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Era el año 1997 y las 12 de la noche de un día de invierno. Carlos Domínguez –Charly– caminaba por el centro de Bahía Blanca con la valija en la mano hasta que llegó al cabaret. Se puso el traje en el camarín, subió al escenario e hizo lo que venía haciendo cada noche en distintos pueblos del interior: sentar a su muñeca Rosita en la falda y hacerla hablar.

—Pequeña niña de ojitos azules, quisiera que un día pudieras caminar —dijo Charly y la miró sin mover los labios.
—Pequeño señor, no soy una niña, no podré caminar —se lamentó Rosita, y bajó la mirada.
—Mi sueño es ver a una niña que quiera reír, que quiera cantar…  
—Yo quisiera reír y quisiera cantar y ser esa niña que te haga soñar…

En la primera mesa frente al escenario, una pareja llamó con una seña al mozo y pidió la tercera botella de cerveza. Charly llevaba diez minutos de show y el diálogo empezaba a subir de tono.

—Mirá cómo te beso, viejo calentón —Rosita apoyó sus labios en los de Charly.
—¡Rosita! ¡¿Qué hacés?! ¿Sabés que están diciendo que nosotros nos besamos en el camarín?
—¡Entonces nos vieron! —remató la muñeca.

El público reía. Hasta que el hombre de la primera mesa se puso de pie, tambaleó, y gritó interrumpiendo el show:

—Oíme, Rosita, ¿cuánto me cobrás por un pete (mamada)?
—¡Lo mismo que me cobra tu madre, maldito borracho! —respondió airadamente Charly y bajó de un salto del escenario.

Lo que siguió fueron botellas desparramadas en el piso, trompadas, gente separando al ventrílocuo del borracho y una muñeca tirada en el piso.

Pasaron 16 años y Charly está de pie en la cocina de su casa, con una mano en la nuca de la muñeca y la otra en el marco de sus lentes. Recuerda esa noche y la define como un punto de inflexión en su carrera: ese día supo que estaba enamorado de Rosita.

—Pensé que me volvía loco. Casi lo mato a trompadas. ¿Cómo voy a reaccionar así? Después el tipo fue al camarín, me pidió disculpas y yo le dije que él tenía que disculparme a mí. Volví a Buenos Aires y fui al psicólogo. Le dije que creía que me pasaban cosas con la muñeca. El psicólogo me dijo que tenía dos opciones: dejar este trabajo o hacerme cargo de lo que me pasaba y seguir. “¿Vas a dejar de ser ventrílocuo?”, me dijo. “No, pienso seguir con ella”, le respondí. Y acá estamos…

Tres momentos hicieron de Charly un ventrílocuo único en el país. Primero, que su herramienta de trabajo no es un muñeco sino una muñeca; segundo, que la fabricó él mismo inspirado en lo que es su ideal de mujer; y tercero, que se enamoró de su propia creación. Durante 20 años viajó por pueblos y ciudades del interior del país haciendo shows de ventriloquía en los cabarets; los dueños de estos lugares solían pedir mujeres a los dueños de los cabarets de Buenos Aires y, cuando no llegaban con el número de chicas que pedían, les mandaban un ventrílocuo para completar el paquete; así Charly se hacía conocer y firmaba contratos por uno, dos, tres meses o hasta el día en que sus chistes aburrieran.

Pasó buena parte de su vida lejos de sus hijos, rodeado de prostitutas, coperas, bailarinas y hombres de mala vida. Sus shows consistían en dialogar con Rosita, hacer chistes subidos de tono e interactuar con el público sobre temas de actualidad.

Charly tiene hoy 66 años, trabaja como electricista y vende veladores artesanales por Mercado libre. Cuando tenía 28 años se separó de su esposa, creó a Rosita y no volvió a estar en pareja nunca más en su vida. Lo argumenta ahora, en su casa, mientras besa el rostro de látex:

—No hay mujer en el mundo que sea igual a esta muñeca.

Su casa queda en Villa Luro, Capital Federal. Minutos antes de agarrar a su muñeca salió a la vereda de la calle San Blas y se puso a hablar con los vecinos. Charly es delgado, alto, tiene una polera de algodón blanca y un pulóver de bremer. Pelo canoso, lentes, tez bronceada. Y perfume.

