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Varón de 69 años enterrado en la iglesia del convento de San Ildefonso con un sayón franciscano de la Orden Trinitaria, el 23 de abril de 1616. Tabique nasal prominente y corvo, una mano izquierda anquilosada por las heridas de un arcabuz de la batalla de Lepanto, un esternón magullado e invadido por restos de plomo por la misma lesión, una espalda “algo cargada”, mandíbulas con seis dientes o menos.

Empezaron por buscar un cuerpo, uno sólo, en su tumba original. Si las condiciones eran favorables, si los casi 400 años que pasaron no las habían fulminado, podrían dar con esas marcas distintivas de las que hablaban las biografías, las que retrataba la pintura de Juan de Jáuregui, y las que él mismo había descrito en el prólogo de Novelas ejemplares.

De nombre Miguel de Cervantes Saavedra. Nacido en Alcalá de Henares, afueras de Madrid, en 1547. Funcionario del reino como comisario real de abastos en Sevilla, militar veterano herido de guerra —”manco”—, presidiario breve, cautivo durante un lustro de los piratas berberiscos. Sólo le cantaron dos misas de difunto, lo mínimo, porque murió pobre sin ser un escritor glorificado, siquiera muy conocido, ignorante de que, con la publicación de la segunda parte de El Quijote el mismo año de su muerte, alcanzaría el título póstumo, en un futuro de siglos, de padre de la novela moderna.

Buscaron, pensando al principio que no sería complicado y no tardarían más de diez días en encontrarlo, porque las fuentes históricas decían que allí estaba, un cuerpo entero que se había extraviado en la reparación del templo. Junto a él estarían enterrados ocho o nueve más si acaso, todos en los nichos de la pared norte.

En enero de 2015 comenzaron la excavación de la cripta del convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, donde los registros decían que se había enterrado a Cervantes en 1616, trasladado desde otra iglesia cercana. Limpiaron la cripta de oscuridad y polvo, de estanterías arrumbadas. Vieron losas removidas en el suelo, hurgaron apenas y asomaron esqueletos, muchos, que luego pasaron de 300: supieron que el trabajo sería largo. Pero a los diez días descubrieron en documentos históricos que el cuerpo que buscaban no estaba completo, sino que sus miembros, disgregados, se había mezclado con los de su esposa y un capellán, y que todos juntos habían sido guardados en una caja que, además, se había movido de sitio. El cuerpo entero en la tumba original ya no sería: la iglesia antigua donde lo habían enterrado originalmente, que quedaba en otra calle, no había sido reformada sino derruida.Y a la iglesia de las Trinitarias Descalzas, en la calle Lope de Vega, donde los restos de Cervantes fueron trasladados y donde los investigadores buscaban, lo que había llegado no era un cajón con los restos individualizados, sino una caja con restos revueltos. En lenguaje funerario: una reducción.

Pasaron los días, las semanas, un mes. No encontraban rastros del cuerpo de Miguel de Cervantes. Palearon, excavaron, analizaron y salieron centenas de restos, sobre todo de bebés con raquitismo. Un cementerio del siglo XVIII y comienzos del XIX en la manzana ubicada entre las calles Lope de Vega y Huertas, en pleno barrio de Las Letras. Nada sabían de él las doce monjas de clausura que hacen su vida orando y cosiendo para obras de caridad en el convento que lo escondía, en este tramo del centro mismo de Madrid, vibrante de bares, librerías de viejo y tiendas de diseño.

Iba a terminar febrero, ya llevaban más de 30 días excavando, cuando encontraron una acumulación de huesos, mordidos por la tierra húmeda, algo que no se parecía a nada de lo que habían visto antes. Porque allí, pegados a los huesos, había residuos de la indumentaria de un capellán: una estola, una manípulo, una casulla del siglo XVII, y una moneda de 16 maravedís del mismo siglo. La lista de esos restos coincidía con la que se reseñaba en los documentos históricos: en esa caja estaban Miguel de Cervantes, su esposa y el capellán, dueño de la indumentaria que encontraron.

Los científicos fueron cautos y dijeron que era “posible” que “fragmentos” de Miguel de Cervantes estuvieran allí. La conclusión de 35 días de excavación fue magra y así quedó impresa en el informe ejecutivo de la investigación que presentaron en una rueda de prensa el 17 de marzo de 2015: “En definitiva, a la vista de toda la información generada en el caso de carácter histórico, arqueológico y antropológico, es posible considerar que entre los fragmentos de la reducción localizada en el suelo de la cripta de la actual Iglesia de las Trinitarias se encuentren algunos pertenecientes a Miguel de Cervantes”.

—Son muchas las coincidencias y no hay discrepancias —resumió Francisco Etxeberría, en la conferencia de prensa, frente a un auditorio repleto de periodistas de medios españoles y extranjeros, científicos de varias disciplinas que participaron en la investigación y políticos locales, en la sede del Ayuntamiento de Madrid.

Etxeberría —profesor de la Universidad del País Vasco, médico forense y antropólogo de reputación, curtido también en exhumaciones históricas de peso: Víctor Jara, Salvador Allende, Pablo Neruda— dirigió la última fase de lo que se llamó el Proyecto Cervantes, que había comenzado el 24 de enero y que involucró a 30 personas de diversas disciplinas: arqueólogos, antropólogos, forenses, eruditas del textil, expertos en momias, restauradores, técnicos, peritos de georradares, un sacerdote, abogados y un alpinista por si había que bajar muy profundo.

La televisión pública retransmitía en directo. Los reporteros, expectantes después de un mes de silencio por un acuerdo de confidencialidad, demandaron titulares incontestables: ¿es él o no?, ¿se pudo individualizar el cuerpo?, ¿se pudo saber algo más de su biografía, algo sobre las causas de su muerte? Los políticos se llamaron a sí mismos sanchopanzas y a los investigadores, quijotes; hablaron de escuderos e hidalgos, del bien de España. Los promotores de la búsqueda aplaudieron en la primera fila. Pero los científicos dijeron que “no se pudo individualizar el cuerpo de Cervantes por el estado de conservación de los restos”, como zanjó al micrófono Almudena García, madrileña historiadora especializada en arqueología funeraria; “puede que de esas evidencias se obtenga un perfil de ADN que confirmaría la identidad, pero no es seguro que se consiga”, añadió Etxeberría.

Días más tarde ella, Almudena García, lo iba a explicar diáfano y simple, cerveza sin alcohol a sorbos, bocados de aceitunas:

—Hay una premisa que te enseñan el primer día de clases: “Si tienes poco hueso, di poco”. Y como hay poco hueso y en mal estado, no se pudieron precisar edades, más allá de decir que hay mandíbulas de varones adultos con poca dentadura.

Sobre la mesa del bar hay una foto, una de las imágenes que documentaron todo el proceso. Pueden verse un cráneo grande, frontales rotos —añicos—, huesos largos cuarteados del color de la tierra. La caja donde encontraron los restos la rotularon con el código 4.2/32.

La idea de buscar el cuerpo de Miguel de Cervantes surgió en 2010. No estaba en realidad perdido. Las fuentes históricas decían que sus huesos se habrían extraviado en las reformas de la iglesia del convento de las Trinitarias Descalzas de San Ildefonso, pero el acta de defunción y dos placas, una en la fachada del templo, que firma la Real Academia Española, y que dice: “A Miguel de Cervantes Saavedra que por su última voluntad yace en este convento de la Orden Trinitaria a la cual se debió principalmente su rescate (…)”, y otra en el altar mayor, sobre el coro enrejado donde rezan las monjas a diario: “En este monasterio yacen Miguel de Cervantes Saavedra, doña Catalina Salazar su esposa y sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega [que fue monja trinitaria]”, no dejaban muchas dudas. Pero no se conocía su ubicación exacta.

En 1809 el rey José Bonaparte lo había mandado a buscar en el convento con dos médicos para que lo trasladaran al panteón de hombres ilustres que iban a construir. No tuvieron éxito. Ese año se había prohibido definitivamente el entierro en las iglesias y ordenado la construcción de cementerios a las afueras de la ciudad. Mariano Roca de Togores, marqués de Molins, lo buscó también 61 años después, sin resultados.

