cliente estrella parte de su plan de márketing. Es el maître quien ofrece a los fanáticos una visita guiada a través de una escenografía rústica: fotos de caballos colgando de las paredes, meseros vestidos de gauchos y el cartel de una vaca en la entrada. La Pampa es un restaurante de carretera con carta de vinos, a cinco minutos en coche de la casa de Messi. Los domingos al mediodía siempre llega alguien preguntando si es allí donde el ídolo va a comer su plato preferido.

—¿Es cierto que lo que más pide es milanesa a la napolitana?

—Al menos acá, no —deslinda el maître—. Messi siempre come lo mismo: tira de asado.

De eso se tratarían sus dilemas fuera del campo: elegir entre una tira de asado y una milanesa a la napolitana. Un psicoanalista la pasaría mal intentando arrancarle más intimidad en un diván. Messi prefiere los sofás para la siesta.

—¿Y al final Messi fue a la psicóloga? —pregunto a la maestra.

—No me acuerdo —lamenta—. Lo que sí recuerdo es que su mamá siempre traía a clase los trofeos que él ganaba jugando al fútbol. Pero él se moría de vergüenza.

—¿Tuvo otros alumnos así de tímidos?

—No. Él era distinto. Todos querían jugar con él.

Dómina contesta rápido. Quiere decirme más.

—Era un líder que ejercía en silencio —dice como empuñando el teléfono—. Por acciones y no por palabras. Veo que ahora sigue igual.

—¿Qué imagen le queda de él?

—Lo veo chiquito y movedizo, con esa sonrisa de que escondía algo y sabías que algo iba a hacer.

—¿Lo ha vuelto a ver desde que dejó de ser su alumno?

—Nunca.

La maestra calla.

Pero Messi sigue asistiendo de algún modo al colegio: ha donado pupitres, útiles escolares, computadoras.

Hoy La Pulga observa el mundo desde sus ventanales que dan al Mediterráneo. Es un paisaje inmóvil que condena a las cámaras de vigilancia al aburrimiento. Están allí por si pasa algo y la mayor parte del tiempo no pasa nada. El carnicero, si sabe algún secreto, no me lo dirá. Apenas soltará algunos huesos, como los que se lanzan a un perro, para que se lo devuelvan al amo. Antes de subir al camión de reparto para llegar hasta aquí, el maître me detuvo en la mesa número doce del restaurante para contarme algo. Una noche Messi llegó con una chica en su Audi Q7, el coche que el club les da a todos sus jugadores. Pidieron asado de tira y chorizo. De postre, helado de dulce de leche. La cena fue a la luz de las velas. Messi presentó a la chica como su novia.

Leo Messi empieza a fastidiarse de que le pregunte tanto sobre sus vacaciones. Se acaricia la pierna, que es su teléfono, y su mirada navega tras los árboles que circundan la Ciudad Deportiva. Sus ojos van y vienen como si persiguieran una pelota en un campo de golf. Le recuerdo entonces una noticia del periódico y de pronto el titular lo devuelve a la órbita. Se trata de su novia. Era un día de carnaval en Sitges, un balneario al sur de Barcelona con aires caribeños, veraneantes gays y un festival de cine fantástico. El sol imitaba un día de primavera. En la fotografía, Messi, quien vive a unos kilómetros de allí, llevaba del brazo a una chica que apenas superaba la altura de sus hombros. La foto anunciaba un nombre: Antonella Roccuzzo. Una miniatura con apellido despampanante.

—¿Y lo de la novia? —le digo—. ¿Es verdad?

—Sí, desde chiquitos nos conocemos —dice como si abriera la envoltura de un caramelo—. Es la prima de mi mejor amigo.

Messi tiene amigos.

El mejor es Lucas Scaglia.

«La prima de mi mejor amigo». Parece título de película italiana.

Serie B.

Un día Scaglia lo cuenta por teléfono.

En las divisiones inferiores del club Newell’s Old Boys de Rosario, los niños eran kamikazes que jugaban para Messi. Scaglia era el kamikaze número cinco. Messi era un gran goleador tímido. Cuando se conocieron, empezaban la escuela primaria. A veces La Pulga se quedaba a dormir en casa de Scaglia.

Messi le resta melodrama.

—¿Y veías a la prima en su casa? —le pregunto en la Ciudad Deportiva.

Se inclina como si fuera a contarme cómo ganar más puntos en PlayStation. Pero en verdad me dice:

—Desde chiquitos los dos jugábamos. Y terminó en una relación.

Los Messi tienen su origen en Recanati, la ciudad del poeta Leopardi. En el paisaje de su infancia, dentro de la gran comunidad de inmigrantes en Rosario, los italianos son la familia más numerosa. La madre de La Pulga es Celia Cuccittini. Los primos son Biancucchi. Su mejor amigo es Scaglia. La novia es Roccuzzo. Los Scaglia y los Roccuzzo son primos. Sus padres administran un supermercado y comparten una casa de dos plantas. Messi llegaba a visitar a Scaglia. La novia del futuro vivía en el primer piso.

—¿Pero alguna vez ella te había rechazado? —le digo.

Son engañosas las fotos que congelan a Messi con el rostro desencajado en el instante de un zapatazo mortal. También las cámaras que lo enfocan cuando lleva la pelota en los pies. Ante la virilidad futbolera que exige aullidos de vencedor después de convertir un gol, Leo Messi es el único futbolista estrella capaz de provocarnos ternura con sus festejos, como cuando al final de un partido se lleva la pelota bajo el brazo con la cara de un niño que gana un peluche en el tiro al blanco. En la cancha, el pibe pierde todas las inhibiciones: llora, camina con la camiseta afuera, saca la lengua, pone cientos de caras. Podría haberme puesto una mala cara con la pregunta sobre si alguna vez su chica lo había rechazado. Pero Messi me responde con una mueca cómplice. Es el gesto de alguien que ha aceptado jugar.

—Desde que nos conocimos, nos gustamos.

A La Pulga le sale una sonrisa chueca.

—Después estuve un tiempo sin ver a mi amigo y a ella también. Y en un par de años la volví a ver y, bueno, empezó.

De golpe Messi gira la cabeza como si un dedo invisible le tocara la espalda. Van diez minutos de entrevista y ya busca la salida, como el buzo que cuenta los segundos para volver a la superficie.

El resto de vidas parecen moverse con más lentitud.

La maestra ocupa el mismo puesto en la escuela.

La novia estudiaba diseño de modas y lo dejó.

El mejor amigo juega en el Panserraikos de Grecia.

La Pulga creció treinta y siete centímetros en diez años.

Messi guardaba sus ampollas con hormonas de crecimiento en la nevera de su mejor amigo. Las llevaba con él cuando no dormía en casa.

Lucas Scaglia lo vio inyectarse más de una vez.

Se inyectaba cada noche.

En las dos piernas.

Una por una.

Lo hacía solo.

En silencio.

No lloraba.

Lucas Scaglia lo vio empuñando su hipodérmica. Pero Messi nunca le contó que le gustaba su prima. A Scaglia se lo contaron por teléfono, trece años después de conocerlo, cuando jugaba en Grecia.

Su escasez de palabras no la reserva sólo para la prensa.

«Messi sólo produce titulares con los pies», dice Valdano.

Una forma amable de hacer ver como virtud lo que la prensa ve como una carencia. El silencio de Messi no es el del que se reserva un pensamiento: es el silencio del futbolista que nos hace felices y que, felizmente, no tiene nada que añadir.

—¿Y qué harán? —le pregunto a Messi—. ¿Se van a casar?

Una brisa mueve el aire espeso del verano en la Ciudad Deportiva.

—Estamos bien así —me dice sin pensar.

Y de inmediato explica:

—Todavía no pienso en eso. Hoy no me siento preparado ni quiero. Creo que hay otras cosas antes de casarme.

