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La descomposición nacional

Publicado: 16 agosto 2011 en Marcela Turati
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El hedor traspasa las paredes de la morgue. Se cuela por escuelas, negocios y casas, impregna la ropa, atasca las gargantas, encoge la nariz, provoca náusea, obliga a apurar el paso. En el edificio blanco donde se origina la peste hay 71 cuerpos en el piso, unos sobre otros, que esperan su turno para la autopsia. En el estacionamiento, un tráiler de esos que podrían transportar frutas, sirve como depósito para otros 74 cadáveres envueltos en bolsas de basura y amortajados con cinta adhesiva que lleva escrito el lugar de su hallazgo.

Las carrozas fúnebres llegan cada tanto con otros cuerpos recién desenterrados. En el último conteo eran 145.

Los cementerios clandestinos descubiertos en el municipio bisagra de San Fernando –que une a Reynosa y Matamoros con Ciudad Victoria– evidencian el nivel de descomposición de la narcoguerra. Cada fosa es prueba del encubrimiento oficial a la anormalidad cotidiana: las carreteras controladas por criminales, las matanzas cotidianas, el subregistro de muertos, las desapariciones masivas de personas, la primitiva barbarie de los grupos enfrentados, el reclutamiento forzado de jóvenes para la guerra, la cómplice indiferencia de la justicia y el obligatorio silencio ciudadano.

“Hasta ahora se dieron cuenta de lo que pasa. ¿Ya cuándo?, si mi marido y su compadre iban a León a dejar unos carros y nunca llegaron a Victoria y vivo sin una noticia, ¡nada!”, reclama una rubia con lentes oscuros y palabras atascadas por las lágrimas.

“Desde el año pasado había ya muchas denuncias pero no nos oían, era como hablar abajo del mar”, dice furiosa una tamaulipeca flaquita y ágil que de la cajuela de un auto descarga garrafones de agua potable. Los deposita bajo la lona improvisada como albergue atendido por espontáneos que alimentan y consuelan a los fuereños que llegan para cotejar si sus familiares, los que un día no llegaron, están entre los desenterrados.

Matamoros, Meca nacional de las familias con desaparecidos. “No habíamos denunciado nunca. Apenas nos animamos porque están sacando tanta gente de las tumbas y vimos en las noticias que llegaron muchas familias”, reconoce el padre de Leonte Silva Hernández –criador de pollos, padre de tres hijos y desaparecido en noviembre en San Fernando–, de quien no había denunciado la ausencia por miedo a que “lo tormenten”.

Los sepulcros removidos atrajeron a tamaulipecos de todos los puntos del estado, que aquí son mayoría, pero también a personas de Guerrero, Oaxaca, Veracruz, Hidalgo, Distrito Federal, Zacatecas, Michoacán, Jalisco o Guanajuato que sospechan que sus familiares fueron capturados en alguna de estas carreteras de la muerte.

La pesadilla ocurrió en San Fernando –municipio vecino controlado por Los Zetas, que desde el año pasado está en guerra contra el cártel del Golfo, su origen–, el mismo que escandalizó al mundo en agosto pasado por el hallazgo de 72 migrantes centro y sudamericanos asesinados.

El nuevo encuentro de ocho fosas clandestinas con 59 cadáveres ocurrió el 6 de abril y destapó la podredumbre: los criminales asesinaban a los pasajeros de los autobuses que transitaban por la carretera de San Fernando, como ocurrió en tres corridas a finales de marzo.

El Ejército detuvo a varios implicados que señalaron los sitios de las excavaciones, y a 11 policías locales cómplices. Hasta el viernes 15 ya eran 145 los cadáveres exhumados de decenas de fosas.

Un ama de casa de Ciudad Altamirano, Guerrero, se mantiene inmóvil, recargada contra una pared de la oficina de servicios periciales. Es la presentida viuda de uno de los pasajeros del ómnibus que iba a Reynosa, donde su esposo y seis compañeros intentarían cruzar a Estados Unidos.

“Como no llegó pedimos hablar con el chofer para preguntarle, pero en la terminal nos dijeron que no reportó nada. Los de los autobuses sospechaban que les faltaba gente porque “sobraban maletas”. Hasta después el chofer nos confesó que, entre las siete y las ocho de la mañana del 29 de marzo, unos hombres armados bajaron a todo el pasaje, como a 25 gentes, y nomás dejaron irse a las dos mujeres que iban, al chofer y su ayudante”, cuenta esta madre de cuatro hijos que lleva una mochila con ropa como único equipaje.

Ninguno de los guerrerenses denunció la desaparición porque esperaban que los secuestradores pidieran rescate, como es la usanza. Entonces supo por las noticias que los cuerpos de los pasajeros eran albergados en esta morgue.

“Tengo tres días aquí, dicen que no puedo verlos, que los cuerpos están muy descompuestos… si está vivo o muerto lo quiero encontrar”, dice triste y asustada: “Borre el nombre de él, dicen que a veces los tienen vivos y si se publica, los matan”.

Otra mujer de Arcelia, Guerrero, hace fila para que le tomen la muestra de ADN para sacar a su hijo de entre los cuerpos apilados en las bolsas de basura: “Es jornalero, iba a Reynosa, salió el 28 de marzo en uno de esos camiones”.

Los forasteros que llegan a la morgue tienen que hacer al menos cuatro filas que duran horas: dos para denunciar la desaparición, dos para dejar su sangre para el cotejo genético.

En la recepción de la oficina de servicios periciales, en el tiempo de espera se escuchan las inquietudes comunes:

–Señorita, ¿no nos podrán poner las fotos de los muertos? –pregunta un ranchero anciano.

–No. Quedaron irreconocibles por el paso del tiempo y las condiciones de su muerte –contesta la recepcionista–. Sólo describiendo las ropas, tatuajes o cadenas se puede saber. Por eso se pide que dejen esos datos porque aunque hay 100 cuerpos han venido más de 400 familias buscando.

–¿Hasta cuándo nos van a decir? –pregunta frustrada una mujer con cuatro días de espera.

–Señora, es que hay muchísima gente y tenemos que mandar los paquetes para cotejar.

La oficina parece un purgatorio lleno de personas con miradas perdidas, ojos llorosos, lágrimas escurridas. A ratos se hace el silencio de un velorio, otras veces se convierte en comunidad de autoayuda.

–A veces es mejor, de una vez, el trancazo a estar todo el día pensando si estará vivo, si lo estarán golpeando, si habrá comido –dice alguien.

–Ya ni pasa la comida, nos dan una muerte lenta –dice una joven con un bebé en brazos.

–Nosotros no queremos encontrar a mi hijo aquí. Lo queremos vivo. Ya lo hemos buscado en Reynosa, Laredo, Mier. Hasta fuimos a ver unos cuerpos quemados pero no pudimos: no quedó ni un teni, ni un pantalón y así andamos –dice la mamá del cocinero Leonel Ignacio Mancilla Silva, desaparecido en un auto particular con su jefe y dos compañeros de trabajo en la carretera a Reynosa.

Hasta 100 personas al día hacen fila para ser atendidas. Algunas se persignan al momento de tomar su turno. Una anciana nerviosa suspira y dice: “Que sea lo que Dios quiera, ¿qué más?”.

Cargando recuerdos

En el predio contiguo, los forenses enfundados en trajes quirúrgicos blancos manipulan los cadáveres. Bajan del tráiler las bolsas de basura con forma humana hasta depositarlas en el piso del Servicio Médico Forense. En sentido contrario sacan otros para subirlos al tráiler.

A quienes buscan a sus familiares se les encoge el corazón cuando miran, perplejos, la manipulación de los cadáveres dispuestos en el contenedor como si fueran cajas de fruta. “Dios quiera que mis familiares no estén aquí, no me da gusto ver cómo están sacando las personas del camión”, dice mientras se aleja apurada la cocinera Isidra Pérez Segundo, que en un mismo día perdió a su hijo, su nuera, su hija con ocho meses de embarazo, su yerno y un nieto de cinco años en la carretera. Ahora ella mantiene a Daira Yareli, su nieta huérfana a los cuatro años, que sonríe desde la pantalla del celular.

Los forenses apenas se dan abasto. A ratos salen a fumar para exorcizar el tufo agarrado a la garganta. Se abren el zíper de los overoles. En voz baja, porque tienen prohibido dar información, dicen que la mayoría de los asesinados que han revisado llevan las manos amarradas a la espalda y las camisetas sobre la cabeza. No van vendados. Pocos tuvieron una muerte rápida. Tres eran mujeres.

“Están muy golpeados, con golpes en el cráneo, como con un fierro, un tubo, un mazo. Así vienen los nueve que revisamos hoy. Unos ni siquiera se pueden evaluar, casi ninguno tiene disparo en la cabeza”, dice uno de ellos a Proceso.

Otro perito investigador que participó en la localización de las fosas explica que detectaron los cementerios gracias al “dedo” (informante) que los guió, porque no están al pie de la carretera ni a simple vista.

Tuvieron que excavar unos montículos hechos con maquinaria por los criminales para esconder a sus víctimas.

Este funcionario confirma que la mayoría fueron asesinados a golpe de marro. Como todos, adjudica el crimen a Los Zetas, que dominan la zona.

Algunos de los muertos tienen ropa de invierno. Casi todos eran pobres (“no tenían para pagar casetas, para vías más rápidas, y nadie quiso enterarse porque no eran hijos de ningún famoso”, dice).

–¿Por qué los habrán matado? –se pregunta al investigador.

–A todos los hombres, jóvenes, en edad de enrolarse, los ven como potenciales enemigos. Podría ser que están tan desesperados que los matan previniendo que se hagan sicarios del Golfo.

Además, así les impiden llegar a Matamoros y Reynosa, que controlan los contrarios.

Purgatorio nacional

Ninguna autoridad se puede decir sorprendida por lo que aquí ocurre.

Sobre todo si se miran los papeles que tapizan las oficinas con mensajes como “ayúdanos a encontrarlo” y los rostros de jóvenes como Eli Octavio, de 17 años, extraviado en la carretera de San Fernando; la quinceañera Yukan Yanay, levantada en el centro de Valle Hermoso igual que el joven Francisco Felipe Maya. Son cientos.

Quienes están aquí ya recorrieron las rutas de las narcofosas. Como el anciano Crescencio Ortiz, tamaulipeco de San Fernando, cultivador de sorgo, quien busca a su hijo Adolfo, también agricultor (“y no era ni borracho ni fumador ni jugador ni nada”, aclara).

“Desde que no volvió fue andar buscando muertos tirados, ir a verlos, caminar en la orilla de la carretera o en algún monte o en las funerarias. Pedir al Ejército que nos enseñe a los que han liberado para ver si lo vieron.”

O los familiares de Natanael Arturo y Josué Arcel, hermanos defeños que fueron a McAllen a comprar ropa para el bebé del primero. Antes de desaparecer, uno de ellos envió por celular un mensaje: “Nos acaban de secuestrar en San Fernando, no hahas nada si llega a pasar algo solo avisale a mis papas. me metieron en la cajuela. no me vayas a llamar ni nada”. Sus padres han peinado Tamaulipas, esquivado “halcones”, acudido a morgues, procuradurías, PGR, Marina, Sedena, Policía Federal, derechos humanos, periodistas, las señora Wallace y Moreira, para recuperarlos.

La esperanza no muere. Se refugian en la oración, en adivinos o hasta en milagros. Como la anciana oaxaqueña que dice: “Quiero ir a la televisión con Laura (Bozzo) para ver si ella los encuentra”.

Los nervios se quiebran en la larga espera, como ocurre a la señora Guadalupe Alfaro cuando quiere anotar a su sobrino Jairo Daniel entre los desaparecidos que reclama hecha llanto: “¡Quisimos hacer la denuncia pero en la PGR de Reynosa no nos la quisieron tomar, que por seguridad de nosotros! ¡Aquí hay confabulación! Yo tuve que hacer volantes y dejarlos en todos los rincones. Anduve 15 días en las brechas de la carretera, sola, buscando y pidiendo en los retenes y la guarnición militar que me llamaran si aparecía un muerto o si rescataban a alguien”.

La gente explota cuando se entera de que el tráiler con los cadáveres fue enviado al Distrito Federal. Sienten que los separaron de los suyos una vez más.

“¡Los muertos son de Tamaulipas, los queremos aquí! Ya nos quedamos viudas con nuestros huérfanos, ¿para qué quieren exponernos yendo por las carreteras a buscarlos allá? ¿Quieren que maten a otros 500? ¿Cuánto más nos harán esperar para que no los regresen?”, grita con rabia la esposa de Agustín Jaime del Ángel, desa?parecido el 1 de diciembre en el “tramo peligroso” carretero.

La familia del matamorense Gonzalo García Casanova, que fue el primero en ser identificado el lunes anterior, reclama porque se lo llevaron al DF con los demás. “Si ya saben quién es, ¿por qué se lo llevan? Nomás nos hacen sufrir más”, lamenta su hermana, quien, como la mayoría aquí, no entiende por qué los “llevaron a pasear”.

Los episodios de rabia estallan contra cualquier funcionario que aparece y la gente reclama que el gobernador Egidio Torre no ha llegado a este lugar a solidarizarse y que Felipe Calderón nunca ha tomado esas carreteras. Los fuereños también reclaman porque nadie les avisó de los peligros de las carreteras.

El chofer de uno de los autobuses que diariamente viaja hasta Victoria reconoce ante Proceso los peligros conocidos por sus colegas: “Desde hace dos años mirabas en la noche o en la madrugada en las carreteras o en las brechas puro camionetón de 300, 400 mil pesos con las puertas abiertas, y puros pelados con armas largas. Por eso dejamos de viajar en la noche. Si vas en carro ¡aguas!, que van y te cierran en las camionetas, te tumban el carro, te secuestran o te matan”.

Sangre llama a sangre

En la fila muchas madres son las primeras voluntarias para hacerse la prueba de la sangre que les permitirá reclamar al hijo. Sus esposos las esperan en los pasillos, nerviosos. También llegan mujeres con todos sus hijos por si se requieren más genes para darle al papá una tumba.

Una niña de tres años está en la fila creyendo que la van a vacunar, porque sus tíos no le han dicho que su papá, su mamá y su hermanito están desaparecidos. Otro niño zacatecano de 12 años, hijo de Enrique Vázquez Ibarra –desaparecido en Méndez cuando regresaba con un carro usado que acababa de comprar– sostiene la foto de su papá para que lo fotografíen, mientras su tío comenta que “lo agarraron frente a la escuela, llegaron, lo cargaron, lo echaron pa’rriba”.

La mayoría de los tamaulipecos nunca había denunciado la desaparición.