De todos modos, las placas, la costumbre, la información repetida por guías de turismo y libros de viaje por décadas, hicieron que, durante años, nadie se preocupara mucho y se asumiera que Cervantes estaba allí.

Pero en 2010 Luis Avial, un geofísico que ya había trabajado en la exhumación de fosas de la guerra con la Sociedad de Ciencias Aranzadi que preside Francisco Etxeberría, supo del extravío por un periodista en una charla de café. Avial propuso la búsqueda a Etxeberría y a su equipo. Su versión dice que Etxeberría convocó a un grupo de expertos, entre ellos el historiador genetista Fernando de Prado, descendiente de Cristobal Colón, quien hizo de este proyecto un peregrinaje, su principal cruzada. La versión de Fernando de Prado es que él presentó el proyecto a Avial. Ambos coinciden en que De Prado buscó financiamiento hasta en 50 instituciones públicas que le negaron la ayuda, y coqueteó con una entidad privada estadounidense. Avial habló con el Ayuntamiento de Madrid, que decidió poner el dinero necesario: 110,000 dólares. Entre todos, calcularon que se justificaría la inversión porque el impacto multiplicaría la publicidad gratuita bajo la forma de artículos publicados en la prensa de todo el mundo.

Tras cuatro años de gestación, comenzaron la primera parte de la búsqueda en abril de 2 014, cuando el equipo de Avial entró al templo y la sacristía con el georradar, un aparato que detecta “anomalías magnéticas” que se asocian a enterramientos, y una cámara digital termográfica que identifica cavidades en el suelo o las paredes por las diferencias de temperatura.

Una tradición oral, que había pasado de una madre superiora a otra, decía que Cervantes estaba enterrado en la cripta justo debajo del altar de la Virgen de la Inmaculada, que arriba, en la iglesia, está a la izquierda del crucero, junto a los bancos.

—Eso estaba en el ambiente —dice la madre superiora actual, sor Amada, una voz honda con dejo sureño que sale del claustro hasta la bocina del teléfono.
En abril de 2 014, el georradar detectó cinco sectores principales con enterramientos en el crucero de la iglesia, que apuntaban todos a la cripta, donde al final excavaron. Avial, sin conocer aún la coincidencia con la tradición oral de las monjas, encontró que el que llamó Sector 2, justo bajo la Inmaculada, tenía características especiales; era sospechoso.

La tradición oral y la sospecha tecnológica no acertaron. No fue allí donde encontraron la caja de reducción 4.2/32.

Los investigadores contaban sobre todo con la bibliografía más conocida, el libro La sepultura de Miguel de Cervantes: memoria escrita por encargo de la Real Academia Española y leída a la misma por su director, el marqués de Molins, escrito por tal marqués (1870) tras buscar sin éxito el cuerpo, y una biografía escrita por Luis Astrana Marín: Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra con mil documentos hasta ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de época (1948-1958). Fueron insuficientes.

Francisco Marín Perellón, historiador y archivero del Ayuntamiento de Madrid, se sumó al equipo el 3 de febrero de 2015 para ampliar la investigación documental. Revisó en una docena de archivos y encontró en la planimetría general de Madrid y en los papeles constitutivos del convento el dato clave: la iglesia original derruida y la mudanza de los restos, mezclados con otros, fueron llevados a la cripta nueva.

El historiador también descubrió que a todas las personas enterradas en la iglesia de San Ildefonso las habían movido nuevamente a un rincón del claustro en 1630, cuando la marquesa que era patrona del convento ordenó la exhumación de todo el que no fuera su pariente. Durante más de 60 años estuvieron en ese lugar ignorado los restos que ahora coinciden con los de la reducción 4.2/32. Marín Perellón sostiene que no se perdieron porque las monjas trinitarias respetaron la cadena de custodia y los preservaron en el claustro de acuerdo con “el dogma de fe de la resurrección de la carne” de la doctrina cristiana que rige el derecho canónico.

No causa mucho asombro en España que los cuerpos sepultados en las iglesias se pierdan, bien porque según las costumbres funerarias cristianas cuando no se paga por una sepultura perpetua, pasada la década los huesos van desmembrados a las fosas comunes, o bien porque derrumbaron las iglesias o hubo avatares en sus traslados. Así desaparecieron también los restos con otros nombres célebres: Calderón de la Barca, Francisco de Quevedo, Diego Velázquez y, durante la Guerra Civil, en otras circunstancias —las de miles—, el de Federico García Lorca, fusilado.

Mientras abajo, durante los 35 días que duró la búsqueda, los científicos excavaban, afuera, arriba, era el silencio, impuesto por el pacto de confidencialidad que el ayuntamiento de Madrid hizo firmar a los miembros del equipo: no saldría información a menos que fuera la oficial, canalizada por la oficina de prensa. Los fotógrafos, cámaras y reporteros sólo tuvieron acceso al umbral de la cripta el primer día de la excavación, la mañana del sábado 24 de enero, de tres a cinco minutos, de dos en dos. No había mucho que ver todavía: losas en el suelo sin remover, cámaras endoscópicas adivinando el interior de los nichos, algunos huesos sobre los mesones.

Los científicos están acostumbrados a callar mientras trabajan. Para ellos no era complicado cumplir con el acuerdo. Hasta el final no compartieron todos los hallazgos con los otros miembros del equipo: los antropólogos no dijeron todo al geofísico ni a las expertas del museo del traje, por ejemplo, que no supieron, hasta lo último, lo que había determinado el numismático o lo que había encontrado el historiador. Pero buscaban a Miguel de Cervantes: los medios de todo el mundo les respiraban encima. El domingo 25 de enero se filtró un rumor erróneo, que no salió de los investigadores, y que generó este titular: “Hallado el ataúd de Cervantes”. Sucedió que Tito Aguirre, técnico arqueólogo veterano del grupo, se había ingeniado con sus compañeros una plancha metálica fina de dos metros de largo para sacar los ataúdes de los nichos, como panes del horno de un obrador. Contaban con que los féretros saldrían enteros. Abrieron el nicho 1, abajo a la izquierda de la entrada, esquina noroeste, pegado a la tierra. La plancha no llegó al fondo. Halaron pero pesaba; el ataúd tenía tierra, la madera se había hecho trozos, podrida. La tabla se dejó ver y cayó al suelo, con la forma de una pirámide maltrecha: tenía talladas unas chinchetas metálicas roídas por la humedad que, sin embargo, no había desdibujado estas siglas: MC.

“Pues ya hemos terminado”, recuerda Tito Aguirre que pensó al momento. Francisco Etxeberría los llamó a todos: “¿Qué pone aquí?” A primer vistazo, pensaron que la M era de Miguel y la C de Cervantes. Un entusiasmo fugaz bañó la bóveda. Almudena García vio un paisaje de caras asombradas. Rió. Carme Coch, arqueóloga que recién había llegado de Valencia para instalarse en Madrid durante la búsqueda, pensó que, jolín, era el primer día y ya tenía que volver. Berta Martínez, su colega madrileña, se decía escéptica que era demasiado casual, que esa MC podía ser, por ejemplo, de una María del Carmen. Tardaron muy poco en darse cuenta en que el féretro era pequeño, que contenía huesos revueltos de unas diez personas, restos infantiles, adultos apenas, textiles y calzados de varios momentos, escombros. “Dijimos: calma. La gente tiene bastante claro que eso es raro”, recuerda Almudena García. No habría pasado de ser una anécdota a no ser por la filtración, que corrió a la velocidad de los bites de internet, ese alimentador del rumor. Etxeberría y García salieron el lunes por la mañana a una rueda de prensa obligada a las puertas del convento, pidieron calma y prudencia, dijeron que había más enterramientos con ese ataúd. La especie, sin embargo, quedó sembrada durante las siguientes semanas. La comentaban los transeúntes, la repetían en los toures a pie que pasaban frente a la iglesia.

