Archivos de la categoría ‘Mario Mercuri’

“Que se maten entre ellos”, concluye desde la autoridad que le da su uniforme azul y la frialdad que le dieron años y más años de patrullar las calles. Y lo dice convencido. Para él es un caso más de un malo que mata a otro malo. O de un malo que mata a otro peor. El caso de un chorito muerto. Un pibe de 15 años al que le salieron mal las cosas, tan mal que no llegó a los 16. Un negrito que buscaba un estéreo y encontró un puñadito de plomo. Pero no es un caso más. Es un caso que comenzó con un escopetazo y siguió con un muerto y un preso y que no terminó ahí. Continuó con una noche de furia que se prolongó en tres días de furia que le recordaron a los cordobeses que había un barrio olvidado llamado Villa Páez que no pueden volver a olvidar. Porque el muerto sigue muerto y el preso sigue preso y los problemas de Villa Páez siguen siendo problemas.

***

Desde el día en que Juan José González se tragó un pozo en medio de la calle, su nombre pasó a ser “Pocito”. Nada de Juan. Ni siquiera “Juanjo”. Sólo “Pocito”. Así lo rebautizó su madre Irene, quien en Villa Páez hacía años había dejado de ser Irene para llamarse “Pelusa”, “Pelu” para los amigos. Así son los barrios de Córdoba. Los nombres quedan olvidados en el DNI.

“Pocito” volvió a llamarse Juan José a las 2 de la madrugada del sábado 24 de septiembre de 2005, cuando un escopetazo se le metió por la espalda. Una hora antes, su madre le había dado permiso para jugar un rato al pool con “los chicos” mientras le calentaba la sopa. Total, eran unos minutos nomás: esa noche no había bailes. Pero un permiso a medias. La “Pelu” lo tenía bajo libertad vigilada: no fuera a ser que una camioneta del CAP lo levantara por tercera, o cuarta, o quinta, o sabe quién cuál vez.

“Patrullero que pasaba, patrullero que se lo llevaba”, reconoce meses después “Pelusa”. A la 1, “Pocito” salió de su casa en calle Miguel Gorman al 2100; el pool estaba a pocas oscuras cuadras. Su madre lo siguió y respiró tranquila cuando lo vio en el quiosco. Entonces volvió a casa para calentarle la cena.

Hay quien dice que las mujeres sienten, pero que las madres presienten. Para la “Pelu”, eso es falso. Ella no presintió nada. Ni siquiera cuando se escuchó un sonido seco, como de petardo que no terminaba de ser petardo. No entendió qué pasaba cuando alguien se asomó gritando “¡es Juan José, es Juan José!”. Eran las 2 de la mañana y “Pocito” ya no era “Pocito”. Ya había recuperado su nombre de DNI. Pareciera que la muerte es una señora demasiado seria como para presentársele con un simple apodo. “Pelusa” no recuerda dónde tiró el cucharón con que revolvía la sopa. Tampoco recuerda con qué o con quiénes se cruzó en esa carrera de 300 metros desesperados. Lo que no puede dejar de recordar es lo que vio. A su hijo, que se desangraba en la calle. “Hacía sonidos raros y gemía”. La calle se llenó de gente llena de sorpresa y confusión. Exactamente tres horas después, a las 5, Juan José murió en el Hospital de Urgencias.

***

Pasadas las cinco de la mañana de ayer falleció un joven de 15 años, después de ser baleado por la espalda por un vecino de barrio Villa Páez.

