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El álbum, escondido como un tesoro en su casa, conserva varias fotografías familiares en blanco y negro. Amanda, la única hija de Víctor Jara, decide compartir una sola: en la imagen aparece ella de niña y cargada de bolsos, y más atrás, el avión en el que acababa de aterrizar en Madrid. Del día en que fue tomada, en octubre de 1973, dice recordar poco. Casi nada.

Amanda Jara tiene 48 años, y al cumplir los 9, cuando cursaba cuarto básico en el liceo Manuel de Salas de Ñuñoa, su madre, la bailarina inglesa Joan Turner, les dijo a ella y a su media hermana Manuela –de 53 años, hija del coreógrafo Patricio Bunster– que harían un largo viaje. Un mes antes, el golpe de Estado había sacudido al país, y a los pocos días, su padre, el actor, director de teatro y cantautor Víctor Jara, había aparecido muerto con 44 balazos en el cuerpo.

La mañana del 18 de septiembre, Amanda quedó en casa a cargo de Mónica, la nana que la había criado, mientras Joan iba a reconocer el cuerpo de su esposo a la morgue del Servicio Médico Legal. Los días siguientes, Amanda los recuerda oscuros. Varias veces, su madre salió de la casa vestida con la mejor de sus pintas hacia la Embajada Británica en busca de ayuda.

Tras varios intentos, le ofrecieron salir del país, volver a Londres. Joan aceptó.

La noche del 15 de octubre de 1973, las tres cruzaron el pasillo del Aeropuerto de Santiago, acompañadas por un equipo de la televisión sueca y dos funcionarios de la Embajada Británica. Además de la ropa que llevaban puesta, cargaban tres maletas repletas de fotografías, grabaciones y discos. Años después, se convertirían en el legado póstumo de Víctor Jara, y darían la vuelta al mundo antes de conocerse en Chile.

Amanda recuerda que caminó y caminó, que tomaron un avión y que a las horas aterrizaron en Madrid. Al pisar tierra, un hombre se le acercó y le tomó una fotografía. Mientras esperaban el segundo avión que las llevaría a Londres, el mismo hombre volvió para venderles la imagen. Joan la compró y guardó. Hoy, 40 años después de aquel día, Amanda aún la observa.

—Tenía la vista perdida, muerta, sin sentir nada. Era como un zombie, y los zombies no sienten el dolor ni la pena. En ese minuto, lo último que se podía sentir era pena. Había que sobrevivir.

Lo sentía así desde aquel martes 11 de septiembre. Esa mañana, ella y Manuela habían llegado hasta el liceo, en plena calle Irarrázaval. Las clases nisiquiera habían comenzado cuando su padre llegó a buscarlas. Se veía nervioso. Los tres partieron de vuelta a casa, en la calle Colón, en Las Condes, donde hoy vive Joan, a sus 84 años.

El resto lo revela ella misma: “Me acuerdo de nosotras tres escondidas debajo de la mesa. Los Hawker Hunter pasaban muy bajo, imagino que rumbo a la casa de Allende, en Tomás Moro. En las calles se escuchaban los bombardeos y los gritos de quienes estaban siendo allanados. La población Colón Oriente, muy cerca de allí, fue desmantelada por completo”, recuerda.

Y agrega: “Antes de salir de la casa, rumbo a la UTE, mi papá tomó su guitarra y se despidió de cada una. Se subió a la Renoleta y partió”. Fue la última vez que ellas lo vieron con vida. A la mañana siguiente, las fuerzas militares desalojaron el lugar, y varios detenidos fueron llevados al Estadio Chile. Entre ellos iba aquel cantautor ligado a la Unidad Popular y recientemente nombrado Embajador Cultural. Víctor Jara, su padre.

Fantasmas en Londres

Amanda heredó el nombre de su abuela paterna, una cantora popular de apellido Martínez. A los 2 años de edad, le diagnosticaron diabetes, y desde aquel día siguió una estricta dieta, debía orinar en una bacinica para controlar el azúcar y, cuando era necesario, Joan hervía una jeringa de vidrio y una aguja en una olla. Después, la pinchaba.

“He tenido diabetes toda la vida y no es nada terrible, sobre todo ahora que las jeringas se venden como lápices, que la insulina es mejor y que puedo andar con el kit siempre. Cuando estoy agitada me veo el azúcar y me aseguro. Nunca corro el riesgo”, comenta. Controlarse implica pinchar la yema de uno de sus dedos y colocar la muestra de sangre en el glucómetro, que a los segundos arroja los niveles de glucosa en su sangre. Lo hace un par de veces al día.

A los 9 años, cuando llegó a Londres, Amanda ya sabía pincharse sola. Ese día fueron recibidas en el aeropuerto por un grupo de ingleses que conocía la situación en Chile y que estaba dispuesto a dar asilo a los exiliados que llegaban hasta allí. Fue un poeta inglés, su esposa actriz y sus dos hijas, quienes se ofrecieron a acogerlas en su casa, en un barrio al norte de Londres.

Acostumbrarse no fue fácil. Amanda no hablaba inglés, y pronto tuvo que retomar los estudios. Fue inscrita en el Gospel Oak, un colegio laico al que asistían las dos hijas del hombre que las había recibido. Allí, Amanda tuvo una profesora que hablaba español y que la apoyó en todo. La incorporó a un curso con alumnos de su misma edad y en clases para niños con problemas de lenguaje, para reforzar el inglés.

