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“Me llamo Ulises Geovani Rodríguez Silva. 27 años. Me dedico a la zapatería, enderezado y pintura. Estoy acompañado con Roxana Abigail González. No tengo hijos. Soy de Santa Ana. Estaba viviendo en el pasaje San Carlos del Bulevar de Los Héroes de San Salvador. Estudié hasta octavo grado”.

Ulises es un muchacho seco y chele, con tatuajes que cubren gran parte de su brazo izquierdo. Roxana está a su lado, callada, cabizbaja, morena, manos atrapadas entre las piernas, 21 años, de un cantón de Chalatenango, ama de casa, con estudios hasta noveno grado. Una muchacha bajita regordeta que no sabe el nombre de su papá. Cuando se lo preguntan, calla y niega con la cabeza. Ambos están esposados y sentados a la par de su abogado defensor en la sala 2A del Centro Judicial Isidro Menéndez de San Salvador, donde el juez tercero de sentencia de la capital dicta sus sentencias.

“Sí, deseo declarar”.

Ulises ha dicho eso a pesar de que el juez le acaba de explicar que no está obligado a declarar, que él es inocente hasta que se demuestre lo contrario, que hoy, 7 de marzo de 2016, está en esta sala para escuchar las pruebas y a los testigos, y también para escuchar a su defensor poner a prueba esas pruebas. El abogado es un abogado público, un hombre con poco tiempo para cada caso. Hay defensores públicos que tienen hasta 60 audiencias cada mes. Un homicidio, cuatro homicidios, 15 homicidios, una violación, cuatro violaciones, diez violaciones, 20 robos, cinco secuestros… 60 audiencias, 30 días. Hasta el momento, el defensor público de Ulises y Roxana solo ha pedido que le permitan que sus defendidos se sienten a su lado. Ulises y Roxana habían sido sentados atrás, como si fueran público de su propio juicio. Luego, el abogado dijo que se acababa de enterar de que su defendido quería declarar y que por tanto ya no tenía sentido defenderlo. “Usted tiene que orientarlo”, replicó el juez. El defensor, revoloteando unos papeles, dijo: “Eeeh… Todo va orientado a la inocencia de mi defendido… Hay sucesos que se dieron ahí… Con eso y otras cosas más trataríamos de contradecir a la Fiscalía”. ¿Qué es “Eso”? ¿Qué “Otras cosas más”? Tras cuatro meses asistiendo a juicios de homicidio en este país he entendido que en muchas ocasiones se dice por decir, se retuerce para aparentar. Donde la honestidad obligaría a decir “señor juez, no tengo ni idea de quién es este señor, pido tiempo para enterarme”, se dicen, por decir algo, palabras como “señoría… defendido… sucesos… acaecidos… contradecir… Fiscalía”. O sea, nada. Dicho lo que dijo el juez, Dicho lo que dijo –o sea, nada- el defensor, le tocó el turno de decir al acusado Ulises.

“En primer lugar, quiero reconocer de que he estado recluido algún tiempo. Estando detenido he leído la biblia. Estudiando la biblia los meses que estuve detenido logré comprender la justicia terrenal y la divina. Mi compañera de vida, al lado mío, ha sido encarcelada por algo que no tiene nada que ver”.

Ambos están acusados de haber matado a un hombre el 12 de mayo de 2015 adentro de una casa de la urbanización San Jorge, a eso de las 10 de la noche, a unos metros del Bulevar de los Héroes, de los restaurantes de comida rápida y el campo de atracciones “El Mundo Feliz”.

“La situación del homicidio, sí lo cometí. Sí cometí ese delito de homicidio por cuestiones personales con el señor Armando Peña Tobar”.

La teoría expuesta por la Fiscalía afirma que Ulises regresó con unos tragos adentro, entró a la casa donde alquilaba un cuarto, apuñaló decenas de veces a su casero de 64 años, con la ayuda de Roxana. La teoría fiscal dice que Marte II, que es un testigo protegido, escuchó el siguiente grito: “te voy a matar, te voy a sacar un ojo”, y entonces se asomó. Esta versión propone que Marte II combatió con Ulises, le quitó el cuchillo, y que Ulises le dijo a su mujer que le alcanzara la .3280 (sic), que ella le alcanzó un bulto pequeño, y que él la empuñó como una pistola y le advirtió a Marte II que o abría la puerta o moría ahí mismo a la par de Armando. Que la pareja, antes de dejar la casa ensangrentada, tomó un televisor plasma de Armando y huyó. La teoría de la fiscalía dice que Marte II avisó a los vigilantes privados que custodiaban ese pedazo de ciudad, y que por suerte una patrulla policial del 911 pasó. La versión consigna que entonces la patrulla aceleró y logró encontrar a Ulises y a Roxana caminando desorientados en el parqueo del restaurante de hamburguesas Wendy’s. La investigación fiscal asegura que ante su inminente captura, Armando y Roxana se rinden. Son capturados como manda la ley y trasladados a diferentes centros de detención.

“Tengo una situación, una enfermedad siquiátrica. Acá está la receta del Hospital Siquiátrico donde me llevan mes a mes para comprar mi tratamiento diario”.

El papel lo saca Ulises. El abogado defensor ve a su defendido como quien ve a alguien realizar un truco de magia.

“Esos meses –alrededor del homicidio- no la pude ir a traer por la situación de que yo soy un ex pandillero. Tengo ocho años de haber dejado la pandilla a la cual pertenecí. El Hospital Siquiátrico está en medio de ambas pandillas. Entonces, no podía poner en riesgo mi vida, no estuve tomando mi tratamiento siquiátrico”.

Para llegar al Siquiátrico es necesario ir a Soyapango. En Soyapango, durante 2015, la tasa de homicidios fue de 81 por cada 100,000 habitantes. Fue una tasa brutal que superó incluso a la tasa del segundo país más violento de la región, Honduras. Sin embargo, la mortal tasa de Soyapango fue mérito en un país como este, que cerró el año con 103 homicidios por cada 100,000 habitantes. Uno de cada 972 salvadoreños fue asesinado en este paisito que cabe unas cuatro veces en el paisito de Guatemala. Para llegar al Siquiátrico hay que internarse en la calle La Fuente, a la altura de Unicentro. Hacia adentro empieza una de las concentraciones de colonias más emblemáticas por el control que las pandillas ejercen sobre ellas. Es un nudo de concreto armado sin esmero que se reparte la Mara Salvatrucha 13 y el Barrio 18 Sureños. Bosques del Río y San José, bastiones de la 18; Guayacán, Montes, Monte Blanco, El Pepeto, bastiones de la MS. En la calle La Fuente suele ocurrir que pandilleros de ambas organizaciones suben a los buses que pasan por sus colonias, bajen a los jóvenes y les piden el documento de identidad para saber si viven en su zona o en la otra. De esa dirección y del interrogatorio dependerá la severidad de la golpiza o, incluso, la vida. Un joven en camisa polo con el logo de su empresa, pantalón de vestir, zapatos lustrados y pelo engominado corre riesgo de ser revisado, desnudado, interrogado en la calle La Fuente. Un joven como Ulises, tatuado de los brazos, enemigo de la MS y retirado del Barrio 18, es un hombre muerto caminando en la calle La Fuente.

“Mi enfermedad es la esquizofrenia paranoide”.

Sin mucho esfuerzo, esto dice en la web la Medciclopedia sobre esa enfermedad: “forma de esquizofrenia caracterizada por una preocupación persistente, con delirios ilógicos, absurdos y cambiantes, habitualmente de naturaleza persecutoria, de grandeza o de celos, acompañados de alucinaciones”.

“Quiero dar detalles, porque cuando ocurrió, mi compañera de vida estaba dormida. Lo que dijo el criteriado, en parte tiene razón y en parte está mintiendo”.

El criteriado es el testigo Marte II. Todos en la sala sabemos quién es Marte II. “Vivía en el cuarto contiguo a nosotros”, dirá Ulises. Tres jueces me aseguraron que las medidas ordinarias –distorsionar tu voz como la de un ratón o de ultratumba, ponerte un camisón negro y una capucha, permitirte declarar tras un biombo y darte un nombre clave- no protegen a nadie en casi ningún caso. El asesino sabe quién lo delató. El secuestrador lo sabe. El violador lo sabe. Los tres jueces coinciden en que la medida es solo una manera de darle seguridad al testigo, de que no vea al victimario y se sienta más confiado al hablar. En otras palabras, las medidas ordinarias son un mecanismo de engaño para los testigos que se atreven a acusar. Son pequeños detalles que llevan al testigo a pensar que todo está bien porque su voz se hace cavernosa en la sala; que no hay problema, porque viste, en negro, un modelito como los del Ku Klux Klan; que el biombo es un sólido escudo entre él y el asesino. Un fiscal de homicidios, cuyo trabajo depende de esos encapuchados, lo definió así: “ser testigo en este país es joderse la vida”.

“Los hechos sí sucedieron, su señoría, me hago cargo del homicidio, porque maté. Nunca existió la posibilidad de quererle robar, en el departamento él tenía una laptop, las llaves de un vehículo. Mi intención nunca fue robarle, pero sí lo maté, por la situación de que hubo roces. Tengo esquizofrenia, soy muy impulsivo, veo cosas que no existen. No recuerdo ni qué me dijo, solo que me insultó. Yo abrí la puerta y encuentro a Roxana Abigail dormida. Ella tiene un plasma encendido, que es el plasma que dicen que me robé. Yo llegué de noche. Yo solo escuchaba los gritos. A mí se me descontrola un poco la mente, como le digo”.

Es sorprendente la quietud de Roxana. No se mueve. No saca las manos de entre las piernas. Es sorprendente, sobretodo, por lo que sabremos luego.

“Teníamos un problema (con Armando Tobar) con los $200 que se le pagan al mes. Yo tenía 12 días de haberme venido a vivir ahí. Él empezó a decirme… Él quería que yo pagara más por la utilización de la red. (La red) era de un cuarto aledaño. Le dije que dejara de molestar, que yo tenía problemas siquiátricos. Ella se quedaba siempre dormida con sus auriculares, oyendo música. Volví a salir, le dije que no hiciera bulla, que ella estaba dormida. Pero ahí yo ya salí con el cuchillo en la mano. Le dije que por favor se callara, que mejor le iba a desocupar el cuarto. Uno también es celoso. Le dije que no hiciera bulla, que mañana íbamos a platicar. ‘¿O sea que me querés amenazar? No te tengo miedo’. Y empezaron los insultos. Viendo el desafío, uno de hombre y con mi tratamiento siquiátrico, empecé a atacarlo con el cuchillo. Quiso quitármelo. En ese momento yo sabía que era él o yo. De ahí los arañazos que tengo en el cuello. Forcejeamos y empecé a apuñalarlo. ¿Cuántas veces? No sé, porque ya uno airado… Lo apuñalé muchas veces. Me manché de sangre por completo, porque estaba vestido con pantalón y camisa manga larga. Mi situación era no dejar de apuñalarlo, porque él me tenía abrazado y no me soltaba, y como era algo fornido… Hasta que ya me soltó fue que cayó al suelo”.

El testigo Marte II asegura que él salió al escuchar los gritos, que vio el cuerpo ensangrentado y muerto de Armando y que vio el cuerpo de Ulises untado con la sangre de Armando. Marte II asegura que él también forcejeó con Ulises, pero que en su caso, él ganó y pudo quitarle el cuchillo. Marte II asegura que al vencer a Ulises, lo dejó ir y luego pidió auxilio al vigilante y a la Policía.

“Cuando salió el criteriado, me dijo: ‘ey, ¿qué estás haciendo?’ No hallé qué responder, solo le dije: ‘ándate, no te quiero matar, vos no me has hecho nada, no te quiero matar’. Él me dijo: ‘entregame el cuchillo’. Yo se lo he entregado con mis propias manos, nunca ha forcejeado conmigo. El criteriado dice que yo lo quise amenazar. Es raro, cuando don Armando era una persona fornida, el criteriado es delgado y ya de avanzada edad. Me hubiera sido más fácil matar al criteriado que a alguien ya… Por decirlo así, más fuerte. Yo le he dado el cuchillo. Él me dijo que me salga, yo le dije que no, que mi compañera estaba dormida en el cuarto… Nunca amenacé al testigo. No le quité la vida porque no me había hecho nada. Mencionan una .3280. Ese calibre nunca ha existido en calibre de arma. Sí existe la .3220 y la .380. Armas no han encontrado. Es otra de las mentiras del criteriado”.

Efectivamente, la .3280 no existe. Hay revólveres .3220 –mejor conocidos como .32-, y definitivamente hay .380. En El Salvador, el país más homicida del planeta, se registran 11,000 armas de fuego cada año, desde 2010. O sea, cada día unas 30 nuevas armas andan en manos de los salvadoreños en las calles de este país de 6.5 millones de personas. Ninguna de esas armas, obviamente, es una .3280.

“Ella no ha escuchado nada, porque sigue acostada en la cama. He entrado al cuarto a despertarla, la he movido, ahí es donde la he manchado de sangre. Ella se despertó asustada. Me preguntó que qué pasaba. Le dije que no preguntara, porque no le iba a contestar… O sea, que ella ahorita se está dando cuenta que sí, yo maté al individuo. Hasta la fecha, nunca se lo había confesado a ella. Necesitaba de valor y de conocer la palabra de dios. Si yo mintiese, del juicio de dios no me puedo escapar. Por temor a dios es que yo he venido a declararme culpable y pedirle que puedan absolver a mi compañera de vida, porque yo manché de sangre el vestido de ella”.

Roxana, la muchacha de un cantón de Chalatenango, a sus 21 años, ha pasado casi un año de su vida encarcelada sin entender por qué. Quizá intuyó que aquella sangre su pareja se la sacó al hombre en el suelo, pero nadie le había explicado por qué ella estaba presa, qué tenía ella que ver con aquel homicidio. Ella ha pasado un año encarcelada luego de despertar abruptamente, manchada en sangre. Su tiempo en una prisión como la de Ilopango, con un hacinamiento superior al 400%, terminará hoy, porque su pareja entendió que o hablaba o su mujer iría a la cárcel. La Fiscalía la acusa de homicidio simple. El defensor público parece interesarse tanto por este caso como un caníbal en un plato de verduras. En este sistema de (in) justicia donde solo uno de cada 10 homicidios llega a juicio, Roxana solo tenía una posibilidad de quedar libre: que su homicida novio decidiera confesar.

“Yo sé que voy a ser condenado porque cometí el delito. Yo a ella tenía 12 días de haberla conocido… Nos conocimos y nos quisimos acompañar. El único error de ella fue haber estado a la hora equivocada en el lugar equivocado, y el único delito de ella fue haberse acompañado conmigo, pero ese no es un delito ante la ley”.

La Fiscalía también sostiene que Ulises robó un televisor.

“Yo le dije a ella: ‘han matado a don Armando, no pregunte, vámonos’. Y agarré mi televisor plasma de 32 pulgadas y 40 dólares que ella tenía en una mochilita. (En la oficina de don Armando) había una minilaptop, las llaves de una camioneta…”.

Ulises no será condenado por ningún robo en el tribunal, tras casi un año de investigación. Ulises y Roxana serán condenados como ladrones por los medios de comunicación sin ninguna investigación. “Con la idea de obtener unos ingresos extras, un anciano de 64 años, puso en alquiler tres habitaciones su (bis) residencia ubicada en San Salvador, pero nunca imaginó que su inquilino lo mataría al intentar robarle sus electrodomésticos y sus pertenencias personales”, fue el primer párrafo de Diario 1 publicado luego del juicio. A pesar de que la nota cierra diciendo que Roxana fue absuelta “por falta de pruebas”, le dedican este párrafo: “Sin embargo, la noche del 12 de mayo pasado, Rodríguez Silva, había consumido bebidas alcohólicas en compañía de una mujer que responde al nombre de Abigail Villanueva, de 20 años. Ambos sujetos planearon robar electrodomésticos en la vivienda del adulto mayor, pero según su declaración, no pensaban asesinarlo”.

“Yo he salido a buscar un taxi con tal de que me llevara a Santa Ana, Mi intención era parar un taxi, darle el plasma y que me llevara a Santa Ana. Mi compañera, sin saber lo que pasaba… No sé qué pasó en la mente de ella, yo la levanté con mis manos llenas de sangre. Cuando vi la patrulla, me he tirado al suelo”. El Diario La Página habló en su nota luego del juicio de “la pareja de atacantes” y tituló: “testigo relató cómo un sujeto le dio 50 puñaladas a su víctima para robarle un televisor”, a pesar de que Marte II no relacionó el asesinato con el robo.

Luego de la declaración, la Fiscalía insistirá en que “la ropa indica que Roxana participó”. Se consignará que el cuerpo de Armando tenía 50 puñaladas. El defensor, coherente con el desinterés mostrado desde el inicio, solo repetirá algunas de las cosas que Ulises confesó. Su estrategia de defensa era ver qué pasaba. A Marte II solo le preguntó que de dónde bajó Roxana. Marte II, con ayuda del juez, tuvieron que hacerle ver al abogado defensor que nadie bajó de ningún lado, porque la casa es de una planta. El juez, dando crédito a la confesión de Ulises y a su tratamiento siquiátrico, le dará una pena mínima por homicidio simple: 10 años, y otros 3 por amenazas a Marte II. Respecto a Roxana, dijo: “No se ha demostrado la participación que cometió”. Absuelta. Antes de que la sentencia fuera dictada, Ulises pidió una última cosa. El juez no se la concedió. Dijo que no le correspondía a él, y Ulises fue conducido hacia el penal del que salió para venir a este juicio.

“Solo un favor quería pedirle a su señoría: hice una solicitud de traslado de penal. Me tenían con régimen de protección, porque la población adentro no me recibe. Yo ya llegué cuatro veces a ese penal, porque hice una condena anterior. Me han hecho amenazas… Como solo son mareros, más que todo. Ahí tengo enemigos que fueron de la calle, va. Yo hace ocho años anduve activo. Solicito mi traslado por motivos de seguridad al penal de San Vicente, el único penal donde no tengo problemas. Ya me amenazaron de que me van a matar. Ayer, día domingo no hicieron nada por respeto a la visita. Me haga el favor… si me pueden tener de mientras acá en las bartolinas para no poner en riesgo mi vida. Y, por lo demás, me considero responsable del delito. Nada más. Muchas gracias”.

Dennis ni siquiera era pandillero.

Cuando los policías golpearon la puerta de su cuarto había ya siete cadáveres regados en el casco de la finca San Blas. Consuelo, la madre de Dennis, estaba sentada junto a la champa de abajo, a unos 15 metros, rodeada por policías encapuchados y sin poder ver lo que ocurría con su hijo, pero lo escuchaba. Consuelo dijo a los policías que la única persona viva arriba era su hijo.

Las ráfagas habían cesado. Los policías gritaban frente a la puerta colorada del cuarto de Dennis. Él hablaba por teléfono con su tío Chus, el mandador de la finca: “¿Qué hago?”, pidió. Chus le preguntó si eran pandilleros o policías. Dennis contestó que policías, que los había escuchado cuando sacaron de la champa a su mamá, a su padrastro y a sus hermanos pequeños. Chus se envalentonó: “Si es la Policía, no tengás miedo; la Policía te va a respetar. Cuando te digan que abrás la puerta, abrila y tirate al suelo”.

—Y mi Dennis les abrió la puerta –dice Consuelo.

Chus el mandador alcanzó a escuchar por el teléfono la voz de uno de los policías: “¿¡Con quién hablás!?”. La llamada se cortó. Llamó varias veces más. Nunca nadie contestó.

Abajo, Consuelo, sentada junto a la champa que está al lado de la plancha de ladrillo para secar café, escuchó a Dennis.

—Bien lo oí, porque era mi hijo y yo estaba pendiente. Oí cuando abrió la puerta y salió. Sentí alivio al oír su voz. Él les pidió que lo dejaran hablar, les pidió una oportunidad para explicar… pero no se la dieron.

Consuelo Hernández de Ramírez supone que su hijo Dennis Alexander Martínez Hernández, de 20 años, quería explicar a los policías que vivía desde hacía seis años en la finca porque era el escribiente, la persona contratada para controlar las horas trabajadas por cada empleado; supone que quería decirles que era un activo servidor en la sede local del Tabernáculo Bíblico Bautista; pedirles que revisaran si acaso su cuarto, donde solo encontrarían una biblia, un reloj, un corvo, una cama y un televisor; aclararles que no sabía nada de armas, que él no era pandillero.

Después de la súplica de Dennis no se oyeron más voces. Consuelo y su familia –su marido, Fidencio, y los tres hijos varones, menores de 13 años los tres– escucharon solo las últimas detonaciones de la madrugada. Dos, quizá tres disparos; no recuerdan con exactitud. Un policía de los que estaba cerca de Consuelo oyó lo mismo, y gritó.

—Gritó: ¡Alto al fuego! ¡Alto al fuego! Pero ya mi Dennis estaba muerto.

Reconstruir la matanza negada

La madrugada del 26 de marzo de 2015 siete varones y una mujer –dos de ellos menores de edad– murieron bajo fuego de una de las unidades especializadas de la Policía Nacional Civil (PNC), el Grupo de Reacción Policial (GRP). Sobre el papel, es una de las unidades mejor preparadas. La matanza ocurrió en El Matazano 2, un cantón del municipio de San José Villanueva, departamento de La Libertad, en el casco de una finca cafetalera llamada San Blas.

La versión oficial, reproducida y amplificada en las horas siguientes por la mayoría de medios de comunicación del país, señaló que los ocho fallecidos eran integrantes de la Mara Salvatrucha (MS-13) y que murieron al intercambiar disparos con los policías, que los agentes se limitaron a repeler el ataque. “Los sujetos dispararon sus armas de fuego al advertir la presencia policial, generándose un intercambio de disparos con el saldo ya mencionado”, dice el comunicado que la PNC elaboró transcurridas unas 12 horas.

Pero no.

Este periódico entrevistó a cuatro jóvenes que aquella madrugada escaparon con vida de la finca; habló con familiares de siete fallecidos; revisó los ochos levantamientos forenses y las ocho autopsias; analizó una parte sustancial del expediente fiscal 90-UFEADH-LL-15, incluida el acta que recoge el levantamiento de la escena; consultó a expertos en derechos humanos, a médicos forenses, a fiscales, a un instructor profesional de tiro; examinó las notas, las fotografías y los videos publicados tras la matanza; visitó el lugar de los hechos y los asentamientos aledaños; y –lo más importante– descubrió que una familia de campesinos estaba también aquella noche en San Blas, en la champa de abajo, a unos 15 metros, y que atestiguó –y sufrió– el operativo del GRP.

Ese fardo de testimonios y documentos permite afirmar que la versión oficial sobre lo ocurrido es falsa, y que conceptos como “masacre”, “ejecuciones sumarias” y “montaje” definirían mejor el actuar del Estado salvadoreño aquel 26 de marzo.

El porqué de la Mara Salvatrucha en San Blas

Los pandilleros se habían convertido en un problema para Dennis y su familia.

No todos aparecieron a la vez. El primero fue Taz, de 34 años y palabrero de la Ayagualos Locos (ALS), clica que tiene su base en Ayagualo, un cantón de Santa Tecla contiguo a El Matazano 2, separado solo por la carretera al puerto de La Libertad. Taz llegó a la finca con su nueva pareja, una adolescente de 16 años llamada Sonia. Consuelo recuerda que Taz “pidió posada” a Chus el mandador “porque el muchacho se había sacado a la cipota”, dice. La pareja se instaló en San Blas como un mes antes de la matanza.

Una semana después de la llegada de Taz, por la finca comenzó a dejarse ver Matador, otro pandillero viejo –40 años–, miembro de la Teclas Locos (TLS), la clica que en su día dio el pasepara la creación de la Ayagualos Locos. Ambas estructuras están integradas en el programa de La Libertad de la Mara Salvatrucha, uno de los que más titulares ha dado a la prensa salvadoreña, con liderazgos prominentes como Saúl Antonio Turcios, alias el Trece, y Dionisio Arístides Umanzor, alias Sirra.

Matador apareció unos 20 días antes de la matanza. Taz se lo presentó a Chus el mandador, Matador también le pidió posada, para usarla de manera esporádica, y Chus el mandador no supo cómo negarse.

De las múltiples conversaciones sostenidas para esta investigación se infiere que Matador había identificado la finca como un buen sitio para ocultarse de la Policía, cuyos operativos arreciaban desde mediados de febrero, cuando el gobierno decidió enterrar la Tregua con el simbólicotraslado de los principales líderes de las pandillas al Centro Penal de Seguridad de Zacatecoluca.

Para acceder a San Blas, la vía más sencilla es una calle de tierra montuosa llamada con tino Las Oscuranas, en la que apenitas caben dos carros a la par. Inicia en la carretera al puerto, pasa por el cantón El Matazano 2, desde donde la vía se angosta aún más, y desemboca unos tres kilómetros después en el campo de golf El Encanto. El casco de San Blas está a mitad de camino entre el cantón y el campo de golf.

El terreno es propiedad de Francisco Eduardo Menéndez Guirola, y en agosto de 2014 en el Registro de Comercio se registró como finca de café, valorada en más de 110,000 dólares.

El casco lo componen dos casas de cemento una frente a la otra, con vigas de madera, techos de lámina y corredores afuera de los cuartos. Ambas casas están separadas por unos 20 metros de patio terroso. La casa principal, a la izquierda del portón de acceso, tiene tres cuartos. La casita blanca tiene dos, y funciona como oficina y bodega. A un costado de la casa principal hay un desnivel de unos tres metros; abajo, la champa de bahareque y láminas. A un costado de la casita blanca hay un edificio semiderruido, sin techar, que en la parte trasera tiene una letrina. Más allá del casco, los cafetales, veredas y una callecita que permite llegar, campo traviesa, a un caserío de nombre El Cajón, que ya pertenece al municipio de Huizúcar.

La finca ofrecía espacio e intimidad para acomodar a los nuevos huéspedes. Bastó la casa principal. El cuarto chiquito lo ocupaba Matador, que se quedaba noches esporádicas; en el cuarto del medio dormían Taz y Sonia. El más grande, marcado en la pared con una bandera salvadoreña con la inscripción ‘100% ÁGUILA’, era el que habitaba Dennis desde el año 2009. En la champa vivían, instalados seis meses antes de la matanza, Consuelo, Fidencio y sus tres niños. Chus el mandador, hermano de Consuelo, los recomendó al patrón. Chus el mandador tenía su casa en El Matazano 2; llegaba a la finca cada día, pero no vivía ahí.

Desde que apareció Taz, las visitas de otros pandilleros y simpatizantes de la pandilla se hicieron más frecuentes. Pasaban el día ahí, se quedaban alguna noche a dormir en el corredor de la casita blanca. Iban y venían. Casi todos eran nacidos y criados en los alrededores. Los cuatro sobrevivientes de la matanza eso estuvieron haciendo desde que supieron que Taz vivía en San Blas. Aseguran que llegaban no solo a pasar el rato, sino también a cortar flores de izote, aguacates, mangos y guineos para luego venderlos en el mercado de Santa Tecla. Era fruta que se desperdiciaba en la finca, dicen. Había permiso de Chus el mandador, dicen.

Según el pastor de la sucursal del Tabernáculo Bíblico Bautista de El Matazano 2, Adalberto González, quien tiene 18 años de predicar ahí, a esa finca llegaban “más de 20 muchachos” por esas fechas. Había noches, recuerda, en las que tras el culto Dennis le pedía permiso para dormir en la iglesia porque sentía que era demasiado peligroso llegar a la finca. El pastor dice que Dennis le dejó claro que los pandilleros no pidieron permiso: “Ellos vieron tranquilo y se metieron; ellos no piden permiso a nadie”, recuerda la frase que alguna vez Dennis le dijo.“Tené cuidado, Dennis”, le pidió el pastor en varias ocasiones. Y Dennis le respondía que él no se involucraba en nada: “Yo, mi estudio, mi trabajo y mi iglesia”.

Dice Consuelo que en los días previos a la matanza, Chus el mandador –un hombre rural, de esos que no acostumbran salir de casa sin su corvo– estaba “bastante resentido”, y se había atrevido a encarar a Matador por las constantes visitas y por la frecuencia creciente con la que varios pandilleros –además de Taz, el único avalado por él– usaban la finca como hospedaje. Le dijo que algunos de los trabajadores de la finca no querían llegar, le dijo que el riesgo de que la Policía interviniera era demasiado. Matador se comprometió a que los visitantes se irían.

A pesar del reclamo y del compromiso adquirido por Matador, el día de la matanza fue día de visitas. Habían llegado Saiper desde Panchimalco; Bote, desde San José Villanueva; Garrobo y Güereja, desde la lotificación Las Brumas, en Zaragoza, al otro lado de la carretera al puerto; y también habían llegado los cuatro sobrevivientes.

Ese día hicieron una sopa. La noche estaba fresca, casi todos con suéteres.

—Cuando acabamos la sopa, cada quien se fue a dormir. Matador se fue a dormir. Taz se fue a dormir con la mujer. Dennis… él ni cuenta, él vivía en su cuarto aparte. Y los demás nos quedamos relajeando –dice el más joven de los sobrevivientes.

La matanza de San Blas

El GRP no llegó a San Blas por casualidad. Alguien telefoneó a la PNC y le informó que la presencia de pandilleros en la finca en la tarde-noche del 25 de marzo era muy superior a lo que ya se había vuelto habitual. Alrededor de una decena de activos y aspirantes de la Mara Salvatrucha se había congregado, procedentes de distintas poblaciones de los alrededores. En la finca estaban, además, Dennis, Sonia y Consuelo y su familia.

La llamada que delató la inusual concentración fue atendida en la delegación de Santa Tecla y, según el detallado informe incluido en el expediente fiscal, explicitó que los mareros “estaban armados” y “se encontraban reunidos para planificar el cometimiento de delitos”.

—No era la primera vez que llegábamos a la finca desde que el Taz vivía allá, y esa noche nos quedamos porque se decidió hacer una sopa –dice otro sobreviviente, testigo de la balacera–. Casi todos nos conocíamos de tiempo, ¿va? Nos veíamos seguido y dijimos: hagamos un sopón.

La delegación policial de Santa Tecla solicitó apoyo al GRP, la caballería pesada, la misma unidad élite que sería enviada si ocurriera un asalto con rehenes en una sucursal bancaria. Uniformes grises camuflados, pistolas calibre 9 milímetros, gorros navarone, pick-ups 4×4, cascos, chalecos antibalas, fusiles de asalto M-16/M4 con luz, granadas de aturdimiento… así iban los policías que enfilaron hacia San Blas.

Sobre la hora concreta en la que inició el sonoro asalto a la finca no hay unanimidad, pero la mayoría de los testimonios lo ubican pasada la medianoche. Para entonces, del sopón solo quedaba, sobre las brasas, una olla ennegrecida y vacía. Dennis hacía horas que se había encerrado en su cuarto, después de haberse tomado un café en la champa, con su madre. Taz y Sonia también se habían aislado en su habitación, y también Matador.

Al otro lado del patio de la finca, los demás pandilleros se habían separado en dos grupos: uno más nutrido y juvenil que, aunque ya había ocupado para acostarse el corredor techado de la casita blanca, mantenía aún la plática encendida. El otro grupito, conformado por Saiper, Güereja y Garrobo, pandilleros en torno a los 30 años los tres, se había instalado en el edificio semiderruido. Entre un grupo y otro, no más de 15 metros, estirados quizá por la negrura de la noche.

—El finado Bote estaba con nosotros, con los jóvenes, pero bajó a darles unos cigarros, y cuando venía subiendo es que lo mataron –dice un sobreviviente.

Los vehículos policiales no subieron por la calle Las Oscuranas, sino que atravesaron los cafetales a pie desde el caserío El Cajón; accedieron al casco desde el flanco oriental.

—Al finado Bote de un solo lo alumbraron y dijeron: “Párense ahí, hijos de puta, ¡la Policía!” ¿Va? Pero de un solo dispararon. O sea, nomás vieron que iba para arriba, de un solo pegaron el lamparazo y dispararon –dice un sobreviviente–. Su versión la respaldan los otros tres jóvenes que también estuvieron aquella noche en San Blas.

El pandillero de la Teclas Locos Ernesto Hernández Aguirre, alias Bote, murió a los 17 años de edad. En la autopsia no se pudo determinar el número exacto de orificios de entrada de bala que tenía en el cuerpo, pero se estimó en torno a la veintena, repartidos sobre todo en cabeza y piernas, también en el pecho. El cadáver quedó a un par de metros de la puerta del edificio semiderruido, bajo una destartalada carreta de grandes ruedas azules, que quizá él vio como el último refugio para proteger su vida. Le descargaron una ráfaga de unos cinco disparos en el área de la oreja derecha, que le destrozó la cabeza. “Es bien díficil pegar cinco veces en un mismo lugar; tiene que ser alguien experto para controlar la ráfaga. Lo que pudo suceder es una ráfaga controlada, eso es que hala y suelta el percutor, y se van cuatro o cinco disparos”, trata de explicar un instructor de tiro de la PNC.

Apenas unos minutos antes de ser acribillado había telefoneado a su novia. Los investigadores hallaron junto al cuerpo un corvo y, en su espalda, una mochila con ropas, además de unas esposas y un sombrero que su novia posteriormente dirá que no le pertenecían. Bote no tenía ningún tatuaje. Cuando falleció, calzaba sus zapatos favoritos: unos Domba negros.

Según consta en el acta de levantamiento de la escena, Bote no portaba arma de fuego, pero terminó con una veintena de tiros en el cuerpo.

“Al detectar la presencia policial, los sujetos atacan abriendo fuego contra los elementos policiales y logran lesionar a un policía”, dice la referida acta, agregada al expediente de la Fiscalía. Pero los cuatro testigos presentes aseguran que las armas que primero se dispararon la madrugada del 26 de marzo fueron las de la PNC.

Los minutos posteriores al ametrallamiento de Bote son algo más complejos de reconstruir.

—Los policías subieron hacia adentro (al patio), disparando a todos lados –dice otro de los cuatro jóvenes que vivió para contarlo.

Los sobrevivientes sobrevivieron porque estaban en el corredor techado de la casita blanca, algo más alejada de la senda por la que accedieron los policías. Huyeron por instinto en dirección opuesta, hacia la calle Las Oscuranas, y de ahí hasta disolverse entre el bosque y la noche, temerosos y desperdigados. Los cuatro aseguran que los tres pandilleros que quedaron acorralados en el edificio semiderruido estaban desarmados, aunque al amanecer a uno lo fotografiaron con un fusil de asalto a la par; y a los otros dos con sendas escopetas.

La Mara Salvatrucha dice que sus homies no dispararon aquella noche, pero la versión oficial habla de un agente del GRP herido leve en una pierna durante el “intercambio de disparos”. Consuelo y Fidencio oyeron que los agentes se referían a un compañero herido en la rodilla, aunque sin poder precisar si en efecto era una herida de bala. Y en el Instituto de Medicina Legal de Santa Tecla, según los forenses, no se ordenó ningún reconocimiento a ningún policía con lesiones el día del operativo, algo a lo que obliga la ley cuando las hay.

Mientras, en la casa principal, Dennis, Matador, Taz y su novia Sonia seguían encerrados en los cuartos.

El siguiente paso del operativo fue tomar el edificio semiderruido, en el que estaban atrincherados Saiper, Güereja y Garrobo, armados según la versión oficial con un fusil M-16, y con dos escopetas calibre 12: una Valtro PM5 y una Maverick 88 sin culata.

Quizá pasaron varios minutos entre el ametrallamiento de Bote y la decisión policial de asaltar el edificio. La estructura presenta en su fachada incontables agujeros de bala, en su mayoría concentrados en lo que podría considerarse el acceso principal.

Los policías lanzaron al interior del edificio semiderruido dos granadas de aturdimiento ALS09NR, dispositivos de distracción que generan ruido ensordecedor y luz cegadora, con una onda expansiva que acentúa los efectos desorientadores. Hacerlas llegar al interior no supuso mayor problema porque no había techo.

