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Detrás del asesino de Balderas

Publicado: 11 octubre 2011 en Marco Payán
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En su rondín por la colonia Doctores, el comandante Juan Manuel Velázquez recibe un 26, la clave radial que significa “rapidez”, y que esta vez le exige acudir al interior de Metro Balderas. A las 5:16 pm llega con su patrulla blanca a la estación. En la entrada ve a gente corriendo, escucha gritos, observa caras de pavor. «Va en serio», le dice a su compañero Salvador Espinoza antes de abandonar el vehículo.

Juan Manuel, agente de la Procuraduría General de Justicia del DF (PGJ), cuela entre la multitud su cuerpo bajito y abultado en dirección contraria a la gente que huye. Desciende y escucha disparos, sin identificar su origen. Toma su radio para obtener datos de algún colega que le aclare a dónde moverse, pero no hay forma de hacer contacto: en el subsuelo la señal se esfuma. Nota sobre las escalinatas gotas de sangre. Ahí, en el andén, ve a un hombre robusto de pelo negro, armado y en cuclillas: Luis Felipe Hernández, de 38 años, que lo mira con rabia.

En ese punto del subsuelo, Juan Manuel descubre que un joven agente de la Policía Bancaria e Industrial (PBI), Víctor Miranda, yace en un charco de sangre con un tiro en la espalda. A unos cinco metros hay otro hombre con un tiro en la frente: Esteban Cervantes, de 58 años.

Luis Felipe apunta al judicial que se protege tras un muro y le dispara. No da en el blanco. El comandante observa que Luis Felipe abastece su revólver. «Policía Judicial, suelta tu arma», le grita. No hay respuesta. Entonces Velázquez camina con la Pietro Beretta .9 mm dirigida a la cabeza de Luis Felipe. El judicial ve cómo detrás del agresor se abre una imagen que lo frena: decenas de pasajeros agachados que abarrotan el vagón y que involuntariamente sirven al criminal como escudo. Luis Felipe levanta la pistola y jala el gatillo tres veces. En la centésima de segundo que podría una vida tornarse muerte, todo se reduce a tres clics, inútiles, que devuelven a Juan Manuel el alma.

El judicial se lanza sobre el hombre que lo supera por 20 cm y 30 kilos, le arrebata la pistola y lo embiste para hacerlo caer. En segundos, unos 15 policías surgen de pasillos y convoyes para terminar la tarea de inmovilizar a Luis Felipe.

Los rasgos biográficos del asesino no parecen dibujar a un criminal: era un campesino de Jalisco que debió emigrar a Estados Unidos para ser albañil.

Ni me agacho ni me retiro

«Ahorita quiero que entrevistes a mi esposa», me dice Juan Manuel. El comandante señala sonriente a su maquillada secretaria, que me aclara, con una risita apenada: «no le creas, está jugando contigo.»

Cordial, me hace pasar a su oficina. Su espacio de trabajo es tan pequeño que apenas entran tres sillas y su escritorio, base de un complejo entramado de aparatos: hay un celular, un Nextel, dos radios, un dispositivo de banda ancha, un walkie talkie y un móvil Android.

Antes de iniciar, coloca su placa, la 4487, sobre la mesa.

—¿Por qué, si estaba cargada, del arma del agresor no salió ninguna de las balas que iban dirigidas a usted?
—El señor no conoce de armas: la abasteció en el sentido de las manecillas. Puso tres tiros y dejó tres espacios libres. Accionó tres veces donde no había balas y por eso estoy aquí platicando contigo.
—¿Tuvo miedo? —pregunto.
—No. Yo tenía la adrenalina arriba y tengo que estar en mis cinco sentidos. Cualquier error me cuesta la vida. Mi objetivo era: «No importa si me lesionas, voy sobre de ti.» Si me dispara y muero, mis compañeros de atrás lo sometían. Es poner en riesgo una vida para salvar no sé cuántas más. Cuando me realiza los tres disparos, ni me agacho ni me retiro.

