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A las siete y media de la mañana, ya hay cuarenta personas en la cola, alineadas entre el carro de combate y el patrullero asignado por España para garantizar la seguridad del consulado. De las cuarenta caras de aburrimiento y sueño, tres son negras, dos son orientales, seis son árabes y hay algunas muy rubias, pero con el rubio apagado y descolorido de Europa del Este, ese rubio antiguo y pobre. Las demás son blancas, algunas incluso españolas, o de esas razas indefinidas que salpican Sudamérica como grumos de leche en polvo sobre la superficie del café.

—Hemos debido llegar antes.
—Te has debido levantar antes.

Paula es rubia pero quiere ser negra. Tiene culo de negra. Tiene el pelo rizado de una mulata brasileña, que cuida con productos que no se consiguen en España, productos que le manda su madre y que llevan etiquetas con palabras como Beleza Sensualidade y fotos de morenas regordetas. En España, siempre le preguntan si su pelo es natural. Siempre le preguntan si es italiana. A mí me preguntan si soy argentino. Cuando respondo que soy peruano, me dicen: “¡Pero no pareces!” Creo que lo dicen como un elogio, de buena onda.

A las ocho, se acerca a nosotros el vigilante de la puerta. Lleva anotados nuestros nombres y los verifica con nuestros pasaportes. Nos pide que nos peguemos a la pared. Los fusiles de los militares españoles no nos apuntan. c revisando las identidades de la fila.

—Trajiste la invitación de la universidad. ¿Verdad? — pregunto.

Paula me la muestra. La carta dice que Paula participará en un congreso de escritoras de la Universidad de Nueva York y que yo viajaré con ella. En el segundo párrafo, da el nombre del grupo de trabajo en que estará inscrita Paula.

—“Grupo de trabajo”. Mierda.
—¿Qué pasa?
—Van a pensar que estás yendo a trabajar.
—Es sólo un congreso. Son seis días.
—Ya. Pero éstos son funcionarios…
—¿Prefieres que no mostremos la carta?
—No tienen que pensar. Si dice trabajo, es trabajo.
—¿Prefieres que no mostremos la carta?
—Muéstrala. Yo pondré en mi formulario que voy por turismo.

Lo digo de mal humor. No estoy molesto con ella. Sólo estoy de mal humor.

—¿Por qué te enojas? —pregunta ella.
—No estoy enojado.

Saco el formulario de solicitud y busco el apartado de motivos del viaje, que está justo antes de la serie de preguntas: “¿Ha participado usted en el genocidio nazi?”, “¿Ha sufrido desórdenes mentales o drogadicción?”, “¿Planea entrar en los Estados Unidos para participar en violaciones, atentados terroristas o alguna otra actividad ilegal?”. Escribo tourism.

Delante de nosotros, un grupo de mexicanos engorda. Cuando llegamos eran tres. Ahora son seis y está llegando otro, que se incorpora a la fila con sus amigos.

Son las nueve y media. Hace mucho calor. Les pido que respeten el orden de llegada. Amablemente, me piden disculpas, pero no se mueven. No sea malito, me dicen.

Soy muy malo.

Me acerco al vigilante para que ponga orden. El vigilante está en el interior de la cabina antibalas de la entrada. La tabla en que anota la asistencia está apoyada contra la ventana. Puedo ver el reverso de la tabla. Lleva pegado un cartelito que dice: NO ME CUENTES TU VIDA.

Yo sé que es muy triste.

Todos tenemos historias tristes.

¿Que no ves que no me interesa?

Regreso a mi sitio sin decir nada. Los mexicanos agradecen mi complicidad. Les dedico una sonrisa llena de sudor e hipocresía.

Son las diez y media cuando sale el vigilante y abre la puerta para las siguientes diez personas. A pesar de los mexicanos, el turno nos alcanza. El vigilante me revisa, me palpa y me quita la mochila. Hace lo mismo con Paula. Y entramos en territorio de los Estados Unidos de América.

El territorio americano se compone de: 1) cabina de vigilancia, 2) vigilante de la cabina, 3) alfombra con el águila de los Estados Unidos, 4) puerta blindada, 5) salón de espera (porque aún no termina la espera). Tomamos nuestro sitio en la siguiente cola. Me coloco yo primero. Paula me mira con fastidio. Le pregunto:

—¿Qué pasa?
—Nada.

Nada. Odio cuando las mujeres dicen nada. Te miran como si fueran a degollarte y te dicen nada. Entonces vuelves a preguntarles qué pasa y se enojan porque no lo sabes. O dices bueno y se enojan porque no has vuelto a preguntarles. O no haces nada y se enojan porque no haces nada. Tenemos una amiga andaluza que dice: cuando estés furiosa y tu novio finja no saber por qué, díselo. No está fingiendo. Realmente no se ha enterado de lo que te pasa, porque es un idiota.Todos somos igual de idiotas. No es mi exclusividad.

—¿Estás molesta porque me he puesto delante de ti?
—No es eso. No es de ahora. Estoy molesta porque nunca piensas en mí.

En la sala de espera hay dos grupos. Los norteamericanos esperan sentados. Son unos doce y los atienden en cinco ventanillas. Los extranjeros tenemos asientos también, pero no cabemos todos. Somos más de ciento cincuenta y nos atienden en tres ventanillas. No hay ventanas. Sólo tres cristales empotrados en el muro. Detrás de los cristales hay una bandera de estrellas y franjas y tres funcionarios que rotan. No podemos tocarlos. Hay un muro antibalas entre nosotros y ellos. Abro el libro que he traído.

—¿Vas a leer? —pregunta Paula.
—No.

Cierro el libro. Es un libro de Roth sobre un hombre al que le han extirpado la próstata que habla sobre otro hombre que toma Viagra para acostarse con una mujer treinta años menor que se ha divorciado de un veterano de guerra que ha asesinado a sus hijos. Estoy en América. Y no quiero pelear con Paula.

Hemos peleado cada día de las tres semanas que tarda la cita para pedir la visa. La última vez fue hace dos días. Vine al consulado a preguntar si no importa que mi permiso de residencia español esté en renovación. El trámite dura ocho meses, y cuando te la conceden, ya tienes que renovarlo de nuevo.

Pero tengo un papel que certifica que estoy en trámite. Siempre estoy en trámite. Quería saber si podía pedir la visa con ese certificado.

En el consulado me dijeron que para cualquier pregunta tenía que llamar por teléfono a una línea de cobro revertido. Que no podía dirigirme a ningún ser humano para pedirle información. Me dieron un papel con las instrucciones, un papel que yo ya tenía. Volví a casa y llamé al número del papel. Una grabación me repitió durante seis minutos pagados por mí todas las cosas que decía el papel. Cuando al fin hablé con una persona, me dijo que ella sólo podía fijar una cita. Toda la información necesaria está en el papel o en la grabación, dijo.

Después fui a pagar la tasa para pedir la visa. Cien dólares o euros por persona, según qué moneda esté más cara. Así me explicaron en el banco. Tenía que darles los números de nuestros pasaportes. Sólo después de pagar los cien dólares, me di cuenta de que Paula me había dado un pasaporte vencido.

De vuelta en casa, arrojé su pasaporte en una mesa.

—¡Acabamos de tirar a la basura cien euros porque guardas un pasaporte vencido!
—Tengo que guardarlo porque ahí está mi visa anterior. Hemos tirado los euros a la basura porque tú no te enteras.
—¡Yo no me tengo que enterar de TUS putos papeles!
—Llevaremos los dos pasaportes. Podemos explicarlo.
—Ojalá me lo puedas explicar a mí cuando no lleguemos a fin de mes. Porque en esta casa, con cien dólares se come dos semanas.

Luego me encerré de un portazo en mi estudio. Casi no hemos hablado en dos días. Por las noches, escribo hasta tarde para llegar a la cama cuando ella esté durmiendo.

Pero hoy ya no quiero pelear más. Tomo conciencia de que son las once y aún no he desayunado. Me suena el estómago. Abrazo a Paula: Necesitamos unas vacaciones. Diez días en Nueva York. Con alojamiento gratis en Manhattan.

La beso. Ella se resiste, pero cede cuando le recuerdo nuestro apartamento en Manhattan. Nos lo va a prestar Carlo. Carlo se fue a Los Ángeles tres años antes de venirme yo a España, con un contrato de trabajo para enseñar español en una universidad mientras hacía una maestría. Ahí se empezó a convertir en un genio de la burocracia académica. Consiguió una beca, y luego un traslado de beca a la Universidad de Nueva York, y luego la dirección de un programa de estudios de español para los estudiantes que le valió un viaje a Madrid con todo pagado y sin nada que hacer. Aquí nos reencontramos y nos pusimos al día en materia de cervezas.

Carlo decía que sangraría a los contribuyentes americanos mientras tuviese alma en el cuerpo y que para sacarlo de Nueva York tendrían que usar un revólver. Su único día de trabajo en dos meses en Madrid fue cuando los estudiantes se asustaron por unas manifestaciones contra la guerra. Los estudiantes creían que los españoles los odiaban. Carlo trató de explicarles que no era contra ellos sino contra el presidente. Pero ellos no entendían la diferencia. El presidente es América. América somos nosotros.

América son ellos. Carlo estaría de viaje en Perú durante nuestra estancia en Nueva York y nos dejaría las llaves de su apartamento en Manhattan.

—Necesitamos relajarnos, ¿no? —dice Paula.
—La incertidumbre nos pone de mal humor. Al regreso buscaremos trabajos más estables. Pero hasta entonces, la pasaremos bien.

Paula mete su lengua en mi boca. La beso con los ojos abiertos. Sobre los asientos para extranjeros, hay un televisor mudo que pasa todo el tiempo imágenes de CNN. Aparece Bush en Senegal, ante la puerta por la que salían los esclavos africanos hacia las colonias. Recuerdo cuando yo trabajaba en el Ministerio del Interior en Perú. Una vez nos visitó el zar antidrogas de Estados Unidos, Barry McCaffrey. Desde el día anterior, los agentes de su guardia personal revisaron cada rincón del Ministerio sin decir una palabra en español, ni siquiera “hola”.

Al Charapa Huertas lo levantaron con todo y silla para verificar que no hubiese explosivos bajo su escritorio. La mañana de la visita, se apostaron en todas las salidas y cerca de todos los lugares por los que iba a pasar McCaffrey. Uno de ellos, con un micrófono, daba indicaciones desde mi oficina, que no me pidió permiso para usar. Con el plano del edificio en la memoria, ordenaba desplazamientos, reubicaba guardaespaldas y pedía informes de situación. McCaffrey apareció a las doce de la mañana con un séquito de cincuenta y dos funcionarios. Él y su gente no entraban todos juntos en la oficina del ministro. Se quedó diez minutos, manifestó su preocupación por el narcotráfico, le dio la mano al ministro frente a las cámaras de TV y se fue. Ahora me imagino a Bush frente a la puerta de los esclavos y a doscientos guardaespaldas machacando a los funcionarios del museo de la puerta para que él pueda dar su discurso sobre la libertad.

—¿Por qué me besas con los ojos abiertos?
—¿Qué?
—¿Por qué me besas con los ojos abiertos? Odio eso.
—Paula, basta…
—Si fuera Claudia me besarías con los ojos cerrados, ¿no?
—¿Vamos a volver a hablar de eso?
—No trates de hacerme sentir loca. Hasta Andrés y Verónica lo han notado. Se te está tirando encima y a ti te encanta.

Claudia es una chilena que se fue a estudiar a Italia. Después, como no consiguió trabajo ahí, se instaló en España. Pero odia España. Sólo le gusta Italia. Todo el tiempo habla de Roma. Quiere casarse. Con quien sea. Paula piensa que me coquetea. Por lo visto, todo el mundo piensa que Claudia me coquetea. Quizá yo también le coqueteo.

—No me voy a poner a discutir esto acá, Paula. Llevemos la fiesta en paz, por favor…

En ese momento, llega nuestro turno en la ventanilla. Tras el cristal nos atiende una española. Detrás de ella puedo ver algunas computadoras y un par de oficinas embanderadas. La española ni siquiera nos mira a la cara. Recibe nuestros papeles, verifica que hayamos pagado, nos manda esperar de nuevo y se los lleva a algún lugar en el fondo.

Seguimos esperando y Paula no habla. Le toco la pierna pero retira mi mano. Me retiro yo también. Abro mi libro. Leo un par de páginas hasta que la escucho:

—Ni siquiera vas a tratar de resolverlo, ¿verdad?
—¿Resolver qué?
—Te da igual lo que yo piense. Siempre te da igual.
—Eso no es verdad. Sólo que no quiero discutir acá.
—Ni acá ni en ninguna parte.
—¿Es por Claudia? ¿Esto es por Claudia, entonces?
—Estás dispuesto a ser amable con cualquier persona en el mundo menos conmigo. ¿Por qué?
—Necesitamos airearnos un poco, Paula, conseguir trabajos fuera de casa, no vernos tanto… Creo que no nos soportamos por eso.
—¿No me soportas?
—¿Tienes que tomártelo todo tan trágicam…
—¿No me soportas?
—Paula, no me hagas perder la paciencia…
—No sé si quiero hacer este viaje contigo. Quizá sea mejor que vaya sola.

