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Ahí viene Gary Medel, con pelota dominada, listo para fusilarme. Es el domingo 16 de mayo, pasadas las cinco de la tarde y debajo del arco me dispongo a hacerle frente. En la plaza que está delante de la multicancha de calle Alberto González, de Conchalí, los vecinos se aglomeran para ver a una de las figuras de Boca Juniors y de la Selección chilena jugar una pichanga de baby fútbol junto a sus amigos del Sabino Aguad Kunkar, el club en el cual inició su carrera antes de saltar a la U. Católica.

-Dala, Gary, entrégala – le grita su hermano, Kevin.

Viene con la cabeza agachada, mirando el balón. Pero él tiene dominio de la situación. Los ojos se le achican, abre la boca para respirar mejor y los músculos de la cara se le tensan al punto que su cara se convierte en una expresión de fiereza. El cuello es tan ancho que pareciera la continuación de la espalda, y los pies se mueven rápidos y fuertes, como si quisiera taladrar la cancha.

Doy dos pasos hacia él, y me agazapo.

El día anterior, sábado 15, Gary había llegado en un vuelo comercial desde Mendoza, Argentina. No pudo jugar el último partido de la temporada por Boca, frente a Banfield, de visita: un par de contusiones en sus piernas lo habían descartado para ese encuentro. Así que Medel decidió conducir su auto Nissan 370z -deportivo blanco y con matrícula chilena- desde Buenos Aires hasta Santiago en su último viaje desdeArgentina, previo al Mundial. Lo acompañaba su polola, la trasandina Gabriela Acosta, y a causa del cierre delPaso Los Libertadores por mal tiempo, tomaron el avión a Santiago y dejaron el Nissan en el hotel donde se habían hospedado.

Gary llegó a la sede del club Sabino Aguad a eso de las ocho de la noche de ese sábado, cuando su hermano mayor y su padre, ambos de nombre Luis, jugaban brisca con otros dos amigos.-¿Y no fuiste a la Selección, Gary? -le preguntó un amigo de su padre. Al día siguiente se enfrentarían los equipos de Chile y México en el Estadio Azteca. Gary, titular indiscutido para Sudáfrica, hizo una mueca y lanzó la mano hacia arriba.

-No, Bielsa va a probar a otros mañana. Yo vengo a jugar con ustedes -se dio vuelta y añadió-¿Jugái a la pelota, periodista?

Asentí.

-Entonces trae equipo mañana y jugamos con los cabros.

Hombre de metas

Buenos Aires, viernes 7 de mayo. 11 de la mañana.

-Decile “Gary”, hijo. Decile “Gary”, para que te firme un autógrafo.

Un hincha y su hijo están pegados a la reja de la esquina norponiente de La Bombonera, la cancha de Boca Juniors. Gary Medel juega y bromea con tres compañeros más jóvenes y suplentes del club, en el sector del córner. Cuando la pelota cae cerca de la reja, el niño le grita “Gary”, el chileno lo ve y lo saluda con la mano.

A pesar de que Boca ha cumplido una de las temporadas más pobres de su historia (terminó 16 entre 20 equipos), Medel ha sido la revelación y una de las pocas figuras rescatables del equipo.

“Gary es un hombre de metas”, dice uno de sus amigos en Buenos Aires. “Uno de sus sueños era jugar en Boca Juniors. Lo logró rápidamente, pero él sabe que su vida en Argentina es breve, porque su siguiente paso es Europa. La otra meta que sigue es el Barcelona. De hecho, cuando juega fútbol en el PlayStation, lo hace como jugador del Barça”.

Pese a que se trata de un entrenamiento, Medel corre y se arrastra por el pasto como si se tratara de un partido de verdad. Los compañeros le gritan “Chile”, “Gary”. Ninguno le dice “Pitbull”.”Marcelo Bielsa habló con los dirigentes de Boca y recomendó a Gary a ojos cerrados”, cuenta Marcelo London, uno de los dirigentes del club xeneise. “Nosotros sabíamos perfectamente todos los problemas que había tenido Gary en Chile (detención por conducir en estado de ebriedad, peleas dentro de la cancha, la caída de una joven desde el balcón de su departamento en Huechuraba y el accidente que casi lo mata cuando se quedó dormido al volante entre Viña y Santiago). Pero en Argentina ha sido muy profesional. Dentro y fuera de la cancha”.

Hay periodistas en las butacas de La Bombonera. Observan a Gary, hablan entre ellos, dicen que los dirigentes no van a poder retener al chileno, que se va a Europa y que ya están buscándole un reemplazante.

“Este es un equipo difícil. No todos los jugadores que llegan funcionan”, cuenta Leonardo Aguilera, de TyCSports. “El hincha de Boca le pide algo más al jugador: que ponga, que luche cada pelota. Y Medel le dio ese plus. Todo se le hizo más fácil cuando le hizo dos goles a River en este estadio. Él responde al grito que tiene la hinchada de Boca, Boca, Boca, huevos, huevos, huevos”.

En Argentina Gary se ha peleado con un par de rivales y hasta con un compañero, pero también ha sido hábil para no entrar en conflicto con los líderes más emblemáticos del equipo: Palermo y Riquelme, enemistados entre sí.

“Almuerza con Palermo y cena con Riquelme”, dice un amigo de Gary. “No tiene problemas con ellos y es mucho más amigo de los jugadores jóvenes del plantel. Pero Medel tiene a sus verdaderos amigos fuera del fútbol, y como está de paso en Buenos Aires, y lo tiene clarísimo, prefiere tener buenas relaciones y no abanderarse con nadie”.

De hecho su tiempo en Argentina, se acabó.

Diez años de fútbol

Gary Medel vive en una casa de un piso en el residencial municipio de Vicente López, a 16 kilómetros al norte de Buenos Aires. No tiene muchos muebles (la cama, un sofá y un comedor) y sí muchas películas que ve en su computador (alrededor de 300, una de las últimas que vio fue El secreto de sus ojos). El lugar fue buscado por uno de los asistentes del representante de Gary, el argentino Fernando Felicevich, que se preocupa por todas los asuntos que el futbolista necesite.