La agresión ocurrió a las dos de la mañana del sábado. Un hombre domiciliado en Arturo Orgaz y Francisco Tronge escuchó ruidos que provenían de su camioneta estacionada en la calle. Salió inmediatamente con una escopeta recortada y gatilló de lleno contra un chico de 15 años que salía corriendo del lugar. Fue un solo disparo el que le ingresó en el cuello y el costado derecho del cuerpo. El muchacho cayó al piso y presentaba pérdida de masa encefálica. Luego de la letal agresión, el sujeto, identificado como Jorge Luis Escovedo, de 37 años, se dio a la fuga, según consignaron fuentes allegadas a la investigación. Desde la fuerza especulan que el adolescente habría intentado sustraerle algún objeto de valor de la camioneta, desencadenando la terrible represalia del sujeto hasta ahora prófugo. (La Mañana de Córdoba, 25 de septiembre de 2005)

***

Sábado 24. El barrio despierta con la sorpresa de que mataron al “Pocito” y de que el autor del disparo, el albañil Jorge Escovedo, se escapó. La sorpresa se hace indignación, la indignación bronca y la bronca violencia. A la tarde, un grupo de vecinos y amigos de Juan José ataca a pedradas la casa de Escovedo quien, en su fuga, dejó a su mujer y cuatro hijos solos. Las cosas estaban mal e iban a estar peor. Carlos Maravankin, un vecino de Escovedo, sale armado a la calle y dispara contra la multitud. Hiere a un motociclista que pasaba por el lugar. La Policía tuvo que intervenir, ya no sólo para que no quemaran la casa de Escovedo, sino para que no quemaran a Maravankin.

Domingo 25. Al mediodía, el velorio de Juan José no parece un velorio. Poco llanto, nada de silencio. Había rabia. Y mucho ruido. La casa se va llenando de vecinos, familiares y amigos más enojados que dolidos… con más furia que resignación. Además ven como una provocación que, a media cuadra de donde velan a Juanjo, una fila de policías custodie a la familia de Escovedo que apura su mudanza. “¡Miren a esos hijos de puta, cuidan al asesino en vez de cuidarnos a nosotros!”, grita alguien. No importa quién. Es el grito de uno, pero resume la bronca de todos. Los vecinos, palos y piedras en mano, marchan sobre la casa del homicida. Aparece la Guardia de Infantería armada con gases y balines de goma. Los palos y piedras chocan contra los cascos y escudos de los policías y rebotan. Vuelan gases y los balines de goma chocan contra la carne de los vecinos… y no rebotan. Llega la paz al barrio. Una paz irrespirable que huele a gas lacrimógeno.

Lunes 26. El barrio olvidado es noticia. Es la gran noticia: “Entre piedras y disparos, Villa Páez está en guerra” (Día a Día); “Villa Páez se convirtió en un infierno” (La Voz del Interior); “Furia sin fin” (La Mañana de Córdoba). Y no es para menos. Desde las 20 hasta entrada la madrugada del martes, la calle Tronge, a la altura de la casa de Escovedo, se hace campo de batalla. En una punta, un centenar de vecinos. Muchos de ellos, la mayoría jóvenes de la edad de Juan José, armados con gomeras, botellas y piedras. En la otra, móviles del CAP, la Guardia de Infantería y el Grupo Eter. En el medio, las cubiertas envueltas en llamas que hacen de barricadas. No hay luces. Tampoco hay una sola puerta o ventana abierta. Es una batalla desigual, pero a los vecinos no les importa. La bronca, a veces, puede más que el miedo. Ésta es una de esas veces. Sólo les importa desquitarse con la casa de Escovedo y todo lo que se ponga en medio. Sombras se acercan por los techos, tiran desde botellas hasta cascotes a los policías y se esfuman. Sombras suben a los árboles como gatos con gomeras en lugar de uñas; insultos y pedradas silban en la oscuridad y hacen retroceder a los policías hasta que sacan las escopetas y brrruuummm brrruuummm  brrruuummm  brrruuummm  brrruuummm , despejan techos y árboles.

Ahora reina el sonido redondo de las balas de goma y, varios metros más allá, el centenar de vecinos corre, pero no mucho. A los pocos segundos regresa en manada más grande. Todo se vuelve confuso: los periodistas, frenéticos, se refugian detrás de los policías; los policías, detrás de los móviles; y los móviles, que no tienen un “detrás” a donde ir, se hacen blanco de botellas, piedras, ladrillos y puteadas.