Con ese antecedente, fueron cautos la tercera semana de excavación, cuando apareció un esqueleto con una mano que parecía anquilosada. Lo encontró Carme Coch, que excavaba con Berta Martínez. Reconoció el desgaste de los huesos de un hombre mayor, vio el cordel con unos nudos de lo que pudo haber sido un sayón franciscano atado a la cintura, identificó una anquilosis en una mano: los huesos de la muñeca fusionadas: ¡¿La mano del manco de Lepanto?! Coch se lo dijo a Martínez con disimulo, sin que nadie más escuchara, y le pidió que avisara a Francisco Etxeberría, que estaba en la sacristía, escaleras arriba. Martínez palideció. Subió las escaleras en shock, pensó “lo tenemos”. Carme Coch entró en razón mientras Berta Martínez se alejaba: era la mano derecha, no la izquierda, que es la que señalan las fuentes históricas como la mano atrofiada: ésa en este esqueleto estaba bien. Así lo certificó Etxeberría. Así lo comprobaron todos.

De esto nada se supo afuera durante los días de la excavación. El silencio oficial continuó. Dos puertas, una abierta, la otra cerrada. Turistas que la atravesaban mapa en mano y sólo se encontraban con un vestíbulo oscuro, más puertas cerradas y unos gatos tímidos. Un periodista de televisión haciendo guardia. La portera, temple de fuego, que decía que los periodistas son unos pesados. Un barrendero uniformado que oficiaba de informante secreto de la prensa. Almudena García, a las puertas del bar de enfrente, donde comían a diario ella y todo el equipo, diciendo datos vagos que no comprometían la investigación —hemos abierto la mitad, hemos contado más de cien, hemos parado la revisión en los nichos hasta que vengan las de restauración, hemos encontrado mucho textil, hemos encontrado momias—, mientras se calentaba las manos con el té de manzanilla de la sobremesa.

Ella y su equipo cumplieron con el pacto. Tanto, que hasta días antes de la revelación de los resultados, entre los promotores del Proyecto Cervantes todavía pensaban que sus restos estaban en ese primer nicho con el ataúd de las MC.

De todas formas, en el fondo no había ningún misterio. Una treintena de científicos excavando para buscar los huesos del escritor fundamental de la lengua española, una línea de investigación que terminaba con una caja de huesos tan deteriorados que no confirmaban ningún rasgo físico identificable del escritor, todo eso en el marco de la gestión de una alcaldesa que ya agotaba su mandato y que parecía querer irse con algo importante —algo tan importante como haber encontrado el cuerpo de Cervantes— para mostrar como logro. Una parte de los expertos del escritor criticaba el proceso, diciendo que era una pérdida de tiempo y recursos; otros decían que por qué no usar ese dinero en ayudar a desahuciados por los bancos o a los dolientes de la Guerra Civil que no han encontrado los cuerpos de sus familiares mal enterrados en las cunetas donde los mataron.

Para levantar la puerta trampa de la cripta, en el suelo de madera de la sacristía, se necesitan al menos dos personas: es un gigante tan antiguo como el edificio, que terminó de construirse en 1730. Se necesitan también unas llaves grandes de hierro, igual de antiguas, y las escaleras que guarda el portón son asimismo viejas, rayadas por el tiempo, y terminan en un sótano con techo abovedado de ladrillos, cruzado por hileras de luces de neón, un espacio de nueve por seis metros que convirtieron en un laboratorio in situ: no tenían autorización para llevarse del recinto ni un hueso, ni de la arena un grano. Dividieron la cripta en cuadrantes, hicieron un andamio para pasar de un sitio al otro. El espacio de estudio se amplió hasta la sacristía, un cuarto no muy grande de tono también lúgubre, con imágenes de Jesús y de los santos.

Fue un lunes o un martes, 23 o 24 de febrero, la fecha se les desdibuja en la memoria. Habían trabajado en la cripta el mes entero, jornadas intensivas de diez horas con dos de descanso para comer, humedecidas por el invierno, sin apenas domingos libres. Sólo quedaba la mitad de la gente, el equipo base. El resto había dado por terminado su trabajo. Berta Martínez trabajaba en el tercer nivel de enterramientos, el más profundo, en el último cuadrante de la cripta, en la última esquina, al sureste. Ardía en fiebre, una gripe nutrida por la humedad y el polvo que ya había contagiado a varios de sus compañeros. Carme Coch tenía en mano el boleto del AVE de regreso para ese mismo día. Excavaban con Tito Aguirre cuando encontraron que la tierra se hacía más oscura, como si alguien la hubiera traído de otro lugar. Distinguieron una reducción de huesos, palearon suelo abajo. Lo que encontraron no era como ninguna de las otras cuatro acumulaciones de huesos que habían visto antes.

“Nos pareció que era algo que no podíamos desechar, que teníamos que excavar y ver bien en qué consistía, porque a veces excavas y te cuesta entender lo que excavas, pero esto parecía bastante compatible con lo que estábamos buscando”, recuerda Martínez.

“Aparte de que estaba a la profundidad más baja vimos que había muchos huesos largos, muchos fémures, muchas tibias a un lado, y vimos los cráneos que estaban al otro ladito. Estaba todo junto pero como que separado, ¿no? Vimos restos de cajas de tablones, como si también los hubiesen transportado en una caja o nos daba esa sensación”, narra Carme Coch. Almudena García, que coordinaba al equipo, llamó a Luis Ríos, biólogo especializado en antropología física: “Vente, que hemos encontrado algo que tiene buena pinta”. Llamó de urgencia a Elvira González y Lucinda Llorente, expertas del Museo del Traje de Madrid. En la caja había textiles que debían analizar. Hasta entonces, las vestimentas que habían encontrado eran de dos siglos posteriores a la muerte de Cervantes, y no habían dado aún con el sayón con que lo habían enterrado, una prenda franciscana larga con un cordón ceñido a la cintura, de un tejido basto, de orden mendicante.

Cavaron metro y treinta y cinco, bajaron con las bandejas de laboratorio, sacaron los huesos con cuidado máximo, los pusieron a secar en los mesones por dos días para que perdieran fragilidad. Primero apareció un trozo de tela bordado, que González y Llorente identificaron como lino con hilo de oro. No era el sayón de Cervantes, pero era el traje del capellán que, ya sabían por los documentos, estaba en la caja de reducción.

“Sacamos trocitos y trocitos, intentabas cepillarlo y se te desaparecía, para empezar a recomponer todo, la casulla con el manípulo, la estola. Ya cuando salió el borlón casi llorábamos de alegría”, dice Lucinda Llorente.

“Porque era la confirmación ya definitiva de que estábamos ante lo que estábamos. Estuvimos toda la mañana haciendo un puzzle sobre la mesa, porque aquello de verdad era un batiburrillo de tal naturaleza que había que tratarlo con sumo cuidado”, completa Elvira González.

Fue la única indumentaria que hablaba de la época en la que enterraron al escritor. Después salió la moneda de 16 maravedís que el numismático Alberto Canto García identificó como de 1660 aproximadamente, que en la foto del informe final se ve como un trozo de metal desfigurado, una circunferencia achatada. Terminaron de limpiar los huesos, ya secos, con brochas de maquillaje, cerdas suaves. El trabajo duró cinco días más.

Almudena García hizo otra llamada, a Francisco Etxeberría, para que viajara desde el País Vasco. “Estábamos convencidos, pero llevábamos mes y medio aquí y era necesario que viniera alguien con otros ojos, por si se nos estaba pasando algo por alto”, dice.

Etxeberría hizo muchas preguntas, estableció sus propias comparaciones, determinó que no había discrepancias, que todo eran coincidencias. El traje del capellán, la moneda, la cercanía con el suelo geológico de Madrid, los documentos.