-¿Sabés?, acá todos en el barrio lo quieren -dice un hombre pequeño y gordo, que sale de una caseta de vigilancia, a 10 metros de la casa del jugador-. Cuando Gary les hizo los dos goles a River, al frente los vecinos le colgaron un lienzo que decía: “Gracias, Gary”.

Juan Eduardo Bringas es el guardia que cuida las casas del sector. Cuando ha ido la familia de Medel, lo invitan a almorzar, habla con el abuelo y la madre del jugador le pide que le “cuide su guagüito”.

“Es un pibe que sale muy temprano a entrenar, y vuelve a la hora de almuerzo y a veces me pide que le llame un delivery para que le traiga una pizza. Duerme y a veces sale al mall a comprar. No sale nunca en las noches, ¿eh?, mirá que siempre preguntan eso. Es un pibe que vive para el fútbol”, dice.

De hecho, Medel no conocía el Obelisco hasta hace un mes, cuando el programa de Canal 13, Nacidos para ganar, lo llevó al monumento para hacerle una entrevista. Sin embargo, desde el momento en que comenzó a salir con Gabriela Acosta, su vida en Buenos Aires cambió un poco. De pasar el día en su casa chateando por Messenger y revisando constantemente su Facebook, comenzó a salir con ella a comer e ir de compras. En varias ocasiones se ha quedado en el departamento de Gabriela.

“Al principio era tímido, pero de a poco empezó a soltarse”, recuerda Cristián Erbes, el compañero más cercano que tiene Gary dentro de Boca. “Ahora es un buen amigo, compartimos habitación cuando el equipo concentra y nos ponemos a ver películas, a veces jugamos ping pong, y compartimos el gusto por la música. Él me presta reggaeton y yo le paso cumbias villeras”.

En Buenos Aires está de paso Marco López, el “Piri”. Es amigo de Gary desde que ambos se enfrentaban en una cancha de tierra; Medel, por el Sabino Aguad, y Marco, por su club, el Defensor Olímpico. Gary lo llamó y le dijo que si quería verlo jugar en la Bombonera ésta sería la última oportunidad.

-Me dijo que estaba todo listo -cuenta-. Que hablaron con él y que no vuelve a Argentina. Y que estos iban a ser sus últimos partidos en Boca. Le dijeron que tienen todo listo para que se vaya a Europa.

-Un día yo fui a buscar al Gary a Juan Pinto Durán, fue después del choque que tuvo, cuando se quedó dormido -recuerda Marco-. Y lo vi conversando con Bielsa. Después le pregunté qué habían hablado, y él me dijo que le había dicho que tenía que cuidarse. Le dijo: “El fútbol son sólo 10 años”, y hay que aprovecharlos.

Al terminar el entrenamiento, los jugadores comienzan a salir hacia el parque cerrado, donde están los autos.

Media docena de BMW, un par de Mercedes Benz, y el Nissan 370z de Gary. Le piden autógrafos, se saca fotos, habla con los hinchas y evita a los periodistas. Entra al auto, sube la ventanilla y pone un reggaeton.

La vida pop

Domingo 16 de mayo. Hora de almuerzo.

Gary Medel y sus amigos ven el partido de Chile con México en la sede del Sabino Aguad. De repente sale y afuera se pone a conversar con unos amigos sobre un episodio que ha pasado en la población. Uno de ellos le cuenta la historia de un muchacho que estuvo preso durante 15 años a causa de las drogas, y que se puso a estudiar en la universidad mientras duraba su condena.-La cagó, qué buena -dice el Pitbull.

La Selección cae por uno a cero frente a los mexicanos. Medel se lamenta con el casi gol de Beausejour y comenta acerca de la expulsión de Manuel Iturra. Se pone de pie. Pregunta si hay gente suficiente para la pichanga de más tarde.

De almuerzo hay porotos con chancho. Es una comida para cancelar la multa de 42 mil pesos que debe un jugador del Sabino Aguad por agredir al árbitro en el último partido. Gary pagó varios platos, pero desde chico que no le gustan los porotos. Le dan un pedazo de carne y ensalada. A Gabriela le dan pollo.

-Vos tenís cara de choro -me dice, y se le forma una mueca de alegría en la cara-. Él tiene cara de malo,¿cierto? -le pregunta al resto.

Los compañeros se ríen.

-Estoy orgulloso de mis hijos -dice el padre de Medel-. Hice buenas personas, pero hice mejores futbolistas.

Llega el hermano mayor, Luis. Viene vestido con el buzo de Boca Juniors y la camiseta de su hermano.

-Como familia estamos contentos de que el Gary alcance sus sueños -cuenta-. Imagínate, él salió de acá y sigue acá. Vuelve. Está solo en Argentina, lo vamos a ver, pero lo echamos de menos y él a nosotros. Y extraña esto: esta vida y este club. Aquí están sus raíces.

Por la tele hablan de los resultados del fútbol argentino, pero a Gary le importa muy poco. Ve la hora y se pone ansioso por la pichanga. De una bolsa, su hermano Kevin saca una polera calipso, shorts negros, calcetas y un par de zapatillas de tenis blancas, todo Nike.

Observo una foto de Gary con la selección chilena pegada en un fichero de la sede. Está “Chupete” Suazo, Alexis Sánchez, Matías Fernández y Claudio Bravo. Medel aparece en cuclillas con sus ojos semicerrados y laboca abierta.

-¿Estái listo, periodista? -me pregunta Gary con un empujón-. ¿Estái seguro de que quieres jugar con nosotros?, porque aquí no hay amigos, no hay familia ni hay periodistas. Aquí se juega con los codos, se pega y después se pregunta.

Salimos a la cancha. El sol está a punto de ponerse. Se arman tres equipos de cinco jugadores que se rotan al gol. Yo seré arquero en uno de ellos. Me toca jugar. Gary, en el equipo contrario, pisa el balón y engancha. Intentan quitarle la pelota, la suelta, corre para recibirla. Choca con un rival, Medel ni se mueve. Parece una armadura.

Gary la pide, Gary la lleva, Gary engancha, corre, patea, ataca. Tiene la camiseta empapada. Viene de nuevo, avanza, regatea, se pasa a uno, a dos y se acerca al arco hasta que estamos frente a frente. Salgo hacia su encuentro. Respiro hondo, espero el remate. Medel me ve, calcula, hace que va tirar y no tira, le da el pase a un compañero que va libre por su izquierda, éste la recibe, remata y gol.