Por miedo.

Con las historias que se cuentan en la espera se podría hacer una cartografía de los levantones y concluir que en estas tierras los jóvenes son reclutados a la fuerza como combatientes de reemplazo de los exterminados todos los días.

“Mi hijo iba a cumplir 22 años, trabajaba en un Oxxo, el 8 de enero se lo llevaron del trabajo. Fue en Valle Hermoso. No pudimos denunciar porque ahí no hay autoridad.”

“El mío es José Juan Zavala (obrero, padre de cuatro niños). Salió en la mañana y no volvió. En Matamoros se llevan a muchos.”

“Yo vengo por Roberto Díaz, es ayudante de albañil, lo sacaron aquí del solar de su casa.”

“Le tocó a mi hijo César Mosqueda que se lo llevaran como a muchos otros huercos. Un amiguito vino a decirme que una camioneta lo había recogido y del susto ni la camioneta quiso describir.”

“Anote al mío: Daniel Contreras Lerma, de 16 años, y a su amigo César Homero Salazar, de 18, se los llevaron del Oxxo de cuadra y media de la casa. Así pasa en Valle Hermoso: la gente va caminando y se la llevan, o te sacan de casa, y es parejo para hombres y mujeres. Y la gente que se ha escapado no quiere decir si ahí vieron a alguien.”

“A mi hermana (Luz Elena Ramírez, madre, 30 años) le hicieron señas de un carro gris, se acercó, la tomaron del hombro y ya no supimos.”

“Yo busco a Édgar Silquero Vera, gerente de una gasolinera de San Fernando. Encontramos sólo su camioneta Expedition. Se pasean en ella los marinos pero dicen que no saben nada.”

“Mi hijo tendría ahorita unos 20 años. Se lo llevaron en un levantón en San Fernando porque se llevan a todos parejo a trabajar obligados. Pero mejor borre su nombre.”

Los peritos de la morgue se dan un descanso y vuelven a salir a fumar.

Es el jueves 14. Han trabajado toda la semana y les acaban de informar que llegará otra camioneta con una docena de cuerpos.

En los noticiarios del día se anuncia que el gobierno estatal impulsará el estado como destino turístico para Semana Santa. “¡Ya ni la chingan estos cabrones!”, comenta un ministerio público enojado.

Un reportero local que observa el cansancio general comenta: “Y eso que falta que excaven todos los de Camargo, Alemán, Guardado de Arriba y de Abajo, los poblados Los Guerra y Comales, Ciudad Mier, Valle Hermoso, Anáhuac, Cruillas, González Villarreal, Nuevo Padilla, Nuevo Guerrero… Todo el estado está lleno de fosas clandestinas”.

Todo alrededor apesta.

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Muerte en el desierto

Publicado: 23 noviembre 2009 en Marcela Turati
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I

Secos como ramas. Así quedaron, esparcidos en los pedazos de desierto. Desde el tercer día de su caminata por el desierto de Arizona, uno por uno, fueron vencidos por el infierno. Uno, desesperado, abrazó un cactus y flageló su cuerpo con las espinas; Edgar Adrián, de 23 años, veracruzano de Coatepec, se desvaneció bajo la sombra de un matorral, refresco inútil. Frente a él, su tío José Isidro lo vio que apretó los párpados, lloró dos lágrimas y expiró. Arnulfo, el padrino de Edgar, también de Coatepec, tierra caliente y húmeda, de cafetales, tampoco aguantó. Alcanzó a esconder su cuerpo en el hoyo de un tronco. Los 47 grados derritieron su desesperación. Vino un grito y una convulsión.

Un día después, el 23 de mayo de 2001, agentes de la Patrulla Fronteriza descubrieron huellas en el suelo del Refugio Silvestre de Cabeza Prieta, condado de Yuma, que los condujeron a hombres semidesnudos con los ojos secos. A cuerpos quemados, regados por el desierto, abandonados por sus parientes que seguían arrastrándose en busca de agua. A muertos y vivos sentados bajo la misma sombra. A un hombre con manos ardidas por cavar un hoyo en las dunas para enterrarse y esconderse del sol.

Hallaron a 14 mexicanos muertos y 12 vivos, que durante 5 días, tres sin agua y sin comida, caminaron por la llamada “Ruta del Diablo” siguiendo a Jesús López Ramos, un “coyote” perdido que los dejó abandonados. Se toparon, también, con una de las peores tragedias migratorias de las que en México se tiene memoria.

REFORMA reconstruyó parte de lo ocurrido con base en entrevistas a oficiales del condado de Yuma y de la Patrulla Fronteriza que participaron en el rescate; en el reporte que la Fiscalía Federal del Distrito de Arizona realizó al finalizar la investigación policiaca a López Ramos y en la entrevista a Eugenio Martínez, padre de uno de los fallecidos, quien participó en la descarga de evidencias en la fiscalía.

“Los encontramos sentados por grupos de tres, cuatro. Muertos sentados junto a los vivos. Ropa tirada por el camino. Cuando hablé con unos de ellos, un señor me avisó que dos horas atrás dejó a un hermano suyo y que había 20 más al sur”, recuerda el oficial David Phagan, de la Patrulla Fronteriza, descubridor de los primeros sobrevivientes.

Los muertos eran varones de entre 14 y 54 años de edad que habían pagado de 15 a 20 mil pesos por adelantado a “El Negro”, luego identificado como Evodio Manilla Cabrera, de Sonoíta, Sonora, para que su banda los pasara al otro lado. Los pasó en el peor punto de cruce a Estados Unidos.

***

El día 15 de mayo salieron de Martínez de la Torre, Veracruz. Eran 28. En el camión iba Raymundo Barreda, de 54 años, con su hijo catorceañero que lleva su mismo nombre. Iban a trabajar para ponerle piso, cocina y baño a su casa de El Equimite, ranchería del municipio de Atzalán.

De Coatepec iban Edgar Adrián Martínez, de 23, quien quería dinero para casarse; su tío José Isidro Colorado, de 28, que planeaba trabajar para construirse una casa sólida; y su padrino Arnulfo Flores, de 43, quien contactó a los polleros por recomendación de familiares suyos a los que transportó a Estados Unidos.

La nota de prensa de la Oficina de la Fiscalía de Estados Unidos para el Distrito de Arizona, del 22 de febrero del 2002, establece que el 19 cruzaron de Sonoíta, Sonora, a Lukeville, Arizona, en una pequeña camioneta tipo van a través del desierto. Jesús López Ramos, moreno jalisciense de 20 años, iba al volante acompañado de otros dos “coyotes” de los que sólo se conocen sus apodos: “Lauro” y “Santos”. Manejó con dirección norte aproximadamente 90 minutos.

“Perdieron ahí mucha energía. La camioneta estaba muy encerrada, el calor muy fuerte, iban los 28 encerrados juntos”, dice Eugenio Martínez, padre de Edgar Adrián y cuñado de José Isidro Colorado, quien logró reconstruir la historia a partir de lo que escuchó en Phoenix, Arizona, donde platicó con los sobrevivientes y presenció la audiencia en la Fiscalía.

En Sonoíta, “El Negro” les había explicado el plan: caminarían por el desierto a la carretera 85 del estado de Arizona, justo al norte de la ciudad de Ajo. Ahí los esperaría un automóvil que los llevaría a Phoenix, donde aguardarían otro auto que los trasladaría a sus destinos finales en Chicago, Illinois, y Lake Placid, Florida.

El grupo fue informado por “El Negro” y por López Ramos de que el viaje requeriría sólo de dos días enteros de caminata.

“López Ramos explicó también que el grupo caminaría de noche para minimizar su exposición al calor y maximizar su habilidad para evadir exitosamente a las autoridades estadounidenses. Cada participante fue informado de que debería de llevar agua para satisfacer sus propias necesidades”, establece el recuento hecho por la Fiscalía.

Para evitar a los vehículos y al personal de la Patrulla Fronteriza, bajo las órdenes del guía viraron al oeste hacia una porción inhabitada del desierto. Lejos de Ajo.

“Se metieron a un lugar donde no hay casas ni agua ni nada. En ese lugar casi no hay sombra, sólo arena, piedras grandes y mucho calor. Si el día está caliente, la arena se hace más caliente porque es como una estufa”, dice el oficial Phagan.

“Estaban en un área de montañas, piedra, tierra, con árboles Piedra Verde que no dan mucha sombra. Y si el calor en la ciudad está a 43 grados, allá en el desierto puede estar a 48, pero la tierra puede estar a 54 o 65 grados. Si uno se cae, se empieza a cocer”, dice el teniente Arturo Ramírez, encargado de investigar toda muerte de migrante en el Condado de Yuma.

Los miembros del grupo agotaron su ración de agua durante el segundo día de viaje.

Eugenio Martínez, uno de los tres mexicanos que ha podido ver a los sobrevivientes, quienes serán testigos protegidos en Estados Unidos hasta que culminen las investigaciones a la banda de “El Negro”, dice que sí llevaban agua.

“Habían comprado garrafones, pero la noche siguiente (día 20) se dieron cuenta de que había una patrulla en el desierto. Todos se espantaron y entre las espinas de las zarzas dejaron tirada el agua y el poco alimento que llevaban”, narra en la sala de su casa, en Coatepec, sentado junto al altar que levantaron a la memoria de su hijo.

El 20 de mayo, dos de los 28 hombres que comenzaron la expedición decidieron regresar. “Santos” se ofreció a acompañarlos. El resto sospechaba que había problemas, pero López Ramos les aseguró que “en dos, tres horas” llegarían.

“El guía caminaba en zig zag, nunca recto. Preguntaban si estaban perdidos y les decía: ‘No, en media hora llegamos, ya mañana, atrás de esa lomita, ya casi’. Señaló unos depósitos que había en una loma y les dijo que ése era su punto de referencia, pero cuando los perdieron de vista empezaron a preocuparse más”, dice Eugenio.

Las condiciones del grupo se deterioraron dramáticamente durante dos siguientes días.

“Los extranjeros comenzaron a consumir cactus y sus propias orinas en un intento de sostenerse y de frenar los efectos de la exposición al calor y la deshidratación. Conforme iban debilitándose y sucumbiendo, el grupo se partió en varios pequeños grupos”, prosigue la nota de la Fiscalía para el caso CR-01-482-PHX-SRB.

Eugenio dice con rabia que no todos carecían de agua. “Los muchachos se dieron cuenta de que los guías llevaban agua. Alguien los descubrió tomando agua, pero jamás la quisieron compartir con los que no traían. Inclusive los oyeron discutir por el agua”.

Ocurrió entonces la primera muerte: el suicidio con el cactus. Al atardecer, algunos del grupo exigieron a López Ramos ir a buscar agua y transporte para sacarlos del infierno. El les pidió 90 dólares y partió con “Lauro” hacia el noroeste. Los que quedaban en el grupo se sentaron a esperarlo. Era el 21 de mayo.

La imagen del joven suicida dejó impresionado a Edgar Adrián, quien dejó su trabajo de jarabero en Coca-cola para cruzar a Estados Unidos, comprarse una camioneta y regresar a construir la casa donde viviría con Claudia, con quien llevaba cinco años de novio. Quería jubilar a Eugenio, su papá, de la albañilería, pues estaba enfermo del riñón, y poner una estética a su hermana Celenia.

“Mi hijo fue el segundo que cayó”, dice Eugenio, con la mirada perdida. “Le afectó mucho ver al primer joven que se abrazó al cactus. Me dicen que se hizo muy amigo del muchacho, que en el trayecto fueron platicando de las ilusiones que tenían, de lo que pensaban comprarse al trabajar.

“Le dolió mucho dejar al muchacho tirado. Pedía que lo levantaran pero todos iban agotados, no podían hacer nada”, dice su padre, quien abraza la fotografía ampliada que tiene de su hijo y de José Isidro, en un campo verde, tomada una hora antes de partir hacia la muerte en el desierto.

***

La mañana antes de morir, Edgar Adrián sacó la estampa de la Virgen de Juquila que traía consigo y le dedicó una oración. Le preguntó José Isidro si creía que tenían posibilidades de sobrevivir. Se arrastró hacia la sombra de un arbusto para esquivar al calor que saca ampollas. Llevaba dos días tomando su propia orina y cuatro perdido en el desierto.

“Estaban todos en la pequeña sombra que encontraron, cubriéndose, aunque José Isidro dice que aún así sentían que se asaban. Arnulfo, mi compadre, vio cuando Edgar se desplomó y le dijo a José Isidro. Ninguno pudo hacer nada, estaban a poca distancia pero no podían moverse.

“José Isidro se acercó un poco y Edgar se le quedó viendo, y apretó sus ojos, derrama dos lágrimas y ya no dijo nada”.

Ni José Isidro ni Arnulfo encontraron fuerzas para acercarse, menos para enterrarlo.

“Mi compadre se tiró bajo un tronco hueco. Quiso cubrirse del sol pero la temperatura estaba altísima y no fue suficiente. Gritó de dolor, comenzó a darle como una convulsión y ahí fue cuando falleció. José Isidro se arrastró a donde estaba, pero ya no pudo llegar. Quedó como a dos metros de distancia tirado, poco después pudo levantarse, pero ya sin conciencia, caminó sin rumbo hasta que volvió a caer”, dice.

***

“Papi, acuérdate, nos vas a hacer una casa”, escuchó José Isidro cerca de su oído. Abrió los ojos. Seguía en el desierto. Pero vio ante sí a su hija recién nacida, así que comenzó a avanzar. En otra de sus alucinaciones, la niña le dio un consejo que cree le salvó la vida: “Papi, límpiate la garganta”.

“Dice que su hija le dijo que se limpiara la garganta porque el sarro de la orina se la estaba infectando, que ellos mismos se estaban ahogando con su propia saliva porque ya tenían muy infectada la garganta.

El volvió en sí y empezó a meterse el dedo para vomitar y sí, sacaba flemas amarillas completamente.

“Les dijo a los demás muchachos que se limpiaran, que hicieran lo mismo, y así pudieron respirar un poco más y tuvieron más fuerzas para caminar”, dice su cuñado.

Al teniente Arturo Ramírez, comandante de las patrullas del sheriff de Yuma, no le parece extraña la visión de José Isidro. Sabe que ese fenómeno es provocado por la falta de agua.

“Uno empieza a alucinar, no piensa bien, el cuerpo reacciona así por falta de agua. El cuerpo empieza a chupar agua de otros órganos no esenciales, como los ojos. Muchas veces encontramos a gente que parece momia, aunque tenga pocas horas de muerto, porque los órganos empiezan a sacar agua de los órganos no esenciales. Están secos ya, por falta de agua”, dice.

