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Derek nació en Ilobasco, lo asesinaron en Milán.

Todos nacemos y morimos en algún lugar. Es ley de vida. Si la primera frase de esta crónica está reservada para datos en apariencia triviales es porque de seguro no lo son. Y no lo son porque el asesinato del joven Derek, en junio de 2013, desencadenó una serie de acontecimientos que crearon un hilo invisible y mágico entre las dos ciudades: la salvadoreña que lo vio nacer y la italiana que lo vio morir.

La de Derek es una historia de mareros, de incertidumbres y de muerte. Pero también lo es de esperanza, de fe y de humanismo. Condensa lo mejor y lo peor del género humano.

“Toñito ha dimostrato che il popolo salvadoregno è un grande popolo”, dirá dentro de cuatro horas la madre de Derek, Maddalena, ante unos 200 adolescentes del Instituto Nacional de Ilobasco. Ella prefiere llamarlo como lo llamaba cuando era un niño: Toñito.

Eso será a las 4 de la tarde, y todavía falta media hora para las 12. A Maddalena y Enzo, 60 y 63 años de edad, los padres adoptivos de Derek, acaban de traerlos a Ilobasco desde San Salvador en un Yaris blanco. Salen del carro y entran presurosos en la iglesia de El Calvario, en el barrio homónimo. Maddalena carga en sus brazos una maceta con una planta, comprada en un vivero sobre la carretera que viene de San Rafael Cedros.

La iglesia está vacía y fresca, envuelta en el silencio enigmático propio de los templos. Es un pabellón rectangular con paredes de ladrillo, techo falso y suelo embaldosado. Modesta pero acogedora.

Maddalena y Enzo conocen. Estuvieron acá hace tres años. De un solo caminan hacia el costado izquierdo. No muy lejos de la entrada principal, bajo una ventana, hay una vistosa placa en memoria de Derek. Es del tamaño de un televisor de 30 pulgadas, con una fotografía del joven. Sonríe con picardía. Su gesto es el de alguien que quiere comerse el mundo.

“Con tanta tristeza llevamos el recuerdo de ti a tu tierra de origen”, dice un fragmento del texto de la placa, que trajeron desde Milán.

Maddalena besa la foto de su hijo. Coloca la maceta con cariño en el suelo y la gira hasta que cree tener la aprobación de Derek. Luego abre su bolsón y de una cajita saca dos mariposas azuladas. Enzo mira el ritual en silencio. Maddalena pega las mariposas sobre la placa, cerca del rostro de su Toñito, con una especie de crema adhesiva. Luego se voltea con un gesto mínimo de satisfacción.

—Las hizo una amiga y me pidió que las pusiera –dice, aunque lo dice en italiano; ni ella ni Enzo hablan español.

Para estar más cerca de Derek, Maddalena se sienta sobre la parte de la banca que se usa para arrodillarse. Lo mira. Lo toca. Lo besa. Comienza a llorar.

***

Edenilson Antonio Durán Mincolelli nació en Ilobasco el 18 de noviembre de 1989, el mes en el que la guerrilla lanzó la ofensiva ‘Hasta el tope’, dos días después de que la Fuerza Armada masacró a los jesuitas en la UCA.

La guerra lo convirtió en un huérfano más. Unas monjas se hicieron cargo, lo llevaron a Guatemala, y lograron que lo adoptara una entusiasta pareja de Sesto San Giovanni, una populosa ciudad del área metropolitana de Milán. Antes de cumplir los 4 años, Edenilson Antonio ya era italiano. Mincolelli es el apellido de Enzo. Lo de Derek vino después y es más informal, una especie de sobrenombre exitoso que el propio joven eligió.

Maddalena y Enzo son gente religiosa y sencilla, trabajadores. Respetaron el apellido salvadoreño de su hijo, Durán, y no hicieron el más mínimo esfuerzo por ocultarle sus orígenes. Todo lo contrario. El Salvador siempre estuvo presente en el hogar de los Mincolelli.

Estimaciones conservadoras cifran en más de 40,000 los salvadoreños radicados en Milán y alrededores. Fuera de América, es la comunidad más numerosa y organizada. Al adolescente Toñito primero y al joven Derek después siempre les fascinó todo lo relacionado con su país de origen. Viajar para conocerlo devino casi una obsesión. Así las cosas, apenas logró cierta independencia juvenil, no le costó comenzar a relacionarse con migrantes salvadoreños o con los hijos de los que en los ochenta y noventa cruzaron el océano Atlántico.

Enzo definió a Derek como un salvadoreño con mentalidad de italiano; alguien enamorado de todo lo que rezumara salvadoreñidad, de todo, aunque ni siquiera hablaba español. Maddalena lo presentó como un joven de corazón noble, pero cándido: “Toñito amaba rodearse de amigos, pero no sabía distinguir que hay personas buenas y malas; para él todos eran amigos”.

Como parte del plan de ‘salvadoreñización’, Derek comenzó a salir con jóvenes que resultaron ser activos de la Mara Salvatrucha-13. Para 2013 esta pandilla acumulaba ya cinco o seis años tejiendo una red adepatada a la realidad de Milán, con jóvenes salvadoreños como materia prima básica. La MS-13 –también la 18– se había convertido ya en una de las preocupaciones de Sección de Criminalidad Extranjera de la Polizia di Stato, la división policial creada en 2005 para tratar de neutralizar la actividad creciente de las bandas latinas.

Derek desapareció en la noche del 29 al 30 de junio de 2013. Tenía 23 años. Al drama de la desaparición le sucedieron dos semanas de búsqueda e incertidumbre. En Italia, país diez veces más poblado que El Salvador pero poco habituado a este tipo de expresiones de violencia, el caso se coló con fuerza en la agenda informativa y acaparó el interés de la ciudadanía.

Hasta el 15 de julio no se tuvo certeza de su muerte. Un cadáver había aparecido el 3 de julio en un canal de agua de los suburbios, en el municipio de Pessano con Bornago, pero su estado de descomposición era tal que se creyó que era un hombre de unos 40 años y no se relacionó con Derek hasta la sentencia del ADN.

A Derek murió de un golpe violento en la nuca. Luego lo llevaron hasta el canal de Villoresi y lo tiraron. Los expertos en pandillas de la Polizia di Stato dieron máxima prioridad al caso e interrogaron a los jóvenes con los que había compartido las últimas horas, casi todos emeeses salvadoreños. La Sección de Criminalidad Extranjera se volcó, pero nunca logró determinar con precisión judicial quién o quiénes asesinaron a Derek. Nadie ha sido enjuiciado aún. Sobre los motivos, todo es pura especulación: que si lo mataron por negarse a cumplir alguna misión de la pandilla, que si tenía deudas por drogas, que si…

La misa funeral se celebró la tarde del 19 de julio en la iglesia Santa María Auxiliadora de Sesto San Giovanni, llena hasta la bandera. Maddalena: “Unas mil personas con distintos tonos de piel, de religiones diversas, jóvenes punk, roqueros, metaleros… diferentes entre ellos, pero todos con la misma tristeza en el corazón”.

Ese mismo día lo enterraron, en Italia.

Pero Maddalena y Enzo quisieron que una parte de Derek regresara a El Salvador. Y lo consiguieron.

***

Comienza a llorar Maddalena en El Calvario. Da un último giro a la maceta, para que sean menos las hojas que tapen la placa. Enzo, más mesurado, se sienta frente a su esposa. Se esfuerza por contener las lágrimas, pero fracasa. Han pasado casi cuatro años desde el asesinato, pero es evidente que todavía no han superado la pérdida de Derek.

—Il mio Toñito è un angelo –susurra Maddalena–. Un vero angelo!

A Derek nunca le sedujo estudiar, mucho menos la universidad. Aprendió electricidad. Con 16 años trabajaba y ganaba para sus gastos, algo que suena usual en El Salvador, pero que en Italia resulta casi subversivo. Cuando cumplió los 18, él mismo se pagó la licencia de manejo y compró su propio carro. Discotequeaba. Se tomaba sus tragos. Le iba muy bien con las chicas.

Sus padres hablan de él con orgullo desmedido.

La Polizia di Stato nunca dio con los responsables, pero los investigadores ataron los suficientes cabos como para tener la certeza de que alguna de las clicas milanesas de la Mara Salvatrucha está detrás del asesinato. Maddalena y Enzo lo saben. Han tratado, de hecho, de informarse sobre las maras. Pero nunca han permitido que su dolor se dirija contra la sociedad que exportó a Milán el fenómeno, contra El Salvador o contra los salvadoreños. Todo lo contrario. Por eso ahora están en esta modesta pero acogedora iglesia de Ilobasco.

***

Derek se fue bebé de Ilobasco y nunca regresó. Murió sin recuerdos propios de la ciudad ni del país. Sin embargo, Enzo y sobre todo Maddalena se sintieron en la obligación de respetar la extraña pero intensa relación de su hijo con El Salvador.

Siete meses después del asesinato, viajaron hasta Ilobasco. En ese viaje lograron el permiso del párroco de El Calvario para colocar la placa conmemorativa, algo mucho más complicado que lo que suena. La otra placa-lápida que hay en la iglesia honra a Bernardo Perdomo, alcalde en la segunda mitad del siglo XIX. hijo meritísimo, alguien que da nombre a calles y escuelas.

Un diente de Derek viajó desde Milán entonces, en febrero de 2014, y está detrás de la placa.

Maddalena y Enzo regresaron a El Salvador en febrero de 2017. Fue un viaje relámpago, de apenas unos días, para la inauguración simbólica –las obras aún no estaban finalizadas– de la construcción de una cancha de usos múltiples en el Instituto Nacional de Ilobasco, el INDI. Una donación.

Milán está a los pies de la cordillera de los Alpes, epicentro europeo del esquí. Hubo un tiempo en el que padre e hijo los fines de semana escapaban a esquiar. Como deporte peligroso que es, a Enzo se le ocurrió contratar un seguro médico por si ocurría algún accidente. Nunca tuvieron que hacer uso por la nieve, pero, tras el asesinato, supieron que el seguro era también un seguro de vida.

Maddalena y Enzo recuperaron ese dinero y convencieron a varios amigos italianos, que hicieron pequeños aportes. Quisieron dejar en Ilobasco, en memoria de Derek, una obra concreta y de impacto, algo más allá del simbolismo de la placa. Se apoyaron en Deidamia Morán, una de las lideresas de la comunidad salvadoreña en Milán. Buscaron el consulado salvadoreño en aquella ciudad, y el consulado canalizó hacia distintos ministerios. Entre todos eligieron el INDI, el instituto más concurrido de todo el departamento de Cabañas.

La donación fue de 22,000 dólares. Bien invertidos, han alcanzado para remodelar los servicios sanitarios de los estudiantes y para construir una cancha con todo y sus gradas, que podrá utilizarse también como salón multiusos. “Es un sueño hecho realidad”, les dijo Ronny Menjívar, el director del INDI, a los padres de Derek.

La inauguración fue el viernes 17 de febrero. Resultó un día tenso y largo y cansado para Enzo, pero sobre todo para Maddalena. Un día inolvidable. Ella fue quien tomó el micrófono y dijo aquello: “Toñito ha dimostrato che il popolo salvadoregno è un grande popolo”.

A Maddalena y a Enzo no les sobra el dinero. Y aunque les sobrara, no tendrían por qué donarlo en un país a 9,500 kilómetros de su hogar; un país que ni siquiera habían visitado antes del asesinato de su hijo; un país que engendró el fenómeno de las maras que se exportó a Milán.

—Su sonrisa no se ha apagado –dijo Maddalena, siempre en italiano, ante unos 200 adolescentes del INDI–, su sonrisa aún brilla en el corazón de todos los que lo quisieron, y ahora brilla también aquí. Toñito ahora es uno de ustedes, y su padre y yo lo imaginaremos siempre aquí, a un costado de esta cancha, animándolos. ¡Vivan, jóvenes, la vida que él no pudo vivir! ¡Y siéntanse orgullosos de tener un compatriota como él!

El discurso fue tan sentido que incluso a este periodista, que para tantas cosas se cree un témpano de hielo, se le escaparon las lágrimas.

***

En esta iglesia de Ilobasco, casi mediodía, llora Maddalena y solloza Enzo. Llevan unos 20 minutos junto a la placa de Derek. Silencios alternados con recuerdos y lamentos.

Enzo se para y dice que es hora de irse. Antes de las 3 de la tarde tienen que estar en el instituto y aún hay que almorzar. Maddalena también se para y, como si sintiera que aún no lo ha dicho todo, baja la cabeza y se despide con una sentencia cargada de resignación: “Nos lo llevamos de El Salvador para darle una vida mejor, pero la muerte lo siguió hasta Italia. Parece que ese era su destino”.

Maddalena vuelve a llorar y se agacha para dar a Derek un último beso. Enzo besa los dedos de la mano y los estampa contra la foto sonriente. En menos de 72 horas tomarán el vuelo de regreso a Italia. Y en la iglesia de El Calvario, no muy lejos de la entrada principal, bajo una ventana, quedará anudado uno de los dos extremos del hilo invisible y mágico que une Ilobasco y Milán.

ACTO PRIMERO: después del Sábado de Muerte

El Sábado de Muerte trasfiguró Córdova. Hay, valga el lugar común, un antes y un después de aquel 28 de noviembre de 2015, sábado. A media tarde, pandilleros de la 18-Revolucionarios bajaron de Los Troncones con fusiles, escopetas, corvos y pistolas. Durante al menos una hora se tomaron el caserío, obsesionados con encontrar indicios de sus enemigos de la Mara Salvatrucha. Encañonaron, retuvieron e interrogaron a cuanto joven y varón hallaron. Sentenciaron a tres: Juan Carlos, Moisés y Kevin. Los encaminaron unos cien metros. Los voltearon contra el piso. Los fusilaron. Saciados, los asesinos desaparecieron.

Después de aquel triple homicidio, el miedo a los muchachos de Los Troncones se terminó de apoderar de Córdova. Más de la mitad de las familias huyeron en los días y semanas posteriores. En silencio. Quizá para siempre. De 70 niños matriculados en 2015 en la escuela se pasó a 30 en 2016. Las maras evidenciaron –una vez más– su capacidad para aterrorizar comunidades enteras.

Casi un año después, la minoría que se quedó se refiere a la huida de la mayoría como “laemigración”. El caserío está en desgracia, dicen. Y si duro resultó para los que huyeron, no menos lo fue para los que permanecen. Cerraron, por ejemplo, las dos iglesias evangélicas, los únicos dos lugares de prédica, como si a Dios también le valiera la suerte de los cordovianos.

Hoy es miércoles y es octubre, 2016. Máximo Ramírez –delgado, tostado, platicador, 55 años– es de los que permaneció. Su edad algo le ayuda en esto de lidiar con maras. Todos acá lo conocen como Mancho o don Mancho. Ahora, sentado sobre la rampa de entrada a la escuela mientras las mujeres sancochan unos elotes, habla desenfadado sobre su principal preocupación: un mapache.

El maíz de su pequeña milpa está doblado. Que un mapache le arruine 20 mazorcas cada día es un drama mayúsculo. Anoche se acostó a las 3 de la madrugada. Parecido anteanoche. Y también la noche anterior. Todo por matarlo. La mejor manera, dice Mancho, es con perros grandes y bravos que encaramen al intruso a un árbol. No sirve cualquier chucho. Un mapache como este, de los grandes y solitarios, franjas blancas y negras en el rostro, es capaz de encararlos y amedrentarlos. Ya encaramado, el hondillazo certero. Es triunfo doble: sosiego para la milpa y carne fresca para la cena. Pero Mancho no tiene perros grandes y bravos. Sus tres desvelos han sido por gusto. Anoche, el improvisado ‘plan B’ fue sacrificar a otro animal, desollarlo y confiar en la hediondez. “Maté a un zorrillo y lo amarré con un alambre; al mapache el zumo le da asco”, dice. Un par de zopes vuelan en círculos ahora, mediodía, sobre el olor a muerte.

Hasta hace tres años, hasta cuando los mareros comenzaron a ganar presencia, este era el tipo de problemas que quitaban el sueño en Córdova.

San Luis Córdova es un pedazo del cantón Los Troncones, municipio de Panchimalco, departamento de San Salvador. En línea recta, apenas 22 kilómetros distancian Córdova y el Hotel Sheraton. Pero el número es un espejismo. Pedrina, Jaime y Ricardo, los profesores de la escuela, viven los tres en el área metropolitana de la capital. Invierten no menos de dos horas y media para llegar, y otras dos y media para regresar. La travesía incluye una hora de caminata a campo traviesa, y cruzar un río traicionero: el Tihuapa.

Córdova ni siquiera es un poblado propiamente dicho. Es más bien una sucesión de casas desperdigadas a ambos lados de la calle destartalada que muere en el caserío. No hay plaza ni nada que se le parezca. Antes del Sábado de Muerte, eran 230 gentes. Hoy, menos de la mitad. No hay energía eléctrica. Cada quien se rebusca por su agua. Cada quien quema su basura. Cada quien construye su fosa séptica, en el mejor de los casos. Es ruralidad extrema.

Además de mapaches, zorrillos y zopes, en los cerros de Córdova hay venados, coyotes, cotuzas, gatos cervantes y gatos zontos, cusucos, garrobos verdes y garrobos prietos, auroras, chiltotas, tecolotes, gavilanes, chachalacas, masacuatas, corales, serpientes castellanas, alacranes, tarántulas y unas arañas cholas-cholas y temidas que acá las llaman casampulgas. Casi todo lo que se mueve es fuente codiciada de proteínas.

“Un su garrobo bien tostadito… juuummmm”, dice Carmen Vásquez –delgado, retostado, alguien que cuenta como mérito infinito comerse 10 tortillas en una sentada, 56 años–, y sonríe de imaginarse chupando los huesitos del reptil.

Cuando el caserío comenzó a vaciarse tras el Sábado de Muerte, Carmen, su esposa y el menor de sus hijos hicieron lo que casi todos: irse a la otra ribera del río Tihuapa. A Planes de las Delicias y Valle Nuevo, cantones ambos del municipio de Olocuilta. “La gente agarró miedo a los muchachos, y con miedo la gente se va, ¿veá? Cuando uno cree que lo van a matar, ¿veá? Aunque tal vez pidiéndole a Dios”.

En su caso, el hambre y la incertidumbre pudieron más que el miedo. Es de los poquísimos que a los pocos días regresó. En Córdova tiene su casa; precaria, pero suya. También tiene dónde sembrar; en un terreno de un vecino que migró a Estados Unidos. Maíz cuando comienzan las lluvias; frijol o maicillo sobre la milpa doblada. Las cosechas le abastecen para todo el año. Si son generosas, incluso puede vender una parte. Con esos granos básicos, los animales que fulmina con su hondilla, los cangrejos que saca del Tihuapa y algún que otro trabajo ocasional, tiene la subsistencia garantizada, que no es poco decir en un país como El Salvador.

Como si fuera guía de un museo, Carmen muestra las casas habitadas hace un año, amplias, solitarias y asilvestradas ya por la estación lluviosa. En un muro de ladrillos, a unos 300 metros de la escuela, hay un placazo azul cielo. Es de trazos torpes, como si fuera obra de un aprendiz de grafitero. El elemento central dice ‘MS’, en grande. A su izquierda, un puño con los dedos anular y meñique estirados. A su derecha, ‘Mara Salvatrucha’. Debajo, el nombre de la clica, ‘CGLS’, escrito dos veces.

El ‘CGLS’ es por la Cangrejeras Locos, del cantón Cangrejera, municipio de La Libertad. Está algo lejos, en la desembocadura del Tihuapa. Luego se explicará cómo y por qué uno de los tentáculos de esa clica de la Emeese cayó sobre Córdova. Es importante para entender esta historia. Pero conviene aterrizar antes la idea de cómo afecta el desplazamiento forzado a los que se quedan, comprender qué sucede cuando las maras generan una migración como la habida tras el Sábado de Muerte.

Cerraron las dos iglesias evangélicas. La más concurrida era la Iglesia de Dios Mundial. Cerró también la tienda mejor abastecida, la que sacaba de apuros aunque resultara algo más cara. Cuando se corrió la voz de que las maras estaban detrás de la despoblación, las visitas de vendedores ambulantes se redujeron casi a cero. Tampoco entraron más los intermediarios que buscan los excedentes de los agricultores para revenderlos en la capital.

Incluso la escuela se tambaleó. Su nombre es de una literalidad insípida: Centro Escolar Caserío San Luis Córdova Cantón Los Troncones. El código asignado por el Ministerio de Educación, el 86400. Es pequeña pero digna. A mediados de la década pasada, se benefició de la cooperación internacional. Es sin duda la construcción más vistosa de todo el caserío. Tiene su propio pozo de agua. Tiene retretes blancos. Tiene paneles solares que generan energía para el funcionamiento y que garantizan unos modestos ingresos al centro: los vecinos pagan una cora (25 centavos de dólar) por recargar su celular.

El Sábado de Muerte ocurrió poco antes de la vacación de fin de año. Luego, laemigración. Más luego, la incertidumbre. Hubo profesores que meditaron el traslado. Tras el reinicio de clases aparecieron pintadas de la Mara Salvatrucha en un muro. Un día forzaron la entrada y entraron a robar, algo que los docentes atribuyeron a jóvenes con algún grado de afinidad hacia la Mara Salvatrucha. La matrícula se desplomó el 57 %. Fueron semanas tensas. Pero a pesar de todo, las aulas siguen abiertas.

