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Martes 23, octubre, noche de calor en la ciudad. El hotel Intercontinental se llena de trajes, tacos altos y champán: es la entrega de los premios Eikon, una de las tantas veces que la industria de la comunicación institucional se celebra a sí misma y a la que asisten los voceros, gerentes y representantes de muchas compañías locales que llegaron hasta allí seducidos por la idea de hacer lo que mejor hacen: conversar, reír y relacionarse, sin la solemnidad de la oficina sino con música de fondo, cierto hedonismo visual y un ambiente más laxo. En esta edición hay un galardón especial: se premia al comunicador del año. Nadie sabe para quién es. Nadie sabe quién integra la terna, ni quién o quiénes votaron. Se hace silencio. Anuncian al ganador. Es Jorge Lanata.

Con su paso típico de pingüino –simpático, ladeado, pendular–, Lanata sube a recibir el premio. El aplauso es contundente, extendido. El ambiente tiene un aire amistoso: gente a la que le va muy bien que premia a otra gente que le va muy bien. ¿Quién podría pensar que allí, en ese espacio en el que la elegancia se manifiesta tanto en la vestimenta como en los modales, en ese territorio gentil en el que el mercado consagra a sus mejores intérpretes, alguien pudiera interrumpir esa corriente de celebración?

Cuando se apaga la ovación, cuando se hace el silencio adecuado para que el homenajeado mire a la platea y devuelva gentilezas con palabras certeras demostrando una vez más que sí, que él es un gran comunicador, un tipo puro carisma que nació para intervenir los sentidos de la gente, surge, solitario pero convincente, un único silbido que corrompe la mágica unanimidad del momento. Lanata lo escucha, claro que lo escucha. En rigor, todos lo escuchan pero se desentienden. O tratan de hacerlo. Se hace un silencio.

¿Qué hará el inefable hombre de la tele?

¿Se hará el boludo o se hará cargo de ese solitario abucheador?

— Gracias por el premio. Este año yo hice el programa para perder el miedo, por eso tengo una pregunta: ¿quién silbó?

Las damas se atragantan con las papas. Los gerentes, nerviosos, aprietan sus puños dentro de los bolsillos de sus pantalones. O sorben, algo perturbados, el rico espumante que sirve el personal.

— ¿Quién fue?

Una incomodidad del tamaño de un shopping se adueña del lugar. El silencio es feroz.

—Yo —dice un joven con mirada desafiante.
— Silbá de nuevo, dale —lo arenga Lanata, vestido con un traje gris, desde el escenario.
— Bueno.

El muchacho, de unos 35 años, silba de nuevo. Silba con ganas.

— Gracias. ¿A quién votaste?, pregunta Lanata.
— A Cristina.
— ¿Te animás a silbar acá adelante?
— Si querés voy…

***

—Yo quiero que me quieran. Hago lo que hago porque quiero que me quieran — dirá Lanata días después, sentado frente al escritorio de su piso 17 de Avenida del Libertador, desde donde se aprecian las estribaciones de la Ciudad y la inmensa oscuridad del río.

“Quiero que me quieran”, dice con la aspiración legítima de alguien que, por su condición de periodista exitoso, necesita que franjas importantes de televidentes o lectores acuerden con su propuesta. Ese reconocimiento del público lo transformó en mercancía deseada por los distintos mundos empresariales.

La cultura de movilidad social ascendente ha poblado la sociedad argentina de personajes buscavidas, hechos a sí mismos, tipos cool con monitores sensibles a diagnosticar en qué cancha se está jugando y con qué ventajas se cuenta. La idea básica es “salir adelante” y para hacerlo, como dice Lanata reivindicando su espíritu emprendedor: “no hay que ser un simple empleado”. Hoy, la hegemonía de un individualismo pragmático atraviesa todos los espacios sociales y políticos, dejan más crudamente al descubierto ese “salir adelante”.

Experto en el arte de la provocación, Lanata lanza frases que son alaridos de audacia y libertad. Frases que tienen fuego, pero no siempre llegan a destino. Que suenan muy bien, pero a veces se consumen entre la vacuidad o el desaliento. Como sucedió cuando le dijo al joven que lo silbó en la premiación que pasara al frente. Que lo hiciese delante de todos. Fue Lanata mismo quien lo desalentó al comenzar a hablar sobre los peligros de callarse, de no animarse a decir lo que uno piensa, de quejarse, y un largo etcétera. Cuando el público se quiso acordar, Lanata, bajaba del escenario bañado en aplausos.

Cigarrillo en mano, con sus galardones detrás: los premios Konex y Eter, los once Martín Fierro colgados de la pared de su bunker, ensaya algunas explicaciones posibles para tratar de entender el lugar que viene ocupando para cierto sector de la sociedad.

Lanata: una especie de enemigo público carente de potestad. O algo así como el líder bizarro de una oposición inexistente, al que algunos abrazan como si fuera una palpitante esperanza de cambio y otros castigan —o silban— por haberse convertido en algo inesperado.

El rasgo de la época se condensa en la exuberante humanidad de este hombre que, tras la decepcionante experiencia del diario Crítica, tras dos años de ostracismo televisivo, tras bajar 20 kilos, empezar a dormir mejor y abandonar un departamento alquilado del Palacio Estrogamou ­compró un ostentoso piso en retiro y hoy domina el rating de los domingos con su show periodístico. Un tipo que se autodefine como “liberal” —a la manera norteamericana— y que, en un mundo con rasgos decadentes, despierta pasiones y revuelo donde pisa y pasa, sea una premiación del establishment local o las elecciones venezolanas.

— Yo no tenía ningún otro canal dónde ir. Y entiendo que me ataquen por eso, porque soy peor enemigo en el canal 13 que en el 4 de Quemú Quemú. Ahora, a mí lo que importa es qué tipo de programa hago. Y para mí, PPT es Día D con plata. No es distinto a Día D. No estoy haciendo nada que no tenga ganas.

Desde que se convirtió en la espada más importante del Grupo Clarín, el personaje Lanata cambió nuevamente su significación. A los 26 años, fundó Página/12, unido a un notable colectivo de editores, columnistas y escritores que hoy no se sentarían a la mesa con él: no lo nombran ni lo invitan cuando el diario celebra sus cumpleaños. Pasó de ser un joven trepidante, lúcido y ambicioso a sumarse, como afirma una ex compañera de ruta, a las filas del monstruo que en algún momento él quiso destruir.

Él se defiende con un pretexto sencillo, y compatible con la cultura del buscavidas exitoso

— ¿Me puedo ir de donde estoy? Sí. ¿Me importa dónde estoy? No. Me importa tres carajos.

***

Noche de domingo en Canal 13. El estudio principal es una romería de público, asistentes, grúas, cámaras y técnicos. El aire se llena de electricidad. Está por empezar PPT, el programa insigne que empuña el Grupo Clarín para horadar el Relato del gobierno. Se acerca el 7D, es un fin de año clave para el 13 y Lanata, que llegó dos horas antes para maquillarse, cortarse el pelo y hablar con el equipo de producción, viste una camisa estampada con flores diminutas, un jean canchero y un saco no menos cool. Si hay algo que siempre tuvo, además de sacos, relojes caros y camisas, fue saber rodearse de periodistas sólidos. En su momento estuvieron con él Ernesto Tenembaum, María O’Donnell, Marcelo Zlotogwiazda u Horacio Verbitsky. Hoy se destacan Luciana Geuna y Nicolás Wiñaski, todos ellos surgidos de la gráfica, el rubro que para Lanata funciona como la única y legítima división formadora de la profesión.

Uno de los temas dominantes de la semana fue el cambio de edad para el voto obligatorio, de 18 a 16 años, una medida impulsada por el gobierno que, de acuerdo a las débiles especulaciones de los que están a favor o en contra de la iniciativa, sería beneficiosa para el oficialismo. Lanata entrevistó a cinco chicos de 16 de distintas clases sociales. En una villa, en un barrio cerrado, en un cómodo departamento de Palermo, en otro más austero y en una casa humilde. Mientras el informe está en el aire, Lanata se queda en el estudio solo, fumando en penumbras. Durante la primera hora, el programa no tiene tandas publicitarias. El rating, que se mide minuto a minuto a través de un monitor ubicado en el control central, va creciendo a medida que transcurre el show, superando los coletazos de la altísima medición que dejó el partido de River en Canal 7 (casi 40 puntos) y que el otro show de esa hora, 678, no pudo conservar. Esa noche, gracias al trabajo de Lanata y de su equipo, que además de informes periodísticos incluye la intervención de una modelo sueca y de un imitador de Aníbal Fernández que parecen escapados de un programa de covers de Sofovich, Canal 13 volvió a disputar la punta de la audiencia.

Más tarde, Lanata dirá, pragmático, que lo que lo une a Clarín no es amor sino pura conveniencia.

Ni bien salió al aire, el programa de Lanata fue atacado con furia por el grueso de los medios que no pertenecen al Grupo Clarín. Al margen de la crítica lógica y sistemática de las publicaciones que orbitan al calor del gobierno, buena parte de la “intelligentzia” mediática se lanzó con pasión a diseccionar PPT. En la edición de mayo de la revista Rolling Stone (que alguna vez lo colocó en su tapa con el título “Toro Salvaje” en una nota en la que su por entonces director, Víctor Ghitta, contaba que Lanata había sido uno de sus consultados a la hora de “pensar” la revista), Esteban Schmidt escribió: “Si el periodismo está hecho de urgencia, irresponsabilidad y pálpito, Lanata lo vuelve disciplina olímpica. (…) A menor autoestima de una audiencia, mayor es el éxito del bufón. Prueben con amigos idiotas, mírenlos reír”.

Otro mensuario similar, Los Inrockuptibles, también publicó una reseña lapidaria, escrita por Juan Becerra, ensayista y ex columnista de Crítica: “El talento de Lanata para la simplificación y el aforismo, recursos que hicieron de las viejas tapas de Página/12 verdaderos territorios de sentido concentrado, sigue basándose en dos grandes pilares de la comunicación (y la publicidad): el lugar común y la insistencia”.

— No leo nada de lo que dicen de mí. Es más, (Luis) Majul está escribiendo un libro sobre mí. Le dije que contara todo. Que no le tenía miedo. Y ya sabe que no lo voy a leer.

Buena parte del vértigo vital —o mortal— que acompañó a Lanata durante años está reflejado en la biografía que el periodista Luis Majul publicará en los próximos días.

El libro —promete Majul— se ocupará de los excesos, mujeres, desesperación, peleas e intentos de suicidios. De acuerdo a Majul, Lanata se quiso matar dos veces; la primera a mediados de los ´90, en el momento de mayor consumo, cuando la cocaína era la banda de sonido de esa década, cuando Lanata aspiraba a todo y casi se queda sin nada.

—La vida duele —dice Lanata, y en esa confesión viaja parte de la explicación a aquel consumo frenético: la cocaína como un colchón blanco que sirve para atemperar las angustias (la acechanza de la muerte) y las presiones (la gloria personal).
—En principio —dice Majul—, yo le dije que quería financiarle su autobiografía. Él lo pensó, para finalmente decirme que había llegado a la conclusión de que había un tipo ideal para escribir su biografía, porque era un hijo de puta, pero un hijo de puta que iba a hacerlo en serio. “Sos vos, Luis”, me dijo.

***

La trayectoria de Lanata, de acuerdo a las miradas circulantes, ha dibujado una elipsis con un par de curvas algo paradójicas. Con toda la mitología que se crea alrededor de cualquier cosa más o menos exitosa, aquella aventura de Página/12 fue una experiencia que guardaba en sus pliegues todos los ingredientes adecuados de las causas nobles: desenfado, textos de autor, nuevo lenguaje, progresía, contratapas gloriosas, honestidad intelectual, Madres, contracultura y la imaginación al poder. Fue el mayo francés de los diarios argentinos. Y Lanata era para los jóvenes que descubrían y disfrutaban de ese clima democrático una especie de Danny El Rojo o, quizás, un héroe periodista liberal de película norteamericana. No había un solo estudiante de periodismo o de Ciencias Sociales que, seducido por la romántica propuesta que Lanata, Soriano y compañía encarnaban, no quisiera trabajar allí.

¿Cómo era ese Lanata del alfonsinismo crepuscular? ¿Un cazador oculto que se comía la actualidad a golpes de apetito y audacia? ¿O, por sobre otras características, un advenedizo que se supo rodear de próceres de la pluma y utilizó eso como plataforma de despegue? Como cualquier otra, la historia viborea entre las complejidades, los mitos y los hechos.

—El diario llevaba su impronta, su cosa audaz, creativa y divertida; no era una insolencia casi puramente agresiva, populachera, como en el último tiempo. No hay una ecuación simple que resuelva el meritómetro sobre el éxito de Página —dice Eduardo Blaustein, compañero de redacción en Página.