Tras un año en Londres, Joan comenzó a recibir invitaciones de varios países que querían oír su testimonio y saber de Víctor Jara. Pasó por Alemania, Italia, Dinamarca, Francia y Grecia, entre otros. Aún siendo niña, Amanda la acompañaba en sus viajes, y se topaba con el rostro de su padre en banderas y gigantografías. “Había una gran solidaridad en el mundo con Chile, y los chilenos que estaban acá no creían o no querían creer lo que pasaba. Era muy confuso. Durante los viajes de mi mamá nos dimos cuenta de que son muchas las personas que tienen una experiencia similar a la nuestra. Es lamentable, pero es así”.

En su casa en Londres no se oían los discos de su padre. Era un pacto silencioso entre las tres. Hacerlo era recordar, y los recuerdos eran como un fantasma que asustaba a todos. Los días se los pasaban estudiando, escuchando la radio Moscú para saber lo que ocurría en Chile y aprendiendo cosas nuevas. La primera fue cocinar, pues ninguna sabía hacerlo. Quien cocinaba en Colón era su padre. Su especialidad eran las sopas.

—¿Qué te quedó de él?
—Su imaginario, el ser meticuloso, el gusto por la cocina. Yo no lo conocí mucho, pero recuerdo las pascuas y navidades cuando se disfrazaba, y los ensayos en mi casa con harta celebración. También de las vacaciones al sur. Llegábamos hasta donde diera la Citrola, después la Renoleta. Dos veranos fuimos al lago Lanalhue, a Nahuelbuta, a Contulmo. Mi papá partía a investigar a caballo. Él trabajaba mucho.

Los domingos eran sagrados para los Jara. Si no había tertulia en casa, salían de paseo por la Quinta Normal. Jamás faltaba la guitarra o la música. Si en casa se oían las piezas de Vivaldi y Bach durante los ensayos de Joan, en los paseos y viajes eran las canciones de Atahualpa y Violeta Parra, los favoritos de Víctor. Amanda, sin embargo, nunca aprendió a tocar guitarra, tampoco a cantar.

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A los 16 años, comenzó a militar las Juventudes Comunistas en Londres. Se reunía con otros chilenos exiliados y participaba en manifestaciones callejeras contra Margaret Thatcher, las guerras antinucleares y de las Islas Malvinas. Entonces lucía como una hippie, usaba el pelo largo y ropa ancha. Sin embargo, se rodeaba de punks, oía bandas como The Clash, Sex Pistols y The Stranglers, y le gustaba ir a tocatas, aunque pudiera recibir algunas patadas.

A esas alturas dominaba el inglés, sabía conducir y se sentía tan inserta en la cultura pop londinense como para sufrir, como todos los ingleses, la muerte de John Lennon en 1980. Además, estaba por terminar la secundaria en el Camden School for Girls, donde había elegido especializarse en Historia, Español y Arte.

Con 18 años se anotó para estudiar Sociología y Comunicación Audiovisual en el Goldsmiths College London. A los días, las dudas la invadieron. “Me imaginé entre jamaiquinos, iraníes e irlandeses, y pensé que me iba a perder. ¿Dónde iba a quedar mi verdadera identidad en una sala multicultural? No quería terminar siendo una inglesa inmigrante más, y pensé venir a Chile por un año. Se lo comenté a mi mamá y le pareció bien. Me vine en 1983”.

A mediados de ese año, Amanda aterrizó en Santiago, en un país que desconocía y la asustaba. La vieja casa de Colón estaba arrendada por una amiga de la familia que no dudó en recibirla, y ya instalada, se puso a merodear por las calles, a reconocerlo todo.

Su idea de permanecer un año en Chile la descartó cuando supo que su madre pensaba regresar y al conseguir que la aceptaran como oyente en la Universidad Arcis, en 1984. Entró becada por la misma institución a la carrera de Comunicaciones Visuales por un año, y luego por otros cuatro a la de Bellas Artes, donde se acercó por primera vez a la pintura. Allí todos sabían que era la hija de Víctor Jara, y Amanda se sintió protegida. En un mundo aparte.

Un día se rapó al cero y dejó solo unas cuantas mechas al viento. Así asistió a su primera marcha en Santiago, una de las primeras en cuestionar públicamente la legitimidad del régimen. Esa mañana caminó sola varias cuadras por avenida Matta entre la multitud. De pronto, un coro de manifestantes gritó: “Compañero Víctor Jara, presente”. Era la primera vez en su vida que sentía algo así. Respiró hondo, contuvo las lágrimas que hoy se le arrancan de rabia, y contestó: “Presente”, como si se tratara de un muerto ajeno, y a la vez el suyo y el de todos los que la rodeaban.

Allí nadie sabía quién era ella, ni por qué sus lágrimas caían al apretar el puño y los dientes. Desde entonces, Amanda lo prefirió así, y se volvió una sombra entre la multitud, en el eco justiciero de varias otras voces. En una más.