Medel mira la pelota en el fondo del arco, los ojos se le achican y se ríe.

Su carcajada es como un ladrido.

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Se acaba de arrojar y ya se convirtió en una leyenda. En una de las fotografías más extrañas del fútbol chileno, hay un aficionado anónimo que tiene los ojos bien abiertos, el cuerpo semirrecostado y la cara cubierta de colores. Es el miércoles 5 de junio de 1991, una noche muy fría en el Estadio Monumental, en Santiago de Chile, y en las tribunas hay unas sesenta mil personas. El muchacho está en el centro del campo, los orificios de la nariz bien abiertos y la boca que parece aspirar una bocanada de aire a causa del esfuerzo por llegar a la escena. Detrás de él posan abrazados los once jugadores del Colo Colo que, noventa minutos después, habrán ganado por primera vez la Copa Libertadores de América. Están tensos. Ninguno sonríe para la posteridad. La felicidad del niño brilla en medio de ese cuadro sombrío, como si hubiera calculado su jugada maestra con semanas de anticipación. Adelante hay unos treinta fotógrafos y camarógrafos que ni siquiera han advertido la presencia del intruso y capturan las imágenes en los seis segundos que dura ese instante oficial: el equipo posando antes de la batalla. Pero allí también está ese niño, que ha tenido que evadir quién sabe a cuántos policías, barreras y controles antes de aterrizar en esa fotografía. Los hinchas que esa noche lo vieron por la televisión debieron de morirse de envidia y de admiración. Era el único aficionado en el campo y, por el gesto en su cara, parecía el muchacho más feliz del planeta.

Al día siguiente, su rostro semioculto como el de un superhéroe anónimo fue parte del póster oficial del equipo campeón de la Copa Libertadores de América. La imagen circuló por todo Chile. Millones de chilenos celebraron ese campeonato continental, el primero que obtenía un equipo de su país. También se preguntaban por ese muchacho de la fotografía. Un programa de televisión hasta intentó buscarlo, pero no tuvo éxito. ¿Quién era El hincha fantasma?

El fotógrafo deportivo José Alvújar no llegaba a los treinta años cuando fue a cubrir ese partido que él considera la primera gran historia de su carrera. «Lo que me acuerdo con claridad es que hacía bastante rato que el pendejo andaba en la cancha, y lo único que rogábamos los fotógrafos era que él no llegara a la foto», dice dieciséis años después de aquel partido. Ahora lleva el pelo largo, una barba canosa y es uno de los mejores fotógrafos deportivos de Chile. Esa noche lo acompañaba un grupo de experimentados camaradas. El joven Alvújar tenía una misión particular: obtener la imagen del gol de Colo Colo, el equipo local. Pero antes del juego, corrió al centro del campo para sacar la fotografía oficial: la oncena titular de ese equipo. Los jugadores comenzaban a formarse cuando él notó que un niño corría hacia el cuadro. «Siempre he dicho que la foto tiene su momento y por ese motivo uno obtiene lo que el lente puede captar –dice Alvújar–. No hubo tiempo para detener nada. En ese momento pensé que lo que hacía ese muchacho era una coordinación perfecta para cagarnos la foto. El registro se iba a ensuciar con ese niño. Y en mi cabeza lo único que se repetía mientras disparaba era: un estorbo, un estorbo, un estorbo».

Cuando la pose protocolar del Colo Colo concluyó, faltaban dos minutos para que comenzara el partido de fútbol más importante de la historia de Chile (ningún equipo del país ha vuelto a ganar la Copa Libertadores de América). Los fotógrafos tenían la imagen oficial. Los jugadores se dispersaron por el campo de juego. Al muchacho lo capturó un policía. Y nadie supo de él. Su rostro nunca volvió a verse en el Estadio Monumental. Tampoco él apareció para decir, sí, yo fui El hincha fantasma. O como dicen algunos: El jugador número doce en esa fotografía.

***

Marcelo Bueno es un hombre gordo, calvo, usa unos anteojos oscuros y hoy viste una camiseta idéntica a la que el Colo Colo llevó en aquel partido de principios de los años noventa. Es bastante conocido en el Estadio Monumental porque los siete días de la semana vende fotografías y chucherías. Los jugadores lo saludan, los hinchas lo conocen y los funcionarios lo ubican a la perfección. Le dicen El Toby. Hoy es un sábado de junio del 2007, día de entrenamiento en el estadio. Los campos están repletos de niños y adolescentes que practican el fútbol en las divisiones inferiores del club. El pasillo de tierra que comunica las canchas está lleno de mujeres y hombres con cámaras fotográficas, quienes ven y analizan los progresos de sus hijos. Por allí está El Toby, que dice conocer cualquier cosa que «huela» a Colo Colo. Su sabiduría está basada en los más de diez años que lleva vendiendo cosas dentro y fuera del Monumental. Cualquier pregunta es útil para demostrarlo.

–¿El loquito de la foto? –dice al conversar con uno de sus clientes–. Ese cabro murió, compadre. Dicen que lo mataron. Era malandra y murió en su ley, por lo que cuentan.

El Toby recuerda que la noche del partido estuvo en el estadio (entonces era un adolescente), y observó que aquel muchacho rondaba cerca del equipo. Pero luego no vio más.

–De ese loquito nunca se supo mucho. Desde ese día nadie más lo vio en el estadio. ¿Quién va a saber el nombre?

El cliente que lo escucha es un hombre maduro que observa jugar a su hijo. Le ha comprado a El Toby una fotografía del equipo titular del 2007, y ahora dice que El hincha fantasma fue un jugador de fútbol de las divisiones inferiores del club. Una especie de pasapelotas que no se aguantó las ganas de estar donde no debía.

El Toby recuerda el itinerario de ese misterioso hincha. Dice que salió de un costado del campo, aunque no se trataba de alguien conocido, como esas personas que solían pulular por allí. «Ese loco no era de la barra», añade. «Debió saltar la reja o se pasó por debajo, pero sabía lo que hacía. Yo llegué como a las cuatro de la tarde y el partido fue a las nueve de la noche. Ningún otro loco se metió a la cancha por las medidas de seguridad que había. Por eso cuando se sacó la foto y llegó corriendo y se deslizó, el loco se hizo famoso». Lo curioso, agrega, es que después de su hazaña ese muchacho nunca más apareció en el estadio ni en la barra ni en ninguna otra parte. «Si todos queríamos conocerlo –dice El Toby–. Fue raro, pudo haber sido un símbolo y terminó siendo un cabro que nadie conoció».

