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En 1990, todas las prensas de vinilos que había en Latinoamérica fueron desmontadas. En Colombia, Discos Fuentes y Codiscos, las más importantes empresas discográficas del país —ambas de Medellín—, dejaron de producir acetatos. Sony, Sellos Vergara, Fondo Musical y Disonex siguieron el mismo camino.

Había llegado el CD.

Se dice que Discos Fuentes, fundada por Antonio Fuentes en 1934, le cedió toda la maquinaria a Discos Victoria, también localizada en Medellín. Sin embargo, 28 prensadoras de color verde, aún con sellos de aquella casa discográfica en el stamper, permanecieron casi una década en el garaje del papá de Henry Cavanzo: el músico de orquesta Germán Carreño, a quien le encargaron la labor de vender todas las maquinas de Discos Fuentes, llamó en 1990 a su buen amigo Henry y le pidió el favor de guardar las prensadoras.

Cuando Carreño apareció, siete años después, le dijo a Henry: “No, hermano, todo eso ahí arrumado. Les debo mucho tiempo de arriendo”. Su intención en ese momento era reinstalar la planta, pero al final se vio obligado a venderla en el Ricaurte por aproximadamente 200 millones de pesos (lo que valen 50 toneladas de hierro, el peso de todo aquel aparataje).

Solo quedaron dos prensadoras: Germán, para saldar la renta atrasada, se las dio a Henry; las mismas dos máquinas que nos muestra en este momento a mí y al fotógrafo que me acompaña.

Estamos haciendo una suerte de tour por la casa de Henry, ubicada en el barrio Santa Isabel. Primero vamos a HC Records, en el segundo piso, que solía ser la habitación de sus papás. Luego pasamos a un cuarto contiguo, en donde queda una sala de ensayos. Su hijo, Henry Andrés, recién acaba de finalizar su práctica de batería. Finalmente, bajamos al primer piso, en donde Henry ha pasado noches enteras los últimos seis años arreglando una de las máquinas con las que Germán Carreño le pagó siete años de arriendo atrasado.

Henry nos enseña paso a paso cómo funciona la prensadora y efectivamente sobre el stamper aún hay un sello de Discos Fuentes. ¿Cómo habrán llegado estas prensadoras hasta aquí? Me parece que ni siquiera Henry conoce toda la verdad. Él, sencillamente, las aceptó y ahora desea protagonizar una historia llamada “Henry y la fábrica de vinilos”.

Casualmente, las prensas que Carreño vendió en el Ricaurte fueron a dar a un taller chileno de carros ubicado justo detrás de la casa de Henry, quien se enteró apenas hace dos años. Pusieron las máquinas a hacer bandas para frenos. Pero los dueños del taller compraron en Ricaurte solo el esqueleto de las prensas. Un día Henry abrió el garaje y uno de los señores que trabaja en el taller vio la máquina y le dijo: “Hermano, eso se parece a unas máquinas que yo tengo allí detrás. ¡Véndamela! Le doy un millón de pesos por cada máquina”. Por la cabeza de Henry pasó algo como: “Ni en sus sueños, mijo”.

Durante 20 años, Henry tuvo miedo de un rumor que le había contado un anciano que trabajaba en Discos Fuentes, para quien las 28 prensas, la consola de masterización, de corte y contorno, y la planta de galvano fueron adquiridas por el narcotraficante Justo Pastor Perafán durante un viaje a Holanda (1990). En esta versión de la historia Germán Carreño también aparece, pero como asesor musical del ex capo colombiano. Supuestamente Perafán compró todo lo que había en la planta holandesa de vinilos: muebles, sillas, parlantes, audífonos… En pocas palabras y, según esta historia, el narco compró a puerta cerrada y se trajo toda la maquinaria en barco. Pero Henry duda de este cuento.

En un principio, Henry pensó usar las prensas como troqueladoras para hacer hebillas de zapatos y cinturones, pero durante una gira con Totó la Momposina (Cavanzo en el bajo), cambió de parecer. Estaba en Francia, en un festival, y tras la presentación fue en busca de un tamal o un pollito asado; él había escuchado que el evento había incluido gastronomía colombiana. Fue en ese momento cuando vio, en uno de los muchos stands que había, acetatos nuevos, cubiertos con celofán. Preguntó cuánto costaban y le respondieron que 30 euros. “¡30 euros!”, gritó él porque le parecieron baratos.

—Mi mentalidad cambió de inmediato —asegura Henry—. Entendí que los discos en vinilo nunca pasaron de moda. Me le entregué a la máquina, hermano. Yo no dormía de la fiebre tan tenaz, de la goma, ¿si me entiende? Me acostaba a las diez de la noche y a las dos de la mañana ya estaba de pie, pensando en la máquina. Empecé a descubrir cada arteria, tendón y hueso de la prensa.