En rigor antropológico los registros dijeron que había en la reducción un mínimo de 15 individuos, cinco niños y diez adultos, por los huesos que más se repetían: cuatro radios derechos y un radio izquierdo, cuatro cráneos masculinos, dos femeninos, de otros cuatro no se sabe el sexo. Y fragmentos con artrosis, cartílagos calcificados, mandíbulas con dientes desgastados o inexistentes que podrían haber sido los de unos hombres de la edad de Cervantes; muñecas y axiales que se perdieron o se desintegraron.

El historiador Marín Perellón terminó de componer la lista definitiva cuatros días antes del anuncio oficial, tras revisar todas las actas de defunción del archivo parroquial. En ella estaban Cervantes, su esposa, su casero, el capellán, varios niños. Eran 17, dos más que la medición antropológica.

“Hubo huesos que no llegaron nunca al laboratorio, pero aún así cabe la posibilidad perfectamente de que se quedaran por el camino. Es una hipótesis completamente plausible, lo que pasa es que no se puede certificar”, dice Carme Coch.

¿Por qué buscar los restos de Cervantes? ¿Por qué si no estaban perdidos?

Los involucrados en la investigación han dicho que había que localizarlo y honrarlo, que la búsqueda sirvió para potenciar la divulgación de su obra. Escritores cervantinos dijeron que era mejor hacer justicia a sus libros. Francisco Ferrándiz, antropólogo estudioso de la muerte, ajeno a esta excavación, opina que es porque existe ahora una fascinación por los huesos: “Tiene una raíz cristiana que está vinculada al culto a las reliquias, a las exhumaciones de santos; por otro lado, siempre ha habido turismo necrófilo, y llegan nuevas corrientes de derechos humanos que buscan verdad, justicia y reparación, además del prestigio creciente de las ciencias forenses”, por obra de series televisivas como CSI.

Lo que queda en la cripta es esto: cinco mesones, lupas. Bolsas transparentes —seis— llenas de huesos fragmentados que en una primera mirada parecen hojas recogidas en otoño. Un libro, Human bone manual. En la pared norte, nichos con féretros sin abrir, pero sus epitafios no dejan dudas de que contienen cuerpos de sacerdotes. De frente, un armario para guardar las momias, sus ataúdes y, a la derecha, cajas de reducción en hileras, urnas que parecen macetas alargadas de plástico, con códigos así: Nicho 5, material óseo y arqueológico; sector V, material arqueológico, nicho 14.

Las restos que identificaron con el código 4.2/32, donde posiblemente haya “algunos fragmentos” de Cervantes, cupieron en tres cajas. Pero ya no están aquí: tienen entidad de reliquia. Están a resguardo en la biblioteca sacramental del claustro de las monjas. La esquina donde aparecieron es ahora una oquedad amarillenta con bolsas negras encima.

Ya no hay nada más que los arqueólogos puedan agregar a esta búsqueda.

Pero Almudena García, Berta Martínez y Luis Ríos no han dejado de venir tres veces a la semana a este recinto sepulcral trocado en laboratorio con suelo de arena y barro, blanqueado por la luz artificial, donde ya no hay ruido de taladros y aspiradoras industriales. Aunque han pasado dos meses desde que terminó la excavación, investigan las revelaciones de este yacimiento inédito de niños con raquitismo. Rearman sobre los mesones los esqueletos de vértebras mínimas, clavículas y sacros ínfimos. “Mis niños”, los llama García.

Corre la mañana de un jueves de abril de 2015. No están las dos monjas que los supervisaron durante toda la excavación, sor Edita en sus 30, sor María que le dobla la edad. Son “guardas de hombres”, así se llama su cargo: las encargadas de vigilar y acompañar a los visitantes que hacen obras en el convento.

—Y controlarlos un poquillo, de lejos, pero un poquillo también —dirá la voz antigua de la madre superiora que sale del claustro a por la bocina.

La relación entre el equipo y las monjas se hizo íntima. Con los días, sor Edita se dejó poner una bata blanca sobre el hábito, una mascarilla, cofia y guantes, y ayudó a limpiar los huesos con pinceles. La mayor sólo miraba, excepto esa vez que inspeccionó en dos ataúdes y agarró con sus propias manos desnudas la vestimenta para decir que era de cura.

A la 1:30, al mediodía, Almudena García, Berta Martínez y Luis Ríos habrán acabado la jornada. Sor Edita los esperará arriba en la entrada de la sacristía. Subirán las vetustas escaleras, la monja los recibirá con un manojo de las llaves de hierro antiguas en una mano, agujas de tejer y lana en la otra, hábito blanco, cruz rojiazul en el pecho, túnica negra. Entre dos cerrarán la puerta trampa. Sor Edita dirá, queda, que los extraña y que quiere que vengan todos los días.

Se llamaba Miguel de Hortigosa el sepulturero. Nada fundamental se conoce sobre su vida, excepto lo que hay que saber: que también era el sacristán de la iglesia del convento de San Ildefonso de Trinitarias Descalzas, calle del Amor de Dios, villa de Madrid; que las monjas le pagaron 13,600 maravedíes, lo mismo que 400 reales, por un trabajo del que consta recibo fechado en 8 de octubre de 1697; y que tal trabajo consistió en trasladar unos cuerpos de esa iglesia a otra, ubicada en la calle que hoy se llama Lope de Vega.

Marín Perellón está convencido de que fue él quien transportó la caja de reducción a la cripta y que éste es el dato que confirma que en la reducción que encontraron es ésa donde estaría Cervantes. “Sin ninguna duda”, sentencia. Es 22 de mayo. Hace apenas unos días que el historiador revisa el archivo conventual. Dio con el diario de cuentas del convento donde está el dato. Abre el pergamino, tapa amarillenta de piel de cordero, libro 37, legajo quinto. Echa mano de la paleografía, la ciencia que estudia las escrituras antiguas, para leer uno a uno los párrafos de letra farragosa. Hasta éste, el número 18, que así traduce:

Mas se le hazen buenos y reziuen en data quatroçientos reales, que valen treze mil y seisçientos maravedís por los mismos que pagó a don Miguel de Hortigosa de el gasto que tubo de mudar los cuerpos de los difuntos de la yglesia vieja a la nueua de dicho comuento [y] terraplenar la bóbeda, como consta de reciuo dado por el susodicho, su fecha de ocho de octubre de seisçientos y nouenta y siete, que presentó con estas quentas.

Hortigosa, el sepulturero. Pudo haber sido él también —dice Marín Perellón que quizá— la persona a la que contrataron para sacar los restos del claustro de la antigua iglesia y reducirlos en una caja, la que encontraron. Ese año que consta en el recibo, trasladó los huesos ya disgregados al templo nuevo, recién construido, los depositó a un metro treinta y cinco de profundidad en la cripta y terraplenó. En el entierro se le pudo haber caído la moneda de 16 maravedís: no lo descarta Marín Perellón ni lo descartan los arqueólogos.

El párroco de la iglesia de San Sebastián, en la calle Atocha, saca otro libro con cuidado y lo extiende sobre la mesa: el libro tiene 406 años —cuaderno cuarto de difuntos (1609-1620)—, una cubierta de cuero de cerdo amarillenta y brillante que resiste los siglos. Las hojas no están siquiera ajadas, son gruesas como el cartón. Está en el tercer párrafo el acta de defunción. Ilegible para un cerebro inexperto, pero ya había sido desencriptada en 1749 en el prólogo de las Comedias y entremeses de Cervantes.

Miguel de Çerbantes. El 23 de abril de 1616 años murió Miguel de Zerbantes Sahauedra, casado con doña Catalina de Salazar, calle del León. Recibió los Santos Sacramentos de mano del licenciado Francisco López. Mandóse enterrar en las Monjas Trenitarias. Mandó dos missas del alma, y lo demás a voluntad de su muger, que [e]s testamentaria y el licenciado Francisco Martínez, que viue allí.

