Archivos de la categoría ‘Roberto Valencia’

Esperaba una caterva de mareros, con las manos en la masa, pero aquí solo veo a dos panaderos, sumisión en sus miradas, y azorados al ver que entra un forastero. El olor a pan recién horneado coincide sí; también los restos de harina por el suelo, el instrumental, los delantales. Pero en esta panadería, propiedad de la Mara Salvatrucha, faltan los homies.

—Buenos días. Busco a Cristian, le dicen El Tremendo.

Los panaderos alzan la mirada con timidez, se observan, regresan a lo suyo. Parecen más asustados que yo. Les explico qué me ha traído hasta el barrio La Coquera, de Acajutla, además del mototaxi.

En Acajutla está ocurriendo un milagro. El municipio sobresale desde que arrancó el milenio como uno de los más violentos de El Salvador: 52 asesinatos en 2005 entre una población que ronda los 55,000, 59 cadáveres en 2008, 75 en 2011… Pero en 2012 la cifra se redujo a 20; y en 2013, a 4. Es cierto que las muertes se bajaron en todo el país por la negociación entre las pandillas y el gobierno, pero mientras el descenso nacional fue del 43 %, acá los homicidios se desplomaron el 95 %. La tasa por 100,000 habitantes pasó de 140 a 7, se situó por debajo de la de Costa Rica y Uruguay. Algo así como si el esperpento que es hoy la Selecta pasara a codearse con Alemania en dos años, o como si cuadruplicaran el salario mínimo. El milagro de Acajutla merecía ser explicado, y a inicios de semana llegué a la ciudad para escuchar a quienes lo forjaron: empleados municipales, víctimas, pastores, policías, empresarios… La Mara Salvatrucha algo sabe y, para hablar con ellos, me dijeron que llegara hoy viernes a la panadería de La Coquera, y que preguntara por El Tremendo, palabrero de la clica Acajutlas Locos.

—Los muchachos están por allá –rompe el silencio al fin uno de los panaderos, y me señala una vereda a un costado de la panadería.

Treinta metros de vereda y otros cincuenta de camino empolvado, aparece un homie, hoy sí, que se para apenas me ve, la mirada y la actitud de un gallo de pelea.

—Moisés Bonilla, de la alcaldía, me dijo que llegara a las 9 y preguntara por El Tremendo.

Al fondo, bajo las sombras de unos árboles, hay un grupo de ocho o diez. Tras un gesto del vigilante se acercan tres. Les repito el porqué de mi visita, con énfasis en mi interés por conocer la versión del milagro que tienen los pandilleros.

—Aquí nadie se llama El Tremendo –dice cortante un marero gordo y con la cabeza tatuada.

***

Si se tiene fe, el milagro de Acajutla es sencillo de entender.

Dice Mario Alas, pastor de la iglesia Mar de Galilea: “En septiembre de 2011 Dios nos dijo: oren. Y todos los días domingo, a las 5 de la mañana, empezamos a orar en el parque para que cesara la delincuencia”.

Y dice Reyes Sermeño, pastor también: “Salimos a orar por los linderos de Acajutla, reprendiendo a los demonios que querían meterse en la ciudad. Con la oración hemos atado demonios de promiscuidad, de asesinatos, de violencia… Dios nos ha respaldado, pero yo sé que es difícil de comprender humanamente”.

Si no se tiene fe, cuesta un poco más, pero merece la pena intentarlo.

Acajutla fue puerto antes que ciudad. Los verbos embarcar-desembarcar anclaron en estas tierras desde que se gobernaban para gloria de reyes extranjeros. La vocación marítima secular el Estado salvadoreño la premió en 1961 con la inauguración de uno de los complejos portuarios más modernos de Centroamérica. Al pequeño asentamiento llegaron miles de extraños en busca de trabajo y futuro, y en 1967 la Asamblea Legislativa reconoció la pujanza con el título de ciudad. La apresurada urbanización devino en un entramado de calles, colonias y avenidas tan desordenado que la ciudad ni siquiera tiene un parque o una plaza central; y en un conglomerado humano en el que resulta complicado dar con alguien de la tercera edad que haya nacido aquí.

El puerto generó prosperidad, sí, pero también prostitución, drogas, criminalidad. El desarraigo y la pobreza fomentaron la migración hacia Estados Unidos en los ochenta, y con las deportaciones de los noventa proliferaron las pandillas. Como en el resto del país, dos terminaron monopolizando el fenómeno: la 18 se hizo fuerte en el barrio La Playa, una concatenación de burdeles y chupaderos muy codiciada por los marineros; y la Mara Salvatrucha se adueñó del resto del casco urbano.

Prostitución, alcohol, drogas, maras, narcotráfico, dinero… Los astros se alinearon para que pasara lo que pasó: Acajutla terminó convertida en un referente nacional de violencia.

Los años 2009, 2010 y 2011 fueron los más violentos que se recuerdan –68, 63 y 75 cadáveres; para igualar la tasa, en Londres tendrían que asesinar a 1,000 personas cada mes–, pero un coro de voces heterogéneas coincide en señalar que son el trienio en el que se sembró la semilla del milagro.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) destinó ingentes recursos para analizar el fenómeno de la violencia, el Barrio 18 fue aniquilado, las iglesias evangélicas comenzaron a orar en el parque, el empresario Darío Guadrón ganó la municipalidad para el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), los palabreros emergieron como actores sociales cuando el alcalde les abrió las puertas, y a escala nacional la Mara Salvatrucha y la 18 suscribieron el acuerdo que pasó a ser conocido como la Tregua.

—Cuando la bulla de lo de la Tregua, el alcalde estableció un código: lo nuestro es diferente y lo vamos a manejar con discreción –dice Moisés Bonilla, pieza clave en el milagro.

A lo de Acajutla se le llamará, pues, el Proceso. Sus promotores se esfuerzan por marcar distancias con la Tregua y rechazan con visceralidad la palabra, aunque a la base de ambas iniciativas esté el mismo ingrediente básico: el diálogo con las pandillas. Las diferencias principales son que el Proceso sí logró involucrar a un sector de la empresa privada y, sobre todo, que el gobierno municipal asumió la paternidad de la iniciativa y trató de construir proyectos de inserción social para los pandilleros, como la panadería de La Coquera.

***

—Aquí nadie se llama El Tremendo –dice cortante un marero gordo y con la cabeza tatuada–, pero conozco al viejo ese de la alcaldía. ¿Qué querés?

Es un aka inventado, pero a partir de ahora será Stocky. Tiene 34 años y es padre de un joven de 16 que estudia noveno grado y que él se encarga de mantener alejado de la Mara. Stocky estuvo preso en Apanteos y en Chalatenango, y ahora lleva palabra en la Acajutlas Locos de La Coquera. No es muy alto y en la cárcel se engordó, pero sigue siendo de esos perfiles con los que a uno no le gustaría irse a los putazos. Ahora viste chores largos, una camisola oscura de fútbol americano con números en la espalda, y tenis caros y relucientes como si los hubiera estrenado esta mañana.

Escucha con atención. De entrada responde que no pueden hablar con periodistas, que la pandilla ha tirado línea, pero es evidente que lo está deseando, y sin mucha insistencia me lleva ante el resto del grupo.

—Este periodista quiere saber –les dice– por qué han bajado los homicidios en Acajutla, y si el alcalde nos está ayudando.

Como si se abrieran las compuertas de una represa. “Nada de ayuda ha llegado”, exagera uno al inicio. “Llevamos años pidiendo que hagan de grama artificial la canchita de la escuela”, dicen. “Los de la alcaldía son muy bocas”. “Nos han dado capacitaciones, ¿pero para qué si nadie nos da trabajo?” “Los viejos de cuello se hartan la plata de la Tregua, y abajo no llega nada”. “La alcaldía apoyó para comprar una lancha”. “El viejo cerote (por el alcalde Guadrón) solo un horno nos ha dado”. “¡Eso no es nada para cómo nosotros bajamos los índices de criminalidad!” “Y ahora tenemos prohibidísimo pedir a los vecinos o robar a los turistas”. “En La Coquera ayudaría un proyecto para que nos compraran los huevos de tortuga”.

Lo último no es exabrupto. Stocky parece haber dado vueltas a la idea. Sabe que en otras playas algunas oenegés pagan a los vecinos por cada docena de huevos que entregan para incubar en criaderos, pero aquí la extracción es ilegal, aunque la gente lo sigue haciendo por necesidad, expuesta a decomisos y a multas. Stocky está convencido de que…

—¡Jura! ¡Jura! –grita uno de los homies en labores de vigilancia.

El grupo se desvanece. El grueso de los pandilleros corre hacia la escuelita, y yo detrás. En la canchita –sin grama artificial– tres niños y cuatro niñas juegan fútbol, algunos descalzos. Apenas se inmutan por la estampida de homies, como si fuera rutina en La Coquera.

***

—La Policía Nacional Civil no tiene absolutamente nada que ver con la tregua de Acajutla.

El subinspector Gustavo de León es uno de los salvadoreños enemistados con la palabra tregua. Está asignado a la subdelegación policial de Acajutla desde abril de 2013, como segundo al mando, y en sus primeros seis meses solo se registró un homicidio. Sabe que el milagro guarda relación con el Proceso pero, por prudencia o por ignorancia real, opta por la distancia.

—Sí, he oído que tienen una panadería en La Coquera y que les dieron lanchas para pescar –dice–, pero ¿cómo obtuvieron eso? Lo desconozco. Desconozco cómo otras instituciones están manejando el tema. Nosotros a los pandilleros les aplicamos la ley.

Esta mañana hubo un operativo en la San Julián, una de las colonias que más presencia de pandillas tiene, junto a la Alvarado, la Acaxual I y II, la Ciudadela, La Coquera y el Valle de la Muerte. Son las más afectadas, pero en Acajutla no existe colonia ajena al fenómeno. El marero es vecino o vive en el pasaje de la par o dos pasajes más allá; no es un personaje, como sucede en amplios sectores de la capital, que se sabe que existe solo por los noticiarios. La pandilla acá es algo cercano. La casa del alcalde Guadrón, prominente hombre de negocios propietario de la cadena de restaurantes Acajutla, está en las inmediaciones del Valle de la Muerte.

—Y el problema –dice el subinspector De León– es que desarrollan un sentimiento de propiedad. Se creen que la colonia es su territorio y ya. Si entra un joven que llega de visita, de un solo lo interceptan, lo descamisan para ver si tiene tatuajes y lo interrogan. Si es de Nahuizalco o de Izalco, como allá solo dieciochos hay… digamos que… es un riesgo para él.
—¿Qué hay de los vecinos que no son pandilleros?
—Cuando hacemos un operativo, salen los papás, las mamás, los amigos… solo para obstaculizar nuestra labor.
—Pero… ¿y el resto? ¿Los no pandilleros?
—El problema es que el 90 % de la población de Acajutla o pertenece a la Mara o tiene algún familiar o es afín. Por eso a nosotros no nos quieren aquí.

El 90 % de los acajutlenses no quiere a los policías, dice el subinspector De León. Incluso dando por sentado que haya exagerado la cifra, esa percepción es demoledora.

***

En la madrugada del 20 de agosto de 2014, un grupo de emeeses uniformados como policías llegaron a la colonia Lue, simularon la detención de Doroteo Marroquín (a) Tello, se lo llevaron maniatado a un predio baldío que llaman La Planada, y le reventaron la cabeza a plomazos. Con él, se dice estos días en Acajutla, murió el último dieciochero.

Por su simbolismo, el asesinato del Tello quizá quede grabado en la intrahistoria de la ciudad, pero el Barrio 18 dejó de tener cancha a finales de 2011. Ese año –no por casualidad el de los 75 cadáveres–, Mara Salvatrucha y Barrio 18 midieron fuerzas como nunca, y el pulso terminó con el destierro no solo de los pocos dieciocheros sobrevivientes, sino de sus familiares, de sus simpatizantes y de los que, sin ser una cosa ni la otra, pensaron que tenían poco futuro por el hecho de haberse criado en el barrio La Playa, otrora epicentro de la tumultuosa vida nocturna alimentada por prostitutas, marineros, sicarios y traficantes, y bastión de la 18.

El barrio La Playa se levanta a ambos lados de la calle que va desde el edificio de la municipalidad hasta la Capitanía del Puerto, unos 500 metros lineales junto al mar con un potencial turístico infinito. Pero aún hoy, tres años después del éxodo dieciochero, La Playa parece una zona devastada por un tsunami. Incontables casas están abandonadas, desmanteladas, semiderruidas. Vacías de vida, son el testimonio de que aquí se libró una guerra con vencedores y vencidos.

—Nos llevó años echar a los feighteen –dice Stocky– y la sangre de muchos homeboys. Y eso es lo que aquí nos llega menos de la Tregua, que del tabo tiraron línea de que había que calmarse, pero nosotros nunca vamos a estar a buenas con los feighteen.

El milagro de Acajutla es consecuencia del Proceso, y para que el Proceso cuajara tuvo que darse el intenso trabajo de ablandamiento del PNUD, las oraciones de los pastores, la victoria electoral del alcalde Guadrón y los lineamientos surgidos de la Tregua. Pero todo eso no habría funcionado, o sus efectos habrían sido mucho más limitados, sin la previa aniquilación del Barrio 18, que dejó todo el caso urbano en manos de la Acajutlas Locos.

***

Como si fuera rutina en La Coquera, la clica se desvanece antes de que llegue el Nissan Frontier de la jura. De reojo lo miro pasar de largo sentado a un costado de la canchita, a la par de dos niños de cuarto y sexto grado con los que invento una plática. Minutos después, uno a uno loshomies reaparecen y se arremolinan bajo los mismos árboles.

—¿Pueden enseñarme la panadería? –pregunto, sin esperanza.

La panadería son dos habitaciones de paredes repelladas que la pintura blanca no alcanzó a cubrir. El cuarto del fondo, el pequeño, es sombrío y alberga tres bicicletas con canastos, aunqueun homie me dice que la red de distribución la integran cinco. En el cuarto grande están, además de los panaderos de miradas sumisas, dos de sacos de harinas, estantes metálicos con bandejas llenas, una báscula, una laminadora de masa, una mesa, recipientes plásticos multicolores y hornos hay tres: dos que les donó un cura del cantón Metalío, y el tercero, el que les entregó la alcaldía como parte del Proceso. “Es el que saca el pan más rico”, dice un marero.

—Lo mejor de este negocio –dice Stocky– es que a cualquier hora día, uno manda a la esposa y sabe seguro que va a comer pan caliente.

La Mara Salvatrucha vende unos 200 dólares diarios de pan francés y pan dulce. De ahí hay que descontar los costos de producción, incluidos los salarios de los dos panaderos que trabajan para la Acajutlas Locos. No hay que haber estudiado un máster en administración de empresas para concluir que, aunque en verdad quisieran dejar de extorsionar, este proyecto no es una alternativa real para las no menos de 25 familias de los barrios La Coquera y La Atarraya vinculadas a la pandilla.

—Vamos a platicar la playa –me dice Stocky.

***

—Acajutla no aceptó ser municipio santuario; el alcalde no quiso.

Habla Moisés Bonilla. Trabaja desde hace 14 años en puestos de confianza de la municipalidad; que haya sobrevivido a cuatro alcaldes, en este país, habla bien de sus capacidades. Ahora es gerente de Proyección Social, aunque lo relevante para esta historia es su rol como director ejecutivo del Proceso.

—Mijango vino a Acajutla a presentarnos lo suyo, pero no nos pareció. ¿Por qué? Sentimos que él quería mucho protagonismo.

El mediador Raúl Mijango y el pandillero Stocky confirman la reunión, celebrada en las primeras semanas de 2013, cuando los promotores de la Tregua trataban de seducir a alcaldes de ciudades violentas para integrarse en lo que primero se conoció como “Municipios santuario”, y luego, ante el aluvión de críticas, se rebautizó como “Municipios libre de violencia”.

La versión de Mijango difiere tantito: “La alcaldía solicitó que no se hiciera público, pero sí hay un acuerdo, y eso es lo importante: nuestros promotores dan atención en Acajutla. ¿Por qué pidieron que no fuera público? Porque vieron que los medios, en lugar de apoyar, lo que hacían era criticar a los alcaldes que se sumaban”.

Acajutla ha estado fuera del escaparate de la Tregua, alejada del foco de una prensa a la que le da pereza investigar lo que sucede lejos de la capital. Pero eso no ha impedido que surjan sonoras críticas a escala local.

—Hay gente que ve mal el acercamiento del alcalde con los muchachos –dice Moisés Bonilla.
—Me dijeron que los recibe en su despacho.
—Es cierto. Vienen a veces a pedir trabajo, o porque no tienen para comer. Y por recibirlos y atenderlos, hay gente que llama al alcalde el amigo de los mareros.
—¿Cómo justificar ante la opinión pública ese acercamiento?
—Con el proyecto del PNUD se hizo un estudio y salió que hay más de 600 mareros que, independientemente de que sean o no delincuentes, son seres humanos, ciudadanos salvadoreños. Tampoco hay que olvidar que aquí todos nos conocemos. Yo vivo en la Acaxual I y conozco a todos los muchachos de la colonia.
—¿Eso explicaría también que la empresa privada apoye el Proceso?
—Nosotros como alcaldía nos reunimos con representantes de la empresa privada, les planteamos la situación, y algunos dijeron: si es para salirse, yo pongo un horno o lo que se necesite, pero supervisado por la alcaldía. Y así se está haciendo. La gran ventaja de la empresa privada es que da la plata y ya, sin problemas con la Corte de Cuentas.
—¿Por qué se desplomaron los homicidios?
—Porque aquí vimos el problema de violencia al margen de lo que sucedía en el resto del país. Ese es el valor que ha tenido Acajutla. Si usted va ahorita a la escuela de la colonia San Julián, verá afuera al montón de muchachos, solo que hablando del partido de fútbol del viernes o de cómo el alcalde los ha tomado en cuenta. Al final… no hay otra forma. Los pandilleros son ciudadanos, solo que hasta ahora nadie había querido escucharlos.

***

Igual que hay gente que aún cree que el hombre nunca puso el pie en la Luna, o que Elvis Presley está vivo, no faltarán quienes negarán el milagro de Acajutla. Dirán que los cadáveres que desaparecieron de las calles están sepultados en fosas clandestinas, o que los que dejaron de morir son puros mareros y que para la gente honrada nada cambió.

Pero algo sí cambio. En El Salvador las cifras de homicidios de 2014 se parecerán a las de antes de la Tregua, mientras que en Acajutla el año cerrará con una veintena de asesinatos, muy lejos de los números previos al Proceso. Luego están los detalles: en el baño de estudiantes del instituto nacional no hay ni una sola pintada alusiva a la Mara Salvatrucha, y el subdirector, Víctor Manuel Alfaro, confirma que la matrícula subió de 450 a 560 jóvenes.

Todo esto no quita que cuando se habla –sin grabadora– con mototaxistas, vendedoras, trabajadores, autoridades, profesores o policías, se detecte con facilidad una preocupación por el empoderamiento de la Acajutlas Locos, por su presencia creciente en la vida pública.

Varios se quejaron de que durante las fiestas patronales el alcalde Guadrón autorizó a los mareros a vender cervezas en las calles, o de que da facilidades excesivas a sus familias para abrir ventas. También se ha extendido el rumor de que algunas empresas de la zona portuaria han contratado a homies con salarios generosos, o incluso que los tienen en planilla sin trabajar. Críticas de este tipo se escuchan seguido, pero, en términos generales, podría afirmarse que los acajutlenses saben que, en el tema de la seguridad, viven mejor que hace un lustro.

Hay, sin embargo, un delito que de forma cuasi unánime se juzga descontrolado: la extorsión. El pago a los pandilleros bajo amenaza de muerte es habitual desde mediados de la década pasada, pero el Proceso parece haberlo naturalizado. Quizá por eso las cifras oficiales apenas registran el problema: en los diez primeros meses de 2014 la Policía Nacional Civil solo procesó ocho denuncias.

—Escuchamos rumores de gente que está siendo extorsionada –admite el subinspector De León–, pero tienen miedo y no denuncian.

Salvo que alguien tenga los conectes para quitársela de encima, en Acajutla pagaban y siguen pagando renta a la Mara Salvatrucha los mototaxis, los autobuses, los microbuses, las tiendas, los puestos del mercado, los ranchitos de la playa… hasta los migrantes cuando regresan desde Estados Unidos a visitar a algún familiar, o los embarcados, que es como se conoce a quienes, contratados por alguna naviera, se suben a un barco y pasan meses navegando de puerto en puerto, embarcando y desembarcando, hasta que la nave regresa a El Salvador.

***

—Vamos a platicar a la playa –me dice Stocky.

Caminamos solos el centenar de metros que separan la panadería y la playa que se abre al costado sur de la bocana del río Sensunapán. La hostilidad inicial del Stocky hace ratos desapareció.

—Yo soy del noventa y ocho –dice.

Se refiere a que en 1998 lo brincaron. Stocky dice “Soy de” como el porteño que dice “Soy de Boca”, o el gringo conservador que dice “Soy republicano”, solo que el sentido de pertenencia es hacia una estructura criminal como la Mara Salvatrucha.

Stocky mira el océano, calmado y luminoso, y dice que su hermano está ahora mar adentro, con una lancha que la familia adquirió con un crédito bancario. Su hermano no es pandillero, pero debe formar parte del casi medio millón de salvadoreños –cifras oficiales– que conforma el colchón social de las pandillas. Salió de madrugada con dos adolescentes que sí vacilan con la Mara. Se paga bien el dorado en estos días, a 1.40 dólares la libra, y si acompaña la suerte, en una salida se le pueden robar al mar hasta mil libras.

—¿Por qué la Mara sigue cobrando la renta? –pregunto.
—…
—Escuché que cobran a los embarcados.

Un embarcado que se embarca por primera vez gana unos 700 dólares al mes. Si tiene experiencia, el salario sube hasta los 1,000 o 1,200 dólares. El embarcado pasa cinco, seis o diez meses en el mar, sin apenas gastos, y el jugoso cheque le espera cuando desembarca en el puerto de Acajutla.

—¿Cuál es el problema por dar 100 pesitos al barrio? –dice Stocky–. No es nada para ellos, y a nosotros nos ayuda mucho.
—¿A usted le gustaría que alguien le quitara 50 libritas del pescado que trae su hermano?

Stocky calla unos segundos, como si buscara la respuesta con la que quisiera zanjar el tema.

—La renta de años se cobra en El Salvador –dice–, ni siquiera la inventamos nosotros. En la guerra se extorsionaba. Hacemos lo mismo que en su día hizo el FMLN.

***

Son las 11 y media de la mañana, hora de mucho movimiento en la subdelegación de la Policía Nacional Civil. En unas sillas plásticas cerca de la entrada tienen sentados a dos jóvenes enclenques: uno tiene 23 años, calza chanclas y dice ser panadero; el otro tiene 19 años, calza Nike, lleva cachucha y dice ser corralero en la Hacienda Kilo 5.

Un agente que parece recién salido de la academia les hace preguntas obvias –nombre, padres, dirección, tatuajes sí o no, altura…– y con las respuestas rellena sendas fichas. Pero a cada rato llega Fredy, de investigaciones, y los cuestiona con preguntas más elaboradas. Fredy viste tan desaliñado que no parece un policía; ahora lleva unos pantalones beige un par de tallas más grande y una camiseta blanca con una muñeca pintada que dice “Mom, I Love U”.

La pareja de enclenques iba en moto por el bulevar 25 de Febrero, los pararon en un retén junto al obelisco y los remitieron por indocumentados. Les han pedido los celulares. Fredy los analiza en algún cuarto adentro. A cada rato sale y pregunta algo con tono serio. No hay problemas con el supuesto panadero, dice, pero en el teléfono del supuesto corralero han hallado “música de mareros”, y entre los contactos hay dos números que el sistema atribuye a pandilleros activos.

—¿El chip es suyo? –pregunta Fredy en otra de sus salidas.
—Sí.
—Lo tenemos que decomisar. Pueden irse, pero usted tiene que firmar que deja esto aquí, para que lo investiguemos. Solo que ahora estoy ocupado con otro papeleo. Si tiene prisa, le doy una hoja en blanco, la firma y luego la relleno.
—Está bueno –dice el supuesto corralero con una naturalidad que invita a pensar que no es la primera vez.

Al rato le traen su teléfono abierto. Lo revisa y de inmediato comprueba que, además del chip, le falta la tarjeta de memoria.

—Falta la memoria. Yo vi que los agentes del retén se la quitaron –se atreve a reclamarle a Fredy.
—¿Está seguro de que tenía memoria?
—Sí… si yo música venía escuchando en la moto.

Fredy grita que identifiquen a los agentes del retén, que quiere sus nombres para preguntarles por radio si saben algo. Los cinco o seis agentes que en ese momento pasan cerca se percatan de la situación. “Estos bichos mienten seguido”, dice uno. “Si como dos dólares vale esa mierda, ¿para qué la bulla?”, emplaza otro al supuesto corralero.

—Vaya… no hay problema… puedo comprar otra memoria –dice, consciente de su situación.

Al poco le traen la hoja en blanco, estampa su firma solitaria, y él y su amigo salen cabizbajos de la subdelegación. En cuatro horas, el jefe de todos estos policías me dirá sorprendido que el 90 % de los acajutlenses no quiere a los policías.

***

Faltan minutos para el mediodía cuando me despido de Stocky. Camino por la playa hasta el barrio La Atarraya, donde me ha dicho que puedo fotografiar placazos recientes de la Acajutlas Locos. Los hay vistosos y coloridos, otros viejos; abundan las garras, las lápidas, las calaveras, la omnipresente MS-13. Pero los que más se repiten son las amenazas tipo “Muerte al soplón” y “Ver, oír y callar”.

Voy cámara en mano y me detengo a cada rato. Al doblar una esquina, un niño de unos 12 años en labores de vigilancia me mira extrañado. Se calma cuando le digo que vengo de hablar con los muchachos. En El Salvador pocos lugares serán tan seguros como una cancha de una pandilla cuando se tiene el aval del palabrero.

Junto a la Capitanía del Puerto paro un mototaxi y, como es hora de almuerzo, le pido que me acerque al mercado. Justo aquí inicia el barrio La Playa, los 500 metros lineales junto al mar con sus incontables casas abandonadas, desmanteladas, semiderruidas, consecuencia de la aniquilación del Barrio 18.

—Por esta calle hace tres años no podíamos pasar –dice el mototaxista cuando se convence de que soy periodista–. Acá estaba la otra pandilla.
—¿Ahora es mejor?
—Sí, corazón –responde.
—¿Usted no paga renta?
—Yo no, porque el mototaxi no es mío, pero el dueño sí. Y está bueno, porque ahora yo trabajo hasta las 7 de la noche, y me muevo tranquilo hasta por los cantones. Sé que no me va a pasar nada aunque lleve a dos manchados, no como antes.

En mi libreta anoto el enésimo ejemplo de naturalización de la violencia que he escuchado esta semana. Ante la débil presencia del Estado salvadoreño, un sector de los oprimidos incluso agradecen su condición al opresor, como un mal menor. El Proceso en Acajutla ha salvado docenas de vidas, pero también parece estar creando la dictadura perfecta.

