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El fetiche diferente

Publicado: 22 noviembre 2010 en Pablo Galfré
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Ustedes dirán que exagero, pero les juro que no es así. Ya verán. Todo empezó por casualidad en un puesto de diarios que está en la cosmopolita Plaza Italia. Me encanta mirarlo detenidamente porque hay publicaciones de todo el mundo: siempre  observo sus revistas buscando alguna historia rara e interesante por contar. Y así fue como descubrí a la revista El Cisne. Su título de tapa me causó intriga apenas lo vi: Devotee y wanabee, el nuevo tabú sexual. Así comenzó esta historia que no sé cómo terminará. Ya verán.

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Cita textual: Se conoce con el término de devotee (del inglés, ser admirador de, devoto de) a aquella persona que disfruta y siente placer relacionándose sexual o indirectamente con personas con discapacidad física. La discapacidad o la amputación son objetos de su deseo y muchas veces su obsesión. Para el wanabee (del inglés, want to be, querer ser) la fuente de placer se encuentra en el deseo de llegar a ser discapacitado, al punto de simular serlo, y en casos extremos, de autolesionarse.

[Fuente: Revista El Cisne. (Revista sobre discapacidad, educación y rehabilitación). Nº 193. Setiembre del 2006]

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Entrevista a licenciada María Elena Villa Abrille, quizá la única sexóloga de Argentina que sabe algo sobre devotismo.

¿Qué es un devotee?

Es una persona que se siente sexualmente atraída hacia las personas con discapacidad o que tan sólo admiran como ellos llevan adelante sus vidas a pesar de las limitaciones. Pero lo importante es que cuando esta atracción es sólo de tipo sexual puede llegar a transformarse en una obsesión. Más aún, si esta obsesión perdura por más de seis meses, si su único fin pasa por relacionarse sexualmente con personas discapacitadas, estamos hablando de una parafilia.

¿Y qué sería una parafilia?

Es el término moderno que se usa para lo que antes se le llamaba perversiones o desviaciones. Cuando la relación se da sin el consentimiento del otro y cuando ese deseo hace daño al otro estamos hablando de parafilias. Sino puede ser una preferencia sexual más. Eso es en el caso de los devotees. Pero los wanabees ya es otra cosa, creo que algún trastorno tienen, porque no cualquiera desea ser discapacitado.

¿Y cómo son los devotee parafílicos?

Suelen merodear a los discapacitados y su gran deseo compulsivo es tener una relación sexual con dichas personas. Los hombres suelen elegir a las mujeres con amputaciones en las piernas y las mujeres prefieren a hombres en silla de ruedas. El devotee parafílico no se fija en la otra persona ni en el daño que le puede hacer.

¿Qué opinan de los devotee las personas discapacitadas?

Atrocidades. Tienen miedo y quieren distinguir bien quién es devotee y quién no. Yo les diría que estén atentos a los devotee obsesivos, pero que estén abiertos a aquellas personas que quieran brindarles cariño genuino. Hay que comprender que el devotismo no es más que una nueva variante de la conducta sexual humana.

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Internet es donde tanto devotees y wanabees encontraron refugio para armar un mundo paralelo donde expresarse, informarse y, claro está, calentarse. Ustedes ahora están a un click de distancia de miles de páginas web que ofrecen fotos de mujeres en ropa interior luciendo sus prótesis o de mujeres amputadas que provocan con sus hermosos cuerpos desnudos –o partes de él-. Así como algunos buscan en Youtube los grititos histéricos de Chachi Telesco, los devotees optan por apreciar videos de discapacitadas que bailan con sus sillas de ruedas o de filmaciones porno soft de mujeres que seducen con la sensualidad de la ausencia a hombres que desean servirlas apasionadamente. Como todo mercado porno/erótico, la oferta es básicamente para la platea masculina. Además, como sostiene la licenciada Villa Abrille, hay un 20% más de devotees varones que mujeres.

Pero los foros son la piedra angular de este cibermundo, la plaza pública donde devotos y personas con discapacidad pueden conocerse, hacer amigos u ofrecerse como humildes servidores de mujeres y hombres postrados.

En uno de ellos -www.disconocernos.com.ar- me topé con deseos que jamás imaginé posibles, con mensajes que no comprendí al principio, con ciertas sintaxis inabarcables (Los correos electrónicos publicados en este artículo pertenecen a personas reales que autorizaron su publicación, pertenecen a personas que te quiere conocer y que desean que les escribas). Algunos ejemplos:

Busco chica discapacitada para servirla humildemente. Quiero ser tu criado absoluto. Estar siempre pendiente de ti. Cuidarte sin rechistar y obedecerte por completo. Sin interés sexual ni económico. Admito cualquier tipo de discapacidad. ¡Escríbanme a perrok_@hotmail.com!

Busco un hombre discapacitado y sexualmente activo. Soy homosexual y te quiero ayudar. Si sos una persona con capacidades diferentes pero cuya vida sexual es incompleta mandame un mail a hembrita@ardiente.com. No me importa cuál sea tu discapacidad sino simplemente que seas una buena persona que necesite calmar sus urgencias sexuales.

¿Alguien me puede dar un poquito de amor? Tengo 25 años y uso silla de ruedas, por lo cual me es muy difícil encontrar pareja o amigos. La verdad es que necesito conocer a un hombre. A veces me siento muy sola  y quiero saber lo que es ser amada y besada, despertar algo más que lastima. Sólo quiero amor. maria_disca@hotmail.com

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Rodrigo fue el primer devoto que conocí. Con él puedo decir -no creo que me contradiga-, que ya somos un poco compañeros. Digo esto porque ya nos vimos cuatro o cinco veces y chateamos bastante seguido. Digo esto porque desde nuestra primera cita hasta el día de hoy su vida dio un giro de 180 grados. Ya verán.

Primero -para ir entendiendo un poco qué es todo esto del devotismo- le pido que me explique qué es lo que siente por las personas con discapacidad y él me dice que toda su vida tuvo estos sentimientos, esta admiración por ellos. Admiración que sentía mientras los veía subir a un colectivo en silla de ruedas o caminar por el centro con sus bastones despreocupadamente. El admira que sigan adelante a pesar de los obstáculos que les planta la vida.

Rodrigo me aclara que en el mundo devotee sobre gustos no hay nada escrito, y que hay todo tipo de discapacidades para cada devoto. Así como algunos admiran a los parapléjicos, hay otros que se sienten exclusivamente atraídos por los amputados. “Pero a mí lo que más me interesa son las desviaciones en la columna y la falta de motricidad. Creo que viene por ese lado. Todo lo relacionado con los aparatos ortopédicos”. Pero me aclara que no es que le gustan las mujeres de un andar defectuoso y listo. Primero le tiene que gustar como mujer, como persona. Como a todo el mundo.

