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Abuelos indignados

Publicado: 20 enero 2016 en Nilton Torres
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El blanco era la sede principal en Barcelona del Banco Santander, la entidad financiera más solvente de España. Los dieciséis convocados para dar el golpe convinieron reunirse en la céntrica Plaza de Cataluña, a escasos cincuenta metros de su objetivo, el número cinco del Paseo de Gracia, una de las calles más caras de la nación ibérica —la quinta en el ranking de la consultora inmobiliaria Cushman & Wakefield—, no sólo por el precio de los alquileres, también por las exclusivas marcas que allí tienen sus tiendas, como Louis Vuitton, Cartier, Tiffany & Co., Yves Saint Laurent, Bulgari, Armani. Días antes, tres de ellos habían visitado el banco en distintas ocasiones para reconocer el terreno y no dejar nada al azar. Observaron minuciosamente la rutina de los empleados y agentes de seguridad y prestaron especial atención a las barreras que tenían que traspasar.

A la hora acordada, las once de la mañana, el grupo se dirigió con paso firme hacia su meta. Seis de ellos se quedaron en la puerta de la calle y los otros diez ingresaron simulando ser clientes. Cruzaron primero las imponentes puertas de madera y cristal que preceden al elegante recibidor de arquitectura neoclásica, para luego franquear la puerta automática que abre paso al hall principal. Formaron un círculo discreto en medio del luminoso salón y rápidamente hurgaron entre sus ropas, en las que llevaban ocultas las cartulinas amarillas que blandieron frente a empleados y clientes mientras gritaban:

—¡No es una crisis, es una estafa!
—¡Rescate para la ciudadanía y no para los bancos!
—¡Esta deuda no la pagamos!

Al percatarse del alboroto, uno de los dos agentes de seguridad de turno se acercó a los imprevistos manifestantes y, con inusitada delicadeza, les dijo:

—Por favor, señores, sin hacer mucho escándalo.

Ellos ni se inmutaron. Allí estaba un insólito grupo de mujeres y hombres de casi setenta años, bien plantados y con ropa y zapatos cómodos para aguantar el tiempo que hiciera falta, porque a esa edad no es sencillo soportar mucho tiempo de pie.

En la puerta del banco ya se había formado jaleo. Una muchedumbre, azuzada por los compañeros de los manifestantes que se habían quedado en la retaguardia, hacía eco de la protesta y algunos periodistas aparecieron alertados por las redes sociales de que un grupo de “abuelos” había tomado el Santander.

El reloj marcaba las 14:30 del jueves 27 de octubre de 2011. Habían transcurrido tres horas y media desde que la oficina bancaria había sido invadida. Sorprendentemente, hasta ese momento, nadie se había atrevido a preguntar qué querían ni hasta cuándo pretendían estar allí los ocupantes. Obligada por las circunstancias, la circunspecta subdirectora de la oficina dio el paso:

—¿Hasta qué hora pensáis quedaros? Es que a las tres cerramos y me gustaría saber si necesitáis agua o comida, por si os vais a quedar mucho tiempo —les dijo.
—Mire, sólo queremos entregarle un manifiesto, leerlo y nos marchamos —fue la respuesta.

“Somos la generación que luchó y consiguió una vida mejor para sus hijos e hijas […] Estamos orgullosos de la respuesta social y del empuje que están mostrando las nuevas generaciones en la lucha por una democracia digna de este nombre y por la justicia social”, resaltaba en sus primeras líneas el documento, que además exigía el fin de la especulación bancaria y la corrupción política, y la responsabilidad de la banca ante la crisis económica que, desde el año 2008, causa estragos en la sociedad española y que se ha manifestado en una inflación galopante, desempleo, incremento de la deuda pública, recesión y una burbuja inmobiliaria que está dejando a miles de personas en la calle, desahuciadas por el incumplimiento del pago de sus hipotecas.

Pero el manifiesto también consignaba que esos intrépidos “okupas” de la tercera edad que habían tomado la entidad bancaria se sumaban a la protesta de los ciudadanos que colmaban las calles españolas con su indignación y que eran insultados por políticos que aseguran que la crisis es un invento de los que no quieren trabajar y de los que se han endeudado, irresponsablemente, por encima de sus posibilidades. Si a esos ciudadanos se les llama despectivamente “perroflautas”, los manifestantes que tomaron la sede del Santander propusieron que les dieran, a ellos, un mote parecido: “yayoflautas”.
“Yayo” es como en gran parte de España se llama cariñosamente a los viejos.