Anuncios

Mágico corre antes de que la pelota se despegue del pie del Negro Cabrera. Vestido de oro galopa diez doce quince metros, y a su estela el defensa Tuto Sañudo. Aún fuera del área, Mágico frena en seco y en la frenada acaricia el balón, un toque tímido con la izquierda que quiebra la cintura del acosador. La pelota retrocede medio metro, Mágico tras ella, pero otro defensor llamado Chiri lo espera desenvainado…

El calendario dice 14 y septiembre y 1986. El estadio Ramón de Carranza acoge un partido de la cuarta fecha de la Liga española: Cádiz Club de Fútbol versus Real Racing Club de Santander. Los locales se imponen 2-0, doblete de Mágico. Los relojes marcan las ocho menos cinco cuando desde el círculo central el Negro Cabrera ha soltado el esférico. La defensa racinguista está bien plantada, y Mágico, solitario como un jaguar y escorado a la izquierda. Que pase lo que pasará es tan probable como que coincidan el cumpleaños con un eclipse total de sol. Pero es el Mago quien está recibiendo. En las gradas, diluidos entre diecinueve mil cadistas entregados están el niño José Diego, el empresario Miguel Cuesta, el quinceañero Manuel Camacho, otro niño de once llamado Emilio, el joven Doña con sus amigotes… Todos miran lo mismo: a Mágico contra un muro defensivo; incluso después de quebrar al Tuto Sañudo parece quimera. Nada indica todavía que este minuto, el 24 de la segunda mitad, quedará tatuado en el corazón de miles.

… Chiri lo espera desenvainado, pero Mágico lo supera limpio con un recorte derecha-izquierda en un espacio más estrecho que un ascensor estrecho. Parece que al fin se adentrará en el área, pero reniega, y con el cambio evita a un tercer racinguista, Manuel Roncal, que se desliza por la grama, los pies por delante. La pelota y su dueño entran en la media luna.

El portero Pedro Alba ha visto desde sus dominios la galopada, el recorte, el dribling, el cambio. Ha amagado la salida pero se ha arrepentido en la línea del área chica, confiado quizá en que miraba una única camisola amarilla en un desfile de blancas. Pero con seis caricias el salvadoreño ha roto al Tuto Sañudo, a Chiri, a Manuel Roncal, y ahora solo Alba se interpone. Mágico acaricia la pelota una última vez, se la acomoda. Alba flexiona las piernas sobre la cal, se tensa como gato al acecho, espera un zapatazo desde fuera del área.

***

Jorge Alberto González Barillas nació en San Salvador el 13 de marzo de 1958, hijo de Óscar Ernesto y de Victoria, benjamín entre ocho hermanos. El primogénito, Mauricio PachínGonzález, despuntó en las filas de Atlético Marte y fue seleccionado nacional; quizá por ahí se explica la tempranera pasión del niño Jorge. A los dieciocho Mágico debutó en la máxima categoría del fútbol salvadoreño con la camisola de ANTEL. Destacó de inmediato y en noviembre de 1976 vistió de azul y blanco para sendos choques amistosos contra el Vitória Setúbal (Portugal) e Independiente de Medellín (Colombia). Marcó un gol. Pero aún le quedaban seis años en su terruño, en los que se enfundó las camisolas de Independiente de San Vicente primero y de Club Deportivo FAS después.

La selección de El Salvador obtuvo su boleto para el Mundial de España-82 porque se lo robó al México de Hugo Sánchez. El desempeño de Mágico en la fase de clasificación fue determinante, con actuaciones sobresalientes ante Panamá, Honduras y México. Pero el tarro de las esencias más preciadas lo destapó en los partidos preparatorios primero, y en el escaparate mundialista después. En el Mundial Mágico brilló como un diamante entre el carbón, se llegó a escribir, por el triste papel desempeñado por la Selecta.

Dicen que el Atlético de Madrid se mostró interesado, pero Mágico se dejó engatusar por Camilo Liz, el secretario técnico del Cádiz CF, modestísimo equipo andaluz que acababa de descender a Segunda. Fichar por el cuadro amarillo lo alteró todo, quizá para bien.

Mágico aterrizó en el aeropuerto de Jerez el 27 de julio de 1982, dos semanas después de que la Italia de Paolo Rossi ganara el Mundial, y abandonó la ciudad algún día de mediados de 1991. Con el Cádiz CF disputó dos temporadas en Segunda y seis en la máxima categoría. Sus números no explican ni justifican idolatría alguna: de 150 partidos en Primera –veinticinco en promedio por temporada–, en solo 92 disputó los noventa minutos, y anotó 42 goles.

La más productiva de sus temporadas –la 1983-84, con 14 dianas en 31 partidos, tercero en el Trofeo Pichichi– despertó el interés real del Atalanta (Italia), del Hellas Verona (Italia) y del París Saint Germain (Francia), y el presunto del Fútbol Club Barcelona. Pero ninguna negociación cuajó. La 1984-85, la que debía haber sido la de la consagración, resultó un vía crucis, con gravísimos problemas disciplinarios que condujeron a una abrupta ruptura con la dirigencia y desembocó en un traspaso-despido al Real Valladolid CF, donde deambuló tres meses para el olvido. La temporada 1985-86, cuando tenía la edad talismán de 27 años, huyó de España y se desvaneció en California, en Baja California, en El Salvador. No practicó fútbol profesional.

Pero en Cádiz la semilla había germinado. Querido con creciente locura por la afición, el Mundial de México-86 sirvió de excusa al presidente cadista Manuel Irigoyen para viajar a San Salvador a buscarlo y redimirlo. “Pese a su genio futbolístico, una descuidada vida personal le llevó al pozo del fracaso y el anonimato. Ahora ha vuelto”, escribía el periodista Carlos Funcia en el diario El País, pocas semanas después de su aclamado retorno. Remachaba: “La trayectoria deportiva y personal de Mágico González tiene tintes de leyenda. De difícil personalidad, parece que ni los éxitos ni los fracasos dejan huella en su ánimo y está como ausente cuando se le felicita”. Eso y así se escribía sobre él en septiembre de 1986.

Salvo el enigmático paréntesis, Mágico estuvo ligado al Cádiz CF entre 1982 y 1991. En esos años marcó goles imposibles, dribló, se emborrachó, durmió, soñó, confesó que su mejor sueño era ser feliz, alternó con Camarón de la Isla, se metió a una hinchada en la bolsa, comió pescaíto frito, bailó flamenco, obvio que no se tomó el fútbol como un trabajo, derrochó cuanto pudo, erró penales, macheteó culebras, enamoró, se drogó, gozó, fue condenado a seis meses y un día por abusos deshonestos, goleó al Barça, goleó al Real Madrid, forjó una leyenda a su pesar, rehuyó a los periodistas siempre que pudo, hizo méritos suficientes para entrar en el Salón de la Fama y triunfó como triunfan los que no miden la felicidad por los ceros en la cuenta bancaria.

Mágico jugó al fútbol y vivió la vida. O quizá vivió el fútbol y jugó la vida.

Casi un cuarto de siglo después de su salida del Cádiz, y aunque lo hizo por la puerta de atrás, quienes más lo disfrutaron no lo olvidan. Fotografías de Mágico decoran docenas de tabernas y cafeterías gaditanas, los DVD con sus hazañas se guardan como joyas de la abuela, su rostro sigue omnipresente en las gradas del Ramón de Carranza. Y en la calle Pelota, a cincuenta metros de la catedral, hay una tienda que vende a cinco euros camisolas con su caricatura. Y en la plaza San Juan de Dios, el Bar Los Pabellones imprime calendarios de bolsillo con su imagen y la de Camarón. Y en la tienda oficial del club aún hay quien compra la elástica amarilla y pide que le estampen ‘Mágico’ en la espalda. Y en un negocio llamado Deportes Bernal tienen… Y en…

Casi un cuarto de siglo después Mágico sigue vivo en Cádiz.

***

Intuía, sospechaba, me habían dicho… pero lo visto en Cádiz supera todo lo presupuestado. Veintitrés años después de su último partido oficial de amarillo aún se venera al salvadoreño, veneración que de alguna manera beneficia a El Salvador entero. Al final va a tener razón el colega Daniel Herrera…

Son casi las ocho y media del 2 de abril de 2014, pero España adoptó el fin de semana pasado el horario de verano y no quiere anochecer. Yo regreso de una entrevista en la Federación Gaditana de Fútbol, y en la calle Brunete leo ‘Nosferatu Tattoo Studio’. Desde que planifiqué mi visita a Cádiz me propuse pasar por algún sitio así, como un termómetro para medir el grado de idolatría. ¿Habrá algún gaditano tan loco como para grabarse a Mágico en la piel? Entro. Tres hombres con ropajes informales y oscuros platican detrás del mostrador. Me presento, les cuento el porqué.

—No, aquí no hemos tatuado nada del Mágico –dice José Diego, 35 años ahora, un niño en aquella tarde inolvidable contra el Racing de Santander.
—¿Pero lo tienen en catálogo o algo?
—No. Todo el mundo está siempre diciendo: me tengo que hacer al Mágico, me tengo que hacer al Mágico… pero no. Aunque sí hay gente que se lo ha tatuado, yo lo he visto, vamos. Gente de Brigadas, sobre todo.

Brigadas es Brigadas Amarillas, la barra brava del Cádiz CF.

—El Baguetina dice que se lo va a hacer –apunta Chencho Fernández, otro del trío.
—Ah, sí, es verdad –recuerda José Diego–, el Baguetina se está haciendo la pierna entera con nosotros. Ya le hemos hecho el estadio antiguo y esas cosas… y dice que se va a hacer al Mágico.
—¿Y cómo dicen que se llama? –pregunto.
—Baguetina. Él se mueve con la gente de Brigadas.

Anoto el nombre sin mucho entusiasmo, consciente de que dejaré Cádiz en veinticuatro horas.

Ya con el salvadoreño sobre la mesa, José Diego agarra carrera, casi ni tengo que preguntar.

—Yo al Mágico lo vi jugar –dice entusiasmado–. Soy socio desde pequeño, por mi padre, que me llevaba siempre.
—Ajá…
—Aquel 3-0 al Racing yo lo vi en el estadio, y me acuerdo… pero como si fuera ayer, vamos. Lo vi sentado en Tribuna. Los niños nos sentábamos en las primeras filas, mientras que nuestros padres lo veían más arriba. Recuerdo levantarme del asiento para ver bien la carrera, cómo regateó a uno, a dos, a tres… y el gol. Yo me giré para buscar a mi padre, que me respondió con una sonrisa y cerrando el puño. Él ya falleció, pero Mágico a mí me trae muchos recuerdos de mi padre…

Quizá esta sea la magia de la que tanto se habla en Cádiz.

Pregunto si conocen otros lugares o personas que sientan genuina admiración.

—Pues aquí a la vuelta siempre hay aparcada una moto que tiene la cara del Mágico pintada.

***

La persona encargada de la sección de deportes del Diario de Cádiz se llama Guillermo Doña Viaña, pero firma Willy Doña. Suena apropiado suponerle conocimientos sobre el cadismo porque va para las tres décadas pendiente del acontecer futbolístico del Cádiz CF. “Yo al Mago primero lo conocí como aficionado, porque como periodista deportivo comencé en el 88”, matiza de entrada, como si 26 años fueran un suspiro. El propósito de incluir su voz es que aporte mesura a un sentimiento muchas veces desmesurado.

—El Mago coincidió con la mejor época en la historia del club –dice Willy Doña–, algo que en gran parte fue por su presencia.
—Cuando uno mira sus números, la verdad es que no son tan sorprendentes.
—Pero siendo este un club modesto, aportaba algo impresionante. En el fútbol español nunca se había visto un hombre con esa habilidad, capaz de hacer maravillas con el balón, con una naranja, con una pelota de papel… con lo que fuera.
—¿Qué tanto de lo que se dice de él es mito y qué tanto realidad?
—Lo de las pataditas a una naranja es totalmente cierto. Se ponía a hacerlo en una discoteca o en cualquier sitio. Era más habilidoso que Maradona. Inconstante, sí, al punto que aquí varios entrenadores lo tuvieron de suplente, pero en habilidad superaba a Maradona.
—¿Qué explicación tiene que un suplente sea tan recordado?
—Incluso sabiendo que era porque golfeaba, la gente lo pedía en el estadio. Pitaban al entrenador si no lo sacaba.

Otros extranjeros que dejaron huella, dice, son el delantero peruano Máximo Mosquera, que jugó la temporada 1962-63, y el chileno Fernando Carvallo, cuyo paso coincidió con el primer ascenso a Primera.

—Pero es abismal la diferencia entre el cariño que se le tiene a Mágico y a Carvallo, que podría ser el segundo –dice Willy Doña–. Mágico hoy es el ídolo de un montón de niños que ni habían nacido cuando estuvo aquí, que lo más que habrán visto son videos por internet.
—¿Y entre los que lo vieron jugar?
—El cariño que se le tiene es muy intenso pero es… como de barra de bar, porque ni siquiera el club le ha sabido homenajear.
—Pero era indisciplinado, irregular, irresponsable… ¿alguien así merece ser homenajeado?
—Como cadista que soy… la verdad… yo me alegro de que fuera indisciplinado. Si no, a las diez jornadas se lo hubiesen llevado.

El Cádiz CF estuvo en Primera desde 1985 hasta 1993, codeándose con el Barça, con el Real Madrid, con el Athletic de Bilbao. Tras esas ocho temporadas consecutivas que enorgullecen al cadismo, el equipo solo ha retornado a la élite una vez, en 2006, y la alegría duró un año.

—Y sí, salvo en los dos primeros años, nunca fue un gran goleador –dice Willy Doña–, pero aquí sabíamos que esa no era su principal virtud.
—¿Cuál era esa virtud?
—Que hubo una época en la que los defensas contrarios temblaban cuando se enfrentaban al Cádiz, y dio la casualidad que de la cantera salieron buenos jugadores como los hermanos Mejías, en especial Pepe. Toda esa gente tenía más libertad, porque el equipo rival al completo tenía que estar pendiente de Mágico, ¿comprendes?

Una época en la que los defensas contrarios temblaban, dice Willy Doña.

***

Alba se tensa como gato al acecho, espera un zapatazo desde fuera del área. Pero Mágico no chuta recio. Se deja caer hacía atrás para picar la pelota con efecto, que primero suuuube y luego baaaaja, en vaselina de ensueño. Alba ni siquiera trata de atraparla. Solo sigue la parábola con la mirada. “Esperaba que pegara en el larguero”, dirá. Pero no. El balón entra manso por la escuadra.

De la chistera del Mago ha salido… un ornitorrinco.

El Ramón de Carranza explota. Diecinueve mil cadistas se abrazan celebran gozan hasta el delirio. Es un orgasmo colectivo que el niño José Diego disfruta con complicidad paterna y el empresario Miguel Cuesta y el quinceañero Manuel Camacho y Emilio… La celebración del futuro periodista Willy Doña deviene dolorosa. Sentado con sus amigotes en el Fondo Norte, la genialidad de Mágico le hace olvidar que está bajo una de las barras metálicas instaladas para controlar avalanchas.

—Ese gol estuvo a punto de costarme la vida –recordará casi 28 años después–. Con el salto me pegué un cabezazo con el hierro… que mientras mis amigos festejaban, yo estaba tirado, mareado perdido, vamos… Todavía me duele cuando me acuerdo.

Sobre el terreno Mágico también celebra a su manera, parco. Se arrodilla con parsimonia antes de pararse. Levanta los dos brazos y sonríe de medio lado, como niño travieso. Nada en su rostro indica que acaba de marcar un gol legendario. “Fui salvando obstáculos, según me iba encontrando piernas, pero solo creí en el gol cuando vi que el balón pasaba por encima de Alba”, responderá a un periodista que lo abordará después de la ducha.

Manuel Roncal continúa tirado en el suelo. El resto de racinguistas, cabizbajos, sumisos, brazos en jarra. Alba entra en su portería y recoge resignado la pelota. Cuando de a poco se apaga el grito de Gooool, escucha cómo el estadio comienza a corear el nombre de Mágico, mira el incipiente flamear de pañuelos blancos, intuye lo irrepetible del momento, y hace algo que nunca ha hecho y que nunca más hará: camina al centro del campo, busca al salvadoreño y le extiende la mano. Alba felicita a Mágico por su gol.

***

Las leyendas se construyen cuando hechos extraordinarios se repiten una y otra y otra vez, de padres a hijos, entre amigos. Mágico es leyenda. Sus hazañas no son solo suyas. Se dramatizan, se mitifican, se tergiversan, se exageran. Desatado el torbellino a veces pasa que –quizá sin malicia– algo que nunca ocurrió se cuela en el repertorio de gestas. Ese algo también se repite una y otra y otra vez. Y luego funciona la teoría goebbeliana que asegura que, mil veces repetida, la mentira deviene verdad.

Esto se cuenta en Cádiz: por una juerga infinita en la víspera, Mágico se presentó tarde a un partido de semifinales contra el Barça en el Trofeo Ramón de Carranza, el otrora prestigioso torneo estival de pretemporada. El juego arrancó, y los visitantes ningunearon a los locales, 0-3 al descanso. El salvadoreño se dejó ver por el estadio con el choque empezado. Con todo y goma, el entrenador lo obligó a vestirse de corto. Mágico salió en la segunda mitad y tuvo una tarde gloriosa. Con dos goles y dos asistencias, lideró la remontada con la que ridiculizaron 4-3 al Barça.

Se cuenta en Cádiz. Wikipedia lo bendice, en español y en italiano. Lo dice el diario español As en un generoso reportaje de octubre de 2013. Y con el matiz de que la remontada fue de 0-1 a 3-1, lo afirma incluso el más riguroso trabajo periodístico que jamás se ha publicado sobre Mágico, la serie de 128 páginas en once entregas que imprimió el diario La Prensa Gráfica entre febrero y julio de 2003.

Pero aquella hazaña nunca ocurrió.

Mágico solo enfrentó al Barça en el Trofeo Ramón de Carranza una única ocasión: el 26 de agosto de 1984, en partido de consolación. El Cádiz de Segunda se impuso 3-1 al Barça que esa temporada ganaría la Liga. Las crónicas del día después lo señalan como el artífice del triunfo. “Mágico volvió a ser punto y aparte. No marcó, pero de sus botas salió lo mejor de esta tarde para el olvido desde el prisma azulgrana”, escribió Pedro Ger, el enviado especial del diario catalán El Mundo Deportivo. Mágico jugó de partida. Ni llegó con el choque empezado ni anotó ni hubo remontada inverosímil.

La realidad a veces se deforma. Y si eso sucede con hechos que pueden ser desmentidos en las hemerotecas o desde cualquier computadora, ¿qué no pasará con las gestas cuya autenticidad descansa solo en el volátil testimonio de quienes supuestamente las vivieron? Si alguien alguna vez se animara a escribir un libro de vocación biográfica sobre un personaje tan exuberante, el reto principal sería cribar la mitología.

***

Salgo de Nosferatu Tattoo Studio y camino por la calle Brunete hasta la primera a la izquierda, como me han dicho que haga, para ver si está aparcadala moto con la cara de Mágico pintada. Emboco la calle Santa María de las Cabezas, estrecha y con un sinnúmero de motos parqueadas a un costado. Casi al final, cuando la decepción me está venciendo, veo un scooter Piaggio Fly 50 4T, blanco con detalles azules. Delante, el rostro y la melena inconfundibles.

Saco la cámara y tomo algunas fotografías. En esas estoy cuando me percato de que desde un pequeño bar que hay al otro lado de la estrecha calle me miran con recelo. Me acerco, explico la razón de mi curiosidad y pregunto si conocen al dueño.

—La moto es mía –dice Jesús Gutiérrez, la persona que atiende el negocio.

Jesús Gutiérrez resulta ser un consumado magiquista. Cuando le detallo que trabajo en un periódico de El Salvador y lo que trato de hacer en Cádiz, se entusiasma, descuelga de las paredes fotos enmarcadas, me enseña una de él con Mágico, cuenta ciento y un anécdotas, me invita a una cerveza, me presenta a cuanto cliente cadista entra a su bar… y cada vez me convenzo más de que el colega Daniel Herrera tiene la razón. “En esos años había más magiquistas que cadistas”, sintetiza Jesús Gutiérrez su euforia. Me sugiere que vaya el domingo al estadio y compruebe que las gradas siguen llenas de pancartas que lo recuerdan.

—¿Y no has ido al Washisnai? –me pregunta–. Es el bar de Nandi, amigo mío de Brigadas. Ahí tienen fotos de Mágico, y llegan muchos cadistas.

Llama al Nandi por teléfono. Me lo pasa y hablamos. Ya es noche cerrada. Quedamos que mañana pasaré al Washisnai a desayunar, tipo ocho y media.

***

El Bar Gol es un santuario del cadismo, casi un museo. Está pegado al Ramón de Carranza, en el arranque de la Pintor Zuloaga, la calle en la que Mágico vivió un tiempo largo. El local es sobrio. El color dominante es el amarillo en todas sus tonalidades, y las paredes lucen colmadas de banderas, cuadros, amuletos varios y fotografías de los tiempos pasados y mejores, algunas desteñidas ya. Mágico es la indiscutible figura estelar.

El Bar Gol lo atiende desde tiempos inmemoriales Jesús Sánchez Granado, quien infinidad de veces le preparó un bocadillo o le sirvió una cervecita. “Cuando Juan José fichó por el Real Madrid [se refiere al mítico defensa cadista Juan José Jiménez, Sandokán], le vendió su coche al Mágico, un Ford Escort rojo”, dice Jesús.

Eran otros tiempos, otro fútbol, como menos divismo y menos ceros en las cuentas corrientes. La relación entre jugadores y aficionados también era más estrecha, sobre todo en Cádiz.

—Cuando se fue a Valladolid se llevó el coche rojo que tenía, pero como allí hacía tanto frío, se vino para Cádiz y allí dejó el coche. ¿Por qué? Yo creo que porque la ciudad, el clima y la forma de vivir del gaditano calaron en el Mago.

Quien habla ahora es Miguel Cuesta, empresario, cadista desde los sesenta y dirigente ocasional del Cádiz CF, del que ha sido vicepresidente. El 3-0 al Racing lo vio desde Tribuna. El empresario Miguel Cuesta ahora es consejero externo del club. Habla maravillas de Mágico, a pesar de que tuvo que tratarlo como directivo.

—Mucha culpa de lo que sucede ahora la tenemos los padres –dice–, que se lo hemos transmitido a nuestros hijos, pero es que fue tanto lo que nos dio el Mágico…
—Pero fue suplente mucho tiempo…
—¿Y tú sabes lo que es el estadio entero abucheando al entrenador? Muchas veces lo ponía por el público, aunque fuera diez minutos. Y con que esa tarde hubiese una sola jugada suya, un solo toque de balón… tú salías del campo… habiendo empatado, perdido o ganado, daba igual… y el comentario a la salida era: ¿viste cómo la tocó Mágico?
—¿Tan así?
—Es que en el fútbol el gol a veces es lo de menos, como en los toros. Cortar orejas y salir en hombros no es que con una buena ‘estocada’ se consigue; para ganarse al público a veces basta con dar dos ‘verónicas’ bien dadas, o dos ‘naturales’ bien hechos. Los aficionados a los toros eso apreciamos. Pues con el fútbol en Cádiz es parecido. Muchas tardes ver al Mágico tocarla era más que suficiente, aunque el partido se hubiera perdido.

El empresario Miguel Cuesta se expresa como un cadista más, con entusiasmo acrecentado si cabe, pero él ha estado y está en la órbita del Cádiz CF, un club que de alguna manera está en deuda con su jugador más carismático.

—¿Por qué están tan disociados el cariño de la afición y los gestos institucionales? –pregunto.
—Es una pregunta profunda y que merece ser analizada con mucho tacto.

Cuenta la anécdota de la visita de Mágico a Cádiz en febrero de 2001, cuando el diario Marca organizó un partido para recaudar fondos para las víctimas de los terremotos en El Salvador. Tras el viaje, el empresario Miguel Cuesta lo dejó en el Hotel Playa Victoria, para que descansara un poco, pero le advirtió de la importancia de la conferencia de prensa promocional que tenía para la tarde en el propio hotel. Como ya era la hora y no bajaba, subió y aporreó la puerta de la habitación. Mágico al final le abrió, somnoliento y envuelto en una manta, y se volvió a la cama.

—El Cádiz sí ha querido hacer alguna cosa, traerlo y que se encargara de la formación de los niños o algo así, pero…

Cuando uno habla con aficionados cadistas, raro es que no salga a relucir la escuela municipal de fútbol, que se bautizó con el nombre de Michael Robinson, un jugador británico que nunca vistió de amarillo, pero que, colgadas las botas, triunfó como comentarista deportivo y por los micrófonos acostumbraba a echar flores al cadismo. Infinidad de cadistas aún no digieren lo que juzgan como una traición. “Como lo del campus de Michael Robinson, por ejemplo –dic un viejo amigo de Mágico llamado Emilio Ramírez, 39 años hoy, un niño de once que festejó en el Fondo Norte el mítico gol–, en vez de ponerle el nombre del Mágico… la verdad es que no se entiende”. Incluso en una chirigota se pide.

—Yo estoy seguro de que el Cádiz Club de Fútbol hará algo con el Mago –dice el empresario Miguel Cuesta–. Será más temprano que tarde. Algún día se va a hacer algo importante.

***

Alba felicita a Mágico por su gol. El gesto le ennoblece tanto que ese apellido condenado al ostracismo futbolístico fuera de Santander se seguirá pronunciando con cariño y respeto en Cádiz en el siguiente milenio.

Esta noche el gol también será celebrado en el programa Estudio Estadio de Televisión Española. Y mañana faltará espacio en los periódicos para el torrent de elogios. “Mágico cosió el balón a su bota y sorteó a cuantos se le situaron delante, incluida su sombra”, dirá el diario ABC. “Gran festival de Mágico González, que esta tarde ha renovado las grandes actuaciones que le hicieron famoso”, se leerá en El Mundo Deportivo. “Ovación de gala”, en La Vanguardia. “Marcó al Racing un gol para la historia”, publicará El País.

Pero más importante es lo que pasa ahora, mientras Alba regresa hasta su portería después de felicitar a Mágico. Las gradas son una procesión de pañuelos. Se ensaya por primera vez algo que todos vieron por televisión en el Mundial que acaba de ganar la Argentina de Maradona: la ola. Y a Willy Doña la alegría lo ayuda a reponerse del golpe brutal. Y el quinceañero Manuel Camacho celebra y se desgañita. Y el empresario Miguel Cuesta, ídem. Y el niño Emilio no cabe de júbilo, junto a su padre en el Fondo Norte, y 28 años después dirá: “¿Su mejor gol? El del Santander; hacer eso a tres en un palmo de terreno…” Y el niño José Diego acaba de recibir un guiño de complicidad paterna que nunca –nunca– olvidará.

***

A las ocho y media de la mañana estoy, puntual como un vasco, en la Taberna del Washisnai, que es su nombre cabal, en la calle Beato Diego. Una foto de Mágico acuclillado preside el área futbolera del bar, entre un plasma y un sinnúmero de bufandas de clubes europeos. El local es inmenso, y al otro lado de la ‘U’ que forma la barra tiene un área flamenca, presidida por un cuadro de Camarón de la Isla con una guitarra a su vera. La camarera me dice que Nandi está al caer. Un cuarto de hora, media hora, tres cuartos… esto parece El Salvador. A las diez tengo otraentrevista lejos de aquí, en la barriada La Paz. Si puedo, regresaré a la Taberna del Washisnai en la tarde.

***

Quinceañero en el Fondo Sur la tarde mágica, Manolo Camacho es hoy un periodista de 41 que presenta El tren del gol, una tertulia deportiva que se emite en un canal de televisión local. Diez días antes de esta entrevista lo invitaron a un evento gastronómico-cultural celebrado en el Hotel Barceló, con el fútbol como plato principal. Su misión fue explicar en qué consiste el cadismo. En la fotografía de los carteles promocionales aparecía Mágico joven y vestido de torero en la plaza de toros del Puerto de Santa María.

—Ese día hablamos de por qué se prestó para esas fotografías. Yo creo que es porque se lo pidieron y, como él no sabía decir que no, por eso se vistió de torero.

Manolo Camacho es uno más entre los gaditanos que destacan la calidad humana. Creen que la manera de ser –con sus luces, con sus sombras– abonó a la idolatría.

