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1.

Algo pasa en Vilcabamba. Algo que le permite a su gente vivir ciento diez, ciento veinte y hasta ciento cuarenta años. No sólo viven mucho. Viven mucho con una salud envidiable y sin prestarle atención a los consejos médicos. Los habitantes de Vilcabamba, una provincia pequeña y oculta en Ecuador, tienen inclinación por los excesos insalubres: fuman como escuerzos y beben como cosacos. Sin embargo, a la edad en que cualquiera de nosotros muestra signos de deterioro, ellos están listos para seguir otros cuarenta años más. ¿Cómo hacen?

Aunque los censos internacionales señalan que la mayor expectativa de

vida se da en lugares como el Principado de Andorra, en Europa, o la isla de Okinawa, en Japón –sitios de alto nivel económico y estilo sosegado–, Vilcabamba les saca varias décadas de ventaja sin demasiado esfuerzo. Lo hace con una población que cuenta con pocos ingresos, malas condiciones sanitarias y trabajo duro de por vida. A pesar de eso, en el pueblo hay diez veces más centenarios que los que se puede encontrar en cualquier otro lugar. Es el misterio del valle.

2.

Voy a ver qué pasa en Vilcabamba siempre y cuando la salud de mi padre me lo permita. Entro al cuarto de la clínica donde él está internado. Veo sus pies tapados por una sábana y a la mujer que lo cuida sentada en un sillón:

–Viste, te vinieron a visitar.

Desde que mi padre se internó, hace menos de una semana, lo visito dos veces por día. A la mujer es la primera vez que la veo. Por haber pasado la noche con él –cambiándolo de posición, dándole de comer y llamando al médico–, parece que obtuvo con mi padre una familiaridad varias veces superior a la que yo pude lograr siendo el hijo.

Me acerco a saludarlo. No es tan fácil darle un beso en la frente. Tengo que pasar por encima de la baranda de metal de su cama ortopédica. Me paro en puntas de pies, me sostengo sobre la baranda y cuando estoy sobre él, me doy cuenta de que por debajo de las sábanas él está atado.

Hay dos zonas del cerebro y tres del corazón que ya no le funcionan. A los ochenta y seis, ya tuvo varios infartos. Perdió la visión de uno de sus ojos y hubo que sacarle las paratiroides. Es diabético, hipertenso y se dializa. Aunque nadie estuvo dispuesto a escucharlos, sus riñones dijeron basta. Tuvo cuatro hemorragias digestivas, dos altas y dos bajas. Una cirugía de próstata y una arritmia cardiaca que responde bien a la medicación. Dejó de caminar. Intuyo que al principio fue por propia decisión. Ahora se le atrofiaron las piernas. Además tiene pie diabético. En el derecho, una lesión muy chica que nunca termina de curarse. En el izquierdo, un dedo menos.

¿Cómo harán los hijos de los ancianos en Vilcabamba? Si pueden vivir más de ciento veinte años significa que tienen hijos de noventa. Mi padre, por ejemplo, en el estado de salud en que se encuentra, tendría que atender a mi abuelo –no hace falta aclarar que mi abuelo estaría vivo–. Sería un desastre. Después de los noventa es poco decoroso no ser huérfano.

3.

Viajo. Buenos Aires. Quito. Loja. Vilcabamba. A la entrada del pueblo hay dos carteles. En uno se le da la bienvenida al viajero que acaba de llegar y en el otro se le informa que el pueblo está a mil quinientos metros de altura sobre el nivel del mar, tiene unos cuatro mil doscientos habitantes y una temperatura promedio de veinte grados. Un poco más adelante hay otro cartel mucho más colorido y atractivo. «Welcome Vilcabamba». Allí se la cabeza de uno de sus habitantes. Un centenario. Un hombre tranquilo, listo para salir a trabajar.

En Vilcabamba dividen a los ancianos en dos grandes grupos: longevos y centenarios. Longevos son los que superan los noventa años y centenarios los que pasan los cien. Voy rumbo a la finca de uno de los centenarios que viven en la zona alta. El conductor es el mismísimo Lenin.

–¿Lenin te llamás? ¿Tu papá era del partido comunista?

–No, el nombre me lo puso mi abuelo que vivió hasta los ciento veintiséis años.

Bajamos del vehículo en casa de José Medina, habitante de Vilcabamba, ciento doce años.

–No contesta nadie.

–Es que el hombre está un poco sordo, pero tiene una hermana que oye bien.

–¿Qué edad tiene la hermana?

–Ciento cuatro.

Como nadie responde, suponemos que la mujer salió para hacer las compras. Pasamos el portón y entramos en la finca. Una casa humilde, de campo.

En el fondo hay un terreno donde los Medina cultivan parte de su alimento: lechuga, maíz y poroto. No se ve a nadie. Lenin se aleja por detrás de un monte y desde allí nos llama.