Por primera vez Messi habla en voz alta del futuro. Sus palabras fluyen como si resbalaran con cautela por un tobogán. Es el tono entre tímido y prudente que usa frente a las cámaras de TV cuando comenta el campeonato que se propone ganar, sólo que, en vez de goles y estrategias de juego, administra el tema de su novia y una boda incierta. Su vida privada es un relato intrigante y bien aprendido ante la prensa deportiva. Pero la realidad interrumpe su cuento de amor cuando por detrás de la cabeza de Messi se asoma de repente una mano. Es una mano con un, dos, tres dedos en alto. Es la mano del jefe de prensa del club que me advierte que se me acaba el tiempo. En minutos Messi volverá a extraviarse tras una pared de esta gran incubadora de cemento y cristal.

Cada vez que viaja a Barcelona, la madre de Messi, Celia Cuccittini, intenta recuperar con él los ritos de su infancia. Por las noches, le sirve una taza de mate cocido, se sienta en su cama y le acaricia el pelo mientras conversan antes de apagar la luz. Las madres de los genios suelen desaparecer de los radares de la prensa y sus fanáticos. Buscar a la señora que le acaricia la cabeza a Messi es tarea ingrata. Siempre se oye un contestador que anuncia que su teléfono está apagado. En la televisión de España, Celia Cuccittini aparece sonriente en una publicidad de postres que acaba con la voz aniñada de Messi diciendo gracias, mamá. La familia y el club han creado una burbuja que lo protege, una extensión del vientre materno donde no lo invada el mundo de los hombres rudos del fútbol. Desde Barcelona son quince los números que hay que marcar a Rosario para comunicarse con su madre. La rutina de pulsarlos es tediosa. Una noche, después de dos meses de llamarla todos los días, la mujer aparece del otro lado de la línea.

La voz suena despreocupada, como si estuviese haciendo otra cosa mientras me atiende.

Le pregunto si es la señora Cuccittini.

—No, soy la hija —me corrige.

—Buscaba a tu mamá.

—Mi mamá no está.

—¿Tiene otro teléfono donde pueda encontrarla?

—Sí, pero no me lo sé de memoria.

María Sol Messi tiene dieciséis años y hace un silencio como esperando que le digan quién llama. Está en su casa del barrio Las Heras y me dice que usa el teléfono de su madre porque el suyo se ha estropeado. Su imagen no es frecuente en las fotos que los paparazzi difunden de la familia Messi. Aunque a veces María Sol aparece en la prensa por casualidad. El día en que a su hermano lo coronaron el mejor jugador del mundo, una cámara de TV la enfocó por unos segundos en la ceremonia: es delgada, tiene la cabellera castaña y los rasgos angulosos de su cara le dan un toque de severidad similar al de su hermano cuando está serio. El mundo de éxitos futbolísticos ha envuelto su vida desde niña. Cuando Messi viajó a Barcelona para probarse en el fútbol profesional, ella recién empezaba la escuela primaria.

—Al principio veía en la tele a mi hermano y no lo podía creer —me dice desafinada—. Es Messi pero sigue siendo la misma persona. No cambió.

—¿Vos mirás fútbol?

—Sí. Pero no lo miro con mi mamá. Me gusta más con mi papá.

—¿Por qué?

—Nadie quiere mirar los partidos con mi mamá. Aparece Leo jugando y empieza a gritar a la tele, llora, se pone muy nerviosa. Mi papá es más tranquilo.

María Sol Messi no espera más preguntas para continuar retratando a su hermano.

—Yo soy más como Leo —me advierte—. Me gusta estar en casa. Con una tele y la computadora soy feliz.

—Tu hermano —le recuerdo— me dijo que prefiere dormir la siesta.

—Sí. Viene de las prácticas, se acuesta en el sillón y ahí se queda toda la tarde. No sé cómo hace para dormirse rápido a la noche. Él es feliz así.

La hermana de Messi parece estar sola en casa.

El padre, que también vive en Rosario, es el representante de su hijo. Menudo y macizo, Leo Messi será igual a él dentro de veinte años. Cuando el Barça ganó el mundial de clubes a Estudiantes de La Plata en la capital de Emiratos Árabes Unidos, durante los festejos los espectadores confundieron a Jorge Messi con su hijo. Lo levantaron en hombros. Cuando era un adolescente, el papá de Messi también jugó en Newell’s. Tuvo que abandonarlo por el servicio militar, los estudios, el matrimonio. Era empleado en una siderúrgica, pero la paternidad le permitió continuar el fútbol por otros medios. Cuando La Pulga empezó a asombrar en el Barcelona, sus dos hermanos mayores ya jugaban en las ligas inferiores de Newell’s. El negocio de la gran promesa futbolera nunca lo tomó desprevenido. Después de tener dos hijos varones y futbolistas, sólo deseaba que el tercero fuese mujer.

Lionel Messi jugaba al fútbol como una pulga maravillosa y, como toda pulga maravillosa, no crecía. El esfuerzo por convertirse en jugador profesional tenía el motor de la ilusión deportiva, pero también el apuro de financiar su tratamiento médico. Cuando cumplió once años, Messi medía algo más de un metro y treinta centímetros, lo mismo que un niño de nueve. Desde el momento en que lo vio, el médico supo que el diagnóstico era «edad ósea retrasada», un trastorno provocado por déficit de GH, la hormona del crecimiento. Debía recibir una dosis diaria de somatotropina sintética para combatirlo. El tratamiento inyectable costaba mil dólares por mes, más de la mitad de lo que ganaba su padre entonces. El fútbol dejó de ser sólo un juego y pasó a ser una tabla para salvarse del naufragio.

María Sol Messi entró en la adolescencia cuando las medicinas de su hermano ya no eran un problema familiar. Ahora participa de la fama de su apellido desde esa invisibilidad que tienen los hermanos menores, esos que ven todo sin que nadie los vea. La vida pública de su hermano le debe parecer un espectáculo para disfrutar ante un cubo repleto de palomitas de maíz.

—Una vez estábamos en el shopping mi mamá, mi papá, mi tío, mi tía, todos. Llamó Leo y nos dijo voy para allá.

Messi llegó al centro comercial y la gente lo rodeó. Todos lo querían tocar.

—Lo tuvieron que sacar con policías.

La inconsciencia con que Messi vive la fama produce en su hermana una risa cómplice. Su voz suena cristalina del otro lado del teléfono. No es casual que entre los seguidores de Messi haya más niños y adolescentes que juegan PlayStation que adultos adictos a los calzoncillos de diseño. María Sol Messi cambia de registro tan rápido como un zapping de películas los domingos por la tarde.

—Cuando le va mal, es mejor no hablarle —me cuenta—. Se queda tirado en el sillón mirando tele. Pero no lo hace de malo. Es que está bajoneado.

La Pulga tenía motivos para hacer horas extras en su sofá: había marcado sólo dos goles en los últimos diez partidos de las eliminatorias al Mundial de Sudáfrica, y los diarios argentinos seguían preguntándose por el paradero del genio. Lo veían como un extranjero con la camiseta equivocada. Lejos de su rutina en el Barça, el goleador de la Champions League se portó como un chico extraviado y triste. Parecía haber perdido la intuición, esa cualidad de saber hacer las cosas sin pensar, y que unida a su velocidad hace que Messi juegue siempre en tiempo futuro, un paso por delante de los demás. Vestido con la camiseta de Argentina, presionado por los deberes de la adultez, Messi pensó y, mientras pensaba, traicionó su juego que consiste en la irresponsabilidad de la infancia. En el vestuario, esa cultura tan argentina como latinoamericana en la que el liderato lo ejerce un caudillo, se exige ser Maradona. Los caudillos políticos deben ganar adeptos antes de subirse al púlpito; los futbolistas caudillos los ganan en el vestuario antes de entrar en la cancha. El silencio de Messi sin goles empezaba a ser ruidoso.

