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Guerra invisible en la frontera

Publicado: 25 septiembre 2013 en Lucas Jiménez
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—Cómo lo dejaron, mi mayor —balbuceó el guardia Silva, cuando sus colegas destaparon el cadáver—, venir desde Lima a morir tan joven.

El cuerpo acribillado del oficial llevaba dos días cubierto con un plástico amarillo. Tenía puesto un poncho verde y botas de jebe. Al derrumbarse sobre el barro en un costado del camino que baja de Jiclas, había quedado boca arriba, con los brazos abiertos y la cabeza hacia el monte. No miraba en ninguna dirección, o al menos no era posible saber hacia dónde miraba. La hinchazón del rostro le cerró los ojos y a Silva se le ocurrió que ese cuerpo deformado pegoteado con sangre reseca, en nada se parecía al de su nuevo jefe, tan caballero ese mayor limeño y decente y sonriente en esas tardes nubladas en que subía a jugar tenis de mesa en el segundo piso de la Jefatura Provincial GRP de Ayabaca. A tres metros del cuerpo del mayor Benites, bajando hacia la quebrada Tuelcas, había caído el cabo Dávila. Ambos tenían perforaciones de bala en el pecho.

Ahora que recuerda esa tarde lluviosa de 1983, a Silva aún le parece ver a los campesinos de Jiclas alentados por su teniente gobernador, empinándose las galoneras de aguardiente, mientras llevaban en hombros los cadáveres bañados en timolina a falta de formol. 24 años después de ayudar a levantar y trasladar hinchados a los mártires por el resbaloso camino enfangado hacia Ayabaca, Silva confiesa que aumentó el temor a ir a la frontera. Él mismo evitó que lo manden a resguardar hitos. Justo ahora resguarda una entidad financiera en una calle céntrica de Piura. “A quién no le iba a dar miedo exponerse a que lo maten”, dice tocándose el chaleco antibalas. Y alguien que, por trabajar cerca de la central de radio, recibió reportes de tantos asaltos, balaceras y muertes de policías en las rutas de la droga en los años 70 y 80, sí que sabe de qué habla. Esa guerra nunca se detuvo en la frontera y en 25 años ha cobrado más bajas en el bando policial que en el lado de la droga.

De 1979 al 2004 el narcotráfico eliminó en Ayabaca a once policías, pero el país no se enteró porque ocurrieron en diferentes fechas. El Estado no se conmovió tanto como en el año 1993 cuando Sendero Luminoso eliminó a 17 policías en un solo atentado en Huarmaca. ¿Quién tiene el control en la frontera? Se preguntaron los piuranos en el 2004 cuando agentes antidrogas de la Divandro sufrieron el secuestro de uno de sus efectivos, Carlos Peralta Monteza, y tuvieron que canjearlo por un detenido con 200 kilos de droga, al ser atacados por 500 vándalos que incendiaron un carro policial, en La Tina (Suyo). El mismo mes vándalos que protegen a narcos y contrabandistas mantuvieron varias horas secuestrado a un agente de Adunas ecuatoriano. Lo canjearon en Macará por una carga de petróleo incautado. “Ayabaca prácticamente es una zona donde el narcotráfico hace lo que quiere. El Estado tiene una escasísima y debilísima presencia”, me había dicho Fernando Rospigliosi, ex ministro del Interior de Alejandro Toledo. Y lo dijo una mañana de setiembre en que llegó a El Tiempo a informarse sobre la banda que baleó a dos policías el 5 de abril de 2007 en la zona de Rayo El Molino, en plena intervención de un laboratorio de cocaína.

En el 2007 el Perú vio por TV sollozos de ojos irritados, lágrimas y muerte producto de una escalada violenta que mató policías en Ocobamba, Huancavelica, Lima y Ayacucho incluso hasta horas antes de la Nochebuena. El país no se enteró de que esa guerra ya había empezado en Ayabaca a fines de los ’70. Y que el enemigo fortalecido por un estado casi ausente —al que algunas veces le ha robado pistolas y armas de guerra de sus puestos de vigilancia fronteriza (PVF)—, parece estar mejor armado. Quizá por eso, unas veinte toneladas de droga pasan cada año por esta cadena de cerros gélidos, según estima el fiscal provincial Manuel Sosaya.

Esta historia es sobre esa guerra silenciosa. Invisible para el Estado pero que podría ser más peligrosa que en las cuencas cocaleras peruanas, justamente porque avanza sin llamar la atención, gota a gota, fuera de las portadas y ediciones estelares de la TV. Ignorada por los propios encargados de la interdicción detrás de los últimos caminos y cerros del norte del Perú.

—Aquí tenemos el problema de drogas, pero no en la magnitud con que se da en las zonas de cultivo. Aquí es más trasteo o traslado, la producción y la violencia se dan en el otro lado (Valles de los ríos Apurímac y Ene y en la cuenca del Huallaga) —me dijo hace unos días el general Luis Henríquez Palacios, máximo jefe policial en Piura. Fue al final de la graduación de la promoción 2007 de la Escuela de Suboficiales PNP de La Unión, al preguntarle cómo evitar más muertes de policías en manos del narcotráfico en Ayabaca.

—Efectivamente, Juan Benites Luna murió (en Ayabaca) y un complejo policial lleva su nombre en Piura, pero el narcotráfico acá no se da con la violencia que se da en las zonas cocaleras —volvió a “tranquilizarme” el general, momentos después de pedirle a 115 nuevos policías que imiten las virtudes de un efectivo asesinado a tiros por dos asaltantes en Piura.

Jefe, cuídese

No hablaba mucho, pero aún conservaba el entusiasmo triunfalista propio de sus cuatro años de cadete en la escuela de oficiales GRP. El mayor tal vez había salido sin haberse puesto el poncho. “Aypate”, el mulo que lo llevaba cuesta arriba por la montaña de Chacas, no corría pero tampoco era lerdo. Los pocos guardias republicanos que lo habían visto partir “muy respetuoso”, “muy gentil”, muy Juan Edmundo Benites Luna, acompañado de un cabo chiclayano, recuerdan haberlo notado optimista. Lucía casi contento, cuando salió de la Jefatura del Subsector Fronteras Ayabaca, en la esquina de la Plaza de Armas. Y tenía motivos de sobra para estar malhumorado. En pleno fenómeno de El Niño del 1983 que a un oficial peruano lo cambien para trabajar en Piura declarada en emergencia, devastada, aislada por las lluvias, ya era bastante cruel. A él lo habían enviado muchos cerros más arriba, 234 kilómetros al noroeste de Piura, a un moridero triste andino llamado Ayabaca, a donde en esos meses no llegaban carreteras, ni teléfono, ni sal. Desde su llegada a inicios de abril, no había podido llamar a Miriam. En dos meses y 17 días de estadía, la única forma de decirle estoy bien, a dos mil 709 metros de altura, era por telegrama. Era el primer año que la señora Santolaya de Benites y su hijo Juan Carlos, iban a pasar separados de él, el día de su cumpleaños. Faltaba más de un mes para el 23 de junio, él quiso prepararse con tiempo para evitarles esa tristeza. Quería ir a Lima y cumplir la edad de Cristo en casa. Se lo dijo a algunos guardias de confianza. Que pensaba visitar la frontera, elaborar un informe, presentarlo como muestra de buen desempeño ante el coronel Serna en Sullana, para merecer unos días de permiso, para estar con la familia. Les caería de “sorpresa”. La idea tal vez lo animaba esa mañana del 17 de mayo, cuando subía por el cerro Chacas, acompañado del cabo Dávila.