Más allá de los beneficios obvios para los 30 estudiantes inscritos, la escuela representa la expresión más sólida y constante del Estado salvadoreño en Córdova, casi la única. La unidad de salud más cercana queda allende el río, en Valle Nuevo. La Alcaldía de Panchimalco olvidó hace trienios que este caserío es parte del municipio. La Policía Nacional Civil apenas se deja ver; si hay un parto o alguien necesita hospitalización, envían un pickup desde Panchimalco si quien lo pide se compromete a pagar el combustible.

“Los policías en veces vienen, en veces no vienen. Después de la matazón sí vinieron seguidón algunas semanas, pero luego nada”, dice Mancho.

El miedo se mantiene en Córdova. Hay señales, de hecho, de que la Mara Salvatrucha no quiere dar por perdido este caserío. El placazo azul cielo lo hicieron meses después del Sábado de Muerte. También puertas y paredes de varias de las casas abandonadas han sido pintarrajeadas con las letras. El 16 de octubre, dos jóvenes de 17 y 23 años desaparecieron cuando regresaban de un culto sobre la calle a Los Troncones. Los hallaron al día siguiente, decapitados. En Córdova creen que eran o activos o simpatizantes de la Mara Salvatrucha, y que los asesinaron los dieciocheros.

“La semilla mala ya está regada en Panchimalco… y en todo El Salvador”, dice David Antonio Hernández –no tan delgado, tostado, profundamente religioso, 26 años–, resignado y encomendado a su dios. David y su esposa fueron alumnos de la escuela hasta 2009. La “semilla mala” echó raíces un lustro después. Hoy son padres de una niña de seis y de un niño de tres. Pero el Sábado de Muerte no logró sacarlos de su hogar, de su caserío.

“Nosotros no andamos en malos pasos y no somos familia de muchachos de ningún grupo”, dice. “No nos metemos con ellos, y ellos no se meten con nosotros”, dice. La familia camina martes y sábados hasta la Iglesia Profética Santidad a Jehová, en el mero Los Troncones. Dos horas ida, dos horas vuelta. “Dios en ningún momento nos desampara”, dice. Pero en Córdova, comulgar con el Ver, oír y callar parece más efectivo que la fe.

Si uno vive en lugares no controlados por una pandilla, cuesta dimensionar las razones que obligan a abandonar el hogar. También las razones para permanecer cuando la amenaza es tan sólida. Juzgar a los cordovianos, a los unos y a los otros, es un acto de soberbia intelectual. Las razones para irse o para quedarse son un mundo.

Carmen permaneció.

—¿Dónde es lo más lejos que ha viajado usted en su vida?

La pregunta es para tratar de dimensionar su sentimiento de arraigo.

—Ahhh… ¡yo he sido vagamundos! En Sonsonate vive un tío mío. He ido a las fincas, a cortar. He ido a Tepecoyo, al volcán de San Salvador, a Opico…
—¿En San Miguel ha estado alguna vez?
—De este lado sí no…
—¿Santa Ana?
—Hasta un sitio que le dicen El Congo he llegado. No crea, si cuando estaba
cipote sí he viajado yo. Y uno se quedaba hasta que le pagaban.

Juan Antonio Martínez –delgado, tostado por el sol también, uno de los líderes de la comunidad, 47 años– huyó de Córdova. Don Toño, le dicen. Se trasladó al cantón Valle Nuevo, con su familia. Valle Nuevo queda a unas dos horas a pie, con el Tihuapa de por medio. Muy de vez en cuando, Toño regresa a Córdova con su corvo bien afilado, para ver cómo está la casa que levantó con sus propias manos. Chapoda, limpia, recoge jocotes o limones.

“Emigramos unas 25 familias y… la verdad… yo quisiera regresar, porque acá nací, acá me he criado. En Valle es más difícil si uno es pobre. Acá uno cosecha, tiene sus palitos”, dice. Él y los suyos son víctimas de lo que técnicamente se conoce como desplazamiento forzado interno. Desplazados por las maras. En la que era su casa, en el terreno junto a la escuela, Toño habla y habla, como si sus problemas se resolvieran por solo compartirlos. Por un momento se envalentona: “Yo amo esto”. Amo, dice. Un verbo que los prejuicios hacen que cueste imaginar en boca de un hombre rural en su primera plática con un extraño. Don Toño ama esto. Y esto, Córdova, es lo que el Sábado de Muerte le obligó a dejar atrás.

***

ENTREACTO: los desplazados

Córdova es un ejemplo de manual de lo que Naciones Unidas convino en llamar desplazamiento forzado interno. Huir sin salir del propio país. En el mundo, estos traslados los suelen generar la guerra, la violencia política, religiosa o étnica, la violación sistemática de derechos humanos… En El Salvador, las maras –aunque no solo.

No es un fenómeno nuevo. En torno a 2008, los desplazados dejan de ser casos anecdóticos. Para 2011 ya son tendencia, siempre concentrados en colonias, barrios y cantones empobrecidos, el hábitat natural de las pandillas. Tras el fracaso del proceso conocido como la Tregua, en 2014, el fenómeno se viraliza. La prensa ha reportado docenas de córdovas regados por el país. Y los individuos o familias que huyen a título individual son incontables.

Pero el Estado salvadoreño se resiste a aceptar esta realidad, quizá porque hablar de desplazados supone admitir que las maras son poder establecido. Lo poco que se ha tratado de sistematizar sobre el tema ha sido iniciativa de las oenegés aglutinadas en la ‘Mesa de la Sociedad Civil contra el Desplazamiento Forzado’. Entre agosto de 2014 y diciembre de 2015 documentaron de forma artesanal 146 casos, con 623 afectados. La punta del iceberg nomás. Los ciento y pico de Córdova no están en ese listado. La Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos retomó el trabajo, lo maceró y en julio de 2016 presentó un demoledor informe de 64 páginas, el primero de esta naturaleza elaborado por una entidad estatal. Entre la docena de conclusiones, una que al gobierno le debería haber sentado como guacalada de agua helada: “Debido a que el Estado no reconoce el desplazamiento forzado interno, esto genera un impacto humanitario que dificulta una asistencia humanitaria efectiva y eficaz”.

***

ACTO SEGUNDO: el Sábado de Muerte

La zafra había iniciado una semana antes en El Salvador. Nadie en Córdova siembra caña de azúcar, por montuoso y aislado. Pero sí relativamente cerca: en las planicies que hay entre la carretera El Litoral y el mar.

Tras la quema, los cañaverales exigen cientos de brazos. Los empleadores lo saben. Acarrear mano de obra ha devenido un negocio en sí mismo. El salario de cortador es mísero, cinco dólares por tarea –es de machos terminar las dos–, más el rancho, la comida. Pero en economías de subsistencia como las de Toño, Mancho o David, ese jornal sabe a aguinaldo.

El Sábado de Muerte fue el particular inicio de la zafra en Córdova. Los cordovianos, unos 12 o 14 antes de, van a la corta en grupo. En los últimos años se ha convertido en ritual. Los hombres se despiertan dosquetrés horas antes de salir el sol. Se citan bajo algún palo. Caminan por veredas hasta Amayón, un cantón con calle transitable hasta la carretera El Litoral. Una auténtica procesión nocturna de cumeros surcando los cerros de Panchimalco.

En Amayón, tipo 4 de la madrugada, abordan un camión junto a otros hombres de otros cantones y caseríos aledaños. Todos citados para lo mismo. El camión los lleva a los vastos cañaverales de San Luis La Herradura o de otros municipios del departamento de La Paz, a deslomarse.

Juan Carlos Vásquez Benítez –21 años, uno de los jóvenes asesinados por la 18– mañaneó aquel 28 de noviembre de 2015. La zafra nunca le había entusiasmado. Había metido papeles para ver si le salía algo en San Salvador y no depender del jornal de cortador. “Para no tener que asolearse”, había dicho a sus amigos. A la espera de que le confirmaran si sí o si no, prefirió embolsarse unos dólares.

De los experimentados del grupo, a Juan Carlos le fue bien aquella mañana con la cuma. Logró devastar las dos tareas en ocho horas. Pero la alegría mayor resultó atrapar a un conejo sobreviviente de la quema. “Tamaño conejón”, dice casi un año después David, su amigo. También él estuvo en el cañal el Sábado de Muerte.

Bien amarrado pero vivo, Juan Carlos y su conejo fueron la sensación en el camión durante el viaje de regreso a Amayón. Más de uno lo devoró con la mirada. Planearon una merienda, nomás para los allegados.

El grupo regresó a Córdova bien pasada la 1 de la tarde. Juan Carlos voló a la casa, a pavonearse de su botín. Se bañó, se acicaló y rápido bajó a ver si hallaba a los cheros. Por ser sábado, sabía que los encontraría cerca de la Iglesia de Dios Mundial, la más concurrida en los últimos meses. El local era modesto pero digno: paredes de adobe recubiertas de concreto, techo de duralita, suelo embaldosado, baño. Hermanos de la misma congregación procedentes del puerto La Libertad habían ayudado a levantarlo pocos meses atrás.

Juan Carlos no se congregaba seguido. Tampoco su amigo Alcides Moisés Godoy Carrillo –20 años, otro de los tres asesinados por la 18–, que tenía a su pareja con ocho meses de embarazo. Pero habían oído que era un culto de acción de gracias. En plena etapa de captación de fieles, daban por seguro que al final habría reparto de café, sodas o pan dulce. Razón suficiente para merodear.

En esas apareció el comando de la 18-Revolucionarios del cantón Los Troncones. Serían las 2:30 de la tarde. Juan Carlos, Moisés y otras seis u ocho personas platicaban en el cruce de veredas ubicado 50 metros al norte de la iglesia. Todos jóvenes. Adolescentes varios.

Jóvenes y adolescentes también eran los muchachos del comando dieciochero, solo que armados con fusiles, escopetas, corvos y pistolas. Unos siete u ocho. A cara descubierta. Dos de ellos vestían pantalón y botas militares. De un solo encañonaron al grupo de Juan Carlos y Moisés. Con ellos estaba Kevin –13 años, el tercero de los asesinados por la 18–, nieto del pastor de la Iglesia de Dios Mundial. Kevin vivía en Planes de las Delicias, pero el culto lo había llevado a Córdova.

Los interrogatorios duraron no menos de una hora. Hay testigos que alargan hasta las dos horas aquella angustia colectiva del Sábado de Muerte.

Los pandilleros creen tener la habilidad de identificar cuando alguien estáen la juega. Es decir, si un joven es activo, chequeo o simpatizante de una pandilla contraria. Cientos de inocentes habrán muerto en la última década por esa creencia.

En Córdova sentenciaron a Juan Carlos, Moisés y Kevin. Tres vidas que no sumaban 55 años. Solo del adolescente, Kevin, los cordovianos consultados dicen que sí vestía flojo y que tenía alguna maña propia de los muchachos. En cambio, dice Mancho, Juan Carlos y Moisés “eran cumeros, como nosotros”.

A los tres los encaminaron unos 100 metros, a la curva de la calle que parte hacia Los Troncones. Los voltearon contra el piso, quizá entre lágrimas y ruegos por sus vidas. Los fusilaron con fusiles, disparos certeros para reventar las cabezas. “Pa, pa, pa, pa, pa… Como una guerra… Pa, pa, pa, pa, pa…”, dice Toño. Saciados, los asesinos desaparecieron.

Dicen que el pastor trató de mediar por ellos, por su nieto, pero que lo encañonaron y que le dijeron que mejor se alejara, que aquello no iba con él.

Lo más significativo quizá sea que nadie telefoneó a la Policía. Todos supieron que un comando de hombres armados estaba en el caserío. Los rehenes eran entre ocho y diez hijos, primos, vecinos, amigos. La ocupación de Córdova duró no menos de una hora. Pero nadie llamó a la Policía.

—¿Ahí los tuvieron, a la vista de todos?
—Ahí los tuvieron, embrocados –dice David.
—¿Nadie llamó a la Policía?
—¿Y cómo…? No… nadie…
—Pero… ¿por miedo?
—¿Y por qué más?

Quizá haya que formar parte de lugares como Córdova, donde el Estado es tan pero tan raquítico, para asumir que si un comando de pandilleros armados se toma el caserío, lo normal es no llamar a la autoridad. Pero así pasó.

El 28 de noviembre de 2015, la 18-Revolucionarios fusiló a Juan Carlos, Moisés y Kevin. El triple homicidio, virajes extraños que tiene la vida, le valió el indulto al gran conejo que unas horas antes había viajado amarrado desde los cañaverales de San Luis La Herradura. La familia de Juan Carlos lo liberó. “No lo quisieron comer, por tristeza”, dice David.

En los días y semanas posteriores, se vino laemigración.

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ENTREACTO: los refugiados

Los cordovianos que cruzaron con enseres el río Tihuapa son una resulta de los esquemas de terror que las maras mantiene en sus canchas. Son desplazados internos. En cuenta aparte va la migración trasfronteriza, esa que se conjuga con palabras como exilio, asilo o refugiados. Para vigilar esta otra expresión, existe una entidad supranacional: el ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

El Triángulo Norte de Centroamérica se considera la región más violenta del mundo. De los tres países, según el ACNUR, los salvadoreños son de largo los que más solicitudes de asilo gestionan ante gobiernos extranjeros: 23,000 en 2015, que es como si todos los vecinos de Suchitoto huyeran en un solo año.

Estados Unidos es y será el destino preferente, pero México, Belice, Costa Rica y Panamá –y en menor medida Nicaragua– han emergido en 2015 y 2016 como receptores de salvadoreños que huyen. Las cifras oficiales horrorizan. Perfilan un drama infinito. Pero las cifras reales son todavía más duras. También entre los que en su huida cruzan fronteras existe un vigoroso subrregistro: lo que migran para salvar sus vidas y no sienten como necesidad urgente regularizarse en el nuevo país.

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ACTO TERCERO: antes del Sábado de Muerte

El devenir de un sinnúmero de colonias y cantones de El Salvador está ligado a las maras desde hace 15 años o más. Pero no es el caso de Córdova. El influjo de las letras y los números  comenzó a sentirse apenas un par de años antes del Sábado de Muerte. Al igual que en otras áreas rurales del país, la Tregua contribuyó a generar las condiciones para que la semilla germinara.

La implantación del fenómeno en el mero Córdova, sin embargo, es modesta. Para cuando el triple homicidio, ni siquiera operaba una clica propiamente dicha. La Mara Salvatrucha tenía y tiene presencia, pero más testimonial que otra cosa. Un puñado de jóvenes que entró en contacto con los mareros del otro lado del río Tihuapa, y que fantaseaban con convertirse en pandilleros. Nada de extorsiones. Nada derentas. La pegada de los  ieciocheros de Los Troncones frenó la propagación de la Emeese de forma más efectiva que las fuerzas de seguridad.

El Tihuapa al sur y el lamentable estado de la calle hacia Los Troncones al norte definen el caserío. No tienen energía eléctrica por el aislamiento, pero ese aislamiento quizá sea también la razón para que se mantuvieran lejos las maras. En Los Troncones, la 18 se asentó firme la década pasada. La Mara Salvatrucha hizo de Cangrejera y Valle Nuevo plazas fuertes en los mismos años. Córdova queda en medio.

Si se escarba más atrás en el tiempo, en los ochenta y noventa, parecía que este caserío tendría un mejor futuro. La guerra civil apenas se sintió. Operó una hacienda de la que aún hoy se aprecian vestigios. El nombre del dueño, el finado Miguel Palomo, aún hoy se pronuncia con devoción. “400 reses había, ganado chulo”, dice Mancho con un dejo de orgullo. Además de ganado, se sembraba. Un camión cargado de guineos se atrevió a cruzar el Tihuapa durante una tormenta, pero la repunta lo volteó, lo arrastró y esparció la carga río abajo. Los cordovianos que peinan canas lo cuentan como ejemplo insuperable de esplendores pasados.

Las celebraciones eran celebraciones de verdad: el Día del Trabajador, el Día del Niño… Llegaban músicos y llegaban con pesados equipos de sonido, a caballo. “El caserío se llenaba de gente como usted no se imagina”, dice Toño.

Pero la hacienda cerró. Y la calle se malogró. Sin su principal fuente de empleo y abandonado por el Estado, el caserío se limitó a administrar su deterioro. La mejor herencia de aquellos años de aparente prosperidad quizá sea la escuela. Guardan trofeos de cuando de entre los alumnos salían equipos capaces de medirse de tú a tú con centros escolares de todo Panchimalco y de Olocuilta. Aún en 2007, el número de alumnos inscritos fueron 106, contra los 30 después del Sábado de Muerte.

Pero para esta historia lo más relevante es el pasado más cercano, cuando logra germinar de la “semilla mala” de las maras.

Córdova es parte de Los Troncones, controlado por la 18-Revolucionarios. Pero el caserío vive de espaldas a Los Troncones. Desde antes de la irrupción de las pandillas. Y así será mientras la calle sea un chiquero. El aislamiento es muy marcado, pero los cordovianos miran más al otro lado del Tihuapa, a los cantones Planes de Las Delicias y Valle Nuevo, a Olocuilta. La mayoría de los duis han sido expedidos en Zacatecoluca. Es la relación natural, la del día a día. A pesar de que si se mira un mapa es la opción menos recomendable, los profesores de la escuela viajan a diario desde la capital hasta Planes de las Delicias, vía carretera al aeropuerto. Y de ahí caminan a Córdova.

A Valle Nuevo llegó el influjo de la CGLS, la Cangrejeras Locos, una de las clicas del poderoso programa de La Libertad, de la Mara Salvatrucha. Ambos cantones están sobre la carretera de El Litoral.

Planes de las Delicias es un cantón sin maras. No es así nomás que no las haya. Una parte de sus vecinos tiene relación con la Fuerza Armada. Están organizados para cortar de raíz cualquier intento de las pandillas por establecerse.

Cuando laemigración, los menos se fueron a Planes de las Delicias. Los más, a Valle Nuevo, como Toño y los suyos. No todos pudieron elegir. En Planes recelan de todo lo que tenga aroma a pandilla. Y algunas de las familias que tuvieron que dejar todo en Córdova viajaban con la sospecha de que algún hijo o sobrino o hermano tenía relación con la Mara Salvatrucha. En Valle Nuevo, cancha firme de esa pandilla, el recibimiento fue mejor.

“En Valle Nuevo los muchachos son más respetuosos. Ahí usted entra y te preguntan: ‘¿Es familiar del tal? Está bueno, puede entrar, aquí no le pasa nada, aquí lo cuidamos, aquí solo no queremos que vengan infiltrados’. Eso es lo único que temen ellos”, dice Toño.

Lo ya escrito: juzgar a los cordovianos mientras se lee esto en un smartphone o una computadora, sin saber qué supone vivir en una comunidad controlada por las maras, es un acto de soberbia intelectual. Toño, los demás desplazados, los que permanecieron y los profesores son, ante todo, víctimas. Víctimas.

El Sábado de Muerte trasfiguró Córdova. Los que se quedaron se esfuerzan para que el caserío no muera. Mantienen la esperanza de que los desplazados regresen. La batalla de las últimas semanas, acuerpada por los profesores de la escuela, es que las alcaldías de Panchimalco y Olocuilta construyan una pasarela o un puente que permita cruzar el Tihuapa sin tener que jugarse el físico, como ocurre durante la estación lluviosa.

El propósito es noble: atenuar el aislamiento de Córdova y de sus gentes. En la misma línea, está tomando fuerza la idea de que traerán la energía eléctrica desde Los Troncones. Dicen que empleados de la distribuidora Delsur ya han hecho mediciones. Pero en El Salvador, donde el fenómeno de las maras se dejó crecer tanto que buena parte del país está ya parcelado en áreas de influencia de las tres pandillas principales, cuesta identificar estas buenas iniciativas como noticias buenas.

Dos meses de investigaciones después, la Unidad Especializada Antipandillas de la Fiscalía General de la República cree que Miguel Ángel Deras Martínez, de 22 años, es un marero que pasó la mañana del 3 de marzo de 2016 en el caserío Las Flores, del cantón Agua Escondida, municipio de San Juan Opico. Aquel día y en aquel lugar, dice la solicitud de imposición de medidas, una clica del Barrio 18-Revolucionarios asesinó a 11 salvadoreños: ocho empleados de una distribuidora de energía eléctrica y tres jornaleros. Los asesinaron con crueldad extrema y grabaron partes de la matanza con celular, para regocijo de las redes sociales de la sociedad más violenta del mundo.

Dos meses de investigaciones después, la Fiscalía y la Policía Nacional Civil creen que Miguel es un terrorista que participó en la masacre de Opico. Pero hay otra versión que dinamita la versión oficial, que señala que han detenido al joven equivocado, y que ubica a Miguel aquella mañana del 3 de marzo en el mercado Central de San Salvador, comprando conchas, pancitos y camaroncillo.

La Fiscalía acusó ya formalmente a Miguel y a otros ocho adultos de ser miembros de la clica Vatos Locos Primaveras. “Todos son autores directos y realizaron funciones propias para privar de libertad a las víctimas y quitarles la vida”, dice José Ernesto Castaneda Guevara, el fiscal que lleva el caso.

“Sinceramente… me duele lo que le han montado a mi hijo, porque ese día él estaba por San Salvador, a comprar conchas para la coctelería que administra”, dice Miguel Ángel Deras padre, veterano empleado de la alcaldía de Quezaltepeque, de la que llegó a ser administrador de mercados durante la gestión del Manuel ‘Chino’ Flores, hoy diputado por el FMLN.

Al igual que el padre, docenas de amigos, vecinos, familiares y conocidos creen que fiscales y mandamases policiales se equivocan cuando aseguran que Miguel pasó la mañana del 3 de marzo en Opico. Dicen que Miguel ni siquiera es pandillero.