Blaustein recuerda que Lanata dejaba parte de su vida en el diario: cuando notaba que el diario “se repetía” se angustiaba y hasta se quebraba. Y dice también que no todo fue mérito de Lanata: el diario se impuso por el peso de las firmas de periodistas prestigiosos y el trabajo cotidiano de toda una muchachada veinteañera y de las generaciones precedentes.

Pasaron 25 años. Hay algo en esa peripecia que, de acuerdo a sus críticos, encierra suaves “traiciones” o abdicaciones paulatinas, desde lo que podría leerse como una ambición algo desmedida de protagonismo, que incluyó una aparición en el teatro de revistas, pasando por una rigurosidad periodística no tan consistente, hasta la conversión de 2012: para escándalo de los admiradores de antaño, Lanata se transforma en la bestia negra, una suerte de Darth Vather del grupo al que el mundo kirchnerista llama “la Corpo”.

—¿Y ustedes quieren que yo me haga cargo de las expectativas de la gente? —pregunta Lanata.
— No, estamos tratando de pensar y entender a un referente que se convierte en un tipo criticado por buena parte de sus colegas y por un sector del ambiente que antes lo admiraba.
— Yo no me hago cargo de lo que los que me critican quieren de mí. Tal vez ustedes tienen más contacto y saben lo que yo soy en el microclima periodístico, y yo tal vez tengo más contacto con la calle, y me doy cuenta de lo que soy ahí. Yo laburo para la gente de la calle. En cambio, el microclima son 15 mil tipos que están alrededor de los medios, de la política, de algunos sectores de poder.

Lanata divide al público en tres. En primer lugar: el microclima, el mundillo de los periodistas e intelectuales y los lectores que interactúan con los medios; después la opinión pública, los que compran diarios; y por último, el pueblo, los que sólo miran televisión. Este último grupo, según Lanata, lo quiere, lo ignora o lo odia.

— Yo no puedo hacerme cargo que un estudiante de Comunicación pensaba que yo era no sé quién. Ya de por sí, uno obedece a todo el mundo desde que es chiquito. Vas creciendo y vas ganando libertad. Si obedeciera el deseo de los otros sería Tinelli.

Más que ideología, lo que hay en esas frases es un dar cuenta de maneras de hacer. Estrategias de acción internalizadas que pueden formar parte de un corpus cultural ideologizado en el sentido clásico, o como ocurre en las últimas décadas con las crisis de grandes relatos, relaciones con climas culturales.

Las palabras de Lanata reivindican la libertad individual sin cuestionamientos a las estructuras fundantes del status quo, sostenida en los años de la apertura democrática en una sensibilidad antiautoritaria producto de la experiencia del Terrorismo de Estado. Ante la crisis de los relatos políticos clásicos, el individuo queda en el centro de la escena.

En este presente, el olfato y el sentido práctico internalizado de Lanata, le advierten que en la cultura periodística contemporánea (marcada por la denuncia y el show, con sectores medios conformadores de la llamada opinión pública sin representaciones políticas fuertes) el papel de oficialista o cercano al oficialismo resultaría un espacio carente de excitación o de reconocimiento.

Es ese olfato el que lo hizo adoptar sin vueltas una estética puramente televisiva predominante —tanto en programas oficialista como opositores— para llenar el vacío en términos de espectáculo de una oposición no argumentativa.

***

—El siempre quiso derrocar a Clarín. Pero, por otro lado, también siempre quiso ser masivo y no tenía muchas opciones. Se dio una coyuntura favorable para esto — dice, actualizando el espíritu de época, María O’Donnell, una periodista surgida en Página/12 que hoy conduce un programa diario en radio Continental y que supo formar parte de los equipos de Lanata.

O’Donnell no duda en calificarlo como “el mejor editor y el mejor comunicador desde la vuelta de la democracia”. La periodista asegura que el fundador de Crítica es un tipo “muy generoso” que “ha dado muchas oportunidades”.

Aunque lo criticó con dureza cuando —en una de sus tantas peleas mediáticas— Lanata acusó a la legisladora Gabriela Cerutti de haber tenido amoríos con políticos cuando trabajaba de periodista.

Como en tantos otros grandes editores, la desmesura es parte del ADN de Lanata, tanto para la gloria como para el derrape individual o colectivo. Su cuerpo, sus gastos y su comportamiento han tenido al exceso como compañero de ruta. En Crítica, su última experiencia en diarios de papel en un mercado que daba claras señales de saturación, pretendió montar una redacción con sueldos por encima de la media. Obcecado, según su autodefinición acostumbrado a nadar contra la corriente (dice: “Soy una falla del sistema”), Lanata armó un diario que se hundió en un océano de indiferencia y tristeza. La gente no se conmovió con lo nuevo que él y Caparrós tenían para ofrecer. Lo que para 1987 —con Página/12— era sexy, desenfadado y transgresor, para 2008 ya era parte del status quo: los otros diarios habían tenido 20 años para pintarse los labios, aggiornarse, aprender a seducir. Y a diferencia de lo que sucedió en Página, donde según O´Donnell, Lanata tenía un trato horizontal con la tropa, en Crítica apenas se dejaba ver, delegando las decisiones y en los jefes. El director era un fantasma. La redacción sólo se enteró de que iba a hacer teatro una vez que salió la propaganda de la obra en las páginas del mismo diario.

Luego,Crítica cerró y los propietarios —Lanata había vendido su parte al empresario español Antonio Mata— no pagaron las indemnizaciones correspondientes. Los empleados llevaron adelante una medida de fuerza conmovedora, pero apenas lograron ser escuchados. El diario no había sido amable con el gobierno nacional. Para ellos, los periodistas, la sensación era que Lanata y todos los demás los habían abandonado.

— ¿No hay arrepentimiento de nada?
— Sí, para mí es una lástima… A ver, ninguna carrera se hace de éxitos solamente. Yo he tenido fracasos y éxitos. Para mí esto fue un fracaso. Yo realmente no tuve suerte en la gráfica. Para mí lo de Página, por ejemplo, no fue un éxito. Cuando se vendió a Clarín me fui. Con Veintitrés quebré. Desde el punto de vista empresario, mi suerte fue una mierda. No sirvo para eso. No me arrepiento de Crítica. Si hubiera tenido más tiempo se hubiera formado algo, otra cosa que no se llegó a formar.

***

Cuando dos semanas más tarde nos volvimos a encontrar en su amplio departamento de Libertador, el clima era otro. Lanata recién llegaba de Venezuela. Antes de tomar el avión de regreso tras cubrir las elecciones presidenciales en ese país, había sido demorado junto a su equipo de trabajo por los servicios de inteligencia de Caracas. Signo de los tiempos, la noticia se replicó en segundos con la fuerza de un rayo. Toda la maquinaria periodística y publicitaria del Grupo Clarín cubrió el hecho con un despliegue colosal. Canal 13, TN, el diario y la radio dieron cuenta del episodio. Las salas de espera de los dentistas, los bares de las avenidas, las peluquerías y los miles de hogares que sintonizan TN, se enteraron que Lanata estaba detenido y “acusado de sabotaje”. Un Lanata, dos Lanatas, muchos Lanatas por todos lados.

En el mundo periodístico, como en cualquier oficio, hay reglas de juego fuertemente marcadas por las culturas de época. Tras la debacle social y cultural producto del terrorismo de estado, y con una centroizquierda con débil programa político, “descubrir lo oculto” resignificó el rol social del periodismo. Lo volvió esencial, o al menos insoslayable, en el juego democrático. “Yo escribo porque hay cosas que me conmueven”, dice Lanata, y su monitor le dirá que por su sensibilidad, ese sentimiento puede ser compartido por miles de personas. Esa lógica, a su vez, no se pregunta por qué el sentido común construido pone en una agenda situaciones que el olfato identifica como conmocionantes. El olfato del tiburón. Se cubre aquello que produce impacto, y si la agenda internacional erige a Venezuela como espacio de corrupción y lugar en el que se puede implementar un fraude electoral, entonces se va allí. No se va a Honduras, donde hubo un golpe de Estado hace tres años, porque Honduras ya no es noticia y no importa que allí el gobierno ejerza un autoritarismo flagrante y no sólo no se respeten, sino se avasallen las libertades públicas: las de grupos organizados y las de todos los ciudadanos. Así es el circuito informativo, dirá Lanata.

La agenda la impone aquello que arde. Y la definición de “aquello que arde” es una construcción cultural y, si se quiere, política. En un sentido, es la misma lógica que le permite a Lanata exhibir una realidad de trazo grueso y, tras dar en su programa un informe sobre el dinero con que el Estado financia el fútbol argentino, mostrar el déficit de viviendas que tiene el Gran Buenos Aires como contraste y expresión de la deuda social. En horario central, a través de un medio que mantiene un combate sin mediaciones con el gobierno, un informe de ese tipo no hace más que provocar indignación entre los indignados de ambos lados: los que desaprueban al gobierno y los que desaprueban a Lanata. En verdad, lo inquietante, en estos casos, no es la indignación, sino la indiferencia.

— Igual, para mí lo más interesante de todo esto no fue lo que pasó allá en Venezuela, sino lo que pasó acá… Este país está muy mal… Estamos todos muy mal…

En Ezeiza, recién aterrizado, indignado porque algunos medios lo acusaron de teatralizar su detención en el aeropuerto venezolano, insultó a medio mundo. Mostró dolor por lo dicho por quienes compartieron con él, una redacción. Insultó de más.

En su bunker, Lanata usa una metáfora: el muchacho canchero de Sarandí quiere retomar un sentido políticamente correcto.

— Me garcharon y tengo que andar dando explicaciones porque usaba minifalda. Váyanse a cagar. Me cansé de dar explicaciones.

***

En marzo de 1992, Jacobo Timerman, fundador de La Opinión, vinculó a los escritores Tomás Eloy Martínez y Eduardo Galeano con la guerrilla. Enfurecido, Lanata escribió en Página/12 un alegato en favor de sus entonces colegas, que además eran columnistas del diario. El título del artículo era “Papá, no corras”. La respuesta a ese gesto policial de Timerman, también víctima del Terrorismo de Estado, era la manera inconsciente de marcar el límite con aquello que se rechazaba y que efectivamente después se terminaría demonizando, como sucedió con su evaluación de la experiencia del Ejército Revolucionario del Pueblo, un modelo del delirio que suponía la lucha armada.

Para bien o para mal, el llamado de atención a Timerman suponía también un reconocimiento. Había sido el último gran editor de diarios del país, aunque había fracasado con su intento de reflotar en 1987 (el mismo año que surgió Página/12) La Razón. La mención de Timerman no es gratuita: no hay duda de que, aún cuando le impuso su impronta a cada uno de los medios que creó, aún cuando interpretó e interpreta —hoy en la televisión— la cultura de la época, hay una secuencia que puede emparentar a Lanata no sólo con Timerman, sino con otro emblemático comunicador de origen europeo, Bernardo Neustadt. Hoy vilipendiado pero en su momento tremendamente influyente y muy aceptado por las capas medias, Neustadt fue otro ejemplo de “self made man”: un hombre cuya peripecia vital está salpicada por el olfato, el oportunismo, una ética oscilante y una enorme astucia para persuadir, con el don de su carisma, tanto a los convencidos como a los confundidos de su audiencia.

Desde comienzos de los 90, en simultáneo al lento retiro de Neustadt, Lanata viene siendo, con vaivenes, una figura omnisciente para la opinión pública vernácula. Un Lanata que, como Timerman en su momento, atravesaba los días a puro vértigo, como si la vida no alcanzara para cumplir con todo lo que se proponía.

— Pero yo corrí por una cosa personal. Mi vieja estuvo 40 años con el cuerpo paralizado. Yo crecí convencido que en algún momento me iba a pasar lo mismo. Visto desde hoy, creo que me apuré a todo por eso.

***

Es lunes en Buenos Aires y tanto el diario Clarín como La Nación ofrecen en sus ediciones digitales, de manera destacada, una cobertura de lo que sucedió anoche en PPT. El programa no tuvo nada deslumbrante pero parece que, desde que la oposición no produce oposición, Lanata tose y es noticia. Los medios digitales se mueven con la lógica del rating: lo que se clickea vale. Es evidente que él, que ya no es una amenaza para la aristocracia de la prensa, también tiene una audiencia on line cautiva.

— Estoy viviendo una situación particular: yo me pasé toda mi carrera con los diarios en contra y es la primera vez que tengo los diarios a favor. Ahora: ¿cambié yo o cambiaron los diarios? Cambiaron los diarios. Los diarios se pelearon con el gobierno.

Hay cambios en Lanata, pero también permanencias. Posee iniciativa individual, asume riesgos y reivindica la audacia como un valor. Tiene capacidad para moverse y negociar en un mundo sin reglas claras, donde hay retóricas arcaicas en las que se pueden o se creen encontrar elementos libertarios y un mundo real en el que esas experiencias han sido derrotadas en términos políticos, militares y también culturales.