Riesgo

Para entonces, siete policías habían muerto en los últimos cuatro años alcanzados por disparos de traficantes de PBC. Pero ningún guardia había convencido al mayor Benites de que ir a la frontera acompañado de un cabo en lugar de una patrulla, era más que riesgoso. Era casi un suicidio porque Dávila, su acompañante que montaba el mulo “El Ayavaquino”, desconocía qué ruta era la más segura. En 1983 el tráfico ya era intenso. Los crímenes de la droga ya habían convertido en zonas rojas varios caminos y poblados ayabaquinos, como Jiclas. Cada vez más armas protegían las cargas de pasta base. En setiembre del 82 desaparecieron dos fusiles en el PVF El Remolino. En Perú, desde el 80 la producción de coca empezaba a tornarse incontrolable para el gobierno de Fernando Belaúnde Terry. Con nuevos centros de producción en el Alto Huallaga y el Monzón, la superficie sembrada había superado las 35 000 hectáreas, según el informe Coca y cocaína de Antonio Brack Egg. Durante el desastre pluvial del 83, la presencia represora del Estado y su lucha antidrogas basada en un decreto ley 22095 del año 78, era aun más débil en esta zona de frontera. Puestos de vigilancia como el de Algarrobal, hacia donde el mayor Benites se dirigía esa mañana, contaban con muy pocos efectivos asignados y algunos empezaban a ser objeto de robos de las armas del Estado. La delincuencia ya no se contentaba con revólveres. En marzo del 82, dos delincuentes habían violentado el PV de Algarrobal de adobe y teja. Hirieron al guardia Edwin Garay Portilla y robaron un fusil automático y dos ametralladoras, según consta en el informe elaborado por el jefe del PV del año 82.

—En ese tiempo si ibas a la frontera sin conocer, cualquier narco podía dispararte sólo porque ibas uniformado —recuerda Antonio, otro ex republicano que trabajó con Benites.

“Los policías sabemos de los riesgos que corremos. Nadie quiere ir a la frontera. Pero el deber nos llama. No es fácil estar un mes sin ver a la familia, llevar alimentos, cocinarse uno mismo, o comer lo que haya en la zona”, me dijo el general Remigio Hernani Meloni, ex jefe de la I Dirtepol Piura, una mañana de abril del 2004, al comentar sobre la muerte del policía chiclayano Segundo Humberto Mantilla Bautista, asesinado ese mes en La Cuya, Aragoto.

Veintiún años antes, esa mañana del 83 mientras subía a la cima del Chacas, el mayor Juan Benites no llevaba en la alforja arroz, menestra, fideos y conservas para un mes, como los subalternos. En los puestos visitados, Algarrobal, Sausal, Playón, Remolinos y Quebrada Los Mangos, iban a invitarle comida, por eso sólo compró atunes y galletas para cuatro días. No esperaba demorarse más en la supervisión, porque iba a recorre sólo cuatro locales policiales. Por orden suya y en simultáneo los otros cuatro puestos serían supervisados por el capitán Félix Díaz Minaya, acompañado del cabo Idelso Fernández. Cumplida la misión, ambos equipos iban a encontrase en Los Mangos. A no ser que haya sorpresas. Como arriesgarse a pasar por Jiclas.

Si vas para Aragoto…

¿Alguno de los campesinos con los que me cruzo en la carretera que va de Ayabaca a la frontera, sabrá cómo mataron al mayor Benites? Me lo pregunto una tarde de octubre después de pasar frente al Chacas. Siempre hay niebla en la punta de este cerro de 3 mil 7 metros de altura. El inicio del camino de herradura que trepa por la montaña, el mismo que siguió el oficial limeño hacia su muerte, se ve oscuro como túnel… ignorado por la carretera que pasa mirando esos caminos, laderas, faldas, cerros donde termina el Perú. Ayabaca limita al este con el país de los pasillos. Algunos de esos últimos retazos azules de patria que parecen flotar en humo blanco deben ser Chocán, Cachaco Bajo o Llicsa, algunos de los numerosos cerros productores de amapola y marihuana. Por esa franja de frontera apenas visible a lo lejos, aumentó la producción de bellotas, hojas alucinógenas y el paso de mochileros o arrieros con PBC y cocaína del Vrae o del Huallaga. “El número de incautaciones entre el 2000 y el 2005 ha sido diez veces más que toda la década anterior. Definitivamente el narcotráfico aumentó”, va a decirme el fiscal de Ayabaca, Manuel Sosaya. Pero los decomisos bajaron. Ni un solo atestado por tráfico de PBC o cocaína formuló en el 2007 la comisaría ayabaquina, al menos de enero a octubre (aunque sí veinte por cultivo de marihuana).

El Perú produce más de 240 toneladas anuales de cocaína, según cifras oficiales, de las cuales —estima Sosaya— veinte saldrían por Ayabaca, una ruta fácil para cruzar la frontera. Los pasajeros que hoy llegamos de Piura en un ómnibus de la empresa Poderoso Cautivo, pudimos haber traído droga en la mochila, sin problemas, porque el carro no fue revisado en ningún control policial a lo largo de los 234 kilómetros de viaje.

No hay ningún puesto fijo para revisión de viajeros en las carreteras de Ayabaca hacia el Ecuador. Menos en Aragoto, considerado por Sosaya como “sitio de comercio, planificación de los delitos, donde llega gente que supuestamente viene a comprar” (droga), y donde el año pasado no se hizo ninguna operación de patrullaje. Llegas una mañana cualquiera a su única calle y todos te miran con desconfianza. Nadie es amable con los extraños. Lo comprobó hace pocos días el sociólogo Jaime Antezana, uno de los más connotados analistas del narcotráfico peruano, al llegar de incógnito. “Las tierras son eriazas, no se ve producción agrícola, pero casi todas las casas son de ladrillo”, con techo de concreto armado. Antezana se hizo pasar como empleado de una empresa de servicio técnico, para poder llegar. Lo que más recuerda es el momento en que entró a comprar gaseosa en una tienda. Y se encontró con que la bodega no sólo estaba igual de abastecida como la de una ciudad, sino que incluso cambiaban dólares. “Ingresó un joven campesino que venía del caserío Gigante, donde se supone sólo hay campo, miseria y agricultura rudimentaria, sin embargo llegó a cambiar un billete de cincuenta dólares. También vi gente no mayor de 35 años que se pasa el día jugando cartas o en un billar… es evidente que son “traqueteros” y que este pueblo es el eje en que se mueve el narcotráfico, creo que aquí se inician los caminos de herradura para llevar al Ecuador la droga que llega de diversas ciudades del país”. Me dijo ese sociólogo, contento de no haberse arriesgado a ingresar a Llanos, el otro lado de Aragoto donde los ayabaquinos dicen puedes cruzarte con ecuatorianos y colombianos armados a cualquier hora del día.