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La de Opico quizá sea la masacre atribuida a las maras que más impacto ha generado en la sociedad salvadoreña desde la quema del microbús en Mejicanos, en junio de 2010. A la brutalidad de la cifra, 11 trabajadores salvadoreños asesinados con corvos, pistolas y armas largas, se sumó que a mediados de abril se filtró un vídeo grabado por uno de los pandilleros que perpetraron la matanza, en el que se aprecia cómo machetean la nuca de uno de los empleados, tirado contra el suelo con las manos amarradas a la espalda.

Desde el inicio, el gobierno –embarcado como está en una guerra abierta contra las pandillas– quiso mostrar firmeza y efectividad. En las horas posteriores a la masacre, desplegó a cientos de policías y soldados en la zona, que se tradujeron en más de 80 detenciones.

El 7 de marzo, en una conferencia de prensa del gabinete de Seguridad encabezada por el presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén, se informó que el caso estaba en vías de resolución. “Son 82 capturados que pertenecen a grupos de pandillas de la MS-13 (Mara Salvatrucha)”, dijo Sánchez Cerén, apenas unos minutos antes de que el director de la PNC, Howard Cotto, detallara la desarticulación de cuatro clicas de la referida pandilla y dijera incluso que habían determinado que las órdenes para cometer la matanza procedían de los penales de Ciudad Barrios y del Sector 2 de Izalco, donde el Estado recluye solo a emeeses.

En esta imagen descargada de la cuenta Facebook, Miguel y tres amigos asisten el 18 de mayo de 2013 al Estadio Óscar Quiteño de Santa Ana, para ver el partido de vuelta de la semifinal entre Juventud Independiente y FAS, el equipo del que Miguel era fanático.

Sin embargo, apenas un día después, la Fiscalía desdeñó las pesquisas de la PNC, y anunció que no presentaría cargos relacionados con la masacre contra ninguno de los detenidos.

A partir de entonces, la Unidad Especializada Antipandillas de la Fiscalía tomó las riendas de la investigación que, dos meses después, cuajó en órdenes de detención contra cuatro menores de edad y nueve adultos, supuestos integrantes de una clica de la pandilla 18-Revolucionarios con base en el municipio aledaño de Quezaltepeque.

Según la reconstrucción de los hechos realizada por la Fiscalía, que cuadra con el testimonio de un vocero de las pandillas al que ha tenido acceso un periodista de la Sala Negra de El Faro, el grupo de dieciocheros se desplazó armado con fusiles, escopetas y pistolas a Opico, a un sector controlado por la Mara Salvatrucha, para hacer unapegada, para matar a enemigos. Al no hallar a ninguno, cometieron la masacre con la idea de calentar la zona, para que el Estado se desquitara contra los emeeses.

“Tenemos una gama de prueba documental, pericial y testimonial”, dice el fiscal Castaneda Guevara. “Tenemos testigos presenciales que nos aportan elementos que contribuyen a establecer las circunstancias en las que sucedieron los hechos y el nivel de participación de cada uno de los procesados en el mismo”, dice. “Contamos con un vídeo”, dice.

En otras palabras, la Fiscalía ha negociado con un exintegrante de la clica presente en la matanza, lo ha bautizado con el sobrenombre de Islámico, y le ha ofrecido criterio de oportunidad, que no es más que beneficios a cambio de poner el dedo a sus homeboys.

En este contexto es que la Fiscalía acusa a Miguel de ser un asesino desalmado.

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Miguel cumplió 22 años en abril. Cuando uno navega en su página de Facebook, lo que halla son continuas referencias a su novia, a su familia, a sus amistades y a los dos equipos de fútbol de su preferencia: el Club Deportivo FAS y el Fútbol Club Barcelona. Es un joven en apariencia enamoradizo, risueño y apegado a los suyos. Sus últimos dos mensajes los dedica uno a su novia (“Un año 3 meses mi amor atu lado te amo mi vida eres lo máximo”, el 14 de mayo), y el otro a su madre (“Feliz día de la madre le doy gracias ah Dios por permitirme tenerte ami lado un año más te amo mama”, el 10 de mayo). El joven que se ve en las fotos viste zocado, camisolas sport o camisas abotonadas, tenis discretos, todo en las antípodas del look atribuido a las pandillas. “Mi hijo no está tatuado ni usa aritos… nada”, dice Ana Lilian Martínez, la madre. En una pared de la habitación en la que vive, en casa de sus padres, Miguel pintó en letras grandes y rojas ‘Guns N’Roses’, el nombre de la banda metalera estadounidense, alejada de los gustos musicales que se presuponen a los mareros.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

Miguel Ángel Deras Martínez (al centro) espera la audiencia de imposición de medidas en el Juzgado Especializado de Instrucción por supuesta participación en la masacre de Opico. Foto Fred Ramos.

En la investigación lo han bautizado con la taka Slipy, Miguel Ángel Deras Martínez (a) Slipy de la Santa María, y dicen que disparó en la nuca a una de las víctimas con una 9 mm de fabricación checa. “Pero Miguel le decimos nosotros; Miguel o Miguelito, eso de Slipy se lo han inventado”, dice uno de los amigos, que pide no ser identificado por miedo. “Nosotros somos el círculo de amigos y le decimos Miguel”, apuntala. Otros cinco amigos presentes asienten. A pesar de que a Miguel le tocó ser joven en Quezaltepeque, quizá el municipio salvadoreño más estigmatizado por la violencia, no tiene antecedentes penales de ningún tipo. Ni él ni nadie de su círculo familiar cercano.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

La familia de Miguel es una familia integrada por padre, madre y tres hermanas mayores. Son clase media y viven en una casa grande ubicada en la Lotificación Antonieta, donde no hay una presencia activa de pandillas. Ana Lilian tiene un puesto en el mercado de Quezaltepeque. Miguel Ángel Deras padre trabaja para la alcaldía desde hace 27 años, salvo el trienio 2012-2015, cuando Arena llegó al poder y lo despidió por ser uno de los cargos de confianza del hoy diputado efemelenista Manuel ‘Chino’ Flores. “El Chino es gran amigo mío; de niños, sus hijos y Miguelito jugaban juntos en el mismo equipo de fútbol”, dice el padre. Miguel se graduó en 2012 de bachiller general en el Instituto Nacional Juan Pablo II, en Nejapa, y el despido de su padre lo desanimó de ir a la universidad. En 2015, Miguel Ángel Deras padre se reintegró en la planilla de la municipalidad, amparado por una sentencia judicial. Con el dinero de la indemnización por la improcedencia del despido, alquilaron un localito en el centro de Quezaltepeque y abrieron una coctelería, que tiene los cócteles de conchas y de camaroncillo como principal reclamo de su menú. El negocio lo administran Miguel y Alberto Domínguez.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

En un municipio como Quezaltepeque, en el que las fronteras de los sectores controlados por la Mara Salvatrucha o el Barrio 18 están muy delimitados, Miguel se mueve con relativa libertad. Vive en la Antonieta, rodeado de canchasfirmes de la 18; lleva a su sobrina al Colegio Adventista, en la otra punta de la ciudad, cerca del redondel de la fábrica Corinca; el puesto de su madre, que visita con frecuencia, está en un sector del mercado bajo influencia de la Mara Salvatrucha; la coctelería, a tres cuadras del parque Central. Viaja seguido a la capital, a Santa Ana para ver al FAS, incluso hace escapadas con sus amigos a la playa El Tunco, en La Libertad. No parece el tren de vida de un mareroactivo.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

Un veintena de personas juran y perjuran que la mañana del jueves 3 de marzo, día de la masacre de Opico, Miguel hizo lo mismo que el 2 y el 4 de marzo, su rutina desde que comenzó a administrar la coctelería a mediados de 2015. Mañaneó, fue a dejar en mototaxi a su sobrina al Colegio Adventista, incluso se tomó una foto con ella que subió a su Facebook a las 7:22 a. m., se reunió con su padre para que le diera 30 dólares, se fue en Coaster con una mochila alpina al sector de mariscos del mercado Central de San Salvador, donde compró 150 conchas a nueve dólares el ciento, dos dólares de pancitos duros y el resto en camaroncillo fresco. Regresó tipo 10 y media para abrir la coctelería y se puso a jugar maquinitas; en esas estaba cuando llegó su socio Alberto Domínguez, quien también respalda con su testimonio la versión.

Pero la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero, de que su taka es el Slipy de la Santa María, y de que es un asesino desalmado.

Habitación en la que vive Miguel Ángel Deras, en la que no se aprecia la más mínima referencia que implique la pertenencia al Barrio 18 que la Fiscalía atribuye a Miguel Ángel Martínez. Guns N’ Roses es un reconocido grupo metalero estadounidense, en las antípodas de la música rap y hip-hop con la que más se identifica el fenómeno de las pandillas. Foto Roberto Valencia.

A Miguel lo detienen unos minutos antes del mediodía del martes 17 de mayo, en su día libre. A las 10:52 a. m. había escrito su último mensaje de Whatsapp a su novia, Jackeline Jiménez: “Okizz mi amor aver si no viene cansada”. Un pick up nuevo y blanco, sin ningún tipo de distintivos, llegó con seis militares y dos policías. Él les abrió y se lo llevaron a la subdelegación policial de Quezaltepeque, y de ahí, ya en la tarde-noche, a las bartolinas de Lourdes, en Colón, que por su tamaño y hacinamiento ya se conocen con el sobrenombre del Penalito. Esa detención se tradujo en dos procesos judiciales distintos: el primero, por agrupaciones ilícitas –nombre legal que recibe la pertenencia a una mara u otra agrupación de naturaleza criminal–, con un requerimiento fiscal tan débil que incluso mentía al aseverar que Miguel fue detenido a las 7 de la noche en la colonia Primavera, y sobre el que el Juzgado Primero de Paz de Quezaltepeque concluyó, el lunes 23 de mayo, que ni siquiera ameritaba la detención provisional; el segundo proceso es el de la masacre de Opico, por el que el fiscal Castaneda Guevara pide no menos de 344 años de cárcel para Miguel, e igual número para los otros ocho involucrados.

Porque la Fiscalía está convencida de que Miguel es pandillero.

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Mediodía del lunes 23 de mayo de 2016. Miguel sale de la pequeña sala que acoge el Juzgado Primero de Paz de Quezaltepeque. Lleva la camisola y los chores blancos que la PNC entrega ahora a los detenidos relacionados con pandillas. Una juez acaba de decirle que el caso con el que la Fiscalía pretendía que él y otros cinco jóvenes fueran privados de libertad por agrupaciones ilícitas no tiene sustancia suficiente. Miguel luce somnoliento y huele a bartolina, pero acepta platicar.

—En realidad… no sé qué hago aquí, porque yo no tengo ningún vínculo con pandillas –dice.
—Alguien ha tenido que decir que formas parte de la clica.
—Pero no tengo ni la menor idea. Adentro he hablado con los bichos, y ellos mismos me han dicho que ni saben por qué yo estoy aquí. Uno me dijo: “Sí se pelaron con vos…”

En la solicitud de imposición de medidas de la Fiscalía identificada como 64-UDHO-LL-16, la referida a la masacre de Opico, el testigo criteriado Islámico identifica con precisión al Slipy de la Santa María como uno de los jóvenes que participó en la matanza, con un rol destacado. En la página 17 lo describe: “De 18 años de edad aproximadamente, de complexión física delgada, piel negra, cabello negro, de un metro con sesenta centímetros de estatura aproximadamente, residente en colonia Santa María, Quezaltepeque, no le ha visto tatuajes y es soldado o gato de la cancha de la Santa María”. Miguel tiene 22 años, es chele y vive en la lotificación Antonieta, casi en la otra punta de la ciudad.

—Yo no soy pandillero y no tengo… o sea, enemigos, o sea… yo no tengo enemigos –dice Miguel.
—¿Cómo explicas lo que te está pasando?
—No le he hallado… porque yo jamás me he metido en problemas. Ni sé por qué me tienen vinculado.

Al salir del juzgado, un hombre llamado Carlos González se acerca al periodista, se identifica como amigo de Miguel y pregunta por él. Con el celular muestra un par de fotos de hace varios años en las que se ve a ambos. A Carlos todos le dicen Charly, tiene una parte del pelo teñido de rubio, viste colorido y vive de su puesto en el mercado de Quezaltepeque, donde arregla ropa. Es homosexual y lo lleva con orgullo.

En el submundo de las pandillas, la homosexualidad –el culerismo, dicen– está vista como una de las desviaciones intolerables en un homie, razón más que suficiente para ser asesinado. Miguel y Charly son amigos desde hace años.

Pero el fiscal Castaneda Guevara está convencido de que Miguel es pandillero.

Mareros en Milán

Publicado: 9 mayo 2016 en Roberto Valencia
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Miles de milaneses maldijeron a Zinedine Zidane. Aquel cabezazo incrustado en el pecho de Marco Materazzi lo repitieron en las pantallas de la Piazza del Duomo una y otra y otra vez, con furia creciente entre los miles de ‘tifosi’ milaneses, furia hecha propia por un pequeño grupo de pandilleros de la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 que participó en el súbito acto de repulsa colectiva.

Zinedine Zidane puso fin a su carrera con una roja directa maldecida y vitoreada por un país, Italia, que media hora después gozó como solo un pueblo de esencias futboleras sabe gozar cuando deviene campeón del mundo. Los salvadoreños, fascinados con la posibilidad de sentir como propias alegrías futbolísticas ajenas, se habían dejado contagiar por el delirio de aquella final. La vivieron una cerveza tras otra y desde privilegiada ubicación, a los pies de la más gigante de las pantallas, cortesía de galletas Ringo. Todos eran mareros de larga data: Loco 13, Salado, Sleepy, Mecha…

Algunos generarían sonoros titulares en la prensa italiana en los años sucesivos, protagonistas del fenómeno de ‘le gang latine’, pero la noche mágica del cabezazo eterno solo fueron unos hinchas más de la Azzurra. Jóvenes con tatuajes irreconciliables que gozaron contra natura, ajenos por voluntad propia al odio a muerte entre sus pandillas. La noche del 9 de julio de 2006, en la prehistoria de la implantación de las maras en Milán, emeeses y dieciocheros maldijeron a Zinedine Zidane en insólita hermandad.

Aunque no tardaría en desbocarse todo… en regresar a la normalidad.

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Para hallar huellas de las maras en Milán no es necesario perderse en los suburbios. Tiger, un pandillero salvadoreño con el que entré en contacto dos años atrás, me ha citado hoy en plaza Cadorna, tan céntrica que 15 minutos a pie bastan para llegar a Piazza del Duomo, el mero corazón de la ciudad.

—Tenemos que ir a Centrale –dice nomás verme, y trata de aparentar que no está preocupado.

Tiger aterrizó en Italia la década pasada, con veintipocos. Dieciochero desde finales de los noventa, había conocido dos cárceles como menor y otra como adulto. Como la mayoría de los de su generación que pasaron años entre rejas, su cuerpo es un lienzo, con tatuajes visibles incluso vestido como viste ahora: jeans, chumpa hasta la barbilla y gorro de lana. Esta madrugada de inicios de diciembre el termómetro bajó a -1 ºC en Milán. Tiger habla perfecto italiano y… y hasta aquí. No contar más fue la condición para que me compartiera las intimidades de su pandilla. Tiger, de hecho, no es el verdadero aka del Tiger.

En El Salvador desempeñó un papel intermedio en una clica del interior del país. En Italia, sin pretenderlo, fue de los que más contribuyó a parar el Barrio 18. Hoy Tiger es un peseta, un traidor, alguien que en los códigos de las maras merece la peor de las muertes. Su vida es y será una escapada eterna. Pero, superada esa desconfianza respecto del extraño tan propia entre los pandilleros que han tenido la inteligencia suficiente para llegar a treintañeros, la sentencia a muerte lo convierte en una fuente prodigiosa. Los que siguen activos raramente cuentan interioridades relevantes de su barrio.

“Ya no le tengo amor a la pandilla”, me dijo anoche, mientras cenábamos en un pueblito en las afueras; “lo que quiero, y te lo digo así de claro, es que la pandilla se vaya a la mierda, ¿va? ¡Que desaparezcan esos hijos de puta!”

En plaza Cadorna bajamos al metro, a la línea verde, y en menos de 10 minutos estamos bajo la imponente estación Milano Centrale.

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La Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18 (como Eighteen Street Gang) nacieron en las calles de Los Ángeles, California. También su odio a muerte. En Centroamérica, los primeros homies deportados se vieron muy a finales de los ochenta. Y hubo que esperar hasta bien avanzados los noventa, después de que Washington hiciera de las deportaciones un pilar de su política de seguridad, para que las pandillas angelinas se popularizaran en El Salvador.

Las gangas se importaron, pero son parte de la sociedad salvadoreña desde hace un cuarto de siglo. El fenómeno ha evolucionado en función de condiciones sociales, económicas y políticas muy propias. La Mara Salvatrucha de El Salvador ya muy poco tiene que ver con la Mara Salvatrucha de Los Ángeles, y es muy diferente a la Mara Salvatrucha de Honduras, a la de Guatemala o a la del sur de México.

La aparente paradoja es importante para este relato, porque las pandillas que han hecho metástasis en Milán son las de El Salvador, las más violentas, donde en torno a 2010 dejaron de ser un problema de seguridad pública para convertirse en uno de seguridad nacional. En Italia se comete un asesinato por cada 100,000 habitantes en un año; en El Salvador, más de 100, y la cuota mayor de víctimas y victimarios la ponen las maras. Cifras oficiales hablan de no menos de 60,000 pandilleros activos y otras 400,000 personas dependientes o simpatizantes o familiares, su colchón social, en un país de apenas 6.5 millones de habitantes.

Más allá de los números, siempre fríos, el principal distintivo de las maras en El Salvador es el de las fronteras invisibles en buena parte del territorio nacional, fronteras que separan colonias y cantones controlados por una u otra pandilla, fronteras erigidas sobre la sangre de miles.

La mitad de la población, que calza casi con la mitad más empobrecida, sobrevive bajo la ley del ‘Ver, oír y callar’ de los mareros, un sistema de control social que afecta la cotidianidad de formas insospechadas, mucho más allá de los muertos. Un ejemplo: en 2011, dos de cada tres equipos de fútbol ya habían desechado por miedo los dorsales 13 y 18. Otro: cuando fallece un ser querido, la vela está prohibida para los familiares que residen en áreas controladas por pandillas rivales.

Pero… ¿por qué Milán, a 10,000 kilómetros de distancia? ¿Por qué no Madrid, Barcelona o Roma? Porque en Milán hay salvadoreños. Miles. Decenas de miles. Según el Ministerio de Relaciones Exteriores, no existe fuera del continente americano una comunidad tan numerosa como la radicada en Italia. La migración, además, se concentra en lo que se conoce como ‘il Grande Milano’, que con 5 millones es la principal concentración humana del país y una de las más importantes de Europa.

El Consulado General de El Salvador en Milán atiende Lombardía, la región de la que Milán es capital. La cifra de censados ronda los 18,000, pero por tratarse de una migración con un alto componente de ilegalidad, fuentes del consulado y de oenegés surgidas de la propia comunidad no bajan de 40,000 la estimación de salvadoreños en Milán y alrededores.

“Estamos un poco habituados a los salvadoreños, porque la migración empezó en los setenta”, dice Massimo Conte, investigador social. “Al principio prácticamente eran solo mujeres, señoras que vinieron a atender las casas de la burguesía italiana, con una intensa vida católica por lo general, por lo que su presencia dio una imagen muy positiva de El Salvador entre los italianos”, dice.

Hay salvadoreñas que van camino de cumplir medio siglo en Milán. Hay cientos de salvadoreños ya –miles quizá– de segunda y hasta de tercera generación. El flujo desde los setenta ha sido continuo y constante, con alzas durante la guerra civil y sobre todo en el último lustro, con la violencia generada por las pandillas como detonante.

A Italia migran salvadoreños en busca de la oportunidad que su país les niega y son recibidos por la madre, el hermano, la esposa. Migran también víctimas de las pandillas y de otros grupos violentos: huérfanos, viudas, extorsionados, amenazados de muerte. Y migran también mareros: algunos huyen de su propia pandilla, algunos otros la llevan tatuada en el corazón.

“En 2005 o 2006 encontré a los primeros de la MS-13”, dice el investigador Conte, todo un referente en Italia si se quiere hablar de pandillas de origen latinoamericano, por sus estudios sobre el fenómeno durante ocho años.

Mareros dispersos en Milán hay desde que arrancó el siglo. Los hay que rehicieron su vida. Los hay que comenzaron a añorar lo pasado y a juntarse con similares, al inicio sin importar que rifaran la pandilla rival. Para julio de 2006, cuando el cabezazo de Zinedine Zidane a Marco Materazzi, emeeses y dieciocheros aún se divertían contra natura. Pocos meses después, una pelea en una discoteca separó para siempre los caminos de la 18 y la MS-13 en Milán.

Desde afuera resulta difícil comprender el imán del barrio cuando se ha logrado lo más difícil: huir de El Salvador. El Cholo, pandillero cuarentón que migró para romper con su pandilla, trata de explicarlo: “El pandillero que quiere seguir, siempre busca reunirse. La iglesia, el fútbol, cualquier excusa es buena cuando se echa de menos el vacile. ¿Cómo se organizan? Si llegás a un lugar donde se come pescado, te acostumbrás a comer pescado. El que quiere seguir en lo mismo ve cómo son las leyes, las costumbres… uno se adapta. Luego entrás a cometer delitos, pero sabés que de Italia te pueden deportar. Entonces, conviene ganarse a los homeboys en El Salvador, decirles que aquí están haciéndola de campeones, parando el barrio, para que allá los reciban bien si acaso los deportan”.