Ambre

Luis Felipe llegó a la Central Camionera del Norte entre el 14 y el 17 de septiembre. Pudo tomar el Metro, que lo dejó cerca de la estación Doctores. Caminó tres cuadras hasta Dr. Valenzuela y pidió un cuarto en el austero Hotel San Juan. Al día siguiente salió con una camisa guinda, mochila cruzada en el pecho, cinturón de cuero tejido y chamarra. Su puño apretaba un marcador indeleble. Sobre una valla publicitaria del paradero de Eje Central y Dr. Durán escribió: «ESTE GOBIERNO CRIMINAL DE FELIPE CALDERON NOS CONLLEVA A MORIR DE HAMBRE Y SED POR EL CALENTAMIENTO GLOBAL DE LA TIERRA.» Adelante, en la valla de Dr. Liceaga, arremetió: «ESTE GOBIERNO DE DELINCUENTES Y CRIMINALES CON COLMILLAJE Y ENGAÑOS NOS CONLLEVAN A MORIR DE HAMBRE Y SED POR LOS EFECTOS DEL CALENTAMIENTO GLOBAL DE LA TIERRA.»

Ingresó al Metro Hidalgo a las 4:42 pm y caminó por un pasillo. Ya era registrado por una cámara ubicada sobre un puesto de libros. Viajó dos estaciones hasta Balderas, donde hizo otra pinta: «VAMOS MÉXICO CON ENGAÑOS Y PERJUICIOS LLEVAN A LA NACIÓN AL AMBRE (sic)». Por tercera vez en el día escribía con su plumón la palabra “hambre”. La media hora siguiente escribió en los andenes de Hidalgo, Cuauhtémoc y Balderas. Y desde aquí realizó una raro trayecto: viajó a Observatorio, bajó en Cuauhtémoc sólo para cambiar de andén y luego volver a Balderas.

Víctor Miranda, agente de la PBI, llegó a las 5 pm para iniciar el turno. Su función: vigilar que a los tres primeros vagones sólo entraran mujeres y niños. A las 5:14 notó que un hombre rayaba una pared.

—No haga eso —le dijo el oficial.
—Ya valió madre —le contestó Luis Felipe, según peritajes de la PGJ.

El hombre abrió un pañuelo blanco, sacó un revólver .38 Especial y pese a que se trabó pudo disparar un par de veces. Herido, el policía huyó corriendo, pero Luis Felipe giró y le disparó por la espalda.

En un andén repleto y aterrorizado, Luis Felipe envolvió otra vez su arma. Esteban Cervantes, herrero avecindado en Chalco, salió del vagón con los brazos extendidos hacia las manos que sostenían la pistola. En una penosa lucha de su cuerpo contra un arma, pudo forcejear 18 segundos hasta que Luis Felipe lo tuvo de rodillas y le soltó un tiro en la cabeza. El cuerpo cayó muerto sobre la loza. Con los dos cadáveres tendidos, el andén se vació.

En el juzgado 56 del Reclusorio Oriente, Luis Felipe declaró sin culpa: «Los maté porque querían reprimir mi mensaje». Su mensaje: advertir «los engaños de la administración del señor Felipe Calderón para conllevar al país México a morirse hambre por el fenómeno del calentamiento global.» La PGJ señaló que Luis está en pleno uso de sus facultades mentales, por lo que será enjuiciado.

El martes 22 de septiembre, cuatro días después del tiroteo, Milenio Diario publicó en su primera plana: «El asesino del Metro provoca suicidio e infarto de dos parientes.» La nota informaba que la secuela de muerte se había producido en La Tapona, un rancho de Jalisco.

Estamos en shock

En la estación Loma Alta, Jalisco, el tren de las 3 am trituró sobre las vías a Ambelio Reyes, de 42 años, primo y amigo de Luis Felipe.

Paulo, padre de Ambelio, reconoció el amasijo de carne que apareció en la contraportada de El Circo, diario policial de la región. Una pierna había sido mutilada por la espinilla y un brazo estaba desprendido. En el durmiente donde se hallaron los restos ha sido fijado un crucifijo con cemento.

Pudo ser un suicidio, pero también una casualidad fatal: quizá Ambelio, un alcohólico, se durmiera de borracho en las vías. El tren siguió de largo porque hace años no para ahí.