Trato de calmarme para no explotar. Estoy cansado. Una rubia que parece rusa abandona la ventanilla con su pasaporte en la mano. Dos venezolanos sonrientes y evidentemente adinerados se despiden en inglés de un funcionario. En la ventanilla 2, una mujer jura que le van a aumentar el sueldo. Luego se retira llorando. Una chica que parece su hija la abraza. En la televisión hay un reportaje mudo sobre la caída de la bolsa. Quiero irme.

Una voz pronuncia mi nombre con acento yanqui. Está en la ventanilla 3. Es un negro. No. Un afroamericano. Le pido que me deje comparecer con mi novia, digo que vamos a viajar juntos. Accede con un gesto de la cabeza. También tiene los papeles de ella. Empieza a revisarlos frente a nosotros. Dice:

—Viajáis por razones distintas.
—Yo la acompaño por turismo, pero ella va a un congreso d…

El funcionario dice algo en inglés. Dudo en qué idioma es la entrevista.

—¿Perdone?
—Usted es traductor.

Lo ha mirado en el apartado Present Occupation (If retired, write “retired”. If student, write “student”.)

—Sí, soy traductor.

Dice algo más en inglés, pero habla tan rápido y está tan detrás de un cristal que no le entiendo.

—¿Perdone?

Vuelve a decirlo en inglés. Vuelvo a no entender. Mira a ambos lados. Les dice algo a sus compañeros mientras presiona las teclas de su computadora. Todos se ríen.

Llego a escuchar:

—I am gonna kill you… —entre risas.

El funcionario se concentra en la computadora. Después de un rato, como si recordase que estamos ahí, pregunta:

—¿Certificados de trabajo?
—Tenemos cartas de nuestros diversos empleadores. Somos independientes. Trabajo para tres editoriales. Traje cartas de las tres…
—¿Tienen contratos?
—No, somos independientes. Pero los trabajos que realizamos están detallados en…

Dice algo en inglés.

—¿Cómo?
—¿Ella tiene contratos?

Ella es Paula. Dice:

—Yo enseño portugués… Traje una carta…
—¿El contrato?
—No es un contrato…

Se vuelve hacia los funcionarios a su lado. Parece que han contado algo muy gracioso. Luego trata de hacer funcionar su computadora. Quizá comparten un chiste informático, porque ahora todos miran a sus pantallas y se ríen. El nuestro repite que va a matar al otro y ahora se ríe a carcajadas. Sin dejar de reírse, nos pregunta algo en inglés:

—¿Disculpe?
—¿Properties? ¿Propiedades?
—Les he traído el saldo de mi cuenta de ahorros…
—¿Propiedades?
—No.

El funcionario sigue buscando algo en su máquina. Se aburre. Saca unos papeles de un cajón. Los firma. Me doy cuenta de que nos está negando la visa. Nos está negando la visa con una sonrisa blanca en su cara negra. Nos arroja los papeles junto a nuestros documentos por debajo de la ventanilla. Se disculpa en inglés —eso sí lo entiendo— y nos anima formalmente a volver a intentarlo. Los papeles dicen que no hemos demostrado “tener vínculos familiares, sociales o económicos suficientemente sólidos en su país de residencia para garantizarnos que su proyectada visita a los Estados Unidos vaya a ser temporal”.

Tengo ganas de decirle “en mi país me estarías lavando el coche, conchatumadre”. Pero ya se ha ido a buscar otros papeles de otras personas.

Salimos de ahí casi a la hora de almorzar. Caminamos hasta la esquina entre los cuerpos de seguridad consulares. Nos suenan las tripas. Entre las perfumerías y boutiques de alta costura que rodean el consulado, no encontramos ningún sitio donde desayunar aparte de un Starbucks Café. Entramos. Trato de encender un cigarrillo pero no me dejan fumar. Pido un vaso de agua, un café y un panecillo de cuatro euros. Paula pide lo mismo. Es caro. Nos sentamos a comer en silencio en dos sillones morados. No dejamos ni las migas. Al terminar el desayuno nos miramos a los ojos.

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Educando al extraño

Publicado: 18 julio 2012 en Santiago Roncagliolo
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Yo había visto las películas. Tenía previsto que al comenzar las contracciones mi esposa se pondría muy nerviosa, y yo también. Tomaríamos un taxi que se atascaría en el tráfico, y llegaríamos al hospital justo a tiempo. En la sala de partos, ella gritaría y me insultaría, y yo me desmayaría hasta que sacasen de su vientre a un bebé rollizo y rosado que contemplaríamos embelesados. Sonrisas a la cámara. Final feliz.

Fue todo lo contrario. Las contracciones se anunciaron con tiempo, desde la madrugada, y mi esposa me llamó por la mañana para reunirnos en el hospital. Ella ya estaba ahí cuando llegué, y aún pasaron unas horas más antes del parto, que se desarrolló —epidural mediante— con calma y rutina. Y por cierto, los bebés son morados y sangrientos, como los zombies.

El estrés no fue el parto. El estrés recién estaba a punto de empezar.

Llorar es lo normal

La primera noche nos trajeron al niño a nuestro cuarto en el hospital. Yo dormía en el sofá, mi esposa en la cama, y el niño en una especie de incubadora, bajo un potente haz de luz que debía estar encendido todo el tiempo por alguna razón médica que no entendí. Para proteger sus ojos, le embutieron unas gafas oscuras que pugnaba por arrancarse con sus recién estrenadas manitas. Nuestra obligación era asegurarnos de que no se quitase las gafas ni se apartase de la luz. A pesar del sueño, vigilarlo fue fácil, porque durante nueve horas no paró de gritar.

Obviamente, lo atribuimos a la lámpara. Pensamos que nuestra idílica existencia familiar tendría que posponerse un par de días, hasta llegar a nuestro dulce hogar. Pero una vez en casa, nada cambió. Con o sin lámpara, el pequeño lloraba toda la noche, pegando alaridos. Primero tenía cólicos.

Más adelante resultó que debía aprender a dormir. Yo siempre había pensado que uno nace sabiendo eso, pero uno nace sabiendo nada. Uno nace siendo un extraño que no conoce al mundo ni a las personas con quien vive, y se ve obligado a hacer ciertas cosas en ciertas horas sin entender por qué.

Debíamos haber planeado alguna solución. Pero cuando llegaba el día estábamos demasiado agotados para pensar. Aunque hubiésemos estado más frescos, no teníamos tiempo de nada. Nuestra idea original del permiso de maternidad era un periodo de tierna convivencia. La realidad hizo pedazos nuestras previsiones.

Mi día consistía en darle personería jurídica al niño: Registro Civil, Seguridad Social, ayudas del Gobierno a la maternidad, Libro de Familia. Había que inscribirlo en miles de lugares, haciendo miles de colas, para llevar a casa miles de papeles. Pero el día de mi mujer era peor. Ella se había convertido en un restaurante abierto las veinticuatro horas. Vivía en pijama, agotada, con el cuerpo derrengado por el parto y las fuerzas absorbidas por el recién llegado. Para colmo, durante la fase de adaptación a la lactancia, el niño le lastimaba los pezones.

Pero lo más desesperante era el llanto. Un bebé no tiene ningún medio para hacerse entender. No conoce palabras, y ni siquiera tiene una paleta de matices para sus ruidos, como los gatos o los perros. Un bebé ni siquiera tiene claro qué quiere exactamente, ni cómo conseguirlo. Un bebé siente alguna necesidad, hambre, frío o dolor, y lo único que puede hacer es gritar hasta que alguien la resuelva.

En este caso, podría decirse lo mismo de sus padres. Mi familia vivía a doce mil kilómetros de nosotros, en Lima. La de mi esposa se reducía a una persona: su madre, una valenciana de setenta y cinco años, con sus propios problemas médicos, que vivía a quinientos kilómetros de Barcelona y que había criado solo a una niña en una ciudad pequeña en tiempos de Franco. No teníamos ninguna referencia sobre cómo actuar con un bebé. Si seguía llorando después del pañal y el biberón, no sabíamos qué hacer. Si tenía fiebre, lo llevábamos de inmediato al hospital. Dicen que los inmigrantes recurrimos demasiado a la Seguridad Social. A lo mejor. Pero es que demasiado es una palabra para familias con abuelos y tíos, equipos de asistencia médico-afectiva. Cuando eres de fuera, no tienes nada de eso.

Una vez, llevamos al niño al hospital solo porque lloraba. Llevaba seis horas sin parar, y ya no sabíamos qué hacer. Pasamos una hora más en la sala de espera hasta que nos atendió una doctora bajita de mediana edad, con cara de conocer bien la vida. Apenas miró al bebé. Le tocó la frente, le miró la lengua y sentenció:

—Es un bebé. Los bebés lloran.
—¿Todo el día? Tiene que haber una medida, un promedio ¿Qué es lo normal?

Ya de espaldas, quitándose los guantes de látex como dos condones, alejándose para revisar a otro paciente, abandonándonos a nuestra desdicha, la doctora concluyó:

—Llorar. Llorar es lo normal.

La crisis neurótica que me producía la falta de sueño tenía otras manifestaciones, algunas de ellas, francamente siniestras. La peor fue el descubrimiento de que amar a tu hijo es obligatorio. Es tu deber ser feliz. Cuando tienes un bebé, la gente se te acerca con sonrisas beatíficas y te pregunta, más bien te afirma:

—¿Qué tal la paternidad? Es un dechado de bendiciones y felicidad ¿verdad?

Y tú, que sientes que alguien ha metido tu vida en una batidora, que llevas un mes sin dormir dos horas seguidas, que dedicas cada segundo de tu existencia a una persona incapaz de agradecer nada pero infaltable para quejarse y demandar, que recuerdas con nostalgia aquella época lejana en que salías por la noche y dormías hasta medio día los fines de semana, sabes que debes callar. Exponer tu sufrimiento no resolvería tus problemas, solo te convertiría a ojos de los demás en un psicópata. Así que recoges tus ojeras, fuerzas a tus labios a dibujar una sonrisa y dices, con toda la firmeza de que eres capaz:

—Sí. Soy muy feliz.

Pregunté a otros padres si sus hijos habían llorado tanto al nacer. Todos me dijeron que no, que sus hijos habían dormido siempre de un tirón catorce horas. Que comían como caballos, de todo y sin chistar. Que cada minuto a su lado había sido una fuente de inagotable felicidad. Algunos incluso aseguraban que sus niños se comunicaban con gestos desde antes de aprender a hablar, formulando con claridad sus demandas y sugerencias.

Supongo que los seres humanos tienden a olvidar las malas noches de su pasado. Quizá se deba a un condicionamiento biológico, orientado a garantizar la reproducción de la especie. O quizá solo fingen olvidar. El caso es que, ante ese despliegue de unánime felicidad, te empiezas a preguntar si tu niño tiene algo raro. O si tú tienes algo raro. Quizá eres una mala persona. Tal vez no estás preparado para ser padre. Hay algo malo en ti, algo congénitamente equivocado, y es demasiado tarde para que te eches atrás. Acabas de cometer el peor error de tu vida, y es un error que te acompañará, en el mejor de los casos, de por vida.

Lo único positivo, en medio de esos sombríos pensamientos, es que valoras más a tus padres. Específicamente, valoras que no te hayan arrojado por la ventana mientras podían. Y no importa qué tan tirante sea tu relación con ellos, o qué conflictos hayan tenido en el pasado, empiezas a sentirte realmente agradecido por ello.

Lástima que es tarde para corregir todos tus errores de infancia y adolescencia, pero no te preocupes, la vida es cruelmente justa: también será tarde cuando tu hijo quiera corregir los suyos.

Mira quién habla

Puedo recordar el momento exacto en que todo cambió. El instante en que la vida comenzó a florecer. Ocurrió en verano, en un apartamento que mi suegra alquilaba cerca de la playa. El niño tenía cuatro meses, así que nosotros habíamos sumado ya ciento veinte noches sin dormir, un récord. Pero sus llantos eran ya una rutina. No teníamos fuerzas ni para enfadarnos. Solo tratábamos de calmarlo maquinalmente, con el entusiasmo de dos muertos en vida.

Una tarde, mientras él dormía una siesta en nuestra habitación, mi esposa y yo lo oímos gritar. Intercambiamos miradas de súplica y, al final, me levanté a atenderlo yo. Conforme me acercaba a la habitación, sentí que su llanto sonaba diferente de lo normal. Era más agudo pero menos lacerante, y llegaba acompañado de gorjeos. Temí que se estuviese ahogando y me precipité hacia la cama. El niño miraba al techo con los ojos muy abiertos, como asustado, e intermitentemente producía esos extraños sonidos. Tuve que acercarme mucho para comprender lo que ocurría. Se estaba riendo.