***

La estación Milano Centrale es imponente por su belleza pero sobre todo por su monumentalidad: 200 metros de fachada. Justo enfrente, el Pirellone, el rascacielos más alto del país durante 35 años. Y entre Centrale y el Pirellone, la plaza Duca d’Aosta, un espacio abierto con vistosos jardines, farolas ciclópeas, turistas, bancas, ciclistas… Parece el lugar menos indicado para hallar huellas.

—‘È qui’ cerca –dice Tiger; a quien con demasiada frecuencia se le cuela el italiano.

La calle al costado norte de Centrale se llama vía Sammartini; discurre paralela a los rieles, separada por un viejo muro. Caminamos 200 metros desde la fachada, y ya parece otra ciudad. Otros 200, y la calle se abre para albergar un parque estrecho con una cancha de baloncesto y pequeñas zonas verdes. Los edificios ahora son bloques desiguales de seis-ocho-diez alturas, maltratados por el tiempo, en los que conviven italianos empobrecidos y migrantes. Este ‘parchetto’ fue por años punto de encuentro del Barrio 18. Quizá aún lo sea.

En la entrada de un condominio hay un ‘18’ pintado con plumón verde; ‘Pocos pero locos’, dice debajo. Luce reciente. A unos 10 pasos, debajo de la pintura blanca con la que quisieron cubrirlo, se adivina un placazo como los que se ven en El Salvador: metro y medio de altura, aerosol… Había un gran ‘18’ azul, y a los costados, en negro, ‘SPLS’ y ‘TLS’, por la clica Shatto Park Locos y la jengla Tiny Locos. “De los locos de Milano casi todos son Shatto Park”, me dirá otro día Tiger.

Su teléfono vuelve a sonar.

—¿¡Y quién va a haber, mamá!? Un martes, de mañana… ¿quién va a estar?
—…
—Casi todo lo han quitado, mamá. No se ve nada. Estese tranquila.

En el placazo aparecían los nombres de cinco pandilleros: el Venado –muerto por una golpiza brutal que un grupo de emeeses le propinó muy cerca de aquí–, el Shagy, el Caballo, el Perro y, en el lugar más destacado, el Gato.

Gato es el aka de Denis Josué Hernández Cabrera, dieciochero hasta el tuétano, nacido en 1984, encarcelado en El Salvador entre 2004 y 2013, inquilino del Sector 1 de la cárcel de Izalco, alineado con los Sureños tras la partición de la 18, tan enfermo por su barrio que, cuando tras cumplir condena su madre lo trajo a Italia, ni siquiera se planteó como posibilidad redirigir su vida.

—Quizá sea el único que vino cabal-cabal a parar el barrio –dice Tiger.

En septiembre de 2015 se consumó el golpe policial más contundente que el Barrio 18 ha recibido en Italia. Tras meses de seguimientos, grabaciones y teléfonos intervenidos, la Polizia di Stato detuvo al Gato junto a otros 14 homies, salvadoreños casi todos. Lo presentaron como ‘il capo’, el palabrero. En verdad lo era. Pero su presencia significa más, algo que ni la Policía italiana alcanza a dimensionar: el Gato representa un punto de inflexión en el modelo de implantación de las maras en Milán.

—Vamos a Carbonari –me apura Tiger–, quizá queden más placazos.

Trata de disimularlo, pero está preocupado y mira receloso a cada figura que surge. Hace cuatro años que no se acercaba a los dominios de la que era su pandilla. En su vida de peseta, rarísima vez baja a Milán.

***

Cuando Deidamia Morán migró de Tonacatepeque a Milán, la Mara Salvatrucha no existía, y la 18 era poco más que algunas docenas de jóvenes latinos reunidos en esquinas y parques de Los Ángeles. Deidamia migró en 1974.

La poderosa burguesía milanesa quería mano de obra bien referenciada y barata para cuidar a sus hijos, limpiar sus casas, y la Iglesia católica canalizó esa necesidad. Empleada en la Cooperativa de la Fuerza Armada y enfermera en el Hospital de Niños Benjamín Bloom, Deidamia tenía credenciales más que suficientes, y se animó a seguir los pasos de dos amigas que se le habían adelantado. Como ellas tres, cientos cruzaron el océano Atlántico en busca de una oportunidad en una ciudad en la que sobraban las ofertas de trabajo poco cualificados.

Cuatro décadas después, Deidamia es un referente entre los salvadoreños de Milán. Desde mediados de los ochenta se involucró en fomentar la idea de comunidad diferenciada, para mantener las esencias de la salvadoreñidad. Al cobijo de la Iglesia católica se creó la que hoy se conoce como Comunidad Monseñor Romero, con sede en el jesuítico Centro Schuster; Deidamia fue cofundadora y su primera presidenta. Por su rol híbrido entre promotora cultural, sindicalista y política, ha sido testigo en primera fila de la implantación de las maras.

—¿Cuándo empezaron a ser un problema en Milán? –pregunto.
—Se escuchaban cosas pero, quizá como autodefensa uno se resiste a creer. El escándalo empezó… quizá cuando le sacaron el ojo al muchacho.

El domingo 13 de julio de 2008, un partido de fútbol entre salvadoreños en una de las canchas de ‘Forza e Coraggio’ devino batalla campal entre emeeses y dieciocheros. Hubo golpes, ultrajes, carreras desesperadas. Lo peor se lo llevó Ricardo, un joven perseguido por una turba liderada por Necio y Pirata, la vanguardia de la incipiente Mara Salvatrucha milanesa. Lo alcanzaron tras un kilómetro de agónica carrera, y en plena calle lo golpearon-patearon-arrastraron-lincharon, le machetearon la cara, lo desfiguraron. La brutalidad del ataque, el ojo perdido, el cómo, fue un shock para la sociedad italiana; en la prensa se empezó a hablar de la MS-13 como la peor de las plagas importadas.

—La Policía nos ha dicho que los nuestros son más asesinos que los sicilianos.

Los nuestros, dice Deidamia con pena, lastimada por un fenómeno que puede derribar en un chasquido el buen nombre de una comunidad que costó décadas construir. Entre las actividades que organizan desaparecieron el fútbol y similares, por miedo. Deidamia incluso supo que su nombre apareció en una lista que la Polizia di Stato confiscó a unos pandilleros, como persona a la que había que extorsionar.

Los nuestros, dice Deidamia, en un arrebato de sinceridad casi imposible de escuchar en El Salvador.

Los nuestros, dice Deidamia con el alma doliente.

***

Rara vez baja a Milán el Tiger desde que se peseteó, pero acá estamos, caminando de Sammartini a plaza Carbonari, 10 minutos de travesía por barrios de clase media, media-baja. Justo ahora embocamos una calle llamada vía Stressa.

—¿En Milán está dividida la 18? –pregunto.
—Sí, pero de hace poco.

En El Salvador, la ruptura del Barrio 18 en dos mitades, Sureños y Revolucionarios, fue un proceso lento y sangriento que se cocinó entre 2005 y 2009.

—Acá no había división hasta que llegó el Gato. Él vino con otra clecha y quiso corregir a los que habían cagado el palo, porque en Milano casi todos éramos arbolitos de Navidad, con la luz verde prendida; pocos se salvaban. Algunos locos no quisieron pagar a la pandilla y, como el Gato es full Sureño, y algo habían oído del desvergue allá, se hicieron de la Revolución.
—¿Pagar a la pandilla?
—Aguantar verga, por las cagadas que uno comete. Varios locos no quisieron que los zapatearan o tenían grandes clavos en El Salvador y, ‘a la final’, dividieron la pandilla.

A escala minúscula, la historia no difiere tanto de la ruptura en El Salvador: un sector de la pandilla que rechaza las maneras como el líder ejerce su liderazgo. Las nuevas reglas del Gato, alguien forjado en la disciplina de las cárceles salvadoreñas y recién llegado, no fueron del agrado de todos. Algo parecido a lo que representó el Viejo Lyn.

—Vaya, estamos en Carbonari –me dice Tiger.

***

Dentro del enredo de cuerpos policiales –civiles y militares– del Estado italiano, las labores de seguridad pública recaen en primera instancia sobre la Polizia di Stato. Y dentro del organigrama de esta institución, la ‘Squadra mobile’ de Milán –el equivalente a la delegación policial en El Salvador– es una de las más nutridas y especializadas.

En 2005 se conformó una Sección de Criminalidad Extranjera, al poco de detectarse las primeras ‘gang latine’; hoy son una veintena de profesionales que monitorean, estudian, analizan y contrarrestan las pandillas mediante operativos. Paolo Lisi es el responsable de la sección: “Pronto nos dimos cuenta de que la violencia entre pandilleros latinos no eran episodios esporádicos”.

En Milán, por su condición de capital industrial -ergo polo migratorio-, surgieron filiales de las pandillas trasnacionales Latin Kings, Ñetas, Bloods y Trinitarios, y también grupos autóctonos como Comandos, Trébol o Latin Forever. Mara Salvatrucha y Barrio 18 tardaron en entrar en el radar de pandillas problemáticas de la Polizia di Stato, hasta 2008, pero hoy son la indiscutida mayor preocupación.

—La mentalidad del pandillero salvadoreño es diferente a otras nacionalidades, peor aún con los que vienen brincados de El Salvador –dice Marco Campari, uno de los agentes más experimentados del grupo.

Lisi y Campari manejan con sorprendente tino los conceptos brincarse, clica, ranflero, palabrero, Sureños, Revolucionarios… palabras que incluso el salvadoreño promedio tiene problemas para definir con precisión.

—La mentalidad es más violenta –apunta Lisi–. Matar a un rival es algo absolutamente normal.
—¿Creen que pueden insertarse en la sociedad? –pregunto.
—Yo no lo creo –dice Campari–. Con las otras pandillas se podría intentar algo, pero no con la Salvatrucha o la 18.
—Son diferentes a las demás –retoma la palabra Lisi–; los Latin Kings o los Trinitarios, por ejemplo, son bandas criminales, pero tienen un discurso de orgullo nacional, de solidaridad interna… Las pandillas salvadoreñas no; según mi experiencia, su mentalidad es absolutamente mafiosa.

Los operativos más mediáticos de la Polizia di Stato durante 2015 fueron contra las maras: en septiembre, el desmantelamiento de la clica del Gato; y en junio, la detención de un grupo de emeeses tras una pelea con empleados de Trenord, la empresa ferroviaria regional.

El jueves 11 de junio de 2015, en la estación Milano-Villapizzone, una petición de boletos a unos jóvenes que se habían colado derivó en una discusión con varios trabajadores de Trenord. De las palabras a los insultos; de los insultos a los empujones; y de los empujones a una pelea tumultuaria que terminó con un machete incrustado en el brazo de un conductor de tren, a punto de la amputación. La víctima en esta ocasión no fue un migrante pandillero más, sino un italiano, y el caso sacudió la opinión pública como ningún otro. Los agresores huyeron, pero la Polizia di Stato los capturó en días sucesivos, en poco más de medio año los juzgaron, y a tres mareros los condenaron a penas de hasta 16 años de cárcel. El italiano es un Estado firme.

Lisi y Campari están convencidos de que la Polizia di Stato ha desarrollado destrezas suficientes para contener a las pandillas en general, y al Barrio 18 y la Mara Salvatrucha en particular. Pero intuyen que el pulso recién comienza.

—Cuando apagas un fuego, quedan las brasas, ¿no? –dice Campari–. En septiembre desmantelamos la 18, pero sentimos que todavía hay brasas y que con poco se encenderán de nuevo.

Dentro de dos días, Cholo, el pandillero cuarentón, recurrirá a una metáfora similar, pero más amenazante: “La pandilla es un cáncer. Y con un cáncer a veces pasa que te lo extirpan, y uno piensa que ya está sano, pero al poco resurge… y más agresivo. Así es esto. Los italianos deberían preocuparse”.

***

Me dice Tiger que Carbonari ofrecía ventajas precisas para lo que la 18 quería construir en Milán.

—Aquí se hacían los meeting.

Le dicen plaza Carbonari, pero es un redondel boscoso y extraño, más de 200 metros de diámetro, diseñado para que los carros puedan circular por la autopista que pasa encima. Es un espacio abierto y cerrado a la vez, que está en medio y apartado de todo. Ahora, cerca de las 11, estamos solo un indigente y nosotros dos, además de bancas, árboles, senderos adoquinados…

—Es un parque escondido y con vista a todos lados. De acá –Tiger señala a un lado– nadie puede llegar; de allá, tampoco. Si aparece una patrulla, podés escapar fácil, porque las entradas directas son en sentido contrario. Por eso aquí se hacían los meeting.

El meeting, de asistencia obligatoria, es el principal órgano de decisión de una clica. Cuando la 18 se quiso parar en serio en Milán, el meeting semanal dejó de ser changoneta y devino prioridad. En Carbonari brincaron y corrigieron como en El Salvador, con zapateadas de 18 segundos. Luego se aprobó el fondo común para el barrio, que obligaba a entregar cinco euros semanales al inicio, luego 10; con ese dinero se empezó a invertir en droga para revender y obtener más dinero. Más luego se juntó lo suficiente para comprar alguna pistola en el mercado popular de San Donato Milanese. Y así.

El crecimiento del Barrio 18 es consecuencia de las deliberaciones de Carbonari. En el cuadrante noreste del redondel, el elegido como base, aún queda un ‘18’ pintado con aerosol negro sobre una farola gigantesca. Han tratado de cubrirlo con pintura blanca pero con poco tino, como si la hubieran echado con un vaso. Tiger mira el placazo con un dejo de nostalgia.

—Deben de haber sido los contrarios, porque así nomás le han botado ‘proprio’ la pintura.

Maciachini, un sector con significativa presencia de la Mara Salvatrucha, está a poco más de un kilómetro.

—Vamos mejor a ver qué ondas en el Trotter.

***

Mientras en El Salvador el gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén ha desatado contra las pandillas una represión que linda con el terrorismo de Estado, en Italia vela por los mareros encarcelados.

—Yo llego a las cárceles, hablo con ellos, veo si les cumplen sus derechos, contacto a familiares, al abogado… Mi labor es que se cumplan sus derechos procesales.

Habla Vanessa Hasbún, la máxima autoridad del Consulado de El Salvador en Milán desde marzo de 2010 hasta junio de 2013; y desde octubre de 2015, la encargada del servicio de protección consular. Su trabajo es ayudar a los salvadoreños encarcelados, procurarles asistencia legal, contactar a la familia, garantizar que el Estado italiano respete sus derechos humanos.

La mayoría de las personas a las que Vanessa Hasbún visita son pandilleros. Conoce al Wicked, al Loco 13… estima que se habrá reunido con no menos de 20, una fracción del total.

—Adentro son bien disciplinados –dice–, pero educadoras con las que hablo me comentan que por más que trabajan con ellos, no logran montar un proyecto de rehabilitación efectivo, porque no entienden cómo funciona la pandilla.

Vanessa Hasbún busca entre sus recuerdos y rescata el caso de un joven pandillero al que, por buena evolución y conducta, lo transfirieron a Bollate, un centro de reclusión que hace honor a la palabra reeducación y que otorga amplias libertades, incluida la de salir a trabajar. Cree que él sí quiere romper con su pandilla.

—Pero los demás van a seguir; esa es mi sensación.

***

El Trotter todavía es parte de la vieja Milán, un parque centenario y entrañable. Está algo lejos de plaza Carbonari, por eso toca caminar dosquetrés cuadras hasta viale Sondrio y tomar un bus anaranjado y articulado de la ruta 90, rumbo a Loreto. La 90 es la ruta más conflictiva para un pandillero porque atraviesa áreas con presencia de Latin Kings, Comandos, Mara Salvatrucha, Barrio 18… Tiger está inquieto.

—¿Cuál es la principal diferencia entre ser pandillero en El Salvador y en Italia? –pregunto.
—La misión –me responde, después de pensarlo unos segundos.

Desde que a mediados de la década pasada las maras se radicalizaron en El Salvador, ocurrieron cambios significativos. Ya no brincan a mujeres, por ejemplo. Y para garantizar lealtad y entrega, al aspirante varón se le comenzó a exigir que primero cumpliera una misión: por lo general, un asesinato. En Italia no. En Italia el rito de iniciación siguió siendo la zapateada de 13 segundos en la MS-13, y de 18 en la 18.

—Es lo que les falta a los brincados acá: la misión. El único que se podría decir que la hizo es el Wicked.

Wicked es el aka de Eduardo Segura Fuentes, dieciochero hasta el tuétano también, aunque con una historia de vida en las antípodas de la del Gato. Wicked nació en El Salvador en 1991 y lo llevaron niño a Italia, limpio. No conoció cárceles ni creció en medio de la violencia extrema, pero eso no impidió que se apasionara tanto por el barrio que incluso logró que le dieran el pase para parar su propia clica: una sucursal de la Hoover Locos, siempre de la 18.

El domingo 7 de junio de 2009, en las afueras de la discoteca Thiny, Wicked fue pieza clave en la planificación y ejecución del asesinato de David Stenio Betancourt (a) King Boricua, máximo líder de los Latin Kings-New York. En la prensa italiana el homicidio se manejó como un ajuste de cuentas entre las dos facciones de los Latin Kings (New York y Chicago), pero en el bajomundo todo se supo, y la pegada del Wicked supuso algo así como el ingreso de la 18 en las grandes ligas de las pandillas latinas milanesas.

—Nosotros escueliamos al Wicked –dice Tiger–. Que si vos sos un gran hijoeputa, que simón, que si póngase con todo, ¿va? Se lo tomó tan en serio que quizá sea el único que de verdad respetaba todas las reglas. Y por ganar más palabra se metió en lo de matar al King Boricua.
—Algo desequilibrado, ¿no?
—Noooo. Wicked no toma, no fuma… es un cuadro. ¡Lee! ¡Lee un vergo! Es un hijoeputa que estudia, una persona correcta, solo que con mente full pandillero. Una mente basura, alguien malo en toda la palabra, pero con vos habla como una persona tranquila, bien portado.

El Wicked simboliza la segunda hornada de pandilleros, los brincados en Italia, dependientes de internet para mantenerse conectados con las casas matrices. Un dieciochero salvadoreño pero made-in-Italy, el eslabón imprescindible para el arraigo del fenómeno.

Aún vamos en el bus anaranjado y articulado de la ruta 90, parados. Su teléfono vuelve a sonar.

Después de lo del Wicked, me he quedado intrigado por la fijación hacia las pandillas salvadoreñas que tienen estos jóvenes que llegaron niños a Italia.

—¿Por qué la dependencia? ¿Desde Milán se envía plata a El Salvador o algo? –pregunto.
—No, no, no… cada uno lo suyo –responde, casi ofendido–. Lo han insinuado, pero pollos pendejos tampoco somos.
—Entonces, ¿de qué le sirve a la 18 en El Salvador tener una clica acá?
—Que se expanda el barrio, que la 18 sea la más grande, darse el lujo. Y a los de aquí, para seguir haciendo sus pendejadas. Nunca vas a entenderlo si no has estado en esto, pero ‘a la final’ es así la onda, ¿Cuántos locos vinimos a levantar esto? Tres, cuatro. De tres o cuatro subimos a 10, 20, 40… y hoy están el vergo de locos presos y el vergo fuera.

Con un movimiento de cuello, Tiger me hace ver que hemos llegado a piazzale Loreto.

***

Cuando el salvadoreño migra, el país entero migra. En el punto del globo en el que se asienta una comunidad fuerte de salvadoreños, como en Milán, se asientan las pupusas, la laboriosidad, el Torito Pinto, la Mara Salvatrucha, el azul-y-blanco, el ‘Los primeros en sacar el cuchillo’, las cachiporristas, el ‘Mágico’ González, el 15 de Septiembre, la hospitalidad infinita, la 18, el Pollo Campero, los tamales y las iglesias evangélicas made-in-Elsalvador, por supuesto.

La Misión Cristiana Elim, una de las congregaciones con mayor arraigo en El Salvador, tiene presencia creciente en Italia. Desde hace más de una década Mauricio Hernández es el pastor responsable de las filiales de Milán y alrededores.

“Mi función es ayudar a mis hermanos en sus problemas más íntimos”, dice. Y entre esos problemas, la violencia de las pandillas ocupa un lugar sobresaliente. “Lo raro en Milano hoy es encontrar a un salvadoreño que no tiene a un familiar que pague renta allá”, dice. Por eso, cuando se congregan oran por la paz en El Salvador, oran para que cambie la mentalidad de los pandilleros, oran a Dios y le piden que interceda por los familiares extorsionados, oran para que se frene la metástasis de las maras en Milán.

***

Desde piazzale Loreto al parque Trotter por vía Padova, un kilómetro eterno por una calle larga y estrecha que parece ser uno de los epicentros de la migración. A ambos lados se suceden bares y negocios con letreros en chino, español, urdu, árabe… Se alternan con casas de cambio, locutorios, salones de juego y locales que compran oro. No debe ser esta una zona por la que acostumbre a pasear el milanés clasemediero o de más arriba.

—No hay barrio más mierda que este –dice Tiger–; bueno, quizá Sammartini, que es zona de culeros, prostitutas y transas.

Su teléfono vuelve a sonar. No sé si esta vez es la madre o la pareja. La tranquiliza. Regresa a la plática algo cariacontecido. Justo pasamos frente a un “bar latinoamericano” llamado El Dorado, con los colores de la bandera ecuatoriana como reclamo. Es casi mediodía pero está cerrado. Unos años atrás se llamaba El Manabá.

—Este era nuestro libadero, ‘proprio’ nuestra zona. Vergazal de veces he salido yo de aquí arando. Veníamos bien enmachetados y hubo un montón de broncas acá, pero balazos nunca. Creo que porque nadie ha tenido el valor de decir: vaya, voy a comerme 30 años en la cárcel. Porque en Italia uno sabe que es clavo hecho, clavo pagado; no es como en El Salvador. Aquí cometés una cagada, la pagás y luego te deportan. Ese es el problema.