José Medina está trabajando con su azada. Nos mira un segundo, luego baja la cabeza y continúa como si nuestra presencia no le implicara la necesidad de detener la labranza. Víctor Carpio, el guía, me dice que me fije bien en lo que hace Medina. Él separa la hierba buena de la mala. Un trabajo para el que se necesita precisión en el golpe y buena vista. A los ciento doce años eso no le resulta un problema. Ni siquiera necesita anteojos. Usa la misma ropa que la mayoría de la gente de campo en Vilcabamba: pantalón de vestir y camisa blanca. En cambio yo, que vengo de visita, tengo un pantalón cargo con tratamiento impermeable y una camisa outdoor con tecnología dry fit.

Le pregunto si puede sentarse para conversar un poco. Se queda parado, apoyando el peso del cuerpo sobre el mango de la azada. Hace dos semanas el guía le trajo un grupo de canadienses que querían conocerlo y el mes pasado vinieron a entrevistarlo de la televisión de Hong Kong.

–Claro, ahora no me contesta porque está cansado de que lo vengan a molestar. Aunque yo hable en español, para él sigo siendo un extranjero.

–No te contesta porque no te escucha. Prueba de hablarle más alto.

Medina decide sentarse. Debajo del sombrero se le nota el pelo todavía negro. Le llega hasta la mitad de la frente.

El guía le hace una pregunta para viejos. No le dice «¿cómo está?» le pregunta cómo se siente.

–Bien, cuando fumo me mareo un poco.

–¿Cómo es eso que fuma? –le pregunto al guía.

Fuma chamico, una hierba que comenzó a ser utilizada en la antigüedad por los chamanes. Ahora es una costumbre de la gente del pueblo. Sus primeros efectos pueden ser comparados con los de la marihuana, después de algunas pitadas se le suman los de la cocaína. Trae alucinaciones, pensamientos fantásticos, pérdida de memoria, excitación y furia. También se le adjudican propiedades afrodisíacas, lo que es una lástima: el chamico es de las plantas más tóxicas. En síntesis, José Medina, el primer centenario con el que me encuentro en el valle, se droga. Es más, según cierta manera de pensar, se drogó toda la vida. Además de chamico, le gustan los cigarrillos que venden en los negocios. El tabaco común y corriente. Últimamente se marea pero no lo suficiente como para abandonar el vicio.

–Cuando era más joven –a los setenta años– fumaba mucho más.

–¿Le gusta beber?

–Ahora no. Desde los ciento seis que no bebo. De vez en cuando me vuelve la costumbre y me tomo un puro. No más de una vez por día.

El puro es un aguardiente similar al ron. Lo que queda en la punta del alambique. Se prepara con el desecho de la caña de azúcar y es de las bebidas más fuertes. De alta graduación alcohólica y despiadada con el hígado de quien la consume.

Explicaciones de que en Vilcabamba haya tantos centenarios: el ambiente natural, la alimentación orgánica, el aire puro, el agua no contaminada. En el valle, la naturaleza logró librarse de la mano nociva del hombre, de su capacidad destructiva. Por eso premió a sus hijos con buena salud y un bonus de cuarenta años de vida. Una recompensa por portarse bien y mantenerse dentro de los límites de la moral y las buenas costumbres.

Sin embargo, los representantes de la salud y de la vida sana mienten sobre Vilcabamba. En el valle se consume alcohol, tabaco y droga. A los amantes de la virtud les resulta insoportable que los vilcabambenses subsistan más tiempo y en mejores condiciones que los que no tienen vicios. Les parece injusto. ¿Qué es lo que está ocurriendo? ¿Por qué las prevenciones son tan ciertas fuera del valle y no tanto para los habitantes de la zona? ¿Cuál es la diferencia?

José Medina debe ser el hijo malcriado de la naturaleza, al que se le permite todo y no se le dice nada. Tiene ciento doce años, el pelo negro, la vista aguda y capacidad para trabajar. Pero, para decir la verdad, no escucha del todo bien. Finalmente pagó por sus «excesos» y se quedó un poquito sordo.

4.

Hay algo que vale la pena tener en cuenta: la diferencia entre longevidad y expectativa de vida. La longevidad es como una calle larga que mide ciento veinte años. Es a lo máximo que se supone podemos aspirar si somos aplicados con la prevención de enfermedades, vivimos en un sitio de máxima pureza y no salimos nunca de nuestras casas salvo para ir al médico. Claro, si nuestros genes nos ayudan y no hay ningún accidente. Al menos era lo que la ciencia pensaba. A esa edad las células, por mejor calidad que tengan y por mucho que las hayamos mimado, dicen basta y se detienen. Es la teoría científica que corrobora una creencia popular: en algún momento, todos vamos a morir.

La expectativa de vida, en cambio, se refiere a cuánto de esa calle podremos alcanzar a transitar. Salvo que se viva en Vilcabamba, la gran mayoría nunca llega hasta el final. Pareciera que la longevidad fuera fija y que en la expectativa de vida es donde funcionan los consejos médicos. Si nos detenemos en las vidrieras de las grasas, la sal, el estrés y los tóxicos, menos expectativa de vida. En cambio, si nos paramos para que cada tanto nos evalúen, si la calle permanece limpia y además tenemos suerte, es probable que podamos avanzar una buena cantidad de años.

