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Bella y sin quirófano

Publicado: 11 marzo 2013 en Liza López
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Una chica de rasgos asiáticos se asoma a la sala de espera y pregunta: ¿Aquí es el casting? Sí, aquí mismo es. ¿Trajiste traje de baño? Pasa, anota tus datos, puedes cambiarte en el cuarto que está al fondo.

A los dos minutos aparece de nuevo ella, la candidata número uno, en tacones y con un bikini que deja claro que su cuerpo de veinte años no ha sido moldeado por cirugía plástica alguna. Mide más de un metro setenta, sus senos son discretos, su piel, canela clara; los ojos seguramente son herencia de un abuelo filipino, y tiene una actitud de mujer que no necesita accesorios para que le lancen piropos.

Párate en el centro, le indica Gloria Chacón, la directora de este casting.

En la habitación sólo estamos Kelly Martínez (la chica uno), Gloria, el camarógrafo, un televisor donde se proyecta la imagen de la modelo, una mesa, una silla y yo.

Ok, así es –dirige Gloria–. Vamos. Sonriendo a cámara. Muestra tus perfiles. Ajá, derecha, de frente, izquierda. Mira a la cámara. Expresión de alegría. Vamos, espontánea, fresca. Chica sexy, divina. Así es, sin exagerar. Pícara, ajá, da unas vueltas. Ahora te vas a poner de espaldas con tus manos hacia atrás. Piernas junticas. Levanta los brazos (el camarógrafo ahora hace un paneo del cuerpo de arriba abajo). Voltea, ajá. Sonríe. Muuuyyyy bien. Estamos listos.

—Tengo familia asiática, de Tailandia: mi bisabuelo –precisa Kelly Martínez–. Mi madre es colombiana; mi padre, de Barinas. Hago modelaje desde hace tres años y no me ha ido mal con mis características físicas. Este medio es my artificial, todo es fabricado, se exige un patrón de cuerpo perfecto. La publicidad hace que uno quiera cambiar. Tengo muchas amigas que se han operado. Yo me quiero dedicar a desfiles de alta costura, y muchos fotógrafos y diseñadores me dicen que me quede así.

La aspirante número dos espera afuera mientras Kelly se cambia. No hace falta verla en traje de baño para constatar que tiene los senos operados. Son demasiado rígidos, redondos, como trazados con compás: dos globos perfectos de cuatrocientos o quinientos centímetros cúbicos cada uno. En bikini, luce tan despampanante como las chicas que posan junto a la cerveza en las vallas de la autopista.

Vamos, sonriendo a cámara –le indica Gloria–. Ajá, de espaldas, levanta los brazos. Una vuelta. Otra vuelta, más espontánea. Okey, listo.

La modelo no lo sabe, pero la meta real de este casting es calibrar la posible existencia, en un mundo que se nutre de la belleza y de la imagen, de mujeres a las que nunca les hayan practicado cirugía estética. Antes de conocer el desenlace de esta historia, pensaba que iba a ser dificilísimo que aparecieran, en respuesta a la convocatoria para posar en la portada de una revista, modelos “naturales” y al mismo tiempo esculturales, con cuerpos puntaje diez sobre diez. Especulé: seguro aparecen sólo chicas operadas, pues hoy en día en Venezuela (en Caracas, sobre todo) una hermosa sin cirugías es la excepción de la regla.

Gloria Chacón, que es veterana en el negocio, con más de treinta años dirigiendo castings, accedió a apoyarnos en este experimento para determinar cuántas atenderían a un llamado así. Dos días antes, envió la convocatoria a cuanta agencia de talentos y modelos conoce: Se buscan modelos de dieciocho a veinticinco años, frescas, espontáneas, con buen cuerpo, para portada de revista y reportaje desplegado.

***

Frente al estudio donde se desarrolla el casting funciona una oficina de la que entran y salen mujeres de todas las edades cada cinco minutos. Me explican que se trata de un consultorio de medicina estética y que casi siempre desfilan por allí más mujeres que las que acuden a un llamado para un comercial de bebida gaseosa famosa. Suelen salir con labios exagerados, con los pómulos o la frente estirados, con copa treinta y seis B, glúteos nuevos, abdomen reducido. Las filas son tan largas que bajan hasta el primer piso y llegan a la avenida Francisco de Miranda, dice el asistente de Gloria, William Almeida.

Una joven con altura de modelo toca el timbre del consultorio y entreabre la puerta. No, el casting de Marcapasos es ahí al frente, le dicen. Se le escucha decir gracias mientras camina hacia acá. Se anota en la lista. Su nombre es Isis Malpica, de la agencia Bookings, la misma que representa a Kelly Martínez. Ya lleva puesto el bikini bajo la ropa, así que se desviste sin pudor en la sala de espera. Guarda sus zapatos de goma y se calza unos tacones de aguja. Bromea con David Maris, el fotógrafo que ilustra esta crónica, mientras aguarda su turno.

Okey. Disfruta con la cámara. Así, divertida, fresca. Saca el pompis y pon las piernas juntas. Una vuelta y termina en una pose. Excelente.

El lente captura bien su nariz aguileña, la cabellera de Rapunzel, su altura espigada y los movimientos de surfista.

—Crecí en Margarita –dice Isis Malpica–. Siempre he hecho surf. Yo sé que aquí en Venezuela vende más una prótesis que una chica natural, pero no me importa. Estoy en contra de eso, ni siquiera me he pintado el cabello. Es difícil la competencia, lo sé, pero si se quiere ser modelo internacional es mejor no operarse. Empecé a modelar hace cinco años (tiene veinte) y me va muy bien así. Combino la carrera con mis estudios de Derecho en la universidad. ¿Qué pasará cuando la moda de las lolas operadas pase? Llegará el momento en que se cotizarán más las mujeres naturales, ¿no crees?

