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Tengo a la muerte frente a mis ojos. Mi presencia en esta sala lo confirma. Es como si la invocara, pero en realidad todas las mañanas la encuentro allí, esperándome. Mi trabajo es interrogar a los muertos. Para eso me puse este par de guantes, el gorro de cirujano y la mascarilla hace unos minutos. A las 8 de la mañana de este martes 23 de junio tres cuerpos esperan turno dentro de bolsas negras. Dos hombres adultos y un bebé.

Mi nombre es Alfredo Romero, médico forense. A menudo me preguntan si este oficio provoca cierta adaptación a la muerte y les contesto que puede que sí, pero que uno jamás pierde la sensibilidad. No voy a mentir: cuando tengo en la mesa a un bebé, como ahora, de repente todo es menos fácil y la mano tiembla antes de agarrar el bisturí. Ella es Blanqui, el cuerpo número 985 del año, y estoy a punto de hacerle una autopsia. Ingresó anoche. Se cayó. Tenía un año con cuatro meses.

***

El cuarto no es agradable a la vista. Mucho menos al olfato. El olor es fuerte, una mezcla entre sangre, formol y carne descompuesta que hace inútil la mascarilla de protección. Este debe ser el olor a muerte. Las paredes son entre amarillentas y oscuras. Nadie llega aquí por equivocación. Es la sala de autopsias del Instituto de Medicina Legal, en San Salvador, y tampoco es muy grande. Solo lo suficiente para que en su interior permanezcan tres camillas largas o bandejas de metal dispuestas para ser ocupadas por cuerpos inertes. El trabajo de cada día. Encima de una yace Blanqui. Hasta hace doce horas todavía estaba viva. Ahora, este diminuto cuerpo moreno que hizo titubear a Alfredo, el forense de turno que accedió a participar en esta historia, presenta ya los primeros signos de rigidez.

Alrededor suyo, más muerte: un hombre todavía embolsado, con la etiqueta de “no identificado” sobre uno de sus pies. De él lo único que saben los forenses antes de abrir la bolsa es lo que dice su breve historial: muerte violenta por arma de fuego. Otra más. Es el cuerpo número 986.

Más al fondo, otro hombre, joven. Lo trajeron desde Apopa. Ahorcado. El tercer cadáver en la sala, el 987. Su historial indica un suicidio, pero aún es prematuro de confirmar. Lleva en Medicina Legal desde las 5 de la tarde del día anterior. Pero ayer fue lunes y la sala estaba saturada. Lo dejaron para hoy en la mañana, junto a la niña y al que está en la bolsa plástica, del que más adelante se supondrá era miembro de pandillas. De los dos hombres adultos se ocuparán esta mañana una doctora y dos auxiliares de autopsia.

Alfredo tiene el bisturí en la mano. Sus lentes lucen un tanto caídos, pero prefiere no tocar nada, no acomodárselos hasta que todo termine. Primero retira el pamper sucio con el que venía. Observa el cadáver de Blanqui en búsqueda de señales, cualquiera, hasta lo más mínimo que le ayude a precisar una causa de muerte. Le sostiene la cabeza, pequeña, pelona, y cuenta lo que ve: la única señal física es una sutura en la parte posterior de la cabeza, como una X. Un intento –en vano– del hospital por salvarle la vida. Tras la primera inspección, su deber como forense es anotarlo todo. No puede escaparse nada, sobre todo cuando se trata de un niño, asegura.

Esto que ahora hace, vuelve a decir, es difícil. “Los niños siempre son víctimas.” Pero su deber es buscar la verdad, o indicios de esta: “Vamos a ver que el cuerpo de esta niña nos cuente qué le pasó”.

Blanqui se cayó. Tiene un golpe en la cabeza y creen que esa fue la causa de su muerte. El historial médico es escueto y solo registra este dato. Pero no se necesita la autopsia solo para confirmar lo que ocasionó su muerte. Cumple también con otro requerimiento obligatorio: sus restos serán inhumados en el extranjero y para sacarlos del país necesitan del procedimiento. La familia es guatemalteca. Y eso es todo lo que el forense sabe sobre ella hasta ahora.