—Como futbolista, yo lo tengo claro: es el más grande, ni Messi ni Maradona ni ningún otro. Como ser humano, un gran corazón, y quizá por eso llegó a ser lo que fue en Cádiz, porque no tenía más ambición que la de jugar al fútbol para pasarlo bien. Como profesional, también tengo claro que no es un ejemplo a seguir.
—¿Fue bueno para él que lo fichara el Cádiz?
—Mágico encajó en Cádiz a la perfección, y Cádiz lo acogió de la mejor manera, pero yo no sé si caer aquí le vino peor para triunfar, por lo peculiar de la ciudad, donde gusta mucho el fútbol arte, sí, pero también gusta la fiesta.
—Pero pocos jugadores podrán presumir de tanto cariño un cuarto de siglo después de colgar las botas.
—En Cádiz nos hemos quedado con lo bueno, con la magia. Y lo malo que tenía, que supongo que ya lo habrás notado, o no se comenta o se comenta… pero como con gracia.
—Indisciplinado, irregular, irresponsable…
—Como hablamos de fútbol, alguien puede ser indisciplinado, pero si es un fuera de serie, quedará. Y Mágico lo era, además de una persona que se preocupaba por los demás más que por uno mismo. Por eso es una parte muy importante del cadismo. Y el Cádiz es un equipo con más de un siglo de historia.

Como periodista deportivo, Manolo Camacho sí recuerda haber informado de gestiones para materializar ese cariño. Hace algunos años, dice, se quiso reunir voluntades y fondos para una estatua en las afueras del estadio.

—Es verdad que no hay nada: ni estatuas ni calles ni plazas… pero si alguien que ha estado metido en una cueva cincuenta años, sin saber nada de lo que ocurría fuera, lo soltaran hoy en Cádiz, le bastaría preguntar a la gente para comprobar ese cariño. Y sí, seguramente se sorprendería de que no haya evidencias físicas de ese cariño.

***

El cadismo es como la salvadoreñidad. Cuesta definirlo. Se puede escribir una frase deslumbrante, un párrafo sentido y sonoro, un ensayo brutal, pero no dejarán de ser palabras, palabras que aspiran al imposible de retratar los sentimientos. No me gusta tomarme el fútbol como un trabajo, dicen que Mágico alguna vez dijo. Y no se lo tomó.

Hugo Sánchez, contemporáneo de Mágico, materializó 189 goles para el Real Madrid en siete temporadas, pero, ¿qué representa hoy para el madridismo? ¿En cuántos bares de la capital se le rinde pleitesía? ¿Lo idolatran los niños del nuevo milenio?

Mágico en Cádiz fue, es y será. En apenas un par de días mi libreta ha quedado plagada de frases que evidencian lo inigualable de su relación:

“Mi hermano mayor en su cartera lleva siempre una foto del Mágico”.

“El futbolero gaditano se conformaba con verlo saltar al campo”.

“Se le quiere porque tiene la misma personalidad que la gente de acá: era campechano y daba todo lo que tenía”.

“A las instituciones les preocupa elevar donde ya lo tiene la afición a una persona con comportamientos que no son el mejor ejemplo”.

“Era como uno normal de Cádiz, como si hubiera nacido en Loreto o en La Línea, solo que una máquina jugando al fútbol”.

Y la más poderosa de todas, que merece ser atribuida. Me la ha dicho Joaquín Revuelta, el director de la Escuela de Entrenadores de la ciudad: “El tema es que Jorge es Cádiz, y Cádiz es Jorge. No hay otra manera de explicarlo”.

El colega Daniel Herrera, jefe de redacción del periódico deportivo El Gráfico y alguien que ya ha estado en esta ciudad para preguntar sobre Mágico en calidad de periodista salvadoreño, me dijo antes de venir a Cádiz algo que me sonó bien, pero que yo juzgué exagerado e irreal. Ahora estoy convencido de que tiene razón.

***

Son las cinco y cuarto pasadas cuando regreso a la Taberna del Washisnai. El bar está casi vacío pero hay bulla; en el área flamenca un grupo de siete niñas de unos cinco años tratan de igualar los movimientos y los zapateos de una bailaora. La barra ahora la preside un joven al que le calculo 190 centímetros de altura y no menos de 250 libras. Es Nandi, el amigo de Jesús Gutiérrez. Tiene apenas 21 años. Nació siete años después del gol al Racing.

—Para mí Mágico es un mito, ¿me entiendes? Para la gente de otra generación es un buen futbolista, el mejor, pero para mí es un mito.

Nandi se llama Fernando Orgambides. Es gente de Brigadas.

—Soy el speaker, el que anima con el megáfono en el Carranza. Y cuando se está jugando mal y hay que meter caña a los jugadores, mencionamos a Mágico.
—Ayer, en una tienda de tatuajes, me contaron que alguien de Brigadas quiere tatuárselo en la pierna. ¿Has oído algo?
—Yo me lo quiero tatuar…
—No, pero me dijeron que era un tal… Baguetina.
—Sí, así me llaman también. ¿En Nosferatu estuviste?
—Cabal.

No sé si esto será magia o será una simple casualidad.

—En la vida tú cambias de novia, de casa o de ciudad, pero el equipo de fútbol no se cambia.
—¿Pero por qué tatuarse a Mágico?
—Lo primero que me tatué fue el escudo, en el brazo –me lo muestra–, y ahora en la pierna derecha me estoy haciendo una cosa más guapa, más grande. Ya me he hecho la mítica Torre de Preferencia; una foto mía animando al Cádiz que salió en el diario; he puesto ‘Living la vida ultra’, que es nuestra forma de vida; y me falta una foto de un autobús de uno de nuestros desplazamientos, y al Mágico, que quiero hacerlo de espaldas, para que se vea el ’11’ en la camiseta. En cuanto junte el dinero, ahí va a estar, vamos.
—¿Por qué no a Pepe Mejías, otra gloria y gaditano él?
—Es que Mágico es el que mejor representa el cadismo.

***

El niño José Diego acaba de recibir un guiño de complicidad paterna que nunca olvidará. “El 3-0 al Racing yo lo vi en el estadio”, le contará a un periodista un día de abril de 2014. Es el primer hat-trick de Mágico en Primera, y será el único.

Ya en los vestuarios los compañeros lo felicitan. Mágico se siente abrumado. Alguien entra y comenta que cientos gritan Mágico, Mágico, Mágico en la puerta del estadio, que lo están esperando… quizá porque intuyan que esta tarde la recordarán siempre y no quieren que termine. El sol se ha hundido en el océano, pero ahí siguen. Corean su nombre. Quieren subirlo en volandas, el gesto reservado para los mejores toreros. A Mágico no le agrada la idea. Le incomoda tanto alboroto. Se entera de que los juveniles están jugando un partido. La excusa perfecta. Duchado y vestido sale por el foso de vestuarios. Se sienta en las gradas como un aficionado más. Pero no lo es. Los pocos que quedan lo reconocen. Lo felicitan. Lo piropean. Lo asume con su mejor sonrisa, como mal menor. No es soberbia ni falsa modestia. Debe de ser magia.

Cuando la multitud de las puertas del estadio se ha dado por vencida, el periodista José María Valle lo aborda. Le pregunta por qué no ha dejado que lo saquen en hombros. “Yo quería ver el partido de juveniles”, responde Mágico, y remata con una frase que quizá hasta arranque una lágrima a algún magiquista: “Además, habría sido una falta de modestia por mi parte llevarme todo el mérito de un triunfo que trabajamos todos dentro del campo… que me perdonen los aficionados”.

Después del partido legendario de este 14 de septiembre de 1986, Mágico se sumirá en la oscuridad, como si le costara convivir con el éxito. No volverá a la titularidad hasta el 26 de octubre. No completará los noventa minutos hasta el 17 de diciembre. No marcará de nuevo hasta el 11 de enero, diecisiete semanas de sequía. Todo se lo perdonarán. El 5 de abril ante el Betis en el Benito Villamarín, se inventará un taconazo imposible para superar al portero, y el defensa Gail tendrá que estirar su brazo derecho casi hasta la dislocación para evitar el gol con la mano. Y esa jugada también se convertirá en hazaña. Y en Cádiz seguirán acordándose de ese taconazo imposible y maldiciendo al defensa Gail. Y quizá lo recuerden por toda la eternidad.

***

Cádiz se acaba en el barrio La Viña. Más allá, solo una estrecha lengua de tierra hasta el castillo de San Sebastián. Luego, el océano. Más luego, la América de la que vino la magia. La Viña es paso obligado para los turistas que quieren sentir los vientos, quizá lo más singular de una ciudad colmada de singularidades. La calle Virgen de la Palma está llena de restaurantes con sus mesas y sillas en el empedrado, y sus pizarras manuscritas que invitan a probar lo más trillado de la gastronomía local.

Me siento en el Bar El Palmito y pido una ensalada de la casa, unos boquerones fritos y una caña que me costarán trece dólares. Si todo va bien, en unas cuatro horas estaré subido en el tren que me alejará de la que ya no me cuesta identificar como la ciudad del Mago.

Entre boquerón y boquerón, mientras consolido apuntes y ordeno ideas, me asalta una duda: me han hablado tanto y tan bien de Mágico que creo demostrada la admiración honesta de los cadistas, de las personas ligadas de una u otra manera al club y al fútbol. Pero, ¿qué hay de los que nunca lo vieron jugar? Me aseguraron que es ídolo de jóvenes sin uso de razón cuando colgó la camisola amarilla. ¿Y si no es más que un espejismo fruto de la exageración propia del carácter de los gaditanos? Aprovecho que el bar está casi vacío para llamar al camarero.

—Disculpe, ¿usted en qué año ha nacido?
—En el 85.

Tenía pues 5 o 6 años cuando Mágico abandonó Cádiz. Se llama Álvaro Lozano. Le sumario el por qué de mi interés.

—¿Conoce a Mágico González?
—Hombre, en persona no –dice Lozano.
—¿Pero lo ubica?
—Sí, hombre, claro… si es una leyenda. Mágico González en Cádiz es una leyenda… si subió al Cádiz a Primera él solo… un hombre que ni entrenaba, se despertaba tarde, se recogía tarde, bebía mucho, le daba a las drogas… y aun así al Cádiz lo subió a Primera… él solo.

A Lozano se le encienden los ojos como me sucede a mí cuando hablo de mis hijas.

—Además te digo una cosa: es el mejor jugador pero… pero del mundo entero. Ni Messi ni Ronaldo ni Pelé… ¡nadie! Y por el Cádiz hizo mucho, pero mucho… Y aparte yo conocí a una de sus hijas. Ingrid me parece que se llamaba. La misma nariz del padre, vamos.
—Una pregunta más: ¿usted es cadista?
—Yo le voy al Real Madrid –dice Lozano–, el Cádiz muchos disgustos da.
—Pues esto saldrá publicado en El Salvador –comento.
—Claro, claro… que él era salvadoreño. Buena gente el Mágico.

Lo que el colega Daniel Herrera me escribió cuando supo que yo iría a Cádiz fue esto: “Te hacen sentir que ser salvadoreño es ser el mejor ciudadano del mundo. Gracias a Jorge”.

Ahora no lo parece, pero esta historia tiene final feliz.

Dentro de unas dos horas LA fotografía estará en Washington, desde allí se enviará a todo el mundo, el fotoperiodista se habrá calmado, y mañana será portada de The New York Times y The Washington Post. Pero ahora no. Ahora el fotoperiodista –un salvadoreño llamado Chico Campos– maldice, se tensa, por ratos quiere que se lo trague la tierra. Acaba de cometer un error del tamaño de una catedral: se ha distraído en el revelado, ha puesto los rollos en el químico equivocado y ha arruinado el trabajo de toda la mañana.

Hoy es 16 de enero de 1992 y faltan menos de dos horas para el mediodía, la hora a la que el material debería estar enviado. Chico Campos, el responsable gráfico en San Salvador de la agencia Associated France Presse (AFP), acaba de echar a perder todas las imágenes sobre las celebraciones por los Acuerdos de Paz.

Faltan menos de dos horas y aún no ha sido tomada LA fotografía.

Hay tiempo, piensa Chico Campos. Prepara de nuevo los químicos, sale disparado de la oficina –ubicada cerca del redondel Baden-Powell, en la colonia Miramonte–, se sube en su vespa y gira el acelerador rumbo a plaza Gerardo Barrios, a ver si puede al menos salvar el día.

***

Desde que la imagen y la palabra se aliaron para bien del periodismo, los grandes acontecimientos de la historia –las guerras en particular– tienden a cristalizarse en una fotografía que, para la conciencia colectiva de un país o de la humanidad entera, se convierte en LA fotografía. Sin concursos ni encuestas ni votaciones. Simplemente sucede. Una niña asiática que corre desnudada por el napalm remite a la Guerra de Vietnam. El pelotón de soldados que clava en Iwo Jima el mástil con la bandera estadounidense condensa cuatro años de encarnizados combates en las islas del Pacífico durante la II Guerra Mundial. El miliciano captado por Robert Capa cuando recibía un balazo simboliza toda la Guerra Civil Española.

—Chico, ¿vos cuál creés que es LA foto de la Guerra Civil de El Salvador?
—Por toda la repercusión que tuvo, creo que la foto de la Paz sí es esta –me dice Chico Campos 20 años después, sentados en un puesto de tortas a apenas tres cuadras del lugar donde tomó la fotografía–, pero LA foto de la guerra… No, no creo… Ni las que tomaron los fotoperiodistas extranjeros… No creo que haya una que todo el mundo la vea y diga: ah, la guerra de El Salvador, ¿va? Que yo recuerde, no hay.

***

Este 16 de enero no es una sorpresa para nadie. Las negociaciones entre el Gobierno y la guerrilla del Frente Farabundo de Liberación Nacional (FMLN) cuajaron el 31 de diciembre pasado, y desde hace días se sabe que el presidente de la República y los comandantes guerrilleros firmarán hoy los Acuerdos en el castillo de Chapultepec, en México DF. En El Salvador los bandos en contienda han organizado actividades conmemorativas, sin corbatas, y la más significativa sin duda es la masiva concentración de simpatizantes efemelenistas en la plaza Gerardo Barrios, el corazón de la capital.

Chico Campos se reunió días atrás con dos de sus compañeros: Pedro Ugarte, enviado por la agencia desde Nicaragua para reforzar la cobertura; y Yuri Cortez, el stringer, al que se le paga por foto. A los dos les dijo que el jefe regional en Costa Rica había sido muy explícito: El Salvador sería este jueves plato fuerte de la agenda internacional, y las imágenes debían enviarse antes del mediodía, para que los diarios europeos las tuvieran antes de su cierre. Con esta orden como premisa inamovible, el plan de los fotoperiodistas se simplificó: Yuri al cerro Guazapa, a Las Moras, el campamento guerrillero más cercano, para poder regresar a tiempo; y los dos más experimentados, a la Gerardo Barrios.

Son las 9:15 de la mañana, y Chico Campos ha gastado dosquetrés rollos. Busca a Pedro, le pide su material y se retira tranquilo para revelarlo. Va sobrado de tiempo. Cuando pasa frente al parque Infantil, al ver que sobre la 7.ª calle poniente viene una manifestación de efemelenistas rumbo a la plaza, parquea la vespa en cualquier lado –sin cadena, sin candado, son otros tiempos– y dispara unos cuadros más.

Ya en la oficina, en la oscuridad del cuarto oscuro, Chico Campos mete los cuatro rollos en el químico fijador sin haberlas revelado aún. Sus fotos y las de Pedro se desintegran.

—Naaaada, de ahí no se rescataba naaaada –me dirá 20 años después–. ¿Y qué me quedaba? Pues comenzar de nuevo.

Faltan menos de dos horas para el mediodía.

***

Francisco Javier Campos Sosa nació el 2 de enero de 1954. Tiene 38 años, y cree que ya va siendo hora de asentar tantito su vida. Se ha casado hace pocos meses con Ana Delmy, y viven juntos en una modesta casita en la colonia Jardín de Mejicanos. En 1993, el próximo año, nacerá Mónica, la que será su única hija.

El gusto por la fotografía le viene desde niño, pero fue a partir de 1979 cuando empezó a tomárselo en serio. Voluntario en Comandos de Salvamento, consiguió una camarita de 8mm y comenzó a fotografiar accidentes y rescates, para facilitar luego los negativos a los periódicos locales y promocionar así la labor de la oenegé. En esas conoció a un fotógrafo del diario El Mundo que logró abrirle puertas, y en 1981 publicaron su primera foto: un incendio.

Hace 10 años, cuando la guerra comenzaba, Chico Campos renunció a su bien remunerado trabajo de jefe de control de producción en IMSA, una empresa que fabricaba estructuras metálicas. Ganaba como 900 colones al mes y en El Mundo empezó con 200 colones.

Durante la primera mitad de la guerra tomó fotos y escribió notas para El Mundo; también hizo radio en una emisora llamada Radio Sonora, y comenzó a estudiar Periodismo en la Universidad de El Salvador. Uno de sus profesores fue Iván Montecinos, el corresponsal de la AFP, que lo llamó para trabajar como stringer apenas se desocupó esa plaza. Fue solo cuestión de tiempo que le ofrecieran un contrato para incorporarse de lleno en la agencia.

***

La vespa vuela hacia la plaza Gerardo Barrios. La parquea en cualquier lado –otros tiempos–, y Chico Campos sube directo a la generosa tarima que han instalado frente a la entrada principal del Palacio Nacional. En ese momento no hay ningún otro periodista. Contra el reloj, su idea es tomar una panorámica de la multitud, para que al menos se sienta la celebración, pero estando ahí parado ocurre algo que no está en ningún guión.

—Yo no estuve mucho tiempo en la tarima, 10 o 15 minutos –me dirá 20 años después–. La cosa es que unas mujeres empezaron a bailar algo folclórico, y me dije: tomo un par de cuadros más para terminar el rollo y me zafo. En el baile las mujeres caminaban para atrás y para adelante, y saludaban al público con las manos abiertas. Les sacaron unos canastos, no se veía qué tenían, pero por cómo iba la cosa entendí que iban a agarrar algo para ofrendarlo. Cuando vi que eran palomas, me preparé, busqué la composición y disparé cuatro o cinco veces. Solo en la que fue publicada están las palomas así.

No que tiene LA fotografía, obvio, pero Chico Campos cree tener una buena foto. Se lo dice el instinto. Busca de nuevo a Pedro, le pide su material y vuela de regreso a la oficina.

Revela, esta vez sin inconvenientes, y envía a Washington unas ocho o diez imágenes de los tres fotoperiodistas. La foto de las palomas la envía de un solo en color. Ha visto el negativo y le tiene confianza.

***

El éxito de LA fotografía quizá radica en su simpleza: en primer plano, las dos mujeres de blanco con los brazos extendidos porque acaban de soltar unas palomas de Castilla –grises, no blancas– que se desviven por alzar el vuelo; en un segundo plano, amontonados en la plaza, se ve a centenares de simpatizantes del FMLN con muchas banderas rojas y pocas azul y blanco, y adelante, media docena de fotógrafos en el lugar equivocado; de fondo, el alma de la imagen, el esqueleto de una Catedral metropolitana aún sin terminar, un feo armazón de concreto sin azulejos de Llort ni cúpulas en las torres, recubierta por incontables pancartas políticas, tosca, ruda, ofensiva, la metáfora de un país consumido por una guerra civil; detrás, el cielo luce limpio y caluroso.

—Hubiera sido aún mejor si toda la gente hubiera estado celebrando, con las banderas levantadas –me dirá 20 años después.

La imagen también traspira pureza: sin apenas edición, sin fotosops que realcen las palomas –a las que cuesta identificar en una primera mirada– o para avivar colores. Es una foto de lugar indicado en momento preciso, sin conservantes ni colorantes.

***

Mañana, cuando Chico Campos llegue a la oficina, comenzará a leer los faxes con las felicitaciones llegadas desde las principales oficinas de la AFP en todo el mundo. Desde París: “Felicitaciones por su cobertura de los Acuerdos de Paz en El Salvador, que fue muy rápida, abundante y muy variada”. Desde Washington: “Francisco, felicitations por tu excelente trabajo de ayer, comencé mi día por ver tu foto de las palomas en la primera página del New York Times y del Washington Post”. Desde Buenos Aires: “Muchas felicitaciones y deseos de que este buen comienzo de año perdure”. Desde San José: “Sobran las palabras cuando las imágenes son elocuentes de su excelente trabajo”.

Su fotografía, que con las prisas bautiza como Dos mujeres sueltan palomas, terminará convertida en LA fotografía, la imagen que los salvadoreños asociamos con los Acuerdos de Paz, mucho más que cualquiera de las que se tomaron en Chapultepec. Imposible saber cuántos periódicos la publicarán en todo el mundo, pero con los días Chico Campos logrará tener una carpeta con recortes y fotocopias de diarios estadounidenses, españoles, franceses, japoneses, colombianos, argentinos… Quizá nunca el trabajo de un salvadoreño haya sido tan difundido en tan poco tiempo.

—De los recortes que tengo solo el USA Today puso mi nombre –me dirá 20 años después, mientras estemos comiendo una torta mexicana de $1.50 en el centro de San Salvador–; en todos los demás el crédito que apareció fue solo AFP.

Es el precio que se paga por trabajar para una agencia internacional. Pero quién sabe, quizá dentro de 20 años alguien se tome la molestia de detallar cómo y quién tomó LA fotografía de los Acuerdos de Paz, esta imagen que hoy se está distribuyendo por las redacciones de medio mundo y que de alguna manera también contribuirá a que este 16 de enero de 1992 termine siendo en un día tan especial en la historia de El Salvador.

Foto Francisco Campos.

Foto Francisco Campos.

Yo madre

Publicado: 21 julio 2013 en Roberto Valencia
Etiquetas:, , , ,

“Hay muchos hogares destrozados, hay mucho dolor, hay mucha pobreza. Hermanos, todo eso no lo miremos con demagogia”.
Monseñor Óscar Arnulfo Romero, diciembre de 1979.

No deseo a nadie que tenga un hijo así, como el mío. No es fácil vivir con esto. A veces quisiera ser una hada y cambiarlo todo, a él, pero lastimosamente no se puede.A veces hubiera preferido que fuera ladrón o afeminado. En la cárcel lo tengo ahorita. Si está ahí es porque algo debe, usted sabe, y si va a salir a las mismas… Puede sonar injusto que una mamá hable así, porque casi todas las mamás quieren que sus hijos salgan, que salgan así deban cinco o diez muertos. Mi forma no es así. Eso de que uno va a estar haciendo daño a otras personas y riéndose de la vida… no. Pero a él no se lo digo como se lo estoy diciendo a usted. Eso me lo guardo. Al principio yo caía como en depresión. Bien feo me agarraba. Pero si me derribo, ¿quién va a criar a mis otros hijos? Pasé otro tiempo que sentía que me disparaban por la espalda. Otras veces pienso que me van a parar y me van a decir: esta es la mamá de fulano. Es como una sicosis, como que yo anduviera los tatuajes en la frente.Porque hay resentimientos, y si le quieren dar donde más duele… Yo así le digo: tus hermanitos van a pagar el pato… y yo, ¿creés que no? Y por ahí lo voy amortiguando, aconsejando. Le digo: mirá, Dios te tiene aquí con un propósito, que cambiés. Yo sé, mamá, me dice. ¿Qué más puedo hacer? Es mi hijo… Sí, sé que hay madres que se alejan de sus hijos, pero eso no cabe en mi corazón.

***

No le gusta airear su secreto. Hace seis meses ni siquiera sus otros hijos sabían que Gustavo es un activo de la Mara Salvatrucha-13 (MS-13). Apenas se lo ha susurrado a los familiares más cercanos y a las poquísimas personas que se han ganado su confianza. A mi esposa, trabajadora social de una modesta oenegé con un programa de atención a mujeres vendedoras, le costó años ganarse la confianza de Madre.

Hoy es un martes de abril, 2012, y Madre al fin ha accedido. La cita a ciegas es a la 1:15 de la tarde en un centro comercial sobre la 10.ª avenida Sur, en la parte baja de San Salvador. Aunque el Barça juega la Champions y hay movimiento, reconocerla resulta demasiado sencillo. Cuarentona, el plante recio de una veterana vendedora de la calle –rostro expresivo, mirada afilada, espalda ancha, brazos más gruesos que los míos– y la cara de preocupación de quien guarda un secreto terrible. Viste falda larga, como me había adelantado mi esposa; así les dice el pastor.

Nadie más sabe que Madre hoy ha quedado para hablar de su secreto.

―Con Gustavo me pasó que le di mucha libertad –dice–. Yo confiaba porque era bien tranquilo, si de niño hasta las cipotas le pegaban, y hogareño: dejábamos desorden en la casa, y al llegar él lo había arreglado.

Madre exige que Gustavo nunca –nunca– sepa que va a contar su secreto a un periodista. Madre teme a los pandilleros. Vive entre ellos. Madre sabe, y porque sabe, teme. En este primer encuentro, en un Pollo Campero, se la ha pasado mirando alrededor con recelo. Cuando ha dicho algo de la pandilla, la voz baja como si estuviera en un templo.

―Entonces, ¿me permitirá contar su historia?
―Solo si me promete que no va a ir mi nombre ni el de mis hijos ni mi dirección.

Exige también lugares menos concurridos para hablar. Madre en verdad teme.

***

Hace apenas treinta años Mara Salvatrucha y Barrio 18 no significaban absolutamente nada en El Salvador. De hecho, hasta que se pervirtió, ‘mara’, la palabra que hoy define a escala planetaria el fenómeno del pandillerismo centroamericano, tenía connotaciones positivas. Se utilizaba para referirse afectuosamente a los conocidos de la colonia o del instituto, a la cuadrilla, al grupo de amigos.

En la década de los ochenta las guerras y la pobreza expulsaron a cientos de miles de centroamericanos –sobre todo salvadoreños– hacia Estados Unidos –sobre todo al área de Los Ángeles–; las gangs angelinas sedujeron a una parte de los migrantes que cayeron en los suburbios latinos; cientos se integraron en la pandilla 18 o en la Mara Salvatrucha, aunque no solo; y a inicios de la década de los noventa el Gobierno estadounidense desató una política de deportaciones masivas de centroamericanos con el virus de las pandillas interiorizado.

En cuestión de meses El Salvador vivió la llegada de docenas, centenares de activos, cuyo estilo de vida –ropas holgadas, tenis Nike Cortez, llamativos tatuajes, estrictos códigos disciplinarios y una seductora oferta de hermandad eterna– resultó ser un imán para la juventud de la posguerra. También deportaron a integrantes de otras pandillas y estaban las autóctonas, pero en menos de una década la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 polarizaron el fenómeno de tal manera que en la actualidad parecen las dos únicas.

La extrema desigualdad social, la débil institucionalidad, la impunidad y determinadas políticas públicas que actuaron como combustible –la Mano Dura y la decisión de asignar cárceles a cada una de las pandillas, por citar un par de ejemplos– fueron el caldo de cultivo idóneo para la radicalización de las maras, más violentas y con un control territorial más agresivo que el de las casas matrices en Los Ángeles.

Esto no es exageración: en amplias zonas del país la gente hoy tiene miedo de pronunciar en público los números trece o dieciocho.

El Gobierno de El Salvador empezó en 2012 un censo para dimensionar la implantación del fenómeno. En mayo de 2013, monitoreados 184 de los 262 municipios, las cifras oficiales hablan de 60,000 pandilleros activos y de una red social adicional de 410,000 personas, entre chequeos (jóvenes en período de pruebas para ganarse un lugar), jainas (novias o compañeras de los pandilleros), mascotas (niños que caminan con la pandilla) y familiares directos que mantienen vínculos. Y entre los familiares, una figura hegemónica: la madre.