A poco de que naciera Página/12, cayó el Muro de Berlín y, en Argentina, la ilusión de acercarse a una socialdemocracia nórdica. Lanata no tiene cultura izquierdista aunque como dice Eduardo Blaustein: es capaz de votar a un partido de izquierda como lo fue el MAS en los ‘80.

Los golpes de efecto, el denuncialismo liberal, que podían alterar a un viejo socialista o a alguien que participa más de adentro de las experiencias de radicalización derrotadas, no inhibían a quien no poseía esas barreras culturales. Las tapas de Página eran parte de un nuevo clima de época: el efectismo de Crónica con complicidades de códigos hacia clases medias antiautoritarias que leían esa cercanía con el sensacionalismo como ironías inteligentes.

Ese golpe de efecto, el denuncialismo, es un rasgo permanente en Lanata.

— Nosotros somos en parte responsables de que el mal humor social haya crecido. Eso es así. Porque mostramos en la televisión cosas que nadie mostraba. Hubo noticias que dimos que fueron muy fuertes, pero que eran cosas que todo el mundo sabía aunque nadie había mostrado. Esas noticias al ser emitidas en horario central adquieren mayor potencia. Las ven todos. Ahora, la verdad, estamos haciendo un programa de tevé que pasó a tener una dimensión que no tendría que tener. Tampoco tendríamos que medir lo que estamos midiendo. Un programa así no puede medir veinte puntos. Veinte puntos mide un orto, no esto.

Lanata siempre se reivindicó como alguien que escribe.

—El día que me rompan las bolas, me voy a mi casa a escribir —suele decir.

Antes de alcanzar su primer cenit en la revista El Porteño, atravesó el resbaladizo terreno de las colaboraciones y el free lanceo. Incluso, escribió notas para el suplemento cultural de Clarín, mucho antes de la posterior guerra y de esta contemporánea paz.

Compañero de Lanata a lo largo de casi tres décadas de trayectoria, Blaustein recuerda que en El Porteño ya “se destacaba por su audacia, su creatividad, también por su empuje, su seguridad en sí mismo, su capacidad de trabajo tipo toro”.

Blaustein habla de metamorfosis:

—Supongo que, a medida que sumó éxitos, su cosa medio tiránica fue creciendo; y en parte se entiende, es algo humano. Antes solía ser mucho más respetuoso y pluralista que ahora. Pluralismo no es algo sólo relacionado a la política. Significaba también apelar a recursos periodísticos más extensos que su repertorio actual. En los últimos años, él se fosilizó en un periodismo “denunciero” de alto impacto y a menudo trucho, muy pendiente de no perder o popularidad personal o rating. Comercialmente es posible que tenga razón y no la tengamos los que amamos el rigor, la profundidad, la seriedad, la complejidad, la buena escritura y todo eso sin aburrir. A Clarín, claro, lo del impacto le resulta muy eficaz.

La mirada de Lanata es, también, la mirada individualista de la acción social, la que piensa que los hechos sociales se realizan en función de la simple actuación de los individuos. Las explicaciones históricas y estructurales sobre los hechos sociales no tienen demasiado peso en los discursos públicos más extendidos.

No es que Lanata no tenga moral o sea poseedor de una moral republicana. Ni lo uno ni lo otro. Lanata es portador de una moral de época que se comenzó a construir en su distancia innovadora con las culturas de izquierdas derrotadas que predominaban en el viejo Página/12 y la afianzó con el predominio abrumador de los cambios políticos culturales de las últimas décadas. Es una moral de época, conformada por elementos que son parte si se quiere de una ideología, pero que se presenta sin la pomposidad de los discursos ideológicos clásicos.

Esta moral de época de Lanata aparece en el marco de una lógica de lucha por la obtención y mantenimiento de alto reconocimiento en el campo periodístico. Quizás haya en los gestos de Lanata, y en muchas de sus afirmaciones, una asunción de esa mochila moral que no es demasiado distinta a la construida en Página/12, aunque allí estaba limitada por otro corpus cultural que, aunque debilitado, generaba tensiones. Esta moral de época está extendida poderosamente por diversos espacios en toda la sociedad, solo que en muchos casos, si se observan solo los dichos y no los hechos, puede aparecer recubierta con retóricas pertenecientes a otras tradiciones. Lanata la asume sin ambigüedades.

— Sé que juego en tiempo de descuento —dice—. ¿Vos te pensás que esto es una historia de amor? Si pasado mañana Clarín y el gobierno arreglan a mí me dan una patada en el culo. Lo mismo si mido tres puntos: me rajan. Estamos hablando de trabajo.

Caiga quien caiga, lunes, horario central, sección “CQ test”.

―Guillote, a una ex novia, ¿se le hace un service cada tanto?
―Depende del año… Si ya no paga patente no.

***

La cita con Guillermo Cóppola es en el gimnasio del Paseo Alcorta, 11 de la mañana de un jueves. Cuando llegamos, está sentado debajo de su pelo de siempre: aros de algodón que acompañan la sonrisa de costumbre. Habla por celular con un amigo, a quien invita a su cumpleaños número 60 que celebrará a los pocos días. “Algo tranquilo, por el tema de las bolsas, 110 personas en la Parolaccia, venite, no me falles, quiero que estés”, le dice. Alrededor de él hay electricidad: el lugar es una romería, polo muscular del establishment en la era K.

La elite argentina cultiva su físico con el mismo cuidado con el que teje sus relaciones sociales. Y en este lugar, en el que se exalta el fetichismo y la vista, Guillote cumple un rol medular. No está claro cuál es exactamente, pero podríamos definirlo como el capitán simpatía, el ingeniero psíquico de la estructura emocional del lugar. “Me lo dice la gente: cuando yo no estoy, esto no es lo mismo”. Cóppola saluda a todos. Los conoce, le gusta saber qué hacen, quiénes son, dónde viven. Todos allí tienen las necesidades de la opulencia básica satisfechas, pero pareciera que sus corazones necesitan un poco de alegría. ¿Y quién sino Guillote para alegrar a ese círculo? Cóppola, está claro, sabe dónde moverse.

“Mirá, mirá: ese es abogado, vas a ver que cuando pasa por al lado de ese rubio que está ahí que es empresario ni se miran… Es que tienen cuestiones pendientes…”. En efecto, cuando el hombre de ley pasa por al lado lo hace mandando un mensaje por su blackberry.

“Hola, ¿cómo estás? ¿Bien?” Ahora la sonrisa de Guillote es la de un guasón blanco. Saluda a Jazmín de Gracia, una de las tantas modelitos que enriquecen su talento en este lugar. Jazmín se va y Guillote cambia el objetivo de su mira: pelo castaño, 39, separada. “Qué bien que estás, sos la más linda del gimnasio”. Se va. “Nunca hay que dejar de tirar…”, nos dice. Es John Wayne con rayo láser.

“Siempre fui así. Y Corina, mi mujer, me conoce y me acepta”, comenta. Corina tiene 36 y está embarazada de una nena que nacerá en enero. Cóppola ya tiene tres hijas: “No sé hacer otra cosa”, se ríe. Natalia, la más grande, se casó con un amigo suyo y vive en Miami; Bárbara, de 21, hija de Yuyito González; y Camila, la menor, que fue reconocida por Cóppola tras un ADN. “Soy así, mentiría si dijera que no voy a seguir seduciendo”.

―¿Cómo hacías en la cárcel?
―Fueron momentos duros. Mirá, te cuento una…

Entonces el hombre de las mil mujeres, el ex representante de Maradona, el depredador sexual que se ufana de nunca haberse acostado con una chica de más de 40, comienza un relato que bien podría formar parte de una antología definitiva del onanismo carcelario.

“Resulta que en la cárcel había un poronga que era el único –¡el único!– más obsesivo de la limpieza que yo. Era un morocho alto y grandote que tenía, solo para él, un sector del baño. Lo mantenía impecable y todo decorado con pósters de chicas, todas chicas del ambiente, ¿no? Como yo soy muy limpio también, el tipo, a cambio de dos tarjetas telefónicas, me prestaba todos los días su rincón un rato para mí solo.

―Era un lugar con mucho amor propio, ¿no?
―Claro (risas). Bueno, la cuestión es que yo ahí me quedaba un tiempito ¿no?… Amor propio, ja, ja, está bueno. Bueno, la cuestión es que me prestaba quince minutos el lugar y yo iba. Un día miraba un póster, otro día apuntaba a otro. Después, eso sí, dejaba todo impecable.
―La higiene ante todo.
―Por supuesto. Bueno, ¿qué hice cuando salí de la cárcel?
―¿Seguiste yendo al rinconcito ese?
―No, boludo. Busqué una por una a todas las de los pósters y me las fui bajando. Un loco…
―¿En serio? Como Kill Bill, pero del sexo.
―Claro.

***

El atorrantismo, la noche, la gira eterna con el Diego, la sonrisa, el eco de la merca retumbando, los bucles de algodón: Cóppola avanza por la vida convertido en mitología. Podría decirse que con él sucede lo mismo que con Chiche Gelblung o con el Bambino Veira: personajes polémicos pero simpáticos, que completan pocos casilleros del formulario de la ética (Veira, por razones obvias, es la máxima expresión de ese olvido), pero que el pos–menemismo ha convertido en casi ídolos. Un tipo de personajes con poco octanaje moral, que no poseen un saber trascendental, pero que encarnan, en algún sentido, un estereotipo social de la época. “No sabés lo que me pasa… voy caminando por la calle y los chicos se paran y me abrazan. Me gritan ‘capo’. Es tremendo… yo no lo puedo entender. Me dicen que tengo cuatro mil entradas por día en el Google, es increíble”.

Cóppola no termina de entender las razones que construyeron su leyenda. No ha tenido, qué duda cabe, una vida sosegada: no hay forma de tenerla si durante más de 20 años se vive al lado del personaje más famoso del mundo. Cada día era una aventura en la montaña rusa, en un palacio dionisíaco, en la cima del planeta.

Pero la fiesta se suspendió de golpe. La noche le pasó un par de facturas. Reality show, Viale, Samantha, Diego retirado, caravana, Diego desbocado, todos desbocados.

A los sultanes del ritmo se les acabó la joda. De pasear por Montecarlo en un convertible a Dolores, preso. Un estilo de vida se desmoronaba. Los días en la cárcel fueron los más aciagos para el representante. Y las secuelas todavía se hacen sentir. “De vivir en 300 metros cuadrados pasé a 60”, grafica. Y así con todo. Perdió autos, amigos, plata, prestigio, poder. “Tuve Lamborghini, Rolls Royce, Ferraris… hoy, no tengo nada”. Cóppola se mueve en taxi, dice que es mejor, que así no tiene problemas para tomarse una copa de más cuando sale a la noche. Igual, lo más doloroso dice que no fueron las pérdidas materiales. “Lo peor, lo que más me molestó fue perder el tiempo”. El reloj no corre cuando alguien está encerrado. La vida se transforma en una trampa kafkiana.

Cóppola recuerda que después de un tiempo consiguió que le asignaran una habitación para él solo. Todos los días la limpiaba con obsesión de orfebre y la dejaba impecable, como si fuera a recibir visitas. Lo hacía mientras escuchaba música: eran dos horas en las que su mente se escurría por entre las rejas. Cada día también, entraba Frazia, el zumbo que lo controlaba, gigante como el jefe policial de El Expreso de Medianoche, con las botas llenas de barro y le manchaba a propósito el piso. Lo hacía siempre, como si fuera parte de una broma macabra, inapelable. Cóppola no decía nada y volvía a limpiar su pieza. Lo hizo hasta el último día que estuvo allí. Un día, sin razón aparente, a Cóppola lo engomaron, que en la jerga carcelaria significa que lo encerraron sin dejarlo salir ni a mirar las estrellas. En la celda no tenía baño, y el guiso de la cena comenzó a hacer su trabajo intestinal. Cóppola golpeaba la puerta, pedía ir al baño, pero Frazia no le abría. “No tuve más remedio que garcar en una bolsa y dormir con eso al lado toda la noche”. Al día siguiente, Cóppola se levantó, limpió todo, tiró la bolsa y enceró su pieza como todos los días. Cuando Frazia entró y manchó con barro el piso, Cóppola se le tiró al cuello. La pelea duró menos de un round: en un pestañeo, Frazia lo aplastó como a un insecto. Pasaron los días y nadie dijo nada. Hasta que lo trasladaron a Caseros. Antes de dejar Dolores, Frazia lo llamó para hablarle.