Al parecer los tres pandilleros decidieron jugársela y escapar del edificio semiderruido por la parte trasera, donde se encuentra la letrina, una fosa séptica dentro de un cubículo de láminas oxidadas. La esperanza de los mareros, quizá, era que ese sector, del que no venían balas, aún no estuviera tomado por los policías.

Sí lo estaba.

El pandillero de la Teclas Locos José Antonio Gómez, alias Güereja, de 27 años de edad, cayó a unos ocho o 10 metros de la letrina. Acribillado, su cuerpo quedó junto a un poste de concreto de un metro de altura, boca abajo, con la Valtro PM5 tirada encasquillada a la par, en paralelo, con la empuñadura más cerca de los pies que de las manos. El cargador contenía cinco cartuchos y uno más en la recámara. Un médico forense que leerá la autopsia no le hallará explicación lógica a la secuencia de balazos: “Los orificios de la espalda y los de adelante sugieren que estaba acostado. ¿Entonces qué? ¿Le dieron vuelta después? Allá Investigaciones debe definir… nosotros no podemos dar más explicaciones”. Los de la funeraria aconsejaron a la familia que no abrieran el ataúd durante la vela.

El pandillero de la Teclas Locos Manuel de Jesús Gutiérrez, alias Garrobo, de 29 años, avanzó un poco más que su homeboy, unos 15 metros desde la letrina. También lo desfiguraron a tiros y también amaneció con un arma –la Maverick 88– y cartuchos regados a un costado. Murió, dice la autopsia, por “heridas de cráneo, tórax y abdomen causadas por proyectiles”. Entre los 13 orificios que consigna el reconocimiento forense, hay dos disparos certeros en la cabeza, y otros dos en brazo y antebrazo, como si hubiera intentado cubrirse.

El pandillero de la Teclas Locos Hugo Nelson Melara, alias Saiper, un viejo de 34, corrió hacia el sur por la parte trasera de la casita blanca y su cuerpo quedó a una veintena de metros de la letrina. Diez balazos, uno de ellos en la cabeza, pusieron fin a una vida que inició en un cantón de Panchimalco y que por años se consumió en el penal de Chalatenango, donde estuvo preso por homicidio. Ya de día, aquel 26 de marzo, junto a su cuerpo había un fusil M-16 que aún tenía 22 cartuchos sin disparar, y uno más en la recámara.

Imposible determinar con precisión en esta investigación (la Policía rechazó la petición escrita de entrevistas que El Faro planteó al subcomisionado que dirige el GRP, al director o al subdirector de la institución) cuánto tiempo pasó entre las muertes de los tres pandilleros atrincherados en el edificio semiderruido y la decisión de vaciar las casas.

En la principal, Dennis, Matador, Taz y su novia Sonia seguían encerrados en sus cuartos. Consuelo y Fidencio estaban en la champa, con sus tres niños, obligados por los padres a meterse bajo la cama.

Las ráfagas y los disparos se escucharon no solo en la finca, sino en los dos valles a uno y otro lado; se oyeron en El Matazano, en Ayagualo, en Las Brumas, en Loma Linda… incluso en el lejano casco urbano de San José Villanueva. Todos los testigos entrevistados estiman que la balacera duró no menos de 45 minutos, y algunos le calculan hasta hora y media. En lo que sí hay coincidencia absoluta es en que por períodos de 10 o 15 minutos se calmaba por completo, pero luego las ráfagas se reactivaban.

También hay certeza de que cuando un grupo de agentes del GRP bajó a la champa de Consuelo y preguntó si había alguien adentro, solo Dennis y Sonia quedaban vivos arriba.

Antes, tras los primeros escarceos, Consuelo había telefoneado a Dennis, y este le había aconsejado que toda la familia permaneciera dentro de la champa. Dennis llamó luego a su tío, Chus el mandador, para contarle lo que estaba pasando y pedirle consejo, pero eso fue casi al final.

Acorralados, Matador y Taz tomaron la decisión de salir de sus respectivos cuartos de la casa principal. Matador avanzó unos tres metros patio adentro. Taz, unos cuatro. Sus cadáveres en la mañana siguiente aparecerán justo donde acaba el corredor techado. Matador tendrá su suéter oscuro subido hasta el pecho, su enorme y tatuada barriga al aire, como saldría alguien que quiere mostrar que no tiene armas en la cintura. La fotografía que trascendió de Taz lo muestra descamisado en una noche fresca y con el pantalón bajado hasta las nalgas y el calzón hasta la cintura.

Al igual que sus homies Güereja, Garrobo y Saiper, ambos amanecieron con armas de fuego a la par. Matador con una pistola Sarsilmaz de 9 milímetros, con 13 cartuchos en el cargador sin disparar y uno más en la recámara. Cuando llegaron los investigadores al amanecer, Taz tenía junto a su cuerpo un fusil M4 con culata de M-16 con 58 balas en el cargador, además de la de la recámara.

Imposible reconstruir, sin el testimonio de los agentes del GRP, qué sucedió cuando los dos pandilleros salieron de sus cuartos. Pero sí se puede narrar las consecuencias.

El pandillero de la Teclas Locos Mauricio López García, alias Matador, de 40 años de edad y marero desde la década de los noventa, murió tras recibir cuatro o cinco balazos en la cabeza y el cuello, señala la autopsia A-15-167; dos de esas balas le impactaron primero la mano derecha. Un forense consultado juzgó lógica la tesis de que estaba cubriéndose cuando lo rafaguearon. Matador había pasado más de una década encarcelado, en los penales de Quezaltepeque y Chalatenango. Salvo el rostro, tenía todo el cuerpo tatuado, y en su cuello destacaban una ‘M’ y una ‘S’ góticas. La noche anterior a la matanza no durmió en San Blas, sino en el municipio de Colón, con su pareja y madre de su único hijo, un bebé de seis meses de edad.

El pandillero de la Ayagualos Locos José Alfredo Aldana, alias Taz, de 34 años, salió de su cuarto antes que su novia Sonia. Murió por “heridas de cráneo, tórax y abdomen”, dictamina su autopsia. Dos de los balazos, en la cabeza. También intuyó lo que se le venía encima, según interpretó un médico forense la herida de bala en su mano izquierda. “Sí, lo primero que uno mete son las manos”, respondió el especialista cuando se le consultó si la herida en la “región palmar izquierda” evidenciaba una reacción para defenderse.

En algún momento después de la muerte de Matador y Taz otro grupo de agentes del GRP se había movido hasta la champa de Consuelo, contigua a la casa principal, pero con un salto vertical de unos tres metros, que obliga a dar una generosa vuelta. La familia no opuso resistencia. Abrieron cuando les dijeron que abrieran. Fidencio, un sexagenario enclenque que debería estar ya jubilado, también sufrió la furia de los uniformados.

—A él le pegaron una patada, lo botaron al suelo y lo encañonaron –dice Consuelo, asiente Fidencio–. Llegó otro policía y preguntó: ¿y con este? Otro le dijo que no fuera a disparar, que había niños.

A Consuelo y a los niños los sentaron cerca de la champa, bajo unos palos de mango, en una especie de borde de concreto junto a la plancha de secado del café. Fidencio, tirado en el suelo y encañonado.

—Gracias a Dios, el otro policía dijo: no disparen porque hay niños. Y yo se lo agradezco a Dios –dice Fidencio, un hombre muy religioso, como su mujer, y que no sabe leer ni escribir, como su mujer.

Pero arriba, en la casa principal, la matanza no había terminado. La siguiente fue Sonia, la adolescente enamorada de un marero.

—Yo solo oía que gritaban que abrieran las puertas y que salieran –dice Fidencio.

O Sonia abrió el cuarto, o el GRP lo hizo.

—A ella la sacaron antes que a mi Dennis.
—¿Qué decía? ¿Eran palabras de una persona que está oponiéndose?
—Nooo, yo más bien creo que ella… que cuando el hombre le dijo que se hincara, ella se hincó.
—¿Usted oyó cuando los policías le pidieron que se hincara?
—Sí. “Hincate”, le dijo, y unas palabras que yo no voy a repetir, y un… no sé… no sé qué le preguntarían, pero ella dijo: “no sé nada”. Eso sí lo oí bien clarito. Me imagino que estaba hincada o qué sé yo.
—¿Después de eso oyó disparos?
—Ahí sí no…
—¿Ya no había balacera?
—No, ya no.

La joven Sonia Esmeralda Guerrero, de 16 años, murió de un único tiro en la boca, que le destrozó la parte alta de la columna vertebral. Según la autopsia, la bala entró a un centímetro de la comisura de los labios, en el lado izquierdo del rostro. Le destruyó la mandíbula inferior, la dentadura, la cuarta, quinta y sexta vértebras cervicales, y la médula ósea. Sonia –alta, chelita, jovial– fue por un par de años servidora en la iglesia Peniel, de la lotificación Loma Linda, y estudiaba octavo grado. Pero se enamoró de Taz y no supo decir que no cuando le propuso irse a vivir juntos. Ni su familia ni Consuelo –con quien entabló cierta amistad en las semanas que vivieron en la finca– se la imaginan con un arma en la mano. Los cuatro pandilleros sobrevivientes también niegan esa posibilidad.

—Si ella era bien fresita –dice uno de ellos, el más joven–, ni las uñas le gustaba enchucarse.

La versión oficial de una Sonia pistolera choca frontalmente con el relato de Consuelo y con la descripción de ella que hacen familiares, conocidos y los cuatro jóvenes sobrevivientes. Pero a la par del cadáver de Sonia apareció una pistola Glock encasquillada junto a su mano izquierda, un cargador en la bolsa trasera de sus jeans, y otro más en su brasier, apretado contra sus pequeños pechos. Así quedó consignado en el acta oficial que recoge el levantamiento de la escena.

Estas dos imágenes de la joven Sonia Guerrero circularon en redes sociales después de la matanza. Se tomaron antes de que los forenses de Medicina Legal realizaran el levantamiento de cadáveres.

En internet se distribuyó una fotografía de ella en la que no tiene los cargadores encima, y la Glock está volteada. Uno de los forenses consultados fue muy explícito: “Es imposible que la pistola se haya dado vuelta ella sola durante la toma de las fotografías; probablemente montaron esa escena”.

Muerta Sonia, los policías fueron al fin al cuarto de Dennis, que en ese momento pedía por teléfono consejo a su tío, Chus el mandador.

Su madre, su padrastro, sus hermanos lo oyeron todo.

A Dennis un balazo le atravesó la cabeza, con orificio de entrada en la región frontal izquierda, y orificio de salida debajo de la oreja derecha. Ese disparo entró de arriba hacia abajo. Tiene otro tiro en su brazo derecho, a 12 centímetros del hombro, y el proyectil le quedó adentro.

Al amanecer, junto a su cadáver había dos corvos y un cuchillo.

Dennis ni siquiera era pandillero.

La marcha por la paz

La mañana del 26 de marzo, cuando los ocho cadáveres de la finca San Blas aún esperaban que llegaran los forenses del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador y otras cabeceras departamentales se desarrolló la Marcha por la Vida, la Paz y la Justicia, convocada por el Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Convivencia y el gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén. Según cálculos oficiales, unas 200,000 personas caminaron para pedir paz. Estas son algunas de las frases que el presidente Sánchez Cerén mencionó en su discurso.

“Este día es un día hermoso, lleno de amor; las calles de El Salvador se vistieron de amor”.

“Todos, todos somos imprescindibles; nadie, nadie puede ser sustituido en esta grandiosa batalla, esta batalla que necesitamos darla en el amor, en el hogar”.

“Tenemos que rescatar las comunidades y convivir en armonía, en convivencia”.

“Tenemos que arrancar los odios de nuestros corazones y saber ser tolerantes, saber entender, saber comprender que en la vida todos somos indispensables”.

“Rindo tributo a todas las víctimas de la violencia y el crimen en nuestro país. Reafirmo nuestra voluntad de que ningún crimen quedará impune”.

A Consuelo y a su familia los llevaron la madrugada del 26 de marzo a la delegación de la PNC en Santa Tecla. El Estado salvadoreño sabe que una familia de campesinos estaba también aquella noche en San Blas, pero en las 16 semanas transcurridas desde la matanza Consuelo no ha recibido la visita de ningún fiscal, de ningún policía, de ningún delegado de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Durante poco más de dos semanas siguió viviendo en la finca San Blas. Nadie le ha preguntado por lo que atestiguó y vivió aquella noche.

El lunes 13 de abril, 18 días después de la matanza, el presidente Sánchez Cerén se jactó de que, de los 481 homicidios de marzo, 140 correspondían a pandilleros abatidos durante enfrentamientos con la PNC. Para ese entonces, marzo era el mes más violento del siglo en El Salvador. Dennis y Sonia son parte de esas cuentas presidenciales.

Epílogo

Chus el mandador desapareció 19 días después de la masacre. Su cadáver apareció un día después, con el rostro desecho a machetazos.

La mañana del 14 de abril de 2015, el agricultor Jesús Hernández Martínez, de 44 años, mandador de la finca San Blas, hermano de Consuelo y tío de Dennis, salió hacia su trabajo a las 6:30 de la mañana. Nadie supo más de él durante 24 horas.

A las 7:15 de la mañana del 15 de abril, una llamada reportó al puesto policial de Huizúcar que había un cadáver tirado en la calle principal al cantón El Zapote, de esa misma localidad, una zona que ya no controla la Mara Salvatrucha, sino la pandilla Barrio 18. Un cuarto de hora después, una patrulla llegó al lugar. Dos horas después, se presentó un médico forense.

La autopsia dice que el cadáver tenía cinco lesiones de arma contuso-cortante, tipo machete, en el rostro. También tenía un lazo de nailon azul alrededor del cuello. Los huesos del cráneo estaban destrozados, al igual que los de la cara y la dentadura. Murió de asfixia y como consecuencia de los machetazos.

No llevaba ninguna identificación. Su mujer lo reconoció la mañana que apareció al ver sus fotografías en la delegación policial de Santa Tecla, adonde llegó preguntando por los muertos de las últimas horas. Una de las fotos era el cadáver de Chus el mandador.

Chus el mandador fue la última persona que habló con Dennis. Ese celular comprado apenas unas semanas atrás desapareció, igual que otras pertenencias de Dennis, como su biblia y su reloj. Alguien lo hurtó del cuarto aquella madrugada. Dos de los familiares han recibido llamadas desde el teléfono de Dennis semanas después de que este muriera por los balazos de algún integrante del GRP. No se atreven a contestar.

Chus el mandador, recuerda Consuelo, estaba “indignado y dolido” tras la matanza. Aseguró a varias personas que los policías no le habían dado una oportunidad a su sobrino, que le habían disparado a sangre fría. Chus el mandador estuvo presente mientras se procesaba la escena, y despotricó, gritó, insultó… llamó asesinos a los policías.

Después fue asesinado. Y cuando se le pregunta de quién tiene miedo, Consuelo responde que de los policías.

Miguel Ángel Tobar era un hombre que desde noviembre de 2009 sabía que sería asesinado.

Él tenía dudas acerca de quién lo asesinaría. A veces creía que lo harían unos policías del occidente de El Salvador. A veces creía que sería asesinado por pandilleros del Barrio 18. Pero la mayor cantidad de veces en las que pensaba acerca de su muerte, estaba convencido de que sería asesinado por pandilleros de la que fue su pandilla, la Mara Salvatrucha.

Miguel Ángel Tobar, un hombre de 30 años, estaba convencido de que no moriría de un ataque cardíaco ni de una caída desde las alturas ni tampoco de viejo –jamás pensó que moriría de viejo-. A veces pensaba que moriría masacrado en alguna vereda polvosa del departamento de Santa Ana o una del departamento de Ahuachapán. Desde enero de 2012 que lo conozco, siempre tuvo presente que “La Bestia” lo seguía. Lo decía todo el tiempo. Por eso, Miguel Ángel Tobar recuperó el año pasado la escopeta 12 que había enterrado en un predio baldío luego de robarla al vigilante de una gasolinera de El Congo durante un asalto que la Policía le pidió que hiciera. Era complicada la vida de Miguel Ángel Tobar. Por eso él consiguió a principios de este año una pistola .357, pero la Policía se la decomisó cuando él caminaba cerca de su casa, en el cantón Las Pozas, del municipio de San Lorenzo, en el departamento de Ahuachapán. Por eso, porque sabía que La Bestia lo seguía, Miguel Ángel Tobar cruzó la frontera con Guatemala por un punto ciego a principios de este año y pagó 20 dólares para que le fabricaran un trabuco –dos piezas tubulares de metal que al chocar percuten un cartucho de escopeta 12-. Miguel Ángel Tobar sabía que sería asesinado, pero pretendía evitar ser descuartizado, torturado, ahorcado. Él prefería un balazo.

Sabía tanto que su muerte sería un asesinato que el tema se podía tocar sin ningún tapujo. El martes 14 de enero de este 2014 lo visité. Solía visitarlo al menos una vez al mes desde que lo conocí en enero de 2012. Ese día él sentía que su muerte estaba más cerca que de costumbre. La noche anterior le dijeron que unos jóvenes habían llegado al cantón donde él vivía y habían preguntado por el marero del lugar. Ese día hablamos adentro del vehículo de vidrios polarizados en el que lo visité. El motor del carro nunca estuvo apagado.

-Ey, hay un problema, Miguel. Como a cada rato cambiás de teléfono, cuesta localizarte. Necesito que me des números de tu familia para llamarles por cualquier cosa –le dije aquel martes.

-Ah, simón, por si algo pasa… O sea, para que te avisen cuando me maten y te digan: ey, mataron al Niño –me dijo en el pick up Miguel Ángel Tobar, que siempre se refería a él por el apodo que tenía en la Mara Salvatrucha. El Niño de la clica de los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya.

El pasado viernes 21 de noviembre no me llamó ningún familiar. Me llamó un vecino de El Niño desde el cantón Las Pozas. Fue él quien a las 3:43 de la tarde me anunció que había pasado lo que todos sabíamos que iba a pasar.

-Ey, malas noticias. Se dieron al Niño en San Lorenzo.

***

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Si se le preguntaba a cuántas personas había asesinado, él contestaba:

—Me he quebrado…me he quebrado 56. Como seis mujeres y 50 hombres. Entre los hombres incluyo los culeros, porque he matado a dos culeros.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

En expedientes policiales hay evidencia de 30 de los homicidios en los que ese hombre participó cuando era pandillero de la Mara Salvatrucha.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Era uno despiadado. Allá por 2005 asesinó junto con otros pandilleros a un joven de unos 23 años a quien apodaban Caballo. Ese hombre en un acto de idiotez había decidido tatuarse un 1 en un muslo y un 8 en el otro, pero también tenía tatuadas dos letras en el pecho: MS. Quién sabe cómo lo logró, pero Caballo se presumía pandilllero del Barrio 18 cuando le convenía y marero de la Emeese cuando era mejor para él. Miguel Ángel Tobar descubrió su secreto, lo adentró con mentiras en los montes de Atiquizaya junto a otros emeeses. Lo asesinaron. Basta decir que Caballo murió sin brazos, sin piernas, sin tatuajes. Y, cuando ya no tenía nada de eso, aún alcanzaron a torturarlo unos minutos más. Fue ese día cuando Miguel Ángel Tobar, que era conocido en su clica como Payaso -gracias a su cara socarrona, alargada, boca grande- se cambió su apodo al de El Niño, porque cuando le sacó el corazón al Caballo tuvo una epifanía y aquello le pareció como el nacimiento de un bebé. De un niño.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Eso todos lo saben desde hace mucho. La Policía, cuando se le acercó a principios de 2009 para que le ayudara a resolver casos de homicidios cometidos por la Hollywood Locos Salvatrucha, sabía que se acercaba a un homicida. Nunca creyeron que era otra cosa. De hecho, el cabo de la Policía que llegó hasta su casa en el cantón Las Pozas a buscarlo aquella tarde que Miguel Ángel Tobar decidió traicionar a su pandilla, tuvo que tener precauciones. El pandillero estaba armado esa tarde con una .40 y una .357 y bajo los efectos del crack, pero aceptó acercarse hasta el puesto de investigadores del municipio de El Refugio.

El Niño se sentía acorralado. Su clica empezaba a sospechar que él era el asesino de tres de los pandilleros de la clica de los Parvis Locos Salvatrucha de Turín (municipio vecino de Atiquizaya) que habían matado a su hermano. Así es el interior de una pandilla, un manglar de intrigas y conspiraciones entre sus propios miembros. El hermano de El Niño, apodado El Cheje en su clica, fue asesinado en 2007. El Niño, poco a poco, vengó su muerte discretamente, sin anunciarlo a nadie de su clica. Asesinó a Chato, Zarco y Mosco de un tiro en sus cabezas. Solo sobrevive un pandillero conocido como Coco, que huyó de la zona occidental del país al ver que sus amigos de crimen caían uno a uno con el cráneo perforado por el hermano de su víctima.

Sin embargo, Miguel Ángel Tobar fue mucho más que un asesino. Él fue la llave que la Policía y la Fiscalía usaron para meter en la cárcel a más de 30 pandilleros de las clicas Hollywood, Parvis y Ángeles, de Santa Ana y Ahuachapán. Fue el testimonio de ese hombre el que logró que un juez dictara 22 años de prisión contra los dos líderes de la Hollywood. Uno es José Guillermo Solito Escobar, conocido como El Extraño, un treintañero líder de la pandilla en la zona de Atiquizaya. El otro es más célebre, incluso fue citado por el ex ministro de Justicia y Seguridad de El Salvador, Manuel Melgar, como uno de los pandilleros que habían dado el salto a crimen organizado en el país. Se trata de José Antonio Terán, conocido como Chepe Furia, un cuarentón, ex guardia nacional, dueño de los camiones recolectores de basura de Atiquizaya, uno de los primeros miembros de la MS en Estados Unidos, fundador allá de la clica Fulton Locos Salvatrucha y en El Salvador fundador de la clica Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya. Hoy, gracias a lo que dijo Miguel Ángel Tobar en un juzgado especializado de San Miguel, Chepe Furia y El Extraño cumplen 22 años de condena por haber asesinado a un informante de la Policía en el departamento de Usulután el 24 de noviembre de 2009. El muchacho se llamaba Samuel Trejo, tenía 23 años cuando lo asesinaron, y era conocido en la pandilla como Rambito.

Miguel Ángel Tobar era un asesino.

Sin embargo, sin su ayuda, 30 asesinos estarían sueltos en El Salvador. Y probablemente –muy probablemente- ese hombre fue asesinado por haber dado esa ayuda a la justicia salvadoreña. Y quizá hubiera encerrado a 11 más, pero ya no podrá declarar en el juicio contra los pandilleros acusados de tirar cadáveres a un pozo abandonado en medio de una milpa en el municipio de Turín.

El viernes 21 de noviembre no solo fue asesinado un asesino. Fue asesinado un testigo protegido del Estado salvadoreño. El viernes 21 de noviembre Miguel Ángel Tobar fue asesinado a balazos en un acto de sicariato. Ese día fue asesinado un hombre al que el Estado salvadoreño prometió proteger a cambio de su testimonio. Era un hombre al que incluso el Estado le había dado un nuevo nombre. Liebre o Yogui. Así lo llamaban en los expedientes judiciales y en los juicios, cuando aparecía con un pasamontañas y vestido de policía con uniformes que le sobraban en su cuerpo menudo pero recio. Miguel Ángel Tobar era un hombre que fue asesinado mientras el Estado cuidaba de él.

***

La bicicleta y el charco de sangre que salió de su cabeza están a 30 pasos aquí en la calle del municipio de San Lorenzo, detrás del puesto policial. Aquí todos conocen esta como la calle al Portillo. Es viernes 21 de noviembre de 2014. Son las 8 de la noche.

San Lorenzo es un municipio al que se llega pasando Santa Ana, entrando a Atiquizaya, dejando atrás el parque central y recorriendo unos 20 kilómetros por una calle de dos carriles que rompe el llano en medio de cerros. Llego aquí acompañado de mi hermano Juan, con quien visitamos a El Niño desde enero de 2012.

El puesto policial es una casita que está casi al final del casco urbano de San Lorenzo. A esta hora temprana de la noche, este municipio es oscuro. Unas pocas bombillas públicas iluminan la calle. La gente se duerme poco después que los pollos y solo un pequeño grupo de muchachos platica en la calle. Se extrañan al ver pasar el pick up.

En el puesto policial hay dos agentes. No dan ninguna señal de temor. Si un pick up polarizado se acerca a un puestito policial de un municipio rural salvadoreño por la noche, muy probablemente los agentes lo recibirán con la mano en la pistola. Si no lo hacen, como aquí en San Lorenzo, es porque no consideran que están en un punto crítico de este país. Y no lo están. San Lorenzo, con una población que ronda los 10,000 habitantes, tuvo, según datos de la Policía, cero homicidios en 2013; en 2012, dos homicidios; y en 2011, cero homicidios. De hecho, este año los dos agentes del puesto solo recuerdan un homicidio, el que ocurrió hoy hace unas horas, el de Miguel Ángel Tobar, El Niño. Desde junio de 2012, este es el primer asesinado en San Lorenzo. Eso hace de San Lorenzo un pedacito afortunado de este país.

Tras una breve charla queda claro que El Niño es considerado por los policías como una lacra, alguien que estaba destinado a morir. “Era problemático”. “Era un delincuente”. “Incluso este año tuvo un problema de que lesionó a un compañero de la DIC (División de Investigación Criminal) de Santa Ana que estaba en su tiempo libre tomando allá en el cantón de donde era ese muchacho”.

El Niño era conocido en toda la zona. San Lorenzo, a la luz de las cifras, no es un municipio con serio problema de pandillas. El mismo Niño lo describía como un lugar de asaltantes y miembros de bandas de robafurgones, pero no de pandillas. Era zona de paso de pandilleros que se movían entre la frontera con Guatemala y Atiquizaya, pero no de habitación. Cuando el Niño llegó al lugar, a mediados de este año, empezó a correrse la voz de que un pandillero o un traidor de la pandilla o más bien un líder de la pandilla vivía en el cantón Las Pozas. Unos decían una cosa y otros decían otra. La primera vez que lo visité en su casa, una de esas veces en las que conversamos dentro del carro con el motor encendido, varios curiosos llegaron a ver quién visitaba al célebre Niño. Llegaron vendedoras, vecinos, estudiantes de la escuelita del polvoriento cantón Las Pozas.

Los policías lo odiaban en primer lugar porque había sido pandillero. Hablaba como pandillero, era problemático como son los pandilleros, e irreverente y mariguanero.

Muchos policías de la zona lo odiaban porque era el testigo clave en el caso contra dos cabos de Atiquizaya. Se trata de José Wilfredo Tejada, de la unidad contra homicidios de Atiquizaya, y Walter Misael Hernández, de la unidad contra extorsiones. La mañana del 24 de noviembre de 2009, estos dos policías solicitaron a la unidad de seguridad pública que detuviera, en el mercado, a un muchacho de 23 años, porque tenían que hablar con él. Ese muchacho era Samuel Trejo, conocido como Rambito. Ese muchacho fue asesinado por Chepe Furia. En el libro de novedades del 24 de noviembre de 2009 consta que esos dos cabos se llevaron al muchacho de la subdelegación de Atiquizaya y nunca lo devolvieron. Horas después, El Niño lo vio en un pick up que era conducido por Chepe Furia y donde también iban El Extraño y otro pandillero deportado de Estados Unidos en 2009 con cargos de lesiones graves. En Maryland, según su ficha de deportación, ese otro pandillero era conocido como Baby Yorker. Aquí se renombró como Liro Jocker. Su nombre real es Jorge Alberto González Navarrete y tiene 32 años. Chepe Furia, El Extraño y Liro Jocker se llevaron a Rambito en un pick up, y El Niño los vio.

El muchacho, Rambito, que iba en ese pick up horas después de haber sido sacado de la subdelegación por los cabos, apareció asesinado 13 días después en una carretera en el departamento de Usulután. Putrefacto. Tenía las manos atadas por atrás con un lazo azul –el mismo lazo azul que El Niño declaró ver en el pick up-. El informe forense dice que fue asesinado el mismo día que los cabos lo sacaron de la subdelegación, el mismo día que los pandilleros se lo llevaron en el pick up. El informe dice también que lo torturaron y luego le metieron tres balazos en la cabeza. Los investigadores de la Policía aseguran que Rambito era informante de la Policía y ayudaba a levantar un caso de extorsión contra Chepe Furia.

Antes de llegar hasta el pick up de Chepe Furia, cuando El Niño caminaba hacia el punto de encuentro, había visto a los cabos pasar con Rambito en otro pick up. Eso declaró en la primera etapa del juicio.

El miércoles 15 de enero de este 2014, más de cuatro años después del asesinato de Rambito, los cabos fueron absueltos. Sus colegas policías no quisieron declarar nada. Dijeron no recordar lo que habían dicho en etapas anteriores del juicio. Dijeron que no recordaban si esos cabos habían pedido detener a Rambito el día de su asesinato. Los fiscales les mostraron el libro de novedades, donde esos mismos policías, de su puño y letra, habían escrito que los cabos se habían llevado a Rambito. Luego les mostraron a esos policías su declaración anterior, donde recordaban todo con claridad. Luego les recordaron que estaban bajo juramento. Los policías, los tres que declararon, dijeron que reconocían su letra, pero que ya no recordaban nada, que estaban confundidos. Bajaron la cabeza –los tres- y repitieron lo mismo: no recuerdo, no recuerdo, no recuerdo.

El Niño entró ese día con la cara cubierta a la sala de juicio del Juzgado Especializado de Sentencia de San Miguel. Aquel día, la Fiscalía le había asignado el nombre de Yogui. Así lo llamaban en su calidad de testigo criteriado. Poco después de haber entrado a aquel horno, se quitó la máscara. Dijo que le picaba la cara. No le importó que lo vieran los abogados defensores de los cabos acusados –que ya estaban atrás de un biombo, rezando-. Dijo que total a él ya lo conocían. Todos sabían que El Niño era Miguel Ángel Tobar. Por orden del juez se puso de nuevo el pasamontañas y actuó igual que los policías que fueron citados como testigos. Dijo que no recordaba nada, que no recordaba nada de lo que había dicho antes, que no recordaba haber visto a Rambito en el pick up ni nada de nada. Los abogados defensores de los cabos reían en la sala de juicio, los fiscales se volvían a ver entre ellos, incrédulos, asustados. Los cabos rezaban tras el biombo. Los cabos fueron absueltos.

Las sentencias son un sinsentido bajo la lógica común. Los cabos absueltos sacaron a Rambito del lugar de su detención. Este terminó en manos de los pandilleros que están condenados por asesinarlo. En medio de una cosa y otra todo es borroso.

La Fiscalía, en aquella sala, sin El Niño, no era nada. Era dos fiscales asustados haciendo el ridículo. Era un espectáculo chistoso del que se reían dos abogados defensores privados.

Yo salí confundido de la sala. Pensé por un momento que El Niño me había engañado. Luego recordé que él mismo me había contado que algunos investigadores de Atiquizaya y El Refugio le habían pedido que se equivocara en la primera fase del juicio, que confundiera a los investigadores en el reconocimiento. Le ofrecieron 5,000 dólares por equivocarse, me contó El Niño. Luego le ofrecieron ir a cometer un homicidio a un monte de Atiquizaya, pero le dijeron que le darían el arma cuando estuvieran allá. El Niño, con odio, se rio de lo burda de la estratagema cuando conversamos en una de mis visitas.

—Pendejos, ilusos, malditas ratas, ellos querían “caminar” a al Niño. La Bestia, pendejos.

Cuando el juicio terminó y los cabos salieron libres, llamé por teléfono a El Niño.

—Niño, ¿vos me mentiste a mí o le mentiste al juez?
—Yo los vi con Rambito y vi a Rambito irse con Chepe y los otros… La onda es que… Yo sólo no quería decir lo mismo. Ya tengo demasiadas cruces encima como para ponerme una más.

***

Cuando ocurrió aquella escena en San Miguel, El Niño no vivía en el cantón Las Pozas, de San Lorenzo. El Niño vivía en el municipio de El Refugio, muy cerca de Atiquizaya. Vivía en una casita con solar que la Policía y la Fiscalía le pagaban. Vivía enfrente del puesto de investigadores policiales de El Refugio. En teoría, lo habían sacado de Atiquizaya porque los mismos investigadores estaban convencidos de que Chepe Furia había infiltrado la subdelegación de ese municipio.

En El Refugio vivían el Niño, su compañera de vida, de 18 años, y su hija Marbely, de dos. Vivían de lo que El Niño pudiera hacer, que era cultivar mariguana o traer un poco de mariguana desde Guatemala a través de sus contactos y venderla en pequeñas dosis a los pocos consumidores que sabían que él vivía ahí. Por lo demás, la Unidad Técnica Ejecutiva del Sector Justicia (UTE) le enviaba cada mes una canasta, la canasta que preparan para los testigos criteriados que no viven en casas de seguridad de la UTE. La canasta es miserable.

La UTE atiende a unas 1,000 personas cada año. La gran mayoría son víctimas o testigos oculares de algún hecho delictivo. Solo unos 50 cada año son como El Niño, testigos criteriados. Asesinos, ladrones, coyotes protegidos por la Fiscalía y la Policía para que declaren en juicio. El trato es sencillo: protección y mantenimiento a cambio de la traición en juicio a tu grupo de criminales.

Así, El Niño obtenía del Estado la casita con solar y una canasta mensual con cuatro libras de frijoles, otras cuatro de arroz, pasta, salsitas de tomate, sal, azúcar, aceite, papel higiénico, jabón, cepillo. Punto. Por eso, para comprar más comida, ropa para la niña o leche, El Niño vendía mariguana.

Lo que ocurrió es que desde enero de este 2014, la canasta dejó de llegar. Sin que le hicieran saber razón alguna, la canasta dejó de llegar. El Niño aún tenía que declarar contra los policías y contra los asesinos del pozo de Turín –donde él mismo participó en el lanzamiento de dos cadáveres-. Y no solo la canasta. Los 60 dólares que los policías le entregaban de vez en cuando dejaron de llegar. Cuando la Policía consigue testigos que dan buena información suelen darles una pequeña cantidad mensual para mantenerlos controlados.

El Niño decidió largarse en marzo de la casita de El Refugio con su mujer embarazada y Marbely.

Al principio, El Niño dejó a su familia en la casa de Las Pozas y se fue a vivir en un monte cercano en una casita abandonada que algún agricultor de la zona levantó años atrás. Vivía resguardado por la escopeta 12 que escondió tras el asalto a la gasolinera. Ese asalto a la gasolinera de El Congo en 2009 era una acción policial. El Niño era el infiltrado en el grupo de pandilleros, cuando la pandilla aún no se enteraba de que era un traidor. Él iba a informar del asalto minuto a minuto para que la Policía llegara. Eso hizo. Envió mensajes, pero las patrullas nunca aparecieron, así que decidió participar de lleno en el asalto y llevarse la escopeta del vigilante y algo de dinero. El Niño recuperó su escopeta cuando se fue de El Refugio, y se llevó consigo a tres muchachos de Las Pozas a los que él llamaba los ganyeros, porque todos consumían mariguana y de alguna u otra forma tenían problemas con los emeeses que de vez en cuando llegaban a Las Pozas a vigilar que el Barrio 18 no se hubiera tomado ese territorio de nadie. En Las Pozas hay pintas de la MS y de la 18. Es un territorio de paso de ambas pandillas.

El Niño y los suyos, allá en el monte, dormían por turnos: dos descansaban y dos vigilaban, y bajaban solo si era necesario proveerse de algo.

La primera vez que lo visité fuera de El Refugio, el Niño me indicó que lo esperara en una vereda que sale a la carretera que va a San Lorenzo, donde hay un grande y frondoso amate. Esa es zona 18. Unos muchachos de una llantería estaban ya demasiado inquietos por la presencia inmóvil de un pick up polarizado en medio de la nada. De repente, El Niño salió de la vereda a paso rápido. Llevaba en la mano un machete corto y en el pantalón un trabuco y cinco cartuchos de escopeta 12. Iba con el pasamontañas que ocupaba en los juicios como gorro, a medio poner. Se metió en la parte de atrás del carro –adelante me acompañaba mi hermano Juan-. Iba asustado, agitado. Veía para todos lados. Dijo: “¡Démosle, démosle con todo, metele la pata!” Cuando pasamos por Atiquizaya, se hundió en el asiento lo más que pudo y se tapó la mitad de la cara con una mano. Nos metimos en un motel de la carretera que va a Santa Ana. Cerramos el portón y pusimos tranca. Y entonces logramos conversar con calma.