Acababa de descubrir el sonido de su propia voz: gritaba un poco, y se escuchaba sorprendido, y eso le producía risa, algo que lo sorprendía más, así que volvía a gritar. Estaba contento. Era la primera vez que lo veía contento. A veces había estado relajado, satisfecho, incluso entretenido. Pero ahora se estaba riendo a carcajadas. Y súbitamente, yo también.

La paternidad es quizá el ejemplo más patente de lo inútiles que somos los hombres. Nuestra participación en la gestación toma cinco minutos, probablemente robados al intermedio de un partido de fútbol, después de los cuales nuestra presencia se vuelve irrelevante. Tras el nacimiento, el bebé tiene una relación física con su madre: responde a su tacto, a su olor, a su voz. Pero el padre, ese despojo de la naturaleza carente de tetas, tiene poco que ofrecerle. Su función se limita a comprar cosas en la farmacia y tratar de que la madre lo lleve lo mejor posible.

El padre va entrando en escena conforme el niño comienza a comunicarse, y sus relaciones interpersonales ya no dependen del contacto físico. La primera manifestación de respuesta a estímulos externos es la risa. Rápidamente le siguen los balbuceos, después las palabras y, al final, las estructuras gramaticales.

El límite entre estas últimas etapas es bastante difuso, y tiene más que ver con la voluntad de los padres que con los verdaderos progresos del niño. Por ejemplo, en la mayoría de las lenguas, las palabras para referirse a los padres se componen de vocales abiertas y consonantes labiales combinadas y reduplicadas, como “papá” y “mamá”. Esta extraña coincidencia se debe sencillamente a que esos son los primeros sonidos que los niños articulan. Pero en todos los casos, los padres, ansiosos por ser reconocidos por sus hijos, celebran estos balbuceos efusivamente:

—¡Ha dicho mamá!

Y todo el mundo se pone feliz. Es el nombramiento oficial, el momento en que el niño admite que es su niño, y por lo tanto, agradece tácitamente todo lo que se hace por él.

Por supuesto, esa no es la interpretación del propio niño. Él solo comprende que cada vez que pronuncia esos sonidos las personas a su alrededor están felices y, lo más importante, le dan cosas, así que los repite una y otra vez, y va delimitando su significado. Empieza a descubrir que otros sonidos le procuran beneficios más específicos, y a darle nombres a las cosas. Ya entonces “papá” y “mamá” han dejado de ser dos balbuceos aleatorios para convertirse en dos títulos oficiales.

Conforme el niño adquiere el lenguaje, sus padres lo van perdiendo. O, al menos, pierden cualquier tema de conversación que se aparte de su hijo. En mis reuniones con viejos amigos, fui descubriendo que había quedado desfasado. La paternidad me absorbía tanta energía que ya no estaba al corriente de las noticias, ni de los lanzamientos de libros y películas, ni de más o menos ninguno de mis objetos habituales de interés (que, por otra parte, nunca habían sido muchos). Pero, además, tampoco me interesaban gran cosa esos temas. Mi mundo se había reducido drásticamente y, en un cincuenta por ciento, estaba constituido por cacas, pañales y biberones. Pronto empecé a reconocer en las caras de mis amigos la misma expresión de aburrimiento que antes había puesto yo cuando otros me informaban sobre sus propias cacas y pañales.

Cuando el niño estaba presente, su constante demanda de atención volvía imposible cualquier conversación adulta: con frecuencia manoseaba, escupía y —alguna vez— vomitaba sobre mi interlocutor. Como estaba descartado cambiar de hijo, se impuso cambiar de interlocutores. Mi vida social se desplazó de los solteros a los casados, de los solitarios a los padres de familia, de la gente que salía de noche a la gente que salía de día.

Sin embargo, me quedaba un refugio: los viajes de trabajo. Al principio de todo esto, yo pensaba que mis compromisos fuera del país me permitirían breves paréntesis de regreso a la vida sin hijos. Los viajes solían estar sazonados de vida social y salpicados en alcohol, de modo que no tenía que renunciar por entero a mis costumbres de hombre libre.

Y sin embargo, en ese aspecto, la transformación de la paternidad fue tan radical como en los otros, pero mucho más sorprendente.

Antes de ser padre, cuando llegaba a una ciudad nueva y dejaba mis cosas en el hotel, lo primero que pensaba era:

—¡Qué bien! Ahora voy a buscar a un par de colegas para salir hasta la madrugada.

En los primeros meses de vida de mi hijo, en los pocos y breves viajes que hice, pensé siempre:

—¡Qué bien! Ahora voy a dormir doce horas.

Pero cuando el niño empezó a dormir mejor, las cosas empeoraron. Porque la falta de sueño fue sustituida por una emoción totalmente nueva y desconocida para mí: la añoranza.

Yo siempre había sido, desde el punto de vista familiar, un malnacido. Jamás llamaba a mis padres por teléfono y olvidaba sus cumpleaños. Los compromisos familiares me tenían sin cuidado, y la manía de mi madre por saber cada detalle intrascendente de mi vida —qué has desayunado, a quién has visto, cómo ha amanecido mi hijito— me ponía nervioso, incluso irascible. Pero durante mis viajes, en los momentos más insospechados, se me venía a la mente la imagen de mi hijo jugando conmigo a los muñecos o a la cocinita. Tenía que dar charlas en público, y en vez de mi trabajo o la literatura, me apetecía hablar de lo bien que mi niño ordenaba su cuarto. Por las noches, me torturaba no tener una foto más reciente de él para verlo tal cual era. Por supuesto, cuando hablábamos por teléfono ametrallaba a su madre a preguntas —qué ha desayunado, a quién ha visto, cómo ha amanecido mi hijito— y si, por casualidad, se enfermaba durante mi ausencia, me sumía en estados de culposa depresión.

Lo peor de todo era volver a casa y descubrir que en solo tres días él había aprendido una nueva gracia, era un poco más alto, decía nuevas palabras. Se transformaba en otra persona en cuestión de horas, y con cada viaje yo me perdía la persona que había sido durante un tiempo, una persona que nunca más volvería a existir.

Introducción a la narrativa

Después de adquirir el lenguaje, los seres humanos empiezan a contar historias. Es un paso lógico o, al menos, es el paso que sigues si tu padre es un narrador obsesivo compulsivo básicamente incapacitado para cualquier otra faceta de la vida real. Como yo.

Los primeros relatos que mi hijo consiguió entender eran muy simples y, en su mayoría, tenían moralejas prácticas. Eran más o menos así:

—Este era un niño que no se quería bañar. Pero le salieron piojos en la cabeza. Y los piojos se comieron su desayuno. Entonces comprendió que debía bañarse.

Es difícil explicar a un niño de un año por qué debe bañarse. O por qué debe comer. O dormir a una hora determinada. No está capacitado para entender las razones. Le resulta mucho más fácil escuchar una historia sobre alguien más como él, y descubrir qué le ocurre por ser de esa manera. Supongo que por la misma razón se venden más novelas que ensayos: las argumentaciones son abstractas, se construyen con ideas. Las historias son concretas, se construyen con hechos; además, atribuyen causas y consecuencias a las acciones, y al hacerlo les dan un sentido. De manera natural, mi hijo empezó a pedirlas para explicarse cada pequeño hecho de la vida. Si lo llevaba al colegio, me decía:

—Cuéntame el cuento del colegio.

Y yo le contaba un cuento sobre un niño que no quería ir al colegio y se encerró en su cuarto y le crecieron hongos en las axilas. Si lo llevaba al baño, me pedía:

—Cuéntame el cuento de la caca.

Y así.

Es curioso pararse a pensar que para un niño todo es posible. El sol se acuesta por las noches, el mar le da besos a la playa y los caballos hablan. Nada en su experiencia le impide procesar esos hechos como ciertos. Conforme crecemos, vamos clasificando las cosas en “posibles” e “imposibles” y establecemos relaciones lógicas entre ellas. Los grandes pensamos que si es de día no puede ser también de noche, y que si los animales no hablan, tampoco pueden cantar. Pero para un niño, la realidad es más flexible. En cierto modo, su mundo es más amplio que el nuestro. La imaginación es la total ignorancia de los límites de la realidad, que hace que los niños siempre encuentren puntos de vista originales sobre ella.

Para muchos padres, el mayor obstáculo para establecer vínculos con sus hijos es que han perdido esa facultad: la imaginación. Sus hijos son una fuente constante de ocurrencias, invenciones y asociaciones libres, y ellos no consiguen ponerse a la altura, razón por la cual pierden la paciencia. Mi problema es exactamente lo contrario: tengo mucha imaginación. Puedo pasarme muchas horas inventando cosas y jugando con el niño, pero me cuesta poner reglas claras y me aburro mortalmente al enfrentar la mayoría de sus necesidades prácticas. Al parecer, mi edad mental es de unos dos años y medio.

La parte buena de eso —si tiene alguna— es que puedo ahorrarme muchos berrinches, porque las fuentes de conflicto habituales —ve a bañarte, cómete tu comida, vístete— se resuelven mediante el recurso a la ficción. Si yo le doy una orden, es muy posible que se niegue. Pero si se la da Spiderman, o su tigre de peluche, o el malo de los dibujos animados, acatará sin dudar. Si el baño no es el baño sino el escenario de un combate naval, se bañará. Si su chaqueta negra no es su chaqueta sino la capa de Batman, se la pondrá. No es que no distinga entre la realidad y la ficción. Es que la ficción, al ser más colorida, más aventurera y más atractiva que la realidad, también le parece más real.

Quizá por eso mi niño es adicto a los cuentos. Todas las noches, me pide que le cuente uno. Con frecuencia recurro a un clásico, como La Cenicienta, Pulgarcito o Hansel y Gretel. Llevaba décadas sin leer esos cuentos, y ahora que los he redescubierto siendo ya un narrador me sorprende lo bien construidos que están. Tienen escenarios espectaculares, como bosques oscuros o casas de caramelo. Y puntos de giro sorprendentes, como la aparición de los siete enanos o la llegada del lobo. Y, lo más increíble, son políticamente incorrectísimos y muy violentos. Los padres de Pulgarcito lo abandonan en el bosque porque no pueden mantenerlo. El lobo se come a la abuela de Caperucita, y cuando llega el leñador, le abre el estómago para sacarla. Las madrastras invariablemente torturan a las hijas de sus maridos.

Los modelos de familia de los clásicos infantiles serían desaprobados por toda la pedagogía del siglo XXI. Pero esos cuentos han durado y durarán más que cualquier modelo pedagógico, e incluso pueden adaptarse a ellos (en las últimas ediciones, por ejemplo, el lobo no se come a la abuela: la guarda en el armario, porque como todos sabemos, los lobos cazan a sus presas y las guardan en sus armarios).

Algunas noches mi hijo no quiere ningún cuento clásico. Pide relatos a la carta, como el cuento “del piojo” o el “del árbol” o cualquiera que se le ocurra. En esos casos, me veo obligado a improvisar. A veces, las improvisaciones salen bien. Otras, terriblemente mal.

Puedo saberlo porque un buen cuento, como una buena droga, surte efecto: el niño se relaja, se apacigua, y no tarda mucho en dormirse. En cambio, cuando el cuento no está bien tramado, o el personaje no me queda claro, o simplemente le falta acción, el niño se revuelve inquieto en su cama, se enoja, llama a su madre. Entonces sé, como un mal actor en el escenario, que he fracasado. Porque escuchar historias es una facultad natural, como comer o dormir. Nadie le ha enseñado a hacerlo, pero él sabe cómo.

La llegada de mi hijo también cambió mi propia manera de enfrentarme a las historias. Particularmente, me volvió sensible a las escenas de crueldad contra niños. Lo descubrí viendo Anticristo de Lars von Trier. En la primera secuencia, asistimos al suicidio de un niño de tres años. Mientras sus padres hacen el amor en su dormitorio, él acerca una silla a la ventana del tercer piso, trepa sobre ella, y se lanza. Ante todo eso, yo sentía que se me revolvía el estómago, que me atenazaba el pánico, y por primera vez en mi vida —una vida marcada por el amor al género de terror— sentí ganas de cerrar los ojos frente a la pantalla. En Los próximos tres días con Russell Crowe, un niño asiste al violento arresto de su madre. Los policías allanan la casa, le gritan a todo el mundo y se llevan a la mujer frente a las lágrimas de incomprensión del pequeño. Cuando vi la escena, quise levantarme de la butaca e irme del cine.

Yo, que en una novela monté a un niño sobre el cadáver de su abuela y lo hice caminar por una cornisa. Yo, que escribí un cuento para niños en que el protagonista muere al final.

Dios, ya no soy el mismo.

El extraño se parece a mí

Un día, mi hijo decidió que no quería que le diese su biberón en la mano. Quería que se lo dejase en la mesa para recogerlo personalmente.

Otro día, se negó a que le lave el pelo. La sensación del agua cayendo sobre su cabeza le resultaba insoportable.

Mientras tanto, empezó a mostrar gusto por el espectáculo: antes de salir, exigía ponerse su disfraz de Spiderman, máscara incluida. La gente por la calle lo saludaba y le sonreía. Algunos le pedían que los salvase de algún peligro imaginario. Ante el éxito del público, él volteaba y me decía:

—Mira papá, me han reconocido.