Tenemos una idea inconmovible sobre la vejez y la muerte: son inexorables. Pero si la vejez fuera considerada una enfermedad, una que padecemos todos, una enfermedad por mala calidad de los mecanismos biológicos, podría haber sistemas de reparación. Sería posible pensar en ellos.

Lo cierto es que el tiempo, en el organismo, no es el cronológico. La edad que nos indica el calendario no funciona exactamente igual con todos. Por eso dos personas de cincuenta parecen de edades diferentes. Hay un tiempo particular para cada organismo, una edad biológica que hasta ahora es imposible medirla con la precisión de un reloj de muñeca.

5.

Al centenario Manuel Picoita no se lo ve en su chacra pero se oye el golpe de un machete contra el cuerpo verde de una caña. Guiados por el ruido entramos en la plantación. Picoitia está agachado, las piernas flexionadas, sacando la maleza a golpe de machete. El movimiento del brazo no coincide con la fuerza o la resistencia de un anciano. Da diez o doce golpes seguidos. Lleva la hoja a la altura del hombro y luego la deja caer a toda velocidad hasta alcanzar su objetivo. Entonces se detiene, mira lo que hizo y reinicia la serie.

El guía lo llama y Manuel Picoitia se da vuelta, se saca la gorra de béisbol y la agita en el aire. Parece que estuviera festejando algo. Está contento porque, como a la mayoría de los ancianos del planeta, le gusta que vengan a visitarlo. Usa un pantalón oscuro de vestir y camisa blanca de manga larga.

–Vamos para la casa –dice, y empieza a ascender.

Se mueve rápido, como si el terreno fuera plano. Picoita es un hombre ágil. Es evidente que se cansa poco. Mi caso es diferente, no nací en Vilcabamba.

–¿Qué edad tiene, don Manuel?

–Un siglo tengo.

Una de sus bisnietas se acerca y le dice que diga la verdad. Me cuenta en voz baja que tiene la costumbre de quitarse años.

–Ciento cuatro tengo.

–Diga la verdad.

Manuel Picoita insiste con los ciento cuatro y de allí no se mueve, no hay forma de hacerlo confesar.

Tuvo diez hijos, el triple de nietos y también bisnietos y tataranietos.

Le gusta ir a bailar. Mañana tiene una fiesta pero se va a quedar nada más que hasta la medianoche. Ya no tiene resistencia para aguantar hasta la madrugada. Últimamente le molesta la espalda.

Hace poco enviudó y dice que extraña a su mujer, en especial por sus dotes de cocinera.

En la entrada de la casa hay un banco de madera donde Picoitia se sienta y acomoda la gorra. Le pregunto qué hace todo el día y me cuenta que ya no trabaja.

–Cuando llegamos estaba en el monte, con el machete en la mano, en plena tarea.

Picoitia entiende que trabajar es trabajar para otros. Ganarse un jornal además de cuidar su finca. Ahora se quedó con una sola de las actividades. Para llevarla a cabo, se levanta a las seis de la mañana y no se detiene hasta la tarde.

–Hasta el año pasado lo tenía que encerrar con llave –dice su tataranieta–. A las tres de la madrugada venía para mi casa y me despertaba para que le preparara el café. No me dejaba dormir, lo único que quería era salir temprano para el monte.

–¿Toma mucho café?

–Todos los días.

–¿Y qué come?

–Verduras, pescado, frutas. Mucha fruta.

Se nota que la tataranieta lo quiere. Tiene conciencia de cada cosa que hace, los gustos en las comidas y lo que necesita para el día. A cada momento le acaricia la cabeza. Sin embargo, tengo la impresión de que todos vemos al anciano como una mascota. Una criatura en el mejor de los casos. Querible, graciosa y con mañas. Incluso el guía, que es muy apreciado entre los centenarios, intentó con José Medina y luego con Manuel Picoitia, que recitaran una poesía o cantaran una canción.

La tataranieta tiene una teoría que explica la longevidad de Manuel Picoitia. Para ella es el resultado de lo que come. Todo natural, plantado en casa y sin pesticidas. De la cocina de los Picoitia, se despachan, para toda la familia, azúcares, grasas y proteínas y, de paso, también veinte, treinta o cuarenta años más de vida. Ella está orgullosa y Picoitia le cree. Además de sus propios intereses, lo apoya la cultura gastronómica con sus partidos y movimientos, los naturistas y los macrobióticos. Lamentablemente, los vegetarianos quedan proscriptos porque Manuel Picoitia y José Medina comen carne de res. A decir verdad, tampoco los naturistas y los macrobióticos quedan bien parados, porque ambos ancianos fuman «chamico» y beben «puro». De paso ni la sociedad internacional de cardiología ni la comisión mundial contra la hipertensión arterial tienen cabida en este asunto. No hay comida a la que no le agreguen sal en buena cantidad. Por suerte nos quedan los orgánicos. Alimentos sin pesticidas ni químicos. El problema es que en infinidad de otros sitios, en campos y montañas, se come lo mismo y de la misma manera y no se vive tanto. Más aún, se vive menos. Eso hace evidente que la pureza no alcanza. Pero como coincide con la obsesión alimentaria, todo lo que la apoye es bien recibido y aceptado como verdadero.