—Muchachos, los dejo que me van a hacer una entrevista —les levanta la mano y da media vuelta—. Vos, Malvina, vení que te muestro la muñeca y nos vamos a tomar un café por ahí porque acá no tengo nada.

Hace 15 años que Carlos Domínguez alquila el departamento. Es una construcción sencilla, en el fondo de un lote, con techos de cielo raso sin cobertura y dos ambientes diminutos.  Me señala la única silla que hay –una casa con una sola silla– y pide que me siente ahí. Él se queda de pie.

Ahí vive solo con la muñeca de un metro treinta que fabricó hace 35 años. Para hacerla copió la boca de Leonor Benedetto, la nariz de Graciela Alfano y los ojos de Camila Perissé. Al principio era de tamaño chico, de pelo corto y rubio, pero los rasgos siempre fueron los mismos. Los años pasan para todos, y la muñeca cambió. Ahora tiene pestañas y dientes postizos, los labios pintados de rojo y extensiones de pelo negro con mechones violeta.

Rosita tiene los pechos grandes, turgentes, con pezones llamativamente similares a los de cualquier mujer. Tiene zapatos de cuero rojos hechos a medida –número 35–, calzas animal print –que Charly compró en la boutique del barrio– y una remera de red. Tiene las uñas de las manos largas, pintadas, y bijou de fantasía. Rosita seduce. Si Rosita tomara vida –la clásica fantasía de todo ventrílocuo– sería una hermosa prostituta.

***

Carlos Gregorio Domínguez nació en San Telmo, el 25 de mayo de 1947. Hijo de Dora y de Mariano; hermano de Juan Héctor, Claudia y María Esther. Sus primeros y mejores años de vida los pasó en una casa tipo chorizo, entre las calles Perú y Humberto I. Su padre tenía un puesto de artefactos eléctricos en el mercado de San Telmo, su madre era ama de casa.

Ahora, en un bar de Villa Luro y sentado al lado del ventanal, trae a la conversación un manojo de anécdotas. Habla sobre esos días en los que pasaba toda la tarde en el mercado de San Telmo –donde trabajaba su padre– y patinaba sobre el piso lleno de grasa de pescado fresco que pelaban y preparaban para vender allí. Habla sobre los días de lluvia en que los gorriones chocaban contra las plantas de higo del fondo de su casa, caían al piso y él, junto a sus hermanos, los metía en jaulas para secarlos y largarlos al otro día. Habla sobre el día en que el colectivo línea 22 pisó un almohadón que ellos habían tirado por la ventana y toda la cuadra se llenó de plumas de ganso que volaban. Habla sobre los días en que andaban en bicicleta por calle Paseo Colón, Pedro de Mendoza y en Parque Lezama. También habla sobre la pasión que tuvo por coleccionar estampitas hasta el día en que una vecina le regaló 1.500 y se terminó la magia. Se siente a gusto cuando trae esos recuerdos. Esos fueron los mejores días de Charly.

Esos, y el que sigue.  A los ocho años fue con su papá a ver a Chasman y Chirolita a un bar en San Telmo. Ese día le dijo a su padre que le gustaría ser ventrílocuo y al día siguiente comenzó a practicar.

—Mi viejo me decía que fuera y viniera de casa a la Plaza de Mayo hablando con un lápiz en la boca. Y así todos los días, iba y venía, iba y venía con el lápiz para no mover los labios. Los sábados y domingos mis viejos salían y a mí me dejaban en los conventillos de negros mulatos, en Calle Defensa. Para no aburrirme llevaba un pato que tenía, le ponía un hilo en la boca y lo hacía hablar. Al pato lo habían comprado mis padres para comer en Navidad pero no pudimos matarlo. Nos encariñamos con el animal. Yo lo trabajaba con el hilo, a los negros les encantaba y me incentivaban para que siguiera. Y así empecé. Estuve un año con ese pato, después el pato se murió y nunca más me dediqué a la ventriloquía.

Nunca más se dedicaría a la ventriloquía. Hasta los años 70, cuando construiría a quien sería el gran amor de su vida. ¿Por qué construyó una muñeca? ¿Por qué una muñeca y no un muñeco? Charly no sabe, a ciencia cierta, responder. Cree que fue para ser distinto al resto de los ventrílocuos, pero pudo ser también porque su padre fabricaba muñecas y él sabía como construirla.