Suspenso

Desde Socchabamba, junto a la flecha que señala el desvío hacia Aragoto, de este mítico refugio de la mafia sólo alcanzo a ver una loma gris, donde resaltan casitas de techos pálidos. Por allí hay más movimiento de burrieres en octubre debido a la fiesta del Señor Cautivo, en la que también aumentan los asaltos por la droga. Lo dicen los archivos policiales. Justo en estas fechas, en el 2005, en La Cunya de Aragoto apareció muerto en un camino el presunto traficante Arnulfo Culquicóndor Yanayaco. Un año antes en el mismo sector el suboficial PNP Segundo Mantilla Bautista cayó abatido con el pulmón roto por un disparo en el pecho. Dicen que un ex recluso lo vio pasar y al reconocerlo como el policía chiclayano por el que había sido investigado pocos años antes por drogas, le disparó para vengarse.

Sólo dos horas pudo permanecer Antezana en la única calle de Aragoto, donde hay seis teléfonos comunitarios y hasta promocionan televisión por cable. Ahora recuerda que cuando uno pasa por ese pueblo dolarizado y sigue hasta Calvas, encuentra que “toda la ruta es tierra de nadie, es de dominio del narcotráfico. No hay narcoterrorismo como en el Vrae, pero sí bandas del crimen organizado que se enfrentan a la policía”. Y por eso esta tarde me niego a seguir la flecha que ordena desviarse hacia la izquierda. Cuatro forasteros lo hicieron el 21 de setiembre del 2002 y nunca volvieron. Esa noche Miguel Vílchez Rycra, su hermano Ricardo y los primos Levis Bacilio Muñoz y Joel Vega Muñoz, procedentes de Ucayali, Junín y Lima, fueron torturados y acribillados posiblemente de rodillas. Sus cadáveres amanecieron tendidos en una pampa del caserío Charán, a pocos minutos de Aragoto. En las investigaciones los campesinos se silenciaron. Ni siquiera aceptaron haber oído disparos.

—Los cuatro habían sido ejecutados de manera brutal. Les habían dado el clásico balazo en la nuca. Parece que primero los inmovilizaron para después victimarlos. Desde entonces han ocurrido varios crímenes de esta naturaleza que más responden a la tipología del crimen por encargo: alguien manda a matar a alguien por una situación oscura —me dirá el fiscal Sosaya, cinco años después de levantar los cadáveres. Seguir la flecha hacia la derecha debe ser más seguro, pienso en Socchabamba, pero kilómetros más adelante otra vez me acobardo de ingresar por el cruce a El Rayo del Molino. Allí, a un costado de la trocha en un paraje distante a seis horas de camino, fueron emboscados 17 policías y el fiscal Sosaya, el 5 de agosto de 2007. La patrulla escapó con vida de las granadas de guerra que hizo estallar el enemigo y el grupo uniformado tuvo que huir sin munición y con dos policías heridos. Al día siguiente, cuando los bandoleros huyeron llevándose todo el clorhidrato de cocaína que protegían, llegaron refuerzos policiales, logrando la “destrucción” de un laboratorio de procesamiento que funcionaba en una casucha de adobes.

—Los que nos disparaban eran ocho pero tenían lanzagranadas y cada una hace por 30. Esta gente puede ser de las Farc, bandas ecuatorianas o sicarios de las zonas cocaleras de la selva peruana, menos campesinos de la zona. Usaban fusiles (israelíes modelo Galil) con doble cacerina pegada con cinta adhesiva. Se les acababa, cambiaban otra doble y seguían disparando en ráfaga… munición inagotable. Los policías sólo tenían una cacerina de fusil AKM —va a decirme cuando regrese después de este recorrido, el fiscal y sobreviviente del tiroteo.

Por ahora, la carretera se acabó en Carrizal. He pasado por Zacalla y Simbaca, donde nadie recuerda historias de policías muertos por traficantes como el de un mayor asesinado en Jiclas. El nombre del héroe antidrogas, Juan Benites Luna, se lee en la entrada a tres complejos policiales en las ciudades de Lima, Piura y Sullana, y en una villa policial de Ayabaca, pero aquí en Ambulco, donde acabo de llegar cabalgando un mulo, nadie lo conoce.

Ambulco: todos se van

—Aquí ya no queda gente… apenas once familias.

Las palabras, como salidas de la nada, vuelan impulsadas por el viento desde una esquina de la capilla vacía. La voz es de un campesino alto, erguido, de ojos claros, camiseta moderna y machete colgando. Es domingo y no se ve gente en Ambulco. Detrás de los últimos cerros de Ayabaca, a dos horas de la frontera con Ecuador, el sol empieza a dormirse más temprano que en la costa. El aire vespertino crispa los árboles, muerde los huesos, desequilibra el vuelo de los mosquitos. Juega con las flores del arco amarrado a la puerta para dar la bienvenida al sacerdote que acaba de llegar desde Ayabaca.

—La capilla es grande y nosotros (la población) muy poquitos. Insiste en sonreír el hombre del machete. Pero es una risita cautelosa, casi triste. Perros ladran detrás de los árboles. El cielo enrojece. Horas cabalgando, el cansancio, y las rarezas paisajísticas de Ambulco suman desconfianza en el viajero que no ve una sola casa. El pueblo es una pampa. Una alfombra natural empinada con un solo tejado en el centro, el de la capilla sin torre, sin campana, sin gente. ¿A dónde se fueron las casas (las once casas)? Las casas están escondidas a varios minutos, a muchas cuestas, bajadas o laderas de aquí. Si uno recorre los hogares encontrará muy pocos viejos. De entre los ambulquinos que vendrán a escuchar la misa de este año, la única anciana será Nicomedes Amaningo: “Aquí siempre hemos sido poquitos”, me dirá a sus 85 años, resistiéndose a aceptar que su pueblo va camino a desaparecer. Sin prestar atención a Nancy Gonza, su nieta rubia de seis años que la sigue a todas partes. La nenita va a contarme que se quedó sin padre. Y al preguntarle si se murió, dirá que no, que se fue a Miraflores (en la región San Martín). Y que no sabe si algún día volverá.

La página web de la Municipalidad de Ayabaca dice que Ambulco tiene 22 familias, los documentos de la capilla consignan trece —hasta el 2006—, pero ahora sólo son once, asegura Alberto García, el hombre del machete y el más alto del pueblo.

—¿A dónde se están yendo sus vecinos? —le pregunto, antes de que eche a correr detrás de su caballo negro.
—A la selva, po… Yo estuve allá.

Con sonrisita de curiosidad, y una soga entre los dedos, el hombre cuenta que el sueño de muchos es vender la tierra en Ambulco y comprar en la selva. El problema, cada vez es más difícil hallar hectáreas cerca de la carretera. Pucallpa, Loreto, Yurimaguas, Tingo María, son los destinos preferidos, dice.