Con el tiempo se confirmó que Cervantes murió el 22 y el sepelio fue el 23. No se enterró en la iglesia de San Sebastián, que es lo que correspondía al común de los vecinos de la zona. Vivía con su esposa en la cercana calle de León y su casero era Francisco Martínez, el cura del convento de San Ildefonso. Además, Cervantes se hizo trinitario 20 días antes de su muerte. En 1575 unos corsarios berberiscos lo capturaron junto con su hermano cuando volvía a España desde Nápoles en una galera, después de la guerra, tras haber batallado en Lepanto contra los turcos y recibido tres arcabuzazos. Lo llevaron a Argel. Como era “soldado aventajado” al servicio de la Corona y tenía cartas de recomendación, “El Cojo”, su principal captor, decidió pedir el rescate para sacar provecho. El secuestro agarró a su familia depauperada. Pasaron en cinco años y medio tres intentos de fuga. Los frailes trinitarios mendigaron para juntar los 500 ducados de oro del rescate, lo que lograron en 1580. Como agradecimiento, un sábado santo, Miguel de Cervantes se convirtió a la Orden Trinitaria.

No hay nada en el acta de defunción ni en los documentos hasta ahora descubiertos que hablen de lo que mató a Cervantes. La incógnita de la causa de su muerte es una de las varias sombras de su biografía. En el informe final de la excavación hay un estudio extenso que firma Julio Montes Santiago, de la Universidad de Vigo, basado en un arqueo de los datos biográficos disponibles y en la biblioteca médica del escritor, que se abrevia en posibilidades: diabetes, enfermedades renales, cirrosis, insuficiencia cardiaca y algún tumor.

Los restos de la hermana de Miguel, Andrea Cervantes, están en la iglesia de San Sebastián; también los de otra hermana, Magdalena de Jesús. Los de su hermana Luisa, que fue monja, están en el convento de la Purísima Concepción de Alcalá de Henares. Por la imposibilidad de recuperar los huesos de sus familiares —porque están en osarios y porque no se han encontrado tampoco evidencias de la hija natural de Cervantes—, y por el estado de conservación de los restos de la reducción 4.2/32 se hace muy difícil extraer una muestra de ADN y compararlas genéticamente.

El historiador Francisco Marín Perellón sigue examinando el archivo del convento en busca del testamento perdido de Cervantes. Confía en encontrarlo y en que sus cláusulas revelen, por qué no, alguna enfermedad final, cómo fueron sus últimos meses, cómo quería que se le enterrara, si tenía deudas, si es verdad que tuvo esa hija natural llamada Isabel. Empezó a buscar en mayo. Es mitad de julio y dice que sin novedades, que la pesquisa puede tardar hasta seis meses.

Volvieron a enterrar los restos contenidos en las tres urnas fichadas con el número 4.2/32, sin la mirada pública. Las monjas —la priora y las dos guardas— las llevaron desde la biblioteca sacramental, una por cabeza. El vicario las roció con agua bendita, el sacerdote Jorge Teulón, enlace entre las religiosas y los investigadores, ayudó a meterlas en el nicho, debajo de una lápida de piedra caliza que dice “Yace aquí Miguel de Cervantes Saavedra. 1547-1616”, con un extracto de su Los trabajos de Persiles y Sigismunda, publicado el mismo año de su muerte: “El tiempo es breve / las ansias crecen / las esperanzas menguan / y, con todo esto, / llevo la vida sobre el deseo / que tengo de vivir”. Firma la Real Academia de la Lengua Española. Sellaron. Fue el 10 de junio de 2015, a puerta cerrada, en la iglesia de San Ildefonso del Convento de las Trinitarias Descalzas, calle de Lope de Vega.

La ceremonia abierta ocurrió al día siguiente, el pequeñísimo templo repleto de invitados, con música militar en directo de los regimientos Córdoba 10 y Tercio Viejo de Sicilia 67, donde Cervantes sirvió a la Corona como soldado. Era de mañana pero afuera se hizo de noche unas horas: una tormenta de verano tapió el cielo y ahogó las calles con agua y granizo.

Darío Villanueva, director de la Academia, leyó un discurso que habló del “momento feliz, que por fin ha llegado”:

—En que la ciencia física y la forense nos han permitido poner orden en la casa que albergó la ultima morada de nuestro escritor y solventar aquella anomalía, propiciando que el tesoro de sus cenizas haya sido localizado y ahora pueda ser presentado con la misma dignidad y reconocimiento con que otros países cultos honran a los más grandes escritores.

Ana Botella, que iba a dejar de ser alcaldesa de Madrid en dos días más y cerraba su gestión con este acto, leyó otro y dijo que cumplían la voluntad de un hombre “de honra y fe cristiana”:

—Es la hora por fin de decir, don Miguel, misión cumplida (…) Aquí estamos para que España y el mundo vuelvan a honrar los restos mortales de Cervantes como no se había hecho en tres siglos.

Los militares llevaron una corona de flores hacia la tumba, en desfile, erguidos con rectitud geométrica, música marcial; la alcaldesa la dejó a los pies de la hornacina.

Los enterraron en la pared norte del templo junto a la entrada, donde había sitio para otra lápida. No sobre el punto en el que de verdad aparecieron, porque allí hay un coro enrejado donde las monjas rezan a diario. La tradición oral de las prioras falló, pero una placa que estaba en la iglesia hacía casi 200 años lo indicó siempre, con precisión: encontraron la caja de reducción justo debajo, en línea recta, de esa lápida del altar mayor que dice: “En este monasterio yacen Miguel de Cervantes Saavedra, doña Catalina Salazar su esposa y sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega”.

Enterraron esos restos —que puede que sean los de Cervantes, o no, quizás algunos— que, en realidad, no estaban perdidos.

—¡Atención que nos jugamos ciento quince mil euros!, ¿eh, parejita? —dice Carlos Sobera, el presentador de Atrapa un millón, el programa de TV donde muchos españoles, cada vez más, buscan llevarse fajos de euros apelando al saber y el azar.

La cámara desciende en picado. A la derecha, el conductor. A la izquierda, dos que se abrazan: los hermanos Luisa y Juan Botella. La parejita que busca llevarse más de cien mil euros. Él es periodista; ella, genetista. Se presentaron al programa con una misión: conseguir los euros necesarios para que Luisa pueda continuar pagando a su equipo de investigación.

Todo el estudio de televisión es un anfiteatro pastel: violáceo, azulado, rosa. Los protagonistas están de pie sobre una plataforma circular cercada por barandas. Sobre una mesa semicircular hay monitores que si responden mal se tragarán los billetes. En una esquina de esa mesa, un montón de billetes: veintitrés paquetes de cinco mil euros. De derecha a izquierda, del último al primero, estos letreros en cada uno de los monitores: “Jugar al baloncesto”, “Leer a Stephen King”, “Ponerse la vacuna del tétanos”, “Tatuarse a Piolín en el brazo”.

—¿Qué podía hacer una persona del siglo XIX? —dice el presentador, leyendo la pregunta en una pantalla más grande.

La respuesta es una de esas cuatro opciones: la boca de uno de esos monitores nunca se abrirá. Comienza a andar el cronómetro.

—A ver: leer a Stephen King no —dice el hermano Botella mientras camina hacia los monitores—. Jugar al baloncesto yo creo que tampoco.
—¿Tatuarse a Piolín en el brazo? Piolín no puede ser —interviene la hermana Botella con voz de mezzosoprano.
—¡Tétanos!
—Tétanos. Puede ser que fuera una de las primeras vacunas —razona ella—. Porque leer a Stephen King… Stephen King es de este siglo.

En 2012, el gobierno de Rajoy recortó un 35% el presupuesto para ciencia y convirtió al Ministerio de Ciencia e Innovación en una Secretaría de rango menor. Ya en 2010 la administración de Rodríguez Zapatero había reducido un 40% los contratos del personal de todos los grupos de investigación del Centro de Investigaciones Biomédicas. Allí trabaja Luisa. Por los recortes se quedó sin técnico de laboratorio. Luisa busca una cura para la telangiectasia (HHT), una alteración genética de las células de los vasos sanguíneos que hace sangrar mucho por la nariz a un millón doscientos mil personas en todo el mundo. La HHT es una enfermedad crónica. Y rara: afecta a cinco de cada diez mil.