“¿No te das cuenta, otario –dijo, acentuando la “ta”–, que cada vez que te ensuciaba el piso lo que lograba era que durante dos horas, las dos horas que vos volvías a limpiar, te fueras con tu mente de este lugar?” Frazia, el vigilante existencial, le dio una lección inolvidable. Al tiempo, Cóppola, ya en libertad, regresó al lugar acompañado por María Fernanda Callejón y le hizo un regalo.

Pero la cárcel también es un castigo metafísico. En el enrosque mental en el que se puede caer tras un drama como ese, Cóppola comenzó a pensar que estaba pagando por algún pecado. “Me preguntaba: ‘¿Por qué me pasa esto? ¿Por algo de mi vida anterior? ¿Porque había tocado a la mujer equivocada?’ No entendía. Pero lo superé por suerte. La prensa que me había condenado luego se resarció. Se armó el primer reality show de la televisión… Mauro Viale se fue a vivir a Le Parc, con eso te digo todo”.

―¿Sufriste más ahí o cuando te peleaste con Diego y él puso en duda tu honestidad?
―La duda de Diego fue algo fuerte. Interiormente lo sentí. Me dolió. Pero tengo toda la tranquilidad interior. Hoy por hoy, cada uno está haciendo su vida. Lo veo bárbaro, lo veo en peso. Tiene una capacidad para revertir las situaciones increíbles. Extrañar, extraño, cómo no. Lo que más me preocupaba era la diferencia que él creía que existía; eso se solucionó. No cometí ninguna equivocación mayúscula.

***

Seductor serial

La charla, de repente, se interrumpe. Cóppola deja de prestar atención, como si hubiese ingresado un fax en su cerebro. La comunicación se corta. El representante desvía la mirada y la clava en un objetivo móvil: dos botas negras y un jean inolvidable que avanzan.

Tac, tac, tac: las botas le dan contundencia a las mujeres. Está entrando a un local de cama solar en el Paseo Alcorta. Cóppola la había divisado cuando ella bajó de su cuatro por cuatro y la fue siguiendo con la mirada: sus ojos eran el teleobjetivo de un rifle. La dama (la presa) avanza y Guillote (el cazador) la desnuda con la mirada. “Ahí vengo”, dice y sale disparado, el cuello adelantado, las fauces preparadas. Irrumpe en el solarium. Se presenta ante la dama, que sonríe y asiente, halagada por la locuacidad de Guillermo, campeón mundial del chamuyo porteño. Durante el diálogo, Cóppola la mira con una sonrisa estampada en la cara, con los ojos jugueteando por sus labios y la imaginación recorriendo el escote. Esos minutos que anteceden al zarpazo, ese instante en el que la presa comienza a enredarse en la telaraña de la seducción coppoliana y en el que él se da cuenta de que ya es suya, de que una mancha más está por pintarse en su lomo de tigre, es un momento apasionante: la celebración del ego del macho, el orgasmo que antecede al orgasmo. Cóppola es el rey de la selva, su pelo se eriza más, el pecho le explota de narcisismo.

“¿En qué estábamos?”, pregunta Cóppola cuando vuelve.

―¿Qué pasó con la mujer?
―No, nada, cuatro–dos.
―¿…?
―Cuatro–dos, cuarenta y dos… yo nunca más de 40… ¡Amor propio! ¡Amor propio! Me gustó esa, la voy a usar.

Excitado, Cóppola grita esas dos palabras disfrutando de su alarido. Cuando las enuncia, lo hace con rapidez: un latiguillo convertido en latigazo. Hay silencio. Más silencio. Y de repente:

“¡Amor propio! ¡Amor propio!”

La gente lo mira. Nos reímos, un poco por la vergüenza, otro poco por las reminiscencias onanistas de su referencia. Por suerte suena el celular. Cóppola se pone a ajustar los detalles de su viaje a los Emiratos Árabes. Tiene grandes proyectos en ese territorio, virgen en varios sentidos. Más que vender, Cóppola quiere traer el dinero del petróleo. Tiene ideas megalómanas, como construir un estadio (“Los tipos le hicieron la cancha al Arsenal en Londres”) o remodelar el Luna Park. “Dubai es el máximo desarrollo del mundo. Mirá que yo viajé y nada me sorprende, pero lo que pasa ahí es tremendo. Hay hoteles nueve estrellas”.

Ahora el celular le suena, pero por un asunto más festivo: su cumpleaños 60. “Algo tranquilo –repite–. 110 personas, nada más. A fin de año, cuando la cosa se calme, la hacemos más grande”. En el universo coppoliano la comida es un elemento omnisciente. “Nunca fui de mesas chicas, siempre fui de mesas grandes”, explica, deslizando los motivos por los cuales para alguien como él un festejo íntimo de un cumpleaños es como la fiesta de egresados de alguien normal. La razón de esa capacidad desbordante para trabar amistad con la gente se palpa en el espacio, en su carisma demoledor. “Seduzco tanto a hombres como a mujeres. Tengo un arte, soy un encantador en el buen sentido. A mis amigos les gusta estar conmigo. Te pongo en clima. Integro, integro, me encanta… lo aprendí en Europa, en Nápoles. Respeto mucho a la gente. Nunca una mujer te va a hablar mal de mí. Yo, además, sigo haciendo las cosas que a las mujeres les gustan. A cualquier mujer le gusta que le abras la puerta del auto o que le prendas el faso. Tenga 18 años o 40.

―Pero en algún momento hiciste ostentación…
―Yo estuve al lado del más grande y tal vez me confundí un poco. En algún momento pensé en el reloj, en la mina, en el auto… ¡Era un pelotudo! Eso de estar impecable para llegar en enero a la playa para mostrarte… ¡Mostrar qué!… ¡Mostrá la pija!…. ¡Amor propio! ¡Amor propio!
―Bueno, estamos en un gimnasio, venís a cuidarte acá.
―Sí, pero hay una fantasía conmigo, con la noche, con la droga, y la verdad es que yo siempre me cuidé, siempre jugué al fútbol. Además, al gimnasio tengo que venir porque hace un mes y medio tuve una arritmia. Pierna derecha inmóvil. Brazo derecho inmóvil. Un susto, nada más.
―¿Quiénes se borraron durante la cárcel?
―Varios, pero te voy a nombrar a dos que sí estuvieron: Bianchi y Basile. Y también mis socios de ahora.
―¿Sos amigo de Basile?
―Cóomo.

A continuación, Cóppola disca el celular de Basile. Llama pero no contesta. No eran días fáciles para el entrenador: estaba a punto de ser deglutido por el monstruoso peso de la selección y de ser reemplazado, paradojas de este mundo, por el gran 10.

Cóppola le deja un mensaje a Basile a velocidad fast forward:

“Hola Coquito acá Guillote, quería ver cómo estabas, cómo andaba todo, la familia, los asuntos, todo eso, acordate de que te espero el sábado en la Parolaccia, algo tranquilo, los íntimos, no me falles, te quiero mucho”.

***

El gran Gatsby

Al día siguiente quedamos en almorzar en la Recoleta. La consigna era “Invita C, pero no lleves al plantel entero de Vélez”. A partir de ahora, la charla, la nota y hasta el lenguaje cambian por completo.

Todo lo que pasa de aquí en más es estrictamente cierto. Cóppola llega. “Hola querido, en un rato vienen un par de amigos, ¿no hay problema, ¿no?” “No, todo bien”. Seguimos la nota. A los 10 minutos llega Carlos Randazzo, delantero de Boca en los años 80, ex presidiario. “Carlitos, un grande”. Cóppola empieza a hablar de Carlitos como si Carlitos no estuviera. “Un loco, un loco, un tipo con códigos, un gran jugador. Se comió un año en Caseros por algo que no cometió. Y no delató a nadie, eh… muy respetado”. A los 15 minutos llegan tres amigos más, tres personajes con la misma sonrisa fácil de Guillermo, claro que sin su ángel (o diablo), aunque también elegantes y lenguaraces. “Pidamos”, dice Cóppola, mientras le sonaba el celular marca Ferrari de cinco mil euros. El ringtone es el sonido del motor del F1. “Igual al que tiene Raúl, el del Real”, informa. “Pero es feo, parece una armónica”, le dicen. A los 15 minutos estaban todos comiendo como búfalos, lanzados sobre sus platos, intensos, encendidos. A cada uno le sonaba el celular cada cinco minutos. Cóppola comenzó a hablar de nuevo de su cumpleaños.

No sabemos muy bien cómo, pero en un momento nos vimos todos hablando de la dotación varonil de Guillote. Sí, de eso. Se hablaba con seriedad, con tono doctoral. “No, no, momento, hay cuatro fotos mías: una con el Diego, otra en Nápoles, otra de cuando me operé –sí, se me achicó– y otra en Punta del Este”. Uno de los tres amigos –el más grande, un aire a Tony Soprano– era el que había traído a colación el tema. “Estuve en una cena con amigos y se habló mucho de tu pija, Guillermo –dijo, mientras intentaba pinchar con su tenedor un pedazo de pulpo a la parrilla–. Ellos decían que la tenías chica”. La situación era desopilante, pero Cóppola contestaba como si estuviera hablando con el cardiólogo. “No, no, se me achicó, es cierto, pero siempre la tuve bien. ‘Ta bien, no como la de Carlitos, es cierto, pero igual siempre estuve bien”. Carlitos es Randazzo, que escuchaba sin pestañear y asentía, como si en lugar de hablar de su anatomía se estuviera hablando de su auto.

“Carlitos, cuando estuviste en la cárcel, ¿te quisieron empomar?”, preguntó uno de los socios. “No –contestó serio–, nadie se hizo el vivo conmigo”. “¡Qué grande Carlitos! Un loco… un loco… ¡Amor propio! ¡Amor propio! Les conté a ellos lo del amor propio… pidamos otro vino, paga C”. A Cóppola le hervía la sangre. Se movía como un sonajero. Estaba feliz con la reunión. Este cronista, en cambio, transpiraba. La cuenta, seguramente, superaba una buena parte de su sueldo.

En ese momento, llegó al restaurante un hombre corpulento, algo molesto, bien vestido. Cruzó miradas con este cronista y saludó. Saludó también a Cóppola. “¿Quién es?”, preguntó Guillote.

El cronista cree recordarlo y se le acerca. “¿Sos Capi, no? “Sí, querido, ¿cómo andás?”

Capi es Capi Innocentini, 60 años, mítico lobista porteño, socio de políticos importantes, amigo del representante Gustavo Mascardi, un personaje que ya vio todo, que ya no se conmueve con nada. El coronel Kurtz de Apocalypse Now.

“¿Querés venir a la mesa?” Capi acepta y viene con su botella de Rutini de $200 y se sienta. Nos sirve a todos y empieza a hablar. “Yo era el dueño de todo el mediocampo de Boca en el año 84”, le dice a Randazzo. Randazzo lo miró en silencio, como un lagarto. No dijo nada. Capi siguió. Pasó el tiempo, pasó el postre, llegó el Baron B, luego el café, después la cuenta. La de Capi era de $300. La de C, $680. Cóppola hablaba por celular, los amigos también. Este cronista metió su mano en el bolsillo con la parsimonia de un caracol. En dos segundos, Capi abrió su billetera. “Dame todo”, dijo y tiró once gambas ($1.100) arriba de la mesa. “Me deben un almuerzo”, soltó, antes de levantarse e irse por Posadas.

Lleno de cabernet y de alivio, este cronista también se despidió. La ciudad comenzaba a tragarse al sol. Al llegar a la calle Corrientes, el cronista se metió en una librería de usados. Por 10 pesos consiguió un ejemplar de El gran Gatsby.

-La última vez que estuve acá vine de caño (revólver).

– ¿Posta? (¿en serio?)

– Creo que sí. Bah, la verdad no me acuerdo, pero pudo haber pasado.

Conurbano, esquina Vietnam. El cartel del supermercado brilla en amarillo optimismo y refuta el alrededor: El Palomar profundo, a cuadras de la villa Carlos Gardel, “la Charly”, mítico asentamiento del Oeste, donde está el agite. Aquí, el Gran Buenos Aires ofrece su pliegue más lúgubre: el aire flota con un viejo aroma a fantasmas. Hay pura leyenda negra en sus ruedos. Pura rabia que mancha, que queda. Lo dicen las paredes y sus agujeros, el colchón de las claudicaciones, los disparos. Acá vive César González, gorra, bermudas, camiseta de Racing, dos meses en libertad, seis tiros en el cuerpo, cien poemas en el alma.

César nació más de tres veces. La primera hace 21 años, hijo de Nazarena de 37 y un padre que los dejó tras la huella de sus vicios. La segunda hace 5. Fue el alumbramiento menos poético, los tiros, las muletas, la vida de chiripa. La tercera hace tres inviernos, cuando rebotó contra el fondo de su existencia y llegó hasta la superficie para sentir el sol. Fue la única vez que la partera de la historia no fue la violencia. Fue la tristeza.