Poco a poco fue midiendo los riesgos en Las Pozas y decidió volver a la casa de su madre, donde nació y creció. Vivía en alerta. Tenía un sistema de ganyeros que vigilaban cualquier movimiento extraño.

Ya fuera de El Refugio era mucho más difícil localizarlo. Se deshacía de los celulares cada semana. Viajaba por el monte hacia Guatemala a comprar onzas de mariguana para venderlas en Las Pozas. Fue detenido varias veces por soldados y policías. Le decomisaron las armas, lo arrestaron cuando iba al río a pescar y le encontraron dos puros de marihuana que pensaba fumarse para relajarse un poco. Lo llevaron a Atiquizaya y lo metieron en la bartolina de los emeese. Eso ocurrió el pasado octubre. El Niño había dicho que él era un retirado de la clica de los Centrales Locos Salvatrucha de San Salvador. El Niño me contó que un policía pasó por la celda cuando él ya estaba adentro y dijo: “Este es el Niño de Hollywood, el que metió preso a Chepe Furia”. El Niño, por suerte, había logrado esconder la hoja de una navaja de bolsillo en su calcetín. Se amotinó en una esquina de la celda, pero los pandilleros –muy jóvenes, los recordó El Niño- no se atrevieron a atacar al celebérrimo expandillero. Finalmente, llegó la orden de que lo sacaran de esa celda, porque él, mientras blandía su navajita frente a los mareros, estaba bajo la protección del Estado. Eso se suponía.

El Niño era lo que era, un hombre de vida dura, un delincuente. Y, ya suelto, empezó a vivir como tal. Se peleaba en la cantina. E incluso en una ocasión, noqueó a un policía vecino, que un día borracho entró a casa de El Niño aprovechando que este dejó la puerta abierta para meter un tercio de leña, y empezó a insultarlo diciéndole “culero, traidor de la Mara, maricón”. El Niño lo atizó. Horas después, el policía recibió dos disparos de escopeta 12. Él acusó a El Niño. Tres testigos de la zona me aseguraron que fueron dos muchachos desconocidos en el cantón que pasaron por ahí. El Niño ya no tenía su escopeta en ese entonces. Él me aseguró que fueron “unos bichos dieciocho” que, según su hipótesis, pasaron y vieron al policía de la División de Investigaciones Criminales de Santa Ana ebrio y decidieron atentar contra él.

Era muy común que El Niño se despidiera de la misma manera tras mis visitas.

-Va, pues, a ver si cuando vengás a la próxima sigo vivo.

***

La reconstrucción que la Policía hizo de la escena del crimen señaló esto: El Niño iba en bicicleta por la calle hacia el Portillo, en San Lorenzo. Es una calle que conecta con caminos de tierra que llevan hasta el cantón Las Pozas. De frente a él, una mototaxi apareció con dos hombres gordos, rapados y de unos 40 años. Lo embistieron con la mototaxi. Su bicicleta quedó tirada. El Niño corrió. El primer tiro de los seis le entró por la espalda. Las primeras gotas rojas sobre el pavimento están a apenas un metro de la bicicleta. Avanzó mientras le asestaron otros dos tiros, uno en la cabeza, atrás de una de sus orejas y otro al costado. Las gotitas se hacen más frecuentes a los 15 pasos largos. Dio 15 pasos más. Cayó boca abajo. Se volteó hacia arriba para pelear. Los victimarios se acercaron y le metieron tres tiros más. Cabeza y pecho. Las vainillas de las balas están ahí, a la par del charco de sangre pintado en el pavimento, esparcido, como si un animal herido se hubiera arrastrado. Los asesinos se largaron no hacia el monte, sino que hacia el pueblo de San Lorenzo en una de esas mototaxis que hacen un estruendoso ruido. La escena está a unos 50 metros del puesto policial. Los policías llegaron como 20 minutos después del hecho. No hubo operativo de búsqueda ni nada por el estilo.

Lo imagino, sobre todo, revolcándose en el pavimento y boqueando sangre. Lo conozco. Sé que peleó como animal hasta el último momento. Ya lo habían intentado matar antes. Ya había peleado como bestia, con cada pedazo de su cuerpo. Siempre dijo que un balazo era algo que seguramente le ocurriría, pero que se lo llevara La Bestia, que lo levantara y lo llevara a un lugar donde matarlo tranquilamente… “Eso no, eso está paloma”, decía. Y lo decía porque lo sabía, porque él había sido esa bestia antes.

El viernes 21 de noviembre de 2014, el día de su muerte, el Niño había ido a San Lorenzo a asentar a su segunda hija. Llevó su documento único de identidad y el de su mujer. Le puso Jennifer y tiene tres meses de edad. Ella se quedó huérfana de padre el mismo día que su padre la reconoció como su hija.

***

Nadie, ni un policía ni un fiscal ni un juez ni un funcionario de la UTE, hizo nada para que El Niño estuviera a resguardo de nuevo. Nadie hizo nada siquiera para que le devolvieran la canasta de víveres. Todos los policías con los que hablé del caso durante estos más de dos años sabían que el Niño terminaría asesinado. Lo decían como si eso no representara un fracaso de ellos mismos.

En marzo de 2014 publiqué en El Faro una crónica titulada “La espina de la Mara Salvatrucha”, un perfil de El Niño que mi hermano Juan y yo escribimos en 2013 para un libro. Más o menos un mes después, mi hermano Carlos, también reportero de El Faro, me dijo que Raúl Mijango le había trasladado un mensaje de la ranfla nacional de la Mara Salvatrucha. Raúl Mijango es –acortando lo más posible su extenso currículum- un ex comandante guerrillero que desde marzo de 2012 se presentó a sí mismo como mediador entre el gobierno y las pandillas en la tregua que nació ese mes y redujo drásticamente los homicidios durante más de un año. La tregua ahora se desmorona al ritmo de la subida de los homicidios. Mijango sigue siendo reconocido por los pandilleros como su interlocutor. La ranfla nacional es el grupo de líderes nacionales que marcan las pautas generales para todas las clicas de la Mara. Todos están presos en el penal de Ciudad Barrios. En aquella ocasión, Mijango le dijo a mi hermano que la crónica causó malestar entre los ranfleros, que no les gustó que se ventilaran interioridades de la pandilla. Mi hermano Carlos preguntó a Mijango, entendiendo que la publicación aumentaba el riesgo de El Niño, si había alguna solución para su caso. La respuesta de Mijango fue: “No, no hay ninguna solución”.

Todos sabíamos que El Niño sería asesinado. Yo era uno de los que lo sabíamos.

Nadie hizo nada por evitarlo.

***

En una ocasión a principios de 2013 tuvimos esta conversación en el solar de El Refugio, mientras comíamos unos pipianes hervidos.

—¿Sentís que te usaron? —pregunté.
—Si de todo mi caso el único menos alivianado soy yo. Todos los viejos de allá arriba, de la alta sociedad, han salido alivianados. ¿Cuánto valía la muerte de Rambito? 11 mil dólares pagó Chepe Furia para que caminaran a Rambito. Yo soy el que menos he sacado.
—¿Y qué hay de nosotros? ¿Qué nos garantiza que cuando el Estado te suelte no seás sicario?
—No me han ofrecido otro camino. Tendría que haber un programa de trabajo. Te vamos a dar chance de que barrás en tal juzgado. Yo no me he borrado las tintas porque no me han ofrecido nada, y al menos esto me protege con respeto si me voy a otro lado. La información que he dado vale. Yo dije que yo fui, que yo disparé, y que los otros hicieron lo que hicieron. ¡Eso vale!
—¿Vos descartás que volvás a las andadas?
—No lo puedo descartar. Si estando aquí me han ofrecido oportunidades.
—Y a vos, ¿qué te debemos nosotros los salvadoreños?
—Yo arriesgo mi vida. Salí yo de las calles y saqué a otro vergo de sicarios. Por eso hay un vergo de gente que me quiere matar. Policías, pandilleros. Yo no sé quién trabaja para quién aquí. Es una onda que se llama crimen organizado. Yo no quiero estar ya en este riesgo, tengo a mi niña. A la sociedad no le importa que esté en este riesgo, a ellos solo les importa que el testigo ya declaró. Si ellos se pusieran a pensar y dijeran: “Ey, a este bicho le puede ir mal, tiene a su hija, tiene a su mujer, pongámosle al menos una chambita”.

***

Los pandilleros que lo amenazaron por teléfono desde el penal de Ciudad Barrios en 2011 se equivocaron. Le dijeron que lo iban a dejar oliendo a pino. Se referían al material del ataúd. El Niño también se equivocó. Les dijo que no sabían a qué olía el pino, y que los ataúdes en su zona los hacían de mango y conacaste.

El ataúd de El Niño es de teca. Era el más barato de la funeraria. Lo donó la alcaldía de San Lorenzo a petición del suegro de El Niño.

La vela transcurre sin novedades este sábado 22 de noviembre. Unas 30 personas, amigos de la madre de El Niño, cantan coros evangélicos. Uno de esos coros dice algo como que solo dos lados hay, uno es el recinto celestial y el otro es el lago infernal. Hay atol, café y pan dulce. La madre de El Niño está derrotada en una silla de plástico a la par del ataúd. No llora, no es primeriza en esto. En 2007, la Mara Salvatrucha asesinó a su otro hijo, un pandillero de la Parvis Locos Salvatrucha de Atiquizaya a quien llamaban Cheje. Hoy ella no llora, solo está derrotada sobre la silla, sin hablar. La viuda de El Niño amamanta a Jennifer en una esquina.

Afuera hay fiesta. En el cantón Las Pozas hay fiesta. Hay una tarima y hay una discomóvil que echa unas pocas luces de colores y pone reguetón a todo volumen frente a la escuela. La fiesta está a 100 metros de la vela, por eso el reguetón y los coros evangélicos luchan por sobresalir. La fiesta ya estaba programada, se hace todos los años por estas fechas, la organiza la alcaldía de San Lorenzo. No la iban a detener por un muerto.

***

Es domingo 23 de noviembre, son las 12 del mediodía. Es el cementerio de Atiquizaya. Es el entierro de El Niño. La tumba es un hoyo a la par de un barranco en los linderos del cementerio. El hoyo lo abrió desde la mañana el suegro de El Niño. Unas 30 personas llegan. La mayoría de ellas convocadas por el pastor que predica en el cantón Las Pozas. Unas cinco tumbas más allá, un grupo de pandilleros chivea con dados. El enterrador, sentado junto al vigilante municipal del cementerio, nos dijo al entrar que “ellos son los que controlan aquí”. La zona está dominada por el Barrio 18. La presencia de mi hermano Juan y la mía es desconcertante para los pandilleros que rondan el entierro. Uno aparece del barranco. Llegan dos más a la tumba donde chivean. Aparece uno riendo, justo cuando varios hombres echan tierra para sepultar el ataúd. Este último va disfrazado de pandillero hasta el ridículo: lleva un sombrero redondo pachuco, una camiseta blanca y floja por dentro de unos pantalones de tela negra flojos también y unos tenis blancos. Se siente fuerte, ríe, se pasea por atrás de nosotros, escupe. Se va. Entra otro más desde el barranco. Dos mujeres cantan coros evangélicos. La madre de El Niño grita y llora durante unos cinco minutos. Decidimos irnos cuando los hombres echan las últimas paladas de tierra. Da la impresión de que pronto los pandilleros harán algo. Hay demasiados alrededor. Le decimos a la viuda que nos veremos en la entrada del cementerio, que es mejor que nosotros nos vayamos. Lo hacemos. Sin decirlo, ella y su padre han notado la tensión. Apuran el entierro. Un hombre corta una rama de un arbolito de izote, la flor nacional de El Salvador, y la clava en el lugar donde quizá alguien ponga una cruz de cemento algún día.

Salimos con Juan y por el callejón nos persigue un muchacho alto, moreno, de no más de 25 años. Nos pide que paremos. No le hacemos caso. Detrás de nosotros viene toda la gente del entierro. Un pequeño desfile de pobres. El muchacho se aposta en la entrada del cementerio junto a otro más a vigilar que todos se vayan. Apenas logramos darnos la mano con la viuda y su padre.

Adentro del cementerio, sin cruz, sin mausoleo, sin epitafio queda un bulto de tierra con una rama de izote clavada. Abajo yace Miguel Ángel Tobar, el Niño de Hollywood, un hombre del que todos sabíamos que iba a morir asesinado.

El coyote volvió mucho antes de lo esperado. Normalmente se tardaba más de 20 días, pero en esta ocasión apenas habían pasado cinco o seis días desde que había cruzado la frontera entre Guatemala y México. Por eso se extrañó Fernando, el motorista del coyote en El Salvador, cuando recibió la llamada de su jefe. Era agosto de 2010, y el coyote pedía a su motorista que lo recogiera en la frontera San Cristóbal, del lado salvadoreño. Venía solo, sin ninguno de los seis migrantes que se había llevado. El coyote -recordó Fernando cuando contó la historia a la Fiscalía- regresó nervioso, sin explicar lo sucedido, dando excusas a medias: “Me mordió un perro”, recuerda Fernando que le dijo el coyote. A los días, Fernando sabría que al coyote no lo mordió ningún perro en México. Lo mordió algo mucho más grande.

* * *

El miércoles 25 de agosto de 2010, los periódicos de El Salvador amanecieron con esta noticia en sus portadas: “Encuentran 72 cadáveres en un rancho en Tamaulipas”. Un muchacho ecuatoriano de 18 años había llegado la madrugada del día 23, cansado y herido de bala en el cuello, hasta un retén de la Marina mexicana. Había dicho que era sobreviviente de una masacre perpetrada por los amos y señores del crimen en ese Estado norteño de México, Los Zetas. Los marinos ubicaron el lugar y llegaron hasta un municipio llamado San Fernando y se internaron hasta un ejido llamado La Joya, en la periferia del corazón de ese lugar. Ahí, afuera de un galpón de cemento con apenas techo, encontraron a un comando armado. En medio de la nada, a la orilla de una callecita de tierra, se enfrentaron a balazos. Murieron tres pistoleros y un marino. Huyeron los demás pistoleros. Entraron los marinos y vieron lo que había dentro del galpón: recogidos contra la pared de cemento como un gusano de colores tristes, amontonados unos sobre otros, hinchados, deformados, amarrados, un montón de cuerpos. Masacrados.

Gracias al testimonio del ecuatoriano sobreviviente, un muchacho de nombre Luis Freddy Lala Pomadilla, al día siguiente los periódicos hablaron de migrantes masacrados. Poco a poco, día a día, la noticia se confirmó: 58 hombres y 14 mujeres migrantes de Centroamérica, Ecuador, Brasil y la India habían sido masacrados por un comando de Los Zetas.

* * *

Fernando —el motorista— asegura que el día que la noticia salió publicada en los periódicos de medio mundo, recibió una llamada del coyote.
—Me voy. Si viene la Policía, vos no me conocés —dijo el coyote.
—¿Por qué?
—¡Ah! Vos no sabés nada de mí.

* * *

Fernando es el nombre clave que durante el juicio contra seis salvadoreños acusados de integrar una banda de coyotes le dieron al testigo clave. Fernando conocía desde la infancia al coyote. Eran vecinos cuando Fernando quedó desempleado y accedió a trabajar como el motorista del coyote. Normalmente —relató en varias ocasiones Fernando ante un juez, ante las fiscales de la unidad de trata y tráfico de personas y ante agentes de la División Élite contra el Crimen Organizado (DECO)— sus funciones eran recoger al coyote, llevarlo a conversar con algunos de los potenciales migrantes, llevarlo a las reuniones con los demás miembros de la organización, llevarlo y traerlo a la frontera con Guatemala cuando iniciaba o regresaba de un viaje. Sus funciones, hasta aquel agosto de 2010, no incluían mantener la boca cerrada cuando la Policía apareciera.

En diciembre de 2010, la Policía apareció. Capturó a Fernando y también capturó a un hombre de 33 años llamado Érick Francisco Escobar. Según la Fiscalía, la Policía, Fernando y otros testigos, él es el coyote.

La detención se realizó cuatro meses después de la masacre en San Fernando porque fue hasta septiembre cuando Cancillería de El Salvador recibió el informe forense de México, donde se establecía que 13 de los asesinados en aquel galpón abandonado eran salvadoreños. Los investigadores policiales buscaron a los familiares de las víctimas y obtuvieron siete testimonios coincidentes. El coyote con el que habían negociado se llamaba Érick, y su número telefónico —que luego sería rastreado por la Policía— era el mismo. Uno de esos testigos, un hombre cuyo hijo fue masacrado a balazos por Los Zetas en aquella carnicería de Tamaulipas, fue el único de los siete que dijo poder reconocer a Érick. Y lo hizo. Durante el proceso señaló al que según él había sido el coyote que guio a su hijo a la muerte.

Fernando fue capturado en el mismo operativo en el que cayó Érick. Fernando era acusado de pertenecer a la red, pero tras unas semanas en el penal de San Vicente —donde era obligado a dormir sentado a la par de un inodoro—, el hombre decidió contar en una declaración jurada a las fiscales y a los investigadores de la DECO lo que sabía.

Tres meses después de las primeras capturas, la Policía detuvo a un hombre que había logrado mantenerse prófugo durante todo ese tiempo. La DECO detuvo en el municipio de Tecapán, Usulután, a un hombre corpulento, dirigente del equipo de fútbol de primera división Atlético Marte y dueño de buses de la ruta 46. Su nombre es Carlos Ernesto Teos Parada. Según las investigaciones fiscales y la declaración de Fernando, él era el jefe de la red de coyotes en la que Érick trabajaba.

Sabas López Sánchez, un muchacho de 20 años, y Karen Escobar Luna, de 28, eran también de Tecapán. Ambos terminaron formando parte de aquel gusano de colores tristes.

* * *

En su declaración ante las fiscales, Fernando dibujó un mapa con palabras. El mapa que Fernando dibujó permite imaginarse que los migrantes, al menos los seis que iban con Érick, pasaron sus últimos días colgados a un tren de carga como polizones.

Fernando describió dos rutas. Una de ellas empezaba en Chiapas, donde cientos de miles de migrantes ingresan cada año luego de mojarse las piernas cruzando el río Suchiate que hace de frontera con Guatemala. La ruta seguía por Veracruz, lo que hace pensar que los migrantes ya antes habían alternado entre caminatas por el monte y autobuses chiapanecos durante 280 kilómetros donde el tren no funciona, hasta llegar al municipio de Arriaga, montar la bestia de acero durante 11 horas bajo el inclemente sol agostino, hasta llegar al municipio de Ixtepec, ya en el Estado de Oaxaca, donde cambiaron de tren y se subieron a uno mucho más veloz, que va a unos 70 kilómetros por hora, y que tarda entre seis y ocho horas para llegar al Estado de Veracruz, al municipio de Medias Aguas, donde los trenes que vienen de Oaxaca y de Tabasco se juntan para viajar en una sola línea hasta las proximidades de Ciudad de México. Desde ahí escalaban hasta llegar a Ciudad Victoria, viajar a Reynosa e ir a Nuevo Laredo, Tamaulipas, para intentar ganarle al río Bravo, ganarle a la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos y entrar al vasto Estado de Texas.

Fernando había explicado que conocía a Érick como un hombre de vicios. Un bebedor y cocainómano. Le gustaba, como dijo el testigo, andar “de zumba”.

Tomar alcohol y consumir cocaína, en el mundo de los coyotes, es como tomar whisky en el de los jugadores de póquer. No tiene nada de particular. Y sería solo un rasgo identificativo, una curiosidad, de no ser porque en este caso pasó lo que pasó.

En una ocasión, contó Fernando a las fiscales, Carlos Teos y Érick se reunieron en Usulután junto con otros miembros del grupo. Eso ocurrió más o menos un mes antes de la masacre. Teos dio algunas instrucciones, habló de la ruta, habló de nuevos contactos y ordenó a uno de los presentes que sacara el dinero. Fernando observó armas de fuego. El hombre regresó con un rollo de billetes y le entregó a Érick 3,000 dólares, el dinero que cubría el viaje de algunos de los viajeros.

Los familiares de los seis salvadoreños que fueron acribillados por Los Zetas aseguran que el acuerdo con Érick era pagar entre 5,700 y 7,500 dólares por el viaje. Todos pagaron la mitad antes de la partida. La otra mitad se pagaría allá, en Estados Unidos, a la llegada que nunca ocurrió.

Fernando relató que tras aquella reunión, Érick le pidió dirigirse a San Salvador, y ahí al bulevar Constitución, y ahí a una callejuela que entra a una comunidad llamada La Granjita, dominada por una vieja pandilla llamada Mao Mao. Ese lugar es conocido comúnmente como La Pradera, porque a la entrada de la callejuela de tierra hay un motel con ese nombre. Érick quería comprar cocaína, y su motorista lo llevó. Ahí mismo en el carro, dijo Fernando, Érick se metió unos buenos “narizazos”.

Los narizazos serían un rasgo identificativo de un coyote. Una curiosidad, de no ser porque el relato de Fernando termina como termina.

* * *

Una de las muchachas que iba en el viaje con el coyote llamó durante el camino a una de sus familiares que luego se convirtió en denunciante del coyote. La muchacha, dice la versión fiscal, era optimista:

—Estoy en México y voy con la persona que me fue a traer. Estoy bien, dale saludos a todos, les aviso cuando esté en Estados Unidos.

El hijo del señor que luego señaló a Érick también llamó. También era optimista.

—¿Con quién vas? ¿Vas con Érick? —preguntó el papá.
—Sí, papá, aquí está con nosotros todavía, no se ha separado.

Aún no había pasado lo que pasó. Los pequeños detalles aún no habían terminado en un gusano de colores tristes.

* * *

El 11 de agosto, según reportes de Migración de El Salvador, con uno o dos minutos de diferencia, abandonaron el país por la frontera San Cristóbal sei migrantes que 13 días después serían masacrados en un galpón abandonado en Tamaulipas.

Fernando —el motorista— asegura que una noche antes habían sido concentrados en dos hoteles que están a unas cuadras de la terminal de autobuses que van hacia el occidente de El Salvador. Algunos migrantes estaban hospedados en el hotel Ipanema y otros en el hotel Pasadena. Se trata de hoteles de paso, que cobran unos 17 dólares por una habitación doble, estancia de camioneros, buseros, migrantes y coyotes.

Una de las fiscales del caso cuenta que durante la investigación consiguieron una orden de registro del hotel Pasadena. Entre los huéspedes encontraron a un niño de 10 años y a un joven de 18 que estaban a la espera de iniciar el viaje con sus coyotes: estos eran un hombre que había sido deportado de Estados Unidos recientemente y un policía supernumerario. Ambos fueron detenidos. Encontraron también a un guatemalteco de nombre José María Negrero Sermeño. La policía solicitó sus antecedentes por radio, y pronto les respondieron que tenía una orden de captura por el delito de tráfico de personas girada por un juez de Cojutepeque. Le decomisaron sus teléfonos y ahí encontraron números de agentes policiales, de migración, de la frontera, agendas donde precisaba nombres de delegados de migración de Guatemala y El Salvador, así como tarjetas de presentación de varios funcionarios. Cuando hicieron el análisis telefónico de las llamadas de ese hombre, encontraron que se comunicaba con Érick y Carlos Teos.

Los migrantes que serían masacrados subieron a un autobús internacional que iba hacia la capital guatemalteca, contó Fernando. Érick le entregó al motorista 120 dólares. Según Fernando eso correspondía a 20 dólares por migrante, y eran para que el conductor del autobús sobornara a algún policía que se percatara de que los migrantes iban siendo guiados. Érick, él y otro hombre —Carlos Arnoldo Ventura, que luego sería condenado a cuatro años de prisión por tráfico ilegal de personas— se fueron en carro hasta la frontera. Fernando recuerda que durante el camino, Érick fue conversando por teléfono con Carlos Teos sobre rutas y fechas.

En el expediente fiscal se consigna que Carlos Teos —que tiene visa de turista para entrar a Estados Unidos— salió de El Salvador hacia Estados Unidos casi una semana después de que lo hicieran los migrantes. Fernando aseguró que Teos era quien se encargaba de recibir a los migrantes en Estados Unidos, entregarlos a sus familiares y cobrar la segunda mitad por el viaje. En algunas ocasiones hay registro de salida de Teos, pero no de entrada al país. La hipótesis fiscal es que Teos regresaba cargado de dinero, y evadía controles para ingresar al país y no declarar. El análisis de las cuentas bancarias de Teos demuestra que es un hombre que puede pasar de tener cero dólares a tener casi 10,000 en menos de un mes; de tener 85,000 un mes y 94,000 tres días después.

Lo último que Fernando supo de Érick es que cruzó la frontera sin pasar por el registro, con la idea de abordar el autobús del lado guatemalteco y emprender el viaje con sus migrantes.

* * *

Tiempo después, Fernando recibiría la llamada de Érick. Una llamada que llegó muy pronto.

—Me voy. Si viene la Policía, vos no me conocés —dijo el coyote al regresar.

El coyote desapareció unas semanas. Cuando reapareció, dijo Fernando en su declaración jurada, que Érick le contó que un pequeño detalle, ese sutil rasgo característico de estos hombres de vida dura, cambiaría por completo esta historia.

Érick dijo que se había gastado un dinero que es sagrado en estos viajes. Érick se gastó en vicios la cuota que tenía que pagar a Los Zetas en Tamaulipas. Érick se gastó la cuota que un coyote debe pagar a esa mafia mexicana para que cada migrante pueda seguir migrando. Érick —relató Fernando— sabía que había tocado un dinero obligatorio, un dinero que no se negocia, y por eso abandonó a los seis salvadoreños que querían entrar a Estados Unidos.

* * *

Cuando una de las fiscales del caso cuenta que Carlos Teos y Érick fueron absueltos por un juez suplente del juzgado especializado de sentencia de San Salvador, se le corta la voz. Se le insinúa el llanto.

A pesar del testimonio de Fernando, del análisis de llamadas, del reconocimiento del padre de uno de los muchachos masacrados, a pesar de que con las mismas pruebas y el mismo testimonio de Fernando otro juez condenaría luego a otros dos miembros del grupo, este juez absolvió a Érick y a Carlos Teos.

—Fue un asombro, estábamos celebrando… Bueno, qué tristeza. Todos nos volteábamos a ver, nadie lo creía.

La Fiscalía ha puesto un recurso y espera que la Sala de lo Penal revierta el fallo y obligue a que otro juez juzgue el caso.

Mientras, lo único que queda de los familiares de las víctimas, es el testimonio que ya rindieron. Todos los familiares de los migrantes masacrados que declararon recibieron amenazas telefónicas. A todos les dijeron que los iban a desaparecer, a asesinar, relataron a las fiscales antes de largarse de sus casas hacia otro lugar.

* * *

Lo que pasó en aquel rancho es ya historia contada. Historia contada por un muchacho.

Luis Freddy Lala Pomadilla, de 18 años, se sentó en la ciudad ecuatoriana de Riobamba al mediodía del 14 de septiembre de 2010. Se sentó para contestar las preguntas que, vía video, le hacía un fiscal desde la Ciudad de México. Pomadilla es uno de los dos sobrevivientes. Él asegura que también sobrevivió otro muchacho, que era de noche y lo vio huir de entre los muertos, pero que luego escuchó alboroto, persecución, disparos.

El fiscal mexicano estaba más centrado en preguntar a Pomadilla por nombres y apodos. Le preguntó por El Coyote, El Degollado, Chabelo, El Kilo, Cabezón, le preguntó por El Gruñón, un “kaibil guatemalteco”, y por cinco salvadoreños, le preguntó si los reconocía como zetas. Pomadilla dijo que entre ellos no se hablaban, que por eso apenas recordaba a El Kilo —Martín Omar Estrada, que luego sería capturado y condenado como jefe de plaza de Los Zetas en San Fernando—. Pomadilla —que al igual que los seis migrantes salvadoreños fue abandonado por su coyote— recuerda que eran unos ocho zetas, todos armados, que se conducían en un pick up doble cabina blanco y en una todoterreno Trooper, los que detuvieron los tres camiones donde viajaban decenas de indocumentados en su intento por acercarse a la frontera. Recuerda que los llevaron hasta San Fernando y ahí los formaron contra el muro del galpón. Recuerda que uno de los zetas preguntó si entre esos hombres y mujeres había alguien que quería entrenarse para pertenecer a Los Zetas. Recuerda que solo un muchacho migrante levantó la mano y dijo que sí. “Pero igual lo mataron”. Lo mataron a él y a 71 personas más. Pomadilla, que sobrevivió porque lo dieron por muerto, recuerda que después, durante unos tres minutos, tronó un arma. Fue un concierto de balas de una sola arma que duró hasta acabar con la vida de 72 migrantes.

Los Zetas son una banda de cavernícolas. Tal como me dijo un coronel que formaba parte del contingente que mantenía un estado de sitio en Alta Verapaz, Guatemala, en 2011, para intentar echar a esa mafia, son tipos que primero disparan, torturan, asesinan y después preguntan si sus víctimas les harán caso.

Sin embargo, lo cavernícola no les quita lo mafiosos. En cada una de las actividades de esta banda a la que intento entender desde 2008 hay un solo interés: multiplicar el dinero. ¿Por qué secuestrar a 72 migrantes, llevarlos hasta una zona perdida de un municipio rural y masacrarlos? ¿Qué ganaron con eso?

La principal hipótesis divulgada por las autoridades mexicanas asegura que Los Zetas dispararon disgustados porque los migrantes no quisieron integrarse a la banda criminal. Una de las mujeres que eran guiadas por Érick y que murió en aquella masacre era una joven de 18 años del departamento de La Libertad. ¿Es ese el perfil de reclutas que Los Zetas buscan?

La historia de los seis migrantes salvadoreños que acabaron asesinados, que se supone pagaron por el pequeño detalle de que su coyote decidió consumir más cocaína y alcohol del que podía financiar, habla de otra lógica. El que no paga, no pasa. Migrar por México tiene tarifa, y la cobran Los Zetas.

Los coyotes o migrantes que quieran burlar ese peaje se enfrentarán a esos cavernícolas. ¿Qué manera más poderosa de demostrarlo que 72 cadáveres apiñados en un gusano de colores tristes

Todo parece adquirir lógica cuando se piensa que Los Zetas pretendían consolidar un mensaje entre los coyotes y los migrantes. Pero para dar eso por seguro, para entender cómo esa mafia cambió los códigos de un mundo de rudos coyotes hay que buscar a algunos de esos guías clandestinos.

Hay pocos lugares mejores que el departamento de Chalatenango, en El Salvador, para encontrar a algunos de los mejores coyotes.

* * *

En la mesa hay seis envases de cerveza vacíos y un plato de bocas variadas que el traficante de queso y cigarros picotea. Estamos en un restaurante y hotelito en las afueras de la ciudad cabecera de Chalatenango, que no es sino un pueblo con un banco y algunos restaurantes de comida rápida, pero pueblo al fin y al cabo. El traficante de queso, a quien conocí gracias a que un intermediario nos presentó, me asegura que el restaurante y hotel donde estamos es de uno de los más conocidos coyotes chalatecos. Sin embargo, el recelo con el que se nos acerca el hombre, atraído por saber quién soy y qué hago en su negocio, hace que el traficante de queso recule en sus intenciones de presentármelo.

Este hombre regordete se dedica a eso justamente, a traficar quesos y cigarros. Compra quesos a bajísimos precios en Nicaragua y trae cientos de marquetas de 100 libras escondidas en falsos contenedores de camiones, o se encarga de coordinar el paso de camiones con cigarros chinos o rusos que van en contenedores marchamados hasta Ocotepeque, Honduras. Deja que el camión cruce la frontera, quita el marchamo e ingresan por puntos ciegos de la frontera pick ups llenos con los cigarros que se venden a la mitad del precio que los demás en una tienda chalateca. En muchas de las tiendas de por aquí es más fácil encontrar cigarros Modern que Marlboro.

Como el plan A del traficante se ha caído, y como por alguna extraña razón está empecinado en no desilusionarme en mi búsqueda de un coyote, se quita la gorra de la cabeza, respira profundo, achina los ojos y dice:

—Bueeeeeno, si aquí si usted levanta una piedra encuentra un coyote, el problema es que los jóvenes, los nuevos, son más asustadizos y no querrán hablar con un periodista. Puede ser que nos mande al carajo, pero vamos a intentar con el mero mero. Yo a él le estoy muy agradecido, porque él me enseñó el oficio de traficar queso. Él es el coyote que les ha enseñado el trabajo a todos los demás. Es el primer coyote de Chalate.

Es viernes, me pide que le dé el fin de semana para hablar con el señor coyote.

* * *

El señor coyote es grande y recio como un roble. Nos recibe, amable, al traficante de queso y a mí en su casa de Chalatenango. Manda traer unas tilapias, pide que las cocinen, que pongan arroz, que traigan cervezas y que calienten tortillas.

El traficante de queso ha conseguido lo que más cuesta al principio: convencer a una persona de que a cambio de historias y explicaciones, de que a cambio de su testimonio, uno como periodista guardará su identidad. El señor coyote me cree. Por eso la conversación inicia sin tapujos en esta tarde de octubre de 2013.

El señor coyote tiene ahora 60 años. Empezó en el negocio de llevar gente a Estados Unidos en 1979. En su primer intento por llegar como indocumentado a Estados Unidos, había pagado 600 colones —que al cambio de la época eran unos 240 dólares— a un coyote guatemalteco. El viaje fracasó cuando fueron detenidos en Tijuana. Durante su estancia en diferentes centros de detención conoció a otro coyote guatemalteco. El señor coyote, que entonces era un muchacho veinteañero, se ofreció a conseguirle migrantes en El Salvador. En aquel momento, recuerda el señor coyote, su oficio no era perseguido. Ningún policía detenía a alguien por ser coyote, y mucho menos lo juzgaban, como le ocurrió a Érick, en un juzgado especializado de crimen organizado. Tan a sus anchas se sentía que para promocionar sus servicios el señor coyote abrió una oficina en Cuscatancingo y publicaba anuncios en las páginas de publicidad de los periódicos en los que decía: “Viajes seguros a Estados Unidos”, e incluía el teléfono de su agencia. Luego de unos pocos meses, cuando ya había aprendido del guatemalteco lo que necesitaba aprender, el señor coyote se independizó. La gente llamaba a su agencia y preguntaba cuánto caminarían. El señor coyote explicaba que México lo cruzarían en bus, y que el cruce lo harían por Mexicali, San Luis Río Colorado o Algodones, y que no caminarían más de una hora. Así ocurría. Cuando el señor coyote juntaba a 15 o 20 personas, emprendía el viaje. Lo más que llegó a llevar fueron 35 personas. Cruzar México, recuerda el señor coyote, podía ser incluso un viaje placentero. “La gente no se bajaba del bus más que para orinar”, recuerda. En las casetas de revisión migratoria de la carretera ya todo estaba arreglado y apenas había que dejar unos dólares a los agentes de cada caseta.

A mediados de los ochenta, luego de que la Guardia Nacional cateara su oficina pensando que se trataba de una célula guerrillera, debido al intenso movimiento de gente, el señor coyote decidió retirarse algunos años, y alternó con estancias largas en Estados Unidos y trabajos esporádicos con grupos pequeños de migrantes.

En 2004 el señor coyote volvió de lleno a las andadas. Las cosas eran más difíciles, y aun empeorarían.

—Las cosas habían cambiado. En México había mayor seguridad, aquí ya era delito ser un coyote. Entonces la cuota de los coyotes era de 6,000 dólares por persona a donde quiera que fuera en los Estados Unidos. Pocas cosas eran como antes.

Los coyotes viajeros, los que hacían de lazarillos durante toda la travesía por México, eran contados.