Ahora ya no juega más a este juego, dice que se curó, pero meses atrás cuando caminaba por la calle no podía dejar de mirar a los discapacitados. “Recuerdo observarlos sin poder sacarles los ojos de encima”. Llegó al extremo de cronometrar los horarios de distintos discapacitados para poder conocer sus movimientos y así volver a verlos una y otra vez. “Y ahí yo me atormentaba preguntándome por qué me pasa esto. Sin embargo nunca me cansaba de mirarlos, de admirarlos”.

Estos cuestionamientos se transformaron en pesadillas y en insomnios eternos y nocturnos. Dentro de su cabeza escarbaba la idea que era el único pervertido del mundo que gustaba de los discapacitados. “Entre los devotee nos decimos: estamos enfermos pero no queremos el remedio. Disfrutamos de la enfermedad. Yo durante un tiempo sufrí con esta enfermedad, pero ahora puedo decir que la estoy disfrutando”. Ya verán por qué.

En una de esas largas noches de insomnio Rodrigo tuvo una idea un tanto extravagante: quebrarse una pierna para poder usar muletas. Con unas maderas sobrantes creó un sistema de pitones y poleas y puso un peso sostenido por una soga en lo alto del techo para luego dejarlo caer sobre su pierna y así quebrarla en mil pedazos. “Tenia 13 años y ya era conciente que me atraía el tema. Quería ver cómo se sentía ser un discapacitado. A último momento me dije qué mierda estoy haciendo y tiré todo al carajo”. Por suerte para él ya dejó de tener estos deseos de pretender ser un discapacitado. Por suerte para él y para sus piernas.

Después de esta revelación ya me siento más en confianza para hacerle una pregunta más… qué sé yo, íntima diría.

– ¿Cómo es el sexo con una mujer discapacitada?

– Nunca me acosté con una discapacitada. En realidad nunca me acosté con una mujer en general. Soy virgen.

Siendo devoto e inmaculado no me queda otra que preguntarle cómo hacía para calmar todos esos deseos libidinales de estar con una mujer discapacitada. Le pregunto si, como todos nosotros, no recurría a material erótico de la web y a utilizar simplemente su mano para calmar sus ansias de placer. Pero me responde que no, que nunca sintió esa necesidad. Me responde: “Nunca me hice una paja en toda mi vida”.

– ¡¿Nunca te hiciste una paja?!

– Te lo juro. Sí estuve desesperado por estar con cualquier tipo de mujer, pero nunca recurrí a eso.

– ¿Y como satisfacías tu libido si no te hacías una paja?

– Cuando tenía 13 años hice unas muletas con unas maderas y durante un tiempo las usé a escondidas en mi casa. Caminaba de acá para allá con las muletas y eso me excitaba mucho. Pero nunca fue una obsesión estar con una persona con discapacidad.

Rodrigo quiere dejar bien en claro, para que nadie se confunda, que sus intenciones siempre fueron buenas, que tiene plena conciencia que está ayudando a personas que nadie mira, que todos discriminan. “Nunca fueron una carga estos sentimientos. Si vos me preguntás si en algún momento hubiese preferido dejar de sentirlos, te digo que no definitivamente. Estoy muy contento con esto que siento. Aparte, en mi caso va más allá del sexo. No soy un fetichista. Yo lo que quiero es una relación de pareja, amar a una mujer discapacitada”.

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Carta de una chica que desea ser discapacitada:

Estimados lectores de la Revista C:

Ustedes quizá no puedan comprenderme, pero es así: deseo ser discapacitada. Mi ideal sería ser parapléjica, pero para serles franca me conformaría con mucho menos. Una leve cojera, por ejemplo. Lo que fuese para aliviar un poco esta sensación de estar en un cuerpo que no me pertenece.

La verdad es que no sé por qué deseo ser discapacitada pero sí sé que me pasa desde que era una niña. La intensidad del deseo fluctúa entre la obsesión y una necesidad relativa. Cuando estoy mal de ánimo es cuando más perentoria se vuelve esta cruel necesidad.

Siempre me he sentido muy culpable con todo esto y la verdad es que me parece una falta de respeto total hacia los discapacitados insinuar que lo que personas como yo sentimos es natural o esté bien. Yo no creo que lo sea.

Por otro lado, sé que muchos wanabees serían capaces de ir hasta las últimas consecuencias para conseguir su propósito: provocarse una lesión o amputarse un miembro de su cuerpo. ¡Pero ese no es mi caso! Yo sería incapaz de infringirme el más mínimo daño para llegar a estar paralizada. Entonces tengo claro que mi realización tiene que venir desde otro lado.

¡Espero que algún día la sociedad sepa comprendernos!

Si otro wanabee o quien sea me quiere escribir para intercambiar sentimientos lo puede hacer a downflake@yahoo.es

¡Besos a todos!

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Entrevista con Augusto. Tiene 35 años, un trabajo estable, está casado en un matrimonio que se cae a pedazos y tiene dos hermosos hijos. Su esposa desconoce que es devotee. Si lo supiese, huiría.

– En tu caso, ¿qué tipo de discapacidad te atrae?

– Amputaciones de miembros inferiores. Me da lo mismo si es la pierna derecha o lo izquierda. Lo que sí me gusta es que la amputación sea por encima de la rodilla. Hay gente que prefiere una o dos piernas amputadas, yo no tengo preferencia en ese sentido.

– ¿Y por qué crees que te atraen las mujeres amputadas?

– No sé ni me lo pregunto. Al principio sí me cuestionaba por qué tenía estos deseos. Me parecía demasiado raro porque no estaba dentro de lo que son los estándares que te enseñan: “A vos nene te tienen que gustar las chicas rubias, flacas y lindas”. Y que te guste algo diferente hace que te hagas un montón de planteos: “¿Por qué me atrae esta persona si supuestamente me debería dar asco?”. Y en un momento me dije “¿Por qué asco? ¿Cuál es la diferencia? Le falta algo, ¿y qué?” Sigue siendo la misma persona básicamente, ¿o no? Lamentablemente yo aún no pude conocer íntimamente a una mujer amputada.

– ¿Qué les dirías acerca de ustedes a las personas con discapacidad?

– Yo creo que les cuesta mucho conseguir sexo y desconfían de todo el mundo. A veces se protegen demasiado y no se dan la oportunidad de conocer a una persona que tal vez pueda gustarles o no. Les diría que salgan más, que se animen, que hay gente que noblemente gusta de ellos.

– En los foros dicen que los devotee son unos enfermos y que objetivan a los discapacitados.