La prensa argentina nunca lo había criticado tanto. Le pedían ser un padre severo cuando era el hijo tímido y travieso que siempre lloraba en sus momentos de frustración. En un juego de la Champions League, a pesar de que su equipo había ganado, Messi rompió a llorar en el vestuario por no haber jugado de titular. También había estallado en llanto el día en que debutó en la selección mayor argentina y lo expulsaron sin haber cumplido un minuto de juego. Después de ganar seis títulos consecutivos, no pudo contener las lágrimas al quedar afuera de la Copa del Rey. Messi vive cada derrota como el fin del mundo, con un espíritu amateur que los niños suelen tener. Pero ante la frustración en la selección de su país, Messi no lloraba: miraba al suelo. En vez de lágrimas, una seriedad funeraria inundaba su cara.

—Estaba muy mal en ese momento —me dijo la hermana—. Todos lo saben.

—¿Y vos qué hacías?

—Yo le agarraba la mano.

Lionel Messi tiene las manos grandes de un arquero.

Cuando tenía cinco años, su abuela materna lo llevó de la mano a jugar fútbol por primera vez. Hoy el nieto le dedica los goles apuntando sus dedos al cielo. Desde entonces Messi no suelta la mano de toda su familia.

—Le agarraba la mano —añade María Sol—. Pero no le hablaba.

Su genialidad empuja a quienes lo rodean a renunciar a sí mismos para actuar de administradores de su talento y fortuna. Rodrigo Messi es el mayor de los tres hermanos y, después de su padre, el segundo filtro para llegar a La Pulga. Llegó a Europa con la idea de continuar su carrera futbolística que había empezado en Newell’s y ahora una de sus responsabilidades es hacer la cena para Messi. Al dejar las canchas, estudió gastronomía y cada noche se encarga de alimentar a un genio al que sólo le apetece comer carne. Una tarde, en el bar de un hotel cinco estrellas, Rodrigo Messi me dijo que a su hermano no le gusta el pescado ni las verduras. Ese mismo día, había renovado contrato con el Barcelona por diez millones y medio de euros al año, y él venía de acompañarlo. Es el único de la familia que se quedó en Barcelona para ayudarlo a cumplir con el plan. De rato en rato suelta una sonrisa nerviosa y se pasa la mano por el pelo sin estar despeinado. En su casa suelen llamarlo con el apodo de Problemita, y su mayor problema no es pensar en el menú de cada noche. Es organizar la seguridad de Leo Messi.

—Cuando sale de casa después de cenar —me dice el hermano—, me quedo preocupado. A él no le gusta tener seguridad. Pero se la ponemos sin que él lo sepa.

—¿Qué crees que le puede pasar?

Rodrigo Messi concentra en una mueca nerviosa una multitud de peligros que ahora no puede enumerar.

—Con la fama aparece la envidia, la mala persona y hay que tener cuidado de todo —me advierte—. El fútbol es un mundo aparte.

Llevar el apellido de un genio es una sombra que inspira y castra a la vez. Al hermano de Maradona le fue tan mal con el balón que acabó jugando en Perú como si fuese la atracción de un circo. Cuando jugó en el Barcelona, el hijo de Cruyff demostró que sólo había heredado los ojos azules de su padre. El hijo de Pelé fracasó como arquero del Santos y acabó involucrado en casos de tráfico de drogas y lavado de dinero. Para Rodrigo Messi la urgencia de cuidar a su hermano en un planeta desconocido y peligroso se ha convertido en la misión de su vida. En cambio, al otro lado del teléfono, María Sol prefiere hablar de una fiesta inolvidable.

—¿Y qué te regaló para tu cumple? —pregunto.

—Me regaló de todo. Estaba en España pero llamaba todos los días —me dice—. Quería saber de qué color iba a ser el vestido.

El futbolista que se duerme cuando no tiene un balón se desveló para festejar los quince años de su hermana. Desde Barcelona, se aseguró de que reservaran el salón del mejor hotel de Rosario, que contrataran un servicio de catering para doscientas personas, que ella eligiera el vestido que más le gustara. Eligió también la música en vivo. Le regaló una cadenita de oro de la que colgaba un corazón, y un anillo.

—¿Y bailó?

—Sí. Y nos quedamos todos sorprendidos porque en el casamiento de mi hermano estuvo toda la noche sentado.

Era la primera vez en su vida que su hermana lo veía bailar.

Nadie le pide a Messi sorpresa mayor que la pura fantasía de sus goles. Una de sus gambetas puede ser tema de conversación durante meses, y los enamorados del fútbol les contarán a sus nietos que ellos lo vieron jugar. Sin proponérselo, Leo Messi es parte de los nuevos efectos especiales de la felicidad colectiva. Hoy también es el héroe de su hermana.

—¿Qué te gustaría hacer? —le pregunto a María Sol.

—Me gustaría irme a Barcelona a empezar teatro.

Su voz de adolescente se afina en convicción.

—Me gustaría ser algún día como mi hermano —me dice—. Pero en actriz.

María Sol Messi lo dice con la seguridad del que siente que todo es posible. Incluso negar la idea de que sólo puede haber un genio en la familia. Aún no sabe que detrás de todo arte se esconde un calvario. El de su hermano puede ser el aburrimiento que lo acecha cuando se aparta de los prados del balón. Sin espectadores ni aplausos, para Leo Messi el show debe continuar cada tarde, en el silencio de su casa, cuando va a cerrar los ojos y deja caer su cabeza sobre un almohadón.

Leo Messi prefiere no recordar ciertas cosas de su infancia. Faltan tres minutos para que acabe la entrevista y suelta el gesto de fastidio que pone cuando le anulan un gol: el mentón hundido, la boca torcida, el ceño apretado. Es su reacción cuando ve un libro asomarse en mi mochila. Haber sacrificado su siesta no es lo que incomoda esta tarde a Messi. Antes de que cumpliera veintidós años, en España ya se habían publicado dos biografías sobre él. Una de ellas, El niño que no podía crecer, de Luca Caioli, celebra la epopeya futbolística de La Pulga en el desmesurado mundo del balón. Hoy Messi lo mira con recelo.

—Ahí salen cosas que no tenían que salir —me advierte señalando el libro con su barbilla.

En el melodrama futbolístico de su infancia, Messi aborrece unos episodios. Tenía trece años cuando subió por primera vez a un avión y cruzó hacia Europa con su padre. Un tercero viajaba con ellos.

—Lo recuerdo como si fuera hoy —me dice Fabián Soldini al teléfono.

Si todo salía bien en el viaje, un agente debía ocuparse de los contratos. Soldini habla de Messi con tono paternal.

—Era tan bueno —insiste— que nos ofrecimos a pagarle el cincuenta por ciento de los medicamentos que necesitaba para crecer.

Era un producto de exportación y el agente vio su destino en España.

En un video casero, el niño Lionel Messi hace noventa y siete toques con una naranja y ciento treinta con una pelota de tenis.

Los esféricos no caen al suelo.

El agente lo filmó haciendo esos malabares.

Envió copias a sus contactos en Barcelona.

—¿Cómo era Messi a los doce años?

—Muy introvertido —recuerda Soldini—. Cuando lo llevábamos al médico, le costaba sacarse la ropa para que lo revisaran.

Le costaba también separarse de su familia. En ese primer viaje a España, hubo una escala de Rosario a Buenos Aires que para Messi fue dramática.

—No paró de llorar —me dice el agente—. Parece que ya sabía que no iba a volver.

—Era frágil —le digo—. Pero cuando juega se lo ve muy aguerrido.

—Sí. El desafío lo incentiva. Él siempre necesitó jugar por algo.

Soldini responde al instante todas las preguntas, como si se las hiciera a sí mismo todas las mañanas.

—Una vez le prometí que si hacía cinco goles le regalaba un conjunto deportivo Puma.

Eran sus primeros días en Barcelona.

La Pulga vivía en una habitación del Hotel Plaza, en el barrio de Sants. Desde su ventana veía las torres venecianas, las estribaciones arboladas de Montjuic, la Plaza España. En su cabeza sólo cabía una idea: tenía diecisiete días para demostrar lo que sabía hacer con el balón. Se había ido del país donde ningún dirigente de club quería pagarle el tratamiento para crecer y en Barcelona se jugaba el futuro en los partidos de prueba. Minutos antes de entrar al vestuario, La Pulga se detuvo.