Ese es el problema, dice.

—Mirá, esta es la entrada del Trotter.

***

La metástasis de las maras en Italia preocupa a la Polizia di Stato, y hay razones inapelables para la preocupación; sin embargo, las posibilidades de que el fenómeno termine pareciéndose al cáncer que carcome los estratos inferiores de la sociedad salvadoreña son… nulas.

Comparado con el salvadoreño, el italiano es un Estado firme. La Policía hace su trabajo. Los fiscales, los jueces, los trabajadores sociales, los carceleros… la institucionalidad funciona. Hay leyes diseñadas para atajar la criminalidad organizada. La italiana es una sociedad desarmada, y sus ciudadanos en buena medida han aprendido a renunciar a la violencia para dirimir sus disputas; las maras no seducen a la juventud. Italia es miembro del G-8, el grupo de países con las economías más industrializadas del planeta. El salario promedio de un italiano es de casi 2,900 dólares brutos. Existen, además, otros grupos del crimen organizado –lo que genéricamente se conoce como la Mafia– que, si bien hacen un uso limitado de la violencia si la referencia es el terror que generan las maras, reaccionarían contra cualquier nueva estructura que amenazara sus intereses.

“Acá en Italia, los pandilleros joden solo a los salvadoreños, porque saben que con los otros países no se pueden meter, mucho menos con los italianos”, dice Tiger.

Maras como las de Centroamérica –violencia como la de Centroamérica– son inviables en Italia, por la misma razón que el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha no tienen en el país que las vio nacer, Estados Unidos, ni siquiera una fracción de la incidencia que ganaron en El Salvador, Honduras y, en menor medida, en Guatemala.

Para que las maras devengan problema de seguridad nacional, se necesita una sociedad como la salvadoreña.

***

El ‘parco’ Trotter es un parque difícil de explicar. Hace un siglo era un hipódromo, y el circuito interno de calles y senderos conserva como eje rector el óvalo perfecto sobre el que galoparon caballos. 100 mil metros cuadrados verdes salpicados por abetos-arces-cedros y un puñado de edificios. Desde finales de la década de los veinte acoge una escuela municipal, la Casa del Sol, pensada para niños tuberculosos. Justo en medio hay un foso profundo y rectangular que algún día se usó como piscina. A pesar de su inmensidad, el parque está vallado, con horarios de apertura y cierre. Es público, pero las mañanas se reservan para los escolares. La entrada al Trotter de vía Padova está a 40 metros del bar El Dorado.

Un señor mayor nos explica en el portón que solo en la tarde se puede ingresar, que ahora no. En un par de días yo regresaré sin Tiger para comprobar que el costado poniente de la expiscina todavía está salpicado de placazos de la 18, los más vistosos que veré en Milán.

Es mediodía ya, y Tiger ha quedado con su familia para celebrar el cumpleaños a la mamá. Tenemos que regresar a Loreto, salir del centro de la ciudad en la línea roja del metro, y luego él tomará un bus a Cinisello-Balsamo, en el periferia del área metropolitana. Ahí hay un centro comercial en el que opera uno de los tres restaurantes que Pollo Campero ha abierto en Milán como reclamo nostálgico para la comunidad salvadoreña.

—¿Vos sos Inter o Milán? –pregunto a Tiger, dentro del metro ya–. ¿Vas seguido a San Siro?
—¡No, ni pendejo! Se llena de salvadoreños.

Vida de peseta. Vive en una de las capitales mundiales del fútbol y no puede ir al estadio.

Su teléfono vuelve a sonar. Esta vez es el novio de su hermana. Le dice que está encaminado, que en un cuarto de hora. La conversación es corta.

—Era mi cuñado. Él es bien buena onda, nunca ha estado en nada de pandillas.

Tiger calla por unos segundos.

—Una vez conocí a su mamá, y no le caí bien por estas ondas, ¿va? –me señala los tatuajes más visibles–. La señora me miraba… me miraba… ¡malísimo!… n’ombre… malísimo… con cara de asco… de odio. A saber, quizá se vinieron de El Salvador huyendo de las pandillas… pero me miraba con una cara… Yo hasta mal me sentí.
—¿No le dijiste nada?
—¿Y qué le voy a decir? Si… ‘a la final’… ella tiene razón.

***

Deidamia habla con el alma doliente.

—Estuve en junio en El Salvador, en un pueblo llamado San José Guayabal, y en esos días mataron a varios en los alrededores. Matan a personas como moscas. Y el gobierno ni se hace cargo. Dicen que es alarmismo de los medios. Pero yo te digo: oíme bien… y mirame…

Deidamia me clava la mirada, se incorpora, su alma doliente le resquebraja la voz hasta ahora firme.

—… Amo mi patria… amo mis raíces… Primera vez en mi vida que fui y me sentí prisionera… ¡Prisionera! Jamás de los jamases me dejaron ir sola a ninguna parte… jamás de los jamases. Y no es que yo quisiera protección… Si ahora me preguntás si quiero regresar a El Salvador, la respuesta es no, porque está horrible… ¡Horrible! En Italia vivo libre, y en mi patria soy prisionera.

Deidamia teme que las maras seguirán generando sonoros titulares en Milán. Más que temer, lo sabe. “He escuchado que somos 45,000 salvadoreños en Lombardía, pero somos más”, dice. El flujo en los últimos años ha sido constante, indetenible, cancerígeno.

—¿Cómo evitar que esto siga creciendo, Deidamia?
—Ya es tarde –dice–. Lo que uno quisiera, y lo digo con el corazón en la mano, es que nuestra gente ya no emigre para acá.

Berlín no es Alemania, pero tampoco parece El Salvador.

De ahí mi desconcierto cuando el bus 354, después de serpentear por la sierra de Tecapa-Chinameca, llega a su destino, se detiene a una cuadra del parque central, y lo primero que veo al bajar es a tres policías con chalecos y escopetas que retienen contra la pared y manos en la nuca a un joven espigado y dócil. Un agente le saca la cartera de la bolsa y la revisa sin pudor. Otro le trastea el celular. Al poco lo dejan ir, ileso.

Desconcierto porque a Berlín (Usulután) me trae la convicción de que es un lugar tranquilo en parámetros salvadoreños. Durante la última década este municipio presenta tasas de homicidios más parecidas a las de Costa Rica que a las de El Salvador. Incluso en los últimos dosquetrésaños, cuando la violencia en los alrededores (Santiago de María, Tecapán, Mercedes Umaña…) se ha disparado, acá se han mantenido abajo, con un homicidio cada tres o cuatro meses. Vengo, de hecho, a buscar los porqués de esa tranquilidad.

La requisa al joven espigado resulta el inicio de la paradoja. Todo el parque central es un vaivén de policías con caras serias y armas largas. Están esperando a que termine una misa de cuerpo presente en la luminosa iglesia de San José, ubicada en uno de los topes del parque.

Adentro, en un ataúd gris, está Roberto Carlos Alejo, 31 años, exempleado de la ruta de microbuses 140. Unos pandilleros lo asesinaron tres días atrás en la comunidad Los Olivos, en San Martín, en el área metropolitana de San Salvador. La madre, oriunda de Berlín, creyó conveniente enterrarlo en el terruño del que escapó hace mil años. Y en el pueblo se ha regado la idea de que la misa es por un marero.

“Los vecinos nos avisaron de que habían venido jóvenes que nadie conocía”, me dirá pasado mañana el subinspector Francisco Pérez.

Cuando el padre Cándido finaliza con aquello de ‘pueden ir en paz’, el ataúd sale en volandas, cargado por puros hombres, y detrás camina una treintena de dolientes, mayoría aplastante de mujeres. En la puerta esperan un viejo pick-up Nissan Frontier acondicionado como carro funerario y una Coaster de la Ruta 140. Pero los agentes se meten entre el grupo, seleccionan a tres jóvenes y los apartan contra la pared y manos en la nuca. La escena se asume con extraña naturalidad.

Suenan campanas a muerto: dos repiques, silencio largo, otros dos repiques. Algunos familiares se lamentan, pero sumisos. “Son de un cantón”, dice una señora. “Son sanos”, dice otra. “Es por el bien de ustedes; si no hay problema, no los vamos a detener”, replica un agente, pura amabilidad. “Él es primo del difunto, el otro también… ¡los tres son primos!”, insiste una señora. Pero cero crispación. Los agentes invitan a que el grupo se encamine hacia el cementerio en la Coaster, que los tres los alcanzarán si no deben nada. “Hacen su trabajo”, dice un doliente. “Al finado lo trajeron de allá, y para la tranquilidad del pueblo es lo mejor”, dice otro. La crítica más sonora que anoto en mi libreta es esta: “Los policías actúan sin tener en cuenta el dolor de la gente”. A los 10 minutos, tras chequear por radio que están limpios, les devuelven sus documentos y, hoy sí, pueden ir en paz. El parque regresa poco a poco a la normalidad.

Me acerco a un agente que ha demostrado voz de mando. “Cuando vemos movimiento de personas que no son de Berlín, como autoridad tenemos la obligación de identificarlos”, me dice, “y al finado como lo traían de allá… la gente siempre nos informa de cualquier situación”.

No parece El Salvador.

***

Cuenta la leyenda que Berlín se llama Berlín por un naufragio: el barco en el que viajaba desde Costa Rica un misterioso alemán-berlinés llamado Serafín Brennen se hundió frente a las costas salvadoreñas, dicen que en 1884.

El señor Brennen se instaló en el valle de Agua Caliente, que pertenecía a Tecapa (hoy Alegría). Se integró tan bien con los lugareños que, cuando en octubre de 1885 el presidente de la República Francisco Menéndez firmó el decreto que autorizaba la creación de un pueblo en el valle, los beneficiados avalaron el nombre de Berlín por ser la ciudad natal del extranjero, quien formó parte de la primera municipalidad.

Con el café como motor económico y un clima suave por sus mil metros de altitud como reclamo, el pueblo creció rápido y bien: solo necesitó de dos décadas para recibir el título de villa vía decreto, y una década más para el de ciudad.

La actual bandera alemana (franjas horizontales negra, roja y oro) es la bandera oficial de este municipio del departamento de Usulután, que está a 110 kilómetros de la capital, que ronda los 17,000 habitantes, y que pierde población año tras año a pesar del influjo de LaGeo, la empresa estatal de producción geotérmica que tiene en Berlín y alrededores los campos más activos de El Salvador.

Hoy Berlín es una ciudad cordial en la que el alambre razor escasea, de tiendas sin barrotes ni guardias de seguridad, de viviendas con la puerta abierta, una ciudad en la que uno puede sentarse en la acera al caer la tarde para platicar con sus vecinos, y en la que la gente saluda al extraño como si lo conociera. Pinceladas no tan genuinas, pero lo que en verdad singulariza este asentamiento es que no hay clicas ni canchas ni placazos ni ‘Ver, oír y callar’. No hay maras en Berlín.

***

El Ministerio de Educación tiene registrados 32 centros educativos y un único instituto: el Instituto Nacional de Berlín, el INB.

—Esta es una ciudad tranquila –dice Saúl Flores González, don Saúl, el director desde hace más de una década.

En El Salvador, la educación secundaria es un termómetro confiable para medir la temperatura de las maras. Basta meterse en el baño de los varones para calibrar su influencia. En los del instituto berlinés hay algún que otro garabato y rayón que dicen ‘MS13’, ‘NLS’, ‘XV3’… pero son escasos, malhechos y furtivos, con dejo de travesura. Pesa más que, para ingresar al INB, en el portón no haya policías ni soldados ni seguridad privada, lo habitual en amplias zonas del país. Aun así, don Saúl está preocupado. En los últimos años, el número de jóvenes procedentes de otros municipios que se matriculan se ha disparado. Varios provienen de allá, de Apopa, de Soyapango, de San Miguel, y algunos de los que vienen con 11, 12 o 14 años traen el alien dentro.

—Los lunes hacemos una formación general –dice don Saúl–, y yo les pido de favor que tratemos de respetarnos, que nosotros respetamos su uso de tiempo libre, pero que tratemos de mantener el instituto sin marcas de maras, que hagamos de la institución una zona neutral, y que aquí ninguno es dueño de nada. Les digo que sus hijos algún día estudiarán acá y que hay que cuidar lo que tenemos.

Junto a la cancha de baloncesto, lugar en el que los forman, destaca un mural de letras grandes sobre una pared: “Tus padres invierten tiempo y dinero en tu educación; no los defraudes”.

—¿Funciona decirles eso los lunes?
—Sí. Yo se los digo con todo respeto.
—¿Un discurso una vez por semana? ¿Eso es todo?

—No. La clave son los proyectos sociales, y en eso estamos varias instituciones involucradas. Por ejemplo, nosotros tenemos de 60 a 80 jóvenes en la banda de paz. Vienen de 4 a 6 o 7 de la tarde, todos los días. Si no estuvieran acá, estarían en el billar. La vitamina es que el joven pase ocupado, pero para eso se necesitan recursos.

Que el joven pase ocupado, dice don Saúl. Tan sencillo y tan complicado.

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El mercado municipal de Berlín no ganaría un premio a la limpieza, al orden o la decoración, pero tiene una virtud invaluable: ninguna clica de la Mara Salvatrucha o del Barrio 18 ha establecido –bajo amenaza de muerte– una cuota a los vendedores.

“Pasan cositas, pero puede decirse que es tranquilo”, me cuenta en su cubículo con aspiraciones de despacho Salvador Peña, el administrador durante cuatro años. Sabe de puestos y negocios a los que han tratado de rentear, pero en Berlín esos abusos por lo general se denuncian. “Todos los habitantes están pendientes, nos conocemos la mayoría, y la Policía actúa rápido”, dice.

Peña resulta convincente cuando me niega la presencia de pandillas, pero tampoco hay que pecar de iluso: si fueran una amenaza, no se lo confiaría a un periodista con la grabadora encendida.

A una cuadra del mercado, sobre la avenida Simeón Cañas, está el Juzgado de Primera Instancia de Berlín. La secretaria, Ana Margarita Bermúdez, me deja revisar el Libro de Entradas, un voluminoso cuaderno manuscrito donde están registrados todos los procesos abiertos este año. Los artículos del Código Penal que más se repiten son el 346, tenencia, portación, conducción ilegal o irresponsable de armas; el 142, lesiones; y el 367, trata y tráfico de personas, el coyotaje.

La extorsión es la principal fuente de ingresos de las pandillas salvadoreñas, y Berlín parece territorio liberado. Se ha dado algún caso puntual, de clicas establecidas en municipios aledaños que amenazan por teléfono o incluso de delincuentes que se hacen pasar por mareros, pero parece no existir el pago de la renta.

Lo dicho: no parece El Salvador.

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La Policía Nacional Civil registró un único homicidio en Berlín durante 2014. En Mercedes Umaña hubo 15. En Ozatlán, 10. En Alegría, 11. En Tecapán, otros 10. Todos son Usulután, y todos, pueblos con menos habitantes.

—¿Esto es tan tranquilo como los números parecen indicar?
—Sí.

Responde el subinspector Francisco Pérez, 43 años de edad, 22 años uniformado. Lo han enviado siete meses como jefe de la subdelegación, un interinato, y va camino de cumplir la mitad. Antes estaba en la delegación de Usulután, en el Sistema 911. Y más antes, en Santa Tecla, en San Marcos, en La Libertad… sabe lo que es trabajar en lugares con alta incidencia de maras.

—Aquí es más calmado por el nivel de coordinación, tanto entre las organizaciones vivas del municipio como con la población. La gente nos avisa si un muchacho da marihuana a nuestros jóvenes. Y ahí entramos nosotros.
—¿Llegan muchos jóvenes de fuera?
—Hoy sí están viniendo muchachos en conflicto con la ley en otros municipios, sobre todo a los cantones. Pero cuando tenemos conocimiento de alguien sospechoso, inmediatamente hacemos la visita.

Las colonias más conflictivas son La Chicharra, la Bográn y la Primavera. En esta última, por la zona de la canchona, apareció un placazo de la Mara Salvatrucha.

—Llegan sujetos de grupos delincuenciales –dice–, pero no dejamos que se establezcan.

El subinspector Francisco Pérez remarca cada vez que puede la colaboración entre los berlineses y sus policías. Se ha implementado “bastante bien” la filosofía de la policía comunitaria, que exige confianza mutua entre ciudadanos y agentes, una confianza imposible de construir si hay detenciones arbitrarias, si se requisa con violencia y prejuicios, o si se realizan ejecuciones sumarias.

Pero la institución rota a los policías de una delegación a otra. Y pasa que a alguno lo mueven de zonas calientes, de allá, y trae dentro el alien de la represión desmedida.

—Pero en Berlín inmediatamente uno observa que la incidencia delincuencial es diferente, y nosotros mismos nos adaptamos –dice, huidizo.

La relación policías-ciudadanos en Berlín no es tan de color de rosa como la pinta el subinspector Francisco Pérez, pero existe, se cultiva y, en general, se aprecia por ambas partes. En el contexto salvadoreño suena revolucionario.

***

Las ciudades de Santiago de María y Berlín están separadas por 13 sinuosos kilómetros de carretera, ambas enclavadas en la sierra de Tecapa-Chinameca. Tienen 19,000 y 17,000 habitantes, respectivamente, y un único instituto nacional. Las dos se fundaron a finales del siglo XIX, y evolucionaron de la mano, con el café como motor. Desde los ochenta son punto de partida de la migración. Por compartir, comparten incluso el clima.

Pero en Santiago de María el fenómeno de las maras germinó hace unos ocho años, y la ciudad es hoy una de las plazas fuertes del Barrio 18-Sureños. Durante 2014, los forenses de Medicina Legal recogieron 25 cadáveres de sus calles y veredas.

Desde que ayer llegué a Berlín no he tenido una plática en la que no ha surgido el ejemplo santiagueño, como la trágica consecuencia de bajar la guardia ante las maras. Mañana el alcalde berlinés me contará que un adolescente de su pueblo no puede hoy abordar un bus e ir tranquilo a Santiago de María, que su vida corre peligro tan solo por su procedencia. El Duicentro comarcal está en el santiagüeño barrio Concepción, y un microbús municipal tiene que hacer viajes especiales, custodiado por el Cuerpo de Agentes Municipales, para que jóvenes berlineses saquen en grupo su dui, por temor a ser atacados por pandilleros.

Santiago de María sí parece El Salvador.

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La madrugada del 8 de septiembre del año 2000 Berlín se echó a las calles. Un día antes, por una orden girada desde San Salvador se había vaciado la pequeña cárcel contigua a la municipalidad. En el pueblo se corrió la voz de que la llenarían con medio centenar de menores infractores del Barrio 18 que al gobierno le urgía sacar del penal de Ciudad Barrios, después de un violento motín que se saldó con un joven destazado y decenas de heridos.

Un nutrido grupo de vecinos, convencidos de que un centro de inserción de menores dieciocheros a una cuadra del parque central era una mala inversión, se opuso con cortes de calles, llantas quemadas y barricadas humanas. Jueces y sacerdotes trataron de convencerlos, pero nada. La Policía intervino, pero nada. La determinación fue tal que el traslado se suspendió.

—Todo mundo se quedó asombrado, porque se manifestó Berlín entero.

Habla Héctor Alvarado, berlinés de 47 años que aquella noche quiso, pero no participó en la protesta. Él trabajaba para la Dirección General de Centros Penales, como encargado de seguridad precisamente en la minicárcel que querían taquear de mareros.

—No me manifesté –dice–, pero estaba con ellos, porque sabía que si los dejaban entrar, todo se nos iba a desbaratar.

Héctor hoy es instructor de deportes en la sede berlinesa del gubernamental Instituto Nacional de la Juventud. Trabaja con jóvenes. Cree que el espíritu que llevó a los vecinos a manifestarse aquella madrugada de 2000 contra los pandilleros sigue de alguna manera vivo.

—Pero como comunidad no tenemos que dormirnos. Este es un virus y lo tenemos muy cerca: en Santiago de María y en Mercedes Umaña.
—¿Por qué en esos pueblos sí y en Berlín no?
—Acá como que la ciudadanía ha tomado más conciencia, y todos los actores locales contribuyen en la prevención. Por eso aún no estamos contaminados.
—¿Cómo es la relación con los policías?
—En Berlín nos conocemos todos; si no es por el nombre, por el apodo. Y si viene gente de afuera sospechosa, siempre alguien llama a la Policía. Tienen un papel muy importante en todo esto, y vemos que los agentes se preocupan por identificar a la gente que es de Berlín.

Admite que hay agentes a los que se les va la mano, sobre todo los que vienen de alguna rotación. El tema, dice, se ha abordadp en el Comité Municipal de Prevención de la Violencia.

—Pero es que hay jóvenes acá que no son de pandillas, pero llevan gorra plana y la ropa ancha. Lo hacen por desconocimiento, porque no saben los problemas que podrían tener si salieran de Berlín vestidos así. Sé de algunos a los que cuando los policías los han requisado, les han quitado las cachuchas y se las han enconchado, para que no parezcan de pandilleros.

En el discurso de Héctor, los excesos policiales suenan a mal menor, a algo llevadero ante una amenaza como las maras.

***

¡Han matado a alguien en Berlín!

Me entero en flagrancia cuando, después de tres días acá, entro en la subdelegación para solicitar la entrevista con el jefe policial. El agente tras la mesa que hace las veces de recepción me dice que no podrá ser, que el subinspector ha salido porque hubo un homicidio en el caserío Los Cañales. No me da detalles. Quizá no sepa más. Acaba de suceder. Salgo disparado, paro el primer mototaxi que cruza, y trato de explicar a dónde tenemos que ir con los pocos datos que el policía me ha facilitado. Pero el mototaxista ya sabe. El fallecido es un compañero.