Ese misterio ronda en Pedreros, como también se le conoce al estadio de Colo Colo, y en los hinchas que en cada aniversario de la Copa Libertadores de 1991 contemplan la imagen de El hincha fantasma. ¿Quien fue? ¿Por qué desapareció sin dejar huellas? Mario Santana es un miembro antiguo de la Garra Blanca, la barra brava de Colo Colo, y asegura que ese niño no pertenecía a su grupo. Santana se considera una especie de historiador del equipo, y con esa autoridad califica al muchacho de «personaje legendario». «Todos quisimos ser él esa noche», dice mientras observa un partido de juveniles en uno de los campos de pasto del estadio. «Sería un honor conocerlo y darle un abrazo y decirle que ésta es su casa. Que nunca debió desaparecer». Para muchos, El hincha fantasma es como un héroe que se arrepintió de serlo.

En un campo cercano, un grupo de seguidores observa el entrenamiento del primer equipo de Colo Colo. Al día siguiente, domingo, se enfrentará con la Universidad Católica, uno de los equipos más fuertes de la liga de Chile. El Toby llega hasta allí, ofrece sus productos y, aún motivado por la conversación anterior, pregunta:

–¿Alguno se acuerda del pendejo que salió con el equipo campeón de la Libertadores del 91? ¿Cómo se llama?

–¿El loco de la foto? Ni idea. Quién va a saber, si nunca más se supo de ese cabro –responde un hombre de barba y pelo largo.

–Yo supe por ahí que murió –dice El Toby.

–Ese huacho nunca existió, compadre –interrumpe un hincha calvo y de anteojos.

–Cuida la boca, feo. Ése es un prócer –responde alguien desde atrás.

–Pero si una vez salió en una entrevista que había sido José Luis Villanueva, ese atacante que jugó en Racing de Avellaneda.

–Pero si Villanueva es más rubio que la cresta. Y el cabro de la foto es moreno, pelo duro, de pobla. Están inventando, huevón.

–Alguien me dijo que era un flaite de la «U» que vio la luz y pagó sus pecados entrando a la cancha sagrada del Monumental.

Los hombres se ríen. Algunos lanzan el grito de guerra del Colo Colo. Los demás vuelven a observar el entrenamiento. Si le ganan a la Universidad Católica el domingo, el tricampeonato estará mucho más cerca. Mientras tanto, El Toby sigue vendiendo y preguntando sin suerte: ¿Quién era el loquito de la foto?

***

Dicen que el futbolista José Luis Villanueva podría ser El hincha fantasma. Ahora es un delantero de casi treinta años que juega en el Vasco da Gama, en Brasil, donde vive sus años de madurez deportiva. Su carrera es la típica de un jugador con talento y buenos contactos: empezó en la segunda división de Chile, luego pasó al Palestino, jugó por la Universidad Católica; de allí se fue al Racing Club de Argentina, al Morelia de México. Después viajó a Corea. Luego a Brasil. Pero en 1991, Villanueva apenas era un chiquillo de diez años que jugaba en las divisiones inferiores del Colo Colo. Durante la copa Libertadores de ese año, también cumplió un privilegiado papel como mascota del equipo principal. Cada vez que los once jugadores salían al campo del Monumental, Villanueva los acompañaba, orgulloso, a saludar a los hinchas. Desde ese lugar envidiado, él veía los rituales de los futbolistas, las arengas. Después, un paramédico lo devolvía a los camarines, donde su padre lo esperaba para ver el partido desde la tribuna.

Como mascota, Villanueva estuvo en la mayoría de partidos de ese campeonato en que Colo Colo jugó de local. A medida que el equipo avanzaba en el torneo, él soñaba con acompañarlo hasta la final. En sus fantasías, imaginaba cómo saldría a la cancha en el partido más importante: si de la mano de este jugador o de aquel otro; si le colocarían la camiseta del equipo o si usaría una sudadera. En el partido de vuelta de las semifinales, Colo Colo iba a enfrentar a Boca Juniors en Santiago de Chile. El padre de Villanueva llevó a su hijo a las cercanías del camarín, pero allí un guardia les cerró el paso: no podrían entrar porque el partido sería «peligroso». Así fue. Hubo una batalla campal en el campo del estadio. El Monumental estuvo a punto de ser suspendido. Las autoridades de la Confederación Sudamericana de Fútbol exigieron que, para el partido de la final, ninguna persona ajena al espectáculo se aproximara al campo. El sueño del niño Villanueva estaba apunto de hacerse humo.

Cuando esa noche llegó, la mascota del Colo Colo no estaba cerca del campo, ni en los camarines, ni siquiera en el estadio. José Luis Villanueva vio esa histórica final de su equipo en la televisión. «No fui al Monumental porque mi papá estaba de viaje», recordaría años después, desde Corea. «Sé que dicen que yo era el niño de la foto, pero esa parte de la historia está alterada. No soy ese niño, mal podría serlo si ni siquiera estuve en el estadio. Lo demás es cierto, fui la mascota de Colo Colo ese año. Fue una experiencia notable, pero habría que buscar en otro lado a ese niño». La pregunta es dónde.

***

En el afán de encontrar a El hincha fantasma, algunos se fijaron en una imagen fúnebre que hay en la entrada de los campos donde entrena el Colo Colo. Dijeron que ese 5 de junio de 1991, el muchacho de la imagen apareció y luego despareció fantasmalmente en el estadio. Era un error increíble: el monumento recordaba a una niña muerta en el 2005. Lo único cierto era que sobraban los sitios dónde buscar.