El único letrero de bienvenida es una cartulina naranja en la que apenas se lee: «XV años Rancho La Tapona». Sobre la autopista Aguascalientes-León hay una reja oxidada y medio caída, desde donde inicia un camino de terracería con zanjas que ha creado la lluvia que apenas acaba de caer después de tres meses de atraso.

Hace sólo dos semanas Luis Felipe estaba aquí, en este pueblo, rogando que la lluvia cayera para cosechar la tierra que había sembrado. Pero llegó el 13 de septiembre y el agua no cayó. Entonces avisó a su familia: «Me voy a Ciudad Juárez a conseguir la visa para cruzar a Estados Unidos.» Mintió. Su destino era el DF.

En mi camino a La Tapona, un par de campesinas altas y güeras, con dos niños de ojos azules, bajan a esperar que se enfríe el radiador de su vieja pick-up. Con la cabeza metida en el motor una de ellas me da informes:

—Buscas a “El Cuatro”. ¿Por lo de su hermano? A ver si te da la entrevista. Hace poco estuvo en un pleito en una cantina donde creo picó a alguien.

Estoy en los Altos de Jalisco, vasto y árido territorio de El llano en llamas. Los años han traído desazón. Con la autopista creada en 1986 La Tapona quedó partida: la carretera de cuota atraviesa el rancho.

En el camino a La Tapona, entre huizaches, nopales, cactus, pitahayos y mezquites, sólo cabe un auto. El domicilio que busco lo marca una camionetita Toyota de los años 80, cubierta de polvo y óxido. Con una llanta ponchada, el lugar de un vidrio lo cubre una tela de costal. José Manuel Hernández “El Cuatro”, de 34 años, vive en una casa de concreto sin pintar, de una sola planta, en medio del polvo. Algunas ventanas han sido sustituidas por cartones. Por puerta hay una cortina.

Al verme, “El Cuatro” grita a sus niños: «A la casa con su madre.» Veo que su playera es la misma que percudida y con hoyos salió en una entrevista que concedió a TV Azteca. El menor de los 13 hermanos Hernández Castillo habla agotado: «Luis ofendió a la sociedad. Nos duele y respeto a las familias dolidas. ¿Qué más decir? Apenas nos estamos haciendo a la idea.»

A los tres minutos se detiene abrupta una pick-up de modelo reciente. Baja un señor alto, de jeans, con una gorra de los Yankees.

—¿Quién eres? ¿A qué vienes?

Erasmo, de 38 años, es otro de los hermanos de Luis. Ha venido de California, donde radica, para apoyar al papá de la familia, Alfonso, y a sus hermanos “El Cuatro”, María de Jesús “Chuyita”, Miguel Ángel y dos más que viven en Jalisco.

«Estamos en shock —dice Erasmo más tranquilo—. Nunca esperamos que hiciera algo así. No sé si ustedes pudieran entrevistarlo en el reclusorio para que diga sus motivos que él sólo sabe. Nadie le ha dado la oportunidad.»

—¿Cómo está tu hermano? —le pregunto.
—Aún no le sacan las heridas de bala: una en el bíceps derecho y otra en la espalda. Es una venganza por matar a un policía.
—En el video nunca se ve que Luis reciba dos tiros —refuto.
—Para mí que los videos no muestran todo —dice Erasmo.

Ni gas quiero usar

Sembraban maíz, frijol y sorgo, y cuidaban sus animales: dos caballos y dos vacas lecheras que mugen en nuestro recorrido por el campo. «Luis Felipe era muy cariñoso con sus animales, los quería mucho», me dice “El Cuatro”.

En las tierras hoy sólo hay maleza. El 2009 fue desastroso: contrario a lo que ocurre cada año, de junio a septiembre no llovió. Recuerdo en ese instante los dos temas recurrentes de las pintas de Luis Felipe en el DF: el hambre y el calentamiento global. «Hemos crecido en la pobreza —dice “El Cuatro”—. A fines de los 80 estudió en el Conalep de Lagos de Moreno y luego hizo un año de Veterinaria en la Universidad de Guadalajara.

En la casa, donde aún vive su padre (quien se negó a hablar), hay un refrigerador con la puerta abierta. Advierto que no contiene ningún alimento. Arriba del aparato hay una imagen de San José y otra de la Virgen María. En el suelo de cemento tapizado de tierra hay una veladora con la imagen de la Guadalupana y del Papa Juan Pablo II. El que era su cuarto tiene una tela blanca como puerta. Adentro está el petate donde dormía, cera derramada, un par de zapatos viejos.