Así se sentía César, con un año de encierro. Hasta que un día ocurrió el hechizo. Hasta que descubrió la magia de las palabras.

***

El jueves 19 de mayo de 2005 César fue a jugar un picado con amigos dentro de la Gardel. “Pero la verdad es que en lo único que pensaba era en ir a robar”. Entonces, bastó que uno de ellos colgara la pelota para que se fuera con Diego, un amigo que sabía manejar, a hacer lo que hacía por lo menos tres veces por semana, robar. Se subieron a un bondi con destino Ramos Mejía. El objetivo era la zona de casas paquetas cercana a la estación. César estaba excitado. Había tomado algunas pastas y llevaba una escopeta de caño recortado adentro de un bolso. Vestía equipo de gimnasia Adidas holgado, una gorra y unas Nike que le daban prestigio en el barrio. Era un pibe chorro de pura cepa, con todos sus fetiches colgados. Estaban en zona de gatillo cuando vieron que un hombre comenzaba a sacar su Renault Clío de un garaje. Bajaron, lo encararon. “Dame las llaves la concha tu madre”. El hombre, de unos 40 años, se asustó, pero al no ver el arma comenzó a tardar un poco. A César se le había trabado la escopeta con el cierre del bolso. Por ahora eran pura amenaza. El tipo, a punto de escapar, se quedó quieto ante el trac trac de la recortada: César lo estaba apuntando. Se subieron. Primer botín. Ahora, a viborear por las calles, a repartir veneno, a conseguir el sostén de los mejores vicios.

Iniciaron lo que en la jerga se llama rally: sin destino claro, asaltando aquello que aparece y los fascina. Primero por Ramos. Después por Liniers. Robaron tres autos más. Cada uno de ellos era abandonado cuando aparecía otro mejor, siempre con el dinero de su dueño en los bolsillos. En Liniers ven pasar una 4×4 Nissan oscura. Se montan, se copan, la chocan, se bajan. Ya tenían más de 10 lucas en dinero, cadenas, celulares. Ahora “cortan” una Kangoo blanca, parece que es la última, ya está, ya hicimos buena guita, volvamos. Pero no, se enviciaron: se cruzan con una 4×4 gigante, una nave nodriza que los embelesa. Dejan la Kanggo y César encañona al dueño. Pero hay algo que no cierra, algo en la mirada del tipo que indica que puede pudrirse. César lo palpa: tiene un revólver en la cintura, es de la gorra, cagamos.

Le saca el arma, y cuando está dudando entre robarle o no, de reojo observa que un patrullero dobló en la esquina y se acerca, despacio. César se aleja de la ventanilla con calma –o eso cree- y se sube a la Kangoo. Arrancan en dirección contraria al patrullero, que sigue avanzando lento. Se cruzan. Se observan. Se tensan. Parece que todo sucede despacio, como en el cine. Diego acelera: el policía robado empieza a gritar, “paralos, paralos que me afanaron”. El patrullero da la vuelta, prende la sirena, llama refuerzos. Se inicia la cacería.

Diego pisa a fondo, mientras César prepara la recortada para defenderse. Ahora son dos los patrulleros que les soplan los talones. La Kangoo carraspea, no es muy rápida, pero están cerca del barrio. Si llegan a la Carlos Gardel, listo: es como cuando en la edad media se entraba a la fortaleza y subían la puerta-puente. Te salvabas y las flechas rebotaban en las piedras. Ya están cerca, ya falta poco. Empiezan los cohetazos, las balas que pegan en la chapa –un ruido corto, apagado-, la Kangoo que derrapa, que sigue. César responde. Faltan dos cuadras, falta una. Ahora nada. Pero la última curva es letal: chocan y vuelcan, en la misma puerta del barrio. César queda del lado del asfalto, de costado, le cuesta salir. Diego escapa y se pierde en el laberinto de la Gardel. César trepa como puede y sale del auto. Si no hubiera estado tan zarpado es probable que se hubiese dado cuenta de lo que venía: la guerra, más de 20 disparos que lo sacuden como si fuera una remera colgada. Cuatro se hunden en su cuerpo. Queda tirado. La policía se retira, cree que lo mataron. Las ruedas de la Kangoo todavía dan vueltas.

La sensación es la de estar quemándose por dentro. Un ácido ardiendo que estalla en las venas. Sangre que sale por la boca y un dolor demencial que gobierna los tendones, que sube por los tobillos hasta la cintura. Que no lo deja moverse, que lo aleja de la tierra. Hay gritos alrededor, pero él no escucha nada: el tiempo se detiene. “Sentía que me prendía fuego y me desmayé del dolor”. Los tiros le destrozaron el fémur, le quebraron dos huesos de la pierna derecha, le pulverizaron parte del talón, pero no lo mataron. Era la segunda vez que la policía lo llenaba de plomo. La primera había sido unos meses antes cuando, desquiciado, le quiso robar el auto a un oficial en la puerta de su casa. El cana tuvo su momento Rambo: le apuntó cómodamente desde adentro. La bala de la 9 mm se le hundió en el medio de la panza. Lo tiró para atrás, pero no lo detuvo. Se fue corriendo hasta su casa. “Ahí sí, ahí sí sentía que me iba. Me acuerdo de ir corriendo y de empezar a sentir que me alejaba, que todo se apagaba. Estuve cuatro días en coma, pero zafé”.

Pero ahora la cosa era distinta, porque la policía lo dejó tirado y nadie hacía un cuerno para salvarlo. Pero algunos vecinos presionaron y llegó la ambulancia, una hora más tarde. César agonizaba, había perdido el conocimiento. Se recuperó en el hospital, donde estuvo con la pierna colgada dos meses. Luego le pusieron cuatro clavos. No se los querían poner. Decían que no valía la pena, que su vida no valía la pena.

Quedó internado y detenido. Pero el juez se apiadó de su estado y lo mandó en silla de ruedas a su casa. Volvió al barrio, donde lo esperaban como a un héroe. En la cultura de ese arrabal, haberse tiroteado con la gorra y salir indemne es como hacer un posgrado en aguante. Sos Sandokán, sos Gardel en la Gardel, sos un candidato a poronga. Más si tenés 15 años y seguís metido de lleno en la ruta del arrebato y el desorden.

Primero en silla de ruedas y después con muletas, César siguió pulsando la cuerda del desborde. Hay fotos que lo muestran así, con las muletas a un lado, de noche, con gafas de sol y una mueca siniestra que ensombrece todo. Paredes oscuras de fondo. Los monobloks de la Gardel como un desgraciado teatro de operaciones. No hay nada que hacer, no hay con qué ocupar el tiempo más que con vicios y ambiciones paganas, con esa épica hostil que apologiza la cumbia sonando siempre, poniéndole azúcar a la peor transgresión. “Salgamos a secuestrar, yo que no puedo correr soy el que llamo y pido el rescate”. Buscan, lo hacen (cae un brasileño), la cobran. Pero algo sale mal. La madre de un conocido del barrio vio algo. Y habla. Una semana después el grupo Halcón tira la puerta abajo de la precaria casa –ladrillos, madera, chapa- de la familia González. Se llevan a César, a su hermano de 15 años, a su madre y a la abuela Genoveva, de 65. Una semana después el único que sigue detenido es César. Se quedó adentro casi cinco años.

***

La mancha de la angustia bajaba los domingos, durante el crepúsculo, cuando las visitas se iban y el ruido de las cerraduras era un rodillazo en el ánimo. Un dolor metafísico, una melancolía ominosa. La energía descendía y convertía a la esperanza en abandono. Ese momento era tremendo para César, encerrado desde hacía más de un año en el Instituto de Menores San Martín. Debía purgar una condena de siete años. Parecía imposible sobrellevarlos. Solo pensaba en salir y en volver a la vida salvaje.

Hasta que un lunes apareció la magia. Llevaba galera, varita, todo: era un mago en serio. Patricio Merok empezó a dar todos los lunes un taller de magia en el correccional. César no iba a ir: son pocos los internos que se anotan en esas actividades. Pero fue. No se entusiasmó demasiado con la primera clase, pero a la segunda fue con un poco más de ganas. Se quedó charlando con el mago. “Patricio empezó a bajar línea, a hablar de las injusticias sociales, del encierro del cuerpo pero de la libertad del espíritu. Y me copé. Empecé a esperar que llegaran los lunes porque lo quería escuchar”. Al mes Merok le prestó la primera lectura: De Ernesto al Che, un relato sobre el viaje andino que transformó para siempre la cabeza de Guevara. También la de César empezó a transformarse. Algo que terminó de hacer el segundo libro que le pasó el mago: Operación Masacre, de Rodolfo Walsh. Ahí sí, ahí el bocho se le partió al medio. “Ahí empecé a darme cuenta de mi realidad, ahí caí en la cuenta y me dije: ‘loco, mirá lo que soy: tengo 16 años y toy todo coheteado. No puede ser’. Me di cuenta que mis escenarios habían sido la cárcel y la villa. Y empecé a tratar de cambiarlos. Yo sé que es una frase re manida, pero es la verdad: me di cuenta de que tenía que cambiar y de que, por ahora, mis únicos refugios eran los libros”.

Contado así, aún sin más matices que los que permite una iluminación repentina (similar a una conversión religiosa o a una lobotomía espiritual), el cambio de César parece teñirse de un romanticismo walshniano: como si un rayo se hubiera posado sobre él y su conciencia hubiese dado un vuelco. No parece haber manera de desentrañar las razones de una transformación tan profunda y radical más que creyendo en lo que explica: que el estado de desasosiego lo llevó a querer otra cosa para su vida. Un desconsuelo tenaz que le ayudó a desatar un deseo escondido: la lectura. Allí radica también su excepcionalidad, el hecho de que algo haga click en su interior y la vida adquiera otro significado. Muchos en su condición mitigan la tristeza hundiéndose más en la tristeza, en la anestesia lisérgica o en la religión. César la combatió con relatos.

Se largó a leer con adicción. Leyó todo Walsh, pasó por Cortázar, por Borges, Marx, Castillo y un largo etcétera que incluye filósofos como Spinoza o Deleuze. “Por fin uno que lee”, le decían en la biblioteca del correccional, huérfana de clientes hasta entonces. Una noche, un libro. “De a poco empecé a dejar de ser tan tumbero. Si no mi vida era siempre lo mismo: ‘Eh, gato, ¿todo piola? ¿Vamo a zarpar a ese gil nuevo que llegó?’ Siempre igual, hablando con los pibes de drogas, de tumba, de todo eso. Quería cambiar. Estaba muy triste”.

No fue sencillo que aceptaran su cambio en el penal. César era uno de los caciques de la cuadra, caído en combate contra la gorra, oriundo de la Gardel, preso por secuestro. Un prontuario pesado. Pero ahora el pesado leía. “Eh, loco, ¿qué te pasa? ¿Se te enfrió el pecho? ¿Qué hacés con esos libros?”. Lo hostigaban, lo miraban raro. Para no convertirse en el blanco de sus compañeros, durante el día conservaba la gestualidad y el pulso patibularios –“No pasa nada loco, si querés me paro de puños, ¿eh?-, para después encerrarse a leer hasta el amanecer. “De día tumbero, de noche ilustrado. No quedaba otra”.

Hasta que llegó el acto más revolucionario: empezar a escribir, empezar a llenar ese aire nauseabundo de las celdas –hedores, temblores, resquemores- con palabras nuevas, a soltar el facón y a empuñar la lapicera. Se dio cuenta de que aún enjaulado se puede apreciar la belleza de las cosas:

Pienso en lo frío de la soledad del sol

En la eterna virginidad de la luna,

En la relación amorosa del viento y las hojas

Y en la lluvia

Es el momento

En que el cielo y la tierra

Tienen un orgasmo.

***

“Negro de mierda ¿de qué te la das? Vos tas acá por secuestro, ¿qué carajo hacés con esos libros? ¿Qué te pensás?” Los guardias sabían bien cuándo iniciar la cacería. Durante los feriados, el correccional se vaciaba de asistentes sociales o de abogados. La ley les pertenecía a ellos: chacales con espuma en la boca y bastones largos. Sin otra razón más que la frustración y el odio –leer es provocador-, irrumpían en la celda de César y le rompían los libros, le pegaban, lo humillaban.

-¿Qué leés negro de mierda?

-A Nietzsche, ¿querés que te lo explique?

Una noche fue tal la paliza que le dieron que lo dejaron cuatro días con las piernas inmovilizadas.

-¿Qué sentías cuando te hacían eso?

-Me acuerdo de estar tirado en el piso agarrándome la cabeza y recibiendo bastonazos en la espalda y pensar: ‘No me van a ganar. Voy a seguir leyendo más que nunca’.

-¿Te daba ganas de escribir?

-Me daba más fuerza.

(Y me proponen la muerte

Y me convidan violencia

Y me baño en mis nervios

Y todo me cuesta

Y todo me ahoga.)