—Tenía vergüenza de entrar solo —dice Soldini—. Lo tuve que acompañar.

Esa tarde Leo Messi hizo cuatro goles y le anularon uno.

El agente cumplió su promesa y le dio su regalo.

Hoy, en la Ciudad Deportiva, Messi mira con recelo los libros que cuentan esta parte de su vida.

—¿Y qué cosas no tenían que salir? —insisto mientras hojeo sus páginas.

—De esas cosas —me dice— mejor tenés que hablar con mi viejo.

Su padre se sobresalta cuando va a hablar de negocios.

—Leo nunca tuvo representante —enciende su voz en el teléfono—. No quiero hablar de eso.

De lo que el padre no quiere hablar es de una demanda pendiente. La empresa de su ex agente reclama el cobro de los días en que Soldini y sus socios se encargaron de que Messi llegara a Barcelona. Horas invertidas cuando el futuro de La Pulga era todavía incierto. Hoy Soldini agrava su voz desde Argentina.

—Ya ni me saluda —me dice sobre Messi—. Y tuve que ir al psicólogo por eso. Yo le dije: a mí no me mataste la billetera. Me mataste el corazón.

Leo Messi debió acomodarse a la lógica del negocio. El video en el que hacía malabares con una naranja acabó publicitando una tarjeta de crédito. Soldini, el videasta de aquella función infantil, se enteraría por la televisión. El fin de la inocencia amateur fue el principio de la codicia industrial: el primer gran compromiso por La Pulga se pactó en una servilleta. El director deportivo del Barça, Carles Rexach, lo vio jugar siete minutos y, frente a un agente intermediario, tomó la servilleta de un restaurante y firmó un compromiso de contrato. No quería que otro club se apoderara de Messi. El Barça se adueñó de su futuro en la precariedad de un papel descartable. En menos de una década, un chico veinteañero pasó a ganar cuatro veces más de lo que Barack Obama declara por la venta de sus libros y por presidir el país más poderoso de la Tierra. Su apellido es una marca registrada que funciona como empresa familiar con el nombre Leo Messi Management. El genio del fútbol ha grabado anuncios publicitarios para bancos, refrescos, líneas aéreas, videojuegos, máquinas de afeitar, y posado en publicidades de calzoncillos y pijamas. Un pijama que no necesita para dormir la siesta.

Leo Messi Management vuelve a girar la cabeza y no encuentra al jefe de prensa que debe rescatarlo. Su impaciencia es la de un alumno obediente que espera que alguien le toque la campana del recreo para irse. Juanjo Brau, el fisioterapeuta que sigue a Messi por el mundo, dice que un modo de entenderlo es observar la posición de su cabeza: cuando la agacha, es como si se colgara un cartel que dice no molestar. La mayoría de las estrellas del balón tienen una actitud que los hace parecidos a sí mismos dentro y fuera del campo: el andar con el pecho afuera de Maradona, la sonrisa de carnaval de Ronaldinho, la lentitud elegante y aristocrática de Zidane. Lejos del balón, Leo Messi parece un clon sin baterías del jugador electrizante que todos conocemos. Un mal representante de sí mismo. El jefe de prensa no viene por él, y La Pulga está a punto de levantarse. Pero antes echa una mirada a su teléfono y comprueba que nadie lo ha llamado.

—¿Guardás tus fotos ahí? —interrumpo.

Messi se calza las chancletas como si se estuviese levantando de la cama. Se despereza.

—Mandar sí que mando —me dice—. Pero no soy de guardar fotos.

El jefe de prensa aparece agitándome los brazos como el árbitro que expulsa a un jugador. Es el fin. Leo Messi ha apartado los ojos de mi mochila donde están los libros que cuentan su historia y que él no quiere leer. Los libros son para él como unos vecinos que no le apetece saludar. Una vez su entrenador Pep Guardiola le regaló uno. Confió en que su título sería intrigante para un jugador que siempre gana. Pero también quiso enviarle un mensaje envuelto en papel sorpresa. Se trataba de la última novela de David Trueba: Saber perder.

—¿Y lo leíste?

—Lo empecé porque me lo regaló él —me dice, por Guardiola—, pero no me gusta leer.

—¿Sabés que cuenta la historia de un pibe que viene de Argentina y conoce una chica acá?

—Sí, después pregunté y me lo contaron.

Saber perder.

Lionel Messi sigue llorando cuando pierde. Hoy, en la Ciudad Deportiva, se despide con un apretón de manos que no aprieta, tan relajado y ausente como él mismo cuando no lleva la pelota en los pies. Aquí se mueve y habla y calla con una pereza engañosa que desaparece ante sus rivales. En su edad de oro, Ronaldinho despistaba defensores ocultando una jugada letal tras una sonrisa; Messi desconcierta al mundo con su presencia distraída. Mañana volveré a verlo por la TV, cuando lo premien como el mejor futbolista del año en Europa, uno de los veinte trofeos que ha recibido esta temporada. Llevará un traje italiano de entallado justo y que, aun así, le queda como prestado. Después volverá a su rutina doméstica en cámara lenta, la paradoja perfecta del chico más impredecible en los jardines del mundo. Pero esta tarde, en unos minutos, Messi conducirá su coche, solo y cuesta arriba hasta su casa con vista al Mediterráneo, para acabar hundido, como siempre, en el hipnótico sopor de su sillón.

El ensayo clínico al que voy a someterme tendrá varias pruebas durante un mes, y por ello me pagarán quinientos euros, unos seiscientos cincuenta dólares. Es decir, un salario que en Europa no alcanza para alquilar un departamento ubicado en la zona céntrica de cualquiera de sus capitales. El medicamento que van a probar en mi cuerpo es un calmante del dolor (un analgésico opiáceo) que no debería entrar en contacto con ningún estimulante del sistema nervioso. Por eso, además de venir en ayunas, dos días antes no debía tomar té, café, Coca Cola ni mate.

La doctora M ya me había advertido que participar como voluntario en un ensayo clínico era como someterme a un análisis de sangre, sólo que al revés: en lugar de extraerme glóbulos rojos de las venas, me inocularían una sustancia para medir las reacciones de mi cuerpo. En ambos casos los requisitos son los mismos: llegar temprano y en ayunas. «Ni agua puedes tomar», me dijo la doctora M. Así que esta mañana, mientras me hundo en un sofá en la sala de espera del hospital la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona, siento que en vez de saliva tengo arena en la boca. Seré un conejillo de Indias para la ciencia: si todo sale bien, la sustancia que probarán en mi cuerpo se convertirá en un medicamento con la marca de un laboratorio y un precio para venderse en las farmacias. Pero ahora tengo ganas de huir. Peor que vender tu cuerpo es venderlo con el estómago vacío. Sin embargo, al igual que casi todos los voluntarios que llegan hasta aquí, me quedo. Al fin y al cabo, ser un conejillo de Indias en Europa es el remedio más rápido y legal para aliviar los síntomas del desempleo.

El metro al que subí esta mañana estaba lleno de albañiles y obreros con bolsas de plástico en las manos. Todos íbamos a trabajar. Ellos con sus músculos, y yo con mi hígado, mi estómago y mis neuronas. Quizá por eso, por el invisible anonimato de estos órganos, el trabajo de un conejillo de Indias humano no se considera un empleo. Está entre los últimos peldaños del escalafón laboral: un infra-subempleo para inmigrantes ilegales, universitarios, gente que necesita dinero con urgencia. Pero el primer mandamiento de un conejillo de Indias es confiar en el científico que está a cargo del experimento. El segundo es conservar la lucidez para poder contar los efectos que pronto empezarás a sentir, como si tuvieras que describir un paisaje campestre mientras te lanzas de un avión en pleno vuelo.