—¿Y en qué trabajan allá?
—Si no llevas plata, trabajas de peón. Si compras o arriendas una tierra, puedes sembrar arroz o maíz, igual que acá.
—¿O sembrar coca?
—No. Eso no.
—¿No es peligrosa la selva?
—Los charapas son gente bacán (amable). Eso sí, no les gusta gente de malas costumbres… chismosa, ladrona. Si es así, la denuncian ante los cumpas (terroristas). A la primera y a la segunda les perdonan… a la tercera los desaparecen (los matan y los tiran al agua).
—¿Cuánto cuesta una hectárea de tierra?
—Estará a mil soles po…
—¿Y usted por qué volvió?
—Yo sólo fui de paseo.

***

Comparada con las casuchas de palos de los pueblos que llevo recorriendo en busca de huellas de esa guerra invisible que está matando policías y civiles, la capilla de Ambulco es una modernidad. Tiene poyos y mesas de barro recién construidos, puertas y ventanas de fierro, vidrios tipo catedral, y hasta feligreses con casaca jean, gorro a la moda y zapatillas de marca. El lunes parece domingo. Hubo canciones acompañadas por la guitarra del señor cura, bendición de agua no potable y de semillas, oración por los difuntos, por los cinco ambulquinos que a fines de los ochentas murieron por el cólera. Pero más piden por la salud y bienes de los que se fueron y no hay cuándo vuelvan.

Como JG que “no sabemos si estará vivo o muerto”, desde que se fue a Costa Rica (en la región San Martín), según me dijo ayer su madre que lleva casi dos años esperando que llame. Y al preguntarle por qué se van o se están yendo muchos aquí, su respuesta fue de esas que te dejan pensando: “Por eso de la droga… les gusta sembrarla, aunque dicen que ahora ya no los dejan porque la queman”. Ella misma y su marido se fueron hace años, no a sembrar coca sino alimentos. Estuvieron en Miraflores, otra zona de San Martín. Allá tenían un familiar, llevaron a los niños. Pero volvieron a las pocas semanas. Les fue mal. Ahora que su hijo de 22 años se ha ido solo y no llama, ella aprovecha la única misa del año para rezar por él. Porque esté vivo. O porque no la olvide. Al final de los rezos habrá bautizos y ahora mismo hay “actuación artística”.

—Público presente, voy a decirles unos bonitos acertijos: ¿qué le dijo el café al azúcar? —pregunta Gianmarco, alumno de la escuela primaria, alargando las vocales.

Al momento de presentarlo, al final de la misa del lunes, su profesor ha pedido disculpas por no haber preparado más números artísticos. “Es que tenemos muy pocos alumnos”, ha justificado ante la contada feligresía. En el pueblo todos tienen un amigo o familiar que se ha ido o piensa irse. ¿Y no querrán que Ambulco desaparezca? Ha preguntado el clérigo a sus fieles, y —como muchos dicen que se van porque sus campos ya no producen como antes— su consejo ha sido variar cultivos, sembrar zanahorias, lechugas, beterraga y no sólo maíz y trigo… “tienen una tierra muy generosa (productiva)”.

—El café le dijo: sin ti mi vida es amarga.

¿Todos son “platudos” por la droga en la frontera?: falso

La garúa no ha dejado de caer, desde Huamba hasta Lagunas de Canly. El camino se ha hecho “resbalo”, dice don Santiago, el guía. Resbalo significa intransitable, que en cualquier momento el mulo puede resbalar y estrellarte contra las piedras. O lanzarte a una quebrada, sin opción a pedir ayuda porque el celular perdió señal hace cuatro días.

A simple vista no hay muchos hogares en Lagunas. Están dispersos. En la subida hacia el arqueológico cerro Aypate hay una casita que fue puesto de vigilancia policial fronterizo. Por fin un vestigio de la guerra invisible. De este local, ahora sin efectivos, partió en 1983 el capitán GRP Díaz Minaya con el cabo Fernández para inspeccionar hitos. Nunca se encontraron en Los Mangos, como acordaron con el mayor Benites y el cabo Díaz, porque fueron asesinados, cuando bajaban de Jiclas a Algarrobal. ¿Cómo y por qué los mataron? Lo sabré al final de esta historia. Por ahora acabo de llegar sin sufrir caídas, por el mismo camino que siguió en agosto de 1981 el policía Walter Guerrero Alameda cuando también partió de este PV de Lagunas de regreso a Ayabaca, y fue asaltado en la zona de Tacalpo. “Inofensivos campesinos” lo despojaron de una pistola Browning con cinco balas. El arma, como las de largo alcance robadas entre fines de los ‘70 y los ’90 a diversos puestos o en asaltos a efectivos policiales, ahora son usadas para proteger cargas de droga, me había dicho en Piura el técnico Antonio.

Lagunas tiene agricultura no tecnificada que produce yuca, trigo, maíz y frutales que alimentan a 62 familias. En la posta médica, que atiende a cinco comunidades, la técnica de enfermería me suelta una cifra que estremece: ochenta de los cien niños que atiende tienen desnutrición crónica (de efectos irreversibles), el 60% de la población de Huamba, Ambulco, Simbaca, Talal y Laguas, toma agua de acequia sin hervir y aumentan los niños con parasitosis. La tierra produce de todo pero los niños son mal alimentados porque sólo se siembra maíz, trigo y menestras.

Al día siguiente en Talal me cuentan que de 74 familias, casi 35 no tienen tierra. La mayoría de propietarios no siembra más que hierba para el ganado o alquilan su fundo. Hay quienes viven en Ayabaca o Piura y sólo llegan a ver sus vacas. Muchos agricultores, como Jorge Merino Hacha, cansados de pagar con tres días de trabajo el derecho de alquilar una hectárea para sembrar maíz, decidieron marcharse a la selva. Este año ya son seis los que se fueron a Tarapoto y Bagua. Nadie sabe con precisión en qué trabajan.

—Estoy vendiendo tamales, empanadas, hago mis ahorritos, pero no sé si reúna para el pasaje. De todas maneras este año yo me voy a verlos. Mi esposo se fue llevándose a mi hijo, el mayorcito de 6 años. Ojalá estén bien, no duermo pensado en mi cholito —me dice Rebeca Huamán Neira, la esposa de Jorge Merino, cuando por fin deja de llorar. Aunque de ellos sólo sepa que el 9 de octubre treparon en un camión y se fueron “a un sitio” llamado Agua Blanca que queda en la selva, está segura de que va a encontrarlos.

Pero más triste que el llanto de Rebeca, bajita y lacia, es hablarle a Jesús sin encontrar respuesta. Sentado en el poyo de la capilla, Jesús de ocho años sonríe cada vez que le pregunto en qué grado está.