– ¿Y qué si parcializamos al otro sin dañarlo? ¿Acaso la gente “normal” no es fetichista? A algunos hombres les gustan las culonas y a otros las tetonas. Hay mujeres que se sienten atraídas por los musculosos y otras por los intelectuales. ¡Todos parcializamos! Todos tenemos un objeto de deseo más o menos oculto. Lo importante es no lastimar al otro. Nosotros, los devotos, les damos a las mujeres discapacitadas lo que mucha gente les niega: las dotamos de sexualidad, les damos la oportunidad de seducir al otro, de ser lindas y bellas. Dejemos de ser hipócritas, por favor.

Hace unos días Augusto me llamó y me dio la noticia que su matrimonio se terminó por despedazar. Además me dijo que tiene muchas ganas de conocer a una mujer amputada. Les dejo su correo: soydevo@gmail.com.

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Carta de un mexicano devotee que quiere dejar de serlo:

Estimado Pablo:

Quiero contarte que no amo a la discapacidad pero desde tiempos inmemoriales me he sentido compulsivamente atraído por damas discapacitadas, sobre todo por las que sufrieron amputaciones. Quisiera borrar de una vez por todas estos deseos que me atormentan.

Te contaré un par de cosas que las puedes tomar en cuenta para tu investigación (prométeme que no vas a revelar mi identidad):

1. No sé cómo ni cuándo llegué a ser un devoto: creo que nací así.

2. Nadie sabe que soy un devoto. Me da una enorme vergüenza, me da terror.

3. He bregado fuerte para que esto no permanezca en mí, pero permanece.

4. He luchado, y hasta ahora lo he conseguido, por no dañar a nadie.

5. Esto es una carga emocional muy fuerte que me estresa y me deprime.

6. Vengo de una familia de buenas costumbres y dedico mi vida a trabajar, a ser un buen esposo y un muy buen padre.

Ojalá tu artículo sirva para que la sociedad no mire a los devotos como aberrados sino como personas con psicología especial que necesitan ayuda. Particularmente, yo estoy encontrando ayuda en la Palabra de Dios, al menos he encontrado que El si me comprende, me perdona y me guía hacia sendas donde no hay maldad.

Te mando un saludo.

***

Mi segundo encuentro con Rodrigo fue cuatro meses después y ya todo había cambiado. ¿Recuerdan que les dije que jugaba a seguir a las personas con discapacidad para poder admirarlos? Bueno, ese juego inocente tuvo sus frutos: así conoció al amor de su vida y también la cura a su enfermedad, según dice él.

Durante cinco años seguidos Rodrigo se tomó siempre el mismo colectivo para ir a la misma escuela. Días tras día. Y así fue como Rodrigo durante esos cinco años de viaje en colectivo admiró y observó en secreto a María, una chica discapacitada que utiliza bastones en ambos brazos para agilizar su errante andar.

“Yo me sentaba lejos de ella para que no se diera cuenta que la observaba. Alguna vez me pasé de parada para ver dónde se bajaba. Me llamaba mucho la atención su destreza al bajar del colectivo”.

Pero al terminar el secundario concluyeron también los viajes en colectivo y así Rodrigo no pudo admirar más a María. Hasta que un día, un amigo discapacitado de Rodrigo, sin saber que él admiraba en secreto a María, le pasó el mail de ella. Casualidad y destino -¿por qué no ambos?- confluyeron en la vida del devotee y la discapacitada.

Y así fue como finalmente se conocieron. Primero chatearon un tiempo e intercambiaron inquietudes hasta que tuvieron su primera cita. “Cuando la vi fue amor a primera vista. No sé qué fue lo que más me gustó, pero recuerdo que fue muy fuerte”.

Y bueno, salieron varias veces más, fueron a tomar unos helados por el barrio, se fueron conociendo y como cualquier otra pareja de tortolitos finalmente se pusieron de novios. Rodrigo, como todo caballero que se precie de tal, llevó a su novia a su casa para presentársela formalmente a su familia. Pero seguramente su madre, como todas nuestras madres, esperaba ver entrar por la puerta nupcial a una hermosa niña rubia y de ojos verdes. Quien entró fue una hermosa niña rubia y de ojos verdes pero con algunos pequeños detalles: a causa de una enfermedad congénita María tiene una malformación en la médula espinal que la obliga a usar bastones para poder caminar. Digamos que mamá rechazó a la flamante pareja, pero como el amor es más fuerte Rodrigo y María se fueron a vivir juntos a una pequeña pensión y su vida cambió radicalmente. Dejemos que él lo cuente.

“A partir de María me curé. Yo no discuto que estamos enfermos. Sí, lo estamos, pero no todas las enfermedades son malas. Me sigue atrayendo el tema discapacidad  pero no sexualmente hablando. Antes de María, si veía a una mujer discapacitada, me excitaba. Ahora ya no, ahora veo a una persona más y punto”.

Hay un pequeño detalle de esta particular historia de amor que me olvidé de contarles. María no sabe que Rodrigo la conoce de hace tiempo, no sabe que él la admiraba en secreto en el colectivo. María no sabe que Rodrigo es devotee.

“Aún no le dije que soy devotee. Cuando se calmen más las cosas se lo diré. No sé cómo va a reaccionar. Pero siempre me gustó decir las cosas de frente, nunca mentí en toda mi vida. Entonces sí o sí se lo voy a decir pero no se cómo reaccionará. Tengo mucho miedo que diga que estoy enfermo y que me deje. Que tergiverse lo que yo siento por ella. Y yo tan sólo la amo”.

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Carta de una devotee que no tiene ningún problema con ser devotee:

Querido Pablo:

Me llamo Marcela, tengo 30 años y soy nicaragüense.

Déjame contarte que desde muy pequeña he sentido atracción por los hombres en silla de ruedas. Crecí y mis fantasías fueron tornándose recurrentes e inexplicables para mí. Sin embargo, nunca he tenido contacto con personas discapacitadas: alimento mis fantasías con películas, telenovelas e internet. Utilizo mi imaginación más que nada pues mi atracción no es sexual, es romántica. Mis fantasías pasan más por el amor, aunque amor también implica, claro está, sexo. Pero sin segundas intenciones, más bien lleno de entrega y dulzura, caricias y mimos.

A partir de la web conocí el término devotee. Descubrí con asombro mensajes de gente como yo tratando de establecer contacto con discapacitados. ¡Al fin encuentro gente como yo! Lo digo con orgullo: ¡Soy una devota! Por primera vez en mi vida sé que no soy la única persona en el mundo que siente y ama de esta manera.
¡Qué locura!: hay hombres discapacitados que sueñan con una mujer que los valore y los ame y hay mujeres que sueñan con un hombre discapacitado a quien amar y entregarle su vida, pero paradójicamente el mundo nos impone los prejuicios que evitan que nos conozcamos.  ¡Qué mundo cruel el nuestro! ¡Cuantas cárceles en nuestras cabezas!