Nueva vida en Quintay

La actual casa de Amanda es una fortaleza impenetrable. Cuesta llegar, esquivar el ladrido de los seis perros callejeros que adoptó y sobre todo, lograr que ella invite a pasar. El terreno, de mil metros cuadrados, está frente a la Playa Grande de Quintay y el cerro Curauma, en la Quinta Región. En el lugar hay tres casas de madera rodeadas de flores. La primera la ocupan ella y Nego, su pareja, la segunda se convirtió con los años en su taller de pintura, y la tercera es para las visitas.

Allí levantó su mundo aparte desde 1991, cuando eligió partir y esquivar Santiago y los tumultos. Hasta entonces había trabajado algunos años en publicidad, produciendo comerciales para televisión. Al tiempo se aburrió. Tampoco terminó la carrera de Bellas Artes, pues creía que para aprender a pintar no necesitaba la universidad, sino el espacio y la tranquilidad. Alejada de la ciudad, en medio de la creación de la Fundación Víctor Jara, liderada por su madre, y los procesos judiciales por su muerte, Amanda se escabulló.

Durante años se negó a dar entrevistas, a aparecer en actos públicos y a convertirse en el rostro de la causa de su padre. Tampoco quiso militar en un partido político. “Yo siempre he sido la de atrasito. Mi mamá y mi hermana son las que han dado la gran batalla. Para el funeral de mi papá, en 1998, yo empujé el cajón desde atrás, como escondida. Nunca quise estar arriba, quería estar donde estuviera la gente, donde ocurrían las cosas. Mi labor es apoyar a mi madre. Además, creo que por ser la hija de Víctor hubiera sido utilizada, y yo no quería ser el banderín de nadie”, comenta.

Un día de 1989, sin planes en mente, salvo pintar, tomó el auto y junto a su madre comenzaron un viaje sin destino. Siguieron el camino más verde y que topara con el mar, guiadas por un folleto turístico. A una hora de Santiago, y después de sortear un camino de tierra y los cerros, Amanda dio con aquella caleta de pescadores, sin pensar que allí comenzaría su nueva vida. Durante un año, arrendaron una pequeña casa con Joan, y al año siguiente compró el terreno en el que vive hoy.

Quintay es de esos lugares donde la gente se saluda de nombre y apellido, donde no hay más ruido que el los pocos niños que juegan en la plaza. Amanda lo prefiere así, sin tanta gente alrededor, medio silencioso. Al principio, nadie la reconocía, hasta que un par de periodistas llegaron a entrevistarla con cámara en mano mientras estaba en el pueblo. Por eso, hay dos cosas que odia hacer: ir al supermercado y echarle bencina al auto.

Sus días los pasa en casa, los dedica a cultivar la tierra. El terreno tiene un inmenso jardín de toda clase de flores, un huerto y un invernadero donde crecen acelgas, apios, tomates, y lechugas. Y a veces, cuando lo siente, se encierra en su taller a pintar. El lugar está lleno de óleos, pinceles y lienzos de todos los tamaños. Al fondo hay varias obras, algunas sin terminar. La mayoría retrata imágenes costumbristas, paisajes verdes y otros con mar. Sin embargo, su miedo al rechazo le impide mostrar sus cuadros públicamente.

Algunos los vende a amigos y conocidos dentro de Quintay, y el resto termina colgado en las paredes de una de las tres casas, o amontonados en su taller. Solo Nego conoce todo su trabajo.

A Abed-nego Sepúlveda –pescador y buceador– el nombre real su pareja, lo conoció al poco tiempo de haber llegado a Quintay. Se enamoraron y ella se lo llevó a vivir a su casa. Llevan más de 18 años juntos. No tienen hijos. Durante las tardes, en el living de su casa, ambos cumplen con deberes irrenunciables en su rutina, cuando se puede: ver la teleserie brasilera a la hora de almuerzo, dos o tres capítulos de la serie Breaking Bad, y el noticiero de las 9.

—¿Cómo has visto la conmemoración de los 40 años del golpe de Estado y la reconciliación que varios impulsan?
—Este año ha sido particularmente ruidoso. Para los 30 no me llamaron tanto como ahora. De todos modos, me da gusto que esto se converse y discuta, es bien sano. Aún me asombra que estemos dando esta vuelta. Pasa por no mirar al pasado. Sobre la reconciliación, eso es algo individual. No se puede imponer. Esperar reconciliarse sin saber la verdad es imposible, creo yo, y 40 años es poco tiempo para sanar algo tan presente. A mí, personalmente, no me interesa que pidan perdón.

A 40 años de la muerte de Víctor Jara, el caso ha mostrado avances en la querella que comenzó en 1978. Dos oficiales en retiro del Ejército, Hugo Sánchez y Jorge Smith, fueron procesados en calidad de autores y otros seis como cómplices. Aún siguen en proceso. Durante la semana pasada, y a través los abogado Chadbourne & Parke, representantes de la familia en Estados Unidos, se presentó una demanda contra el ex oficial del Ejército y residente en Estados Unidos Pedro Pablo Barrientos ante el tribunal del Estado de Florida.