Ahora están los dos hermanos repartiendo los fajos entre las pantallas sobre las que dudan menos, sobre las que esperan que no abran sus bocas. Es en lo que consiste todo: cuanto más apuesten al que se mantendrá cerrado, menos dinero perderán.

—¿Jugar al baloncesto? ¿Cuándo se inventó el baloncesto? —dice ella—. ¡Ponle algo al baloncesto!

El cronómetro corre, quedan diez segundos. Luisa, por si acaso, razona también sobre Piolín, hasta que Juan la interrumpe:

—¿Cuánto es lo mínimo para una investigación de la asociación?, pregunta con ambas manos sobre los billetes.

Ella le pasa dos fajos más.

Así han quedado entonces sus apuestas: veinte mil euros al baloncesto; noventa y cinco mil euros a la vacuna del tétanos.

Ella sigue la perorata: cree que sí, que una de las primeras vacunas del diecinueve fue la del tétanos, porque tatuajes, tatuajes han existido siempre, pero Piolín es de los años sesenta del siglo veinte.

La música de fondo incrementa la tensión. Un plano americano muestra a Carlos Sobera con los brazos cruzados y una mueca de cejas levantadas. El cronómetro se detiene en los dos ceros.

—¡Tiempo! —Sobera juega con la tensión—. Bueno, pues hemos hecho bien dividiendo, ¿no? Pero, ¿las vacunas ya existían en el siglo diecinueve?
—Sí, sí —responde Luisa—. Yo creo que las vacunas empezaron en el siglo diecinueve.
—Ahora, la del tétanos yo no lo sé. Tengo que confiar en mi hermana —dice Juan, mirando a Luisa.
—Bueno, tampoco es que sea mi fuerte —replica Luisa.
—¡Comprobamos! —eleva la voz Carlos Sobera.

La noche del 2 de agosto millones de españoles ven en sus televisores a los hermanos en pantalla partida: él con el puño en la boca; ella todavía murmurando. Otro plano cenital de los monitores: la mayoría de los billetes en los tétanos, el resto en el baloncesto.

Se abren las fauces del primer monitor, el de Piolín. Se van cero euros. Se abre la boca del tercero, el de Stephen King. Ningún billete. Luisa se tuerce los dedos.

—Que sea el tétanos. Que sea el tétanos —implora Juan.

Cuando le toca el turno al monitor de la vacuna, los hermanos lo ven tragarse noventa y cinco mil euros. “95.000 € SE VAN”, dice en el monitor.

—Era el baloncesto. Se inventaba en una escuela de Estados Unidos en el año de 1891, chicos, devela el presentador. Solo nos quedan veinte mil ¡Recogemos el dinero!

***

Luisa es vocal científico de la Asociación HHT española. Fue a Atrapa un millón con su hermano menor a buscar fondos para la investigación que sigue hace diez años en el Centro de Investigaciones Biológicas, adjunto al Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España.

La crisis y las medidas de ajuste se llevaron puesto recursos de lo que en España abrevian como I +D: Investigación y Desarrollo. Los presupuestos generales del Estado de 2012 destinan a este renglón unos dos mil millones de euros menos que el año pasado, un recorte de veinticinco por ciento. El Consejo Superior del que depende el trabajo de Luisa Botella tiene previsto terminar el año con diecisiete millones de euros menos que en 2011.

Cuando en mayo de 2010, recortaron los contratos del personal de los Centros de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Raras, Luisa perdió a su técnico de laboratorio. Se quedó solo con una tesista doctoral que terminaría su trabajo este año.

Por eso fue al programa de televisión favorito de su madre.

La otra pregunta en la que fallaron los hermanos Botella fue una de sentido común: ¿Qué podemos pasar por el control de seguridad en un aeropuerto como equipaje de mano?

Esta vez fueron más cautelosos y pusieron solo un fajo en la opción de la cuchilla de afeitar, porque Juan recordó haber colado una en algún viaje. La respuesta correcta era el cortaúñas, a las que habían puesto los otros quince mil con los que al final se fueron.

Los euros alcanzan para recontratar a un técnico de laboratorio por un año, a partir de octubre.

—No me daban vergüenza ni el público ni las cámaras. Lo único que quería era que no nos fuéramos sin nada, la carga psicológica de decir: si voy a concursar para la asociación y la enfermedad, no quiero irme sin nada—recuerda un mes después, sentada en su despacho de Madrid, Luisa María Botella.

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Veinte personas fundaron la Asociación HHT España en 2005. Hoy son casi seiscientos. Solo la mitad paga la cuota anual de 100 euros. No hay dinero que alcance.

La sede de la asociación es el laboratorio 109 del Centro de Investigaciones Biológicas. Cada seis meses sus miembros hacen las asambleas en la sala de visitas. El resto del contacto, por internet. Luisa pasa mucho tiempo aquí: escribe artículos especializados en los que explica los hallazgos genéticos y moleculares de la enfermedad y de sus tratamientos, y responde uno a uno a los pacientes que escriben en los foros de la página web de la asociación.

En el suelo del laboratorio 109 hay un par de pantuflas de recambio para cuando está mucho tiempo de pie. Pocos muebles y mbjetos de la experimentación científica: embudos, matraces, vasos, probetas, cajas, tapas, centrífugas, el símbolo de la radioactividad. Y microscopio, claro.

Solo se oye el péndulo de las básculas, hasta que Luisa irrumpe para hablarle a la becaria. Le dice “endoglina”, “KLC6”, “gen regulador”, mientras revisan los cultivos que han hecho hace quince días.

A veces –hoy no- hay jaulas con los ratones. Con ellos, la tesista doctoral hace sus experimentos sobre esa proteína. Esta mañana, en el laboratorio 109 están Luisa, dos tesistas doctorales y la becaria. Para estar muy bien, necesitarían al menos tres investigadores más, pero para eso no hay fondos, dice Luisa. Por lo pronto, la prioridad es la técnico.

Y para eso están los quince mil euros de Atrapa el millón.

Quince mil euros. La cifra por la que el entrenador del Real Madrid, José Mourinho, demandó a un crítico de cine español por llamarlo “nazi portugués”. O lo mismo que cuesta el Elantra 2013, un auto con motor de cuatro cilindros, ciento cuarenta y ocho caballos de fuerza y seis velocidades. Quince mil euros al mes le paga la actriz Halle Berry a su ex marido tras el divorcio.

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Las primeras apariciones del síndrome de Rendu-Osler-Weber, con esos apellidos entre guiones como homenaje a los señores que primero avanzaron en su identificación, datan de 1896.

Aunque un Sutton habló de ella la primera vez en 1864, y luego un Hanes la llamó Telangiectasia Hereditaria Hemorrágica en 1909, cuando ya hubo determinado que entre sus síntomas había un antecedente familiar, manchitas rosa o púrpura en los labios, la boca, los dedos y sangrado en la nariz.

En los casos más graves, los enfermos de HHT llegan a necesitar transfusiones. A veces también tienen hemorragias en el estómago, otras en el cerebro y los pulmones.

La Telangiectasia, ese nombre que Luisa María Botella tardó un año en pronunciar sin que la lengua tropezara con las primeras sílabas, es una alteración genética de las células que tapizan las paredes de los vasos sanguíneos, ya sean arterias, venas o capilares.

La HHT es lo que la Organización Mundial de la Salud llama una “enfermedad rara”, porque afecta a cinco de cada ocho mil a diez mil personas. En el hospital de Sierrallana de Cantabria, al norte de España, el equipo de un médico llamado Roberto Zarrabeitia ha diagnosticado quinientas ochenta y cinco familias. En el mundo, según la HHT Foundation International, hay aproximadamente un millón doscientos mil enfermos de este síndrome.

Si tu madre o tu padre la tuvieron, hay un 50 por ciento de probabilidad por cada embarazo de que tu hijo la tendrá. En una versión más moderada o más fuerte. Si tienes el gen y superas los cuarenta años, las probabilidades de que aparezca son todas.