La rigidez cadavérica comienza a manifestarse en esas cortas extremidades de niña. El forense aún puede moverle la cabeza con relativa facilidad. Más tarde explicará cómo funciona el mecanismo de la muerte en un cuerpo: a las 24 horas, presenta una rigidez total, tieso como un palo. Y a las 36, recupera de nuevo la flacidez.

Ahora, comienza con el cráneo. Son las 8:30 de la mañana. Con la destreza de un cirujano, Alfredo hace una rápida incisión que atraviesa el cuero cabelludo hasta levantarlo, como quien pela la cáscara de una fruta. En adelante, no se verá nada bonito, comenta. “No es que seamos excepcionales, pero no es un trabajo para cualquiera.”

La delicadeza no es algo propio de este oficio. Para abrir el cráneo, Alfredo toma una pequeña sierra eléctrica. El sonido penetrante del instrumento lo invade todo. En este momento, lo mejor para la mente es tratar de imaginar que está perforando un pedazo de tabla, o de lo que sea, y no un cráneo humano. El de una niña.

Enfrente, el hombre joven, ahorcado, ya está desnudo. Su piel luce amarillenta. La camiseta roja y los pantalones azul negro que traía están en el suelo, junto a unos zapatos tierrosos. Todavía tiene los ojos entreabiertos, en dirección al techo. El auxiliar de autopsia acaba de terminar con el cráneo y la colega que entró con Alfredo a la sala no encontró lesiones en el cerebro. Es hora de pasar revista a los órganos internos. Con un corte en Y, el auxiliar abre la caja torácica y el abdomen. La patóloga supervisa y anota.

El cuadro no es fácil de contemplar. Pero los forenses, como expertos de esta rutina, meten la mano, revuelven y sacan, sacan, sacan. Las vísceras expuestas y el sonido de las costillas quebradas con tenazas no son escenas tan diferentes a lo que se ve en series de televisión, solo que sin las amplias instalaciones, el ejército de especialistas, obsesiva pulcritud o recursos sofisticados. Alfredo se dice aficionado de estas series. Sin mucho pensar, dice que le gustaría trabajar en uno de esos lugares con mejores condiciones, en donde “uno solo pide y le dan las cosas rápido”.

No es difícil creerle cuando, a sus espaldas, el angosto cuarto frío de Medicina Legal luce copado. Solo tiene capacidad para ocho cuerpos embolsados y repartidos en dos estantes. Aquí mantienen a los que nadie reclama, a los olvidados o a los que llegan demasiado desbaratados y rotos como para identificarlos sin un examen de ADN. También debe haber cupo para almacenar temporalmente los cuerpos que vienen a parar aquí el fin de semana, cuando no se hacen autopsias. Cuando la amalgama de factores se junta, es inevitable que haya cuerpos en el suelo, donde el riesgo de contaminación es mayor.

—Esto no es CSI, es El Salvador –se apresura a comentar, entre resignado y jocoso. A veces, dice, el humor suele ser un escudo emocional necesario.

***

En Blanqui el examen avanza a sus órganos internos. Los extrae. Es entonces cuando Alfredo encuentra algo que no es normal: una masa de sangre coagulada entre el hígado y el intestino. Un golpe interno. Hemorragia masiva. De pronto, a la historia clínica de Blanqui le faltan piezas. Para Alfredo, la verdadera causa de muerte ha tomado otro giro: “Puede ser que cuando se cayó también se golpeó el estómago con una mesa u otra superficie. O que alguien la haya golpeado”.

Alfredo toma fotos. Coloca una viñeta con unos números en la cavidad abdominal y toma más fotos que serán su evidencia. Acto seguido, llama a su colega, la doctora Martínez, quien hace unos minutos había pedido a uno de los auxiliares desembolsar al hombre no identificado.