Hasta hace algunos años, mientras la fundación Víctor Jara funcionaba activamente –hoy está con luz amarilla por la clausura del galpón de la Plaza Brasil, desde junio pasado–, Amanda viajaba constantemente a Santiago. Con los años lo hizo cada vez menos. A veces se programa y visita a su madre y a sus cuatro sobrinos, los hijos de Manuela. Pero cuando no hay razón, cierra las puertas de su casa y se mantiene allí, rodeada de la manada de perros que vigila sus pasos.

Y a veces, cuando sale al pueblo a comprar, se encuentra con jóvenes mochileros que deambulan en busca de un camping. Más de alguno, dice, lleva el rostro de su padre en un esténcil pegado a la polera. Entonces se emociona, y una mezcla de rabia, pena y alegría le revuelve el estómago. “Qué bueno que el Víctor haya logrado traspasar su época. Siempre supimos que sería así. No se puede matar a un cantor. No es tan fácil matar a alguien que hizo algo en su vida. Hay quienes perdieron a un padre, una madre, hijo o hija hace 40 años, y no tienen fotografías ni grabaciones ni nada. En ese sentido, fuimos un poco más afortunadas”.

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—Fue culpa del cigarro. Bueno, del cigarro y los excesos.

Pedro Lemebel lo reconoce como lo que es: una profunda herida a la altura de la garganta, que él cuenta a punta de sarcasmos. Su entrecortada voz, que a ratos es un áspero susurro, es el más fiel registro de esta zancadilla en su vida. Es finales de 2011, en una sala repleta de sus fanáticos en la Estación Mapocho. Él les anuncia que padece cáncer de laringe. Y luego agrega:

—Cómo es la vida… Yo arrancando del sida y me agarra el cáncer.

Quienes lo conocen no se espantan. Si hay algo que Lemebel nunca perderá es su sentido del humor.

Mediodía, mayo 2013. Pedro Lemebel cruza la reja del edificio en el que pasa sus días solo, frente al Parque Forestal. Se le reconoce a lo lejos, aunque está bastante más delgado. Lleva un chaleco gris, un pañuelo estampado al cuello y un pantalón plateado que brilla al sol.

Se sube al auto que nos llevará a Valparaíso, tal como él pidió. En el asiento trasero deja a su lado una enorme mochila, que llama botiquín, y antes de partir advierte que no puede hablar mucho, que hay que aprender a leer sus labios.

Todo había empezado mucho antes, a principios de 2011, cuando sintió molestias para tragar y hablar. Como el problema no se solucionaba, hacia mediados de año fue hasta el Hospital Fundación Arturo López Pérez a pedir hora y a hacerse exámenes. Estaba seguro de que tenía algo, aunque no sabía qué. A las pocas semanas, le dijeron que había un nódulo complicado en su garganta.

El médico Marcelo Faraggi, quien se hizo cargo de su caso, decidió intervenirlo. En mayo de 2012, Pedro Lemebel se sometió a una laringectomía parcial.

—Me dejaron una cuerda y la mitad de la laringe. Tenía voz de ultratumba. Me sacaron también la manzana de Adán, el sueño de toda travesti –cuenta, siempre con humor.

Aún hospitalizado, publicó en su cuenta de Facebook: “Amigos, recién hoy entro a face. Acá en el hospital pasó lo terrible, fue una operación heavy. Perdí la voz, me sacaron casi todo… Laringectomía parcial, casi total, y con ese casi tengo que aprender a respirar, a hablar, a tragar, a aceptarme degollado de oreja a oreja”.

Estuvo internado 20 días luego de la cirugía. Solo unos pocos amigos podían verlo. “En el hospital había una lista de personas que podían pasar a verlo, por una cosa de dignidad también”, señala Sergio Parra, dueño de la librería Metales Pesados y uno de sus amigos más cercanos. “Al principio él escribía en una pizarra para comunicarse con nosotros, y lo siguió haciendo después en su casa. Nos preguntaba en qué estábamos, cómo iba todo. Nunca dejó de reírse”.

A los pocos días de regresar a su casa, Lemebel empezó a tratar, con esfuerzo, de sacar la voz. Mientras, su garganta era sometida a sesiones de radioterapia.

—A ese tiempo yo le llamo “mi verano en Chernobyl” –dice Lemebel.

En diciembre pasado, a siete meses de su primera operación, Lemebel le insistió a su oncólogo en que las molestias habían vuelto y ahora más fuertes. El doctor Faraggi le dio una orden para una resonancia magnética. Lemebel se la hizo antes de irse de vacaciones a Isla Negra, en febrero de este año. A los pocos días, mientras paseaba por la playa, recibió un llamado de su médico. Le pidió que se devolviera urgente a Santiago, y ese mismo día fue internado otra vez en el mismo hospital en Providencia.

Lemebel recuerda claro esta recaída: “En casi todos los casos, cuando hacen laringectomía parcial, el cáncer vuelve a aparecer, y en este segundo examen encontraron en mi garganta un tumor maligno de tres centímetros que había crecido en dos meses. Me volvieron a operar a principios de marzo, así bien flash. Me hicieron una laringectomía total, una cesárea de laringe como le digo, y luego una traqueostomía. Yo sabía que tenía algo. Conozco mi cuerpo como nadie”.

