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La burbuja por dentro

Publicado: 16 febrero 2010 en Pablo Sigismondi
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“Señores pasajeros, a partir de este momento deben cerrarse herméticamente todas las ventanillas del avión. En minutos comenzaremos el descenso hacia el aeropuerto de Pyongyang. Se prohíbe cualquier tipo de fotografías”, anunciaron por altoparlante en un inglés delicado y armónico.

Hacia afuera, el sol brillaba en el firmamento, pero en contados segundos la cabina del Ilyushin 62 ruso de Air Koryo quedó en penumbras. Uno de los viajes más difíciles de mi vida estaba por comenzar.

En estos tiempos de globalización y mediatización, Corea del Norte es el país del silencio; el que recibe menos influencia exterior. Después de más de medio siglo de absoluto aislamiento, todo esfuerzo por descubrir su interior choca contra el muro de la prohibición y propaganda. En ese territorio insondable, su pueblo sabe poco y nada de lo que sucede fronteras afuera.

Ni bien aterrizamos, la gigantografía del retrato de Kim Il Sung (dictador de Corea del Norte desde 1948; muerto en 1994 pero declarado “presidente eterno” del país) dio marco apropiado a las instrucciones precisas y contundentes de un joven llamado Dong, quien desde ese momento se convirtió en nuestro guía: “Una vez completado los requisitos migratorios, entregarán pasaporte, teléfonos celulares, GPS, computadoras personales y cualquier publicación (libros, revistas o diarios) que lleven en sus equipajes”, dijo Dong en aceptable inglés y con sumo respeto. Luego agregó: “Cuando abandonen el país les serán devueltos. Recuerden que no podrán hablar con ninguna persona en la calle ni salir del hotel bajo ningún concepto ni a ninguna hora”. En la solapa de su traje azul llevaba una insignia y la foto Kim Il Sung.

Con Dong, el intercambio de información más allá de la versión oficial, las discusiones y los debates, quedaron fuera de lugar. El diálogo se limitó a escuchar el punto de vista que, a través de él, transmite el régimen. Jamás hubo posibilidades de acceder a otra versión. …l no se separó ni un minuto del grupo. A su tarea, se sumaron después tres “guías” más.

Romper la barrera. Unos días antes, en Beijing, China, el gobierno había extendido la autorización y visa para apenas una semana de travesía, muy acotada.

Al fin, después de meses de viaje, me encontraba en el extremo norte de la península coreana, esa gran protuberancia de Eurasia que penetra entre el Mar Amarillo (al oeste) y el de Japón (al este); muy lejos de todo lo que me es familiar, en las antípodas de la Argentina, a más de 18 mil kilómetros de distancia.

En el aeropuerto me siento privilegiado. Soy uno de los escasos mil foráneos que anualmente pueden entrar a Corea del Norte; una burbuja herméticamente blindada y uno de los mayores retos geopolíticos del mundo.

Los trámites son precisos; un papel verde con foto reemplaza al pasaporte. La declaración jurada y la revisación tardan poco tiempo. Somos un grupo de apenas 16 extranjeros.

Desde el aeropuerto, la marcha hacia Pyongyang, la capital del país, es rápida.

Dong, micrófono en mano, da las primeras explicaciones: “tengan presente que el itinerario y el programa están prefijados y resultan inmodificables. No podremos detenernos sino en los lugares ya establecidos. No podrán tomar ninguna fotografía desde las ventanillas del vehículo, sino únicamente cuando paremos en un sitio y con mis instrucciones. Por favor, cumplan estas normas para que no sean decomisadas sus cámaras. Tampoco está permitido dibujar, escribir o tener acceso a Internet”.

Jamás había vivido algo así, ni siquiera en Afganistán, cuando en 2002 los soldados estadounidenses velaron los rollos y tuve que conformarme con “fotografiar con la mirada y la escritura”. De ahora en adelante, todos mis recuerdos quedan grabados sólo en el cerebro y en escasas notas que pueda tomar jeroglíficamente.

No me canso de recorrer con la vista toda aquella ciudad monumental, vacía. Sé que sin la interacción con la gente, estoy contemplando pequeños retazos de realidad. ¿Me ayudarán a vislumbrar lo que sucede realmente?

Limpio, brillante y vacío. Las avenidas anchas, limpias y en perfecto estado parecen brillar entre edificios gigantes. Este primer paisaje urbano, donde no existe publicidad ni letreros de ningún tipo, me recuerda a Cuba.

A medida que avanzamos hacia el centro de la ciudad, la desolación cede ante la presencia de largas filas de personas -todas mirando hacia el piso- esperando los escasos transportes públicos que circulan. Los que caminan, agitan tanto sus brazos, que parecen desfilar. Todos se visten igual.