– Además de tristeza, ¿tenías odio, miedo, qué tenías?

– No, no tenía odio, a pesar de que me sobraban los motivos para tener resentimiento. Ellos, los guardias, son como nosotros, de barrios pobres, pero tantos años de adoctrinamiento les provocó odio hacia nosotros. Creen que pegándonos borran su pasado.

Los momentos aciagos no desaparecían. Pero por lo menos había encontrado un espacio en el que focalizar su energía. Con un aditamento: había aparecido un don, el de la escritura.

(La sensación cuando termina la visita se puede comparar a la de tirarse en un volcán de amargura en erupción.

Nadie conoce la belleza (sólo comparable al amanecer de los Incas) de morirse de una sobredosis de abstinencia sexual y reencarnar al otro día en un asesino invisible.

¿Por qué será que todos mis héroes se enamoran del suicidio?

Mi mamá ya debe haber llegado a mi casa, qué lástima, ella nunca se va a dar cuenta que hoy, luego de tres años, se recibió de astronauta carcelaria.)

Pasaban los días en el correccional. Ya había estado en el San Martín, en el Roca, en el Mitre, en el Sarmiento. El ritmo seguía igual: una noche, un libro. “Si hay algo que tenía era tiempo libre”. Ya había pasado por la literatura argentina, ya había leído todo el marxismo. “Como teórico económico Marx es un groso, pero tomar el poder con violencia es imposible”. De a poco César empezó a sentir pena por su pasado tumbero, pero en lugar de abrigar un sentimiento de lástima por sí mismo, en lugar de victimizarse o autoflagelarse por la culpa –“hice mucho mal, lo sé”-, comenzó a tener las ideas más claras, a darse cuenta de que sus condiciones de vida habían determinado buena parte de su conducta de antaño. “Desde los cuatro años que vivo rodeado de tiroteos. Preguntale a él si sabe lo que es un tiroteo. Te va a decir que sí. Acá es cosa de todos los días”, dice mientras señala a su hermano menor, una pulga que sonríe en medio del austero living de la casa. “Esa es la realidad de este lugar. Y eso es algo que yo quiero combatir. Por eso, pese a que puedo vivir en otro lado, elijo quedarme en la Gardel para intentar cambiar lo que sucede”.

La Gardel es muchas cosas, pero también es un nido de llanto, de dolores, de dealers, de caras que se cruzan y que no dan confianza –“Aquel salía conmigo, ese también”, señala César en una recorrida por su interior-, de tiempos que pasan sin gloria y vidas que se oxidan. César pinta su aldea:

“Las madres que lloran la muerte del hijo chorro en velorios propios y ajenos.

Más patadas que gambetas en el campeonato de fútbol, los domingos a la tarde. El aire intoxicado por el porro cortado que está vendiendo hoy la transa. Los evangelistas y sus gritos. Los perros persiguiendo las motos.

El guiso salvador del mediodía, el mismo guiso a la noche, lo que quede del guiso mañana.

Uno con las últimas Nike al frente, dos acá a la vuelta, diez en el fondo.

La religión de odiar a muerte a la yuta y dos de sus devotos a bordo de un súper auto seguramente robado.

Habitantes que conocen a todos, secretos que saben todos, engaños imposibles de ocultar.

Panorama de vida que siempre tiene olor a celda, a plomo, a trabajo en negro o en gris… o a traje de encargado de limpieza.

Es la villa, es otro mundo, es vivir apartado.

Escribir se volvió una práctica esencial, un ejercicio liberador, catártico. El combustible cotidiano para atemperar la larga espera que todavía quedaba, palitos que se tachaban muy despacio en la pared. También, una manera de hacer las paces con el pasado y con su cabeza, esa radio interna que no paraba de tirarle estímulos a un cuerpo encarcelado. A más apertura intelectual, más sensación de encierro. “Hay que dejar el cerebro en remojo una semana”, escribió una noche. Había sido una tarde difícil, de cuestionamientos. A esa altura, la escritura era un bálsamo. Como lo dijo esa noche de página en blanco:

¡Letras, máscara de mi herida!

Aliéntenme esta tarde

Que si no escribo soy piedra

Y vuelvo a ser tan solo un expediente.

***

“Lo más difícil es salir, porque no te dan nada; te dicen: ‘dale, salí a la jungla, arreglate’”, cuenta César, libre desde hace dos meses tras cinco años de encierro. A los dos días de llegar, en el barrio ya se había corrido la noticia de su regreso. Las madres de sus antiguos adláteres no pueden creer su transformación. Entre ellas comentan lo que todos puede ver a la luz del día: que está rescatado, que es culto, que salió hablando en el programa de Andy, que el intendente Sabatella lo incluyó en un programa de trabajo social, que en abril arranca a estudiar Filosofía en Puán. Pero por la noche llegan los fantasmas. Como vampiros, sus secuaces de otros tiempos aparecen con sus dulces. “Me trajeron una 9 mm y me dijeron de salir. Dije que no. Y voy a seguir diciendo que no. Me propuse remarla. Resurgir desde mi propio abismo”.

– ¿Te cuesta mucho?

– ¿Qué te parece? Todos los días tengo que combatir al diablo de adentro. Pero todos los días pienso en mis poemas y elijo eso. Son mi esperanza.

La magia sucede acá, en treinta metros cuadrados, un pequeño jardín ubicado detrás del estadio Arthur Ashe, al lado de un hall amplio que conduce a los vestuarios. Aquí es donde pasa la historia y se detiene: llega Illie Nastase –su pelo crepuscular, la misma histriónica cara de siempre, tipo Gerard Depardieu- y se sirve un trago; Martina Navratilova y Guillermo Vilas, siempre de negro y con boina, conversan, lo mismo que John McEnroe y Jim Courrier. Acá es adonde esperan los familiares más cercanos y en donde los entrenadores responden mensajes desde sus Iphones. Es el lugar en donde la NBC hace sus entrevistas o los japoneses filman parte de un documental sobre el circuito. Es también, claro, donde aparecen los jugadores, como Rafael Nadal, que viene hacia aquí en este instante. Lo hace con la misma vehemencia con la que juega: con zancadas y el ceño fruncido, transportando su 1,86 como si fuera una pantera. El español produce electricidad por donde pasa. Llega y sigue, a toda prisa, saludando en un tono intermedio entre la cortesía y el desdén. Cuando lo ve venir, Jimmy Connors se para de un salto empuñando su cámara de fotos, ingresa al hall que conduce a los vestuarios y se queda parado a tres metros de la puerta, un lugar que surcará Rafa en segundos. Yo acompaño la escena y me quedo a poca distancia: quiero ver qué sucede, no lo tengo claro. Nadal atraviesa la puerta, pero pasa por delante de Connors -pasa por delante de la historia-, y ni siquiera lo mira; lo deja atrás. “Rafa, hola, disculpá, ¿te puedo tomar una foto?”, lo interrumpe Connors, cinco veces campeón aquí, el tipo con más títulos ganados (107) de la historia del tenis, alguien que generó que miles de millones de personas en todo el mundo se interesaran por este deporte. El instante es delicioso. Tiene algo de incomodidad, de imprecisa tensión. Sabemos que Nadal desafía la historia ¿será capaz también de desairarla? ¿Hasta dónde llega su ambición? ¿O será que solo está preparado para la batalla y que, fuera de la cancha, no distingue entre las personas y los mitos? Por suerte para Connors, pero no para el comienzo de esta nota – que hubiera sido más asombrosa-, Nadal sale de su burbuja, lo mira a Connors y, un segundo más tarde, transforma su rostro en una sonrisa, se vuelve persona. “Por supuesto Jimmy”. “Es con mi hijo, gracias”, agrega el legendario Jimbo. Nadal abraza al hijo de Connors –de la edad de Nadal, pero más alto y más ancho- y Connors aprieta el gatillo. Una más de las tantas instantáneas del US Open 2009.

Ahora el que viene es el gran Roger. El aire majestuoso con el que juega es el mismo que tiene aquí: un bailarín que apenas pisa el suelo, que no produce ruido al caminar. Yo pienso en los héroes de cuando éramos chicos, cuando nuestros padres nos llevaban a ver a La Momia al Luna Park y queríamos tocarlos para ver si eran reales. Estoy tentado en repetir el gesto con Roger, parado a un metro: quiero ver si es de carne y hueso. En la cancha no transpira, no se excede y cuando juega lo hace como si conociera el futuro. En rigor, decir que juega es vulgarizar su arte, reducirlo. El antepenúltimo punto que consiguió en su duelo ante Djokovic en la semifinal aquí –un passing shot luego de una gran willie- no pertenece al universo del deporte sino que está ligado al mundo de la magia o, como La Momia, al de la fantasía. El también lo entendió así, porque lo festejó como si fuera un gol en el minuto 90. Pero sí, Roger es real: ahora, acá, a escasos metros, camina con los pantalones de tela arremangados, dejando al descubierto unas pantorrillas que desentonan con la finura de su cuerpo. Claramente es la parte de su físico que el tenis más desarrolló: son los brazos de Popeye, pero abajo. Federer se para a hablar con alguien a quien, por lo que se aprecia, hace mucho que no ve, y yo aprovecho para interceptar al padre, un calco de su hijo, arrugado y petacón.

– Robert –el padre de Roger se llama Robert- ¿puedo hacerle una pregunta?

– Solo una.

– Ok, ¿Cuándo se dio cuenta de que su hijo era especial?

El tipo me mira y no dice nada. Es un segundo tan incómodo como el que antecedió a la respuesta de Nadal a Connors: cualquier cosa puede pasar. Es el riego de hacer preguntas –encima solo una- sobre gente extraordinaria: no sale preguntar cosas sencillas. Robert me observa. Tiene una mirada melancólica que, junto a los bigotes, le dan a su semblante un candor provincial. Estoy a punto de repetir la pregunta, o atemperarla, bajarle, tal vez, su magnitud y preguntarle cuándo se dio cuenta de que su hijo era bueno o muy bueno. Pero Robert contesta:

– A los 17 años, cuando ganó el Orange Bowl. Su entrenador me lo venía diciendo desde hacía un tiempo, pero creo que ahí nos dimos cuenta de que era muy bueno.

Roger termina de hablar con ese amigo y yo lo encaro: le doy una Brando en la que salió en la tapa y le comento un par de cosas. Roger hojea la revista y agradece el ejemplar con cortesía, pero se rehúsa a charlar. Le queda poco tiempo: mañana es la gran final, en la que es amplio favorito. Ya ganó cinco veces aquí y espera hacerlo de nuevo. Enfrente tendrá a un chico que nació en una ciudad (Tandil) apenas más grande que la suya (Basilea), y con solo 80 mil habitantes menos (180 mil tiene la ciudad suiza). Juan Martín del Potro jugará su primera final grande. Las apuestas están 7 a 1 favor del suizo. Lo saludo a Roger y pienso, mientras me retiro del club, en cómo Dios juega a los dados con el universo, en cómo de dos ciudades pequeñas pueden salir dos personas que mantienen en vilo a todo un planeta.

Así ocurre: a las cuatro de la tarde del día siguiente Federer y Del Potro ingresan al estadio y Nueva York los aclama como si fueran dioses. El centro del mundo, la fascinante ciudad que nunca duerme, grita de excitación por estos gladiadores que llegaron desde lugares remotos. Dos tipos que difícilmente hubieran salido de sus países –o de sus ciudades- de no ser por el tenis, y que hoy son capaces de reunir en un mismo lugar a Jack Nickolson, Zinedine Zidane, Charlize Theron, Paul Simon, Neil Diamond, Ralph Lauren, Donald Trump y Gwen Stefani, entre otros.

¿Qué es lo que tiene de atractivo este deporte que logra seducir a las compañías del más alto nivel y a las figuras del espectáculo y del establishment? El tenis atraviesa una época de oro, comparable con la del boxeo en los 70 o la del básquet en los tiempos de Jordan. Dos tenistas ejemplares y exuberantes (Nadal y Federer) se sacan chispas todos los meses. Es un duelo perfecto: el yin contra el yan, la sutileza contra la fuerza. Un duelo que atraviesa el tenis y lo acerca al cine o a la literatura. Pocos espectáculos en el mundo entero pueden generar tanto dramatismo como el que ambos protagonizaron en Londres en julio del 2008. Wimbledon fue testigo de una batalla mitológica. Su importancia fue tal que solo de esa final se escribió un libro: Strokes of Genius: Federer, Nadal, and the Greatest Match Ever Played, del Paul Wertheim, periodista de Sport Illustrated. Pero el negocio no sólo se alimenta con el duelo entre ellos –y la intervención de otro puñado de enormes jugadores como Murray y Djokovic-, sino de la potente imagen que ambos irradian. Que los dos, por caso, utilicen vincha, tiene más que ver con la construcción de un relato épico -a través del fetichismo bélico- que con una decisión puramente estética. Dos tipos de la misma altura, uno de sangre caliente y otro de sangre gélida, uno del Mediterráneo y otro de los Alpes, correctos, pintones y jóvenes, se baten a duelo para ocupar la cima del mundo. ¿Qué otro espacio de la vida real ofrece un guión tan excelso? Es lógico entonces que las marcas caigan rendidas a sus pies. O que músicos, actores, hombres de negocios y futbolistas presencian sus partidos y se maravillen con sus talentos.