Me siento cerca de Manuel Picoitia y le pido que se saque el sombrero para una última fotografía.

–Hoy le estuve cortando el pelo –me dice la tataranieta–. En esta parte de la cabeza lo tenía todo canoso. Fíjese ahora, volvió a ponérsele negro.

6.

En Vilcabamba el número de mujeres supera al de hombres. Por cada tres damas hay dos caballeros. Sin embargo, los que vivieron más de ciento treinta años fueron siempre varones. En el valle –a diferencia de lo que ocurre en el resto del planeta–, los hombres viven más que las mujeres. Pero ellas también viven mucho. Suelen tener hijos después de los cincuenta y hay varios casos de madres después de los sesenta.

Josefa Ocampo tiene ciento cinco años. Son casi las cuatro de la tarde y ella está por ir a dormir. Acaba de despedirse hasta la mañana siguiente. A pesar de que el clima en Vilcabamba es templado y hay muy poca variación térmica durante todo el año, la mayoría de los ancianos tiene frío. Por eso Josefa Ocampo –que usa un gorro de lana azul y blanco, remera, camisa y suéter– se va a dormir. Lo hace para entrar en calor, después le viene el sueño.

Ella es la estampa de la abuelita dulce. Casi ciega, casi sorda y totalmente resignada. Pareciera fácil de querer porque nunca pide nada. Dicen sus nietos que era una mujer más grande y con el tiempo se fue reduciendo.

A la mayor parte de sus cincuenta nietos, sus veinte bisnietos y su decena de tataranietos no los conoce o los vio apenas alguna que otra vez.

–Mi familita es un desparramo –dice.

Como si fuera una condición para seguir hablando, el conductor le pregunta por sus costumbres a la hora de comer. Parece programado por los extranjeros con los que trata y que viajan hasta Vilcabamba obsesionados por la dieta del valle. Llegan al pueblo convencidos de que la longevidad entra por la boca y si uno se cuida con lo que come, además de mantenerse precioso, difícil que alguna vez se enferme. Es tan potente la idea de la dieta que lograron convencer incluso a los nativos del valle. Todos están seguros de que la dieta sana prolonga la existencia. Que lo que comen en Vilcabamba es una combinación de verduras y frutas que no existen en ningún otro lugar del mundo.

–Yuquitas, motito, platanito. Cualquier comidita.

Pero la dieta es tan natural y carente de contaminantes como la que se ingiere en otros valles donde los campesinos cultivan lo mismo y de la misma manera. Será sana, pero no es ni original ni exclusiva.

No hay mucho para hacer ni demasiado para preguntar. El guía le propone a Josefa Ocampo que cante una canción de amor: «Flores negras». Ella no se acuerda. A cambio recita un poema, recuerdo de la guerra con el Perú. Un joven que se separa de sus padres para ir a la frontera «y otro, voluntarioso, que de la tumba ya no volverá». Puesta a recordar, se emociona cuando habla de su perro. Asco se llamaba. Malo, inútil y compañero.

Cuando ella cuenta algo, lo hace en tiempo pasado y siempre termina diciendo: «Ahora ya no». Cantaba pero ahora ya no, estaba casada pero ahora ya no, trabajaba con mi padre pero ahora ya no, me ocupaba de la casa pero ahora ya no. Da la sensación de que lo único que hace es esperar y mientras lo hace trata de mantenerse abrigada. Prefiere no sentir frío.

En Vilcabamba, además de vivir mucho, se muere de otra manera. Se van a bañar y se mueren, salen a trabajar y se mueren, se acuestan a dormir y nunca más se levantan. Sin aviso, ni convalecencia, ni peleas por quién se hace cargo, ni hijos protestando por cuidar a sus padres. No llegan a pasar por esa etapa en la que uno se pregunta si realmente vale la pena seguir viviendo. Cuando uno se convierte nada más que en un cuerpo que sufre, ¿sigue siendo la misma persona que antes? Los ancianos del valle se cuidan solos hasta el final. Después se mueren. De un momento a otro, sin familiares en la sala de espera de una clínica, aguardando el desenlace. No se enferman, se apagan. Llevan una vejez sin necesidad de atención, sin dictados de médicos, sin el miedo que infunden los familiares. Son gente muy humilde pero cuando les llega el momento, se despiden como aristócratas.

7.