Hay varias docenas de miles de madres de pandilleros en El Salvador. En un universo tan vasto cabe casi de todo: madres cómplices de los delitos de sus hijos, madres que simplemente se aprovechan del terror que infunde la pandilla, madres pasivas pero que de alguna manera se benefician de la actividad delictiva, madres distanciadas de sus hijos, madres que odian a sus hijos… y madres –como Madre– que a su hijo pandillero lo quieren de corazón pero también de corazón odian la pandilla.

***

Es jueves y mayo. Hace dos meses que Mara Salvatrucha y Barrio 18 acordaron una tregua auspiciada por el Gobierno. Los homicidios se han desplomado a menos de la mitad, y las concesiones del Estado a los pandilleros no se han hecho esperar, con generosidad acentuada en las cárceles: removieron a los militares de los controles de ingreso; la íntima pasó de una a doce horas; los familiares pueden meter hoy más dinero y comida; colocaron plasmas en las celdas. También se restituyó un derecho: ahora entran los niños.

―El sábado fui a verlo y llevé a Erick.

Gustavo tiene un hijo –Erick– que en junio cumplirá cuatro años. Llevaba casi dos sin acariciarlo, desde que el Gobierno prohibió a los pandilleros ver a sus hijos. Fue un sábado de abrazos pospuestos y besos diferidos en el área de visitas.

―Nomás verlo le dijo ‘papá’. Y Gustavo, llorar y llorar. Erick, ¿me querés?, le decía. Sí. Pues abrazame, le decía. Lo anduvo paseando por todo el área de visita. Un amigo lo vio y le dijo: si tus mismas orejas tiene, ¿y decís que no se te parece? Fueron como dos horas. Al irnos, el cipote le dice: me quiero quedar aquí, con vos. Y Gustavo lloraba. Los tres lloramos. Andá a mi casa, le decía el cipote. Bien vivo.

***

Madre nació un sábado de octubre de 1971 en el Hospital de Maternidad, donde nacían y nacen los pobres. Hija de Manuel y María Julia, curtidos vendedores de la calle los dos, fue la mayor de los cinco hijos que engendraron –dos murieron al nacer–, pero ambos huían de fracasos previos: María Julia tenía otros tres hijos; y Manuel, cinco más. El primer hogar fue un mesón de la colonia Zacamil de Mejicanos.

―Mi papá vendía dulces-cigarros-chicles… y le iba bien, era bien famoso. Pasó veinte años en la puerta de un colegio y los fines de semana, al estadio. Era un pan de Dios. Tomaba, sí, pero no nos golpeaba. Conmigo fue bien chévere… Mi mamá no. Me obligaba a lavar ropa, a cocinar, a trapear. Una vez me quebró una escoba en el lomo por quemar unas pescaditas.

La familia consiguió un lote en el Campamento Morazán, en Soyapango. Fue cambiar de sitio para no cambiar. Con once o doce años, Madre se cansó de la rigidez y de los golpes, y marchó a vivir con una hermanastra al reparto San José, también en Soyapango.

―Ella me enseñó a cocinar, a ir al mercado… todo lo importante.

Una discusión con la hermanastra la regresó a casa de sus padres, pero nada sería igual. Niña aún, pero Madre tenía su propia venta de dulces-cigarros-chicles–el influjo indeleble de la figura paterna– en una parada de buses urbanos cerca de la Alcaldía de San Salvador. Con trece años creyó tener encarrilada la vida: abandonó los estudios en sexto grado y se dejó querer. Pudo haber sido distinto, pero no.

―Los novios que tuve eran cobradores de buses; tanto pasar y pasar por mi venta.

Con catorce se fue a vivir a un mesón en la colonia Yumuri de Mejicanos, junto a un cobrador que la enamoró –una década más viejo– y la suegra. Él la amorataba a mordiscos para que todos en la colonia supieran que tenía dueño y le prohibió trabajar. Para Madre eso era el amor. Se sentía completa con novio formal, un techo, la vida por delante… Antes de haber cumplido los dieciséis quedó embarazada.

Pero su proyecto de vida colapsó como un rascacielos golpeado por un Boeing 767. Para cuando Gustavo nació, abril de 1988, las continuas infidelidades del ya excobrador y las consecuentes discusiones forzaron el regreso de Madre a casa de sus padres, que ahora vivían en una comunidad por el Centro de Gobierno, en San Salvador.

―Del padre de Gustavo sé que se casó y poco más. Él jamás me volvió a preguntar ni yo lo busqué. A mi hijo lo crié sola. Desde tiernito me tocó tenerlo a la par.

***

La privacidad apalabrada es uno de los quiosquillos junto a las piscinas del Centro Español, en la exclusiva colonia Escalón de San Salvador. Aún es el mismo jueves de mayo en el que me cuenta el rencuentro carcelario de tres generaciones. Madre me acaba de decir también que su hijo cumple condena en Ciudad Barrios, y se entusiasma cuando le digo que tomé fotos cuando visité esa cárcel para cubrir algo de la tregua.

―¿Podemos verlas? Quizá sale.

En Ciudad Barrios hay unos 2,400 emeeses, y la posibilidad de que aparezca en alguna foto suena ridícula, pero enciendo la laptop y comienza la rueda de reconocimiento.

―A ver… ¿Puede poner un poco más grande ahí?
―…
―No, no es él. Así está aquel ahora, pelón, pero no es él.
―¿Y es alto muy alto?
―No, de mi porte…Pere, pere… Dele atrás…
―…
―Esa cara… más grande… Ahí está –no hay nadie alrededor, pero Madre baja la voz hasta el susurro–, ese es mi hijo.

Viste camisola blanca, como casi todos en la foto. Está en primera fila de un nutrido grupo. Gustavo tiene espaldas anchas, parece bien alimentado. Rapado al cero, sus orejas –las de Erick– lucen aún más grandes y despegadas. La peloneada muestra dos tatuajes de su clica en la cabeza, a un lado y en la parte alta. Los antebrazos también están tintados. El rostro y el cuello, limpios.

―Nos parecemos, ¿va? Ahí está mi Gustavo. ¿Y podría pasarme esa foto sin que nadie más la vea?

***

Gustavo

Gustavo nació por cesárea un miércoles de abril de 1988 en el Hospital de Maternidad, donde nacían y nacen los pobres. Salió amarillento y lo retuvieron tres días. Madre recibió el alta antes, pero el tajo suturado de su bajo vientre se le infectó a la semana y regresó de urgencia al hospital como quien llega a pedir un favor.

―De la herida me salía un agua bien fea, que hiedía. Se me fueron los puntos y se me abrió todo. Me quedé un mes en Maternidad, luego me cosieron otra vez.

En la microeconomía del vendedor de la calle un mes sin trabajo es un mes sin ingresos. Apenas recibió el alta, Madre tuvo que ir al puesto, ahora con su hijo. Salían a las 6 de la mañana a vender y regresaban a las 6 de la tarde.

―Al bebé lo tenía a la par de la venta, en una cajita de cartón.

Resultó un niño tranquilo. Le costó hablar. No molestaba. Tímido. Si le decía que se quedara quieto, quieto se quedaba. Cuando hubo que matricularlo en una escuela, lo matriculó, pero no alteró la dinámica de pasar juntos cuantas más horas mejor. Quizá por eso el vínculo. Madre tiene una caja de zapatos llena de fotografías; de sus tres hijos, Gustavo es con diferencia el más retratado.

No era el más brillante de la clase, pero llegó hasta bachillerato sin repetir grado. En casa ordenaba, barría, limpiaba trastes, se llevaba con sus hermanos, los cuidaba. Cumplió diez, doce, quince años y nada hacía pensar que terminara en una pandilla. Con dieciséis aplazó primero de bachillerato, y Madre decidió que comenzara a trabajar con uno de sus hermanastros en una imprenta. Gustavo le entregaba la mitad de su salario. Pero al año hubo un recorte de personal y quedó fuera. Sin trabajo y sin estudios, comenzó a pasar más tiempo con los muchachos de la colonia.

―Lo que lo arruinó es que mucho tiempo en las calles, y yo, que confiaba en él porque era bien tranquilo: nunca llegó bolo a casa, no fumaba. Él salía a la canchita a jugar y subía a las 7, y luego fue pasando ese límite. A las 8, después a las 9, 10, 11…

A mediados de 2006, con dieciocho años recién cumplidos, Gustavo le dijo que se iría a vivir con unos amigos a otra colonia. Madre comenzó a sospechar cuando, en las esporádicas visitas, empezó a verlo bien vestido, tenis caros, nada que ver con la austeridad familiar. Pero se resistía a pensar que fuera pandillero.

Un día le dijeron que estaba preso en la delegación policial de Mejicanos. Madre llegó y un comisionado le soltó a bocajarro que era pandillero de la Mara Salvatrucha. Gustavo lo negó y renegó con tanta determinación que Madre lo creyó. Salió a los tres días sin cargos. Volvió a caer preso, y esta vez lo enviaron a la cárcel de Chalatenango. Tardó meses en recuperar la libertad, y lo primero que hizo al saberse libre fue regresar a casa para sincerarse, como quien se quiere quitar un peso de encima.

―Yo ya no puedo vivir aquí –le dijo Gustavo– y ni siquiera podré venir a visitarla, para no causarle problemas.
―Hijo, vos bien sabés el bien y el mal. En esta casa hay calamidades, pero un mal ejemplo nunca lo has visto…
―Yo sé, mamá.

Gustavo lucía entero. Madre quería morir. Pero aquella plática no fue una discusión.

En marzo de 2009, un operativo de la División de Investigación de Homicidios de la PNC desarticuló su clica, pero Gustavo escapó. En junio quiso celebrar el primer cumpleaños de su hijo –el fruto de una relación en apariencia estable– y fue al centro de San Salvador a comprar la piñata. Sobre la avenida España una patrulla le pidió la documentación en un control rutinario y comprobó que era prófugo. Gustavo cargaba 80 dólares y celular, y se los ofreció a un agente. Esta vez no puedo, andamos dos más, obtuvo por respuesta. Aquellos fueron sus últimos momentos en libertad.

En agosto de 2010 Gustavo y otra decena de pandilleros de su clica fueron condenados a distintas penas por asociaciones ilícitas y por tres asesinatos cometidos entre junio de 2007 y enero de 2008. A Gustavo le cayeron treinta años.

―¿Y usted por qué cree que se metió en la pandilla?
―Por los limitantes que teníamos en la casa quizá. Y que pasó mucho tiempo en la calle.

***

Mañana será junio y viernes, hoy es jueves y mayo. Madre está contenta, una contentura compatible con los temas de conversación más ásperos.

―El martes mataron a un cipote –dice–. Ahí por la canchita, del Seguro para arriba. Yo justo pasaba, como a esa hora voy a hacer limpieza.
―¿Usted lo vio?
―Solo oí los disparos. Dicen que catorce años tenía, y que lo habían expulsado de la escuela. Esta vez llegó un carrito del Canal 33.
―¿La otra pandilla lo mató?
―A saber. Solo sé que tenía catorce años y que vivía por los condominios. Yo oí los disparos y me agarró canillera… luego los grandes gritos. Gritaban: nooooo. A saber por qué lo mataron, pero catorce años tenía el cipote.

En El Salvador, uno de los países más violentos del mundo, la violencia se ha adueñado de la conciencia colectiva, pero hay –debería haber– una diferencia entre quienes conviven a diario con su expresión más cruda –las maras– y quienes viven en residenciales amuralladas y el fenómeno solo lo perciben por Facebook o por televisión. De cualquier conversación con Madre, en especial de las nacidas con vocación de intrascendencia, surge la evidencia del ambiente de extrema violencia que la envuelve.

―Yo siento que la mentalidad de Gustavo ya cambió: 50% negativo y 50% positivo –dice mientras la acerco en carro a la colonia Zacamil.
―¿En qué le nota usted maldad?
―A veces me ha hecho comentarios de la mamá de Erick. Dice que ya se ha ganado la bolsa negra, y que si no ha dado la orden es por el niño.

Ella tiene diecinueve años; a Erick lo tuvo con quince. Vivían juntos cuando detuvieron a Gustavo, pero el amor eterno se marchitó tras unas visitas a la cárcel. Ella tenía tatuado el nombre de él, pero lo cubrió con otro tatuaje. A Gustavo hoy le cuesta digerir que ella ponga trabas para que su hijo lo visite, pero lo que más lo enciende es que ande con otros.

―Ella ahora tiene otras parejas –dice Madre–, y él ya me dijo: si quiere andar con otro baboso, que ande, pero que no sea ni de la colonia ni policía ni homeboy ni mucho menos de la otra pandilla; que sea civil; y que sus cosas las hagan fuera, donde nadie la vea; y que se cuide de no embarazarse. Él a veces se enoja, se enoja, pero yo intercedo por ella. Le digo: es la mamá de tu hijo, te lo está criando. Pero como dos veces le he oído eso de que se ha ganado la bolsa negra…
―¿Y qué dice usted cuando lo escucha?
―Me pongo a llorar. No seás así, le digo, ningún ser humano merece esas cosas, por muy malo que sea. Ya cuando me ve llorar, me dice que estaba bromeando, ¿cómo va a creer usted?, me dice, pero dígale que no se ande regalando a cualquiera. Eso sí le da cólera.

***

Madre crió sola a Gustavo, desde tiernito a la par.Ensayó algún intento de reconciliación con el padre, pero no tardó en convencerse de que la ruptura era la mejor opción.

Los últimos años de la guerra civil los vivió en casa de sus padres, pero apenas llegaba a dormir porque optó por trabajar a destajo. Siguió con su venta mañanera de dulces-cigarros-chicles y se colocó como mesera en una pupusería, de 3 a 9 de la noche. Tomó otra decisión importante: dejó su puesto junto a la parada de buses y probó suerte unas cuadras al sur, en las puertas del cine Majestic. El bebé siempre a su vera.

La apuesta resultó un acierto, y Madre disfrutó de cierta holgura económica. Se permitía algún caprichito para Gustavo, raro era el domingo que no salían a comer pizza o pollo, y logró ahorrar 8,000 colones (914 dólares al cambio actual), una cifra que veinte años después le suena a fantasía.

En las puertas del Majestic conoció a Chamba, el portero del cine, cinco años más viejo y padre de dos hijas. No tardaron en irse a vivir juntos a un mesón ubicado detrás del mercado de Ciudad Delgado, para mientras, pero los Acuerdos de Paz trajeron un sinnúmero de proyectos de cooperación. Madre supo de una lotificación avalada por el Estado en la Zacamil –la colonia en la que estuvo su primer hogar–, las cifras cuadraban con su presupuesto, y llegaron a levantar su champa, que no tardó en convertirse en una modesta casita.

Con veintidós años Madre volvió a embarazarse. Gustavo tenía seis cuando en enero de 1995 nació Karina.

En ese tiempo Madre supo no solo de las continuas infidelidades de Chamba, sino que en sus planes ella era algo así como el segundo plato, la querida.

―Chamba tiene otra hija de la edad de Karina. Esa otra mujer como que lo tiene absorbido. Es más joven, más boni… no, más bonita no es. El cuerpo quizá, pero como ellos solo eso miran, lo exterior.
―Usted como que no ha tenido mucha suerte con los hombres…
―Los padres de mis hijos me dejaron por otra. Quizás por lo mismo que yo he sufrido le digo a mi hija que se cuide y que elija a un hombre con valores, aunque sea feyito, porque de los bonitos rara vez sale algo bueno.

Pero la ruptura no fue tan abrupta en esta ocasión. Chamba siguió llegando a la casa, con aportes mínimos a una economía familiar que comenzaba a dar señales preocupantes, y con ocasionales fogonazos de pasión.

Con veintinueve años Madre volvió a embarazarse. Gustavo tenía trece cuando en septiembre de 2001 nació Gabriel. Pudo haber sido distinto, pero no.

Como si presintiera que lo peor estaba por venir, pidió que la esterilizaran.

***

Viernes 15 de junio, 2012.

―¿Se recuerda del cipote aquel que le dije que mataron? ¿El de los condominios? Catorce años tenía. Pues dicen que jugando fue, que otro de los muchachos le puso la pistola en la cabeza, bromeando, y se le disparó. También dicen que es primo de uno de los meros-meros.

***

Karina

Karina nació por cesárea un miércoles de enero de 1995 en el entonces nuevo Hospital Zacamil, otro hospital para pobres. De los tres, resultó el embarazo más tranquilo, sin estreses ni discusiones de pareja. Madre está convencida de que eso determinó. Karina fue la primera en aprender a caminar. Siempre ha ido bien en los estudios. Tiene una edad complicada, dieciocho años, pero acepta con resignación la precariedad económica; ni siquiera protestó cuando la pobreza le privó de fiesta de quince años. Madre cree que tiene madera de líder. Es bien madura, dice, el orgullo de una madre orgullosa en la mirada.

El Día de la Madre de 2012 Karina le escribió una carta en la que le pedía disculpas por sus berrinches, le agradecía los valores inculcados y le prometía seguir esforzándose.

—Mi familia dice que es la única con la que me he ganado el cielo. Y eso que la mayoría somos vendedores y a ella no le gusta mucho vender ambulante. En un puesto sí, ya estuvo haciendo tortas en el chalé de mi hermana, pero en la calle no le gusta. Yo la animo: rompé el hielo, no seás una vendedora más en la familia.

Karina ha logrado un hito en el árbol genealógico: alcanzar la mayoría de edad sin embarazarse. Aspira a convertirse en la primera licenciada de la familia.

***

La tregua entre la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 va camino de los cinco meses, las estadísticas oficiales insisten en que se cometen la mitad de asesinatos que hace un año, pero Madre dice que en su comunidad apenas nada ha cambiado. El ‘ver, oír y callar’ sigue siendo ley de vida entre los residentes. El Estado, sin embargo, acentúa su permisividad con los pandilleros en las cárceles: para el Día de la Madre pudieron encargar Pollo Campero; y para el Día del Padre, Pizza Hut.

―Pero viera lo que me pasó el otro sábado que fui al penal con Erick…

Dice Madre un martes de julio. Luego suspira.

―Gustavo se puso a jugar con él y a enseñárselo a sus amigos, pero ya al final el niño se viene y le dice gritando: sos un papá de mentira porque no vas a la casa y no me arreglás la bicicleta, y no me querés porque no querés que me quede aquí contigo. Tiene cuatro años pero es bien vivo. Y Gustavo, llorar y llorar, pero puro niño lloraba. Todos alrededor lo miraban callados, y yo lo abracé, llorando también pero con miedo, porque a saber qué estaban pensando. Y ahí alcancé a decirle: hijo, todo esto lo hubieras pensado antes.

***

Madre pidió que la esterilizaran cuando Gabriel nació, la segunda de las decisiones trascendentes que tomó en aquellos meses turbulentos.

―Empecé a ir a la iglesia a los días de salir embarazada. No sé, sentí la necesidad.

Durante más de un año asistió a la Misión Cristiana Elim, pero unos familiares la convencieron para congregarse en otra más íntima –unos setenta feligreses los días de mayor concurrencia– y más estricta, una que exige un año de cultos antes de bautizarse y que establece restricciones de corte fundamentalista: solo faldas largas, mantelina (pañuelo) obligatoria para el culto o para leer la Biblia, nunca maquillaje ni aretes ni anillos ni bailes ni fiestas de cumpleaños, diezmo inexcusable de cada dólar que uno gane y estricta prohibición de trabajar los sábados.

―Yo antes el sábado era cuando más vendía, no paraba en casa, pero ahora, nada. Bueno, el año pasado fui a vender una vez porque lo necesitaba, pero no le dije a nadie.

La religión pasó a ser un pilar importante en la vida de Madre. Cada noche, cuando sus hijos duermen, acostumbra a hablar con Dios suavecito, para que nadie más la escuche. Primero le agradece, luego le pide perdón y por último le cuenta sus necesidades.

―Siendo usted tan religiosa, ¿qué le dijo a Dios cuando supo lo de Gustavo? ¿Le reclamó?
―No, no podemos hacer eso. Mi hijo ya era mayor y, como me dijo la jueza, sabía el bien y el mal, y si él hacía algo malo, sabía que iba a dar cuenta.
―Pero usted habrá rezado mucho por él.
―Sí, pero no está dentro de mí evitar eso. Es cierto que yo recibo lo que él está sufriendo porque soy la mamá, pero él se lo buscó. Lo mío es, digamos, una cruz que estoy cargando.
―A pesar de su profunda religiosidad.
―Pues sí, tal vez por algo que uno hizo antes y lo estoy pagando ahora. Quizá porque desobedecí a mi mamá, porque me fui de casa siendo bicha… a saber. No siento que sea un castigo de Dios, él no nos pone cargas que no podamos llevar.

Quizá no de Dios, pero en El Salvador sí es un castigo ser madre de un pandillero.

***

Es lunes y es noviembre, casi mediodía, y el cementerio municipal La Bermeja es una plancha ardiente bajo un cielo azul intenso. La madre de Madre murió ayer a primera hora, después de pasar más de tres semanas en coma en el Hospital Zacamil como consecuencia de un derrame cerebral.

La noticia voló casi en tiempo real hasta el penal de Ciudad Barrios, y Gustavo ordenó a Madre que gestionara los permisos para estar ahora en el cementerio, esposado. Madre hizo lo que le pidió su hijo, pero me acaba de asegurar que se ha alegrado en silencio cuando le respondieron que no era posible, que solo dan permiso –cuando lo dan– para entierros de familiares en primer grado de consanguinidad. La satisfacción es porque ahora aquí hay unas cien personas, gente cercana, pero la mayoría desconoce su secreto.

El Día de Muertos está reciente, y este solar de muertos engramado y sin cruces está lleno de flores plásticas multicolores, algunas zapateadas y pisoteadas. A un costado hay dos canopis: el más grande es para rescatar del sol a familiares y amigos, pero no da abasto; otro más pequeño está sobre la fosa, sobre cuatro empleados municipales con palas y una estructura metálica rectangular que usan para bajar el ataúd.

―Pueden pasar a verla para despedirse –dice el pastor–, porque van a proceder a sepultarla. Me dicen que ahorita hay otro entierro.

En este sector del cementerio meten a tres o cuatro personas en cada fosa, y es el azar el que elige tanto la ubicación concreta como los acompañantes de soterramiento. En las lápidas –del tamaño de un cuaderno e incrustadas en el suelo– nomás se agrega el nombre del nuevo difunto a los otros con apellidos foráneos. Alguien dijo que la muerte nos iguala a todos, ricos y pobres, pero parece que a algunos les iguala más que a otros.

Gabriel llora. Madre y Karina prefieren la seriedad. Ellas son las que más sufrieron los últimos años de María Julia, que fueron duros: diabetes, úlcera, silla de ruedas, y su carácter siempre conflictivo.

―Mi deber es servir a mi madre, con su temperamento y todo –me dijo meses atrás Madre–. De todos sus hijos tal vez la paciencia solo yo la tengo, porque ella sí es desesperante.

En los próximos días un pandillero se tatuará el nombre y la fecha de la muerte de su abuela materna, su única abuela.

***

Gabriel

Gabriel nació por cesárea un viernes de septiembre de 2001 en el Hospital Zacamil. Ni en el embarazo ni en el parto hubo mayores complicaciones, pero Madre está convencida de que esos nueves meses de oscuridad forjaron la personalidad.

―Embarazada yo peleaba mucho con el papá. Lloraba, me enojaba… y todo ese resentimiento mío lo absorbió.

Hace cuatro años que Gustavo y Gabriel no se ven, pero Madre sabe que siguen muy unidos. Madre teme que Gabriel se convierta en Gustavo.

Lo siente revoltoso, hiperactivo, demasiado vivo, y eso le preocupa. Por tres años le ocultaron que su hermano encarcelado es pandillero, pero terminó averiguándolo. La preocupación, sin embargo, venía de antes, de cuando Gabriel simulaba olvidar el cincho para llegar a la escuela con los pantalones flojos, de cuando Madre supo que caminaba, miraba y hacía mates de pandillero.

―Yo le digo: actuás así porque te creés el gran hombre, pero quedás mal. Si querés llamar la atención, hacé cosas buenas, no hagás esas cosas.

Madre incluso se movió para que recibiera terapias grupales con un sicólogo del Hospital de Niños Benjamín Bloom.

Con casi doce años, Gabriel está en una edad crítica cuando se vive en una comunidad con presencia de pandillas. Gustavo sabe, y porque sabe, teme. Pide a su hermano que esté lejos de los muchachos. Le dice: pórtese bien, que tengo ojos por todos lados y lo tengo vigilado. Madre es muy estricta con los horarios. Solo le permite salir de casa para estudiar por las mañanas y entrenar fútbol por las tardes. No acepta retrasos. La aparente tiranía tiene su lógica: si la pandilla controla la colonia, cuanto menos tiempo pase en las calles, mejor. Y la pandilla controla.

―A veces estamos haciendo tareas que le han dejado y yo digo trece o dieciocho, y Gabriel me dice: esos números no se dicen, mamá, la van a matar.

Cientos, miles de madres de comunidades empobrecidas se fajan en silencio para que el fenómeno de las maras no engulla a sus hijos, y a veces tienen éxito.

―¿Y si al final Gabriel se hiciera pandillero?
―No, no… Siempre le ando diciendo que diga que es hijo único… Pero no, no… Y con él hablo claro, porque a estos niños hay que hablarles claro desde los diez años. Yo le digo: ahí tenés el ejemplo de tu hermana y ahí tenés el de tu hermano, ¿qué querés ser? En mi persona no concibo que pase eso… Fuera algo… algo… demasiado pues.

***

Hoy es domingo, 16 de diciembre ya, pero en la casa de Madre no hay nada –nada– que siquiera insinúe la inminencia de la Navidad. La austeridad que el pastor predica a veces concuerda con la austeridad a la que obliga la pobreza.

Han pasado 236 días desde mi primer encuentro con Madre; 236 días desde que le planteé que me gustaría conocer su casa, su colonia; 236 días desde que me respondió que lo creía imposible y peligroso.

En su comunidad no entra nadie sin que la pandilla sepa, y costó primero serenar los temores de Madre, y luego dar con la fórmula que permitiera que un hombre con acento y rasgos físicos extranjeros llegara a su casa. Entré no como periodista, sino como esposo de mi esposa, cuya presencia era menos estridente por su condición de trabajadora social de una modesta oenegé con un programa de atención a mujeres vendedoras.

La casa está en una de las comunidades que forma parte del crisol de condominios, residenciales y asentamientos de esa cuasi ciudad llamada colonia Zacamil. Son unos cuarenta metros cuadrados –paredes de bloque, suelo de cemento– que rinden dos cuartitos, un recibidor, una minicocina, el baño y un micropatio en la parte trasera; el hogar se ha agrandado desde que falleció la madre de Madre.

La vivienda refleja el desorden al que obligan el hacinamiento y la necesidad: no hay dos piezas del mobiliario que combinen, la ropa en perchas colgadas de los polines, pichingas llenas de agua para cuando la cortan, huacales bajo las mesas. Si hubiera que elegir un elemento disonante, sería la modesta computadora que la hermana de Madre compró a plazos y que está aquí porque su hijo quinceañero pasa las tardes con esta familia.

“Gelatinas $0.25”, dice un letrero escrito a mano y pegado en la fachada.

La Navidad no es feliz en este hogar. El colegio en el que Madre vende dulces de lunes a viernes cierra por vacaciones, y desaparece de cuajo el sostén de la economía familiar: 20 dólares semanales. Toca vender gelatinas, cafés, bolsas de churritos, cualquier cosa que permita sumar unos centavos.