—¿No vas al colegio? Insisto por sexta vez, porque lleva demasiado tiempo sin palabras, y en vez de abrir los labios resecos por el viento, ojea las praderas y caminos resbalosos. Justo cuando voy a volver a preguntarle, un chaposo de su misma edad me detiene en seco.
—Nunca habla —sentencia—, es mudito. Y no sólo él —según me dice Miguel Merino, padre de Jesús; Víctor, su otro hijo, lleva siete años sin haber dicho una palabra, y no menos grave es el caso de Nela Rosario, tercera de la familia, que en cinco años sólo aprendió a decir “agua”. Sus padres no saben qué es un centro especial para sordomudos, así que ni siquiera saben el origen de tanta mudez.
—Ellos nunca han hablao… pero mi Cristhian Henry habló al año y medio —se apresura en aclararme Dilcia, la madre de los niños, emocionada de que alguien le pregunte de sus hijos sin burlarse. Casi sonríe hablando del único hijo que sí le ha dicho “mamá”. La señora Dilcia, con su blusa de domingo, infla el pecho, acelera sus palabras como quien quiere gritarle a esta campiña desoladoramente silenciosa que no todo está perdido. Que podrán ser una más de las familias sin tierra, pero pelearán contra el abandono, sembrando dos hectáreas de maíz en el terreno del vecino Hortensio Herrera. Y que esta vez será diferente, que el bebé de tres meses, su último hijo al que ahora tiene en brazos, sí va a hablar. Y mejor me despido sin animarme a preguntarles qué harían si algún día alguien llega a ofrecerles mil 500 soles o dólares por llevar una carga de cocaína al Ecuador. “Hay que evitar el abandono del Estado, su ausencia es muy fuerte en estas zonas de frontera”, diría Jaime Antezana si viera a la familia Merino. Y que en Talal y en todas las mil 550 hectáreas del distrito ayabaquino y también a lo largo de 31 puestos de vigilancia fronteriza desde Espíndola hasta Alamor, se requiere una estrategia antidrogas que además de combatir a las firmas, incluya un programa de desarrollo para los más pobres. Como Dilcia que —antes de treparme al mulo de regreso hacia Ayabaca—, me regala una franca mirada de desinterés cuando le hablo de un lejano centro especial para sordomudos en Piura.
—Oiga: ¿cobran en ese lugar..? ¿Cómo me dijo que se llamaba?

34 años recordando un crimen

—Mi cholito entró y se desmayó. Cayó “muerto” (inconsciente) mi hijito. Lo desperté y empezó a llorar diciendo… los mataron a los guardias, los mataron a los señores. Después se echó en su cama. Pensé que se iba a morir. Le di agua de asares, una pastilla coramina y tantos remedios caseros. Poco a poco fue volviendo.

Tres horas antes de oír el llanto de Abel* hablando de disparos y muertos, su madre, la esposa del teniente gobernador, lo había llevado a recoger alberjas para la merienda. Acababan de llegar de la “arada” (chacra), cuando a su casa de Jiclas, la única de paredes blancas, llegó Benites y Dávila preguntando cómo llegar a Algarrobal. Se cubrían de la lluvia con ponchos de jebe pero era posible saber que eran policías porque llevaban gorros verdes con las iniciales doradas de la Guardia Republicana del Perú (GRP) y el cabo un fusil MGP. De la cima del Chacas habían bajado al caserío Joras. En Aúl, el camino se parte en dos y su error —según me dirá “Silva”—, fue no desviarse hacia el camino más corto y seguro que pasa por México, Checo y Tunal.

Ellos habían seguido la ruta más larga, Minas, Jiclas, Sausal y Guiriquingue, frecuentada por la mafia. Una emboscada con un policía muerto no le daba buena reputación a esta ruta. Había ocurrido en julio del 1981 en la quebrada Tuelcas de Jiclas: el suboficial Alfredo Sesarego Flores fue acribillado. Sobrevivió su compañero de ruta, el subteniente Willer León Castañeda. Pero les robaron dos fusiles, números 262 y 264, más cuatro cacerinas con 80 proyectiles. Un año y diez meses después, cerca de las 6 de la tarde del 17 de mayo de 1983, Benites y Dávila estaban a punto de pasar por la misma quebrada.

—Se estaban yendo al puesto policial de Algarrobal —recuerda la señora Aurolinda bajo un gracioso sombrerito de lana marrón—, pero no conocían el camino. Como mi cholito estaba ahí mirando a los señores, me pidieron se los preste para que los guíe hasta el puesto. Y así fue. Lo mandé que vaya a ver a un compañerito, Arbilio (otro niño de su edad). Y se fueron acompañándolos. Estaba dándole el agua (llovía despacio), ya era tarde, les dije que mejor se queden. Pero el mayor dijo que se iban porque tenían urgencia. Ni bien salieron se largó el “porrazo de agua” (lluvia torrencial).

Casi tres horas después, Abel a sus once años regresó sabiendo más de miedo a la muerte que de galones y grados:

—Los mataron a los mayores.

***

Veinticuatro años después de esa tarde del 17 de mayo de 1983 en que un traficante de drogas ecuatoriano acribilló con disparos de fusil al mayor Benites y al cabo Dávila, cerca de Jiclas, Abel, uno de los dos niños que vieron el crimen, tiene 38 años, esposa y un hijo de unos once años. El escolar de cabello recién recortado me mira iracundo sin entender por qué insisto en entrevistar a su padre, molesto porque no me voy, aunque ya me han dicho que él no está. La casa de adobes y balcón de fierro, donde el testigo vive con su esposa e hijo, es de su padre Tarquino Yanayaco Julca. Don “Tarqui” era teniente gobernador de Jiclas en 1983. Entonces tenía 52 años. Ahora tiene 76 y sólo me deja pasar a su casa cuando le hablo de dos policías que conoció en esos años.

Acabo de llegar de Piura sólo para entrevistar a Abel. En las calles ayabaquinas ya no se escucha música del Cholo Berrocal, ni huainos de Los Herrantes y los camiones Dodge 300, patrimonio imprescindible de los narcos de los años 80, han sido reemplazados por camionetas station wagon, 4 x 4 y potentes motocicletas Honda. “Hay seis o siete familias de la zona y algunos de fuera, que —además de las que ya habían— en los últimos cinco años vienen mostrando claros signos de riqueza y nunca han sido objeto de una investigación financiera”, me dijo Jaime Antezana, ese prestigioso analista antidrogas.

Ni bien he bajado del ómnibus, una lluvia tan persistente como la que ese día lavó la sangre de los acribillados, me ha obligado a correr en busca de un mototaxi hacia el final de una larga y empinada calle de puertas cerradas, donde el testigo clave se ha comprado un solar. Por una rendija del mototaxi, en una esquina de la Plaza de Armas, he visto pasar fugaz la antigua casa de dos pisos que en mayo del ‘83 era la Jefatura del Subsector Fronteras GRP Ayabaca. Allí en el segundo piso, donde ahora funciona un hotel, fue la oficina donde Benites recordaba a Miriam, mirando su fotografía en el cuadro de su escritorio. “Era blanquita, muy guapa. Él casi no hablaba de ella, era muy reservado”, me dijo Silva.

Ahora en la salita de su casa de adobes sin pintar, atestada de herramientas agrícolas, un ropero viejo y bolsas de cemento, don Tarqui no ha querido sentarse, mientras recuerda que la noche del 17 de mayo llegó de su chacra como a las siete. Le alegró saber que Abel se fue guiando a los guardias, pero una hora después, al escucharlo sollozar contando la desgracia, fue todo un ejemplo de autoridad, salió corriendo en busca de plásticos y ponchos y movilizó gente, para proteger los cadáveres de la lluvia. Hay quienes se amanecieron cuidando los muertos.