Ya son las cuatro de la tarde y sólo han venido seis aspirantes. Mañana vendrán más, ya verás, jura Gloria Chacón. Dice que se acaba de enterar de que hicieron hoy otro casting donde el cliente paga diez mil bolívares fuertes a la que quede seleccionada. Mañana nos irá mejor, promete.

El consultorio de enfrente sigue concurrido. Ninguna de las clientas se asoma ni por error a este estudio. Hoy es un día atípico para Gloria, por la poca concurrencia. En otros castings convocados aquí para anuncios de cerveza o de refrescos, han acudido en masa jóvenes “explotadas” (a veces cien por día), como les dicen a las que tienen prótesis muy voluptuosas y caderas de barloventeña.

—La imagen de la belleza venezolana se ha vuelto muy artificial –comenta la veterana directora–. La mayoría de las mujeres tienen el mismo perfil, se ven todas iguales, es un mismo patrón de belleza. Recuerdo que en los años ochenta el canon era la mujer natural, la chica Belmont. Ahora vivimos la moda de las prótesis. Pareciera que la venezolana ha perdido naturalidad y la confianza en sí misma. Pero siento que el estereotipo de la miss está cansando a las agencias y a los clientes. Hemos hecho casting para diseñadores de modas y ha sido casi imposible conseguir modelos con cuerpos sin cirugías, como suelen buscarse en los desfiles internacionales. Pienso que ya se está viendo una tendencia en la moda, y más lento en la publicidad, de buscar mujeres naturales. Porque eso es lo exótico ahora.

***

La chica número siete tiene una figura de Barbie de un metro setenta y pico. Desde hace un rato está sentada, revisando sus mensajitos de texto. El asistente de Gloria Chacón la reconoce enseguida. ¿Te llamas Andreína Vilacha, cierto? Estuviste en el Miss Venezuela 2006, te recuerdo clarito.

Ella asiente y sonríe.

—Aprendí muchas cosas en ese concurso –cuenta–. Maquillaje, pasarela. Ellos buscan mujeres muy recargadas, que se maquillen mucho, que tengan un cuerpo estilizado. Es pura fantasía. Un año antes de concursar me operé los senos. No tenía nada y era muy coqueta, quería verme mejor con las camisas y trabajé como loca para pagar la operación. En el Miss Venezuela no exigen que te operes, sólo aconsejan cirugía si quieres figurar más.

Gloria le dice que pase y se muestre en bikini. Comienza todo una vez más:

Bien. Colócate en el centro. Ya sabes cómo es. Tus perfiles, mirando a cámara. Eso es. Ahora las expresiones: fresca, natural, divertida, sensual. Una vuelta, ajá. Listo.

Mientras Andreína Vilacha vuelve a vestirse, recuerdo una cifra que leí hace poco: en este país, de las sesenta mil cirugías plásticas que se practican al año en promedio desde 2006, casi cuarenta mil son implantes mamarios. La Sociedad Venezolana de Cirugía Plástica, Reconstructiva, Estética y Maxilofacial hace estos cálculos de acuerdo con la información suministrada por sus casi cuatrocientos cirujanos afiliados. Pero si se sumaran las intervenciones hechas por cosmetólogos, enfermeros o esteticistas que se atreven a colocar implantes o aun a modelar una nariz, esa cifra se dispararía hasta la estratósfera.

El presidente de esa sociedad, Antonio del Reguero, está alarmado por la proliferación de “intrusos” en el campo de la cirugía estética, debido a la cantidad de riesgos y posibles complicaciones que implica el ser operado por alguien sin la experticia adecuada.

La ex concursante de Miss Venezuela sale del estudio comentando que ella no está de acuerdo con las quinceañeras que piden unas lolas de regalo. Tampoco aprueba que algunas mujeres con senos naturales, de copa treinta y dos o treinta y cuatro, se operen para que su busto adopte forma de prótesis, sólo porque esa forma está de moda. Eso es absurdo, no es correcto forzar las cosas hasta los extremos, critica.

El cirujano Del Reguero aporta un dato interesante: la cirugía mamaria es un fenómeno que en los últimos dos años ha explotado hacia niveles nunca vistos. De hecho, hace tres o cinco, la liposucción era la operación con mayor demanda. Hay mujeres que insisten –dice– en que se les coloquen prótesis de un tamaño nada acorde con su fisonomía, y hay que explicarles que el cuerpo humano tiene límites, que una silicona de más de cuatrocientos centímetros cúbicos puede causar deformidad en la columna, por decir lo menos. Otras mujeres, comenta, exigen implantes cuando sólo podrían requerir una suspensión mamaria; y cuando el médico se niega a intervenir, entonces acuden a los locales que ofertan mejoras estéticas.

Gloria Chacón ve que el reloj marca las cinco y media de la tarde y apaga la cámara. Propone cerrar el casting por hoy, augura que el segundo día será más exitoso. El esteticista del consultorio de enfrente también se desocupó, pero prefiere no emitir comentarios sobre su trabajo. Evade la conversación con excusas varias y se despide, nervioso.

***

El segundo día de casting amanece más concurrido, como había predicho su directora. La sala de espera se llena ahora de muchachas que responden a los cánones de la belleza mestiza venezolana, esa que crece silvestre y sin intervención de cirujano.