—Ya entonces la cosa era más de coordinación, y así sigue siendo. Uno se encarga de poner la gente en la frontera de Guatemala con México, de ahí está el que lo levanta hasta el Distrito Federal, que es un mexicano. A él se le paga entre 1,200 y 1,300 dólares por persona. En el D.F. los agarra otra persona hasta la frontera con Estados Unidos. Ese cobra unos 800, y hay que darle unos 100 más por la estadía en la frontera y la comida del pollo. Uno estipula que de aquí a la frontera con Estados Unidos va a invertir unos 2,500. De ahí para arriba, a Houston, por ejemplo, la gente que los mete estaba cobrando 2,000. En Houston tiene que pagar uno a todos los que han pasado. Hoy cobran 2,500 dólares por la tirada. Ahí los tienen detenidos. Son casas de seguridad. Desde aquí mando el dinero por transferencia y van liberando a las personas. Cobraban 500 dólares por las camionetas que los llevaban hasta la casa donde iban. Hoy cobran 700. Por persona te quedan unos 1,000 o 1,500 dólares de ganancia.

Hay, como bien dice el señor coyote, maneras de abaratar los costos en México, pero eso implica métodos que para el señor coyote son “inhumanos”. Por ejemplo, meter a 120 migrantes en un furgón que va marchamado hasta la frontera. El marchamo se compra si se tienen los contactos adecuados en la aduana mexicana, y el reporte puede decir que adentro del furgón van frutas, cuando lo que en realidad van son decenas de personas sofocadas por el calor y el poco oxígeno, sin desodorante ni perfume, sin relojes ni celulares ni nada que timbre y los pueda delatar. Hay coyotes que por ahorrarse unos cientos de dólares embuten a la gente bajo un fondo falso de un camión bananero y los obligan a ir acostados durante más de 20 horas hasta la Ciudad de México. El señor coyote siempre pensó que eso es inhumano.

El señor coyote dice que la cuota, en los últimos cinco años, ha aumentado, y que nadie que se precie de ser buen coyote llevará a un migrante a Estados Unidos por menos de 7,000 dólares.

—Los riesgos son más ahora —dice el señor coyote y, con su dedo índice, dibuja en el aire una Z.
—¿Cuándo empezó usted a pagar a Los Zetas? —le pregunto.
—En 2005 se empezó a trabajar con Los Zetas, pero era mínimo, no era obligatorio. Tener un contacto de Los Zetas era una garantía, uno los buscaba. A través del coyote mexicano se armaba todo, igual que como se trabajaba con la policía. Después, ya ahí por 2007 empezaron a apretar al indocumentado directamente. No les importaba de quién era la gente. Se empezó cobrando 100 dólares por persona, eso se pagaba. Ahora lleva dos años lo más duro de estos jodidos.

Los Zetas, que surgieron hace 15 años como el brazo armado del Cártel del Golfo, se escindieron de esa organización allá por el año 2007. Quizá la cuota antes era un extra a su salario, y después se convirtió en un rubro de la organización.

—100 por migrante, ¿ese es el cobro de Los Zetas por dejarlos cruzar México? —continúo.
—Hoy la han subido a 200 dólares. En el precio (al migrante) se incluye la cuota para Los Zetas. El riesgo es mayor, por eso aumentó la cuota, el pollero ya no se quiere arriesgar por 1,000 dólares de ganancia.
—¿Usted se entiende con Los Zetas?
—Uno le deposita a los mexicanos, al mismo contacto coyote, y él se encarga. Yo no conozco a nadie de Los Zetas. Si alguien de aquí le dice que los conoce, es un bocón. Ese contacto mexicano tal vez está pagando 100 y a mí me cobra 200. Puede estar pasando. Pero hay que pagar.
—¿O?
—Bueno, eso pasó con la matanza en Tamaulipas, les debían, y a estos no les importó de quiénes eran esas personas. Ese fue un mensaje: a alguien se le olvidó pagar, entonces esto es lo que va a pasar. Y al que le toca responder es al coyote que de aquí salió. Nadie recoge gente para mandarla a morir, uno lo que quiere es ganar dinero y credibilidad.
—Pero hay coyotes que siguen viajando ellos con su gente por México.
—Un buen coyote que viaje él no existe, ni uno. Nadie se arriesga. Quizá para ir a dejarlos a Ciudad Hidalgo (frontera mexicana con Guatemala). Todo se hace pedazo por pedazo, uno coordina. Bueno, están los locos del tren. Los que van en tren cobran unos 4,000 o 5,000 dólares. Esos son polleritos que agarran dos, tres personas, o gente que en realidad lo que quiere es irse y ya antes viajó y conoce un poco el viaje en tren, y recoge dos o tres personas y con eso se van. Ahí es donde caen los secuestros. Si usted paga 200 dólares constante por persona, no lo molestan, pero si voy por mi propia cuenta… entonces… bueno. Ahí se enojan Los Zetas: “Este va a pasar y no va a dejar nada”, entonces aprietan y ponen cantidades de hasta 5,000 dólares por cabeza. Si usted trabaja con los contactos que conozcan a Los Zetas, tiene garantizado el cruce de México, ya no tiene problema. Si ellos son un grupo con muy buena coordinación con militares y policías. Incluso si lo detiene una patrulla y averiguan si ya pagó a Los Zetas, y usted ha pagado, lo sueltan de inmediato. Si descubren que no tiene contacto con Los Zetas, entonces está apretado, usted no va a ir a la cárcel, se lo van a llevar a ellos, lo van a entregar. Por eso desaparece la gente. México no es problema si uno tiene el contacto con Los Zetas. Si no…

Nos despedimos del señor coyote cuando Chalatenango se oscurece. Nos despedimos con ese “si no” y esos puntos suspensivos en la cabeza. Los puntos suspensivos, en el caso de los seis migrantes que salieron con Érick fueron una ráfaga de balas en un galpón abandonado. Los puntos suspensivos de otros pueden ser mucho más terribles. Si tienes contacto con Los Zetas, no hay problema. Si no…

* * *

A veces, a Bertila se le olvida lo que está hablando. Come poco. A sus sesenta y pocos años, Bertila llegó a pesar 100 libras. Desde que el 27 de marzo de 2011 su hijo Charli desapareció cuando viajaba desde San Luis Potosí hasta Reynosa, en el norte mexicano, acercándose a Estados Unidos, Bertila come poco y duerme mal. Sueña. Sueña que Charli no está muerto, que vuelve a casa y que ella le dice: “Pensé que algo te había pasado”. Y él contesta: “¿A mí? A mí no me ha pasado nada”. Eso sueña.

Harto de ganar cuatro dólares al día en una maquila, empujado por el cercano nacimiento de su primera hija y alentado porque el coyote del cantón le había prometido llevarlo y cobrarle hasta que él reuniera dinero en Estados Unidos, Charli decidió dejar su casa en Izalco y migrar. Se fue con el coyote y con otros cuatro migrantes.

Estoy sentado en un solar de un cantón de Izalco con Bertila, la madre de Charli, y esto es lo que, con todas las dificultades que opone el dolor, me cuenta. Charli, el coyote y los migrantes se fueron un lunes dispuestos a alternar entre buses y trenes. El viernes, el coyote estaba de vuelta con los migrantes y sin Charli. Agentes migratorios los habían detenido en Oaxaca, sur de México. Los bajaron a todos, menos a Charli. Los deportaron. Charli continuó su camino.

Llegó hasta San Luis Potosí, ya en el norte, y se quedó cuatro días en casa de unos parientes lejanos que por cuestiones del azar se habían establecido en esa ciudad. Desde ahí, se comunicó por última vez no con Bertila, sino con Jorge, su hermano, que trabaja como obrero en Oklahoma. Jorge me dijo por teléfono que Charli tenía dudas. Para este momento, el coyote de su cantón ya había vuelto a salir con los cuatro migrantes en el segundo intento. Charli —recuerda Jorge— le había explicado al coyote sus ganas de seguir hacia Reynosa, de acercarse a la frontera y desde ahí conseguir un coyote que lo brincara al otro lado. Incluso Jorge intentó contactar a la coyota que lo había cruzado a él hacía unos años. Ella trabajaba pasando gente por la garita formal, con papeles de otras personas, o por el río Bravo. La diferencia era de 500 dólares: 2,500 una opción y 2,000 la otra. Charli no quería esperar más. Sin embargo, le contó a su hermano que el coyote de su cantón le había dicho que no se moviera, que él pasaría, que el camino estaba lleno de zetas, que lo detectarían, que andaban a la caza de los que no pagaban a un coyote que a su vez les pagara a ellos.

Jorge tenía alguna idea de que la situación era un camino de obstáculos. Hacía apenas unos meses, había llegado a Estados Unidos un primo de él, que le contó que estaba ahí de milagro: “Me dijo que al coyote que no se alía con Los Zetas le quitan a la gente y lo matan, y que andan buscando como locos a los coyotes que no pagan. Mi primo me contó que él iba con uno de esos coyotes, y cuando se dio cuenta de que lo andaban buscando Los Zetas se zafó y consiguió escaparse”.

Sin embargo, la espera es infernal cuando México se convierte en un limbo, en una escala interminable.

Charli decidió abordar el autobús hacia Reynosa.

* * *

El 6 de abril de 2011, las autoridades del Estado de Tamaulipas anunciaron el hallazgo de ocho fosas clandestinas en un ejido llamado La Joya, en San Fernando, en el mismo lugar donde Los Zetas habían masacrado el año anterior a 72 migrantes en un galpón derruido. Adentro de las fosas encontraron 59 cuerpos putrefactos, algunos con los cráneos destruidos.

Al principio, las autoridades del Estado intentaron minimizar la situación poniéndole etiquetas a los muertos: dijeron que eran “miembros de organizaciones criminales transnacionales, secuestrados y víctimas de violencia en la carretera”.

Los muertos no dejaron de salir de la tierra.

Las fosas siguieron apareciendo. Para el 8 de abril, luego de abrir 17 fosas, los cuerpos eran ocho; el 15 de abril, de 36 fosas habían sacado 145 cadáveres; el 29 de ese mismo mes, el gobernador de Tamaulipas anunció que habían encontrado un total de 196 personas asesinadas.

Luego se sabría que algo podía haberse intuido, algo podía haberse prevenido en un municipio que apenas un año antes había sido regado con la sangre de 72 migrantes. Y no solo eso: la organización estadounidense National Security Archive, con base en la ley de acceso de información de aquel país, logró desclasificar una serie de cables que eran enviados desde las representaciones estadounidenses en México a Washington, D.C. Las comunicaciones fueron enviadas principalmente desde el consulado de Matamoros, la ciudad fronteriza más cercana a San Fernando.

Los cables desclasificados daban cuenta de que entre el 19 y 24 de marzo de ese año, casi un mes antes de que se descubrieran todas esas fosas repletas de muertos, varios autobuses habían sido detenidos y sus pasajeros secuestrados en la ruta que iba hacia Reynosa.

Esa era la ruta que, pese a la insistencia de su coyote, Charli decidió tomar. Esa es la ruta que miles de migrantes de todo el mundo toman para dirigirse a la última prueba de su viaje: la frontera con Estados Unidos.

Esos secuestros no eran casuales, sino que durante todo marzo aquello fue una modalidad. Los autobuses eran detenidos cuando se conducían por la carretera federal 97 rumbo a Reynosa, una carretera de cuatro carriles rodeada por extensas planicies deshabitadas. Los pasajeros, migrantes mexicanos y centroamericanos en su mayoría, eran sacados de la carretera e internados en calles secundarias de los alrededores de San Fernando.

Aún no hay un consolidado. La comisión interdisciplinaria que intenta esclarecer la identidad de todos esos cadáveres aún trabaja, pero decenas de los cuerpos han sido identificados como migrantes mexicanos y centroamericanos, gracias a que muchas madres de migrantes desaparecidos acudieron a dejar muestras de sangre para los exámenes de ADN.

Una de esas madres fue Bertila. Uno de esos cadáveres fue Charli.

* * *

Bertila —sentada a una de las mesas de la pupusería que ha montado en el patio de su casa en un cantón de Izalco— tiene un pie en esta realidad y otro en sus pensamientos. La mirada a veces se le pierde, y ella parece olvidar que conversamos. Da la impresión de que imagina una situación, de que en su mente se proyecta una película. Y esa película, invariablemente, es triste. Esa escena con la que sueña es la de unos funcionarios devolviéndole un féretro o una caja o lo que sea —no le importa el envoltorio— con los huesos de Charli.

En diciembre de 2012, casi dos años después de que su hijo fuera secuestrado y asesinado por Los Zetas mientras viajaba en autobús, Bertila recibió de parte de la Procuraduría General de la República de México la confirmación de que el cuerpo de la fila 11, del lote 314, de la manzana 16 del Panteón Municipal de la Cruz en Ciudad Victoria, Tamaulipas, era su hijo Charli.

Describir el sufrimiento de quien ha sido madre de un desaparecido, de quien es madre de un asesinado, de quien no tiene ni siquiera unos huesos que enterrar —porque hoy, casi tres años después de la barbarie, Bertila no ha recibido los huesos de Charli— es un reto demasiado peligroso. ¿Qué adjetivo describe lo que Bertila siente? ¿Qué adjetivo le atina a ese dolor? Lo único que se me ocurre escribir es que Bertila no vive del todo en este mundo, que en su mente pasa una y otra vez una película triste y ella la ve y desconecta de este mundo. Lo que se me ocurre es escribir sus palabras:

—A mí, a veces, se me olvida lo que estoy hablando… a veces, cuando me preguntaban si sabía algo de Charli, yo sentía como si me estaban golpeando… como por dentro… yo caí, durante mucho tiempo caí… yo solo me tiré a la cama de él y estuve ahí. Han pasado dos años, siete meses, diez días. Los huesos… pues habría un poco de paz. Aunque quizás nunca podría yo tener la completa paz. Pero eso llenaría un poco mi vida, porque a veces me aterra. Cuando llueve fuerte me imagino yo que los huesos se pueden ir en una correntada y nunca encontrarlos. Eso me tiene… cada vez que oigo que en México hay un ciclón, que hay una tormenta, una onda tropical, yo pienso en eso. Es una angustia grande cuando veo que todos van a poner flores o le traen a sus seres queridos… yo no puedo recibir el mío.

* * *

De nuevo, resurge la pregunta. ¿Por qué secuestrar a Charli y a otros como él? ¿Por qué gastar gasolina, hombres, arriesgarse a ser detectado, solo para detener a un autobús con migrantes en una carretera? ¿Por qué tomarse la molestia de trasladarlos hasta diferentes ejidos de San Fernando? ¿Por qué asesinarlos con tal brutalidad? —porque la mayoría de cadáveres de las fosas no tenían ningún orificio de bala, habían muerto a golpes, con objetos contundentes, cortopunzantes, palos, machetes—. ¿Por qué la carnicería?

¿Por qué le pasó esto a Charli? ¿Por qué le pasó aquello a los seis migrantes que viajaban con Érick? ¿Por qué le pasó a 72 personas en 2010? ¿Por qué le pasó a 196 personas en 2011?

Supongo que el señor coyote de Chalatenango ya contestó. De cualquier manera, volveré a preguntarle.

* * *

Habíamos quedado en el mismo lugar, en el patio de su casa en Chalatenango, pero a última hora, el señor coyote cambia el plan. Me dice que está trabajando en una de sus fincas, que nos encontremos en la carretera, adelante de la Cuarta Brigada de Infantería. Que deje las luces intermitentes, me haga a un lado de la carretera y que él pasará pitando a mi lado.

Llega. Uno de sus trabajadores maneja. El señor coyote está borracho.

En teoría iríamos a una finca, pero cuando lo sigo me lleva hasta su casa. Nos sentamos en el mismo lugar que la vez anterior. Es difícil iniciar la conversación, porque quiere hablar de otros temas. Concedo. Durante un rato, hablamos de caballos de paso, discernimos si el appaloosa es mejor que el morgan; si el caballo de paso español está por encima del caballo de paso peruano.

Uno de sus hombres trae cervezas.

Ya hace una hora que hablamos de cosas de las que no he venido a hablar. Es un callejón sin salida. Yo pregunto y él contesta hablando de lo que le da la gana.

Finalmente, cuando entiendo que la conversación debe terminar, que él está cansado y los ojos se le cierran del sueño, de la borrachera, digo alzando la voz:

—No entiendo estas masacres y muertes y locura de Los Zetas…

Él, que quizá también entiende que la conversación debe terminar, responde alzando su voz.

—Está claro que ellos ya lanzaron el mensaje de lo que va a pasar al que no pague. Son mensajes. Yo le recomiendo a la gente que se entere antes de viajar. ¿Su coyote paga o no paga cuota a Los Zetas? Si no paga, que Dios lo proteja.

—No vayan a mandar ovejas a cazar al lobo, porque el lobo tiene uñas y dientes, culeros, y bien afilados, para acabar de joder –dijo el sicario a los presos que lo escuchaban del otro lado de la línea telefónica.

Los presos intentaban hablar, pero el sicario poco se los permitió. A cada frase amenazante de ellos, él respondía determinado, de inmediato, como quien ya hace mucho esperaba esa llamada, la llamada en la que le anunciarían que otros sicarios estaban tras él.

—Ya sabemos qué pedo –amenazaron los presos–, y con olor a pino vas a salir de ahí.
—Hijos de puta, si ni hacen de pino las cajas aquí, las hacen de conacaste y de mango. Ni sabés de cuál madera las hacen y ni conocés el olor a los pinos. De aquí van a salir con olor a humo, porque aquí M-16 tengo para todos ustedes, hijos de puta –mintió el sicario sobre el fusil que no tiene.

El aquí al que el sicario se refería es el solar que aún habita. En el solar hay rábanos que él cultiva, hay tierra seca que las raíces de los rábanos exprimen, hay dos plantitas de mariguana también, que él espera le rindan en la época de lluvias. De cara al solar, de espaldas a la calle de adoquines que él poco visita, está la casita, por así llamarla. Un cuartito que él habita. Cuatro paredes de bloque de concreto sin pintar, unas vigas visibles y un techo de cinc ondulado. Calor. La puerta de metal y la ventanita que dan a la calle de adoquines siempre –siempre– están cerradas. Y, lo más importante, adentro de la casita también viven su mujer -una muchacha silenciosa que aún no cumple los 18 años- y una bebé cachetona que el sicario y ella procrearon.

—Bicho culero, La Bestia… –intentaron terminar la frase los presos.
—¡La Bestia a mí no me controla, sino que yo controlo a La Bestia! –los interrumpió el sicario.

Quién sabe si el sicario cree realmente que él controla a La Bestia. A veces dice que sí, a veces que nadie la controla. Lo cierto es que La Bestia lo acecha. Al cruzar la calle de adoquines que él casi nunca patea, hay un puesto de investigadores policiales. Precario, con letrinas, con pila para lavar ropa. Calor. Sobre la mesa del investigador jefe hay un memorándum reciente y confidencial que dice que tengan precaución, pues la inteligencia policial ha detectado un plan para atacar el puesto de detectives y al sicario que ellos cuidan. Dice que el plan es atacarlo con M-16. Ametrallar el puesto y la casita.

Después de haberles dicho aquello acerca de La Bestia, el sicario recuerda que ya no le respondieron nada. Los presos se limitaron a escuchar las amenazas del que ellos pretendían amenazar.

—Ya vieron que ya intentaron mandar a alguien a pegarme. A mí no me hacen cosquillas con eso. 35 en cada cargador les esperan –volvió a recordarles el imaginario M-16.

Unos días antes del intercambio de amenazas, en la carretera principal que conecta el país con este pueblito llamado El Refugio, la Policía arrestó a un muchacho que llevaba ocultos en un bolsón un fusil M-16, cuatro cargadores, una pistola 9 milímetros con otros ocho cargadores. El detective jefe del puestecito vecino del sicario nos dijo que esas eran armas destinadas para matar al sicario.

El sicario no quiso terminar aquella diatriba telefónica sin antes recordar a los presos que él les había servido muy bien, que él fue buen mensajero de La Bestia, que él es quien es.

—Si el Barrio tiene espinas –les dijo–, yo soy la espina del Barrio; si el Barrio tiene veneno, yo soy el veneno del Barrio, hijos de puta; y la cizaña, aquí está también. Y si quieren, cáiganme.

La tarde que el sicario nos contó de aquella conversación con los presos fue la tarde que lo conocimos. Luego de conversar con el inspector jefe del puesto policial, entramos a la casita del solar a conocer al sicario con el que conversaríamos durante seis meses. Tras más de 10 años de asesinar para la Mara Salvatrucha, la que según el FBI es la pandilla más peligrosa del mundo, el sicario ahora es un testigo protegido de la Fiscalía General de la República de El Salvador. El sicario ha entregado a todo su grupo cercano, a toda su clica, la Hollywood Locos Salvatruchos. Uno a uno, ha contado sus secretos. 42 pandilleros guardan prisión y son acusados de homicidio y asociación ilícita gracias a la traición de uno de sus mejores asesinos. Los presos que le llamaron son líderes de la pandilla conocidos como El Lunático, El Riper y El Black, todos presos en la cárcel de Ciudad Barrios. Al muchacho que arrestaron con la pistola y el fusil en la carretera lo conocen como El Crimen. La taca del sicario, el apodo que se ganó a base de descuartizar, acribillar, decapitar y apuñalar, contrasta con su historial. Él, a sus 28 años, sigue presentándose como El Niño de la clica de los Hollywood.

El Niño es un producto perfecto de esta fábrica de muerte que somos como país. Su vida es una suma de circunstancias que siempre dio el mismo resultado: uno peor.

El preludio de El Niño

—Ya cuando te brincaste y mataste, entonces hiciste un pacto con el diablo, ya sos pieza del diablo, sos alma entregando alma, men. Y, al menor rato, entregar la de uno también, porque en la calle así es también, cuando te toca, te toca – nos dice El Niño sentado al cobijo de la sombra de un muro.

Es mediodía y el calor arremete furioso contra el solar. Hay en el aire un olor dulzón a fruta caída, y la gente afuera se mueve despacio, como si caminara en el fondo de una piscina. El policía que cuida a El Niño, su custodio personal, está hoy un poco más alerta y nos mira nervioso de pies a cabeza cuando entramos al solar.

El Niño, en su papel de testigo protegido, vive en una casita alquilada frente a un puesto policial en el municipio El Refugio, Ahuachapán. Intentaron llevarlo a una de las austeras casas que la Fiscalía tiene para gente como él, pero no quiso. Eso implicaba dos consecuencias. Encierro y soledad. Él no hubiera podido llevar a esa casa a su mujer, que era menor de edad cuando él traicionó a su pandilla a mediados de 2010. Aunque pensándolo bien, también implicaba una tercera consecuencia. El Niño no hubiera podido sembrar ni fumar mariguana. Y a él le encanta la mariguana.

El custodio personal es el policía de turno que se aburre a la par de la puerta de madera y enrejado que da paso al solar. Hoy está nervioso porque ayer hubo un problema con uno de los vagos de la zona que llegan a fumar –sí, El Niño fuma en su solar– o a comprar hierba de la que cultiva –sí, El Niño cultiva y vende en su solar–. El problema se resolvió con un par de machetazos, ninguno letal ni muy grave. Ambos los dio El Niño. Nos dice que vende mariguana porque la pensión que le envía la Fiscalía es muy poca y debe sostener a su hija de meses y a su mujer. Indudablemente dista mucho de la idea que se tiene en la cabeza de la vida de un testigo protegido. Otra ciudad, otra identidad, otras dificultades para verlo. No, nada de eso, misma ciudad, mismo muchacho, una verja de palo, un buenas tardes y para adentro.

El Niño se voltea de su silla y le pide a su mujer que prepare café, lo hace en jerga pandillera, volteando las sílabas de casi todas las palabras.

-rramo otro torra nepo feca rapa trosono y tocipan.

Ella le entiende y aparece con tres tazas de un café ralo y un plato de pancitos dulces tostados. Unas nubes salvadoras le plantan cara al sol por un momento y el calor se vuelve soportable durante unos minutos. Hoy que lo visitamos por segunda vez, El Niño recuerda su recorrido como sicario, cuando empezó a matar.

Hace más de 15 años, en los albores de los noventas, en las riberas de un río, en las cercanías de una ciudad llamada Atiquizaya, en el occidente de El Salvador, un grupo de niños hacían rueda y miraban absortos cómo uno de ellos le encajaba el machete en el cuello a otro. Una y otra vez. El infantil verdugo que atormentaba con su machete al otro era El Niño. Estaba colérico y no pararía hasta matarlo. Estaba ofendido por las repetidas bromas que el otro niño hacía sobre sus piernas. Decía que parecían de muchacha. El Niño estaba convencido de que matarlo era la mejor opción para terminar de una vez con la mofa. Los demás no se metieron, solo esperaron pacientes a que terminara, y para mientras cortaron unas ramas de un árbol de mulato para tapar el cadáver. Cuando el muchacho dejó por fin de respirar decidieron entre todos dejar los restos ahí, apenas ocultos por un montoncito de ramas olorosas, para que la corriente se lo llevara, y siguieron en su faena de encontrar cangrejos negros para la sopa del almuerzo. Sabían que nadie extrañaría al muerto.

Todos estos niños eran miembros de una pequeña pandilla pueblerina, una de las tantas que afloraron por esos años. Esa se llamaba Mara Gauchos Locos o MG, y por mucho que trataran de negar su origen rural, sus apodos los delataban: El Cabra, El Mosco, El Gato, El Pollo.

La guerra recién había terminado, y estas pequeñas pandillas se habían regado por todo el país. Muchas conformaban sus filas con huérfanos y con ex combatientes jóvenes. Llenaban el vacío, el hueco enorme que la guerra dejó. No hablamos de cualquier conflicto. La guerra civil dejo el país hecho añicos y el tejido social irremediablemente roto. Doce años de balas y bombas y una cifra –oficial- de 75 mil muertos, sin contar los desaparecidos, los mutilados, las violadas, los trastornados y los huérfanos, fue el oscuro saldo de nuestra guerra.

En esa región fronteriza con Guatemala, además de la Mara Gauchos Locos, existía también la Mara Meli 33, la Mara Chancleta y la Mara Valerios. Y, por supuesto, los temidos Uvas, del barrio Chalchuapita. Ninguna era muy numerosa ni muy estructurada. Se dedicaban a pequeños asaltos y hurtos, fumaban mariguana y entablaban formidables batallas campales entre ellos. Sus arenas eran las rústicas pistas de baile que se montaban en las fiestas, con pisos de tierra, luces y música desfasada. Por esos tiempos, Atiquizaya, el municipio vecino a El Refugio, era polvo, monte y sol, mucho sol. La “ciudad” eran algunas decenas de calles, algunas aún empedradas, y un centro administrativo todavía agujereado por los tiros de la guerra.

—Hacíamos tipo ir a los bailes, tirar tu pandilla. Robar, pelear. Riñas callejeras, toda la onda. Sin mortero, solo con palos, chacos, ondillas, cualquier cosa, pedazos de bate, toda la cerotera –recuerda El Niño.

A estos altercados entre pandillas, el Estado le prestaba poca o nula importancia, y la sociedad en general apenas terminaba de enterrar a sus muertos de la guerra. No había tiempo para preocuparse por este desordenado ejército de harapientos que luchaba a pedradas entre sí. La vida seguía siendo relativa, y los problemas se resolvían con machete.

La travesía de El Niño de Hollywood comenzó en una hacienda cafetalera a la que su familia llegó a vivir como colonos. Eran pequeños mundos estas haciendas. Hacía unos cuantos años incluso tenían su propia moneda, y el dueño era el equivalente de un gran padre. Decidía sobre la vida de los colonos como si fueran sus hijos. Para asegurar que todo marchara en orden, derramaba una porción de su poder en la figura del capataz, al cual dotaba de una pareja de guardias para poner en orden a cualquier colono rebelde.

En esa hacienda, el capataz hizo un trato con el papá de El Niño: los dejaba quedarse y trabajar ahí, y a cambio pedía a la hija mayor. No la quería de esposa, ya tenía una. Necesitaba una muchacha que lo complaciera después del trabajo en el monte. El hombre aceptó y durante varios meses el capataz llegaba a desfogarse con la niña menor de 15 años.

El Niño iba creciendo, y junto con su hermano mayor comenzaba a juntarse con la pandilla local, la Mara Gauchos Locos, bajo el mando de un joven ladronzuelo de la zona. El Farmacia, así le llamaban, pues te podía conseguir lo que le pidieras. Al capataz le enfurecía que el muchacho se juntara con esos pandilleros, y cada vez que iba a recostarse con la hermana de El Niño lo obligaba a largarse de su propia casa. El capataz era el amo y señor de este pequeño mundo, y El Niño ya había sentido la fuerza de su castigo en más de una ocasión.

El 24 de diciembre de 1994, El Niño no fue a las fiestas del pueblo. Se quedó escondido en unos arbustos viendo cómo el capataz se emborrachaba con su padre. Esperó a que las botellas de aguardiente se fueran terminando. Esperó a que los dos hombres cayeran en ese sueño pesado y aguanoso que produce el guaro de caña. El primero en caer, a pesar de la orden del capataz de que no lo hiciera, fue el padre. Al quedarse sin trago y sin compañía, el capataz enfiló hacia su casa. El Niño lo siguió.

En una vereda cerca de la calle de asfalto que va hacia la ciudad de Ahuachapán, la cabecera del departamento del mismo nombre, un pequeño camión que viajaba en la madrugada del 25 de diciembre se encontró a un hombre inconsciente en el suelo, con la cabeza ensangrentada, pero vivo aún. Entre el monte, se colaba una pequeña sombra fugitiva.

El hombre era el capataz. Lo habían golpeado con un palo que aún estaba ahí. Le habían dejado caer varias piedras en la cabeza y en la nuca, pero ninguna con fuerza suficiente para matarlo. Tenía la ropa hecha jirones. Hubo que llevarlo al hospital. Lo cargaron en una hamaca. Iba desmayado. El Niño, desde la maleza, observó todo.

Esa madrugada, El Niño no logró matar. Quizá era muy pequeño –rondaba los 10 años- y las fuerzas lo traicionaron, quizá no sabía dónde descargar la piedra, dónde asestar el palo. Lo aprendería luego. Falló en su misión, y sin embargo ganó otra cosa. Una que le cambiaría la vida para siempre. En los pantalones de aquel hombre ensangrentado y medio muerto encontró un revólver.

Después de recuperarse, el capataz buscó al personaje sin descanso. Juró que iba a matarlo si lo hallaba. Sospechaba de El Niño. Es en ese momento cuando El Niño, perseguido, con un juramento de muerte sobre sus espaldas y sin nadie a quien recurrir, decidió refugiarse de manera definitiva dentro de la Mara Gauchos Locos. Comenzó a rodar en el submundo de las pandillas salvadoreñas, que por ese entonces bullían todas en un caldo de resultados insospechados.

El Niño se la pasaba con los gauchos locos robando bicicletas a los despistados y fruta en las haciendas. Robaban gallinas en las granjas para hacer sopas en las riberas de los ríos. Estos pandilleros venían siendo aquellos retazos sobrantes de una sociedad que se confeccionó a balazos. Sin embargo, y aunque no faltaban los asaltos a punto de revólver a los borrachos y tunantes, todavía no representaban un peligro real para los pobladores de aquellas tierras. La Mara Salvatrucha 13 y el Barrio 18 eran apenas un rumor entre los pandilleros de la zona, se hablaba de ellas y de su guerra sin frontera como se habla de una tormenta venidera. Sin muchas certezas. Quienes traerían consigo esa furiosa tormenta serían los salvadoreños deportados de los Estados Unidos, los mismos que se fueron cuando niños, huyendo de la guerra o de la pobreza, y que luego regresaron convertidos en pandilleros en los vuelos federales, esposados y confundidos a un país violento que ni entendían ni los entendía. Pero de ellos, en aquellos años, apenas se hablaba.

Esto no quiere decir que ya en esos años, en la cadena alimenticia de ese submundo, no hubiera depredadores más grandes. Estaban las pequeñas bandas armadas que operaban en Atiquizaya y sus alrededores, conformadas por ex combatientes de los grupos disueltos, que en la confusión del proceso de paz habían robado armas. Buenas armas. Armas de guerra. Quizá a sabiendas de que serían sus herramientas de trabajo en el futuro caótico que se avecinaba. Estas bandas no tenían nombres fijos, se trataba de familias de cuatreros o asalta furgones. Por ejemplo, eran temidos en todos los pueblos de esa región los hermanos Víctor y Pedro Maraca, Tony y Francis Tamarindo, el peligroso asalta furgones Henry Méndez y su inseparable Nando Vulva. Y destacaba también entre todos esos bravos un joven que había pertenecido a la Policía Nacional y que ahora se paseaba prepotente en su camioneta 4×4 en medio de los murmullos de aquella maraña de criminales y pandilleros. Le llamaban Chepe Furia.

El palabrero de El Niño

—La Mara Salvatrucha ya se oía venir, ya tronaba, se oía de dos pandillas fuertes, la MS y la 18. Se oía decir que se iban a hacer una sola, men. Puta, ya cuando el bato Chepe Furia vino, ya dijo: aquí la Mara Salvatrucha es la que va a controlar – recuerda El Niño, sentado en un gran tronco en medio del solar donde vive. Calor. Se ha quitado la camisa y mira de reojo a su bebé, que viaja tranquila y recién bañada en los brazos de su madre. Arma con destreza un cigarro de mariguana, lo hace bailar con sus dedos para acomodar la hierba en el papelito, le lame una esquina para pegarla y le da la primera calada. Todavía con el humo dentro, cuenta sobre los días en que llegó a estos parajes la Mara Salvatrucha 13. Y cuenta quién la trajo desde el Norte.

Ya entrada la década de los noventa, la paz parecía haber cuajado. La guerrilla se había disuelto de manera total al igual que los cuerpos de seguridad del Estado que tuvieron el papel más sanguinario en años pasados. La nueva Policía los había sustituido y llenado sus cuarteles con nuevos reclutas que al menos tenían que tener un entrenamiento en derechos humanos.

Los deportados seguían viniendo en vuelos federales repletos y las dos grandes pandillas, la MS13 y el Barrio 18, ya eran mucho más que un rumor lejano. Decenas de clicas de ambas pandillas se habían esparcido por todo El Salvador. También su odio y su guerra.

En la región de El Niño las cosas no fueron distintas. Las pequeñas pandillas del barrio Chalchuapita, La Periquera, La Línea, todas zonas periféricas de Atiquizaya, se habían convertido en clicas del Barrio 18. Todas estaban bajo el mando de un hombre de apellido Vindel, conocido como Moncho Garrapata, y su hermano menor, Cesar Garrapata. Las otras micro pandillas, como la Mara Gauchos Locos, Meli 33 y Valerios, estaban rodeadas y peleaban en estado de unión eventual contra los recién llegados.

En esos días, regresó deportado aquel ex policía que se convirtió en bandido. Chepe Furia. Se había ido para Los Ángeles durante los ochenta, y ahí se había hecho miembro de una clica de la Mara Salvatrucha 13. Se encontró con que sus enemigos angelinos del Barrio 18 también habían sido deportados y campeaban por esa región. De inmediato reunió a sus antiguos compañeros de asalto para clonar su clica californiana en la polvorienta y calurosa ciudad de Atiquizaya. Entonces, jóvenes que jamás habían puesto pie en los Estados Unidos y que no podrían ubicar California en un mapa se volvieron miembros orgullosos de la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Comenzó un acelerado proceso de formación. Incorporó a los pequeños pandilleros, otrora ignorados por las bandas, que peleaban a muerte contra el Barrio 18. De esa forma, con esa mixtura de pandilleros y cuatreros, modeló su clica, un verdadero tanque de guerra y la embarcó en esta nueva forma del odio. En ese tanque viajaba El Niño quien por esos días era conocido dentro de la pandilla como El Payaso. Quizá por su cara socarrona, por su sonrisa amplia y sus ojos burlescos. Sus cejas finas, depiladas en V invertida.