Espero que tu artículo sirva para que devotees y personas con discapacidad nos conozcamos entre sí y ser más felices.

¡Besos para todos!

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“Abel es mi nombre. Mirá, desde niño siento admiración por las personas con discapacidad. Recuerdo que una vez estaba jugando con un muñeco y de golpe se le salió la pierna. En vez de ponérsela, jugué a que saltara sin ella. Recuerdo que eso me causó toda una sensación dentro de mí. Sí, tuve una erección, me escondí en el baño y me masturbé. En ese momento, a los 12 o 13 años, sentí que eso estaba mal. Supuse que se me iba a pasar pero transcurrieron los años y eso nunca cambió. Yo lo único que hice durante todo este tiempo fue esconder mis verdaderos sentimientos.

Antes de saber que existía el devotismo me sentía un enfermo total. Vivía deprimido y angustiado pensando que era la única persona en el mundo que sentía deseos sexuales por los hombres amputados. Porque además de ser devotee, soy homosexual. ¡Ja, ja! No me falta nada, ¿no? Y bueno, el año pasado, investigando en Internet, encontré mucha información y conocí a devotos y a discapacitados que no nos discriminan. Descubrí que no soy el único con estos deseos. Y la verdad que encontrar respuestas y dejar de sentirme un perverso fue un alivio muy grande. No sé si te das cuenta, pero la web nos salva la vida.

Mi primer experiencia sexual con un hombre amputado fue hace ya algunos años. Recuerdo que lo que me llamó la atención la primera vez que lo vi a él, obviamente, fue que le faltaba una pierna y que tenía sus muletas a un costado. Entonces me puse muy nervioso. El sólo hecho de hablarlo me acelera el latido del corazón. Tomé coraje, me le acerqué y le mentí: como estaba muy bien vestido le dije que era médico y que si necesitaba algún tipo de rehabilitación yo se la podía dar gratuitamente. ¡Y él me dijo que no había ningún problema!

Al día siguiente vino acá a mi casa, nos acostamos en la misma cama donde vos y yo estamos charlando ahora. Y él estuvo muy predispuesto a las revisaciones. Para mí que se dejara revisar era como hacer un sueño realidad. Se facilitó todo porque el tipo tenía una mente muy abierta. Pero obviamente que él se dio cuenta que yo no era médico y finalmente me sinceré y le dije que me atraía mucho por su amputación. Mi asombro fue mayor aún porque él me respondió: “Yo te entiendo, está todo bien”. Y yo le digo: “¿Pero a vos no te molesta?”. “No, para nada. Si querés tocar, tocá”, me dijo señalando su muñón.

Mirá, si tengo que decirte, a mí me gusta que la amputación sea por encima de la rodilla. Es así. El muñón como forma no tiene forma, pero es una cuestión fálica, es como si fuera una prolongación del pene, y de eso me di cuenta cuando estuve con este chico. Lo que me llamaba la atención era su pene erecto al lado de su muñón. Lo que más me calentaba era poder tocar su muñón, ser penetrado o penetrarlo a él era una consecuencia de la relación.

Fue una aventura fabulosa. Nos vimos varias veces más con intervalos muy largos, porque él vive viajando, es libre. Es más, actualmente no sé ni dónde está. Me gustaría saber de él, verlo una vez más aunque sea.

Yo ya acepté lo que me pasa, que soy devotee, y lo vivo con una cierta normalidad. Pero lo que me jode es no conocer a alguien que sea gay, amputado y que quiera tener algo serio. Eso es lo que realmente quiero. ¿Puedo dejar mi mail? Quizá alguien quiera conocerme. Eso espero. Mi mail es adt3113@hotmail.com. ¿Lo anotaste, Pablo?”

***

Devotee-catalan@hotmail.com dice:

Hola. ¿Qué tal? ¿De dónde eres?

Titi-mari@hotmail.com dice:

Hola, todo bien. De Argentina. ¿Y vos?

Devotee-catalan@hotmail.com dice:

De España. ¿Eres discapacitada?

Titi-mari@hotmail.com dice:

Sí.

¿Y qué discapacidad tienes?

Soy parapléjica. ¿Y vos?

Yo no. A mi me gustan las mujeres como tu. ¿Vas en silla desde hace mucho?

3 años.

¿En qué te afecta tu discapacidad?

Las piernas y un poco las manos.

¿Y puedes mover tus piernas?

No, nada.

¿Tienes alguna foto de tu cuerpo entero?

Sí, ¿por qué?

Me gustaría verte.

¿Para?

Para saber cómo eres.

A ver si adivino: sos devotee.

Sí, así es. ¡Lo soy!

¿Y por qué te gustan las personas discapacitadas?

No lo sé. Desde chaval me ocurre. Ya no me pregunto por qué.

¿Saliste con personas discapacitadas?

Sí, varias veces.

¿Con qué fin?

Como con cualquier otra persona. He tenido algún rollo si es lo que preguntas.

¿Qué te gustan más, las mujeres discapacitadas o no discapacitadas?

Las discapacitadas.

Súper raro.

Sí, algo raro sí que soy. Je, je, je.

¿Y qué te atrae de los discapacitados, su personalidad o discapacidad?

Las dos cosas.

Y bueno, gustos son gustos.

Así es. Ha sido un placer conocerte. Me voy a la cama.

Lo mismo digo. Chau, besos. La próxima te mando la foto.

Besos para ti. ¡Y espero la foto con ansiedad!

***

Después de mi último encuentro con Rodrigo me quedé un poco preocupado. No sé si recuerdan: él le estaba por revelar a su novia discapacitada que él es devotee. “Tengo mucho miedo que diga que estoy enfermo y que me deje. Y yo tan sólo la amo”, fue lo último que me dijo. Hace pocos días me lo encontré por la calle y me dio dos muy buenas noticias. La primera, que María comprendió con hidalguía su devotismo y que él la ama más allá de su discapacidad.

Luego de esta revelación, Rodrigo se arrodilló ante ella y le propuso casamiento. Y María aceptó. Así Rodrigo y María, el novio devoto y la novia errante, se casaron y fueron felices.

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Rebelión en la granja

Publicado: 15 diciembre 2009 en Pablo Galfré
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“Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro”.
George Orwell, Rebelión en la granja

Hacía dos días había caído preso por unas horas en la comisaría de Mataderos. La cana lo había agarrado con un par de dosis de paco. Estaba durmiendo cuando su madre y sus lágrimas lo despertaron y le rogaron por favor que se internara. Se durmió después de darle un beso y decirle que sí. Al despertarse miró por la ventana que daba a la calle: cuatro hombres corpulentos cruzados de brazos se reían entre sí mientras observaban detenidamente a la casa. Bajó las escaleras, saludó a su familia y se fue.