—Estábamos conversando y comiendo en un chino —cuenta Celestino Sánchez, Celes, sesenta y dos años y añejo militante del Partido de los Comunistas de Cataluña—. Éramos un grupo de compañeros de mi edad y jóvenes pertenecientes a un movimiento llamado Inflexión, que nos estaban dando una mano con temas de internet. Hablábamos de cómo la gente de nuestra edad podía aportar a la protesta, y salió aquello de la Esperanza Aguirre y del nombre que usaba para referirse a los indignados, perroflautas.

En el currículo público de Esperanza Aguirre, la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, no sólo destacan su título nobiliario de condesa consorte y los cargos públicos que le ha tocado ejercer, como ministra y senadora. Sobre todo resalta su cualidad de boquifloja. Entre otras perlas, llamó hijoputa a un ex consejero de Caja Madrid al que había defenestrado de su cargo y calificó de pelmazos a su propia gente de prensa por haber convocado a unos periodistas a una visita que hizo a los afectados por un incendio en un pueblo cercano a Madrid, cuando había dado instrucciones precisas de que quería tener ese encuentro en privado. Cuando los indignados tomaron la madrileña Plaza del Sol, el 15 de mayo de 2011, y acamparon allí durante semanas, Aguirre no disimuló su ofuscación. Cada vez que se le preguntaba al respecto, apelaba a inspirados adjetivos para referirse a los que se habían atrevido a afear tan turística plaza con su protesta y sus carpas. Los llamó camorristas, pendencieros y perroflautas. Este último podría considerarse el súmmum de la terminología despectiva, ya que con este nombre se denomina peyorativamente a los integrantes de las tribus urbanas de hippies, punks y anarcos, que se distinguen por llevar rastas y piercings, y a los que se acusa de poca —o nula— higiene y de ser unos revoltosos antisistema. Celes no recuerda exactamente quién tuvo la ocurrencia, pero sí que fue uno de los veteranos el que soltó:

—¡Coño!, si vosotros sois los perroflautas, nosotros seremos los yayoflautas.

***

Los yayoflautas le han dado una bocanada de aire fresco a la protesta en España.
Con sus chalecos amarillo fosforescente, su signo distintivo y sus “travesuras”, que es como llaman a las ocupaciones que realizan de oficinas bancarias e instituciones del Estado, este colectivo integrado por hombres y mujeres de sesenta años en adelante ha asumido la misión de reclamar a viva voz que sus hijos y nietos no vivan peor que ellos. Y lo mismo si se trata de sus propios hijos y nietos o los de los demás.

En la mira de los yayoflautas están los políticos corruptos, los ladrones de traje y corbata, los yernos reales deshonestos, pero sobre todo los responsables de la crisis y el menoscabo del “Estado del bienestar”, esa responsabilidad del gobierno de proveer una sanidad y educación pública de calidad, vivienda digna y trabajo, protecciones y derechos que se han ido reduciendo ostensiblemente a fuerza de los recortes de los presupuestos gubernamentales. Sus travesuras han tenido una enorme repercusión por medio de las redes sociales: su cuenta en Twitter, @iaioflautas, tiene —al momento de redactar esta nota— 26 705 seguidores y su página de Facebook le gusta a 12 154 personas.

Los medios de comunicación españoles han prestado especial atención a sus movimientos, y han encontrado en los “indignados de la tercera edad” o “los abuelos indignados”, como los llaman en sus titulares, un ángulo diferente de la cobertura de la crisis, cobertura periodística que ha servido también para sumar nuevos compañeros a la causa:

—Los vi por la televisión cuando ocuparon un autobús. Me gustó la idea y los busqué por internet. Al cabo de un mes me respondieron y me incorporé al grupo —dice Paco González, sesenta años, jubilado, militante de la desaparecida Liga Comunista Revolucionaria, brigadista internacional y ex sindicalista.
—Vi que era un movimiento de gente mayor, activo y luchador contra las injusticias. Les mandé un correo y les dije que podían contar conmigo y con mi marido [José] —dice Ángeles Tarjuelo Lozano, sesenta y cinco años, ama de casa.
—Cuando me enteré de que unos yayoflautas habían entrado en un banco a hacer una cosa que era chillar y quejarse dije: “¡Me cago en la mar!, eso es lo que quiero hacer” —dice Luis Sotillo, sesenta y nueve años, auditor jubilado, simpatizante de las acampadas en Plaza de Cataluña e indignado número 1 423 558 (cifra inventada por el propio Luis), tal como consigna la camiseta de color celeste que se hizo confeccionar para participar de las manifestaciones y las protestas.

***

Felipe López-Aranguren tiene sesenta y un años y la pinta de roquero de los setenta: flaco, patillas largas, melena gris y gafas de metal a lo John Lennon. Sociólogo, poeta y militante comunista, Felipe fue uno de los primeros en sumarse a la tropa de los yayoflautas. Sentado en un café de Sant Andreu, distrito barcelonés que aún conserva el espíritu del pueblo que fue y que terminó siendo absorbido por el crecimiento de la ciudad condal, Felipe lía tranquilamente un cigarrillo. Frente a él espera, humeante, una taza de café negro. Le da un sorbo y explica en qué consisten sus “travesuras”.

—Entramos a un lugar, lo ocupamos, esperamos que nos atienda un representante, le entregamos un documento que indica por qué estamos allí y nos retiramos. Sin violencia y todos tranquilos.

Pero ésta es la versión resumida de lo que es una “travesura” yayoflauta, ya que sus ocupaciones exigen planificación, discreción y paciencia. Hay un minucioso trabajo previo de reconocimiento. Son sólo cuatro o cinco los que conocen a detalle dónde y cuándo se va a realizar la ocupación. Éstos convocan por correo electrónico —o por teléfono— a un grupo de entre treinta y cincuenta compañeros para que se concentren en un lugar cercano al sitio que será tomado. Una vez que el grupo pequeño determina que es el momento, llaman por celular al resto e ingresan al lugar escudados por una sola frase: “Tranquilos, somos los yayoflautas y somos pacíficos”. Este lema se lanza para desmontar cualquier intención de respuesta violenta y a la vez advierte que están allí para perpetrar un acto de desobediencia civil, no violento, público y que busca denunciar una injusticia. Acto seguido se colocan el chaleco distintivo y, ya puesto, a lo que van: pedir la presencia de un alto funcionario para explicarle la reivindicación que los ha llevado hasta allí, indicando que no se moverán hasta que sean atendidos. La táctica ha resultado exitosa desde la ocupación de la sede del Santander, en octubre de 2012, que fue su primera acción oficial.

Inicialmente los yayoflautas emularon la metodología del 15M —el movimiento ciudadano surgido para protestar contra la crisis económica de España— para organizar sus acciones: convocar a una manifestación por medio de las redes sociales e identificar de manera plena el objetivo. Por supuesto que cuando se presentaban en el lugar, había más policías que manifestantes.

Felipe López-Aranguren se acomoda su casaca negra, en cuya solapa reluce una estrella negra anarquista y, bajando la voz como para contar un importante secreto, dice que recurrieron entonces a su experiencia de los tiempos de la dictadura, cuando las reuniones de más de tres personas estaban prohibidas.

—Entonces convocábamos a la gente en el lugar en el que haríamos la manifestación y la consigna era que, si habíamos los suficientes, tocábamos un pito y montábamos el follón. Caso contrario, esperábamos cinco minutos y cada uno seguía su camino. Adaptamos esta táctica a la situación actual y tuvimos éxito.

Los yayoflautas se declaran hijos del 15M, ya que fue en las acampadas de Plaza de Cataluña donde se encontraron y reencontraron.

—Durante mucho tiempo nos habíamos preguntado dónde estaban los jóvenes, por qué no se movían ni hacían nada frente a los recortes, la burbuja inmobiliaria y la crisis —dice Felipe López-Aranguren—. De pronto, se movieron. No era lo que nosotros pensábamos, pero lo importante era ser parte del movimiento.