Todas las mujeres aquí sueñan con ser como una miss Venezuela, comenta una de las chicas en voz alta. Sí, pero todas están operadas, le responde otra (y yo rápidamente pienso en otro dato leído: en el certamen de 2005, veintisiete de las veintiocho concursantes se colocaron prótesis mamarias). La conversación sigue su curso: …y en las pasarelas de Europa buscan chicas naturales, sin tanta protuberancia, añade la que hablaba. Yo no me voy a operar sólo por estar en ese concurso o para hacer comerciales, asegura una que está por pasar al casting. Fíjate, yo siento que di un paso para verme mejor físicamente cuando me operé las lolas –replica otra–, la cirugía es buena si se utiliza para un beneficio.

El culto a la hermosura siempre ha existido. No sólo en Venezuela, país famoso porque ha logrado coronar a cinco Miss Universo[i]. Cada cultura ha establecido su propia definición de la belleza, que, según varios autores, es lo que resulta agradable a los sentidos y causa placer. Y lo que se cataloga como bello aquí, no necesariamente lo es en otro continente.

Entre las primeras referencias importantes de ese culto en una mujer, resalta el nombre de Friné, la musa de Praxíteles. En la antigua Grecia, hacia los años trescientos cuarenta antes de Cristo, posó ella numerosas veces para sus esculturas de Afrodita, la diosa del amor y la belleza en la mitología griega. Pero ese patrón cambia en cada época, y las evidencias han quedado bien plasmadas en el arte desde los tiempos de las pinturas rupestres hasta ahora.

El filósofo italiano Umberto Eco ha analizado estas distintas visiones. En su libro Historia de la belleza dice que en la actualidad resulta difícil identificar un ideal específico de lo hermoso, debido a que en esta era predomina “la orgía de la tolerancia, al sincretismo total, al absoluto e imparable politeísmo de la belleza”. El autor plantea que nos instalamos en una esquizofrenia, porque lo que estaba de moda ayer, no lo está hoy. “Corriendo a toda prisa tras las efímeras bellezas impuestas por las modas, somos más esclavos que en el Renacimiento, cuando la gente sólo se fijaba en la cara”.

Lo corrobora en cierta forma Gloria Chacón, a las puertas de este estudio, cuando asoma de repente y llama con prisa a la siguiente candidata, la número diecisiete. Sí, ya anoté sus datos, todas están en la lista, asegura su asistente.

A través de la pared se escucha: Mirando a cámara, tus perfiles, de frente, izquierda, derecha, muy bien, listo.

En la variedad está el gusto, reza el dicho. Al hacer un paneo de las chicas en esta sala de espera, pienso en lo diversos que somos, en cómo nos marca nuestro entorno, en cómo una cultura –y los medios de comunicación y la publicidad– moldea nuestras preferencias estéticas. En algunos pueblos del norte de Indochina, entre Birmania y Tailandia, por ejemplo, la belleza se mide por el número de aros que la mujer tiene alrededor del cuello (las llaman mujeres-jirafa). Hay tribus africanas donde los senos flácidos y caídos hasta la cintura son símbolo de belleza femenina. En la India, el uso de tatuajes representa la hermosura en una mujer, y en China honran los pies pequeños y atrofiados.

En cuanto a Venezuela, el parámetro de las misses ya no está tan en boga, por la cantidad de críticas que ha recibido el certamen: como dice el cirujano plástico Jaime Chacón, la calle está generando su propio patrón de belleza. Quizá sea un combate aún no decidido, pues la publicidad sigue vendiendo senos grandes y rígidos (es decir, siliconas de copa treinta y seis), glúteos prominentes, rasgos perfectamente simétricos y cintura pequeña, ahora sólo con labios gruesos y cabello largo y liso. Pero muy pocas buscan ya parecerse al prototipo de la miss Venezuela, asegura el médico.

En los años sesenta y setenta, refiere, sí era ese un modelo valedero, porque eran misses naturales (la primera concursante que se sometió a cirugía plástica fue Maritza Pineda, en 1975). La “fábrica de mujeres”, como llama él al certamen de belleza, impuso años después un canon: extremadamente delgada, por lo que las mamas operadas sobresalen mucho y se ven muy artificiales.

“La mujer venezolana es hiperatractiva, ha manipulado la belleza”, explica el cirujano. “Algunas llegan a consulta y exigen: Doctor, las quiero de quinientos o seiscientos centímetros cúbicos y que salgan desde aquí (desde el esternón). Les muestro fotos de modelos hermosas con senos naturales de distintos tamaños y me dicen: ¡Ay, no, doctor!, no quiero tetas así de caídas. No entienden que esa forma del seno no existe en la naturaleza. La anatomía del cuerpo femenino no es así (un redondo impecable), sino así (un seno con forma de copa de Martini). El arte –continúa Chacón–, ha representado a la mujer con mamas perfectas, pero son venus inalcanzables, idílicas. Las mujeres reales son distintas. Aquí quieren parecerse a una moda, están buscando una belleza que es ficticia y no tienen conciencia de que una cirugía mamaria es para toda la vida. Yo me niego a operar a pacientes cuando piden algo antinatura. Creo en algo que llamo la cirugía verde, y somos varios los cirujanos convencidos de que debemos promover operaciones que mantengan el equilibrio y la armonía del cuerpo humano. Una intervención con resultados lo más naturales posibles”.