Es normal, por eso, que la gente perdida en el desierto se tire al piso y se eche tierra en la cabeza. “Lo hacen pensando que es agua, pero están alucinando, viendo cosas que no están”. Es normal, también que la gente pierda el rumbo y camine en círculos pensando que avanza.

***

Al ver que los “coyotes” no volvían, el grupo tomó rumbos diferentes. Dateland, el pueblo más cercano, estaba a 40 kilómetros. “Lauro” ya había muerto de sed, y Jesús desfallecía lejos.

Entre alucinaciones, pérdidas y recuperación de conciencia, José Isidro vio a algunos morir. Según su narración, del teniente Ramírez, y del capellán del hospital de Yuma, Manuel Jiménez, uno empezó a llamar a su mamá, la miraba, platicaba con ella. Otro muchacho les pedía que confiaran en Dios. Uno, en su desesperación, pidió a Satanás que hiciera algo.

Raymundo Barreda y su hijo, los de El Equimite, quedaron tendidos juntos en la fina arena. Raymundo padre no quiso dejar que su hijo viajara solo a EU y lo acompañó porque ya tenía experiencia en cruzar. Al parecer, es a ellos a quienes José Isidro recuerda abrazados, muertos, a 2 mil 200 kilómetros de su casa.

Muchos creían que ya estaban muertos, hasta que los sacudió de su agonía un helicóptero. Ese fue el caso de José Isidro.

“Atrás quedó mi sobrino, mi padrino, y hay más gente tirada”, fue lo único que alcanzó a decir a los marinos que bajaron del helicóptero, antes de perder la conciencia. Despertó en el hospital de Yuma. Fue rescatado el día 23, 8 días después de que salió de su casa. En su quinto día en la “Ruta del Diablo”.

II

Juicio a la codicia de un ‘coyote’

El “coyote” Jesús López Ramos iba a ganar 100 dólares por cada uno de los migrantes que llevara de Sonoíta, Sonora, al kilómetro 43 de la carretera 85 de Arizona. En cambio, recibió 16 años de cárcel, problemas renales y cutáneos de por vida, y una multa de 2 mil 500 de dólares. Iba cruzar por el desierto a 28 mexicanos y 14 se le murieron de sed en el camino.

Lo encontraron el 23 de mayo de 2001 sentado, solo, bajo la sombra de un arbusto del desierto de Yuma, Arizona. Llevaba un día varado en ese punto, a 28 kilómetros de donde dejó a sus clientes cuando les pidió 90 dólares y les dijo que iría a buscar agua. Tenía la piel calcinada y el cuerpo deshidratado, como los 11 del grupo rescatados con vida.

Bajo su guía se perdieron cinco días, del 19 al 24 de mayo, en el lugar conocido como la “Ruta del Diablo”, el peor punto de cruce a Estados Unidos. Estuvieron tres días sin agua y sin comida, bebiendo sus propias orines.

Nueve meses después, el 22 de febrero del 2002, en la Corte Federal de Phoenix se llevó el caso llamado “Estados Unidos versus Lopez-Ramos”. Las fotos de los cuerpos secos como momias, regados por la arena, sólo fueron vistas por la juez Susan R. Bolton.

“Tan trágico fue que nosotros pedimos ver las fotografías y un oficial nos dijo: ‘Yo que ustedes no pido verlas porque ellos quedaron muy mal’. No quisieron enseñárnoslas. De lejos vi el monitor donde estaban pasando las fotos a la juez, ví unos cuerpos desnudos porque conforme iban caminando iban tirando su ropa.

“La doctora forense que habló en el juicio lloró al narrar todo, porque dice que jamás en su vida había visto unos cuerpos tan maltratados, sin nada de líquido en su organismo, unos cuerpos tan contraídos”, narra Eugenio Martínez Ledo, quien salió de Veracruz para participar en el juicio como testigo por ser padre de Edgar Adrián Martínez, uno de los muertos.

Funcionarios del Gobierno estadounidense fueron a Coatepec, por él, por su comadre Nila Andrade y por José Antonio Flores Badillo, para que participaran con su testimonio como familiares de las víctimas. Su presencia consta en la minuta del juicio.

Los sobrevivientes que estuvieron presentes fueron José Isidro Colorado Huerta, Javier Santiago García, Rafael Temich González y el propio López Ramos, quien llegó custodiado por dos guardias, vestido con ropa de cárcel y chanclas naranjas.

El piloto del cuerpo de marinos de Yuma, Stuart Goodrich, en su turno para hablar dijo que no se explicaba por habían cruzado la frontera por la “Ruta del Diablo”, terreno peligroso, accidentado y con animales venenosos.

***

David Phagan, de 32 años, patrullaba el Refugio Silvestre de Cabeza Prieta, condado de Yuma, frontera con Sonora, el 23 de mayo de 2001. Buscaba, como de rutina, huellas para detectar si alguien traspasaba clandestinamente la frontera. Se topó con cuatro personas tumbadas sobre la plancha de arena ardiente, repletos de espinas de cactus.

Ellos le informaron que cuando comenzaron el viaje eran más de 20. Llamó a la base para pedir ayuda y comenzó la búsqueda del resto del grupo. Ese día vio por primera vez un migrante muerto en el desierto.

“Me impresionó una de las personas que tenía dinero, como 60 dólares, y rompió todo su dinero antes de morir. El dinero estaba roto cerquita de él. Yo pensé que no quiso que el ‘coyote’ agarrara su dinero o que pensó que el dinero no valía nada, no le podía ayudar en una situación así. Quién sabe qué pasó por su mente”, dice.

El mayor Robert Lack, de la Estación Aérea de Marinos en Yuma, dice que encontró una decena de personas a 65 kilómetros de la carretera 85 a la que inicialmente querían llegar.

“Nos pedían agua. Siete personas estaban tan débiles que tuvimos que cargarlas y subirlas al helicóptero porque no podían caminar. Dos que estaban mejor fueron llevados por la Patrulla Fronteriza al hospital. A un joven que vimos más débil lo pusimos sobre la estructura, pero murió camino al hospital”.

Ambos oficiales recuerdan que ese día la temperatura era de 47 grados.

El capellán del hospital del condado de Yuma, Manuel Jiménez, quien acudió al llamado de emergencia, dice que uno de los sobrevivientes llegó suplicando que no lo regresaran a México. Le decía que era un buen trabajador que, por favor, no lo enviaran de regreso porque ya había sufrido mucho.

El cuadro clínico compartido era deshidratación, insolación, quemaduras y debilidad. Dos tenían colapso de los riñones.

“Uno parecía momia porque estaba bien calcinado; por el sol, sus ojos como que se le habían secado. En el hospital todos pedían agua, pero no les podían dar, nomás les mojaban los labios. Dos me dijeron que pensaban que ya habían muerto”, dice.

Los rescatados descubrieron que el guía que los abandonó a su suerte era una de las personas que tenían en la cama de enseguida. Identificaron ante la policía del condado a López Ramos como el hombre que les dijo, antes de comenzar el viaje, que sólo tendrían que caminar dos días para llegar a la carretera 85.

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En el juicio del 22 de febrero se estableció que el jalisciense López Ramos, quien también se hacía llamar Antonio López Cruz, había sido aprehendido en seis ocasiones anteriores por haberse internado ilegalmente a Estados Unidos.

Reconoció que su jefe era Evodio Manilla Cabrera, “El Negro”, oriundo de Sonoíta, hoy prófugo de la justicia. Para él trabajaban también “Lauro”, uno de los 14 fallecidos en el desierto, y “Santos”, un guía que se regresó a México con dos migrantes que desertaron, al segundo día, de su intento de cruzar.

“Confesó que ya había pasado exitosamente por el desierto en varias ocasiones anteriores, pero se perdió en este viaje y fue incapaz de localizar dónde estaba (la ciudad de) Ajo (Arizona)”, se lee en el comunicado que dio a conocer la Fiscalía de Distrito.

La banda de “El Negro” llevó al grupo a una casa de seguridad en el poblado de “El Papalote”, Sonora, donde les dieron de comer y descansaron. En una pequeña camioneta tipo van, los migrantes fueron introducidos a Estados Unidos a través de Lukeville. En el kilómetro 43 de la carretera 85 lo esperaba un “hombre de nacionalidad mexicana” que conocía sólo por el nombre de Daniel. El le iba a pagar lo pactado por cada persona transportada de contrabando.

“El Negro” les había pedido a los 28 tripulantes entre 15 y 20 mil pesos para pasarlos. El trato incluía a los guías y el transporte. Sus destinos finales eran Chicago, Illinois, y Lake Placid, Florida.

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“Lamento mucho la suerte de las víctimas y de sus familias… Mi intención no era conducirlos a la muerte. Mi intención era cruzarlos para que pudieran encontrar mejores vidas. Pido su perdón”, fueron las palabras que pronunció López Ramos, de 20 años, originario de Guadalajara, en la Corte de Phoenix, Arizona, según reporta el North County Times.

Para Eugenio Martínez, padre de Edgar Adrián, quien murió el día 22 de mayo, el guía se salvó de una pena mayor al admitir su culpa.

“Yo hubiera pedido la pena de muerte aunque sé que no me devolvería la vida de mi hijo y la de todos los demás, pero ese sí sería un escarmiento para los demás polleros”, dice en su casa de Coatepec, junto al altar dedicado a su hijo.

“Nos hizo mucho daño. Mi cuñado, José Isidro, quedó muy afectado de sus riñones, ha desahogado sangre, su piel la tiene muy maltratada, muy chinita, blanca, blanca porque se peló de toda su piel. Sabemos que tiene que estar en una temperatura media, que no sea caliente, donde no le afecte el clima.

“Sus intestinos también quedaron mal por los días que estuvo sin comer. Siente dolores muy fuertes, renales e intestinales. Psicológicamente quedó traumado. Hay noches que se la pasa sin dormir. Sueña mucho cómo fueron cayendo cada uno, sueña mucho con el momento en que murió mi hijo”, dice.

Evodio Manilla Cabrera es buscado por las autoridades estadounidenses, acusado de tráfico de seres humanos. Dos hombres de Lake Placid, Florida, Francisco Vázquez Torres y Joel Viveros Flores, están acusados de ser parte de la banda de “El Negro” y esta semana comenzará el juicio en su contra.

López Ramos reconoció su culpabilidad desde el principio. Fue sentenciado en la Corte Federal por 25 delitos en su contra por “tráfico de extranjeros” que resultaron en la muerte de 14 inmigrantes ilegales y en serias heridas corporales a 11 más. La juez Bolton lo condenó a 16 años de prisión.

“La historia de este hombre no trata sobre el sueño americano y sobre ayudar a otros a encontrar una vida mejor. La historia de este hombre trata del lucro de los sueños de las víctimas, quienes ahora descansan enterrados. La historia de este hombre versa sobre la explotación de los sueños cobrando 100 dólares por la entrega”, señaló el Fiscal Michael T. Shelby durante el juicio.

Los otros 11 sobrevivientes fueron contratados en fábricas empacadoras de carnes de Phoenix y Chicago; los mantienen alejados de cualquier exposición solar. Son testigos protegidos de las investigaciones la banda de “El Negro”. Reciben sueldos de 7 dólares con 50 centavos la hora, poco más de 70 pesos.

III

En el olvido, deudos de migrantes

El Presidente Vicente Fox dijo que haría pagar a los criminales que provocaron la muerte de 14 mexicanos en el desierto de Arizona. Eso fue justo hace un año. Hoy, los familiares de las víctimas aseguran que los “polleros” están libres, que han sido vistos en Martínez de la Torre, el municipio veracruzano donde engancharon a los clientes que dejaron morir de sed.

“No los han atrapado. Rigoberto Landa, uno de los que se llevó a mi esposo, va a donde compro la mercancía para mi tienda. Cuando fui la última vez me dijeron que ahí estuvo. Misael Vázquez se apareció en un juego de futbol y Moisés Sierra en Tlapacoyan, de ahí es”, dice Faustina Romero, de Atzalan, y viuda de Reyno Bartolo.

Los familiares de las víctimas señalan a Moisés Sierra, Misael Vázquez y Rigoberto Landa como las personas que engancharon a sus parientes y los prometieron guiarlos para cruzar la frontera.

Arnulfo Barreda, de Equimite, y quien perdió a su hijo y a su nieto, dice que los polleros están libres, felices. Juana Hernández, de San Pedro Altepepan, viuda de Lorenzo Hernández, dice que ha escuchado que quien se llevó a su esposo anda por ahí.

“No han cogido a ningún maleante. Se la andan gozando y los difuntitos debajo de tierra”, reclama don Ranulfo, sentado afuera de su casa, sobre una madera.

Eugenio Martínez, padre de Edgar Adrián, uno de los 14 muertos, y cuñado de José Isidro Colorado, quien sobrevivió al desierto, trae coraje contra el gobierno foxista y el de Veracruz, porque no se aparecieron en el entierro. Tampoco recibió ayuda económica.

Viajó a Phoenix en febrero y platicó con los 11 sobrevivientes de la tragedia. Considera que el gobierno también se olvidó de los que no murieron.

“Los muchachos están muy decepcionados del gobierno de México. El de Estados Unidos les consiguió trabajo y los dejó quedarse. De México los visitó Juan Hernández (encargado de la oficina presidencial para la atención a los migrantes) y les prometió apoyo médico y psicológico, pero cuando salieron del hospital no recibieron ningún tipo de atención”, relata desde Coatepec.

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“Les vamos a echar el guante (a los polleros) y les vamos a hacer pagar por su crimen”, señaló Fox el 25 de mayo del 2001, en Guadalcázar, San Luis Potosí, después de pedir un minuto de silencio por los 14 migrantes muertos.

“No vamos a para ahí… Esto tiene que ver con muchos crímenes, por lo que no les podemos llamar polleros, sino criminales que están engañando y que están esquilmando a nuestros paisanos, pero que además los están llevando por este camino de muerte, lo cual es verdaderamente vergonzoso”, dijo.

Antes había informado que, en una conversación telefónica, había acordado con el Presidente George W. Bush, “trabajar duro” para detener a los causantes de la tragedia.

Uno de los polleros sí fue castigado, pero en Estados Unidos. Es Jesús López Ramos, el guía que fue rescatado junto a los sobrevivientes en el desierto y fue condenado a 16 años de prisión por una corte de Phoenix, Arizona. Esta semana se abre el juicio contra dos presuntos cómplices capturados en Florida: Francisco Vázquez Torres y Joel Viveros Torres.