El desvío a Los Cañales está sobre la calle que baja a Mercedes Umaña, a unos dos kilómetros del parque central. Llegar nos toma menos de cinco minutos. La Policía tiene acordonada la zona con cinta amarilla a la altura de una inexplicable pasarela metálica, unos 200 metros calle adentro. Faltan minutos para las 4 de la tarde. Entre curiosos, familiares y compañeros de trabajo del joven de 23 años asesinado, llamado Víctor Mauricio Sigarán, ya suman la cuarentena.

Una mujer mayor que recién llega se arranca a llorar. “No puede seeer, señor Jesús…” A la par, un joven de unos 17 años también lagrimea. Ella: “¿Por qué, señooor? ¡¡¡Por qué, señooor!!!” Se acerca más y más gente a tratar de calmarla. “Mi sobrino, Dios mííío…” El joven llora en silencio, como el machismo le impone. Ella: “Señooor, señooor” Alguien dice: Está encendida la moto, ¿va? Y sí, entre los gritos, murmullos y sollozos se alcanza a oír, al otro lado de la quebrada, el ronroneo del motor y hasta la música de la radio. Ella se desmaya. La llaman: ¡Mercedes, Mercedes! La tumban sobre el concreto. ¡Mercedes, Mercedes! Viene una agente de policía. “Tranquila, tranquila”. Murmullo de fondo. La airean con un suéter. “Necesito que me colabore, tía”. Alguien dice que hay que llevarla a la unidad de salud. Ella resucita para mover la cabeza. Dios les va a dar fortaleza, dice alguien. Está fregado este país, dice otro. Alguien ofrece su carro para sacarla. “¿La levantamos, tía? Despacito”. Entre varios la levantamos. “No la vamos a llevar, pero despacito”. Murmullo de fondo. “Estire las canillas”, le dicen. Parece que se repone. Tratan de convencerla diciendo que no va a poder ver a Víctor, que los señores policías no dejan ir más allá de la pasarela, que estar acá es por gusto.

Mañana todos los mototaxis de la cooperativa en la que Víctor trabajaba tendrán mensajes en sus vidrios que dirán que lo recordarán por siempre y cosas por el estilo, pero ahora cae la noche, los forenses de Medicina Legal aún no han llegado, y todo acá es rabia, desconfianza y recelo. Sus compañeros están convencidos de que lo mataron por mototaxista, no por por Víctor Sigarán. Podía haber sido cualquiera de ellos.

Me cuentan que a la cooperativa de mototaxis le habían llegado amenazas escritas y telefónicas de pandilleros, para que pagaran la renta. Se cree que de la pandilla que opera en Mercedes Umaña, la Mara Salvatrucha. Pero se han negado. Entre los compañeros habían improvisado algunas medidas precarias de seguridad, como no subir a desconocidos o evitar los cantones más alejados.

Berlín hoy sí parece El Salvador.

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Una gran bandera de la República Federal de Alemania asida a un mástil de dos metros singulariza el despacho de Jesús Antonio Cortez Mendoza, el alcalde de Berlín. Es relativamente joven, aún se puede presentar como treintañero, y se estrenó en el cargo hace poco más de un mes, si bien en el período anterior fungió como síndico.

El alcalde Jesús Cortez también destila satisfacción por saberse vecino de una ciudad sin maras. No oculta que la coyuntura actual, con un gobierno que ha decidido afrontar el fenómeno de las maras por la vía estrictamente represiva, les podría afectar, por el retorno de personas de Apopa, de Soyapango, de San Miguel… de allá.

—Tenemos algunas colonias –dice– que empiezan a quererse complicar, con jóvenes… digamos… aficionados a las pandillas. La juventud siempre está en ese situación de poderse contaminar, por la gente que viene de otros municipios.

Contaminar, dice. Es un verbo que repiten mucho los berlineses para referirse a las maras. También ‘virus’. También ‘lacras’.

—Sabemos que estamos en riesgo. Mercedes Umaña está a 11 kilómetros, y Santiago, a 13. Ya están queriendo poner la renta a nuestra gente desde afuera: de Jiquilisco y de Mercedes. Hemos visto el ejemplo de qué sucede cuando entran las pandillas, y por eso estamos haciendo conciencia con nuestros jóvenes, que son los más vulnerables.
—Trabajar con los jóvenes. Eso podría decirlo el alcalde de cualquier ciudad salvadoreña.
—Nuestra ventaja es que todos sabemos quién es y en qué anda nuestro vecino. La población se ha unido.

La población se ha unido, dice el alcalde Jesús Cortez. Quizá sea una frase hecha, enésimo lugar común en la boca de un político. Pero quizá no, quizá una idea tan simple sea la clave de todo.

***

Tres meses desde el asesinato del mototaxista Víctor Sigarán y, aunque para El Salvador están siendo los tiempos más sangrientos desde que inició el siglo, en Berlín se reporta un único homicidio adicional: una señora de 55 años el 3 de septiembre, en el cantón San Juan Loma Alta. No parece tema de pandillas.

Asisto en un hotel de Bogotá, Colombia, a un seminario en el que uno de los ponentes invitados es Howard Augusto Cotto, el subdirector de la Policía Nacional Civil. Habla con inusual franqueza sobre la terrible situación de violencia que afecta a El Salvador, y en un momento dice lo siguiente: “Nuestro trabajo es mucho más fácil cuando más organización social hay, y se vuelve más difícil en los lugares donde se ha roto el tejido social”. Siento como si hablara de Berlín.

El seminario es un evento cerrado, el acuerdo con Cotto es que lo que acá se dice, acá se queda; pero mañana le preguntaré si me permitiría incluir la frase que acabo de anotar en un relato que tiene a Berlín como protagonista. Sí, dirá. Luego se acordará de que unos días atrás media docena de berlineses, encabezados por el alcalde Jesús Cortez, viajaron hasta San Salvador para reunirse con él, para decirle lo satisfechos que están con el subinspector Francisco Pérez, y para pedirle que siga al frente de la subdelegación cuando concluyan los siete meses de interinato.

No. Berlín no es Alemania, pero definitivamente tampoco parece El Salvador.

Dennis ni siquiera era pandillero.

Cuando los policías golpearon la puerta de su cuarto había ya siete cadáveres regados en el casco de la finca San Blas. Consuelo, la madre de Dennis, estaba sentada junto a la champa de abajo, a unos 15 metros, rodeada por policías encapuchados y sin poder ver lo que ocurría con su hijo, pero lo escuchaba. Consuelo dijo a los policías que la única persona viva arriba era su hijo.

Las ráfagas habían cesado. Los policías gritaban frente a la puerta colorada del cuarto de Dennis. Él hablaba por teléfono con su tío Chus, el mandador de la finca: “¿Qué hago?”, pidió. Chus le preguntó si eran pandilleros o policías. Dennis contestó que policías, que los había escuchado cuando sacaron de la champa a su mamá, a su padrastro y a sus hermanos pequeños. Chus se envalentonó: “Si es la Policía, no tengás miedo; la Policía te va a respetar. Cuando te digan que abrás la puerta, abrila y tirate al suelo”.

—Y mi Dennis les abrió la puerta –dice Consuelo.

Chus el mandador alcanzó a escuchar por el teléfono la voz de uno de los policías: “¿¡Con quién hablás!?”. La llamada se cortó. Llamó varias veces más. Nunca nadie contestó.

Abajo, Consuelo, sentada junto a la champa que está al lado de la plancha de ladrillo para secar café, escuchó a Dennis.

—Bien lo oí, porque era mi hijo y yo estaba pendiente. Oí cuando abrió la puerta y salió. Sentí alivio al oír su voz. Él les pidió que lo dejaran hablar, les pidió una oportunidad para explicar… pero no se la dieron.

Consuelo Hernández de Ramírez supone que su hijo Dennis Alexander Martínez Hernández, de 20 años, quería explicar a los policías que vivía desde hacía seis años en la finca porque era el escribiente, la persona contratada para controlar las horas trabajadas por cada empleado; supone que quería decirles que era un activo servidor en la sede local del Tabernáculo Bíblico Bautista; pedirles que revisaran si acaso su cuarto, donde solo encontrarían una biblia, un reloj, un corvo, una cama y un televisor; aclararles que no sabía nada de armas, que él no era pandillero.

Después de la súplica de Dennis no se oyeron más voces. Consuelo y su familia –su marido, Fidencio, y los tres hijos varones, menores de 13 años los tres– escucharon solo las últimas detonaciones de la madrugada. Dos, quizá tres disparos; no recuerdan con exactitud. Un policía de los que estaba cerca de Consuelo oyó lo mismo, y gritó.

—Gritó: ¡Alto al fuego! ¡Alto al fuego! Pero ya mi Dennis estaba muerto.

Reconstruir la matanza negada

La madrugada del 26 de marzo de 2015 siete varones y una mujer –dos de ellos menores de edad– murieron bajo fuego de una de las unidades especializadas de la Policía Nacional Civil (PNC), el Grupo de Reacción Policial (GRP). Sobre el papel, es una de las unidades mejor preparadas. La matanza ocurrió en El Matazano 2, un cantón del municipio de San José Villanueva, departamento de La Libertad, en el casco de una finca cafetalera llamada San Blas.

La versión oficial, reproducida y amplificada en las horas siguientes por la mayoría de medios de comunicación del país, señaló que los ocho fallecidos eran integrantes de la Mara Salvatrucha (MS-13) y que murieron al intercambiar disparos con los policías, que los agentes se limitaron a repeler el ataque. “Los sujetos dispararon sus armas de fuego al advertir la presencia policial, generándose un intercambio de disparos con el saldo ya mencionado”, dice el comunicado que la PNC elaboró transcurridas unas 12 horas.

Pero no.

Este periódico entrevistó a cuatro jóvenes que aquella madrugada escaparon con vida de la finca; habló con familiares de siete fallecidos; revisó los ochos levantamientos forenses y las ocho autopsias; analizó una parte sustancial del expediente fiscal 90-UFEADH-LL-15, incluida el acta que recoge el levantamiento de la escena; consultó a expertos en derechos humanos, a médicos forenses, a fiscales, a un instructor profesional de tiro; examinó las notas, las fotografías y los videos publicados tras la matanza; visitó el lugar de los hechos y los asentamientos aledaños; y –lo más importante– descubrió que una familia de campesinos estaba también aquella noche en San Blas, en la champa de abajo, a unos 15 metros, y que atestiguó –y sufrió– el operativo del GRP.

Ese fardo de testimonios y documentos permite afirmar que la versión oficial sobre lo ocurrido es falsa, y que conceptos como “masacre”, “ejecuciones sumarias” y “montaje” definirían mejor el actuar del Estado salvadoreño aquel 26 de marzo.

El porqué de la Mara Salvatrucha en San Blas

Los pandilleros se habían convertido en un problema para Dennis y su familia.

No todos aparecieron a la vez. El primero fue Taz, de 34 años y palabrero de la Ayagualos Locos (ALS), clica que tiene su base en Ayagualo, un cantón de Santa Tecla contiguo a El Matazano 2, separado solo por la carretera al puerto de La Libertad. Taz llegó a la finca con su nueva pareja, una adolescente de 16 años llamada Sonia. Consuelo recuerda que Taz “pidió posada” a Chus el mandador “porque el muchacho se había sacado a la cipota”, dice. La pareja se instaló en San Blas como un mes antes de la matanza.

Una semana después de la llegada de Taz, por la finca comenzó a dejarse ver Matador, otro pandillero viejo –40 años–, miembro de la Teclas Locos (TLS), la clica que en su día dio el pasepara la creación de la Ayagualos Locos. Ambas estructuras están integradas en el programa de La Libertad de la Mara Salvatrucha, uno de los que más titulares ha dado a la prensa salvadoreña, con liderazgos prominentes como Saúl Antonio Turcios, alias el Trece, y Dionisio Arístides Umanzor, alias Sirra.

Matador apareció unos 20 días antes de la matanza. Taz se lo presentó a Chus el mandador, Matador también le pidió posada, para usarla de manera esporádica, y Chus el mandador no supo cómo negarse.

De las múltiples conversaciones sostenidas para esta investigación se infiere que Matador había identificado la finca como un buen sitio para ocultarse de la Policía, cuyos operativos arreciaban desde mediados de febrero, cuando el gobierno decidió enterrar la Tregua con el simbólicotraslado de los principales líderes de las pandillas al Centro Penal de Seguridad de Zacatecoluca.

Para acceder a San Blas, la vía más sencilla es una calle de tierra montuosa llamada con tino Las Oscuranas, en la que apenitas caben dos carros a la par. Inicia en la carretera al puerto, pasa por el cantón El Matazano 2, desde donde la vía se angosta aún más, y desemboca unos tres kilómetros después en el campo de golf El Encanto. El casco de San Blas está a mitad de camino entre el cantón y el campo de golf.

El terreno es propiedad de Francisco Eduardo Menéndez Guirola, y en agosto de 2014 en el Registro de Comercio se registró como finca de café, valorada en más de 110,000 dólares.

El casco lo componen dos casas de cemento una frente a la otra, con vigas de madera, techos de lámina y corredores afuera de los cuartos. Ambas casas están separadas por unos 20 metros de patio terroso. La casa principal, a la izquierda del portón de acceso, tiene tres cuartos. La casita blanca tiene dos, y funciona como oficina y bodega. A un costado de la casa principal hay un desnivel de unos tres metros; abajo, la champa de bahareque y láminas. A un costado de la casita blanca hay un edificio semiderruido, sin techar, que en la parte trasera tiene una letrina. Más allá del casco, los cafetales, veredas y una callecita que permite llegar, campo traviesa, a un caserío de nombre El Cajón, que ya pertenece al municipio de Huizúcar.

La finca ofrecía espacio e intimidad para acomodar a los nuevos huéspedes. Bastó la casa principal. El cuarto chiquito lo ocupaba Matador, que se quedaba noches esporádicas; en el cuarto del medio dormían Taz y Sonia. El más grande, marcado en la pared con una bandera salvadoreña con la inscripción ‘100% ÁGUILA’, era el que habitaba Dennis desde el año 2009. En la champa vivían, instalados seis meses antes de la matanza, Consuelo, Fidencio y sus tres niños. Chus el mandador, hermano de Consuelo, los recomendó al patrón. Chus el mandador tenía su casa en El Matazano 2; llegaba a la finca cada día, pero no vivía ahí.

Desde que apareció Taz, las visitas de otros pandilleros y simpatizantes de la pandilla se hicieron más frecuentes. Pasaban el día ahí, se quedaban alguna noche a dormir en el corredor de la casita blanca. Iban y venían. Casi todos eran nacidos y criados en los alrededores. Los cuatro sobrevivientes de la matanza eso estuvieron haciendo desde que supieron que Taz vivía en San Blas. Aseguran que llegaban no solo a pasar el rato, sino también a cortar flores de izote, aguacates, mangos y guineos para luego venderlos en el mercado de Santa Tecla. Era fruta que se desperdiciaba en la finca, dicen. Había permiso de Chus el mandador, dicen.

Según el pastor de la sucursal del Tabernáculo Bíblico Bautista de El Matazano 2, Adalberto González, quien tiene 18 años de predicar ahí, a esa finca llegaban “más de 20 muchachos” por esas fechas. Había noches, recuerda, en las que tras el culto Dennis le pedía permiso para dormir en la iglesia porque sentía que era demasiado peligroso llegar a la finca. El pastor dice que Dennis le dejó claro que los pandilleros no pidieron permiso: “Ellos vieron tranquilo y se metieron; ellos no piden permiso a nadie”, recuerda la frase que alguna vez Dennis le dijo.“Tené cuidado, Dennis”, le pidió el pastor en varias ocasiones. Y Dennis le respondía que él no se involucraba en nada: “Yo, mi estudio, mi trabajo y mi iglesia”.

Dice Consuelo que en los días previos a la matanza, Chus el mandador –un hombre rural, de esos que no acostumbran salir de casa sin su corvo– estaba “bastante resentido”, y se había atrevido a encarar a Matador por las constantes visitas y por la frecuencia creciente con la que varios pandilleros –además de Taz, el único avalado por él– usaban la finca como hospedaje. Le dijo que algunos de los trabajadores de la finca no querían llegar, le dijo que el riesgo de que la Policía interviniera era demasiado. Matador se comprometió a que los visitantes se irían.

A pesar del reclamo y del compromiso adquirido por Matador, el día de la matanza fue día de visitas. Habían llegado Saiper desde Panchimalco; Bote, desde San José Villanueva; Garrobo y Güereja, desde la lotificación Las Brumas, en Zaragoza, al otro lado de la carretera al puerto; y también habían llegado los cuatro sobrevivientes.

Ese día hicieron una sopa. La noche estaba fresca, casi todos con suéteres.

—Cuando acabamos la sopa, cada quien se fue a dormir. Matador se fue a dormir. Taz se fue a dormir con la mujer. Dennis… él ni cuenta, él vivía en su cuarto aparte. Y los demás nos quedamos relajeando –dice el más joven de los sobrevivientes.

La matanza de San Blas

El GRP no llegó a San Blas por casualidad. Alguien telefoneó a la PNC y le informó que la presencia de pandilleros en la finca en la tarde-noche del 25 de marzo era muy superior a lo que ya se había vuelto habitual. Alrededor de una decena de activos y aspirantes de la Mara Salvatrucha se había congregado, procedentes de distintas poblaciones de los alrededores. En la finca estaban, además, Dennis, Sonia y Consuelo y su familia.

La llamada que delató la inusual concentración fue atendida en la delegación de Santa Tecla y, según el detallado informe incluido en el expediente fiscal, explicitó que los mareros “estaban armados” y “se encontraban reunidos para planificar el cometimiento de delitos”.

—No era la primera vez que llegábamos a la finca desde que el Taz vivía allá, y esa noche nos quedamos porque se decidió hacer una sopa –dice otro sobreviviente, testigo de la balacera–. Casi todos nos conocíamos de tiempo, ¿va? Nos veíamos seguido y dijimos: hagamos un sopón.

La delegación policial de Santa Tecla solicitó apoyo al GRP, la caballería pesada, la misma unidad élite que sería enviada si ocurriera un asalto con rehenes en una sucursal bancaria. Uniformes grises camuflados, pistolas calibre 9 milímetros, gorros navarone, pick-ups 4×4, cascos, chalecos antibalas, fusiles de asalto M-16/M4 con luz, granadas de aturdimiento… así iban los policías que enfilaron hacia San Blas.

Sobre la hora concreta en la que inició el sonoro asalto a la finca no hay unanimidad, pero la mayoría de los testimonios lo ubican pasada la medianoche. Para entonces, del sopón solo quedaba, sobre las brasas, una olla ennegrecida y vacía. Dennis hacía horas que se había encerrado en su cuarto, después de haberse tomado un café en la champa, con su madre. Taz y Sonia también se habían aislado en su habitación, y también Matador.

Al otro lado del patio de la finca, los demás pandilleros se habían separado en dos grupos: uno más nutrido y juvenil que, aunque ya había ocupado para acostarse el corredor techado de la casita blanca, mantenía aún la plática encendida. El otro grupito, conformado por Saiper, Güereja y Garrobo, pandilleros en torno a los 30 años los tres, se había instalado en el edificio semiderruido. Entre un grupo y otro, no más de 15 metros, estirados quizá por la negrura de la noche.

—El finado Bote estaba con nosotros, con los jóvenes, pero bajó a darles unos cigarros, y cuando venía subiendo es que lo mataron –dice un sobreviviente.

Los vehículos policiales no subieron por la calle Las Oscuranas, sino que atravesaron los cafetales a pie desde el caserío El Cajón; accedieron al casco desde el flanco oriental.

—Al finado Bote de un solo lo alumbraron y dijeron: “Párense ahí, hijos de puta, ¡la Policía!” ¿Va? Pero de un solo dispararon. O sea, nomás vieron que iba para arriba, de un solo pegaron el lamparazo y dispararon –dice un sobreviviente–. Su versión la respaldan los otros tres jóvenes que también estuvieron aquella noche en San Blas.

El pandillero de la Teclas Locos Ernesto Hernández Aguirre, alias Bote, murió a los 17 años de edad. En la autopsia no se pudo determinar el número exacto de orificios de entrada de bala que tenía en el cuerpo, pero se estimó en torno a la veintena, repartidos sobre todo en cabeza y piernas, también en el pecho. El cadáver quedó a un par de metros de la puerta del edificio semiderruido, bajo una destartalada carreta de grandes ruedas azules, que quizá él vio como el último refugio para proteger su vida. Le descargaron una ráfaga de unos cinco disparos en el área de la oreja derecha, que le destrozó la cabeza. “Es bien díficil pegar cinco veces en un mismo lugar; tiene que ser alguien experto para controlar la ráfaga. Lo que pudo suceder es una ráfaga controlada, eso es que hala y suelta el percutor, y se van cuatro o cinco disparos”, trata de explicar un instructor de tiro de la PNC.

Apenas unos minutos antes de ser acribillado había telefoneado a su novia. Los investigadores hallaron junto al cuerpo un corvo y, en su espalda, una mochila con ropas, además de unas esposas y un sombrero que su novia posteriormente dirá que no le pertenecían. Bote no tenía ningún tatuaje. Cuando falleció, calzaba sus zapatos favoritos: unos Domba negros.

Según consta en el acta de levantamiento de la escena, Bote no portaba arma de fuego, pero terminó con una veintena de tiros en el cuerpo.