—¿Cómo pasan estos días?
—Hago venta también. Hoy en la mañana hice atol de maíz tostado. Lo vendo entre los vecinos, o llego hasta la puerta del hospital. Vendí como seis dólares… para la comida de hoy.
—Seis dólares de ganancia.
—Noooo, no, de ganancia son como dos –Madre bosteza–, para irla pasando más que todo.
—Y, sabiendo que tiene tanta necesidad, ¿no le ayudan de su iglesia?
—Me dan 15 dólares al mes por hacer la limpieza. También hago limpieza en otra iglesia y me dan otros 20 dólares mensuales; ahí vamos como una hora los días martes, jueves y domingo.
—¿Vamos? ¿Quiénes van?
—Voy con una vecina. Bueno, nos dan 50 dólares para las dos, pero ella agarra 30 y me da 20, como ella fue la que hizo el trato.

En El Salvador la que gana 2,000 dólares al mes se siente pobre porque se compara con el que gana 5,000. El que ingresa 1,000 dólares, desdichado frente a la que gana 2,000. La que cobra 700, indigente ante el que ingresa 1,000. Sin embargo, un hogar en el que entran 600 dólares al mes ya está entre el 15% de los hogares con mayores ingresos.

Madre sí conoce lapobreza. Lapobreza es que la herencia de tu padre sea un pedazo de acera pública en la puerta de un colegio; lapobreza es que a los días de recibir el alta hospitalaria haya que tirarse a la calle a vender con el recién nacido en una caja de cartón; lapobreza es no poder pagar $2.29 del recibo de agua y tener que bañarse en casa de una vecina; lapobreza es que otro partido político gane las elecciones municipales y provoque un terremoto en la economía familiar por suspender las becas de $30 mensuales a estudiantes notables; lapobreza es no tener para comprar un paquetito de frijoles Naturas para enviárselo al hijo encarcelado.

***

Madre calcula que se convirtió en madre de un pandillero activo en la segunda mitad de 2006. Pudo haber sido distinto, pero no.

Abran…¿De verdad es la Policía? Que aaaaaabran…Una madrugada la Policía se presentó en casa con orden judicial. Gustavo estaba ya encarcelado. Madre abrió la puerta antes de que se la botaran. Gritaron que buscaban armas y drogas. En la casa solo estaban Madre, su anciana madre y sus dos hijos. Se fueron sin nada, dejaron la angustia. Gabriel estuvo todo el cateo temblando y lloriqueando, agazapado ante la horda de uniformados malencarados y armados.

No solo eso. Como su secreto lo conocen contadas personas, a Madre le toca escuchar de todo en silencio. Que si los pandilleros –Gustavo– no tienen hígado, que si son desalmados, que si no tienen corazón, que ojalá un incendio los carbonice a todos. Un hermanastro que sí sabe le dice que lo deseche, que un hijo así no merece sacrificios.

No solo eso. Está la tortura hecha política de Estado en las cárceles.

―Ahora lo de los registros se ha calmado un poco, pero con los soldados era bien feo. Siempre nos desnudaban por completo. Dos veces me metieron el dedo, así como cuando te hacen la citología…

Uno imagina a su propia madre que, por algo tan razonable como visitar a un hijo, alguien le pide desnudarse, abrirse de piernas, le mete el dedo envuelto látex en su vagina o en su recto, y lo gira bruscamente para hallar chips, celulares, marihuana.

—Tuvieron un tiempo a una soldada que se la pasaba diciendo: “Todavía falta el montón de viejas putas”. Ella nos metía el dedo, y gracias a Dios que nunca me puso chulona a hacer flexiones. Una señora entró un día que ni caminar podía por las flexiones. Y otra vez, a una señora mayor le querían meter el dedo y dijo que padecía del colon. Pues no entre, le dijeron, y no pudo ver a su hijo.

El Salvador es un país que ha naturalizado las violaciones de los derechos humanos, que las ha institucionalizado. Un Estado que mete el dedo en el culo a sus madres.

***

Hoy es un sábado de mayo, 2013. Han pasado cuatro meses desde la última vez que nos sentamos a platicar. Madre me recibe antes del culto de la tarde. Me ofrece asiento en el sofá de su casa y sube el volumen de la televisión. Don Francisco parece ser uno más en la conversación.

―¿No ha visto las noticias? Hoy está fregado por aquí… Hace como dos semanas mataron a dos cipotillos en la comunidad de allá arriba, de catorce y quince. A estos (estos: Gabriel y el sobrino) les digo que no salgan a la calle, porque a veces no andan buscando quién la debe, sino quién la pague.
—¿Entre ellos mismos fue lo de esos dos muertos?
—No, supuestamente los de aquí subieron a matarlos.
―¿Y no que estaban con la tregua?
―Sí, pero a saber…

Su hijo Gabriel estudia ya quinto grado, pero ha tenido que cambiar de escuela porque un profesor un día lo echó de clase a él y a otros tres, y se desquitaron ponchándole las llantas. Madre dice que en la nueva escuela todo va mejor, pero la maestra la hizo ir porque Gabriel estaba amenazando a otro niño.

―El bicho a mí me estaba fregando –trata de defenderse Gabriel–, y le dije: ¿vos qué me vas a andar fregando? Es uno que se la pica porque es gooordo.
―Me llamó la maestra –complementa Madre– para decirme que Gabriel le amenazó diciéndole que tenía un hermano pandillero en la cárcel. Yo ahí me tuve que sincerar con ella, pero la maestra lo tomó bien.

Su hija Karina fue admitida en la Universidad de El Salvador.

Su hijo Gustavo volverá a ser padre en agosto. A la madre la conoció porque llegaba de visita al penal. Gustavo lleva varios meses sin ver a Erick porque su madre –sigue viva– lo prohibió cuando en el kínder le comentaron que el niño pregonaba los tatuajes de su padre. Si su hermana le presta diez dólares para los pasajes y para comprar un plato de comida, Madre irá a verlo a Ciudad Barrios mañana. Gustavo alguna vez le ha dicho que deje de visitarlo si se aburre, que lo entendería.

Quizá se lo ha dicho porque sabe que Madre nunca lo hará.

―En el fondo siento un vacío bien grande, porque así como lo anduve de chiquito, así tendría que estar hoy a la par mía. Él es por el que más luché, porque empecé de la nada, y criar a un hijo no es fácil.

Madre es madre de un pandillero, de un asesino. Pero uno desde afuera no puede evitar las conjeturas: ¿y si el padre de Gustavo se hubiera hecho cargo? ¿Y si no hubiera tenido que dejar los estudios porque Madre no podía pagar las cuotas? ¿Y si la salvadoreña no fuera una sociedad tan consumista? ¿Y si la iglesia que paga a Madre menos de un dólar la hora de limpieza le pagara cinco dólares? ¿Y si la Policía tuviera un papel más activo en las comunidades y no se limitara a hacer redadas?

Pudo haber sido distinto, pero no.

―Me saluda a su esposa, por favor –me dice Madre a modo de despedida en la parada de buses a la que me acompaña–, y dígale que Gabriel ya se está portando más o menos.

————————————————————–

(Aclaración: los nombres de algunas personas que aparecen en este relato se han modificado para proteger sus vidas; también algunos lugares y otros detalles que podrían resultar comprometedores)

Las calles polvosas del bajomundo managua están más vacías esta tarde. El Barça juega otra final, y aquí, en las casuchas oxidadas, esta noche quizá algunos no tengan qué cenar, pero un partido así se goza como en las Ramblas. O más. A Joshua y Norlan, dos pandilleros de veintipocos, el fútbol español también les pone, pero han hecho el sacrificio para mostrarme el Walter Ferreti, el barrio en el que crecieron y viven.

Camino del zanjón que separa el Ferreti del 18 de Mayo, Norlan se detiene a mear junto a unos escombros que simulan verjas. La calle vacía como cementerio vacío. Joshua busca otro meadero en silencio, y yo hago lo mismo, no vayan a pensar que soy un desagradecido. Sobre la tierra reseca, justo a la par de donde orino, hay un tajo largo y negro, como un látigo extendido: cientos de miles de hacendosas hormigas que cargan palitos insectos hojitas restos, o se cargan unas a otras. Son tan demasiadas. Hace años vi algo parecido, pero fue en la selva de Petén (Guatemala), no en barrio de capital de república.

―¿Esto es normal? –pregunto en voz alta cuando termino, los dos se acercan.
―¿El qué, las hormigas? –dice Norlan–. Sí, claro, están chambeando porque en la noche va a llover.
―Los zompopos saben cuándo –se suma Joshua–. Ahorita están metiendo comida porque va a venir un huracán de calle.

Son las 3 y media, Managua es el horno insufrible de siempre, y el cielo está azul cielo. El pronóstico suena absurdo, pero disimulo.

―Hormigas, zompopos, ¿cuál es la diferencia? –pregunto.
―Es que su nombre es hormiga, pero su nombre científico se llama zompopo –zanja Norlan.

Seguimos caminando como si nada, y la plática retorna a lo que me trajo hasta el Ferreti: el asombroso Centro Juventud.

En tres horas Managua será un diluvio.

***

El Centro de Formación y Desarrollo Juvenil “Juventud” lo administra la Dirección de Asuntos Juveniles (Dajuv) de la Policía Nacional de Nicaragua. El comisionado al mando –dos estrellas de ocho puntas y dos franjas amarillas en cada hombro, 49 años– es Pedro Rodríguez Argueta. Esta tarde en su despacho impecable habla del centro como quien habla de un hijo medallista en unas olimpiadas.

―Nos ha venido a llenar un gran vacío. La Dajuv trabaja desde hace años con los jóvenes en los barrios, pacificándolos, pero cuando firmaban el acta de no más violencia, siempre quedaban en el factor de riesgo. De ahí se pensó en este centro, en traer a los jóvenes para que estudien una carrera técnica y salgan de aquí con un proyecto de vida. Es la pieza que nos faltaba.
―¿Pero por qué está adscrito a la Policía y no a otra institución?
―Fue una idea de nuestra jefatura nacional. Como nosotros ya trabajábamos con jóvenes en riesgo, a alguien se le ocurrió que también nosotros les diéramos un proyecto de vida.

Dice: jóvenes en riesgo. Dice: proyecto de vida.

***

Decir que los centroamericanos somos violentos es perogrullada, aunque algunos no lo terminaron de creer hasta que a mediados de 2009 Naciones Unidas nos reconoció los méritos, y nos puso el sello oficial de región más violenta del mundo. Llamar la atención de los burócratas neoyorquinos, sin embargo, costó lo suyo: 127,000 asesinatos durante la primera década del siglo en un conjunto de países en los que vive menos gente que en Argentina. Aun así, hay optimistas-ingenuos-emburbujados que siguen creyendo que en México, en Colombia o en la Conchinchina están peor.

Centroamérica es, certificación United Nations, superpotencia de la barbarie, pero es de justicia reconocer que no todos los centroamericanos aportan igual. Sucede como con la que parece ser la mejor liga de fútbol del mundo, la española, que acoge al Barça pero también al Rayo Vallecano. Pues bien, en la liga centroamericana de la violencia, los roles del Real Madrid y del Barcelona los tomarían Honduras y El Salvador, mientras que el aporte de Nicaragua sería similar al de la Real Sociedad.

El paso de los años, además, no ha hecho sino ahondar las diferencias, como ocurre en la Liga. El milenio arrancó con dos bloques bien delimitados: por un lado, el norte (Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, los primeros en sacar el cuchillo); y por otro, el sur (Nicaragua, Costa Rica y Panamá, las suizas). La brecha inicial existente se hizo abismo como consecuencia de las políticas públicas en materia de seguridad que cada país adoptó hace una década.

Numeralia (I). Naciones Unidas cree que un país con una tasa arriba de 10 homicidios por cada 100,000 habitantes padece una epidemia de violencia. Nicaragua tenía en 2003 una tasa de 11 que para el año 2011 pasó a 12. Costa Rica subió de 7 a 10. En el mismo período, Guatemala saltó de 28 a 39, El Salvador brincó de 36 a 70, y Honduras se disparó de 54 a 86. Datos de 2011 en mano, salvadoreños y hondureños son los dos pueblos más violentos del planeta –digo: los dos pueblos más violentos sobre la faz de la Tierra–. Managua no es que sea el edén, pero se le parece cuando alguien ha conocido antes San Salvador o Tegucigalpa en todo su esplendor.

El año 2003 es clave para explicar los dispares devenires. Para abordar el creciente desarrollo de las maras, los gobiernos hondureño y salvadoreño apostaron a la represión –también Guatemala, aunque con mayor tibieza– con planes rimbombantes llamados Cero Tolerancia y Mano Dura, respetivamente. Los presidentes de turno, Ricardo Maduro y Paco Flores, quisieron involucrar a las policías de toda la región en su vorágine represiva, pero por fortuna fracasaron. La Policía Nacional de Nicaragua, el caso que nos tiene aquí, se reafirmó en sus principios, y ese mismo año 2003 creó la Dajuv, con una inequívoca vocación preventiva.

Si el tema no fuera tan serio, hoy resultarían cómicas declaraciones como las que el expresidente Paco Flores pronunciaba altanero en noviembre de 2003. “Vamos a dejar El Salvador libres de maras”, decía. “Nuestro objetivo es dejar todas las colonias y municipios libres de estos criminales”, decía también.

Sin hacer ruido, Nicaragua moldeó lo que hoy se conoce como el Modelo Policial Nicaragüense, y dentro de ese modelo es que se explica algo como el Centro Juventud.

Hoy, el Modelo Policial Nicaragüense y su cara más visible –la de Aminta Granera, la primer comisionada– se han convertido en un fetiche para la cooperación internacional y para gurús-pensadores-vividores del aparataje montado en torno a la seguridad pública hemisférica. A sus homólogos de la región solo les queda inclinar la cabeza, en sentido casi literal. A finales de agosto de 2012, durante un encuentro regional de jefes policiales en Managua, se incluyó en el programa una visita al Centro Juventud. “Llevaremos este modelo para implementarlo en nuestro país”, dijo Juan Carlos Bonilla, director de la Policía Nacional de Honduras. “Sin duda, es digno de emular en nuestros países”, dijo Howard Cotto, subdirector de Seguridad Pública de la Policía Nacional Civil de El Salvador.

La Policía nicaragüense, además, ha logrado el aplauso internacional siendo el cuerpo menos numeroso de la región, con poco más de 12,000 integrantes, y el peor remunerado: recién salido de la academia, un agente gana unos 150 dólares mensuales.

***

Einer Moisés

El bus amarillo ha salido –vacío, puntual– desde Plaza El Sol, el cuartel general de la Policía Nacional, y recorrerá el bajomundo managua durante hora y cuarto, rebosándose, antes de vaciarse en la entrada del Centro Juventud. Hoy es viernes y es mayo.

Unos minutos antes de las 7 de la mañana se planta en el Camilo Ortega. Catorce jóvenes suben en las dos paradas que hace en este barrio. Einer Moisés es de los últimos en abordar, da un apático buenosdías, reconoce al periodista que vio días atrás en el centro, y se sienta a la par.

¿Y dónde dice que se publicará esto? Okey. Me llamo Einer Moisés Flores Sánchez, y soy de la primera promoción del Centro Juventud. Yo llego hasta octubre. ¿Que cómo terminé aquí? Por vago. Pero me gusta aquí. Es una oportunidad que nunca te van a dar en otro lado. Con los policías es tranquilo. Los de la Dajuv son tranquilos. Es muy distinto que te den palos a que te den un trato agradable. Yo nací en Costa Rica, de madre nica y padre tico, pero soy nica. Al Camilo vine a los 5 años, y como a los 9 me enviaron de nuevo a Costa Rica, pero un año nomás. Al regresarme me perdí: con 10 años ya bebía, fumaba monte y bañaditos… y al poco empezamos a robar, en grupo, con mis chatelitos. Al principio sí, uno trata de respetar a los vecinos y todo eso, pero cuando uno anda en sulfuro… La cosa es caerle a alguien que vaya solo. Es requisa lo que se le hace: la cartera, los anillos, el reloj, el teléfono… Mi pandilla era El Cementerio, tranquila, no teníamos traido con muchas. A mí al final me agarraron y modelé un año; pero de ahí salí más calmado. ¿Que qué es modelar? Estar preso en la Modelo (el penal más grande del país, ubicado en el extrarradio de Managua). Lo bueno es que no me tatué, gracias a Dios. Nunca me dio la curiosidad. Bueno, sí me dio, pero nunca lo hice.

―Usted es de España, ¿veá? –pregunta Einer Moisés.
―Digamos que sí –dice el periodista–, pero desde hace 11 años vivo en El Salvador, y me considero salvadoreño. Contra este acento no puedo hacer nada…
―¿Y cuál es la capital de España?
―Madrid.
―¿Y está muy lejos de Barcelona? Yo es que al Barça le voy…

El fútbol español es un filón ilimitado en Centroamérica. Alguien puede no saber ubicar España en un mapamundi, pero raro será que no recite de memoria la mitad de la alineación del Barcelona y del Real Madrid.

―España es grande, ¿veá? Me gustaría ir… –divaga.
―Pues no sé si ahora es buen momento. La gente allá se queja mucho de la crisis.
―Pero en la tele miro que siempre hay rumba. Es demasiado diferente allá, ¿veá?

Si se cumple el guion, Einer Moisés nunca irá a España. Terminado su curso de mecánica automotriz, si le va bien, comenzará ganando 50 dólares la quincena; en unos años, si demuestra que sirve, podrían convertirse en unos 150 dólares. Su máxima aspiración real es terminar en los talleres de alguna empresa grande, Casa Pellas o Grupo Q. Ahí pagan un poquito mejor, dice.

Suena poco ambicioso, miserable casi, pero hace un par de años no tenía futuro.

***

Ahora no porque antes de almuerzo toca teoría, pero en las tardes, el aula del taller de belleza es un relajo. Los doce alumnos inscritos –varones casi todos– necesitan con quién, y llegan estudiantes y policías y profesores a quienes no les importa el riesgo por ahorrarse unos córdobas. El aula está equipada como peluquería profesional primermundista –el instrumental y los productos más sensibles bajo llave–, y se hacen cortes limpieza facial afeitados depilación maquillaje, todo bajo la supervisión de Anielka Caballero, la profesora que ronda los 30 y, para explícito regocijo de sus alumnos, es atractiva. El comisionado Rodríguez Argueta vendrá el viernes a arreglarse el cabello y a enseñar un par de viejas fotografías de su juventud guerrillera, en las que aparece melena roquera y con un fusil FAL en las manos. Miren la responsabilidad que tenía yo con 16 años, les dirá. Usted era un hombre guapo, le responderá una estudiante para sonrojarlo.

Pero el relajo en esta aula sucede en las tardes. Ahora toca teoría, y Anielka propone repasar lo que se hizo mal ayer. Se esfuerza por ganar la atención de los nueve que han asistido ahora. Algunos escuchan y tomas notas, pero otros se desparraman en las sillas, suben los pies sobre alguna mesa, escuchan música o hablan cuando les da la gana. La clase se parece a una de esas películas gringas en las que los estudiantes problemáticos de un high school crean un grupo único para desesperación del profesor de turno.

―Los clientes se están yendo –dice Anielka–, ¿y cómo practicarán si los clientes se van?
―Igual, si ni pa’chicles dejan –se queja Anthony, un pandillero alto y chele, con la cicatriz de un balazo en el rostro.
―Te están prestando su cabello, Anthony, y tenés necesidad de aprender.

Otro día Anielka me dirá que así son ellos, activos orgullosos respondones, y es ese exceso de actividad a lo que ella atribuye que aprendan tan rápido.

―Ayer el compañero al que cortó Anthony tenía pediculosis. ¿Es así, Anthony?
―¿Pediculitis? –pregunta uno, el resto ríe.
―Pediculitis no, ¡pediculosis! Piojos tenía. ¿Y qué hiciste, Anthony?
―La payasada que me mandó hacer usté.
―Pero decile a los demás, que sepan…
―¡Pedir al cliente que se bañe! –grita otro.
―No, hay que ponerse guantes y aplicar el tratamiento, pero ese punto no se cumplió. ¿Por qué no se cumplió, Anthony?

Todos quieren improvisar la ocurrencia más graciosa sobre los piojos, y la clase deviene un coro ininteligible de voces. Afuera diluvia.

―Anthony, seguimos perdiendo la clientela. Analícense, muchachos.
―Ahí que se vayan –dice Anthony.

***

El bus amarillo llega rebosante de jóvenes, profesores y agentes de la Dajuv. Aquí es la comarca Las Enramadas, aún Managua, pero los últimos 15 minutos han sido por una calle boscosa y con cráteres tan despiadados que nos ha adelantado un lugareño en bicicleta. El Centro Juventud está en medio de la nada. La Policía Nacional fleta cada día dos buses amarillos, dos microbuses azul marino y un camioncito blanco para que haya vida.

El Centro Juventud es una genuina apuesta por la prevención, y su filosofía podría resumirse así: ofrecer a jóvenes en riesgo de comunidades empobrecidas una oportunidad para formarse, y brindarles así un proyecto de vida alejados de las pandillas. Los seleccionados pasan un año en instalaciones de primerísimo nivel aprendiendo una profesión –hay talleres de computación, belleza, electricidad domiciliar, panadería, manualidades, reparación de electrodomésticos, inglés, corte y confección, mecánica automotriz, agricultura…–, clases complementadas con una formación transversal en valores y en deporte. Además del transporte, la Policía Nacional proporciona desayuno y almuerzo.

Numeralia (II). El Centro Juventud ha costado 4.5 millones de dólares –y sumando–, provenientes en buena medida de la cooperación. Abrió sus puertas en julio de 2011, y en su primera fase trabaja con dos promociones a la vez, que suman casi 200 jóvenes de entre 16 y 24 años, aunque la inmensa mayoría ronda los 18-20. En octubre se graduó el primer grupo, más de 90 chavalos y chavalas, con un nada desdeñable porcentaje del 50% de jóvenes que completaron el año entero.

El grueso de los elegidos son pandilleros activos –muchos con récord delictivo– que han pasado por programas de pacificación en sus barrios, aunque hay cuotas para otros colectivos, como adolescentes abusadas y jóvenes pro-diversidad sexual.

El proyecto apenas arranca –hay obras y obreros y carteles que dicen “Aquí se construirán aulas de ebanistería” o “Aquí aulas de serigrafía y reparación de celulares”–, y el modelo ya se quiere replicar en Puerto Cabezas, en el Caribe nicaragüense. Hay estrictas reglas sobre cómo comportarse, y no se permite ingresar celulares ni drogas ni fumar ni llevar chores ni tantas cosas. La disciplina es un valor, sin extralimitarse, ya que el principal mérito del programa parece ser que a los jóvenes les gusta –les conviene– llegar. Tanto al ingreso como a la salida los estudiantes son registrados.

Pasé tres días en el Centro Juventud y otros tres en Managua, y mi cuaderno quedó salpicado de ideas que en algún momento creí urgente anotar. Son esos detalles que lo delatan a uno como lo que es: un intruso.

Que en el centro, antes de probar bocado, se dan las gracias al señor.

Que pandilleros y policías comen lo mismo –un miércoles: papas en salsa, plátano, frijoles, arroz con generosidad, y jugo– y comparten mesa.

Que son pocos los jóvenes del bajomundo que tienen e-mail.

Que no solo los jefes policiales hablan bien del Centro Juventud; también los jóvenes.

Que después del Barça-Madrid, los pandilleros nicas preguntan a quien suponen español el significado de coño y gilipollas.

Que en Managua escasean el asfalto y el adoquín.

Que el jefe de Relaciones Públicas de la Policía Nacional, el comisionado mayor Fernando Borge, cree que Nicaragua es el país más democrático de la región: “Usted puede entrevistar a quien quiera y reportar lo que quiera”.

Que el pandillero nica mira con admiración-respeto-ignorancia el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha.

Que las hormigas chambean.

Que en argot pandilleril nica ser caibil es ser peluche, y ser peluche supone ser falto de personalidad.

Que tener traido con otras pandillas es tener problemas.

Que las instalaciones del Centro Juventud botan a cualquiera sus prejuicios sobre lo que un Estado de la región más violenta del mundo hace por la juventud del bajomundo.

Que un policía nica puede irse uniformado y desarmado en bus a su casa.

Que quizá aún haya esperanza.

El primer día que llegué al Centro Juventud, un martes, pude entrar en una reunión de evaluación de los planes que la Dajuv implementa en distintos barrios de Managua. Había altos mandos policiales y psicólogos. No me presentaron como periodista y se habló –creo– en confianza. Se dijo que el trabajo preventivo a veces es entorpecido por otras direcciones policiales de corte más reactivo; se dijo que raro es que alguien salga rehabilitado de una cárcel, al contrario; se dijo también que la desestructuración familiar sigue siendo el gran problema.

Una psicóloga fue especialmente dura: “En la sociedad nicaragüense hay una gran ausencia de valores y de normas de conducta. Los jóvenes comparten las chavalas, se meten con la mamá de los amigos… La ausencia de valores hoy día es bárbaro, y luego, claro, los niveles de pobreza”.

Nicaragua es una sociedad emproblemada. La violencia está. Nicaragua es Centroamérica. Pero aquí aún no dimensionan el gran logro que supone que sus jóvenes no se hayan familiarizado con la palabra desfacelar.

***

Joshua

―En mi barrio hay mucho problema: hay jañas, vagos, huelepegas, pirucas… hasta mujeres hay. El barrio está corrompido –dice Joshua.
―¿Y dónde vivís? –replica el periodista
―En el Walter Ferreti. Lo llevo si quiere.

Tengo 20 años. Mi nombre es Josué Enmanuel Ruiz Padilla, pero me dicen Joshua. Estudio en el Centro Juventud, en el taller de peluquería, y soy bueno con la máquina. ¿Que cómo terminé en una pandilla? Bueno, no es solo una. He estado en Los Panzones, en El Doce, en Los Magos… Nicaragua no es como El Salvador. Allá la pandilla cobra impuestos, ¿veá? Acá no. Cuando yo comencé, bailábamos break-dance, bum-bum, y ya uno no podía ir a otro barrio si se tenían traidos, que empezaban por cualquier cosa, porque bailábamos mejor, porque uno tenía una haina de otro barrio, ¿ya? Lo de robar empezó como a los 15, después de los bañaditos, el guaro. El mundo es el que lo corrompe a uno. Y aquí no es como en El Salvador, no creás que los vagos andan plaqueados, no, somos chavalos, ¿ya me entiende? Y usté, ¿en España era pandillero? Ahora estoy tranquilo. Ha sido bueno ir al Centro Juventud. Me gustaría tener mi propia peluquería, en mi barrio, ¿ya? Yo me salí de la mala vida, ando sin pleito, pero siempre camino vivo, ¿ya m’entiende? Cuido mi vida porque es mi vida.

El día de la visita al Walter Ferreti, Joshua buscará a su amigo Norlan –seco, tatuado con prolijidad, cholco, uno que ha modelado–, y se perderán el gane del Barça en la final de la Copa del Rey por enseñar su barrio al periodista. En el recorrido, antes de encontrarse con el tajo negro de hormigas hacendosas, platicarán con un grupo de borrachos encabezados por Óscar Omar Saravia, Patón, un cuarentón que casi se caerá al pararse. “Está bueno que te compongás, mae”, le dirá a Joshua cuando, para justificar la presencia del periodista, le cuente que estudia en el Centro Juventud.

―¿Cuándo me vas a pelonear? –dirá Patón.

Joshua lo ha pensando: ganarse unos córdobas cortando el pelo en casa de sus padres, para empezar, pero no tiene cómo conseguir una máquina que nueva cuesta unos 25-30 dólares.

***

El tema en la clase de hoy es Normas de convivencia, y diecisiete muchachos –la mayoría pandilleros, uno abiertamente homosexual– distribuidos en grupos llevan veinte minutos escribiendo sus reflexiones sobre carteles. Joshua toma la palabra cuando le toca exponer a su grupo. Habla del Respeto, de la Justicia, de la Cooperación… hasta llegar a la Tolerancia.