Rosario Cruz, una amiga desde la infancia, me dice que Luis Felipe le compartía sus inquietudes políticas.

—¿Qué era lo que te decía?
—“No prendas tanto la luz, ¿no te fijas que te llega mucho de cobro?”. “Ni laves en lavadora porque jala mucha luz.” “La televisión tampoco veas porque te roba la mentalidad. Yo no veo televisión y en mi casa uso velas. Todo está subiendo.” “El gobierno tiene la culpa, porque ellos son los corruptos”. “Ya ni gas quiero usar, o sea, sólo lo necesario”. “Regala tu televisión”.

La ventana de la casa de Luis está tapiada con una madera de triplay. Ya no están sus libros, ni su máquina de escribir, ni los casquillos de calibre .38 y panfletos contra el gobierno que se llevó la PGJ.

Según el diario Noticias De La Provincia, de Lagos de Moreno, sus escritos decían: «El gobierno está formado por delincuentes y criminales que engañan al mundo a través de medios de comunicación.»

Ahí les va una tortilla

Luis Felipe Hernández Castillo nació en marzo de 1971. Erasmo recuerda lo más agradable de su niñez con su hermano, mientras se escucha lejana la música de banda de los XV años. «Nos sentábamos a la mesa a comer y nos peleábamos por la tortilla en el comal grande de mi mamá.» Ahora sí, “El Cuatro” se entusiasma: «Mi jefa en el fogón. “Ahí les va una tortilla”, decía mi mamá.»

Lázaro Cárdenas del Río era la única escuela en La Tapona. Sólo primaria. Ni kínder, ni secundaria. Al regresar de las clases, Luis Felipe y sus hermanos anhelaban que los visitara su hermana mayor, Adela, que vivía en León: «A ver si mi hermana nos trae un panecito o una naranja», decían.

Para que los Santos Reyes les trajeran juguetes, a falta de zapatos ponían sus huaraches. A la mañana siguiente encontraban carros artesanales hechos con los troncos de órganos, los cactus de la zona. «El que fregaba (al que le iba bien) le dejaban una pelotita en los huaraches», al fin sonríe “El Cuatro”, y recuerda cuando dormían cuatro o cinco en una sola cama, aguantando los movimientos de Erasmo y Miguel Ángel, que siempre despertaban en otro lugar.

A Luis Felipe le gustaba nadar en el estanque, un beneficio extra que traían las lluvias. Jugaban a quién aguantaba más debajo del agua y a los clavados. Los árboles también eran sus juegos mecánicos: se subía a una rama e imaginaba que era un tractor o una camioneta como las que traían sus primos o quienes venían de Estados Unidos. «Nuestros dulces —dice José Manuel— eran taquitos de azúcar.»

Esa felicidad precaria terminaría con la llegada de las máquinas y los hombres que construyeron la nueva autopista. Alfonso Hernández y María de los Dolores Castillo se separaron a mediados de los 80, cuando su hijo Luis Felipe era un adolescente. En esa época, ella trabajaba para ICA dando de comer a los trabajadores. Según Antonio Sotelo hijo, amigo de la familia, Don Alfonso acusó a su esposa de adulterio. «A Luis —me dice— le afectó mucho la separación de sus padres.»

Sotelo habla afligido aún por la muerte de su papá, Antonio Sotelo padre, tan sólo ocho días antes de esta charla. El periódico regional XPreso, Milenio Diario y El Universal consideraron tanto ese deceso como el de Ambelio en las vías del tren como efecto de la conmoción causada por los actos de Luis Felipe. Sin embargo, don Antonio murió el lunes 21 tras una larga enfermedad, sin saber siquiera quién era el asesino del Metro Balderas. Tampoco era su familiar. Y las razones de la muerte de Ambelio aquel mismo día nunca se sabrán.

Alguien en la vida

«Alto, fuerte y estudioso —así lo recuerda Rosario, su amiga desde la niñez—. Tenía porte como para hablar. Era buen estudiante, porque casi no se la pasaba en el rancho.» Martha Cruz, hermana de Rosario, coincide: «Tendía a ser alguien en la vida: un ingeniero, un abogado. Se expresaba muy bien.»