Evodio Manilla Cabrera, “El Negro”, identificado como el líder de la banda, está prófugo en México. El resto de la cadena, los enganchadores veracruzanos y los demás guías no han pisado la cárcel.

“La gente quería ir por ellos para hacerles pagar, pero del Ayuntamiento nos dijeron que ellos iban a ver la forma de que la pagaran, y ahorita nos dicen que nomás agarraron a uno, al que estaba con ellos. Dicen que al que agarraron allá le dieron nomás 16 años.

“Yo me conformaría con que lo tuvieran preso y que nos regrese el dinero que les pidieron para llevárselos”, dice Faustina, quien debe 20 mil pesos que pidió prestados su esposo para financiar su viaje a Estados Unidos.

Su esposo era árbitro de los partidos que se organizan por la zona. En un juego de futbol conoció a Misael Vázquez. Un día lo llevó a la casa a tomar unas cervezas. Cuando lo cuenta, Faustina dice angustiada: “aquí lo tuve, pero no recuerdo su cara”.

“Antes de irse para allá me decía muy contento que se iba muy confiado a Estados Unidos porque su amigo Misael lo iba a pasar”.

Ahora sólo sueña con conocer el desierto donde murió Reyno Bartolo.

“Me gustaría ir a conocer por donde él se acabó, aunque me imagino que así como se acabaron ha de ser un lugar muy feo. Me hubiera de dar gusto poner una cruz ahí para recoger su espíritu y que su espíritu no se quede allá. Aunque creo que ya está por aquí porque lo sueño a cada rato”.

Ranulfo Barreda, de Equimite, padre y abuelo de los dos Raymundo Barreda que perecieron en Arizona, se queja también por la lentitud de las autoridades.

“Ya han venido muchas autoridades, unos investigadores de Gobernación del estado, unos de la PGR y hace poco vinieron otros policías. Según vinieron a decirme, ya los buscaron pero tienen doble nombre y por eso no los han agarrado”.

“El que conocemos por aquí, porque ha sido coyote desde hace cinco, seis años, es Moisés Sierra y es de Huaytemalco, Puebla. Venía a rastrear gente para engancharla, pero se desapareció sabiendo lo que hizo. Me dijeron que lo buscaron en el padrón y no aparece. Anda libre sabiendo lo que debe. Por causa de él se murieron. Por los dos míos, mi hijo y mi nieto cobró 32 mil pesos”.

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Irma Vázquez, esposa de Mario Castillo Hernández, otro de los jóvenes que murió en el viaje, ha intentado quitarse la vida varias veces. Habitante de Cuatro Caminos, madre de dos niños en el kinder, dice que su esposo tenía que irse porque en Veracruz no hay trabajo.

“Del municipio según quedaron que nos iban a seguir apoyando. Dieron 5 mil para el entierro y trajeron otros 5 mil a los ocho días para irla pasando. Los dí para pagar algo de los 12 mil que pidió para irse.

“Muchos se van a peligrar porque aquí los hombres no trabajan. No hay trabajo para nada”.

La del año pasado iba a ser la segunda experiencia de Mario en Estados Unidos. La primera lo agarró la migra y lo aventó por Nogales. Ni siquiera alcanzó a ir por su ropa y sus ahorros. Tardó tres años en animarse a volver, empujado por los gastos se venían porque sus hijos Yereni y Giovani iban a entrar al kínder.

Irma tiene una cesta de plástico con la ropa de sus esposo, coronado por un sombrero negro.

“Ni modo, nos tocó perder”, resume, al limpiarse las lágrimas, Juana Hernández, de San Pedro Altepepan, cuando habla de la muerte de su compañero por 13 años, Lorenzo Hernández Ortiz.

“El salió de aquí muy contento, era su primera vez que iba para allá. Llevaba buenos pensamientos de trabajar, mandar para su educación de ellos, su comida, gastos de su escuela. Desgraciadamente no fue así. De aquí se fueron con un tal Moisés, que viene de Tlapacoyan, que como no tiene la cara limpia no viene después de lo que hizo”.

Se enteró de la muerte de su esposo cuando reporteros comenzaron a llegar a su casa a entrevistarla. Ha pasado un año, y cuando habla de Lorenzo no deja de llorar. Dice que ella fue la más perjudicada de la zona pues la dejó sola con sus cinco hijos.

“Del gobierno no nos están apoyando ni con una Minsa (harina de maíz), nada, ni una despensa, y así sobrevivimos. Prometieron que me iban a ayudar para los niños, que una beca, que para alimentación, pero las promesas se las llevó el viento. Del municipal vinieron a prometer, pero ya tuvo un año, y no llegó ni siquiera una Minsa”.

Lorenzo, su hijo de 13 años, el mayor, y Nahúm, de 12, aún se sienten culpables de la muerte de su papá.

“Cuando llegó, cuando lo trajeron en su caja, le pedían a Dios que mejor les quitara la vida a ellos. No importaba que hubiéramos perdido todo, pero no su vida. Se sienten muy culpables. Me decían: ‘papá se fue por el bien de nosotros, si hubiéramos sabido más valía que no hubiéramos estado, que nos hubiera sacado de la primaria, pero lo tuviéramos enfrente’”.

Su apuro actual es pagar 16 mil pesos de los 23 mil que pidió prestado su marido para pagar a los polleros que lo iban a ayudar a cruzar la frontera. Lamenta que de Estados Unidos no le hayan regresado el dinero que su esposo llevaba en su pantalón.

Tras la línea de salida, cientos de atletas esperaban la ansiada señal del arranque de la carrera anual de los 160 kilómetros, en un cerro del sur de California.

Entre la variedad de tenis hi–tech, y de ropa térmica diseñada para soportar en un mismo trayecto frío alpino y calor playero, un grupo de competidores se distinguía del resto.

Su atuendo deportivo parecía una inocente broma, si no fuera porque así visten a diario: paliacate como torniquete en la frente, blusón largo con estampado de flores, calzón de manta que deja sus huesudas piernas al descubierto y sandalias fabricadas por ellos mismos con restos de llantas abandonadas, y sujetas al pie con correas de pellejo de vaca.

Era el contingente de indios tarahumaras mexicanos en la carrera que congrega a los maratonistas más aguantadores del mundo por las ensañadas veredas del cerro de San Gabriel, cerca de Los Ángeles, California. Era el año de 1997.

Entre los tarahumaras estaba Cirildo Chacarito, un abuelo de 52 años que no era el favorito de nadie, menos ante Ben Hian, el joven y robusto marino gringo que iba por su cuarto triunfo consecutivo.

Chacarito había llegado ahí con otros indígenas que destacaron en las competencias de persecución de bolas de madera que por tradición organizan las comunidades autóctonas de la Sierra Tarahumara. Son carreras que los indígenas juegan desde niños en su territorio montañoso, con jugosas apuestas de por medio, que pueden durar hasta tres días en los que cada equipo persigue una pelota de madera ligera, cuyas reglas cambian por acuerdo entre ellos mismos en cada competencia y en las que gana el que aguante más o llegue primero.

—Chacarito, a ése es a quien tienes que seguir —le explicó antes del arranque el sacerdote jesuita Javier Ávila, quien acompañaba al grupo.

Fue entonces que el rarámuri vio por primera vez a Hian, el tricampeón sandieguino que en ese momento calentaba. Le llamaron la atención los tatuajes del militar. Nunca había visto algo así.

—¿Por qué está pintado? ¿Qué, es fariseo? —recuerda Ávila que preguntó asombrado el indígena, quien relacionaba los tatuajes con la tradición de Semana Santa en su pueblo, donde los hombres se pintan el cuerpo con cal y bailan al son de rústicos violines una interminable lucha entre judas y fariseos.

Al toque de salida, en punto de las cinco de la mañana, Hian salió arropado con el halo de favorito. Por exóticos, los tarahumaras compartían también algunos rayos de luz de los reflectores.

“Why don’t you wear tennis shoes? Do you feel pain? Do your feet bleed?”, les preguntaban azorados los periodistas cuando se los encontraban en los puestos de abastecimiento de comida, agua y revisión médica, a lo largo del camino.

Las horas pasaban, las montañas se sucedían, la temperatura variaba, y los atletas iban cayendo como moscas. Deshi-
dratados, acalambrados, frustrados, resfriados o agotados.

Pero Chacarito se mantenía fiel a la consigna de sabueso que sigue a su presa.

A su ritmo, fue conquistando posiciones, hasta que visualizó al marino. Pero sólo por un momento, pues en la oscuridad del bosque perdió la vereda. Hallar el camino de vuelta le consumió unos 20 minutos.

—¿Qué pasó, Cirildo? —le preguntó el sacerdote cuando lo vio aparecer en uno de los puestos.
—Pos me perdí.
—Ni modo.
—¿Dónde va el otro?
—Pasó hace media hora.
—Aaaaah ‘ta bueno —se le escuchó decir antes de acelerar las piernas.

Horas después la competencia comenzó a cerrarse. Popeye “El Marino” contra abuelo nutrido a base de maíz y agua acortaban distancia. Tenis de marca y huaraches de hule. Uno le pisaba la sombra al otro.

Fue entonces que el estadounidense tronó como globo. Así nomás, en el sobreesfuerzo por mantenerse adelante del indio que le aventajaba, en edad, un cuarto de siglo.

Cerca de la una de la mañana del día siguiente, los altavoces anunciaron al público que se acercaba el primer corredor a la línea. En la oscuridad, el público vio aparecer una lucecita; luego, una camiseta. No, señor, era una camisola de tela. ¡Era Cirildo con su vestimenta tradicional y su lamparita de minero!

Cruzó la meta, se detuvo y preguntó:

—¿Ya llegaron los demás?
—No, nadie. Tú eres el primero.
—Aaaaah, ‘ta bien.
—Siéntate.
—No, ‘ta bien así.
—¿Agua?
—No.
—¿Chocolate?
—Sí, chocolate.
—¿Qué tal estuvo la carrera?
—No, pos cortita.

Ése fue su parco comentario, según lo que recuerda Ávila emocionado, ocho años después a bordo de su camioneta, mientras transitábamos por un hilo de terracería flanqueado por pinos largos y flaquitos, sobrevivientes de la rapadura de la sierra y el desmonte indiscriminado.

En 19 horas, 37 minutos y 3 segundos, el cincuentón Chacarito avanzó 160 kilómetros, lo equivalente a correr, ida y vuelta, del zócalo de Ciudad de México a Cuernavaca o entre Bogotá y Villavicencio, o a cruzar a pie 15 veces la distancia que separa a España de África a la altura del estrecho de Gibraltar.

El abuelo alcanzó un récord para sí mismo pero flojo para los de su etnia. Tres años antes, el tarahumara Juan Herrera había corrido el mismo trayecto en dos horas y diez minutos menos. Desde ese día, el nombre de Herrera se hizo acompañar de un apodo: “El Guinness”.

La marca, 17 horas 30 minutos 42 segundos, lo hizo aterrizar en las páginas del libro de récords; pasar como meteorito por la oficina del Presidente de la República, donde fue felicitado y condecorado; salir retratado en todos los periódicos, y aparecer fugazmente en la televisión, antes de volar de regreso a casa a levantar la cosecha.

***

Ocho años después del triunfo que lo hizo famoso, tuve a Chacarito enfrente con su blusón de cuello mao, a usanza de los de su pueblo. Su camisola, de tan larga, escondía la tela blanca enrollada tipo Gandhi que usa en lugar de calzón. Llevaba las piernas al aire, sandalias y una bola de madera entre sus manos. Mantenía una mueca enigmática que no sabía si era de pena o de sonrisa. Lo vi esa primera vez en un póster que decora la pared de un hotel de Creel, la pintoresca ciudad del estado de Chihuahua que hace frontera con Estados Unidos y donde obligatoriamente se detiene el tren Chihuahua–Pacífico que va cargado de turistas que anhelan llegar a las famosas Barrancas del Cobre.

“Corredores tarahumaras. Panalachi, Chihuahua, México”, se leía en el póster que mostraba a Chacarito y a Victoriano Churo, campeón en 1993 en Leadville, Colorado.

Me acordé, entonces, de las historias que en mi casa, en Chihuahua, escuché desde pequeña sobre los tarahumaras: que son los corredores más resistentes del mundo pero pierden cuando compiten fuera del país.

La explicación de la derrota variaba según el narrador: a veces fracasaban porque los obligaron a correr con tenis y no supieron usarlos, o porque entristecieron lejos de casa, o la nueva comida les estragó el estómago, o fue el pánico escénico, o se acalambraron en la nieve con su ligera vestimenta o no entendieron las instrucciones de la carrera o fueron blanco de un hechizo.

Por eso, cuando vi junto al póster los huaraches que Chacarito calzó durante la mítica carrera, me propuse buscarlo.

***

No hay consenso.

Se calcula que hay en México entre 90 y 120 mil indígenas tarahumaras, o rarámuris, como ellos se nombran y que significa “los de pies ligeros” o “corredores a pie”.

Viven en la Sierra Tarahumara, territorio montañoso y quebrado del norte de México, majestuosas barrancas, parajes de clima extremoso, tropical al fondo, nevado en las alturas.

Por siglos, estos indígenas han vivido en parajes inaccesibles y algunos todavía habitan en cuevas. Desde niños se hacen atletas aun sin proponérselo, pues caminan varios kilómetros para todo: para llegar a casa de la abuela, la escuela, llevar a pastar a las chivas, buscar algún riachuelo o conseguir leña.

Su deporte oficial es correr por horas o hasta por varios días detrás de una bola si son varones, o en el caso de las mujeres ensartando en un palo una dona de palma forrada con tela. Los mejores atletas varones ganan prestigio entre su comunidad.

“Unos niños caminan hasta seis horas para llegar a la escuela, pero ni se quejan, son aguantadores, aprendieron a aguantar sin decir nada”, comenta el maestro de la primaria del ejido de Monterde, uno de los tantos pueblos refundidos en medio del bosque.

En Semana Santa danzan día y noche, subiendo y bajando los cerros, en honor a Onorúame, su Dios Padre–Madre. Se sabe que para cazar venados los corretean hasta cansarlos. O, al menos, eso pasaba cuando todavía era fácil ver venados por sus tierras, antes de que la sequía se estacionara y los aserraderos sonaran día y noche.

“Cuando acaban las carreras largas de 50 o más kilómetros ellos llegan perfectamente bien, se sientan en la plaza y se ponen a fumar, en cambio los que no son tarahumaras van directo a la ambulancia o a que les den una sobadita”, asegura Raúl Quezada, el dueño del restaurante de Creel, quien nunca pudo ganarle una carrera a los indios.