A fines de mayo del 2007, el misterio pareció de pronto resuelto. Faltaban ocho días para que los hinchas del Colo Colo celebraran el decimosexto aniversario de aquella Copa Libertadores. El periodista Aldo Schiappacasse publicó en el diario El Mercurio el artículo «El niño que se cruzó». Allí decía que El hincha fantasma se llamaba Reinaldo Sandoval, que tenía veintisiete años, que trabajaba como asistente de autobuses interurbanos y que tenía una hija de siete años. «Cuando veo que le van a sacar la foto al equipo vengo y me tiro, no más, arrastrándome. Quedé todo desordenado, algunos fotógrafos reclamaban y llegaron los guardias para agarrarme del brazo y sacarme a la tribuna Océano», explicaba el supuesto hincha en ese texto. Debía de tener once años de edad la noche del campeonato. Un año antes, contaba él, su abuela lo había internado en la Ciudad del Niño, un albergue para chicos con problemas económicos y familiares. Poco a poco él se hizo más y más hincha de Colo Colo. Conoció a la secretaria del presidente del club, y ella le regaló unas entradas para el estadio. Con el paso del tiempo, el niño se hizo conocido entre los porteros y los guardias de ese lugar. Por eso, explicaba, no le costó tanto entrar en el campo de juego. «Muy temprano me fui a la sede, donde me pintaron y me llevaron al estadio. Quedé justo en el túnel. Cuando el equipo salió a la cancha me le colé al jefe de seguridad –uno negro y alto que había en esa época– y de repente me vi al medio de todo», le dijo a ese periodista.

–Este muchacho me ubicó un día en el celular y me dijo: “Yo soy el niño que sale en la foto de la Copa Libertadores que ganó Colo Colo” –explicaría después Aldo Schipaccasse–. Luego le sugerí que nos juntáramos y más tarde le hice la entrevista. Allí me pidió plata, pero evidentemente le dije que no tenía un peso que darle.

Hoy es un domingo por la tarde en la Comuna Pudahuel, al oeste de Santiago de Chile, y Reinaldo Sandoval ha terminado de jugar un partido de fútbol de la liga amateur de la zona. Es un hombre pequeño, de piel clara y frente amplia. Lleva el cabello negro ligeramente ondulado con gel. Está duchado y bebe una cerveza mientras observa junto con unos amigos otro partido. Los equipos juegan en un campo de tierra trazado dentro de un hoyo gigante, tal como el estadio Monumental.

–Oiga, ¿y no tiene unas luquitas para pagar la cuenta del celular? –dice con una voz fuerte y algo raspada–. Supongo que el Aldo le pasó mi celular. Él me dijo que me iba a regalar una camiseta, y lo quiero llamar para que se acuerde. Si tiene unas luquitas, las que sea, por último para mi hija, que es mi sol. Ya, hablemos, qué quiere saber.

Sandoval sonríe. Su cara es triangular y su nariz fina. Se le ve tranquilo. Dice que no tiene fotografías de cuando era niño. Tampoco sabe por qué no contó antes que él fue El hincha fantasma. «Quizás porque una vez murió una persona en el estadio Monumental y me empezó a dar miedo y no volví más –explica–. Pero ahora me di cuenta de que era importante que la gente sepa que fui yo. Sé que significo mucho para los colocolinos». Dice que eso lo llena de orgullo.

Hay un incidente en el campo. Algún foul resistido o una posición adelantada inexistente. Los gritos y las rechiflas llegan de todos los costados. Sandoval sigue hablando y mueve mucho los hombros, de arriba abajo. «Yo salí cuando salió el equipo de Colo Colo, perro. Estuve muy poquito en la cancha, apenas unos segundos. Y fueron los más espectaculares que yo haya vivido. Salí a pelusear y cuando vi a los jugadores formándose y a los fotógrafos preparados, me puse a correr lo más rápido posible y me deslicé por el pasto hasta quedar justito para la foto, como se ve en los videos y en la foto. En segundos me hice famoso». Ahora se asoma a ver lo que sucede en la cancha. Se ríe del alboroto. Los jugadores, abajo, se trenzan en una discusión y el árbitro intenta separar a los dos más iracundos de cada equipo.

En el artículo de El Mercurio Sandoval contó que alguna vez quiso jugar en el Colo Colo. De niño hasta se probó en las divisiones inferiores, cuando el técnico argentino José Pekerman las tenía a su cargo. Fue en 1993. Al verlo jugar, contaba Sandoval, el entrenador quedó conforme, pero no le agradó su físico. «Me dijo que por el porte no quedaba. Así de simple». También recordó que alguna vez, en 1991, lo sacaron del albergue donde vivía y lo llevaron a visitar el estadio de Colo Colo. Fue con sus compañeros. Allí los jugadores del equipo campeón lo saludaron como al héroe que había sido.

Sandoval dice que la noche de la final de la Copa Libertadores no llevaba nada encima del rostro: ni autoadhesivos, ni cintillos, sólo la pintura que le aplicaron en la sede del club. «Fue tan rápido todo, que apenas si recuerdo lo que hice», explica mientras se alisa la camisa. «Cuando vi a los fotógrafos yo estaba lejos y me puse a correr hasta que llegué, me deslicé limpiamente y sacaron las fotos. No toqué a nadie, no tuve tiempo de nada más. No hablé con ningún jugador. Sólo hice esa aparición y quedé para la leyenda». Ahora se escuchan tres pitazos que llegan desde el campo. El árbitro acaba de finalizar el partido. La gente aplaude, algunos jugadores se dan la mano, otros se abrazan. Reinaldo Sandoval también se despide.

–Compadre, que le vaya bien. Aquí conoció al niño que se cruzó en la foto de la Libertadores del 91. A propósito, dile a Aldo que me mande la camiseta que me prometió porque si no es así, voy a ir a dejarle la grande, ¿no crees, huevón?

Se ríe fuerte. Algunas personas se dan vuelta para mirarlo.

***

En la página web más importante de los seguidores del Colo Colo, dalealbo.cl, algunos aficionados celebraron la buena noticia. «Por fin apareció», dijo alguien que firmaba como Chartier Albo. Haber encontrado a El hincha fantasma era un beneficio para ellos. Ese niño representó al hincha del equipo durante esa final de la Copa Libertadores. De hecho, muchos seguidores creían que se trataba de un muchacho de Ñuñoa, una comuna del este de Santiago de Chile, que había muerto a causa de su mala vida. También se mencionaba un apodo: el Monito, pero de su nombre y destino real, nada. Aquellos eran datos vagos que nunca identificaron a nadie. En el texto de El Mercurio, al menos había una persona de carne y hueso a quien creerle. Un ser humano con nombre y apellido que contaba una historia verosímil de lo que había ocurrido.