El viaje en coche hacia la comunidad fue de película. Estaba sentado en el asiento trasero del vehículo rodeado por dos monigotes de anchas espaldas y cuerpos longos. Cuando cometió el error de anunciarles que conocía la zona adonde lo estaban llevando, los cuatro integrantes del vehículo intercambiaron miradas cómplices y el chofer empezó a dar vueltas para despistarlo. El conductor de ese vehículo era Carlos Alberto Nenning.

El principio del fin

Era marzo de 2005. Con 19 años, dos temporadas de consumo de Aseptobrón (esas pastillas que calman el dolor de garganta pero que en grandes dosis sirven para otras cosas) y dos meses de consumo de paco, Marcelo hacía su entrada triunfal en la comunidad terapéutica Volver a Empezar: una típica casa quinta del norte de Buenos Aires, un chalet completamente enrejado rodeado por un parque de 500 metros cuadrados y una ligustrina enferma que lo rodeaba.

Cuando llegó, el sol ya estaba cayendo. Lo llevaron a su cuarto, le sacaron su reloj (el tiempo se había acabado para él) y le presentaron a sus compañeros de encierro: 14 chicos demacrados entre 16 y 22 años con las cabezas rapadas. Mientras comía fue testigo de cómo un coordinador reprendió a uno de los pibes por poner un tenedor de menos en la mesa. ¡Falopero de mierda! ¿Por qué te olvidaste de poner el tenedor? ¿Acaso no sabés contar? ¡200 saltos de rana ya! ¡Todos! Todos salvo él, porque era el nuevito.

A las 6 de la mañana del día siguiente los coordinadores los levantaron golpeando cacerolas y ollas al grito de ¡A desayunar, faloperos! Como todas las mañanas deglutieron un pedazo de pan y un mate cocido, en no más de cinco minutos. Los coordinadores cronometraban todos sus tiempos.

Luego, todos afuera, a correr y hacer flexiones de brazos alrededor del chalet. Javier Rojas (ex adicto, como todos los coordinadores de la institución) oficiaba del larguirucho sargento de la película Nacido para matar. Mientras los pibes corrían, como medida terapéutica, Rojas los obligaba a cantar: ¡Los dealers son todos hijos de puta!, ¡Vamos a comer tripas de dealer! o ¡Cocaína, mala, mala! Ésta era la metodología de Volver a Empezar para “la recuperación de los adictos”.

Por ese entonces Marcelo tenía el cuerpo despedazado por el consumo de drogas. Su ya diminuto cuerpo había adelgazado cerca de 15 kilos. “A los 40 minutos de correr el corazón me latía muy fuerte, sentía que me golpeaba el pecho, que en cualquier momento me desmayaba”. Estaba por parar de correr cuando se arrepintió al ver lo que le hacían a los que se atrevían a detenerse.

Alejandro (un tucumano de 17 años que había llegado a Volver a Empezar en septiembre del 2004 derivado por un juez de menores de su provincia llamado Oscar Ruiz) era arrastrado por el piso por otro de los coordinadores, Mariano Gordillo, en una zona de la quinta donde había adoquines y ripio. El pibe tucumano terminó todo ensangrentado y moretoneado. Durante cuatro horas estuvieron corriendo, haciendo saltos de rana y flexiones de brazos sin tomar un solo vaso de agua.

“De Carlos Nenning –presidente de Volver a Empezar, como a él le gustaba que lo reconozcan– nunca me voy a olvidar cuando nos hacían correr durante horas sin beber agua y él nos miraba desde una esquina tomando una gaseosa mientras nos gritaba: ¡Corran, corran, vamos tiernitos, maricones!”, recuerda con rencor Mauricio M., un compañero que Marcelo conocería después.

En un momento de descanso, Marcelo entabló una conversación con uno de los asistentes de los coordinadores.

– ¿Por qué estás acá?

– Mis viejos me pidieron que venga. Mi idea es estar acá unos tres meses, alejarme de las malas compañías del barrio y volver a mi casa.

– Ja, ja, ja. Acá la internación dura tres años y medio, y eso es lo que te vas a quedar –fue la respuesta que recibió.

La angustia se apoderó de él. No podría soportar semejantes apremios ni un día más. De inmediato pidió hablar con Alejandro Zaniratto, uno de los coordinadores de la comunidad, cuñado de su hermana y quien había recomendado a su familia que lo internaran ahí.

– Yo vine acá por mi propia voluntad, pero no me gusta como somos tratados. Me quiero ir. Llamá a mis padres, por favor- le pidió a Alejandro, sentado detrás del escritorio y con las piernas apoyadas en él.

– Vos de acá no te vas nada.

– ¿Cómo no me voy a ir? Llamá a mis padres por favor para que me vengan a buscar. ¿Acaso estoy privado de mi libertad?

Alejandro, su metro noventa de estatura y sus 100 kilos se levantaron y agarraron del cuello al metro sesenta y cinco y 50 kilos de Marcelo, y lo estrelló contra la pared de enfrente. Lo sostuvo en el aire acogotándolo durante varios segundos hasta que otros coordinadores los separaron. Marcelo, humillado, se fue para su cuarto sabiendo que su única opción era esperar un mes en esa madriguera hasta que llegara la primer visita de sus padres.

“Me quedé muy asustado. Esa noche no dormí. Me quedé paranoico, pensaba que me iban a matar”, recuerda. Pero hoy, en la pizzería donde trabaja mientras cuenta esta historia, está llorando y se calla. El horror es una constante factoría de silencios.

Las rutinas

Pasaban los días, y Marcelo iba conociendo al resto de sus 14 compañeros a la par que las técnicas terapéuticas que se utilizaban en Volver a Empezar para que los jóvenes dejaran las drogas. Aquí el decálogo.

El confronte: técnica utilizada por el conductismo que se reduce a que todos los adictos formen una fila, pongan las manos detrás de la espalda e insulten de a uno al compañero que cometió “una falta”.

Ducharse en 40 segundos. Mientras lo hacían, un compañero contaba al lado en voz alta: ¡1, 2, 3, 4…! ¡Fuera!

Pedir permiso para todo. Para beber agua y también para cagar.

Cumplir con penalizaciones que iban desde cavar pozos durante 15 días hasta quedarse cinco horas mirando fijo y parado el mismo árbol.

Cortar el pasto con tijeras escolares o machetes.

Flotar en invierno en una pileta con agua podrida hasta el cuerpo diga basta. Cuando se cansaban y se agarraban del borde, los coordinadores les pisaban los dedos y luego les hundían la cabeza hasta ahogarlos.