Ocurrió en 1982 que una rarámuri de nombre Rita Carrillo cruzó a Estados Unidos y que por doce años estuvo encerrada en un psiquiátrico en Kansas City por su vestimenta diferente y por hablar su lengua incomprensible hilvanada de esdrújulas, porque ellos hablan así: onorúame (dios), cho’kéame (organizador de juegos) o kórima rémeke (compárteme una tortilla).

Sus dotes atléticas han causado todo tipo de especulaciones. Que si tienen genes diferentes. Que si esconden algún secreto. Que si una planta les da potencia.

En los años sesenta, el estadounidense Clyde Snow y el alemán Bruno Balke los sometieron a todo tipo de exámenes (hasta del aire que cabía en sus pulmones) y determinaron que un buen corredor cubre de 10 a 15 kilómetros por hora o 190 metros por minuto.

Ninguno de los examinados fue encontrado con anormalidades físicas, como pulmones gigantes. Eso sí, los investigadores anotaron un detalle que les llamó la atención: aunque los examinados habían corrido cuatro horas consecutivas, ninguno de ellos jadeaba al terminar.

El primer antropólogo que estudió su resistencia fue Lumholtz, quien anunció que podían fácilmente correr 270 kilómetros sin parar y consignó que un tarahumara recorrió 965 kilómetros en cinco días, alimentado sólo de agua y maíz molido.

***

Veo la camioneta que me trajo hasta aquí levantar una nube de polvo y alejarse por el camino. Va perdiéndose en medio de montañas de roca maciza, cuyas paredes parecen haber sido labradas y lijadas intencionalmente. Piedras que formaban figuras de monjes, ranas, elefantes o lo que da la imaginación.

Estoy en Panalachi, sola y sin saber a dónde encaminarme. Es un ranchito de la sierra con un centro de salud, una escuela donde se enseña preparatoria por televisión y un considerable monte de aserrín a la entrada del pueblo que recuerda la época de bonanza, cuando había madera para talar.

Llegar acá no fue sencillo: dos horas de vuelo de Ciudad de México a Chihua-hua, cinco horas en camión hasta la Sierra Tarahumara, esperar tres raids en curvados caminos de terracería y completar a pie otro tramo de bosque empinado en la zona intermedia.

Por las señas contradictorias que me dan los lugareños, parece que tampoco será fácil dar con el abuelo–leyenda a quien vengo a buscar.

—¿Por qué busca a Chacarito? —me pregunta curioso un anciano envuelto en una cobija con franjas de penetrantes colores, que descansaba inmóvil como lagartija al sol, afuera de la tienda comunitaria de Panalachi.
—Yo soy Victoriano Churo Sierra —se presenta con orgullo el desgastado indígena de rasgos que parecen asiáticos.

Churo es otro de los grandes. Si hubiera un paseo de la fama de maratonistas ahí debería estar su nombre. Si hubiera escrito su autobiografía (lo que no ocurrirá porque no conoce el alfabeto), su título podría ser: “De la Sierra Tarahumara a las pistas internacionales: mi experiencia en Los Ángeles, Wyoming, Denver, Suiza, Italia y Japón”.

Estuvo en ligas mayores: en Los Ángeles en 1997, por ejemplo, cuando Chacarito ganó el primer lugar, él llegó en tercero, pero las crónicas no se ocuparon de él. Cuatro años antes le había tocado probar el sabor del primer lugar. Fue en Leadville, Colorado, a donde lo llevó su amigo “Cherokee”, como le dice al médico Alberto Sánchez. Churo tenía 55 años cuando pisó el éxito sobre una suela de llanta que sacó de un deshuesadero estadounidense. Aún no era el viudo padre de 12 hijos que es hoy. Con su medio siglo de vida recorrió 160 kilómetros en 20 horas y se convirtió en el primero de su etnia en ganar fuera de México.

—No sabíamos cómo correr, pue’, le pregunté a Cherokee: “Cómo voy a correr”, y me dijo: “Nomás correr y no esperar, sigue a todos”. Y ya en la noche terminé rebasando a todos los gringos, pue’ —dice orgulloso con su español aprendido a edad adulta.

El hombre moreno de sombrero blanco saca de su morral tres álbumes que lleva siempre consigo. Incluso cuando sale de su rancho para hacer compras en la tienda, como hoy.

En la primera página del álbum de pasta decorada con caracteres japoneses se ve su imagen dentro de diminutas calcomanías y rodeado de dibujos animados, ora en poses fanfarronas, ora con lentes oscuros al estilo Matrix, ora señalando a la cámara como estrella de rock, ora serio como ejecutivo, ora acompañado de una japonesa.

“Esta vieja hasta me quería robar allá en el Japón, que no tenía marido, que estaría bien juntarnos. Yo iba bien asustado y [pensé] qué voy a hacer tan lejos si allá ni hay tierra pa’ sembrar”, comenta socarrón, orgulloso de la popularidad que tuvo en tierra nipona. Se detiene en una de las fotos y menciona que vendió una camisa suya, tradicional, de esas cosidas a mano, a 25 dólares. Seguro fue el mejor negocio que hizo en su vida. Tras repasar varias veces las imágenes dictamina: “Japón no me gustó, puro comer arroz con un palillo que no se podía agarrar, se me caía la comida y tampoco me gustó ese que le dicen camarón, puro crudo. No quise comer, pero qué hago, si no como me muero de hambre”.

Churo dice que llegó a la isla por invitación y con gastos pagados por un joven nipón que un día se presentó en su rancho y le pidió que le enseñara su técnica deportiva —seguramente buscando que lo tomara bajo su tutoría, como el viejo Miyagi hizo con Karate Kid, pero en una versión alrrevesada: el occidental de maestro, el oriental de alumno.

De sus viajes, lo que rememora con más cariño son los Alpes suizos que le recordaron a su querida sierra, además de la comida y el premio de 370 dólares que le dieron (como muestra de cariño, pues no ganó) y que invirtió en dos chivas, tela, ropa y despensa.

Churo podría haber sido más de lo que es, pero no lo logró. Pudo haber sido el primer rarámuri en ganar unas competencias calzando tenis, y hasta aparecer en publicidad de tenis de marca, como los grandes, pero nunca se acostumbró a ese tormento.

—En Leadville empezamos con los teni’ y no pude. Me lastimé. A las seis de la mañana lo aventamos —se ríe como si contara una travesura—. A la buena que Cherokee traía mi huarache. Le dije: “mejor vamos a poner huarache porque ya me ampollé y con los calcetines se me van a caer todas las uñas”.

No son pocas las compañías de zapatos deportivos frustradas por los selectos pies tarahumaras. Siempre ocurre lo mismo: los corredores, al principio, aceptan participar en competencias internacionales con sus Converse, Nike o Rockport. Hasta ahora, ninguna compañía puede presumir que hubieran preferido su calzado de alta tecnología a los huaraches de suela neumática.

En 1992, recién comenzada la carrera, abandonaron unos Converse Chuck Taylor negros. En 1993, en la milla 13.5, tocó el turno a los Rockport. En 1994 fueron los Nike High–Tech especiales para carreras. Fue en la milla 20.

“La Nike tenía la idea de sacar su marca ‘Tara–Nike’ y se los dieron a uno de los [corredores] de Choguita para que los calzaran durante la carrera. Pero en uno de los primeros puestos de socorro el corredor dijo: ‘Échenme mis huaraches que no aguanto esta cosa’ y se quitó los calcetines y aventó los tenis”, narra el jesuita Ávila como si se alegrara de la resistencia indígena a la imposición cultural. Después, los investigadores de Nike se dieron cuenta de que los tarahumaras no sufrían de lastimaduras porque corrían descalzos —el pie tiene más movilidad y se vuelve más fuerte—.

Con esa inspiración, hace unos años sacaron al mercado unos tenis muy ligeros llamados Nike Free.

Pero vuelvo a Panalachi y a mi encuentro con Churo, quien antes de dar por concluida la entrevista me exige que le pague al menos 100 pesos (poco menos de 10 dólares) por su tiempo, pues de lo contrario no encuentra rentabilidad a la fama. Discutimos un rato por eso. Llegados a un entendimiento, se va a casa liderando una caravana compuesta de sus hijos, sus sobrinos y sus burros. Y cuando sus siluetas se des-
dibujan aparece Ramón Churo, el hijo de 27 años —vestido a base de donaciones: sudadera verde Hugo Boss, gorra con una águila calva y bandera estadounidense, hebilla con el logotipo de sheriff— para informarme que él seguirá la tradición familiar, pero únicamente en las carreras donde se ofrezca dinero.

Sólo lo detiene un inconveniente: un envidioso podría hechizarlo.

“Aquí en Panalachi son muy chiceros. Hacen magia, hacen dolor de rodilla, como si fueran doctor malo, y pone dolor en el pie y después no puede correr. Un tío de mi papá se enfermó pata, pierna, rodilla y costilla y ya no quiso correr más. Fue un chicero”.

Lo escucho y recuerdo el relato del antropólogo Carl Lumholtz, quien, a principios del siglo pasado, escribió que antes de las competencias los atletas rarámuris desenterraban ancestros y delante de sus huesos les ponían, a manera de ofrenda, una jarra de maíz fermentado, trastos de comida, las pelotas tras las que correrían y una cruz para que debilitara a sus adversarios.

Para protegerse de las maldiciones de los contrarios se fumaban cigarros hechos a base de sangre seca de tortuga y de murciélago y revuelta con un poco de tabaco, u ocultaban la cabeza seca de un águila o un cuervo debajo de la faja que sostenía su vestimenta.

Su fama no es reciente. La primera aparición de los tarahumaras en pistas internacionales fue en el maratón de los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, en 1928. No sin esfuerzos, los corredores José Torres y Samuel Terrazas fueron convencidos de que no les pasaría nada al cruzar volando el “enorme y caudaloso río” que separa a México de Holanda.

La habladuría popular los daba por triunfadores en la prueba de los 42 kilómetros; juego de niños para estos hombres que tienen aguante —según las más entusiastas proyecciones científicas— de hasta cinco días sin parar.

Y sí, para ellos Ámsterdam fue un juego infantil. Cuando cruzaron la meta no lo notaron siquiera. El único detalle fue que llegaron tarde. Siguieron de frente hasta que les avisaron que ahí acababa la competencia, que habían perdido, que ya salieran, questop.

Ellos se quejaron amargamente por que la carrera había sido muy corta y apenas les había dado tiempo para calentar. O, al menos, eso consigna el libro The Running Indians: The Tarahumara of Mexico, de Dick y Mary Lutz.

En 1926, los tarahumaras José Narváez y Tomás Zafiro ganaron la carrera de los 10 mil metros durante los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Ciudad de México. Su éxito conmovió a tantos que el Gobierno mexicano pidió a las autoridades atléticas internacionales aceptar el récord como oficial y, más aún, incluir la prueba de los 100 kilómetros en los Juegos Olímpicos. Petición que nunca fue escuchada.

Luego vino el fracaso de los Juegos Olímpicos en la que los atletas reclamaron que la pista les había quedado chica. Porque, una cosa es cierta: los rarámuris no tendrán la velocidad de los keniatas, pero resisten lo que nadie.

En Palanachi sigo preguntando por Chacarito y me topo a Pedro Nava Juárez, su vecino. Está en su cabaña de dos ambientes a la que rodea una parcela pelona y seca, ya cosechada. Recién llega de una carrera en Los Ángeles, donde iba en la puntilla ganadora hasta que fue descalificado.

El albañil de profesión y corredor por pasatiempo dice que el día de la carrera había subido y bajado como seis altas montañas y soportado el vapor caluroso del mar y el frío nocturno a la bajada. Le faltaban dos picos para la meta. Fue entonces que unos doctores le dijeron que no continuara pues ya había perdido más de “tres libras” que no recuperaría aunque tomara agua. Que saliera de inmediato. Y lo hizo.

Él tiene una explicación a lo ocurrido: la tristeza.

“Cuando iba a ir a Estados Unidos a mi hijo Antonio, el de siete años, le picó una víbora de cascabel que le agarró la pura vena. Iba a encerrar las chivas. Era tardecita. ‘Taba lloviendo. Duramos una hora y media caminando a la clínica, en el lomo lo llevaba.

Siempre sí alcanzó a llegar pero ya se metió todo el veneno y llenó su ‘pulmonería’ ”.

“No me sentía bien. Yo decía: ‘ya no voy a ir, ando muy triste’; pero decían: ‘ya está pagado todo, ya no hay otro’ ”.

El albañil guarda silencio. Por el piso de cemento de su casa —símbolo de estatus en su comunidad— se arrastra Moisés, que heredó el lugar del hijo mayor. A ratos juega con los troncos que detienen la tabla que sirve de cama. Gilberto, el de cinco, rueda una llanta tirada en la parcela. Su esposa Serafina está parada como estatua junto a la estufa de leña, escuchando el relato desde un rincón. Él todavía no se reconcilia con lo sucedido. Pero, eso sí, no se arrepiente del viaje porque conoció el mar.

Sus descubrimientos son lo que más comentan los atletas autóctonos a su regreso.

A José Madero, otro corredor que me toparía en mi búsqueda, la competencia de las 100 millas le sirvió para dos cosas: allegarse un cuarto lugar y probar la fast foodestadounidense.

“Pura comida buena: pipsa y ¿cómo le dicen a lo otro que tiene carne?, ah, sí,burguesa también y espakete. De principio no nos gustaba casi, luego sí”, suelta este treintañero cuando se le pregunta qué fue lo que más le gustó de la carrera.

Él no alcanzó premio porque el miedo se le prendió como sanguijuela durante todo el trayecto —al cruzar “tanta selva”, “grande río” y “huellas de osos”— y nunca lo soltó.

Se excusa diciendo que “nada más” dura 24 horas corriendo y de pasada menciona tímido que además de Los Ángeles, estuvo en Nevada y en Roma. “Nomás he llegado a esas partes, todavía. En Italia llegué como en 30 lugar porque es muy chica la carrera: 21 kilómetros, apenas [para] agarrar fuerza, apenas va calentando todo el cuerpo. Es que nosotros tenemos acostumbrado más de 24 horas, no así”, se queja.

Según las crónicas periodísticas, en 1992, el primer año de participación tarahumara en el ultramaratón californiano, los debutantes habían corrido 40 millas a la delantera hasta que, abruptamente, abandonaron la competencia, débiles y deshidratados.

¿La causa? No habían tomado alimentos ni bebidas de los puestos de abastecimiento colocados a lo largo del camino porque en su cultura no se acostumbra agarrar lo que no se les ofrece.

En 1994, varios tarahumaras corrieron en Utah y uno de ellos llegó en primer lugar. Sin embargo, el trofeo fue para el siguiente maratonista en cruzar la meta, porque ése sí había pagado la inscripción, a diferencia del campeón y sus amigos.