Y si yo trataba de llevarlo por una calle vacía, protestaba:

—Pero papá, en esta calle no me van a reconocer.

El siguiente disfraz fue bastante previsible: la camiseta del Fútbol Club Barcelona. La descubrió en el invierno de sus dos años, con toda la ciudad en plena fiebre Leo Messi. Ir al colegio, pasear, dormir, todas eran actividades imposibles sin la camiseta de Leo Messi. Y aunque en el exterior hiciese cero grados, el niño se negaba a cerrarse la chaqueta:

—¡No la cierres, papá —chillaba—, que no se ve mi camiseta!

Todas esas demandas configuran un nivel superior. Ya no se trata de “quiero comer” o “tengo frío”. Ahora es, si se puede decir así, una cuestión de estilo.

A sus dos años, el niño decide que quiere tener una personalidad, una forma propia de vestir, jugar y hacer las cosas, una serie de actividades que le interesan y actividades que no. Para mí, lo más sorprendente es que, para bien o para mal, esa personalidad es parcialmente de mi responsabilidad. Su sentido del espectáculo es el mío. Y yo, como él, siempre tuve un vocabulario muy desarrollado —casi ridículamente desarrollado— y una gran ineptitud para las actividades físicas. Un día descubro que mi hijo no sabe pedalear en un triciclo, algo que los otros chicos ya dominan, pero que no le he enseñado porque no sé montar en bicicleta. Otro día, cuando no puedo armar un rompecabezas, él me dice:

—Papá, tranquilidad. Tienes que concentrarte.

Algo que los niños de su edad no suelen decir, pero yo sí.

Como casi todos los adolescentes —quizá debería decir “todos los hombres”—, yo tuve una relación conflictiva con mi padre. Lo culpaba de todos mis problemas y peleábamos con frecuencia, incluso mucho más allá de la adolescencia. Por eso, si algo me lastimaba era constatar que yo tenía rasgos de él. Me desesperaba que nos confundiesen en el teléfono, o que alguien me dijese que teníamos el mismo sentido del humor, lo que ocurría con frecuencia. Me disgustaba ver una foto de él y reconocer mi nariz, mis orejas, mi mentón, que en realidad son su nariz, sus orejas y su mentón.

Conforme mi hijo crece, puedo adivinar qué cosas le disgustarán de sí mismo, porque me echará —con razón— la culpa de ellas. También puedo hacer apuestas sobre qué rasgos de su carácter le traerán alegrías, y cuáles le harán sufrir. En cierto sentido, yo ya he vivido muchas de esas cosas. Previsiblemente, cuando discutamos, él me dirá que no las he vivido, que su vida es suya y solo la vive él, y que yo no entiendo nada.

También en eso tendrá razón, porque conforme él se va transformando en lo que yo era, yo me transformo en otra persona. Mis rasgos de personalidad actuales no son los del niño que jugaba a los disfraces, sino los del impaciente obseso del trabajo que es un hombre agobiado de responsabilidades. Conforme mi hijo se parece a mí, yo dejo de parecerme a mí y me parezco más y más a mi padre.

Supongo que ese es el proceso natural y obvio. Lo más extraño de ser padre es que nada hay de novedoso en tus sentimientos, nada que no hayas escuchado ya miles de veces. Todas tus emociones son como un cliché de una película navideña con Meg Ryan. Lo único nuevo e irrepetible, en realidad, es ese extraño que llegó a tu casa un día pegando gritos y que se transforma a la misma velocidad que tú.

La cárcel que encierra a Abimael Guzmán, fundador de la sanguinaria guerrilla maoísta Sendero Luminoso, cuyo juicio comenzó hace 15 días en Perú, fue construida especialmente para él, y es la más segura de América Latina. O al menos, la única que tiene más guardias que internos.

Para escapar, Guzmán, de 71 años, tendría que atravesar paredes de 40 centímetros de espesor hechas de hormigón armado resistente a explosivos. Después, necesitaría trepar un muro de ocho metros rematado por alambres de púas sin ser visto desde las torres de vigilancia, y atravesar un campo minado y una zona de pantanos y totorales a 200 metros del mar. Si decidiese huir hacia tierra firme, se encontraría en plena Base Naval del Callao. Tampoco es fácil recorrer el camino inverso. Guzmán no puede recibir visitas.

Antes, Guzmán tenía una novia: Elena Iparraguirre, la camarada Miriam, número 2 de Sendero Luminoso, presa en la misma cárcel. Se les permitía verse y dormir juntos. A veces podían festejar sus cumpleaños. Pero en noviembre de 2004, también la perdió a ella.

Ocurrió durante el proceso de ese año, que debió anularse porque los acusados carecieron de las garantías mínimas. El otrora llamado Presidente Gonzalo, cuya revolución puso contra la cuerdas al Estado peruano, compartió banquillo con otros 17 senderistas. La prensa asistió entonces a la audiencia detrás de un cristal antibalas. Así que Guzmán, además de encontrarse con viejos amigos que no había visto en 12 años de encierro, tuvo la oportunidad de hacerlo en público.

¡Vivan los héroes del pueblo!

Desde el inicio, los fotógrafos se apiñaban contra el cristal pidiendo al reo principal una mirada, un saludo, una sonrisa. En un momento, Elena Iparraguirre le hizo notar que la prensa esperaba un gesto. En respuesta, Guzmán se puso de pie y levantó el puño derecho. Inmediatamente, se le sumaron sus compañeros con gritos de “Viva el Partido Comunista del Perú”, “Gloria al marxismo, leninismo, maoísmo”, “Vivan los héroes del pueblo” y “Gloria al pueblo peruano”. Saltaron ráfagas de flashes.

La sesión, fuera de control de los magistrados, tuvo que suspenderse. Al día siguiente, la cúpula de Sendero Luminoso, con el puño en alto y las sonrisas de su número uno, acapararon las primeras páginas de los periódicos, despertando a los fantasmas de los 69.280 cadáveres dejados por la guerra interna.

Según el periodista Raúl González, especialista en el tema, eso fue un grave error del propio Guzmán, que perdió la oportunidad de mostrar al mundo un rostro amable: “La opinión pública sintió que el Gobierno no era capaz de controlar a los senderistas ni siquiera presos, que los senderistas no habían cambiado a pesar de los años de encierro y, lo peor de todo, que los nuevos juicios podrían conducir a su liberación. Eso creó pánico, lógicamente”.

El impacto político de esas imágenes fue tan duro que obligó a cambiar al procurador del Estado para casos de terrorismo y al tribunal en pleno. Además, el Gobierno castigó a Guzmán con el traslado de Elena Iparraguirre a otra prisión. En la práctica, ambos quedaron completamente aislados.

Meses después, el 8 de marzo de 2005, los medios difundieron el rumor de que Abimael tenía problemas de salud y su vida probablemente corría peligro. Un coronel de la policía declaró que era un caso de melancolía: Guzmán no podía vivir sin Iparraguirre, que era su único sustento moral y afectivo.

Mientras tanto, en las calles de Lima, nadie parecía demasiado apenado por la supuesta enfermedad del Presidente Gonzalo. El odio en su contra es tan visceral que a muchos no les importaría que las autoridades lo asesinaran y fingieran un accidente o un suicidio. El pasado día 27 de septiembre comenzó el nuevo juicio, en la base del Callao.

Es poco lo que se sabe del reo y conseguir una entrevista con él es prácticamente imposible. El funcionario al que se lo solicitamos, afirmó off the record que “diga lo que diga Guzmán, la prensa de oposición lo usará contra el Gobierno para decir que le damos tribuna al mayor asesino de nuestra historia”. Formalmente, el Estado no respondió a la solicitud.

Tampoco son muy accesibles las fuentes indirectas. Los senderistas que le conocieron de cerca se niegan a hablar con la prensa. Por seguridad, muchos policías y militares que lo han acompañado durante la última década evitan la publicidad. Incluso los viejos amigos de su etapa como profesor prefieren permanecer en la sombra. En el silencio, la pregunta más simple parece la más difícil de responder: ¿Quién es este hombre?

El pequeño comunista

Abimael Guzmán Reinoso nació el 3 de diciembre de 1934 en Mollendo, Arequipa, “hijo natural” de Abimael y Berenice.

Papá Guzmán era un adinerado administrador de hacienda con un solo vicio: las mujeres. Según un hermanastro de Abimael, “conmigo éramos 10 hermanos de distintas madres, hasta donde yo llegué a contar. Pero la esposa legítima de papá, Laura Jorquera, era una mujer muy generosa y noble. Estaba dispuesta a acoger en su hogar a todos los hijos de él con otras mujeres. Si nuestras madres lo permitían, nos quedábamos a vivir con papá y la señora Laura”.

Eso hizo Abimael tras la muerte de su madre, cuando se mudó a la hermosa casona colonial de la familia y su padre lo matriculó en el colegio La Salle. Guzmán asistía a misa los domingos en traje y corbata, y tenía la obligación de comulgar y confesarse una vez al mes.

El apacible Abimael solía estar siempre en los primeros puestos del cuadro de honor, y sacaba las mejores calificaciones en conducta e higiene. Destacaba en lenguaje, historia de Perú, lógica y ética. Era introvertido y retraído, aunque mostró talento como organizador de un grupo de estudios en 1952. En suma, como dice un viejo compañero de estudios, “era incapaz de una travesura, era el sueño de un cura o una madre”.

Guzmán estudió en la Universidad San Agustín, donde la izquierda había sido proscrita por la dictadura del general Odría. De hecho, nadie recuerda a Guzmán metido en política en esos años. A su maestro Miguel Ángel Rodríguez Rivas se le hace difícil pensar en él como un líder. Según una entrevista que concedió a la revista Caretas en 1982, Abimael “no era un organizador y menos un agitador. Sólo un teórico del más alto nivel”.

Guzmán se graduó en las dos carreras de Marx: derecho y filosofía. Y en 1962, consiguió un puesto docente en la Universidad San Cristóbal de Huamanga, en Ayacucho.

Ayacucho era muy distinto que su Arequipa natal. Arequipa es la segunda ciudad de Perú en importancia. Ayacucho es la tercera en pobreza. Arequipa tuvo desde los años treinta industria de lana y conexión con un puerto. Ayacucho vivió hasta los años sesenta prácticamente bajo un sistema agrícola feudal en una tierra estéril.

Ya durante el Virreinato, la resistencia más combativa surgió ahí, en la denominada “Mancha India” de la Sierra Sur: la revuelta de Tupac Amaru I en 1580 y la de Tupac Amaru II, 200 años después. La independencia de España no detuvo los enfrentamientos. Como explica el sociólogo Carlos Iván Degregori, en el XIX, los iquichanos de Huanta se levantaron precisamente contra la independencia y, a fines de siglo, contra los impuestos. El movimiento campesino más importante de la primera mitad del XX también surgió ahí, en 1923.

Ese constante polvorín se convirtió en el hogar del joven profesor Guzmán, y quienes lo conocieron en la ciudad de Huamanga lo recuerdan inmerso en el aparato del Partido Comunista.

En esos años, Jrushov denunciaba las atrocidades de su antecesor Stalin y reducía la represión soviética. En consecuencia, los partidos comunistas del mundo empezaron a defender la toma del poder por vía pacífica, no armada. Guzmán consideraba que eso era venderse. Según una entrevista de 1988, la única que Guzmán ha dado, “quitarnos al camarada Stalin era como quitarnos el alma”.

En un documento de Sendero Luminoso, Guzmán explica el viraje soviético así: “El payaso de Jrushov… vomitó todo su veneno revisionista contra el camarada Stalin llamándolo ‘asesino’, ‘Yván el terrible’… Jrushov, que en los años treinta decía: ‘Ay de quien levante una mano contra el padrecito Stalin, se la cortaremos”. En otros textos, Abimael Guzmán califica a Jrushov de puerco ignorante de bravatas, prepotente, miserable, inconsecuente, chancho de porquerizo rosado y, el peor insulto de todos, revisionista.

Más acorde con las ideas de Guzmán era la línea comunista de otro profesor rural como él llamado Mao Tse Tung.

En 1949, Mao había proclamado la República Popular China tras 25 años de guerra. En 1948, con la misma estrategia militar de guerrillas, Kim Il Sung fundó Corea del Norte. En 1954, Ho Chi Minh liberó de Francia a Viet Nam, donde después derrotaría a EE UU. En 1975, Pol Pot tomó el poder en Camboya. Todos eran países eminentemente campesinos, como la Sierra Sur de Perú.

A mediados de los años sesenta, Mao trataba de extender su proyecto revolucionario: financiaba a los partidos comunistas del mundo a través de sus embajadas e invitaba a sus mejores dirigentes a conocer personalmente la revolución cultural en la escuela de Nan Kin, a donde Guzmán viajó para seguir cursos de “guerra popular”. Él mismo lo cuenta:

“Nos enseñaban cuestiones militares, pero también se comenzaba por política, la guerra popular, luego, construcción de las fuerzas armadas y estrategia y táctica; y la parte práctica correspondiente: emboscadas, asaltos, desplazamientos, así como preparar artefactos de demolición”.