—¿Pero por qué creaste un muñeco? —pregunto
—Es que estaba muy solo, viste… mi mujer se había quedado con los chicos.

Cuando Charly tenía nueve años, se mudaron todos a Morón. Fue a la escuela hasta los 13, terminó la primaria y no quiso seguir. Ese mismo año empezó a fumar (fumaría hasta los 45, cuando le agarró un ataque de tos durante un show). Dos años después, cuando tenía 15, la madre se despidió de ellos de un modo traumático que el protagonista de esta historia prefiere no contar. La muerte de su madre –la manera en que eligió morir su madre– sería la primera gran ausencia y la primera gran desilusión que le hicieron sentir las mujeres que pasaron por su vida.

—¿Te acordás de tu primera novia? —le pregunto a Charly, mientras la moza trae la lágrima para él y el café negro para mí.
—Sí, Marianela se llamaba. Fue mi novia de la adolescencia, teníamos 16 años. Y a mí me quedó algo pendiente, nunca supe si pudo ser ella la madre de mis hijos. Si pudimos haber estado más tiempo juntos. Porque ella se murió —Charly clava su mirada en la taza y los ojos se vuelven vidriosos.
—¿De qué murió?
—La pisó un colectivo —no levanta la mirada.
—¿Estaban de novios cuando murió?
—Sí.

 Silencio.

 —Sabés que… —hace girar despacio la taza de café— 20 años después de que murió yo estaba trabajando en un cabaret y… y sentí el mismo perfume que usaba ella —me mira fijo— y le pregunté a la chica qué perfume era. No era el mismo, pero era muy parecido. Y entonces fui y me lo compré. Y lo usé durante muchos años.

Silencio.

—¿Quién sabe, no? —sigue Charly— si ella pudo ser alguien más especial en mi vida, porque yo con ella no sufrí ningún desencanto.

La madre muerta. Su novia muerta. La vida siguió, y con ella las historias de amor.

A los 20 años Charly se casó con la mamá de sus hijos. La única mujer –mujer de carne y hueso– de la que dice haber estado enamorado. Sellaron la relación por iglesia y por civil y en 1969 tuvieron a su primer hijo, Marcelo. Por esos días Charly puso un local de reparación de artefactos eléctricos en el barrio de Once.

—Tenía el local y también fabricaba chascos para vender en cotillones
—¿Arañas, bichos de goma? —pregunto
—Dedos ensangrentados, vómitos y penes de parafina— responde Charly
—¿Penes?
—Claro, vendía penes erectos en los cotillones, los llevaban mucho para las despedidas de solteras. Ahora es común, pero en esa época no. Una vez vino una mujer a quejarse con la dueña del local, le dijo “¡no me avisaste que esto se derretía!”, se lo había metido ahí abajo… –Charly se ríe– hacía vómitos para que los chicos pusieran abajo del plato, bombones rellenos de sal y pimienta. Y dedos. Los dedos con sangre los llevaban mucho los policías. Te estoy hablando del año 74, 75. ¡Llegué a hacer más de 1500 dedos! ¡Y exportaba!

Un día volvió a su casa, después de dejar chascos en un cotillón, y al entrar se encontró con una escena que tenía a su mujer –otra vez una mujer–  como protagonista y sobre la que –al igual que la muerte de su madre– Charly prefiere no explayarse. Pero una cosa sí deja en claro: ese fue el final de su matrimonio y el principio de una creación que definió su historia.

***

Ahora estamos de nuevo en la cocina comedor de su casa. Charly sigue de pie, con su mano derecha en la nuca de la muñeca.