—¡Ah! ¡Si es grande! –dice mesurada la doctora, con la convicción de alguien que con 15 años de experiencia ha visto eso y más.

Alfredo le entrega la cámara a su colega. Se pone un tercer par de guantes para seguir con el procedimiento. En una autopsia puede ocupar entre tres y cuatro. Hoy lleva puestos unos talla 7. Sin embargo, aclara que hay veces en las que le toca usar aquellos que estén disponibles. No importa que sean una o dos tallas menos.

Los forenses devuelven a un cadáver lo que le extraen. Por eso ahora Alfredo sutura el tórax y el abdomen con una aguja especial e hilo de cáñamo de unos 15 centímetros de largo. La costura asemeja una trenza que recorre el pequeño cuerpo desde el pecho. Muchas veces, como hoy, le toca rellenar con papel el interior del cráneo para devolverle su redondez y dejarlo sin hendiduras. Blanqui vuelve a tener rostro.

***

El fin de semana que antecedió a la autopsia de Blanqui fue uno de los más violentos en el país. Murieron 26 personas. Veintiséis. Los municipios, los de siempre: Apopa, San Salvador, Soyapango. Por eso no resultó atípica la advertencia que al otro lado del teléfono hizo Alfredo a la mañana siguiente, cuando el trabajo le obligó a posponer la primera entrevista para esta historia: “Hoy amanecieron doce”. El sábado llevaron a cuatro y el domingo, ocho.

Es por eso que los lunes son atareados aquí. Y en El Salvador, el país más violento de América Latina, trabajo es lo que más le sobra a un forense. En este país que de enero a junio ha arrojado 2,034 homicidios, según la Policía.

Las cifras abonan a esta profesión. Los primeros 21 días de junio daban cuenta de 256 personas asesinadas. Las muertes diarias de salvadoreños llegan a 12, según Medicina Legal, mientras que la Policía dice que son 13. Casi nunca concuerdan.

Lo que es un hecho es que el hombre no identificado recién sacado de la bolsa cumple con las estadísticas. Víctima de la violencia. Más del 80% de los fallecidos son hombres. Unos 570 homicidios tuvieron lugar en la vía pública y la mayoría fueron cometidos con un arma de fuego.

Una vez extendido en la bandeja de metal, los auxiliares de autopsia le levantan el brazo izquierdo y notan el orificio que dejó el proyectil de bala. Uno bastó. Entró por el brazo, un poco abajo del hombro, y destrozó órganos vitales. Lo abren. Hígado, riñones y páncreas lucen intactos. Lo siguiente que notan es una serie de tatuajes en una pierna. Uno aún revela números y letras representativos de una pandilla. Y eso es lo único que intuirán los forenses sobre su identidad. Al final del día, el cuerpo regresará al cuarto frío como uno más sin nombre. La autopsia concluye.

El auxiliar le ha vuelto a coser todo menos la cabeza: se le quebró la aguja para suturar. Alfredo no puede darle una. No están a la mano y deberá esperar a que un supervisor vaya al depósito de insumos y la traiga. Mientras, el hombre, el caso número 987, también deberá esperar ahí tumbado en la bandeja un rato más, con el cráneo abierto.

***

Diez de la mañana. La autopsia de Blanqui ha terminado. Causa de muerte: politraumatismo, hemorragia cerebral y hemorragia en cavidades abdominales. Eso escribe Alfredo en el reporte forense.

Al salir de la sala de autopsias se respira con normalidad otra vez.

Alfredo desecha el traje quirúrgico y los botines de plástico que utilizó. Se enfunda en una bata de un blanco inmaculado con su nombre bordado al lazo izquierdo del pecho. No se le nota cansado. Atraviesa un pasillo de puertas entreabiertas y se adentra en una oficina. Sobre una mesa hay un microondas —que sirve a los médicos para calentar el almuerzo—, una cafetera y una silla de escritorio maltrecha color café. Alfredo se sienta detrás de un escritorio y levanta el teléfono. Hace lo que siente debe hacer. Marca un número y una mujer le atiende.