Alguna vez se lo preguntaron. ¿Cuál es el sentido que más le dolería perder? Pensó en la vista, el oído, jamás en su voz. Lo dice lento y con una mano pegada al pecho, debajo del pañuelo que lleva amarrado al cuello. Debe presionar esa zona, sobre el orificio de la traqueostomía, para poder impulsar su voz hacia afuera.

A ratos le cuesta hablar y una tos seca interrumpe su conversación. Después de la primera operación pasó dos meses sin hablar, y hace seis, cuando se le ofreció esta entrevista por primera vez, aún no podía pronunciar ni una palabra.

“Me hizo bien estar mudo, a todo el mundo le haría bien un poco de silencio para pensarse. Los chilenos hablan tanto y agudo y gritado. El neoliberalismo farandulón los puso así, muy engreídos”, dice.

El 29 de abril fue intervenido para recuperar su voz definitivamente. Se le puso una válvula de fonación, un dispositivo que se coloca en la tráquea y que con ayuda de rehabilitación le permitirá pronto volver a hablar sin problemas.

Comenzó entonces sus sesiones con una fonoaudióloga, en el mismo hospital. Al principio iba dos veces por semana. Durante el par de horas que duraba cada encuentro, la mujer le enseñó a ocupar la válvula: a poner su mano sobre el pecho, cubrir el agujero que le dejó la traqueostomía en medio del cuello, y finalmente alzar la voz, como un rugido. Junto con eso, su doctor le dio un régimen alimenticio blando y le recomendó hacer actividad física. Ha perdido 10 kilos.

“Pensé que me iba a costar dejar el cigarro, pero el copete fue aún más difícil. Me gustaba la embriaguez. Hoy ando sano, y rara vez me tomo una copa de vino. Era tiempo de dejar los excesos. Me enfrenté a un cambio de vida radical, sobre todo en la alimentación. Estoy absolutamente desintoxicado, y en muy poco tiempo recuperé el habla y el ánimo. Lo que más duele de esto es la voz, cuesta adaptarse a una ajena. Tienes que domarla, hacerla tuya. Y en eso estoy”.

El auto entra en Valparaíso. La primera parada es en calle Pudeto, en el cuarto piso de un edificio antiguo. Allí está la consulta del naturópata que Lemebel visita una vez por semana. Se lo presentó su sonidista Constanza Farías, una de sus amigas más cercanas.

Ella ha sido clave en este tiempo. Constanza no solo lo apoya en su trabajo, sino que se reúne con él tardes enteras para que pueda ir afirmando el tono de su voz aún cambiante. Para eso, Lemebel graba lecturas –muchas veces lee sus propias crónicas– y ensaya las presentaciones que habían estado suspendidas hasta ahora que, más recuperado, siente que es tiempo de volver a hacerlas. Con la seguridad que le da poder leer de nuevo un texto de corrido y en voz alta.

“En algún momento él pensó que no podría llegar con la voz al tono o la intención que quería, y entonces me dijo que iba a chantar la máquina –cuenta Sergio Parra–. Esto fue después de la primera operación. Pero después esta idea se le ha ido borrando de la cabeza y se dedicó a trabajar, a grabar, a ejercitar la voz en su departamento”.

Su última aparición pública fue en noviembre de 2012 en la Feria del Libro de Guadalajara, México. Salió como una pantera, vestido entero de negro, tapado hasta la cabeza y con un fino hilo de voz, amplificado por un micrófono a lo Peter Gabriel. Presentó Háblame de amores, su última recopilación de crónicas que ya va en su cuarta edición. Pese a que casi era inaudible, aprovechó también la ocasión para dispararles a todos los que quiso. Después de eso, se hizo humo.

“Para ser escuchado y entendido, necesito de la sofisticación técnica, y por eso trabajo con mi sonidista, quien me acompaña en todos los viajes. Ya tenemos algunas invitaciones agendadas. Primero en Buenos Aires, luego en noviembre en Brasil, y también voy de jurado a un festival de cine gay en Montevideo”, comenta.

En paralelo, prepara una antología de sus crónicas junto al crítico español Ignacio Echevarría, que se lanzará en octubre. También trabaja otros dos libros. El primero, aún sin terminar, es la novela El éxtasis de delinquir. El segundo, más encaminado, relanzará sus primeros cuentos, publicados en trípticos con el título Incontables durante los 80, cuando un profesor de Artes Plásticas llamado Pedro Mardones daba sus primeros pasos literarios sobre un par de tacos altos.

Recientemente, estuvo también nominado a un Altazor en la categoría a Mejor ensayo y escrituras de la memoria por Háblame de amores. El premio lo ganó el historiador José Bengoa.

“Si no ganó Tengo miedo torero en 2001, no espero nada del Altazor. Lo encuentro banal y muy ordinario. Además, los escritorcillos machones chilenos me tienen bronca, me descalifican. Yo creo que Bolaño me hizo un gran mal al alabarme, me gané muchos odios”, dice.

De nuevo en el auto, tras su visita al naturópata, se decide a mostrar qué hay en su improvisado botiquín. Saca un recipiente de plástico con sándwiches de pan integral con verduras y aceite de oliva. También frutas, ropa para abrigarse, un celular de esos antiguos con pantalla verde y una bolsa café que envuelve trozos de queque hecho con marihuana.

