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La estación de trenes de Frankfurt queda justo frente al hotel donde se hospeda Hebe Uhart. Ella y un grupo de escritores, una reducida pero notable delegación argentina, están en la ciudad para la Feria. Hebe tiene preparadas todas sus conferencias para las mesas del stand nacional, prolijamente impresas. Pero no se queda todo el día en la feria: es caminadora y curiosa; quiere conocer. Pasa bastante tiempo en la estación porque le gusta el mercado con sus puestos turcos, el amabilísimo señor de la cervecería que trata de hacerse entender, el restorán al paso de comida china. Es un pequeño mundo y a Hebe Uhart le gustan los pequeños mundos, con sus rituales y lenguajes, aunque aquí todos hablan alemán y no entender nada la desespera un poco.

Una noche, antes de volver al hotel, después de una cena bastante copiosa, Hebe Uhart y los escritores que la acompañan se detienen a mirar a un chico, de unos veinte años, que claramente vive en la calle, duerme en la estación, y tiene como mascota un hurón, ese animal de hocico puntiagudo y ojos tiernos, doméstico pero levemente salvaje.

Hebe se para frente al animal, le apunta con el dedo.

—¡Cuis!— dice, en voz alta.

El chico, la mira: parece desconcertado.

—¡Cuis!— repite ella, bien claro, como si eso facilitara la comunicación. —¿Es un cuis sí o no?

La decepciona un poco comprobar que no, que no es un cuis. Se queda un rato jugando con el animalito y tratando de hablar con su dueño. Tiene un poco de nostalgia, parece. Horas después, bien temprano por la mañana, conseguirá que un taxista la lleve al zoológico. No podrá convencer a ninguno de los escritores para que la acompañen. Pero Hebe Uhart no se ofende ni se resiente por cosas así. La visita a la jaula de los monos, dice cuando vuelve al hotel, al mediodía, estuvo buenísima.

En su último libro, “Un día cualquiera” cuenta sobre los monos que le gusta ver. En el cuento “Hola, chicos” se lee: “En el zoo de Buenos Aires hay una jaula con papiones. El cartel indica: ‘Papión sagrado de la India’. He ido a visitarlos tres veces; iría una cuarta. Siempre que voy me detengo antes frente del mono araña marimoña, que es el mejor equilibrista que he visto”. Pasar una tarde con Hebe Uhart es así: está llena de charlas sobre monos y novios; conversaciones largas, de pequeñas aventuras, de literatura involuntaria.

***

Hebe Uhart ve y escucha atentamente y registra, registra sin parar, se le nota en la mirada inquisidora de sus ojos pequeños y oscuros. Elvio Gandolfo, escritor y crítico, amigo, que la conoce y admira desde hace más de cuarenta años, escribió: “Hebe Uhart se encuentra entre aquellos escritores donde un modo de mirar produce un modo de decir, un estilo: Eudora Welty, Felisberto Hernández, Mario Levrero, Juan José Millás, Rodolfo Fogwill o Clarice Lispector”. Fogwill dijo alguna vez que Hebe era la mejor escritora de la Argentina.
Ella, ya lejos de Frankfurt, en su departamento de Almagro, sirve el lemoncello que le regaló una alumna de su taller de narrativa, abre la ventana que da a un balcón con plantas preciosas, azaleas, santa ritas, y dice:

—Bah.

Y después:

—Cuando uno escribe, si es bueno, le termina llegando el reconocimiento. Mirá que voy a ser la mejor escritora de la Argentina, ¿qué quiere decir eso? Nada.

No hay falsa modestia. Incluso la incomoda ese reconocimiento que llegó todo junto, especialmente después de la publicación de sus “Relatos reunidos” (2010). Y quiere cambiar de tema, rápido. Hablar, por ejemplo, de otro viaje, el que hizo a Bolivia cuando era “muy jovencita”. “Lo hice hace cincuenta años. Fui de turismo. Primero a La Paz y después a Perú, en tren. Fui con dos amigas, una era un personaje tipo princesa en su camarote. Se parecía a Jeanne Moreau. Después fuimos a Perú. Yo tengo primos peruanos. Los hermanos de mi abuela emigraron a Lima y mi abuela emigró acá. Tengo un primo peruano de mi misma edad que me llevó por Lima y he vuelto como cuatro veces”.