―Tolerancia es comprender a los demás, ser comprensivos…

Dice Joshua, que tiene madera de líder. Desde el primer momento que lo conocí mostró un desparpajo propio de quien quiere comerse el mundo. Le gusta rapear, y cuando me lo presentaron se arrancó a cappella: “Bam, plan, carnaval, ellos mismos buscan su funeral / Ellos lo han visto, nadie los detiene / Ellos lo saben, nadie los detiene / Se discrimina a la gente que viene.

―…hay que ser tolerantes y comprender a las personas, pué. Profesora, yo comprendo a Jorgito, ¿me entiende? –Jorgito es el compañero abiertamente homosexual–. Él tiene un problema, profesora, tiene un problema muy grande él. ¿Por qué? Porque en su mente tiene un demonio, ¿veá, profesora?

Todos ríen la ocurrencia, menos Jorgito.

***

El profesor del taller de mecánica automotriz, Carlos Enrique Traña Morales –39 años, padre un hijo de 15–, abre el cuaderno como si fuera un cofre, mira un listado de nombres y apellidos, y se toma unos segundos para sacar cuentas: veinte jóvenes se inscribieron, seis han dejado el curso, y hoy miércoles están diez de los catorce.

―Este –el dedo se pasea por el cuaderno– se me fue para Corinto, este otro está preso… y alguno de los que siguen tiene problemas con la ley. Ese de ahí va a juicio el lunes –señala con la cabeza a uno que se esmera en sus tareas, cabizbajo.

La estrategia de Traña para ganarse la atención descansa en la seriedad extrema que transmite y en su profunda religiosidad.

―Los alumnos convencionales por lo general tienen plan de vida –dice–, pero algunos de estos todavía ni saben por qué están aquí.
―Pues nadie lo diría viéndolos –los diez trabajan en silencio, cabizbajos.
―Quizá porque este módulo de dibujo les está gustando, pero cuando no les gusta algo, no atienden, se salen de clase, ¿ya?
―¿Y qué le toca a uno como docente?
―Pues solamente podemos tratar de persuadirlos: mirá, hombre, este es tu futuro, disponete, enfocate, encauzate en esto, porque hoy quizá no veas el cambio, pero lo vas a ver más adelante.

Traña está hablando de pandilleros, algunos incluso ya modelaron o tienen tatuajes o marcas de balazos en sus cuerpos. Su preocupación suena tan sincera que conmueve. Por un momento, casi ni parece Centroamérica esto.

***

Adán Lanuza

Adán Lanuza tiene la mandíbula poderosa y la mirada desafiante. Habla poco. No es muy grande ni muy fornido, pero tiene ese aire de persona con la que conviene evitar irse a los puños. Se le vinculó con un homicidio y modeló un año. Ahora tiene 20, y está por graduarse en electricidad residencial en el Centro Juventud.

―Cuando empezó era muy indisciplinado –dice Mario Zabala, entrenador de la selección nicaragüense de taekwondo y profesor de deporte en el Centro Juventud–, tenía muchos problemas; incluso conmigo hubo un roce porque era bien pleitisto.

Me llamo Adán, nací en 1992 y soy de la tercera etapa del barrio 18 de Mayo. Desde los 12 años estoy en una pandilla llamada Áreas Verdes. Me mataron a varios compañeros. A mi hermano le metieron un balazo en la cabeza, está vivo de milagro. Unos amigos míos están presos, ya van a cumplir dos meses. Yo estuve en la Modelo un año, y esas experiencias uno las vive, ¿me entiendes? Yo salí con más odio, pero después me dije: n’ombre, hasta aquí nomás. ¿Que de dónde viene tanta turqueadera en los barrios? Antes, en el 18 de Mayo los vagosviejos, como les dicen, tatuados y todo, se agarraban con los de arriba, pero al principio no había pistolas, por allá se miraba una. Después llegaron las pistolas, los baleados. Ahora en esta etapa todo mundo anda escopeta, pistola, Aka. El barrio está terrible. Aquí no puede uno andar en la noche. Ni nosotros, porque queda oscuro, y uno no sabe con quién se va a encontrar.

Adán Lanuza tiene un 18 tatuado en su cuello.

***

La conciencia colectiva del mundo occidental aprecia a las hormigas. Las creemos laboriosas incansables solidarias tenaces hacendosas. El refranero las adora: “Llevando cada camino un grano, abastece la hormiga su granero para todo el año” o “Camina más una hormiga que un buey echado”. La Hormiga Atómica y Ferdy dejaron huella, al menos en mi generación, y el cine, ese moldeador universal de filias y fobias, las ha tratado bien: ante la rotundidad de Tiburón, Piraña o Anaconda, las simpáticas hormigas protagonizan Antz y Bichos; pocos podrían recordar el título de una película en la que son amenaza. Salvo los delfines, pocos animales gozan de tan buena reputación.

El culmen de la estima quizá lo represente la fábula La cigarra y la hormiga. Dice así: haragana y despreocupada por naturaleza, cantando la cigarra pasó el verano entero. Previsora y laboriosa, la hormiga acumuló provisiones. Al llegar el frío invierno –en el Trópico no siempre lo es–, la cigarra viose desposeída del precioso sustento y fue con mil expresiones de atención y respeto a pedir ayuda a la hormiga, que se la negó con profunda soberbia: ¿con que cantabas cuando yo andaba al remo? Pues ahora, que yo como, baila.

Moraleja: la vida loca tiene un precio.

De alguna manera, el Centro Juventud quiere convertir cigarras en hormigas.

***

Cuando supe que un alumno del Centro Juventud tenía un 18 tatuado en el cuello, creí haber dado con la prueba de lo que la Policía Nacional niega y reniega: la implantación del fenómeno de las maras en Managua, a través de una de sus dos máximas expresiones: la pandilla Barrio 18. El joven con el 18 en el cuello, Adán Lanuza, me dijo después que el número se debía a que vive en el barrio 18 de Mayo.

El 18 de Mayo también es una sucesión de casuchas oxidadas escombros hormigas calles polvosas. El único pedazo encementado en toda la tercera etapa es una reducida cancha multiusos, punto de encuentro obligado para la muchachada. Esta tarde se disputa un partido de fútbol, y de los ocho que corren tras la pelota, seis juegan descalzos y uno más con yinas. La miseria sabe mimetizarse. A un costado de la cancha, sobre el muro de un cuartucho desmantelado, están pintados los escudos del Barça y del Real Madrid, tan ultrajados que cuesta reconocerlos. Hay algunos 18 pintados toscamente aquí y allá, pero nada que ver con la pandilla que ha sembrado el terror desde Estados Unidos hasta Honduras.

Las pandillas de Nicaragua poco o nada tienen en común con el fenómeno de las maras. La que ocupa esta cancha como base es la Áreas Verdes, y sí, tienen traido con los Cuarteños y con los Urbina, pero los odios ancestrales nicas –su saldo de vidas truncadas– no son lo mismo. Las pandillas aquí rivalizan hurtan territorializan roban narcomenudean asesinan, pero menos.

Adán Lanuza se ha calmado, y eso no le supone problema alguno con Áreas Verdes. Ahora tiene un llamativo parche blanco en su cuello porque ayer fue a borrarse el 18. Me lo cuenta cuando me acompaña a la parada de la Ruta 165. Paramos en una tiendita.

―¿Qué onda, Niña Tere? –saluda Adán Lanuza.
―¿Y qué te pasó?
―No, nada, me quité un tatuaje que andaba…

Adán Lanuza era alguien temido en esta calle. Cuando uno anda en la onda, hasta a su propia familia le roba, ¿ya me entendés?, me dice. Al poco, un señor mayor llega y también se clava en el cuello.

―¿Qué te pasó? ¿Te golpearon?
―No, me quité un tatuaje que andaba ahí.
―Ahhh. ¿Y dónde fuiste?
―A una clínica privada. Me lo quité porque se miraba mucho, para no andarlo ya.

Todavía no se lo ha dicho a nadie, pero Adán Lanuza se lo ha borrado porque en el Centro Juventud ha concluido que quiere ser policía.

―Todo el mundo te pregunta, Adán, ¿te molesta?
―No, al revés –en su mirada desafiante hay una velada satisfacción–, es que antes… antes nunca nadie me preguntaba nada.

Este centro bautizado con el ambicioso nombre de Sendero de Libertad recibió en los primeros días de abril de 2011 a un menor de edad llamado Alexander. Condenado por tráfico de drogas, el juez ordenó su encierro después de saltarse las condiciones de su libertad condicional. Sus dos primeras noches Alexander las pasó, el procedimiento habitual con los nuevos, en uno de los módulos tercermundistas que hay junto al portón principal.

El reclusorio lo controlan pandilleros que se autodenominan retirados, que odian a muerte a los pandilleros activos, que a su vez odian a muerte a los retirados. Se respira demasiado odio en Sendero de Libertad. Por eso, antes de asignar sector a un recién llegado, las autoridades lo aíslan hasta que se convencen de que no es miembro activo ni a la Mara Salvatrucha (MS-13) ni al Barrio 18. Es cierto que la piel de Alexander estaba limpia de tatuajes como la de un adolescente ejemplar de una colonia bien, pero también lo es que hace años en El Salvador eso dejó de ser garantía de nada.

Tras las dos noches de aislamiento, avalaron su traslado al Sector 1. Allí lo esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión. Un ex de la MS-13 que en la libre vivía en la misma colonia lo reconoció de inmediato y lo presentó como primo de un pandillero activo. Suficiente para dar por finalizado el interrogatorio. En ese momento Alexander debió sentir como si un bus se le viniera encima. Uno, diez, treinta puños pies antebrazos cabezas codos lo golpearon una y otra y otra vez. No tardó en caer al suelo reseco. Al principio trató de cubrirse. Lo pisotearon arrastraron patearon. Al poco ya no pudo. Lo patearon en la cara brazos nalgas piernas espalda pecho boca… Lo patearon.

Del personal del centro nadie intervino.

Cuando Alexander recobró el sentido, la turba lo tenía amarrado de pies y manos, y un niño se esmeraba en tatuarle una sentencia de muerte en el pecho: una M y una S del tamaño de dos manos, y tachadas por sendas cruces. Un tatuaje así te convierte en objetivo prioritario para la MS-13, sin importar las razones, muerte segura, y para nada te aparta del punto de mira del Barrio 18.

—¿Y qué iba a hacer ? Yo me vine a despertar con el ruidito de la máquina –me dice cuando lo entrevisto ocho meses después del ataque.

La máquina es un motorcito de un transistor ensamblado a una varilla metálica y a una aguja, un artilugio con el que los tatuadores artesanales inyectan bajo la piel –a falta de tinta– el espeso hollín que sale de los vasos plásticos blancos cuando arden. Suena horrible, pero Alexander sabe que tuvo suerte.

—Tuve suerte –dice–, gracias a Dios, porque a otros los han marcado a pura Gillette.
—¿Y los orientadores? ¿Y los custodios? ¿Nadie te ayudó?
—Y ellos qué iban a hacer…

La respuesta de Alexander tiene su lógica. Después entenderán.

Al día siguiente, desfigurado por el linchamiento y con su sentencia de muerte tatuada en el pecho, llegó al despacho del director y le contó lo ocurrido. Lo aislaron de nuevo, y aislado lleva hasta esta mañana de diciembre. El Estado salvadoreño que lo encerró para procurar su reinserción lo ha incluido en un programa de remoción de tatuajes que en tres o cuatro sesiones eliminará lo negro, pero que dejará siempre un delator surco de carne abultada.

Alexander y su pecho esperan volver a las calles este año.

***

Un día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, un custodio de los de la Portería se me acerca, enigmático.

—Ya lo he visto varios días por acá. Usted es periodista, ¿no?
—Sí, estoy llegando porque quiero conocer cómo es aquí…
—Pues si quiere conocer de verdad, debería llegar en la noche. Viera qué relajo. Los del Sector 1 se salen de las casas a beber y a endrogarse. Gritan, ríen, aquí ni hay encierro ni hay nada. Todas las noches. Los vecinos de la colonia Helen, la de atrás, se lo pueden contar también. Viera qué relajo.

***

Lo que hoy se conoce como Centro de Inserción Social Sendero de Libertad se inauguró el jueves 25 de mayo de 1995, en presencia del presidente de la República, del presidente de la Corte Suprema de Justicia y de un nutrido grupo de diputados; los tres poderes reunidos para la foto oficial de un lugar concebido como pieza fundamental del nuevo sistema de justicia juvenil. La reinserción social, ese concepto tan resbaladizo, ya tenía dónde y cómo.

Como si se tratara de un presagio, una mañanera tromba de agua deslució la inauguración, aunque no pudo con el optimismo.

El presidente de la República, Armando Calderón Sol, dijo que un Estado fuerte era indispensable para hacer frente a las maras, un fenómeno incipiente pero en franca expansión. Elizabeth de Calderón, su esposa y presidenta del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor (ISPM), se comprometió a que la readaptación fuera “un objetivo primordial” del Gobierno. María Teresa de Mejía, la directora del ISPM, fue más allá: “El joven que ingrese tendrá probabilidades altas de no delinquir de nuevo”. Aquella euforia desmedida cristalizó en una frase escrita por uno de los periodistas que cubrió el evento: “El centro de menores de Ilobasco, construido en tiempo récord, ha sido calificado por consultores internacionales como el paradigma de Latinoamérica”.

Escribió: paradigma de Latinoamérica.

El optimismo quizá estaba justificado. Apenas tres años y medio atrás se habían firmado los Acuerdos de Paz, que pusieron fin a una dolorosa guerra civil que se prolongó doce años. El Salvador, un minúsculo país centroamericano que la Guerra Fría colocó en la agenda mundial, logró una solución negociada que satisfizo a tirios y troyanos, y que Naciones Unidas aún hoy presenta como uno de sus máximos logros.

De un día para otro el país se llenó de organismos internacionales, de agencias de cooperación y de oenegés que aterrizaron con las maletas llenas de dólares y de planes. Tras décadas de violaciones de los derechos humanos, crear un sistema de justicia juvenil apegado a directrices made-in-United-Nations se convirtió en obsesión: en 1993 se aprobó la Ley del Instituto Salvadoreño de Protección al Menor, en 1994 la que hoy se conoce como Ley Penal Juvenil, y un año después el Reglamento General de Centros de Internamiento para Menores Infractores. Había dinero para la causa, mucho, y en ese contexto surgió Sendero de Libertad.

De alguna manera, a El Salvador le ocurrió como a John Clayton –el mítico Tarzán– cuando regresó a Londres después de años de vida en la selva: se pensó que un bonito traje y unas pocas clases de etiqueta serían suficientes para calmar los instintos.

—Es un criterio muy personal, pero creo que no pensaron muy bien el tipo de población que se iba a atender. La Ley Penal Juvenil es buena, pero se dejó de lado una sociedad que salía de una guerra con carencias emocionales, con tanto huérfano. Nunca se hizo trabajo psicológico en las comunidades. Por eso hoy tenemos lo que tenemos.

Me dijo José Paulino Flores, Paulino, que algo debería de saber: trabajaba como orientador cuando Sendero de Libertad recibió a los primeros menores y hoy es el subdirector.

Construirlo y equiparlo costó una pequeña fortuna: $2.6 millones de la época. Se eligió Ilobasco, una ciudad provinciana a 55 kilómetros de San Salvador, y se apostó por unas instalaciones que satisficieran hasta los gustos del más exigente burócrata de Naciones Unidas: más de 12 manzanas para albergar a 250 personas (la principal cárcel salvadoreña, Mariona, es más pequeña y adentro se hacinan más de cinco mil personas); diez casas independientes para un tratamiento especializado; lockers y camas para cada interno; surtidísimos talleres de carpintería, sastrería, panadería, artesanías y computación; canchas de fútbol, baloncesto y voleibol; salón de usos múltiples y biblioteca y clínica médico-odontológica; ropa, calzado y útiles en abundancia… También se levantó una gigantesca torre, más alta que la de muchos aeropuertos, que serviría como reservorio de agua potable. Se tomaron tan en serio lo de que Sendero de Libertad fuera un espacio para la reinserción y no para el encierro, que apenas una malla ciclón separaba a los internos de su libertad.

La administración se dejó en manos del ISPM, institución que en 2002 fue rebautizada como Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia: el ISNA. El nombre, Sendero de Libertad, lo eligieron los propios internos meses después de haber abierto las puertas, una decisión que no hizo gracia a sectores conservadores de la sociedad, pues decían que les recordaba a Sendero Luminoso, la organización terrorista peruana.

Lo que queda diecisiete años después de la inauguración es una caricatura del paradigma ofrecido: sin biblioteca, sin centro de computación, sin camas. Siete de las diez casas están cerradas por inhabitables, y las otras tres huelen a hacinamiento, como cualquier celda de una cárcel salvadoreña. No es solo del olor. Las incontables fugas y la violencia entre los internos –y hacia los empleados– obligaron poco a poco a sectorizar, a crear zonas de aislamiento y a levantar garitones de vigilancia y muros coronados con alambre razor. La reducción del presupuesto a partir de 1999 y los motines en los que los jóvenes destrozaban las instalaciones contribuyeron, pero fue la expansión del fenómeno de las maras –y la inoperancia de la sociedad salvadoreña para detenerla– la que marcó el ritmo de la degradación física y sobre todo conceptual del centro.

Quienes vivieron los primeros años los recuerdan menos complicados: distintas pandillas bajo el mismo techo, respeto de los menores hacia el personal, más recursos… Por decisión del ISPM, el reclusorio lo administraba una congregación llamada Misioneros de Cristo Crucificado. Entre 1996 y 2001 el padre Jaime González Bran vivió y trabajó en Sendero de Libertad, primero como coordinador de orientadores y luego como director. Cuando lo visité en octubre en Atescatempa, un pueblo guatemalteco fronterizo con El Salvador donde ahora es párroco, me dio su versión del fiasco.

—Nuestro sueño para Ilobasco –dijo– era crear algo para los muchachos de primer ingreso y sin problemas de pandillas, porque Sendero no tenía ni infraestructura ni personal capacitado para tratar a muchachos con diez internamientos o con perfil psiquiátrico crónico. Pero los jueces empezaron a enviarnos a jóvenes exageradamente violentos, y con esos liderazgos negativos al interior se volvió más difícil rescatar al muchacho que fuera rescatable.
—¿Cree que hay muchachos no rescatables?
—Había muchachos con cierto perfil psiquiátrico que nunca debieron haber llegado a Sendero. Eso lo dijimos toda la vida. Ellos necesitan intervención psiquiátrica. No es que no fueran rescatables, sino que no teníamos los recursos para sacarlos a flote.

En torno al cambio de milenio, después del primer niño asesinado en una riña, se ensayaron estrategias para intentar revertir la degeneración. A finales del año 2000 el Estado creyó que separar las pandillas sería la solución, y Sendero de Libertad quedó para ex pandilleros y civiles. No funcionó. En abril de 2001 ingresaron los militares para imponer disciplina a través del ejercicio físico. No funcionó. A finales de 2003 se introdujo población femenina, en teoría menos conflictiva. No funcionó. Y en 2006 se creó una comunidad terapéutica para tratar drogodependencias. Tampoco funcionó.

Del paradigma de Latinoamérica solo quedó la referencia en los periódicos viejos. Tras la salida de los curas, en marzo de 2001, los directores se sucedieron uno tras otro, como si se tratara del banquillo de un equipo de fútbol mediocre. El centro empezó a generar titulares sobre muertos, fugas y motines, cada vez más escandalosos, como si desde el inicio alguien lo hubiera planeado todo para que Sendero de Libertad caminara inexorable hacia su propio 11-S, el 11 de septiembre de 2010.

***

La ley es cristalina como manantial de agua pura: aquí no debería haber internos arriba de los 18 años. Sin embargo, abundan.

—Ese que acaba de recibir la pelota tiene 29 años, pero un juez nos lo mandó para acá –me dijo Paulino, el subdirector.

Paulino es sincero, mesurado y propositivo. Todo al mismo tiempo. Tiene 38 años, esposa y dos hijas, pero su personalidad conserva chispazos juveniles, quizá porque lleva en este centro desde los 21. El sobrepeso, la cara redonda y los pequeños lentes que la miopía le obliga a cargar le dan aire de bonachón, de amigo de todos, de alguien a quien le cuesta mentir. Paulino conoce los nombres de todos sus compañeros y de la mayoría de los internos.

Presentarlo como subdirector podría generar confusión. Nominalmente lo es, sí, pero él se sigue viendo como un orientador. Entre las 85 personas que trabajan en el reclusorio hay psicólogos, instructores, trabajadores sociales, maestros, custodios… y la columna vertebral formada por una veintena de orientadores. Con turnos de 24 horas, son los que más contacto tienen con los jóvenes, los que deben monitorear y registrar sus avances y retrocesos, sus teóricos hermanos mayores.

Paulino camina por todos los sectores sin temor a ser agredido. Suena básico, pero no está al alcance de todo el personal. Escuché en más de una ocasión que algunos lo llaman Gordo, pero su figura es respetada y hasta generadora de empatía. Es porque nunca los ha denigrado ni los ha insultado, me dijo.

Una tarde de diciembre, cuando nos dirigíamos a la cocina, pasamos junto a un grupo de unos diez jóvenes que estaban ociosos bajo la sombra de un árbol.

—¡Júe! ¡Júe! –les gritó Paulino, como si yo no estuviera a la par.

La respuesta fue un coro desordenado pero voluntarioso: Júe, Júe, Júe…

—Pauli, ¿qué horas tenés? –preguntó uno.
—Las dos con treinta minutos, m’ijo.

Seguimos caminando.

—¿Oíste, va? –me preguntó–. Digo una palabra como Júe, y todos se emocionan… Uno tiene que aprender cómo crear asertividad. Es la base de todo.
—¿Cómo les decís: Júe o Húe?
—Júe, de juego. Si me preguntás qué es, ni yo lo sé. Comenzó hace años como Juela, y ahora me topo con que Júe se escucha en todo Ilobasco.

Otro día, un jueves de agosto que estábamos paseando por el Sector 2, clausurado por inhabitable pero que hasta su clausura albergaba a los activos de la MS-13, me contó algo que a su juicio ilustra la obtusa visión del fenómeno de las pandillas que, una vez terminada la guerra, tuvo toda la sociedad salvadoreña.

—¿Ha oído –aún nos tratábamos de usted– del partido de El Salvador contra México en las eliminatorias del Mundial 94? ¡Bien me acuerdo yo! Ganamos con golón del “Papo” Castro Borja. Lo vi por televisión: todo mundo feliz, y no sé por qué yo me fijé en una particularidad, quizá porque el destino va fijando las cosas, pero recuerdo que en la retransmisión dijeron: ¡Damos la bienvenida a estos compañeros de la Mara Salvatrucha, que han llegado al Cusca desde los Estados Unidos! Y les hicieron una toma. Creo que los comentaristas eran Carlos Aranzamendi y Tony Saca. Yo desde entonces me quedé pensando: Mara Salvatrucha.

Aquel partido se jugó en abril de 1993.

Apenas cinco minutos antes de contar la anécdota, Paulino me había señalado la fachada de una de las casas del Sector 2.

—¿Ve ese manchón chelito? Ahí había pintada una garra de la Mara Salvatrucha, de hueso, y usted ya sabrá que cuando es garra de hueso simboliza muertos. Es como un trofeo. La hicieron después de lo del 11 de septiembre, para que la vieran los del Sector 1.

Todos los días, en casi todas las conversaciones con personal o con internos de Sendero de Libertad, apareció el 11 de septiembre de 2010. Esa fecha se ha convertido en un referente, un punto de inflexión, un antes y un después.

El 11-S estalló la ira.

***

Otro día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el mismo custodio de la Portería se me acerca, elocuente.

—¿Vio hoy cómo está aquí de full? Tenemos a 17…
—¿De nuevo ingreso todos?
—No, nada que ver. A muchos no los quieren abajo o los traen porque les han hecho sexo allá. ¿Ve ese que está ahí sentado? Lo violaron. Sus padres han puesto una denuncia en el juzgado que lleva su caso, el Segundo de Santa Tecla.

***

Tercermundista es un adjetivo peyorativo, políticamente incorrecto, trasnochado incluso. Hay quien cree que debió haberse abandonado su uso cuando cayó el Muro de Berlín. Pero a pesar de las burbujas de primermundismo que hay esparcidas por todo el país –léase: torresfuturas, grandesvías, haifais, residenciales altos-del-no-sé-qué, palcos viaipí, toyotaprados, estarbucs…–, El Salvador sigue siendo tercermundista.

Los módulos de la Portería –junto al portón principal de Sendero de Libertad– son tercermundistas, siendo generosos. Miden menos de un metro de anchura y menos de dos metros de largo. He conocido ascensores más espaciosos. Son de bloques de concreto, con una puerta metálica que ocupa todo lo ancho y tienen por techo una reja cuadriculada. Sin luz. Los inquilinos no se mojan solo porque están bajo la estructura que cubre todo el portón.

Los compartimentos se construyeron con el propósito de evitar que el recién llegado fuera transferido de un solo a sectores donde podía ser agredido. Pero la violencia incontrolable los ha convertido en un área permanente de aislados para los proscritos del Sector 1 y de la Exbodega, también conocida como Sector 3. El día lo pasan sueltos, aunque no pueden alejarse por su propio bien. De noche los encierran. Cuando en diciembre me recibe Alexander, el menor al que tatuaron su sentencia de muerte en el pecho, lleva seis meses viviendo aquí.

—Una vez en mi celda habíamos catorce –me dice.

Catorce menores –catorce espaldas, catorce cabezas, cincuenta y seis brazos y piernas– encerrados de seis de la noche a seis de la mañana en un espacio en el que no cabe un sofá, a oscuras, con botellas llenas de orines en las esquinas.

—¿Cómo se hace para dormir catorce?
—Unos pocos colgados del techo, en hamacas, y los demás en el suelo, sentados, con las piernas bien topadas al pecho… Si alguno durmiendo se me recuesta, pues ni modo, ¿qué le voy a hacer? Tampoco le voy a espabilar. Mejor tratar de llevar las cosas en paz.

En Sendero de Libertad impera la ley del más fuerte, y poco o nada pueden hacer las autoridades. Pero a pesar de su situación, Alexander me dice que no cambiaría su cubículo tercermundista por ningún otro lugar del reclusorio. Le aterroriza la idea de que lo muevan.

—Yo no puedo ir al Sector 1 porque está esa persona que dice que soy de la Mara. ¿Qué le dijeron al director la vez pasada? Si bajan a ese bicho, lo sacarán en bolsa negra. ¿Cómo voy a querer bajar? Y en la Exbodega me salieron con que me iban a hacer las letras en las piernas y tachármelas. ¡N’ombre, mejor aquí me estoy!

***

La víspera del 11-S, el 10 de septiembre de 2010, llegaron a Sendero de Libertad unos quince menores procedentes del Centro de Inserción Social de Tonacatepeque, el reclusorio que el Estado asignó hace una década a la MS-13. Todos eran ex de la Mara Salvatrucha –pesetas o retirados, según quién los etiquete– que llevaban semanas o meses aislados allá. Como Sendero de Libertad tenía un sector entero para ex pandilleros, los jueces creyeron que el traslado era lo más conveniente.

Pero esa decisión judicial resultó ser un detonador. Es cierto que había odio acumulado y que el control del reclusorio estaba desde hacía años en disputa entre emeeses y retirados, pero sin traslado no habría habido 11-S.

―Los jueces nos exigen el bienestar de los jóvenes, y muchas veces ellos los envían al matadero –me dijo Paulino una de las muchas veces que hablamos sobre lo ocurrido ese día.