Se calcula que medio millón de personas fueron asesinadas durante la revolución cultural china, y otros tres millones, violentamente reeducadas. Pero Guzmán no tenía noticias de eso. Los cambios que notó en la escuela desde su primera vista eran más bien estéticos: “Los desfiles, las marchas… antes era un centro con protección militar, conventual, silencioso”.

Guzmán rememora otra anécdota: “Cuando terminábamos el curso de explosivos, nos dijeron que todo se podía explosionar; entonces, en la parte final, cogíamos el lapicero y reventaba, nos sentábamos y también reventaba, era una especie de cohetería general, eran cosas perfectamente medidas para hacernos ver que todo podía ser volado si uno se las ingeniaba para hacerlo”. Años después, ya como líder de Sendero, Guzmán reivindicaría a la “humilde dinamita” como “arma del Pueblo, de la clase”. No obstante, las armas no eran lo fundamental en los cursos. En realidad, toda la preparación militar estaba subordinada a la política: “Cuando manejábamos elementos químicos muy delicados, nos recomendaban tener la ideología presente siempre y decían que ésta nos haría capaces de hacer todo y hacerlo bien; y aprendimos a hacer nuestras primeras cargas para demoler”.

Tras su regreso de China, Guzmán rompió la facción maoísta PCP Bandera Roja. El nuevo grupo estaba liderado por él y formado por 12 personas. Tomaron el nombre de Partido Comunista de Perú, sin más, porque se consideraban los únicos verdaderos seguidores de José Carlos Mariátegui, que había fundado el partido a fines de los años veinte. De hecho, todos sus documentos llevaban impreso siempre el mismo lema: “Por el Luminoso Sendero de Mariátegui”. Con los años, ese lema se convertiría en su nombre para la prensa y los políticos. Pero ellos nunca firmaron así. PCP. Sólo firmaban PCP.

El luminoso sendero

El primer problema que se debía resolver era la falta de armamento. Guzmán reemplazó esa carencia con un adoctrinamiento político a prueba de balas. Su propio jefe militar en Ayacucho, el Camarada Feliciano, dijo a la Comisión de la Verdad que Guzmán se negaba a comprar armas: “Se lo he dicho varias veces pero Gonzalo me sacaba una cita de Mao… según él, querer disponer de las armas más modernas es desarmarse a sí mismo… Decía que pensar en eso es teoría militar burguesa, línea militar burguesa”.

Prescindir del armamento volvió a Sendero Luminoso independiente de todo apoyo internacional, autosuficiente, flexible y barato. Pero el historiador Iván Hinojosa señala el coste psicológico de esa táctica: “Cuando un francotirador dispara, está lejos de su víctima, puede incluso no verla morir. Pero cuando un asesino mata cuerpo a cuerpo, cruza el umbral de la resistencia psicológica al salvajismo. Después de eso, está dispuesto a cualquier cosa”.

Sin embargo, la imagen de Sendero Luminoso hasta 1982 estaba muy lejos de un grupo sanguinario y polpotiano. Tras diez años de trabajo político silencioso en la Sierra Sur, tenían un creciente apoyo, que Guzmán capitalizó con habilidad en dos espectaculares golpes de imagen.

El primero fue el asalto a la cárcel de Huamanga, que Guzmán planeó personalmente desde Lima. El 2 de marzo, en media hora y con sólo seis fusiles, seis carabinas y 15 pistolas ametralladoras, los senderistas liberaron a 78 de sus compañeros y mataron a dos guardias. Pero la policía, en venganza, asesinó a balazos a tres senderistas que convalecían en un hospital y trató de estrangular a un cuarto.

El otro golpe de imagen llegaría semanas después, en el funeral de la primera mártir senderista, Edith Lagos, de 19 años, muerta en un enfrentamiento con la policía. Según un testigo, el periodista Mario Cueto, “Guzmán lo planeó todo de modo que se cruzasen los símbolos católicos con los comunistas. El día en cuestión, el ataúd salió de la iglesia envuelto en una bandera roja con la hoz y el martillo y custodiado por militantes armados. Pero no fue directamente al cementerio, sino que dobló hacia la Plaza de Armas. Desde ahí lo acompañaron a la sepultura 10.000 personas. Fue un desafío a la policía, que se replegó para evitar enfrentamientos con la población”.

Desesperado, en los días finales de ese año, el presidente Belaúnde encargaría a las fuerzas armadas que controlasen la situación.

Incitación al genocidio

La estrategia del ejército nunca fue un secreto, y está detallada en el libro Muerte en el Pentagonito del periodista Ricardo Uceda. El general Luis Cisneros, ministro de Defensa, anunció desde el principio en la Cámara de Diputados que su intervención implicaría una matanza indiscriminada. A Cisneros lo apodaban El Gaucho, porque había hecho su carrera en la Argentina de Videla, de donde tomó los métodos.

Según Iván Hinojosa, que formó parte de la Comisión, eso es lo que Guzmán estaba esperando: “La estrategia de Sendero Luminoso era incitar al genocidio, para mostrar ‘la entraña fascista del régimen’. Según los planes de Guzmán, la violencia del Estado, que además tenía mayor capacidad de fuego que Sendero, debía ‘movilizar a las masas’, motivar la insurrección”. Sendero tampoco era un algodón de azúcar. En marzo de 1983, sus columnas masacraron a 69 pobladores, entre ellos 18 niños, de Lucanamarca, una aldea que se había rebelado contra ellos. Para no desperdiciar balas, la matanza se realizó con machetes y piedras. Muchos de los campesinos demoraron en morir. Y no todos los senderistas eran lo suficientemente diestros. En algunos cadáveres se hallaron más de cincuenta heridas de machete.

En la entrevista de 1988, Guzmán reivindica su autoría personal de la matanza: “Frente a la acción militar reaccionaria respondimos contundentemente con una acción: Lucanamarca, ni ellos ni nosotros la olvidamos, claro, porque ahí vieron una respuesta que no se imaginaron, ahí fueron aniquilados más de 80… fue la propia Dirección Central la que planificó la acción y dispuso las cosas”. Sólo durante los dos siguientes años, las provincias del norte ayacuchano sufrieron 6.342 muertes de uno y otro lado.

Mientras el campo hervía en sangre, la vida de Abimael Guzmán en la clandestinidad era más aburrida de lo que uno podría esperar. Solía cambiar de casa cuando se sentía perseguido, pero nunca salía de un barrio residencial habitado por militares jubilados, en las inmediaciones del Ministerio de Defensa, donde a nadie se le habría ocurrido buscarlo.

A la policía ni se le ocurría que Guzmán estaba vivo. Conforme la guerra avanzaba, el presidente Gonzalo se iba convirtiendo en un mito. Lo buscaban en la sierra o en los barrios populares que rodeaban la capital, y corrían rumores de que había muerto o fugado del país. En el campo circulaba la leyenda de que, cuando se veía rodeado, Gonzalo se convertía en pájaro, en serpiente, en piedra. Había versiones de Gonzalo para todos los gustos.

En la realidad, Guzmán vivía en un mundo más pequeño del que todos imaginaban. Solía acostarse y levantarse temprano. Por las noches bebía una copa y miraba la televisión. Le gustaba el fútbol, pero lo que más le interesaba eran las noticias. Era un obsesivo lector de periódicos, y subrayaba párrafos enteros de todo lo que tuviera que ver con Sendero Luminoso y de las páginas internacionales.

El resto del día, lo dedicaba exclusivamente al trabajo. Escribía o dictaba documentos, evaluaba informes, elaboraba minuciosamente campañas detallando su preparación, inicio, desarrollo, remate y complemento, y luego seguía su cumplimiento paso a paso, haciendo constar todo por escrito, para la Historia. Sus “obras completas” aún se conservan en el museo de la Dirección Nacional contra el Terrorismo de Perú: treinta y nueve gruesos volúmenes en papel A4 a espacio simple.

Imitando a Mao Zedong

Un vistazo a esos documentos muestra cómo el camarada Gonzalo va canonizando sus ideas en el partido. En 1982, los documentos las llaman “pensamiento guía”. En 1983, el camarada Gonzalo es ungido como el líder indiscutible de la aún inexistente república popular, presidente del partido y presidente de la comisión militar. En 1984, por consecuencia lógica, se consagra el “pensamiento guía del presidente Gonzalo”. En 1988, el congreso del partido establece el “pensamiento Gonzalo”.

Para Carlos Tapia, de la Comisión de la Verdad, “Guzmán trataba de imitar el proceso histórico de Mao Zedong: primero pensamiento guía, luego pensamiento Mao, el último paso era llamarlo maoísmo, a la altura del marxismo y el leninismo. ‘Ismo’ significaba que las ideas no eran una interpretación particular del comunismo, sino que tenían validez de leyes universales. Guzmán siguió ese proceso esperando crear el ‘gonzalismo’, y consagrarse como la cuarta espada del comunismo mundial”. Las otras tres serían el maoísmo, el marxismo y el leninismo.

En sus entrevistas con la Comisión de la Verdad, Guzmán dice que a él nunca se le ocurrió eso de la cuarta espada. Pero sus camaradas no están de acuerdo. El culto a la personalidad de Guzmán es patente en los cuadros pintados por los senderistas presos durante los ochenta. El presidente Gonzalo suele aparecer dirigiendo a sus huestes, a menudo desde el centro de un sol rojo que ilumina a los combatientes en lo alto del lienzo.

El líder que retratan es delgado y juvenil pero serio e intelectual. Su imagen no es la de un guerrillero sino la de un profesor. Lleva chaqueta y camisa, pero nunca corbata. Nunca empuña un arma. Siempre lleva un libro, y a veces una bandera con la hoz y el martillo. En otras pinturas, los guerrilleros adoctrinan a los campesinos con un fusil en una mano y un libro en la otra. El título del libro es Pensamiento Gonzalo.

Entre las obras de arte senderistas, resaltan sus retablos, representaciones tradicionales de la vida en el campo hechas con muñequitos de madera. Sólo que, en vez de campesinos cultivando, los senderistas ponen voladuras de torres de alta tensión. En vez de fiestas populares, comités populares. En vez de la Semana Santa, la I Escuela Militar. En uno de esos retablos, el Presidente Gonzalo aparece en el cielo, más allá del campo de batalla, como un ángel que desciende sobre sus guerreros.

No son exageraciones de subordinados. El propio Presidente Gonzalo habla de sí mismo en tercera persona y en los siguientes términos: “La revolución genera jefes y un jefe que deviene hasta símbolo de una revolución o de la revolución mundial… por ejemplo, los prisioneros de guerra en la Guerra Civil española reforzaban su optimismo viendo una imagen de Lenin… Y en nuestro Partido se ha concretado en el Presidente Gonzalo”.

Frente a Vladimiro Montesinos

La concentración de poder en su líder también era la mayor debilidad de Sendero Luminoso: todo llevaba a él en última instancia. Sospechando eso, el mayor Benedicto Jiménez, de la Dirección Nacional contra el Terrorismo, inició una estrategia de seguimiento a los cuadros senderistas. A veces seguían a 50 al mismo tiempo, que se iban cruzando con otros. Así, en 1992, llegó a una casa en el 459 de la calle 1, urbanización Los Sauces, donde se suponía que vivía sólo una pareja de jóvenes.

Al principio, Jiménez no tenía muchas esperanzas en esa casa. De hecho, estuvo a punto de retirar la vigilancia. Pero su interés renació, curiosamente, al fijarse en su basura. De esa casa salían demasiadas bolsas de basura para sólo dos personas. La policía empezó a recoger y analizar minuciosamente todos los desperdicios de la casa. Encontraron paquetes de cigarrillos Winston, la marca que fumaba Guzmán. Y frascos de medicamentos para la piel. Y demasiados pelos de demasiadas personas.

El 12 de setiembre, la policía decidió entrar. Pidieron refuerzos. Dos destacamentos armados se apostarían en las esquinas y una pareja de oficiales con los nombres clave de Gaviota y Ardilla fingirían ser una pareja besuqueándose en la calle. Estaban nerviosos. Por la tarde, un auto desconocido aparcó frente a la casa de Los Sauces. Bajaron un hombre y una mujer. En espera de que saliesen, la falsa pareja de agentes se acercó a la entrada. Ellos darían la señal a los demás.

Era de noche cuando la puerta se volvió a abrir. La pareja salía a despedir a las visitas. Hablaban con tranquilidad. La chica tenía acento de clase alta. Reían. Súbitamente, Gaviota y Ardilla golpearon la puerta hacia adentro y cargaron con revólveres en la mano. Tras ellos, los destacamentos entraron en dos columnas y rodearon la casa. Gaviota y Ardilla, acompañados por un mayor, llegaron a las escaleras. Arriba se cerró una puerta corrediza. La rompieron. Entraron apuntando las armas hacia delante.