Henry decidió dedicarse únicamente a arreglar una de las dos prensas. Pero se dio cuenta de que la máquina escogida estaba oxidada por dentro. El óxido, prácticamente, se había convertido en hierro. Le dijeron: “Mande a hacer nueva esa vaina”. Él se resistió y durante seis meses regó Coca-Cola —sí, Coca-Cola— sobre la zona corroída, hasta que logró destaparla. Antes había hecho pruebas con ácido muriático, Diablo Rojo, pero lo único que sirvió fue la Coca-Cola. Y uno que se la toma a pecho con tanto gusto.

Las máquinas, una vez estén al cien por ciento, van a poder prensar 4 vinilos por minuto: 2.880 mil discos si se piensa en una producción de doce horas. Henry ya negoció la materia prima, la cual importará desde Ecuador. Pretende producir discos de 180 gramos; de menor calibre, según él, sería una chambonada. Un disco, en un cálculo relámpago de Henry, puede costar al público unos 30 mil pesos. Piense ahora usted: ¿cuánto vale hoy un LP nuevo de su banda favorita?

Este hombre aún no sabe cuál va a ser el primer acetato que va a prensar. Lo que sí tiene claro es que ya hay 80 mil discos por producir. Curiosamente, de Discos Fuentes ya le hicieron un pedido. Henry cuenta que son las bandas jóvenes las que hacen pedidos en grandes cantidades. “El vinilo es algo novedoso para las nuevas generaciones”, explica.

—Mi problema, actualmente, es la falta de recursos para concluir. Tengo encima 11 países para que les produzca. Hace poco me enteré de que se están fabricando, a petición, 10 máquinas como la mía, con nueva tecnología. No le tengo miedo a eso, porque hay una diferencia: yo soy músico, productor, arreglista, instrumentista… Además, la gente del medio me conoce.

***

Para comprender todo ese amor —amor verdadero y no moda— por los vinilos, debemos conocer la vida temprana de Henry Cavanzo.

A los ocho años ya era guitarrista concertista y se ganaba algunos pesos tocando en tabernas nocturnas. A los once años estudiaba “cosas científicas”. Era adicto a comprar libros. Alguna vez un pariente lo llevó a conocer La Casa del Ingeniero, en el centro de Bogotá, y desde entonces nadie pudo sacarlo de ahí. Tenía la intención de fabricar un amplificador para su bajo y lo consiguió siguiendo los pasos sugeridos por La mecánica popular, revista mensual que coleccionaba con devoción.

Henry iba al colegio a calentar silla porque no le gustaba. Asegura haber sido muy adelantado entre sus compañeros y constantemente peleaba con los profesores. Estudió en el Instituto Técnico Central hasta tercero de bachillerato y se salió. Claudicó. Sus papás avalaron la decisión.

Aun así, Henry acepta que no todo se puede hacer de manera autodidacta. Cuando tenía 13 empezó a viajar con la orquesta Washington y sus Latinos (colaborando en el bajo). Continuó sus estudios leyendo la Teoría de la música Danhauser. Colaboró, además, en otras orquestas: La Máxima de Mañungo, la de Lucho Bermúdez, Totó la Momposina, la orquesta de los hermanos Rey. En 1973, hizo el contrabajo en una producción del dueto Silva y Villalba.

Henry Cavanzo, que ahora tiene 50 años, sigue siendo un hombre de música: es capaz de interpretar 30 instrumentos diferentes.

***

—En Latinoamérica, la gente no quería dejar el vinilo —cuenta Henry—. Era muy costoso comprar un equipo con bandeja de CD.

Una noche, durante un viaje a San Andrés con la orquesta de Lucho Bermúdez, decidió hacer doble turno tocando el piano para la banda con la que se turnaron el escenario. El billete extra que se ganó le sirvió para comprar un equipo con bandeja de CD, que también tenía tornamesa y casetera.

—La parte del CD no duró tres meses. Esa vaina sacó la mano. Servían las caseteras y el tornamesa. Pero como yo tenía buen material en acetato no hubo problema.

Para Henry el sonido del CD no es ni mejor ni peor que el de un LP; es diferente. Pero el ancho de banda que tiene el acetato no lo alcanza el CD. “Por más que el CD suba a 520.000 Hertz y de pronto a 128 o 192 bits, es imposible que el digital alcance el ancho de banda de un acetato… Tal vez en 100 años”.

Henry es partidario de que la tecnología no ha sido del todo beneficiosa. Él mismo se pregunta por qué está volviendo a surgir el vinilo. La primera edición de The Sound of Silence (1964), de Simon&Garfunkel, la cual hace parte de su colección de vinilos, aún sobrevive, mientras que un CD de Oscar de León que compró en los noventa ya ni siquiera existe porque un hongo le corroyó el nitrato.