Diversos estudios coinciden en esta cifra: más del ochenta por ciento de las mujeres occidentales se sienten insatisfechas con su cuerpo. Chacón y sus colegas calculan que el uno por ciento de las mujeres venezolanas portan prótesis mamarias (ciento veinte mil mujeres, aproximadamente). Otras miles –no hay estadísticas precisas todavía– se han operado la nariz, el mentón, los párpados, los glúteos, se han hecho el lifting, la liposucción. Venezuela figura, junto a Brasil y Estados Unidos, entre los países donde hay más mujeres dispuestas a hacerse cirugía plástica.

***

Faltan dos horas para que termine este segundo y último día de casting. El consultorio de enfrente está igual que ayer, repleto de gente. Acaba de llegar una mujer altísima, blanca como la sal, cabello castaño claro, ojos rubios y un cuerpo como los que se ven en las calles lujosas de Amsterdam. Pero Kristina de Munter no es holandesa sino de ascendencia alemana. Cuenta que modela desde los catorce años (lo que quiere decir que lleva seis años en esto) y que en varios castings le han sugerido que se ponga prótesis.

—Me siento rara porque soy de las pocas modelos que quedan sin operarse –dice con acento caraqueño–. Yo no quiero hacerlo, me siento cómoda como soy.

Ella todavía no se ha enterado de que esta misma semana comenzó la convocatoria para un concurso de modelaje (Ford Supermodel Venezuela) que exige como primer requisito aspirantes sin cirugías plásticas. El desfile será en octubre y el evento pretende promover así la belleza natural y saludable. La organización no gubernamental Senosayuda, que figura entre los patrocinantes, quiere aprovechar la ocasión para difundir un mensaje: antes de ponerte prótesis, hazte un examen para despistaje de cáncer de mamas.

Algunas agencias de modelos también están promoviendo el estilo de belleza natural. Ese es el sello internacional, argumenta Maylen Henríquez, de la agencia Bookings. “Buscamos exportar chicas con tipologías variadas. Les decimos que no se operen, que no se saquen las cejas, que no se pinten el pelo, porque así van a triunfar afuera. Pienso que el patrón está cambiando poco a poco, de lo artificial a lo natural. Estamos viendo que las jóvenes de catorce años que llegan a la agencia dicen ahora que no quieren operarse. Eso no pasaba hace tres años”.

La agencia King Model aplica una estrategia similar. Su gerente, Israel Barriga, piensa que el mercado de aquí está siguiendo la pauta internacional, que favorece la imagen de la mujer saludable, natural. La moda de la mujer exuberante, explotada, ya no está pagando tanto, dice.

Quedan unas pocas muchachas en la sala de espera. ¿Quién es esa morena allí sentada? ¿Viene al casting?

Sí. Su nombre es Miladys Tarrá, tiene diecinueve años y viene de King Model. Por favor, ponte el traje de baño. Gloria Chacón la hace pasar:

Coloca el número bajo la barbilla, para que se vea el veintidós. Dame una gran sonrisa, mucha frescura, ajá. Mirada pícara, coqueta. Una vuelta con naturalidad. Otra. Así es. Ahora voltéate. Última vuelta. Perfecto.

—Sí, lo juro, estos senos son míos. ¿No parecen? Debe ser la forma del sostén, –jura Mileidys Tarra–. Mis glúteos también son míos. El año pasado, los concursos de modelos exigían que una se operara y en algún momento lo consideré. La competencia es demasiado fuerte, porque te recalcan que si no estás operada o súper maquillada no eres nadie. Este año he participado en varios concursos y están buscando chicas sin prótesis. Mis medidas están fuera del prototipo de las misses (ochenta y cinco, sesenta y dos, noventa y dos) y, aun así, las cosas se me están dando bien. De manera que seguiré siendo natural.

***

Llega el momento de la selección de la chica que saldrá en esta portada. David Maris, el fotógrafo, propone escoger no a una, sino a tres que no estén operadas, pues así podremos mostrar la diversidad de la belleza natural venezolana. La mujer mestiza.

La idea es genial, así que retrocedemos la cinta y el jurado (conformado por Gloria Chacón, David Maris, la directora de arte de esta revista, Victoria Araujo, y la asesora de imagen y mercadeo, Kiki Pertíñez) procede con su criterios implacables, lapidarios. Una conclusión interesante de este casting es que la mayoría de las que atendieron el llamado no tienen cirugías plásticas. De las veintidós modelos enviadas por las agencias Bookings, King Models, L’Altro Uomo, Niñitos y Top Talent, sólo cinco tenían prótesis mamarias o la nariz intervenida.

Delibera, pues, el jurado: No, esta está muy flaca. Le hacen falta unos kilitos, vamos a recomendarle un médico. Esta tampoco, está operada. Kelly me gusta, representa bien el mestizaje, anótala. Yo voto por Isis: tiene algo increíble, es una chama con mucha naturalidad, puede ser una de las de portada. Lo único es su nariz, pero como dice el diseñador de moda Roberto Cavalli, la belleza de la mujer está en sus imperfecciones. Esta tiene cara de niña, es la propia imagen de la criollita. Ella tiene todo operado, más plástica no puede ser. Esta, nada que ver: es linda, pero me aburre. La alemana es bellísima, mejor que un éxito bailable. Mira esta negra, es espectacular. ¿Cómo es que se llama, Mileidys? Parecen lolas operadas, están paraditas, son perfectas. Hay que confirmar bien con ella si son naturales. Si no, no puede ir en portada. Anótala también.

Y quedan así ellas, las tres. Las tres bellezas naturales y perfectas y venezolanas: Kelly Martínez, Isis Malpica y Mileidys Tarra. Las que anuncian, según todos esperamos, el desbarrancamiento pronto y justo y necesario de las siliconas.