A la 1, tras cinco horas de lucha, una persona cruza las barricadas caminando hacia los vecinos. “Soy el padre Horacio, soy el padre Horacio”. El párroco es quien convence a ambos bandos de dejar las armas. Vuelve la paz, una paz que sigue oliendo a gas lacrimógeno.

***

El cura Horacio Saravia no duda: “A Juan José no lo mató el disparo, lo mataron el descuido y el olvido de las instituciones”. Con 30 años al frente de la Parroquia de Villa Páez debe saber de lo que está hablando. Conoce una a una las calles, conoce uno a uno los vecinos. Ha bautizado a decenas de bebés que luego fueron o son sus alumnos de Historia Argentina en la escuela que comparte terreno con la Iglesia de La Rioja y Silvestre Remonda, en Alto Alberdi. No duda en criticar, no duda en denunciar: “Debería haber una mayor dedicación del Estado a la educación y el empleo de los adolescentes de Villa Páez, que cuenta con gente honesta y solidaria. El problema es que ya no hay esperanza, lo último que debiera perderse”, explica. Son las 13. A las 13.30 tiene que continuar con sus clases secundarias. Ese recreo de media hora parece durar mucho más de 30 minutos mientras gritos y corridas de alumnos invaden la Dirección, donde Saravia suelta sus certezas: “En Villa Páez la gente se subestima, y cree que ellos mismos son pesados y violentos. Pero eso es porque no se valoran. El barrio está dividido entre un grupo menor, que optó por el delito de las drogas, y el resto, que lucha por la honestidad”. Pero no sólo están los pocos malos y los muchos buenos. Según Saravia, hay un tercer actor, un actor protagónico, en el drama que le toca vivir a Villa Páez: “Lo que diferencia a éste de otros barrios es la sospecha de que la Policía se aprovecha de la pobreza de la gente y colabora con los delincuentes”. Se pasa las manos por la frente como si quisiera despejar una mezcla del griterío de los chicos y del recuerdo del bautismo de Juan José. Cierra los ojos y enumera las causas por las que el barrio atacó la casa de Jorge Escovedo:

1) El descuido de las instituciones. 2) El incumplimiento de promesas del Gobierno. 3) El cierre de la fábrica cervecera, a mediados de la década del ’90. 4) La reurbanización del tramo de la Costanera que colinda con el barrio, lo que eleva el costo de vida en algunas viviendas.

“Todo esto fue creando bolsones de intolerancia”, resume con la vista fija en el reloj. Terminan los 30 minutos que duraron mucho más de media hora. Antes de irse suelta una frase, a modo de lamento, con la que define el lugar que el barrio ocupa en la ciudad: “Pobrecita Villa Páez, tan cerca del centro y tan lejos de las instituciones”.

***

La base del Distrito 1 funciona en el Pasaje Santa Catalina, al costado del Cabildo, en el mismo lugar donde, en tiempos del Proceso, el “D2” machucó carne de desaparecidos. Es una mañana gris, la llovizna y el viento nublan la cara de varios policías que “se escapan” unos minutos para fumar y bostezar antes de volver a las oficinas. El comisario mayor Osvaldo Folli, a cargo de ese distrito, tampoco puede con su cansancio. “¿En qué estábamos? -pregunta mientras se refriega los ojos- Ah, te decía que Villa Páez es un barrio conflictivo, porque si bien casi no hay homicidios o violaciones, el 90% de los detenidos es por robo o drogas. Pero lo más preocupante es que, de esos detenidos, la mayoría tiene entre 14 y 19 años. Ahí es mucho mayor el porcentaje de menores que se mandan macanas que en otros barrios”, afirma.  “De todos modos -da una tregua- ahí no es la ‘Ley de la selva’. Hay barrios mucho peores donde se mata a alguien y se lo entierra, y nosotros jamás nos enteramos. Villa Páez no es así”. Sigue y rompe la tregua: “Lo que se nota desde hace tiempo es que muchos chicos cometen delitos y luego son protegidos por los mismos vecinos. Ahí los perjudicados son los chicos, porque no son contenidos social ni familiarmente. Eso pasa porque hay un rechazo al policía, a la ley. Ante esto, ¿qué podemos hacer nosotros? Tenemos un barrio donde corre mucha droga, mucho alcohol, y donde casi todos los delincuentes juveniles están protegidos por los mismos vecinos…. Nosotros no podemos cumplir el rol de los padres. Que cada uno cumpla con el suyo. Más que parar en los quioscos a controlar a los menores que están bebiendo y mandarlos a sus casas, no podemos hacer”.