El año pasado le pidieron que recuperara un archivo en vinilo de 1930. Le entregaron los LP en un talego. Henry empezó a lavar suavemente cada disco con un cepillo de dientes untado con jabón líquido. Luego los brilló con un poco de algodón untado de una mezcla de grafito y una cera especial. Cuando tuvo el primero listo, lo colocó en su tocadiscos de 78 revoluciones (su más preciada adquisición) y empezó a sonar la voz de un locutor italiano (en esa época, los acetatos también eran una suerte de grabadora). Tras 76 años de vida, y unos ligeros retoques, esos discos antiguos que le encargaron recuperar siguen ahí, intactos.

Tras décadas de pasión por la música, de nuevos formatos y adelantos tecnológicos, el deseo de Henry de echar a andar su propia fábrica de vinilos sigue ahí, intacto.

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Bueno, te voy a contar.

Entré al Éxito de Chapinero a quemar tiempo porque tenía una entrevista de trabajo. Me puse a mirar los libros porque siempre me ha gustado mirar los temas, ojear, y si es preciso voy y me tomo un café en el mismo establecimiento. Estaba mirando el Almanaque Mundial de 2015… Perdón, 2014… Estoy confundido. Me llamó la atención que cada día salen más países. También cómo era la antigua Unión Soviética. Cuando de pronto dije: “Hijuemadre, me cogió la tarde”.

Salí del almacén y como a las dos cuadras miré y dije: “Ay, mierda, ¡el libro!”. Involuntariamente me lo había colocado debajo del brazo, como si fuera mío. Dije: “¿Ya a qué me devuelvo? Agg, qué hijuemadre”.

Fui a la entrevista de trabajo, no pasó nada. Me puse a ojear más el libro y después me metí a una vaina de compraventa de libros y revistas, y me lo compraron. Un poquito más de mitad de precio.

Ahí fue donde se me metió en la cabeza: “Bueno, si yo saqué ese libro, entonces puedo sacar más”.

Me volví un pícaro, lo reconozco (risas)… Sebastián, se me va a colgar, quedan treinta segundos…

José Manuel finalmente se despidió al otro lado del teléfono.

Los sesenta y cuatro mil pesos que le consigné para que me llamara desde alguno de los teléfonos de La Modelo, la cárcel a la que lo enviaron en febrero pasado por el hurto reiterativo de libros, solo alcanzaron para trece minutos y medio de entrevista. Según me contó, un “marica” irrumpió en su celda y le robó casi toda la plata.

“Sebastián, me tocó lavar ropa de gente de acá para ganar unos pesos y poder cumplirte”, me dijo.

José Manuel está recluido en el pabellón Nuevo Milenio, en el cual permanecen los presos con sida. Hace dos semanas, en la audiencia de imputación de cargos, me dijo: “Te tengo una primicia. Me dijeron que tengo sida”. Luego agregó: “Soy inocente”.

Para ese momento, la juez que dirige el caso llevaba alrededor de cinco minutos en el estrado, ordenando sus papeles. A las cuatro y quince de la tarde comenzó la sesión.

En una sala de audiencias del octavo piso de un viejo edificio de la calle dieciséis, entre carreras séptima y octava, José Manuel escuchaba atentamente al defensor de oficio que le asignó el Estado, el doctor Marco Tulio Céspedes. La juez, que no superaba los treinta años, les concedió dos minutos para que tomaran una decisión.

—Su señoría, el señor acusado ya tomó una decisión.
—Señor José Manuel Home García, ¿es eso cierto?
—Es cierto, su señoría.
—Señor José Manuel Home García, ¿usted tiene deseos de aceptar los cargos?
—Sí, su señoría.
—Siendo así las cosas, señor fiscal, le concedo el uso de la palabra.

Entonces el fiscal comenzó a leer un documento con las pruebas que inculpaban a José Manuel.

—El día siete de febrero, siendo las seis de la tarde, José Manuel Home García, quien tiene 44 años y nació en Cali, entró al Éxito de la calle 175…

Una vez allí, ese 7 de febrero, José Manuel, consciente de lo que iba a hacer (no como la vez del Almanaque Mundial) tomó cinco libros: La estrategia del ave fénix, Manejo del duelo, Pablo Escobar Mi padre y dos ejemplares de Hablando sola. Luego, como si muy en sus adentros quisiera que lo atraparan, cruzó la puerta principal del almacén y lo único que logró fue que se encendieran las antenas de seguridad, que el guardia le pidiera el recibo de compra y que, al percatarse de que se trataba de un robo, le quitara los libros y llamara a la Policía.

—Su señoría, el dactiloscopista de la Sijin —dijo el fiscal— hizo el cotejo con las huellas dactilares de José Manuel Home, estableciendo su plena identidad. Pongo a su disposición estos documentos.