Otro que no escapó de la maldición de perder lejos de casa es Roberto Abraham Bautista Salinas. El hombrecito de 1.59 metros de altura y 58 kilos iba a la cabeza y le faltaba poco para la meta. Había superado todo, incluso que las baterías de su linterna fallaran y lo dejaran a ciegas, pero no escapó al destino.

En la oscuridad se le acercaron varios jueces y, según su relato, le dijeron: “Párate aquí, tú llevas ayudantes”. Escucho su confusa explicación varias veces hasta que entiendo el motivo de la expulsión, que parece un chiste tragicómico.

Resulta que él trotaba tranquilo cuando se le emparejó otro compañerorarámuri descalificado, que tenía miedo de caminar en soledad hacia la salida. Corrieron juntos, como es costumbre en las competencias de su comunidad, donde todo el pueblo acompaña al atleta, le busca la pelota entre los matorrales, lo alimenta, lo alumbra, le da ánimos, le saca charla, pero cuando los jueces los vieron consideraron su costumbre una falta a las reglas y le sacaron la tarjeta roja.

Para Medardo Molina, el dueño de la tienda de abarrotes del caserío de Pilares donde encontré a Roberto, hubo otra razón para la derrota: “En Estados Unidos les hicieron trampa, los pusieron gordos. Éste llegó bien gordo”.

El tendero dice que con tanta carne y huevo que los estadounidenses dan a los atletas los días previos a la carrera, inflan a corredores como Roberto. Fue notoria la subida de peso —razona— porque a no ser los niños de panza hinchada por tanta lombriz, entre los tarahumaras no hay obesos.

Roberto, con su español mocho, le da la razón: “Ahí [en Estados Unidos] nomás puro acostados todo el día, dos meses no trabajamos”, dice mientras carga sus burros con envases de Coca–Cola y costales con comida que venderá de rancho por rancho.

—¿Le gustaría correr en los Juegos Olímpicos? —le pregunto cuando está a punto de partir.

El corredor se sigue de frente como si no me hubiera escuchado.

—Éste no conoce la televisión —explica el tendero.

***

Nada sobre Chacarito. No ha pasado por Panalachi. Sus vecinos no han visto humo en su rancho. De regreso a Creel, a punto de abandonar mi búsqueda, me invitan a presenciar una carrera tradicional que comienza cuando oscurece, en la que se enfrenta al pueblo de Tatahuichi contra el de Basíhuare

Antes del arranque, me fijo si alguno de los competidores lleva una cabeza de águila seca o fuma un dudoso cigarro chorreante de sangre de murciélago, pero no veo nada extraño.

En este momento fijan las reglas: si correrán persiguiendo una o dos bolas por equipo, si sólo el corredor podrá tocar la pelota o alguien de su comunidad puede alcanzársela, cuántas vueltas se darán y de dónde a dónde. Se da por entendido que el que extravía su pelota o la rompe, pierde; y que gana el que cruza primero la meta después de las vueltas acordadas o el último en cansarse.

Las medidas que manejan son tan relativas como surrealistas. En esta carrera, por ejemplo, comenzarán en el centro de la escuela, llegarán hasta la piedra con trompa de elefante, ahí darán vuelta, volverán a pasar por la escuela e irán hasta el árbol apoyado en la punta del cerro plano y otra vez de regreso. Medidas por el estilo, que pueden abarcar hasta 20 kilómetros de ida y 20 de vuelta, dos, cuatro, ocho veces.

Acordado esto, y ya conformes los exigentes apostadores con la calidad de las telas con estampados de santacloses o de flores, de los collares de cuentas de plástico, relojes o chivas ofrecidas por los rivales, sigue el sermón del representante del gobernador, la autoridad máxima del pueblo anfitrión.

“No hagan trampa… corran limpio… acompáñenlos… dénles de comer… no los dejen solos… Ofrézcanle café si lo ven pasar por su casa o pinole aunque sea de los contrarios… sepan perder… no se enojen los que no ganen —dice—. Y no hagan brujería a los corredores”.

***

“No vas a encontrar a Chacarito, seguro anda tesgüineando”, me advierte el jesuita que lo acompañó a la carrera de 1997, cuando le comento mi intención de regresar a Panalachi a buscarlo. Entonces me imagino al campeón embrutecido, tirado a media milpa o afuera de algún rancho amigo, borracho de tesgüino, el licor vernáculo hecho a base de maíz fermentado.

“Toma alcohol como si tomara agua. Desde que subió a Los Ángeles lo echó a perder el vicio”, lamenta Pedro Nava, el descalificado por pérdida de peso.

Los atletas corren la misma suerte que los boxeadores retirados. Viejos, lastimados del cuerpo, sin fama, inútiles, con achaques de salud o amor al trago: ése parece el destino del rarámuri que fue descubierto por algún cazatalentos o institución gubernamental que lo sacó de su comunidad, lo inscribió en una carrera internacional y luego lo devolvió a casa.

¿Qué tan difícil será descubrir el McDo-nald’s, las escaleras eléctricas y lo ancho del mar y volver a la desnutrida realidad rodeada de pinos que adornan, pero no dan para comer, y de maíz estancado por la sequía? ¿O estar un día a bordo de un avión y al otro caminando varias horas, con un niño al lomo, para llegar al doctor, como Pedro Nava, o viendo morir a la esposa de cólera, como le ocurrió a Churo?

O un día cualquiera descubrir sangre en vez de orina, un problema que aqueja a los corredores. “Se tienen que retirar cuando empiezan a enfermar de la próstata, pues por la vejiga empiezan a arrojar sangre”, explica Medardo Molina, que ha fungido decho’kéame de varias carreras por ser el dueño de la tienda de abarrotes de la que se surten varias comunidades.

***

El camino tan curvado marea. También el monólogo del conductor que ruge de furioso:

“¿Y qué pasó con Chacarito, Victoriano o Herrera? ¡Se los acabaron!, ¡los exprimieron! Velos. Juan Herrera El Guinness, trabaja en la agricultura, pocas veces corre, tiene problemas en su rodilla y en una carrera comenzó a orinar sangre, síntoma de deshidratación, de golpeteo de riñón”.

El Profe Chepe (Jesús Manuel Cervantes, su nombre de pila) es quien lanza todo ese monólogo en una carretera, de regreso de una carrera.

“Cuentan que Chacarito ha estado tomando, hasta decían que ya se había muerto. Es triste que no haya un seguimiento hacia los corredores, no hay quién se ocupe de ellos. Ni una sola institución. Estos corredores deberían estar en el récord Guinness, son únicos, no hay otra carrera así, ni en sus condiciones ni en su terreno”.

El furioso maestro es el funcionario encargado por el gobierno estatal de incentivar ese deporte tradicional. Es tan robusto que parece un osote metido a conductor de una camioneta Van. Gusta de bromas, como hacerse el dormido mientras maneja.

Mientras maneja rumbo a Creel, una vez terminada la carrera de Tatahuichi, se queja de que en México no se apoya el deporte como en Kenia. Le enoja que en algún escritorio quedó archivada la idea de crear un centro de alto rendimiento para indígenas, o sea una escuela–albergue, donde se impartiera educación secundaria a los mejores atletas de resistencia de toda la sierra, con comida gratis.

Su único trabajo extra no sería echar cal a las letrinas, acarrear agua o conseguir leña, sino entrenar. Para introducirlos en la lógica del mercado de piernas, como a los keniatas, que ganan en dólares y muchas veces no regresan a casa.

Y sigue su discurso: “¿Qué pasó con el keniano? Que un alemán llegó de vacaciones a Kenia, juntó un grupito de diez gentes, los preparó para correr y los sacó a carreras y empezaron a ganar y parte de las ganancias de las carreras se van a un centro para preparar a niños”.

Para algunos, el olvido institucional ha salvado a los rarámuris de la inclusión en el mercado de piernas que sufren los keniatas, del síndrome de Chacarito vencido por el alcohol o de Churo pidiendo dinero por posar para las fotos.

***

Mi tiempo en La Tarahumara se acaba. Hay muchos rastros de Chacarito pero ninguno sólido. Algunos dicen que está en un rancho lejano, inconsciente de borracho, pero quienes estuvieron en la misma tesgüinada no me saben dar razón de su paradero. Unos sugieren que pida al alcalde que mande policías en su búsqueda y lo traiga aunque sea a la fuerza, para que hable con él. Otros recomiendan que espere hasta las elecciones, porque, casi seguro que bajará, si no a votar, sí a comer de lo que regalen los candidatos. O que, en caso que no llegue, lo vocee por la radio regional.

Ni vocearlo ni encarcelarlo ni esperar a las elecciones me parecen buenas opciones. Yo tengo que seguir con mi viaje, segura de que aún sin haberlo visto ya corrí por su mundo.

El abogado de los asesinos se recargó contra una pared de la cárcel y encendió un cigarro. No quería quebrarse ante sus clientes. De por sí lloraban desde que les anunció que, por fin, después de casi diez años de juicio el juez los condenó a 26 años de prisión.

No es común que a un abogado se le corte la voz y esté a punto de las lágrimas. Menos a un tipo de aspecto duro, con una cicatriz junto al ojo, fumador, al grado de ir por la vida con un amparo judicial que le permite encender su cigarro donde no se puede. Pero ese 23 de julio de 2007, en el penal El Amate, en Chiapas, el defensor Javier Angulo sintió que era uno de los días más tristes de su vida.

No soportaba ver llorar a los indígenas que creía inocentes de la matanza ni mirar la reacción cínica de los confesos. Había establecido estrechos vínculos con ambos. Hacia algunos sentía amor–odio.

Tras la rejilla de prácticas, le molestó ver que Lorenzo Pérez, el aficionado a la lu­cha libre que pelea en la cárcel bajo el nom­bre de Príncipe Azteca, mantenía la sonrisa, inconmovible, como cuando narra su crimen. En cambio sufría por tener justo enfrente, acabado, a Agustín Gómez, de cuya inocencia está convencido. Se conmovió cuando sus defendidos recargaron las palmas de su mano sobre el acrílico que los separaba para despedirse y agradecerle con un kolabal, en tzotzil.

El juez Martín Rangel los declaró culpables de los 45 asesinatos que ocurrieron en la víspera de la Navidad de 1997, en Acteal, un pueblo de cafetales del estado de Chiapas.

Responsables de matar a 15 niños. Entre ellos a Guadalupe Gómez, una bebé de 11 meses, a quien le machacaron el cráneo.

Y a 21 mujeres, como Juana Pérez Pérez, muerta con las vísceras expuestas, con un balazo en el tórax y 28 semanas de embarazo. A nueve hombres. Alonso Vázquez, uno de ellos: el catequista que citó a toda la comunidad para orar y pedir protección divina y que dos días después fue enterrado junto con su esposa y cinco de sus 10 hijos.

Los 45 indígenas tzotziles asesinados fueron cazados como animales. Correteados. Cercados. La mayoría perforados a balazos. Trece de ellos destrozados con saña, con un objeto que aún no se esclarece si fue un garrote con un pico, como mazo medieval, o una roca de más de 15 kilogramos de peso.

Casi todos fueron hallados en una zanja, lanzados unos sobre otros. Entre los cadáveres había niños vivos. Zenaida Pérez despertó ciega y con un balazo en el cráneo. Tenía entonces cuatro años, y ahora 14.

Los muertos integraban un grupo autodenominado Las Abejas, que siempre se declaró pacifista y neutral, aunque sentía simpatía y convivía con los guerrilleros integrantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

De vuelta en el hotel en la capital Tuxtla Gutiérrez, cinco horas después —tres con sus defendidos y dos en carretera—, Angulo revisó con minuciosidad el legajo de papeles en los que se basó la sentencia del juez.

Tumbado en la cama de su habitación, ese verano de 2007, su alumno y auxiliar, Maximiliano Cárdenas, leía los argumentos con los que el juez los declaró culpables y sólo repetía “no… no… no”, como en trance.

Los “no” de Maximiliano se sucedían uno tras otro.

“No”, cuando leía que el juez se basó en Wikipedia —la enciclopedia virtual de autoría colectiva que cualquiera puede manipular— para determinar que los acusados sí pudieron haber disparado las armas encontradas; aunque los casquillos no correspondían con los modelos hallados y sólo un

detenido dio positivo en la prueba de activación de arma.

“No”, cuando leía que dieron por válidas las declaraciones de dudosos testigos, como Agustín Arias Díaz, quien entregó una lista con más de cien nombres de los supuestos culpables de la matanza escrita de su puño y letra, aunque seis horas antes declaró ser analfabeta y que había visto sólo a cuatro de los asesinos.

“No”, cuando leía que dos asesinos confesos eran considerados “víctimas”, como Felipe Luna, quien guió a los responsables por Acteal, salió herido en la balacera, se dijo culpable y, sin embargo, su nombre apareció entre los afectados.

“No”, cuando descubría que la hipótesis de la defensa no fue tomada en cuenta.

Muchos argumentos no embonaban. ¿Dónde estaban las armas usadas para matar a Las Abejas y de dónde procedían? ¿Cuántos fueron realmente los asesinos? ¿Quién mató a quién y cómo? ¿Cómo 80 personas pudieron matar a 45 con rifles? ¿Cómo entre todos usaron 15 rifles? ¿Qué bala disparó cada uno? Pero esas dudas las obvió el juez.

Roberto Méndez tiene 33 años, viste una gorra con logo del Hard Rock, bermudas marca NBA y chanclas de plástico. Parece cómodo con las entrevistas y en su papel de asesino múltiple.

Es el cabecilla de los vengadores, los pojwanajetic, y quien organizó las reuniones para planear el ataque a Acteal. Fue quien reclutó a los sicarios que deseaban atacar a zapatistas.

Lo conocí cuatro meses después de la sentencia condenatoria cuando viajé a Chiapas para encontrarme con Angulo y el abogado presbiteriano Sergio Nataren Gutiérrez, el único que ha permanecido en el caso los diez años. Fuimos al penal El Amate, una prisión en el pueblo de Cintalapa a dos horas de Tuxtla Gutiérrez, la capital del estado de Chiapas, donde están presos los acusados.

Parte de la estrategia de la defensa consiste en acercar a periodistas a la otra versión de la historia para que escuchemos también a los cinco asesinos confesos, que todo este tiempo han sostenido que son sólo nueve los culpables, que cuatro de sus cómplices están libres, y que los 75 presos restantes son inocentes.