“Al detectar la presencia policial, los sujetos atacan abriendo fuego contra los elementos policiales y logran lesionar a un policía”, dice la referida acta, agregada al expediente de la Fiscalía. Pero los cuatro testigos presentes aseguran que las armas que primero se dispararon la madrugada del 26 de marzo fueron las de la PNC.

Los minutos posteriores al ametrallamiento de Bote son algo más complejos de reconstruir.

—Los policías subieron hacia adentro (al patio), disparando a todos lados –dice otro de los cuatro jóvenes que vivió para contarlo.

Los sobrevivientes sobrevivieron porque estaban en el corredor techado de la casita blanca, algo más alejada de la senda por la que accedieron los policías. Huyeron por instinto en dirección opuesta, hacia la calle Las Oscuranas, y de ahí hasta disolverse entre el bosque y la noche, temerosos y desperdigados. Los cuatro aseguran que los tres pandilleros que quedaron acorralados en el edificio semiderruido estaban desarmados, aunque al amanecer a uno lo fotografiaron con un fusil de asalto a la par; y a los otros dos con sendas escopetas.

La Mara Salvatrucha dice que sus homies no dispararon aquella noche, pero la versión oficial habla de un agente del GRP herido leve en una pierna durante el “intercambio de disparos”. Consuelo y Fidencio oyeron que los agentes se referían a un compañero herido en la rodilla, aunque sin poder precisar si en efecto era una herida de bala. Y en el Instituto de Medicina Legal de Santa Tecla, según los forenses, no se ordenó ningún reconocimiento a ningún policía con lesiones el día del operativo, algo a lo que obliga la ley cuando las hay.

Mientras, en la casa principal, Dennis, Matador, Taz y su novia Sonia seguían encerrados en los cuartos.

El siguiente paso del operativo fue tomar el edificio semiderruido, en el que estaban atrincherados Saiper, Güereja y Garrobo, armados según la versión oficial con un fusil M-16, y con dos escopetas calibre 12: una Valtro PM5 y una Maverick 88 sin culata.

Quizá pasaron varios minutos entre el ametrallamiento de Bote y la decisión policial de asaltar el edificio. La estructura presenta en su fachada incontables agujeros de bala, en su mayoría concentrados en lo que podría considerarse el acceso principal.

Los policías lanzaron al interior del edificio semiderruido dos granadas de aturdimiento ALS09NR, dispositivos de distracción que generan ruido ensordecedor y luz cegadora, con una onda expansiva que acentúa los efectos desorientadores. Hacerlas llegar al interior no supuso mayor problema porque no había techo.

Al parecer los tres pandilleros decidieron jugársela y escapar del edificio semiderruido por la parte trasera, donde se encuentra la letrina, una fosa séptica dentro de un cubículo de láminas oxidadas. La esperanza de los mareros, quizá, era que ese sector, del que no venían balas, aún no estuviera tomado por los policías.

Sí lo estaba.

El pandillero de la Teclas Locos José Antonio Gómez, alias Güereja, de 27 años de edad, cayó a unos ocho o 10 metros de la letrina. Acribillado, su cuerpo quedó junto a un poste de concreto de un metro de altura, boca abajo, con la Valtro PM5 tirada encasquillada a la par, en paralelo, con la empuñadura más cerca de los pies que de las manos. El cargador contenía cinco cartuchos y uno más en la recámara. Un médico forense que leerá la autopsia no le hallará explicación lógica a la secuencia de balazos: “Los orificios de la espalda y los de adelante sugieren que estaba acostado. ¿Entonces qué? ¿Le dieron vuelta después? Allá Investigaciones debe definir… nosotros no podemos dar más explicaciones”. Los de la funeraria aconsejaron a la familia que no abrieran el ataúd durante la vela.

El pandillero de la Teclas Locos Manuel de Jesús Gutiérrez, alias Garrobo, de 29 años, avanzó un poco más que su homeboy, unos 15 metros desde la letrina. También lo desfiguraron a tiros y también amaneció con un arma –la Maverick 88– y cartuchos regados a un costado. Murió, dice la autopsia, por “heridas de cráneo, tórax y abdomen causadas por proyectiles”. Entre los 13 orificios que consigna el reconocimiento forense, hay dos disparos certeros en la cabeza, y otros dos en brazo y antebrazo, como si hubiera intentado cubrirse.

El pandillero de la Teclas Locos Hugo Nelson Melara, alias Saiper, un viejo de 34, corrió hacia el sur por la parte trasera de la casita blanca y su cuerpo quedó a una veintena de metros de la letrina. Diez balazos, uno de ellos en la cabeza, pusieron fin a una vida que inició en un cantón de Panchimalco y que por años se consumió en el penal de Chalatenango, donde estuvo preso por homicidio. Ya de día, aquel 26 de marzo, junto a su cuerpo había un fusil M-16 que aún tenía 22 cartuchos sin disparar, y uno más en la recámara.

Imposible determinar con precisión en esta investigación (la Policía rechazó la petición escrita de entrevistas que El Faro planteó al subcomisionado que dirige el GRP, al director o al subdirector de la institución) cuánto tiempo pasó entre las muertes de los tres pandilleros atrincherados en el edificio semiderruido y la decisión de vaciar las casas.

En la principal, Dennis, Matador, Taz y su novia Sonia seguían encerrados en sus cuartos. Consuelo y Fidencio estaban en la champa, con sus tres niños, obligados por los padres a meterse bajo la cama.

Las ráfagas y los disparos se escucharon no solo en la finca, sino en los dos valles a uno y otro lado; se oyeron en El Matazano, en Ayagualo, en Las Brumas, en Loma Linda… incluso en el lejano casco urbano de San José Villanueva. Todos los testigos entrevistados estiman que la balacera duró no menos de 45 minutos, y algunos le calculan hasta hora y media. En lo que sí hay coincidencia absoluta es en que por períodos de 10 o 15 minutos se calmaba por completo, pero luego las ráfagas se reactivaban.

También hay certeza de que cuando un grupo de agentes del GRP bajó a la champa de Consuelo y preguntó si había alguien adentro, solo Dennis y Sonia quedaban vivos arriba.

Antes, tras los primeros escarceos, Consuelo había telefoneado a Dennis, y este le había aconsejado que toda la familia permaneciera dentro de la champa. Dennis llamó luego a su tío, Chus el mandador, para contarle lo que estaba pasando y pedirle consejo, pero eso fue casi al final.

Acorralados, Matador y Taz tomaron la decisión de salir de sus respectivos cuartos de la casa principal. Matador avanzó unos tres metros patio adentro. Taz, unos cuatro. Sus cadáveres en la mañana siguiente aparecerán justo donde acaba el corredor techado. Matador tendrá su suéter oscuro subido hasta el pecho, su enorme y tatuada barriga al aire, como saldría alguien que quiere mostrar que no tiene armas en la cintura. La fotografía que trascendió de Taz lo muestra descamisado en una noche fresca y con el pantalón bajado hasta las nalgas y el calzón hasta la cintura.

Al igual que sus homies Güereja, Garrobo y Saiper, ambos amanecieron con armas de fuego a la par. Matador con una pistola Sarsilmaz de 9 milímetros, con 13 cartuchos en el cargador sin disparar y uno más en la recámara. Cuando llegaron los investigadores al amanecer, Taz tenía junto a su cuerpo un fusil M4 con culata de M-16 con 58 balas en el cargador, además de la de la recámara.

Imposible reconstruir, sin el testimonio de los agentes del GRP, qué sucedió cuando los dos pandilleros salieron de sus cuartos. Pero sí se puede narrar las consecuencias.

El pandillero de la Teclas Locos Mauricio López García, alias Matador, de 40 años de edad y marero desde la década de los noventa, murió tras recibir cuatro o cinco balazos en la cabeza y el cuello, señala la autopsia A-15-167; dos de esas balas le impactaron primero la mano derecha. Un forense consultado juzgó lógica la tesis de que estaba cubriéndose cuando lo rafaguearon. Matador había pasado más de una década encarcelado, en los penales de Quezaltepeque y Chalatenango. Salvo el rostro, tenía todo el cuerpo tatuado, y en su cuello destacaban una ‘M’ y una ‘S’ góticas. La noche anterior a la matanza no durmió en San Blas, sino en el municipio de Colón, con su pareja y madre de su único hijo, un bebé de seis meses de edad.

El pandillero de la Ayagualos Locos José Alfredo Aldana, alias Taz, de 34 años, salió de su cuarto antes que su novia Sonia. Murió por “heridas de cráneo, tórax y abdomen”, dictamina su autopsia. Dos de los balazos, en la cabeza. También intuyó lo que se le venía encima, según interpretó un médico forense la herida de bala en su mano izquierda. “Sí, lo primero que uno mete son las manos”, respondió el especialista cuando se le consultó si la herida en la “región palmar izquierda” evidenciaba una reacción para defenderse.

En algún momento después de la muerte de Matador y Taz otro grupo de agentes del GRP se había movido hasta la champa de Consuelo, contigua a la casa principal, pero con un salto vertical de unos tres metros, que obliga a dar una generosa vuelta. La familia no opuso resistencia. Abrieron cuando les dijeron que abrieran. Fidencio, un sexagenario enclenque que debería estar ya jubilado, también sufrió la furia de los uniformados.

—A él le pegaron una patada, lo botaron al suelo y lo encañonaron –dice Consuelo, asiente Fidencio–. Llegó otro policía y preguntó: ¿y con este? Otro le dijo que no fuera a disparar, que había niños.

A Consuelo y a los niños los sentaron cerca de la champa, bajo unos palos de mango, en una especie de borde de concreto junto a la plancha de secado del café. Fidencio, tirado en el suelo y encañonado.

—Gracias a Dios, el otro policía dijo: no disparen porque hay niños. Y yo se lo agradezco a Dios –dice Fidencio, un hombre muy religioso, como su mujer, y que no sabe leer ni escribir, como su mujer.

Pero arriba, en la casa principal, la matanza no había terminado. La siguiente fue Sonia, la adolescente enamorada de un marero.

—Yo solo oía que gritaban que abrieran las puertas y que salieran –dice Fidencio.

O Sonia abrió el cuarto, o el GRP lo hizo.

—A ella la sacaron antes que a mi Dennis.
—¿Qué decía? ¿Eran palabras de una persona que está oponiéndose?
—Nooo, yo más bien creo que ella… que cuando el hombre le dijo que se hincara, ella se hincó.
—¿Usted oyó cuando los policías le pidieron que se hincara?
—Sí. “Hincate”, le dijo, y unas palabras que yo no voy a repetir, y un… no sé… no sé qué le preguntarían, pero ella dijo: “no sé nada”. Eso sí lo oí bien clarito. Me imagino que estaba hincada o qué sé yo.
—¿Después de eso oyó disparos?
—Ahí sí no…
—¿Ya no había balacera?
—No, ya no.

La joven Sonia Esmeralda Guerrero, de 16 años, murió de un único tiro en la boca, que le destrozó la parte alta de la columna vertebral. Según la autopsia, la bala entró a un centímetro de la comisura de los labios, en el lado izquierdo del rostro. Le destruyó la mandíbula inferior, la dentadura, la cuarta, quinta y sexta vértebras cervicales, y la médula ósea. Sonia –alta, chelita, jovial– fue por un par de años servidora en la iglesia Peniel, de la lotificación Loma Linda, y estudiaba octavo grado. Pero se enamoró de Taz y no supo decir que no cuando le propuso irse a vivir juntos. Ni su familia ni Consuelo –con quien entabló cierta amistad en las semanas que vivieron en la finca– se la imaginan con un arma en la mano. Los cuatro pandilleros sobrevivientes también niegan esa posibilidad.

—Si ella era bien fresita –dice uno de ellos, el más joven–, ni las uñas le gustaba enchucarse.

La versión oficial de una Sonia pistolera choca frontalmente con el relato de Consuelo y con la descripción de ella que hacen familiares, conocidos y los cuatro jóvenes sobrevivientes. Pero a la par del cadáver de Sonia apareció una pistola Glock encasquillada junto a su mano izquierda, un cargador en la bolsa trasera de sus jeans, y otro más en su brasier, apretado contra sus pequeños pechos. Así quedó consignado en el acta oficial que recoge el levantamiento de la escena.

Estas dos imágenes de la joven Sonia Guerrero circularon en redes sociales después de la matanza. Se tomaron antes de que los forenses de Medicina Legal realizaran el levantamiento de cadáveres.

En internet se distribuyó una fotografía de ella en la que no tiene los cargadores encima, y la Glock está volteada. Uno de los forenses consultados fue muy explícito: “Es imposible que la pistola se haya dado vuelta ella sola durante la toma de las fotografías; probablemente montaron esa escena”.

Muerta Sonia, los policías fueron al fin al cuarto de Dennis, que en ese momento pedía por teléfono consejo a su tío, Chus el mandador.

Su madre, su padrastro, sus hermanos lo oyeron todo.

A Dennis un balazo le atravesó la cabeza, con orificio de entrada en la región frontal izquierda, y orificio de salida debajo de la oreja derecha. Ese disparo entró de arriba hacia abajo. Tiene otro tiro en su brazo derecho, a 12 centímetros del hombro, y el proyectil le quedó adentro.

Al amanecer, junto a su cadáver había dos corvos y un cuchillo.

Dennis ni siquiera era pandillero.

La marcha por la paz

La mañana del 26 de marzo, cuando los ocho cadáveres de la finca San Blas aún esperaban que llegaran los forenses del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador y otras cabeceras departamentales se desarrolló la Marcha por la Vida, la Paz y la Justicia, convocada por el Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Convivencia y el gobierno del presidente Salvador Sánchez Cerén. Según cálculos oficiales, unas 200,000 personas caminaron para pedir paz. Estas son algunas de las frases que el presidente Sánchez Cerén mencionó en su discurso.

“Este día es un día hermoso, lleno de amor; las calles de El Salvador se vistieron de amor”.

“Todos, todos somos imprescindibles; nadie, nadie puede ser sustituido en esta grandiosa batalla, esta batalla que necesitamos darla en el amor, en el hogar”.

“Tenemos que rescatar las comunidades y convivir en armonía, en convivencia”.

“Tenemos que arrancar los odios de nuestros corazones y saber ser tolerantes, saber entender, saber comprender que en la vida todos somos indispensables”.

“Rindo tributo a todas las víctimas de la violencia y el crimen en nuestro país. Reafirmo nuestra voluntad de que ningún crimen quedará impune”.

A Consuelo y a su familia los llevaron la madrugada del 26 de marzo a la delegación de la PNC en Santa Tecla. El Estado salvadoreño sabe que una familia de campesinos estaba también aquella noche en San Blas, pero en las 16 semanas transcurridas desde la matanza Consuelo no ha recibido la visita de ningún fiscal, de ningún policía, de ningún delegado de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Durante poco más de dos semanas siguió viviendo en la finca San Blas. Nadie le ha preguntado por lo que atestiguó y vivió aquella noche.

El lunes 13 de abril, 18 días después de la matanza, el presidente Sánchez Cerén se jactó de que, de los 481 homicidios de marzo, 140 correspondían a pandilleros abatidos durante enfrentamientos con la PNC. Para ese entonces, marzo era el mes más violento del siglo en El Salvador. Dennis y Sonia son parte de esas cuentas presidenciales.

Epílogo

Chus el mandador desapareció 19 días después de la masacre. Su cadáver apareció un día después, con el rostro desecho a machetazos.

La mañana del 14 de abril de 2015, el agricultor Jesús Hernández Martínez, de 44 años, mandador de la finca San Blas, hermano de Consuelo y tío de Dennis, salió hacia su trabajo a las 6:30 de la mañana. Nadie supo más de él durante 24 horas.

A las 7:15 de la mañana del 15 de abril, una llamada reportó al puesto policial de Huizúcar que había un cadáver tirado en la calle principal al cantón El Zapote, de esa misma localidad, una zona que ya no controla la Mara Salvatrucha, sino la pandilla Barrio 18. Un cuarto de hora después, una patrulla llegó al lugar. Dos horas después, se presentó un médico forense.

La autopsia dice que el cadáver tenía cinco lesiones de arma contuso-cortante, tipo machete, en el rostro. También tenía un lazo de nailon azul alrededor del cuello. Los huesos del cráneo estaban destrozados, al igual que los de la cara y la dentadura. Murió de asfixia y como consecuencia de los machetazos.

No llevaba ninguna identificación. Su mujer lo reconoció la mañana que apareció al ver sus fotografías en la delegación policial de Santa Tecla, adonde llegó preguntando por los muertos de las últimas horas. Una de las fotos era el cadáver de Chus el mandador.

Chus el mandador fue la última persona que habló con Dennis. Ese celular comprado apenas unas semanas atrás desapareció, igual que otras pertenencias de Dennis, como su biblia y su reloj. Alguien lo hurtó del cuarto aquella madrugada. Dos de los familiares han recibido llamadas desde el teléfono de Dennis semanas después de que este muriera por los balazos de algún integrante del GRP. No se atreven a contestar.

Chus el mandador, recuerda Consuelo, estaba “indignado y dolido” tras la matanza. Aseguró a varias personas que los policías no le habían dado una oportunidad a su sobrino, que le habían disparado a sangre fría. Chus el mandador estuvo presente mientras se procesaba la escena, y despotricó, gritó, insultó… llamó asesinos a los policías.

Después fue asesinado. Y cuando se le pregunta de quién tiene miedo, Consuelo responde que de los policías.

“Es necesario que el hombre de hoy, que vive bajo el signo de tantas opresiones y esclavitudes, rompa todas esas cadenas”.
Monseñor Óscar Arnulfo Romero, septiembre de 1979.

Taenia solium es un parásito, la solitaria, un gusano en las tripas de un humano. Le roba sus nutrientes. Lo depaupera sin matarlo. Su hábitat predilecto son las paredes internas de un segmento del intestino delgado llamado yeyuno. Al aparato digestivo la larva accede encapsulada, entre carne de cerdo ingerida cruda o poco cocinada. Los ácidos gástricos la liberan. Libre, la minúscula cabeza –corona de ganchos, cuatro ventosas, forma de pera– se aferra como anzuelo al paladar del pescado. Luego se dedica a hurtar, una cuota suficiente para la buena vida pero sin arriesgar la del incauto. La lombriz crece y crece y crece, blanca y plana como un tallarín, hasta regarse medio metro, un metro, de ahí dos tres cinco… hasta seis metros, siete. Cientos de centímetros parasitarios, prosperados a base de nutrimentos ajenos durante semanas, meses, años. La literatura médica habla de ejemplares que sobreviven hasta una década en las entrañas de sus víctimas, impotentes y resignadas.

En El Salvador, país que no aprecia la carne de cerdo, la solitaria afecta con frecuencia limitada, una incidencia en todo caso inferior a la que tienen otros parásitos… como los extorsionistas.

—Uno se termina haciendo del ojo pacho –dice Ulices, extorsionado.
—¿Por qué? ¿Resignación?
—Resignación. ¡Esa es la palabra! Nosotros les damos 180 dólares al mes, pero eso no es lo peor, la verdad. Lo peor es el sentimiento de impotencia que uno tiene. Nada nos costaría zampar a cuatro vigilantes, ¿veá? Si quisiera darles lucha, les diera lucha. Pero tengo dos hijos pequeños, esposa… Como somos dos socios, al final son 90 dólares por cabeza, que es lo que me cuesta una buena cena. No vale la pena. ¿Poner en riesgo a mi familia por una cena?

Ulices paga la cuota, mantiene a los parásitos. Pandilleros de la 18 facción Revolucionarios en su caso. Lo ha hecho durante más de tres años. Se reconoce como un renteado. Uno más. Uno entre decenas de miles.

* * *

I. Lainfestación.

Conviene explicitar de entrada que Ulices no es alguien achicopalado, de naturaleza sumisa; al contrario, es de los que tratan de caminar cabeza erguida por la vida.

—Me formaron para ser muy aventado –dice–; aventado y desconfiado. Todo lo que pueda hacer yo, lo hago yo.

Esa concepción de la existencia cristalizó de diferentes maneras: Ulices sobrelleva su condición de renteadoen silencio, sin contárselo a casi nadie; Ulices suele cargar una Glock 9 mm, registrada a su nombre; Ulices cree que el dinero está para ser invertido y multiplicado, y el cómo no es lo más relevante.

A finales de 2011 se le apareció la oportunidad de convertirse en dueño de un billar. Un amigo que terminaría de diputado en la Asamblea lo había adquirido meses atrás, pero preocupaciones mayores no le permitían dedicarle el tiempo necesario, y le propuso arrendárselo.

Ubicado en la llamada Zona Real, en las inmediaciones del Hotel Real Intercontinental, el billar era, entre los locales de su estirpe, uno de los de mayor abolengo, con más de tres décadas. Antes de dar el sí, acordaron que durante cuatro días podrían auscultar el negocio con acceso absoluto, y comprobó que se facturaban en torno a 140 dólares diarios brutos. Como abría los siete días, eran 4,200 dólares al mes, y eso con el piloto automático.

—Ordenándolo un poco, mi socio y yo vimos que sí había de dónde sacar lucro –dice Ulices.

El acuerdo entre los amigos fue 1,800 dólares mensuales de alquiler por el local más 400 por las mesas de billar. En los días siguientes hubo que invertir arriba de 5,000 en remodelar la cocina, pintarlo, adquirir mobiliario, decorarlo, arreglar los aires acondicionados, los baños…

Le entraron sin saber que el billar estaba parasitado.