“Siempre fui marihuanera, desde los 14 creo. Ahora me ha hecho muy bien para dormir y para levantar el ánimo, solo que no puedo fumar y la consumo en queque, en pesto y en ensaladas. Quizás debería ser legal, aunque en todo lo que se legaliza pierde el misterio, y yo amo el abismo de lo ilegal”, comenta.

Antes de ir a almorzar, pide caminar cerro abajo. El día está como le gustan: soleados y sin una pizca de frío. Se le acercan dos colegialas que lo reconocen. Le piden una foto con él. Pedro posa sin chistar, se despide y continúa caminando. A ratos parece ido, en otro lugar. Sus estados anímicos son vertiginosos. Ya lo había dicho su amigo Sergio Parra: “Es otro Lemebel el de ahora, uno que sigue teniendo humor, pero que también se volvió un poco como la Cordillera de los Andes: un día está arriba y el otro, abajo; nunca sabes cómo va a despertar”.

Hoy, con 60 años encima y lejos de los excesos y las andanzas callejeras de antes, Lemebel se sienta en el mismo restaurante donde alguna vez compartió con su madre y con amigas como Gladys Marín. Se llama El Membrillo. Aquí se la pasaban sentados toda la tarde, mientras duraran las cervezas y los cigarros. Ahora pide una cerveza sin alcohol para acompañar su pescado frito con ensaladas. A su lado, el inmenso mar y unas cuantas palomas que picotean restos de comida.

“Almuerzo todos los días en mi casa, porque cocino mis propias comidas naturópatas. A veces hago excepciones y voy a los bomberos de José Miguel de la Barra. Tienen muchas ensaladas. Aún me dan ganas de comer panitas de pollo con puré, pero sé que no puedo. Yo soy naturópata por salud, no por filosofía, y le debo mi estado físico a eso”, explica.

Nunca fue bueno para la cocina, pero con la enfermedad tuvo que aprender. Su nuevo régimen alimenticio le prohíbe, entre otras cosas, la carne –que ya había dejado antes– y la leche. En lugar de eso, debe comer un kilo de fruta diario y muchas verduras. Por eso, casi todos los días, de mañana o tarde, va a La Vega en busca de esos productos y cocina sopas de verdura y charquicán.

“Hoy veo a Pedro con la calma natural de quien ha pasado por una enfermedad que requiere cuidarse. Me sorprende su optimismo, las ganas de dar la pelea. A ratos, sin embargo, se ha sentido muy solo, a ratos decaía”, dice Jovana Skarmeta, su asistente hasta 2006 y hoy una de sus mejores amigas.

En su período de recuperación, Lemebel también retomó el yoga, que practicaba hace años y que alguna vez dejó de lado. Tres veces a la semana hace kundalini, mientras en su casa –un departamento grande que tiene un balcón que mira al sur– ya no suenan Juan Gabriel ni Joan Manuel Serrat. Hoy disfruta la música de meditación.

Pedro Lemebel reconoce que a veces echa de menos gritar. O ser el tipo itinerante que encontraba sus relatos en las calles. En el mismo puerto de Valparaíso, donde se perdió y enamoró tantas veces, donde la cocaína lo atrapó y sacudió, donde fumaba hasta 10 cigarros diarios, bebía cerveza hasta embriagarse y luego vagaba por la ciudad para terminar echado por ahí, ojalá contemplando el mar.

Eran otros tiempos, dice, menos peligrosos. Cuando aún vivía en el Zanjón de la Aguada, protegía a sus vecinos delincuentes, que también eran sus amigos. La vida de Lemebel está llena de anécdotas del lumpen santiaguino. La última ocurrió hace unas semanas, cuando intentaron asaltarlo en la esquina de su casa. Iba con un amigo y los asaltantes eran tres. Sin poder gritar, atinó a saltar y huir del lugar.

“Hoy está todo distinto, esos barrios están peligrosos y casi todo es permitido. Ya no existe ese romanticismo de la delincuencia, la imagen del antiguo Robin Hood ha muerto. La delincuencia de hoy es otra, muy cruel, y todos quieren golpear a otros. Por ejemplo, ¿por qué a Daniel Zamudio lo sometieron a esa clase de torturas? Si bastaba con una puñalada y chao. Hay una brutalidad fascista de otra época. El chico salió de paseo, y se encontró con la Naranja Mecánica versión neoliberal. Y yo, ahora de vieja, también me la he topado”.

El reloj casi marca las seis de la tarde. Pedro Lemebel, que apenas tocó su plato durante el almuerzo, entra a una fuente de soda y pide un sándwich de jamón queso y otra cerveza sin alcohol, solo para el sabor. Sentado frente al muelle de la Plaza Sotomayor, pide también un último deseo antes de volver a Santiago, mientras el sol comienza a fundirse en el mar. “Demos un paseo en bote”.

La primera vez que vio el mar fue en Cartagena, cuando aún era un niño, durante los años 60. Iba pegado a Violeta, su madre, quien falleció en 2001, tres días después del lanzamiento de Tengo miedo torero, y dejó a su hijo sumergido en un duelo que no supera hasta hoy. Esa misma noche, cuando Violeta se fue, Lemebel pidió a su amiga Gladys Marín que lo rapara al cero en el baño de su departamento. Con el tiempo, su antiguo cabello oscuro creció tan cano como el de un anciano y decidió cubrirlo por siempre con un gorro. Nunca más se le vio en público con la cabeza descubierta.