Con las mujeres era muy selectivo. «En los bailes no bailaba con cualquier muchacha —dice Rosario—. Era muy especial. Me dijo hace poco: “Yo no me quiero casar porque las mujeres son muy exigentes. Ya no hay mujeres desinteresadas”.» Erasmo lo confirma: «Quería alguien más centrada —dice e imita a su hermano—: “Esa niña no sentaría cabeza para llevármela al rancho”.»

Hace más de una década se casó con una mujer de quien la familia no quiso divulgar el nombre. Meses más tarde Luis se fue al Norte, sin ella. Ilegal en California, trabajó ahí casi seis años. Luis mandó el divorcio mientras estaba allá. «Después, parece que no tenía otra novia. Yo no le conocí otra», dice Erasmo.

La navidad de 2006, Luis Felipe decidió volver a México. «De regreso de Estados Unidos lo noté mal —dice Juan Pablo Sotelo—. Estaba descontrolado, nervioso. Inclusive la mirada…» Y Antonio agrega: «Un día, a la hora de tratarlo, vi que no era el mismo. Como si no me conociera, ¡si éramos amigazos!».

En cuanto volvió de Estados Unidos entró a su casa, su padre, Alfonso, le dio un avisó: «Tuve que vender tus vacas, Luis, no había dinero», le dijo. Furioso reclamó a su padre, con quien desde entonces mantiene una relación áspera.

Antes de que me vaya de La Tapona, Antonio recupera un episodio ocurrido en el rancho: Luis Felipe «se robó» a una mujer, muy guapa, con quien vivió en una cuartito de su propiedad. La mantuvo encerrada. «Ella le decía que tenía hambre y le decía: “tienes que comer la Luz Divina”. Estuvo como ocho días con él y se le peló porque se estaba muriendo de hambre.» Antonio se niega a dar más detalles sobre lo ocurrido en esa relación. Erasmo y María de Jesús niegan ese pasaje.

Edinger Ave

Luis Felipe caminó por el desierto de Sonora hasta California con un bote de agua y una pequeña mochila a fines del año 2000. En Costa Mesa, población a 45 minutos de Los Ángeles, lo esperaba Erasmo, su hermano. Vivió seis años en la ciudad vecina de Santa Ana con su hermana Adela a unos pasos de la gasolinería Mobil de Edinger Avenue y Main Street. Ocupó una típica casa suburbana estadounidense: blanca, techo de dos aguas, cerca de madera y jardín. Su barrio, aunque netamente latino, está en Orange, uno de los condados con más plusvalía de ese país.

Aquí la vida de los inmigrantes es de jornadas a destajo. «Tengo que regresar para ponerme a trabajar y pagar los “biles”», me había dicho Erasmo en La Tapona al referirse a las cuentas por pagar (en inglés, bills) de su casa en la ciudad de Costa Mesa. Lo que en La Tapona es carencia, en Santa Ana es deuda.

Los medios mexicanos refirieron a Luis como un fanático religioso. Busco datos en varios templos de Santa Ana, como la St. Joseph Church, Light of the World Church e Iglesia Pentecostal Unida Nuevo Amanecer. En ningún caso, pese a que muestro fotografías, sus líderes y empleados nunca lo conocieron.

Sin nivel ni cordón

Esa noche, al llegar a mi motel, el deshabitado Vagabond Inn, veo la silueta de dos personas altas y corpulentas en mi puerta. Son Erasmo y un acompañante.

—¿Qué haces aquí? —pregunta Erasmo.
—¿Vamos a cenar? —reviro para calmarlo.

Me subo al asiento de copiloto de su auto, un Honda vino de medio uso.

—Te noto muy nervioso. No tengas miedo, no te vamos a hacer nada —me dice Erasmo al volante.

Nos dirigimos a un Rubio’s, cadena de comida mexicana a tres kilómetros de la costa. Allí, Erasmo se abre, pese a que hace unos días había sellado el acuerdo con sus hermanos de guardar silencio ante la prensa, para «dejar que sea lo que Dios quiera con Luis Felipe». Sus hermanos Eloy, Hugo, Adela, además de su madre, rehúsan hablar conmigo.