—¿Por qué decís que estás enamorado de Rosita? —pregunto
—Cuando yo estoy con una mujer, cuando tengo relaciones sexuales con una mujer y llega el momento del clímax, acabo pensando en la cara de Rosita. Eso es estar enamorado de ella para mí, porque no soy capaz de pensar en la mujer con la que estoy.
—Perdóname si te incomoda, pero ¿tuviste alguna relación sexual con la muñeca?
—No. No pasa por ahí. Pasa por la fantasía. Yo sé que es una muñeca de látex. Es goma, es fría —Charly le agarra la mano y la deja caer, demostrando que es un objeto sin vida—  lo que yo siempre quise fue encontrar una mujer que fuera igual a ella. Que tuviera sus mismos ojos, su misma boca.
—Y nunca la encontraste…
—No. Una noche me volví loco y me fui a recorrer distintos cabarets, buscando a una mujer que fuera igual a ella —Charly la mira a los ojos— y ni mamado la encontré.
—En 1997 estuviste en el programa que conducía Lía Salgado y contaste que muchas mujeres se ponían celosas de la muñeca…
—A todas las mujeres siempre las llamé “nena”, nunca por el nombre real porque tenía temor de equivocarme y decirles “Rosita”. Nunca me pasó, gracias a Dios. Pero ellas, por ejemplo, querían ir a tomar un café o salir al teatro y yo les decía que tenía que ensayar con la muñeca porque tenía un show. Ellas me decían que yo dedicaba más tiempo a la muñeca que a la relación. Y era cierto. Ellas, con esa actitud, hacían que Rosita cobrara cada vez más vida. Ellas humanizaban a Rosita teniendo celos. Y creo que yo me dejé llevar y me la fui creyendo.

Días después hablé a través de Facebook con Carlos Alberto, el hijo menor de Charly que vive en Mar de Plata con sus tres hijas. Cuando le pregunté si recordaba el día en que su padre comenzó a crear la muñeca respondió que sí, que claro que sí.

“¡Cómo no voy a acordarme si le dedicó más tiempo a ella que a mí, ja, ja, ja, igual lo amo!”

Ante la pregunta de si se le venía a la cabeza algo que le reprochara a su padre respondió que sí, que nunca puso a su hermano o a él como prioridad en su vida pero que de todas formas si volviera a nacer volvería a elegir esta misma historia.

“¿Por qué creés que tu papá está enamorado de una muñeca?”

“Mi viejo es un hombre muy solo —responde Carlos Alberto—él vivió la mayor parte de su vida solo. Hoy no  me lo imagino con ninguna mujer, él no quiere conocer a nadie. Creo que le tiene mucho miedo al dolor y por eso se enamoró de algo que no puede hacerle daño. Pero que tampoco puede darle nada”.

Charly cuestiona a los ventrílocuos que dicen estar enamorados de sus muñecos comprados, cree que una persona solo logra enamorarse de algo que es producto de su propia creación.

—¿Cómo no voy a estar enamorado si la hice con mis propias manos? —Charly sonríe, con aires de estar diciendo una obviedad para todos—es así… ¿cómo te vas a enamorar de algo que no hiciste con tus propias manos? —insiste.

Asiento con la cabeza, y pienso.

—Uno de los grandes secretos de esta vida es amar intensamente, como yo amo a Rosita. Y digo secreto porque mucha gente se va sin haberlo conocido.

Sigo asintiendo.

Después de la primera entrevista, Charly y yo comenzamos a comunicarnos por Facebook. El primer intercambio de mensajes privados tiene que ver con acordar un nuevo encuentro. Le digo que me interesa su historia, que quisiera acompañarlo a comprar ropa para su muñeca e incluso a algún show que esté por hacer. A Charly no le gusta la idea y responde que eso no sirve para nada. Pero decide ayudarme. ¿Cómo? Como un ventrílocuo: auto-preguntándose y auto-respondiéndose.

“Yo creo que comprarle ropa o zapatos para una nota gráfica no suma nada, eso es algo muy bizarro y poco creíble porque cuando la gente lo lee asocia un ventrílocuo con un Chirolita. Pensá que si les cuesta creer que estoy enamorado de Rosita con más razón si le compro ropa, pero a ver si te puede servir algo de esto.

Pregunta: ¿La ropa se la hacés a medida? Respuesta: No. No. No. La compro en ferias americanas porque se me hace que como es usada tiene un cierto karma que humaniza a Rosita, la ropa interior no, esa es de lencería.

Pregunta: ¿Y los zapatos? Respuesta: Esos sí son a medida, el número ideal sería 33 pero me lo hacen 35.