Más allá, en la última habitación, un hombre gordo y barbudo los esperaba sentado en medio de una biblioteca, frente al televisor. Él estaba tranquilo, pero una mujer se abalanzó sobre ellos con una banderita roja en la mano. “¡No lo toquen!”, gritó.

Tardaron en convencerse de que era quien creían. Cuando lo hicieron, no cabían en sí. Guzmán se mantuvo en silencio mientras los demás lo rodeaban. Nadie en la casa tenía armas.

En el vídeo policial del arresto, Guzmán aún está sentado en su sillón. Elena Iparraguirre, camarada Miriam, está más tranquila, pero sigue alerta y se ocupa de que Guzmán esté cómodo y, sobre todo, de que nadie lo toque. El jefe de la Dirección Nacional contra el Terrorismo, Antonio Ketín Vidal, trata a su prisionero con respeto:

-A veces en la vida se gana y otras se pierde -le dice-. A usted le ha tocado perder.

Sólo ahora, cuando siente que estaba ante un jefe a su altura, Guzmán habla:

-Esto es sólo una batalla. Los hombres desaparecen, las ideas quedan.

La camarada Miriam no se lo tomó con tanta filosofía. Cuando llegó el fiscal, le preguntó:

-¿Usted de dónde es?

-De Iquitos -respondió él.

-El partido está ahí desde hace años.

El fiscal tuvo que salir de la habitación y preguntar, aterrado, si eso era verdad. Los policías le dijeron que no.

Guzmán fue encerrado en los calabozos de la DINCOTE, la seguridad del Estado. Para su sorpresa, lo trataron bien. Según un oficial, “lo queríamos de buen humor para que nos contase todo lo que supiese. A veces pedía vino, a veces pedía Vivaldi. Se lo dábamos. La verdad, aparte de eso, era una persona muy humilde y nada agresiva. La otra, la Iparraguirre, esa sí que daba miedo. Si había que interrogarlos a los dos, yo no le despegaba el ojo a ella”. El entonces mayor y hoy coronel Jiménez había planeado incluso el sistema de interrogatorios: “Guzmán es un profesor, le gusta sentirse profesor. Para muchos interrogatorios, usamos a dos subtenientes. Como eran jóvenes, Guzmán se sentía como si estuviese dictando cátedra y hablaba con soltura”.

Humillado en una jaula

La relación entre Guzmán y las autoridades se desarrolló en estos amables términos durante un par de semanas. Hasta el 24 de setiembre, el día de su presentación pública, en el patio de la DINCOTE. Fue manipulada por el servicio de Inteligencia, dirigido por Vladimiro Montesinos, para convertirla en un operativo psicosocial de humillación pública. Guzmán fue expuesto con el traje a rayas de los presos de caricatura y encerrado en una jaula, como una fiera. Un agente de Inteligencia cuenta que “al principio pensamos raparlo y afeitarlo antes de la presentación. Pero su infección cutánea le produce manchas, y temíamos producir la imagen de que lo habíamos golpeado o maltratado”.

Desde que se abrió el telón que cubría la jaula, los periodistas y algunos agentes camuflados empezaron a provocarlo con pifias y silbidos. “¡Asesino! ¿Te gusta tu uniforme?”. Guzmán escuchaba con las manos en la espalda, sobrevolado por helicópteros. Afuera, el edificio estaba rodeado de tanquetas y carros de combate.

Al principio, Guzmán guardó la compostura. Se le veía hasta sonriente. Pero la provocación fue haciendo efecto. Empezó a dar vueltas por la jaula, como un león enjaulado. Tras unos minutos, inició una arenga:

“¡Combatientes del Ejército de Liberación Nacional! ¡Camaradas!… Algunos piensan en la gran derrota. Hoy les decimos que es simplemente un recodo en el camino ¡Nada más!”. Dio instrucciones a sus combatientes e hizo una rápida lectura de la historia peruana. Aún tenía el puño levantado cuando cerraron la cortina de la jaula. Dos días después, de madrugada, una unidad de la Fuerza de Operativos Especiales con uniforme de combate lo sacó de la prisión, le puso una capucha y lo subió a una lancha. Durante el traslado, Guzmán escuchó sólo el sonido del mar y el sonido de las botas militares. Nadie le dirigió la palabra.

La lancha se detuvo en la isla de San Lorenzo, en una antigua cárcel clausurada. Bajaron a Guzmán y le quitaron la capucha. Frente al preso hinchado y asustado, estaba el director de Inteligencia naval, Américo Ibárcena. Sus hombres también vestían uniforme de combate. Ahora, Ibárcena está preso por sus vínculos con Vladimiro Montesinos. Pero un oficial que presenció la escena recuerda: “En realidad, la primera idea de Montesinos fue fusilarlo. La Constitución no contemplaba la pena de muerte, pero estábamos en estado de excepción y la decisión habría sido bien recibida por el país. El decreto que ordenaba su ejecución se llegó a redactar y el pelotón de fusilamiento fue seleccionado, pero el consejo de ministros se negó a firmar la orden. Si lo hubiera hecho, Guzmán habría muerto esa noche, en San Lorenzo”.

Guzmán aceptó todos los cargos

No murió. Lo encerraron en una celda muy pequeña de la que no salía en todo el día. 2.000 soldados con armas automáticas y un submarino custodiaban la isla, y para llegar a la celda había que abrir 20 candados, cada uno en manos de un oficial distinto. En el desayuno, almuerzo y cena, entraban los agentes a interrogarlo. “Guzmán se aburría tanto que nos recibía ansioso por hablar”, recuerda uno de ellos.

Durante los siguientes días, de acuerdo con el código militar, el Estado le abrió un proceso sumario. Guzmán compareció en una jaula con el traje a rayas, las manos en la espalda y la mirada altiva. Tanto los jueces militares como los fiscales y la guardia de seguridad estaban encapuchados y ninguno firma las actas con su nombre. El abogado de Guzmán sólo pudo ver a su cliente y el expediente de más de 1.000 páginas 10 minutos antes de la sesión. Guzmán aceptó todos los cargos y asumió la responsabilidad por sus subalternos. Fue condenado a cadena perpetua.

Un año después, ante la sorpresa general, Abimael Guzmán apareció en televisión, sereno y sin traje a rayas, más bien con un uniforme de presidiario con aire militar. Junto a él, Elena Iparraguirre. Los dos piden al país iniciar conversaciones para un acuerdo de paz.

Una fuente de Inteligencia asegura que el acuerdo de paz fue concebido en el despacho de su jefe, Vladimiro Montesinos, y que convencer a Guzmán costó un año de conversaciones ellos dos: “Montesinos siempre se presentó ante Guzmán como el bueno, en contraste con el presidente y los militares que, según le decía, querían asesinarlo. Él quería que Guzmán propusiese públicamente un acuerdo de paz. Así dividiría a Sendero y aislaría a las columnas que aún combatían. Hay que reconocer que fue brillante”.

Durante las conversaciones, Montesinos defendía la tesis de que, sin Guzmán, Sendero no era nada. Y trataba de convencerlo de que sólo si entraba en una nueva fase de acuerdos políticos mantendría el liderazgo. Así, aún perdida la guerra, se salvaría el partido gracias a él.

También le hizo sentir que era su amigo. Aparecía siempre con la noticia de que “sus superiores” autorizaban a Guzmán a pasar la noche con Elena, a comer algún plato especial o a celebrar su cumpleaños con tarta y vino, que él proveía personalmente, al igual que los libros y discos. A veces incluso le llevaba a Osmán Morote o a otros dirigentes para que conversasen. Evidentemente, todas las reuniones de Abimael Guzmán con sus camaradas eran filmadas, incluso los encuentros íntimos con Elena.

El fin del luminoso sendero

Durante los siguientes ocho años, hasta después de la caída del régimen de Fujimori, Guzmán no recibió más visitas que las de Cruz Roja. Sólo con el regreso de la democracia, la situación de la base naval se normalizó un poco: a Guzmán se le permitió tener un abogado y recibir visitas de autoridades penitenciarias.

En 2002, se formó una comisión de la verdad para investigar las acciones de ambas partes en la guerra interna. Parte de la comisión sostuvo una veintena de entrevistas con Guzmán. El comisionado Iván Hinojosa le preguntó una vez si admitía fallos y brutalidades en la actuación de Sendero Luminoso:

“Guzmán aceptó que Sendero había cometido errores y excesos. Un error fue el atentado de Tarata: el coche bomba estaba dirigido a una avenida abierta, donde habría causado menos daño. Pero se estropeó dos calles antes, y lo tuvieron que abandonar en una calle muy estrecha. Resultado: más de veinte muertos. Error.” “En cambio, un exceso fue dinamitar el cadáver de la líder de izquierda María Elena Moyano. Según ellos, había que matarla por delatora. Pero volarla en pedazos era una barbaridad innecesaria. Guzmán dijo, ‘hay que respetar a los muertos. Eso nos han enseñado”.

Lo último que se sabe es que Guzmán ha solicitado formalmente casarse con la Camarada Miriam. Los presos casados tienen derecho a verse una vez por semana. Pero este caso es especialmente incómodo. Un militar se pregunta: “¿A cuál de los dos vamos a pasear una vez por semana a través de toda la ciudad? En la práctica, si se acata esa norma, habrá que reunirlos de nuevo por razones de seguridad”.

Guzmán realiza huelgas de hambre cada vez que quiere exigir mejoras en las condiciones de su encierro. No hay registro de cuántas hizo durante los noventa, pero desde entonces lleva una al año. Es difícil saber qué espera de la vida aparte de eso. El jefe del Instituto Nacional Penitenciario, Wilfredo Pedraza, le preguntó una vez cómo se ve en un futuro: “Guzmán me dijo que esperaba estar en un escritorio, leyendo y escribiendo. Dijo que quería darle herramientas al pueblo para defenderse de la globalización. Él se considera un intelectual. Cree que pasará a la historia, y que será recordado como un héroe”.

El día en que entró en el Madison Square Garden, el boxeador peruano Romerito se encontró con 25.000 norteamericanos que lo insultaban a coro. Para atemorizarlo aún más, el público aullaba el nombre de su rival. O más bien, el apodo, que era más aterrador. El campeón mundial de peso ligero se llamaba Ray Mancini, pero le decían simplemente Boom Boom.

Todo el Perú siguió esa pelea por televisión, el 15 de septiembre de 1983. Yo apenas tenía ocho años, pero recuerdo que los niños enloquecían de ilusión en el patio del colegio, y se pegaban los unos a los otros. Primero se pegaban para jugar a los boxeadores. Luego se pegaban más en serio porque todos querían jugar a ser Romerito. Ocho chicos de mi clase se habían apuntando a un gimnasio para ser boxeadores. Y en mi clase sólo había veinte.

Todos queremos jugar a lo que nos dé campeones. Cuando Jaime Yzaga trepaba en el ranking de tenistas, todos nos compramos raquetas. Cuando el equipo nacional de voley femenino llegó a subcampeón olímpico, los chicos dejaron de considerarlo deporte de mariquitas. En 1983, por primera vez, el boxeo se abría paso a puñetazos en las preferencias de los peruanos. En abril, Ibáñez había caído en Tokio en una final mundial. En noviembre, Óscar Rivadeneyra pelearía contra Michael Spinks la de los pesos pesados. Pero Orlando Romero Romerito era el que más esperanzas concitaba, porque siempre había sido un torpedo.

—Empecé a pelear en la calle, como todos los boxeadores –cuenta veinte años después–. En el colegio, los más grandes disfrutan molestando a los pequeños. Cuando tú eres el pequeño, los golpes son la única forma de demostrar que no eres tonto.

Romerito aún tiene un físico cuadrado, como si fuera un bloque de concreto. A los lados de su cabeza rapada asoman dos orejas que le dan la apariencia de un trofeo. Se jacta de esas orejas, y en general, de esa cabeza lisa; nada de lóbulos agrietados, nada de narices aplastadas por los golpes.

—Yo siempre supe esquivar los golpes –añade, señalándose la cara–. Ésta es la prueba.

El día en que subió a un ring por primera vez, Romerito recuerda haber cruzado el gimnasio a lo largo de un pasillo de cejas rotas y orejas de coliflor, y haberse jurado que nunca acabaría así. Tenía quince años y era su primera pelea en el torneo barrial Guantes de Oro. Hasta entonces, sólo había visto boxear en televisión. Recordaba las peleas de Muhammad Alí y Joe Frazier, Muhammad Alí y George Foreman, Muhammad Alí y quien sea. También había zurrado a más de un par en el barrio. De hecho, estaba claro que tenía un futuro más claro con los puños que con los estudios. Y para confirmarlo, ganó el torneo.

A partir de entonces, Romerito comienza a entrenar y a hacerse conocido con la ayuda de su padre y el temor de su pobre madre. Vende pasteles y estudia para contador mercantil mientras los títulos se suceden: campeón de Trujillo, campeón regional, campeón del Norte, campeón nacional amateur. A los diecinueve años gana el campeonato nacional profesional. Entonces comienza lo que él llama su “época de oro”.