Doña Elena está sentada en el asiento de atrás de la camioneta que siempre la lleva a donde vaya. Al principio, cuando su hijo tenía poco tiempo en la presidencia y su esposo se estrenaba como gobernador del estado llanero de Barinas, discutía con los choferes y guardaespaldas porque prefería ir de copiloto. Pasado el tiempo, con asesoría de protocolo, aprendió a comportarse como una reina, como la dama de la ‘familia real de Barinas’, como han bautizado allí a los Chávez. Como toda una doña Elena Frías de Chávez.

Con ese temple, mira por la ventanilla de vidrios polarizados y se percata de que la camioneta frena al acercarse a un peaje. Se dirige a un evento fuera de Barinas como presidenta de la Fundación del Niño regional. El conductor baja su ventanilla. “Son 200 bolívares”. Desde adentro le explican al empleado que se trata de un auto oficial, que transportan a la primera dama de Barinas, a la madre del presidente Hugo Chávez. El empleado responde: “Perfecto, pero son 200 bolívares el peaje”. Otro acompañante le repite, alzando la voz pero con tacto, que están eximidos del pago porque es un auto oficial.

Doña Elena, al ver que el empleado se niega, decide bajarse. Esta vez la voz que se alza es fuerte y categórica. “¿Acaso usted no sabe quién soy yo? Yo soy la madre de Hugo Rafael Chávez Frías y la esposa del gobernador de Barinas, el Maestro Hugo de los Reyes Chávez”. Da la espalda y regresa a su asiento. La barrera sube para dejar el paso libre a la dama y a sus protectores.

La señora que protagonizó este episodio es la misma que he visto en muchas fotos inaugurando obras y acompañando a su hijo, el Presidente, en actos oficiales. Quien me relató la escena del peaje estuvo muy cerca de ella ese día, y por supuesto, prefiere que omita su nombre. Yo también necesito esa cercanía para retratar a doña Elena. Debo confirmar si todas las anécdotas sobre su vehemencia son ciertas. Si es, como dicen, franca, expresiva, simpática, estricta, impulsiva. Quiero acompañarla a alguna actividad de la Fundación del Niño, a tomar café en su residencia, estar con ella un domingo, verla consentir a alguno de sus veinte y tantos nietos o bisnietos, escucharle historias de cuando vivían en Sabaneta, pueblo pequeño a 40 minutos de Barinas, o de cuando se mudaron a la sureña calle Carabobo de esa ciudad y Hugo Rafael era un adolescente que jugaba béisbol todos los días.

Aspiro sentarme con esta señora de 73 años y ver sus expresiones al rememorar sus tiempos de maestra, que me cuente lo difícil que debe haber sido entregarle sus dos hijos mayores, Adán y Hugo Rafael, a su suegra Rosa Inés para que los criara por no tener cómo mantener a seis hijos en la misma casa. Deseo saber cómo manejó esos dos años en los que ella y su hijo el presidente dejaron de hablarse y cómo es hoy su relación, cuántas veces por semana se llaman, qué le regala él en su cumpleaños y en el Día de la Madre, por qué ha sido tan dura y arisca con las esposas y mujeres de su hijo Hugo Rafael.

Me inquieta su reacción cuando le comente que los barinenses se sienten decepcionados porque ya no baja la ventanilla para saludarlos, o cuando le diga que les sienta mal verla tan ostentosa, con joyas y lentes de diseñadores famosos, pues extrañan a la señora humilde que se parecía más a ellos. Que me diga si no le parece exagerado andar siempre escoltada. Mi intención es contrastar las críticas, darle oportunidad para responderles a los que la acusan a ella y a su familia de enriquecimiento ilícito, de gozar de privilegios excesivos, de ser nuevos ricos en un sistema que su hijo proclama como socialista.

No quiero quedarme sin escuchar cuál es su visión del poder, sin saber cómo asume el hecho de ser una de las madres más queridas y más odiadas de América Latina, y del mundo. Así que tomo un avión hacia Barinas.

***

En el pasillo de la Oficina Regional de Información de Barinas hay un televisor con el volumen demasiado alto. La secretaria de la dirección de prensa se asoma para decirme que la jefa de información no está. Sí, le avisará que ya llegué y que por favor espere afuera. Estoy en el tercer piso de un edificio que enfrenta la sede de la Gobernación. El pasillo es estrecho y me siento en una de las tres sillas que dan al televisor. Me ofrecen café para calmar el frío que despide el aire acondicionado.

En Barinas, capital del estado del mismo nombre, los espacios cerrados congelan la piel. La energía barata en Venezuela permite el privilegio de contrastar los sofocantes 35 grados centígrados que deshidratan afuera con un clima de invierno como el de este pasillo. “La doctora llamó (la jefa de prensa, además de comunicadora social, es abogada). Dice que vaya ahora mismo a la emisora donde está transmitiendo el ingeniero Argenis (Chávez)”.

Los 35 grados de sol encandilan mi salida. Noto un despliegue bárbaro de guardias y policías frente a la Gobernación. ¿Será que vendrá la primera dama o su esposo justo cuando me estoy yendo? Cierran el paso por esta calle y pasan velozmente dos camionetas negras rodeadas de una custodia intimidante. Una pancarta gigantesca con un retrato de don Hugo de los Reyes Chávez da la bienvenida al edificio donde se toman las decisiones de lo que sucede en esta región llanera.