Es por eso que sabemos que ninguno, o casi ninguno, de los que sonríe en los palcos vino a la final por Juan Martín. Vinieron por Roger o, en todo caso, porque es la gran final del US Open, un espacio social que es parte indisoluble de la cultura neoyorkina, como el Central Park o Woody Allen. En el box de Roger se destaca la presencia de Anne Wintour, editora de Vogue y máxima autoridad en el mundo de la moda. Que esté Wintour no hace más que subrayar la connotación que alcanza la marca Federer para la alta gama occidental. El suizo tiene ingresos por 30 millones de dólares al año solo en publicidad. Ya es el tenista que más dinero ganó en la historia: 50 millones acumulados en premios oficiales. Tiene 28 años y lleva obtenidos 15 Grand Slam. Juega por dinero, seguro, pero mucho más para que lo consideremos un genio sin tiempo, como Alí o Picasso.

Federer, además, es un caballero, un tipo atildado que bien podría pasar por concertista o diplomático, por dar dos ejemplos. Es admirada su locuacidad (habla inglés, francés y alemán perfectos) y su elegancia. Lo quieren todos. Solo en el séquito de Nadal se animan a criticarlo. Es cierto que Federer y el español mantienen una buena amistad y una rivalidad, ya legendaria, sin ningún tipo de aversión -son el paroxismo del Fair Play-, pero al parecer, puertas adentro, la cosa no es tan así. Al menos entre los equipos de trabajo. “¿Así que le diste la revista? –me inquiere un integrante de su círculo de mayor confianza-, vas a ver que la agarra y la tira. Solo le interesa Vanity Fair, y toda esa perorata de la moda. El resto no le importa nada”. Parece que la competencia no es tan pura.

Del otro lado de la red hay un chico de 20 años que hasta hace solo 14 meses no había ganado ningún título y había juntado apenas 500 mil dólares en el banco. Del Potro nació después de México ’86: es parte de la generación que adora a Diego sin haberlo visto. Hoy ya tiene casi 6 millones de ganancias oficiales. El partido empieza y la historia se resquebraja: en cuatro horas el reinado neoyorkino de Roger Federer queda pulverizado. Es como si cayera Cartago.

“Vamos carajo, vamos carajo”. Franco Davin llora y su cuerpo parece disolverse, como si fuera de arena. Su pupilo acaba de ganar el US Open y él es el primer coach argentino en llevar a dos tenistas diferentes a ganar un Grand Slam. Había obtenido Roland Garros en 2004 con Gastón Gaudio. Ahora tomó a Del Potro y lo convirtió en un campeón. Hizo que mejorara su drive –lo pega más adelante-, su saque –mucho más contundente y regular – y su movilidad, mérito compartido con su preparador físico. La evolución de Del Potro, sostiene Davín en la puerta del vestuario, se explica en la enorme capacidad del tandilense en absorber lo que se le pide. Es una esponja, alguien a quien el universo dotó de capacidades asombrosas: si no, sería imposible haber ganado de la forma que lo hizo, neutralizando a la leyenda que se agitaba desde enfrente.

Son las últimas postales del US Open. Pero en el vestuario todavía hay gente. Un sector destila una alegría conmovedora. Otro está en silencio. Es lo que sucede en este deporte: los tenistas se visten juntos y salen a la cancha juntos. Se matan a palazos en el court y después vuelvan a compartir el camarín, con el bolso lleno de alegrías o cargado de frustraciones. Roger se va, después de una sesión de masajes. Delpo continúa la ronda de entrevistas. Esa es otra particularidad del tenis: el jugador se somete a los designios de la organización, que pauta los reportajes y que decide a quién atender y a quién no. No hay manera de oponerse: el circuito te da todo (camionetas con chofer que los trasladan a hoteles cinco estrellas, premios exuberantes, atención personalizada), pero también te pide todo. Delpo se levantó a las 6 de la mañana del martes posterior a la final para fatigar los canales de la televisión norteamericana. La TV, lo sabemos todos, es uno de los grandes auspiciantes del deporte profesional, responsable de convertirlo en parte del show business.

Los negocios, justamente, se potenciarán para Juan Martín. Con el triunfo, su vida no cambiará para siempre, aunque sí se acelerará un poco. Pegó un salto hacia otra escala, un lugar en el que los cheques no tendrán los ceros de antes. “Es claro que el valor de Juan Martín ha subido mucho gracias a su triunfo”, cavila, satisfecho, acaso saboreando lo que viene, Ugo Colombini, el empresario italiano que maneja las finanzas del tandilense. Colombini no se sorprende. Desde hacía mucho tiempo que estaba convencido de que Juan Martín estaba bien amueblado, que estaba hecho con la madera de los campeones. Gracias a Wilson, Nike (que lo contrató a los 15 años), Pepsi, Sony Ericsson, Lay’s y Gatorade, Del Potro percibe, por el momento, unos 3 millones de ingresos publicitarios anuales. Ahora esa cifra se duplicará, como mínimo. Con 20 años y una imagen que cautiva a las multinacionales, la marca Del Potro está llena de futuro. El US Open le generó más de un millón y medio de dólares de ganancias (descontando impuestos). Los organizadores le depositaron esa cifra en su cuenta bancaria. Así es como operan siempre. Pero ya antes del torneo la imagen de Juan Martín había comenzado a cautivar. En el enorme local que Wilson montó en el predio de Flushing Meadows, una foto suya decoraba una buena parte del panel que ocupaba el frente, apenas un poco más chica que una de Federer, icono de la marca.

¿En dónde radica el atractivo de las marcas por el tandilense? “Lleva una vida privada cauta y de bajo perfil, similar a la de Roger Federer”, compara Gerardo Molina, especialista en marketing deportivo. “Tiene un perfil de joven exitoso pero muy humilde alguien que no hace alarde de sus logros”, agrega.

Delpo dijo que su vida seguirá igual, pese a que ahora su foto también aparecerá en los pasillos alfombrados de este club: colgará de las paredes internas del estadio Arthur Ashe, junto a las imágenes de todos los campeones, verdaderos héroes de este deporte como Pete Sampras, Andre Agassi y Guillermo Vilas.

Vilas, precisamente, estuvo una hora en el vestuario después de terminada la final. La había visto en el mismo lugar en el que vio casi todos los partidos, en el palco presidencial, junto a su mujer tailandesa y parte del jet set neoyorkino. Es curioso lo del ilustre tenista marplatense: es uno de los pocos ex jugadores con presencia perfecta en Roland Garros y el US Open. El otro ex campeón que ve casi todos los partidos y que merodea el club es John McEnroe, claro que Big Mac tiene una razón de peso: es comentarista de ESPN junto a su hermano. Del resto de los grandes solo queda el poster, o alguna visita esporádica, como la de Jimmy Connors, que concurrió un par de veces. Ni siquiera Pete Sampras, leyenda viviente de los 90, aparece por aquí. Es que el circuito es fascinante, pero también demoledor. La vida de gitano vip está muy bien por un tiempo, pero después un gran número de tenistas comienza a fatigarse del peregrinaje. Y cuando se retiran, directamente le toman fobia. Se establecen. Cambian de vida. Vilas no. Vilas sigue viviendo como si todavía jugara.

Quizás -pienso, mientras abandono el club por última vez- no es sencillo olvidar una vida tan apasionante, plagada de aventuras y satisfacciones. Las mejores ciudades, la idolatría de miles de fans, la hospitalidad de un staff de empleados que está en todos los detalles y mucho, mucho dinero en juego. Todo eso, sin embargo, es insignificante en comparación con la carga emocional que provoca desafiar a la especie y alcanzar la cima del mundo. Solo uno lo consigue. Ganar aquí tiene una carga simbólica que trasciende el dinero o las comodidades, e incluso los tiempos. Implica integrar el patriciado del tenis, convertirse en socio de un selecto club que reparte pocas solicitudes. Para ser aceptado, Del Potro debió acabar con un reinado legendario.

Afuera es el fin del mundo, pero aquí adentro una cumbia empalaga el ambiente. En penumbras, Yaza camina entre las mesas, siguiendo el ritmo con su cintura y los hombros. Yaza no confiesa la edad, pero por la convicción con la que se mueve parece que cree que es eterna. Tiene argumentos –los tiene casi al aire– donde sustentar sus anhelos. Sabe que un movimiento de cadera bien dado puede desatar una lluvia de inversiones extranjeras en Argentina. Yaza es morocha y luce una minifalda roja que podría ser un cinturón. Ayer llegó del Chaco, su provincia, en donde estuvo de vacaciones. Viajó con lo que recaudó por una sola noche de amor con un turista inglés: tres mil pesos, los que le permitieron darse la gran vida en Resistencia por dos meses. Ahora volvió y extraña a sus hijos, pero de eso no quiere hablar. Tampoco de quién la trajo hasta aquí ni en qué condiciones. Fuma todo el tiempo, tratando de matar las horas que anteceden a la acción.

Yaza es una de las doce chicas que todas las noches se sienta en el Tropicana, uno de los seis cabarets de Ushuaia. Yaza es una de las putas del fin del mundo.

“Esto es como Las Vegas, donde se llenaron de carteles luminosos para no darse cuenta de que están en el medio del desierto. Bueno, nosotros armamos este circo hermoso para sentir que no estamos tan lejos. Y las chicas y los prostíbulos son importantísimos en ese plan”, cuenta Carla Fulgenzi, periodista local.

Ushuaia es una ciudad de contrastes, un enclave colorido en cuya superficie todo transcurre con la normalidad de una aldea suiza, pero en cuyas entrañas palpitan las señales de la distancia y la tragedia. Hace tiempo ya que se transformó en esto que es hoy: el último refugio, la posibilidad de una isla para miles de personas que llegan hasta aquí para inventarse una vida, para borrar un pasado.

El crecimiento que tuvo la ciudad en los últimos años ha sido notable. Una ola de inversiones vinculadas a la industria del turismo vino a complementar el desarrollo que ya había experimentado el lugar en los años 80 y 90 al calor del crecimiento industrial. La población se triplicó. En esos años, Ushuaia pasó a ser el sueño del polo industrial argentino, una ciudad libre de impuestos que otorgaba generosos subsidios a las empresas. Eso determinó que muchas compañías eligiesen este paraje inhóspito, de grises eternos en invierno, para instalarse.

El tiempo fue pasando. La explosión del turismo –internacional y nacional–, su condición de puerto abismal y una geografía de postal –montaña nevada, canal de Beagle, el sol de un naranja zarpado– hicieron el resto. Convertida en la última maravilla de la tierra, no había que ser un iluminado para saber que aquí pasarían cosas.

“Ahora el trabajo es tranquilo. Lo fuerte arranca a mediados de octubre, con los cruceros”, retoma Yaza. “El domingo, igual, llega un buque con marinos españoles”, comparte entusiasmada. Yaza y sus compañeras esperan el bucanero -amarran entre 30 y 35 al año- que amarrará en el puerto con una veintena de tripulantes que llegan después de un viaje de un mes. “Los gallegos son los mejores clientes. Los franceses, en cambio, son apestosos”, diferencia Jazmín, de 32 años y más de 10 como puta. Jazmín es correntina, de Goya. En su provincia nunca ejerció la prostitución. Vivió en Buenos Aires un tiempo, hasta que recaló en Tierra del Fuego, atraída por el rumor de que el de Ushuaia era el puerto que mejor trabajaba de la Argentina. No se equivocó. Aquí se compró una casa –favorecida por un plan provincial de vivienda– y pudo traer a sus hijos, a los que manda a la escuela. Son hijos de padres distintos, ambos correntinos. Jazmín llega de trabajar todas las mañanas a las siete y los despierta. Juntos toman el desayuno y luego los lleva al colegio. Jazmín está ansiosa: el invierno ha sido largo y ahora llega la época de los cruceros, la época de la plata dulce.

El trabajo está asegurado. A los miles de turistas de todo el planeta que desembarcan –en 2007, 221 mil en más de 100 cruceros, según la Secretaria de Turismo–, se suman los cientos de marineros, científicos y pescadores de todos los mares –australianos, canadienses, ingleses, japoneses– que llegan hasta aquí luego de pasar semanas enteras en altamar o en las cercanías de la Antártida. La carga de testosterona con la que bajan podría dejar embarazada, con solo mirarla, a media ciudad.