A Hebe le gusta viajar, le gustó siempre. Ese placer es obvio en sus dos libros de crónicas de viaje, “Viajera crónica” (2011) y “Visto y oído” (2012). La Patagonia, Ecuador, Córdoba, Roque Pérez, pueblos de la provincia de Buenos Aires con pasajes así: “Para variar, le pedí que me hablara de las costumbres de los animales. Me dijo: el caballo es mejor guardián que el perro, yo tenía uno que con el hocico me abría la tranquera, al caballo hay que saber palenquearlo. Uno ve a un caballo de frente y es un cristiano”, escribe. No tiene sueños de viajes a lugares grandiosos: no piensa en la China ni en la India.

—No entendería nada, sería como un asalto a los sentidos. ¿Cómo hago yo para absorber todo eso? Tampoco me gusta la naturaleza plena, no me gusta el glaciar ni las ballenas. A mí me gustan los pueblos chicos, porque son abarcables, porque se los camina y se los conoce.

Y porque, claro, en los lugares más chicos la gente está dispuesta a saciar la voraz curiosidad de la escritora: ella pregunta, quiere saber; charlar con ella es ser entrevistado. Sabe cuándo detenerse y tiene calculados los límites del pudor. Ella es pudorosa aunque, dice, todos sus cuentos son en alguna medida autobiográficos y los de “Un día cualquiera”, aún más. “En la peluquería” relata sus horas en la peluquería de Medrano y Rivadavia, a la que va seguido.

Mientras se hace los pies, habla con María. Hebe nunca se pinta las uñas, no le interesa, no tiene tiempo. Desde hace unos años, está particularmente intrigada con los animales.

—Es muy curiosa —dice María, sentada en uno de los cuartitos de depilación de la peluquería—. De chica yo vivía en Corrientes, éramos muchos hermanos y teníamos animales: monos, avestruces, loros, perros, gatos. Hebe pregunta mucho por el mono. Quiere saber cómo la convivencia con el mono.
—¿Y vos qué le decís?
—Que el mono es muy inteligente, quizá más que nosotros.
María le recomendó varias veces un viaje a los esteros del Iberá: ahí podría ver de cerca a los animales. Hebe lo viene planeando hace rato, aunque no sabe bien cuándo, porque en el verano hace demasiado calor.

Escribe Hebe: “Cuando está María, la correntina, prefiero ir con ella; inmediatamente se acuerda de todos los animales que tenía su papá en el campo de Corrientes, el tatú, la yegüita alimentada a biberón y el pájaro carpintero. Y ese cubículo frío y blanco, mezquino, se llena inmediatamente de animalitos del campo y el bosque”.

Alertado por María, Maximiliano, el dueño, buscó el texto en internet. “Yo no soy mucho de leer, pero me gustó. Alguien te cuenta que fue a la peluquería y decís “qué aburrido”, pero ella no, lo hace entretenido, te enganchás”, dice Maximiliano detrás de uno de los mostradores de Caprice: en el cuento el nombre de la peluquería es el mismo.

Ese relato son sus peripecias y lucecitas diarias pero también, como siempre, la novela familiar: Moreno, la familia inmigrante y el ascenso social; su tía loca que tiraba baldes de agua a las paredes y humedecía la casa para siempre, protagonista de decenas de cuentos; su experiencia como docente en colegios rurales, los vecinos, los viajes a Buenos Aires a comprar ropa. Su mundo, cartografiado en detalle, hasta que no queda un recoveco de la memoria que no haya sido aireado y de ese rincón sale la frase rescatada, elegida, ese asombro, el humor oblicuo, una forma de escribir que mezcla el estupor con la filosofía, la atención y el tesoro: como si lo más normal fuera rarísimo. Uno de sus cuentos más famosos, “El budín esponjoso”, de 1977, empieza: “Yo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que les faltara alguna cosa: por eso se comen sin parar”. Después de leer esto, ya no se puede comer galletitas de la misma manera, sin pensar en esa tercera dimensión ausente. Elvio Gandolfo escribía en su prólogo para “Camilo asciende”, (de 1987): “Lo que la convierte a la vez en un ejemplo muy poco frecuente de penetración filosófica o antropológica y en portadora de un humor opresivo, desopilante, es que se incluye a sí misma en esa mirada, a través de sus distintos alter ego cuando hablan en primera persona”. Etnógrafa vocacional, la llamó Graciela Speranza. Una de las mejores dialoguistas desde Puig. La mejor cronista de viajes de los últimos cuarenta años, según Gandolfo.