Pero después de ese artículo vinieron las dudas y las nuevas pistas. «Ese huevón está vendiendo la pomada –escribió alguien que firmaba Alboiquique–. Yo conocí y muy bien al que se tiró en esa foto. Le decían Mono y era de Ñuñoa, población Exequiel González Cortés. Toda mi familia y el barrio lo conocía no sólo por esa foto, sino porque era una buena persona; era medio pinganilla, pero no era malo. Sabrán a qué me refiero, pero bueno. Lo cierto es que esa persona ya no está con nosotros sino que está alentando al Cacique desde el cielo». Los comentarios siguieron, incrédulos, enojados, sorprendidos. Catoalbo agregó más detalles: «Por las cosas de la vida se metió en cosas malas y terminó pagando con su vida, dicen que de sida, pero la cosa es que murió hace algún tiempo atrás. Mi viejo me lo contó». Desde el 28 de mayo hasta el 1 de junio del 2007 hubo veintinueve comentarios. Allí quedó todo. El hincha fantasma fue olvidado de nuevo.

Días después, los encargados de esa página publicaron un mensaje en el que pedían datos sobre ese muchacho. Algún indicio, lo que fuera que pudiera ser rastreado. Los comentarios volvieron. «Es el futbolista José Luis Villanueva». «Dicen que salió en un diario hace poco». «Es un mito urbano, hay como mil versiones». «Es un mito urbano ese huevón, que quede ahí no más, déjenlo piola; si hubiese querido aparecer ya lo hubiera hecho». Los datos del muchacho apodado el Mono regresaron de distintas personas que indicaban el mismo barrio de Santiago de Chile, Ñuñoa, la misma mala vida y un destino trágico similar: muerto hacía un tiempo. Mamsalbo dijo: «Era de acá de Ñuñoa, digo era, porque se fue a vivir a la comuna de Peñalolén. Lo apodaban el Mono. Él vivió en la población Exequiel González Cortés. Lo último que supe de él fue que murió de un balazo en la cabeza». «Cabros, el que está más correcto es el socio que dice que es de Ñuñoa. El de la foto es el Mono de la Exequiel. Al día siguiente de esa noche fue bien comentado por todos, ya que lo cachaban. Yo lo sé porque estudiaba en esa fecha en el colegio que estaba en Guillermo Mann con Maratón y que ahora es una comisaría», contó Orca. Allí había un indicio, un lugar dónde buscar.

La historia empezaba a contarse desde múltiples voces. Alboiquique reapareció y escribió que el Mono había trabajado para un señor que vendía cartones en la calle Guillermo Mann. Pero dijo algo más importante que todos los demás: dejó su nombre y el número de su teléfono celular. Alboiquique se llama Mario González y vive en Iquique, un puerto al norte del país. Lo indignaba aquel hombre que decía ser el muchacho de la foto en la columna de El Mercurio. «Todos allá en la población conocen lo que hizo el Mono. Apenas salió en la tele nos dimos cuenta de que había sido él. Nadie dudó», cuenta a través del teléfono. El Mono tenía entre catorce y quince años. Robaba y a veces le ayudaba a cargar cartones a un hombre que tenía un negocio en esa calle llamada Guillermo Mann. Ese tipo también se murió, recuerda González, pero su esposa continúa trabajando en el mismo lugar. Se llama Mónica. «Ella debe saber dónde encontrar a su familia, porque el Mono, loco, ya está muerto. Pero te digo una cosa: él es El hincha fantasma. Te vas a dar cuenta altiro». Sólo hay que averiguarlo.

***

En la calle Guillermo Mann, donde dicen que trabajaba el Mono, hay varios locales de recolección de cartones. Allí todos se conocen y es muy fácil dar con el negocio de «Mónica», como se llama la viuda del patrón de ese muchacho. El local está en la población Exequiel González Cortés, muy cerca del Estadio Nacional de Santiago de Chile. Allí los pasajes son estrechos y en las casas, de construcción sólida, hay poco espacio para que la gente se mueva con soltura. Las piezas chocan unas con otras. Si hay niños en la casa, éstos deben jugar en los pasajes angostos, en la calle o en los alrededores del estadio. Ahora es la hora de almuerzo, y un hombre que ordenaba un conjunto de cajas en el local indicado regresa del interior con noticias claras.

–Usted busca al Monito –aclara–. El Mono es el papá y esa familia tiene unos parientes que viven en el pasaje siguiente, tercera casa.

Antes de llegar a ella, un hombre que ha escuchado hablar del Monito se adelanta.

–Sé a quien busca. El Monito se llama Luis Mauricio López Recabarren, el niño que salió en esa foto famosa del campeón de la Libertadores del 91.

El vecino curioso se llama Jaime Villagrán y ha vivido siempre en este barrio. Conoce al Monito y a su familia. Lo vio de pequeño cuando jugaba en la calle y cuando iba al Estadio Nacional cada vez que podía.

–Usted debe saber que murió –cuenta Villagrán–. Tuvo una vida difícil de niño. Él optó por el camino más complicado. Él quiso vivir en la calle y allí conoció lo malo también. Murió joven. Murió en la cárcel, el Monito. Y sólo aquí en la población siempre han sabido de su hazaña.

Villagrán se detiene frente a una casa. Grita «aló» y explica que alguien quiere hablar de Luis Mauricio. Una voz responde y luego la puerta se abre. Un hombre se asoma. Pelo negro, estatura pequeña, ojos caídos y un vientre abundante.

–Qué tal –dice–. Soy Luis López. Me llaman el Mono. Usted quiere saber sobre mi hijo, el Monito. Usted viene por lo de la Copa Libertadores de Colo Colo. Adelante, ahí tenemos una foto grande de él.

La sala está oscura. El padre de Luis Mauricio López Recabarren enciende la luz y en una pared aparece una gran fotografía enmarcada donde un muchacho sonríe. Tiene los ojos oscuros, la nariz ancha, una enorme sonrisa, los dientes blancos y separados, los labios contundentes y anchos. Viste una camiseta blanca con tirantes y unos shorts azules. También lleva un gorro que deja ver parte de su cabello negro, grueso y un poco ondulado. La pared parece un santuario en honor al muchacho.