En las acampadas se toparon con que se habían organizado diversos grupos de trabajo divididos por comisiones: desahucios, inmigración, recortes en sanidad y educación pública, precarización de los servicios sociales. Y también había una comisión de personas mayores en la que se debatía sobre los pensionistas y las pensiones. Pero esos temas a Felipe y los suyos les sabían a poco. Entonces fue que decidieron emprender su propia y particular cruzada, a la que poco a poco se han ido sumando más y más compinches que han aportado, sobre todo, experiencia.

Los yayoflautas son un colectivo heterogéneo en el que las ideologías y los colores políticos están proscritos, pero a lo que no le dan la espalda es a la experiencia adquirida en los aciagos años del franquismo. En sus filas trabajan juntos aquellos que sufrieron en carne propia la opresión y el castigo por ser herederos del bando perdedor de la Guerra Civil —el republicano— y los que se vieron obligados a mantener la boca cerrada y pasar desapercibidos para los partidarios de las camisas negras y el brazo derecho en alto. Entre los primeros se encuentran Antonia Jover y Rosario Cunillera.

Antonia tiene setenta y tres años, no es muy alta, es algo rellenita y siempre sonríe. Vive sola, en el piso en el que vivió con sus padres, un lugar acogedor y en el que tienen un lugar privilegiado las fotografías familiares. Al indagar por sus recuerdos más antiguos, cuenta que dio sus primeros pasos en una prisión.

—Tenía dos meses cuando mi madre fue encarcelada por ser esposa de un oficial republicano. Estuvimos encerradas hasta que cumplí dos años y medio, y ella fue puesta en libertad.

Antonia conoció a su padre cuando tenía dieciséis años y él había cumplido su condena en diferentes prisiones y hasta en un campo de concentración, el de Albatera (Alicante). En 1956 se establecieron en Barcelona, pero la prisión no había hecho mella en las convicciones de los Jover, que se sumaron a la lucha clandestina bajo la apariencia de una familia burguesa dedicada al comercio. Con esa pantalla dieron soporte a los presos políticos, repartieron octavillas prohibidas y ofrecieron refugio en su casa, durante quince años, a Gregorio López Raimundo, histórico secretario general del perseguido Partido Socialista Unificado de Cataluña.

—Ofrecí mi juventud por algo en lo que creía y vuelvo a hacer lo mismo en mi vejez. Ahora toca luchar contra los desalojos, el paro, los recortes en la sanidad —dice Antonia, quien nunca encontró un hombre que diera la talla para compartir su militancia, que la llevó a trabajar activamente en la preservación de la memoria histórica por medio de la Asociación Catalana de Ex Presos Políticos.

Fue allí donde conoció a Rosario Cunillera.

Rosario tiene sesenta y siete años y lleva siempre su larga cabellera blanca sujeta en una cola de caballo. Es hija de un militar republicano enviado al campo de concentración de Argelès-sur-Mer —sur de Francia— después de la Guerra Civil, y de una asturiana que tuvo que huir a Francia junto con sus once hermanos, todos perseguidos por el franquismo.

—No puedo fallar a la herencia de mis padres. Siempre he estado luchando por alguna causa, y hoy toca más que nunca. Creo incluso que lucho más que cuando era joven —dice Rosario, cuya hoja de vida incluye su adherencia en las Juventudes Comunistas de Francia y su labor activa en diversas organizaciones, principalmente asociaciones de vecinos. En estas entidades, Rosario siempre está participando de cualquier actividad que tenga como fin mejorar su calidad de vida y la de la gente que la rodea.

Pero entre los yayoflautas también están aquellos cuyas historias no tienen como escenario la clandestinidad, ni la prisión ni las batallas políticas.

—Siempre he dicho que no soy ni de derechas ni de izquierda. Soy de arriba. Porque de arriba se ven mejor las cosas —dice Luis Sotillo.

Luis es un hombre robusto, alto y de hablar pausado. A sus sesenta y nueve años disfruta de caminar por la montaña, de sus nietos y de su jubilación, tras trabajar más de cuarenta años como auditor de cuentas. Y aunque podría decirse que no tiene de qué quejarse, él dice que sí. Y tanto.