Cuando escucha los elogios, ella mira fijo.

—Qué se yo —dice. Y se va a servir café.

Pía Bouzas es escritora, docente y, después de ir tres años al taller de Uhart, se hicieron amigas. Se visitan, se leen. Pero es una amistad extraña. “Hay mucha diferencia de edad y ella es reservada: no somos pares. Me alegra tenerla cerca porque es una mujer muy sabia”. Pía tiene poco más de cuarenta años. Cuando se conocieron, en los ’90, Hebe atravesaba lo que Pía define como “un momento editorial complicado”. Estaba por publicar, pero las fechas se dilataban, y el libro no salía y eso, cree Pía, la angustiaba. “Creo que a ella la afectaba. Si bien no tiene narcisismo, creo que quería reconocimiento. No es una anacoreta. Sufría bastante la falta de lectores. Pero cuando el reconocimiento le llegó, la encontró parada en un lugar que no tiene nada de vedette. Cuando dice que creerse muy escritor hace mal a la función de escritor, realmente lo piensa”.

En el taller, leían a Chejov, Erskine Caldwell, cronistas brasileños, Saki, Daniel Moyano, Clarice Lispector. Nada sistemática, ninguna línea clásica, nunca Cortázar ni Borges ni Rulfo ni García Márquez. Pía llegó al taller a través de una amiga: había estudiado Letras.

—Fue muy cómico —cuenta—. Quería aprender lo efectivo y a Hebe no le interesa eso en lo más mínimo. Al principio yo estaba entre fascinada y enojada. Decía ¿cómo no me señala el conficto entre los personajes? Solamente hacía intervenciones muy particulares.
—¿Y por qué te quedaste?
— Porque es una gran maestra. Le interesa que cuentes algo que sea tuyo. Trata de ayudarte a que descubras tu mundo, a encontrar lo más singular y propio que tengas.

A Hebe no le interesan las traducciones: para ella no existen, quién sabe lo que pasa en otro país.

Y de las presentaciones de los libros, Hebe prefiere ir a comer con sus amigos. No le importa la posteridad. “Yo vivo hoy”, dice siempre. Tampoco le llaman la atención los grupos. “Recuerdo un cuento donde ella relata que es directora de una escuela durante el Proceso, pero no se habla del Proceso. Sin embargo, hay una tristeza muy profunda en el personaje; la anécdota, en contraste, es mínima. No tiene nada que ver con los grandes discursos y la tradición literaria de los 70. Me cuesta encontrarle una tradición. Salvo los autores que ella menciona, Mansilla, o Fray Mocho, muy atrás”.

***

Hebe Uhart vino a Buenos Aires a estudiar Filosofía desde Moreno. Se mudó cuando tenía unos 25 o 26 años. Empezó la universidad en la calle Viamonte y siguió en la sede de Independencia pero la terminó en Rosario, provincia de Santa Fe. Se le hizo muy difícil ese último año, rendir las equivalencias, estar lejos de las cátedras que ya conocía. ¿Por qué lo hizo?

Sacude la cabeza –el pelo corto, bien teñido, muy cómodo– y enciende otro cigarrillo.

—Me fui escapada por un amor. Me enamoré de un hombre casado y mis amigos me dijeron ‘andate’. La verdad: me fui por boluda. Mi mamá me descubrió esas cartas que escriben las jóvenes para sí mismas, que dicen ‘no puede ser, no puede ser’. Una chica de ahora no se va. Sufre una semana y listo. Me fui un año. Cuando volvía acá, vomitaba. También una mentalidad pasiva mía. Andá a saber.