Con el tiempo, la actividad prostibularia se fue adhiriendo al paisaje de la ciudad con la misma naturalidad con la que se fueron acomodando los esquiadores. La industria del sexo pasó a convertirse en una actividad capital en Ushuaia, a punto tal que, de acuerdo a una ordenanza municipal promulgada en diciembre del año pasado, durante la temporada alta (verano) los cabarets y bares nocturnos pueden iniciar su actividad comercial a partir del mediodía. En esa época no es extraño ver a turistas haciendo cola en la calle para entrar al Tropicana. Alrededor de ellos, desentendida, la ciudad completa su trasiego cotidiano. Nadie se escandaliza porque nada está prohibido: cada prostíbulo cuenta con su habilitación en regla y todos ellos están situados en las estribaciones del centro. No hay que atravesar caminos marginales y oscuros para llegar. Están allí, cerca de los edificios de gobierno, de la Iglesia, de las escuelas. Cada burdel tiene su habilitación y cada puta su categoría. En los permisos de trabajo de la Municipalidad, las chicas figuran como alternadoras. Es cierto que el sexo es, en su concepción más elemental, un desordenado intercambio de reacciones químicas, pero “alternadoras” es un eufemismo que creíamos más cercano a la electrónica que a la pasión seminal.

El Paraíso en cada esquina.

De día Ushuaia es el reino de la vida. Dios celebra su obra cada mañana con una panzada de colores y dibujos difíciles de abarcar, o de aprehender del todo. Es como si la naturaleza balbuceara aquí las verdaderas razones de su propósito. París, Nueva York o Praga podrán ser la consagración de la grandeza occidental, pero esto es un guiño de Dios, la manifestación de que sus dedos llegaron hasta el fin del mundo.

Pero a la noche, claro, todo se transforma. El guiño de Dios –o la mueca del Diablo– se deja observar en expresiones algo más prosaicas –pero no menos bellas– como el cuerpo de Joanna. Más precisamente su escote, otra obra maestra de la naturaleza. Bah, del quirófano.

Joanna todavía espera su primer barco de la primavera. Imagina una cuadrilla de noruegos necesitados, pero respetuosos y con euros. A cambio, les ofrecerá un tibio susurro caribeño en el oído. No habrá problemas con el idioma: la lengua o la raza nunca fueron escollos para la interrelación de la especie. La exogamia así lo confirma. Joanna nació en República Dominicana y allí aprendió a ser hospitalaria. Dice que es querendona, una condición que viene en el ADN de la gente de su tierra. Joanna dejó la canícula del Caribe para instalarse aquí, en el dobladillo polar del mundo. Mitiga el frío en el Red & White donde trabaja hasta la madrugada. A diferencia de sus colegas, que esperan sentadas en la barra o desparramadas en los sillones, ella prefiere tomar la iniciativa. Mientras pita el enésimo Marlboro de la noche, Joanna cuenta que tiene dos hijos, a quienes no lograba mantener con su sueldo de empleada doméstica en el barrio La Escondida, en Tigre. Una amiga le dijo que la clave era seguir bajando en el mapa. Del Caribe a Brasil, de Brasil a Buenos Aires y de ahí a Ushuaia. “Pagan en dólares o en euros y hay movimiento todo el año”, le aconsejaron. Y se vino. “Me avisó una amiga”, repite Joanna, subrayando su elección y refutando la idea de la trata. Lo mismo nos dice Chiara, sentada a su lado. Ambas reconocen que algunas chicas trabajan en condiciones casi esclavizantes, pero niegan que ellas sean parte de ese comercio.

Chiara acusa 28 años, pero podría decirnos 20 o 38 que no nos daríamos cuenta: el exceso de maquillaje nos aleja de su cuerpo, como si en lugar de embellecerse buscara refugiarse. Chiara nació en Perú y hace 20 años que vive en la Argentina. Es maestra jardinera y llegó a Ushuaia con la idea de juntar plata y abrir una guardería. Empezó trabajando en un jardín de infantes de la ciudad, donde ganaba 1800 pesos. Pero se dio cuenta de que la prostitución era mejor negocio. Chiara, entonces, pasó de educar niños a entretener hombres. Dice que ahora gana 6000 con dos o tres servicios por noche. “No más, sino el cuerpo se lastima”. Cuando a Chiara le contamos que estamos escribiendo sobre las chicas de su gremio nos sorprende: “Ah, como Pantaleón y las Visitadoras… Es un gran libro, pero de Vargas Llosa me gusta más La tía Julia y el Escribidor”. Como buena peruana, a Chiara también le gusta Bryce Echenique.

Dejamos el Red & White y nos dirigimos al Candilejas. Los separan unas pocas cuadras en las que comprobamos que el frío, en Ushuaia, refuta el calendario. Un soplo helado llega desde el puerto –es decir desde el abismo– y convierte a esta ciudad en un gran frigorífico. Los pingüinos están de parabienes. Aun en octubre, la hostilidad del clima se palpa en la soledad nocturna de las calles. La insularidad de los habitantes no solo tiene que ver con su condición de isleños, sino también con el encierro de las noches.

En Ushuaia el suelo es un espejo del alma: un terreno arrasado por el clima.

Noches blancas.

Entramos al Candi y nos topamos con Lila: un corcho erótico con más curvas –y excitación– que la montaña rusa. Lila es inquieta y no para de hablar. Parece químicamente alterada. Después de un buen rato –a la tercera cerveza–, y después de que nos aclarase que ella es independiente y que nadie la obligó a llegar hasta aquí, le preguntamos sobre drogas. “Acá toman todos –sentencia–. Sobre todo los pendejos. Hay mucha, mucha falopa”. Sin saberlo, Lila viene a ratificar una estadística demoledora que indica que Tierra del Fuego es, junto a Buenos Aires, la provincia más consumidora de cocaína del país (Indec). “¿Qué querés? ¿Sabés lo jodido que es el invierno en Ushuaia siendo pendejo?” Lila habla mucho, pero habla bien. Estará precipitada, pero describe con agudeza lo que arde por debajo del asfalto de su ciudad. Dice que está cansada de atender pibitos de 20 años que llegan con la cabeza partida, perseguidos por la idea del (no) futuro. Pibitos que temen quedarse encerrados para siempre en esta isla ventosa que no tiende puentes con el continente. Conseguir trabajo aquí no es difícil. Lo difícil es conseguir un plan, un túnel hacia el futuro que esquive la angustia de vivir en los tobillos del mapa. No en vano aquí el índice de suicidios juveniles es uno de los más altos del país. “Está lleno de empleados del Estado. Ganan buena guita, pero imaginate que los pibes quieren otra cosa”, completa Lila, a esta altura una socióloga en tacos altos.

En Ushuaia el cuarenta por ciento de la población vive del Estado. El sueldo promedio de un empleado público es de 2.400 pesos. Un obrero de la construcción gana 3.000 al mes. Lo de las chicas como Lila es de primer mundo: cobran 150 pesos el servicio de media hora, pero antes el cliente debe invitar un trago. El monto de esa copa –60 pesos– le pertenece al cabaret. Si luego el cliente invita otra, dividen en mitades el lugar y la puta.

Volvemos al Tropicana. Llegamos en el highlight de la noche, el momento del strip tease. Al borde del escenario, embriagados, feroces, los clientes aúllan con cada meneo de Patricia. Un locutor amplifica sus contorsiones: “Patricia –dice, acentuando la “p” y la “t”–, fuego y misterio”. Suena “Me gustas mucho”, del poeta conurbano Pity Álvarez, y Patricia se queda en bolas. Entonces ocurre algo de dimensiones bíblicas, un momento epifánico que nos conduce al comienzo de los tiempos, cuando el hombre recién había bajado de los árboles. Como chacales de la madrugada, cinco tipos se trepan al escenario y avanzan sobre el cuerpo de Patricia. Quieren tocarla. Poseerla. De inmediato, dos guardias salen a su auxilio y se interponen entre ella y los necesitados clientes. La levantan como si fuera de telgopor y le salvan el pellejo. Los tipos se serenan y, ni bien vuelven a sus asientos, son abordados por las chicas que aguardaban en la barra durante el show. Los muchachos están a punto caramelo. No es difícil imaginar lo que sigue.

Los empleados del Tropi están acostumbrados a episodios como ese. Es el cabaret más viejo de Ushuaia. Se inauguró el 16 de julio de 1974, dos semanas después de la muerte de Perón. Su dueño, Carlos Al i o t a , l l e g ó desde Comodoro Rivadavia a bordo de un Fiat 600, con 20 años y el sueño del puticlub propio. Conocía el negocio de adentro: en Chubut su padre gerenciaba un bar de citas. Eran otros tiempos, años en los que era usual que se juntaran el marido y su señora a disfrutar del strip tease. Aliota nunca tuvo problemas con la policía. Al contrario, muchos de ellos son parte de la clientela estable. Lo mismo que los militares. Todavía se acuerda cuando en diciembre de 1978 llegaron diez mil soldados a la ciudad. La posibilidad de una guerra con Chile estaba latente. Finalmente no hubo tiros, pero sí pasión. Como en California en 1967, once años más tarde Ushuaia tuvo su verano del amor.

Claro que lo del amor es una interpretación como mínimo banal –o cínica– de todo este asunto. Es cierto que la literatura y la canción han sabido elaborar una épica del burdel, una mirada romántica en la que poetas del desencanto le dieron una pátina de candor existencial a la noche y al amor rentado. Pero esa es la superficie, la mirada piadosa. Porque si se rasca, lo que queda, queda como está: en llaga. Todas estas chicas llegan hasta aquí para sobrevivir, y entregan sus cuerpos al sacrificio de la penetración paga. No hay gloria en sus piernas, tan solo la ambición de escapar de la realidad en la que vivían. Y si bien en Ushuaia, como en el resto del país, no está prohibida la prostitución, sí lo está la trata de personas. Y muchas de las chicas que llegaron hasta aquí –lo cuentan los periodistas locales aunque lo niegan ellas– vinieron en grupo traídas por tipos que las depositan en casas alquiladas y las obligan a mantener jornadas de siete días sin descanso. Son la mercancía de un comercio negro que, según Naciones Unidas, mueve cerca de 10.000 millones de dólares por año en todo el mundo. Es una actividad floreciente, favorecida por el vacío legal, la corrupción y, qué duda cabe, un crecimiento de la demanda del mercado.

La trata de blancas afecta a cuatro millones de mujeres y niñas. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la Argentina participan del negocio cerca de 500.000 personas. Pero su costado más filoso no tiene que ver con un dilema moral o un cambio en la conducta del hombre de hoy, sino con el hecho de que es una actividad que deja a las trabajadoras a merced de lo más deleznable de la sociedad. Las puertas de la prostitución se abren para todos, y así como aparecen tipos que buscan sexo sin compromisos o simplemente diversión, también se acercan adictos, abusadores, obsesos o asesinos. En esto, Ushuaia, aun cuando se trata de una ciudad con bajísimos índices de delincuencia, no ha sido la excepción. La atrocidad –la risa del diablo– también se dio cita en este paraíso.

Santa Almada.

María Mabel Almada llegó desde Formosa en 2003, con 22 años y una hija de un año y medio. Como casi todas las chicas, bajó hasta este bello confín en busca de dinero. Fue un descenso a los infiernos.

Mabel trabajó un tiempo en el Red & White, pero de inmediato quiso independizarse. Comenzó a publicar avisos en el diario ofreciendo sus servicios. Era morocha, sexy, de ojos grandes. La diferencia con el resto de las putas era notable. A las siete de la tarde del 23 de agosto de 2004 salió de su casa para atender a un cliente. O a varios: las versiones difieren. Dicen que hubo fiesta, cocaína, excesos. Lo cierto es que nunca más apareció con vida. Su cuerpo fue encontrado tres días más tarde en un baldío. Estaba lleno de gusanos: había sido eviscerado por las aves.

En Argentina los crímenes son como el big bang o como el sexo: antes de la consumación hay acción; después viene el silencio. La investigación, muy pronto, se convirtió en un nudo de acusaciones, detenidos fugaces e indignación social. Los asesinos de Mabel nunca aparecieron. Como en tantos otros crímenes, hubo rumores de encubrimiento y una buena dosis de sospechas sobre cierto sector de la oligarquía local. Pero nada pasó y el caso sigue impune.

Desde entonces, las chicas de Ushuaia invocan la memoria de Mabel con una dosis de ternura y de indignación. Su muerte la convirtió en un mártir, un amuleto de las putas del fin del mundo. Mabel fue encontrada a los pies del monte Olivia, uno de los picos más emblemáticos de la ciudad. A su derecha, cada mañana, el sol se levanta con una fuerza apasionante. Un nuevo día, un nuevo celeste queriendo protegerlos del abismo.