Vaciar la pileta con baldes y volver a llenarla con los mismos baldes.

Hacer gimnasia durante cuatro horas al día.

Hacer saltos de rana y flexiones de brazos dentro de una habitación hasta que los vidrios se empañaran.

Caminar de rodillas por un sendero de adoquines.

Pero la principal rutina y la que los coordinadores más disfrutaban era ponerlos en presión. Esto significaba ser el primero en levantarse al alba y el último en acostarse a la madrugada durante toda una semana, cumpliendo varias tareas.

A Marcelo la primera vez le tocó junto a un chico tucumano. “Teníamos que limpiar la casa constantemente, hasta lo que ya estaba limpio. A cada rato nos llevaban a confrontar. De comer nos daban un plato de ensalada. Pero nos obligaban a comer todo por separado: primero la lechuga, después la zanahoria, tercero la cebolla, cuarto el tomate, y sin poder tomar agua. Con toda la comida en la panza nos obligaban a hacer salto de rana”.

“Después teníamos que lavar los platos de los 20 que comían, pero solo nos daban 5 minutos para hacerlo, y si no llegabas agarraban lo que estaba limpio y lo ensuciaban de nuevo y volver a lavar, y así durante toda una semana. Era la tortura constante. Cada vez que querías ir al baño para lo que sea tenías que pedir permiso. ‘Permiso para defecar, permiso para orinar’, pero cuando estabas en presión no podías ir al baño. Te la tenías que aguantar o cagarte encima”. Y esa vez su compañero, el chico tucumano, se cagó encima nomás.

Mauricio

A diferencia de Marcelo, Mauricio estaba despierto en enero de 2004 cuando su padre le contó una mentira. “Te conseguí trabajo en una granja de la zona”, le dijo. Cuando llegó a la famosa “granja” y la tranquera se cerró tras sus espaldas, aún no sabía que esas míseras tablas de madera en realidad eran las rejas de su prisión.

Esta primera comunidad terapéutica se llamaba Juntos por la Vida. Cuando Mauricio llegó con sus 19 años y 120 kilos (se había descompensado luego de dos años de consumo constante de pegamento y marihuana) le podaron las rastas, como si fuera el Sansón de la falopa.

En esta fundación estuvo internado un año entero, también haciendo saltos de rana, corriendo sin parar y confrontando. Pero de lo que nunca se va a olvidar es de cuando le hicieron probar de su propia mierda. Uno de los castigos (o terapia, según ellos) era hacer cuerpo a tierra y arrastrarse con los codos por una zanja cubierta con excrementos que ellos mismos sacaban del pozo séptico. “Teníamos que hundir la cabeza ahí y hacer globitos”, cuenta Mauricio.

Un buen día, Carlos Nenning, que también tenía internado a su hijo pero que a su vez era uno de los padres que coordinaba a la institución, cansado de los maltratos que recibían los chicos decidió armar una nueva comunidad. “Un lugar distinto”, según decía. Ese lugar fue bautizado Comunidad Terapéutica Volver a Empezar. En realidad, Nenning no quería hacer nada distinto. Tan sólo quería ser el rey de la mierda.

Ya en esta nueva comunidad, una noche a mediados del 2004, Mauricio y un compañero aprovecharon que uno de los coordinadores se pasó de drogas y se quedó dormido estando de guardia. Sigilosamente le sacaron las llaves del bolsillo, abrieron la puerta del chalet y de puntitas de pie se fugaron de la comunidad.

Por tres semanas se refugiaron en la casa de la hermana de un amigo de Mauricio. “Cada tanto hablaba con mis viejos por teléfono y les explicaba por qué me había fugado, les decía todas las torturas que tenía que sufrir en Volver a Empezar”. Pero daba lo mismo. Ni los padres le creían. Luego de escuchar cómo les explicaban que los adictos son patológicamente mentirosos, prefirieron creer en quienes torturaban a su hijo.

Durante estas breves vacaciones, Mauricio aprovechó para realizar algo que hacía tiempo no hacía: el amor. Vivió un romance fugaz con la dueña de casa, una risueña adolescente, hasta que sonó un molesto timbrazo. La chica miró por la mirilla de la puerta y la imagen ovalada y deforme de Nenning le advirtió que algo no andaba bien. Intuyó que eran los verdugos de su amante, giró la cabeza y gritó: “¡Rajen de acá! ¡Ya!”.

Mauricio y su compañero subieron rápidamente las escaleras hasta el techo, y saltando de casa en casa se escaparon de sus captores. La ropa colgada de los tenders, las antenas de TV y los tanques de agua (esa postal tan porteña) fueron cómplices en la fuga.

Siguieron yirando hasta que no hubo más donde esconderse y Mauricio decidió confiar en las palabras de sus padres: “Volvé. No te vamos a internar”. Una vez en su casa, cuando estaba durmiendo en el sillón del living con sus dos perras pitbull como vigías, un portazo lo despertó. Javier Rojas y dos más lo levantaron de brazos y piernas y se lo llevaron ante la mirada atónita y culposa de sus padres.

“¡Antes de internarme prefiero que me maten! ¡En su puta vida me van a volver a ver!”, fueron lo último que escucharon de boca de su hijo. Sus captores lo agarraron de las bolas para callarlo y lo tiraron dentro de un Duna rojo. Nenning lo esperaba sentado al volante. Blandiendo una pistola, le dijo: “Quedate tranquilo. Ya está, ya estás adentro, ya no está mami, ya no está papi”. Ya no había nada.

Cuando lo depositaron de vuelta en la comunidad, la venganza fue terrible. Primero lo hicieron correr alrededor de la casa durante dos horas, intercalando con saltos de rana y flexiones de brazos, al grito de Soyundrogadictodemierda, todoestomepasaporfalopero, nuncamásmevoyaescapar. Después toda la casa lo confrontó: Matías, Alejandro, Marcelo y compañía fueron pasando y escupiendo en su cara al grito de Sosundrogadictodemierda, todoestotepasaporfalopero, nuncamástevasaescapar.

En tercer lugar, lo sentaron semidesnudo en una silla mientras los coordinadores le tiraban baldazos de agua helada. Como cuarta pena, estuvo cavando un pozo durante 30 días. Siempre el mismo. Cavaba y lo volvían a tapar. Quinto castigo y final: su ración de comida diario dejó de ser la miseria que comían todos los días para ser los restos de esa miseria. Sí, todos los días y todas las noches de este mes de penitencia Mauricio tuvo que comer de la basura.