Abel, después de recibir la noche saltando cercos, piedras y hoyadas, no salía muy bien de su confusión, pero en las investigaciones iba a contar que corrió por su vida. Después de matar a los guardias, el hombre de la ametralladora brincaba como fiera rabiosa, quería matar también a los niños, no dejar testigos. Carhuallocllo, el peruano acompañante del asesino, lo detuvo. Abel y Arbilio, los niños guías, tuvieron que regresarse por otra ruta y por eso llegaron a Jiclas como a las 8 pm. En esta parte del relato, el ex teniente gobernador y su esposa se miran y ya no quieren contar más. Su nieto, el hijo de Abel, el escolar que me mira con furia, entra a decirles que su madre los llama. La señora Aurolinda desaparece por la puerta de la cocina. Don Tarqui le ha dicho “ya no digas nada más”, y también me abandona de pie entre sus cuatro paredes bañadas de luz tenue. En seguida entra el escolar que sólo responde con monosílabos al preguntarle cómo es ahora el pueblo de Jiclas de 30 familias, distante a seis horas de aquí. “Allá los ronderos matan a los chismosos”, dice casi desafiante. Afuera oscurece aun más y empieza a llover más fuerte, como cuando Abel vio al mayor y al cabo encontrarse en Jiclas cara a cara con su asesino.

Disparos en la niebla

—A mí me habían comisionado quince días antes para ir con el mayor… Yo iba a ser el muerto, eso pareciera pero es todo lo contrario. Al jefe no le pasaba nada si se iba conmigo, porque yo conocía la ruta. Pero a última hora ordenaron que se iba con él, el cabo Dávila. Yo jamás lo habría llevado a la boca del lobo —me dijo un policía que prefiere no revelar su nombre.

No sólo la ruta de Jiclas era de temer en 1983. Cuatro años antes (en marzo del 79) narcotraficantes habían asaltado y dado muerte al guardia republicano Occas Chilón en la zona de Lucarqui y en setiembre del mismo año, cuando se iba al PV Vado Grande, el GRP Dávila Fernández apodado La Bomba fue abatido cerca del puesto policial de Remolino. Cerca de la quebrada Tuelcas, a Benites —qué ironía—, se le ocurrió advertirle a su asesino sobre el riesgo de caminar por la frontera:

—La policía está para cuidarlos, pero ustedes no deben caminar muy tarde por aquí. Puede ser peligroso —le dijo el mayor al ecuatoriano y al joven peruano de 28 años, Teodoro Carhuallocllo Morocho, con los que acababa de cruzarse esa tarde de mayo en una curva del camino donde ahora se lee: “Recuerdo de Juan Benites Luna 17-5-83”.

Tras su intento de ser amable con los viajeros que esa tarde lluviosa caminaban con destino a Jiclas, Benites se llevó la mano al áfrica (gorro policial). Sólo fue para acomodárselo, pero el ecuatoriano lo interpretó como una señal de ataque y disparó contra ambos policías, tal vez creyendo que iban a despojarlo del dinero con el que —se supo después— llegaba a comprar unos 50 kilos de droga. Por entonces —y pese a la solvencia moral de Benites— muchos narcos de la zona temían ser asaltados por algunos policías. Además, tres años antes había cundido la novedad de que una patrulla GRP se había dormido esperando el paso de una carga ilegal, en un camino de Anchalay.

Despertaron cuando les disparaba otra patrulla policial. Cuatro republicanos, el subteniente Gustavo Córdova Rodríguez, el cabo Domingo Mellado Cáceres y los guardias Walter Nole Rodríguez y Loayza Urquizo, murieron esa madrugada de junio de 1980, acribillados por disparos de fusil. Pertenecían a los PV Algarrobal y Sausal. Julián Limache Puca, un quinto integrante de la patrulla, se salvó huyendo al Ecuador por el río Calvas. Dos fusiles fueron impactados por los disparos y tuvieron que ser reparados en Lima, según el informe Nº 11 firmado por el armero Francisco Benavides Egoavil.

Tal vez esa tarde del 17 de mayo el ecuatoriano Bolívar Pinzón creyó que iba a ser asaltado por Benites y Dávila. Quizá por eso se levantó el poncho disparando en ráfaga. Segundos después, el mismo día en que El Tiempo publicó que otros guardias republicanos dieron muerte a 25 senderistas cuando iban a volar un puente en Ayacucho, el gorro verde con cuatro galones dorados del desplomado oficial Benites y ex alumno del colegio limeño Ricardo Bentín, se manchaba de lodo en el camino de Jiclas hacia Algarrobal. Agua de lluvia empezó a lavarle las heridas en el pecho de quien ahora —si esa tarde no se llevaba la mano al áfrica—, muy probablemente sería general de policía de 56 años. El mejor subteniente de la promoción 71 “Teniente Coronel Enrique Herbozo”, en doce años había realizado, entre otros, cursos básicos para tenientes, el avanzado para capitanes, el Curso Internacional sobre Narcotráfico auspiciado por United States Department of Justice, Washington, EEUU, había ingresado a la Universidad Mayor de San Marcos y fue docente de Economía en el Centro Superior de Estudios GRP. Por eso una mañana del 83, en el despacho del jefe de la Primera Región de la Guardia Republicana en Piura, el coronel jefe se sorprendió con la respuesta de Benites, cuando le ofreció un favor: “¡Cómo, teniendo una carrera tan brillante te vas a ir a una zona tan alejada!, te ofrezco un puesto acá hijo, quédate”.

—Mi general, si el comando de Lima me manda, no puedo desobedecer.

Y fue. Y, pese a los muertos y robos de armas policiales en la frontera, se propuso imponer el orden, hacer del “honor, lealtad y disciplina”, algo más que un lema para el kepí de la GRP. Y sus orejas grandes se adaptaron a los 13 grados de frío y su apetito limeño al queso serrano y hasta le gustó el cebiche de carne de vaca que un día le sirvieron en el restaurante Miki. Silva, que lo acompañaba esa mañana, iba a invitarle al jefe —“cualquier otro oficial me habría dejado hacerlo”—, pero el mayor Benites le pagó la cuenta al subalterno. “Una vez me contó que en el dormitorio de la Escuela de Oficiales en Lima soñaba que se caía de la cama”, recuerda ese policía. Y que el cadete Benites volvió a levantarse al final de la pesadilla. Pero ya no pudo ponerse en pie en el camino que baja de Jiclas, porque en ese oscuro atardecer del 17 de mayo tenía el pecho perforado.

—Los fallecidos son el mayor y el cabo —se escuchó al día siguiente al mediodía en la central de radio del subsector Fronteras Ayabaca. Una patrulla del PV Algarrobal por fin acababa de ubicar a los inspectores de puestos policiales a quienes esperaban el miércoles 17.

El enemigo se fortalece, la policía no

Su mano dibuja un laboratorio de cocaína imaginario, borronea un cerro —de El Rayo del Molino—, ahora hace bolitas diciendo que algunas son narcotraficantes, otras policías y otras granadas. El fiscal —“cuando empiezan los disparos y luego las granadas, obviamente la policía me puso a buen recaudo detrás del cerro”— se ubica detrás de una montaña pésimamente mal dibujada.