La clica Hollywood Locos Salvatrucha de la Mara Salvatrucha 13 está regada por todo el país. Es una especie de franquicia que abre nuevas sucursales. Sin embargo, en Atiquizaya, nació como la Hollywood Locos Salvatrucha de Chepe Furia. Él la fundó, era suya. Comenzó reuniendo a los jefes –o palabreros, como les llaman–, y les explicó paciente la nueva lógica que proponía. Una a una, las pandillas de Atiquizaya se fueron anexando. También los bandidos. El primer lustro de los noventas fue uno en el que toda la fauna delictiva de la zona tuvo que tomar partido por una de las dos pandillas. O estabas con la MS13 o con el Barrio 18. Operar solo en medio de esta guerra era una opción poco inteligente.

Chepe Furia los reunía a todos y discursaba sobre el poder de la Mara Salvatrucha, sobre la necesidad de limpiar el país de los del Barrio 18, de los uno caca, de las bichonas, de los cagados, de los chavalas. Así les enseño a llamarles. Les prohibió siquiera mencionar el nombre de estos enemigos. Les llevó armas, sencillas al principio, pero armas de fuego al fin y al cabo. Se volvieron comunes los revolver 3.57, las .38 de seis tiros, las escopetas hechizas.

El mismo Chepe Furia portaba un fusil G-3, un arma poderosa y pesada que antes usaban las fuerzas de seguridad del Estado. Les enseñó al olvidarse de sus antiguas pandillas y sus antiguas rivalidades para dar paso a una identidad más estructurada, con más normas y códigos más complejos. Comenzaron las prohibiciones, las reglas irrompibles, los castigos. Hubo quienes prefirieron recular, salirse de ese proceso de inducción al monstruo. Algunos ya no se sentían representados por la MS13, quizá era demasiado grande o quizá la cosa dejó de ser divertida. Entonces Chepe Furia decidió hacer una limpieza.

En 1995 ordenó que asesinaran a El Pollo, un ex Gauchos Locos que había desertado de la MS13. Lo degollaron sus antiguos camaradas. El siguiente año asesinaron a El Cabra, otro ex Gauchos Locos que se había negado a entrar a la MS13. Luego le llegó el turno a otro muchacho conocido como El Torcido. Luego fue el turno del antiguo compañero de Chepe Furia, Pedro Maraca. Fue visto demasiadas veces robando en el parque central de Atiquizaya para comprar crack, la droga proscrita por la MS13 a sus miembros. Y siguieron más, muchos más. Así se fue limpiando la Hollywood, según Chepe Furia, de cobardes, de drogadictos perdidos y de miedosos. Quedaron solamente los más fuertes, los que tuvieron la astucia suficiente para torear la muerte. El Niño quedó.

Respeto para mí, decía. Yo soy Chepe Furia, decía. La Hollywood arriba, decía. Las reglas y la sabiduría del Norte, decía. He bajado a poner respeto aquí, decía. He bajado a ganar el terreno que los cagados están ganando, decía.

El Niño recuerda muy bien las reuniones de los días 13 de cada mes. Las recuerda como un momento ritual de los discípulos recibiendo la iluminación de su maestro.

Sin embargo, no le bastó limpiar la clica de los que él consideraba indignos. Quería más. Les impuso una nueva regla. Todo aquel que quisiera ser parte de la pandilla debía matar. Luego de esto, el pasante se ganaba el derecho de ser vapuleado por tres pandilleros, un rito común de iniciación pandilleril. Con esto sellaban un pacto con la MS13. Para siempre.

Una vez limpia, armada y organizada la clica, les ordenó matar dieciochos. Le llamo a esto “Misión Hollywood”. Consistía en limpiar el barrio Chalchuapita de enemigos. Los miembros de la clica se iban con el viejo G-3 y otras armas de puerta en puerta buscando a los dieciocho. Así mataron a los tres hermanos Palma, que les volaron la cara con la misma escopeta en dos días distintos. Así también cayó Cesar Garrapata. El Niño y otros lo rociaron con más de treinta balas afuera de su casa. Porque El Niño era uno de los abanderados de la misión. A Jairo Chacuate le atinaron con el G- 3 en la cabeza, y a una larga lista de enemigos anónimos a quienes El Niño y sus camaradas asesinaron.

Muchos de esos asesinatos derivaron en fichas policiales. Cada una con la foto del cadáver al centro de una página rodeada de óvalos con las fotos de los rostros de los asesinos. En todas, en alguna esquina, aparece un ovalo negro, sin foto, con un nombre: Código Liebre. Es el nombre del testigo protegido que participó en el homicidio y que ahora delata a los demás. Es El Niño.

El Barrio 18 no se quedaba tranquilo, luego de cada arremetida de la MS13 respondía con fuerza. Aquello se volvió un ir y venir de balas.

El Niño se convertía en un sicario preciso. Su cuenta de asesinatos rebasó la decena, y su habilidad para matar se volvió casi un don. Era paciente cuando había que serlo, esperaba a su víctima en las veredas hasta que aparecía, pasaba horas en medio del monte frente a una casa aguardando a que el dueño saliera a orinar al patio para ultimarlo. Se volvió un verdadero temerario. Se hizo pasar por pandillero del Barrio 18 para poder matar de cerca. Fue cruel y sanguinario con sus camaradas traidores. Descuartizo, mutilo, decapitó y violó a muchas personas. Todo en nombre de la Mara Salvatrucha 13. La misma que ahora lo busca para matarlo.

En el solar, le hacemos una pregunta indiscreta. Le preguntamos a cuántos ha matado. Su respuesta es simple, sin alarde. Como si todos los hombres del mundo tuviésemos un número como respuesta a esta interrogante.

—Me he quebrado… Me he quebrado 56. Como 6 mujeres y 50 hombres.

Entre los hombres incluyo los culeros (gay), porque he matado dos culeros.

Lo dice y pasa a otro tema, como quien dijo buenos días.

La guerra entre estas dos pandillas se hizo fuerte y las matanzas se multiplicaron. La clica Hollywood Locos Salvatrucha se volvió poderosa y sus miembros expertos sicarios. Hecho el trabajo –o al menos eso creía–, Chepe Furia los dejó guerreando y se fue del país. Sus otras actividades delictivas, las que hacía aprovechando la terrorífica fama que había logrado creciendo a la clica, lo habían puesto en el ojo de la Policía. Depositó el poder en un ex Meli 33, conocido en la MS13 como El Extraño.

El Payaso se convierte en El Niño

—El Barrio estaba botado en este sistema –dice El Niño.

Estamos en la misma mesa desvencijada, con las mismas tazas plásticas llenas de un café igual de ralo que el de la vez anterior. El mismo calor. Los mismos 20 metros cuadrados de solar. El Niño se vuelve a emocionar a través de sus relatos. Se escapa de la monotonía de ser una fiera encerrada. Hoy quiere hablar de los tiempos en los que la clica Hollywood Locos Salvatruchos estaba botada. Pronto ocurrirá algo que siempre ocurre cuando él gesticula sus hazañas –sus delitos-: estaremos en montes oscuros que él regó con sangre, huiremos de calles pueblerinas dejando un cadáver atrás o bajaremos de un tiro certero a un enemigo de su caballo. Cuando El Niño habla va cambiando su rostro según la historia. Nos permite ver su cara de guerra, o la cara de sorpresa de sus víctimas cuando él las mataba.

Tiene eufemismos para todo. Si mató a alguien y lo lanzó a un pozo, es que lo mandó a tomar agua; si los enterró, vivos o muertos, en algún potrero, es que los puso a contar estrellas; si les disparó en una misión relámpago, es que los hizo detonados. Lo que para nosotros es simplemente la muerte, para alguien como él tiene varias formas. Hace como los esquimales Inuit, que de ver tanta nieve han aprendido a diferenciarla, y la nombran con distingos. Además, cuando en sus historias El Niño dispara, hace un par de sonidos huecos y fuertes con sus labios. Poke, poke.

Antes de que comiencen a sonar los tiros y caer los muertos, le pedimos un segundo para hacer una llamada.

Hoy, martes 3 de abril, Israel Ticas está feliz, porque cree que conseguirá sacar varios cadáveres de un pozo. A unos cinco kilómetros de este solar hay un municipio llamado Turín. En ese municipio hay unas vías de tren en desuso, rodeadas de breña. Siguiendo las vías y la breña se llega a una callecita de tierra. Cruzando a la izquierda en esa callecita de tierra se pasa por unos maizales. Pasando los maizales se llega a una explanada de tierra. Esa explanada de tierra está coronada por un pozo seco, de cemento. El pozo seco tiene un agujero de un metro de diámetro. El agujero es la boca de una caída de 55 metros de profundidad. Por ese agujero, El Niño, los miembros de su clica y de al menos otras tres clicas de la MS13 tiraban cadáveres. Israel Ticas es el único antropólogo forense de la Fiscalía, e intenta sacar esos cadáveres antes de que a mediados de agosto llegue el juicio contra los asesinos y no haya calaveras con las que acusar a algunos de ellos de homicidio.

Unos cinco pandilleros delatados por El Niño saldrán libres si el invierno y sus deslaves o el Gobierno y su incapacidad de darle máquinas a Ticas impiden que se llegue a los 55 metros bajo tierra. Ticas está contento porque esta semana que le han prestado las retroexcavadoras y camiones de volteo ha logrado llegar a 15 metros. El pozo – tumba es conocido como el pozo de Turín. Hay que ponerles nombre, porque hay muchos pozos – tumba en el país.

El Niño escuchó algo de la plática con Ticas, y retoma la conversación explicándonos por qué la pila de cemento que está a unos metros de la boca del pozo es ideal para torturar traidores. Pero esos detalles se quedarán en el solar.

Los primeros años de este siglo fueron duros para la clica Hollywood. El grupo sufrió su primer operativo. La PNC realizó una serie de allanamientos entre 2000 y 2001 dirigidos a los cabecillas salvatruchos de esa zona. El Niño –que entonces todavía era El Payaso- recuerda que tras el golpe, solo quedaron cinco miembros libres. Él entre ellos. Ninguno con armas. Y su fundador, Chepe Furia, huido en Estados Unidos. La clica se extinguía.

El Niño fue astuto y prefirió esconderse en las faldas de su perseguidor. Se enlistó en el Ejército. Con 18 años se reportó en la unidad militar de Ahuachapán, y el sicario consiguió que el Estado mismo lo entrenara como un militar del comando de transmisiones. Lo que más le sirvió no fue aprender técnicas de radiocomunicación. Tampoco fue aprender estrategias de tiro, pues seguro él ya había matado más que todos los principiantes de su comando juntos. Lo que más le sirvió fue que los arsenales militares estaban poco protegidos, y él, durante un año, hizo una operación hormiga de robo de municiones de M-16 que mucho después le serían útiles a su clica. En las antípodas de la rehabilitación, lo que El Niño obtuvo del Estado fueron municiones y entrenamiento militar.

En 2003, luego de dos años, El Niño se dio de baja en la unidad. Entonces fue cuando se encontró “una clica botada”. Todo lo logrado con la Misión Hollywood se había ido al traste.

—Las bichas putas caminando bien al suave en el centro de Atiquizaya, en el cementerio, pintando hasta en la calle que iba hasta San Lorenzo –recuerda El Niño aquellos tiempos donde El Barrio 18 campeó ante la decadencia de la MS13.

En ese entonces, El Niño agarró –ese verbo utiliza- una casa en el cantón Terrón Blanco de Atiquizaya. Muchos pandilleros no alquilan o compran una vivienda, la agarran. Hay zonas donde la población ha sido ahuyentada por las estrictas reglas de extorsión y de violencia de las pandillas, y deciden irse, dejando abandonadas sus casas. La que El Niño –que, recordemos, entonces todavía era El Payaso- agarró le parecía buenísima. Estaba en un alto, así que tenía excelente vista –requisito importante para un pandillero-, tenía un palo de mango y varios otros de frutas que rodeaban la casita de ladrillo y adobe. Además, había un pozo. Este sí, lleno de agua.

Hacía viajes hacia un cantón guatemalteco llamado Canoa, donde compraba cinco o seis libras de mariguana que dispensaba desde su casita en Terrón Blanco.

El Niño tenía una pistola 9 milímetros. La tenía desde los buenos tiempos de la clica, fue un premio con el que Chepe Furia le incentivó su gran destreza como sicario durante la Misión Hollywood. Pero la vida en la pandilla es una vida de recelos. El buen pandillero, primero averigua, sondea, evalúa, y hasta después confía. Y El Niño siempre fue un buen pandillero. Su arma la portaba él y no dejó que nadie lo supiera por un buen tiempo.

El Niño reunió a cerca de tres jovencitos menores de edad de la pandilla. Adolescentes que nunca vivieron los tiempos de gloria de la Hollywood, que jamás vieron como el Barrio 18 sufría atentado tras atentado en Chalchuapita, el corazón de sus dominios. Eran adolescentes que nunca habían matado, y para El Niño –y para El Payaso que era en aquel entonces- un pandillero que no tuviera gente en el otro potrero no era un pandillero. El sicario enseñó haciendo.

El Niño los llevó a matar a un adolescente que había entrado a robar en casa de su madre. Como le pareció un blanco fácil, no mostró su 9 milímetros, sino que armó un trabuco para esa misión. Un trabuco es un sistema de tubos y pólvora que al golpearlo con fuerza dispara un proyectil que puede ser letal. Esa vez, el trabuco se le encasquetó ante el hombre que se había tirado al suelo con el reflejo de cubrirse el rostro con las manos. El Niño con un arma es como un campesino con su cuma: le sacará el máximo provecho. El Niño se lanzó encima de la víctima y le destrozó el cráneo con los tubos del trabuco. Los adolescentes pandilleros no soportaron la barbarie y gritaron y huyeron. El maestro entendió que tenía que dar a sus alumnos un papel en la clase, y entonces planificó otro asesinato. Esta vez se trató de un hombre cercano, miembro o amigo del Barrio 18, no lo tenían claro. Su agravio: llegar en su caballo a comprar mariguana a la zona de control de la MS13. El jinete estaba acostumbrado a una MS13 de adolescentes sin armas. No sabía de El Niño –no sabía de El Payaso-.

—Ajá, bichas – saludó el jinete con el inusual irrespeto a los adolescentes.

La respuesta: de entre ellos, apareció El Niño develando su 9 milímetros. Poke, poke. Disparos en el cuerpo. Y entonces, los alumnos: El Niño les había comprado un machete a cada uno. El Niño les había dicho: úsenlos cuando yo baje al tipo del caballo. No hay que agregar más.

El Niño consiguió en esos años que la clica de la Hollywood recuperara respeto en la zona. Con solo su 9 milímetros echando humo, El Niño y sus muchachos ejecutaron de nuevo la guerra contra el Barrio 18 y cumplieron con los asesinatos que les fueron ordenados desde la cárcel por los líderes fundadores de su clica.

—A veces, hasta tres pegadas semanales nos echábamos–, recuerda El Niño en su solar.

Recuperado el respeto, El Niño consiguió que su clica se hermanara con la de los Parvis de Turín, una clica que en ese entonces consistía en unos siete pandilleros veinteañeros, todos asesinos. Parvis es una clica de la MS13 cuyo nombre original es Park View. Esta fue de las primeras en fundarse en Los Ángeles, California, y se corresponde con una calle con el mismo nombre, la que está frente al Macarthur Park. Con el tiempo, la palabra se salvadoreñizó, y son pocos los que la pronuncian o escriben correctamente.

La amistad entre clicas la consolidaron en 2004 con un asesinato ritual, un traidor al que caminaron hacia su muerte. Se trataba de El Caballo, un imprudente muchacho de la edad de El Niño, que había jugado con el diablo y con el diablo. En su pecho tenía tatuadas las dos letras: MS; en cada muslo, un número: 1 y 8. Desde hacía meses pretendía engañar a ambas pandillas haciéndoles pensar que se había ganado la confianza de los otros para exterminarlos desde dentro. El Niño en ese momento llevaba la palabra en su clica, y al que entonces se hacía llamar El Payaso nunca le gustó que alguien se creyera más listo que él.

Lo planificó todo. Caminó a El Caballo. Le aseguró que irían al monte a hacer una pegada de honor, a matar a dos chavalas que pasarían por una vereda, y que eso les valdría muchos puntos ante los líderes presos. Le entregó un revólver sin balas, le aseguró que otros homeboy que los alcanzarían en el monte las llevarían. Eran los Parvis.

—Coc, coc, coc– gruñó El Niño en el monte.

Una rueda de pandilleros rodeó a El Caballo.

—Nos vamos a unir a la fiesta– dijeron.

El Niño se dirigió a El Caballo.

—Deme el cuete, que no tiene balas– dijo, mientras todos blandían sus machetes.

El Caballo entendió que la pegada era él. Y El Niño, el que era El Payaso de Hollywood, dio la luz verde para que iniciara el ritual que terminaría cambiando su seudónimo.

—Hay que arrancarle las orejas primero, para que vaya diciendo a cuántos homeboy más les ha pegado.

El Caballo tenía la boca tapada por siete vueltas de cinta aislante. Volteaba los ojos ante cada corte de machete. Le bajaron el pantalón, le cercenaron los números. Le subieron la camisa, le desfiguraron las letras que según ellos no merecía. Luego los testículos. Luego un brazo. Luego el otro. Luego una pierna. Luego la otra. A eso, los pandilleros le llaman un corte de chaleco.

Al parecer, matar no es fácil. Los cuerpos se aferran a la vida. El Caballo, así como lo habían dejado, aún murmuraba, aún pensaba en su futuro. Una voz que se extinguía, pidió:

—Ya, homeboy, deme un bombazo en la cabeza.
—¿Y a vos quién te ha dicho que nosotros somos tus homeboy? Te vas a morir como La Bestia manda – respondió El Niño.

Es increíble lo que un cuerpo puede soportar. Es increíble lo sádicos que pueden llegar a ser unos muchachos. A ese chaleco de carne viva, a El Caballo, que para entonces ya solo mostraba la vida en unos ronquidos, ojos fijos y abiertos, lo siguieron torturando algunos minutos con precisión de cirujanos. Le hicieron, ya sin ímpetu, con delicadeza, torturas finas que nadie quiere escuchar.

Cuando todo terminó, El Payaso tenía en su mano el corazón de El Caballo. El Payaso, en la cúspide de su poder pandilleril, declaró alzando un corazón ajeno:

—Así nacen y así mueren. Le he hecho una operación como las que hacen para sacar un niño. Así que de ahora en adelante ya no soy El Payaso, aquí nace El Niño de Hollywood.

La Bestia contra El Niño

—Va, la historia mía es bien paloma. Va, vos sabes que en el barrio hay reglas, y la más cabrona que tenés es que si tu homeboy va a perder, que pierda a la par tuya. O regresan los dos a casa, men, o perdés junto con él. Puta, men, y yo he estado en casos que… Puta, tenés que arriesgarte. Porque o es tu vida o la de tu homeboy, porque si te lleva caminando… ¡Tópalo! Porque, ahuevo, él te va topar, y por la espalda – dice El Niño de Hollywood en su solar, como justificándose por haber derramado tanta sangre de homeboy, por haber matado a tantos camaradas de su pandilla. En definitiva, por haber hecho sangrar a La Bestia.

En la pantalla de un teléfono celular, un pandillero le enseñó una vez a El Niño la foto de un cadáver lleno de balazos. Tirado en una calle. A veces, El Niño no recuerda con exactitud si el año fue tal o cual. Esto, recuerda, pasó a mediados de la primera década de este siglo.

—Que maniaco quedó este maje. ¿Quién era? – preguntó El Niño, aunque ya sabía la respuesta.
—Ha, ya ves, así pegamos los Parvis. Era una bicha.

El muchacho se refería a que la víctima era o bien un enemigo o un traidor. Una escoria. Alguien que no valía nada, o que a lo sumo valía como una mujer. Una simple bicha.

Pero el muerto de la foto era en realidad el hermano de El Niño. El Cheje le decían. Así se le llama a los pájaros carpinteros por acá. El Cheje también era de la MS13, pero se había brincado a la clica Parvis de Ahuachapán, a unos 15 kilómetros del solar donde ahora vive El Niño. Nunca fue de la Hollywood de Atiquizaya.

Ese día, El Niño no dijo nada, se guardó la información y el dolor. Este último era agudo. Aún hoy cuando nos lo cuenta los ojos se le ponen brillantes y se le dibuja en la cara la indignación en un gesto de labios oprimidos.

Meses atrás le dieron la noticia de que su hermano se había perdido. Suponían que los dieciochos se lo habían llevado para matarlo. El Niño viajaba casi a diario a las colonias de ellos, se apuntaba a todas las pegadas de su clica. Mató a varios enemigos e hirió a otros tantos con la convicción de que estaba vengando a su hermano mayor. Por eso lo que había dentro de ese teléfono le dolió tanto. Ellos lo sabían, ellos lo mataron, y aun así dejaron que él arriesgara su vida enfrentándose a enemigos feroces. Lo felicitaban, lo empujaban a ir, lo acompañaban. Les encantaba ese ímpetu asesino que la muerte de El Cheje le había dado. Nunca imaginó que su propia pandilla, sus propios hermanos, sus homeboy, La Bestia, se hubieran llevado a su hermano.

El Niño tomó una decisión. Su sangre sería vengada.

En la pandilla hay muchas maneras de morir. Se puede violar una regla. Se puede fumar algo prohibido. Se puede decir una palabra fuera de lugar. Se puede uno acostar con quien no debía o llegando tarde a algún lugar…

El Cheje hizo algo más serio. Asesinó a otro MS13 y a la madre de este. Lo hizo junto a su hermano menor, El Niño, aunque nadie se enterara de la participación de este último. El Cheje se llevó todo el rencor de La Bestia.

La pandilla es un pequeño mercadillo en donde las hazañas vuelan de boca en boca. Quien le enseño la foto a El Niño no tardó en enterarse de que había cometido un error. Se había jactado con un homeboy mostrándole el cadáver de su hermano. Pero en la pandilla este tipo de errores tienen solución, se resuelven con la muerte. El hecho podía costarle a los Parvis una guerra con la Hollywood. Era mejor prevenir y asesinar al ofendido. Eran cuatro los matadores. El Zarco, El Chato y El Coco. Los tres de la Parvis, más un cuarto, un ex compañero de El Niño en los Gauchos Locos 13, un amigo de infancia. El Mosco de Hollywood.

—Hey, vamos a ir a pegarle a unas bichas. Venga, súbase a la pegada, pero deje los cuetes de su clica aquí. Allá le vamos a dar su cuete –dijo el Chato a El Niño.

El Niño no se negó. De hecho, mostró las pistolas de su clica y se fue desarmado. O al menos eso creía El Chato. En el cinto, El Niño llevaba su propia arma cargada y a punto. Su 9 milímetros. Comenzaron a caminar por unas calles controladas por el Barrio 18.

—Aquí perdió la bicha Cheje. Los que le deben a La Bestia no salen vivos de aquí –le dijo El Chato, quizá anunciándole la muerte, quizá confesando la muerte de El Cheje. Quizá El Chato tenía en la cabeza repetir la treta: dejar un cadáver MS en zona del Barrio 18. Caso resuelto.

El Niño le respondió con esa sabiduría pandillera tan enigmática.

—No, si los que se lleva La Bestia ella los adora, todavía los tiene en sus brazos. Y al que no, no; porque cuando le toca, aunque se esconda; y cuando no le toca, aunque se ponga.
—Órale, homeboy –dijo El Chato a modo de amén. Siguieron caminando. Luego, El Chato hizo una llamada.
—Hey, prepará la olla y le pones la misma cantidad de agua, porque ya llevo un pollo caminando.

Poke, poke.

El Niño le asestó dos tiros en la cara. Uno le entró por la ceja, justo en la colita de una S gótica que el Chato de Parvis tenía tatuada en la cara. Poke, poke. Otros dos de remate y a correr.

El Niño subió a un bus.

—Vaya, no hay parada hasta que yo me baje. Y dame cinco dólares –dijo El Niño al conductor aún con la 9 milímetros en la mano.

En esa ocasión, El Niño reportó a El Chato como asesinado por el Barrio 18 durante una emboscada. La coartada de El Chato sirvió para El Niño. Regresó con la Hollywood y al día siguiente se apuntó para otra pegada a los dieciocho, para vengar a El Chato. Una coartada debe llevarse hasta las últimas consecuencias.

A los días le tocó el turno a El Mosco. El único miembro de la Hollywood que participó del asesinato del hermano de El Niño.

El Mosco intentaba alejarse de la pandilla. Se había convertido en vigilante privado, uno más de ese ejército de hombres armados con escopetas 12 que cuidan casi cada negocio de este país. Eran las cinco de la mañana, y El Mosco estaba abordando un bus al final de otra jornada laboral.

—Hey, homeboy –escuchó una voz El Mosco. Se volvió.

Poke, poke.

Como a El Chato, fueron dos en la cara. Como ellos le pegaron también a su hermano. Esta vez, El Niño lo hizo con una 45. Un calibre alto cuando de pistolas se trata. A quemarropa.

De los cuatro que mataron a su hermano, a El Cheje, solo anda vivo el Coco. Según El Niño esto no durará mucho. A pesar de estar custodiado en su solar, tiene planes para el futuro. Los demás cayeron de la misma manera, a manos de un sicario experto que sabía esperar, seguir y ejecutar.

Así empezaron los problemas de El Niño con la Mara Salvatrucha 13. Aunque esos homicidios los hizo en secreto, no faltó quien atara cabos, quien comenzara a murmurar.

De aquí hacia adelante las cosas empezaron a cambiar. El recelo, la cizaña. La Bestia que El Niño cabalgó, empezó a perseguirlo.

La tercera palabra de El Niño

—De 2007 a 2008 me hago evangiloco. Me salgo en 2009 del evangelio y otra vez empiezo la reventazón – recuerda El Niño uno de sus demenciales ciclos de vida.

Hacerse evangélico. Dejar de matar y meterse cada noche a alguna casita de pueblo a escuchar los gritos de un pastor que interpreta la biblia. Dejar de descuartizar y a la siguiente noche sentarse al lado de las mujeres pueblerinas que se cubren la cabeza con un velo blanco. Dejar de sacar corazones a la gente y ponerse una camisa blanca, de botones, manga larga, metérsela en el pantalón, apretarse el cinturón y sentarse a esperar el turno para gritar aleluya. Dejar el poke poke e ir al culto.

Esa es una de las opciones clásicas, aunque cada vez menos aceptadas por los cabecillas, para dejar ciertas actividades de la pandilla. El pandillero que se convierte –así le dicen-, puede obtener el pase para calmarse, para dejar de ir a misiones y ser una pieza durmiente. Pero esa no era la opción de El Niño. Él, ahí sentado frente al predicador todas las noches, a la par de las mujeres de velo que rezan con los ojos cerrados, con su camisa de botones manga larga, seguía siendo un emisario de La Bestia.

Por aquellos años, la delegación policial del departamento de Ahuachapán, al que pertenece Atiquizaya, ya había puesto los ojos sobre esa clica de la MS13 que lo devoraba todo. Al Barrio 18, a los traidores y a las demás clicas vecinas de la MS13. La Hollywood Locos Salvatruchos de Atiquizaya, esa clica que la Policía creía haber desarticulado con los operativos de 2000 y 2001, vivía. Mataba.

El Niño había logrado convertir a unos muchachos temerosos en asesinos despiadados, y a la clica de los Parvis de Turín en fieles aliados. Todo con solo una 9 milímetros.

Era hora de enfriarse, de calmarse, de bajarle. El Niño seguía ordenando a los miembros de la clica, coordinando con los líderes del penal, solo que dejó de participar directamente en los homicidios y cantaba alabanzas luego de coordinar telefónicamente asesinatos.

Tras su período de aparente calma, en 2009, coincidieron en Atiquizaya tres pandilleros que darían otro golpe de timón a la Hollywood. Chepe Furia, el deportado que creó la clica, volvió de alguna parte, seguramente de Guatemala, donde por esas fechas construyó sociedad con algunas bandas de roba carros, según informes policiales y el testimonio de El Niño. Sus registros migratorios dan fe de que Chepe Furia rondaba El Salvador desde mucho antes de volver a aparecer en Atiquizaya. El 11 de septiembre de 2006 aterrizó en el país en un vuelo federal, deportado de Estados Unidos. También regresó El Extraño, el palabrero que regía la clica bajo los consejos de Chepe Furia antes de caer preso. Salió tras cumplir una condena de dos años por lesiones agravadas. Se trata de José Guillermo Solito Escobar, un pandillero de 30 años que entró a la MS13 en los mismos años en que lo hizo El Niño. Y llegó un nuevo miembro, Jorge Alberto González Navarrete, que tomaría gracias a su veteranía la segunda palabra de la clica. Su taca es Liro Joker, un fornido pandillero que lleva en su cuerpo varias calaveras tatuadas. Fue deportado de Estados Unidos por el delito de lesiones graves en junio de 2009, y según su ficha de deportación allá pertenecía a otra clica de la MS en la ciudad de Los Ángeles, y era conocido como Baby Yorker. Sobre él, El Niño dice: “Un hijueputa pesado. Sicario”.

El Niño se quedó con la tercera palabra como premio por haber levantado una clica botada, abandonada.

De ahí en adelante, Chepe Furia, que vivía más metido en sus negocios de carros robados, se encargó de construir una clica monstruosa que terminaría con más de 50 miembros. Todos asesinos. Chepe Furia se aseguraba de eso. Nadie podía considerarse un miembro de la clica, un pandillero de la Hollywood, si no cometía antes un asesinato encargado por sus jefes. 11 asesinatos fueron cometidos ese año. Al menos 11 que las autoridades, años después, pudieron relacionar con la clica. Las tardes de café y pan dulce en el solar de El Niño dicen que fueron más, muchos más. De cualquier forma, esos 11 cuerpos, al verlos en las fotografías de los expedientes policiales, hablan de sicarios certeros, la mayoría tiene un agujero de bala en la cabeza.

Un ejército de asesinos se tomó un municipio de El Salvador. Desde adolescentes de 16 años hasta pandilleros veteranos como Chepe Furia, que con 44 años comandaba a sus sicarios, monopolizaron el crimen en la zona. El Niño era siempre el elegido por Chepe Furia para realizar las misiones más importantes, e incluso algunas que no tenían que ver con rencillas entre pandillas o traiciones de homeboys, sino que directamente eran asesinatos por encargo, o amedrentamiento de deudores al mejor estilo de la mafia italiana. Como aquella vez cuando El Niño quemó una camioneta del año de un reconocido miembro de una banda de asaltantes que no entregó a tiempo la parte que le debía a Chepe Furia por un jugoso atraco.

Sus tiempos de evangélico se habían terminado. El Niño era el jefe de sicarios, y el mejor de ellos.

Furia consiguió incluso contratos de recolección de basura con la Alcaldía de Atiquizaya, la clica infiltró a uno de sus altos mandos, a su tesorero, como empleado de promoción social de la Alcaldía. Fredy Salvador Crespín, un hombre delgado y blanco de 38 años ante el que nadie se cambiaría de acera, es también el Maniático de la Hollywood. Según la Policía y la Fiscalía, utilizaba su cargo municipal para reclutar nuevos miembros y para dar carnés de ayudantes de la Alcaldía a los pandilleros como El Niño, que con eso como coartada lograban salvarse de muchas detenciones.

Los tiempos de machete quedaron atrás. La clica en ese entonces tenía un fusil G-3, un M-16, una subametralladora SAF policial que había sido reportada como robada por un subinspector, y varios revólveres magnum 3.57. La clica que El Niño revivió vivía su esplendor. No solo tenían la Alcaldía infiltrada, sino que también la Policía. A finales de este 2012, el ex cabo José Wilfredo Tejada Castaneda de la delegación de Atiquizaya y el ex jefe antidrogas de todo el departamento, Walter Misael Hernández Hernández, esperan juicio acusados de haber entregado en noviembre de 2009 a un testigo protegido para que Chepe Furia, El Extraño y Liro Joker lo asesinaran con lujo de barbarie. Los ex policías están acusados de entregar a Rambito, un pandillero de 23 años que colaboraba con la Policía. Además, la Hollywood contaba entre sus filas con un temible pandillero, el Loco 13, acusado de violaciones, asesinatos, resistencia al arresto y lesiones culposas. Cuando era policía en el departamento en Sonsonate era conocido como el agente Edgardo Geovanni Morán.

La delegación departamental de la Policía tomó medidas. En junio de 2010 decidieron crear una oficina de investigadores. Reunieron a un grupo reducido de policías, agentes de diferente rango con experiencia en unidades de inteligencia. Al mando de esa unidad eligieron al inspector P (guardaremos su nombre por su seguridad), un policía con amplia experiencia que fue parte del Centro de Inteligencia Policial y de la Inteligencia Penitenciaria. Para alejarlos de la corrupta delegación de Atiquizaya, decidieron ubicar al grupo en un pequeño municipio vecino. Entre pastizales y casas con techo de teja, los investigadores montaron su base en una casita de El Refugio. Ese mes empezó la investigación que cambiaría por completo la vida de El Niño de Hollywood.

La traición de El Niño

—Todo empezó porque viene mi clica y camina a una morrita que se llamaba Wendy– dice El Niño en su solar, mientras aspira aire con la boca para recuperar el humo de mariguana que ha dejado salir hace un instante –. El pedo es que la bicha se fue a dormir con un chavala… Un bichito cachorro. Y llegó diciendo a donde nosotros que mejor nos tatuáramos el pupú (18) en el pecho, que la caca podía más que la MS. Yo no hice nada, porque sabía que era bicha loca. Era la prima de mi mujer. El caso es que en esos días le habíamos dado el pase para que volviera a la pandilla a un bato que se había borrado las letras, pero tenía que matar. Y la moja (mata) el hijueputa. El caso es que a mí me cayó el clavo, porque los investigadores pensaron que fui yo.

A la par de El Niño está la prima de la difunta Wendy, su mujer, la muchacha silenciosa. Da pecho a su hija y ni siquiera voltea a ver cuando su compañero cuenta cómo asesinaron a su pariente. Porque ella sabe, y nosotros sabríamos luego, que su marido ayudó a asesinar a Wendy. No la degolló, pero vigiló para quien lo hizo. Así es esto, si eres la mujer de un sicario, habrá gente muerta alrededor. Gente cercana, gente lejana. La guerra de las pandillas cruza los árboles genealógicos salvadoreños. Primos, hermanos, padres e hijos de diferentes pandillas enfrentados a muerte.

Desde su instalación en El Refugio, el equipo de investigadores tenía un objetivo puntual: conseguir traidores de la Hollywood Locos Salvatruchos. La estratagema pasaba por conocer vida y obra de cada uno de los pandilleros de esa clica. Novias, familias, errores del pasado, vicios, lugares frecuentados. Y, si la estratagema fallaba, mutaba: era necesario conocerlos bien para poder meter cizaña, revolver el río. Y, a río revuelto, pescar.

—Yo puedo hacer y deshacer si nadie me conoce ni sabe dónde vivo. Hace falta control social, saber quién es quién. Crear desconfianza, porque la desconfianza causa muertes. Ellos mismos piensan: ¿será que aquel está tirando rata? Mejor matémoslo. La mayoría de homicidios vinculados a pandillas se dan entre miembros de la misma pandilla –nos explicó el inspector P un día en el puesto de El Refugio. Es un hombre sacado de las entrañas de la inteligencia Estatal de este país. Esa inteligencia de país tropical que permite tanto hacer una escucha telefónica para interceptar la conversación de un líder preso como sentarse por las tardes a hablar campechanamente con la madre de un adolescente de la pandilla. Pero las interminables andanzas del inspector P merecen una crónica aparte.