Desde que Mario Moreno Cantinflas inició su carrera, nunca pasaron más de dos años sin que una de sus películas se estrenara. En 1978 tuvo muy pocas apariciones públicas. Estaba en Vilcabamba, de incógnito, en una casa oculta por una empalizada de árboles. Dicen que los médicos habían agotado todos los recursos disponibles. Sufría del corazón y vivir en el valle era su única esperanza. También dicen que los años que siguió trabajando los obtuvo en este pueblo, que los excesos se diluyeron en la tierra y que el río le destapó las arterias.

El guía Víctor Carpio llama a Vilcabamba el «centro de la inmunidad cardiovascular», la «cantera de longevidad». Nadie se enferma del corazón y los que vienen enfermos, con el tiempo dejan de estarlo. Nadao Kimura, asistente personal del ex primer ministro del Japón, Yasuhiro Nakasone, llegó a Vilcabamba sin poder dar más de veinte pasos. Eso era lo máximo que podía caminar, se ahogaba, le faltaba el aire. Su corazón estaba agotado. La insuficiencia cardíaca que no pudieron resolverle en Tokio se compuso en Vilcabamba en apenas treinta y ocho días. El político japonés estaba tan contento que le pidió permiso al entonces presidente del Ecuador para ponerle a su pueblo natal, una isla al norte de Hokkaido, el nombre de Vilcabamba. Quería que el lugar donde había nacido se llamara de la misma manera que el sitio en el que había renacido.

Cantinflas y Kimura no son las únicas celebridades que ha llegado a Vilcabamba. En el pueblo aseguran haber visto durante períodos prolongados a otras estrellas. Los villanos de series famosas son la especialidad. Dicen que para JR, de la serie Dallas, ser malvado durante tanto tiempo le arruinaba la salud. Por eso vino al valle, para recuperarse. Algo parecido le ocurrió a Jon Cypher, que interpretó a uno de los enemigos acérrimos de la familia Carrington en la serie Dinastía. Cypher actuó en infinidad de películas y series de televisión y ahora está casado con la dueña de un hospedaje en Vilcabamba. También hay un astronauta, un general del ejército de los Estados Unidos y la presidenta de la liga antimisiles.

Por las afueras del pueblo están las construcciones de los millonarios que viven o se preparan para vivir el resto de sus días en las cercanías. Algunas son verdaderas mansiones con todas las comodidades y un ejército de ecuatorianos para atenderlos. En el bar El Punto, los hippies que venden chucherías por la calle dicen que los que vienen en busca del paraíso son los que se están encargando de destruirlo.

8.

Vuelvo a la Argentina. Mi padre sigue internado. Al llegar a la clínica, él está desesperado. Gira la cabeza para un lado hasta chocarse con la almohada y después hace lo mismo para el otro. Lo dejaron destapado. Las piernas parecen dos huesos envueltos. Tiene una llaga en el talón producto de rasparse contra las sábanas como si, aterrado, tuviera que escalar la cama de espaldas para poder escapar. Trata de arrancarse la sonda que le entra por la nariz y de correr la mascarilla de oxígeno. La cuidadora quiere que alguien la reemplace. Hace tres noches que mi padre no duerme. Tiene ochenta y seis años y el suyo es un caso típico en una gran ciudad: tienes ochenta y seis, estás muy enfermo, te internan en una clínica.

–No puedo más. ¡Sácame de aquí! –dice él en cuanto me ve.

Le pido que se calme. Le digo que ahora voy a ir a hablar con el médico y después le cuento.

–¡Espera! –quiere que me quede, dice que necesita hablarme. Abre los ojos y exhala el aire de los pulmones con esfuerzo, resoplando. Está enfurecido, intoxicado por la infección, no puede más, va a gritarme–. Quiero hacer un cambio de vida –mi padre me habla haciendo un esfuerzo para parecer calmado–, un cambio completo. Como hiciste vos hace unos años. Quiero ir a vivir cerca de una playa. A cualquiera que tenga un centro de diálisis. Quiero un departamento chico y una ventana desde la que pueda ver el mar.

–Está bien, papá, pero ahora tienes que mejorarte.

–¡Está bien, no! –grita. Después baja la voz–. Tú puedes, tú puedes. Hiciste muchas cosas en tu vida que parecían imposibles. ¡Llévame a otro lado!

Podría hacerlo. Incluso puedo cargarlo en un avión y llevarlo a Vilcabamba. Vendería la casa donde viven y por bastante menos compraría algo en Ecuador. Viviría muchos años más y, en una de ésas, cuando yo tenga noventa y cinco años, tendría la felicidad de seguir atendiéndolo. Se lo debo, él me dio la vida, no importa que me la esté pidiendo de vuelta. Pero en Vilcabamba no hay centro de diálisis –se fundirían por falta de pacientes–, así que lamentablemente no puedo llevarlo hasta allá.

Entra el jefe de piso. La enfermera le avisó que estaba visitando a mi padre y se acercó hasta la habitación para hablar conmigo.

–Está mejor tu papá. Los análisis empezaron a dar bien. En unos días se va.