A mitad del paseo, la lancha se detiene frente a los lobos marinos que están sobre las rocas. Pedro los observa desde su asiento en la orilla de la embarcación. Permanece mudo. Por momentos cierra los ojos. Con el mar cerca, Lemebel se sumerge en sus propios recuerdos. Todos lo trasladan a momentos de
su infancia, junto a su madre, cuando los paseos en bote eran sólo entre él y ella.

Para la portada de su último libro decidió no maquillarse ni vestirse de mujer, como solía hacerlo, y prefirió hurgar entre sus recuerdos. En la imagen aparece Pedro Mardones a los 13 años, de pelo largo y sin posar. Estaba en Viña del Mar, junto a su familia. Ese mismo día, su mamá le regaló su primera cámara fotográfica. Era Navidad.

Cuando el bote se detiene frente al muelle, Pedro pide volver a Santiago. Está cansado, dice, mientras sube al auto y saca de su botiquín una manzana que comienza a pelar con un cuchillo. “Ahora hasta me acuesto temprano. Esto me sirvió para cuidarme, estar más sano. Siempre fue una enfermedad más, y de la que conocía algunos antecedentes. No era para morirse tampoco, y no lo asumo como un estigma macabro. Quizás llegue a escribir sobre esto, algún día”.

En la cocina de una casa en Batey Cruz, a 50 y tantos kilómetros al sur de La Habana, un matrimonio cubano sostuvo un diálogo que difícilmente podrían olvidar.

—¿Irás a buscar los vegetales para preparar el almuerzo? –preguntó ella.
—No, no creo que comamos esos vegetales. Hoy mismo me tomarán preso –contestó él, José Ubaldo Izquierdo.

Eran las 11 de la mañana del miércoles 19 de marzo de 2003.

***

El aeropuerto de Pudahuel estaba particularmente frío la madrugada del 4 de agosto de 2010, cuando ocho cubanos atravesaron Policía Internacional hasta la comitiva de Cancillería y el senador DC Patricio Walker. Eran seis adultos, dos niños. Entre los primeros estaba José Ubaldo Izquierdo –hoy de 48 años–, uno de los 75 disidentes cubanos que en 2003 fueron tomados presos y sentenciados a 16 años de prisión por discrepar ideológicamente con el gobierno castrista.

Lo acompañaban su mujer Yamilka Morejón y sus tres hijos, Jennifer, Mari Karla y Alejandro. También sus suegros y un sobrino. El primer estrechón de manos fue entre José y el senador Walker, el anfitrión de aquel encuentro.

Luego, esa mañana, vino una conferencia de prensa. Mucho se sabía sobre el también cubano disidente Orlando Zapata y la huelga de hambre de 86 días que acabó con su vida el 23 de febrero de 2010. Muy poco, en cambio, sobre los presos que lo vieron consumirse. José fue uno de ellos.

***

Durante 18 años, José trabajó como almacenero, hasta que en 2002 fue despedido por razones políticas. Se sabía de su militancia en el Partido Liberal, contrario al oficialismo cubano. Pero ese mismo año, gracias a un programa de becas mediado por la Embajada de Suiza en La Habana, tomó un curso de Periodismo por internet en la Universidad Internacional de Florida. Así llegó a ser reportero en el Grupo de Trabajo Decoro, que alimenta al sitio de noticias Cubanet.org, administrado por detractores al gobierno y que viven en EE.UU.

Se dedicó a cubrir noticias en la ciudad de Güines, donde creció e hizo su vida con Yamilka, su segunda esposa y miembro de las Damas de Blanco, la agrupación femenina que lucha contra el encarcelamiento y la persecución política en la isla. Trabajando en la calle, José sólo reafirmó sus ideas y su descontento con la realidad cubana.

Pronto, su nombre ingresó a la lista de los rastreados por militares. José fue detenido cuatro veces en un año. Y luego, para la celebración del día de la Virgen de Santa Bárbara, el 4 de diciembre, en Güines fue embestido por la espalda por un automóvil de Seguridad Nacional mientras volvía a su casa. Más tarde, durante la noche, una lluvia de piedras cayó sobre su casa.

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El 18 de marzo de 2003 corrió la noticia de que Fidel Castro había ordenado detener a varios disidentes. José sabía que lo buscarían.

Al día siguiente, su hermano Alejandro lo despertó. Por los alrededores se habían instalado motos de Seguridad Nacional montadas por militares. “Creo que te están vigilando”, le dijo. José lo ignoró. Se levantó y fue a la cocina. Fue entonces cuando su mujer le preguntó:

—¿Irás a buscar los vegetales para preparar el almuerzo?

José visitaría a un amigo agricultor esa mañana. Allí conseguía más alimentos, pues la cartilla de racionamiento mensual no le alcanzaba para alimentar las ocho bocas que comían en su mesa. Pero antes quiso llamar a La Habana para saber qué pasaba.

Cuando llegó al teléfono público del almacén, y antes de poder marcar, tres militares se le pusieron en frente. Fue esposado y detenido.