Aquí la ciudad carece de sutileza. La grandiosa arquitectura soviética de edificios gigantescos, cuadrados y de concreto, sin comercios ni oficinas, parecen pertenecer a un planeta hostil; como el rostro terrorífico de un sistema político que es presentado comúnmente como “el último gobierno estalinista del planeta, basado en la práctica del culto de la personalidad”. ¿Será así de simple o se tratará de un eslogan? ¿Se puede considerar a Corea del Norte como un sistema basado en la ideología comunista?

Cuando cae la noche, todo se vuelve oscuro.

Como la electricidad escasea, los edificios apenas están iluminados y las calles parecen túneles negros. En minutos no queda un alma en la calle; no hay autos ni en las avenidas principales. La poca circulación se detiene.

Desde el piso 37 del hotel Yankgado (situado en una isla en el curso del río Taedong, en medio de la nada) sí se pueden ver, en cambio, las imágenes muy bien iluminadas de Kim Il Sung y su hijo, Kim Jong Il (el actual líder del país), tan grandes que nadie podría dejar de verlas.

Encerrado allí, empiezo a gozar de buena comida y cordial trato, mientras mi autonomía de movimientos se restringe al vestíbulo del hotel y a algunas tiendas de souvenirs situadas en la planta baja.

Asir un trozo de arco iris. Una semana después de haber aterrizado en Pyongyang, nos despedimos de Dong en la estación y subimos al tren que nos llevará de vuelta a China.

El convoy verde militar va bordeando la carretera hasta la ciudad de Sinuiju, levantada sobre las márgenes del río Yalú, la frontera natural con China. El paisaje es llano, de color ocre. A lo lejos, desde las ventanillas, se distinguen casas de madera y gente que cosecha arroz o maíz de forma manual.

Cuando llega el control fronterizo suben los policías a devolver los documentos y equipos que habían sido retenidos una semana antes en el aeropuerto, al ingresar. Cuatro mujeres vestidas con uniforme comienzan a inspeccionar a los viajeros.

Uno a uno (no hay tiempos preestablecidos) toman los equipajes y los revisan con meticulosa precisión, hasta encontrar las cámaras fotográficas digitales. Cada foto será vista minuciosamente y, las que no sean celebraciones propagandísticas del régimen (ciertos enfoques y en determinadas direcciones de los lugares recorridos) serán eliminadas de la memoria de la cámara, lo mismo que aquellas que incluyan personas con uniforme o mapas. Más aún, como el itinerario se basa en una excursión y programa preestablecido, la picardía de utilizar dos o más tarjetas de memoria (una que contenga las fotos prohibidas y otra las no prohibidas) y ocultar fotos es inviable. Nada ha quedado librado al azar porque, además, al ingresar al país, hemos realizado una declaración jurada con nuestras pertenencias. Las inspectoras ahora cotejan esa declaración con el contenido final del viaje.

Miles de fotografías de la corta visita al país van a parar al basurero. Algunos se ponen nerviosos y hasta hay lágrimas. El efecto en las inspectoras es contraproducente, porque más fotos son destruidas, incluso chips completos.

Cuando llega mi turno, una de ellas me pregunta con tono severo:

-¿Cuáles son sus fotografías?

-Están en los rollos, es una cámara antigua, respondo sonriendo.

-¿Has sacado fotos sin cámara digital? ¿De dónde vienes?

-Soy de Argentina, no de Europa, y no uso cámara digital.

Asiente, repite y repite “Ar-guen-tin” y grita: “Ya entiendo, !muéstrame!”

Me relajo. La mujer ha captado que no vengo de un país “imperialista”, que no soy blanco. Se le dibuja una sonrisa vacía. Extiendo mis rollos y mi Nikon F90 ante su vista. Ella murmulla en voz baja, como si buscara resolver qué hacer con mi antigua tecnología: confiscarme los rollos y/o velarlos o, permitirme llevarlos tal cual.

-Está bien- dice, mientras se dirige al siguiente camarote.

-Gracias- respondo y rápidamente guardo las películas.

¿Habrá sentido lástima por mi vieja cámara? No lo sé, pero he logrado atrapar en fotos un poco de la vida en Corea del Norte. Una compañera de viaje australiana me señaló entonces: “Has logrado asir un fragmento del arco iris en tu cámara”.

Apenas una rendija. Corea del Norte me abrió una pequeña rendija de su tierra, y aunque jamás logré perforar el mutismo absoluto de sus pobladores, vuelvo cautivado por más y más preguntas. ¿Hasta cuándo se sostendrá esa sociedad iconográfica que copia lo peor de la pesadilla del Tercer Reich y, como él, su visión falaz de la humanidad? ¿Qué puede hacer la comunidad internacional ante esta tiranía sin par? ¿Es mejor que ellos sean “liberados” como Afganistán e Irak, bajo las botas de un imperio arrogante e insaciable? Después de tantos años de aislamiento absoluto, el tiempo parece congelado en su interior. No conozco otro lugar en el mundo siquiera parecido. ¿Servirá esto como atractivo turístico, si alguna vez Corea se reunifica y su pueblo dividido se estrecha otra vez en un abrazo fraterno?