El médico sale y llegan los camilleros. Vinieron a buscarlo. Justo antes de que se lo lleven, gira la cabeza y me dice en voz baja:

–Acuérdate de lo que hablamos.

9.

Regreso a Vilcabamba convencido de que lo hago por decisión propia. Durante el viaje he tratado de poner mis ideas en orden. En Vilcabamba viven más y se enferman menos. El número de centenarios es diez veces superior al de cualquier otro lado. Circula una teoría que explica la longevidad: comen sano, no consumen productos industrializados y nadie usa pesticidas en los cultivos. La gente está convencida y lo repiten hasta el cansancio. Lo que no llego a entender es por qué en la Antigüedad, cuando los pesticidas aún no se habían descubierto y comer sano era la única de las posibilidades, la gente vivía menos que ahora. Por qué cuando no existían productos industrializados y la tierra no estaba contaminada –por la simple razón de que no se había inventado nada que pudiera contaminarla–, los seres humanos no vivían hasta los ciento cincuenta en cambio y se morían a la edad promedio de treinta y cinco años. La contaminación puede ser letal, no hay duda, pero su ausencia no explica que la vida se prolongue más allá de los límites que conocemos.

10.

Isabel Aguirre tiene setenta y cinco años. Parece muchísimo menor. Es la dueña de la hostería de Vilcabamba, algo que se nota cuando pasea por el parque, entre las mesas tendidas al aire libre, con su vestido rojo y su collar de perlas blancas. Tiene el pelo oscuro y largo. Lo usa tirante, prolijo, dejando al descubierto un rostro firme y agradable. Además de la hostería también es dueña de una hacienda ganadera en el norte del Ecuador. Cuando vivía allí apenas podía caminar. Aguirre padecía lo que ella llama una enfermedad cardiovascular avanzada. Sus arterias se habían endurecido y para que la sangre circulara a través de ellas, el corazón debía hacer mucho esfuerzo. Como cualquier músculo que se ejercita, el corazón de Aguirre había comenzado a crecer.

Tener un corazón grande siempre es problemático. No hay oxígeno que le alcance. Por eso duele y sufre y no funciona como antes. Aguirre sentía que le faltaba el aire. Estando tan afectada, el día se le presentaba siempre cuesta arriba y por la noche estaba tan agitada que no podía descansar. Le dolía el pecho y todo era desesperanza. Visitaba a su médico, le contaba sobre su evolución y de la consulta se llevaba una receta que guardaba en la cartera antes de pasar por la farmacia y entregársela al boticario. Siempre había un nuevo medicamento para añadir a la lista de fármacos que consumía a diario. Muchos remedios y poca mejoría.

Cuando le propusieron venir a Vilcabamba aceptó sin mucha esperanza, y para su sorpresa, al poco tiempo de vivir en el valle, volvió a respirar. Podía andar sin agitarse, como cuando era muy joven y caminaba por su hacienda sin detenerse a descansar, obligada por la falta de aire. Su presión arterial fue disminuyendo hasta alcanzar niveles normales y ahora se maneja sólo con una pastilla. Lo hace para darle el gusto al médico. En realidad no la necesita. Lo que necesita es quedarse en Vilcabamba para siempre. Por eso construyó la hostería.

Le pregunto si viene gente. Me contesta que sí, que desde que se puso en marcha el proyecto San Joaquín, hay muchos extranjeros.

El San Joaquín es un emprendimiento privado, una enorme hacienda dividida en lotes, a dos kilómetros del pueblo, entre los Andes y el río. Es para quienes sueñan con comprar el seguro de la longevidad. Un sueño que no es para cualquiera. El proyecto está liderado por Joe Simonetta, egresado de la Harvard Divinity School (una de las escuelas de la Universidad de Harvard que se dedica a la enseñanza de religión). La promoción lo dice claro: «Únase a nosotros, estamos buscando un grupo de personas de alta calidad». Después explica qué es gente de alta calidad. Son los que tienen costumbres saludables, son amables con los vecinos y respetan el mundo natural. ¿Quién puede oponerse a estas tres reglas? Parecen inofensivas. Sin embargo, pensar que hay gente de alta calidad, implica que hay otra, la mayoría, que es gente de baja calidad. La cercanía del tesoro de la longevidad despierta lo peor de cada uno.

Isabel Aguirre quiere devolver algo de toda la salud que recibió de Vilcabamba. Para eso, dos veces por semana, reúne a las centenarias bajo una pérgola blanca en uno de los sitios más frescos del jardín. Pasan la tarde contándose sus cosas mientras con paciencia arman cigarrillos de chamico.