En la vía hacia la emisora hay pancartas como esa, pero con el gobernador junto a su hijo el presidente, o con el presidente y su hermano Argenis, a quien apodan el “Colin Powell de Barinas”, por ser Secretario de Estado de Barinas, un cargo creado por su padre exclusivamente para él en 2004. “Mucha gente está cansada de tanta pantalla —comenta el taxista—. A los Chávez no los quieren como antes y a doña Elena ya ni se le ve. Ahora anda en camionetotas, con muchas joyas y cirugías plásticas, con caravanas y guardaespaldas. ¿Y al pueblo quién lo protege de la delincuencia? Yo sigo queriendo al presidente, pero no a la familia. La riqueza que tienen ha sido un secreto a voces. Lo que pasa es que el dinero vuelve avara a la gente”.

Es cierto que muchos taxistas hablan de más, pero no es casual que todos los taxistas de Barinas que me llevaron a algún sitio repitan comentarios casi idénticos. Ni que las quejas las repita el panadero, el vendedor de dulces de la plaza de Sabaneta, la estudiante de Ingeniería Industrial, el dueño de una finca o el constructor. “La gente está muy decepcionada. La familia Chávez ocupa cargos importantes y parece no importarles nuestros problemas. Y eso que ésta es la cuna de la revolución”, dicen.

La emisora en la que conduce el programa Argenis Chávez los jueves al mediodía se llama Emoción. Funciona en un apartamento vacío, en el cuarto piso de un edificio situado en la muy transitada avenida 23 de Enero. La jefa de prensa aparece después de varios minutos, atareada, con dos celulares en mano. Es rubia, esbelta y siempre sonríe, incluso cuando dice que no se puede hacer ésto o aquello. Resulta que también coordina las actividades del Partido Socialista Unido de Venezuela en Barinas, la tolda que promueve el presidente para unificar al chavismo. Por eso siempre está tan ocupada. “Ya le avisé a Argenis. Saldrá cuando termine la transmisión”.

Falta más de una hora para que culmine el programa. Varias personas llaman para decir al aire que les reparen una calle o para pedir cupo en un centro de salud. Argenis Chávez les responde que atenderán sus demandas. Él representa a la Gobernación en la mayor parte de las funciones públicas, pues su padre no está bien de salud y casi no acude al despacho. Se dice que él era el favorito de doña Elena para suceder al gobernador, pero el presidente decidió enviar al hermano mayor que lo inició en la militancia de izquierda, Adán Chávez, hasta hace poco ministro de Educación, como candidato a la Gobernación para las elecciones regionales de noviembre.

Terminó la transmisión y quedaron llamadas pendientes. “Voy de salida. No la voy a poder atender ahora. Hable con mi asistente para pedir una cita conmigo o con mi madre”.

***

Cuando entro a las extensas instalaciones de la Fundación del Niño de Barinas, pienso en una foto de doña Elena tomada hace un par de años en Barinas. Aparece sosteniendo a su perro, Caqui, y luce sonriente, maquillada, encopetada, con lentes de Dolce & Gabbana, zarcillos y collar de perlas, brazalete y reloj de brillantes. No aparenta tener más de 70 años. “Lo siento, doña Elena no está. No ha venido en toda la semana. Y dudo que venga hoy o mañana”. Es jueves en la tarde y el ambiente es tranquilo en la institución que dirige la madre del presidente. El sol hierve sobre el asfalto del estacionamiento que da a la edificación de una sola planta. Una persona cercana a la familia me dijo que este terreno era de la doña y que ella se lo vendió a la Gobernación para que construyeran allí las oficinas de la fundación.

Me mandan a contactar a su jefa de prensa, Teresita, para que pida una cita. No, pero si con Teresita he hablado hasta el cansancio, le he enviado cantidad de faxes y correos electrónicos. Recuerdo clarísimo la última vez que conversamos por teléfono. Yo todavía estaba en Caracas. “Doña Elena no puede darle la audiencia. Ella dice que sólo la recibirá si el ‘Maestro’ (su esposo, el gobernador) la autoriza. Debe enviar otra solicitud a la Gobernación”. Basta de solicitudes, pensé ese día. Es mejor irse hasta Barinas, la región suroccidental de los llanos venezolanos donde habitan poco más de 700.000 personas y donde nació la familia artífice de esta revolución. La apuesta es llegar a ella por medio de alguno de sus hijos.

Sé bien que en Venezuela el acceso a las fuentes oficiales para medios nacionales no afines al gobierno está prácticamente prohibido desde hace mucho tiempo. Si se trabaja en un medio internacional, quizás se consigan puertas entreabiertas. Al menos con esa apertura se manejaban las “audiencias” en Barinas hasta hace poco. Pienso en otra imagen de doña Elena publicada en Hugo Chávez sin úniforme, una biografía de Hugo Chávez escrita por los periodistas Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka. Es una foto de 1992, la primera vez que ella visitó a su hijo en la cárcel luego de la intentona de golpe que lideró Chávez en febrero de ese año. Está vestida con bata de flores, sin maquillaje ni zarcillos ni pulseras, con el cabello recogido. Ese retrato también me recuerda una conversación que tuve con un vecino de la familia que estudió bachillerato con Argenis Chávez y que hoy es un ex diputado opositor.