Angulo me presentó a Méndez, uno de sus clientes que le producen simpatía y repulsa. Se refiere a él como “basura humana” por la frialdad con la que habla de su crimen, aunque tiene una fotografía del asesino pegada en su casa.

Este homicida está sentado en una silla de plástico junto a la mía, en la cancha deportiva aledaña a los edificios estilo multifamiliares carcelarios, H11 y H12, conocidos como “El otro Chenalhó” por ser ése el nombre del municipio donde ocurrieron los hechos y de donde son los acusados.

Este sicario tzotzil dice que el plan de aquel lejano 22 de diciembre era atacar Acteal, porque ahí estaba asentado un campamento zapatista. También debían cumplir el trato que tenían con un anciano priísta, Antonio Vázquez Secum, de vengar la reciente muerte de su hijo.

Para 1997 la situación en el estado de Chiapas estaba muy polarizada. El levantamiento zapatista había dividido a las comunidades entre los indígenas que apoyaban la insurrección, querían nuevas formas de autogobierno y desconocían al Estado me­xicano. Muchos se habían iniciado con la doctrina católica de la liberación. Otros indígenas se oponían al levantamiento y seguían fieles al gobierno, principalmente del bando priísta y de iglesias evangélicas.

Las noticias previas a la masacre arrojan que hubo secuestros, agresiones, emboscadas y homicidios recíprocos que la justicia no investigó. Pueblos enteros fueron desplazados por temor a ser asesinados. Chenalhó era uno de los municipios conflictivos.

“Queríamos vivir en libertad, ya no podíamos ir a la milpa”, explica el líder de los asesinos. Sin pizca de remordimiento dice que él y sus ocho reclutados dispararon contra zapatistas y, cuando estos huyeron, se siguieron en contra de la gente que encontraron en el poblado.

“Hay veces que las mujeres y los niños empezaron a gritar y me dio coraje y les disparé”, dice como quien narra que mató a una mosca. Asegura, incluso, que mataron a más personas de las que fueron enterradas —dice que entre los muertos había zapatistas encapuchados— cuyos cuerpos nunca aparecieron.

Roberto Méndez detalla que usó una AK–47, que gente de varios pueblos cooperó para que comprara los rifles en el mercado negro de San Cristóbal de las Casas y que el comandante de Seguridad Pública, Felipe Vázquez Espinosa, los apoyó para pasar los retenes del ejército mexicano establecidos desde el levantamiento sin ser detectados.

Niega que los sicarios hubieran recibido algún tipo de entrenamiento para usar los rifles, y pasa por alto que entre sus compañeros presos está el ex militar Pablo Hernández Pérez, a quien varios ubicaron como la persona que les enseñó a atacar y usar armas.

Mientras hablo con este hombre, Angulo reúne a sus defendidos en la cancha, junto al corral de malla verde donde crían conejos y gallinas. Se para frente al grupo, habla de las últimas novedades del proceso, les anuncia que pronto vendrá la resolución final y les pide que se mantengan unidos.

En aquella visita a la prisión, en hora y media, me presentó también a Agustín Gómez Pérez, el campesino que según “el licenciado” —como le dicen—, tiene las evidencias más sólidas para demostrar que no es un criminal.

Es un hombre treintón, tiene pelo a rape, va vestido de naranja fosforescente y en la cárcel luce una sonrisa triste. En su expediente aparecen testigos que señalan que llevaba nueve meses trabajando en la ciudad de San Cristóbal de las Casas, a dos horas de Chenalhó, como vigilante auxiliar de la tienda La Princesita.

Él asegura que después de su larga jornada de trabajo, el 28 de diciembre viajó a casa para llevar dinero y se topó con una camioneta donde viajaban varios de sus paisanos a la que pidió aventón. El transporte fue interceptado por prozapatistas, que bajaron a todos los pasajeros, los acusaron del asesinato y los entregaron a la policía.

Agustín dio negativo en la prueba de activación de armas pero, igual sigue retenido hasta el día de hoy. De los 17 que fueron capturados con él, sólo uno tenía restos de explosivos en las manos. Todos permanecen en la cárcel. Tras las rejas, en calidad de detenidos, han visto sucederse a tres presidentes de la república, aunque la Constitución mexicana señala que la prisión preventiva sólo puede durar un año.

El padre de familia no conoce a quien lo acusa de asesinato. “Ya no llegué a mi casa, me detuvieron los zapatistas, dijeron que yo participo, me bajaron. Sé que no he hecho malo, siento pura tristeza”, dice en la misma silla de plástico que se turnan los presos para la ronda rápida de entrevistas.

El juez argumentó que los acusados no presentan partículas de explosivos porque son campesinos, están en contacto con la tierra y porque no se les aplicó la prueba de radizonato de sodio inmediatamente después de la masacre. “Pero, entonces ¿por qué uno sí dio positivo y el resto no?”, argumenta Angulo en uno de esos alegatos que no fueron tomados en cuenta.

La versión más divulgada de la matanza indica que la mañana del 22 de diciembre de 1997 Las Abejas rezaban en la ermita de Acteal pidiendo a Dios por la paz, pues la noche anterior un catequista les avisó que un grupo se había armado para atacarlos.

En eso estaban cuando fueron sorprendidos por “paramilitares”, que habían sido armados por el presidente municipal priísta de Chenalhó y entrenados por soldados. Los asesinos dispararon a mansalva desde las once de la mañana hasta las cinco de la tarde. La policía estatal presenció los hechos pero no intervino. El secretario de Gobierno del Estado fue avisado de los balazos cuando ocurrían pero no actuó. En un campamento del Ejército se escucharon las detonaciones pero nadie puso orden.

Al atardecer, los atacantes abandonaron el pueblo. Nadie los detuvo. Dejaron atrás a 45 personas sin vida. Cuatro de ellas eran mujeres embarazadas; sus vientres habían sido abiertos con machetes.

La noticia de la masacre se convirtió al momento en un asunto político. El Ejército Zapatista emitió un comunicado acusando a los asesinos de estar ligados al pri, y responsabilizando al gobernador del Estado, al secretario de Gobernación y al presidente Ernesto Zedillo.

Pronto, figuras públicas de otros países exigieron ante la embajada de México la aclaración del caso. En los diarios aparecían distintas versiones: las que señalaban que el crimen era resultado de la venganza entre comunidades y las que indicaban que era el clímax de la estrategia contrainsurgente aplicada por el gobierno mexicano para acabar con el foco guerrillero.

El antropólogo Yvon Le Bot publicó un artículo de opinión en La Jornada que resumía la postura de las organizaciones de izquierda: “Para eludir sus responsabilidades de la matanza de Chenalhó, las autoridades mexicanas tratan de hacer creer que, esencialmente, ésta es consecuencia de conflictos intercomunitarios”.

El secretario de Gobernación y el gobernador de Chiapas fueron removidos de sus puestos. En Ciudad de México y en toda Europa miles de personas salieron a marchar indignadas. Algunos parlamentarios europeos pidieron congelar acuerdos comerciales con México.

No tardaron en llegar a la cárcel los primeros culpables. En el sitio YouTube se puede ver el momento en que caen los primeros. Se grabó el día de la Navidad: 24 habitantes de Chenalhó viajan a bordo de un camión; cruzan con el cortejo fúnebre que regresa de enterrar a sus muertos; alguien grita que en la camioneta va uno de los asesinos —lo cual resultó cierto— y todos son detenidos. Sin orden de aprehensión.

Entre el 27 y el 29 de diciembre cayó otra veintena de presuntos culpables, entre ellos Agustín Gómez, el que trabajaba en La Princesita y regresaba a casa. Paradójicamente, Roberto Méndez, el líder de los vengadores, fue atrapado hasta mayo, cuando acudió a una reunión municipal. Algunos de sus cómplices cayeron al cometer otro delito.

En la lista negra de asesinos que la procuraduría tenía que localizar había 124 nombres; 86 de ellos enfrentaron procesos penales.

La iglesia presbiteriana tomó la defensa de los inculpados, pues la mayoría pertenecía a su fe. Intervinieron políticos locales, pastores, defensores de oficio. El último abogado, Roger de los Santos, cansado de tener que viajar a Chiapas para las audiencias, quería heredar el caso.

Por esos tiempos, Alejandro Posadas, director de la División de Estudios Jurídicos del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE) escribía un libro que permanece inédito (Acteal, la otra injusticia), escrito en coautoría con el líder presbiteriano y profesor visitante del mismo Centro, Hugo Eric Flores Cervantes, quien tuvo un fugaz estreno como funcionario del actual gobierno calderonista y hoy enfrenta un proceso penal no esclarecido, en el que Angulo fue su abogado y del que se rehúsa a dar información.

La tesis del libro señala que el caso Acteal incumple el derecho constitucional a tener un juicio justo y que es un ejemplo perfecto de cómo el sistema de justicia penal puede convertirse en una fábrica de culpables.

A manera de estrategia, los directivos de la institución decidieron tomar la defensa de los presos, fueran culpables o inocentes, y designaron esa tarea a la Clínica de Interés Público, dirigida por un abogado que llevaba dos años en el instituto y que, a diferencia de otros maestros, sí había litigado. Así le recayó el caso a Angulo.

El abogado tomó el caso hasta el noveno año del juicio, después de una quincena de abogados que desertaron durante el proceso y siete relevos de juez. En esa década —un tercio de la vida del abogado— otros seis acusados fueron absueltos, uno más fue dejado en libertad por su vejez y otro falleció en prisión.

Fracasar en este caso significan 2 250 años de cárcel repartidos entre 80 campesinos.

En México no es difícil desconfiar de la justicia. Las conclusiones de los grandes casos penales de la década pasada no convencieron a nadie. Nunca quedó claro quién mató al candidato presidencial Luis Donaldo Colosio en 1994 porque fue la propia fiscalía la que introdujo la idea de que había sido un complot y luego se desdijo. Es difícil creer que un cardenal, Juan Jesús Posadas, fue baleado en su automóvil al ser confundido con un narcotraficante, como también dijo el fiscal.

Los métodos de investigación de los que se ha valido el sistema de justicia tampoco ayudan: para esclarecer el asesinato de un diputado se utilizaron los servicios de una vidente que desenterró el cráneo de un pariente.

En el Barómetro Global de la Corrupción 2004, de Transparencia Internacional, la policía mexicana junto con los partidos políticos salió ganadora en votos como la institución más corrupta, seguida del poder judicial.

Una encuesta del CIDE, realizada en tres estados del país en 2003, arroja que una cuarta parte de los presos entrevistados al azar no contó con abogado al rendir declaración; ocho de cada diez nunca tuvieron oportunidad de hablar con el juez y 21% pensó que la mecanógrafa del juzgado llevaba control en las audiencias del juicio.

El CIDE decidió tomar el caso Acteal para diseccionarlo y convertirlo en ejemplo paradigmático de que el sistema de justicia penal no garantiza el derecho constitucional a un juicio justo.

En este juicio confluyen varios ingredientes que a los académicos les resultaron interesantes: es un caso politizado en el que se violaron reglas básicas de las garantías de los presuntos culpables con detenciones ilegales sin orden de aprehensión, listas “fabricadas” de asesinos, identificación de responsables mediante fotografías, homicidas convertidos en testigos protegidos, inculpados monolingües que no tuvieron acceso a traductores o a abogados en las primeras horas y desaparición de evidencias.

Por ejemplo —y según la información sistematizada del libro inédito—, la mayoría de los presos están encarcelados porque aparecieron en las listas de culpables o alguien declaró contra ellos.

Sin embargo, 80% de los testigos presentados en el juicio no presenciaron los hechos, y algunos recordaron tres o cuatro nombres de asesinos en el primer interrogatorio y después presentaron listas con hasta 264 culpables.

Además, 208 de los 224 testigos que ofreció la defensa de los inculpados fueron rechazados por los jueces federales que conocieron el caso, bajo el argumento de que estaban adoctrinados.

“El punto del CIDE es demostrar, por medio de un caso muy conocido y politizado, que es el propio sistema de justicia penal mexicano el que debería de estar sentado en el banquillo de los acusados”, explica la abogada Ana Laura Magaloni, integrante de la defensa.

“En Acteal, parece ser que ninguna inconsistencia es capaz de introducir una duda razonable en los jueces sobre la responsabilidad penal de los acusados. Acteal parece ser un caso en el que los acusados tienen que probar su inocencia más allá de toda duda razonable y no viceversa”, escribieron los autores Posadas y Flores en un artículo.

El golpe final de la defensa es pedir a la Suprema Corte de Justicia de la Nación que atraiga el caso y defina los estándares que debe cumplir un juicio justo y los parámetros de actuación de un juez.

El abogado Javier Cruz Angulo es un tipo peculiar. Cuando habla se jala la piel como si fuera una máscara de plástico que estira y regresa a su lugar.

Tiene rostro triangular y esa cicatriz como araña al lado del ojo izquierdo, herencia de un accidente automovilístico.

Recién designado, en diciembre de 2006, custodió el expediente en su casa de Ciudad de México durante un mes. Lo estudió algunas noches, como quien tiene una obra de arte y la observa por horas. El asunto lo atrapó al grado de obsesionarlo.

Decir que cuando duerme piensa en el caso no es una exageración. Sueña que envejece con el caso.

Angulo tiene en su casa las fotos de sus defendidos, como quien tiene la foto de la novia o el recuerdo del viaje con los mejores amigos. Se asoma por su cocina el rostro de Juanito, el líder de la comunidad carcelaria que le traduce y a quien define como un tipo fantástico que es inocente. También está el de Roberto, el cerebro de los asesinatos a sangre fría.

Siente simpatía por casi todos sus defendidos. Admite que ya perdió objetividad en su postura.

Angulo retiró su título profesional de la pared de su casa y en su lugar colgó una carta enmarcada en la que los habitantes de “El otro Chenalhó” le agradecen por la defensa.

“El caso te desgasta física y emocionalmente. La responsabilidad te aplasta, saber que tienes en las manos 70 seres humanos, que si haces una pendejada se quedan clavados por el resto de sus días”, se desahoga en el café, y al escucharse comenta que la entrevista parece terapia.

Por defender a los presuntos asesinos, algunas personas lo evitan. Una compañera de maestría le retiró el habla. Alumnos suyos en la Universidad Nacional han solicitado cambio de grupo. Amigos formados con él en Derechos Humanos no aceptan trabajar a su lado.

También ha sido avisado de que no pase por Acteal porque puede sufrir las consecuencias. Y quizá no pasar por Acteal y basar su alegato en los puros expedientes, sin escuchar la versión de las víctimas, sea un error.