—Buenos días, quisiera hablar con la fiscal del caso de…

—…

—Sí, buenas, señorita le habla el doctor Alfredo Romero, del área de patología forense del Instituto de Medicina Legal. Es con respecto al caso que tienen ustedes de la niña Blanqui. Acabo de terminarle la autopsia y encontré algo que llamó mi atención…

—…

—Ajá. No tiene ninguna señal en la piel del abdomen, pero adentro hay una hemorragia grande. Ante la sospecha de que pueda tratarse de maltrato infantil, yo lo estoy notificando para ver qué más se puede investigar. Fíjese que la historia clínica solo dice que ingresó por una caída de un metro de altura.

—…

—Ok, a la orden. Hasta luego. Sí, Alfredo Romero es mi nombre.

Cuelga y lo hace con serenidad. Está satisfecho. Llamó porque según sus cuentas el expediente del caso tardará al menos 10 días en estar completo. El tiempo, dice, es algo que juega en contra de un forense. Dice que una llamada ahora podría marcar la diferencia entre investigar una historia de maltrato o una simple caída.

Alfredo está de guardia en el área de patología cuando se realiza esta entrevista y hay que interrumpir cada vez que suena el teléfono o cuando algún trabajador abre la puerta y se asoma con una duda en el rostro.

—Disculpe doctor, tiene el reporte de…

—Sí, ya le digo… Mire, mire, y ¿no ha llegado otro?

La eterna inquietud de un forense.

***

Cuando Alfredo Romero llegó al equipo de patología de Medicina Legal, en 1994, era un novato en esto de la medicina forense. Hoy lleva poco más de quince años de experiencias en un ambiente lúgubre, entre cuerpos inertes y penetrante olor a formalina. En el año 2000, con una beca, obtuvo su especialización como forense en México y luego de tres años regresó a ocupar su misma plaza. Investigar. Exigirse. Ahí, dice, está la clave.

Pero al principio no tenía claro que esto de interrogar a los muertos sería su camino. Es más, hablar de la razón que lo llevó a escoger esta profesión pasa necesariamente por hablar de por qué no quería hacerlo.

—Yo estaba muy bien en el hospital de Sonsonate como médico general. Vine aquí sin conocer de medicina forense. Todo comenzó aquel día: veníamos de un adiestramiento con las enfermeras y yo como jefe de residentes en un microbús. A un lado de la carretera venía una señora con su niño, eran cortadores de café. Un carro se los pasó llevando. Al niño no le pasó nada, pero a la señora la destruyó por completo, le pasó encima. Nos bajamos con las enfermeras para dar asistencia. Dimos aviso al puesto de la Policía en Los Naranjos y notificamos el hecho. Aquello me impactó demasiado, el niño llorando, la mamá destruida. Yo dije: “Esto no es para mí, no puedo ser forense”. Pero parece que escupí para arriba y me cayó en la cara.

Luego le tocó su primera autopsia. Un hombre atropellado. Con los años llegarían los casos “especiales”. Como en 2004, cuando practicó autopsia en Matthew Knight, hijo del fundador de la empresa deportiva Nike, quien murió ahogado cuando buceaba en el lago de Ilopango. En esos casos, dice, preferiría no involucrarse.

—Me llamaba incluso un delegado de la embajada de Estados Unidos preguntándome por cosas a las que no tenía acceso. Yo le decía que solo podía responderle por la autopsia. Nada más.

Alfredo es reservado. Y esta característica no es exclusiva en su forma de trabajar. Con su esposa, quien también es médico forense en otra dependencia, han pactado que lo laboral se queda en la oficina. Ninguno habla de los casos que atendieron ni de a qué personaje tuvieron ese día en mesa de autopsias.