—Me cabrea la cantidad de mentiras que oigo cada día. Me insultan cuando me engañan y me dicen que esto es una crisis y no lo es, es una estafa. Y salgo a la calle porque mis nietos no van a tener la misma educación pública que tuvieron mis hijos.

Los dos hijos de Luis son profesionistas —uno es geólogo y el otro veterinario— y tienen trabajo, pero como van las cosas, son sus nietos los que le preocupan, ya que vislumbra para ellos un futuro incierto.

Es lo mismo que vislumbra Ángeles Tarjuelo para los suyos.

—Esta crisis se está llevando por delante a las personas trabajadoras, como mi hijo, que ha tenido que cerrar su negocio y ha perdido su casa. Ahora vive conmigo y mi marido, y me duele verlo así.

Ángeles trabajó como contadora, pero cuando se casó, decidió dedicarse por completo a su familia. José Gràcia, su esposo, es jubilado y trabajó muchos años como chofer en una entidad bancaria. Ángeles nunca militó en ningún partido ni movimiento político, pero no por ello dejó de encolerizarse ante las injusticias y los abusos, sobre todo durante la dictadura. Pero en aquellos años esa indignación no podía expresarse a viva voz.

—En mi casa oía decir: cuidado con lo que habláis y con quién habláis. Hemos crecido con miedo a hablar y expresar nuestras opiniones tanto en política como en religión. Franco era el que mandaba, y por lo tanto ¡chitón!, si no querías verte en líos. Ahora no sé si no hay miedo, si lo hemos perdido o ya no nos importa. Lo cierto es que con los yayoflautas me siento viva y útil. Hay que salir y dar un aldabonazo y decirle a la gente que no nos miren, que se nos unan —dice, y sus ojos pardos brillan a través de los gruesos cristales de sus gafas.

***

No hay una cifra oficial, pero los yayoflautas estiman que ya son más de mil en toda España. El núcleo original es el de Barcelona —donde participan activamente cerca de trescientas personas—, y se han formado grupos en otras ciudades catalanas como Gerona, Sabadell, Tarrasa, Moncada y Badalona. También se han agrupado bajo el estandarte yayofláutico en Madrid, Granada, Córdoba, Sevilla, Valencia, Murcia, Castellón y Palma de Mallorca. E incluso hay un par de ciudades alemanas, Colonia y Berlín, desde donde los han contactado para pedirles asesoría sobre cómo constituirse, una “consultoría” que cada vez es más frecuente y demandada.

Una tarde de noviembre de 2012, Luis Sotillo y Ángeles Tarjuelo se encargan de realizar una reunión con unas personas interesadas en formar yayoflautas en Mataró, una ciudad del Maresme barcelonés, a media hora en tren partiendo desde la estación Plaza de Cataluña, en el centro de Barcelona. La reunión se realiza en un espacio cedido por la asociación de vecinos de la localidad. Es una oficina pequeña, iluminada por un par de fluorescentes y decorada con varios carteles en los que se insta a pelear contra los desahucios. Allí esperan ocho personas: cinco caballeros y tres señoras. Tras las presentaciones de rigor, Luis y Ángeles se sientan frente a ellos.

Luis se acomoda las gafas y el espacio se llena con su vozarrón:

—Los yayoflautas somos un grupo de personas mayores que nos hemos atrevido a dejar el sofá, ponernos de pie y salir a la calle a cabrearnos —les dice—. Hacemos nuestras travesuras de manera pacífica. La organización es libre, horizontal y no hay cuotas de afiliación. Nos vemos una vez al mes en una asamblea en la que damos ideas para una nueva acción, y el grupo coordinador, que son tres o cuatro, toma nota, y son ellos los que organizan la travesura. El resto nos enteramos por correo electrónico de una fecha, un lugar y una hora, y allá nos vamos.

Luis hace una pausa y saca de su maletín el chaleco de los yayoflautas y lo muestra: color amarillo fosforescente. En él lucen inscritos sus lemas. “No a los recortes de los servicios públicos: sanidad, enseñanza, transporte público, jubilaciones”, dice en la espalda. “No a las privatizaciones. Contra la corrupción y especulación. Sí a la memoria histórica”, se lee en el pecho.