Un dios de este mundo

Dice la historia (oficial) repetida por Dong (nuestro guía de viaje) que “Kim Il Sung es el hombre más magnífico creado por el cielo. Cuando él llegó a este mundo, el firmamento se alumbró con una nueva estrella y dos arcos iris lo anunciaron; los árboles frutales florecieron misteriosamente. Nuestro líder escribió 100 mil libros de más de 150 páginas cada uno sobre todo el conocimiento humano y jamás se equivocó…”.

El endiosamiento de la dinastía Kim (principal pilar del sistema) cautiva y desconcierta de inmediato. En todo lugar, las imágenes del gran líder Kim Il Sung y de su hijo Kim Jong Il se contemplan en gigantografías imposibles de pasar por alto. No hay otro tipo de publicidad, de ninguna índole.

Mosaicos, estatuas y pinturas del líder adornan las paredes de edificios públicos, escuelas, estaciones de subterráneo, calles y plazas. Incluso en las cumbres de las montañas y en los sitios más remotos del país, hasta los principales accidentes geográficos llevan sus nombres.

Dong agrega: “Para nuestro pueblo, la máxima gloria y felicidad es luchar siguiendo su liderazgo, porque él es el presidente eterno de Corea. Gracias a él, no tenemos que cerrar las puertas de nuestras casas porque no hay delitos, ni prostitución, ni drogas. Somos el único país del mundo donde el socialismo se ha logrado y lo protegemos con la guía de nuestro líder. Gracias a él, no tenemos miedo de ser invadidos y destruidos otra vez. Donde hoy se levantan edificios, hace sólo 50 años había escombros y destrucción. Todo es obra de nuestro amado y querido líder”. Hasta existen gigantescos monumentos con la réplica de su firma.

¿Qué razones pueden impulsar a todo un pueblo a rendir un culto así? ¿Hipocresía del fingimiento que ha deformado la utopía comunista hasta transformarla en mentira? ¿O acaso la inseguridad de los creyentes y la necesidad de proclamar lo evidente?

¿Cómo fue posible? La colina Mansu, en pleno centro de la capital, es el corazón de la ciudad y a su alrededor se levantan los principales edificios. Allí, en dramática ceremonia, un hormigueo humano sombrío y lúgubre (incluidas mujeres y niños que parecen adultos envejecidos) asciende en fila, con paso firme y actitud militar, hacia la cima de la gran explanada al son de una marcha marcial.

Siguiendo un rito diario, portan en sus manos ramos de flores frescas. Frente a la esfinge de bronce de Kim Il Sung (una de las estatuas más grandes del mundo), inclinan su cuerpo rígidamente en señal de respeto y admiración religiosos durante algunos segundos. A continuación, depositan las ofrendas y se retiran caminando hacia atrás, sin dar la espalda a la estatua.

Cuando descienden del monumento, sus rostros reflejan una mezcla de tristeza y enajenación. No se oye ni un murmullo. Veo que absolutamente todos llevan un pequeño broche prendido en el pecho con la figura de Kim Il Sung. Nos enteramos de que ese broche no se compra; sólo se otorga a quienes hacen méritos suficientes.

La repetición de la escena no tiene fin. Nosotros mismos debemos hacerla. Me parece irreal, casi de levitación: debo saludar de forma similar a esa figura de metal que rasga el horizonte. Inclino la cabeza y guardo silencio.

La “era Kim”. Aquí, todos los ritos de la población giran en torno al “Gran Líder, el Padre de la Patria”. La vida y actividades cotidianas se centran en idolatrar a este hombre tanto como a un dios. Para ellos, Kim Il Sung es Dios y su hijo es “el Sol del Siglo 21”.

Jamás había visto algo semejante. Probablemente haya que remontarse cinco mil años atrás, a la época del Egipto de los faraones, para encontrar un sistema político que endiose a sus gobernantes de manera parecida.

Como el presidente (eterno) sigue siendo su finado padre, el actual gobernante, su hijo, Kim Jong Il, se hace llamar “Querido Líder”.

Según palabras del guía: “…l tiene una inteligencia asombrosa, un agudo poder de observación, una gran capacidad de análisis y una perspicacia extraordinaria. …l ha leído y recuerda todos los libros que escribió su padre”.

Los norcoreanos absorben representaciones pictóricas de los Kim de manera continua y repetitiva en todo lugar. Su percepción de la historia y del presente; sus mitos y verdades sobre los cuales construyen la memoria colectiva sólo se basan en ellos.