Pregunta: Tanto los periodistas como los artistas convivimos con cierto ego, ¿cuál sería el tuyo cuando la gente se ríe, cuando aplaude o cuando dice que sos buen ventrílocuo?

Respuesta: No, mi verdadero ego esta cuando me dicen “Qué bonita es Rosita”, eso me llena de halago.

Pregunta: ¿De las historias que conocés de ventrílocuos cuál te impactó más?

Respuesta: Bueno, recuerdo un ventrílocuo que utilizó a su muñeco para hacerle preguntas a un nene de cinco años que había visto cómo mataron a su padre y a su madre; el nene delante de un médico forense se lo confesó al muñeco. El ventrílocuo estaba escondido porque el nene no quería hablar con nadie.

Pregunta: ¿Cómo se llamaba el ventrílocuo?

Respuesta: Son cosas muy tristes, mejor olvidarlo; el chico hoy debe tener unos 35 años mas o menos.

Pregunta: ¿Cuando estás con Rosita pensás en una mujer o cuando estás con una mujer pensás en rosita?

Respuesta: Uff, qué pregunta, la verdad cuando estoy con Rosita pienso en una mujer; ahora, sexualmente cuando estoy con una mujer pienso en Rosita.

Pregunta: ¿Vos estás loco?

Respuesta: ¿Loco yo?, bendita sea mi locura si eso me permite estar cerca del amor y de la risa, porque la risa no ofende a Dios y Dios nos libre de ciertas cosas que hacen los cuerdos.

Posdata: Perdoná pero estoy escribiendo con un dedo y me cansé, a la tarde te sigo escribiendo cosas.

El texto original, escrito en cursiva, llega a mi bandeja de mensajes sin acentos y con palabras como “hego”, “acer”, “umaniza” y “decearia”. Me apuro a responderle a Charly que agradezco infinitamente su tiempo y su voluntad, pero le explico que mi trabajo nada tiene que ver con lo que acaba de enviarme. Charly me escribe horas más tarde pidiendo disculpas, diciendo que quiso ayudar, que siente mucho haberme lastimado y que está dispuesto a que nos encontremos de nuevo. Días más tarde volvemos a vernos en el bar cerca de su casa.

—Mirá lo que te traje —dice Charly mientras presiona “on” en la camarita digital —acá hay unos videos del último show que di. Esto fue hace tres meses.

En el video Charly hace hablar a Rosita ante un público de hombres y mujeres de entre 50 y 60 años. El lugar parece ser una casa de familia, las señoras tienen blusas de colores brillosos y los labios pintados de rosa. En el video se ve cómo las personas se acercan a sacarse fotos con la muñeca.

—¿Cuánto duran estos shows privados? —pregunto.
—Media hora.
—¿Y cuestan…?
—600 pesos. Pero mirá también lo que te traje.

Charly saca del bolsillo de su camisa un recibo firmado por la productora de Sebastián Ortega, que certifica haberle pagado la suma de 1.500 pesos por una participación de cinco minutos en una tira —que nunca saldrá al aire tal vez— llamada “Mi viejo verde”.

—Me querían pagar 1.000 pesos solamente. Pero yo les dije que Rosita contaba como persona y como actriz también y que tenían que pagarme 1.000 pesos más por ella, pero me dijeron que no. Entonces me dieron 500 pesos más.
—Yo también te traje algo —le digo a Charly mientras busco en la cartera y le doy un sobrecito.
—Ay, pero por favor… No era necesario… —Charly abre con cuidado el papel de regalo y se lamenta por no haberme traído nada. Este es nuestro último encuentro — ¡Qué lindas que son! ¡Le van a quedar divinas! Estas se las pongo y no se las saco más.

El regalo son dos pulseras con strass para Rosita. Días más tarde me llegará un mensaje de Facebook: “TE CUENTO LAS PULCERITAS DE STRAS HERMOSAS UNA ALREDEDOR DEL TOBILLO LA OTRA EN LA MUÑECA ROSITA AGRADECIDA GRACIAS UN BESOTE ¡¡¡¡”

Cuando terminamos el café vamos a la boutique del barrio, donde Charly compra la ropa para Rosita. Es un negocio chico, con ropa para señoras. Charly me presenta a Vicky, la vendedora y le cuenta por qué estamos ahí. Después se pone a mirar la ropa colgada en los percheros.