***

La cervecería es la frontera. Antes es Alberdi, después es Villa Páez. Hay que cruzar una calle, sólo eso. Parece que no cambia nada, pero cambia todo. El antes se ve lejano y el después asoma incierto. Tal vez es por las casas que se muestran más viejas que antiguas. Quizá es la forma en que se enciman sobre la vereda, sin jardines… casi sin aire. O puede que sea por esas callecitas que van doblando y doblando, que se van metiendo metiendo metiendo más y más en el barrio hasta que se les hace difícil salir. Es por todo eso y es por el miedo, un miedo que quieren frenar con rejas. En Villa Páez hay más rejas que ventanas. Es que el barrio ya no es lo que era y nunca fue lo que debió ser.

“El mapa nos indica que hacia el este, sobre la costa del Suquía, trazaron ‘Villa Páez’. Es que acaso fue en ese lugar donde en sus terrenos Teodomiro Páez quiso ‘formar un nuevo pueblo con casas de recreo de las familias cordobesas’, como lo indicaba el diario El Porvenir el 24 de marzo de 1888…. Edificación modesta la levantada en el barrio y no como la soñara Páez”, cuenta Efraín U. Bischoff en su “Historia de los barrios de Córdoba”. Tiene razón, y si queda alguna duda ahí están los vecinos del barrio para despejarla. Según el último censo, en el barrio viven 3.564 mayores de 15 años. De ésos, casi una tercera parte (972) no fue nunca a la escuela o ni siquiera terminó la primaria. La mayoría son jóvenes. Nadie se los explicó, pero esos adolescentes son más hijos de los ‘90 que de sus padres. La pobreza los marcó más que el apellido. Nacieron en un barrio de trabajadores… así, a secas, y crecieron en un barrio de trabajadores sin trabajo. No tienen qué hacer y tampoco a dónde ir. Sólo recorrer las calles del barrio. Esas calles que los van metiendo metiendo metiendo hasta que se les hace imposible salir. Para ellos la cervecería no es una frontera que cruzar para llegar a otra parte. Es sólo el esqueleto de un edificio derruido. Tan derruido como el barrio en que viven, como la vida que viven.

***

Delgado, morocho y bajito, un físico como dibujado para wing izquierdo, Juan José ya había adquirido los conocimientos básicos de un adolescente promedio de los barrios marginados de Córdoba. Conocía los pasillos de una escuela pública, conocía las esquinas y pools del barrio y conocía las camionetas del CAP por dentro. Con una hermana casi 10 años mayor que él, asumió estoico el hecho de ser el nene de la casa. Padre albañil y madre vendedora ambulante, en su casa siempre hubo poco de todo, pero de lo poco que hubo todo fue para él. “Cuidamos que nunca le falte nada”, recuerda su madre. Y lo lograron. Tuvo casa, comida y cuadernos. Lo básico. El problema es que a los adolescentes, a quienes todo les resulta poco, lo básico les parece nada. Nadie sabe si por conseguir lo que no encontraba en casa, por picardía o simplemente por seguir a los amigos, una siesta se metió en la abandonada cervecería y sacó unas latas que vendió a un almacenero del barrio. Complicidades de Villa Páez, al almacenero no le importó ni siquiera que las cervezas ya estuvieran vencidas. La cana lo levantó algunas veces. No muchas, sólo las suficientes como para llegar a conocerle la cara. “Siempre que andaban los del CAP, lo veían y se lo llevaban sin que hiciera nada”, se queja la “Pelu”. Tal vez para evitar que se lo volvieran a llevar, o prevenir alguna otra travesura, lo estuvo pispeando cuando dejó que fuera un rato al pool antes de la cena. Ya no importa el por qué, lo que importa es que no bastó. En la media hora que lo pedió de vista, Juan José se cruzó frente a la mira de la escopeta de Escovedo. El pibe, joggin gris, zapatillas grises, buzo marrón del colegio y rompevientos verde quedó tendido en la calle. La madre lo encontró con las manos en los bolsillos y mucha pero mucha sangre, tanta que no le dejaba ver los contornos de la herida. Tampoco le hizo falta para saber que su único hijo varón, el nene de la casa, se le estaba muriendo. Según la autopsia, la muerte se produjo por “traumatismo torácico y encefálico debido a las heridas de arma de fuego de proyectiles múltiples en tórax y cráneo que también le afectaron seriamente el riñón y los pulmones”. Le sacaron 38 perdigones.