Hay otros novios en la vida de Hebe Uhart. Lo poco que cuenta –a los novios no los incluye casi en ningún cuento: son esa parte de su vida que no expone ni comparte– habla de relaciones intensas. Elvio Gandolfo la conoce desde los años ’60 y es uno de sus más tempranos entusiastas: supo ver desde el principio esa mirada extraña de Hebe, su diferencia radical. Y se acuerda de un “camionero grandote”, aunque no está totalmente seguro porque, con Hebe, a veces le cuesta distinguir entre ficción y realidad. Dice, en un bar cerca de su casa, en Palermo, los anteojos gruesos y hablar precipitado de lector voraz: “El tipo se borró con el camión y ella se lo fue a buscar a Entre Ríos. Andaba por los campos, golpeando las tranqueras a ver si había pasado por ahí”. Se acuerda también de que el camionero comía con el torso descubierto. “Era pintón, como de ‘Rápido y furioso’”. Pero, dice Gandolfo, no sabe si Hebe tuvo una pareja importante, un gran amor. Pía asegura que hubo un hombre de Tandil muy importante hace más de veinte años. “Es reservada y sobre todo en la vida amorosa o de su familia. Hay zonas sobre las que no quiere entrar y no escribe sobre eso tampoco, no le gusta transitarlas: creo que son lugares de dolor. Una vez me contó que se había vuelto encontrar con el de Tandil veinte años después, tomaron una cerveza. Y le dijo al hombre: ‘La cerveza ya no nos hace lo que nos hacía antes’. Después me lo negó. ‘Yo no digo esas cosas’”.

Hay un novio del que Hebe sí habla, y mucho. Ignacio, el poeta borracho. Fue, dice, mucho más importante que el casado de Rosario.

—Con ese me hice la película, muy fuerte, pero la verdad es que estuve dos veces nada más con él. Con Ignacio no fue una película. Fue muy real.

Y no sólo por Ignacio, sino por lo que Ignacio significó. En ese momento, la casa de Hebe en Moreno era toda desdicha. Su hermano había muerto a los 27 años, en un accidente (de esta muerte joven, cercana, nunca escribe). Su primo, también de 27, aviador, murió en esos años. Y su prima, muy joven, de un problema cardíaco. Su tía loca estaba viviendo en la casa.

—Yo era invisible. Y me fui con Ignacio. Me rajé. Ibamos por ahí, por los cafés. Él chupaba. Las mujeres jóvenes todas creen que los regeneran a los borrachos. Que si una hace bien todo, él va a cambiar. Yo hice todo, lo llevé a un psquiatra, le compré vitaminas y él las tiró a la mierda. Cuando la otra persona no quiere, no quiere. Cuando estaba sobrio era muy bueno, me quería.

Ignacio era buen poeta, dice Hebe pero era “incoherente”: no podía publicar y apenas escribir.

—¿Qué sentías con él?
—Me sentía útil. En mi casa, con toda esa desgracia que había, nadie me miraba ni me podía mirar. Mi mamá, muy eficiente, hacía todo, yo quedaba de lado. Y mi papá murió por esa época. Con Ignacio yo me sentía eficiente. Él no hacía nada y me miraba como si fuera una sabia. Decía que no podía ir a trabajar porque no tenía pantalones. Entonces mi mamá le compró un traje con dos pantalones. Los borrachos son como los perros, pelean al lado de los tachos de basura. Entonces el traje se le rompió todo. Yo iba a la sastrería a ver si se lo podían reparar y él esperaba en el café de la esquina para ver mis gestiones. Los empleados de tienda antes eran muy decentes, de muy buena presencia, y miraban el pantalón y decían “cómo se pudo haber hecho eso”.
El romance duró unos cuatro años. Hacia el final, ya no podía llevarlo a reuniones porque Ignacio se ponía malo, agresivo. Sufría, hablaba de poesía toda la noche y no comía. La iba a buscar a su trabajo –una biblioteca en ese momento– totalmente borracho. Pero la salvó.
—Me sacó de una cosa hecatómbica. Mi casa era una locura.

***

A Hebe le importa publicar y agradece a quien quiera editarla. Le gustan los sellos “caseros”, como los llama. No se fija en las tapas y si hay que cambiarle el título, se lo cambia. Todo lo que rodea al libro no le importa mucho.

Las editoriales de sus libros son todas pequeñas e independientes: Menhir (Rosario), Goyanarte, Fabril, Cuarto Mundo, CEAL, Torres Agüero, Pluma Alta, Bajo la luna, Simurg. Recién en 2003 publicó en Adriana Hidalgo y un año después en Interzona. Luego, sí, en Bajo la luna, una editorial independiente pero de mayor visibilidad. Y, ahora, ya famosa, Alfaguara.

En 1972 publicó por editorial Fabril “La gente de la casa rosa”, con prólogo de Haroldo Conti. Pero si en esa época su literatura era tan secreta y periférica, ¿cómo consiguió el prólogo de Haroldo Conti? ¿Eran amigos? No, amigos no.