La mano robusta repinta a ese fiscal detrás del cerro que el 5 de agosto de 2007 sí fue de verdad y no dibujado. Ahora responda, señor fiscal: ¿se corrieron o no? Diga si no le dio miedo. Los grandes ojos de don Manuel Sosaya —se calla para pensar—, dejan de mirarme a la cara. No ha querido ser fotografiado con su barba de varios días que hace juego con su chompa gris, se ve muy alto cuando se levanta a buscar un documento, me habla de su fortaleza física, de sus innumerables operaciones de alto riesgo (“Uuuu… como para escribir un libro”) y ahora deja escapar una risita: “Bueno, si a ponerse a buen recaudo puede llamársele correr… bueno, sí, pues nos corrimos. Estábamos en riesgo, ya no había munición. Teníamos miedo y seguramente eso debió ayudarnos a salir de allí”, admite el magistrado, acomodándose en su escritorio de la oscura oficina de la Fiscalía Provincial de Ayabaca.

Del 2004 al 2007 la cifra de cocaína producida anualmente en el Perú aumentó de 120 a 190 toneladas anuales, según el periodista Pablo O’Brien en el número 165 de la revista Quehacer. Las veinte toneladas que salen al extranjero por la provincia del Señor Cautivo, serán superadas ampliamente en el 2008 —estima Sosaya—, porque los cultivos aumentaron en las zonas cocaleras. Le creo. Debido al Plan Colombia, desde 1998 el crimen organizado “viene promoviendo el incremento de áreas de cultivo de coca en el Perú”, he leído en la página 19 de la Estrategia Nacional de Lucha contra las Drogas 2002-2007. El magistrado es optimista y dice que pese al intenso tráfico en su jurisdicción, la mayor cantidad de cocaína sale por mar. Jaime Antenzana cree lo contrario: que aprovechando la ausencia casi total del Estado en la frontera, las firmas movilizan por allí, en mulas y motos, más droga que por el litoral de Paita y Sechura.

Los delitos y faltas en general han seguido aumentando en las regiones de Piura y Tumbes de 10 mil 366 en el 2004 a 15 mil 152 en el 2006, según estadísticas de la I Dirtepol. No todo se debe al narcotráfico, pero éste “es muy poderoso, mueve muchísima plata y es muy violento”, me dijo Rospigliosi. Por Piura sale el 25 o 30% de toda la droga peruana, dice el fiscal especializado antidrogas Juan Mendoza Abarca. La comisaría de Ayabaca tiene siete efectivos para combatir a las grandes organizaciones criminales. Pero se necesita una base antidrogas con un mínimo de 150 hombres expertos en operaciones de alto riesgo. La I Dirección Territorial PNP que abarca Piura y Tumbes, debería contar con 6 mil efectivos y sólo tiene 2 mil 500, reveló el general Luis Henríquez. Si el Estado sigue ausente, la violencia podría llegar a ser incontrolable como ocurrió en algunos países de Centroamérica o en el Vrae, dijo el ex ministro Rospigliosi, la mañana en que hablamos en El Tiempo.

En Ayabaca la situación es excepcional. Los PV siguen con muy pocos efectivos asignados a quienes se les da sólo 6 soles diarios para comida. La comisaría ayabaquina funciona en una vivienda alquilada y carece de vehículos para labores de interdicción. Del 2006 al 2007, del penal de Ayabaca, con paredes de cuatro metros de altura, se fugaron ocho presos por narcotráfico. La desconfianza en los carceleros, algunos denunciados por las fugas dolosas, ha sido tal, que todos los narcos reclusos han tenido que ser trasladados a Piura, dice Sosaya.

—No sé si será la solución, pero sería una cosa muy positiva —insiste Sosaya, volviendo a recuperar la velocidad de sus respuestas, al referirse a la creación de una base antidrogas para combatir a las firmas que operan en la Sierra de Piura. El proyecto diseñado el 2004 por la I Dirtepol tiene la aprobación del Gobierno Regional, del Ministerio del Interior, incluso del Congreso de la República, menos de Economía y Finanzas.
—Yo no soy Papá Noel —bromeó el embajador de Estados Unidos, James Curtis Struble, una tarde piurana, semanas antes de ser cambiado a otra sede diplomática, cuando le pregunté si su país estará interesado en ayudar a combatir la droga en esta parte del Perú, financiando una base policial con helicópteros y comandos especiales, como lo hacen en las zonas cocaleras. Dijo que eso era una decisión política ajena a sus funciones. Es fácil deducir que nuestro aliado en el TLC no dará un dólar para parar la violencia de la droga en el Norte, menos en Ayabaca, porque somos un problema menor para ellos. El país de Bush se ocupa de combatir la droga principalmente en Colombia porque de allí sale el 85% de la cocaína que les llega y del Perú sólo reciben el 14%, según Jaime Antezana. Europa y Asia, a donde va la mayoría de la droga inca, no invierten en labores antidrogas en América Latina. “El Estado peruano tiene que poner la suya”, dijo Rospigliosi en una entrevista de Mariela Balbi publicada el pasado 9 de abril en El Comercio. Pese a las promesas del presidente regional César Trelles, de ayudar a hacer realidad una unidad élite antidrogas en la región Piura, la plata nunca llega. Y el terreno donado por la Municipalidad de Castilla para la Base Antidrogas ahora exhibe un edificio para vivienda.

Pinzón fuga en su último baño de sol

¿Cómo evitar que la violencia desatada por el narcotráfico en la sierra de Piura se torne inmanejable para el Estado? En busca de una respuesta llego una mañana al local recién estrenado del PPC, en la calle Cuzco de Piura. La ex candidata presidencial Lordes Flores, que ha estado sonriente durante una conferencia sobre su nueva dirigencia partidaria, se pone seria y su típico movimiento de manos se vuelve lento cuando me responde. “Ahora los ojos se han vuelto al Vrae donde está el problema mayor, pero ya sabemos que en el norte, en la frontera peruano ecuatoriana, concretamente en la sierra piurana, el problema está desde hace mucho tiempo”. Ayabaca ni siquiera figura entre los objetivos de la Estrategia Nacional Antidrogas 2002 2007, admite.

—Efectivamente, solemos poner los ojos tarde, donde el problema es mayor, sin recordar que hay antecedentes de otras regiones que se abandonan y que finalmente terminan siendo copadas por el narcotráfico que inmediatamente trae violencia.
—¿Cuál debería haber sido la estrategia antidrogas del gobierno en la sierra de Piura?
—Primero se necesita inteligencia para tener información clara. Y si se constata, como creo que es público que viene ocurriendo, lo que sigue es un fortalecimiento de las fuerzas del orden para, debidamente pertrechadas, acabar con estos focos. Aplicar la ley a fondo para evitar que esta gente perturbe la paz y el desarrollo regional.
—¿O sea en Ayabaca no está fortalecida la policía?
—Ciertamente no (al igual que en muchos otros focos críticos donde opera el narcotráfico). Y el gobierno se da cuenta harto tarde y ahora reacciona pidiendo más recursos, cuando el presupuesto presentado por el Ejecutivo ha debido incluir estos temas.