Al no tener ninguna posibilidad de examinar la veracidad de la versión oficial -remachada hasta el cansancio-, se encuentran a su merced.

Bien podría definirse que este gobierno constituye una teocracia monárquica absoluta, que ha conseguido cerrar la boca, los ojos y los oídos a toda la población.

El régimen ha logrado construir y sostener el poder al edificar un sistema teológico que adora a Kim Il Sung hasta considerarlo omnisciente.

Al mismo tiempo, como auténtica construcción de una religión, las imágenes transmiten y consolidan la fe colectiva. Por eso, además, los años se cuentan a partir de 1912, cuando él nació (por eso mi viaje se produjo en el año 98). Como homenaje al líder, una gran torre, llamada Juche, está levantada a 170 metros de altura y construida con 25.550 bloques de granito que representan los días de vida de Kim Il Sung al cumplir 70 años. Hasta la flor nacional se llama ” kimjongilia “.

En otra visita al principal santuario, el mausoleo de Kim Il Sung -donde yace su cuerpo embalsamado- en Kumsusan, me dejan boquiabierto escenas espeluznantes de aflicción y duelo.

Una enorme movilización de gente se desplaza hacia el lugar central de culto, tal vez la tumba más imponente que existe en la Tierra. A medida que avanzo por una cinta transportadora a lo largo de cientos de metros, se escuchan las palabras ” Uri janggunnin” (“Nuestro General”) entre sollozos y llantos histéricos. No ocultan sus lágrimas y sus pañuelos blancos.

Todos honran al Gran Líder con dramatismo y llanto, como si su muerte acabara de ocurrir, a pesar de que fue el 8 de julio de 1994. Aunque, según la versión oficial, “él no murió, está descansando en su palacio”. Por eso el Parlamento lo declaró “Presidente Eterno”. …l sigue siendo la Cabeza Suprema del Estado.

Radios sin dial. En Corea del Norte, la televisión sólo emite canales locales; las radios sintonizan una emisora estatal y no tienen dial; y está absolutamente prohibido cualquier tipo de lectura o libro extranjero. Con estas condiciones, y sumado al uso del terror y exterminio de cualquier forma de oposición, el pueblo ha interiorizado una imagen tan fantástica de los Kim que puede resultar demasiado complicado explicarle a un norcoreano cómo se vive en el resto del mundo.

Por eso, tal vez la mayoría de la población no pueda imaginar que exista otra cosa más allá.

Esta ignorancia y engaño se traslada a sus miradas vacías, como de robots, que cultivan, marchan, celebran juegos o repiten mecánicamente las ideas del Gran Líder. “El pueblo debe ser capaz de funcionar por sí mismo sin necesitar de ningún otro país. Debe ser completamente independiente en tres frentes: político, económico y militar”, cantan en actos públicos.

Tal es el convencimiento alcanzado que no hay indicios de ningún intento de rebelión o levantamiento contra el gobierno.

Hambre y poderío atómico

El régimen de Pyongyang rechaza todo tipo de presión o amenaza para democratizarse. Mientras, la población padece los efectos del aislamiento. Por ejemplo, una hambruna durante los años ´90 diezmó a sus habitantes. Se estima que entre 1.500.000 y dos millones de personas murieron de hambre a lo largo de esa década. Como consecuencia de la malnutrición, hoy un niño de 7 años nacido allí mide un promedio de 20 centímetros menos y pesa 10 kilos menos que uno de Corea del Sur.

Un potencial cambio violento de régimen por medio de una intervención militar extranjera probablemente produciría -por la alienación de los norcoreanos- efectos contrarios a los propuestos; incluso podría desatar un holocausto nuclear.

El arsenal atómico es, en definitiva, su política de disuasión frente a Estados Unidos.

“Estados Unidos depositó más de 200 bombas atómicas en Corea del Sur. Por eso tenemos derecho a desarrollar nuestro programa atómico. ¿Cómo nos piden que destruyamos nuestras armas cuando los norteamericanos las poseen y para ellos la guerra es un asunto inconcluso?”, dice, contundente, Dong.

Por eso, a pesar de que la mitad de sus habitantes viven en los límites de la malnutrición, el 9 octubre de 2005 el gobierno de Pyongyang hizo detonar su primera bomba atómica. Hoy, Corea del Norte es el país más militarizado del mundo (el 10 por ciento de su población está en armas) y acelera cada vez más su programa atómico y misilístico.

Sin dudas, el desafío que plantea Corea del Norte está íntimamente ligado al programa nuclear de Irán, que también se ve acosado por el intervencionismo militar de las naciones más poderosas. Este es un excelente argumento para el régimen.

Por otra parte, Kim Jong Il ya designó a su hijo como su sucesor. ¿Desaparecerá alguna vez este gulag construido por el “kimilsunismo”?