—Proceda, doctor.

***

A principios de 2014 robé ese almanaque y un par de libros más. Tuve una temporada de quedarme quieto como ocho meses y a finales de año empecé a hacerlo más seguido.

Me he robado por ahí unos treinta libros. No, no… Son muchos más. Por ahí unos noventa.

Yo soy selectivo, porque me gusta la lectura. Me gustan mucho los de superación personal: ‘Amar o depender’, del doctor Walter Riso, ‘Te amo, pero soy feliz sin ti’, del Papá Jaramillo.

“Yo soy selectivo, porque me gusta la lectura”
Soy una persona emocionalmente muy débil y esa es una de las razones por las que he llegado a donde he llegado.

También me gusta Isabel Allende. Me leí ‘De amor y de sombras’. Sin embargo, mi libro preferido es ‘La culpa es de la vaca’. Ese del hijo de Pablo Escobar apenas si lo ojeé. No vale la pena.

Después de leerlos los vendía por ahí en Chapinero o en lo zona de la 16, por donde están los juzgados, donde me hicieron la audiencia. Si un libro costaba cuarenta y dos mil pesos, entonces lo vendía a mitad de precio.

Pero, no sé, Sebastián. Siento esto como una indagatoria.

***

La juez revisó los documentos, corroborando cada punto, hasta que finalmente dio su veredicto.

—Se comprueba la materialidad de la conducta y la responsabilidad del procesado, indicando entonces esta funcionaria que la sentencia que emitirá no será otra que una sentencia condenatoria. ¿Señor defensor?
—Su señoría, muy respetuosamente —dijo el abogado Céspedes—. El señor José Manuel Home se vino de Cali hace tres años, es administrador de empresas de la Universidad del Valle, vive en la carrera 13A # 13-61, y pues… Aquí no ha logrado encontrar estabilidad, lo que lo llevó a cometer ese delito para subsistir. Tampoco tiene antecedentes, su señoría. Pido que se le suspenda la ejecución de la pena, así como la indemnización. Él no tiene los medios.

Yo era muy alcohólico —me cuenta— e incluso me tuve que rehabilitar. Los papás de mi segunda esposa la alejaron de mí, y la enviaron a estudiar a Buenos Aires.

Antes de llegar a Bogotá, fui hasta allá para recuperarla (risas). Volví muy desorientado. Traté de erradicar la vida nocturna: el que está untado de aceite, no se puede acercar a las llamas.

La juez ignoró al defensor. Estableció la fecha de la siguiente audiencia y luego dio por terminada la diligencia. El abogado y yo bajamos al primer piso del edificio en el mismo ascensor. En este lapso me contó que José Manuel dirigió dos empresas importantes, pero que un negocio fallido lo dejó en bancarrota.

Mientras tanto, dos guardias conducían a José Manuel y a cuatro presos más de La Modelo hacia la carrera séptima, donde los esperaba un bus del INPEC. José Manuel, esposado, miraba de reojo la vitrina de una librería.

***

En la última audiencia, antes de que José Manuel llegara, escuché a la juez y a la delegada del Ministerio Público murmurar entre ellas.

—Muy de malas —dijo la delegada del Ministerio Público—. Pero, ¿por qué hacen esas cosas?
—Es lo que todos se preguntan— le respondió la juez, sarcásticamente.
—Bueno, le robaba a los ricos, ¿no? —comentó la delegada, dirigiéndose al defensor de almacenes Éxito, quien no asistió a la audiencia pasada y se veía sorprendido ante las risas que soltaba la funcionaria mientras decía lo que decía.

“El tipo ahora está mejor —me dijo el abogado Céspedes antes de entrar a la sala—. Lo hubiera visto cuando lo atraparon. Estaba mechudo, sucio”.

Era 10 de junio. José Manuel llevaba cinco meses y 15 días en prisión.

Sebastián, por favor llévame algo de comer —me dijo una semana antes en otra llamada—. Me gané un chuzón por ponerme a defender a un man de acá. Ojalá me den salida ya.

José Manuel por fin llegó a la sala.

—Buenas tardes a todos —dijo agitado. El guardia con el que llegó hizo que subiera los ocho pisos corriendo debido a que iban tarde. Sin embargo, más se demoró su respiración en relajarse y su sudor en secarse, que la juez en dictar el fallo. Omitió por completo el pedido del abogado Céspedes en la última audiencia: “Su señoría, pido que se le suspenda la ejecución de la pena, así como la indemnización. Él no tiene los medios”.

“Esa juez… ¿Para qué le metía la caución?”, me dijo Céspedes antes de tomar el ascensor. El proceso apenas duró diecisiete minutos.

La juez ordenó que José Manuel permaneciera treinta días más en La Modelo, antes de quedar libre y estar expuesto a la tentación de embolsillarse un nuevo libro.