Las enfermedades raras suelen no tener cura, son crónicas y con una amplísima base genética. Por ser raras, los diagnósticos tardan mucho, porque son raros también los especialistas. Por ser raras, los medicamentos que podrían aliviarlas se llaman huérfanos: no tienen ni padre ni madre en los grandes laboratorios farmacéuticos, porque el coste de su comercialización, tratándose de tan pocos en comparación con otras patologías, sería más alto que sus beneficios.

Quince mil euros, al lado de los millones que hacen falta, es nada. O casi nada.

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Los hermanos Verde sangran.

Patrocinio Verde, 57 años, es secretaria de la Asociación HHT y amiga de Luisa Botella: heredó de su tía materna la versión moderada del síndrome. Es también médico de familia, en un centro público de salud.

Francisco, su hermano menor, de 54, estuvo hace un año hospitalizado durante veinte días: heredó de su madre la versión más dura de la enfermedad. Trabaja en la compañía estatal de trenes Renfe, en el centro de operaciones del tren de alta velocidad AVE, atendiendo las incidencias de los viajes Madrid-Barcelona. Su hijo menor, de veintiún años, heredó la versión suave de su tía Patrocinio.

Son, como Luisa, funcionarios públicos. Su gremio, de casi dos millones de trabajadores, ha sufrido rebajas y congelación de salarios y reducción de beneficios. Están en protesta permanente desde el verano europeo.

Los dos siempre cargan encima bolsas de algodón -él de medio kilo- y un rollo de papel para improvisar tapones y meterlos en a la nariz. Francisco, además, va a todos lados con ropa de recambio.

Bostezar, llorar, reírse a carcajadas, emocionarse sin control, son disparadores de la sangría. Estornudar también, pero es menor el sangrado porque se mantiene húmeda la mucosa.

Patrocinio y Francisco cuentan esto sentados una junto al otro en una cafetería del barrio del Pilar, en el norte de Madrid, una mañana de agosto. Con la presencia de su hermana mayor, él se siente confiado para hablar de un tema que lo incomoda.

Patrocinio: Yo tuve una etapa corta, muy corta, sangrando, y ahora llevo muchísimo sin sangrar. Ayer sangré dos minutos, porque estaba acostada. Te levantas, te pones un taponcito y ya está. No como a mi madre y a él.

Francisco muestra la lengua, el labio, los dedos, las manchitas púrpura típicas del HHT.

Patrocinio: Lo peor de esta enfermedad es que te hace vivir permanentemente en alerta.

Francisco: Sí, tu cabeza está siempre pensando, me va a sangrar. Vas al teatro, como me pasó una vez, y antes de entrar empiezas a sangrar. Estás en una comida con amigos… Llegas a plantearte no salgo de mi casa. Se te pone la camisa como si te hubieran degollao. El año pasado eran tres y cuatro veces al día. Era estar tres cuartos de hora sangrando con bastante caudal.

Patrocinio: La recaída de mi hermano fue grave, muy grave, de las más graves que creo haber visto.

El ser humano carga con unos cinco litros de sangre. El año pasado a Francisco le transfundían tres bolsas diarias de su concentrado, y le inyectaban hierro directamente en la vena, porque los vasos de la fosa nasal izquierda no paraban de romperse. Pero terminaba botando la mitad por la nariz. Así que la taponaban.

Francisco: Tenía la cara deformada, tenía toda la cara llena de coágulos. Hasta que la doctora decidió hacerme una operación en una arteria que se llama esfoneidea palatina.

Patrocinio: Esfeno palatina

Francisco: A raíz de eso, ahora la fosa izquierda apenas me da problemas. Como un fontanero entra en las tuberías, ella entró en la arteria, la cortó. Las costras de vez en cuando siguen saliendo y son bastante voluminosas. Cuando sale esa costra, entra un chorro de aire impresionante que puedo respirar.

Ahora le molesta un poco la derecha, pero ya nunca como la otra. Está en una buena racha. Por ahora, Francisco está a salvo de recibir la obstrucción quirúrgica definitiva, aunque estuvo a punto. Toma anticoagulantes que lo ayudan.

Patrocinio: Un enfermo de Rendú es el paciente que nadie quiere ver en una Urgencia. Somos pacientes muy difíciles de manejar. En el fondo, a los médicos no nos gusta que la gente sangre. En el desarrollo de la especie, el sangrado ha sido un símbolo de peligro, de miedo.

***

Luisa María Botella es la mayor de cinco hermanos. Quería ser maestra como su madre Filomena, pero terminó siendo científica. Entró a estudiar Biología en la Universidad de Valencia, en la costa suroriental de España, donde nació y de donde salió su segundo apellido, Cubells.

—Me gustaba mucho la genética, la bioquímica, todo lo molecular.

Es una mañana soleada de julio y Luisa está sentada en su despacho. Hace un mes se grabó el programa en el que ganó los euros junto a su hermano menor. Aunque todavía faltan un par de semanas para que la emisión salga al aire, Luisa ya habló de su participación televisiva un programa de radio.

Su oficina son computadoras, archivadores grandes con protocolos y tesis doctorales, papeles, un gallo portugués, un abrehuecos, dos plantas medio secas en pequeños maceteros. Y, sobre todo, los dibujos de su hijo Adrián en las paredes. Luisa lo adoptó en México en 2000 y ahora es madre soltera con cuarenta y nueve años.

En persona es más menuda: las piernas cruzadas, de tan delgadas, se le enroscan hasta las ruedas de la silla. Del cuello le cuelga el carnet que la acredita como trabajadora de este centro, además de una llave y el teléfono móvil. Esconde el flequillo detrás de las orejas y muestra un rostro prominente, descolorido sin ese maquillaje televisivo. Un anillo abarca la mitad de su dedo índice.

Se recibió de bióloga en 1982. Hizo un doctorado con una beca de Formación de Personal Investigador en el Departamento de Genética de la misma universidad. Aunque no era la especialidad que buscaba, confirmó que ya no podría dejar de intentar descifrar los misterios científicos de la herencia.

Fue después a Suecia a un postdoctorado, también becada, buscando lo que más le fascinaba: la genética molecular. Se quedó tres años. Volvió a Madrid en 1989 para trabajar en el Centro de Investigaciones Biológicas como investigadora en genética molecular. En 1997 entró al laboratorio de Carmelo Bernabeu, que había descubierto una proteína que insistía en aparecer en las células de la pared interna de las venas, arterias, vasos: la endoglina, la misma que se altera cuando tienes HHT. Empezó Luisa con la misión de investigar el gen que guía esa proteína.

En 2001, su jefe, que ya pertenecía a la HHT Foundation International, la envió a un congreso mundial en Tenerife en 2001. Allí escuchó ella lo que hacían los científicos y médicos estadounidenses, ingleses y holandeses.

La Federación Española de Enfermedades Raras se había creado apenas un año antes. No hubo un programa de investigación para estas patologías hasta 2006. Luisa se metía en el desierto.

—Bueno, yo pediré el primer proyecto si tú lo escribes y consigues unos médicos que empiecen a reclutar pacientes de toda España y empiecen a querer interesarse —le dijo Bernabeu.

Entonces encontró a ese otro Carmelo, Carmelo Morales, del hospital de Sierrallana y redactó el proyecto. Morales la ayudó con otros médicos y mandaron el papel al Fondo de Investigación Sanitaria.

Ya han hecho tres programas de tres años desde 2002. En 2005, Luisa María Botella asumió como la investigadora principal. La HHT Foundation declaró a hospital de Sierrallana como centro de referencia, pero todavía no lo ha hecho el Ministerio de Sanidad español.

—Todo en mi vida ha sido perseverancia y me ha costado muchísimo.

***

Filomena, la madre de Luisa María Botella, con sus ochenta y dos años, es televidente fiel de los programas de concursos. Ve Atrapa un millón cada tarde. La mayoría de las veces acierta los resultados desde su sofá.