—Mi hijo de 13 años sabe lo que hago. No lo quiere hacer él. Dice que quiere ser doctor algún día, pero doctor de vivos, no de muertos.

***

En el área de patología de Medicina Legal laboran 14 médicos forenses. Un grupo de seis, entre ellos Alfredo y su colega de esta mañana, trabajan exclusivamente en sala de autopsias. Los ocho restantes, además de practicar autopsias durante el día, también laboran para el área de clínica por las noches: reconocimiento de cadáveres en la escena del crimen y traslado a la morgue. Alfredo dice, y no duda, sentirse bien en su posición. No le gustaría salir a la calle a levantar cadáveres. Dice, y tampoco tiene duda, que las autopsias son ahora su especialidad.

Este forense está convencido de que la perfección es lo mínimo que debe exigirse en el oficio. Incluso cuando se trata de autorizar a alguien que dice ser familiar para que identifique un cuerpo. Desde su oficina, no se cansa de repetir que esto no es un circo, ni mucho menos, como para que esas bolsas negras se abran ante a los ojos de cualquiera.

Acto seguido, recuerda algunas desventuras de la profesión. Como la ocasión en la que a unos colegas les robaron el vehículo del instituto calle al volcán con todo y fallecido. “Los delincuentes ni se fijaron y más adelante dejaron abandonado el pick up. ¡Vaya sorpresa la que se llevaron!”

Otro colega entra a la oficina y se incorpora a la plática. Responde como experto a la inquietud de por qué en el instituto el horario de autopsias termina a las 8 de la noche.

—En los hospitales se trabaja las 24 horas porque la gente está alerta todo el tiempo, por la misma adrenalina, pero aquí ¿para qué va a estar alerta uno? La persona ya está muerta.

En la sala, la doctora Martínez ha concluido la autopsia del hombre joven. Ahorcado. “Suicidio”, le añadirá al reporte. Sale del cuarto y se lleva consigo el pedazo de lazo azul que traía enrollado en el cuello. Es el último de los tres. El reloj marca las 11 de la mañana. Termina una jornada más en la sala de autopsias de Medicina Legal.

***

Del caso de Blanqui lo último que supe fue lo que su padre me dijo mirándome a los ojos ese mismo día. Han pasado tres días desde que ese hombre, de hablar y vestimenta humilde, me juró que estaba tan sorprendido como yo por el golpe que había encontrado. Le dije que como médico, mi deber era informarlo a la autoridad. Que esta entrevista no formaba parte del proceso, pero que quería decírselo. Ese mismo día se llevaron el cuerpo de Blanqui. Aquella fiscal a la que se lo conté todo no me ha preguntado más.

Hoy, viernes, amanecieron cinco cuerpos. Son las 8 de la mañana y a mí me tocará examinar a tres. Dos hombres y una mujer. El día apenas comienza.

Entierro pobre

Publicado: 29 mayo 2009 en Rossy Tejada
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Las hijas creen que su madre aún duerme. En la casa de la familia González, la puerta que da a la calle está hoy entreabierta, como casi todos los sábados por la mañana, cuando las niñas salen y juegan en el pasaje contiguo. Adentro, en el único cuarto, Pedro elige una mudada de ropa limpia y la coloca sobre uno de los catres. Minutos después, su esposa, Virginia, vestirá la blusa celeste de botones que alguien le regaló. El hombre le aparta el cabello de la frente y corre en busca de maquillaje para disimular la palidez que asoma en el rostro. Aún faltan unos días para la Navidad del año 2006. En ese cuarto oscuro el tiempo avanza implacable. Cada vez es más tarde. Pedro lo sabe y por eso se apresura a inyectarle formalina, la sustancia que, alguien le dijo, retarda la descomposición de un cuerpo. Virginia lleva once horas muerta.