—Empecé a ganarle a todo el mundo. Gallito que me ponían, gallito que yo tumbaba. Y eso que era uno de los más jóvenes entre los profesionales.

***

El boxeo en el Perú nunca ha sido una industria millonaria. Romerito cobraba 200  dólares por pelea y bastante menos por actuar de sparring para otros campeones. Conforme empezó a hacerse conocido, comenzó a cobrar por usar zapatillas Power o colocar en su bata el logotipo de una cerveza. Aparte de eso, poco. El dinero estaba sólo en Estados Unidos y en una pelea; el título mundial. Todo lo que hiciese antes de llegar allí sería invisible y mal pagado.

Con ese objetivo, Romerito empieza a entrenar con el ex campeón sudamericano medio pesado Mauro Mina, el boxeador peruano más famoso hasta entonces. Con él ganó el título sudamericano, el latinoamericano y el continental. Ese mismo día principiaron los problemas.

—Un buen entrenador no te dice “dale, muchacho, un dos, un dos”. Un buen entrenador sabe de estrategia. Te da ideas. Mina lo hacía, hasta la final continental, el 20 de septiembre de 1980. Esa vez, peleé el título contra un colombiano que me dio en la quijada en el quinto asalto. Me pasé el resto del combate quejándome de la muela. Mina me mandó seguir peleando. Peleé siete asaltos más y tumbé al colombiano tres veces. Gané el título. Pero al día siguiente, cuando no pude comer, descubrí que tenía una doble fractura de mandíbula.

Tres meses después, Mina lo puso a entrenar con boxeadores de 70 kilos. Romerito era más rápido, pero cuando encajaba un golpe, era como si lo arrollase un tanque. Le pidió al entrenador que le pusiese sparrings de su peso. Mina le respondió que no fuese maricón, y Romerito lo despidió. Ya se sentía más seguro de sí mismo.

—Después de Mina, contraté a Nicolás Cárpena, un peruano radicado en Argentina, que traía toda la escuela de allá. Tenía una labia impresionante. Me trataba como a un campeón mundial. Y con él, yo empecé a sentirme campeón mundial.

Defendió sus títulos suficientes veces para ascender en el ranking hasta el primer lugar del mundo, con treinta peleas ganadas y un empate. Siempre salía limpio, sin cicatrices, porque usa ha mucho la cintura; giraba y entraba, si no podía golpear fuerte, abrazaba o metía la cabeza. Su especialidad era pelear a media distancia, esquivando y bloqueando en busca de espacios libres. Y cuando los encontraba, era despiadado.

Así llegó al Madison Square Garden. Y así llegó frente a su último obstáculo, Ray Boom Boom Mancini.

***

Boom Boom había nacido en Youngstown, Ohio, hijo de otro boxeador, pero no de cualquier boxeador. En sus buenos tiempos, Lenny Mancini había derrotado a varios campeones mundiales, y era un pronóstico general que se llevaría el cinturón de los ligeros en un futuro cercano. Pero un futuro era precisamente lo que Lenny no tenía. Tuvo que servir en el Ejército para ir a la segunda guerra mundial y lo hirieron en el frente. Al regreso siguió peleando, pero nunca recobró su pegada.

El veterano de guerra de origen italiano y profunda convicción americana se obsesionó desde entonces con cobrarle la revancha a la vida: desde muy pequeño, inscribió a su hijo Ray en un gimnasio, lo acompañó, lo instruyó, lo adoctrinó. Aunque por distintas razones, el chico se volvió profesional en el mismo año que Romerito. No es necesario explicar de dónde surgió el sonoro apodo de Boom Boom. Pero tampoco es fácil saber de dónde sacaba fuerzas para pegar tan duro. Con asombrosa velocidad, Ray labró un camino a porrazos hasta la final mundial.

El primer intento de Boom Boom como aspirante al título, contra Alexis Argüello, ha sido declarado por ESPN y la Ring Mazgazine como uno de los mejores combates de la década de 1980; pelearon 14 brutales asaltos antes de que se impusiese la experiencia de Argüello. Pero el segundo intento, ante el campeón de ese momento, Arturo Frías, fue el inicio de una gloria trufada de circunstancias extrañas.

Días antes de la pelea, mientras Mancini entrenaba en Tucson, tres hombres armados se presentaron en su hotel preguntando por él. Les dijeron que no estaba y se retiraron. Al enterarse, el boxeador llamó a la policía y continuó su preparación física bajo vigilancia policial hasta el final. El episodio nunca se aclaró.

Cuando finalmente se enfrentó contra Frías, Mancini se sacó de la manga un primer asalto que fue considerado el mejor de la historia. Básicamente fue un animal. Un primer tortazo, a los 15 segundos de iniciada la pelea, casi deja al venezolano fuera de combate. Un recto le abrió la ceja. Una combinación sorprendente lo llevó primero al centro del cuadrilátero y luego contra las cuerdas. Boom Boom llevaba un buen rato golpeando sin recibir respuesta, concentrado en demoler a su rival, cuando el árbitro dio la pelea por concluida. Frías había encajado treinta golpes en menos de tres minutos. La sangre de Lenny Mancini se había coronado, con una generación de retraso, campeona mundial de peso ligero.

La primera defensa del título, ante Ernesto España, fue casi rutinaria: K. O. en seis asaltos. Pero la segunda cambiaría para siempre la vida de Mancini y el rostro del boxeo. Ocurrió el 13 de noviembre de 1982 en el César Palace de Las Vegas. El retador: el coreano Duk Koo Kim.

El coreano había llegado a la pelea por alguno de esos oscuros designios de la WBA. Nadie conocía a ninguno de los dieciocho oponentes que había batido en sus anteriores peleas, todas en Corea, ni al único que derrotó fuera de caca, en Filipinas. Sus principales bazas eran ser zurdo –y no todos los pugilistas, ni siquiera todos los campeones, estaban preparados para combatir contra un zurdo– y ser grande. Demasiado grande.

Tuvo que esforzarse mucho durante las semanas anteriores a la pelea para perder peso y alcanzar el límite de la categoría. Pero lo hizo porque sabía que ésta era la primera y última oportunidad de ser campeón mundial. Su obsesión era tal que días antes de la pelea escribió en el espejo de su cuarto en el hotel: “Matar o morir”.

El día de la pelea, Kim le plantó cara a Boom Boom Mancini. Se mantuvieron parejos durante los primeros asaltos, pero conforme la pelea avanzaba, fue haciéndose notar la mayor experiencia del americano en combates largos y sobre todo, que había aprendido su lección años antes contra el también zurdo José Luis Ramírez. Sin embargo, Kim no cejaba. En el round 14, Mancini tumbó a un rival evidentemente agotado y el árbitro detuvo la pelea para evitar una paliza.

Cinco minutos después, el coreano entraba en coma por lesiones cerebrales. Ni siquiera la cirugía pudo evitar que, tras cinco días, su muerte cumpliese la profecía escrita en el espejo.

La pelea entre Mancini y Kim motivaría a que la WBC –y después las demás asociaciones de boxeo– redujese los combates a doce asaltos. Pero no evitó la depresión del campeón. Tras asistir al funeral en Corea del Sur, Mancini decidió tomarse unas vacaciones para asimilar el impacto emocional. Lo peor, según sus propias palabras, era ser reconocido como el boxeador que mató a Duk Koo Kim. Él lo consideraba un terrible accidente, del que lamentaba haber formado parte. Tras varios meses volvió a pelear, pero todo el mundo, todos sus fans, todo EE.UU. y especialmente su padre Lenny, pensaron que Mancini no podría recuperarse anímicamente.

Entonces llegó Romerito.

***

A veces, las vidas de dos hombres se cruzan por un instante en el que son como un espejo una de otra. En ese momento, cualquiera de los dos podría romper la barrera y cambiar de lugar con su reflejo. Cualquier capricho del azar puede hacer que los dos se encuentren exactamente en la esquina opuesta. A veces, ese instante dura nueve rounds.

—A mí me daban igual los espectadores que gritaban y las apuestas en contra –recuerda Romerito con sus orejas intactas–. Yo iba a ganar esa pelea. La mayoría de los americanos ni siquiera sabían dónde estaba el Perú, pero yo haría que nunca lo olvidasen.

A Romerito le gusta recordar la pelea sentado en la barra del restaurante que administra en Madrid. Si alguien se lo pide, pone el DVD en la televisión del local y explica paso por paso su estrategia de combate y la de su oponente. Detiene las imágenes y se explaya en una posición o en un golpe. Ofrece cervezas gratis. Mientras más gente lo esté escuchando, más se emociona y se entusiasma con la narración. Los camareros pasan sonriendo, y alguno pone cara de aburrimiento. ¿Otra vez la pelea?

El combate contra Mancini empezó mucho antes de entrar en el Madison Square Garden, y se libró en todos los frentes. The New York Times había escrito que Romerito era un “paquete”. Las apuestas estaban 5-1 en su contra. Por las noches, los fans de Boom Boom se acercaban al hotel Sheraton, donde se alojaba el peruano, para hostigarlo. Su habitación recibió decenas de llamadas en las que le advertían que perdiera en los primeros asaltos para asegurar las ganancias. Algunas lo amenazaban de muerte. Su representante decidió incomunicar al boxeador. No recibiría llamadas de nadie, ni de su familia, que no hubiesen sido aprobadas por él. Y los periódicos, ni verlos.

El retador, de todos modos, estaba tranquilo. Por la televisión, siempre le había parecido que el campeón era gigantesco, sólido, con los brazos anchos copio piernas, una impresión que había quedado reforzada con la muerte de Kim. Pero el día de la conferencia de prensa se dio cuenta de que eran del mismo tamaño, y se sintió seguro. Sus brazos no eran tan gruesos. Su cuerpo pesaba apenas un cuarto de libra más que el retador, eso sí, aclara Romerito, tenía una espalda que te cagas.

—A partir de ese momento me planteé la pelea como si fuera una más. Los periodistas me preguntaban: “¿Y usted a qué ha venido?”. Yo les respondía: “He venido a ganar”. Los periodistas se reían. Y yo me reía. Porque se lo iba a demostrar.

El día de la pelea, 25.000 personas lo retaban a gritos a demostrarlo. Entre el público estaban Marvin Hagler y Mano de Piedra Durán, que pelearían un mes después. Y por supuesto, Lenny Mancini, el padre del campeón, insistentemente buscado por las cámaras.

—Boom Boom era un asesino. Solía ganar las peleas en los primeros asaltos, sin dar tiempo a respirar. Y esperaba volver a hacerlo esta vez. Para sorprenderlo, era necesario que no me quedase nunca en el mismo sitio. Girar. Bailar alrededor del campeón, siempre hacia la derecha, y con la enano izquierda delante, picando sin parar. Así también evitaría los trancazos.

Cuando sonó la campana, el campeón hizo lo esperado y salió como un toro. Romerito se concentró en cambiarle el ritmo. Se defendía y alternaba de sitio para atacar. En un momento, Mancini lo acercó a las cuerdas, pero Romerito contraatacó y volvió a escapársele, siempre hacia la derecha. Mancini insistió en el segundo asalto, pero estaba ligeramente aturdido. No se adaptaba a los giros, y aunque conectó más golpes, también se vio obligado a abrazar más cuando Romerito se acercaba. En el tercero, el campeón hizo sangrar el párpado del peruano y conectó un golpe bajo. Cuando los separó la campana, los jueces le daban dos puntos de ventaja a Boom Boom.

—Pero esa estrategia no podía durar demasiado. Como esperaba una victoria cuanto antes, Mancini se desgastaba más rápido que yo. En el cuarto asalto disminuyó la intensidad y le estampé un zurdazo en la cara. ¿Ves? Aquí está la repetición. Cuando volví a mi esquina, el entrenador me dijo; ahora, dos de los árbitros te dan ganador.

Los siguientes asaltos fueron mucho más agresivos. Un peligroso recto de Mancini pudo decidir la pelea, pero un gancho de regreso le inflamó peligrosamente el párpado. Mancini sufrió un pésimo séptimo asalto que mermó aún más su velocidad. Al final del octavo lucía cansado, respiraba por la boca, y tanto él como el aspirante ostentaban sendas heridas en la cara.

Para el noveno, estaba claro que las posibilidades de Romerito aumentaban conforme la pelea avanzaba. Pero necesitaba acercarse, y entonces se exponía al abrazo del campeón. Confiado en su estrategia, seguía girando a la derecha, tratando de esquivar y encontrar los huecos de la defensa. En el segundo minuto, Mancini trató de conectar un derechazo. Romerito comprendió que el siguiente golpe vendría por la izquierda. Bloqueó y sacó el brazo para devolver antes el ataque, pero su brazo chocó con el que venía en dirección contraria.

—Y entones sentí el bombazo: “Boom Boom” en la mandíbula.

Un error de cálculo. Una maniobra de Mancini. Romerito sólo recuerda el golpe de su cabeza al rebotar contra el suelo. Para cuando se levantó, la pelea había terminado.