La industria farmacéutica es el negocio más rentable del mundo. Según la lista Fortune 500 de las empresas que más dinero mueven en el planeta, los laboratorios de medicamentos y cosméticos no sólo obtienen más ganancias que la industria automotriz y del petróleo, sino que esta rentabilidad se ha multiplicado en los últimos años hasta superar por ocho veces el promedio de ganancias de las demás industrias. Aun así, los ensayos clínicos –el primer paso de este negocio– son casi desconocidos en la mayor parte de Europa. A veces en Londres los laboratorios farmacéuticos publican anuncios para conseguir voluntarios en revistas gratuitas para mochileros como TNT Magazine, y en España aparecen en las páginas de avisos clasificados de algunos diarios. Pero casi siempre es un conejillo de Indias veterano quien busca nuevos voluntarios corriendo la voz en las oficinas de asistencia a los desempleados e inmigrantes. Así ocurre en Barcelona. Y fue así como, a través de una compatriota argentina, llegué al hospital de la Santa Creu i Sant Pau, donde funciona el laboratorio de ensayos clínicos más grande de la ciudad.

Por fuera este hospital parece un castillo medieval. Tiene nueve manzanas de terreno, veintisiete pabellones conectados por galerías subterráneas, enormes jardines interiores y una torre con una cruz de metal en su cúspide. Por dentro, los pabellones tienen cúpulas con mosaicos y murales de estilo modernista que son la atracción de cientos de turistas que cada día ingresan –junto a los familiares de los pacientes– con cámaras de video y sus mejores caras de maravillarse por todo, como si visitaran un museo. La doctora M me había dicho que la buscara en el pabellón dieciocho, una construcción prefabricada, fría por dentro. Y aquí estoy, desde las siete de la mañana, esperándola al lado de una docena de camas vacías. Por primera vez voy a conocer por dentro una industria que hasta hace unos días pasaba tan inadvertida como la caja de aspirinas que está en el botiquín de mi baño. En esto radica mi utilidad de conejillo de Indias: probar cómo actúa una pastilla en el cuerpo de alguien. Saber por qué se debe tomar cada ocho horas y no cada cinco. Medir sus efectos secundarios. La doctora M todavía no llega. En realidad, aparte de mí, no hay nadie.

Según el marketing farmacéutico, gracias a los medicamentos hoy los europeos viven en promedio treinta años más que a principios del siglo XX. Pero los críticos de los laboratorios dicen que esto no es exacto, pues el aumento de la esperanza de vida se debe sobre todo a la disminución de la mortalidad infantil y a las mejores condiciones de seguridad y salubridad que hay en casi todos los ámbitos de la vida moderna. Más allá de esta polémica, un medicamento en prueba no tiene por qué mejorar la salud ni alargar la vida de quien presta su cuerpo para saber si sirve o no: entre otras razones, porque quien lo prueba es una persona sana. Un estudio de la revista estadounidense Nature Biotechnology dice que ocho de cada diez nuevas medicinas fracasan al ser probadas en humanos por primera vez. Pero lo que ese estudio no advierte es que la palabra «fracaso» significa que el voluntario puede quedar lesionado de por vida. O morir. Todo ensayo implica la posibilidad de error. Y en un ensayo clínico, ese margen de error no es otra cosa que dejar la puerta entreabierta para que se asome la muerte.

Por ahora, mientras espero en ayunas a la doctora M, sólo me estoy muriendo de hambre. En marzo del 2006, a seis jóvenes británicos los ingresaron casi en estado de coma en la unidad de cuidados intensivos del hospital Northwick Park de Londres porque habían empezado a convulsionar tras haber probado un nuevo medicamento. Aquella sustancia ni siquiera tenía nombre: la llamaban TGN1412 y debía servir para fabricar una medicina para la artritis y la leucemia. El laboratorio alemán Tgenero y la compañía encargada del estudio, la estadounidense Parexel, les habían dado la droga a seis voluntarios y, a otros dos, un «placebo», es decir, un producto inocuo que no contenía esa sustancia y que suele usarse en este tipo de pruebas por si los voluntarios simulan síntomas que no guardan ninguna relación con los esperados. A uno de los que sí habían tomado la droga se le hinchó la cabeza hasta alcanzar tres veces su tamaño normal. «Parecía el hombre elefante», protestó su novia ante las cámaras de la BBC. A otro, un joven llamado Ryan Wilson, le colapsó el sistema circulatorio y se le empezaron a gangrenar los brazos y las piernas.

A Ryan Wilson le tuvieron que amputar los dedos de las manos y los pies. Esto ocurrió en junio del 2006, tres meses después de haber estado hospitalizado en terapia intensiva. Los médicos explicaron que la gangrena se había expandido a tal punto que si no le amputaban los dedos en ese momento, más tarde hubiesen tenido que cortarle las extremidades completas. «Es dramático lo que sucedió –admitiría después Emilio Sanz, profesor de farmacología clínica en la Universidad de La Laguna, España. Luego agregó–: Aunque la única forma de saber si el fármaco funcionaba era realizando un ensayo como ése». Ésta es la lógica de todo ensayo clínico: asumir el riesgo de poner en peligro la vida de unas cuantas personas con el objetivo de encontrar la curación para muchas. La lógica del conejillo de Indias. La ética del mal menor. Unas semanas después, las noticias decían que Wilson y los otros cinco muchachos británicos que habían probado el TGN1412 podrían enfermar de cáncer linfático a causa de esa sustancia. De eso me enteré un día antes de decidir si sería o no voluntario del ensayo dirigido por la doctora M. Y acepté.

 

* * *

Una enfermera aparece por fin en el pabellón dieciocho del hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Se acerca y me pregunta:

–Hola. ¿Tú eres el del Tramadol?

El Tramadol es el analgésico por el que he aceptado vender mi cuerpo. Puedo recitarlo de memoria: un medicamento que calma el dolor (produce analgesia) al combinarse con los receptores opiáceos del cerebro. Así que le respondo que sí.

–Entonces empezamos –dice ella.

La enfermera es una chica de baja estatura, teñida de rubio, y lleva en su mano una jeringa con la aguja ya puesta. Me explica que durante toda la prueba tendré que llevar los cables de un encefalograma en la cabeza, así que lo primero que hará será pegarme esos conectores. Sin embargo, lo primero que hace en realidad es poner una canción del dúo argentino Pimpinela en su radiocasete.

–Tú eres Tramadol 8LF –agrega sin mirarme, mientras revisa unos papeles.

A partir de este momento soy un código: el voluntario número ocho de los treinta y seis que haremos de conejillos de Indias por la humanitaria lucha contra el dolor. Aun así, me preocupa el grosor de la jeringa que la enfermera no ha dejado de cargar en su mano derecha. Tiene el diámetro de un palo de escoba y está llena de un líquido verde.

–Siéntate –dice, y me señala una silla.

La jeringa ahora apunta a mi cabeza, desde mis espaldas: el líquido verde no es más que un gel que va cayendo sobre mi cuero cabelludo para que los cables del encefalograma capten la actividad de mis neuronas. Hay una mezcla de curiosidad, miedo y repulsión que uno no puede evitar sentir ante estas situaciones. Debe ser lo mismo que ha fascinado y repelido a la humanidad desde los primeros experimentos con personas: la separación de siameses, los reimplantes de dedos, las trepanaciones craneanas. La historia del Doctor Frankenstein y sus variantes son poderosos imanes que nos atraen como una luz a las polillas porque representan un desafío a la moral científica. Cuando la enfermera levantó la jeringa y apuntó a mi nuca, tuve ganas de huir. Pero no lo hice. En parte porque confío en los médicos, pero sobre todo porque quería saber qué vendría después. Quería llegar hasta el final.

 
* * *

A la doctora M la conocí en mayo del 2006, un par de meses antes de llegar a la primera prueba con el Tramadol. Fue una entrevista de trabajo: ella quería saber cuán apto estaba yo para formar parte del ensayo, y yo, en qué consistiría todo y cuánto me iban a pagar por eso. Aquel día la doctora me atendió en el laboratorio del hospital, un amplio ambiente con cajas de cartón en el suelo y posters de paisajes tropicales en las paredes. La doctora M debe andar por los treinta y pocos, es alta y muy delgada. Explicó que mi primera tarea consistiría en someterme a unos análisis completos y evaluar lo que llamó mi «umbral de dolor», es decir, qué grado de dolor corporal puede resistir alguien sin necesidad de calmantes. Luego me dio un folleto de cuatro páginas que debía asegurarme de haber comprendido bien. Lo más importante era que el fármaco se llamaba Tramadol, que el ensayo se dividiría en tres pruebas durante un mes, y que cada prueba empezaría a las siete de la mañana de un día y acabaría a las diez de la mañana del día siguiente. Es decir, unas veintisiete horas por sesión, más el tiempo que durarían los análisis previos.