—Una cosa importante: nunca hagáis nada solos, siempre en grupo. Y si os piden identificarse, haceros los tontos: que no llevo el carnet, que lo olvidé, que mis pastillas.

El ambiente es distendido. Se intercambian ideas para futuras acciones. Eligen a sus coordinadores y, al final del encuentro, Ángeles hace el honor de dejarles seis chalecos y se los reparten rápidamente entre ellos. Así, de esa manera simple, nace un nuevo grupo de yayoflautas.

***

Las mareas son aquellos movimientos de agua generados por la fuerza de gravedad que ejercen tanto la Luna como el Sol sobre mares y océanos. En España, la crispación ciudadana expresada por medio de marchas multitudinarias ha adoptado alegóricamente el nombre de mareas, aunque, en este caso, la fuerza que las agita son los recortes del gobierno, los desahucios, la recesión y el desempleo. Este último es el problema más preocupante, ya que, según cifras recientes, veintiséis por ciento de la población económicamente activa, es decir, más de seis millones de españoles, no tiene trabajo.

Manifestándose en las calles están la marea verde de los afectados por las hipotecas, la amarilla de los trabajadores de la enseñanza, la naranja de los que protestan por los recortes en los servicios sociales y la blanca de los trabajadores de la sanidad que claman por la no privatización de sus servicios. Los yayoflautas no son una marea. Más bien, siguiendo con la alegoría marítima, son como una ola que hace acto de presencia y se retira para luego volver, en un incansable vaivén.

Son veintinueve las “travesuras” contabilizadas en su blog, http://www.iaioflautas.org. Se cuentan tanto las acciones que han apoyado de otros grupos como las propias. Estas últimas son dieciocho hasta el momento. Entre ellas destacan, aparte de la ocupación del Banco Santander, la primera de todas, la toma de la oficina de la agencia de calificación Fitch (7 de noviembre de 2011), para protestar contra la especulación bancaria; la ocupación del consulado alemán en Barcelona (22 de junio de 2012), para reclamar un plan de rescate europeo para las personas y no para los bancos, y la toma de la Bolsa de Barcelona (21 de septiembre de 2012), para poner en evidencia a uno de los símbolos de la “oligarquía financiera”. Precisamente la ocupación de la Bolsa fue el episodio que puso de manifiesto algo que los yayoflautas sabían que iba a ocurrir tarde o temprano: que se borrara la sonrisa de los labios de aquellos que los veían como unos inofensivos abuelitos alborotadores.

—La ocupación salió muy bien. Éramos cincuenta de nosotros, y nos atendió el gerente de la Bolsa. Pero mientras una comisión hablaba con el funcionario y el resto abandonaba el lugar, en la puerta nos esperaban los antidisturbios —cuenta Celestino Sánchez.

Videos colgados en YouTube muestran el despliegue policial de media docena de furgonetas y decenas de efectivos, que formaron una cadena para cortar la circulación de los yayoflautas. La consigna policial era pedirles la documentación, lo que podía concluir en dos cosas: ponerles una multa por alteración del orden público o denunciarlos ante un juez por la misma falta.

Los yayoflautas optaron por no identificarse. Se ubicaron en el frontis del edificio de la bolsa y esperaron. Algunos estaban parados y comentaban la situación; otros, apoyados en sus bastones, observaban atentamente el despliegue de los policías. También se sentaron en las escaleras de acceso para hacer menos cansadora la espera. En ninguno había el mínimo atisbo de temor. Al final y ante la cada vez más numerosa presencia de transeúntes que empezaron a clamar en apoyo de los yayoflautas impedidos de moverse con libertad, la policía recibió la orden de retirarse, y los manifestantes se marcharon gloriosos y caminando al ritmo de los aplausos de la gente.

Una situación similar de acoso policial se repitió un mes después, el 27 de octubre de 2012, cuando, en conmemoración de su primer aniversario, intentaron ocupar la Generalidad de Cataluña, la sede del poder político catalán. La ocupación no se pudo efectuar, ya que cuando intentaron entrar se estaba realizando el cambio de guardia, y los yayoflautas se toparon frente a frente, otra vez, con varias docenas de policías. Hubo un conato de enfrentamiento, y dos de ellos debieron ser atendidos en ambulancias por ataques de ansiedad. Celestino fue uno de los que tuvieron que recibir atención médica.