***

Dos años, tres meses y diez días después, Pedro González me contará la historia que lo llevó a embalsamar él mismo el cadáver de su mujer. Sentado en un sofá destartalado, dirá que esperó durante 20 horas a que llegara Medicina Legal para el reconocimiento, que no aguantó más, que la veló dos veces en la casa y que para entonces todavía deberá dinero a la funeraria por el ataúd más barato que le vendieron.

Al verlo, Pedro me parecerá más joven que sus 47 años. Evangélico. Ni alto ni bajo. La piel del rostro, rojiza por el sol. Tendrá el cabello de un tono café tierroso escondido bajo una cachucha. Caminará rápido, algo encorvado. Me dejará una impresión de que es un tipo amable, con seguridad al hablar.

Me contará también que conoció a Virginia cuando ambos trabajaban en un restaurante del centro. Ella era cocinera; él, vigilante. El matrimonio duró 22 años. Originario del municipio de El Sauce, en La Unión, se había venido a probar suerte en San Salvador, como tantos. No tuvo mucha. Me dirá que ha trabajado años en el Centro Histórico, en la venta informal, y lo seguirá haciendo cuando lo conozca. Los $10 que una comerciante del mercado La Tiendona les estará pagando por un día de trabajo en la venta de tomates y cebollas apenas alcanzarán para la comida de los cuatro hijos: Melvin Geovany, que ya tendrá 16 años; José Eduardo, de 15; Luz Clara, de 12; e Hilda Yamileth, de ocho. Me dirá que hasta su muerte, Virginia lo acompañó en el comercio ambulante de verduras. Y que cuando no lograban vender todo el producto, no llegaban los $8. Por eso no es extraño que en la casa que ocupan –y que todavía ocuparán– en la colonia Valle del Sol, de Apopa, la leche, las carnes y los embutidos rara vez integren el menú. Lo único que con holgura consiguen –y conseguirán– son tortillas y huevos.

De Virginia no quedará mucho. Solo un maletín negro en el que Pedro guardará alguna ropa, las blusas y las faldas que más se ponía. La única foto, la del DUI. Pedro la conservará, cual tesoro, en su billetera rota dos años, tres meses y diez días después.

***

Hoy es viernes 22 de diciembre de 2006. Pedro regresa a casa pasadas las 5 de la tarde, un poco más temprano de lo habitual.

La vivienda es un espacio de tres por cinco metros, sin ventanas y con el techo de lámina. Al baño minúsculo se accede por una puerta sin cerradura y estrecha. El resto del espacio sirve de dormitorio, cocina, sala y comedor. Adentro, dos catres; y encima de ellos, una hamaca. Para colgar la ropa, hay dos cuerdas sujetadas entre las paredes. El único lujo es un viejo televisor negro que mantienen escondido entre ropa y otros enseres.

Pedro se acerca a Virginia, quien le dice entre dientes que se siente débil, como si los huesos se le fueran a quebrar, pero que no siente mucho dolor.

—Viejo, te quiero decir algo.—¿Qué pasó?

—Cuando me muera, no creás que vas a dejar de ir a la iglesia.

—¡Cómo crees! Siempre vamos a ver a las hermanas y hermanos. Estate tranquila.

Tres horas después, a las 8:15 de la noche, un cáncer de ovario acaba con Virginia, luego de 15 días de estar postrada por un tumor que en tres hospitales públicos no supieron detectar a tiempo, y mucho menos tratar.

Enseguida, Pedro hace lo que cree conveniente. Agarra el celular que la comerciante de La Tiendona le prestó días atrás para estar al tanto de lo que sucede en la venta. Reporta el deceso al número de emergencias del 911. El agente que lo atiende le dice que no mueva el cadáver hasta que llegue Medicina Legal. Y le hace caso. Sin embargo, lo que Pedro no sabe es que el personal forense no vendrá esta noche ni en la mañana siguiente. Los tiempos de operación de esta entidad no son algo que consigne la ley.

Como puede, Pedro se rebusca para conseguir el ataúd. En Funerales Guardado, sobre la entrada sur a la ciudad, consigue una caja de madera por $150. De esa cifra, dos años después solo habrá podido pagar $50.