***

El fiscal Alejandro Moyano tardó menos de seis meses, todo un récord en Córdoba, en establecer qué pasó aquella noche, o al menos qué entiende él que pasó. Partió de lo obvio: Juan José estaba muerto y Escovedo reconoció que él lo había matado, por lo que se trataba de un caso de homicidio. Faltaba saber en qué circunstancias pasó y, para eso, se basó principalmente en dos testimonios. El primero fue el de Escovedo: Que estaba en su casa esa noche, que sonó la alarma de su camioneta y salió a ver qué pasaba. Que ya lo habían intentado asaltar varias veces. Que por las dudas tomó su escopeta. Que encontró a dos personas que la estaban abriendo. Que una de ellas lo amagó con un arma. Que se asustó y disparó “al boleo”. Que tuvo miedo y huyó. El segundo testimonio fue el de “Monedita”, el pibe que iba con Juan José: Que Juan José “rateaba” por el sector, que lo invitó varias veces para ir a robar, que vio de lejos cómo Juan José intentó forzar la camioneta, que escuchó un grito y un disparo y él huyó. A Escovedo, Moyano no le creyó. Al amigo de Juan José le creyó, pero no le importó. El 17 de marzo procesó a Escovedo por “Homicidio simple, agravado por la comisión mediante el empleo de un arma de fuego”. No consideró que fuera en defensa propia. Juan José no estaba armado y cayó herido lejos de la camioneta. Es decir cuando estaba huyendo, por lo que ya no había nada que defender. Escovedo espera su juicio en una celda de Bouwer.

***

La “Pelu” abre la bolsa y desparrama sobre la mesa docenas de llaveros con la

Ésta es la parte difícil de estas notas. La parte a la que nunca me acostumbro.

cara sonriente de “Pocito”. Son los mismos que reparte en marchas y misas que

Eso de hablar con los familiares. Cuando no me quieren prender fuego me

promueve para pedir que se haga justicia por la muerte de su hijo. Ojos rojos y

reciben como salvador, como si uno pudiera hacer algo serio. Pero bueno, es

manos temblorosas, alterna un hablar atropellado con silencios largos. “Me lo

el oficio. Acá estamos hurgando en los recuerdos de la gente y escuchando

mataron y ahora me lo ensucian… por qué su amigo declaró que estaban

el dolor, las quejas, los pedidos de justicia que nunca llega porque aunque

robando en la camioneta si eso no es cierto. Él no estaba robando ni escapando

metan en cana al que mató al pibe van a sentir que no basta.

ni nada. Mi hijo es bueno, por ahí tiene algunos problemas como todos, pero

Además, siempre lo mismo. Todos son inocentes, nunca hicieron nada, todos

no necesita robar… si le damos todo. Pero su amigo miente para limpiarse él

son víctimas, y más si están muertos. No le erraba Borges cuando decía que

porque él sí parece que anduvo tratando de abrirle la camioneta al hombre.

nada como la muerte para mejorar a la gente. Pero tiene razón.