El traslado de los quince se realizó en la tarde. Como en los reclusorios salvadoreños parece haber más teléfonos celulares que cepillos de dientes, de Tonacatepeque salió una orden precisa: nomás aterricen, tópenlos. Mátenlos. Durante el ingreso hubo amenazas, insultos, pedradas y carreras, pero la presencia de custodios armados y la inminencia de la noche pospusieron lo inevitable. El grupito fue llevado a una casita a la que llamaban la Conejera.

En la actualidad Sendero de Libertad tiene tres áreas para internos: el Sector 1, al fondo, con tres casas en las que malviven de 110 a 130 jóvenes, entre ex pandilleros y civiles; la Exbodega, una casita que un día fue la residencia de los orientadores y que ahora acoge a unos 30-50 expulsados del Sector 1; y los dos cubículos tercermundistas de la Portería. En 2010 había también un Sector 2 –más grande, más poblado– repleto de activos de la MS-13, y para aislados existía además la Conejera, que es adonde recalaron los recién trasladados. Llegar a la Conejera desde el Sector 2 exigía atravesar el Sector 1.

En la pandilla nadie puede negarse a la batalla. Le iría peor. Pero me sorprendió volver a comprobar la naturalidad con la que asumen que la violencia es la única salida. La única.

—¿Por qué uno cuando hay desvergue no puede quedarse en su cuarto y ya? –pregunté a uno de los catalogados como bien portados.
—No, porque… eso no se puede. No se puede. Si pasa algo… pues… todos ¿va? Cuando todos, todos, ¿va? No importa en lo que esté uno. Yo quizá quisiera estar solo viendo, pero tengo que estar ahí.

La misma sensación tuve otro día, durante uno de los paseos con Paulino. Nos detuvimos a hablar con un grupo, y la conversación fue tan lúcida o más como la que se puede tener en un aula universitaria.

—Estos serán de los tranquilos, ¿no? –le pregunté apenas nos alejamos tantito.

Paulino solo sonrió.

—Aquí todo eso es relativo, mi estimado. Ahorita puedes hablar con alguien y pensar que qué hace este chico aquí, pero ese mismo muchacho, si hay una efervescencia, tiene que acompañar y demostrar que es de los que va adelante.

La efervescencia del 11-S duró más de cuatro horas.

Inició poco antes del mediodía, cuando un emeese saltó el muro que separa los sectores y abrió el portón ubicado junto a la escuela. Aunque en principio no iba con ellos, el Sector 1 respondió, y arreció una lluvia de pedradas, alternada por esporádicos combates cuerpo a cuerpo. Las armas en ambos bandos eran las mismas: piedras, corvos hechizos, varillas de hierro y palos afilados, punzones y unos polines filosos de más de un metro a los que llaman matabúfalos.

En las primeras tres horas se sucedieron violentísimas y masivas arremetidas, de un lado y de otro, sin que ningún bando se impusiera, como en Verdún. Los heridos se acumulaban. El personal, más escaso que de costumbre por ser sábado, se limitó a buscar refugio. El Ejército y la Policía acordonaron el centro, pero el aval para el ingreso tardó demasiado. Casi al final, una nueva embestida de la MS-13 logró que sus rivales retrocedieran a su sector, pero un niño no alcanzó el portón antes de que lo cerraran. Los emeeses lo mataron con sadismo.

“La Policía encontró un interno brutalmente asesinado”, consignó al día siguiente El Diario de Hoy, un periódico local, pero la frase se queda corta. La turba deshizo a golpes el cuerpo, la cabeza se la vaciaron, su rostro desapareció. “Era como una bolsa de carne molida” y “Le sacaron toda la cara y quedó como huacalito” son descripciones de personas que vieron el cuerpo, cercenado con una saña que cuesta siquiera imaginar, pero que se ha convertido en una forma de vida para significativo sector de la juventud salvadoreña.

El interno asesinado se llamaba Víctor, y era un civil de 17 años que estaba preso por robo, aún sin condena, y que desde su llegada se había mostrado como un bróder, que es como en el bajo mundo se conoce a los evangélicos.

Paulino ingresó aquel día después de que lo hicieran varios pelotones de la Unidad de Mantenimiento del Orden (UMO). Aún brillaba el sol. Las instalaciones, destrozadas una vez más. Los pasillos, saturados de malheridos. El saldo del 11-S fue un fallecido y más de medio centenar de lesionados, de los que la mitad tuvieron que ser hospitalizados.

—Es doloroso ver que a jóvenes de 16, 15 o 20 años los matan como si fueran basura… –me dijo Paulino un día que hablábamos del 11-S mientras almorzábamos–. Yo tengo dos hijas, y me pregunto: ¿qué voy a dejarles? ¿Por qué crees que sigo aquí? No es por el sueldo, que es de 650 dólares antes de impuestos, poco para la responsabilidad que nos echamos. Yo lo hago por convicción, porque creo que algo se puede hacer para que esta sociedad deje de sufrir. No es por mí, que tengo casi 40 años y ya sufrí lo que tenía que sufrir, pero ¿qué voy a dejar a mis hijas? ¿Con quién se va a casar mi hija de 9 años? ¿O mi hija de 14? ¿Con quiénes?

***

Sus 45 años lo convierten en uno de los personajes más longevos de Sendero de Libertad. Natividad Díaz, don Nati, es el enfermero que desde febrero de 2008, de lunes a viernes, de 7:30 a.m. a 3:30 p.m., se preocupa por el bienestar general. Hay un doctor asignado, sí, pero llega salteado: cuatro horas lunes y miércoles, y dos más los viernes. El médico no deja de ser un visitante. Don Nati forma parte de.

Hoy es agosto y es jueves, y cuando llego a la casucha que funciona como Enfermería don Nati está solo, sentado detrás de un escritorio, encerrado por dentro porque nunca se sabe. Lleva desabotonada la bata blanca que lo singulariza, aunque su cortísima estatura basta para volverlo inconfundible.

—Don Nati, ¿hay algún secreto para trabajar aquí?
—La paciencia. A veces suceden cositas, como que los jóvenes por A o B motivo le dicen cosas a uno, pero uno se acostumbra. No necesariamente por un apodo uno se va a enojar. Uno tiene que adaptarse al tipo de lugar.

De la nada, una cabeza juvenil que se asoma por una ventana enrejada.

—Nati, regalame una pastilla pa’la cabeza, porfa.

Don Nati es un hombre curtido. Su bachillerato en Salud lo obtuvo en 1988, y comenzó como camillero de combate en el Batallón de Sanidad Militar, en plena guerra civil. Trabajó luego diez años en el Seguro Social, se fue mojado a Nueva Orleans, regresó a los dos años, y trabajó después para el ministerio y en una clínica privada, hasta que salió la plaza en Sendero de Libertad. Aquí hace casi de todo: regala pastillas para la goma, cose carnes abiertas, drena la pus de los diviesos, inyecta, atiende traumatismos y politraumatismos, trata la picazón de la escabiosis, imparte charlas sobre higiene personal, sana los cortes que deja el razor criminal…

—Me ha tocado incluso llevar pacientes al Psiquiátrico por tanta droga que consumen –dice.

También ve las infecciones por los tatuajes hechos con máquinas caseras.

De la nada, frente a la otra ventana enrejada pasa otro joven que, suponiendo a don Nati en la soledad, grita con ganas: “¿Qué ondas, pequeña xxxxx?”. No alcanzo a entender la última palabra, pero resulta evidente la voluntad de la humillación. El joven se aleja riendo una risa cavernosa. Don Nati me mira con pena. Yo hago como que no he escuchado nada.

Escenas similares ocurrirán más veces con más empleados. El respeto a la autoridad, a la edad, siquiera a la persona que algún día te puede sacar de un aprieto, no está muy extendido en Sendero de Libertad.

***

La arquitectura jurídica salvadoreña en materia juvenil está llena de artículos y numerales muy rehabilitadores, muy primermundistas todos. Pero no se hacen cumplir. Es más, parece que a casi nadie le importa su incumplimiento. Digamos: el 27 de la Constitución, el literal c) del 37 de la Convención sobre los Derechos del Niño, el 119 y el 127 de la Ley Penal Juvenil, el 17 y el 18 del Reglamento General de los Centros de Internamiento para Menores Infractores, el 31 y el 33 del Reglamento de las Naciones Unidas para la Protección de los Menores Privados de Libertad y etcétera y etcétera y etcétera.

Alguien sentado frente a una computadora, en un despacho bien acondicionado de San Salvador, Beijing o Riad, escribe que en lugares como Sendero de Libertad “la escolarización, la capacitación profesional y la recreación serán obligatorias”, pero es al docente, al orientador o al instructor de talleres al que toca explicárselo a unos niños con acceso a drogas, a alcohol y criados bajo una rígida estructura pandilleril.

“Yo no puedo obligarlos a ir a la escuela a la fuerza. Decirles: ¡vayan! Me los echaría de enemigos”, se sincera un profesor del Centro Escolar Sendero de Libertad, ubicado dentro de las instalaciones. De los quince matriculados en los grados que él atiende, solo siete asisten con regularidad, y hay días que da la clase solo para tres.

Los políticos, los opinadores, los periodistas nos escandalizamos –algunos, otros ni eso– cuando una fuga masiva, cuando un motín sangriento, pero asumimos con naturalidad las limitaciones presupuestarias, la desidia, la violación de derechos. En la actualidad, incluso después de la reforma que aumentó la pena máxima a 15 años de encierro, un niño que a los 17 cometiera mil y una barrabasadas recuperaría su libertad, lo más, con 32 años. Aunque solo fuera por puro egoísmo, a la sociedad salvadoreña debería interesarle su rehabilitación.

***

Los 11 de septiembre son y serán días de onomásticas sonadas. En el de 2011 se cumplieron diez años de los ataques a las Torres Gemelas en Nueva York, en Santiago de Chile conmemoraron 38 del magnicidio de Salvador Allende, y en la India se acordaron del 105 aniversario del inicio de la resistencia no violenta de Mahatma Gandhi. Sendero de Libertad también quiso celebrar el primer aniversario de su propio 11-S, y para recordar una fecha que ni los involucrados recordaban ya, el ISNA organizó un culto de agradecimiento a Dios, bajo el argumento de que se cumplían doce meses sin muertes. Toda una novedad.

Ese domingo amaneció fresco y luminoso en Ilobasco. Temprano, un grupo de hermanos de la Iglesia de Restauración Elohim llegó para acondicionar el salón de usos múltiples y para instalar el poderoso equipo de sonido y los instrumentos. Formaron la palabra JESÚS con vejigas de colores, desplegaron y alinearon medio centenar de sillas plásticas, y lograron un imposible: dar calidez a un local tan deteriorado que costaba creer que sirviera para algo más que para dar sombra. Mientras adecentaban el local, el subdirector de Inserción Social del ISNA, Israel Figueroa, y el director del centro, Hugo Castillo, visitaron la Exbodega.

—Miren, en primer lugar, quiero felicitarlos –les dijo Figueroa–. Este año he visto una gran diferencia: ahora estamos luchando por la vida, no por la muerte. ¡Eso ya se acabó! Y lo menos que podemos hacer es dar gracias a Dios. ¿Estamos de acuerdo, jóvenes?

Un año da para mucho. En un país en el que la atrocidad se ha naturalizado, la batalla del 11-S no había tenido impacto en la agenda mediática –media página en El Diario de Hoy y una triste columna en La Prensa Gráfica, sin seguimiento–, pero el ISNA removió al director y aprovechó la ola para trasladar a todos los pandilleros de la MS-13 a Tonacatepeque. Transcurrida una década desde que se planteara y quedara por escrito esa voluntad, Sendero de Libertad al fin se convirtió en un reclusorio exclusivo para ex pandilleros y civiles. No por ello cesó la violencia. Nada más alejado de la realidad.

La ausencia de la Mara Salvatrucha, el enemigo común, acentuó las tensiones internas. Un crisol de grupitos comenzó a disputarse el mercado de drogas, y esporádicamente siguen estallando revueltas para asumir el liderazgo. Con el Sector 2 en ruinas, los ataques entre internos obligaron a crear la Exbodega primero y a cambiar la función de la Portería después. Ante la pasividad del Estado, en Sendero de Libertad sigue habiendo extorsiones, violaciones, castigos salvajes, torturas y tatuajes-sentencia en contra de la voluntad. Unos jóvenes contra otros.

Hay además otro tipo de violencia que, visto lo visto, podría considerarse de baja intensidad, pero que ha calado en el diario vivir. Es la violencia que los cuadrados (así llaman a los que tienen condena firme y algún tipo de liderazgo) ejercen contra los provisionales.

Un viernes de septiembre ingresé en el Sector 1 junto a Pedro Gutiérrez, el coordinador de orientadores, justo cuando se repartía el almuerzo.

—A los nuevos les prohíben hasta hablar con nosotros si no hay un definitivo cerca –me dijo.

La entrega de alimentos es como en las cárceles: se dan bandejas llenas de comida –buena, muy buena comida, créanme– a un responsable por cada habitación, para que ellos la repartan. Pero a cada uno de los provisionales, para intentar garantizar que coman, se la ofrecen en mano, sin intermediarios, y cuando los cuadrados están saciados.

Cuando entré con Pedro, una hilera de niños esperaba su ración. A unos metros, dos cuadrados reían y tiraban puñadas del arroz que les había sobrado –casi siempre sobra– sobre los provisionales, que se limitaban a sacudirse resignados los granos del pelo.

—Deje de hacer eso a los cipotes ya, niño –dijo Pedro a uno de ellos.
—Cálmese, Píter. Estamos dando alegría a los vatos, les estamos felicitando –respondió uno de ellos sin dejar de tirar arroz, la risa acentuando cada palabra.
—No –trató de razonar Pedro–, pero eso se hace en la iglesia, cuando alguien se casa. No aquí.
—…
—Bueno –se rindió Pedro–, ustedes saben lo que hacen…
—Sííííííí… El Píter, ¿va?

Salvo que esté apadrinado por un cuadrado, a un nuevo le toca, en el mejor de los casos, aguantar vejámenes con resignación, lavar la ropa y hacer la limpieza. Pero es una violencia de baja intensidad a la que poco le cuesta saltar a la categoría de torturas. Dicen que se ha calmado tantito, pero las bromas habituales en Sendero de Libertad van desde revolcadas en el fango hasta ser metido en un barril y rodado por una pendiente. Un día que entré en la Exbodega había en la puerta del baño un folio escrito a mano que en otro contexto sonaría a niñería, pero que aquí no lo es. Decía: “El que arruine la puerta le va a tokar Batukada (hasta que el cuerpo aguante)”. Otro día que pude hablar largo y calmado con uno de los cuadrados del Sector 1 le conté el incidente del arroz.

—Pero eso no es nada. Aquí se bromea bien pesado. Si uno no se pone vivo, le cae una gran pedrada a uno. Yo estuve un tiempo en esas cosas, pero ya no…
—¿Y los orientadores qué hacen cuando ocurre eso?
—¿Y ellos qué van a hacer?

La violencia en el reclusorio ha devaluado tanto la figura del orientador que uno de ellos me llegó a decir que en la práctica se han convertido en los choleros de los niños. Son los que salen a comprarles las sodas de dos litros a la tienda que hay en la entrada y poco más, me dijo.

En estas condiciones, quizá sí era necesario el culto de agradecimiento a Dios por doce meses sin muertos.

Paulino se paró detrás del atril, frente a no más de 30 bróderes, y comenzó con la oración de bienvenida.

—Muy buenos días, hermanos, que la paz del Señor esté con ustedes. En esta mañana muy importante, muy especial y sobre todo muy confortante, necesitamos… ambientes diferentes, necesitamos personas diferentes, y los ambientes y las personas diferentes siempre son obra del Señor, porque él está ahí. Para Dios no hay nada imposible, nada…

El culto duró más de hora y media. Después, Figueroa se desplazó hasta el Sector 1, juntó a un buen número de jóvenes por unos minutos, y también los felicitó por su buen comportamiento desde el 11-S.

***

Hoy es el último martes de octubre, y esta tarde de cielos limpios es aún más calurosa dentro de la bodega enrejada de los víveres que el Estado compra para los muchachos. Sobre una larga mesa de madera en el cuarto de los refrigeradores –dos refrigeradores y dos congeladores llenos de carnes variadas, quesos, embutidos y cremas– hay un gran recipiente metálico, semiesférico y semilleno de semillas oscuras.

—Mire lo que tenemos aquí –dice Noé, la satisfacción impregnada en cada una de sus palabras–. ¿Sabe qué es? Es cacao, para hacerles chocolate. Les encanta, con leche y puro también.

La semilla de cacao sabe amarga.

Noé Alvarado tiene 24 años, es técnico en Gastronomía y se encarga no solo de que el menú sea idóneo en sabores, texturas y nutrientes, sino también de todo lo administrativo-financiero en la cocina. Ecónomo, le dicen a lo que él hace. No cualquiera puede serlo. Noé se graduó en diciembre de 2009 en la Escuela Especializada en Ingeniería ITCA-FEPADE, y antes trabajó como encargado de cocina en un concurrido restorán llamado La Bodeguita del Cerdito.

—Creo que comen mejor aquí que afuera. Dos veces al mes tengo que darles lonja, ¿y cuánto vale la libra de lonja? Ni en mi familia teníamos eso garantizado cuando yo estaba chiquito. Pero cuesta que comprendan… Quiero hacerles entender que coman vegetales, pero algunos no quieren, y más de uno hasta me ha ofendido alguna vez, aunque en general tengo buena comunicación. Son más los que lo aprecian a uno.
—Para esta noche, ¿qué están preparándoles?
—Vamos a ver…

Noé da un par de pasos y se asoma a la cocina, donde tres de sus subordinados preparan la cena. Unas hojas escritas a mano y pegadas en la pared explicitan el menú de toda la semana. Lee.

—Hoy cenarán plátano frito, casamiento, crema y pan francés. Y para desayuno les dejamos huevo duro con tomatada, frijolitos guisados, queso, dos franceses y la bebida: café con leche. Ah, y siempre se les da un pan dulce.
—¿Cuál es la comida que más les gusta?
—Para el almuerzo… carne a la plancha. Y en la cena, cuando hacemos hamburguesas, hot-dog o sándwich. Les encanta.

A Noé le encanta su trabajo. Me encanta mi trabajo, dice. Su padre no quería que estudiara cocina, lo veía poco apropiado, pero un hermano mayor lo apoyó. Noé es el séptimo de once, y el suyo fue un hogar en el que nunca sobró el dinero, pero en el que todos lograron el cartón de bachiller. La clave, dice convencido, es la familia. Si la familia funciona, la sociedad funciona.

—Casi todos los jóvenes vienen de familias desintegradas. Aquí hay de todo, pero muchos delinquen porque no tienen qué comer o para ayudar a la mamá. Por eso digo: si cometieron un error, tienen derecho a una segunda oportunidad. Si todos fuéramos juzgados por los errores que cometemos, todos estuviéramos presos.

Noé resultará el más optimista entre todas las personas con las que hable en Sendero de Libertad, quizá porque es de los que menos tiempo lleva.

***

Hugo Castillo, la persona que asumió después del 11-S, es el director más atípico que ha tenido Sendero de Libertad. En términos futbolísticos sería un canterano, alguien de las categorías inferiores que se cuela en el primer equipo. Comenzó como orientador en diciembre de 1997, con 23 años, y subió todos los peldaños hasta convertirse en la máxima autoridad, un hecho sin precedentes. Mi universidad es acá, dice el director Castillo, quien también sigue viéndose –y actuando– como un orientador. Igual que Paulino.

—Es que aquí todos deberíamos ser orientadores, todos deberíamos orientar a los muchachos para que tuvieran una actitud positiva –dice un jueves de agosto en su modesto despacho, recalentado porque se ha ido la energía eléctrica y no funciona el ventilador–. Orientar debería ser una actitud, pero muchas veces nos vienen profesionales en equis carrera y se enfrascan en eso, en querer los casos ya, concretos. Yo soy licenciado y traeme el caso, dicen, pero algunos ni se acercan a platicar con los muchachos.

Por su personalidad –introvertido, poco confrontativo–, pero sobre todo por su cargo, al director Castillo le toca ser optimista. Dirige un centro ruinoso, donde a veces no hay ni para comprar una pelota o un chorro, pero prefiere ver el vaso medio lleno. Habla de cambios positivos en la actual administración del ISNA. Ahora ya nos tratan como parte de la institución, dice. Pero tres lustros viendo desde primera fila el enquistamiento no pasan en vano.

—Si un joven se deja ayudar, dos años son suficientes. El problema es que no se trata solo del joven: muchas veces la familia influye negativamente y el mismo ambiente en los centros de internamiento no es el más adecuado para tomar decisiones.

El director Castillo tiene un hijo de 13 años. Le cuesta concebir que pudieran encerrárselo en un lugar como el que él dirige.

—Muchos dicen que la ley es demasiado garantista, pero cuando yo veo a mi niño… No me lo imagino en Sendero de Libertad, y todos estamos expuestos a eso. Yo eso le digo a la gente para hacer conciencia: si su hijo estuviera en un problema, ¿le gustaría que pasara detenido 15 años?

***

—Yo siento que la sociedad salvadoreña no cree en la juventud –dice Colette.

En unas horas noviembre de 2011 será pasado y en la pantalla de la computadora sonríe Colette Hellenkamp: 28 años, estadounidense, trabajadora social, voluntaria años ha en Cristianos por la Paz, una oenegé que durante 2006 y 2007 mantuvo un esmerado programa juvenil en Sendero de Libertad. Colette viajó docenas de veces de San Salvador a Ilobasco para trabajar con un grupito de niños infractores seleccionados por la dirección. En un plano personal, la experiencia fue muy enriquecedora, dice, pero no terminó de convencerla la dinámica interna. La desidia.

—Las personas que trabajan en lugares así, si realmente quieren ayudar, tienen que crear relaciones con los jóvenes, generar confianza. ¡Confianza! Hay que ir adonde están ellos, apoyarlos en sus problemas, ayudarlos… conocerlos bien, pues… como seres humanos que son.

Seres humanos que son, dice.

***

Hay tantos informes sobre Sendero de Libertad que con sus páginas se podría empapelar el Palacio Nacional.

A las instituciones y a las oenegés parece que les gusta evaluar diagnosticar radiografiar. Tan solo en los últimos tres años, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, la oenegé Fundación de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), la Unidad de Justicia Juvenil de la Corte Suprema de Justicia y hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos han evaluado el reclusorio y redactado el respectivo mamotreto. Pero todos esos estudios pecan de superficialidad: se centran en cifras y en opiniones, no en dinámicas.

Paulino redactó hace unos meses, sin que nadie se lo pidiera, un remedo de ensayo en el que recoge una idea muy entendida entre los empleados de Sendero de Libertad. Más allá de clasificaciones por edad, sexo, pandilla o condición jurídica –repiten los que más de cerca viven el problema–, los jóvenes infractores se dividen en dos grandes grupos: los que quieren reinsertarse y los que no quieren.

—El Estado debería separarlos e invertir el grueso de sus recursos en los que quieren –me dijo Paulino con paradójico entusiasmo–, con un sistema de atarraya y de pesca para halar a los que en principio no quieren y pasarlos a los centros en los que estén los que quieren.

Quizá funcionaría, quizá no. Pero me sorprendió encontrar, después de haber leído tanto informe oenegero-institucional, una propuesta concreta, novedosa, medible. Nunca es tarde para recomponer las cosas, me había dicho Paulino cuando nos conocimos. En otra ocasión, mientras veíamos sentados sobre la grama la final de un torneo interno de fútbol rápido, a Paulino se le desató la vena filosófica, como tan seguido le sucede.

—Yo esto de la violencia lo comparo con el cáncer. No sabemos a las cabales cómo ni por qué se origina, pero se tiene un tratamiento relativamente efectivo: la quimioterapia. ¿Por qué entonces en El Salvador se pierde tanto tiempo y dinero investigando de dónde viene la violencia, cómo surgió, en lugar de esforzarnos en aminorarla? Es triste… es triste ver cuántos jóvenes están muriendo por gusto.

Las palabras pesan, el eco silencioso ensordece.

***

El último día de estos, cuando bien entrada la tarde me retiro de Sendero de Libertad, el custodio de los de la Portería se me acerca, mesurado.

—Está más calmado hoy aquí. Nueve tenemos nomás. Ayer trasladaron a cinco para Tonacatepeque. Descubrieron a tiempo que eran de la Mara.

***

Jueza impone diez años de internamiento a menor

San Salvador, 11 de noviembre 2011 (Interjust). El Juzgado 3º de Menores impuso la medida definitiva de diez años de internamiento contra un adolescente de 17 años, procesado por homicidio agravado en perjuicio de David González, de 32. La jueza, Yanira Herrera, luego de haber establecido la agravante de la premeditación, impuso la  medida. El imputado continuará en el Centro de Internamiento “Sendero de Libertad”, en Ilobasco, departamento de Cabañas. Según datos del proceso, el homicidio se registró a la 1:20 p.m. del pasado 18 de julio en la zona  donde se comercializan “tortas mejicanas”, en el parque “Hula-Hula” de San Salvador. La víctima ya había abordado su vehículo cuando el menor le disparó. El móvil del hecho no fue clarificado. En el hecho fueron capturados en flagrancia el acusado y un vigilante del lugar. Asimismo no se logró establecer si el menor perteneciera a pandilla alguna. El proceso pasará a la orden del Juzgado 2º de Ejecución de Medidas.

***

La Convención sobre los Derechos del Niño, en su artículo 40, obliga a los estados firmantes a dar prioridad a las “medidas alternativas a la internación”. A Naciones Unidas no le excita la idea de encerrar menores, y ese criterio lo aplica parejo a sociedades tan dispares como la suiza, la china o la salvadoreña.

El Salvador ratificó la Convención en julio de 1990, y en el plano jurídico la intención de respetarla es incuestionable. En la Ley Penal Juvenil vigente la privación de libertad se define como excepcional y se explicita que será “por el menor tiempo posible”. La Política Nacional de Juventud 2011-2024, elaborada durante el Gobierno del presidente Mauricio Funes, tiene entre sus metas a corto plazo “ampliar en un 30% las medidas alternativas a la privación de libertad”. En otras palabras: El Salvador se ha comprometido a priorizar las amonestaciones orales, los servicios a la comunidad y la libertad asistida para jóvenes como los de Sendero de Libertad.

El representante en el país de Unicef es un puertorriqueño llamado Gordon Jonathan Lewis. Cuando solicité hablar con él, creí que se atrincheraría en la defensa de la Convención y de los otros cuerpos normativos apadrinados por Naciones Unidas, como las Reglas de Beijing o las Directrices de Riad. Sin embargo, el escenario que planteó fue mucho menos radical, e incluso sugirió que, siempre que se respeten los principios rectores, El Salvador debería buscar su propio modelo para abordar la violencia juvenil.

—Esto no es negro o blanco; existe la posibilidad de que un Estado tome medidas que incluso contraríen reglas y directrices, solo que ante el Comité de los Derechos del Niño hay que justificar que responden a una realidad en el terreno, después de una evaluación rigurosa y sostenida. Pero en El Salvador hay una serie de realidades a las cuales tenemos que responder.

Lewis se refería, obvio, a las maras.

—El problema en El Salvador –dijo– es que estamos buscando soluciones inmediatas a problemas estructurales. Pero, ¿cuál es el problema de fondo aquí? Que tenemos un modelo económico y productivo que fomenta la desintegración familiar y el debilitamiento de las estructuras comunitarias.

Dos décadas después de la ratificación de la Convención, El Salvador tiene una arquitectura jurídica que poco difiere de la suiza, pero hablar de cambios en el modelo económico y productivo sigue sonando a chino.

***

En Sendero de Libertad cualquier día, a cualquier hora, por cualquier motivo puede haber un linchamiento, una pelea entre bandos o un amotinamiento. O todo a la vez.

—Aquí mucho depende del estado de ánimo de los jóvenes –me dijo una vez Paulino.