La gran presión

Emulando el pensamiento enraizado en la derecha argentina, el pasado no existía dentro de la comunidad. Estaba totalmente prohibido referirse a sus vidas pasadas. Sólo existía el presente, tortuoso, y el futuro, indefinido. Pero una noche durante la cena Alejandro se atrevió a rebobinar un poco su vida y le comentó a un compañero: “… en Tucumán yo salía con los pibes del barrio y…”. Eso bastó para que Mariano Gordillo tejiera una sonrisa, le hiciera una seña a los otros coordinadores y todo se transformara en un gran caos demencial.

“Entraron los seis gritando ¡La casa está en presión, faloperos hijos de puta! Tiraron todos los platos al piso, la comida, los vasos, dieron vueltas las mesas y nos obligaron a todos a hacer cuerpo a tierra alrededor de todo el interior de la casa. Como ellos eran seis y tenían todas las esquinas vigiladas, era imposible parar”, testifica Marcelo.

En realidad era posible, pero sus consecuencias eran atroces. “Uno de los pibes, al que le decíamos ‘el tontito’ –el mito decía que había violado a su madre y a su hermana–, por el cansancio y el nerviosismo se acalambró y no pudo más. Entre dos coordinadores lo agarraron de los brazos y lo arrastraron por toda la casa golpeando su cuerpo contra las paredes y columnas. Después lo pusieron boca arriba, le sujetaron los brazos y las piernas, mientras otro coordinador le echaba pequeños chorros de agua en nariz y boca”.

Empiezo a imaginar que debe haber quienes aman y se excitan con este tipo de tortura, y después de buscar un rato encuentro la respuesta. Durante la época de la inquisición, Tomás de Torquemada y sus seguidores fueron los primeros en utilizar esta metodología tortuosa. Les apasionaba porque el agua es pura, cristalina, no deja huellas en los cuerpos vejados. 500 años después, George W. Bush y sus tropas utilizan la misma técnica sobre los presos de la prisión de Abu Ghraib, en Irak.

Cuando concluyeron las torturas físicas y la casa estaba hecha una laguna, los coordinadores les ordenaron a sus prisioneros secar todo. Pero no con secadores, sino con sus propios calzoncillos. Mauricio pidió desde el suelo que por favor le dieran un secador. Tomá, limpiá con esto, le contestó Javier Rojas alcanzándole una afeitadora Gillette. Tiene la misma forma que un secador, ¿no?

Y así estuvieron tres horas limpiando y fregando cuerpo a tierra. Un coordinador se acercó y preguntó: ¿Qué prefieren hacer ahora? ¿Doscientas flexiones de brazos o que mojemos todo de nuevo y ustedes secan? Los pibes, abatidos, optaron por el mal menor: el ejercicio físico. Pero si la pregunta fue sádica, la respuesta fue sanguinaria: La calle y las drogas eran fáciles. Acá dentro de la comunidad todo es difícil. Seis baldes desparramaban ríos de agua nuevamente por el suelo.

Terminaron de secar, esta vez con pocos trapos, y los obligaron a dormir ahí tirados. Pero la tortura no había concluido. “Cuando escucharon el primer ronquido aparecieron todos gritando y nos obligaron a hacer flexiones. Luego nos dejaron dormir y a los 10 minutos aparecieron de vuelta y lo mismo: ¡A correr manga de drogadictos!, y nos empezaron a tirar más agua”, recuerda Matías, otro joven tucumano también separado de su familia por el inefable juez Oscar Ruiz e internado tan sólo por consumo de marihuana. “Así nos tuvieron sucesivamente hasta que amaneció, no nos dejaron dormir en toda la noche. Yo lo único que esperaba era que llegaran mis viejo y me rescataran de ahí. Nunca me sentí tan humillado en toda mi vida”.

Todas estas atrocidades sucedían con la venia del director psiquiátrico de la institución, el Dr. Silvio Hoffman. Y los pibes lo recuerdan bien. “Cuando yo le decía las cosas que nos hacían él se reía en mi cara”, cuenta Alejandro. “Afirmaba que cavar pozos era parte de la terapia, que nos hacía bien para dejar las drogas”, dice Matías. “Cuando le contaba las cosas terribles que nos hacían hacer, él me decía: Mirá que lindo los colores de las cortinas, ¿te gustan?”, agrega Marcelo.

Traición de sangre

A mediados de abril de 2005, 45 días después de estar privado de su libertad en la comunidad Volver a Empezar, Marcelo recuperó por un momento el entusiasmo. Llegaba el primer día de visitas y sus padres iban a verlo. Sin que nadie se diera cuenta había armado su bolso y se había preparado para partir, confiado en que sus padres lo sacarían de allí.

Lo obligaron a vestir una polera para que no se notaran lo moretones del cuerpo, y cuando se disponía a encontrarse con ellos, un coordinador lo paró en seco y le advirtió: A tus padres no les vas a decir nada de lo que pasa puertas adentro. Igual, si les decís algo no te van a creer porque nosotros ya les dijimos que los drogadictos son todos mentirosos. Tus padres no confían en vos, confían en nosotros.

Marcelo asintió y se dirigió a sus padres cabizbajo pero decidido a contarles la verdad. Los abrazó desesperadamente, se sentó y los observó. “¿Me creerán a mí o a ellos?”, se preguntaba, y recién reaccionó cuando escuchó los gritos de un compañero. “¡Les suplico que me saquen de acá, por favor! ¡No les crean! ¡Créanme a mí que soy su hijo!”, eran las súplicas de Álvaro, otro chico tucumano también derivado por el juez Oscar Ruiz. Pero era inútil, sus padres ya habían escuchado atentos de boca de los coordinadores las supuestas mentiras que un drogadicto vertía.

El pibe se desesperó, huyó y se encerró en el coche de ellos. Uno de los coordinadores agarró una piedra y rompió el vidrio del vehículo. “¡Si me vuelven a meter en ese lugar, me como todo el vidrio!”, gritaba desesperado, amenazando con un puñado de vidrio en su mano enrojecida y viendo como la libertad se le escabullía una vez más. Segundos después, dos de los coordinadores entraban al auto y lo arrastraban hacia la comunidad mientras Álvaro pronunciaba palabras inentendibles con su boca llena de vidrio y sangre.

“Fue terrible ver eso. Me desmoronó. Si yo le hubiese dicho a mi viejo la verdad, él me habría creído y sacado de ahí –reflexiona Marcelo hoy con su beba en brazos– pero yo estaba vencido psicológicamente por temor a las represalias”. Los pibes de la comunidad Volver a Empezar ya sabían que no podían confiar en sus padres y que escapar solos tampoco era una opción.

Ya era la hora de una rebelión en la granja.