–Ése es mi hijo –se oye una voz de mujer–. Él es Luis Mauricio muy poquito antes de que falleciera. ¿Vio las fotos más chicas que están a su alrededor?

La enorme imagen está rodeada por otras un poco más pequeñas. En una esquina se encuentra la famosa fotografía del Colo Colo de 1991, donde El hincha fantasma está delante de los jugadores. Al lado hay una imagen similar de la selección nacional, poco antes de un partido contra Argentina. Es la Copa América de 1991, que se jugó en Chile. Debajo de los futbolistas, el pequeño Luis Mauricio aparece recostado en el pasto; tiene la cara descubierta y mira a las cámaras como si fuera un jugador más.

–Esa vez mi hijo hizo gritar a todo el estadio un «ce, ache, í» –dice la madre–. Fue la última vez que se metió a una cancha.

Hay algunos retratos más: en el colegio, cuando recibe un diploma al lado de una profesora; con amigos de la Penitenciaria, donde estuvo preso hasta su muerte; junto a los arqueros Daniel Morón y Nicolás Villamil, antes de un partido entre Colo Colo y la Universidad de Chile, su clásico rival; sonriendo junto al cantante mexicano José José, en la platea del Estadio Nacional; en una salida de Colo Colo, en 1991; al lado de un jugador de Universidad Católica, en 1987. En todas las fotografías aparecen el mismo mentón, los mismos labios gruesos, la misma nariz ancha y un poco chata. Es el mismo e inequívoco rostro: de niño, de adolescente, con la cara de un hombre. Luis Mauricio López Recabarren, el Monito, podría ser El hincha fantasma.

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Luis Mauricio López, el Monito, casi no pasaba tiempo en su casa. Lo suyo era la calle. Una vez, cuando tenía seis años, su padre lo sorprendió robando en un autobús. Hizo que devolviera las monedas y lo abofeteó. Pero el hijo tenía cierto talento para los robos de pequeños montos y poco a poco se convirtió en un ladrón de ocasión. Por ese motivo cayó un par de veces en los reformatorios de menores de Santiago de Chile. La única actividad que lo sacaba de los malos pasos era el deporte y eso se lo debía a su padre. Luis López, el Mono (a quien llamaban así por su parecido físico con un chimpancé), había sido popular en su niñez. Al vivir tan cerca del Estadio Nacional, había logrado cientos de imágenes con futbolistas famosos, que luego eran publicadas en revistas como Estadio o Gol y gol. Su mayor logro fue una fotografía al lado de Pelé. López dice que su hijo siempre quiso imitarlo. Por eso, el niño entraba al campo cada vez que podía. «Cuando supieron que era el hijo del Mono, la gente empezó a decirle igual o Monito. Y lo ponía orgulloso que le dijeran como su papá», explica. «Mi hijo siempre quiso ser como yo». Pero el niño iba a hacer algo mucho más grande.

Luis Mauricio, el Monito, comenzó a posar a los nueve años con los equipos titulares de la selección de Chile, el Colo Colo, la Universidad de Chile, Universidad Católica, Cobreloa y otros clubes del país. Las decenas de fotografías que la familia conserva ahora en la pared-altar de su casa se las regaló un fotógrafo profesional apodado Rucio. Luis Mauricio siempre estaba entre los jugadores, a un costado o deslizándose por el pasto. Sabía cuál era el mejor momento para entrar: minutos antes de que el equipo local pisara el campo. En ese instante todos se preocupan del público de las gradas, de sus cánticos y de la efervescencia general. Por eso, aquel 5 de Junio de 1991, Luis Mauricio entró cuando el equipo rival, el Olimpia de Paraguay, salió al campo de juego. Luego corrió en busca de esos jugadores y comenzó a molestarlos. Uno de ellos, el defensor Gabriel González, trató de pegarle un manotazo a la pasada. El muchacho lo esquivó y siguió corriendo. Esa noche, durante el juego, González fue el único jugador expulsado.

Luis Mauricio había sacado la bandera de casa, recuerda María Recabarren, su madre. «Nosotros ya no teníamos control de sus actos. Él ya se sentía libre, por eso no tuvo temor de meterse a la cancha, a pesar de que todo el mundo sabía que iba a ser muy difícil. Pero él estaba determinado en ser el único». En el estadio, la gente observaba a ese muchacho que llevaba la bandera al cuello como un superhéroe con capa. Carlos Vergara, uno de los sesenta mil aficionados que colmaban el estadio esa noche, dice que un policía empezó a perseguirlo, pero que no pudo alcanzarlo. Luego vio al Monito cerca del arco del Olimpia. Les quitaba la pelota a los jugadores de ese equipo. Un defensa estaba a punto de patear un tiro al arco; de pronto, el Monito se adelantó y dejó parado al arquero paraguayo. «El estadio –dice Vergara–, no sé si recuerdo bien o me lo inventé, lo celebró como gol». Ese grito quedó registrado en la transmisión televisiva que había comenzado hacía pocos minutos. Alberto Foullioux, uno de los comentaristas a cargo, creyó equivocadamente que el griterío se debía a que el Colo Colo salía al campo. Pero los jugadores todavía estaban en el camarín. Quien estaba allí era el Monito, que corría, levantaba los brazos y fastidiaba a los paraguayos. Pero aún faltaba lo más importante para él: la fotografía.