En el fin de semana del 8 y 9 de octubre los jueces remitieron a cinco niños. Pasaron sus primeras noches en los módulos tercermundistas de la Portería –el procedimiento habitual con los recién llegados–, y el lunes en la tarde, después de que el psicólogo y los orientadores se convencieron de que no eran pandilleros, los llevaron al Sector 1. Allí los esperaban 120 jóvenes con el verdadero examen de admisión.

Hubo suerte dispar en los interrogatorios. A uno le compraron que era civil y se quedó en la Casa 6, la de los provisionales. Otros dos salieron relativamente bien librados: nomás los zarandearon, les dieron pescozones y los expulsaron del sector el mismo lunes, por la sospecha. Los últimos dos, una pareja de primos detenidos por extorsión y venidos desde Nueva Concepción, en Chalatenango, no pasaron el examen. Pero ese día ahí quedó todo.

—A un recién llegado lo entrevistan orientadores y psicólogos. ¿Qué hacen ustedes para concluir lo contrario que ellos? –pregunté otro día a un ex de la MS del Sector 1.
—¡Es que ellos solos se descosen! A las personas se les conoce por el hablado, por cómo caminan, por dónde viven… Y aquí activos sí que no queremos.
—Pero vienen sin tatuajes ni marcas, ¿cómo saben si están brincados?
—Es que no es que sea brincado o no. Media vez una persona anda en esto, ya estuvo. Mire, el deschongue del año pasado fue porque de años dejaron entrar activos que decían que no, que yo tranquilo, y muchos hasta bróderes se hicieron para mientras, ¿y qué pasó? Hicieron su grupito, levantaron ala, y terminaron quedándose con el Sector 2. Y por eso reventó esto.

Visto así, tatuar una sentencia de muerte en forma de dos letras tachadas no deja de ser un macabro mecanismo de defensa.

Quizá eso les esperaba a los primos de Nueva Concepción. Como si lo supieran, pasaron todo el martes 11 de octubre pegados al portón de acceso al sector. Poco antes de las tres y media de la tarde, la turba se les fue encima e inició el ritual del linchamiento. Esta vez el inconfundible sonido de unos balazos se apoderó de todo el reclusorio.

En Sendero de Libertad, la seguridad perimetral la brindan custodios de la Dirección General de Centro Penales y fuera de las instalaciones hay un mínimo contingente de militares. Cuando el linchamiento inició, fue el custodio del garitón de vigilancia el que disparó su arma al aire en repetidas ocasiones. Lejos de replegarse o tirarse cuerpo a tierra, los jóvenes la emprendieron a pedradas contra el garitón y obligaron al custodio a parapetarse. El linchamiento no se interrumpió. Un soldado de la entrada, al escuchar la bulla, también disparó su fusil de asalto.

—Si no dejan de disparar esos cerotes, vamos a topar el centro –gritó altanero el más influyente de los líderes del sector.

Un orientador se la jugó. Entró, cargó al menor que estaba más a mano y lo sacó. Al otro le fue peor. Inconsciente, tuvo que esperar a que Pedro y Paulino llegaran desde el edificio de la Dirección. Pedro lo cargó en brazos como pudo, y se lo llevaron de urgencia a un hospital. El bicho estaba  desconectado, me dijo un menor. Le habían abierto la cabeza con una barra de hierro.

—Sin esos disparos, lo hubieran matado –me dijo Pedro días después.

Al joven que amenazó con topar el centro lo llamaremos el Pincha. Es un ex de la MS con condena de siete años y al que me presentaron como alguien “de choque”. Su nombre apareció en incontables conversaciones durante cuatro meses. Para bien o para mal, daba la impresión de que en Sendero de Libertad nada se movía sin que el Pincha diera su aval. Un día aparecía corvo en mano encabezando una turba, otro pidiendo a las autoridades que le permitieran formar un equipo de fútbol. Un día estaba quebrando focos y pidiendo la cabeza del orientador que reportó ante el juez una fracción de sus desmanes, otro en un refugio para damnificados por las lluvias, al frente de la delegación de menores infractores que donó sus 120 almuerzos.

—Desde el momento que atraviesas la puerta y pones un pie aquí adentro, entras en un mundo diferente a todos. Estos jóvenes son únicos, y este lugar es maravilloso para conocer el género humano –me había advertido Paulino tiempo atrás.

Mes y medio después de los linchamientos del 11 de octubre, el problemático, ultraviolento y contradictorio Pincha recuperó la libertad.

—Uf, al fin se fueron los problemas del Sector 1… –me confesó uno de los orientadores.

Los problemas regresaron a las calles.

Yo torturado

Publicado: 29 abril 2012 en Roberto Valencia
Etiquetas:, , , ,

 “Ya me duele mucho el alma de saber cómo se tortura a nuestra gente”.
Monseñor Óscar Arnulfo Romero, diciembre de 1977.

La hora de visita es de 1 a 2 de la tarde y son casi las 8 de la noche. El vigilante no tendría por qué haberle dejado, pero Norberto Fernández, Beto, ha logrado entrar en el Dr. José Molina Martínez, el único hospital público de Soyapango. La súplica para que le permitan ver a su sobrino siquiera unos minutos lo ha convencido. Beto conoce el centro y va directo al pabellón de  Cirugía-Hombres. Emboca el pasillo central y camina ligero mirando a los enfermos, la cabeza inquieta a un lado y a otro. Recorre el galerón entero, sin éxito, da media vuelta, y regresa para preguntar a la única enfermera que se ha cruzado en la ida.

—Disculpe, aquí es Cirugía-Hombres, ¿veá?
—¿Busca a alguien?
—A mi sobrino. Se llama Dani… Carlos Daniel Fernández. Lo ingresaron ayer noche. Tiene 17 años…

La enfermera se gira, camina un par de pasos, verifica un cartoncito, y da por terminada la conversación con un lacónico este es.

Tirado sobre una estrecha camilla hay un joven con un aparatoso vendaje en la cabeza que le cubre las heridas y el cabello teñido de rojo. A Beto le cuesta relacionarlo con la imagen mental de su sobrino. El rostro lo tiene descubierto, pero deformado por la hinchazón y con grandes llagas y manchas de sangre coagulada. Beto se acerca y comienza a orar, a pedir al Señor que lo saque de esta. Le agarra la mano, y Dani, al sentirla, se esfuerza por apretar la suya y abre los ojos con timidez.

—Tío… –susurra.
—Gracias a Dios. ¿Qué te pasó, m’hijo? ¿Quién te ha hecho esto?
—Los policías, tío, los policías me golpearon…

***

Hoy es 1 de febrero de 2012, miércoles, un día sin estridencias, de esos en los que parece que no sucede nada llamativo: el cielo azul de la estación seca, la campaña electoral que monopoliza los noticieros, el termómetro arriba de los treinta grados centígrados, protestas en los hospitales públicos, dieciocho asesinatos registrados por la Policía… Pura rutina salvadoreña.

Dani tiene día libre. Lo ha pasado en casa, en familia, pero a eso de las 3 de la tarde toma un bus de la ruta 41-D hasta el centro de San Salvador. El punto de reunión con sus amigos es la plaza Morazán, y ahí permanecen, sentados y platicando, hasta que se juntan seis. Dani viste como podría hacerlo cualquier otro joven de 17 años: camisa blanca con rayitas horizontales, jeans, tenis blancos y cachucha negra. Lo singulariza su pelo, teñido de rojo desde la coronilla hasta la frente. Lo lleva así porque estudió Cosmetología y trabaja en un salón de belleza.

—En mi trabajo uno tiene que andar fashion –me dirá otro día–, para que la gente tenga una buena imagen de uno.

Los seis cheros deciden tomar dosquetrés, recorren las dos cuadras de distancia que hay de la plaza Morazán al parque San José y entran en el chupadero-disco acostumbrado. Para cuando Dani termina su tercera cerveza Golden ya ha anochecido, y por un momento duda entre regresarse a casa o continuar tomando y dormir en algún hospedaje, como ha hecho otras veces. Opta por irse. Al rato se despide y se dirige solo a la parada de la ruta 3-microbús, a un costado del parque San José. Son las 8 de la noche cuando aborda la unidad.

Dani vive en el cantón El Limón de Soyapango, de Unicentro hacia el norte. En este cantón de colonias urbano-marginales mal ensambladas residen más de cuarenta mil personas, y es un hervidero de maras. Cuatro clicas de la Mara Salvatrucha (MS-13) controlan las cinco etapas de la urbanización Las Margaritas, y la facción de los Sureños del Barrio 18 manda en Montes IV, en Santa Eduviges, en la San Francisco, en Villa Alegre, en la San Antonio, en San Ramón y en el sonoro reparto La Campanera. También opera de forma marginalla Mao-Mao.

La casa familiar es de adobe y bambú, con techo de láminas, y se ubica en una zona semirrural, el asfalto a no menos de 400 metros. El área está salpicada de placazos (grafitos) del Barrio 18. De unos meses para acá los patrullajes de soldados y policías son habituales, pero en el fondo no ha servido de mucho: los de la distribuidora de energía eléctrica apenas llegan a leer el contador por miedo a los pandilleros y afinan el consumo con promedios. Si bien ir desde la lotificación donde está la casa hasta el reparto La Campanera toma no menos de 20 minutos caminando a buen ritmo, a todas las comunidades satélite del sector se las conoce como Las Campaneras. Dani vive con su madre, varios chuchos, su padrastro, dos hermanos menores –él y ella–, pollos, gallinas y una niña de un año que cuidan como si fuera propia.

Dani no es pandillero. Para nada.

El microbús que ahora lo regresa a casa no va muy lleno, todos sentados. La idea es bajarse en la parada del centro comercial Plaza Mundo, cruzar la pasarela del bulevar del Ejército, caminar hasta el centro de Soyapango, y tomar un bus de la 49. El tráfico está pesado, y a Dani el sueño le cierra los ojos apenas se recuesta sobre la ventana. Va dando cabezadas y, al despertar de una, se da cuenta de que ha subido una pareja de policías, los únicos parados. Nada anormal. Vuelve a dormitar.

Cuando reabre los ojos, el microbús está llegando al paso a dos niveles ubicado después de Plaza Mundo, donde está el desvío a la urbanización Sierra Morena. La reacción al ver que ha pasado su parada es levantarse y caminar hacia la puerta, pero uno de los policías se cruza y con la cabeza le indica que regrese a su asiento.

—Vamos a ir a la delegación –dice con tosquedad.

Dani conoce Sierra Morena y sabe que en efecto hay una delegación, por lo que en principio prefiere no alterarse. Son además agentes en toda regla: uniformes, placas doradas, cachuchas oficiales, pistolas, macanas…

El microbús pasa de largo la parada de la delegación, y Dani comienza a inquietarse. Recuerda un consejo que algún día le dio su padrastro para estas situaciones, e intenta ver los números de identificación bordados en el pecho, pero un fuerte golpe en la cabeza subraya la orden de mirar solo al piso. Le ordenan que baje una o dos paradas antes del punto de los microbuses. Hay media luna creciente sobre la Sierra Morena, pero para Dani todo es oscuridad. El microbús se aleja, los policías le piden que camine.

***

El Salvador es un país con 6.2 millones de habitantes y en el que en 2011 hubo en promedio doce asesinatos diarios. La tasa de homicidios por cada cien mil habitantes fue 70, el doble que Guatemala, cuatro veces la de México. La salvadoreña es una sociedad violenta, ultraviolenta, y los policías salvadoreños son parte de esa sociedad.

En la República de El Salvador el mandato constitucional de velar por el respeto y la garantía a los derechos humanos recae en la sigla PDDH, la Procuraduríaparala Defensade los Derechos Humanos. Es una institución joven, un logro de los Acuerdos de Paz que en 1992 pusieron fin a doce años de guerra civil. En dos décadas,la PDDH ha demostrado que opera con relativa independencia, pero carga el lastre de que sus resoluciones no son vinculantes. En la práctica, la institución es poco más que una caja de resonancia que acumula denuncias, que media en conflictos y que emite cientos de informes y pronunciamientos públicos.

A finales de cada año,la PDDH acostumbra a elaborar una especie de memoria de labores. La presentada en diciembre de 2011 señaló a por enésima vez la Policía Nacional Civil (PNC) como la institución pública más denunciada por violar los derechos humanos. De enero a noviembre acumuló un promedio diario de cinco denuncias –digo: cinco denuncias contrala PNC todos y cada uno de los días–, para un total de 1 mil 710. Las violaciones al derecho a la integridad física fueron, siempre según los datos oficiales, las más habituales.

Son miles pues los salvadoreños que en su diario vivir han tenido experiencias tan negativas con los policías que hasta se han atrevido a denunciarlo.

—¿Qué tipo de denuncias reciben contrala Policía? –le pregunté un día al procurador, Óscar Humberto Luna.
—Por uso excesivo de la fuerza. O sea, a la gente la siguen maltratando, golpeando… y son denuncias que llegan permanentemente. Los policías escogen a un joven, lo golpean, lo ponen en libertad… El problema es que el tema de la seguridad no puede enfrentarse solo con represión.

Las cinco denuncias diarias en la PDDH, sin embargo, no parecen quitar el sueño al ministro de Justicia y Seguridad Pública, el responsable político de la PNC. Luego verán. Y eso que las denuncias son apenas una fracción de lo que en verdad está ocurriendo en las colonias y comunidades de El Salvador. Luego verán también.

***

Hay media luna creciente sobre la Sierra Morena, pero para Dani todo es oscuridad. El microbús se aleja, los policías le piden que camine. Serán, lo más, las ocho y media.

Un agente ronda los treinta años, y cree haberle visto barba corta y bigotón. El otro está cerca de los cuarenta. Dani camina un metro por delante. Entran en un pasaje. Miedo. La mirada siempre al piso. Girarse supone golpe seguro. La colonia es un desierto, como si hubiera toque de queda. Dani sabe que es territorio de la MS-13. ¿¡A qué ibas a la SierraMorena!?, le preguntan. En Plaza Mundo quería bajarme, pero me dormí. Puños en la espalda, manotazos en la cabeza. Otro pasaje. De un golpe le botan la cachucha. El pelo teñido de rojo aflora. ¿¡Por qué!?, preguntan. Soy estilista. ¡Vos culero sos! La agresividad se intensifica. ¡Pendejo! Otro pasaje. Aún no se han cruzado con nadie ni se cruzarán. Dani es pura sumisión. Uno desenfunda su pistola. Miedo. ¡Un puto culero de mierda sos! A los policías les ha cambiado el hablado. “Puro marero”, piensa Dani. ¡Semejante culero! Otro golpe. Otro. Llegan al final de un pasaje. Está oscuro. Las últimas casas, deshabitadas, desmanteladas. Se detienen. Le ordenan que dé media vuelta. “El hablado de un marero, igualito, quizá ni policías sean”. ¿¡A qué venís a Sierra Morena!? Otro golpe. ¡Mono cerote! Otro. Pero esto recién comienza…

—¿Dónde vivís? –pregunta un uniformado.
—En Las Campaneras…

Como si fuera la señal que estaban esperando. Allá son Barrio 18. Un seco puñetazo en la quijada bota a Dani al suelo. Los dos se abalanzan rabiosos como perros rabiosos. Golpean duro. Parejo los dos. Al rostro. ¡Culerohijoeputa! Dani se cubre como puede. Le apartan los brazos, las manos. Quieren desfigurarlo. Aquí muero. Lo golpean. Lo golpean. Lo golpean. Los nudillos ensangrentados. La tortura. Aquí te vas a morir, culero. ¡Ayuda!, grita Dani. O cree que grita. ¡Callate, culero! Tortura, según la RAE: “Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo”. Más puñetazos más. Un ser humano a merced. Una vida a merced. La sangre mancha el suelo, la camisa. Jadeos de cansancio. ¿Qué piensan en ese instante los torturadores? ¿Qué piensa en ese instante el torturado? Aquí te vas a morir. Aquí me van a matar. Y sin embargo. Llanto. Forcejeo desigual. Más golpes más… hasta que cesan de a poco.

—¡Levantate, culero! –escucha al rato, aún escucha–. ¡Levantate y caminá, hijoeputa!

Dani se incorpora como puede. ¡Caminá, culero! Un policía saca su celular y llama. Está hablando de mí. Salen del pasaje. Embocan otro, cuesta arriba. La sangre gotea. ¿Salgo corriendo? No, dispararían. Caminan. Dani oye voces delante. Mira de reojo. Son tres jóvenes, delgados. Uno luce tatuajes en piernas y brazos. La esperanza se desvanece. Son pandilleros. Miedo. Se acercan. El policía los telefoneó a ellos. Hablan puro marero los cinco. Son cherada. Dani va el primero, pegado a la pared. Miedo. Apenas se juntan los dos grupos, uno de los pandilleros le agarra la cabeza y se la estampa contra el muro. Dani cae inerte. Ahora los escucha lejanos, cada vez más. Ya no comprende lo que dicen. Se pierde, se pierde, se pierde…

***

Kenia, la hermana dos años mayor que Dani, tenía 15 cuando desapareció el 23 de septiembre de 2007. Ese día se fue de la champa que la familia ocupaba en la colonia Veracruz, en Mejicanos, y no volvieron a saber de ella en meses. Fueron tiempos de incertidumbre: que si los pandilleros la habían matado, que si un día la vieron por el Parque Infantil, que si se había ido a Estados Unidos, que si estaba embarazada… Las dudas solo se disiparon cuando un investigador de la PNC los contactó para decirles que Kenia era uno de los cuerpos encontrados en un cementerio clandestino usado por la MS-13 en Finca Argentina, no muy lejos de donde vivían. En mayo de 2008 pudieron al fin enterrar las partes de Kenia que les entregaron.

En estos días Dani y los suyos se están acordando de ella más que de costumbre. Temen que suceda algo parecido a lo que ocurrió en 2007, cuando, en las semanas posteriores a la desaparición, comenzaron a caer llamadas y mensajes intimidatorios. Soy la muerte, decía uno. La presión fue acumulándose hasta que la familia se convenció de que eran objetivo de la clica de la MS-13 que opera en la Montreal, y esa presión estalló en una atropellada huida nocturna: en cuestión de horas tuvieron que desmontar la champa y escapar con lo puesto.

La migración forzada por las maras no es algo nuevo en El Salvador, solo que afecta casi exclusivamente a los escalafones más bajos de la pirámide social.

—Salir otra vez ahora… ¿y para dónde? –dice la madre–. Ya me pasó lo primero con la Kenia y ahora esto… Quizá lo quieran matar, o a cualquiera de nosotros, porque a Dani también le robaron el teléfono, y había fotos de todos.

Para un indeterminado pero amplio sector de la sociedad salvadoreña, la línea divisoria entre pandilleros, policías, narcotraficantes y soldados no está tan bien definida. Tampoco el reparto de roles de buenos y malos, confiables y no confiables. Dani siente hoy igual o más temor hacia policías y soldados que hacia los pandilleros.

***

Jaime Martínez, director de la Academia Nacional de Seguridad Pública, está convencido de que el policía salvadoreño tiene una formación sólida, envidiable en el contexto latinoamericano. Antes de graduarse, los agentes son capacitados un mínimo de once meses. Aprenden a desarmar a un delincuente, a custodiar la escena de un crimen, a redactar una esquela, a disparar… pero también se cultiva el respeto a los derechos humanos, asegura enfático Martínez, con materias específicas sobre derechos de la mujer, derechos de los jóvenes y filosofía de policía comunitaria. Martínez parece creerse lo que dice.

Su jefe inmediato es el general David Munguía Payés, ministro de Justicia y Seguridad Pública. También dice estar convencido de que los agentes de la PNC respetan los derechos humanos y el Estado de Derecho. Un día de mediados de febrero le pedí que intentara explicar por qué entonces cinco denuncias diarias en la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos.

—Bueno –respondió–, lo primero es que vivimos en un país democrático, y cualquier persona que se siente agraviada puede presentar una denuncia. Por eso algunos hacen denuncias hasta por una mala mirada, y ahí quedan, así que no me extraña que una corporación como la nuestra, que está en contacto permanente con la ciudadanía para darle protección, sea señalada por delincuentes o por organizaciones que pudieran estar relacionadas con los delincuentes.

***

Dani cae inerte. Ahora los escucha lejanos, cada vez más. Ya no comprende lo que dicen. Se pierde, se pierde, se pierde… Deben ser las nueve, nueve y poco.

[…]

Amanece. Dani recobra el sentido en una ambulancia que lo regresa del Hospital Rosales, en San Salvador, al Hospital Molina Martínez. Le duele todo, pero recuerda con claridad la paliza y a quienes se la dieron. Cuando le preguntan, da su nombre y el teléfono de su madre. Ella llegará a verlo pasadas a las 7 de la mañana.

Son unas ocho horas las transcurridas entre el cabezazo contra la pared en la urbanización Sierra Morena y el despertar en la ambulancia. Con los días Dani sabrá que al Molina Martínez ha llegado en la cama de un pick up de la PNC, en torno a las 10 de la noche. Los policías han dicho que un grupo de jóvenes lo estaba apedreando y que ellos lo han rescatado. Por el estado crítico en el que ha llegado, lo han trasladado al Rosales, lo han evaluado y ahora viaja de regreso hacia el único hospital público de Soyapango.

—Esos policías se llevaban con los mareros de la Sierra Morena–especulará Dani dentro de unos días–, y me dejaron vivo… pues a saber, supongo que se convencieron que yo no era pandillero.

La familia avala esa creencia. Los cuatro días más que Dani permanecerá ingresado los usarán para tratar de buscar justicia. Lo denunciarán en la delegación de la PNC de Soyapango. Lo denunciarán en la Oficina Fiscal de Soyapango. Lo denunciarán incluso en la Unidad de Asuntos Internos de la PNC, en la colonia San Benito de San Salvador. La sensación que les dejará tanto ir y venir de un lugar a otro es que el sistema trabaja para que los que denuncian este tipo de agresiones se desesperen y tiren la toalla. Quizá así sea.

Un mes y medio después de la paliza preguntaré en la Oficina Fiscal de Soyapango por el caso. Sin avances, se limitará a decir un fiscal. Fuera de grabación, y bajo condición de anonimato, me dirá que él estima que a juicio solo llega el 1% de los delitos que se cometen, y me dirá que las denuncias contrala PNC por agresiones son muy frecuentes, pero que no recuerda ni un solo caso que se haya podido judicializar. “Le voy a ser franco: yo, que trabajo aquí, a nadie le deseo ser víctima en un proceso penal que involucre a policías, porque todo es cuesta arriba”, dirá. Otro día le plantearé lo sucedido a un comisionado de la PNC, y –también fuera de grabación– confirmará no solo que las torturas y las agresiones son práctica común en la Policía, sino que es un hecho que hay agentes que tienen filiación con una u otra pandilla.

Fuera de grabación, El Salvador suena muy diferente al de los discursos oficiales.

***

Mañana calurosa en Soyapango la del jueves 8 de marzo. El doctor Manzano –cirujano general,

PUESIESQUE hace calor en el despacho de este doctor que ahorita se arranca en caliche 

gabacha blanca desabotonada, lentes– trata de reconstruir en su propio lenguaje las consecuencias

médico a contarme lo de Dani. A veces hablan como si no quisieran que los entendiéramos,

de la brutal paliza que los policías dieron a Dani: ingreso inconsciente en Emergencias, puntaje

como si fuera virtud usar esa terminología aséptica que disfraza la realidad. A Dani dos

abajo de 12 en la Escala de Glasgow, remisión inmediata a hospital de tercer nivel –al Rosales–

policías lo dejaron puro monstruo, pero a saber cuántos jóvenes terminarán tirados en una

por sospecha de trauma cráneo-encefálico, tomografía axial computerizada para evaluar posibles

quebrada, para que al día siguiente los periodistas digamos que lo mató la mara rival, la

daños en el cerebro, cirugía menor en cuero cabelludo, reconstrucción de la oreja derecha,

versión oficial. En El Salvador, cualquier día te agarran y te dan una taleguiada hasta bajarte 

penicilina sódica vía intravenosa, traumas contusos y abrasiones que derivaron en un proceso

el puntaje de Glasgow ese y ya: un expediente clínico más, y la sensación –la certeza– de que

inflamatorio agudo en el rostro, diclofenaco sódico vía intramuscular…

habrá más danis, mientras el país siga carcomido por la violencia. Y SIACABUCHE.

***

A Dani le dieron el alta médica ayer en la tarde, después de cinco días postrado en una cama. Al irse, una de las enfermeras, sabedora de que la familia había denunciado la paliza en la Fiscalía, quizá conmovida, le recomendó presentarse en el Instituto de Medicina Legal cuanto antes, mientras las marcas fueran visibles.

Hoy es martes, 7 de febrero, y permanecer parado todavía es una penitencia para Dani, lo poco que camina lo hace cauteloso como un octogenario, y su rostro –un collage de puntos de sutura, costras, moratones– sigue siendo una adivinanza de sí mismo.

—Pero ahora ya se ve bien –me dice la madre–, el jueves y el viernes estaba como que era monstruo.

En ruta a Medicina Legal, Dani ocupa el asiento del copiloto del Toyota del 81 de su tío Beto. Atrás, en la cama, vamos la madre, la hermana menor y yo. Cargan una copia de un requerimiento de “reconocimiento médico legal por lesiones”, con fecha del 2 de febrero y con sello de la Oficina Fiscal de Soyapango. Falta nada para las 9 de la mañana, el tráfico está calmado, y en poco más de veinte minutos el pick up recorre la distancia entre el cantón El Limón y las instalaciones de Medicina Legal, en el centro de San Salvador. Al llegar, solo permiten la entrada a Dani y a su madre. No tardan ni quince minutos en salir.

—¿Qué pasó? –pregunta Beto.
—¿Vas a creer –dice la madre– que dicen que ya llegaron al hospital? Que ya llegaron a reconocerlo, dicen, ¡pero si a él nadie lo ha visto ni le ha preguntado!
—A mí nadie me preguntó nunca nada –apuntala Dani.

Por lo visto, un médico forense llegó ayer al hospital y, dado que su informe contiene datos como la fecha de nacimiento, infieren que se limitó a leer el expediente clínico, donde quedó registrada la versión de los policías que llevaron a Dani moribundo a Emergencias.

—Todo está como que los agentes se lo encontraron tirado –dice la madre, cada palabra acentuada por la resignación– y lo rescataron de unos muchachos que le estaban tirando piedras. Y dicen que, si ya lo vio un médico, no lo pueden examinar otra vez.
—¿¡Pero cómo que otra vez si no lo ha visto nadie!? –responde Beto.

Beto agarra el requerimiento fiscal de las manos de su hermana, lo desdobla y lo lee en silencio hasta que encuentra algo que lo impulsa a elevar la voz: “…El peritaje se requiere en el plazo de veinticuatro horas, para ser agregado a diligencias que se siguen en la Oficina Fiscal de Soyapango”.

—¿Y vos enseñaste esto?
—Pues sí, se lo enseñé y me lo regresó, y ella dice que no, que ya fueron al hospital, que ya lo vieron y que no se puede hacer nada.

Beto se toma un instante para pensar su conclusión.

—¡Se tapan entre ellos!

Dani ha optado por el silencio, pero permanece de pie en el improvisado círculo. Por un momento da la impresión de que se marea, y sugiero que se siente en el carro. Esos segundos de silencio en los que camina cauteloso hasta el viejo Toyota son en los que, sin decirse nada, sin siquiera mirarse uno al otro, tío y madre parecen llegar a la misma conclusión.

—¿Y vos qué decís? ¿Vamos a los derechos humanos? –las preguntas de Beto son suspiros–. Aunque si aquí que tenían la obligación no han hecho nada…
—Yo digo que… mejor nos vamos a la casa. Quizá lo mejor sea orarle al Señor.

——————————————————————-

(Aclaración: los nombres algunas de las personas que aparecen en este relato se modificron para proteger sus vidas)