Los riesgos eran que podía sufrir náuseas, vómitos, irritación nerviosa y taquicardia. Si decidía abandonar el ensayo antes de haber completado la tercera prueba, simplemente no cobraría nada. Y si me pasaba algo, sufría un accidente o una lesión, las leyes españolas me amparaban con un seguro de hasta ciento ochenta mil euros. El sueldo por ese mes que durarían las pruebas sería de quinientos euros. Uno podía pensar que el trato no estaba mal por dormir tres noches en un hospital con el desayuno incluido. Pero había otra forma de verlo: quinientos euros por las ciento veinte horas que en total debía pasar allí significaban apenas 4,17 euros la hora. Mucho menos de lo que cobra un peón-albañil-ilegal en España. No era un trato justo, pero sí muy coherente: el nombre de los conejillos de Indias en inglés es guinea pig, y se dice que los llaman así porque en los tiempos de las colonias los marineros británicos pagaban sólo una guinea por estos animalitos que se llevaban de América como mascotas. Desde entonces, a nadie se le ocurriría pagar más que lo mínimo por un conejillo de Indias. Así sea humano.

–Si tienes dudas, pregunta –dijo esa primera vez la doctora M.

El mismo folleto que hablaba de los riesgos, el seguro contra «accidentes» y la penalización en caso de abandono del ensayo decía que el Tramadol es una sustancia que se vende desde hace más de dos décadas en unas diez marcas de analgésicos.

–¿Por qué prueban un medicamento que ya está a la venta?

–Para hallar nuevas aplicaciones, variar sus dosis. Depende.

–¿Cómo miden el umbral de dolor?

La doctora explicó que se hacía con unas descargas de rayos láser, similares a las que se emplean en algunas discotecas, pero más fuertes, causando una sensación de quemazón en la piel sin llegar a dañarla. La idea era ir subiendo la intensidad de estas descargas hasta que hubiese ingerido el analgésico y probar así su efectividad en la disminución del dolor.

–¿Y por qué lo prueban con gente sana y no con gente que sufre de verdad?

–Existen cuatro fases de ensayo –dijo la doctora M con la paciencia propia de un científico– y tú participarás de la primera, que es con voluntarios sanos. Si un enfermo llegara a reaccionar mal, se le podría agravar su enfermedad.

Las siguientes preguntas fueron de ella, antes de hacerme firmar el contrato.

–¿Fuma?

–Sí.

–¿Cuántos cigarrillos al día?

–Unos diez.

–¿Bebe? ¿Cerveza, vino, licores?

Había que especificar una cantidad promedio por semana. También con el café, otras bebidas estimulantes, las drogas y los antecedentes médicos de mi familia. Era como un test de revista de peluquería, pero de más de diez páginas.

Después entré en un consultorio para que me auscultara, tomara mi peso y mis medidas, una muestra de sangre, otra de orina y, por último, para que midiera al fin mi umbral de dolor. En una pared había un gran cartel con una escala del uno al ocho. Del uno al tres eran los dolores más bajos, soportables. Cuatro equivalía a un mechón de pelo arrancado de golpe. El nivel cinco era como sentir el hincón de una punta que te llega hasta el músculo. El ocho era el máximo grado soportable por una persona. La doctora M me colocó unos cables de encefalograma en la cabeza, y unos anteojos gruesos y oscuros parecidos a los de un soldador. Los cables eran para seguir mis impulsos cerebrales mientras recibía las descargas de rayos láser. Las gafas eran para evitar que los rayos me perforasen un ojo. La doctora tenía una pistola plateada en la mano. Parecía un personaje de Star Wars.

Primer disparo. Blanco de la doctora M: mi mano.

–¿Dolor? –preguntó.

–Cuatro.

Los disparos prosiguieron. Hasta que hubo uno que me hizo saltar.

–Perdón –dijo ella–, pero necesito conocer tu umbral de dolor.

Había sido un ocho, y era insoportable. 

* * *

No hay muchos motivos para convertirte en un conejillo de Indias. En esencia, se podría hablar de dos: porque eres un altruista y crees que tu aporte a la medicina mejorará el mundo (o tu país), o porque estás desesperado por conseguir dinero para sobrevivir. No conozco en persona a nadie que entre en la primera categoría. El primer ensayo clínico con humanos que reconoce la historia es el de un médico escocés llamado James Lind, quien en 1746 se embarcó en un buque inglés para encontrar un remedio contra el escorbuto que aniquilaba a los tripulantes de la armada británica. A partir de sus experimentos, Lind descubrió que la solución era aumentar la dieta de naranjas y limones en alta mar, y así Inglaterra se convirtió en la primera potencia marítima del planeta. Otro de los altruistas famosos fue el médico peruano Daniel Alcides Carrión, quien se inyectó el virus de la «fiebre de La Oroya» que a fines del siglo XIX mató a cientos de obreros que construían ferrocarriles en el Perú. Carrión murió a los veintiocho años sin haber hallado un antídoto contra esa enfermedad, pero dejó un diario en el que describía los síntomas que sirvió para que otros médicos completaran su trabajo. Estas antiguas historias de heroísmo no se parecen en nada a las que he encontrado en mi corta vida de conejillo de Indias. Antes había un ideal patriótico de por medio: uno se inmolaba por su país, por la salud de sus compatriotas, por un concepto de nación. Ahora se hace, entre otras cosas, para beneficio de las multinacionales de la industria farmacéutica.

John Le Carré, el escritor de novelas de misterio, ha escrito una parábola de esta realidad que algunos llaman «apartheid farmacéutico». En El jardinero fiel, una novela que también se llevó al cine, narra cómo una farmacéutica multinacional prueba con pacientes de un pueblo de Kenia un medicamento cuyos efectos son todavía muy peligrosos como para hacer ensayos en países con leyes sanitarias más duras. Es una historia de ficción, pero el autor dijo en una entrevista que no estaba tan lejos de la realidad, ya que había investigado sobre la industria farmacéutica antes de escribirla. Quizá Le Carré se refería a esto: el ochenta por ciento de esta industria está en manos de catorce empresas ubicadas en los cinco países más ricos del mundo, mientras que todos los países del Tercer Mundo, juntos, no pueden comprar ni el diez por ciento de las medicinas que se producen en el planeta. El apartheid farmacéutico sería, así, que los pobres sirven sobre todo para probar nuevos medicamentos, pero que una vez que estos empiezan a venderse, difícilmente pueden comprarlos.

A mi lado, ahora que estoy a punto de empezar el encefalograma previo a mi primera dosis de Tramadol, está El Uruguayo. Él no quiere dar su nombre. Dice que es para «no preocupar a la familia», que lo imagina con una mejor vida en España. El Uruguayo se parece a Manu Chau: es muy bajo y flaquito, con una cara huesuda que le da una edad imprecisa, entre los veinticinco y los cuarenta años. Para participar como voluntario en un ensayo clínico no necesitas «tener papeles legales» ni mostrar un certificado de antecedentes penales. Una vez que firmas el contrato te vuelves un código que contiene los resultados de tus análisis y la relación entre tu estatura y tu peso: sólo aquello que demuestra que eres una persona sana. En España, ser un conejillo de Indias es uno de los trabajos más requeridos por los inmigrantes ilegales. Algunos han convertido los hospitales en sus centros de trabajo, y el dinero que reciben por vender sus cuerpos en una especie de salario mínimo. El Uruguayo es uno de ellos. Ésta es la cuarta vez que participa en un ensayo clínico. Cuando se quita la camiseta para ponerse el pijama y acostarse en la cama que está al lado de la mía, veo que tiene el pecho depilado.