Mi hijo sólo había ido al quiosco que está al lado de la casa y es ahí cuando

Escuchándola tiene razón. Escuchándolos a todos, todos tienen razón. A esta

me lo matan por la espalda, él ni estaba corriendo ni escapando. Si cuando lo

mujer le mataron el hijo. Son 15 años de abrazarlo, cuidarlo, verlo crecer y de

encontré tirado tenía las manos en los bolsillos. ¿Usted cree que alguien anda

un momento para otro se queda sin nada. Y yo acá tratando de saber si estaba

robando o escapando con las manos en los bolsillos? ¿Cómo se corre con las

choreando o no. ¿Importa si sí o si no? De todas maneras, en Argentina no

manos en los bolsillos?”.

hay pena de muerte para el robo de estéreos. Excepto en Villa Páez.

***

“Pelusa” habla y sus palabras van desde la negación y el dolor hasta el enojo y el desconsuelo para terminar en la desesperanza. Negación: “Juan es un buen chico, siempre sonriente, es la alegría de mi vida”. Dolor: “Me lo mataron como a un animal, con una escopeta y lo dejaron tirado en la noche, desangrándose, sufriendo…”. Enojo: “Esto no va a quedar así. Ese hijo de puta no puede volver a la calle. ¿Por qué va a seguir él vivo si mató a mi hijo? Eso no va a pasar…” Desconsuelo: “Qué voy a hacer, qué me queda, acabó con mi familia, acabó con mi vida, ya no hay nada”. Desesperanza: (habla Mercedes, una hermana de “Pelusa”) “La ‘Pelu’ tiene cáncer de mama, ya le sacaron un pecho y estaba bajo tratamiento, pero desde esa noche dejó de atenderse, ya no se hace ni la quimio, sólo llora y fuma… y cada vez se pone peor…”.

***

(Perfil de Jorge Escovedo, según los datos aportados por su hermano Miguel, quien se hizo cargo del sostenimiento de su familia mientras sigue detenido en Bouwer). Jorge (37) está casado por iglesia con Blanca y tiene cuatro hijos de 16, 10, 8 y 2 años. Habitualmente se dedicó a la construcción y cuando ocurrió el homicidio estaba trabajando en una empresa de perforaciones. Es reconocido como hombre corto de genio y de armas tomar. Llegó a Villa Páez un año antes del hecho procedente de Villa Urquiza, donde baleó a un hombre por defender a un vecino. Por ese caso no fue procesado. En su año en Villa Páez ya le habían querido robar cuatro veces. La quinta fue la última.

—En el barrio veían a su hermano como un tipo pesado…
—No es cierto. Mi hermano no andaba de joda como la mayoría en ése barrio. Él laburaba y no le alcanzaba. A esa casa se la alquilé yo y la pagaba yo. Incluso un par de meses antes había decidido buscarle otra en Alberdi porque no nos gustaba el barrio.
—¿Cómo interpreta lo que pasó esa noche?
—Él no salió a matar, porque si lo hubiera hecho hubiera salido a la calle, y no disparado desde dentro de la casa. Además, hubiera bajado a los dos pendejos y no a uno.
—¿Y lo que pasó después?
—La gente del barrio atacó la casa de mi hermano porque son todos delincuentes. Se protegen entre ellos, si te metés con uno saltan todos.

***

El policía recorre la calle como para imponer su presencia, pero lo que se impone a final de cuentas es la ausencia. Los pibes que están en la calle lo ven venir y se meten en las casas, y los que están en las casas cierran las ventanas. Con su paso azul y pesado vuelve a la camioneta. “¿Ves lo que digo? No quieren ni que nos metamos en el barrio. Acá ninguno es buenito. Después se andan matando y se arma el quilombo y nos echan la culpa de por qué no estamos. Por eso te digo que son broncas de ellos y al final se matan entre ellos”. En parte tiene razón. Sí se matan entre ellos. Pero no entre malos y malos. Tampoco entre malos y peores. Sino entre pobres y más pobres.