—Pensaron que nos cansaríamos y que siempre estaríamos en ese nivel en que molestas pero “no es pa’ tanto”. Eso está cambiando —dice Celes.

***

El Ateneu Roig es un antiguo almacén que ha sido acondicionado como centro cultural. Está ubicado en una estrecha calle del barrio barcelonés de Gracia, el distrito más bohemio de la ciudad. Las entidades y asociaciones de vecinos utilizan el ateneo para organizar talleres y encuentros. En este lugar, los yayoflautas realizan sus asambleas mensuales.

Es una tarde de diciembre, y a las cinco se inicia la junta convocada para hacer balance de sus acciones. La sala principal del ateneo es bastante grande, alrededor de cuarenta metros cuadrados. La convocatoria ha congregado a más de ciento veinte yayoflautas, entre ellos Luis, Antonia, Ángeles y Rosario. Hace frío, y los convocados han ido llegando de a poco y abrigados con bufandas y pañuelos atados al cuello. Cuando se encuentran se saludan y se detienen a conversar algunos minutos. Ríen, se dan de palmadas en la espalda y la pregunta que más se repite es: “¿Cómo va la salud?”. El espacio queda pequeño, así que se tienen que acomodar más sillas, incluso en la zona que hace las veces de recepción.

El primero en tomar la palabra es Celes, y lo hace para agradecer a todos por haberse puesto de pie y salido a las calles.

—No hay duda de que la desobediencia civil y el método de las ocupaciones era lo que teníamos que hacer y funciona. Vamos por buen camino —dice.

Pero la reunión también sirve para tocar un tema bastante importante: se ha producido la primera denuncia contra un yayoflauta.

Andrés Ruiz Grima, sesenta y siete años, fue interceptado por la policía en la Plaza de Cataluña, en Barcelona. Él había participado de la marcha que precedió el intento de la toma de la Generalidad de Cataluña, el día del primer aniversario del colectivo. Horas después de terminada la manifestación, caminaba por los alrededores de la plaza con un grupo de compañeros, cuando la policía le pidió que se identificara. Andrés les entregó el Documento Nacional de Identidad (DNI) y, cuando intentaron separarlo de los otros yayoflautas, éstos rodearon a los policías, quienes optaron por retirarse rápidamente. Pero ya habían tomado nota de los datos de Andrés y, tiempo después, le llegó la notificación de que había sido denunciado ante la justicia por “resistencia a la autoridad”.

Antonia Jover pide la palabra.

—Sabíamos que iba a ocurrir algún día, pero ni las citaciones ni las multas nos van a asustar”.

Los compañeros aplauden.

Carlos Sánchez Almeyda es el abogado que colabora con el colectivo. En un momento de la junta explica que las cosas se pueden poner aún más peliagudas para ellos. Se refiere a la reforma del código penal —aún en fase de estudio— que en su artículo 557 apunta que: “Quienes actuando en grupo o individualmente pero amparados en él, alteraren la paz pública ejecutando actos de violencia sobre las personas o sobre las cosas, o amenazando a otros con llevarlos a cabo, serán castigados con una pena de seis meses a tres años de prisión”.

—Ha vuelto Franco —clama una mujer.

Silbidos de pifia. Celes pide orden y toma la palabra.

—Quieren acojonarnos y no nos van a acojonar. Seguiremos con la protesta. Esos mamones no podrán contra nosotros —exclama, y el ateneo retumba con las palmas.

La asamblea llega al final con muchos acuerdos y planes por poner en marcha. Lo inmediato: constituir una coordinadora de solidaridad para apoyar a los compañeros que sean denunciados, e iniciar una campaña de difusión en casales (clubes) de abuelos y asilos, y también en escuelas y asociaciones de barrio, a fin de compartir lo que hacen y mostrar que “sí se puede”, y si alguien se anima, que se sume a su causa.

—Somos ocho millones de pensionistas, y si hay seis millones de parados, sumamos y somos catorce millones de personas. Allí hay fuerza —dice Luis Sotillo—. Y en la calle, manifestándonos, es donde debemos estar.

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