–Yo voy a probar ayahuasca –me dice.

Estamos por comenzar lo que los médicos llaman el «período de adaptación»: tendremos que dormir con los cables del encefalograma puestos para que una enfermera evalúe nuestro sueño. El Uruguayo ocupa el «box tres» y yo el número cuatro: dos habitaciones minúsculas sin ventanas, insonorizadas con paneles de madera y con unas cámaras de video que asoman por encima de nuestras camas. Hace muchos años que en España se experimenta con drogas alucinógenas para probar sus propiedades terapéuticas. La ayahuasca, esa planta amazónica que en el Perú, Brasil y Bolivia se usa en ceremonias místicas como una especie de purgante del alma, no está aún tan difundida en Europa. Pero algunos doctores intuyen que algún día tendrá una utilidad médica como la que ahora se da a la marihuana, que ayuda a abrir el apetito de los enfermos de sida, calmar los dolores agudos y evitar los vómitos que induce la quimioterapia. Así surgió el éxtasis, por ejemplo, esa sustancia que hoy se usa como droga juvenil, pero que desde 1913 se probaba –sin éxito– para quitar el hambre.

–Hacía tiempo que estaba detrás de esta prueba –dice el Uruguayo.

A él también le pagarán quinientos euros por tres dosis. Como ya sabía que le pondrían unos cables en el pecho, se lo ha depilado para que al quitarlos la enfermera no le arranque los vellos. El Uruguayo cuenta que en los ocho meses que vive en España ya ha sido voluntario en tres ensayos. El primero era para medir su tolerancia alcohólica. «Tenía que tomar siete cócteles en treinta y cinco minutos, uno tras otro, a las siete de la mañana y en ayunas», dice. También recuerda que los vasos estaban cubiertos por completo, salvo por el tubo a través del cual debía beber, para evitar que el olor del trago pudiese sugestionarlo e influir en sus reacciones. Después evaluaban sus reflejos poniéndolo a conducir un simulador de automóvil. El segundo ensayo consistía en medir otra vez su tolerancia con el alcohol, pero mezclando los cócteles con un medicamento antialérgico.

–Lo importante es conocer bien la materia: Si el médico no me inspira confianza, no lo hago. Hay que tener olfato –dice El Uruguayo apoyando su dedo índice en la nariz. Luego explica que de estos ensayos se entera a través de «contactos», que se pasan la voz unos a otros. Él lo llama «estar atento a la oferta».

–Una vez me perdí de probar un antidepresivo por el que pagaban mil doscientos euros, por hacer otro por el que me pagaron ciento ochenta –se queja–. ¿Te das cuenta? Hacer un doblete es la tentación, pero en este laburo no hay que perder la credibilidad: si los médicos se dan cuenta, no te vuelven a llamar.

Los ensayos clínicos tienen un código que sólo conocen los voluntarios veteranos, y por lo visto El Uruguayo se ha propuesto enseñármelo como si me contara un cuento antes de dormir. Dice que en las pruebas en las que participa mucha gente hay que evitar estar entre los últimos, porque con ellos suelen probar las dosis más altas. Algo parecido me había contado un muchacho de Asturias que se gana la vida como voluntario en Londres. También me dijo que además de «olfato» había que tener suerte, pues él estaba por presentarse al ensayo del hospital Nothwick Park –el mismo en el que tuvieron que amputar los dedos a un joven británico–, pero que días antes había aceptado probar un medicamento para la diabetes. Y que por eso se salvó. Al igual que El Uruguayo, el chico de Asturias me pidió no mencionar su nombre. Parece que vender el cuerpo, así sea para un fin benéfico como son en teoría los ensayos clínicos, siempre produce vergüenza. Antes de quedarnos dormidos, El Uruguayo me cuenta otro secreto. Dice que los voluntarios que hacen «dobletes» llevan a los análisis los orines de otra persona, para que los médicos no detecten las sustancias de la prueba anterior que aún llevan en la sangre. Y para que todo parezca natural, antes de entregar los frascos con orines los frotan con sus manos. Así los calientan y parecen que acaban de salir de sus cuerpos. 

* * *

–Tengo que ponerte veintisiete cables en la cabeza, así que paciencia –dice la enfermera antes de pasar a la habitación donde empezará mi prueba con el Tramadol.

Es un cuarto pintado completamente de blanco, dividido en dos por una pared de cristal. De un lado hay pantallas, teclados y consolas llenas de botones y luces de colores. Del otro, un sillón de cuero negro donde la enfermera me invita a ponerme cómodo. En cuestión de minutos tengo dos agujas clavadas en mis brazos. A través del tubo conectado al izquierdo sentiré el efecto analgésico del Tramadol. Por el otro me extraerán muestras de sangre cada media hora. Mientras la enfermera me explica todo esto, entra la doctora M. Dice que antes de inyectar el medicamento haremos una última prueba. Cuando me entrega las gafas de soldador que ya conozco y la enfermera me apunta con la misma pistola de rayos láser que usó la doctora hace unos días, entiendo que se trata de otra medición de mi «umbral de dolor».

–¿Preparados? –pregunta la doctora M.

Apenas me da tiempo de responderle cuando un dolor agudo me hace contraer una mano.

–¿Dolor?

–Cinco.

El nivel cinco es como sentir el pinchazo de una aguja que te llega hasta el músculo. La doctora ordena unos cuantos disparos más, y avisa que pasaremos a otra prueba, la flicker fusion frequency, en la que me harán observar a oscuras una titilante lucecita roja y presionar un interruptor cada vez que ésta deje de parpadear. Lo hago unas tres veces hasta que la doctora M dice que es suficiente y que ahora tendré que quedarme solo, en la más completa oscuridad y en silencio, muy relajado, sin hacer nada. Trato de concentrarme para no dormirme, pero el sueño y el peso de mi cabeza me vencen. Digamos que cabeceo en horario de trabajo. Me despierto cuando la enfermera y la doctora M vuelven a encender las luces. Viene otra prueba.

–¿Cómo te sientes? –pregunta la doctora M.

Le digo que bien, pero que tengo frío.

–No podemos apagar el aire acondicionado –dice ella–, porque la máquina de rayos se estropearía.

Entonces le pido una manta y me acomodo de nuevo en el sillón. La enfermera trae una píldora oscura, me pide que la tome, y al mismo tiempo la doctora M inyecta un líquido en el tubo que tengo conectado al brazo izquierdo. Una de estas sustancias, la píldora o el líquido, es un placebo, una sustancia que no me hará nada. Según el protocolo de los ensayos clínicos, este tipo de pruebas se llaman «de doble ciego», es decir que nadie, ni la doctora ni la enfermera ni yo, podemos saber cuál es el Tramadol para no influir con nuestro conocimiento en el resultado. Somos ignorantes intermediarios de la poderosa industria farmacéutica.

–Si algo malo pasara –explica la doctora M– el único responsable es el laboratorio que ha encargado el estudio.

Diez minutos después empezamos las pruebas bajo el efecto del analgésico.

Los rayos láser salen disparados ahora en tandas de cuarenta descargas, una tras otra, sin respiro y contra la misma mano. Duelen, pero menos que antes. Casi no siento, por ejemplo, los niveles que van del uno al tres. La enfermera me entrega un papel en el que veo otra escala del uno al diez: ésta tiene que ver con mi somnolencia. Tomo un lápiz e intento hacer una marca, pero lo único que consigo es hacer una raya en medio del papel.

Cuando abro los ojos estoy rodeado por tres enfermeras. Una me toma el pulso, otra la presión y la tercera observa una muestra de sangre. Me siento muy relajado, como si estuviera soñando. Las tres mujeres están agachadas frente a mí y a través de las grietas que hay entre los botones de sus delantales puedo ver desde sus sostenes hasta sus ombligos. Me viene a la mente lo que dijo Joan Manuel Serrat cuando lo operaron de cáncer: «Me encanta estar internado porque las enfermeras me bañan, me dan de comer. Lo que no me gusta es estar enfermo». Creo que estoy sonriendo.