Es una manera de darles trabajo, elaborando un producto regional, y también de mantenerlas activas, socialmente activas. Pero las ancianas demasiada ayuda no necesitan, lían el cigarrillo con destreza porque a ninguna le afectó ni le afectará el reuma. Además –y eso es envidiable– lo hacen sin anteojos. Con esa actividad pueden ganar dinero en efectivo. El chamico es de venta fácil. Entenderlo de una manera u otra es la diferencia entre tener una idea única para leer el mundo o que las ideas surjan del interior de cada una de las situaciones. En el primer caso, las centenarias serían parte de un supuesto cartel de estupefacientes de Vilcabamba; con la segunda de las opciones, seguirían siendo las abuelas del valle. Pero además ¿quién tiene autoridad para decirles a los vilcabambenses que lo que consumen les puede hacer mal a la salud? Pero hay, siempre hay alguien.

11.

El día que Yukio Yamori, profesor de la Universidad de Kioto, reunió al pueblo en esta misma plaza, tuvo una convocatoria casi total. Titular de cátedra en Japón y externo en Harvard, es una autoridad a la hora de dar recomendaciones para mantenerse saludable. Estudió a los longevos de Okinawa y estableció cuáles eran los hábitos que retardaban la aparición de la arteriosclerosis. Yamori dice que la clave está en la dieta. Original con las conclusiones. Cien gramos de pescado por día, veinticinco de soja y nada de sal. Cuando llegó a Vilcabamba se encontró con que algunos datos no coincidían. A diferencia de lo que ocurre en la isla de Okinawa, en el valle hay más longevos que longevas, apenas comen pescado y desconocen la cocina japonesa. Además, son amigos de agregarle sal a la comida. Sin embargo, la presión arterial de los vilcabambenses es sensiblemente menor que la del resto de sus compatriotas y, entre ellos, los infartos son una verdadera curiosidad.

Finalizada la investigación y antes de regresar a su tierra, Yamori arengó en la plaza al pueblo de Vilcabamba. Les pidió que se abstuvieran de seguir poniéndole sal a la comida. La cantidad que utilizaban era muy superior a la prudente. Ése era su consejo, el que les dejaba después de muchos años de estudio y de haber comprobado la eficacia de sus indicaciones en el resto del mundo.

Wilson Correa –veinticinco años de médico en Vilcabamba– encarna la memoria sanitaria del valle. El martes por la mañana, me atiende entre paciente y paciente, en uno de los consultorios externos del hospital Kokichi Otani, un dispensario ecuatoriano con nombre japonés. Hay una camilla, un armario de metal y vidrio, un escritorio y tres sillas. No hay ningún tipo de instrumental, apenas un tensiómetro y un estetoscopio que Correa guarda enrollado en uno de sus bolsillos. Nada que pueda considerarse equipo de alta tecnología. En cambio tiene una ventana que da a una calle ancha y polvorienta, envidia de cualquier institución sanitaria: la Avenida de la Eterna Juventud.

–Albertano Rojas. Ciento veintisiete años, paciente mío. Al hombre no le gustaba venir a la consulta pero lo traía la familia. La mujer, un hijo o un nieto.

–¿Y por qué venía?

–Al final estaba un poco senil, se olvidaba de las cosas, no reconocía a sus familiares.

Si a la cantidad de hijos que tienen se les suma los hijos de los hijos, da un número de familiares que para cualquiera es difícil de recordar.

El doctor Wilson Correa está convencido de que los que llegan a Vilcabamba con problemas de corazón se curan, en especial los hipertensos. Él mismo trató a muchos de ellos. Sin demasiada intervención de su parte, los vio curarse y abandonar la medicación. Cuenta que además son muy pocos los casos de diabetes o de otras enfermedades metabólicas.

–No se ve osteoporosis –la desmineralización de los huesos, frecuente en los ancianos– ni pacientes con cáncer.

–Pero, doctor, son todas patologías diferentes. Por su origen y por sus efectos poco tienen que ver una con otra.

–Yo le digo lo que veo.

No me convence. No puede ser. Pensar que en Vilcabamba hay una sola sustancia que mejora cualquier enfermedad, actuando sobre todos los órganos, sin importar que sus células, funciones y estructuras sean tan diferentes una de otra, no tiene el menor de los sentidos. Parece magia. El efecto de un elixir todopoderoso.

Otra posibilidad: algo retrasa el envejecimiento. Algún elemento en el valle detiene el proceso degenerativo que afecta a las células del cuerpo y que siempre aceptamos como inexorable. Quizá curarse de la vejez sea tan complicado e impensable hoy como hace siglos lo era de la tuberculosis.

–En Vilcabamba la gente come sano –dice Correa–. Como le decía, aquí se come muy sano, sin contaminantes. La gente toma un buen desayuno a la mañana y eso ayuda mucho. El aire es puro. En esta zona tenemos el wilco, árbol típico de Vilcabamba, que oxigena la atmósfera. También la familia. El lazo familiar es muy fuerte. El patriarca es respetado y mantiene a todos unidos. Aunque se puede cuidar solo, siempre lo acompaña alguien. En la casa se lo considera el jefe de familia. Esa unión de hermanos y ese cuidado por el patriarca son fundamentales.

–Discúlpeme, doctor, a uno de los centenarios lo vi viviendo en la calle.