—Era amigo de amigos míos. Y me hizo hacer de prejurado para un concurso de cuentos del Cordobazo, en los 70. Después me hizo un prólogo divino, pero antes me hizo laburar. Eran 700 cuentos. Por eso no quiero ser más jurado: es mucho trabajo y mucha responsabilidad. Encima todos los cuentos del mismo tema. Yo no sé por qué cayó, creo que por su amistad con Paco Urondo. ¿Qué podría haber hecho él? Guardar armas en su casa, esas cosas que se hacían.
—¿Y Fogwill, que decía que sos la mejor, era tu amigo?
—No, tampoco. Fogwill era amigo de Elvio Gandolfo, que sí es mi amigo. No tengo muchos amigos escritores. Además, de Fogwill no se podía ser amigo, te hacía quedar mal. Una vez lo invité a una presentación cuando tenía el nene chiquito, de brazos. “Contá cuándo ibas con Ignacio por ahí”, gritaba. Me hinchaba las pelotas. Yo cuento lo que quiero contar. Pero “Los Pichiciegos” qué lindo que es. La gente de los talleres no lo quiere leer, sin embargo. No quieren leer de Malvinas casi nunca así que ya no lo doy.

Hace cinco años, el Viejo Hotel Ostende armó un encuentro de escritores: pasaron varios días ahí, en la playa, fuera de temporada, filmados por Mariano Llinás. Estaban Hebe Uhart y Fogwill. “¡La mejor escritora argentina!” dijo Fogwill ni bien la vio y Hebe le retrucó “dejate de joder”. Y eso fue más o menos todo. La incomodaba, decía, que la llamara así adelante de los demás. Cuando hablaban, solos y por los rincones, se podía intuir cierta complicidad. Pero Hebe prefería estar con los invitados más jóvenes: contarles sobre Ignacio el novio borracho, dar consejos a las chicas sobre sus dramas sentimentales y tomar notas en una visita a un pueblo cercano, donde la directora de un museo local decía, en la visita guiada, “acá los indios eran totalmente mansos”.

Hebe, maravillada, anotaba. Estas son las piedras preciosas que ella encuentra y atesora. Las conversaciones sobre cómo matar una vizcacha. Una mujer que dice “este caballo es de cuarta”. Su tía que hablaba con la televisión y decía “qué limpita esta chica” cada vez que veía una propaganda de shampoo donde la modelo se bañaba. De vuelta en el hotel, Hebe le daba algunas pitadas a un porro –poco, para probar– y después pasaba largos ratos mostrando su valija colorida, muy cómoda y útil para viajar, y preguntando sobre la historia del Viejo Hotel, que alguna vez estuvo bajo la arena y fue inspiración de Silvina Ocampo y Bioy Casares. Pero si fumó fue alentada por el espíritu de estudiantina del evento. Ella, sólo tabaco. Ni siquiera fumaba en los intensos años ’60. Cuenta: “Recuerdo haber probado alguno que otro cigarro de marihuana, pero no me producía gran efecto. Y nada más. Drogas duras tampoco. Muy pocos tomaban drogas duras”.

***

Una vez separada de Ignacio empezó a cambiar. Pasaron dos cosas al mismo tiempo: comenzó a leer literatura política y después eligió ser vicedirectora de una escuela rural. Ese puesto, esa experiencia, la hizo salir de la burbuja. —Entre Ignacio y los amigos de la calle Corrientes el mundo resultaba limitadísimo —dice.

La escuela quedaba en el barrio Los Cuatro Vientos de Moreno. “Elegí ir ahí para ayudar al proceso de liberación nacional. Iba ebria de ideales”. Tomaba el colectivo hasta Once, ahí el tren y después caminaba diez cuadras. Les llevaba material de lectura a los chicos, pero también les llevaba medias. La escuela tenía sólo primaria, y era en el campo. Casitas bajas, los años 70. Ahí, dice, aprendió “cosas de la vida”.