Los hombres del inspector realizaron decenas de allanamientos a las casas de los pandilleros reconocidos y de sus familias. De ahí sacaron fotografías, listas de cobros de extorsión y documentos de identidad que les permitieron ponerle rostros a la red de la Hollywood. Ya con el mapa armado, desplegaron la estrategia. Consiguieron que algunos de los más jóvenes hablaran gracias a que los amedrentaron asegurándoles que filtrarían a la pandilla la información de que ellos eran soplones. A veces, los asustaban con amenazas de que los dejarían en la zona del Barrio 18 para comprobar si realmente no eran de la MS13. Les quitaban sus teléfonos móviles y marcaban a algún otro pandillero identificándose como policías. Sembraban cizaña y recogían testigos protegidos. Pero no era suficiente. La estructura de mando, la cúspide a la que pertenecía El Niño, seguía intacta. Las decisiones importantes las tomaban en privado. Los peces que pescaron al inicio apenas tenían información de quién había sido el pistolero en este o aquel homicidio, y podían entregar si acaso a otro adolescente sin rango como ellos. Furia, El Extraño, El Maniático y Liro Joker seguían tranquilos y se les veía pasear por el parque central de Atiquizaya. El Niño también, continuaba con su próspero negocio de venta de mariguana, e incluso había juntado a un grupito de consumidores a los que no había brincado a la pandilla. Los consideraba su escolta personal. Su conserva de sicarios en ciernes. Una previsión en caso de retiro.

No hay que olvidar –jamás en esta historia hay que olvidarlo- que El Niño ya no era un soldado fiel, sino más bien un asesino resentido. El hermano de un asesino asesinado. El asesino de dos asesinos de su propia clica.

Los investigadores no sabían la letanía completa, pero sí su esencia. Ellos sabían que El Niño era el hermano de un homeboy muerto a manos de otros homeboys. La hipótesis de que El Niño era el homicida de Wendy fue solo un aliciente para, por primera vez, lanzar el anzuelo a un pez gordo.

El primero de los investigadores en intentarlo fue un cabo. Dejó el pick up que utilizaba su equipo –porque a esas alturas no había pandillero que no lo conociera– y fue en su motocicleta hasta la casa donde El Niño despachaba mariguana. Nunca intentó sonsacarlo con las técnicas que le aplicaban a un principiante. El cabo fue directo. Llegó a la puerta de El Niño. El Niño echó mano a la 3.57 que tenía en su cintura. El cabo le dijo que se tranquilizara, que estaba desarmado y que solo quería hablar. El delito de portación ilegal de arma era demasiado risible como para llevar preso a un prominente sicario de la MS13. El cabo repitió que solo quería hablar. El Niño le dijo que quizá en alguna ocasión. El cabo le dijo que volvería pronto. El cabo se fue. El Niño abandonó la casa a la que llegó el cabo. El cabo pasó cerca de un mes sin volver a ver a El Niño.

Un día, se dio una escena enredada. La vida de un pandillero es enredada. Los sicarios no siempre matan. Eso sería sencillo. A veces comen, duermen, tienen novias, hermanos muertos o amenizan fiestas como payasos. Sí, como payasos. Ese día, El Niño iba a eso, a ganar unos dólares amenizando una fiesta. Pretendía vestirse de La Tenchis, un personaje famoso en El Salvador que imita a una mujer del pueblo, dicharachera, descuidada, vulgar y gorda. Más que por los miserables dólares, El Niño lo hacía para aparentar tener una vida de la que vivir, para hacer creer a los sabuesos del inspector que él no era quien era.

En la parada de bus lo detuvieron siete militares y dos policías. Él pensó que se trataba del acoso normal. Pero lo tuvieron detenido por 20 minutos, hasta que apareció el cabo.

—¿Venís a torcerme o no? Porque arma no cargo hoy –retó El Niño al cabo, que por primera vez dialogó, aunque omitió mencionar el asesinato de su hermano, no quiso develar todas sus cartas. Tuvieron una larga conversación sobre el homicidio de Wendy, pero El Niño se mantuvo firme en defender que lo único que él había hecho era ser su amigo y regalarle toques de mariguana.

La mente de los pandilleros con clecha, con sabiduría dada por la experiencia, es ágil. Viven en un mundo donde una palabra mal puesta, la pronunciación del número dieciocho, la enunciación en masculino del nombre de un pandillero rival –siempre deben referirse a la bicha tal o la bicha cual– puede costarles una paliza o en caso extremo la muerte a manos de sus homeboys. Como me dijo en una ocasión un pandillero de la MS13 que huía de la MS13 a través de México: sí, se trata de una familia, pero compuesta exclusivamente por padres golpeadores.

Jugaron un ajedrez verbal, y el cabo puso en jaque a El Niño.

—¿Y si me contás cómo la mataste, pero clavamos a otros pandilleros conocidos que yo tengo en la mira y vos salís libre? –ofreció el cabo.
—¡Huevos! ¿Qué tal que no agarran a los otros y me cae todo el clavo a mí? –respondió El Niño, que ante testigos militares y policiales, de una forma sutil, acababa de confesar que tomó parte en el asesinato y que si quería, podía contarlo.

El Niño –el sicario resentido– sabía que la próxima jugada era la final. El nuevo ofrecimiento del cabo se veía venir: o ellos o vos. O ellos cargan sus homicidios y los tuyos o vos los cargarás. Le tocaba a El Niño mover.

—Va, pues, órale, si querés ayudarme, ayudame. Si no, ahorita me podés torcer o hacer lo que querrás… Eso si no deseás saber de los clavos de Eliú, del asesinato de la puta, del asesinato del policía en el salón, de quién se bajó a Wilman del segundo piso de la casa, de los mototaxistas que han aparecido con el repollo destapado, de la mujer de Moncho Garrapata…

El Niño destapó sus cartas. El cabo las acepto. Le pidió que fueran a hablar con el inspector P. El Niño quiso esperar. Le dijo que luego, que primero se vieran en un lugar discreto solo ellos dos.

A la hora indicada del día indicado, junto al poste eléctrico indicado, en territorio de nadie, El Niño no tuvo ni cinco minutos de paciencia. El cabo se atrasó por las razones por las que se atrasa un policía en estos lares lejanos a cualquier serie de televisión. La única patrulla estaba averiada. El Niño dejó una nota trabada en un aro metálico del poste. En ella, un número suyo que nadie en la pandilla conocía, y unas palabras: Llamame a este número si me querés hallar. Llovió al rato, a la hora quizá, y el papel fue papel mojado. Y la patrulla siguió averiada.

En la mente de El Niño, cizaña. Trampa. Mentira.

A la semana, El Niño estaba fumando su quinta piedra de crack de la tarde en la nueva casa que había agarrado. Atrás de él escuchó el clac del seguro de una pistola. Supo que era el cabo. Sin voltear, encajó cinco dedos en una pistola .40 que tenía en un muslo. Otros cinco dedos en una 3.57 que tenía en el otro muslo. Clac, clac.

Y conversaron: ey, calmate, ya te vi que estás armado, dijo el cabo. Y fumado, dijo El Niño. Solo hablar quiero. Pues bien prendido en piedra estoy. Hijueputa. Bien fumado. ¿Y creés que podemos hablar?

El Niño se volteó y avanzó hacia el pick up con un arma en cada mano. Se subió a la cama del vehículo y entonces el cabo se la jugó. Se sentó como piloto y condujo lentamente por calles poco transitadas con rumbo a El Refugio y con un sicario armado atrás.

En el solar de El Niño

Ha empezado el invierno y sobre el solar de El Niño ha llovido bastante. La hierba creció mucho desde la última visita, su hija también. Ha pasado de ser un bultito inseparable de su madre, casi una extensión de ella misma, a ser una criatura traviesa y curiosa que gatea por el solar y husmea debajo de los muebles. Ya dice, casi claramente, la palabra papá. Su madre nos ha perdido un poco la vergüenza e incluso se atreve a hablar frente a nosotros. Siempre son monosílabos o risitas. De lo contrario habla con señas o en susurros con El Niño. Ella aún es menor de edad. No importa, la Fiscalía sabe que debe cuidar a este testigo para poder tener un caso contra toda la clica Hollywood Locos Salvatrucha. Por eso le dejan pasar tantas cosas. Por eso se hacen del ojo pacho cuando El Niño fuma y vende mariguana en su solar a metros de la subdelegación policial de El Refugio. Por eso hicieron que se perdiera la denuncia de agresión aquella vez que El Niño le enterró un machetazo a un hombre, uno que por cierto había llegado a comprar mariguana. Esa ves, de hecho, solo le recomendaron: medí la mano, cabrón.

De vez en cuando, El Niño sale de su solar. Se va por los tejados y camina por las veredas en las madrugadas. Visita su antigua casa, en donde hace varios años armó aquel pequeño grupo de fumadores de hierba al que llama: mis bichos ganyeros. Es una práctica común en pandilleros con trayectoria. Se trata de fundar su propia clica. Sin embargo, El Niño jamás llegó a brincarlos a la pandilla, ni a hablar de ello. Quizá ya sabía que si los anexaba a la MS13 no podría recurrir a ellos en tiempos difíciles. Quizá de haberlo hecho, sus bichos ganyeros querrían asesinarlo ahora mismo. El Niño les llama seguido y los visita de vez en cuando. Los protege de que ningún MS13, y por supuesto ningún dieciocho, llegue a anexarlos a su pandilla. Los aconseja.

El último que lo intentó fue un MS13 que llegó cuando El Niño ya habitaba el solar. La misión del visitante era matar a un traidor llamado El Niño de Hollywood. Al no encontrarlo en su casa se quedó ahí y decidió plantarse en el lugar y anexar a estos jovencitos a la MS13. Ahora flota descompuesto en uno de tantos pozos olvidados del occidente de El Salvador. Eso es lo que cuenta El Niño. Flota en un pozo, eso es todo lo que dice.

A veces, a El Niño lo visitan personajes extraños.

Una vez nos encontramos a El Topo de la clica Victorias. En realidad llevaba diez años alejado de la MS13. Admira a El Niño y lo visita con frecuencia, pues El Niño se ganó fama de místico y de “leer las candelas”. En general, pasan buenos ratos fumando hierba y hablando de días pasados. Sin embargo, la pandilla se enteró de esta amistad y buscaron a El Topo y le exigieron que entregara al traidor, que lo sacara del solar con alguna mentira y que se los entregara para matarlo. El Niño descubrió el plan gracias a que lo intuía, y usó el rito de las candelas como una especie de polígrafo místico que puso nervioso a El Topo que terminó delatándo todo. El Niño dijo a su camarada que le perdonaba la vida, pero que de ahora en adelante él sería su contra espía en los intestinos mismos de la Bestia.

Al solar también llegan de cuando en cuando rumores extraños. Por medio de un informante, El Niño se enteró de otro plan para matarlo. Esta vez eran los Parvis. Han convencido a una tía de El Niño para que lo saque de su solar. Una vez afuera sería El Burro, un jovencito ex aprendiz de El Niño, quien dispararía. Ese jovencito aún no ha sido brincado a la MS13. Todavía es un “chequeo”. El Burro, con esa pegada, se brincaría con balón de oro, como dice El Niño entre risas.

—Puta, una sola oveja quieren mandar a cazar al lobo –dice también. Ya no con risas.

Hace unos días, durante una de sus escapadas, se encontró en la calle, muy cerca de su solar, con El Burro y su tía. Se quedaron rígidos unos segundos. El Niño se acercó.

—¡Hey, bicho hijueputa, La Bestia! Mirá, andá deciles a los homeboys lo que tengo para ellos –les dijo, y les enseñó una granada M-67. Porque El Niño tiene una granada M-67. Poco a poco uno descubre que siempre ha sido como un ratón. Esconde parte de lo que consigue, y luego lo desentierra cuando lo necesita. Algunas de sus escapadas eran para recuperar armamento que había ido enterrando como verdaderos tesoros ocultos.

El Burro y la vieja se fueron agitados y no se han vuelto a acercar.

Es segunda vez que muestra su granada. Esa misma fue la que le enseñó a un policía que lo quiso sacar de su solar, supuestamente para contratarlo como sicario y llevarlo a un monte lejano y solitario. Le dijo que una vez en el lugar le daría una pistola. Ese policía es amigo de los dos que están presos por haber entregado a El Rambito para que Chepe Furia, Liro Jocker y El Extraño lo asesinaran. El Niño es testigo de ese caso, pues vio cómo ellos tres se fueron en un pick up con El Rambito y con los lazos con los que luego apareció su cadáver atado.

—Vaya, está bien, solo me voy a llevar esta chimbomba por si es mentira –respondió El Niño, jugando con la espoleta de la granada frente al policía que lo quiso caminar. No ha tratado nunca más de sacar a El Niño de su solar.

La tercera vez que saca su granada es esta tarde. La baja de una viga del cuartito donde duerme y nos la muestra envuelta en cinta aislante para evitar cualquier accidente que pueda provenir de una espoleta vieja y oxidada. El Niño y su familia duermen a la vera de una granada M-67.

Otro contacto le contó hace unas semanas que dentro del penal se habían organizado grandes reuniones -o miring, como les llaman-. Le contaron que hay siete sicarios, de varias clicas, dispuestos a terminar con él. Es una pieza codiciada dentro de la pandilla. Si muere, más de 40 pandilleros, importantes algunos de ellos, saldrán libres por falta de testigo.

Hace poco le llamó uno de los pocos Hollywood de la zona que aún quedan libres. Quién sabe a cambio de qué, o porqué extraña lealtad, le contó que unos homeboys están planeando asesinarlo justo el día del juicio, el 20 de agosto. Quieren matarlo mientras viaje en la patrulla policial rumbo a los juzgados.

El Niño, a pesar de andar la muerte a cuestas, luce tranquilo. Nos muestra contento el avance de sus plantas de mariguana y juega con su niña. Se ha hecho amigo del tipo que vive en la otra parte del mismo solar. El Caballo le dicen. Es un campesino joven e ingenuo, muy ingenuo. El Niño le da hierba y fuman juntos. Siempre que llegamos están haciendo alguna tontería o discutiendo sobre el origen satánico de las cabras, o sobre brujería, tema en el que El Niño es muy versado. El Caballo le tiene cierta admiración, escucha embelesado sus historias, se ríe con sus bromas, casi todas a costillas suyas, y en general le hace compañía a ese hombre tan exótico que llego a vivir al otro lado de su solar.

A El Niño le alegran nuestras visitas. No solo porque tiene oportunidad de hablar con alguien nuevo, sino porque le llevamos comida, o ropa, o leche para su bebé. O quizá porque tenemos cigarrillos ilimitados que a veces con malicia apaga y guarda para después. Este testigo protegido de la Fiscalía vive en pobreza. La canasta que le manda la Unidad Técnica del Sector Justicia, para que viva él y su familia, consiste en: dos sopas en polvo, dos salsitas de tomate, una bolsa de fideos, un cepillo, una pasta de dientes, dos rollos de papel higiénico, dos refrescos, un par de libras de arroz, otro par de azúcar y sal. Con esto tienen que vivir él y su familia por un mes. Son algunos policías del puesto, los mismos investigadores que lo cooptaron y lo volvieron un soplón, los mismos con sueldos miserables y turnos de 24 horas, quienes sacan de su bolsa para apuntalarle la economía al ex sicario de la MS13.

Le preguntamos a El Niño que piensa hacer cuando todo esto termine y deba volver a la vida –entre enormes comillas– normal. Dice que planea juntarse a la banda de asaltantes a la que pertenece El Topo, el ex pandillero que no quiso entregarlo. Dice también que quisiera hacer un gran atraco, uno que le dejara mucho dinero y poder entonces montar una panadería con la niña que tiene como mujer. Dice también que no le da miedo la pandilla, que sabe como torearlos. Ya son muchas veces las que ha pasado por las barbas de sus homeboys.

En la última visita, ya con la grabadora apagada y las tazas vacías de esa infusión de café que nos da su mujer, le preguntamos si podemos tomarnos una foto con él. Accede. Posa primero con mi hermano, luego conmigo, luego con ambos. Ninguno sonríe. Él más bien pone cara de malo, de sicario, de pandillero. Es un tipo pequeño, de ojos achinados y cara lampiña. Tiene las manos toscas de los campesinos, aunque él nunca lo fue, y la piel del color de la tierra.

El 20 de agosto, en 12 días, este hombre declarará contra 42 pandilleros de la Mara Salvatrucha 13. La mayoría acusados de homicidio. Lo más probable es que todos pasarán el resto, o buena parte, de sus vidas en penales infrahumanos, en celdas pestilentes diseñadas para 20 hombres en donde se apiñan a veces más de 60. Si llega vivo al juicio, este hombre habrá acabado con la clica de los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya, y con un buen pedazo de la clica Parvis Locos Salvatrucha de Ahuachapán. Si esto pasa, le habrá dado un duro golpe a la pandilla a la que sirvió durante toda su vida.

Nos despedimos de El Niño y nos vamos de su solar. Es tarde y el sol dora las hojas de los árboles. Son bonitos los ocasos de Atiquizaya, pero no por lo que hay, sino por lo que ya no hay. En este caso, ya no hay un fuerte sol. El Niño se queda atizando el fuego de su cocina de leña con un palo. Tranquilo, con su hija en brazos.

Tiene la convicción de haber enfurecido a La Bestia que ahora lo busca para llevárselo. Aún así, está decidido a intentar cabalgarla de nuevo.

Epílogo

Chepe Furia, Liro Jocker y El Extraño fueron condenados en diciembre de 2012 por el asesinato de Rambito. Chepe Furia cumple 20 años de prisión en el penal de Gotera. Los policías acusados de ayudar a Chepe Furia a asesinar al informante Rambito fueron absueltos este año, gracias a que El Niño, en pleno juicio, dijo no recordar nada. Más de 30 pandilleros de la clica de los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya también fueron condenados por delitos que van desde asociación ilícita hasta homicidio. El Niño aún vive bajo el amparo del Estado, a la espera de declarar en contra los homicidas del Pozo de Turín. Ellos, 11 pandilleros, estuvieron capturados dos años, pero el Estado no logró abrir el pozo en ese tiempo. Cuando lo abrieron, en abril de 2013, encontraron cuatro osamentas, pero los pandilleros ya habían salido de prisión por sobreseimiento provisional. Si quieren juzgarlos de nuevo, deben volver a capturarlos.

 

 

 

Al fondo está el cuartito. La puerta metálica está entreabierta. Como el cielo amenaza con un chaparrón, afuera del cuartito el calor es uno más, una presencia tangible. Se intuye que el cuartito es ocupado en cada esquina de su reducido espacio por esa presencia. Ese es el cuartito, una habitación donde se guarda el calor y donde una vez también se guardó a Abeja. ¿Quién iba a decirle a Abeja –al insustituible soplón de Abeja, al delator de uno de los más buscados– que terminaría, en su afán por salvar su pellejo, refundido en ese cuartito?

Para llegar a ese cuartito hay que subir a un vehículo en la capital de El Salvador, y hay que alejarse de la capital, conducir por una autopista, atollarse en la trabazón de uno de los municipios periféricos del área metropolitana, volver a salir a una autopista rumbo a la frontera de Chalatenango con Honduras, preguntar a una persona y a dos y a tres, hasta que alguien sepa en esta carretera dónde hay que cruzar para dirigirse hacia el municipio recóndito de Agua Caliente. Hay que frenar en ese cruce y preguntarse si el carrito aguantará el trajín de una calle de tierra, piedras y lunares de asfalto. Hay que internarse entre esos cerros del breve norte salvadoreño, breve pero intenso. Hay que admirarse por lo extravagante de ese palacete morado, de arquitectura Walt Disney, que en medio de lo rural corona una loma. Hay que lidiar con la duda de si ese puñado de casas es Agua Caliente, y preguntarle a un viejito campesino en la vereda, para que él responda que no está seguro, que cree que es más adelante. Y seguir. Y llegar hasta el cartel que sin alarde reza: “Bienvenidos a Agua Caliente”. Y seguir, porque no hay de otra, hacia adelante. Hay que preguntar a una persona y a dos y a tres, hasta que alguien sepa en este pueblo dónde queda el puesto policial. Hay que enfrentar con una sonrisa la mirada de búho sorprendido que ponen la primera y la segunda y la tercera persona a las que un foráneo pregunta dónde está el puesto policial. Hay que cruzar en el microparque central, a la izquierda, y seguir recto, bajo más miradas y bocas abiertas, y llegar a un punto donde el pueblo definitivamente se acaba en el monte y convencerse de que una de esas casitas rurales que quedaron atrás debe de ser el puesto policial. Retroceder. Preguntar. Ojos, boca abierta. Encontrar, a medio construir, el puestito policial.

La mascota del puestito policial es una tortuga que aparece y desaparece entre el monte de la entrada. El puestito policial es una casa de bloques de concreto de dos pisos y un esqueleto arriba: Un tercer piso sin marcos ni ventanas ni puertas ni pintura. La puerta del puestito está abierta y en la primera planta solo se encuentra una amable mujer que da las buenas tardes y que duda cuando se le pregunta por el encargado del puestito. “Déjeme ver quién se puede hacer cargo de atenderlo”, dice.

A los 20 minutos, baja de la segunda planta un agente joven, sorprendido. Me invita a pasar a la oficina, un cuarto ardiente sin computadora que en una de sus paredes muestra con flechitas el limitado organigrama del lugar: Jefe de puesto rayita Atención al público rayita Patrulla uno rayita Patrulla dos rayita Patrulla tres.

—¿En qué le puedo ayudar? –pregunta el joven agente.
—Tengo entendido que en este puesto es que tenían a Abeja, que de aquí se les escapó –digo.
—Aaaah, como aquí es bien alejado, pensé que no se iban a enterar los medios allá en la capital.
—Nos llegó la noticia, y venía a ver dónde es que lo tenían. Es delicado el asunto, ¿verdad?
—Sí, hombre, es un tema delicado, porque aquí no es lugar para tener a una persona así. Ya hay lugares según la ley allá en la capital.
—Porque ustedes sabían sobre qué personaje estaba hablando Abeja, ¿verdad?
—Bueno… aquí estuvo el muchacho… No sabíamos bien así todo el asunto, pero es delicado.
—Y a alguien como él, aquí en esta zona, ahora que se fugó, ¿qué le esperará?
—Yo supongo que a alguien así como él allá afuera le espera la muerte.

La parte conocida de la historia

Es domingo 27 de mayo de 2012, y la Policía ha mandado a convocar a cuanto medio sea posible para que se presenten a El Castillo, la sede central en San Salvador. Tiene algo importante que mostrar. Efectivamente, en medio de tres policías corpulentos con pasamontañas y armas largas está José Misael Cisneros, esposado con las manos atrás. El hombre de 36 años es mejor conocido como Medio Millón, y si alguien se ha topado con cualquier informe de inteligencia policial de los últimos ocho años que lleve las palabras Crimen Organizado, seguramente ha visto su rostro con vestigios de acné. El hombre, que luce impávido, era prófugo desde el 14 de septiembre de 2010, cuando logró escapar de un operativo realizado por un centenar de policías que pretendían capturarlo. La inteligencia policial dijo que hubo fuga de información. La Policía estaba interesadísima en él porque están convencidos de que Medio Millón es el gran operador de la cocaína en el norte del país, y que utiliza como su brazo armado a una de las clicas más numerosas de El Salvador, la Fulton Locos Salvatrucha, de la Mara Salvatrucha. La Policía asegura que, entre miembros activos y colaboradores, esa clica de la pandilla llega a los 200 miembros en Nueva Concepción, el municipio donde intentaron capturar a Medio Millón, el municipio vecino de Agua Caliente.

La Policía entregó su investigación a la Fiscalía, y la Fiscalía llevó a un juzgado a Medio Millón, a 18 pandilleros de la Fulton y a tres policías de Nueva Concepción. La Fiscalía llevó también a tres testigos que aseguraban haber estado a punto de ser asesinados por los pandilleros y los policías que actuaban bajo las órdenes de Medio Millón. La Fiscalía llevó también a un miembro de la pandilla que actuaba como testigo criteriado, un pandillero confeso a quien la Fiscalía no acusó con tal de que explicara cómo esos pandilleros y esos policías mataban y cómo Medio Millón les pagaba por ello. El Tribunal Especializado de Sentencia de San Salvador escuchó todo y dijo que no le parecía cierto y que todos los acusados quedaban absueltos ese 18 de septiembre de 2012.

Pero la Fiscalía no quedó desnuda ni Medio Millón libre. La Fiscalía tenía aún con qué cubrirse, y presentó nuevos cargos contra Medio Millón. Lo acusó de asociaciones ilícitas con los pandilleros de la Fulton y también acusó a 47 pandilleros de la Fulton de múltiples homicidios. La Fiscalía aseguraba que algunos de esos homicidios habían sido cometidos con un arma de guerra que Medio Millón le había entregado a un líder de la clica conocido como El Simpson, y lo aseguraba porque tenían a otro testigo criteriado que traicionaba a la pandilla y declaraba en contra de ella. Y la Fiscalía volvió a empezar, y volvió a llevar a Medio Millón a un juzgado, y el 5 de junio de este año, el Juzgado Especializado de Instrucción de San Salvador, el que dice si hay razones suficientes como para que se inicie un juicio y desfilen las pruebas, dijo que había pruebas suficientes y ordenó que iniciara ese nuevo juicio. Y entonces todo marchaba bien porque Medio Millón seguía su camino hacia una condena. Y todo marchaba bien porque el Estado salvadoreño seguía persiguiendo de cerca al hombre que una semana antes el Departamento del Tesoro de Estados Unidos había ubicado en una lista de los líderes de la Mara Salvatrucha a los que consideraba prioridad a perseguir en Estados Unidos o donde fuera. Y todo marchaba bien porque la Fiscalía tenía a un muchacho pandillero que estaba dispuesto a contarlo todo, a explicar cómo se ejecutaron los asesinatos y a describir la escena de Medio Millón bajando con un escolta de un pick up y entregando en un corral un AK-47 a El Simpson. Todo estaba bien porque el Estado salvadoreño tenía a Abeja.

La parte desconocida de la historia

—¿Y ustedes aquí dónde tienen la bartolina para guardar a los delincuentes que arrestan? –le pregunto al joven agente del puestito de Agua Caliente.
—No, o sea que aquí no tenemos bartolina, sino que hemos hecho ese cuartito para guardar a los bolitos que se pelean o a gente que tenemos uno o dos días por delitos graves como robo o extorsión. Pero a esos los mandamos al puesto de Nueva Concepción, que es más grandecito y ya tiene bartolina –responde el agente.

El cuartito del fondo. El ardiente cuartito del fondo.

—¿Y qué hacía Abeja mientras estaba aquí? –pregunto.
—Ahí pasaba encerrado en el cuartito –dice el agente.
—¿Cuánto tiempo pasó encerrado ahí?
—Unos 15 meses.
—¿Y no lo dejaban salir para nada?
—No, o sea que si él quería una gaseosa, por ejemplo, nos decía y le hacíamos el favor de írsela a comprar a la tienda. Pero como casi nunca tuvo dinero, casi no nos pedía el favor.

A finales de 2011, Abeja, un muchacho veinteañero, se sentó frente a unos fiscales de Chalatenango y, por alguna razón que no consta en el documento que elaboraron esos fiscales, les dijo que él era miembro de la Fulton Locos Salvatrucha. Les dijo que su clica se dedicaba a extorsionar, asesinar y traficar droga en los departamentos de San Miguel, Santa Ana, Sonsonate y Chalatenango. Les contó varios secretos, secretos que cupieron en 63 páginas escritas a máquina. Secretos que los fiscales titularon: “Caso amarrado en calle vieja”, “Caso homicidio en la plaza Don Yon”, “Caso Carmen Guerra”. Los fiscales escucharon los secretos que Abeja contó y creyeron que esos secretos les servirían para encarcelar a 47 pandilleros y a Medio Millón. Los fiscales, entonces, teclearon en su informe: “Los hechos se desprenden de lo manifestado por el testigo criteriado que por estar sometido a régimen de protección de víctimas y testigos ha sido denominado Abeja”.

—¿Y tuvieron algún refuerzo de agentes cuando les trajeron a Abeja al puesto? –pregunto al agente.
—No hubo refuerzos. La unidad que lo trajo no se acordaba de él. Pasaron meses sin venir.

Cuando el Estado salvadoreño cree que un criminal confeso ha contado secretos creíbles, comprobables, le deja de llamar criminal y le llama testigo criteriado. Deja de perseguirlo y empieza a necesitarlo. No lo lleva a prisión, sino a la Unidad Técnica Ejecutiva del Sector Justicia (UTE), y le ofrece llevarlo a un centro de gente como él, de gente que delinquió junto a otros y que luego los traicionó, los delató. Le ofrece protegerlo con policías, darle comida y techo mientras dura el proceso mediante el cual él contará esos secretos ante un juez. Pero si ese hombre decide que no quiere ir a ese centro, entonces la UTE le promete una canasta de alimentos al mes, y ese hombre queda en manos de la Policía y la Fiscalía. Esto último le pasó a Abeja.

—¿Y Abeja qué comía? –pregunto al agente.
—Que yo sepa, una vez en 15 meses le mandaron esa canasta de comida. A veces, nosotros le dábamos de nuestra comida. A veces, pasaba uno o dos días sin comer.

Para los agentes del puestito policial, el testigo del que dependía el caso del celebérrimo Medio Millón era un estorbo. No solo perdían parte de su plato de comida cuando se conmovían del pandillero que hambreaba en el cuartito, sino que no podían descansar a gusto en la segunda planta. El puestito policial de Agua Caliente tiene 13 agentes asignados. El de mayor rango es un cabo. Sin embargo, decir 13 es decir cinco. Ahora mismo, cuatro agentes prestan servicio en otra unidad. Quizá cuidan alguna obra en la carretera principal o acompañan alguna excavación de búsqueda de cadáveres en algún monte cercano. Cuatro agentes más están de vacaciones. Cinco están aquí y se dividen en dos turnos. Los que están de turno, patrullan, atienden denuncias, salen del puestito. Los que no están de turno descansan en la segunda planta del puestito con los ojos cerrados y, cuando Abeja estaba aquí, con los oídos pendientes del hambriento muchacho que tenían en el cuartito de abajo.

El 17 de enero de este año, una señora se acercó a la oficina de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos (PDDH) en Chalatenango. Lo bueno de esta institución estatal es que sus funcionarios anotan y levantan informes de cuanto aire sople dentro de sus oficinas. Esto escribieron sobre la visita de la señora: “Se hizo presente a esta delegación una señora que no quiso identificarse, pero expuso que ella tenía un familiar detenido en el puesto de la PNC de Agua Caliente –o sea, en el cuartito–, que ya había recuperado su libertad, pero a ella le preocupaba la situación de un joven que se encontraba detenido, ya que ella le llevaba comida a ambos presos, y como su familiar ya había recuperado su libertad, a ella le daba lástima, porque ya nadie le llevaría alimentos, pues le manifestó que no tenía familiares y que tenía bastante tiempo de encontrarse en esas bartolinas –o sea, el cuartito–”.

El día siguiente, el funcionario que recibió la visita de la señora y el jurídico de la oficina de derechos humanos llegaron al puestito policial y dieron el nombre del muchacho –porque aunque nosotros le seguiremos llamando Abeja, la señora, el funcionario y el jurídico conocen, e incluso escribieron en el informe, el nombre completo del testigo protegido–. Lo único que Abeja dijo al funcionario y el jurídico es que le agradecía a la señora.

—Pero ustedes sabían qué tipo de testigo tenían, lo importante que era lo que declaraba y contra quién. ¿Cómo iba a querer quedarse en esas condiciones? –pregunto al agente.
—Sabíamos el tipo de persona que era. Sabíamos que se iba a aburrir, pero no podíamos hacer nada.

La parte que no nos gusta de la historia

Abeja no es único. Lo peor de todo esto es que Abeja no es único. Como Abeja hay muchos. Él y ellos son criminales a los que necesitamos. Son buena parte del combustible del sistema de justicia de El Salvador, de Centroamérica. Cada año, la UTE debe lidiar con el mantenimiento en sus casas de seguridad y fuera de ellas de más de 1,000 personas. En los siete años de existencia de la Ley Especial para la Protección de Víctimas y Testigos, el programa ha albergado a 1,000 personas que traicionaron a sus estructuras criminales para no ir a prisión, para aspirar a una mejor vida, o que fueron víctimas de esas estructuras, o que fueron testigos de lo que hacían esas estructuras. Mantener a toda esa gente vinculada de maneras tan distinta con la violencia asfixiante del país implica desde papel higiénico hasta leche para bebés. La mayor parte de esas personas, la gran mayoría, según las cifras de la UTE, vio, participó o casi sufre un homicidio.

Un porcentaje menor de todas esas personas son testigos criteriados. Más de 50 personas al año son traidores, criminales que deciden delatar. Muchos aceptan entrar a las casas de seguridad; otros, como Abeja, prefieren no hacerlo. Y muchos más nunca llegan al estatus de criteriados, se quedan ahí, en las delegaciones policiales dando información, encerrados en cuartitos o bartolinas, en un limbo entre estar presos y estar resguardados. Para considerarse criteriados, un juez debe autorizar la medida. Y, como reconoce Mauricio Rodríguez, el director del Área de Protección de Víctimas y Testigos de la UTE, pueden pasar meses entre que una persona empiece a delatar y que sea reconocida como criteriada. Mientras un juez no la declara como criteriada, la UTE no puede hacer nada por esa persona. Los criteriados son una clase particular entre los protegidos del Estado. Son delincuentes -despiadados muchos de ellos- y a la vez personas que arriesgan su vida diciendo lo que dicen. Esto último nos quedará claro más adelante.

Muchos se regocijan de que Viejo Lin, el líder nacional del Barrio 18, esté tras barrotes, pero pocos recuerdan a Luis Miguel, el criteriado que lo delató. Puede ser un alivio para muchos salvadoreños que Chino Tres Colas, el otro líder de esa pandilla, esté junto a Viejo Lin, pero pocos saben de Zeus, Apolo, Orión, Aries y Neptuno. Fue noticia nacional el juicio contra los 13 pandilleros acusados de 22 homicidios en Sonsonate, conocidos como Los Embolsadores, por empacar pedazos de sus víctimas en bolsas negras, pero nadie agradeció a Raúl; ni tampoco a Zafiro y Topazio por resolver la masacre de Las Pilitas, o a Daniel, por explicarnos cómo operaba la banda Los Sicarios en el oriente del país, y conformada en parte por policías. Gran parte de la población salvadoreña vio por sus televisores en los noticiarios del lunes 28 de mayo de 2012 a Medio Millón esposado de manos a la espalda, pero nadie vio a Abeja pasar hambre en un cuartito de Agua Caliente.

Asesinos, violadores, descuartizadores. Testigos, declarantes, confesores. Pocos entienden tan bien esta ambigüedad como Israel Ticas, el hombre que saca muertos de la tierra, el único investigador forense del país que trabaja en la Fiscalía. Desde 2000 hasta el día de hoy, Ticas ha sacado 703 cadáveres de la tierra.

Es difícil encontrar un lugar adecuado para conversar con Ticas. Él va a contar lo que va a contar, y la musiquilla de los dibujos animados que aparecen en el televisor del restaurante donde estamos sentados no va a ser una justa melodía.

Primero los números. Fríos, tétricos en este caso: la mayoría de esos 703 cadáveres, Ticas los ha recuperado gracias a la ayuda de un testigo criteriado. De los 12 pozos a los que Ticas ha descendido, ha sacado 27 cuerpos. A ocho de los pozos ha llegado porque los vecinos dijeron que salía un olor pestilente o porque alguno vio a unos muchachos que llegaron y lanzaron un bulto en el agujero. A cuatro de esos pozos, Ticas ha llegado gracias a un criteriado. Gracias a los criteriados, Ticas ha sacado 16 de los 27 cuerpos que sacó de esos 12 túneles oscuros.