–Sí, pero el clima es benéfico y ésos son casos aislados. La importancia de la familia es vital, por eso cuando uno de los centenarios fallece, lo velan durante tres días. Es un ejemplo: fue un hombre bueno, honraba sus deudas. El honor los hace vivir mucho. No hay infidelidades, ni engaños, ni estafas.

–Un paraíso.

–Exacto, acá los sonidos que se escuchan son los de la naturaleza. Imagínese, los centenarios salen a caminar y no hay ruidos molestos de máquinas o de gente estresada corriendo por dinero.

–Entonces, ¿por qué lo consultan?

–Poliparasitosis. Es la carta de presentación del hombre de campo. Vienen con varios tipos de parásitos, en especial intestinales.

–¿Hasta qué edad tienen hijos?

–Eulogio Carpio, cumplidos ya los noventa, se casó con Julia León, una muchacha jovencita. Tuvieron tres hijos. Después de haber hablado con él y con muchos como él, llegué a una conclusión: el sexo de los centenarios es frecuente y de buena calidad.

Hace unos años, me cuenta, vino al pueblo una gringa, no me acuerdo si era polaca o alemana. Estaba escribiendo un libro: «Cómo hacer el amor con un centenario». Era antropóloga y le pagaba a los viejitos para que tuvieran sexo con ella.

–¿Se quedó mucho tiempo?

–No tanto. El dinero se le acabó antes de lo que esperaba.

Fin de la entrevista. Sé que hay en curso algunos estudios para identificar los genes relacionados con la longevidad. Por ahora las investigaciones se realizan sobre el C. Elegans, un gusano hermafrodita y transparente. Aunque algunos opinen que por ser gusano, hermafrodita y transparente no se aleja necesariamente del género humano, lo cierto es que hasta el momento, las conclusiones obtenidas en el C. Elegans no son del todo aplicables para la generalidad de los hombres y las mujeres.

No encontré ninguna investigación sobre patrones genéticos de la población de Vilcabamba pero hay algunos datos para tener en cuenta. La gente del valle viene de diferentes lugares, no son una raza ni una comunidad cerrada que se preserva manteniéndose ajena a los demás. Los extranjeros mejoran al llegar y los que nacieron en Vilcabamba, cuando se van, viven mucho menos que aquellos que se quedan. Hay varios ejemplos porque es común que los ecuatorianos se vayan a trabajar fuera del país. El dinero que les envían a sus familiares es una importante fuente de divisas.

Todo inclinaría a pensar que la longevidad, al menos la de la zona, no es hereditaria, tampoco genética, sino la consecuencia de algo que ocurre en el valle. Y en el valle, más allá del poco visitado doctor Correa, no hay un sistema médico como en las ciudades. La gente subsiste sin necesidad de aferrarse a los medicamentos, sin internarse en clínicas para tratarse enfermedades terribles (no las tienen). Más que certezas sobre técnicas sofisticadas para vivir mucho, hay evidencias de una vida sencilla, austera. Mucho más no hay para averiguar.

12.

¿Por qué será que las fotografías que saqué no me convencen? Probablemente porque son nada más que fotos de gente mayor. La foto de un hombre de ciento quince años en Vilcabamba es igual a la de alguien de setenta y cinco de cualquier otro país. Por eso genera desconfianza. No es un documento, no es irrebatible. Con las entrevistas pasa algo parecido. Nada de lo que cuentan los ancianos es revelador. Hace falta estar atento y traer algo pensado para que, al escucharlos hablar, lo que digan cobre significado. La experiencia sin elaborar es un conocimiento precario. Prueba de ello es que los centenarios que entrevisté llevan una vida tan dura, que muchos estarían dispuestos a regalar los últimos cuarenta años de su vida para mejorar los primeros ochenta.

Ahora, en el bar La Terraza, un anciano bebe cerveza. Es diferente a los demás. No está trabajando la tierra. Está descansando y ocupa una mesa y dos sillas. Una para sentarse y otra para apoyar la pierna derecha. Es el primer longevo que veo con jeans gastados y buzo de algodón. Demora cada trago mientras se entretiene con una de las distracciones preferidas de la gente mayor: mirar pasar a otra gente. Puede ser una buena fotografía. Estoy a poca distancia.

Cuando me parezca el momento oportuno, podré levantar la cámara y retratarlo de cerca.

El hombre mira de reojo. Saca un teléfono móvil. Escucho que da una orden. Lo hace en inglés, acento británico. En un minuto una camioneta ultramoderna aparece en la plaza. El hombre sube y un chofer demasiado corpulento baja del vehículo y paga la cuenta. Luego desaparecen por la avenida Eterna Juventud. Cerca del bar había estacionada una segunda camioneta. Recién me doy cuenta cuando arranca para seguirlos de cerca. No distingo a sus ocupantes, los vidrios están polarizados. Miro en el visor de la cámara la foto digital que acabo de tomar. Un hombre mayor bebiendo una cerveza en el bar de un pueblo.