—Después me di cuenta de que una persona sola no puede ayudar, que necesita un equipo. Me desilusioné. Pero me hizo salir, antes no le daba pelota a nadie. Era bastante antojadiza y veleidosa, creía que podía hacer cosas que no podía. Tenía arranques de hacer cosas extraordinarias. Maduré yendo a la escuela de campo. A mí nunca jamás nadie me había pedido nada. Mi sueldo era para mí, para comprar boludeces. Entonces me di cuenta de que había tenido muchos pajaritos en la cabeza, de irme, de buscar una beca, de viajar a París. Me di cuenta de que había otras personas que hacían sacrificios, que aportaban a la casa. Que venían a dedo porque resultaba caro ir en micro. Me dio vergüenza de lo que yo pensaba, de que estuviera tan autocentrada. Ahí tomé color. Hay gente que no toma color ni a los 40. Gente que sigue reclamando y echando la culpa a los padres.

Se acuerda de los signos del terror durante sus años de docente en la década del ’70. “Pero no tenía idea, ni a nadie cerca que haya sido secuestrado”. Cuando llegaba a la estación de Moreno había policías con perros y en las comisarías estaban las metralletas apuntando. En la escuela, no había que hablar con una chica, porque su novio era teniente del ejército. Y Lela, que sigue siendo su amiga, otra maestra, se salvó por un pelo. “Mi amiga estuvo en una toma de una fábrica pero sobre todo ella tenía un novio a quien buscaban: a ella la querían para que diera información. Todo Moreno estaba bajo la base aérea de José C Paz. Ella ya era en ese momento una figura conocida en el pueblo porque trabajaba como maestra. Entonces la citaron de la base, y por la confianza de ser de Moreno ella fue sola, sin ningún recaudo. La interrogaron, le preguntaron por el novio que estaba en una organización armada. Sabían todo de ella. A todo ese grupo no los mataron, pero les fijaron destino en un colegio donde el ejército entraba y vigilaba”.

—Entonces sí sabía lo que pasaba.
—Pero no tenía la global completa, la idea. Sabía, pero una cosa es saber, tener la información, y otra cosa es saber con toda el alma. A mí se me cayeron todas las fichas mucho después, me entró lo que pasó cuando lo escuché a Scilingo por televisión. Cuando contó lo de los aviones (en el año 1995). Eso. Antes tenía la información. Pero con Scilingo caí de la atrocidad.
—¿Con quién trabajabas en Moreno?
—Cuando fui a la escuela entré de costado a los movimientos tercermundistas. En toda la zona de Moreno a Luján trabajaban los tercermundistas, hacíamos teatro en La Reja. Había una monja irlandesa que hablaba, la pobre, como si se le entendiera. Y otra argentina que estaba con la Teología de la Liberación. Pero no era un grupo de armas, era un grupo cristiano. Como el padre Pepe, que se salvó por un pelo. Yo compraba El descamisado pero por modalidad propia hubiera preferido otra línea de penetración que no fuera militarizada. Había una discusión interna, sobre si la forma de penetración debía ser lenta o militarizada. Pero bueno.
—¿Nunca escribiste sobre esto?
—Quise. También quise escribir sobre las veces que fuimos a ver a Perón en los 70, pero no estoy conforme. No me gusta lo que escribí.
—¿Lo viste a Perón?
—No, no llegamos. Fue la primera vez que volvió, durante el gobierno de Lanusse. Fuimos en micros de Moreno, estaban los caminos cortados bordeando Rivadavia y entramos por un camino de tierra a Lobos. No se permitía a la gente que llegaba acercarse, pero tratábamos, íbamos dos del bracete con un muchacho flaquito y nos corrían a gases. Y como el viaje era tan largo desde Moreno, cuando llegamos, unos se metieron en los chalets de Ezeiza y vieron llegar a Peron por televisión. La multitud era interesante vista en sus particularidades porque había todo tipo de personas y actitudes: Un hombre decía que él se quedaria ahí tranquilo en uno de esos chalecitos de Ezeiza, otro decía no sé qué cosa y la dueña de un micro dijo que si hacía eso ella quemaba los micros y no teníamos cómo volver.