Un día, al ver el entusiasmo de su madre frente a la pantalla, Luisa dijo por qué no y se animó a probar en el concurso para donar el dinero a su asociación. Entre navidad y fin de año de 2011 hizo la primera llamada al número con prefijo 905 para optar al casting, y dejó su intención en un mensaje grabado. Costo: 1,42 euros, IVA incluido.

Pasaron dos meses y no hubo respuesta. Llegó en febrero el día de las Enfermedades Raras, una ocasión para hablar del tema en medios de comunicación.

Llamó otra vez a ese 905. Mientras esperaba respuesta, Luisa dio entrevistas a varios medios sobre esa enfermedad rara del HHT. Contó a lainformacion.com que estaba intentando llegar al concurso. Al programa Asuntos Propios, de Radio Nacional de España, le pareció curioso y tiró del hilo. Su entonces presentador, Toni Garrido llamó a la científica en directo para que contara la historia, y se comprometió a hacer el puente con Gestmusic, la productora de Atrapa un millón. Diez días después, los hermanos Botella estaban en el casting de Madrid.

Cuando la productora los llamó para grabar en el estudio de Barcelona, Luisa no estaba nerviosa, aunque antes de pasar con su hermano vio a otra pareja perder todo el dinero en la última pregunta.

El casting es un filtro para gente simpática, extrovertida, habladora. Buscan empatía entre las parejas, verbal y gestual: que sean entusiastas, que se toquen, que se abracen cuando aciertan. Eso explica al teléfono desde Barcelona la directora de Atrapa un millón, Montse Claros.

Hay cada vez más aspirantes en España a concursar en el programa. La producción aumentó de dos a cuatro los equipos que hacen castings a diario por todas las provincias.

Puede verse esa inquietud en los comentarios de la gente en el sitio web oficial del programa. Quieren participar porque: están en el paro y tienen que pagar la hipoteca; la mujer de un matrimonio joven quedó embarazada y tienen una única fuente de ingresos; el hermano de un primo se casa y se han quedado sin empleo; necesito operarme por un accidente a los doce años; quiero dinero para ayudar a mamá.

El programa es la franquicia de The Million Pound Drop de Reino Unido y lo transmiten en más de diez países del mundo. Comenzó a emitirse en España, por el canal privado Antena 3, en febrero de 2011, primero en una emisión semanal los viernes en horario estelar, a las diez de la noche. Un millón de euros a repartir, durante dos horas de ocho preguntas. En estas ediciones los fajos eran de veinticinco mil euros. Al millón le dicen “kilo” en español ibérico y de verdad pesaban los billetes: durante las primeras preguntas, cuando todavía eran muchos los fajos, veías a los concursantes tardar valiosos segundos en ponerlos en los monitores.

Dos meses después, recuerda su directora, agregaron la emisión diaria, de lunes de lunes a viernes a las 19:45 y, según Montse Claros, han mantenido una media de 13,5% de la audiencia de esa franja horaria. Hasta principios de 2012 convivieron las dos ediciones, porque eliminaron la emisión semanal del millón de euros, sin que nadie los ganara.

Nadie tampoco ha ganado los doscientos mil en la edición regular. Noventa mil, setenta y cinco mil, sesenta mil es lo máximo que se han llevado. Excepto aquellos doscientos diez mil con los que cargó una pareja en unos programas especiales con famosos en los que se apostaban quinientos mil euros. En Argentina el programa se llamó Salven al millón y lo condujo Susana Giménez. Fue en el único país donde una pareja ganó el bendito millón. De pesos argentinos.

—Estamos estudiando hacer una semana especial de causas solidarias, un poco en la línea del programa que hicimos con la científica, con casos más extremos y más sociales —dice Montse Claros.

***

Una tarde de septiembre, en su oficina, Luisa cuenta que se necesitan al menos un millón y medio de euros para investigar el medicamento que alivia la enfermedad, el raloxiceno, un componente “análogo de los estrógenos” que disminuye los sangrados. La Unión Europea lo declaró como medicamento huérfano en 2010 y avaló su efecto en reducir los síntomas.

Luisa diseñó un proyecto de ensayo clínico con el raloxiceno, de acuerdo con los criterios de la Agencia Europea del Medicamento, que involucra a pacientes de España, Dinamarca, Alemania, Italia, Holanda, Israel, Argentina, Guatemala (estos dos últimos vinculados con la asociación española). Lo ofreció a la farmacéutica Lilly, la que tiene la patente del medicamento hasta 2013. El laboratorio no aceptó, porque después de 2013, una vez que el compuesto comience a venderse de forma genérica, ya no tendrá las mismas ganancias.

Luisa envió el proyecto a la Plataforma de Ensayos Clínicos del Ministerio de Sanidad español (CAIBER) y le dijeron que podrían aprobarle el dinero mínimo para España. Pero desde 2012, dice Luisa, la plataforma está detenida.

Intentó enviar el proyecto al Séptimo Programa Marco de Europa, que tiene un apartado específico para enfermedades raras, pero no se lo aprueban porque necesitan al menos 30 por ciento de participación de una farmacéutica.

Entonces están parados, aunque ya los pacientes diagnosticados en España toman el componente.

Para avanzar en el medicamento huérfano, Luisa tendría que haber llegado sin un solo fallo al final de Atrapa un millón, en su edición original, claro. Porque ¿quién va a invertir esa cantidad de dinero en un medicamento que afecta a poca gente, en comparación con otras patologías?, se pregunta Luisa.

Un millón y medio es lo mínimo. Pero lo que cuesta el ensayo clínico, pagando a compañías externas en todas las fases de investigación, supera los cinco millones seiscientos mil.

Un millón y medio de euros es lo que dice El País que gastó en agosto el alcalde de La Coruña, en Galicia, para las fiestas de la ciudad. O es lo que Televisa les ofreció a Pep Guardiola y Jose Mourihno para que comentaran juntos la Eurocopa de junio.

***

Francisco Verde, el hombre que sangra, prefiere mostrar su oficina del AVE en un día libre, para evitar cualquier situación que lo ponga nervioso y le produzca hemorragias. Es un recinto similar al de las películas hollywoodenses de operaciones militares o espaciales. En el casillero número doce, el suyo, está la ropa de recambio. Sus compañeros inmediatos ya se familiarizaron con su condición y saben que cuando se ausenta unos minutos es porque está en el baño poniéndose algodones.

Ese día Francisco habla muy poco de HHT. Dice que ayer sangró veinte minutos y se mosqueó. Que el viernes tuvo una hemorragia de diez.

—Es que había mucho follón en los trenes.

Dice que todavía está en la buena racha. Entonces habla de la sangre en concreto.

Dice que tiene un sabor acre.

Que fue para él fue vida, en los momentos en los que la perdía tanto.

Y que odia el color rojo

—Cuando veo cualquier color rojo digo, ¡hostias!, ya estoy sangrando. Y a mi mujer que le encanta ese color.

***

La científica asegura que no volverá a concursar en el programa, pero seguirá desafiando nuevas fuentes de dinero. Mientras Luisa espera que le aprueben solicitudes de fondos en fundaciones privadas y un proyecto europeo que posiblemente le permitiría contratar a un investigador más, la junta directiva de la Asociación HHT de España ha decidido buscar otras vías: un concierto benéfico de música tradicional en Canarias, vender a una planta de reciclaje una tonelada de tapones de botellas que una socia de Vitoria ha recogido, si consiguen quien la ayude a transportarlos; quizás una carrera de ciclistas en Madrid.

Y la lotería.

La asociación va a vender billetes con un número para la Lotería de Navidad de este año. En 2011 este sorteo, que se juega cada 22 de diciembre, repartió más de 2500 millones de euros en sus muchos premios.

Y las probabilidades de que te toque la lotería nacional de España en su sorteo de navidad, es de 1 entre 85 mil. Ya si vamos a los premios gordos-gordos, la proporción es de 1 entre 14, 15, 31 y hasta 76 millones.

Luisa ha jugado la lotería por su cuenta a todos los sorteos grandes. Necesitan al menos un millón y medio de euros para investigar el medicamento que alivia la enfermedad.

Ella se conforma con 5 mil.