El comentarista Sergio Livingstone, uno de los más antiguos de la televisión de Chile, también fue el primero en advertir al intruso e informarlo a la teleaudiencia: «Hay un chico que está dentro de la cancha con una bandera colgando. Es muy pequeñito, pero esas cosas no deben pasar. Se descuelgan por la reja y es la única persona extraña al acontecimiento». Poco después, el estadio estalló en gritos, cuando los jugadores de Colo Colo salieron por fin de los camarines. Llegaron al centro del campo y saludaron. Hay una toma donde se ve a Luis Mauricio tratando de hablar con los jugadores. Luego llegan los guardias y el muchacho tiene que apartarse. Al rato, los once jugadores comenzaron a formarse en dos filas. Los fotógrafos estaban listos para disparar. Luis Mauricio debía saber que su momento había llegado. «Lo que a él le importaba era la foto –dice ahora su padre–. Salir con los jugadores y tenerla de recuerdo. En eso consistía todo el tema. Si no podía sacarse la foto hubiera sido triste para él». Y comenzó a correr, mientras un policía trataba de alcanzarlo. Los flashes estallaban. Entonces Luis Mauricio se lanzó a ese encuadre en perfecta sincronización de tiempo y distancia. Su cuerpo se deslizó por el pasto y con su mano golpeó el hombro del delantero Luis Pérez, quien esa noche hizo dos de los tres goles con que el Colo Colo ganó. «Me hubiera encantado conocerlo –dice ese deportista dieciséis años después–. Ese niño, al final de cuentas, formó parte del equipo. Fue como el jugador número doce que tanto dicen. Él estaba allí como el representante de los hinchas». En la televisión, el comentarista Sergio Livingstone parecía ofendido. «Ahí apareció el chiquitín, ese», dijo regañando al vacío. Otros periodistas que se mostraron enfadados en ese momento, ahora dicen haber aprendido varias cosas. «Pasó de ser una barbarie fotográfica (porque le restó protagonismo a los jugadores y un desconocido se convirtió en la reina) a una foto que concentra la esencia del fútbol: el deporte y el fervor», dice el fotógrafo José Alvújar. Al arrojarse hacia la fotografía, Luis Mauricio López Recabarren, el Monito, no buscaba figuración ni fama. Se contentaba con disfrutar del privilegio de estar allí. El resto debía importarle un carajo.

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María Recabarren, la madre de El hincha fantasma, arregla un bolso con bebidas y un par de chalecos para ella y su marido. Son las tres de la tarde de un lunes de julio, y la pareja está un poco retrasada para visitar el cementerio, como hacen al principio de cada semana. Un día, dice Recabarren, su hijo le confesó su mala conducta: «“Mamita, yo nací ladrón y voy a morir ladrón. Pero eso no quita que no te quiera y te adore”», recuerda que él le dijo. La mujer está convencida de que, a pesar de todo, Luis Mauricio fue una persona maravillosa.

Después de aquella final de la Copa Libertadores, el Monito era famoso en su barrio. Sus vecinos le reconocieron de inmediato en las imágenes de televisión y lo felicitaron. Sus amigos se sentían orgullosos de él y pronto supieron que un equipo de televisión lo buscaba para entrevistarlo. Alguien había contado que el niño de la fotografía era el Monito y que lo podían ubicar en la calle Guillermo Mann. Pero él no quería que lo encontraran. «Hubiera tenido problemas altiro», explica su padre. En su caso, aceptar la fama habría traído a su vida no sólo periodistas, sino policías. Durante su vida, el Monito entró y salió varias veces de los reformatorios de menores y de la penitenciaria. También tuvo problemas con las drogas. «Cuando se empezó a meter con la pasta base [de cocaína] la cosa se puso más incontrolable», dice su padre; pero luego vuelve a seleccionar los mejores recuerdos. «Mi hijo era re-buena persona. Si usted hubiera visto las pololas que tuvo, todas bonitas. Siempre lo quisieron ellas. Nunca lo abandonaron, hasta el final».

Aquella noche de la Copa Libertadores Luis Mauricio entró a un campo de fútbol por penúltima vez. La última fue en el partido que la selección de Chile jugó contra la de Argentina. Copa América de 1991. «Esa vez dio una tremenda vuelta –dice la madre–. Se dio el gusto de estar como diez minutos adentro y, antes de que lo sacaran, hizo gritar a todo el estadio porque no estaba el señor de la trompeta, y un capitán de Carabineros lo sacó». Ya fuera del campo, el oficial le invitó un sándwich y después lo detuvo. En la comisaría le contaron que, por su culpa, al oficial encargado de la seguridad de la final de la Copa Libertadores lo habían suspendido. Así que le prohibieron volver a entrar a un campo de fútbol de nuevo. «Mi cabro cumplió –dice la madre–. No apareció nunca más».

Ahora los padres de El hincha fantasma llegan al Cementerio General, el más grande de Santiago de Chile. Caminan lento entre tumbas, nichos y mausoleos. Luis Mauricio murió de leucemia en el Centro de Detención Preventiva Santiago Sur, mientras cumplía una condena por «robo con intimidación». Durante ese asalto recibió un balazo en la cabeza y casi murió. Sus padres creen que esa herida pudo haberle provocado la enfermedad. Su salud declinó poco a poco. El 30 de julio de 1999, a los veinticuatro años, Luis Mauricio murió en una cama del hospital de la Penitenciaría. Según su madre, sus compañeros de la prisión guardaron cinco minutos de silencio en su honor.

Ella también selecciona los mejores recuerdos. Dice que él compartía sus ropas con los reclusos que no tenían nada. «“No importa porque mi mamita me va a traer ropa y no me va a faltar a mí”. Todos lo querían y respetaban», añade mientras se acerca a la tumba. «A veces él conversaba de ese momento en el Monumental, cuando tenía quince años», dice Recabarren. «Y le gustaba acordarse. A veces se veía en los pósters, en la tele. Seguramente fue una de las cosas más bonitas que le pasaron en la vida».

–Seguramente –añade su esposo.

–Aquí está mi hijo –dice la mujer frente a una lápida de mármol blanco, llena de flores rojas y amarillas, y con la cara de Luis Mauricio grabada sobre una loza–. ¿Cómo estás amor de mi vida?

Hay un silencio breve. En al nicho hay flores de muchos colores y un adorno con la insignia del Colo Colo. Allí está el nombre de Luis Mauricio y las fechas de su nacimiento y muerte. Abajo, un epitafio firmado por sus padres, hermanos y sobrinos.

De pronto, María Recabarren saca del bolso la fotografía enmarcada del equipo titular del Colo Colo de 1991, el mismo que ganó la Copa Libertadores de ese año. Los once jugadores formados en dos filas: los del fondo parados; los de adelante, en cuclillas. Debajo de ellos, El hincha fantasma se recuesta en el pasto del estadio.

–Hijo mío –dice la mujer–. Te traje tu foto.

Luego besa esa imagen y cierra los ojos.