Los $60 que la funeraria cobra por los servicios de preparación de un cadáver y la sala de velación están fuera de alcance. Y nadie le fía. Pedro niega con la cabeza y se dirige al encargado, un hombre corpulento y con bigote ralo.

—¿Sabe qué? Yo la voy a preparar.

Once horas después, sin que nadie le diga cómo, le estará inyectando la primera dosis de formalina.

***

Sábado 23 de diciembre. Medicina Legal llega casi al final de la tarde a la casa de los González. Con el acta de defunción al fin en sus manos, Pedro coloca a Virginia dentro del ataúd, se despide de los hijos y de los hermanos de la iglesia pentecostal El Fin Viene, quienes están ahí para recitar oraciones por Virginia. Llega a la alcaldía en busca de la autorización para sepultar a su mujer al día siguiente en el cementerio general de Apopa, pero eso no será posible.

Detrás de un escritorio en la oficina que se encarga de los enterramientos está una mujer de lentes y cejas pronunciadas. Le explica que en el cementerio general ya no hay espacio, que solo puede enterrarla ahí si tiene otros familiares.

Pedro se quita la cachucha y se rasca la cabeza en señal de desconcierto. Entonces le sugieren que pregunte en Nejapa, pero que tiene que pagar la tarifa de $24 por un permiso de traslado de cadáver a otro municipio. Luego de los $50 de la caja, a Pedro apenas le queda dinero. Vista la situación, la mujer abre un cuaderno, se acomoda los lentes y plantea otra alternativa.

—Como no tiene a nadie enterrado aquí ni tiene pisto para pagar en Nejapa, mejor llévesela calle al volcán.

Pedro se extraña de lo que escucha.

—¿Y que hay un cementerio calle al volcán pues?

—Sí, desde hace poco hemos comenzado a mandar a más gente para allá porque aquí ya no caben –le contesta la mujer mientras sorbe café de una taza.

El cementerio general, a diez minutos de la casa de los González, registraba hasta el año 2000, último del que lleva registro la alcaldía, más de 8,700 enterramientos. La empleada le pide imaginar cuántos más habrá hasta hoy.

“Permiso de enterramiento de la adulta Virginia Candelaria Roque, fallecida el…”. Después de mostrar el acta de defunción, la encargada anota el nombre completo de la difunta en el cuaderno y, tras pagar $5.71, entregan a Pedro un comprobante para presentarlo al día siguiente en el cementerio del cantón Las Delicias, carretera a Quezaltepeque.

Pedro descubrirá mañana que llegar hasta Las Delicias, uno de los tres cantones del área rural de Apopa, enclavado en las faldas del Picacho, en las cercanías de la planta Nejapa Power, no será tarea fácil.

***

El principio del final para Virginia fue cinco años atrás, cuando ambos decidieron no tener más hijos. La intención era quedarse con dos varones y una niña. Virginia, una mujer de convicciones fuertes, acudió al Hospital de Maternidad en busca de un método de esterilización en el que confiaba a ciegas: la ligadura de trompas. El fuerte dolor que sintió después la hizo regresar, y ahí ya no le quedaron dudas de lo fallido del procedimiento: estaba embarazada de Hilda Yamileth, la menor de los González. Era un embarazo ectópico, esos en los que el bebé se desarrolla fuera del útero. Pedro aún recuerda con claridad lo que un doctor le dijo ese día: “Si la niña se le cría es porque Dios es grande”.

Hilda nació por cesárea y pasó a ser la consentida del matrimonio.

Con todo y eso, Pedro se encogerá de hombros y mirará al suelo cuando recuerde que su mujer ya no se recuperó desde aquella operación. A los días, la herida en su abdomen comenzó a infectarse y ahí empezaron las constantes visitas a unidades de salud y largas estancias en hospitales. Una mañana de 2006, en una de esas consultas, en el Hospital Rosales, escuchó el diagnóstico que terminó en condena: cáncer de ovario.