Después de Moreno, dando clase en la secundaria, tuvo una experiencia muy ingrata en el Nacional Buenos Aires. El celador era de la policía de Morón. A los chicos no los dejaban ir al baño durante la clase. “Yo le tenía terror a ese colegio. Es la caja de resonancia de todos los procesos políticos que hay en el país y en la dictadura era terrorífico”. Ella necesitaba trabajar y la hija de uno de sus primos le contó que en el Nacional había una suplencia de latín y se fue, con pantalón y blusa. Le dijeron que debía usar pollera. El rector tenía bigotes estilo manubrio y la entrevista, dice Hebe, fue un interrogatorio. “Sepa usted señorita que acá no discriminamos a ningún judío, a ningún italiano”, le dijo. “Era inadmisible, yo nunca más trabajé incómoda”. Si iba a tomar un café al buffet se desesperaba si se le corría la media. “Cuando se murió el rector la mitad de los profesores festejaron con champagne. En los actos los chicos estaban en un silencio helado. Ese colegio es difícil, yo no le guardo cariño. Esa sala de profesores, tan fría. Tiene lindos cuadros, pero es todo tan sombrío. Yo prefiero un colegio ventilado, aireado, más chiquito.”

***

Organiza asados en su casa: mejor dicho, en la terraza del edificio donde tiene su departamento. Tiene distintos grupos de invitados. Los alumnos del taller con los que tiene más afinidad, amigos escritores como Gandolfo, Irene Gruss, Eduardo Muslip, Pía Bouzas o los “trasandinos” Alejandra Costamagna, Alejandro Zambra y Diego Zúñiga. También a veces se reúne con sus compañeros de cátedra: durante veinte años enseñó filosofía en la Universidad de Lomas de Zamora, daba clases un día por semana de 9 a 12, de 12 a 17 y de 9 a 22. Al principio no había combis y tomaba el colectivo en Liniers, dos horas sobre el 188 hasta el sur. Se hizo amiga de varios profesores. “En las cátedras o es gente muy buena o es nido de sierpes.”. En la UBA, trabajó en la cátedra de Filosofía con Tomás Abraham que escribió sobre ella: “Hebe tiene una mirada rara. Toca y se va. No le gusta que se le impongan. Es un ser libre, inaprensible. Sus palabras se miden con una vara pequeña. Le gustan las frases cortas y odia discutir. Prefiere intervenir con interrogantes”.

Está jubilada hace siete años. Los que van dicen que los asados son muy divertidos. Eso sí, las ensaladas son siempre las mismas. Ahora consiguió que encienda el fuego el portero.

El portero en cuestión se llama Norberto: hace el fuego, pone la carne y se va. Le gusta hacerle el favor. Siempre le dice: “Hebe, tenemos que hacer un asado porque la parrilla se oxida”. Norberto trabaja hace poco más de tres años como encargado del edificio de Almagro. Adora a Hebe. “Más que buena: buenísima es”. Cuenta, Uhart es una de las pocas personas que da propina aparte de las expensas. Suele hacerle comida: platos árabes, por ejemplo, que Norberto nunca había probado. Él no sabía que era una escritora “famosa”. Se fue enterando al ver llegar periodistas con cámaras y también por la cantidad de alumnos que van a los talleres lunes y sábados: muchos se van después de las ocho de la noche. Chicas grandes, dice, hasta un señor de más de 70 años.

Cuando se va de viaje, Hebe siempre le avisa a Norberto. El hombre parece muy contento por esa confianza, aunque como todos los que la conocen a veces tiene que responder a sus preguntas.

Un día, por ejemplo, Norberto salía del edificio para ir a la Fiscalía que está en Beruti y Coronel Díaz. Lo habían citado como testigo en relación a un departamento vacío del edificio. Se la cruzó a Hebe, que venía con bolsas del lavadero. Él le contó a dónde iba. Ella le preguntó: “¿Tenés miedo?”.

“Es muy sociable”, cuenta Pía Bouzas. “Y le encanta viajar sola. Tiene que ver con algo vital: la sociabilidad y los viajes la mantienen muy viva y muy activa. Tiene mucha energía aunque es una mujer grande; tiene una enorme libertad. No le interesa que la aprueben. Se toma libertades enomes para las formas, en la vida y en los cuentos”. Es pudorosa, también, con una forma extraña de pudor, porque escribe en primera persona, porque es charlatana, y sin embargo hay algo secreto en ella, algo duro. Algunas de sus amistades son largas y, de alguna manera, tácitas, sin la necesidad del contacto diario. Así es la que tiene con la actriz y maestra de teatro Martha Rodriguez, por ejemplo. Se conocieron hace cuarenta años, cuando Laura Yusem montó la obra de Hebe sobre los borrachos. Eran vecinas, de Almagro. Pasaron años de conexión intermitente hasta que, en 2009, Martha quiso escribir, con Yusem una dramaturgia sobre dos de sus cuentos más famosos, “Guiando la hiedra” y “Querida mamá”, ambos de 1997. Graciela Speranza escribió, para el prólogo de Relatos reunidos, que todo el arte narrativo de Hebe Uhart se resumen en “Guiando la hiedra”. “Podría leerse como suma poética o hilo invisible que guía los relatos. ‘Aquí estoy acomodando las plantas’ se dice en el comienzo, como una advertencia, un desafío, una declaración de principios. La mirada apenas se aparta de las macetas con plantas del jardín, pero la vida entera parece desvelarse en ese aleph discreto, doméstico y barrial”.