El gran escape

La huída se empezó a planear con susurros. Cuando no había un coordinador, se decían algo al oído. En el momento indicado, se deslizaban un papelito con información. Así, nueve de los pibes de la comunidad acordaron y tejieron durante 15 días un plan de fuga. Los pollitos habían decidido rebelarse contra los cerdos autoritarios.

Esa noche (la madrugada del 1 de abril del 2005) Alejandro y Mauricio estaban lavando los platos, custodiados por un asistente de los coordinadores que sin embargo esa noche mostró signos de humanidad: se echó al piso y se dejó atar y amordazar. Luego fueron recorriendo los pasillos del chalet haciendo un chistido, avisando al resto que era la hora. Los otros siete se levantaron y se sumaron al plan.

Muchos de sus compañeros estaban muertos de miedo y no se querían fugar. No tenían adónde ir o sabían muy bien que tarde o temprano sus padres los depositarían nuevamente dentro de la comunidad, y de nuevo las torturas. “Perdonen chicos, pero esta es la única forma que tenemos de irnos”, les dijo angustiado Alejandro a los coordinadores mientras los ataba. “No se preocupen, todo bien. Pero prométannos que afuera no la van a bardear, que se van a recuperar”, fue la respuesta de la camaradería.

Se repartieron las tareas entre los nueve. Agarraron machetes, cuchillos, cables y alargues para atarlos. El primer grupo entró a la habitación donde estaban durmiendo los coordinadores Julio (no figura su apellido en la causa), Maximiliano Ledesma y Gastón Santero. Los redujeron, los ataron, los amordazaron y los dejaron ahí tirados y quietitos.

Mientras tanto, el otro grupo entraba a los gritos –blandiendo los machetes y cuchillos- dentro de la oficina donde estaba durmiendo el cerdo mayor: el coordinador-torturador Mariano Gordillo. “Se puso pálido el negro cuando nos vió”, recuerda uno de los tucumanos. Algunos se le abalanzaron encima y le sujetaron piernas y manos mientras otros lo ataban y le amordazaban la boca.

“¿Dónde está la llave, dónde está la llave?”, fue la pregunta que le hacían al cerdo una y otra vez, sin recibir respuesta. Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, pero algunos de los chicos no se pudieron aguantar y le empezaron a pegar con el canto del machete y lo obligaron a hacer saltos de rana. Ahora eran ellos los que gritaban: “Saltá faloperito, saltá”, mientras el cerdo saltaba y lloraba. Los pollitos habían tomado el poder.

“Cuando veo que le están pegando con el machete me asusto mucho. Había mucha violencia. Se estaba yendo todo a la mierda”, recuerda Marcelo de estos minutos finales. Pero dentro de este clima de rebelión donde lo único que importaba era escapar lo antes posible, cada uno se detuvo un segundo para buscar los objetos más valiosos que Nenning, Hoffman y sus secuaces les habían robado.

Matías buscaba desesperadamente la guitarra que había llevado desde Tucumán y que le habían prohibido tocar porque “se dispersaba”. La encontró.

Mauricio escudriñaba entre los cajones las fotos familiares que le habían secuestrado dos años atrás. Anhelaba una en especial: la de su hermano menor, de dos años, a quien no había visto crecer. La encontró y se la guardó en el bolsillo trasero del pantalón.

Marcelo buscaba en vano la alianza de compromiso que había comprado para él y su mujer. Algún coordinador ya la había empeñado.

Cuando Alejandro abrió uno de los placares, una lluvia de alfajores tucumanos, cigarrillos, chocolates, galletitas y cientos de golosinas se desperdigó sobre él. Eran algunas de las cosas que los familiares les mandaban y los cerdos incautaban. Le dio un mordisco a un alfajor de su tierra, encontró la llave y dijo: “La encontré, vayámonos”. Comieron desesperadamente algunas golosinas, agarraron sus bolsos, 70 pesos para movilizarse y un celular para que no los pudieran denunciar.

Abrieron la puerta de la casa desesperadamente, saltaron la tranquera de la quinta y con sus cuerpos torturados empezaron a correr hacia la libertad. El plan era que Mauricio (conocedor de la zona) condujera al grupo hasta la Panamericana. Luego Marcelo llevaría a los chicos tucumanos hasta su casa, para darles unos mangos y así poder volver a su provincia.

Los pollitos se habían fugado de la comunidad. La rebelión había concluido.

Epílogo

A la hora y media de haber escapado, los nueve pibes fueron apresados por la maldita policía bonaerense. El coordinador-torturador Mariano Gordillo se había desatado y realizado la denuncia. Los policías no creyeron la versión de los pibes, sino la de sus torturadores. No podía ser de otra manera.

Al día siguiente los cinco menores de edad fueron trasladados a institutos, mientras que los cuatro mayores (Mauricio M., Marcelo V., Matías R. y Alejando O.) estuvieron dos meses en un calabozo con 30 presos comunes. Lo que vivieron ahí adentro podría ser una nueva crónica.

Luego del pedido del fiscal de San Martín Héctor Scebba, el juez de garantías Oscar Quintana procesó a los cuatro mayores por robo (de un celular, una mochila, golosinas y 70 pesos) agravado por el uso de armas. Nunca se tuvieron en cuenta ni los testimonios de los jóvenes torturados, ni las lesiones que acreditaron los peritajes médicos, ni los testimonios de los vecinos del lugar corroborando las aberraciones que sucedían al interior de la quinta, ni la declaración de la psicóloga que trabajó en la institución. Tampoco podía ser de otra manera.

El fiscal Héctor Scebba es conocido por haber propiciado la libertad de un policía acusado de fusilar a dos pibes en José León Suárez. A su vez, el juez Oscar Quintana tuvo su minuto de fama cuando dejó en libertad a dos policías acusados de extorsión y privación ilegítima de la libertad.

Mientras los cinco menores fueron sobreseídos, los cuatro mayores esperan en libertad el juicio oral. De ser encontrados culpables, aguardan una condena de entre 5 y 10 años de cárcel.

Los padres de los cuatro chicos, al ver cómo el fiscal Héctor Scebba archivaba impunemente la causa, denunciaron a la fundación Volver a Empezar por torturas. La Fiscalía de Cámara de San Martín decidió el 24 de junio del 2006 reabrir la causa, ahora en poder de la UFI Nº 2 de ese partido. Sin embargo, después de más de dos años de instrucción, la fiscal Fabiana Ruiz sigue sin llamar a declarar a Nenning y a Hoffman, que a su vez son investigados por estafas por la UFI Nº 9.

A pesar de de tener causas abiertas por estafas, torturas y privación ilegítima de la libertad, Carlos Nenning, Silvio Hoffman y sus secuaces siguen operando bajo el seudónimo Asociación Civil Ligüen en dos predios que tienen en Morón y San Miguel.

Por ahora.