Ahora, sus palabras. Quizá la peor parte. Ticas, de todas las excavaciones a las que has llegado con criteriados, ¿qué es lo que más te ha jodido ver? “Una vez saqué a un niño de cinco años y una niña de ocho años. Según contó el testigo, habían violado a la niña, bajo la condición de que no iban a matar al hermanito si se dejaba violar por 15 sujetos. La violaron e igual la mataron. Fue en Ateos, allá por 2006. Encontré los dos cuerpecitos abrazados”. Ticas, ¿y vos notás arrepentimiento en los criteriados que te han contado lo que te han contado? “No, totalmente tranquilos. Eso admiro de esos cabrones. Nada de vergüenza. En Tonacatepeque, recuerdo a un chele que se murió de sida, bien buena onda se hizo después. La de arriba en la fosa era su mujer. Le pregunté: ¿Mataste a tu mujer? ‘Sí -me dijo- la mara me dijo que ella sabía mucho. Frente al pozo le dije que se iba a morir. Se me hincó, me pidió de favor ir a despedirse de nuestros tres hijos. Fuimos hasta la casa, le dio un beso a cada uno en la frente. Después me la traje de regreso, venía suplicando, que dijera que ya la había matado, que se iba a ir del país. Le dije que una orden era una orden. Aquí, a orilla del pozo la degollé, y brincando el cuerpo lo tiré al pozo’. Así la encontré, arriba de los otros nueve. ‘Le vas a encontrar una navaja en la vagina’, me dijo el testigo. Así la encontré”. Ticas, ¿Y vos recibís atención sicológica? “No, nada”. Ticas, ¿y vos qué pensás de los criteriados? “Son importantes en mi trabajo, porque ellos me dicen qué voy a encontrar abajo, qué sucedió, son importantísimos. He trabajado con unos 30 testigos que me han dado lujo de detalles, y yo luego compruebo si es cierto, y eso es prueba, historial. Por eso son tan importantes los testigos”.

Pocos podrían contar primero lo de la niña de ocho años y después la importancia de esos traidores miserables que participaron en lo que le pasó a la niña de ocho años, pero Ticas entiende este país como muy pocos lo entendemos. Uno de los violadores de la niña quedó libre, 14 están presos. Ticas entiende este país mucho mejor de lo que la mayoría lo entendemos.

En el restaurante, sigue sonando la musiquita de dibujos animados.

La parte que a ellos no les gusta de la historia

Este es otro restaurante y esta es otra conversación. Ahora, del otro lado de la mesa, está un agente investigador de la Policía, un policía raso que ha ido y venido de una a otra división de la institución. Este hombre ha participado en operativos contra pandillas que han derivado de la información de testigos criteriados a los que ha escuchado. Su trabajo, en parte, puede realizarse gracias a ellos. Ellos delatan, él atrapa. Sin ellos, él hubiera tenido muy poco que hacer en algunos períodos de su carrera policial.

—A mí solo de oírlos hablar me da diarrea –dice, en referencia a los criteriados, para quienes no tendrá ninguna palabra de agradecimiento–. Son unos hijosdeputa, unos arma-paquetes-contra-policías. Se escapan cuando quieren de las casas de seguridad. Se han dado casos en que extorsionan desde las mismas casas. Hace 15 días se escapó uno de una de las casas. Llamó y dijo que regresaba, pero si le decíamos al fiscal que le llevaran a su mujer. Malditos. Yo no voy a andar cuidando a ese vergo de vagos.

A los policías no les gusta hablar de esos “pandilleros que se quieren salvar su propio culo”, como dice este agente. De hecho, ni siquiera a nivel institucional les gusta hacerlo. Durante dos semanas solicité a la unidad de comunicaciones de la Policía que designaran a alguien para una entrevista sobre el tema. Tras varios intentos de esa unidad por encontrar a la persona adecuada, la respuesta fue que sería imposible, que era un tema delicado y nadie de la jefatura quería conversar sobre él, mucho menos si en la entrevista se mencionaría el caso de Abeja.

Los testigos criteriados, sobre todo la mayoría de entre ellos, o sea los que son pandilleros, tienen que lidiar con que en muchas ocasiones sus clicas han participado en crímenes contra policías. En otras palabras, en varias ocasiones, sus guardianes les tienen un profundo odio. En otras ocasiones, ellos delatan la complicidad de policías en las estructuras criminales, como lo hicieron los testigos criteriados que intentaron, antes de Abeja, encerrar a Medio Millón con su testimonio que fue desechado por el juzgado. Y entonces, la misma conclusión, sus guardianes les tienen un profundo odio.

La identidad oculta de esos testigos en muchos de los casos, habiendo policías que los conocen y conviven con ellos a diario, es poco más que un mal chiste. Ponerles nombre clave se convierte a veces en un formalismo de juzgado, y nada más.

Cuando en un solar del departamento de Ahuachapán me senté a conversar por horas con el testigo clave Liebre, un sicario de la Mara Salvatrucha, él mismo me reveló su apodo dentro de la pandilla, su clica y su anterior apodo en esa misma clica, y me autorizó a que lo publicara. Cuando le pregunté a Liebre si no le importaba que yo publicara su verdadera taca, me dijo que de ninguna manera. A Liebre lo intentó asesinar un comando de pandilleros y ex militares que llegaron hasta el puesto donde se encontraba, pero fueron detenidos por policías de la zona. Ahora mismo, uno de los miembros de ese comando es también testigo criteriado del Estado, y a cambio de su testimonio le han perdonado la acusación de haber intentado asesinar al otro testigo criteriado del Estado.

A Liebre le han llamado desde el penal de Ciudad Barrios para amenazarlo de muerte. A Liebre, cuenta él, policías de la zona le han ofrecido salir de su solar a participar en un asesinato, pero Liebre cree que era solo una argucia para sacarlo de ahí y asesinarlo en el camino. Gracias a Liebre fue condenado a 22 años de prisión José Antonio Terán, conocido como Chepe Furia, líder de la clica de los Hollywood Locos Salvatrucha, de Atiquizaya, y uno de los señalados por el Ministerio de Justicia y Seguridad como un pandillero que había escalado a la categoría de capo. Un hombre que incluso tenía varios contratos de recolección de basura con la Alcaldía de ese municipio. Liebre declaró que él vio a Chepe Furia y dos líderes más de la clica llevarse a Rambito. Samuel Trejo, Rambito, de 23 años, vendedor de verduras en Ahuachapán, recolector de extorsiones para la Hollywood, era un testigo clave en el caso de Chepe Furia, y su cuerpo apareció sin vida y con rastros de tortura una tarde de noviembre de 2009. En el caso que la Fiscalía aún apela, se acusa a dos policías de la zona de haber entregado a Rambito a los líderes de la clica para que lo asesinaran. Liebre está resguardado en la zona donde esos policías operaron durante años, donde están sus mejores amigos dentro de la corporación. Liebre aún espera un juicio donde declarará contra 33 pandilleros más.

Liebre vive entre algunos policías que le guardan un profundo odio, en medio de la zona de control de la clica a la que casi desarticuló, aunque la zona exacta donde se encuentra está bajo el dominio del Barrio 18. La situación de Liebre, como veremos más adelante, no es muy diferente a la que vivió Abeja.

Es una tarde de nubes negras. Liebre se acurruca en el solar, frente a una llanta que hace de mesa para el dólar de pan dulce que su mujer nos ha traído y para los cafés.

Le pregunto qué es lo que más extraña de su vida anterior, y Liebre responde que cazar garrobos y cangrejos en el río. Y lo que más le gustaría hacer si fuera un hombre libre, sería pasear con su hija en el parque, con esa niña de dos años que nos observa a la par esperando que le entreguemos su almuerzo, uno de los güisquiles hervidos con sal y limón que su madre ha puesto sobre la llanta. Eso le gustaría hacer a Liebre si fuera libre, porque él, aunque no está preso, se siente preso. Sabe que lo quieren matar por lo que ha declarado, y la pequeña casita en el solar donde vive es, como dice él, “solo una jaula de oro”.

Liebre ya está harto de la excusa de que a él el Estado lo ha exonerado de su condena. Él ya lleva tres años como testigo criteriado. Ya tiene tras barrotes a los principales líderes de la clica, y a decenas de sus sicarios. Sabe que sin su ayuda, ni Chepe Furia ni Liro Yocker ni El Extraño ni El Maniático ni él mismo podrían estar presos, porque lo único que tiene el Estado en contra de ellos es lo que él mismo contó. La situación de Liebre es muy parecida a la que fue de Abeja.

Liebre reflexiona antes de responder. Aunque su jerga es totalmente pandillera, el contenido de sus palabras es producto de la reflexión que hace en esos momentos en que se queda congelado, como una estatua antes de responder y gesticular.

—¿Cómo se ha portado el Estado con vos?
—Es una mierda. Ellos tratan de hacerle huevos con uno, pero el problema es que aquí paso pidiéndoles a los sierras (policías) algo de dinero para pagar las tortillas. Para la niña solo un paquete me mandaron de la UTE, cuando ella nació: ropita, zapatillos, unas pachas, toallas, pañalitos, onditas así, cosas básicas. Única vez. Todo eso ya lo dejó, porque creció. A mi hija no he podido comprarle un vestido. Yo allá afuera hago 40 dólares en un día sin problemas.
—¿Y si tu niña se enferma?
—Atención médica, nunca me han llevado. Yo he ido por mi cuenta. Cuando se enfermó la niña yo fui a gastar 20 dólares a una clínica allá en Ahuachapán. 5 dólares me dio un investigador buena onda. La otra vez, cuando la tuve en un hospital, otros cinco dólares me regaló un investigador. Eso es todo lo que tenía cuando le dieron de alta a mi niña.
—¿Qué más te hace falta?
—No tengo calzado, no tengo ropa. La que tengo es regalada. Y una vez los fiscales me compraron una ropita usada. Pienso, mejor me hubieran dejado a correr por mi cuenta, porque anduviera más mejor. Leche, a veces viene en la canasta de la UTE. A mí me dijeron que me iban a dar 9 dólares diarios. Una vez me llegó la canasta sin frijoles.

La canasta mensual de la UTE no es ningún enser de lujo. Cuatro libras de frijoles, otras de arroz, pasta, salsitas, sal, azúcar, aceite, papel higiénico, jabón, cepillo.

Rodríguez, el funcionario de la UTE, lo sabe, pero está habituado a eso, pues tiene que lidiar con la administración de la precariedad cada año. El presupuesto de la UTE ronda los 4 millones de dólares anuales, pero mantener el personal, a más de 1,000 personas que pasan por las casas de seguridad, pagar a decenas de agentes supernumerarios de la Policía que asume la UTE para la protección de casas y testigos, enviar las canastas básicas y lidiar con algunos criteriados o testigos simples de cuello blanco que piden una casa digna para ellos y su familia hace que ese presupuesto se convierta en muy poco.

“Hay gente a la que le pagamos una casa de 500 dólares, para que viva con su familia, porque exigen esas condiciones”, explica Rodríguez. “A veces, me toca andar tras los visitadores médicos pidiéndoles que me regalen leche”, dice. Y eso sin contar aquellos períodos donde los diputados tardan en aprobar el presupuesto nacional. “Eso es el infierno –explica– porque tenemos que lidiar con que no podemos pagar el alquiler de casas, y ver de dónde sacamos para enviarles la canasta de comida a la gente”. Rodríguez recuerda que en una ocasión fueron capacitados por un miembro del Cuerpo de Alguaciles de Estados Unidos, los encargados de ejecutar las disposiciones de las cortes de aquel país, entre ellas la protección de testigos. El alguacil le explicó a Rodríguez que el programa de Estados Unidos incluía mover de Estado al testigo y a su familia, darle al menos un año de capacitación en algún oficio, mientras se adaptaba, ponerle casa, darle alimentación, un salario mensual y cambiarle la identidad. Rodríguez imaginó si él tuviera esos recursos, y sonrió ante la escena. Aquí, por ley, la UTE no puede entregar efectivo, no puede cambiar identidad a nadie y solo en casos muy especiales sigue dando protección a los testigos una vez terminan su proceso. En la mayoría de casos, terminado el criterio, terminada la protección, terminada la canastita. Canasta que, en casos como el de Abeja, poco llegó.

“Si usted viera una casa de seguridad, y viera cómo nos las ingeniamos para reducir costos. Sembramos hortaliza en jardines que improvisamos en los techos, les compramos piscinas plásticas para que cultiven tilapias en ellas. De todo, hacemos de todo”, cuenta Rodríguez.

—¿Y cuando todo acabe? –sigue la conversación con Liebre.
—Lo que he hablado es de que al nomás terminar el procedimiento me van a dejar sin medidas. Dicen que del sueldo de ellos, los fiscales, me van a dar un dinero para que me vaya a trabajar a otro lugar y deje algo de dinero a mi chava y la venga a ver cada mes. Ni casa ni canasta, ahí que vea qué me hago.
—¿Sentís que te usaron?
—Si de todo mi caso el único menos alivianado soy yo. Todos los viejos de allá arriba, de la alta sociedad, han salido alivianados. ¿Cuánto valía la muerte de Rambito? 11 mil dólares pagó Chepe para que caminaran a Rambito. Yo soy el que menos he sacado.
—¿Y qué hay de nosotros? ¿Qué nos garantiza que cuando el Estado te suelte no seás sicario?
—No me han ofrecido otro camino. Tendría que haber un programa de trabajo. Te vamos a dar chance de que barrás en tal juzgado. Yo no me he borrado las tintas porque no me han ofrecido nada, y al menos esto me protege con respeto si me voy a otro lado. La información que he dado vale. Yo dije que yo fui, que yo disparé, y que los otros hicieron lo que hicieron. ¡Eso vale!
—¿Vos descartás que volvás a las andadas?
—No lo puedo descartar. Si estando aquí me han ofrecido oportunidades.
—Y a vos, ¿qué te debemos nosotros los salvadoreños?
—Yo arriesgo mi vida. Salí yo de las calles y saqué a otro vergo de sicarios. Por eso hay un vergo de gente que me quiere matar. Policías, pandilleros. Yo no sé quién trabaja para quién aquí. Es una onda que se llama crimen organizado. Yo no quiero estar ya en este riesgo, tengo a mi niña. A la sociedad no le importa que esté en este riesgo, a ellos solo les importa que el testigo ya declaró. Si ellos se pusieran a pensar y dijeran ‘ey, a este bicho le puede ir mal, tiene a su hija, tiene a su mujer, pongámosle al menos una chambita’.

La otra parte que a ellos no les gusta de la historia

Es 21 de junio de 2013. Es la Alcaldía de Ilopango. Son cuatro palabreros de diferentes clicas del Barrio 18. Se han reunido, en el marco de la tregua del gobierno con las pandillas, para reclamar a los operadores de la municipalidad que están haciendo más proyectos en las comunidades dominadas por la Mara Salvatrucha, y que su gente se empieza a desesperar.

Aceptan quedarse en la mesa de reuniones de la Alcaldía para contestar unas pocas preguntas. La primera, es sencilla, directa: ¿Qué es un criteriado? Contesta el jefe de los cuatro palabreros, al que desde prisión le han dado el poder del municipio: “Un estorbo que se lleva en cuenta a personas que ni han participado. No es justo, por un testigo acusan a 10, a 20, a bastantes que ni han participado”. Toma la palabra otro palabrero, el pelón: “Es un traidor, un soplón que nos hace daño como familia”.

Seguramente si no estuviéramos en la Alcaldía, si estuviéramos en una de sus zonas sentados conversando, las palabras para los criteriados serían menos medidas. Ahora, en su papel de partícipes de una tregua, el vocabulario tiene frenos.

“Además –agrega el jefe– los policías siempre te andan jodiendo para que les contés cosas. A mí me amarraron, me golpearon y me fueron a dejar a la Alaska (zona de la MS) para que me mataran. Todo porque yo les dije: ‘Matame, que no soy culero, no te voy a decir nada’. Los policías te amenazan con la muerte si no hablás”.

Les pregunto algo por el simple hecho de escucharlo de su voz. Es una de esas preguntas que por obvias suenan tontas: ¿Perdonarían a un criteriado? El más rudo de los cuatro toma la palabra: “Te lo voy a poner así. Si alguien lo hizo la primera vez, lo va a volver a hacer, y si ahora no hundió a un vergo de raza, lo va a hacer a la próxima”.

El tiempo da para una última pregunta. ¿El Estado logra ocultarles la identidad de los criteriados o ustedes suelen enterarse de quién los traicionó? Los cuatro intercambian miradas y sonrisas. El jefe responde: “Es como que alguien de tu familia iniciara un chambrecito. Vos sabés quién fue, cuándo lo hizo y cómo lo hizo”. El más rudo necesita decir algo, tiene la palabra en la boca: “Además, siempre se detecta, porque si te fijás, su familia empieza a desaparecer, y el que se ‘criterea’ tarde o temprano desaparece también”.

La parte que a nadie le gusta de la historia

—No, efectivamente, no tenemos bartolina, por eso él no puede haber roto los barrotes, porque no es bartolina, es el cuartito del final de la planta baja. Es el espacio donde queda la fosa séptica.

Debajo de Abeja lo que había era mierda. El que habla es el cabo jefe del puestito policial de Agua Caliente. Por fin he conseguido que atienda el teléfono de la estación policial. Le dejé mi número de celular, pero como el teléfono del puestito está bloqueado para llamar a celulares, nunca pudo devolver la llamada. Lo que me dijo el jefe de investigaciones de Chalatenango hace unas semanas, cuando me enteré de que Abeja ya no estaba, fue mentira. Me dijo que Abeja rompió unos barrotes de la bartolina y se fugó. Mentira, ni bartolina ni barrotes. Y sí, como este puestito no está hecho para guardar a ningún reo, lo que los policías hicieron fue adaptar un cuartito arriba del agujero con mierda, para encerrar brevemente a los borrachitos.

—Aquí tenemos tal vez a un bolito, pero para que no siga molestando. Lo tenemos dos o tres días y luego se va libre. Pero gente vinculada a homicidios no vamos a tener nunca aquí. Es peligroso para nosotros y peligroso para él. A ese muchacho (Abeja), cuando lo trajeron, nos dijeron que solo por una noche lo traían, pero lo dejaron 15 meses.

Abeja no se escapó de ninguna bartolina. Abeja se escapó de un cuartito ardiente que estaba sobre una fosa séptica en un puestito policial en el que con suerte hay dos policías al mismo tiempo.

Lo de Abeja es demasiado perfecto como para pensar que fue un error policial. Agua Caliente es el municipio donde nació Medio Millón, el hombre contra el que Abeja declararía. Agua Caliente es uno de los municipios de Chalatenango donde opera la Fulton Locos Salvatrucha, la clica a la que pertenecían los 47 pandilleros a los que Abeja delataría. El Salvador tiene 262 municipios y, de todos ellos, el Estado escogió el municipio donde nació Medio Millón para recluir a Abeja. La PNC tiene varias decenas de subdelegaciones, decenas de delegaciones repletas de policías. La PNC tiene, a solo media hora de esta fosa séptica, un puesto policial de carretera, con bartolina, con varias patrullas, con más agentes. Pero no, la PNC decidió que lo mejor era recorrer la brecha de tierra, perderse en el norte salvadoreño, conducir por tierra y piedras y tierra y piedras media hora y refundir a Abeja en el municipio donde nació Medio Millón. El Estado pensó que lo mejor era refundir a su testigo clave ahí, y hacerlo pasar hambre arriba de una fosa séptica.

Y hay –seguramente hay– en este país, gente que goza con la imagen de Abeja, un ex pandillero, un cómplice de homicidios, de violaciones, de extorsiones, retorciéndose del hambre en una habitación ardiente y pestilente. Pero como Abeja se fue, como Abeja ya no está, nadie dirá en un juzgado que el cadáver que el Estado encontró el 3 de julio de 2010 en el kilómetro 53 y medio en el caserío Ex Ira, era de Francisco Domínguez, nadie va a contar que a él Jessica lo llevó a su casa con la promesa de sexo, y que entonces, cuando Francisco estaba en un bóxer rojo, aparecieron de un cuarto El Tigre, El Simpson y Abeja, y le metieron una pistola en la boca, y le pasaron un corvo en el cuello, y le volvieron a meter la pistola en la garganta hasta que echó sangre por la nariz. Nadie va a contar ya ante un juez que al Chino lo mataron por orden de El Simpson, porque ya no quería pertenecer a la Fulton, porque ya no quería andar matando. Nadie contará que por eso acabó con varios tiros en un zanjón cerca de Nueva Concepción. Nadie va a contar que a la señora Carmen Guerra la llegaron a asesinar porque “tenía una relación estrecha con policías”. Nadie va a recordar en un juzgado que el pandillero conocido como Monge –ni nadie va a recordar su nombre completo– le pidió un vaso con agua a la señora Carmen Guerra, que esta se lo dio y que él le agradeció con varios tiros de una pistola .38. Nadie va a contar que una niña de piel morena salió de la casa y se le abalanzó a Monge, para que este dejara de acribillar a la señora Carmen Guerra. Nadie va a contar el homicidio en perjuicio de Isaías Alcides Carrillo, el verdulero del mercado al que le pegaron un tiro justo en la cabeza. Nadie va a contar del fusil M-16 recortado que sigue en las calles ni de las nueve milímetros ni de las .38 ni de las .357.

Nadie, por supuesto, va a contar que “aproximadamente al mediodía, llega el sujeto que conoce con el nombre de Misael, alias Medio Millón… En una camioneta tipo Four Runner, color gris, junto con un guardaespaldas… Encontrándose en dicho corral además de clave Abeja, el Simpson y el Rayder, pues ya le había dicho El Simpson que llegaría Medio Millón a dejar un fusil, quien llega del sector de Nueva Concepción, entrando al corral en mención, bajándose primeramente el Medio Millón, y luego el guardaespaldas, portando el Medio Millón dos armas nueve milímetros y el guardaespaldas un AK-47… el que le entrega al Simpson, diciéndole Medio Millón: ‘Aquí te mandan, ya me entendí con aquellos’”. Nadie contará eso.

Nadie lo contará porque quien lo iba a hacer se hartó de pasar hambre, de pasar calor, de no obtener más que pestilencia a cambio de contarle secretos al Estado. Nadie lo contará, porque Abeja se hartó un día de junio de este año de todo esto y destrabó unas varillas de tres octavos de pulgada de diámetro, abrió uno de los colochos del balcón que ya estaban dañados, se metió en un agujero -del tamaño de los agujeros donde se mueve un ascensor-, y trepó hasta la tercera planta. Dejó atrás la fosa séptica, se subió al muro del vecino y se largó.

—Yo creo –dice el cabo– que si tiene enemigos, lo más probable es que lo van a mandar a la otra vida.

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿En qué parte se lo hicieron?
—En la pantorrila de la pierna derecha. Nos llevaron a un lugar donde nos hicieron el tatuaje. Nos dieron de comer y de oler una sustancia que me durmió. Cuando desperté ya tenía el tatuaje. Es una mariposa en una rama, la cual forma la zeta. Esa era la distinción, significaba que era de ellos, que era mercancía.

***

Grecia se ha ido. Relató dos veces de qué forma un grupo de crimen organizado utilizó su cuerpo como recipiente de lo que les dio la gana. Luego tuvo que irse. Lo relató ante las autoridades de El Salvador y ante las de México. Grecia ya no vive más en El Salvador. Es una refugiada en algún otro país. Por protocolo de seguridad pocos saben cuál es ese país.

Sé que tiene 29 años, que tiene tres hijos de seis, tres años y diez meses, que es casada y era desempleada cuando decidió migrar. Las únicas palabras de Grecia que he escuchado provienen de la grabación de una voz que no es suya. Se trata de los 52 minutos que tardé en leer para la grabadora la declaración anticipada que ella rindió para un juez en El Salvador.

En una diligencia hecha para el Juzgado Noveno de Paz de la ciudad de San Salvador, enfrente de uno de los que ella reconocía como victimario, a las nueve de la mañana del 2 de julio del año 2010, la testigo conocida como Grecia contestó a las preguntas de fiscales y defensores que le preguntaron qué le ocurrió. Cómo sobrevivió.

***

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Por qué razón fue citada por este juzgado? Usted fue citada por este juzgado para que se haga justicia sobre los delitos de secuestro, violación y trata de personas cometidos en su contra. ¿Cuándo inició el viaje a Estados Unidos?
—El día 13 de abril del año 2009.
—¿Con qué intención inició el viaje?
—Debido a la situación económica del país.
—¿Con quién inició el viaje?
—Con el señor Ovidio Guardado.
—Describa físicamente al señor Ovidio.
—Es una persona del sexo masculino de 69 años de edad aproximadamente, piel blanca, cabello corto, canoso, ondulado, de 1.77 aproximadamente de altura, sin dentadura. Tiene una cicatriz en la cabeza.
—¿Qué hizo este señor?
—Me engañó. En ningún momento me dijo que era coyote. Dijo que íbamos a ir a Estados Unidos, y ya estando en México mostró su verdadero objetivo.
—¿Y cuál era su objetivo?
—El primer objetivo de él era violarme, pero debido a la situación, esto no pudo ser.
—Cuando se menciona que inició el viaje, ¿cuántas personas la acompañaron en este viaje?
—Solamente el señor Ovidio.

Ovidio es un campesino moreno y arrugado, pero aún fuerte, como un árbol seco, sin hojas, pero que seguirá en pie por años. Ovidio es pariente del esposo de Grecia. Ovidio es vecino de la mamá y de la suegra de Grecia. Grecia confiaba en Ovidio.

***

Tal como le ocurrió a Grecia, el anzuelo en la mayoría de casos de mujeres convertidas en mercancía es la esperanza de salir de la pobreza. Uno de esos casos es el de la red de Barberena, que no solo habla de la procedencia de las víctimas, sino que revela muchas otras facetas de los grupos de tratantes de la región. La de Barberena era una estructura de 12 hombres y una mujer que operó hasta 2006 en Barberena, un municipio rural del departamento guatemalteco de Santa Rosa, en la costa Pacífica de aquel país. Una red asesina que incluso tenía una finca de maíz donde hacían sangrientos rituales para vestir de pánico a sus víctimas. Una red corrupta que tuvo la suerte de que un juez salvadoreño dejara en libertad a la mayoría de sus integrantes. Pero de esas facetas de la red ya habrá tiempo de hablar. Ahora mismo, lo que interesa es que ese grupo criminal arroje pistas de la selección de las víctimas.

La red de Barberena operaba desde el bar El Pantanal. La modalidad de engaño era sencilla. Enviaban en expedición a hombres salvadoreños o mujeres salvadoreñas que tras años de ser obligadas a servir sexualmente en El Pantanal –una de las sobrevivientes estuvo siete años encerrada ahí– terminaban creando una costumbre insana a la que se llega a través del exceso de maltrato.

Enviaban a estos hombres y mujeres a cantones y caseríos de los departamentos fronterizos de Santa Ana y Ahuachapán en El Salvador. Recorrían las humildes casas con la excusa de ser empleados de un supermercado y un comedor recién abiertos en Barberena que necesitaban de personal. Ofrecían 70 dólares semanales más todos los costos del traslado hasta Barberena, e incluso 50 dólares en mano para que la engañada dejara a su familia.

Los cuatro países del norte centroamericano son de origen, tránsito y destino de víctimas de trata, en los cuatro países ocurren casos de explotación sexual. Las cifras explican que Nicaragua, El Salvador y Honduras son los países de donde provienen la mayoría de las víctimas del mercado de la trata del norte de la región. Guatemala es el lugar por excelencia donde esas víctimas son esclavizadas. Y los cuatro son, gracias a los miles de migrantes que producen, la gran cantera de los tratantes mexicanos. Los expertos –oenegés, fiscales, policías, organismos internacionales– explican que la vecindad con México y el enorme flujo de migrantes que atraviesa Guatemala hacen de ese país un lugar ideal para las bandas de trata.

Los timadores que recorren cantones, aldeas y caseríos no trabajan como mormones que van de casa en casa buscando que con suerte les abra la puerta alguien dispuesto a tragarse su monserga. Estos timadores conviven en la zona, son de sus alrededores, conocen a los pobladores, se hacen pasar por benefactores, echan raíces con nombres falsos. Algunos, dice la encargada de atención sicológica de víctimas de trata de la Fiscalía salvadoreña, Silvia Saravia, saben tanto de las mujeres a las que se acercan, que incluso saben si han sido violadas en su entorno cercano. Los tratantes huelen el desamparo y la vulnerabilidad como los tiburones la sangre.

Las mujeres desesperadas que aceptaban debían viajar casi una hora hasta llegar a las puertas de El Pantanal. Sin ninguna demora, eran recibidas por hombres armados y una mujer guatemalteca, Sonia García. Sonia les pedía que cambiaran su ropa conservadora, de mujer evangélica en muchos casos, y que vistieran la minifalda y la camisa de amplio escote y colores chillones que les ofrecía. Les decía que desde ese momento debían salir a la sala principal de la casona y convencer a los hombres borrachos de que pagaran 50 quetzales (unos siete dólares) por desfogarse con ellas durante 30 minutos. Ellas, las víctimas, normalmente decían que no, que ese trabajo no era el acuerdo. Entonces, los hombres que rodeaban a Sonia, salvadoreños en su mayoría, les explicaban con los puños y con bates de beisbol que no se trataba de una oferta, sino de una orden.

Cuando en el penal de Apanteos, en Santa Ana, conversé a mediados de agosto con Rigoberto Morán Martínez, uno de los seis condenados por ser de la red de Barberena, él dijo que casi ninguna de las mujeres trabajó la primera semana durante los cerca de dos años que él sirvió en El Pantanal. La mayoría pasaba la primera semana con la cara desfigurada, morada. Y a los clientes de El Pantanal, las mujeres de rostro morado no les gustaban. Pero la conversación con Rigoberto, un hombre que toda su vida ha utilizado un fusil como herramienta de trabajo, nos enseñará luego otras lecciones.

A finales de 2007, 16 de las sobrevivientes de El Pantanal rendían declaración en el juzgado salvadoreño. Veintiséis mujeres en total habían sido rescatadas en un operativo conjunto entre la Interpol de Guatemala y la Fiscalía y Policía salvadoreñas. 20 de ellas eran salvadoreñas. Las otras seis eran nicaragüenses y guatemaltecas. Esto debido a que la mayoría de enganchadores de la red eran de El Salvador.

El informe de este año publicado por la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito explica que en El Salvador, las víctimas de trata para explotación sexual detectadas por la Policía entre 2005 y 2010 eran en un 79% nacionales. En cambio, en Guatemala, en el mismo período, solo el 4% de las víctimas era de ese país. El 89% eran personas de Honduras, El Salvador y Nicaragua.

El consenso de estudios y expertos es que las víctimas, eso sí, proceden de un lugar común entre estos países de Centroamérica: la pobreza.

Una salvadoreña rescatada de El Pantanal era menor de edad. Durante el proceso, para que rindiera declaración como testigo protegida, a ella le llamaron Carmencita. Sobre por qué aceptó, a sus 15 años, dejar a su familia e ir a trabajar a Barberena, esta fue su respuesta:

—Había días que mi mami no tenía para comprar frijoles.

Sobre aquello que tuvo que soportar en su búsqueda por conseguir esos frijoles, Carmencita dijo esto:

—Había días en los que estaba hasta con siete hombres, pero como a mí no me gustaba nada de eso, hacía berrinche. Un día que el dueño se puso bolo, nos comenzó a pegar con el machete y a mí me hirió la pierna. Yo, llorando, le decía que me llevara al hospital. La herida se me infectó, y sólo me decía que me limpiara la pierna porque daba asco a los clientes.

A los clientes, una niña de 15 años con una herida profunda en la pierna lo que les daba era asco.

***

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Y luego qué pasó?
—Una vez llegada la noche, el señor Ovidio me llevó hacia un establo que se encuentra a unas cuatro horas de un río que se llama Las Palmas. Eran las 11 de la noche aproximadamente, solo se veían tres caballos. Él me dijo que su Dios le había hablado y que yo tenía que ser de él.
—¿Hizo algo?
—Me puse agresiva, no me dejé tocar. (Ovidio) Se puso violento, me amenazó con una uña larga que tenía, dijo que no era la primera vez que mataba a una persona con una uña. Le dije al señor Ovidio que iba a hacer mis necesidades. En ese momento intento huir, salgo corriendo, llego a un lugar que le dicen El Batallón. Corrí por 45 minutos. Les dije que venía huyendo porque el señor Ovidio quería abusar de mí. Un soldado me contestó que no me preocupara, que me quedara a dormir en ese lugar.

Según su relato, al quinto día de haber salido de El Salvador, ya en México, en el Estado de Tabasco, Grecia se separó de Ovidio. Antes de que lo hiciera, recordó Grecia, él le dijo que conocería el infierno en la tierra. Luego de dormir una noche frente a una guarnición militar mexicana, Grecia volvió a buscar el camino para llegar hasta las vías del tren de Tenosique, la ciudad mexicana que abre la ruta Atlántica del llamado Tren de la Muerte, que abordan los polizones centroamericanos que buscan una mejor vida en Estados Unidos. Grecia encontró a un grupo de migrantes de diferentes países de la región y les preguntó si podía unirse a ellos, les contó lo que Ovidio había intentado una y otra noche durante el viaje. Ellos le respondieron que podía unirse. Y con ellos llegó hasta las vías, un sitio que Grecia describe de la siguiente manera: “Hay champas, hay tiendas, en la parte de enfrente hay como un hotel desalojado, también hay un pantano, había más personas indocumentadas y personas armadas”.

Tenosique, casi frontera con Petén, Guatemala, es una de las ciudades malditas de la migración. De hecho, el hotel al que Grecia se refiere es un hotel que funcionó hasta principios de 2009, y era utilizado por grupos criminales para alojar a los migrantes secuestrados antes de trasladarlos a otras ciudades del norte. Paradójicamente, el nombre del hotel era California.

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿A qué se refiere con personas armadas?
—Se encargan de llevar gente hacia arriba. Iban con jeans y camisas. Dominaban el lugar, ellos mandaban, controlaban las zonas de las vías del tren. Mencionaron que eran de una organización denominada Los Zetas, y que mandaban en la zona.
—¿Cuántas personas estaban en ese lugar?
—Unas 20.
—¿Qué tipo de armas tenían?
—Eran fusiles, armas grandes, pistolas, un hondureño que estaba ahí decía que era una Uzi…

***

—¿Quién vigilaba a las mujeres en El Pantanal? –le pregunto a Rigoberto en este patio conocido como la zona verde del penal de Apanteos en El Salvador. Rigoberto es un hombre de 48 años que estudió solo un año en la escuela, que cultivó milpas de maíz toda su infancia y adolescencia, que en 1982, cuando tenía 18 años y la guerra civil salvadoreña apenas empezaba, fue reclutado por el Ejército, que cuando la guerra terminó siguió trabajando de cargar un fusil, en este caso como guardia de seguridad de una empresa de esas que alquila hombres como Rigoberto a negocios, farmacias, tiendas, supermercados, ferreterías…
—Era gente confiable de él, familia de él. Hombres armados –contesta este hombre bajito, recio, fibroso, de rostro anguloso con un delgado bigote. Se refiere a los hombres de Adán Cerritos, el jefe de la banda de tratantes de Barberena.
—¿Llevaban armas largas?
—¿Y no de eso estamos hablando, pues?
—¿Custodiaban a las mujeres todo el tiempo?
—Todo el tiempo.

La banda de Barberena dibuja con trazos claros muchos de los rasgos comunes de los tratantes de Centroamérica. Uno de esos rasgos es el de la confección del grupo con gente cercana, parientes de ser posible, que administran los burdeles; y, más abajo, unos pocos empleados sin poder, enganchadores y matones que se encargan de llevar chicas y atizarlas a golpes de vez en cuando. Si bien la banda de Barberena era una banda internacional que engañaba mujeres en tres países, no dejaba de ser un grupo pequeño, que lejos de parecerse a las monstruosas estructuras de los cárteles de la droga, optó por consolidar su bastión único en la comodidad de lo apartado y lo rural. Ahora, ser una banda pequeña no implica ser una banda solitaria.