Ulices tenía entonces 27 años, los mismos que su socio, quien también es su primo y confidente. Ambos son fundadores-propietarios de una vigorosa empresa de mercadeo y publicidad, con ganancias estratosféricas en comparación con las del salvadoreño promedio. Graduado en la Universidad José Matías Delgado, Ulices vive en una urbanización de la zona sur de la capital en la que no hay casas abajo de los 100,000 dólares, su garaje se lo disputan un pick-up, dos sedanes, un importado de lujo y una vespa del 86, dispone de motorista, el fútbol en el Estadio Cuscatlán lo ve desde palco, ha sido candidato a diputado suplente en las elecciones de 2015, se divierte en la exclusiva colonia San Benito, y en una cena con su esposa se gasta 90 dólares sin cargo de conciencia.

—La decisión no fue sencilla porque nunca había estado en un business así, y si asumí el reto es porque me gustan los negocios. Pero mi esposa nunca estuvo de acuerdo. Nunca.

El billar tenía cinco empleados, incluido el vigilante. Fueron ellos quienes traspaso consumado le dijeron que unos pandilleros de la 18 se presentaban todos los sábados en la noche, como Don Francisco, pero para cobrar la renta: 50 dólares en monedas.

Aventado y desconfiado, en su primer sábado Ulices le dijo al vigilante que esta vez él y su socio entregarían la plata. Caída la noche, se presentaron dos jóvenes: uno de unos 18 años; y el otro, de unos 24. Como siempre, se dirigieron al vigilante por lo suyo, pero este les explicó que había nuevos encargados y que querían platicar.

—Nosotros de entrada habíamos dicho: paguemos, ¿para qué confrontar? Pero queríamos hablar.

Por lo que pudiera pasar, Ulices dejó su Glock 9 mm en la oficina. Salieron él y su primo al parqueo, con el vigilante y su escopeta de escuderos. Se presentaron como los administradores y dijeron que un inexistente patrón les había pedido conocer las condiciones. La conversación inició tensa pero amistosa.

—¿Cómo funciona esto de la renta?
—Nosotros brindamos servicios de seguridad –el menos joven tomó la palabra, y por su forma de expresarse, sus gestos, a Ulices no le quedó duda de que eran mareros–. Ustedes tienen nuestro teléfono. Si llega otra pandilla a cobrar, les dicen que están con los Revolucionarios de la 29, y si hay problema, nosotros nos encargamos. Igual si tienen un problema con un bolo o alguien que llega a asaltar. Solo nos llaman. A la hora de cualquier desvergue su vigilante no tiene que ensuciarse las manos.

El pago de la renta también incluía el compromiso de que ningún homie llegaría al billar como cliente, conscientes de que su sola presencia perjudica al negocio.

La plática, de unos 10 minutos, solo se tensó en el tramo final, cuando Ulices se atrevió a comentar que estaban arrancando y que creían que 50 dólares era demasiado.

—Quizá sintió como que no queríamos colaborar, y ahí se puso más serio: lo conveniente es que sigan apoyando, que rápido nos ubicaban, que podían averiguar quién era el dueño… un tono más amenazante.

Ulices pidió calma: la idea era seguir apoyando. Entregaron los 50 dólares en monedas, con la sugerencia de que hablara con quien tuviera que hablar para revisar la cuota. El Chiquitito se despidió con una petición: la próxima cuota, en billetes de 20 y 10, que ahora mejor así. La pareja de pandilleros caminó cuadra y media, y subieron en un Honda Civic negro que los esperaba con el motor encendido.

Aún no lo sabía, pero aquel pandillero diminuto y altanero del que nunca conocerá su nombre, el que aparentaba unos 24, era uno de los palabreros en la libre de la facción Revolucionarios del Barrio 18; en concreto, del grupo que tiene su cancha en la comunidad 29 de Agosto de San Salvador.

Al siguiente sábado el encuentro fue más breve. Los mareros llamaron antes para decir que se presentarían a las 5 de la tarde. Llegaron Chiquitito y el otro chamaco, esta vez acompañados de una joven que evidenciaba un nerviosismo desmedido. Ulices y su primo salieron al parqueo, chocaron las manos como cheros de toda la vida, y los tres billetes cambiaron de dueño. Ulices alcanzó a preguntar si había planteado lo de la revisión de la cuota. Chiquitito respondió lacónico: un no y una advertencia de que eso no dependía de él. Por todo, un minuto.

—Cuando se iban, yo le dije: resolveme. Algo serio, ¿veá? Y me dijo: ahí le aviso.

Con ligeras variantes el patrón se repitió el tercer, cuarto, sexto sábados, el séptimo. Y cuando los renteadosya se habían resignado a que nada cambiaría, Chiquitito telefoneó al vigilante un día a mitad de semana y pidió hablar con Ulices.

Mirá, bato –le dijo Chiquitito–, hemos visto que ustedes están en la disposición de colaborar, así que vamos a cambiar las cosas. Mucho nos arriesgamos al llegar todos los sábados, y ahora el modo de entrega será una vez al mes, entre el 14 y el 16. Acordate –le dijo Ulices–que en un negocio así el flujo es diario, y para mí juntar la plata de un solo… Mirá –le dijo Chiquitito–, ese es tu problema. Yo necesito que lo hagamos una vez al mes, pero te vamos a ayudar: y el pago mensual será de 180 dólares, no de 200. Vaya –le dijo Ulices–, está bueno, pero cuando vengás a cobrar, avisame un día antes, no me vayás a caer de sorpresa, que no haya dinero en caja, y vayás a encachimbarte, ¿veá? Está bueno –le dijo Chiquitito.

Sería enero o febrero de 2012, en vísperas de la Tregua que acordaron el gobierno del presidente Mauricio Funes y las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18.

El cambio en las condiciones de pago supuso el inicio de laestabilidad.

* * *

Cada día del año 2014 siete salvadoreños tuvieron el valor de denunciar a sus parásitos ante la PNC. El nombre de 2,480 valientes quedó inscrito en un reporte policial. Como curiosidad, se denuncia más en los departamentos de Santa Ana, Morazán, San Miguel y Sonsonate, aunque resulta imposible determinar si es porque el delito está más extendido, porque las instituciones estatales son más solventes, o porque sus ciudadanos están menos resignados que el resto de los salvadoreños.

Sea como fuere, cualquier reporte oficial de datos siempre será un espejismo de la realidad de un delito del que expertos y profanos señalan que tiene un subregistro brutal y creciente. Así, mientras la conciencia colectiva está convencida de que extorsionados y extorsionistas son cada vez más en El Salvador, las cifras policiales aseguran lo contrario: 4,528 fueron las denuncias recibidas en 2009; 3,296 en 2011; y 2,785 en 2013. La tendencia es similar en los registros de la Fiscalía General de la República.

Saber cuántas personas pagan renta es una quimera, como aspirar a contar los zompopos de mayo. Se respira en el ambiente lo desbocado que está este delito que, incluso con el subregistro y la impunidad, es el segundo que a más personas mantiene encarceladas, solo superado por el homicidio. De una encuesta de la Universidad Centroamericana (UCA) realizada a finales de 2014 se infiere que 163,000 adultos –163,000 familias– pagaron algún tipo de extorsión durante ese año, pero no deja de ser el mismo instrumento que cuando trata de retratar las preferencias partidarias en las semanas previas a unas elecciones sus resultados son muy lejanos a lo que acaban diciendo las urnas.

Para explicar el descenso en las denuncias, está muy extendida la creencia de que el delito se ha naturalizado, como si cada vez más y más salvadoreños se resignaran a vivir con su solitaria.

* * *

II. Laestabilidad.

Uno sabe que no tendría que pagar por parquear el carro en la vía pública, a la puerta de un restaurante o de un hospital, pero por lo general se paga sin rechistar –incluso tarifas fijas, de hasta dos dólares, canceladas por adelantado– al autoproclamado administrador de la cuadra. La razón de ese pago, socialmente tolerado, no difiere tanto de la razón por la que Ulices y su socio se resignaron a pagar la renta.

Superada la incertidumbre de lainfestación, los 180 dólares acordados se incorporaban cada mes al libro de contabilidad con la misma naturalidad que se anotaban los pagos por la energía eléctrica, por el agua o por el wifi.

Que el negocio despegara con tino sin duda ayudó a pasar el mal trago. La remodelación sedujo. El trato y las promociones mejoraron. Se introdujo un servicio de comidas. Se ajustó precios al alza. Se apostó por un cliente con mayor poder adquisitivo, que pagara gustoso la exclusividad de las dos mesas de billar VIP, aisladas y con aire acondicionado.

—Cuando lo tomamos, llegaba mucho joven de 17 a 20 años y de aspecto… digamos… no amigable, que además pagaban una hora de billar y se tomaban una cerveza cada uno, ¿veá?

El perfil de la clientela cambió. En pocas semanas, de los 140 dólares por noche de caja se saltó a 350, con un par de días fuertes en la semana, en los que se ingresaban de 800 a 900 dólares. Esos números facilitaron acostumbrarse a la solitaria, pero la opción de denunciar su condición de la renteados estaba totalmente descartada mucho antes de que la bonanza.

Ulices es amigo de un exdirector de la PNC y tiene muy buena relación con un influyente comisionado. A ambos los consultó más como amigo que como víctima. El primero le respondió que, hasta no tener claro quiénes estaban detrás, no dejara de pagar, y le sugirió que desconfiara de los empleados. El segundo de entrada le recomendó interponer la denuncia, pero con tal desesperanza que Ulices lo asumió como una invitación tácita a no hacerlo.

—Pagar a unos mareros va contra mis principios, yo estoy totalmente en contra, ¿me entendés? –dice Ulices–. Pero si no lo denunciamos es porque la PNC es una institución que no iba a cambiar la situación ni a brindarnos seguridad. La cuota… era manejable; y la relación que estábamos teniendo con ellos, dentro de lo que cabe, era armoniosa. Entonces, lo terminamos viendo como un mal necesario y punto.

En aquellos días se destapó la Tregua, con las insólitas peticiones de perdón a la sociedad que pandilleros como el Sirra o Viejo Lyn hicieron en los medios de comunicación, aunque lo que más pesó a la hora de que Ulices se resignara a laestabilidad no fue la fe en ese oscuro proceso, sino el hecho de tener una familia.

—Mis hijos nunca han puesto un pie en el billar. Mi esposa, dos o tres veces lo más, y siempre de día.
—¿Su familia sabía que pagaba renta?
—Mis hijos son pequeños. Mi esposa no estaba al tanto porque nunca lo permití. A ver, con mi esposa tengo confianza, platicamos de todo, pero desde que yo entré en el billar… no sé… lo hice… como sabiendo que no es quizá la forma más correcta de hacer plata… no sé si me captás… como que no es lo moralmente correcto, pues. Por eso siempre mantuve lejos a mi familia.
—¿Pero ella sabía que pagaban renta?
—Algo sabía, pero no los detalles. Lo manejé como que era parte del negocio y que nunca hubo amenazas ni nada.
—¿Quién lo sabía, aparte de su socio?
—Mi papá sí, porque por un tiempo llegaba a apoyarnos al local. Y amigos… tal vez dos o tres personas de confianza. Pero es que yo soy así, desconfiado. No sé, quizá la misma política me ha enseñado a ser sigiloso, mucho más en este tema, porque nunca sabés de dónde te puede venir el… la verdad es que a casi nadie le dije.

Laestabilidad se prolongó por casi tres años. Chiquitito siempre fue el principal interlocutor, con transacciones en el parqueo que se consumaban en segundos. El tercer sábado de cada mes terminó fijado como el día de pago. Los 180 dólares al mes, inamovibles. La pandilla nunca pidió aguinaldos ni bonos ni nada por el estilo; lo más parecido, alguna petición de colaboración adicional para un entierro o para pagar abogados, pero bastaba responderles que no podían para que ni siquiera insistieran.

Si bien parasitaria, la relación se naturalizó.

—Un amigo, uno de esos pocos que sabían, abrió un bar cerca –dice Ulices–. Y como él intuía que le iban a caer, primero me buscó. Yo le hice el contacto, para que empezara bien desde un inicio. Y ya, platicaron y arrancaron. Fue para simplificarle la vida.

Si la premisa era no complicarse, los años de laestabilidad resultaron llevaderos.

El problema es que los parásitos de Ulices eran pandilleros, un grupo violento, armado para la guerra y dispuesto a todo para retener su cuota de nutrientes. Y cuando en la segunda mitad de 2014 la estrella del billar empezó a apagarse, la cosa se puso fea.

—Tuve que ir a su comunidad a darles una plata –dice Ulices.

Para entonces, laestabilidad estaba dando paso a lacapitulación.

* * *

Los datos-balances-encuestas no parecen la herramienta idónea para dimensionar el fenómeno de las extorsiones y su impacto en el comercio. Quizá las opiniones.

Existe un Consejo Nacional de la Pequeña Empresa de El Salvador, que los pocos que lo conocen lo conocen como Conapes. La personería jurídica la ganaron en 1990 y es la heredera de asociaciones similares que operaron antes y durante la guerra civil. Aseguran sus dirigentes que tienen registradas más de 11,000 comercios y empresas pequeñas, con unos 20-30 empleados en promedio. Su presidente se llama Ernesto Vilanova y es dueño de un hotelito en la zona costera. Su vicepresidente se llama Ricardo Sosa, y es consultor en temas de seguridad. Desde hace varios años –los dos coinciden en el diagnóstico– la renta es la preocupación reinante entre los agremiados de Conapes.

“Las extorsiones se han convertido en un modus vivendi en El Salvador”, dice Vilanova. “Es el negocio del siglo XXI”, dice Sosa. “Hoy el 90 % de los pequeños empresarios pagan renta, y el problema ya se hizo crónico; es muy difícil que vaya a retroceder”, dice Vilanova. “En los noventa lo más lucrativo para el crimen organizado eran los secuestros y, cuando el Estado apretó, se pasó a las extorsiones”, dice Sosa. “El extorsionado rara vez denuncia; a nosotros nos cuenta bajo condición de confidencialidad”, dice Vilanova. “Yo en mi hotel tengo que dar comida y cervezas a los pandilleros de la zona; dinero aún no”, dice Vilanova. “También nos consta que existen oportunistas y aprovechados que, sin ser pandilleros, extorsionan en nombre de las pandillas”, dice Sosa. “Tuvimos un caso de un pequeño empresario extorsionado por cuatro policías”, dice Vilanova. “Nosotros jamás les aconsejamos que sigan pagando, pero el problema es que acuden cuando están con el agua al cuello”, dice Sosa.

Después de todo esto, Vilanova y Sosa se despiden, pero no se van. Se sientan a otra mesa del local. Han quedado con el propietario de una floristería de San Salvador que los ha citado porque ya no alcanza a pagar la renta que le exigen. Quiere consejo.

* * *

III. Lacapitulación.

El billar comenzó a perder brillo tras la Semana Santa de 2014. Ulices todavía no le halla explicación, atrincherado en que ni el trato ni las promociones variaron, y tampoco se había abierto cerca algún negocio similar que pudiera robarle clientela. Pero que pasó, pasó: los cierres de caja devinieron menos felices noche tras noche. Las ganancias en mayo bajaron respecto a las de abril; las de junio lograron que extrañaran las de mayo; y las de julio… en julio dejó de haber ganancias. Para agosto los números rojos parecían insostenibles.

—Había días que cerrábamos con 60 dólares de caja –dice Ulices.

La inversión se había concebido para garantizar un flujo diario de dinero, no para convertirse en un lastre de la economía familiar, y en septiembre los problemas de liquidez afloraron. Se despidió a dos personas que apoyaban en la cocina y en la limpieza, se hizo ajustes para apretarse el cincho, y por último, quizá amparados en la relación cordial con sus parásitos durante laestabilidad, se optó por retrasar el pago de los 180 dólares.

—Creo que fue septiembre que nos tardamos con la cuota. El día que llamaron para avisar que pasarían les expliqué que el negocio estaba malo. Ok, me dijo, ¿cuándo me lo vas a dar? Espero que la otra semana, le dije.

Cuatro o cinco días después, volvieron a telefonear, y Ulices respondió que todavía no tenían la plata. Chiquitito esta vez no salió tan comprensivo; que si no seás tonto, que si no te pongás en ese plan, que si te hemos ayudado. Ulices se animó a pedir algo más de tiempo. Voy a hablar con los de arriba y te informo, escuchó en un tono que interpretó amenazante.

—Me llamó al día siguiente, que ya había hablado con no sé quién, y que teníamos dos días para cancelar; si no, iban a tirarnos una granada –dice Ulices–. Yo le dije: mirá, si te ponés en esa actitud, cuelgo, porque no es así tampoco. Hemos tenido una relación pacífica, y ahora que el negocio va mal… La onda es que le colgué. Como a los 10 minutos me estaba hablando el jefe de él, no sé si desde alguna cárcel, como para tranquilizarme, diciéndome que me calmara, que quizá el otro había agarrado la cosa por donde no era. Bien al suave, pero también quería que pagáramos. Al final acordamos. Y de los 180, por el retraso, nos subieron a 230 dólares, ni recuerdo qué excusa me puso.

Ante el cariz violento que estaba tomando la relación, Ulices y su primo decidieron pagar sin condiciones, ganar tiempo. Lo hicieron a pesar de que, también como desquite por la demora, los pandilleros exigieron que tenían que ir a dejar la plata a la 29, su cancha.

La comunidad 29 de Agosto queda sobre el bulevar Venezuela. A una cuadra del punto de referencia que les dieron, la llantería y taller Doño, en el cruce del bulevar con la calle que baja del mercado Central. Aventado y desconfiado (“Todo lo que pueda hacer yo, lo hago yo”), decidieron ir en persona a los dominios de Chiquitito.

Los dos socios, el administrador del billar y el motorista de Ulices se subieron en el sedán del primo después de la hora de almuerzo y se plantaron en la 29 de Agosto. Ulices iba con 230 dólares en un sobre, su Glock 9 mm en el cincho y un teléfono en la mano. Su primo, con una pequeña Whalter PPK .22 recortada. Al ingresar por el pasaje indicado, marcó para reportarse. La desconfianza era mutua. ¡Bajen los vidrios! ¿Por qué vienen tantos? Era evidente que Chiquitito los observaba desde alguna altura. Sigan hasta el tope –les dijo–; den la vuelta; regresen; paren junto a la tiendita; esperen, que va a caerles alguien. Pasaron segundos eternos, un minuto, dos… nadie se acercaba. Ulices llamó con tono de ultimátum. Al poco un hombre con un niño de unos ocho años de la mano, como si fuera su hijo, caminaron hacia ellos. Agarró el sobre, se lo echó a una bolsa, se alejaron. Los cuatro intrusos encendieron el carro y escaparon aliviados del bajomundo.

Escrito así, en menos de un minuto se digiere, pero quizá sea el párrafo más angustioso en la historia de vida de Ulices.

—Como a los 10 minutos me llamó para confirmar que el pago estaba completo.

Faltaban tres semanas para el siguiente, y Ulices le dijo que lo más probable es que volverían a tener problemas.

—Y ahí empezó de nuevo: ya venís con babosadas, que-paquí-que-pallá. Y siguió con amenazas: que conocían ese carro negro, las placas, y que yo tenía otro así, y otro más así, y un pick-up. Y todo verídico. Hasta me dijo: tenés uno sin placas, y cabal, porque lo acababa de traer.
—¿Los carros con los que usted llegaba a trabajar?
—Sí, pero también sabían del carro de mi esposa, que nunca se acercaba al negocio. Y lo sabían. Eran datos que no tenían por qué tenerlos. Que supieran el de mi esposa me terminó de asustar. Echamos a uno de los vigilantes, por la desconfianza, y al otro lo sentamos para interrogarlo.

No hubo tiempo para mucho más. Con las cuentas del billar en rojo y ante lo que Ulices sintió como una amenaza directa a lo más sagrado, su familia, aquel dinero que entregaron en la 29 de Agosto fueron los últimos nutrientes para sus parásitos.

—Ir a la comunidad fue una locura; por tonto quizá lo hice –dice Ulices–. Y eso nunca se lo conté a mi esposa.
—Ella se enterará cuando lea este artículo.
—Me tocará decirle que es la creatividad del periodista.

* * *

Para Ulices el billar era un business prescindible en el que se embarcó para disponer de ingresos adicionales y para probarse en un mundo desconocido. Cerrarlo fue una contrariedad, no una crisis.

—Pero hoy… ya te digo… no podría dejar de tener inversiones en algún comercio, por lo del flujo diario.

No habían pasado ni tres meses cuando se le apareció otra oportunidad. Un conocido que andaba necesitado de dinero ofreció a precio de cachada dos carretones de venta de comida. Ulices y su primo valoraron, intuyeron y aceptaron. Dejarlos nítidos les costó la mitad de lo que vale uno nuevo. El negocio no es muy exigente: pagar un jornal de subsistencia a alguien, garantizar que tenga comida para vender, poco más. A cambio, una entrada de dólares modesta pero constante.

Como la inversión fue pequeña y el rubro menos absorbente, con otro amigo adquirió cuatro carretones más. En un chasquido Ulices se ha convertido en copropietario de una flotilla de seis.

—Arrancamos y… ¿me creés que ya tengo los seis renteados? –dice Ulices–. Te estoy hablando de que habrán pasado 10 días, lo más, y eso que están regados por toda la ciudad. Empezaron a llegar a pedir comida, pero se nos comían cinco panes, y salía peor, así que le dije al empleado: mejor negociá y pagá.

Está pagando de tres a seis dólares semanales por carretón, unos 100 dólares mensuales. Cree que los parásitos también son pandilleros, pero certeza no tiene, e incluso desconfía de alguno de sus empleados. Las cantidades, de momento, no le quitan el sueño. Los carretones han resultado ser un buen negocio. No se atreve a decir si seguirá invirtiendo y ampliando su flotilla, pero de algo sí está convencido: tampoco lo denunciará.

(Aclaración: el nombre del protagonista de este relato se ha modificado para proteger su vida)