–Por favor, concéntrese –me pide la doctora M.

Entonces recuerdo otra información que leí: según el Colegio de Farmacéuticos de Barcelona, hacer un estudio clínico cuesta en España entre trescientos y setecientos millones de euros. Jamás había dependido de mí semejante cifra, casi la misma que recaudó la película Titanic, la más taquillera de la historia.

 

* * *

–Hace años que no aparecen medicinas innovadoras que sirvan realmente para curar –dirá días después el doctor Pere Berga, del Colegi de Farmacèutics de Barcelona.

El doctor Berga es vocal de Industria de ese Colegio, alguien que conoce bien cómo se mueve el negocio más rentable del mundo.

–Y es comprensible que así sea –agrega–: investigar una nueva molécula demanda entre diez y doce años, pero una vez que el medicamento ha entrado en el mercado, la patente caduca en veinte. Entonces los derechos pasan a los gobiernos que convierten esos fármacos en genéricos y bajan los beneficios para las empresas. En resumen, las farmacéuticas tienen sólo una década para recuperar lo invertido.

La batalla de las farmacéuticas no parece ser tanto contra las enfermedades sino contra el tiempo. Otro médico, uno que ha descubierto una nueva vacuna contra la tuberculosis, se quejaba en una entrevista al diario El País: «Una buena parte de los ensayos clínicos no tiene por objeto probar mejoras terapéuticas, sino introducir un producto y fidelizar a los médicos». Este científico, llamado Pere-Joan Cardona, recordaba que la tuberculosis sigue afectando a un tercio de la población mundial, «pero por una ley que obliga que los fármacos utilizados en cualquier ensayo clínico se fabriquen en un laboratorio, tuve que presentar el proyecto en varios laboratorios privados y ninguno se interesó por mi propuesta». La mayoría de investigadores independientes de esta industria opina lo mismo. Según la ex editora de The New England Journal of Medicine, Marcia Angell, ocho de cada diez «nuevos» medicamentos son variaciones de los que ya existen. Es decir, la pura lógica del mercado aplicada a la salud: fabricar medicinas para quien puede pagarlas (y no para quien las necesita). El biólogo alemán Jörg Blech toma una frase de Aldous Huxley para decirlo así: «La medicina ha avanzado tanto que ya nadie está sano», pues mientras los que tienen buenas condiciones de vida son bombardeados con medicinas lifestyle (reductores de peso, cremas anti-edad, potenciadotes sexuales o estimulantes anímicos), más de treinta mil personas mueren cada día en el mundo por «enfermedades no rentables». Parece un desperdicio de esfuerzos, pero no es así: al que tiene dinero, aunque no esté enfermo, le venden la idea de hay nuevos productos para sentirse mejor. Y el que no lo tiene, por más enfermo que esté, si no puede pagar las más básicas de las medicinas, no accederá a ellas.

Los pobres, como decía el periodista Günter Wallraff (otro alemán), sirven sobre todo para la primera fase del negocio farmacéutico, la de los ensayos clínicos, pues son perfectos como conejillos de Indias: venden sus cuerpos por poco dinero, y si les pasa algo, con una póliza de seguro equivalente a una insignificante fracción de las ganancias del laboratorio es muy probable que sus familias no digan nada. A mediados de los años ochenta, Wallraff se hizo pasar por turco en Alemania y se dio cuenta de que entre los pocos trabajos a los que podía acceder un inmigrante ilegal estaba el de voluntario en ensayos clínicos. Él lo llamaba «hacer una farmacarrera». Así probó un medicamento para la epilepsia y un barbitúrico que le hizo sangrar las encías. También descubrió una especie de psico-bunker donde se hacía experimentos con drogas en ambientes claustrofóbicos, y que en un hospital cardíaco de Munich se hacía pruebas «a corazón abierto». Todo esto lo narra en su libro Cabeza de turco, en el que cuenta que decidió abandonar los ensayos cuando le ofrecieron tomar un medicamento que podía hacerle crecer senos de mujer.

Pero Wallraff era –como yo– un impostor: un periodista que se disfraza de alguien que no es para descubrir una realidad que tampoco es la suya. Éste no es el caso de los conejillos de Indias que he conocido: latinoamericanos, europeos del Este y africanos que sí necesitan de este trabajo para mejorar sus vidas. Como un africano que después de probar un medicamento para la esquizofrenia en la clínica Karolinska de Estocolmo fue de inmediato a pedir el permiso de residencia en Suecia. Primero se lo negaron, pero él sabía que en ese país existe una ley que otorga la residencia legal a todo aquel que realice un «aporte a la sociedad». Como él había arriesgado su salud por la ciencia, las autoridades suecas no tuvieron más remedio que concedérsela. 

* * *

Ahora estoy a punto de acabar la primera prueba del ensayo. Son casi las dos de la tarde y estoy en la sala de reposo del hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Un ensayo clínico, como cualquier experimento, puede resultar un éxito o fallar, y en mi caso todo parece ir bien hasta ahora. De lo contrario no me habrían dejado solo, o al menos eso creo. A lo mucho tengo un hambre terrible y dolor de cabeza, que quizá sea por no comer. O tal vez se deba a los efectos del Tramadol: tomar un medicamento cuando estás sano –aunque sea un calmante del dolor– te enferma. Como me explicaría días después el doctor Magí Ferrer, un farmacólogo miembro de un comité de ética de investigaciones médicas en España, quienes hacen estas pruebas miden los riesgos en función de las probabilidades «naturales» que tiene una persona de sufrir un accidente en su vida diaria. Es decir: si un joven tiene equis riesgo de quedar lesionado, por ejemplo, en un choque de moto, y el ensayo clínico está por encima de ese riesgo equis, no debería hacerse.

–Se llama riesgo vital –dirá el doctor Ferrer–. ¿Qué probabilidad tiene un joven sano de que le pase algo en su vida diaria? ¿Una de cada cien mil? Si el riesgo del ensayo es superior a esa probabilidad, no se hace.

Pero luego de pensar un rato admitió:

–Los accidentes suceden por hacer las cosas muy rápido. Y a veces la industria nos exige terminar un ensayo de fase uno [cuando el medicamento todavía no está en el mercado] en apenas cuatro semanas. Muy poco tiempo.

¿Por qué se hacen con tanta rapidez? Mejor dicho: ¿Por qué se permite que se hagan así? Esto no lo dice el doctor Ferrer, pero sí los datos de un estudio encargado por la agencia de noticias económicas Bloomberg: sólo en Estados Unidos, tres de cada cuatro ensayos son supervisados por las mismas farmacéuticas que encargan los ensayos. Es más, se sabe que para las elecciones al Congreso del 2002, los candidatos del Partido Republicano recibieron de esa industria unos treinta millones dólares para financiar su campaña. El resultado es que cada año, según Nature Biotechnology, enferman unos doce millones de estadounidenses debido a los efectos secundarios de ciertas medicinas. De ese total, unos dos mil simplemente mueren.

Ahora ya son las dos de la tarde en punto: llevo veintiocho horas sin comer y, aparte de una jaqueca que me mata, estoy de mal humor. He vendido mi cuerpo, pero con el hambre no se juega. Llamo a la enfermera y protesto.

–Por la noche comerás bien –dice.

Me ha traído una bandeja demasiado grande para dos tostadas, dos rodajas de jamón inglés y dos de queso, más un vaso de plástico con agua de grifo.

Trato de levantarme para comer mejor, pero descubro que aún llevo puestos los cables del encefalograma. Devoro toda la comida en menos de un minuto y me quedo sentado en mi sitio, de seguro con cara de fastidio.

–¿Qué sientes? –me pregunta ella.

–Dolor de cabeza, mal humor.

–Normal –dice–. Descansa. En veinte minutos te llamaremos para una nueva extracción de sangre.

Ésta fue la primera prueba. A lo largo de ese mes haría dos más. Idénticas.