***

En el lado de la ley las cosas no parecen haber cambiado mucho en la frontera, pese a la inmolación del mayor Benites y a la muerte de otros diez policías. El narcotráfico en cambio es más fuerte. El 6 de septiembre de 2001 eliminó al subalterno Segundo Ramírez Navarrete por atreverse a incautar 29 kilos de droga en el sector Las Juntas, en Pacaipampa. El 5 de agosto de 2007, en el Rayo del Molino, los guerreros de la mafia demostraron estar preparados para enfrentar a cualquiera patrulla policial que se les cruce en el camino. ¿A quiénes habrá corrompido o corromperá el negocio blanco si las cosas no cambian? Pregunta sin respuesta oficial. Una de las tantas, como las de los numerosos crímenes sin resolver, que van quedando ocultos bajo el oscuro y lluvioso cielo ayabaquino que esta tarde sigue lavando la basura dejada por comerciantes y peregrinos del Señor Cautivo, en las calles aledañas a la Fiscalía. “Sería aventurado dar una respuesta”, dice Sosaya, negándose a decirme cuántos civiles y policías han muerto por la droga durante sus siete años de fiscal en Ayabaca. Más difícil aun es saber a cuántos profesionales o autoridades de saco o uniforme captó la mafia en todos estos años. En la región donde se halló droga dentro de las instalaciones de la Base Naval de Paita, donde se investigó posibles nexos de militares con la mafia del capo mexicano Lugo Romero, en el país donde “los políticos no hacen nada contra el narcotráfico porque están siendo financiados por el tráfico de drogas cada vez que hay elecciones” —según el ex miembro de la Unidad de Investigación de El Comercio, Horacio Potestá—, mirar atrás siempre da pistas.

“En blanco sobre negro, creo que los políticos no hacen nada contra el narcotráfico, porque simplemente están siendo financiados por el tráfico de drogas cada vez que hay elecciones generales, locales o municipales. (Por ejemplo), el FIM en la década del 90 incluyó a Humberto Chávez Peñaherrera alias Calavera, hermano de Vaticano, en el puesto número 10. Igual con otros partidos. Acá hay un problema de moral. Hasta hace seis años Caretas insistía en que Alejandro Toledo, mandatario del segundo país productor de hoja de coca, había consumido drogas y mostró un informe de la clínica San Pablo, indicando que se halló en la sangre del presidente rastros de droga”, me dijo Horazio Potestá, ex miembro de la Unidad de Investigación de El Comercio, quien denunció periodísticamente, basado en fotografías e indagaciones, posibles vínculos entre militares de la Primera Zona Militar del Norte con el cártel del mexicano Lugo Romero.

***

Lo último que se supo del ecuatoriano Bolívar Pinzón que mató al mayor Benites y al cabo Dávila en Jiclas, es que cayó en una operación policial como indocumentado. Desde su escondite, probablemente en la zona de Matamoros, había cruzado la frontera hacia el Perú una mañana de 1985, cuando efectivos del PV Sausal lo intervinieron a las 6:00 am. Sólo cuando lo condujeron al local policial, al cotejar su cédula de identidad con la lista de buscados por la justicia, sus captores se enteraron de que acababan de arrestar al ecuatoriano más buscado desde el 83 y cuya información figuraba en todos los PV como el autor del asesinato del mayor Benites y del cabo Dávila.

—Te jOdiste, tú eres el que mató al mayor —le dijeron sus captores, recuerda “Pesquisa 1”, otro de los policías cuya identidad no debo revelar.

Lo malo, dice, es que en lugar de llevarlo de inmediato a Ayabaca, lo tuvieron todo el día. Y un campesino de Sausal “fue, arregló” y le facilitó la fuga. El mismo día de la captura, a las 6:00 pm, el alférez jefe del PV ordenó:

—Sáquenlo para que tome sus últimos baños de sol, porque mañana temprano se va a Ayabaca.

Algunos vecinos oyeron disparos y a los guardias gritando que Pinzón escapó. El subteniente GRP y sus tres subalternos nunca informaron a su comando sobre la captura y “fuga”, pero dos semanas después una vecina, Dorila Llapapasca, los delató y todos fueron dados de baja. Desde su “último baño de sol”, no se ha vuelto a saber de Pinzón. Un extraño aura parece protegerlo y también a su cómplice Teodoro Carguallocllo que el pasado 21 de junio de 2007, mientras dormía, fue apresado con una cacerina MGP robada el día del doble crimen, según dijo la I Dirtepol. El joven de 28 años que desapareció con Pinzón tras el crimen de Jiclas, esta vez tenía 52 años, 90 plantas de marihuana sembradas en su chacra y el cargo de presidente de rondas campesinas del poblado de Mostazas. 150 campesinos con escopetas y cuchillos bloquearon la carretera y retuvieron a los cinco policías y al fiscal adjunto Marcelo Yauli López, cuando se lo llevaban preso. La comitiva hizo disparos, pero tuvo que irse sin el reo. Otra vez el enemigo impuso su voluntad.

***

Para afrontar al narcotráfico, en reunión de Estado Mayor, se ha acordado crear tres bases antidrogas, incluida la de Piura, dijo el general Luis Henríquez en octubre de 2007. Claro que los recursos aún no han llegado.

—Deseo exhortarlos a que imiten al policía cuyo nombre desde ahora los va a cohesionar aun más: el suboficial de primera PNP fallecido Emmanuel Gerald Medina Oblitas.

Vuelvo a escucharlo, meses después en el patio de la I Dirtepol, que lleva el nombre de un policía muerto en la guerra con Ecuador de 1941, Alipio Ponce Vásquez. El jefe policial dirige su discurso a los nuevos policías graduados de la Escuela Técnica PNP de La Unión. En estos días de críticas a la actual política antidrogas tras la muerte de efectivos en las zonas rojas de la droga, y luego de escuchar a los flamantes suboficiales cantando emocionados que “siempre habrá un policía… presto a morir por el Perú”, le pregunto a Flor Saavedra, una cajamarquina “chaposa” y feliz mientras se hace tomar fotografías con el hijo recién graduado, de uniforme impecable y risita nerviosa:

—¿No le da miedo que maten a su hijo? —le pregunto y se queda muda unos segundos. Quisiera decirle que vengo de recorrer muchas rutas de la droga, donde han muerto once policías, y que tal vez a su muchacho correctamente vestido lo manden a cuidar la frontera, donde podría ser alcanzado por ráfagas o granadas de alguna firma o cártel; que vengo de recorrer campiñas y precipicios donde ni siquiera se colocan flores, ni cruces allí donde muchos uniformados cayeron abatidos por las balas de la mafia, como para que sean olvidados y para que esta guerra sea realmente invisible. Pero no quiero interrumpirle su momento feliz.

—Da temor, oiga, pero yo siempre lo encomiendo a San Juancito. Él me lo va a cuidar —dice doña Flor y vuelve a posar para otra foto.

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* La verdadera identidad de los testigos del doble crimen y de sus familiares se guardan en reserva por obvias razones de seguridad.

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