Antonio Bastidas, presidente en Barinas del partido Un Nuevo Tiempo, conoció a los Chávez desde que se mudaron a mediados de los años 60 a la urbanización Rodríguez Domínguez de Barinas. “Jugábamos en la plazoleta trompo, metras, pelotita de goma y chapitas. Apostábamos refrescos. Pero a Hugo lo que le apasionaba era jugar béisbol”. Bastidas se la pasaba en casa de los Chávez jugando cartas. La recuerda como una vivienda modesta, de aquellas que adjudicó el Banco Obrero cuando don Hugo de los Reyes Chávez y su esposa trabajaban como docentes. “Ella nos traía café al patio. Es una mujer de carácter fuerte; daba la impresión de querer controlar a sus hijos. Por eso prefería que los amigos fuéramos a su casa de visita y no al revés”.

Esa casa todavía existe, cerrada e inhabitada. Está situada frente a una plaza y una cancha deportiva que reacondicionó la Gobernación, en la avenida Carabobo. La pintura sepia de la fachada y el esmalte beige de las rejas todavía no sufren el impacto del abandono. Las personas no voltean ya para ver si alguien se asoma. En una esquina de la plazoleta se estaciona todos los días un vendedor de sandías y una jovencita que vende minutos telefónicos. “Los Chávez tienen mucho tiempo sin venir por aquí”, comentan.

Diagonal a la casa vive Mercedes Navarro. Ella es famosa porque prepara el dulce de lechoza (papaya) que nombra el mandatario venezolano cada vez que encuentra la ocasión. Esa receta compite con la de la abuela Rosa Inés, madre del maestro Hugo de los Reyes, y con quien se criaron el presidente y su hermano Adán, una referencia afectiva constante de Hugo Chávez cuando recuerda su infancia en Barinas. La anécdota de que él, cuando era niño, salía a vender esos dulces para ayudar a su humilde familia es un cuento repetido.

Desde que la abuela falleció hace 25 años, el postre de Mercedes Navarro pasó a deleitar a los Chávez. “Siempre fueron buenos vecinos”, recuerda la señora que viste un camisón similar al de doña Elena en la foto de 1992. “Ella daba clases en un instituto por aquí cerca. Era una familia unida, muy estudiosa. Venían a tomar café y a comer mis dulces. Se mudaron cuando ganaron la gobernación en 1999. El presidente, cada vez que puede, manda a pedir mi dulce de lechoza”.

Es cierto, confirma Mercedes, el duro carácter de su antigua vecina. “Imagínese —dice— criar a seis muchachos no es sencillo. Yo también tuve seis hijos, tres hembras y tres varones. A veces hay que imponerse”. Ella ha admitido que era muy estricta y que acostumbraba pegarle a sus hijos cuando era necesario. Tenía 18 años y 10 meses de casada cuando tuvo al primer varón, Adán. Después llegaron seis más: Hugo, Narciso, Argenis, Aníbal, Enzo, que falleció a los seis meses, y Adelis, el menor, el único que hoy trabaja en el sector privado y no en un puesto político, en un alto cargo en el banco comercial andino Sofitasa.

Ese rigor también predominaba cuando alguno de los hijos mostraba interés por una mujer. Su testimonio en el libro de Marcano y Barrera deja eso en claro: “En la casa nunca hubo mucha novia. Yo no les aceptaba a mis hijos novia. Si las tenían, las tenían fuera”. Igual norma aplica doña Elena en su hijo, el presidente, con el argumento de que ninguna de sus mujeres lo ha merecido. Ni siquiera las compañeras más estables que se le han conocido: Nancy Colmenares, su primera esposa, con quien tuvo tres hijos; Herma Marksman, su amante durante nueve años; y Marisabel Rodríguez, su segunda esposa, madre de su hija menor Rosinés. “Dios lo bendice, pero él ha tenido muy mala suerte con las mujeres. No ha habido mujer ideal para él”, subraya doña Elena en esa biografía.

Otro compañero del presidente en el liceo O’Leary de Barinas, el ex diputado opositor Rafael Simón Jiménez, recuerda cuando los hermanos mayores, Adán y Hugo, llegaron a Barinas a estudiar bachillerato. “Los cuartos de su casa no tenían puertas sino cortinas, como en muchas casas de pueblo. Doña Elena nos atendía bien, con simpatía. Ella siempre decía que Hugo sacó su carácter arrecho, férreo”.

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Sabaneta es un pueblo de pocas calles y de menos de 18.000 habitantes. Si no fuera porque la plaza Bolívar es su centro de reunión, sería difícil ver vida en este lugar. Fue aquí donde nació con ayuda de una comadrona Hugo Rafael Chávez Frías, el 28 de julio de 1954. Es aquí donde todavía se mantienen de pie las casas donde vivieron los Chávez: la de la abuela Rosa Inés y la de Elena Frías y Hugo de los Reyes Chávez.

El quinto hijo del matrimonio, Aníbal, es el alcalde de Sabaneta. La mayoría de los habitantes de este pueblo se sienten desilusionados porque pensaron que por ser la cuna de los Chávez, iban a ser los más beneficiados cuando llegaron al poder. Hasta estas calles vine para conocer dónde vivió la Elena que se mudó de su pueblo natal San Hipólito, a tres kilómetros de Sabaneta, cuando se casó con Hugo de los Reyes. En ese entonces él tenía 20 años, ella 17 y ya sabía bien cómo tostar café, cortar racimos de plátano, agarrar maíz y frijoles en los conucos barinenses. Elena soñaba con ser maestra pero no pudo estudiar para docente porque debía atender a los niños. Su esposo, en cambio, sí dio clases por 20 años en la única escuela del pueblo, la Julián Pino. De allí el que sea conocido como ‘Maestro’. Apenas Elena tuvo la oportunidad, comenzó a trabajar como docente en educación de adultos.