«No dejo de darle vueltas a lo que pasó —dice Erasmo con los ojos llorosos—. Algún día iré al DF a saber qué pasó.»

Del 2000 a la Navidad de 2006, Luis Felipe trabajó en la ciudad de Laguna Beach y el resto del condado de Orange, donde los ilegales ofrecen sus servicios sin riesgo de ser deportados. Ahí, varios paisanos trazan algunas pinceladas de él: fue plomero, albañil, mudancero, jardinero e hizo remodelaciones.

Aunque se respira aire de mar, por Laguna Canyon Road, a mano derecha, veo el letrero: «Day Laborer. Hiring Area.» Cuando no tenía trabajo fijo, Luis Felipe venía a esta apacible plaza entre maples, palmeras y un joshua-tree a convivir con otros desempleados y buscar opciones laborales. Irma Ronses, recepcionista del Laguna Day Workers Center, sabe quién era: «Era muy tranquilo, nunca tuve quejas de él.» Esta mañana de inicios de octubre han llegado muchas personas a pedir trabajo. Voy obteniendo retazos difusos de Luis, pero todos en el mismo tenor: era un buen tipo, trabajador y muy reservado. «No era mariguano, agarraba trabajo por su cuenta y se llevaba más gente (a trabajar) —dice Inocente, un anciano guerrerense que lo conoció—. Se portó muy bien con nosotros.»

—¿Qué más se acuerda de él?
—Me invitaba a sembrar sorgo y maíz con él a Jalisco. Me decía: «Eres un hombre de mucha experiencia.»
—¿Y cómo era como trabajador?
—Una vez se echó una planta de concreto sin usar nivel ni cordón. Así nomás. Muy inteligente. Todavía pienso que no pudo ser él (quien mató a dos personas), porque en su rancho tenía unas vacas, dos o tres tractores para trabajar.

Dominic, estadounidense blanco de más de dos metros que contrató a Luis Felipe y Erasmo, me da rasgos generales de los Hernández Castillo: «Tienen algo especial, tienen integridad y se preocupan mucho por la calidad. En este oficio hay muchas personas que dicen una cosa, pero hacen otra. Ellos trabajan muy bien. Hay quienes no respetan la propiedad ajena, pero ellos estaban interesados en los clientes.»

Una Navidad, más en broma que en serio, Dominic los invitó a una sesión de manicure y pedicure. Algunos salieron corriendo, pero Luis Felipe se sometió gustoso al regalo. «Fueron buenos momentos», añade.

—¿Hoy le darías trabajo? —pregunto a Dominic.
—Tengo que saber qué pasó con él en México.

Celda 3-3

Voy al Reclusorio Oriente, en Iztapalapa, para intentar comprender de su voz las razones para matar a dos semejantes en Balderas. En el trayecto recuerdo que Erasmo me dijo: «No sé si todo México (DF) es así, pero qué feo es Iztapalapa.»

Paso una aduana. Como visto de negro, un guardia me pone una casaca guinda para distinguirme de los custodios. Separados por barrotes, en los locutorios los abogados platican con sus clientes presos. Me acerco a un acusado de secuestro que espera una apelación: «Aquí dentro todo es posible, pero ese tipo que estás buscando es imposible de contactar.»

Luis Felipe Hernández Castillo está aislado de los dormitorios comunes, bajo estricta vigilancia, en la celda 3-3. En una lista a la que tengo acceso leo los nombres de las únicas cuatro personas con su mismo nivel de reclusión: totalmente solos y con estricta vigilancia las 24 horas del día, el trato especial para personas en riesgo de ser asesinadas o suicidarse.

«No, amigo, no se va a poder», me dice terminante un guardia cuando le digo que quiero darle un recado a Luis Felipe de parte de su familia.

Al entregar mi gafete a la salida de la cárcel, pienso si acaso hallé las semillas de la locura en un hombre como millones en México: ahogado por la miseria, el hambre, la sequía, el cambio climático, el desempleo.

La razón exacta de la tragedia en Metro Balderas tal vez ni siquiera las tenga el campesino que espera una sentencia, de 20 a 50 años, en la celda 3-3.