***

Domingo 24 de diciembre, víspera de Navidad y día del entierro de Virginia. El pick up de la funeraria espera en la entrada de la colonia. Pedro cree que la formalina ha surtido su efecto porque el cuerpo no hiede. En unas horas sepultarán a Virginia lejos, en el cementerio del volcán.

Antes de salir, se cerciora de meter en la bolsa del pantalón el recibo de la alcaldía por si se lo piden en ese camposanto del que nunca había escuchado hablar. Al trayecto se suman diez hermanos de la iglesia quienes, biblia en mano, llevan seleccionado el salmo que cantarán para despedir a su hermana de El Fin Viene.

Los dos hombres de la funeraria encaraman el ataúd y le dicen a Pedro que no se preocupe, que ellos ya han hecho un par de viajes al cementerio de Las Delicias y conocen el camino.

Tardan media hora en llegar. Se desvían en la carretera pavimentada que conduce a Nejapa y Quezaltepeque, en la intersección de la carretera al volcán. Es un camino vecinal de tierra donde nubes de polvo estrujan los ojos. El pick up ronronea y las llantas patinan hasta detenerse 500 metros adelante.

—Aquí es –dicen los de la funeraria. Es mediodía.

El cementerio no parece cementerio. No hay una sola cruz ni jardineras en esas dos manzanas de terreno. No hay puerta de acceso ni letrero identificativo. Entran como Juan por su casa.

—Como no hay nadie que me diga dónde enterrar a mi vieja, es de que empiece a hacer el hoyo –dice Pedro a su hijo José Eduardo, quien ayuda a bajar las palas y piochas. Pedro escarba rápido, como si quisiera olvidar pronto.

Un metro abajo, la pala topa con una superficie dura. Otro ataúd. Vuelve a cavar un hoyo entre dos árboles de guayaba que años después, cuando regrese, serán su única señal. No lleva cruz, solo unos claveles pasajeros que la pequeña Hilda quiere colocar.

Minutos después, bajan el ataúd con la ayuda de unos lazos. Lo ponen dentro del hueco abierto, de tres metros de profundidad. Pedro echa la primera de las 30 paladas de tierra. Los hermanos se arremolinan. Algunos visten pantalón oscuro y camisa blanca. Otras hermanas visten de luto, y los predicadores llevan saco y corbata. Es entonces cuando abren sus biblias y se turnan en rezos. Entre cánticos desentonados, las 30 paladas de tierra cubren el ataúd y todo vestigio de Virginia. Empapado en sudor, Pedro deja escapar las lágrimas con el sonido de la tierra seca que cae.

***

Al cementerio Las Delicias Pedro regresará dos años, tres meses y catorce días después. Lo hará una tarde montado en otro pick up y acompañado por periodistas. Ya no se acordará del camino porque solo “los de la funeraria sabían cómo llegar”.

Pero el cementerio tendrá otra cara y ya no será el terreno baldío sin cruces en el que enterró a su esposa. Cruces habrá, y muchas. Se habrá transformado en un cementerio cantonal que crece conforme pasan los años. En el lugar donde quedó Virginia estarán otras tumbas con sus cruces y flores. Nadie, excepto Pedro y sus hijos, sabrá que está ahí porque su tumba nunca tuvo una cruz.

—Aquí, aquí la dejé a ella –dirá un Pedro afligido, cuando señale con sus manos juntas la lápida de otro fulano en medio de dos palos.

Esa tarde, emprenderá el regreso a casa con ganas de volver junto a sus hijos otro día, para que recuerden el camino y para poner flores a su madre. Serán las únicas en más de dos años y tres meses. Compungido, José Eduardo, el segundo, dirá que quiere tatuarse en el brazo el nombre de Virginia, la madre a la que la pobreza condenó a una sepultura anónima entre dos palos de guayaba.