***

Cuando mi fotógrafo peruano me propuso escribir sobre Romerito para una revista de inmigrantes en España, no me despertó mucho interés. Para mí era una más de esas historias de peruanos que casi ganan, y que en mi país han acuñado una serie de frases hechas que se repiten ad infinitum: “jugamos como nunca y perdimos como siempre”, “aún es matemáticamente posible” “Dios es peruano”, esas cosas.

Con el tiempo, sin embargo, el tema de Romerito se repitió una y otra vez en las reuniones de inmigrantes. Mi fotógrafo era también mi compañero de piso, de modo que la casa era una cueva de peruanos cerveceros y nostálgicos. Todos los visitantes recordaban perfectamente a Romerito, la expectativa, las banderas del Perú, la mítica pelea. Pero todos tenían versiones diferentes sobre lo que ocurrió después de ella.

Unos contaban que Romerito había tenido problemas con las drogas y lo habían internado en un centro de desintoxicación. Otros decían que había estado preso. Alguno aventuraba la tesis de que lo habían contratado como guardaespaldas de mafiosos y políticos. En cualquier caso, parecía claro que su verdadera pelea no había sido contra Boom Boom, sino contra su condición de ídolo en un país demasiado acostumbrado a las derrotas, adicto a ellas.

Los inmigrantes solemos luchar contra el estereotipo del triunfador. Mientras no conseguimos papeles ni trabajo, los peruanos de Perú se alegran por lo bien que nos va, nos felicitan y nos aseguran que hicimos bien en irnos de ese país. Con frecuencia, los que te dicen eso son gerentes bancarios o directivos de empresas, pero da igual. Para ellos, se supone que tú ya has triunfado sólo por no estar ahí. Luego, cuando no puedes más y regresas al país, te conviertes en un fracasado. Quizá puedas comprar un auto, tener una casa y fundar una familia, pero se supone que era más fácil en Europa, todo es más fácil en Europa, y no lo hiciste. Has abandonado tus sueños. Has perdido la pelea contra tu destino. La disyuntiva del emigrante perdido en el esquivo paraíso europeo es morir de éxito o vivir del fracaso.

Imagino que todas las historias –reales o no– nos interesan por razones personales. Esa parte, la del regreso, es la que a mí me interesaba de la historia de Romerito. Y aquí viene, al menos según la versión de su protagonista.

Al día siguiente de la pelea en el Madison Square Garden, Romerito tomó el primer avión de regreso. Muchos de los periodistas que se habían burlado de él lo felicitaron por el combate, pero él sentía que había defraudado a su país. Para su sorpresa, su país lo esperaba en el aeropuerto coreando su nombre. Desde su llegada, Romerito no paró de recibir homenajes ni en la capital ni en su Trujillo natal donde lo nombraron hijo predilecto.

Entre tanta celebración, su mal humor fue cediendo el paso a la ilusión de volver a pelear por el cinturón. El último aspirante peruano a un título mundial, Óscar Rivadeneyra, también perdió en noviembre. Romerito sintió una especie de ímpetu reivindicatorio nacional. Siguió peleando en América Latina y siguió ganando. Aún era joven. Entrenó para volver a intentarlo con Mancini. Se obsesionó con él. Cuando volvió a sentirse listo pidió una revancha, pero el campeón no se la concedió.

En 1984, Boom Boom perdió el cinturón contra Livingstone Bramble. Tras la pelea, pasó una noche en el hospital con 71 puntos alrededor de un ojo. Al año siguiente, tras quince asaltos de infarto, no consiguió recuperar el título y decidió retirarse del boxeo. No sabía, aún no sabe, que con esa pelea, Bramble también había derrotado a Romerito, a quien la vida le negaba para siempre la satisfacción de una revancha.

—Con la derrota de Mancini sentí que mi carrera sufría un apagón. Poco después, una inflamación en las amígdalas y una sinusitis rompieron mi ritmo de trabajo. Tuve que guardar cama, dejé el entrenamiento, y luego no pude retornarlo con el mismo entusiasmo. Había perdido la ilusión. A la siguiente pelea que perdí, decidí retirarme. Sólo tenía dos derrotas en mi carrera. Nunca más hasta ahora un peruano ha peleado un título mundial.

Con los $100.000 de la pelea, Romerito compró una casa en Lima y una en Trujillo, inscribió a sus hijos en colegios privados, pagó gastos médicos de toda su familia, hizo préstamos que nadie devolvió… Cuando se acabó el premio, por primera vez en su vida, Romerito tuvo que plantearse una existencia al margen del boxeo.

A partir de entonces, el casi campeón mundial se convirtió en un trabajador asalariado. Llevó cursos de marketing y, aprovechando su imagen pública, consiguió un puesto como representante de ventas de una empresa cervecera. Pero la compañía fue absorbida por una más grande y Romerito perdió el empleo. Después trabajó en una fábrica de dentífricos, pero la empresa también fue absorbida y, con ella, su puesto.

Conforme la recesión se agudizaba en la segunda mitad de los años noventa, conseguir trabajo se iba haciendo más difícil. Romerito vendió juguetes. Trabajó como mayorista de pollos en los mercados hasta que los minoristas dejaron de pagarle. Se metió a pescar bacalao en un barco industrial. Fue vigilante municipal. A lo largo de todos esos trabajos, la televisión lo buscaba un día sí y otro también para mostrarle a todo el país y a todo color la decadencia del campeón.

—Yo sólo quería trabajar, como cualquier persona. Pero cuando era vigilante, cada vez que detenía a un ladrón, alguien llamaba por teléfono a la prensa y las cámaras venían a cubrirlo. En medio del arresto, tenía un micrófono delante preguntándome: “Romerito, ¿cómo detuviste al malhechor? ¿Le pegaste? ¿Podrías describir la pelea? ¿Es muy duro haber fracasado después de ser casi campeón mundial?”. Los más sorprendidos eran los ladrones. Alguno trataba de aprovechar la confusión para escaparse, y entonces toda la persecución aparecía en cadena nacional. Pero eso era raro. La mayoría de los detenidos se limitaba a pedirme autógrafos.

Hastiado del acoso y de la falta de dinero, Romerito trató de irse a buscar fortuna a EE.UU., pero nunca consiguió el visado al país que lo había derrotado. Hasta el día en que se encontró con Mario Broncano.

***

Broncano era un boxeador de la generación siguiente a Romerito. Había aprendido a pelear en la calle, y también en el reformatorio de Maranga donde cumplió condena por lesiones menores y robo de casas. Como peleador, era tan rápido y talentoso que la Federación de Box pidió su indulto. El chico era una promesa. Desde su primer certamen no dejó de ganar hasta coronarse campeón sudamericano amateur, convirtiéndose en la gran esperanza de los guantes nacionales y resucitando el espíritu de Romerito y Mauro Mina.

Pero Broncano vivía en otros tiempos, y venía de una calle más violenta. Todo el dinero que ganaba en el ring lo gastaba en pasta básica, es decir, cocaína sin refinar. Un programa de televisión le ofreció un sueldo mensual para salvarlo y que pudiese dedicarse sólo a boxear, hasta que descubrieron que sólo le estaban financiando las juergas. Le cortaron el financiamiento. Cuando agotó sus ahorros, volvió a robar para seguir fumando.

Broncazo se negaba rotunda y repetidamente a aceptar cualquier oportunidad. Decía que había crecido en la calle y que moriría en ella. No quería ser campeón mundial, solo quería drogarse. La prensa hacía escarnio público de la vida desperdiciada del campeón –que cada vez peleaba menos y peor–, a lo cual Broncazo respondía en voz alta: “Déjenme en paz y váyanse a la mierda”. Ahora, algunos dicen que ni siquiera peleaba tan bien, que lo inventaron los medios, porque el Perú necesitaba algún ganador. De lo que sea.

Por esa época, Romerito aún era vigilante municipal. La prensa lo había dejado un poco en paz, pero aún soñaba con conseguir una visa a EE.UU. Una noche, mientras hacía guardia, recibió una denuncia por robo en domicilio. Cuando llegó al lugar de los hechos, encontró un espectáculo inesperado. Los ladrones solían ser sumisos y cabizbajos, pero éste le gritaba insolentemente a un policía, y amenazaba con golpearlo. El policía estaba claramente atemorizado. Eran necesarias las habilidades pugilísticas de Romerito.

Cuando se acercó y le dio la vuelta al ladrón, reconoció a Broncano.

El joven también lo reconoció a él. Le sonrió y le dijo:

—¡Romerito, hermano! No me metas preso, pues, tío.

Romerito le dio un susto, lo amenazó con encerrarlo de por vida, lo metió a la furgoneta del ayuntamiento y luego lo soltó en una playa del distrito de Chorrillos. Tiempo después, en una reyerta mientras trataba de robar una frutería, Broncano perdió un ojo a palos.

Tras ese episodio, Romerito redobló los esfuerzos por abandonar el país y, por primera vez, tuvo suerte, como si el joven pugilista le hubiese entregado la suya. El ayuntamiento donde Romerito trabajaba recibió una oferta de becas para entrenar a boxeadores en España: veintidós días con todo pagado menos el billete aéreo. Ningún entrenador pequeño podía permitirse el viaje, y de los importantes, Ricardo Valdés había sido asesinado, Ricardo Buga estaba preso, otros se habían dedicado a las drogas. La beca estaba a punto de quedar vacante. Romerito le vendió al ayuntamiento la idea de pagarse el pasaje él mismo y, de paso, dar un golpe publicitario: montarían una gran conferencia de prensa para anunciar su regreso al boxeo en una nueva faceta. El regreso del campeón, el Ave Fénix del boxeo peruano, el nuevo amanecer del deporte nacional.

Ahora, Romerito lo recuerda con una sonrisa.

—Me dieron la beca, hicimos la conferencia de prensa y recibí una licencia por veintidós días. Eso fue hace cinco años. Hasta ahora me siguen esperando.

En Madrid se empleó como portero de discoteca y pintor de brocha gorda. Conforme pasaba el tiempo, descubrió que los peruanos unos –100.000 en la ciudad– aún lo reconocían con afecto. Entonces decidió abrir un local de comida de su país. Ahora administra dos restaurantes y un bar con clientela exclusivamente inmigrante. Y se ha vuelto a casar.

Por su parte, Boom Boom Mancini hizo un par de esfuerzos por regresar al boxeo. Peleó con Héctor Macho Camacho en 1989 y perdió por puntos. Volvió a intentarlo contra Greg Haugen en 1992, pero fue noqueado en el séptimo asalto. Se retiró definitivamente en 1993, con 29 peleas ganadas (23 por K.O.) y cinco derrotas. A partir de entonces, comenzó una carrera cinematográfica. Apareció en películas de acción como Águila de acero III o Treinta minutos para morir. Una de las más taquilleras, Combate letal, es reseñada por la guía Yahoo de cine en los siguientes términos: “Charlie es una estrella de boxeo… en su pueblo. Lo que a él le gustaría es llegar a ser campeón del mundo. Lo que no acaba de conocer bien (ya se enterará) es que a la mafia le encanta amañar combates, con lo cual su sueño no es nada fácil. Telefilm ambientado en el mundo del cuadrilátero, contiene intensas escenas de lucha”.

Quizá una historia similar a la del antiguo rival de Mancini, sólo que la película es de Hollywood, y Romerito creció en el Perú. De todos modos, ahora eso da igual. Romerito pasa el día en un restaurante con las paredes llenas de fotos de sus éxitos pugilísticos. Entre las imágenes aparece él con el goleador peruano Teófilo Cubillas, con el Rey de España, con el presidente peruano Alejandro Toledo, con cómicos y músicos de su país. Le gusta que lo reconozcan.

Y a los peruanos les gusta reconocerlo. El día de la entrevista, el fotógrafo de esta nota llevó a otros tres peruanos para que hiciesen de público. Romerito respondió a todas mis preguntas hablando hacia la improvisada galería. Cuando lo volví a buscar para ver el video de la pelea, me pidió que invitase a mis amigos.

El combate con Boom Boom sigue siendo el momento de su vida por el que todos lo recordarán.

Por eso, debo consignar un epílogo que ocurrió hace un par de años. Sólo entonces, después de dos décadas de esfuerzos, el consulado de EE.UU. concedió la visa al residente español Orlando Romero para que volviese a ver, por fin, el Madison Square Garden.

Durante el viaje, Romerito buscó a Boom Boom para hacerse unas fotos juntos veinte años después. El excampeón no lo recibió. De hecho, en las reseñas biográficas sobre Mancini en internet, el peruano parece haber desaparecido. Algunas señalan cuatro defensas del título mundial sin especificar contra quién. Otras mencionan a Duk Koo Kim, Ernesto España, el británico George Feeney y el doble campeón mexicano Bobby Chacón. Pero nadie habla de Romerito. La historia lo ha derrotado por puntos.

Boom Boom, por su parte, es un hombre satisfecho. O al menos eso dice internet. Su biografía más extensa indica que Mancini es actor y productor de cine, y reside en Beverly Hills, California. Según la información disponible, es “un hombre accesible que adora firmarles autógrafos a sus fans y fotografiarse con ellos”.