Han pasado más de 50 años y no hay ni un símbolo, bandera, escudo, afiche, placa o pancarta que indique que en esta casa vivieron los Chávez su primera década de matrimonio. A lado y lado funcionan un taller de radiadores y una tienda de lubricantes. Al frente, hay un terreno baldío con una camioneta vieja desvalijada. “No, mija, esa gente no se asoma por acá —responde el mecánico desde uno de los talleres—. Se le está cayendo el techo. No le han hecho cariño a esa casa ni a Sabaneta. Se les olvidó que nacieron acá”.

La vivienda tiene un gran árbol de mamón en la entrada. La puerta del estacionamiento está oxidada, igual que las rejas del frente, y la pintura blancuzca de la fachada se ve carcomida por la desidia. Me dijeron que ahora allí habitaban unos cubanos. Mientras pego dos gritos con la esperanza de que rebote un quién es, aparece en la calle un joven moreno en bicicleta. Se detiene junto a mí. “¿Buscaba a alguien?”, pregunta con acento de Fidel. Pues sí, la verdad es que sí. A alguien que me cuente sobre la madre de los Chávez.

“Es cierto, aquí vivimos varios cubanos. Somos cinco. No, no pagamos alquiler. ¿En qué trabajo? En el centro de salud, en rehabilitación. ¿Qué si he visto a doña Elena? Discúlpeme, pero debo irme ya”. El moreno desaparece después de que una chica le abre la puerta. Es viernes y el calor de las 11 de la mañana es recio. A esta hora, y no sé si a otras horas, casi nadie pasa por la calle 11 de Sabaneta. A dos cuadras está la casa de la abuela Rosa Inés. Fue transformada hace años en sede del partido chavista, Psuv. Allí hay un mural rojo sangre que invade las paredes con el rostro de Chávez pintado a mano. En esa esquina nadie quiere comentar nada acerca de la familia.

Dejo atrás la valla que da la bienvenida a Sabaneta con la frase en fondo rojo vivo escrita en mayúsculas “La Cuna de la Revolución”. A ambos lados de la estrecha carretera varias fincas se pierden de vista en el verdor llanero. Entre las tantas denuncias que existen contra los Chávez, están las acusaciones de haber adquirido fincas enormes por medio de testaferros, como la que acabamos de pasar, La Malagueña. Muchos barinenses asumen, nadie ha podido probarlo, que esa famosa hacienda de 800 hectáreas pertenece realmente a Argenis Chávez. Pero doña elena no vive allí. Su residencia oficial es la casona de gobernadores, mansión con aspecto de finca situada en una zona privilegiada y tranquila de la ciudad de Barinas. Hay varios autos estacionados en el andén que da al portón principal. Si no ha ido a trabajar a la Fundación del Niño en toda la semana, pues quizás se encuentre aquí, en su casa.

En este momento cierro los ojos y visualizo dos fotografías más de doña Elena. Una que publicó un diario londinense el año pasado, donde posa junto a un altar religioso que dispuso en su habitación, a pocos metros pasando este portón, según ella para rezar cuando teme por la vida de su hijo. En él, alternan una imagen de la virgen María, un holograma de Jesucristo y una imagen de José Gregorio Hernández, el médico milagroso que algunos venezolanos esperan sea beatificado. El otro retrato que me asalta, y aquí hago el ejercicio infantil de imaginar que tengo visión de rayos equis y puedo ver hasta el salón principal, es uno que apareció en una revista francesa hace dos años. Está doña Elena en primer plano, exquisita y maquillada, parada junto a una fotografía enmarcada que ocupa la mitad de la pared. Es un cuadro familiar donde aparece con su esposo y sus seis hijos de saco y corbata.

Me acerco y pregunto por Cléver Chávez, el nieto que, dicen, es el predilecto de doña Elena. “Deje su cédula acá, anote sus datos”, me frena el vigilante. Quizás pueda persuadir a Cléver de que convenza a su abuela para conversar conmigo. “Buenas tardes, encantado”. Me invita a sentarnos en un sillón en el porche de la casona. Cléver es hijo de Narciso Chávez, mejor conocido como ‘Nacho’, coordinador regional del Convenio Cuba Venezuela y fuerte activista político. Me recibe de camisa bien planchada y jeans impecables. El perfume vigoroso debe ser de marca, al igual que los mocasines. Me cuesta mirarlo a los ojos pues me distraigo con un retrato de Hugo Chávez en traje militar, en la pared que da al jardín.

Miro el retrato y el rostro de Cléver, y veo una similitud que impresiona. Ojos, frente, nariz, pómulos, idénticos. Hasta la misma verruga, como una marca familiar. Su léxico es nutrido, su hablar pausado y a sus treinta y pico de años, se encarga de los operativos sociales de la Gobernación.

Este encuentro será breve. No lo veo muy convencido con mi argumento para entrevistar a su abuela. Me explica que su tío, el presidente, llamó para prohibirle dar más entrevistas. El problema, justifica, es que la prensa los ha maltratado mucho, y últimamente los medios extranjeros no han hablado maravillas de los Chávez. “Antes los dejábamos pasar. Por aquí vinieron periodistas ingleses, franceses, de otras latitudes. Tomaron fotos, hablaron con mi abuela. Y después publicaron cosas que no son verdad”. Es una orden presidencial, reitera ante mi insistencia. Se levanta, me pide disculpas, me da la mano y sonríe. “Siento mucho no poder ayudarla más. No está en mis manos. Gracias por venir. Y no olvide recoger su cédula al salir”.