—¿Por qué nunca denunció lo que pasaba ahí? –pregunto a Rigoberto, concediéndole por un momento una pizca de credibilidad a su argumento de que él era un simple “barrendero, cholero” en el bar El Pantanal. Rigoberto, tras dos años prófugo, fue condenado a seis años de prisión por el delito de trata de personas en febrero de 2011. La condena máxima en El Salvador por el delito de vender a alguien para que sea utilizado como un objeto es de diez años, tres meses y tres días en el caso de que haya agravantes, como que la víctima sea menor de edad. La versión de Rigoberto es que él llegó hasta ahí engañado por una salvadoreña que era enganchadora de la red de Barberena, cocinera en El Pantanal, y de la cual él se había enamorado perdidamente.
—Porque allá no se podía, ya le dije, estaba vendida la policía de allá. No se podía. Arriesgaba mi vida. Podía ser muerto. Yo no sé cuánto dejaba de dinero (Cerritos a la policía) –contesta mientras el sol cae.
—¿Nunca vio mujeres escapar o pedir ayuda?
—No se podía. Tal vez yo hubiera sido uno de los que les diera ayuda, pero no se podía, porque ese hombre (Cerritos) tenía comprada a toda la policía de Cuilapa, de Barberena. Cuando iba a llegar gente de la capital a hacer un cateo de mujeres, la policía ya le había avisado que escondiera a las mujeres. Tal vez dejaba a algunas mujeres que estaban legales. A las demás las escondía en un lugar ahí mismo en el bar, o un día antes las llevaba a esa mentada finca. Había un montón de cafetales alrededor, y él sembraba 60 manzanas de milpa.

La red de Barberena, pequeña y discreta, dueña de un solo burdel, operaba a escala como toda gran red criminal: corrompiendo. Rigoberto asegura que los policías de Barberena y Cuilapa, municipio vecino, pasaban a recoger semanalmente el pago que Cerritos les daba, y que además eran clientes VIP en El Pantanal, al igual que algunos empleados de las alcaldías de esos mismos municipios.

Las alianzas no terminaban ahí, Rigoberto explica que pandilleros de la Mara Salvatrucha de la zona de Ahuachapán, frontera con Guatemala, operaban también como enganchadores. De hecho, un pandillero salvadoreño, Marco Antonio Godoy, cumple condena como parte del grupo de tratantes.

La red de Barberena, pequeña y discreta, operaba a escala como toda gran red criminal: cometía todos los delitos a su alcance si estos dejaban lucro. Durante el juicio, dos de las mujeres rescatadas de El Pantanal aseguraron que en varias ocasiones los dueños del negocio vendieron por cantidades cercanas a los 5,000 dólares a recién nacidos paridos por las mismas víctimas de trata.

***

El Salvador logró en 2011 ganar 11 casos de trata, todos de grupos pequeños. Y a pesar de que el número de casos ganados suena a poco, es el país centroamericano que más triunfos por este delito ha obtenido en las cortes hasta 2011, lo que habla de algún avance, pero de ninguna manera de un ideal en el tema.

La trata es un delito al alcance de la mano. Las víctimas pertenecen al ejército de los nadie de esta región, y los victimarios no necesariamente son delincuentes de trayectoria en el rubro, sino que muchas veces son emprendedores del mundo del crimen que ven en este delito un cóctel de ingredientes, entre estados débiles y víctimas desamparadas, muy apetecible. La UNDOC establece una constante desesperanzadora: solo una de cada 30 víctimas de trata en la región será detectada.

Los de Barberena, a comparación de otros tratantes, eran una red consolidada. Por ejemplo, en El Salvador, Ángel Mauricio Ayala, Kevin Oswaldo Chicas Lobato y Joel Josué Mendoza fueron condenados en 2011 a seis años y ocho meses de prisión por haber obligado a dos nicaragüenses que buscaban empleo en el oriental departamento de San Miguel a prostituirse en una cervecería y, a la que consideraban demasiado vieja para atender clientes, a servir sin paga como empleada doméstica. La vieja tenía 24 años.

Nelson Orlando Campos y Juan Humberto Ramírez Carranza engañaron a dos adolescentes guatemaltecas que, en lugar de modelar ropa, terminaron aplastadas por hombres sudorosos en una cervecería. Penan nueve y ocho años un mes. O Juan Alfonso Cuéllar, que vendió en México a una salvadoreña que viajaba indocumentada rumbo a Estados Unidos y que terminó siendo explotada sexualmente en ese país en un caso similar al de Grecia. Fue condenado a cuatro años el 9 de agosto del año pasado. Eso quiere decir que el 9 de agosto de 2013, al cumplir media condena, y si ha sido un reo ejemplar, podría pasar a fase de semilibertad, en incluso a libertad condicional. “¡Él vendió a un ser humano!”, se quejó indignada Violeta Olivares, la coordinadora de la unidad especializada de trata de la Fiscalía de El Salvador (FGR). En esa unidad, a las condenas de trata como poco las tildan de risibles. “Una mierda de penas”, me dijo una fiscal del equipo en un arrebato de franqueza. En El Salvador, un hombre que cometa el delito de robo, que, por ejemplo, asalte un bus y se lleve celulares, carteras y anillos, y sea detenido y condenado, estaría más años en la cárcel que Cuéllar, que vendió a una mujer. El ladrón recibiría entre seis y 10 años. El tratante recibió cuatro.

El Salvador reconoció este crimen en su Código Penal a partir de 2003, la primera condena se logra en 2006, van 39, y es hasta ahora que el tema parece retomarse con cierta fuerza con la creación del Consejo Nacional contra la Trata de Personas en septiembre de 2011. Ahora, ese consejo empieza a tapar los huecos de un muro en el que escasean los ladrillos.

En la conversación en el penal de Apanteos, Rigoberto Morán Martínez, el tratante de Barberena, que dice que llegó al bar El Pantanal bajo engaños de su amada, acaba de cometer un error que solo le deja argumentos absurdos para mantener su fachada de inocente. Su charada era decir que él no denunció por miedo, porque la policía estaba comprada y él era un simple sirviente bajo vigilancia. Sin embargo, en la plática admite que él trabajó ahí en dos períodos, y que en medio de eso regresó a descansar a El Salvador.

—Cuando ya se había ido por primera vez, sabiendo cómo trabajaban ahí, ¿por qué volvió a El Pantanal? –le pregunto a Rigoberto.
—¿Por qué volví? –intenta ganar tiempo cuando se da cuenta de su error.
—Si ya sabía que las tenían encerradas y las maltrataban, ¿por qué volvió? –pregunto de nuevo.
—Quizá no entienda… Hay cosas que estamos hablando…Quizá hay cosas que no las entienda. ¡Sabemos que las brujerías, las hechicerías, existen! La mujer de este señor (Cerritos) trabajaba así, con brujería. Adoraban a un tal San Simón. Así trabajaba la señora de él. Cuando la gente se iba y no quería llegar, la hacían llegar con esas cosas –responde el tratante de la red de Barberena.

***

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Cómo llegan las personas que menciona que dominaban la zona?
—Llegaban en carros, armados, entraban y salían.
—¿Cuántos días pasan en ese lugar?
—Tres días hasta que llega el señor Ovidio.
—¿Qué hacían las personas armadas?
—Ellos decían que nos uniéramos a la organización, que nos darían trabajo y comida. Eran el grupo de Los Zetas. Que me iban a pagar el viaje, que me darían comida.
—¿Qué trabajo le ofrecían?
—Que le iba a cocinar a la gente que estaba secuestrada, era más o menos el 20 o 22 de abril del año 2009.

Recapitulando: A este momento del relato, Grecia estaba en Tenosique, México, al inicio del camino de los indocumentados. Estaban en un municipio dominado por Los Zetas. Grecia se había alejado de Ovidio luego de que él intentara violarla en un potrero abandonado, y se había refugiado en un grupo de indocumentados salvadoreños y guatemaltecos.

—¿Qué sucedió cuando Ovidio llegó?
—Se me quedó viendo con una risa burlista y se fue para la casa de ellos (Los Zetas). Estaba como a cinco metros, se dirigió donde Chicho, un chavo de entre 24 y 29 años de edad con una cicatriz en la mejilla izquierda. Era de la organización. Hablaron como 45 minutos con Ovidio. Me miraban, me señalaban, yo estaba con el grupo de personas al que me había pegado.

En ese momento del relato, Grecia cuenta su viaje en tren junto a otros indocumentados secuestrados, custodiados por hombres armados que amenazaban de muerte a quien intentara escapar. Los Zetas utilizaron el tren para transportar a sus secuestrados. El tren de Tenosique viaja rumbo a Coatzacoalcos, Veracruz, y en el camino hace una serie de escalas en pequeños pueblos y rancherías aisladas. En uno de esos pueblos extraviados, en Chontalpa, Grecia recuerda que un salvadoreño de Los Zetas a quien llamaban El Pelón intentó venderla a un señor. Se supone que El Pelón quería hacer un favor a Grecia, pues le dijo que allá arriba a donde iban se sufría mucho. La venta no se consumó, y Grecia luego averiguaría que El Pelón no mentía. Entonces, el fiscal retomó la historia haciendo retroceder a Grecia en su relato.

—Cuando menciona la acción de vender, ¿ya lo habían hecho antes?
—Sí, el señor Ovidio… En mi cara le dieron el dinero por mí.
—¿El señor Ovidio iba en el tren?
—No, se fue a El Salvador con el dinero que le dieron.
—¿Cuánto le dieron?
—Dicen que 500 dólares… Chicho (uno de Los Zetas) me dijo.
—¿Luego qué pasó?
—Nos subieron a los camiones y nos llevaron a Reynosa… De Veracruz a Reynosa dura como un día y medio. Era el 26 de abril de 2009, era domingo.

A partir de ese punto, Grecia describió un clásico secuestro de indocumentados por parte de Los Zetas.

Reynosa está en Tamaulipas, el Estado bastión de Los Zetas: ahí aparecieron los 72 cadáveres de indocumentados en agosto de 2010, ahí atraparon este mes de septiembre a El Coss, considerado líder del Cártel del Golfo, la organización que dio vida a Los Zetas, ahí aparecieron 49 cuerpos más, sin cabeza, sin extremidades, el pasado mayo, bajo una enorme Z pintada en una pasarela sobre una autopista.

Al grupo de cerca de 300 migrantes los dividieron en tres casas de seguridad. Encerrados en cuartos sin ventilación, húmedos y oscuros, eran visitados por hombres con armas de fuego y bates que aseguraban que a aquel que no diera el número de teléfono de algún familiar al que pedirle rescate sería torturado. Y entonces, como siempre, algún centroamericano se resistió a dar ese número, se resistió a perder esos 300, 500, 700 dólares que suelen pedir, e intentó resistir la tortura, y todo el grupo de Grecia tuvo que ver cómo los hombres armados hacían chillar a uno que otro y prometían volver por más reacios. Así, contó Grecia, transcurrieron los primeros tres días. Al tercer día, apareció Omega.

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Puede describirlo?
—Alto, gordo, con bastante papada, blanco. También le decían Omega, Kike o el Apá. Le dijeron que había unas salvadoreñas como a él le gustaban. Nos señalaron, nos sacó del cuarto para poder ver bien si éramos bonitas. En el cuarto no había mucha luz. Era el jefe de la casa de seguridad.
—¿Por qué dice eso?
—Porque era una de las personas que llamaban a los familiares y les cobraba.
—¿Se quedó en esa misma casa?—No, me cambiaron de casa, me llevaron a una colonia residencial, a 10 minutos. En los camiones que nos habían trasladado hasta Reynosa. Iban varias personas. Nuevamente nos acuestan en el suelo. En ese lugar fui violada por Omega. Me pegó en la cara, porque le dije que ocupara condón. Me dijo que yo no estaba en lugar de pedir nada. Los abusos fueron constantes, y no solo él.
—¿Podría reconocer a esas personas en persona o en fotografía?
—Sí.
—¿Qué más pasó?
—Los abusos fueron constantes, y no solo él, unas ocho o nueve veces abusó de mí. Decía que él disfrutaba, que tenía que disfrutar también yo. Que no era para que sufriera. Me pegaba. Lo mismo pasaba con las demás personas, pero las que a él le gustaban era el primero en abusar de ellas.

Fueron, recuerda Grecia, varias semanas de abusos y golpes. Grecia asegura que pasaron tres meses y que, a pesar de que su familia en Estados Unidos ya había depositado el dinero de su rescate, ella fue vendida de nuevo.

—¿Cuánto tiempo pasó esto?
—Los tres meses, ya habían pagado todo el dinero, pero me dijeron que me iban a sacar más lucro. Me vendieron nuevamente a un bar que se llama La Quebradita. Ahí me llevaron a prostituirme. Era como una discoteca bar. El primer día fuimos rechazadas. Nos dijo la señora que era la encargada del bar que no teníamos la marca, porque éramos varias las que llevaban, y teníamos que tener marca. No sabía qué era, pero es un tatuaje.
—¿En qué parte se lo hicieron?
—En la pantorrilla de la pierna derecha. Nos llevaron a un lugar donde nos hicieron el tatuaje. Nos dieron de comer y de oler una sustancia que me durmió. Cuando desperté ya tenía el tatuaje. Tenía ardor en la pierna, porque sangraba, no mucho, sino por gotas. Es una mariposa en una rama, la cual forma la zeta. Esa era la distinción, significaba que era de ellos, que era mercancía. Eran cinco mujeres más, se lo pude observar como a cuatro mujeres más en distintos lugares, brazo, espalda, pecho, de distintos colores. El que yo tengo es entre negro y verde. Luego de habernos marcado ingresamos al lugar y comienzan a prostituirnos con los clientes que son de la misma mafia. Los clientes pagaban por nosotras y no recibíamos dinero a cambio. No sé cuánto pagaban.

Grecia cuenta que los clientes la forzaban a fumar crack, a consumir cocaína. Grecia cuenta que los clientes jamás aceptaban utilizar condón. Grecia cuenta que así pasó más de un mes. Grecia cuenta que durante ese tiempo nunca salió, que su vida fue la casa de seguridad, el bar La Quebradita y algunos moteles donde la llevaban los clientes. Grecia cuenta que si un cliente la llevaba a un motel siempre los acompañaba un hombre del bar que la custodiaba. Grecia cuenta que era normal que la golpearan, sobre todo por no querer tomar alcohol o por verse poco entusiasta a la hora de ofrecer su cuerpo a los clientes de La Quebradita. Grecia cuenta que una vez la golpearon tan fuerte que le quebraron la nariz.

Tanto la fractura de nariz como el tatuaje fueron constatados por médicos del Instituto de Medicina Legal en El Salvador, y forman parte del expediente fiscal del caso.

Grecia nunca intentó escapar. Pocos querrían hacerlo si hubieran visto lo que Grecia vio.

—¿Pasó algo más?
—Sí, a Sonia. La dejaron ir porque sus familiares ya habían pagado el secuestro. Los fue a denunciar a Migración. Los de Migración la entregaron a ellos mismos. La quemaron viva, la golpearon muchas veces con un bate. Le decían que eso no se hacía, que con ellos no se jugaba, que había perdido la oportunidad de ser libre. Nos decían que eso nos va a pasar si decíamos algo.
—¿Qué le provocó la golpiza a Sonia?
—La muerte.
—¿Con qué la golpearon?
—Con un bate, pero como no se moría, le prendieron fuego con gasolina. Gritaba de dolor, y ellos le pegaban más. Media hora, 45 minutos. El cuerpo quedó irreconocible, carbonizada, no se le veían pies. Carne quemada sin cabello. La colocaron en un altar de la Santa Muerte ahí mismo.

***

En los expedientes judiciales se consigna que el caso Barberena fue descubierto gracias a una denunciante. Basta conocer su periplo para saber que llamarle denunciante a esa mujer es tan simplista como llamarle activista a Gandhi. Esa sobreviviente es una de las 16 mujeres que declararon en el juicio salvadoreño bajo identidad protegida.

El dueño del bar El Pantanal, el tratante Adán Cerritos, tenía una finca de 60 manzanas de milpa rodeada por cafetales. La finca estaba en una de las zonas más rurales del municipio, en las afueras, más allá de la penitenciaría El Boquerón, una de las pocas razones por las que se habla de Barberena de vez en cuando. Esta red de tratantes diversificaba su delito, e igual cometían trata en la modalidad de explotación sexual que en la modalidad laboral. Las mismas mujeres que de lunes a jueves trabajaban la milpa, de viernes a domingo eran abusadas por decenas de hombres en El Pantanal.

Esa finca, según los testimonios que recogió la Fiscalía, y según el tratante con quien hablé, era también el lugar de castigos y escondite del grupo criminal. Ahí ocultaban a las mujeres cuando los policías corruptos de Cuilapa y Barberena les avisaban que venía un operativo de verificación desde la capital guatemalteca. Ahí esclavizaban en las milpas los fines de semana a aquellas que, debido a los golpes, no estaban aptas para el consumo de los clientes de El Pantanal. Ahí también les enseñaban que los castigos incrementarían en intensidad hasta las últimas consecuencias.

En una ocasión, relataron las sobrevivientes a las fiscales, las ubicaron en círculo, durante la noche, allá en la finca. En medio del círculo, dos hombres y una mujer. Afuera del círculo, hombres armados, resguardando que ninguna echara a correr. Los dos hombres mataron a golpes a la mujer en medio del círculo durante un ritual que duró varios interminables minutos. La mujer había intentado escapar de El Pantanal.

No fue la única. La mujer anónima que luego sería la denunciante vivió una situación similar. Sus constantes negativas a seducir a los clientes de El Pantanal le costaron una paliza de tales dimensiones que los tratantes pensaron que la habían matado. Dejaron el bulto ensangrentado en la finca y decidieron que se desharían de él al día siguiente. La mujer, la sobreviviente, despertó por la noche de su inconsciencia y poco a poco arrastró sus huesos molidos hasta la carretera. Desde ahí, de alguna manera que no se especifica, la sobreviviente llegó hasta la frontera y, ya del lado salvadoreño, se derrumbó frente a los policías, a quienes contó su calvario. En menos de una semana, la Fiscalía salvadoreña armó un operativo en coordinación con la Interpol en Guatemala. La coordinadora fiscal, Violeta Olivares, es muy clara cuando explica por qué no llamaron a la Policía guatemalteca: “No confiábamos en ella”.

En 2006, el juez especializado de Santa Ana, Tomás Salinas, creyó que ninguno de los ocho salvadoreños de la red de Barberena atrapados tenía por qué estar arrestado durante el juicio. Dio medidas sustitutivas, les permitió salir y que llegaran cuando se les convocara para diligencias. Algunos de los miembros de la red, al saber del operativo en El Pantanal, habían cambiado de domicilio en El Salvador, intentaban esconderse cuando fueron capturados. El juez pensó que los hombres que fueron atrapados escapando no escaparían. Todos escaparon. La Fiscalía apeló, y la Cámara Especializada en temas de crimen organizado revocó la decisión del juez Salinas. Ordenó que los capturaran a todos. De los ocho que el juez Salinas sacó de las rejas, seis han sido atrapados, el último de ellos es Morán Martínez. Dos siguen prófugos.

No es la única vez que Salinas dispuso enviar a casa a un procesado, para que este enfrentara el juicio en libertad. El caso más reciente es el de José Antonio Terán, mejor conocido como “Chepe Furia”, un viejo líder pandillero deportado de los Estados Unidos en 2006, fundador de una poderosa clica de la Mara Salvatrucha en el occidente del país, los Hollywood Locos Salvatrucha de Atiquizaya. Un grupo de cerca de 45 pandilleros, acusados de 11 asesinatos. En 2011, el juez Salinas excarceló a Terán para que enfrentara libre el juicio por su liderazgo de la clica. Consideró que, ya que era un hombre de familia, no iba a fugarse. Su decisión fue revocada por un tribunal superior, pero Terán ya huía. Fue recapturado este año, y ahora enfrenta juicio no solo por asociación ilícita, sino por el asesinato de un testigo protegido de la Fiscalía. La Fiscalía ha promovido un antejuicio en contra del juez Salinas por haberse negado a enviar expedientes necesarios para culminar un proceso penal.

***

Los sicarios asesinan. Los traficantes corrompen, matan o amenazan A, B o C. Las bandas de robacarros son un rayo, actúan en un santiamén. Los tratantes son como el agua que horada la piedra: inclementes, persistentes. Ellos necesitan a su víctima viva y asustada. Viva y aterrorizada. Viva y sumisa. Las golpizas de la finca de Barberena no eran un correctivo para las atizadas. Ellas eran, para los tratantes, muertas vivientes. Las golpizas eran un correctivo para las demás mujeres: vean lo que les puede ocurrir.

El palo, el puño y la violación son el principal método de sometimiento de las redes criminales centroamericanas dedicadas a la trata. Tanto el jefe de esa unidad fiscal en Guatemala, Alexander Colop, como su colega salvadoreña, Smirna de Calles, coinciden en que un patrón en el delito de trata es que los jefes de la banda violen a las víctimas. “Son los primeros en rebajarlas, en utilizarlas, en imponerse ante ellas”, dijo Colop. Tal como lo vivió Grecia.

Como dice el auxiliar fiscal de la Fiscalía Especial Contra la Impunidad de Guatemala, Julio Prado, si bien las bandas como las de El Pantanal, que engañan víctimas que vienen de mundos ruines, que tienen armas cortas principalmente y técnicas brutales, son los grupos que más abundan en el norte de la región, esto no implica que no existan bandas más sofisticadas.

Prado asegura que en los peores lugares donde ha participado en operativos de rescate de víctimas, estas eran obligadas a entregarse 15 minutos a cualquier hombre a cambio de 50 quetzales (6 dólares), que eran cobrados por el tratante, mientras que ha visto casos de colombianas o rusas por las que algunos clientes pagan 500 dólares por utilizarlas una hora. “La pregunta -dice Prado- es qué tipo de clientes pueden pagar esa cantidad por pasarla bien una hora”.

A partir de 2006, las autoridades guatemaltecas investigaron una red de trata y prostitución para clientes de alto nivel económico. Prado participó en el reconocimiento a una discoteca llamada Caprichos, propiedad del empresario Herman Smith, un comerciante de la noche que se codeaba con funcionarios y personalidades de ese país. En el lugar encontraron salvadoreñas menores de edad, hondureñas y rusas, sistemas de puertas ocultas y túneles que conectaban con casas aledañas donde había libros de autoayuda, de superación y de teorías económicas que, según explicaron algunas víctimas, Smith, a quien llamaban “papito”, utilizaba para explicarles que ellas, a pesar de haber llegado al lugar bajo engaños, ya que estaban ahí podían convertirse en empresarias si aprendían a ver su cuerpo como mercancía. Smith, un tratante persuasivo, convencía a sus víctimas de que él no era su victimario, sino su benefactor. El juicio nunca terminó porque a Smith un sicario le disparó en la sien el 6 de mayo de 2008 dentro de la discoteca Caprichos. El sicario huyó.

Guatemala ya ha condenado a varios colombianos por el delito de trata, acusados de pertenecer a una red conocida como la red del departamento de Pereira, dedicada a traer mujeres voluptuosas desde esa región colombiana bajo la mentira de que se dedicarán al modelaje. Estas redes, asegura Colop, incluso moldeaban a sus víctimas, poniéndoles implantes de senos y nalgas, asegurándoles que eran necesarias para triunfar en el mundo de las pasarelas. “Las traían a Honduras, y cuando ya no gustaban las traían para acá”, explica Colop. La trata ocurría cuando a las mujeres se les decía que estarían encerradas hasta que con sexo pagaran por los implantes, el traslado, la alimentación, el vestuario. Una cuenta que nunca terminaba de saldarse. Prado incluso explica que la lógica de traer colombianas a Guatemala responde al ojo de buen empresario de los que entienden que los narcos de aquel país instalados en Guatemala pagarán grandes sumas por acostarse con una bella pereirana.

En El Salvador, la autoridad de mayor nivel a cargo de crear estrategias para combatir el delito de trata, el viceministro de Justicia y Seguridad, Douglas Moreno, asegura que “hay una estructura de gente organizada con mucho poder económico que se ha lucrado de esta situación y que no lo sabíamos. Gente que no nos imaginaríamos que está en este negocio y que lamentablemente aún no contamos con las pruebas que nos vinculen hasta ellos”.

Redes como la de Smith o la de Pereira representan esa otra cara de las redes de trata, la de solapar el esclavismo, esconderlo tras un porqué: porque debes pagarme esa deuda, porque te estoy ayudando a superarte, porque no tienes papeles y debes darme algo a cambio de mi protección… Otras redes, como la de Barberena, como muchas otras redes con ese poder intermedio, esa corrupción local, ese armamento mínimo, que abundan en Centroamérica, prefieren el mecanismo más barato para conseguir que sus víctimas hagan lo que les ordenen: puño, garrote, fuego, miedo.

Silvia Saravia, la jefa del equipo que atiende a las sobrevivientes de trata antes de permitir que la Fiscalía salvadoreña las prepare para juicio, ha visto decenas de casos de mujeres que se enfrentaron a esa modalidad cavernícola de redes más locales. De ellas, dice lo siguiente:

—Las que han estado encerradas tienen temor extremo, miedo tremendo por ellas y por su familia, que sufran las consecuencias de su escape. Bloqueo emocional, están totalmente encerradas. Muchas requerirán atención siquiátrica. Ideas suicidas, ideas de desaparecer, persecución. Creen que no pueden confiar en nadie. Saben que las personas no están jugando, saben que el victimario va a cumplir… Trastornos de ansiedad, se les quita el sueño, el hambre… Grecia, por ejemplo, ella tendrá que recibir… –piensa unos segundos– Todo un proceso de atención integral.

***

Tras casi tres meses de ser obligada a atender clientes en La Quebradita, una semana después de ver arder en llamas a Sonia, luego de que su tía depositara $3,500 como rescate, Grecia fue liberada por Omega. Le entregaron 300 pesos (unos $25), la dejaron en la terminal de buses de Reynosa y le ordenaron que se fuera lejos. Una de las fiscales que entrevistó a Grecia durante el proceso asegura que ella les contó que algo raro ocurría en esos momentos, y que el grupo de zetas parecía desmontar las casas de secuestros y emprender huida. Con 300 pesos, Grecia solo consiguió comprar un boleto hacia Monterrey, y descender unos 200 kilómetros en el mapa mexicano. Ahí, Grecia relató que fue un taxista quien se interesó por su situación, le preguntó si era indocumentada y la llevó hasta la oficina de atención al inmigrante, un albergue estatal, donde la encargada de la casa supo leer los síntomas de Grecia. A esa casa, según la revisión médica que le realizaron, Grecia llegó con infección vaginal y enfermedad inflamatoria pélvica.

***

Pregunta uno de los fiscales. Contesta Grecia.

—¿Qué pasa en atención al inmigrante?
—Al ver mi comportamiento, la encargada de la casa, al ver que lloraba, gritaba, no me veía normal, comenzó a preguntar. Poco a poco le fui diciendo… Me buscaron una casa albergue con el arzobispado, especial para personas que han pasado por el delito de trata… Me proporcionaron sicólogo… Me trasladaron de Monterrey al Distrito Federal… Por cinco meses fue asistida por tratamiento sicológico y jurídico.
—¿Participó en una investigación?
—Sí. Todo el tiempo que estuve ahí.
—¿Hubo personas detenidas?
—Sí, por secuestro y trata de personas. Me enseñaron unas fotos, y son aproximadamente de diez a doce personas entre hondureños y mexicanos (los detenidos).

El 23 de noviembre de 2009, Grecia ya estaba en Ciudad de México, en manos de la Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia Contra las Mujeres y Trata de Personas (Fevimtra). Según el expediente fiscal, en la primera sesión de atención sicológica se mostró “deprimida, desconfiada y con imposibilidad del llanto”. Fueron necesarias 11 sesiones para conseguir su declaración. Gracias a lo que Grecia le dijo a las autoridades mexicanas, en 2009 se realizaron allanamientos a varias casas en Reynosa y se capturó a 12 presuntos integrantes de Los Zetas que operaban bandas de secuestros. El proceso en contra de esos hombres aún no termina, al igual que las secuelas de Grecia.

Cuando en diciembre de 2009 Grecia regresó a El Salvador, su situación empeoró. Grecia explicó que Ovidio, tal como ella temía, había amenazado a su suegra y a su madre. En el peritaje sicológico que le fue realizado por el Instituto de Medicina Legal de El Salvador, se registró que Grecia “no puede dormir por las noches, cualquier ruido siente que son balazos, ha pasado sin comer hasta dos o tres días, al encender leña recuerda a Sonia, el apetito sexual se le ha quitado, empuja a su pareja cuando tienen relaciones”. El informe concluye con una ficha resumen.

Pensamiento: depresivo, ansioso.

Orientación: en su declaración asegura que hay vacíos porque no recuerda eventos. Lagunas mentales.

Nivel de funcionamiento sicológico actual: neurótico.

***

El miércoles 26 de mayo de 2010, una mujer salvadoreña de 29 años vio en un diario la fotografía de alguien que le parecía conocido bajando de un pick up esposado a otros dos hombres. La Policía había detenido la noche anterior en el parqueo de la discoteca Kairo’s, sobre el boulevard de Los Héroes, a un hombre gordo, a un mexicano, a cuatro salvadoreños y a una salvadoreña en una camioneta todoterreno negra con placas guatemaltecas. Al interior de la camioneta, en un compartimento secreto que se abría con interruptor eléctrico, la Policía encontró un fusil Galil, dos M-16, una carabina 30.30, dos escopetas, un revólver, una granada de iluminación de uso militar y 11 celulares. La mujer de 29 años creyó conocer al hombre gordo de la foto, pero intentó no pensar en ello durante el día. Por la noche de ese miércoles, el hombre gordo volvió a aparecer en todos los noticieros, incluso dijo algunas palabras y se escuchó su voz chillona. La mujer no pudo obviar más que ella conocía al hombre gordo. Lo conocía muy bien. La mujer era Grecia y el hombre gordo, Omega.

El verdadero nombre de Omega es Enrique Jaramillo Aguilar, tiene 35 años, nació en Apatzingán, Michoacán, México, y en diciembre de 2011 fue condenado a nueve años de prisión en El Salvador por el delito de tenencia y portación de armas de guerra y documentación falsa. Ahora mismo está encerrado en el penal de Apanteos. Jaramillo se identificó como guatemalteco ante las autoridades salvadoreñas y mostró un documento falso. Su arresto aquel miércoles 26 de mayo fue el resultado de un operativo policial que lo ligaba a Los Zetas. La alerta saltó cuando la Policía, gracias a un informante, se enteró de que el falso guatemalteco estaba ligado a la masacre de Agua Zarca en Huehuetenango, frontera con México, en noviembre de 2008, cuando presuntos miembros guatemaltecos del cártel de Sinaloa y Los Zetas se enfrentaron durante varias horas y dejaron 19 cadáveres regados en esa aldea. Aquel aún es recordado como uno de los eventos más importantes que evidenció la penetración de los grandes grupos mexicanos en Guatemala. Jaramillo fue arrestado acusado de ser uno de los zetas que participó, pero el Ministerio Público guatemalteco no consiguió probarlo ante un juez.

Grecia, al reconocer al hombre que asegura la violó en Reynosa, la vendió en La Quebradita, y cobró los 3,500 dólares a su tía, decidió denunciar ante la Fiscalía salvadoreña. Entonces, empezó el periplo de Grecia que la llevó a dar el testimonio adelantado ante un juez, dos fiscales, dos abogados defensores contratados por Jaramillo, y el mismo Jaramillo. Grecia pidió rendir declaración anticipada pues no quería enfrentar todo el proceso judicial en el país. Sentía terror de que Omega enviara gente a lastimarla. Luego de eso, Grecia, con el apoyo de la Organización Internacional para las Migraciones y la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados, salió del país hacia alguno que no será revelado, obtuvo una nueva identidad e intenta rehacer su vida.

***

Miércoles 4 de julio de 2012. Juzgado Especializado de Sentencia B de San Salvador. 8:30 de la mañana. Alegatos finales en contra de los acusados Enrique Jaramillo Aguilar y Jesús Ovidio Guardado.

Jaramillo espera junto a Ovidio afuera de la sala. A Jaramillo le cuelgan los pellejos en la papada. Ha perdido mucho peso desde aquellas fotografías cuando fue detenido en la discoteca Kairo’s. Ha perdido pelo también. Lo lleva al rape en los lados e irregular arriba, como si en lugar de cortárselo se lo hubieran arrancado. Viste una polo de rayas horizontales grises y rosadas y un jeans roto en la rodilla izquierda. Va esposado de muñecas y tobillos. Ovidio luce aún más desgarbado, más consumido, luego de un año de haber sido arrestado. La camisa blanca de botones y el pantalón caqui de tela le quedan sobrados.

Adentro de la sala, los dos abogados privados que contrató Jaramillo restan cualquier solemnidad a lo que va a ocurrir en la sala. Bromean sobre un supuesto intento de suicidio que Grecia vivió en su adolescencia.

—200 pastillas dicen que se tomó, era narcótica –dice uno al otro con desparpajo.
—No, lo que me pregunto es dónde putas le cupieron –responde su colega. Ríen a carcajadas.

Luego, el primero pone en su teléfono celular un reggaeton al volumen que el aparato da. El secretario del tribunal le pide que por favor salga de la sala.

Las dos fiscales hacen su alegato final: Ovidio la vendió en la línea del tren… bar La Quebradita… Es tratada como mercancía… Jaramillo la violó constantemente… Tatuaje en su pierna derecha… La perito dijo que el daño de la víctima fue a causa de lo que pasó en México… Para Ovidio, violación en grado de tentativa y trata agravada… Para Jaramillo, violación continuada y trata agravada… Máxima pena en ambos casos.

Los abogados de Jaramillo contestan: ¿Que es de Los Zetas? ¿Dónde dice eso?… Inventos… El peritaje habla de lagunas mentales… La víctima dice una cosa y luego otra… Es una persona inestable… Su niño de siete años se viste de mujer… Que su niño saliera con esas cosas anormales no es por lo que dice que le pasó… Una víctima que no merece credibilidad.

Luego la abogada pública de Ovidio: el delito en grado de tentativa ni existe. ¿Hay penetración o no hay? No se configura.

Luego, sorpresivamente, pide la palabra Jaramillo. Con su voz chillona le llama “mi señoría” al juez y da sus argumentos para exculparse. El primero intenta hacer ver que Ovidio es demasiado viejo para andar en eso de la migración. El segundo, es un tanto confuso. Habla de que Grecia dijo que Ovidio solo tenía cinco dientes, pero cuando le preguntaron si sabía cuántos debía tener un ser humano dijo que sí, que 36. “Y hasta donde yo sé, son 32”. En el tercero asegura que él no vive en Reynosa, ni conoce a nadie de por ahí, que es de otro estado, de Michoacán (sin embargo, el expediente de antecedentes que enviaron desde México asegura que él es prófugo desde 2006 en el Estado al que pertenece Reynosa, Tamaulipas, por daño en propiedad ajena). El cuarto reza que él no ha sido militar nunca, y que Los Zetas son militares, que ha oído canciones que dicen que Los Zetas son 30 y que él no es uno de ellos.

***

Viernes 6 de julio. Lectura del fallo judicial.

Absueltos.

El juez Roger Rufino Paz Díaz ha considerado que Grecia se contradijo. La causa principal es una versión distinta que Grecia dio a la Fiscalía salvadoreña y a la mexicana. Allá omitió incluir a Ovidio en la trama, y dijo haber sido vendida a Los Zetas por personas vinculadas a un albergue en Veracruz. Las fiscales del caso aseguran que Grecia hizo eso porque sabía que Ovidio estaba en el país, conocía a su familia y vivía muy cerca de su madre. Grecia, dicen las fiscales, temía que al denunciar a Ovidio en México, se informaría a las autoridades salvadoreñas, y al enterarse, Ovidio podía dañar a su familia. Por eso, lo borró de la historia cuando estuvo allá, y solo fue capaz de incluirlo cuando, ya en El Salvador, pudo constatar que su familia estaba bien y advertirles sobre el riesgo. Las fiscales explican que el peritaje sicológico de Grecia da argumentos que hacen creíble esa versión. Grecia, como dijeron los que la evaluaron, temía. Temía mucho.

La Fiscalía, en voz de la jefa de la unidad de trata, Smirna de Calles, montó ese mismo día una conferencia de prensa. Lamentó el fallo, explicó que las víctimas de este delito lidian con sus traumas y fantasmas a la vez que declaran. Aseguró que en ese mismo momento preparaban el recurso de revisión, para que sea la Corte Suprema de Justicia la que decida. El recurso aún no ha sido resuelto.

Grecia no volverá a declarar. Ni siquiera la Fiscalía sabe dónde está. Ella sobrevive en algún lugar.