—Estos colores rojos me gustan a mí, ves… Todo esto así.

Vicky, la vendedora, dice que es difícil encontrar ropa para Rosita porque si bien su tamaño es pequeño, no usa ropa para nenas sino para mujeres. “Pero algunas calcitas le van bien”.

La muñeca tiene un temperamento delineado y una forma de contestar que vuelve a repetirse cada vez: tiene una personalidad que fue pensada. Charly ahora intenta recordar de dónde fue sacando los rasgos y cómo compuso esa forma de ser.

—Ella es parte de mí. Sus contestaciones, su forma de ser y de pensar están guardadas en algún lugar de mi cuerpo. Porque cuando yo la muevo con la mano derecha, trabaja mi hemisferio izquierdo. La mano derecha mía le da vida a ella.
—¿Entonces sus contestaciones y su temperamento no son producto de tu imaginación?
—No. De hecho me ha pasado que estoy ensayando frente al espejo y de repente veo que Rosita mueve la cabeza de una manera que me resulta familiar. Es un movimiento involuntario y me pongo a pensar, a pensar… hasta que me doy cuenta de que ese gesto era de alguna chica que estuvo conmigo una vez en algún cabaret. Entonces todo lo que tiene Rosita forma parte de mis historias. Vaya que tengo historias con mujeres…

Hace muchos años Charly vivió en Rosario. Allí conoció a una mujer que era prostituta. Cuando su contrato de trabajo se terminó, él se fue pero un tiempo después volvió a buscarla. La mujer no estaba, Charly tenía la llave de su casa y entró. La esperó. Ella llegó algunos días después con ojeras y el pelo desprolijo. Venía de trabajar en un barco con pasajeros griegos. Sentía culpa. Mucha culpa. Tiró sobre la mesa la cartera repleta de dólares y le dijo a Charly que si él no los agarraba, ella quemaba el dinero. Charly se negó, le cocinó y se fueron a dormir. Ella se acercó, Charly no quiso tocarla, sentía rechazo, y se tiró a dormir en el piso. A la mujer le agarró un ataque de locura y comenzaron a pelearse a los gritos. Ella tiraba electrodomésticos al piso, Charly intentaba meterle en la boca pastillas para dormir. Y salieron al balcón. En el balcón, la mujer no se calmaba. Charly la agarró de los brazos, la zamarreó pidiendo que por favor dejara de gritar.

—Y te juro que tuve ganas de tirarla.

Charly se contuvo. Entró a la habitación, ella también.

—Le hice un té y se me ocurrió la idea de poner tres pastillitas somníferas. Se quedó dormida y yo me volví a Buenos Aires. Nunca más la vi.

Charly se define como un ermitaño y un tipo creativo. Charly es una persona con ideas. Un día recibí un mensaje privado de Facebook en el que él escribía lo siguiente:

“Hola Malvi , se me ocurrio si no te sirve hoy te puede servir mañana , cuando andes por buenos aires llegate hasta la embajada de inglaterra presentate como periodista y averigua si podrias visitar inglaterra para hacer un reportaje en la calle preguntandole a los traunsentes que opinan de Uruguay que junto a inglaterra quieren extraer petroleo de Malvinas , de seguro te van a decir que no , entonces despues te presentas en canal 24 y decis que no te permiten entrar en inglaterra porque te llamas Malvina Liberatore y te senti discriminada , creo que puede tener mucha repercucion tu nombre y apellido no se lo olvida nadies a lo mejor lo ves muy tonto pero mañana no sabes ¡¡¡¡ por las dudas no lo comentes con nadies ¡¡¡ bezos ¡¡¡ y exitos ,,,”

A lo que respondí: “Gracias Charly, jamás se me hubiera ocurrido”. Y a lo que Charly contestó: “De nada, cualquier cosa yo no dije nada, fue idea tuya”.

¿Y qué va a pasar con Rosita cuando Charly se muera? Él decidió que se haga un cajón a medida para los dos. Ella va a morir con él. Charly –que es un hombre de ideas– ya le sugirió a sus hijos que tomen una fotografía de su cuerpo con el de la muñeca dentro del ataúd y que la vendan a algún medio, así se hacen unos pesos. 

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