Ha convivido tanto con la montaña de papeles (70 mil expedientes que ocupan un cuarto) que recita de memoria nombres, declaraciones, fechas, traduce minucias y aporta detalles a la hipótesis del CIDE de lo que realmente ocurrió aquella Navidad de los tzotziles, una versión que ha sido virulentamente criticada en periódicos como La Jornada por reforzar la versión de la Procuraduría General de la República, negar la existencia de grupos paramilitares tolerados o incubados por el Estado y confinar la matanza a un conflicto intercomunitario y religioso cometido por un pequeño grupo.

La versión de los académicos dice que el viejo Antonio Vázquez Secum ordenó que vengaran la muerte de su hijo y ofreció dinero. Roberto Méndez reclutó a ocho y los armó con R–15 y AK–47. Al llegar a Acteal, se enfrentaron a tiros con los zapatistas.

¿Cómo prueba que fue un enfrentamiento entre bandos? Con Felipe Luna, el vengador que cayó herido y que fue el primer hospitalizado del día. “No hay otra forma de explicarlo, salvo que le hayan disparado sus compañeros”, argumenta.

Sigue con la historia: cegados por el enfrentamiento, los ocho asesinos ingresaron al centro del pueblo como a las 10 de la mañana. Los vengadores dispararon indiscriminadamente. Como a la 1:30 se les acabaron las balas y huyeron.

“Se acaba la matanza, creo que hubo más muertos que alguien recogió, hay una ventana negra, que nadie sabe qué pasó como en 6 o 7 horas”, dice el defensor, para dar paso a lo macabro de la teoría.

Según esta hipótesis, y confiando en lo que declaran los asesinos confesos, un tercer grupo entró a Acteal, apiló a 43 cadáveres, los aventó a una hondonada, desapareció los cuerpos de los zapatistas y de uno de los vengadores y mató a 13 personas con arma corto–contundente, capaz de cortar y romper huesos.

Encima, alguien levantó los casquillos de bala, escondió pruebas, desacomodó la escena del crimen. Y los ministerios públicos tampoco resguardaron evidencias.

“Nadie sabe quién mató a esos 13, ninguno de los testigos que hayan estado te refiere que (los asesinos) hayan ido armados con arma corto–contundente, ni siquiera con machete. Es una ventana negra”, dice.

Niega que los asesinos trajeran balas expansivas y que abrieran el vientre de las mujeres embarazadas.

“Eso es un mito asqueroso. Ninguno de los testigos más sólidos, que estuvieron ahí, refieren eso. Todo esto, quién lo inventó, por qué, sólo Dios padre sabe”, dice.

—¿Por qué debemos creerle a los asesinos cuando dicen que no estaban organizados, que nada más eran nueve y que no fueron ellos los que remataron a los heridos? —lo cuestioné un día, incrédula de la versión de tipos como Roberto Méndez.

—Para qué iban a mentir, si ya estaban condenados y ya habían declarado, por qué iban a guardarse más datos —contestó—. Además, hay gente que los vio llegar a la casa de Antonio Vázquez Secum, al funeral de su hijo, como a las dos de la tarde.

—Para ocultar a alguien —reviré en una de las entrevistas que desembocaron en discusiones y que terminaban en una misma conclusión: por falta de evidencias nunca se sabrá qué ocurrió ese día. Tampoco habrá elementos para condenar o exculpar a los presuntos culpables.

Cíclicamente se han ventilado dudas sobre la culpabilidad de los detenidos y la ausencia de autores intelectuales. Las sospechas se reciclan cada tanto y provocan enfrentamientos aireados que se intensifican con cada aniversario luctuoso.

También yo me siento atrapada por el fuego cruzado de las declaraciones y las reconstrucciones de los hechos que tienen tantas “ventanas negras”.

“A Las Abejas no les enseñaron el octavo mandamiento del ‘no levantarás falso testimonio’”, escuché que Angulo decía a los presbiterianos que afuera del penal le pedían cuentas de cómo va el caso y la estrategia mediática para publicitarlo.

“Todos los que están presos participaron en esa matanza y si no en otras”, me dijo por teléfono Raúl Vera, quien en 1997 era obispo coadjutor de la diócesis de San Cristóbal de las Casas y sigue convencido de que la masacre la cometieron paramilitares que respondían a una estrategia de guerra.

“(Los vengadores) mienten y están adoctrinados”, respondió la abogada Mariel Contreras, del centro de derechos humanos Fray Bartolomé de las Casas, que defiende a Las Abejas.

Ella considera que la estrategia de la contraparte es que algunos se echen la culpa, que el resto se declaren inocentes, aprovechar que se perdieron evidencias, minusvalorar los testimonios de los sobrevivientes en su contra, sembrar ruido sobre lo ocurrido en Acteal y hacer olvidar que altos funcionarios de gobierno no han pisado la cárcel.

“El error del CIDE puede ser intentar hacer un trabajo técnico sin querer asumir la carga política que el asunto tiene ni ubicarlo en el contexto histórico, como lo es no buscar el diálogo con los agraviados ni las organizaciones que los apoyan porque las enormes fallas del sistema de justicia se cometieron a las víctimas y a los presuntos responsables”, opinó Edgar Cortez, el secretario de la red de derechos humanos más importante de México: Todos los Derechos para Todos.

Inmersa en este campo minado de posturas encontradas, escucho en El Amate al ex presidente municipal Jacinto Arias Cruz —el funcionario de más alto rango culpado de la matanza— decir que es inocente y que no sabe nada.

Esta noche, en la cárcel, el ex edil está renuente a hablar. Parece molesto cuando dice que no tiene mucho tiempo para contestar preguntas, agrega que no estaba enterado de lo que iba a ocurrir, que no armó a nadie y que no es paramilitar.

Aunque hubo notas periodísticas publicadas antes de la matanza que señalaban que él toleraba que sus gobernados compraran armas —en un municipio donde los dos bandos estaban armados—, no forman parte del expediente.

Molesta escuchar reír al líder, Roberto Méndez, cuando recuerda que durante la matanza, como a eso de las 12 del día, vio a cinco policías escondidos, asustados, tratando de dilucidar de dónde venían los balazos.

Conmueve escuchar a Juan Pérez, el sonriente traductor y acompañante de Angulo, que fue capturado el día del velorio, como se ve en YouTube, cuando dice que aunque estaba capturado y lo acusaban de asesinato la policía supo su verdadero nombre hasta que vio su credencial de elector, que en los años de encierro perdió a su esposa y que últimamente ha pensado en suicidarse.

Me desconcierta en su turno Lorenzo Pérez, el enmascarado, el Príncipe Azteca, a quien los abogados habían descrito como un loco que encajaba en el prototipo de asesino serial —risueño de los asesinatos que cometió—, pero que ante las visitas actúa como el más cuerdo de los confesos e intenta sostener la versión de que, con su cuerno de chivo y cien balas, “nada más” mató guerrilleros.

“Cuando llegué allá en el (penal de) Cerro Hueco ahí me mostraron una foto y vi que hay un chingo de muertos. La verdad, nunca lo vimos. No vimos que hay todos cortados (con machetes), las panzas de las mujeres, los niños. La verdad sólo Dios sabe qué pasó”.

En uno de los expedientes judiciales que el abogado tiene en su oficina, me topo con la narración de la niña Ernestina Vázquez Luna, habitante de Acteal, a quien le atribuían seis años de edad en diciembre de 1997.

En la declaración se lee: “se percató que la iglesia estaba llena, mas al poco rato empezaron a disparar dentro de la iglesia, sin darse cuenta quiénes eran, hirieron a su mamá, ya que estaba tirada en el suelo, su papá la tomó de la mano y la sacó corriendo de la iglesia para llevarla al monte, en el camino dispararon a su papá y éste le dijo ‘corre, que no te vayan a matar’, pero también recibió impactos en la pierna, aún así tuvo que esconderse entre la hierba, donde estuvo cuatro o cinco horas”.

El expediente omite un dato: ella es la hija del catequista Alonso Vázquez Gómez que habiendo sido avisado de que los priístas se organizaban para atacar Acteal le sugirió a la comunidad orar por la paz. Ella sabe más que muchos testigos.

A Ernestina la conocí en Acteal, ya convertida en una adolescente, el pasado Día de Muertos. El día estaba lluvioso, los caminos eran de lodo, los líderes no estaban y la gente se guardaba en casa para honrar la memoria de sus difuntos y esperar a que tomaran algo de la mesa servida con varias Coca–Colas y algunas tortillas.

Toda la gente que encontré en mi caminata por el pueblo y a la que le pregunté sobre la masacre ocurrida una década atrás, terminó su relato con la misma frase: “¿Si sabe que abrieron con machetes a cuatro mujeres embarazadas para sacarles a sus hijos?”. Cuando los escuchaba recordaba al abogado de la contraparte, exasperado, remitiéndose a los expedientes para aclarar que las mujeres encintas fueron abiertas al momento de la autopsia.

Éste es otro de los huecos de la investigación, pues los primeros días de la matanza hubo testimonios de sobrevivientes que aseguraron a la prensa haber visto a los asesinos rematar a sus víctimas con machetes. Pero, tampoco consta en las actas.

Ernestina me llevó a la capilla donde la comunidad guarda varias decenas de santos, santos pedros, santos niños dioses, vírgenes marías —en una caja especial la virgen con un impacto de bala, sobreviviente también ella—, santos josés; todos con vestimenta tradicional tzotzil, y de cuyas paredes cuelgan cruces con los nombres de cada uno de los asesinados.

En voz quedita, pausada, la joven explicó que cuando rezaban, aquel 22 de diciembre, se dieron cuenta de que en las orillas de la comunidad ardían casas. No se preocuparon, porque pensaron que era una reyerta entre priístas y zapatistas, hasta que escucharon balazos cercanos.

Su padre pidió a la gente que se escondiera en el bosque. Él se quedó a auxiliar a mujeres y niños y a encarar a los asesinos. Cuando lo balearon pidió a Dios que los perdonara. Eso le contaron, porque al recibir los balazos perdió la conciencia. Cuando despertó estaba tiraba en el suelo y tenía sobre sí a una mujer que, en su agonía, lloraba por agua y que minutos después expiró.

“Me desperté como a las seis de la tarde y vi que estaban muertos mis papás, mis hermanas, todos los demás, cuando desperté estaban los muertos encima de mí”, recordó entre pausas largas. A veces, a punto de llorar.

No pudo levantarse: las balas en su cadera y su rodilla se lo impidieron. Su hermanita Rosalinda, la de cinco, lloraba cerca, angustiada por el dolor del proyectil que le agujeró la pierna. Rosalinda, hoy de 15 años, escucha el relato algo inquieta pero no dice nada. Sólo muestra el trozo de piel reconstruida.

Las dos niñas vivas despertaron entre muertos. Su papá, su mamá, su abuelita, varios tíos y sus cinco hermanos eran cadáveres. Al atardecer fueron recogidas por unos vecinos y pasaron la noche en la comunidad autónoma de Polhó, a cinco kilómetros de distancia, acogidas por los guerrilleros.

Tras una mata de plátano, en el mismo paraje estuvo Manuel, su hermano adolescente. Él escuchaba que los asesinos rondaban y que esperaban “hasta media hora” para ver si alguna de sus víctimas movía una mano, inflaba su pecho o gemía, para rematarlo a disparos.

“A uno (de los asesinos) lo vi, no lo conocí, traía un arma y una pistola, paño rojo en su cuello. Cuando ya están caídos se quedan como media hora viendo si una persona mueve su mano o mueve algo para dispararles. Llegaron en la iglesia a ver si hay todavía vivos”, dice el joven de 23 años, que tiene menos destreza para expresarse en español que sus hermanas.

Aunque no es religioso lleva en el cuello una maraña de escapularios y cruces, como si quisiera parecerse a su papá.

Él y otros de la comunidad notaron la ausencia de los zapatistas durante la matanza que, dicen, iba dirigida a los guerrilleros.

“Zapatistas estuvieron escondidos ahí pero tuvieron miedo. Zapatistas y paramilitares se ven muy enemigos, paramilitares iban a defender contra ellos, pero zapatistas no pudieron, entonces dejaron libre en toda la entrada y entraron ellos (los paramilitares) muy contentos”, explica junto a la fogata donde cocina la tía que se hizo cargo de él y sus hermanas.

Guadalupe, la hermana de 21, que quedó como la mayor de los Vázquez Luna, acaba de ser mamá. Ernestina, la de 17, dice que quiere estudiar Medicina para curar heridos. Rosalinda, la quincea­ñe­ra, abandonó la escuela y sigue con los recuerdos bloqueados como cuando de niña exigía ver a papá y mamá, como si no recordara que presenció sus muertes.

Su papá, su mamá y sus hermanas parecieran verlas de reojo, desde un cuadro que tienen sobre la mesa, por la conmemoración del día de muertos.

Esta familia de huérfanos dice que los asesinos siguen libres, que las heridas en el alma no han cicatrizado y que no se les ha hecho justicia.

De regreso en Ciudad de México, en la última entrevista, Angulo pide un cigarrillo, pero ninguno de los presentes fuma. Pasan las 10 de la noche, pa­rece que es su único momento desocupa­do para dar entrevistas. En el cubículo que le sirve de oficina y que comparte con varios estudiantes me responde otra batería de dudas. Una vez concluida la entrevista, me pide que le relate la historia de Guadalupe, Ernestina, Rosalinda y Manuel, los hijos del catequista.

Cuando termina de escucharla comenta enojado: “Pinche Roberto, qué hiciste”; como si tuviera enseguida a la “basura humana”, al líder de los vengadores, y le recriminara por sus actos. Entonces, me interroga a mí con las preguntas que el expediente no explica: “¿Te dijeron quién acomodó los cuerpos en la hondonada? ¿Vieron a alguien con machete? ¿A qué hora dejaron de escuchar disparos? ¿Por qué se quedaron a rezar? ¿Cómo explican que hayan ido a atacarlos a ellos? ¿Qué vieron?”.

Lamenta que sus testimonios no estén en el expediente tan saturado de testigos que no vieron nada y de “ventanas negras”. Me pregunta si ya alguien ayuda económicamente a esa familia de huérfanos.

Me clava la mirada, serio, interesado, cuando le refiero que el catequista pidió a la gente que se escondiera, y que seguramente por eso no hay sangre en la ermita, y que, según los testimonios, algunos de sus clientes sí esperaron pacientes hasta rematar a los sobrevivientes y que los balazos seguían al atardecer.

“¿Crees que todos son culpables?”, me pregunta entonces inquieto, como si el tiempo que invirtió en explicarme el proceso no hubiera servido de nada. “¿Qué hubiera pasado si no hubiera pruebas en tu contra pero aparecieras en una lista en la que dijeran que eres asesina?”.