Cuando Martha y Laura le preguntaron a Hebe si podían adaptar sus textos, ella les dijo:

—Hagan lo que quieran.

Después fue a algunos ensayos. Desde 2009, la obra se reestrena periódicamente, y le va siempre bien. Cada vez que Martha la llama para avisarle de un nuevo reestreno –lo acaba de hacer, hace días– Hebe dice lo mismo:

—Che, ¿otra vez? ¿Y por qué? ¿Quién lo pidió? ¿No es mucho?

A su taller van famosos: ella los llama así riéndose, pero no da nombres, salvo el de Diego Frenkel, cantante de La Portuaria que “duró varios meses”. La llaman para charlas y conferencias y aperturas de festivales, recibe premios, la invitan a talleres en el interior del país. Gandolfo está orgulloso

—Por suerte se consagró antes de morir. Con Fogwill pasaba lo mismo: en un círculo se decía que era buenísimo, circulaba, pero le dieron bola de verdad hace unos diez años. Antes era un escritor de escritores. De Hebe se decía que era muy buena pero entre la gente que lee literatura. Ahora, si tenés que poner a un escritor nacional, ponés a a Hebe Uhart. Para ella es una suerte.

¿Qué pasó para que la mirada azorada de esta mujer brillante y discreta se haya vuelto central? Pía Bouzas tiene una teoría: “Yo creo que, además de su trabajo y perseverancia, le llegaron los lectores. Los escritores más jóvenes empezaron a mirar más parecido a ella, el detalle, lo que no es central, ni que va por la ruta del escritor programático. Encontró un camino por fuera de la tradición masculina argentina, que no es sólo por escritores hombres sino una manera de tratar el lenguaje. Eso están en consonancia con la búsqueda de lo escritores más jóvenes. Ella toca grandes temas, la inmigración, la familia, lo argentino, pero lo aligera”,

En su departamento de Almagro –el barrio de la más media de las clases medias, dice– busca libros de cronistas brasileños para regalar, porque ella ya “no va a leerlos”. Sirve café en tacitas pequeñas. Menciona de pasada un gato hermoso que tuvo, que se murió y la dejó muy triste: no quiere más gatos. Un alumno la llama por teléfono para avisarle que no viene: en este momento tiene tres turnos, y aproximadamente unos 15 talleristas, aunque el número fluctúa. Muchos se van, también. Es que a Hebe hay cierta tendencia de la literatura contemporánea que la tiene molesta y cuando la encuentra en sus talleres, la señala, la corta. “Acá en Argentina no falta ni talento ni inteligencia”, dice, con cuidado. “Pero me parece que los escritores están mal colocados. Mal encarados. Se colocan de manera muy egocéntrica o narcisista. ¿Sí o no? Hay muchos jóvenes que escriben bien pero los embalurda que son egocéntricos. Es esa actitud medio arltiana muy altanera; Arlt, en sus “Aguafuertes cariocas”, se enoja porque en Río se van a dormir a las 10 de la noche. ¿Y por qué le molesta? ¿Por qué es una vida de mierda esa? Muy autocentrado. Hay una alharaca de lo que no te gusta, por ejemplo. Como si estuvieran mirando solamente para adentro y mal, no da resultado. No importa tanto lo que piensa uno. Es un internismo brutal: también escriben para los pares. Escriben pensando en los amigos, en los conocidos, en los profesores. A lo mejor estoy prejuzgando y a lo mejor no conozco todo bien, pero noto que se escribe internamente”.

—¿Y eso cómo se soluciona?
—Ah, eso es difícil porque es cultural. Pero se debe solucionar levantando la cabeza y mirando alrededor. ¿Sí o no?