Desde marzo de 2003 hasta el día de su liberación, el 23 de julio de 2010, estuvo en varios calabozos e internado cinco meses en el Hospital Militar en La Habana por las úlceras y la gastritis crónica que lo afectan desde los 11 años.

En medio de los dolores de ese tiempo, si hay algo que José recuerda hoy con emoción, sentado en la terraza del supermercado en Las Condes donde trabaja como guardia y reponedor durante seis veces a la semana, es que durante su presidio se convirtió en padre por tercera vez. En una de las visitas conyugales a la cárcel, su mujer quedó embarazada de Mari Karla, hoy de siete años.

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Su esposa es, según José, “la heroína de las mil batallas”. De no ser por ella, quizás la posibilidad de llegar a Chile ni siquiera hubiera existido. Su mujer, quien actualmente trabaja como vendedora en una zapatería en un mall en La Florida, pertenece a las Damas de Blanco y mientras José estuvo preso se contactó con varias embajadas tanteando opciones, hasta dar con la chilena.

A mediados de 2010, y cuando ya se rumoreaba que José sería liberado en La Habana y expulsado a España –tras varias interpelaciones de la Iglesia católica, lideradas por el Papa Benedicto XVI–, el senador Patricio Walker tomó contacto con la agrupación de mujeres cubanas. Habló con Yamilka, después con el canciller Alfredo Moreno, y luego, éste último con el presidente Sebastián Piñera. José se convertiría en el primer cubano refugiado político en Chile.

“El (Patricio Walker) conversó directamente con Berta Soler, líder de las Damas de Blanco. El sabía de mi caso y que yo era inocente. Le planteó la idea de refugiarme en Chile al presidente Piñera a través de la Cancillería. El accedió de inmediato, y todo el asunto se dio en solo unos días”.

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Para cuando José y su familia arribaron a Chile desde España –adonde viajaron junto a otros 20 disidentes liberados el 23 de julio de 2010–, Soledad Alvear, Gutenberg Martínez, Patricio Walker, Ximena Rincón y la asistente social de la Fundación de Ayuda Social de Iglesias Cristianas (Fasic), Elizabeth San Martín, tenían todo listo para ellos. El mismo 4 de agosto, los cubanos fueron trasladados a la que sería su casa durante un año, subsidiada por el Estado, en Maipú.

Pero durante la primera semana en su nuevo hogar, José sintió un golpe en la puerta de entrada. Cuando la abrió, encontró un paquete de cera envuelto en llamas. Tras su denuncia, un vehículo de la PDI rondó la casa durante días.

“También ocurrió en otra ocasión: para la visita de Raúl Castro en enero del año pasado, varios compatriotas fuimos a expresarnos a Plaza Italia. Solo recibimos improperios. Lo mismo pasó cuando asistimos a un homenaje en memoria de Orlando Zapata. Sabemos que fueron militantes del Partido Comunista”, comenta.

A pesar de esos episodios, la nueva vida iba bien. Desde su llegada y por un año, recibió $800 mensuales para gastos, además de asistencia médica gratuita en el Hospital San Alberto Hurtado, matrículas para sus dos hijas en el colegio Hermanas de la Providencia de Maipú y asesoría para obtener la visa permanente de residencia definitiva en el país, la que obtuvo un par de meses después. Todo corría por cuenta de Cancillería y Fasic.

Con el tiempo, y tras encontrar su primer trabajo como reportero en una radio en Isla de Maipo, José y su familia comenzaron a disfrutar de la nueva vida: internet, tv cable, el metro, restaurantes buffet, el supermercado.

Algún día, dice José, le gustaría militar en la DC, pues mantiene estrechas relaciones con Patricio Walker y Soledad Alvear. Con ellos se reúne a veces a tomar un café, a conversar, a discutir política. Cuenta que les ha dicho que no le parece la alianza con el Partido Comunista en el pacto Nueva Mayoría. Y que tampoco le gusta Michelle Bachelet.

—¿Cómo te defines políticamente?
—Soy anticomunista y anticastrista. Y una cosa tiene que ver con la otra, irremediablemente. Fidel Castro traicionó al pueblo cubano, porque cuando triunfa
la Revolución y se logra sacar una dictadura del poder, él instaura otra.
—¿Volverías a Cuba?
—Una de las cosas que más extraño de Cuba es a mi madre. Ella no quiso venir, tiene 86 años, está muy anciana. Quiere morir allá. De todos modos, pude tenerla conmigo para el Día de la Madre este año. Juntamos unos pesos con mi mujer y la trajimos.

Esa tarde celebraron a la chilena. Asado, ensaladas, incluso vino. Los vecinos de su nueva casa, en la avenida Pajaritos, dicen que José se ha convertido en un pequeño oasis cubano de rumba y danzón entre tanto reggaetón y bachatas del barrio. Por las ventanas se oye la música, y desde la cocina se cuela el aroma de la comida de la isla. Quien pasa y se acerca, puede notar también esa especie de santería presente en el lugar, donde permanece la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, la misma a la que le rezaba durante los ocho años más difíciles de su vida. De una de las paredes del living, como es tradición, cuelga una bandera cubana. Esta vez junto a una chilena, bajo la foto presidencial.